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La Historia de Mi Abuelo Pilagá

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La historia de mi abuelo pilagá,

Martín Felipe Silva


Por Fernanda Silva
7 año, Escuela Provincial N° 401 Barrio Qompi,
Pozo del Tigre, provincia de Formosa

La siguiente es una historia real tomada del testimonio de Martin Felipe Silva -
cuyo nombre original es Tegenqodi-, abuelo de la autora y protagonista de los
hechos. Esta reconstrucción, en la voz de Ignacio Silva, hijo del sobreviviente,
que sólo contaba lo ocurrido cuando el alcohol le daba coraje, está dedicada a
la memoria de las víctimas de las matanzas del pueblo Pilagá, ocurrida entre el
10 y el 30 de octubre de 1947, en el entonces Territorio Nacional de Formosa

-Un día mi abuelo salió a buscar suris, junto con otros diez u once muchachos y
un hombre mayor, conocedor de la zona, que tenía ciertos poderes para
interpretar lo que decían los animales y, a la vez, oficiar de curandero.
-Salimos de cacería con la necesidad de encontrar lo suficiente para comer.
Anduvimos todo el día hasta que llegamos al lugar donde un poblador blanco se
había afincado. Nos quedarnos medio lejos porque temíamos que nos
rechazara. Para nuestra sorpresa, se presentó de repente, en cuanto hicimos
fuego. Nos saludó, nos dijo que quería ver de dónde provenía el humo y hasta
nos invitó a pasar la noche en su casa. Aceptamos. Nos llevó a un corral que
tenía alambre tejido y nos trajo azúcar, yerba, harina, carne y fideos. No perdimos
tiempo. Empezamos a cocinar, comimos hasta que nos llenamos y nos tiramos
a dormir.
-Según contaba mi tío, después de medianoche empezaron a ladrar los perros.
Siempre ladraban en dirección al camino que daba al poniente y eso fue lo que
a mi abuelo le extrañó. Entonces, se levantó con mucho cui dado, para no llamar
la atención. Despertó a su amigo y le dijo: "Levántate, levántate. Parece que algo
está pasando". Su compañero se levantó rápido y prepararon las armas,
mientras los otros seguían durmiendo. A eso de las cinco de la mañana, cuando
ya casi era de día, entraron bruscamente los gendarmes. Fue tal la sorpresa que
ni siquiera pudieron reaccionar. Les quitaron las armas y despertaron a patadas
a los que todavía dormían. Bloquearon la salida y, en ese momento, se sintió la
voz del jefe ¡Fuego! ¡Que no escape ninguno!", recordó mi abuelo. "Qué
increíble! ¿De dónde sacarían el valor para enfrentar la boca de un arma que te
amenaza a una distancia tan corta?", piensa mi tío mientras cuenta y recrea la
voz de mi abuelo. Se quita las lágrimas y recuerda al abuelo que le contaba cómo
caían sus hermanos bajo el fuego abierto por los gendarmes.
-Cuando nos encañonaba a nosotros, nos tirábamos al suelo y rodábamos. Así
no tuvimos ni un rasguño. Cuando pararon para recargar las armas, aproveché
para correr. Salté un poste que había cerca del tejido, pero el ruido los alertó y
empezaron a tirar hacia donde yo caí. Rodé y me arrastré a toda velocidad para
tratar de alejarme hasta que ya no dispararon en mi dirección. Entonces empecé
a correr, zigzagueando, tal como hacen los suris cuando los corre un perro. Se
ve que alguno de los gendarmes me vio y volvieron a tirar hacia mí. Las balas
picaban cerca. Cotri, corrí y corrí. Me faltaba poco para llegar al monte cuando
una bala me rozó la pantorrilla. El disparo me levantó por el aire. Al caer volví a
rodar y después de que logré levantarme alcancé el monte. Me zambulli entre
las ramas y seguí corriendo en zigzag. Después paré a descansar un poco.
Cuando recuperé el aliento, volví a correr. De pronto senti un ruido raro y me
acerqué sigilosamente para ver qué era. Fue grande la sorpresa cuando vi que
era mi hermano Peletooe'n, Santración Zalazar. Comí a su encuentro. Estaba
arrodillado, boca arriba, tratando de largar todo el aire. Cuando estuvo más
tranquilo, me preguntó: "¿Y los otros, ¿dónde están?". Murieron todos, le dije.
Sólo quedé yo. Me abrazó y lloramos juntos. "Es un milagro el que nos hayamos
salvado", alcanzó a decir. Caminamos más o menos una hora y empezamos a
renguear. Ese día nos quedará marcado en la memoria para toda la vida.
-Ya faltaba poco para llegar a la toldería. Se abrazaron. Estaban llenos de
espinas y lastimados por las ramas. Sus taparrabos habían quedado hechos
harapos.
-Llegamos a un río viejo, en una bajada. Temíamos que Gendarmería nos
siguiera. Toda la gente empezó a llorar cuando nos vio. Después, a medida que
caminábamos, ya aliviados, rumbo a la toldería, nos encontrábamos con más
grupos de gente. Al llegar, escuchamos el de toda la comunidad. Las mujeres
nos sacaban las espinas y nos curaban las heridas mientras lloraban la pérdida
de diez hombres sin razón alguna. Al otro día todos se trasladaron hacia el Oeste,
por temor a que la Gendarmería pudiera perseguirlos.
-La matanza de los pilagás, aquí, en la zona de Pozo del Tigre es un hecho real.
Aquella vez sólo se salvaron dos hombres. Yo, Ignacio Silva, hijo de uno de ellos,
cuento esta historia con mucho dolor. En algún momento tomé la voz de mi padre
para recrear este suceso. Espero que al seguir mis palabras los lectores
recuerden que soy hijo de un sobreviviente. Mi nombre en lengua materna es
Sedaakie'n, el mismo que llevaba mi abuelo, y acerco a ustedes la memoria de
lo ocurrido, a través de mi sobrina Fernanda.

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