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Amor Compartido - Sara Kent

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Amor Compartido

El mejor trabajo de mi vida

SARA KENT
Copyright: Publicado en Amazon
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CONTENIDO DE LA NOVELA
CAPÍTULO 1: Roberto
CAPÍTULO 2: Franco
CAPÍTULO 3: Roberto
CAPÍTULO 4: Franco
CAPÍTULO 5: Roberto
CAPÍTULO 6: Roberto
CAPÍTULO 7: Franco
CAPÍTULO 8: Roberto
CAPÍTULO 9: Franco
CAPÍTULO 10: Roberto
CAPÍTULO 11: Franco
CAPÍTULO 12: Roberto
CAPÍTULO 13: Franco
CAPÍTULO 14: Roberto
CAPÍTULO 15: Franco
CAPÍTULO 16: Roberto
CAPÍTULO 17: Franco
CAPÍTULO 18: Celeste
CAPÍTULO 19: Roberto
CAPÍTULO 20: Franco
CAPÍTULO 21: Celeste
CAPÍTULO 22: Franco
CAPÍTULO 23: Roberto
CAPÍTULO 24: Celeste
CAPÍTULO 25: Franco
CAPÍTULO 26: Celeste
CAPÍTULO 27: Roberto
CAPÍTULO 28: Celeste
Para mis lectoras. Sin vosotras nada de este hermoso trabajo sería posible.
Gracias por dedicar vuestro valioso tiempo a leer cada una de mis líneas.
Gracias a cada una de ustedes.
CAPÍTULO 1: Roberto

Una noticia estremecedora


Tras cruzar unas palabras y tomar unas copas, la chica a mi lado había
decidido irse conmigo, cayendo en la red de mis encantos: mis ojos verdes
profundos como el bosque y mi piel bronceada, sin olvidar mis cabellos rebeldes
y desenfrenados. Había sido muy sencillo.
Entonces fui a la habitación del hotel en la que me había hospedado durante
los días. Había pasado toda la semana en Prados del Este y había rentado esa
habitación, en la que ahora le quitaba con deseo su ropa interior. Estaba listo
para hacerla mía. La chica estaba buenísima. Haber ido a cazar chicas en el bar
del hotel había sido una excelente idea. Mi hermano gemelo, Franco, me había
acompañado a tomar unos tragos. Quizás él también estaba en su habitación
desnudando a la exuberante rubia con la que había tomado y le había estado
tocando los muslos en la barra. La brisa fresca de la noche entraba por la ventana
de mi habitación, dándole un aire seductor a mis cabellos. Ya estaba excitado,
quería poseerla y luego desecharla a primera hora de la mañana, como solía
hacer con todas las chicas que pasaban por mi cama. Mi boca pasaba deseosa por
la piel de su cuello y mis manos caminaban lentamente por su cintura.
Justo cuando pasaba mis dedos por sus muslos, mi celular sonó
repetidamente en la sala de estar. Pude oír los sonidos interminables. Pensé que
seguramente otra chica atrevida quería repetir la experiencia sexual que
habíamos tenido. Estaba con otra chica bastante sensual y quería cogerla hasta
que sus ojos temblaran. No podría complacer a la chica del teléfono. Pero no
dejaba de sonar.
Tuve que dejar de besar su boca porque el sonido no me dejaba
concentrarme. El néctar que emanaba su cuerpo se filtraba por mi nariz. Ella
pedía más. Lo sabía por esos olores. Me pedía que no pensara en mi teléfono ni
las llamadas. Me pregunté por qué alguien me llamaría a las tres de la mañana.
Entonces el celular paró sus sonidos y pude escuchar el gemido de la boca de
mi chica.
Pensé que había alguien jugándome una broma. Una broma sin ninguna
gracia. Lo sospeché cuando me preparé para lanzarla a la cama y a ponerme
sobre ella, pero el celular sonó de vuelta.
La insistencia de las llamadas me hizo pensar que alguien definitivamente
necesitaba hablar conmigo. La chica estaba ya empapada de placer y sus jadeos
me demostraban que ansiaba mi penetración. No quería acabar con su deseo,
pero me vi obligado a besar su cuello y decirle al oído que debía responder. Me
levanté. Vestirme no era necesario: no había nadie más en nuestra pieza.
Además, volvería para hacerle el amor cuanto antes. Caminé para buscar mi
celular y descubría la pantalla iluminada en la sala de estar, lo que me arrancó un
suspiro. Me sentí enfadado por la interrupción. Era Franco. ¿Por qué no estaba
haciéndole el amor a la rubia?
Aunque nunca lo trataba mal, estaba enfadado por su inoportuna llamada. —
Hermano, ¿qué carajo te sucede? —le pregunté con ira mientras ponía mi celular
en mi oído. Él era mi hermano gemelo. Nacimos con solo unos minutos de
diferencia, y como todos los gemelos, teníamos la habilidad de saber si al otro le
sucedía algo. Era una capacidad nata y la habíamos desarrollado con el tiempo.
—¿Qué sucedió? —le pregunté cuando noté que no me respondía.
Estaba asustado. Lo sabía por su voz. Sabía que eran novedades terribles. —
Algo muy malo, Roberto. Nuestro padre tuvo un accidente. No conozco los
detalles. Mamá prefirió no contarme. El asunto es que debemos volver en un
avión a El Bosque, si es posible esta misma noche. Debemos hacerlo, por
nuestro padre, mamá y Génesis.
Mi mente divagaba. ¿Qué estaba sucediendo exactamente? —Carajo, Franco.
De acuerdo, dame un momento. Tengo que empacar mi ropa. Después paso por
ti. Espérame en tu habitación. —Terminé la llamada y mis pasos frenéticos me
llevaron por la sala oscura. Todo lo que era se lo debía a mi padre. Todo, incluso
las grandes sumas en el banco. No era secreto que llevábamos una vida llena de
lujos y comodidades, viajes al exterior y yates. Él había fundado una empresa
que tenía una buena cuota del mercado de piezas de vehículos de alta gama. Y
ahora exportaba a todo el planeta. Lo había hecho cuando había cumplido la
mayoría de edad, cuando aún estaba en la universidad. Apenas si descansaba
después de trabajar en el anexo de su casa tras sus clases. Pero el esfuerzo había
valido la pena, pues ahora esas piezas estaban en todos los autos de lujo del
mundo y su empresa era reconocida por la calidad y alta categoría.
Entré al cuarto y la chica tenía sus muslos bien abiertos. —Cariño, deberás
disculparme, pero tengo una emergencia. Debo viajar a El Bosque. Ahora. —
Ella estaba jadeante de deseo.
Noté que estaba preocupada. —Vaya, ¿sucedió algo malo? —me preguntó
con inquietud. Pero obviamente yo no le revelaría cosas personales sobre mí a
ella o a otra chica con la que tuviera sexo casual. Apenas si sabía su nombre.
Aunque en realidad no podía recordarlo. No podía recordar si le había
preguntado cómo se llamaba. Ya no importaba. Su cuerpo era como el de
muchas otras, que habían pasado por mi cama para darme placer y acostarse
conmigo por mi dinero. Y todo se lo debía a la buena fama de mi papá. Su
preocupación por mi vida personal no era real, aunque era buena actriz para
demostrarme que sí lo era.
Tomé mi ropa regada en el suelo y me puse mis pantalones en primer lugar.
Luego tomé la camisa azul que usaba y me la puse. Me peiné con mis dedos y
tomé aire, tratando de darle a mi mente un respiro para entender lo que pasaba
con mi papá. —En realidad sí —le dije como cortesía. Recordé que debía
empacar mis cosas y buscar a Franco. Debíamos ir a El Bosque y saber con
exactitud qué había pasado. Fui al armario y saqué toda mi ropa. Puse todo
desordenadamente en mi maleta. No iba a ordenarlas, solo a ponerlas dentro de
ella y salir.
Recordé que iba a quitarle su ropa interior cuando el deseo nos había
atrapado a los dos, por lo que su cuerpo estaba casi listo para mí. Giré cuando
todo estuvo dentro y vi que la chica ya tenía su falda corta puesta, igual que su
blusa. Pero eso no la detendría. Buscaría otro hombre rápidamente. Y no me
importaba con quién se acostará.
La chica ya estaba de pie, en una orilla de la gran cama. Puso sus pies en sus
zapatos de largos tacones. Toda su ropa era majestuosamente negra. Si bien los
atuendos de las chicas no me habían importado nunca, había algo en esta chica
que me dejaba perplejo. La ropa le quedaba espectacular. Solo había visto las
caras bonitas y la ropa interior de encaje cayendo por las piernas. Pero nunca
había contemplado cómo una chica se ponía elegantemente sus tacones. Los
lucía muy bien, además. Casi me atrevo a preguntarle cómo lo hacía, pero me
frené, pues recordé que mi padre estaba mal de salud. Entonces tomé mi
gigantesca maleta.
No hacía falta verla para saber que la mirada de la chica estaba fija sobre mí.
Puedo llamarte un taxi si lo necesitas —le dije cuando la vi.
—Gracias, pero también me quedo en este hotel, aunque mi cuarto no es tan
lujoso como este. —No hace falta que lo llames —me dijo. Supe que ya sabía
muchas cosas sobre mi vida. Era claro que quería acostarse con el hombre del
dinero.
Yo respiraba con dificultad. Ella salió. El sonido de la puerta cerrándose
llegó a mis oídos y el pensamiento de mi maleta llena llegó a mi mente. La tomé
y salí raudamente del cuarto. Caminé velozmente por el pasillo hacia la derecha
para llegar a la habitación de Franco y llamar a su puerta.
Franco abrió la puerta. Pasé y puse mi maleta al lado de la puerta. Su cuarto
era idéntico al mío, así que sabía dónde estaba el minibar. Di unos pasos y me
serví un vaso de ginebra bien cargado. Vi su cara perpleja. Estaba supremamente
atormentado. Y no solo eso. Estaba muy asustado.
—¿Has recibido alguna noticia de papá? ¿Algo? ¿Cualquier cosa? —le
pregunté.
La preocupación era mutua. La relación de él con nuestro padre era más
estrecha que la mía. Si bien nos la llevábamos bien y vivíamos casi del mismo
modo, ellos se llevaban mejor. Habíamos viajado mucho juntos, en nuestros
yates o nuestro avión, si bien eso contrastaba con su anhelo de que estudiáramos
en la universidad y nos graduáramos como administradores. Su plan era que
tomáramos las riendas de su empresa, aunque solo teníamos veinticuatro años y
mi padre cuarenta y seis. Como mi padre nunca había tenido problemas de salud,
nunca pensé que ese reemplazo podría llegar tan rápido. —Que está mal. Y
cuando digo mal quiero decir muy mal —me dijo Franco.
—Mamá me dijo cuando llamó que en unos cuarenta minutos llegará nuestro
avión a buscarnos —dijo Franco con dificultad.
Mi padre, al igual que mi padre, amaba viajar. Como teníamos un avión
privado y barcos en cada puerto, además de lujosas mansiones, el transporte no
nos preocupaba. El dinero tampoco nos preocupaba. Había mucho en el banco,
gracias a mi padre. Y ahora estaba en el hospital.
Él había sido una roca y lo había hecho todo para que estuviéramos bien.
Y ahora yo no sabía qué pasaría con él. Ni con su empresa.
CAPÍTULO 2: Franco

El peor día de mi vida


Durante el vuelo, solo pensé que quería llegar a consolarla lo antes posible.
Rápidamente bajé al llegar por la escalera del avión y me dirigí a la limusina que
hacía espera. Cuando mi madre me había llamado para contarme lo que estaba
pasando, la bruma de la desesperación se había posado en su garganta. Roberto
caminó detrás de mí, sin decir nada en absoluto. Yo sabía que la noticia también
lo había golpeado. Fue una agradable sorpresa para mí que no se quedara con la
esbelta rubia en Prados del Este, pues ella lo había deslumbrado. Era mi
hermano gemelo y teníamos una buena relación, pero no éramos exactamente
iguales. A mí también me gustaba salir con chicas distintas cada noche, pero sí
quería empezar una carrera universitaria, como mi padre nos había pedido por
varios años.
Y ahora…
¿Si mi padre...?
Decidí pensar en algo menos tenebroso.
Subí a la limusina, en la parte de atrás, y Roberto hizo lo mismo. Recordé
que mi padre no se dejaría derrotar tan fácilmente. Tenía una salud excelente. No
había tenido ningún problema médico, y estaba seguro de que, si llegara a
tenerlo, lo superaría. Además, no podía abandonar este mundo. Ni a mi madre ni
a mi hermana. Todos éramos felices y no podíamos perderlo. El chofer encendió
el motor, salimos del aeropuerto y tomó la autopista rumbo al hospital. Nuestra
familia ya estaba ahí.
El único sonido que se oía era el motor durante los cuarenta minutos que
pasamos en el auto.
Mi respiración se contuvo. El peor escenario se mostraba inclemente ante mí.
Pedro, el conductor de nuestra limusina, entró en el estacionamiento de la sala de
emergencias del hospital. Abrí la puerta para salir. Roberto caminó nuevamente
detrás de mí. Pedro buscó un lugar vació para la limusina. Él nos acompañaría
después.
Me vi a mí mismo caminando, o corriendo, hacia la habitación, mientras
Roberto caminaba detrás de mí. 3-2B. Esa era la habitación de mi padre. Jamás
podría olvidar ese número. Unos pasos después, vi que había dos figuras
femeninas, cada vez más reconocibles. Se trataba de mi madre y Génesis.
Estaban preocupadas y se tomaron de las manos. Se sentaron mientras un
hombre se acercaba para contarles algo.
Era un doctor. Lo supe cuando vi su bata blanca y su estetoscopio. También
entendí que las novedades que les daba no eran buenas, pues mi madre estaba
más compungida. MI cuerpo estaba paralizado en medio del pasillo y yo no
sabía por qué. Giró y se dio cuenta de que ya estábamos allí. Entonces empezó a
llorar. No pude caminar más. Roberto golpeó su pecho contra mi espalda. Él no
entendía nada. Mamá se levantó y corrió hacia nosotros. Génesis lo hizo
después. Lloraban intensamente.
Nuestro padre había muerto.
Estaba claro. No hacía falta que lo dijeran.
Se había ido de este mundo.
Tratamos de digerir la noticia y asimilar lo que pasaría en el presente y el
futuro. Nuestras vidas habían cambiado por completo. Génesis no había
completado aún sus estudios en la secundaria privada que mi padre había
pagado, con la insistencia de que se graduara allí. Ella eran sus ojos y mi madre
era su alma. Nosotros también éramos importantes para él, pero no dejaba de
vernos como las piezas que debía alistar para que se encargaran de su empresa
cuando tocara hacerlo. Así, mi madre y Génesis no tendrían que preocuparse por
el dinero. Todos nos abrazamos y nos dimos consuelo.
En cada cena familiar, nos daba un discurso sobre la unión familiar y cómo
cada uno de nosotros debía apoyar al otro. MI padre lograba transmitir algo que
yo ya no sentía en su ausencia: paz. Él lograba mantenernos en pie, pero yo
ahora sentía que el piso debajo de mí se derrumbaba.
Mi madre y yo tomamos algunos tragos y luego se quedó dormida. Ella no
solía beber, pero estaba tan mal que sentía que debía compartir con ella unas
copas. Debía hacerlo después de la trágica noticia. Ella estaba en el mueble,
viendo los noticieros, hasta que sus ojos se cerraron. Fui por una sábana y se la
puse en su cuerpo para protegerla del frío.
Génesis, mientras tanto, fue a su habitación y también durmió después de
horas de llanto. Con apenas diecisiete años tenía que enfrentarse a un momento
difícil. Vi su cara inflamada y decidí no despertarla.
Subí las escaleras. Llegué al tercer piso. En esa planta estaba la habitación de
Roberto. También la mía y la de los huéspedes. Además, al final había una
terraza por la que podíamos ver la ciudad. Pasé por su cuarto y noté que su
puerta no estaba totalmente cerrada. No había sabido de él desde que llegamos a
casa, pues me concentré en atender a mi madre. Entonces pasé a su dormitorio y
vi que estaba contemplando la ciudad a través de la ventana prístina de su cuarto.
Di unos pasos hacia él. —¿Ya se durmieron? —me preguntó suavemente.
Lo vi y su rostro asintió, pero no dejaba de mostrar preocupación. Anticipaba
las tormentas que vendrían. —Así es. Deberíamos quedarnos aquí hasta que se
calmen. Y también deberías ayudarnos en la empresa, Roberto. Debes quedarte a
mi lado para resolver este asunto —le pedí.
Mamá nos contaba que cuando acabábamos de nacer dormíamos tomados de
la mano. Luego crecimos y pasamos parte de nuestra infancia en la misma
habitación, hasta que necesitamos nuestros propios espacios. Y si bien
seguíamos siendo unidos, Roberto tenía una forma de manejar las cosas distinta
a la mía, pero ambos sabíamos que no podía dar un paso al costado. El
matrimonio de mis padres, en tanto, había durado treinta y un años y solo los
había separado la muerte. Habíamos tenido mucho dinero, como el resto de
nuestros amigos, pero nuestros padres eran diferentes a los demás. Ellos nos
daban mucho amor y consideré siempre que Roberto era importante en nuestra
familia.
Roberto hablaba con tristeza. Su mirada quebrada veía los rascacielos al
fondo. —Claro que lo haré, Franco, aunque aún estoy en shock. Pensé que mi
padre no nos dejaría tan pronto. Su muerte es terriblemente inesperada. —
Lo que vino en los días siguientes fue confuso para todos.
Teníamos una familia muy grande. Contábamos con numerosas amistades,
pero no bastaban. Le hacían compañía y le daban consuelo a mi madre. Génesis
se había ido a casa de una de sus amigas para sentirse un poco mejor. Esa salida
le había permitido desahogarse y llorar mucho, por lo que nos pareció bueno que
lo hubiera hecho. Y nuestro padre, siempre más inteligente que todos, ya había
planeado cómo sería su funeral. Era increíble.
Había dejado claro que quería que su funeral se llevase a cabo en la Iglesia
de las Tres Cruces. Nos había llevado muchas veces a las misas en esa iglesia
cuando éramos pequeños. Cuando nos convertimos en adolescentes dejamos de
acudir, pero mi padre tenía valores religiosos muy fuertes y practicaba su fe. Mi
hermano y yo elegimos la urna y empezamos a hacer todo para llevar a cabo el
servicio y recibir a la familia en casa, tal como mi padre quería.
Un día difícil para mí. El peor de todos.
La tristeza colmaba nuestros corazones, pero también nos alegramos con las
anécdotas sobre mi padre. Roberto y yo decidimos que no tomaríamos nada de
alcohol durante el servicio, pero nos volcamos a la ginebra cuando todo terminó.
Mi hermano me cedió la botella de ginebra y me sentí terriblemente mal.
Ambos tomamos más tragos. Decidimos que debíamos descansar para
conversar con el abogado familiar, Diego. Había trabajado con nuestro padre
desde siempre y sabía todo sobre el dinero. Y había mucho dinero. No habría
razones para discutir por ello. Cuando fuimos a dormir, nuestros cuerpos estaban
entontecidos por el licor.
CAPÍTULO 3: Roberto

No imaginé vivir esto en ese momento.


Pasé a la oficina de mi padre. Busqué una silla y vi a mi hermano al otro
lado.
—¿Esto tiene que ver con la empresa? —le pregunté.
—Sí. Como sabes, tu padre siempre tuvo el deseo de que te encargaras de su
empresa. Incluso quería que fueses a la universidad y estudiaras Administración
de Empresas. Ahora puedes entender por qué quería que lo hicieras —me dijo
Diego.
Él lucía optimista, pero mamá no estaba tan feliz. Ella lloraba y movía la
cabeza para asentir. —Sé que no lo hiciste, pero eso no significa que todo se irá a
la basura. Hay un buen grupo de vicepresidentes y gerentes de cada área del
negocio. Ellos podrán contarte muchas cosas sobre la empresa. También hay
excelentes contadores, administradores y un gran número de profesionales que te
ayudarán con este reto —contó Diego.
Solo tenía veintitrés años. Mis talentos se reducían a conocer chicas en un
bar y acostarme con ellas. Sabía un poco sobre las cosas que producía la
empresa, pero no me preocupé por estudiar más a fondo pues veía lejano el día
en el que tuviera que hacerme cargo de la compañía. Cuando terminé mis
estudios secundarios empecé a coger chicas como un animal. Era habitual en un
joven con padres ricos como yo. Creen que, como sus padres son ricos, nunca se
verán en la obligación de trabajar.
Eso no sucedería. Y no sabía cómo enfrentarme al hecho de que mi mundo
había cambiado por completo.
Quería calmarme y pensar con cabeza fría. Hablé con mi hermano. Le conté
lo que sentía y le pedí que me acompañara a tomar algo en nuestro bar favorito.
Caminamos unos metros y llegamos al lugar. Ordenamos whisky y nos
sentamos. En la televisión había un juego de básquetbol.
—¿Entiendes algo de gerencia? ¿Algo, aunque sea mínimo? —le pregunté.
Sus hombros se encogieron. Me vio fijamente.
—No sé un carajo, pero ya escuchaste lo que nos dijo Diego. Papá quería que
lo hiciéramos. Además, la empresa está llena de gente talentosa y dispuesta a
ayudar. Y nuestra madre quiere que nos quedemos. Está muy alegre con la
posibilidad de que nos quedemos con ella, dirijamos la compañía y todo salga
bien ahora y en el futuro, para ella, Génesis y todos. Oye, mi madre es una mujer
joven todavía. Puede seguir viajando. La vida no ha acabado para ella".
—¿Lo dices porque quieres que se haga cargo de la empresa, Roberto? —me
preguntó. Sus palabras sonaban punzantes. Yo no quería que mi madre tuviera
esa responsabilidad. Se había encargado de nosotros cuando mi padre viajaba
por negocios, aunque eso no le impedía ser un estupendo papá. Mi madre nos
había criado y nos transmitió fuertes valores. Me parecía que ella sí debía
disfrutar su vida, aunque su esposo ya no estuviera acompañándola. Podría
hacerlo cuando se sintiera mejor. Pensé que, siendo una linda y agradable mujer,
podría incluso volver a enamorarse.
Pero su principal preocupación sería encargarse de Génesis para que se
graduara, primero en su secundaria y luego en la universidad, así que eso no
sucedería. Al menos no pronto. Mi madre se recuperaría, pero si queríamos que
estuviera completamente bien, nosotros también tendríamos que hacer lo que nos
correspondiera.
Asentí con mi cabeza. Otro tragó pasó por mi garganta.
—No. Y creo que tienes toda la razón. Debemos cuidarlas. A ambas. Creo
que debemos ir a la sede principal de la compañía en unos días y conversar con
los jefes y que las cosas sigan funcionando. Me parece que no vamos hace
mucho tiempo, ¿cierto? —Nuestro padre nos dejaba faltar a nuestras clases en la
escuela primaria con la condición de que lo acompañáramos. Así, podía
contarnos qué cosas hacían en la empresa. Nos enteramos un poco sobre el
funcionamiento de la compañía, pero no tanto como para dirigirla. Era una gran
empresa y ahora yo debía manejarla. Me pasmé ante esa posibilidad.
Seguimos bebiendo. Luego caminamos de vuelta a nuestra casa.
Llegamos a la mansión. Me apoyé en el hombro de Franco para subir por la
escalera. Las luces estaban apagadas. El silencio nos transmitía paz. Fui al baño
principal, tomé una larga ducha y después fui a mi cuarto. Caí con fuerza sobre
mi cama. Sabía que todo sería diferente a partir de ahora. Mis vivencias pasadas
llegaron a mi mente. Una detrás de otra. Los recuerdos de mi niñez y mi
juventud jugaron con mi mente, hasta que mi celular vibró a mi lado.
Vi el teléfono. Era Diana. Solíamos salir con cierta frecuencia. Atendí y me
dio el pésame. Me contó que se había enterado y me dijo que podría verme si yo
lo quería.
Era una linda chica y probablemente me ayudaría a relajarme. Quizás su
compañía me haría bien. Me tocaba dirigir la empresa, pero podría dedicar algo
de tiempo a compartir con una chica. Había visto que mi papá había manejado
las riendas de su compañía, al tiempo que no dejaba de ser un padre excelente,
satisfaciendo todas nuestras necesidades y dándonos todo el amor que
necesitábamos. Además, siempre había sido muy amoroso con nuestra madre.
Yo podía llevarla a la amplia mansión, pero no lo hacía por respeto a Génesis
y a mi madre. No me gustaba pasear chicas por la casa. Cuando me invitó a salir,
decidí decirle que fuésemos a su departamento a pasar el fin de semana. Ya había
comprado uno solo para ella.
Ser independientes o adquirir una vivienda no era parte de mi plan. Si bien
papá nos había recomendado comprar nuestras propias viviendas para que
tuviéramos privacidad y más poder de decisión en nuestras vidas, habíamos
pasado tanto tiempo fuera de nuestro país que creíamos que no era necesario.
Además, nuestras amistades solían acogernos en sus viviendas en El Bosque.
Sentí que una suave brisa me relajaba después de todo. El sábado estaba
cerca.
Génesis retomaría sus clases y nosotros tendríamos que dirigir el negocio y
responsabilizarnos por cada paso que diéramos. Mamá hacía un gran esfuerzo
para sobreponerse al luto, y sus amistades estaban ayudándola bastante.
Diana y yo fuimos a un majestuoso bar en el centro de El Bosque.
Conversamos relajadamente, tomamos muchos tragos y unas horas después
fuimos a su apartamento, específicamente a su cama. La penetré salvajemente,
liberando el semen y la preocupación que había guardado dentro de mí durante
más de quince días. Todo el pesar y el malestar salieron de mí con esa
eyaculación.
Diana gritó cada sílaba de mi nombre con placer.
Sus intensos ojos negros me veían con lujuria. Diana era una mujer muy
sensual. Su exuberante cuerpo me invitaba a quedarme con ella. —Carajo, ¿qué
tienes hoy? —me preguntó.
Encogí mis hombros. —He estado estresado —le dije. —Lo he estado por las
últimas dos semanas. Ha sido fuerte para mí. Me hacía mucha falta sacar todo
esto de mi ser. —La vi y me esforcé por sonreír. —Y te agradezco tu agradable
compañía. —Quería sonar amable y relajado pese a todo.
Se esforzaba por respirar con calma. —Supongo que hacerte cargo de la
empresa de tu padre te tiene así —dijo.
—Sí, pero Franco va a ayudarme. Todo saldrá bien. Confío en que los
gerentes de la empresa sean tan buenos que pueda tener algo de tiempo para mí
—le dije a modo de broma. Pero dejé de sonreír. Diana se acercó a mí y me
acarició suavemente. Recordé que mi mundo temblaba bajo mis pies.
. Vi su cara bajo la luz de la lámpara blanca. —Roberto, eres un buen
hombre. Tienes la pasión en las venas. Sé que todo saldrá bien para todos. Serás
un líder exitoso —me dijo. Su voz se oía pesada. Quise quedarme con ella un
rato más, o todo un día más, sabiendo que dentro de pronto tendría grilletes en
mis piernas. Sabía que tendríamos una reunión con los líderes de PAL, Piezas
para Autos de Lujo, la compañía que mi padre había fundado, el siguiente lunes
a las nueve de la mañana, por lo que tenía que entretenerme antes de ese
encuentro. Franco también estaba pasándola bien al norte de la ciudad. Pero yo
ya no tenía tantas ganas de seguir ahí. Anhelaba acompañar a mi madre y
Génesis, cerciorarme de que estuvieran tranquilas y nada les faltara. Ellas
podrían contactarme en caso de que pasara algo, pero a pesar de eso yo no
dejaba de pensar en ellas. Nuestra madre esperaba que no dejáramos de ser
felices y vivir lo que quisiéramos, pero igualmente yo quería estar a su lado.
De todos modos… ella y Génesis podrían arreglárselas en mi ausencia o
resolver algún asunto antes de que yo llegara.
Entonces… carajo.
Me volteé y su cuerpo quedó frente a mi abdomen expectante. Pensé varias
veces en volver a tirármela.
A la mañana siguiente, volví a hacerle el amor antes que desayunáramos. Era
la primera vez que hacía algo como eso con una chica. Diana y yo solíamos
acostarnos cuando ambos estábamos en El Bosque. Ya me había encariñado con
ella. Me atraía, incluso más allá de lo físico, pero yo no quería tener novia.
Fuimos a un hermoso restaurante ubicado frente a una cascada. Comimos,
me despedí de ella y fui a nuestra casa.
Los recuerdos agitaban mí ya aturdido cerebro. Entré y de inmediato volví a
sentir una punzada de dolor. Mi padre y todo lo que había hecho en esta casa. Y
ahora no estaba. Un fuerte aroma a café recién preparado invadió mi nariz. Fui a
la cocina. Estaba nuestra cocinera, Diana. Cocinaba nuestros almuerzos con
delicadeza, como siempre. Cuando notó mi presencia volteó y yo la saludé con
una sonrisa.
—Mi estómago no soporta una hamburguesa más. Me alegra que hayas
preparado esto —le conté entre risas.
Su cara me regalaba una expresión de bondad y empatía. —Hijo, lamento
mucho todo lo que pasó —dijo con una cálida mirada. Había trabajado para mi
padre durante muchos años, por lo que lo quería tanto como el resto de sus leales
empleados. Su cara estaba llena de pesar. —Voy a dejar más comida preparada.
Así podrás calentarla al regresar. Necesitas cuidar tu salud y tu alimentación
como nunca has hecho. —Lo decía porque la comida que llevaban nuestras
amistades cuando iban a la casa no era precisamente la más adecuada.
—¿Y mi madre? —le pregunté. Mis ojos recorrieron la cocina buscándola.
—Podría estar en la terraza. —Habíamos ordenado construir una amplia
terraza hacía unos años. Tenía unos amplios ventanales. Mamá cosía o leía sus
libros favoritos, pero en ese momento solo tomaba café. También podía
refugiarse en ella y sentarse a leer o descansar cuando llegara el invierno.
Tomé un sorbo del café que Azucena me había dado. Vi la ciudad. Luego vi
el precioso rostro de mi madre. Estaba deshecho tras horas de lágrimas e
insomnio. —Mamá, feliz día. ¿Cómo te sientes? —le pregunté en voz baja.
—Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo de prepararme. Era un hombre
joven y con tantas ilusiones, tantas metas aún por delante. Quería vivir muchos
años más con él. Tu padre me hace mucha falta. —Levantó lentamente la mirada
y sus intensos ojos arbolados se toparon con mi cara.
—Yo lo sé, hijo. Tendrás que actuar como todo un hombre y asumir este
cargo, que tiene tantas responsabilidades. Sé que sientes que el mundo se te
viene encima, igual que a Franco, pero debes hacerlo. Era su deseo. Tú nos has
llenado de orgullo todos estos años, al igual que tu hermano, así que sé que
estarás a la altura. —Me veía con tranquilidad, pero la tristeza no abandonaba su
rostro. Yo escuchaba con atención y evitaba responderle.
Era un escenario distinto para mí. Recordé que hacía dos años justamente
había sido mi madre quien nos había buscado para hablarnos con firmeza e
intensidad sobre las vidas que llevábamos, así que no entendí la parte de
“llenarlos de orgullo. —Las vidas llenas de mujeres y alcohol. Estaba en
desacuerdo con el hecho de que viviéramos nuestra adolescencia colmándonos
de vicios.
—Lo estaré, mamá. Todo se lo debemos a él. Voy a hacer todo lo que esté a
mi alcance para que estés orgullosa de mí una vez más. Si algo tengo claro es
que papá hizo todo por nosotros y Génesis. —Pasé dos dedos por su mejilla para
secar el llanto que se desparramaba y amenazaba con arruinar la belleza de su
cara.
Hacía solo unos días llevaba una vida llena de mujeres, alcohol y hoteles, y
ahora era el elegido para encabezar una compañía multimillonaria y con altos
estándares de calidad, con presencia en cientos de países del mundo. Franco no
me abandonaría, pero sabía que también debía hacer un esfuerzo inmenso y
ganarme las cosas. Lo haría para que nuestra madre estuviera tranquila y
despejara su mente, especialmente sobre el negocio familiar. Tenía que superar el
dolor por la pérdida de su esposo. Así mismo, Génesis tenía que pensar en sus
estudios, sin pensar en nada más, como lo habíamos logrado nosotros. No quería
que ella se traumatizara con la idea de encargarse de la empresa. —Franco me
acompañará este lunes a la empresa. Nos reuniremos con los jefes principales.
Así podré profundizar más en las actividades de la compañía. —Le hablé con
seguridad, pero en el fondo no sabía cómo afrontaría las circunstancias abruptas
que ahora me golpeaban.
Giró su cabeza. Vio por la ventana y negó con su cara. —Sé perfectamente
qué edad tienes. Yo también tuve esa edad, aunque fue hace mucho. Por eso
entiendo que no quieres vivir metido de cabeza en la empresa. No quiero que lo
hagas. Más bien quiero que la pases bien el resto de tu juventud. Lo que pasa es
que no quiero vender la compañía. Al menos no aún. —
—Aún no creo que tengamos que hablar de esto en este momento —me
confesó mientras suspiraba y cerraba los ojos.
Miramos los rascacielos una vez más. Continuamos tomando café y el
silencio colmó la terraza.
CAPÍTULO 4: Franco

Un gran día
Las primeras horas del lunes se asomaban en el reloj. Desperté al oír la
alarma ruidosa de mi celular. Me levanté raudamente, apagué la alarma, pero
volví a acostarme y puse una almohada bajo mi cabeza.
Debía asumir mi responsabilidad. Hacer lo que me correspondía.
Roberto y yo la habíamos pasado muy bien con nuestras chicas durante los
días previos, pero eso solo había incrementado la sensación de culpa en mi
mente por sentir que había abandonado a Génesis y a mi madre. Ya no era el
momento de poner mis prioridades en primer lugar. Ahora mis prioridades eran
ellas. Ahora contaban más conmigo. Nuestros amigos y aliados en los negocios
estaban mostrando mucha solidaridad, pero evidentemente para ellas no era
igual. Luego recordé que siendo un chico había estado en la oficina y había
tenido curiosidad por todas las cosas que hacían los empleados en la empresa.
También todo lo que hacía mi padre. Ahora me tocaba a mí hacer todo eso junto
a Roberto.
De nuevo mi celular saltó por la alarma y me vi obligado a apagarla una vez
más. Vi la hora y suspiré profundamente. Sí, me había quedado dormido justo el
día de la importantísima reunión.
Tomé una ducha rápida. Salí del baño, tomé un traje de mi armario y con
velocidad me lo puse, después de cubrir mi cuerpo con ropa interior y medias.
Bajé por las escaleras. Mi corbata azul oscura y la chaqueta del traje estaban en
mi mano. Fui a la cocina para tomar algo de café oscuro antes de irme. Mi
hermano ya estaba en la cocina y nos vimos con intensidad. Lucía una camisa
blanca muy elegante y su traje era igual al mío. Tenía la misma idea de elegancia
que yo. Me sirvió una taza de café.
La recibí y lo tomé con alegría.
Nuestra madre llegó a la cocina y nos vio. Una amplia sonrisa se asomó en
su boca. Nos abrazó con fuerza a ambos y recibimos besos de su boca en
nuestras frentes. Evoqué los recuerdos de mi infancia, cuando hacía lo mismo
después de que jugábamos en el parque. —¿Ya te sientes preparado, hermano?
—me preguntó Roberto con un tono de voz apagado por el sueño. Le dije que sí,
aunque no estaba seguro.
—Hijos, lucen perfectos hoy. Están tan elegantes que son idénticos a su papá
—nos dijo. —No se preocupen por los jefes. Los tratarán muy bien. Son buenas
personas. Su padre no los habría contratado si tuvieran un temperamento
distinto. —Trataba de no llorar con sus frases.
Conversamos mientras desayunábamos unos emparedados. Tomamos uno de
los autos y salimos a la empresa.
La compañía era el resultado del esfuerzo de nuestro padre y su socio, Iván.
Se unieron para crearla, pero Iván había decidido jubilarse antes que él y abrir
otra compañía que no tenía nada que ver con el sector industrial ni los
automóviles.
Los nervios agrietaban mi pecho, aun cuando no habíamos llegado a la
oficina. Tomamos la autopista y después de una media hora llegamos al inmenso
rascacielos que se abría paso ante nosotros. En ese gran edificio se tomaban las
decisiones trascendentales y se firmaban todos los documentos necesarios para
que la compañía avanzara. Vi el rascacielos al levantar mi mirada. Entramos al
estacionamiento.
El auto se apagó y salí de la camioneta, acompañado de mi hermano.
Pedimos el ascensor. Cuando llegó, subimos y alcanzamos el décimo piso. Vi el
espacio y Roberto hizo lo mismo. La oficina de mi padre ocupaba casi todo el
piso en cuestión. La recepcionista nos recibió con un apretón de manos y una
sonrisa que no disimulaba la tristeza. Nos llevó al salón de reuniones, en la
esquina izquierda del piso diez. Los trabajadores no paraban de teclear, llamar y
trabajar. Las ventanas ofrecían un lindo panorama de El Bosque y los tonos
azules de las oficinas me relajaban un poco. Como nuestro padre era un hombre
exigente, no quería que sus trabajadores estuvieran en un ambiente pesado, que
no invitara a trabajar. Y su visión se había hecho realidad.
El salón donde nos reuniríamos cabían unas treinta personas cómodamente
sentadas. Era muy amplio. Había comida para varios gustos en una esquina
derecha, así como agua, té y jugos naturales. Ya había un sujeto leyendo unos
documentos en una carpeta. Cuando llegamos, se levantó y nos saludó
efusivamente. Supe que se trataba de Ernesto, uno de los vicepresidentes.
—Por fin conozco a los hermanos Roque, los chicos de los que tanto me han
hablado. —Sonreía y nos veía con educación. —Oigan, lamento mucho la
muerte de su padre, así que haré mi mejor esfuerzo para que este proceso sea
sencillo y fácil de llevar. Fue un hombre muy solidario conmigo, con todos en
realidad. Todos tenemos más de una década trabajando aquí. Eso demuestra que
nos sentimos bien trabajando aquí y quieren quedarse para crecer en la empresa.
Trabajé con su padre muchos años y puedo decirles que era muy estricto, pero se
la llevaba muy bien con todos porque era respetuoso y amistoso. Todos en la
empresa queremos colaborar para que ustedes se sientan a gusto y que el legado
de su padre se mantenga sólido, así como sus valores de empatía y amistad.
Roberto y yo nunca habíamos tenido que trabajar. Nunca lo habíamos hecho
ni siquiera por una semana. Era una experiencia en la que arrancábamos desde
cero. Ernesto hizo un gesto para mostrarnos el lugar. Era tan amplia y
confortable como la suite presidencial de un hotel. Volvimos a escuchar sus
palabras. Tomamos asiento y repentinamente unas veinte personas aparecieron
de la nada. Nos saludaron, uno por uno, con sus manos apretando fuertemente
las nuestras. Nos daban el pésame y luego abrían sus carpetas. Decidimos tomar
algo de café. La máquina había sido importada especialmente para la empresa de
mi padre
tres vicepresidentes que dirigían las operaciones. Eran igual de talentosos y
tenían años de experiencia. Eran de otra galaxia, como decía mi padre.
Empezaron a darnos los datos más sencillos sobre las actividades de PAL, y
luego nos dijeron que habría otra reunión más después. Ciertamente, nuestro
padre había contratado a los más idóneos. La vicepresidenta de atención al
cliente nos dio una explicación detallada sobre su área. La empresa se había
ganado su espacio y reputación con los productos de calidad que manufacturaba
y su servicio de atención a sus clientes. Ahora lo veía “en vivo. —La
vicepresidenta sabía muy bien lo que hacía. Era muy inteligente y hablaba con
propiedad. Además, era impresionantemente hermosa.
No era la única. Muchas mujeres atractivas pasaban por los pasillos. Roberto
también lo había notado. No obstante, seducirlas no era buena idea. Estábamos
llegando y debíamos separar el trabajo de los senos y los traseros. Además, era la
empresa familiar, el legado de nuestro padre. No quería manchar su límpido
nombre por un deseo sexual. Todos lo habían respetado durante años por su
dedicación a la empresa.
El contador, Carlos García, se sentó a nuestro lado y nos contó
minuciosamente sobre el estado financiero de la compañía. Carlos siempre había
sido un gran profesional y ayudaba mucho en la compañía. Su plan era reunirse
con nosotros cada tres meses exclusivamente para que nos mantuviéramos al día
con el pago de todos los impuestos y deudas. Nuestro padre nos había contado.
No solo él, sino todos los asistentes. Hacían toda la parte fuerte, de tal modo que
nuestro padre se dedicaba a otras labores. Continuamos conversando con él un
rato más. Él estaba contento de contarnos sobre los números. Al terminar, los
vicepresidentes nos invitaron a almorzar.
Las aceras estaban llenas de gente. Fuimos al elegante restaurante Primavera
Azul. Una mesa ya estaba esperándonos. Vi los pasillos llenos del radiante sol
que penetraba por los delicados ventanales. Roberto se sentó a mi lado. Un
suspiro de calma salió finalmente de su boca. No había estado tranquilo durante
las conversaciones con los gerentes. Tomé agua y su mirada se sostuvo sobre la
mía. Los líderes de la compañía no dejaban de mirarnos, como si esperaran
nuestras palabras o decisiones, aunque solo fuese una.
Tomé más y Roberto también bebió un sorbo. Luego, dos camareros llegaron
a nuestra mesa. Tenían amplias bandejas llenas de un variado menú y múltiples
bebidas. Yo actuaría con cautela, como siempre hacía, pero sabía que mi
hermano actuaba de forma más impulsiva que yo. Me impactaba pensar cómo
reaccionaría si le hacían una pregunta que lo incomodara o si le tocaba
enfrentarse a una crisis.
El ambiente era distendido, aunque yo no estaba tan calmado como los
vicepresidentes. Disfrutamos nuestro almuerzo, conversamos sobre la empresa y
tomamos algo de vino. Después de esos noventa minutos que nos tomó almorzar
volvimos al rascacielos. Unos fotógrafos se ocultaban en los arbustos para
tomarnos algunas fotos.
Nuestra incorporación a la empresa sería noticia de portada en la prensa y los
noticieros de la televisión.
Nadie sabía si esa avalancha de atención nos beneficiaría.
La tarde transcurrió mientras estábamos en la oficina que hasta hacía unos
días había ocupado mi padre. Los vicepresidentes estaban a nuestro lado. Nos
hablaban sobre las computadoras desde las cuales podríamos ver cada una de las
cosas que sucedían en la compañía, así como los balances financieros y las
operaciones en el exterior. Me encantaron con las novedades tecnológicas que
los técnicos habían instalado y me sentí cómodo al saber que si teníamos
inconvenientes, esas computadoras tan modernas nos ayudarían. Nos sentimos
bien en ese lugar, sabiendo que él había estado allí por tantos años, haciendo lo
que le gustaba. Cuando vi que las luces se apagaban sobre nosotros, supe que
algunos de los empleados se iban a sus casas. Me alegré de saberlo. Había
oscurecido sin que yo me diera cuenta. Eran casi las ocho de la noche y no lo
supe hasta que vi el reloj.
Hasta ese momento, todo iba mejor de lo que esperaba. Saludamos a todos
los jefes para despedirnos. Luego hicimos lo mismo con los empleados que aún
estaban en las oficinas.
Salimos al estacionamiento para subir al auto. No dijimos absolutamente
nada
—Carajo, hermano. Qué buen sitio —dijo Roberto cuando encendió el auto.
Hablaba en voz baja. —Cuántos culos deliciosos en un solo lugar. —Él seguía
siendo el mismo de siempre. Reí con sus palabras.
Una luz roja nos detuvo. Vi a mi hermano con firmeza. —Lo sé, pero
debemos ser profesionales, Roberto. No olvides que estamos aquí por negocios.
Hay que ser muy firmes y frenar nuestros instintos. Se lo debemos a nuestros
padres. Además, hay fotógrafos muy pendientes de todo lo que hacemos. Hay
que mantener un perfil bajo. No puedes hablar así en público., Toda la prensa se
enteraría y te harían papilla. —
—Sé de muchos empresarios que unen el sexo con los negocios y siguen
siendo ricos. De hecho, sus fortunas crecen y crecen y más mujeres quieren
acostarse con ellos. Es cuestión de que lo intentemos a ver si a nosotros también
nos funciona —dijo Roberto a modo de chiste. Luego negamos con nuestras
cabezas.
—Por lo tanto, tu plan nació muerto. Esta empresa solo hace piezas para
automóviles. No somos los jefes de una compañía petrolera ni de un estudio
cinematográfico. Y nos diferenciamos de ellos porque no tenemos ni la más
remota idea acerca de cómo dirigir una empresa —le dije entre risas.
Después de un trayecto que se hizo lento, volvimos a la mansión. Nuestra
madre había preparado algo de cena para cuando llegáramos. Tomamos asiento.
nos recibió con más alegría que en los días previos. Era la primera vez en mucho
tiempo que podíamos relajarnos a disfrutar de una agradable cena en familia. Si
bien mamá todavía tenía un semblante abrumado por la tristeza, nos oía con
atención todos los detalles que le dábamos sobre las reuniones que habíamos
tenido. Génesis también nos escuchaba mientras comía lentamente, pero su
mirada estaba distraída. Se notaba que nuestro padre le hacía falta. No estaba tan
aliviada ni compenetrada en la charla como nosotros.
Le pedí que saliéramos a cenar durante la semana. Lo hice con la intención
de que olvidara un poco todo lo que estaba pasando. Ella aceptó y una pálida
sonrisa apareció en su cara. Se levantó de su asiento y pidió disculpas. Nos dijo
que tenía tareas pendientes y debía terminarlas cuanto antes. La despedí con una
tibia sonrisa. Génesis era muy diferente a mi hermano o a mí cuando teníamos su
edad.
Todos terminamos nuestras comidas. Salí a hacer algo de ejercicio en el
gimnasio de nuestra casa y luego a dormir. Pasé primero por el cuarto de
Roberto para invitarlo al gimnasio, pero vi que tenía su celular en la mano y
sonreía felizmente. Aunque éramos parecidos en muchas cosas, a él le gustaba
seducir a más mujeres, por lo que la suma de sus chicas era más abultada que la
mía. Recordé cuántas veces había visto esa expresión de felicidad en su cara.
Habían sido muchas veces en los últimos años.
Pasé a la habitación y me vio al notar mi presencia. —¿A quién cazaste esta
vez? —le pregunté.
Su mirada se quedó a la pantalla de su celular. —A Verónica. Es una chica
que trabaja como camarera en una cafetería del sur de la ciudad. La conocí hace
dos días —me informó. —¿Vas a hacer ejercicio? —me preguntó cuándo me vio.
—Así es. Creo que deberías acompañarme. Podrías alcanzar la perfección de
tu cuerpo, como ya lo hice yo —le dije. Sonrió con mi chiste.
—Tal vez otro día. Mañana tendremos una larga jornada de trabajo. Hoy solo
quiero dormir. Estaremos allí todo el día. ¿Recuerdas cuánto tiempo pasaba papá
allá? —me preguntó.
—Sí. Solo espero que todo salga bien —le dije. Salí de su cuarto para que
prosiguiera enviando sus mensajes atrevidos a la camarera.
Me sentí triste al no poder hablar con mi padre. Para calmarme, fui al
gimnasio e hice ejercicios durante un largo rato. Cuando me sentí cansado, tomé
una ducha rápida y dejé que mi cuerpo se deslizara sobre la cama.
Quería pedirle consejos a mi padre, preguntarle cómo hacer frente a todo lo
que me pasaba y expresarle mi profunda gratitud por todo lo que había hecho por
mí.
Pasé mi tiempo en mujeres y viajes alocados. No había tenido esas charlas
con mi padre y ahora era tarde para ello. Me arrepentía de haberlo hecho. Mis
pensamientos de desconsuelo me aturdieron mientras miraba por la ventana y la
penumbra se posaba en mis ojos. Luego de un trato, me quedé dormido.
CAPÍTULO 5: Roberto
Como ya había comentado con mi hermano, serían jornadas muy largas.
Solo dormía cuando llegaba la madrugada. Solía quedarme hasta esas horas
enviando mensajes de texto para coquetear con alguna chica o viendo otras que
me parecían atractivas. Lo disfrutaba, pero mi hermano no estaba de acuerdo. Y
con el paso de los días era más insoportable.
Yo veía la ciudad para distraerme. Franco quería involucrarse completamente
en el trabajo y apenas tenía tiempo para relajarse o ver alguna chica. Lo de él en
la oficina iba en serio. Y mis familiares no dejaban de verme como si quisieran
saber si yo planeaba hacer lo mismo. —¡Carajo, hermano! —me lanzó desde la
computadora.
Recordé a nuestro padre y le agradecí que esa oficina fuese privada. No
quería que los empleados de PAL vieran cómo mi hermano me recriminaba. —
No tienes que gritar. Solo dime qué sucede —le dije, tras cerciorarme de que
nadie nos oía porque la puerta estaba bien cerrada.
Se alteró. Sus hombros se tensaron al ver unos datos en la pantalla de la
computadora. —¿Qué sucede? Que hay un montón de cosas pendientes. Aun
cuando todos ayudan, tenemos una grave demora en las últimas entregas. —
—Si mal no recuerdo, nuestro padre contaba con una asistente. Solo estaba
allí para ayudarlo con todo —le contesté. No lo había pensado, pero estaba
resolviendo el problema de mi hermano. Él me vio con asombro y se quedó en
silencio un rato.
Movió su cabeza ante mi planteamiento y después abrió ampliamente sus
ojos.
—Sí… Buscaríamos una asistente… para que nos ayude y haga otras cosas
—le dije lentamente con cierta malicia en mi tono de voz.
Reclinó su cuerpo y peinó su cabello con su mano. —¿Exactamente qué
buscarías? —me preguntó Franco.
Mi cerebro se detuvo en las secretarias que habían intentado seducirme.
Incluso se habían atrevido a llegar a la oficina en ropa muy escotada para
convencerme de revolcarme con ellas una noche. —Creo que en esta empresa
hay muchas mujeres atractivas, pero no podemos acercarnos a ellas, aunque
coqueteen abiertamente con nosotros. Son nuestras empleadas —le dije, para
recordarle lo que pensaba sobre la situación.
—Entonces contrataremos una asistente, una chica que desborde sensualidad
y nos ayude con el desastre de la oficina. Que esté bien buena. ¿Qué opinas? —
le pregunté.
—¿Sería como nuestra asistente sexual? —Interesante, me dijo.
Me veía con un intenso brillo en sus ojos. —Algo así. Tendría que tener
muchas aptitudes para que pueda ayudarnos, de tal modo que nos relajemos y no
tengamos tantas cargas sobre nuestros hombros —dijo, y luego no dejó de hablar
sobre la chica que buscaría. Imaginé que nuestro padre no llegaría a hacer algo
así, pero él estaba casado con nuestra madre y nosotros éramos solteros. Luego,
siendo un hombre tan feliz con su esposa, no había sentido esa necesidad porque
ambos se amaban.
Me parecía que podía funcionar. Ya habíamos pasado por situaciones en las
que compartíamos una chica.
De hecho, lo habíamos vivido en varias ocasiones.
Había chicas interesadas en tener una noche de salvaje sexo casual con un
tipo sexy. Y tener un hermano gemelo contribuía con la idea. Vi la oficina
mientras caminaba. El lugar era amplio y abría un abanico de posibilidades para
hacer el amor. Además, como solo había ventanas hacia el exterior, si
cerrábamos la puerta nadie nos descubriría.
—Tengo mis dudas —me respondió. No obstante, estaba claro que añoraba
tener una buena noche de placer. Solo había trabajo y sabía muy bien lo que
pasaba por su mente.
—Los vicepresidentes saben que tenemos una montaña de trabajo y nos hace
falta más personal talentoso. Entrevistemos a algunas candidatas —le sugerí
mientras sostenía mi mirada sobre la suya.
—De acuerdo —me dijo Franco. Volvió a ver la pantalla de su computadora
y se dedicó a responder un correo electrónico. Podríamos contar con una persona
que ayudara en la oficina y hasta olvidarnos de la empresa por uno o dos días a
la semana. Había mucho trabajo para todos, como él aseguraba, así que no
queríamos cargar al personal con más labores. Sí, podría funcionar. Para la
asistente sería el trabajo ideal, con un buen sueldo y buenas condiciones.
Concertamos las entrevistas para la siguiente semana. Más de treinta chicas
lindas y jóvenes pasaron por nuestra oficina. Cada una más hermosa que la otra.
Lo pedíamos antes de que entraran a la oficina y empezáramos con la entrevista
para comprobar sus talentos.
Después de concluir todas las entrevistas decidimos contratar a una linda
chica francesa. Se había graduado en Gerencia, aunque sabía muy bien qué otros
temas nos acercaban a ella, la otra cara de nuestras solicitudes. Había estudiado
Administración de Negocios en el Exterior, un título rimbombante e interesante,
pero que no nos había convencido de contratarla. La habíamos buscado por otra
cosa. Cuando estábamos a punto de contratarla, le dijimos que buscábamos de
ella y le informamos que le pediríamos firmar un estricto contrato con una
cláusula de confidencialidad, de tal manera que no le contaría a nadie lo que
pasara puertas adentro. Sonrió con picardía y luego nos vio a los dos fijamente.
Su mirada expresaba algo de deseo. Tenía veinticuatro y su nombre era Amelia
Fontes.
La contratamos, estrechamos su mano y le cedimos el largo contrato para que
lo leyera y lo firmara para que pudiera empezar a trabajar. Estuvo de acuerdo
con nuestras peticiones. Una vez que leyó todas las páginas con calma, firmó en
cada casilla. Hablamos con ella de nuevo para decirle que podía incorporarse la
semana siguiente. Nos dio la mano y sonrió. Después salió de la oficina, no sin
antes mostrar el vaivén inquietante de sus caderas, convenciéndonos de que
habíamos tomado la decisión correcta al contratarla.
Mi pantalón comenzaba a subir por el movimiento de mi pene. —Por favor
dime que refrescaste tus ojos viendo ese rico trasero —le dije a Franco. Por
supuesto que lo había mirado. Si bien Amelia era una chica muy joven, era muy
talentosa y tenía claras sus metas. Agregarla a la empresa le haría bien a la
oficina.
—Claro que lo vi, y ahora quiero ver sus tetas —me dijo Franco de
inmediato. Faltaban unos días para poder ver sus senos, pues restaba todo el fin
de semana para que empezara a trabajar, pero eso no era problema. Más de una
chica tendría ganas de ser penetrada por mí.
Me imaginé en la oficina con Amelia. El gran escritorio, el amplio sofá, el
baño privado y exclusivo de la oficina. Todos eran lugares interesantes para
hacerle el amor. Me excité con esa imagen. Como nuestro padre trabajaba
durante muchas horas y no le gustaba salir para no desconcentrarse, había pedido
que la oficina tuviera todas esas comodidades. Entrecrucé mis manos y le
expresé mi agradecimiento por esa decisión. Sentí pena por profanar en cierta
forma su espacio, pero supuse que le había regalado una mañana de amor en esa
misma oficina a mi madre. Habían sido una pareja amorosa todo el tiempo y no
me extrañaría que le demostrara ese amor en su oficina.
Quería volver al trabajo y sacudirme las inquietudes de mi hermano. Dejé de
pensar en ello y fui hacia mi computadora. Me recriminé mentalmente por lo que
hacíamos y quise echar para atrás todo, pero sabía que no podía buscar a ninguna
de las empleadas de la oficina. Al ser los propietarios de la empresa acostarnos
con alguna de ellas no era viable, aunque estuvieran muy buenas y quisieran
mostrarme su trasero. Amalia, en cambio, ya sabía los detalles del contrato y
mostraba ganas de satisfacer nuestras necesidades. Comprendí que mi labor en la
oficina cambiaría para bien.
Salimos de nuestra oficina. Mi mente no dejaba de idear encuentros sexuales
con Amelia. Estábamos muy contentos. Cuando vi a los vicepresidentes les
informé que teníamos muchas cosas pendientes y ella llegaría “solo” para
ayudarnos. Les dije que nos parecía mala idea darles más trabajo. Quedamos
como unos jefes considerados y racionales.
Parecían tomárselo con tranquilidad. Nuestro padre había contratado a varias
asistentes en algunas ocasiones. Por ello, no les parecía desconcertante.
Encendimos nuestro auto y nos vimos fijamente por un rato. Luego sonreímos y
fuimos a la mansión para la cena.
Pero decidimos que no le contaríamos a nuestra madre lo que pretendíamos
hacer. Queríamos que supiera simplemente que nos partíamos el lomo en la
oficina y que todo lo hacíamos por ella y Génesis. Me alegré de haber ideado un
plan tan perfecto, porque si buscábamos a una chica para que nos ayudara,
tendríamos más tiempo para ellas. Además, la chica se encargaría del trabajo que
habíamos estado haciendo en las noches o los fines de semana.
Fuimos con unos amigos la noche del viernes, cuando dejamos la oficina, a
un bar para tomar algunas cervezas. Mi madre y Génesis ya habían planificado ir
al cine o algo así. Fuimos a nuestro bar favorito, pero estaba atestado de gente.
Sin embargo, al ser clientes frecuentes, el dueño nos encontró una mesa desde la
cual podíamos disfrutar el juego de fútbol que transmitía la televisión.
Conversamos y bromeamos mientras comíamos unos aperitivos y tomábamos
algunas cervezas.
En el bar me había fijado en una linda morena que estaba sentada al fondo de
la barra. Tras cruzar algunas frases, me convencí de salir del bar con ella para
pasarla bien. Cuando salimos, mi hermano hizo su parte: buscó también una
chica para acostarse con ella. Era una linda pelirroja con unas tetas enormes y
unos labios gruesos. Y estaba preparada para el sexo.
La ciudad y el cielo lleno de un oscuro infinito se mostraban majestuosos
ante nosotros. La pasamos bien. Nos quedamos juntos un día más, y el domingo
me despedí de ella, pues recordé que ese día tenía una cita infaltable: la cena con
Génesis y mi madre. Cuando cenamos me sentí incómodo, pues mamá empezó a
llorar, pero nos mantuvimos juntos, intentando acabar con su tristeza al
recordarle momentos felices con nuestro padre. Cuando me quedé a solas con mi
hermano, fuimos a la terraza a tomar algunos tragos.
—Ya estamos cerca. Se acerca el día —me dijo con calma mientras me veía
fijamente.
—Sí. Mañana será un buen día para ambos. Nuestra madre nos necesita. Con
esta asistente podremos pasar más tiempo con ella, así como pasarla bien y
terminar el trabajo. Es lo mejor que podemos hacer. —
Mi plan me inflamaba el pecho de orgullo. —Tienes toda la razón —le dije.
Una chica nos hacía falta para divertirnos, pero también para honrar la memoria
de nuestro padre y hacer que su empresa siguiera siendo exitosa.
CAPÍTULO 6: Roberto

