¿HICISTE ESTO POR MÍ?
El regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor.
Romanos 6:23
¡Gracias sean a Dios por su regalo indescriptible!
2ª Corintios 9:15
Y Dios ha reservado para sus hijos el regalo inapreciable de la vida
eterna; que es guardado en el cielo para ti, puro e incontaminado, más
allá de todo cambio
y depreciación. Y Dios, en su majestuoso poder,
se asegurará que llegues allí para recibirlo porque confías en él. Será
tuyo en aquel día final que viene y que todos verán.
1ª Pedro 1:4-5
Todo bien y todo regalo perfecto vienen de arriba, del Padre de las luces
celestiales, que no cambia como sombras vacilantes. Él decidió darnos
vida a través de la palabra de verdad, para que nosotros pudiéramos ser
una clase de primicias de todo lo creado.
Santiago 1:17-18
Si nosotros hacemos regalos para demostrar nuestro amor, ¿cuánto más
no querría hacer Él? Si a nosotros -salpicados de flaquezas y orgullo- nos
agrada dar regalos, ¿cuánto más Dios, puro y perfecto, disfrutará
dándonos regalos a nosotros?
Jesús preguntó: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a
vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará
buenas cosas a los que le piden?» Mateo 7:11
Los regalos de Dios derraman luz en el corazón de Dios, el corazón
bueno y generoso de Dios. Santiago, el hermano de Jesús, nos dice:
«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre
de las luces» ( Santiago 1.17 ). Cada regalo revela el amor de Dios...
pero ningún regalo revela su amor más que los regalos de la cruz. Estos
venían, no envueltos en papel, sino en pasión. No estaban alrededor del
arbolito, sino en una cruz. Sin cintas de colores, sino salpicados con
sangre.
Los regalos de la cruz.
Mucho se ha dicho sobre el regalo de la cruz mismo, ¿pero, y los demás
regalos? ¿Los clavos? ¿La corona de espinas? ¿El manto que se
apropiaron los soldados? ¿Las ropas fúnebres? ¿Te has dado el tiempo
de abrir estos regalos?
Tú sabes que no tenía ninguna obligación de dárnoslos. El único acto, lo
único que se requería para nuestra salvación era el derramamiento de
sangre, pero Él hizo mucho más que eso. Muchísimo más. Examina la
escena de la cruz. ¿Qué encuentras?
Una esponja empapada en vinagre.
Un letrero.
Dos cruces a ambos lados de Cristo.
Los regalos divinos intentan activar ese momento, ese segundo
cuando sus rostros se iluminan,
sus ojos se abren, y Dios te va a oír susurrando: «¿Tú hiciste esto por
mí?»
La diadema de dolor
Que conmovió tu dulce faz,
Tres clavos horadando carne y madera
Para mantenerte en ese lugar.
Yo entiendo la necesidad de la sangre. Me abrazo a tu sacrificio.
¿Pero la esponja amarga, la lanza cortante, La escupida en tu rostro?
¿Tenía que ocurrir eso en la cruz?
No hubo una muerte apacible
sino seis horas colgando entre la vida y la muerte, todo estimulado por
un beso de traición.
«Oh Padre», tú insistes,
corazón silencioso a lo que habría de ocurrir, Siento preguntar, pero
necesito saber: «¿Tú hiciste esto por mí?»
¿Estaríamos dispuestos a hacer esta oración? ¿A tener tales
pensamientos? ¿Será posible que el cerro de la cruz esté lleno de
regalos de Dios? ¿Los examinamos? Desempacamos estos regalos de
gracia quizás por primera vez. Y mientras los tocas y sientes la madera
de la cruz y sigues las marcas dejadas por la corona y palpas las puntas
de los clavos, te detienes y escuchas. Quizás lo oigas susurrándote:
«Sí. Yo hice esto por ti».
2
«YO COMPARTIRÉ TU LADO OSCURO»
LA PROMESA DE DIOS EN LA ESCUPIDA DEL SOLDADO
El pecado oculto en la profundidad de los corazones de los impíos los
impulsará siempre a hacer lo malo.
Salmos 36.1
La vanidad está tan arraigada en el corazón del hombre que... los que
escriben contra ella quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los
que los leen, desean tener la gloria de haberlos leído.
Blaise Pascal
El corazón es engañoso sobre todas las cosas e incurable. ¿Quién lo
entenderá?
Jeremías 17.9
El pecado, entendido en el sentido cristiano, es el precio que hay que
pagar a través de toda la existencia.
Emil Brunner
Oh tendencia a hacer lo malo, ¿cómo te has arrastrado hasta cubrir la
tierra con tu traición?
Eclesiástico 37.3
Qué habría sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?
Tú conoces la historia. Hubo un tiempo cuando su rostro era hermoso y
su palacio agradable. Pero eso era antes de la maldición, antes que las
sombras cayeran sobre el castillo del príncipe, antes que las sombras
cayeran sobre su corazón. Y cuando esto ocurrió, él se ocultó. Se recluyó
en su castillo, con su hocico reluciente, sus colmillos encorvados y un
talante horrible.
Pero todo eso cambió cuando llegó la joven. Me pregunto, ¿qué habría
sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?
O, ¿qué habría pasado si ella no hubiera tenido la actitud que tuvo con
él? ¿Quién habría podido reprocharla? Él era... ¡una bestia! Velludo. Le
corría la baba. Rugía cuando quería decir algo. Su aspecto aterrorizaba.
Y ella era una belleza. Adorable. Amable. Si en el mundo dos personas
correspondieran fielmente a sus nombres, estas serían la Bella y la
Bestia. ¿Quién habría podido criticarla si ella no le hubiera prestado
atención? Pero ella lo hizo.
Y porque la Bella amó a la Bestia, esta llegó a ser más hermosa.
La historia nos resulta familiar, no porque sea un cuento de hadas sino
porque nos recuerda a nosotros mismos. Dentro de cada uno de
nosotros hay una bestia.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo cuando el rostro de la
humanidad era hermoso y el palacio agradable. Pero eso era antes de la
maldición, antes que las sombras cayeran sobre el jardín de Adán, antes
que las sombras cayeran sobre el corazón de Adán. Y a partir de la
maldición, hemos sido diferentes. Bestiales. Feos. Despreciables.
Cascarrabias. Hacemos las cosas que sabemos que no debemos hacer y
después nos preguntamos por qué las hicimos.
La otra noche, seguramente la parte fea de mí mostró mi rostro de
bestia. Me encontraba conduciendo mi vehículo por una carretera de dos
carriles que estaban a punto de convertirse en uno solo. Una señora
detrás de mí conducía su vehículo por el carril que continuaría. Yo
estaba en el que desaparecería. Decidí que tenía que seguir delante de
ella. Sin duda, mi agenda era mucho más importante que la de ella.
Después de todo ¿no soy yo un hombre especial? ¿Un mensajero de
amor? ¿Un embajador de paz?
Así es que aceleré.
¿Qué? Sí, ella lo hizo también. Cuando mi carril se terminó, ella estaba
centímetros adelante. Refunfuñé, pero dejé que me adelantara. Mirando
por sobre su hombro, ella me hizo una seña de adiós con su cara llena
de risa. Grrrr.
Quise encender las luces de mi auto, pero me detuve; sin embargo, la
parte siniestra de mí saltó para decirme: «¿Por qué no? ¿No has sido
llamado a proyectar luz en los lugares oscuros? ¿A iluminar las
sombras?»
Así es que puse las luces altas que chocaron violentamente contra su
espejo retrovisor.
Ella se vengó disminuyendo la marcha. Ahora iba a la vuelta de la rueda.
¡Esta dama se las traía! No se habría apurado aunque hubiese sabido
que toda la ciudad de San Antonio estaba atrasada. No pasaba de las
quince millas por hora. Yo, ante esa situación, no estaba dispuesto a
quitar las luces de su espejo retrovisor. Como dos burros taimados, ella
se mantuvo avanzando lentamente y yo alumbrándola. Después de una
serie de pensamientos que no me atrevo a expresar, el camino se
amplió de nuevo de modo que empecé a tratar de pasarla. ¿Y sabes qué
vino ahora? En una intersección, una luz roja nos dejó parados uno al
lado del otro. Lo que ocurrió entonces contiene buenas y malas noticias.
La buena es que me hizo un gesto con la mano. La mala es que mejor no
trates de imaginarte en qué consistió su gesto.
Momentos después, comenzó el remordimiento. «¿Por qué habré hecho
eso?» Yo soy, por naturaleza, un tipo tranquilo, pero esta vez y por
quince minutos, me comporté como una bestia. Solo dos cosas me
tranquilizan. Una, que no tengo la figura de un pez adherida a mi auto; y
dos, que el apóstol tuvo problemas similares. «No hago lo que quiero,
sino lo que no quiero, eso hago» ( Romanos 7.15 ). ¿Alguna vez se han
aplicado estas palabras también a ti?
