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El «amor que dicen hereos» o aegritudo amoris

Eukene Lacarra Lanz


Universidad del País Vasco – Vitoria

Resumen
En este trabajo se estudia el tema de la enfermedad de amor, aegritudo amoris,
o amor hereos, y su especial relevancia en la literatura peninsular medieval.
Primero se señalan los orígenes de dicha enfermedad en la medicina y
su intersección con las concepciones platónicas y aristotélicas del amor.
Seguidamente, el autor se detiene en la descripción de las causas, síntomas
y curas que los médicos medievales proponen para dicha enfermedad.
Palabras clave: enfermedad de amor, aegritudo amoris, amor hereos, sexualidad,
historia de la medicina

Résumé
Ce travail étudie le thème de la maladie d’amour, aegritudo amoris ou amor hereos,
et sa fortune dans la littérature médiévale de la péninsule Ibérique. On commence par
évoquer les origines de cette maladie selon les médecins et ses liens avec les conceptions
platoniciennes et aristotéliciennes de l’amour. Puis, l’auteur s’arrête sur la description
des causes, des symptômes et de la thérapeutique préconisée par les médecins médiévaux
pour cette maladie.
Mots clés : maladie d’amour, aegritudo amoris, amor hereos, sexualité, histoire
de la médecine

El estudio de las raíces médicas de la enfermedad de amor se inicia en el


siglo xx con el ya clásico artículo de John Lowes de 1913-19141, al que
han seguido numerosos estudios, entre los que hay que destacar a Bruno

1. John L. Lowes, «The Loveres Maladye of Hereos», Modern Philology, 11, 1913-1914,
p. 491-546.

CAHIERS D’ÉTUDES HISPANIQUES MÉDIÉVALES, n o 38, 2015, p. 29-44


30 Eukene Lacarra Lanz

Nardi2. En 1964, Otis Green trató en su libro Spain and the Western Tra-
dition Spain el amor hereos3. En 1971, Keith Whinnom señaló brevemente
las descripciones médicas de la locura de amor, que incluye en la intro-
ducción a su edición de Cárcel de amor, en el capítulo titulado «El mundo
sentimental de Diego de San Pedro», y al año siguiente, en 1972, tam-
bién June Hall Martin McCash señala la enfermedad de amor en su libro
Love’s Fools: Aucassin, Troilus, Calisto, and the Parody of the Courtly Lover4. En
1976, Massimo Ciavolella publicó su enjundioso libro, «La malattia d’amore»
dall’Antichità al Medio Evo, y en 1990 junto con Donald Beecher tradujeron
y editaron el magnífico tratado del médico francés Jacques Ferrand, A Love
Treatise on Lovesickness, que se había publicado por primera vez en 1610. En
ese mismo año, se publica también el espléndido libro de Mary Frances
Wack, Lovesickness in the Middle Age 5.
En publicaciones recientes sobre el amor se señala la gran repercusión
del tema de la aegritudo amoris en la literatura peninsular6. Comenzaré por
señalar brevemente los orígenes de la enfermedad de amor en la medi-
cina y su intersección con las concepciones platónicas y aristotélicas del
amor, para después detenerme en la descripción de las causas, síntomas
y curas que los médicos medievales proponen.
En primer lugar, hay que considerar que en la medicina el deseo amoroso
correspondido no es causa de ninguna «pasión» o «morbo». Únicamente la
aegrituo amoris, es decir, el amor no correspondido, se considera patológica.
Como sabemos, la salud para la medicina hipocrática dependía del equili-
brio de los cuatro humores básicos: sangre (cálida y húmeda), flema (fría y
húmeda), bilis amarilla (cálida y seca), y bilis negra (fría y seca), de cuya com-

2. Bruno Nardi, «L’amore e i medici medievali», in: Studi in onori di Angelo Monteverdi, Módena:
Società Tipografica Editrice Modenense, 1959, t. 2, p. 517-542.
3. Otis Green, Spain and the Western tradition: The Castilian mind in literature from El Cid to Cal-
derón, Madison-Milwaukee: The University of Wisconsin Press, 1964. Considera el amor hereos
una aflicción propia de la aristocracia. En su libro alude exclusivamente a fuentes literarias
(en particular, a La Celestina, p. 72-122 y, especialmente, p. 114-119) y no utiliza ninguna fuente
médica. La única mención que hace a un texto científico es la ya tardía Censura de la locura
(1598) de Jerónimo de Mondragón.
4. Keith Whinnom (ed.), Diego de San Pedro, Cárcel de amor, Obras Completas, Madrid: Cas-
talia, t. 2, 1971, p. 13-15. June Hall Martin McCash también analiza La Celestina desde la pers-
pectiva de la enfermedad de amor en su libro Love’s Fools: Aucassin, Troilus, Calisto, and the Parody
of the Courtly Love, Londres: Tamesis, 1972, p. 71-134.
5. Massimo Ciavolella, La «malattia d’amore» dall’Antichità al Medio Evo, Roma: Bulzoni, 1976;
Donald Beecher y Massimo Ciavolella (ed. y trad.), A Love Treatise on Lovesickness, Syracuse,
New York: Syracuse University Press, 1990; Mary F. Wack, Lovesickness in the Middle Age. The
Viaticum and its Commentaries, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1990.
6. Destacan a este respecto, Pedro M. Cátedra, Amor y pedagogía en la Edad Media, Salamanca:
Universidad de Salamanca, 1989, que estudia manifestaciones del amor en varios autores y
textos, tanto universitarios como de ficción, previos a Rojas, y también Guillermo Serés, La
transformación de los amantes. Imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona: Crítica, 1996.
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 31

