INTRODUCCIÓN
El maquillaje no es una experiencia reciente para el ser humano, ni tampoco una práctica
repetida en el tiempo de colorido y diseños.
A lo largo de los siglos, ha estado sometido a la propia evolución de las diferentes culturas y
civilizaciones que le han reservado un lugar entre sus ocupaciones habituales. De las primeras
expresiones de decoración personal parten todas las tendencias estéticas que se han ido
reproduciendo con más o menos variaciones hasta nuestros días.
Aun siendo muy diferentes y numerosos los países, culturas, etnias, épocas, etcétera, en las
que se ha practicado maquillaje, cabe destacar especialmente en la Antigüedad las
civilizaciones de Egipto, de Grecia y la Roma clásica.
De la Edad Media al siglo xix, la incidencia del Renacimiento en los gustos estéticos y la
profusión en el uso de cosméticos del siglo xvill en Europa marcaron las preferencias en belleza
durante mucho tiempo después.
Las décadas del siglo xx recogen y mezclan entre sí todo lo sucedido hasta entonces para crear
en distintas fechas estilismos que recuerdan a los primeros intentos de decoración facial, las
épocas de austeridad o las de mayor exceso.
Finalmente, el nuevo milenio, con la complicidad de los medios audiovisuales y las nuevas
tecnologías, harán del maquillaje un trabajo altamente profesional y especializado.
PREHISTORIA Y ANTIGUAS
CIVILIZACIONES
Está documentalmente demostrado que, a lo largo de la historia, el ser humano ha sentido la
necesidad de embellecerse y, por tanto, de maquillarse.
La utilización de adornos y pinturas se ha dado en todas las épocas, desde las civilizaciones
más primitivas hasta las más adelantadas y en todas partes del mundo.
De las pinturas corporales de los indígenas americanos, las incisiones para colgar abalorios e
incluso de los tatuajes, queda recuerdo en la actualidad.
Se cree que el maquillaje ya fue practicado hace unos cincuenta mil años por los hombres del
Neandertal pues, a través de distintos trabajos arqueológicos que datan de esa época, se
identificaron recipientes de cosméticos. Estaban fabricados con conchas que, a modo de
estuche, contenían restos de pintura amarilla y roja.
Utensilios parecidos se vieron en excavaciones de África del Sur, del Norte y en el Oriente
Próximo, fechados en el período Mesolítico (10000-5000 a. C.).
En la estancia mortuoria de la reina de los
sumerios, Shub-Ad (5000 a. C.), se encon-
traron utensilios de belleza y tablillas que
referían fórmulas médicas para preparar
cosmética.
Incluso nuestra Biblia alude al maquilla-
je de forma parecida. Y verdaderamente
curiosa es una referencia del libro de He-
noc (la Biblia de los judíos etíopes) en la
que se dice que «fue Azazel, Jefe de los Ángeles Rebeldes, quien se encargó de
transmitir al hombre el arte de pintarse el
contorno de los ojos con antimonio». En
esta ocasión el maquillaje se manifiesta
como expresión de indisciplina y atrevi-
miento.
Es sabido que los gustos con respecto al
maquillaje han variado con el tiempo y
las culturas. Pero, revisando sus más pri-
mitivos signos a través de las antiguas
civilizaciones, capta nuestra atención el
hecho de que el primer gesto en bus-
ca de la belleza haya sido siempre el de
enmarcar los ojos con un trazo oscuro.
Prehistoria.
Primeros homínidos. Edad delos Metales (800000-30000 a. C.)
De fecha tan lejana en el tiempo como la
Edad de Bronce (3500 a. C.) proceden al-
gunos de los primeros datos acerca de la
milenaria estética femenina.
El primer cosmético de maquillaje y el
más antiguo conocido fue el kohl, com-
puesto de sulfuro de antimonio, y que se
encuentra de forma natural en un mineral
cristalino: la antimonita o estibina.
El kohl se utilizaba para delinear los ojos.
Se han encontrado restos en huesos va-
ciados a modo de estuche.
Ya existían herramientas filosas, como la
navaja de la Figura 1.5, que nos hacen
pensar en una prehistórica depilación y
otros objetos de tocador, como rudimen-
tarios espejos (Figura 1.6).
Además del kohl, la mujer prehistórica
contaba con arcillas, pigmentos y colorantes toscos que mezclaba con grasas
animales. Han aparecido en las pinturas
rupestres cazadores y danzantes que co-
loreaban el cuerpo con rojo y negro.
También embadurnaban su pelo con arci-
lla e incluso sangre.
Antiguas civilizaciones
De la huella que han dejado en el tiem-
po las antiguas civilizaciones, de sus
costumbres y rituales de belleza, a veces
simples, a veces sofisticados, tenemos
que concluir diciendo que apenas hemos
cambiado.
Egipto (3200 a siglo I a. C.)
Hablar de antigüedad en maquillaje es hablar de Egipto
Es inevitable mencionar esta civilización y comenzar con ella nuestra historia porque la cultura
egipcia es la más antigua de la
que se tiene constancia en la que hom-
bres y mujeres utilizaban cosméticos.
