Novela 1
Novela 1
La vida de Valeria y Gabriel parecía diseñada para nunca cruzarse. Valeria, una
abogada de éxito, siempre controló cada detalle de su vida hasta que una traición
devastadora por parte de su esposo la dejó frente a las ruinas de su aparente
perfección. Gabriel, por otro lado, es un hombre de espíritu libre pero marcado por
errores del pasado, que busca redención tras una vida de decisiones erráticas y
relaciones rotas.
– Valeria, no empecemos…
– ¡No empecemos!
– ¿Un error?
– ¡Dímelo!
– Un año.
– ¿Un año?
Murmuró, incrédula.
– ¿Un año y me lo dices así? ¿Me miraste a la cara durante un año entero, mintiendo cada
día?
– ¿Ibas a decírmelo algún día? ¿O esperabas que siguiera siendo tu estúpida esposa
perfecta mientras tú jugabas a tener una vida doble?
– No lo entiendes…
– ¡Cállate!
– No quiero oír tus disculpas. No quiero que intentes justificar lo que hiciste.
– Valeria, por favor, podemos hablar. No quiero que esto termine así.
– Vete
– Valeria…
Andrés dudó por un momento, pero finalmente ascendió. Tomó su maletín y se dirigió a la
puerta. Antes de salir, se giró para mirarla una última vez.
– Lo siento
Horas más tarde, Valeria estaba sentada en el sofá con una copa de vino en la mano. La
foto seguía abierta en su teléfono, una imagen que no podía borrar de su mente. Tomó el
anillo de bodas que aún llevaba en su dedo y lo miró durante unos segundos antes de
quitárselo y dejarlo sobre la mesa.
El sonido del teléfono vibrando la sacó de su trance. Era un mensaje de una amiga.
Valeria no respondió. No sabía qué decir, ni cómo empezar a explicar el vacío que sentía.
Se levantó y comenzó a caminar por la sala, como si el movimiento pudiera aliviar la presión
en su pecho. Pero no lo hacía. Cada paso solo parecía recordarle que estaba atrapada en
una vida que ya no tenía sentido.
Finalmente, se detuvo frente a su maleta. Sin pensarlo demasiado, comenzó a llenarla con
ropa y objetos esenciales. No tenía un plan, solo sabía que necesitaba irse. Necesitaba
escapar de esa casa, de esa ciudad, de todo.
Al día siguiente, Valeria llegó a la estación de autobuses con la maleta en mano. Miró el
tablero de salidas, buscando un destino que no reconociera, un lugar donde pudiera
desaparecer. Sus ojos se detuvieron en un nombre que le pareció lo suficientemente
desconocido.
– Un boleto para Costa Azul – dijo al empleado en la ventanilla.
Valeria asintió.
– Solo ida.
Capítulo 2: Costa Azul
El autobús se detuvo con un chirrido que despertó a Valeria de su sueño. Miró por la
ventana; el paisaje había cambiado por completo. El aire húmedo y salado del mar se
colaba a través de las rendijas del vehículo, ya lo lejos, las olas rompían contra las rocas. El
conductor anunció la última parada.
El pequeño pueblo costero parecía sacado de una postal: casas de colores pastel, calles
adoquinadas y barcos balanceándose en el puerto. Era un lugar que parecía estar
congelado en el tiempo, lejos de todo lo que había dejado atrás.
Valeria avanzó hasta un banco de madera cerca del muelle y se dejó caer con un suspiro.
Abrió su teléfono, pero rápidamente lo bloqueó de nuevo. No quería leer mensajes ni mirar
las redes sociales. Aquí, nadie la conocía. Aquí, podía empezar de nuevo.
Valeria levantó la vista. Un hombre de mediana edad, con un sombrero de pescador y una
gorra roja al hombro, la miraba con curiosidad.
– Se nota
– Los turistas siempre tienen esa cara. Como si no supieran por dónde empezar.
– ¿Hay algún lugar donde pueda quedarme? Una posada, tal vez – preguntó.
El hombre señaló hacia una calle empedrada que subía una colina.
– Aquí todos tenemos nuestras razones para venir. Espero que encuentres las tuyas.
Valeria no respondió. Simplemente comenzó a caminar por la dirección que él había
señalado, sintiendo el peso de sus palabras como una verdad incómoda.
