Wáshington Delgado (Revista Martín 9)
Wáshington Delgado (Revista Martín 9)
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En base a Santiago Matamoros, friso sobre piedra de autor anónimo, Iglesia Arequipeña. S XVIII.
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Santiago Mataindios, pintura de autor anónimo, escuela cusqueña.
Óleo sobre lienzo. S XVIII. Museo Regional del Cusco
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Editorial
T oco una mano y toco / to-
das las manos de la tierra… con estos versos
suyos quisiéramos entregar a nuestros lectores
la presente edición de nuestra revista que está de-
dicada a un notable poeta y, a la vez, un maestro en toda la extensión
de la palabra: Wáshington Delgado Tresierra (Cusco, 1927 – Lima, 2003).
Integrante emblemático de la Generación del ’50, nuestro homenajeado autor,
como muy pocos escritores del Perú del siglo XX, supo desplegar toda su sabiduría
y todo su virtuosismo artístico en los diversos géneros literarios por los que transitó
con su voz lúcida, serena, armoniosa, buscando, siempre, la justa revelación de la his-
toria y el tiempo que nos ha dejado, ahora, como herencia invalorable. Desde Formas
de la ausencia (1955), libro que se abre con una de las más hondas elegías escritas en
nuestra lengua –inspirada en la muerte de Pedro Salinas- , hasta Cuán impunemente se está
uno muerto (2003), texto impreso póstumamente en Barcelona y que no por azar se inicia con
una honda reflexión sobre la muerte y el entierro de César Vallejo, Wáshington Delgado Tresierra
nos revela, sin estridencias y más bien con resonancias clásicas, no sólo el delicado lirismo
que siempre caracterizó su quehacer poético sino también su preocupación permanente por la
muerte, el destierro, la ausencia, el desarraigo, la angustia existencial, la patria inexistente. Próxi-
mamente se conmemorará el primer aniversario de la ausencia física de Wáshington Delgado
Tresierra, y la Universidad Particular San Martín de Porres, que supo de su maestría y de su
generosa amistad, desea tributarle este significativo homenaje: recordando esencialmente su
palabra que nos ilumina por su bien labrada estética y porque supo ser el discurso ético
que nos inspira y redime. JOSE ANTONIO CHANG ESCOBEDO / RECTOR
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L A S F O R M A S D E U N A P R E S E N C I A
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una obra valiosísima y original. Aunque en sus versos hay cabida para la
paisaje, como en Parque; o la emoción colectiva, como en Para vivir mañana, las
notas más íntimas vibran en aquellos versos que hacen evidente la desolación de
Esta vena existencial, nutrida de estoicismo, que late en toda la poesía de Delgado,
está uno muerto (2003). Más próximo a la solidez de lo clásico que a la ligereza de
profundidad de lo cotidiano. Hoy se puede afirmar con toda seguridad que ocupa
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E l e g í a
a Pedro Salinas
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Ahora sí, qué lentitud estricta, E
esbeltez de la ausencia. Y
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Ya nada te despoja de la pura palabra T
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en que vivías. Ya no hay más mundo que ese A
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de tu voz sin tus labios. No nieva. Ningún paisaje moja
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tus ojos apagados. Ninguna brisa bebe
tu sonrisa cerrada. Todo es río en tu muerte, 9
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Te estoy perdiendo D
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en cada lugar Y
a un pensamiento, a un deseo, 9
a un sueño.
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Ser una materia leve, À
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una corriente extensa H
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que te persiga siempre. G
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No ser esto que soy O
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y que te está perdiendo.
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(de Formas de la ausencia) G
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(de El extranjero)
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D i o s e s E n v í o
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El amor es idéntico
s sí mismo, yo soy
una multitud sobre la tierra.
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dulcemente tocadas
por vuestras dulces manos.
Pensad en vuestros libros de lectura,
en las viudas tísicas y abandonadas Evocación del día
que ayudaréis con una trompeta de oro.
Pensad en vuestros billetes, en los veranos Sueño contigo día cuando sueño
junto al mar, en la mucama rubia, y me inunda la noche
en el amante moreno, en los pobres con sus enredaderas y con sus elefantes.
que besaréis en la otra vida,
en las distancias terrestres, Cúpula del caracol: deja que el día
en los cielos de almíbar. ahuyente los animales de tu miedo.
Pensad en todo,
vuestros días sobre la tierra Tus ojos, gato, ¿imitan
no serán numerosos. el resplandor del sol o son el triste
parpadear de la sombra?
(de Para vivir mañana)
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E n l o s l a b e r i n t o s
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En los laberintos de las ciudades no se sabe E
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G l o b e t r o t t e r
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(de Destierro por vida)
C a n c i ó n p a r a A r t i d o r o
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A m o r e s s i n t r a g e d i a
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Se está bien en la casa, a salvo del otoño.
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Las tazas de café han sido consumidas, R
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nubes amarillentas, enrojecidos aires. E
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El humo del tabaco, en esbeltas columnas R
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de un azul mortecino, prontamente se quiebra: S
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U n c a b a l l o e n l a c a s a
junto a la cocina; A
de noche duerme al pie de mi cama. R
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n las calles desiertas a la hora del alba, resuena el galope de unos caballos enloque-
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cidos que se arremolinan como nubes perdidas, contemplan asombrados las es-
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quinas amenazantes, se dan topetazos contra las paredes, ruedan por las pistas y Y
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veredas de la ciudad enajenada, pegan ineficaces, absurdos saltos y se deshacen T
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al fin en una lluvia desesperada que se encabrita y pugna inútilmente por tornar a
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de la mañana ven, ante sus puertas o bajo sus ventanas, grandes charcos oscuros À
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y se dicen ingenuamente: «Ha llovido, ha llovido durante toda la noche». Pobres I
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caballos derramados en el asfalto inhóspito, en el inhóspito cemento, evaporándo- N
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se al pálido sol invernal, hasta volverse más leves, más incorpóreos que el humo y L
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la sombra. Qué trabajo tendrán en reunir sus huesos y sus cascos, su piel, sus D
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músculos, sus crines para repetir a la noche siguiente, y mientras dure el invierno,
una angustia inerme, al pie de los sordos e impenetrables edificios urbanos. Fres-
cos caballos conducidos por el aire. Crines frescas de caballo, llevadas también
como olas que avanzan sin razón ni conciencia, hasta reptar en las arenas extra-
ñas e indolentes de una playa sin alma. Ojos frescos de caballo. Finas y frescas
patas de caballos perdidos. Bellas durmientes de los bosques en vela. Fieles caba-
llos del alba a la hora en que se apaga el último rubor del insomnio.
e
l Instituto Raúl Porras, con el auspicio del Sr. Rector Dr. Manuel Burga, y la participación
de la Escuela de Literatura de la Facultad de Letras de San Marcos y del Centro Antonio
Cornejo Polar, ha organizado este Coloquio Internacional en homenaje a uno de los
grandes maestros sanmarquinos de nuestro tiempo, cuya inesperada desaparición
todos hemos lamentado.
Soy testigo de excepción, por una vieja e inalterada amistad sin recesos de más de
cincuenta años, de la auténtica vocación de maestro y de escritor y de la brillante
carrera universitaria de Wáshington Delgado, desde sus años mozos, en los que pasó
prontamente, por sus propios méritos, de la carpeta del estudiante a la cátedra del
maestro, desde la cual ha suscitado tantas vocaciones juveniles por el don de su
palabra ágil, de su talento expositivo, de sus juicios y análisis certeros, de su fina
ironía y de esa virtud que Menéndez Pelayo llamaba el don viril de la síntesis.
En las aulas universitarias en las que se formó y ejerció la docencia durante largos
años, en la antigua Escuela de la Bibliotecarios de la Biblioteca Nacional, en el Institu-
to Superior de Arte Dramático, en el Pedagógico Nacional de Varones, y en la Escuela
Normal Enrique Guzmán y Valle, así como en centros universitarios de los Estados
Unidos, cumplió una ejemplar labor didáctica, ganando la simpatía y el afecto de miles
de alumnos y discípulos.
Su labor docente esta signada por el carisma pedagógico de los grandes maestros
que consideran la enseñanza diálogo y amistad, como lo expresara Raúl Porras, quien
fue su profesor en el Colegio Anglo Peruano, en la Universidad y luego su colega y
amigo. Wáshington Delgado eligió una carrera académica y no una carrera profesio-
nal y por eso la universidad constituyó su forma de vida o como antaño se decía –y él
lo recordaba– su ‘destino’.
Cuando fue elegido Profesor Emérito de San Marcos declaró: “Yo seguí una carrera
académica y era natural que al terminarla no me apartara de la universidad, que con-
tinuará en ella. Estoy contento de que así haya sido. En el sustancioso prólogo de
Hombre y Superhombre, Bernard Shaw dice que la felicidad consiste en hacer algo
que uno mismo considera importante. Para mí, la literatura es importante, lo más
importante que puedo hacer. La universidad me ha permitido estudiar las obras litera-
rias, escribir sobre ellas. Es bastante para que me sienta satisfecho”.
Durante el cursus honorum de su trayectoria vital ocupó por sus méritos y por consen-
so de docentes y discentes cargos electivos que ha desempeñado siempre con inte-
ligencia, dedicación, ecuanimidad y espíritu de justicia y supo enfrentarse con serena
resolución, cuando fue necesario ante la arbitrariedad o la demagogia. Ha vivido siem-
pre austeramente y practicando en sus cargos y en la vida la virtud de la Justicia que
los romanos definían como la constans et perpetua voluntas jus: honestal vivere,
alterum non laedere, sum cuique tribuere, esto es, la constante y perpetua voluntad del
derecho: vivir honestamente, no causar daño a los demás, y dar a cada uno lo suyo.
* Palabras en la inauguración del Coloquio Internacional en homenaje
a Wáshington Delgado (Miraflores, 1 y 2 de julio del 2004).
Washignton Delgado, Po et a y maest ro
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late rey” de su personalidad, que diría Gracián, por- Llevas la primavera a las horas sombrías,
que en ella se da no solamente una estética depura- el agua crece en tus dedos como un árbol
da sino también una permanente posición ética
y el sonido que las lámparas guardaron
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Washignton Delgado, Po et a y maest ro
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sente y futura” al ideal europeo o anglo-ame- Quevedo, Lope y Calderón, Valle Inclán, Sali-
ricano, concepto sin duda inspirado en el fa- nas y Guillén a todos los cuales ha dedicado
moso libro de Gabriel Tarde Les lois de sustantivos, ensayos y artículos.
l’imitation, en boga en esa época.
Cultivó las dos vertientes de la crítica litera-
En Luis Alberto Sánchez reconoce su prolon- ria: la profesoral o universitaria y la periodís-
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gado magisterio literario y la construcción de tica, con igual solvencia. La primera en sus
un vasto edificio histórico, pero discrepa de dos tesis académicas acerca del teatro de
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la raíz positivista sustentada en Sainte Beuve Lope de Vega Los Tellos de Meneses, Come-
y en Taine, del armonismo entre la raza, el dia de Reyes y Villanos y El villano en su rin-
medio y el momento histórico, arquetipos cón que lo definen como un versado hispa-
P U
ces contingente como el de la Historia Lite- española medieval, de los siglos de Oro y la
raria. de nuestra época.
En el Ensayo VII de Mariátegui encuentra un La vertiente periodística se da en sus ensa-
espíritu más adelantadamente moderno por yos, artículos y recensiones, en diarios y re-
su concepción de la literatura no como un vistas, en los numerosos prólogos a los que
ser más o menos metafísico, determinado generosamente accedía o en la crítica
por modelos clásicos, geográficos o psico- hablada de las presentaciones de libros y
lógicos sino como un hacer, como un proce- de las mesas redondas en que con frecuen-
so, como un devenir cuyas características, cia participaba. Gran causeur, deleitaba a
formas y contenidos van variando continua- sus auditorios con las apreciaciones agu-
mente, aunque “presenta a la literatura de das de su conversación. Crítico ágil, con
un modo estratificado en tres períodos, colo- ideas sólidas y propias, no aprendidas como
nial, cosmopolita y nacional, atendiendo más las de los tozudos repetidores de modas crí-
a los estadios del cambio que a su dinamis- ticas efímeras. Su crítica tiene, por eso, la
mo interior”. rara cualidad que Gabriel Marcel encontraba
en Félix Feneón, ese olvidado escritor fran-
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ras esta revisión de historiografía literaria
cés que consideraba que la gran cualidad
propone un nuevo esquema, pensando que
del crítico era prestar atención a lo único, a lo
la literatura es un sistema de tensiones múl-
esencial de cada escritor.
tiples en el que subraya dos polos de atrac-
ción o coordenadas: la aproximación a la rea- Pero no me corresponde en estas palabras
lidad y el esfuerzo por conseguir la autono- de apertura del Coloquio prolongar un análi-
mía literaria o la perfección estética. A la luz sis que será la materia de las ponencias y
de estos conflictos propone y desarrolla un testimonios de estos dos días de homenaje
nuevo esquema de ocho períodos cada uno al poeta y al maestro.
de los cuales significa tanto una actitud lite-
Debo expresar nuestro agradecimiento al
raria como una coyuntura histórica y que cons-
señor Rector que ha auspiciado el Coloquio
tituyen sendos capítulos del libro: 1. Literatu-
y nos honra con su presencia, a la Comisión
ra de la emancipación. 2. Romanticismo y
Organizadora integrada por los profesores
costumbrismo. 3. Fundación de nuestra au-
Hildebrando Pérez Grande, Carlos Garayar,
tonomía literaria. 5. Realismo. 6. Modernis-
Jorge Cornejo Polar y Sonia Delgado, que
mo y post-modernismo. 7. Vanguardismo y
han trabajado en activas jornadas nocturnas
revolución. 8. Literatura agraria. 9. Literatura
para configurar el evento; a los participantes,
urbana.
por sus ponencias y testimonios que serán
Como crítico literario Wáshington Delgado la médula del coloquio que esperamos pu-
parte de un vasto conocimiento en profundi- blicar como un merecido homenaje al inolvi-
dad de las literaturas clásicas pero ama dable poeta y maestro, y al personal admi-
igualmente la literatura actual. Lejos está del nistrativo que ha dedicado horas extraordi-
misoneísmo de tanta crítica peruana, esa narias para materializar el Coloquio y prepa-
suerte de aversión a todo lo nuevo a todo lo rar la Exposición Biobibliográfica y Documen-
vivo; ese horror a enfrentarse a lo vario, tal que constituye un hito más en el proyecto
ondeante y lábil de la vida y de la producción en ejecución del Museo y Archivo de los Es-
literaria contemporánea. Lector omnívoro critores Peruanos que figura como uno de
conoce a los más variados autores univer- los fines del Instituto Porras, destinado a pre-
sales. Le eran familiares Chesterton, Brecht sentar en forma permanente y con sentido
y Pavese, Larrea, Lorca, Shaw y Darío, didáctico el material evocativo de la historia
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de nuestras letras. D
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La iniciativa partió del
modelo memorable
de la Exposición del
Centenario de Palma
que organizó Raúl
Porras acerca la cual
el cronista de la ex-
posición dijo que “no
sólo los sables vie-
jos, los rifles moho-
sos, las proclamas y
partes, los entorchados, tienen interés póstumo. También lo tienen, y cuánto más evocativo y melancólico
los despojos terrenos de un gran espíritu, las huellas directas de su vida o actividad, los objetos que cerca
de él recibieron la confidencia de sus inquietudes, angustias o esperanzas ¡Manuscritos llenos de tajadu-
ras, enmiendas o intercalaciones o en los que la pluma corrió fácil y animosa llevada por el calor de la
inspiración ¡Libros prologados íntimamente por la amistad o la admiración literaria! ¡Cartas, retratos, autó-
grafos, fotografías, testimonios de la vida móvil y cambiante, intornable siempre!”...
Y para terminar esta introducción al Coloquio Internacional sobre la obra de Wáshington Delgado, sólo
quisiera recordar unas palabras de Jacques Derrida en circunstancias parecidas a la actual: un homenaje
a Jean François Lyotard, durante el cual dijo Derrida:
“Cuando sobrevivimos, y nos vemos privados en lo sucesivo de dirigirnos al amigo, al amigo mismo,
estamos condenados a hablar solamente de él, de lo que fue, pensó, escribió. Esta ocasión también es de
él, de quien tendremos que hablar”.
Hasta aquí la cita. La palabra corresponde ahora a vosotros, ponentes y testigos de la obra de Wáshington
Delgado.
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VALORACIÓN DE LA POESÍA DE WÁSHINGTON DELGADO
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Martín Nº9 de artes y letras
Valoración de la poesía de Wáshington Delgado
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omo puede leerse en las páginas de Platón, cuando Sócrates estaba condenado a beber la
cicuta, tuvo todavía un tiempo para conversar con sus amigos y ejercer su magisterio hasta el
último minuto de su vida. Ese tiempo es simbólico y expresa de modo concentrado la corte-
dad de la vida. Cuando Critón le dice al maestro que tiene un espacio para el disfrute antes de
que llegue la noche definitiva, Sócrates recuerda que debe el precio de un gallo a Esculapio
y pide su discípulo que se haga cargo de esa deuda y luego va con serenidad a cumplir su
condena.
En el combate entre Eros y Thánatos, lo sabemos por experiencia desde niños cuando
vemos la muerte de los mayores siempre delanteros, Thánatos es el eterno vencedor, pero
hay algunas personas que son capaces de defender la bandera de Eros en el consabido
combate con la muerte. De esta clase de personas era Wáshington Delgado. Por eso, para
quienes lo hemos conocido, sus 75 años nos parecen pocos y como ha finado de un momen-
to a otro, en plena posesión de sus facultades, la parca nos parece particularmente injusta
con un hombre querido por muchos pues era un excelente poeta, maestro ejemplar, fino
prosista, humanista a carta cabal.
La faceta más conocida de Wáshington Delgado es la de poeta. Se le suele ubicar en la
llamada generación del 50. En verdad este rótulo genérico abarca a dos promociones de
escritores, los que aparecieron en la década del 40 como Jorge Eduardo Eielson, Sebastián
Salazar Bondy, Javier Sologuren, Gustavo Valcárcel y los que aparecieron en la década del 50
como Gonzalo Rose, Carlos Germán Belli, Pablo Guevara o el propio Wáshington Delgado.
Aficionados como somos a los estereotipos, se ha signado sin más a Wáshington Delgado
como un heredero exclusivo de la vertiente literaria española, afirmación que no deja de ser
una verdad a medias, pues él como poeta era conocedor de distintas tradiciones. Leía con
fruicción a poetas tan diferentes entre sí como Horacio, Dylan Thomas, Eliot, Rilke, Boris
Pasternak y a Bertolt Brecht.
La rueda de la fortuna literaria ha escogido a Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela como los
poetas emblemáticos del grupo de líridas aparecidos en los años cincuenta. Ahora probable-
mente Wáshington Delgado empezará a llamar la atención por la exquisita originalidad de su
poesía pues él fue tempranamente quien resolvió en su práctica poética la aparente contra-
dicción entre poesía pura y poesía comprometida, tema polémico en años finales de la
década del cincuenta. La poesía de Delgado, con un fondo filosófico epicúreo y escéptico, de
pesimismo radical a veces, se transformaba en palabra de esperanza cuando soñaba con el
Perú. Su verso sedoso se apodera del lector y entre líneas va dejando lecciones de sabiduría.
El contexto de la tradición
Desde el punto de vista formal, en la literatura peruana del siglo XX hay un puñado de poetas
que compone sus textos concentrando el lenguaje, luchando por decir las palabras más
exactas, concentrando significados. Esta manera de componer puede parecer una especie
VALORACIÓN DE LA POESÍA DE WÁSHINGTON DELGADO
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de lucha contra el ángel de la esterilidad. A veces en el papel sólo quedan trazas de este
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combate que el lector apenas percibe. El poeta paradigmático de esta manera de escribir es
Emilio Adolfo Westphalen. Pero junto a él, como estrellas con su propio brillo, aparecen Jorge
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Eduardo Eielson, José María Eguren, Blanca Varela, Javier Sologuren. Son poetas que ha-
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blan desde el silencio y que están asociados, ¿qué duda cabe? a Mallarmé, probablemente
el poeta que más se exigía en la tradición francesa. Y en el ámbito hispanoamericano el
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Pero hay otros poetas, igualmente valiosos, que tienen diversa manera de organizar sus
materiales. Ellos proceden por acumulación. Es el caso de César Moro, tan diferente a
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Westphalen, pese a que por inveterada comodidad crítica se les hermana en todo lo es
posible. Esta es la situación de Martín Adán, Francisco Bendezú, Carlos Germán Belli, Pablo
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Guevara.
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Wáshington Delgado es un poeta insular frente a esas dos tendencias de composición, cada
uno de ellas con sus propios peligros y abismos, aunque conoce bien ambos procedimien-
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el contrastante y benéfico silencio que se enfrenta a las palabras banales que no dicen nada,
sino el silencio que se parece a la quietud definitiva.
n escritor que no escribe ¡qué contradicción! pero eso fue precisamente el problema de
Mallarmé, el de Westphalen, el de Eielson. Poco sabida, o mejor, poco recordada, es la
dificultad de Delgado de proseguir su obra poética. El hecho ocurrió cuando después de
publicar Destierro por vida en 1969 y el conjunto de su obra poética, Un mundo dividido en
1970, el poeta anunció oficialmente su retiro de la poesía. El silencio que llegaba, no era la
lucha conocida con el blanco papel, era entrar bastante prematuramente, en la opacidad
definitiva. Y es que desde Baudelaire, no hay poeta de valía que no haya cuestionado el propio
elemento expresivo. Son otros, no los poetas, los que no dudan de lo que escriben. Un poeta
como Delgado está siempre en estado de alerta, en perpetuo balanceo entre el decir y el no
decir, entre hablar y callar, siempre entre lo asertivo y la perplejidad. Sí soy poeta, no soy
poeta. Esto que escribo ¿es poesía? Y si no es poesía ¿qué son estas líneas que a otros
conmueven? Esta es la tortura que se vive y que no se puede ni contar a los amigos, pues no
lo entenderían, o los más curiosos lo atribuirían a una depresión reactiva. Pero no es así, el
desconcierto, la duda, acompañan al creador más valioso.
Wáshington Delgado, como pueden atestiguar quienes bien lo conocían, era un hombre de
una facilidad asombrosa de palabra, tenía un verbo deslumbrante cuando ofrecía conferen-
cias o dictaba clases. Lo paradójico es que esa facilidad se volvía un problema a la hora de
escribir poesía. Su tendencia natural era la concentración porque según su manera de pen-
sar, así se escribe la mejor poesía. Por eso la impresión que da el conjunto de su obra
poética, y esto literal, es la de un castigado rigor. Dicho de otra manera, Delgado tenía esa
misma posibilidad de Pablo Neruda, de escribir poemas por acumulación, pero escogió el
camino del extremado rigor, de la dureza.
uevedo, que era el poeta recóndito favorito de Delgado, dijo, en uno de sus poemas más
hermosos, que le gustaría estar con unos pocos, pero doctos libros juntos. WD pudo escribir
versos por millares, pues tenía el regusto por la palabra, la facilidad de los elegidos, la cultura
clásica de los que llegan a la sabiduría, pero como el mago que no repite sus actos, prefirió
la poquedad, la difícil poquedad de un poeta de gran talento. Escribió escasos libros de
poesía y un número exiguo de poemas. Pero en ese manojo de versos que conocemos no
hay caídas. Todos sus poemas merecerían representarlo en la más exigente antología. No de
muchos escritores puede hacerse tamaña observación.
WD nació para la poesía dentro de la tradición de lengua española. Se ha hablado en nume-
rosas ocasiones de su cercanía con la poesía de Pedro Salinas, lo cual es cierto, pero esa
afirmación se basa casi exclusivamente en el poema que a la muerte del lírico español
escribió nuestro poeta. Menos conocido es el hecho real de una vinculación con la poesía de
Jorge Guillén quien estuvo en Lima en 1961 y fue presentado públicamente justamente por
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es un hecho anecdótico. Más interesante es mos, nuestro nombre volará por aquí y
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advertir un campo de similitudes entre Del- por allá, antes de esfumarse para siem-
gado y Guillén que hasta hoy día nadie ha pre. Estamos hechos del aire de las pa-
señalado. Esa similitud se da tanto en el ri- labras y, cuando la palabra se va, no so-
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merece vivirse y el mundo tiene numerosos Escrito en la madurez del escritor, este texto
lados hermosos. tiene la virtud de condensar uno de los pro-
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No te amo
Constantes y variaciones porque en tu cuerpo vive
una rosa perdida.
Uno de los poemas más hermosos de WD
es el que dejó inédito y se titula Acerca de las No te amo, no,
Palabras. En ese texto en prosa dijo: porque guarda tu boca
no sé que ausencia o sombra.
El viento de las palabras viene de aquí y
de allá, sopla interminablemente, de día
o de noche, por todo el mundo. No te amo, yo no te amo
porque te amo y tú
Casi no se nota sobre la superficie de la
tierra, no mueve las hojas de los árbo- extiendes en la noche
les, no dobla los juncos a la orilla del río, unos sueños que nunca
no arrastra briznas de hierba no riza las
aguas de los grandes lagos. mi amor ha contemplado.
