La aventura de Harriet
Las Wharton 4
© Jana Westwood. Diciembre 2022
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Prólogo
1784, Clarenshill. Inglaterra
Jacob Burford quería un hijo varón y así se lo hizo saber a
su esposa, Casandra, antes de que ésta quedase
embarazada. Para Jacob era muy importante que las
personas a su alrededor supiesen lo que esperaba de ellas,
no le gustaba que tuvieran que averiguarlo por sí solos ya
que eso les daba la posibilidad de equivocarse. Y si había
algo que Burford no toleraba era el que la gente se
equivocase.
Cumpliendo fielmente con sus deseos, Casandra Burford
parió un varón doce meses después de la boda y a ese niño
le pusieron el nombre de su abuelo paterno: Joseph, el
hombre más recto y severo de toda Inglaterra, según
palabras de su padre, algo que afirmaba con auténtica
admiración y absoluta ausencia de afecto.
Jacob amaba a su esposa. Por encima de todo. Más que a
nadie. Y, al parecer, ella también lo amaba a él. Así que la
vida en casa de los Burford se llenó de dicha con aquel
primer hijo deseado y amado por sus padres.
El niño iba a recibir la mejor instrucción en todos los
ámbitos pero fue su exacerbada curiosidad la que hizo la
mayor parte del trabajo. Así Joseph aprendió griego, latín,
matemáticas, literatura, además de adiestrarse en
estrategia y demás artes de la guerra, algo que a su padre
le parecía de lo más necesario en el mundo de los negocios
y al niño de lo más divertido.
El otro asunto importante en la vida de los Burford era su
empresa. Jacob tenía un sexto sentido para el comercio y su
esposa lo ayudaba enormemente a la hora de tomar
decisiones. Su buen carácter y su intenso escrutinio de
todas las posibilidades hacían de ella un activo
irremplazable y una brújula capaz de llevarlo por el buen
camino.
Al cumplir ocho años pasaron dos cosas importantes en la
vida de Joseph: nació su hermana, y su padre perdió un gran
cargamento a mano y espada de piratas.
—Es diminuta —murmuró el niño sosteniendo la pequeña
manita de Bethany.
—Tú también fuiste así una vez —dijo su madre, ojerosa y
pálida, recostada en los almohadones de su cama.
Hacía ya seis días que la niña había nacido, pero
Casandra no se había levantado de la cama aún.
—Papá está muy preocupado —dijo el niño mirándola
ansioso—. ¿Cuándo vas a poder levantarte, mamá?
—Pronto, hijo —sonrió tratando de trasmitirle confianza—.
Aún pierdo mucha sangre, necesitaré un poco más de
tiempo para recuperarme.
—El médico le gritó a papá que no debías tener más hijos.
No tengas más hijos —pidió el niño, olvidándose del bebé y
mirándola con temor—. Por favor, mamá.
Su madre sonrió y le acarició el cabello con ternura.
Casandra se recuperó y la pequeña Bethany dejó de ser
una preciosa y adorable cosita rosa para convertirse en una
niña que reía a carcajadas y miraba a su hermano mayor
con auténtica devoción.
—¿Dónde está Joseph, Bethany? —preguntaba su madre
sosteniéndola sobre sus piernas mientras él se escondía.
La niña señaló hacia el sofá y lo llamó «Jo». El niño salió
de su escondite con cara de disgusto y las manos en la
cintura.
—Es imposible, ¿cómo diantres lo sabe?
—Joseph… —Su madre contuvo una sonrisa fingiendo
severidad.
—Ya soy mayor, mamá, puedo decir diantres y demonio,
no son palabrotas.
—Pero no me gustan esa clase de expresiones, ya lo
sabes. Ven aquí. —Le acarició el pelo con ternura—. Quiero
que seas un perfecto caballero y hablando así parecerás
más un trabajador de los muelles. O, peor aún, un pirata de
esos que tanto odia tu padre.
El niño cogió a su hermana en brazos mirándola
interrogador.
—¿Cómo sabes siempre dónde estoy? Es imposible que
pueda esconderme de ti. —Miró a su madre—. En serio,
Bethany no es normal, mamá.
—Jo. —La pequeña lo abrazó rodeándole el cuello con sus
bracitos y el niño sintió cómo el cariño se extendía por todo
su cuerpo.
Sonrió derrotado.
—Eres muy lista, ¿lo sabes? Algún día tú y yo haremos
grandes cosas, hermanita.
—Tendréis que hacerle hueco a alguien más —dijo
Casandra y a continuación se acarició el vientre aún plano.
La mirada de Joseph se oscureció y el color abandonó sus
mejillas.
—No, mamá… —musitó.
Al cumplir diez años pasaron dos cosas importantes en la
vida de Joseph: nació su hermano Harvey, y su madre…
—Ven, hijo, siéntate aquí —dijo Casandra golpeando
suavemente la cama, no porque quisiera ser delicada, sino
porque apenas tenía fuerzas para moverla.
El muchacho tenía un nudo en la garganta desde hacía
días, pero se había prometido no verter una lágrima delante
de ella y hasta el momento lo había conseguido. El
semblante de Casandra era la viva estampa de la muerte,
ojos y mejillas hundidas, piel traslúcida y una debilidad que
le impedía colocarse el cabello que le caía sobre los ojos.
Joseph lo hizo por ella con suma ternura y su corazón
tembló dolorido en su caja.
—¿Cómo está mi hombrecito? —preguntó su madre con
lágrimas en los ojos—. Vas a tener que ser muy fuerte, hijo
mío.
El niño apretó los labios y miró hacia la cuna en la que
descansaba el bebé plácidamente. Casandra no podía ni
sostenerlo, pero quería tenerlo cerca y no había dejado que
lo sacaran de allí, a pesar de que se alteraba mucho cuando
lo oía llorar.
—Tienes que prometerme que cuidarás de tus hermanos
cuando yo no esté. Y de tu padre. Va a necesitarte mucho.
—¿Y quién cuidará de mí, mamá? —preguntó el niño con
pesar.
—Yo, cariño mío, yo cuidaré de ti, esté donde esté. Eres
mi tesoro, mi queridísimo hijo y sé que serás un buen
hombre. Si hay algo que lamento especialmente de… esto,
es no poder ser testigo de tus logros.
El niño se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y
sorbió los mocos mordiéndose el labio con la cabeza baja.
—Quiero que seas fuerte y también bueno, Joseph. Quiero
que cuides de los que son más débiles que tú, que ayudes a
aquellos que no tienen tu fortaleza. —Miró hacia la cunita—.
Harvey no tendrá madre, pero no quiero que viva en una
casa triste en la que solo se hable de una muerta. —Miró a
su esposo que estaba frente al ventanal y miraba hacia
afuera sin expresión en el rostro. Después volvió a posar los
ojos en su primogénito—. Si me queréis, debéis hacer todo
lo posible para ser felices. Ese es mi deseo.
—¿De verdad no se puede hacer nada? —Preguntó el niño
mirando hacia su padre—. ¡Papá! ¿De verdad nadie puede
pararlo?
—Es por mi culpa —musitó Jacob sin volverse—. Yo la he
matado. La he matado. La he matado.
—Jacob, no… —Casandra contuvo un sollozo angustiado y
Joseph se sintió culpable por ello, no quería que sus últimos
momentos fuesen tan angustiosos.
—Lo siento, mamá, perdóname —dijo tumbándose a su
lado para poder abrazarla—. No te preocupes por nada.
Estaremos bien. Cuidaré de ellos y seremos felices. —Las
lágrimas caían por los ojos del niño y por los de su madre—.
Haré grandes cosas, te lo prometo. Estarás orgullosa de mí
y yo nunca me sentiré solo. No temas nada, mamá, todo
será como tú quieres.
Al cumplir los quince años pasaron dos cosas importantes
en la vida de Joseph: recibió su primer beso, y se marchó de
casa.
—¿Papá ha vuelto a azotarte? —Bethany miraba a su
hermano que contemplaba el jardín tumbado bocabajo
frente a las escaleras sobre el suelo de la terraza—. ¿Por
qué ha sido esta vez?
—¿Qué más da, hermanita? —dijo él sonriendo con la
barbilla apoyada en las manos—. Hace un día magnífico.
—Quería salir a montar contigo, pero está claro que no
puedes —dijo ella sentándose a su lado en el suelo—.
Tenemos que hacer algo con él, esto tiene que parar.
El joven miró a su hermana con expresión sarcástica.
—No temas, pronto estaré lejos de su alcance. Me voy
con el capitán Milward dentro de dos días.
—¡No! —exclamó la niña asustada—. ¿Por qué no te has
resistido más?
Su hermano la miró con elocuencia y ella se mordió el
labio mortificada.
—¿Por eso te ha pegado?
—No estoy seguro —dijo sincero—. Hemos discutido de
muchas cosas.
—Es horrible —masculló Bethany—. Ojalá se muera.
El muchacho la miró horrorizado sentándose de golpe y
con un gesto de evidente dolor se puso de pie de un salto.
—No digas eso, mamá podría escucharte.
—Mamá está muerta, Joseph, muerta —dijo levantándose
también—. No nos escucha ni nos ve ni puede hacer nada
por nosotros. Papá es un hombre horrible y no sirve de nada
fingir lo contrario.
—Antes no era así.
—¡Pero ahora lo es! Trata mal a todo el mundo, incluso al
pobre señor Wragg.
El mayordomo llevaba en la familia desde que entró a
trabajar para el abuelo de su padre y conocía a Jacob desde
que era un niño. Joseph estaba seguro de que antes lo
quería, pero desde que había empezado a perder la
memoria su padre lo maltrataba de un modo cruel e injusto.
—Se mofa de él a pesar del cariño con el que el pobre
Wragg lo trata —dijo la niña entre sollozos—. No lo soporto.
—La muerte de mamá…
—¡Deja de excusarlo, Joseph! —gritó furiosa—. ¿Vas a
irte? ¿Sabiendo con quién nos dejas a Harvey y a mí?
—Cuando yo no esté, estaréis bien. A vosotros os dejará
en paz, solo es así conmigo.
—¡Oh! —Bethany se llevó el puño a la boca para ahogar
un grito.
No soportaba que su hermano fuese así, tan estoico y
contenido. Siempre encontrando un modo de apaciguar a
todo el mundo, de evitarles los golpes mientras él los recibía
sin descanso.
—Me convertiré en un buen marino y cuando regrese las
cosas cambiarán, ya lo verás —dijo forzando una sonrisa—.
Mi ausencia lo calmará, yo… le recuerdo mucho a ella.
—¡Eres igual que mamá! —sollozó su hermana
lanzándose a su brazos—. Todos los dicen. Tienes sus ojos y
su dulzura y su bondad. Por eso debería quererte más que a
nadie en lugar de… de… ¡Oh, cuánto lo odio!
El muchacho le acarició el pelo con ternura.
—No tienes ni idea de lo que es odiar, hermanita, a mí no
me engañas.
Bethany se apartó para mirarlo a los ojos.
—¿Se lo has dicho a Susan?
El muchacho negó suavemente con la cabeza. Los
problemas de uno en uno.
—¿Cuándo volverás? —preguntó la joven con expresión
dolida.
—No lo sé, pero creo que tardaré mucho tiempo. Deberías
olvidarte de mí.
La joven apretó los labios dispuesta a contener las
lágrimas como fuese. Le sostuvo la mirada y finalmente
avanzó hasta él y sin que Joseph moviera un músculo, le
plantó un beso en los labios y no se separó durante varios
segundos.
—Ya está —afirmó rotunda—, somos novios, así que te
esperaré y tú regresarás para cumplir con tu deber de
cortejarme.
Estaba perplejo, abrumado y perplejo. Nunca lo habían
besado y lo cierto es que esperaba ser él el que diese el
paso. Le gustaba Susan y también creía que al final se
casarían. Eran «algo» desde los catorce años, pero no
debería haber pasado en ese momento, justo cuando se
marchaba para no sabía cuánto tiempo.
—Dilo —le pidió ella—. Di que te casarás conmigo y
volverás sano y salvo.
—Será al revés. Primero tendré que regresar para poder
casarme.
—Dilo —suplicó temblorosa.
—Regresaré sano y salvo y nos casaremos.
Lo abrazó riendo entusiasmada y toda angustia y tristeza
desapareció de su rostro.
—Yo te esperaré —afirmó convencida—. Te esperaré lo
que haga falta, Joseph. Siempre he sabido que sería la
señora Burford.
Él sonrió al tiempo que asentía.
Joseph se marchó con el capitán Milward que tenía la
misión de convertirlo en un buen marino, para eso su padre
había pagado una suma considerable. El muchacho
aprendió el oficio desde abajo y fue subiendo en el
escalafón hasta llegar a convertirse en uno de los capitanes
de la armada más jóvenes de la historia. Durante ese
tiempo apenas tuvo noticias de casa, las pocas cartas que le
llegaban solían ser de su padre y este solo le hablaba de los
negocios para mantenerlo implicado en ellos. Volvió tres
veces en esos años y durante el tiempo que estuvo en casa
trató de compensar y satisfacer a todos, aunque no siempre
le resultó posible.
A los veintiún años ocurrieron dos cosas importantes en
la vida de Joseph: su padre lo obligó a vender su rango, y se
encontró con la nueva señora Burford.
Susan lo miraba esquiva y Joseph mantenía una expresión
marcial muy bien ensayada durante años.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos
vimos —dijo ella tratando de sonar relajada—. Has
cambiado mucho.
—Tú también.
—Le he pedido a tu padre que me dejase hablar contigo
antes, porque creo que tienes derecho a…
—Qué considerada eres…, mamá. ¿Te parece bien que te
llame mamá?
—Prefiero Susan, si no te importa. —Le tembló la voz.
—Qué pena que la carta en la que me explicabais esta
buena nueva se extraviase —siguió él en el mismo tono
indiferente—. Me habría gustado saberlo antes de llegar.
—Creía que tu padre… —bajó la mirada a sus manos que
se retorcían sin disimulo—. Ya no nos escribíamos, Joseph.
—Oh, no, desde luego.
Dio un paso hacia él y lo miró suplicante.
—Tú nunca me quisiste de verdad, no finjamos que sí. Mi
padre y tu padre son buenos amigos y ellos…
Joseph entornó los ojos dejando que emergiera algo de
emoción a ellos por primera vez.
—¿Te han obligado a casarte? —preguntó con prevención
—. Susan, si…
—No, Joseph —lo interrumpió—. Nadie me obligó. Mi
padre me convenció de que aceptara la invitación de tu
padre para ir a la ópera y lo pasé muy bien con él. Después
hubo otros eventos y poco a poco… sucedió.
Él torció una sonrisa cínica.
—Claro.
—Ninguno de los dos pretendía que ocurriera,
simplemente pasó.
—Simplemente.
—Nos queremos, Joseph.
—¡Oh, seguro! Ni por un momento se me ha pasado por
la cabeza que la ingente fortuna de mi padre, una fortuna
que probablemente tardaré mucho en heredar, haya tenido
nada que ver.
—¡Joseph! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?
—Tienes razón. Es más lógico pensar que te has
enamorado de un hombre treinta años mayor que tú, que no
es famoso por su dulzura y amabilidad, cuando tenías una
versión más joven y menos amargada a tu alcance.
Supongo que no podías esperar para disfrutar de las
ventajas del Burford rico y poderoso. Espero que las mieles
de la intimidad conyugal hayan sido igual de placenteras.
Su madrastra le propinó una sonora bofetada y después
lo miró con fijeza.
—No vuelvas a hablarme de ese modo nunca más. No te
lo consiento.
Él se tocó la mejilla sin borrar su cínica sonrisa.
—Después de hoy te doy mi palabra de que no volveré a
tocarte, pero antes debemos acabar esto como empezó.
La atrajo hacia su cuerpo y la besó con pasión
desmedida. Al principio ella trató de resistirse, pero él la
tenía bien sujeta y no le permitió apartarse ni un milímetro.
No se dejó un recoveco por explorar, su lengua la avasalló y
la dominó por completo acabando con cualquier amago de
contención por su parte.
Cuando la soltó se tambaleó mareada y su mirada no le
dejó lugar a duda. Joseph sonrió con desprecio.
—Ya veo —dijo enigmático.
—Joseph… —susurró ella con la mano en el pecho.
—Estáis aquí. —Jacob Burford entró en el salón, ajeno a lo
que acababa de pasar, y fue hasta su hijo para abrazarlo—.
Bienvenido a casa. Ven conmigo, tenemos mucho de lo que
hablar.
—Claro, padre. Susan… —Saludó con una inclinación de
cabeza y sin expresión alguna.
Jacob metió a su hijo en los negocios sin darle tiempo
para acomodarse. Joseph tuvo que aprender de nuevo todo
lo que ya había olvidado y olvidar lo que había aprendido,
pero no era tan fácil como su padre creía. Los años en la
armada habían acrecentado su tendencia natural a la
decencia, y las maniobras de su padre para conseguir
aquello que deseaba le resultaron más repulsivas que
nunca. Mientras Jacob trataba de trasmitirle la idea de que
si alguien se deja comprar, ya fuese porque no tuviese
cómo defenderse o por necesidad vital, merecía ser
comprado y que si no se aprovechaban ellos lo haría otro,
Joseph intentaba neutralizar las crueles e injustas decisiones
de su padre. Pero el mal tiene más poder y es más fácil de
ejecutar que el bien. Para conseguir el bien hay que
esforzarse más y luchar contra los que promulgan el mal,
contra los indiferentes y contra los cobardes. Demasiados
enemigos. Demasiado sufrimiento. El ánimo del joven
capitán se fue deteriorando con cada víctima inocente a la
que no podía rescatar. Familias a las que se les robaba todo
lo que tenían y que acababan convertidos prácticamente en
esclavos.
A los veintitrés años sucedieron dos cosas importantes en
la vida de Joseph: conoció al escocés que se convertiría en
su mejor amigo y decidió acabar con la tiranía de su padre.
Un hombre contemplaba las ruinas del poblado de pie en
mitad del campamento y Joseph lo contemplaba a él con
semblante apesadumbrado. Era fuerte y alto y portaba una
barba roja.
—¿Quién es? —preguntó a su segundo al mando.
El subordinado se apartó para preguntar y regresó con la
información.
—Al parecer era amigo de estos creek. Tenía una especie
de mujer entre ellos, una métis, de padre francés y madre
creek, esa de ahí era su casa.
—Señor Burford, no hemos encontrado a ningún
supervivien… ¡Cuidado!
Joseph paró el golpe que iba directo a su cabeza antes de
que lo tocara. Hicieron falta tres hombres para inmovilizar a
su atacante, que se había abalanzado sobre él y lo miraba
con una expresión indescifrable. No había rabia ni odio en
sus ojos tan solo una profunda determinación.
—Soltadlo —ordenó Joseph—. ¡He dicho que lo soltéis! —
Cuando obedecieron se encaró a él—. ¿Quieres decirme
algo?
—Te ha llamado Burford. ¿A qué has venido? ¿A ver tu
obra? —preguntó con voz profunda.
—Escocés —afirmó Joseph reconociendo el acento.
El otro no respondió.
—No te conozco y no sé ni por qué estoy hablando
contigo, pero yo no he tenido nada que ver con esto. —Lo
miraba a los ojos sin ocultar su propia conmoción por lo que
había visto allí—. Aunque, si quieres venganza yo puedo
ofrecértela. ¿Hay por aquí algún lugar en el que podamos
sentarnos a tomar un whisky?
El interpelado levantó una ceja como respuesta y echó a
andar sin esperarlo. Joseph ordenó a sus hombres que
regresaran al barco sin él y se apresuró a alcanzarlo.
—Soy Joseph Burford —se presentó.
—Dougal McEntrie —dijo el escocés mirándolo de refilón
—. Y voy a matar a tu padre.
Capítulo 1
Septiembre de 1811, Londres
Elinor miraba la carta de su hermana con expresión
aterrada. No era fácil asustar a la pequeña de las Wharton,
pero en aquellos momentos un sudor frío anegaba su
espíritu y las manos le temblaban sin control.
«…no temáis por mí, el capitán Chantler es un caballero y
me tratará como merezco. Siempre he querido vivir una
gran aventura, me he estado preparando para ello todos
estos años, y me temo que esta es mi última oportunidad
antes de tener que casarme. Perdonadme si os he asustado
al desaparecer de esta forma, pero estoy segura de que de
otro modo no me habríais dejado.
Vuestra hija, hermana, sobrina, cuñada y amiga que os
quiere,
Harriet.
Pd.: Elinor, por favor, no te cases con Colin en mi
ausencia».
Elinor estrujó la carta contra su pecho mientras sus
vertiginosos pensamientos trataban de encontrar una
manera de trasmitir aquella terrible noticia a sus padres. No
había nadie más en la casa para soportar ese peso con ella.
Carraspeó, paseó y trató de rebajar su propia tensión, no
puedes decirle a alguien que todo va a ir bien si tú mismo
estás completamente fuera de ti.
Después de hablar con las gemelas tuvo claro que algo
malo pasaba. Harriet no estaba en ninguna parte, había
desparecido sin dejar rastro. Volvió a casa y rebuscó con
ahínco en su dormitorio. Tuvo que deshacer la cama y
revolver en sus cajones antes de encontrar la misiva. Se
había vuelto completamente loca, solo así podía explicarse
aquel estúpido comportamiento. ¿Subir al barco del capitán
Chantler como polizón? Solo a Harriet podía ocurrírsele algo
tan descabellado y peligroso. ¿Qué pasaba si caía al mar
antes de poder explicarse? ¿Si la encontraba uno de sus
hombres y no la dejaba hablar siquiera? Eran tantas las
aterradoras imágenes que se le venían a la cabeza que le
resultaba imposible calmar su ánimo para contárselo a sus
padres.
—Elinor, tienes que bajar ahí y contarles lo sucedido. El
tiempo es vital, quizá el barco del capitán Chantler aún no
haya zarpado. —Estiró su vestido y respiró hondo antes de
dirigirse hacia la puerta.
El barón tenía los dientes y los puños apretados para
contener la tensión, mientras que su esposa se había
quedado completamente inmóvil, pálida y silenciosa.
—¿Adónde vas, papá?
—Hay que actuar rápido. Enviad aviso a vuestras
hermanas, y también al duque, quizá él pueda hacer algo
para que ese barco regrese, si es que ya ha zarpado. Yo voy
a los muelles ahora mismo.
—¡Voy contigo! —exclamó decidida.
El barón se detuvo para girarse a mirarla y sus ojos eran
tan gélidos que la dejaron congelada.
—Haz lo que te he dicho —masculló y a continuación miró
a su esposa—. Y cuida de tu madre.
Elinor se volvió hacia la baronesa y la vio tan encogida
que su corazón se estremeció.
Al días siguiente la casa de los Wharton era un hervidero.
Todos estaban allí: las hijas, los yernos, los duques, las
gemelas… Todos menos Emma, ya que en su avanzado
estado de gestación no era aconsejable el viaje y menos en
esas circunstancias. Los hombres se reunieron en el
despacho del barón mientras las mujeres vigilaban a
Meredith que no había recuperado el color desde que
conocieron la noticia.
—El capitán Chantler sabrá lo que hacer —aseguraba la
duquesa en ese momento—. Es un caballero y en cuanto la
descubra la traerá de vuelta.
—¿No deberían ir a buscarla? —musitó Elizabeth para que
solo lo escuchasen Katherine y Caroline.
—Seguramente es lo que están planeando ahora mismo
—respondió Katherine en el mismo tono.
—Me preocupa mamá —dijo Caroline sin quitar ojo a su
madre—. Esto es demasiado para ella. ¿En qué estaría
pensando Harriet?
Elinor se retorcía las manos y Marianne le rodeó los
hombros con su brazo para reconfortarla.
—Debió de ser terrible encontrar esa carta —dijo
mirándola admirada—. Fuiste muy fuerte, Elinor.
—Desde luego —corroboró Enid—, yo me habría muerto
allí mismo si tú hubieses hecho algo semejante.
—¿Yo? Soy demasiado cobarde para hacer algo así. Solo
Harriet se atrevería a…
Enid sintió los ojos de todas clavados en ella y bajó la
cabeza.
—Tienes razón —afirmó la baronesa muy seria—, solo
Harriet sería capaz de hacer algo tan estúpido. Todo esto es
culpa mía.
—No digas eso, Meredith —dijo la duquesa Greenwood.
—Es la verdad. —Su mirada era fría, pero Sophia sabía lo
mucho que debía estar sufriendo y no iba a tenérselo en
cuenta—. Sus locuras me parecían juegos de niña y la he
dejado hacer todo lo que ha querido. Es culpa mía.
—Mamá… —Katherine se levantó y fue a sentarse junto a
ella en el sofá—. No te tortures, Harriet siempre fue muy
especial y…
—Harriet es una consentida —la cortó su madre—, una
egoísta y una lunática. Eso es. No ha tenido en cuenta las
consecuencias que tendrán sus actos para todos. ¡Una joven
viajando sola en un barco como ese! ¡Su reputación ha
quedado manchada para siempre! Y la de tu padre, la mía y
la de Elinor. ¿Qué será de tu hermana pequeña? ¿Qué futuro
le espera?
—Lo único que importa es que Harriet vuelva a casa sana
y salva —dijo Elinor intentando que su voz sonase más
segura de lo que se sentía en realidad.
—¿Chantler se casará con ella? —preguntó Alexander.
—Hay un problema —dijo Edward—. Chantler lleva un
tiempo «visitando» a Bethany Burford y, por lo que yo sé,
los padres de ambos ven ese matrimonio con muy buenos
ojos.
El barón apretó los labios y respiró profundamente por la
nariz.
—El capitán Chantler es un caballero —afirmó James—.
No hará nada que dañe la reputación de Harriet.
—No —negó su padre—, eso ya lo ha hecho ella.
Los tres hombres callaron conscientes del enorme
disgusto del barón.
—Hay que averiguar hacia dónde se dirigen y enviar un
barco en su busca —dijo James mirando a Edward—. Podrías
hablar con Burford.
El interpelado asintió con expresión de disgusto.
—Hablaré con él y en cuanto tenga la información fletaré
un barco de los nuestros para ir tras él. Uno pequeño y
veloz que pueda alcanzarlo.
—¿Cómo podemos estar seguros de que está en ese
barco? —El barón los miraba interrogador.
—Lo dice en su carta.
—¿Y si no llegó a subir a bordo? ¿Y si alguien la interceptó
en el camino? ¡Iba sola, por Dios!
—Harriet es muy capaz de defenderse —dijo Alexander
contundente—. Le aseguro, barón, que hay pocos hombres
capaces de derrotarla.
—De hecho —intervino Edward—, muy pocos, señor.
—Poquísimos —añadió James.
El barón se mostró ciertamente aliviado al escucharlos.
Era lo que necesitaba oír.
—De acuerdo —aceptó—. Supongamos que ha subido a
ese barco. ¿Qué hará el capitán Chantler cuando la
descubra?
—Probablemente sopese la posibilidad de continuar con
su misión —dijo James con pensamiento militar—. Pero si es
una misión peligrosa comprenderá que no es posible llevarla
a cabo con ella a bordo y regresará a puerto.
—¿Y si aún no la ha descubierto? —siguió preguntando el
barón.
—Entonces, llegado el momento la dejará en un puerto
seguro, bajo protección de algún conocido y enviará una
carta informando de su paradero.
Edward y Alexander asintieron para demostrar que
estaban de acuerdo con él.
Capítulo 2
Harriet yacía aparentemente inconsciente en la cama del
camarote del capitán y los dos hombres la miraban con las
manos en la cintura y expresión malhumorada.
—Deberíamos lanzarla por la borda —afirmó el escocés.
—Eso me temo —corroboró Bluejacket.
—Pero no vamos a hacerlo, ¿verdad?
El capitán negó con la cabeza mientras su lengua
jugueteaba entre sus muelas.
—Tenerla amordazada y atada todo el viaje no será muy
cómodo para ella —siguió el escocés.
—Llevaba un arco —dijo Bluejacket frunciendo el ceño—.
¿Qué dama lleva un arco?
—¿Dama? —pregunto Dougal con una risa cínica—. Aquí
no veo ninguna dama.
—Es una Wharton.
—¿Y eso qué significa?
—El barón de Harmouth es uno de los hombres más
respetados de Inglaterra. Y sus hijas son las jovencitas más
cotizadas de Londres. Al menos las dos que yo recuerdo en
edad de merecer.
—¿En serio? —Volvió a mirar a la joven con expresión
incrédula—. Pues no se parecerán a esta.
El capitán hizo un chasquido con la lengua y balanceó la
cabeza como si no se acabase de decidir sobre cuál era la
mejor respuesta a eso.
—La última vez que la vi era una niña insolente y
descarada. Por cómo se ha resistido no me parece que haya
cambiado mucho.
—Una niña no es, desde luego —se rio el escocés—.
Menuda gata salvaje…
El pirata lo miró con severidad.
—¿Te parece que esa es una buena manera de hablar
delante de una señorita.
—Está inconsciente.
—Sí, eso parece —dijo el otro aguantándose el codo
derecho con la mano izquierda y apoyando la barbilla en la
derecha con expresión reflexiva.
—Deberíamos lanzarla por la borda —insistió el escocés y
bufó con enfado—. Eso nos evitará muchos problemas.
—Desde luego.
—¡Será cavernícola! —Harriet se sentó de golpe
mirándolos incrédula—. ¿De verdad piensa que tirarme por
la borda es una buena opción?
El escocés había dado un respingo sorprendido, pero el
capitán sonreía sin inmutarse.
—No estaba inconsciente —aclaró mirando a su amigo—,
solo lo fingía. Quería saber qué decíamos cuando creíamos
que no escuchaba.
—Mi padre moverá cielo y tierra para capturaros si me
hacéis daño.
—¿Has oído, Dougal? —Lo miró con ironía—. Cielo y tierra.
—Sí, lo he oído y me he puesto a temblar.
—Ríete tú de mi padre y sus secuaces —insistió
Bluejacket—. El barón de Harmouth, ese sí que es peligroso.
—Desde luego —sonrió el escocés—, si ha sido capaz de
educar a una hija como esta, debe ser temible.
—¿Os estáis burlando de mi padre? —Harriet se levantó
hecha una furia y Dougal la empujó sin esfuerzo haciéndola
caer en la cama de nuevo—. ¡Cómo se atreve!
El escocés volvió a empujarla riendo cuando ella intentó
levantarse una vez más, entonces Harriet lo agarró del
brazo, le hizo una llave para desequilibrarlo y utilizando su
cuerpo y sus piernas lo lanzó por encima de su cabeza al
otro lado de la cama.
—¿Cómo…? —Dougal se encontró en el suelo, confuso y
desubicado, mientras su capitán se desternillaba de la risa.
Miraba desesperada a su alrededor buscando algo con lo
que defenderse. La habían despojado del jō y lo único que
había allí era una espada colgando de una…
—Ni se le ocurra —le advirtió Bluejacket viendo hacia
dónde miraba.
Harriet sopesó sus posibilidades. Pocas. Más bien,
ninguna. Ya la había derrotado una vez en el cuerpo a
cuerpo y ahora estaban en su barco. No sabía cuánto se
habían alejado de la costa, pero sospechaba que lo bastante
como para que regresar a nado no fuese una opción.
—¿Qué clase de señorita es usted? —preguntó interesado
—. Está claro que no ha tenido una educación muy ortodoxa
que digamos.
—¿Y eso lo dice un pirata? —respondió arrogante.
—Cierto —afirmó él colocándose la espada en el cinto, no
quería arriesgarse a que alguien saliese herido.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó sentándose derrotada.
—¿Vamos?
—Estoy segura de que usted se alegra tan poco de que
esté aquí como yo misma.
—Un poco menos, incluso.
—Pues eso, algo habrá que hacer. —Miró al escocés que
se había levantado del suelo y la miraba desconcertado—. Y
no van a tirarme por la borda.
—Yo no estaría tan segura —afirmó Dougal.
—Disculpe a mi contramaestre, es un poco rudo, pero no
es mal tipo. Se llama Dougal, por cierto.
—Yo soy Harriet Wharton —se presentó.
—¿Pido que nos sirvan un poco de té? —preguntó el
escocés poniendo los ojos en blanco.
—¿Por qué no dan la vuelta y me llevan a puerto? No diré
nada, les doy mi palabra.
—¿Y su palabra vale mucho? —Bluejacket no sabía si
reírse o enfadarse.
—Tanto como la suya, señor Burford —dijo mirándolo
fijamente y sin ningún temor.
El pirata entornó ligeramente los ojos. Estaba claro que
no sabía dónde se había metido. Ni la situación en la que se
encontraba. ¿De dónde había salido? ¿Cómo, el barón de
Harmouth, había criado a una hija como aquella. Conocía a
Emma y a Katherine y había visto alguna vez a Caroline,
pero esa muchacha de rizos rojos no se parecía en nada a
ellas. Ni en sus más rocambolescos sueños podría imaginar
a ninguna de las tres tratando de subirse a un…
—¿Por qué intentaba subir a mi barco? —preguntó de
pronto, consciente de que le faltaba información.
—¿A su barco? Yo no quería subir a su barco.
—¿Y entonces qué hacía en el muelle mientras cargaban
las provisiones?
—Creía que esta era la fragata del capitán Chantler.
Bluejacket frunció el ceño y la miró con más atención.
—¿Conoce a Chantler?
Harriet asintió.
—¿Iba a reunirse con él en secreto?
Harriet volvió a asentir.
—Vaya con el capitán —miró a su amigo con expresión
burlona—, creía que era un hombre de honor, no imaginaba
que se escaparía con la hija de un barón. Habría jurado que
era de los que se casaba primero.
—No íbamos a escaparnos para eso, qué mente más
retorcida —farfulló molesta haciendo gestos que lo
señalaban—. Yo iba a acompañarlo para ir en busca de…
El pirata frunció el ceño interrogador y después de unos
segundos levantó las cejas y se señaló a sí mismo.
—¿Intentaba capturarme? ¿A mí?
Harriet levantó la barbilla y lo miró con desprecio.
—Es un pirata sanguinario y merece que lo… detengan —
dijo sin mucho entusiasmo.
Los dos amigos se miraron un momento y acto seguido
rompieron a reír a carcajadas.
—Será mejor que vaya a ver que todo está bien —dijo el
escocés sin dejar de reír—. He dejado solo a Farrow
demasiado rato. Cuando tengas claro lo que hacer con ella,
me avisas. En una hora estaremos lo bastante lejos de todo
como para que no la encuentren nunca.
Harriet sintió un estremecimiento, pero se guardó mucho
de que su expresión la delatase. Cuando se quedaron solos,
el pirata fue en busca de una botella y se sirvió el líquido
que contenía en una copa de plata. Se sentó en una silla y
apoyó el pie en la mesa en una pose relajada, sin dejar de
mirarla.
—Veamos qué posibilidades tengo —dijo como si pensara
en voz alta—. Lo de lanzarla por la borda será mi última
opción, aunque no la descarto.
Harriet se sentó frente a él. Su expresión de fingida
seguridad lo conmovió, pero no dejó que ella lo viese.
—Me ha reconocido y eso pone en riesgo mi identidad
frente a mis hombres. Nadie sabe quién soy de verdad.
Excepto el escocés, está claro que ese lo sabe todo,
pensó ella.
—Si me deja volver no lo sabrán nunca.
—Ellos no, pero sí mi padre, lo que me pone en una
situación aún más delicada.
—No se lo contaré a nadie. Me inventaré una historia. Soy
buena en eso.
—Estoy seguro.
—¿Entonces me llevará a puerto?
Él apoyó la silla sobre dos patas y se balanceó
peligrosamente. Harriet se preguntó cómo podía mantener
el equilibrio en esa posición con el movimiento del barco y
sintió el acuciante deseo de probarlo ella misma.
—Está claro que no puedo dejarla marchar, pero, por otro
lado, están los mandamientos. Su presencia aquí incumple
el décimo.
Harriet fruncía el ceño interrogadora.
—¿Mandamientos? ¿Se refiere a los de la Biblia? Me temo
que siendo piratas los incumplen todos.
—Hablo de los míos. Unos mandamientos que debe
cumplir todo aquel que suba a este barco. —Ahora fue
Harriet la que se rio a carcajadas—. ¿Qué le hace tanta
gracia?
—¿En serio ha creado sus propios mandamientos? ¿Se
cree que es Dios?
—Para esos hombres, lo soy —dijo sin inmutarse.
—¿Y puedo saber cuáles son esos mandamientos? —
preguntó aún jocosa—. Tengo mucha curiosidad.
—No creo que se quede lo bastante como para
necesitarlo —dijo mirando hacia una de las ventanas.
Ella apretó los labios y respiró hondo por la nariz.
—Si quisiera tirarme por la borda ya lo habría hecho, no
me tendría aquí conversando. Y es Joseph Burford, le
quedará algo de decencia. Así lo espero, al menos. ¿De
verdad mataría a una persona inocente justo cuando su vida
empieza a valer la pena?
El pirata frunció el ceño desconcertado.
—¿Tan malo ha sido hasta ahora? —Torció una sonrisa—.
¿Cuidar de esos rizos rojos le ha dado mucho trabajo?
—Búrlese todo lo que quiera, pero no es fácil ser yo.
Inclinó la cabeza, sin dejar de sonreír, mirándola
divertido.
—Lo imagino.
Harriet detectó una velada crítica y levantó de nuevo la
barbilla con suficiencia, pero no dijo nada.
—El único de los mandamientos que le incumbe, por
ahora, es el que dice que no pueden subir mujeres al barco.
Y, por lo que sé, es usted «casi» una mujer. Y antes de que
vuelva a decir que eso se arregla llevándola a tierra… —
Bajó los pies al suelo y se inclinó hacia delante mirándola
serio—. Escúcheme bien para que no tenga que volver a
repetírselo: No va a volver a casa en una buena temporada
y cuanto antes lo asuma mejor para todos. Este es un barco
pirata, no de recreo. Olvídese de quién fui, ahora soy
Bluejacket y mis normas ya no las dicta una sociedad
caduca y retrógrada que abusa de todo aquel que no puede
defenderse.
Harriet se recostó en el respaldo apretando fuerte la
espalda contra él. No quería demostrar que estaba
asustada, pero en ese momento sentía una mano fría
apretando su cuello. Bluejacket mantuvo su mirada fija y su
expresión severa unos segundos, después de lo cual volvió
a una postura más relajada suavizando su rostro.
—Quizá tengamos que cortarle el pelo —dijo reflexivo.
—¿Qué? ¡No! —exclamó y sin poder disimular más se
puso de pie y caminó hacia atrás como si hubiese algún sitio
al que huir.
—Si quiere pasar por un muchacho, es la mejor opción —
añadió el pirata sin moverse de la silla.
Harriet se agarraba el pelo que había colocado sobre su
hombro izquierdo.
—No dejaré que me lo corte. Puedo esconderlo dentro de
un sombrero.
—¿Y qué pasará cuando el sombrero salga volando?
—No volverá a pasar, lo sujetaré bien.
Bluejacket sonrió con ironía al recordar la sorpresa que
sufrió cuando vio escapar su melena mientras luchaban.
—No me tocará el pelo —insistió ella.
Él no dijo nada durante unos segundos que a Harriet se le
hicieron eternos. Finalmente se levantó y ella se apresuró a
alejarse aún más pues su expresión no auguraba buenas
intenciones. Cuando su espalda chocó contra una pared y
estuvo claro que no había escapatoria se preparó para una
respuesta defensiva. El pirata estaba preparado y cuando
ella intentó hacerle una llave para derribarlo, la neutralizó
sin problemas y la inmovilizó en el suelo colocándole el
antebrazo en el cuello.
—Creo que no es consciente de la situación en la que se
encuentra —musitó delante de su cara—. Pero le advierto
que no ayuda nada esa actitud estúpida tan bien aprendida.
Si digo que le cortaré el pelo, asiente con la cabeza y me
trae unas tijeras, ¿lo entiende? Aquí mando yo y he azotado
a hombres mucho menos irritantes, sin pestañear.
Los ojos de Harriet se llenaron de lágrimas. Apenas podía
respirar, estaba aterrada y el corazón le latía desbocado.
Bluejacket mantuvo la presión un poco más. Necesitaba que
entendiera la gravedad del asunto y sabía que debía
conseguirlo cuanto antes o todos acabarían sufriendo las
consecuencias.
—Asienta, si lo ha entendido.
Aflojó un poco para dejar que se moviera y ella asintió. La
soltó del todo y se puso de pie. Harriet empezó a toser con
desesperación y se colocó de lado para vomitar, aunque no
quedaba comida en su estómago de la última vez que probó
bocado. El pirata no la ayudó ni la reconfortó, en lugar de
eso volvió a la mesa, tomó su vaso y apuró el ron aguado
que aún le quedaba.
—Dormirá aquí. No salga sin mi permiso —dijo en el
mismo tono severo dirigiéndose hacia la puerta—. Si alguno
de mis hombres la ve antes de que yo haya podido
prepararlos, le juro que la lanzaré por la borda.
Salió del camarote y Harriet escuchó que cerraba la
puerta con llave. Se sentó y apoyó la espalda en la pared
respirando aún con dificultad. No se esperaba aquello,
realmente había creído que estaba tratando con un
caballero. Estaba convencida de que no corría verdadero
peligro. ¿Estaba loca? ¿Cómo se le había ocurrido aquella
estúpida idea? Las lágrimas caían a borbotones por su cara
al pensar en su familia. Lo preocupados que estarían si
descubrían… No pensaba que los echaría tanto de menos.
¡Solo hacía unas horas que los había visto! Se cubrió la cara
con las manos y lloró desconsolada, los sollozos sacudieron
su cuerpo como un vendaval y en pocos minutos la dejaron
exhausta. ¿Y si realmente la mataban? Se imaginó en medio
del mar en plena noche. ¿Moriría de frío? ¿Ahogada?
¿Devorada por un tiburón? Se estremeció asustada y se
agarró la melena que descansaba sobre su pecho. El pelo
crecería. Podría soportarlo. Asintió para sí. Volvería a casa,
costara lo que costara. No se rendiría ni se desanimaría. ¿No
quería demostrar lo fuerte que era? Pues ahora tenía la
oportunidad de hacerlo. Se limpió las lágrimas y esperó
hasta que los sollozos pararon. Después se puso de pie, se
arregló la ropa y miró a su alrededor analizando la estancia.
Había una cama y una especie de hamaca colgando del
techo. Había leído que esa era la manera más cómoda de
dormir en un barco ya que el movimiento de la nave podía
hacer muy molesto estar en una cama con el vaivén de las
olas. Si la hacía dormir ahí no quería hacer el ridículo
cayéndose al subirse a ella, así que decidió practicar hasta
conseguirlo de manera eficaz. No tuvo que intentarlo mucho
y se sintió satisfecha al pensar en la cara de sorpresa que él
mostraría al verla. Siguió con el escrutinio de la masculina
estancia. Mucha madera noble, muebles robustos y de
buena calidad. Una mesa cuadrada con cuatro sillas
alrededor, un escritorio, dos cómodas y un gran baúl. Esos
eran los enseres del capitán pirata. Hizo una mueca burlona
sacándole la lengua a la puerta y después se dirigió al baúl
para abrirlo.
—Si no quería que husmease en sus cosas, que no me
hubiese dejado aquí encerrada.
Dentro había ropa masculina de buena manufactura. Miró
su propio atuendo y valoró la posibilidad de cambiarse.
Aquellas ropas eran mucho mejores y más bonitas, aun
siendo de hombre. Cogió uno de los pantalones y lo miró
con los brazos extendidos. Era demasiado grande para ella.
Lo que llevaba pertenecía a un muchacho de trece años y
aun así le quedaba grande. Aquellos pantalones la harían
parecer un fantoche. Por no hablar de las camisas. Dejó el
pantalón y cogió una de ellas negando con la cabeza.
—Ni metiendo todo lo que me sobrara dentro del pantalón
y atándolo con una cuerda conseguiría evitar que se riesen
de mí al verme.
Al volver a dejarla en su sitio vio que debajo había
documentos y la curiosidad pudo más que la prudencia.
Miró de nuevo hacia la puerta y rápidamente sacó uno de
los fajos.
—Lleva el sello del almirantazgo —dijo asustada—. ¡Ajá!
Entonces es cierto lo que cree el capitán Chantler, es un
corsario al servicio de los franceses y está pasando
documentos secretos de nuestra armada al enemigo.
Leyó por encima y vio que allí se hablaba de tácticas
militares del mando estratégico destinado en España. Al
escuchar un ruido en el exterior se asustó y volvió a
colocarlo todo en su sitio rápidamente. Cerró el baúl y
esperó con el corazón acelerado, pero la puerta no se abrió
y los pasos continuaron sin detenerse. Se llevó una mano al
pecho tratando de calmar su respiración y sus latidos. Si
quería sobrevivir, iba a tener que aprender a controlar sus
emociones para mantenerse fría y serena en momentos
como ese.
—Maldito traidor —masculló para infundirse ánimo, pero
solo logró aumentar la tensión en su pecho—. Es un traidor
a su país, un cobarde y un asesino. ¿Cómo ha podido…?
Sentía un desprecio tan grande que quería gritar.
Dándoselas de justo y honorable. Criticando a la sociedad a
la que pertenecía como si él estuviese por encima de sus
mezquindades. Había oído hablar del discurso que dio frente
a los invitados de su padre. ¿Qué puede haber más
mezquino que traicionar a su patria? Vender información al
enemigo que costaría la vida de valientes soldados, amigos
suyos quizá… ¡James! El esposo de Caroline podría haber
estado en España, podría haber visto su seguridad
comprometida por aquellos documentos que él iba a
entregar al enemigo…
—Tengo que hacer algo, debo impedírselo como sea. —
Deambuló por el cuarto reflexionando en voz alta—. Podría
lanzarlos por la ventana. Jamás los recuperaría. Pero…
podrían ser documentos vitales para el almirantazgo. No,
debo esconderlos, guardarlos hasta que pueda
entregárselos al capitán Chantler. Él va a encontrarnos,
estoy segura. En cuanto tenga noticia de mi desaparición
vendrá a buscarme. Sí, entonces yo le entregaré esos
documentos y él comprenderá que soy de gran valor para
nuestra causa. Seguro que el almirantazgo también lo
piensa. Quizá hasta me den una condecoración por mi valor
y gran servicio —asintió orgullosa y se llevó un puño al
pecho levantando la barbilla—. Todo por la patria.
Consciente de lo ridícula que se vería si alguien entrase
en ese momento en el camarote, bajó la mano y carraspeó
incómoda.
—Tengo que pensar dónde esconderlos —musitó—.
Aunque el mejor sitio es donde están, al menos hasta que
lleguemos a tierra. No van a ir a ninguna parte mientras
estemos en mitad del océano. Pero… —Se llevó el índice a
la boca y lo mordió pensativa—. ¿Y sí me equivoco? Quizá
todo tenga una explicación. Debería asegurarme, no hay
que ir por ahí acusando a la gente de traidora. Aunque
estoy bastante segura de que es un corsario a sueldo de los
franceses. Solo hay que mirarlo a la cara, con esos ojos
azules y esa barbita rubia… Recopilaré la información y lo
desenmascararé. —Asintió con firmeza y resolución.
Siguió investigando hasta cansarse y al ver que él no
regresaba y nadie le traía la cena se subió a la hamaca y
dejó que el mar la meciera sin resistencia. Solo cerraría los
ojos un momento. De ninguna manera iba a dormirse.
Capítulo 3
El escocés y el pirata la miraban desde su altura con los
brazos cruzados delante del pecho y las piernas ligeramente
separadas en una actitud claramente intimidatoria. Harriet
tardó una décima de segundo en recordar dónde estaba y
trató de levantarse rápidamente, pero la hamaca no era una
superficie firme y se bamboleó hacia los lados de manera
inestable y ridícula.
—¿Necesita ayuda para bajar del coy? —preguntó
Bluejacket con sorna.
—¿Coy?
—Ese es su nombre —dijo el escocés con expresión de
maliciosa satisfacción al ver las dificultades que tenía para
bajar.
—No se preocupe, puedo apañármelas.
Después de unas pocas posturas bochornosas más y ya
con los pies en el suelo de madera, los miró con expresión
de desagrado.
—¿Así es cómo tratan a sus prisioneros? ¿Matándolos de
hambre?
El pirata miró al escocés con expresión confusa.
—¿No le trajiste nada de cenar?
—¿Yo? ¿Por qué iba a traérselo yo?
—Pero, te dije…
—Dijiste que debería comer algo, no que yo se lo trajera.
—¡Dougal!
—Tengo ocupaciones más importantes que esa —dijo el
escocés sin el menor cargo de conciencia.
Bluejacket miró a Harriet y se encogió de hombros.
—Lo siento.
—¿Lo siente? Llevo sin comer desde el almuerzo de ayer.
No sé ni cómo me aguanto de pie. Me gusta mucho comer,
¿sabe? Creo que nunca en mi vida he estado tantas horas
sin hacerlo. ¡Oh, Dios! No puedo dejar de pensar en los
bollitos de canela. ¿Por qué me gustarán tanto?
—¿Tenemos de eso? —preguntó Bluejacket a su amigo.
—¡Y yo qué sé!
—Ve y tráele algo —ordenó poniéndose serio—. No quiero
que se muera de inanición.
—Primero cuéntale lo que hemos decidido. Si ha
aguantado desde ayer, puede esperar un poco más.
—¿Lo que han decidido? —Harriet frunció el ceño un poco
más.
—Hemos barajado dos opciones, la de hacerla pasar por
un hombre quedó descartada casi inmediatamente —explicó
el capitán.
—Nadie se lo iba a tragar —apuntó el escocés—. No sé ni
cómo se le ocurrió vestirse así. ¿Es que no tiene un espejo
en su casa?
Harriet apretó los labios para no decirle lo que pensaba
de su estúpida cara de sabiondo.
—La primera era presentarla como Mary Done, una
famosa pirata de la que nadie ha oído hablar…
—¿Esa Mary Done existe de verdad? —preguntó confusa,
no le sonaba de nada.
—¿Es que no escucha? —Dougal levantó una ceja al sentir
los ojos de Bluejacket atravesándolo, aunque no lo mirase.
Era un poder que tenía—. Es cierto, no tengo paciencia…
—No, no existe, de ahí lo de que nadie ha oído hablar de
ella —respondió el capitán con evidente sorna—, pero
nosotros fingiríamos que sí y añadiríamos, además, que es
hija de un buen amigo, alguien a quién le debemos la vida.
—Eso fue idea mía —afirmó Dougal mirándolo con
aprobación—. Así entenderían por qué no cumplimos con el
décimo mandamiento.
—No hay mujeres piratas desde Anne Bonny y Mary Read
—afirmó Harriet sin darse cuenta.
Bluejacket abrió los ojos en exceso sin disimular su
sorpresa.
—¿De qué conoce esos nombres?
Ella se mordió el labio como una niña a la que han pillado
en un renuncio. No quería que supieran lo mucho que había
leído sobre piratas cuando su sueño era convertirse en uno
de ellos. Claro que eso era antes de conocer al capitán
Chantler y cambiar de bando. Bluejacket la observó unos
segundos más en silencio antes de continuar.
—Para su información, sigue habiendo mujeres pirata,
aunque no sean tan famosas como esas dos. Pero, después
de darle vueltas, hemos comprendido que no daría el pego
—siguió.
—Parece una cría recién salida de las faldas de su madre
—afirmó el escocés.
—Así que una niña… —Harriet lo miraba con especial
inquina—. Pues esta niña lo tumbó sin mucho esfuerzo.
—¡Me pilló desprevenido! —exclamó el otro enrojeciendo
por la vergüenza.
Harriet puso cara de inocente y Bluejacket tuvo que
intervenir.
—No estamos aquí para pelearnos entre nosotros.
Tenemos un problema serio que hay que afrontar y no
podemos perder el tiempo en tonterías.
—Me cortaré el pelo —afirmó rotunda—. Si es necesario,
lo haré…
Los dos hombres se miraron un instante.
—Por supuesto que lo haría… si yo así lo ordenase. —La
miró molesto de que le recordase lo sucedido la noche
anterior. No se sentía muy orgulloso de su actuación—. Pero
no será necesario.
—No me importa. —Fingió seguridad cruzando los brazos
delante del pecho imitándolos con mirada atenta—. Pero
necesitaré una espada como la suya, si voy a convertirme
en pirata no…
—Pare el carro —dijo el capitán, tajante y sin espacio para
la réplica—. Ya le he dicho que esa era nuestra primera
opción, lo que implica que hay una segunda. Una que será
más fácil de aceptar para mi tripulación y la mantendrá a
salvo.
Hizo una pausa dramática que a Harriet le recordó a las
que hacía su padre cuando iba a contar algo que
consideraba importante. Al pensar en él una oleada de
tristeza la inundó sin que pudiera prepararse para ello.
—Diremos que es nuestra prisionera y que vamos a pedir
un rescate a su padre, el barón de Harmouth.
Involuntaria e inesperadamente los ojos de la joven se
llenaron de lágrimas y los dos hombres se miraron confusos.
—No le pedirá un rescate a mi padre —dijo con fuego en
la mirada—. No permitiré que los angustie de ese modo. Ya
bastante preocupados estarán al saber que me he
marchado. —Sorbió varias veces—. Le juro que le contaré a
sus hombres quién es si…
—Antes de amenazarme, piénselo bien —la cortó el pirata
con expresión serio—. Si hay algo que no soporto es que me
amenacen.
Harriet enmudeció, pero le sostuvo la mirada.
—No voy a pedir rescate de verdad —aclaró el pirata—,
pero mi tripulación no lo sabrá porque recibirán el dinero
igual.
—Lo pondrá él —afirmó Dougal.
Harriet miró al escocés y asintió al tiempo que se
limpiaba las lágrimas.
—Qué manera más estúpida de gastar su dinero —
musitó.
—Supongo que le parecería mejor si me lo gastase en
caballos y otros divertimentos —dijo él con frialdad.
Harriet era consciente de que lo había molestado de
verdad con su amenaza y comprendía que eso no la
beneficiaba en nada.
—Esta es la mejor opción —dijo Dougal—. Si tienes que
mentir, que tu mentira se acerque lo más posible a la
verdad.
Harriet asintió levemente.
—Consíguele comida y ropa de mujer —ordenó el capitán
—. Hay un baúl del alijo del Legacy en la bodega, confiemos
en que las ratas no se hayan comido su contenido.
El escocés salió del camarote sin más dilación dejándolos
solos.
—No voy a decir nada de nada, se lo prometo. Yo… Es
solo que… —Harriet se retorció las manos con evidente
preocupación—. No pondría a mi familia en peligro contando
quién es usted en realidad.
Él apretó los labios y asintió con un golpe de cabeza.
—Más le vale —dijo caminando hasta una silla para
sentarse.
—¿Tendré que quedarme encerrada todo el tiempo? —Ella
se apresuró a imitarlo sin eludir su mirada—. Según su
relato, en cuanto me convierta en su botín dejaré de estar
en peligro, ¿no? Déjeme salir, por favor, no soporto estar
encerrada, me volveré loca. Necesito ver la luz del sol.
—Tiene unas bonitas ventanas.
—Capitán, por favor. No puedo estar todo el tiempo sin
hacer nada, no soporto aburrirme, es lo peor de lo peor.
Seguro que hay algo en este maldito barco que yo pueda
hacer.
El pirata torció ligeramente la cabeza para mirarla con
mayor atención.
—Si quiere salir de este camarote tendrá que cumplir mis
órdenes a rajatabla.
Harriet respiró hondo por la nariz, ¿por qué le gustaba
tanto mandar? Asintió decidida, haría lo que fuese
necesario, no quería pasar el tiempo que duraría la travesía
encerrada en aquel cuchitril mirando al techo.
—Se mantendrá alejada de Max Barrit, es pendenciero y
odia a las mujeres. El único de quien se puede fiar, casi
completamente, es de Marcel. Lo reconocerá porque no
tiene dientes. —Se encogió de hombros—. Lo liberamos de
un barco de esclavos. Es un poco sinvergüenza, pero no es
mal tipo.
—¿Ahora es su esclavo?
—Aquí no hay esclavos —respondió él levantando una
ceja—. Su único defecto es que es francés, pero cuando
abordamos el barco y me suplicó que lo dejase unirse a mi
tripulación, no pude negarme. Y lo cierto es que nunca
habíamos comido tan bien como desde que él se encarga de
la cocina.
—Qué generoso —repitió.
—Cameron Saggs es mi contable —siguió, ignorándola—,
quiere mi puesto, pero no tiene apoyos suficientes entre la
tripulación, así que se mantiene en un segundo plano. Hace
bien su trabajo y es mucho más listo que cualquiera de los
demás, excepto Dougal, que es el más inteligente de este
barco. Jugamos al ajedrez.
—¿Dougal juega al ajedrez?
—Saggs.
—¡Ah! ¿Y no es un poco peligroso? Si quiere quitarle el
puesto…
La miró divertido.
—¿Cree que hay algo en mi vida que no sea peligroso
ahora mismo? El peligro y yo comemos del mismo plato.
Ella se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja
intentando sujetar ese lado del cabello, algo de lo más
improductivo ya que su larga, abundante y rizada melena
roja no podría haber sido retenida ahí ni con un nudo
marinero. El pirata se preguntó qué tacto tendría y frotó sus
dedos de manera inconsciente.
—¿Quién más? —preguntó ajena a sus pensamientos.
—¿Quién más qué?
—¿A quién más debo conocer de su tripulación?
—Ah, sí… Jake Farrow, es mi intendente y el tercero al
mando. El que manda después de mí y de Dougal.
—Sé lo que significa tercero al mando.
—Se encarga de todo lo que tiene que ver con los
suministros y las necesidades de la tripulación. Es un
conquistador, se lo advierto. Según él, no hay mujer que se
le resista.
—Creía que eso lo diría Dougal.
Ahora sí que lo sorprendió y sonrió satisfecha.
—Dougal es demasiado directo y bruto para ser un
conquistador. Por cierto, debería tratarlo con un poco más
de respeto. Si a mí me sucediese algo, estaría en sus
manos, le aconsejo que intente llevarse bien con él.
Ella arrugó la nariz con desagrado, pero no lo rebatió.
—Todos esos hombres, ¿eran piratas antes? Quiero decir,
¿son malvados desde hace mucho?
Una chispa divertida prendió en los ojos de Bluejacket.
—Malvados… Difícil cuestión. La mayoría son gente
humilde a la que la vida no le dio opciones. Carne de cañón,
parias abocados a mendigar o a robar… Algunos fueron
soldados y abandonaron el ejército cuando comprendieron
que solo los tenían allí para usarlos de escudo. Otros
perdieron todo lo que tenían y se encontraron sin rumbo,
obligados a llevar una miserable vida sin aspiraciones de un
futuro mejor. Yo les di una salida.
—Robar, menuda salida.
—Así es. Aunque en realidad me están robando a mí, así
que, de algún modo es como si les hubiese dado un trabajo
remunerado —dijo con cinismo.
—¿Robándole a usted?
—Nosotros solo atacamos a los barcos de mi padre, así
que siendo objetivos, me robo a mí mismo.
Así que era cierto lo que decía Jacob Burford, casi tuvo
ganas de reír.
—¿Y no sería más sencillo convencer a su padre de que
lleve sus negocios de un modo que le resulte a usted menos
desagradable?
—Debe pensar que soy muy estúpido para hacerme esa
pregunta. Eso o su corta edad y una vida regalada le impide
ver más allá de sus narices.
Apoyó el pie en la mesa y empujó para quedarse en
equilibrio sobre las patas traseras de la silla, otra vez.
Definitivamente tengo que intentarlo.
—Durante mucho tiempo intenté que cambiase su
manera de hacer negocios. Traté de neutralizar sus órdenes
adelantándome a sus secuaces, pero no siempre lo
conseguí. Y murió gente.
—¿Insinúa que su padre…? —No fue capaz de preguntarlo
directamente—. He escuchado hablar a Edward de él y sé
que lo desprecia profundamente, pero creí que solo era una
cuestión de negocios, no de que fuese un… asesino.
—Mi padre no ha matado a nadie con sus propias manos,
para eso tiene un ejército a sus órdenes. Si alguien posee
algo que él quiere, le hace una oferta, y si la rechaza pasan
cosas malas de las que él nunca tiene la culpa.
Harriet quedó en silencio unos segundos, hasta que dejó
escapar el aire en un sonoro suspiro.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Me sorprende que pida mi autorización para eso.
—¿Es cierto todo lo que dicen de… Bluejacket?
—¿Qué dicen?
—Que es cruel y sanguinario. Que tortura a los oficiales
que captura y que no tiene problema en matar a inocentes
para salirse con la suya.
El pirata entornó los ojos mirándola sin prevención.
—¿Esas son las cosas que va diciendo mi padre por ahí?
—Su mirada fría contrastaba con su sonrisa—. Nunca he
matado a nadie que no se lo mereciera.
Harriet se conminó a callar al ver aquella expresión tan
inquietante en su rostro.
—¿No será eso lo que opina su padre de lo que él hace?
—No hacía caso ni a sus propios consejos—. Quizá también
cree que esas personas a las que él ordena matar lo
merecen. Quizá usted se parece a él más de lo que…
El pirata enderezó su silla de golpe y Harriet cerró la boca
consciente del peligro que emanaba de su mirada.
—Jamás he matado a un inocente. He matado para
defenderme o para defender a otros y no siento el menor
remordimiento por ello, pero nunca, escúcheme bien, nunca
he matado por interés o codicia. Eso es lo que hace mi
padre.
Harriet se estremeció.
—No quería decir que… —No sabía muy bien lo que había
querido decir—. Sé que estuvo en la armada antes de esto y
que tiene una educación honorable, pero ¡es un pirata!
—Algunos de los hombres con los que usted ha bailado en
sus lujosos salones de Londres no son piratas, pero no
poseen ni una pizca de decencia —dijo con gran desprecio
—. Mi padre quería que tuviese formación militar y que
supiese navegar porque así mataba dos pájaros de un tiro.
Necesitaba alguien capaz de dar órdenes difíciles, que no
tuviese demasiados escrúpulos y para el que lo más
importante en el mundo fuese la posición, el dinero y acatar
las órdenes. Pero, como ve, el plan no le salió muy bien.
¿Cómo podía despreciar tanto a su padre? Debía ser un
hombre horrible o él un hijo horrible. Harriet no podía creer
que todo aquello que decía de él fuese cierto. ¿Cómo la
sociedad iba a permitir que un hombre tan retorcido y cruel
participase de ella como si nada? Edward lo despreciaba,
pero ¿acaso se habría relacionado siquiera si realmente
fuese la clase de monstruo que su hijo estaba describiendo?
No, estaba claro que Bluejacket necesitaba ese discurso
para justificar su decisión de convertirse en un traidor a su
patria. ¿No es eso lo que hacen los traidores? ¿Mentir y
engañar a todo el mundo para conseguir su propósito? Ella
había visto los documentos, no iba a poder engañarla tan
fácilmente. Era un hombre peligroso porque sus ojos eran
capaces de mentir tan bien como su boca.
—No me cree —dijo él de pronto como si pudiera leerle el
pensamiento—. No puede aceptar que su perfecta y
brillante sociedad tenga entre sus miembros a alguien de
esa calaña. Prefiere pensar que yo soy el depravado asesino
que le han contado. ¿Quién ha sido? ¿Su capitán Chantler?
¿Cuántos años tiene, Harriet? ¿Dieciséis?
—Dieciocho.
—Aun así es una niña y no tiene ni idea de lo que pasa en
el mundo más allá de las paredes de Wharton House.
—Probablemente, pero eso no tiene nada que ver con que
usted eligiera hacer el mal en lugar de aprovechar los
medios que estaban a su alcance para hacer el bien.
—¿Hacer el mal?
—Es lo que hacen aquí, conmigo no le valdrá de nada
hacerse el justiciero. Roban las ganancias a otros, no solo a
su padre. Al conde de Kenford, por ejemplo.
—Él se alió con mi padre…
—¿Y es un delito acaso?
—¡Sí! —gritó enfadado—. ¡Para mí lo es!
—Las personas gritan cuando carecen de argumentos
para razonar —dijo ella con altanería.
El pirata entornó los ojos y la miró severo.
—Es una niña irresponsable —masculló—. No solo ha
iniciado una aventura estúpida arriesgando su vida y la
tranquilidad de su familia, sino que, además, se atreve a
enfrentarse a un hombre que no sabe de lo que es capaz.
—Mi intención no era acabar en el barco de un renegado.
—No, quería colarse en el barco de su amante.
—El capitán Chantler no es mi amante —masculló
enfadada—. Él es un caballero decente, no un traidor como
usted.
Bluejacket apretó los labios con una expresión
visiblemente contenida. Harriet lo veía respirar por la nariz
convencida de que estaba valorando si darle un puñetazo.
Inconscientemente su cuerpo se puso en modo defensivo y
sus manos se prepararon para defenderse, mientras su
visión periférica buscaba algo que pudiese utilizar a modo
de jō. ¿Por qué no se había preparado para eso en lugar de
dormir como una estúpida?
—Si yo fuese capaz de hacer lo que está pensando no hay
nada en este camarote que pudiera servirle para
impedírmelo.
Harriet empalideció al ver que se ponía de pie y, a
continuación, lo imitó y dio un paso atrás sorteando su silla.
El pirata apretó los labios y su mirada se tornó
amenazadora y burlona al mismo tiempo.
—Hace bien en temerme. No negaré que puedo ser un
canalla, dependiendo a quién tenga delante, y tampoco voy
a fingir que no disfruto con esta vida. Lo cierto es que me
importa muy poco lo que una niña atolondrada como usted
piense de mí. Está claro que esos libros que ha leído le han
sorbido el seso y se cree que la vida es un lienzo de blancos
y negros.
—Si tan poco le importa lo que pienso, no entiendo por
qué pone tanto empeño en tratar de hacérmelo entender —
dijo temblando.
—Esta conversación ha terminado —sentenció rotundo—.
Voy a hablar con mis hombres para ponerlos en situación y
le aconsejo que recapacite sobre la actitud que va a mostrar
ante ellos, porque le aseguro que no toleraré ninguna falta
de respeto hacia mí o hacia Dougal delante de la
tripulación. Desde este momento considérese mi prisionera.
—¿Desde este momento? —preguntó burlona
esforzándose en disimular el temblor de su voz.
Él la miró un segundo retándola a decir una palabra más,
cosa que ella no hizo. Harriet lo vio salir del camarote como
una exhalación y a juzgar por los golpes de sus botas al
caminar estaba más que enfadado.
—¿Una mujer a bordo? —Max Barrit siempre encontraba
un motivo para quejarse.
—Es un botín —aclaró Bluejacket—. Pediremos un rescate
por ella. Su padre es el barón de Harmouth y pagará lo que
le pidamos.
—Pues pidámosle mucho entonces —dijo Farrow riendo—.
Menuda suerte hemos tenido. Con el nuevo plan no íbamos
a tener botín durante una buena temporada…
—¿Y no se quejará el barón si le devolvemos la mercancía
usada? —dijo el contable con mirada perversa.
—Nadie la ha tocado ni va tocarla. —El capitán lo miró
con una clara advertencia en su rostro.
—Pero ha dormido en su camarote.
—Y yo he estado de guardia toda la noche. No soy
estúpido, Saggs, ni estoy tan desesperado. Esa joven
regresará a casa tal y como llegó.
—Pues espero que llegase entera, porque a ver cómo si
no íbamos a poder demostrarle a su papaíto que ya venía
usada de casa. Si fuera el caso, claro, que no digo yo que lo
sea —dijo Barrit con una mueca burlona—. Todos sabemos
cómo son esas señoritingas que se las dan de damas y
luego se abren de piernas a la menor ocasión. ¿Verdad,
capitán? Usted conoce a unas cuantas de esas.
—Esta no es una de ellas —dijo Dougal mirando al
marinero con expresión amenazadora—, y al que se atreva
a rozarle un pelo de la cabeza lo lanzaré por la borda sin
pestañear.
—¿Podemos rozarle otros «pelos», señor McEntrie? —
preguntó otro de los marineros haciendo reír a sus
compañeros—. Los que me interesan a mí no están en su
cabeza, precisamente.
—Si quieres nadar puedo darte el gusto, Pearson. Ahora
mismo, de hecho. —El escocés lo miraba sonriente, pero el
joven marinero perdió las ganas de burlarse y agachó la
cabeza consciente de cómo se las gastaba el escocés.
—Lo que cobraremos por ella nos servirá para aguantar el
tiempo que estemos anclados en Isla Refugio —siguió el
capitán—. Tomadlo como un regalo y velad por su bienestar.
Si cuando regrese a casa cuenta que la hemos maltratado
de cualquier modo, nadie volverá a pagarnos por un
rescate.
—No tendríamos por qué escondernos —dijo Saggs con
expresión de disgusto—. Ya nos han perseguido antes.
—Esto es diferente, os lo aseguro.
—¿Tanto miedo le tiene a ese Chantler? —se burló el
contable—. No es propio de Bluejacket temer a un hombre
como ese…
El capitán lo miró con fijeza consciente de tener la
atención de todos sus hombres.
—Chantler no es como los demás, lo conozco bien, para él
esta cruzada es algo personal. No parará hasta
encontrarnos y, una vez lo haga, sacrificará lo que sea con
tal de acabar con nosotros.
—¿Por qué, capitán? —preguntó Barrit—. ¿Por qué le
importa tanto?
—¿Os acordáis del aquel barco con bandera inglesa que
confundimos con uno de los de Burford? —Los hombres
asintieron. Todos recordaban la metedura de pata—. Lo
capitaneaba su padre.
—Nosotros no tuvimos nada que ver con aquello. El
hombre cayó fulminado sin que nadie lo tocara.
—Aun así estoy seguro de que Chantler nos hace
responsables.
—¿Cómo? —intervino Farrow con expresión cínica—. ¿Con
un hechizo? No recibió ni un rasguño.
—No sé lo que contarían, la cuestión es que cazarnos se
ha convertido en una cuestión personal para él y estoy
seguro de que quiere hundir nuestro barco con todos
nosotros dentro.
—Pues nos tendremos que defender si nos topamos con
él, ¿no? —preguntó Stuart con cierto temor—. No vamos a
dejar que nos maten y ya está.
—Por eso debemos escondernos por una temporada.
Hasta que las cosas se calmen.
—El último botín fue mucho más escaso de lo que se
esperaba —se quejó Barrit—. El barco de Burford no llevaba
la carga completa.
—Y por eso ella está aquí —dijo Bluejacket, al que la
presencia de Harriet había dado la excusa perfecta para la
procedencia del dinero con el que él mismo iba a sufragar
los gastos de todos durante los próximos meses en la isla—.
Con el rescate de su padre podremos mantenernos unos
meses.
—Podríamos dar un rodeo y conseguir algún botín extra.
—El contable se detuvo al ver la mirada del escocés.
—No vamos a volver a hablar del mismo tema otra vez —
aclaró Dougal—. Ya votamos y decidimos que era mejor
replegar velas y mantenernos en seco unos meses. Tú
votaste en contra, Saggs, dejaste claro tu rechazo y nadie te
apoyó, así que no hay más que hablar. Lo importante ahora
es que a nadie se le olvide que esa muchacha es nuestra
dote y no nos conviene que algo malo le pase.
—Si alguien le toca un pelo de la cabeza o de cualquier
otra parte del cuerpo —especificó el capitán mirándolos uno
a uno—, no verá un penique. Y, además, ¡le romperé la
crisma! ¿Queda claro?
Los demás asintieron con mayor o menor entusiasmo.
—Cuando la veáis pensad que es un cofre lleno de
monedas de oro —dijo el escocés—. Monedas que podréis
cambiar por el ron y las putas que os venga en gana. No lo
olvidéis.
Las caras de los hombres cambiaron por completo, eso sí
podían gestionarlo y rápidamente se extendió la algarabía
que provocaba el hallazgo de un buen botín. Bluejacket miró
al escocés y le hizo un gesto de aprobación dando la
reunión por terminada.
—¿Qué opinas? —murmuró Dougal para que solo él lo oyera
—. Saggs no parecía convencido a pesar de todo. ¿Crees
que nos dará problemas?
—No se atreverá.
—Quizá deberíamos tomar medidas más drásticas con él.
El capitán miró a su segundo con severidad y el otro
resopló como un toro preparándose para embestir.
—Eres demasiado blando —masculló—. Espero que no
tengas que arrepentirte.
—Nunca me arrepiento de mis decisiones, sin importar
cuál sea el resultado, ya lo sabes.
El contable llevaba meses maquinando a sus espaldas
para conseguir los apoyos necesarios y hacerse con el
control del barco. Bluejacket había querido que su
tripulación pudiese decidir en los asuntos importantes y por
eso votaban ante cualquier duda. Aunque lo cierto es que
dudaba pocas veces. Aun así, Saggs era un hombre
pragmático que jamás se dejaba arrastrar por sus
emociones. Sabía que no disponía del respaldo que
necesitaría para destronarlo y el capitán confiaba en que
todos tenían claro que las cosas no les irían tan bien sin él al
mando. Además, Saggs era su amigo.
—Truly y los demás, a bracear —gritó Farrow sacándolo
de sus pensamientos—. Y vosotros, limpiad la cubierta y
dejad de haraganear.
Cada hombre en su zona del barco realizaba el trabajo
que le correspondía. Una maquinaria perfectamente
engrasada. Todos tenían claras sus funciones y no las
sorteaban nunca con amaños. El capitán respiró
profundamente notando el sabor salado en la lengua y miró
hacia el mar, bravo e inmenso, que se abría ante ellos.
Aquel era su barco y había aprendido a amarlo de un modo
que escapaba por completo a su raciocinio. Cuando decidió
abandonar su casa y su vida, jamás pensó que eso lo haría
sentirse tan entero y auténtico. Durante demasiado tiempo
fue una sombra oscura siguiendo los pasos de su padre para
tratar de contrarrestar sus malas decisiones. Poniendo
parches a diestro y siniestro, pero sin encontrar el modo de
pararlo. Siempre llegaba después de la catástrofe, después
del dolor y de la angustia. Ponía paños calientes y cubría
ligeramente la carne herida con un poco de ungüento, pero
nunca era suficiente. Hasta que se convirtió en Bluejacket y
se libró de Joseph Burford, al que no echaba de menos en
absoluto.
