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A ño'. ¡V—Núm.

45 Junio: 1907

ds Jíisioria. y fiirtiigiísda.des
ORGANO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
—-- <------------- ---
Director, PEDRO M. IBAÍTEZ

Bogotá. — República de Colombia

APUNTAMIENTOS DE VIAJES
(Continuación).

Recuerdos d.e leus caxxxpsiñ.ais d.e 1860 y 1861

El 8 de Mayo de 1860 expidió el General Mosquera,


Gobernador del Estado del Cauca, un decreto en que declaraba
separada aquella parte del resto de la Confederación (1), con­
sumando con él la obra que de tiempo atrás lo traía ocu­
pado, de derribar el Gobierno de D. Mariano Ospina; su rival
en las elecciones para Presidente de la República, y según
se decía, su enemigo personal de años anteriores (2). A este
atentado se agregaban las conspiraciones de los Estados de
Bolívar, el Magdalena y Santander, que tuvieron el mismo
objeto y obligaron al Gobierno general á hacer uso de la
fuerza para sujetarlos y hacer cumplir en ellos la Constitu­
ción y leyes de la Confederación. En todos se alegó por prin­
cipal pretexto para la revolución la ley que por entonces se
dio sobre elecciones, la que á decir verdad parecía redactada
por un partido exaltado para afianzar su preponderancia en
el país. No me creo juez competente para criticar la ley ;
pero según el sentir de hombres imparciales y pensadores,
habría sido mucho mejor no haberla sancionado ó haberla
modificado al gusto de los que gritaban contra ella, que ex­
poner el país á las calamidades de una guerra desastrosa. A
muchos ciudadanos honrados les oí decir que sería fácil con-

(ij Véase el decreto en la Gaceta Oficial de 5 de Junio número 2529.


(2) En la Gaceta Oficial de II de Abril de 1860, número 2503, hay un in­
forme muy interesante sobre esto, y en la del 26 de Junio, número 2532, se en­
cuentra la alocución del Presidente.
En la Gaceta Oficial de 23 de Julio, número 2537, se, registra el juicio crí­
tico que sobre la revolución del Cauca escribió el Sr. Obaldía.
iv—33
5*4 Boletín de Historia y Antigüedades

jurar la tempestad cuando estaba amenazando, y aun creo


que por la imprenta se trató de eso; pero el Gobierno opinó
lo contrario, y la revolución conmovió hasta los últimos ci­
mientos de la República.
Organizáronse entonces dos Ejércitos, uno llamado del
Norte, que tuvo la fortuna de concluir la pacificación de la
parte de la Nación á que fue destinado, en una corta aunque
trabajosa campaña que terminó con la batalla del Oratorio, el
16 de Agosto de 1860; y otro del Sur, que fue destinado á
pacificar el Cauca, aunque no constaba al principio sino de
unos setecientos hombres mal armados, y de las fuerzas que
deberían formarse en Antioquia y en los pueblos del Cauca
que no quisieran sujetarse al nuevo sistema de cosas estable­
cido por Mosquera. El General París fue elegido para hacer
la campaña por ese lado, y se le hizo salir de Bogotá con sus
dos batalloncitos, previniéndole terminantemente que no in­
tentara operación ninguna sobre el Cauca, á no ser en el caso
(que se esperaba) de la defección de un Jefe (Obando), ó en
el del alzamiento simultáneo de los pueblos á favor del Go­
bierno general, debiendo limitar su acción á mantener inco­
municado al Cauca con el Estado de Cundinamarca (1). El
General París emprendió su marcha el 2 de Junio, y aunque
desde meses anteriores era yo su Ayudante de campo Se­
cretario, no pude acompañarlo por grave enfermedad de mi
esposa. Mi salida se efectuó el 18 de Julio siguiente, al tiem­
po que el pequeño Ejército se movía de Ibagué con el objeto
de abrir operaciones sobre La Plata, ciudad del Estado de
Cundinamarca que se había sublevado apoyada por las fuer­
zas rebeldes del Cauca. Me incorporé al cuartel general en
Paicol, y seguí con la expedición, lleno de ilusiones y sin pre­
ver la multitud de sufrimientos que me estaban reservados.
Mi viaje hasta ese pueblo había sido triste y molesto, porque
tuve que emprenderlo á pesar de la licencia indefinida que se
me había conferido por el General Herrán, Jefe de los dos Ejér­
citos, de las instancias que se me hicieron para que me que­
dara encargado de una Compañía de artillería ó del Parque,
y del estado todavía alarmante de mi esposa, impelido por las
repetidas instancias del General París y por sus continuas que­
jas contra los que me habían sucedido en mi destino. Morti­
ficado estuve también con la compañía que forzosamente

(1) Estas instrucciones fueron comunicadas por triplicado al General París


por el Jefe de Estado Mayor general de los Ejércitos, que lo era entonces el Ge­
neral José María Ortega, y de su propio puño y letra conservo dos ejemplares
en el archivo de la Comandancia en Jefe del Ejército del Sur, que quedó en Pai­
col y que algún día recibiré.
Apuntamientos de viaje 515

hube de aceptar de un tal Ricardo Olaechea, hombre obs­


curo y falto de educación, que acababa de ser reinscrito en la
lista militar como Capitán, y cuyos principios políticos habían
cambiado como el tiempo, habiendo sido Ayudante de cam­
po del General Herrán en 1840, entusiasta defensor de López
en 1850, acalorado melista en 1854, y según decíaahora, conser­
vador neto en 1860. Su fatuidad exagerada la fundaba en
haber recibido unas pocas lecciones de matemáticas y en ha­
ber dado unas cuantas de música y baile. El había consegui­
do licencia del General París para venir desde Ibagué á reci­
bir un piano que había encargado al Extranjero ; pero luego
que supo que yo me iba acompañado de un Sr. Miguel Ro­
dríguez, hombre obsequioso y campechano, resolvió irse,
aunque sin convite de nuestra parte, y dejarse obsequiar y
regalar con toda la coquetería y melindre de una muchacha
agasajada del mundo. Mucho tuve que deplorar este acom­
pañamiento, y mil veces he sentido no haber tenido bastante
valor para obligar á este hombre á irse solo como había
venido.
Componíanse nuestras fuerzas: del Batallón número 3?,
con 320 plazas; el Batallón número 5.0, con 280; una Compa­
ñía de artillería, con 90; otra de gente del Cauca con 100, y
por último un piquete de caballería que había organizado en
Neiva el General Buitrago, constante de unos veinte hombres
de aquellos formalotes, juiciosos y de carácter inofensivo
que distingue á los conservadores en todos los pueblos. Por
una fatalidad inexplicable, el primero de estos Cuerpos, que
era formado de indios fuertes y vigorosos de los pueblos de
Tunja, estaba tan mal armado, que el General París no se
atrevió á permitir que hicieran algunos tiros en instrucción por
temor de que los fusiles se acabaran de dañar, pues eran de
los que los españoles habían traído el año de 1814, que se ha
bían puesto en mano á pesar de su inutilidad. Los otros Cuer­
pos tenían buenas armas, pero el personal de que se componían
era malísimo, sobre todo el del Batallón número 5? Así es
qye la expedición sobre La Plata era atrevidísima, mayor­
mente siendo los sublevados casi iguales en número y ocu­
pando posiciones tan ventajosas como las que tenían.
La ciudad de La Plata está edificada en un bonito valle
formado por dos ramales de la cordillera central que corren
casi paralelos de Sur á Norte, y cortado por dos torrentosos
ríos, uno que lleva el mismo nombre que la ciudad y viene
en la dirección de la cordillera, y otro que baja de los neva­
dos páramos del Huila y corre de Occidente a Oriente. Es­
tos dos ríos servían de líneas de defensa á los sublevados;
J/6 Boletín de Historia y Antigüedades

y como la planicie que encierran es mucho más elevada que


la de los contornos, y las tarabitas y cabuyas por donde podía
pasarse habían sido destruidas, la operación era dificultosí­
sima, y sólo la pericia del General París pudo contrarrestar
la enormidad de los obstáculos y peligros que fue preciso
vencer.
El ataque se dispuso de la siguiente manera : el Bata­
llón número 5.0 pasaría por Nátaga y Coetando hasta el ca­
mino público que va á Popayán, y cerraría aquella vía qui­
tando la retirada al enemigo. La Compañía de caucanos, al
mando de un tal Barrada, que había sido recomendado por
hombres notables de Popayán como un atrevido guerrero,
debía llamar la atención de los rebeldes por Potrerillo, ama­
gando pasar por la tarabita de Los Cauchos é impidiendo
que éstos fugaran por aquella vía. La artillería (con las
dos piezas de montaña) debía amagar desde una colina que
domina la ciudad, cañoneando las trincheras con que estaba
guarnecida; y mientras tanto el Batallón número 3? forzaría
cualquiera de los pasos del río La Plata, y saldría al llano á
proteger el paso de los otros Cuerpos. La operación era tar­
día y peligrosa, puesto que se necesitaba que algunos nada­
dores atravesaran aquellos torrentes impetuosos y fijaran en
la orilla las cuerdas que podían sostener el gancho en que
pudieran pasar nuestros soldados uno á uno. Si el enemigo
se obstinaba en la defensa de los pocos puntos por donde era
posible la colocación de tarabitas, el paso podía llegar á ser
impracticable para nosotros. Con el plan adoptado por el
experto General París se preveían todas las dificultades, por­
que si el enemigo se acobardaba al verse casi circundado por
nuestras fuerzas, el paso de los ríos podía verificarse sin mucho
peligro ; y si resistía tenazmente á la colocación de las tarabi­
tas, el Batallón número 5.0 intentaría un ataque serio por la
retaguardia, y el triunfo de nuestras armas era casi seguro.
Poco faltó, sin embargo, para que el éxito nos fuera desfavo­
rable, tan sólo por una equivocación bien común en este país.
Los prácticos que debían dirigir la marcha del 5.°de los can­
canos se cambiaron, de manera que aquél salió á Potrerillo y
éstos á Coetando, en donde fueron atacados por un pobre
indio que llevaba tres perros, lo cual bastó para que se pusie­
ran en vergonzosa fuga y se dispersaran llenos de temor.
Mientras tanto el General París con sus Ayudantes de
Campo y los Sres. Rufino Vega y Rafael Escallón fue á
hacer un reconocimiento, y habiéndose adelantado algún tan­
to por la ribera derecha del rio La Plata, dio con una embos­
cada del enemigo, que hizo fuego sobre el grupo, aunque
Apuntamientos de viaje

afortunadamente sin resultado, y esta circunstancia dio mo­


tivo á que se precipitaran nuestros oficiales y trabaran el
combate.
Así pasó el día i.° de Agosto, sin otra cosa notable que
la llegada de una carta de Mosquera para el General París, en
que le contaba que tenía un Ejército lucido de más de seis
mil hombres y le indicaba, aunque indirectamente, que no le
ayudara al Gobierno porque éste caería infaliblemente. El
General París me Hamo aparte y me dijo : < Guerra, guarda
tú esa carta sin que la vea nadie más que el Dr. Vega ; y
con el mayor sigilo escríbele al Dr. Angel María Céspedes,
que según dicen es el Jefe de los sublevados, diciéndole que
sé que por su conducto vino esa carta de Mosquera, y que le
suplico le haga saber á éste que aun cuando tengo muchos
deseos de contestarla, he resuelto no hacerlo hasta que éntre
á la Plata. Esto servirá, continuó el General, de bastan­
te aviso á los conjurados de que estoy resuelto á entrar á la
ciudad cueste lo que costare.=
No bien había principiado mi tarea, cuando se me acer­
caron varios señores, y con tono imperioso me preguntaron
qué decía la carta de Mosquera.
—No la he leído, contesté tapando con disimulo la parte
de papel escrito que por delante tenía.
—¿ Y qué piensa contestar el General ?
—Nada me ha dicho sobre eso, repuse yo algún tanto
admirado de la curiosidad de aquellos hombres.
—¿ Qué está usted escribiendo ahora ? continuó otro
de los expresados.
—Tampoco sé nada de eso, contesté un poco picado.
—¿Cómo dice usted eso, señor! ¿ignora usted que cuanto
tiene relación con las cosas públicas debe comunicársenos y que
estamos bien impuestos de todo lo que hemos preguntado ?
¿Cree usted que á nosotros puede ocultársenos algo de lo que
aquí pasa ?
—Señor, le dije con la mayor calma ; si ustedes saben
todo y nada puede ocultárseles, es en vano que hayan venido
á preguntármelo; y en cuanto al derecho que tengan para
imponerse de todo, podrán ejercerlo dirigiendo su interroga­
torio al General y no á mí, que soy Secretario, es decir, guar­
dador de secreto.
Esta contestación los llenó de rabia y despecho, y no
faltó quien oyera los juramentos de venganza que hicieron
contra mí.
Dirigiéronse al General, y con voz meliflua le dijeron:
Boletín de Historia y Antigüedades

—Se corre en el campamento que usted ha recibido una


carta de Mosquera.
—Es extraño, les contestó aquél, que se corra tal cosa no
habiendo visto nadie esa carta.
—Deseamos verla, dijo alguno con especial arrogancia.
El General, con santa paciencia, me pidió la carta y sé la
entregó; y cogiéndome luégo aparte me dijo :
—Estos señores me van á volver loco: mandólos el Gobier­
no para que me ayudaran con su influjo para adquirir relaciones
y noticias en el Cauca; pero en realidad sólo han servido
para fiscalizarme, expiando hasta mis más pequeños actos y
criticando cuanto hago y digo, desprestigiándome y hacién­
dome una guerra sorda y tenaz, porque para ellos yo mismo
soy sospechoso. Ellos forman una camarilla á imitación de la
Commision de sanitéque la República francesa ponía al lado de
sus Generales, y como ella, concluirán por precipitarme y
perderme. Esa carta de Mosquera ya la habían leído ellos,
porque el que la trajo, que fue el Capitán Bejarano, mi Ayu­
dante de Campo, la abrió en el camino, según me han ase­
gurado los Sres. Melitón Cabrera y Juan Miguel Barrera; y
lo mismo ha sucedido con cuantos papeles vienen para mí,
pues hasta las cartas de mi hija las leen, las comentan y les
sirven de apoyo para hacer las más injuriosas deducciones.
Mi honor, como el de la mujer de César, debía estar libre has­
ta de la calumnia; pero esos hombres no respetan nada, y mi
espíritu desfallece ante esta serie de sospechas, exigencias y
exageraciones de toda especie con que me atormentan y afli­
gen sin descanso.
Otras muchas quejas exhaló el General respecto de la
conducta de aquellos señores, que más tarde me hicieron
comprender hasta dónde habían extendido su círculo de
acción y su ingerencia en las operaciones. Algún día se co­
nocerá de cuántas desgracias son responsables ellos y el Go­
bierno que los autorizaba y animaba.
Desde el amanecer del día 2 volvieron nuestros solda­
dos al combate sin haber conseguido desalojar al enemigo de
ninguna de sus posiciones, hasta que cerca de las once llegó
el Batallón número 5.0 á la margen izquierda del río Páez y
dio algunos tiros hacia la confluencia de aquél con el de La
Plata. Los rebeldes abandonaron ese punto, pero reforzaron
los otros y aun amagaron hacer una salida contra la artillería,
operación que les habría dado mil ventajas. Entrada la no­
che se consiguió poner una tarabita en La Lindosa, por la
cual pasaron cien hombres en doce horas. El 3 á las once del
día dio orden el General de que los que habían pasado sa­
Apuntamientos de viaje 519

lieran á la planicie y tomaran posiciones detrás de una cerca


de piedra, lo cual se ejecutó en buen orden, desalojando al
enemigo de un grande espacio de terreno y cogiéndole algu­
nos prisioneros. El resto del día se empleó en pasar el Bata­
llón número 5.0 por la tarabita del Caucho, que se había res­
tablecido con la protección que le dio la parte del 3.0 que se
hallaba en el llano.
Al amanecer del 4 el enemigo huyó, dejándonos el campo
con muchos heridos y muertos (1): y aunque se cogieron más
de cien prisioneros, no fue el triunfo tan completo ni produjo
los buenos resultados que eran de esperarse, porque la ma­
yor parte de los sublevados pudo salvarse por el camino de
Popayán, que había quedado libre por la cobardía de los que
iban á órdenes del distinguido guerrero Barrada. No obstan­
te esto, los indios de Tierradentro, que habían tomado parte
en la revolución, solicitaron por conducto del Padre Gámez,
Cura de Inzá,.una amnistía del General París, la cual les fue
concedida á condición de que entregaran las armas (2). Si el
decreto expedido con tal fin hubiera tenido su curso natural,
muchos males se habrían evitado; pero la mala estrella que
nos perseguía en aquella campaña hizo que al Sr. Dr. Manuel
José González le pareciera que < en todas circunstancias era
mejor castigar que perdonar,= y usó de su influencia con el
Padre Gámez para que mantuviera en su poder el indulto y
no le diera curso (3). Pasados algunos días, averiguaba el Ge­
neral el motivo del silencio de los indios, y entonces se obligó
al Cura de Inzá á que les escribiera diciéndoles que ya tenía
el decreto de indulto en su poder y esperaba que fueran por
él. Los indios contestaron con insolencia < que no querían
ser víctimas de la perfidia de los conservadores, como lo ha­
bían sido Ibito y Guainás en 1841 y 1855 ; que ya no querían
.sujetarse, porque no se les había contestado sino cuando las
tropas del Gobierno habían ido hasta Inzá, y que estaban
resueltos á morir peleando antes que caer en la red que se
les tendía.= Esta contestación admiró tanto más al General
cuanto que no comprendía el motivo de la variación de los
indios; pero cuando supo que éstos tenían razón para juzgar
mal de nosotros, ya por no habérseles contestado á tiempo,

(1) Véase el parte oficial en la Gaceta de 14 de Agosto de 1860, número


2453* j
(2) El General París participó este hecho al Gobierno, según puede verse
en la Gaceta número 2544.
(3) Por súplicas de este mismo Padre, y á virtud de la promesa que hizo ú
nombre de los indios de deponer y entregar las armas, fne por lo que se dio el
indulto. La carta publicada sin firma en la Gaceta numero 2544 ®s suya.
520 Boletín de Historia y A ntigüedades

como por exigírseles que fueran á recibir el perdón en medio


de nuestras tropas, no pudo menos que exclamar: < Estos
señores (refiriéndose á los de la camarilla) están sedientos
de sangre y se figuran que con los elementos que aquí tene­
mos pueden saciar sus odios hasta en los últimos ángulos de
la tierra, sin prever que si los indios de Tierradentro se po­
nen en armas, no podremos dar un paso adelante y la guerra
se hará interminable. Mucho mejor habría sido atraer á los
habitantes de ese territorio, que tratar de castigar su primer
extravío echándonoslos de enemigos. Dificulto mucho que la
campaña pueda continuar bajo buenos auspicios, puesto que
debemos combatir contra dos mil ó más enemigos que se le­
vantarán de las breñas del otro lado del Ullucos.= Después
veremos cómo se realizaron estas predicciones del viejo ve­
terano.
Tengo que volver un poco atrás, porque me he propues­
to apuntar las dificultades con que tuvo que tropezar el Ge­
neral París en esta campaña y los tormentos de que fue presa
su noble y delicado corazón.
La entrada de nuestras tropas á La Plata fue seguida de
algunos desórdenes muy naturales en una población aban­
donada de sus habitantes. Muchas puertas se rompieron
á pretexto de tomar cuarteles, á pretexto también de prepa­
rarlos; muchos muebles y útiles de familia cayeron en poder
de los soldados. Embriagáronse algunos con los licores que
encontraron y que les cayeron en sus vacíos estómagos debili­
tados con el ayuno de tres días, y armaron trifulcas de las
que salieron heridas algunas personas notables, como el Cape­
llán de la tropa, que recibió dos rasguños del sable de un
neivano llamado Antonio Duque, por no sé qué cuestión.
Aunque los habitantes eran casi en su totalidad pobres, no
faltó quien reclamara unas joyas de muchísimo valor, si se ha
de juzgar de ellas por las cajitas que las contenían, que fue­
ron extraídas de unos baúles que había en la iglesia parro­
quial, por un Jefe, L. G., según se dijo; y aunque á decir
verdad la declaración del honrado joven Juan Antonio Bo-
rrero hacía alejar mucho las sospechas, después se aseguró
que en el equipaje del tal Jefe se habían encontrado las ca­
sullas valiosas de la referida iglesia. A un Oficial, M. L., lo
encontró el General robando hasta los cerdos de una estan­
cia. Muchos fueron los desórdenes que se cometieron, y me
atrevo á creer que algunos de ellos se habrían evitado si los
empleados del Estado Mayor hubieran cumplido sus debe­
res ; pero en esa Oficina nada se hacía, sino escribiendo ofi­
cios^ cuando éstos pasaban de cierto número, ó no se po­
Apuntamientos de viaje 521

nían, ó los clamores llegaban hasta el cielo. El General París


tenía que verlo y hacerlo todo, y no era posible exigir que lo
arreglara en un momento dado.
Al día siguiente reclamaron del General los de la Commi-
siott de sanité que le pusiera un posta al Coronel Jacinto Cór­
doba, que obraba hacia el sur de Popayán, ofreciéndole que
dentro de doce ó quince días se movería la División sobre el
centro del Estado del Cauca, anunciándole que el triunfo de
nuestras armas sería completo. Esta promesa, hecha incon­
sultamente y sólo por salir de las repetidas instancias que se
le hicieron, nos trajo como era natural mil comprometimientos y
disgustos que después referiré.
A solicitud de uno de nuestros oficiales (Antonio Castri-
llón) el General tomó para su habitación la casa de la Sra. Mi­
caela Obando, mujer del Dr. Angel M. Céspedes, tan sólo
para salvarla del pillaje de la tropa. La circunstancia de ser
aquella señora hija del General Obando y mujer de uno de
los jefes revolucionarios, fue otra fuente de disgustos para el
General París, que parecía destinado por la Providencia á ex­
piar en esta campaña todos los pecados que hubiera podido
cometer durante su vida.
La noticia de nuestro triunfo en La Plata entusiasmó á
los que habían sido oprimidos por la revolución, y del pue­
blo de Inzá le dirigieron al General dos manifestaciones, una
del Cura (Padre Gámez) y otra del Sr. Camilo González, ofre­
ciendo á nombre de los vecinos cooperación en la obra de
tranquilizar el país, y pidiendo auxilio de hombres y ar­
mas (i). Mucho agradeció el General esta oferta; pero pensó
con justicia que tanto para ellos como para nosotros era me­
jor que los habitantes de Inzá permanecieran quietos y pací­
ficos para no llamar la atención de los rebeldes ; prestándo­
nos mientras tanto el importante servicio de transmitirnos al­
gunas noticias del Cauca del que nada, absolutamente sa­
bíamos. Los de la camarilla se alborotaron con aquella juiciosa
idea y creyeron descubrir una trama infernal de que el más
leal de los granadinos hacía parte, para dejar á los cauca-
nos sumergidos en la desgracia de que eran víctimas. La exa­
geración con que juzgaban de todo y la impaciencia con que
ansiaban ver el día de las represalias les impedía ver aun en
medio de la claridad, y los arrastraba al mayor de los críme­
nes, á la más inicua de todas las infamias, cual era suponer

