Dos monjas
Domingo M iras M olina
PERSONAJES
SOR ISABEL.
SOR M ARCELA.
CALDERÓN.
SOR ISABEL.- Por aquí, hermana. Corra, no nos vean.
Pase, pase y cierre.
SOR MARCELA.- Nos han vis t o, sor Isabel. Uno de
ellos viene tras de nosotras.
SOR ISABEL.- ¡Pues cierre, hija, esa puerta!
SOR MARCELA.- ¡Y cómo lo haría, si no hay llave ni
cerrojo! Ay, ya está aquí el hombre. Apriete, que hagamos
fuerza las dos.
SOR ISABEL.- Que Dios nos asista.
VOZ DE CALDERÓN.- Abran, hermanas, no teman.
S OR MARCELA.- Vaya con Dios, y no haga tan gran
pecado.
SOR ISABEL.- ¡Vaya, vaya con Dios!
VOZ DE CALDERÓN.- No sin entrar antes, aunque
sea por fuerza.
SOR MARCELA.- Ay, hermana, que está abriendo.
S OR ISABEL.- Tiene más fuerza que nosotras, no s e
canse.
SOR MARCELA.- ¡Jesús!
CALDERÓN.- Ya les dije que entraría. Y, ahora,
sírvanse de quitarse el velo y mostrar el rostro. ¡Vamos!
SOR ISABEL.- No piense que lo hagamos.
CALDERÓN.- Lo haré yo, entonces.
SOR MARCELA.- No se atreverá.
CALDERÓN.- ¿No? Véanlo.
SOR ISABEL.- ¡Dios mío!
SOR MARCELA.- ¡Un judío no lo hiciera!
SOR ISABEL.- ¿Sois cristiano, o qué sois?
CALDERÓN.- Cristiano viejo soy, señora, y grandísimo
pecador.
SOR MARCELA.- Que sois grandísimo pecador, no
tiene duda. Andad con Dios.
CALDERÓN.- Antes de irme, dejad, s eñoras mías, que
de rodillas pida el perdón de este agravio.
S OR ISABEL.- A Jesús habéis agraviado, que no a
nosotras. Que él os perdone.
CALDERÓN.- La necesidad me ha forzado.
SOR MARCELA.- Váyase, señor. Quebrant ar la
clausura se castiga con la muerte. Váyase al punto con su
gente.
CALDERÓN.- No sin que, antes, la justicia sepa si aquí
se oculta Pedro de Villegas.
SOR ISABEL.- Aquí no hay sino esposas de Jesús.
CALDERÓN.- Esté aquí o no ese villano, yo les fío que
nada malo ha de pasarles, sosiéguense y no se alboroten. Yo
conozco a su reverencia.
SOR MARCELA.- ¿A mí me conoce? No es posible,
llevo muchos años en esta casa.
CALDERÓN.- Nueve, nueve años . Y, aunque ha
cambiado, bien veo que es la misma. M ás de una vez nos
sirvió la mesa en la casa de Lope de Vega, a él y a mí, ¿no se
acuerda?
SOR MARCELA.- Soy deuda de ese señor que, por
cierto, tiene criadas que le sirven.
CALDERÓN.- ¿Deuda? Diga, más bien, hija. Su hija
M arcela, bien la conozco. Y aunque criadas había, por
honrar la mesa la sirvió su reverencia dos veces, si no tres,
que yo recuerde.
SOR IS ABEL.- ¿Así, su merced es amigo de don Lope?
CALDERÓN.- Soy de su oficio, pero era entonces un
mozo y acompañaba a gente de más viso.
SOR MARCELA.- ¿De s u oficio, ha dicho que es? ¿Es,
por ventura, poeta?
CALDERÓN.- Así es, señora. P edro Calderón de la
Barca es mi nombre, para servirlas en cuanto quisieren
mandarme.
SOR MARCELA.- ¡Ah, don Pedro Calderón! Ya es
conocido aquí, y hasta mi padre le nombra y le celebra en un
libro que ahora escribe y que llamará «El laurel de Apolo»,
aunque después de esto, bien pudiera ser que le mire con
peores ojos porque, diga, señor, ¿cómo, siendo poeta, ha
tenido atrevimiento para hacer tan gran maldad como asaltar
un convento de religiosas?