Y ahora, aquel mundo que él estaba dispuesto a rechazar
para siempre se movía por su camarote con una irritante
insolencia. Traía de nuevo las preguntas y las dudas,
haciendo temblar su casi firme decisión de no regresar
jamás. Bethany intentó disuadirlo sin éxito y su mirada
mostró tanto dolor y tristeza que lo conmovió, pero aun así
estaba decidido a alejarse de todo lo que su padre
representaba, regresar a su barco y recuperar así la paz que
inundaba su espíritu. No, jamás renunciaría a Bluejacket, ni
por Bethany ni por nadie. Ahora era libre y ¿quién sería
capaz de rechazar eso para atarse de nuevo a una vida
encorsetada, superficial y profundamente injusta?
—¡Timonel, rumbo sur suroeste! —ordenó con voz
profunda—. ¡Viento en popa a toda vela!
Capítulo 4
Que Emma tuviese a su bebé sirvió para distraer y calmar
los ánimos en la familia, pero lo cierto es que fue un poco
decepcionante para ella no contar con la presencia de su
madre y sus hermanas en un momento como aquel. La
situación en Londres no estaba para hacer un viaje hasta
Haddon Castle y la única que acudió para acompañarla en
uno de los trances más hermosos y aterradores de su vida,
fue Elizabeth.
Por suerte para los nuevos papás, el pequeño no se lo
puso muy difícil a su madre. En solo seis horas Emma pudo
sostenerlo en sus brazos ante la embobada y tensa mirada
de su esposo, que desde el momento en que la criatura
salió a la luz se había quedado mudo. Emma lo miró
sonriente.
—¿No dices nada, esposo? ¿Qué opinas de nuestro hijo?
Los ojos de Edward brillaban acuosos y tragó saliva sin
responder. Emma sonrió con dulzura y le hizo un gesto para
que se sentase en la cama junto a ella. Después le colocó al
bebé, aún sin lavar, en los brazos.
—Robert Wilmot, este es tu padre, al que reconocerás en
cuanto sea capaz de emitir un sonido. Él será quién te
protegerá y el que te enseñará con su ejemplo a ser el
mejor hombre que puedas ser.
Charles Wilmot, octavo conde de Kenford, se limpió una
lágrima furtiva que escapó por la comisura de su ojo sin que
pudiese evitarlo, mientras contemplaba a su hijo y a su
nieto con sentida emoción. Él no pudo vivir el nacimiento de
su hijo por lo que todo el proceso había sido una experiencia
única para él.
—Se parece a Edward —musitó Anne cerca del oído de su
esposo—. Así era tu hijo cuando nació.
El conde la miró y el cariño que le tenía emergió sin
cortapisas.
—Debiste de sentirte muy sola.
—Eso no importa ya —dijo ella y sonrió amorosa—. Todas
las cosas tienen su razón de ser y nada de lo que ahora
tengo habría sido posible de otro modo.
El conde volvió a fijar la vista en el bebé.
—¿De verdad era así?
Anne asintió mirándolo también.
—Tendré que perdonarle que le haya puesto Robert —
musitó el abuelo—. Ha preferido a un antepasado antes que
a mí.
—No la dejáis publicar el libro, esta es su manera de
rendir homenaje a tu tatarabuelo.
—Está muerto, no va a enterarse. Yo sí.
Anne sonrió y no dijo nada más al respecto, era una
guerra perdida de antemano.
Elizabeth los escuchaba mientras recogía los trapos
manchados y ayudaba a las criadas a llevarse los cubos y
las palanganas con agua. Salió de la habitación de su
sobrina con expresión serena y se detuvo en el pasillo para
recuperar el aliento. Había dejado de respirar sin darse
cuenta y el corazón le latía desbocado.
—¿Necesita algo? —preguntó una de las doncellas
acercándose al ver que se apoyaba en la pared.
—Nada, no te preocupes, llévate esto —pidió con cierta
exigencia entregándole lo que tenía en las manos.
Consciente de que allí estaba demasiado expuesta cruzó
el pasillo y tras atravesar un salón salió a una terraza para
tomar el aire. Empezaba a anochecer y la brisa fresca la
alivió. Respiró hondo varias veces y esperó hasta que su
corazón se calmó recuperando poco a poco sus pausados
latidos. Desde la desaparición de Harriet su ánimo se
descontrolaba a menudo. Era como si ya no tuviese ningún
poder sobre su vida. Los matrimonios de sus sobrinas, las
semanas que pasó en casa de Katherine y ahora el traslado
a Haddon Castle… Creía que con eso daría sentido a su
existencia y la ayudaría a considerarse alguien necesario y
útil. Pero lo cierto es que se sentía como una pelota
rebotando de un lado a otro sin un destino concreto,
haciendo algo que podría haber hecho cualquiera por un
sueldo.
Sabía que la situación de Elinor no era muy diferente a la
suya, pero al menos su sobrina tenía una motivación, algo
que impulsaba su vida. Sus reivindicaciones y esfuerzos por
transmitir la idea de que las mujeres deberían tener más
derechos, le daba el aliciente necesario para sentirse plena
y satisfecha. Eso era lo que ella necesitaba: un aliciente.
Pero, por más vueltas que le daba, no encontraba ninguno.
Ser la niñera de sus sobrinas era un placer para ella.
Cuidarlas y mimarlas, también, pero no quería hacer eso el
resto de su vida. Tampoco podía ser su motivación cuidar a
Meredith y Frederick en el futuro. Había intentado fingir ante
ella misma que eso era suficiente, pero no lo era y por eso
se sentía tan angustiada y sus nervios se alteraban con
tanta facilidad. Necesitaba encontrar una ocupación, algo
que no tuviese nada que ver con su familia. Pero ¿qué? No
se le ocurría nada. Ojalá le gustase escribir como a Emma,
ella tenía el tiempo y no se le daba nada mal la gramática y
la ortografía. Pero no tenía su vena creativa. Si pudiese
hacer cualquier cosa en el mundo, ¿qué elegiría? Lo pensó
durante unos segundos hasta que la falta de respuesta le
alteró de nuevo los nervios.
—¡Maldita sea! —exclamó en voz alta sin darse cuenta.
—Vaya.
La voz de Anne la hizo dar un respingo y ponerse de pie
rápidamente.
—Creía que estaba sola —dijo un poco para excusarse y
un poco para recriminarle su indiscreción.
—Va a hacer una noche preciosa —dijo la madre de
Edward sin responder a eso.
Elizabeth la acompañó hasta la balaustrada recuperando
su buen carácter.
—Discúlpeme, me ha tomado por sorpresa.
—No tienes que disculparte conmigo, Elizabeth. —La miró
con una dulce sonrisa—. ¿Me dejas que te hable en
confianza?
—Por supuesto, puede decirme lo que quiera, no es
necesario que…
—Me recuerdas mucho a mí, ¿sabes? —la interrumpió—.
Durante años fui aquella a la que todos parecían necesitar.
La prima Anne. La solterona.
Elizabeth enrojeció de tal modo que sus mejillas parecían
haber sido pellizcadas con demasiada efusividad.
—Si hay algo que necesita una cuando está en esa
situación es tener a alguien con quien hablar libre y
abiertamente, ¿verdad? Alguien que no nos juzgue, que no
trate de decirnos cómo debemos sentirnos. Y quiero que
sepas que ese alguien puedo ser yo, si me lo permites,
Elizabeth. —La cogió de las manos con ternura—.
Considérame una amiga, alguien con la que no es necesario
fingir que estás alegre o satisfecha, con la que puedes
maldecir en voz alta si la situación así lo requiere.
—Emma y yo estamos muy unidas —dijo con timidez.
—Te adora y sé que tú a ella también —sonrió—. No voy a
forzarte a nada, si no quieres aceptar mi ofrecimiento me
iré por donde he venido, pero quiero que entiendas que hay
aquí una persona que te comprende muy bien. Mejor de lo
que nadie te ha comprendido nunca, Elizabeth. Estuve en tu
lugar y en el de tu madre. Y cuando renuncié a mi hijo volví
a convertirme en la prima solterona que todos necesitaban
y que se sentía extraña en cualquier parte, como si la vida
fuese eso que les pasa a los demás, pero no a ti.
—No quiero que piense que soy una desagradecida —dijo
soltándole las manos sin levantar la cabeza—. Adoro a mi
familia y estoy muy agradecida por todo lo que mi hermano
y Meredith han hecho por mí. Es solo que… a veces… No sé
cómo explicarlo.
—Vayamos dentro y sentémonos —dijo Anne—.
Estaremos más cómodas.
Elizabeth la siguió y tomó asiento a su lado en el sofá.
—Habla con libertad, no voy a juzgarte.
—Es que no sé qué decir. Ni siquiera yo entiendo cómo
me siento. Tengo la impresión de estar en un lugar que no
me corresponde. Todo el tiempo. Es agotador.
—Lo sé.
—A veces me preguntó si no habría sido mejor que no me
rescataran cuando mi madre murió. Si mi vida no habría
sido más sencilla creciendo en un orfanato, siendo una
criada o trabajando en una fábrica. Quizá me habría casado
con un hombre sencillo y habría tenido hijos…
Anne asentía mientras la escuchaba con atención. Poco a
poco Elizabeth se fue desprendiendo de su resistencia.
—Luego me doy cuenta de que eso sería terrible. No
habría tenido la educación que tengo ni vivido con mis
maravillosas sobrinas, a las que quiero tanto que me duele
el corazón solo de pensarlo. Cuando recuerdo los momentos
tan entrañables que hemos pasado juntas, el cariño y la
comprensión que siempre me han dado… —Negó con la
cabeza—. ¿Por qué resulta todo tan contradictorio? ¿Por qué
las cosas no son blanco o negro? Todo sería mucho más
sencillo si hubiese una respuesta.
—Cierto —asintió Anne—. Así me sentí yo cuando el
conde dijo que se ocuparía de Edward. Por un lado estaba
claro que era mejor para él tener un padre. Un padre que
podía darle el futuro que no tendría conmigo. Y entonces se
marchó con él y yo me sentí dolida y amargada por tener
que privarme del cariño de mi queridísimo hijo.
—Y, aun así, acabó renunciando a él completamente.
—No me quedó otro remedio. Ya entonces Edward tenía
mucho carácter y no iba permitir que las cosas fuesen de
ese modo, que yo quedase relegada a un lugar apartado y
secreto en su vida. Así que tomé una terrible decisión que
nos hizo mucho daño a los dos. Quise que las cosas fueran
blancas o negras.
Elizabeth asentía pensativa.
—Nunca lo son —siguió Anne—. Y está bien que no lo
sean, eso es algo que he aprendido con mucho sufrimiento.
Tu vida es la que es y lo que debes decidir es lo que haces
con ella. No te escudes en cómo podrían o cómo querrías
que fueran las cosas. Son como son, acéptalo o trata de
cambiarlo, pero no te engañes, no hay garantía de que si lo
haces será mejor. Yo lo hice y, aunque al final todo salió
bien, podría haber acabado mis días sola y triste, mientras
mi hijo cargaba con un dolor innecesario por un sentimiento
de culpa injusto.
—¿Me está diciendo que es mejor que no haga nada?
—No, lo que te digo es que lo que hagas no tiene que
sustentarse sobre lo que querrías que fuese tu vida, sino
sobre lo que es. Esto es lo que tienes —dijo señalando a su
alrededor—. Esta familia es la tuya. Eres la hija de tu padre,
lo quisiera él o no. Lo quieras tú o no. Acéptalo. Con orgullo.
Tú no hiciste nada malo, fueron ellos. No te acobardes por lo
que piensen los demás. Y una vez consciente de esto,
decide cuál va a ser tu futuro. Sin complejos y sin miedo.
¿Qué puedes perder? —Sonrió.
Elizabeth movía la cabeza asintiendo mientras las ideas
iban entrando en su cabeza en busca de un sitio en el que
acomodarse. No tenía muy claro lo que opinaba de todo
aquello, pero de lo que estaba segura era de que tenía
mucho en lo que pensar.
—Gracias —dijo devolviéndole la sonrisa.
—No hay de qué, muchacha. Cuenta conmigo para lo que
sea. Y, ya sabes, cuando necesites maldecir, aquí me tienes.
Dos días después del nacimiento de su hijo, Edward estaba
de pie frente a Burford, que comía solo sentado a la
cabecera de una larga mesa de caoba que había visto
tiempos mejores.
—No hay modo de avisar a Chantler, pero puedo enviar
un barco tras él, siempre que el barón corra con los gastos,
por supuesto.
Edward apretó los labios para contener un exabrupto y se
dio un momento para calmarse sin dejar de mirar
hipnóticamente cómo Burford descuartizaba a un pobre
pollo y se comía su carne.
—No le pedimos que intervenga de ningún modo, lo que
queremos es la carta de navegación con el destino final de
Chantler, las coordenadas de su viaje para interceptarlo con
un barco más rápido.
—Pero esa es información sensible, querido Edward —dijo
limpiándose las manos con una servilleta hasta dejarla
inservible—. No puedo revelar detalles que podrían llegar a
oídos indeseados. Después de todo, Chantler ha ido en
busca de ese malnacido de Bluejacket y no me interesa que
el pirata descubra mi plan.
Burford se puso de pie mientras hurgaba con la uña de su
dedo meñique en algún recoveco de sus dientes.
—Pasemos al salón y tomemos una copa de brandy —dijo
caminando hacia las puertas que comunicaban ambas
estancias—. Estoy seguro de que esa jovencita, en caso de
que realmente haya subido a mi barco, no corre ningún
peligro. Aunque, también debo confesar que me sorprende
su comportamiento. No quiero ni pensar en lo abrumado
que se sentirá el barón al saber que su hija es tan…
alocada.
Edward no movió un músculo y esperó de pie en medio
del salón a que su anfitrión llenase dos copas de brandy.
Cuando le entregó la suya bebió con fruición buscando
calmar sus alterados nervios. De nada iba a servirle a
Harriet que él perdiese los estribos y percibía el peligro en la
punta de los dedos con los que ansiaba rodearle el cuello a
ese desgraciado de…
—Si mi hija actuase de ese modo la encerraría en un
convento y no la dejaría salir jamás. Por suerte para mí,
Bethany no es tan atrevida como Harriet, a veces tengo que
hacer algo que la sobresalte para asegurarme de que está
viva. Nunca he conocido a una muchacha con tan poco
ánimo.
—Entonces, ¿no va a darme la ruta del capitán Chantler?
—preguntó Edward contenido—. No he venido a charlar,
señor Burford, la familia de mi esposa está viviendo un
auténtico calvario con este asunto y esperan mis noticias,
así que, le pido que responda a mi requerimiento con total
sinceridad y sin más soliloquios.
Burford no escondió su desagrado por el tono que había
empleado cuando clavó sus pequeños ojos en él.
—Lo siento, Edward. De verdad que me gustaría
ayudarles, pero no puedo revelar dicha información sin
poner en riesgo la empresa que nos ocupa. Garantizo la
honorabilidad del capitán Chantler y puedes trasmitirle al
barón que estoy seguro de que no permitirá que esa joven
sufra el más mínimo percance… Tendrán que esperar a su
regreso.
—Ha dicho que su misión es capturar a un peligroso
pirata. ¿Cree que esa es una situación deseable para una
joven inocente como Harriet Wharton?
—Ella se ha metido en este lío. —Su expresión era
desconcertada—. No pretenderán que yo pague por los
errores de una niña malcriada. Lo siento, pero no.
—¿Es su última palabra? —preguntó Edward con voz
gélida.
—Desearía poder ayudarles, pero entienda que es
imposible.
Edward dejó el vaso sobre una mesita e hizo una
inclinación a modo de despedida.
—No lo molesto más —dijo escueto, y se dirigió hacia la
puerta.
—Pero, muchacho, déjame felici… —La puerta se cerró de
un portazo dejándolo solo.
El barón había sido demasiado blando y ahora que tenía
que pagar las consecuencias pretendía que fuesen otros los
que le solucionasen el problema.
—Pues conmigo que no cuente —dijo en voz alta y
después se dispuso a disfrutar de su copa en paz.
Edward se dirigió al hall para abandonar la casa lo más
pronto posible, temeroso de no ser capaz de contener su
ánimo.
—Señor Wilmot… —lo llamó una voz femenina a su
espalda.
Cuando se volvió se topó con Bethany Burford que le
hacía señas para que la siguiera, semiescondida tras el ala
de una puerta. Edward frunció el ceño algo confuso y sin
saber qué hacer, pero sus pies se encaminaron hacia la
oscura sala sin pensar. Bethany cerró la puerta y se apoyó
en ella unos segundos, antes de volver a hacerle el mismo
gesto. Salieron a la terraza, desde allí entraron en otra sala
y después de atravesar varias puertas más entraron en la
que parecía una habitación de música.
—¿Conoce a mi hermano Harvey, señor Wilmot?
Edward asintió e inclinó la cabeza a modo de saludo. El
otro hizo lo mismo sin abrir la boca.
—Yo le daré la información que necesita —dijo Bethany y
sin más preámbulos le entregó una hoja de papel doblada—.
El recorrido que va a realizar el capitán Chantler está ahí. Su
barco es una fragata de cuarenta cañones, si utilizan un
clíper, mucho más veloz, podrán alcanzarlo. Deberían partir
enseguida.
Edward la miró con ojos muy abiertos.
—Señorita Burford, no sabe cuánto…
—Vaya, no se entretenga. No le acompaño porque si nos
ven juntos mi padre no tardará en atar cabos, es muy
perspicaz. Vuelva por donde lo he traído y si se encuentra
con alguien diga que se ha perdido y que no encuentra la
salida. Sé que suena estúpido, pero espero que no se
encuentre con nadie. Y, enhorabuena por el feliz
acontecimiento —dijo apresurada—. Dele recuerdos a su
esposa.
Edward asintió y después de reiterar su agradecimiento
abandonó la habitación dejándolos solos. Bethany se dejó
caer en el sofá y miró a su hermano con preocupación.
—¿No deberíamos haberle contado nuestras sospechas?
—preguntó Harvey.
—No podemos delatar a Joseph en ninguna circunstancia.
—Pero crees que Harriet está en su barco.
Su hermana asintió mordiéndose el labio con fuerza.
—Joseph lleva una fragata idéntica a la del capitán y
estaba en los muelles de la compañía. Chantler no atracó
donde se le esperaba para pasar inadvertido, según las
órdenes de nuestro padre. Lleva toda esa cuestión con
sumo secretismo. Está obsesionado con que tiene un traidor
entre sus hombres.
—Y no se equivoca —sonrió Harvey—, bueno, sí, pero solo
en lo de que es un hombre.
Bethany lo miró molesta.
—Yo no soy una traidora.
—Estoy seguro de que él no lo verá como tú, querida
hermana. Lo que no entiendo es por qué envías al señor
Wilmot tras Chantler.
—Soy consciente de lo que parece, pero mis intenciones
son buenas. Por un lado, estoy segura de que no le tiene
ningún afecto a nuestro padre y acabará por enemistarse
claramente con él. Y en segundo lugar, si Chantler acaba
localizando a Joseph, sería bueno que hubiese alguien más
cerca. Un testigo.
—¿Quieres que Wilmot sea el guardián de nuestro
hermano?
—Sé que se llevan bien.
—Eso era antes de que Joseph se convirtiese en
Bluejacket…
—¡Shssssss! —le conminó a callar mirando hacia la puerta
con expresión asustada—. ¿Qué te tengo dicho sobre
mencionar ese nombre?
—Aquí nunca viene nadie, Bethany, relájate. Desde que
murió mamá él ni se acerca a este ala de la casa.
Durante unos minutos los dos se quedaron en silencio
perdidos en sus pensamientos. No era agradable para
Bethany tomar partido contra su padre, pero estaba
demasiado asqueada de su comportamiento como para
quedarse de brazos cruzados. No podía creer que el hombre
capaz de hacer aquellas atrocidades fuera el mismo que
amó su madre. La trágica muerte de Casandra fue un hecho
atroz e injusto que trasformó aquella casa y a todos los que
en ella vivían. Aquel desgraciado suceso desintegró a su
padre emocionalmente, acabando con su sensibilidad y
empatía y convirtiéndolo en un ser mezquino y egoísta,
carente de toda compasión.
—Mamá querría que yo hiciese esto —musitó Bethany
para sí.
Su hermano la miró con ternura.
—Quizá algún día él llegue a entenderlo. —Se levantó
para ir a sentarse junto a ella—. ¿Te casarás con el capitán
Chantler tal y como desea padre?
—No, si puedo evitarlo.
—No me pareció un mal tipo.
—Quiere cazar a nuestro hermano.
—Pero él no sabe que es nuestro hermano —le recordó
con una sonrisa—. ¿No te gusta ni un poquito? Me pareció
que te divertías en casa de los Muller.
Bethany bajó la mirada a sus manos que jugueteaban con
uno de los lazos de su vestido.
—Él solo parecía interesado en Harriet Wharton. —
Levantó la vista y había orgullo en sus ojos—. Está claro por
qué ella quería subir a su barco.
—¿Porque está loca? —sonrió Harvey—. Harriet es una
joven a la que me sería del todo imposible calificar, pero no
creo que tu capitán esté preparado para manejarla. De
hecho, no puedo imaginar a ningún hombre capaz de eso.
Bethany no dijo nada, aunque estaba del todo de acuerdo
con su hermano pequeño. Harriet Wharton era demasiado
apasionada, extraña y fantasiosa para un hombre tan cabal
y sereno como Ben Chantler. Una ligera sonrisa de dibujó en
sus labios, pero despareció al recordar que, probablemente,
en esos momentos la hija de los Wharton viajaba en el
barco de Joseph y que eso iba a ser su perdición. Si eso se
sabía a nadie le importaría que Bluejacket se hubiese
dedicado a robarle solo a su padre para devolver la
mercancía a sus verdaderos dueños. Bluejacket, ella le puso
ese nombre.
—Ojalá Harriet esté bien —musitó.
—¿Podemos estar seguros de que lo estará si está con él?
—preguntó Harvey con preocupación—. Ya no es el mismo
de antes, la vida que lleva lo ha cambiando
irremediablemente.
—¿De qué estás hablando?
—Tú misma me has dicho que no piensa regresar.
—Es cierto que parece más feliz como Bluejacket que
como Joseph Burford, pero no me rendiré, le convenceré de
que vuelva.
—Tienes que abrir los ojos, Bethany. Joseph hace lo que le
da la gana sin que nadie le discuta y… —La decepción en
los ojos de su hermana le hizo detenerse—. No me mires
así, ya sabes lo que siento, es mi hermano y lo quiero, pero
no podemos obviar que todo esto es una locura. A pesar de
que él es el mayor, no actuó con raciocinio al embarcarse
en una empresa tan peligrosa.
—Llevaba años atormentado por lo que nuestro padre le
obligaba a hacer y aquel viaje a Canadá acabó con él.
Nosotros no estuvimos allí y no podemos ni imaginar lo que
fue para él ver cómo masacraban a aquella pobre gente.
¿Qué querías que hiciese? ¿Qué siguiese con su vida como
si tal cosa? ¿Habrías podido tú?
Harvey desvió la mirada, incómodo y no respondió como
su hermana esperaba.
—No creo que padre quisiera matarlos a todos. A veces
pueden malinterpretarse las órdenes…
—¿Estás excusándolo?
—No, ya lo sabes, pero tampoco sabemos cómo fueron
exactamente las cosas allí. Quizá esos salvajes los
atacaron…
—¿Salvajes? Aquella es su tierra y se la han arrebatado.
Ya ni siquiera les dejamos que comercien libremente con sus
pieles, se lo quitamos todo.
—Hablas igual que Joseph —dijo el pequeño arrugando el
ceño.
Bethany no asimilaba sus palabras. ¿Cuándo había
cambiado su hermano de opinión? ¿Qué estaba pasando
allí?
—¿Has hablado con padre de esto?
De nuevo aquella mirada culpable.
—No le habrás dicho…
—¿Por quién me tomas? —la cortó ofendido—. Jamás
traicionaría a nuestro hermano. Pero es bueno conocer la
versión de todas las partes y hasta ahora solo había
escuchado la vuestra.
—¿La nuestra? Creía que tú también…
—Papá no quería matarlos, trató de convencerlos de que
el trato era justo.
—¡Pero no lo era!
—Así es como funcionan los negocios. No todos tienen los
mismos derechos. Padre corre muchos riesgos, puede
perder la carga en el océano después de haberla pagado.
—¿Y eso justifica que les pague miserablemente? ¿Que
impida que otros se la compren a mejor precio?
—Esos otros no arriesgan tanto como él.
Bethany tenía el rostro desencajado, no podía asimilar lo
que estaba escuchando y sentía que un boquete se estaba
abriendo en su pecho. No podía ser cierto, su hermano no
podía estar hablando de ese modo.
—No digo que esté bien, Bethany, no pongas esa cara,
por Dios. Y se lo dije a padre, que matarlos no estuvo bien…
—¿Que no estuvo bien? ¡Había niños allí! ¿Qué mal
habían hecho esos niños? ¿Qué mal había hecho nadie? Tan
solo escogieron vender sus pieles a otro.
—Él asegura que no quería matarlos —repitió.
—Y tú le crees.
—Es nuestro padre, Bethany.
—Júrame ahora mismo por la memoria de nuestra madre
que jamás le contarás…
—No voy a traicionar a Joseph y no te consiento que lo
insinúes siquiera —la interrumpió visiblemente enfadado—.
Que no tenga las cosas tan claras como vosotros no
significa que sea un…
—Júramelo.
Su hermana tenía una mirada intensa y fija que no le
dejaba escapatoria.
—Te lo juro.
El pequeño de los Burford se puso de pie con expresión
contenida y sostuvo su mirada unos segundos antes de
abandonar la habitación que había sido el refugio de ambos
durante tantos años. Bethany sintió que las lágrimas
inundaban sus ojos y apretó los puños furiosa y desolada a
partes iguales. Sin Joseph en la casa ya se sentía sola, pero
ahora su soledad se iba a hacer insoportable. Estaba claro
que su padre había conseguido una baza inesperada y a
partir de ese momento no podría volver a confiar en Harvey.
Aunque creyese ciegamente en su juramento, algo se había
roto entre ellos y ese algo los distanciaba para siempre sin
remedio. Un nubarrón negro y peligroso se cernía sobre los
hermanos Burford, en especial sobre Joseph. Ojalá la
alocada y fantasiosa hija de los Wharton no fuese el arma
que el destino había elegido para acabar con él.
Capítulo 5
El hombre había dejado la bandeja en la mesa y la
observaba con una desdentada sonrisa.
—Le he puesto bacon y pan. Hoy teníamos gachás, pegó
se han tégminado. A los hombgues les gustan muchó y no
dejan ni un pocó de ellas.
Pues qué bien, porque las detesto.
—Me llamo Magcel, paga segvigle. Disculpe mi asentó, je
suis français.
—Puede hablarme en francés —aclaró Harriet en ese
idioma—. Lo entiendo perfectamente.
—Y lo habla muy bien también, señorita —dijo él con
agrado por poder cambiar a su lengua—. Será muy
agradable tener a alguien con quien hablar cómodamente.
El capitán no tiene mucho tiempo para charlar y es el único
que habla mi idioma.
—Oh, pues me parece que tiempo es algo de lo que voy a
estar muy sobrada próximamente.
—Pero, siéntese a desayunar. Sé que no es de esas
mujeres que comen como un pajarito.
Harriet no se hizo de rogar y se sentó a disfrutar de su
desayuno.
—¿Se puede quedar un poco? —pidió mirando al anciano
—. Si no le causo ningún problema, me gustaría tener
alguien con quien conversar. Llevo cinco días sin salir de
este camarote y sin hablar con nadie más que con el
capitán y ese Dougal, al que, por cierto no le caigo nada
bien.
El cocinero asintió vehementemente y ella le señaló una
silla para que tomase asiento frente a ella.
—No sé si al capitán le gustará que me siente.
—No se va a quedar de pie todo el rato —dijo ella—.
Además, él no se va a enterar.
—El capitán se entera de todo —dijo, pero aun así se
sentó.
—Es cierto que a veces parece saber incluso lo que
pienso.
Marcel asintió con la cabeza.
—Puede estar segura de ello.
La observó comer durante un segundos con gran
satisfacción. Nada le gustaba más que ver comer a la gente.
Harriet levantó la vista de su plato y sonrió satisfecha.
—Está muy bueno. —Arrancó un trocito de pan y lo apretó
contra la grasa del bacon.
—Siento que la hayan secuestrado. —El francés movió la
cabeza a uno y otro lado—. El capitán nunca había hecho
algo así antes. No sé qué se le ha pasado por la cabeza. Se
suponía que íbamos a estar un tiempo en la isla sin hacer
más fechorías…
—¿La isla? —Había leído a Charles Johnson y conocía de
las costumbres piratas por lo que se imaginó un lugar
infestado de ellos y con tesoros escondidos.
—Isla Refugio —afirmó el cocinero—. Allí estamos a salvo
y al parecer lo necesitamos. Buscan al capitán con mayor
fervor del acostumbrado.
Harriet no estaba segura de que conocer esa información
fuese bueno para ella y tampoco sabía cómo se tomaría el
capitán que el francés se la ofreciese tan fácilmente.
—Será mejor que no me cuente nada más —dijo—. Y
fingiremos que no ha mencionado esa isla, si le parece bien.
El anciano frunció el ceño.
—¿Cree que el capitán se enfadará conmigo por
decírselo? Dougal no ha dicho que me estuviese callado y
sabe lo mucho que me gusta hablar. No se preocupe, no
creo que le hagan nada. Es usted nuestro botín para los
próximos meses, así que la cuidarán bien. —Sonrió
mostrando su boca desdentada.
Harriet se preguntó cómo hacía para comer su propia
comida.
—Lo rescataron de un barco de esclavos, tengo
entendido. —Lo mejor sería dirigir ella la conversación.
—Sí, pero tenían cocinero, a mí no me dejaban ni tocar
los cacharros de cocina. Me tenían allí para dar a esos
pobres desgraciados una comida repugnante. Para mí eso
era un suplicio. No le habría dado aquel mejunje ni a los
perros. Algunos vomitaban en cuanto lo comían y los demás
lo hacían un poco después. Era asqueroso, de verdad.
Cuando nos abordaron los piratas yo le pregunté al capitán
si le gustaba comer bien y cuando me dijo que sí le pedí que
me dejase ser su cocinero. No se lo pensó dos veces.
—Dice que nunca han comido mejor.
El anciano no ocultó su satisfacción.
—Me gusta ver comer a la gente. Verlos disfrutar. Eso me
hace feliz.
Harriet terminó el último pedazo de pan y se recostó en el
respaldo con un suspiro de alivio.
—Realmente estaba todo delicioso —afirmó rotunda.
—Da gusto verla comer —dijo el cocinero con pesar—.
Pero una jovencita como usted no debería estar en un barco
como este. No es propio del capitán.
—Fue mi culpa. Estaba en el muelle tratando de colarme
en el barco. En mi descargo diré que pensaba que
pertenecía a otra persona.
—¿Quería subirse a un barco sin que la vieran?
Harriet asintió sin eludir su mirada.
—Siempre he soñado con vivir una aventura y creí que
esta era mi oportunidad. Pero, como ya le he dicho, creía
que este era el barco del capitán Chantler, un caballero al
que conozco.
—Pero… usted es una señorita… ¿Ese capitán estaba de
acuerdo con usted?
—No, de ningún modo. Por eso tenía que hacerlo a
escondidas. Pero sé que después, cuando me hubiese
descubierto, habría estado a salvo con él. Es un caballero
honorable. —Al ver la expresión del cocinero sonrió
tímidamente—. Fue una idea horrible, ¿verdad? Sí, ahora lo
sé, pero le aseguro que en ese momento me pareció muy
inteligente por mi parte.
Marcel negó con la cabeza.
—Perdone que se lo diga, señorita, pero me temo que
usted no es muy lista —afirmó sin contemplaciones—. Si en
lugar de estar en el barco de Bluejacket hubiese subido al
de Jake Fenton, ahora mismo usted…
Harriet se estremeció, a juzgar por la expresión del
anciano, estaba claro que ese Fenton era un tipo al que no
le convenía conocer.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó ella con curiosidad.
—Cuarenta y nueve.
Harriet abrió mucho los ojos sin poder ocultar su
sorpresa. Su padre era mayor que él y habría jurado que eso
era imposible a juzgar por su aspecto. Marcel sonrió y su
boca desdentada le pareció aún más terrible.
—Pensaba que era más viejo, ¿verdad? Todo el mundo lo
piensa. No he tenido una buena vida.
La joven apartó el plato y lo miró con interés, esperaba
que siguiese hablando.
—Mi padre me vendió siendo yo un niño y…
—¿Que su padre lo vendió? —lo cortó estupefacta—. ¿Eso
es posible en Francia?
Marcel se encogió de hombros.
—Pues supongo que sí porque es lo que pasó. El hombre
al que me vendió me trataba como un mulo de carga y
apenas me daba de comer. Cuando cumplí los veinte años
solo me quedaban ya dos muelas y las perdí poco después.
Al parecer la mala alimentación puede hacer que se te
caigan los dientes. Aunque las palizas también se llevaron
alguno que otro.
—Dios Santo —musitó horrorizada.
—Como le he dicho no he tenido una buena vida. Hasta
que conocí al capitán hace un año. Desde entonces puedo
decir que soy feliz. —Sonrió y su rostro se encogió
llenándose de arrugas—. Me gusta este barco, aunque me
gusta mucho más Isla Refugio. De hecho, es mi lugar
favorito del mundo. Si pudiera me quedaría allí para
siempre.
—¿Vive mucha gente en ese lugar?
El francés asintió.
—Bastante, sí. Hay comerciantes y esclavos y mujeres, no
damas, ya sabe… Bueno, también hay alguna dama. Dos,
para ser exactos. La esposa del pastor, el señor Paget, y la
hermana de esta. Son las únicas, pero se las respeta mucho.
Alguna vez voy con el capitán a su casa a tomar café. Él
toma café, yo me quedo en la cocina con Rose, la cocinera.
—Sus ojos brillaron—. Le he enseñado a hacer algunos
platos. Dice que soy el mejor cocinero que conoce. Aunque
creo que lo dice para tenerme contento.
—Señor… Marcel. —Quería preguntarle, pero no quería
mostrarse vulnerable—. ¿Cree que corro algún peligro aquí?
¿El capitán… es un hombre violento?
El francés lo pensó unos segundos con expresión
dubitativa.
—Veamos, violento, violento no creo que sea. A ver,
algunas veces pierde los estribos, como todo el mundo, pero
nunca sin motivo como Barrit. Ese sí que estalla por nada. —
Vio la cara de preocupación de la joven y sonrió—. No tema,
estoy seguro de que no le hará daño. Trata muy bien a las
mujeres y a los niños. Nunca lo he visto golpear a ninguna y
las chicas de Madame Long lo adoran. De hecho se lo rifan
cuando estamos en la isla —bajó la voz—, creo que tienen
un sistema para poder estar todas con él.
Harriet no necesitaba esa información y fingió no prestar
atención a ella, aunque el rubor de sus mejillas la delató
miserablemente. Por suerte, a Marcel no parecía llamarle la
atención dichas sutilezas y siguió hablando un rato más
sobre la isla y sobre las cosas que haría cuando atracase el
barco. Ella no pudo evitar distraerse en sus propios
pensamientos y dejó volar su imaginación peligrosamente.
Debía recuperar sus armas antes de bajar del barco. A saber
qué peligros la acecharían allí. Asintió para sí, debía ganarse
la confianza de Bluejacket y sobrevivir a toda costa para
poder comunicar la información que tenía sobre él. Habría
sido menos malo saber que era un simple pirata. En ese
caso, quizá y solo quizá, no habría revelado su identidad a
nadie. Pero era un traidor a su patria. Inglaterra, nada
menos, el mejor país del mundo. ¿Cómo iba perdonarle eso?
—¿No está de acuerdo? —preguntó Marcel al verla negar
con la cabeza.
—Oh, sí, quiero decir… —No tenía ni idea de lo que
estaba hablando—. Querría asearme un poco. ¿Cree que
sería posible tener un poco más de agua de lo normal. Con
la que me han traído estos días poco puedo hacer.
—Veré qué puedo conseguir. —La miró de arriba abajo
con el ceño fruncido—. Tengo algún cacharro en la cocina en
el que creo que podría usted caber.
Harriet miraba el vestido sobre la cama del capitán con
expresión irónica.
—¿No le gusta? —preguntó Dougal malhumorado—. Tiene
más en el baúl.
—Cinco días —dijo mirándolo—. Ha tardado cinco días en
traerme este baúl. Cualquiera diría que ha tenido que volver
a Londres a buscarlo.
El escocés la miró burlón.
—¿Se cree que no tengo nada mejor que hacer que
encargarme de su ropa?
—Si cumple con todas las órdenes de su capitán con la
misma celeridad, no quiero ni pensar cómo funciona este
barco.
El pirata apretó los labios malhumorado.
—Si no quiere que se le enfríe el agua que le ha calentado
Marcel, debería elegir algo que ponerse cuanto antes.
—No creo que estas ropas tan lujosas sean lo más
cómodo para moverse por un barco —afirmó pensativa.
—¿Y quién ha dicho que vaya a moverse?
Harriet lo miró inquisitiva.
—Llevo cinco días encerrada y la tripulación ya sabe que
existo, así que no veo por qué tienen que…
—Una cosa es que lo sepan y otra muy distinta que
puedan comportarse.
Harriet levantó la barbilla con expresión arrogante.
—El capitán ha dicho que me dejará salir si obedezco. Y
pienso obedecer.
—Cuénteselo a quién se lo crea.
Lo encaró poniéndose las manos en la cintura y mirándolo
con expresión acusadora.
—¿Qué le he hecho para que tenga esa inquina hacia mí?
¿No tiene hermanas o alguna mujer a la que quiera? ¿No
puede ponerse un poco en mi lugar?
El escocés cruzó los brazos delante del pecho en actitud
defensiva haciendo que sus músculos resultasen una
amenaza silenciosa.
—No tengo hermanas, solo hermanos y no, no puedo ni
quiero ponerme en su lugar. Es usted un grano en el culo y
sé, sin lugar a duda, que nos va a traer problemas.
Harriet apretó los labios para no soltar la ristra de insultos
que se le venían a la boca, consciente de que no era eso lo
que le convenía. Respiró hondo varias veces antes de
hablar.
—No pretendo causar problemas.
—No digo que lo pretenda, pero sé que los va a causar. Es
usted un problema con patas, señorita, y no me cabe la
menor duda de que lo sabe tan bien como yo.
No podía rebatirlo, era demasiado sincera para ello.
Dougal levantó una ceja y sonrió con ironía.
—Al menos no es de esas.
—¿De esas?
—De las que niegan lo evidente.
Harriet dejó caer las manos como señal de rendición y lo
miró sin subterfugios.
—Está bien, hice una soberana estupidez y estoy aquí por
mi culpa, pero ¿no podría intentar ser más tolerante
conmigo? No quiero que me lancen por la borda, ni que me
tengan encerrada. Estoy dispuesta a ser útil si me dejan y
me portaré bien, no molestaré a nadie y…
El escocés se rio a carcajadas.
—¿Qué? —Lo miraba sin comprender.
—Ahí fuera hay un montón de hombres deseando que los
moleste.
Harriet frunció el ceño.
—Déjelo. Usted báñese, póngase uno de esos vestidos y
espere a que el capitán decida si la deja salir o no.
—Él ha dicho…
—Sé lo que ha dicho y también sé que aún no se ha
decidido.
—Usted no estaba aquí cuando me habló, a lo mejor no
sabe tanto como se cree. Y ahora, váyase y déjeme un poco
de intimidad —dijo haciéndole un gesto para que se
marchara.
El escocés arrugó la frente y bajó los brazos.
—No tenía intención de mirar.
—Por si acaso.
Dougal pareció dudar, pero finalmente se dirigió a la
puerta y salió del camarote. Harriet se volvió hacia la cama
y se mordió el labio.
—Energúmeno —dijo en voz alta.
Volvió al baúl y terminó de sacar la ropa que aún quedaba
en él. En el fondo halló utensilios de costura y su mente
empezó a elucubrar un nuevo plan. Miró hacia el baúl del
capitán y recordó mentalmente las prendas que allí había
visto. Sonrió al tiempo que asentía. Tenía una idea de cómo
aprovechar más sabiamente aquellos ostentosos vestidos,
pero primero el baño. Se quitó la ropa y se metió en el agua.
Se echó a reír al pensar lo que dirían Elinor y las gemelas si
la vieran bañándose en una enorme cazuela.
Dougal lo encontró al timón. No era raro que el capitán se
pusiera en él de vez en cuando, en especial cuando quería
concentrarse para aclarar sus ideas.
—No la dejes salir de ahí —advirtió el escocés—. Te
arrepentirás si lo haces.
—¿Le has devuelto ya sus cosas? —preguntó el otro sin
dejar de mirar al horizonte.
—¿Quieres que le devuelva sus cosas?
Bluejacket lo miró elocuentemente.
—No, no se las he devuelto, maldita sea. ¡Llevaba un arco
con flechas! ¿Quieres que ensarte a alguien con una de ellas
y le rebanen el cuello?
Su amigo sonrió divertido.
—No entiendo qué es lo que te hace tanta gracia. —Bajó
el tono para seguir hablando sin que nadie lo escuchara—.
Ya viste cómo me derribó. Me lanzó por encima de su
cabeza y peso el doble que ella.
La sonrisa en el rostro del capitán se hizo más ostensible
y el malhumor en el rostro del escocés, también.
—Había oído hablar de las excentricidades de la hija del
barón, pero lo cierto es que me he perdido mucha diversión
estos años. Lástima no haberla conocido antes.
—¿Antes cuándo? ¿Te refieres a cuando llevaba trenzas y
jugaba con sus muñecas? ¡Es una cría, por Dios!
—Ya ha sido presentada en sociedad —argumentó su
amigo—. Su familia debe estar buscándole marido.
—Eso fue antes de que se subiese a un barco pirata. Te
aseguro que pocos de esos caballeros que la cortejaban se
atreverán a hacerlo después de eso.
La hilaridad desapareció del rostro del capitán. En eso
tenía razón Dougal, aquella mancha en su honorabilidad iba
a ser imposible de borrar.
—Marcel me ha dicho que va a darse un baño. ¿Por fin
tiene ropa que ponerse? —preguntó borrando esa
preocupación de su mente.
—Le he llevado el baúl, pero no le gusta lo que contiene.
Dice que esa ropa es muy incómoda para moverse por el
barco.
—Y tiene razón.
—¿Pero tú te escuchas? ¡No puedes dejarla salir!
Algunos de la tripulación se giraron a mirarlos con
curiosidad y Dougal maldijo entre dientes por no saber
contenerse.
—Vamos a estar varias semanas en el mar, ¿quieres que
se pase todo ese tiempo encerrada? Creo que estos cinco
días han sido ya demasiado para ella. Has visto cómo es, no
nos conviene que se aburra o empezará a pensar. Hay que
darle algo que hacer si queremos que esté tranquila y se
porte bien.
—Yo la ataría a la cama.
Bluejacket lo miró con sarcasmo.
—No me cabe la menor duda de que lo dices en serio,
pero no es de esa clase de mujer, ¿verdad?
—No me refería… —El escocés miró hacia otro lado
turbado. ¡Era una niña!
—Deja que yo me encargue de ella —pidió el capitán—.
Sabré manejarla, descuida.
—Lo que temo es que acabe manejándote ella a ti —dijo
el otro, pero consciente de que no había nada más que decir
se encogió de hombros y se dispuso a volver al trabajo.
—Devuélvele sus cosas. Todas —gritó el capitán antes de
que desapareciera de su vista.
Bluejacket siguió al timón mientras contemplaba el
paisaje. Sabía que Dougal tenía razones para estar
preocupado, aunque él fingiera tomárselo a broma. Frunció
el ceño al pensar en Edward Wilmot, en cuando descubriese
que su cuñada estaba en su barco iba a querer matarlo,
estaba seguro. Y no se lo reprocharía, de estar en posiciones
contrarias es lo que él desearía hacer. Pero ¿había tenido
opción, acaso? ¿No se había encontrado con el problema sin
tener nada que ver con su ejecución? Esa muchacha estaba
completamente loca, solo así se le podía haber ocurrido una
idea tan estúpida como aquella. ¡Colarse en el barco del
capitán Chantler! Apretó los labios y negó con la cabeza. Un
caballero. Volvió a negar. Conocía a Chantler, durante un
tiempo fueron amigos. Claro que aquello fue antes de que
su padre lo obligase a renunciar a su rango como capitán de
la armada. No era mal tipo, un poco obsesivo, pero se podía
confiar en él. ¿Cómo se había aliado con su padre? Salió de
su concentrada posición para dar un par de órdenes y
después volvió a sus pensamientos. ¿Debería haber
regresado con ella a Londres? ¿Arriesgarse a que lo
delatara? Miró a sus hombres, todos ocupados en sus
tareas, funcionando como una maquinaria casi perfecta.
Conocía cada historia, el origen y el destino que se les había
otorgado. ¿Cómo iba a ponerlos en riesgo de ese modo? No
era solo él el que estaba en peligro, ellos tendrían serios
problemas si lo capturaban. Por eso había decidido
esconderse en Isla Refugio una temporada, por ellos. Si
Chantler llegaba a acercarse lo bastante, lo reconocería y
todo estaría perdido. No temía una derrota, ni siquiera temía
a la muerte, caminaba con ella desde hacía años y se había
acostumbrado a su compañía. Pero si Chantler lo reconocía
y todos sabían que era el hijo de Burford, sus hombres se
sentirían doblemente traicionados. Él los había arrastrado
hasta allí. Los había sacado de sus miserables chozas, de la
calle, de la esclavitud, de presidio… Miró a Joe que en ese
momento se encaramaba al palo de mesana con gran
agilidad. Dougal y él lo habían rescatado cuando iba a ser
colgado por asesinato. El juez no tuvo en cuenta que había
sido una cuestión de defensa propia. El hombre para el que
trabajaba había violado a su hermana y cuando Joe fue a
reclamarle por ello, trató de matarlo con un martillo para
evitar que su esposa lo descubriese. Joe se había defendido
y ese hombre había muerto. Nadie le creyó. Lo acusaron de
entrar a robar en casa del dueño de la fábrica y que, al ser
descubierto, había matado al pobre hombre sin mediar
palabra. A nadie le importó que él sufriese graves heridas y
que el dueño de la fábrica tuviese tan solo un golpe en la
nuca. Golpe que se dio contra una mesa después de que Joe
se librase de su ataque a martillazos con un fuerte empujón.
Nada de lo que dijo, sus súplicas o las de su hermana, que
quiso declarar a su favor contando lo que ese hombre le
había hecho. Nada sirvió para que el juez no le impusiese
tan severa sentencia. Severa e injusta. Fue condenado a la
horca por el código sangriento. Joe había sido el primero al
que rescataron de la soga, pero no el único. También estaba
Murdock, cuyo delito por robo reiterado sumaba casi una
libra, y Hastings, acusado de robar comida hasta en diez
ocasiones antes de ser condenado. Mi familia necesita
comer todos los días, le dijo al juez, y el dueño del molino
en el que trabajo no me paga desde hace meses. Al juez le
parecía justo que él y los suyos se muriesen de hambre. Y a
la sociedad londinense, también. No era su problema. Como
tampoco era asunto suyo que siguiesen navegando barcos
de esclavos a pesar de la ley, aprobada cuatro años antes,
que impedía la esclavitud en Gran Bretaña, pero no en todo
el Imperio. Diez de esos esclavos formaban ahora parte de
su tripulación como hombres libres y los que no quisieron
unirse habían sido desembarcados en distintos lugares
después de ser rescatados. Esos eran los únicos barcos que
abordaban a pesar de que no pertenecían a Jacob Burford.
La esclavitud era el crimen más despreciable a ojos de
Joseph y jamás miraría hacia otro lado. Si se topaba con un
barco de esclavos, lo abordaba, llevase la bandera que
llevase.
Todas aquellas personas, que ahora tenían una finalidad
en la vida más allá de morir de hambre, colgados o siendo
esclavizados, todos ellos corrían un grave peligro gracias a
Harriet Wharton. Definitivamente, habría sido mucho más
caritativo para ellos que la hubiese lanzado por la borda.
Sonrió con malicia.
Capítulo 6
Tendrá un espejo en alguna parte —se dijo pensativa
mirando a su alrededor—. No lo había visto afeitarse, pero
debía hacerlo de vez en cuando porque si no la barba le
llegaría a los pies. Quizá en la cómoda… No había revuelto
el cajón de la ropa interior… Lo abrió y, con sumo cuidado
para no dejar rastro, removió el las prendas y ¡allí estaba!
Lo sacó y trató de ver su aspecto en conjunto alejando el
brazo todo lo que pudo. Debía colocarlo en alguna parte y
alejarse lo bastante para…
—¡Por todos los diablos!
La puerta del camarote se abrió y el capitán la miró
anonadado.
—¿Qué le ha hecho a ese pobre vestido? —La miraba de
arriba abajo con expectación—. ¿Y esos pantalones…? ¡Son
míos! ¡Lleva el corsé encima de la ropa!
Harriet se pasó las manos por la prenda colocándosela
bien y levantó la barbilla con arrogancia.
—Es lo más práctico que he podido hacer con lo que
tenía.
—Está claro que lo de coser no es lo suyo —dijo él viendo
el incomprensible mejunje de prendas que había construido.
¿O debería decir destruido?
—No puedo ir con un vestido de fiesta por el barco. Se me
engancharía en todas partes y podría tropezarme con él
cuando quisiera hacer algo.
—¿Algo como qué?
—¿Y cómo quiere que lo sepa? No tengo ni idea de lo que
hace la gente aquí. Pero supongo que habrá algo que yo
pueda hacer, no será tan difícil si ellos lo hacen, digo yo.
Bluejacket seguía mirándola de arriba abajo con cara de
susto y movía la cabeza de un lado a otro sin dar crédito.
Ese pantalón tan ajustado lo estaba matando.
—¿Ha cortado la camisola?
Ella asintió
—¿A que queda bien así? No la necesito debajo del
vestido ya que no voy a ponerme ninguno.
—¿Y el corsé?
—La camisa es muy ancha y se abre con facilidad, el
corsé evita que se mueva. Quería ponerme el corpiño —
señaló una prenda rota sobre la cama—, pero no conseguía
que se quedara en su sitio, así que opté por el corsé, las
cuerdas lo mantienen inmovilizado. Además, me sirve de
protección, las ballenas son muy resistentes —afirmó
dándose unas palmadas en el estómago.
—¿Cómo van a tomarla en serio si sale así vestida? Se
supone que tienen que ver a la hija del barón de Harmouth,
no a… —La señaló de arriba abajo—. ¿Sabe la pinta que
tiene?
—No —dijo entregándole el espejo para que lo sostuviese
y después dio dos pasos atrás para alejarse—. Súbalo un
poco. Un poco más, ahí, quieto.
—¿Está sonriendo? —preguntó perplejo.
—¡Me encanta! ¡Y es tan cómodo! Ojalá hubiese algún
modo de que mamá me dejase ponérmelo en Londres. ¡Iba
a causar sensación!
—Desde luego —afirmó el capitán que no sabía si echarse
a reír.
—A Elinor le encantarían estos pantalones. ¿De qué están
hechos? —preguntó acariciando las perneras—. Son muy
suaves.
El capitán sintió que se le encogía el estómago. Sus
piernas habían estado donde ella tenía las suyas embutidas
y eso le produjo un extraño y desconcertante nerviosismo.
—Cuero —dijo distraído.
—Pues me encanta el cuero.
Dio una palmada en su pierna y cogió el espejo de sus
manos para devolverlo a su sitio. El pirata la observó darse
la vuelta y caminar con gracia hacia el fondo del camarote y
su corazón se aceleró.
—¿Cómo los ha… ajustado tanto? —preguntó con voz
insegura.
—Por suerte, en el fondo del baúl del Legacy había todo lo
necesario para labores de costura. No es que sea muy
buena con la aguja, es cierto, me he destrozado los dedos
con esta tela, es muy dura, ¿sabe? . Casi me arrepiento de
no haber hecho más caso cuando mamá se empeñaba en
que debía aprender a coser bien. ¡Lo que habría podido
hacer si supiese cómo! —Al ver su cara de susto sonrió—.
Tranquilo, no he cortado lo que sobra, le he hecho un doblez
y está por dentro. Cuando ya no los necesite volveré a
dejarlos como estaban.
—Los dejará como estaban ahora mismo —ordenó
recuperando la compostura—. Así no puede salir de este
camarote.
Harriet frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No sabe cómo se adivina… todo. —Hizo un gesto para
que supiera que se refería al trasero.
Ella frunció el ceño y trató de verse por detrás, pero era
imposible. Usó las manos y se acarició concienzudamente
haciéndose una idea. Abrió mucho los ojos mirándolo con
sorpresa. El capitán tenía el corazón en la garganta y no le
pasaba el aire. Verla acariciándose el trasero era demasiado
incluso para ella.
—Créame, no quiere que la vean así.
—Les soltaré las costuras —afirmó rotunda—, pero no
pienso quitármelos. No mientras esté aquí.
—Cuando haya soltado esas costuras hablaremos.
—¿A qué ha venido? Necesito que se vaya para poder
quitármelos. No querrá que los arregle llevándolos puestos.
—Quería ver si estaba… bien y si tenía… todo lo que
necesitaba
Harriet asintió y señaló el rincón en el que había dejado
su arco y el jō.
—Gracias —dijo sincera—. Me han alegrado el día cuando
me los han traído. Me sentía muy sola sin ellos.
Bluejacket sonrió afable, que hablase de esos objetos
como si fuesen buenos amigos era enternecedor.
—Bien, entonces me voy.
Harriet asintió dándole su bendición para no mandarlo a
tomar viento fresco que era lo que en realidad deseaba.
Cuando se quedó sola trató de verse por detrás, pero por
más giritos y poses raras que intentaba, no lo consiguió.
—No hace falta, si lo que se ve es como lo que yo he
tocado, no hay posibilidad de que pueda mostrarme así ante
nadie. —Se tapó la boca para ahogar su risa—.¡Menuda cara
de susto tenía! Una camisola más larga que me tape el
trasero, con eso lo solucionaremos. Y necesito un cinturón…
Ante de ponerse a rebuscar entre la ropa volvió a
acariciarse el culo imaginando lo que él había visto. Se puso
roja como un tomate.
—¡Debería haber un espejo más grande!
El capitán observó la vela cuadra mayor bien tensa y asintió
al timonel dándole el visto bueno. Con sus indicaciones
habían aumentado la velocidad tres nudos tal y como él
había calculado. Navegaban con el viento en popa y el
empuje era amenazador, pero mantuvo su posición aún
unos minutos más, a pesar de las miradas tensas de sus
subordinados.
—Señor Farrow…
—Sí, capitán.
—Dos rizos a la vela cuadra mayor y arríe las juanetes.
—Sí, capitán —repitió.
Harriet había observado la escena sin perder detalle.
Desde que había subido a cubierta la actividad en el barco
la tenía completamente embobada. Ver a Bluejacket dando
órdenes, que todos obedecían, no tenía desperdicio. Había
que ver lo bien que sabía mandar ese hombre. No era de
extrañar que todos obedecieran sin rechistar, si a ella le
hubiese mandado algo, seguro que habría corrido a hacerlo.
Se preguntó cómo sería tener ese poder y se imaginó a sí
misma en el castillo de popa mandando a diestro y siniestro.
«Tú, sube la vela esa de allí, la grande, y afloja esa
cuerda, que no sé para qué sirve, pero que está muy
tensa».
El pirata la miraba con una irónica sonrisa y cuando se
topó con sus ojos burlones Harriet carraspeó disimulando.
—Lo que daría por saber lo que había en esa cabecita
ahora mismo —dijo él en tono bajo.
—¿Qué son las juanetes? —preguntó ella para desviar el
tema.
El capitán aceptó la desviación sin borrar su sonrisa y se
dispuso a explicárselo. Señaló hacia las gavias, en lo alto del
palo mayor.
—Aquellas velas de allí.
—¿Las pequeñas?
Bluejacket asintió.
—¿Y por qué las ha hecho arriar?
—Hay demasiado viento y eso dará un respiro a los
mástiles.
Harriet observó a los hombres que se encargaban del
trabajo.
—¿Le gustaría aprender a comandar un barco?
Lo miró con una mezcla de sorpresa y anhelo.
—¿Me enseñaría?
—Yo no puedo perder el tiempo, pero quizá convenza a
Dougal… —se burló.
La sonrisa ilusionada de Harriet se congeló en sus labios y
lo miró con severidad.
—No aprenderé nunca.
—Seguro que sí, es una cuestión de tiempo que sepa
reconocer mis chistes.
—¿Sabe que un chiste se usa para hacer reír a otros no a
sí mismo?
El capitán no respondió y tampoco borró su burlona
sonrisa.
—Señor McEntrie —dijo al ver a Dougal—. Que se
acerquen todos, tengo algo que decir.
—¡Ya lo habéis oído! —gritó el escocés con su potente voz
—. ¡El capitán quiere hablaros!
Antes de hablar, el capitán le pidió a Harriet que se
acercase a la balaustrada con un gesto.
—Esta es Harriet Wharton.
—¿Qué lleva puesto? —preguntó Barrit con sonrisa
perversa—. ¿Es esa la nueva moda en Londres?
—¿Ahora te interesa la moda, Barrit?
—¿Y para qué es el palo que se ha atado al cinto?
—No es un palo —intervino Harriet—. Se llama jō y es un
arma que se utiliza en…
—¿Un palo es un arma? —Se rio Barrit a carcajadas—. La
próxima vez que nos ataquen con una espada les daremos
con un palo, ¿vale muchachos?
Todos se rieron.
—Lleva sus pantalones, capitán —intervino Farrow burlón
—. Espero que no los tuviese puestos cuando se los quitó o
habrá que subir el precio del rescate.
Todos volvieron a reír. Bluejacket lo miró con expresión
cínica antes de responder.
—Farrow, ten cuidado, ya sabes cómo suelen acabar tus
chistes.
El tercero al mando mantuvo su mirada burlona, pero
optó por callarse.
—Bueno, ya la habéis visto todos y sabéis lo que debéis
hacer al respecto, así que volved al trabajo —ordenó el
capitán.
—Un momento —pidió Harriet cuando ya todos se daban
la vuelta—. Querría decir algo.
Bluejacket la escudriñó con la mirada tratando de
disimular lo poco que le gustaba su iniciativa.
—Sé que soy vuestra prisionera —dijo mirándolos a todos
—, pero durante el tiempo que esté aquí me gustaría
aprender el funcionamiento del barco y conocer vuestro
trabajo. Os agradeceré mucho cualquier explicación que
queráis darme.
—¿Ah, sí? —dijo Barrit—. ¿Y cómo nos lo agradecerá?
¿Con cariñitos? —Sacó la lengua y la movió al tiempo que se
tocaba la entrepierna de manera obscena.
Harriet se puso roja como un tomate y apretó los labios
esperando que el capitán dijese algo para llamarle la
atención, pero Bluejacket permaneció impertérrito y
expectante. Se veía imponente, con aquella pose y su gran
estatura, pero casi podía adivinar una sonrisa tras ese rostro
falsamente inexpresivo. Maldito engreído… Volvió la vista de
nuevo a Barrit con la mano en el jō y expresión resuelta
dispuesta a…
—Volved al trabajo —se adelantó el capitán y todos se
dispersaron sin más interrupciones.
Harriet miró a Barrit que se alejaba riendo con otros
miembros de la tripulación.
—¿Por qué no me ha dejado responderle? —dijo
encarando al capitán con expresión furiosa.
Bluejacket sostuvo su mirada muy serio y Harriet recordó
su advertencia de que lo tratase con respeto delante de sus
hombres. Cerró la boca y respiró hondo varias veces para
recuperar la compostura.
—Debería haberle dicho algo —susurró entre dientes.
El capitán levantó una ceja y bajó del castillo de popa
para dirigirse a su camarote. Harriet lo siguió con paso firme
y moviendo mucho los brazos. Entró tras él y cerró de un
portazo.
—¿No es el capitán? ¿Cómo permite que ese hombre me
hable así?
Bluejacket seguía mirándola con aquella expresión
desconcertante y Harriet estaba cada vez más irritada.
—¿No va a decir nada? Podría disculparse al menos.
—¿Disculparme?
—Sí, disculparse.
—¿Y por qué habría de disculparme? Nadie le ha hecho
nada. ¿Tan débil es que no puede soportar ni una pequeña
broma?
—Eso no ha sido una broma, ha sido claramente una falta
de respeto y…
—¿Respeto? —la cortó dando un paso hacia ella—. ¿Es
eso lo que creía que iba a encontrar en un barco pirata?
—Yo no quería…
—Ah, es cierto —volvió a cortarla—. Usted no quería subir
a mi barco, sino al del capitán Chantler. ¿Y cree que la
tripulación del capitán sería más educada que la mía? ¿Se
piensa que por ser un oficial de la armada tiene entre sus
hombres a eruditos y cultos caballeros que le harán una
reverencia y la llamarán «milady?».
Harriet levantó la barbilla y lo miró con orgullo.
—Estoy segura de que él no permitiría que me dijesen
algo tan… tan…
—¿No encuentra las palabras, señorita Wharton? —
preguntó taimado—. Es toda una novedad digna de ser
anotada en el cuaderno de bitácora.
Harriet vio que la miraba de arriba abajo con una
expresión extraña y su furia se fue trasformando poco a
poco en inseguridad.
—De verdad no se da cuenta de los riesgos que corre con
su actitud —murmuró él asombrado—. Es tan
desconocedora de eso como del peligro que tenían esos
pantalones después de ajustarlos a su cuerpo de un modo
tan extraordinario.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué me mira así?
—¿Así cómo?
—Como si yo fuese un pastel de carne y usted llevase una
semana sin comer.
—De gracias que tanto mis hombres como yo probamos
la carne en Londres —dijo él con voz profunda.
Harriet abrió los ojos y lanzó un largo «aaaah».
—¿Usted quiere copular conmigo?
Si en ese momento el barco se hubiese elevado por
encima del mar no le hubiese provocado una sorpresa
mayor. El capitán abrió la boca y la cerró varias veces sin
ser capaz de emitir sonido alguno.
—Sé lo que ocurre —siguió Harriet recordando los libros
que su hermana Elinor le había mostrado—. Y también sé
que es algo fisiológico y normal, una cuestión de la
naturaleza humana, pero yo no estoy interesada, así que
espero que se abstenga de intentar lo que sea con su…
cosita.
¿Cosita? Bluejacket sentía que tenía un dragón entre las
piernas y no dejaba de lanzar fuego a llamaradas. Pero ¿de
dónde había salido aquella mujer? Definitivamente, estaba
loca de remate.
—Le aconsejo que no hable con ningún otro hombre del
modo que acaba de hacerlo conmigo.
Harriet frunció más el ceño.
—¿He dicho algo incorrecto? Espero que no, mi hermana
Elinor está convencida de que ese libro lo explica todo
correctamente. Y a juzgar por la reacción de Caroline, estoy
segura de que sé cómo es el proceso exactamente.
—¿Que lo ha leído en un…? Oh, por supuesto, ¿cómo no?
Solo a usted se le ocurriría hacer algo así.
—¿Algo cómo?
—Tan inapropiado.
Harriet se encogió de hombros y soltó un sonoro suspiro.
—Supongo que piensa, como mi madre, que esas cosas
deben «descubrirse» en la noche de bodas.
—Sería lo más apropiado para alguien de su condición, sí.
—Claro —sonrió burlona—. ¿Usted lo descubrirá también
esa noche?
—Yo soy un hombre.
La joven abrió la boca para decir algo al tiempo que
asentía, pero volvió a cerrarla.
—¿Qué? ¿Le parece poca diferencia? Yo puedo
experimentar lo que desee sin que haya consecuencias.
—Para usted, claro, porque la otra parte… Porque se
refiere a experimentar con una mujer, ¿no?
—¿¡Con quién si no!? —exclamó anonadado.
—No lo sé, quizá haya otros modos que desconozco.
—¡Señorita Wharton!
—Veo que no le gusta hablar de este tema, tan solo le
gusta «experimentarlo».
Bluejacket trataba de encontrar en su mente alguna
ocasión en la que se hubiese sentido tan incómodo como
aquella, pero no lograba recordar ninguna.
—Entonces debo asumir que en este mundo, el suyo —
siguió Harriet ajena al caos que estaba provocando en el
pirata—, que un hombre hable a una señorita como ese
Barrit me ha hablado es algo que cabe esperar. Bien,
sabiéndolo creo que me será más fácil tolerarlo. Claro que
podría suceder que en algún momento desease utilizar
algún medio más expeditivo que las palabras para
responder. ¿Sería eso posible? Quiero decir, ¿me dejará que
le dé una paliza a Barrit si se propasa conmigo?
El capitán se puso las manos en la cintura y la miró entre
confuso y estupefacto. Y de pronto se echó a reír a
carcajadas.
—¿De qué se ríe? —preguntó asombrada.
Bluejacket quería responder, pero cada vez que iba a
hacerlo la risa arreciaba y no lo dejaba hablar.
—No le veo la gracia —insistió ella.
Capítulo 7
—Me ha preguntado si quería copular con ella.
El escocés no pudo contener el ron que salió disparado de
su boca en todas direcciones.
—¿Qué? —preguntó limpiándose la ropa.
—Y después me ha dicho que no le acercase mi «cosita».
No sé qué tiene en la cabeza.
—Rizos. Muchos rizos —dijo el escocés rellenando su
copa. Bebió un largo trago y la dejó sobre la mesa con
excesiva fuerza, por suerte la plata era lo bastante
resistente—. Te dije que era una mala idea.
—No empieces otra vez —pidió el capitán y soltó un
suspiro—. Es la persona más inocente y sincera que he
conocido jamás. No tiene ninguna prevención, es como si
nada de ese mundo que tanto despreciamos hubiese hecho
mella en su espíritu. ¿Te das cuenta, Dougal? ¿Has conocido
a alguien así alguna vez?
—No.
Bluejacket se paseó por el camarote del escocés
mesándose el pelo.
—Deberías trasladarte aquí —aconsejó—. Podemos hacer
que muevan el mamparo para darnos un poco más de
espacio.
El capitán lo miró interrogador.
—No vas a poder contenerte. Está claro que te gusta.
—No me gusta.
—Ya lo creo que te gusta. —Le señaló a la entrepierna.
Se había quitado la chaqueta y su erección era más que
evidente.
—Como vea tu «cosita» se va a desmayar del susto.
—No va a ver nada.
—Si dormís en la misma habitación, la verá.
El capitán lo miró orgulloso.
—¿Te crees que soy un adolescente inmaduro? Hace
mucho tiempo que aprendí a controlar mis impulsos.
—Esta vez es distinto y lo sabes. Como bien has dicho,
nunca has conocido a alguien como ella.
—Eso no tiene nada que ver —negó rotundo—. No voy a
tocarla.
—Más te vale, porque, conociéndote, te casarías con ella.
Y los dos sabemos que para eso tendrías que volver.
—No voy a volver —sentenció rotundo—. Así que no te
preocupes por esto. —Ahora fue él el que señaló su
entrepierna—. Se me pasará.
El escocés llenó la otra copa y la empujó hacia su amigo.
—Bebe, eso te ayudará.
El capitán apuró el contenido de un trago y se sentó al
tiempo que dejaba la copa en la mesa. Durante unos
minutos siguieron bebiendo en silencio.
—¿Alguna vez has querido casarte? —preguntó Dougal.
—Se me pasó por la cabeza, sí.
—¿Con tu madrastra? —se burló el otro.
—No la llames así.
—Es lo que es.
—Ahora, pero no entonces.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Nada.
Otro trago y más silencios.
—¿Y tú? Nunca me has hablado de cómo conociste a
Nuna.
—No hay nada de lo que hablar. La conocí, nos gustamos
y me casé con ella según sus costumbres.
—Tampoco me has hablado de después. —Lo miró muy
serio—. De cómo… De lo que mi padre... hizo.
El escocés lo miró a los ojos y la oscuridad que había
siempre oculta en ellos emergió abruptamente. Durante
unos segundos sostuvieron mutuamente la mirada en una
batalla sin vencedor. Ahora fue Bluejacket el que rellenó las
copas y levantó la suya.
—Por la amistad —brindó con una cínica sonrisa—. Para
que sigamos contándonoslo todo siempre.
—¿Ahora necesitas que nos hagamos confesiones? —
preguntó el otro sin levantar su copa—. ¿Qué será lo
próximo? ¿Cogernos de la mano cuando atravesemos una
tormenta?
—Somos amigos y sabemos muy poco el uno del otro.
—Sabemos lo necesario. Yo sé que odias a tu padre y que
harás todo lo posible por devolver lo que ha robado. Y tú
sabes que yo odio a tu padre y que haré todo lo posible
porque consigas devolver todo lo que ha robado.
El capitán asintió y volvió a mostrarle su copa esperando
que respondiese a su brindis. El escocés se dio por vencido
y la levantó haciéndola chocar con la suya y provocando
que parte del contenido se vertiese sobre la mesa.
Sonrieron y bebieron. No había más que decir.
Cuando entró en su camarote esperaba que ya estuviese
dormida, pero la encontró sentada en el suelo, con las
piernas dobladas y un libro abierto sobre ellas.
—Lo ha encontrado —dijo sonriendo al reconocerlo.
—¿Cómo no me dijo que lo tenía? —preguntó mirándolo
con ojos muy abierto—. La «Historia general de los robos y
asesinatos de los más famosos piratas» es el mejor libro
que se ha escrito jamás.
—¿Eso cree? —preguntó sin dejar su sonrisa—. Hay
mucha fantasía en esas páginas.
—Dicen que el capitán Charles Johnson era en realidad un
nombre falso. ¿Cree que el autor pudo ser un pirata
camuflado? ¿Charles Vane? ¿Teach?
—Lo dudo —afirmó quitándose las botas—. Barbanegra
tenía cosas mejores que hacer.
—Pero quizá lo escribió durante las largas travesías y
después lo escondió en su isla, junto a sus tesoros. Alguien
lo encontró y decidió adjudicar…
—Me inclino más por Daniel Defoe —la cortó impaciente
—, sus estilos se asemejan bastante. Además Defoe escribía
en el Applebee’s Journal cubriendo los juicios de piratas en
esa época, así que, quizá los conoció.
Harriet lo miró con admiración. Cerró el libro y se giró
hacia él.
—¿Sabe si se entrevistó con Anne Bonny o Mary Reed?
Bluejacket sonrió.
—¿Tan viejo le parezco? —se burló, aunque su expresión
no le gustó nada—. Lo que sí sé es que la hermana de Defoe
estaba casada con un escritor naval y que conocía a
Woodes Rogers, el famoso cazador de piratas.
Harriet había doblado las rodillas y apoyaba la barbilla en
las manos que tenía sobre ellas sin dejar de mirarlo. Su
expresión no dejaba lugar a duda.
—Realmente es una admiradora de aquellos piratas —se
sentó en el suelo frente a ella.
La joven asintió.
—¿Qué es lo que tanto admira de ellos?
Lo pensó unos segundos antes de responder.
—Su inconformismo. No aceptaron lo que el mundo les
tenía reservado y se rebelaron contra él.
—Y, sin embargo, a mí me desprecia.
¿Está decepcionado? Parece decepcionado.
—Usted no es un verdadero pirata.
Ahora sí que lo sorprendió.
—¿Lo dice como algo malo?
—Lucha contra su padre. Es su hijo, sabe que si lo atrapa
no hará nada para destruirlo. Proviene de una familia rica,
muy rica, según tengo entendido. Un día volverá a casa y…
—No voy a volver —la cortó.
Harriet frunció el ceño.
—¿No piensa volver? ¿Nunca?
El capitán negó con la cabeza.
—¿Y adónde irá cuando deje la piratería? ¿A Francia?
Ahora fue él el que frunció el ceño.
—¿Por qué iba a ir a Francia?
¿Porque eres un traidor?
—¿Cree que porque robo a mi padre reniego de ser
inglés?
—¿Entonces qué hará? Algún día su padre morirá y
heredará su fortuna.
—Tarde o temprano sabrá que soy Bluejacket. De hecho,
lo sabrá en cuanto la liberemos. En ese momento, me
desheredará. Tengo dos hermanos, aunque, conociéndole,
supongo que se lo dejará todo a Harvey. Para mi hermana
tiene otros planes.
Harriet sabía que era el momento de mentir y decir que
no iba a contarlo, pero no pudo hacerlo. Claro que lo
contaría, Joseph Burford era un traidor y con sus actos ponía
en peligro a soldados ingleses. Desde luego que lo contaría.
El pirata la miraba con fijeza y había algo en su expresión
que no supo catalogar.
—No deja de sorprenderme —dijo reflexivo—. Cualquier
mujer en su situación se esforzaría en hacerme creer que no
va a contar nada, pero usted se queda callada.
Definitivamente puede leerme el pensamiento.
—Sería faltarle al respeto —dijo en voz alta.
El capitán sintió una punzada que lo atravesó de parte a
parte. No supo si fueron las palabras, el tono en que las dijo
o su mirada sincera y limpia.
—¿De verdad no va a regresar?
El pirata negó con la cabeza para confirmarlo.
—¿Algún pirata ha llegado a viejo?
—¿Y para qué querría llegar a viejo? Debe de ser algo
muy desagradable e incómodo. —Sonrió—. No voy a
piratear siendo un anciano, tranquila. Además, nadie me
seguiría. Supongo que buscaré un lugar tranquilo y me
sentaré a recordar mientras espero el final. O quizá lo
busque yo a él, en lugar de esperarlo.
—No debería hablar así —dijo molesta—. Puede vivir en
Isla Refugio, Marcel dice que es un lugar maravilloso.
Bluejacket frunció el ceño.
—¿Ese maldito charlatán ya ha estado hablando más de
la cuenta? Espero que no haya dicho nada trascendente o
tendré que matarlos a los dos.
—Solo me ha contado trivialidades, como que hay un
clérigo y dos damas.
—El señor Paget, su esposa y la hermana de esta, sí. Les
hice construir una iglesia.
