Manuela Santucho, Cristina Navajas, Alicia Raquel D’Ambra
Testimonio de Adriana Calvo, brindado en causa 1627 del TOF 1 de CF "Causa Orletti II"
el 8 de octubre de 2010
Fui convocada para declarar en relación a las compañeras Manuela Santucho y Cristina Navajas
de Santucho. En primer lugar quiero aclarar al tribunal que mi conocimiento acerca de lo ocurrido
con estas dos personas surge de mi experiencia personal así como de la investigación realizada a
lo largo de 25 años por el organismo de derechos humanos que integro desde su formación, la
AEDD. Por lo tanto, si el tribunal lo considera aceptable y pertinente, entiendo útil aportar toda la
información que poseo, aclarando en cada caso si el origen es la experiencia personal o si no lo
fuera, cuál es la fuente de dicha información.
Además quiero aclarar que desde mi primer testimonio en el año ‘81 u ‘82, ante organismos de
derechos humanos y desde el primero brindado ante un organismo estatal (Conadep) en el año
1984 vengo diciendo que Manuela y Cristina fueron secuestradas junto a Raquel Alicia D’Ambra,
el mismo día y del mismo lugar, que estuvieron todo el tiempo juntas, en todos los Centros
Clandestinos de Detención por los que pasaron, y que fueron trasladadas juntas desde el pozo de
Banfield el mismo día, el 25 de abril de 1977. Desde esos primeros años hasta hoy he declarado
al menos 17 veces ante distintos tribunales nacionales y extranjeros y en todas esas
oportunidades dije lo mismo, cada vez con más detalles producto de la investigación realizada por
la AEDD.
Sin embargo, en 1985, en la causa 13 o Juicio a los Comandantes, estas tres compañeras no
fueron elegidas entre los pocos “casos paradigmáticos” que se investigaron.
En 1986, en la causa 44 o Causa Camps, sí fueron elegidas y se tuvo por probado la privación
ilegal de la libertad de las tres y su reclusión en el Pozo de Banfield, pero… el delito fue
considerado prescripto de acuerdo a lo resuelto por la misma Cámara Federal en el Juicio a los
Comandantes y a las precisas Instrucciones emanadas del Procurador General de la Nación, por
lo que los únicos acusados (Camps y Etchecolatz) fueron absueltos. La Cámara entendió que la
privación ilegal de la libertad cesó el último día en el que existía prueba de la subsistencia del
cautiverio y/o del dominio del hecho. Así, fijó para Camps el 15 de diciembre de 1977, día en que
dejó de ejercer el cargo de Jefe de Policía, como fecha para computar el plazo de prescripción. Y
para Etchecolatz, dispuso que el plazo debía ser computado desde el día 10 de julio de 1978,
fecha en que según la Cámara, ya no quedaban detenidos en el Pozo de Banfield. Nada importó
que las compañeras continuaran desaparecidas.
En 2003 logramos que se anulen las leyes de impunidad, que se reabrieran las causas y que los
delitos se consideren de lesa humanidad y por lo tanto, imprescriptibles. En 2009 declaré en el
juicio en que se imputó a 3 genocidas (Olivera Rovere, Lobaiza, Alespeiti) pero solo por dos de
ellas: Manuela y Cristina, nadie tomó nota de la existencia de Raquel.
Según entiendo, lo mismo pasa en esta causa, sólo 5 represores imputados por todos los delitos
cometidos en ese CCD, y tampoco se considera el caso de Raquel D’Ambra.
Me pregunto ¿por qué este tribunal no puede resolver esta injusticia ampliando en este juicio la
indagatoria a los imputados por este hecho que, aunque haya ocurrido hace 34 años, dado que
hasta hoy ningún juez parece haberse enterado que Raquel D’Ambra estuvo secuestrada en
Automotores Orletti, bien puede considerarse como lo establece el Código, como un hecho nuevo
denunciado aquí y ahora?
