Imagínese a un hombre sentado en el suelo y lleno de úlceras dolorosas de los pies a la cabeza.
Está encorvado y con la cabeza agachada. Nadie lo acompaña y no tiene energía ni siquiera para
espantar las moscas que se le acercan. Para mostrar su duelo, está sentado sobre cenizas. Lo único
que le queda es rascar su piel lastimada con un pedazo de vasija de barro. Este hombre ha perdido
tanto... La verdad es que no podría estar peor. Sus amigos, vecinos y familiares lo han
abandonado. Todos, hasta los niños, se burlan de él. Cree que su Dios, Jehová, le ha dado la
espalda. Pero está totalmente equivocado (Job 2:8; 19:18, 22).
Hablamos de Job. Dios dijo que no había nadie “como él en la tierra” (Job 1:8). Y siglos después,
Jehová seguía considerando a Job uno de los hombres más justos que había existido (Ezequiel
14:14, 20).
¿Se está enfrentando usted a dificultades o desgracias? La historia de Job puede consolarlo.
También lo ayudará a entender mejor una cualidad que todos los siervos fieles de Dios
necesitamos: la integridad. Los seres humanos demostramos que somos completamente íntegros
cuando nos mantenemos fieles y seguimos haciendo la voluntad de Dios a pesar de las
dificultades. Veamos qué nos enseña el ejemplo de Job.
Lo que Job no sabía
Al parecer, un tiempo después de que Job muriera, Moisés, otro hombre fiel, escribió la historia
de Job. Por inspiración divina, Moisés pudo revelar no solo lo que le pasó a Job, sino también lo
que había pasado en el cielo.
Al principio del relato, vemos a Job disfrutando de una vida plena y feliz. Job era un hombre rico,
famoso y respetado en la tierra de Uz, posiblemente en el norte de la península arábiga. Era muy
generoso con los pobres y protegía a los indefensos. Jehová bendijo a Job y a su esposa con diez
hijos. Pero lo más importante de todo es que era un hombre espiritual. Siempre buscaba la
aprobación de Jehová, lo mismo que habían hecho sus parientes lejanos Abrahán, Isaac, Jacob y
José. Al igual que esos patriarcas, Job ofrecía sacrificios con regularidad a favor de su familia, como
un sacerdote (Job 1:1-5; 31:16-22).
De repente, el relato cambia de escenario. Ahora nos enteramos de cosas que estaban pasando
en el cielo y que Job no podía saber. Los ángeles fieles estaban reunidos ante Jehová cuando llegó
Satanás, el ángel rebelde. Jehová sabía que Satanás odiaba al justo Job, por eso le habló de la
sobresaliente integridad de este hombre. Con gran descaro, Satanás dijo: “¿Ha temido Job a Dios
por nada? ¿No has puesto tú mismo un seto protector alrededor de él y alrededor de su casa y
alrededor de todo lo que tiene en todo el derredor?”. Satanás odia a las personas íntegras. Y,
cuando ellas demuestran devoción de todo corazón a Jehová, dejan claro que Satanás es un
traidor despiadado. Pero volvamos al relato de Job. El Diablo insistió en que Job servía a Jehová
por motivos egoístas y que lo maldeciría en su misma cara si lo perdía todo (Job 1:6-11).
Job no lo sabía, pero Jehová le estaba dando una gran oportunidad: probar que Satanás estaba
equivocado. A Satanás se le permitió quitarle a Job todo lo que tenía. Lo único que no podía hacer
era lastimarlo físicamente. Así que puso en marcha su cruel plan. En un solo día, Job sufrió una
serie de terribles tragedias. Se enteró de que se había quedado sin ganado, primero sin bueyes y
burros, luego sin ovejas y después sin camellos. Lo más triste fue que sus sirvientes murieron. De
hecho, un mensajero le dijo a Job que las ovejas y unos sirvientes habían muerto porque desde el
cielo había caído “fuego de Dios”, quizás un rayo. Job aún no había asimilado todas esas muertes y
la pobreza en la que ahora estaba cuando recibió el golpe más duro de todos. Sus diez hijos
estaban reunidos en la casa del hermano mayor cuando se desató un fuerte viento que derribó la
casa y los mató a todos (Job 1:12-19).
