Lectura 5
La llegada de los marcianos
Nadie hubiera creído, en los últimos años del siglo XIX,
que los asuntos humanos fueran vigilados de forma tan
atenta y detallada por inteligencias superiores a la del
hombre y, sin embargo, tan mortales como la suya;
que, mientras los hombres se atareaban en sus
intereses, eran escrutados y estudiados quizá casi
tan profundamente como un hombre con un
microscopio puede analizar las transitorias
criaturas que pululan y se multiplican en una
gota de agua. Con infinita complacencia,
los humanos van de un lado a otro por este
globo, dedicados a sus pequeños negocios y
serenos en la seguridad de su dominio sobre
la materia. Es posible que los infusorios, vistos
bajo el microscopio, hagan lo mismo. Nadie
pensó nunca en los mundos más antiguos del
espacio como en una fuente de peligro para el
hombre o, en todo caso, para desechar como algo
imposible o improbable la idea de la vida en ellos.
Es curioso recordar algunos de los hábitos mentales
de aquellos días pasados. Como mucho, la gente de la
Tierra especulaba sobre el hecho de que pudiera haber
otros hombres en Marte, quizá inferiores a ellos y dispuestos
a dar la bienvenida a una expedición misionera. Sin embargo,
a través del abismo del espacio, unas mentes que, en relación con
las nuestras son como las nuestras en relación con las de las bestias
perecederas, intelectos vastos, fríos e indiferentes, contemplaban esta
Tierra con ojos envidiosos y, lentamente pero con seguridad, trazaban sus planes
contra nosotros. Y, a principios del siglo XX, llegó la gran desilusión.
El planeta Marte, no necesito recordárselo al lector, gira alrededor del Sol a una
distancia media de 225 millones de kilómetros y la luz y el calor que recibe
del Sol apenas son la mitad de los que recibe nuestro mundo. Si la hipótesis
nebular tiene en sí algo de cierto, aquel planeta tiene que ser más viejo que
el nuestro y la vida debió de iniciarse en su superficie mucho antes de que se
solidificara la Tierra. El hecho de que Marte posea escasamente una séptima ©EDUCACTIVA S.A.C. Prohibido fotocopiar. D.L. 822
parte del volumen de la Tierra debió de acelerar su enfriamiento hasta alcanzar
la temperatura en la cual pudo iniciarse la vida. Posee aire y agua, y todo lo
necesario para sustentar la existencia animada.
No obstante, el hombre es tan vacuo y está tan cegado por su vanidad que
ningún escritor, hasta el final mismo del siglo XIX, expresó la menor idea de
que pudiera haberse desarrollado vida inteligente allí, tan lejos y, mucho menos,
a un nivel por encima del terrestre. Tampoco se comprendía, en general, que,
teniendo tan solo un cuarto de superficie, Marte fuera más viejo que nuestra
Tierra y se hallara más lejano del Sol, lo cual supone que no solo se encuentra
más distante del principio de la vida, sino también más cercano de su final.
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El enfriamiento secular que algún día le llegará a nuestro planeta ya lo Glosario
experimentó nuestro vecino en un pasado remoto. Sus condiciones físicas son
todavía y en gran parte un misterio, pero ahora sabemos que, incluso en su escrutar. Observar o
región ecuatorial, la temperatura que alcanza a mediodía apenas se acerca examinar con mucha
al más frío invierno que podamos sufrir. Su aire es mucho más tenue que el atención y minuciosidad.
nuestro, sus océanos se han encogido hasta no cubrir más que un tercio de su vacuo. Vacío, trivial, falto
superficie y, a medida que cambian sus lentas estaciones, enormes casquetes de contenido.
polares se acumulan y se funden en sus polos e inundan periódicamente sus
fluctuante. Cambiante.
zonas templadas. Este último estadio de agotamiento, que para nosotros es
todavía increíblemente remoto, se ha convertido en un problema real para
los habitantes de Marte. La presión inmediata de la necesidad ha iluminado
sus intelectos, ampliado sus poderes y endurecido sus corazones. Y mirando a
través del espacio, con instrumentos e inteligencias en las que apenas hemos
soñado, ven, a tan solo una distancia de 55 millones de kilómetros en dirección
al Sol, una estrella matutina de esperanza: nuestro planeta, más cálido, verde
de vegetación y gris de agua, un mundo con una fértil atmósfera de nubes y
con amplias extensiones de tierra firme poblada y mares surcados por barcos.
Y nosotros, las personas, las criaturas que habitan esta Tierra, debemos ser para
ellos, como mínimo, tan extraños e inferiores como para nosotros lo son los
monos o los lemúridos. La vertiente intelectual humana ya admite que la vida
es una lucha incesante por la existencia, y parece como si esta fuera también la
creencia de las mentes de Marte. Su mundo ya ha alcanzado un enfriamiento
excesivo, mientras que el nuestro está todavía lleno de vida, pero de una vida
que ellos consideran como de animales inferiores. Llevar la guerra en dirección
al Sol es de hecho su única escapatoria de la destrucción que, generación tras
generación, repta hacia ellos.
Y antes de que los juzguemos con demasiada severidad, debemos recordar que la
crueldad y la destrucción absoluta de nuestra propia especie ha recaído no solo
sobre animales, como el extinguido dodo y el diezmado bisonte, sino también
sobre razas humanas inferiores. Los tasmanios, que pese a su apariencia humana,
fueron enteramente barridos de la existencia en una guerra de exterminio llevada
a cabo por los emigrantes europeos en un intervalo de cincuenta años. ¿Somos
unos apóstoles de la piedad tan grandes como para poder quejarnos de que los
marcianos lucharan con este mismo espíritu?
Parece que los marcianos calcularon su descenso con una
sorprendente sutileza —sus conocimientos matemáticos son
evidentemente muy superiores a los nuestros— y llevaron a cabo
sus preparativos con una unanimidad perfectamente sincronizada.
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Si nuestros instrumentos nos lo hubieran permitido, hubiéramos
podido detectar la inminente desgracia mucho tiempo antes de
finalizar el siglo XIX. Hombres como Schiaparelli observaban el
planeta rojo —resulta curioso, por cierto, que durante incontables
centurias Marte haya sido el planeta de la guerra—, pero fracasó
a la hora de interpretar las fluctuantes apariencias de señales
que tan bien cartografió. Por aquel entonces, los marcianos
debían de estar preparándose.
Wells, H. (1999). La guerra de los mundos. Madrid: Unidad Editorial. (Adaptación)
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