Señores jueces, entiendo que este pedido no solo es legítimo sino que es legal, ya que hasta
donde conozco el hecho denunciado, no está siendo investigado en etapa de instrucción ni
tampoco ha sido requerida su investigación por el fiscal de primera instancia. Si ustedes no
amplían ahora la indagatoria por esta compañera y se limitan a ordenar que lo haga el juez de
instrucción, me pregunto ¿cuántos años más deberán esperar los padres de Raquel, si es que
alguno de ellos vive todavía? ¿Y cuántos represores quedarán vivos para entonces? Por supuesto
las mismas preguntas caben para los padres de centenares de compañeros desaparecidos que
aún estando probado su paso por éste u otros CCD, no tuvieron la fortuna de ser elegidos por
algún juez de instrucción, pero lo que solicito sería no solo un paliativo a tanto olvido sino
fundamentalmente, un llamado fuerte de atención a los jueces y fiscales de primera instancia que
elevan a juicio causas parcializadas con la instrucción claramente incompleta, obligando a que se
repitan una y otra vez debates orales contra los mismos imputados y por hechos tan relacionados
entre sí que obligará a reiterar prácticamente la totalidad de los testimonios.
Señores jueces, es muy probable que yo misma no pueda declarar cuando finalmente le llegue el
turno a Raquel y eso no es justo, eso no es justicia, eso es exactamente de lo que hablamos
cuando decimos que esta forma de juzgar es funcional a la impunidad.
En pos de que tengan los elementos necesarios para concretar la ampliación de indagatoria que
solicito, en caso de que lo consideren oportuno, hablaré desde ahora de las 3 compañeras.
Conocí a Manuela, a Cristina y a Raquel el 16 de abril de 1977 en el segundo piso del Pozo de
Banfield, donde yo había sido llevada la noche anterior, desde la Comisaría 5ta. de La Plata, lugar
en el que estuve secuestrada durante más de dos meses. En el trayecto entre la Comisaría 5ta. y
el Pozo de Banfield, mientras era trasladada en un auto policial, di a luz a mi hija Teresa. Las dos
pasamos la noche en el primer piso del edificio y en la mañana del 16 de abril nos subieron al
segundo. Me habían sacado la venda de los ojos al llegar a Banfield por lo que pude ver un pasillo
con ventanas en la parte alta de la pared derecha y sobre la izquierda las puertas cerradas de
unos 12 calabozos. Me encerraron junto con mi hija en el primer calabozo y los guardias se
fueron. Poco después me puse en contacto con las demás detenidas y me enteré que estaban allí
todas las compañeras y compañeros de cautiverio de la Comisaría 5ta. que habían sido
trasladados el 1 de abril, es decir 15 días antes.
Una de esas compañeras, Patricia Huchansky, consiguió que los guardias la pasaran a mi
calabozo y así fue como rápidamente me enteré que estábamos en el Pozo de Banfield, ubicado
en la esquina de las calles Siciliano y Vernet, muy cerca de la intersección del Camino Negro con
la calle Larroque, que todos ellos –alrededor de 25 compañeros- habían sido trasladados desde la
Comisaría 5ta. hasta allí en un camión celular de la Policía provincial, y que algunos ya habían
sido trasladados nuevamente con destino desconocido. Que cuando ellos llegaron desde La Plata,
ya estaban allí 4 compañeras que provenían de otros Centros Clandestinos de Detención. Una de
ellas era María Eloísa Castellini, de quien Patricia me contó que había tenido una beba unos
pocos días antes. Las otras tres eran Manuela Santucho, Cristina Navajas y Raquel D’Ambra. Que
el 2 o 3 de abril, habían traído a Silvia Isabella Valenzi, quien había estado secuestrada en el Pozo
de Quilmes y había dado a luz una beba en el Hospital de Quilmes el día anterior.