Para los antiguos egipcios, los cosméti-
cos significaban la unión de los humanos
con los dioses. Hay dos significados pa-
ra la palabra cosmético, procedente de
la raíz griega cosmos: «armonía y orden
y
del universo» y, también, «hábil en la de-
coración».
Las prácticas femeninas del Antiguo Egip-
to merecen relatarse aparte, pero los
hombres preparaban sus futuras tumbas
para que estos cosméticos no les faltaran
en la otra vida. En la de Tutankamon, se
encontraron numerosos recipientes con
perfumados ungüentos y productos colo-
reados.
En un principio esta perfumada cosmé-
tica era de uso totalmente exclusivo de
los sacerdotes, quienes los utilizaban en
los ritos mortuorios tan importantes en
esta cultura. También servían para hacer
la guerra o como símbolo de poder.
Pero poco a poco este uso limitado co-
menzó a extenderse, aunque solo en la
corte, ya que sus fórmulas eran costosas.
El más utilizado de estos productos fue
el kohl, realizado con galena, sulfuro de
plomo y sustancias identificadas como
cerusita, laurionita y fosgenita. Se pre-
paraba con todo ello una pasta que se
guardaba en pequeños tarros de alabas-
tro y que se humedecía con saliva para
facilitar su aplicación.
Era la esclava más joven quien preparaba
con su saliva este cosmético y maquilla-
ba a su reina aplicándoselo con palillos de
marfil, madera o metal.
El color negro intenso del kohl protegía
la córnea del ojo de las intensas radia-
ciones solares. Pero además delineaba
los ojos, alargaba y espesaba las cejas,
que en algunos casos se afeitaban para
diseñarlas de nuevo o incluso se ponían
postizas.
Ya entonces existían sombras brillan-
tes para los párpados, fabricadas con los
caparazones iridiscentes de ciertos esca-
rabajos y uno de los productos favoritos
era un cosmético verde obtenido a partir
de malaquita molida.
Aunque el pueblo no tenía acceso a los
cosméticos, los esclavos lucían los ojos
maquillados con kohl y, dentro de la aris-
tocracia, a las mujeres de rango inferior
solo se les permitían tonalidades pálidas.
Los gustos estéticos de los antiguos egip-
cios distaban poco de los nuestros en la
actualidad.
En sus estatuas de piel bronceada y
suave, observamos rostros y cuerpos
delgados; ojos grandes de párpados co-
loreados, delineados con negro; cejas de
cuidado diseño, y bocas en tonos terraco-
ta (marrón rosado).
Un ejemplo de maquillaje podría ser este:
piel dorada conseguida con la aplicación
de una preparación de ocre amarillento a partir de óxido de hierro, que además tiene reflejos
dorados cuando se muestra a la luz.
Pero sobre todo son los ojos los que se
maquillan sistemáticamente. Se trata de
darles una forma almendrada y para ello
se comienza aplicando polvo de kohl en
el interior del párpado inferior, o se colo-
rean intensamente con el verde profundo
del moszimit (polvo de malaquita pro-
cedente de Siria) o con polvo de color turquesa.
También las arcillas rojas, marrones y vio-
leta se utilizarán puras o mezcladas con
óxido de cobre y hierro para variar el colorido.
Las pestañas se untan con una pasta de
kohl y grasa, de consistencia parecida a
las actuales máscaras.
La legendaria reina Cleopatra sofisticaba su maquillaje coloreando el párpado
inferior con un tono distinto. Sus colo-
res preferidos eran el azul marino para el
párpado superior y el verde agua para el
inferior. Para los labios utilizaba un rojo
oscuro de óxido. Y la reina Nefertiti se pintaba las uñas de las manos y los pies de un rojo rubi.
Grecia (1600-siglo I a. C.)
En Grecia la belleza es sobre todo ar-
monía en las proporciones como puede
verse en sus clásicas estatuas de formas
ideales. Los cánones estéticos reproduci-
dos por el escultor Praxíteles aún marcan
nuestros contemporáneos ideales de be-
lleza.
Esta práctica y gusto por unas cejas armoniosas se mantiene durante trescientos años más,
según testimonio del poeta
Teocrito y la atención a ellas es tal que algunas veces se utilizan postizos cuando son
demasiado claras de pelo.
El maquillaje llega a Grecia a través de
las conquistas de Alejandro Magno,
pero su uso es casi exclusivo de las cor-
tesanas. En Esparta, por ejemplo, estuvo
oficialmente prohibido excepto para es-
tas mujeres.
Se prefería la piel más bien clara, preser-
vada por la vida en el interior del gineceo
(lugar donde habitaban las mujeres) y,
para maquillarla, se utilizaba cerusa o al-
bayalde (carbonato de plomo), que era
venenoso y cuyos estragos denunciaría el
médico Galeno.
También utilizaba la mujer griega el mis-
mo kohl de las egipcias o incluso hollín,
pero con más discreción. Se definía el
contorno de los párpados en azul y ne-
gro; labios y mejillas se teñían con rojo
orcaneta (planta herbácea, de cuya raíz se
obtiene un tinte rojo) y con raíz de ono-
quiles.