(i) Véanse estos documentos en la Gaceta Oficial de 18 de Agosto, núme


ro 2544.
5*2 Boletín de Historia y Antigüedades

al General París tan innoble como lo eran ellos, y tan falto de


juicio que al fin de una carrera de cincuenta años de gloria
quisiera manchar su nombre sin objeto y sin causa. Habla­
ron, predicaron é instaron con tanta tenacidad que al fin con­
siguieron que se mandara á Inzá una parte de nuestras fuer­
zas, á pesar de la seguridad con que el General les anunciaba
nuestra pérdida.
Algunos días antes de dar este paso falso, y cuando se
descubría en los corrillos la conveniencia de este movimiento,
se presentaron en la casa del General los Sres. Manuel José
González, Sergio Arboleda, Miguel Arroyo, Carlos y Prós­
pero Salcedo, Saturnino Ordóñez y Gabriel Arboleda, con el
objeto—según tuvieron á bien informarme—de comprobarle
al General que la medida indicada era buena. El General aca­
baba de dormirse después de haber sufrido algunas horas de
un doloroso ataque al estómago, y con ese motivo tuve que
hacer los honores de la casa. Más me hubiera valido haber
pasado por descortés y dejádolos solos, pues me acabé de
perder en concepto de ellos, y sus venganzas me han hecho
sufrir mucho.
La toma ó posesión de Inzá era, según decían, un paso de
grande importancia, primero, porque al ver los pueblos que el
Ejército apoyaba su pronunciamiento se animarían á seguir
su ejemplo; segundo, porque mientras más nos acercáramos á
Mosquera, mayores y más frecuentes serían las noticias que
tendríamos de éste, y tercero, porque al ver el enemigo
que nos acercábamos, se aumentaría el terror y desaliento en
que debía haber caído por nuestra entrada á La Plata.
Yo les contesté : primero, que el Ejército podría dar pro­
tección á los pueblos cuando fuera tan numeroso que aun divi­
diéndose quedara fuerte; pero que siendo tan reducido como
el nuéstro, no podía diseminarse sin grave peligro de perderse;
segundo, que para adquirir noticias del Cauca lo mismo está­
bamos en La Plata que más allá, pues lo único que adelantarían
los que estuvieran en Inzá era el obtenerlas unas pocas horas
antes, sin que esto pudiera servirnos en ningún evento, puesto
que habían de esperar siempre á que el grueso de la gente se
moviera desde La Plata; tercero, que no era de presumirse que
el enemigo estuviera aterrado por nuestro triunfo, cuando
había salvado casi toda su fuerza, con su parque, sus Jefes,
etc Que además de esto, con la ocupación de Inzá íbamos á
provocar á los de Tierradentro á que nos cogieran la gente
que mandáramos, y aun á las mismas tropas del Cauca les
proporcionaríamos la oportunidad de darnos una sorpresa sin
que nos fuera posible auxiliar nuestra vanguardia, por la gran
Apuntamientos de viaje 533

distancia que nos separaría. Que no estando ocupado por el


enemigo el pueblo de Inzá, no necesitaba auxilio de fuerza
armada, siendo por el contrario una calamidad para él que la
tropa fuera á su territorio; y que así, ni aun por hacerle fa­
vor sería excusable que fuéramos á dividir las pocas fuerzas
con que contábamos. Les supliqué que observaran los fusiles
del Batallón número 3? y vieran que en los tres días de com­
bate se habían dañado todos; que visitaran el parque y con­
taran las municiones que teníamos, las cuales no alcanzaban
para alimentar un tiroteo de tres horas; que recordaran
que teníamos ciento veinte hombres menos, por haberse dis­
persado la Compañía de caucanos y regresado el piquete de
caballería á Neiva, y en fin, les hice otras reflexiones tan jus­
tas que no tuvieron qué contestar, y el Sr. Sergio Arboleda
repuso: <¿Sabe usted lo que nos tiene digustados ? es el
pensar que el General está remiso en mandar esa partida, no
porque el movimiento sea tan malo, sino por tener instruc­
ciones reservadas para no moverse.= Querría decir—repuse
yo—que hay dos argumentos en contra de la opinión de uste­
des, á saber: que el movimiento es pésimo y que contraría
las instrucciones que tenga el General. De estas palabras tan
sencillas y naturales se sacó después material suficiente para
calumniarmede unmodoatroz por la imprenta, diciendo queyo
había confesado que el General Herrán me había dado ins­
trucciones reservadas para que el General París no hiciera
movimiento alguno contra Mosquera.
El General Herrán, no como yerno de Mosquera sino
como General en Jefe de los dos Ejércitos, le dio instrucciones
al General París, por conducto del Estado Mayor general, y
eran reservadas estas instrucciones porque así lo son todas
las que se dan á los Jefes de operaciones. Nada habría tenido
de raro que por conducto mío ó de cualquiera otro’ Ayudan­
te de campo le hubiera comunicado algunas órdenes; pero
tan lejos estuvo de querer hacerlo conmigo, que cuando dicho
General se fue para la campaña del Norte yo quedé aquí ha­
ciendo uso de la licencia indefinida que él mismo me había
concedido, y que en vez de querer que yo me fuera al Sur,
le suplicó al Dr. Juan Antonio Pardo que me colocara aquí en
la artillería y en el parque. En la Gaceta Oficial de 3 de Ju­
lio, número 2533, está la proclama que dio el General Herrán
el día que emprendió su marcha al Norte, y en la Comandancia
general de la plaza, en el libro de pasaportes, está el que me
dieron para marchar al Sur el 17 de Julio, es decir, catorce
días después de haberse ¡do el General Herrán; y no es
creíble que se me permitiera una detención indefinida cuando
524 Boletín de Historia y Antigüedades

se me daban instrucciones que debían cumplirse en el acto.


Pero hay más todavía. Suponiendo que el General Herrán
me diera esas instrucciones, el hecho es que yo jamás usé de
mi supuesta influencia con el General París, y la prueba es
que á pesar de mis convicciones y de los motivos que tenía
en contra del movimiento sobre Inzá, la ocupación se llevó
á efecto, y las consecuencias cayeron de lleno sobre la Repú­
blica, sin que yo me hubiera atrevido nunca á expresar mi
concepto en lo relativo á operaciones militares cuando ha­
blaba con el General París, porque la veneración y respeto
que ese noble y viejo soldado me inspiraba me hacían enmu­
decer. Jamás le dije mi modo de pensar en lo que tenía re­
lación con estrategia y táctica, y á muchas personas les dijo el
General que esta reserva mía era el único cargo que tenía
contra mí. En El Porvenir número ioo publiqué una carta
que me escribió sobre estos acontecimientos con motivo de
Jas calumnias de los miembros honrados del Carica, como ellos
mismos tenían la modestia de llamarse.
El 9 de Agosto á las cuatro de la tarde salió de La Plata
la partida que debía ocupar á Inzá, á órdenes del Teniente
Coronel Severo Rueda, compuesta de 50 hombres que ser­
vían de base para la reunión de los 300 que ofrecían sacar
de aquel miserable pueblo. No se habían pasado cuatro días
cuando comenzaron á realizarse mis pronósticos, pues los in­
dios de Tierradentro, ofendidos como estaban por el modo
como se les había contestado á la solicitud que hicieron sobre
indulto por sus comprometimientos políticos, atacaron á los
de la guarnición de Inzá, que se defendieron valerosamente,
pero pidieron auxilio porque no se creyeron capaces de re­
sistir á los centenares de indios que estaban en armas. Man­
dáronse cien hombres más con órdenes de estarse á la defen­
siva y avisar lo que sucediera. A los pocos días un vecino
del Pedregal avisó que los indios habían cortado la comuni­
cación entre Inzá y La Plata, habiéndose apoderado del puen­
te de Rionegro. Mandóse otra partida de cien hombres á
desalojar á los indios de aquel punto y á guardarle contra sus
intentos. Repitiéronse los ataques y la interposición de
los enemigos en nuestra línea, y al fin del mes toda nuestra
fuerza se encontró diseminada en una extensión de más de
diez leguas, vigilando día y noche los movimientos de los
que pocos días antes habían querido ser nuestros amigos, y
ahora eran nuestros más encarnizados enemigos, gracias á la
política de la Commision de sanité.
Teníamos tropa en La Ceja, en Malvasá, en Yaquivá, en
Inzá, en Viborá, en Rionegro, en La Manga, en el Pedre-

• <
Apuntamientos de viaje

gal, en Patino, en Las Laderas, en Los Cauchos y en La


Plata. Una línea tan extensa guardada por unos 700 hom­
bres no podía sostenerse, y no era fácil ni prudente reducirla.
Los de La Ceja debían impedir que las tropas del Cauca
situadas en Gabriel López vinieran por el camino de Turmi-
ná y se interpusieran en Topa ó atacaran El Pedregal por
retaguardia.
Los de Malvasá y Yaquivá guardaban la espalda de los
de La Ceja, impidiendo que los indios los atacaran por ese
punto.
Los de Jjizá ligaban á los anteriores con el resto del
Ejército. Los de Víbora, Rionegro, etc. guardaban los pasos
de los ríos para no ser cortados por los indios.
Los de La Plata mantenían expedita la comunicación
con Bogotá, que habría sido interceptada por Potrerillo con
sójp pasar unos pocos hombres á La Lindosa.
La guerra que nos hacían los indios era tenaz y fatiga­
dora. Baste saber que esta es la famosa tribu de los paeces,
tan temida de los españoles, que derrotó á las tropas man-
madas por Pedro Añasco y por Juan de Ampudia en 1540;
que resistió á la conquista intentada por los misioneros jesuí­
tas en 1620, y que no comenzó á rendirse hasta el año de
1634, para calcular lo que serán ahora que tienen y manejan
con primor las armas de fuego, que están disciplinados y son
dirigidos por jefes expertos. El terreno en que maniobraban
era por otra parte sumamente favorable á sus empresas, pues
la multitud de cerros y colinas de que se compone son como
los bastidores de un inmenso teatro en donde aparecían y se
ocultaban con increíble celeridad. Nuestros soldados desfa­
llecían de fatiga recorriendo en dos ó más horas las escarpa­
das pendientes que los indios atravesaban en pocos minutos;
y ni aun los más atrevidos se aventuraban á entrar en mu­
chos de los desfiladeros que para aquellas hordas eran cami­
nos transitables.
En tan angustiosa situación, el General se resolvió a
acceder á las repetidas instancias de la camarilla para qüe
siguiéramos al Cauca, y dispuso la marcha para el i.° de
Septiembre, á pesar de que conocía que la División era per­
dida. <Moriremes á manos de los blancos—decía el General,—
pero evitaremos la humillación de ser derrotados por estos
semisalvajes.= Por fortuna (ó no sé si sería por desgracia) el
29 de Agosto llegó un posta despachado por el Poder Eje­
cutivo desde San Gil, con comunicaciones en que nos ofrecía
para dentro de pocos días un refuerzo de dos mil hombres, y
526 Boletín de Historia y Antigüedades

volvía á encargar que no se comprometiera paso serio ó de­


cisivo de ninguna especie (1). Difirióse por supuesto la
marcha, con gran sentimiento de los que creían que era fácil
el triunfo sobre Mosquera.
Si hubiéramos tenido noticias seguras del interior del
Cauca, el movimiento se habría ejecutado y quizá con muy
buen éxito, porque á la sazón Mosquera se había dirigido
con casi todo su ejército contra las fuerzas de Antioquia si­
tuadas en Manizales, dejando en Popayán á Obando con
unos ochocientos ó mil hombres, á quienes tal vez habríamos
batido, porque su Jefe estaba enfermizo y desalentado. Pero
el terror que la revolución había sembrado en el Estado im­
pedía que nos llegaran avisos oportunos, y los pocos que nos
venían llegaban desfigurados y tergiversados á La Plata, por­
que al pasar por Inzá recibían pulimentos sustanciales de los
señores de la camarilla, que para aquella fecha habían trasla­
dado su habitación á dicho pueblo en virtud del pronuncia­
miento que hicieron contra el Gobierno de Mosquera, nom­
brando Gobernador provisorio al Dr. Manuel José González,
Secretario de Gobierno al Dr. Sergio Arboleda, Oficial ma­
yor al Dr. Carlos Salcedo, Jefe de Sección al Dr. Lisandro
Caicedo, etc. La primera noticia que tuvimos del movimiento
de Mosquera fue la que con fecha 24 de Agosto nos envió el
General Posada desde Manizales, en que nos decía que sus
avanzadas habían descubierto unos toldos enemigos en que
podrían caber hasta 300 hombres; pero que él mismo no
podía creer que Mosquera se resolviera á atacarlo, porque
las posiciones que ocupaba eran formidables. El aviso lo re­
cibimos el 8 de Septiembre, y antes de eso nada habíamos
sabido, á no ser las versiones más ó menos origínales, más ó
menos ridiculas que se hacían sobre unos papelitos que de
vez en cuando nos ponía la madre de un Sr. Elíseo Hurtado
desde Totoró, en los cuales nos decía siempre que Mosquera
estaba acosado por Córdoba, cuando éste nos escribía que no
tenía más que cien hombres con lanzas y ochenta con fusiles,
pero que no había un solo cartucho. Otra de las causas que
influyeron más poderosamente á impedir que nos vinieran
noticias del Cauca, fue la imprudencia de publicar en El Por­
venir, periódico semioficial, las primeras cartas que recibi­
mos, con expresión del nombre de las personas que las ha­
bían escrito, lo cual equivalía á denunciarlas como espías en
quienes Mosquera comenzó á castigar severamente su afecto

(1) La nota original está en el archivo de la Comandancia—Paicol.


Apuntamientos de viaje

al Gobierno. Desde entonces nadie se atrevió á escribir, á no


ser las personas menos competentes para juzgar de los hechos.
Mucho se ha criticado después la conducta del General,
pues todos han creído que la expedición al Cauca habría te­
nido buen éxito ; pero considérese la situación de aquel ex­
perto militar, pónganse en su lugar y tendrán que convenir
en que no era posible intentar el paso. En primer lugar, no
sabiéndose en dónde estaba Mosquera, poco importaba que
la guarnición de Popayán no pasara de 800 hombres, porque
al moverse podíamos ser atacados por el Jefe de los rebeldes,
ú Obando podía ser reforzado, y en ambos casos habríamos
sido destruidos en una operación que se habría calificado en
ese caso como aventurada y falta de juicio. En segundo lu­
gar, el movimiento en sí mismo era malo, pues al principiarlo
no más habríamos sido atacados por los indios por nuestra
retaguardia y por el flanco, y la División no era de aquellas
que pueden resistir á una carga como esa. Para conclusión, ni
nuestras armas, ni el reducido parque, ni muchos oficiales
daban garantías, pues ya he dicho el estado en que se halla­
ban aquéllas, los pocos tiros de fusil que teníamos, y la des­
moralización é indisciplina que se habían difundido en la tro­
pa. Y aun dado el caso de que con nuestros reducidos ele­
mentos hubiéramos podido triunfar de Obando y entrar á
Popayán, ¿quién nos aseguraba que Mosquera no volvería
contra nosotros, obligándonos á retirarnos para Pasto ? ¿ Cómo
habríamos podido resistir á su ejército, después de agotar
nuestros esfuerzos en la lucha con Obando ? ¿ No habría sido
una locura lanzarnos en una empresa desesperada después
de habernos ofrecido el Gobierno un refuerzo respetable y
pronto ? ¿ Cómo hubiera podido el General París contestar al
cargo que se le hiciera si el éxito de la empresa hubiera sido
adverso ?
La voz pública decía que Obando abandonaría á Mos­
quera y se pasaría al Gobierno, y el estado moral en que aquél
se hallaba parecía probar que esta sospecha era fundada; pero
tanto en este punto como en todos los demás de esta azarosa
campaña, la conducta del Gobierno acabó de perdernos.
El General París, fiel á la promesa que le había hecho
al Dr. Céspedes desde La Lindosa, le escribió al General
Mosquera y de paso lo hizo también al General Obando, par­
ticipándole que por salvar los bienes de su hija había elegido
su casa por habitación; que pensaba expedir un salvocon­
ducto á su yerno el Dr. Céspedes, y que deseaba saber de su
salud para avisarle á su señora que estaba en Guaduas muy
J28 Boletín de Historia y Antigüedades

afligida por sus comprometimientos en la revolución y suma­


mente escasa de recursos, porque aun cuando el Gobierno no
lo había borrado de la lista militar, había suspendido el pago
de su pensión mientras se reducían algún tanto los gastos de
la guerra.
La carta era en extremo cariñosa, y sólo por incidencia
tocaba la cuestión política, como para hacerle presente al
amigo descarriado que aún era tiempo de volver sobre sus
pasos y reconciliarse con el Gobierno, que ni aun lo había
borrado de entre los militares, y con el partido conservador
que no lo odiaba ni tenía animosidad contra él, como en
otros tiempos.
El portador de estas dos cartas fue el Sr. Juan B. Tru-
jillo, hombre muy conocido y relacionado en el Cauca, y se­
gún nos refirió, Obando parecía apesadumbrado de haber
coadyuvado las miras de Mosquera, pero se disculpaba con
sus'apuros pecuniarios, algún tanto remediados con unos
miles de pesos, que éste le había dado á cuenta de setenta
mil que le había ofrecido. Según opinaba Trujillo, una oferta
halagüeña de parte del Gobierno habría acabado de decidir
á Obando á abandonar la causa de su eterno enemigo y per­
seguidor.
El General le preguntó al Gobierno qué podía ofrecer á
Obando para ganárselo, y éste nunca contestó, aunque se re­
pitieron las notas oficiales y las cartas particulares á los miem­
bros del Ministerio, y sólo el Dr. Pardo escribió una vez
< que en su concepto nada podía ofrecerse á un criminal más
que el perdón, de acuerdo con el artículo 4.0 del Decreto de
4 de Junio de 1860, publicado en la Gaceta número 2529.=
Contestación que aunque revelaba mucha entereza, era poco
política y poco patriótica, pues en mi concepto el Gobierno
estaba en el deber de disminuir los males de la guerra sepa­
rando los medios de que ésta pudiera disponer, más bien que
aumentando el número de delincuentes á quienes castigar.
En esa época se pretendía por algunos políticos exagerados
llevar todas las cosas á sus extremos haciendo alarde de su­
jetarse á las consecuencias que pudieran resultar, lo cual les
mereció el nombre de conservadores de tuerca y tornillo.
La conducta observada con Obando fue una de sus más elo­
giadas concepciones, y no ellos sino el país tuvo que sufrir las
consecuencias de la parte activa que aquel hombre tomo en
la rebelión del Estado en que había conservado su prestigio
casi fanático.
Obandó y Mosquera se habían odiado en otros tiempos.
Apuntamientos de viaje 5*9

se habían hecho una guerra tan constante que en la Nueva


Granada estos dos hombres servían de término de compara­
ción cuando se hablaba de enemigos encarnizados. Nadie
podía dejar de creer que su actual unión se rompería á la
menor coyuntura que se les presentara, y nadie dudaba de
que Obando se pondría de parte del Gobierno legítimo, no
obstante que en todos los actos de su vida se había mostrado
enemigo de toda legitimidad, habiendo llegado hasta el ex-
mo de hacerse la revolución á sí mismo cuando estuvo en el
poder. Era sin embargo político el tratar de separar á estos
dos hombres, y si no se lograba atraer á Obando al buen
camino, se habría hecho cuando menos la ganancia de qui­
tarle á Mosquera el apoyo que tenía en el prestigio que el
nombre de aquél gozaba en el sur de la República. La con­
ducta del Gobierno es por lo mismo inexplicable en este
punto.
Ya he dicho que el 8 de Septiembre tuvimos la primera
noticia de que las tropas de Mosquera se acercaban al Estado
de Antioquia y que nadie creía fuera con el objeto de ata­
car á las que allí se habían organizado. Muchos individuos
pensaron que el Jefe de la revolución pretendía fugarse por
aquel punto; aunque no acertaban á explicar cómo y por dón­
de lo haría; pero se apoyaban en el dicho de la madre de Hur­
lado, de que Mosquera estaba acosado. Pero ni aun suponiendo
que así fuera podía disponerse nuestra marcha al Cauca, por­
que en aquellos días habíamos recibido la noticia de la con­
clusión de la guerra en el Norte, con la victoria del Oratorio,
y la de que las tropas del Gobierno volvían ya para Bogotá;
es decir, que el Gobierno estaba en disponibilidad de cum­
plir la promesa de auxiliarnos que nos había hecho desde San
Gil el 12 de Agosto, como tengo dicho.
Era además preciso saber á punto fijo cuál era el intento
de Mosquera, porque si se proponía invadir el Estado de
Cundinamarca por el Quindío, el General París tenía obliga­
ción de acudir á Ibagué á reforzar la partida que allí se había
dejado para impedir la comunicación con los rebeldes, según
las instrucciones de que he hecho mención.
Aguardámos pues, y el 10 por la noche recibimos el
posta que nos envió el General Posada participándonos la ba­
talla del 28 y la exponsión del 29. Por demás me parece co­
piar aquí este último acto, cuando se ha reproducido tantas
veces por la imprenta (1). Bastará saber que en todas partes
se levantó una voz unánime contra el convenio, y que nadie