Harriet lo miraba curiosa.
—¿Qué le sorprende tanto? Mis hombres tienen derecho a
un poco de consuelo espiritual de vez en cuando.
—¿Sus hombres? ¿No será usted el que quiere limpiar su
alma cada cierto tiempo por si tiene que presentarse ante el
creador antes de lo esperado? —preguntó burlona.
Harriet percibió una sonrisa debajo de aquella expresión
de enfado, pero no estaba dispuesta a caer en su trampa.
Miró hacia el jō que había dejado sobre el coy, cansada de
que rodara por el suelo. Bluejacket siguió su mirada y torció
una sonrisa.
—Hábleme de eso. ¿Cómo aprendió a usarlo? —preguntó
poniéndose de pie para ir a buscarlo.
—Me enseñó Alexander. Alexander Greenwood —aclaró,
aunque sabía que no era necesario.
—Supongo que él lo aprendió en su famoso viaje por
oriente. —Lo sostuvo en su mano acariciando la suave
madera.
—Así es.
—Pero ¿por qué un palo? Ya puestos, ¿no sería mejor que
la hubiese enseñado a usar la espada?
—En las manos adecuadas, el jō puede ser mucho más
efectivo que una espada.
—He inofensivo para el que lo empuña. —Aumentó su
sonrisa—. Imagino que eso debió pesar en el ánimo del
conde a la hora de decidirse a enseñarla.
—No soy una persona torpe. Nunca lo he sido.
—Aun así, si su contrincante tiene una espada puede
rebanarle un brazo y hacer que este palo le resulte
inservible.
—Si consigue acercarla a mí, cosa que no le resultaría
nada fácil. —Se puso de pie también acercándose. Extendió
el brazo para pedirle el jō y el pirata se lo dio sin resistencia.
Se apartó lo suficiente de él para tener más espacio de
movimiento e hizo una demostración de su destreza. El
capitán la observó con atención y poco a poco sus ágiles
movimientos, capaces de neutralizar el vaivén de la nave, lo
hipnotizaron provocando un aletargamiento de sus
músculos. En una danza seductora, Harriet deslizaba el jō
entre sus manos con movimientos estudiados y concretos,
suaves en algunos momentos y secos en otro. Ora giraba
como un peonza, ora doblaba sus rodillas y eran los brazos
los que hacían todo el trabajo. Durante todo el tiempo que
duró la demostración la concentración de la joven fue
profunda y su rostro se trasformó en una máscara
impertérrita. Bluejacket había visto alguna vez esa actitud
en un soldado, pero no era nada habitual. Y, desde luego,
no en ninguna dama que él conociese.
Cuando terminó, Harriet puso el jō vertical a un lado de
su cuerpo y se inclinó hacia delante doblándose con
solemnidad. El capitán tardó unos segundos en poder
modificar su expresión y la joven sonrió satisfecha al ver la
chispa de admiración que desprendían sus ojos.
—¿Quiere que le cuente la historia de su creador? —
preguntó dejando el bastón de nuevo sobre el coy.
—Adelante —dijo él—. ¿Le importa si me sirvo una copa
de ron? ¿Le apetece a usted?
—No, gracias, pero usted sírvase, por supuesto —
concedió al tiempo que se tumbaba en el coy. Al ver la
expresión de sorpresa en el rostro del capitán, sonrió—.
Estoy cansada. Y es agradable que te mezan las olas.
Bluejacket sonrió irónico.
—No siempre es agradable, aunque espero que no tenga
que comprobarlo. Cuando hay tormenta puede ser muy
incómodo, claro que en esos casos nadie duerme.
Ya con la bebida en las manos, la miró interrogador.
—¿Le importa si yo me recuesto en la cama? También
estoy cansado.
—Por supuesto que no.
El capitán se sentó en la encajonada cama con la espalda
apoyada en la pared y la mano de la copa apoyada en su
rodilla doblada. Le hizo un gesto para informar de que
estaba listo y Harriet comenzó su narración.
—¿Está familiarizado con las armas japonesas? —
preguntó.
—Sé que los Samurai portan dos espadas.
—Una larga y una corta —afirmó ella—. ¿Y ha oído hablar
del bō? —El capitán negó con la cabeza—. Es un bastón
largo.
—Está claro que les gustan los bastones —dijo él
sonriendo.
—Musō Gonnosuke —siguió ella, ignorando su comentario
—, era un Samurai que vivió en el siglo XVII y que dominaba
el bō y otras artes marciales, además de las dos espadas,
por supuesto. Gonnosuke era un poco soberbio y bastante
orgulloso, tanto como Miyamoto Musashi, un maestro en el
arte de las dos espadas. En una discusión Gonnosuke le
aseguró al maestro que podía vencerlo con su bō. —Meció
su hamaca suavemente mientras su mano acariciaba la
madera del jō—. Al parecer era muy habitual esta clase de
retos cuyo desenlace podía ser la muerte del perdedor.
Miyamoto fue el vencedor y decidió perdonarle la vida a
Gonnosuke porque había luchado con coraje y valentía. Pero
para el Samurai esa derrota fue una humillación y se retiró
al monte Hōman con la intención de no salir de allí jamás.
—Imagino su vergüenza.
Harriet asintió.
—Estando aislado siguió practicando con el bō sin olvidar
su derrota y empezó a pensar que quizá si el bastón fuese
más corto habría podido manejarlo con mayor destreza.
—¿Y no habría sido mejor usar las dos espadas?
—Las dos espadas ya sabía utilizarlas y su contrincante
también.
El pirata comenzó a vislumbrar la estrategia del Samurai
y lo que Harriet trataba de trasmitirle con aquella historia.
—Gonnosuke fabricó un bastón más corto que el bō, pero
un poco más largo que la espada larga y lo llamó jō. No se
sabe cuánto tiempo pasó entrenándose con su nueva arma,
pero debió dominarla muy bien antes de volver a buscar a
Miyamoto para pedirle la revancha.
—E imagino que en esta ocasión fue él el que ganó.
Harriet asintió.
—Exacto. Y le perdonó la vida devolviéndole el gesto y
recuperando su dignidad.
—Interesante leyenda. Probablemente falsa, pero muy
aleccionadora.
—¿Falsa?
—¿No lo son todas? La gente fantasea con héroes y
villanos la mayor parte del tiempo y casi nunca son como
los dibujan sus narradores. A fin de cuentas, son personas
de carne y hueso —dijo recostando la cabeza en la pared y
cerrando los ojos adormilado.
Harriet sabía que tenía razón. Ella misma había
fantaseado muchas veces con la imagen de los piratas y
para nada se parecían al hombre con el que hablaba en ese
momento. Bluejacket no se diferenciaba apenas nada de los
caballeros con los que había bailado en las fiestas de
Londres ese mismo año. Aunque físicamente distaba mucho
de ellos a juzgar por lo que mostraba su camisa abierta.
Joseph Burford podría considerarse un hombre guapo, no del
tipo de guapo que haría suspirar a las gemelas, pero sí
llamaría la atención de Elinor, estaba segura. Su rostro era
anguloso y tenía unas facciones rotundas muy marcadas.
Llevaba días sin afeitarse y el pelo rubio en la cara hacía
resaltar sus ojos azules. Podía imaginarlo vestido con
elegancia y charlando en mitad de un concurrido salón con
total corrección. Y, sin embargo, allí estaba, con la camisa
abierta que dejaba ver un musculoso pecho, sentado en una
encajonada cama, con la espalda apoyada en la pared
bamboleante de su barco y una mano colgando por delante
de su rodilla doblada, en actitud relajada. Su cabeza se
movía de un lado al otro sin que pareciese molestarle.
—¿Cómo se llama su barco? —preguntó interesada.
Él abrió los somnolientos ojos y la miró confuso.
—¿Por qué habría de tener nombre?
—¿Por qué? Para dirigirse a él.
—No suelo hablar con mi barco —dijo aumentando la
arruga en su ceño—. Alguna vez lo maldigo, pero jamás me
«dirijo» a él.
—¿Y si alguien le pregunta en un muelle cuál es su barco,
lo señala y dice «ese de ahí» y espera que lo distinga de los
demás?
Él sonrió divertido.
—Jamás me han preguntado eso. Los que me interesa que
lo sepan, lo saben.
—Si le hubiese puesto un nombre y tuviese una bandera
como Dios manda yo no me habría equivocado de
embarcación. ¿No lo ha pensado?
—En primer lugar no debería haber intentado subirse a un
barco al que no había sido invitada, ya sea el del capitán
Chantler o de cualquier otro. Y en segundo lugar, ¿le parece
que sería buena idea ondear la bandera negra en Londres?
—Habría sido un detalle por su parte haberla izado —
respondió burlona—, así lo habrían capturado y yo no
estaría aquí.
—Tampoco la hemos tratado tan mal hasta ahora —dijo
mirándola con la cabeza inclinada y ganas de dormir—.
Aunque supongo que echa de menos a su adorado capitán.
¿Cuál era el plan?
Harriet también tenía sueño y sus parpadeos eran cada
vez más lentos.
—El capitán Chantler y yo somos amigos.
—¿Qué clase de amigos? ¿De los que charlan sobre
música o de los que se besan en la boca?
Ella sonrió y cerró los ojos sin responder.
—Olimpia —dijo el pirata tras unos segundos de silencio
—. El barco se llama Olimpia.
—Bonito nombre —se giró hacia el otro lado, dándole la
espalda, y Bluejacket sonrió al ver su trasero en pompa.
Sin poder evitarlo imaginó su mano deslizándose
suavemente por el sensual promontorio y esos
pensamientos produjeron un efecto inmediato en su
anatomía. Maldijo para sí y se tumbó boca abajo dispuesto a
neutralizar aquella respuesta como fuese. Pocos minutos
después su suave respiración fue el único sonido que se
escuchó en el camarote aparte de los crujidos y lamentos
habituales de una embarcación como aquella.
Harriet, en cambio, miraba el techo mecida por las olas
mientras esperaba a que el sueño la venciera. Realmente
estaba loca como decían todos. ¿Cómo se había metido en
semejante lío? Y lo que era peor, ¿cómo iba a salir de él? El
mero hecho de estar en ese barco era una catástrofe para
su reputación. Si algo así se descubría en Inglaterra, lo que
le había sucedido a Caroline sería una broma comparado
con lo que le harían a ella. La pregunta de Bluejacket sobre
si el capitán Chantler y ella se habían besado daba buena
cuenta de lo que pensarían si se descubría que había
viajado sola en un barco lleno de piratas. —Giró la cabeza
para mirarlo—. Estaba sola con Bluejacket en su propio
camarote, ¿adónde la conducía eso? Cerró los ojos con
fuerza ordenando a su cerebro que buscase una solución en
lugar de torturarla con un futuro nada halagüeño. No era
momento de lamentaciones por lo que debería o no debería
haber hecho. Estaba claro que había cometido un tremendo
error. Un error garrafal. Monumental. Gigantesco… Se dio
una palmada en la frente conminándose a parar.
—Pobre mamá —musitó—. Estará tan preocupada…
¿Qué se diría en Londres? Nada bueno, estaba segura. En
cuanto descubrieran que no había subido al barco del
capitán Chantler el terror se apoderaría de los suyos. Saber
de la enorme preocupación que debía haber provocado la
volvía loca de rabia contra sí misma. Tenía que convencer a
Joseph de enviar un mensaje a su familia en cuanto llegasen
a alguna parte. Pero ¿cuánto tardarían en llegar? Y después
la carta debía viajar en sentido contrario…
—Soy una persona horrible —volvió a hablar para sí
misma mientras las lágrimas afloraban a sus ojos sin que
hiciese nada por impedirlo—. Egoísta y estúpida, eso soy.
Mamá no me perdonará nunca, y tendrá toda la razón en no
hacerlo. Es lo que merezco, eso y que me encierren en una
celda y tiren la llave.
Se llevó el puño a la boca para ahogar los sollozos y lloró
durante mucho rato hasta que sus nervios se calmaron y
pudo recuperar la compostura.
—De acuerdo, ya he llorado —se dijo limpiándose las
lágrimas. Respiró hondo varias veces y sopló después—. Mi
estupidez me ha traído hasta aquí. Y mis ridículas fantasías
sobre el mundo…
Por ese camino regresaba el llanto, así que se obligó a
parar. No le quedaba más que cargar con las consecuencias
de sus actos y tratar de solucionarlo como fuese. Iba a
encontrar el modo de arreglar aquel estropicio, pero si no lo
lograba no regresaría jamás. Para su familia sería mejor una
hija desaparecida que una deshonrada, de eso no le cabía la
menor duda.
La primera semana tras su secuestro fue tensa e incierta. La
segunda, en cambio, pasó a la misma velocidad con la que
el Olimpia surcaba el mar. Una vez se libró del lógico temor
a lo desconocido, inició un lento aprendizaje de las
dinámicas del barco y las relaciones que se establecían en
los diferentes niveles. Ya nadie se sorprendía de verla
deambular por la cubierta y no hubo ningún incidente que
exigiese el uso del jō para poner a nadie en su sitio. Las
rutinas y el trabajo de la tripulación fueron haciéndose un
hueco en su cerebro hasta aposentarse como algo normal.
Observaba y aprendía la jerga de los marinos mientras se
familiarizaba con sus rostros y personalidades.
—Dr. Adams —Harriet entró en la enfermería con paso
silencioso y el médico la miró sorprendido.
—Señorita, ¿qué hace aquí? ¿Se encuentra mal?
—Oh, no, nada de eso, he venido por si pudiera serle de
alguna ayuda.
El médico miró a su alrededor. Tenía a tres marineros
heridos. Uno que se había clavado un punzón en un pie, otro
que se había caído subiendo por la boca de lobo y el tercero
llevaba dos días sin aguantar la comida en el estómago.
—De momento no necesito ayuda, gracias. —Terminó de
recoger los utensilios que había usado para curar las
heridas del pie y volvió a mirarla sorprendido al ver que no
se había marchado.
—Supongo que se aburre —dijo sonriendo al fin.
—Muchísimo. —Los dos marineros heridos la miraban con
cara seria, el tercero dormitaba.
—Tú eres Stuart —dijo al del punzón en el pie—. Y tú
Finley —el otro asintió—. He oído que te caíste de la boca de
lobo.
El marinero asintió ligeramente para no activar el dolor
de su cabeza.
—Nadie sube a la cofa por ahí —se burló Stuart—. Finley
es un miedoso y no se atreve a hacerlo por la parte difícil. Y
mira tú por dónde se ha ido a caer por la parte más fácil.
Soltó una potente carcajada y el que estaba dormido se
removió en su coy.
—Tú has clavado un punzón en tu propio pie, no sé qué
puede haber más estúpido que eso —se burló el otro.
—Caerse de la boca de lobo —siguió carcajeándose
Stuart.
—No les haga caso, señorita —dijo el médico—, siempre
se están pinchando el uno al otro. Se unieron a la tripulación
el mismo día y son como hermanos. Si usted tiene
hermanas sabrá de lo que le hablo.
—Sí, tengo hermanas. Cuatro. Y una tía que es como mi
hermana también. —Se paseó por la enfermería mirando los
utensilios y el material del que disponían. Para ser un barco
pirata estaban muy bien servidos—. ¿Está usted solo para
atender a toda la tripulación?
—Si no hay problemas, me apaño bien. En caso de
necesidad, me ayuda Marcel y alguno más.
—Cuente conmigo si le hace falta, por favor.
—¿El capitán sabe que ha venido?
Harriet lo miró elocuentemente y el médico sonrió con
expresión paternal.
—Debería hablar con él antes de hacer ofrecimientos
como ese. Quizá no esté de acuerdo en que su invitada se
ocupe de los enfermos.
—No soy su invitada, sino su prisionera, doctor Adams. Va
a pedir un rescate por mí, no lo olvide.
—Mayor motivo para que le pregunte. Aquí hay utensilios
con los que podría herirse, además de que podría contraer
alguna enfermedad. —Se puso las manos en la cintura en
actitud relajada—. Lo mejor será que se marche, señorita,
no quisiera hacer enfadar a Bluejacket.
—¿Tan malo es cuando se enfada?
—A mí me dio cinco latigazos una vez —dijo Stuart—. ¡Él
mismo! Parece un demonio cuando se enfada.
—Te merecías muchos más —dijo Finley—. Nos pusiste a
todos en peligro.
—¿Y cómo iba a saber yo que esa era la puta que se
acostaba con el coronel ese?
—Nos dijo que tuviéramos la boca cerrada y tú hablaste
por los codos.
—Al final no pasó nada.
—Porque el capitán se encargó de la puta, pero si no llega
a ser así…
—¿Qué quiere decir que con se «encargó»? —preguntó
Harriet con expresión asustada.
Los dos marineros la miraron con expresión confusa.
—Pues no sé… —Finley miró a su amigo interrogador.
—Él dijo que se encargaba de ella, pero el capitán no
suele darnos explicaciones de lo que hace.
Harriet se imaginó a una joven tirada en un charco de
sangre y a Bluejacket con la ensangrentada arma en la
mano de la que caían gotas incesantemente. Sin decir nada
se dio la vuelta y salió de la enfermería para alejarse de
aquella horrenda visión.
—Señorita Harriet, ¿adónde va con esa cara? —Tom, el
miembro más joven de la tripulación, la abordó al cruzarse
con ella en uno de los pasillos—. Parece que haya visto un
fantasma.
Miró al muchacho con el corazón agitado.
—Estaba… en la enfermería.
—Ah, ya entiendo. No le gusta ver sangre. No se
preocupe, a mí también me pasaba antes, pero ahora ya no
me afecta, se le pasará. —Sus ojos se desviaron hacia el jō
que llevaba atado a la cintura—. ¿Cuándo va a enseñarme a
usarlo?
Harriet bajó la mirada confusa y con el ceño fruncido sin
saber de qué le hablaba.
—¿Qué? Ah, sí…
—Dijo que me enseñaría.
Ella asintió lentamente sin poder borrar de sus
pensamientos a la pobre mujer a la que Stuart había
condenado por hablar demasiado.
—Lo haré… —musitó—, sí, te enseñaré. Un día…
El joven la vio alejarse desconcertado. Después se
encogió de hombros y siguió su camino. Estaba claro que
tenían razón cuando decían que a las mujeres no hay quién
las entienda.
Capítulo 8
Elinor se dirigió a las escaleras para ir al salón Cotton, pero
una voz familiar la detuvo antes de cruzar el pasillo y quedó
oculta por la pared.
—No es necesario que me acompañe, continúe con lo que
estaba haciendo. Que tenga un buen día, barón.
La pequeña de las Wharton miró a su alrededor
sopesando la posibilidad de huir, pero un rapto de orgullo la
hizo avanzar para salirle al paso.
—¡Elinor! —exclamó Henry frenando en seco—. Casi…
—¿Qué haces aquí? —preguntó con altivez.
—He venido a hablar con tu padre.
—¿De qué tienes tú que hablar con mi padre? Espero que
no te hayas atrevido a decirle nada sobre mí.
El hombre frunció el ceño y la miró con atención.
—No creo que para eso necesitase valor, más bien me
haría falta interés.
Ella apretó los labios y respiró hondo por la nariz.
—¿Entonces a qué se debe tan desagradable visita?
—A nada que a ti te incumba.
¿Por qué tenía que ser tan odioso? Le daban ganas de
abofetearlo.
—Mi padre me lo contará en cuanto le pregunte, no sé a
qué viene tanto secretismo.
Él se apartó y le hizo un gesto con el sombrero para
indicarle el camino con una gran sonrisa. Al ver que no se
movía recuperó su posición y esperó pacientemente.
—Aprovechando que estás aquí…
—Uy, qué mal me suena eso —la interrumpió con
expresión de fastidio.
—¿Sabes que Colin lleva semanas sin pintar?
El hermano no dijo nada, prefería esperar a que
terminase.
—¿No vas a decir nada?
—Ah, ¿ya has terminado? Me esperaba una retahíla de
insultos, quejas y agravios.
—Eres insoportable, Henry Woodhouse, y algún día te
arrepentirás de lo que has hecho.
—¿Es una amenaza, Elinor? —Torció una sonrisa—. ¿Debo
buscar protección?
—No te importa, ¿verdad? Estás tan tranquilo. Incluso
aliviado, diría yo. —Los ojos de Henry se desviaron un
instante y supo que había dado en el clavo—. Crees que así
podrás enderezarlo, que podrás hacer que vuelva a…
—No sigas por ahí, Elinor. Mi hermano no necesita
enderezarse porque no está torcido. Tiene algunas
peculiaridades, pero…
—¿Peculiaridades? —Soltó una carcajada y rápidamente
enmudeció, no quería que su padre saliese del despacho—.
Tu hermano es como es y los dos lo sabemos
perfectamente. Somos las únicas personas en el mundo en
las que confía lo suficiente como para mostrarse sin tapujos.
Pero, a diferencia de ti, yo lo acepto y lo quiero como es.
—Yo también lo quiero —dijo mordiendo cada una de las
palabras.
—Ya —asintió—. Lo quieres y por eso le obligas a fingir ser
lo que no es y lo pones en evidencia delante de tus socios.
—Yo no lo obligo a nada.
—Ah, ¿no? Llevo días sin verlo porque siempre lo tienes
ocupado.
El otro entornó los ojos mirándola con atención. La
malicia de su mirada debería haberla alertado, pero no fue
así y la pilló por sorpresa.
—Colin ya no me ayuda con los negocios —dijo satisfecho
—. Me pidió que lo dejase al margen un tiempo y accedí. Y
tampoco es cierto que lleve semanas sin pintar, hemos
habilitado un estudio para él y pinta a diario. De hecho tiene
un nuevo amigo, Phillip Dupond, supongo que has oído
hablar de él, sus pinturas han causado sensación en París.
Desde que está en Londres él y Colin se han vuelto
inseparables. Quizá por eso no ha tenido tiempo para verte.
Elinor había perdido el color de sus mejillas y toda su
fuerza pareció escaparse de repente.
—¿Qué?
Henry no cambió su expresión de satisfacción, aunque en
el fondo se sentía como un canalla.
—Parece que ya no te lo cuenta todo, ¿verdad? Quizá se
ha dado cuenta de que eres tú la que lo mangonea, a pesar
de que no has dejado de acusarme a mí de ello. —Dio un
paso hacia ella y bajó la voz—. Conozco bien a mi hermano
y lo quiero. No necesitamos que tú lo salves, Elinor, deja de
comportarte como si esto fuese cosa tuya.
La joven Wharton no podía estar más confusa, lo miraba
haciendo muecas interrogadoras sin poder emitir palabra
alguna. Henry apretó los labios molesto consigo mismo.
—¿Cuándo? —preguntó titubeando—. ¿Desde… cuándo?
Yo… No me ha…
—Sea lo que sea que os haya distanciado, se le pasará —
dijo Henry sin poder contenerse.
Ella desvió la mirada para que no viese sus lágrimas, pero
enseguida se revolvió contra él.
—¿Cómo lo has conseguido? —le escupió furiosa—.
¿Cómo has hecho que me aparte así?
—Yo no he hecho nada.
—¿Qué no has hecho nada? ¡Me prohibiste ir a tu casa!
—Eso no es cierto. Te prohibí que entrases a mi despacho,
tú decidiste no volver a venir a nuestra casa.
Elinor abrió la boca y volvió a cerrarla sin hablar.
—Escucha, no te ofusques tanto, es posible que Colin
necesite aclarar sus ideas y estar contigo no le permita…
—¿Qué es lo que no le permite? Dime. ¿Qué?
—Pensar —respondió sin dureza—. Pensar, Elinor. Tú
siempre piensas por él. Decides por él.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es. Lo acogiste bajo tu ala y decidiste que requería
de tu protección, pero no lo dejas respirar.
—¿Cómo puedes ser tan desgraciado? —No daba crédito.
—Que me insultes no hará que te sientas mejor. Te has
empeñado una y otra vez en que debías casarte con él, pero
¿alguna vez él te dijo que quisiera eso? —Esperó respuesta,
pero ella no iba a dársela—. No, nunca te lo dijo porque no
lo quería. No sería Colin si hiciese algo tan injusto.
Elinor apretó los labios mientras trataba de contener las
lágrimas.
—Déjalo escoger cuál quiere que sea su camino. Yo traté
de dirigirlo y ya ves lo mucho que me equivoqué.
Esperó unos segundos más y viendo las dificultades que
tenía para ocultar lo profundamente dolida que estaba optó
por hacer una ligera reverencia y marcharse de allí. Elinor
fue hasta la pared para apoyarse y después se deslizó hasta
el suelo y dejó las manos en las rodillas dobladas. Las
lágrimas caían por su rostro a borbotones y no pensaba
detenerlas. ¿Ella lo estaba ahogando? Después de su
familia, Colin era su persona favorita en el mundo. Lo quería
muchísimo, tanto que se habría sacrificado por él.
¿Sacrificado? Cerró los ojos un instante. ¿A quién quería
engañar? No había nadie más allí, solo ella, no hacía falta
que continuase con su papel de abnegada amiga. Colin era
su vía de escape, su billete hacia la libertad. Podría vivir
como quisiera sin tener que estar supeditada a los designios
de un hombre. A sus deseos. Porque Elinor Wharton, la
rebelde y combativa Elinor Wharton tenía un miedo atroz al
matrimonio. Y no era porque ese contrato fuese en contra
de todo lo que ella defendía para las mujeres. Lo cierto era
que no podía soportar la idea de someterse a un hombre en
un acto de absoluto dominio como el que describían
aquellos libros. La idea de la posesión profunda la aterraba
y provocaba en ella un rechazo visceral hacia todo lo que
estuviese relacionado con las obligaciones maritales. Y
aquello era algo que jamás podría compartir con ningún otro
ser humano porque la convertía en una mujer débil y
estúpida. Así que tuvo que preguntarse por quién eran
aquellas lágrimas, ¿por Colin o por ella misma? Y la
respuesta la sacudió por dentro con tanta violencia como si
fuesen las manos del propio Henry sujetándola con fuerza.
—¿Tú sabes qué quería Henry, mamá? —preguntó cuando
llevaba unos minutos en el salón.
—Ofrecernos su ayuda —explicó Elizabeth levantando la
vista de su bordado—. Ha sido una visita de cortesía, nada
más.
Elinor miró a su tía con atención. Se sentía muy
agradecida de que hubiese vuelto, inmensamente
agradecida, pero lo cierto es que aquella casa parecía estar
en un constante velatorio y cada vez se le hacía más cuesta
arriba contener su lengua.
—¿En qué va a ayudar él? —masculló—. Debería ocuparse
de sus asuntos y no meter las narices en los de los demás.
Su madre la miró un momento, pero ni siquiera tuvo
fuerzas para protestar.
—Voy a echarme un rato —dijo poniéndose de pie. Dejó la
labor en la mesilla encima del cesto para tal menester y
salió del saloncito cerrando la puerta suavemente.
Tía y sobrina se miraron con preocupación.
—Cuando Harriet regrese la voy a matar —dijo Elinor
mordiendo las palabras—. Juro que la mato.
—No hables así.
—¿Cómo ha podido ser tan irresponsable y egoísta? ¡No le
importamos!
—Estoy segura de que no imaginaba el daño que iba a
causar.
—Si no lo sabía es que es tonta —siguió enfadada—. Y yo
también, debería haberme dado cuenta. ¡La vi disfrazada de
hombre!
—Harriet siempre estaba haciendo locuras. —Elizabeth
dejó la labor y le hizo un gesto para que se sentara junto a
ella en el sofá—. ¿Qué te pasa con el hermano de Colin?
—Lo odio.
—Elinor…
—¿Qué? Lo odio, es la verdad. Si lo viera tirado en el
suelo saltaría para no tropezarme y me alejaría tan rápido
como pudiese.
—¿Has hablado con Colin?
Su sobrina negó.
—Ha vuelto a pintar —dijo con ferocidad—. Y ni siquiera
me lo ha dicho. Al parece ahora tiene un nuevo amigo y ya
no me necesita.
Elizabeth pensó en lo mucho que le cambiaba el rostro
cuando sonreía. Era como si entrase la luz a borbotones por
la ventana. Y lo mismo le sucedía cuando sus ojos se
enturbiaban, como ahora mismo, amenazando tormenta.
—¿No te alegras por él? Siempre dices que pintar es su
vida. Debe estar feliz, entonces.
—Hasta que Henry lo estropee.
—Eres muy dura con él.
—Cuando nos casemos no dejaré que Henry se inmiscuya
en los asuntos de su hermano.
—¿Sigues con eso? —Elizabeth la miró severa—. ¿Es que
no has aprendido nada de lo ocurrido con Harriet? Que digas
estas cosas disgusta mucho a tu madre.
—Por eso no se las digo a ella.
—Elinor, por favor. Un matrimonio es algo muy serio.
—Un matrimonio es un contrato entre dos partes. La
parte A quiere una cosa que tiene la parte B y viceversa. Yo
quiero algo que tiene Colin y él algo que tengo yo, ¿qué hay
de malo en que nos casemos?
—¿Qué quieres de él?
—Estabilidad, tranquilidad, seguridad. Que no me
obliguen a casarme con quien no quiera.
—Nadie va a obligarte a…
—Ya me conozco esa cantinela. Y también lo de que mis
hermanas se han casado por amor, pero tú me conoces,
Elizabeth, ¿crees que hay algún hombre en toda Inglaterra
capaz de soportarme? ¿De aceptar mi manera de pensar y
de hablar? ¿Crees que alguno me dejaría decir lo que pienso
durante una cena en la que tuviésemos invitados? No hace
falta que contestes, es una pregunta retórica. No voy a
cambiar mi manera de pensar y mucho menos por un
hombre. Siempre voy a ser como soy y el único modo de
que me case es que Colin me lo pida.
—¿Y crees que te lo pedirá?
—Soy muy persuasiva.
Elizabeth estiró el brazo para acariciarle el pelo con
ternura mientras le sonreía.
—Mucho, casi me has convencido a mí.
—¿No te casarías si supieras que podrás vivir en paz con
esa persona? ¿Si fuese alguien que te conoce mejor que
nadie, que sabe cuáles son tus defectos y aun así, le
gustas? ¿Sin tener que hacer nada que no quieras?
Elizabeth dejó caer la mano y desvió la mirada.
—Yo no me casaría, ni así ni de ningún otro modo.
Elinor se encogió de hombros.
—Estás en tu derecho y a mí me parece bien. Las mujeres
que no quieren casarse no deberían verse obligadas a
hacerlo. Tú no tendrás necesidad de ello, tienes dinero
suficiente para ser independiente y, además, mi padre te
protegerá siempre. —Bajó la mirada y el tono—. Te envidio.
—Señorita Elizabeth… —El mayordomo entró en el salón
portando una bandeja con el correo—. Ha llegado esta carta
para usted.
—¿Para mí? —preguntó sorprendida antes de coger el
sobre y ver quién la enviaba.
Elinor la vio enrojecer y leyó el nombre del remitente:
William Bertram.
—¿Te dejo sola? —preguntó la pequeña
—¿Te importa?
—Claro que no —sonrió con cariño y salió.
Abrió el sobre con manos temblorosas.
Plantación Bertram. Blumdell, Virginia. 26 de agosto de
1811
Estimada Elizabeth:
Te sorprenderá recibir esta carta, tanto como a mí me ha
sorprendido escribirla. Debo confesarte que he fantaseado
con la idea de hacerlo desde que subí al barco , pero no creí
que tuviese valor. Puedes lanzarla por la ventana, aunque te
pido que si lo haces la rompas primero en pequeños trozos,
me resultaría muy violento que apareciese publicada en La
gaceta de Layton. Aunque sería mucho peor que Emma la
incluyese en su próximo libro. Si es que hay próximo alguna
vez. Tengo entendido que Edward es bastante reacio a ello.
Elizabeth se detuvo y una sonrisa emergió sin que
pudiera impedirlo. Echaba de menos aquella sutil manera
que tenía William de profundizar en las cosas aparentando
superficialidad. Se recostó cómodamente en el sofá y se
dispuso a disfrutar del resto de la carta.
Decirte que me siento abrumado por lo que me encontré
al llegar es quedarse muy corto. Ya había estado aquí, pero
entonces vivía en esta casa una familia con sus hijos y no
me pareció tan grande. Porque la plantación es enorme,
Elizabeth, y cuenta con más de ciento cincuenta esclavos.
Sí, sé lo que estarás pensando, que no debería tener
esclavos, pero muchos de ellos han nacido aquí, consideran
esta su casa, y darles la libertad sería más o menos como
echarlos del único lugar en el que se sienten a salvo. Lo he
hablado con ellos, bueno no con todos, claro, pero sí con los
que consideran sus «portavoces», ya me entiendes. Espero
que me entiendas.
—Te entiendo —dijo ella en voz alta.
Hay algo que sí estoy dispuesto a cambiar enseguida y
es el hecho de que los niños también trabajen en los
campos de algodón. No estoy de acuerdo con ello, aunque
no sé cómo voy a solucionarlo. Sus madres los quieren a su
lado y para los niños es una manera de ocupar el tiempo. Al
parecer los Anderson… ¿Te he hablado de ellos? No estoy
seguro de habértelos mencionado, no sé dónde tengo la
cabeza. Los Anderson son los anteriores dueños y, por lo
que dicen todos por aquí, eran muy buena gente. Siempre
trataron a sus esclavos con verdadero aprecio. Quizá por
eso me miran con recelo. Supongo que es normal, soy un
hombre solo, sin esposa ni hijos… He intentado
tranquilizarlos y creo que empiezan a acostumbrarse a mí.
Disculpa mis desvaríos, hay tantas cosas que quería
contarte y me ha costado tanto dar el paso que creo que
esta carta va a ser un batiburrillo de ideas inconexas y
alocadas que no sé si vas a entender.
Creo que voy a dejarlo aquí. Esta carta quiere ser una
mano tendida. Una disculpa. Otra disculpa, en realidad,
porque ya me disculpé. No creo que nadie haya escrito
tantas veces la palabra disculpa en una carta. ¿Estás
sonriendo?
—Sí, William, estoy sonriendo —dijo Elizabeth y se limpió
la lágrima que escapaba por la comisura de su ojo.
Si no te ha molestado que te escriba, me haría
inmensamente feliz que lo hicieras tú también. Saber de
todos vosotros me hará sentir un poco menos solo aquí. Yo
responderé a tu carta y seguiré contándote mis aventuras
como propietario de esta plantación. Si miras por la ventana
de mi despacho se ven los campos de algodón y es un
paisaje muy hermoso. Por las tardes, cuando cae el
atardecer se escuchan las canciones de los esclavos y es un
sonido que me eriza el pelo de la nuca. Me quedo
embobado frente a la ventana abierta y no puedo moverme
hasta que terminan. Esas canciones hablan de cosas muy
tristes, pero sus voces son tan dulces que… Mejor lo dejo
aquí, no quiero abrumarte. Ojalá te decidas a escribirme,
esperaré esa carta con mucho interés.
Tu amigo,
William.
Elizabeth abrazó la carta como si fuese su mayor tesoro y
rompió a llorar con incontenibles sollozos. Sentía de nuevo
aquella daga atravesando su pecho y se preguntó si alguna
vez dejaría de doler.
—¡Señor Crawford! —Ben Chantler le estrechó la mano sin
disimular su sorpresa.
—Capitán Chantler —respondió a su saludo—. Siento
haberlo hecho detenerse, pero estoy seguro de que me
comprenderá, dada la gravedad del asunto.
La tripulación había detenido sus labores para observar a
los recién llegados. No era muy común ver un Baltimore
Clíper por aquellas costas.
—Será mejor pasar a mi camarote ya que se trata de un
asunto tan importante. —Hizo un gesto para dejarlo pasar y
después lo siguió.
—¡¿Cómo?! —Chantler lo miraba con los ojos muy
abiertos—. ¡Por supuesto que la señorita Harriet no está
aquí! ¿Por quién me toma? De haber subido a este barco
habría regresado a Londres inmediatamente al descubrirlo
sin importar la distancia a la que estuviésemos. Soy un
caballero, señor Crawford.
James no se sorprendió de que le apease el tratamiento,
estaba claro que sus insinuaciones lo habían ofendido.
—No teníamos los detalles de su misión y temíamos que
el señor Burford no se lo permitiese en ninguna
circunstancia.
—El señor Burford paga mis honorarios, pero no posee mi
honor, señor Crawford.
Le entregó una copa de brandy y bebió un trago de la
suya para calmar sus nervios.
—¿Están seguros de que ha subido a un barco? ¡Dios
Santo! —exclamó sin esperar respuesta—. ¿Dónde se habrá
metido?
James era consciente de la situación en la que quedaba
ahora que sabía que Harriet no estaba allí. Apretó los labios
y mantuvo una expresión impertérrita, muy lejana a su
verdadero ánimo.
—Debo regresar inmediatamente, entonces, ya que
nuestras pesquisas no han dado los frutos que
esperábamos…
El capitán lo miraba por encima de su copa con ojos
escrutadores.
—Me sorprende que el señor Burford le diera mi ruta. Me
consta que considera ese dato un secreto inquebrantable.
James comprendió que se hallaba en el momento más
delicado de su viaje.
—Edward Wilmot puede ser muy persuasivo cuando se lo
propone.
—Estoy seguro —afirmó el capitán—, pero aun así, no me
cabe en la cabeza.
Se acercó a la mesa y se sentó al otro lado quedando
frente a frente.
—Señor Crawford —dijo con tono frío—, usted y yo
sabemos que no hay nadie en este mundo capaz de
persuadir al señor Burford de nada. Ni siquiera su hijo ha
podido variar un ápice sus decisiones. Está claro que han
conseguido dicha información de otro modo y casi puedo
imaginarme como… o de quién.
—Puede pensar lo que quiera, lo que yo puedo decirle es
que Edward fue a hablar con él y regresó con la ruta y
coordenadas de su barco. Pero, como comprenderá, dada la
situación en la que se encuentra la familia de mi esposa, me
importa muy poco ese detalle y me interesa mucho más la
información que usted pueda proporcionarme.
—Dice usted que la señorita Harriet pretendía subir a este
barco, pero lo cierto es que no estuvo atracado en el muelle
de la compañía. El señor Burford me hizo dejarlo en otro
muelle por cuestiones logísticas.
—Harriet conocía su barco, si se equivocó debió subir a
uno muy parecido.
—No es difícil confundirlos. Treinta y ocho cañones no es
una fragata de las grandes, pero se mueve veloz y eso es lo
que yo necesito. Aunque no tan veloz como el suyo —dijo
haciendo un inciso—. Magnifica nave, por cierto. Pero
volviendo a lo que nos preocupa, imagino que debió subir a
otro barco por error. —Bebió un sorbo y volvió a dejar la
copa sobre la mesa—. Lo que me sorprende es que el
capitán de dicha nave no regresara en cuanto descubrió a
tan distinguida polizón. Me sorprende y me preocupa
porque o bien ocurrió algo grave en algún momento y la
señorita nunca fue vista o hablamos de un capitán poco
honorable.
James frunció el ceño sin saber hacia dónde lo llevaban
sus pensamientos.
—Bluejacket —dijo Chantler sin añadir nada más.
James empalideció y su mandíbula se mostró prominente
mientras dejaba su copa en la mesa sin apartar la mirada.
—¿Bluejacket? —Su voz también se había endurecido.
—Sabemos que entra y sale de Londres sin que hayan
podido atraparlo hasta el momento. Debe utilizar algún
subterfugio comercial para hacerlo porque a pesar de poner
vigilancia en todos los atracaderos no hemos sido capaces
de cazarlo. Sospechamos también que tiene comprados a
unos cuantos hombres de Burford y alguien de dentro le
proporciona la información necesaria para capturar sus
barcos. ¿Entiende por qué sé que Burford no les ha dado mi
ruta? No la comparte con nadie por temor a que llegue a
manos del pirata al que considera su némesis. —Hizo una
pausa consciente de lo que sus palabras estaban haciendo
en el cerebro de Crawford—. Si Harriet subió a su barco…
El rostro de James se contrajo y sus ojos se encendieron
como dos teas. Se puso de pie de golpe y lo miró
amenazador.
—Espero que no repita sus temores ante nadie, capitán —
dijo mordiendo cada palabra.
—No era necesario puntualizarlo. Jamás diré nada que
pueda perjudicar a esa muchacha. Menos teniendo en
cuenta que era a mí a quien buscaba.
No había la más mínima critica en su voz. James sabía
que Ben Chantler era un hombre de honor y un caballero y
que decía la verdad.
—Me siento responsable —reconoció el capitán—, y debe
saber que, de haber conocido sus intenciones, no lo habría
permitido.
—Estoy seguro de ello. Ahora he de marcharme cuanto
antes. —Se detuvo en su avance hacia la puerta—. A no ser
que…
Chantler frunció el ceño interrogador.
—¿Quiere unirse a mi tripulación?
—¿Me lo permitiría? No es que no confíe en usted, al
contrario, pero creo que en caso de que encuentre a mi
cuñada, la presencia de alguien de la familia es más que
aconsejable, ¿no cree?
—Esta misión es muy peligrosa, estoy seguro de que lo
sabe.
James asintió y la imagen de Caroline se materializó en su
mente. Si salía bien parado de aquello iba a pagarlo caro.
Pero Harriet era su hermana y además él la apreciaba
mucho, no podía dejarla a su suerte. Probablemente
estuviesen equivocados y la explicación a su desaparición
sería algo mucho más sencillo que aquello, pero ¿podía
arriesgarse? Él pensaba que no. Si Bluejacket le había hecho
algo quería ser él mismo el que lo atravesara con su
espada. Asintió.
—Avisaré al capitán para que regresen a Londres e
informen a la familia del cambio de planes —dijo James.
—Bienvenido al Augusta —dijo el capitán Chantler.
Capítulo 9
Elinor se miró en el espejo asegurándose de que todo
estaba en su sitio y como debía. Tenía una bonita figura y
empezaba a ser consciente de ello. Había visto cómo la
miraban algunos jóvenes, pero eso era algo que no le
interesaba en absoluto. Antes de ponerse los guantes revisó
por encima las cartas de Madame Turnbull por si había algo
que debía recordar. Sonrió emocionada porque iba a
conocerla al fin. Nunca estaban en Londres a esas alturas
del mes y había sido totalmente fortuito que pudiera acudir
a escucharla. De pronto toda su alegría desapareció y un
aguacero helado cayó sobre su corazón. Harriet. Ella era la
causa de que estuviesen allí. Con gusto renunciaría a
escuchar ese discurso y todos los que madame diera en el
futuro con tal de ver a su hermana sana y salva. Dejó las
cartas en su sitio y salió del cuarto antes de que las
lágrimas arruinaran su aspecto.
—Señorita Elinor… —La doncella miraba a su alrededor
con preocupación—, creo que no deberíamos estar aquí.
La joven sonrió para tranquilizarla.
—Solo es una charla sobre la educación que recibimos las
mujeres, Daisy, no temas nada.
—Su madre se enfadará conmigo por haberla
acompañado, señorita.
—Se enfadaría mucho más si no lo hubieses hecho. —
Amplió su sonrisa—. Tranquila, están tan atareados con los
preparativos del viaje de regreso que no tienen capacidad
para ver nada más.
A la doncella le pareció que había un ligero resquemor en
su voz, pero de ningún modo se lo haría saber. Cierto era
que Elinor Wharton se comportaba de manera amigable con
todo el mundo, ya fuese amo o sirviente, pero si algo le
había repetido su madre hasta la saciedad era que no
importaba cómo se comportasen los señores, una criada no
debía olvidar jamás cuál era su sitio.
Daisy observó a las mujeres congregadas en aquella sala.
Había alguna que otra dama, aparte de la señorita Elinor,
pero la mayoría parecían mujeres trabajadoras. Reconoció a
un par de sirvientas y a la hija del panadero, pero a nadie
más. Volvió a mirar hacia el escenario preguntándose qué
iba a decir esa tal Turnbull.
La organizadora del evento salió al escenario y después
de agradecer la asistencia pasó a presentar a la oradora.
Amelie Turnbull era francesa, alta, delgada y con unos
movimientos que denotaban la elegancia de su educación
como bailarina. Acostumbrada a los escenarios, su natural y
relajada actitud al dirigirse a su auditorio admiró a Elinor,
que se ponía a temblar al recibir la atención de más de tres
personas a la vez.
Desde el momento en el que empezó la disertación, el
mundo fuera de aquellas paredes desapareció para la
pequeña de las Wharton. Según la escuchaba hablar su
fuerza intelectual empezó a manifestarse revelando una
conciencia vital que ya intuía que poseía. No era solo que,
por primera vez escuchaba hablar a alguien en un idioma
que comprendía y que nada tenía que ver con su lengua, es
que, además, su discurso brillaba con una luz desconocida y
esperanzadora para alguien que, como ella, podía ver más
allá de lo que se empeñaban en mostrarle.
Daisy, que no entendía nada de lo que aquella mujer
decía sobre lo importante que era que las niñas aprendieran
cálculo, dedicó las dos horas que estuvieron allí a observar
a todo el mundo mientras elucubraba sobre los motivos que
podían haber llevado a todas aquellas mujeres hasta esa
insalubre sala. Aunque la que más le importaba y
preocupaba era Elinor, la hija de sus señores. ¿Por qué una
jovencita de su categoría y posición se preocupaba de
aquellas tonterías? ¿Qué había de malo en que las mujeres
estuvieran protegidas y cuidadas por sus padres y esposos
desde que eran niñas? A ella le habría gustado tener un
padre como el barón y desde luego, jamás podría aspirar a
un marido como el que tendría la señorita Elinor en un
futuro. Y, desde luego, no tenía el menor interés en
aprender cálculo por mucho que esa francesa se empeñase
en ello.
—Quédate aquí —ordenó Elinor cuando la conferencia
terminó y, a continuación, se perdió entre la gente para ir
hasta el escenario—. Señorita Turnbull, soy Elinor Wharton.
—¡Oh, Elinor! —La mujer la miró emocionada y extendió
una mano para estrechar la suya en un gesto muy
masculino—. ¿Puedo llamarte Elinor? ¡Tenía tantas ganas de
conocerte!
La joven Wharton sonrió feliz.
—Por supuesto. Yo también tenía muchas ganas. Tus
cartas han sido tan inspiradoras para mí…
—Vamos, vamos, no seas tan ceremoniosa —la
interrumpió cogiéndola del brazo—. Vayamos a un lugar
más tranquilo y charlaremos tomándonos un té. Me muero
por comer algo.
Elinor le hizo un gesto a Daisy para que las siguiera y
caminó con la señora Turnbull fuera de allí.
—Me alojo en casa de mi amiga, la señora Georgia Proser,
¿la conoces? Su esposo es orfebre, probablemente haya
alguna de sus jarras de plata en casa de tus padres, aunque
no lo sepas.
Dirigiéndose a la joven que la acompañaba le pidió que se
encargase de Daisy y sin soltar a Elinor del brazo aceleró el
paso para dejarlas atrás.
—No veo el momento en el que las mujeres solteras
podamos caminar por las calles sin vigilancia.
Elinor miró hacia atrás y luego a ella antes de asentir
sonriendo.
—Es una norma que incumplo a menudo. Todo sería
mucho más sencillo si simplemente no existiese, desde
luego.
—Vaya, vaya —asintió Amelia admirada—. Ahí está esa
rebeldía que me enamoró en cuanto leí tu primera carta.
Necesitamos a muchas como tú, que pertenezcan a tu
mundo.
—¿Mi mundo?
—La alta sociedad. La corte. Ahí es donde está el
verdadero poder y nuestro movimiento no tendrá éxito si no
conseguimos arrastrarlas hacia nuestro propósito.
—Cada vez más mujeres se sienten a disgusto con el
papel que se les ha otorgado.
—Muchas menos de las que piensas, querida Elinor —
sentenció Amelie—. El conformismo es la peor lacra de
nuestro género. La aceptación de las cosas tal y como han
sido durante siglos. Muy pocas están dispuestas a sufrir por
conseguir que sus derechos se equiparen en algo a los de
los caballeros. Pero no hablemos de esto en la calle, es
incómodo y agotador. Mejor delante de una taza de té, ¿no
te parece?
Elinor asintió conteniendo su entusiasmo.
—Te presento a mi estimada amiga Georgia Proser. Esta
es Elinor Wharton.
Las dos mujeres se saludaron, de nuevo estrechándose la
mano, cosa que a Elinor le pareció de lo más emocionante.
—He preparado té, imaginaba que volverías famélica —
dijo la anfitriona sirviéndolo ella misma—. ¿Cómo te gusta el
té, Elinor?
—Solo —respondió escueta sin mostrar sorpresa porque
la tutease.
—Entonces como a mí —dijo la señora Proser y le acercó
su taza para luego servir la suya y sentarse—. ¿Ha ido
mucha gente esta vez?
—Unas cien personas, más o menos. Y la mitad eran
acompañantes.
—A todo el mundo le gusta quejarse, pero a la hora de
hacer algo, no mueven un dedo.
—No seas tan dura, Georgia, las dos sabemos lo difícil
que es esto.
—¿Tomando el té y no me avisáis? —Un caballero de lo
más estrafalario entró en el salón con una sonrisa radiante y
maneras demasiado exageradas para lo que Elinor estaba
acostumbrada—. Pillinas, pillinas...
El hombre se acercó a Amelie y la besó en los labios,
después hizo lo mismo con Georgia.
—Y esta jovencita, ¿quién es? —preguntó mirando a
Elinor, que rogó mentalmente porque no la incluyera en su
efusivo saludo.
—Elinor Wharton, querido —dijo la anfitriona—. Elinor, te
presento a mi esposo, Owen Proser.
—Señorita Wharton… —El caballero cogió su mano y la
besó con una reverencia tan exagerada que parecía un
actor en una obra de Shakespeare.
—Señor Proser.
—Llámeme Owen, por favor, me hace sentir viejo. —Se
volvió hacia su esposa—. He decidido pasar unos días en
Brighton, querida, si no es necesaria mi presencia en
Londres. ¿Podrás arreglártelas sin mí?
—Por supuesto, Owen. —Su mujer lo miraba con
verdadero afecto—. Dales recuerdos a nuestros amigos y
diles que iré pronto a verlos.
—Deduzco que ya ha regresado el capitán Winston —
intervino Amelie cogiendo una de las pastitas colocadas en
un plato.
—Así es, querida —afirmó el caballero con una sonrisa tan
efusiva que casi no le cabía en el rostro.
—Salúdalo también de mi parte y disfruta de su
compañía.
—Así lo haré, por supuesto —dijo el otro y volviendo a
besarlas a todas, con la salvedad de que a Elinor solo le
rozó la mano con los labios, se despidió y abandonó el salón
con la misma agitación de brazos con la que había llegado.
—Pensaba que Winston no llegaría hasta diciembre —dijo
Amelie.
—En principio iba a visitar a su familia antes de reunirse
con Owen, pero parece que se echaban demasiado de
menos.
Elinor escuchaba atenta y confusa, pero no movió un
músculo. La anfitriona se giró hacia ella y sonrió.
—Pero háblame de ti, Elinor. He leído las cartas que le has
enviado a Amelia y me han parecido de una lucidez
extraordinaria, teniendo en cuenta tu edad.
—Espero que no te parezca una traición —se apresuró a
decir la francesa—. En realidad estabas escribiéndole a ella,
ya que los artículos de los que me hablabas eran suyos.
Las dos mujeres la miraban con interés y Elinor, que no
estaba acostumbrada a recibir tanta atención, se sintió un
poco incómoda. Además, le sorprendió el hecho de que los
artículos no fuesen de la señora Turnbull. Tal como había
hablado esa mañana su discurso parecía sacado de aquellas
páginas.
—No me molesta en absoluto. Espero no haber resultado
demasiado ingenua y aburrida —dijo con timidez—. Mi vida
es más bien insulsa.
—No estoy de acuerdo —sonrió Georgia dejando la taza
en su platito—. De hecho, tienes una mente
sorprendentemente clara, para ser tan joven. ¿Has pensado
en escribir? Creo que dentro de unos años tendrás mucho
que enseñar.
—Elinor, debes saber que es Georgia la que escribe todos
mis discursos. Ella es la auténtica ideóloga.
La pequeña de las Wharton la miró con gran sorpresa y la
dama sonrió con una mirada pícara.
—No me gusta la popularidad, pero tengo muchas cosas
que decir y a Amelia le encanta hablar en público, así las
dos obtenemos lo que queremos. —La cogió de la mano
sonriendo con cariño y su amiga le devolvió el gesto con la
misma ternura.
—¿Hace mucho que os conocéis? —Elinor tenía la mirada
fija en sus manos.
Otra vez aquella mirada íntima y profunda.
—No lo bastante —musitó Amelia con ternura.
Elinor se ruborizó embargada por un sentimiento extraño.
—¿Te incomoda? —Georgia soltó la mano de su
compañera y miró a Elinor con interés.
—Nnnno.
—Puedes hablar con total sinceridad. Todo el que es
invitado a esta casa puede hacerlo. Por eso no invitamos a
cualquiera —sonrió relajada.
Elinor las miró a ambas sin saber qué decir mientras su
cerebro tomaba nota de una nueva realidad que, aunque
intuía, desconocía por completo. Sabía de la «peculiaridad»
de Colin y si era una peculiaridad era precisamente porque
no sucedía a menudo. Pero no se había planteado que eso
también podía sucederle a una mujer y por algún motivo
eso la sobresaltó. Además, Georgia estaba casada. Frunció
el ceño involuntariamente. Casada con aquel hombre tan
extraño y… amanerado. ¿Cómo era aquella palabra?
¿Macceroni?
—Puedes preguntar lo que quieras —dijo su anfitriona
consciente del caos mental que estaban provocando en su
cabeza—. Adelante, Elinor, no seas tímida.
—Usted… está casada.
—Así es —afirmó sin dejar de sonreír—. Como tú bien
dijiste en una de tus cartas «la sociedad nos obliga a jugar
según sus reglas, pero eso no es óbice para buscar el modo
de contravenirlas fingiendo acatarlas, de ese modo tanto
unos como otros percibiremos la realidad como el
cumplimiento de nuestros deseos más íntimos».
Elinor volvió a ruborizarse, esta vez más intensamente.
Que citase una de sus frases la llenaba de satisfacción.
—¿Entonces, su matrimonio es… falso?
Las dos amigas se miraron cómplices.
—Para contestar a esa pregunta primero tendríamos que
establecer qué es un matrimonio auténtico —dijo Amelie—.
Según yo lo veo solo podría considerarse auténtico un
matrimonio en el que dos personas deciden libremente unir
sus vidas por amor, sin más interés que el bienestar del
otro. ¿Estamos de acuerdo en eso? —Elinor asintió—.
¿Cuántos matrimonios de esos conocemos? Yo, un par, ¿y
vosotras?
—Mis padres se casaron por amor —dijo Elinor—. Y mis
hermanas.
—Pues eres muy afortunada, Elinor —intervino Georgia—.
Aunque yo no soy tan pesimista como Amelie en este tema,
reconozco que la mayoría de nuestros conocidos se casaron
por algún motivo que no tenía mucho que ver con sus
sentimientos. Dinero, posición, miedo a la soledad y al
ostracismo, deseo carnal…
—No creo que Elinor esté familiarizada con ese tema,
Georgia.
La anfitriona miró a su amiga y después a su invitada.
—Pues deberías familiarizarte, querida, es algo que toda
mujer debería conocer bien antes de que llegue el momento
de enfrentarse a ello.
—Opino igual —dijo Elinor sin pensar y con una expresión
claramente preocupada.
Georgia sonrió de nuevo con ternura.
—Veo que es algo que te preocupa. ¿Hay algún joven por
el que sientas algo especial?
—Solo está Colin… —dijo con voz queda.
Las dos amigas volvieron a mirarse.
—Me temo que Colin se encuentra en otra esfera de
interés —dijo Amelie—. Más próximo a Owen, ¿no es así?
Elinor abrió mucho los ojos.
—Mi esposo —siguió Georgia—, tiene intereses
masculinos, como ya habrás adivinado. De hecho, el capitán
Winston es su más querido… amigo.
A Elinor le iba a explotar la cabeza. Cuando aceptó la
invitación de Amelie Turnbull no imaginaba que fuese a
entrar en una casa tan…
—Creo que es demasiada información para el primer día
—dijo Georgia ofreciéndole el platito con las galletas—.
Mejor dejemos estos temas para un futuro encuentro.
Hablemos mejor de los temas que nos interesan a las tres.
¿Os leo el próximo artículo que voy a publicar? He hecho un
paralelismo entre la esclavitud y el trato que recibimos las
mujeres en nuestra vida cotidiana.
Elinor la vio levantarse para ir en busca de dicho artículo,
pero en su cabeza los pensamientos pululaban cual
luciérnagas sin luz chocando unos con otros, sorprendidos y
anonadados. Y ella preocupada porque en su casa le
prestaban menos atención que nunca gracias a la
desaparición de Harriet. Sabía de sobra que a todos les
aburría su charla y sus continuas quejas respecto a su
condición de mujer, pero es que ahora parecía no
interesarles absolutamente nada de lo que tuviera que
decir. Por eso estar allí y sentirse interpelada le producía un
efecto desconocido y abrumador. Pero lo otro… ¿Eso estaba
bien? No sabía qué opinaba al respecto. ¿No era ella la que
pretendía casarse con Colin para protegerlo? ¿No era eso lo
que había hecho Georgia? ¿Protegerse a sí misma y a su
esposo? Miró a Amelie que servía más té en las tazas. Era
una mujer dulce y muy femenina, no se percibía en ella
nada extraño. ¿Y acaso debía percibirse? Había tanto que no
sabía, tanto que descubrir…
—¿Hace mucho que te interesa la situación de la mujer,
Elinor? —preguntó Georgia al sentarse.
La joven asintió vehementemente.
—Mi madre dice que desde siempre me resultó difícil
comprender por qué había cosas que no debía hacer y que
enseguida empecé a cuestionar el hecho de que por ser una
niña tuviese una educación distinta a la de Colin, por
ejemplo.
—Vaya —sonrió Georgia mirando a su amiga—. ¿Qué te
parece, Amelie? ¿Tenemos aquí a una verdadera
revolucionaria?
La otra asintió convencida y Elinor sintió un extraño
revoloteo en su estómago. ¿Podía ser cierto? ¿Realmente
había encontrado a personas que no la veían como un bicho
raro? Sonrió emocionada cuando Georgia empezó a leer su
artículo en voz alta. Aquellas dos mujeres la comprendían y
se preocupaban por las mismas cosas que ella. ¿Qué
importaba lo que hiciesen en la intimidad de sus alcobas?
Eso no tenía nada que ver con ella.
Capítulo 10
A la misma hora que Elinor asistía a la conferencia sobre la
educación de las niñas, Bethany Burford esperaba
pacientemente en el salón de los Wharton a que su madre
la recibiera.
—Señorita Burford… —Elizabeth entró en el salón Cotton
y se dirigió a ella con expresión afable—. Mi cuñada no se
siente bien estos días y le pide que la perdone por no poder
recibirla. Siéntese, por favor. ¿A qué debemos su visita?
—Quería interesarme por la señorita Harriet. Sé que
fletaron un barco para ir tras el capitán Chantler. ¿Han
tenido noticias del señor Crawford?
A Elizabeth le extrañó que estuviese tan bien informada,
después de todo su padre no había colaborado en absoluto
con Edward. Entornó ligeramente los ojos, la preocupación
de la joven por Harriet era más que evidente y, aunque se
habían visto algunas veces, no tenían trato con ella.
—Aún no tenemos noticias, han pasado solo veinte días
desde que el barco zarpó de Londres.
La joven se retorció las manos como si las preguntas se
agolpasen en su boca y ella las estuviese frenando con gran
esfuerzo.
—¿Y la señorita Harriet? ¿Tampoco ella…?
Elizabeth negó con la cabeza y su expresión mostró a las
claras la enorme preocupación que tenían.
—Deben estar sufriendo mucho —musitó la joven—. La
señora Wharton estará muerta de angustia. Lo siento
muchísimo.
Elizabeth frunció el ceño confusa.
—Perdóneme, señorita Burford, no tenía conocimiento de
que mi sobrina y usted fuesen tan amigas.
—Oh, no, apenas la conozco. Nos vimos alguna vez en
casa de un amigo común, ya sabe, pero apenas cruzamos
unas pocas palabras. Es solo que… hablé con el señor
Wilmot y… No puedo quitármela de la cabeza.
—¿Habló con Edward? Claro, el día que fue a su casa para
pedirle a su padre que… —enmudeció para no dejar
entrever su opinión sobre ese desagradable hombre.
—Siento mucho que mi padre no lo ayudara —musitó.
—Alguien lo hizo y eso es lo que importa —dijo Elizabeth
casi con arrogancia—. Por suerte aún hay personas
generosas y cabales en el mundo.
La mirada mortificada de la joven hizo que se sintiera
mal.
—Será mejor que me marche —dijo poniéndose de pie—.
No debería haber venido a molestarles.
—No es una molestia, ha sido muy amable por
interesarse. —Sonrió con calidez—. La acompañó a la
puerta.
Antes de salir la señorita Bedford se volvió a mirarla con
expresión anhelante.
—¿Podría…? Se que es extraño y que pensará que me
inmiscuyo en asuntos que me son ajenos, pero de verdad
que tengo una gran preocupación por su hermana…
—En cuanto esté sana y salva se lo haré saber —dijo
Elizabeth consciente de que no se atrevía a pedirlo.
—Muchísimas gracias, señorita Elizabeth.
—No las merece. Que tenga un buen día.
—Adiós.
Bethany salió de allí con paso ligero y subió al coche que
la esperaba en la puerta.
—¿Adónde has ido? —Susan la esperaba en el vestíbulo
con actitud inquisitiva—. Tu padre ha preguntado por ti dos
veces.
—He ido a visitar a los Wharton para interesarme por su
hija. Ya hace veinte días de su desaparición y…
—¿Los Wharton? ¿Qué tienes tú que ver con esa familia?
Que yo sepa esa irresponsable no es amiga tuya.
Bethany apretó ligeramente los labios, para no responder,
su madrastra sabía bien que ella no tenía amigas.
—¿Mi padre está en su despacho? —dijo caminando hacia
allí.
—No —la detuvo su madrastra—. Ha ido a reunirse con el
señor Flaherty.
Bethany suspiró. Si iba a reunirse con su banquero, ¿para
qué quería verla?
—Me gustaría hablar contigo de algo —dijo Susan y le
señaló el camino hacia el salón con una expresión que no
dejaba lugar a duda.
La joven contuvo un bufido de desagrado y la siguió.
—Cierra la puerta, por favor —pidió Susan y luego le
indicó el sofá en el que debía sentarse.
Así era ella, siempre mandando. Bethany obedeció
consciente de que hay que reservar las fuerzas para las
batallas que merece la pena luchar.
—Hace días que quiero hablar de esto con alguien y me
temo que Harvey no tiene el conocimiento suficiente de los
asuntos de tu padre. Tú en cambio… —La miró con fijeza—.
Siempre me ha resultado extraño que Jacob te confíe sus
asuntos y te deje intervenir en ellos del modo en que lo
hace. Convendrás conmigo que no es algo habitual.
—No tengo información fiable sobre lo que hacen otros
padres.
Susan sonrió taimada.
—Vamos, Bethany, las dos sabemos que las hijas no
suelen llevar los libros de contabilidad de sus padres. —
Entornó los ojos—. Y aquí viene el tema del que quiero
hablarte. El otro día Jacob volvió a despotricar de tu
hermano Joseph y me aseguró que iba a desheredarlo.
Después de tu insistencia en poner énfasis en todo lo que
Joseph no hace por la empresa, acabará por hacerlo.
—¿Sabes si ha hecho algo al respecto? No es que yo
tenga ningún interés, pero si Joseph queda fuera de la
herencia y Harvey se convierte en el heredero principal,
estoy segura de que requerirá de nuestra ayuda y quiero
estar preparada para no fallarle. Estoy segura de que me
entiendes, ¿verdad, querida? Las mujeres estamos para eso,
para ayudar a los hombres en todo lo que sea posible.
Aquí estás, la auténtica Susan. Joseph se sentiría
satisfecho si pudiese verte en este momento.
—No va a desheredar a Joseph, es su primogénito.
—Pero las cosas que le dijo aquella noche, delante de
todos aquellos amigos… Tu padre no va a perdonarlo,
Bethany y no sabes lo mucho que lo lamento. He tratado de
interceder por él un millón de veces, pero Jacob no da su
brazo a torcer. ¿Tú no sabrás dónde está Joseph?
La joven negó con la cabeza, odiaba mentir, pero sintió
un extraño placer en mentirle a ella.
—Sabes bien lo mucho que aprecio a tu hermano. —
Siguió Susan y a Bethany se le revolvió el estómago—.
Detestaría que tu padre lo dejase en la miseria, al fin y al
cabo es un Burford.
—Eso no va a suceder —su voz sonó más dura de lo que
pretendía—. El abuelo nombró a Joseph su heredero
después de la muerte de mamá. Tiene dinero de sobra
desde que él murió, no necesita la herencia de nuestro
padre. Así que no te preocupes por él. Además, no creo que
papá cumpla su amenaza, le encanta decir cosas que no
piensa hacer y tener a todo el mundo dando vueltas a su
alrededor tratando de conseguir algunas migajas. —Hizo
una pausa para que no quedara lugar a duda de a quién se
refería—. Para él es muy importante el apellido y Joseph es
su primogénito, desheredarlo sería una traición a nuestra
madre y te recuerdo que la adoraba.
Susan la miró con desprecio.
—Yo soy ahora su esposa y te aseguro que es a mí a la
única que adora tu padre. De hecho, me ama tanto, que
temo que me nombre a mí su heredera pasando por encima
de sus hijos, cosa que, desde luego, no deseo y trataré de
impedir en la medida de mis posibilidades. Jacob sabe que
os quiero como si fueseis mis propios hijos. No pongas esa
cara, ya sé que Joseph y yo tenemos casi la misma edad,
pero me siento responsable de vosotros.
—Si es así, tú sabes más que yo, mi padre no habla
conmigo de sus decisiones, tan solo me las comunica
cuando cree que necesito saberlas, lo cual ocurre muy
pocas veces.
—Entiendo… Pero, sabrás si se ha reunido con sus
abogados…
Bethany la miró confusa, precisamente le había pedido
que les enviase una nota citándolos para dentro de tres
días. Nota que aún debía escribir.
—¿Podrías mantenerme al corriente de si se reúnen? Si lo
hacen en casa, lo sabré, pero sé que a veces él los visita en
la ciudad.
—¿Quieres que espíe a mi padre?
—¡Espiar! Qué palabra tan fea. Por supuesto que no es
eso lo que digo. Solo pretendo saber…
—Quien va a heredar la fortuna de los Burford —se
adelantó Bethany con expresión cínica—. Como te he dicho
estoy segura de que Joseph seguirá siendo su heredero. Han
tenido enfrentamientos, pero para mi padre la sangre lo es
todo. No dejará que su fortuna caiga en manos… ajenas.
—Si lo dices por mí, que te quede claro que yo soy una
Burford —dijo la otra cambiando su expresión por una
mucho menos amigable—. Tan Burford como puedas serlo
tú, por mucho que te pese.
—¿A mí? —Se encogió de hombros—. Nunca me ha
importado que te casaras con él, de hecho me alegré
mucho. —Se puso de pie mirándola con una sonrisa
perversa. De ese modo Joseph se libró de ti—. Si no te
importa, tengo cosas que hacer y no querría que mi padre
se enfadase contigo al ver que no he cumplido con sus
encargos por estar hablando. Querría saber qué era tan
importante como para entretenerme y ya sabes lo
persistente que puede llegar a ser.
—Ve, ve —dijo la otra agitando la mano para señalar a la
puerta.
Bethany salió del salón y se dirigió hacia el despacho. ¿De
verdad su padre podía plantearse siquiera desheredar a
Joseph? Sabía que a él no le importaría lo más mínimo, pero
a ella sí. Sería terrible. ¿A quién nombraría? Estaba segura
de que no sería Susan sino Harvey y, por injusto que fuera,
eso la irritaba aún más. ¿Por eso había cambiado de bando?
¿Acaso Harvey había estado maquinando a espaldas de
todos? Entró en el despacho y cerró la puerta, después se
dirigió a su escritorio y comenzó a rebuscar en los cajones,
revisando cada documento. Cuando encontró lo que
buscaba se sentó lentamente en la butaca mientras leía lo
allí escrito. Las lágrimas titilaron en sus ojos amenazando
con desbordarse. ¿Harvey? Se abriría una escisión entre
ellos. Joseph no regresaría nunca…
La puerta del despacho se abrió y su padre se detuvo en
seco al ver la estampa.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó muy serio. El cajón
abierto, el documento en sus manos…—. ¿Qué estás
haciendo?
Bethany se puso de pie rápidamente limpiándose las
lágrimas.
—¿De verdad vas a desheredar a Joseph? —preguntó
poniendo el documento sobre la mesa con una ferocidad
inusitada en ella.
Su padre cogió el papel y volvió a colocarlo en su sitio
para después cerrar el cajón de golpe. Inmediatamente
después se giró hacia su hija y la agarró del pelo
obligándola a mirarlo.
—¿Cómo te atreves a cuestionarme? —La sacudió
esperando una mueca de dolor y luego la soltó con violencia
—. Maldita idiota, ¿quién te crees que eres?
—¡Tu hija! —gritó ella sorprendida de su falta de temor—.
Soy tu hija, igual que Joseph es tu hijo. ¡Tu primogénito!
—Ese ya no es nada para mí. Además, no quiere saber
nada de nosotros ni de nuestros negocio, me lo dejó muy
claro. Le di una lección con aquel campamento, pero no ha
querido aprenderla y ya no es cosa mía.
—Eres un monstruo —dijo asqueada—. Mataste a unos
pobres inocentes para dar un escarmiento.
—¡Yo no maté a nadie! —gritó al tiempo que daba un
golpe en la mesa con tal furia que hizo saltar el tintero.
—No lo hiciste con tus manos, es cierto —bajó el tono
sintiendo que algo se le rompía por dentro—. Pero aquellos
hombres cumplieron tus órdenes, papá, no trates de
engañarme. Recuerda que soy quien revisa tus cuentas e
inventarios. He visto los pagos y también los conceptos.
—Son negocios.
—¿Las vidas de niños inocentes son negocios?
—Si les hubiera dejado salirse con la suya, ¿qué crees que
habría pasado? Nadie me respetaría. Ahora saben que si
Jacob Burford quiere algo deben dárselo al precio que quiera
pagar. Deberían estar agradecidos de que no lo coja sin
más. Podría hacerlo.
—Desde luego que podrías, has demostrado que careces
de moral o principios. Has convertido tu vida en un lodazal,
papá.
—¿Qué sabrás tú de la vida? ¿Cuándo te ha faltado nada?
Siempre has tenido todo lo que pudieras desear. Y ¿sabes
quién lo ha pagado?
—No es necesario matar y robar a personas que están en
peor situación que tú para vivir bien. Y ninguno de nosotros
te hemos pedido nunca nada.
—¿No me habéis pedido? ¿Quién ha pagado ese vestido
que llevas? ¿Y las joyas? ¿Las fiestas? ¿La casa?
—Si mamá viviera…
—¡No menciones a tu madre! —le advirtió amenazador—.
Ni la nombres.
—Era mi madre, ¿por qué no habría de recordarla? Si de
verdad la amases te preguntarías lo que pensaría ella de lo
que haces.
Jacob recorrió los dos pasos que lo separaban de ella y la
abofeteó hasta tirarla al suelo y una vez allí la pateó sin
contemplaciones.
—Maldita desagradecida —le gritó sin prestar atención a
sus gemidos de dolor—. Yo te enseñaré a respetarme. Tu
hermano y tú no tendréis nada mío, te echaré a la calle
como a un perro. No te necesito y no te quiero en esta casa.
Siguió golpeándola hasta que Bethany perdió el
conocimiento. Al mirarla tuvo un sobresalto, su pelo se
había soltado del recogido y caía en cascada sobre la
alfombra. Era igual que el de Casandra, por eso nunca la
dejaba soltárselo delante de él. La sangre abandonó su
rostro y su corazón se ralentizó saltándose varios latidos al
ver a su esposa mirándolo angustiada.
—Tú me has matado —dijo Casandra, pálida y exangüe—.
Es tu culpa. Tu culpa.
Se le nubló la vista y buscó un lugar en el que apoyarse,
pero era como si no tuviera fuerza en los brazos y tampoco
en las piernas. Se desplomó sobre la alfombra al lado de su
hija y se llevó la mano al pecho con el rostro contraído por
el dolor.
—Tú me has matado —repetía aquella voz—. Me has
matado.
Bethany gimió, al recuperar la conciencia sintió que un
millón de agujas se clavaban en su costado derecho. Apoyó
la mano en la alfombra para ayudar a incorporarse y
apretando los dientes se arrastró hasta la silla y la usó como
muleta. Una vez consiguió ponerse de pie se dejó caer en
esa silla y respiró con dificultad. Entonces lo vio tendido en
el suelo.
—Padre… —musitó.
Al ver que no se movía se dejó caer al suelo de nuevo y
llegó hasta él gimiendo entre dientes. Le buscó el pulso.
—Dios Santo…
Se sentó en el suelo y lo miró temblorosa. Sentía cada
porción de su espalda magullada, pero de pronto el dolor
físico había quedado aletargado por la tormenta emocional
que se desató en su cerebro. Estaba muerto. Muerto.
Miró hacia la puerta, pero en lugar de levantarse y correr
a buscar ayuda, se dirigió a la mesa y sacó el documento
que su padre pensaba entregar a su abogado. Lo dobló
varias veces y lo introdujo entre las varillas de su corsé
conteniendo la respiración porque al manipularlo el dolor
por los golpes volvió a dejarla sin aliento. Se arregló el pelo
y trató de recogerlo como antes, aunque sin espejo era más
difícil. Miró a su alrededor asegurándose que todo estaba
como debía estar y caminó hacia la puerta con paso
tranquilo. Salió del despacho y cerró tras de sí. Aún faltaban
unas cuantas horas hasta la cena.
