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Víctor Hugo: Vida y Obras Destacadas

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3ero de sec.

COM

EL ROMANTICISMO EUROPEO
* Francia
2. Víctor Hugo (Besançon, 1802- París, 1885)
Poeta, novelista y dramaturgo francés cuyas voluminosas obras constituyeron un gran impulso, quizá el
mayor dado por una obra singular, al romanticismo en aquel país.
Fue académico, diputado e historiador.
Es la máxima figura de la literatura francesa.
Las características de sus obras son:
- Retoricismo
- Espíritu íntimo familiar.
- Profunda humanidad.
- Admiración napoleónica.
- Vio a la sociedad y el futuro en forma optimista.
- Estilo grandioso y elegante.
- Inicia el teatro romántico francés.
- Dominó varios géneros.
Principales Obras:
- Narrativa: Los miserables, Nuestra señora de parís.
- Poesía: Odas y poesías diversas, Las hojas de otoño, Orientales.
- Teatro: Cronwell, Hernani, Ruy Blas, Lucrecia Borgia.
- Épica: La leyenda de los siglos.

LOS MISERABLES
Argumento:
La novela se divide en 5 partes.

La primera, llamada "Fantine", se destaca por el retrato de Myriel, hombre de la Iglesia,


con auténticas virtudes cristianas.
En la segunda parte, nos es presentado el personaje principal de la obra, Jean Valjean, el
ex prisionero. Jean Valjean es un hombre del pueblo que habría podido ser bueno pero que las
circunstancias de la vida y la sociedad le han hecho pasar miserias, penurias y otras pruebas.
Por haber robado pan para sus sobrinos que no habían comido nada durante varios días, es
enviado a un presidio; los varios intentos de fuga, le han alargado su condena. Saliendo después
de veinte años, se ha convertido en una bestia contrariamente al ser frágil que era antes.
Llegando a Digne, en un albergue, realiza su último robo. Sin embargo, la benevolencia del
Arzobispo, le ayuda a no volver a la cárcel que acababa de abandonar. Este evento provocará
el principio de la metamorfosis de este personaje singular al terminar el segundo libro.
El libro que sigue, nos cuenta la historia de Fantine, la muchacha que en un ambiente estudiantil, conoce un chico, se
enamora pero es rápidamente abandonada. Se percata que está embarazada y decide educar de la mejor forma posible
a su hija, Cosette. Finalmente, viéndose en la imposibilidad de seguir educando por sí sola a su hija, la confía a una familia
llamada Thénardier.
En el libro cuarto descubriremos lo que le paso a la niña, lo que pasa con las sumas de dinero incalculables que le exigen
estos a la madre, y como tratan a esta pobre criatura como una miserable sirvienta en condiciones infrahumanas.
En el libro V, nos enteramos que un hombre misterioso, en Montreuil-sur-Mer, está ganando una fortuna considerable,
con su inversión y su destreza a la hora de realizar sus negocios. Este hombre es, en realidad Jean Valjean, que se
convertirá incluso en el alcalde de la pequeña ciudad bajo el nombre de Monsieur Madeleine.
Fantine, que ha trabajado una cierta temporada para el señor Madeleine, aunque después la echaron por una denuncia
puesta, es recogida por este mientras se encuentra enferma intentando arreglar el daño que le ha provocado.
Pero, un hombre vigila Jean Valjean, se llama Javert y ha creído reconocer en la persona de Monsieur Madeleine, el
ex presidiario. Y un evento viene a confirmar su sospecha: se está juzgando en Arras, un hombre, un vagabundo, en el
cual se cree reconocer el Jean Valjean. Toda la acusacion se basa en una identificación que no es más que una farsa.
Entonces, Monsieur Madeleine acude a Arras y devela su verdadera identidad ante toda la asamblea mediante preguntas
a los supuestos identificadores. Este, es confiado a Javert, pero consigue escaparse, mientras, morirá Fantine de su
terrible enfermedad a la espera de la vuelta de su hija a su lado, lo que le había prometido Monsieur Madeleine
La segunda parte de Los miserables, empieza con una reconstrucción del escenario de la batalla de Waterloo para
presentar varios personajes, Thénardier, le Baron Pontmerçy para representar el cuadro de la jornada
En el segundo libro de esta segunda parte, se nos representa el expresidiario en la carcel, para adentrarnos en su
vida. Se "ahoga" supuestamente en las aguas del mar en una galera, y está considerado como muerto. Jean Valjean, que
había escondido su fortuna cerca del albergue de los Thénardier, la destierra y por casualidad se topa en el camino de
la pequeña Cosette, la salva de las garras de estos inhumanos, y decide tomarse la libertad de educarla él mismo. Jean
Valjean y la niña vive en los peores barrios de París hasta que son reconocidos, y huyen a un convento, donde un hombre,
al que había salvado unos años antes Jean Valjean, le ayuda a quedarse allí en seguridad, haciéndose pasar por el hermano
de este. La vida del convento será descrita en los más mínimos detalles.
La tercera parte nos presenta otros personajes, Mario, Gavroche y M.Gillenormand.