Si la respuesta es afirmativa, entonces estás en buena compañía. Pablo
no es el único personaje de la Biblia que tuvo que trenzarse a golpes con
la bestia que había dentro de él. Difícilmente se podría encontrar una
página de la Escritura donde el animal no muestre los dientes. El rey
Saúl atacando al joven David con una lanza. Siquem violando a Dina. Los
hermanos de Dina (los hijos de Jacob) dando muerte a Siquem y sus
amigos. Lot tratando de negociar con los hombres de Sodoma y luego
huyendo apresuradamente de allí. Herodes asesinando a los niños de
Belén. Otro de los Herodes dando muerte al primo de Jesús. Si a la Biblia
se la conoce como el Libro de Dios, no es precisamente porque la gente
que aparece en ella hayan sido unos santitos. A través de sus páginas la
sangre corre tan libremente como la tinta a través de la pluma que las
relata. Pero la maldad de la bestia nunca fue tan grande como el día que
Cristo murió.
Los discípulos primero fueron rápidos para quedarse dormidos y luego
fueron rápidos para irse.
Herodes quería montar un espectáculo.
Pilato quería quitárselo de encima.
¿Y los soldados? Querían sangre.
Así es que azotaron a Jesús. El azote legionario estaba formado por
tiras de cuero con pequeñas bolas de plomo en sus puntas. Lo que se
quería conseguir con eso era golpear al acusado hasta dejarlo medio
muerto y luego parar. La ley permitía treinta y nueve azotes, pero casi
nunca se llegaba a este número. Un centurión vigilaba la condición del
preso. Cuando le soltaron las manos y se desplomó, no hay duda que
Jesús estaba cerca de la muerte.
Los azotes fueron lo primero que hicieron los soldados.
La crucifixión fue lo tercero. (No, no me he saltado la segunda cosa.
Volveremos a eso en un momento.) Aunque su espalda estaba
completamente destrozada por los azotes, los soldados pusieron el
travesaño de la cruz sobre los hombros de Jesús e iniciaron así la
marcha hacia el Lugar de la Calavera donde lo ejecutaron.
No culpamos a los soldados por estas dos acciones. Después de todo,
solo cumplían órdenes. Pero lo que cuesta entender es lo que hicieron
mientras tanto. Esta es la descripción que hace Mateo:
Jesús fue golpeado con azotes y entregado a los soldados para que lo
crucificaran. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio del
gobernador y allí se reunieron alrededor de él. Le quitaron la ropa y le
pusieron una túnica roja. Usando ramas con espinas, hicieron una cruz,
se la pusieron en la cabeza y le pusieron un palo en su mano derecha.
Luego los soldados se inclinaron ante Jesús y se
mofaron de él, diciendo: «¡Salve. Rey de los judíos!» Y lo escupieron.
Luego le quitaron el palo y empezaron a golpearlo con él en la cabeza.
Después que hubieron terminado de hacerlo, le sacaron la túnica y lo
volvieron a vestir con su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo ( Mateo
27.27–31 ).
La tarea de los soldados no era otra que llevar al nazareno al cerro y
ejecutarlo. Pero ellos tenían otra idea. Antes de matarlo, querían
divertirse un poco con él. Soldados robustos, armados y descansados
formaron un círculo alrededor de un carpintero de Galilea desfalleciente
y casi muerto, y se dedicaron a golpearlo.
Los azotes fueron ordenados, lo mismo que la crucifixión. ¿Pero quién
podría encontrar placer en escupir a un hombre medio muerto?
Jamás un escupitajo puede herir el cuerpo. No puede. Se escupe para
hacer daño en el alma, y ahí sí que es efectivo. ¿Qué era lo que los
soldados estaban haciendo? ¿No se estaban elevando a expensas de
otro? Se sentían grandes a través de empequeñecer a Cristo.
¿No has hecho eso tú también alguna vez? Quizás nunca hayas escupido
a alguien, pero sí has hablado mal de él (o de ella). O quizás lo has
calumniado. ¿Has alzado alguna vez tu mano impulsado por la ira, o
quitado la vista con arrogancia? ¿Has alguna vez lanzado tus luces altas
sobre el espejo retrovisor de alguien? ¿Has alguna vez hecho que
alguien se sienta mal para tú sentirte bien?
Eso fue lo que los soldados hicieron a Jesús. Cuando tú y yo hacemos lo
mismo, también se lo estamos haciendo a Jesús. «Te puedo asegurar
que cuando lo hiciste a uno de los últimos de estos mis hermanos y
hermanas, me lo estabas haciendo a mí» ( Mateo 25.40 ). Como
tratamos a los demás, así tratamos a Jesús.
«No Max, no me gusta oírte decir esas cosas», protestas tú. Créeme, a
mí tampoco me gusta decirlas, pero debemos enfrentar el hecho que
hay algo bestial dentro de cada uno de nosotros. Alguien que nos hace
hacer cosas que aun a nosotros nos sorprenden. ¿No te has sorprendido
a ti mismo? ¿No te has visto reflejado en algo que has hecho y que te ha
hecho preguntarte: «¿Qué hay dentro de mí?»
Para esa pregunta, la Biblia tiene una respuesta de seis letras: P-E-C- A-
D-O. Hay algo malo -bestial- dentro de cada uno de nosotros. «Por
naturaleza somos hijos de ira» ( Efesios 2.3 ). No es que no podamos
hacer lo bueno. Lo hacemos. Lo que pasa es que no podemos dejar de
hacer lo malo. En términos teológicos estamos «totalmente
depravados». Aunque hechos a la imagen de Dios, hemos caído.
Tenemos corrompido el corazón. El centro de nuestro ser es egoísta y
perverso. David dijo: «Nací en pecado, sí, desde el momento en que mi
madre me concibió» ( Salmo 51.5 ). ¿Podría alguien de nosotros decir
menos que eso? Todos hemos nacido con una tendencia a pecar. La
depravación es un estado universal. La Escritura lo dice claramente:
Como ovejas nos hemos extraviado; cada uno se ha ido por su propio
camino ( Isaías 53.6 ).
El corazón es engañoso sobre todas las cosas, y perverso. ¿Quién podría
entenderlo? ( Jeremías 17.9 )
No hay justo ni aun uno... Todos han pecado y no han alcanzado la gloria
de Dios ( Romanos 3.10 , 23 ).
Es posible que alguien no esté de acuerdo con palabras tan fuertes;
quizás tal persona podría mirar a su alrededor y decir: «Comparado con
fulano, yo soy una persona decente». Un cerdo podría decir lo mismo.
Podría mirar a sus pares y declarar: «Estoy tan limpio como cualquiera
de estos». Comparado con un ser humano, sin embargo, ese cerdo
necesita ayuda. Comparados con Dios, nosotros los humanos
necesitamos lo mismo. La medida para la santidad no se encuentra
entre los cerdos de la tierra sino en el trono del cielo. Dios mismo es la
medida.
Nosotros somos unas bestias. Como el ensayista francés Michel de
Montaigne dijo: «No hay hombre tan bueno que, si sometiera todos sus
pensamientos y actos a las leyes, no merezca ser colgado diez veces en
su vida». 1 Nuestras obras son feas. Nuestros actos son rudos. No
hacemos lo que queremos, no nos gusta lo que hacemos y, lo que es
peor (sí hay aun algo peor), no podemos cambiar.
Tratamos de hacerlo, ah, sí que tratamos. Pero, «¿Podría un leopardo
cambiar sus manchas? De la misma manera Jerusalén, tú no puedes
cambiar y ser buena porque estás acostumbrada a hacer el mal»
( Jeremías 13.23 ). El apóstol coincide con el profeta: «La mente que es
según la carne es hostil a Dios; no se somete a la ley de Dios porque no
puede » ( Romanos 8.7 , énfasis mío).
¿Aun disientes? ¿Aun piensas que la afirmación es demasiado violenta?
Si es así, acepta este reto. Durante las siguientes veinticuatro horas
trata de vivir una vida sin pecado. No te estoy pidiendo una década de
santidad, ni un año, ni siquiera un mes. Solo un día. ¿Te atreves a
intentarlo? ¿Podrías vivir un día sin pecar?
¿No? ¿Y una hora? ¿Estarías en condiciones de prometer que por los
siguientes sesenta minutos tendrás solo pensamientos y acciones puros?
¿Sigues indeciso? ¿Y cinco minutos? Cinco minutos libres de ansiedades,
de irritación, de ausencia de orgullo. ¿Qué te parece cinco minutos?
¿No? Ni yo tampoco.
Esto quiere decir que tenemos un problema: Somos pecadores, y «el
salario del pecado es la muerte» ( Romanos 6.23 ).
1 Michel de Montaigne, Quote Unquote, citado en Lloyd Cory ed.,
(Wheaton, Ill.: Victor Books, 1977), 297:
Tenemos un problema: No somos santos, y «nadie cuya vida no sea
santa verá jamás al Señor» ( Hebreos 12.14 ).