Capítulo 11
Desde su paso por la enfermería procuraba pasar el menor
tiempo posible con Bluejacket y el pirata fue consciente de
ello. Al principio lo sorprendió lo colaboradora que se
mostraba, demasiado paciente y dispuesta a acatar sus
órdenes. Nada de provocaciones, nada de quejas.
Permanecía en el camarote la mayor parte del tiempo
leyendo, ejercitándose o jugando al ajedrez con Marcel o
con Stuart, a los que ella misma estaba enseñando. Tan solo
acudía a cubierta al amanecer y al atardecer, como si de
una cita se tratase. Subía al castillo de popa y miraba al
horizonte hasta que el sol se ocultaba o salía, dependiendo
de la hora del día. Saludaba educadamente a todo aquel
con el que se cruzase, llamándolo por su nombre, y después
regresaba al camarote.
—Se siente culpable —dijo Dougal viéndola desaparecer
de cubierta.
El capitán miraba el trabajo de sus hombres con
expresión impertérrita.
—Ya es hora de que se enfrente la realidad.
—Así que es cosa tuya.
Bluejacket lo miró con expresión cínica.
—¿Cosa mía? ¿No eras tú el que la atacó desde el primer
día?
—Eso no le hacía efecto. Tiene que haber sido algo que tú
le has dicho.
El capitán se encogió de hombros con indiferencia.
—No tengo ni idea y tampoco es que me importe. Me
alegro de este cambio, es mucho más sencillo tratar con
ella.
—Pero si apenas habla.
—Por eso —sonrió con burla.
El escocés no estaba de acuerdo en absoluto. No le
gustaba la Harriet parlanchina y curiosa y tampoco la que lo
derribó, pero aquella le gustaba aún menos.
—¿Qué vas a hacer con ella? —preguntó disimulando su
curiosidad.
—¿Todavía quieres que la tire por la borda? —preguntó el
otro sin dejar la expresión burlona—. No te preocupes tanto,
no es cosa nuestra lo que le pase cuando vuelva a casa. Ella
solita se metió en esto y tendrá que aguantarse con las
consecuencias.
El escocés asintió, sabía que su amigo tenía razón y aun
así…
—Deberíamos haberla dejado allí —masculló—. ¿Qué más
da que se descubra quién eres? No piensas regresar a esa
vida.
Bluejacket apretó los labios visiblemente enfadado.
—No soy solo yo, imbécil —dijo sin mirarlo—. ¿Cuánto
crees que tardará mi padre en saber que ha sido mi
hermana la que nos ha estado proporcionando la
información necesaria para interceptar sus barcos? ¿Qué fue
ella la que nos dio los documentos con la dotación, la carga
y el destino de cada una de las naves?
El escocés lo miró muy serio.
—Ella también tendrá que asumir las consecuencias de
sus actos, ¿no crees? —dijo con frialdad.
Su amigo lo miró con dureza, pero el escocés no se
inmutó.
—Cuidado —advirtió Bluejacket—, estás entrando en
terreno peligroso.
—Sabes que tengo razón. Tanto una como la otra
deberían haber visto lo que estaba en juego. Pero, sea como
sea, van a sufrir por ello tarde o temprano. Igual que tú y
yo. Es irremediable.
El capitán se puso de frente hacia él y soltó el aire de
golpe por la nariz como un toro preparado para embestir.
—Puedes enfadarte conmigo. Y, si quieres, puedes darme
una paliza, pero después no te quedará más remedio que
reconocer que tengo razón, porque la tengo.
Bluejacket apretaba los puños para contener la rabia que
lo embargaba. No podía pelearse con Dougal allí, delante de
todos. Sin decir nada abandonó el alcázar y se alejó con
paso firme y contundente.
—… alfil amenaza a… —Harriet levantó la mirada del
tablero al ver entrar al capitán con muy malos modos.
—¡Largo! —le ordenó a Marcel.
El cocinero no se hizo de rogar y salió del camarote tan
rápido como pudo cerrando la puerta tras él.
—¿Qué sucede? —preguntó ella con preocupación.
—He discutido con Dougal. Se cree que porque somos
amigos puede decirme… —enmudeció de repente al darse
cuenta con quién estaba hablando—. No es asunto suyo.
—Cierto —afirmó ella y sin protestar comenzó a recoger
las piezas del tablero.
—¿Ya está? —La encaró con las manos en la cintura y
actitud chulesca—. ¿No va a insistir hasta que me sangren
los oídos?
Harriet frunció el ceño desconcertada.
—¿Quiere que insista? —preguntó con sorpresa.
—¿Qué pretende con esa actitud? ¿Cree acaso que va a
cambiar algo?
Harriet no sabía cómo reaccionar ni lo que quería de ella.
Estaba claro que algo lo había alterado sobremanera, su
cuello estaba tan tenso como sus brazos y en su rostro
bailaban una danza la furia y la impaciencia sin que
quedase claro quién llevaba el compás.
—¿He hecho algo malo? —preguntó temerosa—. Si ha
sido así, lo siento, no he…
Él la miró entonces con más atención. Ya lo había
percibido antes.
—¿Me tiene miedo? —preguntó con mirada fija.
—Yyyo… —Dio un paso atrás inconscientemente.
—Me tiene miedo. —Se acercó a ella—. ¿Por qué de
repente me tiene miedo? ¿Qué le han contado de mí?
—Nnnnada… no…
—Señorita Harriet, no sabe mentir, ni siquiera lo intente.
Dígame, ¿quién ha sido? ¿Saggs? ¿Stuart? —Una chispa
brillo en sus ojos—. ¡Stuart! ¿Mando a buscarlo para que se
explique o me lo cuenta usted?
—Los latigazos…
El capitán abrió mucho los ojos.
—¿Me tiene miedo por esos cinco latigazos? ¡Se merecía
muchos más!
—¿Y… la… chica?
El pirata levantó una ceja sorprendido.
—¿La chica? ¿Se refiere a la puta? —Harriet asintió—.
¿Qué pasa con ella?
—¿La… mató?
—¿Qué? ¿Quién le ha…? ¡Serán idiotas! ¿Matarla? ¿Por
qué iba a matarla?
Harriet cerró los ojos y suspiró visiblemente aliviada.
Cuando volvió a abrirlos su expresión era casi agradecida.
—Debería dejar de imaginarse cosas.
—Ha sido espantoso. Desde que me lo contaron no he
dejado de verla…
El capitán movió la cabeza sin dar crédito.
—¿Por qué no me lo preguntó directamente?
—Temía su respuesta.
—El dinero es mucho más efectivo que un cuchillo y deja
menos rastro.
—¿Le pagó por su silencio? ¡Claro, qué tonta soy!
—Muy tonta —dijo él enfadado—. ¿Qué clase de hombre
cree que soy? ¿De verdad piensa que voy por ahí matando
mujeres?
—No, yo… No sé lo que pienso, la verdad.
—Nunca he matado a una mujer. De hecho solo he
matado para defenderme y no si he podido evitarlo. No soy
un asesino. —Se dirigió a su escritorio y se sentó dispuesto
a revisar documentos, que era la tarea que más odiaba.
Harriet lo observó durante unos minutos sin decir nada,
consciente de que lo había ofendido profundamente.
—Quiero ayudar —dijo al fin acercándose hasta colocarse
al otro lado del tablero—. Sé que cometí un estúpido error y
que he puesto en riesgo a mucha gente, en especial a mi
familia, pero no solo a ellos, también a usted. No podía creer
que fuese un asesino y me alegro de que me lo haya
aclarado. De verdad que lo siento.
El pirata apretó los labios y lentamente elevó la mirada
hasta ella.
—No estoy seguro de que eso sea cierto —dijo con voz
profunda.
—¿Cómo puedo hacer que me crea? De verdad que
quiero ser útil y …
—No me refiero a eso. —Colocó la pluma en su sitio y se
levantó sin dejar de mirarla—. No estoy seguro de que sea
consciente de hasta qué punto nos ha puesto a todos en
peligro.
Soltó el aire de sus pulmones y aspiró profundamente
antes de moverse. Necesitaba una copa, aunque no fuese la
hora. Recorrió los tres pasos que lo separaban de la botella
y se sirvió una medida de grog. Cuando estuvo seguro de
que podía hablar sin gritar y sin que le estallase la vena de
la sien, la miró de nuevo.
—Hagamos lo que hagamos su reputación está
manchada. Da igual lo que usted diga, lo que yo diga, lo que
diga nadie, todos creerán lo que quieran creer. Está viajando
en un barco pirata sin ninguna vigilancia, no hay nadie
digno de crédito que pueda atestiguar que no ha sufrido
ningún… percance.
—Se refiere a… «eso».
—Sí, me refiero a «eso» —dijo impaciente—. Y, por si lo
que he dicho fuera poco, va a pasarse una temporada en
Isla Refugio, en mi casa, la casa de un pirata…
Harriet lo vio mover la cabeza de un lado al otro y
llevarse la mano al pelo para tirar de él con nerviosismo.
—Dougal tiene razón.
—¿Otra vez quiere tirarme por la borda? —preguntó con
expresión inocente.
Bluejacket no pudo evitar una sonrisa en medio de
aquella tensión.
—Tiene que reconocer que eso nos solucionaría los
problemas a todos.
Harriet no pudo más y se sentó agobiada. Él tenía razón.
Había causado un enorme estropicio. El dolor de su familia y
la lacra que supondría para todos que ella regresara era
indiscutible.
—No puedo volver a casa —musitó con la mirada clavada
en el suelo—. Nunca.
El pirata levantó una ceja con expresión perpleja cuando
Harriet alzó la vista y posó sus ojos en él negando
firmemente con la cabeza.
—¿Esa es su solución?
Harriet asintió poniéndose de pie.
—Deje que me una a su tripulación. Ya sé lo que es el
trinquete, el bauprés y el obenque. Entiendo lo que significa
a barlovento o a sotavento y sé distinguir la vela cangreja
de la carbonera. Estoy dispuesta a subirme a la cofa cuando
haga falta y, tranquilo, lo haré por la boca de lobo y no me
caeré como Finley. Fregaré la cubierta todos los días, yo
tampoco debería estar ociosa. —No se daba cuenta de que
las lágrimas rodaban por sus mejillas, de tan desesperada
que estaba porque la aceptase…—. No daré problemas, seré
útil y me ganaré el sustento. Ni siquiera se dará cuenta de
que estoy aquí, lo prometo.
Bluejacket sintió algo muy extraño en el estómago, algo
parecido a lo que le sucedía cuando se alejaba de su
hermana y al girarse la veía inmóvil y solitaria entre las
sombras. Pero no era exactamente igual, era algo más
amargo y estremecedor. Se acercó, llevó las dos manos a su
rostro y con suavidad le limpió lágrimas con los pulgares.
Ella no apartaba la mirada y sus ojos acuosos tenían una
sinceridad devastadora. Es pura inocencia, se repitió una y
otra vez, acababa de ser presentada en sociedad… Masculló
algo ininteligible y se apartó de ella con brusquedad.
El corazón de Harriet latía desenfrenadamente y su
respiración agitada la estaba mareando. Se agarró al
respaldo de una silla y se llevó la mano al pecho en un
gesto instintivo de protección. ¿Qué había pasado? No podía
comprenderlo, pero tampoco dejar de pensar en ello. Su
boca… ¿De verdad esperaba que él…?
—Pensaré en algo —dijo de espaldas a ella y con voz
ronca—. Cuando estemos en Isla Refugio encontraré una
solución. Ahora debo irme.
Harriet lo vio abandonar el camarote confusa y
desconcertada. No estaba muy segura de lo que había
ocurrido allí, pero tampoco tenía a quién preguntarle.
—Señor Farrow, revisen y limpien los cañones —ordenó
Dougal.
—Buenos días —saludó Harriet desde la escalinata del
castillo de popa.
El otro no respondió y la joven caminó hasta él como si la
hubiese invitado a acercarse. Era un hombre imponente con
un perfil hermoso a pesar de la dureza de sus ojos. Una
barba roja ocultaba la mitad de su cara, pero aun así podía
ver que sus facciones eran agradables. Se preguntó cuántos
años tendría.
—Mi madre también es escocesa —dijo de pronto—. Por
eso tengo este pelo.
Dougal no se inmutó.
—Usted es escocés.
—¿Y?
—Creí que… ¿No hay alguna clase de código de
hermandad entre escoceses? ¿Uno que ayude a que nos
llevemos bien?
Clavó la mirada en ella haciéndola callar.
—¿Por qué le caigo tan mal? —Insistió—. Llevo aquí tres
semanas y sigue mirándome como si…
—No me cae mal —la cortó, lo único que le faltaba era
que empezase a lloriquear.
—Quería tirarme por la borda.
—¿Quería? —se burló el otro.
—No empecé con buen pie, es cierto, pero ¿no podría ser
un poquito menos duro conmigo? No soy mala persona.
La mirada del escocés dio cuenta de su desconcierto.
—¿Le parece que soy duro?
Harriet asintió.
—Quizá es así con todas las mujeres que conoce, pero en
mi mundo su comportamiento se catalogaría como duro, sí.
—Pero no está en su mundo, ¿verdad? Ahora está en el
mío y le aseguro que no soy duro con usted. Si lo fuese,
estaría llena de moretones.
—Eso que ha dicho es horrible y no ayuda nada a nuestra
amistad.
El escocés la miró levantando una ceja.
—¿Le parece?
—Si mi hermana le oyese sería su perdición. Elinor no
tiene fuerza bruta, pero le aseguro que ha demolido a
hombres mucho más resistentes que usted solo con su
discurso.
—La creo.
—¿Lo dice por mí? Le aseguro que Elinor es mucho más
eficiente que yo en eso. A mí se me da bien usar las manos,
pero ella es muy experta con la lengua.
El escocés enrojeció involuntariamente y Harriet no fue
capaz de dar con el motivo por más que buscó en sus
palabras una razón para esa turbación repentina.
—Debería unirme a su tripulación.
Dougal dejó caer los brazos con expresión perpleja.
—¿Cómo dice?
—Soy buena con el arco y mejor aún con el jō, puedo
demostrárselo… otra vez —sonrió abiertamente, pero el otro
no se inmutó—. La cuestión es que podría serles de ayuda…
—¿Podría?
Harriet asintió convencida.
—No tienen que pagarme, de momento, quizá en el
futuro…
—Qué gran oferta.
—¿Por qué se burla?
—¿Porque es una mujer? Ni siquiera eso. ¡Una niña!
—No soy una niña, ya he sido presentada en sociedad.
Eso significa que ya tengo edad de casarme y formar una
familia.
El escocés sonreía con malicia.
—Compadezco al hombre que caiga en semejante
trampa.
—¿Cuántos años tiene, señor McEntrie?
El contramaestre frunció el ceño sorprendido.
—Treinta y dos.
—Mmmm.
—¿Qué significa ese «mmmm»?
—No es tan viejo.
—¿Creía que era viejo?
—Esa poblada barba no le favorece nada. Debería
afeitarse. Me gustaría verle la cara.
El hombre estaba cada vez más desconcertado.
—¿Y para qué quiere verme la cara?
—Para saber cómo es, ¿para qué va a ser? Hace usted
unas preguntas de lo más raras, no se ofenda. Me recuerda
a mi abuelo materno.
—¿Su abuelo hacía preguntas raras?
—Mi abuelo era escocés. Y malcarado. Y a mucha gente le
podía parecer antipático.
—¿A usted no?
—No, a mí no. Me hacía gracia que se esforzara tanto en
parecer insensible y duro. —Suspiró—. Igualito que usted.
Dougal desvió la mirada sin darse cuenta y Harriet sonrió.
—En cuanto a lo de casarme, no se preocupe, eso no va a
ocurrir. De hecho, no pienso volver a casa jamás.
—¿Que no piensa…? Eso lo decidiremos nosotros.
—No puedo regresar como si nada. Mi reputación está
manchada sin remedio y no hay forma de repararla. No
permitiré que mi familia pase por esa vergüenza.
—¿Y los dejará esperando eternamente?
La pregunta del escocés la dejó completamente
desubicada. No había pensado en ello. ¿Cómo es que no
había pensado en ello?
—¿Podríamos fingir que he muerto?
—Sí, seguramente eso los tranquilizaría mucho. Señorita
Harriet, ¿hay algo en su cabecita además de esos rizos
rojos?
—No mucho, me temo —bromeó.
—Eso pensaba
El escocés la miraba con una expresión que era una
mezcla entre incredulidad y risa.
—Es tan atolondrada como mi hermano pequeño, Ewan.
—¿Tiene un hermano? —preguntó sorprendida—. Pensaba
que no tenía familia.
El escocés levantó una ceja.
—¿Cree que crecí en un campo de coles?
—Entonces la tiene.
—Sí la tengo.
—¿Dónde?
—En Escocia.
—Eso ya lo imagino, pero ¿dónde de Escocia?
—Inverness.
—¿Y su familia sigue allí?
—¿Y a dónde quiere que vayan?
—¿Cuántos hermanos tiene? —preguntó ignorando su
estúpida pregunta.
—Cinco.
—¿Cinco con usted o además de usted?
—Además de mí.
—¿Y usted es el número?
—Uno.
—Así que el mayor, ya veo —dijo pensativa—. ¿Y ese
Ewan?
El escocés no tenía ni idea de hacia dónde se dirigía, pero
tampoco quería acompañarla en su viaje, tenía mejores
cosas que hacer que pensar en su familia.
—¿Y su padre? —siguió con el interrogatorio.
—¿Qué le pasa a mi padre?
—¿Está vivo?
—Que yo sepa.
Harriet frunció el ceño.
—¿Cuánto hace que no los ve?
El escocés empequeñeció sus ojos con una expresión
interrogadora.
—¿Va a escribir mi biografía?
—Es que no consigo desentrañar su personalidad y eso
exacerba mi curiosidad.
Dougal sonrió satisfecho y Harriet negó la cabeza como si
estuviese delante de un niño que ha hecho una travesura de
la que se siente orgulloso. Centró su atención entonces en
los marineros que se afanaban en cubierta.
—Me maravilla todas las cosas que saben hacer.
El escocés observaba al grupo que limpiaba los cañones y
torció una sonrisa.
—No les queda otra.
—Elinor es mi hermana pequeña, ya le he hablado de ella,
estamos muy unidas. Estoy segura de que se sentiría
orgullosa de ver a esos hombres capaces de coser o cocinar
como cualquier mujer. —Sus ojos se humedecieron—. Debe
estar aterrada con mi desaparición. Jamás podré
perdonármelo —susurró.
McEntrie se sintió conmovido, aunque se guardó mucho
de demostrarlo.
—Un hombre puede cocinar, limpiar, coser y hacer
cualquier otra cosa que sea necesaria, siempre que tenga la
motivación adecuada —dijo tratando de dirigir su atención
—. En un barco como este esas tareas son vitales. Tan
vitales como arrizar, trincar o bracear. Y eso, cualquier
marino lo sabe.
—Habrían podido pedir un rescate por mí —murmuró ella
con la misma expresión triste—, eso les habría garantizado
un buen beneficio sin riesgos.
—Bluejacket tiene un código muy estricto respecto a eso,
así que me temo que no, no podríamos.
Durante los minutos siguientes McEntrie dio órdenes a
diestro y siniestro dejándola de lado. Harriet lo observó en
silencio mientras sus pensamientos se deslizaban oscuros
por parajes conocidos y que ahora le resultaban tan lejanos.
—Pearson, desplegad las escandalosas, el viento viene de
través…
El marinero soltó lo que tenía entre manos y se apresuró
a obedecer ante la atenta mirada de su superior.
—¿No hay nada que yo pueda hacer? —preguntó Harriet
cuando empezaba a sentirse demasiado abrumada—. De
verdad que necesito ocuparme en algo o mis pensamientos
me volverán loca.
—¡Saggs! —gritó al contable dejándola sorda y a
continuación la miró frunciendo el ceño—. Sabe de
números, ¿verdad?
Harriet asintió frotándose el dolorido oído.
—Llévatela y que te ayude a hacer lo que sea que hagas
—le dijo al pirata que se encogió de hombros con
indiferencia—. Mantenla ocupada.
—¿Ahora soy su niñera?
—Mientras no la vea por cubierta, me vale que seas lo
que te dé la gana.
El contable le hizo un gesto a Harriet para que lo siguiera.
—¡La puerta abierta! —gritó Dougal antes de que
desparecieran de cubierta—. ¡Tom! —llamó al tripulante que
no debía contar más de quince años—. Llévale algo de
comer a la señorita al camarote de Saggs y, de paso, te
quedas vigilando. Que no cierren la puerta y si ocurre
cualquier cosa vienes a buscarme.
El muchacho asintió y se apresuró a obedecer.
—Yo ya he desayunado, puede comérselo todo —dijo
Saggs cuando Tom llevó la bandeja.
—Gracias, Tom —dijo ella.
—El señor McEntrie quiere que me quede —dijo el joven
mirando a su alrededor.
Saggs se encogió de hombros y le señaló un rincón
apartado, no quería tenerlo pegado al cogote.
—¿Sabe de cálculo? —le preguntó a Harriet olvidándose
de la carabina.
Harriet asintió mientras trataba de comerse un pedacito
de carne de su plato. No tenía nada de hambre.
—¿Lo ha entendido? —preguntó Saggs después de su
discurso explicativo.
—Sí —miró los cuadernos de la mesa y se hizo una rápida
composición antes de asentir—. Parece sencillo.
—Bien, cuando acabe de comer se pone con ello, no
quiero que lo llene todo de grasa. Yo tengo que revisar el
inventario de daños para saber en qué situación nos
encontramos.
Harriet echó un vistazo a la estancia. Era bastante grande
y no tenía cama. Se fijó en los ganchos del techo para dos
coyes, así que era un camarote compartido.
—¿Cuál es su historia? —preguntó interesada llevándose
a la boca otro pedazo de carne de buey tratando de obviar
el mal gusto que dejaba en su boca.
—¿Mi historia? —El contable la miró a través de los
rayados cristales de sus gafas.
—Estoy segura de todos los hombres de este barco la
tienen.
—¿Y por qué iba a contarle mi historia? ¿Para que pueda
dar mejores detalles sobre mí a las autoridades cuando se la
entreguemos a su papaíto?
—Tampoco está muy contento de tenerme aquí, ¿verdad?
Debe pensar que voy a traerles problemas y que no valgo ni
el esfuerzo de conseguir un rescate.
Saggs se sintió confuso con su respuesta.
—Preferiría que no estuviera aquí, desde luego.
—¿Usted también aboga por lanzarme por la borda?
Saggs arrugó más el ceño.
—Hay maneras más cómodas de bajar de este barco,
señorita Wharton.
—La señorita Wharton es mi hermana Emma, yo soy solo
Harriet. —Se reclinó contra el respaldo mirándolo mientras
se limpiaba las manos en una servilleta roñosa—. Yo
tampoco me alegro de estar aquí, no eran estos mis
planes…
—¿Sus planes? Creí que Bluejacket la había secuestrado.
—Y así fue —asintió.
—Mire, señorita, no estoy aquí para darle conversación,
tengo mucho trabajo que hacer…
Ella se inclinó hacia delante para leer en el cuaderno
abierto.
—Toneles, barriles y cubas de ron… —leyó en voz alta—.
Hay que reconocer que no se olvidan de lo importante.
—Aunque no lo crea el ron es de las cosas más necesarias
en un barco como este. Los hombres necesitan tener alguna
distracción y beber ron es una de sus favoritas.
—Lo sé, me lo explicó el capitán. También me he dado
cuenta de que les hacen limpiar la cubierta a diario para
mantenerlos ocupados.
Saggs no pudo evitar sonreír.
—Ya me habían dicho que es usted muy peculiar.
—¿Quién más duerme aquí? —Se levantó y paseó por el
camarote observándolo todo con interés.
—Farrow, el intendente.
Harriet asintió y cogió un libro de un pequeño montón.
—¿Le gusta leer? —preguntó curiosa.
—Las travesías pueden ser muy largas.
—Lo imagino —se giró a mirarlo y sonrió—. Tengo
entendido que también le gusta jugar al ajedrez. —Dejó el
libro en su sitio y volvió a la mesa—. A mí también me
gusta. Podríamos jugar alguna vez.
Saggs no disimuló su sorpresa.
—Una mujer a la que le gusta el ajedrez…
—¿Quién se lo ha dicho?
El contable frunció el ceño interrogador.
—Que soy peculiar.
—Ah, eso. El capitán.
—Vaya, así que soy tema de conversación.
—Es usted una anomalía en este barco. Es la primera
mujer que navega con nosotros. —Entornó los ojos para
escudriñarla—. ¿Para qué es el palo?
—¿Conoce las artes marciales?
—Una vez conocí a un chino capaz de derribarte con los
pies. ¿Se refiere a eso?
Harriet asintió.
—Hábleme de ello —pidió el contable cruzándose de
brazos y apoyando la espalda en el respaldo dispuesto a
escuchar—. Me interesa mucho.
Harriet sonrió con malicia.
—¿No prefiere una demostración?
El contable sonrió también.
—Me encantaría.
—Apartemos la mesa —dijo sujetando el escritorio de un
lado mientras esperaba a que él la ayudara.
Despejaron la zona y Harriet sacó el jō de su cinto.
—Coja su espada —le pidió.
La sonrisa despareció del rostro de Saggs.
—No voy a pelear con mi espada, podría matarla y
Bluejacket me lanzaría al mar después de cortarme los
brazos.
—Está bien —asintió ella—. Coja la funda de su espada
entonces.
El pirata desató la correa con la que la sujetaba a su
cintura y sacó la espada antes de sostener la funda como si
fuese un arma.
—Fingiremos que eso es su espada —dijo Harriet—. Si me
da, estoy muerta.
El contable sonrió ufano y se puso en guardia.
—Tom —lo llamó Harriet—. ¿Querría ser el juez?
—¿El juez? —el muchacho se había acercado con gran
interés.
—Debe vigilar si la espada del señor Saggs me toca y en
ese momento dar el combate por terminado.
El joven marinero asintió entusiasmado y se colocó en
una posición privilegiada. Aquello sería digno de contar.
—Los combatientes deben mostrar su respeto —dijo
Harriet mirando a su contrincante y a continuación se
inclinó doblando la cintura a modo de reverencia.
Saggs la imitó con cierta turbación y…
Capítulo 12
—… ella hizo así y así y luego cambió el bastón de mano y
entonces lo golpeó por detrás de las rodillas y Saggs cayó al
suelo antes de que le cortara la cabeza. No de verdad, claro,
solo le puso el palo en la nuca y yo tuve que dar el combate
por acabado. Porque yo era juez —sonrió satisfecho como si
su papel en la lucha hubiese sido trascendental.
—¿Y Saggs no logró tocarla en ningún momento? —
preguntó Farrow y se rio a carcajadas cuando Tom negó
efusivamente—. ¡Ojalá lo hubiese visto!
—Ha sido impresionante —afirmó el muchacho.
—Debería ser de los nuestros —dijo Barrit—. El otro día
disparó una flecha a una gaviota y acertó a la primera.
Nunca hemos tenido un arquero, podría sernos de utilidad.
—¿En serio, Barrit? ¿Ya te ha llenado la cabeza de
pájaros? —se burló Farrow y todos se rieron de él.
—A mí me ha pedido que le haga unas flechas —dijo uno
de los carpinteros—. Como si no tuviera nada mejor que
hacer.
—Pues si ha vencido a Saggs, a lo mejor no es tan mala
idea —dijo Stuart.
—Saggs es contable —dijo Farrow con tono de burla—.
Tampoco es que haya vencido al mejor de nosotros, ¿no?
—¿Quieres retarla, Farrow?
—¿Qué hacéis de charla? —Dougal se acercó con muy
malas pulgas—. ¿Ya habéis terminado el trabajo por hoy?
—Tom nos estaba contando el combate de la señorita con
Saggs —explicó Farrow.
—¿De qué hablan? —Dougal miró al muchacho y este se
encogió hasta la mitad de su tamaño.
—La señorita… ella fue la que tuvo la idea.
—¿Dónde están?
—Siguen trabajando en el camarote.
—¿No te dije que te quedaras con ellos?
El joven sonrió abiertamente.
—Tranquilo, señor, el que corre más peligro es Saggs, no
ella.
Todos se rieron a carcajadas y el escocés los fulminó con
la mirada antes de desaparecer.
Cuando Dougal entró en el camarote los encontró a los
dos con la nariz metida en un montón de papeles. Miró a su
alrededor y comprobó que todo parecía estar en su sitio y
ellos no parecían heridos.
—¿Tom ya se lo ha contado a todos? —preguntó Saggs sin
mirarlo y con voz cansada—. Podrías haber enviado a
vigilarnos a alguien menos bocazas.
—¿Es cierto que habéis peleado?
Harriet levantó la mirada y posó sus ojos en él.
—Solo era un juego, nada más. El señor Saggs no se ha
empleado a fondo porque creía que podía hacerme daño.
—Craso error —dijo el otro.
Dougal frunció el ceño sin dar crédito.
—¿Y si la hubieses herido? ¿Qué crees que habría hecho
Bluejacket? ¿Felicitarte? Eres imbécil, Saggs.
El contable lo miró al fin.
—Lo sé.
El escocés negó con la cabeza.
—Será mejor que vuelva a su camarote —ordenó.
Harriet soltó el aire con un suspiro y se encogió de
hombros mirando a Saggs.
—Ha sido divertido —dijo levantándose.
El otro no respondió y siguió con sus cuentas. Harriet
pasó junto a Dougal para salir.
—Algún día podríamos jugar al ajedrez —la detuvo el
contable.
Harriet lo miró con una sonrisa aliviada.
—Me encantaría.
Era media tarde y Harriet leía en el coy disfrutando del
suave balanceo. Se había acostumbrado tanto a él que creía
que le iba a resultar difícil volver a dormir en una cama.
Alguien golpeó a la puerta del camarote con fuerza.
—¡Adelante! —ordenó el capitán sin levantar la vista de
los documentos que revisaba.
—Capitán, hemos avistado un barco —dijo Stuart—. El
señor McEntrie dice que es francés.
Harriet lo vio ponerse su máscara de capitán tan rápido
que se preguntó si sería alguna clase de magia. Caminó a
grandes zancadas hacia la puerta y salió del camarote sin
decir nada. Ella se encogió de hombros, no le había dado
ninguna indicación así que no incumplía ninguna norma si lo
seguía. Saltó del coy y corrió tras él. Una vez en la cubierta
se sorprendió al ver la enorme calma y silencio que había.
Los hombres habían dejado sus trabajos y miraban
atentamente hacia el horizonte. Se quedó lo bastante
rezagada como para no llamar la atención del capitán y su
segundo. Algo le decía que la mandarían abajo si la veían.
—¡A sus puestos! —ordenó Bluejacket.
Durante los minutos que siguieron a esa orden se
sucedieron otras que los marineros acataban sin protestar y
en un sorprendente silencio. Las voces de Bluejacket,
Dougal, Farrow y Barrit eran las únicas que se escucharon
mientras el barco seguía avanzando imparable hacia el
barco francés. Harriet estaba extrañamente serena, era
como si el profundo terror que en verdad sentía se hubiese
quedado congelado en el centro de su pecho. Se llevó la
mano hacia él buscando la tensa cuerda de su arco y se
sobresaltó al ver que no lo había cogido, al igual que el jō.
Corrió hacia el camarote como si la persiguiese el mismo
diablo. Cuando estuvo dentro cerró la puerta y apoyó la
espalda en ella respirando con dificultad. Durante unos
segundos no pudo moverse. ¿Iban a luchar? Sería una
batalla real con heridos y muertos… ¿Por qué no huían? Le
habían dicho que no abordarían ningún barco…
—¿En serio? ¿Ahora soy una cobarde? —Se apartó de la
puerta para ir hasta el rincón en el que había dejado sus
armas—. Son franceses, no hace falta más.
Mientras se las colocaba con irritación se regañaba
mentalmente. Siempre había querido demostrar la clase de
persona que era, valiente y fuerte, y ahora que llegaba el
momento sentía el deseo de quedarse allí, lejos del peligro.
—¿Te meterías debajo de la cama, estúpida? —se
preguntó mirando hacia el mueble—. No hay ningún lugar
seguro, si los franceses nos abordan nos matarán a todos.
Respiró hondo y trató de calmar los latidos de su corazón.
Estiró las manos y las sacudió varias veces. Recordó las
enseñanzas de Alexander y concentró su atención en un
punto de su nuca. «Solo tienes que relajar esa parte, nada
más. Cuando consigas eso el resto vendrá por sí solo».
Cuando salió de nuevo a la cubierta la distancia se había
acortado tanto que podía ver a los tripulantes del otro barco
con claridad. Las negras bocas de los cañones franceses los
miraban amenazadoras. Harriet respiraba a un ritmo
acompasado mientras los hombres mantenían una tensa
calma.
—¡Destrincar y nivelar los cañones! —gritó Bluejacket.
—¡Fuera tapabocas! —se oyó a Farrow.
Harriet no podía dejar de mirar aquellos agujeros negros
esperando que lanzasen su carga. No podía moverse, tan
solo esperar a que uno de los dos barcos iniciase la
contienda. Y entonces oyó un silbido sobre su cabeza y a
continuación un tremendo estallido que hizo saltar astillas y
metralla por los aires. Los gritos de dolor de los heridos le
retorcieron las tripas y movió su cabeza lentamente
consciente del terror que iba a contemplar. Todo su cuerpo
temblaba, aunque sus pies parecían estar clavados al suelo.
—¡Un cañón de veinte! —gritó Dougal.
—De dieciocho —ajustó el capitán sin inmutarse—.
¡Preparados para disparar en cadena!
Otra bala de cañón francesa siguió a la primera y derribó
a uno de los hombres llevándoselo por delante ante la
horrorizada mirada de Harriet. La metralla hirió a varios
marineros más que cayeron al suelo gritando y sangrando
en mitad del humo.
—¡Disparen a los palos! —gritó Bluejacket—. ¡Fuego!
El enorme estruendo la sacudió de nuevo desde dentro y
la voz de Bluejacket la hizo reaccionar. Aquello era una
batalla real y no se parecía en nada a lo que había
imaginado mientras vivía en su mundo de fantasía. No podía
quedarse allí en medio, debía encontrar un lugar desde el
que poder disparar su arco. Había cogido todas sus flechas y
la distancia con el barco francés era tan escasa que le
permitiría acertar sin dificultad a unos cuantos objetivos. Se
situó en el costado de babor y buscó entre ellos a su
primera víctima. Le temblaban las manos, nunca había
disparado a un ser humano y aquel lo era por muy francés
que hubiese nacido. Un gran pedazo de madera cayó cerca
de ella y acabó con la poca concentración que había
logrado.
—Puedo hacerlo —musitó—, puedo hacerlo.
Colocó la flecha y se concentró en la respiración. Inspirar,
espirar, inspirar, espirar. La flecha salió disparada y surcó el
espacio entre las dos fragatas yendo a clavarse en el suelo.
Harriet maldijo cuando el marinero al que iba destinada se
giró a mirarla sorprendido. Ver su rostro le erizó el vello de
la nuca. Había estado a punto de matar a… El joven levantó
su fusil y apuntó hacia ella sin dudar. Harriet frunció el ceño,
se lanzó hacia el lado y rodó sin detenerse esquivando el
proyectil y chocando con uno de los marineros del Olimpia.
—¡Señorita Harriet! —exclamó Stuart sorprendido—.
¡Salga de aquí! ¡La van a matar!
Ella no respondió y volvió a su posición. Esta vez no dudó,
fue rápida y certera. Tenía a su enemigo localizado y le
disparó sin contemplaciones acertándole de lleno en el
pecho. Sintió una extraña congoja al verlo caer, pero la
guardó en un rincón de su cerebro para más tarde, para
cuando su vida no estuviese en peligro.
—¡Virar el timón medio grado a estribor! —gritaba
Bluejacket ajeno a su proeza.
En ese momento se escuchó el silbido de otra bala de
cañón y Harriet tuvo el tiempo justo de lanzarse a su
derecha antes de que la metralla cayera sobre ella. Los
cañones del Olimpia respondían sin cesar y el humo la hizo
toser. Cuando se despejó lo bastante para que pudiese ver
el lugar en el que estaban los heridos lanzó un grito de
horror ante el dantesco espectáculo. Había una pierna
separada de su dueño y Stuart gritaba desquiciado tratando
de alcanzarla.
—¡No! —sollozó ella tratando de incorporarse para llegar
hasta él—. Tranquilo, te sacaré de aquí.
Lo arrastró empleando toda su fuerza, pero la sangre del
marinero iba dejando un reguero espantoso por toda la
cubierta. Moriría desangrado si no hacía algo, así que se
detuvo, rompió parte de su camisa con los dientes y la ató
al muñón haciendo un torniquete. Después volvió a cogerlo
de debajo de las axilas y tiró de él con fuerza.
—Déjeme a mí —ordenó Marcel—. Usted no debería estar
aquí, señorita, la van a matar.
El cocinero la sustituyó y se llevó al herido hacia las
escaleras. Harriet miró a su alrededor, más heridos y la
batalla sin tregua. Sacó otra flecha y caminó hacia la borda
con paso firme. Esta vez no se encogió ni dudo en ningún
momento, la colocó y apuntó con respiración pausada
dirigiéndola hacia el timonel francés. Le acertó en el hombro
y lo obligó a soltarlo.
—Van a abordarnos, señorita, debería bajar a esconderse
en la bodega —dijo Tom a su lado.
—Todavía me quedan flechas —dijo ella y cargó de nuevo
el arco.
Dejó de escuchar las órdenes que el capitán daba a sus
hombres, tampoco oyó los gritos de dolor ni las maldiciones
de los tripulantes de ambos barcos. Tan solo su propia
respiración y el corazón latiendo acompasado. Una tras otra
lanzó todas las flechas que portaba en su carcaj hasta
dejarlo vacío.
Los costados de los barcos se tocaron y hombres de uno y
otro lado saltaron a la cubierta enemiga con decisión
aplastante. Algunos cayeron al agua en el intento, pero la
mayoría lograron su cometido. Harriet tomó el jō cuando un
francés saltó delante de ella mirándola incrédulo con el
sable en la mano.
—¿Una mujer?
—Así es —respondió ella con exquisita pronunciación,
antes de atacarlo con enorme energía y sin un ápice de
temor.
Bluejacket fue de los primeros en abordar la fragata
francesa y se le heló la sangre en las venas al verla
luchando con su bastón frente a un soldado que enarbolaba
una afilada espada. A punto estuvo de costarle la vida el
sobresalto cuando el sable del francés le atravesó el
costado izquierdo a solo unos milímetros de una sentencia
de muerte. Tras derrotarlo se subió a la borda y saltó de
nuevo para caer sobre la cubierta del Olimpia y librarla de
su segundo atacante.
—¡Podía sola! —exclamó orgullosa y al ver la mancha de
sangre que se extendía por su chaqueta le gritó—: ¡Está
herido!
El pirata la agarró de la cintura sin responder ni hacer
caso a sus intentos por resistirse la llevó hasta su camarote.
—¿Se ha vuelto loca? —dijo soltándola en el suelo.
Sus ojos mostraban una furia animal.
—¡Déjeme ayudar! —gritó enfadada.
—De gracias de que no tengo tiempo para esto porque
ahora mismo sería capaz de darle una paliza. —Se giró para
salir de allí y Harriet escuchó cómo cerraba la puerta con
llave desde fuera.
—¡Está herido! —musitó angustiada.
Estaba temblando, pero no era de miedo sino por la
tensión del momento que acababa de vivir. Se dejó caer al
suelo y se quitó el carcaj vacío. Había matado a varios
hombres, o al menos los había herido, de eso estaba
segura. No quería que muriese nadie, al menos no por las
heridas que ella infligiese, pero ellos… Recordó entonces el
sonido de la bala pasando junto su cabeza y se dio cuenta
de que podía haber muerto. Qué estúpida forma de acabar
habría sido. Y épica también. ¿Su familia habría conocido su
hazaña? ¿Se hablaría de ella en el futuro? ¿Cómo la
llamarían? ¿Lady pirata? ¿Señorita pirata? ¿No era eso lo
que tanto la había motivado a aprender a luchar? ¡La
batalla! Negó con la cabeza. No imaginaba nada parecido a
lo que había vivido hacía solo un instante. Sangre y muerte
esparcidas por cubierta. Hombres mutilados, muertos, gritos
de dolor que provenían de uno y otro barco sin que en sus
voces se percibirse ninguna diferencia. Se tapó la cara con
las manos al recordar una imagen aterradora.
—¡Dios Santo! ¡Stuart!
Seguía oyendo los gritos y el ruido ensordecedor de la
batalla que se estaba librando en cubierta. Habían saltado a
ambos barcos, ¿cómo iba a poder terminar todo aquello?
¿Quién se consideraría vencedor? ¿Y si los franceses
ganaban? ¿Qué pasaría con los tripulantes del Olimpia?
¿Qué se hacía en esos casos? Miró a su alrededor
consciente de que allí tampoco estaba segura. Se puso de
pie de golpe y corrió hacia la ventana para abrirla. Sacó el
cuerpo sujetándose bien a los listones de madera, pero no
alcanzaba a ver nada desde allí. Volvió adentro y se puso las
manos en la cintura con una tremenda sensación de
impotencia. La habían encerrado, la ventana no era una
salida y no había nada que ella pudiera hacer. Golpeó el
suelo con un pie al tiempo que gruñía con rabia. Se tiró
boca abajo sobre la cama tapándose los oídos para no
escuchar los gritos agónicos de aquellos hombres. La batalla
no era para nada como ella la había imaginado.
Capítulo 13
—¡Apártese!
Harriet saltó de la cama ante la urgencia de aquellos
hombres que cargaban con el cuerpo del capitán.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó al ver que estaba
inconsciente.
—Que venga Marcel —ordenó Dougal.
—Está atendiendo a los heridos —respondió Farrow.
El escocés rompió la camisa de Bluejacket para ver el
alcance de las heridas. Una puñalada en el costado, cortes
en los brazos y una fea herida en su cuello.
—Hay que coserlo —dijo Dougal con voz atronadora—.
Traed lo necesario y, si Marcel no puede venir, que envíe a
alguien que sepa ha…
—Yo sé hacerlo.
Harriet se abrió paso entre aquellos enormes hombres y
llegó hasta Bluejacket. Al verlo sobre la cama en aquel
estado y con el cuerpo lleno de heridas sangrantes sus
manos temblaron.
—Necesitaré agua caliente, paños, hilo y aguja —dijo
retorciéndolas para que no se percataran de su nerviosismo
—. ¡Vamos!
—¿No la habéis oído? —El escocés miraba a un joven
marinero con expresión amenazadora que obedeció
inmediatamente—. ¿De verdad sabe hacerlo?
Harriet asintió mientras recordaba a Alexander
asegurando que su limitado conocimiento del arte de la
costura sería de mucha utilidad en una batalla.
—¿Qué pasa con el médico? —preguntó con voz tensa.
—Está muerto. —Farrow acababa de entrar en el
camarote.
—Encárguese de él. Esto no ha acabado aún.
El escocés la miró un instante antes de salir del camarote
y Harriet habría jurado que había admiración en aquella
mirada. Los demás lo siguieron dejándolos solos. Se inclinó
sobre el capitán que respiraba muy lentamente y puso una
mano en su pecho para sentir el corazón. Al no percibir
movimiento alguno colocó la oreja sobre su esternón y
respiró aliviada. Cuando levantó la cabeza se encontró con
unos ojos burlones que la observaban.
—Se ha despertado —dijo aliviada.
El capitán trató de incorporarse y su rostro se contrajo de
dolor.
—No se mueva. —Harriet puso las dos manos en su
pecho, con cuidado de no tocar ninguna de las sangrantes
heridas y lo empujó con suavidad—. Tengo que coserlo
primero.
—¿Usted va a coserme? —Su expresión se endureció—.
¿Qué le ha pasado al doctor Adams?
—Está muerto.
—¡Mierda! Tengo que volver, los prisioneros…
Harriet se apoyó sobre él mirándolo con determinación.
—Normalmente no podría con usted, pero no creo que
ahora esté en su mejor momento. Probablemente se
desmaye si forcejea conmigo.
El pirata sintió la presión de su cuerpo y la frialdad de su
mirada y se recostó voluntariamente. En ese momento llegó
el muchacho que habían enviado a buscar el material.
—Marcel me ha dicho que tendrá que apañarse con esto,
él necesita el resto para los otros heridos.
Harriet asintió y arrastró una mesita para acercarla a la
cama.
—Déjelo todo aquí —pidió.
—¿Puedo irme? Arriba necesitan a todo el…
—Sí, sí, váyase —dijo Harriet empapando un trapo en
agua.
—¿Capitán?
—Ve, Tom. En cuanto me cosa, subiré. Que no maten a
ningún prisionero.
—No se preocupe por nada, capitán, Dougal se encarga
de todo.
El muchacho salió del camarote y Harriet comenzó a
limpiar las heridas con cuidado. Bluejacket no emitió el más
mínimo sonido hasta que el hilo estuvo ensartado en la
aguja.
—Me vendría bien un trago de ron —dijo torciendo una
sonrisa.
Harriet miró hacia el sitio en el que sabía que guardaba la
botella y asintió. Llenó un vaso y dio un largo trago para
calmar sus nervios, pero solo consiguió un ataque de tos y
escupirlo. Después cogió la botella y la llevó hasta él, pero
en lugar de dársela vertió parte del contenido sobre las
heridas. El pirata no ocultó su disgusto.
—¡Menudo desperdicio!
—Eso ayudará a que no se infecte. —Le dio la botella—.
Ahora ya puede beber.
—¿Usted no se mareará después de ese trago? No creo
que esté muy acostumbrada al ron —dijo antes de beber—.
No quisiera que me cosiera el brazo a la espalda, me
resultaría muy incómodo para sostener el catalejo.
—Si hubiese conseguido tragármelo, quizá. Beba —
ordenó ella, que se sentía más irritada cada minuto que
pasaba.
El pirata obedeció y con dos tragos apuró el contenido de
la botella.
—Coseré primero la del costado, que es la más grave, por
si me quedo sin hilo.
Acercó la aguja a la herida, pero se detuvo a unos pocos
milímetros. Una cosa es aprender a coser una herida
utilizando un trozo de carne de la despensa y otra muy
distinta hacerlo con alguien que iba a sentir el dolor.
—Prometo no llorar —dijo él con sorna.
Harriet respiró hondo varias veces y clavó la aguja con
decisión y firmeza. Bluejacket apretó los labios con fuerza y
trató de no contraer todos los músculos de su cuerpo, pues
sabía por experiencia que eso solo lo haría más difícil y
doloroso.
—¿Quién la enseñó a hacerlo? —preguntó tras el tercer
pinchazo.
—Alexander —respondió ella sin perder la concentración.
—Como no…
Harriet levantó la mirada y lo observó un segundo antes
de volver a posar los ojos sobre su tarea.
—¿Conoce a Alexander?
—Coincidimos alguna vez hace años, pero no creo que él
se acuerde de mí.
—¿Cuánto tiempo hace…? —Lo miró un segundo—.
¿Cuánto lleva siendo… Bluejacket?
El pirata dio un respingo involuntario al clavarle la aguja
en una zona mucho más dolorida.
—Lo siento —dijo sincera, pero no se detuvo y siguió
cosiendo a buen ritmo.
—Cuando tuvo la discusión pública con su padre,
¿usted…?
—¿Le parece que es buen momento para mantener una
amena charla?
Ella lo miró con sorna.
—¿Tiene algo mejor que hacer?
—Tengo que ocuparme de…
—Dougal puede encargarse de todo y usted no va a ir a
ninguna parte mientras no acabe, así que ¿por qué no me
responde y así podré dejar de pensar en que estoy clavando
esta enorme aguja en su carne?
—Vaya, creía que el que tenía problemas con eso era yo
—sonrió burlón y enseguida su expresión cambio a una
mueca de dolor—. Cuando discutí con mi padre ya hacía
tiempo que surcaba los mares en el Olimpia —masculló—.
Mi padre creía que había vuelto a la armada. Estaba
demasiado enfadado conmigo como para interesarse por
mis asuntos, así que no me fue difícil engañarlo. Por
entonces podía regresar a casa de vez en cuando y ser
Joseph Burford durante unas semanas. Pero tras esa terrible
pelea tuve que desaparecer del todo.
Harriet terminó de coser la herida más grave y cortó el
hilo, aprovechándolo al máximo, para pasar a la siguiente.
—¿Por qué? —preguntó sin más.
—¿Por qué? —El capitán frunció el ceño—. ¿Por qué
desaparecí o por qué me hice pirata?
—Lo segundo. Lo primero lo intuyo, llamó demasiado la
atención y comprendió que ya no iba a poder seguir
fingiendo.
—Muy perspicaz.
Tenía su cabello muy cerca y de nuevo sintió aquel
irrefrenable deseo de sentirlo entre los dedos. ¿Cómo podía
oler tan bien dentro de aquel barco? Sin duda debía ser un
aroma íntimo y personal, algo que solo podría oler
teniéndola tan cerca. Y de repente supo que quería tenerla
más cerca aún, mucho más cerca.
Harriet cortó el hilo de la segunda sutura y se dispuso a
coser el brazo. Para ello lo apoyó en su regazo.
—¿Por qué se hizo pirata? —repitió la pregunta al ver que
él parecía haberla olvidado.
—Lo decidí el día que conocí a Dougal. —Apoyó la cabeza
en la pared del cabezal—. Llevaba mucho tiempo actuando
como muro de contención, pero aquella noche en el
campamento decidí acabar con todo.
Harriet lo miró interesada para animarlo a seguir. El
capitán cerró los ojos mientras recordaba en voz alta.
—Solíamos comprarles pieles, pero recibieron la oferta de
otro comprador que estaba dispuesto a pagar un precio más
justo. Mi padre tenía una máxima: si no es para mí, no es
para nadie.
Harriet levantó la vista sorprendida y Bluejacket sonrió
con mirada cínica.
—Por supuesto, no fue para nadie. Quemó la aldea por
completo. En plena noche, mientras todos dormían. Los
hombres trataron de luchar, pero los soldados de mi padre
los acribillaban en cuanto salían de las tiendas.
—¿Tú… estabas allí? —preguntó dejando a un lado la
cortesía.
El pirata abrió los ojos y la miró con tal pesar que la hizo
estremecer.
—No. Llegué al amanecer. Todavía había humo y el aire
olía a carne quemada de un modo atroz —Movió la cabeza
asqueado.
Harriet terminó de coser la última herida, pero no dijo
nada porque quería seguir escuchándolo.
—Has dicho que conociste a Dougal. ¿Estuvo allí?
—Dougal estaba casado con una métis, una mestiza de
padre francés y madre creek. Estaba de pie frente a su
tienda.
Harriet empalideció.
—Después de aquello ya no podía seguir. Siempre
tratando de evitar que se cumplieran las órdenes de mi
padre, con el temor de no llegar a tiempo… —La miró con
ojos somnolientos y Harriet se preguntó si no estaría
delirando—. Me llevé a Dougal a un bar y le hablé del
Olimpia y de mi propósito de convertirme en Bluejacket. Ya
tenía una tripulación y solo me faltaba dar el paso. Le ofrecí
ser mi mano derecha, nos dimos la mano y aquí estamos.
Su cabeza se ladeó y cayó a un lado aletargada.
—No puedo dormirme —musitó—. Esos hombres…
—Yo te despertaré. Descansa —dijo con voz suave.
—Estás loca, Harriet… —siguió susurrando con los ojos
cerrados—. Luchar contra ellos…
El capitán se durmió o perdió el conocimiento. Harriet
mojó la esquina del trapo por donde no estaba manchado
de sangre y le humedeció los labios. Después se quedó
mirándolo un buen rato, cada facción de su rostro fue
dibujada en su cabeza con un pincel invisible. Dejó el trapo
en la mesa y antes de levantarse se inclinó y lo besó.
Apenas rozó su boca, pero una extraña, confusa y
desconocida sensación se extendió por su cuerpo como la
pólvora.
Terminó de limpiar las heridas y se disponía a colocar las
vendas cuando el pirata abrió los ojos regresando de su
inconsciencia.
—Hola —dijo parpadeando lentamente—. ¿Qué hora es?
—Está anocheciendo —dijo ella después de desviar la
vista hacia una de las ventanas.
—He dormido todo el día… —hizo ademán de
incorporarse, pero ella se lo impidió—. Tengo que…
—Has dormido dos días —sonrió burlona—, y te aseguro
que te devolveré a ese estado si me obligas.
—¿Dos días? —Abriendo los ojos sorprendido—. ¡Dos días!
—Los franceses se han ido y todo el mundo sabe lo que
tiene que hacer. No te necesitan.
El pirata se movió hasta quedar medio sentado y la miró
con fijeza.
—¿Se han ido? Los prisioneros…
—Dougal llegó a un acuerdo con el capitán y los dejó
marchar. No hay prisioneros.
—¿Qué acuerdo?
—Él te lo explicará.
—¿Desde cuándo nos tuteamos?
—Te he cosido las heridas, creo que podemos dejar los
convencionalismos a un lado.
—¿Has estado pegada a mi cama todo el tiempo?
—Más o menos —afirmó estirando las sábanas que él
había descolocado al moverse—. Dougal nos encerró con
llave después de que me escapara.
El capitán sonrió divertido.
—No pretendía abandonarte —aclaró—, tan solo quería
ayudar a Marcel con los otros heridos.
—¿Cuántas bajas?
—Doce muertos y seis heridos graves. Son pocos si
tenemos en cuenta la batalla campal que se desarrolló en
cubierta.
—Venían a por mí —dijo pensativo, mientras repasaba
uno a uno los movimientos del barco francés—. No estaban
allí por casualidad, sabían de quién era este barco.
Harriet negó.
—El capitán aseguró que no.
—Si mi instinto no me falla, Ben Chantler no anda lejos.
Una ligera chispa prendió en los ojos de Harriet y aunque
desvió la mirada, no fue lo bastante rápida.
—¿Te alegras? —Su voz sonó alarmada para su disgusto y
rápidamente cambió de actitud—. Por supuesto que te
alegras. Tu príncipe azul viene a rescatarte.
—No es mi príncipe azul, apenas nos conocemos.
—Y aun así pensabas subirte a su barco para seducirlo.
Harriet se lavó las manos en la jofaina y las secó con
delicadeza.
—Quería vivir una aventura. Soñaba con ello desde que
era una niña y se me acababa el tiempo.
—Desde luego, ya veo las canas en tus sienes.
Ella le hizo una mueca burlona mientras recogía los
trapos que había usado para lavarlo y las vendas sucias.
Hizo un hatillo para que fuese más fácil llevárselo de allí y
así ganar tiempo para pensar antes de hablar.
—¿Qué crees que hará el capitán Chantler si te
encuentra? —preguntó Harriet al fin.
El pirata gimió ante una sacudida del barco.
—Estaría mejor en el coy —dijo con los dientes apretados.
—No podía subirte a él, pesas demasiado —se burló
Harriet.
El pirata se libró de las cobijas y bajó los pies al suelo.
Esperó un momento a que los pinchazos en su cabeza se
calmasen y la habitación dejase de dar vueltas. Cuando
Harriet vio que se ponía de pie tambaleante se apresuró a
sujetarlo de la cintura. Él se agarró a ella pasando un brazo
por sus hombros y juntos caminaron hasta el coy. Bluejacket
lo sujetó con las manos para sentarse primero y después se
dejó caer en él con los dientes apretados. Harriet vio su
rostro contraído de dolor y una vez estuvo en posición
recostada revisó las heridas para asegurarse de que no
volvían a sangrar.
—¿Mejor? —preguntó.
—Estupendamente —dijo entre dientes—. ¿Has dormido
algo desde el ataque?
Harriet asintió.
—¿En esa silla?
—No. La primera noche lo intenté, pero era incomodísima,
así que me tumbé a tu lado. No me atrevía a alejarme por si
dejabas de respirar. —Se encogió de hombros—. Ahora sí
podemos decir que mi reputación ha pasado
definitivamente a mejor vida.
—Yo estaba inconsciente, diría que en estas
circunstancias no cuenta. —Su mirada se volvió cálida.
—¿Dirás eso antes de que te ahorquen? —preguntó
burlona.
—Te doy mi palabra.
—Y ahora, contesta a mi pregunta.
—¿Cuál de ellas? Haces tantas…
—¿Qué pasará si Chantler nos encuentra?
—Ya sabes qué pasará. Lo has visto.
Harriet lo miró con sobresalto y después de unos
segundos arrastró una silla y se sentó a su lado.
—No puedes luchar contra él —sentenció—, está
cumpliendo con su deber.
El pirata no ocultó su decepción, pero sostuvo su mirada.
—Y yo cumpliré con el mío.
—¿Y cuál es tu deber? Aparte de robar a tu padre, quiero
decir.
—Proteger a mi tripulación.
—Entonces deberías entregarte.
El pirata abrió la boca y volvió a cerrarla por no encontrar
las palabras que responderían con el adecuado desprecio.
—Eres el hijo de Jacob Burford, ningún juez te condenará
por haberte robado a ti mismo.
—Si mi padre me deshereda esa premisa ya no se
cumpliría.
—Tu padre no va a desheredarte. Eres su hijo, tendrá
que…
—Tú no conoces a mi padre —la cortó—. No todos los
hombres son como el barón de Harmouth.
—Eso es cierto, pero por muy horrible que sea no
desheredaría a su primogénito. Eso lo pondría en evidencia.
—Levantó una ceja con arrogancia—. Querrá castigarte, eso
seguro, no solo por ser su azote en los mares durante los
últimos años, ya lo habías afrentado en público dejándolo en
evidencia delante de todo Londres.
—Por cierto, ¿tú cómo sabías eso?
—Me lo contó Edward.
—Bocazas.
Harriet sonrió.
—Le caes bien. De hecho, desprecia muchísimo a tu
padre y creo que es gracias a ti.
—Todo el que hace negocios con mi padre y tiene un
mínimo de decencia, lo desprecia. Me sorprendió que él
quisiera hacerlos.
—Fue su padre, él se opuso desde el principio.
—Lo sé.
—¿Te entregarás? Yo hablaré a tu favor, diré que me
salvaste.
—¿Que te salvé? —Frunció el ceño incrédulo—.
¿Obligándote a subir a mi barco después de golpear esa
preciosa cabecita tuya contra unas cajas dejándote
inconsciente?
Harriet sonrió abiertamente.
—¿De qué te ríes?
—Has dicho que soy preciosa.
El pirata frunció el ceño un poco más y negó con la
cabeza provocándose una oleada de nuevos pinchazos.
—Yo no he dicho…
—Oh, sí, lo has dicho y no puedes desdecirte ahora. Lo
siento. —Se encogió de hombros y él no pudo evitar sonreír.
—No te pasará nada y podrás recuperar tu vida —siguió
ella—. Cuando regreses y tu padre sepa hasta qué punto te
afectaron sus actos, cambiará de actitud.
—No voy a entregarme, Harriet.
Ella apretó los labios y le sostuvo la mirada durante unos
tensos segundos.
—Uno de los dos podría morir —afirmó con dureza.
—Intentaré no ser yo.
—Es un capitán de la armada actuando bajo las órdenes
del almirantazgo.
—Que acata las de mi padre.
—Eso no evita…
—Tu capitán puede no acercarse a mí, es su decisión. Si lo
hace lo enfrentaré y que el destino decida.
—¡No! —El grito emergió desde su estómago y se puso de
pie con tanta fuerza que derribó la silla—. No lo permitiré.
—¿Que no lo permitirás? —Se burló—. ¿Y cómo piensas
impedirlo?
—No lo sé, algo se me ocurrirá.
Bluejacket cerró los ojos un momento para calmar el
revoltijo que tenía en el estómago. Aquella discusión lo
estaba agotando y Harriet se dio cuenta, pero no podía
dejarlo así.
—¿Cuál es tu plan? ¿Seguir siendo un pirata toda tu vida?
¿Hasta que tu padre muera?
—Mi padre no morirá nunca —dijo sin abrir los ojos—. Ha
hecho un pacto con el diablo, estoy seguro.
Harriet vio el brillo del sudor en su frente y se acercó a
tocarlo.
—Te ha vuelto a subir la fiebre —dijo arisca y se dispuso a
mojar un paño para bajársela—. Vamos a dejar el tema
hasta que mejores.
El capitán la miró mientras colocaba el trapo en su frente.
—Mi padre ya me habrá desheredado, Harriet, no tengo
ningún lugar al que volver. Y tampoco podría. Sé que no lo
entiendes y, en el fondo, me alegro de ello, porque eso me
demuestra que estás muy lejos de esa clase de maldad. No
hay ningún modo de que yo pueda perdonarlo y jamás
volveré a su lado. Si el capitán Chantler nos encuentra,
atacará este barco y te juro que lucharé hasta mi último
aliento para proteger a mi tripulación. —Hizo una pausa sin
apartar la mirada—. Y a ti. Te recuerdo que estás en este
barco.
Ella lo miró con una frialdad que el capitán no había visto
antes.
—Si de verdad quisieras protegernos te entregarías.
Chantler solo te quiere a ti.
Bluejacket agarró su muñeca y la apretó tenso.
—¿Tanto me odias que quieres verme colgado del cuello
hasta morir? Porque eso es lo que me espera si me entrego.
Ella no modificó su expresión y más tarde se preguntaría
cómo había sido capaz de ocultar la vorágine de emociones
que esa terrible imagen le causó.
—Tú elegiste este camino, solo tú eres el responsable de
lo que te pase.
Él le soltó la mano con brusquedad.
—Déjame en paz —espetó entre dientes.
Harriet lo vio cerrar los ojos y girar la cabeza, con un
enorme peso en el corazón. Pero no podía decirle lo que
sentía porque eso debilitaría su discurso. Lo que había dicho
era cierto, él era el responsable de sus actos. Había sido
testigo de lo que un enfrentamiento de tal calibre podía
provocar. ¡Doce muertos! Y Stuart no volvería a caminar
sobre sus dos piernas. Ben Chantler podría acabar mutilado
o muerto y no lo merecía porque él sí estaba en el lado
correcto. Con los honrados y leales, no con los traidores y
ladrones. Apretó los labios para contener las lágrimas y se
dio la vuelta con brusquedad. No quería que la viese llorar,
no merecía sus lágrimas. Apoyó las manos en la mesa y
dejó caer la cabeza sin fuerzas. ¿A quién estaba tratando de
engañar?
Joseph movió la cabeza hacia ella y abrió una rendija en
sus ojos antes de abrirlos del todo. Trajinaba en el cuarto
recogiendo aquí y allá y su expresión era de una profunda
tristeza. La herida del costado lo sacudió como si el sable
volviese a atravesarlo y contuvo un gemido para no llamar
su atención. No quería que lo mirase con aquellos ojos.
¿Podía culparla? Era un pirata, un hombre fuera de la ley y
la decencia. Los motivos no importaban en su mundo, ya no
tenía cabida en él. En un momento de debilidad causado por
las heridas y el cansancio deseó que fuese posible. No
haber dejado la armada y ser un capitán como Chantler. Se
imaginó a Harriet en mitad de un salón de baile, después de
su debut. ¿Habría llamado su atención? ¡Oh, desde luego
que sí! Como una llama refulgente e irresistible lo habría
atraído hasta ella y se habría quemado sin remedio. ¿Qué
era lo que la hacía ser tan especial? Era hermosa, pero
había conocido a muchas mujeres hermosas. No era algo
físico, aunque su físico lo encendiese como una antorcha.
Era otra cosa. Algo la convertía en un ser único y aterrador,
alguien con un poder sobrenatural que lo dominaba. Había
sido capaz de entrar en su corazón y nadie lo había
conseguido antes. Hablaba directamente con su alma,
expresando con cada respiración su sincera ingenuidad y su
fortaleza de espíritu.
Harriet se encontró con aquella mirada y sintió que una
mano le estrujaba el corazón y se lo arrancaba de cuajo.
—No quiero que mueras —musitó sin moverse. Negó con
la cabeza mientras las lágrimas se deslizaban por sus
mejillas—. No mueras, por favor.
El pirata se giró apretando los dientes para no gemir de
dolor y cerró los ojos tratando de borrar aquella imagen
desolada y vulnerable. Se alegró de estar herido, de que su
cuerpo apenas pudiera sentir más que dolor. Se alegró
porque de no ser así su espíritu habría perdido la batalla
derribando todas las barreras que él mismo había levantado
piedra a piedra. Ella debía estar a salvo. Y, para ello, debía
protegerla de sí mismo.
Capítulo 14
Cuando Harriet entró en el camarote Bluejacket se había
levantado y estaba de espaldas a la puerta, sin camisa,
tratando de lavarse en una palangana con evidente
esfuerzo por su parte.
—Veo que estás dispuesto a salir del camarote —dijo con
un tono que evidenciaba su desacuerdo.
—Así que es cierto que nos tuteamos. No estaba seguro
—mintió—. Estos cuatro días que según Lewis han pasado
desde el ataque, están cubiertos de una espesa bruma.
—Perdiste mucha sangre, deberías descansar un poco
más. Al menos todo el día de hoy. —Se acercó,
agradeciendo el olor a jabón que desprendía.
—¿Te apetece comer un poco?
—Solo café, gracias.
Cuando regresó lo encontró ya vestido y sentado frente a
la mesa, esperándola.
—El café está muy caliente —advirtió colocando la
bandeja frente a él.
El capitán dio un sorbo y cerró los ojos agradecido, el
amargo líquido nunca le había sabido tan bueno.
—¿Cuántas bajas hemos tenido?
Harriet se dijo que realmente no recordaba lo ocurrido
desde la batalla, pues esa pregunta ya se la había
respondido.
—Doce muertos y seis heridos, entre los que se
encuentran Stuart, que ha perdido la pierna, y Rob, una
mano. Los demás tienen heridas relativamente graves, pero
se curarán. Un milagro dada la violencia empleada.
—¿Tom está bien? —preguntó él con expresión fría.
Harriet sonrió con ternura por su preocupación.
—Está bien —afirmó—. Ahora además de contar la paliza
que le di a Saggs también habla de mi actuación con los
franceses.
El oscuro líquido salió disparado de la boca del capitán
como si se hubiese abierto un boquete en la sentina.
—¿Le diste una paliza a Saggs? —preguntó cuando se
hubo recuperado del susto.
—No fue nada —se apresuró a decir—. Quería saber cómo
se utilizaba el jō y me pareció más sencillo mostrárselo…
directamente. Le dije que usara su espada, pero no quiso
por miedo a hacerme daño.
Los ojos del capitán iban a salirse de sus órbitas en
cualquier momento.
—¡Eres más estúpida de lo que imaginaba! —gritó furioso
y dejó la taza sobre la mesa con tal ímpetu que lanzó el
líquido en todas direcciones.
Harriet empalideció al ver que se levantaba e iba hacia
ella con aquella mirada encendida. Se apresuró a alejarse y
no paró hasta chocar con una pared.
—¿La espada? ¡Si llega a hacerte daño lo mato!
—Tú no lo entiendes, yo…
—¡Me vas a volver loco, Harriet Wharton! ¿Cómo se te
ocurre…? —Soltó el aire con un bufido potente.
No le salían las palabras que quería decir, eran tantas y
tan apremiantes que se apilaban unas sobre otras
impidiéndose el paso unas a otras. De pronto la imagen de
ella luchando con el francés mientras él estaba en la otra
cubierta lo arrolló; lo que sintió en ese momento, la
desesperación, la angustia y el pánico cayeron sobre él
como una tormenta.
Harriet no pudo moverse cuando la besó. No es que se
hubiese quedado petrificada o hubiese perdido el control de
su cuerpo. Literalmente no pudo moverse porque tenía la
espalda contra la pared y estaba encajonada entre una
cómoda y un saliente. Inmovilizada. Prisionera. Eso le
serviría de excusa si ella fuese de las que no afronta las
cosas de cara. Pero lo cierto era que de haber podido
tampoco se habría apartado. Sus manos subieron hasta
colocarse en el pecho masculino y sintió el tacto de la
chaqueta azul en la yema de los dedos. Y de pronto una
corriente veloz avanzó por su garganta, cruzó su pecho y
estalló en su vientre sin que hubiese tenido tiempo ni de
preguntarse si aquello que acariciaba el interior de su boca
era una lengua. Una que no era la suya.
Las manos del pirata sujetaban su rostro mientras su
boca se movía suave y cautelosa, deleitándose con la curva
de sus labios y penetrándola delicadamente con su lengua.
No se había sorprendido cuando ella entreabrió los labios y
lo dejó entrar. Así era Harriet y él ya lo sabía. Sabía que
debajo de aquella apariencia de niña revoltosa se escondía
una apasionada mujer. Todo en ella era profundo e intenso.
Y, a pesar de saberlo, cuando se atrevió a explorar por sí
misma, el abordaje de su boca sin reservas lo devastó por
completo. Se separó despacio mirando esos ojos que no
escondían nada y lo ocultaban todo. ¿Qué pensaba? ¿Qué
sentía?
—¿Por qué? —preguntó ella en un susurro.
Bluejacket no pudo evitar sonreír y se dijo que solo ella
podría hacer una pregunta como esa.
—¿Por qué? —preguntó apartando un rizo de delante de
su ojo—. ¿Por qué te he besado?
Ella negó con la cabeza sin borrar aquella expresión entre
asombrada y embelesada.
—¿Por qué has dejado de hacerlo?
La sonrisa en el rostro del pirata se ensanchó aún más.
—¿No quieres que pare?
La joven negó repetidamente y se puso de puntillas para
intentar retomar el beso agarrándose a su costado con
fuerza. El capitán dio un paso atrás y la mueca de su rostro
evidenció que el brusco gesto le había hecho daño.
—Espera… —pidió mostrando la palma de su mano
abierta mientras con la otra se apoyaba en el muslo para
recuperar la respiración.
—Lo siento —se lamentó angustiada—. No quería… ¡Qué
torpe soy! ¿Te duele mucho?
Él la miró irguiéndose de nuevo.
—¿Doler? Me estás matando, Harriet —musitó—. Si no
fueras quien eres te tomaría ahora mismo.
Harriet lo miró entornando los ojos.
—¿Quieres copular conmigo? —preguntó sin tapujos.
—Tienes que dejar de hacer eso.
—¿El qué?
—Llamarlo «copular».
—¿No es así como se llama? En el libro que leí lo
llamaban con ese nombre.
El pirata no pudo evitar una carcajada, pero enseguida
empalideció y maldijo entre dientes caminando hacia la silla
para sentarse. Harriet se acercó prudente y se sonrojó
cuando él clavó de nuevo sus ojos en ella.
—Habrá que esperar a que te recuperes —dijo y se
mordió la uña del dedo pulgar con expresión pensativa.
El pirata cerró los ojos un instante para no verla y ella
aprovechó para sentarse en sus piernas y rodearle el cuello
con los brazos.
—No puedes hablar así —dijo tratando de sonar calmado
—. No puedes estar con un hombre que no sea tu marido.
—Pues casémonos.
—¡No!
—¿No quieres casarte conmigo?
—No es eso… Bueno, sí, pero no… ¡Maldita sea, siéntate
en una silla y deja de mirarme de ese modo!
—¿De qué modo? —preguntó ella levantándose.
—Como si tú fueras un gatito y yo te hubiese
abandonado.
Harriet se sentó en una silla y esperó. Todo aquello era
nuevo para ella. Como todo lo sucedido en las últimas
semanas.
—No estoy seguro de que entiendas la situación.
—Veamos —dijo ella pensativa—. Tú eres Joseph Burford,
pero finges ser Bluejacket, un temible pirata que roba para
devolver a sus dueños lo que su padre les ha robado
injustamente. Eres una especie de Robin Hood de los mares,
podríamos decir. —El pirata puso los ojos en blanco, pero
ella no se dejó amilanar—. Me capturaste cuando trataba de
subirme al barco de mi idolatrado capitán Chantler…
—¿Idolatrado?
—No me interrumpas —dijo muy seria—. Me capturaste
junto a tu amigo, el señor malaspulgas y me trajisteis a este
barco para que no te delatase. Llevamos cuatro semanas de
travesía en las que ya hemos sido abordados, he visto morir
a unos cuantos hombres, algunos de los cuales lo han hecho
por mis acciones, he cauterizado heridas, te he cosido las
tuyas y nos hemos besado. ¿Me olvido de algo?
El pirata negó con la cabeza y suspiró.
—Tú me deseas y mi reputación está completamente
acabada, así que me parece bien co… ¿cómo se dice si no
es copular?
—Follar, hacer el amor… Tú di «hacer el amor».
—Bien —lo interrumpió—. Tú quieres hacerme el amor y
yo estoy totalmente de acuerdo. No tengo que proteger mi
honra, puedo hacer lo que quiera, y quiero…
—No puedes —la interrumpió.
—Claro que sí. Soy dueña de mi destino igual que tú lo
eres del tuyo. Ninguno de los dos va a volver a casa, así
que…
—En primer lugar, tú sí vas a volver a casa,
encontraremos el modo de que todo esto no se sepa. Y, en
segundo lugar, para hacer el amor debería haber amor. ¿Lo
hay?
Ella abrió los ojos sorprendida.
—Me enamoré del capitán Chantler la noche que lo
conocí. Y antes fue el capitán Crawford.
—¿El marido de tu hermana?
—Eso fue antes de que se casaran.
—¿Dejaste de amarlo cuando se comprometieron? —
preguntó burlón.
—Un poco antes. Pero está claro que tengo facilidad para
amar, así que eso no será un problema.
—Estoy seguro de que eso no era amor.
Ella frunció el ceño mirándolo con atención.
—Tú no me amas —dijo rotunda—. ¿Es eso? No quieres
«hacer el amor» conmigo porque no me amas. Pero parecía
que sí querías… ¿Amas a la tabernera?
—¡No! —se apresuró a responder—. Un hombre puede
hacerlo sin… amor.
—Entonces… —Harriet cada vez estaba más confusa y su
rostro era una evidencia de ello—. Puedes hacerlo con una
mujer sin amarla, pero no puedes hacerlo conmigo.
—Esas mujeres están acostumbradas, no son como tú.
Ella abrió mucho los ojos.
—Pero ¿cómo voy a acostumbrarme si no lo hago?
¡Tendré que practicar!
—Dios Santo… —susurró él llevándose una mano a la
frente.
—No entiendo nada. —Se puso de pie y comenzó a
pasear de un lado a otro—. ¿No te gusto? Sí te gusto, he
visto cómo me miras. ¡Me has besado!
