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Teórico M1 M2 M3 M4
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Origen y Desarrollo
de la Ciencia Política:
Temas y Problemas
Resumen: El presente artículo profundiza en tres grandes temas de interés que, además de
encontrarse claramente entrelazados en la historia de la disciplina, ilustran algunos de los
principales desacuerdos que se han generado por los cambios en los cánones. Esto con el fin
de pensar la política en las distintas épocas (lo que desde la perspectiva khuniana podría ser
considerado como una revolución científica).
Abstract: This article goes deep into three important themes, which, beside the fact that they
are clearly braided in the history of political science as a discipline, they illustrate some of the
main arguments that have emerged principally due to the changes in the rules on how to think
of politics during different historical periods (what could be considered, according to
khunian’s perpective as scientific revolution).
arece que al interesarse por el desarrollo científico, el historiador
P tiene dos tareas principales. Según Thomas S. Khun, por una
parte, debe determinar quién y en qué momento se descubrió o
inventó cada hecho, ley o teoría científica contemporánea y; por otra,
debe describir y explicar el conjunto de errores, mitos y supersticiones
que impidieron una acumulación más rápida de los componentes del
caudal científico moderno. Sin embargo, durante los últimos años,
algunos historiadores de la ciencia han descubierto que es más difícil
desempeñar las funciones que les asigna el concepto de desarrollo, por
acumulación. Quizá –apunta Khun– porque la ciencia no se desarrolla
por la acumulación de descubrimientos e inventos individuales, y las
teorías anticuadas no dejan de ser científicas por el hecho de que hayan
sido descartadas. Esto hace difícil considerar el desarrollo científico
como un proceso de acumulación (Khun, 1986:2).
Lo anterior ha obligado casi siempre a los historiadores a privilegiar
la integridad histórica de una ciencia en su propia época y, después, a
buscar sus contribuciones permanentes al cau dal nuevo de
conocimientos. No obstante, la existencia de episodios
extraordinarios subvierten la tradición de prácticas científicas y se
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Khun asevera que al pasar un año en una comunidad compuesta principalmente por
científicos sociales, se asombró ante el número y alcance de los desacuerdos patentes,
sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos aceptados. Tanto la historia
como sus conocimientos le hicieron dudar de que quienes practicaban las ciencias
naturales poseyeran respuestas más firmes o permanentes para esas preguntas, que
sus colegas en las ciencias sociales. Sin embargo, hasta cierto punto, la práctica de la
astronomía, de la física, de la química o de la biología no evocaba para él, normalmente,
las controversias sobre fundamentos que, en la actualidad, parecían endémicas, por
ejemplo entre psicólogos y sociólogos. Así, al tratar de descubrir el origen de esta
diferencia, Khun llegó a reconocer –según lo afirma– el papel de la investigación
científica. Desde entonces llamó paradigmas a las “realizaciones científicas
universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de
problemas y soluciones a una comunidad científica”.
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desde que Platón advirtió por primera vez que la investigación acerca
de la índole de la vida buena del individuo, se relacionaba
inevitablemente con una indagación convergente (y no paralela)
acerca de la comunidad buena, se ha mantenido una íntima y continua
vinculación entre filosofía política y filosofía en general. La mayoría
de los filósofos, además de haber contribuido generosamente al acervo
principal de las ideas políticas, han proporcionado al teórico político
muchos de sus métodos de análisis y criterios de evaluación. Histó-
ricamente –nos dice Wolin–:
...la diferencia fundamental entre filosofía y filosofía política ha radicado en un problema
de especialización y no de método o de temperamento. En virtud de esta alianza los
teóricos políticos han adoptado como propia, la búsqueda básica de conocimiento
sistemático que lleva a cabo el filósofo...(Wolin, 1993:12).
Para explicar la vinculación de la teoría política con la filosofía,
Wolin advierte que esta última puede ser diferenciada de otros métodos
para extraer verdades, tales como la visión mística, el rito secreto, las
verdades de conciencia o el sentimiento íntimo, porque refiere a
verdades públicamente alcanzadas y demostrables. Al mismo tiempo,
una de las cualidades esenciales de lo político –que ha moldeado
definitivamente el enfoque de los teóricos acerca de su objeto de
estudio– es su relación con lo público. El ejemplo que nos da al
respecto es el de Cicerón, cuando denominó al cuerpo político una res
pública, una “cosa pública” o la “propiedad de un pueblo”. Así, de
todas las instituciones que ejercen autoridad en la sociedad, se ha
singularizado el ordenamiento político como referido exclusivamente
a lo que es “común” a todos. Ciertas funciones, tales como la defensa
nacional, el orden interno, la administración de la justicia y la
regulación económica fueron declaradas responsabilidad primordial
de las instituciones políticas, con base en que los intereses y fines
servidos por estas funciones beneficiaban a todos los integrantes de la
comunidad. Por tanto, a decir de Wolin, la íntima conexión entre
instituciones políticas e intereses públicos se incorporó a la práctica de
los filósofos. Por ello se ha considerado a la filosofía política como una
reflexión, sobre cuestiones que preocupan a la comunidad en su
conjunto.
Desde su perspectiva, el objeto de la filosofía política sería el
estudio de las relaciones de poder entre gobernantes y gobernados, la
índole de la autoridad, los problemas planteados por el conflicto so-
cial, la jerarquía de ciertos fines o propósitos como objetivos de la
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atento y abierto al mundo determina el nivel político y la fisonomía general de una época,
que no puede pensarse ninguna en la que los hombres, en amplias esferas de juicio y
decisión, no pudieran confiar y reincidir en sus prejuicios” (Arendt, 1993:52).
A la pregunta: ¿Tiene la política todavía algún sentido?. Arendt
responde: el sentido de la política es la libertad, pero aclara que la
simplicidad y contundencia de tal respuesta reside en que es
exactamente tan antigua, no como la pregunta, que naturalmente ya
surge de una sospecha y está inspirada por la desconfianza. Pero hoy,
esta respuesta no es, ni obvia, ni inmediatamente convincente. Ello se
aprecia con claridad, puesto que actualmente ya no cuestiona el sentido
de la política tal y como antes se hacía: a partir de experiencias que eran
de naturaleza no política o incluso anti-política. Ahora la pregunta
surge de experiencias muy reales: de la desgracia que la política ya ha
ocasionado en este siglo y de lo mucho que todavía amenaza realizar.
No obstante, para Arendt, en la cuestión planteada de este modo
resuenan dos ecos: primero, la experiencia de los totalitarismos, en los
que presuntamente la vida entera de los hombres está politizada, con la
consecuencia de que no hay ninguna libertad; y, segundo, ante el
inmenso desarrollo de las modernas posibilidades de aniquilación, las
cuales, al ser monopolio de los Estados, nunca se hubieran desplegado
sin ellos, por lo que sólo pueden aplicarse en el ámbito político.
Giovanni Sartori es otro de los autores que establece la distinción
entre filosofía política y ciencia política, pero lo hace de una forma
mucho más sistemática. Él parte de la premisa de que la política es el
“hacer” del hombre que, más que ningún otro, afecta e involucra a
todos. Este hacer está precedido por un discurso que se vuelve hacia
tres antecedentes: la filosofía política, la ciencia o conocimiento
empírico de la política y el discurso común u ordinario sobre la política
(Sartori, 1992:15).
Al referirse a la filosofía política o más precisamente a las
“filosofías de la política”, este autor señala que éstas han sido la princi-
pal fuente de inspiración de la teoría política hasta hace alrededor de un
siglo. Es por ello que todavía hoy gran parte de los problemas políticos
de fondo están referidos, aún sin saberlo, a los planteamientos que
recibieron dichos problemas en el dominio especulativo. No obstante,
nos dice que muchos autores hablan con desprecio de la filosofía
tradicional como de un saber “infecundo”. Por ello advierte que es
preciso no dejarse arrastrar por la polémica, contra la aparente
esterilidad del saber especulativo hacia otro exceso: el de una actividad
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Gunnell describió un pasaje que, al igual que otros, como Giovanni Sartori interpretan al
responder a la pregunta: ¿Cuándo apareció una ciencia política en sentido estricto, que
nos permitió diferenciar entre una fase precientífica de la disciplina y su fase
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propiamente científica?, como una transición entre una y otra fase, la cual “tuvo lugar
alrededor de los años cincuenta, en función de la denominada “ revolución
behaviorista”. Naturalmente, esta revolución se incubaba desde hacía tiempo. La
introducción de las técnicas cuantitativas se remonta a Stuart Rice y a Harold Gosnell, y
muchas premisas las habían planteado entre 1908 y 1930: Bentley, Merriam y
Lasswell. Pero recién se puede hablar de un viraje de la disciplina en su conjunto, a
partir de la Segunda Guerra Mundial (Sartori, 1992).
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No es casual que el parteaguas en el desarrollo de la teoría política normativa haya sido
la publicación de A Theory of Justice de John Rawls, cuya primera edición data de 1971
y que tuvo una enorme influencia, tanto en Gran Bretaña como en Norteamérica, y del
número de intentos (Nozick, Ackerman, Walzer, etcétera) para desarrollar alternativas
sistemáticas a su teoría.
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...nos referimos a la ciencia política en el sentido de que existe una tradición académica de
estudio de la política, una disciplina que se transmite de profesor a alumno, a través del
discurso y de la escritura. La disciplina no copia los métodos de las ciencias naturales
porque no serían apropiados. Presenta un conocimiento estructurado y exige que quienes
la practican respeten ciertas normas intelectuales a la hora de debatir... (Marsch y
Stoker, 1995:15).
En su libro Teoría y Métodos de la ciencia política, David Marsch y
Gerry Stocker expresan su compromiso de recuperar el término
“ciencia” para designar todas las disciplinas organizadas de forma
académica; pues la palabra “ciencia” procede del término latino
scientia, que significa un conocimiento adquirido a través del estudio.
En el libro se desprende que el desarrollo de la ciencia política se ha
visto acompañado del deseo de ampliar su campo de estudio como
resultado, durante las dos últimas décadas, de la presión en favor de
ampliar la definición de lo político, aumento que en buena medida se
justifica en el hecho de que la política es una actividad ubicua. Es decir:
...una actividad generalizada que tiene lugar en todos aquellos ámbitos en los que los
seres humanos se ocupan de producir y reproducir sus vidas; actividad que puede
entrañar tanto enfrentamiento, como cooperación, de forma que los problemas se
presentan y resuelven a través de decisiones tomadas colectivamente... (Marsch y
Stoker, 1995:19).
Dicha extensión de la definición de la política ha tenido una primera
implicación para la disciplina: describir los fenómenos y analizarlos de
diferentes modos. Por tanto, hay que señalar que la ciencia política no
sólo se ha caracterizado por la variedad de sus enfoques durante la
última década, sino que éstos se han incrementado4.
4
Es necesario dejar claro que desde 1990 David Miller, profesor de Ciencia Política en
Oxford, Inglaterra, se refería al crecimiento de lo que él llama la teoría política aplicada,
al enunciar las tendencias que había detectado y que apuntaban hacia un desarrollo
futuro de esta rama del campo de conocimiento. Una de ellas se refiere a las
implicaciones de la teoría política en las políticas públicas (aplicar la teoría de Ralws,
Beitz o Daniels en forma alternativa, partiendo de una institución social o algún
programa del modelo del Estado de bienestar). Otro ejemplo tiene que ver con los
debates sobre el mercado y la “economía de mercado”, cuyo ordenamiento dependería
de las creencias normativas y empíricas que configuran la teoría política. Un tercer tema
de interés ha sido la cuestión de la igualdad sexual y racial. Si bien, buena parte del
trabajo en este rubro no pertenece al área de la teoría política aplicada, sino que más
bien participan en el debate sobre la justicia de género (posición subordinada de la
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mujer), también existen trabajos que han retomado argumentos teóricos provenientes
del ámbito de la teoría política normativa (Miller, 1997:500-508).
5
Dice Gerry Stoker que quizá a algunos les sorprenda que el marxismo no haya sido
incluído en la lista; sin embargo, para este estudioso, dicha corriente ha sido decisiva en
el impulso que ha recibido la ampliación antes mencionada, del ámbito de la ciencia
política, ya que la relación de la política con las grandes fuerzas sociales y económicas
ha sido uno de los principales temas de los autores marxistas, pero no es apropiado
considerarlo como un enfoque independiente.
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TUCÍDIDES
◙
Guerra del Peloponeso
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Los dos errores son: «adquirir nuevas posesiones durante la guerra»
y «atraer peligros arrostrados voluntariamente». En ambos incurrieron
los atenienses al lanzarse a la expedición de Sicilia, animados por Al-
cibíades contra la opinión de Nicias.
Guerra del Peloponeso 43
EPÍLOGO
(LA SALVACIÓN)
ADVERTENCIA
Tucídides
Introducción
Estudios Públicos, 11
2 ESTUDIOS PÚBLICOS
Es preciso que el lector sepa que este discurso fue escrito por Tucí-
dides bastantes años después de que fuera pronunciado y cuando ya Ate-
nas había sido derrotada. Así, más que el discurso fúnebre de Pericles a los
caídos durante el primer año de la guerra, éste es el discurso fúnebre de
Tucídides a la Atenas vencida que, aunque humillada en su derrota, se
levantaba ya como un paradigma universal su cultura cívica. El panegírico a
los muertos en combate, pues, aparece casi como un pretexto para abordar
el elogio de la gloriosa Atenas antigua y hacer la defensa de la eternidad de
su patrimonio.
El Discurso Fúnebre de Pericles es un texto fundacional. Enclavado
en los orígenes mismos de nuestra historia, constituye un originalísimo
ejemplo de conciencia ciudadana y un modelo de reflexión política alentada
por una optimista confianza en las posibilidades del hombre y en el progre-
so de la cultura humana.
Conservando el tono retórico del original, la traducción que aquí
ofrecemos ha procurado resolver con prudencia la oscuridad de ciertos pa-
sajes de cuestionada interpretación. Notas mínimas, en fin, intentan enri-
quecer la comprensión del texto y satisfacer la curiosidad del lector.
Antonio Arbea
Traducción
que esté por encima de sus propias posibilidades, piense que se está cayen-
do en una exageración. Porque los elogios que se formulan a los demás se
toleran sólo en tanto quien los oye se considera a sí mismo capaz también,
en alguna medida, de realizar los actos elogiados; cuando, en cambio, los
que escuchan comienzan a sentir envidia de las excelencias de que está
siendo alabado, al punto prende en ellos también la incredulidad
Pero, puesto que a los antiguos les pareció que sí estaba bien, debo
ahora yo, siguiendo la costumbre establecida, intentar ganarme la voluntad
y la aprobación de cada uno de vosotros tanto como me sea posible.
II
III
IV
VI
los únicos que, movidos, no por un cálculo de conveniencia, sino por nues-
tra fe en la liberalidad, no vacilamos en prestar nuestra ayuda a cualquiera8.
VII
VIII
Nicómaco, IX, 7.
8 ESTUDIOS PÚBLICOS
La mayor parte de este elogio ya está hecha, pues las excelencias por
las que he celebrado a nuestra ciudad no son sino fruto del valor de estos
hombres y de otros que se les asemejan en virtud. No de muchos griegos
podría afirmarse, como sí en el caso de éstos, que su fama está en conformi-
dad con sus obras. Su muerte, en mi opinión, ya fuera ella el primer testimo-
nio de su valentía, ya su confirmación postrera, demuestra un coraje genui-
namente varonil. Aun aquellos que puedan haber obrado mal en su vida
pasada, es justo que sean recordados ante todo por el valor que mostraron
combatiendo por su patria, pues al anular lo malo con lo bueno resultaron
más beneficiosos por su servicio público que perjudiciales por su conducta
privada.
A ninguno de estos hombres lo ablandó el deseo de seguir gozando
de su riqueza; a ninguno lo hizo aplazar el peligro la posibilidad de huir de
su pobreza y enriquecerse algún día. Tuvieron por más deseable vengarse
de sus enemigos, al tiempo que les pareció que ese era el más hermoso de
los riesgos. Optaron por correrlo, y, sin renunciar a sus deseos y expectati-
vas más personales, las condicionaron, sí, al éxito de su venganza. Enco-
mendaron a la esperanza lo incierto de su victoria final, y, en cuanto al
desafío inmediato que tenían por delante, se confiaron a sus propias fuer-
zas. En ese trance, también más resueltos a resistir y padecer que a salvarse
huyendo, evitaron la deshonra e hicieron frente a la situación con sus per-
sonas. Al morir, en ese brevísimo instante arbitrado por la fortuna, se halla-
ban más en la cumbre de la determinación que del temor.
IX
Por tal razón es que a vosotros, padres de estos muertos, que estáis
aquí presentes, más que compadeceros, intentaré consolaros. Puesto que
habéis ya pasado por las variadas vecisitudes de la vida, debéis de saber
que la buena fortuna consiste en estar destinado al más alto grado de no-
bleza –ya sea en la muerte, como éstos; ya en el dolor, como vosotros–, y
en que el fin de la felicidad que nos ha sido asignada coincida con el fin de
nuestra vida. Sé que es difícil que aceptéis esto tratándose de vuestros
hijos, de quienes muchas veces os acordaréis al ver a otros gozando de la
felicidad de que vosotros mismos una vez gozásteis. El hombre no experi-
menta tristeza cuando se lo priva de bienes que aún no ha probado, sino
cuando se le arrebata uno al que ya se había acostumbrado. Pero es preciso
que sepáis sobrellevar vuestra situación, incluso con la esperanza de tener
otros hijos, si es que estáis aún en edad de procrearlos. En lo personal, los
hijos que nazcan representarán para algunos la posibilidad de apartar el
recuerdo de los que perdieron; para la ciudad, entretanto, su nacimiento
será doblemente provechoso, pues no sólo impedirá que ella se despueble,
sino que la hará más segura, ya que nadie puede participar en igualdad de
condiciones y equitativamente en las deliberaciones políticas de la comuni-
dad, a menos que, tal como los demás, también él exponga su prole a las
consecuencias de sus resoluciones.
10 ESTUDIOS PÚBLICOS
XI
XII
DOMINADO
ORGANIZACIONES PRE ESTATALES ESTADO MODERNO
CONQUISTA
COLONIZACION
EUROCENTRISMO
FORMAS DE GOBIERNO
organización subjetiva del poder: diseño orden E.
monarquías autocracias
repúblicas democracias
Lecturas
M4
Ciencia Política: módulo 2 – contenidos - Ideología
El Liberalismo
1689, el nacimiento
Es difícil precisar el orden de la doctrina liberal. Quizás, en rigor, no haya una fecha exacta que nos
marque el origen. Pero los hombres pareciera como que siempre necesitáramos de criterios de
ubicación en el tiempo y en el espacio. De otra manera nos desorientaríamos. De ahí la necesidad de
buscar una partida bautismal. Personalmente considero que fue producto de un proceso muy
complejo que encontró en las guerras de religión de los siglos XVI y XVII su precipitante, siendo la
tolerancia y la libertad de conciencia sus principales efectos no buscados. Sin embargo, hay quienes
exigen más precisión en la búsqueda, alguna fecha, algún hecho, algún libro, que sirva para delimitar
con mayor claridad la etapa pre y post liberal. En esa exploración difícil, llegamos siempre al año
1689. Para los que piensan, y con razón, que el liberalismo es fundamentalmente un sistema
coherente de principios y valores que fundamentan la libertad indivisible del hombre y de todos los
derechos que le son inherentes, entonces ese sistema nace con un libro: Ensayos sobre el gobierno
civil, cuya licencia de impresión se otorgó el 23 de agosto de 1689. Su autor, John Locke, fijó en esta
obra los cimientos duraderos sobre los que hasta hoy se afianza todo el pensamiento liberal. Allí está
preanunciado el estado mínimo, la división de poderes, la libertad integral de los hombres. Allí está
en fin, el liberalismo.
No obstante, quienes piensan que esta doctrina, más que un producto del intelecto, es una forma de
vida que implica la eterna lucha del hombre para ampliar el campo de sus libertades y disminuir las
atribuciones que se arrogan los gobiernos ven en la Declaración de Derechos y Libertades (Bill of
Rights) inglesa ocurrida también en 1689, el punto de partida de esta ideología.
Ahora bien, como se sabe, el espíritu inglés siempre despertó recelos en el continente,
especialmente en las naciones de raíz cultural latina. De ahí que haya sido relativizada o aún negada
la influencia liberal sajona en el surgimiento del liberalismo. Quienes así piensan; ven más bien en el
autor de El espíritu de las leyes (1748) el genuino inicio de la moderna idea liberal. Reconocida o no,
la gravitación que el pensamiento de Locke tuvo sobre su autor, interpretan que la influencia
universal de la obra del pensador inglés fue incuestionablemente menor que la del francés. Pero es
el caso que éste, Carlos Luis de Secondant, Marqués de la Brede y de Montesquieu, nació cerca de
Burdeos, curiosamente, en el año 1689. Por lo demás, si bien la doctrina nació en el siglo XVII, el
término liberal como adjetivo, es posterior. Se empezó a usar en Francia a fines del siglo XVIII. Como
sustantivo se utiliza por primera vez en España en 1812.
Más allá de las controversias sobre los orígenes, resulta claro que el ideario de la libertad del hombre
se desarrolló fundamentalmente durante el siglo XVIII de una manera sólida y vertiginosa. Después
de Locke vendrá la escuela escocesa, representada entre otros por David Hume, que en 1739
publicó un tratado sobre La naturaleza humana; Adam Ferguson, quien en 1767 publicó Un ensayo
sobre la historia de la sociedad civil; y en especial Adam Smith, que en 1759 escribe su Teoría de los
sentimientos morales. De estos pensadores el liberalismo tomará su concepción sobre los móviles
del comportamiento humano, explicando a través de agudas reflexiones psicológicas sobre los
límites de la conducta egoísta e interesada del hombre, y sus efectos benéficos para la sociedad.
Estas ideas encontrarían su coronamiento grandioso en una obra del propio A. Smith, publicada en
1776, Investigación acerca de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Para muchos,
esta obra erudita y sistemática representa tanto el comienzo de la ciencia económica como el del
liberalismo económico. En verdad, hay mucho de eso, pues es cierto que fue el primero en tratar de
averiguar cuáles son las condiciones institucionales que posibilitan el crecimiento económico de las
naciones. A través de la pluma de este autor se descubre toda la importancia de la libertad
económica; el principio de la no ingerencia estatal, la competencia, la división del trabajo, las leyes
naturales que regulan el orden económico, etcétera
En rigor, las ventajas de la libertad económica habían sido también puestas de manifiesto por los
fisiócratas. Estos, menos liberales en lo político que en lo económico, creían que la naturaleza es la
verdadera reguladora de la vida económica de los países y que la tierra era el único factor capaz de
generar un producto neto. Los principales artífices y expositores fueron A. Quesnay La tabla
económica, 1775; Du Pont de Nemours La fisiocracia, 1767; Paul Mercier de la Riviere, El orden
natural y esencial de las sociedades políticas, 1767; Jean Vincent de Gournay, a quien se le atribuye
la expresión laissez faire, laissez passer, que por otra parte era el lema de la escuela; Víctor Riquetti,
Marqués de Mirabeau, El amigo de los hombres, 1756; y, finalmente, su principal hombre de estado,
A. R. J. Turgot Reflexión sobre la fundamentación y distribución de las riquezas, 1766.
Por otra parte, del otro lado del Atlántico, en los nacientes Estados Unidos, las ideas de Locke y del
mismo Montesquieu, de cuyo Espíritu de las leyes, se había publicado en 1772 una versión
abreviada, habían madurado rápidamente.
Entre octubre de 1787 y mayo de 1788, bajo el seudónimo de Polibio, Alexander Hamilton, James
Madison y John Jay, escribieron 85 ensayos en apoyo a la Constitución recientemente aprobada, la
cual necesitaba, para entrar en vigencia, la ratificación de los estados que comprendían la Unión. Los
mencionados ensayos fueron publicados después como El federalista, y bajo ese nombre han
pasado a la historia constituyendo uno de los principales alegatos en favor del gobierno
representativo y federal, como así también el necesario equilibrio y armonía entre las instituciones
políticas y económicas fundamentales. Desde cierto punto de vista, pueden bien ser considerados
como un epítome de las doctrinas del Marqués de la Brede y John Locke. En Los papeles
federalistas están los verdaderos cimientos institucionales de la primera República liberal que tuvo el
mundo.
Volviendo al continente europeo, las ideas de Adam Smith encontraron rápido eco en España, país
durante centurias agobiado por las ideas reglamentarias del mercantilismo. José Alonso Ortiz es el
traductor, en 1794, de La riqueza de las naciones. A caballo entre el siglo XVIII y XIX lo continúa en
la tarea de difundir el pensamiento smithiano, Alvaro Flores de Estrada.
En Alemania y con Emanuel Kant (1724-1804) el liberalismo encontró sus fundamentaciones
filosóficas más puras sobre todo en sus Fundamentos de la metafísica de la moral, 1785. Las
categorías y conceptos por él construidos sirvieron en general para darle más coherencia al
desarrollo posterior de la filosofía de la libertad, aunque no se puede dejar de recordar que algunas
de sus tesis, por ejemplo aquella de que la moralidad tiene primacía sobre la felicidad, entraban en
conflicto con ideas desarrolladas por otras interpretaciones del liberalismo.
No obstante todo lo dicho, es necesario volver nuevamente nuestra mirada a Francia, pues es allí
donde estas ideas han entrado en ebullición, y no sólo en los círculos intelectuales o cortesanos. Han
penetrado en los más hondo del mismo estado llano. Y es Sieyes, quizás poco abate, como se dirá
con razón, pero portentoso pensador, el que le legará a Francia y a la humanidad el concepto
moderno de Constitución y quien redactará parcialmente nada menos que la famosa Declaración de
los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los principios por él sustentados se manifiestan aún hoy
en la Constitución francesa.
El movimiento de la Enciclopedia contribuyó al liberalismo en una medida jamás imaginada por
Diderot, principal inspirador de ese proyecto editorial. Después de los dos primeros tomos, y con
posterioridad a la crisis que tuvo la empresa en 1752, se incorporaron a la obra Montesquieu,
Voltaire, D'Olbach, Helvetius y también los fisiócratas. Este conjunto de pensadores nucleados en
dicha empresa intelectual colectiva, legaron a la cultura liberal y occidental la convicción de que la
razón crítica es indispensable para una mejor explicación y solución de los problemas del hombre.
Los enciclopedistas iluminaron al mundo, al definir y establecer con firmeza la libertad de opinión y
de conciencia, dejando atrás prejuicios y falsas concepciones, y permitiendo de este modo el rápido
desarrollo de las ciencias y de las disciplinas humanistas.
A esta altura se me podrá observar que me estoy olvidando nada menos que de J. J. Rousseau. En
rigor, no es así. Se trata de una exclusión deliberada y escasamente arbitraria por lo demás. En
realidad, Rousseau no representa las genuinas bases del liberalismo moderno. Este tiende a
preservar antes que nada las libertades individuales, mientras que el ginebrino, en contraste,
propone "la alineación total de cada asociado con todos sus derechos en favor de la comunidad y
quienquiera que rehúse obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo social".
Como se advierte Rousseau evoca no al liberalismo, sino más bien a las democracias populares, que
se instalaron en Europa Oriental después de la II Guerra Mundial y que hoy parecieran querer
mostrar signos de establecer el pluralismo y la tolerancia política vigente en los países libres de
Occidente. En lo inmediato, el pensamiento de este autor puede ser encontrado en las efímeras
constituciones de la época del terror de la Revolución Francesa, que en aquellas más duraderas que
a partir de Napoleón se sancionaron en Francia y en la mayoría de las naciones del mundo libre.
1929, El eclipse
El cúmulo de ideas elaboradas durante los siglos XVIII y XIX conformaron, como se ha explicado, el
sistema de pensamiento denominado hoy liberalismo. Sus efectos se comenzaron a observar, ni
bien fueron proclamados los principios de la tolerancia y la libertad, no sólo en el plano de las
instituciones sino también en la calidad material de vida. El liberalismo hizo que el mundo saliera de
un milenario letargo. Como lo reconocieron hasta sus más enconados críticos, Karl Marx y F. Engels,
en el Manifiesto comunista de 1848, "El capitalismo durante su dominación de colosales que las que
han producido jamás todas las generaciones pasadas".
En realidad, desde sus orígenes la humanidad evolucionó muy lentamente, siendo los cambios casi
imperceptibles. Sólo a partir del siglo XV se comenzó a observar un crecimiento comparativamente
significativo. Pero es recién desde mediados del siglo XVIII que el mundo, y sobre todo Europa
Occidental, comienza a transformarse a ritmo de vértigo. Entre 1776 y 1914 se produjeron cambios
verdaderamente espectaculares.
Durante esa etapa fueron declarados los derechos del hombre y del ciudadano. Surgieron las
Constituciones y el Estado de Derecho. Se afianzó el concepto de una justicia independiente. Se
difundieron los gobiernos representativos y democráticos. Se institucionalizó el sufragio universal.
Aparecieron los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales. Las universidades y
colegios se multiplicaron. La ciencia y la investigación se desarrollaron condiciones de vida material
mejoraron notablemente. Desaparecieron las grandes hambrunas y las pestes arrasadoras. El
hombre comenzó a controlar las enfermedades, medias de vida, al tiempo que descendió la
mortalidad infantil. La producción de bienes y servicios aumentó geométricamente. Se produjo una
revolución en el agro, la industria, la minería, los transportes, el comercio y la banca.
Es una época de grandes innovaciones tecnológicas: la máquina de vapor, el ferrocarril, los barcos
de hierro, los canales, los grandes caminos y el telégrafo. Después el automóvil y el aeroplano, la
electricidad, la turbina de vapor, el motor de gasolina, el motor de combustión interna y las grandes
usinas. Se desarrolla y difunde el crédito, lo cual permite el acceso de los distintos sectores sociales
al consumo masivo de toda clase de mercancías. El comercio internacional crece en forma
extraordinaria. El nivel de vida, en fin, aumenta espectacularmente. Este proceso sólo pudo
desenvolverse gracias a una doctrina y a un marco institucional que lo posibilitaron. El capitalismo
liberal es el verdadero creador del mundo moderno.
No obstante sus éxitos inobjetables, el sistema que lo produjo comenzó a perder credibilidad. La
confianza que la opinión pública de occidente le tenía al régimen liberal en vigencia, se debilitó
rápidamente. Esto comenzó a insinuarse en la segunda década del presente siglo, pero se acentuó a
partir de 1930. Hay distintas razones que explican este proceso, pero creo que son dos las causas
fundamentales. En primer lugar, el crack de la Bolsa de Nueva York en 1929 y la subsiguiente
depresión de los años treinta, que se caracterizó por una desocupación en escala no conocida hasta
entonces y que afectó a millones de personas. En segundo término, el surgimiento en la Rusia
soviética, a partir de 1928, de una nueva manera de organizar la producción de bienes y servicios: la
economía centralmente planificada, anunciada y puesta en ejecución por el dictador totalitario J.
Stalin.
Estas dos razones explican la creación de un nuevo clima ideológico en Occidente que perduraría
por cinco décadas. Sus características más salientes serían el recelo la libre empresa, una fe
supersticiosa en las posibilidades del Estado y la confianza desmedida en la planificación social. Se
comienza a suponer que el Estado puede sustituir al mercado. Nace así el Estado de bienestar, que
tenía por fin tutelar al individuo desde la cuna hasta la tumba. Con él se inician también la inflación
sistemática, los déficits presupuestarios y el crecimiento del sector público. En realidad, los orígenes
inmediatos del Estado protector hay que buscarlos en la Alemania autoritaria de Bismark a fines del
siglo pasado, que se continuó en Austria (1888) y Hungría (1891). En estos experimentos de
nacionalismo estatizante hay que buscar también las causas del expansionismo germano, que
produjo la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, durante todo el período en el que el liberalismo estuvo a la defensiva, hubo un puñado
de filósofos, sociólogos y economistas que trataron de preservar la doctrina de los ataques de que
era objeto. Con ese objetivo fue creada en 1947 la Mont Pelerin Society, que hasta hoy nuclea a los
más granado del liberalismo mundial. Alguno de sus fundadores sobresalieron por la energía y
claridad con que defendieron y difundieron sus principios. De entre ellos, Ludwig Von Mises
(1883-1973) aparece como el principal portaestandarte. Su vasta producción no le impidió mantener
centrada su penetrante inteligencia y formación en lo que él consideró que eran los más graves
peligros para la humanidad: la planificación económica, el estatismo y la inflación. Fue el primero en
plantear la imposibilidad del cálculo económico en una economía totalmente socializada. Su
explicación acerca de las causas de las crisis económicas tienen hasta hoy irrefutable vigencia. Sus
demostraciones de las falacias keynesianas iniciaron el debilitamiento progresivo de ese pernicioso
cuerpo de teorías y políticas que se encuentran hoy en repliegue en occidente. Toda su obra, en fin,
se encuentra compendiada en La acción humana (1949), monumental tratado de economía política
que bien puede ser considerado como el más formidable alegato en favor de la libre empresa del
siglo XX.
En el campo de las ideas políticas y sociales, dos franceses brillaron con luces propias durante este
período. Raymond Aron (1905-1982), sociólogo y periodista lúcido y sagaz, de cuya producción, si
tuviera que elegir un libro como el más expresivo del liberalismo a la defensiva y pesimista respecto
al futuro de la libertad, no dudaría en señalar a El observador comprometido (1981). Por otra parte y
también en la tradición de Montesquieu y de A. de Tocqueville, el tratadista político Bertrand de
Jouvenel (1903-1987), se especializó en desentrañar en El poder (1974), las complejas relaciones
entre la libertad y la autoridad.
En Francia, la reconstitución del orden en libertad se debió también a la perseverante lucha del
economista J. Rueff, quien en El orden social (1964) precisaba que las ilusiones de los falsos
derechos sólo podían llevar a la inflación y al socialismo o a la anarquía social. Se distinguió también
por sus críticas al sistema de patrón de cambio oro y al FMI, pues consideraba que ese organismo
alentaba a la inflación mundial. Para evitar este flagelo propuso específicamente el restablecimiento
del patrón oro que implica una relación entre el dinero en circulación y las reservas de oro
disponibles.
Por su parte a las bases ideológicas de la reconstrucción italiana hay que buscarlas en Los principios
de hacienda pública (1940), la obra fundamental del político y economista Luigi Einaudi.
El mal llamado milagro alemán fue una tarea de cuya arquitectura doctrinaria es responsable W.
Ropke (1899-1965), autor entre otros libros de la Crisis social de nuestro tiempo (1942) y Civitas
humana (1944). Sobre los principios liberales humanistas que éste sostuvo; Alfred Muller-Armack,
que acuñó la célebre expresión economía social de mercado, pudo construir los diferentes
instrumentos de política económica que luego pondría en ejecución con éxito asombroso L. Erhardt.
Este brillante economista relató después su magnífica experiencia en el célebre libro Bienestar para
todos (1951), en donde no obstante su orientación claramente liberal se ponen de relieve algunas
secuelas de la mentalidad estatizante prevalente en la época.
La Escuela de Chicago, relacionada con prestigiosos propulsores del liberalismo, pero vulgarmente
identificada con Milton Friedman (1912- ) quien se constituyó por muchos años en su principal
portavoz. Si bien este adoptó una posición fuertemente crítica de las políticas propiciadas por J. M.
Keynes aplicadas durante la pre y post II Guerra Mundial, desde posiciones liberales más ortodoxas
se le objetaron, no obstante, a sus propuestas algunas tonalidades keynesianas. Su más importante
obra de este período es Capitalismo y libertad (1962).
Pero en los últimos años, y desde la conservadora Hoover Institute, propone una organización del
mercado libre, más próximo a la que postulan las líneas más ortodoxas: Libertad de elegir (1981).
Pero de todas maneras estará distante siempre de la corriente libertaria o anarco-liberal en que se
encuentra revistando su hijo, David, y que orienta Murray Rothbard, que desde tesis inicialmente
austríacas se ha deslizado a propuestas que incluyen la privatización del propio Estado, incluida la
administración de justicia, seguridad interior y defensa exterior. Estas polémicas ideas y en
Individualismo y filosofía de la ciencia social (1979).
Por su parte, la denominada escuela económica de la oferta encabezada por A. Laffer, G. Gilder y P.
Craig-Roberts, inspiró a las políticas económicas aplicadas durante la gestión gubernamental de
Ronald Reagan.
Como quiera que sea, hoy el liberalismo ha vuelto por sus fueros. La batalla tanto en el plano de las
ideas como en el de las realizaciones, la ha ganado de un modo concluyente. El estatismo y todas las
formas de intervencionismo se baten en retirada. El liberalismo moderno no solamente está a la
ofensiva, sino que, además está también autotransformándose de una manera muy dinámica.
Cansados de tanta regulación y uniformidad producida por el Estado, los hombres y mujeres de
Occidente comienzan a buscar el realce de su propia personalidad y a afirmar sus derechos
individuales. Ya no se desconfía de los efectos sociales de la tecnología. Al contrario, ven en las
computadoras sus más firmes aliadas. Estas les permiten una participación más activa en la toma de
decisiones públicas. Los referéndums y plesbiscitos están en auge. Se abomina de la sociedad de
masas. La descentralización y el federalismo despiertan después de un secular letargo. Se
redescubre el rol crucial de la familia. Se propicia la privatización de la educación, la salud y la
previsión social.
Aquí en Latinoamérica se comprueba la consolidación de la democracia como forma de vida,
mientras que en Asia y Africa sólo los países que persisten en las fracasadas fórmulas socialistas
pasan hambre y miseria.
Por su parte en los países de Europa del este y en la U.R.S.S. se observa un acelerado proceso de
democratización y liberalización.
1979, El resurgimiento
Todo este vertiginoso cambio se comenzó a manifestar en el plano electoral con el impactante triunfo
en Inglaterra de M. Thatcher en 1979 y el de R. Reagan en Estados Unidos en 1980. Tanto aquélla
como éste se declararon acérrimos partidarios de las nuevas ideas liberales que en esos momentos
se estaban elaborando en los think tanks de los [Link]. y distintos centros universitarios de Europa.
La doctrina liberal de nuestros días es rica en matices y contenidos. Sus escuelas son diversas y la
heterogeneidad de enfoques esconde por momentos el común denominador de todos ellos: la
defensa irrestricta de la libertad del hombre. En una rápida y apretada reseña podemos señalar sólo
a las más importantes e influyentes doctrinas escritas.
Antes que nada la corriente del liberalismo moral y ético. Esta surge a partir de la observación de
que, no obstante los éxitos incontestables del liberalismo, éste no lograba imponerse en amplios
círculos sociales, religiosos e intelectuales. Se creyó advertir, y con razón, que quizás el problema
consistía en el escaso interés que los filósofos y pensadores liberales habían puesto en los
fundamentos morales y éticos del sistema y especialmente en demostrar que era el más justo de los
sistemas conocidos. Después de algunos trabajos pioneros tales como La ética de la sociedad
competitiva, (1935) de F. H. Knight; Los fundamentos de la moral, (1961) y La economía del mercado
ante el pensamiento católico (1954) de Daniel Villey, es sobre todo la prolífera e inteligente obra de
Daniel Villey, es sobre todo la prolífera e inteligente obra de Michael Novak la que terminó de mostrar
en forma concluyente la inmensa superioridad moral del liberalismo frente a cualquiera de los
sistemas hasta ahora conocidos. A esto lo pone de relieve fundamentalmente en su libro más
notorio: El espíritu del capitalismo democrático, (1982). Además, en libros posteriores como Será
libertadora (1986) formuló una apabullante demostración de la falsedad de la denominada teología
de la liberación. También la filosofía política liberal recibió un vigoroso impulso de un pensador que,
curiosa y paradojalmente, pretendió al comenzar su más importante obra, Anarquía, Estado y utopía
(1974) darle al estado moderno una fundamentación socialista. En vez de ello, elaboró una de las
más luminosas utopías del liberalismo político de las últimas décadas. En efecto, Roberto Nozick
probablemente el más profundo filósofo político liberal contemporáneo, quien fue profesor de la
Universidad de Columbia y actualmente enseña en Harvard, tanto en la mencionada obra como en
su última publicada Explicaciones filosóficas (1981), se revela como el verdadero sepulturero de la
sociedad de masas y profeta de una sociedad en la que los individuos no buscarán ser iguales entre
sí, sino por el contrario, al disponer cada uno de ellos de una franja de libertad mucho mayor de la
que se posee actualmente, realizarse vitalmente en tanto se distinguen y diferencian de los demás.
El marco institucional que permitirá esto es el del estado mínimo, el cual sólo tendrá la función
primaria de asegurar justicia y seguridad para sus habitantes. A partir de ahí Nozick considera a toda
otra función que asuma el Estado como fundamentalmente ilegítima. De más está decir que, la
consecución de las metas drásticas de las relaciones establecidas entre el Estado y los individuos
para asegurar así un lugar donde las personas están en libertad de unirse voluntariamente para
seguir e intentar su propia versión de la vida buena en la comunidad ideal.
A diferencia de Nozick, filósofo solitario y de inspiración lockeana, James Buchanan de raíz
hobbesiana, es el principal portavoz de una escuela, la de Virginia o de la elección pública (Public
choice) cuyos integrantes Gordon Tullock, Los motivos del voto (1976), N.A. Niskanen, La burocracia
(1976) y otros, no sólo son responsables de las más importantes renovaciones operadas en el
pensamiento liberal, sino que, con sus trabajos han permitido una mejor y más racional comprensión
de los problemas y funcionamiento de las sociedades modernas. Sus aportes, basados en la
aplicación sistemática de los instrumentos analíticos económicos, no reconocen barrera disciplinaria
alguna. Van desde la ciencia económica (Buchanam mismo es Premio Nobel en esa especialidad)
hasta la ciencia política y el derecho constitucional. Lo fundamental del pensamiento político de esta
corriente está condensado en el libro de Buchanan Los límites de la libertad -entre la anarquía y el
leviatan (1974). En dicha obra, el autor distingue entre el Estado protector (equivalente al estado
mínimo de Nozick), cuya función sería preservar los derechos declarados en el contrato
constitucional, y el Estado productor, que tendrá la función de elaborar bienes públicos
indispensables para el desarrollo armónico de las sociedades, cuales son en primer lugar la ley y
luego todo otro servicio valorado socialmente y que no sería ofrecido en ausencia de la institución
estatal. Para lograr un sistema institucional como el que se sugiere, serán imprescindibles entre otras
cosas, cambios estructurales básicos o una revolución constitucional, de modo que se permita una
redefinición clara y un fortalecimiento de los derechos individuales y se reduzca el campo de la
actividad coactiva determinada estatalmente. Es necesario, pues, establecer con precisión los
límites entre el Estado y la libertad integral de los individuos. En fin, Buchanan coincide con Nozick
en que es necesario un nuevo contrato social si es que se pretende seguir ampliando la esfera de la
libertad y detener el avance del Estado.
Importante en la escuela objetivista de Ayn Rand (1905-1982), pensadora rusa radicada en los
[Link]., cuyas ideas agudas y provocativas han influido mucho en amplios círculos intelectuales de
países de cultura predominantemente sajona. En algunos de ellos, como Dinamarca y Noruega, sus
partidos liberales declaran su cercanía doctrinaria con esta línea de pensamiento. Sin llegar a caer
en posiciones anarquistas, esta doctrina propicia la elaboración de un código moral que les
diferencia a los hombres los valores e intereses correctos de los que no lo son, para que aquellos le
sirvan de suprema guía, pues el fin esencial en la vida es la preocupación por el propio interés que se
equipara con una digna existencia moral. Pareciera que sus propuestas muchas veces entran en
colisión con criterios y principios aceptados convenientemente por la cultura tradicional de occidente.
De entre las principales obras traducidas al castellano podemos citar El manantial (1943) y La virtud
del egoísmo (1964).
Con Gary Becker, La inversión en capital humano (1964), y especialmente T. Schultz Invirtiendo en
la gente (1981), la escuela del capital humano logra éxito en refutar la hipótesis de los economistas
clásicos de que el progreso económico está determinado por la dotación de recursos naturales de un
país, o para decirlo en términos inversos, que la limitación o insuficiencia de los mismos es una
barrera para el desarrollo. La tesis central de esta corriente, radica por el contrario, en que la
verdadera clave del crecimiento de un país está relacionada con la cuantía y calidad de la inversión
en la educación y salud de sus habitantes. Al respecto, considero que hay actualmente en el mundo
moderno suficientes ejemplos de países que actúan como ilustración y demostración de estas tesis.
