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Cuento

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En un reino donde los bosques rozaban las nubes y los ríos brillaban con plata

líquida, había una joven Anya, que tenía el cabello tan blanco como la luna
llena y los ojos tan brillantes como dos esmeraldas. Anya siempre había sido
diferente. Todos los niños alrededor soñaban con ser caballeros o princesas,
mientras que Anya anhelaba las estrellas y el misterio que los libros de su
abuelo escondían en el oscuro desván. Entonces, mientras miraba por la noche
al cielo desde su torre, o la llamada “torre de luz”, una estrella fugaz trazó una
línea de luz en la oscuridad. Anya sintió un llamado en su corazón que la llevó
a seguir el camino de la línea brillante que la llevó a un claro oculto en el
bosque. En el centro de este claro, un árbol antiguo con raíces que se
sumergían en la tierra y las ramas que rozaban las estrellas se erguía antes de
ella. A medida que se acercaba, el árbol comenzó a brillar y, a través de una
voz suave, como el susurro del viento, le habló “Anya, eres la elegida. Tú tienes
el poder de sanar la tierra”. Y fue en ese preciso momento que Anya entendió
su destino. No sería una simple princesa; sería la guardiana de un mundo
mágico, y ella y ella sola protegería este mundo de la oscuridad que
amenazaba con devorarlo. Fue con el corazón lleno de esperanza y también un
poco de miedo. Anya en la mañana partiría. Acompañada por un pequeño
dragón de fuego y un búho que sabía hablar, vería tierras desconocidas,
combatiría contra criaturas míticas y escondidos y no revelados desde tiempos
inmemoriales. Todo esto no había hecho más que comenzar, y en las manos de
Anya yacía el destino del reino.

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