Nuestro primer trio


Al día siguiente desperté bien temprano. Tomé una ducha caliente y me vestí
con un traje oscuro muy elegante. Después bajé para tomar un café un café negro
antes de salir. Franco estaba ya en la cocina. Charlaba con nuestra madre y ella
se servía su taza de café con dos cucharadas de azúcar, como le gustaba. No
sabía si él estaba más nervioso que yo o viceversa. Creí que todo saldría muy
bien para todos. Estaba feliz de haber buscado a una chica como Amelia para
que nos echara una mano… en varias cosas.
Ningún empleado había llegado al rascacielos. Era bastante temprano. Al
entrar en nuestra oficina dejamos la puerta a medio abrir. Nos dedicamos a
encender las computadoras y las lámparas y después desayunamos. Solo faltaba
que llegara nuestra chica. Digeríamos los emparedados mientras esperábamos
que tocara la puerta. Guardamos uno para ella, aunque presumíamos que no los
comería porque seguramente hacía dieta para mantener su excelente cuerpo
tonificado. Estaba buena por donde la miráramos.
Una sombra de mujer con tacones se acercó a la puerta. Mi hermano y yo
miramos simultáneamente, como si hubiésemos planeado hacerlo. La chica tenía
una falda fucsia completamente ceñida a su cuerpo y la blusa ligeramente gris
resaltaba su perfecto busto. Sus ojos se veían más oscuros por el delineador que
se había aplicado. Su boca estaba pintada de un profundo carmesí. Además, el
rímel que había escogido era perfecto. Me imaginé sus estupendos labios
succionando todo mi pene.
Franco le sonrió y ella se acercó a nosotros. —Hola, Amelia —le dijo. —
Espero que disfrutes tu primer día en PAL. —
Nos saludó con su mano, de forma muy educada y profesional, pero la
sensualidad que desbordaba no dejaba de maravillarme. Mi cuerpo reaccionó,
tensándose desde los pies a la cabeza. Sus labios se posaron en mi mejilla y la de
Franco.
La situación estaba gustándome.
La luz del sol chocaba tímidamente con los lunares de su pecho. Caminamos
con ella por la sala de descanso. Le mostramos las comodidades y el baño
público. Además, le dijimos que había uno privado que salía de nuestra oficina.
Ella siguió viendo el lugar y giró para volver a la oficina principal. Recordé una
vez más cómo se sentía al saber que nadie más podía verla. Quería que su cuerpo
se mostrara solo para nosotros.
Era importante que supiera todo sobre las actividades que desarrollábamos,
solo para que la gente no sospechara. Por ello, Mi hermano la llevó de la mano a
la oficina. Le habló sobre el software que estábamos empleando en nuestros
ordenadores y qué funciones tenía. Cuando di unos pasos hacia ella vi su cuerpo
de reojo. Noté el final de su falda. Sus esbeltos muslos se asomaban y
provocaban un infinito placer en mi cuerpo. Humedecí mis labios y Franco me
vio. Su sonrisa se mostró paulatinamente. Entendió lo que yo quería. Quité la
silla que me separaba de su anatomía y llevé mis dedos a su falda. En unos
segundos mis dedos tocaron su rodilla levemente. Ella me vio fijamente y
después se vio a sí misma. No me detuve. Más bien seguí tocando otras partes de
su piel.
Vi la puerta. Quería comprobar que estaba cerrada y nadie nos veía. —Ya
veo que les gusta la acción —dijo ella.
—Con una chica tan hermosa como tú no dejo pensar en tener acción —le
dije. —¿Estar aquí y que te veamos te calienta? —Franco veía cómo su pierna
quedaba apretada por mis dedos.
Jadeó varias veces. Esa fue su respuesta. Franco puso su mano en su pecho y
yo vi su rostro para comprobar su reacción. Sus labios se acercaron a los de ella
y yo introduje mis dedos más arriba. De inmediato me topé con su ropa interior
elegante. Rocé su entrepierna y la piel de su ingle y ella respondió con gemidos
que chocaban con la boca de Franco. Entonces palpé su vagina con fuerza y noté
que sus piernas querían salir de esa falda tan ceñida. Las yemas de mis dedos se
bañaron con su humedad. Eso no me importó, pues toqué su vagina de nuevo,
con más fuerza, y me detuve en ella mientras me percataba del calor de su
cuerpo.
. Ya estaba excitada y tensa. Mi hermano besaba su boca con una pasión cada
vez mayor. Su excitación era tal, que cuando la penetré con mi dedo sus gemidos
quedaban atrapados en su garganta. Mientras Franco seguía devorando su boca
con sus labios, sus dedos tomaron sus senos y yo llevé dos de los míos a su
interior, dejando que ellos entraran y salieran, sintiendo los jugos de su clítoris.
Noté que estaba muy cerrada. Como mi erección ya era grande, mis bolas
querían liberarse de la prisión de mis vaqueros. Pero la trataríamos con calma,
para que no sintiera obligada y se tomara todo el tiempo que necesitara. Tenía
que ser paciente. Por mi hermano y por mí. Sabía que ella no necesitaría mucho,
pues me miraba y gemía con mucho calor. Solo pasarían unos segundos para que
la tuviéramos bajo nosotros.
De hecho, los dedos de Franco palpando sus tetas y sus labios endulzándose
con su boca estaban a punto de hacer que Amelia acabara pronto. Pronto la
cogeríamos. Como sabía que eso era inevitable, dejé mi mano fuera de su cuerpo
y llevé mis dedos a mi garganta para sentir su sabor. Me deleité con su dulzura.
Lo único que pude hacer fue cerrar mis ojos y dejar que su dulce sabor cautivara
todo mi cuerpo y se quedara aferrado a mi memoria. Se deslizaba hacia mi
cuerpo con el movimiento de mis dedos en su vagina, mientras sus jugos
llenaban la palma de mi mano.
Amelia estaba tan caliente que su cabeza quedó en mi abdomen y sus ojos
estaban cerrados. Abrí mis ojos unos segundos después. Vi que Franco se había
deshecho de su camisa y atrapaba su pezón con sus labios. Su lengua recorría
todos sus senos como si quisiera devorarlos. Ella siguió gimiendo y el fresco
aroma de su cabello se mezclaba con su sabor en mi garganta. Y todavía faltaba,
pensé.
Tras un instante, no soportó que le hiciéramos algo más. Se levantó de su
silla y otros jadeos de su boca nos informaron que necesitaba respirar. Pensamos
que volvería a la acción, pero lo que hizo fue caminar al baño, con sus piernas
temblorosas. MI hermano y yo estábamos impactados. Nos veíamos sin saber
qué decir. Quedé con su aroma en mi nariz y su dulzura en mi garganta. Franco
había quedado con su lápiz labial en su boca.
—Hermano, buscarla fue lo mejor que se te pudo ocurrir —me dijo, con un
tono bastante bajo. Le respondí con una sonrisa.
~~~~~~~ Tres días después ~~~~~~~
Amelia hacía sus labores eficientemente y cada día aprendía más sobre las
operaciones de la empresa. Pero lo que más estaba conociendo era otra cosa:
nuestra atracción hacia ella. Nuestro deseo de hacerle el amor a cada rato. Y ese
deseo era peligroso. Con el paso de los días, empezó a fraternizar con algunas
chicas. Lógicamente, su amistad con ellas se hizo más profunda con el paso de
los días. Les dijo que tenía una relación larga con un chico, que tenía ocho años
con él. Al mentirles de ese modo, las convencería de que estaba con nosotros
exclusivamente por trabajo. El prestigio de la empresa era importante.
No me había quedado claro si había sido mi hermano o yo quien le había
hecho el amor antes. Solo recuerdo que un lunes, recién llegados a la oficina, la
metí en el baño privado. Franco no estaba, pues había salido con nuestra madre a
realizar algunas compras y retirar algunas encomiendas. En ese momento la
oficina estaba cerrada y cuando entré al baño ya no tenía ropa. Su vagina se
tensó sobre mi pene y sus muslos se tensaron sobre mis caderas. La sensación de
placer fue emocionante, aunque cualquier adjetivo se queda corto. Empecé a
penetrarla con fuerza, pero luego decidí bajar mi ritmo. Sus uñas arrancaran
minúsculos trozos de la piel de mi espalda. Sus tetas rebotaban contra mi
abdomen. ¿Quería ser el primero que la llevara a la cama? Me importaba un
bledo.
Me besó y mordió mi sien. Sus dedos estaban hiriéndome más fuerte. Llevar
unas camisas adicionales para estos momentos de “arduo trabajo” había sido una
idea genial después de todo. Y que mi padre también ordenara que construyeran
una pequeña ducha en su oficina lo había sido aún más. Después de cogerla,
entrábamos allí para asearnos y despojarnos de nuestros sudores. Amelia recibió
otros bombeos de mi pene y en unos segundos se vino. Mi cuerpo también se
estremeció, y su vagina contorneándose sobre el condón que usaba hizo que
poco después yo también me viniera. Un grito de placer atravesó su garganta.
Lamió mis labios y mi cuello, llenándome de calor.
—Roberto, me encanta cuando me coges. Quiero que lo hagas una y otra vez
—jadeó sobre mi cuello. Entonces obedecí, con suavidad y lentitud, hasta que no
pudo más y cayó al suelo, arropada por otro orgasmo. Otros besos suyos se
posaron en mi boca.
Intercambiamos sonrisas. Me dio un beso cálido. Luego tomó aire y buscó su
ropa. Estaba desordenada en el escritorio de mi padre. El mismo en el que él
había trabajado por varias décadas. Suspiré al sentir remordimiento, pero cuando
descubrí de nuevo el cuerpo desnudo de Amelia me concentré en su dulzura.
Ese día, Amelia tenía sus labios pintados de un suave rojo. Ese tono
combinaba con el uniforme de la empresa. El mismo tono que había quedado
adherido a mis bolas. Una vez que habíamos terminado, ella puso sus manos en
mi pene, retiró mi preservativo, lo puso en una bolsa y lo dejó en la basura. Pero
no se detuvo allí. Tocó mi pene y lo besó varias veces, para chuparlo después, de
arriba abajo, como si comiese su desayuno. Allí dejó la huella de su lápiz labial.
Entonces fui a la ducha. Ella se retiró para buscar su bolso. Había quedado
en el mostrador en el momento de la acción. Pero esa acción había finalizado y
debía volver al trabajo. El agua caía frente a mí. Me bañé y al salir vi que estaba
enfundada en su uniforme y su rostro lucía como si acabar de salir de una
peluquería. No había rastro de lo que habíamos hecho.
Cuando retornamos a nuestras labores, ella se enfocó en responder los
correos electrónicos pendientes y los archivos que debían llevar mi firma,
aunque cada cierto tiempo me lanzaba una mirada de deseo, que yo
correspondía. Era su forma de enseñarme que quería más de mí. Unas dos horas
más tarde llegó Franco. Su mirada curiosa cayó sobre nosotros.
—¿Y mamá? —le pregunté. Sus ojos investigadores seguían sobre mí.
—Está bien. Hicimos todo y después la llevé al médico. Quería que se
hiciera exámenes y la revisara. Él nos dijo que no tiene problemas de salud,
aunque le prescribió pastillas para dormir cuando notó sus ojeras y su
somnolencia —me contó. Moví mi cabeza al escucharlo, pero no dejaba de
sentirme mal por haber estado a solas con Amelia en lugar de esperar que llegara
para que el placer fuese compartido.
No haber estado con mamá en esa consulta también me causaba pena. Ella
tenía problemas de insomnio y le pedí a mi hermano que saliera con ella a hacer
los trámites y consultarse con el médico. Así, podría estar solo con Amelia,
aunque solo fuese la mitad de la mañana laboral.
Amelia se había enterado de lo que pasaba. Sus ojos lo vieron con cortesía y
siguió tecleando en su computadora. Franco la vio y luego buscó una silla.
Lanzó un suspiro al aire.
—¿Qué pasa con ustedes? —me preguntó mientras nos señalaba y me veía
como si quisiera interrogarme para un examen.
—No pasa nada, Franco. Todo está bien —le dije. —De hecho, Amelia y yo
ya hicimos buena parte del trabajo que le había asignado para hoy —le dije,
consciente de que Franco ataría cabos y sabría de qué le hablaba. Asintió con su
cabeza y levantó sus cejas lentamente. Amelia bajó su cara y sus mejillas se
encendieron. Seguramente habría recordado nuestra intensa sesión sexual en la
oficina, llena de papeles y documentos pendientes.
—Claro. Imagino cuánto trabajo adelantaron —me contestó.
~~~~~~~ Una semana después ~~~~~~~
Todo era perfecto y esperaba que continuara así. Ya había pasado cierto
tiempo desde que Amelia había comenzado en la empresa. Habíamos hecho el
amor solo los dos y también habíamos estado en tríos con mi hermano. Nos
habíamos saciado con su cuerpo, probando cada palmo de su rica anatomía.
Cuando no pude estar en la oficina, supuse que también habían tenido intensos
encuentros sexuales.
Yo continuaba viéndome con otras chicas, con las que me acostaba en mis
días libres después de pasar mis noches en fiestas y bares. Comprometerme con
ella no era parte de mis planes. No olvidaba que lideraba una empresa
importante, pero tampoco que solo era un joven. Cuando cumplimos años,
apenas pudimos celebrar. La tristeza por la muerte de nuestro padre nos
desconsolaba. Con la compañía de nuestro padre, siempre viajábamos a algún
destino exótico, lleno de playas o casinos y rodeados de lindas chicas. Ahora
todo era diferente. Debíamos madurar y hacer frente a nuestras
responsabilidades.
Cuando estaba lejos de su vagina o no podía descargar mi semen en su boca
me sentía terrible. La presencia de Amelia era lo único en nuestras vidas que nos
sujetaba a la tierra y nos recordaba lo que teníamos que hacer.
Una mañana gris, después de tomar un café negro, entré a la oficina y mi
hermano tenía sus manos en su cabello mientras la cogía. Los vi fijamente. Él
estaba detrás de ella y yo ya sospechaba que estaban haciéndolo, pues no la
había visto en el piso ni en los ascensores. Además, la puerta estaba cerrada.
Abrí la puerta con rapidez y me aseguré de cerrarla también con mucha
velocidad. Ella empujaba su cuerpo hacia adelante con frenesí. Mi hermano batía
su pene dentro de ella y ambos no paraban de gemir. Amelia era consciente de
cómo se veía lo que pasaba, así que sus mejillas se llenaron de un intenso color
rojo.
Los labios de Amelia esbozaban una frase que apenas se escuchaba por sus
gemidos. “No te detengas. Cógeme más duro —decía, y Franco la tomaba sin
piedad, con toda la furia de su pene. Entonces di unos suaves pasos para estar
más cerca de sus cuerpos. Si bien no me habían invitado a formar parte de la
acción, pero mi erección ya apretaba mis pantalones. Seguí viéndolos, y ella
abrió sus ojos ampliamente mientras descubría mi presencia y me veía con
sorpresa.
Volví a verla y después contemplé los movimientos de mi hermano. Agitó su
cabeza al verme. Él separaba sus muslos para que su pene la penetrara con más
intensidad. Estaba invitándome. Bajé mis pantalones. MI erección casi desgarra
la tela al salir. Rocé su terso cutis. Un intrépido gemido salió de su boca y lo
callé metiendo mi pene en su boca. Cerró sus ojos y se apoderó de mi tronco. MI
cuerpo se movía con cada empuje de mi hermano sobre el trasero de Amelia. La
llevaba adelante para que yo entrara y saliera de su boca.
Tanto placer me hacía sentir estupendo.
Amelia tenía mi erección en el fondo de su garganta y sus ojos contenían
lágrimas de dolor y placer. Estaba a punto de liberarme justo cuando Franco dijo
su nombre para que parara. Entonces mis ojos se abrieron de par en par y noté
los espasmos recorriendo su piel. Llevaba su trasero más cerca del vientre de mi
hermano y dejé que mis bolas sacaran todo lo que habían guardado para ella.
Amelia se incorporó poco tiempo después. Tomé un condón y me lo puse.
Tomé su cuerpo y lo llevé al gran mueble de la oficina. Vi sus tetas enrojecidas
por los besos de mi hermano y también los míos. Era el momento perfecto para
mí. Tomé su culo y lo llevé un poco hacia arriba. Los dedos de sus pies rozaban
mis hombros cuando la penetré. Empezó a moverse con ímpetu, recibiendo cada
movimiento de mi pene. Se lo introduje con intensidad y cada penetración era
más poderosa que la anterior. Franco era nuestro único espectador. Al verlo
desde el sofá, supe que quería volver a coger a Amelia.
CAPÍTULO 7: Franco
Amelia había recibido mi semen, pero apenas pude reaccionar. Roberto
Quería continuar cogiéndola. La tomó y se la llevó. No se había conformado con
llenar su garganta de sus fluidos. Y ella también lo quería. Lo supe al ver cómo
su cuerpo se movía para él. Amelia era la chica ideal. Para ambos. Yo la había
disfrutado y ahora ese placer le correspondía a mi hermano. Me gustaba verlos
tirar. Y sabía que a Amelia también. Había cumplido con el acuerdo al pie de la
letra.
Amelia recibía su penetración con lujuria y su mirada me mostraba sus ganas
infernales de ser poseída por nosotros. Apenas eran las nueve y treinta de la
mañana, lo que nos daba tiempo de sobra para ponernos a trabajar en serio. Nos
gustaba tanto el trabajo que no nos importaba quedarnos más tiempo o incluso
algunos fines de semana. Aunque se lo dijera de mil maneras, no sería suficiente
para expresarle mi gratitud a mi hermano.
Nuestra madre se alegró de saber que nos gustaba tanto la oficina. Recordó
que a nuestro padre le encantaba estar ahí también, aunque las cosas que él hacía
distaban mucho de las que hacíamos nosotros. Esa parte no se la contaríamos a
mamá…
El tiempo pasaba rápidamente y lo nuestro se hizo más profundo. Lo que
más queríamos, además de trabajar, era acostarnos con Amelia. Estábamos tan
compenetrados que en cualquier momento Amelia se apoderaba de mi pene o el
de mi hermano para llevarlo a su boca mientras el otro la cogía con fuerza. Decía
que eso la excitaba mucho. Y ni hablar de nosotros. A mí me erizaba la piel.
Recuerdo que una noche me pidió que le hiciera el amor por el trasero al
tiempo que veía a mi hermano. Luego hicimos lo mismo, pero al revés. Amelia y
mi hermano copulaban en el mueble y yo los miraba a unos centímetros de
distancia. Él le daba sin clemencia a su vagina y luego empecé a tocar mi pene y
a aplicar algo de lubricante sobre él. Al principio me pareció algo rudo y poco
convencional, pero luego me sentí alegre de haberlo hecho.
Amelia era la mejor mujer que habíamos podido encontrar.
Cuando mi erección se hizo más fuerte y pene ya estaba listo para ella,
separé sus nalgas. La moví un poco y la relajé con un movimiento de mis manos
antes de penetrarla. En ese momento las ganas fueron más poderosas que yo.
Roberto y yo nos detuvimos y la llevamos entre nuestros cuerpos para que nos
recibiera con todo placer. Mis dedos tocaron su seno derecho y un gemido salió
de su boca cuando los sitió sobre su pezón. Escuché sus suaves gemidos
mientras Roberto la penetraba antes de que yo lo hiciera. Después empujé mi
pene dentro de ella con tal ímpetu que no dejaba de latir, mientras su cuerpo se
movía para recibirme.
Nos acoplamos rápidamente. No pasaría mucho tiempo para que
acabáramos, así que chupé sus senos. Su cuerpo se retorcía y su boca no dejaba
de gemir. Su espalda estaba cada vez más cerca de mi pecho. Ella se movía para
nosotros y nos humedecía. Fui más adentro, cada vez más fuerte, preparándome
para saciarla con mis líquidos. Amelia se agitó más y se aferró al abdomen de mi
hermano. Pronto se vendría. Pero resultó que nos vinimos los tres, al unísono, y
ese orgasmo triple se convirtió en la sensación más placentera que había vivido.
Me sentí bien al recordar que nadie interrumpiría ese mágico momento. Poco
a poco nuestros puños se abrieron y dejé que mi cuerpo rodara sobre el mueble.
Ella quedó a mi lado. Tomé aire para recuperar la calma y cerré mis ojos.
Dejábamos que las jornadas de sexo más salvaje transcurrieran cuando no
hubiese nadie en el edificio, aunque en ocasiones era difícil no hacerlo de esa
manera con su escultural cuerpo paseando por los pasillos.
¿Podría uno de nuestros empleados sospechar o saber ya lo que estábamos
haciendo?, empecé a pensar con calma cuando me recuperé.
Ella pasaba casi todo el día en la oficina y la idea era que ninguno de ellos
supiera sobre nuestra relación con Amelia. Además, mi hermano y yo éramos
conocidos por ir de fiesta con frecuencia. La prensa seguía rellenando páginas
con historias sobre las últimas chicas con las que habíamos estado. No obstante,
como creían que éramos responsables en la oficina, o en la imagen que
proyectábamos, esas noticias o chismes ya no eran tan fuertes como antes.
Aunque no habíamos dejado de ir a algún bar al menos una vez al mes ni de
irnos a escondidas con mujeres atractivas que quisieran sexo casual, casi siempre
estábamos en la casa con mamá y Génesis. Nuestra madre ya estaba un poco
mejor, solía salir con sus amigas y entre sus planes estaba tomar un crucero para
conocer Grecia junto a nuestra hermana.
Génesis continuó en su secundaria privada y tomó algunos cursos en liceos
públicos de la zona en la que vivíamos. Decidieron que harían ese viaje a
mediados de octubre. Sabía que con su inteligencia podría recuperar el tiempo
que estaba tomándose para viajar.
Las acompañamos a tomar su vuelo. Nos despedimos de ellas con besos en
las mejillas y luego regresamos en el auto. Queríamos buscar a Amelia y llevarla
a La Rosaleda para que pasara allí un día y medio. Que nos vieran con ella en las
calles era una jugada muy osada, pero sentía que ella lo merecía. Lo recordé al
verla con sus lentes de sol y su equipaje en su mano. Se sentó en la parte trasera.
Los vidrios oscuros ocultaban su rostro. Agitó su cabeza y se acercó a nosotros
para besar nuestras mejillas. Me incorporé a la autopista y conduje hacia las
afueras para salir pronto de la ciudad, un momento que aguardaba
desesperadamente. La besé y sonreí discretamente. En La Rosaleda nos
conocían, teníamos muchos amigos, pero queríamos llegar y que nadie nos viera
para mantener la discreción. Lo recordé mientras buscaba algo de comida para
llevar.
Abrí el garaje con el control remoto y notó que cabían cinco autos. Amelia
suspiró al ver el tamaño de la mansión. Su mano derecha tocó el hombro
izquierdo de Roberto. —Guao. Este lugar es precioso. —
Se refería a la amplia casa de aspecto colonial que había comprado nuestro
padre. Era un sitio muy íntimo y apartado. Se ubicaba al final de la playa, por lo
que nadie nos molestaría. Apagué el auto y bajé. Ellos me siguieron y dejamos
nuestro equipaje dentro. Después paseamos con ella por la mansión. Había doce
cuartos y seis baños, pero con ella solo planeábamos usar uno. Estaba todo
preparado en la cocina para que comiéramos y nuestros empleados estaban
preparados para comprar más alimentos si era necesario.
Teníamos todo lo que pudiéramos pensar en la cocina. Además, nuestro
padre había pedido que construyeran una parrilla en el jardín, justo al lado de la
piscina. Podíamos quedarnos en la mansión y nada nos faltaría. Si los vecinos,
quienes ya sabían por la prensa que ella trabajaba para nosotros, nos veían a su
lado, sería arriesgado. Los rumores ya corrían por la ciudad y también el
rascacielos, por lo que debimos ser más discretos para trabajar.
Pero estando en La Rosaleda, nadie nos veía. La discreción no era tan
necesaria. Ella se desnudó para nosotros y luego se puso un diminuto bikini
turquesa. Sintió mis ojos sobre su cuerpo. Pero Roberto robó mi atención cuando
me vio a lo lejos y me gritó que la piscina estaba lista.
Él sonrió después de su comentario. No había forma de vernos en el jardín,
pero Roberto paseó por él antes de que Amelia saliera con su ropa de baño y sus
lentes de sol. Mi hermano se sirvió un trago. Su mirada se fijó en mi traje de
baño. Amelia se lanzó al agua y vi que sus pezones subían por la baja
temperatura del agua. Luego salté y nadé hacia ella. Me vio y se alejó, llevando
su cuerpo a la escalera de la piscina. Una sonrisa saltó por su rostro. "¿Qué
haces? —dijo mientras se reía de mí, al tiempo que tomaba uno de sus senos y lo
ponía entre mis labios. Después llevé mis dedos a su vagina, recreándome con su
bikini para luego quedarme en su clítoris.
Metí dos dedos en su interior. Aunque la temperatura del agua era bastante
baja, sentí que Amelia ya estaba sintiendo calor y esperaba que yo satisficiera
sus deseos, Gimió e inclinó su cabeza ante la cercanía de Roberto. Él tenía copas
de alcohol para cada uno en sus manos, y sonrió al ver lo que hacíamos. —
Parece que están ansiosos —dijo mientras gruñía. Amelia gimió en respuesta y
vio sus ojos. Roberto se sentó a su lado y los dedos de sus pies jugaron con el
agua. Tomó su seno y lo besó varias veces. Yo continúe sintiendo el deseo en su
clítoris. Ya estaba lo suficientemente excitada como para ser penetrada y él lo
supo, por lo que la besó en su boca y haló mi brazo. Unos gemidos deliciosos
salieron de su carnosa boca y sus líquidos orgásmicos empaparon mis dedos
antes de mezclarse con el agua de la piscina. Mi hermano no se detenía. Seguía
besándola, al tiempo que ella tomaba aire y él se retiraba un poco de ella y le
daba su copa.
Mi familia, especialmente mi padre, me hacía falta, pero relajarme de ese
modo era muy necesario. Solo anhelaba que mi madre y Génesis también
experimentaran esa paz. Entonces empezamos a nadar para relajarnos tras las
horas de viaje desde la ciudad. Todos lo hicimos un rato para refrescarnos
después del viaje, antes de descansar en los divanes dispuestos alrededor de la
gran piscina. Ella no quería exponerse al sol, porque podía dañar su delicada
piel, así que se acostó bajo una sombrilla. Roberto y yo nos quedamos
recibiendo el inclemente sol.
Roberto tomó una siesta, y luego de una hora y media despertó. —Prepararé
algo. Tengo hambre. —Habló con firmeza y se vieron fijamente, viendo la cara
de Amelia por largo rato. Después de unos segundos, él fue a la sala de estar y se
despidió con una amplia sonrisa.
—Amelia, ¿te sientes bien en esta casa? —le pregunté. Ella asintió con
lentitud.
—Sí. De hecho, los imagino acá creciendo y compartiendo mientras juegan
voleibol —dijo. Le respondí con risas.
Tomé un trago antes de que el calor lo estropeara. —Es verdad. Toda nuestra
infancia la pasamos aquí jugando y siendo felices. Nuestra madre solía traer una
niñera solo para que jugáramos con ella —le dije con un dejo de tristeza. —Te
llevaremos a una zona más privada después de cenar. Es un sector íntimo y muy
agradable en horas nocturnas. La noche es muy acogedora. —
—Estupendo —me dijo mientras sonreía levemente. —No me gusta salir de
día porque mi piel sufre mucho por el sol. —
El sueño estaba derrotando a Amelia. Mi hermano volvió y traía comida para
los tres. Encendió la parrilla y luego colocó los bistecs sobre la plancha caliente.
Encendió la parrilla restante y puso algunas verduras acompañadas de trozo de
pollo. No me hizo falta verlos. El aroma que llegaba a mi nariz me hacía saber
de qué comida se trataba. Roberto se mantuvo allí, pendiente de la comida
mientras impregnaba su nariz con esos sabores. Yo sonreí ampliamente al verlo
feliz y dejé que mi cuerpo continuara descansando en el diván.
Tomé otros tragos. Cuando la comida estuvo lista nos ubicamos en una
pequeña mesa cercana. Amelia degustaba con placer su plato. Las olas del mar
sonaban cerca y la brisa cálida proveniente de la playa agitaban nuestros
cabellos. Ese momento mágico me maravilló. Amelia quiso lavar los platos
cuando terminamos de comer y probamos unos trozos de fruta fresca.
Los platos y la mesa quedaron limpios. Estaba anocheciendo y caminamos
hacia la playa. Ella se despojó de sus sandalias y el tenue rayo de sol que aún
caía sobre la orilla se reflejaba en su maravillosa piel. Me quedé cerca de la
orilla. No dejé de mirarla ni un instante. Roberto fue hacia ella y metió su mano
entre la suya. Se besaron y sonrieron con complicidad. Les pedí detenerse para
tomar una foto y eternizar el momento, aunque la opaca luz no ayudaba.
Nos bañamos y nuestros cuerpos se relajaron con las suaves olas de la playa.
Trataba de nadar lejos de nosotros. Nuestra ropa seguía sobre nuestros cuerpos.
La noche era perfecta y Amelia sonreía de felicidad. Roberto la tomó por el
vientre y la metió de cabeza al agua. Ella sonrió y su cabello quedó desordenado.
La marea subía y las olas sacudieron su cuerpo. Los veía a lo lejos, a unos
cuantos metros, respirando tranquilamente para relajarme. Me acerqué unos
minutos después. Los gemidos de placer salían de la boca de Amelia. Él tenía
sus piernas sobre sus hombros y sus dedos estaban dentro de su traje de baño
mientras ella sonreía. Sus dedos estaban dentro de su vagina. Los imaginé
haciendo lo mismo en la cama de la mansión. Ya ansiaba poner su cuerpo bajo el
mío. Me quedé allí, de pie, al tiempo que mi hermano la acomodaba para
penetrarla con fuerza y gemía muy suavemente.
Ella se agitó, llevó su cuerpo contra el de mi hermano y sus gritos fueron
más fuertes. —No pares, Roberto, ¡Sigue! —dijo ella en voz alta. Estaba a punto
de acabar. Vi que nadie más estaba en la playa. Después vi sus pezones, erectos,
a punto de romper su bikini empapado.
Cuando acabó, la subimos con nuestras manos y la llevamos a la casa.
Respiraba con dificultad. Pasamos y cerramos con llave las puertas del piso
inferior. Subimos al segundo piso. Tomamos una larga ducha. Amelia entró
primero, pero rápidamente pasamos nosotros. Los vi y noté que Roberto pasaba
su boca por su cuello. Él tomó sus senos y yo acaricié mi pene. Di unos pasos y
saboreé su vagina. El agua de la ducha no fue obstáculo para sentir los líquidos
de su orgasmo previo. Tomé su clítoris con mis labios y retocé con él. Mis dedos
continuaban en mi tronco. Levanté la mirada y observé a mi hermano tocarle los
senos y halarla hacia él.
Amelia era un manojo de cabellos sueltos y frenesí tembloroso. Cerramos el
grifo. La llevamos a la cama más grande. Compartí una mirada con Roberto. El
movió su cabeza con comprensión. Buscó entre las maletas las ataduras suaves
con las que queríamos asombrarla esa noche. Justo cuando la besaba, mi
hermano la amarró a la cabecera. Ella se mostró impactada. —¿Qué carajo es
esto? —preguntó mientras gemía.
Sentí sus fuertes espasmos. —Esto significa que nos perteneces esta noche
—le dijo él al besarla nuevamente. Llevó mi mano a su cuerpo para que la
tocara. La besé por el cuello y me puse un preservativo, antes de deleitarme de
nuevo viendo su cuerpo.
CAPÍTULO 8: Roberto