binación provenían las complexiones –las cuales dependen del dominio de


los humores– que se clasificaban en sanguínea, flemática, colérica y melan-
cólica7. Era una opinión generalizada que las alteraciones de la bilis negra
(el humor melancólico) podían ocasionar perturbaciones psicológicas, entre
las que se destacaban el miedo, la depresión y la locura, las cuales, a su vez,
producían efectos somáticos colaterales. Se creía que la afección de la bilis
negra enfermaba el cerebro y que éste, que se consideraba el órgano rector
del cuerpo y el asiento de los afectos y de las emociones, llevaba esta alte-
ración mental al corazón, el cual, a causa de las venas que lo circundaban,
sentía el dolor y sufría una violenta convulsión espasmódica en simpatía
con el cerebro. La melancolía se hizo, así, sinónima de la locura, la cual se
decía proceder de esta alteración de la bilis negra que invadía el cerebro y
afectaba a todo el cuerpo y especialmente al corazón, produciendo estados
mentales patológicos de depresión o locura con síntomas somáticos como
palpitaciones, vista nublada, temblores, pérdida del habla o tartamudeo. De
la fusión de los conceptos de la locura y de la melancolía surgió la relación
del deseo erótico insatisfecho con la demencia.
En la literatura esta asociación se plantea en estos términos por primera
vez en la tragedia Hipólito de Eurípides, al presentar el amor incestuoso de
Fedra hacia Hipólito como un conflicto entre su pasión y su razón. El impulso
trágico y patológico que la impele la conduce a la desintegración física y
mental8. En los poemas amorosos de Sapho, por otra parte, se observan sín-
tomas de la enfermedad de amor iguales a algunos de los síntomas que apa-
recen en el corpus de escritos hipocráticos relacionados con la melancolía9.
Los filósofos indagan también en las causas del amor. Para Platón el
amor proviene de la percepción de la belleza, por lo que para él se trata

7. Sobre el corpus hipocrático editado, véase Carlos García Gual et al. (ed.), Tratados hipo-
cráticos, Madrid: Gredos, 1983, 3 vol. Apunto aquí a las llamadas complexiones complejas,
aunque se conocían nueve en total, la equilibrada, cuatro simples y cuatro compuestas, por ser
las que se tratan con mayor frecuencia en la medicina medieval. Para ver esto con más detalle
son muy útiles los manuales médicos de Abû Bakr Muhammad b. Zakarîyâ al-Râzî, Libro de la
introducción al Arte de la Medicina o «Isagoge», ed. bilingüe, trad. y estudio de María de la Concep-
ción Vázquez de Benito, Salamanca: Universidad de Salamanca, Instituto Hispano-Árabe de
Cultura, 1979, y también el de Muhammad b. Abdallâh b. al-Jatib, Libro del cuidado de la salud
durante las estaciones del año o «Libro de Higiene», ed. bilingüe, trad. y estudio de M.ª de la C. Váz-
quez de Benito, Salamanca: Universidad de Salamanca, 1984. También es muy útil Danielle
Jacquart y Claude Thomasset, Sexualidad y saber médico en la Edad Media, Barcelona: Labor, 1989.
8. D. A. Beecher y M. Ciavolella, A Love Treatise…, ed. cit., p. 43. Este mismo conflicto entre
pasión y razón lo podemos observar en numerosas obras castellanas del xv, a través de las dis-
putas de la voluntad y la razón o entendimiento de los enamorados. Así ocurre en Juan Rodrí-
guez del Padrón, Siervo libre de amor (ed. Antonio Prieto, Madrid: Castalia, 1980), en Diego
de San Pedro, Cárcel de Amor (ed. Carmen Parrilla, Barcelona: Crítica, 1995) y en la anónima
Triste deleytaçión (ed. E. Michael Gerli, Washington D.C.: Georgetown University Press, 1982).
9. Para el desarrollo de esta patología desde la Antigüedad hasta la alta Edad Media sigo
fundamentalmente a D. A. Beecher y M. Ciavolella, A Love Treatise…, ed. cit., p. 39-82.
32 Eukene Lacarra Lanz