(1) Véase la Gaceta de 12 de Septiembre, número 2548


iv—34
530 Boletín de Historia y Antigüedades

dejó de escandalizarse de que se hubiera entrado en arreglos


con los que el Gobierno había declarado criminales y á quienes
debía prenderse para sujetarlos á juicio. Hubo otras circuns­
tancias que contribuyeron á hacer mirar aquel paso del Ge­
neral Posada como indigno, y no será fuera del caso apun­
tarlas.
En el parte de la batalla explicaba el General Posada
todas las ventajas que había obtenido sobre los rebeldes,
á pesar de tener éstos una fuerza de 3,400 hombres y él
solamente la de 1,600, y daba por hecho que si la noche no
hubiera llegado, ó Mosquera hubiera atacado al día siguiente,
la victoria más completa habría puesto fin á la revolución
del Cauca ; lo cual hacía resaltar esta idea naturalmente :
si tan sencillo era el triunfo, ¿ para qué se negoció con
los rebeldes ? ¿ No era mucho mejor entregarlos á la justicia
que dejarlos con todo su poderío acabando de- desolar al
Cauca ? Decía Posada que la exponsión la había celebrado
por autorización especial del General Herrán y según las
instrucciones que había recibido de él, y esto le daba á
aquel acto un carácter de infidencia que chocaba con los
buenos sentimientos, pues parecía indudable que en esas ins­
trucciones y autorizaciones había figurado más el'yerno que­
riendo favorecer al suegro, que el General en Jefe haciendo lo
posible por salvar la Patria. Además, el General Pos ada, que no
tenía mando directo en las tropas, y sólo era Subjefe del Estado
Mayor general, no estaba facultado para celebrar ninguna
clase de tratados, y los ajustados en Manizales fueron tacha­
dos como ilegales. De modo que hasta los que no parecían
muy exaltados rechazaron la exponsión como un acto humi­
llante para el Gobierno, gravoso y pernicioso para el Cauca
y deshonroso para los Generales Herrán y Posada ; y llegó la
opinión á tal punto, que aquél perdió la candidatura para la
Presidencia de la República y éste el prestigio de que había
gozado como buen militar.
No he podido averiguar si el General Posada procedió
con autorización del General en Jefe ó por inspiración propia,
porque este último negó haber dado tales instrucciones, aun­
que cargó sobre sí toda la responsabilidad ; pero el hecho es
que la nota deque vengo hablando (1) contenía las frases
que complicaban al General Herrán, y concluía por indicar
que para el General París era obligatorio el convenio, siendo

(1) Esta nota se remitió original al Gobierno el 6 de Noviembre de 1860,


con oficio número 321, con el objetJ de que la Administración pudiera vindicarse
del cargo de falsificación que se le atribuyó. Véase la contestación del Secreta­
rio de Gobierno de fecha 19 del mismo mes, número 42.
Apuntamientos de viaje 53¡

por esto por lo que el posta pasó por el campamento de Mos­


quera y atravesó una parte del Estado del Cauca para que
llegara á nuestro campamento con más brevedad. El Gene­
ral París preguntó al Gobierno si debía sujetarse á aquel con­
venio ó si continuaba las operaciones, y hasta hoy no ha re­
cibido contestación ninguna oficial ni particular, pues el
Poder Ejecutivo no tuvo á bien aprobarlo ni improbarlo,
contentándose con decir al cabo de tres meses < que estaba
roto el armisticio y quebrantado el tratado por la conducta
de los sublevados.= Este silencio obstinado del Gobierno, y
el cuidado cqn que sus miembros ocultaron hasta su opinión
particular, admentaron los embarazos del General París, que
se veía atacado por los indios y no se atrevía á tomar la
iniciativa contra ellos por temor de poner al Gobierno en
mayores conflictos, complicando la situación del país.
Si la exponsión se hubiera aprobado, se habrían ahorra­
do muchos sufrimientos al país, pues el tiempo ha hecho ver
que sus estipulaciones no eran tan malas como al principio se
pensó. Mosquera se sujetaba al Gobierno general y reconocía
las leyes que había desconocido y desobedecido; daba in­
dulto á los que se habían alzado contra el Gobierno legítimo
del Cauca y garantizaba sus intereses; y en cambio recibía
para sí y para sus compañeros una amnistía del Gobierno ge­
neral. Equivalía todo estfk á confesarse vencido en la con­
tienda y casi á pedir perdón, lo cual no habría dejado de
atraerle el desprecio de sus copartidarios, que le obligaría á
salir del país ó cuando menos á abandonar la arena pública.
Los caucanos esquilmados por la revolución habrían dejado
de perder lo que con el transcurso del tiempo perdieron, y
con el descrédito de Mosquera habrían conseguido subir al
poder y reorganizar el Estado. Los sucesos posteriores hi­
cieron ver que Mosquera y su partido eran más fuertes de lo
que se pensaba; pero en el tiempo á que me refiero la exal­
tación de las pasiones nos hacía ver y concebir las cosas de muy
distinto modo, y hasta yo mismo participaba ya de la opi­
nión del Dr. González de que era mejor castigar al Jefe de la
revolución que humillarlo y perdonarlo después.
Tomó vigor y popularidad esta idea con la circunstancia
de haber propuesto Obando al General París que hicieran ex­
tensivas á sus ejércitos las estipulaciones de Manizales, pues
ellas nos manifestaban que los rebeldes se consideraban dé­
biles y casi perdidos, y nos hacía esperar que el triunfo era
muy fácil y nos cubriría de gloria, como si hubiera gloria en
las guerras entre hermanos.
El 12 de Septiembre llegó á La Plata el comisionado de
532 Boletín de Historia y Antigüedades

Obando con una larga y mal redactada nota oficial y una


carta particular, proponiendo la celebración de un tratado so­
bre las bases convenidas entre Posada y Mosquera. El Gene­
ral París se denegó á ello, dejando sin embargo abierta la
estipulación para el caso en que el Gobierno aprobara la de
Manizales.
Para ocultar la debilidad en que estábamos y hacerle
creer al comisionado que teníamos mucha tropa, cuando en
realidad no había en La Plata arriba de cien hombres, se hizo
tocar retreta á la Banda del Batallón número 3.0 unas tantas
veces, y se fingieron partes y no sé cuántas cosas, que al fin
debieron revelar nuestro secreto, ya por la profusión de in­
venciones, ya porque el Oficial á quien se quería engañar
era muy sagaz y nada lerdo.
Nuestra situación iba empeorándose de día en día, pues
á medida que los habitantes de Tierradentro tomaban nuevo
brío con los recursos que se les enviaban del Cátfca, nuestros
soldados se desalentaban con la constante fatiga, enferma­
ban y se aniquilaban por la carencia de todo género á que tu­
vimos que sujetarlos. En vano aguardámos los auxilios que
el Gobierno nos ofrecía, pues era asombrosa la indiferencia
con que miraban las frecuentes é insinuantes reclamaciones
que se le hacían, las cuales ó no las contestaba ó las eludía. Si
se le hablaba de remisión de fuerzas decía que estaba aguar­
dando el armamento que había introducido por el puerto de
Los Cachos, no obstante que era público y notorio que es­
taba preparando una expedición de 1,800 hombres para la
Costa. Si se le pedía dinero contestaba que el Comisario de
la División estaba autorizado para tomarlo á préstamo con el
interés del uno por ciento, como si con la -autorización fuera
suficiente para conseguir las sumas que necesitábamos, y como
si con semejante interés fuera posible ni aun en tiempo de
paz conseguir quince ó diez y seis mil pesos fuertes mensua­
les que consumía la División; y llegó á tal extremo la choca­
rrería, y aun puedo decir el cinismo del Gobierno, que ha­
biendo manifestado el General París que no salía responsable
de los resultados de la campaña si seguía matándosenos de
hambre, que ya la deserción e ra escandalosa y el desaliento
de los Jefes iba creciendo, nos remitió como una prueba de
sus hercúleos esfuerzos quinientos pesos (1), al mismo tiempo
que sabíamos que la guarnición de Bogotá estaba pagada día
por día. Desesperado el General pidió siquiera algunas mu­
niciones, y se las mandaron tan de mala calidad, que se hizo

(1) Las notas oficiales existen en mi poder.


Apuntamientos de viaje
3S3

necesario solicitar turquesas para volver á fundir las balas y


papel para rehacer los cartuchos, porque aquéllas no cabían
en los fusiles y éstos se habían desbaratado en el tránsito.
Las turquesas no sirvieron, y el papel nunca llegó. Casi des­
pechado el General pidió como un artículo indispensable para
que los soldados pudieran moverse por aquellos riscos, mil
pares de alpargatas, que ofrecía hacer pagar á tres reales
cuando en Bogotá podían conseguirse á menos de la mitad.
El Gobierno tuvo el buen juicio de encargarlos al Socorro, y
todavía no han llegado ni llegarán jamás. En Bogotá se ha­
brían conseguido con alguna diligencia hasta mil docenas
de fiares, pero en tratándose de enviar recursos á la i?
División todo era imposible !
Así transcurrieron los días sosteniendo combates con los
indios y sufriendo todas las necesidades consecuenciales al
abandono en que nos hallábamos.
La camarilla por su parte, viendo la ninguna esperanza
de que el Gobierno nos auxiliara, y deseando activar las ope­
raciones sobre el Cauca, agotó los recursos de su imaginación,
y desviada en sus ideas con el frenesí de que se había dejado
apoderar, tomó el partido de desprestigiar al General París,
contando con que al fin la desesperación le haría hacer mila­
gros, ya que el juicio y maestría de este noble soldado no le
permitían hacer locuras y precipitar al país. Escribieron á los
pueblos diciendo que tenía un ejército de 4,500 hombres con
el que no quería hacer más que defender su país natal
(Bogotá), del cual no quería alejarse. Esforzáronse en pintar
en los periódicos de la capital nuestra permanencia en La
Plata como un efecto de cobardía, pereza é ineptitud, in­
juriando de este modo al que en todas épocas había dado
pruebas de patriotismo, valor y lealtad. Forjaron noticias del
Cauca, fingieron cartas, falsificaron declaraciones, y en una pa­
labra, llegaron hasta conseguir su innoble objeto, desprestigian­
do al único hombre capaz de dirigir la campaña contra Mos­
quera (1); y como una prueba de esta aserción citaré un caso.

< 1) Convencido el General de que en ese estado de cosas nada podía hacer,
renunció el mando de las tropas el día 16 de Octubre, fundándose en razones de
mucho peso ; pero el Gobierno contestó que no podía admitir su renuncia. An­
tes de esto ya el General le había suplicado al Gobierno que mandara un comi­
sionado de toda su confianza para que sirviera de Fiscal del General y de Juez
entre él y la camarilla aue había organizado á su lado. Parece que el Gobierno
accedió y mandó desde fines de Septiembre al Dr. Rufino Vega, pues las ínfulas
con que se presentó en el Cuartel general nos lo hicieron creer así, aun cuando
ni él ni el Ejecutivo dijeron nada sobre el paaticular. El General supo que Vega
le había dado al Sr. Ospina un informe sumamente satisfactorio; peto D. Ma­
riano se negó á mostrárnoslo á pesar de las repetidas instancias que se le hi­
cieron.
534 Boletín de Historia y A ntigüedades

Deseoso el General de hacerle ver al Coronel Jacinto


Córdoba la impotencia en que se encontraba y el deseo que
lo animaba al mismo tiempo de darle algún apoyo, le escribió
pintándole su situación y ofreciéndole diez mil tiros para fusil
y cuatrocientos fuertes, que los pondría én el punto del pá­
ramo de Las Papas que él eligiera, pues las escasas fuerzas
con que contaban no le permitían enviar estos elementos has­
ta Los Arboles, cerca de Popayán, donde aquél se encontraba
á la sazón. A tan franca y generosa oferta contestó Córdoba:
uSr. General Joaquín París.

< El posta N. N. puso en mis manos los pliegos que con­


ducía.
<Los Arboles, 3 de Octubre de 1861.
“ Jacinto Córdoba."
En otro lugar referiré hasta qué punto llegó en el Ejér­
cito la mala impresión que la camarilla logró hacer formar
contra el General París. Quiero ahora apuntar algo de lo que
esta reliquia gloriosa de los tiempos de la guerra contra España
me contó en los ratos en que su vigorosa alma se sacudía de
la profunda melancolía en que sus detractores lo hacían caer.

EN EL TAMBO DE GABRIEL LÓPEZ

<La batalla de la Cuchilla del Tambo el 29 de Junio de


1816 no la dimos por los motivos que indica Restrepo en su
Historia de Colombia, ni por estupidez, como dice López en
sus Memorias. Perdidas todas las esperanzas de salvar la Pa­
tria, y entusiasmados como estábamos con la lectura de las
proezas de los romanos, resolvimos acabar con gloria y morir
en una lucha tanto más desigual cuanto que los tres mil es­
pañoles á quienes debíamos atacar estaban en un punto for­
midable y nosotros éramos sólo cuatrocientos hombres que
no teníamos más que decisión y valor. No teníamos Jefe que
nos mandara; y habiéndonos juntado los oficiales, convini<
mos en obedecer á Liborio Mejía, cuyo nombramiento fue
de la aprobación de unos pocos representantes que estaban
con nosotros, y no del Congreso, como asegura Restrepo. El
Congreso no habría podido reunirse y menos en aquellas
circunstancias en que toda la Nación había vuelto á caer en
poder de Fernando vil y eran bien pocos los que habían
conservado el valor necesario para no esconderse.
<La mortandad fue horrorosa; pero como no había
Apuntamientos de viaje •¡35

cuartel para los rendidos, los que quedamos con vida huimos
para aca sin desmayar enteramente, porque confiábamos en que
bajo la dirección del General Rovira podríamos hacer algo
todavía, por el prestigio que gozaba entre los patriotas. Mu­
chos días hacía que lo estábamos aguardando en Popayán,
adonde lo habíamos llamado con las mayores instancias; pero
como era un hombre inalterable, la vida para él no tenía fin,
y opinaba que había tiempo para todo, contestando á nues­
tros ruegos con su ya voy, ya voy, sin ver que los días pasa­
ban y los españoles nos perseguían sin tregua ni descanso.
Rovira jamás puso su caballo á trote, así que no era extraño
que viniera tan poco á poco, que no se reunió á nosotros sino
en este sitio, en que lo encontrámos acompañando á unas se­
ñoritas que iban con sus padres á Popayán. Eran las Piedra-
hitas, que tenían reputación de bellísimas, aunque según re­
cuerdo sólo dos de ellas lo eran ; las otras eran.... de recibo,
como dicen ahora.
< La familia se había apoderado del tambo, y nosotros
tuvimos que quedarnos á la pampa, aguantando la llovizna de
toda la noche, que nos caló hasta los huesos y nos hizo sufrir
mucho, sobre todo á mí, que venía atravesado de un balazo
en el pecho. ¡ Qué noche aquella !
< Apenas amaneció comenzámos á movernos con direc­
ción á La Plata, y ya el General Rovira había montado en su
muía cuando salió una de las niñas llorando á mares y gri
tando como desesperada:
<—¡Rovira! ¡Rovira ! ¡no me abandone, por Dios! Llé­
veme consigo porque no quiero ver á los españoles. ¡ No me
abandone!
<—Pero, señorita, le decía Rovira, ¿cómo quiere usted irse
conmigo en unas circunstancias tan críticas ? Nuestro Ejér­
cito está destruido: los enemigos vienen persiguiéndonos y
no tardarán en llegar : usted me obligaría á retardar la mar­
cha y nuestra muerte sería segura, porque no hay cuartel
para nadie: nos perderemos sin remedio. Por otra parte, la
campaña que emprenderemos es de desesperados; no busca­
mos el triunfo sino la muerte con gloria : no es posible que
usted vaya.
<—¡No me deje, Rovira! gritaba llorando la señorita, ¡ llé­
veme, lléveme !
<Entretanto la familia déla señorita y todos los que
allí estábamos habíamos formado un circulo al rededor de los
interlocutores, y llenos de curiosidad alargábamos el pescue­
zo cuanto nos era posible para ver el fin de aquella escena
extraordinaria en este solitario paraje, sin dejar por eso de
53b Boletín de Historia y Antigüedades

echar frecuentes miradas al camino por donde debían venir


los españoles.
< Rovira dijo al fin :
<—Pues bien, la llevaré á usted ; pero será preciso que
nos casemos para evitar las críticas que podrían ofender su
reputación.
<—Con mucho gusto, contestaron ella y los dos viejos, y
sin más a ni más b se apeó de la muía el improvisado novio,
llamó al Padre Florido, franciscano entusiasta que nos acom­
pañaba como Capellán de la tropa, y se celebró el matrimo­
nio más triste que he visto, por ser triste el lugar en que tenía
efecto, tristes las circunstancias en que nos encontrábamos,
tristes todos los que nos hallábamos presentes y triste el por­
venir que presagiábamos. Los padrinos de esta rara boda
fueron Liborio Mejía y la señora madre de la novia. Esta
se llamaba Josefa Piedrahita, la misma que algunos años des­
pués casó con Páramo.=
—¿ Y qué hicieron ustedes ? le preguntámos.
El General continuó:
< Nosotros seguimos en alcance de los cien hombres que
traíamos, sin detenernos ni un minuto. En La Plata supimos
que el Coronel Tolrá venía de Bogotá con 400 hombres, y
resolvimos hacer alto y resistir allí, aprovechando las venta­
jas que nos daba el terreno. Por supuesto comenzámos á lla­
mar otra vez á Rovira, que se había quedado atrás, instán­
dole para que apurara porque el enemigo estaba encima.
<Tolrá llegó el 10 de Julio de 1816 y nos cargó con toda
su fuerza. Nos sostuvimos dos días; pero habiendo conse­
guido el enemigo pasar un batallón entero por cerca del punto
por donde pasámos en esta vez, nos cogió á dos fuegos y
nos volvió pedazos, habiéndonos escapado como por milagro
sólo unos veinte, que tuvimos que volver por el mismo ca­
mino que habíamos llevado. En El Pedregal me separé con
dos compañeros del resto de la caravana y mé interné á Tie-
rradentro, á cuya circunstancia debo sin duda Ja conservación
de la vida, pues los otros fueron alcanzados y lanceados sin
misericordia, excepto Rovira y no me acuerdo cuál otro que
fueron conducidos á Bogotá. A Rovira lo fusilaron poco
después.
< El camino que elegimos Pino, Domingo Aráoz y yo
fue el que párte del llano de la Venta para la izquierda con
dirección á Segovia. Los demás habían tomado el que pasa
por Coetando á Nátaga.
< Anduvimos por senderos extraviados hasta el pueblo
de Calderas, en donde esperábamos encontrar algunos recur­
Apuntamientos de viaje 537