Como mi situación era marcadamente excepcional ya que estaba con mi beba en brazos, todas
las compañeras querían estar con ella, por lo que conseguimos que cada día yo estuviera en un
calabozo distinto. Así fue que pasé alrededor de 24 horas en el calabozo en el que estaban Eloísa
Castellini, Silvia Isabella, Manuela Santucho, Cristina Navajas de Santucho y Alicia Raquel
D’Ambra. En ese tiempo Manuela, Cristina y Raquel, me contaron que las tres eran militantes del
Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y habían sido secuestradas y permanecido
juntas todo el tiempo.
Fueron secuestradas el 13 de julio de 1976 del domicilio de Cristina en Buenos Aires (Warnes
735) y fueron llevadas a un Centro Clandestino de Detención que era un taller de reparación de
autos, no recuerdo si ya en ese momento ellas lo identificaron como Automotores Orletti pero sí sé
que los datos que me dieron sobre el lugar, descripción, ubicación en la calle Venancio Flores,
nombre de otros secuestrados, etc. me permitieron identificarlo sin lugar a dudas como ese
Centro.
Allí, las tres, fueron terriblemente torturadas para que dijeran dónde estaba el hermano de
Manuela, Roberto Mario Santucho. El 19 o 20 de julio le hicieron leer a Manuela la noticia de la
muerte de Roberto y colgaron a Carlos Santucho, otro hermano de Manuela, del techo con
cadenas sumergiéndolo en agua hasta matarlo. Estuvieron también recluidas en Campo de Mayo
donde fueron interrogadas por oficiales de alta graduación sobre posicionamientos políticos.
Posteriormente, a partir del análisis de diversos testimonios de sobrevivientes, en el marco del
trabajo de investigación que realiza la AEDD desde hace 26 años, pudimos reconstruir el recorrido
completo que hicieron las tres compañeras con las fechas aproximadas de cada traslado. En cada
caso puedo mencionar, si el tribunal lo considera necesario, los testimonios consultados, pero
para eso debería consultar los apuntes ya que no me es posible retener esa información completa.
De lo contrario los puedo aportar como prueba.
Las tres estuvieron en Automotores Orletti una semana, del 13 al 20-21 de julio de 1976. Así lo
demuestran los testimonios de Ariel Soto, Gastón Zina Figueredo, Sara Méndez, Ana Cuadros,
María Soliño, Ana María Salvo, Cecilia Gayoso (Garzón), María Elba Rama, Edelweis Zahn
(Causa Orletti), Alicia Cadenas, Victor Lubian (SDH), Sergio López (CELS), Margarita Michelini
(Causa 13). En varios de esos testimonios se hace mención al embarazo de Cristina Navajas.
Las tres fueron trasladadas a Puente 12 o 205 donde estuvieron aproximadamente dos semanas,
del 21 de julio hasta el 7 de agosto. Así lo prueban los testimonios de Catalina Alanis (26-7 hasta
15-8, Conadep), Ana Ramona Sánchez (26-7 hasta 15-8, Conadep), Mercedes Borra (27-7;
Etchecolatz, Olivera R), José Ernesto Caffa (31-7 al ? - CONADEP) y Liliana Latorre (4-8 al ?,
SDH). También las mencionan Pedro Mariani (8-8 al ?, no las ve, se comentaba que habían
estado, CONADEP), Dora Genaro (21-8, no las ve pero se lo dice Stella Maris Alvarez
–desaparecida- que estuvo en Proto Banco desde 21-7, SDH). En varios de ellos se hace
referencia a que Cristina Navajas estaba embarazada a pesar de lo cual fue torturada.
