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CLASES DE DERECHO CONSTITUCIONAL

TEMA: “EL ESTADO ARGENTINO”

CONTENIDOS: El Estado Argentino. Concepto. Elementos. Funciones. Formas de Estado. El


federalismo argentino. Relaciones entre el Estado Federal y las Provincias. Los recursos económicos.
Intervención federal. Los municipios. La Ciudad de Buenos Aires. Formas de gobierno. Diferentes
formas de democracia. El régimen representativo y republicano.

Nación y Estado.
La Nación es un conjunto de hombres que, viviendo dentro de un mismo territorio,
están unidos por una misma cultura, lengua, raza o religión, reconocen un mismo
origen y persiguen un mismo destino. En suma, la Nación es la comunidad humana
que unida por lazos de raza, historia, costumbres, tradiciones, etc., les permite a sus
integrantes participar en una comunidad de origen y de destino que los distingue de
los demás.
Al respecto, conviene aclarar que no es absolutamente indispensable para que
exista una Nación que ese conglomerado humano sea ciento por ciento homogéneo
en lo que se refiere a la lengua, raza, religión o cultura. Por ejemplo, Canadá es una
Nación, y, sin embargo, se hablan allí dos idiomas. Brasil y la India son naciones, y
existen allí distintas razas. Sin ir más lejos, la Argentina, en la que la mayoría de la
población desciende de inmigrantes de los más diversos orígenes, es también una
Nación.
En definitiva lo importante es que entre los integrantes de una Nación existan la
voluntad y la convicción de formar parte de un todo y de compartir un destino. Sin
esta convicción, sin esa voluntad, no hay Nación posible.
La Nación supone un territorio que constituye la base física o geográfica en donde
se asienta la población. Así, la suma de un territorio y una población unidos por
lazos comunes conforma una Nación. No obstante, algunos pueblos han podido
mantener los rasgos de su nacionalidad aun careciendo de territorio propio. Es el
caso, por ejemplo, de los gitanos, los cuales dispersos en varios países del mundo,
mantienen los caracteres propios de su comunidad.
Como puede apreciarse, el concepto de Nación no es un concepto político, sino
sociológico. La Nación se politiza, se institucionaliza, cuando se convierte en
Estado. De allí, que el Estado es la expresión política y jurídica de la Nación.
La palabra Estado fue utilizada por primera vez en el siglo XVI por Maquiavelo,
quien utilizó la expresión “stato”, vocablo que deriva del latín status que a su vez
significa orden. Justamente Maquiavelo utilizó el término “stato” para referirse a la
organización política de un país. Esta concepción del Estado, la que lo identifica con
orden, con organización, es la que fue consolidándose con el tiempo, y es la que
hoy prevalece.
Ahora bien, si el Estado es organización, cabe preguntarse: a) ¿qué tipo de
organización es?, es una organización jurídica y política; y b) ¿quiénes se organizan
jurídica y políticamente?, la población que habita en un determinado territorio (es
decir, la Nación), la que por una tendencia natural, por una necesidad, se organiza.
Lo hace designando autoridades (gobernantes), a los que dota del poder necesario
para que elaboren normas de convivencia social (derecho). Esta organización es la
que denominamos Estado.
El Estado es la suma organizada de todos sus elementos, a saber, población,
territorio, poder, gobierno y derecho. Si consideramos que la Nación es población
más territorio, y que es la población la que se organiza, estamos en condiciones de
afirmar que el Estado es la Nación jurídica y políticamente organizada.
Finalmente cabe señalar, que la Constitución aparece siempre como un elemento
constitutivo del Estado, pero no de la Nación; ésta, generalmente, existe con
antelación.

Elementos del Estado.


Habitualmente suelen considerarse como elementos básicos del Estado los
siguientes: población, territorio y poder. No obstante, algunos autores consideran
que deben agregarse dos elementos: gobierno (Bidart Campos) y derecho
(Madueño). Es decir, dos de ellos son componentes de la Nación (población y
territorio), y los otros tres (poder, gobierno y derecho) son producto de la
organización que la población se da en un momento determinado.
Veamos cada uno de ellos:
a) Población:
Es el conjunto de habitantes que existen en un determinado territorio.
Recordemos que la población y más el territorio en el que habitan constituyen y dan
nacimiento a la Nación.
Suelen utilizarse indistintamente las palabras población y pueblo, lo cual es
erróneo. La población es un concepto más amplio, ya que incluye a todos los
habitantes de un Estado (nacionales y extranjeros; hombres y mujeres; mayores y
menores de edad; etc.). En cambio, pueblo es sólo una parte de la población y es
aquella que posee derechos políticos. Por consiguiente, la noción de población es
amplia y difiere de la de pueblo.
Por otra parte, aclaramos que la población no es una agregación o sumatoria
de individuos cuyo único elemento común relevante lo constituye su presencia física
en el Estado, sino un conjunto humano estrechamente vinculado por lazos
espirituales, que se manifiesta por medio de una conciencia social.
En síntesis, la población es una formación natural y cultural que cohesiona en
su conjunto la expresión de la Nación; a ella la forma el aporte de cada persona, no
con sentido aritmético sino integrador.
b) Territorio:
Es el lugar geográfico en el que habita una población determinada. En
definitiva, constituye el soporte físico de la Nación y, después de su organización, el
del Estado. En otras palabras, no se concibe la existencia de Estado sin territorio,
pues, es el escenario sobre el cual desarrolla su actividad jurídico-política.
Por lo tanto, el territorio es el espacio geográfico o escenario donde conviven
y se agrupan los hombres y donde el Estado desenvuelve su actividad.
También, se ha dicho que el territorio es el espacio al cual se circunscribe la
validez del orden jurídico estatal (Kelsen) y que constituye el límite material de la
acción efectiva de los gobernantes (Duguit).
Conviene precisar que el ámbito jurisdiccional del territorio comprende tres
dimensiones: 1) superficie (suelo y superficie marítima, fluvial y lacustre); 2)

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subsuelo y 3) espacio aéreo. Incluye, además, la idea de extraterritorialidad como
situación de excepción, debido a la aplicación del derecho de un Estado en barcos
de guerra, sedes diplomáticas, etc.
En conclusión, el territorio tiene una gran importancia institucional puesto que
delimita el ámbito espacial dentro del cual se ejerce el poder del Estado. Todos los
habitantes que ocupan el territorio están sometidos al poder del Estado al cual
pertenece ese territorio.
c) Poder:
La palabra poder nos sugiere energía, facultad, aptitud. Cuando alguien dice
que tiene poder para algo, significa que dispone de la facultad y hasta de la fuerza
para cumplir con ese algo. De modo que, cuando hay que alcanzar una finalidad, se
necesita aptitud y energía para ello.
Ahora bien, cuando una Nación se organiza políticamente, además de
designar gobernantes debe dotarlos de energía, aptitud y capacidad para que
cumplan su cometido, porque sería inútil elegir autoridades si
no se les reconoce la facultad de imponerse en determinadas circunstancias. Un
gobierno que no puede hacer valer sus decisiones se desnaturaliza, pierde sentido.
Es como si careciera de facultades y atribuciones. Esa capacidad, energía 'o aptitud
asociadas al gobierno se denominan poder, y son poder político toda vez que el
poder del Estado es político, en tanto el Estado, como vimos, es un concepto que
sugiere o significa organización política.
La utilización del término poder suele provocar múltiples confusiones. Así,
suele hacerse referencia a la existencia de tres poderes. Vale la pena corregir este
error tan común: el poder es capacidad de mando, y tal capacidad de mando es
ejercida por quienes gobiernan.
Por lo tanto, no existen tres capacidades de mando, existe
una sola. Los que se dividen no son los poderes, porque no hay tres poderes, sino
las funciones de gobierno y los órganos que cumplen con dichas funciones. Por
ejemplo, la función legislativa la lleva a cabo el órgano Congreso; la judicial, la Corte
Suprema de Justicia y demás tribunales inferiores, y la administrativo-ejecutiva, el
órgano Presidente.
Sucede que por comodidad semántica la doctrina y hasta en la misma
Constitución utilizan la expresión poder para referirse a los órganos
gubernamentales. De hecho, resulta más práctico hablar de poder ejecutivo que de
órgano de gobierno que ejerce las facultades ejecutivas y administrativas.
En síntesis, ese poder único e indivisible, que significa capacidad de mando,
es del Estado y pertenece a él.
Ligado al concepto poder está el de soberanía. ¿Qué significa soberanía? Es
una cualidad que tiene el poder, o característica que lo distingue, y que le permite
no reconocer otro por sobre él. En efecto, en un país cuyo gobierno está
descentralizado existen, además del Estado central, Estados federativos que
reciben el nombre de provincias, pero que también pueden recibir cualquier otra
denominación. Dichos Estados provinciales tienen poder, pero no es soberano, ya
que reconocen a otro superior, que es el del Estado central.
Por ello, cuando se habla de un Estado soberano, se está señalando a un
Estado cuyo poder es el máximo y absolutamente independiente. En otras palabras,

