Habrían corrido unos seis años.
Al entrar yo una tarde al cuarto de mi padre, le
oí sollozar: tenía los brazos cruzados sobre la mesa, y en ellos apoyaba la frente;
cerca de él mi madre lloraba, y en sus rodillas reclinaba María la cabeza, sin
comprender ese dolor y casi indiferente a los lamentos de su tío: era que una carta de
Kingston, recibida aquel día, daba la nueva de la muerte de Salomón. Recuerdo
solamente una expresión de mi padre en aquella tarde: «Si todos me van
abandonando sin que pueda recibir sus últimos adioses, ¿a qué volveré yo a mi
país?». ¡Ay! ¡sus cenizas debían descansar en tierra extraña, sin que los vientos del
Océano, en cuyas playas retozó siendo niño, cuya inmensidad cruzó joven y
ardiente, vengan a barrer sobre la losa de su sepulcro las flores secas de los aromos y
el polvo de los años!
Pocos eran entonces los que conociendo nuestra familia, pudiesen sospechar que
María no era hija de mis padres. Hablaba bien nuestro idioma, era amable, viva e
inteligente. Cuando mi madre le acariciaba la cabeza, al mismo tiempo que mis
hermanas y a mí, ninguno hubiera podido adivinar cuál era allí la huérfana.
Tenía nueve años. La cabellera abundante, todavía de color castaño claro, suelta
y jugueteando sobre su cintura fina y movible; los ojos parleros; el acento con algo
de melancólico que no tenían nuestras voces; tal era la imagen que de ella llevé
cuando partí de la casa paterna: así estaba en la mañana de aquel triste día, bajo las
enredaderas de las ventanas de mi madre.
- VIII -
A prima noche llamó Emma a mi puerta para que fuera a la mesa. Me bañé el
rostro para ocultar las huellas de las lágrimas, y me mudé los vestidos para disculpar
mi tardanza.
No estaba María en el comedor, y en vano imaginé que sus ocupaciones la
habían hecho demorarse más de lo acostumbrado. Notando mi padre un asiento
desocupado, preguntó por ella, y Emma la disculpó diciendo que desde esa tarde
había tenido dolor de cabeza y que dormía ya. Procuré no mostrarme impresionado;
y haciendo todo esfuerzo porque la conversación fuera amena, hablé con entusiasmo
de todas las mejoras que había encontrado en las fincas que acabábamos de visitar.
Pero todo fue inútil: mi padre estaba más fatigado que yo, y se retiró temprano;
Emma y mi madre se levantaron para ir a acostar los niños y ver cómo estaba María,
lo cual les agradecí, sin que me sorprendiera ya ese mismo sentimiento de gratitud.
Aunque Emma volvió al comedor, la sobremesa no duró largo tiempo. Felipe y
Eloísa, que se habían empeñado en que tomara parte en su juego de naipes, acusaron
de soñolientos mis ojos. Aquél había solicitado inútilmente de mi madre permiso
para acompañarme al día siguiente a la montaña, por lo cual se retiró descontento.
Meditando en mi cuarto, creí adivinar la causa del sufrimiento de María.
Recordé la manera cómo yo había salido del salón después de mi llegada y cómo la
impresión que me hizo el acento confidencial de ella fue motivo de que le contestara
con la falta de tino propia de quien está reprimiendo una emoción. Conociendo ya el
origen de su pena, habría dado mil vidas por obtener un perdón suyo; pero la duda
vino a agravar la turbación de mi espíritu. Dudé del amor de María. ¿Por qué,
pensaba yo, se esfuerza mi corazón en creerla sometida a este mismo martirio?
Consideréme indigno de poseer tanta belleza, tanta inocencia. Echéme en cara ese
orgullo que me había ofuscado hasta el punto de creerme por él objeto de su amor,
siendo solamente merecedor de su cariño de hermana. En mi locura pensé con
menos terror, casi con placer, en mi próximo viaje.
- IX -
Levantéme al día siguiente cuando amanecía. Los resplandores que delineaban
hacia el Oriente las cúspides de la cordillera central, doraban en semicírculo sobre
ella algunas nubes ligeras que se desataban las unas de las otras para alejarse y
desaparecer. Las verdes pampas y selvas del valle se veían como al través de un
vidrio azulado, y en medio de ellas, algunas cabañas blancas, humaredas de los
montes recién quemados elevándose en espiral, y alguna vez las revueltas de un río.
La cordillera de Occidente, con sus pliegues y senos, semejaba mantos de terciopelo
azul oscuro suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas.
Al frente de mi ventana, los rosales y los follajes de los árboles del huerto parecían
temer las primeras brisas que vendrían a derramar el rocío que brillaba en sus hojas
y flores. Todo me pareció triste. Tomé la escopeta: hice una señal al cariñoso Mayo,
que sentado sobre las piernas traseras, me miraba fijamente, arrugada la frente por la
excesiva atención, aguardando la primera orden; y saltando el vallado de piedra,
cogí el camino de la montaña. Al internarme, la hallé fresca y temblorosa bajo las
caricias de las últimas auras de la noche. Las garzas abandonaban sus dormideros,
formando en su vuelo líneas ondulantes que plateaba el sol, como cintas
abandonadas al capricho del viento. Bandadas numerosas de loros se levantaban de
los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos; y el diostedé saludaba al día con
su canto triste y monótono desde el corazón de la sierra.
Bajé a la vega montuosa del río por el mismo sendero por donde lo había hecho
tantas veces seis años antes. El trueno de su raudal se iba aumentando, y poco
después descubrí las corrientes, impetuosas al precipitarse en los saltos, convertidas
en espumas hervidoras en ellos, cristalinas y tersas en los remansos, rodando
siempre sobre un lecho de peñascos afelpados de musgos, orlados en la ribera por
iracales, helechos y cañas de amarillos tallos, plumajes sedosos y semilleros de color
de púrpura.
Detúveme en la mitad del puente, formado por el huracán con un cedro
corpulento, el mismo por donde había pasado en otro tiempo. Floridas parásitas
colgaban de sus lamas, y campanillas azules y tornasoladas bajaban en festones
desde mis pies a mecerse en las ondas. Una vegetación exuberante y altiva
abovedaba a trechos el río, y al través de ella penetraban algunos rayos del sol
naciente, como por la techumbre rota de un templo indiano abandonado. Mayo aulló
cobarde en la ribera que yo acababa de dejar, y a instancias mías se resolvió a pasar
por el puente fantástico, tomando en seguida, antes que yo, el sendero que conducía
a la posesión del viejo José, quien esperaba de mí aquel día el pago de su visita de
bienvenida.
Después de una pequeña cuesta pendiente y oscura, y de atravesar a saltos por
sobre el arbolado seco de los últimos derribos del montañés, me hallé en la placeta
sembrada de legumbres, desde donde divisé humeando la casita situada en medio de
las colinas verdes, que yo había dejado entre bosques al parecer indestructibles. Las
vacas, hermosas por su tamaño y color, bramaban a la puerta del corral buscando sus
becerros. Las aves domésticas alborotaban recibiendo la ración matutina; en las
palmeras cercanas, que había respetado el hacha de los labradores, se mecían las
oropéndolas bulliciosas en sus nidos colgantes, y en medio de tan grata algarabía,
oíase a las veces el grito agudo del pajarero, que desde su barbacoa y armado de
honda, espantaba las guacamayas hambrientas que revoloteaban sobre el maizal.