En Campo de Mayo habrían estado secuestradas aproximadamente desde el 7 de agosto y puede
ser que la fecha de traslado sea mediados de diciembre, es decir más de 4 meses después. Hasta
hoy no se cuenta con otros testimonios que el mío que den cuenta del paso de las tres
compañeras por ese Centro Clandestino de Detención pero sí se sabe de otros traslados de Proto
Banco a Campo de Mayo y que otros integrantes del PRT estuvieron en ese momento en Campo
de Mayo. En septiembre de ese año, Ana María Lanzilotto, esposa de Domingo Menna,
embarazada de 7 meses, también es trasladada de Proto Banco a Campo de Mayo y allí nace su
hijo en octubre/76 (testimonio de Patricia Erb). Dora Genaro es llevada de Proto Banco a Campo
de Mayo donde está del 5 al 13 septiembre, menciona que también se encuentran recluidos en
Campo de Mayo, Domingo Menna y Roberto Santucho, muy mal herido, y según la declaración
de Eduardo Cagnolo, Menna continúa secuestrado en Campo de Mayo hasta el 11 de noviembre
de 1976. Por último Catalina Alanis, Ramona Sánchez y Liliana Latorre también son trasladadas
desde Proto Banco a un Centro Clandestino de Detención que podría ser Campo de Mayo ya que
en el mismo ven a Lanzilotto y un guardia les dice que se la llevan para dar a luz.
El siguiente dato surge del testimonio de Pablo Díaz quien declara que a mediados de diciembre
del mismo año 1976, traen al Pozo de Banfield a alrededor de 9 personas que los propios
represores catalogan como “pesados”. Entre ellas están Manuela, Alicia y Raquel. No se sabe
con certeza si de Campo de Mayo fueron trasladadas directamente al Pozo de Banfield. Pablo
Díaz manifiesta que Cristina Navajas estaba embarazada a término y que el médico policial Jorge
Antonio Bergés le ordena a Claudia Falcone que la cuide. Pablo es sacado del Pozo de Banfield el
28 de diciembre y Cristina aún no había dado a luz. También Alicia Carminatti dice haber visto en
Banfield y en la misma fecha, diciembre de 1976, a una embarazada a término de quien no
recuerda el nombre pero describe como morocha de pelo largo y lacio. La descripción coincide
con Cristina aunque nunca se le mostró una foto.
Desde ese momento, fin de diciembre de 1976, hasta abril de 1977 no existen más testimonios de
liberados del Pozo de Banfield por lo que por el momento, no hay testigos del parto de Cristina.
Comparto con ellas 10 días de cautiverio, desde el 16 hasta el 25 de abril de 1977, ese día las tres
son trasladadas junto a alrededor de 30 personas. Nunca más fueron vistas con vida. De su
estancia en el Pozo de Banfield y de este traslado también es testigo Ana María Caracoche quien
es llevada a Banfield 7 días después de mi llegada junto con Cristina Marrocco, ambas provenían
del Centro Clandestino de Detención La Cacha, Ana con el brazo roto y Cristina con un aborto
producto de las torturas. Cristina sigue desaparecida pero Ana María fue liberada y en su
testimonio también menciona a Manuela, Cristina y Raquel.
Mi hija y yo somos liberadas tres días después, el 28 de abril de 1977.
A esto quiero agregar algunos elementos que me parecen muy importantes para esta causa:
1) Estructura represiva. El paso por al menos 4 Centros Clandestinos de Detención que
sufren las tres compañeras (Orletti, Proto Banco, Campo de Mayo y Banfield), muestra
inequívocamente la interrelación de la estructura represiva. Efectivamente pasan por:
Automotores Orletti, Centro Clandestino de Detención ubicado en Venancio Flores 3519/21, casi
Emilio Lamarca, Floresta, bajo la órbita Zona I, Subzona Capital Federal, Área V funciona de mayo
a diciembre de 1976, en local alquilado por empleados de la SIDE, bajo la órbita Zona I, Subzona
Capital Federal (jefe: Olivera Rovere), Área V (jefe: Coronel Jorge Alberto Muzzio) , que dependía
de la SIDE (jefe: Otto Paladino) en la que era conocido como Base de Operaciones Tácticas nº 18
(OT18) y donde actuaba el GT4, uno de los cuatro Grupos de Tareas (GT) que funcionaron en
Zona I, integrados por oficiales de distintas fuerzas de seguridad (distintas a las del núcleo central)
y civiles. El GT4 dependía del Jefe de la Policía Federal Argentina (jefes durante el 76:
Generales Harguindeguy, Corbetta y Ojeda).