El viento de las palabras sopla por los
resquicios del alma y nos derriba o nos Esa lección, contención escéptica y epicúrea,
levanta o nos conmueve, por un momen- caracterizaría buena parte de la poesía de
to o sin cesar. WD. El aire de época formado tanto por la
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VALORACIÓN DE LA POESÍA DE WÁSHINGTON DELGADO
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situación política del Perú que salía de una breve Para vivir mañana debo ser una parte
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Camus, marcaría la poesía civil que empezaría Una flor tengo en la mano, un día
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a producir por esos años y que continuaría a lo canta en mi interior igual que un hombre.
largo de décadas, con algunas variantes. El poe-
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cones de la tierra, alguien que sueña con un pa- Pálidas muchedumbres me seducen;
tria hasta cierto punto inexistente. Pero hay un
cambio visible que se puede fechar hacia 1956, no es sólo un instante de alegría o tristeza,
O
en la época del libro Días del corazón. En uno de la tierra es ancha e infinita
sus poemas más característicos, el poeta recla-
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así a los días de la muerte. En ese mismo tono, Cuba sueños de socialismo continental. Por
en otro poema, piensa que tocar una mano es
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Con Ada Mendighett,
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setiembre 1997 N
Fue en la década de los ochenta que WD
volvió a la poesía, siempre con un tomo pe- D
simista que desarrollaría con punzante pre- E
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cisión. Un poema característico de estos
años es Un caballo en la casa que apareció Bibliografía G
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por primera vez en el libro Reunión elegida D
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de 1988, luego en Historia de Artidoro de
1994, y posteriormente en el libro Cuán im- Wáshington Delgado. Formas de la ausen-
punemente se está uno muerto de 2003. Este cia. Lima. Editorial Letras Peruanas. 1955.
hecho nos señala la preferencia del autor — Días del corazón. Lima. Cuadernos de
por el texto. Los poetas peruanos han canta- Composición. 1957.
do a lo largo de todo el siglo XX a los caba-
llos. González Prada lo hizo celebrando a — Para vivir mañana. Lima. Edición del au-
unos corceles que caracolean por los aires, tor. 1959.
Chocano cantó a los caballos de los con- — Parque. Chaclacayo. Ediciones de la
quistadores, Eguren a un equino fantasmal Rama Florida. 1965.
que volviendo de antiguas batallas trota por
las calles empedradas, Vallejo, conversa con — Tierra extranjera. Lima. Ediciones Perú
un caballo, regresando a sus lares, WD can- Joven.1968.
ta a un caballo encerrado en su casa, des- — Destierro por vida. Lima. Carlos Milla
esperadamente encadenado a su sueño de Batres Ediciones. 1969.
libertad. Esa es la imagen última de su exce-
lente poesía que nos habla, como le hubiera — Un mundo dividido. Lima. Casa de la
c
gustado decir a Mariátegui, del pesimismo Cultura del Perú. 1970.
de la realidad y del optimismo del ideal.
— Reunión elegida. Lima. Seglusa editores
omo lectores algo sabemos: que una por- y Colmillo Blanco. 1988.
ción importante de la calidad de la poesía
— Historia de Artidoro. Lima. Seglusa edito-
peruana del siglo XX se la debemos a
res yColmillo Blanco. 1994.
Wáshington Delgado. Cuando uno a uno
desaparezcamos los que lo hemos conoci- — Cuán impunemente se está uno muerto.
do, nuevos lectores habrá que reconocerán Barcelona. La poesía, señor hidalgo. 2003
como muy hermosa a esta lírica que enorgu-
llece al Perú de hoy.
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P O L A R
C O R N E J O
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de artes y letras
ARTIDORO, LA CIUDAD, EL TIEMPO
JORGE CORNEJO POLAR
¿Cuál es la peculiar sensación, cuál es
la calidad de placer que su obra tiene
la propiedad de excitar en nosotros y
Martín N º 9
que no podemos hallar en otra parte?
Esta es siempre la pregunta que un
crítico debe hacerse. (Walter Pater)
istoria de Artidoro, 1994, es el último libro de poemas que publicó en vida Washington
Delgado. Es también una obra de madurez que expresa lo mejor de su temple poético en
sazón: el tono melancólico, el talante reflexivo, el brillo insólito de sus espaciadas imáge-
nes, el manejo sabio del ritmo, la maestría en el uso de la lengua.
Historia de Artidoro es, de otro lado, un libro de poemas sui generis que debe entenderse,
en parte al menos, como expresión del gusto por las formas narrativas que se manifiesta en
el poeta Delgado a partir de años setenta ( “La muerte del doctor Octavio Aguilar”, el celebra-
do cuento ganador del COPE 1979, los textos en prosa de El hijo del Gran Condé, 1975-1980
y algunos cuentos más éditos e inéditos). En efecto en Historia de Artidoro no sólo el título
parece anunciar una narración, sino que se efectivamente se relata aunque
fragmentariamente una historia cuyo protagonista es Artidoro. Pero esta historia se cuenta
tanto en textos narrativos como en poemas en sentido estricto. Se trata, pues, de un libro de
naturaleza híbrida lo que no afecta a su unidad esencial.. Y este doble estatus es fundamen-
tal dentro del proyecto de una obra cuyo significado global sólo puede aprehenderse si se
lee como poema y a la vez como texto narrativo. Y si se aprecia debidamente tanto su
excelencia artística cuanto su mensaje social.
Historia de Artidoro consta de un texto preliminar, “Explicaciones acerca de Artidoro” y de seis
partes: “Prólogo – El tiempo, el amor, las palabras”; “Imposibles recuerdos”; “Canción y ele-
gías”; “La vida íntima”; “Epílogo – Entrada en la noche” y “La historia se repite”. Creemos que
el texto inicial que da cuenta de la génesis de la obra e ilumina su sentido de la obra, tiene
particular importancia. Nos detenemos pues en esta breve pero reveladora introducción.
Nos dice allí el poeta que Artidoro nació como un simple nombre cuya sonoridad le atraía
pero que al paso del tiempo comenzó a intuir “una nebulosa historia detrás del nombre”. Y
así lentamente se fue perfilando “el dibujo plano todavía sin color ni relieve, de una persona
que vivía”. Escribe entonces tres poemas que “son el núcleo de su historia”. Luego, al cabo
de varios años, el poeta sintió que Artidoro vivía “con carne y huesos propios, con recuerdos
suyos, con esperanzas suyas”. En este proceso, el creador se da cuenta de que no puede
dominar a su creatura. “Si antes yo lo perseguía, ahora me perseguía él”, escribe. Como en
la pieza pirandellliana, Artidoro es un personaje en busca de autor. Va detrás del poeta por la
casa, por la calle, se asoma a sus sueños, corrige sus textos. Y el original proceso no se
detiene aquí: “Poco a poco fui percibiendo que la historia de Artidoro se confundía con la
historia peruana o la historia del mundo. Al final me di cuenta de que los latidos de su sangre
eran sólo una parte del fragor de los tiempos oscuros que nos tocó vivir”.
Conocemos así en las palabras del mismo escritor, la génesis y desarrollo de un personaje
y de una obra de plural significación. Una obsesión personal, se encarna en un ser que
parece vivir y éste a su vez resulta ser metáfora del Perú y del mundo. Y Artidoro, protagonista
de esta historia en que se cifra el compromiso social del autor, llega al lector en el lenguaje
de la poesía. Atenderemos en primer lugar a la naturaleza poética del libro..
Nuestro punto de partida es la convicción de que toda obra poética es una estructura, un
sistema de funciones que nace y se organiza en torno a una intuición primera, centro gene-
rador “a partir del cual cada universo imaginario se abre” (Poulet). En el caso de Historia de
Artidoro cabe afirmar que este núcleo germinal está constituido por la lúcida, angustiada
conciencia del tiempo, de su paso inevitable e irreversible, de la manera implacable como
su transcurso instaura el deterioro incesante de seres, cosas, recuerdos. Pero esta
expériencia se instala en un poeta que cree en la poesía, que sabe que ésta es proa contra
A r t i d o r o , l a c i u d a d , e l t i e m p o
ni rabia ni ternura cae el tiempo, Pero a pesar de los años que pasan inexorables,
Lima tiene su encanto:
quiebra la luz, las piedras, los periódicos.
Así es la vieja Lima
las promesas de buen comportamiento.
ciertas calles encierran un misterio
..........
otras tienen su encanto..........
Cae el tiempo, deteriora tus corbatas,
Nada escapa sin embargo al embate de los años
viejo Artidoro y no hay en tu solapa que a la muerte ( otro tema fundamental ) condu-
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Artidoro camina sin premura por la ciudad y También es importante reiterar que la considera-
ción del tiempo y sus efectos deletéreos toma como
Entre Matavilela y San Francisco,
ámbito principal la Lima amada por el poeta. Es en
bajo borroso escudo este espacio urbano donde vive, ama, sueña, sufre
y camina sin pausa Artidoro.
de carcomida piedra,
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con suciedades y papeles rotos
medida (los personajes literarios llevan en sí algo
a la luz de una vela centenaria. de su creador) pero no basta. La historia de Artidoro
no es la autobiografía de Washigton Delgado cier-
p
( Entre Matavilela y San Francisco)
tamente. Trataremos entonces de descubrir su per-
recioso y preciso texto en que los indicios del dete- fil por medio de la lectura y relectura de los textos.
rioro se van acumulando (“ borroso escudo, carco-
mida piedra, sobado tenducho) hasta llegar a un Por lo pronto, Artidoro es un nostálgico memorioso;
clímax (la ruina de los tiempos, el agusanamiento “Se detiene Artidoro “para escuchar la voz/ de los
de la historia, su sombra mezclada con sucieda- tiempos pasados”. Su nostalgia se aferra
des, papeles rotos). En el verso final la mención de específicamete al centro de la Lima de los años
la luz parece anunciar que la atmósfera enrarecida cuarenta o cincuenta. Artidoro es también un traji-
y oscura se va a disipar. Pero es una ilusión, la vela nante que ama esa vieja Lima cuyas calles – Mer-
que mal ilumina esta apoteosis del deterioro es ve- caderes, Baquíjano, Matavilela, San Francisco, Ji-
tusta, provecta, centenaria, próxima a morir como rón de la Unión, Abancay - recorre sin cesar; “Artidoro
todo lo que la rodea. camina sin premura/ por la ciudad/ en sus recuer-
dos rotos/ se unen sombra y silencio”. Artidoro final-
Siguiendo los pasos de Artidoro en su deambular mente, es lector obcecado, soñador impenitente y
por Lima comprendemos que el caminar lo está suele escribir poemas (“Sobre un poema perdido
llevando primero a la contemplación de la muerte y de Artidoro).
luego a la muerte misma que va cobrando cada vez
mayor peso significativo en el texto aunque la muer- Pero no olvidemos el lado narrativo del libro. El
te, como final de todo tiempo humano, estaba ya Artidoro que acabamos de presentar es el mismo
implícita en la dramática conciencia del tiempo que que tiene una historia de luchador social y de rebel-
es, lo venimos sosteniendo, el foco generador del de. En su pasado hay levantamientos, combates,
libro. persecuciones, muertes. El poema “El encanto de
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Lima” ofrece algún derrotero inquietante. La cami-
nata por Lima lo lleva hacia un despoblado que le
¿Pero qué otra cosa puedo hacer
recuerda
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mientras camino hacia la muerte E
.......la pampa donde halló
en un mundo al borde del abismo? A
una tarde violenta
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¿ Qué otra cosa sino guardar este caballo T
y en la cúpula misma del estruendo
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como pálida sombra de los prados abiertos S
su ser resucitado
bajo el aire libre? Y
Martín N º 9
l tiempo en ruinas / El título del presente apartado es el título de un poema del libro1 (p.
e 211), que tomaré de base para desarrollar la idea del tiempo como un continuo espiral,
imperecedero y tenaz, de una gran potencia destructora. “Tengo una idea del tiempo -
ha declarado el autor- como algo que desbarata, desmenuza más que construye…” 2
Corresponde a los espíritus idealistas este carácter subjetivo del tiempo. Situado en
dependencia del contenido individual de la conciencia, el tiempo mantiene el mismo
sentido que en los primeros libros de Delgado: es forma apriorística de una contem-
plación sensorial (“Tiembla en el árbol / la alta sonrisa / del tiempo claro”; p. 178) o de
un estado emocional intenso (“Todo lo tuyo olvido para que permanezcas / vacía en mi
recuerdo.” p. 26).
Mas ahora en Destierro por vida el tiempo adquiere una dimensión mayor y un acaba-
do desarrollo: en su proceso lineal e irreversible todo sucumbe, nada se salva de caer
en la tragedia. Repasemos el desenvolvimiento del tiempo en el poema inicial del
libro: “Leve es / el crepúsculo. Apenas / si las cosas existen” y esta es la condición que
place al poeta. Rodeado de silencio, penumbra y siluetas difusas el poeta puede
sentir “alguna vez» la alegría del destierro. Acabada la noche3, surge bruscamente el
cielo y se filtra por la ventana, sigilosamente y entonces “el aire me entristece” escribe
el autor “y enciendo el cigarrillo / del destierro.” Luego la luz del día revienta en el recinto
del poeta, altera su quietud de desterrado y desvanece las figuraciones (“baila en mis
ojos), ahoga los sueños nocturnos (“se empoza / en las almohadas”) y arremete su
más humilde compañía (“estalla / sobre un vaso con flores / en mi mesa.”). Encrespa-
da en el centro de la habitación, la luz / el día / la vida dictan al poeta el decreto temporal,
ilimitado e inclemente, que arrastrará todo el libro: “Yo vivo sin cesar / en el destierro.”
Si el individuo, así lo plantea Schopenhauer, se encuentra en el espacio infinito y en el
tiempo infinito como una gran magnitud finita lanzada en aquella inmensidad, su exis-
tencia no tiene, por lo tanto, jamás un cuándo y un dónde absolutos, sino sólo relativos.
“Su verdadera existencia no es sino el presente, el cual es un permanente hundirse en
el pasado, un interrumpido morir; el marchar es tan sólo un caer continuamente evita-
do; la vida del cuerpo, una muerte diferida…”4
En el ámbito de soledad que establece el libro (sujeto encerrado en su habitación),
creo que la cita anterior encuentra exacta coherencia: el espacio reducido al inicio,
limitado al interior de un cuarto, se amplía a medida que proseguimos la lectura del
libro: “Yo avanzo por la extensión ilimitada” (219). Dentro y fuera marcan una dialéctica
que se resuelve en un continuo de imágenes negativas; recordemos la frase reiterada
en el poema “Globe Trotter” que ensambla espacio y tiempo en un solo y áspero
dictamen: “He caminado por los desiertos, toda mi vida / y nunca me acompañó nadie.”
(p. 233)
Con ello quiere expresar que también el tiempo tiene una tendencia expansiva y, a
veces, confusa. Pero siempre impregnadora de un sentimiento pesimista de la exis-
tencia: “El tiempo se ha llenado de papeles y navego / a través de inútiles palabras,
siempre / a la deriva…” (p. 229). Y no es el proceso en una sola dirección, del pasado
Fomas de desarraigo en D E STIERRO POR VIDA
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al futuro, sino que el poeta indaga en una El tiempo se deshace como niebla o arena
multiplicidad de rumbos: “En los laberintos
L
(p. 207).
hacia una despojada tierra estéril.
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hora, mi voluntad, mi sitio. / Yo sé que nada estambres, élitros y pinzas”, aparece ahora
vuelve, yo sé / que todo empieza. Sé que no irreconocible: crecido y convertido en un hu-
R
tengo / tiempo para equivocarme.” (p. 113). racán que acarrea lo más entrañable del
Ahora el tiempo lo inunda todo y, sin embar- poeta. Sus palabras y ya no sólo el recuerdo,
O
go, el hombre no es otra cosa que lo que él sus palabras y ya no sólo la materia viva.
mismo construye y el “paso del tiempo qué Recuerdo y materia son contingencias del
J
inútil es / ... tan inútil como el amor / como la tiempo. Ahora el tiempo mismo se descom-
soledad.» (p. 226). Pero es un tiempo siem- pone y envuelve en su círculo ruinoso a la
pre permanente (“… el hombre sabio jamás poesía, acaso única posibilidad concreta de
busca / el tiempo inmóvil”), que fluye progre- libertad, según Jaspers, que cede víctima del
sivamente destructivo: una presencia con- poder inicial que tuvo: “Podría desterrarte”—
creta que se despabila, vacía y donde se acu- habría escrito en Formas de la ausencia a la
mula el polvo de su propio existir. primera época del llanto, / a lugares oscuros
El hombre está perdido en la perfecta arqui- del amor…” (p. 14).
tectura del tiempo. No es el tiempo posible Toda vida es proyección de un tiempo que no
solución de la existencia humana, sino el tiene más perspectiva que la muerte. Pero
problema mismo. Nada conoce el hombre en estos versos, teñidos de pesimismo y
de ese laberinto embaucador (“Este tiempo donde nada es fértil ni reconfortante, la idea
es el tiempo / del desorden y no sabemos / del tiempo es terrible: un anillo en perseve-
palabra de la vida, sílaba / del amor o la muer- rante destrucción, en cuyo centro el hombre
te.”) y el existir es, entonces, estar en el mun- existe. Y no para vivir ni para morir, sino para
do. En la interpretación de Heidegger es “es- un paciente sufrimiento. Qué lejanos aque-
tar en compañía de, entender, conversar, llos versos de Días del corazón: “Hay un tiem-
apresar las propias posibilidades; anticipar- po de amar / Un tiempo de morir / Pero siem-
se a sí mismo, cuidado, angustia, ser para pre / el corazón es fuego” (p. 87).
la muerte; estar incardinado en la nada, en
una palabra: temporalidad.” La muerte es una parte de la vida: el extremo
final de su tiempo. En ese sentido, el hom-
Diferente del árbol, pacientemente erguido bre debiera realizarse en la muerte: “La muer-
alrededor de una profunda semilla original. te es vida cumplida / para vivir sin medida /
quisiera morirme más” (p. 139) había dicho
Diferente del ardor de la tarde, último rostro el poeta en Canción española. Ahora com-
probamos que el tiempo no tiene límite y, por
de la luz, el vino o la melancolía.
lo tanto, la muerte no es la realización del yo.
El yo aparece irrealizable. Preso en la subje-
a vuelto Delgado a tocar el símbolo del árbol, tividad y en los laberintos del tiempo, el hom-
el “único punto de apoyo” del poeta, y recor- bre de Destierro por vida se realiza cuando
h
darnos su serena visión del crepúsculo (“de se trasciende, cuando se hace otro.
lo profundo sube / la sombra al cielo”) para En el último texto que poseemos de Macha-
afirmarnos en su valor opositivo la iniquidad do, escrito poco antes de la caída de Barce-
del tiempo. Ni la profundidad ni la rectitud lona, el poeta nos dice que el héroe son los
del árbol, ni el placer humano de unas aquie- milicianos españoles, «los únicos que reali-
tadas pasiones. El tiempo se le escapa. Para zan esa libertad para la muerte de que habla
recobrarlo, para revivirlo, el poeta tendrá que Heidegger». Similar sentido tiene la muerte
escribir las imágenes que le suscita: del soldado popular en «Masa», de Vallejo.
Así la muerte nos realiza cuando, lejos de
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morir nuestra muerte, morimos por y para tarse, concientemente, a la dicotomía del “en sí”
otros. y el “para sí”. Es decir, el hombre es una totali-
L
fico del otro (“Nunca tocaré tierra y me com- del presente, del pasado y del futuro.
plazco / en esta canción de náufrago / deses-
perado…” (p. 230).
Librado de la muerte, en su sostenida ago- LA CONCIENCIA DEL SER / Aquí pretendo rozar el terre-
nía el hombre puede vencer el tiempo y al- no del pensar metafísico, con la certeza que
canzar el ser, en otro, y la ansiada posteri- Destierro por vida es uno de los escasos libros
dad. Habrá que esperar el término de la vida de poesía peruana que hablándonos con un len-
para alcanzar este designio y, en tanto, este guaje coloquial, reflexiona y nos compromete
hombre sabe que “al dolor de los siglos”, jun- en las profundas tribulaciones del ser. Creo que
tando sus palabras, apenas agrega unas así lo advertía Nietzche, al afirmar que la metafí-
“pequeñas tristezas”: sica no se encuentra únicamente en los vastos
tratados filosóficos sino también en el modesto
Para el olvido junto unas palabras, hombre de la calle. De las varias definiciones
que baraja el concepto de la Metafísica -“el es-
pero arbitrariamente me sublevo
tudio de la cosa en sí”, “de lo inteligible”, “de los
y espero las memorias de mañana, problemas irracionales” o “de lo divino”- opto
r
por el que señala que la “Metafísica es, en su
pura alegría del amor humano.
aspecto fundamental, ontología: tratado del ser.
En este sentido es Filosofía Primera…”5
ecordemos que esta posteridad está fuera Es un sencillo ciudadano el sujeto poético del
del encierro personal, lejos del hermetismo libro que, exiliado en el sentido de las tragedias
de la casa. Se encuentra en la calle y más clásicas, pasa por la vida como si atravesara un
allá de sí mismo, entre los vecinos y las gen- inmenso arenal. No hay auxilio ni recompensa,
tes de la ciudad con quienes conversan los solo sed y dolor. Pero es además un artista an-
poetas y entonces “comprenden algunas ver- gustiado de pasión por la realidad, que la regis-
dades, / sufren y esperan / como todo el mun- tra poéticamente atendiendo tanto a su propio
do / y escriben unas líneas, / un libro o mu- mundo interior como a las densas nubes, la
chos libros / que el mundo recuerda / días, “enemistad del cielo” y los airados vientos que
meses, años / o siglos.” (p. 213). se retuercen en “los laberintos de las ciudades”.
Los entes del mundo exterior como del propio
No se crea, sin embargo, que la trascenden- constituyen formas de experiencia de la exis-
cia del hombre en el tiempo desvía o resien- tencia humana, de esa categoría de lo “abarca-
te el sentido existencial del libro. Incluso su dor”.6
marcado tono pesimista. Sartre desarrolla
una interesante teoría sobre el pesimismo Cincuenta mundos reposan en mi mesa,
(la revisaremos en “La conciencia del ser”),
circulan por mi cuarto, abren
que sintetiza en una frase “durété optimiste”.
Es decir, el existencialismo sería un huma- las fauces, miran y me llaman
nismo de la acción y de la libertad. De otro
y se reparten cada migaja de mi cuerpo.
lado, ser y tiempo es un asunto que compete
directamente a los existencialistas: enfren-
El poeta de Destierro por vida sumerge un yo
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obsesivo, vulnerable y lúcido en las corrien- cho de esto hay en el espíritu de Destierro D
E
tes interiores de su existencia, mas atento a por vida, bajo un machacante afán de andar
una rara virtud: la de conservar serena su y desandar el camino -veamos el poema A
mirada para contemplar su estar en el mun- “Monólogo del habitante” -, donde se cons- R
T
do. Veamos, por ejemplo, cómo en el poema truyen almas y se derrumban paredes, don- E
“Canción entre los muertos” es claro el sen- de entran todos los aires y se permanece S
tido poético de una existencia solitaria y di- solo y donde al final nada se levanta, solo
Y
sociada que, en mirada retrospectiva, acu- una marea de preguntas:
mula sus experiencias vividas con leves ac- L
¿Para qué se hizo mi habitación?
ciones –“atesoré delicados sentimientos”… E
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“acaricié labios y cabelleras”… “edifiqué pa- ¿Para que la habiten soledad R
lacios en el sueño”- para concluir con resig- A
nada amargura pero jamás con destemplan- y recuerdos, soledad y esperanza? S
za: ¿Para resbalar bajo la lluvia?
NO
Dije: belleza, espíritu, amor mío ¿Para que me la lleve al hombro,
9
o escuché perecedera música perfecta. de país en país, de viento en viento
Siempre viví equivocadamente W
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y es triste haber vivido.