de una causa externa al individuo. Ya que lo que complace la vista es, en


su opinión, la belleza, eros es amor de lo hermoso y lo hermoso, además,
complace porque es un reflejo de la Idea con la que está en contacto el
alma superior10. Al ver la belleza, el individuo siente un temblor misterioso
y eros inicia su camino hacia lo eterno con un acto irracional, una especie
de manía que lo aliena, pero que le anuncia la existencia de un mundo
más allá de las apariencias. De este modo, aunque el amor comienza por
la visión de las formas, el alma las trasciende al ver más allá de lo apa-
rente y acercarse a la Idea o Dios. De este modo, si el hombre reconoce
lo eterno y trasciende lo sensible de la belleza, llegará al amor puro o
manía divina. Si, por el contrario, acepta el objeto como la única rea-
lidad y desea poseerla, entonces sentirá el amor sexual, una enfermedad
que destruye el alma11.
Aristóteles, a partir de su filosofía naturalista, mantiene que la pasión
amorosa es una enfermedad porque altera los sentidos y da lugar a pertur-
baciones mentales y somáticas causadas por un deseo grande de reproduc-
ción y también por el calentamiento de la sangre que rodea al corazón12.
En su opinión, la vista de un objeto bello da lugar a un deseo o apetito
que altera la temperatura del cuerpo a través del corazón y produce un
desequilibrio fisiológico y psicológico. Como vemos, el peripatético, a
diferencia de Platón, sitúa las causas del amor dentro del individuo, en el
cuerpo, y asigna al corazón y a los órganos reproductores un papel cen-
tral. Para Aristóteles el objeto se percibe a través de su impresión en el ele-
mento acuoso del ojo que lo refleja como un espejo mientras el objeto está
presente. El apetito producido por la sensación del objeto transporta la
imagen del objeto a la facultad fantástica o imaginación y allí la memoria
preserva la imagen o fantasma para ser «vista» o imaginada cuando el
objeto ya no esté presente. El apetito erótico es el primer movimiento o
inclinación que percibe el sujeto y que constituido en afecto o pasión amo-
rosa se irradia desde corazón a través del pneuma, oscurece su razón y le
produce un deseo de obtener el bien particular, en lugar del bien uni-
versal o la verdad13.

10. Platón, en el Timeo, clasifica tres tipos de alma: el alma racional o superior, asentada
en la cabeza, el alma irascible, asentada entre en el pecho, encima del diafragma, y el alma
pasional, situada bajo el diafragma, cerca del hígado. Vid. Platón, Obras completas, ed. María
Araujo et al., Madrid: Aguilar, 1991, p. 1162-1164.
11. Platón, Fedro, in: Obras completas, ed. cit., p. 866. Para una relación entre el amor platónico
y la tradición mística cristiana véase G. Serés, La transformación…, ed. cit., p. 15-53.
12. Aristóteles, Acerca del alma, ed. Tomás Calvo Martínez, Madrid: Gredos, 1994, I 408
b 1.15, p. 154-155. La ira tiene también para Aristóteles la misma causa fisiológica del calen-
tamiento sanguíneo cercano al corazón.
13. Por pneuma se entiende el principio vital del organismo, fuente del calor corporal y
que vinculado a la sangre determina la constitución física y mental de la persona. El afecto se
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 33

Numerosos pensadores siguieron la tradición aristotélica e hipocrá-


tica del amor como enfermedad, también desarrollada en la literatura,
como se ha mencionado. El ejemplo más evidente de esta concepción, que
durante siglos atrajo la atención de médicos y poetas, fue la historia del
amor de Antíoco hacia su madrastra Estratónice, cuya curación se atribuye
al médico Erasístrato. Según la tradición recogida por Valerio Máximo
en sus Dictorum factorumque memorabilium exempla (V, 7), el rey Seleuco llamó
a su médico preocupado por la desconocida enfermedad que tenía a su
hijo postrado en el lecho de muerte. Erasístrato la diagnosticó como la
enfermedad de amor y curó al joven mediante el remedio apropiado, que
consistió en darle la mujer objeto de su amor, naturalmente previa aquies-
cencia del que era padre y marido de ambos. La difusión de esta historia
en el siglo xv castellano está atestiguada porque se hizo una traducción
de los Dichos y hechos memorables de Valerio Máximo (Zaragoza, 1495)14.
Plutarco también cuenta una versión de esta historia que, a diferencia
de la de Valerio, da gran atención a los síntomas médicos y a los reme-
dios propuestos por el médico. Indica primero que Antíoco, al darse
cuenta de sus deseos desordenados y a la imposibilidad de erradicarlos
por la alienación que sufre su razón, determina fingir otra enfermedad
y morirse. Erasístrato logra, sin embargo, diagnosticarla y observa que
cuando Estratónice entra en la habitación del enfermo se producen una
serie de síntomas, como palpitaciones irregulares del corazón, palidez
extrema, tartamudeo, sudoración, vista borrosa y en general un estado de
estupor que le llevan a la certeza de que sufre de pasión erótica provocada
por el amor a su madrastra. Informado el rey del diagnóstico y del grave
pronóstico que de la enfermedad puede seguirse, pues los síntomas pre-
cedentes unidos al insomnio le llevarán a la locura y a la muerte, Seleuco
decide declarar rey a su hijo y ordenar su matrimonio con la reina15. Plu-
tarco sigue a Aristóteles al ubicar la enfermedad de amor en el corazón
y subraya el carácter científico de los síntomas que constituyen el funda-
mento del diagnóstico médico.
La fusión de componentes científicos y literarios en la descripción de
la enfermedad de amor tuvo un gran desarrollo en la literatura latina y
medieval. Vemos su influencia en autores que, como Ovidio, se convirtieron
en auctoritates al incorporarse sus obras al canon de lecturas obligadas en las
universidades. También tuvo mucho éxito literario en textos medievales de

refiere aquí al amoroso, uno de los affecti que, como la ira, la envidia, etc., se manifiestan como
pasiones del corazón motivadas por los apetitos.
14. También se difundió a través de la traducción castellana de la versión de Leonardo
Bruni de la Novela de Seleuco. Véase Lorenzo Bartoli, «La versione castigliana della Novella di
Seleuco», Atalaya, 3, 1992, p. 177-196.
15. Plutarco, «Demetrio», in: Vidas paralelas, Barcelona: Orbis, vol. IV, xxviii, p. 204.
34 Eukene Lacarra Lanz