—Sí me gustas —dijo él calculando cuanto tardaría en
llegar a la puerta y si ella podría alcanzarlo antes.
—¿Entonces?
—Podría dejarte embarazada.
Harriet se paró en seco y lo miró aterrada.
—¿Qué has dicho? ¿Embarazada?
—Sabías que así es como sucede, ¿verdad?
—¿Con una vez?
—Si lo hiciéramos no sería solo una vez, te lo aseguro.
Su expresión asustada debería haberlo dejado satisfecho,
pero por algún motivo lo irritó.
—¡No quiero tener un hijo! —exclamó.
—No va a suceder ahora, tranquila.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy, porque no vamos a hacer nada.
Esta vez Harriet no protestó, ya no le parecía tan
atractiva la idea de copular, hacer el amor o como quisiera
él llamarlo.
—Creía que eso solo ocurría cuando una quería que
ocurriese.
—Sí, claro, se trata de un conjuro, dices las palabras
mágicas y se produce el milagro.
—Dicho así parece una estupidez, perdona que te lo diga.
El pirata la miraba sin dar crédito.
—¿Entonces solo podré hacerlo cuando quiera tener un
bebé? —preguntó decepcionada.
Bluejacket asintió.
—Y solo con tu esposo.
—Y tú no quieres casarte conmigo porque no me amas,
me ha quedado claro. Es lógico, lo entiendo, si es para tener
un hijo mejor amarse, desde luego. Durante el embarazo te
pones horrible y si tu marido no te ama seguro que sale
huyendo para no volver. No sabes lo gordas que estaban
Katherine y Emma, por Dios. Que tampoco me extraña,
llevaban un bebé en su barriga, con brazos, piernas y
cabeza. ¿Sabes lo grande que era la cabeza de Andrew? Una
cosa es que entre esa cosita que tenéis ahí abajo y otra muy
distinta que salga algo tan enorme. No, de ningún modo,
prefiero quedarme con la curiosidad. ¿Qué haría yo con un
hijo? ¿Cómo se vuelve una madre?
Bluejacket la miraba anonadado. ¿De verdad estaba
sucediendo todo aquello o estaba inconsciente y delirando
al borde de la muerte?
—Gracias por aclararme la situación —dijo ella con
sincera gratitud—. Elinor tiene razón, estas cosas deberían
explicárnoslas desde pequeñas para que sepamos bien a lo
que nos enfrentamos. Nada de copular o hacer el amor a
partir de ahora. Nada. Puedo vivir sin eso, estoy segura, he
vivido hasta ahora y tan tranquila. Me centraré en lo de ser
pirata, con eso me vale.
Se estiró la ropa y se arregló el pelo. Después se llevó
una mano al pecho y respiró hondo dejando escapar el aire
con un suspiro.
—Mejor voy a ayudar a Marcel con los heridos —dijo antes
de salir.
Bluejacket quedó mirando la puerta cerrada un buen rato.
Lo había dejado sin habla y con el cerebro hecho fosfatina.
Capítulo 15
Después de aquella incalificable charla el capitán hizo que
sacasen sus cosas del camarote y las llevasen al de Dougal,
cosa que al escocés no le hizo ni pizca de gracia. Insistió en
que moviesen los mamparos para ampliar su espacio, pero
Bluejacket se negó, aduciendo que no daría más trabajo a la
tripulación por sus manías, que todavía tenían cosas que
reparar después del enfrentamiento con el barco francés.
Harriet no protestó, consciente de que de ese modo estaría
más segura, tenerlo tan cerca cada noche era un riesgo que
no estaba dispuesta a asumir. Y es que, a pesar de su
determinación, seguía sintiendo la misma atracción por él y
solía recrear el momento del beso una y otra vez en su
cabeza. De nada le servía repetirse que él no la amaba, que
para él sería una más y, además, estaba lo del embarazo.
Pero, a pesar de todo su corazón seguía acelerándose
cuando lo tenía cerca.
La siguiente semana no tuvieron sobresaltos de ningún
tipo, avistaron un barco con bandera española, pero no se
acercó y pudieron mantener el rumbo sin peligro. No
querían más sorpresas.
—Tómate toda la sopa, Stuart —le advirtió con las manos
en la cintura—. Tienes que recuperarte para poder probar la
muleta que te ha hecho Finley.
El joven bajó la cabeza fijando la mirada en el cuenco que
sostenía. Harriet comprendió su turbación y se sentó a su
lado.
—Sé que es duro, pero la vida es incierta para todos,
nunca sabes lo que te deparará el destino.
—Mi destino es muy negro, señorita Harriet.
—No estás solo. Aquí hay mucha gente que te aprecia.
—Lo sé.
—Tendrás que aprender a hacer las cosas de otra manera,
pero no vas a amilanarte. Vi cómo luchabas, eres un gran
pirata. Seguro que se escribirán historias en tu nombre.
El joven no pudo evitar una sonrisa.
—Me pondré una pata de palo.
—Creo que Finley ya está trabajando en algo de eso. —
Sonrió.
—El doctor Adams murió. Eso es peor.
—Mucho peor.
—Yo lo vi, ¿sabe? Trataba de llevarse a Joe y los alcanzó
una bala de cañón de lleno. Los hizo pedazos.
—Lo sé.
—Somos tan frágiles, señorita. Nos pensamos que somos
fuertes, pero en realidad… Usted fue muy valiente. —Hubo
un murmullo en la enfermería, los otros heridos
corroboraron sus palabras.
—Disparaba una flecha tras otra sin fallar —dijo Alfie, que
se recuperaba de las heridas que le habían infligido con un
sable—. Los franceses disparaban sus cañones, pero ella no
se inmutaba, siguió disparando hasta que se quedó sin
flechas.
—Y luego con ese palo —dijo otro marinero—. Desarmó al
franchute y lo dejó tirado en el suelo. Si no llega a cogerla el
capitán a saber a cuántos más habría derrotado.
—Vosotros también luchasteis con valentía —dijo ella
agradecida por su consideración—. No os amilanasteis y
estuvisteis allí hasta el final.
Los hombres sonrieron orgullosos.
—Debería ser de los nuestros —dijo Stuart—. Se lo
merece tanto como los demás.
—¡Estamos de acuerdo!
—Ojalá Bluejacket pensara lo mismo —dijo ella con pesar.
Marcel la miró con simpatía y la acompañó hasta la
puerta.
—Gracias por venir a ayudarme, no habría podido solo y
los demás están demasiado ocupados con las reparaciones.
—Ya han conseguido tapar todos los agujeros, que era lo
más urgente junto con la reparación de las velas. Ahora
todo será más llevadero.
—El capitán solo quiere protegerla —dijo Marcel—. Sabe
que actuó con gran valentía. Tendría que haberlo visto
hablando con ellos hace un par de días. El susto que se llevó
al verla luchando con su palo mientras el otro la atacaba
con su sable. —Harriet sonrió contagiada por su risa—. Para
la tripulación usted ya es una de los nuestros, no lo dude.
—¿Se puede saber qué te pasa? —le espetó el escocés
harto de sus desplantes—. Es la segunda vez que le gritas a
Barrit sin razón. Y no es que a mí me importe una mierda,
pero me insististe en que debíamos calmar los ánimos no
exacerbarlos.
—Ya ha pasado una semanas desde el ataque —masculló
—. Tampoco vamos a comportarnos como tiernas damiselas.
El tiempo de gracia ha terminado y si tengo que gritarles
pues les grito.
—Sigues preocupado por lo ocurrido, pero no venían a por
ti.
El capitán no apartaba la mirada de Harriet que en ese
momento gesticulaba contando una de sus historias a un
pequeño grupo de marineros.
—Me lo has dicho diez veces —dijo pensativo—. Pero ya
deberías tener claro que sé cuándo mientes.
—Tu padre ha puesto precio a tu cabeza, pero los que te
buscan son ingleses. Y te recuerdo que fuimos nosotros los
que los atacamos, no al revés.
—No esperaban que nos atreviésemos, tenían veinte
cañones más que nosotros. ¿Qué te dijo el capitán cuando lo
dejaste irse de rositas? —Su mirada era severa.
—¿Qué querías que hiciera? ¿Qué los pasara a todos por
la quilla?
Su amigo lo miró con sorna.
—¿Pasarlos por la quilla? ¿Cuándo te has vuelto tan
bárbaro, Dougal?
—No podíamos llevarlos con nosotros a Isla Refugio, así
que las opciones eran: matarlos a todos o dejarlos ir. Supuse
que preferirías la segunda. Les robamos todo lo que tenían
de valor, pero les dejamos comida suficiente para llegar al
puerto más cercano, racionándola, eso sí.
—¿Y no les sacaste información?
—Se dirigían a la Guayana y los suministros que llevaban
encajaban con su versión. Vieron un barco pirata que se
dirigía hacia ellos y optaron por luchar ya que su fragata era
superior a la nuestra. Marcel habló con algunos de los
marineros, ya sabes, haciéndose el tonto, y no descubrió
nada sospechoso. Si te buscaban a ti solo lo sabía el capitán
y se mantuvo impertérrito al respecto.
La mirada de su amigo fue más que elocuente, seguía
pensando lo mismo.
—Si tu padre tuviese trato con los franceses eso lo
convertiría en un traidor.
El capitán asintió con la cabeza. Que su padre cayera tan
bajo no le sorprendería. Después de haber visto lo que era
capaz de hacer, aquello sería tan solo un escalón más en su
descenso a los infiernos.
—Si se descubre que está en tratos con el enemigo no
solo le afectará a él —advirtió—, el futuro de mis
hermanos…
—Debería haberlo matado cuando tuve ocasión —afirmó
el escocés.
Bluejacket lo miró severo.
—¿Me lo echas en cara? A pesar de todo es mi padre.
—Y Nuna era mi esposa.
Los dos hombres sostuvieron sus miradas durante unos
segundos hasta que Bluejacket la desvió consciente de que
su amigo tenía razón. Su padre merecía morir y Nuna, no.
—Algún día espero poder resarcirte en parte por todo lo
que él te quitó. Aunque sé que nada de lo que yo haga
podrá devolvértela.
—Tú no me debes nada. Salvaste a Sokanon y me
aceptaste en tu barco, con eso me diste una razón para
vivir. —Hizo una pausa sin que su perfil se inmutase—. Pero
nunca dejaré de quererlo muerto.
—Lo sé. Pero hay cosas que por mucho que deseemos no
estarán nunca a nuestro alcance.
Dougal giró la cabeza para mirarlo, su amigo tenía los
ojos clavados en Harriet y la expresión que vio en ellos le
puso los pelos de punta.
—Me retiro —dijo Bluejacket.
—No me jodas —masculló el escocés cuando estuvo solo
—. Maldita sea mi sombra.
Dougal tuvo que esperar hasta la noche siguiente para
poder hablar del tema sin que los molestasen. Cuando
terminaron de cenar el escocés sirvió dos copas de ron y
empujó una en dirección a su amigo sin moverse de su sitio.
—¿Te la has follado?
El capitán lo miró con fijeza sin haber tocado su copa.
—¿Qué?
—Si no te la has follado está claro que quieres hacerlo.
¿Por eso estás tan cabreado? ¿Porque no se ha dejado?
—No tengo ni idea de qué estás hablando.
—¡Blue, hostias!
—Te he dicho que no sé de lo que hablas.
El escocés le sostuvo la mirada con firmeza y finalmente
suspiró y se encogió de hombros.
—Haz lo que te dé la gana. Siempre lo haces.
—Si siempre lo hago, ¿para qué te metes en mis asuntos?
—¿Tus asuntos? —Ahora el que estaba enfadado era él—.
¿Esto son tus asuntos? ¿Este es tu barco? ¿Y yo qué soy?
¿Tu empleado?
—Creía que mi amigo.
—Y tu socio, ¿no? Porque yo puse todo lo que tenía en
esta empresa. Y me aparté de los míos para llevarla a cabo.
—¿Me estás echando algo en cara? —lo retó—. Porque si
es así, puedes decirlo sin darle tantas vueltas.
—Me estás calentando —dijo el otro con tono de
advertencia.
Bluejacket le sostuvo la mirada unos segundos, pero
finalmente suspiró con cansancio y cerró los ojos
maldiciendo entre dientes.
—Solo la he besado —confesó al fin—. Pero no puedo
quitármela de la cabeza.
—Es una mujer a bordo. Nunca había habido una mujer a
bordo.
—Me aterra pensar que no es eso.
—Y a mí.
Bluejacket lo miró interrogador.
—He visto como la miras. —El escocés cogió su copa y
apuró el contenido de un trago, después la dejó sobre la
mesa con excesivo cuidado—. La hemos jodido bien. ¿Y
ahora qué hacemos?
—¿Ahora qué hacemos? —El capitán lo miró con una ceja
levantada—. ¿Te piensas que soy un estúpido que alterará
sus planes por una mujer?
—No has dejado de alterar tus planes desde que aquella
gorra salió volando en el muelle.
Bluejacket cogió su copa y bebió sin responder, mientras
Dougal rellenaba la suya.
—No voy a cagarla, puedes estar seguro. Tengo la
impresión de que si me pliego a mis deseos no tendré
escapatoria.
—Yo también lo creo.
Su amigo lo miró sorprendido. ¿Tan evidente era?
—Estas semanas me he esforzado en evitarla todo lo
posible, he tenido más guardias que nadie, parezco el
encargado de la cofa en lugar del capitán. Pero desde el
ataque y, sobre todo, desde el beso…
—Estás jodido, amigo mío.
—Es tan ridículamente sincera y abierta que me desarma
sin esfuerzo, maldita sea. —Golpeó con la copa en la mesa
—. Nunca he conocido a nadie igual. ¡Copular! ¿Quién dice
copular?
El escocés lo miró perplejo.
—¿Copular?
—Así lo llama toooodo el tiempo. Por suerte, desde el
momento que entendió que podía quedarse embarazada…
—Bien visto. Aunque ahí te has pasado un poco, ni que
fuésemos dejando embarazadas allí por donde pasamos.
— A saber cuántos retoños escoceses has dejado tú por
ahí —se burló el capitán.
—No me he acostado con tantas.
—Olvidaba que eres católico.
—Soy escocés.
—¿Y no es lo mismo? —Su amigo levantó la copa—. Por la
castidad, un bien escaso en nuestros días.
El otro entrecerró los ojos hasta que solo quedó una
pequeña rendija amenazadora.
—Se te da muy bien desviar la atención.
—No voy a hacer nada, ya te lo he dicho. Antes me la
corto.
—Pues se te pone dura cada vez que la tienes delante.
Y cuando oigo sus pasos o escucho su voz, aunque no la
vea.
—No soy ningún crío —insistió—. Puedo aguantarme las
ganas.
—¿Y después? ¿Qué pasará cuando lleguemos a la isla?
¿Qué harás con ella?
—No haré nada con ella. ¿Qué quieres decir?
—La vas a tener viviendo en tu casa. Los dos solos…
—Estará Sokanon.
—Sokanon tiene a su familia, no puede quedarse a
vigilaros. Ya sabes cómo funciona esto, no me seas capullo.
Encontrarás el modo de sortear tus propias órdenes. ¿Por
qué no la dejas con Lucy?
Su amigo lo miró perplejo.
—¿Quieres que la convierta en una puta? ¿Te has vuelto
loco?
—No tiene por qué ejercer, podría servir bebidas en la
taberna.
—¿Y que la manoseen esos desgraciados?
—Pues las Paget —insistió Dougal—. Son lo más parecido
a una dama que tenemos en la isla, y tendrá al pastor cerca
por si quiere confesar sus pecados.
—No estaría tranquilo si no puedo vigilarla de cerca.
El escocés torció una sonrisa.
—Está claro lo que va a pasar y si no lo ves es porque
eres imbécil.
El capitán se puso de pie y caminó hasta la ventana para
concentrarse en el brillo de la luna en el agua.
—¿Te ha dicho que no piensa regresar a casa? —siguió
Dougal—. Quiere unirse a tu tripulación. Los hombres la
respetan, y no me extraña después de cómo se comportó
con los franceses. Los tiene a todos de su parte, ya me han
venido unos cuantos a darme su parecer.
—Conmigo no se atreverán.
Dougal se encogió de hombros.
—Su familia no va a poder reconducir esto. Cuando esa
niña regrese a casa todo el mundo la va a señalar con el
dedo. No creo que ninguno de los educados caballeros que
mostraron algún interés en cortejarla se atreva siquiera a
acercarse, una vez se sepa lo sucedido. Sería distinto si
fueran escoceses, pero no lo son, ¿verdad?
Bluejacket la imaginó arrinconada y sola, en boca de
todos… Culpa suya, se dijo enfadado, todo lo que le pase
será por culpa suya.
—Va a ser interesante ver cómo lo resuelves —dijo
Dougal poniéndose de pie—. Muy interesante. Y ahora, será
mejor que te marches, hoy estás de guardia. Yo me voy a
dormir que estoy molido.
Bluejacket fingió ignorarlo mientras se acostaba, y siguió
un buen rato allí de pie frente a la ventana, hasta que la
pausada respiración de Dougal le advirtió de que se había
dormido profundamente. Cómo lo envidiaba. Él se pasaba
las noches dando vueltas y solo se dormía cuando su
cerebro ya no podía más. Sabía que su amigo tenía razón en
burlarse de él. ¿Con cuántas mujeres había estado? No
llevaba la cuenta, pero eran muchas. Jamás había sentido
nada parecido por ninguna de ellas. Excepto… ¿Susan? La
borró rápidamente de sus pensamientos y cogió la chaqueta
azul del respaldo de la silla para ponérsela. Cada vez que
hacía ese gesto sentía el abrazo de Bethany, cálido y leal.
Pensar en su hermana no alivió su tristeza, sabía que era
muy infeliz, pero no podía llevarla con él por más que se lo
pidiese. Una mujer no puede navegar con piratas. A no ser
que esa mujer sea Harriet Wharton. Apretó los labios, tenía
que parar. Estaban a punto de llegar a Isla Refugio, tenía
que encontrar el modo de mantenerla a salvo de él.
—¿Cómo? —se preguntó en un susurro—. ¿Cómo voy a
conseguirlo si lo que más deseo en este mundo es hacerla
mía? ¡Maldita sea!
Negó con la cabeza y dejó escapar el aire en un
impotente suspiro, antes de salir del camarote con un
enfado de mil demonios.
Chantler miraba el documento que tenía entre las manos y
su rostro no dejaba lugar a duda sobre lo mucho que le
desagradaba lo que allí habían escrito.
—¿Lo dejamos subir a bordo, capitán? —preguntó el
segundo oficial.
El capitán asintió de mala gana y esperó a que el
comandante del barco francés estuviese frente a él. James
se mantenía en un segundo plano y su rostro impertérrito
no mostraba la menor expresión, aunque el capitán estaba
seguro de que se sentía tan a disgusto como él.
—Capitán Chantler, me alegra haberlo encontrado al fin.
Soy Maurice Moreau y creo que le disgustará saber mi barco
fue atacado por ese Bluejacket hace una semana.
El acento del capitán le revolvió la tripas, pero Chantler
se mostró impertérrito ocultando esos sentimientos.
—¿Está diciendo que lo tenemos tan cerca?
—¿Podríamos hablar en un lugar más… discreto? —pidió
Moreau mirando incómodo a su alrededor.
Chantler le hizo un gesto para que James los siguiera y
los tres se encaminaron a su camarote ante la atenta
mirada del resto de la tripulación.
—El señor Burford recibió información concreta poco
después de que usted zarpara.
Chantler miraba a su invitado con cara de pocos amigos.
Tener sentado a su mesa a quien consideraba su enemigo
no era plato de gusto para él.
—¿De quién recibió esa información?
—Eso no me lo dijo, tan solo me dio la ruta que debía
seguir para llegar a esta isla —dijo señalando el mapa que
había desplegado sobre la mesa.
Chantler miró la cruz en rojo que marcaba la isla y sus
ojos se empequeñecieron pensativos.
—Debíamos capturar a Bluejacket con vida y llevarlo ante
él. El señor Burford insistió mucho en que no debíamos
causarle ningún daño, pero en cuanto esos piratas nos
avistaron no tuvimos opción de negociar.
Chantler torció una sonrisa y James comprendió que,
como él, no podía evitar sentir cierto orgullo.
—Y les vencieron —dijo Crawford en voz alta.
—Esos hombres luchaban con una energía descomunal,
era como si no tuviesen miedo a morir. —El francés lo
miraba como si hablase con un neófito en la materia.
—Pensarían que la muerte era lo que les esperaba si eran
derrotados, así que no tenían nada entre lo que escoger.
—Y, a pesar de vencerle a usted, lo dejaron escapar con
vida. —Chantler parecía poco inclinado a creerlo.
—El capitán estaba herido así que fue su segundo al
mando el que accedió a hacer un trato.
Chantler frunció el ceño con desconfianza, ¿qué trato
podía hacer él estando derrotado?
—Le contó quién lo enviaba y porqué.
El francés asintió lentamente.
—No tenía sentido morir para ocultarle una información
que acabarían por sacarme igualmente. Ese hombre estaba
dispuesto a torturarme hasta la muerte pasándome por la
quilla. Creía que los ingleses ya no utilizaban ese método
tan espantoso.
El capitán sonrió con maldad.
—Y no lo utilizamos.
—Pues ese Bluejacket, sí. Como comprenderá no me
apetecía mucho morir ahogado, o, peor, desmembrado,
dejando que me arrastraran por debajo del barco. Le dije lo
que quería saber y le entregué mi carga sin resistencia.
Estoy seguro de que usted habría hecho lo mismo.
Por eso os vamos a ganar la guerra, no tenéis ni idea de
lo que nosotros haríamos.
—No creo que pensaran hacer eso en realidad —siguió
Chantler—, tan solo quisieron asustarle y veo que no les
costó mucho conseguirlo.
—¡Capitán! —exclamó el otro visiblemente ofendido.
—Llevo mucho tiempo estudiando a Bluejacket y en todos
los abordajes que ha llevado a cabo jamás ha torturado a un
solo prisionero. Todos los que han tenido la desgracia de
toparse con él afirman haber sido tratados con deferencia y
no haber sufrido violencia una vez eran capturados.
—¿Y cómo estar seguro? Son salvajes. ¡Incluso llevan a
una mujer con ellos!
James perdió la compostura un instante y el capitán
apretó la mano que apoyaba en el reposabrazos.
—¿Una mujer? —preguntó Chantler.
—Una bruja de pelo rojo. Mató a varios de mis hombres
atravesándolos con sus flechas y luego luchó con un palo.
¡Un palo! Ya le digo que son salvajes, señor. ¿Qué mujer
participaría en algo así? Apenas era una niña. Incluso a mí
intentó matarme.
—¿Y…? —Carraspeó—. ¿Esa mujer estuvo presente
durante su conversación con… ese segundo al mando?
—No —negó con la cabeza.
—¿Estaba… viva?
—Yo no vi su cuerpo, así que no puedo decir que esté
muerta, pero si de verdad era una bruja como afirman mis
hombres, no creo que ningún arma humana pueda matarla.
Yo mismo vi como esquivaba una bala tras otra y cómo
evitaba la hoja de la espada de uno de mis hombres con ese
simple palo. ¿Cómo sería eso posible si no es gracias a un
conjuro?
El capitán francés siguió hablando atropelladamente,
ahora en su idioma, al tiempo que se persignaba
repetitivamente buscando la protección de su Dios. James
estaba tan pálido que sus ojos refulgían como dos teas, pero
no abrió la boca consciente de que su silencio era la mejor
protección para Harriet.
—El segundo al mando del que habla —dijo Chantler
interrumpiendo su retahíla—. ¿Escuchó que lo llamasen
Dougal McEntrie?
El francés asintió.
—Sí, así lo llamaban. Le dimos todo, incluso nuestra
comida, pero conseguí esconder el mapa de la isla para
entregárselo. Sabía que usted seguía esta ruta y nos hemos
desviado un poco para poder dárselo. Espero que el señor
Burford sepa recompensar mi buena voluntad.
Chantler volvió a sonreír con malicia, le estaba costando
mucho no decirle en la cara lo que pensaba sobre su
«buena voluntad».
—¿Esto es todo lo que tenía que decirme?
El francés asintió vehementemente.
—También quería pedirle… ya que estamos en el mismo
bando… ¿Sería posible que nos cedan algunas provisiones?
Llevamos racionando la comida desde que nos libramos de
esos piratas y apenas nos queda nada. Debíamos haber
llegado a puerto, pero nos desviamos para poder entregarle
a usted esta información tan vital.
Chantler apretó los labios, su impulso fue negarse, no le
importaría que se murieran de hambre, pero eso sería muy
poco honorable por su parte. Se puso de pie antes de
hablar.
—Diré que les lleven algunas provisiones a su barco, lo
justo para que hagan una comida decente durante los días
que les quedan hasta llegar a puerto. No puedo darles más.
—Será suficiente, capitán. Señor Crawford. —Los saludó a
ambos y salió del camarote con evidente prisa.
Chantler salió tras él y dio las órdenes pertinentes a su
oficial. Cuando regresó James estaba de pie frente a la
ventana observando al barco francés.
—No imaginaba que Burford hubiese caído tan bajo —dijo
sin volverse.
—Ni yo —confirmó Chantler sirviendo dos copas de
brandy sin preguntar. Estaba seguro de que Crawford lo
necesitaba tanto como él.
—Harriet está con ellos —murmuró James.
El capitán Chantler le entregó su copa y se quedó junto a
él frente al ventanal.
—La ha obligado a luchar… —Mordió cada una de las
palabras con verdadera rabia—. ¿Qué clase de monstruo
haría algo así? Ponerla en peligro de ese modo…
James apretó los labios conteniendo la profunda rabia que
sentía. Ese maldito desgraciado que ahora navegaba en un
bote para llegar a su barco, lo había tenido al alcance de su
mano y lo había dejado escapar. Volvió la cabeza para mirar
el mapa que marcaba el sitio exacto en el que se
encontraba esa isla. No estaba lejos, aunque tendrían que
variar un poco el rumbo que llevaban. Esperaba que la
información fuese buena y ese francés no los hiciera perder
el tiempo.
—Se lo que está pensando —dijo el capitán siguiendo su
mirada—. ¿Qué tratos tiene Burford con los franceses?
James asintió.
—Espero que confíe en que yo no tenía ni idea de esto,
me ha sorprendido tanto como a usted.
—Soy consciente de ello, no lo considero un traidor,
capitán.
Los desperfectos en el barco francés aún eran visibles.
Sin apenas comida los hombres se mantenían despiertos a
duras penas y estaba claro que no podían arreglarlo. Esos
piratas les habían dado una buena paliza con veinte
cañones menos.
—Creía que Bluejacket había sido miembro de la armada
—dijo moviendo la copa en su mano—. No sé por qué, pero
estaba convencido. Ahora veo que me equivocaba. Un
súbdito de su majestad jamás se comportaría de un modo
tan deshonroso.
—Quizá por eso justificaría que ya no estuviese en la
armada, ¿no cree?
El otro lo miró con interés.
—¿Usted también lo creía?
James asintió.
—Es un marino experimentado y sabe perfectamente
cómo enfrentarse a sus oponentes porque los conoce.
—Llevo mucho tiempo buscando entre los miembros que
abandonaron y no doy con ninguno que encaje en el perfil
—dijo Chantler.
—Yo no llevo tanto tiempo como usted, está claro, pero
reconozco que hay algo que no me cuadra en todo esto. —
Se alejó para sentarse y dejó la copa sobre la mesa.
El capitán lo siguió.
—La información es muy contradictoria —siguió James—.
Por un lado está lo que dice Burford sobre él y por otro los
testimonios de aquellos que se han enfrentado a él. En los
días que estuve preparando mi partida me entrevisté con
varios de ellos. Incluido el capitán del Legacy.
—Sí, yo también hablé con él.
—Me dijo que Bluejacket no se mostró en ningún
momento, que le habló desde detrás de un mamparo y que
lo trató con cortesía y respeto. Y lo mismo con otros dos
capitanes.
Chantler asintió.
—Pero entonces me encontré con el capitán Bradford y él
me dijo que incluso le estrechó la mano. Trató directamente
con él y no tuvo ningún problema en hacerlo.
—Claramente se esconde de algunos oficiales, no de
todos.
—Exacto. Porque los conoce —sentenció James—. Ahora
lo tengo claro.
—Yo también lo descubrí e hice investigar a cada uno de
ellos, pero no encontré a nadie que cumpliese las premisas
de haber sido miembro de la armada, conocer a todos esos
oficiales y que pudiese ser Bluejacket.
James asintió y una leve sonrisa distorsionó su serio
semblante provocando la sorpresa en el rostro del capitán
Chantler.
—¿Está pensando en…?
—Es el único nombre que cumple todas las condiciones.
—Es una estupidez.
James asintió.
—Y por eso nadie pensaría en él.
—No tiene sentido. —Chantler apuró el contenido de su
copa y la dejó sobre la mesa con mirada reflexiva—. Le di
muchas vueltas, pero no… ¡Es su dinero! ¿Para qué robarlo?
—Está claro que no se lleva bien con su padre.
—¿Y qué importa eso? Yo no me llevo bien con el mío,
pero no le robaría siendo su heredero. Y, a pesar de las
disputas que han tenido, Burford no lo ha desheredado.
—Sé que no tiene sentido —afirmó James.
Chantler negó rotundo.
—Hay algo que no vemos y pensar en Joseph nos
distraerá del verdadero rufián.
—Es posible, pero no puedo sacarme ese nombre de la
cabeza. ¿Usted lo conoce bien? Yo he coincidido con él
alguna vez, pero solo hemos cruzado algunas frases
cordiales.
—Sí, le conozco. Navegamos como suboficiales a las
órdenes del almirante Howe.
—¿Y se le veía resentido con la armada? ¿Cree que no
cumplieron con sus expectativas? Sé que lo dejó cuando
todo el mundo decía que tenía una prometedora carrera.
—Era muy querido y nunca lo vi quejarse. Fue su padre el
que tomó esa decisión, quería que se ocupase de sus
negocios, que siguiese con su legado. Dijo a todos que era
una decisión propia, pero Jacob Burford me contó la verdad
durante una cena.
James frunció el ceño mientras asentaba aquella nueva
información.
—Quizá de ahí venga todo, si su padre truncó su carrera
militar quizá quiera castigarlo.
—Sigue sin tener sentido. Además, si tanto le disgustaba
podría haberse negado. Cualquier cosa sería mejor que
esto. No, Joseph Burford no es Bluejacket, me niego a
creerlo. Y menos ahora que sabemos que tiene a Harriet. Él
jamás actuaría de ese modo.
James miró el mapa sobre la mesa con la cruz en color
rojo sobre la isla.
—Si Moreau tiene razón, lo averiguaremos pronto.
Capítulo 16
Elizabeth mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir.
Harmouth, Inglaterra. Octubre de 1811
Estimado William:
Tengo muchas y preocupantes cosas que contarte.
Harriet desapareció hace más de un mes…
En las siguientes líneas le explicó con detalle lo ocurrido.
Se sintió aliviada al poder hablar de ello sin tener que fingir
sosiego y serenidad. Dejar que sus sentimientos afloraran y
mostrarse exactamente como se sentía. Casi podía verlo allí
mismo, escuchándola atento.
Después de la muerte fulminante del señor Burford, su
hija ha intentado por todos los medios de hacer lo que esté
en su mano para que el capitán Chantler regrese a Londres,
pero su madrastra, que es la que toma las decisiones en
ausencia de Joseph, el primogénito y principal heredero, no
está de acuerdo, así que nada ha cambiado.
Meredith está cada día más triste y me preocupa mucho,
al igual que a todos los demás. Mi hermano no ha dejado
sus pesquisas y viaja a Londres asiduamente para reunirse
con todo aquel que goza de alguna influencia dentro del
almirantazgo, pero no ha conseguido nada. De James
tampoco tenemos noticias desde que hizo escala en
Portugal. Así que, como ves, el paradero de Harriet sigue
sumido en la más oscura penumbra, al igual que nuestro
ánimo.
Recibir tu carta me reconfortó y me ayudó a evadirme
durante unos minutos, por lo que te agradezco mucho que
decidieras escribirla.
Respondiendo a tu pregunta, debes saber que Emma
amenaza con publicar una nueva obra. De hecho ya hace
tiempo que la ha terminado y debo reconocer que es aún
mejor que la anterior, aunque en este caso se ha centrado
en las andanzas de uno de los anteriores condes de Kenford
y ha dejado a los vivos en paz. Aun así, su suegro no está
de acuerdo en que salga a la luz, por lo que parece que, de
momento, no podrás leerla.
Supongo que Edward te escribirá para hablarte de
Robert, si no lo ha hecho ya, pero no puedo dejar de
mencionártelo. Es un niño precioso y adorable y ha llegado
en el momento en el que más necesitados estábamos de
buenas nuevas. Su padre está completamente abrumado
por la paternidad, y su natural inclinación protectora hacia
todo el que ama se ve en este caso tan exacerbada que
incluso Emma ha tenido que llamarle la atención con
severidad. ¡No nos dejaba ni tocarlo! En cuanto al pequeño
Andrew te diré que no deja de crecer y cada nuevo guiño
que hace es una celebración en casa de los Greenwood,
como imaginarás. No me canso nunca de mirarlo, se parece
mucho a Katherine, aunque tiene la dulce sonrisa de su
padre.
De lo que me cuentas sobre la plantación, decirte que te
entiendo muy bien, yo también me habría sentido como tú.
¡Ciento cincuenta esclavos! No sé cómo puedes soportarlo.
Creo que yo les habría dado la libertad inmediatamente y
los habría hecho muy desgraciados, pues, según dices,
consideran esa su casa. Te apoyo en la consideración que
haces de querer darles una educación a esos niños y evitar
así que se pasen el día trabajando. Estoy segura de que eso
cambiará las cosas en el futuro. Así lo espero, al menos.
En cuanto a lo de tus disculpas, no son necesarias.
Acepto esa mano amistosa con una sonrisa y te advierto
que me sentiré muy triste si no cumples tu promesa de
seguir escribiéndome. Espero que en mi respuesta a tu
siguiente carta ya pueda contarte que Harriet ha vuelto
sana y salva a casa. Si no es así, estas Navidades serán las
más tristes para los Wharton.
Mientras te escribo se ha hecho de noche. No me había
dado cuenta de lo imbuida que estaba en lo que escribía y
al levantar la vista para mirar por la ventana, la oscuridad
me ha sorprendido. Estoy en mi cuarto. Ahora tengo una
habitación para mí sola...
Las lágrimas nublaron su visión y la pluma quedó inmóvil
sobre el papel unos segundos dejando una mancha de tinta.
Echo de menos a Emma, a Katherine y Caroline… Pero,
sobre todo, la ausencia que más se nota es la de Harriet.
Ella es la alegría de esta casa, su ánimo siempre optimista,
su entusiasmo por todo, su curiosidad y sus muestras de
afecto espontáneas…
Las gotas cayeron sobre el papel y emborronaron algunas
letras.
—¡Oh, no! —se lamentó tratando de secarlo con un
pañuelo.
Se apoyó en el respaldo para ver el desastre. Las últimas
palabras eran ilegibles y a punto estuvo de romper la carta
y empezar de nuevo, pero después de unos segundos en los
que dejó que sus emociones emergieran libremente, acabó
por optar por continuar y enviarla con aquella muestra
impúdica de sus sentimientos.
Creo que es mejor dejarlo aquí pues temo que mis
lágrimas acaben por estropear el trabajo y que la carta se
convierta en un montón de manchas indefinibles. Quedo a
la espera de noticias tuyas y espero de corazón que
consigas hacer todo lo que te has propuesto.
Tu amiga,
Elizabeth.
Se levantó de su asiento y caminó hasta la ventana. El
jardín estaba oscuro y apenas se distinguían los contornos
de los árboles y las montañas a lo lejos. Se apoyó en el
quicio del marco y recostó la cabeza. Desde que cumpliera
los diez años había vivido en esa casa. Los veranos en
Londres, alguna visita a Bath y a Berksham y poco más.
Miles de millas la separaban de William y no podía ni
imaginar cómo era aquel mundo que él había adoptado
como suyo. Había leído mucho y tenía suficientes
conocimientos sobre aquella tierra, pero su imaginación no
era tan productiva como la de Harriet y por más que lo
intentase seguía viendo a William en mitad de algún salón,
acercándose por el camino a la casa o en una calle de
Londres. Se llevó la mano a los labios y los acarició
suavemente, pero sus dedos presionaron cada vez con más
fuerza arrastrándose sobre la suave y delicada piel cada vez
con más rabia. ¿Por qué tuvo que besarla? Fue cruel. Le
mostró lo que nunca sería suyo. Nadie la había besado
antes y nadie la besaría nunca más. Tendría que
contentarse con aquel recuerdo tan vívido que percibía
incluso el sabor en su lengua mejor que cualquier otro que
hubiese disfrutado. Respiró hondo por la nariz y al exhalar el
aire salió tembloroso como un gemido.
—William… —susurró, convencida de que el amor que
sentía por él la acompañaría hasta el fin de sus días.
Caroline estaba desnuda y de perfil delante del espejo. Se
miraba con una sonrisa pícara mientras acariciaba su
vientre con suavidad. Ya empezaba a notarse, al menos ella
lo notaba. Se colocó de frente y sus femeninas formas le
devolvieron una imagen perfecta. En esa posición no se
percibía nada. Apenas había aumentado un centímetro, pero
para ella era una evidencia clara que unida a los retrasos no
dejaba lugar a duda. Estaba embarazada. Una criatura fruto
del amor se estaba gestando en su vientre. Arrugó la nariz
con un mohín enfurruñado. James debería estar ahí, a su
lado y no a miles de millas de distancia.
—Cuando regreses te mato, Harriet —le dijo al espejo
como si su hermana estuviese allí—. Espero que la aventura
haya merecido la pena, porque si no es así no voy a
perdonarte fácilmente.
Se vistió sin que su rostro borrase aquella expresión
enfadada. Harriet se había pasado. Mucho. Muchísimo. No
creía que James corriese ningún peligro, pero aun así, no le
gustaba que estuviese lejos de ella tanto tiempo. Lo echaba
de menos.
Ya vestida salió de la habitación para bajar a desayunar.
—Buenos días —dijo al entrar en el comedor.
—Siéntate, te sirvo el café —dijo Frances con cariño—.
Hay huevos escalfados, como a ti te gustan.
La madre de James la trataba con tanto cariño como su
propia madre y Caroline la quería mucho. Además de que se
entendían muy bien.
—¿Sabes de qué me he enterado esta mañana? —dijo
Frances con cara de chisme—. Matthew Savage se ha
comprometido con la hija de un banquero. Sus padres están
de lo más decepcionados, siempre creyeron que
emparentarían con la aristocracia gracias a él.
—Lo siento por ella —dijo Caroline sincera—. No sabe
dónde se mete.
Thomas levantó la vista del diario y las miró a ambas
alternativamente. Ellas esperaron un ácido comentario al
respecto, pero eso no sucedió y devolvió su atención a las
noticias.
—Espero que James esté aquí para Navidad —siguió
Frances—. No será lo mismo si él no está, ¿verdad, querida?
Caroline negó con la cabeza. Si tardaba en volver hasta
entonces no sería necesario decirle nada, en cuanto la viese
desnuda lo sabría.
—¿Querrás visitar a tu familia para esas fechas, Caroline?
Podemos pensar en algo para que puedas pasar unos días
con ellos. O, mejor aún, podríamos invitarlos a todos.
—Eso sería fabuloso —dijo ella sonriendo—, pero hay que
esperar a que se solucione lo de Harriet antes de hacer
planes.
—Claro, claro, por supuesto, ¿en qué estaré yo pensando?
No me hagas caso.
—Los luditas están muy agitados —anunció Thomas con
expresión de seria preocupación—. Si siguen con esta
actitud acabará habiendo violencia en las calles.
—¿Qué sucede? —preguntó Frances.
—No están dispuestos a permitir que se implementen
nuevas maquinarias en las fábricas.
—¿Por qué? —preguntó Caroline—. ¿No les facilita el
trabajo?
—Las máquinas hacen el proceso más rápido y productivo
y teme que destruyan puestos de trabajo.
—Pero no se puede detener el progreso —dijo Frances
sorprendida—. El ser humano debe avanzar.
—Por supuesto —afirmó su esposo—. El trabajo que
realizamos hoy en día en la mina es mucho más eficiente
gracias a ello, pero siempre hay víctimas cuando se crean
nuevas formas de hacer las cosas.
—Habrá otros trabajos que puedan hacer los que se vean
afectados, ¿no? Tampoco sería justo que se quedaran sin
trabajo, eso es cierto.
—No soy muy optimista, querida, me temo que vamos a
ver revueltas y enfrentamientos en los próximos meses.
Caroline se tocó el vientre con disimulo y no pudo evitar
pensar en la responsabilidad que suponía traer una nueva
vida al mundo sin saber qué le depararía el futuro.
Capítulo 17
—¿Qué harán esas familia cuando se queden sin trabajo? —
Elinor se movía por la habitación de un lado a otro frente a
la atenta mirada de Colin—. ¿Quién va a contratar a una
mujer para tejer unas medias cuando una máquina puede
hacerlo mucho más rápido que ella?
—Muchos de esos luditas son propietarios de pequeños
talleres. Están manipulando a la gente en su propio
beneficio.
—¡Claro que la están manipulando! Pero eso no significa
que no tengan razón en sus afirmaciones. Ellos no podían
asumir los costes que requiere conseguir esa maquinaria,
solo las grandes fábricas pueden hacerlo y eso los está
obligando a cerrar y buscar trabajo de lo único que saben
hacer. Pero los grandes empresarios ya no necesitan a
tantos trabajadores y no solo no los contratan a ellos sino
que están despidiendo a gente cada día. Familias que se
quedan sin ningún sustento, de la noche a la mañana.
¿Cómo van a quedarse callados? ¿Tú lo harías?
—¿Y cuál crees tú que es la solución? —preguntó a su vez
Colin sin responder—. ¿Hay que deshacerse de esas
máquinas para que el trabajo siga realizándose con los
mismos métodos eternamente? No se habría inventado la
rueda de ser así.
—El progreso no es malo en sí mismo, pero debe
implementarse de manera constructiva, no destructiva.
Siguiendo unos plazos y acomodando a los afectados antes
de imponerlo. Hay que darles una salida. No se puede,
simplemente, apartar a esas personas del mundo porque
«ya no nos sirven». No es justo y no lo aceptarán. Yo no lo
aceptaría.
Le brillaban los ojos y tenía las mejillas encendidas. Colin
sonrió con simpatía, a pesar de no estar de acuerdo con ella
no podía negar que lo hacía dudar con su entusiasmo y
apasionamiento natural.
—Siempre tienes las ideas muy claras, pero te falta
trabajo de campo. ¿Conoces a algún trabajador de esos de
los que hablas con tanta firmeza? ¿Has hablado con algún
ludita? Para ser justa deberías acercarte a ellos y ver cuáles
son sus motivaciones reales.
—¿Crees que mienten? ¿Por qué? ¿Porque le están dando
problemas a tu hermano.
—No solo le dan problemas a él, Elinor, los negocios son
de la familia.
—Ya sabes lo que quiero decir. Tu hermano es uno de esos
empresarios que no está teniendo en cuenta a esos pobres
trabajadores. Sí tú llevaras las riendas, estoy segura de
que…
—Si yo las llevara —la cortó—, la hundiría sin remedio.
Soy un desastre para los negocios, Henry ha intentado
enseñarme una y otra vez sin desfallecer, pero no soy capaz
de aprender.
—No quieres aprender —dijo ella sentándose a su lado.
—No, no quiero —reconoció—. No me importan los
beneficios, soy un desastre. Nos moriríamos de hambre si
no fuese por Henry.
—Y bien que se esfuerza en que lo sepas —musitó ella.
—Echaba de menos esto —dijo su amigo sonriendo—. Tus
arengas y esa vena que se te hincha en el cuello cuando
defiendes a los débiles.
Elinor se llevó la mano al cuello y le sacó la lengua.
—Sabes que odio esa vena, es horrible.
—No es horrible, es tu cuerpo luchando contigo. —La miró
con la fijeza de un artista—. Voy a pintarte, Elinor.
—¿Qué? ¡No!
Su amigo asintió lentamente.
—Voy a pintarte —sentenció.
—Creía que me habías sustituido —dijo ella
emocionándose de pronto.
—¿Sustituirte?
—No querías verme, siempre estabas con ese… Phillip.
¡Ni siquiera me habías dicho que habías vuelto a pintar!
Colin se puso serio.
—Han pasado muchas cosas estos meses, cosas que me
han enseñado más de mí que los años que he vivido.
Necesitaba aislarme un poco de todo para tomar mis
propias decisiones. —La cogió de las manos—. ¿Lo
entiendes, Elinor?
—Cuando recibí tu nota para que viniera me volví loca de
alegría —confesó sincera—. Colin, yo te quiero muchísimo,
no podía soportar que me apartases de tu vida.
—No voy a apartarte nunca, Elinor, no seas tonta. Yo
también te quiero, pero llega un momento en la vida en el
que debes escoger tu camino. Y si no me alejaba un poco de
ti, tú lo decidirías todo. En eso eres igual que Henry.
—Pero de él no te has alejado. Él fue quien me dijo lo que
estabas haciendo y te aseguro que disfrutó muchísimo
clavándome ese puñal.
Colin sonrió con ternura.
—Henry no sabe apenas nada de lo que pasa, te lo
aseguro. De hecho, tú vas a ser la única que lo sepa.
Elinor frunció el ceño desconcertada.
—Phillip y yo… nos amamos.
Las manos de Elinor temblaron entre las suyas.
—¿Te ofende?
—¡No! —respondió ella rápidamente—. Es solo que…
¿Cómo ha pasado? ¿Desde cuándo?
—Hace mucho que nos escribimos, ya lo sabes.
—Sí, pero… no me habías dicho que fuese por…
—No quiero incomodarte —desvió la mirada al tiempo
que le soltaba las manos—. No debería haberte dicho nada.
Elinor se dio cuenta de que su reacción no era la que
esperaba y ahora fue ella la que le cogió las manos a él y se
las sacudió para que la mirase.
—No me incomodas —dijo sincera—, pero no me lo
esperaba. Tienes que entenderme, sabes que no soy una
mujer especialmente sensible con respecto al amor.
Él sonrió abiertamente. Desde luego que lo sabía. Elinor
nunca había estado enamorada y bien que se empeñaba en
ello.
—Vamos —lo animó—, cuéntamelo todo desde el
principio.
—No hay mucho que contar. Nos escribíamos y poco a
poco nos dimos cuenta de que sentíamos algo el uno por el
otro. Cuando se presentó en nuestra casa de Londres…
Elinor, no sé cómo expresarte lo que sentí, fue… una
explosión en mi pecho. Como si… como si el mundo se
detuviese y solo estuviese él. No quise darte de lado, pero
es que solo quería estar con él. A todas horas. No sé si
Henry se ha dado cuenta de algo, mi madre sé que no,
porque no le cabría en la cabeza. Pero Henry… Siempre me
ha protegido y creo que es porque sabe mi secreto, aunque
se arrancaría la lengua antes de reconocerlo en voz alta.
—¿Y qué vais a hacer? —preguntó sin disimular su
preocupación.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Phillip dice que en
París no tendríamos tantos problemas para vivir tranquilos,
pero me temo que es demasiado optimista. No hay ningún
lugar en el mundo en el que esto sea algo normal. Además,
está Napoleón.
—¿A París? —Su ánimo se derrumbó—. ¿Cómo vas a irte a
París? ¿Y yo?
—¿Querrías venir si me fuera? No me atrevía a pedírtelo,
pero sabes que me sentiría huérfano sin ti.
Elinor apretó los labios y sus ojos se humedecieron.
—¿Ves como deberíamos casarnos? Sabes que yo estoy
dispuesta a protegerte. De ese modo no tendrías que
marcharte a ninguna parte. Phillip podría visitarnos y
quedarse en nuestra casa el tiempo que quisiera. Nadie os
molestaría.
—Elinor, cuando dices estas cosas me destrozas. Sé que
lo haces porque me quieres, pero ¿en qué lugar me dejas?
¿Qué clase de persona sería si me aprovechase de ti de ese
modo?
—Yo sería feliz.
—Eso no es cierto. Y, además, yo tampoco lo sería. No
podría. Si tuviéramos cuarenta años y tú no te hubieses
enamorado de nadie quizá me lo plantearía, pero ¿ahora?
No eres más que una niña, no has tenido oportunidad de
escoger la clase de vida que quieres. Jamás me casaría
contigo, ¿de verdad te resulta tan difícil de entender?
—No es eso —reconoció bajando la mirada—. Sé que
parece una locura, pero es que tú no sabes…
—¿Qué es lo que no sé? —Ahora era él el que estaba
desconcertado—. ¿Qué pasa, Elinor?
Su amiga levantó la mirada y la posó en su rostro.
—Creo que soy como tú.
—¡¿Qué?!
—No me gustan los hombres.
—Entonces no eres como yo —bromeó él.
—Ya me entiendes, tonto.
Los dos rieron rebajando la tensión del momento.
—¿Por qué dices que no te gustan?
—Porque no me gustan. No entiendo las cosas de las que
hablan mis hermanas. Nunca me he sentido atraída por
nadie. Y, sobre todo…
Colin esperó a que continuara, pero no parecía que le
saliesen las palabras.
—Elinor, vamos, ¿qué pasa?
—Yo… No… Eso, ya sabes.
El otro frunció el ceño sin comprender.
—Lo que pasa entre un hombre y una mujer… La noche
de bodas… ¡Qué vergüenza, por Dios! ¿Me vas a obligar a
decirlo?
Su amigo abrió la boca con sorpresa y antes de emitir
sonido alguno la cubrió con la mano. Elinor se puso tan roja
que sus mejillas habrían podido competir con el rojo carmesí
de la alfombra.
—No quiero eso —dijo escueta.
—Claro que no quieres —dijo él poniéndose rojo también
—. Aún no has conocido a nadie que te…
—Ni lo conoceré. Ya te he dicho que no me gustan los
hombres.
—Elinor —sonrió—. Esto no funciona así.
—¿Y cómo lo sabes?
—¿Te has sentido atraída por una mujer? ¿Has deseado
besarla o… tocarla?
—¡No! —exclamó.
—Ahí lo tienes.
—Pero…
—Pero nada. Te aseguro que lo sabrías.
—¿Entonces? ¿Qué clase de bicho raro soy? —Se puso de
pie y deambuló frente a él nerviosa.
—Eres demasiado cerebral. No dejas que tus sentimientos
te gobiernen.
—¿Estoy enferma? Es eso —afirmó vehementemente—.
Está claro, soy una anomalía, un error de la naturaleza.
—No digas tonterías, Elinor. Lo que eres es un rebelde. No
quieres dejarte dominar por nadie y piensas que el amor te
supedita a otro ser humano.
—Estás siendo inmaduro, Colin, haces conmigo lo que no
quieres que hagan contigo: negar lo evidente. Yo no soy
normal, de eso no hay ninguna duda. Casarme contigo sería
mi salvación, pero tú no quieres ayudarme.
Su amigo se puso serio y la miró con fijeza.
—Lo estás diciendo en serio.
—Claro que lo digo en serio. ¿Sabes lo contenta que me
ponía pensar en ello? Eso solucionaba tus problemas y los
míos. Podríamos vivir sin preocupaciones: tú haciendo lo
que te venga en gana con quien tú quieras y yo sin tener
que hacer nada… de eso.
—¿No quieres enamorarte?
—¡No!
—Elinor…
Se detuvo frente a él con las manos en la cintura.
—¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? Nunca me
ha gustado nadie. Ni un poquito. Todos esos que volvían
locas a mis hermanas me resultaban del todo indiferentes.
Cuando Harriet me hablaba de James me daba sueño y los
arrebatos de Katherine o de Caroline me producían urticaria.
Puedo ver que un joven es guapo, no estoy ciega, pero me
resulta tan poco interesante como esa silla —dijo
señalándola—. Cuando me presenten en sociedad dentro de
unos meses todo el mundo querrá que me guste alguien.
Mis hermanas, mi madre incluso mi padre, y entonces, ¿qué
haré? ¿Cómo fingiré sin que se den cuenta? Los dos
sabemos que no sé fingir, se me nota el aburrimiento desde
una milla de distancia.
—Exagerada, nadie ve desde tan lejos —se burló su
amigo.
—Ríete de mí, está claro que soy patética.
—No eres patética, solo eres difícil de soportar.
—Además, eso. Pero está claro que mis ojos no dialogan
con mi corazón, por eso nadie hace que se me acelere el
pulso.
—Quizá es solo una cuestión de tiempo. O que no has
conocido a la persona…
—Estoy mayor ya para cuentos, Colin. Dejémoslo aquí —
pidió—. Me voy a casa, pero antes prométeme que haremos
como si no hubiésemos hablado de esto jamás.
—No te vayas así —dijo levantándose para llegar hasta
ella—. Quiero ayudarte y me parece que no lo he
conseguido.
—Solo podrías ayudarme casándote conmigo y está claro
que prefieres incluso a Napoleón antes que a mí.
Colin sonrió ante su evidente enfado.
—Si de verdad tuvieras un problema cuya solución fuera
que nos casáramos, lo haría.
Ella lo miró con temblorosa súplica.
—Por favor.
Colin se puso serio y dejó caer los brazos a ambos lados
del cuerpo.
—Hagamos un trato. Y si de aquí a un año sigues
pensando lo mismo, me casaré contigo.
Elinor abrió mucho los ojos y a punto estuvo de ponerse a
dar palmas, pero él le hizo un gesto con la mano para
advertirle de que no había terminado.
—Tienes que prometerme algo antes.
—Lo que sea.
—Harás tu presentación en sociedad.
—De acuerdo —sonrió.
—Y asistirás a todos los bailes que se hagan en Londres.
—¿A todos? —Contrajo el rostro en una mueca de
profundo desagrado.
—Mis condiciones son irrechazables.
—Está bien —accedió.
—Pero tendrás que bailar —aclaró con una sonrisa
malévola consciente de que ya estaba maquinando como
mantenerse oculta en un rincón—, con todo el que te lo
pida, sea quien sea.
—Buffffff…
—Y también aceptarás invitaciones a juegos, paseos o
cualquier otra acti….
—¡Basta! —exclamó ella dando un golpe en el suelo con
el pie—. Te estás pasando. Sabes lo mucho que detesto esas
cosas.
—Pero si cumples, una vez terminada la temporada social
anunciaremos nuestro compromiso y nos casaremos cuando
tú digas.
Elinor entornó los ojos para escudriñarlo con atención.
—Sé lo que te propones —dijo con retintín—. Crees que
entregándome a esos estúpidos juegos alguien despertará
mi interés.
—Quiero que explores esa posibilidad.
—He estado en todos los eventos sociales a los que se
permite asistir a una joven de mi edad. Si fuese normal ya…
—No pierdes nada por intentarlo. Si tienes razón, nuestro
matrimonio se celebrará. Pero si no la tienes, evitaremos
que cometas el mayor error de tu vida. Sin duda, es un buen
trato.
—No estoy segura de eso, será una temporada infernal
para mí.
—¿Desde cuándo eres tan cobarde?
Ella apretó los labios resoplando por la nariz y finalmente
asintió.
—Está bien, acepto.
—¡Bien! —exclamó él al tiempo que daba una palmada.
Elinor lo miró unos segundos como si se acabase de dar
cuenta de algo.
—Estás distinto.
—¿Distinto a qué?
—A antes. Pareces muy seguro de ti mismo. En paz. ¿Eso
es gracias a Phillip?
Colin sonrió al tiempo que asentía.
—Quiero conocerlo.
—La próxima vez que venga, te lo presentaré. Él también
quiere conocerte.
—¿Le has hablado de mí?
—¿Lo preguntas en serio? Claro que le he hablado de ti.
—¿Y qué le has dicho?
—Pues que eres la persona más irritante del mundo. —
Amplió su sonrisa al ver su expresión decepcionada—. Y la
única mujer con la que me casaría.
Elinor se dio la vuelta para dirigirse a la puerta y lo miró
antes de salir.
—Voy a contarle muchas cosas de ti, no pienso callarme
nada. Y auguro que algunas te van a sacar los colores.
—Mi querida Elinor —murmuró Colin al quedarse solo.
Con la mano en el bolsillo de su pantalón caminó hasta la
ventana para verla alejarse. Todo habría sido tan fácil para
los dos…
Capítulo 18
La cordillera central de Isla Refugio fue visible desde el
Olimpia a media mañana del 17 de octubre. Harriet
observaba desde la tronera abierta y su corazón iba
acelerando sus latidos por momentos.
—Es muy hermosa —dijo Saggs colocándose a su lado
para verla—. La costa sur tiene unas playas espectaculares.
¿Sabe nadar?
Ella asintió sin decir nada y sin apartar la mirada.
—¿El capitán Chantler conoce la existencia de esa isla? —
preguntó sin pensar—. Quiero decir, ¿es una isla de piratas?
Saggs frunció el ceño y la miró entornando los ojos.
—¿Conoce al capitán Chantler?
Harriet asintió y el pirata apretó los puños sin que ella lo
notase.
—No es una isla de piratas, no somos tontos, aunque se
lo parezcamos —dijo el contable con repentino malhumor—.
Es una isla sin más. Antes tenía otro nombre, pero el capitán
se lo cambió por Isla Refugio. Allí vamos cuando
necesitamos escondernos.
Harriet abrió mucho los ojos.
—¿La isla es suya?
Asintió lentamente con expresión reflexiva.
—Es un lugar precioso y apartado de las rutas
comerciales, por eso nadie nos molesta cuando estamos allí.
La joven Wharton sonrió entusiasmada. Ahora entendía el
nombre. Estaba claro que Bluejacket era un sentimental.
—¿Hace mucho que lo conoce? —preguntó volviendo al
escritorio para seguir revisando el inventario—. A
Bluejacket.
—Dos años —respondió el contable sin que su ceño se
suavizase.
—¿Cómo lo contrató?
—Me salvó de la horca. Él necesitaba un contable, le
dijeron que había uno a punto de ser colgado y pensó que
era un desperdicio, así que él y Dougal me rescataron.
—¿Dónde?
—Jamaica. Nunca me arrepentiré lo bastante de haber ido
allí. Solo me ocurrieron cosas malas.
—¿De dónde es usted?
—De Liverpool.
Harriet asintió.
—La mayoría de los hombres de este barco fue sacado de
prisión, salvado de la horca o de morir en plena calle de
hambre y frío. Todos le debemos la vida de un modo u otro.
Cada cosa que descubría del capitán lo convertía en un
hombre digno de ser leyenda. Una leyenda que no se
parecía en nada a las mentiras que pretendía extender su
padre sobre él, desde luego. Claro que cuando
desprestigiaba a Bluejacket, Jacob Burford no sabía que
hablaba de su hijo.
—¿Me permite un momento, señorita Harriet? —dijo
Saggs caminando hacia la puerta—. Tengo que comentarle
algo al capitán y no podré concentrarme en el trabajo si no
lo hablo con él inmediatamente.
—Claro, aquí estaré.
—¡Conoce al capitán Chantler! —El contable lo miraba
con fuego en los ojos—. ¡Chantler! El mismo que nos pisa
los talones y quiere vernos colgados del palo mayor.
—¿Te lo ha dicho ella?
—Claro que me lo ha dicho ella, ¿no sabes lo mucho que
le gusta hablar? Solo he tenido que lanzar el anzuelo y me
lo ha contado todo. ¡Lo mismo que hará en cuanto esté
frente a él! ¿En qué estabas pensando? ¿Por qué la subiste
al barco? ¡Debiste dejarla en el muelle!
—No podía.
—¿No podías? —Saggs movía la cabeza y respiraba con
agitación—. Va a traernos la ruina. Tendríamos que
habernos desviado para soltarla en cualquier sitio. ¿Llevarla
a isla Refugio? ¡Vas a meterla en nuestra casa!
—Al menos no has dicho que la lancemos por la borda —
masculló el otro.
—No soy un salvaje como Dougal. —Apoyó el trasero en
la mesa y puso un pie en una de las sillas—. Además, me
cae bien.
—Se me ocurrirá un modo de devolverla sin peligro…
—¿Sin peligro? Nos conoce a todos, cuando Chantler le
pregunte hablará por los codos sin darse ni cuenta. Maldita
sea, Blue…
—No sabe vuestras verdaderas identidades. ¿Qué va a
decir de ti? ¿Qué eres contable?
—Y que me salvaste de morir ahorcado en Jamaica.
—¿Jamaica?
—No iba a decirle la verdad.
—¿Crees que alguien lo investigaría? —Lo miró burlón—.
No eres tan importante, Saggs.
El otro entornó los ojos y lo miró con atención.
—Pero tú sí, ¿verdad? Y has dicho que no sabe «nuestras»
identidades. ¿Acaso conoce la tuya?
El capitán no se inmutó y le sostuvo la mirada sin
pestañear.
—¡Maldita sea mi sombra! —exclamó Saggs poniéndose
de pie—. Ahora lo entiendo todo, por eso no la dejaste en el
muelle, y por eso has corrido tantos riegos trayéndola hasta
aquí. ¡Sabe quién eres!
—Lo resolveré.
—¿Lo resolverás? ¿Cómo? Ni siquiera nosotros lo
sabemos… —Torció una sonrisa—. Si lo averiguo tendrás
que matarme.
—Menuda estupidez, odio llevar las cuentas. Además, no
va a decirte nada. Confío en ella.
—¡Nos tiene a todos comiendo de su mano! Sobre todo
después de su actuación con los malditos franceses.
—Lo único que debe importarte es que recibirás tu parte
del botín cuando se la devuelva a su padre, nada más.
El contable hacía tiempo que sospechaba que allí pasaba
algo raro. El dinero llegaba siempre en el momento en que
más lo necesitaban y el Olimpia debía ser el único barco
pirata en el mundo que jamás había pasado calamidades,
aunque los botines no fuesen abundantes.
—Maldita sea… —maldijo en voz queda—. Eres uno de
ellos, ¿verdad?
—¿Uno de ellos? —El capitán enfrió su mirada.
—Odias a Burford porque has tenido tratos con él. ¿Quién
eres?
—Para ti soy el capitán de este barco —dijo el otro
tratando de sonar amenazador—. Es lo único que necesitas
saber.
—Te debo la vida y sabes que nunca lo voy a olvidar,
aunque me guste tocarte las narices e intente que me elijan
capitán. Pero eso no significa que no me importe que tomes
malas decisiones. Esta es mi vida ahora y no quiero
perderla. Si estamos en peligro, merezco saberlo. Todos lo
merecemos.
Bluejacket apretó los labios. Había faltado tan poco… Isla
Refugio ya estaba a la vista, esa tarde podría tumbarse en
su cama y disfrutar de estar en tierra unas semanas, quizá
incluso algunos meses. Pero Harriet lo iba a echar todo a
perder.
—Si te dijera quién soy tendría que matarte —dijo sin
humor, casi con tristeza.
Saggs lo miró unos segundos muy serio.
—Lo entiendo y confío en ti, pero no olvides que tienes en
tus manos la vida de todos tus hombres, no solo la tuya.
—Haré lo que sea necesario para protegeros, como he
hecho siempre.
El asintió.
—Hay otra cosa que no sé si has tenido en cuenta.
Fenton.
—¿Qué pasa con él? —El rostro del pirata se endureció
peligrosamente.
—Si descubre quién es ella, estará en peligro, pero si se
entera de que ella sabe quién eres tú, entonces sí que no
tendrá escapatoria. Deberías hacérselo entender del modo
que sea.
—Hablaré con ella si llega el caso, pero no tiene por qué
conocer a Fenton.
—Nunca se sabe.
Bluejacket se libró de su disfraz de seguridad por unos
segundos y lo miró abiertamente.
—¿Qué harías tú en mi lugar, Saggs? Ahora que la
conoces y sabes la clase de mujer que es. Tú la viste…
—Sí, la vi. Arrastró a Stuart para alejarlo del peligro si
pensar en su seguridad. Lo vi todo, también cómo se cargó
a unos cuantos franceses. —Se encogió de hombros—. Pero
no puedo decirte qué hacer. Por eso no soy el capitán y
nunca lo seré. Los cargos con sus cargas, ya lo sabes.
—No os pondré en peligro. Llegado el momento tengo una
baza que utilizaré sin dudar.
El contable sabía a lo que se refería y también que no
serviría de nada decirle que no debía entregarse. Bluejacket
nunca cambiaba de opinión cuando decidía algo.
—Es muy valiente —dijo caminando hacia la puerta—. E
inteligente. Deberías reclutarla. Si la dejas escapar es que
eres rematadamente imbécil.
El capitán lo vio salir del camarote con expresión
reflexiva. ¿Tan evidente era que hasta su contable se había
dado cuenta de sus sentimientos? Se llevó la mano a la
boca y golpeó suavemente su labio inferior con el nudillo del
pulgar. ¿Reclutarla? Harriet debería estar deambulando por
salones de baile, rompiendo corazones y disfrutando de su
vida en familia. Sabía que los Wharton no eran como los
Burford. El barón era un hombre extraordinario, padre de
cinco hijas y feliz con ello. Sabía lo mucho que Harriet
quería a los suyos, no había más que oírla hablar de sus
hermanas y su tía para comprender el profundo vínculo que
las unía. No estaba hecha para esa vida, por más que se
empeñase en decirles a todos que sería una excelente
pirata. Su corazón era puro y limpio y todo aquello acabaría
por destruirla.
Saggs había puesto el dedo en la llaga al mencionar a
Fenton. Había muchos peligros acechándola. Confiaba en
que el pirata no apareciese por la isla mientras ella
estuviese allí, pero si lo hacía no podía fiarse de él y debía
prevenirla. Jake Fenton era un conquistador nato, una
serpiente de cascabel con una bonita cara y una labia
portentosa. Sabía que si ponía los ojos en ella podría
engatusarla y Harriet era demasiado joven e inocente como
para resistirse. Pensar en eso le alteró los nervios y se juró
que no era por temor a que otro hombre consiguiese lo que
él había rechazado. Que solo le importaba su seguridad y su
felicidad. Pero la sola idea de que Fenton le pusiera una
mano encima y que, además, lo hiciese con su
complacencia le hizo hervir la sangre.
—Capitán, estamos listos para soltar el ancla —dijo Barrit
desde la puerta—. El señor McEntrie me manda a buscarlo.
—Enseguida voy —dijo aventándolo.
Apoyó las manos en la mesa y dejó caer la cabeza
cerrando los ojos un segundo. Necesitaba recuperar la
calma antes de salir. Respiró hondo y luego soltó el aire de
golpe irguiéndose. Se tocó la espada del cinto y dio dos
palmadas sobre el mango. Después salió con paso firme y
resuelto.
Harriet observaba la isla desde la cubierta con el barco ya
fondeado. El trajín y la evidente alegría de la tripulación por
haber arribado se le contagió enseguida, pero también
sentía un temor difuso que no fue capaz de comprender.
Estaba claro que no iba a correr más peligro en Isla Refugio
del que había corrido en el Olimpia, pero en el barco
estaban todos juntos y ahora se suponía que viviría en la
casa de Bluejacket. Los dos solos. Se imaginaba una choza
con una sola estancia y los dos teniendo que compartir el
espacio para dormir. Como los primeros días en el camarote.
Dougal le había dicho que la casa del capitán era espaciosa,
aunque constaba tan solo de una planta, pero no podía
dejar de ver esa choza imaginaria en su cabeza y al pirata
tumbado a su lado mirándola con fijeza.
—¿Preparada para desembarcar? —preguntó el escocés a
su espalda.
—¿Voy en el primer esquife?
—Sí, con el capitán. No quiere irse y dejarla aquí.
—¿Y usted?
—Yo me quedo, de momento.
Harriet asintió. Sabía que no todo el mundo
desembarcaría a la vez.
—Bluejacket ha prometido enviarme whisky escocés, no
deje que se le olvide.
—Descuide, me encargaré personalmente. —Sonrió
nerviosa.
—No se preocupe, todo irá bien —dijo el escocés—. Pero,
hágame un favor, no le dé muchos quebraderos de cabeza.
Ya tiene bastantes.
Harriet amplió su sonrisa y asintió con la cabeza.
—Me portaré bien —afirmó rotunda.
Dougal levantó una ceja con incredulidad.
—¡Señorita Harriet! —la llamó Lewis—. El capitán la
espera para desembarcar.
La isla era realmente hermosa, exuberante y frondosa
vegetación y la playa refulgiendo al sol que lanzaba
chispeantes destellos desde la arena blanca.
—Son los corales —dijo Stuart—. Lo que hace que la
arena sea blanca y emita esos destellos, es el polvo de
coral. —Señaló hacia el borde del esquife para que mirase
dentro del agua—. Están por todas partes alrededor de la
isla. Realmente ese era su nombre: Isla Coral, pero el
capitán se lo cambió cuando la compró.
Harriet asintió mientras admiraba los colores bajo el
agua. Nunca había visto nada igual más que en pinturas y
dibujos. Cuando levantó la vista se encontró con una
enorme sonrisa en el rostro de Bluejacket y ella también
sonrió.
—Son preciosos.
—Si metieras la cabeza en el agua podrías verlos en todo
su esplen… —Antes de que terminase la frase, Harriet ya se
inclinaba en el bote para hacer lo que él le decía por lo que
tuvo que detenerla—. Esa impaciencia te traerá problemas.
Y a mí también, me temo.
Harriet vio las expresiones de susto en el rostro de los
marineros que habían detenido los remos y se echó a reír
sin poder evitarlo.
—Disculpadme —dijo entre risas—. Me estaré quieta.
—Ya tendrá tiempo de verlos, señorita —dijo Stuart—.
¿Sabe nadar?
—Sí.
—Pues entonces tiene que nadar aquí. No habrá visto
nada igual, se lo aseguro.
Harriet miró su ropa, una mezcla de pantalón masculino
con el corpiño de un vestido… Había destrozado
prácticamente todo lo que contenía el baúl del Legacy.
—¿Podré conseguir algo de ropa? —preguntó bajando el
tono y mirando a Bluejacket que observaba la playa con
atención.
Él asintió sin mirarla. En un minuto el bote tocó tierra y
los hombres saltaron al agua para tirar de él y acercarlo
hasta la orilla. El capitán cogió a Stuart, lo sacó en volandas
mientras los otros marineros descargaban las cajas, y lo
dejó en la arena.
—Espérame aquí —dijo Finley cuando llegó hasta él. Le
dio su muleta y regresó con los demás.
—Están ansiosos por desembarcar —dijo el capitán
sonriendo al ver a los que regresaban con el esquife para
buscar al segundo grupo.
Harriet los saludó con la mano y después se colocó el
arco en la espalda para que no le molestase. Su pelo rojo
ondeaba al viento y tenía las mejillas sonrosadas. El pirata
tuvo que apartar la mirada para deshacerse de la estúpida
expresión que se le ponía cada vez que sentía aquel aleteo
en su estómago.
—¿Vamos a esperar a los demás? —preguntó ella.
—No. Vamos a casa. Los isleños ya habrán visto el barco y
en pocos minutos todo el mundo estará aquí para darnos la
bienvenida —apresuró el paso alejándose de la playa.
—¿No quieres verlos? —Harriet lo siguió a trompicones, él
era mucho más alto y caminaba demasiado rápido.
—No me gusta que me traten como si fuese un rey —la
miró burlón—, me hacen sentir como un idiota. Si me
escondo lo suficiente y aparezco en la taberna, todo será
menos ridículo.
—¿Un rey? —el tono burlón de Harriet daba cuenta de sus
intenciones—. ¡Vaya! ¿Tienes corona? ¿Y trono? ¿Qué
haces? ¿Te sientas en él e impartes justicia? ¡Se han
cocinado dos cerdos y uno era mío, excelencia! —dijo esto
último con voz ampulosa y ademanes exagerados—. ¡Exijo
una compensación, majestad!
Él la miraba severo, pero como era habitual no producía
el menor efecto en ella.
—¿Tienes capa? Si la tienes será roja, supongo. Un rey
debe tener siempre una capa roja. Y un cetro. Con una
cabeza de león. De oro, por supuesto…
El pirata se detuvo y la miró amenazador poniéndose las
manos en la cintura.
—Aquí no puedes hacer esto. —Harriet frunció el ceño
como si no lo comprendiera y él la señaló y volvió a poner la
mano en la cintura—. Reírte de mí. Deben temerme.
—¿Deben temerte?
—¿Cómo crees que se gobierna un lugar como este? Si no
me temieran no me obedecerían.
—Pero ¿cómo van a obedecerte si no estás aquí?
—Cuando estoy.
—¿Y no es mejor que te obedezcan porque te respetan?
—Eso también —dijo poniéndose de nuevo en marcha—,
pero no me respetarán si permito que una niña insolente se
burle de mí.
Harriet entornó los ojos mientras lo veía alejarse y luego
miró a su alrededor. Árboles, silencio y la playa al fondo.
Empezaba a preguntarse si realmente vivía alguien más en
aquella isla. Echó a correr para alcanzarlo.
—Bienvenidos —los saludó una joven india de largas
trenzas negras y mirada sonriente.
—Esta es Harriet Wharton, se quedará con nosotros una
temporada. —Se giró hacia ella—. Te presento a Sokanon, se
encarga de todo.
—Encantada de conocerte —la saludó Harriet sin
formulismos—. Tienes un cabello precioso.
—Gracias, tú también —respondió la india con el mismo
desparpajo.
—Ya seguiréis con las alabanzas en otro momento —las
cortó el capitán caminando hacia su dormitorio—. Prepara
una buena comida y pon un cubierto para ti, Sokanon,
tendrás muchas cosas que contarme. Ahora necesito un
baño. Encárgate de Harriet.
La puerta del dormitorio se cerró tras él y la joven india
miró a Harriet interrogadora.
—¿Querrás darte un baño también?
Harriet abrió los ojos como platos.
—¿Podría? ¡Oh! He soñado con ello cada día desde que
me subí a ese barco. —La siguió—. No entiendo cómo
pueden soportar esos lavados tan superficiales. Ansío
meterme en una bañera y quedarme en remojo una
semana.
