Comunicación y Cultura en el Imperialismo
Comunicación y Cultura en el Imperialismo
El campo específico -> lenguajes sociales. El campo será el de la producción social de la significación,
ese campo que la ideología burguesa llama “la cultura”.
Es necesario interrogar acerca de las maneras en que se puede establecer una relación entre la
producción del sentido y la dinámica generada por la movilización popular.
Tendrá una importancia particular las “comunicaciones masivas”. En cuanto a la modalidad, se torna
necesaria la inserción en la estrategia de las luchas populares contra la explotación externa e interna, y
la necesidad de la producción de conocimiento.
Se habla de producción social de la significación porque la significación no puede ser separada del
funcionamiento de la sociedad en su conjunto. La significación es el producto de un trabajo social,
resulta de una práctica que opera dentro de la sociedad. Es necesario señalar ciertas perspectivas que se
consideran erróneas, insuficientes o parciales.
Estas perspectivas tienen todas en común su naturaleza reduccionista. El fenómeno de la “cultura” se
presenta como un todo articulado en una multitud de niveles heterogéneos y contradictorios. Todo
reduccionismo resulta de la reproducción acrítica de esa “presentación”.
Cada reduccionismo puede pasar por un momento de elaboración teórica, pero al mismo tiempo está
lisa y llanamente determinado por una ideología y una política arraigadas a la coyuntura.
Un recuento de los reduccionismos:
- Rigor teórico: es necesario asegurar las condiciones para que sea efectiva la producción
de conocimientos. Reconocimiento de que los conocimientos que se pueden producir
resultarán siempre comprometidos y obstaculizados por los reduccionismos.
- Necesidad de una tarea crítica político-ideológica que asegure el cumplimiento del
punto 1).
- Reconocimiento de la especificidad histórica de los países del Tercer Mundo en su
combate por la liberación, especificidad que puede hacer posible la emergencia de
nuevas formas de cultura.
Los textos, en tanto mercancías, están siempre incluidos en un complejo ciclo productivo. Con el
fin de construir la “historia social de los textos” es necesario ubicar a estos últimos en el
contexto de los procesos sociales de producción, distribución y consumo de significaciones.
Eliseo Verón considera al sentido como un producto social y es por esto que piensa a los textos
insertos en una matriz social, y esta inserción es arte constitutiva de su significación.
El segundo postulado especifica al primero. Introduce la idea de que la producción del sentido
aparece organizada en diferentes prácticas. En la medida en que los grupos sociales que
desenvuelven estas diferentes prácticas no están relacionados del mismo modo con la
estructura de clases (y por lo tanto, con la estructura de poder), las condiciones históricas para
el desarrollo de cada práctica productiva no son siempre las mismas.
Cada sociedad impone condiciones particulares a la producción social del sentido y del
conocimiento. Dentro de cada formación social, la “cultura” se articula bajo la forma de un
conjunto de sub-campos, correspondientes a las diferentes prácticas en las que consiste la
producción social de la significación.
La comparación entre Argentina y Chile es una buena oportunidad para estudiar la inserción diferencial
del “estructuralismo” por las condiciones estructurales diferentes para la producción de significación.
Tanto en Argentina como en Chile, es Francia el centro principal desde el cual el estructuralismo se
importó. Esto significa que cuando empiezan a aparecer los trabajos locales, las fuentes bibliográficas
citadas son las mismas en ambos países.
Sin embargo, el estructuralismo tiene un destino cultural diferente en cada uno de estos países y su
“impacto” ha sido distinto. La producción de conocimiento en los países dependientes del Tercer Mundo
se manifiesta en cada caso bajo distinta forma.
Verón habla del estructuralismo y la semiología como formando un mismo “paquete” ideológico ->
dicho tratamiento es correcto por la influencia del pensamiento de Lévi-Strauss en la “primera
semiología” (de los ’60). Po otro lado, tanto el estructuralismo como la “primera semiología” tienen una
raíz común en la lingüística estructural inspirada en Saussure. Lo importante no es analizar en sí mismas
las obras de Lévi-Strauss, Barthes u otros autores. Lo que interesa es su impacto ideológico en la región,
y particularmente en Argentina y en Chile. En consecuencia, queda excluida también toda comparación
entre dichas fuentes y su “interpretación” regional.
Durante este primer periodo (1959-1966) los “enemigos ideológicos” estuvieron localizados en
los grupos tradicionales más conservadores, particularmente en Antropología. La introducción
de los trabajos de Lévi-Strauss en Argentina no tuvo nada que ver con los estudios
antropológicos, lo cual es ya una marca característica de una cultura dependiente.
El año 1966 como fin de la primera etapa de la influencia estructuralista en Argentina no fue
elegido al azar: corresponde al golpe militar que derroca a Illia. La “modernización” universitaria
se intentó en el marco de los varios esfuerzos realizados entre 1955-1966 por mantener las
apariencias del “juego democrático” y a la vez asegurar la completa exclusión del movimiento
obrero. El golpe militar de 1966 responde a un doble proceso: por un lado las crecientes
dificultades para mantener en esa situación al movimiento obrero por parte de un gobierno
civil. Y por otro lado los cambios en la situación del imperialismo a nivel internacional, cuyas
exigencias de penetración económica y política reclaman ya otro tipo de conducción a nivel
local.
Por otra parte, comienzan a difundirse las primeras versiones de la “semiología” como
desarrollos distintos del estructuralismo propiamente dicho. Al mismo tiempo, las influencias
del estructuralismo y de la semiología se diversifican en los distintos campos culturales. En este
segundo periodo ocurre un crecimiento notorio de la producción local, tanto en el área de las
ciencias sociales como en la filosofía, la epistemología, la crítica literaria, etc. En este periodo se
multiplican también los adversarios ideológicos.
parte, comenzaron a reclutar sus miembros en los grupos profesionales.
Es a partir de la etapa de institucionalización que se constituyó un equipo de investigaciones
sobre mecanismos ideológicos en las comunicaciones masivas, que trabajó sin interrupción
entre 1976-1970.
En 1969 aparecen en Chile las primeras investigaciones inspiradas de una u otra manera por el
estructuralismo y/o la semiología. Esta actividad está instalada desde un punto de vista institucional: la
mayor parte de los investigadores influenciados por el estructuralismo y la semiología pertenecen a
centros universitarios, en particular a la Universidad Católica de Chile.
El año 1969 no es azaroso: se aproxima la elección presidencial y la campaña ya había comenzado.
Salvador Allende, candidato de la Unión Popular compuesta por los seis partidos políticos más
importantes de la izquierda, obtiene el apoyo de numerosos grupos intelectuales dentro de las
universidades que se comprometen activamente en la campaña. Tras el triunfo de Allende, muchos de
ellos asumen responsabilidades oficiales dentro del nuevo gobierno.
La coyuntura política que culmina con el triunfo de Allende es la causa principal del proceso cultural tan
profundo que se desarrolló en Chile entre 1969-1973 y esto es también gracias a los trabajos inspirados
por el estructuralismo.
Las cuestiones vinculadas a la política cultural y a la lucha ideológica tienen particular interés: en un país
caracterizado por instituciones políticas muy estables y una clase media con gran peso, las condiciones
de una transición al socialismo sin lucha armada exigen realizar cambios estructurales y
transformaciones culturales profundas.
Dentro de este contexto, la influencia del estructuralismo y la semiología se concentró en el estudio de
los mecanismos del poder cultural, en particular las comunicaciones masivas. Una vez que el gobierno
popular estuvo en el poder, se establecieron otros objetivos prioritarios:
- Definir estrategias para estimular el nivel de la conciencia social en la nueva situación económico-
política;
- Para amplificar el proceso de participación y movilización de la clase obrera;
- Para explorar nuevas formas de comunicación capaces de iniciar la destrucción de la cultura de clase
existente, dominada por los estereotipos de la burguesía.
En 1969 se definió un programa de investigaciones sobre los lenguajes masivos, bajo la inspiración de
Mattelart. En 1970 sale un número especial llamado “La ideología de la prensa liberal en Chile” que es
un estudio sobre el funcionamiento de los medios masivos en países sometidos a la dominación
imperialista y consideraciones metodológicas sobre la noción de ideología, incluyendo un análisis de
varios ‘mitos’ transmitidos por los medios, como el de la juventud y el del amor romántico.
El más importante blanco del análisis es el principal periódico controlado por la clase dominante chilena,
El mercurio, tradicional representante de la llamada prensa “seria”.