En el campo de la historia social y económica el liberalismo se vio rejuvenecido y fortalecido con la
contribución que han hecho los especialistas que se inscriben en la escuela de los derechos de la
propiedad. Constituyen una legión los que usan este enfoque en las disciplinas sociales, pero es
pertinente resaltar aquí las investigaciones de Douglas North, sobre todo la que surge de su
Nacimiento del mundo occidental (1973). En ella refuta de un modo definitivo y aplastante las teorías
de K. Marx acerca del surgimiento y fortalecimiento del sistema capitalista. Las influyentes teorías de
Douglas North, en síntesis, explican lo siguiente: el capitalismo nació en los Países Bajos durante el
siglo XVII porque fueron los primeros en dotarse de un marco de instituciones y de derecho de
propiedad que sirvieron para crear suficientes motivaciones en las gentes de la época, para canalizar
sus dineros hacia las actividades que suponían más útiles. Con posterioridad, sólo las naciones que
supieron dotarse de derechos de propiedad precisos y claros se inscribieron en el camino del
progreso. Para North, a diferencia de Marx, que privilegiaba el modo de producción, es el derecho,
definido como una tecnología de la organización de las relaciones humanas, económicas y sociales,
la clave del éxito de los países.
Las falsas tesis elaboradas por R. Prebisch que paralizaron el progreso de los países
subdesarrollados por dos décadas, fueron refutadas por J. Viner, G. Haberler y más modernamente
por Peter T. Bauer en La crítica de la teoría del desarrollo. Por su parte, desde la filosofía de la
ciencia, Karl Popper, acertadamente llamado el Kant del siglo XX, tanto en La sociedad abierta y sus
enemigos (1945), como en su producción posterior, que llega hasta hoy, fue marcando la falsía que
hay detrás de todas las ideologías historicistas y proféticas, especialmente el marxismo. Para
terminar, corresponde hacer referencia a lo que yo denomino la Vanguardia liberal representada hoy
por el más viejo y lozano de los liberales modernos, Friedrich Von Hayek, nacido en Austria en 1899,
quien vivió el auge, la declinación y el renacer del liberalismo. En 1944 escribió un libro que lo haría
famoso: El camino de servidumbre, donde advertía que la planificación llevaría irremediablemente al
comunismo. Después, al observar la crisis del socialismo, se dedicó a reformular y renovar al
liberalismo. En Los fundamentos de la libertad (1959) fue más allá de la economía para buscar una
mejor redefinición del orden jurídico y social de la libertad. Una de sus tesis es que los liberales
deben permanentemente ir ampliando el campo de las libertades. Para ello tienen que ensanchar el
horizonte de las utopías que proponen, a decir verdad, en esto fue consecuente. Premio Nobel de
Economía en 1974, produjo muy recientemente una verdadera revolución en la teoría económica
liberal al desarrollar propuestas que implican la rectificación de anteriores opiniones. Comenzó
declarando la inutilidad de la sacrosanta teoría cuantitativa de la moneda. Explicó después la
irracionalidad que supone el prejuicio de que el Estado debe mantener el monopolio de la emisión de
moneda.
Sugiere con entusiasmo llevar la libertad y la competencia al campo de la moneda para que se pueda
formar un verdadero mercado de monedas en concurrencia. Otro aspecto muy original de su
concepción es que no solamente descarta por completo la existencia de un Banco Central, sino que
se aleja de su anterior actitud en favor del patrón oro. Esta impactante propuesta desarrollada en La
desnacionalización de la moneda (1976), quizás no se quede atrás en audacia respecto a su última
utopía: la demarquia como sistema político que perfecciona y deberá sustituir en el futuro a la
democracia.
A esta teoría nos la explica Guy Sorman, el más notable difusor de la revolución liberal
contemporánea, en su anteúltimo libro Los verdaderos pensadores del siglo XX, (1989). Con todo, y
por lejos, Von Hayek ha sido quien más ha hecho durante el presente siglo, no solamente por
fortalecer el edificio intelectual del liberalismo, sino también por debilitar los cimientos del socialismo.
Y es nuevamente a Guy Sorman a quien debemos acudir para explicar la verdadera situación de
crisis que vive el mundo socialista. A todo esto el economista francés nos lo explica magistralmente
en su más reciente obra Salir del socialismo (1991).
En síntesis, durante la década de los ochenta, el mundo restableció el liberalismo y tras el muro de
Berlín, derrumbó toda alternativa de instaurar con éxito cualquier forma socialista de organización
social.
A diferencia de lo que sostiene el autor de El fin de la historia, Max Weber no fue un autor al que se lo
pueda inscribir sin más en la corriente idealista de pensamiento. Lo que el autor de la Etica
protestante y el espíritu del capitalismo se propuso demostrar a lo largo de gran parte de su obra, es
que K. Marx se equivocaba al pretender explicar el cambio social a partir de la ponderación de una
sola variable, a saber la propiedad de los medios de producción. Weber trató de refutar a Marx en
tanto éste sostenía una explicación monocausal de los problemas sociales. Pero al hacerlo no cayó
en el otro extremo, como sugiere Fukuyama, de sostener que sólo las ideas tienen idoneidad para
producir cambios sociales. Este es un aspecto de una polémica, diría, ya concluida, y es curioso que
el autor estadounidense la exhume en términos tan inadecuados. Por otro lado, afirma Fukuyama
que después de Weber no han habido teorías respetables que pongan énfasis en los factores
ideológicos y culturales para explicar el desarrollo económico. No obstante, revisando el panorama
de las teorías no-marxistas modernas, encontramos en el campo de la sociología el convincente
esfuerzo de Talcott Parsons desarrollado en Economía y sociedad (1956), en el ámbito de la
economía a T. Schultz con El valor de la educación en la economía (1963) y en el de la historia, los
trabajos de D. North, como algunos de los tantos ejemplos que podemos citar para refutar la
afirmación de Fukuyama.
De más está decir que a ninguno de los autores citados se los podrá incluir dentro de lo que
convencionalmente en filosofía se conoce como idealistas en sentido estricto. Para encontrarlos hay
que atravesar las fronteras del liberalismo y adentrarse en la línea de pensamiento que, arrancando
de Platón, encontró su culminación en Guillermo Federico Hegel. Del sistema de pensamiento de
este influyente filósofo alemán, y a través de la interpretación que del filósofo alemán, y a través de la
interpretación que del mismo hiciera el filósofo ruso A. Kojeve, extrajo centralmente Fukuyama el
marco filosófico dentro del cual desarrolla la parte más perniciosa de su planteo, plagada de
profetismo social.
Este último consiste esencialmente en la creencia filosófica de que la historia está regida por leyes y
principios cuyo descubrimiento puede permitir adivinar el futuro, esto es, hacia dónde marcha
aquélla. En una palabra, se trata de la creencia, apoyada en pretenciosos y herméticos sistemas de
ideas y términos a través de los cuales se intenta sin éxito conferir la imagen científica, en que se
puede conocer por anticipado el destino del hombre y de la humanidad. El destino estaría escrito o
adivinado y de nada valen los esfuerzos del hombre para escapar del mismo.
De todos los filósofos que han sostenido ese tipo de ideas, ninguno más pernicioso que Hegel, quien
fuera el padre intelectual de las ideologías extremas, responsables de todos los horrores del siglo XX
y cuyo agotamiento está a la vista. La disección de su falsa concepción ha sido realizado por agudos
pensadores liberales, sobre los que no abundaré.
Pero una de las omisiones más notables del artículo de Fukuyama es la relacionada con las teorías
del filósofo liberal Karl Popper. Como se sabe, en su libro La sociedad abierta y sus amigos Popper
realiza una de las más demoledoras críticas, no sólo de las ideas de Hegel y Marx, sino de todas
pretensiones de validez que quisieran asumir las ya mencionadas filosofías de la historia. En el libro
citado, el brillante pensador austríaco, se encarga de demostrar cómo las filosofías de la historia, de
izquierda o derecha, devinieron en trágicas ideologías basadas en imaginarias o mesiánicas
misiones históricas que inevitablemente debían cumplir la raza aria (en el nazismo) o la clase
proletaria (en el comunismo) y que una vez cumplidas el curso de la historia se detendría, por haber
llegado a su plenitud, lo que ocurriría cuando una raza alcanzare la supremacía total en el mundo o,
en el caso del marxismo, cuando no quedasen vestigios del capitalismo burgués. Como todos saben,
el milenio profetizado por Hitler o la irreversibilidad del advenimiento del comunismo, no pasaron de
ser ensueños que costaron a la humanidad millones de vidas.
Después del derrumbe de ambas concepciones, que no son otra cosa que herederas de formas de
pensamiento irracionales, poco espacio intelectual les quedará en el futuro a los sucedáneos de las
mismas que se intentaren construir. Estas formas de pensamiento, es necesario reiterarlo, suponen
falsamente que es posible descubrir el significado de la historia, como si ésta fuera una dimensión
que responde a leyes propias, ajenas a los hombres que en verdad la realizaron.
No estamos en vísperas del fin de la historia. Lo que sí es dable presumir es que lo que está
finalizando en el mundo es la era de las filosofías de la historia. Es decir, el fin de todos aquellos
intentos de ajustar y regimentar los comportamientos humanos en función de un destino que se
considera inevitable, en base a pensamientos que hunden sus raíces en la magia o cualquier otra
superchería. No es desde luego seguro, pero sí altamente probable que estemos asistiendo al
entierro de todas las especies de profetismos sociales. Todo lo anterior nos permite presumir que
hay razones para inferir que en el futuro se tenderá a confiar más en la voluntad y la razón humana
que en las fuerzas ciegas de la historia.
Pero es absolutamente aventurado afirmar que por el hecho de que el liberalismo ganó las batallas
ideológicas del siglo que finaliza, la historia ha terminado. Es incluso una afirmación peligrosa, pues
puede producir un debilitamiento en la responsabilidad de los hombres ante la convicción que la
humanidad estará definitivamente regida por los principales liberales. Enhorabuena si ello ocurriera.
Pero si así fuere, ello se deberá no a un destino inevitable, sino a la constante y celosa defensa y
ampliación de la esfera de las libertades del hombre. Pero nadie puede percibir y menos profetizar
que el rumbo de la historia ya no se alterará. Si desde el propio marxismo y antes de su derrumbe, un
célebre teórico italiano, A. Gramsci, planteó en última instancia que la posibilidad de la instauración
de una sociedad comunista dependería mucho menos de las irreprimibles leyes históricas
preconizadas por Marx, que de la voluntad y la razón operando sobre la conciencia de los hombres.
¿Quién nos puede asegurar entonces que los ensueños colectivistas que tienen sus raíces en las
ideas de Platón, no volverán a resurgir no basadas ya en la filosofía de la historia propiciada por Marx
sino en la voluntarista de Gramsci? ¿Y quién nos puede asegurar que en el futuro la libertad no se
encontrará en peligro, ante nuevos desafíos que provenientes del campo de la ciencia o de la
tecnología? ¿Los vertiginosos avances de la genética no le podrán plantear a la conciencia libre del
hombre problos casi a un paso de que las fantasías científico-literarias de A. Huxley puedan
convertirse en realidad, si es que el hombre, a través de su constante y responsable ejercicio de su
libertad, no lo impide? O, atento a la progresión exponencial con que avanza la tecnología de las
computadoras, ¿es arriesgado suponer que lo leído y visto en 2001, Odisea en el espacio, seguirá
siendo sólo una ficción relatada y filmada?
Fukuyama nos anticipa que cuando llegue el fin de la historia, ésta será triste. Ya no habrá lugar para
la imaginación ni el coraje. Tampoco habrá tiempo para el arte ni la reflexión profunda de los
problemas del hombre.
No creo en absoluto que ello vaya a ocurrir. Mas bien, creo que el disfrute a escala planetaria de los
valores occidentales y liberales harán más agradable la vida. Pero también considero que el ejercicio
de las libertades deberá ser asumido con responsabilidad para poder conservarlas y acrecentarlas.
Si eso no fuere así, muy probablemente la anarquía y el desorden serán sus correlatos inexorables.
La historia, en fin, no ha llegado a su fin.
Por el contrario, estoy persuadido que está recién comenzando. Lo que sí creo ha terminado es el
período de las supercherías ideológicas. Esto es, lo que estaría concluyendo es la era en que la
fuerza y la magia sustituyeron a la razón y al derecho. Desgraciadamente, para poder llegar a este
estadio en la historia de la humanidad, el hombre tuvo que pagar el alto precio de guerras y
genocidios que parecían no tener fin.
Pero no por ello los verdaderos valores de la civilización occidental, la paz, la libertad, la justicia y la
tolerancia estarán a salvo. La razón, la ciencia y la tecnología si no son puestas al servicio de esos
valores pueden llegar a constituirse en sus serios enemigos. Es pues imprescindible que la
esperanza en un mundo mejor y más libre no decaiga. Pero al mismo tiempo, que no se confíe en su
inevitabilidad. Los hombres deben convencerse que, muy probablemente, para alcanzar las metas
anheladas por toda la humanidad y para decirlo con palabras de Karl Popper -"en lugar de actuar
como profetas, debemos convertirnos en forjadores de nuestro propio destino".
Las relaciones entre el conservadorismo y el liberalismo siempre fueron complejas. Nunca fue fácil
encontrar la frontera que delimita ambas esferas de pensamiento. Una de sus causas es la dificultad
que presenta la tarea de precisar sus respectivos contenidos doctrinarios. Aclarar esta cuestión es lo
que nos proponemos en este trabajo. La otra razón que es fuente de ambigüedades y confusiones,
es la semántica y la significación que tienen ambos términos en diferentes latitudes. Pero sobre esto
no nos detendremos. Sólo nos basta al respecto recordar -con relación al vocablo conservador- la
aclaración formulada por W. Harbour: "Pretender que el conservadorismo se basa simplemente en la
preservación de un status quo dado, llevaría al absurdo, planteando la perpleja instituciones
comunistas, liberales, conservadoras o fascistas en sus respectivos países, deberían quedar
rotulados de conservadores". Esto es el conservador no es sólo el mero defensor del orden
establecido. En la literatura política occidental se le da al término una significación más amplia.
El vocablo conservador adquirió status político cuando fue utilizado en Inglaterra para designar no
tanto a los proverbiales defensores de la monarquía y la iglesia, o sea los tories, sino más bien a los
que se opusieron a la revolución francesa, por considerar que toda conmoción violenta de las
instituciones era perniciosa para el progreso de los pueblos y las naciones.
Edmund Burke, el célebre político irlandés, quien en 1790 escribiera las Reflexiones sobre la
Revolución de Francia y sobre la actitud de ciertas sociedades de Londres respecto a ese
acontecimiento", obra más conocida en la historia de las ideas políticas como Reflexiones sobre la
Revolución Francesa, fue quien por primera vez presentó en forma orgánica los principios de un
conservadorismo definido y consciente. burke tenía en realidad un origen whig, pero fue adoptado
por los tories cuando advirtieron que defendía el principio de la transformación evolutiva de las
sociedades, contrario al cambio revolucionario.
Burke, quien desconfiaba de las filosofías políticas (se refería a lo que hoy se denomina ideologías,
pero este último vocablo recién fue acuñado por Destut de Tracy una década después), se
consideraba hombre de principios y pensaba que el gobernante sabio y capaz era sólo aquél que
sabía combinar la disposición para conservar con la habilidad para reformar.
Fue por ello, y esto no debiera resultarnos extraño, que con la misma intensidad con que se opuso a
la revolución de 1789, defendió antes, en 1776, la independencia de los Estados Unidos.
Diferencias de ayer
En realidad, es muy difícil poder sintetizar las características básicas del conservadorismo, dada la
multiplicidad de tendencias que se han manifestado en el tiempo y en el espacio, pero creemos que
las fundamentales son las siguientes: a) resistencia al cambio o en su caso, preferencia por el
cambio evolutivo; b) preferencia por la tradición, el orden y las jerarquías; c) desconfianza en la
capacidad del Estado para mejorar la condición y la naturaleza del hombre; d) protección de la
libertad individual, pero a la vez, impulsó a reforzar el principio de autoridad; e) visión realista de la
sociedad y del individuo. El conservador parte del principio que los hombres no son iguales por
naturaleza; f) acentuada defensa de la función que cumplen la familia, la religión y las fuerzas
armadas.
Siempre habrá una gran dificultad para definir lo que defiende el conservadurismo, porque como
realistas que dicen ser, cambian cuando el mundo cambia y por ello tienden a cambiar de opinión las
instituciones que hay que conservar. Pero en este aspecto no puede haber equívocos: no pretenden
conservar todo lo pasado, sino solamente lo que ha demostrado ser con el paso del tiempo lo mejor
y lo más útil.
El conservadurismo alude, en fin, a una forma de ser; a una mentalidad que se guía por muy pocos
principios. Por el contrario, el liberalismo es una ideología, esto es, un conjunto de valores o
creencias aceptados por un grupo determinado como válidos y verdaderos. Le permite al creyente
obtener una visión (a la que supone completa) del hombre, de las instituciones y del mundo. Por eso
tienen siempre pronta una propuesta de solución a cada problema de la sociedad. A la compleja
realidad social, la pueden organizar y simplificar así, a través del prisma de la ideología. Y es por ello
que se puede afirmar que mientras el liberal es lógico y abstracto, el conservador es concreto y
pragmático.
No obstante -como se ha visto- lo matizada que se presenta modernamente esta doctrina, creemos
posible caracterizarla también a través de sus principales notas distintivas: 1) creencia absoluta en la
razón humana (a diferencia de ellos, los conservadores piensan con Pascal "que el corazón tiene
razones que la razón no conoce"; 2) tendencia a favorecer el cambio; 3) confianza en las
instituciones para mejorar la condición humana; 4) defensa de las libertades del hombre poniendo
particular énfasis en las ligadas a la actividad económica; 5) acentuada proclividad a limitar la acción
del Estado.
Por extraño que pudiera parecer, en la Argentina, a diferencia de otros países del mundo occidental,
el liberalismo y el conservadurismo no han tenido manifestaciones partidarias propias y
contrapuestas. Por ejemplo, en Chile, durante largo tiempo o en Colombia hasta hoy, los conflictivos
procesos políticos internos tuvieron como protagonistas principales a los partidos conservadores y
liberales. En Uruguay esta distinción guardaba correspondencia con la oposición blancos vs.
colorados. En nuestro país, sólo en la Provincia de Corrientes creemos encontrar en los liberales y
autonomistas esta diferencia política tan característica en otras latitudes entre la segunda década del
siglo XIX y principios del actual. Se equivocan quienes quieren ver en la lucha entre unitarios y
federales una expresión de esta dicotomía.
Curiosamente fueron muy pocos los partidos provinciales que usaron el término conservador para
denominarse. El primero en hacerlo fue el Partido Conservador de la Provincia de Buenos Aires, a
principios de este siglo. Ello no obstante, la expresión se utilizó asimismo para designar a aquellas
agrupaciones políticas que, aunque nunca se llamaron de esa forma tuvieron un programa
conservador. Con el término liberal, ocurrió aproximadamente el mismo fenómeno. No solamente no
tuvieron entonces una expresión partidaria diferenciada, sino que por el contrario tendieron a sufrir
un complejo proceso de simbiosis. La visión conservadora de la política se confundió
inexplicablemente con la ideología liberal.
Ya en uno de los primeros partidos políticos argentinos con atisbos de organización moderna, como
lo fue el Partido Autonomista Nacional de Roca y Juárez Celman, podemos advertir una clara
tendencia a combinar una percepción conservadora del Estado y de la sociedad con principios
liberales. De una u otra manera este fenómeno ha sido una constante en la historia política nacional.
La aparición del vocablo centro y su derivación centrismo comenzó a usarse en nuestro país a raíz
seguramente de la injusta erosión que sufrieron en su prestigio los términos liberal y conservador.
No es ésta desde luego la oportunidad para explicar los motivos de ello, pero como quiera que sea
fueron los términos mencionados los que comenzaron a utilizarse para designar a esa fuerza de la
política argentina. Por el contrario, la expresión derecha nunca encontró terreno fértil en nuestro país
para reconocer a estas líneas de pensamiento. Su uso quedó reservado sólo para designar aquellas
posiciones que evocan el haz lictor del fascismo y todas las posiciones autoritarias-corporativistas.
No obstante, en los últimos años, el término liberal readquirió su prestigio de otras épocas y
progresivamente fue sustituyendo en el lenguaje político argentino al otro término que se usó para
designar esta franja del pensamiento. Pese a ello, la mayoría de los partidos, excepto el caso de
Corrientes y San Luis, no usaron todavía el término liberal para autodenominarse.
Coincidencias de hoy
Además, y por extraña paradoja, en momentos en que en todo el mundo el pensamiento conservador
y liberal comenzaba un proceso de fusión ideológica, en la Argentina, la diferencia empieza a
manifestarse, aunque en un plano más terminológico y de etiquetas políticas que de reales
contenidos doctrinarios.
En el mundo, el proceso de acercamiento de ambas visiones políticas, se inició cuando quedó clara
la prevalencia de las ideas estatistas, período que como se ha visto, transcurrió entre 1930 a 1980.
Durante esta etapa las ideas conservadoras y liberales a través de una serie de intercambios y
concesiones se acercaron notablemente. Así el conservadurismo, de tradición antidemocrática
acepta hoy sin reparos a ese sistema como el único legítimo. Asimismo, ven en el Estado, con su
inclinación a sobredimensionarse y limitar distintos ámbitos de la libertad individual, una institución a
la que hay que reducir sus poderes y funciones. Por su parte, el liberalismo ha abandonado su
creencia en la igualdad social entendido como un resultado, para rescatar el concepto conservador
de la igualdad jurídica. Inclusive los liberales modernos, como ya vimos, adhieren a la visión de una
sociedad en que sus miembros buscan realizarse individualmente, determinando una sociedad de
desiguales, que se contrapone a la sociedad de masas, característica del período de predominio de
las ideas socializantes. A este proceso ha contribuido la actual revolución tecnológica (la informática,
la robótica, etcétera) que está posibilitando formas de organización social, económica y política, en
donde el individuo adquiere un protagonismo en los diferentes procesos sociales en que participa,
que toda aquella problemática de la enajenación y alienación que algunos sociólogos y reformadores
sociales denominaron como propios de las sociedades industriales, está desapareciendo. El
principal aliado en el avance del pensamiento individualista son las computadoras.
Como explicó con agudeza A. Toffler, la tecnología de la sociedad industrial trataba de multiplicar la
fuerza física del hombre, la computadora en cambio potencia sus posibilidades mentales. Por eso el
conservador recela menos del cambio y recobra su confianza en la tecnología. Por su parte, el liberal
advierte que la dimensión que la propia legitimación social de una ideología depende de que sus
principios básicos tengan clara congruencia con los postulados morales propiciados por la cultura
occidental.
También se observa que al igual que el conservador, el liberal ahora desconfía de los proyectos de
ingeniería social que se proponen cambiar la naturaleza del hombre y de la sociedad. En fin, ambas
visiones coinciden en la necesidad de conservar y ampliar la esfera de las libertades individuales y
en fortalecer el derecho de propiedad privada. Ambas adhieren a todo intento de descentralización
social y rechazan toda forma de planeamiento estatal. Las coincidencias de hoy han sobrepasado a
las diferencias de ayer. Es como si se hubiera vuelto a las fuentes, cuando a fines del siglo XVIII
Burke y A. Smith se jactaban de coincidir en todos los aspectos relativos a la organización del
gobierno y de la sociedad.
Como se ha dicho, este proceso en la Argentina tiene características más terminológicas que
ideológicas. Sin dejar de tener en cuenta algunos matices, se puede afirmar que los partidos
argentinos de esta filiación poseen una base electoral nutrida por individuos que indistintamente
pueden identificarse como conservadores o liberales. Muy excepcionalmente estos matices pueden
generar situaciones de tensión ideológica interna. La actitud ante problemas como la relación iglesia
y estado, o fuerzas armadas y sociedad. O más puntualmente el aborto, divorcio, eutanasia, son
temas en que se podrá observar con más nitidez la mentalidad conservadora o liberal. Pero la
tendencia mundial es a una creciente indiferenciación de contenidos doctrinarios.
La cuestión del centro
En realidad, el término centro tiene una rica historia en el lenguaje político occidental. Las raíces las
podemos buscar con precisión en Francia en tiempos de la Revolución. En la Asamblea
Constituyente se sentaban a la derecha de la presidencia los defensores de las instituciones
tradicionales, a la izquierda los partidarios de la reforma y de la igualdad, y en centro -como se
encargó de recordárnoslo Manuel Fraga Iribarne "una serie de grupos partidarios de hacer algo, pero
con prudencia". Como se observa, a fines del siglo XVIII en Francia, el centro se diferenciaba de
conservadores y liberales, que estaban a su derecha e izquierda, respectivamente. Hoy en nuestro
país sirve para englobar ambas tendencias. De cualquier manera, es muy controvertida la función
política que cumple y la ideología que caracteriza la tendencia centrista.
El sociólogo Maurice Duverger, por ejemplo, sostiene que centro es el lugar geométrico donde se
reúnen los moderados de tendencias opuestas, moderados de derecha y moderados de izquierda.
"Todo centro está dividido contra sí mismo al permanecer separado en dos mitades: centro izquierda
y centro derecha. Ya que el centro no es otra cosa que la agrupación artificial de la fracción derecha
de la izquierda con la fracción izquierda de la derecha. El destino del centro es ser separado,
sacudido, aniquilado: separado, cuando una de sus mitades vota por la derecha y la otra por la
izquierda; sacudido, cuando vota en bloque, bien por la derecha, bien por la izquierda; aniquilado,
cuando se abstiene. El sueño del centro es realizar la síntesis de aspiraciones contradictorias, pero
la síntesis no es más que un poder del espíritu". Fraga Iribarne, por el contrario, sostiene en su obra
Teoría del centro político que el centrismo tiene entidad doctrinaria propia que no es conservadora ni
revolucionaria, sino reformista.
Podríamos, desde luego, continuar extensamente citando autores sostenedores de distintas
opiniones respecto a esta cuestión, pero lo que verdaderamente nos interesa aquí, más allá de las
disputas o querellas académicas o doctrinarias, es poner de relieve que en nuestro país, el centrismo
es una denominación más con la que se conoce a esa fragmentada corriente política que hoy, como
ideología más que como partido, gravita en la política nacional en una medida casi desconocida en
las últimas décadas.
Se ha dicho antes que la expresión liberal ha sido incorporada nuevamente al lenguaje político
argentino, sin las connotaciones negativas que tenía hasta hace una década. No obstante, el vocablo
centro y sus derivaciones siguen utilizándose para denominar los partidos de esa filiación.
Recuérdese que en las últimas elecciones presidenciales la conjunción de las fuerzas
liberales-conservadoras del país fueron a elecciones bajo la denominación de Alianza de Centro la
Unión de Centro Democrático.
Los contenidos doctrinarios, la estrategia global, las técnicas de acción y movilización política de la
socialdemocracia en el mundo son generalmente las que propone el partido socialdemócrata
alemán.
Esto ocurre así desde 1875, año en que virtualmente se funda esa agrupación política. En esa
oportunidad fue dado a conocer el famoso programa de Ghota. Famoso entre otros motivos porque
fue criticado por Karl Marx en uno de sus últimos trabajos.
Desde entonces y hasta hoy la agrupación alemana es la encargada de adelantar a sus congéneres
del mundo el rumbo ideológico a seguir. Así, después de ser disuelta en 1933 por el nazismo, y
refundada después de la segunda guerra mundial, fue la primera agrupación socialista gravitante,
que comenzó a podar de su plataforma consignas, técnicas, metas y objetivos característicos hasta
esa época de la izquierda neomarxista. Fue, como antes dijimos la primera en aceptar el pluralismo
democrático y después, aunque más en la letra que en el espíritu la economía de mercado, aunque
esto último con múltiples limitaciones y reservas. Esto se refleja con nitidez en el programa elaborado
y aprobado por el Congreso de Berlín en diciembre de 1989. Fue el programa que sostuvo en las
elecciones recientes en las que sufrió una aplastante derrota a manos demócrata cristianas y
liberales.
Un análisis somero de ese programa nos muestra que no obstante haber incorporado principios,
valores y formas de organización política y económica propiciadas desde hace décadas por los
partidos liberales, el alcance y sentido que tienen esas propuestas y la función que se les asigna
difieren esencialmente de la que tienen en la concepción liberal.
El programa se propone en su primer punto sintetizar lo que quieren los socialdemócratas alemanes.
Dentro de ese capítulo la libertad del hombre pareciera que no es valor prioritario para los socialistas
alemanes. Taxativamente se pone de relieve la importancia de la paz, la justicia, la igualdad, la
solidaridad y la democracia. Pero la libertad recién la podemos encontrar si nos internamos en las
salas interiores del programa socialista alemán. Curiosamente y en un lugar destacado de ese primer
capítulo se propicia conservar lo que merece ser conservado.
La definición pareciera haber sido extraída del libro de Edmund Burke Reflexiones sobre la
Revolución Francesa en el que se establecen los fundamentos del liberalismo conservador moderno
y del que además, en estos días se cumplen dos siglos de su publicación. Pero cualquier semejanza
es pura ilusión. Pues el autor irlandés presenta entre otros valores como dignos de conservar la
libertad y la propiedad privada. Y es precisamente esta última institución de la cual no se habla ni se
la menciona en toda la extensión de las veintisiete páginas del programa ya mencionado.
¿Qué es entonces lo que quieren conservar los socialistas alemanes? ¿Será quizás el Estado
benefactor cuya descomposición se está operando en todo el mundo? La respuesta a este
interrogante queda librada a la perspicacia del lector, pues el programa nada explica al respecto, y
aunque después reitera la expresión no aclara que es lo que desea preservar.
Distintas igualdades
Las plataformas liberales como socialdemócratas hablan de igualdad. Pero a esta altura ya se sabe
que hablan de cosas diferentes. La igualdad para los liberales es igualdad jurídica de oportunidades,
pero de ninguna manera se propicia una igualdad de resultados. Es decir, una sociedad de iguales
como soñaba Rousseau y Marx. Y es más bien este concepto de igualdad que late a lo largo de todo
el programa de Berlin. Hace tiempo que los conservadores y liberales modernos coinciden con la
frase del ya citado E. Burke "Todos los hombres tienen iguales derechos, pero no a cosas iguales".
El programa aprobado en diciembre de 1989 se presenta solemnemente como una propuesta para el
siglo XXI. En realidad, dudo que pueda aguantar la década que resta para llegar a él. Y esto es así
por los esfuerzos que realiza por mantener vigentes objetivos sociales que en otras latitudes y en
Alemania misma se están dejando presurosamente de lado.
Veamos algunos ejemplos: "La socialización ha de ser al mismo tiempo un instrumento de la
democracia y de la política económica". "Tanta planificación como sea necesaria..." "Las empresas
públicas al no estar guiadas por el afán de lucro frecuentemente pueden satisfacer al máximo (sic)
una necesidad reconocida como tal por la sociedad..." El mercado por sí sólo no puede lograr el
pleno empleo ni la justicia distributiva (lo que hay que aclarar aquí es que ningún programa
genuinamente liberal se propone tales objetivos pues sus efectos sobre la economía y la sociedad
serían contrarios a los buscados). Cincuenta años de experiencia en el mundo lo demuestran.
La lectura del programa le sigue deparando al lector la sorpresa de encontrar contenidos más
arqueológicos que ideológicos. A saber: "La propiedad obliga (no se aclara si la privada o la estatal)
su uso debe contribuir al mismo tiempo al bien general". Más adelante sin embargo el programa nos
habla de la propiedad comunitaria la que aparentemente deberá ser creada cuando no se garantice
por otros medios que las relaciones del poder económico forme un sistema socialmente responsable.
En fin hay mucho en el programa analizado que las sociedades modernas a su turno han
experimentado y que su estruendoso fracaso las ha llevado a buscar en los modelos liberales formas
de organización social que concilie de un modo exitoso la democracia con el programa económico y
la calidad de vida. Pese a ello, los socialistas alemanes persisten en la defensa de postulados
perimidos.
Después de realizar descubrimientos asombrosos como por ejemplo que el progreso económico
tiene poco que ver con la productividad y el nivel de vida más alto, sino con la solidaridad y la
coparticipación, el programa plantea (y nos parece bien) lo que es ya una constante en las
plataformas de los partidos políticos europeos, esto es la problemática ecológica. Y después, los
tópicos comunes; trabajo y tiempo libre, coparticipación de los trabajadores en los beneficios,
etcétera, etcétera
En síntesis, nada de lo que proponen los socialdemócratas de novedoso es válido, y nada de lo que
presentan como válido es original.
Todo esto revela que las izquierdas democráticas están atravesando una profunda crisis intelectual.
Pareciera por momentos que no tienen ideas aptas para un mundo que cambia vertiginosamente.
Finalmente, creo que el liberalismo puede encarar con tranquilidad la década que se inicia, porque su
principal rival pareciera que no ha comprendido que es lo que está ocurriendo en el mundo.
Sin embargo, el liberalismo deberá mantenerse alerta y atento, porque tenemos la impresión que el
ensueño y la ilusión de una sociedad igualitaria no ha muerto y que la tensión entre libertad e
igualdad está siempre en el fondo de ambas visiones en conflicto. Aunque los pensadores liberales
hace tiempo que han resuelto ese dilema. La síntesis moderna la formuló M. Friedman una sociedad
que antepone la igualdad a la libertad termina sin igualdad y sin libertad.
La iglesia católica, a través de su credo, sus evangelios y su doctrina social no aconsejó nunca en
forma explícita y permanente ningún sistema terreno de pensamiento social, político y económico.
Ello no obstante, creo que se puede demostrar en forma concluyente que el liberalismo democrático
es, de todas las ideologías conocidas, la que más se concilia con sus postulados básicos. No sólo
ello, sino que es la que más ha contribuido y está contribuyendo y está contribuyendo a resolver los
grandes problemas de la humanidad.
Por supuesto que dista de ser perfecta. Pero a través de las centurias ha demostrado una inmensa
capacidad de autocorrección que le permite hoy sobresalir, en los países donde se la aplica, como la
única ideología que ha podido conciliar la democracia con el progreso material. Por esta razón es
que no titubeamos en considerarla como la más justa de las ideologías hasta ahora conocidas.
Si analizamos la doctrina social de la iglesia desarrollada a través de las distintas encíclicas desde la
Rerum Novarum hasta Laborem exercens se podrá observar que en ningún caso formula una
condena sistemática e integral de la mencionada ideología liberal. En el peor de los casos ha
rechazado sus eventuales excesos. Durante algunos períodos, sobre todo el de Paulo VI, manifestó
respecto al capitalismo liberal una acentuada desconfianza. Pero en ningún caso los sumos
pontífices llegaron a execrarla, como lo hicieron respecto al socialismo y a los totalitarismos de
extrema derecha e izquierda.
Para una mejor ilustración y demostración de lo afirmado sólo cabe dejar hablar a los sumos
pontífices a través de distintos documentos pontificios. Comenzaremos recordando lo dicho por Leon
XIII en su ya inolvidable Rerum novarum (de la que precisamente este año se celebra el propio siglo
de su publicación) que condenaba al socialismo por ser esta doctrina "inepta porque es perjudicial al
mismo obrero, injusta y subversiva... pues aquel dictamen de los socialistas, a saber que toda
propiedad ha de ser común, debe absolutamente rechazarse, porque daña a los mismos a quien se
trata de socorrer, pugna con los derechos naturales de los individuos y perturba los deberes del
Estado y la tranquilidad común". Aquí León XIII sólo se limitó a continuar la obra de Pío IX quien a
través de la encíclica Syllabus calificara al socialismo de pestilencia doctrinal. Pero es recién en la
quod apostolici muneris, donde Leon XIII analiza y anatemiza al socialismo integralmente
considerado, tanto en sus aspectos políticos sociales como filosóficos. Respecto de esa doctrina
dice: "Porque si bien los socialistas abusando del mismo evangelio, a fin de engañar más fácilmente
a los incautos, tienen la costumbre de desnaturalizarlo para conformarlo a sus doctrinas, sin
embargo existe una diferencia tan grande entre su perversa dogmática y la purísima doctrina de
Jesucristo, que no la hay ni la puede haber mayor (el destacado es nuestro). Luego de poner a
descubierto algunas falacias filosóficas del socialismo dice con relación al derecho de propiedad "por
ser un derecho nacido de la misma naturaleza debe ser mantenido intacto e inviolado en manos de
quien lo posee". Finaliza Leon XIII la encíclica exhortando a "los hijos de la iglesia a que no se
inscriban en esta secta tan detestable ni la favorezcan en modo alguno".
Posteriormente, en 1914, Pío X en il Grave Dolore, al oponerse a algunos principios del socialismo,
señala "que el justo y loable intento de mejorar la suerte del obrero y del ciudadano debe ir siempre
unido al amor a la justicia y al uso de los medios legítimos para mantener entre las varias clases
sociales la armonía y la paz".
Tiempo después Benedicto XV da a luz su primer encíclica Ad Beattissimi en la que luego de aclarar
"no nos parece necesario repetir los argumentos que prueban hasta la evidencia lo absurdo del
socialismo y otros semejantes errores" hace un llamamiento a la paz social, por las perniciosas
consecuencias que trae aparejado la lucha de clases: "todos estamos viendo y deplorando las
frecuentes huelgas, en las cuales suele quedar repentinamente paralizado el curso de la vida pública
y social hasta en los oficios de más imprescindible necesidad; igualmente esas amenazadoras
revueltas y tumultos en los que con frecuencia se llega al empleo de las armas y al derramamiento de
sangre". En Divini Redemtoris, Pío XI profundiza el examen condenatorio del comunismo que ya
iniciara Pío IX en la encíclica Qui Pluribus, en la que se acusa a esa doctrina e ser totalmente
contraria al derecho natural. Pío XI por su parte, luego de anatemizar todas las corrientes comunistas
afirmando que son doctrinas "que niegan todos los derechos, la dignidad y la libertad del hombre",
advierte que el comunismo "no ha podido ni podrá lograr sus objetivos ni siquiera en el campo
puramente económico". En Mit brenneder sorge, Pío XI se define con no menor claridad y
contundencia, pero en este caso condenando los extremismos de derecha. En dicho documento
pontificio, dado a conocer dos años antes de la segunda guerra mundial, se advierte acerca de las
funestas implicancias de las ideologías racistas, a la par que se las condena en su totalidad.
Continuidad del pensamiento anterior, pero expresado una vez finalizada la contienda mundial, es el
sostenido por Pío XII en la Iglesia católica y el nacional socialismo, en el que hace un balance atroz
del III Reich.
Por su parte, Juan XXIII en su Mater et Magistra, expresaba con no menor claridad que sus
predecesores: "la historia y la experiencia atestiguan que, en los regímenes políticos que no
reconocen el derecho de la propiedad privada de los bienes incluso productivos, son oprimidas y
sofocadas las expresiones fundamentales de la libertad, por eso es legítimo deducir que esto se
encuentra en garantía y estímulo en aquel derecho".
Durante la etapa de Paulo VI, si bien se advierte un tono crítico al capitalismo liberal desconocido
hasta entonces, en ningún caso se llega a negar el derecho natural a la propiedad privada como
fundamento de un orden social y económico justo. Las amonestaciones de Paulo VI al liberalismo en
realidad fueron tergiversadas e incluso falseadas por católicos que en ese entonces planteaban un
acercamiento doctrinario con el marxismo. A ellos y también a quienes hoy, desde partidos con
denominaciones que sugieren equívocas relaciones con la Iglesia católica, les comprende la
condena de Pío XII quien, en el radio-mensaje de 1951 La decimaterza, advierte "a los hombres
políticos y a veces incluso hombres de iglesia que intentasen hacer de la esposa de Cristo su aliada
o instrumento de sus combinaciones políticas nacionales o internacionales, lesionarían la esencia
misma de la iglesia, dañarían a la propia vida de este; en una palabra, la rebajarían al mismo plano
en que se debaten los conflictos de intereses temporales, esto es y continúa siendo verdad aunque
se haga por razones e intereses en sí mismos legítimos".
Actualmente el Papa Juan Pablo II al cuestionar públicamente las desviaciones de la llamada
Teología de la liberación, y al reafirmar los derechos de propiedad de los medios de producción como
surge de su encíclica Laborem Exencerns no ha hecho más que continuar con una ya milenaria
posición de la Iglesia, que tiene respecto a este tema por sólidos puntos de partida el séptimo y
décimo mandamiento inscriptos en la Ley de Dios: No robar y no codiciar los bienes ajenos.
Pero como si esto no bastara, en la reciente encíclica Centesimus annus, no sólo se reafirma el
"fracaso de la solución marxista", sino que trascendentalmente le concede a la economía libre o
economía de mercado, en tanto y en cuanto esté encuadrada en un marco jurídico que la ponga al
servicio de la libertad, un camino adecuado de solución a los problemas de las sociedades
modernas.
No a terminado de nacer y ya tiene acerbos críticos. Incluso estos últimos, como sus propios
defensores, le impusieron una denominación incorrecta: el nuevo orden mundial. Como si el que está
emergiendo sustituyera a otro que sería el viejo orden. En realidad, nunca hubo tal cosa
Un conflicto terminado
Lo que sí existió a escala planetaria fue un conflicto, que comenzó a gestarse al concluir la primera
guerra mundial y a declinar al iniciarse la década de los 80. Fue una batalla entre concepciones del
mundo contrapuestas. Entre ideologías irreconciliables.
Una colosal lucha de la que resultaron vencedores quienes piensan que nada puede estar por sobre
el hombre, su libertad indivisible y sus derechos inalienables.
En el bando de los vencidos, estuvieron quienes creyeron en el mito de la misión histórica de una
clase social, según la trágica utopía de Marx; o en la superioridad de una raza, propuesta por el
patológico pensamiento de Hitler; o la prevalencia absoluta del Estado como lo postulaba la
personalidad violenta y totalitaria de Mussolini; o de una religión para encubrir actos de violencia
como lo pretendió finalmente Saddam Hussein.
Fueron derrotados, en fin, los que quisieron sustituir la libertad por la opresión, la democracia por la
dictadura, el derecho por la fuerza y la justicia por la arbitrariedad. Como se sabe, ese conflicto ha
terminado. Ha finalizado lo que muy probablemente sea el más dramático período en la historia de la
humanidad. La guerra del Golfo fue en cierto modo un episodio bisagra en la historia contemporánea.
Con él se cierra una etapa y comienzan a darse las condiciones para el establecimiento de un orden
internacional que no conoce de precedentes.
Los comunes denominadores que algunos señalan que tiene con el período que va desde las
guerras napoleónicas hasta la primera contienda mundial, son tan débiles, que no bastan para tornar
convincente la comparación. Menos aun, la evocación de la pax romana como sugieren
absurdamente algunos de los apresurados críticos del nuevo escenario internacional.
El lúgubre ciclo que termina, se caracterizó por las dos horrorosas guerras mundiales y sus terribles
secuelas en vidas humanas y bienes materiales. Además, las permanentes contiendas regionales,
que fueron en muchos casos epifenómenos de la pugna entre las dos superpotencias. Pero lo que
verdaderamente signó esta época fue la probabilidad cierta de una conflagración nuclear, que
destruiría toda manifestación de vida.
Durante las últimas décadas fue patente el avance de los países alineados en los denominados 2 do.
y 3er. mundo. Tanto en uno como en otro, oligarquías sostenedoras de equivocadas ideologías,
practicaron irracionales experiencias de ingeniería social que sólo produjeron miseria, subdesarrollo
y opresión. Las ideas socialistas y estatistas y los mesianismos religiosos parecieron por momentos
que prevalecerían en el mundo. El desplome de los regímenes comunistas de Europa oriental
sepultó los ensueños igualitarios.
Aunque parezca curioso y sorprendente, muchos de los críticos del orden que comienza a
establecerse en el mundo evidencian una fuerte nostalgia por la etapa superada. Es que, en último
análisis, siguen pensando con K. Marx que los conflictos y las grandes revoluciones son las
verdaderas parteras de la historia.
Otros, simplemente, manifiestan su resentimiento por el triunfo del modelo liberal de organización
social. Tanto estos como aquéllos, en sus ataques al ordenamiento en libertad que se está gestando,
pareciera como que prefieren los sombríos años pasados a la paz que podría alcanzarse.
Un orden social -tanto nacional como internacional- para que sea genuino debe cimentarse en una
escala de valores compartidos por la mayoría. En este sentido tengo la certeza de que sus beneficios
de la democracia pluralista y la economía de mercado son reclamados por los pueblos de la mayor
parte de los países del orbe. Como un corolario de lo anterior se difunde rápidamente el concepto de
un estado mínimo que cumpla con eficiencia las indispensables funciones sociales de seguridad y
defensa. Si proyectamos al plano internacional los principios y valores inherentes a esa concepción,
surgirá con claridad la necesidad de contar con instituciones que mantengan la paz y la seguridad en
el mundo.