Entraron en un cuarto luminoso, con muebles de madera
de bambú y paredes decoradas con cañas. Al principio le
chocó el aspecto, pero enseguida tuvo que reconocer que le
agradaba. Se quitó el arco de la espalda y dejó el jō sobre
un arcón, después fue hasta la cama y se sentó en ella para
comprobar lo mullida que era. Sonrió feliz y se dejó caer
hacia atrás con los brazos extendidos por encima de la
cabeza.
—Me dormiría ahora mismo si no fuese por ese baño —
dijo extasiada.
—¿Os bañaréis juntos?
Harriet se sentó de golpe en la cama y miró a la joven con
cara de susto.
—¡Noooo! —exclamó—. El capitán y yo no… No hemos…
No estamos…
Sokanon sonrió burlona.
—Voy a preparar los baños. En cuanto esté listo el tuyo
vendré a buscarte. En ese baúl hay ropa de mujer. —Sin
más salió del cuarto y la dejó sola.
Harriet miró el baúl con el ceño fruncido.
—¿Ropa de mujer? ¿Por qué hay ropa de mujer en su
casa? —Se levantó y abrió el baúl. Esperaba prendas
sencillas, como las que llevaba Sokanon, pero aquello eran
ropas elegantes y de buena manufactura—. Claro, debe
haber traído a muchas mujeres a esta casa. Seguro que ha
tenido incontables amantes.
Dejó caer la tapa del baúl con cierta violencia al notar el
calor en sus mejillas. Caminó hacia la ventana y contempló
el hermoso paisaje. Desde allí veía el mar entre los árboles,
pero no la playa. La brisa que movía las cortinas era cálida y
Harriet se abrazó a sí misma y suspiró con placer. Después
de unos minutos de calma y disfrute se dispuso a revisar a
fondo la ropa del baúl y dejó sobre la cama varias prendas
que le gustaban, obligándose a no profundizar en preguntas
estúpidas que no la llevarían a nada bueno como, «¿dónde
está ahora la dueña de la ropa?».
—El baño está listo —dijo Sokanon provocándole un
respingo.
—Eres muy silenciosa —dijo para justificar su sobresalto.
La otra sonrió, aunque había algo distinto en su mirada.
Le indicó la puerta para que saliese delante de ella.
Capítulo 19
Harriet se metió en la tina desnuda y, una vez sumergida,
recostó la cabeza hacia atrás apoyándola en el borde y
cerró los ojos. Después de treinta y siete días sin poder
bañarse como Dios manda, aquel cuartucho le pareció un
paraíso en la tierra. La casa de Bluejacket era sencilla,
realmente, pero estaba en un lugar privilegiado.
—¿Por qué no se oye nada? —preguntó cuando Sokanon
entró de nuevo con toallas.
—La aldea está bastante alejada. El capitán y Dougal
querían que sus casas estuvieran aisladas de los demás
para que no les incordiaran demasiado mientras están aquí.
—¿Dougal tiene casa? —En cuanto lo dijo se dio cuenta
de lo estúpido que había sonado—. No sé por qué, pero
pensé que vivían juntos.
—¿Juntos? —Negó con la cabeza—. Al capitán no le gusta
vivir con nadie.
—Tú vives con él.
La joven india negó con la cabeza.
—Yo no vivo aquí. Tengo marido y dos hijos. Solo vengo
durante el día cuando Bluejacket está en la isla. Limpio un
poco y le preparo la comida.
—¿Estás casada? —Harriet tenía los ojos muy abiertos y
la miraba desconcertada—. Creí que…
Sokanon torció una sonrisa dando a entender que sabía
perfectamente lo que creía.
—Soy la hermana de Nuna, la esposa de Dougal —explicó
—. ¿No te han contado la historia de cómo se conocieron
Bluejacket y Dougal?
—Es un nombre muy bonito —dijo asintiendo a su
pregunta.
La india se sentó en una banqueta de madera, como si de
pronto estuviese muy cansada.
—Nuna era la tierra, sólida, firme… —Su voz se quebró—.
Mi nombre significa lluvia y desde que ella no está no tengo
donde caer.
Harriet sintió un profundo dolor al pensar en que pudiese
perder a cualquiera de sus seres queridos.
—Mi esposo y yo habíamos ido al río a bañarnos bajo la
luz de la luna, por eso no estábamos en el campamento
cuando esos hombres llegaron. —Clavó la mirada en sus
manos como si en ellas pudiera ver el reflejo de otras
parecidas—. Su cuerpo quemado estaba delante de su
tienda, debió despertarse cuando el fuego… —No pudo
terminar la frase.
Harriet estaba petrificada y no fue capaz de emitir el más
mínimo sonido.
—Dougal llegó antes que nosotros y estuvo horas inmóvil
frente a su cuerpo humeante. Como un témpano de hielo,
frío y rígido, a punto de quebrarse.
Al pensar en el duro e intransigente escocés las lágrimas
humedecieron sus ojos.
—¿Y al capitán…? —preguntó—. ¿Ya lo conocías?
La india negó con la cabeza. Su expresión cambió, sus
ojos se empequeñecieron y Harriet tuvo la impresión de que
había algo peligroso en aquella mirada.
—El capitán nos salvó. Nos trajo aquí y desde entonces
hemos vivido en esta isla apartados del mundo.
—Has dicho que tienes dos hijos.
—Alawa y Keme —respondió con expresión reflexiva—.
Cuando nuestro pueblo desapareció creí que mi vida y mi
historia acababan allí, pero el capitán nos dio una nueva
oportunidad. Le debemos la vida y todo lo que somos. Por él
sería capaz de cualquier cosa.
Harriet la miraba con fijeza mientras su corazón se
henchía de un incomprensible orgullo.
—La primera vez que lo vi —siguió Sokanon—, creía que
había sido él y que estaba allí para regocijarse de su
hazaña. Cogí un cuchillo para matarlo, pero mi esposo me
agarró fuertemente y me dijo: míralo, su espíritu lucha por
abandonar su cuerpo. Él no ha sido.
El peligro se manifestó como un viento frío y cubrió el
cuerpo de Harriet de una capa erizada.
—Lo defenderé de cualquiera que intente hacerle daño.
No tuvo tiempo de reaccionar, Sokanon la agarró por los
hombros y la hundió bajo el agua. El pánico se apoderó de
ella, pero aun así apretó los labios y se concentró en
conservar el aire en sus pulmones mientras trataba de
librarse de su agarre. No podía morir de un modo tan
absurdo. La india era realmente fuerte y estaba en una
posición de dominio. Sus pulmones empezaron a arder y la
presión que ejercía para contener el impulso de aspirar era
cada vez más insoportable. No supo cuánto tiempo la obligó
a aguantar, pero cuando por fin la dejó salir a la superficie
había agotado su resistencia por completo. Se deslizó al
suelo desde el borde de la bañera tosiendo con
desesperación. Sokanon la observaba indiferente a su
sufrimiento y no movió un dedo para ayudarla.
—¡Maldita sea! —Bluejacket corrió a socorrerla.
La cogió en brazos y la sacó de allí para llevarla hasta su
cuarto. La depositó en la cama y la envolvió con la sábana.
Harriet se acurrucó respirando con dificultad. Él tan solo
llevaba los pantalones, iba descalzo y con el torso y el pelo
mojados. Cuando se giró hacia Sokanon estaba furioso.
—No iba a matarla —dijo la india con tranquilidad—. Tan
solo quería que entendiera lo que le pasará si te traiciona.
—Vete —dijo sin entonación—. Sal de mi casa antes de
que haga algo de lo que luego tenga que arrepentirme.
Jamás he pegado a una mujer y ahora mismo sería capaz de
cualquier cosa.
La india no se hizo de rogar, consciente de que hablaba
en serio. Pero lo cierto era que no se arrepentía de lo que
había hecho. Su lealtad estaba por encima de todo, incluso
de él. Bluejacket se volvió lentamente hacia Harriet que
seguía con aquella expresión confusa y dolida en su rostro.
Se sentó en la cama junto a ella y le apartó de la cara el
cabello mojado.
—Lo siento —dijo sincero—. No pensé que estuvieras en
peligro en mi propia casa.
Harriet se incorporó sujetándose la sábana y se abrazó a
él con suavidad. Joseph tardó unos segundos en poder
reaccionar y lentamente la rodeó con sus brazos y la acunó
con ternura. Ella cerró los ojos y dejó que el calor de su
cuerpo la reconfortara. Creía de verdad que iba a morir. Su
corta vida había pasado frente a sus ojos. Vio el dolor en el
rostro de su madre y de su padre, el sufrimiento de sus
hermanas y de Elizabeth… Las lágrimas se deslizaron por
sus mejillas sin que las retuviera. No tenía nada que ocultar,
estaba cansada de fingir que era fuerte y que nada la
asustaba. Cansada de fingir que no era consciente de lo que
había hecho con su vida. Por primera vez lamentó que
fuesen tan tolerantes con ella, que sus padres le
permitiesen tantas…
Joseph la apartó suavemente y la miró a los ojos.
—No pretendía matarte —dijo con voz profunda.
Ella bajó la mirada nada convencida. El capitán cogió su
barbilla con un dedo y alzó su rostro sonriendo con ternura.
—Tiene el don de sacarme información sin que me dé
cuenta y lo que le he dicho la ha hecho desconfiar de ti. Es
muy…
—¿Cuándo? —lo cortó.
El pirata frunció el ceño sin comprender.
—¿Cuándo se lo has dicho? ¿Mientras te preparaba el
baño o mientras copulabais?
Joseph sonrió de un modo que hizo que la temperatura de
la habitación subiese dos grados de golpe.
—Esa palabra de nuevo… —musitó con voz profunda y se
inclinó peligrosamente hacia ella.
Harriet se apartó de él apretando la sábana contra su
cuerpo como si fuera un muro de acero.
—Me has visto desnuda —dijo sin rodeos.
Él asintió.
—No voy a mentir diciéndote que no miré. Pero nadie
tiene por qué saberlo.
—Yo lo sé.
—Y yo, desde luego, pero será nuestro secreto —afirmó
con tal calidez que Harriet arrastró su trasero para alejarse
lo más posible de él—. No voy a lanzarme sobre ti, tontita.
Ella se cubrió hasta el cuello. Tenía el pelo aún mojado y
los ojos brillantes como dos luminarias.
—Si sigues mirándome así, no sé si voy a poder
resistirme.
—Dijiste que no querías… hacerlo.
—Yo no dije eso. —El pirata escuchaba una orden tajante
en su cabeza conminándolo a salir de allí a toda prisa, pero,
por supuesto, no se movió—. Y si lo dije, mentí.
—Pues yo no quiero.
—Entonces no ocurrirá.
—No quiero tener un hijo ahora. Probablemente no lo
quiera nunca.
Él sonrió con ternura de nuevo. Seguía conmoviéndolo su
inocencia y su sinceridad.
—«Nunca» es mucho tiempo.
—No sé si querré algún día, pero ahora no. No sabría qué
hacer con él.
El pirata asintió de nuevo.
—Y tampoco creo que tú seas el candidato más idóneo
para ello. Eres un pirata, por Dios, ¿quién puede haber
menos indicado para ser padre que tú?
Bluejacket frunció el ceño.
—¿Qué educación recibiría nuestro hijo? ¿Lo
prepararíamos para abordar barcos? —Negó con la cabeza
con aquella expresión reflexiva que hacía que su cara
gesticulase de un modo muy gracioso—. Sería un auténtico
desastre. Así que no podemos cruzar esa línea.
Dibujó una con el dedo justo entre los dos.
—Ya te he dicho que no pasará nada que no quieras —dijo
él con voz cansada—. Deja de hablar de ello, me das dolor
de cabeza.
—Pensaba que le caía bien a Sokanon —dijo Harriet sin
reaccionar a su comentario—. Creía que seríamos amigas…
—Y lo seréis. En cuanto vea que no tengo nada que temer
de ti.
—¿Temer tú de mí?
—Sabes mi secreto.
—¿Y le has dicho que voy a contarlo? ¡Ahora lo entiendo!
¡Ha sido culpa tuya! Le has hecho creer que soy tu enemiga.
—¿Acaso no vas a contarlo en cuanto pongas un pie en
Londres? —Él torció una sonrisa malévola—. Te encanta
hablar, Harriet, no vas a callártelo.
—Al principio, sí pensaba contarlo. Lo tenía muy claro —
afirmó rotundamente—. Eres un pirata y un…
—¿Un? —preguntó al ver que desviaba la mirada y
enmudecía.
—Hay algo que…
—Di lo que sea —le espetó impaciente.
—No sé si puedo fiarme de la respuesta.
—Sí lo sabes. —Él se cruzó de brazos a la espera de que
continuase y los músculos de sus brazos se hicieron más
evidentes, aunque lo que más incómoda la ponía era
aquella mirada perspicaz e insistente.
—¿No podrías ponerte algo? —pidió señalando su pecho
desnudo.
—¿Te molesta?
Ella asintió sin disimulo.
—Tendré que ir a mi cuarto, aquí no tengo ropa.
Iba a levantarse, pero ella le hizo un gesto para que lo
dejase estar. No quería que se marchara hasta que
escuchase lo que tenía que decir. A fin de cuentas, él la
había visto completamente desnuda. En un orden cósmico
de la justicia su torso desnudo no equiparaba ambos
hechos, pero le alegraba la vista.
—Vi algo, unos documentos.
—¿Documentos? —preguntó él desconcertado—. ¿Te
refieres a los papeles de Saggs?
Harriet negó con la cabeza.
—Documentos del almirantazgo. Una lista de
coordenadas, emplazamientos de barcos ingleses…
Bluejacket entornó los ojos poniéndose serio.
—¿Metiste las narices en mis papeles? —Su mandíbula se
endureció.
—No pretendía espiarte.
—¿Y tengo que creerme eso? ¡Por supuesto que lo
pretendías!
—Quería saber qué clase de hombre eras.
—¿Y ya lo tienes claro?
—¿Eres un corsario? —preguntó sin prevención—.
¿Trabajas para los franceses?
Joseph abrió tanto los ojos que pareció que se le iban a
salir de las órbitas. Se puso de pie y la miró anonadado.
—¿Crees que soy un traidor?
—No hace falta ofenderse, eres un pirata, tampoco es que
esto sea mucho peor.
—¿Que no es peor? —Se movió irritado—. Pero ¿cómo es
posible que creyeras…?
Harriet sonrió aliviada.
—¿Te hace gracia? —preguntó visiblemente enfadado.
—La verdad es que prácticamente lo había descartado,
después de tu ataque a ese barco, pero quedaba un
resquicio de duda, ya sabes, una sombrita insidiosa metida
en mi cabeza… Pero tu reacción la ha despejado.
El pirata no podía deshacerse de su sorpresa y no sabía si
cogerla del cuello y estrangularla o echarse a reír.
—Debes entender que la primera impresión que me diste
no fue buena. Aunque, en realidad, no era verdaderamente
una primera impresión porque ya te conocía, pero eso no
contaba, ni siquiera habíamos hablado, al menos yo no lo
recuerdo. Tuve muchas dudas, en serio. Eres muy
inteligente y manejas con gran maestría a tu tripulación,
está claro, ¿cómo si no ibas a engañarlos tanto tiempo
sobre tu identidad y lo que hacéis? El dinero de tu padre,
que te robas a ti mismo… —Se encogió de hombros—. Y,
claro, eso me hacía pensar que fácilmente podías
engañarme y hacerme creer que eras un hombre leal y del
que me podía fiar, cuando en realidad eras un traidor que
vendía información a Napoleón. Pero entonces hubo esa
lucha y vi cómo te comportaste. ¡Casi te matan! —Negó con
la cabeza—. No podía ser, aquellos documentos debían
tener una explicación y no era lo que parecía.
El pirata tenía las manos en la cintura y una ceja
levantada, pero no dijo una palabra.
—¿La tienen? Los he visto, así que no es necesario que
me lo ocultes. Además, ya te he demostrado que soy de los
tuyos.
—¿De los míos?
Harriet asintió.
—Incluso me has visto desnuda. Nadie me ha visto
desnuda desde que era una niña. Bueno, mi doncella, pero
eso no cuenta, ¿no? Y mis hermanas alguna vez, claro, y
Elizabeth, ella es como una hermana. Pero no un
desconocido. Un hombre, quiero decir. Eso debe crear algún
vínculo entre nosotros, ¿no? Aunque lo justo sería que yo
también te viese a ti sin esos pantalones, para que fuese
equita…
El capitán rompió a reír a carcajadas, echando la cabeza
hacia atrás, sin poder contenerse. Nunca había conocido a
alguien como ella, de eso estaba seguro. Harriet se contagió
de su risa y sintió una agradable calidez al reír. Cuando el
capitán volvió a sentarse en la cama la miraba con simpatía.
—Esos documentos tienen que ver con las actividades de
mi padre. Marcan la disposición de sus barcos y el contenido
de sus cargamentos. También me indican si ha organizado
alguna misión de las suyas para que pueda neutralizarla.
—¿Te refieres a algo como lo que hizo en el campamento
Creek?
Joseph asintió.
—Sokanon me ha contado que Nuna era su hermana.
—Sí.
Harriet asintió pensativa.
—Entiendo lo que ha hecho.
—¿Lo entiendes?
—Sí —asintió lentamente—. Te protegería con su propia
vida y me lo ha advertido.
—Ha sido una estúpida y una bruta, pero sé que no
pretendía matarte.
—No estoy tan segura como tú, pero aceptaré tu opinión
ya que la conoces mejor.
El rostro de Joseph se endureció y su mandíbula se
mostró claramente.
—Aun así se ha excedido. Muchísimo —masculló—. Y esto
no quedará así.
—Te quiere.
—No voy a perdonarla fácilmente.
Harriet sonrió.
—Yo ya la he perdonado —afirmó rotunda—. Y pienso ir a
decírselo en cuanto me digas dónde está su casa.
No había por dónde cogerla.
—Harriet Wharton, eres un auténtico peligro —dijo
sincero.
—¿Lo dices por mi destreza con el jō? —se burló—.
Ciertamente puedo darte una paliza si me das motivos.
Joseph sonrió abiertamente.
—Vi lo que le hiciste a esos franceses, así que lo sé. Pero
yo no me refería a esa clase de peligro, sino a otro mucho
más íntimo.
Esa calidez los envolvió de nuevo y se quedó con ellos. La
estancia desapareció y tan solo la presencia del otro fue
visible y palpable con tan solo extender una mano. Pero no
se trataba de algo físico sino un sentimiento profundo e
inquietante, una conexión única que nunca antes habían
sentido con otro ser humano. De pronto eran ellos y nadie
más. Harriet tenía una expresión confusa y curiosa mientras
que Joseph parecía asustado.
—¿Qué es esto? —preguntó ella rompiendo el hechizo.
—¿Esto?
—Lo que siento.
Joseph llevó una mano a su rostro y lo acarició con
ternura. Harriet la sujetó para asegurarse de que no la
apartaba y apoyó la mejilla cerrando los ojos. Durante unos
segundos ninguno dijo nada, tan solo mantuvieron aquel
inocente contacto y respiraron para seguir vivos. Nada más.
Después, cuando el pirata fue capaz de recuperar el control
de sus actos, se levantó y salió de la habitación sin decir
nada.
Harriet se recostó en la cama con la mirada perdida en el
cielo que se vislumbraba desde la ventana. Imaginó a
Bluejacket como Joseph Burford, elegante e imponente. ¿Se
habría fijado en él si no fuese un pirata? Desde luego que sí,
pensó sonriendo, se fijaría en él aunque lo viese vestido con
harapos en medio de un mercado. Se llevó la mano a la
mejilla y cerró los ojos reviviendo el momento. La calidez de
su mirada, la seguridad de su contacto. Fue como si esa
mano le hablase, como si le dijese que no tenía nada que
temer estando a su lado. Él la protegería. Y entonces pensó
en su padre y lo vio decepcionado ante ella. Su madre
estaría desolada, sin saber de su paradero, imaginando toda
clase de cosas terribles… Cerró los ojos intentando borrar
esas imágenes, pero ese gesto solo las hizo más nítidas en
su cerebro. Apartó las sábanas y se levantó de la cama
rápidamente. Debía vestirse y salir de allí. Hacer algo. Abrió
el baúl y rebuscó entre la ropa. Fue tirando sobre la cama
las prendas que utilizaría mientras su cabeza seguía
buscando soluciones.
—Una carta —se detuvo con expresión reflexiva—. Les
enviaré una carta para que sepan que estoy bien. Saldrán
embarcaciones de la isla, digo yo. Conseguiré que alguien
se la lleve y la envíe por los canales pertinentes. No diré
nada de Bluejacket ni de donde estoy, pero les haré saber
que estoy sana y salva. Sí, eso voy a hacer.
Se vistió lo más rápidamente que pudo y luego tuvo que
dedicar un buen rato a desenredarse el pelo. Cuando estuvo
lista buscó papel por todas partes, pero no encontró nada
con lo que escribir, así que se aventuró a salir del cuarto lo
más sigilosamente que pudo. Después de diez minutos y
una exhaustiva investigación, que consistió en abrir cada
puerta que se encontraba y meter la cabeza, comprendió
que estaba sola y respiró aliviada. No le apetecía
encontrarse con Sokanon, al menos de momento. Que la
entendiera no significaba que no le diese miedo. Menuda
fuerza tenía.
Encontró lo que necesitaba y se sentó a escribir. Fue una
carta escueta y sin dar detalles, cualquier cosa que contase
que se pareciese a la verdad pondría los pelos de punta a su
padre y provocaría un desmayo en su madre, así que se
abstuvo de mencionar a piratas, islas, franceses ni nada
mínimamente violento. Tan solo que estaba bien, que
alguien cuidaba de ella y que siguiesen con sus vidas sin
preocuparse por ella porque no iba a volver. No, eso no
podía decirlo, solo conseguiría preocuparlos más. Borró la
frase con una miga de pan y escribió encima otra menos
contundente. Sonrió satisfecha del resultado final y dobló el
papel tres veces para guardárselo a la espera de encontrar
a alguien que sacase la carta de la isla.
—Ahora ya puedo salir a conocer la isla —se dijo
poniéndose de pie y colocando la silla en su sitio,
asegurándose después de no dejar rastro de su iniciativa.
Capítulo 20
La playa estaba repleta de cajas que los marineros habían
descargado del barco mientras ellos se instalaban. A Harriet
le maravillaba aquella arena blanca que lanzaba destellos al
contacto del sol. Se agachó y cogió un montón con las
manos dejándola después escurrirse entre sus dedos.
—Es polvo de coral, señorita, como ya le dije —dijo Stuart
acercándose con ayuda de su muleta. La levantó cuando
estuvo a su lado—. Gracias a esto me libro de descargar el
cargamento. Por algo dicen que no hay mal que por bien no
venga, ¿verdad?
Harriet respondió a su sonrisa con timidez. Aún le costaba
aceptar que bromeasen con esas cosas.
—¿Qué vais a hacer con el cargamento?
—Son las cosas que nos encargaron. Piezas para el
molino, bebida para la taberna, telas y cacharros…
Harriet no disimuló su sorpresa.
—Creía que era el botín de vuestros abordajes.
—¿Eso? —señaló las cajas riendo—. No, señorita, el botín
se convierte en dinero y se reparte. No sé cómo lo hace el
capitán, no soy muy listo, ya lo sabe.
—No digas eso. Has aprendido a jugar al ajedrez.
—Porque usted tiene mucha paciencia y me enseñó como
a un niño, pero mi madre siempre me decía que tengo el
cerebro del tamaño de un guisante. —El muchacho sonrió
sin malicia.
Harriet no pudo evitar bajar la mirada a su pierna ausente
y la recordó tirada sobre la cubierta.
—No se preocupe por mí —dijo, demostrando que no era
tan tonto como pensaba su madre—. El capitán ya lo ha
arreglado todo. Me quedaré en la isla y tendré mi propia
casa. Me ha dicho que me encontrará un trabajo y que voy a
ser de utilidad, así que tampoco es tan malo. Lo cierto es
que no me gusta el mar.
Harriet sintió un pellizco en el corazón porque sabía que
eso no era cierto, si había alguien a quién le gustase
navegar ese era Stuart.
—Yo también voy a estar aquí un tiempo —dijo con voz
suave—. Así podrás practicar el ajedrez conmigo y
convertirte en un experto.
—Veo que ya te paseas por la isla como si fuese tu casa
—dijo Bluejacket a su espalda.
Harriet se volvió y lo miró con curiosidad.
—¿Cómo consigues convertir el botín en dinero?
El pirata abrió la boca para lanzar la pregunta, pero volvió
a cerrarla. Por qué a Harriet le interesaban las cosas ya no
era algo que tuviese sentido preguntar. Estaba claro que le
interesaba todo, absolutamente todo. Se despidieron de
Stuart y caminaron a lo largo de la playa viendo como la
gente de la isla acudía a buscar sus provisiones.
—Tengo contactos comerciales en distintos lugares.
Vendo la mercancía que consigo y la transformo en dinero.
—Entonces no devuelves lo que tu padre roba a sus
dueños.
—Es más fácil darles oro que pieles o utensilios.
Harriet asintió.
—¿Y tú tripulación? Ellos también reciben parte de ese
oro.
Bluejacket no respondió y Harriet comprendió que temía
ser escuchado pues allí había mucha gente.
—¿Ellos pagan? —Señaló a los que ocupaban la playa.
—Claro —dijo el capitán sonriendo—. ¿Crees que
mantengo a todo el mundo?
—¡Capitán! —exclamó un hombre regordete con una gran
barba soltando una caja al verlo—. ¡Bienvenido!
—Sam. ¿Ya te han dicho que lo hemos conseguido todo?
Esta vez has estado de suerte.
—Sí, me lo han dicho. Mi Lisa está deseando que acabe el
nuevo molino, con esto no me llevará más de una semana.
Bluejacket sonrió con simpatía.
—Esta es Harriet Wharton y será nuestra invitada durante
un tiempo.
—Bienvenida, señorita. —El hombre la miraba con
evidente curiosidad—. ¿Es su novia, capitán? Mi mujer se
pondrá contenta cuando lo sepa, ya sabe que siempre dice
que un hombre como usted no debería estar solo.
—Dile a tu mujer que no se preocupe por mí, que estoy
muy bien como estoy. —Sonrió—. Y quiero la primera
hogaza de pan de la harina del nuevo molino.
—Así será, capitán —dijo el hombre volviendo a por su
caja.
Harriet lo miraba con disimulo mientras seguían
caminando. Esperaba que le dijese a donde la llevaba, pero
él no abría la boca.
—¿Adónde vamos?
Bluejacket sonrió divertido.
—Sabía que no aguantarías.
Harriet levantó una ceja y se encogió de hombros.
—No sabía que era un reto, de haberlo sabido…
—Tampoco habrías aguantado. —La miró desde su altura
con expresión burlona.
La irritó ser tan transparente para él.
—Me gusta ese vestido —dijo el capitán mirando hacia el
horizonte—. Es lo más bonito que te has puesto desde que
te capturé en el muelle.
Harriet se miró y asintió. Era realmente bonito, sí. El
brocado, con una base de sarga en color verde, trama de
seda superpuesta y dibujos tejidos con hilo de oro, era
realmente hermoso.
—Pesa un poco —dijo—. Y no es muy cómodo, pero sí, es
bonito. Mi hermana tendría mucho que decir a esto. Me
refiero al hecho de que se considere normal que llevemos
vestidos bonitos pero incómodos, pues nuestra única misión
en la vida es resultar atractivas para que los caballeros nos
halaguen. Como has hecho tú.
—¿Ahora soy un caballero?
Su tono burlón iba a juego con su mirada divertida.
—Me sería muy difícil disparar el arco con este vestido. —
Levantó los brazos colocándolos en posición—. Me molesta
la sisa. Claro que podría romperla…
El capitán le sujetó la mano adelantándose a sus
intenciones.
—Sería incómodo que mostrases más de lo debido en
mitad de la playa y rodeada de hombres que hace mucho
tiempo que no han visto una piel como la tuya. —Hizo una
pausa y negó con la cabeza—. De hecho, no creo que jamás
hayan visto nada parecido.
—Mi piel es como la de todo el mundo, menuda tontería
—dijo desistiendo—. El vestido es muy bonito pero me
incomoda, pienso hacerle algunos arreglos.
—Deberíamos encontrar a un sastre, antes de que
destroces todos los vestidos de la isla —dijo él poniendo los
ojos en blanco—. Vamos a la taberna, tengo que hablar con
Lucy.
Durante el recorrido hasta la taberna Harriet descubrió
que era cierto que lo trataban como a un rey. Todo el mundo
lo abordaba a cada paso que daban, pidiendo u ofreciendo
algo o adulándolo por alguna hazaña sobrehumana de la
que ella no había sido testigo, pero que, afirmaban, había
sucedido durante la travesía. Quizá por eso entraron en la
taberna por una puerta lateral y se metieron a hurtadillas en
un salón privado.
—¡Blue! —La mujer que estaba sentada al otro lado del
robusto escritorio se levantó, fue hacia él y le plantó un
profundo y largo beso en la boca.
Harriet los observó durante toooodo el rato que duró el
beso y no pudo evitar que su espalda se envarase y sus
labios se apretaran con desagrado. Cuando se separó de él
la tabernera la miró de arriba abajo con expresión burlona.
—Así que tú eres la inglesita —dijo acercándose para dar
una vuelta a su alrededor mientras chasqueaba la lengua—.
Eres tal como te han descrito.
—Ah, ¿sí? —Harriet la miró con la misma osadía—. ¿Y qué
te han dicho?
—Que eres pequeña, tienes fuego en el pelo y tus ojos
son como dos puñales.
—Qué descripción más curiosa.
—También me han hablado de tu palo, ese con el que le
diste una paliza a Saggs. Bien hecho, por cierto, ese
malnacido me debe un buen dinero. ¿Dónde está? —dijo
volviendo junto a Bluejacket.
—Pidió quedarse hasta el siguiente turno —dijo torciendo
una sonrisa malévola—. Está claro que te tiene bastante
miedo.
—Hace bien en temerme, lo voy a moler a golpes. —Se
giró a mirar a Harriet y señaló el jō que llevaba atado al
cinto—. Deberías enseñarme a usar ese palo.
—Se llama jō —respondió ella—, y estaría encantada de
enseñarte, pero tardarías mucho en poder darle una paliza a
nadie con él. Te aconsejo que uses un método que ya
conozcas para eso.
Lucy sonrió abiertamente y volvió a mirar al capitán.
—¿Qué me has traído?
—Lo que me pediste y alguna sorpresa.
—¡Vaya! Parece que tu último viaje ha ido bien.
—¿Último? —La siguió hasta el escritorio y se sentó al
otro lado de la mesa mientras ella ocupaba su lugar—. Solo
nos tomamos un descanso.
—Ya. Eso es cosa tuya. A mí lo que me interesa es que
repasemos la lista. —Buscó los papeles en un cajón y los
puso encima de la mesa—. ¿Te apetece un whisky? Todavía
me queda de ese escocés que tanto te gusta, ese no se lo
doy a los clientes porque ya sabes que…
Harriet se había quedado en el mismo sitio perpleja de
que a ninguno de los dos pareciese importarles su presencia
lo más mínimo. Cierto que la tabernera no la conocía, pero
¿Bluejacket? El pirata parecía no tener ojos más que para la
tal Lucy. Harriet levantó una ceja con expresión irónica. Sí,
era guapa y, desde luego, tenía un cuerpo voluptuoso, pero
eso no era motivo para ningunearla de aquel modo. Se
acercó a ellos y se quedó de pie junto al capitán observando
con fingido interés lo que ella le explicaba señalando con el
dedo una línea del papel. La tabernera levantó la vista y la
miró interrogadora.
—¿Por qué no te sientas allí y nos dejas trabajar, niña? —
indicó un sofá en la otra punta del salón, al parecer la
quería bien lejos.
Harriet miró a Bluejacket esperando alguna objeción, pero
él se limitó a asentir.
Serás… Apretó de nuevo los labios y sin decir una palabra
se alejó de ellos que, inmediatamente volvieron a sus
importantes negocios. Deambuló por el cuarto tocando aquí
y allá y se sentó en el sofá durante veinte segundos.
Finalmente se hartó y sin decir nada salió del salón
dispuesta a investigar por su cuenta.
El sonido de voces y risas se mezclaba con los golpes de
las jarras al dejarlas sobre la mesa. El olor era una mezcla
entre salado y agrio, aunque también olía a flores. Una
mezcla nauseabunda en cualquier salón de Inglaterra, pero
que allí resultaba casi agradable. Prácticamente toda la
tripulación del Olimpia estaba allí y los acompañaban un
grupito de mujeres y de lugareños ávidos por conocer las
andanzas de los piratas.
—¡Señorita Harriet, venga aquí! —Lewis se había puesto
de pie y le hacía gestos para que se acercase a su mesa—.
Estos son Douglas y Sam y ese de ahí es Torken, no le haga
mucho caso, es un gruñón. Torken, pórtate bien con la
señorita o el capitán te cortará los huevos.
—¿Es verdad que vapuleó a Saggs? —preguntó Douglas.
—Fue un ejercicio, no una pelea —Ya empezaba a estar
cansada del tema—. Quería que le enseñara a usar el jō. —
Dio unas palmadas sobre él para que lo viesen.
—¡Ah! —exclamó el otro al tiempo que asentía.
—¿Y se cargó a todos esos franchutes que dicen?
Harriet no se sentía orgullosa de ello, así que se limitó a
encogerse de hombros.
—Ya tendréis ocasión de verla hacer una demostración —
intervino Lewis—. La señorita se va a quedar por aquí un
tiempo.
Torken la miraba inquisitivamente y su expresión no le
gustó nada a Harriet. Le llegaban muy malas vibraciones de
ese lado de la mesa.
—¿Entonces es una prisionera o una invitada? —preguntó
el hombre mostrando sus negros dientes.
Todos la miraron interrogadores, incluso Lewis que, a
pesar de lo dicho en el barco, no lo tenía nada claro.
—Ninguna de las dos cosas —dijo ella sosteniéndole la
mirada—. Soy una pirata.
—¿Una pirata? —Torken se echó a reír a carcajadas—.
¿Usted una pirata? ¡Eh! ¡Escuchad todos! La señoritinga
esta, que dice que es una pirata.
Toda la taberna se echó a reír, a algunos les hizo gracia
de verdad, pero la mayoría lo hicieron para no tener
problemas con Torken.
Harriet lo miraba sin sonreír siquiera.
—¿Qué es lo que le hace tanta gracia?
—Usted. —La señaló de arriba abajo—. Es apenas una
niña…
—Te acaban de contar que se cargó solita a un montón de
franceses y que vapuleó a Saggs, Torken —dijo el tal
Douglas.
—Lo de los franceses, vamos a dejarlo, que estos tienen
más imaginación que Sam que se cree que Lisa disfruta
cuando se lo hace. Pero lo de Saggs… está claro que él no la
tomó en serio. ¡Luchó con la funda de su espada! De haber
querido, la habría hecho pedazos, y no es que Saggs sea un
pirata muy temible —se burló.
—Puedo hacerle una demostración cuando guste —dijo
Harriet sin perder la serenidad—, y puede usar su espada si
así se siente más seguro.
Torken torció más su sonrisa y en sus ojos prendió la
chispa del reto, pero rápidamente la apagó una voz de
advertencia en su cabeza.
—Como ha dicho Lewis, Bluejacket me cortaría los huevos
si daño su juguete. —Cogió la jarra y dio un largo trago
antes de ponerse de pie para marcharse—. Quizá algún día,
quién sabe… Hasta entonces, cuídese, señorita.
Harriet lo vio salir de la taberna con la indeleble
impresión de haber sido citada a un futuro encuentro no
muy agradable. Miró a Lewis con expresión inquisitiva.
—Es mejor que se mantenga alejada de él, señorita —
aconsejó el muchacho—. No es un buen tipo y al capitán no
le gustará nada que se relacione con él. Lo echó de su barco
hace tiempo y desde entonces va y viene. No ha encontrado
una tripulación fija a la que unirse.
—Ni siquiera Fenton lo quiere —dijo Douglas.
Harriet volvió a mirar hacia la puerta pensativa.
—¡Capitán! —Todos lo miraron conscientes de su enfado
menos ella.
—¿Ya habéis acabado? —preguntó Harriet con cara de
aburrimiento.
—Salgamos de aquí —dijo él entre dientes y sin más se
dio la vuelta caminando hacia la puerta.
—Vaya con él —murmuró Lewis con apremio—. Está muy
enfadado, señorita, no lo provoque.
Harriet bufó con desgana y obedeció.
Capítulo 21
—¿Qué te he dicho antes de salir de casa? —masculló él
visiblemente enfadado—. No puedes ir por ahí sola.
—Qué curioso, esto cada vez se parece más a Londres.
El capitán volvió a agarrarla del brazo impaciente y tiró
de ella para alejarse de allí, había demasiados curiosos y
era mejor que no la oyeran. Seguro que lo dejaría en
ridículo.
—Cuando doy una orden es para que la cumplas —
masculló entre dientes.
—¿Una orden? —Trató de soltarse, pero Bluejacket tenía
la mano de acero y la llevaba a trompicones.
Se metieron entre los árboles y él no habló más hasta que
estuvieron lo bastante lejos de todo como para poder
gritarle a gusto.
—Aquí mando yo, pensaba que te había quedado claro.
—Si quieres darme órdenes, hazme miembro de tu
tripulación.
—¿Qué? —El pirata abrió los ojos con sorpresa.
—Te he demostrado que puedo ser de utilidad, Blue.
¿Puedo llamarte Blue? Bluejacket me parece un chiste y he
oído que algunos te llaman así.
—¿Un chiste?
—¡Sí! ¿De quién fue la idea de llamarte chaqueta azul?
Debía tener tres años.
—De mi hermana. Y no tiene tres años precisamente.
—¿Tu hermana?
—Sí, mi hermana.
Miró a su alrededor y cogiéndola del brazo volvió a tirar
de ella.
—¿Sabes que puedo caminar sola?
—Harriet, no me lo pongas más difícil, por favor.
—Pero si eso es lo que pretendo, facilitarte las cosas. Está
claro que no vas a pedir rescate por mí y también sabes que
no pienso volver a casa, déjame al menos que sea útil.
—Claro que vas a volver a casa —dijo deteniéndose
sorprendido—. Deja de decir tonterías.
—¿Adónde me llevas ahora?
—No quiero que te pique un insecto y acabes ardiendo de
fiebre en una cama. En la playa estarás más segura. —
Siguió avanzando y tirando de ella—. Debemos alejarnos de
todo el mundo, no quiero que me dejes en evidencia.
Llegaron a una cala apartada y la soltó cargándose de
paciencia.
—Aquí puedes ser todo lo impertinente que quieras —dijo
cruzándose de brazos.
—¿Impertinente? ¡Yo no soy impertinente!
—Oh, sí lo eres.
—Lo que ocurre es que estás muy acostumbrado a
ordenar y que se te obedezca y yo no estoy bajo tus
órdenes.
—Te recuerdo que…
—No empieces con lo de que soy tu prisionera porque los
dos sabemos que eso es más falso que… que… —El pirata
sonreía burlón y no la dejaba pensar—. Bueno, es falso.
—En cuanto las cosas se calmen te llevaré a algún lugar
desde el que puedas viajar a Inglaterra de manera segura.
Hasta entonces tendrás…
—¿En serio? —lo cortó—. ¿Quieres que vuelva a Harmouth
para que todos me señalen con el dedo como la cautiva de
Bluejacket? Sabes lo que pensará todo el mundo de mí,
creerán que tú…
—Ya te dije que encontraría una solución.
—No hay ninguna solución. ¡Eres un pirata! ¿Quién va a
creerse que no me has tocado? ¡Nadie! —Se paseaba
delante de él pensando de nuevo en voz alta—. Da igual lo
que yo diga, mi reputación está acabada y no permitiré que
esa mancha salpique a mi familia. Elinor todavía puede
casarse y tener una vida digna, aunque se empeñe en
estropearlo todo casándose con Colin. ¿Cómo se va a casar
con Colin? Es que no me cabe en la cabeza que lo piense
siquiera.
—¿Qué tiene de malo ese Colin? —preguntó él frunciendo
el ceño—. Espera… ¿hablas del hermano de Henry
Woodhouse?
Harriet asintió repetidamente.
—¿Conoces a la familia Woodhouse? —Levantó una mano
—. Qué preguntas hago, claro que los conoces.
—¿Y tu hermana quiere emparentar con ellos? —Se cruzó
de brazos—. Pues yo diría que en ese caso debería elegir a
Henry, desde luego.
—Elinor quiere muchísimo a Colin.
El pirata movió la cabeza con pesar.
—Pues lo lamento por ella.
Harriet levantó una ceja y puso los brazos en jarras.
—¿Crees que no sabe cómo es Colin?
La expresión de sorpresa en el rostro de Bluejacket fue
más que evidente.
—¿Y entonces por qué quiere casarse con él?
—Está convencida de que así puede protegerlo.
—Ya entiendo.
—¿Sí? —Harriet frunció el ceño—. Pues podrías
explicármelo, porque yo no lo entiendo.
—Conozco algunos casos parecidos —afirmó el pirata—.
Mujeres que se casan con hombres como Colin para que
puedan ocultarse a la vista de todos, sí. Y hombres que
aman a una esclava con la que conviven como si fuese su
esposa. La gente hace lo que puede con lo que tiene.
Harriet entornó los ojos y Bluejacket soltó una carcajada.
—Yo no —aclaró rápidamente—. Sokanon está felizmente
casada.
—¿Y no eres demasiado viejo para estar soltero?
El pirata abrió la boca sin dejar de sonreír.
—¿Viejo? —dijo al fin—. ¿Crees que soy viejo?
—¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y cinco?
La miró con una mezcla de curiosidad y codicia.
—Veintisiete.
Harriet tenía una expresión divertida.
—Qué curioso, tienes la misma edad de Alexander. ¿Por
qué no sois amigos?
—Te recuerdo que estuve en la armada. Eso no me dejaba
mucho tiempo para asistir a bailes y eventos sociales.
—Edward también estuvo en el ejército, pero claro se
conocían desde antes —dijo pensando en voz alta.
—Entonces, según tú, ¿debería casarme antes de los
treinta?
—Si quieres hacerlo con una mujer joven, sí —afirmó
rotunda—. No sería justo para ella tener que hacerlo con un
vejestorio, ¿no crees?
El pirata soltó una carcajada.
—Has dado un buen golpe a mi vanidad al decirme que te
parezco viejo. —Se tocó la incipiente barba—. ¿Es por esto?
—No, qué va, esa barba me gusta —dijo ella sin pensar.
—¿Te gusta?
Harriet asintió con la cabeza mirándolo sin disimulo.
—Te hace parecer interesante. Y resalta el color de tus
ojos… Nunca había visto unos ojos tan claros. —Se acercó
hasta que solo los separaba un palmo—. Tienen unas
pintitas verdes, formando una estrella. Es muy curioso.
Bluejacket se sitió extrañamente vulnerable, una emoción
que empezaba a resultar demasiado preocupante.
—No entiendo por qué no estás casado. Ni por qué
Katherine no te puso en su lista. Está claro que cumplías
todos los requisitos. Eres guapo y vas a heredar mucho
dinero… Aunque ahora me alegro de que no se fijara en ti,
habría sido muy violento que fueras mi cuñado y yo sintiera
estas cosas.
La sinceridad de Harriet lo desarmaba por completo. No
había prevención ni cuidado por protegerse. No había
subterfugios, ni disimulos. Se dejaba ver con total claridad
asumiendo que estaba a salvo con él. El corazón del pirata
se aceleró al ritmo de su agitada respiración, pero contuvo
el impulso de levantar los brazos para atraerla hacia sí
porque sabía que no debía hacerlo, que si cruzaba esa línea
estaría perdido.
—¿Qué cosas? —preguntó con voz ronca.
Ella levantó una ceja como si la pregunta le pareciese
estúpida.
—Ya sabes a qué cosas me refiero. Además, no querría
que Katherine se casara con un pirata. A ella no le gustan
nada las aventuras. —Se agachó para quitarse los zapatos,
quería sentir la fina arena en los pies. Levantó la cabeza
para mirarlo—. ¿Nunca te has enamorado?
—Una vez —afirmó él sin pensar. Su rizos rojos caían en
cascada hasta el suelo y su corazón se aceleró un poco
más, alimentado por intensos pensamientos.
—¿Qué pasó? —siguió ella.
—Se casó con otro.
Harriet se puso de pie y mirándolo con pesar.
—Lo siento.
—Siéntelo por ella, ese otro es alguien mucho peor que
yo.
—Aun así debió dolerte mucho y lo siento.
—¿Sientes que me doliera? —Trató de sonar burlón pero
su tono resultó demasiado íntimo.
Ella asintió.
—Yo nunca he estado prometida, ni siquiera he tenido
pretendientes, no me dio tiempo, con los líos de Caroline…
Aunque lo cierto es que la realidad se alejaba bastante de
mis fantasías. Enseguida me di cuenta de que aquellos
jóvenes que dejaban sus tarjetas en nuestra casa de
Londres no se sentían realmente interesados por mí. Y no
les culpo, no soy de las que gustan a los hombres. No me
parezco a Katherine o a Caroline, ni siquiera soy como
Emma. Ellas tienen muchos atributos: son guapas,
divertidas y tienen conversaciones muy interesantes. A mí
rara vez me escuchan porque siempre les parece que digo
tonterías. A los jóvenes les gusta una señorita que pueda
escuchar hablar sobre la última carrera de caballos a la que
han asistido, sin que ella se pregunte cuánto le costaría
disparar su arco desde un caballo que corre a esa
velocidad…
—¿Puedes disparar tus flechas montada a caballo? —
preguntó con los ojos muy abiertos.
—Y acierto una de cada tres veces, es un buen promedio
según Alexander —sonrió orgullosa.
El pirata entornó ligeramente los ojos.
—¿Entonces nunca te has enamorado? Me refiero aparte
de Chantler.
—Bueno… —Jugó con los pies en la arena evitando su
mirada—. Quizá… ¿Conoces a James Crawford? Ahora es el
marido de mi hermana Caroline y son perfectos el uno para
el otro, pero durante un tiempo creí que lo amaba. Se le
veía tan poderoso con su uniforme… Luego apareció el
capitán Chantler, es cierto. —Mostró las manos como si lo
que seguía fuese lo más evidente del mundo—. Cazador de
piratas, ¿qué puede haber más atractivo que eso? Bueno,
ser pirata, por supuesto, pero una no tenía acceso a piratas
fácilmente…
—¿De verdad estás enamorada del capitán Chantler?
—Yo creía que sí, pero está claro que me equivocaba. Un
cazador de piratas ya no me resulta nada atractivo. Stuart
es un pirata… —Se encogió de hombros al tiempo que
mostraba las palmas de las manos—. No me gustaría nada
que lo cazaran. No sería nada heroico me temo.
El capitán frunció el ceño al tiempo que daba un paso
atrás para alejarse de ella. Su fragancia le estaba nublando
la mente. ¿Por qué cuánto más hablaba menos la entendía?
—¿Y del capitán Crawford?
—Evidentemente que no, ¿cómo voy a estar enamorada
del marido de mi hermana? ¡Qué espanto! En cuanto supe
que sentía un claro interés por ella me desenamoré
inmediatamente. ¿Por quién me tomas?
—No sabía que uno podía amar y dejar de amar a
voluntad —musitó él con la cabeza a punto de estallarle.
—Bueno, en realidad creía que sí, pero ahora sé que no.
—¿Ahora lo sabes?
La miró con tal intensidad que Harriet creyó que podría
traspasarla.
—Una no puede decidir sobre sus sentimientos —negó
con la cabeza—. Es imposible.
Bluejacket volvió a acercarse hasta estar a menos de un
palmo.
—¿Por qué dices que no eres de las que gustan a los
hombres? —susurró.
—Ya sabes… —Tenía la garganta seca y le costaba
encontrar las palabras, algo totalmente inusual en ella.
—No tengo ni idea.
—Estoy loca.
—Hay hombres a los que eso les resultaría atractivo.
—Y luego está mi pelo…
—¿Qué le pasa a tu pelo? —Extendió la mano y cogió uno
de sus rizos entre los dedos y le pareció que era lo más
deliciosamente suave que había tocado nunca.
—Es rojo.
—¿Y?
—Rizado.
—Repito, ¿y?
—A nadie le gusta eso.
—A mí me gusta.
—Tengo la nariz puntiaguda —dijo poniéndose de lado y
señalando la puntita de su nariz—. Seguro que no te habías
fijado.
—Tu nariz es perfecta.
—Y mis ojos son demasiado expresivos.
—Yo creo que son preciosos.
Harriet carraspeó nerviosa
—No me mires así —pidió bajando la voz.
—¿Así cómo? —preguntó él con la sangre hirviendo.
—Como si fuese un pastel de carne y tú llevases una
semana sin comer.
—Estoy hambriento, Harriet —musitó acercándose a ella
—. Desfallecido y hambriento, y me temo que he llegado al
límite de mi resistencia.
La tomó entre sus brazos y la besó de un modo arrollador
al que ella respondió como si estuviese esperando su caricia
desde hacía mucho tiempo. Fue como un grito de alivio
enmudecido en otra boca, como si el mar tocase por
primera vez la orilla y descubriese al fin el sentido de su
eterno viaje. La cálida brisa los envolvió con su abrazo
mientras las manos de Joseph se deslizaban por su espalda
y rodeaban su cintura para atraerla un poco más. Poco,
porque sus cuerpos ya estaban pegados y Harriet percibía a
las claras la dura erección contra su vientre imaginándose lo
que vendría después. Un segundo más tarde sintió la
espalda contra la arena y el peso de él aplastándola sin
resquicio. Una mano se coló bajo su falda y no se detuvo
hasta sentir el tacto de su piel en la yema de los dedos,
suave y vibrante. Harriet se estremeció y un fuego
abrasador prendió entre sus piernas. Sus ojos brillaban y su
boca entreabierta lo invitaba, pero Joseph mantuvo la
distancia para verla bien. Quería percibir hasta el último
detalle de sus reacciones mientras la acariciaba. Sabía que
era el primero que indagaba en sus misterios y quería verla
despertar a la pasión. Por primera vez en su vida, Harriet no
tenía palabras para expresar lo que sentía. Había
enmudecido por completo y su cerebro era una explosión
descontrolada de emociones que enviaba señales a todas
partes. A sus manos, a sus pies y a cada porción de piel viva
que cubría su cuerpo.
—Quiero hacerte el amor —musitó él sin dejar de tocarla.
Se sentía como un niño, asustado, emocionado y ansioso.
Temía correrse sin llegar a intentarlo. Temía hacerle daño. Y,
sobre todo, temía que lo mirase decepcionada por su
traición.
—¿Sabes lo que es esto, Harriet? ¿Lo que estoy haciendo?
Ella asintió con mirada febril, su cuerpo ardía en llamas y
solo quería que él calmase aquel ansia que la consumía.
—Si sigo adelante no habrá vuelta atrás, serás mía para
siempre, ¿lo entiendes? —su voz se quebró temblorosa—.
Necesito saber que lo entiendes.
—Lo entiendo.
—¿Y aun así…?
Ella levantó una mano y la puso en su mejilla mirándolo
con un sentimiento profundo y sincero. Y aquel gesto íntimo
y cálido lo devastó por completo. Su mano se detuvo y su
cabeza cayó como si no pudiera sostener el peso.
Lentamente se separó de ella y se sentó en la arena
respirando agitado. Harriet quiso gritarle que no se
detuviese, que lo necesitaba, pero en lugar de eso se sentó
también y lo miró interrogadora.
—¿Por qué?
—No puedo darte lo que mereces —dijo sin disimulos—.
No puedo, Harriet.
—¿Lo que merezco?
—Una promesa.
—No te he pedido nada.
El pirata se puso de pie y se sacudió la arena. Después le
tendió la mano a ella y la ayudó a levantarse. Estaba muy
serio y Harriet sintió que todo su cuerpo se enervaba.
—¿Por qué tienes que decidirlo tú? —preguntó enfadada
—. ¿Por qué siempre lo decides todo?
—No eres más que una niña.
—¡No soy ninguna niña! Es mi vida y quiero ser yo la que
escoja cómo vivirla.
—¡Pero no puedes! —respondió él con dureza—. Solo eres
una mujer, ¿entiendes? Nada más. Vosotras no mandáis,
solo obedecéis.
—Elinor tiene razón —masculló dolida—. Es injusto.
—¿Y qué que sea injusto? ¿Crees que eso cambia algo?
¡La vida es injusta cada día para mucha gente, Harriet! —
Trató de darse la vuelta, pero ella lo sujetó del brazo y tiró
de él con violencia para detenerlo—. No puedo darte un
apellido ni la seguridad de un hogar. Solo puedo darte mi
cuerpo y tomar el tuyo, ¿lo entiendes? Nada más.
—¿Y si solo quiero eso?
—No me hagas reír —dijo con amargura—. ¿Crees que no
sé cómo eres? ¡Lo quieres todo, Harriet! Siempre lo querrás
todo. Lo supe desde el primer día, cuando te revolvías entre
mis brazos disfrazada de muchacho, eres de las que arrasan
con todo y no dejan ni las migajas.
Ella apretó los labios consciente de que la furia estaba
dando paso a una emoción mucho más difícil de dominar.
No quería llorar delante de él, no quería que viese lo
vulnerable y frágil que era.
—A ella se lo has dado —dijo con voz temblorosa—. A
Lucy le has dado tu cuerpo, ¿verdad? ¿Y a cuántas más?
Seguro que a docenas de mujeres les has dado lo que a mí
me niegas.
—Lo que te niego no es mi cuerpo, Harriet. —La miraba
con tal intensidad que sintió esa mirada en el centro de su
ser—. Es mi alma.
—Lo que pasa es que crees que estás protegiendo mi
reputación, pero eso ya no tiene arreglo. ¿Qué importa si
hacemos lo que todos creerán que hemos hecho?
—A mí me importa.
—¿Por qué? —Su voz se quebró y apretó los puños como
si así pudiera resistirse.
—Porque te amo, Harriet Wharton. Te amo y maldigo la
hora en la que se me ocurrió subirte a mi barco.
Se alejó de ella lo más rápido que pudo dejándola
exhausta y temblorosa, pero se detuvo a poca distancia.
—Vamos, no te dejaré sola —ordenó sin volverse a
mirarla.
Harriet dudó si obedecerle, pero estaba demasiado
conmocionada para empezar una discusión, así que se puso
los zapatos y lo siguió.
Capítulo 22
—¿Una carta? —Tom la miraba con expresión confusa—.
¿Quiere enviar una carta?
Harriet asintió.
—Pero el capitán…
—Escúchame, Tom, si quieres puedo dejarte leerla para
que veas que no digo en ella nada que pueda delatar mi
paradero ni con quién estoy. No pretendo traicionar al
capitán, solo quiero que mi familia no sufra, ¿lo entiendes?
Pronto será Navidad y mi ausencia les estará causando un
gran dolor. Tengo que hacer algo para que dejen de
preocuparse por mí.
—No sé leer —dijo el muchacho—. ¿Cómo voy a saber
que lo que dice es verdad?
—Nunca miento. —Se irguió ofendida.
—No puedo hacerlo, señorita, el capitán es muy duro
cuando se enfada, no quiero que me muela a latigazos.
—Él no haría eso —musitó molesta.
Dejó que el muchacho se marchara y sacudió la carta
contra su otra mano varias veces. ¿Cómo podía ocultarle
algo si todos en aquella maldita isla estaban bajo su influjo?
—Tienes una visita —anunció Sokanon sacándola de sus
pensamientos.
Sin esperar a que ella diera su permiso la india se apartó
para dejar pasar a dos sonrientes damas. Una de pelo
canoso y otra algo más joven. Supuso que la mayor era la
esposa del clérigo y la otra su hermana.
—¡Qué gusto poder saludarla al fin! Mi hermana y yo nos
moríamos de ganas de conocerla, señorita Wharton. Soy
Elise Paget y esta es mi hermana Margot Laurent. Mi esposo
es el reverendo Gabriel Paget. Disculpe mi acento, llevo
muchos años lejos de Francia, pero no consigo librarme de
él.
—Encantada de recibirlas —dijo saludando a su hermana
también—. Siéntense. ¿Les apetece un té o un café?
—Cualquiera de las dos cosas estará bien —aceptó Elise
después de sentarse.
Harriet pidió a Sokanon que lo preparase y regresó con
sus visitantes.
—Tenía pensado ir a visitarlas, pero aún no me he
aclimatado a la isla, tan solo llevo una semana aquí.
—Espero que no le moleste que nos hayamos adelantado
—dijo Margot cuya voz profunda y dulce le recordó a la de
Marianne.
—Por supuesto que no, al contrario.
—Ha sido todo un acontecimiento que usted esté aquí, no
se habla de otra cosa —afirmó Margot.
—También es cierto que no suceden muchas novedades
en Isla Refugio —comentó su hermana—. Somos la única
familia con cierto… nivel, usted ya me entiende.
—No crea que somos remilgadas y clasistas… —Margot
miró a su hermana como si le pidiera aprobación—. Nuestra
familia no es aristocrática, Elise se refería más a una
cuestión de intereses. Nosotras disfrutamos de la lectura y
el arte y no hay nadie aquí a quién le interesen estos temas.
—Además somos francesas —añadió Elise como si eso lo
explicase todo.
—Ya imagino.
—No estamos para nada de acuerdo con Napoleón, debe
saberlo. Detestamos profundamente la guerra que está
llevando a cabo. —Sonrió afable al ver la expresión de
desconcierto en el rostro de Harriet—. Se preguntará cómo
es que salimos de Francia y vinimos a parar a un lugar como
este. Yo también me lo pregunto a veces. —Se rio con ganas
—. Verá, a pesar de su apellido, mi esposo es inglés. Tiene
antepasados franceses, es evidente, pero ni siguiera habla
bien nuestro idioma.
—Nosotras somos de Toulouse —intervino Margot—.
¿Conoce Francia, señorita?
—Sí. Estuve con mi familia hace unos años, pero no tuve
el placer de visitar Toulouse.
—Es una ciudad preciosa, la invito a que vaya cuando
acabe la guerra. Nuestra familia estará encantada de
recibirla, estoy segura.
Sokanon llegó con el té y colocó el servicio en una mesilla
frente a Harriet.
—Yo lo sirvo, tranquila, puedes volver a casa.
—Gracias, me marcho entonces. Que tengan un buen día.
—¿No se llevan bien?
—¡Margot!
La mencionada dio un respingo y se mordió el labio
apenada.
—Disculpe, no debería haberle preguntado eso. Ya me irá
conociendo, no soy famosa por tener tacto, es la verdad y
cuanto antes lo sepa mejor para todos.
—Mi hermana es muy impulsiva, a menudo dice lo que se
le pasa por la cabeza. Nuestra madre sufrió mucho por eso.
—Eres una exagerada, Elise.
—¿Exagerada? ¿Ya has olvidado lo que le dijiste al pobre
señor Bertrand delante de todos?
—Aquello fue un desliz sin importancia.
—¿Y lo de la señora Renoir? ¿Eso también fue «un desliz
sin importancia»? La llamaste gorda delante de sus amigas,
y sabías muy bien lo que hacías.
—Esa mujer era odiosa y tú deberías estarme agradecida
más que nadie. Te dijo que ibas a casarte con un falso
creyente y que arderías en el infierno por ello.
—A mí no me importó en absoluto.
—¿Que no te importó? ¡Pero si te pasaste la noche
llorando!
Las dos hermanas miraron a Harriet que hizo ruido sin
querer al dejar la cucharilla en el plato.
—¡Oh, querida! Ya nos ha servido el té y nosotras aquí
discutiendo.
—Discúlpenos, señorita —dijo Margot.
—No se preocupe —sonrió Harriet lamentando que el
espectáculo hubiese terminado.
—¿Le habíamos preguntado algo? —dijo Elise tratando de
recordar.
—Si se llevaba mal con su criada.
—¡Margot!
—Tú has preguntado.
—No es mi criada —se apresuró a responder Harriet—.
Trabaja para el capitán y no creo que él la considere una
criada. En cuanto a si nos llevamos bien, me temo que no
me tiene gran simpatía.
La relación con Sokanon no mejoraba con el paso de los
días. Le había dicho que la perdonaba, pero la creek seguía
mostrándose distante y desconfiada con ella.
—¿Cómo es eso posible? Usted es tan agradable… —se
lamentó Margot.
—Sokanon es muy suya.
Harriet esperó a que siguiera, pero al parecer aquello era
todo lo que la señora Paget tenía que decir al respecto.
—Su marido es el párroco de la isla.
—Así es. Le parece raro, ¿verdad?
—No, yo…
—Es que es raro, desde luego. —Se rio Margot—. Solo a
mi cuñado se le ocurriría venirse a una isla a transmitir la
palabra de Dios.
—Gabriel es un hombre peculiar, ya lo verá —intervino su
esposa—. ¿Sabe que conoció al capitán en una taberna? Por
aquel entonces vivía en Liverpool y se relacionaba sobre
todo con obreros por lo que iba a menudo. No bebía, no se
vaya usted a pensar.
—Mi cuñado no bebe nunca, eso es cierto.
—Todo lo que he dicho es cierto —la miró su hermana
frunciendo el ceño.
—La señorita ya sabe lo que quiero decir, ¿verdad? Solo
quería apoyarte, Elise, como eres.
Elise sonrió con cariño y volvió a poner su atención en
Harriet.
—Mi marido nunca se ha interesado por la gente con
posibles, siempre se acerca a los humildes, es un hombre
muy peculiar, ya lo verá —repitió.
—¿Y cómo se conocieron ustedes? —Estaba claro que
ellas eran de familia pudiente.
—En Toulouse, por supuesto —aclaró Elise—. En casa de
unos amigos. Él estaba allí visitando a unos parientes y
nuestros amigos lo invitaron a cenar.
—Se refiere a cómo lo conocimos siendo «gente con
posibles» —se rio su hermana.
—¡Ah, eso! Pues fue casualidad. Gabriel acudió a Toulouse
al enfermar gravemente su abuelo. Nuestras familias se
conocían.
Margot movió la cabeza y soltó un sonoro suspiro antes
de responder.
—Verá, señorita Harriet, la familia de mi cuñado es rica,
muy rica por cierto, pero él reniega de ellos. No cree en las
riquezas terrenales, piensa que es más fácil que un
camello…
—No empieces con eso —la cortó su hermana—. Siempre
están discutiendo por lo mismo, señorita Harriet, no sabe los
dolores de cabeza que me dan.
—Lo cierto es que reniega de ellos —insistió Margot sin
dar su brazo a torcer—. Le gusta la gente sencilla y con
problemas reales. Eso es lo que dice siempre.
—¿Y acaso no es cierto? —Su hermana la miraba seria—.
¿No vivimos en una isla apartada de todo porque quiere
cuidar de estas almas?
—Así es.
—Y a ti bien que te gusta vivir aquí, no sé de qué te
quejas.
—¡Yo no me quejo! Adoro vivir en Isla Refugio y lo sabes.
—¿Entonces?
—Solo trataba de que la señorita Harriet se haga una idea
de cómo es Gabriel, nada más. —Se volvió hacia ella—. Lo
de mi hermana y él fue amor a primera vista, ¿sabe? Él
entró en la habitación y ella murió de amor al instante.
Su hermana se sonrojó y centró la mirada en su taza.
—Es cierto, no puedo negarlo.
—Se casaron tres meses después en Inglaterra. A mí
Liverpool no me gustó nada. —Movió la cabeza a uno y otro
lado para dar énfasis a sus palabras—. Nada de nada.
—La gente allí no agradecía la labor de mi esposo ni sus
sacrificios —dijo Elise—. Estoy segura de que habría
acabado costándole la salud.
—Pero entonces conoció al capitán —sonrió Margot.
—¿A Bluejacket? —dijo Harriet.
—¿No le parece un nombre ridículo? —preguntó Elise.
Harriet sonrió al tiempo que asentía.
—No podemos decirlo sin que nos dé la risa —confesó
Margot.
—Lo llamamos siempre capitán.
Harriet sonrió con simpatía.
—¿Y el capitán le convenció para que viniera a la isla?
—Vinimos de prueba —asintió Elise—. No creímos que nos
gustara, pero ya ve. Estamos encantadas de vivir aquí.
Las dos hermanas se miraron con agrado.
—El único problema es que mi hermana ha tenido que
renunciar a encontrar marido. Como usted comprenderá
estas pobres almas torturadas no pueden ser consideradas
para dicho cometido.
Harriet miró a Margot. Calculó que debía tener cuarenta o
cuarenta y cinco años, desde luego ya no era una jovencita.
—A mí no me importa —reconoció la susodicha—. Estoy
bien como estoy, no necesito un marido. No todas las
mujeres se casan hoy en día.
—Pero me habría gustado verte vestida de novia.
—Si quieres me pongo tu vestido, sé que aún lo guardas
en un baúl y a mí me favorece mucho el color azul, ya lo
sabes.
—No seas tonta, Margot, sabes a lo que me refiero. Usted
me entiende, ¿verdad?
Harriet asintió antes de intervenir.
—Quizá aún encuentre a algún caballero que…
—¡Oh, no, querida! —exclamó la mujer riendo—. No
pienso irme de aquí jamás. Adoro este lugar y quiero que
me entierren aquí.
—Tiene que venir a ver nuestra iglesia. Es modesta, pero
podemos decir sin lugar a equivocarnos, que es el mejor
edificio de toda la isla. El capitán se gastó mucho dinero en
construirla para que fuera sólida y tiene una magnífica torre
y una preciosa casa adyacente.
—¿Es usted creyente, señorita Harriet? —preguntó Margot
—. Debe serlo, viniendo de una familia tan distinguida.
La joven asintió.
—Entonces nos visitará el próximo domingo, le presentaré
a mi esposo y el capitán y usted comerán en nuestra casa.
—Las dos hermanas se miraron satisfechas.
Margot le hizo un gesto con el codo como si la empujase y
la otra frunció el ceño y le respondió con una sutil mueca.
Harriet arrugó el entrecejo.
—¿Desean decirme algo?
—No, es que… —La esposa del pastor murmuró algo solo
para Margot y después volvió a mirar a Harriet con una
sonrisa—. Verá, mi hermana y yo hemos pensado…
Harriet las miraba expectante. Fuese lo que fuese lo que
habían pensado, no parecía fácil decirlo.
—¿No le parece…?
—Mi hermana es un poco anticuada —intervino Margot
perdiendo la paciencia—. Lo que quiere que sepa es que nos
encantaría que viviese con nosotras. Nuestra casa es más
grande que esta y tenemos habitaciones libres. Allí podría
instalarse sin problema y de ese modo se evitaría…
malentendidos.
Harriet abrió la boca para decir algo, pero la cerró
inmediatamente.
—Pero yo le he dicho que a lo mejor hay algo que
nosotras no sabemos…
—¿A qué se refiere? —Estaba cada vez más confusa.
—Pues que usted y el capitán…
—¡Margot!
—… se hubiesen casado en secreto —terminó la frase
mirando a su hermana con expresión interrogadora—. ¿Qué
pensabas que iba a decir?
—Contigo nunca se sabe.
Las dos hermanas volvieron a mirarla
interrogadoramente.
—No estamos casados —aclaró Harriet sin rodeos.
—¿Lo ves? —dijo Elise mirando a su hermana—. Te lo dije.
—Podrías haberte equivocado, no sería la primera vez.
—Pues ya ves que no.
Harriet hubiera sonreído de no haber estado tan
abrumada por la conversación.
—Entonces, ¿no cree que sería buena idea vivir con
nosotras? —insistió Elise.
—Les agradezco mucho su preocupación, pero he pasado
semanas en un barco repleto de piratas y he dormido en el
camarote del capitán, no creo que vivir en su casa vaya a
acallar habladurías. Y, de todos modos, esta isla está muy
lejos de Inglaterra y no creo que ninguno de sus habitantes
vaya a tomar el té con el Príncipe Regente próximamente,
así que vivir en esta casa no agravará el problema.
La esposa del pastor se puso seria.
—¿Ha hecho usted algo indebido?
—No.
—Entonces, no debería seguir tentando al diablo.
Alegrémonos de que aún está a tiempo y solucionémoslo
cuanto antes.
—¿Qué dirá cuando le pregunten?
Harriet miró a Margot confusa.
—¿Cuándo me pregunten?
—Sí, cuando regrese y vaya a tomar el té a casa de
alguna amiga ésta le preguntará que dónde y con quien
vivió mientras estuvo aquí. ¿Qué dirá entonces?
Harriet frunció el ceño.
—Mi hermana tiene razón. Cuando regrese todo el mundo
querrá saber qué hizo y con quien.
—Cuando regrese todo el mundo decidirá qué hice y con
quién. A nadie le va a interesar lo que pasó de verdad.
¿Acaso creen que porque yo les diga que sigo siendo tan
casta y pura como cuando nací me van a creer?
—También podrían casarse —dijo Margot.
—¿Casarse con un pirata? —Su hermana la miró con los
ojos muy abiertos.
—Vamos, Elise, ninguna de las dos creemos que el
capitán sea de verdad un pirata. Le hemos invitado a cenar
muchas veces y conoce perfectamente el protocolo en la
mesa. Diría que lo conoce mejor que nosotras. Sin duda es
un caballero.
—Independientemente de lo que fuera antes, ahora es un
pirata.
—¿Y acaso un pecador no puede resarcirse? No creo que
tu marido esté muy de acuerdo contigo. Esta noche pienso
sacar el tema durante la cena, porque…
—No vamos a casarnos —la interrumpió Harriet
bruscamente y las hermanas la miraron sorprendidas
esperando que diese alguna explicación al respecto.
—Entonces mi hermana tiene razón —dijo Margot
dándose por vencida—, debería venir a vivir a nuestra casa.
Harriet frunció el ceño un poco molesta.
—Estoy segura de que, cuando hablemos con él, el
capitán estará de acuerdo con nosotras —dijo Elise
poniéndose de pie—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
Harriet la imitó negando con la cabeza.
—Nunca me dice a donde va.
—Bien. No se preocupe, lo encontraremos. Gracias por el
café, ha sido un ratito muy agradable. —Sonrió con simpatía
—. Estoy segura de que su madre estaría de acuerdo
conmigo. Considéreme su sustituta mientras esté en esta
isla. Buenos días, señorita Wharton.
—Buenos días, querida —añadió Margot antes de seguir a
su hermana.
—Buenos días. Vuelvan cuando… quieran.
Las dos mujeres ya habían desaparecido tras la puerta y
Harriet se dejó caer en el asiento agotada. No recordaba lo
cansadas que eran esas visitas sociales. Y no las echaba
nada de menos.
Capítulo 23
El molino de Sam estuvo listo en pocos días y Harriet fue a
visitarlo acompañada de Tom. El muchacho se había
convertido en su sombra por orden de Bluejacket y justo era
que se sacase al menos una hogaza de pan calentito por su
trabajo.
—Te gusta la isla —dijo ella sonriendo al ver su cara de
felicidad mientras daba buena cuenta del pan.
—Me encanta, señorita. Es el mejor lugar del mundo. Al
menos el mejor en el que yo he estado. Aquí todo el mundo
se porta bien y deja a los demás en paz, ¿sabe?
Harriet asintió. Llevaba poco tiempo allí, pero entendía lo
que todos veían en ese lugar. Todo el mundo se conocía y
cada uno tenía muy claro cuál era su cometido allí. No había
nada que envidiar ni nada que menospreciar. Todos los
trabajos eran necesarios, útiles y adecuados. Se
preocupaban de sus cosas y dejaban a sus vecinos en paz.
—Supongo que el hecho de que sean poca gente, ayuda.
—Yo vivía en un pueblo pequeño, señorita, y allí nadie se
ocupaba de sus asuntos. Mi madre siempre decía que las
vecinas disfrutaban más de nuestras desgracias que de sus
alegrías.
Harriet lo miró con ternura y le alborotó el pelo. El
muchacho se apartó molesto.
—No haga eso, no soy ningún crío.
—No, no lo eres —dijo ella—. En realidad nos llevamos
solo cuatro años.
—Eso no es ná.
Se detuvieron frente a la taberna.
—No entre ahí, señorita, el capitán me colgará del palo de
mesana si la dejo entrar.
—¿Por qué?
—Ahí está la Madame —dijo escueto.
Harriet lo miró frunciendo el ceño.
—¿La madame? ¿Qué madame?
—La señora Long, ya sabe… La de las chicas que… —El
muchacho hizo un gesto obsceno con los dedos y Harriet
abrió la boca con gran sorpresa.
Balbuceó algo ininteligible mirando hacia la taberna y
luego al muchacho respectivamente
—Usted no debe entrar ahí, los hombres podrían
confundirse.
Ahora entendía por qué Bluejacket se enfadó tanto con
ella por pasearse por ese salón. Recordó a las mujeres
ligeras de ropa que coqueteaban con los clientes y se puso
colorada. Esas mujeres eran…
—¡Señorita Wharton! ¡Qué alegría! —la voz de la señora
Paget la sacó de sus vergonzantes pensamientos.
—Señora Paget, señorita Laurent.
—¿Dando un paseo? —preguntó la esposa del pastor con
simpatía—. Hola, Tom, cuánto has crecido, muchacho, al
pastor le gustará mucho verte. Me alegra que no sufrieses
ninguna herida en el ataque, ya nos han contado lo terrible
que fue. Pobre Stuart. Se quedará en la isla, el pastor ya le
ha encontrado una ocupación y están construyéndole una
casa. Y a Rob otra, por supuesto. A esos muchachos no les
faltará de nada. ¿Quiere que paseemos juntas un rato,
señorita Wharton? Me encantaría presentarle a algunas
personas —dijo cogiéndose de su brazo—. Son gentes
humildes, pero muy agradables, ya lo verá. Está la señora
Perkins, su marido fue miembro de la tripulación del
capitán, pero cogió unas fiebres y estuvo a punto de morir,
así que dejó esa vida hace tiempo.
—No te olvides de los Thomson, hermana —dijo Margot
caminando a su lado—. Esa mujer hace el pudin de
manzana más delicioso del mundo.
—Cierto, cierto —asintió Elise.
Harriet tuvo una repentina idea. Se detuvo en seco y miró
a su amiga con simpatía.
