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Borges: Cosmopolita y Nacional

En este ensayo, Beatriz Sarlo analiza la obra de Borges desde una perspectiva que destaca su doble condición de escritor cosmopolita y nacional. Sarlo plantea que Borges ocupa un lugar único en la literatura porque logra dialogar tanto con la cultura occidental como con la tradición rioplatense, moviéndose constantemente entre ambas. Este enfoque le permite a Sarlo explorar cómo Borges reinventa la literatura argentina y redefine su relación con las grandes tradiciones literarias globales.

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Borges: Cosmopolita y Nacional

En este ensayo, Beatriz Sarlo analiza la obra de Borges desde una perspectiva que destaca su doble condición de escritor cosmopolita y nacional. Sarlo plantea que Borges ocupa un lugar único en la literatura porque logra dialogar tanto con la cultura occidental como con la tradición rioplatense, moviéndose constantemente entre ambas. Este enfoque le permite a Sarlo explorar cómo Borges reinventa la literatura argentina y redefine su relación con las grandes tradiciones literarias globales.

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Beatriz Sarlo. Borges, un escritor en las orillas.

Buenos Aires: Ariel, 1995

Capítulo I
Cosmopolita y nacional

Este libro resulta de cuatro conferencias que di en la Universidad de Cambridge, en


1992. De ese género, el de la conferencia, conserva la marcha de la argumentación y
el eco de la oralidad. Al hablar precisamente allí, y en inglés, sobre Borges, tuve una
impresión curiosa. En el marco de esa universidad inglesa, una argentina hablaba de
un escritor argentino a quien hoy se considera 'universal'. En efecto, Borges, desde
aquellos lejanos años cincuenta cuando traducciones de algunos textos suyos
aparecieron en Les Temps Modernes, pasó a formar parte de un reducido grupo de
escritores, conocido (más conocido que leído, como corresponde al trabajo actual de la
fama) en el mundo entero. Fuera de las condiciones que rodean a sus textos en la
Argentina, Borges casi ha perdido su nacionalidad: él es más fuerte que la literatura
argentina, y más sugestivo que la tradición cultural a la que pertenece. Si Balzac o
Baudelaire, si Dickens o Jane Austen parecen inseparables de algo que se denomina
'literatura francesa' o 'literatura inglesa', Borges en cambio navega en la corriente
universalista de la 'literatura occidental'.
Las razones son muchas, pero me gustaría exponer la que considero principal: como
están las cosas, la imagen de Borges es más potente que la de la literatura argentina,
por lo menos desde una perspectiva europea. En efecto, desde Europa Borges puede
ser leído sin una remisión a la región periférica donde escribió toda su obra. Se obtiene
de este modo un Borges que se explica en la cultura occidental y las versiones que esta
cultura tiene de Oriente, prescindiendo de un Borges que también se explica en la
cultura argentina y, especialmente, en la formación rioplatense. La reputación de
Borges en el mundo lo ha purgado de nacionalidad. A ello contribuye, sin duda, la rara
perfección con que la escritura de Borges resuena en una lengua como el inglés: podría
pensarse que esta lengua lo restituye a su origen cultural, o, si no a su origen, por lo
menos a una de sus raíces.
Como sea, las conferencias en la Universidad de Cambridge me enseñaron esto (que
debería haber sabido antes) y pude volver a comprobarlo cada vez que encontraba las
ediciones de bolsillo de Borges junto a los clásicos antiguos y modernos, sin excepción,
en los anaqueles de todas las librerías que recorrí en Inglaterra. Lo que digo no es
novedoso y puede ponerse en la cuenta de una provinciana ingenua. Sin embargo,