Hasta ahora he intentado examinar al hom- S
bre colocado como sujeto poético pasivo del H
I
libro, limitado al marco del espacio y el tiem- G
s el hombre y su conciencia el tema que pro- po como categorías filosóficas. Y tanto el T
curo desarrollar, estudiando las relaciones
e
espacio como el tiempo han demostrado O
de este yo poético consigo mismo, con sus N
actuar sobre el yo de un modo
semejantes y con el mundo. De este yo poé- desestabilizador, problematizándolo. Tene- D
tico perdiéndose y oyéndose a sí mismo, mos entonces ante nosotros un ser humano E
actuando de acuerdo a su poder ser y ha- disociado y contradictorio, con angustia y L
G
ciendo sus propias señales. Afirmación: la enclaustrado en sí mismo y bajo las presio- A
poesía es clamor de la conciencia. Cuando nes espacio-temporales. Buen ejemplo de D
Delgado escribe, por ejemplo en los prime- esta afirmación es el primer poema del libro, O
ros versos del libro, “Yo vivo sin cesar / en el donde aparece el yo poético realizando nin-
destierro” hay un llamado así mismo -en gún acto y sólo sujeto a los efectos del tiem-
este largo soliloquio narcisista del libro- que po. Dice el poeta estar en su casa, en su
ha sido primero silencio y conciencia. Silen- cuarto, en su destierro y ahí es “leve el cre-
cio y conciencia no sólo del hecho básico del púsculo. Apenas si las cosas existen”. Hay
estar en el mundo sino también de sus posi- silencio, viene la noche y el aire lo entristece.
bilidades y consecuencias: de la angustia y El poema termina con la luz del día y los ele-
de la libertad y de la caída como punto final mentos adquieren mayor movimiento: “A rau-
“en esta canción de náufrago / desespera- dales entre la luz: / baila en mis ojos, se
do…” empoza / en las almohadas, / estalla / sobre
un vaso con flores / en mi mesa”. Ha habido,
Las ideas contemporáneas acerca del hom-
si puede hablarse de un planteamiento na-
bre han surgido de la necesidad de interro-
rrativo en el texto, un viraje del desarrollo
gar de nuevo por su peculiar índole. A fines
discursivo al llegar el párrafo final. Luego de
del siglo pasado se creyó arribar a una ima-
un vórtice opresivo con ciertos visos de an-
gen definitiva del hombre, concibiéndolo
gustia, pasada la noche hay una toma de
como fruto tardío de la evolución de la natu-
posición %indispensable en todo proceso
raleza: “En él culmina, aunque no de manera
de conciencia% que obliga al poeta, en los
definitiva, un proceso del planeta Tierra, pero
poemas posteriores, a efectuar aunque lige-
permaneciendo abiertas las posibilidades
ras acciones sí una tenaz resistencia en la
de tramontarlo hacia formas vitales superio-
búsqueda de la libertad y de la revelación de
res…7 En algunos de los grandes pensado-
una realidad adversa. Es muy significativo
res de nuestra época se traduce la angustia
que el poema termine con una afirmación
ante el destino del hombre. Pero en todos
categórica y conciente: “Yo vivo sin cesar / en
ellos es frecuente la preocupación por en-
el destierro”.
contrar el fundamento medular de los huma-
nos, su singular ubicación en el mundo. Mu-
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Fomas de desarraigo en D E STIERRO POR VIDA
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Puede afirmarse que es la existencia del yo vo”, “me quiebra”, “me he refugiado”, “me
poético en el libro la que aparece en dramá- envuelve”, “me levante”, “me quedaré”.
L
de Destierro por vida: el drama como absolu- vida y avizora la muerte” los niveles de
to poético implica no solo, como podría pare- objetivación de la realidad están constitui-
R
cer en sus primeras lecturas, un nihilismo dos por simples elementos: papeles, mue-
pernicioso sino principalmente una dimen- bles, periódicos. Y los espacios son los que
O
he cerrado libros, carpetas, microscopios deshilvanándose y despoblándose, como las
y he abandonado todos los caminos. palabras, hacia la nada. Y esta realidad tem-
poral que rodea al sujeto poético es, de pron-
eamos algunos aspectos que han ido des- to, el centro mismo de su existencia:
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Fomas de desarraigo en D E STIERRO POR VIDA
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frecuentes en el libro como “este poema es gracias a la libertad se alcanza libertad fren-
arbitrario” y sin embargo “arbitrariamente me te al mundo. En la sección del libro “Interme-
L
sublevo”, “y es inútil abrir la boca” porque “no dio lírico”, más allá de la actitud lúdica de los
hay nada que hacer, nada / que hacer para poemas en los que se pone en actividad una
S
es la historia de los hombres.
y repetí los versos que comparan
Al dolor de los siglos yo les agrego
al hombre con el río:
mis pequeñas tristezas.)
s
distinto sin cesar y sin cesar el mismo.
66
¿Qué haría yo con un clavel en el desierto?
que lo conoce parcialmente. Es conocimien- D
He caminado solo y sin equipaje toda mi vida, E
to en doble juego: presencia de sí y para sí,
que será luego para los demás. Este es en estos claveles son también un desesperado sueño A
definitiva el ser de la conciencia. En El ser y R
T
la nada Sartre razona, explicando el para sí, E
de acuerdo con la experiencia sensible y “es- S
tablece en principio que un ser no puede ser Angustia como experiencia de estar en tierra
Y
conocido sino a distancia, y llega a la con- de nadie, entre lo finito de la existencia y lo
clusión de que la conciencia no puede ase- eterno. Angustia que recorre todo el poema y L
mejarse a sí misma y convertirse en concien- que traduce el drama fundamental del E
T
cia de sí misma sino cuando toma frente a sí existencialismo: conciencia de ser entre la
R
una cierta distancia, cavando un vacío en el existencia temporal y la unidad del ser. Des- A
corazón mismo de su ser…” pués de este discurso solo queda, tal como S
n los poemas de Destierro por vida y pese a lo acuñó Heidegger, “la voz silenciosa del ser”
porque el lenguaje, para expresarse, requie- NO
la presencia maciza del sujeto poético en
primera persona, esta figuración descrita por re “un silencio adecuado”11. Y así lo decide el
9
el poeta no aparece monolítica sino más bien poeta cuando anuncia el abandono a su poe-
frágil y dispersa, múltiple en una voz casi sía, comprendiendo que para el pensamiento
y la comunicación el punto de llegada es el W
monologante pero atenta a la realidad %ex- À
terior e interior% y a sus límites. Sin aullido silencio. S
H
ni desmesura, el soliloquio del libro presen-
I
ta siempre la serena lucidez de quien ha G
meditado sin prisa y ha tomado aliento e T
impulso para soltar, de modo contenido, este O
Notas N
discurso de honda amargura. En sus dete-
1
nidos cuadros poéticos subyace siempre un Las citas provienen de Un mundo dividido. Lima, D
Ediciones de la Casa de Cultura del Perú, 1970. E
programa narrativo, donde transcurre el su-
2
Ver entrevista “Un ciudadano en su rincón”, en el L
jeto %alter ego, sin duda, del poeta% por los G
apéndice de la tesis Destierro por vida: Una
laberintos de las ciudades tan miserables y A
filosofía de la existencia, de Jorge Eslava.
a la vez tan infinitas como el arenal del de- D
3
Aquí “noche” está referida en su sentido estricto O
sierto. Esta transfiguración que encierra el temporal, porque páginas más adelante, en el
sentido medular del libro, queda poema “Evocación del día” (p. 218), este voca-
excelentemente plasmada en el poema final blo tiene una significación figurada –nótese que
del libro. “Globe Trotter” es el texto emble- el poema mencionado abre la sección “Interme-
mático donde se fijan y sobrevuelan elemen- dio lírico”–, aunque concluye con la misma idea
tos de otros textos. La ciudad, “atravesada de permanencia que cierra “Canción del destie-
rro”: Mariposa: acompáñame, no me dejes / pen-
por el estruendo de los automóviles”, es tam- sar que el día va y viene y que sólo / la noche es
bién lugar de ilusión, “imaginando nubes, permanente.
palmeras, aguas, noches de luna”, y sitio de 4
Johannes Hirchberger. Historia de la Filosofía. Tomo
pérdida de identidad como ser un dromeda- II. Barcelona, Editorial Herder, 1965.
rio “con insaciable sed / he caminado por los 5
Luis Felipe Alarco. Lecciones de Metafísica. Lima,
desiertos”. También espacio de nombres Juan Mejía Baca & Pablo Villanueva, 1953. Pági-
olvidados, “¿Mariana, Mariana? ¿Quién es na 37.
Mariana?”, y de deseos como los de leer un 6
Concepto que explica Kart Jarpers en su libro Filo-
libro de Voltaire, conversar con viejos ami- sofía de la existencia y sobre el cual volvere-
gos o beber un café, fumar un cigarrillo. Pero mos más adelante.
toda esta presencia del mundo es, en la ba- 7
Luis Felipe Alarco. Lecciones de Metafísica. Página
lanza gris de su conciencia, “un sueño tan 121.
desesperado / como la niebla, las palmeras 8
Karl Jarpers. Filosofía de la existencia. México,
y la dulce samaritana.” Y la historia de los Planeta Editores, 1985. Página 29.
hombres una ronda interminable de fantas- 9
Luis Felipe Alarco. Lecciones de Metafísica. Página
mas, ningún goce y sólo promesas vacías, 127.
tan inútiles como tener una flor en el pára- 10
Jean Marie Grevillot. Las corrientes del pensamien-
mo. to contemporáneo. Madrid, Ediciones Rodas,
1973. Página 44.
11
Enzo Paci. La filosofía contemporánea. Buenos
Aires, Editorial Universitaria, 1963. Página 248.
67
Elegía Limeña / La representación de la ciudad en la poesìa de W.D.
C H U E C A
F E R N A N D O
L U I S
l e t r a s
y
a r t e s
Elegía limeña / La representación de la ciudad
en la poesía de Wáshington Delgado 1
d e
L u i s F e r n a n d o C h u e c a
º 9
Martín N
1 / Monólogo del habitante
n la presentación de la primera edición de su antología personal, Reunión Elegida
e
(1988), Wáshington Delgado (Cuzco, 1927 – Lima, 2003) escribe lo siguiente:
A lo largo de mi carrera poética he procurado cambiar, no afincarme en unos temas, ni
en un estilo. No sé si lo conseguí. Pero he concebido cada librito mío como una
unidad, con una forma y un contenido propios y distintos. De libro a libro, me he
complacido en mudar versos y motivos. Así, he pasado de la reflexión íntima a la
descripción sensorial o al pensamiento crítico. Del mismo modo, fui variando los
versos: breves, largos, libres, rimados, en primera persona, en tercera persona y, por
último, no el verso sino la prosa poética.2
La nota es muy adecuada para iniciar esta revisión, pues permite registrar una de las
características más interesantes de la poesía de Wáshington Delgado, que es la
búsqueda permanente de nuevos cauces expresivos: el interés por no instalar sus
versos en una forma, una temática o un estado anímico que pudieran haberle dado ya
satisfacciones humanas o réditos literarios, y el empeño en proseguir (aunque, obvia-
mente en su caso, lejos de todo experimentalismo de cuño vanguardista) una aventu-
ra indagadora de nuevos márgenes, incluso de aquellos propuestos por poetas me-
nores que él3. Este afán de constante renovación –dentro, sin embargo, de un cauce
reflexivo y de un verbo preciso y nunca desbordado- fue quizás lo que le permitió, sin
proponérselo, ser, entre los poetas del 50, uno de los que de modo más claro contribu-
yó a la cancelación de la entonces vigente polémica entre “poetas puros” y “poetas
sociales”, la misma que fue definitivamente desterrada poco después con los poetas
de la llamada “generación del 60”. Como es conocido, en los años 50 hubo intensas
discusiones entre aquellos que defendían la escritura como un modo de acercamien-
to a la realidad desde una opción clara por la transformación social y quienes propug-
naban un arte ajeno toda instrumentalización. Si bien, quizás por las pasiones en
juego en el momento, muchos no llegaron a ver con claridad la grosera simplificación
que estaba a la base de tal dicotomía, y fabricaron, entonces, algo así como dos
bandos irreconciliables, hubo quienes como Delgado -quien ha dicho que “personal-
mente no le encontraba mucho sentido a la división entre ‘poetas puros’ y ‘poetas
sociales’”4- siguieron escribiendo más cerca de uno u otro grupo, dependiendo del
libro, y muchas veces integrándolos ambos, anticipando así lo luego sería habitual.
Las relaciones de Wáshington Delgado con los poetas más jóvenes no acaban ahí.
Edgar O’Hara ha estudiado las características de su magisterio poético, encontrando
evidencias de su legado a los jóvenes del 60 al menos en dos aspectos: “No es
improbable que la ironía mordaz, adjudicada a Bertot Brecht y que es casi la marca
registrada del 60, les llegara vía W.D. En todo caso la relación entre moral e Historia es
clarísima”5.
Elegía Limeña / La representación de la ciudad en la poesìa de W.D.
Delgado: la preocupación ética de su escritura. Desde sus inicios, hay una marcada
presencia de los tópicos de la libertad y la solidaridad humana, que pronto van dando
paso, también -luego de una inicial autodeclaración de “extranjero” - a una, desencan-
tada a veces, esperanzada a veces, pero siempre lúcida, indagación sobre el país:
F E R N A N D O
No hay un pasado
sino una multitud
de muertos.
L U I S
f
sino veinte palabras
que nada dicen.
(en Para vivir mañana; Reunión elegida, 2ª. ed.; 816)
rente a la evidencia de una historia que casi ni merecería llamarse tal, el hablante lírico
de un libro posterior, Destierro por vida, observa con ácido desengaño el sinsentido de
su vida (“Para qué me servirá / la boca? ¿Para qué / me ha servido nunca? Todos los
alimentos / se perdieron, ninguna canción / ha perdurado”; “He caminado por los de-
siertos, toda mi vida / y nunca llegué a ninguna parte”) y anuncia, luego de sancionar
negativamente el autoexilo (el destierro) al que lo llevó su escepticismo frente al mun-
do, que el refugio de eremita ha perdido, definitivamente, todo sentido. Y algo diferente
debe hacer. Así se observa en “Monólogo del habitante”:
Mi habitación se abre como una flor
en el verano, se enrosca como una sierpe
en el invierno, se balancea
al compás de los meses y las horas.
70
En mi habitación leo los documentos
de Bakunnin y Bebel y Proudhon
D
y me estremece la música de Sem Tob E
[...] L
E
El paso del tiempo qué inútil es. T
R
Abro y cierro puertas, edifico A
S
y derrumbo las paredes, hojeo todos los libros,
escucho todas las palabras, NO
recojo a menudo 9
D
O
l
a ciudad de Lima no ha sido un tema abordado por Wáshington Delgado en su poesía,
sino hasta llegar a su última entrega, Historia de Artidoro (1994)8. En su poesía ante-
rior no aparece; como casi no se hallan tampoco otros espacios urbanos marcados.
Apenas encontramos alusiones al mundo del campo, así como varias menciones de
“la patria” o “el país” (aunque más como concepto o como deseado pero inexistente
vínculo intersubjetivo, que como territorio9) y del “mundo” o “la tierra” (en un sentido
similar); espacios cerrados como “salones” o “alcobas”, en algún poema, agotan los
lugares mencionados en esta poesía, cuyos objetos y personajes parecen moverse
más en los marcos de un tiempo por lo general más íntimo o cotidiano que de la
historia social (“hoy”, “ayer”, “mañana”, “ahora”, “días”, “tiempo”, “verano”, “noche”, “hora”)
o en los marcos, también, de las construcciones mentales o sensoriales, que del
espacio. Incluso las pocas veces que se utiliza el enclítico “aquí”, se hace sin que
exista, dentro del propio poema, un referente concreto identificable. Recién en Para
vivir mañana (1959) y mucho más notoriamente en Destierro por vida (197010), los
referentes espaciales parecen estar respaldados por una materialidad territorial. Es
justamente en este libro, el último incluido en la reunión de la poesía de Delgado
publicada bajo el título de Un mundo dividido (1970), en donde por primera vez apare-
ce la ciudad11; no Lima, todavía, sino la ciudad en general. Paralelamente a una
concreción mayor de los referentes espaciales –o como apunta Abelardo Sánchez
León, al dato de que Delgado “deja de escribir con palabras, imágenes y metáforas
que utilizó en su poesía anterior, en la cual era notoria la presencia española”12- se
produce la inclusión del mundo urbano13.
71
Elegía Limeña / La representación de la ciudad en la poesìa de W.D.
“Tierra extranjera” hay alusiones o menciones que anuncian que las acciones que
relata el texto ocurren en la ciudad; sin embargo, no trasluce casi una concepción
determinada del espacio urbano. El caso de “En los laberintos”14 es distinto:
adquieren peso,
utilidad, medida,
e
el velero desaparece de los sueños,
no tiene velas el sueño, espacio
por donde navegar.
(Un mundo dividido, 216)
l poema, que se inicia con la estrofa citada, ofrece una primera imagen, en la poesía de
Wáshington Delgado, del desorden urbano: la ciudad es un laberinto, en donde no es
posible tener seguridad sobre los lugares de las cosas. Además se establece una
oposición campo / ciudad que, si bien algo esquemática, deja muy claro el valor posi-
tivo del mundo natural, perdido frente a la degradación de lo verdadero y al imperio del
sentido pragmático de las ciudades. También ha desaparecido la capacidad de soñar.
Algo semejante ocurre en “Canción del amante de la libertad”, donde en las “comar-
cas” (evidente alusión a las ciudades, por las menciones de “las oficinas del Estado”
o “los nuevos basurales”) no hay espacio para la libertad: “y no te encontré sitio en
comarca alguna / imaginada por el hombre / oh libertad”.
Pero los casos más interesantes son los de “Globe Trotter”, “Pluralidad de los mun-
dos” y “Monólogo del habitante”. En el primero, ya mencionado, el yo lírico (“viajero
asiduo” o “trotamundos” según una traducción corriente) ha recorrido mundos, todos
ellos identificables, sin ápice de duda, con ciudades, y solo encontró desiertos a su
paso:
Sobre arenas tan interminables como el día,
imaginando nubes, palmeras, aguas, noches de luna,
he caminado por los desiertos, toda mi vida.
Bajo luces de neón, atravesado
por el estruendo de los automóviles,
implacablemente gobernado por señales rojas y verdes,
he caminado por los desiertos, toda mi vida.
72
a una vida polvorienta y sin una gota de agua
en el corazón. Con insaciable sed
D
l sujeto poético continúa presentando otras experiencias de sus viajes, en los que
finalmente, tras la apariencia inicial, no encontró nada: las ciudades en realidad esta-
ban muertas, eran recintos donde habitaba la soledad y el sin sentido. Las luces de
E
A
R
T
E
S
neón, la vorágine del tránsito vehicular, la alienante rutina laboral, el desamor, la cruel- Y
dad, la angustia, el engaño, la vana ilusión... son síntomas del desierto que se habita.
Desierto poblado, a fin de cuentas, como son las ciudades del mundo moderno15: la L
E
más extrema soledad y pura vaciedad en medio de la gente y bajo la falsa apariencia T
de un mundo perfectamente organizado. El viajero ha hecho de su vida un peregrinaje R
permanente, símbolo de la búsqueda del sentido (“He caminado por los desiertos, A
S
toda mi vida”), y sin embargo, “nunca llegué a ninguna parte”.
Los otros dos poemas proponen una actualización en clave contemporánea del cono- NO
cido tópico del hombre retirado de la vida activa, y oponen la calle al espacio protegido
de la casa: la habitación, el escritorio, el refugio donde el poeta o el intelectual (la 9
identificación es clara a partir de sus costumbres y lecturas) -desencantado porque “la
historia es una farsa repetida a menudo” y porque sabe que “espero / la posteridad en W
À
vano”- pasa sus apacibles jornadas. En “Pluralidad de los mundos” el sujeto, en su
S
cuarto, está rodeado de sus libros con los que “viviré una y otra vez / las hermosas H
palabras / que una y otra vez son engaño, / soplo de incumplidos deseos / o juego del I
amor”. Su vida, así, va llenándose de múltiples sentidos y enriqueciéndose con plura- G
T
les mundos que no son, en realidad, el suyo propio. Así viaja y cumple lo que dice O
cuando anuncia que “Las palabras de Horacio y la casa pequeña / nunca me basta- N
rán”; sus salidas, literarias o a lo más para ir al cinema, son, como anota Javier
D
Sologuren, “callado simulacro”, nunca un “viaje real marcado de peligros”16. El ha- E
blante poético confiesa el disfrute de ese encierro voluntario casi total. Sabe del mun- L
do y de la calle; presiente el destino, en la ciudad, “de mis hijos que han de morir / en G
A
medio de nuevos basurales”; conoce también que “En las montañas, los hombres D
mueren y combaten”. Sin embargo, prefiere -pues entiende que “la historia se repite / O
y es una farsa / como para llorar” 17- su mundo privado y sin sentido.
En “Monólogo del habitante” la situación es parecida. El habitante es un eremita en el
refugio intelectual de su habitación. Ahí lee a los anarquistas, disfruta de la poesía, se
autorrecrea contemplando su propio mundo construido. Sin embargo, al final algo
cambia: la constante percepción del absurdo en el que está (“El paso del tiempo qué
inútil es”) lo lleva a un juicio más severo sobre su actitud y a la decisión de preocuparse
de modo más inmediato por el mundo:
¿Para qué se hizo mi habitación?
¿Para que la habiten la soledad
y recuerdos, soledad y esperanza?
¿Para brillar a la vera de los pinos?
¿Para resbalar bajo la lluvia?
¿Para que me la lleve al hombro,
de país en país, de viento en viento?
¿Para que la hunda de un puntapié
en los inagotables basurales de la tierra?
Así se cierra el poema: con la convicción de que el futuro exige alguna actitud distinta
del “habitante”. Este final es emblemático, porque anuncia algo que, en más de un
sentido, ocurrió después con la poesía de Wáshington Delgado: luego de Destierro
por vida y de la edición de Un mundo dividido, el poeta anunció que no volvería a
escribir, clausurando de esa manera su “monólogo del habitante”18. Afortunadamen-
te, Delgado incumplió su anuncio y entregó pronto poemas a revistas. Luego, en Re-
unión elegida, a los poemas antologados y reorganizados de sus libros anteriores,
F E R N A N D O
añadió tres secciones nuevas: “Baladas viejas y lejanas”, “El hijo del gran conde” y
“Artidoro y otras gentes”. En las dos últimas y, sobre todo, en los poemas de Artidoro,
que luego pasaron a formar parte del libro Historia de Artidoro, Lima es una presencia
gravitante: así, el hablante de los poemas de Delgado -en buena medida identificable
como el mismo de los libros anteriores- salió a las calles.
entregan fragmentos de su vida y su significado. Artidoro, el personaje, es un revolu-
cionario “fusilado / junto a cien compañeros, maravillosamente / salvado de las balas,
enterrado en la zanja / con otros fusilados y que logró salir / de la tumba común, huyó
del arenal / se refugió en la sierra, vivió a salto de mata, / y cuando cesó todo / el odio
y el terror, pudo llevar en Lima / una vida apacible sin nocturnos temores, una oscura
a existencia levemente alumbrada / por una extraña luz que a veces irisaba / sus gestos,
sus palabras breves como relámpagos” (53-54)19.
rtidoro, pues, llamado a ser mártir de la lucha revolucionaria del aprismo en los años
30, y en este sentido protagonista de una historia épica, se salva; su epopeya, enton-
ces, se desarma y solo nos queda su revés: lo cotidiano de un personaje en Lima,
convertido ahora en antihéroe al llevar “una vida apacible [...] una oscura existencia”.
La tela de fondo para esta anti-aventura del desencanto (en la que el personaje es, en
algún modo, representación de sentimiento utópico del Perú20) es Lima, la ciudad
que lo acoge y en donde “Artidoro ha extraviado su destino, / una sutil neblina inunda su
alma”.
Este contexto es en el que aparece la ciudad de Lima en Historia de Artidoro. La
primera mención está en el poema “Antiguos entusiasmos”:
74
Esa canción ha muerto.
Muerta esta esa esperanza.
D
Todos han muerto, yacen enterrados E
(Historia de Artidoro, 13) S
i bien el poema podría reconocerse como un texto del propio Artidoro (de quien en dos L
s
oportunidades se recuerda que escribió algunas páginas), por la mención explícita a E
T
las “norteñas tierras” y a los muertos que “yacen enterrados”, el uso del impersonal R
permite identificarlo también con la voz del yo poético del libro (a partir obviamente de A
su reconstrucción de la historia de Artidoro)21 y, en esa medida, otorgarle un sentido S
más general a sus palabras (que es el efecto de la lectura de la primera estrofa): Lima
no solo acabó con los entusiasmos de Artidoro, sino que tiene la propiedad de amen- NO
guar toda esperanza. Es la ciudad la que acaba con el ímpetu de la juventud, con los
9
anhelos de justicia y hermandad. Esta figuración se convierte, a partir de su primera
aparición, en el eje de la representación de Lima en Historia de Artidoro: es el clima de
la ciudad el nocivo; son, fundamentalmente, “la garúa limeña”, “la ceniza turbia / de las W
À
seis de la tarde”, la “sutil neblina”, “la muelle neblina”, “el engaño invernal”, “la tenue S
garúa”, los que provocan o, en todo caso, le dan el marco a la sensación de “la ruina de H
los tiempos / el agusanamiento de la historia” en esta carcomida ciudad. Por lo menos I
G
en las secciones iniciales del libro (“Prólogo: el tiempo, el amor, las palabras” e “Inúti- T
les recuerdos”) son estos rasgos los que construyen la atmósfera que empuja al O
deterioro. Como Artidoro, cuyo “cuerpo [...] hoy pasea lentamente por las calles”, “apri- N
sionado por la ceniza turbia de las seis de la tarde”; como los sueños de revolución
D
(“los rebeldes / fueron ajusticiados / al pie de los palacios / o en las pampas lejanas”, o E
como la fiesta (“callaron las canciones”), Lima “también se acaba, también muere”. L
Es, así, una “ciudad marchita”, envejecida y “tierra estéril”. G
A
D
En la siguiente sección del libro, “Canción y elegías”, a las imágenes presentadas,
O
que están vinculadas acá con la aridez, es decir, con la imposibilidad de que algo
crezca, de que la ciudad dé algún fruto (“los rosales de la Avenida Grau / nunca existie-
ron”; “las nubes pertinaces / de la ciudad de Lima / no regarán jamás / un árbol de
monedas”) se añade la acción del hombre. La naturaleza marca ya el destino de Lima
y de quienes viven en ella, parece decirnos el hablante del poema; pero la naturaleza,
además, está intervenida por la mano humana. Así, los rosales no existen, porque
“Todo lo ha teñido / el humo de los viejos autobuses” o “A la vera / del callejero coro de
automóviles / y el pregón quejumbroso / del suertero que grita la de a mil, Artidoro
camina hacia la muerte”. Así también “las enmarañadas callejuelas / de la vieja ciudad
de los negocios”, son el marco del camino a la deriva de Artidoro.
