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Introducción

Si uno lee este poema, titulado “Tiempo después”, lo primero que


asalta es la sensación de que su autora —una poeta que claramente
lidia con lo más ineludible de la vida: la muerte— nos entrega un
testamento personal. Quizás, una suerte de diálogo con la
inmortalidad que, paradójicamente, encuentra en las palabras. A lo
largo de los versos, nos enfrentamos a un despliegue de nostalgia,
resignación y belleza melancólica que sitúa a quien lo lee en ese
borde entre el pasado que añora y el futuro inevitable que todos
tememos. Un trabajo profundo y honesto, cargado de imágenes que
no solo narran, sino que nos golpean con el peso de la mortalidad.

Resumen cronológico

El poema sigue el fluir de una conciencia que acepta la cercanía de


la muerte. “Mi muerte llegará algún día de estos” es el inicio, seco,
directo, como una sentencia de la que no hay escape. Sin embargo,
lejos de presentarlo como algo abrupto, la autora lo enmarca en las
estaciones: primavera, invierno, otoño. Nos da la sensación de que
la muerte puede llegar en cualquier momento, en cualquier clima, y
que siempre será parte del ciclo natural.

Después, reflexiona sobre ese “día de estos”, describiéndolo como


dulce y amargo, vano e inevitable, una sombra más en el transcurrir
del tiempo. Aquí, el peso de lo cotidiano se mezcla con lo eterno: la
muerte no será un acontecimiento épico, sino un día más en el
calendario de la existencia.
El poema avanza hacia una imagen profundamente física: “Mis ojos,
como opacos corredores”, una descripción de cómo el cuerpo va
apagándose. La muerte no solo es un concepto abstracto aquí, sino
una experiencia tangible. Sus ojos se vacían, sus pómulos se enfrían
como el mármol, y todo termina con una entrega final al sueño.

En los siguientes versos, aparece un recuerdo del pasado. La autora


se imagina vaciando su cuaderno, “despojada de poesía”, mientras
las manos que antes sostenían con vida el arte ahora se deslizan
inertes. La vida que alguna vez vibró con intensidad en sus venas es
recordada con nostalgia, pero sin arrepentimiento. Hay algo
profundamente humano en esa aceptación tranquila, en ese mirar
hacia atrás y reconocer los momentos vividos.

Finalmente, la autora cierra con una escena que combina la


despedida y la continuidad. Ve a los enterradores, imagina que sus
enamorados tal vez dejen una flor sobre su tumba y, después de
todo, concluye: “las pesadas cortinas de mi mundo oscuro se
descorrerán”. Lo que queda no es miedo, sino una entrega absoluta
al misterio. Después de ella, otro desconocido mirará el mundo con
ojos nuevos.

Simbolismo y análisis profundo

Este poema es un ejercicio de simbolismo cargado de matices. La


muerte no es un final abrupto, sino un ciclo natural que se entrelaza
con las estaciones: primavera, invierno, otoño. Cada estación
simboliza una etapa de la vida. Quizás, la primavera representa la
juventud perdida, mientras que el invierno evoca la vejez y el
silencio. En el medio, el otoño vaciado de “barullo y vida” es una
metáfora del tiempo en el que se apagan los ecos de lo vivido.
Los ojos “como opacos corredores” son una imagen brillante y
desoladora: corredores vacíos, sin luz, donde antes había vida. Esta
metáfora del vacío físico refleja la pérdida de vitalidad, pero
también la idea de que el cuerpo es una morada que se abandona.
Asimismo, los pómulos “como el mármol” son un recordatorio de
que el cuerpo, con todo su arte y calidez, se convierte en algo frío,
una estatua.

El recuerdo de la poesía en sus manos lleva un simbolismo


conmovedor: la poesía es vida, creación, sangre que fluye. Pero
cuando llega la muerte, la poesía la abandona, dejando el cuaderno
vacío. Este momento sugiere no solo la finitud de la vida, sino
también la idea de que la creación misma es efímera.

El acto final de imaginar a sus enterradores y a sus enamorados


dejando una flor es profundamente humano: incluso en la muerte, la
autora desea conexión. Hay una aceptación de su fin, pero también
la esperanza de que algo —un recuerdo, una flor, un pensamiento—
quede de ella en el mundo.

La imagen de las “pesadas cortinas” que se descorren alude a un


umbral, al paso hacia otro lugar o estado, tal vez la eternidad. Este
momento no se describe con terror, sino con una calma melancólica.
Es como si la autora estuviera lista para pasar a otro acto, dejando
atrás el escenario oscuro de la vida.

Conclusión

Este poema no es solo un texto sobre la muerte, sino una


meditación sobre la vida misma. En su estilo sencillo y elegante, la
autora nos recuerda que todos estamos caminando hacia lo
inevitable. Sin embargo, lo hace con tal honestidad y gracia que,
lejos de sumirnos en el miedo, nos invita a reflexionar sobre lo que
dejamos atrás, sobre lo que permanece. Es un acto de
reconciliación, un testamento de quien sabe que, al final, las
cortinas siempre se abrirán para alguien más.

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