En la puerta de la posada, una mujer de cabello gris y sonrisa cálida la recibió con los
brazos abiertos.
– Aquí todo es sencillo, pero te haré sentir como en casa. Pasa, pasa – dijo Elena,
guiándome al interior.
La posada olía a madera y lavanda. Las paredes estaban adornadas con fotografías
antiguas del pueblo, y una chimenea crepitaba en un rincón.
– Nadie viene aquí por "solo unos días" – dijo Elena con una sonrisa. – Pero no te
preocupes, tenemos espacio para cuando decidas quedarte más tiempo.
Valeria no supo cómo responder. Agradeció las llaves y subió a su habitación, que era
pequeña pero acogedora. Una cama, una mesita y una ventana que daba al mar. Por
primera vez en días, sentí que podía respirar.
Esa noche, bajó al comedor de la posada para cenar. Había solo dos mesas ocupadas, una
por una pareja mayor y otra por un hombre sentado solo, escribiendo en un cuaderno.
Valeria eligió un rincón alejado, pero no pudo evitar notar que el hombre la miró brevemente
antes de volver a escribir.
– Todos venimos aquí por algo parecido. Cambio, refugio, tal vez un poco de paz. Pero,
tarde o temprano, ese "aire" nuevo nos enfrenta a lo que dejamos atrás –comentó, con un
tono reflexivo.
Valeria frunció el ceño. No esperaba una conversación tan directa con un desconocido.
Valeria no respondió de inmediato. Sus palabras resonaron en ella más de lo que esperaba.
Antes de que pudiera preguntar más, Elena llegó con su cena y Gabriel se despidió con un
leve asentimiento.
– Disfruta tu comida. Tal vez nos veamos de nuevo – dijo antes de volver a su mesa.
Valeria lo observó marcharse, sintiendo que había algo en él que no podía ignorar.
Los siguientes días transcurrieron con una tranquilidad casi surrealista. Valeria exploraba el
pueblo por las mañanas, caminaba por la playa y regresaba a la posada para escribir en un
cuaderno que había comprado en la pequeña tienda del pueblo. No sabía qué escribir, pero
las palabras salían como una forma de liberarse.
Una tarde, mientras caminaba por el muelle, se encontró con Gabriel nuevamente. Estaba
sentado en uno de los bancos, mirando el horizonte.
– Parece que el pueblo no es tan grande – respondió Valeria, sentándose junto a él.
– Tranquilo no siempre significa fácil – comentó él. – A veces, el silencio puede ser más
ruidoso que cualquier ciudad.
– Tal vez por eso estoy aquí – dijo finalmente. – Para dejar algo atrás.
Gabriel ascendió, pero no presionó. Se limitó a mirar el horizonte, dejando que el sonido del
mar llenará el vacío entre ellos.
– Apenas llevo unos días, pero diría que sí. – Valeria dejó el libro sobre la mesa. – Aunque
este lugar tiene algo... extraño.
– No lo sé... Es como si todos aquí estuvieran huyendo de algo. Como si este pueblo
atrajera a los rotos. – Valeria lo miró directamente.
– Tal vez porque es cierto. – Gabriel cruzó los brazos y se apoyó en el marco de la puerta. –
¿No es eso lo que te trajo aquí?
Valeria guardó silencio, sintiendo que él había dado en el clavo. Finalmente, se encogió de
hombros.
– Digamos que mi vida en la ciudad dejó de ser soportable. – Gabriel emocionado con
tristeza. – ¿Es suficiente respuesta?
– No soy alguien que pueda darte muchas verdades, Valeria. Pero si quieres una: estoy
aquí porque hice cosas que me hicieron odiarme a mí mismo.
– Cosas que prefiero no discutir en la entrada de una posada. – Gabriel se giró hacia ella. –
¿Caminamos?
Valeria ascendió y lo siguió hacia la playa. El viento soplaba con fuerza, desordenando sus
cabellos. Ninguno habló durante varios minutos, hasta que Gabriel rompió el silencio.
– Una vez pensé que podía tenerlo todo: una carrera, una familia, amigos. – Su voz era casi
un susurro. – Pero resultó que no era tan fácil como lo imaginaba.
– Ambición, egoísmo... llámalo como quieras. – Gabriel pateó una piedra. – Perder lo que
amas no siempre es un accidente, a veces lo pierdes porque no supiste cuidarlo.