Desde su creación la ONU fue un adorno que todos cuestionaban por su inutilidad. Hoy puede ser la
base institucional sobre la cual se pueda constituir un principio de autoridad que sirva no sólo para
impedir la reinstauración de regímenes políticos que pongan en peligro la paz, sino que además
podrá evitar cualquier exceso de concentración de poder. La conformación de diversos bloques en
Europa y Asia equilibrarán una eventual hegemonía perniciosa por parte de [Link].. Un presupuesto
de la libertad es que el poder -político, económico o tecnológico- esté adecuadamente distribuido.
Se deberá propender a la eliminación de todos los artificios aduaneros o arancelarios que dificultan y
traban el comercio. El proteccionismo fue en todos los tiempos una barrera para el progreso de los
pueblos y causa de la guerra entre las naciones. Asimismo será conveniente desmantelar todas las
estructuras económicas intervencionistas surgidas después de la 2ª guerra mundial, inspiradas en
las ideas estatistas de Lord Keynes. Me refiero especialmente al FMI que al decir del célebre
economista liberal francés J. Rueff fue la institución monetaria que más contribuyó para
institucionalizar la inflación en el mundo. Siguiendo los consejos del mencionado economista como el
de los más caracterizados exponentes de la moderna escuela liberal austríaca, se debiera
restablecer el mecanismo del patrón oro si realmente se desea la estabilidad monetaria y de los tipos
de cambio en el mundo.
En fin, mucho más es lo que se podría sugerir desde la óptica liberal pues el orden mundial es una de
las metas más trascendentes del liberalismo de ayer, hoy y de siempre. Por eso quizás sea oportuno
sintetizar nuestra idea con palabras de L. Von Mises "La doctrina liberal, invariablemente ecuménica,
lo contempla todo bajo el prisma universal. Es internacionalista; su campo de acción abarca la
humanidad toda. Por eso el liberalismo es humanista; y el liberal, cosmopolita ciudadano del mundo.
Por eso fue esta doctrina quien enseñó a los pueblos las ventajas de la paz interna, esa paz que el
liberalismo quisiera lograr establecer en el ámbito internacional".
Hay una razón fundamental que explica la falta de una opción liberal en la política argentina: es
simplemente la celosa preservación de la autonomía de cada agrupación provincial que sus
dirigentes procuran defender. Es solamente esa la causa que ha determinado hasta el presente, la
imposibilidad de integrar una robusta fuerza moderada con proyección nacional.
Para entender el fenómeno hay que remontarse a los orígenes de los partidos provinciales actuales
y llegar así a la liga del interior que organizara Juárez Celman para darle al General Roca el soporte
político necesario para llegar a la presidencia.
Dicha liga fue la base del Partido Autonomista Nacional, que no era nada más, pero nada menos,
que un entramado de alianzas provinciales y regionales inteligentemente conducidas por Roca.
Durante toda esa etapa (los "tiempos de la República" como diría Pinedo), los conflictos de poder,
claro está, eran protagonizados por los núcleos internos de la agrupación gobernante. No había a
escala nacional, competencia por el control del gobierno entre partidos contrapuestos. Sólo cuando
ello ocurrió por primera vez en 1916 comenzó a exteriorizarse el problema.
Los dirigentes provinciales formados en las largas luchas contra los esfuerzos hegemónicos
metropolitanos, estaban acostumbrados a actuar en sus distritos con independencia de otros centros
superiores de poder. Eran acentuadamente federalistas. Por eso hicieron de la preservación de las
autonomías provinciales la principal de sus banderas. Por eso quisieron adaptar la forma de
organización partidaria al esquema federal de organización nacional, prescripto por la Constitución.
Los partidos provinciales cumplieron una inestimable función, manteniendo latente un espíritu
federal que el resto de las instituciones del país fue perdiendo a resultas de una arrolladora fuerza
centralista.
Pero paradójicamente, el mismo elemento que posibilitó su continuidad en el tiempo (el Partido
Liberal en Corrientes, por ejemplo, cumplió recientemente 135 años de existencia) determinó su
debilidad política. Con el surgimiento del Partido Radical comenzaron a modificarse las condiciones
de la lucha política. Con este partido hacen su aparición las organizaciones políticas centralmente
conducidas desde la metrópoli. Esta situación se agudiza en la década del 30, en que el proceso de
sustitución de importaciones que se produce en nuestro país, a raíz de la depresión económica que
padecieron los países desarrollados, tuvo como consecuencia que se iniciara una acelerada
industrialización para sustituir importaciones que, a su vez, dieron lugar al surgimiento o, en su caso,
al fortalecimiento de las estructuras sindicales. Estos sistemas de encuadramiento colectivo
mantuvieron desde entonces, como nota distintiva, una férrea conducción unitaria. La aparición en la
arena política del Partido Peronista, terminó de sellar la suerte de los partidos provinciales. Hoy
prácticamente todas las grandes instituciones que regulan la marcha del país estaban dirigidas
desde Buenos Aires. Los principales actores de la lucha política argentina son organizaciones
unitarias mostrando todas ellas, en general, una gran capacidad de acción, decisión y movilización.
Mientras tanto, y por contraste, las agrupaciones provinciales persistieron en mantener sus
autonomías partidarias y, en el mejor de los casos, se avinieron a integrar precarias coaliciones o
federaciones, todas ellas de efímera vida. Este distanciamiento de las reales reglas de juego político,
no solamente debilitó a esas agrupaciones, sino que por el momento les hizo perder su impronta
federal. Quizás ello explique la irrupción durante la década del 60 de los partidos federalistas. Estos
aparecen precisamente en el interior del país, es decir, donde el problema del centralismo
metropolitano produce mayores perjuicios. (En las provincias históricas donde había partidos
demócratas o conservadores al debilitarse estos pasan a competir con los federales por una misma
clientela electoral). Por la misma época pero en el área metropolitana con un sector privado más
fuerte y dinámico, el problema mayor ya no es el centralismo sino el estatismo, de ahí que aparezcan
en Capital Federal y provincia de Buenos Aires agrupaciones políticas con un fuerte impulso liberal.
Sucesivamente el Partido Cívico Independiente, Nueva Fuerza y la Ucedé son productos de ese
mismo proceso. Por su parte en las provincias patagónicas surgen vigorosas expresiones políticas
provinciales que plantean como principales banderas el control provincial de los valiosos recursos
naturales.
De esta manera, a las fragmentadas huestes de los partidos conservadores se agregaron como
savia nueva las agrupaciones federalistas y liberales. Amplió el espectro moderado pero también se
acentuó su dispersión.
Dijimos antes que la causa fundamental del mantenimiento de la división constante del centro
político, ha sido el formato excesivamente descentralizado de esta corriente. Pero además de este
factor principal aparecen como una constante, aunque las más de las veces operando como una
variable de efecto secundario, los conflictos personales entre los dirigentes principales de estas
agrupaciones originadas en las luchas por las candidaturas.
Sintéticamente, la historia de la frustración del centro-liberal argentino, a través de sus principales
etapas, es la siguiente:
Luego de la muerte del Presidente Quintana en 1906, lo sucedió Figueroa Alcorta, quien comenzó
rápidamente a desmontar la muy debilitada maquinaria política del Gral. Roca. Con el advenimiento
al poder de Roque Sáenz Peña este proceso se acentuó. En 1914, año en que fallece Julio A. Roca,
nada quedaba ya del Partido Autonomista Nacional. La desorientada constelación de fuerzas
provinciales que quedó en su reemplazo comenzó febrilmente a proyectar alguna forma de
organización que permitiera enfrentar con éxito a un radicalismo en ascenso. Este partido había
ganado en 1912 en Santa Fe y en Córdoba misma, en 1913, el Partido Demócrata de Córdoba triunfó
por una apretada diferencia. El gobernador electo, J. R. Cárcano, justificó ese hecho en términos que
exteriorizaban una visión autonomista de la política contrapuesta a la conducción centralizadora del
partido radical. Decía Cárcano entonces: "La invasión a un distrito, por personas sin inscripción, sin
voto ni domicilio en el mismo distrito, con el objeto exclusivo de operar en el mismo comicio, cambia
la opinión local y desnaturaliza la autenticidad del voto. Mi candidatura ha triunfado por 3.000 votos
en lugar de 12.000 que le asignaban cálculos prolijos, porque Yrigoyen se trasladó a Córdoba y
dirigió personalmente la lucha con abundancia de recursos y elementos adventicios importados".
Todo el drama de las fuerzas liberales provinciales se condensan en esta frase de Cárcano. Era el
estéril intento de contraponer a los partidos nacionales la precaria influencia de las distintas
vertientes provinciales.
Con la intención de enfrentar al radicalismo en las elecciones del 16 se forma el Partido Demócrata
Progresista. El núcleo básico de partidos provinciales que lo componían era: la Liga del Sur de Santa
Fé, Demócratas de Córdoba, la Unión Provincial de Salta, Demócratas de San Luis y el Partido
Liberal de Corrientes. Se pretendía constituir un partido conservador moderno y renovado. Este
hecho quizás quede simbolizado en el nombre de los que redactaron su manifiesto fundacional:
Joaquín V. González, Lisandro de la Torre, José M. Roca, Carlos Ibarguren y otros. A la debilidad
inherente a toda coalición de fuerza se le agregó como agravante, en este caso, la de las disensiones
entre sus dirigentes. El jefe del Partido Conservador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, no adhirió al
nuevo partido porque pretendía para sí la candidatura a presidente, pero el Lisandro de la Torre.
Inútiles fueron todos los intentos de soldar las partes fracturadas. Las huestes de Ugarte apoyaron a
Yrigoyen en las elecciones. Además, el Presidente de la República, Victorino de la Plaza, se
mostraba hostil a la candidatura de de la Torre. En definitiva, ganó Yrigoyen por un solo voto en el
colegio electoral y el Partido Demócrata Progresista se disgregó rápidamente quedando reducido a
una fuerte expresión electoral en Santa Fe y Buenos Aires.
Si por razones de economía de espacio nos vemos obligados a dar algunos saltos en la historia y
pasar revista solamente del resultado de las últimas elecciones generales, es sólo para ilustrar y
demostrar con más nitidez cómo los esfuerzos de las corrientes provinciales moderadas por
constituir una alternativa permanente y gravitante, resultaron estériles.
En las elecciones de 1958 las fuerzas de extracción centrista ofrecieron un sorprendente grado de
atomización: hubo seis fórmulas de esa filiación. El grueso de los demócratas conservadores y
liberales apoyaron la fórmula González Iramay - Aguinaga; las expresiones de igual orientación de
las provincias de San Luis y Entre Ríos la fórmula Reinaldo Pastor- Martín Aberg Cobo; el Partido
Liberal de Corrientes sufragó en el Colegio Electoral por Ernesto Meabe y José Broushou. El
recientemente constituido partido liderado por Vicente Solano Lima, de orientación conservadora
populista (aunque progresivamente, fue perdiendo su signo conservador para agotarse en un mero
populismo demagógico) proclamó el binomio Lima-Maldonado. El flamante partido Cívico
Independiente de férrea filiación liberal, fundado y conducido por Alvaro Alsogaray, apoyó la
candidatura de Juan B. Peña y Ana S. de Goyeneche. El Partido Demócrata Progresista que hoy
representa el matiz laico y reformista del liberalismo argentino, proclamó la fórmula Molinas-Teddy.
Poco antes de ello, este partido había propuesto la formación de un gran frente partidario había
propuesto la formación de un gran frente partidario del que estuvieron excluido los radicales
intransigentes y del pueblo (el peronismo estaba proscripto), para imponer el régimen de
representación proporcional. La iniciativa fracasó. Como se sabe, a través del pacto
Perón-Frondizi-Frigerio, la UCR obtuvo una aplastante victoria.
En 1963 se realizaron con vistas a las elecciones de junio de ese año febriles gestiones para
cohesionar las distintas vertientes centristas alrededor de la prestigiosa figura de Pedro Eugenio
Aramburu. No obstante los esfuerzos no hubo acuerdo. La Federación de Partidos de Centro
proclamó la fórmula Emilio Olmos-Emilio Jofré, mientras que, por su parte, distintos sectores
independientes conformaron UDELPA como sostén de la candidatura del Gral. Aramburu, quien fue
acompañado en la fórmula por Arturo Etchevehere. Por su parte, el Partido Demócrata Progresista
adhirió a la nominación de Aramburu pero la fórmula fue completada con Horacio Thedy.
De haber concurrido unidas dichas fracciones hubiera tenido un porcentaje de votos ligeramente
inferior al que logró la primera minoría (el peronismo no participó, sus candidatos fueron vetados).
En las elecciones de marzo de 1973, el electorado centrista y moderado distribuyó sus preferencias
entre Manrique-Martínez Raymonda de la Alianza Popular Federalista; Martínez-Bravo por la Alianza
Republicana Federal; Orgaz-Balestra por el Partido Socialista Democrático y finalmente,
Chamizo-Ondarts por el Partido Nueva Fuerza.
Sumados hubieran obtenido un porcentaje casi equivalente al de la UCR, que logró el 21,9%, aunque
la sabiduría política popular afirma que cuando los partidos se unen los votos se multiplican...
Finalmente, las elecciones de 1983. A las mismas el centro concurrió una vez más dividido. Más allá
de las interpretaciones que se hagan, en relación a la acentuada polarización que se produjo, lo
incontestable es que el centro sufrió el más grande revés de su historia.
En las elecciones presidenciales de 1989, las agrupaciones centro-liberales acordaron una sola
fórmula presidencial Alsogaray-Natale que pareció representar la antesala de un rápido proceso de
reunificación. Pero no fue así. La Alianza de Centro, denominación con la que se inscribió
electoralmente esta nueva conjunción de fuerzas liberales, si bien tuvo el componente positivo antes
mencionado, de llevar por primera vez un binomio representativo de la mayoría de ese sector, tuvo
por otro lado, el destino de las anteriores coaliciones electorales. Una efímera vida política que se
clausuró una vez finalizados los comicios. Cada una de las agrupaciones recuperó su autonomía y
las agrupaciones liberales argentinas volvieron a constituir el proverbial archipiélago que los
caracteriza.
Mientras tanto, las dos fuerzas mayoritarias realizaron esfuerzos para transformar sus contenidos
programáticos y métodos de acción política. La mayor adaptación a las circunstancias y a los
requerimientos de una sociedad en crisis fueron evidentes. Tanto en el justicialismo como en el
radicalismo surgieron y se afianzaron vigorosas corrientes internas que sostenían posiciones
próximas a las sostenidas tradicionalmente por los partidos liberales.
El liberalismo por su lado ni siquiera cumplía el objetivo largamente anhelado por sus seguidores: la
unificación.
Esta situación se agravó por el hecho de ver que en la principal agrupación nacional de ese sector, la
Ucedé, las querellas intestinas y la búsqueda por espacios personales de poder, se priorizó en
desmedro de cualquier intento por conseguir una mayor penetración social del discurso liberal.
Pareciera como si ese rol lo hubiere asumido el partido gobernante e importantes sectores de la
UCR.
Por paradojal que pudiera parecer, en momentos en que la ciudadanía del país va asumiendo los
fundamentos de la doctrina prevaleciente en el mundo, el liberalismo, en la Argentina y los partidos
que oficialmente representan esas ideas, parecieran estar en crisis.
Curiosamente, de esta situación han logrado salir indemnes agrupaciones provinciales de signo
liberal-conservador; históricas algunas (como los partidos Liberal y Autonomista de Corrientes y
Demócrata de Mendoza) o de reciente creación (como el Partido Renovador de Salta). Como quiera
que sea, el futuro de las fuerzas liberales del país es incierto. Por ahora lo único que se puede
señalar es que siguen sin dar muestras de presentarse como una opción electoral gravitante ante la
ciudadanía del país.
En épocas en que el liberalismo se encontraba en franca declinación, fueron en nuestro país los
economistas Federico Pinedo, Manuel Tagle y Alberto Benegas Lynch sus defensores más
perseverantes. Este último, desde el Centro de estudios de la libertad, que orienta y nuclea a un
importante grupo de estudiosos, pudo mantener viva la creencia en postulados que por momentos se
los consideraba en extinción. En el ámbito de la filosofía sobresalió J. García Venturini y en el campo
político partidario, Alvaro Alsogaray se distingue hasta hoy por su celosa defensa de la economía de
mercado.
En los últimos años y acompañando a un movimiento que se observa en toda Latinoamérica, que es
el de la conversión de los intelectuales al nuevo credo y cuyos más prominentes símbolos son Mario
Vargas Llosa y Octavio Paz, lo más caracterizado de los estudiosos de los problemas sociales
argentinos han adoptado esta posición. El principal foco de expansión es, sin lugar a dudas, la
Facultad Privada de Ciencias Económicas y Sociales (ESEADE) que dirige A. Benegas Lynch (h.).
Este economista y J. C. Cachanosky son los principales expositores en nuestro país de la nueva
escuela austríaca. En sociología sobresale Manuel Mora y Araujo. En antropología social Francis
Korn, mientras que en historia económica se destacan Roberto Cortes Conde y Severo Cáceres
Cano. Asimismo, en historia de las ideas sociales, se distingue con caracteres nítidos Ezequiel Gallo.
Por su parte, en filosofía política y moral son notables las contribuciones de Mariano Grondona.
Además del ESEADE, como principal centro de elaboración del pensamiento liberal, hay un conjunto
de think tank o usinas de difusión de la doctrina liberal que cumplen una función inestimable. De
entre ellas, cabe mencionar a la Fundación Libertad y Democracia cuyos directivos son elegidos por
la UCeDe. El Instituto de Economía Social de Mercado, relacionado también a la estructura de la
UCeDe. La Fundación Carlos Pellegrini, orientada por Ricardo Zinn. A decir verdad, la lista debería
ser muy extensa y obvias razones de espacio no nos permiten avanzar más.
En la esfera política el panorama es más complejo. La razón hay que buscarla en las posiciones
privatistas que han adoptado los dos principales partidos políticos del país.
El radicalismo lo expresó en un discurso que a la postre no aplicó. Por su parte, el justicialismo
estaría aparentemente decidido hoy a llevarlo a la práctica. Pero es necesario distinguir con claridad
privatismo de liberalismo. Lo primero puede ser sólo un programa de gobierno que imponen los
tiempos y las circunstancias, pero lo otro en cambio es un estilo de vida y una filosofía permanente.
Los liberales argentinos con prescindencia de eventuales apoyos que puedan prestar al actual
gobierno, deberán en todas las circunstancias preservar su identidad ideológica. La misma es la que
les va a permitir cumplir al menos con la misión que según Von Hayek es propia e indelegable de los
intelectuales de la libertad "preparar utopías de recambio pues en caso de que las demás fracasen,
estas aparecerán como las únicas soluciones realistas y razonables". De seguir el consejo del más
autorizado del liberalismo moderno. Esta ideología podrá continuar siendo la verdadera avanzada en
defensa de la libertad integral del hombre, la democracia y el progreso de los pueblos.
IX. BIBLIOGRAFIA GENERAL (1)
(1) La bibliografía citada es en castellano. La disponible en idioma inglés acerca del liberalismo y
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transcripción.
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EL DISCURSO DEL NEOLIBERALISMO Y DEL SOCIALISMO DEMOCRATICO
INTRODUCCION
Este trabajo tiene como marco referencial el planteo de los espacios discursivos que hoy son la
expresión de las dos grandes líneas políticas capaces de marcar las tendencias de evolución de los
procesos estatales e internacionales. El discurso neoliberal, del cual analizaremos algunos de sus
presupuestos generales y puntuales, y el programa de 1989 de la Social Democracia Alemana como
manifestación de esa corriente de pensamiento.
La década de los ochenta abrió nuevos escenarios de discusión a partir de la producción de hechos
históricos precisos como la guerra del Golfo, los procesos del Este, la agudización de la crisis del
Estado de bienestar, etc., que sacudieron el sistema mundial irradiando sus efectos, de una u otra
manera, sobre todas las estructuras políticas.
Estos acontecimientos implican un momento de inflexión, de bisagra en la historia del mundo.
¿Existirá un nuevo orden mundial? ¿Nos encontramos en un período fundacional?
Los interrogantes son grandes y no hay respuestas definitivas; sólo podemos marcar tendencias de
evolución, ideas guías, en las que, sin duda, la valoración y el deseo se encuentran fundidos con las
condiciones objetivas.
En franca relación con estas cuestiones se hallan los discursos sociales, los que tratan de acentuar
su tónica particular. Se transforman a fin de poder adecuar su mensaje a la realidad existente.
El espacio entre esa realidad y el discurso es beligerante y de virtual importancia en cuanto existen
tantas lecturas de la realidad, tantos lenguajes, de acuerdo a qué ideología se posea para su
interpretación. A su vez cada ideología da cuenta de una ética y una política que instrumentaliza la
"praxis", es decir una práctica puesta en movimiento (1).
Todo discurso ideológico apunta a ser un discurso sobre lo social y así combina la formulación de su
proyecto de movilización, en nombre de una explicación racional de la realidad, con un informe sobre
lo bueno y lo posible, cuya estructura argumentativa relaciona en grados variables las prescripciones
de índole moral con el análisis y la interpretación de situaciones; las consideraciones técnicas y sus
reglas de implementación.
Por lo pronto observando la realidad, pareciera que, en relación con los discursos, las grandes
narrativas sellaron su destino, como nos explica Lyotard (2). Los discursos modernizadores, aquellos
de la revolución y de la razón progresista ya no pueden abarcar esta complejidad histórica en la que
los actores todavía están buscando su papel y su escenario. Ningún sentido común universal, ningún
principio unificador puede dar cuenta hoy de las realidades estatales y mundiales que se gestan con
mayor rapidez que la razón que pretende contenerlas.
Sin embargo, observando la realidad y escuchando los discursos, pareciera que lo antedicho es una
ilusión. El discurso neoliberal ya se adjudica el triunfo de una supuesta hegemonía mundial. En sus
letras todavía existe la ficción de que lo posible se debe a un principio racional y liberador cuya
formulación sólo el liberalismo es capaz de develar.
Como si desde una perspectiva teórica con pretensiones de univocidad se pudiera dar una
explicación exhaustiva de todas las realidades!
Si comenzamos con el discurso neoliberal es porque hoy es el que goza de mayor presencia e
influencia. Sus preceptos fundamentales: imperio del mercado, Estado mínimo, desregulación,
libertad absoluta en el ámbito de lo privado, aparecen como los criterios racionalizadores capaces de
describir las realidades existentes y de articular las relaciones sociales.
El discurso neoliberal se adjudica el mérito de ser el único que describe lo que efectivamente está
sucediendo en el mundo. Los países desarrollados han advertido, al fin, que allí donde menos
interviene el Estado se dan niveles saludables de eficiencia económica y por lo tanto mayores
posibilidades de armonía social. Allí donde se deja que el mercado ordene espontáneamente las
relaciones sociales se asegura la libertad. Aquellos hechos como la crisis del Estado de bienestar, la
caída de los países comunistas, la derechización de las políticas eurocéntricas otrora más de
izquierda, son tomados como argumentos a favor de su descripción.
La tentación del discurso neoliberal de explicar los complejos procesos sociales a través de un
reduccionismo económico es recurrente. Alimentando así ficciones como las siguientes: allí donde
no interviene el Estado y se deja al mercado como eje ordenador se estimula la creación de centros
competitivos de poder económico impidiendo su concentración en grandes unidades que posean
más poder que las demás.
El libre mercado soluciona otro gran problema político como es el control de las inversiones. Al fin de
cuentas el mercado suma las decisiones privadas de manera que esa suma corresponda a las
preferencias de los individuos como consumidores. Las decisiones tomadas por inversores
optimizadores de beneficios responderán a las preferencias de los consumidores en lo tocante a la
colocación ascética de los recursos.
En ningún pasaje de su discurso el neoliberalismo nos advierte que en las sociedades capitalistas
avanzadas las señales que transmite el mercado a través de los precios reflejan el control que de
éstos nacen las grandes corporaciones. Nos referimos a los oligopolios que manejan una influencia
decisiva sobre los términos de la producción de una rama industrial (3).
Tampoco se explicita que, en relación al segundo ejemplo, las preferencias a que responde el
mercado están gravadas por la cantidad de recursos que controla cada individuo.
"La primera lección de la economía de bienestar es que el mercado perfecto idealizado haga casar la
suma de las preferencias de bienes de consumo del consumidor. Su corolario, muchas veces
olvidado, es que la suma de las preferencias del consumidor refleja la distribución de la renta y la
riqueza" (4).
Cuando el discurso neoliberal se refiere a la libertad de mercado nos proporciona una auténtica
explicación de mano invisible.
"Una explicación de mano invisible explica lo que parece ser el producto del designio intencional de
alguien como no causado por la intención de alguien" (5).
Hagamos, entonces, una explicación de mano visible en relación a la libertad de mercado y esto
implica asumir que el mercado es una creación política en tanto no existen sistemas económicos
autosostenidos ni autorregulados. La acción del Estado siempre planifica, aun sobre nuestra
propiedad privada. Organiza los mercados, las estructuras monetarias, crediticias y fiscales, las
relaciones entre capital y trabajo, los esquemas de crecimiento urbano, etc.
El discurso neoliberal omite transmitirnos una realidad, esta es, que los sistemas económicos son el
fruto de lo que Nun (6) llama "régimen social de acumulación", el que puede explicarse como la
síntesis del campo de batalla ideológico, político y social en el que se articula el proceso de
acumulación de capital, entendido este como una actividad microeconómica de generación de
ganancias y de toma de decisiones de inversión.
El régimen social de acumulación focaliza su atención sobre el contexto particular que enmarca las
decisiones microeconómicas de inversión que toma el capitalista en su fábrica o en su empresa; ese
contexto incluye a la moneda, al crédito, al estado de tensión social, a la intervención del gobierno en
la economía, etc.
Pero además dicho régimen comprende el conjunto complejo de instituciones, prácticas e imágenes
que inciden en ese proceso de acumulación de capital y que son articuladas por decisiones políticas.
Esas decisiones políticas centrifugan las conflictividades que pueda surgir en el proceso de
acumulación de capital, a través de un modo de regulación determinado que implique asegurar a los
agentes económicos niveles mínimos de coherencia.
A través de años de consolidación, un particular régimen social de acumulación ve aumentada la
fuerza productiva de sus imágenes y modos de institucionalización, de forma tal, que esas
representaciones tienden a naturalizarse y una "particular forma de organización del mercado o de
las relaciones entre capital y trabajo, ingresan, entonces, al sentido común de los agentes
económicos" (7).
Ya construido un imaginario social en ese sentido, cualquier conflicto agudo que pueda
desestabilizar el régimen, es descripto por sus defensores como una ingerencia política y no como
"... lo que realmente es; una movida de piezas en el juego político del cual todos son parte" (8).
No obstante lo explicado, el discurso neoliberal opta por transmitirnos una imagen de autonomía del
mercado en relación con la política que pareciera ser que en la medida en que el mercado se
constituye en el foro en el cual los individuos deciden sobre sus asuntos, menos será la posibilidad
de que el gobierno intervenga imponiendo opciones excluyentes y parciales. Así el mercado
representaría la armonía social, el consenso y la libertad; el Estado y la política la esfera de la
imposición y del conflicto.
Esta separación tajante que promulgan entre lo político y lo económico conlleva a una escisión entre
Estado y sociedad civil que resuelven al articular dicha relación a través de mecanismos
democráticos de carácter puramente formal y por ende, también ficticios.
La participación de los individuos, en la versión neoliberal, se limita a ser analizada según una lógica
de mercado, en cuanto adecuación de las instituciones políticas al funcionamiento económico. Así,
las demandas por participación política son tratadas como demandas por participación individual en
el consumo de bienes, servicios, valores, etc.
No se ve en la participación la voluntad de disponer colectivamente sobre todas las condiciones de la
vida, aun sobre las materiales, ya que esto implicaría someter las estructuras económicas a
decisiones democráticas.
Esta versión específica de democracia (9) que contiene el neoliberalismo le asegura, tanto un
asentimiento difuso y generalizado de la población, como la necesaria independencia de la toma de
decisiones administrativas respecto a los intereses específicos de los ciudadanos.
Las consecuencias aparentemente no previstas por el neoliberalismo es que en la actualidad se
hace muy difícil seguir compatibilizando la intervención del Estado, obligado a hacerlo para
reproducir las relaciones capitalistas de una manera más aceptable para todos, con esa versión de
democracia altamente restrictiva de participación social.
El Estado se ve enfrentado a una multitud de demandas y requerimientos imposibles de satisfacer
dentro de los parámetros que limitan ese mismo orden con sus arreglos libera-democráticos. Y es
muy poco probable que estas demandas sociales sean desmanteladas directamente en tanto son un
logro irreversible del Estado de bienestar, pero además, los propios ideólogos neoliberales perciben
correctamente que el desmantelamiento del Estado de bienestar desembocaría en un conflicto
generalizado que, a la larga, sería muy difícil de controlar y en su conjunto sería más destructivo que
las enormes cargas del propio Estado de bienestar.
Es decir, el Estado de bienestar puede asumirse como un mecanismo relativamente eficaz para
reducir conflictos y legitimar las consecuencias de las políticas neoliberales. Es por ello que hasta
ahora hay muy pocas pruebas de que, por ejemplo, los programas de desempleo o los seguros
médicos y pensiones vayan a desaparecer.
Sin embargo, la pauta neoliberal va demostrando que se orienta a que el horizonte, el volumen y la
seriación de beneficios y servicios se vaya reduciendo y limitando, de manera tal, que se vayan
volviendo cada vez más rudimentarios demostrando a los individuos que el Estado no puede hacerse
cargo de éstos.
Sin embargo, esta quita de beneficios con su acorde programa de inversiones se va haciendo a
través de decisiones estatales inapelables que hablan de políticas decididas, de Estados fuertes y no
de Estados guardianes.
Para poder operar los términos del discurso neoliberal: éxito, eficacia, eficiencia y productividad, se
requiere destruir las fuerzas parasitarias, hedonistas y antiproductivas que no se adaptan a la
supuesta racionalidad del mercado.
Para legalizar estas políticas, el neoliberalismo apunta a la constitución de Estados fuertes con
programas decididos a crear decisiones inapelablemente vinculantes, frente a las cuales no quepa
disentir.
Pero ya la fórmula nos la había dado uno de los mentores del neoliberalismo: Milton Friedman (10)
"... que el Estado disponga de la fuerza política para imponer las amargas medicinas que es preciso
tomar".
CONCLUSION
La profundidad de la crisis de paradigmas o modelos vigentes hasta hace unos años, requiere
imperativamente la búsqueda de respuestas adecuadas a los nuevos desafíos que impone la
compleja y cambiante realidad. Estos procesos obligan a una reflexión y un replanteo global sobre
todos los problemas que aquejan al orden mundial y a las distintas regiones y pueblos.
Por una parte, la amplia restructuración productiva y tecnológica a nivel internacional y las nuevas y
duras condiciones del comercio mundial obligan, con efectos más negativos en algunas regiones que
en otras, a impostergables procesos de modernización económica, en muchos casos con fuertes
efectos en el plano social y político.
Pero a pesar del férreo constreñimiento material de tales procesos, es claro que las soluciones
provendrán de decisiones políticas y económicas. En este sentido debe destacarse la extendida
concientización sobre la necesidad de un impulso decisivo hacia los procesos de integración regional
como respuesta a la conformación de grandes espacios económicos.
También en esa dirección se admite el requerimiento -para dar respuestas a la situación con
estabilidad y justicia- de una política fundacional que sintetice las aspiraciones de democracia y
bienestar con la necesaria eficiencia y eficacia exigidas por la coyuntura. Porque para alcanzar la
resolución de los problemas imperantes de una manera estable y pacífica y no sólo en atención a
imperativos éticos, sino en consideración de intereses vitales comunes, se requiere tomar conciencia
de la interrelación de los distintos grupos de problemas. Así, a modo de ejemplo, la relación entre
endeudamiento y explotación abusiva de la naturaleza, ya que la necesidad de obtener superávit
comercial para poder atender el servicio de la deuda lleva a la explotación irracional de los recursos
naturales.
De esta manera, la actual realidad de la interdependencia no puede someterse a intereses
individuales, la interdependencia es indivisible y debe ser asumida con sus riesgos y oportunidades.
Frente a ello urge una mayor cooperación en la comunidad internacional que conlleve políticas y
acciones en una acción conjunta más equitativa. Pues sin ello, los próximos conflictos surgirán de las
tensiones ocasionadas por insatisfacciones sociales y económicas derivadas de la crisis y de un
sistema injusto de asignación de recursos.
Frente a esta nueva realidad la propuesta neoliberal del orden de mercado como proyecto político,
en cuanto coordina las decisiones privadas y nuclea las preferencias, tiende a sustituir a la
democracia. La Nueva Derecha ha asumido su propio proyecto histórico: liberar la acumulación de
todas las trabas que le impuso la democracia. No se trata simplemente de una cuestión de
impuestos, gasto público y ni siquiera de redistribución de la renta. Constituye un proyecto de nueva
sociedad, aquélla en que la acumulación se vea liberada del control político. Según sostiene
Przeworski (21), en esta perspectiva la tensión entre acumulación y legitimación habría terminado, la
acumulación autolegitimaría a aquéllos que se beneficien de ella. Se despolitizarían las relaciones
económicas, se abandonaría la intervención económica del gobierno, la legitimación quedaría a
merced del mercado y volvería a instalarse el látigo de la economía como principal mecanismo de
control político.
La factibilidad de una sociedad semejante es posible. El caso chileno, para algunos tan digno de ser
considerado como ejemplo, muestra que su realización puede ser exitosa siempre y cuando -lo cual
también debe tenerse en cuenta- vaya acompañado de una brutal represión, de la destrucción de
todas las instituciones democráticas y de la liquidación de todas las formas de la política. Pero no
debemos atemorizarnos, la propuesta de la nueva derecha también posee estrategias alternativas
para la conformación de la nueva sociedad: la penetración de su ideología transformadora
impregnando el sentido común de los actores políticos a través de la utilización masiva de los medios
de comunicación, acompañado de la destrucción y descalificación de las organizaciones
representativas de las demandas sociales democráticas. Completando el escenario con una
despolitización general de la sociedad que descreerá del hacer política y confiará la solución de sus
problemas al saber de tecnócratas y economicistas.
Y esto, claro, reenvía a la categoría de falaz espejismo las luchas llevadas a cabo por la
profundización de la democracia en los dos últimos siglos, ya que la única auténtica solución consiste
en instalar, esta vez definitivamente, el modelo liberal decimonónico.
Se olvidan los conflictos y convulsiones que provocó por su resistencia a la democracia y sus
controles, ya que por salvaguardar la autorregulación del mercado y sus leyes, se vio preso de crisis
económicas y sociales, preparó el surgimiento del totalitarismo y llevó a dos hecatombes bélicas
mundiales.
Ciencia Política: módulo 2 – contenidos - Ideología
Marxismo
Graciela Ahumada*
Córdoba, abril de 1998.
1- Orígenes y Método
El pensamiento de este autor reconoce sus orígenes en las influencias filosóficas de Hegel
(1770-1831) y de Feuerbach (1804-1872), y de los economistas clásicos, W. Petty A. Smith
(1723-1790) y D. Ricardo (1772-1823). Estudió y criticó cada uno de estos pensamientos,
apropiándose de algunos de sus planteos y proponiendo nuevas alternativas a los mismos. Esta
forma de conocimiento es lo que se entiende por “crítica” 1. De esta manera, de Hegel toma la
dialéctica, pero la invierte; de Feuerbach, que es un “hegeliano de izquierda”, incorpora el
materialismo, que es la concepción de la realidad como material y concreta, pero critica el
ahistoricismo y mecanicismo del autor y, como superación, Marx incorpora el análisis
materialista histórico y dialéctico. Y desde los representantes de la teoría económica clásica, se
retomarán los conceptos de trabajo, plusvalía, valor, renta y ganancia, pero se supera su
explicación a partir de la formulación de la ley del valor, donde estas categorías se analizan bajo
las condiciones históricas de la sociedad burguesa, como una modalidad histórica específica.
La influencia del pensamiento hegeliano a partir de la dialéctica significó, una visión del mundo y
del desarrollo crítico y revolucionario. Si para Hegel, tesis, antítesis y síntesis, son los
momentos de cada uno de los aspectos de la Idea y la Idea misma son sucesivamente
afirmados, negados y superados. La superación es al mismo tiempo abolición y conservación
de lo afirmado, porque contiene la negación de la negación. La dialéctica es la forma en que se
manifiesta la realidad y alcanza su verdad en su completo autodesenvolvimiento.
__________________
* Lic. en Sociología. Investigadora.
La concepción materialista en Marx, significa que considera como primer hecho histórico de la
humanidad, la existencia de hombres concretos, materiales, y la actividad productiva para la
satisfacción de las necesidades para la manutención de la vida material misma, es decir,
comer, beber, vestirse, alojarse bajo un techo y algunas otras. La existencia de estas
necesidades y los modos en que se satisfacen, definen la vida del hombre como vida social, en
relación social con otros, tanto para la reproducción de la propia vida, como para la procreación
de otras. La cooperación entre los hombres surge como mecanismo o forma para la
1
También se entiende por “superación”, en sentido dialéctico, que implica que todo lo que es válido en
las posiciones superadas queda conservado en las nuevas posiciones.
2
C. Marx y F. Engels. Obras, T 32, pag. 448. Citado por A.P. Sheptulin “El método dialéctico de
conocimiento” Ed. Cartago. 1993.
1
satisfacción de sus necesidades. Ahora bien, con el desarrollo histórico, cambiarán las formas
de producir los medios indispensables para vivir y también se modificarán las formas de
cooperación entre los hombres. Un ejemplo de ello, lo encontramos en la historia misma, las
formas de organización social de los indios americanos en el siglo XV no es la misma que
observamos hoy en nuestra sociedad. Los hombres para seguir viviendo, necesitan cubrir sus
necesidades materiales, pero según el momento histórico, lo harán de diferente manera.
En palabras del autor: “Las premisas de que partimos no tienen nada de arbitrario,... son
premisas reales. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida,
tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por la propia acción. ... la
existencia de seres humanos vivientes. ...El hombre se distingue de los animales a partir del
momento en que comienza a producir sus medios de vida..”3
El materialismo histórico como método de análisis, supone una observación sobre la existencia
concreta y material de los hombres y los mecanismos que utiliza para su supervivencia. De esta
manera se identifican modos de producción en la historia, que suponen estados de desarrollos
distintos en relación a las formas de producción, los instrumentos utilizados para tal fin, la
división del trabajo que éstos requieren y relaciones sociales de producción también distintas.
Es decir que, podemos entender desde el materialismo histórico, que existen distintos modos
de producción: tribal, feudal y capitalista. Cada uno de ellos, presenta una división del trabajo
distinta, diferentes instrumentos de producción, distintos grupos o clases sociales, diferentes
forma de propiedad y formas de Estado particulares. De esta manera, no sólo nos estamos
refiriendo a lo económico, sino que lo económico es político y es social. La economía política
es el análisis de las relaciones sociales en la materialidad de su existencia y cada momento
histórico tiene sus propias leyes de funcionamiento4, por lo tanto, el objetivo de conocimiento
para Marx, es descubrir las leyes del funcionamiento de la economía capitalista.
La crítica que desde el materialismo histórico se hace al idealismo, parte de sostener que las
ideas, creencias, religiones y la moral, no tienen sustantividad propia, sino que existen y se
desarrollan sobre las condiciones materiales en las cuales se asientan. El conocimiento
científico de la realidad, por lo tanto, no debe partir de las ideas sino de los hechos: “No se parte
de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado,
pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de allí al hombre de carne y
hueso; se parte del hombre que actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone
también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida” (C. Marx,
La Ideología Alemana, pag. 26).
3
C. Marx y F. Engels. La Ideología Alemana. Ediciones Pueblos Unidos.1971.
4
Marx se refiere constantemente a las “leyes de movimiento”, por ejemplo, habla de la ley de la
tendencia decreciente de la cuota de ganancia como una ley general, mientras que, al mismo tiempo,
habla de contratendencias que contrarrestan y en casos anulan la ley general. La pregunta es: Cómo
puede hablarse de ley en el marco de tendencias y contratendencias?. Para Marx lo central es distinguir
la tendencia DOMINANTE y las diversas tendencias subordinadas y contrapuestas. Estas operan dentro
de los límites aportados por la tendencia dominante. Las tendencias dominantes surgen de la naturaleza
de la cosa, en este caso de la naturaleza del sistema. Por ejemplo, la elevación de la composición
técnica y orgánica está en la naturaleza competitiva del régimen. La competencia es el vehículo a través
del cual las leyes generales se ejecutan. Pero hay factores que contrarrestan la tendencia a la elevación.
Sabemos que aumentos de la composición técnica significan aumentos de productividad, con ello
disminución de tiempos sociales de trabajo necesario y con ello disminución de valor. Ello implicaría que
la composición orgánica tenga también su sentido descendente. Pero el resultado final es que la
Composición Orgánica también aumenta aunque a ritmo menor. En síntesis: es porque existe una
tendencia dominante que surge una ley. Por eso desde el materialismo histórico se entiende por
necesidad lo que está ligado a la naturaleza interna de los objetos y de los fenómenos. La necesidad es
lo que obligatoriamente debe sobrevenir o ya sobrevino. (Cfr. Anwar Shaikh: “Valor, acumulación y crisis”
Tercer Mundo Editores. 1990).
2
organizan para producir y ligado a ésto, se extienden y definen las relaciones sociales que
establecen los mismos en un marco también definido por lo jurídico y lo político.
“En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias
e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una
determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas
relaciones de producción forman la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la
que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas
formas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso
de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia del hombre la que
determina su ser, sino, por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia”. (K.
Marx “Introducción a la crítica de la economía política” pag. 7).
2.1 La Mercancía
El punto de partida que Marx establece para el estudio del sistema capitalista, es la mercancía 5.
De modo muy simple, podemos definir que la mercancía es cualquier objeto que sea útil y por lo
tanto tenga valor de uso , pero deben ser objetos producidos para otros, que sean valores de
uso sociales, donde los otros lo adquirirán por medio de un acto de cambio (o compra en el
mercado). Esta situación que es social e histórica, típica del sistema de producción y
comercialización de mercancías como forma dominante, es posible porque las mismas pueden
intercambiarse, tienen un valor. Esto es posible, dice Marx -retomando conceptos de la
economía clásica y superándolos- porque lo que tienen de común todas las mercancías en el
sistema capitalista de producción es trabajo humano o gasto de fuerza de trabajo en ellas. Esto
significa que, aunque dos mercancías sean distintas por su forma, tienen una sustancia igual
que las hace intercambiables, que es fuerza de trabajo humano. Y el tiempo del empleo de la
misma es el medidor de su cantidad de uso, lo que también me permite intercambiar
mercancías que suponen tiempos de trabajo distintos, en horas hombres y en calidad.
Entonces, el valor de una mercancía está determinado por el tiempo socialmente necesario
para la producción de la misma, el “tiempo social medio” que está en relación al desarrollo de
las fuerzas productivas del trabajo, esto es, al empleo de tecnología y de fuerza de trabajo.
Se distinguen entonces tres componentes de las mercancías: valor de uso, valor y valor de
cambio, que expresado en dinero es el precio. La utilidad social de un producto (que puede ser
una mesa, un tractor y un auto, por ejemplo), el valor (tiempo de trabajo humano que se utilizó
para su producción) y el precio que se establece en el mercado, cuestión que retomaremos
más adelante.
5
Dice el autor en el capítulo 1 de la Sección Primera del Tomo 1 de El Capital: “La riqueza de las
sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un “inmenso
arsenal de mercancías” y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca
del análisis de la mercancía”
3
que en el proceso de trabajo, en su consumo productivo por parte del comprador, otorga nuevo
valor en la creación de una nueva mercancía. Volveremos más adelante sobre este punto que
es fundamental en la teoría marxista, porque hace a la creación de la plusvalía. Por ahora nos
interesa mostrar la relación que se establece entre las dos esferas.
Es importante entonces, entender las relaciones, las condiciones que hacen posible y que
determinan las formas en que estos ámbitos funcionan interrelacionados.
Capital es entonces una relación social determinada por la existencia de propietarios de medios
de producción y por los no propietarios, sólo poseedores de su propia fuerza de trabajo6. El
dinero funciona como capital cuando mediatiza y hace efectiva este tipo de relación. El dinero
equivalente a un salario, no es capital, sólo sirve para el consumo no productivo, generalmente
se agota en un lapso no mayor al tiempo en que fue vendida la fuerza de trabajo, de tal manera
de que la oferta de fuerza de trabajo sea permanente.
Es en este sentido que se sostiene que el sistema capitalista de producción crea y recrea las
condiciones de su reproducción o permanencia. Crea y recrea las relaciones sociales de
producción.