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experimenté al mismo tiempo la sensación de que algo de Borges (por lo menos del
Borges que leemos en la ciudad que él amó, Buenos Aires) se diluía en este proceso de
triunfal universalización. Leer a Borges como un escritor sin nacionalidad, un grande
entre los grandes, es, por un lado, un impecable acto de justicia estética: se descubren
en él las preocupaciones, las preguntas, los mitos que, en Occidente, consideramos
universales. Pero este acto de justicia implica al mismo tiempo un reconocimiento y
una pérdida, porque Borges ha ganado lo que siempre consideró suyo, la prerrogativa
de los latinoamericanos de trabajar dentro de todas las tradiciones, y ha perdido,
aunque sólo sea parcialmente, lo que también consideró como un dato inescindible de
su mundo, el lazo que lo unía a las tradiciones culturales rioplatenses y al siglo XIX
argentino.
No se trata de restituir a Borges a un escenario pintoresquista y folklórico que siempre
repudió, sino más bien de permitirle hablar con los textos y los autores a partir de los
que produjo sus rupturas estéticas y sus polémicas literarias. Esos autores no
pertenecen todos al gran canon de una tradición universal. Son también escritores
menos conocidos y nombres más oscuros que, sin embargo, ocupaban el escenario
cultural donde Borges intervino desde los años veinte.
Borges nació en 1899, en Buenos Aires, hijo de una familia patricia que tenía, como la
anciana dama de uno de los cuentos de El informe de Brodie, algunos próceres
menores entre sus antepasados. La biografía de Borges, despoblada de actos
espectaculares, es discreta en la exhibición de pasiones privadas. Casi no importa una
'vida' de Borges por fuera de las historias de encuentros con los libros, las leales
amistades literarias y algunos viajes que, sobre todo el primero a Europa entre 1914 y
1921, fueron capítulos de una educación estética. Como también sucede con
Sarmiento, el mito biográfico se funda en la apropiación de la literatura: el Quijote
leído por primera vez en traducción inglesa cuando era un niño; su versión, a los nueve
años, de un cuento de Oscar Wilde; su fascinación por Chesterton, Kipling y
Stevenson; sus traducciones de Kafka, Faulkner y Virginia Woolf; su amistad juvenil,
en España, con el ultraísmo; la familiaridad con la poesía gauchesca y la aversión por
las letras de tango; su caprichosa y productiva relación con Evaristo Carriego, poeta
modesto que su padre había frecuentado; su devoción por Macedonio Fernández y el
gusto por escritores 'raros', marginales y menores; las antologías que preparó con sus
amigos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo; la desconfianza asordinada ante el
criollismo de Don Segundo Sombra; el ensueño de las literaturas escandinavas, las Mil

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y una noches y la Odisea; la traducción aporteñada de las últimas páginas del Ulises;
su veneración por la Cábala y por la Divina Comedia.
Los primeros capítulos de este libro exploran lo que Borges hizo de un hecho
ineluctable: haber nacido y escribir en la Argentina. Quizás por este camino también
sea posible ver, con alguna claridad, cómo estableció su diálogo con la cultura
occidental.
En el curso de unas pocas décadas Borges imaginó una relación nueva y diferente con
la literatura en la Argentina. Reorganizó completamente su sistema colocando, en un
extremo, la tradición gauchesca y, en el otro, la teoría del intertexto antes de que se
diseminara por los manuales de crítica literaria. Por eso, Borges fue un lugar común de
los lectores y escritores argentinos, y sus huellas se evidencian en una suerte de lingua
franca literaria donde las peripecias de sus cuentos se mezclan con las anécdotas que
inventó maliciosamente para los mass-media y expuso en los centenares de entrevistas
que respondió desde los años sesenta. Hoy, cuando las olas de nacionalismo cultural
estrecho, que denunciaron a Borges en 1940 y 1950, se han debilitado probablemente
para siempre, nadie discutiría que en su obra es central la cuestión de la literatura
argentina.
No existe un escritor más argentino que Borges: él se interrogó, como nadie, sobre la
forma de la literatura en una de las orillas de occidente. En Borges, el tono nacional no
depende de la representación de las cosas sino de la presentación de una pregunta:
¿cómo puede escribirse literatura en una nación culturalmente periférica? La obra de
Borges nunca deja de rodear este problema que pertenece al núcleo de las grandes
cuestiones abiertas en una nación joven, sin fuertes tradiciones culturales propias,
colocada en el extremo sur de lo que fueron los dominios de España en América,
tierras finales que fueron la sede del virreinato menos rico, que tampoco pudo exhibir,
como otras naciones latinoamericanas, grandes formaciones indígenas precolombinas.
Sin embargo, la consideración de Borges sólo en clave de escritor universal
cosmopolita tiene suficientes motivos: Borges también es eso y su obra sustenta
decididamente esa lectura. Se puede leer a Borges sin remitirlo al Martín Fierro o a
Sarmiento y Lugones: allí están los temas filosóficos, allí está su relación tensa pero
permanente con la literatura inglesa, su sistema de citas, su erudición extraída de las
minucias de las enciclopedias, su trabajo de escritor sobre el cuerpo de la literatura
europea y sobre las versiones que esta literatura construyó como 'Oriente'; allí están
sus símbolos, los espejos, los laberintos, los dobles; allí está su afición a las mitologías
nórdicas y a la Cábala. Pero se perdería, si la lectura se fija dentro de estos límites, la