diversas procedencias, como en el Apolonio de Tiro, en la anónima Aegritudo


Perdiccae, en varias narraciones de las Mil y una noches, en la historia XL de
las Gesta romanorum, o en la historia de Giachetto y Giannetta del Decamerón
(II, 8). En la prosa sentimental castellana del siglo xv, un exponente de ello
son Cárcel de amor y la obra de Rojas16. Tampoco pasó desapercibido en la
medicina. El famoso médico griego Galeno le prestó mucha atención y él
mismo dice haber diagnosticado por el método de Erasístrato un caso similar
en la mujer de un tal Justo. Los médicos árabes y también los medievales se
hicieron eco de este método de diagnóstico, como vemos en el Lilio de medi-
cina de Bernardo Gordonio, traducido al castellano en 149517. La diferencia
fundamental entre las historias contadas por Valerio Máximo o Plutarco y la
de Galeno es que para éste no se trata de un ejemplo didáctico-moral ni de
una anécdota histórica, sino que tiene una función científica que explica con
rigor, cómo puede el deseo erótico insatisfecho transformarse en una enfer-
medad melancólica, cuyas causas, síntomas y curas deben ser examinadas
y atendidas. Los seguidores de Galeno, especialmente los médicos árabes,
consideraron el amor como una enfermedad mental que debía estudiarse
con cierta independencia de la melancolía.
Curiosamente, también los Padres de la Iglesia, que en su mayoría
habían adoptado la teoría de los afectos y de las pasiones propuestas por
los filósofos y médicos griegos y latinos, consideraron el amor como un
apetito desordenado y peligroso que podía conducir a la locura y desviar
al individuo de la virtud, de modo que consideraron la pasión erótica
como una enfermedad de los sentidos que corrompía el alma. Así, la doc-
trina contra la concupiscencia utilizaba con frecuencia un léxico médico
en el que el cuerpo sufría las consecuencias de la corrupción del alma.
Las causas y las curas eran naturalmente diferentes. Para los eclesiásticos
la concupiscencia era una pasión del alma que se asentaba en el hígado
y que desde él se extendía a los demás órganos consumiendo el cuerpo.
Al ser esta pasión un acto voluntario sujeto a la razón, consideraban que
la lascivia se podía y debía controlar y que quien caía en ella cometía un
pecado. Por supuesto, para ellos la cura no era el coito terapéutico, sino
una cura que la proporcionaba Dios, que era el mejor médico del alma.
El hecho de que la enfermedad de amor se asociara con la manía y

16. En el acto primero de La Celestina parece haber una referencia a esta historia, como
indican varias ediciones que corrigen el texto de la Comedia de 1499, «Eras y Crato!», por
«Erasístrato». Julio Rodríguez Puértolas (ed.), La Celestina, Madrid: Akal, p. 112, n. 10, y
Eukene Lacarra Lanz [María Eugenia Lacarra] (ed.), Celestina, Madison (Wisconsin): HSMS,
1995, p. 144, n. 27.
17. John Cull y Brian Dutton (ed.), Un manual básico de medicina medieval. Bernardo Gordonio,
Lilio de medicina, ed. crítica de la versión española, Sevilla 1495, Madison (Wisconsin): HSMS,
1991, II, xx, p. 108.
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 35

la melancolía en la época clásica y que en la Edad Media se separara de


estas para clasificarla como una enfermedad mental presenta cuestiones
importantes sobre la relación entre el alma y el cuerpo, así como sobre las
competencias de su estudio por parte de la medicina y de la filosofía. Natu-
ralmente, ambos se diferenciaban en sus objetivos, pues si los médicos bus-
caban la utilitas, la meta de los filósofos era la veritas18. También se plantea
la responsabilidad del paciente en sus desórdenes anímicos. Según Gor-
donio, el médico debía ser un buen moralista y conocer las buenas y malas
costumbres del paciente, pero no para mejorar el alma, sino para evitar
que el cuerpo tuviera enfermedades. Médicos y moralistas tenían un cri-
terio similar al atribuir a los enfermos cierta responsabilidad en al menos
algunas de las enfermedades que contraían.
De igual modo, se cuestiona hasta qué punto las consecuencias de la
enfermedad de aegritudo amoris son competencia de los médicos, de los filó-
sofos naturalistas o de los sacerdotes, pues, como he señalado también,
la Iglesia considera que el enfermo es responsable de su dolencia y por
tanto comete el pecado de concupiscencia. En otras palabras, hay que
darse cuenta de que esta enfermedad afecta a los límites de las relaciones
sociales y éticas y forma parte de los discursos propios de la medicina, de
la filosofía natural, de la teología pastoral, de la literatura amorosa, de la
literatura didáctica y hasta de la mística.
La aegritudo amoris se hace parte importante de la tradición médica a
partir de los escritos de Galeno (ca 120-200) sobre su práctica médica en
Roma, en los que documenta casos concretos de esta enfermedad con los
síntomas y curas pertinentes, como he mencionado. Galeno disputa la
noción hipocrática de que el amor es una enfermedad divina y argumenta
que sus síntomas provienen de la emoción humana del dolor y no de una
fuente divina. Diferencia claramente las perspectivas médicas y teológicas
de la enfermedad sin que de ello resulte el abandono total de la idea pla-
tónica de que el amor nace de la vista de la belleza, pues estas nociones
platónicas influyeron también en el desarrollo de la tradición médica y en
la concepción del amor en las culturas cristiana y musulmana. De ahí que
la perspectiva somática propia de los médicos y la visión trascendental de
los teólogos se entrecruzaran a través de todo el periodo medieval y lle-
garan más allá del Renacimiento. También la importancia del corazón
para Aristóteles como asiento de la enfermedad, frente a la tesis hipocrá-
tica y galénica del cerebro, desarrollada especialmente por la medicina
árabe, dará lugar a numerosas disquisiciones en la medicina medieval.