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soberanía significa superioridad y, en ese sentido, un Estado soberano es
aquel que tiene un poder que no admite a otro por encima de él (Bidart Campos).
Finalmente, cabe aclarar que la soberanía es una cualidad del poder del
Estado, aun cuando ese poder tenga por titular al pueblo que
es quien lo delega a sus representantes. El pueblo no es soberano, lo es el poder
del cuales titular. Los gobernantes tampoco son soberanos, lo es el poder que
ejercen por delegación del pueblo.
d) Gobierno:
Cuando la población se organiza, la primera medida que toma es designar a
sus autoridades, representantes o gobernantes. En otras palabras, a un
conglomerado humano numeroso le resulta imposible prescindir de autoridades. Por
lo tanto, en una sociedad,· existen siempre gobernados y gobernantes designados
por aquéllos para conducir los destinos de una Nación.
El gobierno es, precisamente, un conjunto de órganos que, ejerciendo el
poder del Estado, conduce los destinos de una Nación organizada. Al hablar de
órganos, nos referimos al Ejecutivo (presidente y administración pública centralizada
y descentralizada), legislativo (Congreso), judicial (Corte Suprema y tribunales
inferiores).
El Estado debe valerse de personas físicas para obrar. Es decir, actúa por
medio de personas que son sus órganos cuyas manifestaciones de voluntad se
imputan directamente a él. De allí, que el gobierno es un conjunto de personas
físicas que ejercitan y desenvuelven el poder en sus diversas actividades (legislar,
administrar y juzgar) para el cumplimiento de las funciones y de los fines del Estado.
Por lo expuesto, las manifestaciones de voluntad de las personas o conjunto
de personas (gobernantes) en ejercicio de funciones estatales no deben
considerarse propias del individuo que las ejecuta, sino más bien directamente
imputable al órgano y, por consiguiente, al Estado.
e) Derecho:
El derecho es un elemento del Estado, toda vez que refleja la organización
jurídica de una Nación. La organización estatal requiere ineludiblemente reglas o
normas que sirvan para organizar la convivencia entre los hombres, y para dar un
marco jurídico a la actividad de los gobernantes.
En ese sentido, definimos al derecho como el conjunto de normas que sirven
para regular la relación entre los hombres en una sociedad y para ordenar el
funcionamiento de los órganos del gobierno. Se caracteriza por ser coactivo, es
decir, que puede ser aplicado utilizándose la fuerza pública en el caso en que fuera
necesario.
Al expresar que el derecho es la manifestación de la organización jurídica de
la Nación, estamos utilizando el vocablo derecho en un sentido objetivo. Es decir,
teniéndolo por un conjunto de normas y considerándolo una ciencia, una disciplina.
También, podemos utilizar dicho vocablo desde un punto de vista subjetivo, al
referirnos al conjunto de facultades o atribuciones que cada hombre tiene asignadas
por las normas que integran el derecho objetivo. En efecto, cada norma jurídica
objetiva confiere derechos a los hombres. De manera tal que, cuando un integrante
de la sociedad tiene reconocido algún derecho por una norma, a este último se lo
llama derecho subjetivo. Esto es así, puesto que quien recibe una facultad de una
norma jurídica objetiva está en condiciones de afirmar: ¡yo tengo derecho a... ! Es,
por lo tanto, un derecho subjetivo.

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Para sintetizar, el derecho es la manifestación de la organización jurídica de
la Nación. Cuando efectuamos esta afirmación, estamos utilizando el vocablo
derecho en un sentido objetivo.

Funciones del Estado.


Al referirnos, al término "poder" señalamos que es muy
común incurrir en el error de considerar que existen tres poderes cuando en realidad
sólo hay uno, y lo que se divide en cambio son los órganos de gobierno y las
funciones que cada uno de ellos tiene asignadas por la Constitución Nacional.
Por lo anterior, corresponde referirse a las funciones del gobierno
por ser éste el conjunto de órganos que las tiene a su cargo, ejerciendo para ello el
poder del Estado o poder político. ¿Cuáles son estas funciones? Son las funciones
legislativa, administrativa y judicial.
A continuación, describiremos en qué consisten cada una de ellas:
a) Función Legislativa:
Consiste en legislar, y legislar significa hacer leyes. Cabe entonces ahora
preguntarnos: ¿qué es una ley?
La ley, orgánica o subjetivamente considerada, es toda norma que emana del
Congreso. No es relevante que esa norma sea de carácter general o que tenga un
alcance limitado o inclusive un destinatario individual, puesto que aquí se define a la
ley según el órgano que la dicta. Por eso el criterio de definición es subjetivo.
Ahora bien, ¿puede el Congreso dictar normas cuyo destino sea una o pocas
personas? Es infrecuente, pero puede. Por ejemplo, puede disponer el otorgamiento
de una renta vitalicia a expresidentes constitucionales, o puede dictar una ley
disponiendo jubilación anticipada para determinadas personas. También es factible
que el Congreso exprese su voluntad a través de "declaraciones" (declaración del
estado de sitio, de necesidad de reforma constitucional, etc.). Pero aun pudiendo
prescindir del dictado de una ley, en la práctica el Congreso siempre se manifiesta a
través de leyes. Por eso afirmamos que, desde el punto de vista formal, una
ley es toda norma, general o no, obligatoria o no, que emana del órgano legislativo.
Desde un punto de vista material u objetivo, una ley es toda norma de
carácter general y obligatorio, sin tener en cuenta el órgano que la dicta. Aquí, se
define la ley atendiendo a sus propias características. Desde ese punto de vista,
una norma general y obligatoria es una ley, la dicte el órgano que la dicte. ¿Esto
significa que el Poder Ejecutivo o el Poder Judicial pueden dictar leyes?
Materialmente entendidas, sí.
Sucede que cuando el órgano ejecutivo dicta un decreto, está dictando una
ley en sentido material; lo que sucede es que no se la denomina ley. Lo mismo
ocurre, aunque en menor medida, con el Poder Judicial, cuando dicta acordadas,
que son normas generales, pero aplicables en el ámbito de la actividad y
procedimiento judiciales. Cuando se dice entonces que el Poder Ejecutivo no puede
legislar, se pretende expresar que no puede dictar leyes en sentido formal. Por
ejemplo, hay cuestiones que sólo pueden ser dispuestas por una ley formal, como la
creación de un impuesto, la tipificación de un delito y su correspondiente pena, etc.
En este caso se afirma que un impuesto sólo puede crearse mediante una ley. Pues
debe entenderse que el impuesto solo puede ser creado por el Congreso, o, lo que
es lo mismo, por una ley formal, y no por el órgano ejecutivo.

