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Hamlet

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Reposición 5 de septíe,nbre de 1990

REPARTO
(Por orden de aparición)
BERNARDO, miembro de la g11ardia del Rey JOAQVIN NOTARIO -.
FRANCISCO, miembro de la g11ardia del Rey JVANJO PEREZ YUsn - -
HORACIO, am~go y confidente de HAMLET FERNANDO SANSEGUNl)Q
MARCELO, miembro de la guardia del Rey ALBERTO DE MIGUEL -
CLAUDIO, Rey de Dinamarca, tío de HAMLET CARLOS LUCENA -
LAERTES, hijo de POLONIO TONY CANTO
POLONIO, Consejero de Estado MANUELCOLIADOALVARfi
HAMLET, Prlncipe de Dinamarca )OSE PEDRO CARRION
GERTRUDIS, la ReintJ, madre de HAMLET,
ahora esposa de CLAUDIO BERTA RIAZ.A
OFELIA, hija de POLONIO AMPARO PASCUAL
Voz del ESPECTRO )OSE LUIS GOMEZ
REINALDO, sirviente de POLONIO RAUL PAZOS
ROSENCRANTZ, cortesano, antig/1() compañero
de estudio de HAMLET VICTOR VILLATE
GUILDENSTERN, cortesano, antiguo cfJ1!Jpañero
1
de estudio de HAMLET JOSU ORMAECHE
ACTOR PRIMERO, {Rfy) ALBERTO DE MIGUEL
ACTOR SEGUNDO (Reina) CHEMA DEL RIO
ACTOR TERCERO (Luciano) JUANJO PEREZ YUSTE
ACTOR CUARTO (Prólogo) JOAQUIN NOTARIO
FORTINBRAS, Príncipe de Noruega ROBERTO ENRIQUEZ
Un CAPITAN del ejército de FORTINBRAS JUANJO PEREZ YUSTE
Un SEPULTURERO RAUL PAZOS
Un COMPINCHE del SEPULTURERO JOAQUIN NOTARIO
Un SACERDOTE ALBERTO DE. MIGUEL
OSRIC, cortesano rtlamido JUANJO PEREZ YUSTE
SOLDADOS, CORTESANOS, EDECANES JOAQUIN NOTARIO,
RAUL PAZOS,
JUANJO PEREZ YUSTE,
ALBERTO DE MIGUEL
Y CHEMA DEL RIO -
ACTO I ESCENA I SS

HORACIO:
No te vayas, habla, habla, te ordeno que hables.
Sale el ESPECTRO.
J\rtARCELO:
Se ha ido, y no va a hablar.
BERNARDO:
¿Y bien, Horacio? Estás temblando, y pálido.
¿A que es algo más que una fantasía?
¿Qué te parece?
HORACIO:
Sabe Dios que no creería en esto
sin la fundada prueba
que han sentido mis ojos.
MARCELO:
¿No se parece al Rey?
HORACIO:
Como tú a tí mismo.
Esa era la armadura que llevaba
al luchar con el Noruego ansioso,
y así arrugó la frente, cuando, tras una cruel refriega,
en el hielo hundió los trineos del Polaco.
Qué extraño.
MARCELO:
Pues ya dos veces antes, a esta hora muerta,
pasó ante la guardia con un andar marcial.
HORACIO: •
No sé en qué precisa idea pensar,
pero dentro del ámbito de mi turbio juicio,
esto anuncia una rará erupción en nuestro reino.
MARCELO:
Ahora nos sentamos, y expüqueme quien sepa •
el porqué de esta rígida y atenta vigilancia
que agota cada noche al pueblo de este reino,
Ya qué viene la fundición diaria de cañones de bronce
ACTO l ESCENA 11 67

[Link]:
Venerado señor,
vuestra licencia y favor para volver a Francia,
de donde vine a Dinam arca de buena gana
a rendiros respeto en vuestra coronación.
Cumplido ese deber , debo confesar
que mis deseo s y pensa mient os de nuevo se inclinan a
como lo hago yo al pediro s permiso y perdón. Francia,
REY:
¿Tienes licencia de tu padre? ¿Qué dices tú, Polonio?
POLONIO:
La tiene, mi señor, lentam ente extraída de mí
con laboriosas súplicas; y de mal grado puse
el sello de mi conse ntimie nto sobre su voluntad.
Os pido que le déis licencia para marchar.
REY:
Disfruta de tus horas, Laertes. Tuyo es el tiempo.
Ah, pero estás ahí, Hamlet, so9rin o e_ hijo mío.
HAMLET:
Cuanto más parentesco, meno s parecido.
REY:
¿Cómo sigues envuelto en esos nubarrones?
HAMLET: Gk • . .
Nada de eso, mi señor, me pongo demasiado ~ l sol.
REINA:
Mi buen Hamlet,. desec ha esos tonos sombríos
y mira a Dinamarca con amistad.
No busques más con abatidos párpados,
en el polvo, a tu ilustre padre.
Ya conoces la regla comú n: todo lo vivo, muere,
pasando de la naturaleza a la eternidad.
HAMLET:
Sí, mi señora, es la regla común.
REINA:
Si es así,
¿por qué aparenta ser en tí tan singular?
ACTO I ESCENA 11 69

HAMLET:
¿Aparenta, 1ni señora? No, lo es. Yo no sé de apariencias.
Y no es sólo el tinte de mi capa, bondadosa madre,
ni el negro solem ne que es costumbre llevar,
ni el ruidoso soplo de los suspiros forzados,
no, ni la crecida del río en los ojos,
ni el desaliento en la expresión del rostro,
. con las restantes formas y facetas del pesar,
lo que a mí pued e de verdad reflejarme. Esas son apariencias, ,
pues se trata de actos que el hombre es capaz de fingir.
Pero yo llevo dentr o algo que no es posible representar
con esos accesorios y atuendos del dolor.
REY:
Es digno de tu afable natural, Hamlet,
guardar debid amen te el luto de tu padre,
pero has de saber que él perdió a su padre, .
y ese padre perdido, perdió al suyo, y así al que sobrevive
le ata por un tiempo la obligación filial
de rendirle exequias. Pero perseverar
en una condolencia obstinada es terquedad
de impío, dolor poco viril,
y muestra un espíritu impaciente
y un entendimiento débil Ynecio.

[Tomárselo a pecho es una ofensa al cielo, •


una ofensa a los muertos y a la naturaleza,
cu o lu ar común es que los padres mueran, ,
y ~em:Ce ha proclamado, desde el primer cadaver
hasta el que acaba hoy de fallecer: .
s que eches uerra
«Así tiene que ser»]. Te rogamo
a ese dolor inútil, Ynos mires
ue el mundo entero sepa
como a un p adre. Q
que tú eres el próximo en el trono os elevado
y que yo te dispenso un amor no roen
ACTO J [Link] 11 71

que eJ de un padre hacia su amado hijo.


Respecto a tu intención de regresar
a Ja universidad de Wittenb~rg,
es contraria a [Link] deseos,
y te imploramos que te doblegues a seguir aquí,
para alegría y consuelo de nuestros ojos,
como sobrino, hijo, y cortesano de mayor rango.
REINA: • .
No dejes que tu madre malgaste sus ruegos, Hamlet.
Quédate con·nosotros y no vayas a Wittenberg.
f-lAMLET: •
Mi señora: en todo lo que pueda os- obedeceré.
REY: .
Qué respuesta más dulce. y amorosa.
Tanto como nosotros serás en Dinamarca. Mi señora, venid.
Esta gentil y voluntaria disposición de Hainlet
llega a mi corazón y lo deleita. Salgamos.

Trompetas. Salen todos menos HAMLET.