Tenemos un problema: Somos malos, y «los malos recibirán castigo»
( Proverbios 10.16 ).
¿Qué podemos hacer?
Deja que los escupitajos de los soldados simbolicen la inmundicia en
nuestros corazones. Y luego observa lo que hace Jesús con nuestra
inmundicia. La lleva a la cruz.
A través del profeta, él dice: «Yo no escondí mi rostro de las burlas y los
escupitajos» ( Isaías 50.6 ). Mezclada con su sangre y su sudor estaba la
esencia de nuestro pecado.
Dios pudo haber hecho las cosas de otra manera. Según el plan de Dios,
a Jesús se le ofreció vinagre para su garganta; entonces, ¿por qué no
una toalla para su rostro? Simón cargó con la cruz de Jesús, pero no
limpió las mejillas de Jesús. Los ángeles estaban a tiro de oración. ¿No
podían ellos limpiar los escupitajos?
Podían, pero Jesús no les dio la orden para que lo hicieran. Por alguna
razón, Aquel que escogió los clavos también escogió la saliva. Además
de la lanza y la esponja del hombre, soportó el escupitajo del hombre.
¿Por qué? ¿Será que él pudo ver la belleza que había en la bestia?
Pero aquí termina la comparación con la Bella y la Bestia . En la fábula,
la bella besa a la bestia. En la Biblia, la Bella hace mucho más. Se hace
la bestia para que esta llegue a ser la bella. Jesús cambia lugar con
nosotros. Nosotros, como Adán, estábamos bajo maldición, pero Jesús
«cambió lugar con nosotros y se puso a sí mismo bajo esa maldición»
( Gálatas 3.13 ).
¿Qué habría ocurrido si la Bella no hubiese venido? ¿O que no se hubiera
interesado en nosotros? Habríamos permanecido siendo bestias. Pero la
Bella vino, y la Bella se preocupó de nosotros.
El que estaba sin pecado tomó la forma de un pecador para que
nosotros, pecadores, pudiéramos tomar la forma de un santo.
3
«YO LOS AMÉ TANTO QUE ME HICE COMO
UNO DE USTEDES»
LA PROMESA DE DIOS EN LA CORONA DE ESPINAS
Dios se agradó que todo él viviera en Cristo.
Colosenses 1.19
La Palabra se hizo carne e hizo su morada entre nosotros. Hemos visto
su gloria, la gloria del Unigénito, quien vino del Padre, lleno de gracia y
verdad.
Juan 1.14
Yo y el Padre somos uno.
Juan 10.30
Ustedes fueron comprados, no con algo que perece como el oro y la
plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, quien fue como un cordero
puro y perfecto. Cristo fue escogido antes de que el mundo fuera hecho,
pero fue mostrado
al mundo en estos últimos tiempos para su beneficio.
1 Pedro 1.18-20
Él no solo entendió perfectamente nuestro caso y nuestro problema,
sino que lo ha resuelto moral, activamente
y para siempre.
P.T. Forsyth
Sabes qué es lo más maravilloso sobre el regreso de Cristo? ¿Sabes cuál
es la parte más notable de la encarnación?
No solo que cambió eternidad por calendarios. Aunque tal cambio
merece nuestra atención.
La Escritura dice que el número de los años de Dios es inescrutable
( Job 36.26 ). Podemos ir para atrás en la historia hasta el momento en
que la primera onda del mar besó las orillas, o la primera estrella
alumbró en el cielo, pero nunca lograremos establecer el momento
exacto en que Dios fue Dios, porque ese momento no existe. No hay un
momento en que Dios no haya sido Dios. Él nunca no ha sido , porque es
eterno. Dios no está sujeto al tiempo.
Pero todo esto cambió cuando Jesús vino a la tierra. Por primera vez oyó
una frase que no se usaba en el cielo: «Ha llegado la hora». Cuando era
un niño, tuvo que abandonar el Templo porque había llegado el
momento de hacerlo. Cuando era ya un hombre, tuvo que salir de
Nazaret porque era el tiempo en que tenía que salir de allí. Como
Salvador, tuvo que morir porque el tiempo de hacerlo había llegado.
Durante treinta y tres años, el semental del cielo tuvo que vivir en el
corral del tiempo.
Esto es, ciertamente, notable, pero todavía hay más.
¿Quieres ver la joya más brillante del tesoro de la encarnación? Quizás
pienses que sea el tener que vivir dentro de un cuerpo. En un momento,
él era un espíritu sin limitaciones, y al siguiente, era carne y huesos.
¿Recuerdas estas palabras del rey David? «¿A dónde puedo irme para
alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de ti? Si subo al cielo, allí estás
tú. Si bajo a la tumba, allí tú estás. Si me levanto con el sol en el este y
me pongo en el oeste más allá del mar, incluso allí me guiarás tú»
( Salmos 139.7–10 ).
Nuestra pregunta: «¿Dónde está Dios?» es como si un pez preguntara:
«¿Dónde está el agua?» O un pajarillo preguntara: «¿Dónde está el
aire?» ¡Dios está en todas partes! Igualmente en Pekín que en Peoria.
Tan activo en las vidas de los esquimales como en las de los tejanos. El
dominio de Dios es «de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la
tierra» ( Salmos 72.8 ). No hay un lugar donde no esté Dios.
Pero cuando Dios entró en el tiempo y llegó a ser un ser humano, el que
era infinito llegó a ser finito. Quedó preso en la carne. Restringido por
músculos y párpados con tendencia al cansancio. Por más de tres
décadas, su una vez alcance ilimitado se vio restringido al largo del
brazo y su velocidad al paso del pie de un hombre.
Me pregunto: «¿Estuvo alguna vez tentado a recuperar su infinitud?
¿Habrá considerado, en medio de un largo viaje, trasladarse
milagrosamente a la siguiente ciudad? ¿Se habrá sentido tentado alguna
vez, cuando la lluvia fría entumecía sus huesos, cambiar las condiciones
climáticas? ¿Y no habrá querido, cuando el calor secaba sus labios,
sumergirse en el Caribe en busca de alivio?
Si alguna vez tuvo estos pensamientos, nunca cedió a ellos. Ni una sola
vez. Jamás usó Cristo sus poderes sobrenaturales para beneficio
personal. Con una sola palabra habría podido transformar la dura tierra
en suave lecho, pero no lo hizo.Con un movimiento de su mano pudo
haber devuelto en el aire los escupitajos de sus acusadores y hacer
blanco en sus rostros, pero no lo hizo. Con un levantar de sus cejas pudo
haber paralizado el brazo del soldado que le incrustaba la corona de
espinas. Pero no lo hizo.
Notable. ¿Pero será esto lo más extraordinario de su venida? Muchos
quizás digan que no. Otros tantos, quizás en mayor número, es posible
que apunten más allá de su condición de infinito, a su condición de
impecabilidad. Es fácil comprender por qué.
¿No es este el mensaje de la corona de espinas?
Un soldado no identificado tomó ramas: suficientemente maduras como
para tener espinas, suficientemente flexibles como para doblarse e hizo
con ellas una corona de escarnio, una corona de espinas.
A través de la Escritura las espinas simbolizan, no el pecado, sino la
consecuencia del pecado. ¿Recuerdas el Edén? Después que Adán y Eva
hubieron pecado, Dios maldijo la tierra: «Así es que pondré una
maldición en la tierra... La tierra producirá espinas y maleza para ti, y tú
comerás las plantas del campo» ( Génesis 3.17–18 ). Zarzas en la tierra
son el producto del pecado en el corazón.
Esta verdad halla eco en las palabras de Dios a Moisés. Ordenó a los
israelitas limpiar la tierra de los pueblos impíos. Habría problemas si
desobedecían. «Pero si no echan a estos pueblos fuera de la tierra, les
traerán dificultades. Serán como afilados cuchillos en sus ojos y espinas
en sus costados» ( Números 33.55 ).
La rebelión produce espinas. «La vida de la gente mala es como camino
cubierto con espinas y trampas» ( Proverbios 22.5 ). Incluso Jesús
comparó la vida de la gente perversa a espinos. Al hablar de los profetas
falsos, dijo: «Conocerán a estas gentes por lo que hacen. Los espinos no
pueden producir uvas, y los abrojos no pueden producir higos» ( Mateo
7.16 ).
El fruto del pecado es espinas. Púas, lancetas afiladas que cortan.
Pongo especial énfasis en las espinas para decirte algo en lo cual quizás
nunca habías pensado: Si el fruto del pecado es espinas, ¿no es la
corona de espinas en las sienes de Cristo un cuadro del fruto de nuestro
pecado que atravesó su corazón?
¿Cuál es el fruto del pecado? Adéntrate en el espinoso terreno de la
humanidad y sentirás unas cuantas punzadas. Vergüenza. Miedo.
Deshonra. Desaliento. Ansiedad. ¿No han nuestros corazones quedado
atrapados en estas zarzas?