En la esfera de la circulación suceden varias cosas, varios movimientos entre distintos tipos de
personas: las que son hombres libres y no propietarios de medios de producción, ofertan fuerza
de trabajo. Los capitalistas -los que tienen capital- compran para reanudar el proceso de
producción, las mercancías. Pero también en este ámbito se encuentran estos mismos
capitalistas ofreciendo sus nuevas mercancías ya producidas y concurren al mercado para la
venta de las mismas. Aquí aparece la competencia entre los capitalistas para establecer el
precio de venta de las mercancías, y el resultado de dicha competencia está en relación directa
6
En El Capital, Tomo 1 Cap. XXIV: “La llamada acumulación originaria”, Marx describe el proceso
histórico del surgimiento del capitalismo como modo de producción, que tiene sus inicios hacia el siglo
XVI, en el seno de las condiciones socioeconómicas del modo de producción feudal. La existencia de
propietarios y no propietarios de medios de producción, es el resultado principal de este proceso histórico
de cambio: “Obreros libres, en el doble sentido de que no figuran directamente entre los medios de
producción, como los esclavos, los siervos, etc., ni cuentan tampoco con medios de producción propios,
como el labrador que trabaja su propia tierra, etc.., libres y dueños de sí mismos. Con esta polarización
del mercado de mercancías, se dan las dos condiciones fundamentales de la producción capitalista. El
régimen del capital presupone el divorcio entre los obreros y la propiedad sobre las condiciones de
realización de su trabajo. Cuando ya se mueve por sus propios pies, la producción capitalista no sólo
mantiene este divorcio, sino que lo reproduce y acentúa en una escala cada vez mayor. Por tanto, el
proceso que engendra el capitalismo sólo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la
propiedad sobre las condiciones de su trabajo, proceso que de una parte convierte en capital los medios
sociales de vida y de producción, mientras de otra parte convierte a los productores directos en obreros
asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación
entre el productor y los medios de producción. Se llama “originaria” porque forma la prehistoria del capital
y del régimen capitalista de producción.” (El Capital, Tomo 1, Cap. XIV, pag.608, el subrayado es del
autor).
4
a la ganancia que los mismos obtengan una vez realizada la venta. En este punto se relacionan
la plusvalía -ámbito de la producción y en relación al desarrollo de la fuerza productiva del
trabajo- y el establecimiento de la tasa de ganancia -que se realiza en el ámbito de la
circulación-.
Entonces, una vez descripto en su forma más simple el proceso de producción y circulación, es
necesario completarlos con el proceso de producción de plusvalía, su origen y sus
modalidades: absoluta y relativa. Y el proceso mediante el cual se establece la cuota de
ganancia y sus efectos: la concentración y centralización de capitales. En estos procesos se
observa más nítidamente las condiciones objetivas de las clases sociales y las fracciones de
clase que van apareciendo históricamente por el resultado de las luchas entre las mismas.
2.2 La plusvalía
Ya conocemos cuáles son las condiciones sociales que determinan la existencia de las
relaciones de producción en el sistema capitalista, siendo la relación fundamental la establecida
entre el capital y el trabajo, y sus personificaciones, entre el capitalista y el obrero asalariado.
Por qué es fundamental esta relación? Porque en ella se asienta la producción de las
mercancías, que no es otra cosa que extracción de plusvalía. Qué es la plusvalía, es la
apropiación de valor por parte del capitalista, valor que sólo produce la fuerza de trabajo.
Para entender correctamente este proceso, debemos retomar el concepto de valor de uso, valor
y valor de cambio que comentáramos anteriormente, al tiempo que debemos situarnos en la
esfera donde el obrero despliega su fuerza de trabajo, donde la misma es consumida
productivamente. Si tenemos en cuenta estos dos factores, nos protegemos de una
conceptualización errónea, que sería considerar que la plusvalía es producto de la “maldad” o
“falta de ética” del capitalista que le “roba al obrero”, o bien considerar que la plusvalía tiene su
origen en un sobreprecio de las mercancías en el mercado, como picardía del comerciante.
7
No debemos confundir dos conceptos: “apropiación” y “realización”. El primero deviene del régimen de
propiedad privada basada en la separación de los medios del trabajo del productor directo, el resultado
de la separación es la apropiación de esa propiedad, por parte de la clase que no sufrió el proceso de
separación, sino de concentración de medios de trabajo. Y realización se refiere siempre al hecho de
efectivización de un proceso anterior, es decir, puede haber producción de mercancías, pero no
realización de las mismas (no se venden). Un capitalista puede extraer plusvalía en el proceso de trabajo
(producción), pero si no vende la mercancía que contiene esa plusvalía, no se realiza. Las mercancías se
realizan en el consumo, y la plusvalía en la venta.
5
Sintetizando, la tasa de plusvalía o tasa de explotación es el tiempo de trabajo excedente al
valor de cambio de la fuerza de trabajo. Marx distingue trabajo necesario y trabajo excedente, el
primero es el tiempo de trabajo necesario para cubrir el precio de la fuerza de trabajo y el
segundo, el tiempo que sobrepasa ese valor. Es lógico que el sistema haga todos los esfuerzos
por extraer una mayor cantidad de plusvalía, éste es su objetivo8. En este sentido, podemos
decir que la historia del capitalismo es la historia del perfeccionamiento de las formas de
extracción de plusvalía. Y es aquí donde los progresos tecnológicos juegan un papel
importante, es más, la ciencia aplicada a la producción es tecnología y el objetivo es aumentar
la producción y la productividad del trabajo, que no es otra cosa que aumentar la extracción de
plusvalía.
“Así pues, mientras que hasta aquí, al estudiar la producción de plusvalía, partimos siempre de
un régimen de producción dado, ahora que se trata de obtener plusvalía convirtiendo el trabajo
necesario en trabajo excedente, no basta, ni mucho menos, que el capital se adueñe del
proceso de trabajo en su forma histórica y tradicional, tal y como la encuentra, limitándose a
prolongar su duración. Para conseguir esto debe transformar las condiciones técnicas y
sociales del proceso de trabajo, y, por lo tanto, el mismo régimen de producción hasta aumentar
la capacidad productiva del trabajo, haciendo bajar de este modo el valor de la fuerza de trabajo
y disminuyendo así la parte de la jornada de trabajo necesaria para la reproducción de ese
valor.” ([Link], El Capital, Tomo 1, pag, 252).
Entonces, los cambios en la composición orgánica del capital, que ocurren permanentemente
con el desarrollo del sistema capitalista, expresan cambios de desarrollo de las fuerzas
productivas del trabajo y de las formas de extracción de plusvalía. En el plano de lo social, estos
cambios se observan por la cantidad y calidad de trabajadores que el sistema económico
demanda: siempre en una proporción relativa menor al capital constante. Pero, cuáles son los
cambios en la composición orgánica del capital? Los cambios en la proporción que representan
el capital constante y el variable en el total.
8
El sistema también incluye a los capitalistas que se apropian de plustrabajo aunque no de plusvalía de
modo directo, que son los capitales de la órbita de la circulación de las mercancías incluida la mercancía
dinero (comercios, servicios y bancos). Tema más complejo que merecería un estudio más profundo, en
este apunte sólo queda mencionado.
9
Se denomina capital constante, porque en el proceso productivo transfiere a la mercancía, al producto,
sólo el valor que la maquinaria y materia prima tienen, el primero una parte de su valor en el desgaste y
la materia prima el valor en su totalidad. En cambio, la fuerza de trabajo es capital variable porque en el
mismo proceso transfiere a la mercancía un valor mayor del suyo propio.
6
parciales, la distribución de los trabajadores en el medio físico y el disciplinamiento para evitar
tiempos muertos (tiempos de trabajo no productivos).
Las distintas fases que recorre el desarrollo del capital, de la manufactura a la gran industria, se
identifican por el tipo de composición orgánica que el mismo presenta. En este sentido, aún
cuando las distintas ramas y sectores de producción no sean todas homogéneas, sino que
presenten escalas distintas, podemos referirnos a un “capital social medio”. Y cada una de
estas fases, en términos de la organización social que significan, también se observan a lo largo
de la historia distinciones: con el inicio de la actividad manufacturera, la atracción de mano de
obra provoca la inmigración campo-ciudad porque el proceso productivo absorbe en cantidad
mayor trabajo asalariado. Al mismo tiempo, una mínima tecnificación en la actividad agrícola
significa un reemplazo considerable de fuerza de trabajo en el sector. Es por ello que el
movimiento poblacional, de fuerza de trabajo del campo a la ciudad, es un proceso que
encuentra sus causas en la industrialización en sus dos polos.
La reconversión tecnológica es el reemplazo del “viejo” capital constante por uno “más
moderno”, y lo es en tanto incremente la productividad del trabajo y abarate la mercancía que
se produce. Cuál es la relación entre productividad y abaratamiento de las mercancías?
Recordemos que el valor de las mercancías deviene del tiempo socialmente necesario para
producirlas, la tecnología ahorra o reduce el tiempo, y por lo tanto, reduce su valor. Por otro
lado y, como consecuencia de ésto, el valor de la fuerza de trabajo también se reduce, porque
se reduce el valor de los medios de su subsistencia. El resultado del proceso en su conjunto es
el aumento de la productividad del trabajo y el aumento de la plusvalía -como consecuencia de
la reducción del tiempo de trabajo necesario-.
10
Las diferentes modalidades son denominadas como flotante, latente e intermitente. La superpoblación
relativa flotante es aquella de base obrera urbana que desaloja constantemente el capital según las
necesidades coyunturales de producción, la forma latente se refiere a la población que es expulsada de
la actividad agrícola, y por último, la intermitente, es el obrero o trabajador en activo pero con trabajos
irregulares, domiciliarios. También Marx menciona la existencia del “lumpenproletariado” compuesta por
los vagabundos, criminales y prostitutas.
7
La competencia entre capitales se constituye en el motor para el desarrollo de las fuerzas
productivas, si la competencia no existiera, no existiría la necesidad de hacer más productivo el
trabajo. Por qué? Porque la realización de la plusvalía se da con la venta del
producto-mercancía, y en la venta, en el mercado, se establece el precio final de la mercancía.
Aquél capitalista que tenga las condiciones objetivas (determinada composición orgánica del
capital) cuyo resultado sea el aumento de la productividad, tendrá la capacidad de producir un
producto x en un tiempo menor, o una mayor cantidad de producto en igual tiempo. Aquél
capitalista que haya aumentado la capacidad productiva del trabajo, estará en mejores
condiciones para establecer el precio final de venta del producto.
Es por esto que Marx sostiene que la competencia entre capitales es el motor del desarrollo de
las fuerzas productivas, y como resultado de ella también ocurre la centralización de capitales,
es decir, la absorción de unos por otros. Aquellos capitalistas que no pudieron sobrevivir a los
precios de venta de sus propios productos, no pudieron realizar la plusvalía, siendo transferida
a otro capitalista de la misma rama, pero que produjo en condiciones técnicas mejores.
Entonces, existen siempre, a lo largo del desarrollo capitalista, dos procesos: concentración de
capitales (concentración creciente de los medios de producción y del poder de mando sobre el
trabajo, por parte de los capitalistas), y centralización de capitales (concentración de capitales
ya existentes, expropiación de unos capitalistas por otros o aglutinación de muchos capitales
pequeños para formar unos cuantos capitales grandes). Estos procesos ocurren en todas las
ramas de la actividad económica: en la industria, en el comercio y los servicios11.
Es fundamental entender esta cuestión porque permite el análisis de proceso de producción del
capital en su conjunto, considerando las esferas de la producción y de la circulación y la
dinámica establecida entre las mismas. También es importante porque cuando se habla de la
lucha de clases en la teoría marxista, ha de tenerse en cuenta la guerra comercial que siempre
existe entre fracciones de la clase capitalista. Guerra entre capitales.
11
Un ejemplo de la centralización bancaria: El total de bancos en la República Argentina en diciembre de
1991 era de 167 (incluidos públicos y privados), y en diciembre de 1996, el número total se redujo a 120.
En estas absorciones juega un papel importante la banca extranjera.
12
Es el llamado capital financiero, que es la agrupación o reunión en una unidad productiva de la Gran
Industria (fábricas), de la Gran Agricultura (pooles de siembra) y del Gran Comercio (cadenas de
supermercados), con el capital bancario. De manera tal que, la dirección ejecutiva-estratégica se
encuentra en el Directorio del Banco. Además al diversificar sus intereses disminuye riesgos, a la vez que
incrementa la movilidad de sus inversiones entre ramas y sectores, según los rendimientos; para lo cual
debe contar con funcionarios de alta calificación para hacer estas evaluaciones diariamente y debe tener
la mayor proporción de su capital en forma de dinero (o dinero a disposición), para ser transferido de una
rama a otra, de un sector a otro, de un país a otro en muy corto plazo.
8
distintos y por otro lado, se cuenta con una masa mayor de capital dinero (acceso a créditos
bancarios) para la reconversión y avance tecnológico y su consecuente control del tiempo de
trabajo, del valor y finalmente de los precios de las mercancías.
Mucho se ha escrito sobre lo que Marx dijo o quiso decir acerca de las clases sociales, más
cuando comenzó el último capítulo de su obra El Capital y allí se interrumpió. Evidentemente en
sus análisis del sistema capitalista de producción, se identifican dos clases fundamentales: la
capitalista y la obrera. Sin embargo, a lo largo de toda su obra aparecen relatos y
conceptualizaciones sobre la existencia de otras clases sociales o fracciones de clase o capas
del pueblo, terratenientes, grandes y pequeños comerciantes, campesinos, pequeña burguesía,
clases medias, trabajadores en general, funcionarios, etc.. etc.. Las preguntas son: cuántas
clases sociales existen para Marx? Qué es una clase social? Qué la define?
13
Podemos distinguir dos grandes clases: la capitalista y la obrera en sentido estricto. En la primera
ubicaríamos a los grandes capitalistas, que hoy forman grupos económicos transnacionales con asiento
en cada país. Dentro de la clase obrera en sentido estricto, estarían los obreros del ámbito de la
producción que producen plusvalía. Entre ambos, existe una “gama” de fracciones sociales: pequeños
comerciantes, productores y dueños de empresas de servicios; y por otro lado, el conjunto de asalariados
de todas estas ramas, donde encontramos profesionales, técnicos y trabajadores en general. El
desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, los va modificando en sus condiciones de vida,
situándolos en el campo de la enajenación de trabajo propio, aunque no sean necesariamente obreros
industriales.
9
Es importante distinguir dos cuestiones: por un lado, la contradicción objetiva del sistema y por
otro lado, sin salirnos del método, identificar la clase social sujeto del cambio. Podemos citar
tres párrafos del autor que dan claridad sobre estas cuestiones:
“El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e
intelectual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el
contrario, es su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de
desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las
relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con
las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí.” (K. Marx:
Introducción a la Crítica de la Economía Política, pag. 7).
“El sistema de apropiación capitalista que brota del régimen capitalista de producción, y por lo
tanto, la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual,
basada en el propio trabajo. Pero la producción capitalista engendra, con la fuerza inexorable de
un proceso natural, su primera negación. Es la negación de la negación.” (K. Marx: El Capital,
Cap. 23, pag. 649).
“ (...) De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, no hay más clase
revolucionaria que una: el proletariado. Las demás clases agonizan y perecen con la gran
industria, el proletariado es el producto más genuino de ésta. Las clases medias, el pequeño
industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino: todos luchan contra la burguesía
para salvar de la ruina su existencia como clases medias...; son reaccionarias, pues se
empeñan en volver atrás la rueda de la historia”. (K. Marx y F. Engels: El Manifiesto del Partido
Comunista” pag.9 y 11).-
10
Ciencia Política: módulo 2 – contenidos - Ideología
Social democracia
La Ideología Contemporánea
Prólogo de Francisco Delich
Córdoba 1992
1. SU PRAXIS HISTORICA
1
Przeworski, Adam, Capitalismo y socialdemocracia, Alianza Universidad, Madrid, 1988.
perseguir el avance del socialismo dentro o fuera de las instituciones existentes en la sociedad
capitalista; 2) buscar el mente de la transformación socialista exclusivamente en la clase
trabajadora o cocear en el apoyo de diversas clases; 3) buscar reformas, mejoras parciales o
dedicar todos los esfuerzos y energías a la total abolición del capitalismo. A partir de las
estrategias de resolución de estas opciones, creemos que puede sistematizarse la praxis histórica
de la socialdemocracia.
A pesar de su participación en las luchas por los derechos políticos, la democracia y el sufragio
eran un arma de doble filo según la percepción de la clase trabajadora. De allí que la actitud de los
partidos socialistas y laboristas hacia la participación política institucionalizada fue, en principio
ambivalente. En primer lugar, no estaban seguros que la burguesía respetarla la legalidad en caso
de un triunfo socialista, que necesariamente implicaría cambios en la estructura socioeconómica.
Por eso adoptaron estrategias tales como el programa Linz de 1926 del socialismo austríaco que
prometía gobernar en estricta consonancia con las reglas del Estado democrático, pero frente al
boicot de la burguesía y si esta no respetara la voluntad mayoritaria de cambio social la
socialdemocracia se vería obligada a emplear sistemas dictatoriales para vencer esa resistencia.
Frente a este temor, la actitud hacia la participación electoral, que implicaba aceptar la legalidad
institucional, era sumamente cauta y su aceptación generó intensos debates. A pesar de esto la
corriente abstencionista perdió apoyo en la Primera Internacional después de 1873, en
contraposición a la postura anarquista que en el Congreso de Chaud de Foids en 1870 había
sostenido que cualquier participación de los trabajadores en la política gubernamental burguesa iba
a consolidar el poder de la misma a la vez que paralizar la acción revolucionaria del proletariado.
También en el propio campo socialdemócrata muchas voces se alzaron en contra de la
participación. Alex Danielsson,uno de los fundadores de ese partido en Suecia, sostuvo en 1888
que la inserción electoral podía transformar al socialismo "de una nueva concepción de la sociedad
y del mundo a un programa insignificante de un partido puramente parlamentario". Rosa
Luxemburgo manifestaba asimismo que la confianza en las batallas parlamentarias era una
manifestación de lo que Marx había denominado cretinismo parlamentario.
Sin embargo, una vez aceptada la participación institucional por la mayoría de los partidos
socialdemócratas europeos, la cuestión consistió en utilizarlo no sólo con fines propagandísticos,
sino para luchar por sus intereses, oportunidad que no se podía perder, pues se consideraba
reforzaría y contribuiría a la movilización de los trabajadores.
Esto es así porque la democracia política daba a los obreros la oportunidad real de luchar por
sus intereses en la obtención de transformaciones sociales. Ya que como ciudadanos a través de
los mecanismos electorales, podían (de acuerdo a respaldo de los sufragios obtenidos) intervenir a
través de las decisiones políticas adoptadas en la organización de la producción y la distribución de
los beneficios, en tanto que como productores inmediatos dentro de la estructura capitalista no
tenían ningún derecho institucionalizado a dirigir las actividades productivas en las que
participaban.
Haciendo un análisis de las condiciones existentes en la Europa Occidental, que conformaban
la estructura de la decisión, Przeworski2 sostiene que en una situación en que la lucha armada
aparentemente era inviable, el único recurso racional que quedaba a los trabajadores y a los
partidos socialistas era la participación parlamentaria. A pesar de las limitaciones de esa
oportunidad, era la única posible a fin de responder alas demandas de sus bases. Los partidos
socialistas, en ese marco, trataron de elaborar estrategias que les permitieran superar
exitosamente la cuestión enunciada brillantemente por Rosa Luxemburgo: "abandono del carácter
de partidos de masas o abandono de los objetivos finales". Ya que la participación electoral, dadas
las circunstancies era necesaria para lograr el apoyo masivo de los trabajadores, pero podía hacer
peligrar los objetivos finales. Aquí llegamos a un punto crucial para interpretar la opción
socialdemócrata y sus consecuencias. Ludolfo Paramio 3 siguiendo la hipótesis de James
O'Connor4 sostiene que el abandono de las formas revolucionarias de lucha fue una consecuencia
de la maduración de la clase obrera, que superó las formas de lucha reactivas orientadas a
reafirmar los valores tradicionales violados por el capitalismo (propias del proletariado naciente) y
2
Przeworski, Adam, Capitalismo y socialdemocracia, Alianza Universidad, Madrid, 1988.
3
Paramio, Ludolfo, Tras el diluvio. La izquierda ante el fin del siglo, Siglo XXI, Bs. As., 1990
4
O’Connor, James, Teoría de la lucha de clases, un esbozo crítico. En Teoría, julio-setiembre de 1979
habla pasado en los países capitalistas centrales a posiciones proactivas en pos de
reivindicaciones no establecidas previamente. Por el contrario, tal opción según el marxismo
clásico- fundarnentalmente la ortodoxia leninista- fue calificada peyorativamente de reformismo y
visualizada como un gigantesco paso atrás en la historia de las luchas proletarias.
Sin embargo otros sostienen al igual que Paramio 5 , que este abandono por parte de un
proletariado industrial urbano maduro constituye una muestra de lucidez, ante el proceso paralelo
de fortalecimiento del aparato estatal y su racionalización en el contexto europeo occidental , tanto
en sus aspectos asistenciales como puramente represivos, lo cual elevaba extraordinariamente los
costos de las estrategias revolucionarias y reducía casi absolutamente sus esperanzas de éxito.
Podría afirmarse entonces, que por las condiciones existentes se interpretó que las
transformaciones solo se podrían pretender en el marco de la legalidad institucional. Por otra parte
esta opción no dejaba de tener sustento teórico, así se citaba una carta de Engels de 1891, que
mucho había molestado a Lenin donde se afirmaba "si una cosa es cierta, esta es que nuestro
partido y la clase obrera solo pueden llegar al poder bajo la forma de república democrática".
Lo cierto es que más allá de las disputas teórico-doctrinarias la democracia parlamentaria y su
marco institucional se transformó finalmente en el socialismo europeo de mera táctica en el credo
básico de la futura sociedad socialista. Para los socialdemócratas, la democracia parlamentaria
pasó a ser, a la vez, medio y fin el vehículo hacia el socialismo y la forma de la futura sociedad.
Bernstein llegó a decir que veía en el socialismo simplemente la democracia llevada a su
conclusión lógica.
La participación impuso ciertas limitaciones y de alguna manera reestructuró los partidos
socialdemócratas y la clase trabajadora: produjo la desmovilización de las masas por la delegación
de sus reivindicaciones en los representantes parlamentarios, burocratizó los partidos, produjo el
aburguesamiento de líderes y militantes, impuso la lógica de las tácticas electoralistas, etcétera
Por otra parte y a pesar de estos problemas, los socialistas estaban convencidos de su triunfo
electoral. Su fuerza estaba en el número y las elecciones constituían la expresión de este. Ya lo
había sostenido Marx en el Manifiesto Comunista, "el socialismo es el movimiento de la inmensa
mayoría". Tales aspiraciones se vieron confirmadas por los resultados electorales: en Alemania de
125.000 votantes en 1871, la socialdemocracia alcanzó en 1912 el 34,8 %, más del doble del
partido ubicado en segundo lugar. Los austríacos alcanzaron el 40,8% en 1919, el sueco 39,1% en
1917, etcétera.
La mayoría con que los socialistas esperaban alcanzar el poder, debía estar formada por
obreros. Pero el proletariado no llegó a ser la mayoría electoral en ninguna sociedad, pese a las
predicciones de Marx. Por ello los partidos socialistas buscaron 1° apoyo de otros sectores además
de la clase trabajadora y oscilaron, con resultados casi siempre negativos, entre 1a búsqueda de
aliados y el énfasis en la clase. Nos encontramos así frente a la segunda opción que según
Przeworski6 tuvo que afrontar la socialdemocracia: o constituirse en un partido de todo el pueblo o
seguir siendo un partido de clase.
Ningún partido socialdemócrata pudo definir la cuestión antes de la II Guerra Mundial, sus
historias están cubiertas de sucesivos cambios de estrategias. No podían seguir siendo un partido
exclusivamente obrero, pero les era imposible también dejar de ser un partido obrero, lo que se
constituyó en un verdadero dilema solo dilucidado doctrinariamente a partir de la nueva
Declaración de Principios de 1a internacional Socialistas en Frankfurt en 1951. Y aún en el
presente cuando se ha producido el derrumbamiento del. mito del proletariado como único sujeto
revolucionario, muchos socialdemócratas sostienen que incluso en una nueva propuesta de
solidaridad colectiva, los trabajadores poseen de hecho, una evidente centralidad dentro del
proyecto socialista.
La tercera opción enunciada inicialmente a fin de comprender el sentido de la praxis
socialdemócrata nos lleva al análisis del reformismo.
Según Przeworski 7 los socialistas comenzaron a tomar parte en las elecciones con unos
objetivos últimos, estos eran en líneas generales: la abolición de la explotación, la desaparición de
la división de la sociedad en clases y de todas las desigualdades económicas y sociales, el fin de
5
Paramio, Ludolfo, Tras el diluvio. La izquierda ante el fin del siglo, Siglo XXI, Bs. As., 1990
6
Przeworski, Adam, Capitalismo y socialdemocracia, Alianza Universidad, Madrid, 1988.
7
Przeworski, Adam, Capitalismo y socialdemocracia, Alianza Universidad, Madrid, 1988.
la dilapidación y la anarquía de la producción capitalista y la erradicación de todas las causas de
injusticia. Es claro que estos fines últimos no podían alcanzarse inmediatamente por razones tanto
políticas como económicas. También se tenía conciencia de que la socialdemocracia debía
representar los intereses de los obreros y otros grupos, no solo en virtud del logro de las metas de
una sociedad futura, sino también dando una respuesta a las acuciantes demandas de ese
momento. Así el parido socialista francés, liderado per Jaurés, proclamó en su Congreso de Tours
en 1902 "el partido socialista rechazando la política de todo o nada, tiene un programa de reformas
que a partir de ahora quiere realizar".
Qué aspectos podrían destacarse en este primer período reformista, que quizás arbitrariamente,
pero a fin de circunscribir etapas, ubicaríamos desde fines del silo XIX hasta alrededor de 1930?.
En primer lugar la propuesta de mejoras inmediatas nunca fue vista por sus propulsores como
un abandono de los objetivos finales. Así Kautsky8 consideraba un error imaginar que las reformas
pudieran retrasarla revolución social. Incluso cuando los movimientos socialistas abandonaron la
protección de la interpretación materialista de la historia para redescubrir la justificación del
socialismo en los valores éticos, no se pierde la confianza en la inevitabilidad del socialismo. Así la
famosa renuncia de Bernstein a los objetivos finales no implicaba que no fueran a cumplirse nunca,
sino que el camino para alcanzarlos era concentrarse en los objetivos inmediatos.
En el imaginario político socialdemócrata de ese período, en definitiva, a pesar de la adopción
de la legalidad institucional, la reforma y la revolución, entendida esta última como transformación
de las relaciones sociales y económicas, no necesariamente por insurrección, no se consideraban
opciones excluyentes.
En este contexto, no resultaba contradictorio lo propuesto por Jaurés, quien sostenía que
precisamente por ser un partido revolucionario, el partido socialista era el más activamente
reformista. Se creía que en algún punto la mitigación de los efectos del capitalismo se convertiría
en transformación y la atenuación en abolición.
En los hechos si hasta la I Guerra Mundial, los partidos socialistas europeos concentraron sus
esfuerzos en organizar a los obreros y ganar votos, casi nada se había elaborado en concreto para
la realización de la socialización. Su única propuesta programática era la nacionalización de los
medios de producción, planteada por la mayoría de los partidos socialistas, pero sin una real
concreción, en parte por la ambivalencia de los planes y en parte también porque los
socialdemócratas no obtuvieron en ningún país, en esta etapa, el suficiente número de votos para
obtener la mayoría parlamentaria y gobernar sin compromisos. Finalmente su estrategia consistió
en entrar en el gobierno, introducir las reformas para las que se consiguiera mayoría parlamentaria
y luego esperar. Se ocuparon de mejorar así, la situación de la clase trabajadora, esto es: el
dictado de legislación laboral y social, medidas que aunque favorecían a los obreros, eran
aceptadas por el nivel acotado de sus efectos en el plano político- económico.
Podría sostenerse que hasta la década de los 30 los socialdemócratas no concretaren ninguna
propuesta económica propia. Su estrategia consistió en la mas dura critica al capitalismo,
declarando la superioridad del socialismo y proponiendo programas de nacionalización de los
medios de producción, aunque imposibilitados de realizarse por no contar con el número suficiente
para obtener la mayoría parlamentaria. No se efectivizó así en esta etapa la elaboración de una
propuesta alternativa factible.
Acerca de este período, se ha hecho además un análisis crítico desde la ortodoxia marxista, al
desempeño de la II Internacional y principalmente a la socialdemocracia Alemana, por el papel
dirigente que en ella tuvo, en dos cuestiones fundamentales: 1) la incapacidad socialista para
impedir el estallido de la I Guerra Mundial; 2) la incapacidad de la Socialdemocracia Alemana como
partido guía de la Internacional para ofrecer una alternativa a la crisis de Weimar, y su consiguiente
destrucción por el fascismo.
Respecto a la primera cuestión, entendemos que debe ser revisada en un análisis más objetivo.
La critica lanzada por los bolcheviques con posterioridad a la revolución rusa , se centró en que los
partidos de la II Internacional estaban en condiciones de evitarla guerra, y si no lo hicieron, fue por
la traición de sus dirigentes, lo cual se evidenció con toda claridad en el significativo hecho de la
votación de los créditos de guerra por el partido líder: la socialdemocracia alemana. Sin embargo
autores como Paramio entienden que más allá de los calificativos morales que el hecho pueda
8
Kautsky, Karl, El camino del poder, Grijalbo, México, 1968.
merecer era casi nula la viabilidad práctica de una política distinta. Esto es así porque la
efectivización de la estrategia esgrimida frente a la amenaza bélica: la huelga general, no era
creíble realmente para nadie. Ello a consecuencia de que en este estadio, en realidad, la
socialdemocracia había dejado de ser un partido revolucionario y se había transformado en un
movimiento reformista defensor de los intereses obreros y un excelente instrumento de
organización y educación de esa clase, para la elevación de su nivel de vida y la extensión de sus
derechos políticos, aunque su discurso se encontrara atado a la vieja retórica revolucionaria.
Por otra parte si se analiza la situación de la clase trabajadora alemana y de su partido en ese
período, se puede afirmar que se encontraba en una posición que ha sido calificada como de
integración negativa, que la condujo a paradojas tales como mantener un internacionalismo
ideológico de los sin patria, heredado de 1848, mientras que se encontraba en los umbrales de su
completa integración en la nación, y a la par que se sostenía la inevitabilidad de la revolución,
había renunciado completamente en los hechos a la tradición revolucionaria. Estas contradicciones
entre el discurso y la práctica le ocasionaban graves problemas; y en definitiva le impidieron
formular una alternativa concreta y viable de gobierno, concluyendo en su desmoronamiento frente
al nazismo. Tal situación se presentaba de manera más o menos semejante en los otros partidos
similares europeos.
Recién comienza a gestarse una propuesta alternativa clara y a adquirir la socialdemocracia un
perfil particular cuando se construye una estrategia de respuesta a la crisis del 30 en Suecia,
Noruega y en menor grado Francia, con medidas económicas anticíclicas que transgredían la
ortodoxia existente.
Es importante destacar el surgimiento de una alternativa positiva socialista democrática en este
contexto, por cuanto una de las más extendidas críticas a la socialdemocracia se refiere a la
identificación del exitoso desempeño de esta como maquinaria redistributiva de la opulencia
capitalista. Sin embargo y a modo de refutación, el modelo sueco generalmente reconocido como
paradigma del socialismo democrático, se constituyó a partir de un contexto de notable crisis
económica.
Más allá de las controversias acerca de si la política económica de la socialdemocracia sueca
se desarrolló autónomamente o si fue aplicación de las ideas de Keynes que ya habían comenzado
a circular, el salto cualitativo de su hegemonía se produce en 1932 con la alianza entre el
proletariado industrial socialista y el partido agrario. El acuerdo entre ambos para salir de la crisis
de subconsumo fue, desde el punto de vista económico un pacto implícitamente keynesiano. Este
fue presentado por Hansson, primer ministro del nuevo gobierno de coalición, como una política
popular de unidad nacional, por la cual obreros mejor pagados pudieran abonar mayores precios
por su alimentación, permitiendo así, la recuperación económica de los campesinos medios y
[Link] crea a partir de 1936, una vez obtenido el más amplio éxito de esta política, un
sistema paradigmático con el nivel y la calidad de vida más altos de Europa, igualitario y
preocupado por el bienestar general, internamente armónico y homogéneo, con una política
exterior defensora de la paz y la distención. Este ha llegado a identificarse con el modelo
Socialdemócrata de sociedad, basado en un consenso colectivo sobre los valores de libertad,
igualdad y solidaridad con una estructura política democrática inmersos en una próspera realidad,
no en el reparto de la miseria. Es sumamente relevante que la fuerza política que impulsó el
reparto, la igualdad y la solidaridad fue la misma que creó la riqueza a partir de una situación de
crisis.
Este ejemplo refuta cierto discurso que sostiene que la derecha crea riqueza y la izquierda la
reparte. Se podría afirmar que los socialdemócratas europeos asumieron totalmente las propuestas
Keynesianas por cuanto significaba una política diferente para la administración de las economías
capitalistas que a su vez justificaba la participación de la socialdemocracia en el gobierno. Pero
además, el Keynesianismo daba una categoría universal a los intereses de los trabajadores. En la
lógica de la teoría de Keynes el aumento de salarios, (cuyo requerimiento anteriormente se veía
como contrario al interés nacional) significaba un aumento de la demanda lo que implicaba una
mejora de las expectativas de beneficios, un aumento de la inversión y finalmente un estímulo para
la economía. Así los intereses de los obreros coincidían con los intereses a largo plazo de la
sociedad en su conjunto.
En síntesis, en el marco de esta teoría que luego de la Segunda Guerra Mundial sirve de base
para la reconstrucción europea, la sociedad no estaba indefensa ante los caprichos del mercado, la
economía podía controlarse y el bienestar de los ciudadanos, podía aumentarse continuamente por
medio de la intermediación del Estado.
Así la defensa de los intereses de los trabajadores, las críticas a la economía clásica capitalista,
las reformas sociales propuestas, tanto en el discurso como en la práctica Socialdemócrata
seguida en todos los años anteriores, encontraba su justificación ideológica en una teoría
económica técnica. En este marco el socialismo democrático, encontró una política clara y factible,
que postulaba una serie de reformas realizables con éxito dentro del contexto capitalista, gracias a
la que se lograron créditos electorales y en definitiva les permitía una nueva estrategia de reforma
abandonando el proyecto de nacionalizaciones. Esta nueva ruta, incluía por cierto un compromiso
fundamental con el capitalismo, pero era factible en lo económico, socialmente beneficioso y -
fundamentalmente- políticamente realizable en condiciones de democracia.
El giro keynesiano llevó a los socialdemócratas a desarrollar una completa ideología del Estado
Benefactor que se extendió como una realidad en la mayoría de los países europeos en la
segunda pos-guerra.
Se puede afirmar que el paradigma de sociedad socialdemócrata en el período iniciado en 1945
y que perduró durante treinta años fue una combinación de Estado de Bienestar con sus
prestaciones sociales públicas en salud, educación v vivienda, sustentadas mediante impuestos
progresivos y economía mixta con coexistencia de empresas públicas y privadas, aunque su
efectivización adquiriera diversas modalidades. Todo ello es claro enmarcado políticamente en un
Estado de derecho democrático.
La asunción de la economía mixta generó la crítica de la ortodoxia marxista, pues se
consideraba un reflejo de la excesiva prudencia y timidez de las direcciones socialdemócratas que
no se aventuraban, ante las presiones del capital, a llevar hasta el fin un programa
consecuentemente socialista. Esta crítica surgió de la idealización imperante en ese período en
vastos sectores de izquierda sobre el modelo soviético, el cual ocultaba todavía la manifestación
de su ineficiencia y autoritarismo.
Desde una perspectiva actual, y atento a la experiencia histórica, ya no resultan tan sólidas y
han perdido sustento tales críticas. La caída del modelo soviético en su paradigma político, permite
revalorizar la opción socialdemócrata de adopción de las reglas de juego democráticas como parte
esencial de su proyecto. Y la evidencia de que las economías estatalizadas no han logrado superar
en eficiencia a las economías de mercado refuerza la perspectiva del socialismo democrático en
cuanto a que el futuro del socialismo no pasa por la abolición de la propiedad privada y el mercado,
sino per el avance hacia el control democrático de la economía.
Por otra parte también está claro que la propuesta del socialismo democrático no se agota en
los límites de lo realizado en ese período. En ese marco, un modelo fiscal y salarial que aumentaba
el crecimiento del consumo y mercado internos, era compatible con las ideas de igualdad y
redistribución, vinculado también con la presencia del fordismo que garantizaba tanto la
rentabilidad del capital como los ingresos de tos trabajadores y transformó a los sindicatos en
fuertes maquinarias representativas. Todos estos rasgos eran funcionalmente compatibles y
políticamente aceptables, lo cual explica su éxito, pero no constituyen el máximo logro y límite de
cualquier propuesta socialdemócrata. En los países capitalistas desarollados la historia del
movimiento obrero y de los partidos socialistas es la historia de la creciente construcción de un
poder social, que aún hoy, a pesar de la crisis no ha sido destruido, y que puede adoptar y de
hecho lo está haciendo, otras estrategias democráticas y reformistas.
Fue criticado también en ese período la posición adoptada por los partidos socialistas
democráticos congregados en la Internacional Socialista frente a la guerra fría, por su posición de
abierto enfrentamiento al bloque comunista . Pero esto se explica por la discrepancia real,
doctrinaria e histórica que ya en esa etapa de su desarrollo mantenía la socialdemocracia con los
sistemas de partido único imperantes en dicho bloque. Sin embargo fueron los impulsores, sobre
todo el S.P.D. de una política de coexistencia pacífica y de distensión con el bloque soviético, ya a
partir de la década del 60, aunque no implicara una conciliación política o ideológica dei socialismo
democrático con el comunismo.
A partir de 1951, ya los partidos socialistas propiciaron la integración europea y la necesidad del
fortalecimiento de Europa para poder actuar como tercer participe en la negociación este - oeste.
También apoyaron la idea de una "Europa para los trabajadores" sobre la base de la legitimación
democrática de las instituciones, la seguridad social, la cogestión y otras propuestas consecuentes
con una línea social-reformista.
Hasta la década de los sesenta la internacional socialista fue una organización que agrupaba
casi exclusivamente a los partidos socialdemócratas europeos, salvo los apoyos que provenían de
Australia y Nueva Zelanda no convocaba a ningún partido fuera del continente. Se ha sostenido
así, que es un producto político surgido de una situación y un escenario europeo e incapaz de
comprender otras realidades.
Entre 1945 y 1965 la socialdemocracia no arriesgó apoyos decisivos a los movimientos de
liberación del tercer mundo, brindando sólo un respaldo tibio a algunos movimientos reformistas en
las ex colonias europeas. Se atribuye a su eurocentrismo la incomprensión de tales procesos; pues
si bien reconocía formalmente el derecho a la autodeterminación de los pueblos, en el fondo creía
que una Europa socialista y democrática era el principal requisito, para civilizar a los países del
tercer mundo.
Sin embargo cuando el contexto de la guerra fría se va superando, entre otros factores gracias
a su intervención y Europa Occidental alcanza su despegue económico, la Internacional Socialista
como expresión del movimiento obrero mayoritario europeo y partidario por ello del progreso
político-social y económico de los pueblos adopta una postura pacifista y de apertura hacia
movimientos progresistas del mundo subdesarrollado.
Así en el Congreso celebrado en Milán en 1952, se aprobó una declaración titulada "Una
política socialista para los países subdesarrollados" en la que se postulaba el apoyo para la
superación de la dependencia económica, política y moral, comprometiéndose también a impulsar
la realización de un plan mundial de desarrollo, que no era entendido como caridad sino como
estricta justicia, proponiendo además que estos fondos de ayuda debían provenir de la reducción
armamentista en Europa Occidental.
Respecto a nuestra región se creó en 1955 un Secretariado para América Latina y en 1960 se
constituyó el "Comité Permanente para las Regiones en Desarrollo", en el que se incluía a
Latinoamérica.
Esta orientación hacia los países subdesarrollados se fortaleció, variando fundamentalmente la
perspectiva eurocéntrica debido a la acción de Willy Brandt, que impulsaba decididamente un
socialismo que integrara la utopía con el pragmatismo, y proponía el reconocimiento de la
diversidad cultural como el lugar desde donde se podía ampliar el espectro de la definición
ideológica de la socialdemocracia. Así a partir de la flexibilización del concepto del socialismo
democrático se incluyó a movimientos nacional democráticos policlasistas y con contenido social,
incorporándose los llamarlos populismos del tercer mundo.
Dicha iniciativa promovida fundamentalmente a través del apoyo de Bruno Kreinsky y Olaf
Palme obtuvo éxito y finalmente en 1976 en la reunión de Caracas se establecieron ejes
programáticos comunes a los partidos europeos y del tercer mundo consistentes
fundamentalmente en la proclamación de la democracia social, política y económica.
Esta reformulación de las relaciones de los partidos socialistas democráticos de Europa y los
movimientos afines en países subdesarrollados, tuvo su punto culminante con la realización del
XVII Congreso de la Internacional Socialista, por primera vez en su historia en América Latina, en
Lima Perú del 20 al 23 de Junio de 1956, teniendo como anfitrión al Partido Aprista Peruano.
En el discurso inaugural dado por el presidente Alan García éste reivindicó el aporte
latinoamericano, primero descalificado y luego aceptado por el socialismo europeo. Así sostuvo
que: "Mariátegui fue acusado después de su muerte como populista, como soreliano voluntarista
por el pecado de haber comprendido que el socialismo no es un hecho inevitable y fatalista del
futuro, sino una acción colectiva y creadora" 9.
También Haya de la Torre había sostenido como peruano que la lucha antiimperialista y la
construcción nacional no corresponden a una clase definida en el sentido europeo sino al conjunto
de grupos sociales, campesinos, obreros, intelectuales v clases medias amenazadas por el
9
García, Alan. No hay democracia sin antiimperialismo. En Revista Nueva Sociedad, N° 86, [Link]., 1986.
imperialismo 10. Esas ideas formuladas en el primer cuarto de siglo, en principio diferentes de las
concepciones europeas, sin embargo son enunciadas a su vez por el socialismo europeo a partir
de los Congresos de Frankfurt y de Bad Goderberg.
Por eso en el presente, sostuvo García, se han juntado los caminos de la democracia social de
América Latina y el socialismo democrático de Europa a través de los mismos objetivos: libertad,
igualdad y solidaridad; y esto último implica que los socialistas europeos están moralmente
obligados a hacer suya la causa de los pueblos pobres de la tierra.
LA DOCTRINA
10
García, Alan: No hay democracia sin antiimperialismo. En Revista Nueva Sociedad, N° 86, [Link]., 1986.
11
De Man, Enri. La idea socialista, Presse Universitaires, Romandes 197.
12
De Man, Enri, La idea socialista, Presse Universitaires, Romandes 1975
13
Jaurés, Jean, L´espirit du socialisme, Gonthier, parís, 1964
En cuanto al Estado, en oposición a la tesis de Marx-Engels, el pensamiento socialista no
ortodoxo advirtió que este no era un simple epifenómeno de la lucha de clases que desaparecería
al finalizar ésta, sino una institución necesaria para la coexistencia y la realización de las
potencialidades humanas. Respecto a esto, Kautsky sostuvo que la tesis de la extinción del Estado
debe entenderse en el sentido de la superación de la estructura capitalista del mismo, pero que no
puede prescindirse del Estado si se pretende organizar la producción socialista. Por otra parte, la
prestigiosa y respetada socialdemocracia alemana, en ninguno de sus programas alude a la
extinción del Estado sino a futuras formas de reformulación del mismo adecuadas a la sociedad
socialista tales como estado popular y estado libre del pueblo, estado democrático y social,
etcétera.
En realidad, en el contexto europeo occidental el hecho de la obtención por parte del trabajador
de la satisfacción de buena parte de sus reivindicaciones por intermediación del Estado, a partir de
la ampliación de sus funciones sociales y económicas y, las posibilidades ofrecidas a los partidos
obreros y socialistas por la instauración de la democracia política condujeron a actitudes hacia el
Estado, que según García Pelayo 14 se pueden esquematizar en los siguientes puntos:
a) El estado es más que un mero instrumento de dominación de clase, es una institución
destinada a satisfacer necesidades sociales.
b) Es sólo un enemigo circunstancial de la clase trabajadora en cuanto burgués, pero puede,
reformulado, mediar para la satisfacción de los intereses obreros y ser un escenario de
construcción del socialismo.
c) Para ello es necesario un Estado fuerte, capaz de asumir y llevar a cabo funciones sociales y
económicas. Entonces se debe luchar en y por el Estado y no contra el Estado.