Luego del triunfo de la Unidad Popular, el gobierno expropió una de las editoriales más grandes del país
“Zig-Zag” dedicada a la producción de libros y semanarios de distintas clases. Bajo su nuevo nombre
“Editorial del Estado, Quimantú”, la empresa incorporó a sus equipos de dirección y redacción a
especialistas en comunicaciones masivas y a investigadores orientados hacia la investigación
semiológica. Es en este nuevo rol que Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron su análisis
ideológico del Pato Donald.
¿Cómo romper las formas culturales de la clase dominante? ¿Cómo establecer la mejor manera en
que las comunicaciones masivas pueden contribuir a la movilización política de la clase obrera?
¿Cómo decidir acerca de la importancia relativa que tienen los distintos sectores de clase en esta
coyuntura?
El problema del papel de los medios de comunicación masiva no es planteado como una cuestión de
“propaganda política”. Por el contrario, al menos en muchos de estos intelectuales opera una suerte de
“conciencia semiológica”, una conciencia de la especificidad de los problemas del cambio cultural, no
por eso disociado de los otros procesos de cambio. Esta “conciencia” implica advertir que el problema
de la imaginación y la creatividad culturales asociadas a un proyecto socialista va más allá de la
“propaganda”; que las estructuras de significación de lo ideológico dependen de mecanismos
subyacentes antes que de los contenidos manifiestos.
La pregunta de Lenin
La situación política colocó a muchos investigadores chilenos frente a un “macrolaboratorio social”, que
exige una gran síntesis entre teoría y práctica para obtener resultados concretos, los cuales podrían
además llegar a tener un efecto político y social apreciable.
En términos de prioridades, el gobierno concentra su lucha en el plano económico-político, y no elaboró
ninguna estrategia coherente, de mediano plazo, relacionada al cambio cultural. Dentro de las
polémicas que se han desatado, estos intelectuales se preguntan, como Lenin, qué hacer. Casi por
razones opuestas, los investigadores que en la Argentina están vinculados a la inspiración semiológica
deberían plantearse la misma pregunta.
En Argentina, el estructuralismo y la semiología generaron trabajos teóricos y empíricos que son
marginales dentro del contexto cultural. La inserción de estas orientaciones dentro de las estructuras
universitarias fue interrumpida en 1966. Debido a esta marginalidad, la investigación semiológica estuvo
limitada a pequeños grupos de “especialistas” e “interesados”.
La hipótesis veroniana básica es que este dilema expresa la distorsión intrínseca al proceso de
producción de significaciones (y de conocimiento) en un país dependiente.
Tanto en Argentina como en Chile los semiólogos están interesados en el estudio de los fenómenos
ideológicos. Este foco específico podría otorgar a la investigación semiológica en América Latina su rasgo
distintivo. Este campo de investigación puede permitir obtener resultados que tengan relevancia
política y utilidad práctica en el contexto del combate hacia el socialismo en esta parte del mundo. Pero
el problema central de una teoría semiológica de las ideologías es, para Verón, el problema de los
métodos.
Si la semiología puede tener algún interés para el estudio de los mecanismos ideológicos en el plano de
la sociedad global debe desarrollar un trabajo extremadamente complejo en no menos de dos niveles:
Debemos trabajar sobre conjuntos pequeños de textos; las posibilidades de generalización deben ser
cuidadosamente estudiadas, etc. Ahora, bajo tales condiciones, la teoría y la investigación sobre las
ideologías tiene un interés menos inmediato del que se podría suponer, desde el punto de vista de una
demanda social o política de carácter práctico.
Hay que estar preparados para enfrentar una falta de adecuación. La situación “esperable” y “normal”
en un país dependiente es aquella caracterizada por una contradicción objetiva entre las condiciones
para la inserción política revolucionaria y las condiciones para la producción de conocimientos. Esta
contradicción forma parte de la definición de lo que es el capitalismo dependiente a nivel cultural.
Si se plantea, en un caso particular, la contradicción entre las condiciones impuestas por la investigación
y la intensa demanda social de aplicaciones prácticas que sean políticamente relevantes, el semiólogo se
encuentra ante una alternativa y debe elegir. Optar por la inserción política y abandonar las exigencias
del proceso de producción de conocimientos es una elección perfectamente legítima.
Verón plantea que se debe resolver esta tensión o contradicción por etapas:
Esta es una contradicción que no se puede ignorar, porque al hacerlo, se corre el riesgo de la
marginación.
Casi contradiciendo el punto anterior, es preciso destacar el lugar privilegiado que le otorgaron a los
medios masivos los pensadores políticos mucho antes de la ola actual. Ejemplo: las indicaciones de
Mariano Moreno sobre el uso propagandístico de La Gaceta.
La última década vio florecer nuevas tendencias en la investigación, relacionadas con el estudio de los
sistemas significantes y donde los análisis semiológicos tienen un lugar destacado. Esta línea se opone a
las corrientes norteamericanas clásicas y se muestra útil para develar los contenidos ideológicos de los
mensajes.
Este texto reflexiona sobre el último punto relacionado a nuestra realidad latinoamericana. La necesidad
de reflexión no se produce caprichosamente sino estimulada, al menos, por tres razones:
- Una práctica social directa o indirecta (es decir realizada por otros y asumida por mí) que fue
modificando concepciones que teníamos hace algunos años sobre el papel de los medios
masivos de comunicación;
- La polémica desatada en los últimos tiempos sobre la oposición ciencia vs. ideología (que
incluye la de ciencia vs. política). En nuestros países, además, la discusión tiene que ver con
el permanente debate acerca de la metodología a aplicar en los estudios sobre el tema y con
la legitimidad de algunos de ellos.
- El proceso político que durante estos años sacudió a América Latina y que generó nuevas
condiciones de pensamiento, a la vez que verificó o desechó la verdad de algunas de las
hipótesis esgrimidas hasta ahora.
Pero ¿por qué hablar de corrientes semiológicas en el contexto latinoamericano si la pregunta primero
tiene que ver con algo previo? Adelantamos algunas postulaciones:
La metodología semiológica (con diversas variantes) se valora como justificación de las investigaciones.
Tiene como objeto a los mensajes lanzados por los medios, donde intenta descubrir los mecanismos
estructurales que determinan su significación y por lo tanto la ideología que tienen.
En Comunicación y Cultura se intenta encontrar justificaciones exteriores a la investigación misma, en la
realidad socio-política, y establecer objetivos de acuerdo a las necesidades surgidas de un proyecto
general de transformación de esa realidad. Sin embargo, este objetivo no soluciona el problema del
método. La elección del método no es gratuita y tiene que ver con el objetivo general antes planteado.
En ese sentido, se considera que la semiología es uno de los caminos de abordaje correcto.
Método -> sólo es “científico”, elaborador de una verdad, un método que surja de una situación
histórico-política determinada y que verifique sus conclusiones en una práctica social. Le guste o no al
científico, siempre su ciencia se vincula a una política. Y, lo quiera o no, toda política condiciona una
ciencia.
Schmucler cita a Eliseo Verón y le responde en defensa del estructuralismo: ¿Qué presupone afirmar
que “el problema del método ha desaparecido”? ¿Desde dónde se estipula el método?
Si el texto cuestionado hubiera sido escrito en nombre de la política, apartándose de la ciencia, Verón lo
hubiera aceptado. Ante la disyuntiva dice que es preciso “elegir”. Pero, ¿a quién se le plantea la
disyuntiva? ¿A los autores de “Para leer al Pato Donald o al comentarista? El que elige descartar la
política es Verón y desde ahí analiza el libro criticado. Los autores, a su vez, hicieron su elección y lo
dicen: no separan una cosa de otra. Porque si para los partidarios de la ciencia a-política, la práctica
científica es la única condición de verdad, Mattelart y Dorfman saben lo contrario: que la práctica
política es condición de verdad para las ciencias sociales.
El “aparato retórico” debe descartarse. ¿Qué significa, entonces, el aparato retórico? ¿Puede “decirse lo
mismo” con otras palabras o la terminología utilizada es un instrumento hábil cuando se trata de
designar un recorte determinado del mundo?
Lo que Verón no puede concebir por razones ideológicas es que la participación política de un
especialista no se realiza en cuanto tal sino en relación a su acuerdo con un proyecto político.