No ocurrió así con el corazón de Jesús. Él nunca ha sido dañado por las
espinas del pecado. Él nunca conoció lo que tú y yo enfrentamos
diariamente. ¿Ansiedad? ¡Él nunca se turbó! ¿Culpa? Él nunca se sintió
culpable. ¿Miedo? Él nunca se alejó de la presencia de Dios. Jesús nunca
conoció los frutos del pecado... hasta que se hizo pecado por nosotros.
Y cuando tal cosa ocurrió, todas las emociones del pecado se volcaron
sobre él, como sombras en una foresta. Se sintió ansioso, culpable, solo.
¿No lo ves en la emoción de su clamor?: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?» ( Mateo 27.46 ). Estas no son las palabras de un
santo. Es el llanto de un pecador.
Y esta oración es una de las partes más destacadas de su venida. Pero
aun puedo pensar en algo todavía más grande. ¿Quieres saber qué es?
¿Quieres saber qué es lo más maravilloso de su venida?
No es que Aquel que jugaba canicas con las estrellas haya renunciado a
eso para jugar con canicas comunes.
No es que él, en un instante, haya pasado de no necesitar nada a
necesitar aire, comida, un chorro de agua caliente y sales para sus pies
cansados y, más que todo eso, necesitaba a alguien -cualquiera- que
estuviera más preocupado sobre dónde iría a pasar la eternidad que
dónde gastaría su cheque del viernes.
No que haya mantenido la calma mientras la docena de sus mejores
amigos sintieron el calor y se apresuraron a salir de la cocina. Ni que no
haya dado la orden a los ángeles, que le rogaban: «Solo danos la orden,
Señor. Una sola palabra y estos demonios se transformarán en huevos
revueltos».
No que se haya negado a defenderse cuando cargó con cada pecado de
cada disoluto desde Adán. Ni que haya guardado silencio mientras un
millón de veredictos de culpabilidad resonaban en el tribunal del cielo y
el dador de la luz quedaba en medio de la fría noche de los pecadores.
Ni siquiera que después de aquellos tres días en el hueco oscuro haya
salido al sol de la Pascua con una sonrisa y un contoneo y una pregunta
para el humillado Lucifer: «¿Fue ese tu mejor golpe?»
Eso fue fantástico, increíblemente fantástico.
¿Pero quieres saber que fue lo más maravilloso de Aquel que cambió la
corona de los cielos por una corona de espinas?
Que lo hizo por ti. Sí, por ti.
4
«YO TE PERDONO»
LA PROMESA DE DIOS EN LOS CLAVOS
Él perdonó todos nuestros pecados. Él canceló la deuda, que incluía la
lista de todas las leyes que habíamos violado. Él quitó la lista con las
leyes y la clavó en la cruz.
Colosenses 2.13-14
Cuando decimos que los méritos de Cristo proveen la gracia para
nosotros estamos diciendo que hemos sido purificados
por su sangre, y que su muerte fue una expiación por nuestros pecados.
Juan Calvino
No hay diferencia, porque todos hemos pecado y hemos quedado fuera
de la gloria de Dios, y somos justificados libremente por su gracia
mediante la redención que vino por Cristo Jesús. Dios se ofreció como un
sacrificio de expiación mediante la fe en su sangre.
Romanos 3.22-25
Para todos de una vez todos los pecados son expiados en la Cruz, toda
la Caída es borrada, y toda la sujeción
a Satanás y toda la sentencia producto de la caída de Adánes borrada,
cancelada y anulada por los clavos de
Jesús.
Conde Nicolás Ludwig von Zinzendorf
Él nunca me habría pedido que guardara la lista. No me atreví a
mostrársela. Es un excelente constructor, un amigo muy querido. Él nos
ha construido una gran casa. Pero la casa tiene sus fallas.
Solo esta semana me di cuenta de ellas. Porque no fue sino hasta esta
semana que empecé a vivir en la casa. Una vez que te estableces en un
lugar, te percatas de cada detalle.
«Haz una lista de todo», me dijo.
«Está bien».
La puerta de uno de los dormitorios no cierra. La ventana del cuarto
de guardar cosas está rota. Alguien olvidó instalar el toallero en el
cuarto de las niñas. Alguien también olvidó colocar la perilla en el
estudio. Como dije, la casa es preciosa pero la lista suma y sigue.
Al mirar la lista de los errores cometidos por los constructores, pensé en
que Dios seguramente está haciendo una lista de mí. Después de todo
¿no ha hecho Él su residencia en mi corazón? Y si veo defectos en mi
casa, imagínate lo que Él verá en mí. ¿Te atreverías a pensar en la lista
que Él estará haciendo de tu vida?
Los goznes de la puerta del cuarto de oración se han enmohecido debido
a que la puerta no se abre casi nunca.
La estufa llamada celos está sobrecalentada.
El piso del ático está recargado con demasiados lamentos. El sótano
está hasta el tope de secretos.
¿No habría alguien que quisiera correr el postigo y liberar el aire de
pesimismo de este corazón?
La lista de nuestras debilidades. ¿Querrías ver la tuya? ¿Te gustaría
hacerla pública? ¿Cómo te sentirías si fuera exhibida de modo que todos,
incluyendo Cristo mismo, pudiera verla?
¿Quieres que te lleve al momento en que tal cosa ocurrió?
Sí, hay una lista de tus fracasos. Cristo ha escrito tus defectos. Y sí, esa
lista se ha hecho pública. Pero tú no la has visto. Ni yo tampoco.
Ven conmigo al cerro del Calvario y te diré por qué.
Observa a los que empujan al Carpintero para que caiga y estiran sus
brazos sobre el madero travesaño. Uno presiona con su rodilla sobre el
antebrazo mientras pone un clavo sobre su mano. Justo en el momento
en que el soldado alza el martillo, Jesús vuelve la cabeza para mirar el
clavo.
¿No pudo Jesús haber detenido el brazo del soldado? Con un leve
movimiento de sus bíceps, con un apretón de su puño pudo haberse
resistido. ¿No se trataba de la misma mano que calmó la tempestad,
limpió el templo y derrotó a la muerte?
Pero el puño no se cerró... y nada perturbó el desarrollo de la tarea.
El mazo cayó, la piel se rompió y la sangre empezó a gotear y luego a
manar en abundancia. Vinieron entonces las preguntas: ¿Por qué? ¿Por
qué Jesús no opuso resistencia?
«Porque nos amaba», contestamos. Es verdad. Una verdad maravillosa
aunque, perdóname, una verdad parcial. Él tuvo más que esa razón. Vio
algo que lo hizo mantenerse sumiso. Mientras el soldado le presionaba el
brazo Jesús volvió la cabeza hacia el otro lado, y con su mejilla
descansando sobre el madero, vio:
¿Un mazo? Sí.
¿Un clavo? Sí.
¿La mano del soldado? Sí.
Pero vio algo más. Vio la mano de Dios. Parecía la mano de un
hombre. Dedos largos y manos callosas, como los de un carpintero. Todo
parecía normal, pero estaba lejos de serlo.
Esos dedos formaron a Adán del barro y 2
«YO COMPARTIRÉ TU LADO OSCURO»
LA PROMESA DE DIOS EN LA ESCUPIDA DEL SOLDADO
El pecado oculto en la profundidad de los corazones de los impíos los
impulsará siempre a hacer lo malo.
Salmos 36.1
La vanidad está tan arraigada en el corazón del hombre que... los que
escriben contra ella quieren tener la gloria de haber escrito bien; y los
que los leen, desean tener la gloria de haberlos leído.
Blaise Pascal
El corazón es engañoso sobre todas las cosas e incurable. ¿Quién lo
entenderá?
Jeremías 17.9
El pecado, entendido en el sentido cristiano, es el precio que hay que
pagar a través de toda la existencia.
Emil Brunner
Oh tendencia a hacer lo malo, ¿cómo te has arrastrado hasta cubrir la
tierra con tu traición?
Eclesiástico 37.3
Qué habría sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?
Tú conoces la historia. Hubo un tiempo cuando su rostro era hermoso y
su palacio agradable. Pero eso era antes de la maldición, antes que las
sombras cayeran sobre el castillo del príncipe, antes que las sombras
cayeran sobre su corazón. Y cuando esto ocurrió, él se ocultó. Se recluyó
en su castillo, con su hocico reluciente, sus colmillos encorvados y un
talante horrible.
Pero todo eso cambió cuando llegó la joven. Me pregunto, ¿qué habría
sido de la Bestia si la Bella no hubiera aparecido?
O, ¿qué habría pasado si ella no hubiera tenido la actitud que tuvo con
él? ¿Quién habría podido reprocharla? Él era... ¡una bestia! Velludo. Le
corría la baba. Rugía cuando quería decir algo. Su aspecto aterrorizaba.
Y ella era una belleza. Adorable. Amable. Si en el mundo dos personas
correspondieran fielmente a sus nombres, estas serían la Bella y la
Bestia. ¿Quién habría podido criticarla si ella no le hubiera prestado
atención? Pero ella lo hizo.