Se llegó también a la conclusión de que la actitud de total ruptura cultural, política y económica,
propia de la ortodoxia leninista, que consideraba a la democracia política como una forma más de
dominación de clase debía ser sustituida por la valoración que tal forma política merece, como algo
valioso adquirido en el curso de la civilización (en tanto su primera versión liberal incluía el Estado
de Derecho y cierto sistema de libertades). Y, que puede ser perfeccionado a fin de que la
declaración formal y abstracta de la democracia adquiera un contenido real. La idea de democracia
del socialismo occidental no se refiere sólo a la forma política sino que se orienta a una mayor
igualdad social y a un mayor bienestar económico pues son supuestos inexcusables para la
realización de las proclamadas libertad e igualdad políticas.
La aceptación de la lógica democrática a partir del establecimiento lento del sufragio universal
perfila la distinción de la socialdemocracia respecto a la ortodoxia marxista-leninista, aceptada no
como fórmula de transición circunstancial sino como dato fundamental y permanente dei sistema
político. Sin embarro, la socialdemocracia realizó a su vez una crítica contundente de la vieja
democracia burguesa y siendo el actor más poderoso del reconocimiento y ampliación del sufragio
universal, pretendió llevar a la democracia a su total realización en el ámbito socioeconómico.
Su propuesta democrática comprendió la aceptación de la democracia representativa. En eso
acordaban a pesar de sus otras diferencias Bernstein,Blum, Mac Donald, Brantiná y Millerand. Ásí
para Bernstein “la democracia es un medio y un fin. Es medio para la lucha por el socialismo y es la
forma de realización del socialismo" 15 . La democracia es para Bernstein una síntesis de la
democracia propiamente dicha y del liberalismo, no en el sentido de los partidos liberales-
capitalistas, sino como un movimiento histórico universal del que el socialismo no es sólo su
sucesor en el tiempo sino también el legítimo heredero de su contenido espiritual y destinado a
sustentar sobre un fundamento económico los valores de la seguridad y libertad personales. La
democracia social así postulada no constituye una brusca ruptura con los sistemas culturales y
políticos precedentes sino la culminación y perfeccionamiento de lo que estos poseían de valioso.
También el socialista belga Enri de Man en la obra ya citada defiende una democracia política
que consiste en organizar un control eficaz del Estado por la voluntad popular.
A partir de estas consideraciones y en cuanto a su ejercicio real la democracia ha consistido
para la socialdemocracia mucho más que una estrategia de acceso al poder, es un proyecto
14
García Pelayo, Manuel, Las transformaciones del Estado contemporáneo F.C.E, México, 1973.
15
) Bernstein, E, Die voraussetzungen des Sozialismus und die Aufbalen der Socialdemokratie, Hamburgo, 1969.
político de fondo sobre la naturaleza misma de la sociedad a construir, que se distingue de los
partidos liberales de derecha en cuanto acepta el conflicto de clase, de él saca incluso su fuerza en
tanto partido de la clase obrera pero no pretende superar este conflicto por medio de la
aniquilación del adversario, sino que como la tradición liberal, acepta el pluralismo político y en los
hechos, su hacer se efectiviza por el compromiso para la transformación económica y la
competencia pacífica por el poder político.
A modo de conclusión acerca de la construcción doctrinaria del socialismo democrático
debemos destacar que en la última Declaración de Principios de la Internacional Socialista, dado
en Estocolmo en junio de 1989 se resumen los presupuestos básicos de este en la actualidad 16 .
Se considera en ella que permanecen como universales los valores del socialismo democrático en
cuanto a la democracia, la libertad, la igualdad, la solidaridad, la paz y los derechos humanos. Los
acontecimientos de los últimos años han demostrado lo valioso de estos principios, y según se
sostiene: "los socialistas democráticos han llegado a la definición de estos valores de muy diversas
maneras. Estos se originan en el movimiento obrero, los movimientos de liberación nacional,
tradiciones culturales de asistencia mutua y solidaridad comunal en muchas partes del mundo.
Estos valores se han nutrido de las variadas tradiciones humanistas del mundo"17.
Una de las cuestiones fundamentales a resolver en el futuro se refiera a las iniciativas por la
paz pero esto requiere: "que los diferentes sistemas socioeconómicos y naciones cooperen entre
sí, en proyectos para la construcción de la confianza y el desarme por la justicia en el sur y la
protección de la biósfera del planeta"18
Se destaca en esta Declaración el tratamiento de las relaciones Norte-Sur como un problema
relevante a considerar al cual se agrega también en importancia la protección ecológica del
planeta. Todo ello unido a los requerimientos de democracia política y económica y pluralismo
cultural configuran una propuesta política realmente progresista en el presente de lo cual
hablaremos en otro artículo.
En síntesis la socialdemocracia, más allá de su presencia como conjunto de partidos y
movimientos agrupados en una internacional, supone una alternativa no clausurada sino abierta a
un desafío.
Esto es así por que en su actual perspectiva, si por una parte son aceptadas como necesarias
tanto los mecanismos e instituciones democráticas cuanto la economía de mercado, por otra parte,
también la intervención del Estado democrático es visualizada como indispensable para elevar el
nivel socioeconómico orientado al logro de la justicia.
Su expresión puede ser distinta en Europa, América latina u otras regiones, pero el principio es
el mismo: una sociedad democrática con economía dé mercado, pero vinculada esta última con los
demás aspectos de la vida social lo cual supone un cierto grado de intervención estatal, por cuanto
los intereses de la mayoría deben ser representados democráticamente en la toma de decisión.
Cuestión que se evidencia ya como un requerimiento al cual se debe dar respuesta. Por cuanto si
bien las hoy extendidas políticas neoliberales han resuelto algunos problemas técnico-económicos
(así lo presentan en estadísticas numerosos análisis profusamente divulgados) no han resuelto los
problemas de la sociedad ni tampoco del sistema político, por el contrarío se advierte que los han
agravado.
En relación a esto no se debe olvidar que no existe desvinculación entre lo económico y lo
socio-político, sino una relación de implicancia mutua, cuestión que parece no contemplar la
perspectiva neoliberal. Esta conexión si es asumida por la propuesta socialdemócrata, su desafío
consiste en lograr la reconstrucción del sistema social superando la recepción pasiva de lo
pretendidamente inevitable que conduce a un individualismo de supervivencia. Para esto debe
16
Nueva Declaración de Principios de la Internacional Socialista, Revista Nueva Sociedad, N° 103, Septiembre-Octubre de
1989.
17
Nueva Declaración de Principios de la Internacional Socialista, Revista Nueva Sociedad" 103, Septiembre-Octubre
de 1959.
18
Nueva Declaración de Principios de la Internacional Socialista, Revista Nueva Sociedad, N°- 103,
Septiembre-Octubre de 1959.
orientar la acción hacia la reconstitución de significados e interacciones entre los actores sociales,
evitando así la pérdida de relevancia de la política y la crisis de representación. Cuestión esta de
necesaria resolución para una redefinición satisfactoria de la democracia.
Por otra parte también debe encaminar su acción hacia un modelo eficiente de crecimiento
estable en un mercado mundial competitivo, creándose mecanismos de redistribución adecuados a
la actual situación, en la cual ni en el norte ni en el sur la redistribución origina crecimiento como en
la posguerra, por el contrario la competencia internacional exige crecer para poder redistribuir.
Este es el desafío que debe superar la socialdemocracia para dar una solución que tema
aceptación en un contexto en el cual ya se evidencia que los problemas sociales y políticos se
están convirtiendo en exigencias imprescindibles de considerar y frente a las cuales son cada vez
notorias las debilidades del modelo neoliberal.
En esto reside el aludido discreto encanto de la socialdemocracia; pero también en las actuales
circunstancias su profunda fuerza transformadora.
...............................................................................................................................................................
La Primera Guerra Mundial, cuyo estallido hizo saltar por los aires la II internacional, dio paso a un
período en el que fue casi regla general en Europa la participación en un momento y otro, con más
o menos peso, de notables socialistas en el gobierno de sus países: Alemania, Austria, Bélgica,
Suecia, Dinamarca, Gran Bretaña, Francia y España pueden citarse como ejemplos. Ahora bien,
salvo en el caso del Partido Socialdemócrata Sueco, que se mantuvo hegemónicamente en el
poder desde 1932 a 1976, estas experiencias de la primera postguerra apenas permitieron realizar
reformas socialistas de mayor alcance. Desde el punto de vista doctrinal, este período de
entreguerras se encuentra marcado profundamente por la escisión entre socialistas y comunistas y
contiene dos aspectos novedosos y de relevancia respecto a la etapa anterior de la
Socialdemocracia: 1) la búsqueda que emprenden algunos austromarxistas de una posición
intermedia entre el reformismo práctico de la socialdemocracia y el revolucionarismo voluntarista y
dictatorial del comunismo soviético, que dio lugar al intento de la “Internacional Segunda y Media”,
y que en sustancia buscó sin lograrlo, llevar a cabo reformas radicales que fueran compatibles con
un régimen democrático. 2) el desarrollo hasta sus últimas consecuencias de la tesis del
revisionismo reformista que bajo la premisa teórica de abandonar la inspiración marxista del
socialismo, infectada de determinismo histórico, proponían la renuncia política al instrumento
revolucionario, la alianza con las clases medias o el reconocimiento del marco nacional para la
construcción del socialismo.
La experiencia fascista, a cuyo ascenso asistieron con impotencia los distintos partidos
socialdemócratas de Europa, abrió paso, luego de la Segunda Guerra Mundial, a un período nuevo
en el que se generaliza el proceso de la descolonización, a la par que Europa, donde las
propuestas socialistas son reconducibles a la tradición anterior, asiste a una reconstrucción
económica basada en los pilares de la democracia liberal y el sistema capitalista hacia el interior y
“guerra fría” entre los países occidentales y los del Este europeo hacia el exterior. Como ya lo
expresáramos, además de la ya asentada hegemonía sueca, los partidos socialista irán
adquiriendo un peso dominante y significativo en la alternancia de gobierno, así por ejemplo: Gran
Bretaña 1945, en Alemania desde 1969 y en Austria desde 1970. Este socialismo norte y
centroeuropeo se caracterizó –con la excepción de la política de nacionalizaciones del laborismo
británico- por una mayor intervención estatal en los procesos de redistribución que en los de
producción, de forma que una política fiscal progresiva permitió consolidar eficazmente la red
asistencial que configura el Estado de bienestar, en un proceso que resultó ser funcional al tipo de
crisis económica que Keynes analizó y propuso combatir mediante la incentivación de la demanda.
La brecha entre previsiones y realizaciones como las anteriores y las propuestas y aspiraciones de
la socialdemocracia clásica se colmó en el plano doctrinal con una recuperación, y aun un
desenvolvimiento liberal, de las principales tesis del revisionismo reformista, lo que se plasmó en el
Programa del SPD alemán de 1959, aprobado en el Congreso de Bad Godesberg. En él se
enraizaba al socialismo democrático con la ética cristiana, el humanismo y la filosofía clásica para
renunciar expresamente a “proclamar últimas verdades”, que no era otra cosa que liberarse de la
inspiración marxista que hasta entonces había sido norma programática. Desde el punto de vista
ético-político, el Programa de Bad Godesberg establecía una decidida identificación entre
socialismo y democracia, entendida como sometimiento de todo poder al control político, lo que
exigiría un nuevo orden económico y social conforme con los valores fundamentales del
pensamiento socialista: libertad, justicia, solidaridad y la mutua obligación derivada de la común
solidaridad. Sin embargo, este nuevo orden no se condensaba en la fórmula tradicional de la
socialización de los medios de producción, sino que se consideraba compatible con le economía
de mercado y con la propiedad privada controladas.
El presente trabajo es una síntesis basada en “La Socialdemocracia” de Alfonso Ruíz Miguel, colaboración
publicada en: Fernando Vallespín ed. “Historia de la Teoría Política”, T. 4, Cap. V. Alianza Editorial, Madrid,
1992.
En contraposición con una formulación como la señalada, especialmente a partir de la década de
los ’60, se produce una difusa pero insistente teorización de una más bien tajante distinción entre
socialdemocracia y socialismo democrático, identificada aquélla con el mero reformismo que
acepta la organización capitalista y éste como una doctrina que pretende superarla radicalmente,
siempre mediante el respeto a las reglas del juego democrático. Esta posición, tributaria de
fenómenos tan distintos como la primavera de Praga de 1968 o el Chile de Allende entre 1970 y
1973, puede detectarse teóricamente en autores tan dispares como R. Bahro, Lichtheim,
Macpherson, Sotelo, Touraine, entre otros.
En el plano de la práctica política, esta propuesta tendió a presentarse sobre todo como doctrina
propia de los partidos del sur de Europa, que nunca se habían incorporado al gobierno, como el
caso del español o griego, o que no lo habían hecho hegemónicamente, como el francés o italiano,
y hasta el momento que lo hicieron. Por su parte, aun con matices distintivos, a la misma idea de
socialismo democrático llegaron también los partidos comunistas de igual localización europea,
que propiciaron el movimiento del eurocomunismo como alternativa al modo dictatorial seguido en
los países de “socialismo real”. En definitiva, corrientes muy distintas en origen convergen en la
propuesta de un socialismo democrático que se propone como “tercera vía” entre el comunismo y
la socialdemocracia19.
Norberto Bobbio, uno de los más relevantes socialistas liberales contemporáneos, sentenció hace
no mucho tiempo que “la tercera vía no existe”, pretendiendo poner de manifiesto que entre el
método democrático y el dictatorial no puede haber ningún híbrido para ir acercándose al
socialismo. Creemos, sin embargo, y en relación con los fines, que la distinción entre
socialdemocracia y socialismo democrático, o si se quiere entre socialdemocracia moderada y
radical, puede aludir a la diferencia entre propuestas predominantemente institucionales e
insistentes en el democracia política representativa y propuestas más permeables a la intervención
social no organizada mediante partidos y a la extensión de los mecanismos democráticos, a ser
posible, directos, a todos los ámbitos, como el económico, el escolar, el sanitario, por sólo citar
algunos. Tal ideal de “ una democracia más avanzada en todas las esferas de la vida: la política, la
social y la económica”, es el marco y a la vez el fin del socialismo proclamado en la Declaración
de Principios de la Internacional Socialista de 1989. Y a pesar de las limitaciones reales de la
socialdemocracia como fórmula política propia sólo de algunos países occidentales especialmente
desarrollados, el viejo ideal internacionalista no deja de aparecer ahora como referente utópico en
la propuesta de una “sociedad democrática mundial”, cuya estructura política no se configure como
un subproducto de los egoísmos de los bloques, las naciones o las empresas, según reza la citada
Declaración.
Sin embargo, con independencia de la lejanía entre las realidades y los deseos y de la reconocida
dificulta de ir avanzando hacia la consecución de los ideales como los anteriores en el marco de
una severa estructura económica del capitalismo globalizado y multinacional, la socialdemocracia
es hoy objeto de un debate más radical. Así, se trata de dilucidar si el modelo que propone la
socialdemocracia es susceptible de una profunda renovación que le permita encabezar o, cuando
menos, acompañar ulteriores transformaciones sociales o si más bien se encuentra ya
enclaustrado en una posición esencialmente conservadora y quizá condenado a ser superado por
un nuevo paradigma que recoja su agotado impulso crítico y progresista, así lo entienden entre
otros: Gorz, Touraine. Tres factores básicos se han aducido como relevantes para describir este
nuevo gozne histórico: la extensión en influencia de movimientos sociales alternativos a los
tradicionales como los ecologistas, pacifistas, feministas, etc., la consecuencia de las graves
contradicciones e insuficiencias de un modelo económico-social basado en el magaindustrialismo y
en el atizamiento de un espiral inagotable de productivismo y consumismo y, en fin, la creciente
insostenibilidad de unas relaciones entre países pobres y ricos que apenas contemplan los
menores progresos en la búsqueda de la eliminación del hambre y la miseria que asolan a la
mayor parte del mundo. Sin duda que el futuro papel del pensamiento y los movimientos
socialdemócratas dependerá de sus respuestas a estos problemas fundamentales.
19
Es importante señalar que esta “tercera vía” de la que estamos hablando no es la misma que propuso el
primer ministro laborista inglés, Tony Blair, cuando en 1999 propuso “La Tercera Vía” como una nueva
opción entre socialismo y liberalismo, para hacer del laborismo inglés –léase la socialdemocracia inglesa- un
partido que tenga una propuesta más abarcadora del centro ideológico de ese país.
El despertar del totalitarismo
disponible en [Link]
El totalitarismo niega al individuo y asume que la verdad es una función del poder y que la fuente
de la verdad es el poder. Consentir al yo cualquier derecho frente al Estado Único sería lo mismo
que mantener el criterio de que un gramo puede equivaler a una tonelada. De ello se llega a la
siguiente conclusión: la tonelada tiene derechos, y el gramo deberes, y el Único camino natural
de la nada a la magnitud es olvidar que sólo eres un gramo y sentirte como una millonésima parte
de la tonelada. El totalitarismo ha sido un último y desesperado intento de anular el proyecto
moderno de autonomía y democracia. En ese sentido el secreto más auténtico del totalitarismo
es la voluntad de anular al individuo concreto en favor de la comunidad despótica y la negación
de las diferencias
El totalitarismo, en sus formas clásicas el régimen de Hitler y el régimen ruso durante la vida de
Stalin, fue una dominación instituida a partir de una interpretación delirante de la realidad y que
utilizaba como medios la movilización social y el terror masivo. A pesar de las diferencias entre
esos dos regímenes, ambos compartían el hiperliderazgo, el partido único y la policía política
como ejes de su poder. Eran sistemas basados en la administración del terror, su motor funcional
básico, hasta tal punto que los campos de concentración representan el paradigma y la
culminación de ese principio social. Ambos encarnaban proyectos de dominio total sobre la
sociedad. En definitiva, esos totalitarismos clásicos representaban el límite extremo opuesto a la
democracia, suponían el triunfo de la heteronomía frente a autonomía.
Las ideologías totalitarias son una extensión del pensamiento instrumental sobre el ser humano
y hay que tener presente que el totalitarismo sólo puede reproducirse y ganar estabilidad porque
produce un tipo humano específico, el agente totalitario, ejemplo radical de la fragmentación
contemporánea de la responsabilidad de los seres humanos convertidos en meros agentes
ejecutores, instrumentos, medios para un proyecto. Después de la muerte de Stalin, en el
régimen de la URSS, el "totalitarismo clásico o delirante" dio paso a un "totalitarismo débil" o
"tardío" que se conformaba con mantener su dominio social y político pero que había renunciado
al control completo. El sistema no pudo producir un segundo Stalin pero tampoco fue capaz de
una auténtica y exitosa autorreforma burocrática.
Los mecanismos extremos del totalitarismo clásico no son exclusivamente un fenómeno de los
años treinta. Expresiones propias del totalitarismo delirante han aparecido con posterioridad. El
maoísmo tuvo etapas plenamente delirantes en los años cincuenta y sesenta. El régimen de Pol
Pot fue un totalitarismo delirante de los años setenta. Bajo el dominio de ambos hubo exterminios
masivos, intentos de control completo de los individuos y de la sociedad, hiperliderazgo
paranoico, objetivos irreales, movilizaciones totalitarias de masas de izquierda frente a
totalitarismo. El proyecto socialista, nacido para desarrollar la democracia y generar derechos
para los desposeídos de la sociedad, se convirtió en pretexto ideológico de brutales dictaduras
totalitarias que negaban los derechos de las gentes y establecieron relaciones de dominación en
todos los ámbitos de la vida social.
Las confrontaciones sobre el "misterio" de los regímenes burocráticos son un claro ejemplo de
las antítesis y limitaciones en que la izquierda no estalinista se ha movido frente al totalitarismo.
Todos los críticos de la burocracia han coincidido en entrever que representaba un tipo histórico
nuevo, no reconocible en realidades preexistentes (Estados obreros degenerados o deformados,
sociedades transicionales, capitalismo burocrático, capitalismo de Estado, etc.). China, el país
más poblado del mundo sigue sometido a una dictadura totalitaria que representa una peculiar
combinación del comunismo político, el capitalismo salvaje y las peores tradiciones del
despotismo asiático. La comunidad Internacional tiene tremenda responsabilidad al considerar
que lo que ocurre en China, en Vietnam, en Corea del Norte o en Cuba, y otros países
latinoamericanos con los que hacen negocios, no tiene importancia. Sin embargo, estamos
hablando de cientos de millones de seres humanos sometidos a férreas dictaduras, sin derechos
sindicales, sin derechos a la libertad de expresión, de manifestación o de reunión y sin ninguna
defensa efectiva frente a la arbitrariedad del poder.
En fin, el mundo está dormido ante un despertar del totalitarismo y del capitalismo de Estado y
la comunidad internacional aprovechando el festín de los negocios.
ARTICULO PERIODISTICO
Disponible en [Link]
¿Qué es la democracia?
por Giovanni Sartori
Taurus, Madrid, 2007
Definir la democracia es importante para establecer qué esperamos de ella. éste es el objetivo
del libro y para ello Sartori dialoga consigo mismo, con Aristóteles, Locke, Rousseau, Marx.... y
con el lector: reflexiona sobre la democracia, el liberalismo, la libertad, desde sus orígenes y en
todas sus acepciones hasta llegar a nuestro actual uso, comprensión y aplicación de estos
conceptos y valores.
Giovanni Sartori
DEFINIR LA DEMOCRACIA
DESCRIPCIóN Y PRESCRIPCIóN.
Una vez establecido que el significado literal del término se corresponde poco y mal con su
referente, ¿cómo hacemos? A primera vista puede parecer que la solución es fácil. Si es cierto
que la voz es engañosa, ¿por qué no denominar las cosas con etiquetas que no lo sean? Se ha
constatado que las democracias son en realidad "poliarquías".1 Admitiendo que la constatación
sea exacta, ¿por qué no llamarlas así? La respuesta es que aunque el término "democracia" es
engañoso a efectos descriptivos, es necesario a efectos normativos. Un sistema democrático
está sustentado en una deontología democrática, y lo que la democracia es no puede
separarse de lo que la democracia debería ser. Una experiencia democrática se desarrolla a
caballo del desnivel entre el deber ser y el ser, a lo largo de la trayectoria marcada por unas
aspiraciones ideales que siempre van más allá de las condiciones reales.
Ello implica que el problema de definir la democracia se desdobla, porque si por un lado la
democracia requiere una definición prescriptiva, por el otro no se puede ignorar su definición
descriptiva. Sin validación, la prescripción es "irreal"; pero sin un ideal, una democracia "no es
tal". Fijemos cuidadosamente esta cuestión: la democracia tiene en primer lugar una definición
normativa; pero eso no significa que el deber ser de la democracia sea la democracia y que el
ideal democrático defina la realidad democrática. Es un grave error confundir una prescripción
con una constatación; y cuanto más frecuente es el error, más expuestas están las
democracias a tergiversaciones y patrañas.
Examinemos la patraña máxima: la tesis difundida y creída durante más de medio siglo que
afirmaba que había dos democracias: una occidental y otra comunista. ¿De qué forma llegó a
demostrarse la tesis de las "dos democracias"? Precisamente trampeando y enredando con el
ser y el deber ser. La demostración seria exige dos formas de confrontación: una vez entre los
ideales y otra, por separado, entre los hechos. En cambio, la falsa demostración junta y
entrecruza los emparejamientos de la siguiente manera: comparando los ideales (no
realizados) del comunismo, con los hechos (y las fechorías) de las democracias liberales. Así
siempre se gana, pero sólo sobre el papel. La democracia alternativa del Este -también llamada
democracia popular- era un ideal sin realidad.
La palabra democracia desde siempre ha indicado una entidad política, una forma de Estado y
de gobierno; y ésa sigue siendo la acepción primaria del término. Pero dado que hoy en día
hablamos también de democracia social y de democracia económica, estaría bien establecer
en cada momento qué queremos decir.
Así pues, democracia no es, aquí, lo contrario de régimen opresor, de tiranía, sino de
"aristocracia": una estructura social horizontal en lugar de una estructura social vertical.
Después de Tocqueville es sobre todo Bryce quien mejor concibe la democracia como
un ethos, como un modo de vivir y convivir, y por lo tanto como una condición general de la
sociedad. Sí, para Bryce (1888) la democracia es prioritariamente un concepto político. Pero
para él la democracia estadounidense también se caracterizaba por una "igualdad de estima",
por un ethos igualitario que se manifiesta en el valor igual que las personas se reconocen
mutuamente. Por ello, en la acepción original del término, la "democracia social" revela una
sociedad cuyo ethos exige a sus propios miembros verse y tratarse como socialmente iguales.
Democracia económica es, a primera vista, una expresión que se explica por sí misma. Pero
sólo en apariencia. Desde el momento en que la democracia política gira en torno a la igualdad
jurídico-política, y que la democracia social consiste sobre todo en la igualdad de estatus, en
esa secuencia democracia económica significa igualdad económica, aproximación de los
extremos de pobreza y de riqueza, y por lo tanto redistribuciones que persiguen un bienestar
generalizado. ésta es la interpretación que podríamos llamar intuitiva de la expresión. Pero la
"democracia económica" adquiere un significado preciso y caracterizador de subespecie de la
"democracia industrial".
La democracia económica también se presta a ser concebida, de un modo muy general, como
la visión marxista de la democracia, en función de la premisa de que la política y sus
estructuras son solamente "superestructuras" que reflejan un Unterbau económico subyacente.
Está fuera de duda que hablar mucho en términos de democracia económica es de amplia
inspiración marxista, es decir, que deriva de la interpretación materialista de la historia. Sin
embargo, las "teorías económicas de la democracia" propiamente dichas y precisamente
formuladas que surgen con Anthony Downs (1957) y que posteriormente han sido
desarrolladas, en general, en términos de social choice, de teoría de las opciones sociales,
provienen de los economistas y no tienen ninguna connotación marxista: se valen de conceptos
y analogías de la ciencia económica para interpretar los procesos políticos (Buchanan y
Tullock, 1962; Riker, 1982).
El hecho es que el marxismo -por lo menos desde Marx hasta Lenin- juega bien contra la
democracia, a la que declara capitalista y burguesa; pero juega mal en su propia casa, es decir,
cuando se trata de explicar cuál es la democracia que reivindica para sí, la democracia del
comunismo realizado. En Estado y Revolución, Lenin dice y desdice; pero al final su conclusión
es que el comunismo, al abolir la política, lo que hace al mismo tiempo es abolir la democracia
(v. Sartori, 1987, pp. 461-466). Por lo tanto, en el texto que más sienta cátedra, el marxismo no
desarrolla una democracia económica. Y la cuestión que hay que recalcar es que la
democracia económica y la teoría económica de la democracia son, a pesar de la similitud de
las expresiones, cosas totalmente distintas.
Una vez aclaradas las diferencias, ¿cuál es la relación entre democracia política, democracia
social y democracia económica? La relación es que la primera es condición necesaria de las
otras dos. Las democracias en sentido social y/o económico amplían y completan la
democracia en sentido político; son también, cuando existen, democracias más auténticas, ya
que son microdemocracias, democracias de grupos pequeños. Por otra parte, si la democracia
no se da en el sistema político, las pequeñas democracias sociales y de fábrica en cualquier
momento corren el riesgo de ser destruidas o amordazadas. Por ello "democracia" sin
calificativos quiere decir democracia política. La diferencia entre esta democracia y las demás
es que la democracia política es dominante y condicionante; las demás son subordinadas y
condicionadas. Si falta la democracia mayor, con facilidad faltan las democracias menores. Lo
que explica por qué la democracia ha sido siempre un concepto preeminentemente
desarrollado y teorizado en el contexto del sistema político.
SINGULAR Y PLURAL
Una vez establecido que la democracia tout court, sin especificar, quiere decir democracia
política, ¿aún así cabe hablar de democracia en singular, o bien de democracias en plural? A
nivel empírico está claro que las democracias son de diferentes tipos: por ejemplo, de tipo
presidencial o parlamentario, de tipo francés o inglés, proporcionales o mayoritarias, etcétera.
Pero la pregunta afecta principalmente a la teoría, al ámbito especulativo, y discute la
existencia de un filón central, de una teoría mainstream, o de varias teorías democráticas en
plural, múltiples por ser teorías alternativas e irreconciliables. La primera tesis concibe la teoría
de la democracia (en singular) como un tronco del que después salen múltiples ramas. La
segunda sostiene, en cambio, que no existe un tronco, que cada una de las teorías de la
democracia (en plural) constituye en sí misma un árbol.
Para ilustrarlo, tomemos la denominada teoría participativa. Para ponerla como alternativa a la
teoría representativa de la democracia (que es la teoría de conjunto), es necesario hacer de
ella una teoría igual de comprensiva. Pero los participacionistas sólo disponen de un engranaje;
y por más que lo agranden, un engranaje no hace un reloj: una parte del todo no puede sustituir
al todo. Y lo mismo vale para las demás presuntas teorías alternativas: clásica, radical, elitista y
similares.
La tesis de las múltiples teorías contrapone a la teoría completa, a la teoría de conjunto, una
serie de porciones de teoría, de subteorías incompletas que de esa forma caen en el clásico
error de la pars pro toto, de hacer pasar una parte por el todo. Por lo tanto, y en sentido
contrario, yo sostendré que la teoría de la democracia (en singular) está dividida únicamente
por la discontinuidad que separa la democracia de los antiguos de la democracia de los
modernos, y que la democracia de los modernos es fundamentalmente "una": es la teoría de la
democracia liberal. Por supuesto esa mainstream, esa corriente principal, se ramifica en
muchos riachuelos. Y por supuesto también es lícito abordar la teoría de conjunto partiendo de
teorías parciales. Así, la representatividad puede abordarse en función de la participación, la
explicación descriptiva en función de instancias morales, la macrodemocracia en función de las
pequeñas democracias, etcétera. Lo que no es óbice para que la única teoría completa de la
democracia que es conjuntamente i) descriptiva y prescriptiva, y también ii) transformación de
la teoría en práctica, sea a día de hoy la teoría del Estado democrático liberal.
LAS CELADAS
Decía que el discurso sobre la democracia está plagado de trampas. La primera es la celada
terminológica: discutir sobre la palabra ignorando la cosa. Es el simplismo que trataré en primer
lugar con el título de "democracia etimológica" o literal. El segundo simplismo es el "realista", o
mejor dicho, el del realismo malo: declarar que lo único que cuenta es lo real y que lo ideal no
cuenta nada. El tercer simplismo es, por el contrario, el "perfeccionista": el ideal a todo gas y en
dosis siempre crecientes. Después de lo cual, es decir, después de las celadas, mi argumento
será la transformación de lo ideal en real: cuál es la relación correcta entre el deber ser y el ser.
Todos más o menos sabemos (es lo fácil) cómo y cuál debería ser la democracia ideal;
mientras que se sabe muy poco (es lo difícil) de las condiciones de la democracia posible.
FORMAS DE GOBIERNO
organización subjetiva del poder: diseño orden E.
monarquías autocracias
repúblicas democracias
Discusión y complejidades.
Democracia y régimen político: Forma de
gobierno y forma de vida.
Reglas y condiciones. Principio de la mayoría y la
minoría.
Representación y participación política.
Gobernabilidad y Democracia.
Algunas reflexiones criticas.
*SISTEMA IDEAL DE ORGANIZACIÓN
DEL PODER ESTATAL
*PROCESO DINAMICO DE
CONSTRUCCION
RP = FG + FV
FORMA DE GOBIERNO
Aspecto formal, sistema de reglas procesales
para la toma de decisiones sobre los asuntos
públicos.
ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL PODER.
KELSEN – LIBERTAD/IGUALDAD
PARLAMENTARISMO
REGLA DE MAYORIA Y MINORIA
FICCION DEMOCRATICA
FORMA DE VIDA: vigencia sociológica
*Conjunto de valores y creencias
*Contenido material y sustancial de la
democracia
*Requisitos
I- Extra políticos u objetivos
*Económicos
*Demográficos
*Culturales
*Geográficos
II- Políticos
*Subjetivos o psicológicos
-Consenso mínimo
-Ideologías compatibles
*Institucionales/normativas
-Sistema de partidos/sufragio
-Grupos de interés y presión
Partidos Políticos y democracia.
Grupos de Interés y los Grupos de Presión
Reflexiones críticas.
La Democracia
María Susana Bonetto de Scandogliero
María Teresa Piñero de Ruiz
En: Cuadernos de Política. Ed. Advocatus. 1998.
Sumario:
Gran parte de los teóricos contemporáneos (Sartori, 1987; Bobbio, 1986; MacPherson, 1982;
Strasser, 1986; Held, 1992 y otros) están de acuerdo en sostener que la democracia antigua o
clásica difiere fundamentalmente de la democracia moderna.
Mayoritariamente se sostiene en la teoría política que el surtimiento de la democracia, así
como del origen del término, se remontan a Grecia, en la primera mitad del siglo V a. C., y más
específicamente como representación paradigmática se alude a Atenas; aunque existían
contemporáneamente otras ciudades-Estado que se aproximaban a un sistema similar.
El surgimiento de estas primeras democracias, según sostiene Held (1992), no fue el
resultado de un único conjunto de acontecimientos, sino que su desarrollo estuvo marcado por
un proceso de continuo cambio a través de varias generaciones. Entre los factores que suelen
mencionarse, que permitieron el surgimiento de este modo de vida democrático se citan:
2. LA DEMOCRACIA LIBERAL
(1)
Constant, Benjamín, citado por Bobbio, Rorberto, en Liberalismo y democracia, FCE Brenano, Bs. As., 1992,
p.9.
La sociedad ha dejado de ser considerada un orden natural, al cual los hombres pertenecen
también naturalmente y de lo cual dependen para ser tales. El contractualismo ha modificado
fundamentalmente este concepto, ya que a partir de él se la visualiza como el producto de la
voluntad de los hombres, creación humana, con un origen artificial. La concepción organicista
de la sociedad es reemplazada por una individualista. A esto contribuye también la
configuracó6n del homo aeconomicus maximizador de sus ganancias individuales y la filosofía
utilitarista de Benthan y James Mill.
En el contexto de esta nueva concepción de lo social, de la centralidad del individuo y del
concepto de “libertad negativa” aparece junto con el liberalismo el gobierno representativo, que
constituye un elemento tradicionalmente no democrático.
Por ello esta necesaria conjunción le hace decir al autor que esta democracia moderna no
es un mero agregado del ideal griego con algunos aditamentos posteriores, la democracia
moderna es sustancialmente distinta a la antigua, es una democracia liberal.
Otros autores (Bobbio, 1992) sostienen que el liberalismo como teoría del Estado de
derecho es moderno, mientras que la democracia, como forma de gobierno, es antigua. Esto es
así porque afirma que el sentido descriptivo de democracia no ha cambiado, si bien cambia
según los tiempos y las doctrinas su significado evaluativo. Entonces lo que cambia, no es el
titular del poder político que siempre es “el pueblo” sino la manera amplia o restricta de ejercer
ese derecho. Así tanto la democracia directa como indirecta derivan para este autor de la
soberanía popular, aunque se distinguen por la modalidad y las formas en que es ejercida esa
soberanía.
La democracia moderna no sólo no sería incompatible con el liberalismo, sino que puede ser
considerada, en algunos aspectos y hasta cierto punto, como su consecuencia natural.
Pero, sostiene también Bobbio (1992) sólo bajo la condición que se tome el término
“democracia” en un sentido jurídico institucional y no en un sentido más sustancial. Es decir, en
el primer caso se pondría más el acento en el conjunto de reglas procedimentales (las reglas
de juego), en el segundo caso en el ideal en el cual un gobierno democrático debe inspirarse, o
sea en la igualdad.
De los dos significados el que se relaciona históricamente con la formación del Estado liberal
es el primero. Si se considera el segundo, el problema de las relaciones entre liberalismo y
democracia se complejiza y ha dado y seguirá dando lugar a considerables debates. En este
caso el problema implica la resolución de la relación entre libertad a igualdad.
Así aparecen concepciones tan opuestas como liberalismo e igualitarismo, ya que ambas
tienen sus raíces en concepciones del hombre y de la sociedad profundamente diferentes. La
primera, individualista, conflictiva y pluralista. La segunda, totalizante, armónica y monista.
Para el liberal, el fin principal, es el desarrollo de la personalidad individual. Para el
igualitario, el fin principal es el desarrollo de la comunidad en su conjunto, aun a costa de
disminuir la esfera de libertad de los individuos.
En el contexto de este análisis. Sartori (1990) en la búsqueda de la conjunción de la libertad
y la igualdad sostiene que es posible armonizar ambos conceptos, pero como poseen una
lógica distinta, el predominio de uno de ellos desequilibra en uno y otro sentido esa
convivencia.
Si se prioriza el componente liberal, éste, que sólo acepta la igualdad jurídica política, puede
convivir con circunstancias y situaciones sociales fuertemente inigualitarias. El predominio
democrático puede llegar a multiplicar los esfuerzos y los beneficios de la libertad.
En síntesis, en la igualdad late una pulsión horizontal y en la libertad un ímpetu vertical. A la
democracia le preocupa la cohesión social y la igualdad distributiva, mientras que el liberalismo
valora la eminencia y la espontaneidad. Y finalmente la diferencia fundamental es que el
liberalismo gira en torno al individuo y la democracia en torno a la sociedad (Sartori, 1990).
El liberal se preocupa más por la cuestión jurídico-política de limitar el poder dei Estado y el
demócrata más por la cuestión social. Por ello el primero se preocupa por las formas y los
procedimientos y el segundo, principalmente, por los contenidos y los resultados de la acción
estatal.
En el sentido político, Estado liberal y Estado democrático no se diferencian. Pero en el
aspecto socioeconómico, tal problemática solo es asumida como obligación por el Estado
democrático.
En el Estado de derecho liberal el elemento liberal prevaleció fuertemente sobre el
democrático, en el modelo de bienestar el democrático predomino sobre el liberal. En la
actualidad las tendencias parecen mostrar una oscilación en la dirección contraria. Por ello es
que si aceptamos la existencia de tensiones, que pueden llegar a verdaderas contradicciones
entre los elementos constitutivos de la democracia liberal, podría sostenerse que según el
mayor o menor énfasis que se ponga en alguno de ellos y sus estrategias de combinación, se
construyen distintos modelos de democracia.
Dentro de la teoría de la democracia, se advierte la plausibilidad de una sistematización de
su estudio a partir de la selección de modelos (MacPherson, 1981; Held, 1991).
3. MODELOS DE DEMOCRACIA
El término modelo en sentido amplio(2) se refiere a una construcción teórica diseñada para
revelar y explicar los elementos, claves de una forma democrática y la estructura o relaciones
que le subyacen. Los modelos son así “redes” complejas de conceptos generalizaciones,
acerca de aspectos políticos, económicos y sociales, constituyendo una representación
simplificada de la realidad esquemática, parcial y selectiva.
Es una estructura quo nos permite organizar el conocimiento, cumpliendo una función
explicativa a interpretativa mediadora entre la realidad y la teorización.
Todo modelo implica determinados supuestos, tanta sobre la naturaleza de la sociedad, como
sobre el hombre, sus capacidades políticas, así como sobre la forma en quo justifica sus
opiniones y preferencias.
Tanto Held como MacPherson sostienen quo las ideas de la democracia que cada modelo
contiene, impacta en la percepción sobre lo que la gente cree que ésta es y también sobre lo
que podría o debería ser. Esto es importante, ya quo las creencias, acerca de lo que es el
sistema político, no son ajenas a este, sino parte de él. Determinan efectivamente sus límites y
posibilidades de evolución, lo que puede aceptarse o exigir. Participan en la constitución de la
definición de los procesos políticos, dotan de sentido y legitiman acciones.
La clasificación más abarcadora de modelos de democracia (Cortina, 1993) sería la quo
distingue entre democracia participativa, de raíz clásica, y democracia liberal representativa.
La primera implica que el pueblo es el titular del poder, siendo también quien lo ejerce. De
modo que la participación del pueblo en el gobierno, consiste en un ejercicio directo del poder
(según las distintas interpretaciones varían las estrategias, los modos de ejercicio). En este
caso es posible hablar claramente de un gobierno del pueblo.
Desde otra perspectiva, la democracia liberal y representativa, consiste en un sistema de
gobierno que funciona con representantes, que se supone procuran los intereses y opiniones
de los ciudadanos, en el marco del imperio de la ley: en este caso se trataría de un sistema de
limitaciones y control del poder, que implicaría, más que un gobierno del pueblo, un gobierno
querido por el pueblo.
Pero, siguiendo los análisis de MacPherson (1987) y Held (1992), es posible analizar más
minuciosamente distintos modelos de democracia, que han presupuesto o suponen
determinadas ideas sobre estos modelos, se deben tener en cuenta la naturaleza y coherencia
(2)
de sus pretensiones teóricas, la pertinencia de sus afirmaciones empíricas, y el carácter
práctico de sus prescripciones.
En nuestro análisis de los modelos de democracia planteamos un momento inicial para
empezar su estudio: aquella instancia donde comienza la consideración de la ampliación del
sufragio, que culminara con la conquista del sufragio universal.
O sea, el proceso por el cual el modelo liberal se transforma en democracia liberal, por la
ampliación del derecho de voto.
Este modelo presenta algunas características que permiten incluir como un antecedente de sus
formulaciones al pensamiento de Rousseau.
Según sostiene el actor, en una democracia los ciudadanos deben disfrutar de igualdad política
y económica, para que nadie pueda ser amo de nadie y para que todos puedan disfrutar de
igual libertad a independencia en el proceso de desarrollo colectivo.
Pero de acuerdo al corte histórico propuesto para los modelos de democracia (el debate sobre
el sufragio) el verdadero representante de esta propuesta es John Stuart Mill, quien trata de
defender una concepción de la vida política que garantice la libertad individual, a través de un
gobierno responsable, y una burocracia eficiente, libre de prácticas corruptas y de regulaciones
excesivamente complejas. Los peligros para estas aspiraciones provienen, según el autor, de
las clases dirigentes que se resisten al cambio, así como de los sectores populares que tratan
de forzar el cambio más allá de su formación y preparación. También provienen del propio
gobierno, que en el contexto de las transformaciones de la sociedad industrial, corría el riesgo
de expandir su poder más allá de los límites deseables.
John Stuart Mill tiene una fuerte adhesión a la democracia liberal, la cual, consideraba, no sólo
debía establecer los marcos para el logro del interés individual, sino que era un mecanismo
fundamental de desarrollo social.
La participación en la vida política resulta fundamental para crear un interés directo en el
gobierno y consecuentemente las bases de una ciudadanía – masculina y femenina –,
informada y en desarrollo.
En una de sus obras Sobre la libertad (1859), Mill se preocupa por establecer la naturaleza y
límites de los frenos a la intervención arbitraria del poder sobre los ciudadanos. Reivindica la
libertad de pensamiento, discusión y publicación, asociación y combinación siempre que no
cause perjuicios a otros.
Advertía sobre los peligros de un poder despótico y de un Estado sobredimensionado.
La dignidad humana se ve amenazada por el poder absoluto, y la mejor manera de
salvaguardar los derechos de los individuos es la participación en forma rutinaria en su
articulación. Cuando los individuos están comprometidos en la resolución de los problemas que
los afectan o que inciden en la comunidad en su conjunto, se acrecientan las posibilidades de
crear soluciones imaginativas y estrategias exitosas.
Para el actor, la mejor estrategia para lograr esos objetivos, era el gobierno representativo,
cuyo poder está restringido por el principio de la libertad.
Destacaba el peligro de un crecimiento exagerado del poder gubernamental y de una
burocracia sobredimensionada, sostenía que la democracia podía contrarrestar a la burocracia.
Pero también destacó la imposibilidad de reeditar la democracia de la polis en una sociedad
moderna, ya que los problemas que plantea la coordinación y regulación de un Estado
densamente poblado, son demasiados complejos para implementar cualquier sistema de
democracia clásica o directa.
El establecimiento de un sistema representativo, junto con la libertad de expresión, de prensa y
de reunión, constituye la estrategia mejor para el control de los poderes gubernamentales.
Mill valoraba tanto la democracia como el gobierno especializado, por lo tanto proponía el
control del segundo, pero sin interferir en su eficiencia. Lograr el equilibrio entre ambos polos
era una de las cuestiones más difíciles, complicadas y relevantes del arte de gobierno.