Es difícil, o casi imposible, imaginar cómo se sintió Job. Se rasgó la ropa, se afeitó la cabeza y cayó
al suelo. Llegó a la conclusión de que, tal como Jehová le había dado, ahora le había quitado. De
hecho, Satanás hizo que pareciera que Dios había provocado todos esos desastres. Sin embargo,
Job no maldijo a Dios como Satanás había predicho. Al contrario, dijo: “Continúe siendo bendito el
nombre de Jehová” (Job 1:20-22).
Job con su esposa y sus hijos cuando eran felices; Satanás entra en una reunión de Dios con sus
ángeles fieles
Job no sabía que Satanás lo estaba difamando ante Jehová.
Seguro que “te maldice en tu misma cara”
Lleno de furia, Satanás no se dio por vencido. Volvió a entrar cuando los ángeles estaban reunidos
ante Jehová. Una vez más, Jehová elogió la integridad de Job, pues seguía manteniéndose fiel a
pesar de los ataques que estaba sufriendo. Entonces, Satanás alegó: “Piel en el interés de piel, y
todo lo que el hombre tiene lo dará en el interés de su alma. Para variar, sírvete alargar la mano, y
toca hasta su hueso y su carne, y ve si no te maldice en tu misma cara”. Satanás estaba seguro de
que, si Job enfermaba gravemente, maldeciría a Dios. Pero Jehová confiaba por completo en Job,
por eso le permitió a Satanás que lo atacara con una enfermedad, con la condición de que no lo
matara (Job 2:1-6).
Poco después, Job se convirtió en el hombre que se describe al principio de este artículo.
Imagínese a su pobre esposa. Ya se sentía destrozada por la pérdida de sus diez hijos y ahora tenía
que ver el terrible sufrimiento de su esposo, sin poder hacer nada para ayudarlo. Estaba tan
desesperada que le dijo: “¿Todavía estás reteniendo firmemente tu integridad? ¡Maldice a Dios, y
muere!”. La mujer que Job conocía y amaba nunca habría dicho algo así. Para él estaba claro que
su esposa había perdido la razón. A pesar de todo, Job se negó a maldecir a Dios y no pecó con sus
palabras (Job 2:7-10).
¿Sabía usted que esta triste historia ocurrió de verdad y nos afecta a todos? Fíjese en que Satanás
lanzó esas acusaciones venenosas no solo contra Job, sino contra toda la humanidad. Él afirmó:
“Todo lo que el hombre tiene lo dará en el interés de su alma”. En otras palabras, Satanás dijo que
los seres humanos no podemos ser íntegros. Él insiste en que usted no ama de verdad a Dios y en
que le dará la espalda rápidamente si su vida está en juego. De hecho, Satanás dice que usted es
igual de egoísta que él. ¿Le gustaría demostrar que está equivocado? Todos tenemos esa
oportunidad (Proverbios 27:11). Ahora veamos a qué nueva situación se enfrenta Job.
Amigos que no lo consolaron
Tres conocidos de Job, que la Biblia describe como amigos o compañeros, se enteraron de las
desgracias que le habían ocurrido y viajaron para visitarlo y consolarlo. Al verlo desde lejos, no
pudieron reconocerlo. El dolor que tenía que soportar era terrible y la piel se le había puesto negra
por la enfermedad. Ya no era ni la sombra del hombre que un día fue. Los tres hombres, Elifaz,
Bildad y Zofar, hicieron un gran despliegue de tristeza fingida. Se pusieron a llorar a gritos y a
lanzarse polvo sobre la cabeza. Luego se sentaron en el suelo cerca de Job sin pronunciar ni una
sola palabra. Así estuvieron toda una semana, día y noche, sin decir absolutamente nada. Pero no
se quedaron callados porque quisieran consolarlo. En realidad, no le preguntaron nada sobre lo
que había pasado y se conformaron con saber lo que era obvio: Job estaba sufriendo muchísimo
(Job 2:11-13; 30:30).