sos; pero sus habitantes habían huido á los montes y no había


quién nos amparara. Seguimos sin saber para dónde, guiados
por el nevado del Huila, á cuyo pie estaba el camino por don­
de esperábamos escapar. De repente nos encontrámos en un
punto espantoso, en donde la vereda no pasaba de media
vara de ancho, teniendo á un lado la roca cortada á pico y
del otro un grande derrumbe que llegaba hasta el río Páez.
Nadie pasaba por allí á caballo, pero el temor de caer en ma­
nos de los españoles nos daba ánimo para todo, y sin medi­
tarlo mucho nos metimos en aquel horroroso desfiladero, cuyo
tortuoso piso estaba lleno de fango y piedras rodadas de la
roca, haciendo más y más peligroso el tránsito. Pocos pasos ha­
bía dado mi muía cuando enredada en una raíz saliente dio una
terrible sacudida que por el estado de debilidad en que me
hallaba me fue imposible resistir, y torciéndome de un lado
hice perder el equilibrio al pobre animal, que vino dando vo­
lantines por el derrumbe abajo hasta que encontró con un
árbol arraigado en la roca, que nos detuvo en el aire sobre el
abismo. Mis compañeros á fuerza de trabajo y de industria
lograron sacarme de aquella espantosa situación, sin que yo
hubiera podido hacer en su ayuda el menor esfuerzo, porque
la nerida y una multitud de chichaguyes que me habían sa­
lido me impidieron todo movimiento.
< No bien salimos á la trocha y echámos á andar, el Cielo
nos mandó otro castigo terrible.__ Un terremoto violento
conmovió las entrañas de la tierra é hizo desquiciar y rodar
los cerros como si fueran granos de arena. El pedazo de ca­
mino que habíamos andado se borró del todo, quedando en
su lugar un tajo inmenso en la peña, que hacía imposible nues­
tro regreso al punto por donde habíamos entrado en él. Nos
veíamos en la necesidad de continuar á pesar de las mil
grietas que se habían abierto en la cordillera delante de nos­
otros ............
< Cuando nos estábamos felicitando por haber dado con
el camino público, oímos á lo lejos un tropel de caballos que
nos anunció la aproximación de las fuerzas españolas. Ape­
nas tuvimos tiempo de escondernos en un barranco á la orilla
del camino, para dejar pasar á los enemigos, cuya conversa­
ción pudimos percibir claramente, á pesar de que los latidos
del corazón nos ensordecían.
< Salvados también de este peligro, trasmontámos la cor­
dillera y salimos á la llanura de Jambaló, en donde una par­
tida enemiga, al mando de un tal Peña, que era el Alcalde, se
puso á perseguirnos sin que nos fuera posible escapar, pues ha­
cía tres días que ni nosotros ni nuestras bestias comíamos un
53& Boletín de Historia y A ntigüecfodes

bocado. Por fortuna se contentaron con amarrarnos y lle­


varnos bien asegurados á Popayán, teniendo que agradecerle
al Sr. Peña el habernos dado de comer.
< En Popayán encontrámos á muchos compañeros de
armas que estaban aguardando también la decisión de su
suerte. El Consejo de guerra condenó á diez y siete á ser
quintados para morir, y entre ellos estaba yo. La suerte debía
decir los que quedarían con vida .y los que serían fusilados.
< En un morrión de un soldado echaron trece papeletas
con la palabra vida y cuatro con muerte, y fueron sacándo­
las una á una, á medida que nos llamaban por lista. Los con­
denados á muerte fueron el General López, que entonces
era Alférez; Rafael Cuervo; Mariano Posse, de quien después
les referiré muchos rasgos de su vida, y Sabaraín, que creo
se llamaba Alejo. A los demás nos llevaron á Bogotá con
Caldas, Torres y muchos más que tuvieron distinta suerte.
A mí me juzgaron nuevamente y me condenaron á ser fusi­
lado ; pero por fortuna pude probar que me habían quintado
y la suerte me había protegido, y según la práctica de enton­
ces me conmutaron la pena en seis años de presidio y seis de
servicio militar, y tuve que salir con los que habían sido con­
denados á la misma pena para Maracaibo, donde debíamos
sufrirla.=
—¿Y cómo se escapó el General López ? le preguntámos.
<Pues.__ yo no estoy bien impuesto.___ porque en
ese tiempo se habló con mucha variedad, y ahora no me
acuerdo á qué causa dice él que debió esa fortuna. Pero lo
cierto es que los pusieron en capilla, los sacaron al banquillo
y al tiempo de matarlos los perdonaron y volvieron á la cár­
cel. Rafael Cuervo repartió entre nosotros su ruana y algu­
nas otras piezas de ropa para que nos acordáramos de él;
pero al momento que volvió nos dijo con mucha seriedad,
volviéndonos á quitar lo que nos acababa de dar: * señores,
donde hay engaño no hay trato. Yo les di mis cosas porque
me aseguraron que me mataban y no me han hecho nada:
con que así.__ venga lo que es mío/
< Muchos dijeron que cuando los sacaron de la capilla
ya el General López sabía que los iban á perdonar; pero
aun dado caso que así fuera, siempre fue una acción de mu­
cho valor el haber salido comiendo pan, como él lo hizo. Cuan­
do volvamos á La Plata veremos sus Memorias, á ver cómo
cuenta el suceso.=
Llenos de interés y de curiosidad le preguntámos en
otra ocasión cómo había escapado vivo del presidio, cuando
sabíamos que eran pocos los que habían podido resistir á las
A/nnta>nientos de viaje
539

fatigas á que se les sujetaba. El General, anudando su rela­


ción, continuó:
< Salimos de Bogotá unos diez y ocho individuos, con­
denados todos á presidio, excepto Buitrago, el padre del ac­
tual General, que iba á sufrir su juicio á Tunja. Ya ni me
acuerdo de los nombres de los que íbamos, sino de Vergara,
Niño, Tanco, P. Mosquera, Ortiz, Fernando Mutis, Mota’
Simón Burgos y no sé quiénes más que después recordaré.
Todos íbamos á pie y en la situación más triste que se puede
imaginar. Rendímos la primera jornada en Fusca, en donde
algunos patriotas nos dieron algo qué comer y unas pocas
muías de carga para los que estábamos más débiles y flacos, lo
cual les dio motivo á nuestros conductores, que eran unos des­
almados, para que se divirtieran con nosotros de un modo bár­
baro y brutal. Apuraban nuestras bestias hasta donde podían,
y de repente tenían de firme la soga con que estábamos
amarrados por los lagartos, haciéndonos dar un volatín por
el anca de los caballos y caer á tierra: ¡ no se cómo no nos
mataron á golpes ! = (El General se reía á carcajadas al refe­
rirnos esta barbaridad).
< No pueden ustedes figurarse cuánto nos hicieron sufrir
en ese viaje. Parecía que cada uno de los soldados y oficiales
de la escolta se ponía á inventar algún medio de atormentar­
nos. En los pueblos del Norte usan unas artesas ó canoas
grandes para echar de comer á los marranos, y en ellas nos
daban el rancho ó sancocho con que nos alimentaban, sin
tomarse siquiera el trabajo de rasparles el barro y la basura
de que por lo regular estaban cubiertas. Desde entonces fue
cuando adquirí el vicio de comer tan de prisa y tan caliente
como ahora lo hago, porque al presentarnos nuestra artesa
de rancho metía yo mi cuchara en el centro y sacaba y en­
gullía á la carrera, antes de que los compañeros hicieran lo
mismo y de que la mugre se comunicara á toda la comida.
< Desde Tunja se nos reunió un Sr. Serrano, gran pa­
triota que había conseguido que no lo mataran fingiéndose
loco. Lo mandaban á presidio con condición de que al vol­
verle el juicio lo fusilarían. Entese hombre fue donde pude apre­
ciar cuánto puede el amor á la vida. Con su locura fingida
sufría más que con el suplicio más atroz, y sin embargo cada
día fingía más y mejor.
< Ibamos siguiendo nuestro camino sumidos en el mas
triste silencio, y de repente se paraba Serrano, alzaba los ojos
y las manos al Cielo como para buscar inspiración, y volvién­
dose á los conductores comenzaba á perorar en favor de la
libertad de la América con la mayor energía y la más viva
54° Boletín de Historia y Antigüedades

elocuencia, pero al mismo tiempo con tan disparatado desacuer­


do, que junto con las deprecaciones más tiernas y devotas,
soltaba una media docena de blasfemias horribles, y las más
conmovedoras lágrimas las juntaba á las carcajadas del idiota.
Toda esta farsa iba acompañada de gesticulaciones y posturas
grotescas, y concluía siempre con una zumba de azotes y pa­
los que le aplicaban los soldados hasta dejarlo postrado, con
la mordaza que le obligaba á callar, y con las reprensiones, sú­
plicas y amenazas que le hacían muchos de nuestros compa­
ñeros de trabajos, que siendo altamente religiosos y temerosos
de Dios se escandalizaban con las blasfemias y Se conmovían
con las deprecaciones, causando en sus escrupulosos espíritus
una lucha terrible que los hacía prorrumpir en las amonestacio­
nes más fervientes para que se resignara á morir como cris­
tiano más bien que á sufrir tántos trabajos sin provecho para
su alma. Pero como estas caritativas amonestaciones aumen­
taban las sospechas de que estaba fingido, los castigos iban
siendo cada vez más crueles, y el temor de Serrano cada vez
más grande, y sus locuras mayores, de modo que en algunas
ocasiones se alborotaban los pueblos y caminos, testigos de
estas escenas, por las lágrimas y lamentos de los mismos ti­
moratos á quienes Serrano hacía responsables ante Dios de
los males que por causa de ellos sufría. A nadie he visto su­
frir más que á este fingido loco, y nadie ha presentado un
conjunto de contradicciones tan marcado, pues junto con el
miedo cerval de morir tenía el más heroico valor para vivir
padeciendo, y á medida que el miedo se le aumentaba crecía
también la resolución de provocar la crueldad de sus victima­
rios. Yo creo que al fin el pobre hombre se volvió loco de
veras; digo si no es una insigne locura amar tánto una vida
como la que él llevaba.
< Para que se formen una idea de lo crueles de nues­
tros conductores, les referiré una escena que se verificó en
Capitanejo. Llegámos á ese pueblo como á las ocho de la
noche, molidos de cansancio y sumamente estropeados por
las marchas cargando las cadenas con que para aquella época
nos habían ayuntado de dos en dos, temiendo que nos esca­
páramos. El Comandante de la escolta ordenó que todos nos
alojáramos en uno solo de los dos calabozos que había en la
cárcel; pero como el cuarto era tan pequeño y no tenía ven­
tilación, al paso que el calor del clima nos sofocaba, le hici­
mos presente que allí cerca estaba el otro calabozo en donde
podíamos alojarnos algunos para no morirnos todos, y que
por compasión debía permitir que nos dividiéramos. Nada
pudimos con aquel bárbaro, y cuando le suplicámos que se
Apuntamientos de viaje

tomara la pena de entrar al calabozo y convencerse por sí


mismo de que era imposible que cupiéramos ni aun de pie en
un espacio tan estrecho, < veremos si es imposible,= nos con­
testo, y desenvainando su espada comenzó á dar estocadas
á diestra y siniestra, con lo cual nos hizo entrar en tropel á
todos, pues hirió á cuatro ó seis.=
—¿ Y cupieron ? le preguntó el Coronel Caycedo.
<—¡ Por supuesto 1 = contestó el General con una expre­
sión tan seria que nos hizo reventar de risa.
< Ahí en Capitanejo tuve un rato de angustia mortal,
pues Simón Burgos, que era mi amigo y compañero de cadena,
resolvió darse la muerte para librarse de los sufrimientos que
nos hacían tener. Yo agoté toda mi elocuencia para hacerlo
desistir, pero ésta no sería mucha porque mi amigo perma­
neció firme en su resolución, y al tiempo de desayuntarnos
para pasar el río por una malísima tarabita que allí había, se
despidió de mí de la manera más tierna, aunque con gran
disimulo. Pasaron primero cuatro soldados; después seguí
yo, y todavía me acuerdo del vértigo que sufrí al llegar á la
mitad del río, con motivo de estar las cuerdas muy flojas y
hechas una mochila, pues bajé como un rayo hasta tocar casi
las aguas, y allí comenzó la tarabita á dar unos bamboleos ca­
paces de marear la cabeza más fuerte. Allí era sin duda donde
Burgos debía morir, y esa idea me hizo estremecer de pies á
cabeza y me obligó á agarrarme con pies y manos para no
caer al turbulento río. Pasé por fin y me puse á mirar á Bur­
gos, que debía seguirme. Lo vi sentarse en la tarabita y bajar
hasta el seno de la cuerda con una rapidez horrorosa.... El
corazón y los ojos se me salían de angustia, y me pesaba
amargamente no haber denunciado su temerario proyecto,
para no hacerme cómplice de aquel suicidio.... Sin embargo
la tarabita comenzó á subir por la cuerda, y aunque perezosa
y lenta en su marcha, al fin llegó trayendo á Burgos pálido y
trémulo, bien agarrado de las cuerdas y deseoso de llegar á
tierra. Lo abracé con la mayor efusión, y después del primer
momento no pude resistir á la curiosidad y le pregunté a se­
ñas qué había sido.. .. ‘Me dio miedo,’ me dijo secamente,
~y nunca volvió á hablarme de suicidio.=
Refiriónos después el General el modo como escapo del
presidio, que no dejó de ser providencial, pues á consecuen­
cia de una grave enfermedad que le atacó no pudo embar­
carse con sus compañeros, y cuando pudo hacerlo, El Indio
libre, buque corsario de Colombia, les dio caza y lo arrojó á
una isla desierta en compañía de una señora inglesa, mujer
de un oficial español, que venía enferma y dio á luz un niño
542 Boletín de Historia y Antigüedades

en aquellas soledades. Que después pudo pasar á Jamai­


ca, en donde estuvo mucho tiempo manteniéndose de li-
limosna, hasta que se organizó la nueva expedición liberta­
dora que el año de 1819 sacó del dominio de la España á la
gran República de Colombia. Aunque cada uno de estos pa­
sajes encerraba para mí un mérito grandísimo, no tuve opor­
tunidad de escribirlos inmediatamente después de referidos,
como lo hice con los anteriores, y he temido desvirtuar la re­
lación y desmejorar las pinturas, por lo cual reservo para otra
ocasión el escribir esa parte de su vida.
Muchas notas curiosas é interesantes pudiera yo haber
sacado para la historia de la guerra de la Independencia, de
las relaciones del último testigo presencial de la mayor parte
de sus grandes escenas; pero ya he dicho que su ánimo se
hallaba abatido y torturado con el constante murmurar de
los de la camarilla, con las exigencias de casi todos los que
se le acercaban, con el completo abandono en que nos dejó
el Gobierno, y en una palabra, con la mortificante y emba­
razosa situación moral en que se hallaba, la cual me explicaba
el General lleno de amargura y de sentimiento en estos tér­
minos :
<Ningún sacrificio se agradece en estos países, y ningún
hombre está exento de las calumnias de los muchos que se
creen con derecho á ser obedecidos. Yo emprendí esta cam­
paña sin obligación legal y sin necesidad : para que el Go­
bierno adquiriera el derecho de ocuparme, renuncié mis pri­
vilegios legales, como á tí mismo te consta: siendo la
pensión de que disfruto igual al sueldo que se les paga á los
Generales en servicio, nada gano en dinero, pues estándome
en mi casa me pagarían algo, y aquí se me abandona : el de­
seo de adquirir gloria no me llama la atención, porque á mi
edad y después de una vida como la que he llevado, sería
una locura creer que hay gloria y honor en matarnos herma­
nos contra hermanos. Si la gloria militar existiera, yo la ha
bría conseguido en la guerra contra España, pero de ningún
modo vendría á buscarla por aquí. Hago la campaña contra
dos hombre á quienes he amado y amo con ternura, porque
han sido de los pocos que no han traicionado mi amistad ; y
aunque me duele y me disgusta verlos metidos del lado de
la mala causa, no por eso dejo de sufrir horriblemente al te­
ner que batirme.
< Si el Gobierno triunfa, como lo espero, el Sr. Julio Ar­
boleda subirá al poder, y preveo grandes males para el país en
su administración. Julio es un hombre de carácter versátil y do­
ble que no da garantías de estabilidad, y por esta sola circuns-
Apuntamientos de viaje 543

tan cía creo que la Nación tendrá mucho qué sufrir con el
triunfo del Gobierno. Así es que he venido sin obligación,
sin halagos, sin necesidad, contrariando á mis afectos perso­
nales, y lo que es mas, temiendo las consecuencias de mi
triunfo (si es que lo obtengo); y ¿ todo por qué?. _ Por
defender la vida, el honor y los intereses de los mismos que
me critican, que me aniquilan con su maledicencia, que tratan
de precipitarme y perderme sin reparar que precipitan y pier­
den á la República entera.=
Entre los combates que sostuvimos contra los indios ci­
taré uno que aunque fue poco diferente de los otros, dio por
resultado la muerte de uno de sus Jefes, asesinado por los
nuéstros, según dijo Mosquera después.
El 21 de Septiembre á las cinco de la mañana se pre­
sentaron en el Boquerón de Segovia como trescientos hom­
bres armados que intentaban romper nuestra línea por Vi-
borá. Cincuenta de los nuéstros, al mando del Capitán Tori-
bio Tribín, sostuvieron el punto por más de dos horas, cau­
sando al enemigo algunos daños que no podíamos apreciar
acertadamente porque á retaguardia de los combatientes ha­
bía un número triple de indios desarmados, prontos para sa­
car del campo y reemplazar á los que quedaban fuéra de
combate. Acribillados los indios por nuestros fuegos, comen­
zaron á retirarse por la orilla del rio, para el lado de LaVcnta,
esperando sin duda poder forzar el paso más abajo ó distraer
á los que defendían el puente de Viborá. Diose orden al Ca­
pitán Custodio Ripoll, que se hallaba en La Manga, de que
pasara el río y aguardara á los enemigos emboscado en un
punto á propósito para obligarlos á dispersarse ó á que se
replegaran al cerro del Salado, en donde serían rodeados y
cogidos. Mientras tanto el Capitán Quintero (Juan N.) debía
sostener los puntos del río acometidos, y Tribín, pasando el
puento, cargar á los enemigos por su flanco derecho y reta­
guardia. Ripoll cumplió en parte las órdenes, pero asustado
con la masa de cerca de mil hombres que se le venía encima,
tuvo por prudente no sólo repasar el río, sino lo que fue peor,
cortar el puente que con tánto trabajo y sacrificio se había
hecho. Triuín y Quintero siguieron ejecutando sus respecti­
vos movimientos; pero cuando notaron que Ripoll no ayu­
daba, tuvieron que retirarse haciendo pruebas de mucho valor
para no dejarse envolver de los indios que como un torrente
volvieron sobre ellos, y con palos y piedras ayudaban, a los
fusileros: En una de las arremetidas que dieron los nuéstros,
lograron coger herido ya á uno de los Jefes contrarios, llamado
Miguel Juez, indio de formas atléticas y de un valor sobrehu­
544 Boletín de Historia y Antigüedades

mano, el cual no quiso entrega^ sus armas á pesar de los


ruegos y amenazas que se le dirigían, trabándose uña lucha
terrible entre el prisionero y los que trataban de amarrarlo, por
una parte, y por los combatientes de ambos campos que cuer­
po á cuerpo se disfrutaban la presa. Era el único hombre que
aquel día había caído en nuestro poder, y los indios no po­
dían conformarse con dejarlo entre nosotros después de ha­
ber conseguido retirar todos sus muertos y heridos. Juez en
la lucha atravesó con su lanza á uno de nuestros soldados, y
los otros, enfurecidos y tal vez avergonzados de verse impo­
tentes al frente de aquel hombre de hierro, le dierpn unos
cuantos bayonetazos y acabaron con él, sin haber conseguido
arrancarle el arma con que hasta el último momento les ame­
nazaba. Los gritos espantosos de aquel indio redoblaban el
ardor de los combatientes, y la carnicería fue grande porque
los habitantes de Tierradentro no desmienten las relaciones
que del tiempo de la conquista nos han dejado los compa­
ñeros de Quesada.
Desde ese día la-lucha se hizo más encarnizada y los
que seguían las banderas revolucionarias se mostraron más
crueles y sanguinarios. En Yaquivá lograron sorprender una
avanzada y dieron muerte de la manera más salvaje á dos
soldados que cayeron en su poder. Cerca del puente de Vi-
borá había una casita en donde solían ir nuestros soldados, á
pesar de estar muy cerca del campamento enemigo del Bo­
querón. Para castigar los indios este arrojo bajaron una no­
che y pasaron á cuchillo á una anciana y dos niños que en­
contraron, sin atender á que la primera estaba á las puertas
del sepulcro por la terrible epidemia de viruelas que comen­
zaba á desarrollarse, y que los otros dos no pasaban de diez
años y eran inofensivos. A muchos transeúntes los asaltaron,
robándoles cuanto llevaban y asesinándolos, según se dijo, y
como la configuración del terreno se presta tánto á esta clase
de operaciones, temíamos con sobra de razón que en lo su­
cesivo se convirtiera este territorio en otro Sierramorena,
cuya pacificación y reducción podría costar á la Republica
ingentes sacrificios.
A este propósito nos decía el General París que en su
concepto debería emplearse uno de dos medios : ó regalar á
alguna compañía especuladora inglesa ó norteamericana una
parte del terreno, con la condición de fundar y mantener
un establecimiento cualquiera, ó armar úna fuerte expedición
contra los indios, qué destruyendo sus casas y sembrados,
cogiera hombres y mujeres de todas edades y los trans­
portara á otro punto en donde la abundancia de población
Apuntamientos ae viaje 545

los tuviera enfrenados. La primera de estas medidas es tanto


más realizable cuanto que en esos terrenos se producen una
multitud de sustancias exportables, como la cera de laurel,
que es abundantísima; y el establecimiento extranjero vendría
á ser como una colonia, que impediría como en otros países
toda clase de trastornos y excesos. La segunda tiene el inco-
veniente de la destrucción que trae consigo la guerra, pero al
propio tiempo aumentaría los trabajadores del país adonde se
les trasladara, y se les civilizaría con más facilidad. El valle
de Tenza sería un punto á propósito para la colonización de
los descendientes de las tribus paeces. Las serranías de Que-
tame son más semejantes á las de Tierradentro, pero tienen
el defecto de estar inhabitadas, y nada se adelantaría con llevar
allá á los indios, dejándolos dueños del territorio y aislados
como están ahora.
El 4 de Octubre fue un día lleno de agradables ilusiones
políticas. Llegónos la noticia de que el Sr. Zarama, Inten­
dente nacional del Cauca é infatigable sostenedor del Gobier
no general, había tomado la ciudad de Barbacoas haciendo
huir al Gobernador intruso Aníbal Mosquera. Cartas anóni­
mas de Popayán nos aseguraban que el impertérrito Coronel
Jacinto Córdoba había recibido los elementos de guerra que
de tiempo atrás estaba aguardando de Pasto; que Mosquera
continuaba atrincherándose en Calibío, temiendo la aproxi
mación de nuestras fuerzas, y que la deserción que diezmaba
sus tropas era tal, que su brillante ejército estaba re-lucido á
unos pocos cientos de hombres ancianos, niños y valetudina­
rios, incapaces de resistirnos; que Obando se había separado
de Mosquera, disgustado por los procedimientos de éste con­
tra todos los ricos y hombres honrados, á quienes tenía en la
más dura prisión'para arrancarles por la fuerza los exorbi
tantes donativos que les había impuesto, llegando su . iniqui­
dad hasta el extremo de aprisionar á las señoras más respe­
tables; en fin, que acosado por Madriñán en el Valle, por
Córdoba en Patía, por Zarama en Pasto y por la opinión en
todas partes, no le quedaba más recurso que entregarse ; y
como para corrobar todas estas noticias, llegó también un co­
misionado de Mosquera con nota oficial y carta particular
para el General París, en que hablaba de paz y reconciliación.
Las notas oficiales las hizo publicar el Gobierno (i), pero la§
confidenciales las hizo circular manuscritas y como reservada,
mente, sin duda por algunas frases un tanto exageradas
que contenían y no convenía darlas al dominio del público _

(i) Véase la Gaceta,


iv—35
54¿> Boletín dé Historia v Antigüedades

Hacia el fin de este libro copio la del General á Mosquera.