HAMLET: .
¡Ah, si esta carne sólida, tan sólida, se disolvi~ra,
derritiéndose hasta ser sólo rocío!
¿O por qué flvM {e -m o habrá fijado
la prohibición de darse la muerte? ¡Oh Dios, Dios mío!
Qué • ~. ~a s y estériles •
f::~ mu ndo. .
, etliiérto# por entero
J malbliente. ¡Haber llegado a esto!
• o no, ni dos siquiera,
41os junto a este sátiro,

o y tierra,
ACTO l ESCENA II 73
'
tener que recordarla siempre aferrada a él,
como si su apetito creciese aún más
saciándolo con él; y al cabo de un mes ...
No quiero pensarlo. Fragilidad, eres mujer.
Un n1es apenas, antes de que gastara los zapatos
con los que fue siguiendo el cuerpo de mi padre.
Oh Dios; hasta las bestias, que no tienen el don de razonar,
se habrían condolido más tiempo. Casada con mi tío,
hermano de mi padre pero tan semejante a él
como yo a Hércules. Al cabo de un mes,
antes de que la sal de sus perversas lágri~as
pudiera irritar sus ojos hinchados,
contrajo matrimonio. ¡Qué infame prisa por meterse,
con tal soltura, en las sábanas del incesto!
Ni es ni llevar puede a nada bueno.
Pero ahora sufre, corazón, que tengo que morderme la
• lengua.
Entran HORACIO, MARCELO y BERNARDO.

HORACIO:
Salud, mi señor.
HAMLET:
Me alegro de veros.
Horado, ¿o no sé lo que digo?
HORACIO:
El mismo, mi señor, siempre tu servidor.
HAMLET: .
Buen ·amigo, ése es el nombre que quiero ~ntercambiar.
¿Y qué haces tan lejos de Witt~nberg, Horacio?
Marcelo ...
MARCELO:
Mi señor...
HAMLEf:
Me alegra mucho verte (a Bernardo). Y tú, buenos d_ías.

Dime de veras qué haces lejos de Wittenberg.


pu

ACTO I ESCENA 11 75

HORACIO: .
Mi carácter holgazán, señor:
HAMLET:
Ni un enemigo diría eso de tí.
•Sé que·no eres holgazán.
Pero ¿qué te ha fraído. a Elsinor?
Te vamos a ense ñar a b~ber. de lo lindo .antes de que
.
regreses.

HORACIO:
Señor, vine al funeral de tu padre.
HAMLET:
Por favor, no te burles de un compañero de estudios.
Más ·bien vendrías al casamiento de mi madre.
HORACIO:
Es cieno, mi señor, que fueron muy seguidos.
HAMLET:
Economía, _Horacio, economía.·Los·asados del funeral
fueron el plato frío del _banquete de bodas.
Antes preferiría ver en ·el cielo al peor enemigo
que haber vivido ·ese día, Horacio.
Mi padre... parece que le veo.
HORACIO:
¿Dónde, mi señor? .
HAMLET:
Con los ojos del pensamiento, Horacio.
HORACIO: •
Yo le ví una vez. Era un buen rey.
HAMLET:
Era un hombre, con todo y pese a todo.
Jamás encontraré quien le iguale.
HORACIO:
Señor, creo que le ví anoche.
HAMLET:
¿Yist~? ¿A quién?
HORACIO:
A tu padre el Rey, señor.
11ª

ACTO I ESCENA 11 77

HAMLET:
¿Mi padre el Rey?
HORACIO:
Modera un instante tu asombro
relate,
con el oído atento, hasta que te
con estos caballeros de testigos,
el prodigio que vimos.
HAMLET:
¡Cué[Link], por el amor de Dios!
HORACIO:
s caballeros,
Por dos noches seguidas estos do
n guardia
Marcelo y Bernardo, mientras hacía
a,
en medio de la noche más desolad a figura
: un
se han encontrado con lo siguiente
mo la de tu padre, completam ente armada hasta los ...
co
ACTO I ESCENA 11 79

HAMLET:
¿Annada, has dicho?
TODOS:
Annada, señor.
HAMLET:
¿De arriba a abajo?
TODOS:
Señor, de pies a cabeza.
HAMLET:
ra?
¿Entonces no vísteis su ca
HORACIO:
Sí, sí, señor, llevaba 1a
visera levantada.
HAMLET:
ante?
.¿Y cómo miraba, amenaz
HORACIO:
n más de co ngoja que de ira.
. Una expres ió
[HAMLET:
¿Pálido o encendido?
HORACIO:
No, muy pálido.]
HAMLET:
¿Y fijó en tí sus ojos?
ACTO 1 ESCENA II 81

HORACIO:
Con insistencia.
HAMLET:
Hubiera querido estar allí.
HORACIO:
o.
Te habrías qu ed ad o perplej
HAMLET:
Es probable. ¿Y permanec
ió mucho tiempo?
HORACIO:
Lo qu e se tarda en contar
cien sin apresuramiento.

MARCEl,O: ¡Mucho más! ¡Mucho más!


BERNARDO:
HORACIO:
No cu an do yo Jo ví.
HAMLET:
Y la barba canosa, ¿no?
HORACIO:
ía:
Como yo se la ví cu an do viv
de un negro plateado.
HAMLET:
Haré guardia esta noche.
Tal vez vuelva.
HORACIO:
Seguro qu e lo hace.
HAMLET:
i padre,
Si asume la apariencia de m
o infierno abra su boca
le hablaré, au nq ue el mism
a todos
y m e or de ne callar. Os pi do
a esa visión,
qu e si ocultásteis hasta ahor
creto,
la sigáis m an te ni en do en se
y lo qu e esta no ch e pu ed a
ocurrir
a la lengua.
lo confiéis a la m en te y no
trega. Ahora, adiós.
Yo reco1npensaré vuestra en
tre las on ce
Os veré en la explanada, en
y las doce.
¡es jp:2>'

ACTO I ESCENA III 83

TODOS:
Aceptad, señor, nuestros respetos.
HAMLET:
Vuestro afecto, como yo os doy el mío. Adiós.
Salen todos· menos HAMLET.
¡El espíritu de mi padre, y armado! Algo va mal.
Temo alguna jugada. ¡Ojalá fuese ya de noche!
Pero mientras, tú, alma, en paz. Aunque estén bajo tierra, las
• malas acciones
. han de salir a los ojos del hombre.
Sale.

ESCENA III

Entran LAERTES y OFELIA, su hermana.


IAERTES:
Todo lq necesario está embarcado. Adiós, hermana.
·Siempre que el viento sea favorable
y haya un medio a tu disposición, no te duermas,
y hazme saber de tí.
OFELIA:
¿Lo dudas?
IAERTES:
En cuanto a Hamlet y sus galanteos,
es algo pasajero, un pronto de la sangre,
una violeta al primer brote de la primavera,
precoz pero no pennanente, delicada pero no duradera,
·, perfume y pasatiempo de un minuto,
nada más.
OFELIA:
¿Nada más que eso?
IAERTES:
Piensa que nada más. Ahora quizá te ama
ACTO I ESCENA 111 85

y no hay cautela ni mancha que ensucie


la pureza de su intención. Pero ten en cuenta,
al sopesar su rango, que no es suya su voluntad.
Su nacimiento le ata,
y no puede, como otras personas sin valía,
escoger a su gusto, pues de su elección depende
el bienestar de tocio este reino.
Por ello, sus decisiones han de someterse
al parecer y la confonnidad de ese cuerpo
cuya cabeza es él. Y si dice que te ama,
lo prudente es que le creas sólo hasta el punto
en que él, según su posición tan especial,
pueda cumplir con su palabra. Que no va más allá
de lo que diga la opinión general de Dinamarca.
Piensa después la pérdida que supondría para tu honor
prestar oído crédulo a sus cantinelas,
darle tu corazón o abrir el tesoro de tu castidad
a sus desenfrenadas pretensiones.
Ten cuidado, Ofelia, hermana, cuidado,
y ve en retaguardia de tu afecto,
fuera de alcance del arma del deseo.
La doncella más recatada resulta disipada
sólo con enseñar su belleza a la luna.
Ni la misma vinud escapa a la calumnia.
Sé precavida: lo más seguro, el miedo.

OFELIA:
Guardaré el propósito de esta buena lección
como un vigilante de mi corazón. Pero, hennano mío,
no hagas lo que hace el mal pastor,
mostrar la senda empinada del cielo,
ACTO I ESCENA 111 87

mient ras él, como un temer ario libeni no,


sin hacer caso de sus propi os consejos,
sube pavon eando por un camin o de rosas.
LAERTES:
No temas por mí.
Me estoy retrasando.
Entra POLONIO.