Amantes de la textualidad, algunos de los colaboradores de Lenguajes intercambian sus textos para que
los unos sean entendidos en relación a los otros. Para explicitar sus críticas al libro de Mattelart y
Dorfman, Verón remite al breve comentario de Paula Wajsman. Pero la autora no se queja básicamente
de la falta de método sino que en realidad critica la concepción del libro. La familia Donald, según
Wajsman, nada tiene que ver con la interpretación arbitraria de los autores. Estos dos pretenden
encontrar en la famosa historia de Disney elementos ideológicos que reproducen el mundo concebido
por el imperialismo norteamericano cuando se trata de una excelente captación del mundo simbólico de
los niños.
El artículo de Paula Wajsman sirve ejemplarmente para mostrar los riesgos de engaño que tiene la
división antagónica entre ciencia e ideología. Refugiada en la “ciencia” del psicoanálisis, la autora no
tiene ojos ni oídos para la significación social de las producciones sociales.
Los argumentos del psicoanálisis que usa para rebatir el estudio de Dorfman y Mattelart llevan a la
justificación de los hechos sociales tal cual hoy existen. Todo podría explicarse (y se explica) por
motivaciones del inconciente.
¿O es que la autora duda del placer de los opresores en el mundo social y a la vez de la relación
simbólica que muchos oprimidos establecen con sus dominadores? ¿Imagina la comentadora que las
producciones norteamericanas (películas, libros, etc.) que estimulan la “aventura” de ir a la guerra no
fueron pensadas para tocar “necesidades” profundas de cada individuo?
Paula Wajsman plantea una visión psicoanalítica que olvida el contexto en que se inserta su práctica, lo
olvida porque le perturba tenerlo en cuenta, pero al olvidarlo lo confirma. Parafraseando su propia
escritura, diríamos que el texto de Lenguajes, “ciego” al mundo real (político), admite que éste continúe
invariable mientras preserva su individualidad “científica”.
La elección de un camino
El comentario sobre la revista Lenguajes nos permitió reflexionar sobre algunos temas.
Sabemos que no nos interesa investigar en comunicación masiva desde dos de las perspectivas más
frecuentes:
La que se ofrece como legitimación de la actual estructura social, para la cual los medios
masivos deben cumplir un papel regulador de la sociedad y en esa medida ser instrumento de la
hegemonía ideológica de los sectores dominantes.
La que se postula como “develadora” de la ideología de los mensajes pero prescinde de la
circunstancia político-social en que ese mensaje se inscribe. Investigar entonces, ¿por qué y para
qué? Intentemos precisarlo.
¿Cuál es el papel que realmente cumplen los medios masivos de comunicación? ¿Es posible
señalar una función universalmente válida? La condición pendiente de nuestra cultura explica
que se sigan repitiendo algunas afirmaciones que requieren verificación en cada circunstancia:
“medios generadores de ideología”, “medios alienantes”, “medios manipuladores de
conciencia”, son expresiones que merecen un análisis en profundidad, tanto como los conceptos
que le sirven de base.
La significación de un mensaje podrá indagarse a partir de las condiciones histórico-sociales en
que circula. Estas condiciones significan, en primer lugar, tener en cuenta la experiencia socio-
cultural de los receptores. Es verdad que el mensaje comporta significación pero ésta sólo se
realiza, significa realmente, en el encuentro con el receptor. Primer problema a indagar,
entonces, es la forma de ese encuentro entre el mensaje y el receptor: desde dónde se lo
recepta, desde qué ideología, es decir, desde qué relación con el mundo.
Es preciso diferenciar distintos mensaje que se presentan a un mismo receptor que posee
niveles diversos de experiencias. En el momento de la decodificación, cuando la significación
surge, se pone en contradicción o no el sistema de codificación del emisor con las condiciones
de decodificación del receptor.
De lo anterior se deduce que inútil comenzar el estudio por el mensaje, es preciso indagar en las
condiciones de recepción de ese mensaje para obtener datos reales sobre su significación y que
esas condiciones tienen sustancialmente un referente político.
Por ende, cualquier investigación que intente ser útil deberá partir de la situación socio-
económica en que el mensaje circula. La situación política del receptor condicionará la acción
del medio. La caracterización económica del propio medio ofrecerá pistas útiles para entender
las razones que determinan la emisión de uno u otro mensaje.
Cuando afirmamos la “utilidad” de la investigación presuponemos un para algo o alguien.
Concebidos los medios masivos como instrumentos de transmisión ideológica, es fácil deducir
que entendemos su acción en el campo de una lucha que atraviesa toda la actividad humana. La
investigación que tiende a comprender el lugar de los medios en ese proceso, se integra, pues, a
la batalla ideológica.
Así definida, la investigación sobre los medios masivos adquiere un carácter estrictamente
instrumental. Según este criterio, el marco de la investigación queda definido por las
necesidades del nivel de desarrollo de la conciencia popular dentro de un proyecto general. Se
plantean las siguientes evidencias:
A- El punto de partida para investigar en los medios masivos de comunicación es un proyecto
político-cultural al servicio del cual se intenta colocar la comunicación masiva.
B-La metodología que se usa depende del objetivo a conseguir. Esto no significa que creemos en
la neutralidad de los métodos, sino por el contrario, en la absoluta pertinencia de algunos de
ellos o de varios a la vez en función del objetivo diseñado.
C- La aceptación de los medios como siempre instrumentales a un proyecto de sociedad. Su
utilización, modificación o negación, depende del proyecto que respalda la construcción de otra
sociedad.
D- Todo utopismo izquierdista sobre la modificación de los medios, que no tenga en cuenta la
correlación de fuerzas actuantes en el ámbito social o que defienda “ideales” al margen de la
experiencia del pueblo, está llamado no sólo a fracasar, sino a reforzar las instituciones vigentes.
La respuesta al interrogante inicial no tiene matices: investigar sobre comunicación masiva para develar
su estructura y funcionamiento actual a fin de volcarlos al servicio de un proyecto socio-político que en
el caso de América Latina tiene como primer objetivo la liberación del imperialismo. Si se comprende
que la instancia ideológica no es una variable dependiente de la estructura socio-económica sino que es
constitutiva de esa estructura, subestimar la importancia de los medios masivos es tan malo como
agigantarlos. Pretender autonomizar su función social al margen del proceso de una sociedad es tan
defectuoso como despreciar su papel específico. El lugar de la comunicación masiva queda
correctamente definido desde el interior de un proyecto global de sociedad. Es una forma de comer la
pera, condición irremplazable para conocer su gusto.
La indignada reacción de la derecha contra este texto tiene un punto de partida: las publicaciones de la
línea Disney son universalmente aceptadas como entretenimiento, valor lúdico que corresponde a
pautas permanentes de la “naturaleza humana” y que, por lo tanto, se sobrepone a las contradicciones
sociales.
Para la burguesía el pato Donald es inatacable: lo impuso como modelo de “sano esparcimiento para
los niños”. Lo indiscutible se pone en duda: desde el derecho a la propiedad privada de los medios de
producción, hasta el derecho a mostrar como pensamiento natural la ideología que justifica el mundo
creado alrededor de la propiedad privada.
La defensa de una manera de entretener señala la negativa a aceptar otras, su conformidad con la
existente. El problema deja de ser marginal y se vuelve político.
Hablar del pato Donald es hablar del mundo cotidiano en que se resuelve la vida concreta de los
hombres. Y es esta vida concreta, la manera de estar en el mundo, la que debe cambiar un proceso
revolucionario. Solo la construcción de otra cultura otorga sentido a la destrucción del ordenamiento
capitalista.
En ese mundo de lo cotidiano el obrero produce plusvalía como condición necesaria para que se
reproduzca el sistema capitalista y, en el mismo movimiento, produce la ideología que perpetúa su
relación con la sociedad. La revolución debe concebirse como un proyecto total aunque la propiedad de
una empresa pueda cambiar de manos y lo imaginario colectivo requiera un largo proceso de
transformación. Si desde el primer acto el poder no se postula como cambio ideológico, las buenas
intenciones de hacer la revolución concluirán inevitablemente en una farsa.
En ese mundo de lo cotidiano se verifica, igualmente, el papel del andamiaje jurídico-institucional que es
reproductor de la ideología dominante, uno de cuyos instrumentos más eficaces lo constituyen los
medios de comunicación de masa. En contacto con las ideas de la clase hegemónica de la sociedad – la
que posee materialmente los medios e impone el sentido de los mensajes que emite – los hombres
elaboran su manera de actuar, de observar la realidad. Es preciso, por lo tanto, escapar de ese orden y
descodificarlo desde otra visión del mundo, es necesario re-comprender la realidad para lograr
modificarla. Si la “lucha ideológica” no se vuelve primordial, se castra la función del proceso
revolucionario que tiende a reordenar el sentido de los actos concretos.