En el siglo v a. C. la bella Aspasia, esposa de Pericles, escribirá dos obras sobre el arte de
maquillarse.
Roma (753 a. C.-476 d. C.)
Parecidas en muchos aspectos, Grecia
y Roma lo son también en lo referido al
maquillaje. De modo semejante a las
griegas, las patricias de los inicios del
Imperio romano se aseaban, se maquillaban y peinaban con gran dedicación.
Contaban con la ayuda de numerosas
esclavas para llevar a cabo estos diver-
sos quehaceres de los que se ocuparán
por grupos, especializándose cada una
en una disciplina o parte del cuerpo,
algo así como las manicuras, pedicuras,
peluqueras y maquilladoras actuales.
En esta época, Ovidio escribe el tratado
de la cosmética femenina.
La era cristiana
A mediados del siglo i a. C., los soldados
regresaban de sus misiones en Oriente
cargados de perfumes y cosméticos de la
India.
Puesto que en el Antiguo Testamento se
hace referencia a cosméticos de maqui-
llaje, se cree que los judíos adoptaron
la costumbre de los egipcios, pero, con
el progresivo avance del cristianismo, el
maquillaje es rechazado y ridiculizado
haciéndose sátiras de las «falsas caras maquilladas».
Marcial, el epigramista del siglo I, en unos escritos se burlaba de una conocida dama que se
excedía con el maquillaje:
«Rodeada por un centenar de cajas de
cosméticos, ni siquiera tu cara duerme
contigo y guiñas el ojo a los hombres bajo una ceja que aquella misma mañana has sacado de
un cajón».
Desde los inicios del judeocristianis-
mo hay referencias de manifestaciones
en contra de la indecorosa dedicación
al aspecto físico. A la minima intención
femenina de tratar de embellecerse y lu-
cirse fuera del hogar se la considera un
atrevimiento contra el debido someti-
miento al hombre.
El adorno de los ojos fue, como en
Egipto, el uso más popular entre los
hebreos. La famosa reina Jezabel, para
seducir a Jehu, utilizó numerosos afeites
y Esther, reina de Babilonia, gracias a la
habilidad con que se maquillaba, fue distinguida como la mujer con los más bellos ojos que
nunca existieran.
Otras civilizaciones: China y Japón
Especialmente dignas de mención son
estas dos culturas con muchos puntos estéticos en común y tan llenas de curiosas y complejas
costumbres. Sería demasiado extenso describirlas en detalle en este breve recorrido histórico.
Para el maquillaje de las cejas, extremos
de los ojos y comisuras de los labios, uti-
lizaban lápices fabricados con pétalos de
cártamo aplastados (en árabe kártum significa «tinte», en alusión a las propiedades
de esta planta).
También se utilizaba la técnica del ohgu-
ro, mediante la cual se ennegrecían los
dientes con una mezcla de sake, hongos
y hierro oxidado. Pero esta apariencia que
significaba alta posición social se reser-
vaba a los samuráis de alto rango y a las
jóvenes casaderas.
Sin embargo, en la Antigua China Im-
perial (tercer milenio a. C.), el hecho de
teñir de negro los dientes significaba una
renuncia a la belleza, por lo que esta práctica era costumbre entre las viudas, por razones de
duelo.
En China se prestaba atención de un mo-
do muy especial al arreglo y maquillaje de las uñas y, aunque no está documentado,
se cree que el origen de la actual costumbre de esmaltar las uñas viene de China.
Así en la época Ming, penúltima dinastía
china que gobernó entre los años 1368
y 1644, se preferían los colores negro y
rojo. Muchísimo más antigua fue la prefe-
rencia de colorear las uñas con oro y plata (dinastía Chou, 600 a. C.) aunque eran considerados
los colores de la realeza.
DE LA EDAD MEDIA AL SIGLO XIX
En el período tan extenso que transcu-
rre desde el siglo v hasta el siglo xix, la
belleza de la mujer se ve sometida a cons-
tantes vaivenes que la muestran a veces
como ejemplo de pureza o como un ser
irresistible en otras ocasiones.
La Edad Media (siglo V-XIV d. C.)
Occidente en la Alta Edad Media no es
lugar ni momento para afeites y arreglos.
La gente basa su vida en la religión, y no
se considera cristiano buscar la belleza
personal.
Las preocupaciones sociales oscilan entre el cielo y el infierno y el mundo está centrado en
cuestiones de fe.
En el imaginario austero de la época, no
podemos percibir la imagen real de las
mujeres ni sus gustos acerca de belleza,
pues toda representación artística se
encuentra ceñida exclusivamente a lo
religioso.
Las imágenes de este apartado datan del
siglo xv, en el que todavía algunos artistas
seguían representando a la mujer como
un ser virginal, según la estética heredada de la Edad Media. Gracias a ellos podemos conocer
hoy el ideal de belleza de ese tiempo.
Sin embargo fue en la Edad Media cuando los cruzados, viendo el uso que se hacía de los
cosméticos en el Oriente Próximo, propagaron en Occidente la costumbre a la vuelta de sus
guerras.
