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Las Termas de Copahue - Leyenda Mapuche

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Las Termas de Copahue

Hace mucho tiempo, entre los mapuches que vivían cerca de la


Cordillera del Viento, hubo un cacique llamado Copahue. Cuentan
que tenía tanto coraje que el solo anuncio de su presencia provocaba
un temor que paralizaba a sus enemigos. Copahue luchó en muchas
guerras, pero su batalla más difícil la libró solo y por amor.
Una tarde, después de un combate, Copahue regresaba con su
ejército. Ya estaban bien entrados en la cordillera cuando el viento
empezó a soplar muy fuerte. Las rocas, empujadas por los torbellinos,
caían peligrosamente ladera abajo. La expedición siguió avanzando
hasta que un derrumbe dispersó a los guerreros. Cuando terminó la
tormenta, Copahue estaba malherido por los golpes de las piedras.
Abrumado, caminaba solo tratando de orientarse en la oscuridad de la
noche. De pronto, vio un misterioso resplandor lejano. El cacique se
encaminó hacia allí en busca de ayuda. Una mujer hermosa lo
esperaba.
—Puedes acercarte, Copahue. Yo soy Pirepillán. —dijo la
desconocida.
Pirepillán era una hechicera que, gracias a sus conocimientos de
las hierbas cordilleranas, logró curar al cacique. Además, le convidó
miel y le indicó cuál era el camino correcto para descender por la
montaña. Cuando Copahue estaba por partir, Pirepillán le dijo:
—Antes de que te vayas, quiero decirte algo. Llegarás a ser el
más poderoso de los mapuches, pero eso te costará la vida. Cuando
ganes las primeras batallas, vuelve a mí. Te estaré esperando en el
mismo lugar.
Copahue estaba confundido. Pensaba en la gloria futura y sentía
un amor profundo por Pirepillán. No sabía que se había enamorado
de la hija de la montaña, el hada de la nieve. Tanto la quería, que
decidió establecer su tribu al pie del cerro. Pero los más ancianos de
la tribu no dejaban de advertirle:
—Esa mujer es una hechicera. Si la traes, una maldición caerá
sobre todos nosotros.
Poco tiempo después, Copahue se había convertido en el
cacique más rico y poderoso entre los mapuches. Sin embargo, seguía
extrañando a Pirepillán.
Un día oyó contar a un viajero del norte que el hada de la nieve
estaba prisionera en la cumbre del volcán Domuyo. El rumor decía
que un puma feroz y un monstruoso cóndor de dos cabezas no dejaban
que nadie se le acercara. Copahue se desesperó. Debía hacer algo de
inmediato. Estaba convencido de que él podría salvarla. Se apresuró
a preparar la expedición y partió raudo con la esperanza de salvar a
Pirepillán y conquistar su amor.
Copahue se despidió de sus hombres al pie del Domuyo y
emprendió la escalada solo. En varias oportunidades, estuvo a punto
de abandonar la aventura, pero el recuerdo de Pirepillán le daba coraje
para seguir adelante. Ya cerca de la cumbre, pensó que la empresa era
imposible y, por primera vez en toda su vida, se sintió vencido.
Entonces, rogó a Nguenechen, el creador, que lo ayudara, que le diera
la oportunidad de pelear por lo único que quería. A cambio de este
favor, Copahue ofrecía su poder. De inmediato, un resplandor brotó
de una grieta y le indicó el camino hacia su amada.
Al cabo de un rato, un puma furioso se abalanzó sobre él. Pero
Copahue, con un golpe tremendo, lanzó al animal montaña abajo.
Deseoso de encontrarse con el hada de la nieve, caminó apresurado
hasta una gruta iluminada. Allí estaba ella, joven y hermosa como la
primera vez.
Copahue corrió a abrazarla, pero un cóndor de dos cabezas
arremetió contra él. Entonces Copahue desenvainó su cuchillo e hirió
al ave. Superado el peligro, al fin pudieron abrazarse Copahue y su
amada, y comenzaron a bajar juntos el volcán.
Copahue llevó a Pirepillán con su tribu, y vivieron muchos años
como marido y mujer. Pero su pueblo nunca quiso a la hija de la
montaña. Esa joven había alejado al cacique de los suyos y le había
arrebatado el ánimo para la guerra. Por ese motivo, muchos caciques
aliados a Copahue comenzaron a sublevarse y a no reconocerlo como
su líder. Estallaron frecuentes luchas entre los mapuches leales a
Copahue y aquellos que ya no aceptaban su autoridad. En una de esas
batallas, el cacique fue herido gravemente y falleció poco después.
Entonces, se desató el odio del pueblo contra Pirepillán. Los
aliados de Copahue la culparon por la muerte del cacique y decidieron
que debía morir.
Una noche fueron a buscarla hasta su toldo, que –como siempre-
resplandecía con una luz inexplicable. Se la llevaron en medio del
griterío y el humo de las hogueras. Entonces, el hada de la nieve llamó
con todas sus fuerzas al que alguna vez la había salvado y ahora estaba
muerto:
—¡Copahue! ¡Copahue!
Fue en vano. El grito pareció enfurecer todavía más a los
guerreros, que le dieron muerte. En ese momento, los hombres fueron
bañados por unas aguas hirvientes que brotaban con fuerza de entre
los peñascos. Era el castigo de su antiguo jefe, Copahue. Desde
entonces, en ese lugar de la cordillera no ha dejado de surgir agua
caliente.

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