Sólo desde otra manera de concebir el mundo puede asignarse un valor al cambio de las estructuras. Lo
que interesa es el funcionamiento de la estructura y no sus presuntos contenidos: que el patrón sea uno
u otro, que el administrador sea funcionario de una empresa privada o del estado, no modifica la
relación que los obreros establecen con la producción. El salto cualitativo se refiere a las características
que asume esta relación.
Hay territorios de lo “humano” donde la lucha de clases no se verifica: por ejemplo en los atributos
asignados a la niñez como la pureza, ingenuidad. Para leer al pato Donald muestra lo contrario: nada
escapa a la ideología. Nada, por lo tanto, escapa a la lucha de clases. Para leer al pato Donald tiende a
develar los mecanismos específicos por los que la ideología burguesa se reproduce a través de los
personajes de Disney.
Donald es la metáfora del pensamiento burgués que penetra insensiblemente en los niños a través de
todos los canales de formación de su estructura mental.
Los personajes de Disney no son míticos, son axiológicos: en este mundo se actúa por interés, en este
mundo se engaña, en este, el de todos los días, se establecen las diferencias entre los hombres.
Desde la circunstancia chilena donde surgió, Para leer al pato Donald se define como un instrumento
claramente político que denuncia la colonización cultural común a todos los países latinoamericanos.
La oposición buenos vs. malos crea la alianza de los nativos y extranjeros buenos contra los extranjeros
malos. Los extranjeros buenos, al estar cobijados por el manto ético, se ganan el derecho a decidir, y a
ser creídos, acerca de la distribución de la riqueza de ese país. Los villanos, burdos, groseros, repulsivos,
directamente ladrones, están ahí con el exclusivo propósito de transformar a los patos en defensores de
la justicia, de la ley, del alimento para los pobres y, por lo tanto, de limpiar cualquier otra acción futura.
Hay una característica habitual de los nativos que es el pánico frente a cualquier hecho que desconcierta
su ciclo natural, y se genera la necesidad de algún ser superior que venga a rescatarlos y a restaurar el
sol.
Disney, como todos los medios de comunicación de masas, juega con el principio de sensacionalismo, es
decir, de ocultación por lo “nuevo”. Se lleva a cabo la disolución de la solidaridad internacional de los
oprimidos.
Hay dos modos de representar, son operaciones de construcción dentro del mito:
1- DILUCIÓN: se llama dilución cuando se genera que un fenómeno anormal al cuerpo de la sociedad,
síntoma de un cáncer, pueda ser rechazado automáticamente por la “opinión pública” como una
cosquilla pasajera. El mito no lo oculta sino que las desplaza.
2- RECUPERACIÓN: la recuperación ocurre cuando hay un lugar en el mundo donde se infringe el código
de la creación disneylandesca, que establece el comportamiento ejemplar y sumiso del buen salvaje, y la
historieta no puede callar el hecho. Debe hacerle arreglos florales, reinterpretarlo para su lector, incluso
si éste es un niño. La recuperación es un fenómeno que niega abiertamente el sistema, un
enfrentamiento político explícito, sirve para nutrir la represión agresiva y sus justificaciones. Un ejemplo
es el caso de la guerra del Vietnam.
Lo imaginario infantil es la utopía política de una clase. En las historietas de Disney, jamás se podrá
encontrar un trabajador o proletario, jamás nadie produce industrialmente nada. Pero esto no significa
que esté ausente la clase proletaria. Al contrario: está presente bajo dos máscaras, como buen-salvaje y
como criminal-lumpen. Ambos personajes destruyen al proletariado como clase, pero rescatan de esta
clase ciertos mitos que la burguesía ha construido desde el principio de su aparición y hasta su acceso al
poder para ocultar y domesticar a su enemigo, para evitar su solidaridad y hacerlo funcionar dentro del
sistema, participando en su propia esclavización ideológica.
Para justificar su situación de privilegio, la burguesía dividió al mundo de los dominados en dos sectores:
Uno, el campesinado, no peligroso, natural, verdadero, ingenuo, etc. El campesino adquirió en
este proceso mitificador la exclusividad de lo popular y se lo estableció como guardián folklórico
de lo que se produce o conserva en el pueblo, lejos de la influencia de los centros humeantes
urbanos. El mito del pueblo como buen-salvaje no hace otra cosa que servir una vez más a una
clase para su dominación.
El otro, urbano, amenazante, hacinado, desconfiado, calculador, amargado, etc.
“Medium” es el difícil concepto central de Understanding Media. A partir del nuevo concepto de media,
el autor pretende invalidar los tradicionales análisis de fuentes, modos, y efectos del mensaje, todos
ellos basados en la comprensión de la carga intencional de sus contenidos.
Se entiende tradicionalmente por “medio” al canal capaz de transportar los signos codificados de un
mensaje. Cuando hablamos de las comunicaciones masivas, y por eso a “medios artificiales” se entiende
por “canal” a un aparato o instrumento que tiene ciertas propiedades objetivas. Tales propiedades son
simplemente utilizadas de acuerdo a sus límites o “velocidad”. Estas obligan a elegir un código y a usarlo
en forma pertinente, y por eso inciden de alguna manera en la elaboración del mensaje que
transportarán.
POR TODO ESTO, MCLUHAN TIENE SU CÉLEBRE FRASE: “EL MEDIO ES EL MENSAJE”.
Para el autor, el término “médium” no connota ya sólo los medios de comunicación, tradicionales, sino
también el alfabeto, el papel, es decir, todo lo que nosotros llamamos instrumento, aparato, artefacto,
canal, soporte, etc. Es médium todo lo que esté dotado de una función mediadora o simbólica
cualquiera, y que es concebido como una extensión del hombre.
Después de borrar la diferencia entre media y mass media, McLuhan borra también la de aparato e
instrumento. Un médium es simplemente un aparato, pero en el sentido de que no son más que
extensiones de los sentidos humanos; no puede sino añadirse a lo que ya somos y son parte de
nosotros. Pero el hombre macluhiano debe entregarse a la inacabable tarea tecnológica de producir
extensiones siempre más perfectas de su aparato sensorial, en función antropocéntrica y utilitarista.
Así, el contenido autónomo llamado mensaje no existiría con sentido significante, psicológico, social y
político. “Understanding Media” elimina el concepto de médium de su significado sociológico y
filosóficamente importante, reduciéndolo a lo que es y ninguna otra cosa. El poder informativo de los
medios está en los medios mismos.
Antes, dice McLuhan, parecía que el mensaje fuera el contenido, y la gente se preguntaba lo que
representaba un cuadro. Si hoy seguimos presumiendo que sea el contenido de la programación lo que
influencia los puntos de vista y la acción, eso deriva de la época del libro, en que se distinguía entre
contenidos y forma. Los media son un poder y este poder tiene poco que ver con el “contenido”. Esto
viene a confirmar que:
Quienes se preocupan por el “contenido” de los media y no del médium en sí, están en la misma
situación del médico que ignora el “síndrome de estar enfermo” para dedicarse a la enfermedad
específica. Los contenidos de estos media pueden variar, pero no ejercen ninguna influencia sobre las
formas de la asociación humana. Los efectos de la radio, por ejemplo, son independientes de sus
programas.
Conclusión: en el estudio de los medios es aconsejable abandonar los juicios de valor porque no es
posible aislar sus efectos. Esto lleva a los siguientes resultados:
1) El estimulo capaz de causar actitudes individuales y sociales no reside en lo que se dice, sino en
el simple decir;
2) Está terminantemente prohibido partir de una sociología de las comunicaciones para un análisis
de los medios.
3) Para McLuhan los medios no tendrían ninguna dimensión sociológica. Esto es lo mismo que
repite a diario la clase dominante en comunicaciones, para la mayor prosperidad de sus
negocios.
La filosofía no ha muerto, su misión es ser filosofía crítica y más específicamente como filosofía
crítica de la sociedad.
La distinción entre razón crítica, negativa y dialéctica, y razón instrumental, positiva, “irracional”,
que se degeneró en lógica de dominio.
La filosofía crítica niega lo que es a favor de lo que las cosas deben ser. Recuperación plena de la
dimensión ética y política del pensar crítico.