Martín de Ayala escribió en 1567: «Hanse
de huir los afeites, porque afean y roban
la hermosura natural. Los afeites y atavíos curiosos son trajes de malas mujeres».
Desde Flandes hasta Italia, la belleza de
la dama, al igual que la de la virgen, de-
be ser dulce y pura (arte románico) y,
para ello, debe tener la piel blanca co-
mo la flor de lis, la leche o el armiño.
El posterior arte gótico permite a los pin-
tores expresar la humanidad femenina a
través de la Virgen María pero también en la representación de Eva.
Así, en un rostro ovalado y suave de fac-
ciones pequeñas, se ve una frente alta,
abombada, con cejas arqueadas, finas e
incluso inexistentes, párpados también
abombados y boca pequeña y rojiza. El
pelo ideal «será de un rubio muy dorado
y tan largo que tocará el suelo o dará cuatro vueltas a la cabeza estando trenzado».
En numerosos narraciones, a la heroina se la llama simplemente rubia.
Aún adolescente o muy joven, la bella tiene un cuerpo delicado, esbelto y grácil, rematado por
una pequeña cabeza, que se inclina sobre un largo y delgado cuello.
Los hombros se presentan ligeramente
caídos y resulta muy curioso ver que los
pies suelen aparecer grandes.
El Renacimiento
Vuelven con renovada fuerza los cos-
méticos y la belleza femenina envuelve la
vida de la Italia del siglo xvi. En Florencia,
en el convento de Santa Maria Novella se
crea el primer laboratorio de productos
medicinales y afeites.
En Italia, en 1573 y en el libro de Cata-
lina de Sforza Experimentos, existe toda
clase de recetas de cosmética, perfumería
y escritos sobre maquillaje para corregir
defectos del cuerpo.
Ya no se hacen cuadros exclusivamente
religiosos y, gracias al hecho de que aho-
ra son retratadas muchas personalidades
de la época, existe constancia de la esté-
tica renacentista. Se puede observar en
ellos que a la belleza orgullosa y tranquila de las madonas le sucede un desbordamiento de
lujo y ornamentos. La
obesidad, símbolo de ociosidad y opu-
lencia, resulta adecuada para represen-
tar a personajes de la nobleza.
En Italia, cuna del Renacimiento, se man-
tiene el ideal de cabellos rubios y piel
blanca, pero desde el sur mediterráneo
hasta el norte de Holanda estas caracte-
rísticas solamente se pueden conseguir
usando el artificio.
También se tienen en cuenta la armonía
y proporción en el rostro, según teorías y
tratados de belleza que dictan que «no
debe marcarse ningún hueso en el escote. En el rostro, la frente debe ser
alta, la nariz recta y fina y la boca pequeña».
En la época existieron beldades muy fa-
mosas, a las que se rindieron verdaderos
honores como, por ejemplo, la esposa
de Julián de Médicis (inmortalizada por
Botticelli en su alegoría de la primave-
ra). Se dice que, cuando murió, su ataúd
abierto fue paseado por toda Florencia
para que fuera admirada por última vez.
La popularidad de las cortesanas, que
practican la seducción como artistas re-
conocidas e imitadas, trae consigo la
costumbre del uso desenfrenado de pin-
turas, ungüentos y perfumes almizclados.
Para conseguir colorante rojo, se tritura y
usa coral y minio. También se blanquea la
piel con albayalde y sublimado, soluciones tóxicas compuestas a partir del plomo y el
mercurio.
El Siglo de Oro. La Reforma del siglo XVI
En un mundo marcado por el peso so-
cial, la coquetería está mal vista y la moda general es como de uniforme negro bordeado de
encajes blancos.
Toda Europa es discreta y decorosa y se
impone la delgadez y una belleza digna.
No hay cabida para el maquillaje, al me-
nos en España e Italia.
Pero las mujeres se muestran interesadas
por el aspecto físico a pesar de las direc-
trices moralistas y religiosas.
Casi al mismo tiempo y reaccionando a
esta severidad, surge en Francia otra tendencia que es el extremo opuesto.
La Contrarreforma (siglo XVII)
Esta reacción se extenderá acrecentándo-
se hacia el siglo XVIII.
Los gustos estéticos obedeciendo la ley
del péndulo provocan que a cada época
de exageraciones la siga otra de sobrie-
dad. El amago de exceso del siglo xv es
combatido por la Reforma en el siglo xvi
y este, a su vez, por la Contrarreforma en
el siglo XVII.
En este siglo xvii la reacción será france-
sa y las mujeres no salen a la calle sin
sus lunares de tafetán negro, sobre los
cuales existe un particular diccionario de
secretos: el apasionado se coloca bajo la
ceja, el ladrón disimula un grano, el ma-
yestático es para la frente, el descarado
o impertinente adorna la punta de la na-
riz y el besucón acentúa la comisura de la boca.
Como anticipo a lo que sucederá en el si-
glo XVIII, el poeta Nicolás Boileau aconseja a los maridos: «Espere por la noche a que а su
mujer, en cuatro pañuelos de su belleza manchados, envie al lavadero sus rosas y sus lirios».