POLONIO:
¿Aún aquí, Laertes? Embarca de una vez.
El viento aguar da al dorso de las velas,
y se te espera. Venga, mi bendición.
Y procu ra graba r en tu memo ria
estos pocos preceptos:
sé afable, pero sin rebajarte.
A quien es te hayan dado prueb a de amistad,
amárralos a tu alma con marom a de acero,
pero no te exced as en alargar tu mano
al prime r pisaverde que acaba de salir del cascarón.
No entres en reyertas, pero si ya estás,
haz de mane ra que tu rival se entere.
En el vestid o invierte dond e llegue tu bolsa;
busca la calidad, sin ser pomp oso,
pues el atu~n do suele revelar a los homb res,
y en Francia las perso nas de distinción
son con respe cto a eso exquisitas.
No hagas ni pidas préstamos,
que perde rás amigos y dinero.
Por encim a de todo: no te engañ es nunca,
porqu e así no podrá s engañar a los otros.
Adiós, y que mi bendi ción sazon e estos consejos.
11

ACTO I ESCENA 111


89

LAEKl'ES:
Humildemente me despido, señor.
Ofelia, adiós, y que recuerdes bien
lo que te he dicho.

OFELIA:
Aquí está, guardado en mi memoria,
y tú te llevas la llave.
IAERTES:
Adiós (sale).
POLONIO:
¿Y qué es lo que te ha dicho, Ofelia?
OFELIA:
Si deseáis saberlo, algo relacionado con Hamlet.
POLONIO:
Bien pensado.
Me llega a los oídos que últimamente
te dedica a menudo su tiempo, y que también tú
le prestas atención con largueza.
Si así es -y me lo comunican
como una precau ción- debo decine
que no entiendes bien lo que es apropiado
a una hija mía y a tu honor.
¿Qué hay entre vosotros? Y dime la verdad.
OFELIA:
Me ha dado últimamente muchas muestras
de su cariño por mí.
POLONIO:
¿Cariño? Hablas como doncella sin madurar,
novicia en una arriesgada situación.
¿Y crees en sus muestras, como las has llamado?
OFELIA:
No sé lo que pensar.
ACTO I ESCENA III 91
'
POLONIO:
Yo te lo enseñaré. Serás muy pueril
si crees que esas muestras son de valor,
cua ndo ning uno tienen. Muéstrale lo que vales

o -a riesgo de aho gar esta pob re palabra


por el exc eso - com o necia te muestras ante mí.
OFELIA:
Señor, me ha pret end ido
sigu iend o la cost umb re del honor.
POLONIO:
¡Sí, costumbre! Tú lo has dicho. Vamos, vamos.
OFELIA: .
Y sus pala bras ha con firm ado
con toda s las prom esas sagradas.
POL ONI O:
Lazos para cog er perdices.
Cua ndo la sang re arde, al alma se le ocu rren
un sinffn de prom esas para la lengua.
Pero esas llamas, hija, dan brillo y no calor,
y no deb es tomarlas por tin fuego real.
Des de aho ra esca tima tu virginal presencia.
Y en cua nto al señ or Hamlet, cree sólo de él su juventud,
pero no sus prom esas de sacrosantos vínctdos
que bus can seducirte. Acabemos.
A part ir de ahora, no quie ro, hab land o claro,
que vilipendies ni un mom ento de ocio
dan do con vers ació n al prín cipe Hamlet.
Haz me caso, te lo orde no. Pue des irte.
ACTO I ESCENA N 93

OFELIA:
Mi señor, os obed eceré .
Salen.

ESCENA IV

Entr an HAM LET, HOR ACIO y MARCELO.


HAMLET:
El aire corta mala ment e ¡Qué frío!
HORACIO:
Es un aire mord iente y acre.
HAMLET:
¿Qué hora es ya?
HORACIO:
Poco debe faltar para las doce:
MARCELO:
No, ya han dado .
HORACIO:
¿Ya? No las oí.
Se acerca pues la hora
en que el espír itu acost umbr a a salir.
Trompetas y dos salvas de artillería.
¿Qué significa eso, señor ?
HAMLET:
El Rey vela esta noch e: está de fiesta,
y bebe, ríe y baila ufano una furiosa danza.
Y a medi da que va apur ando las barricas del Rhin
retruenan las trom petas y el timbal
con la proe za de sus brindis.
HORACIO:
¿Es costumbre?
IiAMLET:
Pues sí que lo es. •
Pero aunq ue nací aquí
ACTO I ESCENA IV 95

y con ella he crecido, opino que es costumbre


más digna de romperse que de cumplirse.
Estas borracheras que aturden la cabeza hacen que
otras naciones, de Oriente a Occidente, nos difamen,
restando además a nuestros triunfos,
por elevados que sean, el meollo de su gloria.
Lo mismo les ocurre a ciertos hombres,
que por un feo estigma natural,
sea de nacimiento, simple exceso de su constitución,
o hábito que corrompe las normas de lo aceptable,
tan sólo por llevar la marca de un defecto
ven sus restantes virtudes, aunque sean muy puras,
y en lo huma no infinitas,
desvaloradas por la mayoría a causa de esa mínima lacra.
La pizca de maldad echa a perder la noble substancia,
para su propia vergüenza.

Entra el ESPECTRO.

HORACIO:
Mira, señor, ahí viene.
HAMLET:
¡Angeles y enviados del cielo, defendednos!
Bien seas el espíritu de un justo o un ángel caído,
y vengas con la brisa celeste o el viento del infierno,
llegas en una forma tan dudosa,
que he de hablarte. Hamlet te llamaré,
monarca, padre, Rey de los daneses. Respóndeme.
No me dejes caer en la ignorancia y dime
~ ·~ - - - - - - - - - - -

ACfO I ESCENA IV 97

parqué tus huesos, que yacen en sagrado, en su ataúd,


su mortaja dejaron caer. Qué significa
que tú, cuerpo sin vida, recubierto de acero
vuelvas bajo el destello de la luna,
haciendo fea la noche y a nosotros bufones de la Naturaleza
que se estrujan horrorizados la cabeza
con pensamientos que nuestros corazones no alcanzan.

El ESPECTRO hace señas.


HORACIO:
Te hace señas para que le acompañes,
como si deseara departir algo
contigo a solas.
MARCELO:
Con cuánta cortesía
os señala un lugar apartado.
No le sigáis.
HORACIO:
No, de ninguna manera.
HAMLET:
No hablará. Le tengo que seguir.
HORACIO:
No lo hagas, señor.
HAMLET:
¿Y qué puedo temer?
Ni un alfiler doy por mi vida,
y respecto a mi alma, ¿qué podría hacerle,
si es tan inmortal como él pueda serlo?
Me indica que avance. Voy con él.
HORACIO:
¿Y si te arrastra al mar, señor,
o a la imponente cima del acantilado,
Yallí asume alguna otra forma terrorífica
ACTO I ESCENA N 99

que te prive de la soberanía de la razón


haciendo que te hundas en la locura? Piénsalo.

HAMLET:
No deja de llamarme.
Vamos. Te seguiré.
MARCELO:
No váis a ir, señor.
HAMLET:
Quita esas manos.
HORACIO:
Domínate: no puedes ir.
HAMLET:
Mi destino lo pide,
he;1cie_ndo cada mínima arteria de este cuerpo
fuerte como los músculos del león de Nemea.
Sigue llamándome. Soltadme, caballeros.
Y al que no me deje, le convierto en espíritu.
He dicho que atrás. Vamos, voy contigo.
Salen el ESPECTRO y·HAMLET.
HORACIO:
Sus imaginaciones le hacen desesperar.
MARCELO:
Vamos detrás. En eso no hay que obedecerle.
HORACIO:
Vayamos. ¿Cómo concluirá todo esto?
MARCELO: •
Algo está podrido en Dinamarca.
HORACIO:
El cielo nos guiará.
MARCELO:
Sí, pero vamos detrás de él.
Salen.
ACTO I ESCENA V 101

ESCENA V

Entran el ESPECTRO y HAMLET.