CALDERÓN.- Señora, un hombre mal nacido ha dado a
traición una cuchillada a un mi hermano, y con la justicia y
mis amigos le ando buscando. Alguien parece que le ha visto
entrar, y por eso se registra la casa.
SOR MARCELA.- ¡Y arrancan el velo a las monjas!
CALDERÓN.- Sólo para ver que no se ha disfraz ado de
esa suerte.
SOR MARCELA.- ¡M ire lo que dice!
SOR ISABEL.- ¡Hombre dis frazado de monja, Dios
bendito!
CALDERÓN.- Se han dado casos, señora. Y, ahora, con
su licencia, voy donde están los alguaciles y mis amigos.
SOR MARCELA.- Si nos deja solas, alguno de ellos
podrá entrar en este aposento y hacernos cualquier ultraje.
CALDERÓN.- Habré de purgar mi falta sirviéndoles de
escolta.
SOR MARCELA.- Si como purga lo toma, ande con
Dios, y no nos sirva con disgusto.
SOR ISABEL.- No, no se vaya, señor, no nos desampare.
CALDERÓN.- Con ser su reverencia de más edad que su
hermana, parece más medrosica.
SOR ISABEL.- Sor M arcela de San Félix es moza, y está
en edad de valentía.
CALDERÓN.- Se parecerá a s u p adre, que ha sido
hombre de mucha bizarría.
SOR MARCELA.- Pues , s i miramos al valor de los
padres, tal le tiene sor Isabel, como que ha quedado por
público y notorio ejemplo de soldado valeroso.
CALDERÓN.- ¿Quiere decir que es hombre que ha
dejado fama? Por mi vida, señora, que me diga su nombre,
si no es indiscreción.
SOR ISABEL.- Dígaselo sor M arcela, que lo ha mentado
y se le sale solo por la boca.
SOR MARCELA.- Pues así es verdad, y con esa
licencia puedo decir que el padre de mi hermana Isabel fue
el valentísimo soldado y notable poeta don M iguel de
Cervantes, que está sepultado en nuestro convento. Su
meced le habrá oído nombrar, seguramente.
CALDERÓN.- ¡Y cómo si lo he oído! Oído por las orejas
y oído, sobre todo, por los ojos, que es como se oye a los que
escriben o escribieron. ¡Por Dios, qué lance curiosísimo, que
estoy aquí a un mismo tiempo con las hijas de Lope y de
Cervantes!
SOR MARCELA.- Vea las sorpresas que se pueden
topar tras los muros de un convento.
CALDERÓN.- Lo veo, señora, y no paso a creerlo. ¿Y su
reverencia no dice nada?
SOR ISABEL.- M i hermana lo hará con más lucimiento,
que es harto aficionada al trato de poetas ant iguos y
modernos o a leer libros en romance y en latín, y ella misma
versifica en coplas muy primorosas.
CALDERÓN.- Digna hija de tal padre. Sin duda, conoce
sus escritos.
SOR MARCELA.- Y cómo podría no conocerlos. Sus
comedias y sus ot ros libros, en prosa y verso. Y los de
devoción, cuántas veces.
SOR ISABEL.- Pero no s ólo los de su padre, también
otros muchos.
SOR MARCELA.- Como los del suyo, hermana. «La
Galatea» es un libro excelentísimo, lástima que no lo
terminó. Y también algunas de las «Novelas ejemplares»,
aunque no todas...
CALDERÓN.- ¿Y el «Don Q uijote»? Es el más
conocido.
S OR MARCELA.- Demasiado conocido, que todos lo
manosean. Es libro algo desaforado, un libro de figurón para
que ría el vulgo, aunque sube el tono en la segunda parte...
CALDERÓN.- ¿Y vuestra reverencia, señora, qué
responde a eso? ¿Comparte los gustos de su hermana?