Y porque la Bella amó a la Bestia, esta llegó a ser más hermosa.
La historia nos resulta familiar, no porque sea un cuento de hadas sino
porque nos recuerda a nosotros mismos. Dentro de cada uno de
nosotros hay una bestia.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo cuando el rostro de la
humanidad era hermoso y el palacio agradable. Pero eso era antes de la
maldición, antes que las sombras cayeran sobre el jardín de Adán, antes
que las sombras cayeran sobre el corazón de Adán. Y a partir de la
maldición, hemos sido diferentes. Bestiales. Feos. Despreciables.
Cascarrabias. Hacemos las cosas que sabemos que no debemos hacer y
después nos preguntamos por qué las hicimos.
La otra noche, seguramente la parte fea de mí mostró mi rostro de
bestia. Me encontraba conduciendo mi vehículo por una carretera de dos
carriles que estaban a punto de convertirse en uno solo. Una señora
detrás de mí conducía su vehículo por el carril que continuaría. Yo
estaba en el que desaparecería. Decidí que tenía que seguir delante de
ella. Sin duda, mi agenda era mucho más importante que la de ella.
Después de todo ¿no soy yo un hombre especial? ¿Un mensajero de
amor? ¿Un embajador de paz?
Así es que aceleré.
¿Qué? Sí, ella lo hizo también. Cuando mi carril se terminó, ella estaba
centímetros adelante. Refunfuñé, pero dejé que me adelantara. Mirando
por sobre su hombro, ella me hizo una seña de adiós con su cara llena
de risa. Grrrr.
Quise encender las luces de mi auto, pero me detuve; sin embargo, la
parte siniestra de mí saltó para decirme: «¿Por qué no? ¿No has sido
llamado a proyectar luz en los lugares oscuros? ¿A iluminar las
sombras?»
Así es que puse las luces altas que chocaron violentamente contra su
espejo retrovisor.
Ella se vengó disminuyendo la marcha. Ahora iba a la vuelta de la rueda.
¡Esta dama se las traía! No se habría apurado aunque hubiese sabido
que toda la ciudad de San Antonio estaba atrasada. No pasaba de las
quince millas por hora. Yo, ante esa situación, no estaba dispuesto a
quitar las luces de su espejo retrovisor. Como dos burros taimados, ella
se mantuvo avanzando lentamente y yo alumbrándola. Después de una
serie de pensamientos que no me atrevo a expresar, el camino se
amplió de nuevo de modo que empecé a tratar de pasarla. ¿Y sabes qué
vino ahora? En una intersección, una luz roja nos dejó parados uno al
lado del otro. Lo que ocurrió entonces contiene buenas y malas noticias.
La buena es que me hizo un gesto con la mano. La mala es que mejor no
trates de imaginarte en qué consistió su gesto.
Momentos después, comenzó el remordimiento. «¿Por qué habré hecho
eso?» Yo soy, por naturaleza, un tipo tranquilo, pero esta vez y por
quince minutos, me comporté como una bestia. Solo dos cosas me
tranquilizan. Una, que no tengo la figura de un pez adherida a mi auto; y
dos, que el apóstol tuvo problemas similares. «No hago lo que quiero,
sino lo que no quiero, eso hago» ( Romanos 7.15 ). ¿Alguna vez se han
aplicado estas palabras también a ti?
Si la respuesta es afirmativa, entonces estás en buena compañía. Pablo
no es el único personaje de la Biblia que tuvo que trenzarse a golpes con
la bestia que había dentro de él. Difícilmente se podría encontrar una
página de la Escritura donde el animal no muestre los dientes. El rey
Saúl atacando al joven David con una lanza. Siquem violando a Dina. Los
hermanos de Dina (los hijos de Jacob) dando muerte a Siquem y sus
amigos. Lot tratando de negociar con los hombres de Sodoma y luego
huyendo apresuradamente de allí. Herodes asesinando a los niños de
Belén. Otro de los Herodes dando muerte al primo de Jesús. Si a la Biblia
se la conoce como el Libro de Dios, no es precisamente porque la gente
que aparece en ella hayan sido unos santitos. A través de sus páginas la
sangre corre tan libremente como la tinta a través de la pluma que las
relata. Pero la maldad de la bestia nunca fue tan grande como el día que
Cristo murió.
Los discípulos primero fueron rápidos para quedarse dormidos y luego
fueron rápidos para irse.
Herodes quería montar un espectáculo.
Pilato quería quitárselo de encima.
¿Y los soldados? Querían sangre.
Así es que azotaron a Jesús. El azote legionario estaba formado por
tiras de cuero con pequeñas bolas de plomo en sus puntas. Lo que se
quería conseguir con eso era golpear al acusado hasta dejarlo medio
muerto y luego parar. La ley permitía treinta y nueve azotes, pero casi
nunca se llegaba a este número. Un centurión vigilaba la condición del
preso. Cuando le soltaron las manos y se desplomó, no hay duda que
Jesús estaba cerca de la muerte.
Los azotes fueron lo primero que hicieron los soldados.
La crucifixión fue lo tercero. (No, no me he saltado la segunda cosa.
Volveremos a eso en un momento.) Aunque su espalda estaba
completamente destrozada por los azotes, los soldados pusieron el
travesaño de la cruz sobre los hombros de Jesús e iniciaron así la
marcha hacia el Lugar de la Calavera donde lo ejecutaron.
No culpamos a los soldados por estas dos acciones. Después de todo,
solo cumplían órdenes. Pero lo que cuesta entender es lo que hicieron
mientras tanto. Esta es la descripción que hace Mateo:
Jesús fue golpeado con azotes y entregado a los soldados para que lo
crucificaran. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio del
gobernador y allí se reunieron alrededor de él. Le quitaron la ropa y le
pusieron una túnica roja. Usando ramas con espinas, hicieron una cruz,
se la pusieron en la cabeza y le pusieron un palo en su mano derecha.
Luego los soldados se inclinaron ante Jesús y se
mofaron de él, diciendo: «¡Salve. Rey de los judíos!» Y lo escupieron.
Luego le quitaron el palo y empezaron a golpearlo con él en la cabeza.
Después que hubieron terminado de hacerlo, le sacaron la túnica y lo
volvieron a vestir con su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo ( Mateo
27.27–31 ).
La tarea de los soldados no era otra que llevar al nazareno al cerro y
ejecutarlo. Pero ellos tenían otra idea. Antes de matarlo, querían
divertirse un poco con él. Soldados robustos, armados y descansados
formaron un círculo alrededor de un carpintero de Galilea desfalleciente
y casi muerto, y se dedicaron a golpearlo.
Los azotes fueron ordenados, lo mismo que la crucifixión. ¿Pero quién
podría encontrar placer en escupir a un hombre medio muerto?
Jamás un escupitajo puede herir el cuerpo. No puede. Se escupe para
hacer daño en el alma, y ahí sí que es efectivo. ¿Qué era lo que los
soldados estaban haciendo? ¿No se estaban elevando a expensas de
otro? Se sentían grandes a través de empequeñecer a Cristo.
¿No has hecho eso tú también alguna vez? Quizás nunca hayas escupido
a alguien, pero sí has hablado mal de él (o de ella). O quizás lo has
calumniado. ¿Has alzado alguna vez tu mano impulsado por la ira, o
quitado la vista con arrogancia? ¿Has alguna vez lanzado tus luces altas
sobre el espejo retrovisor de alguien? ¿Has alguna vez hecho que
alguien se sienta mal para tú sentirte bien?
Eso fue lo que los soldados hicieron a Jesús. Cuando tú y yo hacemos lo
mismo, también se lo estamos haciendo a Jesús. «Te puedo asegurar
que cuando lo hiciste a uno de los últimos de estos mis hermanos y
hermanas, me lo estabas haciendo a mí» ( Mateo 25.40 ). Como
tratamos a los demás, así tratamos a Jesús.
«No Max, no me gusta oírte decir esas cosas», protestas tú. Créeme, a
mí tampoco me gusta decirlas, pero debemos enfrentar el hecho que
hay algo bestial dentro de cada uno de nosotros. Alguien que nos hace
hacer cosas que aun a nosotros nos sorprenden. ¿No te has sorprendido
a ti mismo? ¿No te has visto reflejado en algo que has hecho y que te ha
hecho preguntarte: «¿Qué hay dentro de mí?»
Para esa pregunta, la Biblia tiene una respuesta de seis letras: P-E-C- A-
D-O. Hay algo malo -bestial- dentro de cada uno de nosotros. «Por
naturaleza somos hijos de ira» ( Efesios 2.3 ). No es que no podamos
hacer lo bueno. Lo hacemos. Lo que pasa es que no podemos dejar de
hacer lo malo. En términos teológicos estamos «totalmente
depravados». Aunque hechos a la imagen de Dios, hemos caído.