Se observa sin dificultad que las imágenes de Lima de Historia de Artidoro se encuen-
tran lejos de la ciudad que existía cuando el libro se publicó, en 1994. Lejos, incluso de
la Lima efervescente de los años 70, cuando Delgado escribió los primeros poemas
del ciclo de Artidoro22. Alguien, así, podría extrañar el caos infernal y la desestabiliza-
ción de las estructuras tradicionales de la ciudad y la sociedad, producidos por las
corrientes migratorias del campo a la ciudad, sin duda uno de los acontecimientos
sociales de mayor importancia en el Perú del siglo XX. Sin embargo, representar esa
Lima cambiante no es el interés de Delgado. En sus páginas no laten las barriadas ni
los nuevos personajes que son, hoy por hoy, verdaderos dueños de la ciudad. Y no le
interesa, no porque ignore o menosprecie este proceso, sino porque su intención es
capturar, a partir del recuerdo de un momento (o de tres momentos, para ser más
exactos) una esencia que casi parecería atemporal: lo que busca, como quedó seña-
lado, es tejer, con la historia de Artidoro, la memoria de los días de la revolución de
Trujillo de los 30, las guerrillas del 65 y, aunque no explícitamente sí por la fecha de
aparición del poemario , la guerra interna de los años 80, para comentar, desde la
capacidad reflexiva y la hondura de la poesía -y un escepticismo como marca funda-
mental- el fracaso del horizonte utópico en nuestro “Ancho Perú de muerte / y de
75
Elegía Limeña / La representación de la ciudad en la poesìa de W.D.
melancolía”23. Por ello, la Lima que representa es la que le da el marco a la vida adulta
C H U E C A
propósito de proponer una explicación histórica, sino que son una simbolización, bas-
tante bien sintetizada en el momento de mayor expresión de rabia y desaliento del
libro:
Definitivamente,
el hollín es un asco, la ciudad
es un asco y también
L U I S
ima y Artidoro son los símbolos de ese proceso de descreimiento. Símbolos opuestos
y convergentes. Opuestos, pues mientras que Lima simboliza la rémora para los idea-
les de libertad y transformación, Artidoro representa la persistencia del recuerdo, al
menos el leve respiro de la ilusión de la solidaridad y justicia. Pero símbolos conver-
gentes, además, ya que Artidoro es un hombre que, como Lima, camina hacia la
muerte: “En la ciudad muerta y anónima, / entre los muertos sin nombre, yo camino, /
como un muerto más”. En ambos aspectos se unen, también, el personaje recreado
(Artidoro) y el sujeto que lo recrea (el hablante poético del poemario); no son en abso-
luto intercambiables, pero hay varios puntos en que coinciden: así como Artidoro insis-
te en su recuerdo, a pesar de la corriente limeña de agonía que lo arrastra, el yo lírico
continúa en su búsqueda de Artidoro25, que es, por su propia parte, también, la posi-
bilidad de mantener encendida la llama de la utopía -aunque sea improbable que
alumbre-, antes de que “el invierno / llegue pausadamente para cubrirlo todo / con
desamor y olvido”. El poema “Un Caballo en casa” ilustra lo que digo:
Guardo un caballo en mi casa.
De día patea el suelo
junto a la cocina.
De noche duerme al pie de mi cama.
Con su boñiga y sus relinchos
hace incómoda la vida
en una casa pequeña.
¿Pero qué otra cosa puedo hacer
mientras camino hacia la muerte
en un mundo al borde del abismo?
¿Qué otra cosa sino guardar este caballo
como pálida sombra de los prados abiertos
bajo el aire?
En la ciudad muerta y anónima,
entre los muertos sin nombre, yo camino
como un muerto más.
Las gentes me miran o no me miran,
76
tropiezan conmigo y se disculpan
o me maldicen y no saben
que guardo un caballo en mi casa.
D
En la noche, acaricio sus crines E
A veces pienso 9
Guardo un caballo en mi casa O
N
desesperadamente encadenado
D
E
a mi sueño de libertad.
L
G
n
A
D
(Historia de Artidoro, 45-46)
O
uevamente aquí es imposible saber si quien habla es Artidoro o el sujeto poético del libro. En
realidad, ambos están unidos en la voz que confiesa conservar secretamente ese caballo en
la ciudad, a pesar del contrasentido, de su incomodidad y del sufrimiento del caballo, degra-
dado en tan estrecho espacio. El caballo, es decir la libertad (y todo lo que, simbólicamente,
se le asocia, incluido el mundo de la naturaleza), no tiene cabida en esta “ciudad muerta”. Sin
embargo, el (los) hablante(s) del poema, lo cuida(n) y alimenta(n), y lo conserva(n), aunque
sea maltratado por el encierro, en un estrecho espacio, como desesperado recuerdo y anun-
cio de algo que, en el fondo, presienten imposible.
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Montalbetti, Mario. “El ángel de la historia y el ángel
—. Cuán impunemente se está uno muerto. Barce-
lona, La Poesía, señor hidalgo, 2003.
77
Elegía Limeña / La representación de la ciudad en la poesìa de W.D.
C H U E C A
del estío”. En Hueso húmero 32, diciembre 1995; otras gentes” en Reunión elegida. De manera
pp. 95-99. póstuma –y con posterioridad a la escritura de
Salazar Bondy, Sebastián. Lima la horrible. Lima, este trabajo, por lo que no ha sido considerado
Populibros peruanos, 1964. en el presente análisis- apareció en España Cuán
impunemente se está uno muerte (La Poesía,
Sánchez León, Abelardo. “Presencia de Lima en la señor hidalgo, 2003).
F E R N A N D O
Delgado. Salazar Bondy). Lima, Instituto Raúl 11 Salvo una o dos menciones anteriores
Porras Barrenechea, 1969. intrascendentes desde el punto de vista de este
Tumi, Mito. “Wáshington Delgado. Historia y poesía” trabajo.
(entrevista). En Revista, suplemento cultural de 12 “Presencia de Lima en la poesía actual”. En Vidal,
El Peruano. Lima, 29 de agosto de 1994; pp. 6-7. Luis F. y otros. Presencia de Lima en la literatu-
ra. Lima, Desco, 1986; p. 49.
Notas
13 Entre Para vivir mañana, y Destierro por vida
apareció Parque (1965), libro de breves poe-
1 Con el título “Wáshington Delgado: Elegía limeña”, mas escrito quizás bajo la influencia del haiku
este trabajo forma parte de la investigación co- japonés. Parque, a pesar de la apariencia inicial,
lectiva –llevada a cabo por Carlos López es también una figuración de la ciudad en la
Degregori, José Guich y por mí- “La representa- poesía de Delgado. No la ciudad hostil que atro-
ción de Lima en la poesía peruana contemporá- fia las posibilidades de los individuos (donde
nea: 1950-1990), realizada para el Instituto de podría ubicarse el grueso de la “poesía urbana”
Investigaciones de la Universidad de Lima du- de Delgado), ni la que se mira, en clave paródica,
rante los años 2002 y 2003. para establecer una denuncia incluso ideológi-
ca; tampoco la que se hace cómplice del hombre
2 En Reunión Elegida. Lima, Seglusa Editores & Edi- que la habita (posibilidades que menciona Laura
torial Colmillo Blanco, 1988; p. 8. Scarano en su artículo “Ciudades escritas (pa-
3 Como ocurrió, por ejemplo, con su último libro publi- labras cómplices)”, en la Revista del Centro de
cado en vida, Historia de Artidoro (Seglusa edi- Letras Hispanoamericanas 11, 1999; pp. 207-
tores & Editorial Colmillo Blanco, 1994), en que la 234), sino una ciudad representada por su re-
esencia narrativa tiene mucho que ver con la verso, por un espacio de remanso dentro de ella
lectura atenta de los jóvenes poetas de los 60 y (no un idílico campo abierto ni el espacio rural)
los 70. Al respecto, ha dicho Wáshington Delga- que permite ausentarse de su farragosa y para-
do: “Tanto como influencia, no. […] Siempre he lizante atmósfera, al mismo tiempo que se ofre-
querido aproximarme a los poetas jóvenes y ce como símbolo de una posible reversión de
aprender de ellos. En este libro he evocado en ese mundo atosigante e inhumano, como se ob-
algunos poemas las formas coloquiales y coti- serva, por ejemplo, en “Porvenir en los parques”:
dianas que ellos utilizan tan bien.”. En Tumi, Mito. “Humanidad, un día / vivirás en los parques /
“Wáshington Delgado. Historia y poesía” (entre- con alegría. // El geranio sin guerra, / la hierba
vista). En Revista, suplemento cultural de El sin batallas, / en paz la tierra” (Reunión elegi-
Peruano. Lima, 29 de agosto de 1994; p. 7. da, 90).
4 Forgues, Roland. Palabra viva (II: Hablan los poe- 14 Poema no incluido en las ediciones de Reunión
tas). Lima, Studium ediciones, 1988; 148. elegida.
5 O’Hara, Edgar. “Washington Delgado y los 15 No es necesario, por lo conocido, hacer mayores
jovencísimos del sesenta: Para escribir maña- comentarios sobre los desarrollos de este tópi-
na”. En La casa de cartón de Oxy 9, otoño- co desde la fundación de la poesía de la moder-
invierno 1996; pp. 29. nidad con Baudelaire y Rimbaud.
6 Todas las citas de poemas de Reunión elegida se 16 Sologuren, Javier. Tres poetas. Tres obras (Belli.
extraen de esta edición. Delgado. Salazar Bondy). Lima, Instituto Raúl
7 Sintomáticamente, como veremos más adelante, Porras Barrenechea, 1969; p. 55.
luego de este libro, cuando Delgado publicó la 17 A propósito, ha señalado James Higgins que “Nin-
reunión de su poesía bajo el elocuente título de gún otro poeta peruano ha expresado como
Un mundo dividido, anunció que no volvería a Delgado la tensión entre el deseo apasionado
escribir. del cambio socio-político y el reconocimiento de
8 El libro se publica en 1994, pero algunos poemas que tales esperanzas eran un espejismo en las
del llamado “ciclo de Artidoro” fueron dados a condiciones que prevalecieron en los años 50 y
conocer en 1976 en la revista Hipócrita lector. 60”. En Hitos de la poesía peruana. Siglo XX.
Luego aparecieron bajo el título de “Artidoro y Lima, Editorial Milla Batres, 1993; p. 109.
78
18 Delgado en una entrevista de 1996 señaló que nes de los años 80: “...la izquierda peruana en D
“después de escribir ese libro me sentí un poco particular es una izquierda puramente retórica E
agotado. Pensé que no iba a escribir más” (Jor- que se complace en interminables discusiones
A
ge Coaguila. “Wáshington Delgado. La obsesión o polémicas ideológicas partidarias y sectarias.
R
de corregir”. En Dominical de El Comercio, 8 de Y cuando llega a la acción, es una acción ciega, T
diciembre, 1996; p. 15). No explica el tipo ni las desesperada, y, en todo caso, sin mayor funda- E
razones del agotamiento. No es imposible, sin mento ¿Te refieres aquí a Sendero Luminoso? S
embargo, proponer una relación entre la inten- Pero no sólo a Sendero Luminoso, también a la
ción declarada por su hablante poético (en “Mo- guerrilla del 65. Hay otras acciones, justificadas Y
nólogo del habitante”) de salir de su habitación éstas, como las rebeldías indígenas que tam-
(de su ubicación expectante, y de su mirada bién son puras matanzas debidas a la desespe- L
E
desencantada, escéptica e inactiva) y la clau- ración.” (En Forgues, op. cit; pp. 143-144). La
T
sura del oficio que sostenía tal actitud. posibilidad de lectura de Historia de Artidoro R
19 Esto se conoce recién, de modo explícito, en el que sugiero (una simbolización del fracaso del A
poema-epílogo del libro, “Última conversación horizonte utópico en el Perú) merece, sin duda, S
sobre Artidoro”, en que el yo poético de todo el un desarrollo bastante más extenso, que, por
conjunto intenta obtener (ahora que Artidoro ha escapar de los marcos del interés central de NO
muerto) datos que confirmen la versión que él este artículo, dejo, por ahora, pendiente.
había recibido, de boca de Artidoro, sobre los 24 Salazar Bondy, Sebastián. Lima la horrible. Lima, 9
días violentos de Trujillo cuando salvó de morir. Populibros peruanos, 1964. Véase también “La
20 Sobre este aspecto, son esenciales, además de ciudad enferma: ‘Lima la horrible’, de Sebastián
Salazar Bondy”, de Peter Elmore. En Panfichi, W
las menciones de la “revolución de Trujillo”, el À
poema final de Historia de Artidoro, en que se Aldo y Felipe Portocarrero (editores). Mundos
S
rememora el fracaso de las guerrillas de 1965 interiores: Lima 1850-1950. Lima, Universidad H
(“Los muertos apacibles yacen de cara al cielo del Pacifico, 1995; pp. 289-313. I
/ con los ojos abiertos. […] ¿Qué les dicen la 25 Esto es obvio en la “Última conversación sobre G
inmóvil / tierra, el distante cielo? Solamente les Artidoro”; pero, en realidad, el libro todo es esa T
O
dicen / que ya no hay esperanza”; p. 58), y la búsqueda de reconstrucción del personaje y su
N
fecha de publicación del libro, ya que, como capacidad simbólica. La persistencia en la bús-
enfatiza Mario Montalbetti, “es quizá el primero queda también alcanza al autor (de algún modo D
en aparecer después de la guerra senderista y base real para la configuración del hablante líri- E
durante la así llamada pacificación. Y no hay co de sus poemas); él mismo declara en la pre- L
que pensar mucho para establecer entronques sentación del conjunto (cito en extenso todo el G
claros con estos hechos” (“El ángel de la histo- primer párrafo por el interés que tiene): “Hace A
ria y el ángel del estío”. En Hueso húmero 32, quince años, acaso veinte, Artidoro nació sim- D
O
diciembre 1995; p. 98). plemente como un nombre cuya sonoridad me
21 Solo en dos oportunidades -además del poemas atraía, no sé por qué. Pasado un tiempo intuí una
final, referido a las guerrillas del 65- no se men- nebulosa historia detrás de ese nombre. Lenta-
ciona a Artidoro en tercera o segunda persona mente se fue perfilando el dibujo plano, todavía
en los poemas: una es este caso, y la otra, “Un sin color ni relieve, de una persona en cierto
Caballo en casa”, sobre el que volveré al final. modo viva. Entonces escribí tres poemas que
son el núcleo de su historia. Y me detuve hasta
22 Así lo señalaba, por ejemplo, Abelardo Sánchez que, gracias a mi paciente espera al pie de un
León con relación a los poemas de Artidoro co- nombre cuyo misterio no alcanzaba a develar, al
nocidos entonces, en su artículo “Presencia de cabo de varios años, sentí que en algún remoto
Lima en la poesía actual” (en Quehacer 3, mar- punto de mi desvelo o mis ensueños, Artidoro
zo 1980; pp. 91-102): “Delgado se circunscribe empezaba a vivir con carne y huesos propios,
a los espacios céntricos y clásicos. Otras zo- con recuerdos suyos, con esperanzas suyas.
nas de la urbe no son por él transitadas.” (pp. Llegó un momento en el cual, como al genio sa-
95-96) lido de una botella, no lo podía dominar. Si antes
23 A propósito del tema del fracaso del horizonte de descubrirlo yo lo perseguía, ahora me perse-
utópico y su relación con Historia de Artidoro, guía él. Iba detrás de mí por toda la casa y aun
ha escrito Washington Delgado: “Historia de por la calle. Se asomaba a mis sueños cuando
Artidoro comenzó a ser escrito mucho antes del yo dormía. Enderezaba mi pluma y corregía mis
derrumbe del socialismo real y de esto que aho- textos cuando me ponía a trabajar. Poco a poco,
ra llaman la muerte de las ideologías y el fin de la a medida que nuestra colaboración se acentua-
historia. Yo no creo en estas últimas cosas pero ba, fui percibiendo que la historia de Artidoro se
sí estoy seguro de que un ciclo ha terminado. El confundía con la historia peruana o la historia
siglo XX se inició prácticamente con un hecho del mundo. Al final, me di cuenta de que los lati-
político importante, la revolución soviética, que dos de su sangre eran sólo una parte del fragor
cambió el mundo, y se cierra con el desastre de de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos
la Unión Soviética, y volvemos al comienzo. Esa tocó vivir” (“Explicaciones acerca de Artidoro”.
posibilidad se ha cerrado, y en el libro hay un En Historia de Artidoro, 7).
reflejo de eso” (En Tumi, op. cit.; p. 7). También
son apropiadas al respecto estas declaracio-
79
1
1 Parados, de izq. a der.: Manuel Baquerizo, Jorge Puccinelli, ---, --- Tulio Carrasco, WD, Aníbal Quijano, Manuel
Velásquez, sentados, tercero: Oscar Franco, Nícida Coronado, Evelina Galloso, Esperanza Ruiz, Hugo Bravo
2 Francisco Bendezú, Jorge Puccinelli, Jorge Guillén, WD. Pablo Guevara
3 Francisco Carrillo, Maruja Martínez, Carlos Garayar, Rosalía García, [Link] Martos y Edgado Rivera Martrínez, en
la casa de Jorge Puccinelli
l e t r a s
Para siempre vivir: los envíos a futuro de la poesía
de Wáshington Delgado
y
a r t e s
R a ú l B u e n o
d e
º 9
Martín N
Para vivir entierro
los pies en el futuro
y en los aires de hoy día
que pronto morirán.
WD : Canción española.
q
1. “La muerte es vida cumplida”
ue ha muerto Wáshington Delgado, me dicen desde el otro lado del hilo telefónico, a
miles de kilómetros de distancia, y yo no acabo de entenderlo. Aún hoy, a meses del
evento, no le hallo sentido a la noticia. ¿Cómo puede morir quien precisamente tenía
gran familiaridad con la muerte y la conjuraba nombrándola a cada paso en su escri-
tura? Cuenta el cuento que Jaromir Hladík, poco antes de ser ejecutado, imaginó
todas las circunstancias de su posible muerte con el fin de eludir la condena, pues lo
fatal no suele ocurrir como es imaginado1. Así, tengo para mí que Wáshington imaginó
todos los avatares de la muerte para sortear esto que ahora físicamente –y sólo física-
mente– le acontece. Porque, desde su primer poema impreso –su deslumbrante
“Elegía” a Pedro Salinas– hasta el último –la tristísima lacrimosa del abandonado–,
pasando incluso por esa suerte de interludio hímnico a la vida que es su libro Parque
(1965), donde otra “Elegía” furtivamente ingresa al libro para dar justa medida a las
circunstancias de la vida, WD hizo profesión de escritura sobre la muerte: “Mientras la
historia humana pasa, / yo escribo estas palabras, yo contemplo / el cadáver de una
abeja en mi ventana, / yo combato a la muerte, / día a día.” (2003, 33 –el énfasis es mío:
R.B.)
Más WD no está muerto. Leo y releo sus versos, y hallo que encontró la manera de
trascender la muerte. No sólo por convocarla siempre de modo contestatario, y aun
desafiante, sino por construir con ella, y hasta contra ella, otra suerte de vivir. Porque
una muerte acosada por una vida intensamente vivida no es –no puede ser– rendición,
ni acabamiento, ni negación de vida. Aclaro que “intensamente vivida” no porta acá
ninguna connotación licenciosa ni agonista, sino, como en los estados de conciencia
que le significaban revelaciones existenciales a Antoine Roquentin (Sartre, 1938), un
sentido de cabal lucidez sobre la experiencia vital. Y es que la vida de Delgado, esto es,
su escritura –y creo que la ecuación resulta acá del todo pertinente–, fue clara medita-
ción sobre la vida en sus vertientes individual y social. Amó la vida, de eso no cabe
duda, pero la aquilató mejor confrontándola con la muerte, hermanándola también con
ella, haciendo que la muerte sea no sólo límite sino también parte de la vida. Así dotó
a la vida de una plenitud que no podría ser avalada sin la muerte (¡la muerte como
razón cabal de la vida!), como puede verse en los siguientes versos ejemplares de
Canción española (1970): “La muerte es vida cumplida / para vivir sin medida / quisiera
morirme más.” (139)2. Lo ha conseguido de manera brillante. Él vive ahora entre
nosotros –en sus libros, en los versos que siempre recordamos y tenemos a mano–
P A R A S I E M P R E V I V I R
sostiene que toda la literatura puede ser reducida a unos cuántos temas fundamenta-
les –la muerte, sin duda, es una de esas incidencias. En una reducción más drástica,
llevada a su epifanía por los demiurgos del estructuralismo, los seguidores de Freud
U
sostenían que la vida humana –y ahí la escritura– podía reducirse a dos pulsiones
básicas: vida y muerte. O, para decirlo en la clásica dualidad griega: Eros (que es afán
B
de vida) y Thanatos. Luego de este recuento cabe, entonces, preguntarse cuál el mé-
rito de la poesía de Delgado, si no haría más que trajinar un sendero ya milenariamente
L
fatigado. La respuesta nos viene de los mismos autores y tradiciones aquí convoca-
dos: la originalidad y el talento no se miden por los temas en sí, sino por el modo de
Ú
En efecto, la muerte convocada por Delgado es una muerte otra, reelaborada por la
palabra, precisada, diversificada, regenerada y –en casos como el de la secuencia
R
que sigue, dedicada a Pedro Salinas– resustanciada por la escritura: “Ya nada te
despoja de la pura palabra / en que vivías. Ya no hay más mundo que ése / de tu voz sin
tus labios.” (11). Es también una muerte desligada de estériles abstracciones,
sinecdóquicamente empeñada en órganos y funciones humanas, como los sueños,
besos, rostros, olores, manos, lágrimas, músicas y sonrisas de sus primeros libros
(1951-1960), o los huesos, el sombrero, el reloj, el libro, el bastón y los guantes (de
Vallejo) de su último libro (2003). Es asimismo una especie de muerte civil, que enu-
mera sujetos presionados por el tiempo y las deceptivas circunstancias sociales de la
hora, y que transitan como zombis desposeídos de conciencia, o, aun peor, como
robotes que jamás la tuvieron: “Los muertos cuentan monedas, medicinas, / hambres,
amores, aventuras […] / ¿desde qué hondo número los gobierna la muerte?” (150). Es
además una muerte que metonímicamente refiere a la casa, la estirpe, la ciudad
(¡Lima, en el ciclo de Artidoro! –1994), o la patria: “Mi casa está llena de muertos / es
decir mi familia, mi país, / mi habitación en otra tierra, / el mundo que a escondidas
miro.” (156). Y una que suma antepasados –estirpes, generaciones, descendencias,
pueblos– que en su tiempo padecieron muerte civil por culpa de una realidad adversa
que los condenó a la inutilidad histórica: “No hay un pasado [escribe] / sino una multi-
tud de muertos” (160). Y es, asimismo, la Muerte con mayúscula, su intuición profunda
y devastadora, la ineludible condición de que hablaban Heidegger o Sartre; o tal vez
algo mayor que eso, el borramiento definitivo de muchedumbres circundantes, un
poco al modo de Eliot en «The Waste Land» (1922): “Sencillamente contempló [Artidoro}
la muerte, / su antiguo y frío rostro, / ni odioso ni terrible. / La gente caminaba por las
calles, / iban los automóviles a citas imprevistas, / Artidoro seguía contemplando.”