Las contestaciones de que hablo fueron entregadas á la
crítica de los señores de la camarilla, los cuales dieron su
aprobación con sólo la advertencia de que se le quitara á la
carta particular esta frase : < ¿ podrás negarme la prisión de
Matilde Pombo ? = diciendo que la noticia que sobre ello se
nos había dado era falsa. Esta pequenez bastó para que se agos­
taran mis ilusiones con el temor de que todas las noticias sa­
lieran tan faltas de verdad como la prisión de la Sra. Pombo,
mujer del más alto mérito y gran representación social, y ma­
dre del Sr. Sergio Arboleda, quien había referido al General
todos los pormenores de ese atentado con lágrimas en los
ojos, suplicándole que marchara á ponerla en libertad. No
pasaron muchas horas sin que recibiéramos la nota oficial del
Sr. Madriñán (i) en que avisaba que estaba u haciendo es­
fuerzos por poner en mano los doscientos cincuenta fusiles
que había sacado de Antioquia.= No era pues cierto que
Mosquera se viera acosado por esas fuerzas, que apenas exis­
tían en la mente del Jefe que debería mandarlas. Las demás
noticias dichas salieron, si no falsas, cuando menos exageradas
y bastante adulteradas.
Esto no obstante, el General París conservaba las más
lisonjeras esperanzas de que Mosquera se convencería de
que el consejo que le había dado, de suspender ó abandonar
la guerra y presentarse á la Corte Suprema de Justicia á res
ponder de los cargos que se le hacían, era verdaderamente
aceptable y conveniente para él; y que el día menos pen­
sado le diría: <Protégeme de los queme siguen como amigos
y acompáñame á Bogotá/’ Y efectivamente, en la situación
del General Mosquera aquel consejo era una tabla de salva­
ción, porque en el mero hecho de presentarse al Tribunal
manifestaba que era hombre de principios y no una víctima
de la más loca ambición, como se le calificaba : sus partida­
rios habrían celebrado el triunfo que su caudillo les daba, so­
bre la acusación que fundadamente se le hacía de no tener
más bandera que el deseo de mando y la venganza contra
los pueblos que no lo habían favorecido con sus votos para
Presidente de la República: en caso de salir mal del juicio,
la pena que podía imponérsele era el destierro, y el ejemplo
de Obando podía enseñarle que no hay medio más sencillo
para hacerse un grande hombre en esta pobre tierra, que el
de ser expatriado: si por el contrario era absuelto de la acu-

(i) Véase la nota original.


Apuntamientos de viaje

sación, el pueblo lo habría ensalzado y su ambición se habría


colmado.
Mosquera pensó lo contrario, y abrió operaciones sobre
nuestra pequeña División y poco después sobre el Estado de
Cundinamarca. La Republica iba perdiendo cada día en una
progresión alarmante.
El i8de Octubre comenzaron á alarmarse nuestras avan­
zadas en el Guanacas con la aparición de partidas enemigas
que llegaban hasta el alto de El Obispo, y temieron que se in­
tentara alguna operación por ese lado. Vinieron al mismo
tiempo algunos individuos de Totoró con cartas para nues­
tros compañeros, anunciando una derrota sufrida por el Co­
ronel Córdoba y otra por varios patriotas del valle del Cauca
que se habían levantado sin orden ni concierto en contra de
la revolución y habían sido destrozados en el llano de la Con­
cepción.
A esa sazón varios vecinos del Estado del Cauca, que ha­
bían salido huyendo de los revolucionarios habían formado par­
te de un batallón que debía organizarse cuando transmontára­
mos la cordillera y se nos unieran los millares de hombres que
decían estaban aguardándonos para tomar las armas. En ese
Cuerpo se habían colocado también los que se dispersaron
con Barrada en la toma de La Plata. Ciento diez eran por
todos y estaban comandados por el Teniente Coronel Severo
Rueda y el Sargento Mayor Lisandro Caicedo. Ellos habían
representado que tenían derecho á estar en la vanguardia, y
en consecuencia se les había enviado al tambo de Corrales á
estacionarse allí, con órdenes de no pasar adelante y de tener
buen espionaje hasta el sitio de Gabriel López.
Locos de entusiasmo y sin atender á las órdenes que se
les habían dado, pasaron hasta Gabriel López y mandaron
sus partidas á El Obispo, no habiendo parado hasta con­
seguir que Rueda los condujera á Totoró, en donde perma­
necieron dos noches y un día. El General París improbó ese
movimiento y dio orden de que volvieran al tambo de Co­
rrales, como se les había prevenido. La orden les llegó cuando
habían regresado huyendo de una partida enemiga que venía
de Silvia. Poco después supieron que unos cincuenta hombres
armados habían ocupado á Gabriel López, y pretendieron ir á
asustarlos para pagarles en la misma moneda la ocurrencia de
Totoró. Fueron en efecto contrariando las instrucciones que
tenían y comenzaron un simulacro de combate a distancia
bastante prudente del campamento enemigo. Este permane­
ció tranquilo aguardando el ataque, pero al ver que los nués­
tros no daban muestras de querer acercarse, salieron y se
54$ Boletín de Historia y Antigüedades

desplegaron eñ varias direcciones, acercándose á buen paso,


lo cual bastó para que nuestros intrépidos de vanguardia vol­
vieran grupas y se pusieran en retirada hasta el destacamento
de la Ceja, en donde la fuerza veterana que teníamos los hizo
hacer alto, bien que algunos llegaron hasta La Plata llevando
las más alarmantes noticias.
Marchó el General París para Inzá, acompañado sola­
mente de los Sres. Rufino Vega, Sergio Arboleda y de mí, á
informarse de lo ocurrido y disponer lo conveniente. En Inzá
encontrámos á casi todos los del fracaso, cabizbajos y aver­
gonzados, echándole la culpa de lo ocurrido al Comandante
Rueda, que fue calificado por ellos de cobarde y de ignorante,
etc. Rueda por su parte no sabía cómo disculparse de haber
faltado á las órdenes que había recibido, y acusaba á los otros
de insubordinados y flojos. El General hizo llamar al Mayor
Caicedo, en cuya rectitud, buen juicio é ilustración tenía
puesta toda su confianza. Caicedo informó en presencia de
los mismos dolientes < que habiéndolos formado en batalla y
viendo que no querían avanzar, les dijo que los que tuvieran
miedo dieran dos pasos al frente, y que de todos los del bata­
llón sólo cinco habían permanecido en su puesto; que eran
unos cobardes á quienes él no quería mandar más.= El dicho
del Mayor Caicedo fue atestiguado por algunos que presentes
se hallaban, entre ellos el Capitán Juan Vicente González. El
General se apresuró á poner remedio á todos, haciendo mar­
char á los individuos que componían este famoso batallón á
La Plata, con el objeto de que formaran un escuadrón que
debía hacer la custodia de aquella plaza, al mando del Sr.
Belisario Losada, doctor en medicina y graduado de Coman­
dante en esos días. En cambio hizo venir las dos Compañías
del 3? de línea, con no poco agrado de todos los que cono­
cían que no siempre son aptos para llevar la vanguardia los
que ladran y gritan desde lejos. Debo hacer aquí mención de
algunos jóvenes de familias notables que no quisieron parti­
cipar de la ignominia de sus paisanos y se quedaron forman­
do un piquete denominado Compañía de Popayán, y cuyo
comportamiento fue noble y digno, como era de esperarse.
Rueda y Caicedo siguieron mandando la Columna de van­
guardia que pocos días después vino á ser el ala izquierda
de nuestro Ejército, por haber tenido que hacer un cuarto
de conversión á la derecha para atender solamente al terri­
torio de Tierradentro.
El ejército enemigo celebró con gran regocijo los dos
triunfos que creyó haber conseguido con las retiradas de
Totoró y Gabriel López, y tomó posesión militar de aquel
Apuntamientos de viaje 549

pobre pueblo, tratándolo con todo el rigor de la guerra y en-


tregándolo al saqueo y pillaje de la soldadesca, según dijeron
varios de sus vecinos en las sentidas cartas que escribieron á
los que se titulaban libertadores del Cauca, echándoles en
cara su conducta y haciéndolos responsables de los males que
estaban sufriendo por el atolondramiento en la provocación
que le hicieron á Mosquera, y por la cobardía con que huye­
ron al aproximarse las primeras partidas que éste mandó
contra ellos. Y en verdad que los pobres totoroeños tenían ra­
zón, puesto que sin la entrada de los nuéstros á su territorio,
los contrarios no los habrían tratado como á enemigos.
Después supimos que el proyecto que se había formado
era el de obligar al General París á invadir definitivamente
al Cauca, á pretexto de dar apoyo y protección á los que se
habían adelantado contra sus órdenes. La cobardía de éstos
no dio tiempo de que se realizara el plan, y la camarilla inventó
otro que tenía el mismo resultado; era una jugada de ajedrez
para comprometer toda nuestra fuerza, ya que la pericia del
General había previsto que éramos impotentes contra las tro­
pas rebeldes.
Para concluir con los indios de Tierradentro no se nece­
sitaba más—según el dicho de nuestros Mentores—que poner
un destacamento de cincuenta hombres en Mosoco, que pri­
vando á los rebeldes de comunicación, hiciera agotar los re­
cursos con que los indios contaban, y los obligara á rendirse.
Pintaban el proyecto con tan bellos colores y tanto acalora­
miento, que llamaron la atención del General París más de lo
que hubieran deseado, pues á poco comprendió la intriga que
se tramaba, tal vez con muy buenas intenciones y halagüeñas
esperanzas, pero encarrilada bajo el sendero del engaño y bajo
la influencia de pasiones mal reprimidas.
Mosoco es un pueblo de Tierradentro distante quince
leguas de Inzá, hacia el Norte. El destacamento que pusiéra­
mos tenía que atravesar ese espacio por entre los enemigos y
quedarse aislado en caso de conseguir llegar allá. El servicio
que podía prestar era interceptar la comunicación de los indios
con el Cauca por aquella vía; pero tenía que dejar libre el cami­
no que pasa por Chitoco en la banda norte del río Páez, y todos
los demás que haya y pueda haber, teniendo presente que
para los habitantes de ese territorio lo mismo es que exista ó
que no exista camino, porque pasan por donde pase un co­
nejo. Para el sostenimiento de esa pequeña fuerza no contá­
bamos con nada, porque nada teníamos, y era seguro que la
perderíamos sin gloria y sin objeto, puesto que se vería en el
Boletín de Historia y Antigüedades

corazón de Tierradentro, rodeada de enemigos infatigables y


sin retirada ni esperanza de salvación.
Ninguna de estas circunstancias se ocultaba á los seño­
res de la camarilla; pero su pensamiento era hacer que esos
cincuenta hombres pidieran auxilio, y obligar al General á
marchar con toda la División para no dejar perder esa parte,
y una vez puesto en marcha, hacerlo seguir al Cauca por Las
Moras, ya que no habían conseguido que lo hiciera por el
Guanacas. A este propósito me decía el General: < Esta ju­
gada es la misma que hizo D. Julio Arboleda el año de 1854,
cuando contrariando el plan de operaciones en el Magdalena,
marchó con la columna que mandaba á La Mesa, y nos ofre­
ció desde el camino que si no lo auxiliábamos era perdido y
nosotros seríamos los responsables ; por lo cual tuvo que
marchar en su apoyo todo el Ejército. En ese entonces el
paso salió bien por una multitud de circunstancias que hoy
no existen, y ya no es tiempo de que yo permita que jueguen
conmigo. Estos señores nada aventuran, porque si la expe­
dición se pierde, yo seré el responsable, y si por un milagro
sale bien, ellos se apresurarán á hacer creer que sin sus lumi­
nosos consejos nada se habría conseguido.=
La negativa del General á aceptar este proyecto dio mo­
tivo á una carta que el Sr. Sergio Arboleda le escribió y que
conservo en mi poder, la cual causó una impresión tan grande
en el General, que lo llevó á la cama á impulsos de una en­
fermedad bastante grave, producida por la excitación nerviosa
y por la melancolía. Su alma, vigorosa y fuerte para resistir
á los trabajos de toda la vida, casi desfallecía en medio de
aquel sinnúmero de tormentos que le proporcionaban los co­
misionados del Gobierno. Las habladurías que se suscitaron
entonces excedieron los límites de la decencia y del decoro,
y llegaron á tal extremo que no sé todavía cómo fue que no
se cometieron delitos atroces á impulsos del fanatismo político
que se levantó. Referiré un hecho que dará á conocer hasta
dónde se adelantaba en la vía que se había emprendido de la
exageración y la calumnia.
Hicieron varios jóvenes una tertulia en la hacienda de
Barbillas ó Buenos Aires, en casa del Comandante Fermín
Vargas, cuya obsequiosa familia nos había recibido y tratado
muy bien, Instáronme para que asistiera, y como á las doce
de la noche, cuando la franqueza y buen humor se habían
hecho generales, un joven de Popayán, llamado Juan Luna,
acercándose á una mesa en que había licores, tomó una copa,
suplicó que se le atendiera y dijo en presencia de todos:
" Señores: brindo porque todos mis paisanos hagan con los
Apuntamientos de viaje
551

Sres. Ramón Guerra y Rafael Escallón la justicia que públi


camente voy á hacerles, porque públicamente se les ha ofen­
dido. Varios individuos se habían propuesto denigrar á estos
dos jóvenes y han llegado á producir tanta animadversión
contra ellos, que yo mismo he hablado y escrito en contra
suya, y aun he brindado con muchos de mis compañeros por
el puñal que hiciera el bien de quitarles la vida. En los días
que he permanecido en La Plata he hecho un dilatado estu­
dio de los que se me habían pintado como unos monstruos, y
lleno de indignación y de arrepentimiento he propendido á
que se efectúe esta reunión para satisfacer en público á estos
jóvenes, á quienes ofrezco mi amistad.= Esta manifestación
tuvo eco en varios corazones generosos, entre los cuales cuen­
to al Dr. Rufino Vega, que aquella noche acabó de conven­
cerse de que los miembros de la camarilla, lejos de compren­
der la misión que pudieran tener, habían dado rienda resuelta
á sus pasiones en contra de la misma causa que debían de­
fender.
El 26 ó 28 de Octubre llegó á Tierradentro un Cuerpo
de línea como de 400 hombres, al mando de un Sr. Alvarino,
que antes había sido Oficial del Gobierno y ahora se había
vuelto revolucionario por satisfacer las aspiraciones que lo do­
minaban. El Comandante Heliodoro Ruiz, Jefe de la Columna
del Centro y del Batallón número 5.0, había trabajado mucho
por impedir que Alvarino tomara parte con los rebeldes;
pero á pesar de sus antiguas relaciones y de la influencia que
ejercía sobre él, nada había podido conseguir. La llegada de
este refuerzo se hizo conocer en los campamentos enemigos
por las bandas de música y cornetas que traía, la bandera y
uniformes del Cuerpo, y lo que es más, por los movimientos
arreglados que éste ejecutó en presencia nuéstra. Inmediata­
mente mandó nuestro General que se replegaran á Inzá todas
las fuerzas que había en el Guanacas, pues ya era un hecho
que se pensaba en atacarnos por Tierradentro.
El día 30 todo anunciaba que se preparaban para una
batalla. Los Jefes enemigos recorrían la línea y pasaban re­
vista á sus batallones ; los indios se movían con mas veloci­
dad y cambiaban con presteza sus campamentos, y en fin,
todo era un vivo aviso de que al día siguiente pelearíamos
contra gente disciplinada y contra indios salvajes al mismo
tiempo. El General París dispuso que nuestro campo de de­
fensa fuera El Pedregal, para lo cual todos los destacamentos
deberían retirarse á ese punto tan luégo como fueran ataca­
dos, trayendo siempre al enemigo a la vista, para obligarlo á
batirse en nuestras posiciones. El Batallón numero 3° se co_
552 Boletín de Historia y Antigüedades

locaría en nuestra ala derecha sobre el cerro de Topa, acer­


cándose cuanto fuera posible hacia nuestro centro, que sería
defendido por la artillería, colocada cerca del pueblo, y el
Batallón número 5.0 formaría el ala izquierda, quedando las
compañías de Popayán é Inzá de reserva para ocurrir adon­
de fuera necesario. Lo difícil para nosotros era esa retirada
desde Inzá por un camino tan malo y estrecho, dominado en
toda su extensión por los fuegos enemigos, porque si éstos
conseguían introducir el desorden en nuestra fuerza, su triun­
fo era seguro. Mas si por el contrario conseguíamos atraerlos
á nuestro campo, su pérdida sería completa.
Pasámos toda la noche en la expectativa más cruel,
oyendo el ¡alerta! de los centinelas enemigos y percibiendo
casi hasta sus palabras, pues había puntos, como en Rionegro,
en donde nuestro campamento no distaba del enemigo sino
veintitrés metros. Al amanecer el día 1? de Noviembre todo
había desaparecido del otro lado del Ullucos, y sólo habían
quedado en el Salado unos tres novillos gordos que cogimos
y nos comimos con gran regocijo de los pobres soldados que
ya casi morían de hambre. El Ejército contrario se había re­
plegado al centro del territorio, y todo quedó en tranquilidad
por algunos días.
Los que se habían quedado en La Plata aguardaban con
la más grande ansiedad el resultado de todos los preparati­
vos, y no faltaron Jefes de alta graduación que pasaran sus
bestias y equipajes al lado oriental del río para estar preveni­
dos para huir á la primera noticia adversa que recibieran.
Mariano París, hijo del General, que hizo toda la campaña
como compañero de su adorado padre, quiso divertirse á
costa de los que se habían quedado, y le escribió al Capitán
José María Mallarino una carta contándole todo lo ocurrido,
y otra con estas pocas palabras :
< Mi querido Pepe: el Batallón 5? ha sido destrozado
completamente; Guerra queda gravemente herido ; mi papá
se retira apoyado en una Compañía del 3.0 y seguirá hasta
Neiva. Ház que líen bien mis baúles y los pasen al otro lado
del río, sin que nadie sepa nada.
<Tuyo, Mariano."