Proto Banco Centro Clandestino de Detención ubicado en el ángulo noroeste de la esquina del
Camino de Cintura y la Autopista Ricchieri, parte de la Brigada Güemes de la Policía de la
Provincia de Buenos Aires, bajo dependencia operacional de, Zona I, Subzona 11, Area 114,
funcionó desde 1974 hasta fines de 1976, bajo dependencia operacional del Primer Cuerpo de
Ejército, Zona I, Subzona 11 (jefes hasta 12-76: General de Brigada Adolfo Sigwald – Coronel
Héctor Gamen), Área 114 (jefe: Coronel Hugo Pascarelli) y con participación de la Policía Federal
y de la Provincia de Buenos Aires. Uno de los principales responsables de ese Centro Clandestino
de Detención identificados por los sobrevivientes, es el Comisario Víctor Oscar Fogelman.
Campo de Mayo. Ubicado en el interior de la guarnición militar, dependiente de Zona IV y del
Area 470, en el cruce de Ruta Nacional 8 y la Ruta Provincial 202, partido de San Miguel, Zona
IV, jefe: Santiago Riveros y Área 470, jefe: Cnel Miguel Martelotte.
Pozo de Banfield. Edificio de la Brigada de Investigaciones de Banfield de la Policía de la
Provincia de Buenos Aires, ubicado en la intersección de las calles Siciliano y Vernet, localidad de
Banfield, partido de Lomas de Zamora, dependiente de Zona I, Subzona 11, Area 112 y de la
Policía de la provincia de Buenos Aires. Allí funcionaban las tres Direcciones Metropolitanas de la
policía (Investigaciones, Seguridad e Inteligencia). Zona I, Subzona 11 (jefe desde 12-76: General
de Brigada Juan Baustista Sasiaiñ), Area 112 (jefe: Teniente Coronel Federico Antonio Minicucci) y
Policía de la provincia de Buenos Aires (jefes: Camps, Etchecolatz, Gonzalez Conti, Gené, Juan
Miguel Wolk).
Es decir que las tres compañeras pasaron por al menos CCDs que abarcan una amplia región
geográfica, dependientes de dos Zonas represivas (la I y la IV), de dos Subzonas (Capital y 11) y
dentro de la Subzona 11, de dos Areas (112 y 114) y en los que actuaron al menos cuatro fuerzas
(Ejército, SIDE, Policía Federal, Policía de la provincia de Buenos Aires)
2) El Pozo de Banfield, último Centro Clandestino de Detención donde se ve a las tres
compañeras con vida, es una muestra cabal del genocidio que perpetró la dictadura militar.
Las características de este centro son:
a) Amplio período de funcionamiento: desde fines de 1974 hasta fines de 1978 (en los
registros de la AEDD constan alrededor de 15 secuestrados previos al golpe) esto muestra que el
genocidio no comenzó el 24 de marzo de 1976 sino que fue preparado y ensayado con
anterioridad.
b) Rol de “colector” de embarazadas y distribuidor de sus hijos. Al igual que Campo de Mayo
y la ESMA, el Pozo de Banfield fue un centro en el que se puso en práctica uno de los delitos
constitutivos del delito de genocidio: traslado por la fuerza de niños del grupo que se pretende
aniquilar, a otro grupo. Esto es exactamente lo que pasó con el hijo de Cristina Navajas de
Santucho a quien su familia sigue buscando más de 33 años después de su nacimiento. Pero
Cristina no fue un caso aislado, según los registros de la AEDD, estuvieron secuestradas en el
“Pozo de Banfield” 23 mujeres embarazadas o inmediatamente después de dar a luz: 2 abortaron
a causa de las torturas, de 4 no se sabe si el embarazo llegó a término y 17 dieron a luz mientras
estaban en cautiverio. Fueron liberados junto a sus madres 6 de esos bebés, y 12 fueron
apropiados (se sabe que Liliana Ross tuvo mellizos). De los 12, solo 4 recuperaron su identidad
muchos años después, y 8 continúan desaparecidos, uno de ellos es el hijo de Cristina Navajas.
c) Rol de “colector” de detenidos-desaparecidos provenientes de CCDs muy diversos.