El Barroco y el Rococó (siglo XVII)
En épocas concretas y en algunos países,
el maquillaje ha tenido una importancia
sin límite, pero no ha existido un tiempo y lugar semejante al de la corte del rey Sol en la
Francia del siglo XVIII.
Nadie se atrevería a aparecer sin afeites
ante el rey, y los cortesanos se maquillan
hasta para dormir.
Se cuenta que la marquesa de Pompa-
dour, amante de Luis XV, se aplicó colore-
te justo antes de fallecer. Este cosmético
consumía tan exageradamente que se
planteó cobrar un impuesto para fines so-
ciales con cada tarro vendido.
Existe una afición desmesurada por el co-
lor rojo con matices variados (anaranjado,
violáceo, etcétera) para utilizar según las
horas o el estado de ánimo.
El rojo cubre los rostros con exagera-
do artificio y, por esto, al reino de Luis
XVI se le conocerá como el del bermellón terrible. Es el colmo del ridículo y lo natural no gusta.
Pero cabe decir que, en esta época y en-
torno social, tiene aún mayor importancia
el peinado que el maquillaje, incluso en
los hombres.
En la década de 1780, la aplicación de
polvos sobre el cabello natural o artificial
había llegado a la exageración y existía
una verdadera pasión por el pelo blanco.
Causaba furor un elegante tono: el rubio
ceniza que, por primera vez, lució Vigée
Lebrun, amiga de María Antonieta.
Esta afición por las blancos y plateados cabellos será un anticipo de la afición por el pelo
platino propia de los años noventa.
En 1792, la revista británica Gentlemen's
Magazine escribía sobre «esas mujeres
que, con sus cabellos totalmente blancos
y sus caras de un rojo violento, parecen
ovejas desolladas». La Revolución francesa acabó con este exceso tan ridículo y, desde
Versalles hasta Venecia y Lon-
dres, todo el artificio del siglo XVIII va
perdiendo fuerza y se difumina.
Cuando Napoleón llega al poder, su
esposa Josefina contribuye a que los cuidados de belleza renazcan en Francia y,
con ella, la belleza va poco a poco humanizándose de nuevo.
El Romanticismo (siglo xix)
De las enormes y empolvadas pelucas del siglo XVIII, se pasó a los bucles hechos en la
peluquería. También llegó el look masculino para las que fuman en público y prefieren un
aspecto intelectual.
Otra vez, surge la misma reacción a los
anteriores excesos, y en este período se
opta por la naturalidad pero de un mo-
do totalmente estudiado. Una actitud
muy semejante a la de hoy día.
Se pretende una belleza angelical y a la
vez atrevida. Para conseguir el look, las
mujeres llevan el cabello cardado en
aparente desorden; las cejas espesas
y marcadas confieren un aspecto de
andaluza o napolitana; de mujer medi-
terránea, en definitiva.
Triunfan a la vez en el siglo xix dos estilos
estéticos muy definidos: el de tipo medi-
terráneo descrito en el párrafo anterior y
el de tendencia oriental con aspecto de
odalisca (Inglaterra y Francia).
Pero en general en toda Europa la moda
será marcar las ojeras con azul o violeta.
Se busca aparentar un aspecto enfer-
mizo y febril, como Margarita Gautier,
protagonista de la novela La dama de las
camelias, ideal estético del Romanticismo.
Las bellas no dudan en tomar vinagre o
zumo de limón. Incluso ayunan hasta caer desfallecidas para obtener la deplorablesalud de los
tísicos, enfermedad que Gautier padecía.
Sustancias peligrosas como la belladona,
la atropina y la datura proporcionan una
expresión de fijeza artificial con una ca-
racterística dilatación de la pupila, que da un aspecto de muñeca o autómata.
Puede decirse que estas mujeres fueron
las precursoras de algunas de las tenden cias del siglo siguiente como los góticos,
siniestros y neorrománticos. E incluso que padecían una cierta forma de anorexia,
como era el caso de la famosa emperatriz
de Austria, Sisí.
Los avances científicos consiguen que
los productos de maquillaje no supon-
gan más riesgos para la piel y es la casa
Guerlain en 1828 la que por primera
vez fábrica un bálsamo con color para
los labios fabricado con cera de abejas y
raíz vegetal.
Baudelaire en Le Figaro (1863) publicó «El elogio del maquillaje» a favor y en defensa del
derecho de la mujer a querer mostrarse atractiva en cualquier momento.
La fotografía completará este liberalismo
de la belleza femenina.
LAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
El siglo xx se ve marcado por numerosos
acontecimientos: dos guerras mundiales,
revolución tecnológica, liberación y derechos de la mujer, desarrollo de la cinematografia,
etcétera.
En toda Europa, las condiciones de vida
cambian rápida y profundamente influ-
yendo, como no podía ser de otro modo,
en el concepto de belleza y en el mo-
do en que las mujeres se maquillan.
Analizaremos a través de él nuestra he-
rencia más cercana, recordando que las
mujeres iniciaron el siglo acentuando
párpados, cejas y labios pero que, du-
rante mucho tiempo después y siguiendo
de nuevo la ley del péndulo, el maquillaje
volvió a ser atributo de mujeres de «ma-
la vida».
