Cómo se apareció la Virgen al Cacique Coromoto
En las montañas de Guanaguanare vivían los indios Coromotos. Un día, a finales del año 1651, el cacique
de la tribu de los Coromotos caminaba con su mujer hacia su casa y al llegar a una quebrada vieron una
hermosa señora caminando sobre las aguas. La señora les sonrió y les habló en su lengua. ¡Acérquense! No
teman. Yo soy su madre del cielo, que los cuida y los quiere. Ambos quedaron embelesados por su belleza y
sin poder explicarse cómo se mantenía sobre el agua. La señora les preguntó sus nombres y despidiéndose
les dijo: quiero que vayan donde están los blancos (los españoles) y pidan que les echen agüita en la cabeza,
que los bauticen en la fe de mi Hijo amado, para que vayan a mi casa en el cielo.
El encuentro del Cacique Coromoto con Juan Sánchez
El indio Coromoto dudaba entre ir y no. En ese momento, un hombre a caballo llamado Juan Sánchez le
sorprendió con tales pensamientos. Juan Sánchez le saludó respetuosamente y como este era amistoso,
Coromoto le dijo: “la Señora del Cielo quiere que nos echen un agua en la cabeza para poder entrar en su
casa que está en el Cielo. ¡Ah, murmuró Juan, ella lo que quiere es que ustedes sean bautizados! El bautizo
es un rito religioso, mejor dicho, un Sacramento que nos hace hijos de Dios y herederos del Cielo.
Bautizo de los indios Coromotos
Llevados por la buena voluntad, los indios se iniciaron en el aprendizaje y la práctica de la fe cristiana. Una
vez bautizados, adoptaron nuevos nombres y nuevas maneras de ver la vida terrena. Convencidos de que su
Santa Señora era la Virgen María, sentían la dicha de haber sido escogidos y acogidos como sus hijos. La
tribu entera celebró el bautismo con los blancos, menos el cacique Coromoto, quien mantenía reservas acerca
de lo que consideraba un raro encantamiento.
El cacique se enoja con la Virgen
El 8 de septiembre de 1652, se celebraría el nacimiento de la Virgen, pero Coromoto, preso de la rabia no
quiso ir a la celebración y se marchó a su choza. De repente, mientras estaba acostado en su hamaca, se
apareció, con rayos de luz brillantes como el sol en pleno medio día, la preciosa Señora.
El cacique pensó que la Señora venía a reprocharle su deseo de dejar atrás la fe cristiana y le gritó furioso:
¿hasta cuándo me persigues? Vete de aquí. Ahora yo no soy la autoridad de los indios, sólo hacen caso a los
blancos. De inmediato, salió de la hamaca y la amenazaba con matarle con una flecha envenenada. La Virgen
lo miraba con una expresión adolorida y quiso abrazarlo; el cacique soltó el arco y la flecha y se lanzó hacia
ella para empujarla y sacarla de la choza.
¡Aquí la tengo! – y mostró victorioso su puño cerrado en alto – ¡acá está, la agarré, la encerré en mi mano!
La envolvió en una hoja de plátano y metió el bojotico entre la paja del techo. Avisado por el hijo del indio, al
día siguiente, Juan Sánchez examinó la tela, que mide dos centímetros por dos y medio, y pudo determinar
que se trataba de la Virgen María. Guardó el pedacito de tela en un relicario de plata.
Muerte del Cacique Coromoto
El domingo 9 de septiembre el cacique decidió volverse a las montañas con un grupo de indios dispuestos
a seguirle. Nada más internarse en unos matorrales, el cacique dio un grito de dolor; había sido mordido por
una serpiente venenosa. La pierna se tornó de color violeta, mientras sudaba copiosamente y se lamentaba
de dolor. Viendo ya cercana su muerte, acertó a pasar por ese camino un español llamado Pepe López,
procedente de Barinas, quien venía rezando pidiendo ayuda a la Virgen, pues se encontraba perdido.
El cacique quiso levantarse, pero no pudo, entonces le preguntó: ¿eres cristiano? Pepe López dijo: ummjú,
estaba conmovido por la cercanía de la muerte del cacique. Entonces ordenó el Cacique: “échame la agüita
santa en la cabeza y me bautizas”. De inmediato, Pepe López bajó del caballo y tomó la taparita con agua que
llevaba en su morral y añadió con firmeza: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
y que la Virgen te reciba en su morada celestial.
“Le he pedido perdón desde mi corazón y sé que ella me recibirá con el abrazo que no pudo darme. Me
voy en paz a la casa de Nuestra Santa Señora y de su Hijo” – expresó el indio. El cacique dio un suspiro y
expiró sonriente, con los ojos abiertos mirando al cielo.