Por otra parte, el autor se de los supuestos de la tradición liberal al considerar a las mujeres
como “adultos maduros” con derecho a ser individuos “libres e iguales”.
Mill combina argumentos formales de la democracia con elementos “protectores”, del
individualismo liberal. Además, si bien es muy crítico con respecto a las desigualdades en
riqueza y poder, en tanto impedían el desarrollo de las personas (sobre todo de los
trabajadores) no llegó a asumir un compromiso fuerte con la igualdad política y social.
Su pensamiento es controvertido y da lugar a diversas lecturas. Se advierte un marcado
“elitismo intelectual” que se manifiesta en la mayor proporción de peso electoral que le atribuye
a las personas educadas, fundado en el potencial liberador y emancipador que le otorgó al
conocimiento.
Por otra parte, si bien creía en la completa protección de la propiedad privada, proponía
experimentar con otras formas de propiedad que podían ser beneficiosas para el progreso de la
humanidad. También proponía dentro de la esfera legítima de actuación del Estado la
formación de la protección de la salud, la seguridad laboral, la educación y, en definitiva, la
protección contra la pobreza, argumentos que luego asumiría el Estado de bienestar.
Estos dos modelos corresponden a las primeras reflexiones sobre la democracia liberal en el
siglo pasado. En la primera mitad de este, se destacan otras dos propuestas, que se disputan
también, el sentido de la democracia.
En este marco tenemos, en primer lugar, el modelo elitista competitivo de la democracia.
Coincidiendo con Max Weler, Schumpeter consideraba que el capitalismo había dado un
impulso enorme al “proceso de racionalización”. Esto último, por otra parte, es un aspecto
necesario de un mundo complejo, que precisa de una organización imparcial y funcional, en
que únicamente “gobiernos de expertos” puedan dirigir el aparato administrativo del Estado en
su tarea de regulación y control; por ello es que contemporáneamente sólo puede sostenerse
un modelo muy limitado de democracia.
El capitalismo industrial, orientado hacia el mercado, es consecuentemente suplantado por los
procesos económicos organizados o complicados.
Debemos destacar que este análisis de los procesos políticos y económicos, corresponde al
momento de establecimiento del Estado de bienestar.
Para Schumpeter, ni el socialismo, ni la democracia, están amenazados por la burocracia, por
el contrario, esto último es un complemento inevitable de ambos (Held, 1991).
La burocratización es, así, la base de la gestión moderna y del gobierno democrático,
independientemente que lo económico sea socialista o capitalista.
La propuesta del “elitismo competitivo” de Schumpeter se fundamenta en un rechazo abierto a
la teoría clásica de la democracia, que implicaba para el autor, un arreglo institucional para
Ilegar a decisiones políticas que realicen el bien común fundadas en la soberanía popular.
Schumpeter critica esta concepción, sosteniendo que la idea de bien común es peligrosa y
engañosa, en tanto las personas tienen distintas preferencias y valores que en las sociedades
modernas diferenciadas no pueden resolverse apelando a una voluntad general universal.
Subestimar las diferencias postulando un acuerdo racional sobre el bien común es además
peligroso, por cuanto justifica el rechazo de toda disidencia como irracional.
Por otra parte, sostiene que en el mundo contemporáneo, las decisiones de organismos no
democráticos, pueden resultar, en ciertas circunstancias, más aceptables para las personas en
general, que las decisiones democráticas, ya que tales organismos pueden producir políticas
más beneficiosas a largo plazo, que los distintos partidos no habrían aceptado.
Finalmente, Schumpeter ataca directamente la naturaleza misma de la “voluntad general”
afirmando que esta o sea la voluntad de la mayoría de los votantes tiene poco, prácticamente
nada, de fundamento racional. El ejemplo de la publicidad es una prueba del carácter
manipulable de los deseos y elecciones “individuales”. Por otra parte, en política la distancia
entre la vida cotidiana de la mayoría de las personas y las complejas cuestiones nacionales a
internacionales, la posicionan en una situación muy débil y poco informada sobre políticas o
ideologías alternativas.
Así Schumpeter sostiene que a fin de evitar los peligros y riesgos de la política contemporánea
se deben superar “imaginarios” típicos de la doctrina clásica de la democracia. En primer lugar,
no se debe aceptar la idea de que el “pueblo” tiene opiniones concluyentes y racionales sobre
las cuestiones políticas. El pueblo sólo debe ser el instrumento para seleccionar a los hombres
capaces de tomar decisiones. El rol del elector se reduce a aceptar o rechazar un candidato,
quien tiene la capacidad de gobernar la complejidad de la política y que ha sido legitimado por
el voto en sus acciones posteriores. Para este autor, la democracia tiene muchas más
posibilidades de ser efectiva cuando los dirigentes pueden establecer las políticas sin el estorbo
de los electores.
Lo cierto es que la concepción de Schumpeter refleja con exactitud ciertos aspectos de los
procesos políticos contemporáneos: la lucha por el poder entre las elites partidarias, el
importante papel de las burocracias públicas, la forma en que la política maneja las técnicas
publicitarias, etcétera.
Pero, sostener en función de estos elementos una visión tecnocracia de la democracia, es tanto
antiliberal como antidemocrática, por cuanto determina la individualidad por las fuerzas
sociales, restándole discernimiento propio.
Según sostiene Held (1991), la problemática descripción de Schurnpeter de la naturaleza de la
acción y su poca estimación de las capacidades de las personas, plantearon una serie de
dificultades: en primer lugar si el electorado es incapaz de juicios razonables en cuestiones
políticas, ¿por qué sí se lo puede considerar capaz de discriminar los mejores candidatos? ¿por
qué se lo considera incapaz de evaluar políticas que no son tan alejadas de su vida cotidiana y
sobre las cuales suele tener opiniones firmes? ¿Acaso existen fundadas evidencias acerca del
poder de ciertos condicionamientos (Como la publicidad) sobre las actitudes políticas de las
personas? Todo ello por lo menos plantea ciertas dudas sobre la versión schumpeteriana del
funcionamiento del mercado político identificándolo con el mercado económico. No resulta del
todo claro la solidez de un enfoque que reduce la democracia a la competencia por el liderazgo,
en el cual los representados no cuentan con otra instancia que el voto peri6dico. Esto no
solamente plantea dudas en función de lo que la democracia debería ser, sino que cuestiona si
esta es tal como Schumpeter dice que es.
Su más conspicuo representante es Robert Dahl. Este autor entiende a la democracia como
posibilidad de la igualdad de participación y control de los ciudadanos. Este enfoque que
también pretende ser descriptivo (al igual que el elitista) del funcionamiento de la democracia,
sostiene que la política democrática moderna, es en la realidad, mucho más competitiva y las
políticas resultantes, mucho más satisfactorias que lo que sugiere el modelo de Schumpeter.
Los pluralistas alcanzaron notoriedad en la década 50-60 en [Link]. y han sido criticados,
sobre todo por los marxistas, como una formulación ideológica ingenua de las democracias
occidentales_
Los pluralistas aceptan en líneas generales, el planteamiento de Schumpeter, acerca de que la
distinción entre democracia y no democracia está dada por los métodos de elección de los
líderes políticos, también aceptaban la apatía y desinformación del electorado, pero no
aceptaban la inevitabilidad de la concentración de poder en las elites.
La base teórica del pluralismo se vincula a dos corrientes de pensamiento: la herencia de
Madison y las concepciones utilitaristas. En relación a la influencia del primero, los pluralistas
han centrado su preocupación, al igual que Madison, en las facciones. Destacan las
interacciones individuales o de grupos en la competencia por el poder. Pero a diferencia del
actor mencionado, los pluralistas sostienen que las facciones no suponen un peligro para las
democracias, por el contrario, constituyen una fuente estructural de estabilidad y la expresión
central de la democracia, ya que la existencia de intereses competitivos diferentes, es la base
del equilibrio democrático.
A partir de su enfoque, al que consideran puramente descriptivo, pretenden analizar el
funcionamiento de la democracia real, que está muy alejada de los ideales de la democracia
ateniense o del modelo de Rousseau.
Para los pluralistas la construcción del poder surge de un proceso interminable de intercambios
entre numerosos grupos que representan distintos intereses (sindicatos, partidos, grupos
étnicos, estudiantes, etcétera).
Por ello no existe, en este modelo, un poderoso centro de toma de decisiones. Atento a esto
surge una sociedad de centros de toma de decisiones. La explicación acerca de cómo frente a
esta dispersión es posible una relativa estabilidad de la democracia, está dada por la
pertenencia de toda persona a múltiples grupos con intereses diversos, y a que ningún grupo
puede monopolizar el poder. En definitiva, de la lucha entre intereses, surge lo político hasta
cierto punto independiente, dentro de los marcos democráticos.
Por otra parte, sostiene que los ciudadanos comunes, ejercen un grado de control
relativamente alto sobre los dirigentes, fundamentalmente por el funcionamiento de dos
mecanismos: las elecciones periódicas y la competencia entre partidos.
Asimismo, sostenía que el temor de ciertos liberales democráticos (Madison, Tocqueville y S.
Mill) acerca de “la tiranía de la mayoría” era infundado, ya que la realidad muestra una
poliarquía, es decir una situación de lucha y competencia entre los distintos grupos.
Por ello, el carácter democrático de un régimen, está garantizado por la existencia de múltiples
grupos o múltiples minorías.
Existen ciertos prerrequisitos para el funcionamiento de una poliarquía: consenso sobre las
reglas de procedimiento, consenso sobre el margen de opciones políticas, consenso sobre el
ámbito legítimo de la actividad política, etcétera. Estos son los resguardos más profundos de
cualquier forma de gobierno opresivo.
A pesar de no negar la importancia de las normas constitucionales, para Dahl, la protección
contra la tiranía provenía de las normas y prácticas no constitucionales.
Se puede objetar a los pluralistas que su “realismo” tendía a deslizarse hacia una nueva teoría
normativa, que postulaba como modelo los sistemas democráticos occidentales y renunciaba al
estudio de la justificación de los distintos modelos democráticos y a un análisis crítico de los
ideales y métodos de la democracia. Por el contrario, el criterio para valorar las distintas teorías
de la democracia, se asienta en su adecuación o no al modelo pluralista.
Finalmente, en cuanto a los modelos que en la actualidad se disputan la definición y sentido de
las democracias, podemos analizar el modelo legal neoliberal y el modelo de la democracia
participativa. Asimismo, presentaremos una tercera propuesta contemporánea que cuestiona
los presupuestos epistemológicos y ontológicos de estas alternativas y descree de su
plausibilidad explicativa para dar cuenta de los actuales sistemas democráticos.
El modelo neoconservador también denominado neoliberal, cuyos expositores más destacados
son Hayeck y Nozick, en última instancia evidencia la preocupación por avanzar la causa del
liberalismo contra la democracia, tratando de limitar el uso democrático del poder del Estado.
Parte del presupuesto de que la vida política, al igual que la economía como con la provisión
social de oportunidades. Sostiene la restricción de ciertos grupos, fundamentalmente de los
sindicatos, en su poder para hacer valer sus objetivos, postulando también la formación de un
gobierno fuerte para aplicar la ley y el orden.
Sus presupuestos respecto al hombre y la sociedad se podrían resumir en lo siguiente:
– No existe ninguna entidad social o política a excepción de los individuos. Supone la
convicción de que los individuos pueden juzgar acabadamente qué es lo que quieren y que
además poseen aspiraciones radicalmente diferentes. En consecuencia se los considera
poseedores de libertad para intentar llevar a cabo su propia visión de la vida buena en una
comunidad ideal donde nadie puede imponer su propia visión de la utopía a los demás
(Nozick, 1990). Naturalmente no se puede justificar un Estado extenso, sino un Estado
mínimo ya que de lo contrario violaría la libertad de los individuos y el derecho a no ser
forzado a hacer ciertas cosas.
– Por ello es imposible establecer patrones de distribución social, ya que la única
organización legítima de los recursos humanos y materiales, es negociada a través de la
actividad libre de los individuos en intercambios competitivos con otros.
– Las únicas instituciones políticas justificadas y legitimadas son las que apoyan un espacio
de libertad, que preservan la autonomía y los derechos individuales.
Se asienta sobre una concepción del hombre definida por derechos subjetivos que se poseen
frente al estado y los demás ciudadanos, al igual que los derechos políticos, que tienen la
misma estructura. Permiten a los ciudadanos hacer valer sus intereses privados hasta formar
una voluntad política capaz de influir en la administración. Así los ciudadanos pueden controlar
si el poder del estado se ejerce en interés de los ciudadanos como personas privadas. Desde
esta concepción de hombre, la participación en la política no es en sí valiosa, sino un
instrumento para satisfacer fines privados. El valor de la participación política es bajo y no
tiene nada de condenable al apoliticismo de los ciudadanos ni la apatía.
Este modelo supone el imperio de la ley, la vigencia del estado constitucional, una intervención
mínima del estado en la sociedad civil y una sociedad de mercado lo más extensa posible.
Supone un gobierno fuerte y efectivo fundado en los principios liberales, la regulación al
máximo de la regulación burocrática y la restricción de los grupos de interés.
El otro modelo, no es tan específico ni homogéneo en cuanto reconoce distintas vertientes.
Las definiciones del participacionismo proceden de formas poco sistemáticas, lo que dificulta
una visión clara de sus propuestas. Se comprende esta falencia si se acepta en definitiva que
el participacionismo constituye fundamentalmente una reacción de insatisfacción ante la
democracia representativa, una crítica ante sus consecuencias negativas y la aspiración de
realizar un ideal de hombre político, más que una alternativa detallada, acabada e incluso
viable (cortina, 1993).
En la definición de este modelo, el hombre es un animal político en un triple sentido. En primer
lugar, se sostiene que el hombre para realizarse plenamente necesita desarrollar entre otras
cosas, capacidades, principalmente la capacidad de participar de modo significativo en las
deliberaciones y decisiones que afectan a la comunidad en la que vive. Además, esta
participación tiene su sentido educativo y positivas consecuencias psico-sociales, en cuanto
permite el desarrollo de otras facultades, tal como la capacidad de deliberar y decidir de
acuerdo a intereses comunes y no solo individuales y grupales. Finalmente, reforzaría el
sentido de pertenencia a la propia comunidad por las estrechas relaciones a que da lugar el
trato continuo. En este sentido el status de individuo no viene definido por un patrón de
libertades negativas, cuyo uso se ejerce como personas privadas. Por el contrario, los
derechos ciudadanos son más bien libertades positivas, que permiten a los ciudadanos
constituirse en sujetos políticamente responsables en una comunidad de libres a iguales
(Habermas, 1994). La democracia se constituye como una forma de vida valiosa por sí misma,
en tanto respeta y fomenta el carácter autolegislador de los individuos, potencia el sentido de
justicia al considerarla capaz de orientarse por intereses generalizables.
En cuanto a las condiciones generales que harían posible el funcionamiento del modelo se
requiere:
- Mejora directa de los grupos sociales que no cuentan con iguales oportunidades a través de
la redistribución de recursos materiales.
- Reducción al mínimo posible del poder burocrático no responsable ante los ciudadanos.
- Un sistema abierto de información que garantice decisiones informadas. - Igualdad de
oportunidades para hombres y mujeres.
Los principales teóricos de este modelo, corno MacPherson, Pateman y Poulantzas han
combinado y reformulado las ideas provenientes de la tradición liberal y marxista. En este
sentido su contribución ha sido importante en cuanto a superar el interminable a infructuoso
debate entre ambas tradiciones sobre la democracia.
Sin embargo, las carencias se advierten en cuanto a la especificación de propuestas tales
como: ¿cómo organizar en la realidad la economía y como relacionarla con el aparato político?
¿Cómo combinar las instituciones de la democracia directa con las de la democracia
representativa a fin de lograr una ampliación de la participación? ¿Cómo tratar los problemas
que plantea el nuevo orden internacional? Y, entre otras, ¿cómo podría implementarse la
participación en sociedades complejas y diferenciadas?
Este último interrogante es fundamental, ya que el modelo de democracia participativa supone
que las personas quieren en general, expandir el margen de control sobre sus vidas. Aunque
ellos mismos advierten, postular que las personas ejercitan sus capacidades y gozan con el
ejercicio y desarrollo de éstas, no deja de ser por el momento una aspiración a la
transformación.
Desde una perspectiva diferente, Danilo Zolo (1994) considera cuestionables los análisis
teóricos de los autores que representan los distintos modelos de democracia desarrollados, y
en especial, su crítica podría aplicarse con mayor énfasis a los dos últimos, pues constituyen
una rehabilitación de la tradición ético-política, que adolece del error de la indiferenciación
entre la dimensión axiológica de las valoraciones y la dimensión deontológica de las
prescripciones. La ausencia de tal distinción implicaría elevar arbitrariamente al status de una
regla general del comportamiento lo que es en realidad el resultado de valoraciones,
convenciones y decisiones particulares que no podrían pretender ningún fundamento
ontológico.
Según sostiene el autor, los sistemas éticos, al igual que los legales o políticos, carecen de
toda regla básica que los haga intrínsecamente obligatorios. Por otra parte, estas teorías,
según este autor, son objetables en tanto presentan limitadas posibilidades explicativas de los
procesos reales, ya que no dan cuenta de la complejidad social.
Así postulan modelos de sociedades informadas por principios claros, simples universales y
universalmente compartidos que pretenden pueden tener factibilidad en sociedades post-
industriales, caracterizadas por la contingencia y la pluralidad de valores y afiliaciones
sociales, como así también por la decadencia de las normas de racionalidad en la acción
política.
En las sociedades diferenciadas, las justificaciones políticas tienen poco en común con las
categorías de la ética universal, siendo particularistas, contingentes y ampliamente variables.
Por otra parte, en los sistemas políticos democráticos contemporáneos, según la crítica de
Zolo a los enfoques mencionados, la asignación de recursos sigue la lógica de la atribución
oportunista y las demandas de los grupos son satisfechas o desalentadas como parte del
funcionamiento de equilibrios políticos que tienen en cuenta las capacidades organizacionales,
el potencial de conflicto y la significación de los distintos actores sociales. Así también el
conflicto social, aun en los regímenes más democráticos, es regulado a través de la imposición
autoritaria de criterios distributivos, que tienen poco que ver con un fundamento ético de las
leyes y los deberes políticos.
Los presupuestos a su vez de este análisis crítico de los llamados «modelos ético-políticos»
implican una visión opuesta, en tanto sostienen que no es el consenso moral lo que mantiene
unidos a los hombres en una comunidad política, sino el miedo, la exigencia de seguridad y la
necesidad.
En cuanto a la función específica del sistema político es la de regular selectivamente la
distribución de los riesgos sociales, reduciendo el miedo, de esta manera, a través de la
asignación competitiva de «valores de seguridad». Esto produce confianza al permitir a los
agentes sociales funcionar conforme a expectativas estables de comportamiento de acuerdo a
reglas colectivas. Sustrae de las expectativas colectivas la porción de riesgo y frustraciones
que no podrían asumir sus miembros sin un grave trastorno social, y deja a la «libertad» de los
individuos la neutralización de los riesgos que son menos importantes.
Las funciones protectoras del sistema, si se acepta la propuesta, son cumplidas de manera
más lineal por un sistema monocrático u oligárquico que por uno democrático. La paradoja de
la democracia en ese sentido, consiste en que el aumento de la diferenciación y la complejidad
social es responsable de las exigencias modernas de democracia. La cual continuaría como
necesaria, pero ese mismo aumento la constituyen en la forma de gobierno más frágil y casi
irrealista, con una fuerte tendencia a revelar que esas exigencias no podrían tener éxito. Esto
constituye la antinomia funcional central, la que según Zolo, no perciben las otras teorías y por
ello no pueden ni siquiera comenzar a resolver.
En este sentido las cuestiones centrales, en cuanto a la problemática a abordar en el estudio
de la democracia serían:
5. CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFIA
El estudio de las temáticas vinculadas a los partidos políticos ha sido uno de los temas clásicos
de la ciencia política. Desde los trabajos pioneros de Burke (1770), Lowell (1896), Ostrogorski
(1908), Michels (1911) y Bryce (1921), el análisis de los partidos ha ocupado un rol central en
la disciplina, y no resulta casual que “los primeros libros genuinamente politológicos se hayan
escrito precisamente sobre los partidos políticos” (Von Beyme, 1986, p. 1).
Actualmente, el área de estudios sobre los partidos políticos constituye uno de los
campos más vastos de la ciencia política. Se han multiplicado los trabajos, libros, encuentros y
congresos que se dedican al tema, lo que ha hecho que sea muy difícil -para la mayoría de los
cientistas sociales que no se dedican estrictamente al tema- mantenerse actualizado. Como
consecuencia de esto, una parte importante de la discusión sobre los partidos sigue siendo,
especialmente en América Latina, tributaria de teorías y conceptos que tienen varias décadas
de antigüedad. El objetivo de este capítulo es presentar los principales desarrollos en el campo
del análisis partidario, señalando las más prominentes discusiones contemporáneas y los
acuerdos hoy existentes.
Distintos autores se han interrogado por la naturaleza de este fenómeno político, que,
tras haber sido en sus orígenes demonizado o relativizado, fue ocupando un lugar cada vez más
central en los sistemas políticos modernos; tanto, que se ha hecho difícil imaginar cómo podría
haber política en los estados contemporáneos sin la existencia de partidos (Ware, 1996, p. 1).
Actualmente, cuando vivimos una creciente sensación de crisis en la política (Zolo,
1994) y cuando el agotamiento de las llamadas viejas formas de participación (Panebianco,
1990, p. 511; Rose y Mackie, 1988, p. 533) parece abrir una época caracterizada por una
“política minimalista” (Cavarozzi 1996, p. 47), es innegable que tanto las elecciones regulares,
libres y competitivas (Manin, 1997, p. 6) como los partidos políticos (Von Beyme, 1995, p.
102) son elementos imprescindibles de lo que hoy entendemos por democracia. (O’Donnell,
1997, p. 307).
El actual “estado de la cuestión” en la literatura teórica sobre los partidos políticos presenta una
situación paradójica: si bien, por un lado, son cada día más los estudios que se realizan sobre
estas cuestiones, no existe una definición clara y precisa sobre lo que es un partido político que
sea aceptada mayoritariamente en la disciplina. Este problema está relacionado con dos
factores. En primer lugar, el hecho de que las definiciones de partido se “enraízan en
particulares concepciones sobre la democracia haciendo difícil distinguir lo empírico de lo
normativo” (Katz & Mair, 1992, p. 4). En segundo lugar, que las organizaciones que se llaman
a sí mismas “partidos políticos” varían considerablemente en su estructura y objetivos “tanto
durante el tiempo, como sobre el espacio y dentro de un mismo territorio” (Graham, 1993, p.
54). La diversidad de las organizaciones que se autodenominan “partidos” es impresionante.i
El resultado es que prácticamente para cualquier definición es posible señalar “algunas
instituciones que son reconocidas como partidos que no se adecuan a ella en varios sentidos
importantes” (Ware 1996, p. 2).
a- Definiciones estrechas
Frente a tal diversidad algunos autores, como Downs (1957, p. 23), proponen reducir la
definición sólo a los grupos que “buscan el control del aparato gubernamental en elecciones
debidamente constituidas”. En el mismo sentido, Schlesinger critica las definiciones de partido
que pretenden abarcar a todas las organizaciones que se autodenominan partido y propone
restringir la definición a los “partidos que compiten en elecciones libres y primeramente a
aquellos que son capaces de ganarlas a través del tiempo” (1991, p. 6).
Estas definiciones son consideradas como “estrechas” en el sentido de que plantean que
para que una organización sea considerada un partido debe cumplir necesariamente con dos
atributos definitorios: tener un determinado fin, ocupar cargos en el gobierno y obtenerlos
según determinado medio, compitiendo en elecciones debidamente constituidas. La principal
ventaja de este tipo de definiciones es que nos permiten evitar el problema del “estiramiento
conceptual” (Sartori, 1970) que surge cuando el concepto de partido “se aplica a casos para los
cuales, según los criterios de la literatura especializada, no es apropiado” (Collier y Levitsky,
1998, p. 100).
Esta definición estrecha, también denominada “electoral”, es seguida por Sartori, quien
entiende como partido político a “cualquier grupo político que se presente en las elecciones, y
pueda hacerse un lugar a través de las elecciones, colocando a sus candidatos en los cargos
públicos” (1987, p. 67). Mainwaring y Scully (1995, p. 2-3), en su estudio sobre los partidos en
América Latina, proponen una versión suavizada de la definición de Sartori al incluir también a
los partidos que quieran presentar candidatos pero no puedan hacerlo porque están prohibidos o
bien porque las elecciones no tienen lugar.
En una de las primeras colecciones de estudios comparados de partidos, Neumann (1956)
define a un partido como “la organización articulada de agentes políticos activos quienes están
interesados por el control del poder gubernamental y quienes compiten por el apoyo popular
con otro grupo o grupos sosteniendo opiniones distintas” (Neumann, 1956, p. 396). El autor
sostiene que “sólo la existencia de, al menos, otro grupo competitivo hace a un partido político
real” y que “un sistema unipartidista es una contradicción en sus propios términos” (Neumann,
1956, p. 395). Sin embargo, como señaló acertadamente Janda (1993), su compilación incluye
un artículo sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética.
Así, Neumann o incluso Epstein (1975, p. 233), después de definir de forma estrecha a
los partidos encuentran difícil no considerar como tales a los partidos comunistas, ya que, de
otra manera, se excluiría una parte importante de la política comparada, como han sostenido
varios analistas (Randall, 1984, p. 4 y Pempel, 1990, p. 1).ii
Otro problema que presentan las definiciones electorales es su dificultad para analizar
organizaciones que si bien se presentan a elecciones no lo hacen para lograr en ellas ocupar
cargos públicos. Es el caso, por ejemplo, de lo que Sartori ha llamado “partidos antisistema”,
organizaciones que ingresan a la arena electoral con el propósito de deslegitimar al sistema
existente sosteniendo uno [Link] Asimismo, en las sociedades contemporáneas se
pueden identificar con facilidad distintos partidos que utilizan las elecciones como un foro para
dar a conocer su visión ideológica o sus opiniones sobre determinadas temáticas, partidos en
los que predomina lo que tradicionalmente se conoce como la función expresiva por sobre la
instrumental. Como sostiene Janda, “una verdadera teoría general de los partidos políticos no
puede ser construida con una definición estrecha que excluya a los sistemas unipartidistas y a
los partidos antisistema” (Janda, 1993, p. 166).iv
b- Definiciones amplias
Existe otro gran grupo de definiciones que parte de asumir una visión mucho más amplia de lo
que es un partido político. Hodgkin (1991), por ejemplo, argumenta que debemos considerar
como partidos a todas las organizaciones que se consideren a sí mismas como tales. Estas
conceptualizaciones se basan en las ideas de Weber (1922, p. 228), quien define a los partidos
como “formas de socialización que, descansando en un reclutamiento formalmente libre, tienen
por fin proporcionar a sus dirigentes dentro de su asociación y otorgar por este medio a sus
miembros activos determinadas probabilidades ideales o materiales”.
Entonces, de acuerdo a estas últimas visiones, ni la finalidad esencial de los partidos
políticos es ocupar los lugares en el gobierno, ni la existencia de elecciones es condición
necesaria para que se pueda hablar de partidos. La cuestión pendiente es la de señalar algún
elemento clasificatorio ya que “cualquier definición de partido lo suficientemente amplia para
comprender a todas las organizaciones que se autodenominan partidos, no es una construcción
analítica muy útil, debido a que muchas de las organizaciones comprendidas por éste, tienen
poco en común” (Ware 1987, p. 16).
Las definiciones de cuño amplio o weberiano no nos resultan útiles para distinguir, por
ejemplo, un grupo político como los patricios y plebeyos en la República Romana, o los grupos
de militares típicos de la historia política latinoamericana, de las modernas organizaciones
partidarias. Nos encontramos así frente al problema inverso del señalado con respecto a las
definiciones estrechas: si éstas dejan afuera del universo partidario a muchas organizaciones
que generalmente se consideran parte de él, las definiciones amplias incluyen como partidos a
muchas entidades que no son habitualmente consideradas como tales.
c- Definiciones intermedias
Entre ambas visiones polares existen algunos autores que nos proporcionan definiciones que, si
bien siguen siendo relativamente amplias, señalan algún criterio de clasificación. Duverger,
quien en su trabajo clásico sobre los partidos no presenta una definición propiamente dicha y
utiliza el término con gran amplitudv, en una obra posterior define a los partidos en torno a dos
factores: que su principal objetivo sea el de conquistar el poder o el de compartir su ejercicio y
que cuenten con una base amplia de apoyo (Duverger, 1972, p. 1-2).
Janda sostiene una definición semejante: “un partido es una organización que busca
ubicar a sus representantes reconocidos en posiciones de gobierno” (Janda, 1980, p. 5).
"Reconocidos" quiere decir abiertamente identificados con el partidovi. Así, si un grupo de
interés compite con sus propios representantes se vuelve un partido. Finalmente, “colocar”
puede significar ampliamente hacerlo mediante elecciones, acción administrativa o imposición
directa.
LaPalombara (1966) señala que para que exista un partido deben darse cuatro
condiciones esenciales: a) la existencia de una organización duradera y estable; b) que dicha
organización esté articulada de tal modo que las organizaciones de carácter local tengan lazos
regulares y variados con la organización en el ámbito nacional; c) la voluntad deliberada y
consciente del grupo de conquistar, ejercer y conservar el poder político; d) la búsqueda del
apoyo popular para conseguir sus fines (especialmente, pero no exclusivamente, en elecciones
libres y competitivas).
Las definiciones de este último grupo, que la literatura erróneamente tiende a llamar
“amplias” (Janda, 1993, p. 166), pueden ubicarse en un punto medio entre las de tipo
weberiano y las estrechas. Por un lado, no restringen la fauna partidaria a los casos en los que
existe competencia electoral, incluyendo así a los partidos únicos y en general a toda
organización que busque el poder político ya sea mediante estrategias competitivas, restrictivas
o revolucionarias. Pero, por otro lado, tampoco son “amplias”, ya que, en contra de la
pretensión de alguno de sus partidarios, dejan afuera del concepto de partido a todas aquellas
organizaciones que no buscan obtener cargos públicos. Frente a las definiciones estrechas que
señalan los medios y fines que debe tener una organización para ser un partido, y frente a las
amplias que relativizan tanto los fines como los medios, estas definiciones “medias” suavizan
los medios (las elecciones), pero mantienen los fines (ocupar cargos de gobierno).
Un partido político es una institución, con una organización que pretende ser duradera y
estable, que busca explícitamente influir en el Estado, generalmente tratando de ubicar a sus
representantes reconocidos en posiciones del gobierno, a través de la competencia electoral o
procurando algún otro tipo de sustento popular.
Para concluir es importante agregar que esta definición señala la cualidad diferencial de
los partidos frente a otras organizaciones sociales y estatales: su intención explícita de influir
directamente sobre el Estado por medio del sustento popular. En este sentido se entiende que
los partidos son intermitentemente actores sociales y/o estatales, de manera cambiante y en
forma simultánea. Así, los partidos cumplen un rol diferencial como articuladores de
coaliciones políticas, en el sentido que ocupan o potencialmente pueden ocupar posiciones
claves en el aparato estatal que permiten otorgar tal o cual dirección a las políticas públicas
ofreciendo un recurso diferencial al resto de los actores.
Otro importante punto de divergencia en la literatura sobre los partidos reside en dónde
establecer los límites de las organizaciones partidarias y en quiénes las conforman.
También en este caso podemos apreciar la existencia de dos grandes posiciones polares:
aquellas que colocan como miembros de una organización partidaria sólo a sus dirigentes y
militantes y aquéllas que extienden la membresía a los votantes de esa organización.
Schlesinger (1994) excluye expresamente de la organización partidaria a aquéllos que
son esencialmente “decisores entre los partidos que compiten, es decir los votantes”. Así, como
señala King (1969, p. 114), si no se consideran parte de la Campbell-Soup Company a quienes
simplemente compran la sopa, de la misma manera los electores de un partido no deberían
considerarse parte de él.
Los análisis del voto partidario, de las coaliciones electorales y, en general, todos los
estudios comúnmente llamados de sociología electoral, consideran, por lo menos, a un tipo de
elector (el votante fiel) parte relevante del estudio de una organización (Nie; Verba and
Petrocik, 1976). Para Schlesinger (1994) tal orientación termina reduciendo al partido a “un
sentimiento no racional que reside en la mente de los votantes”. Sin embargo, los estudios de
“el partido en el electorado” (Von Beyme, 1986) han gozado de un gran interés en la
disciplina.
Esta cuestión tiene implicancias teóricas y políticas importantes. Así, si los electores no
son parte del partido, una disminución de la “identificación partidaria” o incluso de la
participación electoral no refleja un debilitamiento de los partidos políticos, sino solamente un
mayor nivel de competición: “what one party loses, others gain”. Por otro lado, de las demás
visiones se desprende que tanto una reducción en la identificación partidaria como un aumento
en el número de abstenciones significarán problemas para los partidos y para el sistema
político en su conjunto.
Una posición intermedia podría ser distinguir el límite de la organización por cuestiones
analíticas más que ontológicas. Es decir, la elección de donde se traza el límite de la
organización partidaria no debería depender de una definición fija acerca de lo que un partido
es sino del tipo de estudio del que se trate.
Así, si la pirámide organizativo-partidaria es pensada de la siguiente manera:
1. Dirigentes/líderes
2. Militantes/participantes/activistas
3. Afiliados/inscriptos
4. Simpatizantes/votantes fieles
5. Electores
Frente a tanta multiplicidad de visiones parece sensato, siguiendo a Key (1964, p. 163-165),
“distinguir diferentes aspectos del fenómeno que involucran grupos e interacciones sociales
diferentes”. Este autor propone tres dimensiones: el partido en el electorado, la organización
del partido y el partido en el gobierno. Esta sugerencia es aceptada por Von Beyme (1986,
p.16) quien le agrega dos dimensiones más: la ideológica y la del sistema de partidos.
Así, se irá construyendo y reordenando el estudio sobre los partidos políticos sobre la
base de esta diferenciación, lo que proporcionará una mayor claridad y precisión a los
conceptos e hipótesis, pero atentará de alguna manera contra la integración del conocimiento
obtenido. “Esta forma de abordar el fenómeno a lo sumo describe actividades separadas de
diversos tipos de personas” (Pomper 1992, p. 146).
Ante este resultado, Schlesinger (1994, p. 5) propone “elaborar un marco general para
ver los partidos políticos que funcione como una teoría general más que como la suma de
partes”. La tarea por él planteada consiste en construir modelos teoréticos capaces de permitir
un estudio pluridimensional de los partidos, sin caer en un nivel de generalidad y vaguedad que
tornen inútil el conocimiento obtenido.
Es con relación a esta idea que distintos autores han venido trabajando la cuestión de
los modelos de partido, entendiendo así a la combinación de variables que definen
conjuntamente a un determinado tipo partidario.
Estos aportes, en general, toman la forma de construcciones de modelos típico-ideales
en el sentido weberiano. Este concepto está hoy relacionado con los trabajos de Duverger y
Panebianco, quienes, a su vez, reactualizan una larga tradición que en la ciencia política
podemos rastrear desde Hume (1742).ix
Cada autor propondrá una tipología de acuerdo a las variables que considere más
relevantes para distinguir a los partidos políticos.
Así, los partidos han sido clasificados, por ejemplo, por:
• su origen (Duverger, 1951),
• los fines que persiguen (Weber, 1922),
• la relación que establecen con los otros partidos y con el régimen político (Sartori,
1976),
• su tipo de representación (Neuman, 1956),
• su tipo de legitimación y base social (Blondel, 1968),
• su ideología (Von Beyme, 1986),
• su estructura organizativa (Weber, 1922; Duverger, 1951 y Panebianco, 1990),
• las relaciones que establecen entre los ciudadanos y el Estado (Lawson, 1988),
• la relación entre las oportunidades políticas, la competencia electoral y la organización
partidaria (Schlesinger, 1994)
• sus relaciones con el Estado (Katz y Mair, 1995).
Es importante destacar que más allá de que los autores lo expliciten o no, sus
propuestas de clasificación son más bien construcciones típico-ideales que privilegian
determinados aspectos de los partidos a los que se les otorga un mayor peso explicativo a la
hora de comprender su accionar.
Todas estas propuestas aportaron un enorme número de conceptos, la mayoría de ellos
pasaron sin pena ni gloria al museo de la disciplina, pero algunos fueron retomados una y otra
vez por diversos autores transformándose así en términos de referencia común en el campo
semántico de la discusión sobre los partidos.
Dentro de esta selecta categoría de conceptos que han sobrevivido al tiempo y a la
critica están dos términos de cuño organizacional cuyo origen podemos rastrear desde los
trabajos pioneros de Weber.
El primero es el concepto de partido “parlamentario”, “de notables” o “de comité”
(Duverger, 1951), que hace referencia a los primeros partidos políticos modernos. En general,
los autores que trabajan este término destacan como sus características a una pequeña
organización, un origen interno a los ámbitos parlamentarios, débiles lazos con las
organizaciones sociales e ideologías poco estructuradas. Se lo relaciona con el sufragio
censitario y con el Estado liberal decimonónico.
El segundo es el de partido “de masas” (Duverger, 1996), “burocrático de masas”
(Panebianco, 1990), o “de integración” (Neumann, 1966). Con este concepto se describen
organizaciones partidarias fuertes y amplias, imbricadas con la sociedad, que presentan
generalmente una férrea disciplina partidaria y una ideología estructurada. Su desarrollo es
vinculado por los analistas con la ampliación del sufragio, con la integración de grandes grupos
sociales, con el estado de bienestar y con el conflicto de clases.
Si bien estos dos modelos se presentan generalmente como polares, en años más
recientes un nuevo concepto se ha abierto camino en este selecto grupo. Nos estamos refiriendo
a la idea originalmente planteada por Kircheimer del “catch all party” o “partido atrapa todo”,
posteriormente reconstruida como “partido electoral”, “profesional electoral” o “partido
escoba”. Este concepto se utiliza para describir fuertes transformaciones organizativas sufridas
por los partidos desde fines de los años sesenta. En pocas palabras se puede decir que con este
término los autores quieren destacar partidos que presentan una baja densidad organizacional,
poca intensidad ideológica, menos preocupados por la representación de intereses sociales que
por obtener victorias electorales. En general los analistas asocian el concepto con la creciente
influencia política de los medios de comunicación, con la sociedad posindustrial y con la crisis
del estado de bienestar.
Una crítica que se le ha hecho con bastante justicia al uso de estos tres conceptos es que
generalmente se presentan con cierto tono teleológico y evolucionista (Koole, 1996).
Asimismo, otro error muy frecuente en los análisis partidarios ha sido el tomar al modelo del
partido de masas como el arquetipo del partido mismo contra el que todas las organizaciones
partidarias deben ser comparadas y juzgadas. Por ello gran parte de los estudios que señalan la
“crisis de los partidos” se basan en evidencias empíricas (caída del número de afiliados, menor
coherencia ideológica, mayor margen de maniobra de los candidatos frente a la dirección
partidaria, etcétera) que sólo muestran que el modelo de partido de masas ya no resulta útil
para explicar la realidad partidaria contemporánea.
Una categoría propuesta recientemente y que ha despertado una buena acogida es la del
“cartel party” o partido cartel (Katz y Mair, 1995). Con este concepto los autores buscan
resaltar que en las democracias actuales los partidos políticos constituyen una especie de cartel
que regula la competencia entre ellos y protege su acceso privilegiado a los recursos estatales.
Ambos autores sostienen correctamente que los tipos partidarios han sido pensados
generalmente en términos de la relación partido-sociedad, descuidando las importantes y
diversas vinculaciones que las organizaciones partidarias mantienen con el Estado (Katz y
Mair, 1995:6).
Como hemos señalado, muchas de estas categorías han pasado a formar parte del
vocabulario usual de la ciencia política, sin embargo es importante ser cuidadosos en su
utilización ya que cada concepto se desarrolló dentro de un determinado enfoque y no puede
ser simplemente extrapolado a cualquier tipo de estudio. En las páginas que siguen tendremos
la oportunidad de analizar más detalladamente algunos de ellos.
III) La Organización
A diferencia de lo que ha ocurrido en otras áreas del estudio acerca de los partidos políticos,
“continuamos conociendo sorprendentemente poco sobre las organizaciones partidarias” (Katz
& Mair, 1992, p. 2). Mientras entendemos bastante sobre “los partidos y sus votantes, los
partidos y sus gobiernos y los partidos y sus competidores, sigue habiendo severos límites al
entendimiento comparativo sobre cómo las organizaciones partidarias trabajan, cambian y se
adaptan” (Katz & Mair, 1994, p. 2). Como señalaba acertadamente Panebianco hace más de
quince años, “en cierto momento de la historia de la investigación científica sobre los partidos
se ha producido una censura” (Panebianco, 1990, p. 13) que la apartó de su interés originario
sobre las organizaciones partidarias en sí mismas y la condujo hacia nuevos derroteros
teóricos.
Recientemente parece haber resurgido el interés por estudiar a los partidos en su
dimensión organizativa, no sólo al nivel teórico sino también empírico y comparativo (Janda,
1980; Kitschelt, 1994, p. 207-253 y Katz & Mair, 1992 y 1994). Sin embargo, la consecuencia
más clara del abandono de la investigación comparada sobre el desarrollo de las organizaciones
partidarias, es que muchas de las concepciones que actualmente se emplean en el área
“continúan vinculadas a un conjunto de términos de referencia que fue establecido una
generación atrás” (Katz & Mair, 1994, p. 2), tales como la asunción del “modelo de partido de
masas como el estándar contra el que todo debe ser juzgado” (Katz & Mair, 1997, p. 93) y la
presunción de que “los roles organizativos dentro del partido (líderes o seguidores) determinan
las preferencias de los actores” (Kitschelt, 1994, p. 208).
El (re)descubrimiento más claro de los nuevos estudios sobre las organizaciones
partidarias ha sido que las mismas están lejos de ser un actor homogéneo y que, por el
contrario, deben estudiarse a su interior como verdaderos sistemas o arenas políticas.
Especialmente los analistas que utilizan enfoques de elección racional no suelen
“conceptualizar los actores y las reglas del proceso de toma de decisiones intrapartidarias”
(Kitschelt, 1994, p. 209), tratando a las organizaciones como actores racionales capaces de
dotarse a sí mismos de una estructura de preferencias y conducirse unívocamente hacia la
maximización de ellas.
La “cosificación” de los partidos puede ser una estrategia útil, en términos de permitir
la construcción de modelos teóricos parsimoniosos para el estudio de las relaciones de los
partidos entre sí o de la formación de las coaliciones electorales, por ejemplo. Pero esta
“reducción” es peligrosa si nos lleva a asumir “a los partidos como si fuesen un actor unitario”
(Katz & Mair, 1994, p. 4 y Kitschelt, 1994, p. 207), olvidando que se trata de organizaciones
complejas, donde diversos actores pelean por los recursos de poder y por imprimir determinada
estrategia en un marco tipificado por reglas que son a su vez producto de disputas por el poder.
La coherencia de la organización partidaria y su nivel de centralización del poder son
resultados contingentes del proceso político interno y no supuestos que puedan ser esgrimidos
como petición de principio. La existencia de fracciones, tendencias o simples dirigentes rivales
en prácticamente todos los partidos del mundo nos señala la existencia de una arena
intrapartidaria, más o menos institucionalizada, en la que diversos actores disputan día a día el
control de la organización. En síntesis, los partidos deben ser analizados como “sistemas
políticos en miniatura con actores en lucha” (Kitschelt, 1994, p. 207).
Tres son los componentes analíticos esenciales de la arena política intrapartidaria: las
reglas formales de decisión, los recursos de poder, es decir, la distribución de los recursos
organizativos y los participantes, es decir, los miembros del partido.
Este componente es el que menos atención ha recibido; la pérdida del interés por el estudio de
las instituciones formales que acompañó a la revolución conductista en la ciencia política ha
sido muy poderosa en este plano. La crítica residía en que los estatutos partidarios no
describían la organización real, sino que nos daban “sólo un pálido trazo, fugaz e impreciso”
(Panebianco, 1990, p. 35) de lo que el partido era. Sin embargo, existen razones de peso para
señalar que “las estructuras formales, las reglas y los procesos constituyen uno de los
principales caminos en los que las disputas internas son canalizadas, procesadas e incluso
ordenadas” (Katz & Mair, 1992, p. 6), y que, por lo tanto, su estudio es relevante. Estas reglas
son intentos de gobernar el conjunto de la vida interna partidaria por lo que tienden a ser un
reflejo del balance interno de poder y constituyen en sí mismas un recurso en las disputas
internas. Asimismo, constituyen algo así como “la historia oficial del partido”, reflejando la
particular visión de lo que es y lo que debe ser la organización. La evidencia empírica señala
que “las reglas formales son al menos suficientemente importantes como para generar luchas
sobre su formulación (...) si la gente pelea por las reglas, entonces es razonable sugerir que
ellas son importantes” (Katz & Mair, 1992, p. 8).