(1994, 34)4
El examen a que me ha llevado la poesía de WD me permite decir que, para él, hay
distintos tipos de vida y de muerte. Los expongo en corto a continuación tanto para
guiar el desarrollo de los puntos que siguen en este ensayo, como para acumular las
pruebas que demuestren la pertinencia de este sistema de pensamiento. Así, hallo
que WD concibe dos tipos de vida, la deseable y la indeseable (la vida-vida, diríamos,
y la vida-muerte –o la muerte en vida) y dos tipos de muerte, la aceptable y la inacepta-
ble (la muerte-vida, esto es, la vida que trasciende la muerte, y la muerte-muerte). En
este panorama ideológico se desenvuelve, como veremos, todo el quehacer poético
de Delgado.
e
2. “Los basurales de la historia”
n 1970, luego de la publicación de Un mundo dividido, volumen de título desasosegante
y emblemático que reúne los libros de poesía que había publicado hasta entonces,
Wáshington anuncia –para consternación de sus lectores y amigos– que se retira
definitivamente del ejercicio de la poesía. ¿Qué ha mediado para que el poeta tome
esta drástica decisión cuando el reconocimiento a su mérito poético estaba en ascen-
82
D
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3
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4 D
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1 Camilo Fernández, WD, Esther Espinoza, Esther Castañeda, Tomás Escajadillo, atrás, Jorge Puccinelli
y Edgar Alvarez
2 Edgardo Rivera Martínez, Rosina Valcárcel, y WD
3 Carlos Gasols, Jorge Puccinelli, Pablo Guevara y WD.
4 Jiromi Toguchi, Carlos Gasols, WD, Pablo Guevara, Jorge Puccinelli y Esther Castañeda,
83
5 José Antonio Bravo, WD, Rosina Valcárcel, Jorge Puccinelli, Marco Martos y Manuel Velásquez
P A R A S I E M P R E V I V I R
so? Una respuesta podría conseguirse averiguando asuntos contextuales, tales como
las circunstancias históricas del anuncio (es la época contradictoria y llena de ambi-
O
güedades del gobierno del General Juan Velasco Alvarado –1968-1975). Yo querría,
sin embargo, hacer una indagación puramente textual, observando otras frecuencias
temáticas del libro para desplegar los relatos (o “narrativas”) que esas temáticas
N
pueden configurar, las plasmaciones que logran articular, y las posibles poéticas que
se les asocian.
E
primera vertiente, y como Parque (1965) en que se inclinaría por la segunda, la verdad
es que WD es más bien un poeta que practica una armoniosa y productiva síntesis
L
entre los dos registros. Y pese a que el título de Un mundo dividido pareciera plantear
opciones contrapuestas, la verdad es que el libro resulta significativo de su ambidiestra
Ú
vida intelectual y sus intenciones poéticas: un camino doble hacia las libertades indi-
vidual y colectiva, hacia entrañables espacios vitales para el poeta y todos los demás
A
seres humanos. Así la crítica (de, entre otros, Quijano, Ramírez, Horanyi, Gutiérrez y
R
y, en suma, la ruina de todas las instancias de lo humano y lo cultural en estos libros
lleva el conjunto hacia un sentido predominantemente funeral.
as el compromiso con lo social –se nos dirá– es por principio eufórico y apuesta por la
vida, no por la muerte, y destacados conjuntos de poemas de Delgado –se nos
remarcará–, de Días del corazón a Para vivir mañana y aun a Parque (de 1957 a 1965),
insisten en la marcha solidaria del poeta y su pueblo hacia la conquista del futuro:
“Toco una mano y toco / todas las manos de la tierra./ / Todo el amor es nuestro: […]
toda la hermosura” (92), “Humanidad, un día / vivirás en los parques / con alegría./ / El
geranio sin guerra, / la hierba sin batallas, / en paz la tierra.” (191). Estoy de acuerdo,
esa convicción y esa vehemencia están ahí. Mas llega la hora de la verdad y Delgado
tiene que cerrar su primer ciclo poético con un saldo desoladoramente negativo: ha
comprobado “los basurales de la historia” (227) y ha “caminado por los desiertos, toda
la vida [sin llegar] a ninguna parte” (234). Concluye así Destierro por vida (1969), y
luego el volumen Un mundo dividido (1970) –que no casualmente se llama así, aña-
diendo un sentido distinto a un título que ya ofrecía otras alternativas de lectura–, y
Delgado decide abandonar definitivamente el trabajo poético.
84
3. “Mi monólogo ha terminado”
ermítaseme ahora ahondar un tanto en estas narrativas temáticas, en sus secuencias
y sentidos. Visiblemente el amor (es decir la afirmación de vida) es un tema de impor-
tancia en la poesía primera de WD. Desarrollado con lenguaje conciso y musical en D
Formas de la ausencia (1955) y Días del corazón (1957), el amor es de modo casi E
indiferenciado un sentimiento y un valor rotundos, que animan y dan sentido a la
A
existencia; tanto al vibrante mundo interior del poeta, como a una humanidad que se R
quisiera solidaria y plenamente realizada: “y marcho entre desconocidos, amigos y T
parientes / que iluminan la tierra” (90). El amor existe en estos libros con notas de E
S
obviedad, básicamente para contrarrestar una realidad –la que se poetiza– que es
deficitaria y angustiosa: “las banderas, los himnos y los sueños de mi patria / yacen en Y
una comarca callada para siempre” (51). Entonces «las formas de la ausencia» que
se convocan serían las que sugiere el deseo de amorosa plenitud. Por eso el segundo L
E
libro acepta la influencia de la ambiente temática social, en que la solidaridad –que es T
una forma del amor– es componente imprescindible, porque esta temática viene a R
llenar uno de los huecos de la ausencia; aunque también acepta el existencialismo de A
S
Camus, cuyo libro El extranjero repercute en el poema de Delgado que lleva el mismo
nombre, y que es expresivo de frustración civil y de exilio interior: “Soy el olvidado NO
habitante de una patria perdida” (52).5
9
Para vivir mañana (1959), poemario escrito bajo la influencia de Brecht, es, para decir-
lo en corto, una desmitificación de la historia y sus conflictos a la vez que una evalua-
ción tenazmente deceptiva y disolvente de la realidad individualista y sus falsos valo- W
À
res. En esta visión, como ya se ha dicho, es continua la referencia a los muertos (tanto S
a los muertos en vida como a los muertos del pasado) y es poca la lección moral que H
se desprende de ellos. Pero no todo es pérdida, y es todavía posible la esperanza y la I
G
alegría: «cuando los hombres se juntan». Se trata, pues, de un libro de mensajes
T
abiertos, sentencioso, casi provocador, de lenguaje claro hasta el punto de la desnuda O
limpidez, pero de intenso lirismo. Un lirismo esencial –basado en la condición huma- N
na más que en el brillo artificioso del lenguaje– que emerge cuando falsedades y otros
D
errores son corroídos por una ironía –a veces un sarcasmo– que va incluso en contra E
de la misma poesía que la contiene: “…ésta no es una historia / sino veinte palabras L
/ que nada dicen” (160 –mi énfasis), concluye así el poema que precisamente lleva el G
A
título de “Historia del Perú”. D
O
Parque (1965) constituye, se ha dicho, un supuesto paréntesis en esa trayectoria
poética. Pero este hiato, si bien se ve, es más un cambio de estilo expresivo que una
suspensión de la línea temática central de WD. En efecto, por medio de lo que se ha
sido visto como un conjunto de imágenes humildes, pero que más bien es un grupo
de símbolos arquetípicos de una humanidad que aspira a trascender (aire, agua,
árbol, luz), WD sustituye las referencias históricas de sus libros precedentes por la
simbología de la naturaleza cautiva de los parques. Por eso el libro no llega a ser
eufórico, ni puede descartar un desarraigo y una soledad esenciales; y, si bien la
muerte no se nombra directamente ni se insinúa mucho, no se descarta su acecho:
“Sombras altas y viejas, […] / son la presencia inmóvil / de tu alma muerta.” (200).
Tierra extranjera (1968) y Destierro por vida (1969), construyen una línea que apunta,
en consonancia con lo que va a ocurrir en el nivel de la enunciación básica, a la
cancelación de la poesía. Destierro... es, como ha dicho Delgado, un libro nuevamente
brechtiano, pero desesperanzado y hasta herido de tristeza. Su tema central es el exilio
interior, pero ya no como una introspección que dé sustento a la voz, sino como un
reducto perentorio de vida, inútil ante el acoso de una realidad agresiva y absurda. El
Perú vive tiempos difíciles, políticamente confusos (es la dictadura reformista de
Velasco) y el poeta prefiere entonces callar. Los trabajos reunidos en Un mundo dividi-
do, entonces, constituyen muestras esclarecidas de cómo el poeta entiende la vida
privada como símbolo de la vida social y, a la inversa, la vida social como un signo
mayor de los tiempos: suerte de bastidor donde la vida individual entreteje
ineludiblemente sus avatares. No habría, pues, escapatoria, el sentimiento (como la
escritura que lo expresa) está sutil y profundamente urdido por el tiempo social que
rodea al poeta, y ese tiempo no comunica vida –sino una muerte en vida, que hace eco
en la voluntad de silencio del poeta– ni comunica verdaderas salidas sociales: “Mi
habitación de nada sirve. / La posteridad me espera en la calle. / Mi monólogo ha
terminado.” (226).
85
P A R A S I E M P R E V I V I R
ciosamente. No son muchos, pero anuncian un nuevo ciclo poético. Esta vez su poesía
aparece más libre, menos empaquetada formalmente, más cosmopolita, y acoge la
sugerencia narrativizadora, transtextual y exteriorista de los poetas más jóvenes. Cris-
N
Historia de Artidoro parece continuar los lineamientos anteriores: una memoria que no
da lugar al optimismo ni al orgullo, una realidad deficitaria y frustrante, la crítica severa
U
biendo que la historia de Artidoro se confundía con la historia peruana o la historia del
mundo. Al final, me di cuenta de que los latidos de su sangre eran sólo una parte del
L
fragor de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos tocó vivir» (1994, 7 –los énfasis
son míos). Más aún, el libro reedita a su manera la visión distanciada de la realidad de
Ú
sus libros anteriores; también una textura lírica castellana que recuerda a Manrique,
entre los clásicos, y a Pedro Salinas, entre los modernos. Y a más añadidura, recoge
A
como semilla y núcleo del libro los poemas nuevos que no habían quedado bien
R
jante a los dioses / yo seguiré luchando con mi suerte // sin escuchar las espantadas
voces / de los envenenados por la muerte.” (1994, 34).
o puedo hablar con toda propiedad del último libro de Delgado, Cuán impunemente se
está uno muerto, pues hace escasamente unas horas que una fotocopia de él ha
llegado a mi vida6. Para una cabal evaluación de esta poesía yo requeriría años de
tratamiento, mediadas por ciertas estratégicas distancias. Pero en horas de tenacidad
sin sueño he logrado ver que este magnífico volumen es el más desencantado de
todos (“turbia”, “turbios”, “enturbiados”; “olvido”, “destrucción” y “miseria” son algunas
de las palabras que convoca ahí la ciudad de Lima solamente) y la desilusión es ya
una desolación sin remedio: “el país en derrota y el aire muerto.” (2003, 71)7. Ante esta
constatación la ironía se adensa hasta ser franco sarcasmo, que aun hinca el diente
en la propia escritura que la sostiene: “Escribiré una crónica / contra los bribones. /
Empezaré por mí mismo, / una modesta autobiografía / sin notas a pie de página.” (57).
La realidad –la historia de las iniquidades– es ahora glosada magistralmente en el
registro que mejor le conviene: el puro prosaísmo, la descarnada lección carente de
afeites y otras perejiladas, porque ante lo oprobioso nada es más directo que el hecho
en sí, casi fotográfico y sin mayores comentarios: “En el Perú, las madres / son apalea-
das diariamente / por pedir un poco de leche / para sus hijos pequeños. / A las míseras
gentes / las arrojan a balazos / de las pampas pedregosas / donde quisieron levantar
/ sus chocitas de caña” (38). Lima es, como ya se entiende, el marco principal de las
acciones del libro, aunque otros lugares (España, Portugal, quizá otra vez Nueva Ingla-
terra, donde Wáshington hablara del Quijote y otras querencias literarias) son aquí
evocados tal vez para medir bien la angustia. La revolución ya es un chiste de tanto
estar “a la vuelta de la esquina” (52ss). Y la edad de oro y la belleza fueron no vividas y
perdidas: “Río de polillas, oh memoria, catarata de polvo y sombra cubierta de aguje-
ros, nunca tocaste la belleza.” (73). Con tan pobre cosecha, no hay, pues, cómo ali-
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1 Rosalía García, su esposa, WD, Elsa Villanueva E
de Puccinelli, Alfredo Pita y Jorge Puccinelli L
en París. G
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2 WD con Julio Ramón Ribeyro D
3 WD con Luis Jamime Cisneros y Jorge Puccinelli O
4
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P A R A S I E M P R E V I V I R
O
mentar a la esperanza.8 Ante estas constataciones no resulta entonces extraño que los
sujetos que transitan ese mundo representado prefieran la muerte física: “’Toda mi dicha
N
fuera / morir entre geranios sobre alfombra de césped’. / Son palabras de Carlos, lo mismo
que el alcohol, / la coca o la heroína, es un vicio la muerte. / Procuro distraerlo…” (30).
E
ción actual, y ahora, al final de estas líneas, creo haberlo demostrado. Es decir, creo haber
dejado claro que su obra entera constituye un continuo discurso sobre la muerte, o sus
L
consiguió conjurarla. Y burlarla, por medio de instalar una vida más enjundiosa y estimable
que la vida a medias regateada por la realidad material. De modo que cuando en Canción
A
española escribe los versos del epígrafe (“Para vivir, entierro / los pies en el futuro” –133), en
R
que “enterrar” remite obviamente a un ritual de la muerte, él decía claramente lo que sin lugar
a dudas quiso –morir para mejor vivir– y ahora es el resultado de eso que con vehemencia
quiso –ser un ser vivo a pesar de, por sobre, y aun contra la muerte. Entonces, en los términos
ya adelantados al final de 1.: combatió la vida-muerte, se empeñó en la vida-vida, y, ante el
irremediable tránsito a la no-vida, reprobó y aun fustigó la muerte-muerte, y anheló la muerte-
vida, esto es, esa suerte de vida más allá de la muerte. Esta nueva vida es la que ahora nos
convoca a tantos, en este coloquio9. Y nosotros, para ser consecuentes con su reclamo de
entonces y su actual condición, nos toca ahora celebrar su estado tal como se nos presenta
–como quintaesencia de vida, como intensificación anticipada de la muerte en nombre de la
vida– y celebrar el hecho de que a partir de esas convicciones haya podido el poeta cifrar el
arte imperecedero y deslumbrante que nos ha legado.
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Cisneros, Antonio: Destierro. Lima: Cuadernos del Nueva Orleáns, en 1982, reproducida bajo el À
Hontanar, 1961. título de “Magia pura” por el diario La Nación de S
H
——: Comentarios reales de A.C. Lima: Ediciones de Buenos Aires, el 13 de mayo de 2001; pp. 1- 2.
I
la Rama Florida & Ediciones de la Biblioteca Uni- 4 Compárese, en efecto, los citados versos de WD G
versitaria, 1964. con éstos de “The Waste Land”: “A crowd T
flowed over London Bridge, so many, / I had not O
Eliot, T.S.: The Complete Poems and Plays (1909- N
1950). New York: Harcourt, Brace & World, Inc. though death had undone so many.” (Una multi-
1971; p. 39. tud fluía sobre el Puente de Londres: yo no ha-
D
bía pensado que fueran tantos los que la muerte E
Heraud, Javier: El río. Lima: Cuadernos del Hontanar, se llevara –mi traducción libre). L
1960.
5 Al citar este verso de la «patria perdida» quiero G
——: El viaje. Lima: Cuadernos Trimestrales de Poe- adelantar que esta convicción de WD sobre una A
sía, 1961. historia defectiva y un proyecto nacional frus- D
O
Salazar Bondy, Sebastián: Poemas. Obra de S.S.B. trado es algo que se traslada a otros poetas de
Lima: Moncloa Editores S.A., 1967. no sólo las generaciones posteriores, sino aun
Sartre, Jean Paul: La nausée: roman. [Paris:] Gallimard de su propia generación. Tal sería el caso de
[c1938]. Manuel Scorza en los poemas menos explícitos
–en su compromiso con lo social– de su libro
Scorza, Manuel: Las imprecaciones. Lima: Colección Las imprecaciones (1960).
El Centauro, Festivales del Libro, 1960).
6 Tuve un momento el ejemplar de Sonia Delgado, la
hija del poeta, que me fuera confiado con gran-
Notas
des precauciones. Pero éste me fue luego sus-
traído, entre otras pertenencias, en un acto de
• El presente trabajo está en parte basado en la entra- “fina” ratería callejera, por lo cual mi consterna-
da “Wáshington Delgado”, preparada especial- ción es grande y mi deuda impagable Y aunque
mente para el Diccionario de las Letras de Amé- nuevos ejemplares de Cuán impunemente se
rica Latina (DELAL). Caracas, Fundación Biblio- está uno muerto estén a mi alcance en un futuro
teca Ayacucho; Vol. I (1996); pp. 1430 a 1431. cercano, definitivamente no serán el mismo libro
que Wáshington entregara a su hija. Que Sonia
1 Borges, Jorge Luis: «El milagro secreto». Ahí se lee: me perdone.
«Anticipaba infinitamente el proceso. […] con ló-
gica perversa infirió que prever un detalle cir- 7 Las citas que siguen, salvo la que al final se espe-
cunstancial es impedir que éste suceda.» (1974, cifica como de otra fuente, refieren todas al libro
509) de 2003.
2 Cuando no se especifica el año de publicación, los 8 O como diría Sebastián Salazar Bondy en su «Tes-
números entre paréntesis que siguen a las citas tamento ológrafo», en unos versos que yo le
de la poesía de WD refieren al volumen Un mun- escuché musitar a WD: hay que dar «de comer
do dividido (1970). al olvido con tan frágil manjar» (de El tacto de la
araña, 1965, incluido en 1967, 193).
3 No tengo a mano el texto que acredita de modo
completo esta aseveración de Borges; pero sí el 9 Este ensayo fue presentado en el “Coloquio Inter-
que contiene la cita entre comillas: es el de una nacional sobre la obra de Wáshington Delgado”
disertación del autor dada en la Universidad de celebrado en el Instituto Porras Barrenechea,
en Lima, en julio de 2004.
89
1 Promoción del
Colegio San
Andrés, década
de los años 30.
WD. el tercero de
la primera fila
2 ... Pablo Guevara,
WD. y Rosalía el
día de su
matrimonio
3 Pablo Guevara, WD.
Armando
Zubizarreta en
Madrid, 1958
4
4 Sentados: ..., Carlos Araníbar, WD, Guillermo Daly, Oswaldo Reinoso, y Alvaro Villavicencio, de pie, izq.: Eleodoro Vargas
Vicuña, Livio Gómez, César Franco, Manuel Velásquez, A. Barrón. Ernersto Rodríguez Lainez y Francisco Carrillo
l e t r a s
y
Las Bagatelas de Wáshington Delgado y otros asuntos
a r t e s
S a n d r o C h i r i
d e
º 9
Martín N
Introducción El maestro
a muerte de Wáshington Delgado presupone la Pues bien, en medio de ese contexto estaba el
pérdida de un intelectual de gran valía; un maestro maestro dispuesto a la plática fácil e inteligente.
en todo sentido de la palabra. En él se reunían Antes de ocupar el Decanato de Letras, WD ejercía
muchas virtudes: el creador inteligente, el profesor la cátedra de Literatura Española Medieval o del
erudito, el amigo incondicional, el padre ejemplar, Siglo de Oro o de Literatura Peruana Contemporá-
el lector sensible, el crítico agudo, el conversador nea con una erudicción envidiable, no sólo por los
ameno (1). Hizo de la literatura su razón de ser y de detallados datos y precisa información que mane-
estar. Luis Jaime Cisneros lo ha descrito de inme- jaba, sino por la forma que los transmitía. Casual-
jorable manera: «Fue Wáshington cabal hombre de mente, esa forma de transmitir conocimientos era
letras; poeta de primera línea, investigador acucio- la suma –en el caso de W– de sencillez, didactismo
so de la literatura, prudente en el juicio, amable en y amenidad. No era raro, entonces, encontrar sus
el proceder, transparente en la conducta y decoroso clases llenas. Era un gusto escucharlo. Pero ese
en el hablar» (2). Por estas virtudes conocidas por placer por enseñar también lo tenía más allá del
quienes lo conocimos y frecuentamos, quiero ape- aula. Su casa de la calle José Leal, en el distrito de
nas recordar algunas de sus facetas, como la de Lince, fue visitada por diversas generaciones de
maestro universitario del cual fui privilegiado testi- alumnos suyos. Siempre se dio un tiempo, en me-
go en mi condición de alumno. Efectivamente, yo fui dio del fragor y las urgencias familiares, para recibir
estudiante de Literatura en las aulas de San Mar- a sus discípulos y colegas. Una corredor, que ser-
cos durante los tormentosos y agitados años 80, vía de entrada, desembocaba en una pequeña sala
tiempo en que nuestra Casa de Estudios andaba rodeada de libros y presidida por un cuadro de pin-
un poco a su suerte por cuestiones presupuestales cel anónimo cusqueño. Sea en el aula, en su casa
y políticas. La violencia por la que atravesaba el Perú o en el Patio de Letras, WD siempre enseñaba. Él
de aquellos años alejó a muchos profesores y alum- era un convencido de que un maestro también debe
nos de la vida universitaria sanmarquina. No obs- ser capaz de prolongar su enseñanza en el café, en
tante ello, WD (como muchos de nuestros maes- la tertulia, en la conversación desprovista de atadu-
tros) mantenía su labor con estoicismo y dignidad. ras formales.
Había sido elegido, por entonces, Decano de la
Facultad de Letras y tenía que tratar con profesores
y alumnos, como es natural en un cargo de esta
naturaleza, sino que además lidiar contra con un
Un estilo, un método
presupuesto francamente exiguo e irrisorio, que –
tal como me lo confesó– apenas alcanzaba para
comprar un par de escobas al año y con las cuales Enseñar era para él era conversar, dialogar, escu-
hubiera querido salir volando para liberarse de la char, preguntar. De alguna manera, el estilo socráti-
espantosa miseria que le tocó afrontar como auto- co era su modelo. Como maestro universitario, WD
ridad universitaria. solía elaborar unos éxamenes que obligaba al alum-
no no sólo a razonar sino a dialogar con los textos y
con los autores que el syllabus exigía. Por ejemplo,
en su cátedra de Literatura Española del Siglo de
Las Bagatelas de Wáshington Delgado y otros asuntos
I
Oro no bastaba afirmar que el comendador de iniciaba ese año cursos de complementación pe-
R
Fuenteovejuna, Fernán Gómez de Guzmán, violentó dagógica en la Facultad de Educación. Para sor-
a Laurencia en una tarde de arrebato, antes que la presa tanto del maestro como mía, la señora secre-
I
joven labriega contrayese matrimonio con Frondo- taria de entonces puso el grito en el cielo aducien-
H
so. No, no bastaba eso. Había que ir a la raíz. La do que un documento de esa naturaleza, de com-
joven mancillada, por cierto, era socialmente débil probarse, originaría problemas administrativos tanto
C
frente a un noble prepotente y abusivo. No tenía al Decano como a la misma Facultad de Letras. En
amparo ni del novio ni de nadie. Estaba confinada a ese instante, una voz que le desconocía al maestro,
vivir con la deshonra. La sociedad feudal tenía sus sentenció en tono enérgico: «Me gustaría firmar ese
códigos y sus silencios; por eso, WD, basándose
O
de Lope de Vega preguntaba sobre las relaciones La lógica del entendimiento puso las cosas en su
secretas y de lealtad y mutua comprensión que pu- sitio. Así era WD: leal y desinteresado, capaz de
D
dieran haber existido entre –por ejemplo– la reina poner las manos al fuego por un alumno en apre-
Isabel de Castilla y la campesina Laurencia; es mios frente a la vida.