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Por último, es necesario señalar que el Congreso es el único que puede
dictar leyes en sentido formal, pero que el noventa por ciento de las leyes formales
son además materiales, esto es, generales y obligatorias.
b) Función administrativa:
Consiste en la facultad que posee el órgano ejecutivo de
"poner en ejecución" a las leyes, de hacerlas cumplir. Esta es la facultad que da
nombre al órgano ejecutivo de gobierno, pero no es la única que posee. En efecto,
también se encarga de llevar adelante la actividad administrativa del Estado,
actividad que si bien hace más de un siglo era prácticamente inexistente, con el
correr de los años la intromisión del Estado en cuestiones ajenas a su área
específica fue incorporándole una función administrativa de la que se hizo cargo el
único órgano de gobierno sin asignación específica de tareas, como lo es el Poder
Ejecutivo. A pesar de que hoy día es más intensa la actividad administrativa, el
órgano ejecutivo conserva su antigua denominación, cuando en estricto rigor de
verdad, el llamado Poder Ejecutivo también es administrativo por excelencia.
c) Función judicial:
La función judicial es la que tiene a su cargo el órgano judicial de gobierno,
integrado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación y los tribunales inferiores.
Esta función puede ser, según su contenido, judicial propiamente dicha, o
jurisdiccional. Es judicial propiamente dicha cuando la actividad de los jueces no
consiste en resolver un conflicto entre partes, sino tan sólo en declarar un derecho o
en resolver cuestiones no controvertidas (por ejemplo, cuando se dicta sentencia en
un divorcio en el que los cónyuges están de acuerdo; cuando se concede una
autorización, etc.). En cambio, la actividad judicial es jurisdiccional cuando los
jueces deben resolver una temática o cuestión en las que no existe un acuerdo
entre los contendientes. En este supuesto y luego de un período de prueba el juez
concede la razón a alguno de ellos, mediante el dictado de una sentencia.
Esbozado el significado de cada una de las funciones expuestas, cabe
señalar que cada órgano de gobierno tiene asignada específicamente una de ellas.
La necesidad planteada en el mundo hacia fines del siglo XVIII de desconcentrar el
poder por entonces acumulado en la persona del rey, para evitar los abusos
que ello había originado, trajo como consecuencia la división de funciones o de
poderes (Montesquieu).
Primeramente fue la actividad judicial la que cobró independencia del tronco
común y posteriormente la legislativa, quedándole al originario órgano único de
gobierno la ejecución de las leyes, a lo que luego se sumó la actividad
administrativa.
Sin embargo, esta especialización no es tajante, puesto que, en realidad, si
bien cada órgano tiene asignada una función específica, lo cierto es que todos ellos
entremezclan sus especialidades. Así, entonces, el órgano ejecutivo-administrativo
también legisla (materialmente entendida esta función) y juzga a través de sus
órganos administrativos, como, por ejemplo, un tribunal de faltas. A su vez, el
Congreso, además de legislar formal y materialmente, administra
(por caso, cuando contrata un servicio de limpieza), y eventualmente juzga (por
ejemplo, cuando el Senado se pronuncia en juicio político). Por último, el órgano
judicial, además de su tarea particular, administra y legisla materialmente en
ocasión de dictar acordadas.

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Formas de Estado.
La forma de Estado se refiere a la estructura de su organización política, es
decir, a cómo se organiza la autoridad en el espacio. Es la relación existente entre el
poder y el territorio.
Según la forma con la que se distribuye el poder sobre la base del territorio,
el Estado puede organizarse como:
a) Estado confederado o federación:
Es un Estado que surge de un pacto, acuerdo o tratado entre distintos o
Estados soberanos o unidades estaduales soberanas e independientes que se unen
bajo un órgano común (órgano confederal) que tiene competencia en asuntos
limitados. Al respecto, se ha dicho que los órganos permanentes de la
confederación carecen de imperio, o sea, de medios jurídicos para imponer sus
decisiones.
Los estados miembros son soberanos e independientes y son sujetos de
derecho internacional. Poseen el derecho de secesión que consiste en poder
separase de la confederación si no se está de acuerdo con las decisiones del
órgano confederal. También poseen el derecho de nulificación que consiste en
poder negarse a aplicar decisiones emanadas del órgano confederal si las
consideran nulas y/ o que atentan contra su soberanía e independencia.
La confederación ejerce su poder solo sobre los órganos de los Estados
confederados, pero carece de jurisdicción, autoridad o mando respecto de los
individuos que componen la población de esos Estados. En otras palabras, el poder
sobre la población de aquellos es ejercido directamente por los Estados miembros.
Un ejemplo de confederación es la forma bajo la cual se organizó Suiza en
1948. Sin embargo, en la práctica no ha podido afianzarse como tal, alejándose de
esa forma de organización hasta funcionar en la actualidad como un verdadero
Estado federal.
b) Estado unitario:
En el Estado unitario existe un único centro de poder político, es decir, el
poder se concentra en un órgano central. De tal forma, ese poder es ejercido por
autoridades cuyas funciones se extienden a todo el territorio y a toda la población de
la organización política.
Esta forma de organización es el otro extremo de los Estados confederados.
No existen Estados ni provincias que puedan darse sus propias normas. Las
regiones o distritos son meras divisiones administrativas del Estado unitario que
atienden los asuntos locales exclusivamente.
Nuestro país intentó organizarse bajo esta forma de Estado en los años 1919
y 1926, aunque fracasó en ambas oportunidades.
c) Estado federal:
En el Estado federal el poder es ejercido por un gobierno central y gobiernos
locales, que actúan coordinadamente dentro del mismo territorio. El gobierno central
tiene imperium sobre los Estados locales, dentro de las normas establecidas por la
Constitución Nacional. Adicionalmente, en el Estado federal el poder del órgano u
órganos centrales se ejerce directamente sobre los individuos que componen la

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población, sin perjuicio del poder que corresponde a los Estados locales acorde con
lo dispuesto por la Constitución que es la ley suprema.
En consecuencia, el federalismo es una forma de Estado caracterizada por la
descentralización del poder en relación al territorio. Así, se prevé una pluralidad de
centros de poder con potestades de orden constituyente, legislativas, de elegir a sus
propias autoridades, capacidad de administrarse a sí mismos.
En otras palabras, en un Estado federal existen varios Estados: el Estado
federal o nacional, que es titular de la soberanía, y los otros Estados que son los
Estados miembros, que son descentralizados y que se autodeterminan con sus
constituciones y sus autoridades propias, dentro de una esfera jurídica y territorial
limitada por la Constitución Nacional. No son unidades políticas soberanas, son
autónomas y no pueden separarse ni resistir las disposiciones del Estado Federal.
Reiteramos, el Estado federal está formado por Estados miembros que son
autónomos pero no soberanos, unidos indisolublemente por una Constitución que
regula las competencias del Estado federal y los locales. De ello se desprende que
en el Estado federal es soberano y es el único sujeto de internacional.
La Nación Argentina se constituyó en Estado federal en 1853 al sancionarse
y jurarse la Constitución.

El federalismo argentino.
Como se expuso, en los Estados federales si bien el poder central tiene
atribuciones propias y es soberano, las unidades territoriales en las que está
dividido tienen competencias que les pertenecen y, fundamentalmente, poseen
autonomía, esto es, se pueden dar sus propias normas, elegir sus autoridades y
regirse por ellas.
Argentina fue una confederación durante varios años. Caído el gobierno
central en 1820 y hasta la Constitución de 1853, salvo el breve lapso entre 1826 y
1827 que fue designado el primer presidente argentino, Bernardino Rivadavia, que
permaneció en su cargo por un año, nuestro territorio se gobernó por una
confederación de Estados. Las provincias se relacionaban entre sí y regulaban sus
competencias por medio de pactos, acuerdos o tratados. Incluso, la provincia
Buenos Aires en 1853 llegó a separase de la Confederación y su reincorporación
recién se produjo en 1860.
En Argentina, como vimos, tuvimos dos constituciones de corte netamente
unitario, en 1819 y en 1826. Ambas fracasaron. Fueron rechazadas por las
provincias por no establecer un régimen federal.
La Nación Argentina se constituyó en Estado federal en 1853 al sancionarse
y jurarse la Constitución, que tuvo en cuenta, por un lado, las experiencias de esos
fracasos constitucionales y, por el otro, lo acordado por las distintas provincias en
los pactos preexistentes, en especial lo establecido en el Pacto de San Nicolás de
los Arroyos, antecedente inmediato de nuestra Ley Fundamental, en el que
expresamente se estableció que el congreso constituyente que se convocara
finalmente para dictar la Constitución debía organizar al país bajo el sistema federal.
La Constitución nacional adopta la forma federal de Estado (artículo 1°, CN).
En ella, el poder se descentraliza dando lugar a la existencia de varios Estados: el
federal o nacional y los Estados miembros o particulares, que se hallan
descentralizados, y reciben el nombre de provincias. De allí que coexisten en