Valeria abrió la boca para responder, pero se detuvo. Sus palabras quedaron atrapadas en
su garganta. Finalmente, negó con la cabeza.
– No, aún no. – Su voz era apenas un susurro. – Pero lo estoy intentando.
– ¿Qué más sabes del pueblo? – cambió de tema, intentando aligerar el ambiente.
– Costa Azul tiene su magia. Pero también guarda secretos. – Gabriel se giró hacia ella. –
¿Te interesan las historias?
– Bien, entonces tengo una para ti. – Gabriel se detuvo junto a una roca grande. – Dicen
que, hace muchos años, este pueblo era un refugio para navegantes que querían
desaparecer. Piratas, comerciantes, hasta nobles que buscaban escapar de sus
obligaciones.
– ¿Estás diciendo que soy como un pirata? – Valeria arqueó una ceja, intentando contener
una sonrisa.
–Tal vez. – Gabriel se encogió de hombros. – Ambos estamos aquí buscando algo, ¿no?
– Sí, pero no estoy seguro de qué es todavía. – Valeria miró hacia el horizonte.
Gabriel se quedó en silencio por un momento, como si estuviera reflexionando sobre sus
propias palabras.
– Espero que no sea pescado. – Gabriel hizo una mueca, fingiendo horror.
– ¡Por supuesto que es pescado! – Elena le dio un leve golpe en el brazo con una servilleta.
– Es lo que más abunda aquí, ¿o qué esperabas?
Valeria rió por primera vez en lo que parecían semanas. Elena les sirvió los platos, y pronto,
el ambiente se llenó de risas y pequeñas anécdotas.
– Entonces, Valeria, ¿te quedarás mucho tiempo? – preguntó Elena mientras llenaba los
vasos con agua.
– No lo sé. – Valeria dejó el tenedor en el plato. – Por ahora, no tengo otro lugar donde ir.
– Aquí siempre hay espacio para los que necesitan un respiro. – Dijo Elena con una sonrisa
cálida.
– Bueno, me alegra que hayas encontrado algo de calma aquí. – Elena se levantó. – Pero
recuerden: los secretos del pueblo son de los más grandes. – guiñó un ojo, antes de
desaparecer hacia la cocina.
– Creo que este pueblo esconde más de lo que muestra. – Comentó Valeria.
– Sin duda. Pero es parte de su encanto. – Gabriel tomó un sorbo de agua. – Y parte del
peligro.
– Solo digo que, a veces, enfrentarse a lo que dejamos atrás puede ser más difícil de lo que
pensamos.
– Tal vez es lo que necesitamos. – Dijo finalmente, con un tono serio. – Tal vez es hora de
dejar de huir.
Capítulo 4: Aguas Profundas
– ¿Qué haces aquí tan temprano? – La voz de Gabriel resonó detrás de Valeria, quien
estaba sentada en el borde del muelle.
– ¿Y tú? – replicó Valeria, sin voltear. – Pensé que eras más de salir de noche.
– Hay algo en las mañanas en el puerto. El aire está más limpio, el mar más calmado. –
Señaló hacia el horizonte. – A veces necesito eso.
– ¿Y eso por qué? – Gabriel arqueó una ceja, con una media sonrisa.
– No sé… tienes algo inquieto en tu forma de ser. Como si siempre estuvieras buscando
algo que no puedes alcanzar.
– Tal vez porque lo estoy. – Gabriel lanzó una piedra al agua, viendo cómo se hundía
rápidamente. – Pero diez centavos, ¿qué haces tú aquí a esta hora? No me digas que el
insomnio volvió.
– Lo hizo. – Valeria se encogió de hombros. – Pensé que el sonido del agua me ayudaría a
despejarme.
– ¿Y funcionó?
– No mucho. – Valeria río sin ganas. – Creo que mi cabeza no sabe lo que significa
“despejarse”.
– Entonces, ¿por qué no intentas decir en voz alta lo que te atormenta? – Gabriel giró hacia
ella. – A veces, ponerle palabras a las cosas ayuda.
– Mi vida era un guión perfecto. O eso pensé. – Su voz era baja, apenas un murmullo. –
Una carrera exitosa, un matrimonio estable, amigos… todo en su lugar. Pero de repente,
todo se derrumbó.