Amelia aún estaba agotada, pero pudo soportar las dos penetraciones que le
hicimos simultáneamente. Franco llevó los pies de Amelia a sus hombros y
empezó a penetrarla con contundencia. Cuando la vi en su bikini llegando a la
orilla de la playa había sentido una gran erección, y ahora podría darle una buena
cogida cuando la viera sucumbir ante la potencia de mi hermano. Incluso parecía
que quería más. Su cuerpo se retorció e intuí que su orgasmo se acercaba. Sus
tetas no dejaban de oscilar con la cogida. “¡Franco! —gritó, y le respondió con
varios gemidos. Luego se detuvo por la tensión de la vagina de Amelia sobre su
tronco.
Mi hermano cayó al lado de Amelia, sobre la cama. Después recobró su
aliento y hurgó entras las cosas de la mesa de noche hasta encontrar una cerveza
helada.
Dejamos los ventanales abiertos ampliamente para que el viento marino
refrescara nuestros cuerpos. Giré sus caderas y quedó frente a mí. Un alarido
provino de su garganta. Entonces me moví hacia ella como un animal salvaje.
Busqué otro condón y levanté sus rodillas. La penetré y sentí cómo su vagina
aún estaba empapada por la cogida de Franco. Me llenó de excitación con sus
movimientos y su sudor.
Nos dejamos llevar por la libertad y el tiempo libre que teníamos. Además,
no había nadie en la mansión. No habíamos planificado hacer algo así. Amelia
asentía a nuestras peticiones, por lo que hacíamos lo que quisiéramos. Existía la
posibilidad de gritar, maldecir, azotare su culo y sentir la fuerza de sus orgasmos.
Eso no ocurría en la oficina, donde había que actuar con cautela, y sobre todo
después de saber que había rumores en el ambiente. Si bien a mi hermano y a mí
no nos molestaba que pensaran lo que quisieran sobre nosotros, no queríamos
manchar el nombre de Amelia en caso de que quisiera renunciar. Era una
empleada eficaz y ágil en la oficina, sin incluir las relaciones que habíamos
tenido, por lo que no queríamos ser un obstáculo si ella deseaba tomar otro
rumbo.
Éramos conscientes de que hasta allí llegaba todo, aunque nos encantaba
hacerle el amor.
Comíamos para tener la energía necesaria para continuar tirando. El resto del
fin de semana lo pasamos entre la piscina, la cama y el comedor. Sin darme
cuenta de lo rápido que habían pasado los días, ya estábamos volviendo a El
Bosque y dejando a nuestra compañera sexual en su apartamento.
Debíamos descansar bastante, pues al día siguiente volveríamos a trabajar.
MI hermano fue a su habitación a dejar sus cosas y yo hice lo mismo con las
mías. Caí con fuerza sobre mi cama y repasé los intensos momentos que
habíamos vivido. Amelia acababa mientras repetía mi nombre una y otra vez. Se
sorprendió con las ataduras, pero le encantó verse bajo nuestro poder y también
jugar con otras cosas que habíamos comprado para usarlas en su cuerpo. Uno de
nosotros ponía un juguete en su cuerpo mientras el otro la estremecía con sus
dedos o sus labios. Era nuestra primera vez con una mujer durante todo un fin de
semana. Eso me llevó a pensar que uno de los tres podría creer que empezaba a
tratarse de algo más que simple sexo por diversión. Franco no era un hombre de
relaciones largas, pero me parecía que él se casaría antes de que yo lo hiciera. Yo
tampoco quería comprometerme.
Él despertó antes y preparó café. Había un relajante silencio en toda la
mansión. Yo ya estaba preparado para irme a trabajar cuando lo encontré en la
cocina. Pensé en mi madre y Génesis y rogué para que estuvieran pasándola bien
en su viaje.
Franco y yo fuimos al edificio de la empresa. Entramos con velocidad a
nuestra oficina. Había mucho movimiento y ruido de gente afuera, por lo que la
paz de la oficina era bienvenida. Encendimos las luces y las computadoras.
Tras unos minutos, alguien tocó la puerta. Sospechamos que era ella y
sonreímos. Su atuendo era un corto vestido azul que acompañaba con unos
tacones. —Feliz día, Amelia —dijo Franco. Amelia pasó y nos regaló una gran
sonrisa. Yo sonreí ante su mirada. Su expresión me tensó un poco. Cerró la
puerta y después se sentó, con un largo suspiro saliendo de su boca.
—Traigo noticias muy malas —nos dijo. —Mi abuela está en Austria. Está
muy delicada de salud. Por eso, mi mamá quiero que vaya con ella a visitarla.
Creo que su muerte se acerca, pero desconozco cuándo sucederá. Entiendo que
no querrán esperar para que siga trabajando para ustedes. —Su cara bajó.
—Amelia, ¿nos dices que vas a renunciar? —le pregunté. Asintió y levantó
su rostro lleno de dolor.
—Todos mis familiares viven cerca de Viena. Necesito acompañarlos, darle
mi apoyo a mi madre y compartir con mi abuela. Aunque no quiera renunciar,
debo hacerlo. No me gustaría irme de aquí sabiendo que ustedes tendrán una
percepción negativa de mí por esto. —La familia era importante para Amelia. Lo
sabía, aunque nuestra relación giraba en torno al sexo.
MI hermano aclaró su garganta. Lo vi, expectante por sus palabras. —
Nuestro padre había fallecido hacía poco. Comprendemos perfectamente tu
situación familiar. Sabemos lo que se siente. No podríamos tener una imagen
negativa de ti. Has hecho un buen trabajo… no solo en la oficina. —
—¿De verdad? Entonces muchas gracias —respondió Amelia al vernos. —
De todos modos, me gustaría llamarlos si regreso pronto de Austria, si es que
aún el puesto está disponible. No sé cuándo volveré. Viena está bastante lejos y
no sé demoraré mucho. —Suspiró tanto que sentí que se quitaba un peso de sus
hombros.
Me senté en mi silla y la vi. Los buenos momentos pasaron por mi mente una
vez más. ¿Podríamos repetir esa maravillosa experiencia con alguien más? —
Amelia, tranquila. En caso de que no tengamos vacantes, podremos
recomendarte a otra compañía. Estarás bien. Por ahora, concéntrate en tu abuela
—le dijo Franco con educación y firmeza.
Amelia firmó su carta de renuncia y nos la entregó. Ese mismo día tomó un
avión para ir otro lado del mundo. Nos quedamos en nuestra oficina. Franco
revisó algunas facturas. Yo revisé algunos archivos y respondí algunos correos
electrónicos. —Me gustó tanto tener una asistente así que me parece que
deberíamos contratar otra —le comenté cuando paró de chequear los números en
la pantalla de su computadora.
—¿Hablas de buscar otra… ‘asistente’? —dijo subiendo y bajando sus
índices al pronunciar esa última palabra.
—Exacto. Ella fue de mucha ayuda —le respondí. Él rió a carcajadas.
Tomó un sorbo de café negro. —Los rumores eran cada vez más fuertes.
Amelia renunció en el mejor momento. Si buscamos otra, estaríamos de nuevo
bajo las miradas inquisidoras de todos —me dijo.
Él llevó su índice a su mentón. —No pienses en Amelia. Sí, con ella casi nos
pasamos de la raya, pero podríamos hacerle el amor en otro lugar —dije como
sugerencia.
Podríamos hacerlo una vez más, esperando resultados tan buenos como ese
—dijo entre risas.
Podríamos hacerlo una vez más, esperando resultados tan buenos como ese
—dijo entre risas. —Honestamente con Amelia me relajé y pude olvidar la
presión de la oficina. Además, me gustó el tiempo que estuvimos en nuestra
casa, con nuestra madre. Sé que también te gustó esa parte. Aparte, me di cuenta
de que tus sentidos estaban más despiertos en todo momento —dijo
irónicamente.
No me preocupé por lo que dijeran los empleados porque recordé que éramos
los legítimos propietarios de la empresa y podíamos contratar a quien
quisiéramos. Solo ansiaba que, como decía mi hermano, el buen resultado se
repitiera. Él volvió a hacer un anuncio, idéntico al anterior, evitando que llamara
la atención. En ese aviso informó que buscábamos una sustituta para Amelia.
Recordé que era afortunado al poder contar con una chica que colaborara con
las labores de la oficina. Aunque lo más importante para mí venía después, con
las noches de diversión y fiesta. La casa estaba vacía, por lo que pude llevar a
varias chicas, todas atractivas, para pasar la noche con ellas. También estuve en
las casas de algunas de ellas. Franco se negó en algunas ocasiones a hacer lo
mismo, pero yo era consciente de que mi comportamiento no me haría perder la
perspectiva. Al cabo de unos días ya había varias aspirantes al puesto de
asistente.
Cuando mamá volvió, había once aspirantes para el proceso. Eran tan
exuberantes y hermosas que nos costó decidir, aunque una chica morena fue
nuestra opción definitiva. Le hablamos sobre los “otros” requisitos, ante los que
se sorprendió mucho. Sin embargo, su curiosidad parecía convencerla. Vio a
Franco y le arrojó una expresión de asombro. —¿Podremos compaginar el sexo
con el trabajo cuando haya muchas cosas por hacer? —preguntó con malicia.
Tenía mucha experiencia en puestos de gerencia y mucho conocimiento, pero
no en el tema sexual. Se llamaba Luisa Montes de Oca.
Tocó su falda y suspiró levemente. —Tendremos que quedarnos algunas
noches. Para el negocio, claro está. No podemos olvidarnos de la razón de ser de
esta empresa —contestó Franco. Después le hablamos sobre su estupendo sueldo
y los bonos que recibiría. No podría negarse a nuestra oferta.
—Señorita Montes de Oca, No nos propasaremos con usted, pero sí voy a
invitarla a dejarse llevar… por nosotros, para que disfrute. Le aseguro que todos
saldremos ganando con esta contratación. —Luisa me vio fijamente. Yo sonreí y
vi cómo humedecía sus labios voluminosos.
—De acuerdo. Hagámoslo. Tomaré el puesto —respondió. Franco sonrió y
estrechó su mano.
Franco informó a los empleados que una nueva asistente había llegado a la
empresa. Con su poder de disuasión, mayor que el mío, lograba que las historias
sonaran más convincentes. La semana siguiente comenzó sus labores. Ese lunes
llegamos antes que los empleados. Lo hicimos para mostrarle cómo se trabajaba
en la empresa, pero ella llegó a la oficina y se mostró dispuesta a enseñarnos que
quería empezar sus labores cuanto antes. Tenía una falda y una blusa muy
ceñidas y nos pidió cerrar la puerta con llave.
La vi caminar hacia nosotros y escuché el traqueteo de sus tacones. —Sé de
qué va todo esto. Cuando estudié en la universidad fui acompañante por unos
meses, aunque, como entenderán, esa experiencia no está en mi hoja de vida.
Imagino que no es un tema importante para ustedes. —Una sonrisa antecedió a
un gemido.
—Carajo —grité. Franco me vio con asombro.
CAPÍTULO 9: Franco

Me hizo sexo oral de tal forma que me dejó impactado. Después fue al pene
de mi hermano. Ciertamente, la experiencia de Luisa me impresionó. Se tomó el
resto de la jornada libre. Al día siguiente le hablamos sobre las computadoras y
el sistema de seguridad que tenían instalado. Noté que se esmeraba por aprender
y escribía rápidamente. Era buena para seguir instrucciones. Hablamos con ella
sobre el baño y el espacio disponible para hacer el amor. Aceptó esa idea alocada
y le dijimos cuáles serían sus labores cotidianas.
Esta chica era muy segura de sí misma y tenía algo de dinero, además de
inteligencia y una amplia experiencia en el mundo de los negocios. Era distinta a
Amelia. Rápidamente hizo amistades entre los empleados, lo cual me hizo
pensar que sus habilidades sociales le facilitaban acostarse con otros hombres.
No obstante, su boca debía estar cerrada. Había firmado el mismo contrato de
confidencialidad que había firmado Amelia antes.
Se vería las caras con nosotros en un tribunal si le contaba a alguien sobre lo
que pasaba en la oficina.
El miércoles de su semana de inicio ya estábamos penetrándola. Sus tiempos
universitarios debieron haber sido buenos para ella y sus hombres, porque estaba
feliz de hacerlo con nosotros. Lo imaginé al tenerla hasta altas horas de la
anoche en nuestra oficina varias veces a la semana.
Dejaba espacios en mi agenda para compartir con mamá y Génesis, pero no
había dejado de frecuentar bares y salir con otras mujeres, especialmente los
fines de semana y feriados.
Cuando los resultados financieros indicaron un fuerte ascenso, supuse que
íbamos por buen camino. Organizamos una cena para todos, como símbolo de
nuestra gratitud por la infinita colaboración del personal en ese semestre que ya
teníamos allí. Sentí que lo habíamos hecho muy bien y que ellos también habían
puesto una cuota importante para obtener ese éxito.
Luisa se sentó al lado de las chicas. Cenó con ellas en la sala de reuniones.
Los rumores que se dispersaban como pólvora parecían no importarle mucho.
Era genial que reaccionara de esa forma tan despreocupada, pues ese mismo día
la había cogido con fuerza en la oficina. Roberto estaba organizando la cena
mientras yo la penetraba sobre la mesa del escritorio y veía sus inmensas tetas.
Su vagina me recibía con calidez y fuego. Mis gritos y mi deseo habían sido tan
fuertes que incluso había olvidado buscar un condón antes de penetrarla. Sus
curvas eran más pronunciadas que las de Amelia, sus senos eran más grandes y
su culo era tan grande que chocaba con más ímpetu al penetrarla.
Debí cerrar su boca con mis manos. Ella también había gritado mucho.
Estaba en la otra esquina de la sala. Noté su cuerpo perfecto al sentarse a la
mesa. Lucía elegante con su vestido beige y su maquillaje perfecto. Guiñó su ojo
cuando la vi y luego sonrió al escuchar un comentario de la chica a su lado. ¿Por
qué no había visto a esta chica antes, si frecuentábamos los mismos lugares? Ya
no importaba. Conocerla en ese momento era mejor que haber sabido de ella
previamente.
Los empleados querían relajarse. Fuimos después a un bar cercano. Franco y
yo también fuimos, pero antes llamamos a mi madre para preguntarle si no
necesitaba algo. Los empleados más antiguos, aquellos con familias numerosas o
recién casados, prefirieron volver a sus hogares. Pero el resto, un gran número,
se quedó en el bar. Como era viernes, podíamos pasarla bien. Roberto y yo
habíamos conservado nuestro bajo perfil y mantenido un ambiente estrictamente
profesional, por lo que saber un poco más de ellos en un ambiente más relajado
parecía buena idea.
Nos sentamos en una zona privada y conversamos animadamente con todos
los que pasaban a nuestro lado. Había olvidado cuántas chicas hermosas
trabajaban para nosotros. Recordé que muchas de ellas estarían dispuestas a
acostarse conmigo o con mi hermano, incluso con ambos, si lo permitíamos.
Pero decidí que me negaría a esas ofertas si las hacían. Luego llegaron
algunos conocidos y amigos. Sonrieron al vernos y nos sugirieron cosas al oído.
Veía a mi hermano y él también me miraba ante esas palabras susurrantes.
Cuando levanté la mirada, vi que ya la mesa estaba llena de amigos.
Conservaban animadamente. Me pareció que comenzarían a tener sexo entre
todos si pudieran hacerlo en ese instante. Me concentré en Luisa el resto de la
noche en el bar.
Roberto notó que nuestra asistente estaba en el depósito con alguien. Lo supo
al oír su inconfundible gemido. Al escuchar con atención, notó que el gemido
siguiente venía de la boca de otra mujer. Me excité con esa imagen en mi mente.
Roberto también se calentó. Tomé una copa y esperé que salieran. Al cabo de un
rato, vimos que salía de la mano de una de las secretarias de la compañía,
Adriana. No sabía mucho de ella, pero sí sabía que estaba bastante buena y sus
curvas eran muy sensuales. Entendí que eran más que solo compañeras de
trabajo. Veía a Luisa como si quisiera besar todo su cuerpo.
Nuestra asistente fue a nuestro encuentro una media hora después. Adriana
había tenido la idea de acostarse con ella, ante lo cual Luisa le había sugerido
invitar a dos chicos. Me preguntó si podía utilizar nuestra oficina esa noche. Le
recordé que éramos los jefes y propietarios. Luisa sonrió. Me contó que llevaría
a la secretaria amarrada y con los ojos vendados. No diríamos ni una palabra
para que no supiera quiénes éramos, y sería toda mía. O de mi hermano. A fin de
cuentas, lo que más quería ella era un pene.
Entonces le pasé una llave para que se adelantara. —¿Qué pasa? —dijo
Roberto golpeándome en el brazo.
Agité mi cabeza. Decidimos tomar otros tragos mientras imaginaba que las
chicas estaban disfrutando en la habitación. —La chica sabe lo que hace, aunque
es muy atrevida —le comenté. Le escribí a su celular que íbamos en camino.
Cuando llegamos, vi que Adriana, efectivamente, tenía sus ojos vendados.
Vimos su cintura y cómo Luisa no dejaba piel sin besar. Se concentró en sus
senos y vimos los movimientos sin decir ni una palabra.
Roberto se inclinó y lamió su vagina. La chica abrió su boca y gimió con
contundencia. Su voz apenas se oía por el cansancio. Vi a Luisa queriendo
preguntarle qué cosas salvajes le había hecho a la secretaria. Me abalancé sobre
su espalda y chupé su rico clítoris y las chicas se besaron. Recreé la lengua de la
chica trepando sobre la mía y mi pené subió Abría las piernas de la asistente para
que mi trabajo fuese más fácil. Fruncí el ceño. Estaba impactado.
Nadie decía nada, aunque me costaba sobremanera. Roberto lamió y besó
tanto a Adriana que la hizo venirse unos minutos después. El cuerpo de Luisa
estaba sobre mi boca, empapándome, y mi hermano movió su cuerpo para que su
pene entrara en la boca de Adriana. Luisa me halaba hacia su cuerpo y se puso
sobre mi pene para subir y bajar sobre él con ritmo y pasión. Antes de que la
lujuria me inundara y su vagina quedara sobre mi pene, me coloqué un condón
que había sacado de la caja grande que habíamos puesto en la oficina.
La mano de Luisa apretaba el clítoris de Adriana. Un mar de gritos salía de
su boca, al tiempo que mi hermano le metía el pene con fuerza entre sus dientes.
Los gritos de la chica alrededor de su pene crujían en las paredes. Después él se
retiró, se detuvo un segundo y se volcó con fuerza, hasta llegar a las
profundidades de su garganta. Volvió a salir de su boca y se puso un
preservativo. Me vio unos segundos y luego cerró sus ojos.
Pasamos el resto de la noche con ellas. Las chicas estaban dándonos un
placer que nunca hubiéramos podido imaginar. Cogí a una primero y luego a la
otra. Roberto hizo lo mismo. También lo hicieron solas. Luisa era bisexual. Se
retiró de Adriana, dejando que Roberto le hiciera el amor por el trasero. Adriana
también quería dar placer, así que chupó su vagina al ver que Luisa llevó sus
muslos a su boca. Cuando Luisa no pudo más, se separó de nuevo de ella y
Adriana probó mi pene.
No pudimos más al cabo de unas tres horas. Roberto y yo salimos en
silencio. Queríamos que recuperaran la calma. Pedimos un taxi que tardó en
llegar. Luisa nos juró que no contaría nada sobre nuestras identidades. Y sugirió
que podríamos repetir la experiencia, pues sabía de muchas chicas deseosas. —
¿Estuvimos con una de nuestras secretarias? —me preguntó mi hermano
mientras movía su cabeza.
Cuando el reloj informó que eran las cuatro de la madrugada, entramos en
nuestros cuartos. Ambos estábamos extremadamente agotados. El único plan era
la comida pendiente con nuestra madre. Llegamos al restaurante al mediodía
siguiente. Vimos que Luisa y Adriana estaban ahí. Las vimos y asentimos con la
cabeza. Tomamos de la mano a nuestra madre por el pasillo y buscamos una
mesa para tres. —¿Por qué miran así a esas chicas? —nos preguntó al ver que
Roberto les lanzaba otra mirada inquieta. Notó nuestros gestos inquisidores.
—Son nuestras empleadas. Mamá, sé perfectamente que debemos mantener
la distancia con las secretarias. Lo aprendimos muy bien de papá —le conté al
notar su expresión de curiosidad.
Recibió mi respuesta con una expresión de añoranza y alegría. —Lo sé, pero
esa enseñanza no te alejó de las damas. No te preocupes, te comprendo bien. Las
hormonas se alborotan cuando somos jóvenes. ——Sé que estás haciendo una
buena labor dirigiendo la empresa. —Tomó agua mientras me veía y su rostro
mostraba mucha seriedad.
—Nos damos cuenta que las cosas van viento en popa porque vemos los
balances —le dijo Roberto después de ver las opciones de la carta. —Nos
sentimos tan contentos que organizamos una cena para mostrarles nuestra
inmensa gratitud a todos los empleados por su gran labor. Se prolongó hasta la
madrugada. Por esa razón llegamos a casa de madrugada. —Olvidó decir que yo
lo había despertado a las diez de la mañana para que pudiéramos almorzar ese
día con mamá.
—Me contenta saber que pueden manejar la empresa. Su padre quería que
ustedes lideraran su compañía, aunque ambos esperábamos que fuese en unos
años. No esperaba dejárselas de esa forma tan repentina. Por eso le agradezco
todo lo que hacen. —Calló y noté la tristeza aterrizando en su cara. —Tú lo
sabes. No hace falta que te lo diga. —
Le hice un gesto para que se acercara y tomé su mano. —Madre, no quiero
que estés triste. Por eso no quiero que me lo digas —le comenté. —Esto no era
un plan para ninguno a corto plazo, pero igualmente todo saldrá bien. —
Almorzamos y sonreímos. Las chicas se retiraron antes que nosotros del
restaurante. Luisa volvió a mostrar su osadía al guiñar su ojo para mí. No quería
pensar en ella en ese momento, así que vi hacia otro lado y pedí café.
Pasamos el resto de la tarde en nuestra casa. Preparamos palomitas de maíz
antes de buscar algunas películas de comedia y romance y nos quedamos
viéndolas hasta la madrugada. Yo había sintonizado inicialmente un juego de
fútbol, pero Génesis me imploró que viéramos películas. Nos reímos a
carcajadas con cada escena divertida. A ellas las dominó el sueño antes que a
nosotros. Revisé algunas cosas de la empresa en mi celular y Roberto se dedicó a
conversar con una chica en su celular.
Me quedé dormido hasta la mañana siguiente. Era tarde cuando desperté. Fui
al gimnasio de la casa y luego salí con Génesis y mi madre a cenar afuera.
Solíamos comer en restaurantes varias veces a la semana, por lo que queríamos
compartir en uno de nuestros restaurantes favoritos, o el del ella, en la Sexta
Transversal. La pasamos muy bien, a pesar de la tristeza por la muerte de nuestro
padre, aunque lentamente parecía abandonar nuestras mentes ese poderoso dolor.
Fuimos a la oficina el lunes temprano. Luisa llegó después. —Adriana estaba
desesperada. Quería que le dijera quién le había hecho el amor esa noche. Casi
se arrodilla para que le contara, pero honré mi promesa. En un punto los
mencionó y dijo que seguro me acostaba con ustedes desde que empecé a
trabajar aquí, pero reí sonoramente con su comentario —dijo después de cerrar
la puerta velozmente. Rió y su falda roja subió un poco. —¿Les gustó la
experiencia? —preguntó antes de tomar un trago del café que tenía en su mano.
—Por supuesto. Podríamos hacerlo con otra amiga tuya —sugirió Roberto
atrevidamente. Lo contemplé con asombro.
Solo él osaría plantear algo así. La malicia saltaba por su cara. —Por Dios —
le dije mientras movía mi cabeza.
—Veo que te gusta el sexo grupal —le dijo ella con lujuria. Sabía que
Roberto estaba excitándose. Mi pene también se había levantado con sus
palabras sensuales.
—A todos nos gusta, pero hay que pasar por debajo de la mesa con este
asunto, sobre todo con nuestra asistente. Debemos ser cautelosos, Roberto —le
dije mientras la señalaba. Ambos me vieron.
—Tienes que ser el hermano maduro y serio —me dijo entre risas. Luisa me
veía con un dejo de burla y yo respondí encogiendo mis hombros. —¿Qué
haremos hoy? —me preguntó mientras reclinaba su cabeza y jugaba con sus
rizos.
Le pedimos que se ocupara con algunos archivos para simular algo de
distancia entre nosotros. Roberto salió de la oficina, no sin antes mirarme
fijamente.
CAPÍTULO 10: Roberto

Franco respondía más correos electrónicos de la bandeja de entrada. —


Disfrutaste mucho esa noche, igual que todos nosotros, y ahora quieres ser un
sacerdote —le dije con molestia.
—Solo quiero que lo de Luisa quede entre nosotros, especialmente lo que
hicimos con Adriana. Ella jamás debe enterarse que fuimos nosotros quienes la
cogimos —dijo con suspicacia.
Vi las palmas de mis manos. —Claro. En eso estoy de acuerdo. Solo le hice
ese comentario porque sé que no le gustan los chistes. —
—Recuerda que debemos ser buenos gerentes y muy profesionales. Cuidado
con lo que dices. Me parece que estás a punto de cruzar la raya —dijo Franco al
tomar aire. —Amelia era más cautelosa, pero a esta chica parece no importarle
que la descubran. —
—¿Dices que quiere acabar con nosotros? —Me levanté para verlo. —
¿Sabes algo de su pasado? —Me vio con inquietud.
—Supe que tuvo algunos inconvenientes cuando cursaba sus estudios
universitarios. No cometió ningún delito, pero sí llamó la atención. Es joven aún.
Debemos movernos con cuidado, sobre todo porque la cogemos en este lugar.
Podría causarnos problemas. —A nuestro padre eso le habría parecido una
locura. Me acordé de ello cuando vi la expresión de mi hermano. Sus gestos eran
similares a los de nuestro padre. Obviamente, los míos también lo eran. Y esa
mirada profunda y baja no dejaba de causarme miedo.
Cuando regresé al mediodía y escuché gritos en el baño privado no pude
evitar reír. Ella había convencido a Franco de hacer el amor otra vez. Escuché
los gemidos apaciguados de Luisa y me senté. Yo había pasado el mediodía en
su apartamento. Había decidido pasarla bien después del momento serio con mi
hermano.
Sus risas se mezclaron antes de que ella saliera. Luego salió él. —Supongo
que tuvieron sexo de reconciliación —les dije con ironía al ver los ojos de mi
hermano sobre los míos. Ambos acomodaron sus ropas.
Mi hermano subía la cremallera de sus pantalones. —Veo que no tienes
sentido del humor —me dijo Luisa.
Tomó un pastel de una bolsa que tenía en la mesa de la oficina. —Será mejor
que guardes silencio sobre esto —me dijo. —¿Almorzaste? —
—Debí hacer un trámite, pero compré comida para los tres. —
Revisó la bolsa con desespero. Sacó un emparedado de atún para él y una
ensalada César para Luisa. —Agradezco que te hayas acordado de mí —me dijo
mi hermano. —¿Tienes hambre? —le preguntó.
—Claro. Succionaste toda mi energía. —Lanzó ese dardo y yo sonreí. El la
vio con molestia.
—Me pareció que era tú quien succionaba un órgano de mi cuerpo. —
Mi hermano comió y yo devoré mi emparedado. Luisa también comió su
plato, en el escritorio, no sin antes hacer otros comentarios pesados, que fueron
respondidos con sarcasmo por mi hermano. —¿Qué tramite hiciste? —me
preguntó Franco. Estaba sonriente.
—Algo del auto —le dije. Él asintió con su cabeza. —Algo parecido a lo
tuyo. Fue repentino, pero la chica quería salir y tomé el auto para pasarla bien en
su casa. —
—Luisa llegó cuando te fuiste. Me sedujo y no pude negarme. Me sorprendió
trabajando. Cuando abrí los ojos, los dos estábamos en el baño, sin nada de ropa.
La chica sabe cómo convencerme. —Tomó agua y movió sus manos.
. Comí otro trozo de mi emparedado. —Lo hizo para que olvidaras un poco
tus obligaciones —dije encogiendo mis hombros. —Recuerda que todo esto es
solo diversión. Diversión pura. —
—Sí. Y me parece que mamá me hizo sentir mal por eso, aunque no era su
intención. Ella no está de acuerdo con nuestra forma de vida. Y es más estricta
cuando se trata de trabajo. Sabes la importancia que le da nuestra familia a la
forma como administramos nuestra empresa. —Vi su cara con curiosidad y
probé su emparedado.
Vi sus ojos. Le recordaba siempre que debíamos ser disciplinados, pero
estaba claro que lo habíamos hecho bien. Los números lo demostraban. —
Absolutamente, hermano —dijo.
—Le comenté a Luisa que no quería repetir lo que había pasado el viernes
con Luisa. Nada de eso. Quiero que esto quede entre nosotros. —Me vio con
firmeza, tal como hacía mi padre. —Es un riesgo que no debemos correr. —Me
sentí terriblemente triste.
—Perfecto. Ahora hay otros asuntos que también debo resolver. Igual que tú,
si mal no recuerdo. —Ya no andamos con niñas consentidas sino con
acompañantes de empresarios poderosos —le dije a modo de recordatorio
mientras movía mi cabeza.
El comentario destapó las risas de mi hermano. Se sintió calmado y yo
también empecé a reír sonoramente. Cuando acabamos el almuerzo recibimos a
nuevos clientes y nos reunimos con los vicepresidentes al final de la tarde. Me
gustaba ver que las personas nos veían con respeto y admiración. Poder
demostrar quiénes éramos me encantaba. Se dirigían a nosotros con la misma
educación y respeto que usaban para hablar con nuestro padre. Nos hacían
excelentes recomendaciones y sugerían planes de acción. Al principio tantas
pendejadas me aburrían, pero ahora me parecían gratas e interesantes. Las
charlas me atraían y sabía qué responder en todo momento.
Con mucha frecuencia nos invitaban a almuerzos o cenas de negocios
durante los primeros meses, y no podíamos rechazarlas. Después de esas
comidas nos veíamos con Luisa en un hotel para descargar sexualmente toda la
presión que sentíamos por la oficina, aunque también sacábamos tiempo para
otras chicas. Nuestro éxito estaba garantizándonos muchas compañeras. Se
sentían atraídas por nosotros. Quizás si fuésemos unos chicos con un trabajo
común no se interesarían en nosotros de ninguna forma. Eran tantas las que nos
buscaban, pero rechazamos a muchas, si bien nuestras fotos continuaban en las
portadas de los periódicos y las columnas de chismes.
Luisa estaba disponible para nosotros en la oficina, una habitación de hotel y
hasta cuando había alguna cena importante. Era la vida soñada para nosotros.
Diana también estuvo conmigo en unas cuantas ocasiones, así como otras
mujeres, pero decidí no acudir a tantas fiestas como hacía en el pasado. Sentí que
me hacía falta tomar un vuelo a algún lugar lejano y olvidar todas mis
obligaciones diarias, pero lo que más me hacía falta era mi padre. Estaba en la
empresa por él y lo que había hecho por nosotros. Ya habíamos planificado salir
de vacaciones y pasar unos días en nuestra casa en la playa que teníamos en la
Costa Azul, pero aún faltaba tiempo para eso. La fecha parecía terriblemente
distante.
Antes de que llegara ese receso laboral planeé un viaje corto a Alaska, un
escape para pasar unos días invernales con mi hermano y algunos amigos.
Quería esquiar y sentir ese fuerte frío nuevamente. Como los resultados en la
empresa eran buenos, creí que podría ir sin problemas. Unos días en ese
ambiente me caerían de maravilla.
Tuvimos que presentarnos en una conferencia sobre las regulaciones más
recientes que había aprobado el Gobierno para el traslado de productos y otros
temas que tenían que ver con el embalaje y los impuestos. Le pedí a mi hermano
que hablara con Luisa para que nos acompañara. Era una excelente oportunidad
para salir. Ella estaba en Las Américas, así que podría unirse a nosotros para
distraernos un rato. Franco me vio con malicia, pero le recordé que se trataba de
nuestra asistente. Pedimos una habitación adicional para ella, pero yo sabía que
no pasaría la noche sola. Debíamos hacer acto de presencia en la conferencia y
unos foros, y eso sería todo.
El asintió. La llamó para invitarla y le preguntó si quería ir. Ella aceptó y
habló de algunos amigos en esa ciudad que podrían recibirla y tomar unos tragos
con ella mientras llegábamos. Llamé a un hotel para reservar nuestras
habitaciones. Si lo quisiéramos, les ordenaríamos a los vicepresidentes ir, pero
no queríamos perder la posibilidad de ir nosotros por primera vez.
Decidí quedarme en un hotel de lujo de Alto Prado. Sabía que me encantaría
la vista. Además, al estar cerca del salón donde se haría la conferencia no tendría
que caminar mucho. Además, Pedí tres cuartos y pagué por adelantado. Era
común que mi padre asistiera a esas conferencias. Solía acudir con nuestra
madre si no se realizaban en lugares tan lejanos. El clima era benevolente,
aunque estábamos en pleno verano.
Hablamos con los vicepresidentes para que supieran adónde iríamos. Ernesto
nos vio con curiosidad cuando notó la presencia de Luisa. —Viene con nosotros
porque está aprendiendo rápidamente sobre la empresa y considero que es buena
idea que esté actualizada con las normas gubernamentales. Todos ustedes pueden
contactarla si requieren algo urgente. Mi intención es no sobrecargarlos de
trabajo. Contamos con ella si se presenta algún imprevisto. —Ellos asintieron.
Casi todos estaban casados y tenían varios hijos, por lo que viajar no era una
opción para ellos.
Solo habíamos estado con las chicas con las que nos habíamos acostado
antes. Nuestra meta era que ninguno en la oficina supiera que nos acostábamos
con Luisa, si bien ella tenía un espíritu independiente y le gustaba acostarse con
quien quisiera. Nos gustaba hacerlo siempre con ella porque era fenomenal, pero
había que recordarle con frecuencia que lo nuestro debía ser un secreto.
—Deberían estar muy pendientes para que no falte a ninguna reunión. Sería
terrible que no lo hiciera. Eso solo les traerá problemas a todos —dijo Carlos
con una sonrisa.
Vi a Franco. Él tomaba agua. —Hasta ahora no nos ha traído problemas.
Luisa ha sido una colaboradora importante. —Hablaba tranquilamente. Carlos
sonrió.
—Es raro que no haya querido tener sexo contigo o tu hermano. La verdad es
que todas las secretarias están derretidas por ustedes dos. —Mi opinión es que
son los solteros más codiciados de la ciudad —dijo. Ernesto rió.
—Muchas chicas querrán estar con nosotros, pero lo nuestro es algo
profesional y seguirá siéndolo. Lo hacemos por nuestro padre —dijo Franco con
firmeza. Mi hermano y yo nos reuníamos una vez al mes para recordar lo que
teníamos que decir en público. Debíamos practicar para saber cómo expresarnos
ante los vicepresidentes, especialmente cuando hablábamos de Luisa. Asentí y vi
la reacción comedida de sus rostros.
Franco tomó asiento en la oficina. Yo caminé hacia él. —Parece que esto está
complicándose. —
Escuché el enunciado y pensé en esa posibilidad. Luisa tenía sexo tanto con
mujeres como con hombres. Me desagradaba la idea de no poder tener sexo con
las otras chicas con las que ella se acostaba, pero Franco lucía más tranquilo. Si
se acostaba con la persona equivocada, podría complicarse todo. —No es nuestra
responsabilidad lo que haga afuera del edificio. Podríamos sustituirla si se
equivoca. Ya reemplazamos a Amelia cuando tuvo que irse. —
—Pero todos se darán cuenta de lo que les hacemos si buscamos a chicas
para que desfilen para nosotros aquí para complacer nuestros deseos, Roberto.
—Su mirada se congeló sobre mí. Yo sonreí.
—A ella le gusta lo que hace y cómo lo hace. No podrás modificar su
comportamiento liberal. —Cuando me recordó que andaba con otras chicas me
sentí muy excitado. Habíamos cenado los tres, y nos había contado anécdotas
sobre sus travesuras sexuales. Y sí que era traviesa. Osaba hacer muchas cosas
en la cama que otras mujeres ni siquiera pensarían hacer. Por eso usaba condones
cuando hacíamos el amor, aunque ella sabía seducirme, al punto de que casi lo
olvidaba.
—Hermano, solo te digo que debes ser cuidadoso —me dijo al ver mi cara
pensativa.
Encendí la computadora. —Lo soy en cada paso que doy —le dije.
CAPÍTULO 11: Franco

Después de unas semanas viajamos para asistir a la conferencia. Luisa tomó


un vuelo un día antes para reencontrarse con viejos amigos. Roberto y yo
viajamos en primera clase el viernes a tempranas horas de la mañana. Mi padre
pensaba que con su dinero bien ganado su familia debía permitirse esos lujos.
Recordé que nunca habíamos volado en clase económica.
Roberto tomó su celular para enviar un mensaje de texto antes de que el
avión despegara. Lo guardó en el bolsillo después de ponerlo en modo avión.
Recordé que la noche anterior había salido. Estaba comportándose como lo hacía
antes de tomar las riendas de la empresa. Él parecía querer tomar una siesta.
Seguía teniendo sexo con Luisa, al igual que yo, pero eso no era suficiente para
él, pues buscaba a otras chicas e iba a muchas fiestas. —¿Qué hiciste anoche? —
le pregunté.
—Fui a La Cena y conocí a una camarera. Después dormí en su casa.
Recordé que en este vuelo podría tomar una siesta y nuestra reunión será en
algunas horas —dijo y reclinó su cabeza. Durante la noche habría una reunión
informal para conocer a otros invitados, pero la conferencia más importante sería
al día siguiente. —A la cena de hoy no hace falta que vayamos. —
—Podemos ir y saludar a algunos invitados. Hay que tomarse esto en serio,
Roberto. —Había mucha expectativa sobre nuestras presencias. Luisa también lo
sabía, aunque aparentaba estar relajada.
Él lucía exhausto, por lo que me obligué a no acotar nada más. —Lo sé —
dijo entre bostezos. Recordé cómo habíamos vivido las últimas semanas. El
mundo parecía girar rápidamente, pero mi tristeza por la muerte de mi padre no
se había apagado por completo. Nuestra madre estaba renaciendo. Salía con sus
amigas y parecía tener un mejor ánimo. Esperaba que se diera una oportunidad
con otra persona, pero eso tristemente no sucedió. Era una mujer preciosa y
radiante. Sin embargo, su amor por nuestro padre estaba intacto. No era algo que
ella quisiera cambiar. Nuestro padre sabía que mi madre haría lo que la hiciera
sentir mejor. Ella solo quería acompañar a Génesis en su crecimiento y ayudarla
para que se graduara.
El sueño empezaba a derrotarme a mí también. Recordé que antes del vuelo,
Génesis había ido a una fiesta. Aunque mis párpados pesaban, la esperé. Ella
llegó horas después. Yo sabía qué clase de hombres acudían a esas fiestas. No
pensábamos mucho en los sentimientos de las chicas con las que nos
acostábamos. Tuve esa edad y me había comportado como ellos. Cuando el reloj
marcó las dos de la mañana ella entró y me vio en el mueble. Suspiré y la saludé
con un gesto de mi mano. ¿Estabas esperándome? —me preguntó en voz baja.
Froté mis ojos. —Franco, parece que olvidaste qué edad tengo. —
—Nunca lo he hecho —le dije. —Soy tu hermano, Génesis. Quiero que estés
bien y no cometas errores. —Nos miramos con tristeza.
—No tienes que preocuparte. Sé cómo alejarme de hombres como Roberto y
tú. Aunque ustedes cambiaron… ¿o siguen siendo los mismos? —Encogió sus
hombros y mostró su ceño muy fruncido al verme. La vi con molestia.
—No tienes que enfadarte. Todos conocen tus historias. Tal parece que
Roberto no está tan preocupado por mí. —Encogí mis hombros para darle la
razón.
Le comenté que podía llamarme en caso de emergencia y que estaba
dispuesto a salir a buscarla a cualquier hora. También le pedí que se
comprometiera a ser muy cuidadosa.
Dejé que el sueño se apoderara de mí después de que nos abrazáramos
cálidamente.
El avió aterrizó antes de la una de la tarde. Pedimos un taxi para ir a nuestro
hotel. Nos habían reservado tres habitaciones contiguas. Estábamos tan agotados
que solo queríamos caer en nuestras camas. Era una buena noticia para los tres.
Le escribí a Luisa para recordarle que debía llegar a tiempo.
Me decanté por la habitación ubicada en el extremo derecho. Era una amplia
habitación, amplia e iluminada. Un jacuzzi con burbujas me esperaba en el baño.
Podría bañarme en él con Luisa. Sonreí ante esa posibilidad. Podríamos dejar
que mi hermano nos acompañara. Acomodé las mantas y me tumbé en el gran
colchón. Suspiré y pensé que todo iría bien, o al menos eso esperaba.
Desempaqué mi ropa y puse mis calcetines y mi ropa interior en una gaveta.
Vi la habitación, deteniéndome en mi celular para ver la hora. Supe que aún
me quedaba tiempo para vestirme. Cuando oí algunas risas en el pasillo abrí mis
ojos. Escuché la risa una vez más y supe que era Luisa. Me levanté de la cama y
fui a la otra habitación. Estaba de espaldas y sus cabellos se deslizaban por su
pecho. Usaba vaqueros ceñidos y el cuerpo de mi hermano sobre el de ella me
impidió ver qué tipo de ropa tenía puesta sobre su pecho. Él la besó
profundamente. —Me gusta tu cabello —le dije y ella volvió a sonreír frente a la
boca de mi hermano.
Sus dedos tocaron su espalda y llegaron al final de su blusa. Después
subieron por dentro. La apretó con fuerza. —Estoy acalorado —dijo Roberto en
voz baja antes de volver a besarla con fuerza.
Roberto le quitó la blusa y luego hizo lo mismo con su sostén blanco. Vi sus
senos perfectos y me acerqué a ellos. —Pensé que teníamos una reunión —dijo
Luisa antes de reír sonoramente.
Alcancé sus pies y escuché su risa. No me importaba el número de hombres
que la habían poseído. Solo quería cogerla. —Tenemos tiempo de sobra antes de
esa mierda —dijo Roberto, volviendo sobre su espalda. Sus labios llegaron a su
cuello, al tiempo que sus dedos bajaban para desabrochar su cremallera. Una vez
más, besó su sien y haló su cuerpo. Luisa respondió abriendo su boca
fogosamente. Fui a su vagina para chuparla, descubriendo lo húmeda que estaba
ya. Chupé y chupé su clítoris hasta que se vino, mientras Roberto llenó su boca
con su semen. Luisa se inclinó y quedó completamente de rodillas, dejando su
cuerpo disponible para mí. Busqué un condón.
Después de hacer el amor nos vestimos para ir a la cena informal. Ella
decidió vestir un traje verde oscuro y unos tacones medianos. Se peinó y se
maquilló mientras Roberto y yo terminábamos de arreglarnos. Cada uno fue a su
habitación y salió de ella para aparentar que nada había pasado. Fuimos al bar y
vi algunas caras conocidas. Conté unas sesenta personas en la reunión. PAL era
una de las pocas compañías que había tenido éxito en el negocio de los
automóviles. Mi hermano y yo conversamos con viejos amigos de mi padre y
conocimos a otros gerentes de otras empresas. Luisa no paraba de sonreír y
coquetear. Encendió el ambiente del lugar con su cabello suelto y su grata
presencia. Decidí tomar unos tragos.
Ya entendíamos tan bien el negocio que podríamos pasarla muy bien allí y
luego volver a casa. Nos despertamos muy temprano al día siguiente. Era la
primera vez que estaba en una reunión tan informal con gente del sector, pero me
sentí cómodo. Queríamos descansar, pero Luisa llegó a la habitación. Nos
habíamos quedado en la habitación del centro, y cuando se mostró ante mí con
su lencería blanca, que revelaba buena parte de su piel, quise poseerla de nuevo.
Todavía había licor en mi sangre. —¿Te diste cuenta de que todos los hombres
anoche querían acostarse contigo?
—No. Solo sé que ahora estoy aquí —me dijo. —Cada secretaria en la
oficina me dice que ustedes son los hombres más sexys del mundo. Y yo puedo
estar con ustedes cuando quiera. —Cerró la puerta y dio unos suaves pasos hacia
la cama.
Vi sus ojos mirando mi cara. —Espero que ellas no sepan lo que haces —le
dije cuando noté sus pasos cerca de mí.
—Ninguna sabe nada —me dijo. Entonces calló mi aliento con un beso. Sus
labios subieron la temperatura. Reaccioné tomando con fuerza su culo. Sus
dedos pasaron por mi cuello y se detuvieron en mis mejillas. Jadeó
incesantemente y llevó su cuerpo hacia el mío. Sus piernas abrazaron mis
caderas. El beso se intensificó.
Aunque no había pasado mucho tiempo desde que la habíamos poseído,
parecía que había sido una eternidad. La puse en la cama y la incliné hacia atrás.
Puse mi cuerpo sobre el suyo. Volvimos a besarnos y me sugirió que me
moviera. Mi hermano anhelaba tenerla. Me levanté mientras él se acercaba a
ella. Le pidió que se tocara y yo me excité terriblemente.
Aceptó la propuesta y mostró una sonrisa maliciosa. Se deshizo de la poca
ropa que tenía. Después separó ampliamente sus muslos y apartó las mantas en
la cama. Sus movimientos iniciaron con un toque de su vagina, poco a poco,
mientras nos veía con lujuria. Entonces pasó una mano por sus senos rígidos. Fui
sobre una de esas tetas ricas y la succioné, como si quisiera ordeñarla, y la vi
palpar su clítoris caliente. Gimió varias veces, y Roberto actuó sobre el pezón
restante, lamiéndolo y mordiéndolo levemente.
El orgasmo de Luisa llegó poco después. Tres gritos de placer lo anunciaron.
Sus dedos se pasmaron. Roberto fue hacia el centro de su cuerpo y lamió sus
líquidos. La tomé de la mano para que se recuperara. Ella se tumbó en la cama
con el aliento entrecortado y abrió su boca, pero no hizo falta que dijera nada.
Sabíamos que podíamos poseerla. Roberto la penetró antes que yo. Empujó con
fuerza dentro de ella, y yo la besaba con pasión. Apreté su cara y dejé que su
lengua recorriera la mía. Verlo cogerla no me incomodaba en absoluto. La
excitación me dominaba.
Ella se tocó de nuevo la vagina. Introdujo sus dedos mientras se ponía sobre
él. Sabían cómo darse placer. Yo me había acostado con dos chicas fuera de la
oficina que estaban dispuestas a todo. Eran sensuales, pero no me hacían sentir
como Luisa me hacía sentir. No sabía qué era, pero ella tenía algo que me hacía
querer estar con ella a cada momento. Una especie de adicción.
Luisa me pidió girar. Luego se acercó de mí, anunciando que deseaba recibir
otra ola de placer. Transmitía su gran necesidad con su mirada. Sintió mi
poderosa erección. Quedó bajo mi cuerpo y pasó su lengua por mi abdomen. Ella
era consciente del placer infinito que eso me provocaba. Me besaba y me
chupaba y dejó que sus senos se frotaran con mi cuerpo. Escuché sus excitantes
gemidos y dejó que chupara y moridera su pecho y su cintura. Jadeó y sudó en
respuesta.
Decidimos quedarnos juntos esa noche. Dormimos abrazados, con nuestros
cuerpos enredados. Era la primera vez que lo hacíamos. Pasamos la noche
dormidos profundamente y solo despertamos con el sonido de la alarma de mi
celular.
Le recordé cuánto me gustaba su cabello. Vi cómo subía su ropa interior y
luego su blusa. Posteriormente se puso su sostén y su falda, que quedaba casi
adherida a su cuerpo. Mi hermano y yo buscábamos nuestra ropa, pero nos
costaba encontrarla en medio del desorden.
Ella se vio en el espejo mientras se aplicaba su estupendo maquillaje. —Me
gusta ese color —le dije. —Fue idea de mi amiga Estrella. Le pareció interesante
y acepté hacerlo. Veo que te gusta. —Sonrió al verme.
Pasé a la otra habitación para servirme café. —Sí. Tus ojos me iluminan más
—le dije antes de salir. Roberto y yo decidimos vestirnos nuevamente con trajes
de trabajo. Era cierto lo que le había dicho. Sus ojos eran como rayos de sol para
mí. Se puso sus tacones y peinó su cabello con sus delicadas manos. A la reunión
no habían sido invitadas muchas chicas, así que Luisa llamaba la atención. Pero
ellos debían conformarse con eso mientras nosotros la teníamos a nuestra
disposición cada noche. Salió de la habitación y vi que de inmediato empezó a
saludar a todos con efusividad y cariño.
Tomamos café y comimos emparedados cuando llegamos al salón y nos
ubicamos en nuestras sillas. Dentro de poco empezaría la verdadera conferencia.
Luisa se puso sus lentes y encendió su tableta para tomar apuntes. Sentí que el
tiempo iba muy lento. A mediodía hubo un receso para almorzar Las sesiones de
trabajo terminaron cuando se acercaba el anochecer. Los invitados salían en
grupos numerosos para cenar. Luisa los veía con una sonrisa discreta y luego nos
miraba fijamente. Iba a cenar en mi habitación, a solas, pero unos tipos con los
que habíamos conversado se acercaron a nosotros. El resto ya estaba fuera del
lugar. —Nos gustaría que nos acompañaran a cenar —dijo Miguel. Roberto me
vio fijamente. —A solo unos metros hay un excelente restaurante de comida
italiana.
Roberto y yo decidimos ir al restaurante italiano. Hablábamos sobre lo que
habíamos escuchado en la conferencia. Nos relajamos un poco, pero el trabajo
no salía por completo de mi mente. Luisa estaba contenta por una invitación que
le habían hecho. Aceptó sin pensar. Salió del lugar, con Víctor, otro hombre y
una mujer. Antes de irse, me vio y suspiró, como si se sintiera mal por no estar
con nosotros.
CAPÍTULO 12: Roberto