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nuestro país poderes y autoridades nacionales con poderes y autoridades locales o
provinciales.
En el federalismo argentino las provincias son autónomas y conservan el
poder no delegado a través de la Constitución Nacional al gobierno federal. La
autonomía se ejerce prevaleciendo, por el principio de supremacía, la Constitución
Nacional sobre las constituciones provinciales.
Al respecto, el artículo 121 de la Constitución establece: “Las provincias
conservan todo el poder no delegado por esta Constitución al gobierno federal y el
que expresamente se hayan reservado por pactos especiales al tiempo de su
incorporación”.
En suma, las provincias en 1853 han cedido su supremacía al gobierno
federal, que es ejercida en representación de todo el pueblo argentino por el
gobierno central, pero se han reservado para ellas la autonomía como principal
característica.
Cabe finalmente destacar que la reforma de 1994 ha constituido un nuevo
gobierno autónomo al sostener en el artículo 129, CN: “La ciudad de Buenos Aires
tendrá un régimen de gobierno autónomo, con facultades propias de legislación y
jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la
ciudad…”.
Por consiguiente, nuestro sistema federal está integrado por dos tipos de
gobierno: el gobierno federal y los gobiernos provinciales o locales. El gobierno
federal es el órgano superior y central, y su poder se ejerce directamente sobre todo
el territorio de la Nación. La soberanía es la principal característica del gobierno
federal a diferencia de los gobiernos provinciales y del gobierno de la Ciudad de
Buenos Aires que solo gozan de autonomía. Como ya se dijo, el gobierno federal es
sujeto de derecho internacional, no siéndolo ninguno de los gobierno locales. Por su
parte, los gobiernos provinciales y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ejercen
su poder sobre el territorio de sus respectivas jurisdicciones, y sus competencias y
atribuciones se dirigen a atender cuestiones de índole local.

Relaciones entre el Estado Federal y las provincias.


Las relaciones que se mantienen entre las provincias y el gobierno federal
están contempladas expresamente a lo largo de la Constitución. Están
determinadas en función del equilibrio que se debe mantener como condición
necesaria para el funcionamiento del sistema federal.
Las relaciones son de tres tipos:
a) Subordinación:
Nuestra organización federal integra una unidad conjunto, con un Estado
nacional soberano compuesto por Estados particulares autónomos que son las
provincias, a las que se suma a partir de 1994 la Ciudad de Buenos Aires. Dentro de
esta estructura, la Constitución nacional es la ley suprema, y las provincias, si bien
tienen capacidad para sancionar sus propias constituciones, deben hacerlo
subordinándolas a la primera. Ésta traza las pautas y normas fundamentales que las
provincias y la Ciudad de Buenos Aires no pueden desobedecer ni violar, sino que
deben acatar y reproducir en sus propias constituciones; y la Ciudad de Buenos
Aires en su Estatuto Organizativo (artículos 5°, 31 y 123, CN).

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b) Participación:
La relación de participación significa que las provincias poseen el derecho
que se han reservado de participar o colaborar en la toma de decisiones del
gobierno federal, mediante su presencia en la Cámara de Senadores. Cada
provincia y la Ciudad de Buenos Aires están representadas por tres senadores
elegidos en forma directa y conjunta (artículo 54, CN); la representación es
igualitaria, dado que nada tienen que ver en el número de representantes la
importancia política y económica de las provincias ni la cantidad de sus habitantes.
c) Coordinación:
Por medio de este tipo de relación se distribuyen las competencias que
corresponden a los gobiernos provinciales y al gobierno federal. El principio federal
de reparto de competencias está determinado en el artículo 121, CN, conforme al
cual “Las provincias conservan todo el poder no delegado por esta Constitución al
gobierno federal y el que expresamente se hayan reservado por pactos especiales
al tiempo de su incorporación”. Cabe aclarar que la última parte de la norma
constitucional, esta referida a la Provincia de Buenos Aires y a las atribuciones que
ésta reservó para sí en el Pacto de San José de Flores al momento de aceptar su
incorporación a la Confederación. En general, está reservado a las provincias todo
lo que la Constitución nacional no atribuye al Estado federal. Este norma, establece
que la regla es la competencia de los estados provinciales y la excepción es la
competencia del Estado federal. Las provincias conservan, después de adoptada la
Constitución, todos las competencias que tenían antes, a menos que en la
Constitución alguna de sus normas restrinja o prohíba su ejercicio.

El reparto de competencias entre la Nación y las provincias.


La Constitución tiene varias normas que se dedican a organizar nuestro
sistema federal y la consiguiente relación entre los poderes de cada una de sus
partes.
El esquema seguido por la Constitución consiste en repartir atribuciones
entre la Nación y las provincias, y cada una de ellas puede regular las materias que
sean de su competencia, tanto en sus aspectos esenciales, como en lo referido a su
implementación. Reiteramos, la norma básica para establecer dicho reparto es la
contenida en el artículo 121, CN.
De acuerdo a las disposiciones de la Constitución, la distribución de
competencias entre las provincias y el gobierno federal admite la siguiente
clasificación, indicándose a modo de ejemplo aquellas que las consagran:
a) Poderes exclusivos o delegados al gobierno federal (artículos 2°, 6°, 9°,
17, 23, 26, 27, 30, 45, 75, 76, 80, 85, 99, 116 y 117, CN).
b) Poderes exclusivos de las provincias (artículos 5°, 54, 122, 124, 125 y
129, CN).
c) Poderes concurrentes: se trata de cuestiones que pueden ser llevadas a
cabo por ambos órdenes de gobierno dentro de sus respectivas esferas
de competencia (artículos 75, incisos 2, 17, 18 y 19; 41, 42 y 43, CN).
d) Poderes compartidos: son actos en los que se requiere necesariamente la
intervención de una u otra para que resulten válidos (artículos 3° y 13
CN.).
e) Poderes prohibidos al gobierno federal (artículos 25, 29, 32 y 122, CN).

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f) Poderes prohibidos a las provincias (artículos 9°, 10,11, 29,126 y 127,
CN).

Los recursos económicos.


El Estado debe realizar un complejo conjunto de actividades, servicios y
prestaciones para que el cumplimiento de sus fines esté dirigido a satisfacer el bien
común. Para tales propósitos, consecuentemente, debe disponer de los medios
necesarios y de las normas legales que han de regular su actividad de recaudación,
gestión y conservación de los bienes públicos.
Es en la Constitución donde se establecen los principios generales que la
gobiernan, designando la fuente de los recursos, las competencias de los poderes
Legislativo y Ejecutivo en lo atinente al establecimiento, recaudación, inversión y
control del destino de los fondos, atendiendo a la distribución de competencias para
el Gobierno Federal y los de las provincias, como expresión de nuestra organización
federal, y los derechos y deberes de los habitantes en la materia; esto último, con el
objetivo de brindar amplias garantías en lo que hace a la imposición y recaudación
del impuesto para evitar abusos o desviación de poder en perjuicio de los
administrados.
En otras palabras, el hecho de vivir en sociedad crea una serie de
responsabilidades, entre las que se encuentra la de contribuir con los medios
financieros para satisfacer los gastos que demanda la propia organización de la que
forma parte.
Al respecto, cabe distinguir entre los recursos que fija la Nación y los
recursos que fijan las provincias:
a) Recursos que fija la Nación:
Corresponde a la Nación proveer a los gastos de ésta con los fondos del
tesoro nacional, que son los ingresos que el Estado percibe para atender sus gastos
con la ley de Presupuesto. Se atribuyen al Gobierno Federal los siguientes recursos:
1. Los derechos de importación y exportación (artículos 4°, 9°, 75, inciso 1, y
126, CN).
2. La renta de correos (artículos 4° y 75, inciso 14, CN).
3. La venta o locación de tierras de propiedad nacional (artículos 4° y 75,
inciso 4°, CN).
4. Los empréstitos y operaciones de crédito (artículos 4° y 75, inciso 4°, CN).
5. Los impuestos indirectos y directos sobre personas y bienes ubicados,
actividades cumplidas en la Capital Federal y los llamados
establecimientos de utilidad nacional.
6. Los impuestos indirectos en todo el territorio de la Nación, en forma
concurrente con las provincias.
7. Excepcionalmente, los impuestos directos en todo el territorio del país, por
tiempo determinado y siempre que la defensa, seguridad común y bien
general del Estado lo exijan (artículo 75, inciso 2°, CN).
b) Recursos que fijan las provincias:
Los recursos económicos de las provincias se constituyen con:
1. El producido de sus recursos naturales (artículo 124, CN).
2. La venta o locación de tierras de propiedad provincial (artículo 121, CN).
3. Los empréstitos y operaciones de crédito sobre el crédito de la provincia
(artículo 121, CN).