– Le pedí que se fuera. – Valeria apretó los puños. – Lo miré a los ojos y le dije que no
podía soportar verlo un segundo más. Pero incluso ahora… siento que me traicioné a mí
misma.
– Porque confié en él. Porque permití que tuviera tanto poder sobre mi vida. – Valeria se
giró hacia él, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. – ¿Cómo se supone que vuelva a
confiar en alguien después de eso?
Gabriel tardó en responder, como si estuviera eligiendo sus palabras con cuidado.
– Lo que siempre hago: huir. – Gabriel emocionado con tristeza. – Pensé que si me alejaba
lo suficiente, podría dejar atrás el daño que causé. Pero no funciona así. El pasado te sigue,
no importa dónde vayas.
– Aprendes a vivir con él. – Dijo finalmente. – No puedes cambiarlo, pero puedes decidir
cómo te afecta.
– No dije que fuera fácil. – Gabriel se puso de pie, extendiéndome una mano. – Pero el
primer paso no es enfrentarlo solo.
Valeria lo miró, sorprendida por su gesto, pero tomó su mano y se puso de pie.
Horas más tarde, ambos estaban sentados en una pequeña cafetería del pueblo. La dueña,
una mujer mayor llamada Clara, les sirvió dos tazas de café y les sonó cálidamente.
– Siempre es bueno ver caras nuevas por aquí. – Dijo Clara. – ¿Son amigos?
– Entonces tómense su tiempo. Los mejores amigos se hacen con paciencia. – Clara se
retiró, dejándolos a solas.
– ¿Qué quieres que diga? – Gabriel se encogió de hombros. – Que somos dos almas
perdidas intentando entenderse.
– Podrías haberlo resumido. – Valeria tomó un sorbo de su café. – Pero sí, creo que tienes
razón.
– Entonces diez centavos, ¿qué sigue para ti? ¿Te quedarás en Costa Azul?
– No lo sé. Algo en este lugar me hace sentir… diferente. Como si pudiera empezar de
nuevo. Pero no estoy seguro de si tengo el valor para hacerlo.
– Empezar de nuevo nunca es fácil. – Gabriel entrelaza las manos sobre la mesa. – Pero tal
vez no necesitas valor, solo paciencia.
Esa noche, mientras caminaban de regreso a la posada, Gabriel se detuvo frente al mirador
que daba al océano.
– ¿Te has dado cuenta de lo vasto que es? – Dijo, señalando el mar. – Es como si pudiera
absorber todos nuestros secretos y seguir siendo infinito.
– Todos los tienen, Valeria. – Gabriel se giró hacia ella. – Incluso tú.
Valeria observó a Gabriel por unos instantes, tratando de descifrar lo que había detrás de su
sonrisa. Había algo en su forma de hablar, de la manera en que esquivaba los detalles, que
la hacía querer saber más, pero no quería presionarlo. No todavía.
– ¿Siempre tienes algo filosófico que decir? – preguntó ella, arqueando una ceja.
– Solo cuando me siento inspirado. – Gabriel se encogió de hombros. – Y este lugar tiene
esa magia. El mar, las noches tranquilas… la compañía.
Valeria no respondió de inmediato. El cumplido la tomó por sorpresa, pero lo dejó pasar.
– Tal vez deberías escribir un libro. – Sugirió, mirando el reflejo de las luces en el agua. –
Algo como "Lecciones de un alma perdida".
– Quién sabe. Tal vez tengas más seguidores de lo que imaginas. – Valeria lo miró de reojo,
con una sonrisa juguetona.
– No lo sé. – Su voz bajó un tono. – Tal vez abriría una cafetería, algo pequeño y sencillo.
Un lugar donde la gente pueda venir, sentarse y olvidar el ruido por un rato.
– Yo… – Gabriel se detuvo, pensativo. – Tal vez volvería a pintar. Era algo que me
apasionaba, pero lo dejé hace años.
– Porque empecé a pensar que no era lo suficientemente bueno. – Gabriel bajó la mirada. –
Y después… simplemente, ya no tenía la inspiración.
Valeria lo observó en silencio, sintiendo que había más detrás de esas palabras de lo que él
estaba dispuesto a admitir.
– Deberías retomarlo. – Dijo finalmente. – Tal vez aquí encuentres esa inspiración que
creías perdida.