18. Danielle Jacquart y Françoise Micheau han estudiado bien la transmisión de la medicina
clásica de los médicos árabes al Occidente medieval cristiano en D. Jacquart y F. Micheau,
La médecine arabe et l’Occident médiéval, París: Maisonneuve et Larose, 1996.
36 Eukene Lacarra Lanz

La transmisión de los conocimientos médicos de la Antigüedad clá-


sica, que casi desapareció de la cultura europea tras la desintegración del
Imperio romano, la llevaron a cabo los médicos árabes19. El texto que
tuvo mayor influencia en el conocimiento de la enfermedad de amor fue
el Viaticum de Constantino el Africano († 1087), texto de gran difusión, al
tratarse de un manual dirigido a viajeros sin acceso a cuidados médicos,
y que contenía un capítulo sobre esta enfermedad20. El Viaticum fue, en
efecto, el texto más leído sobre ella antes de que se tradujera al latín el
Canon medicinae de Avicena en el siglo xii y fuera incorporado a los estudios
médicos en el xiii. Curiosamente, Constantino escribió su Viaticum en el
último tercio del siglo xi, por lo que fue coetáneo de los inicios de la lite-
ratura amorosa que idealizó en Provenza las convenciones de la fin’amors,
o amor cortés. Además, ya desde el año 1200 esta obra de Constantino
se leyó en las facultades superiores (Medicina, Teología y Derecho) de las
recién creadas universidades. Los comentarios que surgieron de las clases
universitarias conforman el corpus europeo más temprano de escritos
médicos que intentan integrar la perspectiva clásica y árabe sobre el amor
y el erotismo con la cultura medieval cristiana.
Para Constantino eros es una enfermedad del cerebro relacionada con
el deseo y que produce una alteración de los pensamientos. La localiza
como Galeno en el cerebro y no en el corazón, como Aristóteles, aunque
también considera que es una enfermedad del placer, porque puede cau-
sarse también por la necesidad de expulsar las superfluidades o humores
excesivos. De ahí que Constantino recomiende el coito tanto cuando el
alma enloquece por causa de la percepción de una forma bella, como
cuando necesita expulsar superfluidades21. Esta doble causalidad somá-
tica conlleva un cierto determinismo moral, implicado por la premisa de
que la conducta del individuo depende de su constitución somática y de
su temperamento, y esto plantea de inmediato la cuestión del libre albe-
drío. Galeno defendía que los dictados del temperamento podían contro-
larse por la razón, de modo que defiende el libre albedrío y concluye que
en última instancia la enfermedad de amor es voluntaria. Constantino

19. El Viaticum era una adaptación del tratado de Khalid Ibn al-Jazzar (m. 979), Kitab Zad
al-musafir wa-qut al-hadir (Provisiones para el viajero y alimentos para el sedentario). En las observaciones
que siguen utilizo el libro de M. F. Wack, Lovesickness…, ed. cit., p. 3-50.
20. De los cuatro temperamentos, los más proclives a la enfermedad de amor por causa
de las superfluidades eran los sanguíneos y los coléricos y, de las edades, la juventud, porque
entonces la producción de semen es más abundante y más necesaria su evacuación a través
del coito. Véase Speculum al foderi, ed. Michael Solomon, Madison (Wisconsin): HSMS, 1986.
21. M. F. Wack, Lovesickness…, ed. cit., p. 40. Véase Paolo Cherchi, Andreas and the Ambi-
guity of Courtly Love, Toronto: University of Toronto Press, 1994, para un análisis detallado de
la crítica de Capellanus a la poesía lírica y su condena a la idealización del amor llevada a
cabo por los poetas.
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 37

no toma partido sobre esta peliaguda cuestión. Su silencio da al Viaticum


una cierta ambigüedad, lo que permite que desde los primeros tiempos la
aegritudo amoris se idealice en la poesía, se la compare con el amor místico
o se la condene como concupiscencia, como señala Wack22.
Sin embargo, la opinión galénica dominó no sólo en la medicina sino
también en las instancias jurídicas, tanto laicas como eclesiásticas. Ni la
sociedad antigua ni la medieval permitieron que la aegritudo amoris pudiera
considerarse como un eximente total o parcial de los delitos de estupro,
rapto o violación, ni se permitió el coito terapéutico con la mujer objeto
del deseo del varón si su unión no era sancionada por la familia. El derecho
paterno sobre el matrimonio de los hijos e hijas y el control de la sexua-
lidad de las mujeres en beneficio de los intereses del clan familiar pri-
maban sobre las curas recomendadas por los médicos. Claro que cuando
la mujer pertenecía a una clase social inferior a la del varón enamorado
el camino para el mutuo acuerdo entre las partes se allanaba fácilmente23.
Además, la tolerancia de la sexualidad masculina fuera del matrimonio
permitía proveer a los varones de mujeres que podían servir de terapia
eficaz, aunque no fueran las causantes directas de su amor. No hay que
olvidar el arraigo de la prostitución durante el periodo medieval y su regla-
mentación municipal en el siglo xv24.
Para las mujeres que enfermaban de amor la situación era más com-
plicada, puesto que no se aceptaba el coito terapéutico de las vírgenes o
viudas. De ahí que un temprano matrimonio fuera lo más indicado. Esta
es la solución que se procura para Luciana, por ejemplo, en el Libro de Apo-
lonio25. No obstante, la sexualidad femenina encontraba otras manifesta-
ciones y otra sintomatología no del todo coincidente con el amor hereos. Me
refiero al llamado «mal de madre», cuyo análisis dejo para otra ocasión.
Una peculiaridad que se atribuía a la enfermedad de amor era que
afectaba a los nobles. De ahí que se considerara una dolencia de clase o,
como argumenta Wack, «a class-specific ailment»:

22. Guido Ruggiero (The Boundaries of Eros. Sex, Crime and Sexuality in Renaissance Venice, Oxford:
Oxford University Press, 1985) analiza las relaciones eróticas con abundante ­documentación
procesal. Ruggiero llega a la conclusión de que el amor que a veces alegan las partes no se
acepta nunca como eximente y ni siquiera como atenuante durante la Edad Media, aunque
percibe un ligero cambio en algunos casos posteriores
23. E. Lacarra Lanz, «Changing bounderies of licit and ilicit unions», in: E. Lacarra Lanz
(ed.), Marriage and Sexuality in Medieval and Early Modern Iberia, Routledge: Nueva York y Londres,
2002, p. 158-194, vid. p. 158-160.
24. Loc. cit.
25. María Jesús Lacarra, «Amor, música y melancolía en el Libro de Apolonio», in: Vicente
Beltrán (ed.), Actas del I Congreso de la AHLM. Santiago de Compostela, 1985, Barcelona: PPU,
1988, p. 369-379.
38 Eukene Lacarra Lanz

This social restriction implies that the doctors recognized the influence of social context in
the origin and course of the disease. The manifestations of lovesickness, including idealiza-
tion of the love object, preoccupation, depression, insomnia, erratic moods, and social with-
drawal, are meaningful as symptoms of illness only within a system of shared beliefs and
symbolic conventions. Even bodily symptoms have social meanings26.

El origen mismo del nombre con el que se conoce a la enfermedad en


los textos médicos medievales, amor hereos, denota su clasificación como
enfermedad propia de la nobleza. El primer médico en hacer esta rela-
ción fue, hacia 1100, Jonannes Affacius, un discípulo de Constantino el
Africano, que tradujo de nuevo el capítulo sobre el amor del Viaticum a
partir del original árabe de Ibn al-Jazzar y que circuló con el título de
Liber de heros morbo. Sustituyó los términos eriosis y eriosos, que Constan-
tino había usado para describir a los enfermos por heroicus, de modo que
los términos heroicus y heros pasaron a tener significados técnicos que des-
cribían al paciente y a la enfermedad, respectivamente. Aunque es difícil
precisar cuándo se inicia la idea de que el amor apasionado es una pasión
noble, Wack encuentra algunos elementos en el texto de Affacius que per-
miten establecer el comienzo de esta relación con esta obra, ya que en ella
se compara el amor sexual intenso con la fidelidad o amor que el vasallo
debe al señor27.
En esta misma época, a partir de 1100, ya encontramos en la literatura
vernácula cortesana abundantes ejemplos de nobles que sufren pasiones amo-
rosas modeladas en la sintomatología de los hereos. Los textos, aunque proba-
blemente influidos por Ovidio, dan constancia de la influencia adquirida por
la descripción médica de la enfermedad. La utilización de esta representación
para describir al noble enamorado se hace indispensable, de modo que ya al
final del xii las convenciones del amor se han codificado y comienzan a paro-
diarse, como hace Andreas Capellanus en su famoso tratado. Los elementos
esenciales de esta literatura requieren del enamorado servicio, fidelidad y
secreto. Además, los nobles enamorados consideran a la amada excepcional
y superior a todas las demás en belleza y virtud, índice de la etiología de su

26. Andrés el Capellán, De amore. Tratado sobre el amor, ed. Inés Creixell Vidal-Quadras,
Barcelona: El Festín de Esopo, 1985. Véase P. Cherchi, Andreas…, ed. cit., p. 3-41 para las crí-
ticas de la literatura cortesana y Domenico Polloni, «Amour e Clercie». Un percorso testuale da Andrea
Cappellano all’Arcipreste de Hita, Bolonia: Pâtron, 1995, p. 35-66, para las influencias médicas del
tratado. Alfred Karnein, «De amore» in volkssprachlicher Literatur: Untersuchungen zur Andreas-Capel-
lanus-Rezeption in Mittelalter und Renaissance, Heildelberg: Carl Winter, 1985, p. 93-100, apunta
que Capellanus convierte algunos signos procedentes del De amicitia de Cicerón en síntomas
del enamorado.
27. E. Lacarra Lanz [M. E. Lacarra], «Representaciones femeninas en la poesía corte-
sana y en la narrativa sentimental del siglo xv», in: Iris Zavala (coord.), Breve historia feminista de
la literatura española (en lengua castellana). II. La mujer en la literatura española, Barcelona: Anthropos,
1995, p. 160-168.
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 39