Recuperación plena de la dimensión utópica del pensar transformador y posibilista, como utopía
negativa, anti-mítica y anti-ideológica.
La industria cultural como máximo exponente e instrumento del pensamiento positivo.
La intolerancia, el autoritarismo, el instrumentalismo que provienen del uso actual de los MCM.
La necesidad de negarlos y de convertirlos en propiciadores de una convivencia pacífica.
En el resto de este texto se intenta la relectura de Marcuse y de su obra “El hombre unidimensional”,
limitándonos a uno de los conceptos-clave, el de utopía.
El sueño insomne: es la expresión hallada por Adorno para designar a la televisión. Adorno es tal vez el
autor que creó una teoría crítica destinada a diagnosticar y combatir eso que se ha llamado la guerra
subliminal o “la ofensiva ideológica”. Adorno habló de la televisión norteamericana y forjó una serie de
categorías analíticas de gran utilidad para cualquier estudio sobre la televisión.
Este texto no es un análisis de la obra de Adorno sino para recordar su pensamiento sobre la televisión,
su actitud teórica y que no dudaba en erigir la teoría crítica como antítesis de la ideología capitalista.
Dicha ideología logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que es la alienación de sus
necesidades. A esta alienación contribuye decisivamente la ideología que transmiten los medios de
comunicación en los países subdesarrollados. Contra ella combate la teoría crítica de esos medios.
Desde el principio el capitalismo se caracterizó por ser un sistema expansivo, tentacular. Esto tuvo
profundas consecuencias, no sólo en las economías de los países dependientes sino en toda su
estructura social, tanto en el orden material como en el orden espiritual.
En el orden material -> las fuerzas productivas son empleadas fundamentalmente para producir
ciegamente capital que, en el momento mismo de nacer, es ya extranjero. O sea, la fuerza de trabajo de
estos países se convirtió a gran escala en un proletariado externo geográficamente, pero situado sin
embargo en el corazón mismo del aparato productivo capitalista. Lógicamente, esta condición material
fue generando progresivamente su expresión ideológica. Para que el capitalismo pueda sostenerse es
preciso que haya en explotadores y explotados una ideología que justifique idealmente al sistema. Y
para esto creó toda suerte de fuentes suministradoras de ideología justificadora y encubridora. Basta
mencionar las dos principales:
Subdesarrollo y “mass-media”
La televisión constituye un medio específico de producción ideológica que funciona como aliado de la
explotación y la dominación capitalista. La explotación inmaterial a la que contribuye la televisión
genera sumisión, esclavitud inconciente y lealtad hacia el sistema de explotación material.
La explotación inmaterial se caracteriza por no ser conciente en los que la sufren, sí en los que la
inducen. Sus factores determinantes son las instituciones de la industria cultural y en última instancia el
sistema mismo de producción material.
Este texto está destinado al público corriente de televisión, que se instala frente a su “aparato singular”
y no ve en él mayores problemas teóricos. Carece de una teoría adecuada sobre el subdesarrollo, que la
haga comprender lo que significa ser capitalista dependiente, ser subdesarrollado. Sin una teoría que le
explique este fenómeno como una formación histórica específica, lo acepta como un fenómeno
“natural”.
La teoría del subdesarrollo necesita una teoría especial de los medios de comunicación de masas en
relación con nuestro rasgo básico de países capitalistas dependientes. Se necesita una teoría regional
que señale a esos medios como factores primordiales de la alienación ideológica, lo que genera la
alienación generalizada, especialmente en el sector tecnológico, del que forma parte la industrial
cultural.
Los rasgos esenciales de nuestras comunicaciones son los mismos que tienen los mass media en el
centro desarrollado (somos países capitalistas, sometidos a las leyes generales del capitalismo), pero
nuestros mass media son vehículos ideológicos con diferencias específicas vinculadas a nuestra
dependencia. Todo examen de los rasgos específicos de nuestro subdesarrollo cultural debe relacionar a
éste con las leyes del capitalismo mundial:
1) Tales datos y tendencias sirven de poco si no son manejados por una teoría adecuada.
2) En lo referente a la televisión hay es obstáculos como el que señala Adorno:”Como el material
especula con lo inconciente, las encuestas directas no servirían de mucho”.
En lo referente a la teoría, sin una adecuada teoría del subdesarrollo, no hay posibilidad de hacer rendir
frutos a los estudios empíricos sobre nuestros medios de comunicación. Se requiere una teoría que no
concluya en que los medios son funciones del sistema social sino por el contrario: una teoría que los
considere como expresiones ideológicas de una formación social específica, histórica; por tanto, como
factores ideológicos que participan activamente en los conflictos y las contradicciones sociales
materiales. Es decir, se necesita una teoría del subdesarrollo que contemple la dependencia ideológica
como expresión de la dependencia estructural.
Una de las vías que es altamente adecuada para investigar las relaciones entre medios de comunicación
e ideología dentro de una sociedad capitalista es la vía diseñada por Vance Packard.
El estudio de Packard es una de las más perfectas descripciones de lo esencial de la ideología capitalista
en su fase actual. Su obra es una “investigación de mercado” y se presenta sin aparataje científico.
Packard proporciona centenares de magníficos ejemplos, tomados todos de estudios de mercado y
perfectamente cuantificados. La cuantificación es posible porque no se trata de realizar exámenes
siquiátricos de los consumidores, sino de contabilizar sus reacciones como compradores frente a los
estímulos de la propaganda que son conscientemente dirigidos a la inconciencia de los consumidores.
Los que fabrican la propaganda no piensan que aquello que fabrican es pura ideología, ideología
capitalista en estado puro, destinada a conformar las mentes para aceptar y amar el sistema a través del
amor hacia la mercancía.
El envilecimiento cultural
En los países subdesarrollados, el ciudadano corriente cree que la “cultura” es, y debe seguir
siendo, un producto exquisito. Siente que para acercarse a la “cultura” debe hacer un gran
esfuerzo, “ponerse a la altura”. Confunde las expresiones de la cultura con la cultura misma. No
sabe que toda su vida ciudadana es un tejido cultural.
Este ciudadano ignora que él también es un hombre culto, formado en una cultura determinada
que lo dota de hábitos, necesidades, conocimientos, costumbres. Ignora que existe un concepto
mucho más amplio de cultura, que no limita ésta a las manifestaciones artísticas o científicas,
sino que la extiende a toda la actividad humana, y como es humana también histórica.
Desconoce el hecho de que hay actualmente en nuestras sociedades instrumentos altamente
tecnificados para la difusión cultural, instrumentos que tienen poco que ver con la “cultura”
entendida como actividad restringida de unos pocos, y que por el contrario actúan para las
multitudes, masivamente, y logran un efecto socializador, homogeneizante, sobre las masas.
Ignora que los medios de comunicación que él consume diariamente durante horas son el
instrumento más poderoso de “culturización”; no sabe que esos medios forman una industria
cultural y que una gran parte de las actitudes de las gentes son inducidas directamente por esos
medios de comunicación. Entonces, cuando él ve la televisión no sabe que está siendo
penetrado de “cultura”.
Por todas estas razones, el ciudadano corriente tiene una terrible confusión con respecto a la cultura. Al
mismo tiempo que no se reconoce a sí mismo como productor de cultura, ésta se construye frente a él
como un objeto extraño, ajeno. Además, cree que el concepto de cultura sólo se aplica a ciertos
productos positivos, no se imagina que en la sociedad actual la mayor parte de la cultura no sólo no es
de carácter “positivo” ni artístico, sino que además consiste en una guerra ideológica que se libra
contra los ciudadanos. La verdadera cultura es la que difunde la televisión, pero es la cultura de las
mercancías y del mercado, de la manipulación de las conciencias, de la alienación del consumo.
La alienación es así doble. Por una parte, la cultura entendida como “arte y ciencia” se le presenta como
objeto poderoso al que él no tiene acceso; por otra parte, no reconoce como cultura, sino tal vez como
“diversión”, la cantidad de mensajes que recibe todos los días a través de la televisión. Ignora, en
síntesis, la relación que existe entre cultura e ideología.
El espectador debe comprender, entonces, que la industria de los medios de comunicación es cultural, y
que usada en un sentido inverso al actual podría servir de vehículo para la superación cultural de los
hombres.; pero debe entender también que esa “industria cultural” es una industria ideológica que sólo
busca, para aumentar sus beneficios materiales, explotar las necesidades humanas, incluso creándolas a
la fuerza.