– ¿Tú crees? – Gabriel levantó la vista, con una leve sonrisa.
–Claro. Este lugar parece estar lleno de segundas oportunidades. – Valeria se encogió de
hombros.
Más tarde, mientras regresaban a la posada, Gabriel señaló hacia un pequeño bar al otro
lado de la calle.
– Nunca es demasiado tarde para un trago. –Gabriel irritante. – Además, este lugar tiene el
mejor ron del pueblo.
– Está bien, pero si el ron no es tan bueno como dices, pagarás mi desayuno mañana.
El interior era cálido y acogedor, con paredes de madera y mesas pequeñas distribuidas por
la sala. Un hombre detrás de la barra los saludó con una sonrisa.
– Ya veremos.
– Está bien. Admito que tenías razón. – Dijo, levantando la copa. – Este ron es bueno.
Pasaron las siguientes horas conversando sobre todo y nada, riendo de anécdotas y
compartiendo pequeñas verdades. Para Valeria, era la primera vez en mucho tiempo que se
sentía ligera, como si el peso de su pasado se hubiera desvanecido, aunque fuera solo por
un momento.
Cuando salimos del bar, la calle estaba casi desierta. El aire era fresco, y las estrellas
brillaban con intensidad en el cielo despejado.
– Gracias por esto. – dijo Valeria mientras caminaban hacia la posada. – Realmente lo
necesitaba.
– No hay de qué. – respondió Gabriel, con una sinceridad que la sorprendió. – A veces, lo
único que necesitamos es una noche como esta para recordar que seguimos vivos.
Valeria lo miró de reojo, sintiendo que había algo en sus palabras que resonaba
profundamente en ella.
Valeria subió a su habitación, sintiendo una mezcla de emociones que no podía definir.
Mientras se recostaba en la cama, recordó las palabras de Gabriel y también. Tal vez,
después de todo, este lugar era exactamente lo que necesitaba.
Capítulo 5: Ecos del Ayer
El sol estaba alto cuando Valeria bajó las escaleras de la posada. Elena estaba en la
recepción, organizando un ramo de flores frescas.
– Buenos días, querida. – Elena levantó la vista con una sonrisa. – ¿Dormiste bien?
– El ron de Tomás puede ser traicionero, pero siempre vale la pena. ¿Te preparas algo para
desayunar?
– Gracias, pero creo que tomaré algo en el puerto. Necesito aire fresco. – Valeria se ajustó
el cabello en una coleta baja.
– Gabriel ya salió hace un rato. – Comentó Elena, mientras terminaba de acomodar las
flores. – Dijo algo sobre buscar inspiración.
El puerto estaba animado. Los pescadores descargan sus redes, las gaviotas daban vueltas
en el cielo, y los turistas recorrían los pequeños puestos de artesanías. Valeria caminó
lentamente, dejándose envolver por el bullicio.
– ¡Valeria! – La voz de Gabriel la hizo detenerse. Lo vio en uno de los puestos, sosteniendo
un cuaderno de tapas gastadas. –Ven aquí.
– ¿Qué estás comprando ahora? ¿Más secretos del pueblo? – Preguntó, señalando el
cuaderno.
– Algo así. –Gabriel irritante. – Es para volver a pintar. ¿Recuerdas lo que hablamos
anoche?
– Digamos que este lugar me está empujando a hacerlo. – Gabriel pagó el cuaderno y lo
sostuvo con cuidado. – Aunque no sé si aún tengo el talento.
– El talento nunca se pierde. – Valeria cruzó los brazos. – Solo se oxida un poco si no lo
usas.
– Está bien. Pero no te quejes cuando ganes. – Respondió, tratando de esconder una
sonrisa.
Horas más tarde, se encontraron en un banco cerca del mirador. Valeria tenía el cuaderno
en su regazo, mientras Gabriel hacía garabatos en una hoja suelta.
– Nada aún. Solo líneas. – Gabriel levantó la hoja, mostrando un caos de trazos.
– Supongo que es como dejar ir algo. Nunca estás listo, pero lo haces porque no tienes otra
opción.
- Hacer. – Valeria dejó escapar un suspiro. – Las personas, las expectativas, los miedos. A
veces siento que he estado cargando tanto que no sé cómo soltarlo.