La Belle Epoque
París, capital del buen gusto, inspira el
look que actrices y bailarinas lucen en los
teatros o en el incipiente cine. Triunfaba
Sarah Bernhardt, quien anunciaba dife-
rentes cosméticos, la Bella Otero y Cecille
Sorel, quienes posan para los primeros fotógrafos de moda.
El color del pelo daba igual, pero la
piel debería ser blanca y diáfana como
siempre; precisamente, Diaphane es el
nombre comercial de los polvos de arroz
publicitados por Sarah Bernhardt.
Los progresos en medicina y la prohi-
bición del albayalde en 1913 sanean la
producción de cosméticos y su venta se
dispara como nunca antes.
Las cejas no se depilan bajo ningún con-
cepto. Si no son muy gruesas o no son
abundantes, un trazo de lápiz lo solucio-
na sustituyendo el antiguo clavo de espe-
cia chamuscado que era con lo que hasta
entonces se contaba. Un dato curioso es
que se coloreaban ligeramente las orejas
para que tuvieran un tono sonrosado.
La revista Vogue en 1911 se inspira en las
culturas lejanas: «Las mujeres turcas ma-
quillan sus ojos con alheña. Las bereberes
pintan el rabillo del ojo con un polvo ne-
gro...» (todo esto recuerda al maquillaje a
antes de Cristo y a una determinada ten-
dencia estética romántica del xx).
Es también la era de peinados a lo garçon
y de mujeres fatales vestidas con origina-
lidad.
Mary Pickford, una de las primeras es-
trellas de Hollywood en 1918, debe su
imagen al primer maquillador del séptimo
arte: Max Factor.
La palidez rosada, síntoma de buena sa-
lud, sigue siendo el principal objetivo y,
por primera vez, los colores de los pol-
vos se adaptan a los distintos tonos
de tez: rosa, blanco y el famoso color
Rachel (beige intenso y dorado). Por
primera vez se ve el malva, el ocre y el
naranja.
En 1912, el francés Bourjois envasa un
colorete en polvo seco, el fard pastel, dis-
ponible en una gama de 12 colores, de
los cuales uno de ellos, el cendres de ros,
aún sigue a la venta en la actualidad.
En 1914 aparecen los primeros polvos
prensados presentados en polveras de
metal provistas con espejo y borla, de
los que se venden 30.000 unidades al día
en todo el mundo.
La Primera Guerra Mundial acaba con la
Belle Époque y las mujeres comienzan a
trabajar fuera de casa, de forma que se
impone una austeridad generalizada.
En Francia se pide cita al peluquero pa-
ra seguir la moda lanzada por Gabrielle
Chanel. El gran Antoine le cortó el cabello tan corto como lo llevaban las enfermeras
estadounidenses llegadas a Francia con el cuerpo expedicionario.
Aunque ellas se vieron obligadas a hacerlo por los piojos.
Década de los veinte. El espíritu del Art Deco
Finalizada la guerra, la barra de labios
se democratiza y no hay mujer que no
tenga una entre sus artículos de tocador.
Por lo general, es brillante, con olor a frutas y se aplica después de dibujar su contorno con un
lápiz perfilador que acaba de aparecer en estos años (lápiz gruau).
A mediados de la década se impone el
maquillaje de las pestañas; para ello
se recurre a un producto en pasta cre-
ma que se aplica con cepillo y que tiene
una versión waterproof. Se lleva el rabillo
del ojo acentuado con lápiz para después
alargarse con el dedo. La boca, hasta
entonces discreta, se realza ahora con
colores oscuros y marcados.
Las mujeres que luchan por su emanci-
pación expresan su ambición de libertad
llevando el corte de pelo a lo garçon co-
mo Josephine Baker, musa de fotógrafos
y pintores, que, bajo el apodo de la Venus
de ébano, será la primera estrella de raza
negra que triunfe en París.
Su estilismo, creado por el peluquero
Antoine, es de un éxito total: labios ma-
quillados en negro y cabello muy corto
y engominado (los labios negros siguen
viéndose en pasarela y publicidad).
En los años veinte la imagen de liber-
tad consiste en crear un look un poco
masculino que especialmente las parisinas
consiguen sin gastar mucho y, como resulta menos costoso ir a la peluquería que a la modista,
el pelo se corta como símbolo de capacidad para saltarse las normas.
También tiene éxito el estilo paje con el
flequillo recto sobre las cejas, converti-
do ya en un clásico en nuestros días. Pe-
ro es el oficio de peluquero antes que el
de maquillador el que entra en un auge
sin precedentes abriéndose entre 1920
y 1930 unos 25.000 salones en Francia.
Coco Chanel es icono de moda.
La revista Vogue da una lección de ma-
quillaje: «Después de una aplicación de
base de maquillaje, unos polvos oscu-
ros en la parte alta del rostro iluminan los
ojos; desde las mejillas hasta la barbilla se aplican polvos claros; en las mejillas, un toque de
colorete se difumina con un pincel de pelo de camello. Luego se cepilla las pestañas y las
cejas».