Tenemos corrompido el corazón. El centro de nuestro ser es egoísta y
perverso. David dijo: «Nací en pecado, sí, desde el momento en que mi
madre me concibió» ( Salmo 51.5 ). ¿Podría alguien de nosotros decir
menos que eso? Todos hemos nacido con una tendencia a pecar. La
depravación es un estado universal. La Escritura lo dice claramente:
Como ovejas nos hemos extraviado; cada uno se ha ido por su propio
camino ( Isaías 53.6 ).
El corazón es engañoso sobre todas las cosas, y perverso. ¿Quién podría
entenderlo? ( Jeremías 17.9 )
No hay justo ni aun uno... Todos han pecado y no han alcanzado la gloria
de Dios ( Romanos 3.10 , 23 ).
Es posible que alguien no esté de acuerdo con palabras tan fuertes;
quizás tal persona podría mirar a su alrededor y decir: «Comparado con
fulano, yo soy una persona decente». Un cerdo podría decir lo mismo.
Podría mirar a sus pares y declarar: «Estoy tan limpio como cualquiera
de estos». Comparado con un ser humano, sin embargo, ese cerdo
necesita ayuda. Comparados con Dios, nosotros los humanos
necesitamos lo mismo. La medida para la santidad no se encuentra
entre los cerdos de la tierra sino en el trono del cielo. Dios mismo es la
medida.
Nosotros somos unas bestias. Como el ensayista francés Michel de
Montaigne dijo: «No hay hombre tan bueno que, si sometiera todos sus
pensamientos y actos a las leyes, no merezca ser colgado diez veces en
su vida». 1 Nuestras obras son feas. Nuestros actos son rudos. No
hacemos lo que queremos, no nos gusta lo que hacemos y, lo que es
peor (sí hay aun algo peor), no podemos cambiar.
Tratamos de hacerlo, ah, sí que tratamos. Pero, «¿Podría un leopardo
cambiar sus manchas? De la misma manera Jerusalén, tú no puedes
cambiar y ser buena porque estás acostumbrada a hacer el mal»
( Jeremías 13.23 ). El apóstol coincide con el profeta: «La mente que es
según la carne es hostil a Dios; no se somete a la ley de Dios porque no
puede » ( Romanos 8.7 , énfasis mío).
¿Aun disientes? ¿Aun piensas que la afirmación es demasiado violenta?
Si es así, acepta este reto. Durante las siguientes veinticuatro horas
trata de vivir una vida sin pecado. No te estoy pidiendo una década de
santidad, ni un año, ni siquiera un mes. Solo un día. ¿Te atreves a
intentarlo? ¿Podrías vivir un día sin pecar?
¿No? ¿Y una hora? ¿Estarías en condiciones de prometer que por los
siguientes sesenta minutos tendrás solo pensamientos y acciones puros?
¿Sigues indeciso? ¿Y cinco minutos? Cinco minutos libres de ansiedades,
de irritación, de ausencia de orgullo. ¿Qué te parece cinco minutos?
¿No? Ni yo tampoco.
Esto quiere decir que tenemos un problema: Somos pecadores, y «el
salario del pecado es la muerte» ( Romanos 6.23 ).
1 Michel de Montaigne, Quote Unquote, citado en Lloyd Cory ed.,
(Wheaton, Ill.: Victor Books, 1977), 297:
Tenemos un problema: No somos santos, y «nadie cuya vida no sea
santa verá jamás al Señor» ( Hebreos 12.14 ).
Tenemos un problema: Somos malos, y «los malos recibirán castigo»
( Proverbios 10.16 ).
¿Qué podemos hacer?
Deja que los escupitajos de los soldados simbolicen la inmundicia en
nuestros corazones. Y luego observa lo que hace Jesús con nuestra
inmundicia. La lleva a la cruz.
A través del profeta, él dice: «Yo no escondí mi rostro de las burlas y los
escupitajos» ( Isaías 50.6 ). Mezclada con su sangre y su sudor estaba la
esencia de nuestro pecado.
Dios pudo haber hecho las cosas de otra manera. Según el plan de Dios,
a Jesús se le ofreció vinagre para su garganta; entonces, ¿por qué no
una toalla para su rostro? Simón cargó con la cruz de Jesús, pero no
limpió las mejillas de Jesús. Los ángeles estaban a tiro de oración. ¿No
podían ellos limpiar los escupitajos?
Podían, pero Jesús no les dio la orden para que lo hicieran. Por alguna
razón, Aquel que escogió los clavos también escogió la saliva. Además
de la lanza y la esponja del hombre, soportó el escupitajo del hombre.
¿Por qué? ¿Será que él pudo ver la belleza que había en la bestia?
Pero aquí termina la comparación con la Bella y la Bestia . En la fábula,
la bella besa a la bestia. En la Biblia, la Bella hace mucho más. Se hace
la bestia para que esta llegue a ser la bella. Jesús cambia lugar con
nosotros. Nosotros, como Adán, estábamos bajo maldición, pero Jesús
«cambió lugar con nosotros y se puso a sí mismo bajo esa maldición»
( Gálatas 3.13 ).
¿Qué habría ocurrido si la Bella no hubiese venido? ¿O que no se hubiera
interesado en nosotros? Habríamos permanecido siendo bestias. Pero la
Bella vino, y la Bella se preocupó de nosotros.
El que estaba sin pecado tomó la forma de un pecador para que
nosotros, pecadores, pudiéramos tomar la forma de un santo.
3
«YO LOS AMÉ TANTO QUE ME HICE COMO
UNO DE USTEDES»
LA PROMESA DE DIOS EN LA CORONA DE ESPINAS
Dios se agradó que todo él viviera en Cristo.
Colosenses 1.19
La Palabra se hizo carne e hizo su morada entre nosotros. Hemos visto
su gloria, la gloria del Unigénito, quien vino del Padre, lleno de gracia y
verdad.
Juan 1.14
Yo y el Padre somos uno.
Juan 10.30
Ustedes fueron comprados, no con algo que perece como el oro y la
plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, quien fue como un cordero
puro y perfecto. Cristo fue escogido antes de que el mundo fuera hecho,
pero fue mostrado
al mundo en estos últimos tiempos para su beneficio.
1 Pedro 1.18-20
Él no solo entendió perfectamente nuestro caso y nuestro problema,
sino que lo ha resuelto moral, activamente
y para siempre.
P.T. Forsyth
Sabes qué es lo más maravilloso sobre el regreso de Cristo? ¿Sabes cuál
es la parte más notable de la encarnación?
No solo que cambió eternidad por calendarios. Aunque tal cambio
merece nuestra atención.
La Escritura dice que el número de los años de Dios es inescrutable
( Job 36.26 ). Podemos ir para atrás en la historia hasta el momento en
que la primera onda del mar besó las orillas, o la primera estrella
alumbró en el cielo, pero nunca lograremos establecer el momento
exacto en que Dios fue Dios, porque ese momento no existe. No hay un
momento en que Dios no haya sido Dios. Él nunca no ha sido , porque es
eterno. Dios no está sujeto al tiempo.
Pero todo esto cambió cuando Jesús vino a la tierra. Por primera vez oyó
una frase que no se usaba en el cielo: «Ha llegado la hora». Cuando era
un niño, tuvo que abandonar el Templo porque había llegado el
momento de hacerlo. Cuando era ya un hombre, tuvo que salir de
Nazaret porque era el tiempo en que tenía que salir de allí. Como
Salvador, tuvo que morir porque el tiempo de hacerlo había llegado.
Durante treinta y tres años, el semental del cielo tuvo que vivir en el
corral del tiempo.
Esto es, ciertamente, notable, pero todavía hay más.
¿Quieres ver la joya más brillante del tesoro de la encarnación? Quizás
pienses que sea el tener que vivir dentro de un cuerpo. En un momento,
él era un espíritu sin limitaciones, y al siguiente, era carne y huesos.
¿Recuerdas estas palabras del rey David? «¿A dónde puedo irme para
alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de ti? Si subo al cielo, allí estás
tú. Si bajo a la tumba, allí tú estás. Si me levanto con el sol en el este y
me pongo en el oeste más allá del mar, incluso allí me guiarás tú»
( Salmos 139.7–10 ).
Nuestra pregunta: «¿Dónde está Dios?» es como si un pez preguntara:
«¿Dónde está el agua?» O un pajarillo preguntara: «¿Dónde está el
aire?» ¡Dios está en todas partes! Igualmente en Pekín que en Peoria.
Tan activo en las vidas de los esquimales como en las de los tejanos. El
dominio de Dios es «de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la
tierra» ( Salmos 72.8 ). No hay un lugar donde no esté Dios.
Pero cuando Dios entró en el tiempo y llegó a ser un ser humano, el que
era infinito llegó a ser finito. Quedó preso en la carne. Restringido por
músculos y párpados con tendencia al cansancio. Por más de tres
décadas, su una vez alcance ilimitado se vio restringido al largo del
brazo y su velocidad al paso del pie de un hombre.
Me pregunto: «¿Estuvo alguna vez tentado a recuperar su infinitud?