Comisaría 5ta., Arana, Brigada de Investigaciones, La Cacha (todos de La Plata), Comisaría 1ª y
Pozo de Quilmes, Puesto Vasco, Proto Banco, Campo de Mayo, Centros Clandestinos de
Detención de la zona de Zárate y Campana, Brigada de San Justo, COT I Martínez), sin que, en la
mayoría de los casos los detenidos sean sometidos a interrogatorio alguno. Lo mismo sucede con
aquellos que finalmente fueron liberados, son trasladados de Banfield a Centros Clandestinos de
Detención muy distintos: Comisarías 3ra de Valentín Alsina, 2da. de Lomas de Zamora, de Monte
Grande, de Laferrere, 5ta. de La Plata. Esto muestra que mantener secuestrados con vida durante
largo tiempo, sin el objetivo de obtener información, para luego liberarlos o desaparecerlos, fue
una política deliberada de los genocidas tendiente a que el horror de lo que ocurría en los Centros
Clandestinos de Detención se conociera, que se supiera que los desaparecidos estaban con vida
durante mucho tiempo, que se extendiera a toda la sociedad y, en particular a todos los
integrantes del grupo a aniquilar, el terror que provoca saber que las torturas no tenían límite
temporal y la parálisis que suscita en los familiares el saber que aún había posibilidades de que
sus seres queridos fueran liberados.
El continuo movimiento de los detenidos de un Centro Clandestino de Detención a otro, nos
obligaba a los sobrevivientes a tomar conciencia de la magnitud de la represión y el mandato
implícito que los genocidas pretendieron imponernos fue: transmitan el horror, colaboren con
nuestro objetivo de domesticar a esta sociedad. Colaboren con la consecución del delito
constitutivo de genocidio de provocar lesiones graves a la integridad física o mental de los
miembros del grupo que queremos aniquilar.
d) Rol de “colector” de detenidos-desaparecidos de muy diversos orígenes, actividades y
militancias. En concordancia con lo anterior, la investigación muestra que en el Pozo de Banfield
hubo conocidos integrantes de partidos políticos revolucionarios con estructura militar, como es el
caso de estas tres compañeras, pero también llevaron allí a ex funcionarios nacionales (Edgardo
Sajón) y provinciales (Gustavo Caraballo), empresarios (Guillermo y Efraín Taub, Dante Marra,
Rafael Ianover, Julio Daich), dirigentes, activistas o abogados gremiales (Lidia Biscarte, Juan
Carlos Deghi, Diego Barreda), dirigentes barriales (Cirila Benítez), militantes o activistas de nivel
universitario y secundario (chicos de la Noche de los Lápices). No importaba el tipo de
organización en la que se participaba, por supuesto no era condición necesaria que fuera una
organización política, era igualmente peligroso participar de un centro de estudiantes, de una
sociedad de fomento, de un gremio, de un centro cultural, de un organismo de derechos humanos,
de una organización religiosa, o de cualquier otro colectivo. Tampoco importaba el cargo ni el nivel
dentro de cada organización, hubo en Banfield desde adolescentes que recién comenzaban a
participar en asambleas o reuniones, activistas de base, delegados y también dirigentes
reconocidos. Este punto al igual que el anterior, es crucial a la hora de calificar la represión
desatada sobre el pueblo como un genocidio. Este aparente desorden en la ubicación de los
detenidos fue la forma de mostrar a los futuros liberados que la represión alcanzaba no solo a
quienes participaban de organizaciones armadas ni tampoco se limitaba a quienes lo hacían en
partidos vinculados a ellas, sino que estaba dirigida a todos los grupos sociales organizados, que
se opusieran al modelo social, económico y político que la dictadura pretendía imponer. Se ponía
en acto la definición precisa del delito de genocidio: la intención de aniquilar a un conjunto de
ciudadanos de muy distintos orígenes, de muy diferentes prácticas e ideologías políticas, que los
propios genocidas unificaron en un gran grupo: el de los opositores al gobierno de facto. Así lo
explicita el Anexo 2 del Plan del Ejército firmado por Videla y distribuido en febrero de 1976 a los
distintos cuerpos de Ejército: “Se considera oponente a todas las organizaciones o elementos
integrados en ellas existentes en el país o que pudieran surgir del proceso, que de cualquier forma
se opongan a la toma del poder y/u obstaculicen el normal desenvolvimiento del gobierno militar a
establecer”.