N
Las manos al fuego no cabía más que hablar con el mismo director del
periódico, el Dr. Aurelio Miró Quesada, quien en sus
años juveniles conoció a Vallejo. Los pasos que
daba WD para consolidar la organización de un con-
uisiera referirme, ahora, a dos episodios muy pun-
greso que tuviera repercusiones internacionales
tuales y aleccionadores que viví al lado del maes-
eran, por cierto, los más atinados. Aún la dupla
tro. El primero de ellos tuvo que ver con la obtención
Fujimori-Montesinos no daba el sonado autogolpe
de un trabajo el año mismo en que me casé. Eran
del 5 de abril. El evento se llevó a cabo en el mes de
los primeros meses de 1986, la prolongación de
marzo de 1992; por aquella fecha todavía el Dr. Luis
mi contrato como profesor en un colegio del Estado
Alberto Sánchez ocupaba responsabilidades par-
dependía –según las exigencias del Ministerio– de
lamentarias. No era fácil entonces abordarlo, más
un documento emitido por San Marcos donde se
aún si se tiene en cuenta que ya había una atmós-
afirmase que yo estaba cursando materias y asig-
fera enrarecida en la política peruana. WD sostenía
naturas en la Facultad de Educación. Como era de
que la persona indicada para el discurso de fondo
suponer, un documento de esa índole me era real-
en el homenaje que SM tributaría a Vallejo era LAS.
mente imposible de conseguir. En medio de mi con-
Había que comprometer, sí o sí, su participación,
fusión decidí contarle mis desdichas al maestro WD,
porque lo que Sánchez dijera siempre tendría valor
quien de inmediato llamó a su secretaria y le dijo.
testimonial y de primera mano. Todo lo que se pro-
«Tome nota, señora, de lo que le voy a dictar». Y de
puso, WD lo logró. Había que verlo hablar por telé-
inmediato su infinito y comprensivo corazón dicta-
fono tanto con Aurelio Miró Quesada como con Luis
ron las palabras mágicas donde se acreditaba que
Alberto Sánchez; en su voz había respeto por los
yo, además de haber concluido estudios en la es-
viejos maestros, pero también argumentos
pecialidad de Literatura en la Facultad de Letras,
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1 Tercero de pie: Miguel Angel H
Chamorro, José JIménez Borja, I
WD, Ramiro Matos, ... G
2 WD, con Tomás Escajadillo y el T
O
maestro cubano José AntonioN
Portuondo, en Huampaní 1971, en
el décimo quinto congreso delD
Instituto de literatura iberoameri-
E
cana. L
G
3 Derecha: Francisco Bendezú, A
Oswaldo Reynoso, Carlos D
Gallardo, WD,.... O
4
93
4 Sentados: Oswaldo Reynoso,..., Carmen Pimentel de Quiano, ..., Carlos Araníbar, A. Portocarrero. De pie, izq.: tercero: Aníbal
Quijano,..., WD. los dos últimos de pie, Manuel Velásquez y el filósofo Víctor Li Carrillo
Las Bagatelas de Wáshington Delgado y otros asuntos
I
arrolladoramente contundentes como para que nin- tores (que difundieron sus textos en la fenecida re-
R
guno de los dos se opusieran a sus requerimien- vista Varia Lección, que nadie conoce y que no figu-
tos. Es de suponer que ni Miró Quesada ni Sánchez ra en ningún fichero de las principales bibliotecas
I
jamás se hubieran opuesto a participar o apoyar del Perú) se complementan de una manera singu-
H
eventos celebratorios en homenaje a Vallejo, pero lar. Por entonces, el poeta Francisco Carrillo y su
la situación de entonces presentaba –solo en Lima– esposa Emma me sacaron de la duda confesando
C
Había, pues, que dar pasos certeros para asegu- generación del 50: Ivonne Fernández, a quien –asi-
rar, por lo menos, la participación de uno de ellos. Y mismo– vinculaba a los círculos de científico socia-
R
así fue: LAS fue el orador de fondo en el homenaje les como Aníbal Quijano o Carlos Araníbar, para lue-
D
central que SM tributó a Vallejo cien años después go hacerla desaparecer: «Ivonne Fernández ha roto
de su nacimiento. De WD aprendí que el toro se toda vinculación con el Perú y acaso también con la
N
toma por las astas. Si se organiza un evento con poesía y el arte» (4). Veintiún años después, WD
pretensiones internacionales, hay que contar, fun- tendía una simpática celada a los lectores con la
A
n 1963 el poeta Francisco Carrillo funda la revista La palabra bagatela está asociada a las cosas de
de poesía Haraui, con el propósito de difundir la poca sustancia o valor, tal como la define el Peque-
reciente producción lírica del Perú. En sus páginas ño Larouse Ilustrado. Pues bien, dicho término es
se solía publicar la producción inédita tanto de los el que eligió WD para rotular su página semanal en
consagrados como de los novísimos poetas pe- el Dominical del diario El Comercio, a fines de la
ruanos. Algunos de sus ediciones daban cabida década del 70 y que continuaría o ampliaría, con el
también a otros vates del continente, así como a mismo tono y estilo, en otros medios escritos (El
traducciones de poetas de otras lenguas. Pero hay Caballo Rojo, 30 Días, Alma Matinal, etc.) a princi-
un par de números (cabalísticos) que a mí, parti- pios de la década posterior. Gracias a su hija Sonia
cularmente, me llaman la atención. Me refiero al 99 Delgado y al poeta Jorge Eslava se han rescatado
(diciembre de 1995) y al 100 (marzo de 1996). En el algunas decenas de estas «Bagatelas» con el pro-
primero de ellos se publica un conjunto de breves pósito de publicarlas en forma de libro. Son ellos,
poemas de muy buena factura, acaso media doce- casualmente, los que me han facilitado fotocopia
na, firmados por un tal Julio Masías, de quien nadie de 46 de ellas y que por su importancia citamos:
en los ambientes literarios, de antaño o de hogaño,
identificaba o conocía; ni siquiera los poetas perua-
nos afincados en el exterior durante años habían 1) «Lógica, poesía y ‘moña’» (Dominical, 1978?)
oído hablar de él. Se trataba, entonces, de un
novísimo, pensé; pero cual sería mi sorpresa cuan- 2) «El milenario de la lengua» (Dominical, 1978?)
do en el siguiente número, el 100, se difundía un 3) «El arte sutil de la traducción» (Dominical, 4/6/
estudio detallado de su obra lírica. Ahí se le compa- 1978)
raba con un tal Antonio Oré, otro ilustre desconoci-
do en el Parnaso peruano. Nadie firmaba la nota de 4) «Moú Abel Tel, Ven Abel En El Te» (Dominical, 11/
presentación; sin embargo, había en esas líneas 6/1978)
un prosa cautivante y conocida, propia de un maes- 5) «La belleza desnuda» (Dominical, 25/6/1978)
tro fogueado en fatigar poemarios y en analizar tex-
tos de esta naturaleza. Para el autor anónimo los 6) «El andaluz profesional» (Dominical, 2/7/1978)
textos de Masías tenían como eje central el uso de 7) «El arte de tomar la sopa» (Dominical, 9/7/1978)
un lenguaje cotidiano y una preferencia por abordar
temas de la vida diaria, pero dentro de estos el amor 8) «Cultivar el jardín» (Dominical, 16/7/1978)
era uno de sus preferidos. Incluso el primer poema
9) «Pepys» (Dominical, 23/7/1978)
que se difunde lleva por título «Amor sin palabras».
Y cuando esta pluma desconocida compara los 10) «El curita de Chepén» (Dominical, 30/7/1978)
poemas de Masías con los de Oré afirma que los
11) [Sobre las respuestas en los exámenes] (Domi-
de éste son mucho más cincelados, propios de un
nical, 1978?)
espíritu académico que prefiere temas menos pro-
saicos y más reflexivos. No obstante ello, estos au-
94
12) «El diablo en el destierro» (Dominical, 13/8/ 41) «Reflexiones universitarias. Ideales y realida-
1978) des» (El Caballo Rojo?, 198?)
13) «Yawar Fiesta en norteamérica» (Dominical, 20/ 42) «Primera ubicación de Manuel Scorza» (30 Días, D
8/1978) 1984) E
14) «El arte de creer y descreer» (Dominical, 27/8/ 43) «Testimonio y comentario del 60» (30 Días, A
R
1978) 1984) T
E
15) «El arte de sentarse a caminar» (Dominical, 10/ 44) «Victoria sobre la muerte» (Alma Matinal, sep- S
9/1978) tiembre-octubre de 1992)
Y
16) «Crónica teatral» (Dominical, 17/9/1978) 45) «De la economía» (Dominical, 197?)
L
17) «En la librería y en el café» (Dominical, 24/9/ 46) «La poesía de César Vallejo» (No figura la fuen- E
T
1978) te ni la fecha; sinembargo leemos: «Especial
R
para S-CH»). A
18) «Paradojas de Lima» (Dominical, 1/10/1978)
S
Lo primero que constatamos luego de revisar este
19) «La orquídea» (Dominical, 1978?)
universo de artículos es el hecho de que 37 de ellos NO
20) «De la vida bohemia» (Dominical, 5/11/1978) fueron publicados en el suplemento Dominical de
El Comercio, entre los años 1978 y 1979, tiempo en 9
21) «De la vida bohemia, Paco» (Dominical, 12/11/ que los salarios propios de un profesor universita-
1978) rio del Estado (como hoy y acaso como mañana) W
22) «El escultor y el arqueólogo» (Dominical, 26/11/ eran francamente simbólicos. Alguien pensará, en- À
1978) tonces, que se trataban de artículos escritos pane S
H
lucrando y probablemente no esté lejos de la ver-
23) «El poeta en la sala vacía» (Dominical, 10/12/ I
dad. Sin embargo, estas pequeñas joyas que el G
1978) autor llama «Bagatelas», título sin mayores preten- T
siones y con un amplio abanico temático, se carac- O
24) «El proceso de la literatura peruana» (Domini- N
cal, 17/12/1978) terizan por tres cosas: su sobria elegancia, su per-
manente amenidad y su marcado estilo literario. En D
25) «De la monarquía» (Dominical, 24/12/1978) estos artículos habita un afán por recrear asuntos E
L
26) «Una poetisa olvidada» (Dominical, 31/12/1978) de la vida diaria, anécdotas personales o ajenas y G
una abierta predilección por temas literarios. Pero A
27) «Serenidad» (Dominical, 7/1/1979) detrás de estas «Bagatelas» está un poeta, un crea- D
O
28) «De la educación» (Dominical, 14/1/1979) dor, un intelectual con sólida formación humanística
que raya con la erudición. Y gracias a ello, casual-
29) «De la universidad» (Dominical, 1979?) mente, WD se desliza con maestría por diversos
motivos que van desde los beneficios de una bue-
30) «Literatura y provincia» (Dominical, 11/2/1979)
na sopa caliente, pasando por los menesteres de
31) «Un recuerdo a Pedro Salinas» (Dominical, 18/ la vida universitaria hasta un curioso verso de Car-
2/1979) los Oquendo de Amat.
32) «La muerte de Federico» (Dominical, 18/3/1979) Estas prosas de Wáshington Delgado bien pueden
agruparse por los asuntos que aborda; así tendría-
33) «Sobre el Cambio de Guardia» (Dominical, 1/4/ mos cinco grandes bloques con sus respectivas
1979) subdivisiones:
34) «Del habla y la escritura» (Dominical, 15/4/1979) a) Literatura Peruana:
35) «La calle, la locura y el hogar» (Dominical, 3/2/ - Poetas: artículos 4, 17, 23, 26, 30, 35, 37,
1980) 42, 43, 46
36) «Literatura y burguesía» (Dominical, 17/2/1980) - Narradores: artículos 10, 13, 33, 42
37) «Recuerdos de Juan Gonzalo Rose» (El Caba- - Dramaturgos: 16
llo Rojo, 17/4/1980)
b) La Poesía y la Lengua: artículos 1, 2, 3, 34, 41
38) «Parodias del Este y del Oeste» (30 Días, 3/2/
1984) c) Literatura Española (de preferencia autores del
Siglo de Oro o la Generación del 27):
39) «Jorge Guillén o el río incesante de la poesía»
(30 Días, 4/3/1984) Poetas: artículos 6, 31, 32, 39
40) «Vallejo ha vuelto a la ciudad de Trujillo» (30 Dramaturgos: artículos 25, 36
Días, 6/5/1984)
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Las Bagatelas de Wáshington Delgado y otros asuntos
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d) Temas educativos y universitarios: artículos 11, cen en algunas cajitas de música»; (ver artículo 4).
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14, 28, 29
Pablo Guevara «mantiene encendida una llama juve-
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e) Temas varios: 5, 7, 8, 9, 12, 15, 18, 19, 20, 21, 22, nil que nunca dejará de apagarse [...]. Siempre está al
27, 38, 40, 44, 45. tanto de la poesía joven [...] y me explica algunas co-
H
Masías, v. gr.), desde el título mismo –«Bagatelas»– esto quiere decir no solamente que es un espíritu
propone aparentemente desarrollar asuntos lige- sensitivo sino que tiene la capacidad o el poder de
R
ros para luego ir calando en las profundidades de volvernos sensibles a nosotros, sus lectores u oyen-
la reflexión humana. No es gratuito que WD se ex- tes»; (ver artículo 23).
D
dignificando e instruyendo de preferencia al lector grupo de poetas tacneños, sin duda el más activo y
joven. el de mayor calidad entre todos los diseminados
por el territorio de la república. [... Livio Gómez], Se-
n su estilo periodístico, WD resume lo mejor de sus
gundo Cancino, Guido Fernández de Córdova,
lecturas. En su prosa confluyen la gracia de nues-
Artidoro Velapatiño, Isidro Parodi. Todos ellos, con
tros escritores costumbristas (Segura, Pardo), el
las diferencias naturales de personalidad y estilo,
ingenio de Palma, la sabiduría de Lao Tse, el es-
practican una poesía intensa, trabajada y moderní-
cepticismo de Hume, el humor ingenioso de Shaw,
sima»; (ver artículo 30).
la prosa romántica de Larra, la agudeza de
Mariátegui, el distanciamiento de Brecht y sobre todo La poesía de Xavier Abril «brota de las
está la maravillosa sencillez de Azorín. Esos son, a sobrecogedoras profundidades del sueño y la locu-
mi parecer, sus referentes inmediatos. Todo ese ra, se eleva a las cimas luminosas del arte apolí-
universo de lecturas felizmente se amalgaman en neo y termina por derramarse en generosa lluvia
la conciencia de un lector ávido y atento. sobre un mundo humano, fraternal. Poesía que ‘arde
en la noche del corazón’ como dijera el místico
Si bien es cierto que cualquiera fuese el tema que
quechua y que descubre alborozadamente la tem-
abordase, WD siempre se apoyaba en certeros ver-
blorosa luz del alba, presagiadora de la definitiva
sos, generalmente ajenos, tomados de su prodi-
luz de un mundo construido sobre el amor y la justi-
giosa memoria para iluminar o esclarecer el asun-
cia»; (ver artículo 35).
to de su interés. Nos es gratuito que Luis Jaime
Cisneros, cuando lo rememora, anota: «Celebré Nuevamente regresa sobre Juan Gonzalo Rose
con él versos de Salinas y Aleixandre, de Neruda y acaso para retratarlo: «era un hombre bueno, cor-
nos recreamos muchas veces, apoyados en su ex- tés, amable, generoso. Un idealista que vivió para
celente memoria, repitiendo pasajes de alguna que la poesía y para quien el mundo resultó hostil y duro.
otra obra ejemplar» (6). Por eso quiero detenerme [...] En uno de sus últimos poemas dice que subió a
ahora en su preocupación mayor: la poesía perua- Macchu Picchu no para contemplar el pasmoso
na, en particular. Repasemos juntos lo que anota monumento, sino para meditar en sí mismo»; (ver
WD de algunos de nuestros vates: artículo 37).
La poesía de Oquendo de Amat «funciona con la De Manuel Scorza se refiere como bardo y como
precisión encantada de las bailarinas que apare- novelista. Afirma que sus poemarios [Las
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Wáshington Delgado, en su casa de Miraflores G
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la historia en la cual vivían; y la creación subjetiva, mente tituló «Bagatelas». En ellas siempre puso lo A
mejor de sí: sinceridad, amenidad, memoria y pa- D
lírica e intemporal»; (ver artículo 42). O
sión por la poesía.
«Uno de los primeros poemas importantes de la
generación del 60 se llama ‘El río’. Fue escrito por
Javier Heraud y fue publicado por Javier Sologuren Notas
inaugurando su serie ‘Cuadernos del Hontanar’
dedicada a los poetas jóvenes que aún no habían
publicado libro», afirma nuestro autor para hacer (1) Inmediatamente después de su muerte y como prueba del
luego un retrato de época de los años sesenta y vacío enorme que dejó, el Instituto Luis Alberto Sánchez
mencionar luego los nombres de los jóvenes bar- publicó una separata recogiendo una selección de los
dos que se reunían en los patios de las universida- múltiples comentarios que suscitó su desparaición física
des Católica (Heraud, Hernández, Cisneros, Martos) (Cf. La tierra es ancha e infinita cuando los hombres se
juntan. Homenaje a Wáshington Delgado. Lima: ILAS,
y San Marcos (Pérez Grande, Calvo, Corcuera, Juan 2003).
Cristóbal, Ojeda) muchos de ellos alumnos de WD
(2) Cf. Luis Jaime Cisneros. «Mi columna». En: Correo. Lima:
en ambas casas de estudio; (ver artículo 43). 13 de setiembre de 2003; p. 21.
De César Vallejo, a quien ha dedicado ensayos muy (3) Cf. Pedro Escribano. «Wáshington en el corazón». En: La
puntuales sobre su poesía, narrativa, teatro y perio- República. Lima: 8 de setiembre de 2003.
dismo en publicaciones especializadas, señala que (4) Cf. Wáshington Delgado. «Una poetisa olvidada». En:
en su obra lírica «se conjugan de un modo maravi- Dominical de El Comercio. Lima: 31 de diciembre de
lloso y sorprendente, la oscuridad más singular, 1978; p. 16.
personal y artística con una familiaridad vulgar o (5) Al respecto, acertadamente el profesor Ricardo González
cotidiana y también repentinamente artística gracias Vigil (Cf. su Poesía peruana del siglo XX. Lima: Copé,
1999, tomo I; pp. 631-632) brinda información puntual
a la espontaneidad, precisión e intensidad con que sobre este «desdoblamiento del autor en poetas ficti-
ha sido sentida y expresada»; (ver artículo 46). cios a los que atribuye todo un camino creador».
En líneas generales, concluimos que el poeta y (6) Ver nota 2.
maestro Wáshington Delgado ejerció permanente-
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y
8 ESTANCIAS CON WÁSHINGTON DELGADO
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J o s é R o s a s R i b e y r o
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º 9
Martín N
PRIMERA ESTANCIA
En mi país estoy,
en mi casa, en mi cuarto,
en mi destierro. (1)
¨e acuerdas del Bosque de Matamula? Ochenta y ¨Te acuerdas de la larga bufanda gris con tres ra-
siete árboles, un poco de hierba pajiza y los chicos yas negras en los bordes que colgaba de tu cuello
que nos preguntábamos por que‚ a eso se le llama- en los inviernos?
ba bosque y por que‚ de Matamula, e inventábamos ¨Te acuerdas del Negro Camacho? No tenía frente,
teorías que nos remontaban hacia atrás en el tiem- el cabello le nacía directamente de las cejas. No
po, cuando este parque descuidado debió de ser tenía cuello, la cabeza la llevaba clavada directa-
un bosque de a de veras. Y, en definitiva, nunca su- mente sobre los hombros. Tenía unas manos
pimos nada serio sobre las mulas muertas. larguísimas que no parecían humanas y de su boca
¨Te acuerdas de Helena, así con H, la de los ojos salían todo el tiempo versos de Nicomedes Santa
bizcos y las tetitas puntiagudas y curiosas? Yo me Cruz.
enamore‚ de ella pero ella nunca lo supo. ¨Te acuerdas de la Tonimalta?
¨Te acuerdas de Libertad que te enseñó, precisa- ¨Te acuerdas de los veranos en La Punta?
mente la libertad sexual y como era muy pequeña
se subía en un ladrillo, apoyada la espalda contra ¨Te acuerdas de los viejos tranvías que desde La
un muro, y te facilitaba la tarea penetrativa? No te Colmena llevaban a la playa atravezando lentamen-
preocupes, soy estéril, decía, y que felicidad tan gran- te campos de maíz y de hortalizas?
de me provocaba su maravillosa esterilidad. ¨Te acuerdas de verdad de nuestros tranvías? Eran
¨Te acuerdas de Javier Solís que en la cantina de al grises, diríase que centenarios. Tranvías cansados
lado del colegio vociferaba en la radiola que sólo que, en alguna recta, antes de llegar al Callao, re-
quedaban sombras y nada más que sombras, y un cuperaban su energía perdida, tomaban velocidad
día se murió de una borrachera de poca madre? y parecía que ya nada podría detenerlos nunca. Sí
que me acuerdo.
¨Te acuerdas de tus catorce, quince años y de los
cuatro pelos de bigote y barba que pugnaban por ¨Te acuerdas del olor de los tranvías? Madera, cue-
salir y no salían? ro viejo, humedad acumulada y un aroma indefini-
ble, inolvidable, que surgía de sus entrañas cada
¨Te acuerdas que en aquella época lejana, hace un vez que frenaban.
siglo, Lima era una fiesta? Gris, llorosa, adolorida,
pero una fiesta. Yo vivo sin cesar
en el destierro. (3)
del destierro. (2) ¨Te acuerdas de las cabinas para ponerse el traje
de baño? Erguían su madera descolorida sobre el
8 E S T A NC I A S C O N W Á S H I N G T O N D E L G A D O
mar agitado. Sus planchas crujían bajos los pies y actos del colegio y solían condenarnos de antema-
R i b e y r o
eran suaves porque estaban cubiertas por un ter- no al infierno. Estoy seguro de que ese caballero
ciopelo natural venido del mar, del viento, del tiem- británico cuya lengua interpretaba sin moderación
po y de la piel de miles de pies descalzos. alguna las parábolas del Nuevo Testamento no te-
nía ni idea de quién era Wáshington Delgado ni
¨Te acuerdas de las cabinas que se alzaban mar
había leído un solo verso suyo. Mi mamá , por su
adentro, allí donde el océano bramaba con más fu-
parte, no conocía Formas de la ausencia ni Días del
ria. En los días de aguas agitadas éstas se cola-
corazón ni Para vivir mañana. Y yo tampoco. Sin
ban por las rendijas que separaban las viejas ta-
embargo, fue en la biblioteca de ese colegio dirigi-
blas del suelo. Eran las cabinas de los valientes,
R o s a s
Colmena mueve con dificultad sus viejos maderos, haberme conmovido hasta las lágrimas los versos
sus cansados fierros? de Formas de ausencia porque en ellos el poeta
hablaba de amor y yo, desde que empecé a estu-
¨Te acuerdas de la Pasteurina? diar en el San Andrés, caí fulminado por la belleza
¨Te acuerdas de la linea Cocharcas-José Leal? adolescente de una Olga inaccesible que me hizo
Cómo no la voy a recordar si es la que me llevaba gozar en solitario, sufrir como un perro apaleado e
del centro hacia el colegio, hacia Matamula. intentar fijar en una hoja de papel unas primeras
líneas que se creían versos.
¨Te acuerdas que leías poesía, sobre todo poesía?
Tú eres así:
¨Te acuerdas de «Para vivir mañana»?
ausencia,
Mi casa esta llena de muertos
alta espuma de
es decir, mi familia,
sombras,
mi país,
costumbre dominada
mi habitación en otra tierra,
del árbol y la
el mundo que a escondidas miro. (4)
estrella. (6)
¨Te acuerdas que Wáshington Delgado vivía en Lin-
ce, no lejos del colegio? Sí que me acuerdo. Fue el Wáshington Delgado ha dicho y repetido en diver-
primer poeta con el que hablé en mi vida. (5) sas ocasiones que él empezó a escribir «sin cono-
cer mucho de literatura» impresionado por Pedro
Salinas y La voz a ti debida. Y yo debo confesar
que, siguiendo a Wáshington Delgado, leí a Sali-
nas aunque por lo general, en aquella época, los
SEGUNDA ESTANCIA
poetas españoles no formaban parte de mi santo-
ral individual. Y hasta hoy, en los momentos de an-
gustia, repito a mi manera y en voz alta unos versos
os curas de La Recoleta (malditos sean!) me expul- suyos que, mágicamente, me ayudan a encontrarle
saron del colegio cuando mis padres se divorcia- gusto a la vida:
ron. Yo había terminado el primer año de media en
Qué sería de nosotros
el maravilloso local de Monterrico sin mayores pro-
blemas en los cursos y en los exámenes finales y di
con notas de disciplina correctas, sin embargo, para
pasar al segundo tuve que buscarme otro plantel. si no existieran
Furioso, golpeado profundamente por la injusticia, puentes. (7)
fui a dar al San Andrés porque mi padre era un
medio inglés que siempre se asumió como británi- Los dos años que pasé en el San Andrés fueron
co y británicos eran los mandamases de esa pri- una larga tortura que concluyó por fin cuando los
sión gris de la avenida Petit-Thouars. «En este co- malditos pastores y su cohorte de abyectos perfects
legio ha enseñado, entre otros ilustres personajes, y un profesor de inglés que cubría su estupidez con
Raúl Porras Barrenechea, y el poeta Wáshington autoritarismo, me empujaron hacia la calle. Las au-
Delgado es nuestro más célebre old boy», le dijo a toridades del colegio me expulsaron antes de que
mi madre el rubio y barbado mister Mac Nosequé, terminara de pasar los exámenes finales del tercer
un pastor protestante que dirigía el colegio con pu- año de media, por lo cual tuve que dedicar el vera-
ños de hierro y versículos bíblicos. Versículos so- no a prepararme para pasar las pruebas que me
bre los que peroraba cada mañana en el salón de faltaban. Adiós La Punta y sus cantos rodados. Como
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2 Con su hija Sonia Delgado García
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1 Marco Martos, ..., WD, y Jorge Díaz Herrera S
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5 James Higgins al lado de WD, al otro lado: Lora, Risco, Jorge Puccinelli, André Coyné y Juan Carlos Llano
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único consuelo me quedaban los versos del old huyendo del San Andrés y su monstruosa educa-
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boy Wáshington Delgado y los de Pedro Salinas ción a punta de violencia física y moral, y encontró
que leí en una antología realizada, si mal no recuer- entre nosotros un ambiente diferente, más abierto y
do, por Julio Cortázar. Una vez superados los exá- dialogante, menos represivo. Además de eso, en el
menes finales que me faltaban me vi en la obliga- San Marcos no llevábamos uniforme alguno y como
ción de encontrar un colegio que me aceptara pese en nuestro carnet de estudiante aparecía el escudo
a mi bello certificado de mala conducta. No voy a de la universidad, nos era fácil hacerles creer a las
contar aquí ¡cómo procedí¡ en mi búsqueda porque chicas que éramos estudiantes de Ingeniería, De-
lo que me interesa precisar es que fui a dar a Lince, recho o Medicina, las tres únicas carreras que entre
R o s a s
barrio en el que vivía Wáshington Delgado, aunque la clase media peruana de la época garantizaban
yo por entonces aún no lo sabía. Y así cada maña- que cuando uno ya fuera completamente adulto no
na, apachurrado en un bus color cielo no de Lima se moriría de hambre. Yo, haciéndome pasar por
de la línea Cocharcas-José Leal que me llevaba al un futuro médico que se llena los bolsillos con las
Colegio de Aplicación de la Universidad de San desgracias ajenas, traté de capturar el amor de
Marcos, me alejaba definitivamente de la inefable Helena -así con hache- y fui condenando a Olga a
Olga hasta convertirla en simple memoria: un recóndito rincón de mi memoria.