Perdí la cuenta de las copas que había tomado. La comida era suculenta.
Todos habíamos tomado mucho alcohol. Todos hablaban sobre trabajo, aunque
también conversaban distendidamente sobre otros temas. Veía la cantidad de
chicas que mostraban sugestivamente sus cuerpos en el restaurante. Nos veían
provocativamente y sonreían. Franco y yo podríamos estar con cualquiera de
ellas en un instante. Nuestros compañeros en la mesa lo sabían también.
Sonreían al vernos.
Nuestro padre solía decir que los viajes hacían que sus colegas olvidaran que
estaban casados. Sé que él siempre recordaba a nuestra madre. ¿Podría ser como
él? ¿Franco podría ser tan fiel como él algún día? Mi padre no le había sido
infiel a nuestra madre jamás.
Comenzaron a conversar sobre los atributos de Luisa Ella era espectacular y
sus virtudes eran más numerosas de lo que ellos imaginaban. Abarcaban varios
campos. Era una chica con un instinto sexual muy fuerte. Quizás ese término la
definía muy bien. Apreté mis puños y contuve el aliento para no decir algo
sospechoso. Cuando regresamos a nuestros cuartos, estaban solos. Franco se
retiró para dormir en su habitación. Busqué algo en la televisión y luego caí
dormido.
El televisor estaba apagado y vi en mi celular que ya era de madrugada. Unas
horas después sentí el cálido cuerpo de una chica a mi lado. —¿Entraste sin
avisar? —le pregunté. Sus suaves aromas corporales refrescaron mi nariz una
vez más.
—Sí. Después de la cena decidimos ir a un bar. Tendré una resaca mañana,
estoy segura —dijo en voz baja mientras veía mis dedos caminar lentamente por
su espléndido abdomen.
Llegué a sus nalgas y las golpeé levemente. —¿Y luego qué hiciste? —le
pregunté. Imaginé el deseo y el morbo de sus compañeros en el bar.
Su cuerpo se acercó al mío. —Aunque Maira me lo pidió varias veces, yo
solo pensaba en regresar a este cuarto pronto: Tenía muchas ganas de dormir en
este lugar. —Con su muslo llegó a mis piernas. Me besó bajo la penumbra de la
madrugada y dejó que mis dedos continuaran su trayecto por el resto de su
cuerpo. El mundo en ese momento éramos ella y yo. Poco a poco nuestros
cuerpos se tocaban y jugaban. Dijo mi nombre suavemente, como si implorara
sexo.
Entonces Franco entró y nos vio. —Feliz día. —Iba a hacer café oscuro para
todos.
Lo veía como si fuese un manjar y quisiera comerlo sin dejar nada en el
plato. —Hola, Franco. Llegué tarde y no te vi —le contó ella. Tocó su cadera y
dejó caer su ropa para quedar frente a él, sin nada que la cubriera. Él la tomó por
la cintura y besó sus labios. Cerré mis ojos y pensé en otra cosa.
Se marcharon a la habitación de mi hermano con sus tazas de café. Estaba
agotado. Escuché sus gemidos y gritos, pero no quise acompañarlos. Nos
quedaban unos noventa minutos para presentarnos en el almuerzo. Tenían tiempo
suficiente para hacer lo que quisieran. Luego nos vestimos para encontrarnos con
el resto de los invitados. Ellos salieron recién duchados. Mi hermano se subía su
cremallera y Luisa optó por usar un vestido rosado que mostraba parte de sus
exquisitas piernas. Me excité al verla y quise tumbarla allí mismo.
Estrechamos muchas manos y sonreímos. La selección gastronómica del
hotel era excelente. Podíamos comer desde trozos de fruta y ensaladas hasta
lasaña. Luisa se sentó entre mi hermano y yo. Buscó sus lentes sensuales y se los
puso. Encendió su tableta una vez más y mientras probaba la comida tomaba
apuntes. Dejé que mi mano animosamente pasara por sus muslos. Ninguno de
los comensales nos veía, así que pasé un par de mis dedos por su ingle. Ella me
vio con inquietud. Mi mano subió un poco más y se encontró con su ropa interior
azul profundo. Suspiró y mordió su labio inferior. Abrió sus piernas para mí.
Franco notó la situación y vio las miradas que compartíamos. Estaba congelado.
Palpé su clítoris mientras ella respiraba con dificultad para no mostrar
señales de excitación. Mis dedos se bañaron con los líquidos que emanaba de su
vagina. Seguía tomando apuntes, pero supuse que las líneas eran incoherentes.
Ella pronto acabaría. Lo sospeché por la forma como se movía levemente.
Empujé mi dedo hacia su cavidad. Luego vi más profundo, y los invitados
chocaban sus copas y reían. Justo allí el orgasmo la atravesó. Simuló que se reía
con los comensales y tocó sus mejillas para ocultar el temblor de su piel.
Había acabado sin problemas ni pensar que estaba en medio de mucha gente.
Me encantó tenerla para mí de esa forma. Continuamos comiendo como si nada
hubiera pasado. Tomó varios tragos de agua, tocó su frente y yo retiré mi mano
de sus muslos agradecidos por la onda de placer.
Poco después terminó el almuerzo. El día siguiente era libre para los tres.
Podríamos conocer algunos lugares de la hermosa ciudad, como parques y
restaurantes de lujo. Ella salió de su habitación. Aproveché para entrar en su
baño y cogerla bajo la ducha. Vi que llegaba Franco y decidí bañarme. —Carajo,
hermano. Qué desgraciado eres —murmuró cuando salí para saludarlos. —¿Qué
mierda hiciste?
Noté sus mejillas enrojecidas. —Supongo que te encantó la sorpresa —le
dije a Luisa. Luego vio a Franco.
Franco caminó delante de nosotros para buscar el auto que habíamos rentado
para ese día. —Sí, pero creo que no era el mejor momento. Era una reunión
laboral. Debes comportarte así solo cuando estemos aquí —dijo Luisa, con una
voz apenas audible. Él sacó las llaves y entró en el asiento del conductor.
Franco nos vio con impaciencia. —¿Adónde quieren ir? —preguntó.
—Supongo que a los parques infantiles —dijo Luisa. No pude evitar reír. —
No te rías. Están bastante. Llegaríamos pronto.
Franco tenía su dedo estaba en su mentón. —Y podríamos pasar el día ahí —
contó.
Luisa estaba alegre. Su bolsa ya estaba en su regazo. —Hablaré con mis
amigos para que cenen con nosotros, si ustedes quieren. ¡No saben lo feliz que
me siento! —dijo. Se acercó a mí y su boca quedó sobre mi oído. —Conozco
algunos lugares secretos en esos parques. Te encantarían, chico atrevido.
Subimos al auto, tomamos la interestatal. Franco tomó la ruta hacia Villa
Antigua. Cuando llegamos, vimos que no había tanta gente ni autos esperando en
la fila. Tampoco había muchas personas esperando el tren. No paramos de
disfrutar y reír sonoramente. Como la concurrencia en el parque infantil era
poca, pudimos disfrutar de todas las atracciones rápidamente. Si bien no había
sentimientos profundos entre nosotros, nos sentíamos muy bien estando juntos.
Ella se subió a todas las atracciones. Parecía una niña, radiante de felicidad.
Franco subió con ella en La Montaña del Miedo y el ambiente de oscuridad la
hizo gritar.
Ya era de noche cuando salimos de allí. Sus amigos llegaron y nos
encontraron en un restaurante que estaba a unos metros cerca del parque. Todas
sus amistades tenían el mismo espíritu animado y juvenil que ella tenía. El
restaurante estaba decorado con réplicas de animales tan perfectos que parecían
estar vivos. Los niños estaban encantados y se tomaban fotografías con ellos.
Los vi compartir mientras tomaba un trago de mi cerveza fría.
Había dos amigas de Luisa que se sentaron a su lado. Nos veían
provocativamente a mi hermano y a mí. Hacían gestos con sus manos para que
los viéramos. Conversaron y compartieron sonrisas, tragos y brindis. Hablaban
sobre las cosas que habían hecho durante el día. Comí mi cena y vimos a la
gente que nos rodeaba. Como pocas personas sabían quiénes éramos, me sentí
tranquilo con ellos. Daríamos una vuelta por los lugares y nadie estaría
tomándonos fotos. Nos veían, sí, pero solo porque se sentían atraídos por
nosotros. La noche era estupenda.
Las chicas decidieron acompañarnos. Una hora después volvimos al parque
para presenciar el lanzamiento de los fuegos artificiales. Luisa volvió a subir a
sus atracciones predilectas varias veces y nos pidió que la acompañáramos. Se
sintió un poco molesta ante la negativa de sus amigas a subir con ella.
Era hora de regresar a nuestro hotel. Cuando se sintió agotada de montarse
en todos los juegos, se despidió de las chicas. Ella llegó a mi baño después que
yo. Vio el jacuzzi y bajó su blusa. Luego se quitó la falda. —Debo tomar un
baño en este rico jacuzzi. ¿No quieren bañarse conmigo? —preguntó mientras
nos veía. Las burbujas ya subían y el agua empezaba a calentarse.
Empecé a quitarme la ropa. —Se oye bien —dije. Ella lanzó algo de jabón de
lavanda en el agua. Más burbujas saltaron a la superficie. Franco llegó y trajo
agua para los tres. Entramos uno por uno en el cálido jacuzzi. Luisa quedó en el
medio de nuestros cuerpos. Recogió su cabello y tocó nuestros muslos mientras
comenzaba a hablar sobre lo bien que lo había pasado en el día y lo que quería
hacer al día siguiente.
Su apetito sexual no acababa. La noche no terminó con esa conversación,
pues sabíamos que sería la última noche que pasaríamos juntos con ella por un
tiempo. Le hicimos el amor en varias posiciones y pedía que no paráramos, que
la penetráramos con fuerza, salvajemente. Cuando finalmente no pudo más, cayó
agotada entre nuestros cuerpos y lanzó varios suspiros al aire. El día siguiente le
dolería todo su cuerpo, pero ya sabíamos que eso le importaba un carajo. Hacía
lo que quería hacer sin pensar en nada más. Su plan era disfrutar cada minuto de
su vida.
Fuimos temprano a desayunar en la playa después de despertar. Teníamos un
vuelo programado para la una de la tarde. Vimos el mar y nos refrescamos con el
sonido de las olas mientras comíamos. Caminamos unos metros por la playa
antes de salir al aeropuerto. Nos fuimos los tres en el mismo auto. Ella cayó en
su butaca, vencida por el sueño. Franco fue el siguiente en dormir. Yo contemplé
las nubes por la ventana y recordé con alegría todo lo que habíamos vivido.
Llegamos a la ciudad a las ocho de la noche. Se despidió de nosotros antes
de marcharse a su hogar. Pedimos un taxi para ir a casa y noté la expresión de
tristeza en la cara de Luisa.
—La pasamos muy bien —le dije a Franco. Él asintió con su cabeza. Nuestra
madre y Génesis ya nos esperaban. Estaban contentas y comenzaron a hacer todo
tipo de preguntas sobre el viaje. Tomamos el equipaje y lo subimos a nuestras
recámaras. Sacamos todo de ellas y le contamos los detallas del viaje. Sus bocas
se abrieron de par cuando supieron que habíamos ido a un parque infantil, pero
evitamos hablarle sobre los encuentros sexuales. Como al día siguiente tendría
que volver a trabajar, decidí irme a la cama temprano para que mi cuerpo y mi
cerebro descansaran.
Me costaba acostumbrarme a mi casa después de estar en ese hermoso hotel.
Ansiaba volver a estar con Luisa, que sus besos me robaran el aliento y su piel se
uniera a la mía, como si fuésemos uno solo. Me acosté y me quedé dormido
mientras mi cerebro traía de vuelta todas las cosas que habían pasado al otro
extremo del país, justo unas horas antes. ¿Estaría sintiendo Franco lo mismo que
yo?
CAPÍTULO 13: Franco

Las cortas vacaciones en medio del trabajo habían llegado a su fin. Cuando
la alarma de mi celular sonó en la mañana, recordé que era el momento de volver
a trabajar. Giré tratando de recordar dónde se había interrumpido el sueño que
había estado teniendo antes de despertar. Decidí dormir unos minutos más.
Después me levanté y tomé una corta ducha caliente. Me vestí con un traje y una
corbata azul. Quise tomar café. Vi a Roberto. Su alegría era contagiosa. Estaba
tan feliz como yo. Estaba agotado por el viaje, pero animado de saber que
volveríamos a trabajar. —¿Preparado para volver a la acción? —le pregunté.
Encogió sus hombros. —Hoy solo tendremos que reunirnos con los
vicepresidentes para contarles sobre los cambios que vienen en la normativa. Mi
padre odiaba esa parte. —Sonreí al recordar la molestia de su padre ante esas
reuniones. Sentí que yo había tomado su lugar, como si fuese un pequeño
haciendo el trabajo de un adulto.
Cenaba y compartía algunos tragos, pero nunca se hubiera atrevido a meter a
una chica en su hotel. Él viajaba para asistir a las conferencias y aprender todo lo
que pudiera. Traté de no pensar cuántas veces mi madre lo acompañó en esos
viajes de negocios. Él había demostrado su amor su fidelidad. Aunque nosotros
no actuábamos como hombres infieles, estábamos muy lejos de poder emular el
comportamiento de nuestro padre.
Fuimos al edificio. Después de unos minutos llegamos y dejamos el auto en
el estacionamiento. Nos saludaban con alegría y ansiaban saber sobre la
conferencia. Los saludé con educación y sonreí fingidamente. Los convocamos a
las diez de la mañana para informarles en una reunión todos los detalles. Debía
esperar que Luisa llegara. Ella tenía la información en su tableta. Tomé otro café
y vi la ciudad a través de la ventana mientras esperaba por nuestra asistente.
—Aún no ha llegado —me informó Roberto. Lo vi con sorpresa. —Y todo
está en su tableta.
Vi los datos en mi ordenador. Sonó mi celular. Era un mensaje de texto de
Luisa. Fruncí mi ceño.
No puedo ir a la oficina. Amanecí con problemas estomacales. Pero no te
preocupes, te envié mis apuntes por correo electrónico.
Agradecí su acción y abrí nuestro correo electrónico. Revisé los datos y
comprobé que se había esmerado para captar y escribir toda la información de la
conferencia. Los apuntes que tomó cuando la había penetrado no estaban tan
claros, pero eran coherentes y los entendí. —Espero que todos entiendan. —
Imprimí todo para mi hermano y para mí.
Organicé las copias en dos carpetas. —Lo mismo digo —le dije. Vi la hora
en mi celular. Nos faltaban quince minutos antes salir. Vi la cara de mi hermano.
—Seguramente estará aquí mañana a primera hora.
Los vicepresidentes quedaron encantados con la información que recibieron
de nosotros. Eso me permitió recodarles la importancia de tener una asistente
que pudiera hacer ese tipo de labor. Tenían algunas inquietudes sobre la
adaptación que tendríamos que hacer para cumplir las normas, pero les aseguré
que haríamos todo a tiempo. Nuestra meta era mejorar en todo lo que hacíamos.
Todo el personal estaba dispuesto a colaborar, como siempre.
Después de la reunión retornamos a nuestra oficina. Supimos todo lo que
había pasado en nuestra ausencia. Habían adelantado bastante trabajo.
Seguramente Luisa querría continuar haciendo el amor en vez de ponernos a
trabajar, así que su ausencia era una buena noticia para mí en cierta forma. Sabía
cómo convencerme. Ernesto y Roberto me acompañaron a almorzar.
Conversamos sobre los gerentes que habíamos conocido en la conferencia Mi
padre solía ir siempre, pero en algunas ocasiones había decidido enviar a
Ernesto, así que él conocía el ambiente mejor que nosotros.
Tomé agua y probé un trozo de mi comida. —Esas reuniones pueden tornarse
salvajes cuando llega la noche, si bien los hombres casi siempre somos mayoría.
Imagino a muchas chicas acaloradas con tu presencia —bromeó Ernesto
mientras me veía.
—Ernesto, sinceramente te digo que soy consciente de que aquí mismo
muchas de las empleadas estarían dispuestas a acostarse con nosotros, pero no
quiero unir eso con nuestros trabajos. Yo no fui a la reunión por ese motivo.
Conocí a algunas chicas, claro que sí, pero no para acostarme con ellas. —. Dejé
de hablar y le mostré una sonrisa. En mi mente todo sonaba tan falso. Sabía
cuántas veces nos habíamos cogido a Luisa, pero no tenía que decírselo a él. Ni a
nadie. Ernesto bromeó diciendo que no tenía nada que hacer, pero decidimos no
ahondar en el tema. Recordé que había muchos rumores sobre ella en los
pasillos, aunque a ella no le importaba. Debía manifestarle una vez más que
actuara con cuidado.
Luego del almuerzo seguimos conversando sobre otras cosas. Regresamos a
la oficina para terminar los asuntos pendientes. Quería salir con nuestra madre
para que cenáramos juntos. No habíamos compartido con ella durante el fin de
semana por nuestro viaje. Recordé que mi charla con Génesis antes de mi viaje
no había sido la mejor que habíamos tenido y esperaba charlar con ella de un
modo más cariñoso. Ella quiso ir con nosotros, lo que me emocionó.
Como el viaje lo había agotado, Roberto también quería ir. Había tenido
muchas aventuras sexuales y ahora quería distraerse un poco de otra forma. Lo
vi y comprobé que nuevamente estaba enviando un mensaje de texto a través de
su celular. Giré cuando vio mis ojos. Sonrió y guardó su celular en su bolsillo.
Esperaba que le respondiera, pero me tomé mi tiempo para hacerlo. Volvimos a
la oficina. —Espero que madures y ya no quieras acostarte con una mujer
distinta a cada momento. —Éramos jóvenes aún. Esa madurez no llegaría tan
pronto, pero cada cierto tiempo le hacía esos comentarios para mofarme de sus
reacciones.
—El hecho de que Luisa no esté aquí me calma bastante. Si estuviera aquí,
estaría haciéndole el amor. No tendría tiempo para cenar. Este fin de semana fue
el mejor que he tenido. —Sonrió y yo le di una palmada en su hombro.
—Sí, yo también pienso eso. Somos tres los involucrados y tenemos tiempo
haciéndolo. Este tipo de cosas nunca resultan bien para nadie. Ojalá esto no se
descarrile —le dije, y esperé su reacción.
—¿Hablas de que podría enamorarme? Eso no está pasando conmigo. Me
gusta principalmente porque es una maniática del sexo. Sé que es una agradable
mujer y está muy buena, pero no soy idiota. Solo quiero cogerla y ya —dijo
Roberto. Asentí con mi cabeza después de oírlo.
—No te enamoras, pero el hecho de que sea una loca del sexo es un
problema para nosotros. Los chismes cada vez se hacen más fuertes. Están
opacando su trabajo —le dije. Él me vio seriamente. —¿Qué crees que haría
nuestro padre si se le presentara una situación como esta?
—Hablar con Luisa. —Así de simple. Simple y lógico, pero yo sabía que mi
padre nunca llegaría al extremo de acostarse con alguien de la empresa.
—Esto va a encantarme.
Luisa se ausentó un día más. En otro mensaje de texto me contaba que su
salud seguía delicada. Roberto y yo haríamos el trabajo pendiente, pero no sabía
si ella me mentía. Me molesté con su noticia. Mi hermano salió al anochecer de
la oficina. No ocultaba su molestia ni su preocupación. Yo, en cambio, fui a la
casa para cenar con nuestra mamá. Génesis había decidido salir con un amigo.
Mi madre notó mi tensión y me preguntó si estaba pasando algo.
Comí algo de carne. —Lo que sucede es que nuestra asistente ha tenido
problemas de salud y no ha ido a trabajarme preocupa su salud —le dije.
Un halo de tristeza se asomó en su cara unos segundos. —¿Qué tal es esa
chica en el trabajo? Tu padre era partidario de contratar asistentes para que lo
ayudaran —dijo.
Tomé una copa de vino. —Ella es excelente para las labores de oficina. Nos
ayuda bastante —dije. —Es eficiente y espero que vuelva pronto.
Levantó su mano. —También lo espero, así como espero que seas un
profesional en todo momento. Tu hermano y tú son iguales a su padre en ese
aspecto. Si en algo estoy clara es en el hecho de que muchos pierden la cabeza
por el dinero, en especial las chicas. Muchas veces me contó anécdotas sobre las
secretarias y cómo había tenido que lidiar con ellas. Para él, el trabajo era lo
primero. Las reglas eran inviolables. —, dijo. Luego sonrió. —No quería que
asumieras ese cargo si no tenías la madurez suficiente todavía, para que no
tuvieras que enfrentarte a esas cosas. Tampoco quería que toda tu vida girara en
torno al trabajo. Aún me cuesta creer que ese… señor no haya visto la luz roja y
nos haya dejado sin mi amado esposo. —La consolé y la puse entre mis brazos
cuando mi madre empezó a llorar.
—No tienes que preocuparte por la empresa. Me encanta estar ahí y creo que
lo hago bien. Sé que mi hermano también se siente así —le dije mientras tocaba
sus hombros. —Yo también echo de menos a mi padre. Todos lo hacemos. Cada
mañana siento que debo ocupar su lugar y también estar pendiente de Roberto.
—Hasta ahora lo estás haciendo fenomenal, hijo mío. Me lo dijo Clara, la
administradora, cuando nos hemos visto para cenar. También los empleados me
lo han dicho muchas veces. Están felices porque ustedes dirigen la compañía
correctamente. —Tomó aire y se alejó un poco de mí. —Sé que están contentos
y quieren que ustedes se mantengan al frente.
Volví a mi silla y la vi para comprobar que ya no lloraba. —Así será. Todos
seguirán contentos por nosotros —le prometí.
Esa noche me quedé dormido bastante temprano. Al despertar, revisé las
carpetas de mi correo y pronto llegó uno nuevo de Luisa. Decía que seguía
teniendo problemas con su estómago y que ahora todo su cuerpo estaba
experimentando un gran malestar. También decía que no podía volver a la
oficina y que se renunciaba a partir de ese momento. Un escueto informe médico
acompañaba su correo. Roberto llegó con su habitual taza de café negro. —
¿Pasó algo? —Releí el mensaje para ver si me había perdido algo.
—Sí. Luisa se va. Dice que sigue enferma o algo parecido —le conté. —
Increíblemente, renunció a través de un correo electrónico. Qué mierda. —Tomó
asiento y me contempló con sorpresa.
Sus ojeras eran enormes. —¿No dijo nada más? —me preguntó.
Tomé el café que me pasó y lo probé. —Nada más. Me parece que no hacía
falta que dijera algo más, pero hablaré con el jefe de Personal. Es la primera vez
que alguien renuncia de esa forma desde que llegamos aquí —le dije.
—La pasé muy bien con ella, pero volvimos a quedarnos sin asistente —dijo
mientras suspiraba.
Como decía mi hermano, era una chica agradable, pero su presencia
eventualmente nos traería un caos. Hicimos un depósito en su cuenta. La
avalancha de chismes tras la renuncia de Luisa fue descomunal. Según las
historias, había tenido relaciones con todas las personas que trabajaban en el
edificio. La extrañaría. No solo por su trabajo, sino por el fuego de su vientre.
Mi hermano también empezaba a extrañarla, aunque decidí no buscar a una
sustituta. Al menos no en ese momento.
Los chismes no paraban ahí. Se decía que estaba esperando un bebé, lo que
yo esperaba que no ocurriera. Roberto y yo nos habíamos protegido, hasta donde
yo sabía, pero no podía garantizar que en algún encuentro sexual hubiera
olvidado hacerlo.
CAPÍTULO 14: Roberto

Ya me hacía mucha falta. Había sido la compañera ideal para nuestras noches
de placer y había cumplido eficientemente con todas las labores que le
encomendamos. Quise saber qué estaba sucediendo con ella. Franco y yo
estábamos listos para continuar trabajando aun con su ausencia. Él lucía
relajado. Sabía que alejarse de tanto desorden le venía bien.
Pero él no dejaba de echarla de menos, igual que yo. Era un hombre muy
recatado, pero con ella se había distraído fácilmente y había mostrado su lado
divertido. Con solo veintitrés años, era el líder de la compañía familiar y se había
abierto con Luisa como no lo había hecho con otra mujer.
Era el momento de enfocarnos en la empresa. Había muchas chicas con las
que podría salir después de trabajar. Pensé que sería buena idea coquetear con
alguna secretaria para entretenerme un poco. Pero Los negocios estaban primero,
así que desistí de hacerlo, recordando que debía ser profesional.
Supe que había ingresado a una clínica de rehabilitación tres meses después
del último correo electrónico que nos había enviado. Había adicciones de las que
no nos había hablado y que su cuerpo desenfrenado le reclamaban todos los días.
Aunque no supe cuál era la causa exacta de su ingreso, todo encajó en ese
momento.
En mi rutina volví a destinar a la oficina ocho horas y luego el resto de mi
tiempo a las fiestas y los bares. Algunas veces invitaba a Franco. Él me
acompañaba de vez en cuando, si no había mucho trabajo o alguna cita
previamente concertada con una chica. Y seguía siendo el jefe. No había dejado
de almorzar o cenar con nuestra madre para informarle sobre los avances en la
compañía.
Pero era complicado siempre balancear mi vida. Había mucha presión y
carga laboral, por lo que se hacía necesario trabajar horas extra para que la
empresa no parara. Además, la Navidad estaba cada vez más cerca y por primera
vez en nuestras vidas no estaría nuestro padre a nuestro lado.
Me sentía agotado y no quería dejar de compartir con Génesis y mi madre.
Los vicepresidentes siempre estaban colaborando en la empresa. Nos hacía falta,
sin duda alguna. Con tantas cosas por hacer todos los días ya casi no podía ir a
alguna fiesta.
Íbamos a la oficina incluso los domingos. Finalmente pude ir a un bar un
sábado por la noche, si bien en ese momento ya estábamos trabajando sin
descanso. Los clientes contaban con nosotros para los pedidos de último
momento que muchas personas hacían para Navidad. Solían regalar autos a
algunos de sus familiares y debíamos estar ahí para cumplir con esos pedidos.
Me senté en una silla de la barra. Inicié una conversación con una linda
morena y le compré un trago. Estaba preparado para pasar la noche con ella,
cunado levanté mi mirada y vi un rostro que se me hizo familiar. Era Luisa.
Estaba con un tipo. Él la vio y ella besó sus labios. Estaba animada y sonreía.
Lucía radiante, como antes. ¿Ese sujeto sería su novio, su esposo? ¿Estaba en
una relación seria? Esperaba que, si así fuese, le fuese muy bien porque lo
merecía.
Ana, la morena, me vio y me contó un chiste. Pensé que el pasado debía
quedar atrás definitivamente. Sonreí y la vi fijamente.
Recordé cuando salía cada noche a disfrutar y acostarme con cuanta mujer
pasara frente a mí. Solo tuve algo de tiempo durante las Navidades por esas
noches alocadas, y me sentía arrepentido y triste por no poder recuperar ese
tiempo. Un tiempo que pude haber pasado con nuestro padre. Ahora debía
trabajar muchas horas en la oficina para redimirme. De hecho, ya no estaba ocho
horas en la oficina sino diez, o doce, si había mucho trabajo, al igual que todos
los empleados.
Mi vida había dado un gran vuelco.
Cuando llegó el largo feriado de noviembre pude tomar un receso y me sentí
muy aliviado. Comimos unos deliciosos platos preparados por nuestra madre.
Azucena la había ayudado. El sabor a comida casera me encantó. Ambas
compartieron felices en la cocina mientras hacían toda la comida. Esa imagen
me hizo sentir feliz. Franco y yo veíamos una película en la televisión. Génesis
conversaba con una amiga por celular. La familia era lo que más nos importaba
en ese momento. Nos hacía mucha falta nuestro padre, pero no dejábamos de
apoyarnos. Todos degustamos nuestra deliciosa cena y nos quedamos frente al
televisor. Nuestra madre sintió sueño y subió a su dormitorio. Quería despertar
temprano para ir al centro comercial con sus amigas a comprar algunas cosas.
Tenía muchas ganas de ver a sus amigas. Eso la relajaba mucho. Volvería para
poner el árbol navideño, como hacía cada año, pero en ese instante parecía que
estaba más enfocada en salir un rato.
Decidimos apoyarla sin decir nada y buscamos algunas cosas de Navidad en
el depósito. Franco y yo nos dimos cuenta de que trataba de ocuparse para que
los recuerdos de nuestro padre no la afectaran. No le contamos que lo haríamos.
Esperamos que estuviera dormida. Cuando despertamos al día siguiente,
pudimos almorzar y ver el resumen de los deportes. Unos minutos después llegó
mamá.
Y lucía muy alegre.
Fuimos con Franco a comprar un árbol natural de Navidad en una tienda de
las afueras. Decidí comprar un pino azul proveniente de Canadá. Tuve que pagar
una comisión adicional por su tamaño. Cuando era niño me costaba entender
cómo llevaban el árbol a casa, pero ahora podía ver cómo era todo el proceso.
Mi padre me lo había explicado muchas veces. Luego, nuestra madre buscó los
ornamentos para el árbol y la casa. Génesis y Azucena entraron después para
ayudarla. Comenzaron a instalarlos con alegría.
Nuestra madre contó historias sobre las celebraciones navideñas que
habíamos tenido en casa. Sabía que de esa forma ella se desahogaba y nos
demostraba que le gustaba tenernos en casa. Mi hermano y yo reímos a
carcajadas con sus anécdotas. Oí atentamente cada historia divertida, consciente
de que aún faltaban días largos en la oficina. Esos momentos familiares debían
ser atesorados.
Al día siguiente fui al apartamento de Diana. Su apartamento ya estaba
decorado y un árbol de Navidad mediano adornaba la sala de estar de su casa.
Llegó con los adornos que no había colocado para ubicarlos en la sala y un vaso
de agua en la otra. Quería que nos comprometiéramos, pero yo rechazaba la idea
cada vez que la sugería. Me limité a cogerla y comer con ella de vez en cuando.
No me veía como un hombre que pudiera involucrarse en una relación a largo
plazo. Podía acostarme con otras, pero sería difícil por las largas jornadas
laborales. Sería incluso complicado verlas cuando las fiestas terminaran.
Contemplé su árbol de Navidad y toqué su hombro mientras ella me abrazaba.
Pasamos toda la noche juntos.
Una montaña de asuntos pendientes me recibía en la oficina el lunes de la
semana siguiente. Habíamos dispuesto toda un área del edificio para recibir los
productos terminados, empacarlos y enviarlos ante la cantidad de órdenes que
teníamos. Franco se sentía presionado con tantos pedidos urgentes. Yo sentía lo
mismo. Ni hablar del personal. Pero no podíamos permitir que la competencia
nos ganara en fechas como esa. Fallarle a un cliente en Navidad podría significar
el principio de nuestro fin como empresa prestigiosa. Tenía esa premisa en mi
mente y me esforcé para dar lo mejor de mí. Cuando llegara enero, tomaríamos
un respiro. Luego retomaríamos nuestro ritmo habitual, que nos permitía
mantener la rentabilidad de la empresa y sentirnos más tranquilos.
Franco recordó la extraña partida de Luisa y se sintió molesto cuando vio
que había otro pedido. —Parece que necesitas otra asistente. ¿Quieres que
hagamos otro anuncio, como antes? —le pregunté cuando me vio.
—Creo que es mejor pagar horas extras a los asistentes de los
vicepresidentes. Este no es el mejor momento para buscar a otra chica. Después
veremos si contratamos a otra —dijo en voz baja. Negué con mi cabeza. Recordé
que nuestro padre solía inquietarse por el fuerte trabajo durante la Navidad.
Franco se vio tan inquieto como él cuando me senté de nuevo.
—Vi a Luisa en un bar anoche. No se veía enferma. Al contrario, estaba
alegre —le conté. —Hace poco estuvo en una clínica de rehabilitación. —Me
vio con sorpresa.
—¿Y le dijiste algo? ¿Por qué entraría a rehabilitación? —me preguntó con
curiosidad.
—Desconozco los motivos. Me enteré la semana pasada que estuvo ahí —le
comenté. Asintió con su cabeza.
—Bueno, ahora entiendo todo. Su cabeza estaba un tanto… enloquecida.
Solo espero que ya esté recuperada. —Franco rió y le respondí con una sonrisa.
Revisé otro pedido de piezas. —Aparentemente sí. La vi en buen estado —le
dije. —No entiendo cómo nuestro padre soportó esta mierda todos los días, todos
los años.
—Tuvo un excelente equipo a sus espaldas. Están haciendo un gran esfuerzo,
igual que el que hacemos nosotros. Una fiesta navideña estaría bien para
reconocer su labor. Se merecen esa recompensa —dijo Franco y me vio
fijamente.
Lucía cansado. —Ya mamá está organizando ese evento —le conté. Él
sonrió. —Dijo que reservaríamos un restaurante a unos metros de acá. Hablará
con ellos para cerrar el trato. Lo haremos el sábado diecisiete. Todo el personal
podrá ir.
—Es cierto. Mi madre se encargaba de eso siempre. Aunque tenía muchas
cosas que hacer con sus amigas, liberaba algo de tiempo para la fiesta. Nuestro
padre debe estar aún feliz por la dicha de haber compartido su vida con ella. Y
nosotros también deberíamos estar felices por su presencia en nuestras vidas. —
Escuché un ruido proveniente de su vientre. Tomó aire y peinó su cabello con su
mano. —Acompáñame al almorzar.
—No tienes que pedírmelo dos veces. Estoy muy hambriento.
CAPÍTULO 15: Franco

Podíamos salir solo para dormir en la casa. Había tanto movimiento que
apenas si podíamos almorzar. Nuestra cena siempre nos esperaba en la nevera.
Mamá la dejaba allí en caso de que llegáramos hambrientos. Acostumbraba
hacer lo mismo con nuestro padre. A pesar de tener ese hábito, no dejé de salir
con ella los domingos para que cenáramos juntos. Abandonaba la oficina
temprano para no tener prisa al estar con ella. Ese domingo Roberto nos
acompañó. Nos divertimos en el restaurante. Se notaba que quería pasar tiempo
con nosotros. A mí también me hacía falta su presencia constante.
Salí del restaurante para encontrarme con Carolina. La había conocido unas
semanas antes, cuando había salido con algunos amigos. Hubo química entre
nosotros y esa noche me quedé en su cama. Con tantas horas en la oficina y mis
noches en la casa extrañaba dormir con alguna chica. Decidí pedirle a Roberto
que acompañara a nuestra madre a casa.
Salí del auto y cerré la puerta. Los recuerdos de Luisa y Amelia llegaron a mi
mente cuando apagué el motor de mi auto. Creía que contar con una asistente era
importante. Pensé que la idea de Roberto era buena después de todo. Una
asistente nos ayudaría. Esa ayuda nos vendría bien y yo podría relajarme
haciéndole el amor. Solo tenía veintitrés años y era soltero. Podía acostarme con
quien quisiera. Había mucha presión y ganas de buscar a otra chica para lamer su
clítoris, pero no teníamos tiempo para entrevistar a varias aspirantes.
Toqué la puerta. —Qué agradable verte de vuelta, Franco. —Sonreí al ver el
cuerpo de la esbelta morena.
Pasé y cerré la puerta con un fuerte golpe. —También estoy contento de
verte, cariño —le dije. Los ladrillos de la casa estaban llenos de luces navideñas
y gorros rojos. Vi el espectáculo, pero ella robó mi atención. Sus caderas
chocaron las mías. —¿Entonces te hago falta, preciosa?
La tomé por la cintura. Solo con vernos sabíamos que nos deseábamos. Me
respondió, pero no con palabras, sino con un beso fogoso. La subí hacía mi
regazo y caminé hacia el cuarto. Mucha acción y pocas palabras. Su cuerpo se
deslizó lentamente sobre la cama. Recibió mis besos con deseo. Mis dedos
caminaron por su vientre y llegaron a sus muslos. Carolina se mostraba lista.
Puso sus dedos sobre mi camisa para quitármela y sus besos cayeron sobre mi
cara.
La vi sin nada de ropa. Yo también estaba casi desnudo y sus labios no
paraban de pasar por mi cuello y mi pecho. —Hazme tuya. Ahora —dijo. Tomé
sus senos, dirigiéndome a sus pezones rígidos. Quería lamerlos y besarlos, lo que
hice de inmediato. Mi pene la reclamaba. Ella se retorció y sus piernas se
separaron para recibirme.
Buscó la caja de condones en una gaveta. Me puse uno y la penetré con
lentitud. Moví mi cuerpo hacia el suyo. Tensó sus músculos y su vagina apretó
mi tronco. Escuché sus gemidos. Noté cómo sus ojos se abrían para verme. Me
veía con lujuria, como si me invitara a cogerla poderosamente. Besé sus labios y
apreté su cuello. Unos segundos después me vine y sentí que me deshacía de una
fuerte presión que llevaba tiempo sobre mis hombros. Meció sus caderas para
sacar todo de mí y llenarme con sus jugos. —No sabes cuánta falta me hacía
acabar dentro de ti.
—Lo sé. Me parece que trabajas demasiado. —Le respondí en primer lugar
frunciendo mi ceño. —¿No crees que deberías buscar a alguien para que haga lo
que haces ahora, cariño? —me preguntó.
—Podría dejar todo en manos de los vicepresidentes, pero creo que eso
decepcionaría a mi padre. Su plan era que nos encargáramos de la empresa
cuando él no estuviera. —Carolina notó que estaba más cerca de ella. —
Además, trabajar ahí me encanta. —Quedé cerca de su brazo y acaricié su
vientre.
—Franco, lo que más te encanta era ir a fiestas. —Me vio como si fuese un
ser de otro mundo. Si bien estaba jodidamente buena y conversaba mucho, no
podía ponerse en mi lugar. Ella no entendía de qué se trataba mi presente. No
trabajaba, por lo que no entendía de qué le hablaba.
Conocía a los hijos de los amigos ricos de nuestro padre. Casi ninguno de
ellos tenía una relación estrecha con sus padres. Ninguno de ellos conocía tanto a
sus padres como yo conocía a los míos, sobre todo a mi papá. Sus padres
intentaban hacerlo, y algunos lo lograban, pero en otras ocasiones no era posible.
Ese grupo pequeño entendía todo lo que había hecho mi padre porque lo habían
conocido. Sabían de su gran esfuerzo, pero las mujeres como Carolina nunca
llegarían a comprender ni una parte de su labor en la empresa y su vida con
nosotros. —Así fue durante mucho tiempo, pero la vida me obligó a madurar —
le dije.
Le hice todo lo que me pidió. Se lo merecía por ser atractiva. Decidí seguir
con ella toda la noche. Además, sentía que yo también lo merecía. Era joven y
había trabajado mucho. Debía ocuparme de la empresa, pero ella también
necesitaba que yo le proporcionara placer. No obstante, no pretendía casarme
con ella o algo como eso. Solo quería ponerla bajo mi cuerpo y acabar en su
vagina. Salí de su casa y fui a la mía. La oscuridad me recibió. Subí a mi
dormitorio. Aparentemente todos estaban descansando. La paz que me regaló ese
silencio se quedó congelada en mi mente. Tomé aire y encendí las luces de mi
dormitorio.
Amelia y Luisa llegaron a mis pensamientos. Las dos eran igualmente
atractivas y habían trabajado con nosotros. Por nuestra parte, hicimos lo posible
para que se sintieran cómodas y aprendieran todo lo que no sabían. Se habían
adaptado rápidamente. ¿Conseguiríamos otra asistente tan buena como ellas? ¿Y
si en algún momento quisiera casarme, mi esposa podría ajustarse a mis extensas
jornadas en la oficina?
La oficina estaba llena de trabajo, así que cualquiera de esos planes quedaba
en un segundo plano. Mis ojos pasearon por el cuarto y recordé cuánto esfuerzo
había puesto mi padre para que tuviéramos un techo sobre nuestras cabezas.
Nuestra madre había sido su compañera perfecta. Ella comprendía por qué se
quedaba tanto tiempo en la oficina y lo ayudaba en todo lo que podía.
Cuando desperté la mañana siguiente, noté que Roberto me veía con
curiosidad mientras íbamos rumbo al rascacielos. Una luz roja me detuvo. Tomé
un trago de mi café. —Suéltalo. Háblame de Carolina —me dijo.
Puse el café en el portavaso y el reclinó su cabeza. —Está bien. Sigue
queriendo más y más de mí, pero anoche me percaté de que pasó algo entre
nosotros.
Solo quería saber más. —¿De qué te percataste? —dijo Roberto con una
sonrisa.
Lo vi y otra luz me detuvo. —Supe que ella no se pone en mi lugar. Ninguna
de las chicas con las que me acuesto comprende nada sobre mí. ——No podrían
hacerlo porque no están trabajando. De hecho, nunca han tenido un empleo y no
quieren buscar uno.
—Franco, pasamos nuestras vidas en miles de fiestas. Ya hemos pasado por
esto. No nos preocupábamos por encontrar un empleo. Ni siquiera de medio
tiempo. —Encogió sus hombros. —Todo esto es nuevo para nosotros y también
para nuestras… amigas, si podemos llamarlas así.
Apagué el auto, ingresé al estacionamiento y salí del auto. Roberto me
siguió. —Claro, Roberto. También pensé otra cosa hace unos días. Quizás mi
mente está jugándome una mala pasada por trabajar tanto —le dije.
—Pronto podremos tomarnos unos días libres. Tranquilo —me dijo. Su
comentario me arrancó una sonrisa.
Ese día también hubo mucho trabajo. Pero me sentía más a gusto en la
oficina. Quizás ya estaba madurando. Me encantó pasar toda la tarde ahí. Ya no
le veía sentido a las fiestas y pasar cada noche con una chica distinta. Vi los
archivos de mi padre en la computadora y los registros. Me sentí contento de
descubrir cada cosa que había hecho nuestro padre en un momento determinado
para que la empresa continuara operando. Noté cuántas veces hubo errores que
tuvieron que enmendar y en cuántas ocasiones habían dado pasos acertados. Oí
cómo los empleados me contaban historias agradables sobre mi padre. Mamá se
encargó de todos los detalles de la fiesta navideña para los empleados. Llegamos
y todo estaba listo. El restaurante estaba magníficamente decorado. Sonreí
cuando vi cómo llegaba cada uno de los integrantes del personal. Arribaban al
bar, chocaban sus copas y se tomaban fotografías. Vi a Roberto. Estaba contento.
Pasamos al bar y vi a nuestra madre. Sonreí y la saludé con un beso en la mejilla.
Tenía un claro vestido blanco de flores. Nunca faltaba a las fiestas navideñas y
su presencia esa noche me alegró como nunca antes. En algún momento había
pensado que ella no asistiría.
Unos minutos después la comida estaba lista. Hicimos la fila para servirnos.
Había variedad de platos internacionales para elegir. El agradable olor a
alimentos recién preparados inundó la sala. Una vez que tuvimos la comida nos
sentamos. Me senté al lado de mamá y vi lágrimas cayendo por sus mejillas. —
El personal ha sido muy gentil conmigo. Volvieron a darme obsequios y a
recordarme cuánto extrañaban a mi esposo. No tenía que hacerlo. Ya me lo
habían dicho en el servicio funerario. —Estaba ruborizada.
—Mamá, lo hacen porque saben que tú también te has esforzado por la
empresa. Ellos te admiran y te aprecian. Saben que los inicios fueron duros, pero
estuviste ahí, ayudando todas las noches. Además, siempre organizaste estas
estupendas fiestas. —Sonrió de alegría y secó su cara.
—¿Aún recuerdo que ellos eran jóvenes y te decían mamá? Luego tuvieron
hijos y ellos te decían abuela. Eso me hacía sentir celoso. —Roberto sonrió. —
Luego vino Génesis y ahora ellos la ven como su nieta. La vida no para de girar.
Somos como una gran familia. Y queremos que siga así. —Ella asintió con su
cabeza.
—Me siento feliz por ustedes. Han hecho todo esto y me siento orgullosa.
Estoy segura de que su padre está orgulloso también y los ve desde algún lugar.
—, dijo mamá asintiendo con su cabeza una vez más y sus ojos sinceros.
Vi a Roberto. Nuestras acciones puertas adentro no eran precisamente un
ejemplo a seguir. Ambos sabíamos que mi madre no estaba enterada de todo.
Podríamos incluso haber afectado la salud de otras personas y la reputación de la
empresa. Pensé en Luisa. No dejaba de pensar que quizás la había perjudicado
estar con nosotros. Nuestro padre no estaría orgullo de eso.
CAPÍTULO 16: Roberto