HAMLET:
¿Dónde quieres llevarme? Habla, no avanzo más.
ESPECTRO:
Escúchame.
HAMLET:
Lo hago.
ESPECTRO:
Pronto va a ser la hora
de entregarme de nuevo
al fuego sulfuroso del tormento.
HAMLET:
¡Desdichado espíritu!
ESPECTRO:,
No te apiades de mí y presta oído ·atento
a mis revelaciones.
HAMLET:
Habla. Mi deber es oírte.
ESPECTRO:
Y lo será vengarme, cuando me oigas.
HAMLET:
¿Qué?
ESPECTRO:
Soy el espíritu de tu padre,
condenado por cierto tiempo a deambular de noche,
Y de día a ayunar y a abrasarse
hasta que las peores culpas de mis días mortales
hayan sido purgadas por las llamas. Escúchame,
si alguna vez amaste a tu padre...
ACT O I ESCENA V 103

HAMLET:
¡Dios mío!
ESPECTRO:
Has de vengar su asesinato, ruin y antinatura.
HAMLET:
¡Asesinato!
ESPECTRO:
Asesinato vil, como todos lo son.
Pero éste lo fue más, por extraño y antinatural.
HAMLET:
Date prisa en contármelo, y con alas veloces
como el pensamiento o el deseo amoroso
volaré a mi venganza.
ESPECTRO:
Te veo bien dispuesto.
Más indolente tendrías que ser que las fláccidas alga
s
crecidas sin esfuerzo a orillas del Leteo
si esto no te moviera. Oyeme, Hamlet.
Se ha dicho que, esta ndo yo dormido en el jardín,
me mor dió una serpiente; y todos los oídos de Dinamarca
han sido cerrilmente engañados con un falso relato
de mi muerte. Sabe, noble muchacho,
que la serp ient e que le mor dió la vida a tu pad re
está llevando aho ra su corona.
HAMLET:
¡Mi alma fue profética! ¡Mi tío!
ESPECTRO:
Si, esa bestia adúltera, incestuosa,
[con astucia hechicera, con dádivas traidoras,]
gan ó para su vergonzosa lujuria
la voluntad de mi reina, que parecía honesta.
iAh, Hamlet, qué emp eora mie nto,
ACfO I ESCENA V 105

caer de mí hasta ese miserable!

Pero siento ya los aromas del alba.


He de ser breve. Estando yo dormido en el jardín,
[mi costumbre de todas las tardes,]
tu tío se infiltró en esa hora confiada
con un pomo de extractos venenosos,
y venió en el vestíbulo de mis oídos
esa leprosa esencia, cuyo efecto
es tan adverso a la sangre humana
que la hace correr, veloz como el mercurio,
por las puertas y galerías del cuerpo.
Eso hizo en el mío. Al instante una erupción
cubrió mi limpio cuerpo de una coneza
de nauseabundas pústulas, haciendo de mí un lázaro.
Y así, mientras dormía, la mano fraternal
me privó, de un golpe, de vida, de corona, de Reina,
conándome en la flor de mis pecados,
sin sacramentos, desprevenido, sin extremaunción,
[mandado a rendir cuentas sin la conciencia limpia,]
con todas las faltas sobre mi cabeza.
Horrible, sí, horrible. Más que horrible.
Si no eres desnaturalizado, no permitas
que el tálamo real de Dinamarca
sea lecho de la lujuria y el incesto.
Pero fuere cual fuere tu modo de actuar,
no te manches el alma, ni dejes· que tu mente
discurra nada contra tu madre. Deja que el cielo
Ylas espinas que alberga su pecho
¡;; :.>

ACfO I ESCENA V 107

la mortif iquen y la . desgarren. Tengo que despect·1nne


., •
La luc1emaga em pie za a apa gar su luz ineficaz
'
mostrando que se acerca la aurora.
Adiós. Adiós. Adiós. Acuérdate de mí.
Sale.

HAMLET:
?
¡Oh, ejércitos del cielo! ¡Tierra! ¿Y qué más
¿Incluyo al Infierno? No, cálmate, corazón.
Y vosotros, ten don es, no envejezcáis ahora,
y ma nte ned me erg uid o. ¿Acordanne de tí?
sitio la memoria
Sí, des dic had o espíritu, mientras ocu pe un
en est e tur bio globo. ¿Acordarme de tí?
Borraré del registro de la me mo ria
los rec uer dos triviales y fatuos,
todas las
el sab er de tod os los libros, tod as las formas,
impresiones
,
que allí cop iaro n la juv ent ud y la curiosidad
cerebro,
y sólo tu ma nda to ~ntrará en el libro de mi
sí!
sin mezclarse con la escoria. ¡Por el cielo que
¡Perniciosa mujer!
¡Y el canalla, el ma ldit o canalla sonriente!
Mi libreta. He de apu nta r
un canalla.
que alguien que son ríe y son ríe pue de ser
Al me nos eso pas a en Din am arc a (escribe).
A5í que ahí lo tien es, tío mío.
Y ahora, mi con sig na, que es:
«Adiós. Adiós. Ac uér dat e de mí.»
Lo he jurado.
Entran HORACIO y MARCELO.
HORACIO:
Señor, señ or.
MARCELO:
Hamlet, mi señ or.
HORACIO:
Qu e el cie lo le gua rde .
--
ACfO I ESCENA V

HAMLET:
109

(AJ)arte) Así sea..


MARCELO:
Ahó, ohé, ohé, señor.
HAMLET:
Ohé, ohé. Ven, pajarito, ven.
MARCELO:
¿Qué ha pasado, mi noble señor?
· HORACIO:
¿Qué nos cuentas, señor?
HAMLET:
¡Prodigios! .
No hay un canalla en [Link] Dinamarca...
que no sea un b~ibón redomado.

HORACIO:
No hacía falta un espíritu salido de la tumba
para decimos eso; señor.
HAMLET: .'.
E.5 verdad, tienes mucha razón.
Así, sin más formalidades,
creo que lo apropiado es darse la mano e irse,
vosotros donde os lleve el deseo y el lucro,
ACTO I ESCENA V 111

ar.
y yo, pobre de mí, me marcho a rez

HORACIO:
Palabras turbias y tumultuosas, señor.
HAMLET:
Siento que te ofendan, sinceramente.

HORACIO:
No ha habido ofensa, señor.
HAMLET:
Horacio,
Por San Patricio, sí que la ha habido,
y muy grande. Tocante a la visión,
diga.
es un espíritu fiable, déjame que te
y entre nosotros,
Respecto a tu deseo de saber qué ha
igos,
como puedas, domínalo. Y ahora, am
estudiosos,
puesto que sois amigos, soldados y
concédedme un mínimo favor.
HORACIO:
¿Cuál es, señor? Lo haremos.
HAMLET:
noche.
No reveléis nunca lo visto aquí esta
HORACIO - nunca lo h aremos.
: 5eno
MARCELO: r,
HAMLET:
No, pero juradlo.
HORACIO:
Por mi honor, señor, nunca lo haré.
~C EL O :
Ni yo, señor, por el mío.
HAMLET:
Sobre mi espada.
MARCELO:
Ya hemos jurado, señor.
1-IAMLET:
No, no, sobre mi espada.
ESPECTRO:
(Bajo el escenario) Jurad.
ACTO J ESCENA V 113

HAMLET:
ahí buen
Ah, ah, 1nuchacho, conque lo dices tú. ¿Estás
' hon1bre?
Venga, ya habéis oído al de la bodega.
Jurad.
HORACIO:
Propón el jura111ento, sefior.
HAMLET:
No hablad nunca de lo que habéis visto.
Jurad por n1i espada.
ESPECTRO:
Jurad. Juran.
HAMLET:
¿Hic et ubique? Pues nos ca111bia1nos de lug
ar.
Venid aquí, caballeros.
Y colocad de nuevo vuestras 1nanos sobre
1ni espada.
Jurad por 1ni espada
no hablar nunca de lo que habéis visto.
ESPECTRO:
Juran.
Jurad por su espada.
HAMLET:
o tierra?
Bien dicho, viejo topo. ¿Tan rápido trabajas baj
s.
¡Valiente zapador! A mudarse otra vez, an1igo
HORACIO:
Esto es extrañamente portentoso.
HAMLET:
Y por ello con10 a un extraño dale la bienve
nida.
Hay más cosas, Horacio, en la tierra y el cielo
de las que sueña tu filosofía.
Acercaos.
de,
Aquí, como antes, nunca, y así el cielo os ayu
por extraño o raro que pueda yo mostranne,
no
ya que a partir de ahora tal vez juzgue opo1tu
afectar actitudes estrafalarias,
antéis
vosotros, si me viérais en una de ellas, no lev
nunca así los brazos, ni mováis la cabeza,
.
ni pronunciéis frases equívocas 10s, s1
del estilo de : .. Bueno, nosotros, sí.. ... , o "Poden queren10s ... »
115
ACTO I ESCENA V

si les dejan ...»


o «Si nosotros hablásemos... », o «Los hay qu e
u otras ambiguas insinuaciones qu e indiquen
que sabéis algo de mí; est o juradlo,
.
y que el cielo os ayude cua nd o os haga falta
. ESPECTRO:
Jurad.
Juran.