Finalmente, fue Job quien tuvo que empezar la conversación. Con palabras llenas de dolor,
maldijo el día de su nacimiento. Luego reveló la razón principal de su angustia. Creía que Dios era
el causante de todos sus problemas (Job 3:1, 2, 23). Aun así, Job no había perdido la fe en Dios,
pero necesitaba consuelo desesperadamente. Y, cuando esos compañeros empezaron a hablar,
Job seguramente pensó que habría sido mejor que no hubieran abierto la boca (Job 13:5).
Elifaz fue el primero en hablar. Es posible que fuera el mayor de los tres y mucho mayor que Job.
Luego le siguieron los otros dos, que simplemente apoyaron sin pensar lo que había dicho Elifaz.
Algunas de sus palabras podrían parecer inofensivas, pues mencionaron cosas muy ciertas, como
que Dios es grande, que castiga a los malos y que recompensa a los buenos. Desde el principio, sin
embargo, se notaba que su interés en Job no era sincero. Por ejemplo, Elifaz usó una lógica
simplista. Dio a entender que, si Dios es bueno y castiga a los malos, era obvio que Job estaba
recibiendo un castigo porque había hecho algo malo (Job 4:1, 7, 8; 5:3-6).
No sorprende que Job rechazara por completo esos argumentos (Job 6:25). Pero los tres estaban
cada vez más convencidos de que Job era culpable de algún pecado oculto. Creían que se merecía
todo lo que le estaba pasando. Elifaz acusó a Job de creerse superior, de ser malvado y de no
temer a Dios (Job 15:4, 7-9, 20-24; 22:6-11). Zofar le dijo a Job que dejara de hacer lo malo y de
disfrutar del pecado (Job 11:2, 3, 14; 20:5, 12, 13). Y lo que Bildad dijo fue extremadamente cruel.
Dio a entender que, si los hijos de Job habían muerto así, era porque habían pecado y se lo
merecían (Job 8:4, 13).
Job rechaza lo que dice Elifaz; Bildad, Zofar y Elihú observan
Los tres hombres que fueron a ver a Job, en vez de consolarlo, empeoraron su sufrimiento.
La integridad bajo ataque
Esos hombres insensatos hicieron algo todavía peor. No solo pusieron en duda la integridad de
Job, sino que dieron a entender que ni siquiera valía la pena esforzarse por ser íntegros. La
primera vez que Elifaz habló, explicó que había tenido un misterioso encuentro con un ser
invisible. La conclusión a la que llegó a partir de esa experiencia demoníaca fue perversa. Dijo que
Dios no confía en sus siervos y encuentra faltas en sus ángeles. Si esa conclusión fuera cierta,
significaría que los humanos nunca podrían complacer a Dios. Después, Bildad afirmó que a Dios le
importaba la integridad de Job tanto como la integridad de un gusano (Job 4:12-18; 15:15; 22:2, 3;
25:4-6).
¿Alguna vez ha intentado consolar a alguien que está sufriendo un gran dolor? No es nada fácil.
Pero las palabras de los compañeros insensatos que visitaron a Job nos enseñan mucho sobre lo
que no debemos decir. Por ejemplo, en la larga lista de palabras arrogantes que usaron en sus
razonamientos equivocados, esos tres hombres nunca se dirigieron a Job por su nombre. No se
molestaron en pensar que Job tenía el corazón destrozado ni vieron la necesidad de tratarlo con
amabilidad. a Por eso, si alguien a quien usted aprecia está desanimado, sea amable, cariñoso y
considerado. Trate de animarlo y de fortalecer su fe. Ayúdelo a confiar en Dios, en su gran bondad,
su misericordia y su justicia. Eso es lo que Job hubiera hecho por sus compañeros (Job 16:4, 5).
