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86 Id Doctrinad A Todas Las Naciones

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Capítulo 86—Id, doctrinad a todas las naciones

Estando a sólo un paso de su trono celestial, Cristo dio su mandato a sus discípulos:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos
en todas las naciones… predicad el evangelio a toda criatura.” La luz del cielo debía
resplandecer con rayos claros y fuertes sobre todos los habitantes de la tierra,
encumbrados y humildes, ricos y pobres. Los discípulos habían de colaborar con su
Redentor en la obra de salvar al mundo.

El que formuló el mandato era el Salvador resucitado. Había vencido a la muerte y


sus palabras: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” cobraron una mayor
trascendencia. El que había hecho multitud de milagros se presentaba ante ellos
anunciando que su sacrificio en favor del hombre era definitivo y completo. Las
condiciones de la expiación habían sido cumplidas; la obra para la cual había venido a
este mundo se había realizado y había iniciado su obra de mediación. Revestido de
autoridad ilimitada, dijo a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos entre todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo:
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí que estoy yo
con vosotros siempre, hasta el fin del mundo”.

Más allá del fanatismo y exclusivismo del pueblo judío, Cristo comisionó a sus
discípulos para que proclamasen una fe y un culto que no encerrasen idea de casta ni de
país, una fe que se adaptase a todos los pueblos, todas las naciones, todas las clases de
hombres. Jesús les volvió a decir que su reino no era de carácter temporal, sino
espiritual. Repasaron juntos las Escrituras para ver cómo había cumplido cada una de
las profecías anunciadas y el Maestro animó a sus seguidores a comenzar la labor que
les había sido asignada.

En Jerusalén donde había entregado su vida a favor de la humanidad, debía empezar


la obra de los discípulos. El mismo terreno donde él había esparcido la semilla de la
verdad debía ser cultivado por los discípulos, y la semilla brotaría y produciría
abundante mies. Los primeros ofrecimientos de la misericordia debían ser hechos a los
homicidas del Salvador, pero la obra no debía detenerse allí puesto que tenía que
extenderse hasta los más remotos confines de la tierra. Todos los que creyeran habrían
de ser reunidos en una iglesia.

Jesús acompañó sus palabras con la promesa del don del Espíritu Santo con el que
los discípulos habrían de recibir un poder maravilloso que los capacitara para sanar
“toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” así como para tener la capacidad de
hablar perfectamente los idiomas de las naciones a las que iban a ser enviados. Mientras
ellos obedeciesen su palabra y trabajasen en relación con él, no podrían fracasar.

El mandato que dio el Salvador a los discípulos incluía a todos los creyentes en
Cristo hasta el fin del tiempo. Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas sólo
depende del ministro ordenado. A todos los que reciben la vida de Cristo se les ordena
trabajar para la salvación de sus semejantes. La iglesia fue establecida para esta obra, y
todos los que toman el nombre de Cristo se comprometen a colaborar con Cristo.
Cualquiera sea la vocación de uno en la vida, su primer interés debe ser ganar almas
para Cristo. El ministerio no consiste sólo en la predicación. Ministran aquellos
que alivian a los enfermos y dolientes, que ayudan a los menesterosos, que dirigen
palabras de consuelo a los abatidos y a los de poca fe. Cerca y lejos, hay almas
abrumadas por un sentimiento de culpabilidad. No son las penurias, los trabajos ni la
pobreza lo que degrada a la humanidad. Es la culpabilidad, el hacer lo malo. Esto trae
inquietud y descontento. Cristo quiere que sus siervos ministren a las almas enfermas
de pecado. En un lenguaje precioso, Elena White nos recuerda que “el obrero más
humilde, movido por el Espíritu Santo, tocará cuerdas invisibles cuyas vibraciones
repercutirán hasta los fines de la tierra, y producirán melodía a través de los siglos
eternos.”

Elena White nos recuerda que haciendo la obra de Cristo es como la iglesia tiene la
promesa de su presencia. De hecho, la misma vida de la iglesia depende de su fidelidad
en cumplir el mandato del Señor y se nos advierte que descuidar esta obra es exponerse
con seguridad a la debilidad y decadencia espirituales. Donde no hay labor activa por
los demás, se desvanece el amor, y se empaña la fe. Por esta razón, Cristo quiere que los
pastores sean educadores de la iglesia enseñando a la gente a buscar y a salvar a los
perdidos. Fijaos en el lamento que ella escribe: “¡Cuántas iglesias son atendidas como
corderos enfermos por aquellos que debieran estar buscando a las ovejas perdidas! Y
mientras tanto millones y millones están pereciendo sin Cristo”. El amor divino no
puede ser correspondido de una forma superficial o negligente.

En Cristo está la ternura del pastor, el afecto del padre y la incomparable gracia del
Salvador compasivo. El Evangelio no se conforma con anunciar simplemente estas
bendiciones; las ofrece de la manera más atrayente, para excitar el deseo de poseerlas.
El Evangelio no ha de ser presentado como una teoría sin vida, sino como una fuerza
viva para cambiar la vida. Dios desea que los que reciben su gracia sean testigos de su
poder. El maravilloso amor de Cristo enternecerá y subyugará los corazones cuando la
simple exposición de las doctrinas no lograría nada. Las palabras solas no lo pueden
contar. Refléjese en el carácter y manifiéstese en la vida.

Los primeros discípulos salieron predicando la palabra. Revelaban a Cristo en su


vida. Estos discípulos se prepararon para su obra. Antes del día de Pentecostés, se
reunieron y apartaron todas sus divergencias. Estaban unánimes. El Evangelio debía
proclamarse hasta los últimos confines de la tierra, y ellos pedían que se les dotase del
poder que Cristo había prometido. Entonces fue derramado el Espíritu Santo, y millares
se convirtieron en un día. Así también puede ser ahora. En vez de las especulaciones
humanas, predíquese la Palabra de Dios. Los discípulos habían de enseñar lo que Cristo
había enseñado. Ello incluye lo que él había dicho, no solamente en persona, sino por
todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. Excluye la enseñanza humana.
No hay lugar para la tradición, para las teorías y conclusiones humanas ni para la
legislación eclesiástica. Ninguna ley ordenada por la autoridad eclesiástica está incluida
en el mandato. Pongan a un lado los cristianos sus disensiones y entréguense a Dios
para salvar a los perdidos. Pidan con fe la bendición, y la recibirán. El derramamiento
del Espíritu en los días apostólicos fue la “lluvia temprana,” y glorioso fue el resultado.
Pero la lluvia “tardía” será más abundante.

Por último, se nos recuerda que todos los que consagran su alma, cuerpo y espíritu a
Dios, recibirán constantemente una nueva medida de fuerzas físicas y mentales. Las
inagotables provisiones del Cielo están a su disposición. Por la cooperación con Cristo,
son completos en él, y en su debilidad humana son habilitados para hacer las obras de la
Omnipotencia.
El Salvador anhela manifestar su gracia e imprimir su carácter en el mundo entero.
Es su posesión comprada, y anhela hacer a los hombres libres, puros y santos. Aunque
Satanás obra para impedir este propósito, por la sangre derramada para el mundo hay
triunfos que han de lograrse y que reportarán gloria a Dios y al Cordero.

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