HAMLET:
ros,
Descansa ya, espíritu convulso. Ahora, caballe
con todo mi afecto me confío a vosotros;
y el cariño y la amistad qu e un hombre
tan pobre com o Hamlet es capaz de expresar,
juntos,
nunca os faltarán, si Dios lo quiere. Vayamos
go.
y no os quitéis el ded o de los labios, os lo rue
torpe,
El mu nd o está desencajado. Qu é destino tan
haber venido a él para ponerlo en orden.
Salen.
No, vamos todos juntos.
117

ACTO II
ESCENA I

Entran POLONIO y su esbirro REINALOO.


POLONIO:
Dal e est e din ero y esta s can as Reinaldo .
REINALDO: '
Sí, señ or.
POLONIO:
Y har ás mu y bie n, Reinaldo,
en ind aga r ace rca de su con duc ta.
ant es de visitarle.
REINALDO:
Es mi inte nci ón, señ or.
POLONIO:
Sí, per o pri me ro haz averiguaciones
sob re los dan ese s que hay en París;
por qué está n, qui éne s son, dón de y de qué viven,
con qui én tratan, cuá nto gastan; y una vez sep as
por me dio de esto s circunloquios
lejos,
que con oce n a mi hijo, pre ten de tú conocerle de
dic ien do: «Conozco a su padre, a amigos suyos,
y algo a él, no mu cho ;
per o si es el que yo digo, es mu y alocado,
proclive a esto y a lo otro • -y ahí le atribuyes
o que
tod os los infundios que te apetezcan; eso sí, ningun
le qui te la honra; la clase de livianos
s
y cor rien tes pecadillos que son acompafiantes notorio
de la libertad juvenil.
ACTO 11 ESCENA 1
119

REINALDO:
¿Como jugar, señor?
POLONIO:
Sí, o beber , retar en duelo , maldecir,
disputar, ir con meretrices; hasta ahí puede s llegar.
Echan do estas mínim as manc has sobre mi hijo,
como si se hubie ra ensuc iado por el uso,
tu interlocutor, el que estés sonde ando,
si ha visto come ter dichas faltas
al joven de quien le hablas, ten por segur o
que concluirá contig o del siguie nte modo :
"Cono zco al caballero,
ayer le ví»; o «el otro día
iba con tal o cuál», «y como decís,
estab a jugando», «mareado por la bebida»,
o quizá: cele ví entrar en una casa de trata»,
es decir, un burdel, y sucesivamente.
El pez de la verda d muerd e el anzue lo de tu falsedad.
Los que tenem os juicio y perspicacia,
por medio de rodeo s y vías tortuosas,
lo direct o encon tramo s con indirectas.
Y así tú a mi hijo,. siguie ndo mi lección
y consej'o. ¿Me has enten dido, no?
ACTO 11 ESCENA I
121

l
J
í
s
-~
1
J

REINALDO:
Sí, señor. 1
PO LO NIO :
Qu e Dios vaya contigo. Puedes irte.
ACTO II ESCENA I 123

Sale REINALDO. Entra OFELIA.

OFELIA:
Señor, señor. He sentido un gran pánico.
POLONIO:
¿De qué, santo cielo?
OFELIA:
Estaba yo cosiendo en mi cuarto
y se me presentó Hamlet
con todo el jubón desabrochado,
la cabeza desnuda, las medias sucias, .
sueltas y enrolladas al tobillo como grilletes,
[blanco como su blusa), con temblor de rodillas
y una mirada de expresión tan lúgubre
que parecía haber sido librado del infierno
para contar atrocidades.
POLONIO:
¿Loco de· amor por tí?
OFELIA:
No lo sé, mi señor. Pero eso temo.
POLONIO:
¿Qué te dijo?
OFELIA:
Me cogió por la muñeca y apretó fuerte.
Después retrocedió, estirando el brazo,
y con la otra mano así puesta sobre su frente,
empezó a escudriñar mi rostro
como si fuera a dibujarlo. Así estuvo un buen rato.
Por fin, sacudiéndome un poco el brazo,
y bajando y subiendo tres veces su cabeza,
lanzó un suspiro hondo y tan patético
ACTO II ESCENA I 125

que pareció quebrar el tronco de su cuerpo


y acabar con su ser. Luego me soltó,
y vuelta la cabeza hacia atrás,
parecía irse andando sin ojos,
pues sin seIVirse de ellos salió del cuarto,
fija su luz en mí hasta el final.
POLONIO:
Esto es el frenesí amoroso,
cuya propia violencia causa la destrucción
y hace a la voluntad emprender disparates,
como siempre que la pasión abruma a los hombres
bajo la capa del cielo. Lo siento.

Ven, vamos a ver al Rey.


Esto debe saberse, porque, si lo ocultamos, podría motivar
más dolor escondido que como amor sabido.

Salen.
ACTO II ESCENA II 127

ESCENA 11

Trompetas. Entran el REYy la REINA, con ROSENCRANTZ y GUIL-


DENSTERN y EDECANES.

REY:
Queridos Ronsencrantz y Guildenstem: os doy la bienvenida.
Aparte de lo mucho que nos apetecía veros,
es la necesidad de un servicio lo que provoca
este urgente aviso. Algo habréis oído
de un Hamlet transformado; así lo llamo,
ya que ni en lo público ni en lo privado
parece el hombre que fue. Yo os pido que
dándole compañía le incitéis al placer, para indagar
si le aflige algo desconocido por nosotros
que, descubierto, podamos remediar.

REINA:
Mis fieles caballeros, él habla mucho de vosotros,
y me consta que no hay, entre los vivos, dos hombres
a los que esté más apegado. Si no os desagrada
tener con nosotros la deferencia
de consumir algún tiempo acompañánd onos,
para alimento y provecho de nuestra esperanza,
vuestra visita tendrá una retribución
digna de un rey agradecido.
ROSENCRANTZ:
Vuestras Majestades,
por la soberanía que tienen sobre nosotros,
ACTO II ESCENA 11 129

más pueden ordenar sus venerables deseos


que pedirlos.
GUILDENSTERN:
Pero os obedecemos,
y aquí nos doblegamos del tocio
poniéndonos a vuestros pies
para que ordenéis.
REY:
Gracias, Ronsencrantz, y tú gentil Guildenstern.
REINA:
Gracias, Guildenstern, y tu gentil Rosencrantz.

GUILDENSTERN: -
Que el cielo haga nuestro servicio
útil y agradable para Hamlet.
REINA:
Que así sea.

Salen ROSENCRAN1Z y GUILDENSTERN. Entra POLONIO.