—Ya puedo ver por qué nuestro padre siempre contrataba asistentes para
Navidad. Estas fechas son muy fuertes. —Toqué mi frente y recliné mi cabeza en
mi silla. Vi a mi hermano. Su rostro mostraba un agotamiento similar al mío.
Parecía estar de acuerdo conmigo. —Deberíamos decirle a algún vicepresidente
que nos preste una hasta enero.
—No podemos hacerlo. Trabajan para ellos y saben exactamente qué hacer.
Tendríamos que enseñarles todo desde el principio y no me parece buena idea en
este momento. Lo mejor que podemos hacer es soportar estas dos semanas y
luego buscaremos a alguien. Concentrémonos en todo lo que debemos hacer.
Nada de sexo. —Aunque hacíamos miles de cosas, sentía que el trabajo nunca
terminaría.
—Yo quisiera repetir las experiencias que tuvimos con las chicas. —Franco
me vio y lo miré con un tono desafiante.
—Yo también, pero pienso que debemos ser más profesionales para estas
cosas, de tal forma que nada vuelva a salir mal. Creo que ambas salieron de aquí
de una manera totalmente inesperada. Prácticamente salieron corriendo y ahora
tenemos esta montaña de trabajo. —Revisó los correos electrónicos pendientes.
Me levanté para buscar otra taza de café. Serví una taza para él, recordando que
estaba tan agotado como yo. En la noche tendríamos que cenar con nuestra
madre y algunos amigos de la familia, pero yo solo quería tomar una almohada y
dormir profundamente.
La pasamos muy bien en la fiesta navideña de la empresa. Los empleados
disfrutaron la comida y tomaron los tragos gratis que les ofrecimos.
Conversaban, tomaban fotografías y no paraban de bailar. El alcohol les permitió
desinhibirse. Las mujeres de la empresa se veían realmente atractivas luciendo
ropas distintas al uniforme de la compañía. Se acercaban a mí con más y sus
comentarios eran más pícaros en medio de la fiesta que en la oficina. Sería fácil
acostarme con alguna de ellas en un baño y sacarme todas las preocupaciones de
la empresa por un momento haciéndole el amor. Me costaba negarme a sus
propuestas atrevidas.
Pero me determiné a no hacerlo. Sería una terrible falta de respeto a mi
madre y al esfuerzo inconmensurable que había hecho para que la fiesta saliera
bien. Recordé que no era el mejor lugar y cuál era el puesto que ocupaba. Aun
así, no dejaba de ser difícil para mí. Vi a Franco y le cedí su taza de café. —
Toma, hermano.
Una pequeña sonrisa se mostró en su cara. —No sabes cuánto te agradezco
eso —me dijo. —Una masajista sería una estupenda compañera en este
momento. Nos dará masajes a todos, tal como en la escena de la película favorita
de mamá. —Reí sonoramente al recordar de qué película hablaba.
—Sí, lo sé. Una vez le sugirió a papá traer a un grupo de masajistas e incluso
abrir un sauna. —Nos vimos fijamente en silencio y luego vi la hora. —Podrías
buscar una antes de que salgamos de aquí esta noche.
Suspiré y él vio la ciudad por la ventana mientras pensaba. —No creo. Hay
tantas cosas pendientes que no sé si habrá tiempo para esas cosas. Aparte está la
cena con mamá —le dije. —Quizás lo haga la próxima semana. Sería una buena
recompensa para todos por el gran trabajo que están haciendo.
Cuando se hicieron las seis, salimos de la oficina y apagamos todos los
equipos y las luces. Fuimos al restaurante con Génesis, nuestra madre y nuestros
amigos. Todas sus preguntas tenían que ver con lo que hacíamos en la empresa.
Contestamos cada inquietud con una alegría que enmascaraba el profundo
cansancio que sentíamos. Nuestro padre creyó que podríamos dirigir la
compañía tal como él lo hacía, y eso me pareció una idea alocada en algunos
momentos, pero imaginaba que no tenía previsto morir de esa forma tan
repentina. ¿Cómo había podido estar nuestro padre haciendo lo mismo día tras
día sin dejar de sonreír ni derrumbarse? No lo sabía, pero ese recuerdo evitaba
que me derrumbara.
Nuestro padre fue precisamente otro de los temas que centró nuestra atención
en la cena. Quería que nuestra madre se sintiera relajada. Feliz. Contamos
historias sobre nuestros viajes y paseos. Cualquier persona que nos acompañara
a comer escuchaba con atención cuando ella empezaba a hablar sobre la vida que
había llevado con papá. Me hubiera gustado estar más tiempo en nuestra casa y
oírla más, pero mi vida era extremadamente complicada. Pasé tanto tiempo entre
fiestas y camas de hotel, con una chica distinta cada noche. Y me sentía
arrepentido.
El sueño estaba a punto de cerrar mis ojos. Antes de las diez de la noche
volvimos a la casa. Temprano, al día siguiente, ya íbamos rumbo al trabajo de
nuevo. Podría dormir una semana entera para recuperar mis fuerzas. Aunque mi
hermano no me lo había dicho, supuse que se sentía tan exhausto como yo esa
mañana. El cansancio me impedía hablar. Nos despedimos de Génesis y nuestra
madre con besos en sus mejillas y subimos a nuestros dormitorios.
Concerté una salida con algunos amigos para la noche del siguiente sábado.
Decidieron llevarme a una discoteca de moda. Les había comentado que quería
salir a algún lugar que me hiciera olvidar por completo mi trabajo. Recordé a
Franco mientras me aplicaba perfume y subía mis vaqueros. Él había decidido
seguir trabajando y yo ya iba en dirección a la discoteca. Nuestra madre fue al
cine con una de sus amigas. Fui rumbo a la Zona Azul.
Cuando llegué al club vi el mar de personas que estaba afuera haciendo fila y
todos los que ya estaban adentro. Mis amigos me hicieron pasar. Saludé a todos
los conocidos que estaban allí y estreché la mano de mi amigo Mateo. Caminé
hacia la barra. El resto de mis amigos estaba ahí, compartiendo y tomando
algunos tragos. Unas chicas les hacían compañía. Avancé y se rieron sobre mi
nueva faceta de gerente exitoso y hombre de oficina. Sonreí falsamente y le
ordené una cerveza a la linda camarera. —Un gusto conocerlas. Mi nombre es
Roberto —dije para presentarme ante las mujeres que estaban con los chicos.
Se hizo de madrugada entre tragos y bailes seductores. Me sentí aliviado de
estar ahí y no tener que recordar la oficina. La discoteca parecía un club de
chicas. Había muchas, una de las cuales me besó con pasión en una esquina sin
que yo pudiera negarme. Tenía unos senos enormes que parecían querer salir
cuando ella sonreía. Ya estaba excitándome. Me contó que era la secretaria de un
abogado, pero entre el baile y los besos profundos que me daba no pude prestarle
atención al resto de su historia.
Decidimos ir a su casa en las afueras y me despedí de mis amigos con un
mensaje de texto. Luisa se había ido y no había tenido un placer tan grande como
el de estar con ella desde que se había ido de la oficina. Si algo quería hacer esa
noche era dormir con una mujer en su cuarto. Era impensable para mí, pero la
realidad era que desde su partida no había estado con otra mujer. Nos fuimos a
pie, pues su casa estaba cerca, y llegamos a una casa que semejaba un palacio
por su tamaño. Ella tomó sus llaves y abrió la inmensa puerta. Me guió hasta una
inmensa y blanca sala de estar. La besé con fuego en mis labios y puse su cuerpo
entre el mío y la pared. —¿Dónde está tu cuarto? —le pregunté, y luego tomé
sus muslos.
Isabela me hizo un gesto para que camináramos por el amplio pasillo lleno
de esculturas egipcias. Señaló una puerta y entramos. Vi el cuarto y con rapidez
noté la inmensa cama y los tonos azules y rosa de su cuarto. Los tonos tan
femeninos no me afectaron. La vi desnudarse ante mí y me concentré en su linda
cintura. En realidad, todo su cuerpo era fenomenal. —Qué bueno estás —dijo
entre jadeos Isabela. Seguí sus pasos y me despojé de mi camisa. La saqué por
mi cabeza, notando que al ver mi abdomen sus ojos se abrieron de par en par.
Avancé hacia ella para sacarle su sostén. MI boca chocó contra la suya
nuevamente. Caímos en su cama y lamí sus labios antes de sentir su garganta de
nuevo con mi lengua. Isabela no paraba de gemir y rasguñar mi piel. Toqué su
vagina con mi erección. Estaba jodidamente húmeda por mí.
Tomé sus pezones con mis labios. Seguí chupando sus tetas y luego bajé por
su impresionante abdomen. Llegué a su vagina. Imploraba que no me detuviera
ni un segundo. Retiró mis pantalones tras acabar por primera vez con mi boca
sobre su clítoris. Tomó mi pene frenéticamente con sus labios y no pude
negarme. Lo único que pude hacer fue lidiar con mis ganas de llenar su boca con
mi semen y halar su cabello con mis manos.
Giré su cuerpo y lo levanté. La poseí por detrás, mientras azotaba su culo y
escuchaba cómo gritaba mi nombre entre alaridos y gemidos. Su vagina no
estaba muy apretada. Eso no me gustaba, pero tampoco me detuvo. Prefería
tenerla a ella que masturbarme, cuando el cansancio me lo permitía. Me impulsé
con fuerza dentro de ella y empapó mi condón con sus líquidos orgásmicos. Caí
sobre su cama de nuevo y relajé mis hombros mientras tomaba aire. —Preciosa,
me encantó cómo lo hiciste —le dije, consciente de que todas las chicas amaban
oír esa frase. De todos modos, no mentía, aunque tampoco le decía toda la
verdad. Había omitido decirle que nunca volveríamos a tener sexo. Volví a ver
cada detalle femenino que decoraba su cuarto.
Como sabía que no volvería a tenerla, decidí volver a quitarme la ropa para
cogerla de nuevo antes de irme. Fui hacia la sala de estar. Ella venía detrás de mí
y me preparé para tomarla. Las luces estaban encendidas. Me sorprendió cuando
llegó rápidamente a la sala. Vi que había otras chicas, tres en total. Una de ellas
trabajaba en la empresa "Señor Roque —dijo lentamente. Sacudí mi cabello con
mis manos. Se levantó asombrada después de verme.
—¿Conoces a este caballero? —le preguntó Isabela. Nuestra secretaria
respondió con una sonrisa y luego empezó a hablar.
Me preocupé rápidamente. ¿Habrían escuchado todas las cosas que habíamos
dicho durante nuestro sexo salvaje? Esa no fue la única pregunta que me hice.
¿Qué dirían en la empresa sobre mi comportamiento sexual cuando esto se
supiera? Nada de esto tendría buenas consecuencias. —Claro. Es el presidente y
propietario de la empresa en la que trabajo —dijo ella.
Tocó mi abdomen con sus manos. —Vaya. ¿Entonces eres el propietario de
una compañía? —preguntó Isabela con sorpresa. Carajo. Las cosas salían al
contrario de lo que yo quería. Había ocultado esa parte de mi vida para que n o
preguntara tantas cosas ni volviera a buscarme. Imaginé que solo creía que yo
era un empleado más. El licor y el deseo habían cortado nuestras breves charlas
previas.
La vi con calma y una fingida alegría. —Así es, Isabela —le dije, sacudiendo
sus brazos. —Y te agradezco todo lo que hiciste por mí esta noche. La pasé muy
bien. —La besé en la mejilla con educación antes de caminar hacia la puerta
principal. No quería sentir las miradas curiosas de las chicas.
Estaba impresionado por todo lo que había pasado. Fui hacia la discoteca y
comprobé la soledad en las calles. Quería buscar mi auto. Pero lo que más quería
era volver a casa. Ya habían cerrado la discoteca, pues era tarde. Subí a mi
vehículo y cerré los ojos mientras lo encendía. "Carajo. ¿Por qué tenían que
conocerse? —Isabela me había dado una buena ración de sexo. Tanto, que no me
percaté de que la casa era tan grande que la compartía con alguien. Sería bueno
conversar con las chicas sobre sus compañeras de cuarto antes de hacerles el
amor.
Conduje a casa y rogué que la oficina no se volviera un caos por las
novedades. Sabía que no había cometido un delito. Además, no me había
acostado con alguna de las secretarias. Pero sabía que mi comportamiento sería
la comidilla en los pasillos. Ya no podía recordar el nombre de las chicas que
estaban en la sala de estar de Isabela. Tampoco recordaba su dirección.
—¿Qué haces despierto a esta hora? —le pregunté a Franco. Veía algo en la
televisión de la sala de estar. Supe que era el noticiero deportivo. Lo vi con
curiosidad.
—El agotamiento no me deja dormir. Les pedí a todos que se tomaran la
mañana libre. Nos hace mucha falta descansar la mente, pero sobre todo el
cuerpo. —Dejó de ver la televisión y se fijó en mi ropa. —¿Saliste a distraerte?
Me lance en el mueble, a su lado. Todos dormían. Lo supe por la hora. —Sí,
pero no fue buena idea. Me cogí a una chica en su casa y resulta que vive con
una de nuestras secretarias —le conté.
—¿Y también te cogiste a la secretaria? —me preguntó con molestia.
—Claro que no. No me dijo que vivía con la otra chica, pero lo supe. La vi
cuando estaba a punto de salir de su casa o me preparaba para cogerla otra vez,
no lo recuerdo. Estaba con varias chicas, por lo que los chismes caerán como una
cascada.
—Tranquilízate. Lo olvidarán pronto. No te acostaste con la secretaria.
¿Dijiste algo mientras la cogías? ¿Ellas los escucharon? —me preguntó. Le
sonreí en respuesta. —Parece que gritaron mucho.
—Lo hicimos. No vi la necesidad de callarla. Le gustaba mucho decirme
cosas, gritar. Tampoco me inhibí. —Lo vi fijamente y puse mis manos sobre mi
cabeza. —Es hora de dormir.
—Iré a almorzar mañana con mamá y Génesis —me contó Franco antes de
bostezar. —Ya la calma está cerca. El viernes será Navidad.
Fui a mi cuarto. —Dios te oiga —le dije para despedirme. Al día siguiente
me levanté bastante temprano. Tomé una ducha y bajé para almorzar con mamá.
Me contó tantas historias que parecía que teníamos tiempo sin vernos. Génesis
contaba cosas sobre sus estudios y que tenía nuevo novio. Franco y yo nos vimos
con molestia. No queríamos que tuviera novio todavía por su corta edad. Ese
pendejo recibiría su merecido.
Después de almorzar Franco condujo para volver a casa. Dejé que el sueño
me dominara. Era nuestro día libre. Decidí que esa noche no saldría. Solo quería
dormir y dormir. Mi mamá me ofreció sopa en caso de que tuviera hambre. Era
una muestra de su gratitud por nuestro trabajo en la oficina. Su abrazo al
terminar el almuerzo había sido fuerte y cálido. Otro símbolo de su
agradecimiento.
Cuando me levanté, recordé que estaba en mi habitación y todas las luces
estaban apagadas. Vi mi celular en la mesa de noche. Estiré mis brazos y lo
tomé. Uno de mis amigos me invitaba a salir. Como no quería salir le respondí,
rechazando la idea.
Respiré profundamente y vi el techo sobre mí. Parecía que en solo unos días
había envejecido veinte años. En ese momento pensé que enero debería llegar lo
más rápido posible. Quizás de ese modo podría volver a sentirme como un
hombre joven.
CAPÍTULO 17: Franco

Desperté a las seis de la mañana. Me preparé lentamente para ir a trabajar.


Las decoraciones navideñas estaban listas en nuestra casa. Recordé que era
viernes cuando vi las tarjetas navideñas bajo el árbol. Por primera vez,
tendríamos una Navidad sin mi padre. Me sentí terriblemente triste y el llanto se
asomó en mis ojos. No había nadie en la empresa el fin de semana, así que decidí
ir a adelantar algo de trabajo y enviar algunas tarjetas navideñas a nuestros
empleados y amigos. Desconocía cómo nos sentiríamos en la noche, pero sí
sabía que muchos de nuestros familiares estarían en nuestra casa.
Yajaira, una chica que conocía algún tiempo y con quien había conversado
en varias ocasiones, me había invitado a cenar. Sabía que era una chica
adinerada de la Zona Azul. Podría saborearla si me quedaba algo de tiempo. Su
cabello y su piel eran oscuros como el chocolate y su cuerpo esculpido me
encantaba. Para estar con ella debía atravesar el camino de piedras de mi
apretada agenda para hacerlo. —Feliz día —dijo Roberto cuando me vio y me
entregó una taza de café negro. —¿Comeremos juntos?
—Eso espero —le respondí. —Buenos días, mamá —le dije a mi madre
cuando llegó poco después.
—Buenos días, hijos. Qué hermosos se ven. —Era habitual que nos vieran
con trajes y corbatas. Lo hacíamos siguiendo el ejemplo y las recomendaciones
de nuestro padre. Quería que sus empleados se inspiraran con su elegancia y
presencia. Para mí, vestirme así era el primer paso para mostrarme como un
excelente jefe.
Pero habíamos buscado dos asistentes para acostarnos con ellas, así que esa
imagen no estaría completa. Luego habían venido los rumores. Con la última
aventura de Roberto podría haber habido más chismes, aunque no sabía quién
era la secretaria que lo había visto. Era inoportuno tener sexo con una chica que
no conocíamos, pero que sí tenía contacto con alguna de nuestras secretarias.
—Te agradezco tu comentario, mamá. Creo que nos respetan por nuestra
ropa —dijo Roberto a modo de chiste. Salimos en el auto y vimos el sol
despertando a la ciudad. —Parece mentira que ya es viernes. Y que, siendo
Navidad, igualmente debemos ir a la oficina.
—Sí. Pero me alegra saber que mamá está calmada. —Lo vi a mi lado y vi
que sus hombros se encogían. —No quiero viajar a La Costanera con tanta gente
manejando para llegar a tiempo. Podremos contar con nuestra familia aquí, pero
sé que mi madre quisiera tomar un avión allí.
—Ella merece salir y distraerse. Además, ese era su plan. Podrá recuperarse
con la familia si se sienta mal. Génesis invitó a su novio para presentarlo, pero
ese tipo se va a cagar los pantalones cuando hablemos con él. —Sonreí y
Roberto me vio. —Franco, es solo una jovencita.
—Sí, pero no he olvidado lo que pensábamos sobre las chicas cuando
estábamos en la secundaria. Incluso Génesis sabe cómo nos portábamos en esa
época, Roberto. Y no se siente muy contenta por lo que hemos hecho. Quizás
eligió a este chico porque cree que sí sabe cómo tener una relación seria —le
recordé ante sus quejas.
—Chicas de la secundaria. Las recuerdo como si hubiese sido ayer —dijo. —
Y ahora estamos llenos de trabajo. —Entramos al estacionamiento.
Apagué el motor y bajé del auto. Subimos a nuestra oficina. Abrí la puerta de
la oficina y encendí las luces y los ordenadores. Preparé café para ambos. Tomé
aire y sentí el fuerte aroma de la bebida recién preparada. Le di café a mi
hermano, negro, como a él le gustaba, y nos preparamos para hacer todo el
trabajo del día. —Bueno, al menos contraté a una masajista para que nos relaje
toda esta semana. Es una experimentada chica que, además, está buenísima. Sé
que a los hombres les encantará. Solo espero que las chicas no se molesten con
su presencia. Además, les daré un bono por sus horas navideñas en la oficina, así
que no deberían estar molestos por ninguna razón —le dije. Asintió con su
cabeza y sonrió. Habíamos llegado antes que el personal. Sentía un grato silencio
cada vez que llegaba antes que los demás. Me encantaba ese silencio.
Adicionalmente, al llegar más temprano podíamos regresar a casa más temprano.
Sin embargo, pasábamos muchas más horas en el edificio que todos los demás.
Era lógico, pues ganábamos mucho más que todos los empleados juntos. Nuestra
madre y Génesis podían sentirse cómodas y seguir disfrutando de la vida que
llevaban.
El ruido se incrementaba y la energía fluía. Los empleados empezaron a
llegar. Había mucho trabajo pendiente y todos estaban esforzándose. Teníamos
muchas piezas que producir y entregar antes del último día del año. Cielos, cómo
me hacía falta una linda asistente. Respiré mientras estiraba mis brazos. Vi a mi
hermano. Él tomaba otra taza de café. —Creo que debemos buscar otra chica
cuanto antes —le sugerí, aunque quería gritarlo. Él me vio.
—¿Una asistente?
—Sí. Podríamos poner el anuncio la próxima semana —bromeé. —Hay
muchas piezas que entregar, por lo que difícilmente encontraríamos una tan
rápido —dije, y encogí mis hombros. —Pero podríamos enseñarle rápidamente y
así dedicarnos a tareas más ligeras aquí. —Lancé una tenue sonrisa.
—Entonces busquémoslas —dijo. Asentí con mi cabeza y busqué en el
archivo el anuncio que ya habíamos publicado. Los requisitos eran los mismos.
Lo subí a la misma página de internet de búsqueda de empleo y volví a mis
archivos. Correos electrónicos sobre nuestra sexy masajista empezaron a llegar a
nuestras bandejas. Les respondí que solo lo hacíamos para que se relajaran.
Uno de nuestros vicepresidentes supo que buscábamos una asistente. Dijo
que su secretaria conocía a una chica que quería trabajar, pues estaba
desempleada tras trabajar casi una década en una compañía que se había
declarado en la bancarrota. Dijo que Andrea, su asistente, le había dado buenas
referencias y hablado en términos excelentes sobre ella. Solo había sido
desafortunada por los malos resultados de la empresa. Dijo que sabía que nuestro
padre había trabajado y quería trabajar con nosotros. Le dije a Roberto. —
Hablemos con esa chica para ver qué nos parece —me dijo. Asentí. Si era tan
buena como decían, nos ayudaría con tanto trabajo y ordenaría todo pronto. Le
dije a nuestro vicepresidente que le pidiera llamarnos.
No paramos de atender llamadas y resolver otras cosas. La hora de almuerzo
llegó y fuimos a comer pizza en un lugar cercano al edificio. Escuché mi celular.
Respondí con un tono profesional y calmado. Una chica con una linda voz me
preguntó si yo era Franco Roque. —Sí, lo soy. ¿Con quién tengo el gusto de
hablar? —le pregunté. Roberto me veía con sorpresa.
—Soy Celeste Gutiérrez. Entiendo que uno de sus vicepresidentes le
mencionó a usted mi nombre. Soy la amiga de Andrea, la secretaria —me contó.
—Desde que la empresa en la que trabajaba quebró, he estado buscando empleo.
Debo pagar mis cuentas, especialmente la hipoteca de mi casa. Andrea me contó
que están bastante presionados por las entregas en estas fechas… y también el
resto del año —dijo entre risas. Yo también reí. Hablaba con un tono diferente.
Supuse que no era de la ciudad.
—¿En qué compañía trabajaste? —le pregunté. Me comentó que había sido
secretaria en una empresa local de partes para vehículos deportivos. Yo sabía que
esa empresa había sido mal administrada desde el principio. —Entonces sabes
los detalles del trabajo. ¿Podrías venir esta tarde o mañana en la mañana? —
Aceptó y escuché el aliento salir de su boca. —Vamos a entrevistar a la chica —
le dije a mi hermano. Él me miró y tomó otro sorbo de su gaseosa mientras
levantaba sus cejas. Dijo que a las dos y treinta iría a la oficina.
—Fue rápido y sin dolor —dijo. Encogió sus hombros. —¿Su amiga es
secretaria del vicepresidente?
—Exacto. Recuerda que la última vez la cagamos, así que nada de sexo —
dije, recordando a Luisa. —Y parece que es una chica agradable.
Parecía saber lo que yo pensaba. —Huele a amor —dijo. Noté la presencia
de los fotógrafos y los curiosos cerca de nosotros. Nos tomaron fotos y me sentí
molesto. Estaban impresionados por nuestra fama más que por nosotros, pero
decidí omitir tanta atención. Fuimos otra vez al edificio y mi hermano vio al
piso. Salimos del ascensor y vi la cantidad de personas que también querían
subir. Una chica rubia nos veía con curiosidad. Recordé cuánto había disfrutado
el fin de semana.
—¿Esa es la chica? —le pregunté cuando abrimos la puerta de la oficina. Mi
hermano asintió. —Ya veo que le gustas.
Tomó asiento y encendió su computadora. —Me di cuenta —me dijo
Roberto. —Sé que esta buenísima, pero no puedo verla de esa manera. Ojalá
Andrea no le haya dicho cosas malas sobre nosotros. —Roberto frunció su ceño.
—No digas nada. Ya sabes de lo que hablo —le dije mientras sonreía y palmeaba
su hombro.
—Por eso mismo me río. Con la última chica la pasé muy bien y no tuve que
pasar por esto. Era una chica más del montón. Nada especial —le conté mientras
tomaba lo que quedaba de mi bebida.
Roberto encogió sus hombros. —Es lo que deberíamos buscar. Somos
jóvenes —dijo.
Negué con mi cabeza. —¿Tú crees? No lo veo de esa manera —le dije. —
Espero que estemos más relajados cuando Celeste llegue. Ojalá nos ayude.
Roberto sonrió. —Me gusta su nombre —me reveló. —Recuérdame quién es
su amiga.
Él veía la ciudad por la ventana mientras pensaba. —Es amiga de Andrea, la
secretaria de Lucas —le dije.
Lo vi fijamente. —Y su cabello es hermoso —contó Roberto, moviendo su
cabeza.
—Sí, pero no quiero que pienses mucho en ella —le pedí. —Pasamos el
límite varias veces. —Él cerró sus ojos.
Esperábamos a Celeste. Nos tomamos unos minutos para digerir nuestros
almuerzos. Ya eran las dos y treinta de la tarde. La espera fue corta. Tocaron la
puerta suavemente. —Entre —dije al oír. Descubrí una linda chica con cabello
dorado. Entendí por qué se llamaba de ese modo. Sus ojos azules y claros me
impactaron de inmediato. Un vestido azul largo hacía juego con sus ojos. Tragó
grueso para hablar con nosotros. —Veo que son hermanos gemelos.
—Sí. Soy Franco Roque. Él es mi hermano gemelo Roberto. Nuestro padre
falleció y ahora somos los jefes de su empresa —le dije. Nos vio con una
expresión de tristeza.
Avanzó hacia nosotros y vio la silla libre. —Lamento su pérdida —nos dijo.
Era una chica simpática, con la típica belleza natural de las chicas de las
zonas pobres de la ciudad. Nos vio y sonrió. —Gracias, Andrea. Puedes sentarte
y hablarnos más sobre ti —le pidió Roberto. Fue a la silla y llevó sus manos a
sus piernas. Vimos que tenía nuestra edad.
—Bueno, soy Celeste Gutiérrez. Tengo veintidós años, que cumplí
recientemente. Fui secretaria de Piezas López por Siete años, hasta que la
empresa se fue a la quiebra. Entonces Andrea me habló de ustedes. —Volvió a
tragar grueso. —Veo que es más grande que PL. De hecho, ellos nos hablaban
mucho sobre esta empresa. —La vi indagar con sus ojos.
—Los conozco. Si mal no recuerdo, abrieron su primera oficina en el oeste
del país —le dije, y ella asintió con su cabeza. —Sé que a muchas empresas les
cuesta crecer. ¿Tú naciste en El Bosque?
—No. Nací en Las Fuentes. Vine aquí cuando empecé a trabajar para PL.
Compré una pequeña casa en La Fumarola. Quisiera seguir aquí al menos unos
meses más, porque estar aquí me ha gustado mucho —me dijo entre sonrisas
cálidas. Vi a Roberto. —Traje mi hija de vida. ¿Quieren verla? —Me entregó
una carpeta azul y la vi. Me asombré su largo e impecable currículum y se lo
cedí a mi hermano. A pesar de su corta edad, tenía mucha experiencia. Sabía
muy bien cómo se manejaba este sector industrial, así que ansiaba que
comenzara cuanto antes, sabiendo que no tendría que explicarlo mucho. —
Andrea me contó sobre los pedidos que tienen.
—Tenemos una gran cantidad por las fechas navideñas. Prácticamente
vivimos aquí —le contó Roberto. Me vio y asintió con su cabeza. Yo también
estaba feliz por su hoja de vida. Luego me devolvió la carpeta. —¿Planeas viajar
para el fin de año?
Negó con su cabeza. —Mi madre es mi única familia. Es ella quien planea
venir a visitarme. Supuse que yo tendría mucho trabajo para estas fechas. Por
eso no hice planes.
—Quiero que trabajes con nosotros. Así podríamos hablarte sobre lo que
tenemos que hacer. Cuando estemos un poco más desocupados te daremos un
horario regular y unas tareas diarias. Quedas contratada. —Ella sonrió y apretó
sus puños. —Le diremos a los de Personal que ya estás aquí y más tarde pasarás
por esa oficina para que firmes los papeles. Ellos te lo explicarán con calma.
Tendrás un gran sueldo, además de bonos.
No paraba de sonreír. Y además, estaba buena. —Perfecto —nos respondió.
—Puedo comenzar mañana.
Roberto la acompañó a la oficina de Personal. —Sí, a las ocho en punto te
esperamos —le dije al salir. Él la veía de reojo. Celeste, mientras, no paraba de
agradecer. Noté que tenía la intención de abrazarnos, pero luego se frenó. —No
es como las otras asistentes que tuvimos —le dije a mi hermano al volver.
—Sí, porque viene del campo —le dije. —Parece que tuviera menos años.
No es tan artificial como las de acá. —Lo vi fijamente.
—¿Será virgen? —preguntó Roberto en voz alta. —Sería increíble. Hace
tiempo que no me tiro a una virgen. —Abrí mis ojos de par en par.
—Cállate. Jamás podríamos llegar a ese punto. Concéntrate en tu trabajo y
guarda tu pene para otra ocasión. No le haremos el amor. Recuerda que es amiga
de la secretaria de Lucas. Incluso se parecen —le dije en tono amenazante.
Lucas me envió un correo electrónico. Nos hablaba de que estaba feliz al
enterarse de que habíamos contratado a la chica. Agradecí su gesto y su
referencia. Me enfoqué de nuevo en los pedidos. Desde Personal me notificaron
que Celeste ya era parte oficial de la nómina. Apagamos todo más tarde y nos
fuimos a casa.
Cenamos con nuestra madre. Le dijimos todo lo que habíamos hecho. Nos
pidió que invitáramos a Celeste y a su mamá para que no se sintieran solas en las
fiestas. Génesis le pidió que se lo tomara con calma, pues habría muchos
invitados en nuestra casa para ese día, pero la gentileza de mi madre me alegró.
CAPÍTULO 18: Celeste

Al día siguiente eran las seis de la mañana cuando ya estaba de pie y


maquillándome. Mi cabello quedó libre sobre mi espalda y un suave lápiz labial
pintó mis labios. Me puse un vestido amarillo claro y unas sandalias negras muy
recatadas. Estaba preparada para conocer a mis colegas. Yo apenas estaba
maquillada en comparación con las chicas que había visto en los pasillos de
PAL. Le agradecí a Dios que Andrea estuviera ahí y pudiera conversar con ella
mientras conocía a los otros empleados.
No podía negar que mis nuevos jefes me parecían muy lindos. Indagué en
internet y supe que tenían casi la misma edad que yo. Sin embargo, nuestras
vidas estaban en extremos opuestos. Todas las circunstancias que habían vivido
me parecían increíbles. Ellos eran adinerados, tenían casas y propiedades en
todos lados, y habían heredado una de las compañías de piezas para autos más
prestigiosas del mundo. Su papá había iniciado su empresa sin nada y la había
transformado dos décadas después en una empresa gigantesca. Él había fallecido
en un accidente automovilístico, por lo que los gemelos tuvieron que dedicarse a
la empresa. Solo tenía unos cinco años viviendo en El Bosque. Había llegado
para trabajar en la oficina de PL, y cuando el dinero se les acabó, imaginé que
volvería a Las Fuentes. Eso no había pasado. Y mi madre no estaba triste por
ello. Ella quería que yo me quedara viviendo aquí. Cada día descubría algo
nuevo e interesante. La ciudad parecía absorberme, cosa que no me sucedía
cuando estaba en mi antigua ciudad. En realidad, yo no había nacido en Las
Fuentes. Le había dicho eso a mi jefe solo para no revelarle cosas personales
sobre mí.
Mi pequeña cocina me sirvió una vez más para preparar café con crema.
Tomé un poco en la gran taza que mi amiga Andrea me había dado como
obsequio por mi cumpleaños veintidós. Salí con prisa y tomé el autobús que me
dejaba frente al trabajo. Estaba llegando justo cuando iba saliendo, así que tuve
que correr. Me alegré de ver un asiento vacío, como si me esperara. Andrea me
había explicado sobre las rutas de los autobuses y pude memorizarlas con el paso
del tiempo. No me gustaba manejar, así que había dejado mi auto en Los Pasos.
Antes de las ocho ya estaba en el impresionante rascacielos. Parecía que se
acercaba el apocalipsis y todos buscaban refugio, porque muchas personas
subieron conmigo por el ascensor. No dejaban de entrar y entrar empleados, lo
que me hizo pensar que debía madrugar más para no sentirme tan apretada en
ese lugar.
Tomé aire entre mis nervios. Llegué a mi escritorio. Estaba fuera de su
oficina. Vi que eran las ocho en punto y llamé a la puerta. —Feliz día. Pasa, por
favor —me dijo amablemente uno de los gemelos. Creí que era Franco. Esperaba
no equivocarme. Eran idénticos, pero los hoyos que se veían en su cara cuando
sonreían lo diferenciaban de su hermano. Roberto iba saliendo de la oficina. Su
cálida bienvenida me hizo sentir bien.
—Buenos días —le dije, al sonreí. —¿Es este mi escritorio?
Moví mi cabeza y lo vi a lo lejos. —Sí, pero todavía no has conocido todo el
edificio —me dijo Roberto.
—No hay que preocuparse. Deja tus cosas en el escritorio y en rato te
mostraré el lugar —dijo Franco. Entonces salió. Me mostró mi escritorio y me
habló sobre los ordenadores, de los que me hablaría en detalle cuando
termináramos el paseo. Vi que había una sala inmensa para descansar. Tenía
cafeteras, máquinas de gaseosas, microondas y neveras para que guardáramos
nuestros almuerzos. El espacio era tan grande que me hizo respirar con calma
por primera vez desde que había llegado al edificio. Los tacones y la presencia
de algunas de las secretarias me daban algo de miedo, pero me dije a mí misma
que solo debía enfocarme en el trabajo. Ellas no tenían por qué ser amistosas
conmigo.
El jefe me mostró los baños de los empleados, aunque hizo énfasis en que
había uno privado en su oficina. Como trabajaba allí podría usarlo, pero no
quería hacer mis necesidades ni maquillarme sabiendo que ellos estarían a unos
centímetros de mí. Me daba vergüenza. Él también me dijo que muchos
restaurantes estaban muy cerca del edificio. También había muchas fuentes de
soda. Podía comer lo que quisiera. Andrea quería almorzar conmigo para
celebrar. Había aceptado su invitación. Regresé a la oficina. Mis jefes eran muy
atractivos y sensuales. Y no era la única que pensaba así. Las asistentes también
los veían como si quisieran comerlos. Me habló con detalles sobre mi tableta, mi
computadora y el sistema que usaban. Se veía que invertían mucho en
tecnología. Mis dedos pasaron por el teclado de última generación. —Hay una
portátil en nuestra oficina que puedes usar también si lo deseas. Puedes quedarte
aquí todo el día para que aprendas más. Pediríamos el para qué trabajes en ella.
Si quieres hacer eso hoy y aprenderlo todo, sería bueno. Podemos ordenar tu
almuerzo para que te concentres en el sistema.
—Gracias, pero ya tengo planes. Andrea quiere almorzar conmigo para
celebrar —le dije. Asintió con su cabeza y yo sonreí.
Vio la puerta abierta. —De acuerdo —me dijo Franco. —Si lo deseas, podrás
quedarte acá afuera".
Pensé que seguramente tocaría su puerta a cada instante para hacerles
muchas preguntas. —Perfecto —le dije, mostrando mi acuerdo. Tomé café de
nuevo y pasé. Mi escritorio era sencillo y pequeño, pero me gustaba. Franco se
acercó a mí para mostrarme las aplicaciones en la pantalla de la computadora, lo
que encendió mis mejillas. Roberto lo notó. Supe que me costaría adaptarme a
situaciones como esta, pero sabía que no se interesarían en mí. Era solo una
chica rural. Y ellos no violarían sus propias reglas conmigo.
—Si tienes alguna pregunta, puedes hacerla —me dijo. Hice todo el papeleo
para concluir un pedido, tal como él había explicado que debía hacer. Él seguía a
mi lado. Sonreí y él volvió a su escritorio. La siguiente orden me tomó más
tiempo, pero la concluí y me sentí feliz. Un suave hilo musical sonó por los
altavoces de la empresa. Me sentí relajada al oírlo. Todos necesitaban algo de
paz en medio de tanta presión.
Me pareció que Franco era el más maduro. Roberto parecía más alocado. Vi
que había fotos familiares en su oficina, pero no había imágenes de chicas que
parecieran ser sus novias. Recordé que mi búsqueda por internet me había dado
datos al respecto. Les gustaba acostarse con muchas mujeres e ir a muchos bares.
O eso solían hacer antes de la muerte de su padre. Cambiar sus hábitos y aceptar
la muerte de su padre debió haber sido muy fuerte para ambos. Eso era lo que
decían los periódicos.
Humedecí mis labios. —¿Desde cuándo estás en esta ciudad? —me preguntó
Roberto. Vi la curiosidad en la cara de su hermano.
—Llegué hace cinco años. Estuve con PL desde que abrieron su oficina aquí.
Era su empleada de medio tiempo y luego me incorporé a tiempo completo. Me
dio tristeza cuando quebraron, pero ahora estoy alegre de estar con ustedes. —
Franco escuchaba atentamente. Me mostró la oficina con sus manos. Recordé
que mi sueldo me servía para pagar la hipoteca y pagar todas mis cuentas. Solo
debía evitar hacer gastos innecesarios. Ya sabía cómo vivir con poco porque
venía del campo.
—No es fácil. A mí me alegra que te hayas acostumbrado a nuestra ciudad.
Mucha gente decide volver al campo cuando no lo tolera más. —Encogí mis
hombros y Franco asintió.
Recordé a mi mamá y su imagen en mi mente me alegró. —Lo sé, pero a mí
me gusta ver que todo aquí es muy distinto. Mi madre a veces me llama
alarmada, pero le pido que se tranquilice.
La curiosidad de Franco era evidente. —Me gustaría saber sobre tu familia,
si no te incomoda —dijo.
—Bueno, no me incomoda en realidad. Mi padre falleció trabajando. Eso
sucedió hace nueve años. Una grúa lo mató. Mis abuelos ya habían fallecido de
causas naturales. Tengo dos tías. Salieron de Los Pasos para ver a sus hijos
crecer en otro lugar. No tienen tiempo para venir —le conté. Vi mi computadora.
—Lamento lo que pasó con su padre. Fue muy doloroso para todos, supongo.
Tensé mis hombros. —Lo fue. Nos cambió la vida —dijo Roberto.
—Aún estamos acoplándonos todo sobre esta empresa. Además, debemos
cuidar a nuestra madre y a nuestra hermana. No entiendo cómo lo hemos hecho
hasta ahora —le dijo Franco. —¿Cómo nos metimos en esto? —Le sonreí con
alegría.
—Su padre sabía que ustedes serían capaces de lidiar con toda esta presión y
los pedidos. La empresa tenía buenos índices cuando él se marchó de este
mundo, de acuerdo a lo que he leído, aunque sé que asumir estos cargos y
cumplir tantas expectativas no dejar de ser difícil para cualquier persona. Estoy
convencida de que lo hacen muy bien, chicos —les manifesté. Respondí un
correo electrónico. Evité comentarles que había indagado sobre ellos en internet
y sabía sobre sus travesuras nocturnas. No quería opinar sobre ese estilo de vida,
si bien sabía que no buscarían a una chica como yo. La prensa me había
mostrado que ellos preferían las chicas salvajes.
Las horas matutinas estuvieron cargadas de trabajo. Les pedí a los jefes
permiso para salir y tomé mis cosas. Andrea me recordó con un mensaje de texto
nuestra cita para el almuerzo. Había tanta tensión sexual que tenía que salir de
ahí. Ese par de bombones me quitaban el aire.
Andrea y yo fuimos a una cafetería más cercana. Me pidió que le contara
todo sobre el trabajo. —Son muy atractivos —le dije al final. Le hablé sobre la
parte profesional solamente.
—Bueno, su padre fue una gran persona y un gran esposo, pero ellos son más
conocidos por sus noches en los bares. Sin embargo, son atractivos y buenas
personas —dijo con melancolía. —Cuando los veo lo recuerdo —dijo con una
gran sonrisa que sustituyó su tristeza. —¡Son bellos por partida doble! —dijo
con candidez. Su expresión tímida me recordó que ella se parecía a mí. Tenía
una relación hacía tres años y lo amaba. Nunca había sido infiel a él. Lo mismo
me había pasado a mí con el único novio que había tenido durante la secundaria,
aunque esa relación había sido corta y nuca habíamos hecho el amor. Cuando me
mudé, tuve que adaptarme y trabajar. No tenía tiempo para una relación, aunque
los hombres que conocía estaban encantados por mi forma de hablar.
Los gemelos que presidían la empresa eran muy lindos. Eran preciosos y
talentosos, pero no podía verlos como hombres. Solo como jefes. Igualmente, no
salían de mi mente.
CAPÍTULO 19: Roberto

Miré fijamente a Franco. La puerta de la oficina se cerraba lentamente. —


Carajo, qué hermosa e inocente es esa chica —le dije mientras tomaba aire.
—Exacto. Inocente —dijo, mostrando su acuerdo—. ¿Almorcemos cuando
termine de responder estos correos y firme estas órdenes? —Vio la hora en su
celular.
No podía dejar de pensar en Celeste y su cuerpo, pero trataba de pensar en
otra cosa. Era distinta a las otras chicas que habían ocupado el puesto, pero justo
esa característica me atraía de ella. —Hagámoslo —respondí. Vi que respondía
algunos mensajes en su celular. Unos minutos después, terminó su trabajo y lo
acompañé. Tomamos el ascensor y llegamos a nuestro restaurante predilecto. Vi
que Celeste y Andrea sonreían y volvían al rascacielos.
Sonreía ante los comentarios de Andrea. Me fijé en su vestido amarillo. Sus
curvas resaltaban y su cabello lucía hermoso bajo el sol. La chica no era
exactamente gorda, pero tampoco era extremadamente delgada. Tenía unos
ciento ochenta centímetros de estatura. Una chica común, sin duda alguna. Las
chicas tan delgadas, casi desnutridas, no me gustaban mucho. Me gustaba la
carne que pudiera azotar o tomar. Pensé golpear el culo de Celeste y tuve una
erección que me hizo voltear y ver algunos árboles.
—¿Son Adriana y Luisa? —me preguntó Franco mientras íbamos al
restaurante. Quise comportarme tan profesional como hacía Franco y
concentrarme en mis labores diarias en lugar de abrir espacio para chicas como
ella. Cuando Adriana llegaba al edificio yo trataba de evitarla. Sabía que esa
chica no había dejado de tener problemas. Había guardado silencio y evitado
contarle a alguien las razones de su partida.
Mantuve un perfil bastante bajo, especialmente con las secretarias. Me
costaba, pero trataba de hacerlo siempre. Hablaba con gentileza con todo el
mundo, pero no les daba mucha confianza. Llegamos al restaurante. Unos
amigos nos reconocieron y nos sentamos con ellos. Ellos seguían yendo a
muchas fiestas. Nos contaron muchos detalles sobre esas diversiones.
Cuando volvimos a la oficina pensé en papá y me sentí molesto conmigo
mismo. Extrañaba el ánimo que nos daba cuando éramos jóvenes. Nuestro
presente transcurría entre pedidos y piezas de metal. Nuestro padre seguía
presente en mi mente y mi corazón. Al mismo tiempo, buscábamos algún
espacio para mamá y mi hermana. Mi esfuerzo era mucho mayor que el de mi
hermano. Yo era consciente de que hacía más cosas incluso antes de que él
muriera. Incluso cuando nos habló de asistir a la universidad, noté que Franco
estaba planteándose ir, para tratar de igualar mi labor. Podía tomar esas clases en
cualquier momento, pero no tenía tiempo. La oficina copaba casi todas nuestras
horas. La única opción para él era estudiar por internet en algún rato de la noche.
Enero estaba a la vuelta de la esquina, lo que podría significar que estaríamos
algo de calma. Sin embargo, era consciente de que dirigía una empresa global y
multimillonaria. Había movimiento y pedidos todo el tiempo. Había clientes que
nos pedían piezas todos los meses del año. Papá solía pasar casi toda la semana
en la oficina, aun cuando había vicepresidentes para cada área. Pero era hábil
para mantenerse al lado de mi madre y darle toda la atención que merecía.
Igualmente lo hacía con nosotros. —¿Cómo pueden nuestros amigos seguir
yendo a fiestas? —me preguntó Franco al verme.
—Pueden hacerlo porque tienen la misma edad que nosotros y no dirigen
PAL —dije mientras encogía mis hombros. —¿Extrañas esas fiestas?
—Absolutamente. Lo hicimos hasta que mi padre se fue. Era la vida que
llevábamos y nos encantaba. ¿Crees que seguiríamos yendo a esas fiestas si papá
no hubiera muerto? —me preguntó Franco cuando íbamos a la oficina. —En
algún momento nos habríamos cansado y hubiéramos decidido comprometernos
con algunas chicas, comprar una casa o tener hijos.
—Quizás lo hagamos más adelante, pero no en este momento. Me cuesta
comprender cómo podemos lidiar con todo esto y no dedicar tiempo a nosotros
mismos —le dije en un tono apenas audible. Él me vio con resignación mientras
tomábamos el ascensor. Estaba agotado. Era evidente. Tomamos aire al mismo
tiempo.
Al regresar, Celeste ya estaba en su escritorio. Tecleaba sin parar y vimos sus
ojos azules. Nos vio y tomó un poco de su café y luego nos sonrió con dulzura.
Sentí que me pedían que fuese por ella y la llenara de placer. Quería cogerla
como lo había hecho con las asistentes previas, acabar con su timidez y que su
cuerpo temblara de deseo.
—¿Comiste en tu lugar favorito? —le preguntó Franco al ver el logotipo del
restaurante en su taza. Ella sonrió.
—Sí. Andrea me llevó. Esta zona no es muy conocida para mí, pero supongo
que en unos días la conoceré por completo —dijo mientras nos veía y luego
miraba por la ventana.
Franco la vio pensativamente. —Puedo quedarme acá si les parece bien —
sugirió Andrea.
—Depende. Si te sientes bien con los pedidos puedes quedarte —le dijo
sugestivamente y Andrea se ruborizó levemente.
—Hasta ahora voy bien, pero me gustaría que dejaran la puerta de la oficina
abierta para no tener que tocar tanto si tengo que hacerles alguna pregunta —me
pidió. Franco rió. Una gran sonrisa apareció en la cara de Celeste.
—Lo haremos —le dijo él. Entramos y, como ella pidió, dejamos nuestra
puerta abierta. Me senté y encendí la computadora. Sonreí y me concentré en los
nuevos diseños de las piezas que los técnicos me habían enviado por correo
electrónico. Franco encendió la radio y buscó la emisora de música relajante. No
le dije nada a Celeste. La vi sonreír, una y otra vez. Se sintió observada. "Por
favor, para —me pidió con un tono de voz baja. Sonreí y vi por la ventana.
A las seis paramos de trabajar. La acompañamos afuera y le ofrecimos
llevarla a su casa. Se negó con su cabeza. —Gracias, pero prefiero tomar un
autobús. Ojalá mi mamá haya llegado y me haya llegado la cena —dijo mientras
sonreía una vez más.
Vimos que caminó para tomar su autobús. El vehículo arrancó. —Carajo, es
la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo Franco, con sus ojos
parpadeando. Estaba obnubilado por su belleza.
—Sé que mamá estaría feliz con ella. —Él sonrió y asintió con su cabeza. —
Podríamos invitarla para la cena navideña como propuso nuestra madre. —Nos
vimos, pensando si hacerlo o no.
—Es su primera Navidad en la empresa. Podría sentirse incómoda. Quizás
no quiera hacerlo. Habría muchos familiares y mucha gente. Y nuestra madre…
—dijo Franco mientras miraba hacia arriba. Fuimos hacia nuestro vehículo.
Invitarla no sería lo ideal en las circunstancias que vivíamos, pero mi hermano y
yo sabíamos que estábamos encantados con ella. Y su cuerpo era muy hermoso
también. Esperaba que con nuestra madre se sintiera acompañada durante las
celebraciones navideñas.
El olor a salsa italiana para pasta anonadó a Franco. Entró antes que yo. —
Qué exquisito aroma —dijo. Fuimos veloces a la cocina. Nuestra madre estaba
ayudando a Azucena a preparar nuestra cena.
Mamá nos abrazó y tocó nuestras mejillas. —¡Vinieron temprano! ¡La cena
está casi lista! —nos dijo con alegría. Nos invitó a asearnos y luego a sentarnos.
Nos sentamos a cenar y a conversar. Génesis quería enviar un mensaje de
texto, pero mamá le pidió que se enfocara en la cena. Charlamos sobre las cosas
que haríamos para el día de fin de año cuando llegara la familia, y también el día
después, cuando estuviéramos más calmados. Sería un día ajetreado, pero en
especial triste por la ausencia de papá. Vi a mi madre sin decir nada. —¿Quieres
que todos vengan? —le pregunté.
—Era el deseo de su padre que toda la familia siempre estuviera acá, pasara
lo que pasara. Si pasara las fiestas solamente con ustedes, me sentiría muy
extraña. No dejaré de cumplir su voluntad, aunque al principio me cueste
acostumbrarme —me dijo cálidamente. Sus ojos parecían sonreír. —Sé que
cuando todos estén aquí, felices por las fiestas, me sentiré mejor, aunque su
presencia seguirá haciéndome falta siempre.
Franco tocó su mejilla con un dedo. —Te lo pregunto para saber si podrás
hacerlo. Queremos que estés bien —le dijo.
Los tres sabíamos perfectamente el estrés que había sentido nuestra madre
desde la muerte de papá. Mamá le dijo que su novio sería bienvenido en nuestra
casa. Pensaba que su compañía lo ayudaría a superar la tristeza. Habló con
nosotros para que le juráramos que no le haríamos daño al sujeto. Aceptamos a
regañadientes, pero también sabíamos que Génesis se sentiría peor si armábamos
un escándalo por su novio precisamente el día de fin de año. No llegaríamos a
ese nivel. —Te entiendo, hijo —le dijo ella. Génesis veía la escena sin decir
nada.
Caminamos por el pasillo rumbo a la sala de estar de la mano de nuestra
madre. Nuestra hermana subió cuando acabó su cena. —Quiero que me
acompañen al centro comercial a comprar algunas cosas que faltan para la
decoración navideña, Después podríamos almorzar. ¿Aceptan?
—Es una estupenda idea. Te acompañaremos para que no te distraigas
hablando con todos los vendedores —bromeó Franco. No pude evitar reírme. —
¿Y Génesis también vendrá?
—Solo si logro despertarla —dijo mientras sonreía. Seguimos con nuestra
charla y dejamos que la calma que sentíamos sosegara nuestros hombros. Olvidé
por un rato la presión de la oficina. El año estaba a punto de terminar, por lo que
era muy reconfortante poder relajarse y dejar que una conversación familiar nos
refrescara la noche. Nos vimos y reímos.
Recordé que nuestro tiempo había transcurrido entre las fiestas. Conversar
con mamá no formaba parte de nuestros hábitos antes de la repentina muerte de
nuestra madre. Pero con la muerte de papá, cada minuto que pasábamos juntos
era un momento muy especial y grato. Decidimos ir a dormir. Era tarde y al día
siguiente nos sentiríamos agotados por acostarnos tarde, pero siempre atesoraría
nuestras charlas en lo más profundo de mi corazón.
CAPÍTULO 20: Franco