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4. Los subsidios otorgados por el tesoro nacional (artículo 75, inciso 9, CN).
5. Los impuestos directos sobre personas y bienes ubicados, actividades
cumplidas en el territorio provincial.
6. Los impuestos indirectos en el territorio provincial, concurrentemente con
la Nación.
A continuación, haremos una distinción entre impuestos indirectos e
impuestos directos:
a) Impuestos directos:
El contribuyente establecido por la norma tributaria coincide con quien
efectivamente paga el tributo (Impuesto a las Ganancias: la ley establece quien lo
debe pagar y ese sujeto es efectivamente quien lo paga).
b) Impuestos indirectos:
La ley establece un contribuyente, pero quien carga en definitiva con el
tributo es otro porque su importe se traslada (Impuesto al Valor Agregado: quien
efectivamente carga con el IVA es el consumidor final porque el comerciante que es
el contribuyente previsto por la ley, lo traslada a los precios). A su vez, los
impuestos indirectos se distinguen en:
1. Externos: derechos de importación y exportación (artículo 75, inciso 1°,
CN), son de competencia exclusiva del Estado federal y no
coparticipables.
2. Internos: impuesto al valor agregado (artículo 75, inciso 2°, primer
párrafo, CN), concurrentes con las provincias y la Ciudad de Buenos Aires
y coparticipables.

La coparticipación impositiva.
Se ha dicho que la coparticipación en realidad surgió en nuestro país cuando
ante ciertas situaciones de emergencia, el Estado Federal estableció impuestos que
en realidad pertenecían a las provincias. En ese contexto, se creó un mecanismo de
coparticipación por el cual el Gobierno federal intento moderar las consecuencias de
la detracción de recursos provinciales, devolviéndoles a las provincias un porcentaje
de los recaudado.
La Reforma Constitucional de 1994 incluyó una regulación específica sobre
este tema en el artículo 75, inciso 2, CN. En ese sentido, la norma constitucional
dispuso que:
a) La coparticipación se tiene que aprobar por una ley-convenio sobre la
base de un acuerdo entre la Nación y las provincias.
b) Los porcentajes de distribución de lo recaudado se deben fijar teniendo
en cuenta dos aspectos: uno, objetivo, vinculado con las competencias, servicios y
funciones de cada una de las partes; y el otro, subjetivo, que debe tener en cuenta
la equidad, la solidaridad y el desarrollo parejo y la igualdad de oportunidades en
todo el territorio del país.
c) Se debe garantizar que la remisión de los fondos sea automática.
d) Los recursos que entran dentro del sistema de coparticipación son las
contribuciones internas directas y las contribuciones directas, excepcionalmente
establecidas por la Nación.
e) Los derechos de importación y exportación (contribuciones indirectas
externas), los tributos provinciales y los tributos municipales quedan excluidos.

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Transcurrido más de un cuarto de siglo de la reforma constitucional, aún no
ha sido aprobada una ley de coparticipación en los términos previstos en las normas
citadas.
Es evidente que acordar los términos de la coparticipación federal resulta una
tarea muy compleja ya que supone, en primer término, acordar que porcentaje de lo
recaudado queda para las arcas nacionales y qué porcentaje va a las provincias y a
la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y en segundo término, es todavía más
complejo acordar cuánto del último porcentaje corresponde a cada una de las
provincias y a la Ciudad de Buenos Aires.
En efecto, las jurisdicciones en mejor situación exigen que se aplique el
criterio objetivo, es decir, que se les devuelva lo aportado; en tanto, las
jurisdicciones con un escenario menos favorable pretenden la aplicación del criterio
subjetivo o de redistribución equitativa.

La intervención federal en las provincias.


La intervención federal constituye un instrumento institucional de excepción y
de emergencia atribuido al gobierno nacional sobre las provincias y la Ciudad de
Buenos Aires, con la finalidad de mantener la supremacía de la Constitución
Nacional, de los Tratados de Derechos Humanos que integran el bloque de
constitucionalidad, de las leyes federales y, también, de las instituciones políticas
provinciales, en especial, la vigencia de las respectivas constituciones y la paz e
integridad de los entes locales.
El Estado federal en casos de grave emergencia interfiere en la autonomía de
las provincias a efectos de asegurar el cumplimiento de fines superiores
establecidos en la Constitución. En definitiva, esto es garantizar los principios
expuestos en las normas constitucionales contenidas en los artículos 5° y 122, CN.
El artículo 6° de la Constitución establece: “El Gobierno federal interviene en
el territorio de las provincias para garantizar la forma republicana de gobierno,
repeler invasiones exteriores, y a requisición de sus autoridades constituidas para
sostenerlas o restablecerlas, si hubieren sido depuestas por la sedición, o por
invasión de otra provincia”.
Así, el gobierno federal interviene en las provincias:
a) Por sí solo: cuando sea necesario garantizar la forma republicana de
gobierno, o para repeler invasiones exteriores.
b) A requerimiento de las autoridades provinciales: para sostenerlas en caso
de peligro de su estabilidad o a fin de restablecerlas en caso de sedición o
por invasión de otra provincia.
Es atribución del Congreso de la Nación (artículo. 75, inciso 31, CN) disponer
la intervención federal a una provincia y en caso de que éste se encuentre en
receso puede decidirlo el Poder Ejecutivo, debiendo convocar simultáneamente al
Congreso (artículo 99, inciso 20, CN).
La intervención federal puede tener distintos alcances. En algunos casos,
comprende a los tres poderes de las provincias, y en otros, a uno o a algunos de
ellos. Veamos los distintos supuestos.
Si la intervención federal abarca a los tres poderes, se designa a un
interventor federal, quien se hace cargo del poder ejecutivo provincial, disuelve al

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poder legislativo y declara en comisión a los miembros del poder judicial, lo cual
implica suspender la inamovilidad de los magistrados judiciales.
En el supuesto que la intervención federal recaiga sobre el poder ejecutivo
provincial, el gobernador es sustituido por el interventor, quien podrá ejercer todas
las facultades que le confiere la constitución provincial.
Si también es dispuesta sobre la legislatura provincial, el interventor podrá
legislar y, sus leyes, solamente podrán ser modificadas o derogadas una vez
concluida aquella.
Por último, si la norma que ordena la intervención a la provincia dispone que
alcanza al poder judicial, el interventor puede remover y nombrar jueces en
comisión. En este último caso, los jueces mantienen sus cargos hasta que las
autoridades provinciales realicen un nombramiento definitivo. Entre tanto, al igual
que los restantes jueces, pueden ser removidos en cualquier momento.
Cabe finalmente señalar que la Constitución no contiene previsiones acerca
del interventor federal. Sin embargo, hay acuerdo respecto a que el interventor
federal es un delegado del presidente de la República y, por lo tanto, es un
funcionario del gobierno federal.