POLONIO:
Mi señor, la embajada a Noruega
ha regresado felizmente.
REY:
Siempre eres padre de las buenas noticias.
POLONIO:
¿De verdad lo creéis? Yo os digo Majestad
que cumplo con mi alma como con mi deber,
ante Dios y ante el Rey.
Y me parece -a no ser que mi reconocido olfato
en las artes de caza de la política
haya perdido el rastro- que he encontrado
la verdadera causa del desvarío de Hamlet.
ACTO II ESCENA II 131

REY:
Ah, háblame de eso; es lo que quiero ~ír.
POLONIO:
Prestad primero oído a las noticias
de la embajada [el Rey asiente]

El joven Fortinbrás, después de recibir


la reprimenda del viejo rey de Noruega,
ha prometido ante su tío
no alzarse en armas nunca más contra nosotros.
Y el anciano Noruego, exultante,
le ha otorgado tres mil coronas de estipendio anual,
autorizándole a dirigir el ejército
reclutado contra el Polaco.
Y aquí está contenida la súplica (entrega un documento}
ACTO II ESCENA II 133
de que os dignéis dejarle atravesar en paz
vuestros dominios para dicha empresa,
con las condiciones de seguridad y acceso
que vienen detalladas.
REY:
Nos complace.
Y en un moment o más propicio
lo leeremos, contestaremos y en ello pensaremos.

POLONIO:
Este asunto está así resuelto.
Mi Rey, mi señora: explayarse en lo que
ha de ser la majestad, o qué es el deber,
por qué la noche es noche y el día es día y el tiempo,
tiempo,
no seáa sino perder el tiempo, el día y la noche.
Por ello, ya que la brevedad es el alma del ingenio,
y la facundia sólo carne y perifollos,
seré breve. Vuestro noble hijo está loco.
Y sólo digo esto, loco, pues definir la locura auténtica
¿acaso no es algo propio más que de un loco?
REINA:
Más substancia, y menos artificio.
POLONIO:
Señora, os juro que no hago artificio.
Que está loco es verdad; .y de verdad que es lástima;
lástima de verdad. Vana retórica.
Digámosle adiós, no emplear é artificios.
Pero aceptem os que loco está. Y ahora pondera d:
ACTO II FSCENA. 11
135
tengo una hija -m ien tra s no se me vay a-
que cumpliendo un deber de obediencia
me ha entregado esto. Cavilad y conjeturad: {lee}
•Al ídolo celeste de mi alma, la muy hermoseada Ofelia•
-qu é
expresión más torpe y ruin, •hermoseada•, muy rui n-,
pero
váis a oír: •Que ésta, en su seno inigualablemente blan
co,
etcétera ...'"
REINA:
¿Se la dirige Hamlet a ella?
POLONIO:
Mi señora, aguardad, leo fielmente:
•Duda que en las estrellas haya fuego,
duda que el sol sea capaz de calor,
duda que la verdad no sea más -que un 1uego,
pero no dudes nunca de mi amor».
•Amada Ofelia, la métrica me falla. No tengo arte para
contar suspiros. Pero que yo te amo, por encima de tod
o,
créelo. Adiós.
Siempre tuyo, mi amada-señora, mientras a él le funcion
e
su máquina. Hamlet•.
E.5to es lo que mi obediente hija me ha mostrado,
Y, más aún , me ha ido informando de sus
requerimientos, según las ocasiones, los modos
y los sitios.
REY:
¿Peró cómo acogió ella su amor?
POLONIO:
¿Qué pensáis de mí?
REY:
Que eres un hombre fiel Yhonorable.
POLONIO:
Desearía probároslo. Sin más contemplac1. ones,
así le hablé a mi damisela:
. Hamlet no es de tu esfera .
..El pnncbe1pe b Ella recogió el fruto de mi consejo,
Esto de aca ar•. .
y él, rechazado, cayó en la tristeza,
ACfO II ESCENA 11 137

después en el ayuno, de ahí pasó al desvelo


de ahí a la flaqueza, de ella al deliquio, '
y con tal detrimento, a la locura en la que está sumido
para agonía nuestra.

REY:
¿Crees que es esto?
REINA:
Puede ser; muy probable.
POL ONIO :
¿Ha habi do alguna vez -des earí a sabe r-
en que yo haya dicho .. Esto es así»,
y resultara ser lo contrario?
REY:
No que yo sepa.
POL ONIO :
Arrancad ésta de esto si resulta que no.
Si me guían los requisitos, hallaré
dónd e está la verdad, aunq ue estuviera oculta
en sus mismas entrañas.

REY:
¿Cómo pode mos comprobarlo?
POLONIO:
Sabéis que a veces anda horas seguidas
por esta antecámara.
ACTO II ESCENA 11 139

REINA:
Así lo hace.
POLONIO:
Una de esas veces le echaré a mi hija.

Entra HAM LET leyendo un libro.


[REINA:
Mirad por dónd e viene el desdichado, le,,
POLONIO:
Marchaos, os lo niego.
Voy a abordarle, si me lo permitís.
Salen el REY y la REIN.
¿Cómo está mi buen señor Hamlet?
HAMLET:
Bien, a Dios gracias.
POLONIO:
¿Me conocéis, señor?
HAMLET:
Perfectamente. Tú vives del pescado.
POLONIO:
Yo no, señor.
HAMLET:
Pues qui~iera que fueses un homb re así de decen te.
POLONIO: ·
¿Decente; mi señor?
HAMLET:
Sí, eso. Ser decente, según va el mundo, es ser un homb re
escogido entre diez mil.
POLO NIO:
Una gran verdad, mi señor.
ACTO II ESCENA 11 141

HAMLET:
Pues si el sol cría gusanos en un perro mueno, que es una
carror\a fácil de besar... ¿Tienes una hija?
POLONIO:
Sí, mi sef\or.
HAMLET:
No dejes que se ponga bajo el sol. La concepción es un gran
bien, pero con10 tu hija puede concebir... amigo, ojo avizor.
POLONIO:
[AparteJ ¿Qué me decís a eso? Dale que dale con mi hija. [Al
principio no me conoció. Dijo que yo vivo del pescado.] Está
ido. [Es verdad que en mi juventud yo también sufrí mucho por
excesos de amor... Voy a hablarle de nuevo.] ¿Qué leéis, mi
señor?
HAMLET:
Palabras, palabras, palabras.
POLONIO:
¿Qué ocurre, mi señor?
HAMLET:
¿A quién?
POLONIO:
Quiero decir qué ocurre en el libro, señor.
HAMLET:
Calumnias. Este bribón dice aquí en su sátira que los viejos tie-
nen la barba blanca, que sus rostros están arrugados, sus ojos
rezuman un espeso ámbar y una resina como la del ciruelo, y
que tienen una abundante falta de ingenio, junto con unas nal-
gas muy flojas; todo lo cual, aunque lo crea omnipoten-
temente, no me parece decente tenerlo aquí escrito, ya que tú
mismo serás un día tan viejo como yo, siempre que puedas ir
hacia atrás, como los cangrejos.
POLONIO:
[AparteJ Es locura, pero m·etódica. ¿Venís donde no haya
aire, señor?
HAMLET:
¿A mi tumba?
ACTO ll ESCENA II 143

POLONIO:
Desde luego allí no hay aire. [Aparte} Qué fértil es a veces su
inteligencia. Réplicas afortunadas con las que la locura acierta a
menud o; y que el sano juicio no podría alumbrar tan feliz-
mente . Señor, os solicito que me permitáis marchar.

HAMLET:
No podría s solicitarme nada que estuviera yo desean do más
quitar me de encima, excep to mi vida, excepto mi vida, excepto
mi vida.
POLONIO:
Adiós, mi señor.
HAMLET:
Estos vejestorios tan aburridos.
Entra n ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.

POLONIO:
Vais busca ndo al príncipe Hamlet; allí está.
ROSENCRANTZ:
Dios os guarde.
Sale POLONIO.
GUILDENSTERN:
Honorable señor.
ROSENCRANTZ:
Querid ísimo señor.
HAMLET:
Mis buenís imos amigos. ¿Cómo estás, Guildenstem? Ah,
Rosencrantz. Muchachos, ¿cómo os va?
ROSENCRANTZ:
Como a los más corrientes hijos de la tierra.
GUILDENSTERN:
Felices de no ser demasiado felices; de no estar en la
cresta del gorro de la Fortuna.
145
ACTO II ESCENA II

HAMLET:
¿Pero tam poc o en la suela de sus sandalias?
ROSENCRANlZ:
Tampoco, mi señor.
HAMLET:
cintura, ¿o
O sea que estáis colocados má s o me nos en su
en el mis mo cen tro de sus favores?
GUILDENSTERN:
ech o.
(Haciendo un gesto obsceno) Somos su brazo der
HAMLET:
que es ramera.
¿Dentro de lo más íntimo de la Fortuna? Pues sí
¿Qué contáis?
ROSENCRAN1Z:
rad o.
Nada nuevo, señ or; que el mu ndo se hac e hon
HAMLET:
no es cierto.
Entonces se acerca el Juicio Final. Pero eso
hab éis hec ho
De jad me que os pre gun te algo concreto. ¿Qué le
a la For tun a par a que os envíe a esta prisión?
GUILDENSTERN:
¿Prisión, señor?
HAMLET: . .