J o s é
No ser esto que soy
pero que compartían un común amor por el alcohol
y que te esta perdiendo (9) y las discusiones interminables. Nosotros, recor-
dando a Laurel y Hardy que tanto nos habían hecho
stos versos me acompañaron de seguro cada ma- reír en la infancia, los llamábamos sencillamente
ñana durante el trayecto en bus entre el centro de el Gordo y el Flaco. No fueron ellos, sin embargo,
Lima y el distrito de Lince. Me apeaba en un para- quienes nos animaron a concretizar nuestro pro-
dero situado en uno de los bordes del llamado Bos- yecto de invitar al colegio a Wáshington Delgado
que de Matamula y tras caminar unos doscientos o para que nos leyera en vivo y en directo algunos de
trescientos metros llegaba yo a la casona donde sus poemas y nos diera una pequeña charla sobre
transcurrirían los dos últimos años de mi vida es- su manera de abordar la poesía. Fue Pantigoso. Le
colar. Al Colegio de Aplicación de San Marcos caían dijimos que sabíamos, porque Zapata era vecino
por lo general muchachos como yo, expulsados por suyo, que el autor de Para vivir mañana vivía en el
uno u otro motivo de su anterior colegio, y otros que barrio, a pocas cuadras del colegio, y él, ante nues-
estaban allí porque igual les daba estar en cual- tra idea descabellada de invitarlo, nos respondió
quier sitio. Dos o tres meses después de iniciado con la parsimonia que lo caracterizaba: «pues in-
el año escolar, cuando yo ya había logrado vencer la téntenlo, tratar no cuesta nada». Unos días más
desconfianza y la agresividad que algunos alum- tarde, la pequeña comitiva compuesta, si no me trai-
nos antiguos mostraron en un principio hacia mi ciona la memoria, por Zapata, Urteaga y yo, se pre-
persona, llegó a mi clase Augusto Urteaga. Venía sentó ante la puerta del poeta. Nos abrió un hom-
02
1
bre pequeño y más bien gordito, sobriamente vesti- experiencia sensible de la vida, como la sal y las
do, muy amable y sencillo. Un hombre que a noso- olas de La Punta y las miradas de partículas de
tros, chicos de dieciséis o diecisiete años, nos pa- deseo -de Eros y de Tanatos- que circulaban anár-
D
reció ya mayor aunque, si me pongo a pensarlo quicamente por mi sangre adolescente. E
ahora y verifico su fecha de nacimiento en una anto-
Hay un tiempo de amar A
logía, no tenía entonces sino treinta y ocho años.
R
Con una generosidad que casi nos dejó pasmados Un tiempo de morir T
Wáshington Delgado nos dijo que sí, que podría E
venir a nuestro colegio y pasar un par de horas con Pero siempre S
nosotros. Lo dijo sin ninguna afectación, sin hacer- El corazón es fuego (15) Y
se de rogar y sin dárselas tampoco de hombre mag-
nánimo que, porque no sabe decir no, accede a la L
E
demanda atrevida de un grupo de muchachos cara-
T
duras. Dijo sí sin más y sin darle vueltas al asunto, R
y unos días más tarde lo tuvimos en el colegio. Sen- CUARTA ESTANCIA A
S
tado frente a nosotros en el aula, ante la mesa que
por lo general ocupaban los profesores de las dis-
tintas materias, nos habló con voz pausada y suave, San Marcos, ciudad universitaria, facultad de letras, NO
y sin adoptar ninguna de las poses habituales en 1966... Estoy en uno de los dos lugares centrales 9
los poetas, con una absoluta sencillez, nos leyó al- de mi vida universitaria, la cafetería y el jardín, y me
gunos de los poemas de sus libros. veo llevando en la mano un ejemplar de una de las
bellas ediciones que hacía Javier Sologuren con el W
Toco una mano y toco À
sello La Rama Florida. Es Parque, un conjunto de S
todas las manos de la tierra. poemas de corte muy español y muy clásico que H
acaba de publicar Wáshington Delgado, sorpren- I
Nada es distinto de este rostro, diendo a medio mundo. Quienes tratan de encerrar
G
T
de esta voz instantánea al poeta de Para vivir mañana en las celdas frías de O
la poesía llamada social se indignan, y quienes lee- N
y la fuerza del corazón es también mos y queremos a Wáshington Delgado pese a que, D
un resplandor en el cielo. por lo general, lo que más nos atrae es la poesía E
que nos llega, traducida al castellano, proveniente L
El amor es idéntico G
de Inglaterra, Francia, Estados Unidos o Alemania, A
a sí mismo, yo soy no entendemos bien qué ha querido hacer con ese D
librito nuestro estimado poeta. No es que nos dis- O
una multitud sobre la tierra. gusten completamente los poemas e incluso algu-
nos de sus versos los repetimos en alta voz entre el
Todo el amor es nuestro:
jardín y la cafetería, pero nos es incomprensible
todo una mano y toco que un poeta de un salto hacia el pasado. Y para
nosotros la poesía de Parque es el pasado de la
toda la hermosura. (13)
poesía.
escubrí entonces que se podía ser poeta siendo un
Neblina, amor dormido
hombre como los demás hombres, que hace sus
compras en el mercado, ejerce un oficio o profe- de la noche cercana,
sión remunerados, es marido y padre de familia.
húrtale a la mañana
No era necesario andar disfrazado de poeta para
ser poeta ni adoptar poses extravagantes ni tener tu leve olvido. (16)
un ego desmesurado. Nadie en la calle, al ver pa-
sar a Wáshington Delgado, podría imaginar que La verdad es que estábamos equivocados. En eso
bajo su traje gris y su corbata azul con rayas se como en tantas otras cosas que nos inquietaban y
escondía un poeta de sensibilidad profunda y pala- removían en aquellos años, estábamos equivoca-
bra justa. Un poeta que, al mismo tiempo, era una dos. Un poeta tiene el derecho de ir a buscar su
buena persona, es decir, una persona buena en el poesía a donde le dé la gana, sin que nadie tenga
buen sentido de la palabra bueno. (14) Hoy, a casi que decirle cual es el camino correcto. No hay ca-
cuarenta años de ese día en que Wáshington Del- minos correctos en poesía ni vías caducas, sólo
gado nos dedicó a cambio de nada algunas horas hay senderos individuales por los que pasan unos
de su vida, debo decir que ese momento fue uno de y otros se quedan entrampados. Wáshington Del-
los más importantes de mi desordenada juventud. gado -lo sé‚ ahora- tomó el sorprendente derrotero
Nunca lo he olvidado, es un recuerdo de esos que de Parque para llegar después, tras larga camina-
acompañan siempre y hacen bien. Wáshington ta, a la cumbre de su poesía.
Delgado -su persona, su poesía-, fue una luz clara, Por la penumbra
franca, protectora, que se integró en mi vida, en mi
antes del alba,
3
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8 E S T A NC I A S C O N W Á S H I N G T O N D E L G A D O
El mundo incierto y cargado de dudas al que llega Delgado, un hombre que afirmaba que «la universi-
Wáshington Delgado tras cruzar este Parque es dad es un sitio de libertad», «la universidad no sólo
Destierro por vida. No tengo a la mano un ejemplar es dictar o escuchar clases, la universidad también
de dicho libro y mi (mala) memoria no me ayuda es conversar y allí es donde se aprende. A veces se
para poder hacerme hoy día una idea cabal de aque- aprende más en los patios que en las aulas...» Con
llo que leí hace ya treinta y cinco años. Sólo me lo cual, por cierto, estoy totalmente de acuerdo. (21)
queda recurrir a las antologías. Escobar en la suya
J o s é
implacablemente gobernado por señales rojas y
verdes,
Ancho Perú de muerte
he caminado por los desiertos, toda mi vida. (20)
y de melancolía
áshington Delgado fue mi profesor de literatura es-
muertos todos están
pañola en San Marcos. Descubrí con él a los poe-
tas que con Pedro Salinas -que yo ya conocía- cons- bajo la tierra cálida. (23)
tituyen la llamada Generación del 27. A través de su
La dictadura militar del general Velasco y sus com-
palabra pude pasar a admirar a García Lorca y has-
pinches me puso de patitas en las calles de México
ta ahora considero Poeta en Nueva York como una
en septiembre de 1975. Ya por entonces había apa-
de las cumbres de la poesía en castellano.
recido Un mundo dividido, la reunión de toda la obra
Wáshington Delgado me abrió las puertas que con-
poética de Wáshington Delgado entre 1951 y 1970.
ducían tanto hacia Luis Cernuda -quien ya me ha-
(24) Hoy podría jurar que ese libro se fue conmigo a
bía dejado turulato con «Birds in the Night», poema
la ciudad de Agustín Lara y que de allí me siguió a
que leí, si recuerdo bien, en las páginas del suple-
París, no obstante, no lo encuentro en ninguna par-
mento dominical de El Comercio-, como a Miguel
te por más que recorro de derecha a izquierda y de
Hernández. De la poesía de este último me separa-
arriba a abajo los diferentes pisos de mi biblioteca,
ba un rechazo tan visceral como adolescente, un
y por más que respiro viejos polvos enamorados de
04
1
los libros. (25) El tiempo y la distancia dejaron atrás Esa canción ha muerto.
mi ligera relación amistosa con el buen Wáshington,
Muerta está esa esperanza.
pero antes de mi alejamiento forzado del Perú lo
D
había visto transformarse en Ivonne Fernández, una Todos han muerto, yacen enterrados E
efímera «poetisa olvidada».
bajo una tierra leve; A
Al primer resplandor del alba me siento en cuclillas R
frente al mar y orino sobre las blancas arenas y rezo la tierra del olvido. (28) T
E
enseguida por los caminantes perdidos, por los S
marineros ahogados, por las nubes, las aguas, las
arenas y los satisfechos brahmanes de la India. Y
(26)
SEXTA EST
SEXTA ANCIA
ESTANCIA L
E
Estando lejos supe del trágico accidente que le había T
robado la vida a uno de sus hijos y me llegaron R
ecos del dolor causado por esa pérdida. La peor de En 1998 fui al Perú, a donde no volvía desde 1994 A
cuando publiqué en Lima Ciudad del infierno. S
las pérdidas, la del hijo, la que nos corta las alas
que nos llevan virtualmente hacia el futuro. Yo no sé
Vuelvo NO
si se consoló de lo inconsolable leyendo el
Eclesiastés, aquel antiguo libro que nos enseña a a recorrer el mismo camino 9
combatir esa vanidad que nos hace a menudo creer-
y una gruesa costra de mugre
nos inmortales y a aceptar la muerte cuando viene
W
a tocarnos con su dardo: «hay un tiempo de nacer y y lodo À
un tiempo de morir», y contra eso nadie la gana, S
como dice el tango. Lo que sí sé, en cambio, por- cede ante mi paso. (29) H
I
que la noticia llegó a París y nos dejó helados, es Durante los días que estuve en Lima tratando de no G
que a Wáshington los dolores se le sumaron uno a perder la vida arrollado por un microbús, asfixiado T
otro cuando murió después la mujer de toda su vida, por el anhídrido carbónico o hundido para siempre O
N
la madre de sus hijos, la guardiana hogareña de su entre la mugre y el lodo, asistí a algunas de las
poesía. Desde la lejanía me enteré luego de que lecturas del encuentro internacional de poesía que D
Wáshington había incumplido la promesa que se organiza la Universidad de Lima. Fue ésta una oca- E
L
había hecho a sí mismo de ya no escribir más poe- sión maravillosa para encontrar también a muchos G
sía. Y en 1994 entregó Historia de Artidoro. Ese li- de los amigos de antes que son los de siempre. A
bro lo he leído en fotocopias que generosamente Una periodista de El Comercio me entrevistó sobre D
me procuró Elqui Burgos. O
temas ligados a la poesía femenina del Perú, pero
El tiempo, el tiempo. El tiempo donde caen nunca quiso saber la verdad sobre los textos más
difundidos y aplaudidos de María Emilia Cornejo.
flores, frutos, imperios La vi, sorprendido, transformarse como si nada en
una avestruz ganada por el miedo. Un poeta que no
y no se salvan. El oscuro tiempo
conocía de nada me invitó a su programa de radio y
donde los nombres brillan. me hizo recordar los tiempos de Poetas somos to-
dos, el programa que produje yo en Radio Unam de
Entre el tiempo y los hombres
México entre 1976-1977, el cual heredé de Mirko
se levanta el poema. Lauer cuando éste se regresó de prisa al Perú con
la esperanza de que un militar, ya no Velasco -al
Los nombres de los vientos y las aguas, que habían puesto de lado sus compinches- sino
los nombres de animales: la serpiente un nuevo salvador llamado Rodríguez Figueroa, le
hiciera una revolución a su gusto. No, no me estoy
cuyo reino es sueño, yendo por las ramas o por los caminos de Ubeda,
el amor y la muerte. (27) como dicen los españoles. Todo esto viene al caso
porque en el encuentro internacional de poetas don-
l amor está presente en la poesía de Wáshington de ocurrieron esas cosas me encontré con
Delgado desde los tiempos iniciales de Formas de Wáshington Delgado. Fue la última vez que lo vi pero
la ausencia, el amor atraviesa internamente toda yo entonces no lo sabía. Estuvimos conversando
su poesía como un corazón que es fuego, llama do- en un corredor sobre todo y nada. Me preguntó so-
ble, luz, cenizas y fogata que renace cuando ya se la bre París, qué quiénes estábamos, que qué hacía-
creía apagada. Y junto al amor, la muerte. Más y más mos, con una voz dulce, una sonrisa serena y un
muerte conforme su país se va convirtiendo en una cariño protector que me emocionaron en secreto.
enorme fosa común y su vida se va cargando de Lo extrañó es que lo vi igual a como era cuando lo
muertos inolvidables, muertos que no mueren nun- conocí en 1964 o 65. Era como si el tiempo no hu-
ca, eternas compañías que nos confrontan a cada biera transcurrido para él: el mismo cuerpo redon-
instante con nuestro futuro común e ineludible. do y no delgado, los mismos anteojos, el mismo
traje gris de corte clásico, el mismo pelo, las mis-
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8 E S T A NC I A S C O N W Á S H I N G T O N D E L G A D O
mas manos. Yo era, sin duda, otra persona y ya no dedos sobre la frente. El propio Wáshington en uno
R i b e y r o
el muchacho flaco y pelucón que fue en comitiva a de sus últimos poemas publicados había escrito:
su casa para pedirle que viniera a un colegio pobre-
...yo combato a la muerte
tón como el San Marcos a enriquecernos con su
poesía y su sabiduría. El, en cambio, seguía siendo día a día (32)
el mismo. Esa es, creo, una de las características
esenciales de Wáshington Delgado: fue siempre el Esta vez, sin embargo, el combate lo había perdido.
mismo. Un hombre sencillo y cariñoso que nunca Lo perdió como lo perderemos todos. Y él, que era
buscó honores ni jugó a ser cortesano, como tan- un ser extremadamente lúcido, lo sabía muy bien y
se venía preparando para ello como se prepara un
R o s a s
homónimo del poeta peruano nacido en el Cusco
en 1927 y recientemente fallecido en Lima. Lo que
me confunde es el apellido Tresierra que viene des-
rimeros días de septiembre de 2003. Hildebrando pués del Delgado. Nunca, en ninguna parte, el
Pérez me envía un e-mail desde Lima. He tratado Wáshington que conocí adolescente aparece con
de encontrarlo en el archivo virtual de mi computa- ese apellido materno añadido al paterno. Y, sin
dor pero es imposible: ha desaparecido. Una vez embargo, al abrir el libro y leer la solapa ya no me
más debo aferrarme al frágil madero que es mi me- queda duda alguna: se trata del mismo poeta y el
moria en medio del agitado mar del olvido. Me co- libro que tengo entre las manos es el último que
munica Hildebrando, con el dolor clavado en las publicó en vida. Fue impreso en Barcelona con el
teclas de su ordenador mensajero, que Wáshington sello editorial La Poesía señor Hidalgo (vaya
Delgado ha tenido un ataque cerebral y que se en- nombrecito!) y llegó a las librerías de España po-
cuentra hospitalizado en estado grave. Yo no sé aún cos días antes de que su autor dejara de existir
en ese momento que ese ataque funesto lo empu- físicamente. Que es un libro premonitorio lo sabe-
jaría hacia la muerte, pero en otro e-mail escribo mos quienes lo leemos como si fuera póstumo y
embargado por el dolor y la emoción de saberlo nos quedamos impresionados por el título: Cuán
doliente y en peligro: «Recibo la noticia sobre el impunemente se está uno muerto. Por primera vez
estado de Wáshington como un duro golpe en la Wáshington Delgado publicaba sus poemas en
cara. Era una de esas personas a las que frecuenté España y esa vez ha sido también la única. En una
poco, pero que llevaba yo muy metidas en el alma...» introducción firmada por Juan González Soto (34)
Y como lo que sigue en ese texto de urgencia ya lo se traza a grandes rasgos la trayectoria del poeta,
conté con más detalles en las estancias preceden- se señala que vivió en España entre los años 1955
tes, paso a citar directamente las palabras finales: y 1958 durante los cuales completó sus estudios
«En las orillas de su cama de hospital y de la vida de Literatura, se precisa que en su juventud fue un
transmítele con una mirada, un gesto, un roce de gran admirador de Pedro Salinas y luego se men-
dedos sobre la frente, todo el cariño que le tengo, cionan y comentan rápidamente cada una de sus
que es enorme». (31) Dos o tres días más tarde, obras anteriores. Para un lector peruano de poesía,
otro e-mail me informó que Wáshington se había el texto de González Soto no tiene mayor interés
ido para siempre. De nada habían servido para de- puesto que nada nuevo aporta al conocimiento de
6
tenerlo en su partida miradas, gestos y roces de Wáshington Delgado. Lo único que cabe destacar
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NO
un nostálgico estudiante peruano El Glober Trotter que decía haber caminado por los
desiertos toda su vida sin llegar nunca a ninguna
para meditar en el Perú o en la poesía parte se sabe ahora condenado a morir a orillas de
o en su propio melancólico destino; un río hablador que ya no habla, en una ciudad que
no le deja escapatorias, en unas calles que recorre
asi lo escribe después y eso «como un muerto más», solitario, porque el «único
también ha de tenerse en cuenta. (37) lujo» que tiene es «no tener amigos». (40) El poeta
sabe que ya no le queda mucho tiempo por delante
sta primera parte incluye diecisiete poemas de los y que, si mira para atrás, su memoria sólo es una
cuales por lo menos uno, «Un caballo en casa», «catarata de polvo y sombra cubierta de agujeros».
figuraba ya en Historia de Artidoro. Son poemas (41) Deambula, pues, por una ciudad, que es un
marcados por el dolor, pero no por un dolor que se asco, perdido entre prostitutas y «vendedores de
expresa a gritos, con quejidos y lamentos, sino un naranjas podridas»:
7
10
8 E S T A NC I A S C O N W Á S H I N G T O N D E L G A D O
que Wáshington Delgado, incluso en los momen- pleaños y, la segunda, a dos días antes.) Como Perec
tos peores, «siempre dijo sí a la vida, no se dejó escribió: «Le titre, la forme, et, dans une certaine mesure,
llevar por el pesimismo», y lo hace con esas ganas l’esprit de ces textes s’inspirent des I remember de Joe
Brainard», yo me he tomado la libertad de escribir algo
de suavizar el horror que provoca a menudo el en-
similar en un cuaderno escolar verde de marca
contrarse cara a cara con la muerte. (43) Lamento Conquérant que, desde hace meses, está sobre mi mesa
decir que eso no es verdad y paso así a ser un de trabajo, al lado del computador, listo para recibir un
imperdonable aguafiestas. Hacia el final de su exis- ¨Te acuerdas...? que aparezca súbitamente en mi cere-
tencia, final que él había imaginado muchas veces, bro. Debo precisar, finalmente, que este texto no forma
Wáshington Delgado nos demostró, una vez más, parte de mi diario Los días ordinarios, que hasta el día
de hoy (18 de junio de 2004) consta de alrededor de
que no era un hombre vanidoso y lo hizo aceptando
treinta cuadernos.
lúcidamente que toda existencia es de por sí un
(6) Wáshington Delgado, «Simple memoria», Formas de la
fracaso porque termina de la manera más injusta:
ausencia, Letras peruanas, Lima, 1955.
con la muerte. Tanto Historia de Artidoro como Cuán
(7) Pedro Salinas citado de memoria. ¨El poema se llama aca-
impunemente se está uno muerto son diálogos
so «Los puentes»? Mi ejemplar de la antología de Sali-
angustiados con la parca, conversaciones poéticas nas, editada por Alianza Editorial con selección y prólo-
con esa señora malévola y siempre triunfadora que go de Julio Cortázar, debe de haberse quedado en Lima
los mexicanos, con una sonrisa de resignación en cuando en 1975 el gobierno dictatorial de un general
la boca, llaman la Calaca, la Huesuda, La Pelona, apellidado Velasco decidió expulsarme del país en que
para no quedar paralizados por el miedo. yo había nacido veintiocho años antes. Nunca más, en
ninguna librería de las diversas ciudades que, desde
Quiero terminar esta última estancia con entonces, he visitado, he podido encontrar otro ejemplar
Wáshington Delgado en Lima, allí donde lo conocí y de esa antología de la obra de Pedro Salinas, un poeta
donde lo vi por última vez en 1998. En Lima, pues, que leí porque a Wáshington Delgado, de jovencito, le
gustaba La voz a ti debida.
donde murió el domingo 6 de septiembre de 2003
(8) Wáshington Delgado, «Simple memoria», Formas de au-
para pasar a vivir en nuestro recuerdo.
sencia, op. cit.
Ciudad de Lima: Nunca conocerás el secreto de la (9) Wáshington Delgado, «Te estoy perdiendo...», ibid.
lluvia, hecha estás de húmedos engaños, nunca te (10) Wáshington Delgado, «Simple memoria», ibid.
librarás de tu moribunda primavera y la niebla siem- (11) Al finalizar la primera de estas estancias escribí que
pre dibujar un bigote inútil encima de tu boca. Wáshington Delgado fue el primer poeta que conocí en
persona. La afirmación no es del todo cierta porque
Te morirás ciudad de Lima y yo caminaré aún bajo antes había conocido a Manuel Pantigoso. Lo que pasa
la lluvia que moja, deshace y no perdona libro, re- es que Pantigoso nunca nos dijo a sus alumnos que era
cuerdo ni tristeza. (44) poeta y nosotros lo ignorábamos. O sea que, para ser
estrictamente fiel a la verdad, tendría que decir que
Wáshington Delgado fue el primer poeta que conocí sien-
do consciente de su condición de poeta.