Los municipios.
La forma federal de Estado implica en nuestro país la existencia de dos
sujetos de derecho público, por un lado, la Nación que es soberana, y por el otro, las
provincias que son autónomas. Asimismo, implica el reparto de atribuciones acorde
con la norma básica contenida en el artículo 121 de la Constitución Nacional.
Además de estos dos sujetos de derecho público, nuestra Constitución
contempla expresamente otros sujetos que merecen ser considerados de manera
particular, esto es, los municipios y la Ciudad de Buenos Aires.
Antes de la última reforma constitucional, la Ley Suprema solo se refería a
los municipios en el artículo 5° conforme al cual las constituciones provinciales
deben asegurar el régimen municipal. Luego de la reforma , la norma constitucional
se vio ampliada con el texto del artículo 123 que dispone: “Cada provincia dicta su
propia Constitución, conforme a lo dispuesto por el artículo 5° asegurando la
autonomía municipal y reglando su alcance y contenido en el orden institucional,
político, administrativo, económico y financiero”.
De ello se desprende que es requisito esencial para las provincias asegurar
en sus textos normativos la autonomía municipal, dejando librado a ellas la manera
de organizar sus municipalidades en respeto a la identidad de cada provincia. Es
decir, las características de la autonomía municipal han sido dejada en manos de
las provincias, por lo que en definitiva, aquellas en cada caso van a depender de lo
dispongan las normas locales.
Sintetizando, se reconoce la existencia de los municipios como institución
natural y necesaria y se amplían las exigencias del artículo 5° sobre el régimen
municipal, el que ahora debe ser asegurado en su autonomía en virtud del artículo
123.
En definitiva, como se puede apreciar, la autonomía del régimen municipal
está condicionada en cuanto a su alcance y contenido a lo que cada provincia
pueda establecer en el orden institucional, político, administrativo, económico y
financiero.
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La Ciudad de Buenos Aires.
Hasta 1994 la Ciudad de Buenos Aires no era mencionada en la
Constitución, sólo se refería a la Capital Federal. A partir de la reforma
constitucional se incluyó el artículo 129 que dispone: “La Ciudad de Buenos Aires
tendrá un régimen de Gobierno autónomo con facultades propias de legislación y
jurisdicción, y su jefe de gobierno será elegido directamente por el pueblo de la
Ciudad”.
En otras palabras, la denominación utilizada hasta 1994 como sujeto de
derecho público era “Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires” y, en tanto
municipio, sus órganos de gobierno eran el Intendente y el Concejo Deliberante. Es
más, el Intendente no era elegido por el pueblo sino por el Presidente de la Nación
que era quien detentaba la jefatura de la Capital Federal.
La Ciudad de Buenos Aires a partir de 1994 no es un municipio; tampoco es
una provincia. La Constitución no se refiere a la Ciudad como provincia, más allá
que el artículo 129 que, como vimos, se refiere a ella este incluido en el Título
Segundo que corresponde a los Gobiernos de Provincia.
En resumen, de acuerdo a lo establecido en la Constitución, la Ciudad de
Buenos Aires:
a) Tiene facultades de legislación, esto es, se da sus propias normas por
medio de la Legislatura Porteña.
b) Tiene facultades de jurisdicción; o sea, tiene jueces locales.
c) Elige a su Jefe de Gobierno y demás autoridades electivas.
d) Tiene representantes en el Congreso Nacional, tanto diputados como
senadores.
e) Participa en el régimen de coparticipación federal.
f) Puede ser intervenida por el Gobierno federal.

Formas de gobierno.
Hemos visto que las formas de Estado se refieren a la estructura de su
organización política, es decir, a cómo se organiza la autoridad en el espacio. O
sea, a la relación existente entre el poder y el territorio.
En cambio, las formas de gobierno se refieren al modo en que el Estado se
organiza, es decir, como se ordenan, distribuyen y coordinan las estructuras y
competencias de sus órganos, desempeñados por personas humanas, a través de
los cuales se traducen la voluntad y las funciones estatales.
Más allá de las distintas clasificaciones que pudieron darse a través del
tiempo sobre las formas de gobierno, nos detendremos en la clasificación que
distingue entre autocracia y democracia (Lowenstein).
La autocracia es una forma de gobierno en la que la titularidad y ejercicio del
poder recaen en una o pocas personas, quién o quiénes lo utilizan a voluntad, o
bien conforme a normas que ellas mismas han elaborado.
Incluimos en ella a las monarquías o gobierno de reyes, quienes se
consideran titulares y dueños del poder por delegación divina; a las aristocracias,
gobierno de unos pocos, que se consideran llamados a mandar por reputarse sabios
y mejor preparados que los gobernados, , y a las llamadas dictaduras y tiranías.

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En estas formas de gobierno, el pueblo no participa en la toma de decisiones.
Sólo se limita a observar pasivamente cómo los gobernantes dirigen sus destinos.
Recordemos que los gobernados no son aquí titulares del poder, y, por supuesto,
tampoco pueden ejercerlo.
Por su parte, la democracia se trata de una forma de gobierno en la que el
pueblo es titular del poder, imperium o capacidad de mando. Entre las modalidades
de democracia, pueden mencionarse las siguientes:
a) Democracia directa:
Se practicaba antiguamente, en la Grecia del siglo V a. C., época en la que el
pueblo, reunido en asamblea, directamente ejercía el poder, gobernaba, dictaba
normas y se turnaban los ciudadanos para ocupar cargos públicos, a los cuales se
accedía por sorteo y por breves lapsos. Aquí el pueblo no solo ostentaba la
titularidad del poder, característica propia de la democracia, sino que además lo
ejercía activamente tornando directa a esa democracia. Hoy por hoy sería imposible
llevarla a la práctica, porque, no se puede imaginar que el pueblo permanezca
constantemente reunido en asamblea para resolver asuntos públicos (Rousseau).
b) Democracia indirecta:
Se trata de un sistema político, en el cual, si bien el pueblo resulta
ser titular del poder, no lo ejerce directamente, puesto que lo delega, lo transfiere a
las autoridades o gobernantes que elige a esos efectos. Aquí el pueblo designa
representantes para que hagan lo que todos juntos no podrían lógicamente hacer,
es decir, gobernar. Las autoridades elegidas son prestatarias de un poder que no
les pertenece, y que sólo pueden ejercer por el período de duración preestablecido
para sus cargos. Es por ello que esta forma de democracia también se denomina
democracia representativa, toda vez que quien resulta ser elegido para ejercer el
poder y gobernar por un período determinado, representa a la población toda.
c) Democracia semidirecta:
Es aquella en la que el pueblo toma intervención en determinados asuntos,
mediante la aplicación de distintos mecanismos, como la consulta popular, iniciativa
popular, y destitución popular o recall. Al respecto, se ha dicho que no alcanzan a
constituir una forma de democracia pura o que no constituye en sí misma una
categoría de democracia. En otras palabras, se ha considerado que dentro de la
democracia indirecta o representativa, es posible aplicar mecanismos de
participación popular en los que la población, circunstancialmente, y en
determinadas cuestiones, se une a sus representantes para tomar decisiones de
gobierno. Es así entonces que, en plena vigencia de la democracia indirecta,
pueden reconocerse y aplicarse mecanismos de democracia semidirecta, no siendo
esta última una tercera forma de democracia, sino un conjunto de mecanismos de
participación popular, aplicables solamente en las democracias indirectas. Tal es lo
que ocurrió en la Argentina desde 1994, incorporándose en su texto mecanismos o
instrumentos de democracia semidirecta como la iniciativa y la consulta populares
(artículos 39 y 40, CN.).
Desde fines del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, a la aparición de la
democracia le seguiría la adopción de una de estas dos formas de gobierno que por
ello se consideran los modelos clásicos de organización de la estructura gubernativa
en una democracia constitucional. Uno y otro, se establecerían en distintas áreas
geográficas. El parlamentarismo, producto de la evolución de las instituciones
inglesas, se asentaría en Europa. El presidencialismo, ideado por el constituyente