– Quizás necesite un catalizador. – Gabriel giró hacia ella. – Algo que te obliga a dejarlo
todo atrás.
– ¿Cómo qué? – Valeria lo miró con curiosidad.
– Como este lugar. – Gabriel señaló hacia el mar. – Costa Azul tiene esa forma de sacarte lo
que no necesitas.
– Tal vez la tiene. –Gabriel irritante. – Tal vez por eso estamos aquí.
Más tarde, regresaron a la posada. Elena los esperaba con una bandeja de té y galletas.
– Productivo. – Respondió Gabriel, sosteniendo el cuaderno. – Aunque aún falta mucho por
hacer.
– Siempre hay tiempo. – Elena le dio una palmadita en el hombro. – Este lugar no tiene
prisa.
– ¿Qué harías si tuvieras que dejar todo esto? – Preguntó, mirando a Elena.
– ¿Dejar Costa Azul? – Elena se rió entre dientes. – Creo que no podría. Este lugar es mi
hogar, mi refugio. Aquí he vivido todo: mis alegrías, mis penas, mis secretos.
– Parece que este lugar tiene más capas de las que pensábamos. – Comentó Valeria.
Elena miró hacia la ventana de la posada mientras ordenaba unas tazas de té. El viento del
mar parecía más fuerte esa tarde, y las gaviotas volaban en círculos sobre el puerto. Valeria
y Gabriel aún no regresaban, pero algo en su ausencia la hizo sonreír.
– Esos dos se están encontrando más de lo que creen. – Murmuró para sí misma,
colocando la bandeja en la mesa.
– Puedes compartir lo que estás pintando, y yo consideraré mostrarte algo. – Valeria levantó
una ceja, desafiando.
– Claro, maestro. – Valeria dejó el cuaderno a un lado. – A ver si tu "arte" mejora para
cuando volvamos a la posada.
Gabriel alarmantemente tomó su cuaderno, pero antes de que pudiera responder, Valeria
señaló hacia el horizonte.
–Mira. – Dijo, con un tono más serio. – El sol está empezando a ponerse.
– Sí. – Valeria se abrazó a sí misma, como si el aire fresco comienza a calar en su piel. – Es
uno de esos momentos que te hacen olvidar todo lo demás.
– Solo cuando la compañía lo merece. – Respondió Gabriel, con una sonrisa ladeada.
De regreso a la posada, Elena los recibió con la misma calidez de siempre, pero esta vez
había algo diferente en su tono.
– Llegaron justo a tiempo. – Dijo, colocando una bandeja con té y galletas en la mesa. –
Parece que el viento traerá lluvia esta noche.
– ¿Lluvia? – Valeria miró hacia la ventana, donde el cielo comenzaba a oscurecerse. – Eso
explica el viento.
– ¿Te has dado cuenta de que cada vez que volvemos aquí, Elena nos tiene preparado
algo? – Dijo en tono bajo.
– Tal vez tiene un radar para detectar almas cansadas. – Respondió Valeria, sonriendo.
– No se necesita radar para saber cuándo alguien necesita un respiro. – Comentó, como si
hubiera escuchado su conversación. – Solo hay que observar.
– La sabiduría viene con los años, querido. – Respondió ella, guiñandole un ojo. – Y con las
historias que uno escucha.
–Todas. – Elena se cruzó de brazos. – Este lugar tiene una forma de atraer secretos. Y a
veces, las personas no pueden evitar contarlos.
Valeria y Gabriel intercambiaron una mirada, como si las palabras de Elena los hubieran
tocado más de lo que estaban dispuestos a admitir.
Más tarde esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas de la posada, Valeria estaba
sentada en su cama con el cuaderno en el regazo. Escribió unas líneas, pero luego se
detuvo, suspirando. Las palabras no parecían fluir como quería.
Valeria se levantó y lo siguió. En la hoja, Gabriel había dibujado un boceto simple pero
expresivo: el muelle al atardecer, con las olas rompiendo suavemente contra los barcos.
– Sí. – Gabriel se encogió de hombros. – No es gran cosa, pero… pensé que te gustaría.
– Es hermoso. – Dijo Valeria, con sinceridad. – Tal vez deberías considerar retomar la
pintura en serio.
–Tal vez. Pero primero, necesito saber si realmente estoy listo para hacerlo.