¿Habrá considerado, en medio de un largo viaje, trasladarse
milagrosamente a la siguiente ciudad? ¿Se habrá sentido tentado alguna
vez, cuando la lluvia fría entumecía sus huesos, cambiar las condiciones
climáticas? ¿Y no habrá querido, cuando el calor secaba sus labios,
sumergirse en el Caribe en busca de alivio?
Si alguna vez tuvo estos pensamientos, nunca cedió a ellos. Ni una sola
vez. Jamás usó Cristo sus poderes sobrenaturales para beneficio
personal. Con una sola palabra habría podido transformar la dura tierra
en suave lecho, pero no lo hizo.Con un movimiento de su mano pudo
haber devuelto en el aire los escupitajos de sus acusadores y hacer
blanco en sus rostros, pero no lo hizo. Con un levantar de sus cejas pudo
haber paralizado el brazo del soldado que le incrustaba la corona de
espinas. Pero no lo hizo.
Notable. ¿Pero será esto lo más extraordinario de su venida? Muchos
quizás digan que no. Otros tantos, quizás en mayor número, es posible
que apunten más allá de su condición de infinito, a su condición de
impecabilidad. Es fácil comprender por qué.
¿No es este el mensaje de la corona de espinas?
Un soldado no identificado tomó ramas: suficientemente maduras como
para tener espinas, suficientemente flexibles como para doblarse e hizo
con ellas una corona de escarnio, una corona de espinas.
A través de la Escritura las espinas simbolizan, no el pecado, sino la
consecuencia del pecado. ¿Recuerdas el Edén? Después que Adán y Eva
hubieron pecado, Dios maldijo la tierra: «Así es que pondré una
maldición en la tierra... La tierra producirá espinas y maleza para ti, y tú
comerás las plantas del campo» ( Génesis 3.17–18 ). Zarzas en la tierra
son el producto del pecado en el corazón.
Esta verdad halla eco en las palabras de Dios a Moisés. Ordenó a los
israelitas limpiar la tierra de los pueblos impíos. Habría problemas si
desobedecían. «Pero si no echan a estos pueblos fuera de la tierra, les
traerán dificultades. Serán como afilados cuchillos en sus ojos y espinas
en sus costados» ( Números 33.55 ).
La rebelión produce espinas. «La vida de la gente mala es como camino
cubierto con espinas y trampas» ( Proverbios 22.5 ). Incluso Jesús
comparó la vida de la gente perversa a espinos. Al hablar de los profetas
falsos, dijo: «Conocerán a estas gentes por lo que hacen. Los espinos no
pueden producir uvas, y los abrojos no pueden producir higos» ( Mateo
7.16 ).
El fruto del pecado es espinas. Púas, lancetas afiladas que cortan.
Pongo especial énfasis en las espinas para decirte algo en lo cual quizás
nunca habías pensado: Si el fruto del pecado es espinas, ¿no es la
corona de espinas en las sienes de Cristo un cuadro del fruto de nuestro
pecado que atravesó su corazón?
¿Cuál es el fruto del pecado? Adéntrate en el espinoso terreno de la
humanidad y sentirás unas cuantas punzadas. Vergüenza. Miedo.
Deshonra. Desaliento. Ansiedad. ¿No han nuestros corazones quedado
atrapados en estas zarzas?
No ocurrió así con el corazón de Jesús. Él nunca ha sido dañado por las
espinas del pecado. Él nunca conoció lo que tú y yo enfrentamos
diariamente. ¿Ansiedad? ¡Él nunca se turbó! ¿Culpa? Él nunca se sintió
culpable. ¿Miedo? Él nunca se alejó de la presencia de Dios. Jesús nunca
conoció los frutos del pecado... hasta que se hizo pecado por nosotros.
Y cuando tal cosa ocurrió, todas las emociones del pecado se volcaron
sobre él, como sombras en una foresta. Se sintió ansioso, culpable, solo.
¿No lo ves en la emoción de su clamor?: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has desamparado?» ( Mateo 27.46 ). Estas no son las palabras de un
santo. Es el llanto de un pecador.
Y esta oración es una de las partes más destacadas de su venida. Pero
aun puedo pensar en algo todavía más grande. ¿Quieres saber qué es?
¿Quieres saber qué es lo más maravilloso de su venida?
No es que Aquel que jugaba canicas con las estrellas haya renunciado a
eso para jugar con canicas comunes.
No es que él, en un instante, haya pasado de no necesitar nada a
necesitar aire, comida, un chorro de agua caliente y sales para sus pies
cansados y, más que todo eso, necesitaba a alguien -cualquiera- que
estuviera más preocupado sobre dónde iría a pasar la eternidad que
dónde gastaría su cheque del viernes.
No que haya mantenido la calma mientras la docena de sus mejores
amigos sintieron el calor y se apresuraron a salir de la cocina. Ni que no
haya dado la orden a los ángeles, que le rogaban: «Solo danos la orden,
Señor. Una sola palabra y estos demonios se transformarán en huevos
revueltos».
No que se haya negado a defenderse cuando cargó con cada pecado de
cada disoluto desde Adán. Ni que haya guardado silencio mientras un
millón de veredictos de culpabilidad resonaban en el tribunal del cielo y
el dador de la luz quedaba en medio de la fría noche de los pecadores.
Ni siquiera que después de aquellos tres días en el hueco oscuro haya
salido al sol de la Pascua con una sonrisa y un contoneo y una pregunta
para el humillado Lucifer: «¿Fue ese tu mejor golpe?»
Eso fue fantástico, increíblemente fantástico.
¿Pero quieres saber que fue lo más maravilloso de Aquel que cambió la
corona de los cielos por una corona de espinas?
Que lo hizo por ti. Sí, por ti.
4
«YO TE PERDONO»
LA PROMESA DE DIOS EN LOS CLAVOS
Él perdonó todos nuestros pecados. Él canceló la deuda, que incluía la
lista de todas las leyes que habíamos violado. Él quitó la lista con las
leyes y la clavó en la cruz.
Colosenses 2.13-14
Cuando decimos que los méritos de Cristo proveen la gracia para
nosotros estamos diciendo que hemos sido purificados
por su sangre, y que su muerte fue una expiación por nuestros pecados.
Juan Calvino
No hay diferencia, porque todos hemos pecado y hemos quedado fuera
de la gloria de Dios, y somos justificados libremente por su gracia
mediante la redención que vino por Cristo Jesús. Dios se ofreció como un
sacrificio de expiación mediante la fe en su sangre.
Romanos 3.22-25
Para todos de una vez todos los pecados son expiados en la Cruz, toda
la Caída es borrada, y toda la sujeción
a Satanás y toda la sentencia producto de la caída de Adánes borrada,
cancelada y anulada por los clavos de
Jesús.
Conde Nicolás Ludwig von Zinzendorf
Él nunca me habría pedido que guardara la lista. No me atreví a
mostrársela. Es un excelente constructor, un amigo muy querido. Él nos
ha construido una gran casa. Pero la casa tiene sus fallas.
Solo esta semana me di cuenta de ellas. Porque no fue sino hasta esta
semana que empecé a vivir en la casa. Una vez que te estableces en un
lugar, te percatas de cada detalle.
«Haz una lista de todo», me dijo.
«Está bien».
La puerta de uno de los dormitorios no cierra. La ventana del cuarto
de guardar cosas está rota. Alguien olvidó instalar el toallero en el
cuarto de las niñas. Alguien también olvidó colocar la perilla en el
estudio. Como dije, la casa es preciosa pero la lista suma y sigue.
Al mirar la lista de los errores cometidos por los constructores, pensé en
que Dios seguramente está haciendo una lista de mí. Después de todo
¿no ha hecho Él su residencia en mi corazón? Y si veo defectos en mi
casa, imagínate lo que Él verá en mí. ¿Te atreverías a pensar en la lista
que Él estará haciendo de tu vida?
Los goznes de la puerta del cuarto de oración se han enmohecido debido
a que la puerta no se abre casi nunca.
La estufa llamada celos está sobrecalentada.
El piso del ático está recargado con demasiados lamentos. El sótano
está hasta el tope de secretos.
¿No habría alguien que quisiera correr el postigo y liberar el aire de
pesimismo de este corazón?
La lista de nuestras debilidades. ¿Querrías ver la tuya? ¿Te gustaría
hacerla pública? ¿Cómo te sentirías si fuera exhibida de modo que todos,
incluyendo Cristo mismo, pudiera verla?
¿Quieres que te lleve al momento en que tal cosa ocurrió?
Sí, hay una lista de tus fracasos. Cristo ha escrito tus defectos. Y sí, esa
lista se ha hecho pública. Pero tú no la has visto. Ni yo tampoco.
Ven conmigo al cerro del Calvario y te diré por qué.
Observa a los que empujan al Carpintero para que caiga y estiran sus
brazos sobre el madero travesaño. Uno presiona con su rodilla sobre el
antebrazo mientras pone un clavo sobre su mano. Justo en el momento
en que el soldado alza el martillo, Jesús vuelve la cabeza para mirar el
clavo.