Gavoche, es el personaje emblemático y el más popular de este libro después de Jean Valjean. Es la encarnación de un
niño de París, que, a su vez, es niño y hombre endurecido por las circunstancias de la vida. Ha pasado por la miseria, el
hambre para subsistir en estas calles. Tiene un corazón de oro, una generosidad desmesurada y unas ideas
revolucionarias, maliciosas. Gavorche es el hijo que los Thénardier habían abandonado.
El segundo personaje es una descripción de un hombre del siglo XVIII, M.Guillenormand, de 90 años, amigo de los
placeres de la vida, y del antiguo régimen. Es uno de los personajes más vivos, y de los más logrados de la obra. M.
Guillenormand, ha dejado su hija casarse con el Coronel Pontmerçy, que murió en la batalla de Waterloo. Esta no lo
sobrevive y de esta historia de familia que por desgracia acaba mal, sólo queda un niño, Mario. Mario, con el paso de los
años, descubre que el mundo no es como su abuelo se lo había descrito. En la realización de sus estudios de derecho, se
pone en contacto con grupos revolucionarios de Republicanos entre los que podemos citar sus amigos Enjolras,
Combeferre, Feuilly y Courfeyras. Pero, después de una serie de sucesos, Mario se entera que, en realidad, su padre
sigue vivo viviendo en Normandia y que este ha renunciado a ver su hijo crecer para no dejarle más tarde sin la herencia
correspondiente. La pena quedará ahí pues Mario verá su padre en su lecho de muerte, prometiéndole fidelidad a sus
convicciones.
Se sabe, hoy en día, que Mario es una descripción de Hugo en su tiempo de juventud, a sus 20 años: idealista, ignorante,
casto y apasionado. Habiendo tenido que abandonar el convento porque Cosette no desea ser monja, cogen una casa en la
calle Plumet. En los jardines de Luxemburgo, Mario encuentra un día a Cosette, con el que supone que es su padre. Se
enamora perdidamente de ella, entre unos sentimientos enfrentados de deseo, timidez y respeto. Los acontecimientos
se aceleran con la fuga de la prisión de Thénardier, la visita de Mario en casa de su abuelo para solicitarle el permiso de
desposar a Cosette (este se burlará de él), y la desaparición de Cosette. Sin embargo, tengamos en cuenta que en este
momento del libro los personajes principales son el pueblo de París y los movimientos que se están desarrollando. Se
rebelan durante el entierro del General Lamarque, bonapartista y republicano. Hugo, aquí, describirá todo el proceso de
la revolución con sumo detalle. Desvelará sus dones de gran narrador, para describir una masa de personajes y para
descibir más las acciones que los sentimientos en sí.
La quinta parte es la descripción de la muerte de Jean Valjean. Jean Valjean, confiado Javert a sus manos, atrapado
por los revolucionarios, Jean le deja irse y salva Mario que ha resultado herido en los combates de las barricadas. Le
salva sacandolo por las cloacas de la ciudad y llevandolo a casa de su abuelo, que se siente desamparado al ver llegar su
nieto en tal estado. Estos personajes intentarán realizar el deseo de estos dos jóvenes. Mientras tanto, Javert,
sobrecogido por la generosidad del corazón del ex presidiario que tenía que haberlo matado, se tira en la Sena. Todo
sería perfecto, si Mario no se interesaba tanto a la personalidad de su suegro. Jean Valjean le acaba confiando a su
yerno su verdadera personalidad y que, en verdad, no es el verdadero padre de Cosette. Mario y Cossete se dirigen a
casa de Jean Valjean, donde lo descubren agonizando en su lecho: al ver a los que considera sus hijos junto a él, le inunda
una gran felicidad y muere en los brazos de estos.