Paul Baran -> para él, la penetración de los medios en las modernas sociedades capitalistas es tan
intensa y radical que hasta la misma noción de ideología como la conocemos hasta hoy, resulta
inadecuada para comprender los fenómenos políticos actuales.
Para Baran la ideología es una verdad a medias, desarrollada inconscientemente por una clase. Por el
contrario, las “ideologías” del periodo neocapitalista: “son nociones inadecuadas, parciales y
prejuiciadas, que se implantan conscientemente en la mente de los hombres mediante las
manipulaciones de una clase, para lograr ciertos fines”.
Marcuse -> consideraba que la función básica de los medios es desarrollar “pseudonecesidades” de
bienes y de servicios fabricados por las corporaciones gigantes y, así, atar a los individuos al consumo de
masa y la pasividad política. “Se puede distinguir entre necesidades verdaderas y necesidades falsas. Las
falsas son aquellas que perpetúan el trabajo, la agresividad, la miseria y la injusticia”.
“Tales necesidades tienen un contenido y una función sociales determinadas por poderes externos
sobre los que el individuo no tiene ningún control”. Para este autor la manipulación de los medios es tan
importante que al suprimir la publicidad y la comunicación de masa podríamos provocar la destrucción
del sistema.
2. El concepto de “manipulación”
La manipulación supone la existencia de los siguientes fenómenos sociales:
El sistema produce una acumulación del saber en las cúspides de las corporaciones a expensas del
conocimiento de las masas. Existe una economía del saber regida por las mismas leyes de acumulación y
concentración.
3. El estado y la manipulación de la comunicación
Con respecto al Estado norteamericano y a sus actividades manipuladores el panorama es igual.
Las corporaciones militares y políticas de los EEUU usan procedimientos de fabricación o distorsión de
noticias iguales a los que usan los monopolios comerciales. Las conclusiones sobre el sistema de
comunicaciones sociales en EEUU son las siguientes:
1) El control de las comunicaciones es actualmente tan importante para el gobierno de EEUU que
este no tiene en colisionar con la industria periodística o radiodifusora, exigiéndole defender su
punto de vista, y amenazándola con aplicar sanciones en situaciones críticas como la guerra de
Vietnam. El gobierno de EEUU depende también del control de las comunicaciones privadas, es
decir, que recurre al espionaje interno.
2) Las burocracias estatales han acumulado recursos y usurpado poderes civiles para actuar libres
de controles políticos parlamentarios y sin que esto se difunda a la población.
Para Muraro, hay que someter a modificaciones el concepto anteriormente explicado de manipulación.
Éste tiene el inconveniente de atribuir un carácter omnipotente a la comunicación de masas, como si los
medios fueran fuerzas independientes capaces de modificar y triturar toda forma colectiva de la
conciencia nacional y de clase.
Los descubrimientos de la mass communication research confirmaron que la teoría de los medios como
fuerza independiente capaz de obligar a la gente a aceptar opiniones opuestas a sus intereses o valores
de clase, es un mito.
Las investigaciones sobre la influencia de los medios en la decisión del voto demostraban que la
comunicación de masa no era realmente todopoderosa. La propaganda política masiva no modificaba
las actitudes originales de voto de los ciudadanos debido a que:
1) La gente suele votar en “grupos”. Los individuos que viven en condiciones sociales y económicas
semejantes, tienden a actuar de manera homogénea. La comunicación cara-a-cara es siempre
más importante que los mensajes de los medios.
2) Los individuos son altamente selectivos con los mensajes; buscan tomar contacto
exclusivamente con aquellos medios que coinciden con sus posiciones políticas.
3) Dentro de cada grupo, están los llamados “líderes de opinión”. Estas personas están mejor
informadas, socialmente más activas y con más nivel cultural que el resto de sus seguidores.
Operan como intermediarios entre los medios y su grupo.
Por todo esto, el sentido de manipulación debe ser eliminado o revisado según estos resultados
empíricos. Su eficacia debe ser probada en cada caso y relacionada con el desarrollo histórico, las
estructuras de clase y la evolución de los movimientos políticos.
La teoría de Marcuse acerca de los medios como instrumento de unificación del sistema resulta
inaceptable y parcial desde este punto de vista.
La noción intuitiva antes dada de manipulación falla en varios aspectos básicos dice Muraro:
a) En primer lugar, ésta omite el hecho de que el público no es una masa carente de experiencia,
situada a merced de los medios de comunicación de masa. Por más limitada y precaria que sea
la experiencia personal ésta sigue siendo un obstáculo a las maniobras de la dominación
psicológica.
b) En segundo lugar, en muchos casos el individuo manipulado no es un sujeto hipnotizado sino
alguien que acepta ser objeto de la instrumentación de los medios debido a que sus intereses
coinciden con los de los grandes monopolios.
c) H.M. Enzensberger -> la teoría de las pseudonecesidades es también otro aspecto sospechoso
del concepto de manipulación. ¿Hasta qué punto las nuevas necesidades promovidas por la
publicidad son tan falsas como piensa Marcuse?
Aquellas necesidades que define Marcuse tienen como función social básica perpetuar el
sistema de dominación monopolista. Las pseudonecesidades operan como uno de los
principales mecanismos de recuperación, de autogeneración e impulsión del neocapitalismo.
La tesis de Muraro es que muchas de las explicaciones sociológicas que apelan a la irracionalidad
de las masas ocultan hasta dónde esa irracionalidad es el producto del dominio de los
monopolios sobre el Estado y la economía. Si los medios manipulan las necesidades del público,
muchas de éstas deben ser reales, legítimas y no exclusivamente el resultado del proceso de
autorrecuperación del sistema.
Hay una tesis, dice Enzesberger, que afirma que el capitalismo actual vive gracias a la
explotación de falsas necesidades. Esto es una verdad a medias. No se puede probar que entre
los sectores económica y socialmente desfavorecidos, la exposición de todos los bienes que les
son inaccesibles, cree un deseo automático de “integrarse” a la disciplina de las corporaciones a
fin de lograr participar en las nuevas riquezas del sistema.
La teoría de las pseudonecesidades de Marcuse hubiera sido mucho más crítica y certera si ésta
la hubiera formulado como una teoría de las “pseudosatisfacciones”, de las satisfacciones
parciales de los apetitos materiales y afectivos de las masas. Porque este autor partió de una
definición estrecha de las necesidades que las identifica con aquellos bienes que suponen que
las satisfacen.
d) Otro aspecto es el contenido “subjetivo” que tienen un papel subordinado para el sociólogo.
Esta subestimación de los aspectos psicológico-individuales del proceso de comunicación se
basa en el supuesto de que la ideología, como sistema de representaciones, es inseparable de la
experiencia vivida de los individuos. Ésta penetra sus costumbres, sus gustos, sus reflejos y
significa también que para la gran mayoría, esta experiencia es vivida sin que los fundamentos
de tales representaciones afloren a nivel de la conciencia.
Aunque la manipulación supone una operación consciente de control y persuasión del público,
no hay ninguna razón para restringir nuestro análisis de la manipulación a las operaciones
psicológicamente deliberadas. Este tipo de operaciones comunicacionales es un subtipo de la
manipulación.
La teoría de la manipulación de la sociología crítica supone la posibilidad y necesidad de
formular ante cada circunstancia histórica, ante cada fenómeno social, una versión
racionalmente verdadera de ésta. La sociología crítica está vinculada a un proyecto político, a
una estrategia que persigue la realización de los postulados de la democracia. Dentro de esta
idea, el crítico de la comunicación sabe que hay maneras y contenidos de la comunicación que
son incorrectos, represivos o mistificadores, y también que hay ciertos hechos o ideas que
deben difundirse porque la ignorancia de éstos condiciona a las masas a soportar formas
anacrónicas de dominio.
El enfoque crítico de la comunicación considera al neutralismo científico como una forma más
de difusión ideológica de los valores neocapitalistas. Lo que interesa ante todo no es si los
sujetos están o no convencidos de lo que dicen los monopolios o si lo rechazan. El centro de la
cuestión es que toda acción o concepción democrática de la cultura supone que ésta debe servir
como instrumento de comunicación de valores que apunten a una comprensión racional de la
sociedad por parte de todos los individuos y a una crítica de los “poderes constituidos”.
Hay dos grandes peligros teóricos en la comunicación de masa:
1. Populismo: supone que los medios se justifican por sí mismos porque, en tanto
persiguen siempre el objetivo de la más amplia audiencia posible, dan al pueblo
lo que éste quiere. Para el populismo todos los mensajes son validos en tanto
sean aceptados o consumidos por la audiencia.