Desperté al día siguiente con el cansancio en los músculos. Tomé un café


cerca del edificio, justo como me gustaba. Pensé llevar un café con leche y
crema para Celeste. Sabía que las secretarias amaban ese tipo de café. Lo compré
y guardé silencio cuando mi hermano me vio. La sorpresa se asomaba en su cara.
—Me parece un buen gesto de bienvenida —argumenté. Levantó sus cejas.
Era consciente de que estaba tan buena como las anteriores chicas. O más.
Pero igualmente le recordé a Franco que no debía ver a la nueva asistente como
si solo fuese un buen culo. Nuestras asistentes previas eran expertas en las
labores de oficina y desprendían sensualidad con cada paso que daban por los
pasillos. Luisa sobresalía en ese campo. Su espíritu independiente la llevaba a
hacer lo que quisiera. Admiraba eso de ella. Y al mismo tiempo me daba miedo.
Celeste, en cambio, era una chica inocente con hábitos y personalidad pura.
Una chica virginal llegada de un pequeño pueblo. Lógicamente, muchos
hombres la habrían invitado a salir por su esbelto cuerpo y sus oceánicos ojos.
Ella, naturalmente, los habría rechazado a todos. No querría sexo casual. Al
intuirlo, consideré que era una ventaja para el trabajo. Y poder tener a una chica
tan linda cerca de nosotros me hacía sentir muy bien.
Subimos por el ascensor. Ya estaba ahí y me vio con una linda sonrisa, que
correspondí. —Buenos días. Compré un café para ti. Espero que te guste —le
dije. —Con crema y leche. —Su sonrisa se amplió.
Roberto no dejaba de mirarla. —¿Cómo supiste que es mi café favorito?
Muchas gracias —dijo, mientras el rojo del rubor saltaba a sus mejillas.
Vi su gran sonrisa. —¿Trabajarás dentro hoy? —le pregunté.
—Estupendo. Anoche en casa apunté algunas cosas que quiero preguntarles
—nos contó. Le dimos tiempo para tomar su bolso. Pasamos a nuestra oficina.
Se sentó en la silla frente al escritorio más pequeño y yo encendí mi
computadora. Roberto tomó su silla y se sentó. Ella dejó su café a su lado y el
dulce olor impregnó el ambiente. Tomé aire para llenar mis pulmones con el
dulce aroma.
Vi a Roberto, que no paraba de revisar hojas de Excel. —Así que aquí solía
trabajar su padre —nos dijo con titubeos.
Sonreí con su pregunta. —Así es, Celeste. Por esa razón conservamos sus
fotografías en las paredes. Cada vez que las veo, lo recuerdo con alegría —le
dije mientras las señalaba.
—Sí. Esas fotos le dan un acogedor aire familiar. Cuando eran pequeños, ¿su
padre los traía?, nos preguntó y asentí.
—Sí, en algunas ocasiones. Cuando crecimos, dedicamos tiempo a otras
cosas… que nos parecían interesantes —le contó Roberto con picardía y una
sonrisa. El ceño de Celeste se frunció. Vio a Roberto con inquietud. Entendí que
estaba preguntándose a qué cosas se refería. Ella lo descubriría rápidamente si
emprendía una búsqueda en internet sobre nosotros. Todos lo hacían. Desde
periodistas hasta nuestras secretarias.
Celeste empezó a trabajar en su computadora. Revisaba que los pedidos
estuviesen completos y el servicio a los clientes fuese rápido y eficiente. Cada
diez minutos se detenía para recordar qué hacer en cada proceso. Sonreía y
aplaudía cuando lo recordaba. Si bien me acostaba con una que otra chica
cuando el trabajo me lo permitía, no había nadie que me hiciera sentir querido ni
me llamara la atención más allá del sexo. En cambio, con ella sentía que su
inocencia escondía lo que verdaderamente: una mujer salvaje, con ganas de ser
liberada. Y yo quería ver ese parte de su personalidad.
¿Celeste estaba pareciéndome más linda que las asistentes previas?, me
pregunté, haciendo una pausa entre mis pensamientos.
Buscó más café para ayudarnos a mantenernos despiertos. Toda la mañana
tuvimos un mar de trabajo. Luego tomamos un descanso. Hablamos con ella
sobre su vida familiar. Nos contó con alegría sobre su infancia, los momentos
felices que había vivido con su padre y otros familiares que ya habían fallecido.
Recordó que su pueblo natal era aún más pequeño que el que había mencionado
inicialmente.
Nuestra madre tocó nuestra puerta justo Cuando el reloj marcó la una de la
tarde. La invitamos a pasar. La vimos con sorpresa y alegría. Ella recorrió la
oficina con ojos llorosos y una tenue sonrisa. Se dio cuenta de la presencia de
Celeste. —Vaya, no te había visto —dijo, y la saludó con un apretón de manos.
—Es un gusto conocerla, señora Roque —dijo nuestra asistente al
presentarse. —Mi nombre es celeste Gutiérrez. Trabajo para sus hijos desde la
semana pasada. Creo que tuve suerte de llegar. Me siento muy afortunada.
Me pareció que mi madre ya abría la puerta de su corazón para recibirla
como otra integrante de la familia. —No sabía que te llamabas así. Es un lindo
nombre. Y el gusto es mío. ¿De dónde eres, Celeste? —le preguntó Mamá.
Roberto dio unos pasos hacia atrás. —Soy de Los Pasos. Llegué aquí hace
cinco años. Trabajé para PL, hasta que lamentablemente se declararon en
bancarrota. Pero gracias a Dios una amiga me contó de esta vacante —contó ella
mientras sus mejillas se encendían.
—Y nos acompañará a almorzar. Está decidido —le dijo suavemente Roberto
a nuestra madre. Yo asentí.
Unos diez minutos después mi madre tomaba a Celeste del brazo para guiarla
hacia su restaurante francés favorito. Salimos a comer, caminando detrás de
ellas. Conversaban con alegría y reían sonoramente. Roberto no dejaba de verle
el culo a la asistente. —Franco, esto podría ser un problema. A mamá le encanta
Celeste. Ella no podrá faltar a la fiesta navideña. Su sonrisa iluminará el árbol de
Navidad.
—Sí, sí. Ya puedo verlo —le dije. Mamá entró velozmente al restaurante,
pero antes esperó que yo me abriera paso entre ellas para abrirles la puerta.
Celeste la acompañó a buscar una mesa. Nuestra madre no paraba de reír.
Roberto gruñía de deseo. Vi que habían buscado una mesa al fondo. Me senté al
lado izquierdo de Celeste. Roberto, por su parte, se ubicó al lado de mamá.
Tomamos un vaso de agua. Mamá hablo sobre la fiesta de fin de año. Quería
saber si celeste podía ir.
—Mamá vino a visitarme. Ya había planeado compartir con ella una sencilla
cena en casa —le contó Celeste. Mamá no terminó de oírla cuando empezó a
negar con su cabeza.
—No, no, no. Pueden venir a casa. Me gustaría saber si solo estarán ustedes
dos acá ese día. Ya organizamos una gran fiesta para Nochebuena —dijo mamá.
Celeste respondió asintiendo con su cabeza.
—Muchos de nuestros familiares ya no están en este mundo. Por cierto,
señora Roque, permítame expresarle mi pésame por su pérdida —dijo, pero
frenó su boca para no parecer osada.
—Agradezco tus palabras. Aunque ya han pasado algunos meses, no deja de
dolerme, especialmente en Navidad. Es el primer año y… me cuesta aceptarlo.
Quiero que haya mucha gente en mi casa para revivir la alegría de todas las
fiestas en las que estuvimos juntos. Y puedes llamarme Alexandra —dijo con
una sonrisa nuestra madre.
Una sonrisa afloró en su rostro. —En cuanto a mí, estoy de acuerdo. Es una
idea fenomenal. Permítame decirle a mi madre. Quizás quiera ir —dijo Celeste.
—Espero que no les moleste tenerme en su casa fuera de mi horario laboral —
nos vio al vernos. Sonrió de nuevo, pero con timidez. No me gustaba que fuese a
casa, pero no quería decirle a mamá por qué. Solo quería que mamá estuviera
feliz siempre, especialmente en Navidad y fin de año.
—Para nada, Celeste. Te aseguro que todos la pasaremos bien —le prometí.
Ella suspiró para relajarse. —Tal vez quieras volver a tu casa en medio de la
fiesta para tomar aire y volver —le dije mientras le guiñaba un ojo a nuestra
madre. Ella también guiñó su ojo y luego vio a Roberto con alegría.
Pedimos nuestra comida y cuando llegó la comimos con tranquilidad, entre
charlas y sonrisas. Mamá sonrió. Estaba feliz. Me alegró verla radiante de
felicidad. Habló con todos los empleados que veía. Después volvimos a la
oficina. Celeste la vio antes de entrar. —Debo decir que ya amo a su madre,
chicos. Me trata como si fuese su hija.
—Lo hace porque le simpatizas. Ha hecho el mismo proceso con algunos de
nuestros empleados. Ellos también la ven como parte de su familia —le contó mi
hermano. Ella escuchaba con atención. Luego conversamos sobre las fechas
navideñas y lo que solíamos hacer. Le anticipamos que dos de nuestros
familiares tenían costumbres muy extravagantes. También le dijimos que habría
dos primitos muy traviesos causando serios daños a las mesas y las sillas.
Celeste sonrió y revisó una lista de pedidos. Nos dijo que su madre vivía en Los
Pasos. Solía recibir las visitas de algunas amigas de vez en cuando, y el bullicio
y la multitud de las grandes ciudades no eran de su agrado. Quizás no se sentiría
tan cómoda.
Celeste también nos habló de sus fiestas navideñas. Su cara se llenó de
felicidad cuando los recuerdos iluminaron su mente. Nos dijo que todos sus
familiares solían ir y bailar hasta el amanecer. También cantaban villancicos y
veían las estrellas y los árboles navideños fuera de todas las casas. Los dueños
de las tiendas del pueblo acostumbraban obsequiar café y dulces para los niños.
Entendí en ese instante por qué mi madre se sentía bien con ella y quería pasar
Nochebuena a su lado. Comprendió la necesidad que sentía Celeste de revivir
esos momentos familiares tan cálidos.
Quisimos darles a todos una hora libre por la cercanía de las fechas
navideñas. Salimos esa tarde a las cinco en punto. A todos les hacía falta ese
receso. Se lo habían ganado. Habíamos aceptado hacerlo cuando los empleados
lo habían planteado. Habría un almuerzo y un intercambio de regalos para los
empleados que quisieran estar al día siguiente. Papá siempre estaba feliz con
esos momentos. Yo, por el contrario, estaba triste cuando llegaba la hora de
regresar a casa, sabiendo de su ausencia. No estaría nunca más en uno de esos
intercambios. Además, ni mi hermano ni yo habíamos tenido tiempo para
apuntarnos ni comprar regalos.
Celeste había tomado su autobús habitual y fuimos a una pequeña cafetería
antes de ir a nuestra casa. Conversamos al salir de la oficina. Decidimos que
compraríamos allí tarjetas de regalo para todos. Queríamos que fuesen tantas y
con montos altos, como para que todos pudieran adquirir varios cafés grandes.
Una hermosa camarera nos atendió y sonrió amablemente. Su colaboración fue
increíble al momento de guardar las tarjetas en las bolsas. No hubiéramos podido
hacerlo por nuestra cuenta pues eran muchas. Parecía que quería coquetear con
nosotros. No dejaba de vernos y sonreír. Salí después de darle las gracias al
darme cuenta de que Roberto quería llevarla a la cama. Nos pasó la bolsa y
suspiró. —Franco, solo quería salir un rato —me dijo Roberto. Abrí mis ojos de
par en par.
Encendí el auto y salimos. —Sí, pero eso no quita que es solo una niña —
dije.
—Tuviste una etapa de jóvenes camareras —me dijo Roberto. Había pasado
hacía mucho tiempo y ya lo había olvidado. Sonreí. Ciertamente, había salido
con muchas camareras… pero eso había sucedido hacía mucho tiempo, antes de
ser el jefe de PAL y me hiciera responsable de mi madre y mi hermana menor.
Cuando llegamos a la mansión olí el aroma a cocina recién preparada. Eran
panes recién horneados. Dejamos nuestras cosas en la sala de estar y pasamos.
Habíamos comprado unos picantes y los vertimos sobre los panes. Génesis y
nuestra madre ya comían y sonreían. Mamá empezó a hablar con alegría sobre
Celeste. Génesis nos vio. —¿Son ideas mías o prefieren contratar chicas
jóvenes? —dijo con ironía. Estaba muy sorprendida. Roberto probó su pan con
atún y picante. Nuestra hermana no mostraba una cara muy amable. Supuse que
la presión por las fiestas haciéndola sentir mal. Era la que menos tiempo había
compartido con nuestro padre y se sentía terriblemente acongojada.
—Nos convenció con su currículum —le dije. —Y mamá la invitó a la fiesta
de fin de año. —Me vio como si yo fuese un extraterrestre.
—No notaré su presencia. Habrá centenas de personas acá —contestó
Génesis mientras probaba su pan. Génesis sentía lo mismo que yo sentía, pero yo
quería que mamá olvidara su dolor por un rato. La vio con dolor y vio su
comida, sin mucho apetito. Lo que trataba de decir era que esos centenares de
personas no podrían hacerla sentir mejor ni sustituir a nuestro padre.
Después de cenar, cada uno de nosotros subió a sus habitaciones. Franco y
yo queríamos descansar porque sabíamos que habría dos días más de trabajo
duro en la oficina antes de las fiestas. El día siguiente sería más relajado, pues
habíamos preparado un almuerzo con los empleados. Nuestro padre había
iniciado esa tradición y queríamos mantenerla, pues todos se sentían felices en
momentos como ese. Todos en la oficina se habían portado muy bien con
nosotros, y queríamos recompensarlos. Pero lo que más queríamos era que
llegara enero.
CAPÍTULO 21: Celeste

Cuando llegué a la oficina cargaba una bolsa de galletas para todos. Algunos
contadores me vieron al entrar al edificio. Sonreí al ver sus rostros sorprendidos.
Parecía Santa Claus con su paquete de obsequios. Mi mamá las había preparado,
así como la pasta con albóndigas, mi plato favorito desde que era un niño. Me
recomendó que sirviera las galletas justo después del suculento almuerzo que
habían preparado los cocineros que habían contratado. Al llegar a mi piso, vi que
ya la puerta de nuestra oficina estaba abierta. Suspiré aliviado cuando pude
soltar el peso de la bolsa. Quería tomar una taza inmensa de café recién
preparado.
—¿Qué traes ahí? —me preguntó Roberto cuando me vio. Me asusté con su
tono alto.
Me senté y tomé aire. —Son unas galletas que hizo mamá —le conté.
Vio la bolsa de arriba a abajo. —¿Y subiste con ese elefante al autobús? —
me preguntó. —Es obvio que pesa mucho —dijo Roberto antes de ver mi
escritorio. —Quiero que me des tu celular.
Humedecí sus labios por el calor que producía su cuerpo. Busqué mi celular
entre mis cosas. Tras unos segundos de nervios, encontré mi teléfono y bajé la
cara para no verlo. Él lo tomó y rió. Tecleó rápidamente y luego me lo pasó. —
Anoté el número de mi celular. Cuando necesites llevar algo, llámame y te
ayudaré. No tendrás que soportar esa carga. —Miré para otro lado. Tragué
grueso para que no se diera cuenta de lo mucho que me gustaba. El pecho me
temblaba. Sentí unos pasos y suspiré profundamente. —Huele a galletas.
Era Franco y nos veía con inquietud. —Ah… hola… Sí… Traje algunas.
Para el almuerzo. Mi mamá las hizo —le conté entre risas. —Si quieres una,
adelante. Mi madre hizo como tantas como para alimentar a todo el país. —Cedí
la bolsa y preparé café. Conté del uno al diez mentalmente mientras el café
humeaba. Me pregunté por qué había actuado así con Roberto. Él era tan
atractivo como Franco, aunque era la primera vez que me sentía tan atraída hacia
él. Supuse que era porque se había tanto acercado a mi cuerpo. Destilaba
sexualidad. Franco era más maduro y controlado, pero Roberto no era tan frío y
se notaba cómo me deseaba. Y yo también lo deseaba.
Los deseaba a ambos.
Giré para tomar algunas galletas y las llevé al salón de reuniones. Trataba de
darme ánimo mentalmente y calmarme. Vi que ya algunos empleados habían
colocado bandejas con comida ligera. Algunas secretarias ya tenían trozos en sus
bocas. —Por favor, denme alguna bandeja vacía. Traje galletas.
—¿Galletas? —me preguntó una alta morena con ironía. Buscó en el mar de
comida y encontró tres bandejas grandes después de ver con sorpresa las galletas
redondas en mis manos. Me las entregó con una sonrisa. Su cara estaba
perfectamente maquillada y mostraba una hermosa sonrisa. Era tan simpática y
linda como el resto de las secretarias. —Ven, te ayudaré a ubicarlas. Es un gusto.
Me llamo María. Me parece que nunca nos hemos conocido formalmente —dijo
mientras me extendía su cálida mano. La apreté y sonreí cortésmente. Intuí que
sabía qué cargo ocupaba yo por su forma de mirarme.
No dejaba de verme con expectativa, así que me apresuré a responder. —
Hola. Me llamo Celeste Gutiérrez. Tengo pocos días en la empresa, por lo que no
conozco a todos acá.
Ya sabía quién era yo. —Creo que eres la asistente de los presidentes —me
dijo.
—Así es. Vine para colaborar con ellos en Navidad. —Llegó otra secretaria y
vio las galletas con extrañeza. Luego vio fijamente a María. La ayudé a poner las
galletas en unos pequeños platos. La otra chica también nos echó una mano.
—Qué lindas galletas —dijo al sonreír. Puso cuatro en su plato. —Me llamo
Cintia. Si no me equivoco, eres Celeste —dijo, y luego extendió su mano. Sonrió
amablemente.
Le puse una galleta adicional. —No te equivocas. Soy Celeste —le dije.
—No me digas que tú las preparaste —me dijo Cintia. Me sentí nerviosa.
Vi que había otro plato libre y puse cuatro galletas en él. —De hecho, fue mi
madre quien las preparó. Vino a visitarme por Navidad —dije. María ya no
estaba a mi lado. Cuando giré, descubrí que estaba a la izquierda, conversando
con otras empleadas. Abrió sus ojos de par en par al notar mi presencia. Era
obvio que hablaban sobre mí. Tomé aire. Cintia se puso a mi lado y me tocó el
hombro ligeramente.
—Hablan como locas sobre sus jefes y las fantasías que tienen con ellos.
Hoy hacen eso porque el ambiente las desinhibe —contó, y luego rió. —Pero no
diré nada más. Ya sabes la fama que tienen nuestros jefes. —La vi y negué con
mi cabeza. Hablaba en un tono tan bajo que solo yo podía escucharla. Fruncí mi
ceño. Recordé que antes de que yo llegara, Roberto y Franco habían contratado a
dos asistentes. También recordé que había chismes sobre ellos y posibles
aventuras sexuales con las chicas. No tenía la certeza de que fuesen ciertos, pero
entendía que podía haber pasado algo, pues eran hombres muy guapos.
Volví a la oficina después de ver que todas las galletas ya estuvieran en la
mesa. Busqué una taza de café y tomé un trago. Cuando vi la puerta, no sabía
exactamente qué haría ese día. Si bien no habría tanto movimiento como en días
previos, sabía que debía atender algunas órdenes y responder algunos correos
electrónicos.
Humedecí mi boca y me levanté presuroso. —¿Te quedarás aquí? —me
preguntó Franco en voz alta. Pasé a la oficina. Levantó su mano y me mostró
una de las galletas mientras sonreía. —Me encantaron.
—A mí también. Anoche me comí unas cien —le dije entre risas. —Suelo
subir de peso cada vez que mi madre viene. —Me senté y bajé mi falda para no
mostrar mis muslos.
Roberto me escudriñó con sus ojos. —Pero no se nota. Tu cuerpo es perfecto
—me dijo. No pude evitar ruborizarme.
Vi la pantalla de mi computadora. La tensión sexual hacía que el ambiente se
cargara. Franco me devoraba con su mirada. El mismo deseo que expresaba su
hermano con sus palabras lo mostraba Franco con sus ojos. No podía dejarme
llevar por tanta atracción. Debía salir de ahí. Cuanto antes. —Muchas gracias
por tus palabras —le dije, pensando en salir corriendo.
Cuando llegó la hora del receso para el almuerzo tomamos otras tazas de
café negro. Fuimos una vez más al salón de reuniones. Franco se veía
musculoso. Su cuerpo estaba perfectamente esculpido, de acuerdo a lo poco que
había visto. Supuse que su hermano y él iban al gimnasio cuando tenían tiempo
libre. Comieron algunos trozos de frutas y panecillos. Yo también comí frutas
antes de regresar a la oficina. María notó que iba a volver. Las secretarias
comenzaron a hablar con algunos empleados. El dinero del trabajo me hacía
falta, así que traté de no pensar en el deseo de los gemelos hacia mí, o en el
deseo que yo creía que sentían hacia mí. No iba a procurar tener algo con mis
jefes. Aparte de eso, yo nunca me había acostado con ningún hombre, así que no
había nada por lo que realmente pudieran sentirse atraídos por mí. Tenían
mujeres lindas y experimentadas a su disposición.
Comí galletas y panes dulces cuando llegué a la oficina unos segundos
después. Luego revisé algunos archivos y tomé jugo de naranja. —Creo que no
conoces a todos aún —dijo Franco. Volví a asustarme. —Olvidé presentártelos.
—No te preocupes. Entiendo que había mucho trabajo. Tranquilo, ya conocí
a dos asistentes en el salón. Podremos hacerlo con calma en enero —le conté al
verlo sonreír.
Sentí un fuerte calor en mi vientre. Él no era tan frontal como Roberto, pero
igualmente lograba hechizarme con sus ojos profundos y su voz seductora. —¿A
quiénes conociste? —me preguntó Franco.
—A María y Cintia —le conté. Bajé mi cabeza por su reacción, porque no se
mostró muy contento.
—María hace su trabajo como debe ser. Tiene años trabajando con nosotros
porque papá la contrató, pero sus defectos son notables Será mejor que la veas
como una asistente y no como una amiga —me contó. Luego asintió con su
cabeza. Vio que la puerta seguía abierta. Me vio con deseo. —Toda la vida ha
buscado cómo acostarse con nosotros, pero no lo hemos hecho. Ha sido más
insistente en los últimos meses.
—Oh… Bueno, puedo entenderla. Lo digo porque sé que ustedes son
atractivos. Ella también es linda. Es lógico que quiera tener algo con ustedes. —
Noté el fuego en sus ojos.
—¿En serio piensas eso de nosotros? Lo has disimulado bien —me dijo.
Asentí con mi cabeza. Roberto entró a la oficina y Franco llegó a su escritorio.
Roberto no paraba de hablar sobre el apetito que tenía.
—Celeste, cuando vayas a la fiesta de Nochebuena verás que también habrá
mucha comida. Pasamos tres días comiendo. Nuestra madre y Azucena siempre
hacen grandes platos —dijo mientras se tocaba el estómago. Franco lo veía
fijamente.
—Es cierto. Mamá dijo que no olvides ir —me dijo. Sonreí al escuchar. —
Agradezcan a su madre de mi parte. Es una mujer muy amable. —En realidad,
su mamá se había sentido triste e identificada por la historia que le había contado
sobre el fallecimiento de mi padre. Por eso había querido invitarme. Y yo, por mi
parte, quería ayudarla a olvidar un poco la pérdida irreparable de su esposo.
Entendía lo que había pasado en fechas recientes.
—Así es. Quiere mantener las tradiciones a pesar de la tristeza. No quiere
estar sola. Nuestros familiares vendrán como siempre. Era de esperarse que este
año quisiera hacer lo mismo —dijo Franco. —Pero me inquieta cómo
reaccionará cuando vea a todo el mundo. Quizás se entristezca y empiece a llorar
sin parar. Todos también podrían llorar al verla —dijo al verme. Roberto estuvo
de acuerdo. —Ella ha llorado mucho, pero sé que su espíritu es poderoso. La
hemos apoyado, pero sé que le preocupa mucho el futuro de nuestra hermana
Génesis.
Él bebía café de nuevo. —¿Qué edad tiene tu hermana? —le pregunté.
—Dieciséis. Y su relación con mi padre era muy fuerte —dijo, y yo asentí.
Sabía lo que ella sentía pues yo también había sido unida a mi padre. Era su
única hija. Suspiré de dolor. Quizás también podría animar a la chica un poco. —
Génesis preferiría quedarse en su cuarto y no ver a nadie, pero sé que su novio
vendrá y mamá quiere conocerlo. Nosotros también. Hay mucha expectativa.
Trabajamos en nuestras computadoras sin detenernos ni un segundo. Alguien
nos avisó que había llegado toda la comida que faltaba. A Roberto se le hacía
agua la boca. Lo vi y reí a carcajadas. ¿Cómo podía comer tanto? Franco
esperaba por mí. Roberto fue a buscar comida. Acaricié mi cabello. Sentía sus
pasos detrás de mí cuando íbamos rumbo al salón. Como quería evitar un
ambiente de incomodidad, sonreí para aligerar el camino. Sentí que Franco era
un hombre ejemplar. Su padre, dondequiera que estuviera, se sentiría feliz por
todo lo que había logrado.
No sabía en ese momento si él sería el primer hombre con el que me
acostaría o si sería su hermano… o si ambos me tomarían al mismo tiempo. Me
recreé con las imágenes y dejé que mis mejillas se ruborizaran. Vi que el salón
ya tenía muchos empleados. Las puertas abiertas ampliamente nos daban la
bienvenida. Tragué grueso y Franco me vio con inquietud. Mis jefes iban delante
de mí, hacia el centro, mientras yo detuve mis pasos. Franco sonrió cuando me
vio a sus espaldas. Me pidió acompañarlos. Tomé aire para alcanzarlos y vi hacia
el piso para no ver las caras inquisidoras de los demás. Dieron un breve discurso
sobre las fiestas navideñas y lo felices que estaban al poder contar con el
excelente personal que los rodeaba. Franco aseguró que su padre querría estar
con ellos, como siempre hacía en Navidad, y vi cómo todos lloraban y aplaudían.
Contuve el aliento. —Aprovecho este momento para presentarles a Celeste,
nuestra nueva secretaria. Quiero que todos le den una cálida bienvenida a nuestra
familia laboral. Llegó como si hubiera caído del cielo.
Me sorprendí gratamente. Había un ambiente de gentileza y compañerismo.
Todos se acercaron lentamente a mí para estrechar mi mano, darme besos en las
mejillas y desearme suerte, exceptuando a un grupo de chicas que evitaban
hablar. Sus expresiones eran de frialdad. Estaban al fondo de la sala. Ellas no
fingían que dispersaban rumores sobre mí. Me percaté de que esa actitud nunca
me permitiría ser su amiga. Sabía que nunca seríamos amigos, sintiéndonos bien
si no hablaban mal de mí en el edificio. Vi que Andrea estaba pasando por la
puerta. El discurso terminaba entre vítores y ella me sonrió genuinamente. Me
agradaba contar con ella. Su amistad sí era real. —Cuánta comida hay aquí,
amiga. Siento que nunca había visto tantas ensaladas en mi vida.
Tomó jugo y se sentó en su silla a comer su almuerzo. Asentí y llené mi plato
con trozos de carnes y ensalada mediterránea. Me alejé un poco para que las
miradas dejaran de caer sobre mí. Necesitaba calmarme un poco. —Mis jefes me
presentaron a todo el mundo y me sentí muy apenada —le dije suavemente
mientras veía de reojo a los empleados.
—Me parece bien que lo hicieran para evitar que haya más chismes. Ya la
cantidad de rumores era alta. Como ya te conocen, quizás se detengan un poco
esos susurros mentirosos sobre ti —dijo Andrea mientras me veía con alegría y
cordialidad. —Me encanta este trabajo, amiga. Sobre todo, durante estas fechas
—dijo. Tenía hambre. Lo supe cuando probó su carne. Sonrió después de probar
la ensalada. —Pero no podría hacer el trabajo que tú haces. Están demasiado
buenos y pronto estaría desnuda en sus escritorios.
Probé mi bistec después de derramar algo de salsa sobre él. —Lo sé, amiga,
pero tengo mis límites. Son atractivos, y punto —le dije mientras encogía mis
hombros.
—¿Qué? Parece que no te has visto en un espejo hace tiempo —dijo ella. —
Luces como una chica rural e inocente. Esas putas que te ven con enfado solo
tienen envidia de ti —dijo en voz baja cerca de mi oído. La vi con sorpresa. Su
descaro estaba haciéndome sonreír. Conversamos sobre el trajín de las fechas
navideñas y lo que planeábamos hacer para Nochebuena. No quise contarle que
iría a casa de mis jefes. No sabía por qué lo hacía si era mi amiga. Quizás porque
estaba tratando de asimilar todo lo que sentía por ellos. La invité a comer algo
antes de que llegara el veinticinco de diciembre. Le mentí, diciéndole que estaría
con mi madre y que luego le contaría qué tal me había ido.
Andrea y su novio nos esperaron en un pequeño restaurante cercano a la
oficina al día siguiente. Mi mamá me acompañó. Hablamos sobre nuestras
vacaciones y de cuánto merecíamos tomarnos un receso. Le pedí que no le
contara a Andrea lo que planeábamos hacer para Nochebuena. Mi intención era
evitar que los chismosos se enteraran y tuvieran más material para inventar
historias. Aceptó con molestia y quiso preguntarme los detalles, pero le dije que
luego hablaríamos con calma.
El jueves solo laboramos en la mañana. Fui a mi casa a cenar por Navidad.
Comimos pavo y la misma ensalada que había degustado en el almuerzo
navideño de PAL. Sin embargo, la comida que preparaba mi madre era mejor y
me hacía sentir más feliz. Me recordaba mi infancia. Recordamos a nuestros
familiares difuntos y tomé aire para prepararme. Quería hacerle una pregunta. —
Mama, ¿vendrías aquí a vivir conmigo?
Vio con calma todo el lugar. Si bien era sencillo y diminuto, me encantaba el
aire acogedor y hogareño que tenía. Mantuvo un largo silencio. En su mente, se
había trasladado momentáneamente a la sala de estar de su pequeña casa, al otro
extremo del mundo. —Tendría que pensarlo, hija. Nací y crecí allá. Recuerdo
cada experiencia que he tenido en ese lugar. ——Esperaba que volvieras, pero
entiendo que en esta ciudad te sientes cómoda. —Sonrió, pero estaba llena de
melancolía.
Sonreí al ver su cara. —Sí. Me siento muy bien acá. Y podríamos comprar
una casa más espaciosa y cómoda si te mudas. Incluso podríamos vivir en las
afueras, lejos del bullicio de esta zona —le dije para animarla. Vivía en un
pequeño lugar con solo dos dormitorios y un baño sencillo.
—Este lugar no me gusta. Ya tengo unos cuantos años encima. De todos
modos, déjame pensarlo —dijo, señalando sus canas. Luego empezó a reír.
—Eres una jovencita. Solo tienes cuarenta y ocho años —le dije. Nos dimos
nuestros obsequios y buscamos una película interesante en la televisión mientras
nos abrazábamos. Ambas sonreímos de alegría. Pronto el sueño nos dominó y
dormimos acurrucadas.
CAPÍTULO 22: Franco

Nuestros familiares poco a poco estaban llegando a la ciudad y a la casa.


Habíamos pasado la noche anterior entre obsequios y fotografías. Había sido una
noche sencilla. Mi madre estaba feliz, pero se esforzaba por no llorar. Desperté,
busqué unos vaqueros oscuros y una camisa verde claro. Me preparé para
desayunar.
Mi mente estaba conectada con los sentimientos de mi madre. Respiré
profundamente y peiné mi cabello suavemente con mis dedos. Quería
cortármelos, pero no había tiempo en medio de las fechas tan ocupadas. Celeste
estaría en casa en solo unas horas. Sabía que la relación que Franco, ella y yo
había cambiado recientemente. Había experimentado algo parecido con las
asistentes previas, pero el hechizo con ella era más fuerte. Ella no podría lidiar
con nosotros. Incluso pensé que le costaría tener alguna relación con uno de
nosotros, pero era evidente que se sentía atraída por mí. O por mi hermano. O
por ambos. Tendríamos un día complicado.
¿Había heredado su inocencia de su madre? Me descubrí sonriendo mientras
las horas pasaban y su llegada se hacía inminente. No podría sentarme a
conversar mucho con ella, pues habría un mar de gente en mi casa. Todos
estábamos expectantes por la llegada de su madre. Personalmente, anhelaba
saber si era igual a ella o sus rasgos se inclinaban más hacia la cara de su papá.
Me apliqué perfume y me puse unas medias oscuras. Bajé la escalera. Quería
estar cómodo y casual. Me parecía terrible tener que usar un traje en casa el día
de Nochebuena. Prefería la ropa más confortable posible para esa fecha especial.
Podría usar algo más formal para la cena, una iniciativa que había tenido cada
año mi padre. Todos debíamos lucir formales.
En la cocina ya mamá estaba concentrada en los platos que cocinaba. Les
faltaba poco para estar listos. Génesis también había cocinado algunos perros
calientes para todos. Habíamos decidido que Azucena descansara ese día. Había
trabajo mucho durante los días previos. Había algunas tías y algunos pequeños
primos. Ellos corrían sin parar. Mamá Saludé a todo el mundo y luego me serví
una taza de café. Quise ayudar a mi madre. Vi que mi hermano lucía la misma
ropa que yo, pero su camiseta era azul. Mamá sonrío al ver nuestros atuendos.
"¿Por qué no desayunamos? —nos sugirió. Buscó un par de panes y los
introdujo en nuestra tostadora. Roberto se sirvió café. Pusimos todo en una
bandeja y empezamos a comer.
Mi madre empezó a rezar. Pensé en mi padre con sus oraciones. Nos hacía
mucha falta. Solíamos orar en las fechas especiales, herencia de las fuertes
creencias católicas de nuestro padre. Un chofer nos lo había arrebatado
abruptamente. Ya él tenía que enfrentar a la justicia. Quizás iría a la cárcel, pero
eso no nos devolvería a papá. No sabía si mi madre era consciente de nuestra
profunda tristeza.
La casa estaba llena de alegría por las travesuras de nuestros pequeños
primos. Hablaban sobre Santa Claus. Luego abrieron sus obsequios y sus caras
estaban felices. Otros primos deambulaban y estrenaban sus regalos. Tuve que
jugar con ellos para que mi mamá no se preocupara y en unas dos horas me sentí
cansado. Necesitaba recobrar mi energía matutina. Tomé otra taza de café para
recargar mis fuerzas. Recordé la vitalidad que sentía cuando había recibido a
nuestros tíos. Nos habían dado todo su apoyo durante la muerte de mi padre y
ahora estaban ahí, compartiendo con nosotros en nuestra casa.
Salí de la casa rumbo al jardín. Mi primo Carlos me acompañó. Vi que se
fijaba en una chica esbelta que llegaba con una mujer mayor. Ya mi madre las
recibía con sus brazos bien abiertos y una amplia sonrisa. La señora era muy
similar a Celeste. Mis tíos estrechaban sus manos y les daban besos en las
mejillas. Celeste tenía un atuendo aparentemente negro y una blusa rosa. Vi que
sus cabellos caían sobre sus hombros y su cara estaba ligeramente maquillada de
azul. —¿Y ella? Está bien buena, primo. —Vi a Carlos. Recordé que solo tenía
dieciséis años. Sabía que esa edad lo llenaba de hormonas y deseo.
—Es nuestra asistente, Celeste. Trabaja con nosotros desde la semana
pasada. Te lleva varios años. Tranquilízate, casanova —le pedí. Le puse una
mano en su cintura para que abriera paso.
—Carajo, primo. ¿Todas tus secretarias están tan buenas? —me preguntó.
Abrí los ojos de par en par y tomé un trago de mi bebida. SI supiera lo que
hacíamos en nuestra oficina con algunas…
—No lo planeamos. Solo se dio y ya. Igualmente debes tranquilizarte porque
soy su jefe. —Me vio fijamente y agitó su cabeza. —Ahora, si me disculpas, voy
a recibirla. —Los ojos de Celeste se toparon con los míos. Caminé hacia ella. Al
verla más de cerca noté que sus ojos estaban adornados con maquillaje negro.
Un suave tono celestial se veía en sus labios. Me iluminó con su belleza y sonreí
para darle un beso en la mejilla. Su maravillosa madre me estrechó mi mano. Se
llamaba Sol. Estaban un poco asustadas por el tamaño de nuestra casa y el río de
gente que hablaba sin parar. —Feliz Navidad, Celeste —le dije.
—Esta casa es tan linda como ustedes —dijo su madre. Sonreí ampliamente
y uní mis manos en señal de agradecimiento.
—Es igual a la mía, solo que multiplicada por cien —dijo Celeste con una
risa en su boca. Le respondí con otra sonrisa. Roberto pasó a la cocina. Vio a
Celeste al llegar y sus ojos deseosos se pasearon por su trasero, pero ella no la
había notado. Luego las saludó y conoció a su madre. Ella nos vio y tomó aire
profundamente.
Mi madre rió largamente. —Dios y yo sabemos lo hermoso que eres —me
dijo.
—Heredaron la belleza de su papá —dijo ella. Sol la abrazaba para bajar los
decibeles de su tristeza evidente. Varias frases salieron de sus bocas, pero no
pude oírlas pues hablaban en voz muy baja. Celeste sonrió al ver esa naciente
amistad. Fuimos a la terraza. Ya las nuevas invitadas habían conocido a todos
nuestros familiares. Sol ya hablaba con nuestras tías y abuelos. Tomaba algo de
vino blanco y sonreía con las historias que contaban mis familiares.
Noté el viento agitando los cabellos de Celeste y su cara rebosante de alegría.
—Me encanta esta vista. Con las estrellas y la luna debe verse aún mejor —dijo
Celeste. Hablaba en voz muy baja. Pasé mi mano por su cuello. La vi para
comprobar su reacción. Un cálido aire salió de su boca. —No creo que....
—No digas nada. Te prometo que estaremos siempre pendientes de ti. Te
juro que nos has encantado —le dije. Ella frunció su ceño y me vio con sorpresa.
—Eres mi jefe, Franco. Tu hermano y tú lo son —me recordó. Escuché unos
pasos detrás de mí.
—Parece que interrumpo algo —dijo Roberto con un tono de voz muy tenue.
Sonrió con malicia. Fue hacia ella y se detuvo cuando estaba justo a su lado. Vio
mis ojos, esperando que le dijera algo, y luego contempló su cara estupefacta. —
¿De qué me perdí?
Celeste tomaba aire con fuerza y buscaba algún lugar en el horizonte para
que no viéramos su cara apenada. No quería hablar. Quería escapar de ahí. Yo
también ansiaba hacerlo. —De nada. Solo puedo decirte que no soy
precisamente la chica que atraería todas las miradas aquí.
—El que diga eso se equivoca —dijo Roberto en tono desafiante. Llevó sus
manos a sus mejillas para ocultar su rubor. Hice un ruido con mi garganta.
—Hermano, por favor —le dije. El cuerpo de mi hermano ya estaba a solo
unos centímetros del suyo.
—No pasa nada, Franco. Ella sabe lo que sucede aquí. Y quiere que pasen
más cosas —dijo, mientras yo enmudecía de la vergüenza. Ella era tan pura que
no debía escuchar esas frases.
Roberto no dejaba de mirarla con fuego en sus ojos. —Chicos, yo soy su
empleada. No creo que deba pasar algo más —dijo con su voz quebrada.
—No dirás esas cosas después de que estemos juntos —le dijo mi hermano.
Luego llevó sus labios sigilosamente a la mejilla izquierda de Celeste. Vi la
imagen y sentí calor en mi pene. La toqué levemente y tomé su mano para
sacarla de allí. Tensó sus hombros y tapó su rostro por completo.
—Dice las formas de forma muy honesta —dijo en voz baja y luego me
miró. —Hay miles de chicas que podrían llevar a la cama cuando lo deseen. No
entiendo por qué les atraigo. ¿Qué ven en mí? —Tomé aire para responderle,
pero volvió a hablar. —¿Es una tradición? ¿Se acuestan con todas sus asistentes?
—preguntó mientras bajaba su cabeza.
Traté de calmarme. —Supongo que has escuchado rumores sobre nosotros
—le dije.
—Dicen que tuvieron otras asistentes. Que les hicieron el amor y después se
deshacían de ellas. Unas semanas después no se sabía nada de ellas —contó
mientras me veía fijamente. —No será mi caso. No dejaré que esto se vaya por
un barranco por la lujuria tan grande que sienten ustedes. Esta es mi carrera.
Amo lo que hago. No pondré en riesgo mis planes por algo de deseo. Además,
necesito este empleo para pagar mis cuentas —dijo, y no esperó respuesta.
Rápidamente giró y entró en la cocina de la casa. Cuando volteé, vi que se servía
vino y luego su silueta se perdía en el vestíbulo.
Nunca había querido tanto estar con alguien. Celeste era la chica que me
había puesto más caliente en toda mi vida. Repasé todas mis conquistas mientras
el deseo por ella me sacudía. Vi la ciudad bajo mi casa y mojé mi boca. El
anochecer empezaba a colmar el cielo. Los faros de las autopistas ya empezaban
a encenderse, y recordé cuánto valoraba nuestro padre el profesionalismo y sus
virtudes. Un hombre tan respetuoso y decente como él no permitiría que esto le
pasara. Jamás había tocado a alguna empleada. Pero lo que sentía por Celeste me
superaba.
Pero era la cena familiar y no había nada que pudiéramos hacer. Debíamos
mantener la distancia.
La cena estuvo lista. Todos nos sentamos a la mesa. Celeste, su madre y la
mía ya estaban sentadas una al lado de la otra. No paraban de reír con las
historias que se contaban. Algunos familiares alzaban sus copas, otros tomaban
sus vinos ya servidos y el resto reía y charlaba mientras comía. Quedé al otro
lado de la mesa, al lado de mi hermano y algunos primos. Mis ojos se mantenían
sobre la cara de Celeste. Roberto me veía y la veía a ella, buscando alguna pista
de deseo entre nosotros. Yo también lo vi. El deseo se transmitía en cada mirada,
pero a esa expresión la seguía el recato que mi mente me exigía. Cuando la
ocasión me lo permitiría, lo buscaría para reclamarle su osadía en la terraza.
Celeste caminaba para conocer a mi familia y conversar largamente con
todos. Hizo todo lo posible para no quedar a solas con nosotros. En un momento
comenzó a hablar con Génesis y su nuevo novio. Había resultado ser un chico
delgado y pelirrojo. Su rostro desbordaba malicia. O eso creí desde la distancia.
Él estaba a su lado y pasó su brazo por su cuello. Génesis se concentraba en las
frases que le decía Celeste. Ella parecía conversar con ella para olvidar el mal
rato que había vivido y Génesis quería continuar hablando con ella para olvidar
el dolor por la muerte de papá.
La casa vibraba con tanta energía positiva. Yo los saludé a todos con
apretones de manos y abrazos largos y calurosos. Me deseaban lo mejor para la
empresa y mi vida personal. Una hora después había miles de abrazos y lágrimas
de alegría. Ana recibió el beso que le di en su mejilla. Agradecí su grata
presencia, pero Celeste me veía desde la puerta sin decir nada.
Fui por otro trago antes de subir por la escalera. Me derrumbé en mi cama y
luego me levanté para ver la ciudad una vez más. —¿Qué carajo tratabas de
hacer? —le dije en voz alta cuando llegó a la habitación.
—Por Dios, solo la acaricié —me dijo. —No es nada si lo comparas con
nuestras largas noches de sexo. —En ese momento lo vi. Mis ojos vomitaban
odio.
—Sí, pero a Celeste hay que respetarla. ¿Olvidaste que ella lo dijo? Yo no, y
creo que hay que aceptar su decisión. Roberto, ella no es una puta —le recordé
con mucha lentitud.
—Lo sé, hermano. Por eso me porté bien, aunque nos ve con deseo. Quiero
meter mi lengua en su boca cuando me mira así —dijo mientras movía sus
manos frente a él. —Pero me contuve y besé su mejilla.
—Ese es el tema. Puedes buscar una chica para que le metas la lengua. Pero
no lo hagas con ella. Como dijo, su futuro está en juego —le dije. Él me vio
fijamente y caminó para ir a su cuarto. Mi voz firme indicaba que no quería oír
más de él. Mi cabeza cayó sobre mi almohada. Ya estaba muy cansado. Tomé lo
que quedaba de mi copa. Mi mente era un volcán de pensamientos.
Pensaba que solo Celeste me haría sentir feliz. Era la chica indicada para
relajarme por completo y curar todas mis heridas.
CAPÍTULO 23: Roberto