* Estados Unidos

3. Edgar Allan Poe (Boston, 1809 - Baltimore, 1849)

Narrador, poeta y crítico estadounidense


Conocido como el primer maestro del relato corto, en especial de terror y misterio.
Tuvo una vida muy trágica.
Sus padres, actores de teatro itinerantes, murieron siendo él niño.
Estudió en un internado privado y asistió a la Universidad de Virginia.
Las características de sus obras son:
- La muerte y melancolía como temas recurrentes
- Relatos fantásticos
- Ambientes de pesadilla
Principales Obras:
- Narrativa: Las aventuras de Arthur Gordon Pym, La caída de la casa
Usher, Los asesinatos de la calle Morgue", El escarabajo de oro, El gato negro, El corazón delator, El
pozo y el péndulo, El barril del amontillado, entre otros.

Lectura
EL CORAZON DELATOR

¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy, pero, ¿podría
decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni
apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía
muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué
tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia.
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez; pero, una
vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho
al viejo. Nunca me había hecho nada malo. Nunca me había insultado. No deseaba su oro. Creo que
fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido,
con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre; y así,
muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para
siempre.
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría
procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de matarlo.
Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo suficiente
para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Cómo se
habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza! La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me
llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y
luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que
un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el
ojo cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su
habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que
tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce, yo iba a mirarlo mientras dormía.
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo
que se movía mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener mis
sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e
ideas. Me reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como sobresaltado, pensará
usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas
por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente.
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo
se incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a
acostarse en la cama. Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche, escuchando los relojes
de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el
sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido. Muchas
veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los terrores
que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de
mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos
habían crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había estado
diciendo a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o "No es más
que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano,
ya que la muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la fúnebre influencia de aquella
imperceptible sombra la que le movía a sentir, aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una
ranura en la linterna. Entonces la abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el hilo de una
telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.

Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total claridad, de un azul
apagado, con aquella terrible película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del
cuerpo, ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los sentidos? Luego llegó
a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón.
Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el
redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla.
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas respiraba. Mantuve la
linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal
latido del corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo
debe haber sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de
la noche, entre el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me
contuve y me quedé quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva
ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la
habitación. El viejo clamó una vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después sonreí alegremente al ver que el
hecho estaba consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me preocupaba, porque el latido
no podría oírse a través de la pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra.
Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me preocuparía más.
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias precauciones que tomé para esconder el
cadáver. La noche avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. le corté la cabeza,
los brazos y las piernas. Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego
coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada
extraño. No había nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido demasiado precavido
para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la
calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había nada que temer. Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la
policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los
oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido había sido
producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran bien. Por fin
los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que descansaran allí
mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo.
Se sentaron y hablaron de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente, empecé a sentir que me
ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron
conversando. El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de esa sensación; pero cada vez
se hacía más claro... hasta que por fin me di cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba.
¿Qué hacer? Era un sonido bajo, sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. traté de recuperar
el aliento... pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse
de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero el sonido crecía
continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos
hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma de la rabia... maldije... juré
balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada
vez más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres seguían conversando tranquilamente y sonreían.
¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de
mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que
este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. Y entonces, otra vez, escuchen...
¡más fuerte..., mas fuerte..., más fuerte!
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su
horrible corazón!
El corazón delator
Edgar Allan Poe

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