2. Aristocratismo cultural: para este la única razón de la actual cultura de masa es
la “estupidez” de los públicos. Considera a todos los problemas sociales como
problemas “de cultura”.
La crítica de Muraro a la cultura de los medios de comunicación de masa no radica en
que éstos manipulan sus mensajes sino que los manipulan buscando promover la
movilización orgánica de las masas en pos de metas democráticas.
El problema básico de la manipulación no reside en la conciencia del emisor o en la
eficacia de los medios sino en la existencia de monopolios que controlan la industria
cultural y que cierran el acceso a las tareas creadoras a las masas.
e) Otro problema de la teoría de la manipulación es que ésta no es la de la misma naturaleza
cuando se la efectúa con “noticias” que cuando se ejerce en relación a comentarios, publicidad
o materiales de ficción. Existe una diferencia cualitativa.
Aunque ambos tipos de manipulación se superponen y se complementan, las noticias pueden
ser manipuladas a priori haciendo falsear su contenido empírico, mientras que los materiales de
ficción o comerciales que suponen una manipulación afectiva o “sentimental”.
Como dice Adorno, los mensajes de entretenimiento y publicitarios de la industria cultural se
caracterizan por una creciente perfección en su imitación de la vida cotidiana.
La superposición de los dos tipos de manipulación se realiza en dos niveles:
1. En un nivel superficial: las noticias no pueden ser separadas de los comentarios
editoriales y de su contexto en general y éstos hacen referencia a valores
ideológicos-afectivos que trascienden las pretensiones de objetividad del emisor.
2. En un sentido profundo: la separación entre afectividad y racionalidad, mundo
exterior e interior, conflicto social e individual, es siempre algo relativo y parcial.
Por esto la división entre mensajes destinados a informar sobre hechos empíricos
“exteriores” y mensajes destinados a “divertir” contiene ya en sí misma un
componente de manipulación objetiva de la audiencia.
f) Los bienes materiales, todo lo que habitualmente se opina acerca de ellos se refiere a la eficacia
con que cumplen la función que el mercado supone que deben cumplir. En ese sentido, es
sorprendente la inocencia con que la sociedad juzga a los bienes que produce y con que los que
adopta sin mayor reflexión acerca de su papel dentro del sistema social. Un bien cualquiera no
es algo indiferente a los usos que puedan dársele. Más aún, los bienes determinan usos de los
cuales la sociedad con frecuencia no tiene la más remota sospecha en el momento de su
incorporación.
Toda operación mercantil efectuada sobre la interioridad de un ser humano es una
manipulación. Desde el mensaje publicitario hasta la telenovela estereotipada que explota de
necesidades a la ama de casa son operaciones de manipulación.
GRUPO CINE LIBERACIÓN: “Cine militante: una categoría interna del Tercer
Cine”
Hay tres tipos de cine:
Este texto es un trabajo centrado en el estudio de las categorías del tercer cine, su categoría más
avanzada: el cine militante.
El tercer cine, “aquél que reconoce en la lucha antiimperialista de los pueblos del Tercer Mundo y de sus
equivalentes en el seno de la metrópolis la más gigantesca manifestación cultural, científica y artística de
nuestro tiempo”, es un hecho nuevo como para que no tenga un riguroso nivel de análisis y de crítica.
La responsabilidad que tienen quienes abordan el cine militante es mucho mayor que la que
correspondía a los realizadores del tercer cine. Y es mayor precisamente porque los propulsores de un
cine de militantes no intentan ahora solamente una labor de descolonización cultural, o la recuperación
de una cultura nacional, sino que se proponen complementar a través de su actividad militante una
política revolucionaria, aquella que conduce a la destrucción del neocolonialismo, a la liberación
nacional de nuestros países y a la construcción nacional del socialismo. En suma, la responsabilidad es
mayor porque lo que se intenta es la construcción de un cine militante revolucionario.
El texto no pretende otra cosa que estimular una búsqueda, provocar una problematización superior
alrededor del camino inaugurado. La práctica por sí sola no alimentará en la medida suficiente ese
proceso. El mismo requiere ya una indagación crítica que, si bien sólo es posible a partir de la propia
práctica, se distancia de ella para racionalizarla y afirmar su desarrollo a niveles superiores.
Todo género cinematográfico, sea el policial o el documental, están concebidos y determinados por una
concepción ideológica siempre definible, y cuya proyección política escala la mayoría de las veces a la
propia conciencia del autor. El cine, como ideología, viene a confirmar, negar o corregir los niveles de
conciencia existentes en los espectadores, y por lo tanto alcanza incidencias políticas. La obra tiene
siempre, en el contacto con una realidad en transformación, una praxis política cuyos niveles pueden
determinarse en cada circunstancia.
Si no se puede realizar un análisis ideológico político de las obras cinematográficas, no es porque no le
corresponda tal análisis, sino porque buena parte de las instituciones analíticas, teóricas y criticas, están
regidas por una concepción ideológica cuya política es la de esterilizar el cine como circunstancia
política, lo que no deja de ser una de las tantas formas de definirse políticamente respecto del cine, de
la cultura, o de la vida. Esta concepción y esta política tienden a despolitizar el cine, del mismo modo
que tratan de despolitizar la cultura, la ciencia o la mentalidad del hombre.
Si hubiera que hacer una gran categorización en lo interno del cine, la misma no sería
“cinematografista”, sino que debería tender a esa realidad primera que define al cine que es la ideología
sustentada por cada obra en particular. Así es que existirían de este modo sólo dos tipos de cine, y que
los mismos responden a las dos concepciones ideológicas que enfrentan actualmente en el mundo:
Aquellos que creen no estar en ninguna terminan siempre definiéndose a través de su práctica en
alguna de ellas, aunque subjetivamente pretendan mantener “independencia”.
El cine militante en la Argentina ha nacido como parte integrante del mismo proceso de liberación
nacional y social que a través de diversas expresiones sacude al continente y que en nuestro país se
llama desde hace muchos años peronismo.
1) Elaboración-realización:
2) Difusión-instrumentalización.
1) Las experiencias durante estos años se desarrollaron en el marco del surgimiento del
movimiento de Nuevo Cine Latinoamericano. Se trata de un período de surgimiento de este
movimiento regional caracterizado por una fuerte presencia de la problemática del aporte del
cine a la Revolución.
En 1968 se planteó la necesidad de pasar de la “etapa del testimonio”, que consistía sólo en
mostrar o denunciar el estado de miseria, a una “etapa mucho más agresiva”, ya no defensiva,
sino ofensiva donde se desenmascarase a los culpables de las tragedias que se habían
testimoniado y se explicasen “las estructuras de la dominación y la explotación”.
Se generan formas de diálogo y de comunicación que, al margen del concepto habitual del cine
como espectáculo, sirvan a desarrollar antes que proyecciones, actos, en los que importa más la
reacción, el debate interno o abierto, la inquietud de los participantes-actores.
2) En el Festival de Viña del Mar de 1969 se exhibió material que tenía como propósito atacar y
modificar las estructuras con la ilusión de convertir un producto cultural en un fusil.
En la Argentina, a partir de 1969 varios realizadores y grupos asumieron el cine como
instrumento de intervención política, vinculándolo a un proyecto de transformación radical de la
sociedad. El Cordobazo de mayo de 1969, con la aparición real y simbólica de las masas obreras,
impulsaría la realización de dos films. Ambos con una característica significativa por esos años: la
utilización de material documental registrado para la televisión y la resemantización a través de
un particular montaje del mismo, para disputar el sentido sobre los hechos.
“La hora de los hornos” es un film que surge en el contexto de la “peronización” de los sectores
de la pequeño-burguesía intelectual, esto puede identificarse en su discurso así como también
en los carteles que la película incorpora al principio de la primera parte, con citas de Scalabrini
Ortiz, Cooke, etc. Tenía difusión clandestina en un espacio generado por la CGT de los
Argentinos.
Más allá de la búsqueda de shock en el espectador, la propuesta del Film-Acto se refiere
directamente a la incorporación del espectador como co-autor.
Dos de las características que definen una parte importante de este cine son:
a. La búsqueda de organicidad a fuerzas políticas que los diversos grupos ubicaban como
dirección del proceso “revolucionario” en la Argentina.
b. La instrumentalización de los films en ese sentido.
