La vida es como una selva, exuberante y llena de misterios.
Al nacer, nos adentramos en ella
como exploradores, con la curiosidad y la inocencia guiando nuestros pasos. Nos maravillamos
con la diversidad de seres vivos que la habitan, con la exuberancia de su vegetación y los
sonidos que la llenan de vida.
La selva, como la vida, nos presenta un sinfín de caminos. Algunos son claros y fáciles de
transitar, mientras que otros se pierden en la espesura, llenos de obstáculos y peligros.
Debemos aprender a orientarnos, a distinguir entre lo que nos nutre y lo que nos daña.
En la selva, la vida se abre paso con fuerza. Los árboles compiten por la luz, los animales
luchan por la supervivencia, y nosotros, en medio de esa lucha constante, buscamos nuestro
propio espacio. Encontramos aliados que nos acompañan en el camino, y también nos
enfrentamos a rivales que ponen a prueba nuestra fortaleza.
La selva nos enseña la importancia de la adaptación. Debemos aprender a sortear los
obstáculos, a protegernos de las inclemencias del tiempo, a encontrar recursos para sobrevivir.
Cada día es una nueva aventura, una oportunidad para aprender y crecer.
Al igual que la selva se renueva constantemente, la vida también nos ofrece la posibilidad de
cambiar, de reinventarnos, de dejar atrás lo que ya no nos sirve. Podemos perdernos en la
oscuridad, pero siempre tendremos la oportunidad de encontrar la luz y seguir adelante.
La selva, con su belleza y su crudeza, es un reflejo de la vida misma. Nos invita a explorar, a
descubrir, a aprender y a crecer en medio de la diversidad y la incertidumbre.