SOR ISABEL.- Yo no he leído los libros de mi padre.
CALDERÓN.- Su reverencia se chancea, sin duda.
SOR MARCELA.- Sor Isabel no sabe leer.
CALDERÓN.- ¡Cómo! ¿Es cierto eso?
SOR ISABEL.- Es cierto, señor, que no sé leer, ¿qué hay
de raro en ello? Las más de las mujeres están en mi caso.
CALDERÓN.- ¡La hija de Cervantes no sabe leer!
SOR MARCELA.- Pero hace primores con la aguja,
señor.
CALDERÓN.- ¡La hija de Cervantes!
SOR MARCELA.- Pero, ¿de qué se espanta? Ella es
feliz, con sus rezos y sus trabajos manuales.
CALDERÓN.- Señora, lo regular y ordinario sería que la
hija de Cervantes fuese más o menos pareja de la de Lope de
Vega, en vez de sep ararlas esta diferencia tan grandísima.
¿Ha dicho que su reverencia lee también latín?
SOR MARCELA.- Sí, a San Agustín y demás santos
padres de la Iglesia. De los profanos, todavía suelo mirar las
«Églogas» de Virgilio, y de mozuela leí a Horacio y a
Ovidio, pero ya no los toco, desde que profesé.
CALDERÓN.- ¿A Ovidio, de mozuela? ¿Su padre se lo
permitía?
S OR MARCELA.- M i padre disfrutaba viéndome leer
cualquier cosa que fuese, y estaba orgulloso de que yo fuese
más instruida que muchos hombres que pasan por sabios.
CALDERÓN.- ¿Y don M iguel de Cervantes, no miró por
su reverencia de la misma suerte?
SOR ISABEL.- Era hombre muy ocupado en mil
negocios, y yo no fui a vivir a su casa hasta que tuve quince
años. Hasta entonces, estuve con mi madre en su taberna.
CALDERÓN.- ¿En su taberna, dice? Así se explica, pero
aun con eso, es tan grande la diferencia entre una y otra, que
raya en el prodigio...
SOR MARCELA.- N o hay que espantarse de eso, son
azares de fortuna. Pero, oiga cómo le llaman sus deudos.
CALDERÓN.- Habrá terminado el registro, y dan aviso
de part ida. Salude su reverencia en mi nombre a su señor
padre y pídale que excuse este desacato. ¿Puedo hacerle
llegar al convento unos pliegos con alguna de mis comedias,
cuya lectura le ayude a olvidar mi pecado de hoy?
SOR MARCELA.- Ya he leído y gustado su «Judas
Macabeo», pese a las faltas que le daba el ser copia de oídas.
Pero basta, señor. Vaya en paz.
CALDERÓN.- Señora, me siento honradísimo por lo que
dice, y me voy lleno de admiración. Queden con Dios.
SOR ISABEL.- (Tras corta pausa.) Despierte, hermana,
que se ha quedado embelesada.
SOR MARCELA.- ¿Será este Calderón el que recoja el
estandarte de la comedia de manos de mi padre?
SOR ISABEL.- Su caridad lo sabrá, que es tan entendida:
«ya he leído y gustado su Judas Macabeo...».
SOR MARCELA.- ¿Qué quiere significar con ese tono,
hermana?
SOR ISABEL.- Nada que las dos no sepamos, señora.
SOR MARCELA.- ¿Debo entender que la incomoda que
yo lea?
SOR ISABEL.- ¡Por Dios, incomodarme!
SOR MARCELA.- Sí, os incomoda, os ofende, os duele.
SOR ISABEL.- Dais a lecturas profanas el tiempo de la
oración. Eso es lo que duele, a mí y a todas.
SOR MARCELA.- ¡El tiempo del recreo! Y si os duele,
no es sino por envidia.
SOR ISABEL.- ¡M ire lo que dice, hermana!
SOR MARCELA.- Por envidia de lo que leo y escribo
y hablo, por envidia de que no soy hermana lega como su
caridad, sino que hago labores liberales, participo en el
capítulo, y tengo prerrogativas que su ignorancia le impide
alcanzar.