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estadounidense, se instalaría en los Estados Unidos para luego extenderse hasta
los más lejanos confines del continente americano, a medida que las antiguas
colonias españolas y portuguesas se independizaron y accedieron a la democracia.
A ellas, se suma el semipresidencialismo que es un régimen en cuyo interior
conviven elementos propios del presidencialismo con otros extraídos del
parlamentarismo.
Veamos las principales características de cada una de ellas:
a) Presidencialismo:
La separación de poderes es concebida de manera tajante. El Poder
Ejecutivo es unipersonal y es ejercido por el Presidente de la República quien
concentra las calidades de Jefe de Gobierno y Jefe de Estado. Los ministros y
secretarios de Estado son meros asistentes del Presidente quien los designa y los
remueve libremente, sin que deba mediar para ello la intervención de otro órgano. El
Vicepresidente efectiviza su presencia en el Poder Ejecutivo sólo en casos de
ausencia o acefalia temporaria o permanente. Sin embargo, existen excepciones en
las que se le concede al Vice, facultades propias o las que el Presidente le delegue.
Tanto el titular del Poder Ejecutivo como los miembros del Poder Legislativo
son elegidos de manera independiente a través del sufragio universal. Ni el Poder
Ejecutivo ni el Poder Legislativo pueden remover al o a los titulares del otro Poder
por razones políticas. La única causal de excepción a esta regla la constituye un
eventual juicio político al Presidente, al Vicepresidente o a los ministros.
b) Parlamentarismo:
La composición del Poder Ejecutivo es colegiada, las jefaturas de Estado y
de Gobierno se encuentran separadas, quedando la primera a cargo de un
presidente o de un monarca, quienes ejercen un poder de tipo simbólico o ritualista),
mientras que la segunda recae en la persona del Primer Ministro, quien a su vez
preside un Consejo de Ministros o gabinete. Este último órgano compone el
Gobierno y ello es así dado que todos son individual y solidariamente responsables
de la gestión gubernamental ante el Parlamento. Los miembros del Gabinete deben
ser parlamentarios.
En el proceso de designación del Gobierno participan el Jefe de Estado y el
Parlamento, pero precisa de la confianza de este último para gobernar. El
Parlamento es el único órgano cuyos ocupantes son elegidos a través del sufragio.
Los mandatos de los miembros de los poderes políticos pueden verse interrumpidos
antes de la finalización del mandato para el que han sido elegidos. En el caso del
Parlamento, por su disolución; mientras que el gobierno puede ser removido por la
aprobación de una moción de censura que provoca el retiro de la confianza
parlamentaria.
c) Semipresidencialismo:
Esta forma de gobierno es un régimen híbrido en el que conviven elementos
propios del presidencialismo con otros extraídos del parlamentarismo. Es decir, se
trata de una forma política que se encuentra en medio de los sistemas
presidencialista y parlamentario. Entre el semipresidencialismo y el presidencialismo
hay un denominador común y es la existencia de un presidente electo
popularmente. Sin embargo, ambas formas de gobierno se apartan ya que el
semipresidencialismo divide en dos al presidencialismo, reemplazando una
estructura mono-céntrica de autoridad con una autoridad dual donde el presidente

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es el jefe de Estado y el primer ministro, dependiente del Parlamento, es quien toma
a su cargo las funciones de gobierno.
A diferencia de lo que ocurre en el Parlamentarismo, donde el jefe de Estado
es una figura representativa pero que carece de facultades efectivas, en el
semipresidencialismo el presidente (jefe de Estado) cuenta con importantes poderes
propios. Se ha mencionado que el presidente en el sistema semipresidencialista
actúa como un superárbitro cuyas potestades aparecen cuando de conjurar
tormentas y potestades se trata (Sabsay). No son prerrogativas normales, sino
poderes excepcionales que solo puede utilizar muy pocas veces. No son poderes de
decisión, tienden más bien a impedir una decisión.
Por otra parte, en cuanto a las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo,
en el semipresidencialismo son similares a las que se producen en el
Parlamentarismo. No obstante, existen importantes diferencias. Entre ellas, que los
miembros del gabinete no tienen que ser necesariamente parlamentarios; que el
voto de confianza no tiene por qué ser expreso, sino que puede ser tácita, es decir,
al no expresarse el Parlamento en el transcurso de un plazo de tiempo, se presume
que ha brindado su apoyo.
En resumen, la característica que cualquier semipresidencialismo debe tener
es una estructura de autoridad dual, una configuración de dos cabezas: una diarquía
entre un presidente, que es el jefe de Estado y un primer ministro, que encabeza al
gobierno.

El régimen representativo y republicano.


El artículo 1° de la Constitución dispone: “La nación Argentina adopta para su
gobierno la forma representativa republicana federal, …”. Es decir, no diferencia la
forma de gobierno de la forma de Estado. No obstante, puede afirmarse que la
primera responde a la pregunta sobre quién ejercita el poder y la segunda acerca de
cuántos centros territoriales de decisión política existen en un Estado (Gelli).
Al referirnos a las formas de Estado, explicamos que la Nación Argentina se
constituyó en Estado federal en 1853 al sancionarse y jurarse la Constitución, que
tuvo en cuenta, por un lado, las experiencias de los fracasos constitucionales de
1819 y 1826 y, por el otro, lo acordado por las distintas provincias en los pactos
preexistentes, en especial lo establecido en el Pacto de San Nicolás de los Arroyos,
antecedente inmediato de nuestra Ley Fundamental, en el que se expresamente se
estableció que el congreso constituyente que se convocara finalmente para dictar la
Constitución debía organizar al país bajo el sistema federal.
Así, la Constitución nacional adopta la forma federal de Estado donde el
poder se descentraliza dando lugar a la existencia de varios Estados: el federal o
nacional y los Estados miembros o particulares, que se hallan descentralizados, y
reciben el nombre de provincias.
Seguidamente, nos referiremos a la forma representativa y republicana de
gobierno.

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Forma representativa.
Al señalar la Constitución esta forma de gobierno, es decir, al adoptar el
régimen representativo, hace referencia la democracia indirecta, sistema político en
el cual, si bien el pueblo resulta ser titular del poder, no lo ejerce directamente
puesto que lo delega, lo transfiere a las autoridades o gobernantes que elige a esos
efectos.
En ese sentido, el artículo 22 de la Constitución dispone: “El pueblo no
delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas
por esta Constitución. …”. De ello, se desprende que el sistema de gobierno
diseñado por la Constitución es representativo, es decir, gobierno indirecto del
pueblo, que elige a sus mandatarios y deposita en ellos el ejercicio del poder.
En otras palabras, nuestra Constitución localiza en el pueblo el poder político,
facultándolo para designar los órganos representativos que deben reflejar la
voluntad de los electores, siendo responsables de sus actos ante al pueblo.
A partir de la reforma constitucional de 1994, se incorporaron formas de
democracia semidirecta que tienden a posibilitar una participación más inmediata
del pueblo de la Nación en la toma de decisión política.
El artículo 39 de la Constitución posibilita la iniciativa popular: “Los
ciudadanos tienen el derecho de iniciativa para presentar proyectos
de ley en la Cámara de Diputados. El Congreso deberá darles expreso
tratamiento dentro del término de doce meses. El Congreso, con el voto de la
mayoría absoluta de la totalidad de los miembros de cada cámara, sancionará una
ley reglamentaria que no podrá exigir más del tres por ciento del padrón electoral
nacional, dentro del cual deberá contemplar una adecuada distribución territorial
para suscribir la iniciativa. No serán objeto de iniciativa popular los proyectos
referidos a reforma constitucional, tratados internacionales, tributos, presupuesto y
materia penal”.
La iniciativa popular es el mecanismo de democracia semidirecta por el cual
la ciudadanía propone a las autoridades constituidas un proyecto de ley, sostenido
con una determinada cantidad de firmas.
Por lo tanto, el articulo 39 y la Ley N° 24.747 posibilitan la iniciativa popular
para presentar proyectos de leyes en la Cámara de Diputados. El sistema consiste
en que, presentado un proyecto de ley suscripto por un número mínimo de
personas, el uno y medio por ciento del padrón electoral nacional reunido en por lo
menos seis distritos, el Congreso debe tratarlo expresamente dentro del término de
doce meses.
Para clarificar, una vez lograda la cantidad de firmas establecida, esto no
significa que el proyecto presentado pase a ser ley puesto que el pueblo no delibera
ni gobierna sino por medio de sus representantes. En consecuencia, ante tal
circunstancia, el Congreso se encuentra obligado a tratar expresamente el proyecto
en cuestión dentro de los doce meses.
A su turno, el artículo 40 establece la consulta popular: "El Congreso, a
iniciativa de la Cámara de Diputados, podrá someter a consulta popular un proyecto
de ley. La ley de convocatoria no podrá ser vetada. El voto afirmativo del proyecto
por el pueblo de la Nación lo convertirá en ley y su promulgación será automática. El
Congreso o el presidente de la Nación, dentro de sus respectivas competencias,
podrán convocar a consulta popular no vinculante. En este caso el voto no será