Por ser los partidos asociaciones voluntarias “cuya supervivencia depende de una participación
no retribuida y que no puede obtenerse por medios coercitivos” (Panebianco, 1990, p. 39), lo
más convincente es atribuir esa participación a relaciones de intercambio. Utilizando la
conceptualización desarrollada por Crozier (1971, p. 54-75) y aplicada al estudio de las
organizaciones partidarias por Panebianco (1990, p. 64-69), podemos entender al poder como
una relación de intercambio desigual en la que los participantes intercambian determinados
recursos. Las determinadas relaciones de intercambio dan lugar a distintos “juegos de poder”
organizativo que se cristalizan en una “estructura de poder” específica.
Ahora bien, ¿cuál es el contenido de estos intercambios? Panebianco nos dice que se
deben diferenciar dos tipos de relaciones: las verticales y las horizontales. Las primeras se dan
entre dirigentes y seguidores y tienen por contenido el intercambio de “incentivos” por
“participación”. Los incentivos incluyen “los beneficios, servicios u oportunidades por los
cuales un individuo está motivado a contribuir con tiempo, esfuerzo o recursos a una
organización" (Wilson, 1995, p. 31). En este sentido, la existencia de estos incentivos es lo que
permite a una organización superar el problema de la acción colectiva (Olson, 1992, p. 216).
Panebianco sostiene –a nuestro entender, correctamente– que podemos diferenciar a los
incentivos entre “selectivos” y “colectivos”. Los selectivos serían los tipos de incentivo cuya
distribución puede ser controlada por quien los otorga, por ejemplo: cargos, dinero o status;
mientras que incentivos colectivos serían aquellos cuya apropiación no puede ser
completamente dirigida por nadie. La sensación de pertenencia y la ideología son buenos
ejemplos de ellos.x
Los partidos ofrecen “paquetes de incentivos” (Ware, 1996, p. 71) diferenciales a
distintos grupos de individuos que, a su vez, ofrecen como contraparte distintas clases de
participación. A un militante se le pedirá un grado mayor de participación que a un votante, por
ejemplo. Panebianco señala que cuanto más próxima esté una persona al centro de poder del
partido, mayor será la proporción de incentivos selectivos que demandará.xi Los partidos
enfrentan siempre un dilema en su necesidad de distribuir en proporciones variables ambos
tipos de incentivos, ya que son “recíprocamente contradictorios” (Panebianco, 1990, p. 42).
Ahora bien, ¿qué es lo que explica el grado de desigualdad en la relación entre los
líderes y sus seguidores?. Los líderes buscarán siempre obtener en los juegos de intercambio un
tipo de participación que les permita disfrutar de la mayor libertad de maniobras posible. Para
obtenerlo es necesario que el tipo de incentivos que otorguen sea lo menos sustituible posible,
es decir que le sea realmente difícil al seguidor conseguir en otra parte un beneficio
equiparable al obtenido por su participación en la organización.
Las relaciones de poder horizontales, “entre líderes”, lamentablemente son menos
claras. Panebianco sostiene que su contenido está dado por el intercambio de “recursos
organizativos”, provenientes del control sobre las áreas de incertidumbrexii útiles para la
organización (Crozier, 1971) que constituyen prestaciones que las organizaciones requieren
para su supervivencia y funcionamiento.
Los individuos que concentran los principales recursos de poder son los líderes de la
organización. La coalición dominante de Panebianco, la oligarquía de Michels, o el círculo
interno de Duverger, son distintas denominaciones para el conjunto de líderes de un partido, es
decir, aquellos individuos que perteneciendo formalmente o no a la conducción de la
organización, controlan los principales recursos de poder.
c- Miembros
Lejos de ser estables las organizaciones partidarias están siempre en mutación. Si bien existe
en la disciplina una gran cantidad de respuestas a la pregunta por la naturaleza de las causas
que empujan al partido a transformarse a sí mismo, la mayoría de los analistas han señalando a
la competencia electoral como la principal explicación. Según estos autores, serían las
cambiantes necesidades que plantea la competencia electoral las que inducirían a la
organización partidaria a adoptar transformaciones en su organización interna.
Duverger (1951) postuló una proposición que hoy es casi un lugar común en la
disciplina: que a principios de este siglo los partidos tradicionales del siglo XIX se vieron
empujados a transformarse por los avances electorales de los partidos socialistas de
organización de [Link] El crecimiento de los electorados, producto del sufragio universal,
fue haciendo cada vez menos competitivos a los partidos basados en el comité, los que se
vieron impulsados -por lo que Duverger llamó “el contagio desde la izquierda”- a ir adoptando
formas organizativas semejantes a los partidos de masas. Así, la lógica electoral llevaría -según
el politólogo francés- a todos los partidos, incluyendo a los atrasados y “fósiles”
estadounidenses, a compartir un formato organizativo semejante basado en la estructura de las
ramas.
Años después, Kircheimer (1966) y Epstein (1967), aplicando la misma lógica que
Duverger, llegaron a la conclusión inversa al sostener que las nuevas modalidades de la
competencia electoral caracterizadas por la irrupción de los medios masivos de comunicación
en sociedades cada vez menos clasistas empujarían a los partidos europeos a asumir un formato
organizativo más descentralizado y flexible semejante al estadounidense.
Recientemente Katz y Mair (1995 y 1997) proponen un enfoque diferente al
competitivo pero con una lógica semejante. Los autores sostienen que en los últimos años ha
surgido un nuevo tipo de partido, caracterizado principalmente por su dependencia de los
recursos estatales para afrontar las cada día más costosas campañas electorales. Este modelo, el
“partido cartel”, presupone que, para garantizar la apropiación partidaria de los recursos
públicos, los partidos establezcan entre sí relaciones de cooperación, formando una especie de
“cartel”.xv De este modo, lo que impulsaría las transformaciones partidarias serían los cambios
en los tipos de recursos que ellas requieran.
Si bien estos enfoques parecen sumamente ilustrativos de las principales
modificaciones que sufren las organizaciones partidarias, presentan algunos problemas. En
primer lugar tienden a menospreciar la inercia que presentan las instituciones existentes
(Appleton & Ward, 1997, p. 341). A su vez, generalmente, presentan una lectura que termina
siendo fuertemente evolucionista, cuando no teleológica, como si cada período de tiempo
tuviera su propio tipo necesario de partido (Koole, 1996, p. 520). La realidad del universo
partidario nos muestra que, si bien pueden hallarse similitudes importantes en cada época, las
diferencias siguen existiendo.
En este sentido es interesante el trabajo de Panebianco (1986), quien, sin negar las
influencias que el entorno presenta para la organización, recalca la importancia que el modo en
el que nace y se consolida institucionalmente el partido tiene para su desarrollo [Link]
Asimismo, Kitschelt (1994, p. 207) señala cómo el tipo de organización existente y la dinámica
del juego político interno afectan la posibilidad de que el partido adopte determinadas
transformaciones más allá de las supuestas presiones del entorno.
IV) La Ideología
Hace más de doscientos años Edmund Burke definió a los partidos como “grupos de hombres
unidos para promover, con su esfuerzo común, el interés nacional sobre determinados
principios en los que estaban de acuerdo” (Burke, 1770, p. 134). Esta idea de partidos de
opinión o ideológicos ha sido muy discutida en la literatura, sin embargo, persiste un acuerdo
bastante general sobre la relevancia de la dimensión ideológica a la hora de entender a los
partidos políticos. Como señaló Von Beyme, “en el largo plazo sólo los partidos basados en
una ideología han tenido éxito en establecerse a sí mismos” (1986, p. 29). De hecho los
partidos se presentan ante el electorado ofreciendo formas alternativas de entender, por
ejemplo, el papel del Estado, su relación con la sociedad o los problemas prioritarios que deben
ser atendidos. Sostener esto no significa ignorar los distintos aspectos no ideológicos
importantes en la acción partidaria, sino simplemente señalar que los partidos deben siempre
proponer a sus potenciales votantes determinadas políticas a llevar a cabo.
Ware (1996, p. 18) distingue dos formas en las que los analistas han trabajado esta
dimensión de los partidos: el enfoque de la competencia espacial y el de la ideología
institucional.
El enfoque de la competencia espacial, desarrollado por Downs, utiliza la idea del
“espectro ideológico”, en general entendido como un continuo espacial izquierda-derecha. Su
modelo se basa en los desarrollos del economista Harold Hotelling sobre las consecuencias de
los negocios situados sobre una misma calle. Downs construye un espectro ideológico
fuertemente relacionado con una idea de “espacio físico”, unidimensional, donde las posiciones
pueden ser “mapeadas” espacialmente.
Los supuestos del modelo planteado por Downs suponen que las preferencias de los
votantes son exógenas y pueden ser ubicadas en un espectro ideológico unidimensional. Los
votantes son racionales por lo que no buscan estar perfectamente informados basando sus
elecciones en la ideología que presentan los partidos en sus programas. Éstos, a su vez,
acomodan sus programas a las preferencias de los votantes.
Del modelo se deducen dos predicciones centrales: (1) Cuando la distribución de los
votantes tenga una forma semejante a la curva normal, los partidos tenderán a moverse hacia el
centro del espectro; y (2) Frente a distribuciones distintas a la curva normal los partidos
tendrán sus movimientos restringidos frente a la abstención o al surgimiento de nuevos
partidos (Ware, 1996, p. 324).
Las principales críticas a este modelo han sido que los partidos no son un actor unitario
sino verdaderos sistemas políticos en miniatura donde conviven actores con diferentes
intereses. Es posible que exista lo que Tsebelis (1990) llama nested games, juegos anidados en
otros juegos, en los cuales a algunos actores pueden convenirles cosas que no necesariamente
le sirven al partido como un todo. Asimismo, si bien los espacios de competencia en la mayoría
de los países pueden subsumirse en un único espectro unidimensional, siempre están presentes
otros clivajes que dificultan una lectura de este tipo y se debería pasar a modelos espaciales
multidimensionales. Pero más allá de estas críticas importantes, el modelo, que como todo
modelo opera desde una reducción de la realidad, tiene sus virtudes y ha sido aplicado con
bastante éxito por varios autores. Con algunas modificaciones, Sartori (1976), por ejemplo, ha
utilizado estas ideas en sus análisis sobre los sistemas de partido.
Los enfoques que se denominan “ideológico institucionales” ven a las creencias y
valores de un partido como un elemento que influye fuertemente sobre las opciones de la
organización. Si bien estas ideologías partidarias no son inmutables ni mucho menos, tienden a
persistir por mucho tiempo y sus intentos de modificación no resultan una tarea sencilla, ya que
están fuertemente incorporadas en las mentes de dirigentes, militantes y votantes del partido y
en las tradiciones institucionales de la organización (Panebianco, 1990). Von Beyme (1986), en
su análisis de los sistemas partidarios de Europa Occidental, identificó nueve grupos de
partidos clasificados por sus ideologías a los que denominó “familias espirituales”xvii. Ware
(1996), utilizando datos empíricos más actuales y precisos, llegó a la conclusión de que esos
grupos de partidos siguen siendo reconocibles y que presentan grandes similitudes en una serie
de aspectos importantes.
La ideología juega un papel central a la hora de proporcionar los incentivos colectivos
que la organización requiere para su supervivencia y desarrollo. En un sentido amplio ésta se
inscribe y cristaliza en todas las actividades partidarias, desde el mecanismo de reclutamiento
de militantes, hasta la manera en que se presentan las actividades de gobierno.
En toda organización partidista los líderes deben expresar esa cierta visión del mundo y
del rol de la organización que llamamos ideología. No hay, en este sentido, partidos
aideológicos o meramente pragmáticos, más allá de los intentos de algunas organizaciones de
presentar su ideología particular como “la forma correcta de ver el mundo”.
Las ideologías en términos institucionales pueden diferir fuertemente -y de hecho lo
hacen- en relación con su condición más bien propositiva o más bien expresiva. En general, las
ideologías institucionales de los partidos en sus primeros años de vida tienden a tomar un
fuerte sesgo de propuesta. Una vez que la organización se ha institucionalizado, los fines
siguen ahí pero toman la forma de metas ideales que expresan el sentido de la actividad de la
organización. De lo anterior se desprende que no existen partidos más ideológicos que otros,
simplemente hay diferentes ideologías y distintas formas de [Link]
Creemos que los dos enfoques tienen mucho que aportar y que, lejos de ser
contradictorios, pueden echar luz sobre distintas dimensiones del fenómeno partidario.
a- Definición
La distinción entre partidos y sistemas de partidos es -especialmente para los recién llegados a
este campo de estudio- “algo difícil de dejar en claro” (Ware, 1996, p. 6). Como ha destacado
Kenneth Janda, si bien toda investigación sobre los partidos políticos está relacionada con los
sistemas de partido, “los dos cuerpos de la literatura emplean diferentes conceptos y teorías”
(Janda, 1993, p. 179), es decir -en palabras de Mair-, “ofrecen dos distintos focos de análisis”
(Mair, 1997, p. 6).
Los sistemas de partido deben entenderse como “los patrones de competencia y
cooperación entre los diferentes partidos de un sistema” (Ware, 1996, p. 7 y 146), resaltando el
carácter de “sistema” de los sistemas de partidos, siendo siempre “el sistema más que la suma
de sus partes” (Janda, 1993, p. 179). Lane y Ersson definen a un sistema partidario como un
“conjunto de partidos políticos que operan dentro de una nación y en un patrón organizado,
descripto por un número de propiedades del sistema de partidos” (Lane y Ersson, 1987, p.
155).
Los autores difieren en cuáles son las propiedades que tipifican a un sistema partidario.
Lijphart (1984) propone cinco: las coaliciones mínimamente ganadoras, la durabilidad
gubernamental, el número efectivo de partidos, el número de dimensiones temáticas o clivajes
políticamente relevantes, y la desproporcionalidad electoral. Janda señala que otras dos
propiedades pueden ser incluidas: la competencia partidaria y la volatilidad electoral (Janda,
1993, p. 179).
En cuanto al ámbito geográfico político de los sistemas partidarios existe poco acuerdo
entre los autores. Así, si bien todos coinciden en la existencia de sistemas de partidos
nacionales, no hay consenso sobre la posibilidad de llamar sistemas partidarios a los partidos
de ámbitos sub o supra nacionales. A nuestro entender lo más correcto es señalar la existencia
de un sistema de partidos siempre que existan diferentes partidos que compitan regularmente
entre sí para acceder a posiciones de poder formal en un ámbito institucionalmente
determinado, sea éste local, nacional o regional. En este sentido sí puede hablarse de un
sistema de partidos de la Unión Europea desde que existe un parlamente constituido mediante
elecciones autónomas en esa unidad política. Claramente no ocurre lo mismo en otros bloques
regionales como el Mercosur o el TLC. Asimismo nos parece que puede hablarse con
propiedad de sistemas partidarios en ámbitos subnacionales donde existan instituciones
conformadas mediante la elección competitiva entre diversos partidos.
Gran parte de la producción académica ha buscado clasificar a los diversos sistemas partidarios
partiendo de la presunción de la existencia de un número limitado de clases de sistemas que
deben estar asociadas a determinados comportamientos políticos. Como señaló Sartori (1976,
p. 152), casi cada autor planteó su propio esquema dando lugar a una impresionante
proliferación de clasificaciones y té[Link]
Los criterios que han sido generalmente elegidos como variable central de las
clasificaciones son: el número de partidos del sistema, la estructura de conflictos sociales sobre
las que se desarrolla el sistema partidario y la estructura de la competencia misma del sistema.
Otros análisis, no necesariamente contradictorios con los anteriores, han sumado el nivel de
penetración de los partidos en la sociedadxx y la ideología de las organizaciones [Link]
El número de partidos ha sido el factor predilecto de los analistas para clasificar los
sistemas. En general, estas propuestas presentan algún criterio para mensurar la importancia
relativa de cada partido en particular. Los esquemas más representativos son: el de Blondel
(1968), el de Duverger (1950), que vincula fuertemente el número de partidos con el sistema
electoral (1996, p. 232), y el de Sartori (1976), que agrega al criterio numérico una segunda
variable, la ideología, medida en términos de intensidad o de distancia. Si bien las propuestas
clasificatorias que se basan en el número nos proporcionan categorías simples y completas,
cada una de ellas contiene sistemas muy diferentes entre sí. Por ello, más allá de sus ventajas
heurísticas, en términos analíticos “considerar meramente el número de partidos en el sistema,
incluso considerando sus tamaños relativos, es una manera inadecuada de clasificar a los
sistemas partidarios” (Ware, 1996, p. 168).xxii
La estructura de conflictos sociales canalizados políticamente ha sido otra manera
importante de clasificar los sistemas partidarios. Lipset y Rokkan (1967) señalan que los
sistemas partidarios actuales son producto de conflictos, cleavages o fracturas sociales,
ocurridos en el pasado. Ellos identifican cuatro líneas de clivajes en las modernas sociedades
industriales: centro–periferia, Estado–Iglesia, campo–industria y propietarios–trabajadores.
Cómo se resolvió, quién ganó y quién perdió el conflicto emanado de esos clivajes afectó la
forma en la que fueron surgiendo los nuevos conflictos y, al final, cómo se constituyeron los
patrones distintivos de las coaliciones sociales y los correspondientes antagonismos de clase
que conformaron la base de los sistemas partidarios en el momento de la democracia de masas.
Para los autores, la estructura de clivajes -y, por lo tanto, la forma del sistema partidario- quedó
“congelada” en ese [Link]
A los criterios clasificatorios generalmente utilizados se les ha agregado recientemente
uno más que resulta sumamente interesante: la estabilidad de la estructura de la competencia.
Mainwaring y Scully (1995) y Abal Medina y Cavarozzi (2001) presentan análisis que se
centran en la estabilidad y el nivel de institucionalización de los sistemas partidarios en
América Latina.
Peter Mair (1997) resalta en sus trabajos la importancia de la estructura de la
competencia, dado que la misma noción de sistema partidario supone la existencia de una
estructura estable de la competencia interpartidaria. Los tres factores relevantes que explican la
estructura de la competencia son: (a) la alternancia en el gobierno, que puede ser: completa,
parcial o inexistente; (b) la innovación o familiaridad de las formulas de gobierno que se ponen
en práctica; y (c) la accesibilidad al gobierno restringida a algunos partidos o no. La
combinación de estos tres criterios nos permite distinguir dos patrones contrastantes de
estructuras de competencia partidaria: cerradas y predecibles o abiertas e impredecibles. En
general los sistemas partidarios nuevos presentan estructuras sumamente abiertas, como en el
caso de Europa del Este y Latinoamérica. Desde esta perspectiva, “el proceso de largo plazo
por el cual un sistema de partidos se consolida puede ser visto como un proceso por el cual la
estructura de la competencia deviene cerrada y predecible” (Mair, 1997, p. 214).
i
Desde el Partido Comunista Chino, con sus millones de miembros, hasta el canadiense Partido de los
Rinocerontes, que es poco más que un grupo de amigos; desde las decenas de millones de votos conseguidos por
el Partido Demócrata en Estados Unidos hasta los escasos votos conseguidos por el Partido Obrero en la
Argentina, pasando por los más de cien años en el gobierno que ha estado el Partido Conservador Británico y el
mexicano Partido Democrático Popular Revolucionario, brazo político de la organización guerrillera EPR, que
jamás se ha presentado a elecciones.
ii
El caso de los partidos únicos funciona como una especie de “caso límite” (Martínez Sospedra, 1996, p. 20) para
las definiciones estrechas que incluyen la elección en el núcleo conceptual necesario para la existencia de un
partido. No sólo por “excluir a muchas entidades que podrían ser comúnmente consideradas partidos” (Janda,
1993, p. 165), sino porque no parece razonable sostener que una entidad que es sin duda un partido puede dejar,
de un día para el otro, de serlo. No resulta lógicamente plausible que el Partido Nacional Socialista de los
Trabajadores Alemanes (NSDAP), por ejemplo, mudara totalmente su naturaleza organizativa al aprobarse la
“Ley de unificación del Partido y el Estado”.
iii
Un claro ejemplo sería el Sinn Féin, hasta los acuerdos de la década de 1990. El Sinn Féin, el partido
republicano irlandés fundado en 1905 para pelear por la independencia de Irlanda. Esta organización estaba
estrechamente vinculada a la organización armada Ireland Republican Army, (IRA) y se presentaba a las
elecciones para el Parlamente Británico como forma de demostrar su predicamento pero nunca ocupaba las bancas
que obtenía ya que cuestionaba la legitimidad del Estado Británico.
iv
Sin embargo, algunos autores sostienen que, al contrario de lo planteado por Janda, una definición estrecha es
imprescindible para la construcción de una teoría de los partidos. Schlesinger (1994) señala que la definición por
él adoptada, a la manera de Downs, se dirige a las explicaciones de la elección racional del comportamiento de los
partidos, reflejando “tanto la visión de que la política está orientada a metas, como la asunción de que los actores
políticos son racionales en su búsqueda” (Schlesinger, 1994, p. 6). El autor acepta que su definición nada dice
acerca de las funciones que los partidos tienen en el sistema político, por lo que aquellos que prefieran
explicaciones funcionalistas estarán lógicamente insatisfechos con ella. Asimismo dice que la “la teoría puede
aplicarse sólo a los partidos que buscan obtener cargos mediante elecciones democráticas” (Schlesinger, 1994: 7)
y no ve en ello ningún problema.
v
Duverger, en Los partidos políticos, se limita a decir que “(...) un partido es una comunidad de estructura
particular” (Duverger, 1960, p. 11).
vi
En palabras de Epstein, “un nombre/etiqueta reconocido es un elemento crucial para la definición” (1966, p.104)
vii
Claro que el objetivo de Panebianco no es ampliar el universo partidario y sus criticas a las definiciones
mínimas no apuntan a su alcance restringido sino a lo que el autor llama prejuicio teleológico que consiste en
definir a una organización por el fin que persigue.
viii
Incluso, en el marketing empresarial que tanto gustan citar los impulsores de las visiones estrechas, los últimos
desarrollos señalan la importancia de entender al producto con relación a su posicionamiento en la mente de los
consumidores (Ries & Trout, 1989).
ix
Otros autores, más contemporáneos, que desarrollan esta perspectiva del estudio de los partidos políticos y
cuyos aportes son importantes para la construcción de los tipos ideales de modelos organizativos partidarios son:
Duverger (1951), Neumann (1956), Kirchheimer (1966), Epstein (1980) y Wright (1971).
x
La teoría de los incentivos colectivos distingue generalmente entre incentivos de identidad (se participa porque
existe una identificación con la organización), de solidaridad (se participa por razones de solidaridad con los
demás participantes) e ideológicos (se participa porque existe una identificación con la causa de la organización)
(Panebianco, 1990, p. 41).
xi
Como tipos ideales de militantes distingue entre “creyentes” y “arribistas”, para señalar el tipo de incentivos en
los que estos individuos están básicamente interesados.
xii
Los contactos con organizaciones o personas que apoyan financieramente al partido, la buena llegada a los
medios, la popularidad electoral y la capacidad de dotar a la organización de incentivos colectivos, son otros
ejemplos de áreas que el partido necesita para lograr sus objetivos, por lo que los individuos que las controlan
consiguen un lugar importante en su interior. Por su misma naturaleza, los recursos de poder, si bien son
“tendencialmente acumulativos: quien controla una zona de incertidumbre tiene bastantes probabilidades de
adquirir el control de las demás” (Panebianco, 1990, p. 88), también son, por su diversidad y complejidad,
difíciles de monopolizar en el mediano plazo. Es posible que aquél que controle recursos financieros tenga gran
capacidad para repartir incentivos selectivos a los activistas, pero quizás le será difícil suministrar, por ejemplo,
incentivos colectivos. Asimismo, las zonas de incertidumbre estarán siempre en disputa, no sólo entre los líderes
existentes sino también con los individuos que pelean para convertirse en líderes.
xiii
En algunos casos esto incluye el pago de su cuota al sostenimiento del partido.
xiv
Duverger (1960), un claro exponente de este enfoque, propone una clasificación de las organizaciones
partidarias con relación a su “elemento básico”, que puede ser el comité, la rama, la célula o la milicia. Cada uno
de estos elementos está asociado a un tipo de partido: así, el comité es la base de los partidos de notables típicos
del siglo pasado, la rama es la estructura básica de los partidos de masas, la célula de los partidos comunistas y la
milicia de los fascistas.
xv
La cartelización de los partidos políticos conduce a que hacia afuera los partidos principales colaboren entre sí
para excluir a nuevos partidos que pretendan disputarles su control de los recursos del estado, reduciendo de esta
manera la competencia interpartidaria. A su vez, la importancia de los recursos públicos hace que a las
organizaciones partidarias no les preocupe tanto obtener recursos por las vías tradicionales, con lo cual la
militancia pierde valor y esto se refleja en estructuras internas más pequeñas y centralizadas.
xvi
Panebianco explica el tipo de organización adoptado por un partido con relación a dos cuestiones: su Modelo
Genético y Tipo de Institucionalización. El modelo genético hace referencia a las características que tuvo la
creación de un partido con relación a, (I) su forma de extensión, pudiendo ser ésta por “penetración” o por
“difusión” territorial; (b) la presencia o ausencia de una organización que patrocine al partido, y (c) la presencia o
ausencia, en el momento fundante del partido, de un líder carismático. El tipo de institucionalización planteado
por Panebianco posee, a su vez, dos dimensiones: (1) el grado de autonomía de la organización con su entorno, un
alto grado significará un partido capaz de ejercer un fuerte control sobre su entorno, mientras que un grado bajo
hará referencia a partidos más proclives a adaptarse a los requerimientos externos; y (2) el grado de centralización
del control de los recursos partidarios: este control puede estar en manos del núcleo dirigente o puede estar difuso
entre los distintos subgrupos internos del partido, con lo que el nivel de independencia de éstos es alto. Las
posibles combinaciones de los tipos de modelo originario y tipos de institucionalización darán lugar a
organizaciones partidarias de diversos tipos que caracterizarán al partido desde sus orígenes y durante toda su
existencia.
xvii
Los grupos o familias de partidos identificados por Von Beyme (1986:35-186) son: (a) los partidos liberales o
radicales; (b) los partidos conservadores; (c) los partidos socialistas y social demócratas; (d) los partidos
democristianos; (e) los partidos comunistas; (f) los partidos campesinos; (g) los partidos étnicos y regionales; (h)
los partidos de extrema derecha y (i) los partidos ecologistas o verdes.
xviii
Un lugar bastante común en el análisis de los partidos es el de señalar que las organizaciones que se ubican en
los extremos del continuo izquierda derecha son más ideológicas que las que se encuentra en el centro, que
tienden a ser más pragmáticas. Esto es un error, ya que la adecuación de una determinada ideología a la visión
mayoritaria o hegemónica en una época y lugar no la hace en ningún sentido menos intensa que otra que se
diferencie más de los consensos existentes.
xix
Es importante destacar que otros autores han negado la importancia de la clasificación de los sistemas
partidarios señalando que el universo es continuo y, por lo tanto, lo único que se necesita es un índice de
fragmentación del sistema.
xx
La penetración social partidaria puede ir desde una situación en la que la existan muy pocas ataduras entre los
partidos y los votantes (baja identificación, conocimiento y participación de los ciudadanos), hasta una donde los
partidos estén involucrados en prácticamente todas las áreas de la vida social. Obviamente, la penetración puede
tener diferentes grados en distintos sectores o áreas de la sociedad y los arreglos institucionales pueden restringir
las oportunidades para el surgimiento de nuevos partidos aún en sistemas de baja penetración.
xxi
La ideología juega un papel crucial a la hora de explicar cómo un sistema se comporta. La combinación de las
ideologías presentes en un sistema o la distancia ideológica, recurriendo a la visión espacial de la ideología
partidaria, entre las principales organizaciones, influye fuertemente en cómo los partidos se relacionan entre sí.
Especialmente interesante es la postura de los partidos hacia la legitimidad del régimen. La presencia de partidos
políticamente relevantes que por razones ideológicas, como ha trabajado Sartori con su concepto de partido
antisistema, o de otro tipo (regionales o religiosas), no aceptan la legitimidad del régimen vigente, condiciona en
un alto grado los patrones de la competencia partidista que constituyen al sistema.
xxii
Actualmente han perdido interés las clasificaciones basadas solamente en el número de partidos, utilizándose
diversos índices que miden el nivel de fraccionamiento del sistema, de los cuales el más popular es el de Laakso y
Taagapera (N = 1/∑ p2i)
xxiii
Lubbert (1991) utilizó este esquema en su análisis de las alianzas de clase que apoyaban los sistemas
partidarios de Europa en el período de entreguerras. Dix (1989) lo aplicó para los casos latinoamericanos.
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Abstract.
This article analyzes the phenomenon of demands brought before the courts by citizens
belonging to different social movements, and focuses on the Argentinian case within the
Latin American context.
Licenciada en Trabajo Social (FTS); Diplomada en Ciencas Sociales, Docente Investigadora del Núcleo
de Estudios Socioculturales de la FTS-UNLP. Profesora titular ordinaria de la FTS-UNLP. Co-directora
del Proyecto Representaciones Sociales sobre seguridad y acceso a la justicia de los estudiantes
universitarios. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, UNLP. cuencadriana@[Link]
Abogada Adjunta de Derecho Político, Cat 3. (FCJyS-UNLP). Directora del Área Académica del
Colegio de Abogados de La Plata. Correo electrónico: veronica_piccone@[Link]
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Introducción.
El objeto de este artículo es realizar un análisis introductorio de lo que percibimos como
un fenómeno de judicialización de reclamos realizados por distintos movimientos
sociales, caracterizados como “nuevos”, tomando como ejemplo el caso argentino.
Para dar cuenta de esta percepción, en primer lugar esbozaremos una definición de
nuevos movimientos sociales y de sus lógicas de acción, centrada en los conceptos de
demanda, conflicto e identidad. Esta caracterización resulta necesaria a la hora de
analizar si lo que entendemos como un fenómeno de judicialización de reclamos
implica una ruptura o no con las caracterizaciones realizadas de los nuevos movimientos
sociales, o bien, un cambio o diversificación de las estrategias desarrolladas por éstos en
pos de la construcción de ciudadanía.
Es que consideramos que así como los nuevos movimientos sociales, al irrumpir en
escena con más fuerza a partir de las aperturas democráticas, incorporan una nueva
dimensión en el campo político, también son transformados de alguna manera por esa
nueva dinámica socio-política vigente en el modelo de democracia que ellos
contribuyeron a definir.
La intención no es desconocer ni desacreditar los análisis realizados sobre las lógicas de
acción de los nuevos movimientos sociales en América Latina y en Argentina en
particular, que por otra parte son fuente de estas reflexiones, sino dar cuenta de que los
cambios en la interrelación sociedad civil-Estado a la que ellos contribuyeron y la
paulatina consolidación de la democracia han de alguna manera estabilizado un sistema,
produciendo una revalorización del Derecho como instrumento de cristalización de
reclamos sociales, de lo que pretendemos brindar algunos ejemplos.
La pregunta pendiente es si lo que percibimos como una creciente presencia de
activismo judicial de los nuevos movimientos sociales, puede interpretarse como la
consolidación de una forma de construcción de derechos “desde abajo”, lo que
implicaría un recupero del potencial emancipatorio del Derecho.
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Los llamados nuevos movimientos sociales han planteado un desafío para el análisis,
por su complejidad, su relativa novedad y sus puntos diferenciales con otros
movimientos.
Los problemas implicados en la noción de nuevos movimientos sociales parten
principalmente de su multiplicidad de objetos y de la dificultad para establecer límites
entre ellos y otras formas de acción social, ya tengan éstas un mayor o menor grado de
institucionalización (Pérez Ledesma, 1994).
Según Hobsbawn, el inicio de los estudios sobre los nuevos movimientos sociales se da
en la década del '70, luego del Mayo Francés. Para el historiador podría afirmarse que
en su origen los nuevos movimientos sociales daban cuenta de la existencia de
conflictos subyacentes y ocultos que pasaban de un estado latente a uno de erupción
(Hobsbawn, 1971, cit. por Pérez Ledesma, 1994).
En definitiva, los llamados nuevos movimientos sociales marcan la irrupción en la
escena pública y en el campo de estudio de modos de acción colectiva sobre tópicos que
antes quedaban fuera de los conflictos sociales, dando lugar a la presencia de actores
novedosos con modelos organizativos y formas de acción diferentes a las tradicionales,
dominadas fundamentalmente por el conflicto de clases (Melucci, 1994).
Así, se ha dicho que los nuevos movimientos sociales tienen un grado más alto de
espontaneidad e informalidad y una organización con un grado más bajo de
diferenciación horizontal y vertical; que a su vez se combina con un modo de acción
centrado en la realización de protestas que traducen exigencias formuladas en forma
preponderantemente negativa (Offe, 1996). En definitiva, esto es lo que los aleja de las
organizaciones más formales y de grandes dimensiones, como los partidos políticos y
los sindicatos.
Los primeros ejemplos de estos nuevos movimientos sociales son los movimientos
juveniles, feministas, ecologistas y pacifistas, surgidos originariamente en los países
centrales a partir de los años setenta: eran nuevos actores, nuevos objetivos y formas de
acción apartadas de las tradicionales.
Como ya señaláramos, entendemos que en el núcleo de una aproximación a la noción de
nuevos movimientos sociales se hallan los conceptos de demanda, conflicto e identidad.
Al exponerse estas demandas novedosas y que atraviesan clases sociales muestran
mediante un modo de acción rupturista como la protesta la existencia de un conflicto (en
cuanto a manifestación de lucha de intereses) no tradicional, pero que se encuentra
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activados por actores colectivos, por una parte, debemos señalar que ésta no desconoce
la importancia del ámbito de oportunidades y restricciones en donde la acción tiene
lugar (al menos en Melucci y en Offe) y, por otra, rescatar algunas de las ideas centrales
de la teoría estadounidense centrada en la movilización de recursos.
Resultan, entonces, útiles para nuestro análisis del fenómeno de judicialización de los
reclamos de los nuevos movimientos sociales tanto los estudios que dan cuenta de la
dimensión ética de la protesta, los sentidos construidos a partir de ella (en especial su
sentido narrativo; Naishtat, 2005) y su carácter de demanda contenciosa (Shuster, 2005),
como los estudios centrados en los recursos necesarios para incorporar estas
dimensiones y sentidos al campo jurídico.
Dentro de los estudios estadounidenses, autores como Tilly se centran en el análisis de
la interacción entre los detentadores del poder y quienes se declaran con éxito
portavoces de una base social que no dispone de representación formal (Tilly cit. por
Pérez Ledesma, 1994: 65). En esta línea, se destaca que más allá de que los reclamos se
expresan a través de manifestaciones públicas, estas movilizaciones no suceden por arte
de magia, sino que hacen falta funciones coordinadoras o dirigentes de una
organización, formal o informal, hablando entonces de repertorios de la acción
colectiva. Siguen esta línea, entre otros, McCarthy y Zald, con la teoría parcial de la
movilización de recursos.
Esta corriente presenta una perspectiva analítica que enuncia ciertos determinantes que
permiten abordar el estudio de los movimientos sociales en un esfuerzo por combinar
tres aspectos fundamentales: las oportunidades políticas que abordan, las estructuras de
movilización o los procesos enmarcadores y las relaciones existentes entre estos
elementos.
El primer aspecto remite a resaltar la importancia que tiene el sistema político
institucionalizado al momento de analizar la acción colectiva. Los movimientos sociales
surgen a partir de cambios en la estructura de poder, en el sistema político o en las
estructuras institucionales.
Pero la necesidad de explicar los tipos de movilización, las formas en que se organizan
los grupos y los canales que permiten el paso de la acción individual a la acción
colectiva conduce al segundo aspecto, que es el de la movilización de recursos
formulada por McCarthy y Zald (1973 y 1977). Los autores sostienen que los
movimientos sociales no deben necesariamente identificarse en una institución, pero
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que ellos obtienen su impulso para el cambio de la misma base de la organización que
los genera. De alguna manera, hacen referencia a una nueva tipología de movimiento
basado en una corte de profesionales que se constituyen como un grupo influyente,
punto que es tomado por autores que analizan la creciente movilización legal en
América Latina y Argentina en particular (Smulotvitz, 2008).
Podemos afirmar, entonces, que si bien la critica a la teoría de la movilización de
recursos fundada en que equipara los movimientos sociales a organizaciones formales
es válida, en la medida en que reduce a los movimientos sociales al puro terreno de la
política (confrontar con el sistema político y procurar intervenir en las decisiones
políticas con recursos y mecanismos de organización similares a las del campo político
tradicional); no puede sostenerse que la valorización de la dimensión cultural de los
movimientos sociales permita desconocer que éstos profundizan y afirman su identidad
y sus pretensiones a través del despliegue de un conjunto de recursos organizativos cada
vez más complejos y, en muchas ocasiones, conforman organizaciones
institucionalizadas sin dejar de ser parte de un movimiento.
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las cualidades de los individuos que los componen (con la central distinción entre
organismos de familiares o “afectados” directamente por la represión de la dictadura
militar y organismos de “solidaridad de no afectados”, con más componentes
ideológicos o profesionales); los recursos que poseen; el grado de confrontación que
llevan adelante (tanto durante la dictadura 1976-1983, como a partir del 10 de diciembre
de 1983); analiza en qué medida estas estrategias de confrontación, en diferentes grados,
resultan útiles o no al conjunto, etc1.
Dentro del movimiento de derechos humanos, los lazos de solidaridad de los
individuos que los componen, manifestados en acciones de protesta novedosas y
originales y/o realizadas en contextos, como las dictaduras militares, en que otras
formas de protesta pública eran casi inexistentes, expresaron demandas o nuevas o con
un componente performativo original. Tal vez el ejemplo más claro es la irrupción de
las Madres de Plazas de Mayo en abril de 1977 con rondas en torno a la pirámide de
esta plaza –porque caminando no hay reunión expresamente prohibida– y en silencio
(otro rasgo distintivo), expresando una demanda fundamentalmente ética en contra del
sistema, y apropiándose de un escenario tradicional de la política argentina, pero sin un
objetivo formalmente político (en el sentido de no poseer aspiraciones de acceder al
poder). Por otra parte, la organización es fuertemente horizontal y en red, entendemos
que esto se da, en parte, para no perder la uniformidad del lazo originario de la
solidaridad: la condición de madres de desaparecidos; y en parte también por las propias
condiciones en que las acciones tienen lugar, que exigen estrategias flexibles,
improvisadas e imaginativas.
Sin embargo, esto no excluye la consecución, vinculación y reunión en torno del
movimiento de derechos humanos de un conjunto de recursos con componentes técnicos
necesarios también. En la caracterización que hace Jelin y el análisis de los modos de
acción de los ocho organismos históricos puede verse esta diversidad, desde las partes
del movimiento más novedosas, con lazos de solidaridad más fuertes, pero también más
informales, como las Madres, a otras orientadas a conseguir recursos para desarrollar
acciones en otros planos. Entre estas últimas se destaca la Asamblea Permanente por los
Derechos Humanos –APDH–, que concentró buena parte de la recepción de denuncias y
1
Los organismos que son el núcleo del movimiento de derechos humanos a partir de la dictadura y en los
primeros años de la democracia, tienen una dinámica compleja y entrecruzada, lo mismo que los
individuos que forman parte de ellos (o de más de uno). En este artículo se simplifican diferencias cuyos
matices son muy bien analizados por Jelin, por lo que recomendamos su lectura.
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sino que carecían de la legitimidad necesaria para canalizar reclamos éticos) y fuera de
las cuestiones de clase (Pita, 2002).
Su permanencia se explica más por conformación de identidades de sentidos y
significados de acciones colectivas que por la expresión de sus reclamos, “...Estos
últimos resultan de una acción colectiva que trasciende los episodios de protesta u
origina nueva formas de organización social” (di Marco y Palomino, 2003) que están
presentes hasta hoy.
El concepto de apariciones desarrollado por Arendt permite recuperar el sentido primero
de la política, el pasaje entre la acción y estar juntos, “el poder resulta del actuar en
conjunto a través de la asociación y la comunicación en el espacio público”. Esta
perspectiva permite romper la brecha entre prácticas políticas y prácticas estatales,
pensar lo político como actividad y dimensión de la vida social por fuera de las
instituciones especializadas (Arendt, 1993).
El proceso de democratización a la vez que sumará actores, profundizará esta
combinación de estrategias y este aumento de recursos en un contexto que los nuevos
movimientos sociales también ayudan a definir.
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2
Tal vez deberíamos preguntarnos si en alguna medida la creciente judicialización en torno a las
demandas de los nuevos movimientos sociales no se vincula al enorme valor simbólico de este juicio.
3
Debe señalarse que la apropiación de personas y sustracción de identidad nunca estuvo alcanzada por
las leyes de impunidad ni los indultos, por eso este logro de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo,
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establecen acciones positivas y dentro de ellas particularmente las de cupo (iniciada con
la ley 24.012, sancionada en diciembre de 1991); y fundamentalmente, la incorporación
de la igualdad de hecho en la reforma de la Constitución Nacional de 1994 (art. 75, incs.
22 y 23; art. 37), el reconocimiento de la garantía de amparo colectivo (fundamental
para que una persona u organismo reclame por el derecho de un conjunto de personas,
art. 43); y la incorporación con jerarquía constitucional de un conjunto de instrumentos
internacionales de derechos humanos (art. 75, inc. 22). La mayoría de estos logros de
normativización son consecuencia de un proceso previo de judicialización de estos
mismos reclamos.
más allá de jurídico, tiene un fuerte sentido simbólico. También es importante señalar que es a partir de
un caso iniciado originalmente por la apropiación de una joven, que la Corte Suprema de Justicia
Nacional declara la inconstitucionalidad de las leyes de impunidad (“Simon s/ recurso de queja”, resuelto
por la Corte en 2005), actuando en el caso conjuntamente las Abuelas de Plaza de Mayo con el patrocinio
del CELS, que es el organismo que más y con más éxito ha utilizado al poder judicial en la conquista de
derechos.
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voto las personas privadas de libertad, llevadas adelante por el Centro de Estudios
Legales y Sociales).
Finalmente, en cuanto a la democratización de las estructuras y el crecimiento de la
presencia de operadores jurídicos entre los recursos presentes en los movimientos
sociales o en instituciones vinculadas a ellos, debe señalarse que incluso se han
ampliado los mecanismos de participación ciudadana en la selección de los miembros
más importantes del poder judicial, lo que conlleva a que los movimientos más
organizados tengan fuertes políticas en estos temas. El hecho de que se reciban apoyos y
críticas públicas, por ejemplo, respecto de los candidatos a ministros de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación y que éstos deban brindar explicaciones al respecto,
no cambia sustancialmente el mecanismo de decisión, pero sí lo publicita y lo participa,
a través de la emisión de juicios éticos públicos sobre la conducta de los postulantes.
También ha crecido la crítica a las políticas públicas que se consideran regresivas
respecto de la protección de los derechos humanos, como el proyecto de nuevo código
contravencional para la provincia de Buenos Aires, que cosechó innumerables tachas
por parte de distintos movimientos sociales y especialistas, fundadas en el
avasallamiento de derechos que implicaría su sanción45.
Es el Centro de Estudios Legales y Sociales, ya mencionado, el organismo que ha
llevado esta política de movilización legal más a fondo y con mayor éxito, sin desmedro
de otros inscriptos en esa línea.
Sin embargo, la presencia de operadores jurídicos también ha crecido en torno a otros
movimientos u organizaciones sociales. Así, pueden señalarse entre otros a la Correpi
(Corriente contra la represión policial e institucional) y el CIAJ (Colectivo de
Investigación y acción Jurídica), que llevan adelante casos orientados a asistir a
damnificados por la represión policial, o bien, en términos de mayor incidencia general,
a transformar normas con fuerte impronta autoritaria.
Gargarella afirma también que el Derecho y el recurso a mecanismos legales puede, en
determinadas circunstancias históricas y estructurales, formar parte de diversas
4
El 3 de noviembre de 2010 se realizó una audiencia pública a fin de considerar los términos del
documento de trabajo elaborado en forma conjunta por las Comisiones de Asuntos Constitucionales y
Acuerdos y de Legislación General del Senado de la Provincia de Buenos Aires, sobre el Proyecto de Ley
A-21/09-10 “Nuevo Régimen Contravencional de la Provincia de Buenos Aires”. El rechazo fue unánime
en los más de sesenta participantes de la audiencia.