SOR ISABEL.- ¡Que Dios le pida cuent as de la falta de
caridad con que me ha hablado!
SOR MARCELA.- ¿A decir la verdad llama mi hermana
falta de caridad?
SOR ISABEL.- ¡A decirla como la ha dicho! Harto sé
que soy ignorante, que profesé como lega y hago t rabajos
mecánicos, que no tengo voz en el capítulo, que la priora no
me pide consejo ni se encierra conmigo a concertar cosas de
la comunidad, que no acuden grandes señoras y caballeros
al locutorio para hablar conmigo, ni el Duque de Sessa me
manda regalos, ni mi padre dice aquí misa y me ve casi a
diario, sino que está el pobre bajo tierra en un rincón de la
casa, harto sé todo esto, no es menester que me lo pase por
el rostro.
SOR MARCELA.- Pues, si como dice, lo sabe harto,
mire de no olvidarlo y no hable con esa soberbia.
SOR ISABEL.- Su caridad es quien habla con soberbia,
que no yo.
SOR MARCELA.- ¿Yo? ¿Quién ha empezado la
disputa, sino su insolencia sobre si leo o no leo en tiempo de
oración?
SOR ISABEL.- Es su beneficio ha sido, que está muy
desvanecida con sus lecturas, y la plática con ese señor la ha
llenado de vanidad.
SOR MARCELA.- ¿Y quién sois vos para corregirme si
estoy desvanecida o tengo vanidad? ¿Sois acaso la priora o
sois mi confesor? ¿Quién sois vos, decidme?
SOR ISABEL.- No soy nadie, pero debiera ser vuestra
igual, ya habéis oído a es e señor: mi padre es tan grande
como el vuestro.
SOR MARCELA.- ¿Vuestro padre? Vuestro padre quiso
ser poeta de comedias y no lo logró porque no pudo competir
con el mío. Y eso, poniendo que sea vuestro padre, porque
ya sabe que hay malas lenguas que aseguran que M iguel de
Cervantes no fue sino vuestro tío, y que un tal Juan de
Urbina tendría algo que decir. En fin, dejémoslo así, pero
acuérdese que en el asiento de su profesión no aparece ni
apellido, ni edad, ni lugar de nacimiento, por algo será.
SOR ISABEL.- No se puso mi apellido por ser bastarda,
no por no tener padre.
SOR MARCELA.- También soy bastarda yo, y bien
que figuro como doña M arcela de Carpio. ¿Por qué no está
su caridad con su nombre completo de Isabel de Saavedra?
SOR ISABEL.- ¿Y qué importa eso? Lo cierto es que las
dos estamos en esta casa, y no cabe imaginar dos suertes más
desparejas.
SOR MARCELA.- ¿Y por qué me culpa a mí? Culpe
más bien a su padre que, siendo un príncipe de las letras, le
dejó que fuese mendiga, que cuando tiene necesidad de leer
alguna cosa, ha de mendigar que otro le haga la caridad de
leérsela.
SOR ISABEL.- Yo culpo a mi padre, y a mi madre y su
taberna de Tudescos, y a todo el que pudo socorrerme y no
lo hizo, y no culpo a la Divina Providencia por no condenar
mi alma, aunque ganas no me faltan, así me salve Dios.
SOR MARCELA.- Calle, hermana, no diga disparates.
Pero, dígame, ¿es cierto que puso pleitos a su padre antes de
profesar? ¡Ah, la campana! Dejémoslo, ya me lo dirá en otra
ocasión, si quiere. Ahora es menester salir a juntarnos con
las otras. ¿Oye? Es a capítulo.
SOR ISABEL.- Será para dar cuenta del quebrantamiento
de la clausura.
SOR MARCELA.- Vamos, pues. Pienso que fuera
bueno que la disputa que hemos tenido quede entre nosotras,
por no dar que hablar a la comunidad.
SOR ISABEL.- Por mi parte, todo está olvidado.
SOR MARCELA.- Y también por la mía. Adelante,
hermana.
SOR ISABEL.- Su caridad primero.
FIN