Dinamarc~ es una prisión.


ROSENCRANTZ:
Entonces tam bié n lo es el mu ndo .
HAMLET:
s y mazmorras,
Una pris ión .holgada, con mu cha s celdas, galería
per o Dinamarca es de las peo res .
ROSENCRANTZ:
No nos par ece así, señor.
HAMLET:
no o malo, si el
Por que no lo ser á par a vosotros; nad a es bue
prisión.
pen sam ien to no lo hac e ver así. Para mí es una
ROSENCRANTZ:
ver; dem asi ado
Pues es vuestra am bic ión la que así os lo hac e
est rec ho par a vue stra me nte .
ACTO II ESCENA II 147

HAMLET:
Dios mío, podría estar metido en una cáscara de nuez y sen-
tirme el rey de los espacios infinitos ... si no fuera porque tengo
malos sueños.
GUILDENSTERN:
Sueños... precisamente eso es ambición. La substancia de las
ambiciones sólo es la pálida sombra de un sueño.
HAMLET:
Un sueño no es en sí mismo mas que una sombra.
ROSENCRANTZ:
F.s verdad, y para mí la ambición tiene un~ consistencia tan
ligera e insU5tancial que no es m~ que ·1a sombra de una
sombr a.
HAMLET:
En ese caso los mendigos son el cuerpo,. y los monarcas y
héroes agigantados sólo la sombra de esos mendigos. ¿Volve-
mos a la Corte? Porque yo ya ·no puedo razonar.
ROSENCRANTZ: O _
GlJILDENSTERN: s acompanamos.
HAMLET:
Nada de eso. No os voy a poner junto al resto d~ mis siIVientes.
Para seros sincero: estoy muy mal acompañado. Y volviendo a
los camin os trillados de la amistad, ¿qúe os ha traído a Elsinor?
ROSENCRANTZ:
El veros, señor, ningun a otra razón.
HAMLET:
Como mendi go que soy, hasta mi agradecimiento es pobre,
pero os lo agradezco. ¿No os mandaron venir? ¿Ha sido inclina-
ción vuestra? ¿Es una visita voluntaria? Venga, venga, jugad lim-
pio conmigo. Venga, decídmelo.
GUILDENSTERN:
¿Qué queréi s que os digamos, señor?
HAMLET:
Cualquier cosa menos la intención real. Os han hecho venir, y
vuestros ojos lo confiesan de un modo que la honrad ez no os
pennit e disimular. Sé que el buen Rey y la Reina os hicie-
ron venir.
ACTO II ESCENA 11 149

ROSENCRANTZ:
¿Con qué fin, señor?
HAMLET:
Eso tenéis que decirlo vosotros. Pero dejarme que os conjure
por el deber de camaradería, por las afinidades de nuestra
juventud, por la deuda de un afecto que nunca se ha gastado, a
que seáis claros y francos conmigo, diciéndome si os han
hecho venir o no.
ROSENCRANTZ:
(Aparte a Guildenstern) ¿Qué dices tú?
HAMLET:
Que no os quito ojo, ¿eh? Si me queréis, adelante.
GUILDENSTERN:
Señor, nos han mandado venir.
HAMLET:
Os diré el por qué; y así, anticipándome, os evitaré tener que
revelarlo, y el secreto que debéis al Rey y a la Reina quedará
incólume. Ultimamente, aunque nó sé el motivo, he perdido
toda alegría, renunciando a mis ejercicios de siempre. Y siento
tal pesadumbre, que esta estructura sublime, la tierra, me
parece un peñasco estéril, y este grandioso dosel, el aire, este
espléndido firmamente colgante, este techo majestuoso con su
filigrana de oro en llamas, pues ... los veo sólo como una asque-
rosa y pestilente acumulación de vapores. Qué obra más
lograda, el hombre; cuando actúa, igual que un ángel, cuando
piensa, igual que un dios; maravilla del mundo, paradigma de
los animales, y ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo?
Los hombres ya no me cautivan, ni las mujeres, aunque con cu
sonrisa das a entender que sí.
ROSENCRANTZ:
Señor, no tenía tal cosa en el pensamiento.
HAMLET:
¿Y de qué te reías cuando he dicho que celos hombres ya no
me cautivan»?
ROSENCRANTZ:
De pensar que si ya no os cautivan los hombres, vaya recibi-
ACTO II ESCENA 11 151

miento cuaresmal váis a dar a los cómicos. Les dejamos atrás en


el camino, y se dirigían aquí a ofreceros sus servicios.
HAMLET:
Al que hace de Rey le daré la bienvenida. Su Majestad recibirá
mi tributo. ¿Y qué actores _son esos?

ROSENCRANTZ:
Los que os solían cautivar tanto, los trágicos de la ciudad.
ACTO II ESCENA II 153

(Trompetas)
GUILDENSTERN:
Ahí están los actores.
HAMLET:
Caballeros, bienvenidos a Elsinor. [Dejadme que me someta a
las formalidades de la cortesía de esta mane~a, no vaya a resul-
tar que mis muestras con los actores, y ya os digo que serán
muy aparatosas, parezcan un recibimiento mejor que el vues-
tro. Sóis bienvenidos.] Pero mi tío-padre y mi tía-madre están
muy equivocados.
GUILDENSTERN:
¿En qué, señor?
ACTO ll ESCENA II 155

HAMLET:
Sólo estoy loco al none-noroeste. Cuando hay viento sur, sé
distinguir un halcón de una garza.
Entra POLONIO.
POLONIO:
Caballeros, mis salutaciones.
HAMLET:
Escucha, Guildenstem, y tú también, un oyente en cada oreja.
Ese recién nacido grandullón que véis ahí aún está en pañales.

[ROSENCRANTZ:
A lo mejor ha vuelto a ellos por segunda vez; ya se dice que
un viejo es niño dos veces.]
HAMLET:
Os profetizo que viene a hablarme de los actores. Atentos. [Tie-
nes toda la razón, un lunes por la mañana, así fue.]
POLONIO:
Mi señor, tengo una noticia que daros.
HAMLET:
Mi señor, tengo una noticia que daros. Cuando Roscio hacía
comedia en Roma ...
POLONIO:
Los comediantes han llegado, señor [HAMLET hace una pedo-
"eta). Por mi honor.

HAMLET:
Por el culo de cada actor.
POLONIO:
Los mejores comediantes del mundo. Para tragedia y comedia,
para obras históricas, pastoriles, pastoril-cómicas, histórico-
pastoriles, trágico-históricas, trágico-cómicq- histórico-pastori-
les, para escenas indivisibles y parlamentos ilimitados. Séneca
no les resulta en exceso profundo, ni Plauto demasiado ligero.
Siguiendo las unidades como tomándose libertades, estos
hombres son únicos.
ACTO II ESCENA II 157

HAMLET:
Oh, Jefté, juez de Israel. ¡Qué tesoro tenías!
POLONIO:
¿Qué tesoro tenía, mi señor?
HAMLET:
•Una hija hermosa y nada más
a la que amaba como a su mismo ser•.