Fruncí mi ceño y dejé que el jugo que me tomaba refrescara mi garganta. El


fin de semana siguiente no teníamos que trabajar. Franco se veía alegre por
poder compartir con nuestros familiares, pero noté que estaba un tanto
preocupado. Esa sensación lo invadía aún más cuando escuchaba el nombre de
Celeste salir de la boca de mi madre o Génesis. Sabía que él pensaba mucho en
ella. Era consciente de que nuestro deseo era mutuo. Sin embargo, mi hermano
se negaba a dar un paso por su negativa a estar con nosotros. No podíamos
obligarla.
El sábado decidí caminar y pasear por la ciudad, sin mi hermano. Llegué a la
casa, cuando ya la noche había entrado. Él no había llegado y me sentí feliz.
Entendía que él también tenía que lidiar por el dolor por la pérdida de papá.
Todos lo extrañábamos. Quería que él pensara en otra cosa que no fuese Celeste.
Esperaba que él olvidara lo que había pasado con ella, pero yo no podía
olvidarla. Me miraba con deseo. Yo quería acabar con su virginidad. Franco
también tenía esa necesidad. Yo lo sabía. Pero él sabía cómo controlarse. A mí
me costaba muchísimo.
Luchábamos por despertar completamente y sentirnos relajados. Cuando
llegó la mañana del domingo desayunamos comida ligera con nuestra madre y
Génesis en una cafetería del sur. Vi que Franco había tenido una noche movida.
Estaba claro por sus enormes ojeras. Mamá también las notó. —Hijos, ¿pasa
algo?
Tomó un trago de café antes de hablar. —Nada. Me fui a un bar anoche.
Quería distraerme un poco, mamá —le dijo Franco mientras sonreía. —
Recuerdo que solíamos ir de fiesta todas las noches. Era un estilo de vida que
sentíamos que nos merecíamos —dijo, pero sospeché que no había salido para
ahogar su nostalgia. La mirada de mi madre me hacía pensar que ella creía lo
mismo que yo.
Otra chica fue mi cita durante la noche del domingo. Bebimos algunas copas
y luego nos fuimos a su casa. Antes de dormir, le hice el amor en todas las
posiciones posibles. Ninguna de las chicas que aparecían por mi vida tenía ni un
átomo de la belleza y personalidad pura de Celeste. Todas querían solo sexo
casual. Qué mierda.
Unas horas después fui a mi casa. Concilié el sueño rápidamente y a las siete
de la mañana estaba despierto y dispuesto para ir a la oficina. MI hermano y yo
tomamos café y nos subimos al auto. Él estaba un tanto molesto. No hacía falta
que dijera nada, pues la rabia era visible. Pensé en las órdenes pendientes y traté
de pensar en otros asuntos para no discutir con él. Había menos trabajo que
durante la semana previa y todos intentaban llevar las cosas con más calma.
Recordé lo feliz que me sentía cuando nuestra familia venía para las fiestas,
pero en ese momento esa alegría se había esfumado. La Navidad había pasado y
yo no me había dado cuenta. Mi hogar ya no era el mismo. Yo sabía la razón.
Génesis estaba tratando de sobrellevar la tristeza. Sus ojos melancólicos durante
la cena seguían martillando mi mente. Mamá también estaba llena de pesar.
Celeste era la otra persona en mis pensamientos. Pensaba en las mejillas
cálidas de su cara chocando con mis labios. Su cuerpo era bajo si lo comparaba
con la larga lista de chicas con las que me había acostado, pero la atracción que
sentía por su cuerpo era más grande que cualquiera que hubiera sentido.
Dejamos el auto en el estacionamiento y pasamos a la oficina. Había poco
personal en la empresa a esa hora. Llegamos a nuestra oficina y encendimos
todos los equipos y las luces. El sol empezaba a inundar la ciudad. Vi las fotos
de mi padre en las paredes. Esas vacaciones y esas Navidades nunca volverían.
Nuestro padre tampoco.
Revisamos nuestras bandejas de correos electrónicos y algunas
observaciones sobre unos modelos de autos que estaban a punto de salir al
mercado y necesitarían nuestras piezas. Inicié el sistema para ingresar las
órdenes. Una voz nos saludaba desde afuera. —Celeste, feliz día. Espero que
hayas pasado un excelente fin de semana. —Franco se mostró sorprendido al
verla. Ella respondió en voz baja y no pude oír nada. Encogió sus hombros y
encendió su computadora. Luego, hubo mucho silencio.
Ella estaba concentrada en su computadora. Lo mismo pasó el resto de la
semana. Nos hablaba con cordialidad, y recordé la tensión que había sentido
desde que la había conocido. Me sentí mal por haber sido tan atrevido con ella
durante la cena navideña. Volví a pasar a su lado y rocé su dedo. Me di cuenta de
que le gustaban mis movimientos osados. Noté el calor que se desprendía de su
cuerpo. Ella no era tan salvaje como Luisa o Amelia, pero igualmente me
gustaba. Tenía muchas expectativas. Sería la primera vez en mucho tiempo que
estaría con una virgen y no sabía si todo resultaría bien, pero ansiaba tenerla.
El fin de semana siguiente fue más largo, pues el lunes no trabajamos. Fui a
la casa de un amigo a una fiesta más, y me dejé seducir por varias chicas esa
noche. Tomé como si el mundo fuese a acabarse. Me acosté con ellas sin saber
sus nombres. Nada de eso me satisfacía ya. Mi vida había cambiado. A
mediodía, a pesar de que la resaca y el agotamiento me impedían incluso pensar,
llevé a mi madre a almorzar con Génesis, Celeste, Azucena y mi hermano. Si yo
me sentía mal, ella se sentía peor. Pero luchaba para ocultar esa tristeza. Y así
había sido durante nuestro almuerzo.
Ambos solían viajar a recibir el Año Nuevo en una ciudad diferente cada
año, pero ahora ella lo recibiría en casa. Nuestra hermana y su nuevo novio
estarían con ella, para ganarse su confianza y poder estar más tiempo juntos.
Ellas conversaron sobre lo que Génesis haría una vez que se graduara. Mi madre
también quería que algunas de sus amigas llegaran a casa para la próxima fiesta.
Celeste sonrió y comentó que mi hermana y mi madre le habían parecido muy
amistosas y cariñosas. Mi hermano y yo oímos y asentimos. Yo escuchaba sin
decir nada y mi mirada se sostenía sobre mi hermano. Tomaba una cerveza y
miraba a Franco. Mi madre sabía qué clase de mujeres solíamos buscar para
pasar el rato. Las trataba con educación, pero sabía que pronto dejarían de ir a
casa. Jamás nos diría que nos casáramos con una chica de la oficina. No le
parecía un ejemplo para el resto de los empleados. Si alguien conocía los
principios que nuestro padre había puesto en práctica durante su gestión, era
precisamente ella. Pensé qué podría pasar si se enteraba de lo que habíamos
hecho, y aún hacíamos, y traté de despejar mi mente. Habíamos sido alocados
durante toda nuestra adolescencia, pero llevar ese comportamiento al trabajo era
una situación extrema. Nuestro padre nos reprendería duramente.
Franco condujo el auto para llevarnos de vuelta a la mansión. Conversamos y
jugamos billar. Cuando se hicieron las seis, nos preparamos para cenar. Azucena
nos había preparado estofado. Empezaron a hablar y yo comencé a responder sus
preguntas. —¿Qué? Disculpa, mamá. Estaba un tanto distraído —le dije a mi
madre cuando dijo mi nombre con insistencia. Mi mente seguía dibujando el
cuerpo de Celeste y su sonrisa.
Me dijo que el miércoles siguiente podríamos repetir el almuerzo. Génesis
secundó la idea al saber que Celeste estaba de acuerdo con la comida. Habían
conversado tanto durante la cena de Nochebuena que ya sentían como amigas.
Incluso habían intercambiado números telefónicos y ya se habían enviado
algunos mensajes de texto. Entonces vi a mi hermano. Su cara revelaba una
incertidumbre tremenda. Él no quería hablar mucho conmigo, pues no había
olvidado que yo había besado a Celeste de una forma que le resultó poco
educada. Sin embargo, sugerí que todos debíamos ir. Pensé que su rabia podía
deberse al hecho de que había sido yo quien la había besado y no él. Pensé cómo
nos veríamos haciendo el amor en mi cama, y cerré mis ojos para calmarme. La
excitación que sentía era fuerte. En ese punto, ya era imposible negar la fuerte
atracción que los tres sentíamos.
Volvimos a nuestra casa. Decidí dormir pronto. Una película me ayudó a
conciliar el sueño. Franco estaba en la terraza. Lo supe por las luces encendidas.
Era el único que iba a la terraza a esa hora. Imaginé que quería lidiar con el tema
de Celeste. No habíamos hablado mucho precisamente por lo que había pasado
con ella. El televisor empezaba a apagarse y yo cerraba mis ojos lentamente.
Debíamos conversar, pero lo haría en otro momento.
Al día siguiente me desperté. Vi que Franco estaba en el auto y me apuré
para alcanzarlo. Estaba molesto. Y no lo ocultaba. El agotamiento estaba a punto
de derrumbarme. Tuve que correr detrás de él. Apenas noté que había café recién
preparado. Cuando llegué a la oficina, Franco se sentó y se concentró en su
celular. Me pareció que estaba inquieto. —¿Qué pasa? —le pregunté.
Me vio fijamente. —Tendremos la reunión mundial de fabricantes en un mes.
Al parecer la adelantaron. Van a hacerla en Francia, frente al mar —me contó
mientras leía la información. —Se me ocurre algo. ¿Por qué no invitamos a
Celeste? Seguramente será su primer viaje al extranjero y nuestros colegas
estarán felices de conocerla. —Lo vi sin inmutarme. Sabía que tenía otras
intenciones. Cerré mis ojos para relajarme. —Hermano, quiero que nos
acompañe. Aunque sería increíble si ocurriera otra cosa. Carajo, la deseo.
Tomé asiento y dejé mis manos en el escritorio. —Yo también la deseo. ¿De
verdad quieres hacerlo? —le pregunté.
—Sí, Quisiera que se calmara un poco. La veo muy cerrada y tímida —dijo
Franco en voz baja. Sabía que él tenía razón. Podríamos cubrir sus gastos y
reservar nuestras habitaciones. Escuchamos sus pasos. Mi hermano abrió la
puerta, la saludó y le pidió pasar.
Pasó y vi su falda azul que le llegaba hasta las rodillas y una blusa turquesa
que hacía juego con ella y resaltaba su cintura. Toda la ropa que usaba se veía
fenomenal. También se veía más alta con los tacones negros que llevaba. Su
silueta se veía muy provocativa. —Buenos días. ¿Necesitan algo? —nos
preguntó.
—Nos informaron que en un mes se llevará a cabo una conferencia mundial.
Nos invitaron y queremos ir… contigo. Las asistentes suelen acompañar a los
gerentes. Será en la costa francesa. ¿Irías con nosotros? —le preguntó Franco.
Celeste lucía impresionada. Se oía como todo un jefe.
—No puedo pagar algo así —dijo en voz muy baja. Mi hermano sonrió y
suspiró.
—Nuestra empresa puede costearlo. Pagaremos un paquete para conocer las
piscinas, la playa, los restaurantes y la costa. Además, el hotel en el que nos
alojaríamos incluye en su precio la comida y otros beneficios. Irás adonde
quieras. Estuvimos allí hace años. Es un lugar mágico. Solo tendrías que buscar
tu pasaporte y empacar tus cosas —dijo antes de sonreír.
Salió corriendo de la oficina para que no viéramos sus mejillas sonrojadas.
—Les agradezco. No sé qué más decir —dijo al salir. Mi hermano sonrió por su
reacción. Le envió en un correo electrónico información sobre el hotel en el que
nos hospedaríamos el sitio web del resort, El Salón de los Paisajes. Esperaba que
al ver las imágenes del hotel se maravillara y decidiera ir.
Cuando abrimos nuestro buzón de mensajes, notamos que había
vicepresidentes contándonos que querían asistir. Debíamos estimar la cantidad
de personas que irían. Ya nos habían informado que podríamos llevar una esposa
o familiar. Tenía ganas de invitar a nuestra madre, pero tuve miedo de que
sospechara por qué llevábamos realmente a Celeste. Decidí olvidar ese escenario
y me concentré en revisar los correos que llegaban de nuestros clientes en otros
países.
Una hora después me levanté para tomar algo de café. Al volver vi a Celeste
y me acerqué a ella. —Imagino que viste las fotos del hotel —le dije
suavemente. Ella siguió viendo su computadora con nerviosismo. Asintió con su
cabeza. Me deleité con la imagen de sus hombros frente a mí.
—Les agradezco. No sé qué más decir —dijo. —No vayas a negarte. La
pasarás fenomenal allí —le dije, y noté cómo humedecía sus labios. —Si decides
ir, avísanos con anticipación. Así podremos hacer la reserva en el hotel —le dije
antes de levantarme y ver sus ojos. —Y luego volveremos para que sigas en
nuestra oficina… adentro.
CAPÍTULO 24: Celeste

Quería ver las fotos del hotel una y otra vez. Volví a hacerlo cuando mis jefes
pasaron a su oficina. Me encantaba la belleza del lugar y el mar que se veía al
fondo. Mi curiosidad no se saciaba. Como no solía viajar, ese viaje a otro país
sería una aventura inédita. Además, no tendría que pagarlo. No sabía si Andrea
iría. Quería que ella fuese y me apoyara para no sentirme intimidada por Roberto
y Franco. Le escribí un mensaje de texto para preguntarle si acompañaría a su
jefe.
Sentí que la luz de la luna que se veía en una de las fotos me arropaba.
Escuché mi celular. Era Andrea. Me informaba que viajaría a salir con su novio
al día siguiente. Me contó que ella había ido a Francia y la había pasado muy
bien. Que fuese sin pensarlo. Entonces me vi a mí misma de nuevo entre Franco
y Roberto, cuando su cálido aliento encendió mi deseo. Habían sido solo unos
segundos, pero las caricias de su boca habían despertado fuertes oleadas de
deseo en mi interior. Un mar de deseo que reaparecía con esos pensamientos. Mi
único novio me había besado muchas veces, pero no me había provocado nada
parecido. Además, ahora lo sentía por dos hombres. Ese recuerdo me hizo sentir
más agitada. Aunque Franco no había pasado ni un solo dedo por mi piel, mi
pecho ya exigía su presencia. Fui a mi casa y tomé aire para calmarme.
Franco y Roberto me habían llevado a casa y supe que había notado mi
nerviosismo. Franco me dijo que sentía que le pasaba algo, pero que no sabía
qué era. En ese momento, no sabía si iría. Le respondí que no me pasaba nada en
absoluto.
Le dije a Franco que solo quería pensar en mi trabajo. Era la pura verdad. Sin
embargo, luchaba contra mí misma para retener el inmenso deseo que sentía. Sus
presencias me excitaban. Quería poner ya mi cuerpo bajo el de ellos. No sabía si
iría con ellos a Francia, pues me costaría controlarme. Ellos seguramente
buscarían una habitación adicional para mí, pero sabía que eso no sería
suficiente para atajar mis ganas. Habría un cálido ambiente lleno de estupendas
playas y clubes. Un escenario que a ellos les resultaría ideal para convencerme
de acostarme con ellos.
Me concentré en mis tareas y no respondí a sus chistes durante los días
siguientes. Su madre y Génesis llegaron a mitad de semana. Me asombré mucho
con sus presencias. Ella también se mostró asombrada, pues yo seguía tecleando
en lugar de prepararme para acompañarlos. No quería hablarle sobre lo que
pasaba entre nosotros. —¿Mis hijos no te invitaron a almorzar? —me preguntó
su madre. Llevé mis manos a la cabeza para que creyera que lo había olvidado
por el trabajo. Ellas pasaron a la oficina. Saludaron a Roberto y a Franco.
Apagaron los equipos y me preparé para acompañarlos. Debía actuar con
normalidad. Génesis estaba ahí, y recordé nuestras conversaciones durante la
cena de su familia. Yo la había consolado para que se sintiera mejor. Le dije que
sabía lo que sentía, pues yo también había perdido a mi padre cuando era joven.
Intercambiamos nuestros números telefónicos y charlamos con cierta frecuencia
como si fuésemos hermanas.
Ellos salieron y yo apagué mi computadora para ir al restaurante. Llegamos a
un lugar que vendía hamburguesas. Negarme a un almuerzo no estaba en mis
planes, no solo por formalidad sino porque ambos hermanos me atraían
muchísimo. Vimos las distintas hamburguesas y sus tamaños cuando tomamos
asientos. Alexandra hacía muchas preguntas respetuosas sobre mi madre. Le
conté que ella ya no estaba en la ciudad. Había vuelto a casa tras el día de Año
Nuevo, y que yo quería que se mudara para tenerla cerca y compartir con ella
con más frecuencia. Sospeché que la presencia de mi madre les había agradado.
Ella les había transmitido una paz que ellos necesitaban. Recordé las virtudes de
mi madre. Su cariño, su suave tono de voz y su forma gentil de relacionarse con
los demás.
Los hermanos estaban sentados a mis lados. Sus muslos apretaban los míos.
Aunque quise estar al lado de Génesis, ellos con sus movimientos me lo
impedían. Tomé un gran sorbo de té frío para intentar sofocar el calor que sus
cuerpos me producían. Le pedía a Dios que sirvieran mi comida lo antes posible.
Estar casi adherida a sus cuerpos estaba dejándome sin respiración. La
conversación transcurrió con el deseo de Roberto en sus ojos. Implacablemente
lanzaba miradas sugestivas sobre mí.
Franco habló sobre la reunión mundial, ante lo que Alexandra me contó que
la habían tratado como una gerente más, aunque era la esposa de uno de ellos.
Me dijo que no debía faltar por nada del mundo. Como ella sabía del negocio y
había colaborado bastante para preparar los resultados financieros, ella solía
acudir y aprender otros datos valiosos. Le gustaba el ambiente, y conocía el
hotel. No iba solo por la reunión. Noté que sus mejillas se ruborizaban y le
faltaba algo de aire cuando empezó a hablar de las instalaciones. Me pareció que
la había pasado muy bien allí, no solo por la conferencia. La comida llegó y
respiré aliviada. Mis piernas se agitaban. En algún momento sentí un dedo sobre
mis muslos. Era Roberto quien me tocaba. Tensé mis músculos y sentí su dedo
subiendo por mi cadera.
Tragué grueso y decidí salir de forma educada cuando nuestro almuerzo
terminó. Génesis no paraba de contar historias sobre su novio mientras
volvíamos a la oficina. Andrés no era del agrado de mis jefes, pero hasta ahora
se había ganado el corazón de la chica. Pero como eran tan jóvenes e inmaduros
aún, lo más seguro era que la relación fuese corta. Sin embargo, ella estaría
agradecida toda la vida de que él continuara a su lado para ayudarla a recorrer el
duro camino que le había tocado por la muerte de su padre.
El noviazgo de Andrés y Génesis me hizo recordar a mi primer y único
novio. Ni siquiera hicimos hecho el amor, porque fue un romance pasajero. Tras
nuestra ruptura, decidí quedarme sola hasta que encontrara un chico con el que
me sintiera tan cómoda como para entregarle mi inocencia. Seguía siendo virgen
a mis veintidós años. Y sentía unas ganas irrefrenables de acostarme con dos
hombres. Dos hombres que eran gemelos… y mis jefes.
Ellas salieron de la oficina y reinicié mis actividades. Dijeron que pronto
tendríamos otro almuerzo como ese. Decidí permanecer en mi escritorio, aunque
mi mirada inquieta se dirigió hacia la puerta y mi mente recordaba la mano ávida
de Roberto sobre mi muslo. Esa emoción me encantaba. Un gesto que me había
parecido violento y seductor. Entonces me levanté y toqué su puerta. Una voz
masculina atendió mi llamado. —Celeste, ¿qué pasa? —me preguntó Roberto.
Sus ojos estaban abiertos y hambrientos.
—¿Por qué hiciste eso en el restaurante? —le pregunté con firmeza.
Vio a Franco con una sonrisa en su boca. —Veo que te gustó —me dijo.
—¿Qué hiciste ahora? —le preguntó Franco. Era evidente que no estaba al
tanto de lo que había pasado.
—Tocó mi muslo durante el almuerzo. Fui clara contigo, Franco. No quiero
hacer esto. Este tipo de cosas no me gustan. Solo quiero trabajar y demostrar mis
talentos, ganar dinero en vez de dejarme llevar por ustedes —le dije con tono
vacilante. Mis ojos luego pasaron a la cara de Roberto. —No puedo hacer algo
así. Ustedes me agradan. Por esa razón no quiero pasar los límites.
—¿Irás a la reunión en Francia? —me preguntó Franco. Me asombró su
pregunta después de mis palabras. —Has dicho que quieres trabajar. Esa será una
gran oportunidad para aprender cosas que luego pondrás en práctica aquí.
Además, es un lugar mágico. Te encantará ver el mar desde el hotel. Estarás sola
en tu dormitorio. Y no tendrás que preocuparte por nosotros. Jamás te haríamos
daño ni te obligaríamos a hacer nada que no quieras. Eso no va a suceder —dijo
mientras veía a su hermano con firmeza. Sus presencias eran tan poderosas que
sentí un fuerte magnetismo atrayéndome hacia ellos. Franco tampoco era tan
opuesto a Roberto. Había un lado salvaje que él no mostraba con facilidad, pero
que yo quería ver. Sentí más ganas de llegar a esa parte de su naturaleza cuando
ambos nos vimos y sentimos ondas de placer atravesando nuestros cuerpos.
—De acuerdo. Iré —dije sin pensar. Asentí con mi cabeza y volteé. Me
concentré de nuevo en la pantalla de mi computadora. ¿Realmente había pasado
eso?, me pregunté. Roberto y su osadía alienaban mis sentidos, pero Franco y su
firmeza me dejaban sin aliento. La conjunción de ambas personalidades robaba
mis palabras. Quería quitarme la ropa y volver a su oficina. Ya había recreado en
mi mente cómo sería hacer el amor con ellos y cada vez el anhelo por sus penes
era más poderoso. Inhalé y exhalé fuertemente varias veces.
Para aprender más y saber detalles del negocio que me permitirían crecer en
mi carrera, decidí acompañarlos a Francia. Sería mi primera vez fuera de mi
país, y podría poner en práctica ese aprendizaje incluso si ellos me despedían. El
lugar lucía espléndido. Ya me veía bronceándome bajo el sol francés. Pero la
imagen que más se repetía en mi mente era la de mis jefes a mi lado. Luché para
no pensar en ellos. Pensé en buscar algún hombre y tener sexo casual con él para
no pensar más en ellos. Seguramente algún europeo estaría dispuesto a
complacerme y sacar mis pensamientos alocados de mi mente.
Recordaba a cada instante la mano de Roberto acariciando mi pierna y
levantando mi falda. El calor había inundado mi vagina y se propagaba por mi
cuerpo. Todo lo que hacía en el escritorio no bastaba para pensar en otra cosa
que no fuesen ellos. El deseo se propagaba por mis caderas y mis senos. Había
sentido tanto placer que ya no quería apagar esas intensas llamas. Decidí ir al
baño y tomar aire. Sabía que cualquiera podría tocar la puerta e interrumpir mi
calma. Fui al baño privado, que estaba muy cerca de mis jefes. Tendría más
tiempo para mí, pero estaría a solo unos centímetros del par de hombres que me
humedecían y me dejaban sin aliento. Me sentí excitada y no pude más. Pensé en
ellos mientras entraba al baño y pensaba lo que haría ahí. Mis dedos bajaron a mi
clítoris. Vi a mi alrededor. Levanté mi falda y me dije que nadie me vería. Debía
concentrarme en darme placer y olvidar que el resto de la gente existía. Solo así
sacaría el calor de mi piel.
Los gemidos se apretujaban en mi boca. Mis dedos habían entrado
presurosos en mi ropa interior. Estaba palpando mi vagina sin contemplación
para sofocar el fuego de mi cuerpo. Unos segundos después acabé. Apreté mi
boca mientras mi mano palpaba violentamente mi vagina. Me senté en una silla.
Oí cómo alguien caminaba cerca, pero yo quería seguir ahí, sacando todo de mi
ser y recobrando el aliento.
Traté de mostrarme como si nada hubiera pasado. Mi vagina aún palpitaba.
Fui a mi escritorio, entre vaivenes orgásmicos y respiraciones entrecortadas. Mis
dedos buscaban aventurarse otra vez entre mis profundidades y mi sudor me
delataba, pero quería que mi rostro no mostrara otro rasgo de excitación. Él me
vio durante largo rato. Noté cómo la pasión se apoderaba de él. Tenía una fuerte
necesidad de mí. —Luces como si hubieras acabado —dijo, y luego vio mi
escritorio, como si quisiera comprobar que nuestros cuerpos cabían sobre él.
Sentí que mi orgasmo no había logrado saciar mi deseo. Pensé llevar mi silla
hacia atrás y ponerlo bajo mis piernas para que se comiera mi vagina. Me
recriminé por ese pensamiento tan salvaje. Lo vi sin decir una sola palabra. —En
un mes estarás sola en un dormitorio en Francia, pero quisiera acompañarte antes
para escuchar tus gritos mientras acabas.
Dijo esas frases y luego me mostró una sonrisa malévola. Fue a buscar café y
me quedé pensando en soledad. Me esforcé para contener mis gemidos y busqué
una pequeña toalla para asear mi mano. Después fui al otro baño y lavé ambas
manos antes de maquillarme. Observé mi maquillaje, pero el rojo de mi cara,
especialmente mis mejillas, era lo que más me inquietaba. Estaba contenta. Por
fin sabía lo que era venirme y estaba dispuesta a estar con un hombre. Sonreí con
ese pensamiento. Luego vi cómo mi falda estaba ligeramente doblada justo en el
punto en el que me había tocado.
Miles de hombres podrían acostarse conmigo. Muchos en El Bosque estarían
dispuestos. Algunos me habían llamado la atención, pero ninguno me había
hechizado totalmente.
Regresé a mi escritorio, obligándome a trabajar y dejando que el
pensamiento sobre el baño se escabullera. Los hermanos estaban muy presentes
en mis fantasías. Incluso era más frecuente que su hermano y me había hecho
acabar más veces. Roberto había llegado sin que me diera cuenta y no podía
pensar en lo que habría pasado si me hubiera descubierto tocándome. ¿Le habría
contado a su hermano? ¿Qué pensaría Franco sobre mí?
Era el primer día de un mes que sería largo, de continuar como había
empezado. Pero para no pensar en ellos almorzaba con Andrea, charlaba con mi
madre, dormía temprano y me concentraba en las labores del trabajo. Incluso
busqué a mis viejos compañeros de trabajo para compartir algunos ratos con
ellos y relajarme. Me convencí de olvidar a esos gemelos que no me dejaban en
paz.
Decidí ordenar algunos juguetes sexuales esa misma noche. Ordené las cosas
por internet y las pagué con mi tarjeta de crédito. Mis antiguas compañeras me
habían dado referencias sobre ellos. Aunque me había masturbado cada cierto
tiempo, mi orgasmo me había hecho convencerme de que tenía que venirme con
más frecuencia para sentirme plenamente satisfecha. Tomé aire mientras ponía
mi cabeza en la almohada. Quizás esa sería la solución y no tendría que
inquietarme durante el viaje.
CAPÍTULO 25: Franco

Roberto me había contado que la había visto justo después de acabar en el


baño. Pensé que me hubiera gustado estar ahí y empapar mi boca con sus jugos.
Había sido increíble presenciar el momento. Vi a mi hermano fijamente y me
sentí molesto al recordar que él también la deseaba. Y sabía que ella estaba feliz
con ambas personalidades. Estaba encantada con mi tono educado y los
coqueteos descarados de mi hermano. Era una linda chica del campo que nos
ayudaba en la oficina, pero yo no dejaba de pensar en su cuerpo desnudo bajo mi
abdomen, o de espaldas, mientras la azotaba e imploraba que siguiera cogiéndola
y la llenara de mi semen. Mi mente pasó por otras escenas. Vi a Celeste
haciéndole sexo oral a mi hermano. Tuve una erección mientras la imaginaba
chupando sus bolas, como ya habían hecho otras chicas muchas veces.
Decidí llamar a una chica para que tomáramos unos tragos y olvidar a
Celeste. Salí a las seis en punto, aunque había mucho trabajo pendiente. Roberto
también quería salir y relajarse un poco, pero saldría más tarde, así que me fui
por mi cuenta. Decidí tomar un taxi. El nerviosismo se apoderaba de mí. Me
forzaba a pensar en cualquier cosa que no fuese Celeste. Me decía que no debía
hacerle el amor, aunque lo quisiera más que nada en el mundo. Habría muchas
chicas con ganas de desnudarse para mí y dejar que las cogiera como quisiera.
Como Ingrid, por ejemplo, que había compartido unos tragos conmigo hacía
unas semanas. Era una esbelta morena con muchas ganas de tirar. Sus grandes
tetas me encantaban. Saldría con ella esa noche. Tenía que hacerlo a como diera
lugar. Era necesario para mí, pues debía olvidar a Celeste y sacarla totalmente de
mi ser. Quería hacerlo después de lo que me había contado Roberto. Tomé aire
mientras intentaba tomar un taxi en la calle cercana.
Finalmente subí a uno y le dije al conductor que me llevara a casa de Ingrid,
explicándole cómo llegar. Ella era rica. Su casa estaba en una zona privilegiada
de nuestra ciudad. Había pasado su adolescencia en Europa y practicaba
equitación. Si bien la relación que tenía con sus padres no era la ideal ni la más
estrecha, no me importaba. Yo quería tener relaciones cuanto antes. Y ella quería
acostarse conmigo.
Le pagué al taxista y le dije que se quedara con el cambio. Llegué a la casa
de Ingrid y abrió la puerta cuando la llamé. Tenía una falda corta ceñida a su
cuerpo y una camiseta corta. —Oh… creí que llegarías más tarde —me dijo con
su voz apagada. La besé con furia y halé su cuello. Tomé sus brazos y cerré la
puerta de un fuerte golpe. Llevó sus manos calientes a mi cuello. Entonces la
puse entre mi cuerpo y una pared. Sus gemidos quedaban atrapados en mi boca.
Llevó sus muslos a mi cintura y continuó recibiendo mis besos fogosos con
pasión. Su estatura era pequeña, y añoraba estar con una chica que fuese más
voluptuosa, o inocente como Celeste, pero nada de eso sería problema. Seguí
besándola y acariciándola. Unos minutos después la cargué para llevarla a su
cuarto. Toqué sus nalgas antes de llegar. Ya sabía dónde estaba su dormitorio
pues había estado ahí. Me alegré al recordar que no sería necesario subir
escaleras. Estaba ardiendo de deseo. —También me alegra verte, Franco —dijo.
Rápidamente fuimos a su cama y volvimos a besarnos. Se frotó con mi
cuerpo y descubrió el tamaño de mi potente erección. Puse mis dedos en su
cintura para quitarle su camiseta. Ingrid se deshizo lentamente de su falda y
ágilmente bajó la cremallera de mis pantalones. Pasé con mi boca por sus
mejillas, su boca y su dulce cuello moreno. Ingrid se excitaba con mis besos y
mis mordidas presurosas, por lo que recorría toda su piel para calentarla y
excitarme yo también con sus alaridos apasionados. Sus manos acariciaban mi
cabello. Pasé por su abdomen y llegué a su entrepierna, dejando que mi lengua
corriera entre sus pliegues. Descubrí sus jugos y supe que ya estaba ansiosa por
mi penetración. Mi lengua sedienta y veloz hizo que acabara. Haló mis cabellos
mientras repetía una y otra vez mi nombre entre ondas furiosas de pasión.
Entonces hurgué para buscar un condón. Lo puse en mi pene antes de levantar
rápidamente sus pies, que quedaron sobre mis hombros. La penetré con fuerza y
ella retorcía su cuerpo. Sus pezones estaban erectos y su garganta no dejaba de
lanzar gritos de placer. Le di una dosis de mi poder y después de empujar varias
veces dentro de su ser, le ordené que girara, para que quedara de espaldas.
Introduje mi pene en su trasero y vi cómo apretaba sus puños. Ya sabía que a ella
le gustaba que la cogiera con fuerza. Mi imaginación se corrompía con la imagen
de Celeste. Pensaba que era ella a quien estaba penetrando. Cerré mis ojos y dejé
que su mirada azul me calentara. La tensión de mi cuerpo anticipó mi orgasmo.
La cara de mi asistente seguía dibujada en mi cerebro mientras me vaciaba.
Balanceó sus nalgas para ordeñar mi pene. Esbozó una sonrisa y respiró con
dificultad. Se acostó y cerró los ojos. —Llegaste a mi casa y ni siquiera me
saludaste. Ahora te vienes en mi culo. ¿Qué te sucede? —me preguntó.
—Nada. Quería sentirte bajo mi poder —le dije. Sonrió al escucharla y me
vio con picardía. Era una de sus frases favoritas.
—Aún no estás acostumbrado a mi cuerpo. Por lo poco que sé de tu hermano
y tú, no suelen pasar mucho tiempo con la misma mujer —dijo con sorna. No
hablaba como si estuviera enamorada ni mucho menos. Ella sabía exactamente
para qué la buscaba, y actuaba de acuerdo a lo que le pedía. Me gustaba esa parte
de su personalidad. Yo también sabía cómo obedecer las órdenes que me daba
para sentir placer.
Llevé mis pies al piso y fui hacia su baño. —Tienes razón. No busco una
relación porque la empresa consume todo mi tiempo, al igual que mi hermano —
le dije mientras me incorporaba. Tomé mi preservativo y lo enrollé para
desecharlo. Luego busqué agua en la cocina para refrescarme. Había hablado de
que trabajaba mucho, pero no lo había recordado que el era el presidente de PAL.
Ingrid no había trabajado nunca en su vida. Decía que estudiaba, o al menos
aparentaba hacerlo, para que sus padres continuaran pagando sus estudios y
manteniéndolos. Pero casi todo ese dinero lo usaban chicas como Ingrid para
comprar tragos en los bares. Bebí un gran sorbo de mi agua y luego se la di.
También tomó agua y repasé sus lindos senos, cubiertos levemente por su larga y
negra cabellera.
Encogió sus hombros. —Oh, sí. ¿Qué tal te va en la oficina? —me preguntó.
—Los empleados nos han ayudado mucho. Los números son excelentes y
tenemos muchas órdenes para fabricar millones de piezas. Además, todos
nuestros empleados son excelentes. Hasta ahora vamos muy bien —le dije,
evitando hablar sobre mi familia y su relación con nuestros trabajadores. Sabía
que su familia probablemente había compartido con mi madre o mi hermana en
algún evento y que tal vez habían ido al servicio funerario de mi padre, pero no
quería referirme al tema en ese momento. Tampoco era el lugar adecuado. —¿Y
la universidad?
Sus ojos se abrieron de par en par. —Ah, eso… Bueno, mi padre quiere que
vaya a la facultad de Derecho, pero sé que tantos libros me aturdirían. Prefiero
continuar mi carrera —dijo como si el mundo estuviera acabándose. Ella no
sabía lo que era un empleo y solo tenía que estudiar. Pensé que no podía ser tan
complicado elegir una carrera, quedarse dentro de ella y obtener un título. Yo no
había asistido a la universidad, pero sabía que no podía ser algo imposible.
Había deberes y en el medio fiestas y alcohol. Mucho alcohol. O al menos era lo
que me contaban mis amigos. Era lo que me narraban cuando nuestro padre
empezó a tratar de persuadirnos para que estudiáramos allí.
La charla terminó y volvimos a hacer el amor. Una vez. Y luego otra. Azoté
su culo. La cogí por detrás de nuevo. Chupé sus tetas. Lamí su clítoris. Su
garganta mencionó mi nombre decenas de veces. Carajo. Era una chica muy
dispuesta, por lo que quise tenerla una vez más antes de quedarme dormido por
el cansancio. Sabía que tenía una oficina que atender y mi familia estaba en casa,
necesitando mi apoyo. Sería difícil volver a estar con ella. Solo una manta cubría
su cuerpo. Se levantó de la cama y tomó mi mano para llevarme hasta su puerta.
Lamió mi cuello y me pidió contactarla cuando sintiera ganas. Roberto me envió
un mensaje de texto, preguntándome si quería que me recogiera. La chica con la
que se había acostado vivía a solo unas cuadras de allí. Le respondí que sí y me
senté a ver las luces de la ciudad y los pocos transeúntes mientras él pasaba por
mí. Pocos se atrevían a salir a esa hora por el frío típico de la época. Mi hermano
llegó. Abrí la puerta del copiloto y me senté. —Supongo que te acostaste con la
chica del campo que trabaja para nosotros —me dijo con ironía. Lo vi fijamente.
—Mierda. Me tomará mucho tiempo convencerla. Quizás eso nunca suceda.
Me encantaría cogerla, pero no puedo por ahora. Tal vez logre olvidarla antes de
ver cómo nada en traje de baño en el hotel francés en el que nos quedaremos. —
Suspiré profundamente. —Y no servirá verla, porque no podré chupar esas tetas
ricas que tiene.
—No tienes que preocuparte. Imagino que habrá muchas chicas francesas
revoloteando por ahí. ¿Recuerdas cómo papá nos contaba que se volvían locas
por los hombres solteros? Tendremos una semana para saber si esas historias
eran ciertas, Franco —me dijo. Recliné mi cabeza y vacié mi cabeza de
pensamientos.
—Ojalá lo sean —le dije en voz muy baja. Apenas me quedaba tiempo para
dormir. Llegamos a la casa y subí con prisa a mi cuarto. Me puse ropa ligera y
me dormí rápidamente. Tanto sexo me había agotado. Pero cuando estaba
dormido profundamente, la alarma de mi celular me arrancó de la cama. Me
estremecí al recordar los pedidos que llegarían durante el día y la asistente de
lindas piernas que rechazaba nuestra invitación a tener una noche apasionada.
Quería seguir en mi cuarto toda la cama, pero no podía.
Roberto encendió el auto y fuimos a la oficina. Me preparé para salir. Hizo
café fuerte. Miró su celular. —Carajo. Si siguen así, quedarán eliminados a
mitad de temporada —dijo al ver que su equipo favorito había perdido la noche
anterior.
—Creo que podríamos ir a un juego pronto. Recuerda que el equipo nos
regaló entradas para todos. —Roberto se había vuelto fanático porque dos
amigos suyos le conseguían buenos asientos, si bien nos obsequiaban entradas
desde que nuestro padre era el presidente de la compañía. Él siempre se negaba a
ir, porque decía que lo distraía del trabajo y quería cenar en familia. Si bien nos
había llevado a algunos juegos porque lo habíamos convencido.
—Sí, si no terminan de caer al foso de la tabla de clasificación —gruñó antes
de estacionar. Nos dirigimos al ascensor y sentí un pinchazo de Roberto en mi
brazo. —Carajo —me dijo. Veíamos a Celeste con nuestros ojos bien abiertos.
Sus nalgas lucían perfectas. Tenía unos pantalones de cuerpo muy apretados.
Una blusa blanca casi transparente delineaba sus senos encerrados entre su
sostén. Caminé con lentitud y traté de calmar mi respiración vacilante. Escuché
que saludaba a sus compañeras Había un sujeto entre ella. Vi cómo sonreía al ver
su cuerpo y me contuve para no acercarme a él.
Celeste lucía radiante y me hechizaba con su caminar, pero no quería decirle
nada para no hacerla sentir más nerviosa de lo que ya estaba. Conversaba con
nosotros sobre asuntos laborales, pero no decía nada más ni sonreía. ¿Por qué
actuaba de ese modo si ni siquiera la habíamos besado? Vi que el hotel nos
informaba en un correo electrónico que habían reservado nuestros dormitorios y
que la aerolínea confirmaba nuestro vuelo. Reenvié la información a su correo
electrónico. Quería decirle que comprara los trajes de baño más sensuales que
consiguiera, pero desistí de la idea. Ella quería ser estrictamente profesional. No
quería ceder. Cuando lo recordé, me dije a mí mismo que iría al infierno, si fuese
necesario, para acostarme con Ingrid o cualquier otra chica para olvidar a mi
asistente.
Mamá y Génesis nos esperaban para cenar cuando terminamos de trabajar y
volvimos a casa. Celeste había terminado sus labores y había salido del edificio
antes de que nosotros nos marcháramos. No quería que la viéramos tomar su
autobús, un hábito al que yo estaba acostumbrado y me gustaba. La hacía sentir
más cómoda. Tras terminar mi deliciosa cena, le escribí mensajes atrevidos a
Ingrid. Me vine con la lujuriosa charla y las fotos candentes que me envió. Me
sentí como un adolescente necesitado, pero el orgasmo me había ayudado a
aliviarme. Busqué una toalla para asearme.
Las agujas del reloj parecían haberse detenido. Las secretarias hablaban
efusivamente sobre el viaje a Francia. La mayoría de ellas acompañaría a sus
jefes. Querían impregnarse de la magia del lugar. Muchas tenían el sueño de
conocer un país que solo habían visto en fotos. Sabían que la mitad del tiempo
estaría dedicado al trabajo y la otra mitad a la diversión. Ninguno de nuestros
vicepresidentes faltaría a la reunión. Sus asistentes se alojarían en el mismo
hotel, lo que me parecía interesante. Sin embargo, solo me importaba estar en el
mismo lugar en el que estaba Celeste. Con el paso de los días, se mostraba más
abierta y amistosa. Había decidido empezar a trabajar dentro de la oficina
cuando ya nos habíamos ido a casa. Tenía dudas sobre el viaje. Le dije con
sinceridad que muchas veces los itinerarios dejaban espacio para la locura y
muchos lo aprovechaban. Me costaba creer que se atrevería a hacer cosas muy
atrevidas en la cama, pero me gustaba ver cómo los comentarios sobre el sexo la
ruborizaban. Vi sus mejillas encendidas y me sentí feliz.
El viernes nos despedimos temprano. Restaba poco tiempo para el viaje y
debíamos prepararnos. Decidí empacar solo trajes de trabajo y alguna ropa
casual para el vuelo y el tiempo libre en Francia. Noté que mis músculos estaban
calmados por la cercanía del vuelo. Podría relajarme con ese viaje que haríamos,
si bien sabía que mi hermano y yo no nos permitiríamos actuar de forma
desenfrenada, como hacíamos antes de ser los líderes de la empresa de nuestro
padre.
CAPÍTULO 26: Celeste