5
El acuerdo para una seguridad democrática presentado en diciembre de 2009 en el Congreso Nacional
también resume una conjunción política en torno a la capacidad represiva del Estado entre organismos de
derechos humanos, diversos movimientos sociales, sindicatos, políticos y especialistas.
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6
Lo mismo puede decirse con las leyes de cupo, que aunque destinadas a una vigencia temporal (en el
sentido de que una vez producido el cambio cultural que pretenden perderían su sentido y deberían
derogarse), ya no merecen la virulencia de las críticas que se dieron al momento de su formulación.
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La literatura sobre movilización legal analiza este proceso como un modo de hacer
política “desde abajo”, que obedece a cambios en la cultura política y jurídica respecto
de lo que se considera el Estado de Derecho, y el lugar que ocupa en el imaginario
social el reclamo por el respeto de los derecho de los ciudadanos (Domingo, 2009;
Smulovitz, 2001 y 2008).
Así, nos acercamos a una perspectiva crítica del Derecho, al “derecho apropiado” en el
que de Sousa Santos (2005:991-993) advierte un potencial “emancipador”, la
emancipación del derecho y las estructuras jurídicas desde el discurso de los derechos
humanos y del ciudadano. La movilización jurídica se constituye en una herramienta
política para lograr fines de transformación social, aunque los logros tiendan a ser
pequeños, su importancia residiría en el impacto acumulativo de transformación social a
la que pueden contribuir y en la alteración de la estructuras de poder (Domingo, 2009;
de Sousa Santos, 2002). Desde esta perspectiva el derecho reclamado que está en juego
puede adquirir visibilidad política e influir en la agenda de debate pública.
Por ello, la construcción del estado de derecho plenamente democrático, en el sentido
definido por O'Donnell, es un horizonte normativo nunca alcanzado por país alguno,
pero también una tarea que está en manos de los ciudadanos.
En este sentido señala Zaffaroni que “Los Estados de derecho no se potencian por sí
mismos. En esta pugna de Estado de derecho-Estado de policía, en esa dialéctica, el
Estado de derecho tiene que estar permanentemente alimentado por el reclamo de la
sociedad respecto de su reforzamiento. Si la sociedad no impulsa ese reforzamiento del
Estado de derecho, el Estado de derecho se debilita, se vuelve enclenque y finalmente
resulta deglutido por el Estado de policía. No es una dialéctica que funciona
gratuitamente, está construida en función del reclamo de la sociedad” (Zaffaroni:2003).
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La utilización de recursos de activismo jurídico y/o judicial por parte de los nuevos
movimientos sociales constituye parte del debate por el contenido del Derecho y la
pretensión de que este sea generado en forma democrática. La generación democrática
del derecho lo va tiñendo de un contenido emancipatorio surgido “desde abajo”
Sin embargo, no debemos perder de vista que el campo jurídico y la mayoría de sus
operadores (como administradores del capital simbólico contenido en el Derecho) son
renuentes al reconocimiento de derechos de contenido social y económico y que esta
falta de vigencia efectiva de derechos configura un estado de derecho frágil.
Por otra parte, la tensión política entre la demanda de mayor goce de derechos por parte
de la ciudadanía y la demanda de mayor poder represivo por parte de los gobernantes en
función de la presión de grupos de poder configura una democracia con altos contenidos
de desigualdad social, y por tanto, política7.
Sin embargo, los nuevos perfiles que desde los movimientos sociales se pretenden
imprimir a la democracia han dado lugar a cambios que si bien no son radicales, abren
la puerta a una mayor incidencia colectiva.
La lucha por y a través del Derecho es una lucha por la reapropiación del campo
simbólico que se halla bajo el monopolio del Estado. No estamos en condiciones de
afirmar que exista una tendencia a futuro, pero sí de decir que es una novedad
satisfactoria que existan ejemplos exitosos de reapropiación popular de la formación del
Derecho. Otros países de la región han avanzado más en la transformación de sus
plataformas jurídicas fundamentales, como muestra la nueva Constitución de Bolivia,
reconociendo derechos cercenados por siglos. Tal vez en la Argentina los nuevos
movimientos sociales puedan profundizar aún más las estrategias necesarias para dotar a
nuestro derecho de un contenido emancipatorio.
4-Bibliografía
Abramovich, Víctor y otros (2006). Acceso a la Justicia y Política Social. Editorial del
Puerto, Buenos Aires.
Ansaldi, Waldo (2008). “La democracia en América Latina, un barco a la deriva,
tocando en la línea de flotación y con piratas a estribor. Una explicación de larga
7
No puede perderse de vista que el activismo legal no siempre es progresista. Un ejemplo de ello son las
movilizaciones por reclamos de justicia generadas por Blumberg y diversos cambios sancionados a partir
de ellas en el Código Procesal Penal de la Provincia de Buenos Aires.
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50
Ciclos; Año VIII, Vol. VIII, número eepecial Ld-Lii, Ier. eemestre ~ J998
' . .
. .
Roberto Russell"
l. Introducción
. Globalización; al igual que 'otros conceptos dé uso habit~[Link] épocas anterio-
res, .es una. palabra del tipo "atrapa. todo". En consecuencia, .se presta a
aplicaciones múltiples y da amplio lugar para' confusiones generalizadas.
Políticos; economistas, comunicadores sociales ygurúes de distinta especie se
refieren a ella en forma cotidiana. Algunos [Link] loas mientras que otros
advierten sobre sus efectos perniciosos para las sociedades y estados naciona-
les. Para muchos no ~s más que un mito o una moda; para [Link] nombre
actual de un. proceso en desarrollo desde hace varias centurias.
En 'los ámbitos académicos las cosas no son demasiado diferentes. La
literatura especializada muestra vacilaciones, aunque hay un aspecto en el
qué todos los especialistas coinciden: que el concepto globalización puede
entenderse o interpretarse en varios sentidos, o dar ocasión a juicios diversos.
En breve; que es un término equívoco. Desde este punto de partida común, se
han ofrecido definiciones ylecturas para todos los gustos. Más aún, muchos
autores han procurado (no siempre con buenos resultados) diferenciar rgloba-
, lización": de "internacionalización", "transnacionalización","interdependen-
cía", "globalismo", "universalismo" y hasta de "occidentalízación".'
Ciertamente; las ambigüedades y confusiones no obedecen a la falta de
luces de los analistas. Ellas revelan que nos encontramos ante circunstancias
y procesos muy complejos, Y, además, frente a un' tema en el que hay muchos
intereses 'en juego. Por ello, tampoco sorprende que las opiniones sobre la
globalización sean tan diferentes y hasta opuestas: en un extremo se ubican
quienes niegan su existencia y en el otro quienes consideran a la,globalización .
como un cambio de época, como una "transformación fundamental d.e la
geografía humana't.! De un punto al otro, los matices son innumerables. Este
estado de cosas, ampliamente conocido por quienes se han acercadointelec-
tualmente al fenómeno de la globalización, y mis propias confusiones al
respecto me han llevado a escribir este breve ensayo. en el que. intento lograr
dos objetivos principales: a) ordenar y aclarar algunas ideas sobre los aspectos
centrales incluidos en el debate sobre la globalización, esto es, su entidad,
origen, causas, alcance e implicancias para el estado-nación; y b) proponer un
enfoque que procure desprenderse de toda carga valorativa. La globalización
no es aquí un valor promovido ni una meta deseada o un proceso temible. Mi,
interés, simplemente, es comprender la naturaleza del fenómeno 'y. concluir
sobre su evolución probable. '
2. Scholte, Jan Aart, "Global capitalism and the State", en International Affaire, vol. 73, nº 3,
julio 1997, p. 432. En una vena similar, Luciano Tomassini opina que la globalización "no
es un proceso que se limita a integrar unidades locales anteriormente dispersas. Lo que
difunde tiene un común denominador, 'una dirección y un sentido, y detrás de él hay una
nueva perspectiva epistemológica, una nueva sensibilidad cultural, una visión del mundo
nueva", en Tomassini, ob. cit, p. 320. , .
3. Véase Shaw, Martín, Global Society and International Relations, Po litY Press, Cambridge,
1994, p. 18 Y Held, David, "Democracy and Globalization", en Global Gouernance, nº 3, 1997,
p.253. .
4. Con más propiedad, convendría en este caso reemplazar globalización por globalismo.
La globalización: situación y proceso 41
12. Huntíngton, Samuel, "The West: Unique, not Universal", en Foreign Affaire, vol. 75, nº. 6,
noviembre..diciembre 1996.
13. Shaw, op. cit., p. 11.
14. Rosenau, ob. cit., p. 362. En este artículo, el autor también se refiere a la dinámica opuesta
de "localización" que deriva de la necesidad de la gente de contar con un espacio propio que
les proporcione confort psicológico y. material, con una familia y un barrio, con prácticas
culturales locales, con un sentido del "nosotros" que la distingue de "ellos".
44 Roberto Russell
No tengo nada contra esta forma de abordar el tema. Aún más, creo que
ayuda bastante a encuadrar parte del debate sobre la globalización, Sin
embargo, la pregunta sobre el origen de lo que hoy llamamos globalización
requiere respuestas más precisas, Puede caerse en una situación algo absurda
y sostener que la globalización empezó con el origen del hombre. 0, para no
ir tan lejos y dar tan solo un ejemplo, con los griegos o los romanos. Es de
interés recordar que en su Historia universal Polibio reflexiona sobre estos
mismos temas cuando escribe: "Antes, las cosas que pasaban en el mundo no
tenían conexión entre sí ... Pero desde el ascenso del Imperio Romano, los
acontecimientos están unidos por un haz común"."
Aunque puede aceptarse que los imperios antiguos contribuyeron á la
unificación de partes del mundo (podríamos hablar aquí de procesos de
"miniglobalización"), es claro, nuevamente, que el fenómeno que procuramos
comprender tiene una relación lejana con estas fuerzas de integración del
pasado que no produjeron importantes vinculaciones de naturaleza global.
Estas últimas no comienzan a desarrollarse efectivamente hasta la expan-
sión inicial de la economía mundial y el ascenso del estado moderno a fines
del siglo XVI. Aquí se encuentra el origen del proceso que hoy llamamos
globalización. El mismo, naturalmente, ha atravesado distintas fases que no
pretendo ni puedo sumariar en este trabajo." Sí me importa señalar que cada
fase puede distinguirse utilizando tres variables principales: a) cantidad de
territorios y sociedades comprendidas (alcance); b) niveles de interconexión
global (densidad); y c) impacto sobre la naturaleza y funciones del estado.
Hasta el presente, cada fase de la globalización muestra un incremento
notorio en el alcance y la densidad del proceso y un impacto. cada vez ~más
fuerte sobre el estado. Esto cabe, especialmente, para la actual fase de la
globalización que se inicia a mediados del siglo XX bajo el impulso de los
avances producidos en la tecnología del transporte y las comunicaciones y que
presenta numerosos rasgos distintivos en el campo de la política, el comercio,
la producción, las finanzas, las organizaciones, la ecología, las comunicaciones
y la cultura. En este último aspecto, se aprecia un aumento significativo de
lo que podría llamarse "conciencia global". 17 .
No hay duda de que los factores que promueven la globalización son varios.
Nos encontramos frente a un proceso multicausal que se expresa en forma ..
simultánea en todos los campos de actividad. 18 Sin embargo, en su nivel más
15. Citado por Robertson, Ronald, "Mapping the global condition", en Robertson, R.,
Globalization: Social Theory and Global Culture, Sage, Londres, 1992, p.26.
16. Acerca de las distintas fases de la globalización, véase el libro -de Ferrer, Aldo, Historia de
la globalización. Orígenes del orden. econámico mundial, Fondo de Cultura 'Económica,
Buenos Aires, 1996; Robertson, ob. cit.; y Rapoport, Mario.. "La globalízación económica:
ideologías, realidad, historia", en Ciclos, año VII, vol. VII, nº 12, septiembre de 1997.
17. Acerca de las diferencias entre la fase actual. de la globalización y las precedentes, véase Held,
David y Me Grew, Anthony, "Globalization and the Liberal Democratic State", en Government
arul Opposition, 1993. Véase asimismo Scholte, ob. cit., pp. 431-432.
~~~ Véase GI~dens, A., Modernity and Self Identify, Polity Press, Cambridge, 1991, p. 187.
La globalización: situación y proceso 45
19. Véase por ejemplo, Kapstein, Ethan B., "We are US: The Myth of Multinational", en The
National Interest, nº 26, invierno de 1991/2, pp. 55-62.
20. Krasner, Stephen, "Economic Interdependence and Independent Statehood", en Jackson, R.
H. Y James A., (eds.), States in a changing world: a contemporary analysis, Clarendon,
Oxford, 1993, p. 318. .. .
21. Véase Hirst, Paul y Thompsom, Graham, Globalization in Question, PolitYPress, Cambridge,
1996, p. 116.
22. Véase Mathews, Jesica T., "Power Shift", en Foreign Affaire, vol. 76, nº 1, enero/febrero de
1997.'
46 Roberto Russell
23. Strange, Susan, "La economía política de Europa", en Amérca Latina Internacional, vol. 1,
nº 2, 1993, p. 43. . .
nº
24. Slaughter, Anne-Marie, "The Real New World Order", en Foreign Affairs, vol. 76, 5, 1997,
p.184.
25. Ibídem, p. 185.
La globalizacíón: situación y proceso 47
26. Véase Ferguson, Yale y Mansbach, Richard, "Political Space and Westfalian States in a World
ofPolities Beyond Inside/Outside", en Global Gooernance, .1996, P: 272. .
'27 .. Véase Cox,Robert, "Social Forces, Sta·te and World Orders: Beyond International Relations
Theory", en Keohane, Robert, Neorrealism and its Critics, Columbia University, Nueva York,
1986tP~ 226. .
48 Roberto Russell
estado no lleva demasiado lejos. El estado será el actor político principal por
mucho tiempo. Es de' mayor interés -y ésta es la segunda línea de 'reflexión
que propongo- debatir sobre el impacto de la globalización en distintos
estados. A diferencia .del anterior, éste es un aspecto apenas mencionado en
la literatura especializada, y poco trabajado. Con palabras de David Held:
"El grado de "autonomía" de que disfruta el estado bajo diferentes condi-
ciones no ha sido aún explorado y, por lo tanto, se deja de lado apresura-
damente un elemento clave para elaborar una explicación sistemática y
I
28. Held, David, La democracia yel orden global. Del estado moderno al gobierno cosmopolita,
Ediciones' Paidós Ibérica, Buenos Aires, 1997, pp. '124 Y 125.
29. Un intento interesante en este sentido es Ruggie, John Gerard, "Territoriality and beyond;
problematizing modernity in international relations", en 1nternational Organization, vol. 47,
nº 1, invierno de 1993.
La globalización: situación y proceso' 49
REr~[JMEN'
¿Qué debemos entender por [Link]ón? El concepto tiene aplicaciones múltiples y po~
lo tanto se presta a. confusiones generalizadas. ¿Describe una nueva. realidad del mundo
o se refiere a un proceso de desarrollo de varios siglos de antigüeda.d? ¿Será sólo una
moda o un mito?
, Las definiciones y lecturas que se hacen del concepto de globalizacion en el ámbito
académico presentan las mismas multiplicidades interpretativas que se encuentran en '
forma cotidiana.
Aun cuando, muchos autores trataron de establecer matices de diferencia con otros
términos que comúnmente se utilizan' como sinónimos, no parece posible' salir airada-
mente de aquellas confusiones.
El autor propone analizar la entidad de la glabalización asumiendo que se está ante
30. Spruyt, Hendrik, The Souereign State and Its Competitors, Princeton University Press,
Princeton, 1994, pp. 192~194. '
31. Rosenau, oh. cit., p. 362. .
50 Roberto J;l,ussell
ABsTRAer
What should we understand by globalisationé The concept has multiple applications
and therefore is open to widespread confusion. Does it describe a neto reality in the
, world ordoes it referto a development procese that is already seoeral centuries old?
Will it be Just a' fashion 01" a myth?
The definitions and readings of the globalisation concept in the academic sphere
reflect the same 'multiplicity of interpretations as toe find in everyday life.
Eoeti though many authors haue tried to establisli shades of difference by
employing terms that are normally used as synonyms, it is apparently 'imposeible to
successfully resolve the confusion.
The author proposes an analysis ol the globalisation phenomenon, assuming that .
this inuolues oery complex 'circumetances and processes and sets tWQ main objectiues
in the artiole: a) to 'o-rder and clarify some ideas on the central aepécts of the debate
oti globalisation: importance, origin, causes, scope and implication. for the nation state;
and b) it proposes an ,approachavoiding aZI ualuejudgmerüs [Link] aeomprehension.
of the nature of the phenomenon and conclusions 011. ite 'likely eoolution.
Calduch, R.- Relaciones Internacionales.- Edit. Ediciones Ciencias Sociales. Madrid, 1991 1
Capítulo 5
Los actores internacionales.
1. Consideraciones generales.
En una primera aproximación podemos decir que actor es el que actúa, el que
desempeña un papel (rol) en un contexto social definido previamente. De acuerdo con
está acepción genérica, la expresión actor internacional nos destaca la dimensión
dinámica de la sociedad internacional. Nos refiere a una realidad internacional en la
que lo más significativo es la acción que llevan a cabo los grupos sociales que
participan en ella. De este modo, el concepto de actor internacional surge asociado
teóricamente a los conceptos de interacción y relación internacional.
Ante todo, ambos criterios de clasificación descansan sobre una primacía del
paradigma estatal. Ello conduce, con frecuencia, a identificar las relaciones
internacionales con las actuaciones estatales.
estatales. Los resultados no han podido ser más revolucionarios y demoledores para
el paradigma del estado. Hoy en día sabemos lo suficiente para poder afirmar que, en
el contexto de las relaciones económicas internacionales, las empresas
multinacionales constituyen actores con un protagonismo equiparable a la mayoría de
los estados. Esta misma reflexión podríamos hacerla extensiva a otros actores y
relaciones internacionales.
Calduch, R.- Relaciones Internacionales.- Edit. Ediciones Ciencias Sociales. Madrid, 1991 5
Por tanto, los vínculos de poder que imperan entre los miembros de un actor
agregado son los que les posibilitan que pueda operar internacionalmente en aquellos
ámbitos en los que existe una mínima convergencia de intereses entre sus miembros,
para que estos hayan delegado o transferido sus poderes a los órganos del actor,
aunque de modo temporal y limitado.
Ello se debe a que en la realidad internacional lo que existen son individuos agrupados
y relacionados de modo complejo siguiendo procesos integradores y agregativos.
Entre ambos procesos existe una ósmosis, de tal modo que un proceso de
integración puede ser el resultado de la transformación experimentada por un proceso
de agregación. Análogamente, la desintegración de los actores internacionales puede
conducir a la emergencia de actores agregados. Por ejemplo, la Confederación
Germánica, creada en 1815 a raíz del Congreso de Viena, y bajo la hegemonía de
Prusia y Austria, constituía una agregación de estados y ciudades-estado soberanas.
Más tarde, y a partir de esta organización política, surgiría el Imperio Alemán, ejemplo
de integración política en la Europa decimonónica.
I. INTRODUCCIÓN
1
2 MIGUEL CARBONELL
rica del Norte, por la sencilla razón de que las posibilidades de inversión
especulativa que tiene todo ese continente son considerablemente meno-
res que la que tienen los demás.
2. Paradójicamente, la globalización genera no solamente prácticas
supranacionalizadoras, sino también efectos disgregadores hacia dentro
de cada Estado nacional. De esta forma, la era de las empresas transna-
cionales como Disney o Microsoft se significa también por ser, a la vez,
el tiempo de las minorías.5
La lógica segregacionista y la reivindicación de lo local se manifies-
ta lo mismo en Cataluña que en Kosovo, en Chiapas que en Irlanda del
Norte. Luego de la caída del Muro de Berlín, como se ha encargado de
recordar Daniel Bell, las energías culturalistas y nacionalistas se han in-
tensificado.6
Algunos autores señalan este doble efecto de la globalización (hacia
arriba, pero también hacia abajo) y sostienen que sería mejor hablar de
“ glocalización” , para dar cuenta de la combinación de energías que seña-
lan tanto hacia una efectiva supranacionalización (que incluye el desvane-
cimiento de las fronteras políticas o incluso físicas entre los países), como
hacia una vuelta al localismo (en forma de desmembración de Estados, de
movimientos secesionistas, de mayores demandas de autonomía política
de las regiones, de políticas y reivindicaciones multiculturalistas, etcéte-
ra).7 El científico social Anthony Giddens lo explica con las siguientes
palabras:
5 Barber, Benjamin, Jihad vs. McWorld. How Globalism and Tribalism are Reshaping the
World, Nueva York, Ballantine Books, 1996; desde una óptica jurídica, Carbonell, Miguel, “ Mino-
rías y derechos: un punto de vista constitucional” , en Carbonell, M. et al. (comps.), Derechos socia-
les y derechos de las minorías, 2a. ed., México, Porrúa-UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídi-
cas, 2001; id, “ El siglo de las minorías” , Le Monde Diplomatique (edición mexicana), año 3, núm.
31, enero-febrero de 2000.
6 “ Las muchas facetas del siglo XX” , Letras libres, México, número 10, octubre de 1999.
7 En este sentido, Moreno, Isidoro, “ Mundialización, globalización y nacionalismos: la quie-
bra del modelo de Estado-nación” , en Carbonell, M. y Vázquez, R. (comps.), Estado constitucional y
globalización, México, Porrúa-UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2001.
4 MIGUEL CARBONELL
balización no sólo presiona hacia arriba, sino también hacia abajo, creando
nuevas presiones para la autonomía local. El sociólogo norteamericano Da-
niel Bell lo describe muy bien cuando dice que la nación se hace no sólo
demasiado pequeña para solucionar los grandes problemas, sino también de-
masiado grande para arreglar los pequeños.8
14 Ferrajoli, Luigi, “ Per una sfera pubblica del mondo” , Teoria Politica, Turín, núm. 3,
2001, p. 18.
15 Se toman de PNUD, Informe sobre desarrollo humano 2002. Profundizar la democracia en
un mundo fragmentado, Madrid, Mundi-Prensa, 2002.
GLOBALIZACIÓN Y DERECHO: SIETE TESIS 7
16 Ibidem, p. 15.
17 Ibidem, p. 27.
8 MIGUEL CARBONELL
27 Lo cual quizá sea una consecuencia de la evaporación de las fronteras entre la “ política inter-
na” de los Estados y la política internacional; algunos autores, señalando este fenómeno, defienden la
necesidad de comenzar a pensar en una “ política interna del mundo” . Véase, al respecto, las observa-
ciones de Ferrajoli, op. cit., nota 14, pp. 3-7.
28 Un buen panorama de síntesis sobre el tema se puede encontrar en García Ramírez, Sergio,
La Corte Penal Internacional, México, INACIPE, 2002.
29 Al respecto, Ayala Corao, Carlos M., “ La jerarquía constitucional de los tratados relativos a
derechos humanos y sus consecuencias” , en Méndez Silva, Ricardo (coord.), Derecho internacional
de los derechos humanos. Memoria del VII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional,
México, UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2002, pp. 37 y ss.
30 Al respecto, Carbonell, Miguel, La Constitución pendiente. Agenda mínima de reformas
constitucionales, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2002, capítulo II.
GLOBALIZACIÓN Y DERECHO: SIETE TESIS 13
31 Sobre esto, Carbonell, Miguel y Pisarello, Gerardo, “La aplicación de los tratados internaciona-
les de derechos humanos en el derecho interno: modelo para armar” , Carbonell, Miguel et al. (comps.),
Derecho internacional de los derechos humanos. Textos básicos, México, CNDH-Porrúa, 2002, pp. 19 y 20.
32 Op. cit., nota 14, p. 18.
14 MIGUEL CARBONELL
Lo anterior no supone, sin embargo, que los Estados, y muy especialmente las Grandes
Potencias, hayan dejado de ser el principal referente a la hora de considerar la sociedad
internacional y sus problemas, dado que son los únicos actores a los que formalmente está
sometido el control del territorio y la población de todo el planeta.
4) Proceso de difusión del poder, que implica cambios tanto en la naturaleza del poder
como en la distribución del poder a nivel de actores.
Frente a la concepción realista clásica que identificaba el poder con el Estado y con el
poder militar y lo conceptualizaba como un fenómeno relacional, consistente en la capacidad del
Estado A para obligar al Estado B a hacer algo que de otra forma no haría, la realidad de nuestros
días es que el poder es un fenómeno multidimensional y de naturaleza cambiante en función de los
distintos escenarios, que se expresa, por un lado, cada vez más en términos económicos,
científico-técnicos, culturales y de información y menos en términos militares, y, por otro lado, se
ejerce bajo formas nuevas y de manera distinta (Arenal 1983 b).
El poder ya no es solo un fenómeno relacional sino también y cada vez más, como
consecuencia de las dinámicas de interdependencia y globalización, que en cuanto importantes
fuentes del poder han traído consigo un cambio en la naturaleza del poder y en la forma de
ejercerlo, un fenómeno estructural, mucho más sutil, consistente en el control o la capacidad para
influir o determinar las estructuras y dinámicas del sistema o conseguir que los demás quieran lo
que uno quiere. Nuevos conceptos como "poder estructural" o "poder blando" tratan de
conceptualizar estas nuevas realidades del poder.
Consecuentemente con lo anterior, los métodos tradicionales de poder han perdido parte
su eficacia, como consecuencia de la multiplicación y heterogeneidad de los actores, de la
complejidad, globalidad y transnacionalización de la sociedad internacional y de los nuevos
condicionantes del uso de la fuerza y del problema de la seguridad, que hacen mucho más costoso
el uso de la fuerza militar para las Grandes Potencias y obligan a acudir a nuevas formas de
ejercer el poder. Hoy, la naturaleza del poder ha cambiado y el poder en general, y muy
especialmente el militar, no siempre se puede traducir en la práctica en poder real.
Finalmente, el poder se distribuye, se reparte cada vez más, y se hace más difícil de
identificar, no solo como consecuencia de la naturaleza cambiante del poder y de la multiplicación
de los Estados, sino sobre todo como consecuencia de la proliferación de actores transnacionales
que participan en el reparto y en el ejercicio del poder, entendido especialmente en términos de
poder blando o poder estructural.
A partir de la Segunda Guerra Mundial y muy especialmente con el fin de la guerra fría y el
enfrentamiento entre los bloques, las cuestiones y problemas socioeconómicos y
científico-técnicos, en consonancia con su decisiva incidencia en la configuración del poder y en la
seguridad del Estado, han pasado a constituir el centro neurálgico y la problemática central de la
sociedad internacional., quedando los problemas político-diplomáticos y estratégicos supeditados
las más de las veces a los primeros. Esto no significa que lo militar pierda siempre su caracter
definitorio en caso de conflicto, sino simplemente que lo militar pasa a un segundo plano respecto
de lo socio-económico y lo científico-técnico, invirtiéndose los términos de lo que hasta ahora se
conocía como la high politics y low politics.
No es que estos problemas sean nuevos, lo que sucede es que, por un lado, han
alcanzado dimensiones cada vez más dramáticas, como consecuencia de la acentuación de las
diferencias entre los Estados ricos y los Estados pobres, y, por otro, anteriormente estaban
difuminados por el enfrentamiento entre los dos bloques.
En este nuevo contexto, los problemas del desarrollo y del subdesarrollo en sus diversas
manifestaciones económicas, sociales y científico-técnicas han pasado a transformarse en una de
las claves para entender el mundo de nuestros días y sus más acuciantes problemas. La
problemática del presente y del futuro se materializa, de esta forma, a lo largo de un abanico que,
va desde la pobreza hasta el medio ambiente, pasando por la xenofobia y el racismo, poniendo de
manifiesto la íntima relación existente entre los mismos.
Por otro lado, el desarrollo de las organizaciones internacionales, que han conocido un
crecimiento espectacular a partir de la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de la
creciente interdependencia y de la toma de conciencia por los Estados de la existencia de intereses
colectivos que sólo a través de la concertación, cooperación e integración se pueden satisfacer,
coadyuvará al desarrollo del regionalismo, proporcionando un marco juridico-institucional, que
facilita su afirmación.
Toda una serie de nuevos o renovados tipos de conflictos, derivados de problemas como,
entre otros, la pobreza, la marginación, la inmigración, el nacionalismo, el narcotráfico, el blanqueo
de dinero, la xenofobia y el racismo, han pasado a marcar profundamente el escenario mundial,
demandando una atención creciente de los actores gubernamentales y no gubernamentales. Con
ello, al mismo tiempo que cambia la naturaleza dominante del conflicto, cambian también los
medios y formas de intervención y los procedimientos de solución que hasta ahora eran
característicos de las relaciones internacionales.
Es una consecuencia del proceso de difusión y cambio de la naturaleza del poder, de los
nuevos tipos de conflicto y en definitiva, del cambio en el problema de la seguridad. El uso de la
fuerza militar, característica y dinámica fundamental en el funcionamiento del sistema internacional
clásico, ya no siempre es posible ni conveniente, dados, en unos casos, sus costos y, en otros, su
incapacidad, para dar respuesta a los problemas de seguridad del Estado y a las amenazas a la
paz. Cada vez con mayor frecuencia, los Estados tienen que acudir a nuevas formas y
mecanismos de uso de la fuerza y de la coacción, no militares, para defender su seguridad y la
paz.
Hoy, es ya una realidad un nuevo concepto y una nueva realidad de Gran Potencia, en el
que lo económico, lo científico-tecnico y lo cultural, y no sólo lo militar, han pasado a erigirse en
factores determinantes de ese status. Con ello, se transforman algunas de las estructuras y
dinámicas más significativas de la sociedad internacional.
Sin embargo, estos valores y este orden no es aceptado sin más por el conjunto del
sistema, en el que existen Estados y pueblos que los identifican con Occidente y los consideran
una manifestación de su hegemonía y dominio y un instrumento para su aculturación, introduciendo
un relativismo en torno a dichos valores, que en ocasiones hace difícil y contradictorio el
funcionamiento del sistema y erosiona el respeto de los derechos humanos y la democracia a nivel
internacional.
Por otro lado, y como contradicción inherente del sistema, ese consenso imperfecto en
torno a la democracia y los derechos humanos, como formas universales de organización política a
nivel estatal interno, choca frontalmente con el funcionamiento no democrático del propio sistema
mundial y con el papel de directorio que ejercen en el mismo las Grandes Potencias, del que el
Consejo de Seguridad de la Organización de las Ilaciones Unidas y el G-8 son buena prueba.
La contradicción adquiere aún mayor relevancia si se tiene además en cuenta que esa
democratización creciente del mundo interno de los Estados, que van perdiendo la centralidad que
tuvieron en el pasado, se acompaña del reforzamiento y protagonismo creciente de unos actores
transnacionales y de una sociedad transnacional, que no son objeto de democratización y que
escapan a todo control democrático, con todo lo que ello supone para el funcionamiento de la
futura sociedad internacional.
Hoy, por el contrario, como consecuencia de un proceso iniciado después de 1945 en torno
a la protección internacional de los derechos humanos y acentuado a partir del fin del sistema
bipolar, el ser humano, tanto individual como colectivamente, empieza realmente a ser tomado en
consideración a nivel internacional, llegándose incluso a intervenciones humanitarias que implican
el uso de la fuerza.
Finalmente, corno último hecho que nos interesa resaltar, que se deriva directamente de lo
anterior, se encuentra la revalorización que ha experimentado el objetivo de la solidaridad a nivel
internacional e interno. La mundialización y globalización que ha experimentado la sociedad
internacional, la toma de conciencia sobre la trascendencia de la dimensión humanitaria de nuestro
mundo, desde los problemas más locales hasta los más generales, de que los problemas más
importantes de
nuestro mundo son problemas globales y comunes, que nos afectan a todos, y de que la
solidaridad activa es el valor y la actitud con la que hay que hacer frente a los mismos, aunque sólo
fuese por razones egoístas, dada la interdependencia y globalidad existente en nuestro mundo,
constituye un fenómeno creciente y esperanzador en el mundo actual.
En la afirmación de este hecho han jugado un papel decisivo los medios de comunicación,
al hacer del mundo una aldea global y al situar a los seres humanos como protagonistas directos
de la misma ante los ojos de todos.
Por un lado, la mayor parte de esas nuevas realidades han contribuido a complejizar las
relaciones internacionales y a atribuir protagonismo a actores no estatales que en muchos casos
escapan a todo control, provocando dinámicas que incrementan el conflicto y erosionan la
democracia y los derechos humanos.
Por otro, actúan también en favor de una mayor atención a los derechos e intereses de los
seres humanos, contribuyendo decisivamente a humanizar la vida internacional y a hacer de los
seres humanos actores y sujetos jurídico-internacionales de las relaciones internacionales.
Y esto último en un doble sentido, que se refuerza mutuamente. De una parte, actúan en el
sentido de erosionar el papel y protagonismo hasta hace poco casi exclusivo del Estado, con todo
lo que ello supone de debilitamiento del control que los Estados sobre la acción internacional de
sus ciudadanos y sobre la propia vida de los ciudadanos en el interior del Estado. De otra, actúan
en el sentido de revalorizar el protagonismo y papel de los seres humanos en las relaciones
internacionales, reconociéndoles la categoría de actores internacionales y de sujetos del derecho
internacional.
El creciente papel que están jugando los derechos humanos en las relaciones
internacionales, más allá de su simple y retórico reconocimiento jurídico-formal, como ejes
justificadores de cada vez más frecuentes acciones e intervenciones internacionales, no sólo es la
prueba más palpable de su creciente vigencia, sino también de la progresiva toma de conciencia
por los Estados de que la sociedad internacional no es sólo una sociedad interestatal, como se
afirmó durante muchos siglos, ni siquiera es sólo también una sociedad transnacional, sino que es
sobre todo una sociedad humana.
En todo caso, no debemos pecar de optimistas respecto de la sociedad internacional, pues
su futuro se presenta lleno de interrogantes y dudas sobre si avanzamos hacia una sociedad
mundial más humana o hacia una comunidad internacional, como consecuencia del debilitamiento
del Estado como protagonista internacional y de la humanización de las relaciones internacionales.
A fin de cuentas, el Estado, ese viejo y denostado actor, en cuanto forma de organización política,
económica y social y en cuanto entidad política manifiesta y formal en su papel de actor
internacional, está experimentando un proceso de democratización creciente y es mucho más
fácilmente controlable a nivel democrático en sus políticas y funcionamiento, que los nuevos
actores transnacionales, que tienen un creciente peso y protagonismo internacional y que no están
sometidos a normas internacionales que regulan su comportamiento, ni a control democrático de
ningún tipo.
¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE GLOBALIZACIÓN?
INTERROGANTES SOBRE EL ESCENARIO INTERNACIONAL ACTUAL
Así como los atentados a las Torres Gemelas del 11 de Septiembre de 2001 dieron por
tierra con el proclamado “fin de la historia” y el triunfo de la democracia liberal, la crisis del
capitalismo global en 2008 pareciera haber puesto en jaque las estructuras socio-económicas
globales. Ello ha llevado a que algunos autores sostengan la muerte de la globalización
(García Linera, 2016a) y otros, como por ejemplo José Antonio Sanahuja, a que sostengan la
posibilidad de estar frente a un momento al que denominan “posglobalización”. Con dicho
término, los estudiosos pretenden hacer referencia a una situación que se observa en el actual
escenario internacional y que, como bien puede percibirse, tiene como precedente a la
globalización: aquel fenómeno que ha sido hartamente caracterizado por economistas,
internacionalistas, politólogos, juristas y científicos sociales de las más variadas disciplinas y
posturas en las últimas tres décadas.
Tal vez, habida cuenta de su auge y su versatilidad, Roberto Russell expresa que la
globalización es un concepto “atrapa todo”, puesto que “se presta a aplicaciones múltiples y
da amplio lugar para confusiones generalizadas. Políticos, economistas, comunicadores
sociales y gurúes de distinta especie se refieren a ella en forma cotidiana” (1998:39). Al
1
amparo de esta caracterización, Russell nos convoca a reflexionar acerca de la globalización
más bien como una “situación” de la historia de la humanidad; algo así como un nuevo
estadio de la condición humana marcada por el predominio de comportamientos, relaciones
sociales y formas de organización que se definen por contextos específicamente globales. Esta
lectura no pierde de vista que dicho concepto explica, también, la extensión del espacio
geográfico y, con ello, el aumento de la densidad de las relaciones sociales. Y si bien, desde
esta perspectiva, su uso es poco apropiado y algo confuso, parecería que la idea de una
globalización como “situación” resulta útil para captar y comprender acabadamente el alcance
de este complejo e intrincado fenómeno.
No obstante, el estudioso reconoce que, por el contrario, entender la globalización como
un “proceso” deviene un acercamiento más apropiado, y, en este sentido, ella puede ser
caracterizada como “el conjunto de fuerzas que contribuyen a la unificación del mundo.
Dicho de otro modo, a la formación tanto de un sistema como de una sociedad global”
(1998:41). Y, como todo proceso, la globalización habría atravesado diferentes fases, las
cuales se pueden analizar al amparo de variables, tales como: a) su alcance (ello es, la
cantidad de territorios y sociedades comprendidas), b) los niveles de interconexión global que
se pueden apreciar, y c) el impacto que puede suponer sobre las funciones del Estado.
Por lo demás, dicha fases que muestra el proceso de la globalización se van suscitando
mediante un notorio crecimiento en cuanto a su alcance y su interconexión, y, de igual
manera, el modo en que cada vez impactan más profundamente sobre el Estado. Esto se da,
especialmente, en esa fase de la globalización que se inicia a mediados del siglo XX (que,
para estos autores, sería más bien la segunda faceta), ello en relación con los avances
tecnológicos que propiciaron una mayor interdependencia y conectividad en cuanto a los
medios de transporte y comunicación, pero también en aquellos grandes cambios en el campo
de la política, el comercio, las finanzas, las organizaciones y, sin lugar a dudas, en aspectos
sociales como la ecología, la cultura e, incluso, la relaciones familiares. Como bien puede
apreciarse, la globalización aparece como un proceso que conviene interpretarlo como
multicausal, en tanto se expresa en todos los campos de actividad del hombre. No obstante, en
su nivel más básico, ella es, a ciencia cierta, un proceso económico-tecnológico que tiene
grandes e indefectibles consecuencias políticas.
En su dimensión económica, quizá la globalización deba ser entendida como una nueva
fase de expansión del sistema capitalista, caracterizada por la apertura de los sistemas
económicos nacionales, el aumento del comercio internacional, la expansión de los mercados
financieros, la reorganización espacial de la producción, la búsqueda permanente de ventajas
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comparativas y de la competitividad que da prioridad a la innovación tecnológica, pero
también por la aparición de elevadas tasas de desempleo y el descenso de niveles históricos de
remuneraciones, aspecto que se halla aparejado a la formación de polos económicos
regionales.
Así, al haberse establecido estos estándares globales en los métodos de producción
técnicos y de comunicación, la globalización económica ha propiciado un alto grado de
interdependencia. Y, como consecuencia de ello, las regulaciones nacionales pasaron a un
segundo plano en lo relativo a la protección de los circuitos económicos locales, generando
como su consecuencia un régimen que excluye a una gran parte de la sociedad mundial.
En este sentido, las libertades de mercado y los regímenes de fronteras duras para la
población se combinan para la implantación más perversa de la globalización económica. Las
barreras fronterizas y una propaganda hostil contra los migrantes, por un lado, y los espacios
desregulados que pregonan los mercados financieros, por el otro, se funden para consolidar
este modelo que, de manera proporcional, muestra el progreso y la decadencia de la historia
actual. La globalización trata con un proceso que debe, entonces, asociarse a una desigualdad
en constante aumento y a una gradual división en el mundo entre clases, géneros, etnias y
todo fenómeno de segregación posible.
Asimismo, otro factor que contribuye a esta fragmentación yace en la concentración del
poder, tanto político como económico. Pues la globalización neoliberal nos muestra un mundo
en el cual los límites territoriales estatales no coinciden con los límites de poder reales de los
países centrales económicamente. De manera general, estas naciones no se atienen a las
normativas económicas vigentes, sino que se pronuncian a través de herramientas políticas y
militares, y por intermedio de un poder mediático que lo refuerza cabalmente. Y vale señalar
que la idea neoliberal de la globalización, entendida ella como la fase más desarrollada del
capitalismo, deviene, según las palabras de Álvaro García Linera, en
el desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de
los Estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de
que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico,
financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites
globalófilas del planeta” (2016).
De ello dan cuenta, a modo ejemplar, los últimos acontecimientos relevantes a nivel
mundial, tales como el proceso de Gran Bretaña de salida de la Unión Europea (el
denominado BREXIT) y la presidencia del candidato republicano Donald Trump en Estados
Unidos (cuya elección presidencial se organizó con base a ideas y promesas de
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proteccionismo económico, renunciando a los tratados de libre comercio y planificando
construcción de murallas fronterizas –que hoy, empero, aparece como un proyecto trunco–),
como así, también, los numerosos ataques de carácter terrorista (esa figura cultural que el 11
de Septiembre de 2001 pareció revivir en todo su esplendor), la controvertida guerra en Siria,
el estancamiento notorio de las economías de países emergentes (y solo basta echar una
mirada a lo acontecido recientemente en nuestras coordenadas latinoamericanas), las
consecuencias de las graves crisis de refugiados que atraviesan a toda Europa, y el ascenso de
fuerzas políticas de extrema derecha y neofascismo que el mundo creyó haber desterrado a los
márgenes más ocultos de la historia.
Se trata, en todos los casos, de fenómenos que no han hecho más que destruir los
cimientos de la mayor idea liberal de nuestros tiempos, allí donde la idea de la globalización
se presenta ante nosotros como una de las falacias posibles que nos legó el siglo XXI y que,
en los derroteros de estos tiempos oscuros y críticos, muestra sus falencias.
Resulta paradójico, empero, que esta crisis en la comprensión de la globalización
provenga fundamentalmente de las dos naciones cuyos esfuerzos políticos, económicos y
sociales más se esmeraron en consolidarla a nivel internacional, en el contexto de la década
del ochenta y, de forma especial, en los ´90. Como se comprenderá, hablamos de Estados
Unidos y Gran Bretaña, aquellos difusores históricos del capitalismo más salvaje y que han
hecho de la globalización el estandarte de una idea de progreso mundial. Por ello, José
Antonio Sanahuja nos advierte que
en los años ochenta se inicia con rapidez la “segunda globalización”, impulsada por cambios
tecnológicos y del modelo productivo, una amplia desregulación y liberalización, y en el plano
ideológico, por la visión neoliberal. Esta fase habría concluido con la crisis financiera global
que estalla en 2008, dando paso a una recesión económica que en 2017 aún sigue abierta
(2017:47).
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generalizado. Lo que hallaríamos hoy, y que se revela como una fuerza emergente, puede
entenderse más bien como un repliegue hacia el interior de las fronteras, aspecto que exacerba
una idea política de nacionalismo y proteccionismo, alimentando cada vez con mayor
potencia a las formas de la xenofobia.
Pero cabe preguntar si estos cambios dados en los últimos tiempos configuran
necesariamente el fin de la globalización, ya que, tras varias décadas de integración
económica e interdependencia de los actores internacionales, la transnacionalización continúa
afianzada. No obstante, es cierto que, en estas circunstancias del mundo actual, asistimos a un
nuevo proceso de difícil categorización: momento que los estudiosos definen, más bien, como
una posglobalización, una des-globalización o, incluso, una hiper-globalización, si
consideramos que aquellos rasgos que le dieron forman a este proceso parecen hoy
exacerbados. En todos los casos, lo que se expone, fundamentalmente, son cambios en cuanto
a gobernanza tanto en el interior de cada Estado como también en el plano internacional. Y
basta solo observar ese quiebre fundamental en torno a la legitimidad de las democracias
occidentales, como sucede por ejemplo en la predisposición global hacia el ascenso de las
extremas derechas que debilitan el liderazgo y la posición hegemónica que habría mantenido
la Unión Europea, en cuanto al sostenimiento del orden internacional liberal en el que se ha
basado la idea común de globalización.
El mundo actual trata entonces con un periodo que introduce riesgos e incertidumbres
propios de toda etapa que está por comenzar y que muestra muchas ambivalencias. Sin
embargo, algo a interpretar es que esta globalización (o como prefiera llamársela) se halla
lejos de presentarse como un momento de progreso y expansión de derechos y desarrollos
sostenibles, porque más bien parece deviene en un cierre y aislamiento político, económico y,
sobre todo, ideológico, en lo que, a todas luces, compone una escena de erosión hacia las
normas e instituciones que hacen a la gobernanza global. En torno a este nuevo panorama, el
escenario mundial tiene nuevos desafíos que asumir.
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Referencias bibliográficas