alienación o locura, que decían los médicos, exigida por poetas y prosistas.
El amor se presentaba en cada caso como el amor perfecto y digno de ala-
banza. Naturalmente el registro lingüístico era elevado y el decoro no per-
mitía el léxico soez. Para ello estaban las burlas manifiestas y la procacidad
propia de las obras jocosas coetáneas, en las que no se ahorraban menciones
obscenas a la actividad sexual de los amantes. A la hipérbole sacro-profana
que caracteriza la representación literaria de la agritudo amoris se contrapone
la hipérbole de la potencia sexual o del denuesto difamador. Recordemos
aquí la famosa composición jocosa de Guilhem de Peitieu, «Farai un vers, pos
mi sonelh», donde el poeta se jacta de haber «follado» (fotei) ciento ochenta y
ocho veces en ocho días a las hermanas Agnes y Ermessen:
Ueit jorn ez ancar mais estei az aquel torn
tant las fotei com auzirets: cent et quatre-vinz et ueit vetz,
que a pauc no.i rompei mos corretz e mos arnes;
e [Link] puesc dir los malavegz, tan gran m’en pres (v. 78-84).

Las interrelaciones entre medicina y literatura con ocasión del amor hereos
son muy abundantes a partir del siglo xiii. Uno de sus exponentes más
brillantes será Gerard du Berry, estudiante y luego profesor de medicina
en la Universidad de Montpellier, donde enseñó también Arnau de Vila-
nova, a fines del siglo y, poco después, Bernardo Gordonio. La importancia
de Du Berry en lo tocante al discurso sobre el amor se manifiesta en el
gran número de manuscritos que sobrevivieron de sus glosas al Viaticum y
a la frecuencia con que le citan otros médicos. A las razones de carácter
anímico que provocan el amor o ishk, que Ibn al-Jazzar relaciona con los
conceptos de afinidad que hacían al varón desear una forma perfecta y
enloquecer por la obsesión de satisfacer su irresistible deseo de poseerla,
Gerard de Berry añade una base material. En efecto, la enfermedad se
llama hereos porque se dice que sufren más de ella los nobles por la vida
rica y regalada que llevan, ya que el descanso y el mucho dormir facilita
la acumulación de los restos de la digestión y esto aumenta la bilis negra
que causa la melancolía. De ahí que los que sufren melancolía sean libidi-
nosos, porque el deseo sexual surge de la ventosidad de la bilis negra, y que
la vida noble pueda generar una libido excesiva y patológica. Los pobres
no tenían esta disposición, y según el Thesaurus pauperum, que se atribuye a
Pedro Hispano, no padecían de amor hereos sino de nimis amor, dolencia que
se atribuía a los pobres y que con frecuencia se causaba por maleficios28.

28. M. F. Wack, «From Mental Faculties to Magical Philters: The Entry of Magic into
Academic Medical Writing on Lovesickness, 13th-17th Centuries», in: Donald A. Beecher
y Massimo Ciavolella (ed.), Eros and Anteros: The Medical Traditions of Love in the Renaissance,
­Toronto-Ottawa: University of Toronto (Italian Studies, 9)-Dovehouse Editions, 1992, p. 12-13.
Señala que esta bifurcación social de las causas según las clases sociales aparece también en un
40 Eukene Lacarra Lanz

En la década de 1280 Arnau de Vilanova escribe su Liber de amore heroico,


donde explica de manera coherente las causas fisiológicas que dan lugar a
los síntomas, signa amoris, del amor hereos, basado sobre todo en Du Berry y en
Avicena29. Del sobrecalentamiento del spiritus proceden el hundimiento de los
ojos, la ausencia de lágrimas y la resecación general del cuerpo. De ahí que
recomiende el vino y los baños para humedecerlo y combatir la sequedad.
La metáfora literaria correspondiente es la del fuego de amor representado
a veces por las llamas. A la ausencia de control emocional se atribuyen las
tristezas y llantos de los enamorados, para lo que se recomiendan las distrac-
ciones y el solaz. La obsesión por la amada dificulta la comprensión de todo
lo que no tenga que ver con el amor y con la amada. La dificultad del habla
proviene también de la alteración mental. Todos estos síntomas de desequi-
librio emocional, unidos a la pasividad, vulnerabilidad, inestabilidad e ina-
petencia se asociaban con lo femenino, por lo que los médicos subrayan la
feminización del enfermo, cuyos síntomas lo hacen incompatible con las con-
venciones del comportamiento viril. La idea de que el amor feminiza, defen-
dida por Isidoro de Sevilla en sus Etimologías al considerarlo nimius amor, tuvo
una larga vida30. La encontramos también en los comentarios que el médico
salmantino, Francisco López Villalobos, hace en su traducción del Anfitrión:
Dejaste de ser hombre, y tornaste mujer; dejaste de ser hombre suelto y háceste
mujer captiva y atada; dejaste de ser todo y tornaste parte. E ya sabes que toda
mujer desea ser hombre, y todo esclavo desea ser libre, y la parte desea la per-
fección del todo; así tú desearías todas estas cosas; y como cualquiera bien que
se desea es más fuerte y aquejosamente deseado si primero fue poseído y se
perdió, síguese que tú ternás estos deseos de volverte a tu ser primero con gran
hervor y tormento y tu voluntad ya no consentirá porque ya no es tuya ni quiere
lo que tú deseas. Esta contradicción tan grande y discordia tan íntima dentro
del alma, es un martirio y tristeza secreta que padesce el amador, sin saber de
dónde le viene. De aquí nasce el quejarse y no saben de qué se quejan y no
saben satisfacerse; y de aquí se complican dos mil desatinos que no lo entiende
él mismo que los padesce31.