Mallarino desempeñó su papel á las mil maravillas, y es


fama que muchos de los que vieron la carta. no se murieron
por falta de valor para ello. Sólo Rafael Escallón hizo lo que
cumplía á un hombre de honor: puso en salvo los papeles
de la Comisaría y preparó su muía para ir á nuestro encuen­
tro ; pero nuestra llegada puso fin al sainete para dar lugar
Apuntamientos de viaje 553

á las risotadas y al contento. Pocos días después se realizó lo


que Mariano París había inventado por chancearse.
Para el io de Noviembre ya no nos quedaba duda algu­
na de que el General Mosquera con todo su Ejército venía
sobre nosotros por Tierradentro. El Mayor Lisandro Caicedo
le avisó al General París que por Silvia habían pasado más de
dos mil quinientos hombres llevando trenes de artillería, más
de mil reses y centenares de cargas de parque y equipaje. El
General envió esta carta al Gobierno, pintándole por última
vez lo angustioso de nuestra situación ; pero al Gobierno no
le pareció que un sólo testigo hiciera plena prueba (i), y no
se movió ni nos auxilió con nada más que con el consejo de
retirarnos esquivando el combate, como nos lo había dicho
desde el 6 del mismo mes en una carta reservada que recibi­
mos en la Manga el 17, cuando ya no era posible hacerlo,
como adelante diré.
Trasladóse á los campamentos de Ullucos todo el cuar­
tel general, el parque y lo servible que teníamos, dejando en
La Plata al Comandante José María García Tejada como Jefe
de la plaza y el escuadrón de caucanos que se llamaba Lance­
ros del Guanacas. Dispúsose un ataque para el día 16, y cuan­
do todos esperábamos la terminación de esa azarosa campaña,
se suspendió todo y nuestra atención se dirigió sobre uno de
nuestros Jefes, acusado de traidor con las más agravantes
circunstancias. La cosa pasó así:
Súpose que el Comandante Heliodoro Ruiz había reci­
bido cartas de los enemigos y había pasado á su campamento
el 14, casi al anochecer, habiendo permanecido allí cerca de
dos horas. Este hecho por sí solo habría bastado para hacer
recaer sobre ese Jefe las más negras sospechas, y con sobrada
razón; pero en el acto se acordaron todos de que en Neiva
había elevado una representación pidiendo su separación del
Ejército porque no tenía voluntad de servir ;
Que en la toma de La Plata, en lugar de marchar con
su Batallón por Coetando, había salido por Potrerillo;
Que cuando se le dio orden de situarse en el Boquerón
de Cansarrocin.es devolvió al Oficial que se la comunicó, pre­
guntando cuál era ese sitio, lo que dio bastante tiempo á los
sublevados para escaparse por aquella vía;
Que después de haberle explicado a qué punto se le
mandaba ir con todo su Batallón, se detuvo hasta que pasó
el último soldado, aumentando así las dificultades de la perse­
cución á los dispersos;

fi) Véase el oficio de 2t de Noviembre, número 134


554 Boletín de Historia y Antigüedades

Que cuando se le previno que preparara su Batallón para


una correría á Tierradentro, expuso en un largo informe las
dificultades que había y los malos resultados que podía traer
consigo la expedición;
Que no se atrevió á aconsejar nada al Comandante Ce­
rezo cuando le preguntó desde Inzá lo que debía hacer el día
que los caucanos vinieron en derrota del páramo de Guana-
cas; y en fin, que había sido íntimo amigo de Alvarino y con
él era con quien había tenido correspondencia, todo lo cual
aumentaba horriblemente las sospechas y colocaba á Ruiz en
el más falso predicamento.
El General, como dije arriba, suspendió los preparativos
para la batalla y mandó que viniera Ruiz á hablar con él.
Ruiz escribió en el instante una circular á los Sres. Generales
París y Buitrago, Rufino Vega, Sergio Arboleda, Manuel
José González, Carlos y Próspero Salcedo y á otros, pregun­
tando si en su concepto se había portado bien ó mal durante
la campaña. Esta previsión acabó de perderlo en concepto
de todos, pues todos pensaban que no habría dado ese paso
si no se encontrara culpable; sin embargo, todos le contesta­
ron que su comportamiento había sido brillante y digno de
elogios, y sólo el General París difirió su respuesta para cuan­
do Ruiz hubiera contestado á los cargos que se le hacían.
Este rasgo hará conocer cómo andaba la sanción pública en
aquellos buenos tiempos. Ni uno solo de los que acusaban al
Comandante Ruiz ante su General se atrevió á manifestar en
presencia del acusado la más ligera duda respecto á su con­
ducta.
Ruiz concurrió al llamamiento del General montado en
un caballo castaño y acompañado de los dos Oficiales con
quienes había ido al campamento enemigo. Su entrada al
pueblo del Pedregal se verificó por entre una doble fila de
curiosos, y nadie dejó de notar que venía avergonzado y me­
ditabundo como un reo convicto y confeso. Apeóse en la casa
en que vivía el General, y media hora después volvió á salir,
recorrió el pueblo á pie, y al fin tomó su caballo y partió
para su cuartel en Viborá, saludando con alguna altanería á
los que hallaba á su paso.
Ruiz es un joven de buena presencia, un poco bajo de
cuerpo, de cabeza bien conformada, la frente algo acha
tada, adornado con un par de cejas pobladas, ojos garzos,
barba castaña clara muy abundante y cuidadosamente recor­
tada ; de maneras exageradamente finas; de genio concen­
trado y poco comunicativo, y muy amante de las fórmulas so­
ciales; es un hombre bastante agradable, pero que no inspira
Apuntamientos de viaje 555

confianza ni respeto. Lleno de ideas de gloria y grandeza


militar, es un paria en estos tiempos de desmoralización y demo­
cracia, y ya no hay quien comprenda su alma, acostumbrados
como estamos á ver el ejército convertido en una asamblea de­
liberante. Sumamente sensible y algún tanto nervioso, se había
vuelto casi misántropo, huyendo de las penas que le causaba el
sufrimiento de los demás. Muy instruido en las ciencias milita­
res y celoso por los fueros de su profesión, es á un mismo
tiempo subordinado hasta la humildad y exigente hasta la
altanería. Tenía ó tiene la pretensión de volverle al Ejército
su naturaleza y su esplendor, y ha querido comenzar por él
mismo la reforma, para tener el derecho de no disimular á
los demás sus faltas de subordinación ó de mando. Por esta
razón se mostró tan exigente cuando se le dio la orden de
colocarse en el Boquerón de Cansarrocines con todo su Bata­
llón, como adelante diré.
Cuando los acusadores exaltados del Comandante Ruiz
vieron que no se le mandaba fusilar y que se permitía su re­
greso al campamento que ocupaba, se indignaron de tal
suerte que daban rugidos de cólera y se mesaban los cabe­
llos. Los señores de la camarilla, varios Oficiales y hasta el
Dr. Rufino Vega, á quien el General París había honrado
con la más ilimitada confianza y á quien llamaba su brazo de­
recho, pidieron su pasaporte, manifestando < que habían perdi­
do toda esperanza de que el General hiciera algo á favor de la
causa que defendíamos,= ¡ como si fuera nada lo que hasta en­
tonces había hecho ! Este procedimiento alarmó en gran mane­
ra al General, porque se creía abandonado de todos, y para él
era menos malo seguir martirizado como hasta entonces que
quedarse aislado y sin apoyo....
Para colmo de amarguras el General Buitrago, que hasta
aquel día había permanecido indiferente y mudo espectador
de lo que pasaba, sin apoyar las ideas de la camarilla porque
todas se dirigían á dar batallas, y él no era hombre de andar
á caza de esa clase de aventuras, y sin atreverse á contrariar­
las por temor de incurrir en su desagrado, creyó llegado el
caso de ganar fama y prosélitos, y escribió una carta al Ge­
neral París en que le decía que por su cobardía y flojedad
nada se había hecho favorable en toda la campaña, y que
hasta los traidores descarados encontraban en él apoyo y pro­
tección, etc. Esta carta no tenía más objeto que el que los
caucanos apreciaran toda su energía y valor, al leerla, y des­
pués guardarla ó destruirla sin que el General París la viera.
El General Buitrago, que temblaba como un niño á la
presencia de cualquiera de sus subordinados, temiendo que se
Boletín de Historia y Antigüedades

indignaran contra él, no podía atreverse jamás á provocar la


cólera del General París, y mucho menos á criticar sus ideas
por el riesgo que había de que se dispusiera alguna batalla ó
cosa parecida. Nada le disgustaba más que las molestias, y
por evitarlas habría dado algunos días de la vida pasada.
El General París entró á la casa de Buitrago al tiempo
mismo que éste recibía las felicitaciones y muestras de apro­
bación de los que habían sido invitados á leer ese parto de
su ambición y vanidad. A su presencia todos enmudecieron
y se inmutaron tan notablemente, que el General comprendió
que algo grave pasaba entre ellos, y habiéndole dicho uno de
los circunstantes que se trataba de una carta para él, se acer­
có á la mesa en que la habían dejado y puso la vista en sus
renglones. Nada es capaz de pintar lo que pasó entonces en
todos los semblantes. Los ojos del General chispeaban de ra­
bia y de despecho, y su truncada mano buscaba la empuña­
dura de su espada.
Buitrago, pálido y desencajado, temblaba como el azo­
gue y buscaba un apoyo para no caerse de sus pies, sin atre­
verse á levantar los ojos del suelo; Arboleda y González se
sonreían como gozándose en la pesadumbre desesperante que
corroía las entrañas del General en Jefe; Próspero Salcedo
alzaba las manos como pidiendo al Cielo misericordia ; y el
Dr. Vega trataba de disimular el temblor de sus labios. Por
último estalló la tempestad....
—¡Imbécil!—exclamó el General dirigiéndose á Buitra­
go.—¡ Usted también me insulta y me ultraja !____ ¡ Usted,
indio miserable y cobarde que no merece ni aun mi despre­
cio !.... ¡ Ahora es cuando conozco hasta dónde me han he­
cho despreciable, cuando hasta usted se atreve á injuriarme!
¡ Me considero arrastrado por el lodo, después de haber leído
esa producción de su alma tan baja y tan miserable como
todo lo suyo ! =
—Mi General—dijo Buitrago con tono suplicante—yo
no pensaba que usted leyera ese papel, que no es más que
un proyecto de lo que intentaba escribirle .
—Es una infamia todo lo que usted escribe, y nadie
podrá levantar el dedo contra mí, repuso el General, ago­
tado ya por la vehemencia del dolor. Lo que he hecho con
Ruiz, ni usted ni los espíritus apocados á quienes trata de
adular pueden comprenderlo, porque ha sido obra de la re­
flexión y no un aborto del desenfreno, como lo hubieran de­
seado ; y mi conducta en la campaña no ha podido ser otra
porque estoy acompañado de usted, cuya cobardía es pro­
verbial.
Apuntamientos de viaje

.Y diciendo esto estruJÓ la carta entre los dedos y se la


arrojo a la cara al que merecía aquella noche algo más que
esta filípica, y salió de la casa apoyado en el brazo del Ca­
pitán Mallarino y seguido del Dr. Vega y de mí.
En el camino para nuestra habitación nos dijo el Gene­
ral : < Sólo el temor de lo que pudiera suceder á esta pobre
República me ha impedido el darle á Buitrago el castigo
que merece, pasándolo con mi espada. He hecho un sacrifi­
cio más para que no se diga que por mí se perdió alguna vez
la buena causa....= Reflexionando después, agregó como
para sí mismo : <He hecho bien: los hombres colocados en
cierta posición no tenemos derecho de tener actos primos."
Esa noche no durmió el General ni un minuto, y apenas
amaneció el 17 hizo llamar á Ruiz y tuvo con él el siguiente
diálogo:
—Sé que usted ha pasado al campo enemigo y que está
en relaciones con él.
—Sí, señor—contestó Ruiz sin inmutarse:—fui con el
permiso que usted me concedió, y no he tenido más relaciones
con el enemigo que la carta de Alvarino que le envié á usted
con el .Alférez Pontier.
—¿ Con el permiso que yo le di ? ¿ Cuándo, en dónde
he concedido yo permiso ?....
—Señor—dijo Ruiz con respeto,—tan luégo como recibí
la carta de Alvarino en que me decía que estaba moribundo
de pesar al tener que pelear contra mí y que se acabaría de
quitar la vida si por desgracia sus soldados me mataban en
el próximo combate, mandé al Alférez Carlos Pontier, Ayu­
dante de mi Batallón, que le trajera á usted la carta y le su­
plicara de mi parte me hiciera el favor de decirme si podía
aceptar la entrevista que Alvarino me proponía, de la cual
esperaba poder recabar que éste se separara de las filas enemi­
gas y volviera al buen camino. Pontier volvió en el momento
diciéndome que usted había leído la carta y había contesta­
do < que le parecía bien,= con lo cual no vacile y pase al
campamento contrario, acompañado del mismo Pontier y del
Sr. Rafael Estévez...
—¿ Pero cómo ha podido decir Pontier—preguntó el Ge­
neral admirado—que yo concedía ese permiso ?... Pontier
nada me preguntó, nada me dijo de parte de usted. Vino,
me entregó la carta, y cuando se la devolví, montó á caballo
y regresó á Viborá. En esto hay algún misterio o alguna fal­
sedad (1).
(1) Pontier es un joven, natural de Cartagena, corto de genio y escaso de
S¡S Boletín de Historia y Antigüedades

—De lo cual no puedo ser responsable, concluyó Ruiz,


porque para mí era un hecho que usted me concedía permiso
de hablar con Alvarino.
—¿ Y porqué si usted tenía esa creencia—preguntó el
General con energía—no me dijo antier ni una palabra res­
pecto de la entrevista ? Si su conciencia estaba tan tranquila,
¿ porqué me callaba el resultado de su diligencia? ¿porqué
aguarda usted á que yo lo llame por segunda vez y le pre­
gunte ?
—Señor—dijo Ruiz poniéndose colorado,—mi diligencia
salió vana : Alvarino pretendía que yo abandonara las ban­
deras de la legitimidad, y no ha dado muestras de querer se­
pararse de la causa que defiende. Me pareció indigno de un
General en Jefe ocupar su atención con detalles tan de poca
monta y tuve vergüenza de hablarle á usted de ellos en los
momentos en que toda su alma estaba embebida en las gran­
des cuestiones que tiene que resolver. Por otra parte, creí
que al ver usted que yo nada le decía, debía comprender
que ningún resultado había dado mi conferencia.
— Sea de ello lo que fuere—dijo el General con reflexión,—
usted, Ruiz, se ha perdido en la opinión del Ejército. Se le
acusa á usted de traidor^ fundados en que desde Neiva ma­
nifestó que no tenía voluntad de servir al Gobierno, y dos
veces más ha solicitado usted su licencia indefinida ó abso­
luta ; en la toma de La Plata cambió usted mis instrucciones
mandando á los caucanos por Coetando y viniéndose usted
por Potrerillo ; no quiso marchar á Cansarrocines sino des­
pués de que todos los rebeldes se habían escapado; no quiso
marchar á Tierradentro cuando se pretendió hacerlo; recibe
cartas del enemigo, las contesta usted de un modo ambiguo y
sin avisármelo; va donde él, y yo que soy su Jefe lo ignoro ;
y en fin, cuando lo hago venir para abrirle la puerta á la con­
fianza y proporcionarle la oportunidad de dar una explica­
ción de su conducta, pide usted certificados sobre su com­
portamiento y se presenta al cuartel general con la arrogancia
del triunfo, según me lo han dicho los que á su paso lo vie­
ron. Todo esto quiere decir algo, Ruiz, y por eso lo he he­
cho venir otra vez, para que como caballero diga usted si

palabras ; afanoso y precipitado en sus cosas, y creo que de no mny clara inteli­
gencia. Cuando vino con la carta de Alvarino, permaneció mudo delante del
General, y sin decir también una palabra montó otra vez en su caballo y volvió
donde Ruiz, repitiendo la única frase que salió de los labios del General
< ¡ Bien! = dijo éste como esperando alguna explicación ; pero Pontier, que no
estaba habituado ¿ estos monosílabos aislados, picó al galope, llegó á Vil>orá y
dijo : u El General contestó que estaba bien.= Asi es que en mi concepto ni
Pontier ni Ruiz tuvieron mala fe en la interpretación de esa frase
A/untamienioj de viaje 559

quiere servirle a Mosquera ó volverse para Bogotá, para ex­


tenderle Su pasaporte para dondequiera; bien entendido que
no puede permanecer más á mi lado.
—Mi General, dijo Ruiz—ahogando los sollozos,—muy
terrible es todo lo que usted me dice, y no estoy preparado
para contestar; diré algo, sin embargo, porque estoy ino­
cente : lo juro por mi honor y por el respeto y veneración
con que lo miro á usted. En Neiva quise separarme del Ejér­
cito, porque mi esposa estaba enfeima en Bogotá y así me lo
exigía : quería complacerla á costa de mi reputación militar,
y por eso he repetido dos veces mi solicitud, esperando po­
der probarle después que había hecho lo posible por volver á
su lado. En la toma de La Plata yo mismo me sorprendí al
llegar á Potrerillo, pues estaba creyendo que iba para Coe­
tando. Los guías extraviaron los caminos y me trajeron por
donde debían haber ido los caucanos. Estoy tan inocente en
este punto, que aun hoy no podría volver á pasar por el ca­
mino que traje, porque vine como ciego. Era la primera vez
que llegaba á esos lugares, y me habría dejado llevar á Nei­
va si hubieran querido, pues á mi ignorancia se reunía la
absoluta confianza en el guía que me señaló el Estado Mayor.
Ese mismo guía tuvo la culpa de que yo preguntara cuál era
el Boquerón de Cansarrocines, puesto que no había por allí
paraje ninguno conocido con ese nombre. Había un bo
querón llamado de La Plata y un cerro conocido por Can-
sarrocines, y yo necesitaba saber á cuál de los dos debía
dirigirme para no dejarme engañar como lo acababa de
ser con el camino de Coetando. Cuando se me explicó que
era al boquerón de La Plata adonde debía ir se agregó
en la orden—“con todo el Batallón"; y ya ve usted, mi
General, que era preciso hacer pasar el río á todo el Bata­
llón para cumplir. Si el Estado Mayor me hubiera dicho con
qué objeto se me mandaba ir, tal vez me hubiera movido con
los pocos soldados que estaban del lado de acá; pero nada
se me dijo sino que me situara en ese punto. Cuando usted,
mi General, me dio orden de prepararme para una correría
por Tierradentro, yo no me rehusé á marchar ; sólo que me
tomé la libertad de explicarle al General Frías las malas con­
secuencias que podía haber de esa expedición, y fue el Ge­
neral Prías y no yo quien escribió sobre eso. La nota fue de
mi letra, es verdad ; pero en lugar de hacérseme un cargo
de eso, más bien creo yo que se debía tener en cuenta mi
celo por la conservación de esta pequeña fuerza, en la cual
tienen puestas todas sus esperanzas las innumerables victi­
mas de la revolución. Si me hubiera callado y la expedición
5Ó0 Boletín de Historia v Antigüedades

se hubiera perdido, me habría muerto de remordimientos. Dos


cartas he recibido del enemigo : una del General Mosquera,
que usted leyó en mi cuartel de Viborá en el mismo acto en
que la recibí, y la otra de Alvarino, que inmediatamente se
la remití á usted con el Alférez Pontier. La contestación que
di á la primera fue enteramente de acuerdo con las ideas que
tuve la honra de expresar delante de mi General el día que
la recibí, y si no se la mostré á usted fue porque no me pare­
ció que en mi letra quedaba buena, y le recomendé á un
amigo que sacara una copia. La contestación á Alvarino se
redujo á estas palabras: < El General París conviene en que
yo lo vea á usted, y en consecuencia iré esta tarde al ponerse el
sol.= Ya le he dicho á mi General cuál fue el motivo que tuve
para no hablarle de esa entrevista; y en cuanto al último
cargo, debo confesar que las esquelas que escribí pidiendo
certificados de mi conducta en la campaña, las puse preocu­
pado con la jdea de que algunos señores se estaban cebando
en mi reputación tan sólo por el delito de ser bogotano, y
quise ver si por escrito sostenían lo que yo sé que han dicho
verbalmente, en cuyo caso les pondría un tapaboca con lo
que usted, el General Buitrago y el Dr. Vega dijeran, porque
inocente como me encontraba, tenía seguridad de que esos
votos me serían favorables ; y en caso de que no tuvieran
bastante valor para firmar lo que antes aseguraban, su mismo
proceder era mi justificación, que es precisamente lo que ha
sucedido al presente, porque ha de saber, mi General, que to­
dos, excepto usted, me han contestado del modo más satisfac­
torio y lisonjero. Mi General me conoce bien y sabe que no
he podido presentarme con aire arrogante. Cuando fui lla­
mado antier vine un poco desabonado porque ignoraba el
motivo de haberse suspendido las operaciones y temía algún
disgusto con individuos que se encontraban aquí; mas cuando
vi que usted nada me habló que no fuera con la bondad que
acostumbra, salí alegre y desahogado, y tal vez mi semblante
haría aparentar arrogancia cuando mi alma no sentía más
que satisfacción.
Otras muchas cosas dijo Ruiz que por no extenderme de­
masiado no expongo, aunque tengo apuntamientos de todo to­
mados allí mismo. Por último convino en que su mala estre­
lla lo había colocado en tal situación que no podía conservar
el mando del Batallón, y al desprenderse de él, después de
haber acordado con el General que se le admitiría una de
las tres renuncias que había hecho, lloraba de tristeza al se­
pararse de los soldados á quienes él había enganchado, orga­
nizado é instruido, y pidió al General como última gracia que
ApiítiiaHiientos de vtaje 5^