—¿Podría pedirles un favor? —preguntó al tiempo que
buscaba algo en su bolsito.
—¡Oh! ¿Una carta? —la señora Paget frunció el ceño.
—¿Cree que sería posible que se enviara? Mis padres
estarán angustiados con mi ausencia. No saben dónde estoy
ni qué me ha pasado.
—¡Oh, querida! ¡Pero eso es espantoso! ¿Cómo es
posible?
—No ha habido oportunidad. Desde que salimos de
Londres no nos detuvimos hasta llegar aquí.
—Pero ya lleva muchos días en la isla, debería habérmelo
dicho enseguida. —La cogió de sus manos—. Por supuesto,
hablaré con mi esposo y saldrá con el próximo barco.
Aunque… quizá tarde un poco. El único que está fondeado
es el del capitán y por lo que sé piensa quedarse una
temporada. Dos meses, quizá. —Pensó unos segundos.
—¿No podría llevarla alguien hasta La Habana? —
preguntó Margot—. Tobías, el español, ha llegado esta
mañana en su balandra y seguro que no tardará en volver.
—Se habrá peleado por culpa de alguna mujer.
—Eso ya es agua pasada. Desde que se casó con Rosalind
no quiere más que vivir tranquilo. Pregúntale, ya verás. —
Miró a Harriet con una gran sonrisa—. No se preocupe,
señorita, Tobías aceptará llevar esa carta a La Habana.
Desde allí salen muchos barcos, seguro que alguno podrá
hacerla llegar a su destino.
—No cuento nada sobre la isla ni doy datos del capitán —
aclaró emocionada—. Tan solo digo que estoy bien y que no
se preocupen por mí.
—Si quiere yo puedo añadir una nota mía, explicando que
soy la esposa de un clérigo y que me encargaré de que
usted esté bien hasta que pueda regresar.
—¿Lo haría?
—¡Por supuesto, querida! Mi marido y yo no tenemos
cuentas pendientes con la justicia, podemos dar nuestros
verdaderos nombres, aunque no diremos dónde estamos,
por supuesto. —Sonrió—. Esto dará mayor veracidad a su
historia y su familia podrá respirar tranquila.
Los ojos de Harriet se llenaron de lágrimas
—¡Oh, pobrecita! —exclamó Margot cogiéndola de los
hombros—. Habrá estado muy preocupada por ellos.
—Mi madre… —No pudo contener los sollozos—. Sé que
debo haberla hecho sufrir mucho. A saber las cosas que
habrá pensado en este tiempo.
—No se angustie. —La señora Paget le dio unos
golpecitos en la mano con cariño—. Sus hermanas habrán
cuidado bien de ella. Y cuando reciba nuestras cartas su
alegría será tan grande que curará todo el sufrimiento que
haya podido padecer. Vamos, vamos alegre esa cara —dijo
cogiéndole de la barbilla para mirarla a los ojos—. Límpiese
esas lágrimas y vayamos a mi casa para escribir esa carta.
Tom, ¿podrías ir a buscar a Tobías? Dile que venga a mi casa
esta tarde.
El muchacho frunció el ceño sin moverse.
—El capitán me ha dicho que no la deje sola en ninguna
circunstancia.
—¿Te parece que mi hermana y yo no somos nadie? La
señorita Wharton no estará sola, puedes ir tranquilo. Y si el
capitán te pide cuentas dile que hable conmigo. ¡Vamos!
¡Ve!
El muchacho echó a correr y las tres damas caminaron
juntas hacia su casa.
—¿Entonces está de acuerdo, capitán? —Elise miraba a su
invitado con simpatía—. Hemos revisado la carta y le
aseguro que no contiene ningún dato sensible que pudiera
delatarlo. Además la señorita Harriet ha insistido en que no
la selláramos para que usted pueda leerla, si así lo desea.
—No será necesario —respondió él dejando la copa sobre
la mesa.
La esposa del pastor había hecho preparar un festín para
agasajar a sus invitados y después de que lo pusieran al día
de sus intenciones sobre la misiva había conseguido
relajarse.
—Deberías habérmelo dicho. —La miró serio—. Yo te
habría ayudado.
—Temía que te molestase.
—¿Por qué iba a molestarme? Comprendo la angustia de
tu familia. Yo mismo les habría escrito en breve, pero no
creo que eso los hubiera calmado demasiado.
Harriet sonrió aliviada.
—Desde luego que no, sobre todo si firmabas como
Bluejacket.
—No habría hecho semejante cosa, no soy estú… —Se
calló al ver que se estaba riendo de él.
—¿Les apetece tomar el postre en el saloncito? —
preguntó la anfitriona poniéndose de pie con una sonrisa—.
Que pena que no haya estado con nosotros el reverendo,
pero ya saben cómo es, nunca deja a sus feligreses si lo
necesitan y las casas de Stuart y Robert son ahora su
prioridad.
—Están a punto de acabarla —dijo el pirata levantándose.
—Sé que usted y el señor McEntrie han estado ayudando
todos los días, capitán, no se quiten mérito.
Los dos amigos se miraron cómplices y siguieron a las
damas hasta el salón.
—Señor McEntrie, tengo esa bebida que tanto le gusta —
dijo Elise con una enorme sonrisa—. Le pedí al capitán que
me trajese algunas botellas.
—Drambuie —afirmó Bluejacket y el escocés sonrió
satisfecho.
—Eso y el whisky escocés no debería faltar en ninguna
casa decente —afirmó rotundo.
Harriet se paseó por el salón mientras servían las bebidas
y Margot fue a sentarse al piano para amenizar la velada.
—Señorita Harriet, ¿sabe usted tocar el piano?
—No soy ninguna virtuosa, pero me defiendo —dijo
acercándose para sentarse con ella en la banqueta.
—Podríamos tocar a cuatro manos.
—Con mis hermanas lo hacíamos a menudo. Sobre todo
con Elinor. A ella le encantaba improvisar —sonrió al tiempo
que colocaba las manos entre la cuarta y quinta octavas.
Las dos mujeres comenzaron a tocar una pieza conocida
a la que Harriet fue haciendo variaciones hasta que fue del
todo irreconocible. Las dos acabaron riendo a carcajadas
ante la atenta mirada de los otros tres participantes en la
velada.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Elise con expresión
confusa.
—Nada —respondió Harriet cogiendo la copita que le
habían dejado sobre el piano—. Una tontería.
Se ruborizó al ver el modo en el que Bluejacket la miraba
y buscó un lugar para sentarse en el que pudiera evitar ver
su escrutinio, aunque siguió sintiendo sus ojos clavados en
ella.
—Debe ser muy divertido tener tantas hermanas —dijo
Margot, que lo había pasado en grande con aquel ejercicio.
—Lo es —afirmó ella—. Además, todas son muy diferentes
por lo que es imposible aburrirse. Todas estamos muy
unidas, aunque Elinor es la más cercana, siempre estamos
juntas. Estábamos… —se corrigió y su rostro mostró cierto
desasosiego.
—Volverán a estarlo, no se aflija —dijo Elise para animarla
—. Y tendrá muchas cosas que contarles cuando regrese.
Me parece que usted va a monopolizar todas las
conversaciones durante mucho tiempo.
Harriet asintió, pero su semblante no recuperó la alegría.
—Es maravilloso que acogieran a su tía como una más —
dijo Margot.
—Es que Elizabeth es maravillosa —afirmó rotunda—. Es
la mujer más buena, cariñosa y fuerte que conozco. Siempre
está ahí para todos y nunca se lamenta por nada, a pesar
de que tiene motivos.
—No debió de ser fácil para ella. —Elise dio un pequeño
sorbo a su copa de vino—. Su hermano demostró un gran
corazón rescatándola de la miseria.
—No vivía en la miseria, su madre era una mujer humilde,
pero tenía una casita y una pequeña renta.
—Y aun así, su padre quiso llevarla a vivir con sus hijas.
Harriet asintió.
—Está claro que no es un hombre corriente. Seguro que el
pastor estaría de acuerdo conmigo.
—Todos lo estamos —dijo Bluejacket.
Harriet lo miró agradecida y una oleada de calor la
reconfortó.
—Ya que está aquí —inició la anfitriona—, aprovecharé
para comentarle algo que hablamos el otro día con la
señorita Harriet. Debería vivir aquí con nosotros.
El pirata mudó de expresión y sus ojos mostraron a las
claras lo poco que se esperaba esa propuesta.
—Estoy de acuerdo —dijo Dougal sin dejarlo hablar—.
Sería lo mejor para todos.
Tanto Harriet como Bluejacket lo miraron sorprendidos y
el escocés se encogió de hombros sin dar explicaciones.
—Me he autodesignado como sustituta de su madre —
siguió Elise—. Estoy segura de que la baronesa estaría de
acuerdo conmigo en que su hija no puede vivir en casa del
capitán…
—Señora Paget… —Harriet la miraba suplicante.
—Estoy de acuerdo con mi hermana y con el señor
McEntrie —se unió Margot dejándola sola—. Lo mejor es que
viva aquí con nosotras, eso acallará a las malas lenguas.
—He viajado en un barco lleno de piratas durante
semanas. Al principio compartí camarote con Bluejacket…
—Pero eso no tiene por qué saberlo nadie en Inglaterra,
¿verdad? —dijo Elise con una sonrisa cómplice—. La gente
creerá lo que digamos y podemos contar la historia de un
modo más… conveniente. —Miró a su hermana Margot para
que continuara por ella.
—Elise y yo hemos estado dándole vueltas desde que
fuimos a visitarla. Está claro que las circunstancias no son lo
que podría parecer a simple vista y nos parece de lo más
injusto que una niña adorable como Harriet tenga que pagar
por algo que no ha hecho. —Miraba a Bluejacket como si él
fuese el único que contase allí—. Estamos de acuerdo en
decir que yo también viajaba en ese barco.
—¿En un barco pirata?
Margot asintió.
—Lo importante es que no haya duda de su total pureza y
castidad y para eso solo hace falta una testigo fiable.
Bluejacket torció una sonrisa.
—Le agradezco mucho el intento, pero no creo que a la
buena gente de Inglaterra que disfruta despellejando a sus
semejantes le valga la palabra de una francesa, disculpe mi
brusquedad, señorita Laurent, pero no encuentro otro modo
de decirlo.
Las dos hermanas se miraron afligidas.
—¿De verdad no me creerían?
El capitán negó con la cabeza.
—Si la solución fuese tan fácil, ¿creen que no la habría
propuesto yo mismo?
—Pero algo habrá que hacer —se lamentó Elise—. No
podemos dejar que la reputación de esta muchacha se eche
a perder por las habladurías. No es justo.
—No lo es, pero aún no me he rendido, encontraré el
modo de encauzarlo —dijo muy serio.
—No será necesario —dijo Harriet rotunda—. En cuanto
mi familia reciba esa carta podré respirar tranquila. Lo único
que quiero es que no sufran. Después me uniré a la
tripulación del Olimpia.
Todos los presentes la miraron como si hubiese dicho que
pensaba volver a Inglaterra a nado.
—He demostrado que puedo ser muy útil, tanto en mitad
de una refriega como cuidando de los heridos. Me gusta el
mar y ya sé todo lo que hay que saber de barcos. —Dejó la
copa en una mesita con toda la tranquilidad del mundo y
juntó sus manos en el regazo—. Creo en lo que están
haciendo, en devolver a sus verdaderos dueños las riquezas
que ese hombre les roba. Es la mejor obra que podría…
—Capitán. —Elise lo miraba interrogadora.
—No se preocupe, señora Paget, la que habla es la misma
joven que trató de subirse a mi barco vestida de muchacho
y dejó un montón de alubias para que la encontrase.
—Eso no es cierto, no podía con el saco y tuve que
vaciarlo.
—¿Y no se le ocurrió nada mejor que esparcirlas por el
suelo? —intervino Dougal.
—Lo vacié en un rincón, pero algunas se escaparon.
—¿Algunas? Había un caminito hasta usted. Si lo hubiera
hecho a propósito no le habría salido mejor —se burló el
escocés.
—Pues le aseguro que no lo hice a propósito —dijo
enfurruñada.
—¿Pensará en lo que le he dicho? —Elise miraba a
Bluejacket con severidad—. En dejarla aquí.
Harriet se puso de pie enfadada.
—Le agradezco mucho que se hayan ofrecido a
ayudarme, pero no tiene derecho a pasar por encima de mí
de esta manera. No es usted mi madre, señora Paget, y le
agradecería que la próxima vez que tenga una idea sobre
cómo debo vivir mi vida, me consulte a mí y solo a mí si
estoy de acuerdo con ella. Y ahora, si me disculpan, estoy
cansada y quiero irme a casa.
Se dirigió a la puerta sin esperar respuesta y salió del
salón.
—Espérame. —la llamó Bluejacket yendo tras ella.
Harriet siguió avanzando con paso rápido y decidido en
dirección a la playa.
—Espera, mujer —La agarró del brazo y la hizo detenerse
—. Solo quieren ayudarte. Ya has visto lo que van a hacer
con tu carta.
Harriet lo miró apenada.
—Lo sé. —Se mordió el labio—. No debería haberme
enfadado, pero… ¿Por qué la gente tiene que meterse en la
vida de los demás. Uno debería esperar a que le pidieran
ayuda y ofrecerla en función de lo que necesitas. Pero yo no
necesito que me separen de ti. Estoy perfectamente en esa
casa. Me gusta esta casa.
El pirata sonrió satisfecho.
—Yo tampoco quiero que te marches.
—¿Ves? Todos estamos contentos.
Siguieron caminando.
—Te gusta ir por la playa —dijo él después de unos
minutos de caminar en silencio.
Harriet asintió.
—Me gusta mucho. Tu casa está en el mejor sitio de la
isla.
—No, la de Dougal es mejor. —La miró sonriendo—.
Puedes ir a comprobarlo por ti misma mañana.
—Seguro que me echa a patadas. Creía que ya éramos
amigos —dijo visiblemente molesta.
—Y no hay duda de que lo sois.
Harriet lo miró sorprendida.
—No lo había visto preocuparse tanto por nadie como se
preocupa por ti. Si ha dicho lo de que sería mejor que
vivieras con los Paget es porque aún no ha perdido la
esperanza de que tu reputación quede intacta y puedas
regresar a tu vida.
Ella negó con la cabeza.
—Pero ¿qué os pasa a todos con eso? ¡A mí no me
importa!
—No sabes lo que dices. No puedes vivir lejos de tu
familia, los adoras.
Harriet apartó la mirada para que no viera las lágrimas en
sus ojos.
—Te dije que encontraría el modo y lo haré, te doy mi
palabra. Así que sécate esas lágrimas, no me gusta verte
llorar.
Lo agarró del brazo por sorpresa y apoyó la cabeza en él
sin detenerse. Bluejacket se puso tenso.
—Yo también te amo.
El pirata se detuvo y sacudió su brazo para librarse de su
agarre.
—No me mires así —pidió ella sin sonreír—. Ya lo sabías.
—No —susurró él al tiempo que negaba con la cabeza.
—Lo supiste incluso antes que yo, es como si pudieras ver
dentro de mí, como si fueses siempre un paso por delante.
Esa niña apasionada y fantasiosa se transformó ante sus
ojos en una mujer serena y circunspecta que parecía estar
dándole una lección en lugar de confesándole sus
sentimientos. Unos sentimientos que el pirata no podía
aceptar, no debía aceptar de ningún modo. Y, sin embargo,
allí estaba de pie frente a ella sintiéndose vulnerable e
ilusionado como un muchacho inexperto.
—No puedes amarme, Harriet —dijo acariciando sus rojos
rizos que con la luz de la luna se veían oscuros y brillantes.
—Y, aun así, te amo.
Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Y fue un beso
perfecto, el beso más perfecto que jamás le habían dado.
Sintió su lengua deslizarse dentro de su boca, ávida y
curiosa. Notó cómo se pegaba a él, buscándole,
provocándole con un movimiento consciente, un roce
peligroso y atrevido. La tomó por la cintura y mordisqueó su
labio inferior provocando un irresistible gemido por su parte.
Después recorrió ese labio con la punta de su lengua antes
de invadirla por completo.
Harriet sintió que se le doblaban las rodillas y se aferró
fuertemente a su cuello. No quería que parara, quería
quedarse pegada a su boca hasta el fin de los tiempos. Lo
amaba con desesperación y su cuerpo respondía a sus
deseos de un modo irracional que la abrumaba y hacía que
se sintiese más viva que nunca. No deberían estar allí,
deberían estar en la casa, en su cama y sin ropa. Lo sabía
de un modo primitivo, como si fuese algo que su cuerpo
conociese, aunque su mente jamás lo hubiese
experimentado.
—Quiero hacer el amor —dijo contra su boca—. Quiero
tenerte dentro de mí.
Aquellas palabras lo atravesaron como un rayo y lo
quemaron por dentro. Su cerebro estalló en pedazos y gimió
dejando caer la frente sobre su hombro.
—Joseph…
—No me llames así —dijo entre dientes—. Por Dios
bendito, Harriet.
Ella se apartó para mirarlo a los ojos y vio cómo se
recomponía y recuperaba el control de sus actos. Soltó el
aire de golpe en un sonoro bufido y la cogió de la mano para
volver a casa de los Paget.
—¿Qué haces? —dijo ella tratando de soltarse.
—No vas a dormir en mi casa —dijo rotundo.
—¿Qué? ¡No! —sacudió más fuerte su mano y él la soltó
al fin—. No puedes hacer esto, ¡tú me quieres!
—¿Y qué? —gritó él encarándola—. ¿Y qué si te quiero?
¿Qué importa eso? ¡Soy un maldito pirata, Harriet! ¿A qué
crees que estás jugando?
—No estoy jugando a nada. Te quiero y no me importa lo
que seas. Me quedaré contigo e iré a donde tú vayas.
—Te has vuelto loca. —Se mesó el cabello con fiereza—.
Completamente loca. ¿Crees que permitiré que tengas esta
vida? ¿Que volveré a ponerte en peligro como…? ¡Maldita
sea! Si te hubiese pasado algo me habría muerto, ¿lo
entiendes?
—Puedo defenderme, ya lo has visto.
—¿De una bala de cañón? ¡Dios, Harriet, cállate!
Ella temblaba, pero no era de temor sino por una extraña
fuerza y determinación que desconocía y que no parecía
poder contener.
—No voy a dejar que te apartes de mí —afirmó—, no lo
permitiré y soy muy persistente, ya deberías saberlo.
La agarró con rabia y la sacudió mirándola con fijeza.
—Lo sé, maldita sea, lo sé bien —dijo entre dientes.
Debería hacer algo, algo violento que la asustase y la
alejase de él. Golpearla, hacerle daño… pero se arrancaría
la cabeza con sus propias manos antes de hacerle algo
mínimamente doloroso. La soltó y dejó caer los brazos
derrotado.
—Me amas —dijo ella con una dulzura arrolladora—. Me lo
dijiste. Me amas.
—Sí, te amo, maldita sea —aceptó él.
Ella sonrió satisfecha y se acercó de nuevo a él para
acariciarle la mejilla.
—Y yo te amo, ¿qué puede haber más maravilloso que
esto?
Los ojos de Bluejacket se clavaron en los suyos como
estiletes y la atravesaron con una furia controlada.
—Esto destruiría todo lo que he hecho. Esto acabaría con
mi empeño de devolver a sus legítimos dueños lo que mi
padre les roba. Esto permitiría que muriesen personas
inocentes por no aceptar los deseos de mi padre. Eso es
este amor, Harriet.
Dio un paso atrás horrorizada.
—No digas eso.
—Este amor no es algo puro y bueno —siguió él sin
compasión—, es una maldita arma en las manos de mi
padre. Sin él saberlo has venido para tratar de librarlo de su
mayor azote, del único que ha sido capaz de plantarle cara
y evitar que haga daño a inocentes. Pero, no soy tan débil
como crees. Sí, te amo, ¡válgame Dios! Te amo como jamás
he amado a otra mujer, pero no me dejaré llevar por esos
sentimientos. Voy a devolverte a Inglaterra y cuando estés
lejos conseguiré sacarte de aquí dentro… —Se golpeó el
pecho con fuerza.
—No hables así… —suplicó ella con los ojos llenos de
lágrimas—. No te pido que abandones todo eso, tan solo
que me dejes compartirlo contigo.
—¿Compartirlo conmigo? —Él también tenía los ojos
húmedos—. ¿Me crees tan despreciable como para permitir
que lleves esta vida? ¿Que dejaré que sufras heridas,
vejaciones y quién sabe qué cosas más por mi propio
beneficio? Si crees eso es que no me conoces en absoluto,
Harriet.
Ella trató de abrazarlo, pero él la apartó sin miramientos.
—Me quedaré aquí en esta isla, esperándote. —Las
lágrimas caían a borbotones de sus ojos y toda su seguridad
se había esfumado—. No me pasará nada. Las señoras
Paget viven aquí y…
—No vas a vivir una aventura, Harriet, esto nunca ha sido
una aventura. Fue una maldita locura que podría haber
salido muy mal para todos. Has provocado un daño enorme
a muchas personas y deberías reconocer tu culpa para
tratar de minimizar ese daño. Tu obligación es volver a
Inglaterra y resarcir a aquellos a los que tu estúpido
comportamiento ha hecho tanto daño.
—¿A ti te resarciré si me marcho? —dijo entre sollozos.
—Al menos podré vivir tranquilo y, quizá, con el tiempo
consiga olvidarte.
Se cubrió el rostro con las manos y lentamente se agachó
hasta quedar en cuclillas. Joseph la vio hacerse pedazos y
tuvo que cerrar los ojos para no gritar como un lobo herido.
¿Cómo podía doler tanto? Sentía el corazón aplastado por
una losa. Sería tan fácil, tan fácil…
—Vamos —dijo con voz ronca—, volvamos con la señora
Paget.
Ella se levantó y bajó las manos mostrando un rostro
desolado.
—Lo siento —musitó ella al tiempo que trataba de limpiar
las lágrimas que no cesaban—. De verdad que lo siento.
Joseph apretó los dientes y la cogió suavemente del brazo
para regresar.
Capítulo 24
Debía apartarse de ella. Era lo que debía hacer. Estaba
sentado en su butaca en mitad de la oscuridad. Solo. Esa
era la vida que él había elegido. Trató de pensar en Nuna,
en lo que hizo su padre en aquel campamento y los motivos
por los que se había convertido en Bluejacket, pero su
mente solo le devolvía la imagen de Harriet una y otra vez.
Un ángel pelirrojo, decidido y temible. Aunque, ¿esa
descripción no sería más propia de un demonio? Sonrió. La
había visto luchar como una auténtica guerrera, aún le
hervía la sangre cuando lo recordaba. El terror que sintió, la
desesperación por llegar hasta ella… Pero también la vio
consolando a los heridos y cómo les hacía reír con sus
bromas, mientras curaba sus heridas. Era una mujer
asombrosa, como no había conocido otra. Y la amaba.
Amaba su nariz puntiaguda y sus ojos grandes. Amaba sus
rizos y ese color rojo que lo invadía todo. Amaba sus labios,
sus dedos, su manera de mirarlo cuando algo no le gustaba.
Amaba su sonrisa y la forma en que respiraba mientras
dormía. Pero lo que más amaba era su curiosidad
inagotable, su desvergonzada manera de reírse de él, su
inocencia y, sobre todas las cosas, su auténtica y
desprotegida sinceridad. La amaba sin medida, sin reservas,
como un niño ama a su madre, como un perro ama a su
dueño. Tanto, que estaba dispuesto a renunciar a ella sin
dudarlo, aunque eso lo matase por dentro, lo abriese en
canal y le arrancase el corazón de cuajo.
Se levantó a coger la botella de whisky y volvió al sillón.
Bebió un largo trago y después la apoyó sobre su pierna con
la mirada perdida y los músculos en tensión. Dejarla en casa
de los Paget había sido lo más difícil que había hecho en su
vida. Podía haberla tenido allí mismo, sobre su regazo. La
habría acunado contra su pecho consolándola por todas las
lágrimas que le había hecho verter. La habría besado hasta
bebérsela entera. Y luego la habría hecho suya durante toda
la noche, una y otra vez, hasta quedar exhaustos y en paz.
Sonrió con ironía. ¿En paz? Con Harriet nunca habría paz,
solo una intensa lucha de afectos para toda la vida.
Dejó que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas sin
detenerlas. Allí no había nadie que pudiese burlarse de él
por llorar como un niño. No recordaba cuándo fue la última
vez que lloró, pero estaba seguro de que nunca nada le
había dolido tanto.
Harriet se había tumbado sobre la cama. Vestida. Aquel
techo era diferente. ¿Diferente a qué? Se preguntó. ¿Al de la
casa de Bluejacket? ¿Al del barco? ¿Cómo era el techo de su
habitación en Harmouth? ¡Cuánto tiempo sin pensar en
aquella habitación! De verdad pensaba que nunca
volvería… Las palabras que él le había escupido se clavaron
en su corazón como una estaca. Tenía razón, había hecho
daño a tanta gente… Y a ella lo único que le importaba era
que él la amara. Las lágrimas de deslizaron por la comisura
de sus ojos. Porque eso era lo que más le importaba, que
nunca iba a ser suyo. ¡Lo amaba tanto que dolía! Se giró
bruscamente y enterró la cara en las sábanas ahogando sus
sollozos. Al menos podría llorar, nadie iba a quitarle eso.
Una hora después se levantó de la cama y fue hasta la
ventana. Al día siguiente decidirían qué hacer con ella.
Probablemente se inventarían alguna historia que les
parecería plausible para evitar el escarnio de su familia.
Aunque ella no creía que ninguna historia sirviese para
devolverle su reputación, tampoco le importaba porque no
pensaba casarse jamás. Con que sirviese para que no
despreciasen a su familia, le bastaba. Se giró para mirar
hacia la cama. Al final no iba a saber lo que era la intimidad
entre un hombre y una mujer.
Se sentó en el lecho y respiró pausadamente mientras
recuperaba la serenidad. ¿Qué mayor muestra de amor
podía haber que anteponer el bienestar de los que amas al
tuyo propio? Él la necesitaba lejos, saberla segura, e iba a
concedérselo. Desde ese momento su única preocupación
sería no causarle más daño. La amaba, de eso no le cabía la
menor duda. Había visto el profundo dolor en su mirada y lo
sintió saliendo por todos sus poros. La amaba tanto como lo
amaba ella. Pero no dudó en renunciar a ese amor por un
bien mayor y ella le demostraría que era digna de ese
sacrificio. Acarició las sábanas con la mano mientras sus
pensamientos volaban hacia un par de noches atrás. Habían
bebido vino después de la cena y habían charlado como dos
amigos. Fue el momento de mayor intimidad que habían
compartido y pensaba atesorarlo en su memoria para el
resto de sus días.
—Háblame de ti. Tienes una hermana.
—Y un hermano.
—¿Cómo te llevas con ellos?
—Bien. Muy bien. —Bebió un sorbo visiblemente
incómodo.
Harriet suspiró y torció su sonrisa.
—Tienes que poner de tu parte, si no esto no funciona.
—¿Qué es lo que tiene que funcionar exactamente?
—Quiero que nos conozcamos un poco más. Ya sé cómo
es Bluejacket y tú conoces a la estúpida fantasiosa que se
subió a tu barco, pero quiero saber cosas de Joseph y que tú
conozcas a la verdadera Harriet.
—Ya conozco a la verdadera Harriet —dijo con voz
profunda.
Ella sonrió satisfecha.
—Eso es cierto, soy como me ves, no hay más. —Afirmó
contundente—. Pero, háblame de ti, vamos.
—Conoces lo importante, lo que me trajo hasta aquí.
—Háblame de tu madre —pidió ella antes de dar un
sorbito a su bebida.
—¿Mi madre?
Harriet asintió.
—Murió cuando yo era pequeño.
—Pero seguro que la recuerdas.
Él frunció el ceño pensativo y asintió.
—Sí, la recuerdo bien. Era una mujer maravillosa. Dulce,
cariñosa… Cuando ella vivía nuestra casa era un lugar
acogedor y mi padre… —Se detuvo como si hubiese
recordado un gran dolor.
Harriet bajó la copa lentamente hasta apoyarla en su
regazo.
—Tu padre cambió al morir ella.
Joseph asintió y después apuró el contenido de su copa
hasta dejarla vacía. Se levantó para rellenarla y dejó la
botella delante del sofá, antes de sentarse de nuevo.
—Él la mató.
Harriet empalideció, pero le sostuvo la mirada.
—Después de nacer Bethany el médico dijo que si tenía
otro hijo moriría. Pero él no pudo contenerse y eso la mató.
Harriet le cogió la mano para tratar de infundirle algo de
cariño, pero él la rechazó y apuró el contenido de su copa.
—No seas tan duro, él la amaba.
—Oh, sí, la amaba, de eso estoy seguro. Cuando murió se
convirtió en una sombra. Apenas comía y no hablaba con
nadie. A veces, cuando entraba en el salón, lo encontraba
delante de la chimenea hablando con ella. Me reconfortaba
saber que no la olvidaba y que la tenía presente, pero
siempre terminaba igual, repitiendo una y otra vez que él la
había matado y llorando como un niño. No tocó a mi
hermano hasta que cumplió los dos años. No soportaba ni
que estuviese en la misma habitación.
—¿Y cómo lo superó?
—Empezó a tomar opio con Whisky, así consiguió librarse
de su melancolía, pero eso también le quitó su humanidad.
—Debió de ser terrible para él. Perder a la mujer que
amaba sabiendo que podía haberlo evitado…
Joseph la miró sorprendido.
—¿Lo estás compadeciendo?
—Solo trato de comprender.
—Él no se molestaría en comprender a nadie.
Harriet sonrió con ternura.
—Debió ser muy duro para ti. Perder a tu madre siendo el
mayor y con tu padre en ese estado, te cargaría de
responsabilidades.
El pirata asintió bajando la cabeza. Centró su mirada en la
copa que sostenía entre las manos y se entretuvo en mover
el líquido ambarino en su interior.
—Yo la quería mucho —musitó—. Muchísimo.
—Háblame de tu hermana. —Harriet trató de sonar
natural, pero estaba conmovida—. Bethany, ¿verdad?
El rostro de Joseph se trasformó con una sonrisa y asintió.
—Bethany es una gran persona. Se parece a nuestra
madre.
—Es la que te proporciona la información que necesitas,
así que ella también es una pirata —afirmó con evidente
admiración.
—Sin ella no habría podido hacerlo, aunque al principio
creyera que me había vuelto loco.
Durante la siguiente hora Joseph habló sin parar de las
discusiones que tuvieron, de cómo planificaron cada detalle
del proyecto. Bethany se mantendría en la sombra,
sonsacando y averiguando todos los detalles para que él
pudiese neutralizar las malas acciones de su padre. Así
consiguieron detener emboscadas y proteger a algunas de
las víctimas de las decisiones de Jacob Burford. Salvaron a
personas de la horca que habían sido condenadas
injustamente para poder quedarse con su negocio y su
dinero. Rescataron a otros a los que habían apresado para
sonsacarles información. Detuvieron ataques… Y así
llegaron hasta el día en que mataron a Nuna y a todo su
campamento, a excepción de Sokanon y su esposo.
—Hasta aquel día nunca habían hecho algo tan atroz.
Mataron a mujeres y a niños mientras dormían. Los hombres
se despertaban y eran asesinados al salir de sus tiendas. No
tuvieron compasión.
—Y fue entonces cuando decidiste convertirte en
Bluejacket, recuperar lo que tu padre robaba y devolvérselo
a sus legítimos dueños.
—Nosotros ya teníamos suficiente dinero, lo que él hace
es una mera cuestión de codicia sin límite.
Harriet asintió lentamente.
—Mi madre proviene de una familia humilde —explicó—.
Era institutriz cuando mi padre la conoció.
—Es escocesa, ¿verdad?
Harriet asintió.
—Como Dougal, sí. ¿De verdad su nombre es Dougal
McEntrie?
El pirata no respondió y ella sonrió.
—Supongo que no. ¿Y lo de que tiene cinco hermanos…?
—Es totalmente es cierto —Sonrió—. Y son de armas
tomar, te lo aseguro, pero lo quieren y lo respetan de un
modo que ya quisiera yo…
—No me has hablado de tu hermano Harvey —dijo al
detectar cierto resquemor en su voz—. ¿No está de acuerdo
con vosotros? ¿Con Bethany y contigo?
Joseph se quedó un momento pensativo.
—Bethany cree que sí, pero yo no estoy tan seguro. De
los tres es el que más se parece a nuestro padre y el que
mejor se entiende con él. Supongo que el hecho de no
haberlo conocido antes…
—Debió ser difícil para él también. Saber que su madre
murió por traerlo al mundo. De algún modo debe saberlo.
—¿Saber el qué?
—Que lo culpas.
Joseph la miró perplejo.
—Yo no le culpo, era un bebé, no sabía…
—Sí lo culpas. Aunque sabes que es irracional, lo haces
responsable de quitarte a las dos personas que más querías.
No ha debido de ser nada fácil para él —sentenció.
La había mirado de un modo que la había hecho
estremecer. Estaba segura de que nadie se había atrevido
nunca a decirle una verdad tan íntima y sincera. Él no dijo
nada, se limitó a beber de su copa sin apartar la mirada. No
hacía falta. Por un instante ella estuvo en el lugar más
recóndito de su cerebro y de su corazón, un lugar al que no
había accedido nadie jamás.
—Viajaremos a La Habana —explicaba el pastor—. Hablaré
con el capitán Rodríguez, al que conozco desde hace años, y
le convenceré de que la lleve de vuelta a Inglaterra.
Explicará a su familia que fue a su barco al que Harriet se
subió por error y que, al descubrir a su distinguida polizón el
capitán la tomó bajo su protección pidiéndole a mi esposa,
que viajaba con su hermana en dicho barco para reunirse
conmigo, que se encargase de ella.
—¿Y por qué el capitán Rodríguez no regresó a puerto
inmediatamente? —preguntó Bluejacket haciendo de
abogado del diablo.
—Sus órdenes se lo impedían, pero una vez terminada su
misión en La Habana, regresó inmediatamente para
devolvérsela a su familia sana y salva.
—¿Y está seguro de que ese capitán Rodríguez aceptará?
—preguntó Harriet que estaba sorprendentemente seria.
—No me cabe la menor duda. Además tiene una hija de
su edad, comprenderá el sufrimiento de sus padres.
El pastor era un hombre afable y campechano que la
trató con simpatía desde el primer momento. A Harriet le
había sorprendido su aspecto ya que distaba mucho de lo
que había imaginado. Era delgado, alto y fuerte,
acostumbrado como estaba a realizar trabajos físicos
ayudando a construir las casas de los habitantes de la isla y
otras labores igual de mundanas. Además su rostro era
hermoso y su sonrisa franca.
—No se preocupe, Harriet, todo se va a solucionar y usted
podrá retomar la vida que llevaba antes de todo esto.
Bluejacket la miraba con el corazón encogido, estaba
pálida y ojerosa y tenía los ojos hinchados. Había llorado.
Mucho. ¿Toda la noche? Se la veía agotada. Había atado su
larga melena en un apretado moño y sus ojos se veían más
grandes de lo normal. Y brillantes, como si contuviesen una
inundación.
—Es una historia perfecta —dijo la esposa del pastor
asintiendo—. ¿Está de acuerdo, señorita Wharton?
—Sí —afirmó rotunda—. Si el capitán Rodríguez nos apoya
creo que funcionará.
—Nos apoyará, déjelo de mi cuenta.
Harriet se levantó.
—¿Cuándo partiremos? Me gustaría despedirme de
algunas personas. Marcel, Stuart, Tom…
—Claro, claro. ¿Qué le parece dentro de tres horas? ¿Será
suficiente?
Harriet asintió sonriendo sincera lo que dio a su rostro un
aspecto aún más vulnerable.
—Yo la acompañaré —dijo Bluejacket.
—No, capitán —respondió ella mirándolo por primera vez
esa mañana—. Usted vuelva a sus ocupaciones, no se
preocupe. Señorita Margot, ¿usted podría…?
—¡Claro! —exclamó su amiga sonriendo—. Estaré
encantada de ir con usted.
Harriet volvió a mirar a Bluejacket e inesperadamente le
tendió la mano que él estrechó inquieto.
—Le agradezco todo lo que ha hecho por mí, sé las
molestias que le he causado y créame que lo siento
profundamente. Nunca debí comportarme como lo hice,
aunque gracias a eso he conocido a personas increíbles que
llevaré siempre en mi corazón.
El capitán apretó su mano involuntariamente sin apartar
la mirada. Harriet asintió con una sonrisa y lo soltó.
—Señor McEntrie… —De nuevo tendió la mano—. Espero
que no tenga ya deseos de lanzarme por la borda. Hago
extensiva mi disculpa hacia usted, sé los quebraderos de
cabeza que le he dado.
—Entre escoceses todo se perdona —dijo él guiñándole
un ojo.
—Quizá algún día descubra su verdadero nombre —dijo
ella con simpatía.
—Quién sabe…
—¿Vamos, señorita Margot? —preguntó acercándose a
ella.
—Cuando usted quiera, Harriet.
Las dos mujeres salieron del salón y poco después
abandonaban la casa de los Paget.
—Se ha pasado toda la noche llorando —dijo la esposa del
pastor mirando a Bluejacket—. ¿De verdad quiere esto,
capitán?
—Es lo mejor para ella —dijo él con voz profunda—. No
importa lo que yo quiera.
—¿No va siendo hora ya de que dejes esta vida? —
preguntó el clérigo con expresión afable—. Ya has hecho
bastante, hijo.
—Mientras mi padre viva esto no terminará. Alguien tiene
que…
—Yo puedo seguir —lo interrumpió Dougal mirándolo con
afecto—. Blue, ya está bien. La amas y ella te ama a ti, no la
dejes escapar.
El capitán negó con la cabeza.
—Hice un juramento.
—Te relevo de su cumplimiento.
Su amigo negó de nuevo.
—No te dejaré solo en esto. Dejaste vivir a mi padre
porque yo te juré que no permitiría que hiciese daño a nadie
más. No faltaré a mi promesa.
—Eres un jodido cabezota. —Miró a la señora Paget—.
Perdón.
—No se preocupe, estoy de acuerdo —respondió la mujer.
—Si se va no habrá vuelta atrás —advirtió el pastor—.
Una vez en casa la vida seguirá su curso. Es una joven
maravillosa, su familia le buscará un marido…
—Lo sé. Soy consciente de ello. Lo único que quiero es
que esté a salvo y sea feliz.
—Lo primero puedes conseguirlo con esto —intervino
Elise—, pero me temo que lo segundo no será tan sencillo.
—Acepto el riesgo —sentenció el pirata—. Gracias por
todo. Señora Paget. Pastor.
—Vamos, os acompaño a la puerta —dijo Gabriel.
Antes de que salieran vieron a Tom que corría a gran
velocidad hacia ellos.
—¿Qué ocurre Tom? —se burló Dougal—. ¿Te persigue
el…?
—Un barco —lo cortó el muchacho apoyando las manos
en las rodillas tratando de recuperar el aliento—. Un barco
de la armada. No tardará en llegar al Olimpia.
Los dos piratas echaron a correr hacia la playa y Tom
maldijo entre dientes antes de seguirlos.
Capítulo 25
—Podemos intentarlo, capitán. —Saggs lo miraba enfadado
—. No haremos nada quedándonos.
—No podemos dejar la isla desprotegida —negó
Bluejacket—, ni siquiera han regresado todos los hombres.
Los matarán si huimos.
—Y si nos quedamos nos matarán a todos.
—No, me quieren a mí.
—¡Blue! —rugió Dougal—, no vas a entregarte.
—¡Claro que voy a entregarme! No podemos luchar.
—¿Por qué? —Farrow dio un paso al frente—. Si nos
alejamos lo suficiente podemos…
—¡Son hombres de la armada! —lo cortó con firmeza—.
No lucharemos contra hombres que están en cumplimiento
de su deber. ¿Es que no lo entendéis? Nosotros no somos
así.
—¡Somos piratas!
—¡No! Bueno, sí, pero no de esa clase de piratas.
—Hemos estado robando y saqueando barcos, capitán,
¿en qué nos convierte eso?
Dougal lo miraba expectante interesado en cómo iba a
responder a eso.
—No hemos matado jamás a inocentes y esos hombres lo
son. Cumplen órdenes. Y tú lo has dicho Farrow, somos
piratas.
—¿Va a dejar que nos cojan?
—No, no dejaré que os cojan. Bajareis todos del barco y
yo esperaré a que lleguen. Les diré quién soy y me
entregaré.
—¿Y cree que eso será suficiente?
—Lo será, te lo aseguro —afirmó rotundo.
Dougal sabía lo que pensaba, que en cuanto dijese que
era Bluejacket y Joseph Burford perderían el interés en los
demás. Él no estaba tan seguro de ello, pero de lo que sí
estaba convencido es de que si se quedaban allí no podrían
ayudarle en caso de ser necesario.
—Si quieres entregarte, de acuerdo —aceptó—. Pero no
aquí, lo harás en la playa y con el pastor Paget a tu lado.
Bluejacket frunció el ceño.
—No quiero poner en peligro a…
—Si no aceptas mi idea tomaré el mando del barco y
estoy seguro de que todos me apoyarán.
Su amigo apretó los labios mirándolo con severidad. No
necesitaba mirar a los otros para ver que Dougal tenía
razón.
—No me esperaba motín en un momento como este.
—Si te entregas alguien tendrá que ser el capitán, solo
me estoy adelantando a los acontecimientos —respondió
burlón el escocés.
—Está bien —aceptó—. Desembarcaremos y esperaré en
la playa, pero vosotros os mantendréis alejados de allí y no
haréis nada. Dame tu palabra.
—Te doy mi palabra de que si las cosas salen como tú
esperas, no haré nada.
Durante unos segundos sostuvieron sus miradas
demostrando que ninguno de los dos daría su brazo a torcer.
Bluejacket le tendió la mano y el escocés la estrechó con
firmeza.
—¡Todo el mundo fuera del barco! —gritó Dougal
tomando el mando.
El capitán Chantler saltó del bote que lo había llevado hasta
la playa donde los esperaba un pequeño grupo formado por
el pastor Paget, su esposa y la hermana de esta.
—Bienvenidos a Isla Refugio —dijo Gabriel con rostro
afable.
—Soy Ben Chantler, capitán de la armada de su majestad
y este es James Crawford. —Después de saludar a la familia
Paget se dirigió hacia el hombre que se había mantenido en
un segundo plano—. Joseph Burford, ¡cuánto tiempo! ¿O
debería llamarte Bluejacket?
—Ben Chantler —sonrió el pirata—. Veo que has
encontrado una ocupación más favorable a tu economía.
Estoy seguro de que mi padre te paga mejor que su
majestad.
—Jacob Burford es muy generoso con quienes le sirven, tú
debes saberlo bien, ya que has estado beneficiándote de
ello toda tu vida.
—Toda no, pero tienes razón, a mi padre nunca le ha
costado soltar el dinero que conseguía con malas artes.
El capitán miró a su alrededor como si buscase algo.
—¿Dónde está tu tripulación? ¿No van a venir a
despedirte?
—Tienen cosas mejores que hacer.
Chantler se giró para mirar a sus hombres.
—Estoy seguro de que sabremos dar con ellos.
—Podrías —aceptó Joseph—, pero no hay necesidad. Mi
padre te ha contratado para encontrar a Bluejacket y ya lo
has conseguido. No creo que sus órdenes incluyeran matar
a nadie más.
James se cansó de aquel juego y tomó la iniciativa
agarrándolo por la solapa y empujándolo con violencia.
—¿Dónde está Harriet, maldito desgraciado?
—Tranquilo, capitán Crawford, su cuñada está
perfectamente, no ha sufrido el menor daño —afirmó muy
serio.
—Señor, dice la verdad. —El pastor se había acercado a
ellos con intención de calmarlo—. La señorita Wharton está
bien, ha estado viviendo en mi casa desde que llegaron.
Enseguida podrá verla.
James lo soltó con la misma brusquedad con la que lo
había agarrado y lo miró iracundo.
—¿Dónde está?
—Íbamos a llevarla a La Habana mi mujer y yo para que
embarcara rumbo a Inglaterra y ha querido despedirse de
algunos amigos.
Muy propio de Harriet, pensó James, que no se libraba de
su preocupación por más que pareciera que decían la
verdad.
—Que alguien vaya a buscarla —ordenó—. ¡Ahora!
—Yo iré —dijo Elise—. ¿Le parece bien?
—Vaya —afirmó James y empujó a Joseph hacia la orilla—.
Vamos, llévenselo al barco.
—No hace falta actuar con violencia —pidió el pastor—. El
capitán ha decidido entregarse y…
—Señor Paget —le advirtió James—, llevo semanas
imaginando distintas formas de tortura para este sujeto, le
aseguro que no estoy siendo para nada violento.
—No se preocupe, pastor —dijo Bluejacket cuando dos de
los soldados de Chantler se disponían a encadenarlo antes
de subirlo al bote.
—Nosotros esperaremos a la señorita Wharton —explicó
el capitán a sus hombres—. Llévenlo al barco y pónganlo
bajo custodia.
—A la orden, capitán.
—Si quieren podemos esperarlas en mi casa con una
buena taza de café —ofreció el pastor.
—Aquí estamos bien —dijo Chantler muy serio.
James se paseaba de un lado al otro, impaciente. Quería
creer las palabras de esos hombres, pero la incertidumbre lo
estaba matando. Los minutos pasaron tan lentamente que
cuando Harriet apareció en su campo de visión y la vio
correr hacia él tuvo la impresión de que habían pasado
horas.
—¡James! —gritó antes de abrazarlo—. ¡Oh, James, qué
alegría verte! ¡Lo siento, lo siento! ¡Lo siento tanto!
—Harriet, pequeña… —Su cuñado la abrazó con cariño y
al sentir sus sollozos su corazón se paralizó—. ¿Te han
hecho daño?
—¡No! —Ella se apartó rápidamente para que pudiera ver
en sus ojos que no mentía—. No me han hecho nada, es que
me siento tan culpable por haberos preocupado. Que hayas
tenido que venir a buscarme…
—¿De verdad estás bien? ¡Oh, Harriet, no sabes…! —La
abrazó con ternura y cerró los ojos aliviado al pensar en
Caroline—. Todos están muy preocupados.
—Lo sé, lo sé… —Se limpió las lágrimas—. Yo estoy bien,
estoy bien, de verdad. Me metí en un lío, fui yo… —Miró al
capitán Chantler—. ¿Dónde está Joseph? Él no tiene la
culpa.
—Es Bluejacket.
—Sí, pero… —Se acercó al capitán—. Usted no lo
entiende. No es un pirata de verdad, ha estado robándose a
sí mismo, no pretendía…
—No es asunto mío lo que pretendiese, mi misión es
llevarlo a Londres para que sea juzgado.
—Pero no puede hacer eso —suplicó—. Él solo quería…
—Entiendo cómo se siente —la cortó muy serio—, ha
estado conviviendo con estas personas y ha llegado a verlas
como… bueno, como si fuesen normales, pero…
—Señor Chantler —intervino el pastor—, son personas
normales, como usted o yo. Personas que no han tenido
suerte en la vida y han tenido que buscar el modo de
sobrevivir. El capitán les dio un trabajo y cuidó de ellos
durante todo este…
—Son criminales. Y él no es capitán de nada, ya no,
vendió su cargo hace años. Tan solo es un pirata que ha
estado robando y poniendo en peligro a hombres que solo
cumplían con su obligación. Me importa una mierda que le
robase a su padre, los que viajaban en esos barcos no
tenían la culpa de su enemistad con él.
—No era por enemistad —insistió Harriet—, quería
devolver a sus dueños lo que su padre les había quitado de
forma injusta.
El capitán levantó una ceja con expresión de incredulidad.
—Señorita, es usted demasiado ingenua.
—Dice la verdad.
Dougal caminaba hacia ellos con paso firme y uno de los
soldados de Chantler lo interceptó sacando su espada.
—No quiero hacer daño a nadie —advirtió el escocés sin
mirar al que le apuntaba—. Dígale a este idiota que aparte
su espada.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque no creo que quiera llevar su muerte en la
conciencia.
Chantler dudó unos segundos, pero finalmente le hizo un
gesto para que se apartase.
—Supongo que es usted Dougal McEntrie, aunque ya sé
que ese nombre es falso.
Dougal sonrió burlón.
—Joseph Burford ha estado robándole a su padre e
impidiendo que repitiera sus acciones de Baton Creek. El
hombre al que usted representa hizo matar a todo un
campamento, mujeres, niños y hombres creek, mientras
dormían.
Chantler había oído hablar de ese suceso.
—No está probado que el señor Burford tuviese nada que
ver.
James lo miró sorprendido.
—Es cierto, James. Ordenó quemar el campamento
mientras dormían, no pudieron salir de las tiendas. Fue cruel
e inhumano y lo hizo solo porque iban a vender sus pieles a
otro comerciante que les había ofrecido un precio mejor. —
Señaló a Dougal—. Él perdió a su esposa allí.
—Y a mi hijo.
Harriet se giró hacia él con expresión horrorizada.
—Nuna estaba embarazada de siete meses.
—¡Dougal! —Sin pensarlo se abrazó a él y el escocés la
rodeó con su brazo y le dio palmaditas en la espalda como
si fuese ella la que necesitase consuelo por ello.
—Joseph ha estado pagando de su dinero, el dinero que
heredó de su madre, los sueldos de su tripulación. No ha
tocado absolutamente nada de lo que recaudábamos. Lo
convertíamos en dinero porque era más fácil devolvérselo
así a sus dueños.
—¿Pretende que me crea que no se han beneficiado de
esos saqueos?
—Me importa una mierda lo que usted crea —dijo muy
serio y entonces se giró hacia James—. Me interesa que me
crea usted.
Crawford había escuchado muy atentamente todo lo
dicho allí y miraba a Harriet con fijeza. El modo en que ese
escocés la abrazaba demostraba protección y salvaguarda,
dos conceptos que entendía bien.
—¿Por qué le interesa que yo le crea?
—Porque sé que usted es una persona con prestigio en
Inglaterra, he oído hablar de usted y sé que, si me cree,
podrá ayudar a Joseph.
—¿Cómo voy a ayudarlo? Su enemigo es su padre y le
aseguro que Jacob Burford es mucho más poderoso que yo.
Harriet se apartó de Dougal y miró a su cuñado con
resolución.
—Pero no más poderoso que mi padre, Andrew, Edward y
todos aquellos a los que tú puedes convencer. Tienes que
creernos, Bluejacket no es el auténtico pirata. El pirata aquí
es su padre.
—Sea como sea —intervino el capitán Chantler—,
debemos regresar, nos queda un largo viaje hasta
Inglaterra. Una vez allí, la justicia decidirá su destino.
Hizo un gesto a Harriet para que caminase delante de él y
James asintió conforme.
—Dougal… —Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Ve tranquila —dijo tuteándola por primera vez—. Si tú
estás a su lado podrá con todo.
Ella asintió y después de abrazarlo una vez más se
despidió de Elise, Margot y Gabriel y subió al bote
acompañada de James y del capitán.
—Escríbanos, señorita —gritó Elise.
Harriet asintió y se limpió las lágrimas, no quería que
Joseph la viese llorar.
—Tenéis que dejarme verlo —suplicó Harriet desesperada
—. Llevamos una semana de travesía y no me habéis dejado
salir de este camarote. No sabía que sería una prisionera.
—Es por tu seguridad.
—¿Por mi seguridad? ¿Corro más peligro en este barco
que en el de Bluejacket?
—Chantler no quiere que te acerques a él.
—¿Por qué?
—Teme que te ha manipulado y cree que no estás
capacitada para…
—¡Deja de decirme lo que él cree! ¿Tú piensas eso?
¿Crees que me he vuelto loca?
—Llevas mucho tiempo con ellos, pueden haberte influido
para que pienses lo que ellos necesitaban que pensases.
—No oíste todo lo que te conté. Estuve hablando durante
horas, James.
Se paseaba de un lado al otro del camarote como un gato
enjaulado. Se sentía tan impotente que no podía pensar con
claridad.
—Va a ser un viaje largo, será mejor que te calmes. —La
voz de James sonó tajante y Harriet lo miró sorprendida.
—No vas a hacer nada.
—No puedo hacer nada. No tengo ninguna autoridad aquí.
Hasta que no lleguemos…
—¿Y si le ocurre algo durante el viaje? ¿Y si Chantler…?
—El capitán es un hombre honorable. Además, te
recuerdo que trabaja para el padre de Joseph, no le hará
nada.
—¿Cómo puedes estar seguro? Está claro que siente
animadversión hacia él.
James no dijo nada, pero recordó el modo en el que lo
saludó y sí detectó cierto grado de resquemor en su tono y
en el modo en el que lo miró. Estaba claro que se conocían
de antes. Suspiró consciente de que los temores de Harriet
podían no ser tan infundados.
—Estaré atento.
—Me voy a volver loca. —Se agarró la cabeza entre las
manos y gruñó tirándose del pelo.
—Harriet.
—¡¿Qué?! —gritó molesta.
—¿Hay algo entre él y tú?
Lo miró fijamente. Durante una milésima de segundo se
planteó fingir, mentir y engañar…
—Lo amo y él me ama a mí.
—Desgraciado —masculló furioso.
—No se ha propasado conmigo más halla de besarnos y
siempre con mi consentimiento.
—¿Tu consentimiento? ¡Eres una niña!
—Eso no es cierto y lo sabes.
—Siempre has sido una fantasiosa y enamoradiza…
Ella sonrió.
—Tienes razón —afirmó—. Hubo un tiempo en el que creí
que te amaba.
—Ahí lo tienes. Menuda estupidez.
—Lo que siento por él no tiene nada que ver con nada
que haya sentido antes, James. Lo amo de verdad. Tanto,
que sería capaz de cualquier cosa, ¿lo entiendes? Cualquier
cosa.
Se acercó a él y cuando su cuñado creyó que iba a
abrazarlo en busca de consuelo, se encontró tumbado en el
suelo bocarriba y apenas tuvo tiempo de percibir que la
puerta se cerraba desde fuera.
—¡Maldita sea! —masculló avergonzado.
Harriet se había asegurado de llevar el jō siempre atado a
la cintura por si se daba la oportunidad que por fin había
tenido. Había sido la primera vez que James había acudido a
verla solo, sin dejar a un soldado delante de su puerta.
Sabía que solo tendría una oportunidad y había planeado
muy bien aprovecharla. Sabía dónde lo tenían exactamente
y conocía bastante bien el recorrido, sus dotes de
persuasión para sonsacarle información a sus vigilantes
había tenido sus efectos. Por un lado, había estado
entretenida con las charlas y por otro sabía más del barco
de lo que habría conseguido echando un vistazo. Avanzó
sigilosa, los hombres estaban en cubierta o comiendo y era
el momento de mayor tranquilidad a bordo. El problema
sería el soldado que se encontraría apostado ante la puerta
donde lo tenían encerrado. Respiró hondo antes de hacerse
visible y renqueó hacia él con expresión contraída por el
dolor.
—Ayuda —gimió—, por favor, no puedo…
—¡Señorita!
El soldado corrió a socorrerla y se encontró con algo que
no esperaba. Harriet sostenía el jō con las dos manos y con
rápidos movimientos, primero lo derribó y finalmente lo dejó
inconsciente poniendo buen cuidado en no matarlo. Le
buscó el pulso y respiró aliviada, no dominaba tanto la
técnica como para estar completamente segura de la fuerza
controlada de sus golpes. Lo arrastró hasta la puerta
agarrándolo de las axilas y descorrió el cerrojo abriéndola
de par en par.
—Sal —ordenó mientras volvía a arrastrar al soldado.
—¿Te has vuelto loca? —preguntó él sin moverse.
—No hay tiempo para charlas. Tienes que salir. He dejado
provisiones junto a un bote y…
—¿Un bote? —El pirata la miró incrédulo—. ¿Crees que
vamos a escapar en un bote?
—Dougal nos encontrará.
—Dougal no hará tal cosa porque yo se lo prohibí.
Ella lo miró furiosa.
—Eres un estúpido y un prepotente y un desagradecido.
—¿Yo soy el estúpido? ¿Quién quiere navegar por alta mar
en un bote?
—No voy a dejar que te encierren.
Joseph soltó una carcajada sin poder evitarlo.
—Eres increíble, Harri…
Lo abrazó con fuerza pegando la cara a su pecho y él no
pudo resistirse.
—¿Has golpeado a James?
Ella asintió sin separarse.
—Harriet…
—Tenía que verte.
—Vuelve con él y pídele perdón —pidió acariciándole el
pelo—, se sentirá muy humillado. Y decepcionado.
—No me importa.
Le cogió la cabeza para obligarla a mirarlo.
—No está bien —dijo con ternura.
—Tengo miedo, no me fio de Chantler. Te odia.
—No me odia. Está resentido. Éramos amigos y piensa
que le di de lado.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Es por eso?
Joseph asintió.
—Está resentido, pero no me hará daño, puedes estar
tranquila.
—¿Y por qué no me deja verte?
—Te está protegiendo. Cree que te he manipulado y que
estás bajo mi influjo.
—Y no sabe cuánta razón tiene —sonrió provocadora—.
Me había propuesto dejarte en paz.
—Pues debes seguir con ese propósito porque las cosas
siguen igual que estaban o peor.
—No pienso dejarte. No, si van a juzgarte. Declararé a tu
favor. Me pondré de rodillas ante el juez si es necesario.
—No harás nada de eso —dijo poniéndose serio—. Si de
verdad me amas querrás verme tranquilo y te aseguro que
nada de lo que has dicho me hace estar en paz.
—Hablaré con tu padre, le suplicaré…
La agarró por los brazos y la sacudió con firmeza.
—¡Jamás! ¿Me oyes? No te acerques a él.
Harriet abrió la boca sorprendida.
—¿Tanto le temes?
—Si supiera el poder que tienes sobre mí, no sé lo que
sería capaz de hacer para castigarme por lo que he hecho.
El soldado gimió cuando empezó a recobrar el
conocimiento.
—Debes irte —La empujó hacia la puerta—. Yo hablaré
con él. Tranquila, no dirá nada por la cuenta que le trae. No
querrá que se sepa que lo ha derribado una niña con un
palo.
—No es un palo.
Antes de que saliera la giró como en un baile y la besó,
profunda e intensamente.
—Harriet Wharton, me vuelves loco.
Ella sonrió satisfecha y se fue no muy convencida.
—Obedece —dijo él para que leyera en sus labios—. Te
amo.
—Te amo —dijo ella del mismo modo antes de desviarse
hacia su camarote.
James la recibió enfadado.
—No volveré a confiar en ti —dijo caminando hacia la
puerta .
—Lo siento, he hecho mal —aceptó—. Estaba equivocada,
Chantler no le odia y no va a hacerle daño. Eran amigos.
—Te lo he dicho. El capitán es un hombre honorable. —Se
detuvo antes de abrir la puerta—. Confieso que yo también
dudé de él.
—Tenía que asegurarme de que estaba bien. Es imposible
que no me entiendas. ¿Qué harías tú en mi lugar? ¿Si
Caroline estuviese donde está Joseph? ¿Te quedarías
sentado a esperar?
James no podía ni imaginar una situación semejante, pero
sí sabía que su esposa habría hecho lo mismo si fuese él el
que estuviese preso.
—¿Y ya estás más tranquila? ¿No tengo que temer por mi
integridad física? —Frunció el ceño con preocupación—.
¿Qué le has hecho al pobre muchacho que lo custodia?
Chantler siempre pone a los novatos.
—Ha dormido un rato.
James movió la cabeza reprobadoramente, pero no dijo
nada más y salió. Aunque esta vez se olvidó de cerrar la
puerta. Harriet sonrió satisfecha. Conseguiría que la dejase
comer con Joseph. Solo necesitaba unos días para
convencerlo.
Capítulo 26
Joseph estaba tumbado en el suelo de su celda con las
manos bajo la cabeza y una pierna doblada en actitud
relajada. Su sonrisa también daba cuenta de lo cómodo que
estaba en aquel suelo mugriento, sin un coy que hiciese su
cautiverio un poco más confortable. Era feliz. Inusitada e
incomprensiblemente feliz. Y lo cierto era que no recordaba
haber sentido esa sensación desde que era un niño. En las
tres semanas que llevaba cautivo no había echado en falta
absolutamente nada de su vida anterior. Tenía a Harriet y
eso era todo lo que podía necesitar. La dejaban llevarle la
comida y comer con él, pero antes lo visitaba por la mañana
para ayudarlo a afeitarse. Sonrió con cara de bobo, ahora se
afeitaba todos los días. De hecho, lo haría varias veces si se
lo permitiesen solo para poder sentir sus pequeñas manos
acariciando sus mejillas. Suspiró. Por las tardes acudía con
un libro y le leía. No mucho rato, porque enseguida sucedía
algo en la trama que despertaba su curiosidad y entonces
empezaba a preguntar y hablar y de nuevo preguntar…
Soltó una carcajada. De verdad que su curiosidad era
insaciable. Quería enseñarlo a usar el jō. Estaba decidida. Él
se resistía porque temía acabar con la cabeza rota, no
pensaba defenderse. Escuchó un ruido fuera y se sentó
rápidamente arrastrándose después hasta la pared y
tratando de mostrar una expresión distraída.
—Buenos días —saludó ella entrando con los útiles de
afeitado—. Puedes cerrar, Malcolm, no queremos que este
peligroso pirata se escape.
El soldado sonrió y cerró la puerta.
—¿Cómo has dormido?
Joseph la miraba sonriente y extendió los brazos. Harriet
lo soltó todo sobre un taburete y corrió a abrazarlo también.
Vivía de sus besos, se alimentaba de ellos y luego, cuando
estaba en su camarote esperando que llegase el momento
de regresar con él, recreaba esos besos en su mente una y
otra vez hasta quedar exhausta de deseo. Quedó sentada
entre sus piernas y envuelta en sus brazos sin moverse.
—¿Suspiras? —preguntó él apoyando la cabeza en la
pared.
—Soy muy feliz.
—Y yo.
Ella levantó la mirada girándose un poco para verlo bien.
—¿De verdad? ¿No te preocupa lo que pasará cuando
lleguemos a Inglaterra?
—No me preocupa nada mientras estés conmigo.
Harriet lo miró aún unos segundos más y después se
levantó con determinación.
—Tenemos que pensar en nuestro plan, no podemos dejar
cabos sueltos.
—¿Nuestro plan?
Harriet asintió.
—Diremos que estamos casados y yo explicaré que tú me
salvaste de los france…
—Harriet, no te creerán, no importa lo que digas. Además,
no quiero que nadie sepa lo que hiciste.
Ella frunció el ceño contrariada.
—Ven, siéntate a mi lado y hablemos de ello. —Esperó
hasta que ella estuvo lo bastante cerca como para poder
mirarse en sus ojos y sonrió—. James y yo ya lo hemos
hablado todo y estamos de acuerdo.
—¿James y tú? ¿Y qué pasa conmigo?
—Por eso voy a contártelo.
—Por eso vas a contármelo, ¿eh? Creí que decidiríamos
las cosas juntos.
Joseph había retrasado esa conversación lo más que pudo
para poder disfrutar de la tranquilidad con ella el mayor
tiempo posible, pero ya no podía retrasarlo más o la alocada
cabecita de Harriet daría con un modo de estropear sus
planes.
—Necesito que me escuches con atención.
—¿Es que acaso no es así como te escucho siempre? —
Estaba muy molesta y no tenía intención de ocultarlo—.
Podría repetir tus palabras como si estuviera leyéndolas en
un libro.
Él cogió una de sus manos y se la llevó a los labios sin
dejar de mirarla a los ojos.
—Mi felicidad es tu felicidad y mi bienestar es…
—Mi bienestar, lo he entendido —lo cortó impaciente—.
No trates de minimizar los daños, di lo que has decidido
para que pueda saber si soy capaz de aceptarlo.
Él sonrió admirado, era imposible utilizar subterfugios con
ella.
—Está bien. Nos atendremos a la historia que inventaron
los Paget. Tú viajaste en el barco del capitán Rodríguez
hasta La Habana acompañada en todo momento por la
señora Paget y su hermana.
—¿Y tú?
—Yo iré a prisión.
Harriet no gritó, tampoco se reveló, ni tan siquiera movió
una ceja. Se mantuvo impertérrita ante la tensa mirada de
Joseph.
—¿No vas a protestar?
—¿Serviría de algo?
El pirata encogió los ojos tratando de atravesar la dura
capa tras la que se ocultaban sus verdaderas intenciones.
—No piensas acatar mis órdenes.
—Antes muerta.
—¡Harriet! —Soltó su mano con cierta brusquedad, pero
ella no se inmutó.
—Acabas de decir que mi felicidad es tu felicidad.
—Y es así, por eso necesito que estés bien.
Ella sonrió con expresión cínica.
—¿Y crees que estaré bien estando tú en prisión? ¿Esa es
la brillante idea que habéis tenido tú y ese sucio traidor que
afirma quererme como un hermano? ¡Oh, cómo echo de
menos a Dougal!
—Nunca pensé que oiría eso de tus labios —dijo burlón.
—Él jamás permitiría algo tan estúpido. ¿Ir a prisión? Tú
padre no llegará tan lejos.
—No conoces a mi padre.
—Deja de repetir eso.
—Es la verdad. —Dobló la pierna y apoyó la mano en su
rodilla mirándola con cansancio—. Sé que no quieres oírlo y
no sabes el terror que me produce tu empecinamiento. Será
terrible cuando los oigas condenarme y no quiero ver cómo
te derrumbas sin poder abrazarte. ¿Lo entiendes, Harriet?
Hazlo ahora, llora, grita para que pueda sostenerte entre
mis brazos y pueda pensar que te ayudé a superarlo. Si te
veo entonces, cuando me tengan encadenado… —Se puso
de pie de golpe y dio un puñetazo a la pared.
Harriet corrió hasta él y se abrazó a su espalda con
fuerza.
—Tiene que haber un modo —suplicó—. Por favor, no te
des por vencido. Piensa en un modo de escapar. Me iré
contigo. No me importa no poder volver jamás, te lo dije y
era sincera. Mi vida ya no tiene sentido si no estás conmigo.
Él se volvió y le cogió la cara entre las manos.
—No digas eso, Harriet, por Dios te lo pido. Eres una niña,
te queda mucho por vivir…
—Mírame, tú puedes ver dentro de mí, lo sé. ¿De verdad
crees que no es cierto lo que digo? ¿Crees que algo de lo
que has pensado para mí es posible?
Él gimió entre dientes sintiendo una frustración
insoportable. No quería ver lo que ella le mostraba, no
podía… La soltó y le dio la espalda de nuevo. Comenzó a
caminar por la celda con pasos largos y rápidos, pero
enseguida llegaba a la pared y debía volver y girar y de
nuevo volver…
—¿Cuánto tardarán en tomar una decisión? —preguntó
ella con voz calmada.
—No lo sé. Todo dependerá de lo pronto que empiece el
juicio y de la prisa que tenga mi padre.
—Estoy segura de que Dougal nos pisa los talones.
—Yo también —dijo deteniéndose—. Se mantiene a la
distancia suficiente para que Chantler no lo sepa, pero está
ahí.
—¿Dónde crees que amarrará el barco?
—Te haré un plano.
Harriet asintió.
—Tendrás tiempo de ver a tu familia —dijo él con voz
ronca—. Podrás despedirte.
Ella sonrió acercándose a él y se abrazó a su cintura
apoyando la cabeza en su pecho. A él le gustaba tanto que
hiciese eso…
—Lo vas a perder todo —murmuró angustiado.
Harriet levantó la cabeza y lo miró con tal expresión de
felicidad que derritió todas sus defensas.
—Tú eres todo lo que quiero, Joseph. Llevaba años
esperándote, preparándome para cuando llegaras, ¿no lo
entiendes? Mi vida eres tú.
Él escondió la cabeza en aquellos rizos rojos y gimió
emocionado. Que mostrase aquella entrega total y sin
reservas, que lo amase por encima de todo y de todos era
más de lo que podía asimilar. Porque él la amaba de igual
modo y estaba dispuesto a renunciar hasta a su vida si era
necesario.
—Tienes que prometerme aquí y ahora que, pase lo que
pase, no me dejarás atrás —le exigió ella mirándolo
intensamente y Joseph comprendió que no podía mentir.
—Te doy mi palabra.
—¿Puedes besarme? —pidió ella sin apartar los ojos.
—Dios… —susurró él antes de tomar su boca.
Su lengua la abordó, exigente y hambrienta, sin encontrar
resistencia. Empezaba a pensar que nunca se saciaría su
ansia, que nunca encontraría alivio por más que la besara
pues con cada beso el hambre que atenazaba sus entrañas
se hacía más y más grande. Apoyó la frente en la suya y
mantuvo sus bocas separadas unos segundos tratando de
recuperar la cordura y el sentido. Harriet respiraba agitada y
se aferraba a sus manos como a una tabla en mitad del
océano. ¿Eso era el amor? ¿Aquella desesperación por
fundirse con él? ¿Sentir que sus brazos eran lo único que
podía sostenerla? ¿Que las lágrimas pugnaran por salir y el
corazón le estallase de alegría al mismo tiempo? Ahora fue
ella la que lo besó con fuerza, reclamando lo que
consideraba suyo y sin un ápice de timidez.
Él se separó y la miró con ojos vidriosos.
—Besas como una auténtica pirata —dijo con voz ronca.
—Lo quiero todo —afirmó rotunda.
Su cuerpo vibraba excitado, lo empujó hacia la pared y lo
hizo sentarse en el suelo para montarlo a horcajadas.
—Esto es muy peligroso —dijo él casi sin voz.
Ella buscó con su cuerpo y se movió sobre aquel bulto
duro que escondían sus pantalones.
—¡Dios! —gimió él.
—Si no nos quitamos la ropa no cuenta, ¿verdad? —dijo
entre jadeos y sin dejar de restregarse contra él.
—¿Quién te ha enseñado… esto?
—He estado explorando…
Él la agarró de la cintura y la obligó a quedarse quieta.
—Conmigo misma —aclaró rápidamente.
Joseph inclinó la cabeza ligeramente y con expresión
perversa rodó tumbándola en el suelo.
—Mereces un castigo por ponerme en una situación tan
difícil —dijo metiendo una mano bajo su falda.
Harriet abrió mucho los ojos cuando sintió que deslizaba
los dedos entre sus muslos.
—¿Qué vas a…? ¡Oh, Dios mío!
El pirata sonrió satisfecho y siguió con sus caricias en la
parte superior de aquel lugar secreto. Un intenso placer la
envolvió y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no gritar.
—Shsssss —susurró Joseph en su oído—. No querrás que
Malcolm crea que necesitas ayuda y acabe con la diversión.
Esto no ha hecho más que empezar.
Abrió la boca con la mirada nublada y él se apresuró a
cubrirla con la suya, mientras sus dedos iniciaban el avance
hacia simas más profundas. Estaba mojada y abierta para él
y tuvo que hacer acopio de toda su resistencia para no
cambiar de opinión en cuanto el límite de sus acciones.
—Necesito… —susurró ella cuando él apartó su boca—.
No sé lo que necesito, pero me estoy muriendo, Joseph.
El pirata sonrió abiertamente y sin decir nada se deslizó
hacia abajo y separó sus piernas para dejarla expuesta ante
él.
—Recuerda —susurró antes de desaparecer bajo su falda
—, no grites.
Harriet se vio arrastrada a una vorágine de sensaciones
imposibles de catalogar y completamente desconocidas. Era
como si su cuerpo se estuviese licuando y ya no podía saber
dónde estaba el suelo y donde ella. La lengua de Joseph se
movía con maestría, rozando, penetrando y alejándose en
una incesante tortura. El aliento sobre su sexo húmedo le
provocaba escalofríos que contrastaban con el fuego que
ardía en sus entrañas. Quiso agarrarle la cabeza para
impedir que se alejase, quería sentirlo en el centro de su
ser. Él aceleró el ritmo de sus movimientos consciente de
que estaba pronta a alcanzar la cima. Esa iba a ser su
primera vez, nunca antes había sentido nada parecido y era
él el que iba a proporcionarle tan enorme placer. Harriet
trataba de contenerse, de retenerlo sin saber que eso lo
aceleraba aún más. La explosión la cogió por sorpresa, se
arqueó de un modo casi animal y primitivo. Joseph tuvo que
sujetarla para no perder el control, sabía que podía llevarla
hasta lo alto varias veces y no iba a conformarse. Harriet
quedó desmadejada e inmóvil, pero él continuó
acariciándola suave y delicadamente sin tocar zonas
sensibles. Durante unos segundos. Pero entonces, cuando
ella creía que todo había acabado, percibió cómo sus
sentidos despertaban rápido, muy rápido.
—Oh, no… —gimió agotada.
Joseph se movió sabiendo exactamente en qué momento
atacar una zona u otra, ayudándose de las manos para
exponerla abiertamente a sus caricias. Harriet se tensó
como la cuerda de su arco y la lengua del pirata la penetró
como una flecha provocando de nuevo aquella explosión
incontrolada y extenuante que sacudió su cuerpo sin que
ella pudiera hacer nada para dominarlo.
Seguía sintiendo las contracciones en aquel recóndito
lugar cuando él ya estaba a su lado, sosteniéndola en sus
brazos.
—Ahora ya conoces algo del placer que voy a darte —dijo
él con una sonrisa en la voz.
Harriet no se atrevía a moverse. Ni a hablar. Joseph
inclinó la cabeza para mirarla.
—¿No dices nada? ¿No hay un millón de preguntas al
respecto?
Ella siguió sin moverse y el pirata se incorporó dejándola
suavemente en el suelo para poder verla bien.
—¿De verdad he dejado a Harriet Wharton sin palabras?
Ella rehuía su mirada con evidente turbación y Joseph
soltó una carcajada.
—Pienso hacerte esto cada vez que vengas a verme a
partir de ahora. —Ella lo miró asustada—. Acabo de
descubrir que tengo un poder sobre ti y pienso utilizarlo
cada vez que quiera do…
—Eres malvado —lo cortó sentándose.
Joseph sonrió feliz.
—¿Malvado? Me ha parecido que te gustaba. Mucho,
ciertamente.