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tensión que recorre la obra de Borges, cuando la dimensión rioplatense aparece
inesperadamente para desalojar a la literatura occidental de una centralidad segura. La
literatura de Borges es una literatura de conflicto.
Borges escribió en un encuentro de caminos. Su obra no es tersa ni se instala del todo
en ninguna parte: ni en el criollismo vanguardista de sus primeros libros, ni en la
erudición heteróclita de sus cuentos, falsos cuentos, ensayos y falsos ensayos, a partir
de los años cuarenta. Por el contrario, está perturbada por la tensión de la mezcla y la
nostalgia por una literatura europea que un latinoamericano nunca vive del todo como
naturaleza original. A pesar de la perfecta felicidad del estilo, la obra de Borges tiene
en el centro una grieta: se desplaza por el filo de varias culturas, que se tocan (o se
repelen) en sus bordes. Borges desestabiliza las grandes tradiciones occidentales y las
que conoció de Oriente, cruzándolas (en el sentido en que se cruzan los caminos, pero
también en el sentido en que se mezclan las razas) en el espacio rioplatense. Su obra
muestra el conflicto y este libro intentará leerla en esa dimensión desgarrada. He
querido mantener esta tensión que, según creo, atraviesa a Borges y constituye su
particularidad: un juego en el filo de dos orillas. Busco la figura bifronte de un escritor
que fue, al mismo tiempo, cosmopolita y nacional.
Borges cosmopolita, educado en Suiza durante la primera guerra mundial y antes de
eso formado en los libros ingleses de la biblioteca paterna, ya a comienzos de la
década de 1920, cuando regresa a la Argentina para vivir aquí casi hasta su fin, abre
esa pregunta (que nunca cierra) sobre cómo es posible escribir literatura en este país
periférico, con una población de origen inmigratorio establecida en una ciudad litoral,
Buenos Aires, que ha comenzado a convertirse en metrópoli todavía rodeada por el
campo, esa inmensidad de naturaleza de donde llegan los ecos de una cultura rural
criolla, que el proceso de modernización está liquidando pero que subsiste como
elemento residual y, sobre todo, como mito de intelectuales. De cara al pasado criollo,
Borges se pregunta cómo evitar las trampas del color local, que sólo produce una
literatura regionalista y estrechamente particularista, sin renunciar a la densidad
cultural que viene del pasado y forma parte de su propia historia. Allí, todavía muy
cerca de Borges, estaba el siglo XIX rioplatense, la literatura gauchesca, los escritos de
Sarmiento, la saga familiar de las guerras civiles que precedieron a la organización del
estado nacional, las peleas de indios y blancos en décadas implacables, sangrientas e
injustas. Estas huellas del pasado argentino no desaparecen jamás de la obra de
Borges; por el contrario, su literatura cumple, entre otras tareas, la de volver a armar