les nombrara en su reemplazo un Comandante que los cui­


dara y agasajara como él lo había hecho. <Son casi mis hijos-
decía—o a lo menos los miro como á tales. Búsqueles usted,
mi General, un Jefe que no los desprecie.=
Desde aquel mismo día dejó Ruiz de pertenecer á la i?
División del Ejército del Sur, pero tuvo la satisfacción de re-
cibir muesti as de grande aprecio y estimación de todos los
hombres de sano juicio y buen corazón, como el Dr. Vega, el
Capitán Mallarino y otros muchos.
Los preparativos para la marcha de este Jefe á Bogotá
los hizo el Alférez Pontier, pues no se le permitió volver á
Viborá, y si hubiera tenido el buen juicio de presentarse el
día 19 con un fusil al hombro en lugar de seguir su marcha,
habría ganado más gloria y fama que la que podía apetecer.
Esta fue en mi concepto la única falta de Ruiz ; pero sobre
ella nadie ha dicho una palabra.
El General París estaba como aturdido por lo que había
visto y oído en esos últimos días. Se creía humillado y envi­
lecido por lo que de él habían dicho y escrito, por el papel
que se le había querido hacer representar, y lo que es peor, por
las injurias que le había irrogado el General Buitrago. Veía
que su prestigio se había acabado en fuerza de la constante
murmuración de sus detractores, y recordaba con amargura
la conducta del Coronel Córdoba, de que hice relación antes;
la repugnancia con que hasta algunos alcaldes de pueblos mi­
serables contestaban sus comunicaciones; el abandono en
que lo había dejado el Gobierno; la coacción que se trataba
de hacerle para obligarlo á tomar resoluciones trascendenta­
les; la mala fe de los que le rodeaban, y por último, el des­
abrimiento é indiferencia con que se le trataba por los que
antes lo atendían y complacían.
Sumergido en un abismo de meditaciones que le hacían
comprender más y más su poca influencia en las operaciones
que dirigía, se encaminó al campamento de La Manga y allí
recibió la comunicación de la Secretaría de Guerra de 6 de
Noviembre, número 131, en que le decía el Poder Ejecutivo
que podía retirarse sin presentar batalla, porque importaba
sobremanera conservar la División; consejo bien gracioso
por cierto, después de habernos dejado abandonados por tan­
to tiempo, halagándonos con la esperanza de un pronto soco­
rro, y cuando ya se habían adelantado las cosas á un punto
en que no era humanamente posible volver atrás. Tres mil y
tantos hombres teníamos al frente de nuestros campamentos,
prontos á echarse sobre nosotros al menor descuido, y domi­
nándonos en una extensión de diez ó doce leguas. Desde el
36—IV
¿62 Boletín de Historia y Antigüedades

instante en que hubiéramos dejado á Inzá, el enemigo se ha­


bría puesto á nuestra espalda, y no era posible esperar que se
hubiera escapado uno solo, atacándonos por el flanco y por
retaguardia. El Mariscal Ney se habría encontrado incapaz
de hacer ese movimiento con soldados escuálidos, enfermizos
y descalzos cómo estábamos. Esto en cuanto á la materiali­
dad de retirarnos, que si se atiende á lo grave y trascenden­
tal del paso, creo que no habrá uno sólo que juzgue que en
la situación en que se encontraba el General era posible dar
la orden, y mucho menos hacerla cumplir.
Ya no era tiempo de recuperar el prestigio perdido; ya
los ánimos se habían exaltado mucho y no se podía calmar­
los en un momento para hacerles comprender la razón ; ya la
indisciplina había cundido en el Ejército en términos de ha­
berse desertado el Sargento Mayor Vicente Cabrera, Coman­
dante de un pequeño piquete de caballería de Garzón, y mu­
chos soldados del Batallón 5.0, que marchaban por las noches
llevándose sus armas y municiones, y pocos eran los que
obedecían; todos se hacían un deber de gritar que no triun­
fábamos porque no combatíamos, y que el día de la batalla
sería el. de la victoria; ya no era para el Ejército el General
París el oráculo que antes decidía de nuestros destinos, y
nadie ó casi nadie se curaba de lo que decía ó mandaba; la
obra que meses atrás habían emprendido < los hombres hon­
rados del Cauca = estaba consumada; la política tortuosa del
Gobierno había producido sus frutos, que destilaban sobre
nosotros su jugo emponzoñado. En una palabra, el estado
moral de la División hacía más imposible nuestra retirada
que la situación física en que nos hallábamos.
Por otra parte, ¿ de quién huíamos ? Los indios no po­
dían intimidarnos porque siempre habían sido rechazados.
Las tropas del Cauca no se habían atrevido á atacarnos.
Mosquera no había llegado, según lo aseguraban los caucanos
que estaban con nosotros, siendo para ellos un hecho incon­
trovertible que el Tomás C. de Mosquera á quien veíamos era
otro hombre disfrazado para representar el papel como en un
teatro. Nadie, ni el Gobierno mismo, habría creído que el Ge­
neral París tenía razón para retirarse sin combatir. La rechi­
fla nos habría acompañado por todas partes y los soldados
se habrían desbandado y dispersado sin ventaja para nadie.
Por la atormentada imaginación del General cruzó el
pensamiento de aprovecharse de las buenas disposiciones que
manifestaba el Jefe de la revolución en una cariñosa carta que
el mismo día 17 le escribió desde Segovia, para negociar con
él la retirada de la División sin que nos molestara ni persi­
Apuntamientos de viaje 3¿>3

guiera; pero la deshonra y vilipendio que un convenio como


éste le acarrearía sobre el de la retirada sin combatir, lo ho-
rrorizó de manera que no volvió á pensar en ello. Y verda­
deramente no habría sido digno de un Jefe tan distinguido
un tratado tan poco belicoso.
La carta de Mosquera no contenía más que palabras de
ternura y cariño, y quejas al destino que lo arrastraba á un
campo enemigo del del General París; pero una posdata
de su puño y letra le decía que < su primo el Sr. Julio Arbo­
leda acababa de escribirle desde Santa Marta proponiéndole
que olvidaran sus antiguos odios y unieran sus ejércitos para
dominar el país y gobernarlo de acuerdo con sus principios.=
<Como esta propuesta—concluía la posdata—es de tánta
trascendencia para la República, querría contestarla por
conducto tuyo ó de tus agentes, y así te suplico me digas si
por medio de Briceño y Ucrós puedes hacer llegar á manos
de mi primo Julio las cartas que te remitiré.=
El General París creyó naturalmente que esa carta no
tenía más que dos objetos: primero, avisar que el que tenía­
mos al frente era el mismo General Mosquera ; y segundo,
hacernos desconfiar del Coronel Arboleda que con una Divi
sión estaba combatiendo la revolución en la Costa y era el
candidato para la futura Presidencia, y lo que era más, la cau­
sa que había movido al Gobierno á armar y despachar una
flotilla por el Magdalena, en vez de auxiliarnos con algo, como
lo había pensado y ofrecido. En consecuencia, contestó en
los términos más amistosos, y en posdata de su propia letra
agregó estas sencillas palauras: < No puedo hacer lo que me
indicas.=
La camarilla acordó mientras tanto un nuevo plan de
ataque, que fue presentado al General aquella misma noche
(17 de Noviembre). Este hizo varias observaciones y modifi­
caciones, y al fin quedó resuelto lo siguiente : la Columna que
estaba en Inzá, que era de unos 280 hombres, debería pasar
el río y sorprender ó atacar las fuerzas enemigas que había en
el cerro de San Andrés, obligándolas á retirarse hacia el Bo­
querón de Segovia: tan luégo como los nuéstros llegaran al
cerro más alto de este Boquerón, el Capitán Mariano Cama-
cho con 45 soldados del Batallón 5? saldría por la izquierda
del puente de Viborá para apoyar á los de Inzá y robustecer
el combate. La presencia de Camacho en la cúspide del cerro
del Boquerón sería la señal para que el Capitán Toribio Tri­
bín saliera por la derecha del mismo puente y reforzara con
los 50 soldados que mandaba las partidas expresadas. Cuan­
do Tribín hubiera coronado la altura, el Capitán Juan Anto­
5^4 Boletín de Historia y Antigüedades

nio Borrero con otros 50 hombres subiría al Salado y servi­


ría á los nuéstros de apoyo y de refuerzo. La presencia de
Borrero en el Salado sería la señal de marcha para el Sargen­
to Mayor José María Dávila, que con 60 hombres debía subir
á la ceja que domina el río y amagar sobre las casas de la
Venta, á cuyo tiempo los 185 hombres restantes cargarían
sobre el llano saliendo por el puente de la Manga, y generali­
zarían el combate.
Como se ve, nuestro movimiento tendía á obligar al ene­
migo á concentrar sus fuerzas, lo cual era una chambonada, y
no se dejaban partidas de reserva, lo que prueba que no era el
combate dispuesto por el General París, sino por los que infa­
tuados con lo que pensaban de sí mismos, creían saberlo todo
y tener derecho á ser creídos y obedecidos de los demás.
Sin embargo las cosas no habrían salido tan mal á no
haberse precipitado los movimientos; pero parece que el des­
tino nos había condenado á ser las víctimas de amigos y ene­
migos en esa campaña. Bien decía el General Posada en el
parte de la batalla de Manizales (1): 0 Los partidarios muchas
veces, sea que aconsejen, sea que critiquen, sea que aplaudan,
sea que censuren, causan más daño que los adversarios.= El
Dr. Rufino Vega acompañó al General París á Viborá, y en la
noche del 18 aconsejó á los Capitanes Camacho y Tribín que
pasaran el río y permanecieran escondidos en la maleza,
mientras llegaba la hora de auxiliar á Rueda y los suyos.
Los Capitanes aceptaron el consejo sin consultar ni dar parte
al General, y á las once de la noche ya estaban aguardando
el combate. El impetuoso Camacho, á quien llamaban el loco
por su temeridad en la pelea, resistió en su escondite seis ho
ras, y cansado de la expectativa se lanzó á las cinco de la ma­
ñana sobre un batallón bien uniformado y preparado que
al frente veíamos formado en batalla. El ataque fue recio y
vigoroso, pero no bien habían llegado los nuéstros á la cima
del cerro desalojando al enemigo á la bayoneta, éste se des­
plegó en la falda y volvió á subir dejando al pobre Camacho
encerrado y tomándolo prisionero con todos los que á sus ór­
denes iban. Tribín, que vio llegar á Camacho á la altura, se
lanzó á su puesto con un denuedo admirable, pero sin querer
obedecer á las órdenes que nuevamente le daba el General,
lo mismo que á Camacho, por medio de la corneta. Tribín
peleó como un león y murió como los héroes de la Edad Me­
dia, rodeado de los cadáveres de sus enemigos; pero su ex-

(1) Gaceta Oficial de 1860, número 55, página 2,527.


Apuntamientos de viaje 5&5

traordinario valor fue perjudicialísimo, pues no sólo perecie­


ron todos los soldados y oficiales que lo acompañaban (excep­
to el Sargento Mariño, que se salvó por milagro), sino que
hizo empeñar el combate en toda la línea, cuatro horas antes
de que viniera la columna de Inzá. Los únicos que anduvie­
ron con fortuna fueron los que entraron por La Manga. Ellos
consiguieron arrollar al enemigo y dispersarlo, y entraron
hasta las casas de la hacienda de La Venta, en las que Mos­
quera tenía su habitación y cuartel general, se apoderaron de
sus papeles, anteojos, lentes, etc., y consiguieron retirarse,
aunque con gran pérdida. El Mayor Dávila, que presenciaba
desde la altura la matanza y destrozo de Tribín y Camacho,
izó bandera blanca y se entregó junto con el Capitán Borre­
ro. Los que salieron de Inzá llegaron al Boquerón á las diez,
después de haber superado mil inconvenientes y de haber
vencido al enemigo en más de diez cargas á la bayoneta. Ya
estaba todo perdido, y no habiendo podido retirarse, se entre­
garon. Sólo 83 hombres útiles se salvaron de toda la División,
y emprendieron la retirada para La Plata junto con 37 he­
ridos.
De los que estábamos en Viborá salimos vivos el Gene­
ral París, su hijo Mariano, el Dr. Vega, el Capitán Mallarino,
el Comandante Aniceto Canales (primer Ayudante de cam­
po del General y sustituto de Ruiz en el mando del Batallón
número 5.0), el Mayor Elíseo Hurtado, un Alférez Carvajal,
que aquel día se pasó al enemigo y denunció el lugar en que
dejámos escondido uno de los cañones que teníamos, un Sar­
gento Sánchez con 4 soldados de artillería, dos sirvientes y
yo. Los demás quedaron muertos ó prisioneros.
Desde el principio del combate las mujeres que por allí
había se congregaron en una casita al rededor de un retablo
de San Antonio á quien habían encendido una multitud de
velas, y lloraban á gritos previendo nuestra derrota. Sus la­
mentos iban acompañados de las imprecaciones de un negro
viejo, soldado antiquísimo que se había quedado allí sin duda
por no ser necesario el tambor ó caja de guerra que manejaba
desde el tiempo de Colombia. El opinaba que valiéndonos
del diablo sacaríamos más ventajas que suplicando á los san­
tos, y cayéndose de embriaguez trataba de referir varias esce­
nas trágicas en que su idea había salido triunfante. Al centro
de aquel teatro infernal conduje al Capitán Mallarino para
comprar unas tortillas (arepas) que acababan de traer y con
las cuales pensábamos aplacar el hambre de tres días que nos
mataba. Recuerdo que se había puesto su mejor vestido y que
al tiempo de salir de la barraca en que había pasado la noche,
566 Boletín de Historia y Antigüedades

se volvió, sacó de entre sus corotos un escapulario y se lo col­


gó al cuello después de santiguarse devotamente. Esos fueron
los últimos momentos que pasé con ese amable joven : tuve
que separarme á unas cuadras de distancia, á activar el ca­
ñoneo sobre las tropas que rodeaban á Tribín, y cuando vol­
vía con el cañoncito, perseguido á cuarenta pasos por el ene­
migo, vi al Dr. Vega seguido de Mallarino que emprendían
la huida. <¡ Pepe, Pepe! le grité: ¡ aguarde usted al General,
no se vaya solo ! = Pero no me oyó, y en nada estuvo que por
su precipitación fuera aquel día el último de su vida. Yo me
detuve todavía un minuto sacando unos papeles pertenecientes
al archivo del cuartel de Tribín, ocupado ya por el enemigo,
y haciendo desmontar y esconder el cañoncito, y alcancé al
General que en mi famoso macho rucio trataba de alcanzar al
Dr. Vega y al propio tiempo se detenía á cada paso por
aguardar á Mariano, que venía atrás. El camino que seguía­
mos es de travesía y muy poco frecuentado, porque la vía
común estaba ocupada por los contrarios hacía media hora.
Debíamos pasar el río Negro por vado, bajar por la orilla de­
recha hasta cerca del puente, de donde nos hacían bastantes
tiros de fusil, y rodear después por varios cerros hasta caer á
la llanada del Pedregal. Vega y Mallarino se adelantaron
hasta perderlos de vista, y aunque creimos divisarlos después,
no los alcanzámos.
Nada he visto más tétrico y sombrío que el aspecto del
pueblo del Pedregal cuando llegámos. Parecía un cementerio
abandonado. En todo él no encontrámos más sér viviente que
el Dr. Andrés Posada Arango, médico del Batallón número
5.0, que había salido de Viborá mucho antes que nosotros, á
pie y con la mayor angustia, y había llegado hasta allí por la
casualidad de haber encontrado con el joven Rafael Estévez
(que fue uno de los que acompañaron á Ruiz á la entrevista
con Alvarino), quien le cedió su caballo porque estaba exáni­
me y sin aliento. Refiriónos en pocas palabras que de los que
habían entrado por La Manga sólo unos pocos se habían salva­
do y ya iban de huida para La Plata, temiendo la persecución
que sin duda nos harían; y al efecto nos mostró un cuerpo
como de quinientos hombres que venía por el llano de La
Venta. En consecuencia seguimos nuestra marcha por el alto
de Topa, sin otra novedad que el habérsenos reunido en la
bajada cuatro ó seis personas más, entre las cuales recuerdo
al General Prías y al Dr. Próspero Salcedo.
Al llegar al pie de Topa encontrámos como cincuenta
personas detenidas, porque á pocas varas de distancia había
una guerrilla enemiga dispuesta á hacer fuego sobre los que
Apuntamientos de viaje 5(>7

se atrevieran á presentarse. Hombres, mujeres y niños, con


rostros espantados, resolvían el gran problema de pasar ex­
poniéndose á una muerte probable, ó aguardar allí la suerte
que quisieran darles los vencedores, huyendo de la cual era
como habían abandonado sus hogares é intereses. Preguntóme
el General:—<¿Qué te parece que hagamos? =—< Continuarle
contesté; el riesgo aquí es incierto y por la espalda inminente
y seguro.=—< ¡ Sigamos ! = dijo el General, y picó su macho ;
pero el Comandante Canales quiso ser el primero en salir, y
se adelantó en un buen caballo que hacía caracolear á uno y
otro lado para desviar la puntería de los tiradores. Salimos
después uno tras otro y conservando la distancia de quince
pasos, como nos ordenó el General, y así tuvimos la fortuna
de llegar á las ocho de la noche á La Plata, sanos y salvos.
En el trayecto del pie de Topa á Cuevitas consiguieron
los enemigos matar al Capitán J. Vicente González, al Alférez
Ibarra, á unos diez soldados y no sé á cuántas mujeres y
gentes pacíficas de las que por allí pasaron.
Pero estos asesinatos eran nada en comparación de los
que se cometieron á nuestras espaldas. El Capitán Camacho,
á quien vimos prisionero por espacio de tres horas, fue muerto
después junto con su cuñado y algunos otros de su Compa­
ñía. El Capitán Quintero, que acompañaba al Mayor Dávila,
recibió en cambio de su rendición las puñaladas que le oca­
sionaron la muerte. Los que acompañaban á Tribín que lle­
garon á rendirse fueron muertos en el acto, porque no daban
cuartel; y por este motivo lúe por lo que el Sargento Mariño,
joven de una familia notable de Chocontá,se tiró por un cerro,
bajó dando volantines hasta el río Ullucos, y de allí lo ayudé
á salir valiéndome de los cables ó maromas del cañón de que
he hecho mención. El Dr. Rufino Vega, después de pasar el
río Negro por el vado, se internó en un bosque, tratando sin
duda de evitar la aproximación al puente; mas como no po­
día continuar, retrocedió acompañado siempre de Mallarino,
y ambos cayeron en poder de los que perseguían al General
París y á los que con él íbamos. Uno y otro fueron conde­
nados á morir en el acto, pero se tuvo la crueldad de hacerlos
andar hasta adelante de Topa, en donde sacrificaron al Dr.
Vega, quitándole á la Nación uno de sus más inteligentes y
honrados miembros, y a la Provincia uno de los hijos que
más la honraban (i). Mallarino se salvo por la fortuna de ha­
ber encontrado entre los victimarios a un tal Acero, conocido
(i) Véase lo que sobre estos asesinatos declararon bajo juramente el Co-
mandante Lorenzo González, el Mayor Dávila y el Alférez Justo Vargas. (Ga­
ceta).
568 Voletin deHisteria y Antigüedades

suyo, que por una fuerte suma que le ofreció convino en de­
jarlo escapar por el río. Al efecto lo llevó cerca del Páez,
hizo unos tiros al aire para hacer creer á sus Jefes que lo ha­
bía muerto, y fingió votarlo al agua. Allí permaneció Malla­
rino hasta más de media noche, en que saliendo medio muer­
to de frío, hambre y desolación, emprendió camino de La
Plata en compañía de algunos soldados nuéstros que á favor
de la obscuridad de la noche se retiraban. Llegó al Pital, en
donde se quedó algo afectado del cerebro, según el dicho del
Teniente Manuel Ospina, que habló con él y nos refirió esta
historia y la del asesinato del Dr. Vega, cuando se nos reunió
en el paso de Domingo Arias.
De los que entraron por Inzá sólo se salvaron el Capitán
Peña, su hermano, algunos indios de allí y creo que el Capi­
tán Manuel Paz. Los demás quedaron prisioneros ó muertos.
Los que formaban la Columna que atacó por La Manga
fueron los siguientes: el General Buitrago, que con el Capi­
tán Olaechea y los Adjuntos al Estado Mayor se quedó en
nuestros campamentos hasta que se reunieron treinta ó cua­
renta dispersos, con los que emprendió la retirada á La Plata,
habiendo tenido la fortuna de apagar los fuegos de la celada
de Pático con los de los que lo acompañaban; salió sin no­
vedad. El Comandante Lorenzo González, que no se supo lo
que hizo y cayó prisionero por no haberse atrevido á pasar
por Pático, junto con el Alférez Enojado. El Sargento Mayor
José de la O. Cerezo, que huyó á los primeros tiros, pasó por
La Plata á las tres de la tarde y vino hasta Bogotá contando
mil mentiras y esparciendo el terror por todas partes. El Sar­
gento Mayor Matías Rubio, hombre valiente y subordinado,
qne entró á la cabeza de la Columna hasta el cuartel de Mos­
quera y fue herido en la retirada por un balazo que le entró
por el medio de las caderas; vino á caballo hasta Neiva y
allí murió. El Teniente Aurelio Gaitán, joven impetuoso, de­
cidido é inteligente, que fue herido en un brazo y estuvo acos­
tado en el catre del General Mosquera. Los Alféreces José
María Jaime y José María Silvestre, que pelearon con valor y
salieron sanos. El Alférez Domingo Torres, que cargó con
brío, pero se aturdió en la retirada en términos de no com­
prender lo que le decían, y cayó en poder del enemigo con
veintitrés soldados, después de haber recibido unas cuantas
heridas. El Sargento Jesús Pineda, corneta, que dio varios
toques muy á propósito, sin ser mandado, y contribuyendo
así á que se salvaran muchos. El Sargento Matías Prieto, que
fue el que trajo las cartas y papeles cogidos al General Mos­
Apuntamientos de viaje 5*>9