—Pero eso… No… Tú…
El pirata volvió a reírse a carcajadas.
—No es justo —dijo ella arrugando la nariz—. Tú me has
hecho... Y yo no…
Joseph dejó de reír y la miró con ternura.
—¿Tú quieres hacérmelo a mí?
—¿Puedo? —sus ojos se iluminaron despojándose de
aquella sensación de frustración.
Él la miró incrédulo.
—Eres la mujer más increíble que he conocido nunca.
Le cogió la cara con las manos y la besó con fuerza, como
si necesitara imprimir en ella su marca.
—Podrás hacerme lo que quieras, Harriet. Pero vayamos
paso a paso. Por hoy ya hemos tenido bastantes emociones,
¿no crees?
—De esto no hablaban nada en los libros —dijo mirándolo
pensativa—. Te aseguro que leí todo lo que ponía y no
mencionaban nada parecido.
—Pues esto no es más que un avance de lo que vendrá.
—¿Qué haces? —preguntó ella al ver que se colocaba las
manos en el suelo con los brazos extendidos y apoyado
sobre la punta de los pies.
—Necesito ejercitarme para calmarme —dijo flexionando
los codos y volviendo a tensarlos.
Harriet lo miraba con curiosidad.
—¿Eso te calma? ¿Por qué?
Joseph sonrió sin dejar de flexionar una y otra vez.
—Veo que ya se te ha pasado el efecto.
—Vas a tener que enseñarme muchas cosas y quiero
aprenderlas todas. Pero ahora deberíamos trazar un plan de
fuga.
El pirata se detuvo para mirarla y dejó escapar el aire en
un suspiro antes de sentarse. ¿Cómo podía haber pensado
siquiera que podría vivir sin ella?
Capítulo 27
El HMS Augusta atracó en el puerto de Londres pasadas las
cuatro de la madrugada. El capitán daba órdenes a su
tripulación mientras James observaba el ajetreo de los
muelles con el corazón latiendo acelerado. Se moría de
ganas de abrazar a Caroline y de acabar con el sufrimiento
de toda la familia.
—Hace frío —dijo Harriet llegando hasta él.
Estaba muy nerviosa y asustada por cómo la recibirían los
suyos. Sentía una losa encima del pecho y le costaba
respirar. Sabía que su decisión de huir con Joseph iba a
causarles un gran dolor, que se sumaría al que ya les había
causado con su aventura.
—¿Qué pensáis hacer con él ahora que ya estamos aquí?
—Chantler lo llevará ante Burford para que él decida. —
James la miró con una divertida sonrisa—. ¿Y vosotros qué
tenéis pensado?
Ella no movió un músculo y su cuñado a punto estuvo de
echarse a reír a carcajadas ante su evidente turbación.
—¿Crees que no sé que vais a intentar algo?
Harriet giró la cabeza para mirarlo con aquella expresión
lastimosa que tanto lo conmovía.
—No seas mala, sabes que no puedo soportar que me
mires con esa cara. Pareces un corderillo al que llevan al
matadero.
—Así es como me siento.
—No digas tonterías. Joseph es hijo de Burford, no va a
matarlo.
Harriet abrió tanto los ojos que parecía que se le fuesen a
salir de las órbitas.
—¿Matarlo? ¿Cómo va a matarlo? ¡Es su hijo, por Dios! —
Volvió a mirar hacia los marineros que realizaban las tareas
de amarre—. No he pensado eso en ningún momento.
—Me alegra que no lo hayas pensado —dijo él.
Harriet lo miró de nuevo con la misma expresión de
sorpresa.
—¿Es que acaso tú sí lo has pensado?
—Es una posibilidad, me temo. No olvides que es un
pirata y ha atacado a numerosos barcos de la compañía.
—Barcos de su padre, que es como decir suyos.
—No exactamente. —La miró severo—. Burford tenía
negocios con otras personas que se vieron perjudicadas.
—¿Te refieres a Edward? —Torció una sonrisa—. Edward
no haría nada con…
—No es solo Edward, Harriet, hay más nombres en esa
lista. Si Burford quiere sabrá compensarlos, pero si se
desentiende a Joseph podría irle realmente mal.
—No lo permitiré —musitó.
—No creo que tu intervención pueda ser de ninguna
utilidad. Me aventuraría a decir que serías de más ayuda
estando a varias millas de distancia.
Ella lo miró sorprendida y su cuñado se encogió de
hombros.
—Te lo digo por propia experiencia. Un soldado no puede
preocuparse por sí mismo si tiene que cuidar de otro. Y no
imagino una situación peor que si ese «otro» es la mujer a
la que amas.
Chantler se acercó a ellos y parecía muy tranquilo.
—¿Va a desembarcarlo? —preguntó James.
—Enviaré aviso a casa de los Burford pidiendo
instrucciones antes de bajar del barco. Si quieren arreglar
esto de un modo privado desembarcar a su hijo encadenado
no creo que sea la mejor forma.
—¿Encadenado? —Harriet lo miró furiosa—. ¿Por qué iba a
hacer eso?
Chantler la miró severo.
—Señorita Harriet, ese hombre es un criminal y estoy
seguro de que intentará escaparse en cuanto tenga la
menor oportunidad. Le aconsejo que se mantenga al
margen de todo esto si no quiere que acabe salpicando a su
familia.
La joven apretó los labios conminándose a callar.
Bastante difíciles estaban las cosas como para que ella las
complicase un poquito más cada vez que hablaba. James
contuvo una sonrisa consciente de lo mucho que debía
costarle a su cuñada mantener la boca cerrada.
—Usted y la señorita —siguió el capitán—, pueden
desembarcar cuando gusten. Imagino que estarán deseando
viajar a Harmouth para tranquilizar a la familia.
—No pienso irme de Londres hasta…
—Harriet —la interrumpió James—, yo decidiré lo que
hacemos, así que, por favor…
La impotencia estaba haciendo un nudo en su estómago.
—¿Puedo ir a verlo antes de… que decidas?
James asintió.
—¿Está seguro de esto? —La detuvo el capitán mirándolo
a él—. ¿No sería mejor acabar de una vez con esos
«encuentros»?
James miró la mano con la que la había sujetado y
Chantler la soltó inmediatamente. Harriet corrió sin esperar
un nuevo veredicto.
—Usted sabrá lo que hace —dijo el capitán encogiéndose
de hombros y alejándose de él.
—Van a enviar a alguien para avisar a tu padre. —Harriet
lo miraba esforzándose por sonreír—. Ya verás, todo va a ir
bien, tu padre recapacitará…
Joseph la miraba muy serio.
—¿Cuándo llegará Dougal? —preguntó ella.
—Si nos hubiesen seguido, estarían muy cerca.
—Por supuesto que nos han seguido. No te abandonarán.
—Les di una orden tajante. Ya sé que a ti no te va mucho
eso de acatar órdenes, pero por suerte, mis hombres no se
parecen a ti.
Harriet lo miraba serena y juntó las manos para ocultar el
temblor en ellas.
—Estaríamos muertos si me hubiesen desobedecido tanto
como lo haces tú.
—También fui de gran ayuda con los franceses.
—¿De gran ayuda? No creo que Stuart esté de acuerdo
con eso.
El golpe fue certero y contundente.
—¿Qué quieres decir?
—Stuart no habría estado en ese lugar concreto de no ser
por ti. —Sus ojos carecían de expresión—. Te vio en peligro y
corrió a ayudarte. No habrías estado en peligro de haber
acatado mis órdenes y Stuart caminaría sobre sus dos
piernas.
Harriet vio la escena como si se estuviese produciendo
allí mismo, en aquella improvisada cárcel.
—¡Señorita Harriet! ¡La van a matar!
Todo estaba confuso en su mente excepto la expresión de
sorpresa en el rostro del hombre al que atravesó con su
flecha. Vio esa expresión en cada uno de los hombres que
murieron frente a ella. Sorpresa. Era como si, a pesar de
estar luchando a vida o muerte, se creyeran invencibles.
Sacudió la cabeza para borrar esos pensamientos y
centrarse en Stuart. ¿De verdad fue por ella? De pronto lo
vio claro y miró a Joseph con tal desolación que, de haber
estado realmente allí, el pirata no habría podido resistirse a
abrazarla.
—Eres impetuosa, irracional, apasionada y fantasiosa.
Todas ellas características muy peligrosas para mí —siguió
él con la mirada fija en la pared y el rostro impasible.
—Debe causarte mucho dolor decirme estas cosas —dijo
con tanto amor que resquebrajó la dura piedra de su muro
—. Sé lo que estás haciendo y te amo más que nunca por
ello. Me estás diciendo que necesitas que esté a salvo.
Él no se movía, no hablaba, simplemente seguía
respirando mientras ella se limpiaba las lágrimas y
continuaba su discurso.
—Lo entiendo. Yo también haría cualquier cosa para
protegerte. Incluso ser cruel e injusta contigo.
Se miraba las manos y asentía como si respondiese a
preguntas mudas que ella misma se hacía. Joseph no la
miraba, apenas podía mantenerse cuerdo.
—Me iré, si me das tu palabra de que harás todo lo
posible para salvarte. Solo así te dejaré en paz.
¿En paz? —La miró incrédulo—. Nunca se había sentido
tan lejos de ese sentimiento como en ese momento. Su
cerebro era un caos y su cuerpo una máquina de tortura.
—Te lo prometo —dijo con voz ronca.
Harriet asintió mordiéndose el labio mientras trataba de
contener las lágrimas y lo abrazó con fuerza, pegando la
mejilla a su pecho para oír los latidos de su corazón. Joseph
aguantó unos segundos pero con un gruñido angustioso se
dejó arrastrar por sus sentimientos y la rodeó con sus
brazos escondiendo el rostro en su pelo.
—Te amo más que a mí vida —musitó.
—Todas tenéis que leer Juicio y Sentimiento. Me enfadaré
mucho si no me hacéis caso —dijo Emma muy seria—. Tú
también, mamá.
—Ay, hija, no tengo ganas de leer. No consigo
concentrarme.
—Mamá... —Caroline, que estaba sentada a su lado en el
sofá, le cogió la mano con cariño—. Tienes que reponerte.
Harriet regresará un día de estos entusiasmada por haber
vivido una gran aventura y entonces nos reiremos de lo
tontas que hemos sido por preocuparnos.
—No sé cómo puedes estar tan segura —dijo su madre
moviendo la cabeza.
—Pues porque conozco a Harriet y sé que pude
defenderse mejor que nadie.
Katherine dejó al pequeño Andrew en brazos de la
doncella para que lo acostase.
—Tápalo bien, pero que no sude —dijo mirándolo con
ternura—. Mamá, Caroline tiene razón. Alexander dice que
es muy diestra con el jō y que, además, el capitán Chantler
se habrá preocupado de que no le pase nada.
—Y James estará con ellos —añadió Elizabeth levantando
la vista del bordado que cosía—. Su barco era más rápido,
¿verdad Edward?
El marido de Emma miró al barón con disimulo. Los
hombres sabían que Harriet no estaba en el Augusta. El
clíper en el que viajaba James había regresado a Londres y
se habían reunido con el capitán. La situación era mucho
menos halagüeña de lo que las mujeres se pensaban, pero
habían decidido no contarles nada hasta tener noticias
concretas sobre Harriet.
—Háblanos de esa novela —pidió Katherine.
—¿Habláis de Sentido y Sensibilidad? —preguntó Elinor
entrando en el salón con el pequeño Robert en los brazos.
—¿La conoces? —Emma la miró satisfecha.
—Me la ha mencionado Marianne —dijo refiriéndose a una
de las gemelas—. Le ha hecho mucha gracia que las
hermanas protagonistas se llamen Elinor y Marianne.
—Menuda tontería —dijo la baronesa—, algún nombre
tendrán que tener.
—Esas cosas hacen ilusión, mamá —dijo Katherine
cogiendo el libro de manos de Emma—. Veamos. «La familia
Dashwood llevaba mucho tiempo asentada en Sussex.
Poseían una gran hacienda, y residían en Norland Park, en el
centro de sus propiedades, donde habían vivido durante
muchas generaciones de una manera tan respetable que,
en general, se habían ganado la consideración de sus
conocidos de la vecindad. El último propietario de estas
tierras fue un hombre soltero, que vivió hasta una edad muy
avanzada, y que durante gran parte de su vida tuvo en su
hermana una constante compañera y ama de casa. Pero la
muerte de ésta, que acaeció diez años antes de la suya
propia, trajo consigo grandes cambios; pues, para llenar su
vacío, el caballero invitó y recibió en la casa a la familia de
su sobrino, el señor Henry Dashwood, el legítimo heredero
de las tierras de Norland, y la persona a quien te…»
Emma había dejado de escuchar. Leer la novela que su
autora había firmado como «una dama» había sido un
auténtico placer. Con la llegada de Robert su tiempo para la
escritura había mermado hasta hacerse meramente
testimonial y lo compensaba quitándose horas de sueño
para leer. La lectura era ineludible para ella, sin los libros no
podía vivir. Edward lo sabía bien y buscaba siempre el modo
de alimentar esa necesidad con nuevas adquisiciones. Si
seguían así en unos años tendrían la mejor biblioteca de
Inglaterra. Lo miró y se preguntó cómo podía ser tan
apuesto y distinguido, con ese porte regio y esa mirada
penetrante que podía atravesarla como un cuchillo o
elevarla del suelo diez metros. Se fijó en su mandíbula
marcada y en la tensión de la comisura de sus labios. Algo
malo pasaba, lo intuía desde hacía días. Los hombres de la
familia sabían algo que no les habían contado. Miró a su
madre y su corazón se aceleró. Si a Harriet le había
sucedido algo malo no podría soportarlo. Harriet era tan
especial que su puntual ausencia se convertía en un silencio
aterrador en aquella casa. No podía ni imaginar lo que sería
que esa ausencia fuese permanente.
Edward sintió la mirada de su esposa y se alejó de la
chimenea para no estar dentro de su campo de visión. El
barón se acercó a él apartándose del grupo.
—Estoy deseando que llegue Alexander con noticias de
Londres. —Estaba acostumbrado a ir él mismo, pero dado
que su yerno tenía asuntos que tratar en la ciudad, había
delegado esa tarea en el conde.
—Si vuelve sin noticias, ¿no cree que deberíamos ser
sinceros con ellas? En quince días estaremos en Navidad y
su esposa…
—Míralas, Edward —dijo el barón con rostro demacrado—.
¿De verdad es necesario angustiarlas más? ¿No ves cómo se
esfuerzan en fingir que todo está bien? No, mientras no
haya certezas, debemos mantener la esperanza.
Edward asintió comprensivo y bebió un largo trago de su
copa para calmar los nervios.
—Vayamos con ellas entonces —dijo poniendo una mano
en el hombro de Frederick—. Son demasiado listas y
acabarán por darse cuenta de nuestra preocupación.
—«Margaret, la otra hermana, era una muchacha de buen
talante y buena disposición; pero, como se había embebido
ya de buena parte de las fantasías de Marianne, sin tener
gran parte de su juicio, no permitía, a sus trece años,
concebir esperanzas de igualar a ninguna de sus hermanas
en una época más avanzada de la vida». Fin del primer
capítulo —dijo Katherine cerrando la novela.
—Me gusta —afirmó Elinor—, aunque ese John Dashwood
me da muy mala espina.
—¿Has sabido algo de la señorita Turnbull y de la señora
Proser últimamente? —preguntó Emma con interés.
—Ayer recibí una carta —dijo Elinor levantándose del
asiento—. Voy a buscarla y os la leeré, es de lo más
interesante.
El sonido de un coche de caballos la hizo cambiar de
dirección para dirigirse a la ventana.
—Es Alexander —dijo mirando a través del cristal—. Y
viene con… ¡James! ¡Oh, Dios mío! ¡Es Harriet! ¡Harriet,
mamá! ¡Harriet está aquí!
Elinor corrió como una exhalación para salir de la casa
mientras los demás la seguían.
—¿De verdad te trataron bien? ¿No has sufrido ningún
daño? —Su madre la miraba ansiosa. No había dejado de
llorar desde que había podido abrazarla al fin, aunque sus
lágrimas eran ahora de alegría.
—Te lo prometo, mamá. Todos se portaron bien conmigo y
cuidaron de mí. No he estado en peligro en ningún
momento —desvió la mirada para que no viera en sus ojos
que mentía.
—¡Oh, mi niña! Mi niña está en casa —dijo juntando las
manos como si rezara una plegaria—. Gracias, Dios mío,
gracias.
—Papá… —Harriet miró al barón que había permanecido
en un segundo plano todo ese tiempo—. Papá, ¿podrías
ayudarle? Puede ir a la cárcel si su padre decide…
—¿No se lo habéis dicho? —El barón miró a sus dos
yernos con expresión seria.
Los dos negaron con un gesto. Harriet los miró
alternativamente con el ceño fruncido.
—¿Decirme qué?
—Jacob Burford murió hace dos meses —dijo el barón.
—¿¡Qué!? —Harriet se puso de pie de golpe mirándolo
con ojos muy abiertos—. ¡Muerto! Pero… Entonces…
Joseph… ¡Tengo que regresar a Londres! Tengo que…
—No irás a ninguna parte —dijo su padre con dureza—. Te
has comportado de un modo injusto e irresponsable y nos
has causado un dolor innecesario. No tuviste la más mínima
consideración por tu familia y has demostrado no ser digna
de la confianza y el respeto con el que siempre te hemos
tratado. Desde hoy eso va a cambiar. No saldrás ni harás
nada que yo no haya autorizado antes. Y, por supuesto, no
verás a Joseph Burford jamás, de eso no te quepa la menor
duda.
El barón abandonó el salón dejándolos a todos en un
atronador silencio.
Capítulo 28
—Señor Banks, descuide, sé que mi padre contaba con su
total confianza y le daré una carta de recomendación
alabando su dedicación, por supuesto.
—Pero, señor Burford, llevo muchos años al frente de la
empresa y sé perfectamente cómo…
—Ese es en parte el motivo por el que voy a prescindir de
sus servicios, señor Banks. —Joseph salió de detrás del
escritorio y se acercó a él para ponerle una mano en el
hombro. Su sonrisa no iba a la par con la mirada helada que
le dedicó—. Mi padre y yo tenemos una visión muy distinta
de los negocios.
Lo llevó hasta la puerta.
—¿No quiere tomarse un tiempo para pensarlo?
—Gracias por todo, señor Banks, que tenga un buen día.
Joseph cerró la puerta y se volvió hacia su hermana.
—Creí que no se iría nunca —dijo ella con un suspiro de
alivio.
—¿Enviaste las cartas de despido a los demás? —
preguntó mientras volvía a su lugar frente al escritorio
atestado de documentos.
—Todo se ha hecho como tú ordenaste —dijo orgullosa—.
Esta tarde vendrán los abogados para revisar contigo los
contratos de compra y todas las transacciones en curso.
—Quiero que el barco esté listo cuanto antes. ¿Has visto a
Dougal hoy?
—Lo vi a primera hora, pero ya sabes que no aguanta
mucho tiempo en casa. Seguro que está en el barco con los
demás.
—Seguiré con esto hasta que lleguen los abogados —dijo
volviendo a los papeles.
—¿Te sigue doliendo la cabeza?
—No puedo dormir —murmuró apretándose las sienes.
—¿Por qué no me dejas ir a hablar con él? —se acercó y
se sentó al otro lado de la mesa—. Quizá si yo le explico…
—No hay nada que explicar. El barón me lo dejó muy
claro, no va a permitirme que me acerque a su hija y si lo
intento hará que me arresten por secuestro.
—Está resentido. Les hicisteis pasar un calvario.
Joseph la miró con fijeza.
—¿Crees que no le entiendo? Si yo estuviese en su lugar
no habría sido tan comprensivo.
—Probablemente no —sonrió Bethany con tristeza—.
Siempre has sido el más duro contigo mismo, hermano.
Joseph soltó el aire de golpe y se levantó nervioso.
—Lo que me atormenta es no saber cómo está Harriet.
Qué pensará. Qué… ¡Oh, maldita sea! —exclamó
apretándose la cabeza para tratar de calmar el insoportable
dolor que no lo dejaba ni pensar.
—Estará esperando a que su padre se calme.
—¿Cómo estás tan segura? Hace un mes que bajó de mi
barco y desde entonces no ha tenido noticias mías, puede
pensar cualquier cosa. No creo que su padre le haya
contado su conversación conmigo que incluía la taxativa
prohibición de acercarme a Harmouth. Cuando se enteró de
que mi padre había muerto y que ahora soy el heredero de
la fortuna de los Burford debió pensar que ya no había nada
que nos separase.
—Quizá no lo sepa aún, si su padre está tan empeñado en
que no te acerques a ella, quizá la tiene aislada de todo.
—¿Harriet aislada? —Soltó una carcajada—. Cómo se nota
que no la conoces.
—¿Crees que desobedecería una orden directa de su
padre?
Los ojos de Joseph se hicieron más pequeños.
—Harriet Wharton no es famosa por acatar órdenes —dijo
con expresión reflexiva.
—Quizá haya madurado. Lo que ha pasado debe haberle
hecho aprender mucho sobre la vida y también sobre ella
misma.
Él movió la cabeza lentamente.
—No, no puede ser eso. —Afirmó con la cabeza
respondiendo a sus propios pensamientos—. Es por mí. Me
está protegiendo.
—¿Protegiéndote de su padre?
Su hermano asintió.
—Le ha dicho lo mismo que me dijo a mí, que me
denunciará por secuestro y me meterá en la cárcel si se
acerca a mí de cualquier modo. Es eso, claro, ¿cómo no lo
había pensado antes? Por eso no me ha mandado una nota
siquiera. Tengo que verla como sea, tengo que…
—Joseph, cálmate. —Bethany se levantó y lo miró con
severidad—. No puedes hacer nada de eso, no hasta que las
cosas se calmen un poco. Espera unos meses. Tienes
muchos problemas que resolver, alianzas comerciales que
restaurar y lastre del que librarte. Y no solo eso, ella
también necesita tiempo. No quiero ni pensar en lo que
habrá sido regresar a su casa y ver el caos que provocó con
su peligrosa fuga. Esa familia vivió un auténtico suplicio
durante meses, sin saber si estaba viva o muerta. ¿No crees
que merecen un poco de sacrificio por tu parte?
—No quiero que piense que la he abandonado.
—Si es como me has contado, sabe exactamente lo que
estás pensando ahora mismo. No pudiste engañarla con tu
estratagema, se dio cuenta enseguida de lo que pretendías.
Te conoce muy bien, hermano.
Joseph volvió a sentarse frente a su escritorio y apoyó los
codos en la mesa para reposar la cabeza en sus manos.
—Te traeré algo para el dolor —dijo Bethany dirigiéndose
a la puerta—. Pero tienes que encontrar el modo de dormir o
acabarás por caer enfermo.
Salió del despacho dejándolo solo.
Colocó la última flor en el jarrón y recogió lo demás para
llevárselo en el cesto.
—¿Necesitas algo, mamá? —le preguntó a su madre antes
de salir del salón.
Meredith la miraba con atención.
—Me ha dicho Daisy que has tirado el arco.
—Estaba ocupando espacio en mi alcoba y me molestaba.
Sus labios sonreían, pero sus ojos estaban apagados.
—Harriet, siéntate aquí conmigo un poco.
—Claro, mamá —dejó el cesto sobre una mesilla y se
sentó a su lado con las manos cruzas en el regazo.
—Sé que tu padre ha sido muy duro contigo desde que
volviste.
—No más de lo que merezco.
—No hables así, hija. —Puso una mano sobre las suyas y
la miró con cariño—. Sabes que te queremos, ¿verdad? Solo
hace falta tiempo para que las cosas vuelvan a su sito.
Harriet cerró los ojos un instante. No quería llorar.
Últimamente lloraba demasiado.
—Tu padre recapacitará y todo volverá a ser como antes.
Solo debes tener paciencia.
—Nada volverá a ser como antes —negó su hija con la
mirada clavada en sus manos.
—Echo de menos a mi niña fantasiosa —se lamentó
Meredith con un nudo en el pecho—. No sabes cuánto la
echo de menos.
La dejó marchar consciente de que no iba a dejarla
atravesar el muro que había levantado a su alrededor. Tenía
que hacer algo, no iba a rendirse tan fácilmente. Salió del
salón y encontró al mayordomo en el hall cuando se
disponía a subir las escaleras.
—George, que preparen el coche, voy a salir —pidió.
—¿Quiere que la acompañen, señora baronesa?
—No, George, iré sola, gracias.
Al bajar del carruaje y ver la casa de fachada blanca y
altas ventanas de los Burford, la baronesa se dio cuenta de
que nunca había estado allí. Llamó a la puerta y el
mayordomo la hizo pasar en cuanto dijo quién era y la
acompañó a un bonito salón decorado con revestimientos
de madera y colores pálidos.
—Enseguida aviso a la señorita Bethany.
—No he venido a verla a ella —lo detuvo—. Querría hablar
con el señor Burford, por favor.
—Como guste.
El mayordomo salió cerrando las puertas tras él y al cabo
de escasos minutos apareció Joseph colocándose el pelo en
su sitio después de la carrera.
—Señora Wharton, quiero decir, baronesa. —Se inclinó
ante ella solemne y le besó la mano—. ¿Harriet está bien?
—Siéntese, por favor —pidió incómoda—. Es usted muy
alto y me va a dar torticolis.
Joseph obedeció escondiendo una sonrisa. Ahora ya sabía
a quién había salido Harriet.
—Así que estoy delante de Bluejacket… —dijo al tiempo
que asentía—. Pues no parece tan fiero el león como lo
pintan.
—Hay mucha literatura al respecto, me temo. Pero aún no
me ha dicho si su hija está…
—Está bien, no se preocupe por ella —respondió
impaciente—. No se ha manejado usted mal. Teniendo en
cuenta que llegó a Londres encadenado. Ha conseguido que
nadie sepa de sus andanzas, excepto nosotros, claro, que no
solo lo sabemos sino que tenemos testigos que podrían
hacer que lo condenasen.
Joseph asintió. Su sonrisa había desaparecido por
completo. Meredith miró a su alrededor con expresión
curiosa.
—Bonita casa. Un poco desabrida para mi gusto, pero
supongo que su padre y yo teníamos gustos muy distintos.
¿Va a dejarla así? Espero que no.
—Por el momento no puedo abordar más problemas, ya
tengo demasiados.
—Oh, muchacho, los problemas son la sal de la vida,
sobre todo cuando se resuelven. Pero si a usted le gusta…
Ahora es su casa.
—Le aseguro que mi padre y yo teníamos gustos
opuestos en todo, baronesa, y en cuanto tenga tiempo lo
invertiré en convertir esta casa en un hogar.
—Muy bien. Supongo que lo primero siempre son los
negocios, aunque eso a su padre se le daba bien, a juzgar
por la gran fortuna que amasó en vida.
—Es muy probable que a mí no me vaya tan bien como a
él.
Meredith frunció el ceño.
—¿Es usted un derrotista? Me sorprende.
—Me temo que mis métodos serán muy distintos a los
suyos y eso me aportará inferiores beneficios. Soy de los
que piensa que se ha de pagar un precio justo por todo
aquello que se adquiere.
—Ya entiendo.
La baronesa había oído hablar de Jacob Burford, pero no
le pareció adecuado ni conveniente mencionarlo.
—¿Desea tomar algo? No sé si tiene costumbre de…
—¡Oh, no! A estas horas no tomo nada, gracias.
Joseph no quería mostrarse intimidado, pero lo cierto es
que lo estaba y mucho. No entendía a qué había ido la
baronesa a su casa y temía ser demasiado directo si
preguntaba. Meredith era plenamente consciente de su
turbación y eso le gustaba, demostraba que no era un
hombre soberbio y arrogante que estuviese de vuelta de
todo.
—¿Por qué no regresó enseguida? —preguntó
directamente—. Sabía que Harriet era una joven inocente y
que correría un grave peligro siendo su… invitada.
—No podía hacerlo —dijo sincero—. Su hija conocía mi
identidad y eso me habría expuesto ante mi padre.
—Antepuso sus planes a la seguridad de mi hija.
Joseph lo pensó un momento, debía valorar la utilidad de
mostrar todas sus cartas ante una mujer a la que no conocía
y que, probablemente, estaría poco dispuesta a
comprenderle.
—¿Su hija le ha explicado lo que hacíamos? Quiero decir,
¿sabe por qué me convertí en Bluejacket?
—No.
—Mi padre… Él no era muy justo en sus tratos.
—Eso sí lo sé, Edward no tiene muy buena opinión de él
en ese aspecto.
—No creo que el señor Wilmot conozca el alcance de sus
injustas decisiones. —Joseph se sentía incómodo hablando
de ello, pero si quería que lo entendiera no le quedaba más
remedio que sincerarse con ella—. Lo que le voy a contar es
algo muy desagradable, baronesa, pero por más que intenté
hablar con su esposo, no quiso escucharme y creo que si
usted lo hace podrá entender por qué Harriet y yo… Porque
nosotros estamos…
—No dé tantas vueltas —lo animó—. Reconozco que el
hecho de que haya demostrado su preocupación por ella en
cuanto nos hemos visto, es un punto a su favor, pero no es
suficiente. Necesito que me explique sin reparos sus
motivos para actuar como lo hizo. Y quiero que me cuente
todo lo sucedido durante los tres meses que mi hija estuvo
cautiva en su barco. Pero advierto que si me oculta algo o
miente, lo sabré, tengo un don para eso, y no volveré a
darle esta oportunidad, señor Burford.
Joseph soltó el aire contenido en sus pulmones y asintió.
—Espero que tenga usted tiempo.
—Todo el que haga falta.
Capítulo 29
—Vamos a organizar un baile —anunció Meredith durante la
cena.
El barón la miró con desagrado, Elinor con fastidio y
Elizabeth distraída. La única que no mostró interés alguno
fue Harriet que continuó apartando la comida de su plato
como si le estorbase para ver el fondo.
—¿Un baile?
—No hemos celebrado la Navidad y hemos entrado en el
nuevo año como si no nos hubiésemos dado cuenta. Así que
he decidido que un baile será la excusa perfecta para
olvidar lo sucedido.
—Nadie celebra bailes en enero, querida, todo el mundo
está cansado de fiestas.
—Pues instauraremos una nueva costumbre —siguió la
baronesa con expresión divertida—. Hablaré con la duquesa,
estoy segura de que me apoyará.
—Qué suerte que aún no he sido presentada en sociedad
—dijo Elinor satisfecha.
—Te queda poco para eso —afirmó su madre—. Aunque
este año no iremos tan pronto a Londres, tengo la impresión
de no haber vuelto hasta ayer mismo.
Harriet dejó caer el tenedor involuntariamente.
—Perdón —dijo sin levantar la mirada.
—Aunque todo el mundo conoce ya la historia del
inesperado viaje de Harriet con el capitán Chantler, en el
que estuvo acompañada en todo momento por la señora
Paget y su hermana, no está de más que se deje ver en
público para que todos comprueben que está
perfectamente.
—No entiendo cómo la gente es propensa a creerse cosas
tan absurdas —murmuró Elinor.
—¿Por qué dices que es absurdo? —preguntó su madre—.
A mí me pareció una historia muy bien hilvanada.
—Qué Harriet había desaparecido todo el mundo lo sabía,
tu padre no dejó de buscarla durante todos esos meses
involucrando a todo aquel que pudiese ayudarnos.
Debíamos encontrar un modo en el que todo encajase y el
capitán Chantler se prestó a ayudarnos de buen grado.
—A mí también me pareció una buena historia —apoyó
Elizabeth sonriendo—. Y épica. Gracias a la intervención de
Harriet el capitán pudo rescatar a Joseph Burford de las
garras de Bluejacket.
—¿Y tenía que llevarla con él?
—Fue una situación de máxima urgencia, no podía perder
tiempo si quería alcanzarlos. Además, se supone que
estaban la señora Paget y su hermana para acompañarla en
el viaje.
—Todo muy creíble, sí —se burló Elinor.
—No importa lo increíble que sea, si lo afirmas con
rotundidad, nadie con educación te lo discutirá —sentenció
su madre y la pequeña de las Wharton se encogió de
hombros dándose por vencida—. Vosotras limitaos a dar la
menor información posible y sonreíd, no se os pedirá más.
—¿No podrías invitar a cenar a unos cuantos amigos? —
preguntó el barón tratando de quitarle la idea de la cabeza
—. Algo sobrio…
—No —dijo rotunda y con expresión seria—. Celebraremos
un baile al que vendrá todo el mundo. Tenemos muchos
motivos para estar contentos. Nuestros nietos, el regreso de
Harriet sana y salva… Me niego a continuar con esta actitud
fúnebre como si tuviéramos algo de lo que lamentarnos.
Nuestra hija ya ha pedido perdón, no es necesario seguir
castigándola.
El barón apretó los labios y dejó el tenedor con
demasiada firmeza.
—Este no es un tema para hablar en la mesa.
—George…
La baronesa se dirigió al mayordomo que no necesitó más
indicaciones. Hizo un gesto al lacayo y salieron del comedor
cerrando la puerta tras ellos.
—Todas las veces que he tratado de hablar contigo de
esto me has dado excusas.
El barón miró a sus hijas y a Elizabeth visiblemente
incómodo.
—Dejemos que hablen —dijo su hermana poniéndose de
pie.
—No discutáis por mí, por favor —pidió Harriet con el
rostro contraído—. Ya bastante daño he hecho a esta
familia.
—¡Basta! —La baronesa dio un manotazo en la mesa
mirándola con severidad—. Deja de flagelarte de este modo.
Cometiste un error, es cierto, y nos hiciste pasar un miedo
atroz, pero todos sabemos que lo sientes muchísimo.
—No lo bastante —masculló el barón.
Su esposa lo miró furibunda.
—¿No lo bastante? ¿Qué más quieres? ¿Sabes que ha
tirado su arco?
—Me parece una idea excelente.
—¡Frederick! Nuestra hija está sufriendo muchísimo.
El barón se puso de pie y tiró la servilleta sobre la mesa.
—¿Y acaso no sufrimos nosotros? ¿Sabes el terror que
sentía al pensar que estaba sola en mitad del océano sin
que yo pudiera protegerla? —Miró a su hija que tenía el
rostro bañado en lágrimas y apretó los labios para contener
su propia angustia—. ¿Cómo pudiste hacernos esto, Harriet?
Se mordió el labio al tiempo que negaba con la cabeza sin
poder responder. Sentía un dolor tan intenso que apenas
podía respirar. Todas estaban llorando menos Meredith, ella
seguía firme y resuelta.
—Esto tiene que acabar, Frederick, es nuestra obligación
mantener y preservar a esta familia. —Se giró hacia sus
hijas y su cuñada—. Dejadnos solos, por favor.
Elizabeth les hizo un gesto para que salieran delante de
ella y abandonaron el comedor.
—Siéntate, por favor —pidió la baronesa a su esposo.
Frederick se dejó caer en la silla con expresión exhausta.
La tensión que soportaba estaba mermando su salud y
sabía que Meredith tenía razón, no podían continuar así.
—No sé si puedo perdonarla.
—Claro que puedes. —le cogió una mano y la acarició con
ternura—. Sé cómo te sientes. Eres su padre y crees que no
pudiste protegerla, pero no puedes anteponer ese
sentimiento a su felicidad.
El barón cerró un momento los ojos tratando de recuperar
la calma. Frente a su esposa no era más que un padre roto
de dolor y toda su fortaleza se derrumbaba como un castillo
de naipes.
—Sé que la viste muerta muchas veces —siguió su
esposa—. Lo sé, amor mío. Que te encerrabas en tu
despacho por las noches para que no te viera llorar. Que
fingías seguridad ante mí para que yo no perdiera la cabeza
por completo por la angustia. Lo sé y te amo con todo mi
corazón por eso. Ni una sola vez desfalleciste frente a mí. Te
mostrabas seguro y optimista para que yo tuviese algo a lo
que agarrarme. Pero Harriet está aquí, con nosotros y ha
aprendido la lección.
—¿Qué lección crees que ha aprendido? —preguntó
incrédulo.
—Que hacer daño a quienes se ama es más doloroso que
cualquier mal que pueda sufrir uno mismo. Que en la vida
todos los actos tienen consecuencias y es nuestro deber
cargar con ellas.
—No estoy tan seguro de eso.
—Está dispuesta a renunciar al hombre que ama,
Frederick. Por ti. Por él.
—¿El hombre al que ama? —La miró decepcionado—. ¿Te
estás oyendo? Estás hablando de un pirata. ¡Un pirata,
Meredith! Un hombre que la secuestró y la tuvo cautiva en
un barco lleno de delincuentes y criminales durante
semanas.
—He hablado con él.
—¡¿Qué?! —Horror era una palabra demasiado simple
para describir lo que sentía.
—Lo he visitado antes del almuerzo.
El barón se levantó para alejarse de ella. Estaba tan
enfadado que no habría podido expresarlo de manera
racional.
—Quería que me diese su versión de los hechos y debo
decirte que estás muy equivocado con él. Es un buen
hombre y…
—No sigas, te lo advierto, Meredith.
—Tienes que hablar con él. Escucharlo…
—Jamás.
—Frederick…
—¿Sabes lo difícil que fue para mí verlo? Nunca había
deseado tanto matar a alguien como el día que lo tuve
delante.
—Debiste dejar que se explicase.
—¿Dejar que se explicase? ¡Ese hombre secuestró a
nuestra hija!
—No fue exactamente así. Siéntate y te lo contaré todo.
Si después de escucharme sigues pensando lo mismo...
tendré que replantearme mi propio juicio, pero al menos te
exijo que me escuches.
El barón apretó los labios furioso. Que se lo plantease de
ese modo lo sacaba de quicio, porque sabía que así no
podría negarse. Volvió hasta su silla y se sentó sin mirarla.
—Adelante, di lo que tengas que decir, pero no cambiaré
de opinión.
Elizabeth tocó a la puerta del dormitorio y entró tras recibir
respuesta. Harriet estaba tumbada en la cama con el cuerpo
vuelto hacia la ventana y las manos debajo de la mejilla
derecha. Se sentó junto a ella mirando el jardín.
—Parece que vaya a nevar —dijo.
—Nunca nieva en Harmouth.
Su tía la miró sonriente.
—¿Nunca? ¿Ya has olvidado la nevada de hace doce años?
Harriet giró la cabeza para mirarla un momento y
después volvió a su posición.
—Tienes razón, parece que vaya a nevar.
—¿Quieres dar un paseo?
—Hace frío —dijo negando con la cabeza.
—No me lo puedo creer. Antes nunca te había importado
el clima para salir. Te he visto caminar bajo la lluvia, incluso
con granizo. —Sonrió.
—Papá me odia.
—No te odia, tonta. Lo que ocurre es que te quiere
demasiado y está herido.
Harriet se arrodilló en la cama y la abrazó apoyando la
cabeza en su hombro.
—No sé decir nada más que lo siento. Lo siento. Lo siento.
Lo siento.
Su tía le daba palmaditas en la espalda suavemente
mientras esperaba que el silencio la calmase.
—William me ha escrito.
Harriet se apartó para mirarla a los ojos.
—¿Qué? ¿Para qué?
Elizabeth se encogió de hombros.
—Yo le he respondido.
La otra se sentó en la cama con las piernas dobladas y
mirándola con atención.
—Pero ¿qué clase de cartas? ¿Cartas de amor?
—No. Creo que somos amigos.
—¿Amigos?
Elizabeth asintió.
—¿Tú quieres ser su amiga?
—Me gustaría ser algo más, pero si no puede ser, me
conformo con esto.
—Pero no debes conformarte, mereces todo lo que
quieras.
—La otra opción no es esa, ya lo sabes.
—William es estúpido.
Elizabeth volvió a asentir y las dos sonrieron.
—¿Quieres hablarme de él?
Harriet desvió la mirada hacia la ventana.
—Me pondré a llorar.
—Puedes llorar si quieres.
—No quiero. —La miró de nuevo—. Es como si no fuera
yo, ¿sabes? Me siento como si una extraña habitara en mi
cuerpo. Una que no sabe hacer más que llorar y
arrepentirse.
—¿De verdad querías tirar el arco?
Harriet suspiró antes de asentir.
—Eché el jō a la chimenea y me quedé mirando como
ardía.
—¡Harriet!
—Alexander me odiará por ello.
—Nadie te odia, tonta. Estábamos enfadados contigo.
Mucho, es cierto, pero es porque te queremos.
—Me perdí el nacimiento de Robert. Es igualito que
Edward, ¿verdad?
Elizabeth asintió.
—No se lo digas a Emma, le encanta pensar que se
parece a ella.
—Eso también podría haber ido mal por mi culpa. Se le
adelantó el parto y fue por el disgusto.
—Lo importante es que todo salió bien y que tú estás
aquí. Todos cometemos errores, pero convertirte en esto —
la señaló como si fuese algo visible—, no ayudará a sanar
las heridas. Debes regresar, todos queremos a la antigua
Harriet.
—No puedo —negó con la cabeza y se entretuvo
doblando las arrugas de la colcha—. Sin él no puedo volver
a ser la que fui.
—Lo amas.
—Con toda mi alma.
Su tía la cogió de la barbilla y la obligó a mirarla.
—Entonces lucha por él, Harriet, lucha con uñas y dientes.
—¿Cómo? Papá…
—Dale tiempo, se apaciguará. Y cuando eso suceda tú
deberás estar ahí, preparada. Pero no esta versión de ti,
desabrida y triste. Esta no conseguiría provocar ni una
suave brisa. Necesitarás a la Harriet fantasiosa y alocada.
La Harriet traviesa y alegre. La que todos añoramos. Esa
que es capaz de arrasar como un ciclón todo el sufrimiento
que causaste. Nos lo debes, Harriet, nos debes ser feliz para
que, al menos, haya valido la pena la aventura.
Capítulo 30
Una fila de carruajes ocupaba el sendero hasta la casa de
los barones de Harmouth. Los sirvientes, uniformados para
la ocasión, daban la bienvenida a los invitados
acompañándolos hasta el salón de baile. La baronesa había
tenido que pedir ayuda a la duquesa que le había cedido
gustosa a parte de su servicio. Harriet actuaba de anfitriona
saludando a los recién llegados con simpatía. No tenía
reparos en contestar a las preguntas que le formulaban
respecto a su viaje y Elinor la observaba desde lo alto de las
escaleras, junto a las gemelas, con cara de preocupación.
—Va a meter la pata —musitó solo para ellas.
—Hemos repetido la historia un montón de veces —
aseguró Marianne—, se la sabe al dedillo.
—Pero no deja de hablar —insistió Elinor—, y todas
sabemos lo que pasa cuando Harriet no para de hablar.
—Que dice más de la cuenta —sentenció Enid.
—Está tan contenta —dijo Marianne sonriente—. Era
desolador verla tan triste.
—Desde que mamá le dijo que Joseph Burford vendría al
baile, toda su tristeza se evaporó.
—¿Lo habéis visto? —preguntó Enid—. ¡Un pirata!
—Shssss —la regañó su hermana—. ¿Quieres que te
oigan?
—¿Quién me va a oír con los músicos tocando?
—Miradlo, ahí llega —anunció Elinor.
—¿Cómo sabes que es él? ¿Es que lo conocías?
—Lo vi el día que vino a hablar con papá, cuando levantó
su prohibición de que «pisara esta casa» —dijo imitando la
voz del barón—. Deberíais bajar, yo tendré que contentarme
con verlo desde aquí.
—Calla, a ver si somos capaces de oír algo —pidió Enid—.
Mirad ya se acerca a Harriet.
—Señorita Harriet. —Cogió su mano y se la llevó a los
labios para besarla sin dejar de mirarla a los ojos.
—Bienvenido, señor Burford. Es un enorme placer tenerlo
aquí —dijo ella apretándole la mano para que no la soltara.
—Espero que tenga a bien reservarme un baile —pidió
con voz profunda—. Me encantaría un vals, si es posible.
Harriet asintió sonriendo más de lo debido y rápidamente
corrigió ese fallo asegurándose de que nadie se había
percatado. Por suerte, Joseph era el último en llegar y los
anteriores rezagados ya entraban al salón de baile. No se lo
pensó y tiró de él arrastrándolo hasta la biblioteca.
Las gemelas y Elinor se miraron con la boca abierta
cuando los vieron desaparecer al cerrar la puerta.
—¡Se han encerrado! —exclamó Marianne tapándose la
boca para ahogar una risa tonta.
—¡Solos! —rio Enid también.
—Finjamos que no hemos visto nada —pidió Elinor—. Si
mamá se entera, le da algo.
—Entonces no bajaremos aún, soy muy mala disimulando
—recordó Marianne.
—Cierto —corroboró su hermana—. Mejor vayamos a tu
cuarto y dejemos que esos dos salgan de ahí, antes de
bajar.
—Por mí estupendo —dijo Elinor caminando con ellas.
La besó en cuanto la puerta se hubo cerrado. Un beso
sentido y profundo que enervó hasta la última terminación
nerviosa en el cuerpo de Harriet. Ninguno de los dos parecía
tener suficiente y el beso continuó sin precauciones ni
recato. Él la besaba con urgencia, hundiendo su lengua y
saboreando el dulce néctar de su boca. Harriet le rodeó el
cuello con los brazos y metió los dedos en su pelo mientras
se pegaba a su cuerpo sin resquicios.
Se sentían aturdidos y abrumados por la emoción y la
ausencia. No era suficiente para ninguno de los dos que
ansiaban una comunión total y duradera, un vínculo
inquebrantable que los uniera para siempre. Cuando fueron
capaces de separar sus bocas continuaron abrazados,
buceando en los ojos del otro tratando de recuperar el
tiempo perdido.
—Te he echado tanto de menos —gimió ella.
—Amor mío.
—Estás aquí. Conmigo… No puedo…
Ahora lo besó ella y su ardor desmesurado arrancó un
gemido de la garganta de Joseph. La empujó contra la
puerta y se pegó a su cuerpo, desesperado. El deseo lo
estaba matando y sentía un dolor físico inaguantable.
—¿De verdad va a pasar? —preguntó ella cuando él se
apartó y recostó la frente en su pecho al borde de la
extenuación.
La miró y con ojos turbios y respiración agitada.
—Sería capaz de volver a secuestrarte ahora mismo, y no
te digo lo que te haría una vez cautiva porque huirías de mí
asustada. —La soltó y dio un paso atrás dejando escapar el
aire en un bufido—. Ya basta.
Respiró hondo y se estiró la ropa colocándolo todo en su
sitio.
—Esta no es manera de comportarse un caballero —dijo
poniéndose serio—. Vayamos a esa sala y bailemos un vals
delante de tus invitados. Pero has de saber que durante
todo el tiempo que dure ese baile yo estaré pensando en
todo lo que te haré cuando seas mía, Harriet Wharton. No lo
olvides.
Él salió primero y Harriet necesito un momento para
calmar el ardor de sus mejillas, que no era más que un
reflejo del fuego que ardía en su cuerpo.
—Me haría mucha ilusión que lo llevaras —dijo Katherine
entregándole su tocado para el pelo.
—Es el de tu boda —respondió Harriet emocionada
colocándoselo frente al espejo—. Me queda perfecto.
—Estás preciosa —afirmó Emma risueña—. No me puedo
creer que vayas a casarte.
—¡Con un pirata! —se burló Caroline.
—Tenemos que dejar de decir eso o al final lo delataremos
nosotras mismas.
—Aquí no hay nadie más, Katherine, no seas miedica.
—¿Yo miedica?
—Sí tú, que a ver si dejas que Andrew se quede en casa
alguna vez.
—Aún es pequeño para eso y Robert tampoco se entera
mucho.
—Robert se entera de todo. Y adora a su primo. —Emma
la miró enfadada—. No va a dejar de quererte porque no te
vea un día.
—Tú eres más divertida que yo, no quiero que piense que
sería mejor que fueras su madre.
—Serás tonta.
Caroline las miraba con expresión divertida.
—Estáis para un cuadro —dijo.
Las dos mayores la miraron y dijeron al tiempo:
—Vete preparando, hermanita. —Se echaron a reír.
—Esto va a ser insoportable —murmuró Elinor—. Dentro
de un año serán cuatro hablando solo de niños.
Las cinco miraron a la pequeña gruñona con ternura.
—¿Qué va a ser de ti cuando Elizabeth se vaya a vivir con
Harriet? —dijo Caroline.
Elinor abrió los ojos como platos.
—¿Qué has dicho?
Elizabeth miraba a Caroline con expresión severa.
—No podías estarte callada.
—¿No lo sabía? ¡Nadie me dijo que fuese un secreto!
—¿Te vas a…? —Elinor no daba crédito—. ¡Traidora!
—Harriet no tiene experiencia en llevar una casa, Elinor.
—¿Y tú sí?
Su tía la miró con elocuencia levantando una ceja.
—¡Menuda mierda!
—¡Elinor! —exclamó Elizabeth—. Esa no es manera de
hablar una señorita. En pocos meses vas a ser presentada
en sociedad y entonces tú también tendrás…
—Ni lo menciones —la cortó la pequeña—. Bastante tengo
con Colin.
Las cinco la miraron con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa con Colin?
—Nada, cosas mías. —No pensaba contarles lo del trato.
Solo le faltaba tener que pasar la vergüenza de que ellas lo
supieran.
—Vas a arrugar el vestido sentándote de esa forma tan
poco femenina —dijo Elizabeth.
La pequeña bajó los pies al suelo y colocó las manos en
su regazo con cara de boba.
—¿Así estoy mejor?
—¿Podéis dejarnos un momento solas? —pidió Harriet y
mientras salían arrastró una silla y se sentó frente a su
hermana.
—¿Quieres venir tú? Le diré a tía Elizabeth que se quede
con mamá.
La otra desvió la mirada sin borrar su mueca enfadada.
—¿Sabes que la madrastra de Joseph fue su novia antes
de casarse con su padre?
—¿Qué?
Harriet asintió con la cabeza dándole tiempo a asimilarlo.
—Y vive en esa casa, de la que ha sido señora durante los
últimos años. ¿Entiendes por qué mamá quiere que
Elizabeth venga a vivir con nosotros? Lo de la casa es una
excusa.
—Pero… ¿esa mujer tiene que vivir allí? ¿No puede irse a
alguna parte? Tendrá familia, digo yo.
—Esa es su casa. Asimiló ese derecho al casarse con
Jacob Burford.
—¿Cuántos años tiene?
—Veinticinco.
—¡Pero si él era un viejo!
Harriet asintió al tiempo que se recostaba contra el
respaldo de la silla. Elinor la miró con atención.
—No te va a poner las cosas fáciles.
—Me temo que no. Por suerte tengo a Bethany y a Dougal
de mi parte. Y tendré a Elizabeth para neutralizarla si trata
de hacer algo a mis espaldas.
—Joseph te protegerá —dijo Elinor sonriendo al fin—. Me
gusta mucho.
—A mí también.
—Claro, tonta, tú vas a casarte con él.
Harriet se puso seria.
—Te echaré mucho de menos.
—Y yo a ti, aunque tu fuga me sirvió de práctica —dijo
burlona—. Por cierto…
Se levantó del asiento y fue hasta un cajón para sacar
algo. Harriet miró la hoja del diario curiosa.
—¿Qué es?
—Me lo traje de Londres hace dos días cuando fui a visitar
a la señora Proser. Es de un periódico francés, Amelie hace
que se lo envíen desde París. Me llamó la atención y le pedí
si me dejaba recortar la noticia.
Harriet miró el dibujo que la ilustraba.
—Eres tú. Mira, es tu pelo y estás disparando el arco.
—Pero… —Leyó el artículo que hablaba sobre un barco
francés que había sido atacado por unos piratas ingleses. El
capitán afirmaba que había una mujer pirata entre ellos a la
que llamaban «demonio rojo» porque su pelo era de ese
color—. «A pesar de su tamaño luchaba con tal fiereza que
fue capaz de derrotar a hombres que doblaban su peso y
con artes de brujería los hechizaba y desarmaba con un
simple palo sin temor a la afilada hoja de sus espadas».
Elinor sonrió orgullosa.
—Estás hecha toda una pirata, hermanita.
Harriet tenía la boca abierta y los ojos como platos.
—¿Habla de mí?
—No creo que haya por ahí muchas inglesas pelirrojas
que luchen con un jō.
—Pero… si esto llega a saberse…
—¿Y cómo va a saberse, tonta? Es un periódico francés.
—Cogió la hoja y volvió a guardarla antes de encararla de
nuevo—. Me alegro de que mamá recuperase tu arco.
Harriet la miró con ojos muy abiertos.
—¿Qué? —Se puso de pie de golpe—. ¿Mamá…? ¡No me
ha dicho nada!
Elinor sonrió divertida.
—Querrá que sea una sorpresa.
—Y tú acabas de estropeársela.
—Disimula —dijo encogiéndose de hombros.
—Nunca lo habría imaginado. Creía que se alegraría de
que me librara de eso «artilugios del demonio».
Las dos se rieron a carcajadas.
—Lástima que no pueda recuperar el jō. —Su cara se
transformó en una mueca de pesar.
—¿Alexander está muy enfadado?
—Ya sabes cómo es, comedido y estoico. No me ha
regañado, si es lo que me preguntas, pero supongo que
estará decepcionado de mí.
Elinor se acercó y la cogió de la cintura colocándose a su
lado y apretándola contra su cuerpo.
—Entonces, ¿es cierto? ¿Luchaste al lado de Bluejacket
contra los franceses?
—Es una larga historia y ahora no hay tiempo —dijo la
novia empujándola con suavidad—. Tengo que casarme,
¿recuerdas?
Unos golpes en la puerta acabaron con la conversación.
—Adelante —dijo Harriet y su padre asomó la cabeza—.
Pasa, papá.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó el barón.
Harriet y Elinor se miraron y la pequeña la abrazó con
sentido afecto antes de salir. Frederick miró a su hija
emocionado.
—Estás preciosa.
—Gracias papá —se abrazó a él con fuerza—. Gracias por
dejar que me case con Joseph.
—Vamos, vamos, no te pongas sentimental o se te
hinchará la nariz. —La miró con una sonrisa—. Siento haber
sido tan duro contigo. Cuando tu madre me contó lo que
había hablado con Joseph comprendí que estaba
equivocado.
—Con él, sí, pero no conmigo.
—No volvamos a eso. Dejemos la fiesta en paz —advirtió
sin borrar su sonrisa—. Ahora lo único que importa es que
estamos aquí porque mi pequeña fantasiosa va a casarse.
Entonces fue él el que la abrazó.
—Sé feliz, hija mía, es lo único que te pido. —Le cogió la
cara entre las manos para mirarla a los ojos—. Sé feliz.
Las lágrimas de Harriet inundaron sus ojos compitiendo
con la sonrisa de sus labios.
La iglesia de St. George, en Harmouth, acogió al fin a una
de las hijas del barón para su boda. La hermosa estructura,
que poseía un frontón con ocho columnas, recibía las
palabras de admiración de los invitados con majestuosa
sencillez y humilde indiferencia. El interior no decepcionaba
y su púlpito, colocado a un lado y unos metros por encima
de los bancos de los fieles, no distraía la atención que
captaban las vidrieras de colores colocada justo encima del
altar.
Harriet entró en la iglesia del brazo de su padre y lo que
sucedió después de eso se ocultó tras una bruma espesa y
emocionante que la hizo sentirse ajena. Era como si ella no
estuviese allí. Podía ver a sus hermanas, a sus padres y a
todos los invitados. Percibía el aroma de las flores que lo
inundaba todo y escuchaba la voz del clérigo hablando del
sagrado vínculo del matrimonio, pero, en realidad, ella no
estaba allí. Estaba en la cubierta del Olimpia, rodeada por
hombres malcarados y rudos que sonreían alegres,
adelantándose a la fiesta que disfrutarían después. Stuart
se apoyaba en su muleta y con la jarra de ron en la mano le
deseaba una feliz vida con el capitán. Tom insistía en que le
dejasen beber y Dougal le daba un pescozón para que se
callara. Y junto a ella, Bluejacket, con su barba de una
semana y aquellos ojos brillantes y pícaros que hacían
chisporrotear su corazón de felicidad.
Joseph se inclinó hacia ella.
—Si no respondes al pastor, no dirá que estamos casados
—le dijo en voz baja.
Harriet lo miró desconcertada y luego al clérigo que la
observaba expectante.
—¡Sí! —exclamó en voz muy alta—. ¡Sí!
Una carcajada general distendió el ambiente del templo
pues los invitados temieron por un momento que la novia
hubiese cambiado de opinión.
Cuando terminó la ceremonia los invitados vaciaron el
templo y los novios salieron a continuación para recibir los
vítores y felicitaciones de todos. Joseph tiró de ella y la llevó
hasta un carruaje que esperaba en la puerta.
—Creí que iríamos caminando —dijo ella cuando él se
sentó a su lado—. La casa de mis padres no está tan…
—No vamos allí.
En cuanto el vehículo se puso en marcha la cogió para
sentarla sobre sus rodillas. Harriet le rodeó el cuello con los
brazos y lo besó.
—¿Adónde me llevas? —preguntó cuando se hubieron
separado—. Tengo hambre. No he comido nada desde ayer.
—Ahora comerás, tranquila —sonrió divertido.
El coche se detuvo en el puerto y ella dio palmas
emocionada.
—Todos quieren verte vestida de novia y no podía
invitarlos a la iglesia.
Harriet bajó corriendo sin esperar a que él le abriera la
portezuela y agarrándose el vestido corrió hacia la pasarela
que llevaba al Olimpia.
—¡Viva la novia! —gritó Barrit.
—¡Viva! —corearon todos.
—Señorita Harriet está usted guapísima —dijo Tom con
ojos asombrados.
—Señora Burford, zoquete —dijo Stuart dándole un golpe
con la muleta.
—Hemos limpiado la cubierta a fondo para que no se le
ensucie el vestido.
—Muy amable, señor Farrow, pero no hace falta que me
traten con tanto mimo.
Los hombres felicitaron al capitán y Harriet se detuvo
frente a Dougal.
—¿A que se alegra de no haberme tirado por la borda,
señor McEntrie?
—Depende del día —se burló él.
—Así que McEntrie era su verdadero nombre.
—Todo el mundo daría por hecho que me lo había
cambiado, así que pensé que era el escondite perfecto.
Harriet asintió.
—Estoy deseando conocer a sus hermanos. No me puedo
imaginar a cinco hombres parecidos a usted.
—Son hombres de las Tierras Altas, señorita, no estoy
segura de que al capitán le guste la idea.
Harriet le dio un pequeño empujón.
—Le recuerdo que lo derribé el primer día que pasé en
este barco. Podré con ellos.
—Me pilló desprevenido —dijo enfadado—, no lo habría
conseguido si no.
Harriet se rio a carcajadas y los demás se acercaron a
preguntar de qué se reía. Saggs le dio una copa de ron.
—A su salud, señorita… señora Burford.
—Espero que sigamos jugando al ajedrez, señor Saggs.
El contable levantó su copa a modo de brindis y bebió un
largo trago. Alguien empezó a cantar y pronto estuvieron
todos bailando sobre la cubierta. Harriet subió al castillo de
popa y contempló el mar en la distancia abrazada a su
flamante esposo.
—¿Eres feliz? —preguntó Joseph en su oído y después le
mordisqueó el lóbulo de la oreja provocándole un
estremecimiento.
Ella lo miró con tanto amor que no fue necesaria
respuesta alguna.
Capítulo 31
—Mi esposa —susurró él apartándole el pelo de la cara—. Mi
dulce pirata.
Harriet sonrió turbada. Se sentía inquieta y curiosa y
asustada. Pero, sobre todo, se sentía afortunada porque
fuese él.
—¿Debemos desnudarnos? —preguntó con aquellos ojos
sinceros y brillantes con que siempre lo miraba.
—¿Sabes lo que vamos a hacer?
—Lo leí en un libro, ¿recuerdas?
Él sonrió con ternura.
—No creo que en el libro explicasen lo que va a pasar
aquí esta noche.
Ella inclinó la cabeza con una pequeña arruga en el ceño.
—¿No?
Él negó con la cabeza y amplió su sonrisa.
—Dios, me va a costar mucho contenerme contigo —dijo
con voz ronca.
La besó larga y pausadamente, tomándose su tiempo
para saborearla y disfrutar del momento previo. Era como
tener ante sí un manjar largamente deseado y encontrarse
al fin con que uno puede saciarse sin medida, sin tener que
guardar nada para el día siguiente porque estaría allí de
nuevo, solo para él.
—Te amo —dijo contra sus labios—. Te amo más que a mí
vida.
—Te amo, Joseph. Te amo, Bluejacket.
Él la miró sorprendido y volvió a besarla, esta vez con
fiereza. Bajó las manos por su espalda hasta llegar a sus
nalgas. La agarró con firmeza y la atrajo hacia su erección
gimiendo de placer al sentirla. Hizo que levantara los brazos
y le sacó la camisola por la cabeza. Su ojos la miraron con
deseo y lujuria y su boca se entreabrió dispuesta. La cogió
en brazos disfrutando del contacto de su desnudez y la llevó
hasta la cama dejándola suavemente, sin apartarse,
quedándose cerca con los brazos enredados y su mirada
anhelante fija en él. Esperaba. Deseaba.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz profunda.
—Lo quiero todo —dijo ella.
Joseph gimió y se apartó para desnudarse.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Harriet al verlo.
—¿No te gusta mi «cosita»? —preguntó burlón al ver su
expresión sorprendida.
—Eso no… no puede ser.
—Me halagas —dijo él incomprensiblemente al tiempo
que se subía a la cama y se ponía sobre ella.
—Espera, espera, espera. —Le puso las manos en el
pecho—. En serio que no puedes… Es… demasiado.
—Tranquila, podré, solo tengo que prepararte. Relájate.
Se tumbó a su lado dejando su cuerpo libre y le acarició
el rostro deslizando la mano suavemente. Bajó por su
cuello, rodeó uno de sus pechos y siguió bajando por el
centro de su esternón. Cuando llegó a su vientre ella jadeó
inconscientemente y él sonrió. Siguió bajando y sorteó la
mata de cabello rojizo hasta el muslo. Allí se ralentizó aún
más y se desvió para colarla entre sus piernas.
—¿Recuerdas cómo te acaricié en la prisión del Augusta?
Harriet asintió ansiosa.
—¿Quieres que lo haga de nuevo?
—Por favor —pidió.
—Abre las piernas —pidió con dulzura.
Obedeció con timidez.
—Más —ordenó—. Más, Harriet.
Ella se abrió para él y su corazón se desbocó cuando la
tocó. La sensaciones fueron intensas e inmediatas, como si
tuviera un resorte que él supiese activar de forma magistral.
Cuando empezó a arquearse buscando y estaba tan mojada
que sus dedos resbalaban de un lado a otro con facilidad se
colocó sobre ella y se preparó para penetrarla.
—Necesito tenerte ya, amor mío —musitó y se inclinó
sobre uno de sus pechos cogiéndolo con la boca y
jugueteando con la lengua.
Ella se estremeció y levantó las caderas de manera
instintiva lo que él aprovechó para iniciar su entrada.
—No te resistas —dijo casi sin aliento—. Deja que ocurra.
Se colocó sobre su boca y la besó con pasión.
—¿Me deseas? —preguntó contra sus labios.
—Sí —gimió ella—. Te deseo.
Él se apoyó en las manos y empujó dentro de ella.
Primero un poco, suavemente, ejerciendo la presión justa.
Ella lo apretaba y tuvo que hacer acopio de todos sus trucos
para soportar aquella provocación.
—Relájate, amor mío, tienes que ayudarme.
—¿Cómo?
—Ábrete, piensa en mí entrando dentro de ti. Eso es, así.
Aaaah —gimió empujando con fuerza al notar cómo se
ensanchaba para aceptarlo.
Cuando sus cuerpos se tocaron ella se arqueó
involuntariamente, como si algo tirase de ella y la
absorbiese. Él comenzó a moverse entonces con un ritmo
cadencioso y constante provocándole una oleada imparable
de sensaciones. Ella estiró los brazos y colocó las manos en
sus nalgas para tirar de él, quería sentirlo profundo, sentir
que eran uno solo. Aquel gesto lo llevó al límite y sus
movimientos se hicieron más y más rápidos hasta hacerse
pedazos que volverían a unirse como un nuevo ser.
—Quería poseerte de un modo casi animal —dijo él
acariciándola suavemente.
Estaba tumbada sobre su propio cabello y él, a su lado,
seguía con la mirada el dibujo que sus dedos trazaban sobre
el blanco de su piel.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo explicártelo. —La miró—. Te asustaría.
Harriet sonrió.
—No me asusto fácilmente.
Él se inclinó y mordió suavemente uno de sus pezones.
—Si me hablas de este modo volveré a tomarte
enseguida.
—Es algo sorprendente, no sabía que pudiera sentir algo
así —dijo ella pensativa—. Es igual, pero diferente a lo que
sentí en el Augusta. Esto ha sido más… intenso y… no sé
cómo explicarlo. Me sentía unida a ti de un modo… De
verdad que no puedo explicarlo —dijo mirándolo a los ojos
—. No me mires así.
—¿Cómo? —preguntó él con voz ronca—. ¿Como si tú
fueses un pastel de carne y yo llevase una semana sin
comer?
Ella sonrió al oírlo citar sus propias palabras.
—¿Sigues hambriento?
Esa vez fue rápido y certero y la siguiente suave y
delicado. Durante aquella primera noche le enseñó todo lo
que ella quiso aprender y lo que su resistencia le permitió
con descansos más o menos largos. Como si se les acabará
el tiempo. Como si no les quedara toda una vida por
delante.
Epílogo
—Estoy seguro de que aprobar la ley bajo estas
circunstancias, solo servirá para agregar más injusticia a la
irritación y más barbarie a la negligencia. Los autores de
ese proyecto de ley deben de estar contentos de heredar los
honores de aquel legislador ateniense cuyos edictos
estaban escritos con sangre.
Elinor escuchaba a Colin con lágrimas en los ojos
mientras reproducía el discurso de Lord Byron en la cámara
de los Lores, al que había asistido como invitado.
—Pero, supongamos que uno de estos hombres, que he
visto demacrados por el hambre, deprimidos por la
desesperación y por una vida que sus señorías tal vez estén
a punto de valorar como algo menos preciado que un telar.
Bien, supongamos que este hombre, con unos hijos a los
que es incapaz de proporcionarles el pan para su existencia,
a punto de ser alejado para siempre de una familia que
sostenía pacíficamente, cosa que no podrá seguir haciendo;
supongamos que este hombre y otros diez mil más a los que
ustedes pueden convertir en sus víctimas, es llevado al
tribunal para ser juzgado por este nuevo delito, gracias a la
nueva ley que pretenden promulgar. Necesitarán dos cosas
para condenarlo: doce carniceros para un jurado y el juez de
la horca para presidirlo.
—¡Bravo! —gritó Elinor puesta en pie aplaudiendo como
una loca—. ¡Bravo!
—¿Bravo?
La voz de Henry a su espalda la hizo parar en seco.
—Dijiste que no estaba en casa —espetó a su amigo con
expresión de sorpresa.
—Y no estaba —respondió Colin mirándola divertido—.
Tendrías que verte la cara.
Henry entró en el salón y fue hasta el mueble de las
bebidas para servirse una copa. Tenía aspecto de cansado y
no parecía de humor para bromas.
—Será mejor que me vaya —dijo Elinor.
—Por mí no lo hagas —dijo Henry mirándola con aquella
expresión suya de suficiencia que a ella tanto la irritaba—.
Seguid, seguid con Byron. Parece que os ha gustado mucho
su discurso.
—No ha estado mal —adujo Colin sentándose en una
butaca de lado recostándose en el reposabrazos—. Supongo
que no estás de acuerdo.
—No sé a cuántos de esos trabajadores de los que habla
conoce el señor Byron. No creo que se muevan por su
círculo de amigos.
—¿Es que acaso no puede tener opinión?
—Oh, sí, todo el mundo tiene opinión —dijo sentándose
en el sofá y estirando el brazo apoyado en el respaldo—. Tú
eres la prueba viviente.
—Supongo que prefieres a la gente que no piensa, porque
así es más fácil de manipular.
—Eeeelinor —canturreó Colin—. No empieces.
—Vale, ya me callo.
—Traeré unas pastas, debes estar hambrienta —dijo su
amigo poniéndose de pie—. No saquéis las espadas
mientras no estoy.
Elinor se sentó y cerró la boca dispuesta a no emitir
sonido alguno.
—¿Estás de acuerdo con lo que están haciendo los
luditas? —preguntó Henry mirándola por encima de su copa.
—Es comprensible.
El otro asintió sin decir nada.
—¿No te parece comprensible?
—¿Que destruyan la propiedad ajena porque no están de
acuerdo con que el mundo avance? Pues, no, no estoy de
acuerdo.
—Se están quedando sin trabajo.
—Eso debieron pensar los que utilizaban troncos para
desplazar objetos cuando se inventó la rueda.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Ah, ¿no? Ilumíname.
—Nuestra sociedad es lo bastante avanzada como para
idear un sistema que haga que el cambio sea progresivo.
Darles una salida a los que realizan esos trabajos en lugar
de simplemente echarlos a la calle sin contemplaciones.
—¿Sabes lo difícil que es ser competitivo en la rama
textil? Si no hacemos algo tendremos que cerrar las fábricas
y entonces no serán solo unos pocos los que se queden sin
trabajo, ¡todos nos iremos a la calle!
Elinor sonrió perversa.
—Eso es lo único que os preocupa a vosotros, perder lo
que tenéis.
—¿Lo que tenemos? ¿Qué dirías si fuese tu padre el que
puede perderlo todo?
—Mi padre no ha despedido a nadie. Arrenda sus tierras y
deja que la gente viva en paz.
—Por un precio.
—Claro.
—Eso es lo que hacemos nosotros, ponerles precio a las
cosas. Si a partir de mañana tu padre se viese obligado a
subir los precios de arrendamiento los que no pudiesen
pagar tendrían que marcharse.
—¿Qué tiene eso que ver? ¿Por qué iba mi padre a
subirles el precio?
—Imagina que los gastos que le ocasiona la propiedad de
la tierra fueran mayores que el dinero que sus arrendados le
pagan. ¿Qué tendría que hacer tu padre, Elinor?
Frunció el ceño molesta.
—Eso no es lo que ocurre.
—Ah, ¿no? ¿Y cómo sabes tú lo que ocurre?
—Lord Byron…
—¿Lord Byron? —Se puso de pie visiblemente ofendido—.
¿Te interesa más la opinión de un escritor que la mía?
¡Podrías venir a preguntarme a mí! Yo te explicaría cómo
funciona el mundo Elinor. Si de verdad quisieras saber… —
Apretó los dientes y soltó el aire por la nariz tratando de
contener su enfado.
—¿Otra vez? —Colin llegó con una bandeja de pastas y
los miró reprobador—. ¿De verdad no podéis estar unos
minutos sin discutir? ¿Por qué estás tan enfadado, Henry?
Su hermano lo miró con los ojos echando chispas.
—Vengo de una de nuestras fábricas. Nos han destrozado
doce máquinas y le han dado una tremenda paliza al pobre
Trevor. Lo he dejado en el hospital con un montón de huesos
rotos. Eso me pasa. —Miró a Elinor furioso—. Y llego aquí y
me encuentro con esta mocosa hablando sin saber como si
estuviese de vuelta de todo cuando en realidad no sabe una
mierda de nada.
—¡Henry! —Colin se puso frente a él—. ¿Tú te oyes?
El otro resopló con el pelo cayéndole sobre los ojos. Se lo
apartó con violencia y se dirigió a la puerta con grandes
zancadas. Colin se giró para mirar a Elinor que se encogió
de hombros.
—Cada día está más insoportable —dijo y sin más cogió
una de las pastas y se la llevó a la boca con indiferencia.
Nota de la autora.
¡Hola, hola!
Bueno, bueno, bueno… Menuda Harriet, ¿eh? Esta
muchacha quería vivir una aventura y lo ha conseguido. No
me digáis que Bluejacket no os ha dado pena en algún
momento. Ese capítulo catorce… Está claro que Joseph no
se va a aburrir con su flamante esposa y supongo que
imagináis que aún os quedan muchas cosas que ver de esta
peculiar pareja. Tampoco os olvidéis del gruñón escocés que
para él también tengo… Mejor me callo.
Sé que estáis preocupadas por nuestra querida
Elizabeth, está claro que todo apunta a que va a ser una
solterona, pero ya sabéis que no me gusta dejar cosas a
medias y su historia no va a ser la excepción, os lo aseguro.
Para las que habéis leído mis otras novelas sabréis que
Elizabeth es un nombre muy especial para mí, pues es el
nombre de mi adorada protagonista de «La solterona». Y ya
sabéis cómo acabó.
¿Qué me decís de William y sus cartas? Este hombre no
sabe lo que quiere ni lo que hace. Hay hombres que
teniendo al alcance de su mano el cielo prefieren una
plantación de esclavos.
Y por último, hablemos de Elinor. Nuestra
revolucionaria que ahora se ha autoproclamado defensora
de los luditas. Un movimiento de protesta que causó una
gran agitación en la sociedad inglesa entre los años 1811 y
1816 y que también provocará una gran convulsión en el
mundo de nuestra joven debutante. Sin olvidar el pacto que
ha hecho con Colin y las consecuencias de este. Menudo
año les espera a las Wharton entre unas cosas y otras.
¿Publicará Emma una nueva novela alguna vez?
¿Dejará Katherine que su hijo duerma en casa de su
tía?
¿Cómo será el embarazo de Caroline?
¿Se casará Elinor con Colin como siempre ha pensado?
¿Se acostumbrará Elizabeth a su nueva vida en casa de
los Burford?
¿Podrá Harriet demostrarle a Susan quién es ahora la
señora de esa casa?
Vais a tener que esperar un poco para conocer la
respuesta a estas preguntas, pero marzo llega enseguida,
ya veréis. Además, siempre podéis entreteneros leyendo
mis otras novelas. Tengo histórica y contemporánea. Drama
intenso, tramas emocionantes, incluso viajes en el tiempo.
Un poco de todo.
Como siempre, pondré todo mi entusiasmo y mi cariño
en mis historias. Sois las mejores lectoras del mundo.
Nos vemos a principios de marzo. No faltéis a la cita.
Besos, Jana.