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obligatorio. El Congreso, con el voto de la mayoría absoluta de la totalidad de los
miembros de cada cámara, reglamentará las materias, procedimientos y
oportunidad de la consulta popular."
La consulta popular es un mecanismo de democracia semidirecta, en virtud
del cual las autoridades someten a consideración del pueblo diferentes cuestiones.
En ocasiones, esta consulta recibe el nombre de referéndum y, en otras, de
plebiscito. Se ha dicho que el referéndum es una consulta popular destinada a que
el pueblo ratifique o rechace una ley ya elaborada con o sin aplicación; mientras que
el plebiscito, sería una consulta tendiente a que el pueblo se pronuncie acerca de
alguna gran decisión política que debe tomarse, celebrar un tratado de paz, de
límites, etc.
A diferencia de lo que ocurre con la iniciativa popular, en el caso de la
consulta popular el procedimiento se inicia en el Congreso. La Cámara de Diputados
puede proponer que se someta un proyecto de ley a consulta popular. El trámite
está reglamentado por la Ley N° 25.432.
La iniciativa de la Cámara de Diputados debe girarse luego al Senado de la
Nación. Si la propuesta es aprobada en una sesión especial con el voto de la
mayoría absoluta de los miembros presentes en cada una de las Cámaras, debe
convocarse al pueblo de la nación para que se pronuncie por si o por no y esa
convocatoria no puede ser vetada por el Poder Ejecutivo.
El resultado de la votación de la población es obligatorio, si emitió su voto al
menos el treinta y cinco por ciento de los electores inscriptos en el padrón electoral.
Cumplido ese requisito, si el proyecto obtiene la mayoría de los votos afirmativos, el
proyecto de convierte en ley. Si contrariamente, el resultado de la votación es
negativo, el proyecto de ley no podrá ser reiterado durante dos años, ni podrá
repetirse la consulta durante el mismo lapso.
En este caso, como se advierte, la consulta popular es vinculante. Por lo
tanto, la decisión que tome la ciudadanía al votar la consulta debe ser
obligatoriamente adoptada por los gobernantes. Además, el carácter vinculante de
la consulta impone a los ciudadanos el deber de concurrir a votar.
A su vez, el artículo 40 contempla el caso de la consulta popular no
vinculante, es decir, aquella cuyo resultado no necesariamente debe ser adoptado
por los gobernantes y, además, tampoco es obligatoria la concurrencia del
electorado a las urnas. Así, a iniciativa del Presidente y del Congreso y dentro de
sus respectivas competencias, es posible convocar al electorado para opinar por si
o por no, con relación a un asunto de interés para la Nación.
Reiteramos, el poder que convoca a la consulta popular no vinculante no está
obligado a obedecer el pronunciamiento del electorado y tiene discrecionalidad para
interpretar y mensurar el resultado.
Cabe señalar finalmente que la Constitución, a diferencia de lo que ocurre en
la iniciativa popular, no ha fijado prohibiciones temáticas en relación con la consulta
popular. Sin embargo, se ha dicho que dicha prohibiciones alcanzan también a la
consulta popular pues si el reformador constituyente de 1994 ha considerado
inconveniente que la ciudadanía pueda tener iniciativa de presentar proyectos de ley
en determinadas materias, también debe considerarse inconveniente un
pronunciamiento popular expresado a través de una consulta.

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En suma, como puede apreciarse, la incorporación de los mecanismos de la
iniciativa y la consulta popular tienden, entonces, a otorgar una participación más
directa a la ciudadanía en determinados procesos de toma de decisiones.

Forma republicana.
La república ha sido definida como un sistema político de división y control
del poder y presenta, además, como notas que la caracterizan la publicidad de los
actos de gobierno, la responsabilidad de los funcionarios, la periodicidad de los
cargos electivos y la igualdad de todos ante la ley (Gelli).
La forma de gobierno republicana implica que el poder es ejercido por más de
un órgano. Tal separación del poder aparece plasmada en nuestra Constitución en
la clásica división tripartida entre los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial que,
como ya vimos, tienen a su cargo hacer las leyes, administrar y juzgar.
Estas separación entre órganos implica atribuciones propias y cooperación
compartida entre todos ellos. La finalidad perseguida no es otra que evitar el
desborde del poder y el peligro para las libertades personales que suscitaría la
centralización en la toma de decisiones públicas.
Veamos los requisitos esenciales de la forma de gobierno republicana:
a) División de poderes:
Se trata de funciones separadas, coordinadas, equilibradas y de control de
los órganos del poder, dispuesta para controlar el poder, posibilitar la libertad y
garantizar los derechos de las personas. En otras palabras, las funciones separadas
resguardan los derechos individuales y evitan la concentración del poder. Nuestra
Constitución consagra en su parte orgánica (artículos 44 a 120) la separación de los
órganos del poder, estableciendo tres departamentos de gobierno: Poder
Legislativo, Poder Ejecutivo y Poder Judicial.
b) Publicidad de los actos de gobierno:
Es la divulgación que debe hacerse de la gestión que se les ha delegado a
los órganos del poder. Vale decir, si una de las características de la república es la
necesidad de controlar el ejercicio del poder, es lógico que se establezca la
necesidad de conocer aquellos actos que deben ser controlados. Contrariamente, el
secreto de los actos que deberían ser públicos fomenta la connivencia, el engaño y
el abuso de la función. En suma, cuanto mayor publicidad se de a los actos de
gobierno, mayor será la transparencia en su ejercicio y mejor el manejo de la cosa
pública (Recalde).
c) Responsabilidad de los funcionarios:
La responsabilidad de los funcionarios se encuentra establecida
expresamente para los integrantes del Congreso de la Nación y de las legislaturas
provinciales, en caso de que violen el principio republicano otorgando la suma del
poder público o supremacías o sumisiones al Poder Ejecutivo de la Nación o de las
provincias (artículo 29, CN); para el Poder Judicial Federal, a través del juicio
político a los miembros de la Corte Suprema (artículos 53, 59 y 110, CN) y del
Jurado de Enjuiciamiento, para los jueces de las restantes instancias (artículo 115,

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CN); para los legisladores nacionales se prevé el juicio de remoción (artículo 66,
CN) y para el presidente, vicepresidente, jefe de gabinete de Ministros y ministros
también se prevé el juicio político (artículos 53 y 59, CN). Finalmente cabe aclarar
que además de la responsabilidad política, la responsabilidad de los funcionarios
públicos es también civil, penal y administrativa.
d) Periodicidad de los cargos electivos:
Es la limitación en el tiempo de los cargos representativos; es el ejercicio de
éstos por un período determinado, lo que importa la renovación periódica de los
gobernantes mediante el voto popular. Para clarificar, se encuentra en la esencia del
régimen republicano el hecho que quienes ocupen cargos a los que se accede por
elección popular tengan establecido un período determinado para el ejercicio de su
función. De allí, que la Constitución establece la duración en los cargos del
Presidente y Vicepresidente (artículo 90), de los diputados (artículo 50) y de los
senadores (artículo 56). De igual manera, las constituciones provinciales fijan la
duración en los cargos de los gobernadores y vicegobernadores y de los
legisladores.
e) Igualdad ante la ley:
El principio de la igualdad ante la ley opera como un freno expreso contra los
excesos y las discriminaciones. Es decir, la igualdad es consecuencia necesaria de
la libertad, de forma tal que entre ambas existe una íntima vinculación. Ambos
derechos emergen del propio texto de la Constitución (artículos 16 y 19).

Bibliografía consultada.

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2020.
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