quera, y sus anteojos ; y en fin, otros muchos que se portaron


muy bien, pero cuyos nombres no recuerdo.
De los que iban con Dávila se salvaron nueve soldados
y los Alféreces Juan B. Maquilón, Clodomiro Angulo y Gre­
gorio Martínez, todos los cuales se arrojaron de lo alto del
cerro y cayeron al río Páez, en donde un anciano compasivo
les ayudó á salir casi ahogados.
Para no seguir cansando con detalles, diré que la derro­
ta fue completa y de inmensas y terribles consecuencias para
la República; pero que á pesar de todo, peores habrían sido
los resultados si en vez de agresores hubiéramos sido ataca­
dos, porque diseminados como estábamos, nuestra línea ha­
bría sido hecha pedazos y no se habría escapado uno solo.
Si el movimiento del centro no se hubiera precipitado habría­
mos conseguido cuando menos reunirnos en La Manga, y em­
prender la retirada que el Gobierno se había servido aconse­
jarnos después de habernos prevenido que aguardáramos fir­
mes en nuestros puestos el auxilio que nos enviaría. Las tro­
pas de Mosquera eran cinco veces mayores que las nuéstras,
como podía comprobarse con los papeles cogidos en su car­
tera, que el Gobierno publicó alterándolos y truncándolos no
tablemente <pata no alarmar” como lo hizo también con el
parte oficial en que el General París avisaba la derrota, el
cual está en mi poder con la nota marginal del Dr. Sancle-
mente, Secretario de Gobierno y Guerra, para compararlo con
el que se publicó en la Gaceta de n de Diciembre de 1860,
número 2560.
Entre los papeles cogidos al enemigo estaba la carta en
que Alvarino le da cuenta al General Mosquera de que no
podía esperar nada favorable del Comandante Ruiz, por ha­
berse mostrado éste en la entrevista que tuvieron obcecado
defensor del Gobierno general. Esta carta, lo mismo que las
demás, la entregué yo mismo al Sr. Mariano Ospina, Presi­
dente de la Confederación.
En La Plata permaneció el General hasta las dos de la
mañana siguiente (20 de Noviembre), hora en que continua­
mos nuestra marcha para Bogotá. Esta retirada es de los
hechos más honrosos que pueden citarse en la vida de un
General, tanto por el método y orden con que se ejecutó como
por las dificultades que hubo que vencer.
Los heridos, las mujeres que habían seguido á la tropa,
el armamento y municiones que nos quedaban, en una pala­
bra, todo lo que fue posible traer lo trajimos: solo el equipaje
y correspondencia particular del General París se perdieron
por un imperdonable descuido del Comandante Canales, que
¿¡jo Boletín de Historia y Antigüedades

se había hecho cargo de conducirlos junto con sus propios


baúles. Estos llegarop sanos y salvos hasta Neiva, mientras
que los del General se quedaron abandonados en el camino.
Allí se perdieron mil documentos preciosos para la historia.
Los pueblos del tránsito se habían pronunciado en con­
tra del Gobierno y nos hostilizaban, al paso que los que po­
dían auxiliarnos se hacían los desentendidos para no com­
prometerse, no habiendo un copartidario nuestro que hu­
biera tenido la generosidad de darnos un vaso de agua. Sólo
la familia Ortiz (de Villavieja) se portó con nosotros en de­
rrota como se había portado cuando íbamos triunfantes. En
su casa encontrámos carne, sal, arroz, panelas, aguardiente y
todo lo demás que produce esa tierra con abundancia y aun en
profusión, y todo regalado y obsequiado con una generosidad
y cortesanía dignas de eterno reconocimiento. Yo no tuve la
fortuna de participar de este beneficio porque había tenido
que adelantarme con el General al campamento de los suble­
vados, como después diré; pero las abundantes provisiones
que cada individuo del Ejército y cada mujer llevaban, me
daban á conocer que eran bien merecidas las bendiciones que
todos imploraban para aquella honrada y numerosa familia.
Al Sr. José María Camacho le debimos también algunos fa­
vores que nos dispensó al General y su comitiva en el Es­
pinal.
Para mengua de nuestros copartidarios debo decir que
los contrarios se portaron de muy distinta manera. El Sr.
Fernando Gaitán, en el Ancón ; el Sr. José María Herrera y
sus hijos, en Neiva y Villavieja; los Sres. Hermógenes y Li-
borio Durán, en río Neiva; el Sr. Valerio Ricaurte, en el Es­
pinal, y el Sr. José Antonio Umaña en Tocaima, obsequiaron
al General París y le proporcionaron muchas cosas de que
carecía. Este viejo veterano recibía de los enemigos políticos
la honra y galardón que le negaban los mismos cuyas vidas y
haciendas estaba defendiendo.
Algunas autoridades hicieron en su escala lo que el Go­
bierno general había hecho en la suya : abandonarnos á nues­
tra propia suerte. El General París escribió al Sr. Prefecto
de Neiva participándole nuestra derrota y suplicándole nos
tuviera preparadas y aseguradas las embarcaciones del paso
de Domingo Arias y algunas arrobas de carne en los pobla­
dos para racionar la tropa. Cuando llegámos al paso referido
los sublevados habían quitado las barquetas y no teníamos
cómo pasar el Magdalena. Allí nos habrían cogido los que
venían persiguiéndonos, á no haber sido por el arrojo de al­
gunos jóvenes caucanos, soldados del escuadrón Húzares del
Apuntamientos de viaje 57i

Guanacas, cuyos nombres siento haber olvidado, que se pre­


cipitaron al rio y fueron nadando hasta el paso del Colegio,
de donde trajeron dos barquetas en las cuales pasámos todos
los demas. El mismo Prefecto pretendió con diversos pre­
textos detener la marcha de los restos de la División, y al fin
consiguió que el General con su hijo y sus Ayudantes de
campo nos quedáramos en Neiva, todo para salvarse él y pa­
sar adelante de nosotros. Por último, hizo cuanto pudo por­
que. diéramos un largo rodeo, para ver si nos alcanzaba su
familia que venía atrás, según tuvo la desfachatez de confe­
sarlo. Este hombre era el Dr. Joaquín Perdomo Cuenca, el
mismo que no tuvo el valor de darnos unos pocos caballos
que necesitábamos, por temor de echarse enemigos en el pue-
blo> ni la poca carne que se le había pedido. El Gobierno en
todos sus ramos y en todas sus escuelas estaba desquiciado.
A la hostilidad de los pueblos y á la indiferencia de las
autoridades y demás copartidarios se juntó la insolencia é
insubordinación de una parte de nuestra escasa fuerza.
Como he dicho, estábamos careciendo de víveres y no se
nos auxiliaba con la menor cosa, por lo cual el General se
dirigió al Sr. Fernando Gaitán, dueño de la hacienda del An­
cón, solicitando tres toros ó vacas para racionar la tropa. Gai­
tán accedió en el instante, y auxiliados de sus peones y de los
hermanos del Dr. Rufino Vega, trajimos las tres reses que
señaló el dueño y las fuimos entregando á los Jefes para su
distribución á la tropa. Tocóle por casualidad al escuadrón de
Guanacas la más flaca de las tres, lo que dio motivo á su
Comandante el Dr. Losada para congregar á los suyos y di­
rigirles un discurso excitándolos á la sedición y ofreciéndo­
los conducirlos < con solo el poder de su pujante brazo = á la
victoria, sin necesidad de que el Gobierno ni sus agentes to­
maran ingerencia en sus asuntos. Los lanceros se mostraron
dóciles esta vez, y con gritos y ademanes insolentes rompie­
ron las armas, botaron y pisotearon los vestidos con que se
les había uniformado, y comenzaron á desfilar para el lado de
Occidente. Mientras tanto el Teniente Gaitán formo en bata­
lla los soldados de su batallón, los preparó á hacer fuego so­
bre los sediciosos é hizo avisar al General. Este vino en el
acto y amenazó al Comandante con hacerlo fusilar si no obli­
gaba á las suyos á entrar en orden. La amenaza era tan seria
que Losada tembló de espanto, y pronto estuvo todo en cal­
ma. Sin embargo á pocos días tuvo el General que separar
á muchos de estos hombres de las filas que el mandaba y
darles pasaporte para Ibagué, adonde querían trasladarse para
libertar el Cauca. Según el informe del Capitán José Mana
572 Boletín de Historia y Antigüedades

Cancino, Comandante del destacamento de Barragán, cerca


del Chaparral, estos leales y honrados soldados, en lugar de
ir á libertar su tierra como lo deseaban, pasaron por el Cha­
parral y Ortega robando cuanto pudieron y asaltando á los
transeúntes por los caminos. El Dr. Losada, á quien se pre­
guntó sobre esto, contestó que era cierto que algunos se ha­
bían excedido un poco, pero que él los había castigado ya. El
hecho es que en poder de un sargento aparecieron un jarro,
un pocilio y algunas otras cosas de plata de la propiedad del
Cura de Ortega.
Así seguimos hasta cerca de Villavieja, en donde nuestra
descubierta dio parte de estar el enemigo al frente. Hicimos
alto en un bonito llano circundado de bosques, y el General
dispuso todo para abrirnos por la fuerza el paso que se nos
quería cerrar. Poco después vinieron de parte de los enemi­
gos dos comisionados, que fueron el Dr. Eduardo Castro,
médico, y el Cura de Villavieja, cuyo nombre no recuerdo, á
manifestarle al General que ellos se habían puesto < en armas
tan sólo para poner otro alcalde, porque el que tenían no era
de su agrado, y que así pedían que no los hostilizáramos, pues
por su parte nada teníamos que temer.= El General contestó
que < su misión era la de coger á Mosquera y sus cómplices y
no la de quitar y poner alcaldes, á no ser que el Sr. Prefecto
de Neiva, que ahí estaba presente, le pidiera el auxilio necesario
para hacerse obedecer, y que si no lo pedían, nada tenían que
temer de nosotros/’ Aunque los comisionados vieron que el
Prefecto no pedía tal auxilio no se consideraron bastante se­
guros, por lo cual, haciendo nuevas y más eficaces promesas
de no hostilizarnos, pidieron alguna garantía de que por
nuestra parte nada les haríamos. El General se dio á sí mismo
en garantía y dispuso que la tropa pernoctara en El Porvenir,
aceptando el convite que le hacían los Sres. Ortiz, mientras
que él y su comitiva seguíamos á Villavieja, centro de opera­
ciones de los sublevados.
Esta determinación del General produjo muy buenos re­
sultados, porque entre gente civilizada es muy raro que no se
aprecien los rasgos de hidalguía y generosidad, y los amoti­
nados no eran gentes comunes y despreciables.
En Villavieja encontrámos al Sr. Juan N. Cubillos, jo­
ven bogotano de mucho espíritu y decisión, que iba con plie­
gos para el General y había sido detenido allí por los ene­
migos. Nuestra llegada le volvió su libertad y salvó los plie­
gos de la pesquisa que estaban comenzando. Por la noche
llegó el correo de Bogotá con una abundante corresponden­
cia oficial y particular, la cual también vino á nuestras manos
Apuntamientos de viaje 573

sin oposición ninguna. En él nos remitía el Gobierno mil pe­


sos, pero el Prefecto de Purificación tuvo el buen tino de re­
tenerlos en su poder, temeroso de que los enemigos se apo
deraran de esa suma. A nuestro paso por Purificación los
recibimos y fueron un gran consuelo para nuestros angustia­
dos bolsillos.
Con la tropa no tuvieron los rebeldes tantas considera­
ciones como con el General París. La noche que durmió en
El Porvenir fueron sorprendidos cinco de nuestros soldados
por una partida de caballería enemiga, que trató de des­
armarlos y cogerlos. Estos se defendieron con valor y consi­
guieron rechazar y poner en fuga á los contrarios, dejando á
uno de estos herido y tomándoles un caballo y algunas otras
cosas de su equipo. El que más se distinguió de los nuéstros fue
un negro de apellido Mosquera, cuya presencia en el Ejército
del Gobierno es digna de saberse, por lo cual referiré esa
historia en pocas palabras.
Por allá en los últimos días de Septiembre uno de los
destacamentos del Guanacas cogió á tres hombres que le pa­
recieron sospechosos y los remitió al cuartel general. Dos de
ellos eran indios de Totoró y declararon que un señor á quien
no conocían les había pagado $ 30 para que trajeran al ter­
cero (que era negro) que venía de espía. Examinado éste,
dijo que era natural del Chocó y hacía seis meses que esta­
ba sirviendo á los revolucionarios como Escribiente de Ma­
yoría del batallón Cazadores ; pero que cansado de presen­
ciar arbitrariedades y excesos cometidos por sus compañeros,
había resuelto pasarse y venía á ofrecer sus servicios al Go­
bierno. Que entre los rebeldes era oficial, pero que serviría
con gusto como soldado. Ponderó el estado de desmoraliza­
ción y desaliento en que se hallaban las tropas enemigas, y el
terror que habían esparcido en el Estado del Cauca por los
robos, asesinatos y delitos de toda especie que cometían ; y
por último, dijo que en su opinión, con la gente que tenía el
General París podía triunfarse de la revolución, aunque los
autores de ésta estaban atrincherados en Calibío.
Preguntáronle porqué creía que nuestras fuerzas eran
suficientes para esa empresa, y contesto con mucho des­
embarazo que porque á su paso por nuestros campamentos
había calculado que en tal parte teníamos tantos hombres, en
tal otra tantos más, etc., que juntos con los que podíamos te­
ner en La Plata eran algo más de setecientos soldados.
La aproximación en sus cálculos y mil otras circunstan­
cias daban á conocer no solamente que era un espía, sino
también que era sumamente vivo, instruido y peligroso. Lo
574 Boletín de Historia y Antigüedades

redujeron por tanto á prisión y con un par de grillos lo tu­


vieron ea la cárcel, no obstante la opinión de muchos de que
debía fusilársele.
Cuando llegámos de Segovia derrotados, el General Pa­
rís mandó que se le abrieran las puertas y quedara en liber­
tad. El negro usó de ella para ir á ver al General y le supli ­
có que le permitiera seguir en su compañía, pues quería de­
mostrarle con hechos que se había pasado á las filas del Go­
bierno no porque hubiera creído que éstas estaban triun­
fantes, sino porque efectivamente no quería servir más á la
revolución. Que derrotado ó triunfante deseaba ser soldado
del Gobierno. El General convino en darle un fusil y permi­
tirle enrolarse en nuestras filas, y hoy es un magnífico solda­
do del Batallón 3.0 de Artillería.
En Tocaima ya casi no contábamos con Oficiales porque
todos se habían adelantado para Bogotá, siguiendo el ejem­
plo de la camarilla, que llegó á Portillo ocho días antes que
nosotros. Muchos soldados se habían desertado y otros ma­
nifestaban poca voluntad de seguir, por lo cual se les dio una
nueva organización, colocándose los Oficiales presentes, y con-
tinuámos la marcha dejando á la tropa en Tocaima, por or­
denarlo así el Poder Ejecutivo. En el tránsito me preguntó
el General si lo acompañaría yo en la nueva campaña que
tenía que abrir. Le hice protestas de no abandonarlo en nin­
guna circunstancia, y desde aquel momento me resigné á su­
frir todo lo que nuestros amigos y enemigos quisieran man­
darme.
La nueva campaña merece contarse separadamente y así
voy á hacerlo.
(Se publicó en el número XIY, tomo 3.0 del Repertorio
Colombiano).
Ra m ó n Gu e r r a Az u o l a
Bogotá, 2 de Julio de 1861.

BOCETOS BIOGRAFICOS
Ta n c o y Bo s m e n ie l Fé l ix —Publicista y poeta. Nació
en Bogotá el año de 1797 y estando en la infancia se trasladó
su familia á la Habana, donde siempre residió, por lo cual figu­
ra en la lista de escritores cubanos. En su juventud publicó
un libro de poesías que intituló Rimas americanas. Liberal
Heráldica 575

de avanzadas ideas, dio á luz varios folletos sobre abolición de


la esclavitud en Cuba, sobre asuntos religiosos locales y sobre
la conveniencia de la autonomía de la Isla.
Fornaris y Luaces dicen apreciando las poesías de Tan-
co : < El carácter de las poesías de Tanco es elevado, su en­
tonación valiente y sus aspiraciones siempre morales y auste­
ras. La versificación es las más de las veces robusta y en al­
gunas composiciones empapada de un misticismo que hace
recordar el lenguaje bíblico. Aspero en algunos versos, com­
bina otros con arte para la buena construcción de las estro­
fas, y su Sátira contra eljuego, aunque se resiente de prosaís­
mo, tiene trozos que imitan la verbosidad picante de las de
Tovellanos.=
El distinguido literato D. José Joaquín Borda hizo me­
recidos elogios del Sr. Tanco en 1868, en el número 6.° de
El Hogar. Allí dice que < su carácter fue eminentemente serio
y apegado á las formas clásicas =; que fue muy apreciado en
Cuba, donde le reconocieron sus méritos literarios, especial­
mente en la década de 1830 á 1840, en la cual brillaron in­
genios esclarecidos en los mejores centros intelectuales de
Cuba.

------- ■<>•***--------

HERALDICA
Ningún colombiano ignora que el Rey Carlos, en Marzo
de 1541, concedió á Tunja las armas de Castilia y de León :
un águila con dos cabezas coronadas de oro; el águila lleva
abiertas tanto las alas como las patas, y sobre el pecho el toi­
són de oro. En la parte inferior del escudo tunjano va una
granada.
Si ponemos en relación este escudo con el que lleva gra­
bado la silla de que trato, veremos que aquél y éste son uno
mismo. Esta circunstancia y la de haber pertenecido dicha
silla á la casa solariega de Gonzalo Suarez Rondon me hacen
juzgar que éste fue el primitivo dueño de mi silla.
Creo de mi deber añadir que esta se encuentra a la dis­
posición de la honorable Academia de Historia Nacional.
Turmequé, 1907.
Ma r t ín Me d in a (i )

(i ) Poseo una silla antigua que tiene grabado un escudo con las armas a
que se ha hecho referencia.
Boletín de Historia v Antigüedades

NOTAS OFICIALES
Bucaramanga, 8 Enero 1907

Sr. Pedro M «Ibáñez, Secretario perpetuo Academia Nacional Historia.

Recibí atenta comunicación particípame nombramiento hízoseme represen*


tar, asocio Dr. Manuel Ibáñez y José Joaquín García, esa honorable Academia
en fiesta patriótica celebraráse aquí veinte (20) corrientes.
Agradecido acepto honrosa designación y procuraré desempeñar cargo me­
jor posible.
Servidor, Pe ñ a So l a n o

Bucaramanga, 12 Enero 1907

Sr. Secretario de la Academia Nacional dejdistoria—Bogotá.

He recibido las credenciales con que me honra la Academia para que la re­
presente en la fiesta patriótica de la erección de la estatua de García Rovira, en
asocio del Dr. Alejandro Peña Solano y de D. José Joaquín García.
Acepto el cargo y por su conducto doy las gracias á esa respetable corpo­
ración.

De usted, Sr. Secretario, atento, seguro servidor,


Ma n u e l Ib á ñ e z

Bucaramanga, 14 Enero 1907


Señor.

Me es altamente grato acusar á usted recibo de su muy atenta nota de fecha


29 de Diciembre último, número 551, por medio de la cual se sirvió participar­
me la designación hecha en mí por esa importante Academia, para que unido
con los Dres. Alejandro Peña Solano y Manuel Ibáñez represente á la corpo­
ración en la fiesta patriótica en que se inaugurará la estatua del mártir General
D. Custodio García Rovira.
Considero, Sr. Secretario, como una positiva honra para mí el nombramien­
to á que dejo hecha referencia, no solamente por el objeto que se persigue sino
también por el respeto y simpatía que profeso á la ilustre y distinguida asocia­
ción que me lo ha discernido ; y por tanto no puedo menos de aceptarlo lleno
de reconocimiento.
Aprovecho esta oportunidad para ofrecer mis humildes servicios á la Aca­
demia Nacional de Historia, en cuanto me considere útil; y para hacer presente
á usted los sentimientos de alta estima con que me suscribo como muy atento
amigo y seguro servidor de usted,

Jo s é Jo a q u ín Ga r c ía

Al honorable Sr. Dr. D. Pedro M. Ibáñez, Secretario perpetuo de la Academia


Nacional de Historia—Bogotá.

IMPRENTA NACIONAL

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