Ambos elementos pueden encontrarse como hipótesis de definición del concepto de
cine militante según CL.
Más allá de los diversos ámbitos desde los cuales se solicitaba la película para su
exhibición, se trata de grupos que formaban parte de CL y donde podían confluir gente
que se aproximaba más “desde el cine” o más “desde la política”.
Habían tres ámbitos en los que se difundió “La hora de los hornos”: grupos intelectuales
(artistas y profesionales), grupos estudiantiles (universitarios y secundarios) y grupos de
trabajadores y sindicales (barrios y villas). Un elemento importante es la insistencia en la
necesidad del debate durante o tras la proyección y la dificultad para desarrollarlo.
Se llevaba a cabo la utilización discriminada de las partes según los objetivos políticos de
la instrumentalización: con los grupos intelectuales sólo se trabajaba la primera parte
del film, entre los estudiantes se difundían las dos primeras y entre los grupos de
trabajadores solo la segunda y un reportaje a Perón.
“La hora de los hornos” y los films de 1969 abrieron una nueva posibilidad en el campo
de la distribución y exhibición: la clandestinidad.
3) Si bien ya “La hora de los hornos” planteaba la opción de CL por el peronismo, su difusión, así
como la de otros trabajos, significaron un diálogo más abierto con otros sectores del
movimiento popular y con criterios más frentistas en el enfrentamiento a la dictadura.
En 1972 CL publicó el único número de la revista Cine y Liberación. Desde su editorial se
proponía pelear por las instituciones cinematográficas y por la legalidad de los films censurados
o prohibidos. Hablaba del ingreso en una “nueva etapa” vinculada al repliegue del régimen y
consideraba que la misma exigía mantener el trabajo subordinado a la lucha por el poder, ir
ocupando los espacios que fuera cediendo el régimen para cambiar totalmente las instituciones
existentes.
De 1972 en adelante el cine militante se extendió y comenzó a tener producciones provenientes
del movimiento estudiantil e instituciones educativas como la UBA construyen cinematecas.
Este texto analiza la reflexión de los productores de dicha película en torno a la acción cinematográfica y
su concepción sobre la articulación del cine con lo político.
El discurso de Solanas y Getino tratará, sin lograrlo, de establecer el puente entre ese “hecho social
total” que es el cine con esa diversidad que es la política, que solo cobra sentido en la contingencia.
Solas y Getino señalan a su opuesto, lo localizan: apuntan contra las instituciones “analíticas, teóricas y
críticas” que procuran despolitizar al cine. El proceso al que hacen referencia se manifiesta en su texto al
menos de dos maneras:
A nivel del juicio crítico y del trabajo científico en relación con el texto fílmico, por una parte;
A nivel de las consecuencias sociales de difusión y circulación de esos textos. Pero la franja que
abarca el discurso opuesto a “El cine como hecho político” es sumamente diverso. Y, como tal,
producido en relación a situaciones también diversas.
La propuesta de Solanas y Getino es un texto alternativo que sea crítico a sus oponentes, que muestra la
forma de pasar de lo político a lo cinematográfico. Poniendo lo segundo al servicio de lo primero.
Hay que modificar las preguntas acerca de la especificidad. No correspondería ya la pregunta: ¿qué
tienen todos los filmes en común?, sino la que interroga sobre lo que ocurre en la producción fílmica
para que todos los filmes tengan algo en común. Mientras que la primera pregunta pasa por alto la
presencia del sujeto productor, la segunda la convoca.
Quien dice sujeto productor, dice sujeto social, con un lugar social como espacio para su definición,
lugar social definido por una situación particular con respecto a la lucha de clases en un momento
histórico determinado.
Esta interrogación engloba al sujeto productor y sus productos (textos), operaciones mediante,
constituidas a su vez, en tanto son prácticas sociales productoras de sentido.
Bien sabemos que el cine podría ser pensado desde otras perspectivas: como un instrumento de
conocimiento o como un archivo. El atribuirle una funcionalidad determinada depende de supuestos
que se formulen acerca de sus posibilidades y de la articulación con lo social.
El borramiento de lo específico a través de la generalización histórica aparece cuando “El cine como
hecho político” aborda la historia. El ensayo intenta una periodización del cine nacional, y pretende
explicarla.
Tres periodos tendría nuestro cine:
Pensamos que “el pueblo” engloba, para los autores, a sectores heterogéneos: la clase obrera, sectores
de trabajadores rurales, una parte de la clase media, etc. De hecho, es bastante difícil saber cuál es la
“idea” que esos sectores tienen de la cultura. Si tales “ideas” existen, es difícil suponer que juegan un rol
de oposición a la cultura oficial.
Quizá Solanas y Getino quieran decir que como miembros de la clase media, apéndice político durante
un largo periodo de la política oligárquica, descubrieron un proceso político de masas que se denominó
peronismo. Y que fue la clase obrera y su desarrollo político reflejado en el crecimiento de la intensidad
de sus luchas la que determinó que los intelectuales jugaran un rol acompañante de esa clase.
Si esto es lo que quieren expresar Solanas y Getino, no lo hacen con demasiada claridad. Y no explican la
dinámica de aparición del tercer cine.
Solanas y Getino tienen una imagen del cine (como un instrumento de persuasión) y lo que piensan de él
y de sus componentes es coherente con esa concepción de base. Para ellos, la imagen es un dato de la
realidad que penetra sensiblemente, alcanzando un nivel de persuasión muy superior a la mayor parte
de los restantes medios de comunicación.
Parece que la fuerza persuasiva del cine se instala en la imagen, para los autores. Se la muestra
instaurando un contacto no mediado entre el objeto y el sujeto, y esto no es cierto. La imagen no elude
proceso intelectivo alguno, lo que propone es una modalidad diferente de lectura. Modalidad ligada al
mundo de la cultura al igual que cualquier intelección. Y es el cine el que ha generado esa forma de
intelección, siendo no más que un artificio.
El proceso que se produce cuando se lee una imagen no es otra cosa que una lectura desde la cultura
misma, que ha pautado una modalidad de producir esa lectura. La imagen no es ninguna “prueba que se
define por sí misma”, esa “prueba” ya está definida como tal.
Una toma cinematográfica cualquiera implica una fragmentación arbitraria realizada a voluntad por el
operador: si aporta alguna información acerca de la realidad, se trata de una información manipulada
por un operador que selecciona y toma de ella lo que considera significativo. Y dicha selección no se
realiza según ningún principio de objetividad sino desde su propia concepción del mundo.
Visto así, el cine es el producto de una condensación de fenómenos que anteponen sucesivos velos para
una visión de la realidad “tal cual es”.
Se impone como tarea el desmitificar esa “impresión de realidad”. Y esta preocupación está también en
nuestro cotidiano: todos los días desde nuestros televisores nos afirman que esas líneas brillantes que
percibimos constituyen la realidad misma.
La tarea descolonizadora implica el señalamiento de los modos de acción de esa tecnología y de los
modos en que se nos indica que debemos utilizarla.
Todos los días somos testigos y consumimos imágenes documentales, datos acerca de la realidad y
testimonios de sus actores. Y ellos, por sí mismos, son eso, datos. Pero datos organizados en teorías, lo
que interesa es descubrir las claves de esa organización y oponerle otra que cambie el sentido de esos
datos.
3. La síntesis negada
La acción política productora de significación, tal cual se enfoca en el ensayo de Solanas y Getino, juega
en dos tableros: uno es el de la política misma, otro el del vehículo sobre el cual esa política transita
(cine, en este caso).
Ambas áreas de problemas son escindidas por la acción colonizadora. No se trata del cine
latinoamericano o argentino y su articulación con la política local, sino del aislamiento conceptual del
cine, por un lado, y de lo político por otro.
Por momentos, este mecanismo de apropiación encuentra una articulación política que lo promueva (el
desarrollismo en nuestro país). Y en otros momentos es reprimido (en la Revolución Argentina, por
ejemplo), como castigo por la producción de acciones sociales ajenas a la producción misma de
conocimiento.
La universidad y los institutos de producción científica o artística, son los destinatarios habituales de uno
u otro tipo de manipulación.
Solanas y Getino intentan producir con sus proposiciones la quiebra de este modelo; procuran integrar
esos universos que el mecanismo de la dependencia separa. Pero en su intento son integrados otra vez.
Huyendo de la disociación: objeto por un lado, contexto de acción por otro, Solanas y Getino nos dejan
sin contexto y sin objeto.