POLONIO:
{Aparte/Y dale con mi hija.
HAMLET:
¿No estoy en lo cierto, anciano Jefté?
POLONIO:
Si me llamáis Jefté, señor, yo tengo una hija a la que amo
como a mi mismo ser.
HAMLET:
Una cosa no se sigue otra.
[POLONIO:
¿Qué sigue entonces, mi señor?
HAMLET:
Pues
..Ah, Jefté, Dios sabe el porqué».
Y a continuación
..Pero vino a pasar, como era de esperar•.
La primera estrofa de la canción piadosa te dirá todo lo demás.]
Ya vienen a aligerarme [entran los actores} Bienvenidos seño-
res. Bienvenidos todos. Me alegro de verte tan bien. Bienveni-
dos, mis viejos amigos. Y tú, buen amigo, a tu cara le ha salido
un volante desde que no te veo. Ah, mi dama joven, y señora.
[Por la Virgen, que vuestra señoría está más cerca del cielo que
la última vez, al menos lo que mide un tacón.] Quiera Dios que
el metal de tu voz no se haya roto, como el oro de la moneda
que ya no es sonante. Señores, sois todos bienvenidos. Vamos a
hacer como los halconeros franceses, que se lanzan a lo pri-
ACTO II [Link] 11 159

mero que ven. Venga, dano s una prue ba de tu talento. Un


trozo apasionado.
PRIMER ACTOR:
¿Qué trozo, mi señor?
HAMLET:
Una vez te oí un soliloquio, pero nunc a llegó a representarse, o
si lo fue, no más de una vez, porq ue la obra, recuerdo, no gus-
taba a la multitud, era caviar para la plebe. [Yo la cons ideré una
obra excelente, de escenas muy bien construidas y escrita con
tanta sutileza como sencillez.] El trozo que me gustó era el
relato de Eneas a Dido, y en él especialmente cuan do habla del
asesinato de Príamo. Si aún lo guardas en tu memoria, empi eza
por ese verso ... A ver, a ver:
Pirro, el hirsuto, como el Hircano tigre...
No es así. Empieza con Pirro...
Pirro, el hirsuto, de ira calcinado,
unta do todo él de [Link] cuajada,
los ojos cual carbunclos, Pirro el infer nal
busca al ancia no Príamo.
Ahora sigue tú.

POLONIO:
Por Dios, señor, muy bien recitado, con buen a entonación y
gran mesura.
ACTO II ESCENA II 161

PRIMER ACTOR:
Enseguida le halla, asestando
débiles golpes a los Griegos. Su vieja espada,
indómita al brazo, donde cae se queda,
repeliendo las órdenes. En desigual contienda,
Pirro ataca a Priamo, y aunque, iracundo, falla,
con el simple silbido del sinuoso acero,
el feble anciano cae. Ah, pero ese acero,
que se inclinaba ya sobre el lechoso pelo
del venerable Priamo, parecióse en el aire detener;
y como un tirano retratado, [Link] quedóse quieto,
neutral entre el deseo y el deber,
y no mzo nada.
Como es frecuente ver antes de /a, tonnenta,
que la nube no rompe, no habla, el cielo,
el viento osado calla, y el orbe inferior
silente está cual muerte, hasta que el trueno horrísono
hace estallar la bóveda, así, tras esa pausa;
la venganza despierta y le da bríos,
y el acero de Pirro ensangrienta a Priamo.

POLONIO:
Demasiado largo.
HAMLET:
Habrá que llevarlo al barbero, con tus barbas. Te ruego que
sigas. A éste si no le dan una pantomima o un cuento obsceno
se duerme. Sigue, ahora viene Hécuba.
ACTO lI ESCENA 1l 163

PRIMER ACTOR:
Más, ¿quién había visto a la Reina embozada...
HAMLET:
¿La Reina embozada?
POLONIO:
Está bien.
PRIMER ACTOR:
... ir descalza por la humeante Troya,
intimidando al fuego con flujo de sus ojos?
Sólo conque los dioses bubiéranla obsen,ado,
cuando ella vio a Pirro jugar con su acero
descuartizando el cuerpo de su esposo,
el clamor subitáneo que salió de su boca,
a no ser que desoigan a los mortales,
habría ordeñado el ígneo ojo del cielo,
haciendo que los dioses sintieran compasión.

POLONIO:
Mirad si no ha cambiado de•color y tiene lágrimas en los ojos.
Os ruego que no continuéis.
HAMLET:
Está bien. Haré que me recites el resto muy pronto. Gentil caba-
llero, ¿te ocuparás de que los actores estén bien acomodados?
Me oyes: trátalos con miramiento; ellos son la síntesis y el testi-
monio de los tiempos. Mejor que tengas un mal epitafio
cuando mueras que se metan ellos contigo mientras vivas.
POLONIO:
Señor, les acomodaré conforme a sus méritos.
HAMLET:
¡Por la sangre de Cristo, mucho mejor! Trata a cada hombre
según sus méritos, y a ver quién no sale escocido. Trátales
según tu propio honor y dignidad, y cuanto menos merezcan
ellos, más mérito tendrá tu generosidad. Acompáñalos. Id con
ACTO II ESCENA 11 165

él, amigos. Mañana veremos una obra [al primer actor). Escu-
cha, buen amigo. ¿Podéis representar .. El asesinato de Gon-
zago•?
PRIMER ACTOR:
Sí, mi señor.
HAMLET:
Pues la haréis mañana por la noche. Si fuera necesario, tverdad
que podáas aprendene una tirada de unos doce o dieciséis ver-
sos, escrita por mí, e intercalarla?
PRIMER ACTOR:
Sí, mi señor.
HAMLET:
Muy bien/a todos los actores} Id con el caballero, y cuidado con
burlaros de él / salen POLONIO y los actores} [habla, a ROSEN-
CRANIZ y a GUILDENSTERN} Amigos míos, os dejo hasta la
noche. Pero sóis bienvenidos a Elsinor.
ROSENCRAN1Z:
Con Dios, señor.
Salen ROSENCRAN IZ y GUILDENSTERN.

HAMLET:
Sí, id con Dios. Ya estoy solo.
Soy un desalmado, rastrero y patán.
¿No es una aberración que un actor,
viviendo la pasión como en un sueño, como ficción,
someta su espíritu a lo imaginario
de tal modo que e.l rostro quede lívido,
le caigan lágrimas, parezca enloquecido,
se le quiebre la voz, dando con todo el cuerpo
fonna a una fantasía? Y por nada.
¡Por Hécuba!
¿Qué es Hécuba para él, o él para ella,
para que llore él por ella? ¿Y qué haáa
si tuviera el pie para una réplica fogosa
que yo tengo? Inundaáa la escena de lágrimas,
ACTO 11 ESCENA 11
167

rom per ía el oíd o del púb lico con su invectiva,


rras tom and o al culpable, sob reco gien do al justo,
des con cen and o al nec io, cau san do aso mbr o
en los órg ano s del oíd o y la vista.
Yyo ,
un meq uetr efe obtu so, con pies de barr o, lruiguido
en mis ens ueñ os, apá tico a mi causa,
inca paz de hablar, ni siqu iera en favor de un rey
cuy a vida, lo más prec iado ,
sufr ió una aby ecta destrucción. ¿Soy un cobarde?
¿Alguien me lo ha llamado?
¡Por Cristo que lo ace pto, pue s deb o de tene r
híg ado de palo ma, sin bilis
que ama rgu e los agravios; si no
hab ría ya ceb ado a tod os los milanos del esp acio
con las vísc eras de ese canalla, sanguinario y lascivo!
Eres un asn o. Te par ece bon ito
que yo, ama nte hijo de un pad re asesinado,
a qui en ciel o e infierno urgen a la venganza,
esté com o las put as abri end o con palabras mi corazó~~
entr eten ido en maldiciones de mujerzuela
o de gañ án.
Pon te en funcionamiento, cerebro. Mmm ... mm m ... he
oíd o
que en el teatro, el realismo
de una esc ena tant o ha llegado al cora zón
de esp ecta dor es culpables, que allí mis mo
se levantaron a con fesa r sus fechorías.
El crim en, aun que no teng a lengua, habla a--trWté5
de un Q:.\Uagroso ór:gane. Quizá el espíritu que ví
fuese diabólico, y el Diablo sea capaz
de asu mir una apa rien cia grata, y tal vez
se apro vec he de mi debilidad y mi melancolía,
f!f! que él don üns e3tt5 flttturakza~,
para perd erm e. Qui ero tene r una bas e
más firme. Del teatro me serviré,
y la con cien cia del rey atraparé.
Fin del segundo acto.

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