diálogo latino del siglo xv, Dialogue between a Rustic and a Nobleman –en su traducción inglesa–,
donde el rústico atribuye la enfermedad del exceso de amor a la infección de las artes secretas
de las mujeres, mientras el noble la atribuye a la enfermedad natural del amor hereos.
29. Esta alteración procede de la bilis negra que invadía el cerebro y afectaba a todo el
cuerpo y especialmente al corazón, produciendo estados mentales patológicos de depresión o
locura con síntomas somáticos como palpitaciones, vista nublada, temblores, pérdida del habla
o tartamudeo. Para el desarrollo de esta patología desde la Antigüedad hasta la alta Edad Media
sigo fundamentalmente a D. A. Beecher y M. Ciavolella, A Love Treatise…, ed. cit., p. 39-82.
30. Tras afirmar la concupiscencia y lujuria de la mujer Isidoro de Sevilla concluye que el
amor libidinoso es femenino: «Unde nimius amor apud antiquos femineus vocabatur», XI.2.24.
31. Plauto, El Anfitrión, ed. Adolfo de Castro, en Curiosidades bibliográficas. Colección escogida
de obras raras de amenidad y erudición, Madrid: Rivadeneyra (BAE, 36), 1855, p. 488.
EL «AMOR QUE DICEN HEREOS» O AEGRITUDO AMORIS 41

Ovidio propuso como uno de los remedios contra el amor recordar los
defectos de la amada y exagerarlos, aunque no llega a recomendar el vitu-
perio32. Gordonio aconseja esta cura a los enamorados, incitándoles a que
se busquen viejas para que «disfamen y deshonesten» a la amada. Boc-
caccio en su Corbaccio también señala el vituperio contra todas las mujeres
y contra la amada, y Metge no va a la zaga en Lo somni, poniéndolo en
boca de Tiresias33. En la literatura española se menciona también esta
cura, como vemos en Cárcel de amor. Tefeo intenta curar a Leriano en el
lecho de muerte al darse cuenta de la etiología de su enfermedad34. Gor-
donio también menciona otra cura sorprendente que, como la anterior,
pretende quitar de la imaginación del enfermo la figura de su amada:
«nómbrenle cosas mucho tristes, porque la mayor tristeza faze olvidar la
menor tristeza»35.
Resumiendo, las causas del amor hereos son dos: el mal funcionamiento de
la imaginativa o de la estimativa y la retención del esperma. Los síntomas
más característicos son la depresión, la pérdida del apetito, el insomnio,
la incapacidad de concentración, la ansiedad, el malestar general, todo
ello acompañado de problemas cardiorrespiratorios, fiebre, arritmia y
pulso desordenado. Los enamorados se reconocen fácilmente por la idea-
lización del objeto amado, por su tendencia al retiro y la soledad, por los
cambios bruscos de humor, la palidez y el hundimiento de los ojos. Las
curas más salientes son las distracciones, el coito terapéutico, la música,
el vino, los baños.
La interpretación social y psicológica de la enfermedad de amor cons-
tituyó una forma de conducta en la cultura medieval tardía, de modo que
lo que se documenta en el siglo xii como una fantasía literaria del amor
se hace una realidad social. La continua atención a este mal sugiere que
su estudio respondía a necesidades intelectuales y sociales que pueden ser
reconstruidas. Desde luego los textos médicos tienen una visión teórica y
pragmática del tema no exenta de cierto determinismo materialista. Su
recomendación de la cura a través del coito terapéutico diverge de la visión
oficial de la Iglesia, que es sin duda moralista. Esto no significa que los

32. Ovidio, Remedios contra el amor, ed. Enrique Montero Cartelle, Madrid: Akal Clá-
sica, 1987, p. 153-154.
33. Giovanni Boccaccio, Il Corbaccio, ed. Giula Natali, Milán: Mursia, 1992. Bernat Metge,
Lo somni, ed. Marta Jordà, prólogo de Giuseppe Tavani, Barcelona: Edicions 62, 1980. Bernardo
Gordonio, Lilio de medicina, ed. cit., p. 108. La cura también se puede obtener si se le nombran
«cosas mucho altas y alegres», porque también la alegría y las honras cambian las costumbres.
34. B. Gordonio, Lilio de medicina, ed. cit., II, xx, p. 109, afirma que aunque «es propia pas-
sión del celebro [...] los testículos pueden ser causa quanto a causa conjunta, pero el fígado
quanto a causa antecedente». Esto tiene gran interés, puesto que el hígado era, como se ha
mencionado arriba, el asiento de la concupiscencia.
35. Ibid., p. 108.
42 Eukene Lacarra Lanz

textos médicos estuvieran exentos de asunciones religiosas sobre el amor


y las mujeres, ni tampoco que algunos teólogos no estuvieran influidos
por las tesis naturalistas. De hecho, se pueden oír muchas voces que no
siempre están en armonía. Las terapias de los conocidos como Tacuinum
sanitatis36, regímenes de sanidad, indican que las doctrinas médicas eran
muy conocidas y carecían del exotismo que hoy les podríamos atribuir.

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36. Véase la edición de Luisa Cogliati Arano, The Medieval Health Handbook. «Tacuinum sani-
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