El día siguiente sería el día esperado. Estaría volando rumbo a un


maravilloso hotel al otro lado del planeta. Mis cosas estaban frente a mí, en la
cama de mi cuarto, esperando que las organizara en mi maleta. Había trajes de
baño amarillos, sombreros, ropa casual y, por supuesto, tres vestidos elegantes
para las reuniones que requirieran atuendos adecuados. También llevaba cinco
pares de zapatos, de variados colores, pulseras, collares y otros accesorios.
Organicé todo y me preparé un té de hierbas. En mi mente repasaba si había
guardado todo lo necesario. Solo faltaba que pasaran a buscarme. Nuestra
relación en los días más recientes estaba limitada a lo laboral. Había tratado de
mostrar que podía lidiar con eso. Sentí que eso me permitía concentrarme en mis
labores. Había emprendido otra búsqueda en internet y sabía que pasaban sus
noches con chicas pervertidas. Yo también tenía nuevos amigos, a los que
incluso les había puesto nombres divertidos, que me hacían cosas muy divertidas
todas las noches y me hacían olvidar a mis jefes. Sonreí con el recuerdo. Pensé
que podría llevar a alguno de mis juguetes a Francia, pero los policías revisarían
mi equipaje y me detendrían en el aeropuerto. Me moriría de la pena al ver las
caras de mis colegas, que volarían en el mismo avión. Ya habría tiempo en
Francia para solucionar ese asunto. Además, otros chicos que trabajaban
conmigo habían sido muy amistosos y cálidos conmigo. El primero en mi lista
era un sensual y gentil moreno llamado Nicolás, un sujeto atractivo como pocos,
pero que aun así no llegaba a ser tan hermoso como mis jefes. No quería
acostarme con él porque no lograba verlo de ese modo. ¿Qué ropa usarían
Franco y Roberto durante nuestro viaje?, me pregunté en ese momento.
También pensé que cuando me acostara con alguien, lo haría con una persona
que no volvería a ver. Ni una sola vez más.
La última experiencia interesante que había tenido había sido mudarme a El
Bosque. Era el momento de soltar mis ataduras. Imaginé cómo sería el lugar
cuando abrí la puerta y dejé mi maleta al lado. Había incluido unos pantalones
negros y una corta camisa rosa y blanca para usarlas cuando llegara al hotel. El
pronóstico del tiempo indicaba que sería un día caluroso, por lo que mi plan era
llevar una blusa con mangas largas antes de subir al avión. Me vestí y busqué un
libro que quería leer hacía un tiempo para distraerme. Sabía que el trabajo era la
razón de mi viaje, pero también era consciente de que habría tiempo para pasarla
bien. Una hermosa tienda estaba al frente del hotel, así como algunas piscinas,
restaurantes y clubes.
Tomé aire y recordé que mi amiguito estaba en mi gaveta. Tal vez él podría
regalarme un buen rato antes del viaje. Sonreí al pensarlo. Hice mi libro a un
lado y busqué mi juguete. Lo encendí mientras mi mente se llenaba con fantasías
sobre Franco y Roberto. Cuando acabé, lo dejé de vuelta en la gaveta. Tomé un
sorbo de mi bebida. Luego cerré mis ojos mientras recuperaba mi aliento. Si un
juguete sexual podía darme tanto placer, ¿cómo sería acabar encima del pene de
un hombre?, pensé.
Me sentí contenta al recordar que no tenía mascotas y no tendrían que
quedarse solas mientras yo iba de viaje. Puse mis pies en el piso para ir al baño a
tomar una ducha. Salí, sequé mi cuerpo y empecé a vestirme y maquillarme para
tomar el avión. Decidí tomar algo de café fuerte para sentirme despierta.
Recordé que había olvidado algunas cosas, como mi lápiz labial, y lo guardé en
mi bolsa de mano. Un taxi contratado por la empresa pasaría por mí. Revisé mi
casa para chequear que todo estuviera en orden y no dejaba nada encendido.
Todos tomaban tranquilas siestas. El vuelo fue bastante largo, pero estaba
encantada de hacerlo. Apenas sentí que estaba en un avión. Pude dormir cuando
faltaba menos para llegar a nuestro destino. Estábamos en una clase distinta, o
quizás en un avión diferente, al de Franco y Roberto. Quizás tenían su avión.
Eso no me importaba en ese momento. De todos modos, el avión en el que iba
me encantaba. Veía las nubes sobre el océano y ya me imaginaba las olas del mar
bañando mi espalda.
Comprobé en mi celular que eran las ocho de la noche, hora de Francia,
cuando llegamos. Estaba finalmente sintiéndome agotada por el viaje, aunque
tenía algo de energía. Nos fuimos en grupos al hotel, en inmensos taxis, y
llegamos a la recepción. Nos registramos. Ya toda la directiva de PAL estaba ahí.
Fuimos al bar del hotel.
Subí por el ascensor a mi dormitorio, en el sexto piso del hotel. Mi
mandíbula llegó a mi cuello. Era tan grande como una cancha de tenis. Había
decoraciones de estilo griego en las paredes y una cama gigantesca con sábanas
blancas de seda. Las ventanas y un amplio balcón estaban detrás de esa inmensa
cama. Desempaqué mis cosas y abrí las ventanas de par en par para oír el mar y
refugiarme en las brisas del mar. A través de esas ventanas el hotel me regalaba
un panorama del océano celeste y la playa en la que terminaba, y en la que ya
quería nadar. Revisé mi ropa y la dejé en el armario y cada cinco minutos veía el
mar frente a mí. Cuando saqué todo, fui a darme una larga ducha y vi cómo el
majestuoso espacio posaba ante mí. —Creo que gastaron bastante dinero aquí —
dije mientras extendía una toalla. Había un jacuzzi que semejaba una gárgola y
una ducha con puertas transparentes.
Tomé mi ducha y salí. Luego de secarme, me apliqué más maquillaje. Quería
evitar que mi cara mostrara que había pasado todo el día en un vuelo
trasatlántico. Dejé mi cabello sobre mis hombros y pinté mis labios de un rojo
intenso. Busqué un ligero vestido rojo que cubría mis muslos. Lo acompañé con
unos tacones altos. Me vi en el espejo antes de salir y puse mi bolso sobre mi
hombro, con las llaves de mi dormitorio dentro de él. Caminé hacia el bar
después de tomar el ascensor. Entré y me abrí paso entre la multitud, tratando de
encontrar a alguna persona que me resultara conocida. Mis amistades estaban en
la esquina derecha. Los saludé. Nicolás me ofreció un trago y acepté con gusto.
El ambiente era cálido. Caminamos a paso lento y saludamos a los jefes de otras
empresas que también estarían presentes en la conferencia. Había muchas risas y
alegría.
Roberto y Franco llegaron. Mis ojos no dejaban de verlos. Lucían vaqueros
azules cortos. También usaban camisas negras muy informales. Sentí que mi
pecho se aceleraba. Tomaban algunos tragos y supuse que era vodka.
Conversaban con algunos de los presidentes de otras empresas. Decenas de
mujeres estaban cerca de ellos, pero los gemelos no se dejaban impresionar. De
hecho, no notaban sus presencias. Se concentraban en sus charlas y los noticieros
deportivos que mostraban los grandes televisores. Pasaron varios minutos. Yo
dirigía mi atención a mi grupo de amigos, pero me costaba sobremanera. Todos
eran simpáticos, pero mi mirada no paraba de posarse sobre Franco y Roberto.
Nicolás se percató de mi nerviosismo y me invitó a dar un paseo por la playa.
Acepté y me despojé de mis zapatos para sentir la arena con los dedos de mis
pies. La brisa, la arena, las olas, todo me agradaba. Nicolás estaba a mi lado y
sentía mi gratitud por su idea. Quería volver a horas más tempranas para
bañarme si la conferencia me lo permitía. —Qué hermoso lugar —dije en voz
baja mientras él se maravillaba con mi reacción.
—Supongo que es la primera vez que vienes a esta playa —intuyó Nicolás.
Asentí y vi su cara. Le hice la misma pregunta. Me confesó que solía ir a las
playas durante sus vacaciones y le gustaba surfear en ellas mientras encogía sus
hombros. Lo escuchaba con asombro, pero actuaba naturalmente. Era rico. Lo
sabía por su ropa y sus historias. Si bien no era tan adinerado como mis jefes, ni
tan sensual como ellos, me gustaba mucho su espíritu libre y playero.
Continuamos recorriendo la orilla de la playa. Al cabo de un rato regresamos a
El Salón de los Paisajes. Tomó mi mano y empecé a sudar. —Celeste, debo ser
sincero contigo. Me parece que eres una linda mujer. Quiero quedarme contigo
unos días en este hotel, si aceptas. —Moví mi cabeza y contuve mi aliento.
—Nicolás, para mí, eres solo un colega y no puedo tener citas con
compañeros de trabajo. Es una regla para mí. No creo que pueda hacer algo así
contigo. —Lo vi como si quisiera mostrarle mi tristeza. —Imagino que eres tan
consciente como yo de que esas relaciones nunca terminan bien —dije mientras
encogía mis hombros y levantaba mis cejas.
—Podríamos ser la excepción. Además, es tu regla, pero no es ilegal. Estoy
seguro de que la pasaríamos muy bien. —Vi que estábamos cerca del hotel. Haló
mi cuerpo y anticipé con miedo lo que pasaría. El nerviosismo se apoderaba de
mi ser mientras él seguía atrayéndome hacia su cuerpo. Vi que una pareja
caminaba a la distancia, pero sus caras no se distinguían. Él me parecía buena
persona, pero temía que descubriera que nunca había estado con un hombre. —
Acércate para que lo compruebes —dijo al rodearme con sus brazos.
—Nicolás, eres atractivo, pero debo irme. Ahora —le dije, intentando tapar
con palabras calmadas mi nerviosismo. —Nicolás, estás haciéndome daño —le
dije cuando volvió a halarme hacia él y me apretó con brusquedad.
Me separé del cuerpo de Nicolás y me alejé de él. Los sujetos vieron lo que
sucedía y corrieron hacia mí. Di unos pasos por el miedo que sentía y tropecé.
Caí y Nicolás se asustó. —¿Qué pasó? —dijo una voz que ya había oído muchas
veces. Mis mejillas se sonrojaron y levanté mi mirada para saber quién me
hablaba. Franco y Roberto veían a Nicolás con una expresión desafiante en sus
miradas. Estaban justo frente a mí.
—Me tropecé y caí como una tonta, pero no pasó nada. Fin de la historia. —
Me apoyé en los brazos de Franco para levantarme. Nicolás me veía con una
mezcla de curiosidad y enfado. —Nicolás, hasta luego —dije. Los gemelos
estaban a mi lado. Giré sin esperar su respuesta. Roberto tenía mis tacones en su
mano y su mirada maliciosa sobre mis ojos. Franco también me veía con ganas
de quitarme la ropa.
Mi respiración estaba entrecortada. —¿En serio no te pasó nada? —me
preguntó Franco.
El viento agitaba mi desordenado cabello y mi piel estaba helada por el frío.
—Nada. Él no me… tocó. Bueno, no mucho. No tenía ganas de estar con él —
les confesé. —Ahora me arrepiento de haber aceptado venir con él a la playa.
Mi cuerpo no paraba de temblar por el frío y el miedo. Fui al ascensor
después de que Roberto abriera las puertas de la entrada del hotel para mí. Él
puso su brazo en mi hombro para ayudarme. Sentí cómo todos mis músculos se
tensaban por su movimiento. Su hermano llamó al ascensor. Caminamos por el
piso seis hasta que llegamos a mi cuarto. —¿Qué hacían en la playa? —les
pregunté con sospecha. Los vi fijamente.
—Te vimos cuando salieron. Sabíamos que estabas con él. Fuimos para
comprobar que no pasaba nada malo —dijo Franco con calma. Lo vi con mis
ojos bien abiertos. Su hermano no dejaba de mirarme con deseo. Puso mis
zapatos en mi mano. —¿Podrás quedarte sola esta noche?
Pensé qué respuesta debía darles mientras empapaba mi boca de excitación.
Por una parte, quería decirles que no estaba bien y arrojarme en sus brazos. La
magia del mar me convencía de que era el sitio ideal para hacer el amor con el o
los hombres de tus fantasías más perversas. Anhelaba demostrarles que quería
acostarse con ellos y pedirles que me acompañaran a la playa, en lugar de haber
aceptado esa invitación de Nicolás. Y por otra parte, quería asegurar lo contrario.
Entonces corté el silencio. —No se preocupen, estaré bien. Mañana nos
encontraremos en la reunión, tal como estaba planificado. —Sonaba tan falso
que me odié a mí misma por decirlo.
Caminaron uno detrás del otro, rumbo al ascensor. —En ese caso, feliz noche
—dijo Franco mientras ojeaba una vez mis ojos y avanzaba. Antes de llamarlo,
se aseguraron de que yo cerrara la puerta de mi habitación y apagara las luces.
Lo hice, y saqué de mí toda la respiración que había contenido. Avancé por mi
cuarto. Me quité la ropa al entrar en el baño. Corrí las persianas, azules como el
mar. El aire proveniente del océano refrescó mi cuerpo tenso al abrir las
ventanas. Busqué una camisa de algodón suave que me resultaba cómoda para
dormir y limpié mi rostro lleno de arena.
Me senté en la descomunal cama y encendí la televisión para buscar algún
programa interesante. El sonido de los noticieros parecía hacerme olvidar el
estrés que había vivido antes. Nicolás no había sido una amenaza real. No me
habían gustado sus fuertes movimientos. Roberto lo había alejado de mí solo con
verlo. Hubo mucho silencio entre ellos, pero los gestos y las acciones de Roberto
y su hermano habían logrado que Nicolás se marchara. Recordé sus caras en la
oscuridad de la noche. Me habían resguardado y una vez más me habían
brindado su cariño. Y lo habían hecho casi simultáneamente. Esa actitud tan viril
y sensual me acercaba más a ellos. Dejé que mi cabeza descansara sobre las
blancas almohadas. Sin darme cuenta, el sueño me venció. Me levanté a la
mañana siguiente, con la luz del sol entrando por las persianas y abrazando mis
hombros. Recordé todo lo que había vivido en tan solo una noche. Me levanté y
llevé mis ojos por toda la habitación. Mi mente me informó que aún estaba en
Francia.
Preparé café en la pequeña cafetera. Vi la hora en mi reloj. Supe que contaba
con noventa minutos para prepararme e ir a la conferencia. Me encantaba la
inscripción marrón que tenía a un costado. Vi el mar una vez más, mientras
recordaba a Nicolás y las preguntas de Franco junto a mi puerta. Lo había visto
con pasión, y no sabía si él lo había notado. Él me había hablado con una
genuina preocupación. Todas sus expresiones eran reales, como también había
pasado con su enfado. Su cercanía y la forma en la que había visto a Nicolás me
habían impulsado a caer sobre su brazo. Me asomé al balcón con la taza de café
en mi mano.
Lo había hecho en solo segundos, llevada por el deseo. El paisaje que me
regalaba ese cuarto se había convertido en mi lugar favorito. Tomé otro sorbo de
mi agradable café. Mi mirada contempló el azul de las olas del mar.
Luego de tomar una ducha corta, elegí una falda ceñida a mi cuerpo y una
blusa con mangas largas con círculos y botones amarillos. Me apliqué unas leves
capas de maquillaje y delineador. Elegí unas sandalias grises y guardé mi tableta,
mi celular y un cuaderno en mi bolsa. Había recogido mi cabello con un cintillo
celeste. Vi mi rostro en el espejo antes de salir de mi cuarto. Tomé la llave de mi
habitación y sonreí. Cuando llegué al ascensor, vi que había algunas caras
conocidas. No recordaba bien sus nombres porque había estrechado muchas
manos, pero sabía que tenía tiempo para conocerlos bien a todos. Los saludé con
un gesto y ellos respondieron con una sonrisa y besos en mi mejilla. El ascensor
llegó al piso inferior y vi que el salón de la conferencia estaba al fondo.
Como el resto del hotel, el salón me impresionaba con su belleza y espacio.
Había mesas finamente decoradas y mesas y sillas con ornamenta mediterránea.
Había una gran mesa con desayunos para todos, lo que me sorprendió
gratamente. Las grandes ventanas daban al mar Recorrí el salón para buscar a
mis jefes. Los vi a la izquierda, con cafés en sus manos. Caminé hacia ellos y me
senté. Sonreí para saludar a Franco y expresarle mi agradecimiento por sus
acciones de la noche previa. —Permíteme agradecerte una vez más lo que hiciste
por mí en la playa.
Tragué grueso. Ansiaba demostrarles cuánto los deseaba. Que subieran
conmigo a mi cuarto, me quitaran la ropa y sacaran de mi mente la pavorosa
sensación de temor que había sentido la noche anterior en la plata. Anhelaba
confesarles que quería caminar con ellos cerca del mar, en lugar de ser
acompañada por Nicolás. Estaba desesperada por admitir que quería sentir sus
dedos sobre mis senos, pero mi cerebro me recordó que ya les había pedido
mantener la distancia profesional conmigo. Si les pedía que olvidaran eso, la
buena relación laboral que habíamos construido se iría a la basura. Y yo quedaría
mal ante ellos. —No tienes que hacerlo —me dijo, con una expresión de
seriedad en su rostro. Asentí y me fijé en sus atuendos. Tenían pantalones de un
tono azul muy oscuro, camisas claras y corbatas blancas. La combinación
resaltaba sus ojos. Incluso los hacía ver como si fuesen de un color azul
profundo como el mar.
Creerían que era mujer débil.
Roberto estaba congelado en su asiento, escudriñando mi rostro para tratar de
encontrar alguna expresión. Luego se levantó. Siguió los pasos de su hermano,
que se había levantado de su silla para buscar algo de comida. Le pedí que
buscara algo para mí, pues no había desayunado. Había chicas mirando cada
movimiento que hacían. Era innegable que los rayos del sol que entraban por las
ventanas destacaban la hermosa y trabajada piel de los hermanos. Sus cuerpos
resaltaban entre los demás, y sus caras maravillaban a la asistencia femenina
presente en el salón. Incluso yo, a pesar de mi timidez, los veía caminar
lentamente y buscar alguna comida apetecible. Vi cada gesto que hicieron antes
de servir café para mí. Franco eligió llenar su plato con ensalada de frutas y
trozos de queso. Roberto prefirió un emparedado. En su mano libre tomó el café.
Al regresar me lo entregó.
CAPÍTULO 27: Roberto

Celeste lucía extraordinariamente hermosa en el salón de conferencias. Había


dicho que podría pasar la noche sola, pero sabía que quería hacer todo lo
contrario. Había girado para vernos y sus ojos me habían cautivado al reflejar la
luz de la luna. Se había alejado del sujeto y se había fijado en nosotros con una
expresión de deseo en su mirada. Se asustó tanto con mi cara que por poco sale
corriendo. Había contenido mis ganas de golpear a ese pendejo. Ella no nos
contó qué quería hacerle, pero sabía que no quería ceder porque se había
acercado rápidamente a nosotros con fuertes temblores y su respiración
entrecortada. Cuando la vi llegar a la reunión, vi su cara distante, como si no
quisiera hablarme… o acostarse conmigo. Pero quería demostrarle que ningún
idiota le pondría un dedo encima o la obligaría a hacer algo sin pagar las
consecuencias. Podía sentirse segura con nosotros. Mi hermano y yo haríamos
que cualquier patán como ese la respetara. Habíamos hecho hasta lo imposible
para respetar sus decisiones, pero la noche anterior, al verla en la puerta de su
habitación, quise pasar y poseerla. Había tensión entre nosotros una vez más. Su
cuerpo imploraba que entráramos y dejáramos en el cementerio del olvido lo que
le había sucedido en la playa. Y su mirada revelaba sus ganas de estar con
nosotros.
A pesar de mis ganas de cogerla, respetaba sus palabras. Era ella quien debía
mostrar disposición a estar con nosotros. Mi hermano y yo no la obligaríamos a
nada. La conferencia transcurrió con normalidad. Celeste escuchaba con
atención. Le fascinaba escuchar toda la información que daban nuestros colegas
de otras empresas en otros lugares del mundo. Tomaba apuntes y hacía pausas
para comer. Yo también estaba atento… a su atuendo adherido a su cuerpo, el
aroma de su piel y sus senos ocultos en su blusa.
Me encantaba cómo se proyectaba el sol en su mirada. Aunque intentaba
pensar en otra cosa, solo ella llegaba a mi cerebro. Su belleza me maravillaba.
No había un tramo de su piel que no me resultara hermoso. Unos momentos
después, llegó la hora del almuerzo. Hablamos con ella para convencerla de
acompañarnos a un pequeño restaurante que servía unos panes espectaculares.
Sabía que las ensaladas que preparaban allí le encantarían. Aunque me moría por
una cerveza helada, tomamos agua y dejamos el alcohol para la noche. Mi
hermano pagó la cuenta de nuestro almuerzo, asegurando que el siguiente tendría
que pagarlo yo.
Entendí que planeaba que saliéramos a almorzar de nuevo.
Nuestra relación con Celeste era distinta. Se sentía distinta. Ella se mostraba
confortable con nuestras presencias. Había un aire de profunda gentileza cada
vez que hablábamos, y la forma en la nos relacionábamos me hacía sentir que
nos conocíamos desde siempre. Nos hablaba con un tono suave e incluso se
atrevía a hacer bromas. No obstante, era evidente que con mi hermano aún se
sentía relativamente perturbada. Seguramente se sentía de ese modo por las
miradas lascivas que él lanzaba sobre ella. Yo también lo hacía, pero sabía que
ella no había notado mi lujuria, o al menos lo fingía muy bien. Trataba de
hacerlo cuando ella no me veía.
Salimos los tres a almorzar. Había un restaurante que ofrecía solo comida
japonesa. Justo al lado había un club. Música de baile sonaba por los parlantes.
Ordenamos cervezas, ella tomó un poco cuando llegaron mientras probaba su
plato. Levanté la mirada y vi que estábamos a solo unos pasos de nuestro hotel.
Tenía unas sandalias bajas y cuando se levantó me quedé observando su corta
falda. Noté cómo su corto vestido rojo se veía hermoso bajo las luces coloridas
del restaurante. Cuando regresamos al hotel, mi mirada bajó un poco y
contemplé sus muslos. Vi que su cuarto era más grande que las de los pisos
inferiores. Ella también podía ver el mar desde su pieza, al igual que nosotros.
Fuimos hacia mi habitación, aún más grande que la suya. Aceptó cuando le
sugerí pasar. Sus ojos se abrieron enormemente por la belleza y el tamaño de mi
dormitorio. —¿Todos los jefes se quedan en lugares como estos cuando van a
estas conferencias? —me preguntó, y asentí. Pasó como si caminara por las
nubes al entrar en la sala de estar. Siguió caminando y llegó al balcón. Franco
estaba dándose una ducha y ella decidió esperar que saliera. Me acerqué para
quedar a su lado, notando inmediatamente los escalofríos de su cuerpo.
—Ser el presidente de una empresa nos da muchos beneficios —le dije
mientras le ofrecía agua y ella la tomaba con dificultad por sus nervios
exaltados. Franco salió un rato después. Tenía calzoncillos y una camiseta negra
corta. Cambié mi ropa para sentirme renovado y mi hermano también terminó de
vestirse y se aplicó perfume. Ella no dijo nada durante el trayecto al restaurante.
Cuando llegamos, pidió un par de tragos antes de la comida. Sus risas sonaban
exacerbadas por la embriaguez. El alcohol le quitó el miedo y la timidez. Se veía
relajada mientras comía. Nos dirigimos al club que estaba al lado cuando
terminamos de comer. Caminamos hacia la barra e vimos que increíblemente la
pista de baile estaba desocupada. Había ritmos de distintos lugares sonando en
los grandes altavoces. Nuestros colegas ya se habían ido. Celeste se animó con
las baladas que sonaban e incluso nos invitó a bailar. Me pareció evidente que el
licor en su sistema había destapado su lado oscuro. Mis ojos se sorprendieron
con los movimientos ágiles de sus caderas. Franco estaba viendo muy cerca, tan
impresionado como yo. Me acerqué para tomar su brazo. Su falda se tambaleaba
de lado a lado. Sonrió al vernos. Su baile sensual me invitaba a moverme con
ella. Mi hermano vio cómo las luces se atenuaban y yo fui hacia la espalda de
Celeste, buscando acoplar mi ritmo al suyo y moverme con el vaivén de su
deliciosa cintura. El deseo ya pasaba por todo su cuerpo, y yo me deleité con el
aroma dulce de sus cabellos frente a mi nariz. Mis dedos siguieron su instinto y
bajaron por sus caderas. Había otro olor en su piel. Era el olor a necesidad.
Ansias de sexo. Carajo. Qué linda era nuestra asistente.
Franco llegó a la pista y se ubicó frente a Celeste. Se movieron al compás de
la canción. Ella estaba dejándose llevar. Me molesté cuando vi que sus cuerpos
estaban muy cercanos. ¿Por qué era el quien estaba frotando su pene con sus
caderas y no yo? Decidí acercarme a su trasero, firme como una roca. Me
encantó sentir esas nalgas por primera vez, pero me sentí más enojado cuando vi
que ella estaba feliz con los movimientos de mi hermano. Comenzó a sonar otra
canción. Celeste no paraba de bailar y mover su cabeza y sus brazos. Bajó sus
manos y tocó con algo de vergüenza nuestros hombros y luego nuestros vientres.
Sonreía solo para que Franco la viera. Celeste cerró sus ojos. Se movía y se
notaba que le gustaba, que sabía por qué hacía lo que hacía. La acerqué a mi
erección. Sus nalgas rozaban mi tronco y yo murmuraba de placer. Pasé mis
dedos por sus muslos. Los subí rápidamente, llegando pronto a su seno, con lo
que su cabeza se reclinó. Pude ver la mirada de mi hermano a pesar de la poca
luz que el espacio nos brindaba. Me percaté de que él también quería poseerla.
Rocé su cuello y quise sacarle la ropa. Sentí sus labios con mi dedo y recordé
que estábamos en un club.
Ella tomó dos copas más. Solo dos durante toda la noche. Cuando la noche
caía nos despedimos del bar y noté que no estaba embriagada. Al menos no
completamente. Pero se notaba su deseo. Un deseo que se había incrementado
durante los últimos minutos. Vi la calle para buscar algún rostro conocido o un
periodista de la prensa sensacionalista. La historia que todos presumían era que
ella había tomado unas copas y la habíamos acompañado al hotel. Punto. Eso
podría llegar hasta allí. No habíamos dicho nada más, pero intuí que no
habíamos terminado. Puso sus brazos sobre nuestros hombros. Llegamos a la
recepción y luego llamamos al ascensor. Llegó y subimos a su piso. Mi hermano
y yo nos vimos fijamente. —Celeste, ¿podrás estar sola esta noche? ¿La llave de
tu cuarto está en tu bolsa?
Rió al verme de reojo. —Sí, pero no quisiera pasar esta noche sola —dijo en
voz baja. —Quisiera quedarme en tu cuarto —dijo, llenándome de deseo. Sí,
podía quedarse conmigo si quería. Esa noche y todas las demás. Humedecí mi
boca al pensar en esa posibilidad.
—Celeste —le dije para que no cerrara por completo sus ojos, "creo que te
emborrachaste. —Me vio y negó con su cabeza. Una sonrisa se asomó en su cara
a cabeza. —Puedes dormir conmigo, pero no estás obligada a hacer nada. Puedes
dormir en mi cama y yo dormiré en mi sofá. —Me vio de arriba a abajo.
—Eso lo decidiremos al llegar. ¿No te molestaría si duermo en el balcón? —
me preguntó entre sonoras risas. Luego vio a Franco. Ni él ni yo dejaríamos que
pasara la noche allí. Mi aliento salía con dificultad. El ascensor sonaba mientras
pasaba por cada uno de los pisos. Sentí cómo su cuerpo se tensaba sobre el mío.
No quería parar hasta poseerla. Sus ricas tetas llegaban a mi pecho y mi pene se
levantó con rapidez. Tenía un inmenso deseo de tomar sus piernas con fuerza,
sentir sus muslos una vez más y comprobar si ya estaba llena de jugos por mí.
Saqué fuerzas en el fondo de mi ser para no hacerlo, pero mis pensamientos
lujuriosos no me abandonaban. Llegamos a nuestro piso. Franco abrió su cuarto,
pasó y nos esperó con la puerta abierta. Ella se inclinó hacia adelante y vi que se
levantaba lentamente su falda, solo unos milímetros, y mostraba su blanca piel.
Su cuerpo estaba notificado. —Quiero que me hagas el amor —dijo en voz
baja. Acepté sin pensarlo. Se notaban las horas de ejercicio que pasaba en el
gimnasio. Sus piernas gruesas y ricas lo demostraban. Dio unos pasos sin mi
ayuda hasta el mueble. Se sentó y vio la habitación mientras sonreía con suma
alegría.
Reclinó su cabeza y estiró sus brazos "Me encanta esta linda habitación —
nos dijo. —Tengo un hermoso dormitorio también, pero no se acerca a la belleza
de esta. Es el cuarto más hermoso que he visto en un hotel… o en mi vida. —
Pronto estábamos los tres en el mueble. Nos vio con sus ojos bien abiertos y
enrojecidos. Franco buscó agua para ella. Eran las tres de la mañana, lo que nos
dejaba poco tiempo para descansar. En solo unas horas mañanas tendríamos una
reunión matutina. Sin embargo, nuestras ganas de seguir con Celeste nos
ganaban. —Quisiera hacerte una pregunta —nos dijo, en un tono de voz apenas
reconocible. Acepté su propuesta.
Sentí que el corazón salía de mi pecho. —¿Van a besarme? —nos preguntó.
Inhaló y exhaló profundamente. —Pero dijiste que tenías límites —le
recordó Franco.
—Al carajo con mis límites. Me harté de reprimirme. Me cansé de simular
que no quiero estar contigo… o tu hermano. Quiero acostarme con los dos. He
estado fingiendo que quiero mantener esto en lo estrictamente laboral, pero eso
no es así —dijo antes de vernos. Su mirada mostraba sus ganas de tenernos.
Prácticamente nos imploraba que la poseyéramos. Franco y yo nos vimos
fijamente. Él asintió con su cabeza. Me moví para llevar mi cuerpo cerca del
suyo. La besé suavemente. Ella interrumpió su beso para respirar
profundamente, y luego se inclinó hacia mí para besarme con más fuerza.
Estábamos excitados. Tomó mi mano y la dejó ahí, sobre la suya, mientras su
lengua jugaba dentro de mi boca. Dejó sus brazos en mi cuello y se dejó llevar.
Mordí suavemente su labio inferior, y ella abrió más su boca para que la besara
sin miedo. Gemí con sus atrevidos movimientos.
Franco estaba tocándola delicadamente cuando abrí los ojos. Escuché sus
primeros gemidos. Él levantaba su falda y se acercaba a sus senos, esperando la
reacción de Celeste. Parecía estar contenta, pues se movía hacia él, para que él la
tocara en sus partes bajas. Recibí otros cálidos besos de su boca. Franco se
percató del calor y tomó uno de sus pechos con su mano izquierda.
Quería tocar su clítoris, pero me contuve sin saber cómo. Sus gemidos
estaban llevándome al paraíso. Succioné su boca y su lengua intensamente. Al
cabo de un rato, retiró sus labios de los míos y los llevó a la boca de Franco.
Entonces toqué su blusa y metí mis dedos entre su seno erizado.
Noté que su excitación crecía, a pesar de que solo la habíamos besado y
tocado sus senos deliciosos. Íbamos a hacer las cosas con mucha calma. Le
dijimos que iríamos poco a poco. —Quiero estar con ambos —dijo en respuesta.
Mi hermano y yo aceptamos en silencio y con una mirada cómplice. La
levantamos para llevarla al dormitorio. Pasó al baño sin decir una palabra
cuando le entregamos ropa de dormir. Hurgué en el armario y encontré
pantalones cortos para dormir y me los puse. Franco buscó los suyos y se
preparó para la salida de Celeste. Vimos que se había puesto la camiseta que le
habíamos dado. Cubría su cuerpo, hasta los muslos. La imagen era provocativa.
Caminó hacia la cama y subió para quedar en el centro de ella, entre nuestros
cuerpos. Luego nos besó, primero a mi hermano, y luego a mí. La acariciamos
mientras su boca se deslizaba con lentitud sobre nuestras bocas deseosas.
Al levantarnos, vimos que nuestros cuerpos estaban abrazados. —Es la
primera vez que duermo tan rico. —Sonrió al escuchar la alarma de mi celular.
Nos acarició y luego se estiró. Celeste buscó su ropa y salió para ir a su
cuarto. Franco no dejaba de mirarme, sorprendido. —¿Qué mierda pasó?
Preparé café para los dos. —Quizás fue el comienzo placentero de una larga
historia —le contesté. Él fue al baño para tomar una ducha con agua caliente y
yo paseé mi cerebro por los sabores que me había regalado con sus besos y sus
bailes. Eran tan agradables como su vestido y su sonrisa. Después fui yo quien
tomó una ducha. Lo que había pasado con ella me había dejado nervioso y lleno
de incertidumbre. Por primera vez, no sabía qué pasaría con ella. Busqué ropa
elegante para ir a la reunión.
Nos encontramos de nuevo en la sala de reuniones. Vi que su boca recordaba
nuestros besos. Estaba inflamada. Sentí que había química entre nosotros. Lo
sentí cuando le entregamos su desayuno y un café. Su rubor constante era
evidencia de lo mucho que recordaba esos momentos. Ambos estábamos
repasando cada uno de nuestros besos y movimientos en el club y luego en el
hotel.
Decidimos cenar esa noche en otro restaurante, uno de comida española, y
luego fuimos a mi habitación. Ella salió al balcón a ver a ver las estrellas.
Habíamos tenido una cena bastante ligera. Caminamos para alcanzarla, sabiendo
que no había tanto licor en su sangre como la noche anterior. Nos gustaba la idea
de pasar la noche juntos, sin más nada que hacer, observando la felicidad en sus
ojos por el simple hecho de estar ahí. Vio el espacio sideral y suspiró. Volteó
para ver a Franco y repentinamente lo lanzó a la pared para besarlo
apasionadamente. Usaba un vestido negro que llegaba más allá de sus rodillas y
dejaba parte de su pecho al descubierto. Su lápiz labial contrastaba con el color
de su cabello, pero en ese momento ya su boca no estaba pintada. La de mi
hermano sí. Caminaron hacia la sala de estar. Él cayó sobre el sofá y atrajo su
cuerpo hacia el suyo.
Se besaron con intensidad. Los vi con malicia y noté cómo ella se lanzaba
encima de él. Sus ritmos estaban sincronizados. La tomó por la cintura. Sus
dedos bajaron lentamente. La garganta de Celeste se estremeció entre gemidos
que me calentaron. Mi hermano levantó su vestido y lo sacudió contra sus
pantalones. Su orgasmo era una experiencia nueva para nosotros. El grito de
placer de nuestra chica hizo temblar las paredes. Me encantó verla sobre mi
hermano, devorándolo a besos y comprimiendo sus cuerpos. Me maravilló
presenciar cómo acababa, con su boca abierta de par en par, soltando gemidos
delirantes y dejando que mi hermano halara su cabello y reclinara su cabeza.
Celeste bajó su cuerpo y quedó sobre el pecho de mi hermano. Mi hermano
movió su cara y entre suaves murmullos le informó que yo había visto todo y él
no quería detenerse allí. La levantó y entre los dos la llevamos al dormitorio.
Ella entró en el baño y buscó otra ropa para dormir. Luego caminó hacia nuestra
cama y se hundió en ella. Se acercó a mí y me abrazó. Besó mi boca. Mi
hermanó bajó las persianas. Su rostro desbordaba nerviosismo. —¿Cómo te
sentiste? —le pregunté. Ella respondió que estaba feliz y cansada. —Verte
acabar fue una de las mejores experiencias de mi vida.
Su boca volvió a besar la mía. —Podrás hacerme venir tú mañana por la
noche —me dijo. Otra erección trepó por mi ropa interior. Me abrazó con fuerza.
Franco se unió a nosotros en la cama y besó sus hombros mientras miraba su
lindo cuerpo.
CAPÍTULO 28: Celeste

Me había sentido bien pasando la noche con ellos entre bailes y orgasmos,
pero No sabía qué pasaría después con los gemelos. Después de esos momentos,
entendí que no podía luchar más contra mis emociones. Ya no tenía fuerzas para
frenar mi deseo, pero no estaba al tanto de lo que tenía preparado qué ocurriría
en los próximos días. O si ellos seguirían conmigo.
Ellos habían tocado mi cuerpo y los había besado durante la primera noche.
Había sido todo, pero sentí un profundo placer con sus besos. Sus virtudes me
habían convencido de besarlos. Era consciente de sus atributos: sus cuerpos
calientes, sus bocas vehementes y sus rostros viriles. Eran caras similares, pero
sus personalidades eran distintas. Yo quería sentir esa mezcla con mis dedos.
Llenar las palmas de mis manos con el ardor de sus pieles.
Un día después, me convencí de mostrarle a Franco cuánto lo deseaba. En un
primer movimiento besé su boca, llevando su cuerpo a la pared y dejando que mi
lengua alcanzara la suya. Franco me llevó adentro y me puso sobre él. Me moví
con frenesí cuando supe que su hermano nos veía y su pene estaba erecto.
Estábamos en el sofá. Él estaba bajo mis caderas. Lo besé con contundencia.
Entendí que había llegado el momento. Encajé su cremallera sobre mi vagina y
me moví al ritmo que mi cuerpo sugería. Él se balanceaba para indicarme cómo
moverme. Sentí que nunca había experimentado una sensación tan rica. Me
sincronicé con él y nuestros labios seguían el compás de nuestras caderas.
Empujé mi vientre sobre su pantalón cuando sentí que pronto acabaría. Mi
vagina parecía salirse de control por los espasmos. Me había dicho que debía
acabar para que soltara el deseo que llevaba años dentro de mí. Me deslicé sobre
su tronco con fuerza, varias veces, dejando que mis gritos mostraran mi
excitación. Franco tomó mi cabello con sus manos y luego besó mi boca con
delicadeza. Estaba acabando y obedeciendo a mi lado salvaje. La electricidad de
mi orgasmo atravesaba mi pecho. Dejó que continuara balanceándome sobre su
pene para que me relajara y sintiera su erección en mi vagina antes de que se
levantara. Franco se había robado mi corazón con tanta amabilidad.
Roberto llegó a la cama y lo abracé. Nuestros cuerpos quedaron juntos y lo
besé con delicadeza. Anhelaba que recorriera mi cuerpo con sus manos como
nadie lo había hecho, ni siquiera mi primer novio, quien se había ido sin haber
hecho el amor conmigo. Entendí en ese instante que pronto estaría con Roberto,
así que le aseguré que la noche siguiente estaríamos juntos para que me hiciera
acabar. Cuando despertamos, todos nos sentíamos agotados y no teníamos ganas
de salir. Tomé café negro y fui a mi dormitorio a prepararme para recorrer la
ciudad. El hotel había programado un paseo por la ciudad, aprovechando que
teníamos una jornada libre. ¿Dormiría de nuevo en esa habitación?, me pregunté
mientras veía mi cuarto y recordaba cuánto me gustaba. Me encantaba, pero
sabía que podía dormir con los chicos y sería aún más feliz.
Todos los empleados fuimos a almorzar en la terraza de un restaurante frente
a la playa. Me contuve para no lanzarme sobre los gemelos allí mismo. Intentaba
concentrarme en las historias que narraban nuestros compañeros sobre la
conferencia, pero no dejaba de ver sus sonrisas mientras mi cuerpo se erizaba.
Luego paseamos por las playas que yo no conocía todavía.
Vimos otros restaurantes y mucha gente caminando o andando en bicicleta.
El lugar captó mi atención. Todo en él era precioso. Cuando terminó nuestro
almuerzo, regresamos al autobús para seguir nuestro recorrido. Llegamos al
muelle y subimos a un pequeño barco que nos trasladó a un hermoso lugar. Su
nombre era La Isla de los Sentidos. Era tan mágico y lleno de luz como todo lo
demás. Pensé en todo lo que había pasado y tomé muchas fotografías. Había
llegado más lejos con un hombre de lo que había imaginado en mis fantasías.
Incluso me había atrevido a planear estar con dos. Me pregunté si les importaba
quién me había poseído en primer lugar o el cargo que ocupaban, si Roberto
estaba de acuerdo con ser el segundo y si ellos se enfrentarían por mí.
Mi mente me aturdía, pero escuché pasos y giré para ver quién era. —
¿Sucede algo? —me preguntó Franco. Sus ojos me veían con curiosidad.
Bajé mi cara para que no me viera. —Estoy bien. ¿A qué se debe tu
pregunta? —le dije.
Vi las olas del mar llegar una tras otra. —Sé que tienes mucho que procesar.
Cosas como estas no les ocurren a muchas personas. Además, luces como una
mujer… poco experimentada —dijo, con un tono de voz muy bajo.
Noté que sus ojos no dejaban de mirarme. —De hecho, fue la primera vez
que estuve con un hombre —le confesé.
Lo vi por unos segundos. —¿En serio? —dijo con firmeza. Moví mi cabeza
para mostrarle que decía la verdad.
—Así es. Y quiero seguir contigo… y con tu hermano. ¿Qué crees que
pasará cuando este viaje terminé? —le dije mientras lo veía con curiosidad. Miré
alrededor para asegurarme de que nadie nos escuchaba. Su hermano llegó poco
después. El ambiente entre nosotros era cordial y tranquilo.
Roberto nos veía fijamente. Vi gaviotas a lo lejos. Nuestro barco estaba cerca
de nosotros. Me quité los zapatos y sentí la arena de la playa para olvidar un
poco el agotamiento que sentía por el viaje. Puse mi bolsa en mi hombro y
caminé junto a los chicos. —Eso lo resolveremos poco a poco. Si quieres que
paremos, solo tienes que decirlo —dijo Franco luego de una pausa.
Extendí mis brazos y bostecé después, tapando mi boca con mi mano. La
pasamos muy bien en el paseo. Al atardecer, subimos al barco y volvimos a El
Salón de los Paisajes. Cenaríamos en la habitación de los chicos, los tres, por lo
que subimos al ascensor para prepararnos. Mi piel ardía por el sol intenso que
había recibido. Aunque usaba protector, parecía que los rayos lo habían vencido
o el agua de la playa lo había retirado cuando me había salpicado.
Franco buscó la carta del hotel. Lo vimos y elegimos algunos platos para los
tres. Además, pedimos una botella de vino blanco. Roberto me vio y notó las
quemaduras en mi espalda. —¿Por qué no te bañas cuando termines de comer?
Tal vez eso te refresque —dijo al tocarme con delicadeza.
Recordé el jacuzzi de su habitación.
Salimos al balcón a cenar. Hablamos sobre el recorrido que habíamos hecho.
No paramos de reír y comer. Me atreví a tomar dos copas de vino y una tercera
la introduje en el baño para tomarla mientras encendía el jacuzzi y dejaba que el
agua se calentara un poco. Me sumergí y ellos llegaron al baño poco después.
Comenzaron a hablarme mientras las burbujas relajaban mi espalda. Luego se
sentaron en los bordes.
Me levanté, dejando que vieran mi cuerpo desnudo. Saberlo me hizo sentir
calor. Había estado cerca de ellos solo unos minutos durante el paseo. Mis
mejillas se llenaron de un rojo intenso. Tomé una toalla y me cubrí con ella.
Caminé hacia Roberto y mi boca encontró la suya. Paseó después por mi cuello
con sus labios. Toda mi piel se estremeció con la calidez de su aliento. Sus besos
subieron de temperatura y dejé que mis brazos subieran. Toqué su suave cabello
con mis dedos inquietos y la toalla empezó a bajar. Apenas pude darme cuenta.
Mis senos estaban al descubierto. Las manos de Franco acariciaban mi espalda
juguetonamente. Su hermano introdujo su mano derecha entre nuestros cuerpos.
Pocos segundos después la bajó y palpó mi pezón izquierdo. —Celeste, qué
linda eres —dijo en mi oído.
Estaba en el paraíso.
Tomó mi otro seno. Lo haló y se acercó más a mí. Su dedo índice dibujó un
círculo y su boca atrapó la mía. Tensé todo mi cuerpo y mi vagina reclamaba que
uno de los dos me penetrara. Quería mostrarles cuánto los ansiaba y todo lo que
quería hacer con ellos. Por primera vez, el deseo era más poderoso que yo.
Sus cuerpos continuaron moviéndose sobre el mío. Roberto, unos minutos
después, azotó mis nalgas y me giró para que quedara frente a su pecho. —
Muévete un poco hacia arriba —me ordenó con voz firme, y obedecí, sabiendo
que contemplaban con hambre mi anatomía desnuda. Me llené de excitación al
ver que me levantaba para llevarme a la cama y me ponía sobre las almohadas.
Las gotas de agua caliente del jacuzzi aún caían por mis muslos. Uno de ellos
posó sus labios sobre los míos, dejando que su saliva se mezclara con la mía y
haciéndome que mi respiración se calentara. Era Franco. Lo supe cuando sus
manos delicadas tomaban mis senos. Las otras, más veloces, abrían mis muslos.
—¿Quieres acabar? —me preguntó Roberto. Gemí y separé mis piernas para
recibirlo. Ya estaba cansada de usar vibradores y masturbarme. Ahora quería
comerme su pene.
Franco se divertía con mis senos entre sus manos. Los dedos lentos de
Roberto, en tanto, recorrían mis piernas tensas por el calor que me provocaban.
Era delicado, pero firme, y sus movimientos erizaban mi piel y despertaban mi
clítoris. Bajó hasta mis labios vaginales y no pude contener el alarido de dolor
que me produjo. Su mano había llegado a mi clítoris, bordado por las ganas. Él
me escuchó y lo tocó lentamente, pero yo sentía que en cualquier momento
acabaría. Recordé los espasmos que había sentido con la penetración de Franco,
y ahora que estaba con los dos sabía que mi orgasmo sería tan placentero como
ese. Su mano volvió a mi vagina. La tocó con uno de sus dedos. —Qué
empapadas estás —me dijo Roberto.
Me penetró con ese dedo y un estremecedor orgasmo me derrumbó. Otro de
sus dedos apretaba mi clítoris. Arqueé mi espalda y Franco me apretó
fuertemente. Más y más gritos salieron de mi boca sacudida. Sus cálidos besos
calmaron mi furia, pero volví a gritar cuando una boca húmeda llegó a mis
piernas. Cuando bajé la cara supe que era Roberto. Me veía con malicia y sus
labios se empaparon de mis jugos. Pasó por mi clítoris. —Oye, Roberto... Es la
primera vez que yo… —alcancé a decir, pero no pude continuar. Su boca
succionando mi clítoris y sus manos levantándolo para saborearlo mejor me
hicieron acabar de nuevo. Esos orgasmos me hacían sentir como la mujer más
satisfecha del mundo. Sabía que iba contra mis reglas acostarme con mis jefes,
pero la emoción era tan placentera que lo demás no me importaba en ese
momento. Se acomodaron para ubicarse a mi lado. Una boca llegó a mis senos,
besando mis pezones, mordiéndolos y besándolos una y otra vez, y una mano
bajó por mi vientre lentamente, hasta llegar a mis piernas y alcanzar de nuevo mi
clítoris. Carajo. Tuve otro orgasmo. Quería tener más y más. Dejé que sus bocas
volvieran a besar la mía y chuparan mi cuello de nuevo. Traté de recuperarme
tomando aire.
Al día siguiente, la alarma nos despertó. Me vi en una habitación distinta a la
mía y no recordaba dónde había pasado la noche. Los hermanos estaban ahí, en
la cama. El calor me inundó. Ambos estaban en ropa interior. Mi mente se llenó
de recuerdos y experiencias recientes. La reunión global. Francia y el mar. La
felicidad que había experimentado con sus presencias y sus suaves sonrisas. El
rubor que habían producido en mis mejillas. Despertar con ellos al otro lado del
mundo. Besé a Franco y él abrió sus ojos. Aún estaba somnoliento. —Celeste,
¿qué te parece lo que sucedió? ¿Quieres repetirlo o te arrepientes?. ——
Podemos... parar en este instante si lo deseas —me dijo. Lo abracé y asentí con
mi cabeza. Su voz se oía como una caricia.
—Prefiero seguir —le confesé. Me acerqué a su cuello y lo besé suavemente
para demostrarle que decía la verdad. Escuché un gemido saliendo de su
garganta. Sentí la delicadeza de su piel y su aroma a hombre. Puso su brazo
sobre mi cuello y lo besé de nuevo, pero en su hombro. Me pidió que siguiera.
Recordé todo lo que habíamos vivido hasta ese momento. Imaginé que el deseo
era igual para los tres. Tomé su pezón con mi boca, como él había hecho
conmigo la noche anterior, y bajé mi mano para alcanzar su pene.
Tomó mi mano y la apretó con fuerza. —Celeste… —dijo con su voz
quebrada—, eso no es necesario.
—Quiero hacerlo. Dime cómo —le pedí. Tomó mi mano con intensidad y
tocó mis cabellos con gentileza. Sentí su pene enorme, gigantesco y erecto.
¿Cómo era posible que ese órgano cupiera en mi vagina? Su respiración se
congelaba y sus músculos se tensaban. Lo tomé lentamente y después fui más
vigorosa. Mis dedos se llenaron con el calor que me transmitía. Empujó sus
caderas y mencionó mi nombre entre gritos presurosos.
Roberto se deslizó hacia nosotros. Rodeó mi cuerpo con sus brazos y quedé
más cerca de las caderas de Franco. Volví a escuchar la alarma.
Hicimos el amor todas las noches siguientes. Esos orgasmos me sirvieron
para darme cuenta de que quería quedarme con ellos. Cada sesión de sexo nos
unía más y nos daba más placer. Antes de regresar hicimos el amor una vez más.
Me hicieron suya con fuerza, en su inmensa habitación, y Franco me penetró por
primera vez. Lo hizo delicadamente, de tal modo que mi vagina recibió su
erección con mucho deseo. Roberto tocaba mis hombros y mis senos. Yo no
paraba de gemir y gritar. Franco estaba dentro de mí. Roberto me cogió antes de
que el sueño me derrotara, y había sido tan amable como su hermano. Quería
que recibiera su erección sin lastimarme. —Empapada. Apretada. Rica. Me
encanta tu vagina —dijo al penetrarme. Paseó su boca por la mía. —Celeste,
siempre serás nuestra. —Ya sentía un profundo amor por ellos y anhelaba estar
con ambos por el resto de mi vida. Habíamos pasado poco tiempo juntos, pero
mis emociones por ellos eran fuertes.
—Lo soy —dije mientras mi vagina se tensaba para él. Me penetraba y me
moví para liberarlo y acabar con él. Roberto, al decirme que siempre me
poseerían, me había dejado en evidencia que ellos me amaban. Hablamos mucho
sobre lo que haríamos al volver. Decidimos que conversaríamos en mi
apartamento para hacer que funcionara y también charlaríamos en la oficina, a
solas, para lograr que todo saliera bien. Además, coincidimos en la necesidad de
ocultar lo nuestro y mantener un perfil bajo. No sabía qué pasaría con nosotros,
si las cosas saldrían bien, pero sí sabía que los amaba profundamente. A los dos,
por más extraño que pareciera.
Estaba dispuesta a afrontar cualquier cosa que pasara. Cuando llegamos a El
Bosque, la felicidad me llenaba. Sabía que tenía la voluntad de seguir con ellos y
mostrarles cuánto los amaba. Seguiría con ellos hasta el fin de mis días y los
haría felices, como ellos me hacían a mí.

Fin
Para mis lectoras. Sin vosotras nada de este hermoso trabajo sería posible.
Gracias por dedicar vuestro valioso tiempo a leer cada una de mis líneas.
Gracias a cada una de ustedes.

Gracias
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honesta en Amazon sobre la novela que acabas de leer.
Muchas gracias por la confianza y espero sorprenderte en una nueva entrega.
Saluda atenta y calurosamente,
Alison Mingot

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