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los fragmentos dispersos, y rearticular la escritura propia con la de otros argentinos ya
muertos.
Lo primero que hace Borges es inventar una tradición cultural para ese lugar ex-
céntrico que es su país. Esta operación estética e ideológica recorre su obra en la
década del veinte y la primera mitad de la década del treinta, hasta Historia universal
de la infamia, donde publica su primer cuento de cuchilleros. Pero la operación no está
terminada entonces: el problema de la cultura argentina vuelve a las ficciones de
Borges hasta sus últimos libros, especialmente en algunos cuentos de El informe de
Brodie, escritos a mediados de la década del sesenta. Borges reinventa un pasado
cultural y rearma una tradición literaria argentina en operaciones que son
contemporáneas a su lectura de las literaturas extranjeras. Más aún: puede leer como
lee las literaturas extranjeras, porque está leyendo o ha leído la literatura rioplatense.
En Borges, el cosmopolitismo es la condición que hace posible inventar una estrategia
para la literatura argentina; inversamente, el reordenamiento de las tradiciones
culturales nacionales lo habilita para cortar, elegir y recorrer desprejuiciadamente las
literaturas extranjeras, en cuyo espacio se maneja con la soltura de un marginal que
hace libre uso de todas las culturas. Al reinventar una tradición nacional Borges
también propone una lectura sesgada de las literaturas occidentales. Desde la periferia,
imagina una relación no dependiente respecto de la literatura extranjera, y está en
condiciones de descubrir el 'tono' rioplatense porque no se siente un extraño entre los
libros ingleses y franceses.
Desde un margen, Borges logra que su literatura dialogue de igual a igual con la
literatura occidental. Hace del margen una estética.
Y encuentra su originalidad: escritor-crítico, cuentista-filósofo, oblicuamente discute
tópicos capitales de la teoría literaria contemporánea. Eso lo convierte en un autor de
culto para la crítica, que descubre en él las figuras platónicas de sus preocupaciones: la
teoría de la intertextualidad, los límites de la ilusión referencial, la relación entre
conocimiento y lenguaje, los dilemas de la representación y de la narración. La
máquina literaria borgeana ficcionaliza estas cuestiones, y produce una puesta en
forma de
problemas teóricos y filosóficos, sin que en los movimientos del relato se pierdan
jamás del todo el brillo de la distancia irónica o la prudencia antiautoritaria del
agnosticismo.
Contra todo fanatismo, la literatura de Borges busca el tono de la suspensión
dubitativa que persigue un ideal de tolerancia. Este rasgo, no siempre señalado con

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suficiente énfasis (y que los intelectuales latinoamericanos de izquierda hemos tardado
más tiempo del imprescindible en descubrir), emerge de ficciones donde las preguntas
sobre el orden en el mundo no se estabilizan en la administración de una respuesta;
por el contrario, los temas fantásticos de Borges son la arquitectura que organiza
dilemas filosóficos e ideológicos. Si la defensa de la autonomía del arte y del
procedimiento formal es uno de los sustentos de la poética de Borges, el otro
(conflictivo y asordinado) es la problemática filosófica y moral sobre el destino de los
hombres y las formas de su relación en sociedad. Una de las líneas de este libro sigue
el recorrido de estas preocupaciones.
Mi intención ha sido, entonces, no decidir una lectura de Borges (aspiración sin duda
arrogante) sino exponer formas de leerlo que se hagan cargo del carácter doble y
conflictivo de su literatura. No deseo estabilizar una versión de Borges que induzca a
optar por el escritor 'cosmopolita' en detrimento del escritor 'argentino'; ni elegir entre
el escritor de ficciones fantásticas y el escritor acosado por la pregunta filosófica. La
originalidad de Borges (entre otras, entre las muchas formas de su originalidad) reside
en su resistencia a ser encontrado allí donde lo buscamos: algo del viejo vanguardista
queda en esa resistencia a responder lo que se le pregunta y ajustarse a lo que se
quiere escuchar de él. La ironía desalienta a quien busque fijar un sentido; pero
también defrauda a quien piense que no hay sentido en absoluto.
Si la literatura de Borges tiene una cualidad indudable y particular, quizás deba
buscársela en el conflicto que perturba la severa articulación de sus argumentos y la
superficie perfecta de su escritura. Colocado en los límites (entre géneros literarios,
entre lenguas, entre culturas), Borges es el escritor de "las orillas", un marginal en el
centro, un cosmopolita en los márgenes; alguien que confía, a la potencia del
procedimiento y la voluntad de forma, las dudas nunca clausuradas sobre la dimensión
filosófica y moral de nuestras vidas; alguien que, paradójicamente, construye su
originalidad en la afirmación de la cita, de la copia, de la rescritura de textos ajenos,
porque piensa, desde un principio, en la fundación de la escritura desde la lectura, y
desconfía, desde un principio, de la posibilidad de representación literaria de lo real.
Ser leal a estas tensiones ha sido el designio de estas páginas que sólo aspiran a leer
nuevamente a Borges hoy, cuando su obra parece amortajada por la fama que
acompañó sus últimos años y el espectro inmóvil de una gloria póstuma.

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