3) Las compañeras. No puedo ni quiero terminar mi declaración sin explicar al Tribunal
quiénes eran Manuela, Cristina y Raquel. Creo no haber mencionado hasta ahora que
cuando llegué a Banfield llevaba dos meses y medio de cautiverio, que había adelgazado
muchos kilos, a pesar de estar en mis últimos meses de embarazo, que venía de parir en
el asiento de atrás de un auto, con los ojos vendados y las manos atadas atrás, que al
llegar me habían obligado a limpiar la camilla donde me sacaron la placenta y el piso,
desnuda frente a 10 o 12 guardias que se burlaban, mientras mi hija Teresa lloraba en una
mesada, que en esos quince días nos trajeron comida no más de 4 o 5 veces, que Teresa
estuvo desnuda todo el tiempo y que nos llenamos de piojos, que los calabozos
permanecían cerrados días enteros y que allí en el piso, en una superficie de no más de 3
m2 tenían que vivir, o comenzar a morir, 3, 4 y hasta 5 compañeras, sin colchón, sin abrigo,
sin baño, sin comida. Que ya a ningún guardia le interesaba que les viéramos las caras, ni
tampoco cuáles eran nuestros nombres, que nadie pasaba lista ni controlaba quien vivía ni
quien moría, que estábamos en definitiva, en el último de los círculos de un infierno no
imaginado siquiera por el Dante.
Sin embargo, allí mismo y en gran medida gracias a Manuela, a Cristina y a Raquel conocí
también lo más excelso, lo más sublime, lo más grandioso, del ser humano.
¿De qué otra forma puede entenderse si no que después de muchos días sin comer, las
compañeras con tanto hambre como yo y empezando por Manuela, me pasaran a mí la mitad de
su ración para que yo pudiera dar de mamar a mi hija?
¿Cómo explicar que después de lo sufrido y con la claridad de lo que les esperaba, tuvieran
siempre palabras de aliento, de fuerza, de tranquilidad y de esperanza para todas las demás
compañeras?
¿Cuál es la otra respuesta posible al motín organizado por Manuela y Raquel cuando un guardia
pretendió arrancarme a Teresa de los brazos para supuestamente protegerla del efecto de la
pastilla de Gamexane que iba a prender para eliminar los piojos que estaban contagiándolos a
ellos? Aprovechando que habían abierto todos los calabozos para que el gamexane hiciera su
efecto, todas las compañeras formaron una barrera humana infranqueable delante de mí, gritando
al mismo tiempo, “no, no se la llevan” en un rugido de leonas defendiendo a sus crías, que jamás
olvidaré.
Por último ¿qué otra explicación hay para el silencio de Cristina acerca de su parto y de por qué
su bebé no estaba con ella que la voluntad expresa y admirable de no transmitirme el temor de
que se llevaran a Teresa?
Sres. Jueces, Manuela, Cristina y Raquel fueron personas dignas, justas, valientes, solidarias y
libres. Están desaparecidas y los responsables están impunes.
Para ellos pido castigo, para ellas, mi homenaje!