Nace el primer rizador de pestañas, que
es un autentico éxito; lo adquieren casi
todas las mujeres a pesar de su elevado
precio y la dificultad de su utilización.
El cine influye en las tendencias del ma-
quillaje y el peinado destacando la figura
de George Westmore, profesional que
en sus inicios fue peluquero de los estu-
dios de Hollywood. Convertido después
en uno de los pioneros del maquillaje ci-
nematográfico, impondrá la presencia
constante de un maquillador mientras se
efectúan las tomas de los planos.
También estableció la división de las dis-
tintas tipologías de rostro desde un
punto de vista geométrico.
Sus cinco hijos dirigen los servicios de maquillaje y ejercen hasta la Segunda Guerra Mundial
una influencia decisiva en los criterios de belleza de Hollywood.
Los años treinta
Aunque la cosmética decorativa empieza
a tomar impulso, todavía los productos
de nueva creación son para el cine y no
para las mujeres de a pie.
Max Factor fue una de las primeras mar-
cas que fabricó maquillaje para el cine.
Las artistas de Hollywood sombrean los
ojos mediante pastas brillantes hechas
de lanolina. Pero el verdadero antepasa-
do de las sombras en polvo aparece poco
antes de la Segunda Guerra Mundial, permitiendo que las mujeres dejaran de utilizar tapones
de corcho quemados, tizas o ceniza, por ejemplo.
En esta primera mitad del siglo xx la mu-
jer empolvaba su rostro con productos
hechos de almidón de arroz y lucía la-
bios de color oscuro y tamaño pequeño
con forma de corazón.
El look característico de los años treinta
era de frente despejada, cabello aclarado,
cejas muy depiladas y arqueadas y pó-
mulos marcados imitando a las grandes
divas del cine como Greta Garbo y Marlene Dietrich.
Los cuarenta y cincuenta
Los años cuarenta-cincuenta son los años de las pin ups, tendencia en la que se inspira el
maquillaje de una parte de la
población femenina en la actualidad.
Podría decirse que esta es la década de
la barra de labios y las marcas empiezan
a ofrecer texturas nacaradas, gracias a la
llamada esencia de Oriente (escamas de
breca finamente triturada) que aportan
al cosmético un acabado satinado.
El periódico The New York Times en 1941
informa de que en Estados Unidos se venden 20 millones de dólares en barras de labios.
Exactamente igual que hoy día,
la barra de labios es el artículo de ma-
quillaje más vendido. Se popularizan
también las uñas rojas.
Max Factor hijo modifica sus bases de
maquillaje para obtener productos de camuflaje para el ejército en la Segunda
Guerra Mundial.
Su maquillaje pancromático (pan cake) Ilegó a ser tan importante en plena guerra que la
revista The Queen se lo recomendaba a las mujeres del ejército «porque es rápido, fácil de
usar y tiene una gran duración».
Helena Rubinstein recibe el apoyo del
presidente Roosevelt: «Embellecerse for-
ma parte del esfuerzo de guerra». Esta
marca lanza un maquillaje de fondo ela-
borado con fibras de seda. Pero es la
competencia, la Casa Dior, la creadora
del look de la época.
La marca Rimmel fabrica una paleta de
colores para labios con espejo y pincel; mientras que Gala, fabricante neoyorqui-
no, crea el thick and thin, dos lápices de
labios unidos por una cadena.
Del mundo de la moda en los cincuen-
ta proviene la costumbre de coordinar
color de ropa y maquillaje, aunque es-
to no guste a algunos maquilladores.
Pero hay modistos que incluso cambian
de actividad creando sus propias líneas de cosméticos.
Aparece el fenómeno de la jet set, rodea-
da de lujo, placer y elegancia con la que
peluqueros y maquilladores conocen
una gloria sin precedentes.
Siendo todavía pocos los maquillado-
res para las sesiones fotográficas de las
revistas, las propias maniquíes saben ins-
tintivamente que utilizar y cómo.
Se establecen patrones de belleza fe-
menina que imitan a las actrices del cine
americano y francés. Existen dos estilos
diferentes: el de las ingenuas, personi-
ficadas por Grace Kelly, Audrey Hepburn
o Brigitte Bardot, cuya arma es la natu-
ralidad, con las cejas naturales, labios
claros y cabellos enmarcando el rostro; y
el opuesto, el de las exuberantes: Sofia
Loren, Gina Lollobrigida o Liz Taylor.
Y ambos estilos se unen en la mítica actriz
Marilyn Monroe.
El maquillaje de Marilyn, muy estudiado y
más natural que el de las sofisticadas ac-
trices que la precedieron, se consigue
después de dos horas de trabajo: maqui-
llaje de fondo, polvos, sombras claras,
pestañas postizas y labios rojos cubiertos
con vaselina.
Los años sesenta y setenta
El color de los años sesenta y setenta es
el color de las flores, que tienen olor a movimiento hippy, defensa de los derechos de la
población negra, feminismo y
libertad. Son años de grandes ideales.