¿No pudo Jesús haber detenido el brazo del soldado? Con un leve
movimiento de sus bíceps, con un apretón de su puño pudo haberse
resistido. ¿No se trataba de la misma mano que calmó la tempestad,
limpió el templo y derrotó a la muerte?
Pero el puño no se cerró... y nada perturbó el desarrollo de la tarea.
El mazo cayó, la piel se rompió y la sangre empezó a gotear y luego a
manar en abundancia. Vinieron entonces las preguntas: ¿Por qué? ¿Por
qué Jesús no opuso resistencia?
«Porque nos amaba», contestamos. Es verdad. Una verdad maravillosa
aunque, perdóname, una verdad parcial. Él tuvo más que esa razón. Vio
algo que lo hizo mantenerse sumiso. Mientras el soldado le presionaba el
brazo Jesús volvió la cabeza hacia el otro lado, y con su mejilla
descansando sobre el madero, vio:
¿Un mazo? Sí.
¿Un clavo? Sí.
¿La mano del soldado? Sí.
Pero vio algo más. Vio la mano de Dios. Parecía la mano de un
hombre. Dedos largos y manos callosas, como los de un carpintero. Todo
parecía normal, pero estaba lejos de serlo.
Esos dedos formaron a Adán del barro y escribieron verdades en tablas
de piedra.
Con un movimiento, esta mano derribó la torre de Babel y abrió el Mar
Rojo.
De esta mano fluyeron las langostas que cubrieron Egipto y los cuervos
que alimentaron a Elías.
¿Podría sorprender a alguien que el salmista celebrara la liberación,
diciendo: «Tú dirigiste a las naciones con tu mano... Fue tu mano
derecha, tu brazo y la luz de tu complacencia» ( Salmos 44.2–3 ).
La mano de Dios es una mano poderosa.
Oh, las manos de Jesús. Manos de encarnación en su nacimiento. Manos
de liberación al sanar. Manos de inspiración al enseñar. Manos de
dedicación al servir. Y manos de salvación al morir.
La multitud en la cruz entendió que el propósito al martillar era clavar
las manos de Cristo a un madero. Pero esto es solo la mitad de la
verdad. No podemos culparlos por no ver la otra mitad. No podían verla.
Pero Jesús sí. Y el cielo. Y nosotros.
A través de los ojos de la Escritura vemos lo que otros no vieron pero
Jesús sí vio. «Él dejó sin efecto el documento que contenía los cargos
contra nosotros. Los tomó y los destruyó, clavándolos a la cruz de
Cristo» ( Col. 2.14 ).
Entre sus manos y la madera había una lista. Una larga lista. Una lista de
nuestras faltas: nuestras concupiscencias y mentiras y momentos de
avaricia y nuestros años de perdición. Una lista de nuestros pecados.
Suspendida de la cruz hay una lista pormenorizada de tus pecados. Las
malas decisiones del año pasado. Las malas actitudes de la semana
pasada. Allí abierta a la luz del día para que todos los que están en el
cielo puedan verla, está la lista de tus faltas.
Dios ha hecho con nosotros lo que yo estoy haciendo con nuestra casa.
Ha hecho una lista de nuestras faltas. Sin embargo, la lista que Dios ha
hecho no se puede leer. Las palabras no se pueden descifrar. Los errores
están cubiertos. Los pecados están escondidos. Los que están al
principio de la lista están ocultos por su mano; los de debajo de la lista
están cubiertos por su sangre. Tus pecados están «borroneados» por
Jesús. «Él te ha perdonado todos tus pecados: él ha limpiado
completamente la evidencia escrita de los mandamientos violados que
siempre estuvieron sobre nuestras cabezas, y los ha anulado
completamente al ser clavado en la cruz» ( Colosenses 2.14 ).
Por esto es que no cerró el puño. ¡Porque vio la lista! ¿Qué lo hizo
resistir? Este documento, esta lista de tus faltas. Él sabía que el precio
de aquellos pecados era la muerte. Él sabía que la fuente de tales
pecados eras tú, y como no pudo aceptar la idea de pasar la eternidad
sin ti, escogió los clavos.
La mano que clavaba la mano no era la de un soldado romano. La fuerza
detrás del martillo no era la de una turba enfurecida. El veredicto detrás
de la muerte no fue una decisión de judíos
celosos.
Jesús mismo escogió los clavos.
Por eso, la mano de Jesús se abrió. Si el soldado hubiera vacilado,
Jesús mismo habría alzado el mazo. Él sabía cómo. Para él no era
extraño clavar clavos. Como carpintero sabía cómo hacerlo. Y como
Salvador, sabía lo que eso significaba. Sabía que el propósito del clavo
era poner tus pecados donde pudieran ser escondidos por su sacrificio y
cubiertos por su sangre.
De modo que Jesús mismo usó el martillo.
La misma mano que calmó la mar borra tu culpa.
La misma mano que limpió el templo limpia tu corazón. La mano es la
mano de Dios.
El clavo es el clavo de Dios.
Y como las manos de Jesús se abrieron para el clavo, las puertas del
cielo se abrieron para ti.
escribieron verdades en tablas de piedra.
Con un movimiento, esta mano derribó la torre de Babel y abrió el Mar
Rojo.
De esta mano fluyeron las langostas que cubrieron Egipto y los cuervos
que alimentaron a Elías.
¿Podría sorprender a alguien que el salmista celebrara la liberación,
diciendo: «Tú dirigiste a las naciones con tu mano... Fue tu mano
derecha, tu brazo y la luz de tu complacencia» ( Salmos 44.2–3 ).
La mano de Dios es una mano poderosa.
Oh, las manos de Jesús. Manos de encarnación en su nacimiento. Manos
de liberación al sanar. Manos de inspiración al enseñar. Manos de
dedicación al servir. Y manos de salvación al morir.
La multitud en la cruz entendió que el propósito al martillar era clavar
las manos de Cristo a un madero. Pero esto es solo la mitad de la
verdad. No podemos culparlos por no ver la otra mitad. No podían verla.
Pero Jesús sí. Y el cielo. Y nosotros.
A través de los ojos de la Escritura vemos lo que otros no vieron pero
Jesús sí vio. «Él dejó sin efecto el documento que contenía los cargos
contra nosotros. Los tomó y los destruyó, clavándolos a la cruz de
Cristo» ( Col. 2.14 ).
Entre sus manos y la madera había una lista. Una larga lista. Una lista de
nuestras faltas: nuestras concupiscencias y mentiras y momentos de
avaricia y nuestros años de perdición. Una lista de nuestros pecados.
Suspendida de la cruz hay una lista pormenorizada de tus pecados. Las
malas decisiones del año pasado. Las malas actitudes de la semana
pasada. Allí abierta a la luz del día para que todos los que están en el
cielo puedan verla, está la lista de tus faltas.
Dios ha hecho con nosotros lo que yo estoy haciendo con nuestra casa.
Ha hecho una lista de nuestras faltas. Sin embargo, la lista que Dios ha
hecho no se puede leer. Las palabras no se pueden descifrar. Los errores
están cubiertos. Los pecados están escondidos. Los que están al
principio de la lista están ocultos por su mano; los de debajo de la lista
están cubiertos por su sangre. Tus pecados están «borroneados» por
Jesús. «Él te ha perdonado todos tus pecados: él ha limpiado
completamente la evidencia escrita de los mandamientos violados que
siempre estuvieron sobre nuestras cabezas, y los ha anulado
completamente al ser clavado en la cruz» ( Colosenses 2.14 ).
Por esto es que no cerró el puño. ¡Porque vio la lista! ¿Qué lo hizo
resistir? Este documento, esta lista de tus faltas. Él sabía que el precio
de aquellos pecados era la muerte. Él sabía que la fuente de tales
pecados eras tú, y como no pudo aceptar la idea de pasar la eternidad
sin ti, escogió los clavos.
La mano que clavaba la mano no era la de un soldado romano. La fuerza
detrás del martillo no era la de una turba enfurecida. El veredicto detrás
de la muerte no fue una decisión de judíos
celosos.
Jesús mismo escogió los clavos.
Por eso, la mano de Jesús se abrió. Si el soldado hubiera vacilado,
Jesús mismo habría alzado el mazo. Él sabía cómo. Para él no era
extraño clavar clavos. Como carpintero sabía cómo hacerlo. Y como
Salvador, sabía lo que eso significaba. Sabía que el propósito del clavo
era poner tus pecados donde pudieran ser escondidos por su sacrificio y
cubiertos por su sangre.
De modo que Jesús mismo usó el martillo.
La misma mano que calmó la mar borra tu culpa.
La misma mano que limpió el templo limpia tu corazón. La mano es la
mano de Dios.
El clavo es el clavo de Dios.
Y como las manos de Jesús se abrieron para el clavo, las puertas del
cielo se abrieron para ti.