Pero ¿cómo reaccionó Job a los continuos ataques contra su integridad?
Job se mantuvo firme
El pobre Job ya estaba muy desanimado cuando comenzó esta larga discusión. Desde el principio
admitió que sus afirmaciones a veces eran “habla desatinada” y las palabras de un hombre
desesperado (Job 6:3, 26). Entendemos por qué dijo eso. Sus palabras reflejaban la agonía de su
corazón. Además, no sabía la razón de su sufrimiento. Job llegó a la conclusión de que Jehová
había provocado las tragedias que estaban viviendo él y su familia porque todas habían sucedido
muy repentinamente y parecían venir de una fuente sobrenatural. Había muchas cosas
importantes que Job no sabía, por eso basó algunas de sus conclusiones en ideas equivocadas.
A pesar de todo, la fe que tenía Job era muy fuerte. Su profunda fe se notaba en la mayoría de las
cosas que mencionó durante esa larga discusión. Dijo hermosas verdades que nos animan hoy a
todos. Su forma de hablar sobre las maravillas de la creación deja claro que Dios lo ayudó a
describirlas como ningún humano hubiera podido hacerlo. Por ejemplo, dijo que Jehová está
“colgando la tierra sobre nada”, algo que los científicos descubrieron muchos siglos después (Job
26:7). b Y, cuando Job habló de su esperanza para el futuro, se expresó con la misma confianza
que otros hombres fieles también tuvieron. Job creía que, si moría, Dios se acordaría de él,
ansiaría volver a verlo y le devolvería la vida en el futuro (Job 14:13-15; Hebreos 11:17-19, 35).
Volvamos al tema de la integridad. Elifaz y sus dos compañeros insistieron en que a Dios no le
importa la integridad de un hombre. ¿Se tragó Job esa vil mentira? Por supuesto que no. Job
estaba convencido de que a Dios sí le importa que seamos íntegros. Dijo con mucha seguridad:
“Dios llegará a conocer mi integridad” (Job 31:6). De hecho, Job se dio cuenta de que sus
supuestos amigos en realidad estaban atacando su integridad con esos razonamientos engañosos.
Esto lo motivó a pronunciar las palabras que terminarían de una vez por todas con la discusión y
que dejarían a estos tres hombres sin argumentos.
Job sabía que la integridad se demuestra todos los días. Y así lo reflejó en su modo de vivir. Por
ejemplo, evitó todas las formas de idolatría, trató a los demás con bondad y dignidad, se mantuvo
limpio en sentido moral y cuidó su matrimonio. Sobre todo, siempre fue leal a Jehová, el único
Dios verdadero. Por eso, pudo decir con sinceridad que no renunciaría a su integridad hasta el día
de su muerte (Job 27:5; 31:1, 2, 9-11, 16-18, 26-28).
Job de pie frente a Elifaz, Bildad y Zofar
Job no renunció a su integridad.
Imitemos el ejemplo de fe de Job
¿Es para usted la integridad tan importante como lo fue para Job? Parece solo una palabra, pero
para Job era más que eso. Demostramos que somos completamente íntegros cuando obedecemos
a Dios y hacemos lo que nos pide todos los días, aunque tengamos dificultades. Así haremos feliz a
Jehová y probaremos que Satanás está equivocado. Hace siglos, precisamente eso fue lo que hizo
Job. Y lo mejor que podemos hacer es imitarlo.
Pero la historia de Job no acaba aquí. En cierto momento, Job perdió el equilibrio y se concentró
tanto en defender su reputación de hombre justo que se olvidó de defender la reputación de Dios.
Le hacía falta recibir ayuda espiritual y corregir su punto de vista. Además, todavía estaba de duelo
y necesitaba consuelo con urgencia. ¿Cómo ayudaría Jehová a este hombre íntegro y fiel? Esta y
otras preguntas se responderán en otro artículo de esta serie.