Con lapiceros se pintan en la cara flo-
res de colores vivos, emblema del nuevo
lenguaje pop. Helena Rubinstein lanza la
long lash waterproof máscara, la prime-
ra en este género.
Marcas comerciales como Mary Quant
revolucionan el mundo del maquillaje
presentando productos en cajas y es-
tuches con varios cosméticos a la vez y
creando en 1970 una línea de publicidad
mundial «make-up para hacer el amor».
Era una línea de productos de maquillaje
fijo o permanente.
Si en los cincuenta el récord de ventas se
lo llevó la barra de labios, en los sesen-
ta el éxito rotundo fue el del delineador
líquido o en pastilla acuarelable y las
pestañas postizas.
Ciertos movimientos marginales de es-
tas décadas hacen que afloren nuevos
conceptos estéticos que dan lugar a la
llamada moda étnica, el body art y el
flower power.
Los setenta
Los cosméticos de maquillaje son ya una
industria que participa en la economía de
mercado.
Se pone de moda que cada marca cuente
con sus particulares maquilladores.
En 1978 Yves Saint Laurent crea los colo-
res más atractivos vistos hasta entonces y aparecen los primeros brillos de labios
(gloss) obtenidos a partir de glicéridos
de germen de trigo y aceites que por
primera vez llevan filtros solares.
Se hicieron famosos productos concretos
como el número 19 de Carita (un llamati-
vo magenta) y las consumidoras prueban
los nuevos polvos opalescentes, muy irisados y con pigmentos nacarados.
Los ochenta
Música disco y lentejuelas se unían al le-
ma «maquillarse o morir». Los labios son
rojos, magenta, naranja o chocolate y
los ojos se destacan con sombras azul
añil, violetas, dorados, etcétera. Los
pómulos, que no las mejillas, siempre
se colorean en tonos terracotas y no
se aplican rubores en tonos saludables
(rosas o melocotones). Lo natural es con-
siderado mojigato y cursi.
Triunfa el lip fix (labial fijo) de Elizabeth
Arden.
Los maquilladores de los ochenta, verda-
deros directores estilísticos de las grandes firmas, descubrieron por primera vez al público los
colores irisados, metalizados y la máscara de pestañas de colores.
Comienza el movimiento punk: labios
y ojos negros. Se trata de un look duro en general bajo la consigna de «nada nos
interesa», mientras Madonna triunfa con
maquillajes coloristas, ropa rasgada y ca-
bello cardado con raíces más que visibles.
Los noventa. La era de Internet
La tendencia grunge ocupa la primera
línea de lo musical y lo estético. Apare-
ce el tatuaje como símbolo de feminidad
y también la moda del no make-up o maquillaje desnudo.
Los productos se perfeccionan mucho,
sobre todo las bases o fondos. Son ico-
nos de moda actrices como Gwyneth
Paltrow y Nicole Kidman, con los ojos
apenas maquillados y labios en tonos
burdeos o chocolates.
Peluqueros y maquilladores se convierten
ahora en estrellas de moda. Mac y Bobbi
Brown, por ejemplo, lanzan sus propias
líneas presentadas en envases simples
como apariencia de profesionalidad y eficacia máxima.
Hacen igual algunos profesionales del
mundo de la fotografía como Nars, ma-
quillador estrella de los noventa. Mientras los americanos reciben bien a los franceses, en
Europa gusta lo americano como la marca Maybelline New York, que surge en estos años.
EL NUEVO MILENIO
El cambio de milenio presencia como las
top models y actrices de moda se convierten en iconos de belleza; el gran público imita
entonces su maquillaje cada vez más laborioso, evolucionado y sofisticado.
También se copian sus peinados y modo
de vestir.
La cosmética decorativa, en su momen-
to álgido, sorprende constantemente con
productos más y más perfeccionados en
presentación y cualidades cosméticas.
Destacan, entre otros, los destinados al
fondo de la piel con texturas casi impalpables de gran calidad y múltiples matices.
Reaparecen los coloretes en crema, ahora
con brillo satinado, los líquidos y los pro-
ductos en gel.
Ya no es tan apetecible un acabado demasiado mate y empolvado como años
atrás, y los polvos faciales son ligeramente nacarados. Es la era de los cosméticos llamados
iluminadores.
En el 2000 irrumpe el aerógrafo entre
las herramientas del maquillador, que
se sirve de él para conseguir fondos, coloretes e incluso sombreados de ojos
impecables y duraderos. Este útil, basa-
do en el principio de los pulverizadores,
encuentra su sitio idóneo en el medio
audiovisual principalmente.
ΕΙ panorama de estilo es muy diverso.
Conviven los ojos ahumados, inspirados
en los veinte, con maquillajes nude de
los noventa, el pin up de los cincuenta y
una marcada preferencia por los sesenta
y setenta, con bananas, sombras claras y
labios en tono piel. Hay cantidad de opciones ya conocidas y anteriormente
experimentadas
Como se ha podido observar en este pequeño recorrido histórico, las tendencias
en maquillaje van y vienen retroalimentándose de todo lo anterior.
Siempre ha sido y será de este modo.