(12) El 7 del título me lleva a pensar que éramos siete en el
grupo, lo cual quiere decir que he olvidado el apellido de
dos de los integrantes. Cabe precisar también que, de
los siete, uno se hizo antropólogo y se fue a vivir a
México tras publicar uno o dos poemas en Estación
Reunida; otro optó por seguir el camino de su hermana
menor -una conocida y muy apreciada bruja- y se con-
virtió él mismo en brujo profesional; otro se decidió final-
mente por una carrera militar y cuando tocó a mi puerta
debidamente uniformado dejó de ser mi amigo; otro com-
08
1
binó su amor por las décimas de Nicomedes Santa Cruz lector, ya sé que te diste cuenta-, debo precisar que el
con su vocación por el robo y creo que terminó siendo final de la frase medio que se lo tomé prestado a don
ladrón profesional. Yo, por mi parte, he escrito algunos Francisco de Quevedo.
versos pero vivo del periodismo cultural, y he publicado (26) Wáshington Delgado, «Destrucción y creación del mun- D
dos libros que algún lector habrá tenido: Curriculum do en una playa del Perú», Poemas de Ivonne Fernández, E
mortis, Ediciones del Correcaminos, París, 1985, y Ciu- en: In Terris, N° 4-5, Tacna, 1973, pp. 6-7.
dad del infierno, Lluvia Editores, Lima, 1994. A
(27) Wáshington Delgado, «El amor de las palabras», Historia R
(13) Wáshington Delgado, «Toco una mano», Días del cora- de Artidoro, op. cit., p. 11-12. T
zón, Cuadernos de composición, Lima, 1957. E
(28) Wáshington Delgado, «Antiguos entusiasmos», ibid., p. S
(14) Mis enterados lectores ya se habrán dado cuenta de 13.
que me permito aquí un jueguito de palabras derivado de
(29) J. Rosas Ribeyro, «Simón el Estilita vuelve a Lima», Ciu- Y
uno de los versos del célebre poema de Antonio Macha-
do titulado, si mi memoria no me traiciona una vez más, dad del infierno, Lluvia Editores, Lima, 1994, pp. 87 a 90.
L
«Autorretrato». (30) Wáshington Delgado, «La revolución a la vuelta de la E
(15) Wáshington Delgado, «Canción», Días del corazón, op. esquina», Cuán impunemente se está uno muerto, La T
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l e t r a s
y
Un hombre con atributos: Washington Delgado
a r t e s
G o r a n T o c i l o v a c
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º 9
Martín N
s difícil hablar de un hombre que ha desaparecido en una corriente poderosa, en gran parte debido a
hace poco y que ha sido tan importante para noso- la gente que me rodeaba. Entre ellos, principalmente
tros. Difícil, porque ya nos vemos obligados a ple- Wáshington.
garnos a las nuevas reglas de juego que impone la
ausencia, por un lado, y la escritura, por otro; dis- La primera vez que asistí a uno de sus cursos en la
tancia y frialdad de las palabras arrojadas al papel, planta baja de Letras de San Marcos, me presenté
cuando nuestra relación sólo ha sido cercanía, una con mis cuadernos y libros bajo el brazo, listo para
pasión compartida, y sobre todo una voz que aun tomar notas en un curso dictado por alguien que se
resuena en mis oídos treinta años después. Para consideraba, entre alumnos y otros profesores,
hablar de la obra poética de Wáshington lo normal como una autoridad del Siglo de Oro. Washinton
es que se acuda a la palabra escrita, pero para re- entró al aula a la hora prevista, recuerdo que no
ferirse al hombre y al profesor, quizás una presen- llevaba ni libros ni apuntes, saludó brevemente a
tación oral hubiera sido más adecuada. Porque para los alumnos, se sentó y habló durante dos horas
mí Wáshington es una voz en el tiempo, una voz que sobre la obra de Lope de Vega. Ni siquiera intenté
durará lo que los dioses y el azar decidan que dure sacar alguna nota de lo que hablaba, me quedé
mi propio cuerpo. quieto, absorto, como tetanizado. Y ahora me digo
este hombre tenía algo de encantador de serpien-
Un hombre es, sin duda, muchos hombres. En el tes; las siete, ocho personas que seguíamos per-
caso de Wáshington, ha sido amante, esposo, poe- manecíamos inmóviles, lápiz en mano pero inca-
ta, padre, amigo, profesor, confidente y muchas co- paces de distraernos con notas que de poco nos
sas más. No puedo hablar de todas sus facetas habrían de servir más adelante; era como tratar de
porque las desconozco. Lo he leído y admirado atrapar el mar con una cucharadita. Wáshington
como poeta, lo he conocido como amigo muchos miraba hacia adelante, compartiendo con nosotros
años más tarde, pero para mí Wáshington ha sido, la pasión que sentía por Lope y su obra; Wáshington
desde el principio, esencialmente profesor. Profe- en ese momento era el portavoz de la literatura, lle-
sor en el sentido más noble de la palabra, un guía vándonos de la mano hacia un momento cumbre
espiritual, un asesor, un hombre capaz de transmi- de la creación. Después de dos horas en que casi
tir la pasión que hemos elegido compartir: la litera- no se había movido de su posición inicial, se levan-
tura. Cuando ingresé a San Marcos a principios de tó con naturalidad y se despidió como si nada. Nos
los años setenta, pronto lo tuve como uno de mis había abierto los ojos, nos había hecho partícipes
profesores principales. Merodeaba yo por mis vein- de su propia pasión, y se alejaba a pasos ligeros
te años y todavía no estaba seguro de lo que iba a como si hubieramos pasado el tiempo hablando
hacer de mi vida; me atraía desde siempre la litera- de nimiedades. Tardamos algunos instantes en
tura, pero no se me ocurría pensar que le dedicaría volver a la realidad.
el resto de mis días. Como todos sabemos, a los
veinte el futuro es más que incierto (también a los Y sus clases se repitieron con el mismo ritual du-
cincuenta, pero de otra manera), y cada paso que rante aquél semestre. De Lope de Vega pasamos a
damos viene acompañado de dudas y contradiccio- Góngora y Quevedo, Calderón, Cervantes y Gracián,
nes que lentamente, muy lentamente, se van acla- con Wáshington sentado invariablemente durante
rando. En mi caso, vivía inmerso en aguas turbu- dos horas, las manos cruzadas y sin una sola nota,
lentas que sin darme cuenta se iban encauzando hablando de memoria, compartiendo con nosotros
U N H O M B R E C O N A T R I B U T O S
c
a
las propias pasiones de su juventud literaria. Habla- con respecto a sus autores españoles favoritos
ba de ellos como podría hablar del amor una mujer (tema con el cual generalmente terminaban la ma-
v
imaginaria y perfecta, de tal manera que todos termi- yor parte de nuestras discusiones), empezando por
nábamos deseando el placer que esta hipotética Pérez Galdós y la generación del 98, para terminar
o
mujer podría brindarnos. Ya lo dije, Wáshington real- con la poesía del 27. Raras veces hablaba de su
l
mente era un encantador de serpientes. Con una propia obra, aunque insistiéramos en saber si se-
sola meta: que amáramos la literatura como él la guía escribiendo (un tema recurrente al que se pres-
i
amaba: con una pasión enfermiza y total. taba de buena gana, aun a sabiendas que estába-
c
te, los autores que nunca había dejado de admirar.
sa y total, y después de estar con él uno no podía
concebir otro camino que la literatura. Después de las bebidas iniciales, nos instalába-
mos en la mesa del comedor, donde nos esperaba
erminé mi carrera en 1976 y dejé el Perú durante un
un típico ‘lonche’ peruano, una mezcla de embuti-
período que se prolongó demasiado. Por una
dos y de dulces con una buena taza de café negro.
circuncia u otra, no volví al Perú hasta el 84. Ya esta-
El ambiente era jocoso y alegre ya que en ningún
ba radicado en París y ya no tenía la menor duda de
momento se perdía el sentido del humor, un humor
lo que habría de ser el centro vital de mi vida: la
entre juguetón e irónico que siempre caracterizó a
literatura hasta las últimas consecuencias. Había
Wáshington. No buscaba el golpe de efecto, en su
venido a París sólo para escribir, abdicando hasta
caso el humor era más que nada un juego sutil de
de la enseñanza universitaria (a la que hubiera po-
inteligencia y de picardía. Y siempre alrededor de la
dido pretender después de mi doctorado parisino),
literatura, como si no viviera para otra cosa, como si
porque para mí la pasión exigía una entrega única.
ése fuese el único mundo posible. Y creo que para
Me iba a ganar la vida haciendo cualquier tipo de
él lo era. Esta es la faceta que a mí me tocó conocer
trabajos secundarios que me permitiesen tener el
de él y creo que era la que mejor lo definía:
tiempo necesario para escribir. Y desde entonces
Wáshington se había convertido por completo en
hasta ahora no he cambiado. En mi primer viaje de
un ente literario.
regreso a Lima llamé a Wáshington para verlo en
su casa de Miraflores. Me invitó a pasar por la tarde, En las veces que nos vimos después, se repitió el
junto con algunos amigos y alumnos suyos, jóve- consabido ritual casi de la misma manera. Siem-
nes profesores sanmarquinos que habían comen- pre los mismos amigos que llegábamos por la tar-
zado a enseñar en la época de mis estudios. Los de y que después de ponernos al tanto de nuestras
mismos que vería en su casa en cada uno de mis respectivas actividades literarias, volvíamos
viajes a Lima, al menos una vez cada dos años obsesivamente a Pérez Galdós y a la generación
hasta la fecha. Me refiero a Hildebrando Pérez, Car- del 98. Ahora se me ocurre pensar que ya se había
los Garayar y Marco Matos. Una cofradía secreta de alcanzado una fusión total entre Wáshington y la
la literatura reunida alrededor de su jefe máximo, literatura. Por mi parte, atravesaba un crisis propio
así los recuerdo la primera vez que me presenté a del escritor en el que me había convertido. Más que
su casa donde los libros ocupaban todos los espa- nada dudas sobre la calidad de mis escritos y un
cios posibles, desde el vestíbulo y el salón hasta la cierto desencanto ante las dificultades de publicar
sala comedor y las habitaciones. en España. Estaba más que desanimado, a decir
verdad, frente a la cruda realidad que me tocaba
Y la conversación giró, ésta y la decena de veces
enfrentar a diario desde mi refugio parisino. Pero
siguientes, sobre la literatura. Pasábamos revista
Wahington barría rápidamente con todas mis cavi-
al panorama literario del Perú de los últimos años,
laciones, bastaba escucharlo algunos minutos y uno
Wáshington opinaba sobre los pocos libros que lo
salía como nuevo, con una fe inquiebrantable en el
habían entusiasmado y entre un trago de vino búl-
poder de la literatura. Verlo, escucharlo, tenía un
garo y otro —antes de dedicarnos al whisky—, dis-
efecto euforizante que no he conocido con ninguna
curría sobre la poca ambición de la prosa nacional
12
1
1 En el Colegio San An-
drés, Lima 1942
2 Junto a él, Juan Pablo
Delgado, el historiador, su
padre, a la izquierda.
cuatro a almorzar en la D
casa, recuerdo que esta- E
ba solo y que preparé rá-
pidamente alguna carne A
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frita, y más que nada traté T
de mantener un semblan- E
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te de normalidad. En vano,
Wáshington estaba irreco- Y
nocible y se me partía el
corazón de verlo así. Sim- L
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plemente no hablaba y T
creo que a duras penas R
1 seguía la conversación, la A
S
mirada ausente. En todo,
habrá pronunciado un par
NO
de palabras durante todo
el encuentro. Las señoras 9
comentaban algunas co-
sas de París, Jorge me ex-
W
plicaba el homenaje a À
Vallejo al que los invitaban, S
pero era evidente que el si- H
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lencio de Wáshington era G
el centro de nuestras pre- T
ocupaciones. Y no podía- O
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mos ayudarlo, dudo que
hubiese persona en el D
mundo capaz de ayudarlo E
L
a sobrellevar el horror de G
la pérdida, pero quiero A
creer que por el simple he- D
O
cho de estar rodeado de
gente querida hacía más
soportable (en la medida
de lo posible) su desola-
ción. Porque me parece
2 que para él siempre fue
más fácil y natural darle
fuerzas y ánimos a los de-
otra persona. De alguna manera no sólo me permi- más, y su timidez e introversión le dificultaban reci-
tía seguir bregando con mis propios demonios, sino bir consuelo aun de los suyos. Wáshington nunca
que me lo exigía, ya que para él no había otro mun- dejó de ser un monumento de generosidad, el pri-
do posible. Tenerlo cerca me daba fuerzas para se- mer en brindar su ayuda desinteresada, el último
guir adelante; de nuestros encuentros volvía lleno en recibirla..
de esperanzas y con una renovada determinación,
listo para arremeter contra todos los obstáculos Los encuentros de los años posteriores retomaron
habidos y por haber, una vez cargadas al tope las su ritmo normal de invitaciones a la casa miraflorina,
baterías. con la literatura como núcleo de nuestras conver-
saciones. En ningún momento se tocaron cosas de
La sola vez que nos vimos fuera de Lima fue en la vida personal, al menos en mi presencia. Es pro-
París en 1988, cuando Wáshington y Jorge Puccinelli bable que con sus amigos personales sí, pero creo
fueron invitados a Grenoble por Roland Forgues a que nuestra relación siempre ha sido la de un pro-
raíz de los cincuenta años de la muerte de Vallejo. fesor con su alumno, por más que con los años
Pasaron algunos días en París, alojados en el ho- nos sintiéramos cada vez con mayor confianza. En
tel Esmeralda en el que yo trabajaba un par de días todo caso, la magia de su entusiasmo literario se-
por semana. Pero, lamentablemente, nuestro en- guía obrando con el mismo efecto sobre mis dudas
cuentro se produjo en circunstancis dramáticas, y desencantos literarios. Un bálsamo poderoso que
Wáshington había perdido hacía poco a su hijo en cicatrizaba mis heridas y me urgía a seguir adelan-
un terrible accidente de auto. Había viajado con su te, a sumergirme de lleno en la creación, con arrojo
amigo y sus esposas respectivas para tratar de no y determinación. Y su fervor literario resultaba con-
hundirse en la pena y la desesperación. Invité a los
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U N H O M B R E C O N A T R I B U T O S
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a
tagioso; siento que me ha permitido seguir escri- comentar las últimas aventuras del inefable Paco
biendo. Pienso que lo que soy ahora (un escritor Bendezú y algunos otros amigos del medio.
v
consumado, independientemente de la eventual Wáshington estaba cada vez más animado, había
calidad de mis textos), se lo debo a varias perso- dejado de fumar y de tomar durante un largo perío-
o
nas, pero sobre todo se lo debo a Wáshington. do y ahora compensaba el tiempo perdido. No sé
l
dosamente y lo comentó con sobriedad. Debo decir una copa de cognac para la sobremesa y sacó una
que me emocionó su presencia en un acto que para botella de Courvoisier. Nos sirvió generosamente, y
o
mí resultaba importante. Y sabía que siempre podía luego de verter algunas gotas en su copa, se quedó
G
contar con él, así como lo sabían sus innumerables con los codos apoyados en la mesa, calentando la
alumnos, colegas y amigos. La generosa disponi- copa entre las manos. No recuerdo el rumbo que
bilidad de Wáshington nunca dejó de estar al servi- siguió la conversación —entre anécdotas y bromas
cio de sus cómplices literarios. Al final, tomamos un literarias— pero sí recuerdo que cuando me voltée
trago juntos y nos despedimos con un abrazo calu- hacia Wáshington para comentarle algo, él se ha-
roso. bía quedado en la misma posición, la copa entre
las manos y los codos en la mesa, con los ojos
Nos vimos en dos oportunidades más con los ami-
cerrados esta vez, algo aturdido, sin duda, por el
gos de siempre. Wáshington estaba físicamente
sueño y el alcohol. Cuando los demás se dieron
disminuido y como una desgracia nunca viene sola,
cuenta, se produjo un silencio. Y lo miramos emo-
había perdido recientemente a su mujer. En ningún
cionados, con una ternura inmensa, como a un pa-
momento lo vi lamentarse de su suerte, a pesar de
dre al que debíamos una buena parte de nuestra
que la pérdida de los suyos estaba haciendo mella
vida. Fue un instante de una rara intensidad. El últi-
en su organismo. Hasta el punto que pasó varias
mo para mí, lamentablemente, ya que no habría de
semanas en el hospital, en cuidados intensivos, al
ver más al que fue mi maestro.
borde de la muerte. Su sufrimiento profundo lo vivía
con coraje, solitariamente, y creo que a estas altu- Y ahora que no está, siento que se va con él tam-
ras sólo la literatura lo mantenía a salvo de la des- bién una buena parte de mi pasado. Y que le debo
esperación total. Estaba escribiendo, como lo ha- mucho más de lo que él podría imaginarse. Le debo
bía hecho a lo largo de su vida (a pesar de sus de- lo que soy, un escritor, y en ese sentido pienso que
negaciones), leyendo como un desaforado (nunca le he sido fiel hasta las últimas. He seguido su ejem-
dejó de ser un desaforado de la lectura), y hasta plo, vivo para la literatura como él. Y me temo que
había retomado algunas clases en la universidad alejarse de la literatura hubiera sido para él la peor
Villareal. La literatura ocupaba, de nuevo, la mayor traición, significaría poco más o menos darle la es-
parte de su vida diaria, absorbiéndolo por completo. palda a la vida misma. Me enorgullece haberlo teni-
Y constituía su tabla de salvación, me aventuraría a do como profesor hace más de treinta años, y sien-
decir, contra los embates del tiempo y de la sole- to que ha sido para mí un gran privilegio haber con-
dad. Y así habría de ser hasta el fin de sus días. tado con su generosa amistad. Me ha transmitido
el fuego sagrado de la creación y seguir escribien-
a última vez que nos vimos fue en agosto del 2002.
do —este acto de fe ciega en la palabra—, es para
Para esta ocasión Wáshington organizó un almuer-
mi una manera de perpetuar su memoria. Por últi-
zo con los amigos de siempre, Hildebrando Pérez,
mo, suponiendo que exista un parnaso literario (¡cla-
Carlos Garayar y Marco Matos, almuerzo preparado
ro que existe!), no me cabe la menor duda que en-
en la casa por su hija. Esta vez lo vi más animado
contraremos a Wáshington discutiendo apasiona-
que las veces anteriores. Lo vi fumando con ganas
damente con Pérez Galdós, ante la mirada impa-
y tomando whisky mientras se ultimaban los deta-
ciente de Lope y de Góngora. Y también es proba-
lles del almuerzo. Todos estábamos de excelente
ble que Unamuno y Ortega y Gasset, algo hastia-
humor, más que nada porque veíamos a un
dos de la vida eterna, estén esperando su turno
Wáshington restablecido y con ganas de pasar un
para que Wáshington les de nuevas razones para
buen momento. Hablamos de literatura, para variar,
creer en la literatura. Y Wáshington les dará tres
recuerdo que discutimos sobre las novelas de Mi-
razones para no bajar nunca jamás los brazos: la
guel Gutiérrez y Edgardo Rivera Martínez, para luego
pasión, la pasión y la pasión.
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J é s s i c a R o d r í g u e z
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º 9
E l poeta se acomoda en la silla como si ésta fuera su sillón
Martín N
preferido y enciende un cigarrillo. Bar Berisso, una tarde de agosto.
releer sus textos favoritos, antes que buscar nuevos autores. Es una manera de recorrer mis
pasos”. Menciona una larga lista. Wáshington Delgado no era sólo un gran poeta, sino un hombre
verdaderamente culto; es decir, alguien que ha leído mucho, ha asimilado bastante y es capaz de
compartir ese tesoro con esa sencillez que distingue a un auténtico maestro. Sus intereses eran
múltiples: el teatro, el cine, el ajedrez, la comida. Fue imposible encauzar la conversación sólo hacia
lo literario. Esa amplitud era también un rasgo de su carácter, una manifestación de su sabiduría. De
esa larga entrevista, hemos seleccionado algunas de sus respuestas más ceñidas a lo literario. Sea
este texto un homenaje a uno de los poetas peruanos más importantes del siglo que acaba de
terminar.
del Perú, en el que están Eguren, Vallejo,
¿Cuál era el panorama de la poesía peruana joven
Wesphalen, Oquendo. Luego, se inspiraron en la
cuando usted empieza a escribir?
Vanguardia francesa, especialmente en el Surrea-
o llegué a la literatura un poco lateralmente. Entré a lismo. La poesía de Eielson, en cierta etapa, se
la Universidad Católica, donde entonces no había acerca al Prevert de Palabras, poeta anterior a
un desarrollo literario. De hecho, estaban ya unos Bretón.
jóvenes inquietos que sacaron una revista que se
El otro grupo tuvo un origen político: eran los poetas
llamaba Gleba. Eran, sobre todo, Abelardo Oquendo
del pueblo, que eran apristas. La cabeza, creo, era
y Luis Alberto Ratto. Estaban también Leopoldo
Julio Garrido Malaver, que estuvo preso. Otro mayor
Chariarse, Julio Ramón Ribeyro, Carlos Germán
era Gustavo Valcárcel, y entre los más jóvenes, Ma-
Belli, pero, en general, no había el movimiento que
nuel Scorza, Américo Ferrari, éste muy joven. Fue
había en San Marcos. No estuve vinculado a la gen-
un grupo muy interesante, cuyo modelo, en cierto
te de mi edad, o un poco mayor, que alrededor del
modo, fue Neruda. El mejor libro de Garrido Malaver
43 ó 44 formaron dos movimientos literarios, de sig-
será Dimensión de la piedra: desde el título se nota
nos opuestos: uno de gran valor, desde el punto de
la influencia. Después del 48, se separaron del gru-
vista literario; otro, de inquietudes interesantes.
po del Apra, Juan Gonzalo Rose y Valcárcel, que se
Del primer grupo se desprendieron los llamados fueron al comunismo. Cerca de ellos estaba Ale-
poetas puros: Jorge Eduardo Eielson, Javier jandro Romualdo, y entonces es que va a surgir
Sologuren, Blanca Varela, Raúl Deústua y Sebastián una polémica entre poesía comprometida, social, y
Salazar Bondy. Ese grupo estaba vinculado a la Van- poesía pura.
guardia. Primero releyeron a los poetas de la Van-
Luego, el grupo de poetas puros tuvo sus epígonos.
guardia peruana; incluso, Eielson, Salazar Bondy y
Uno de ellos es Leopoldo Chariarse, y el otro, Paco
Sologuren publicaron un libro antológico, con notas
Bendezú, cuyo primer poemario lo publica en Las
introductorias breves, La poesía contemporánea
C o n v e r s a c i ó n c o n W á s h i n g t o n D e l g a d o
moradas. Sin embargo, Paco Bendezú tiene una po- Estaba en antologías de poesía contemporánea,
R o d r í g u e z
sición política, incluso cae preso, y luego es deste- como la de Xavier Abril, pero no hubo edición com-
rrado a Chile. Estaba dentro de la órbita del Partido pleta hasta el 50, en que aparece la de Losada. Allí
Comunista y era dirigente estudiantil. empieza la influencia mayor de Vallejo: ya uno tenía
el libro en casa.
Después vienen poetas como Pablo Guevara, en el
que se funde una actitud política con un tratamiento ¿Y qué determinó más su poesía? ¿El contexto
puramente estético del poema. Pablo Guevara pue- literario o su situación personal?
de escribir un poema como «Los ecuestres», un
Mi situación personal. Yo no escribía poesía de niño,
poema evidentemente político, pero que está cons-
empecé a hacerlo ya en la universidad, pero me
truido como un poema.
gustaba leer poesía. Digamos, todo escritor surge
J e s s i c a
¿Cómo se ubica usted en este proceso? así: porque lee. Y el que va a la poesía es porque le
gusta leer poesía. A mí desde chico me gustaba
Aparte; porque yo comienzo tomando la influencia
leer poesía. Leía a Rubén Darío, a Chocano. Eso
de Pedro Salinas. En la universidad me impresionó
depende del carácter de cada persona. Hay gente
ese tipo de poesía y quise imitarlo en mi primer
a la que no le gusta leer poesía, sino prosa. Por otro
libro, Formas de la ausencia: verso breve, tendien-
lado, me gustaba y me gusta, pero no he escrito, y
do hacia el octosílabo y el heptasílabo. Eran poe-
eso es una cosa rara, algo que muy poca gente lee,
mas breves, pero fluyen sin separación en estrofas.
porque no está hecho para ser leído sino para ser
Luego, en mi siguiente poemario, seguiré hacien-
visto: el teatro. Sería porque en mi casa encontré el
do verso breve, pero separado en estrofas, como
Fausto de Goethe y una edición de las comedias de
unidades separadas dentro del poema. Hay una
Shakespeare. Después leí las obras completas de
cierta arquitectura del poema. Luego llegaré al ver-
Bernard Shaw. Claro que el teatro es para ser re-
so largo, con la experiencia de toda la generación,
presentado y visto, no para ser leído. Pero me en-
que fue la del Existencialismo, y con un libro decisi-
canta leer a Ibsen, a Pirandello, y me aficioné a leer
vo, como El extranjero, de Albert Camus.
a los buenos escritores de teatro. Luego lo he dicta-
Entonces, usted busca un modelo que no es el de do en cursos. En la Escuela de Arte Dramático he
los otros... dictado Historia del Teatro y Literatura Dramática y
he enseñado literatura griega, latina, teatro
En cierto modo, sí. Leí a Salinas, antes a Rafael isabelino, francés, español, mi tesis fue sobre Lope
Alberti, pero me impresionó también Louis Aragón. de Vega. Es decir, me encanta el teatro moderno, de
Hice un librito muy malo imitando a Alberti, que nun- vanguardia y contemporáneo, hasta Brecht y el tea-
ca se publicó; leí a García Lorca, luego a Jorge tro del absurdo; lo último del gran teatro europeo
Guillén... que empezó con Ibsen y culmina, en cierto modo,
¿Qué le interesó de Salinas? con Brecht, Beckett y Ionesco. Ya no hay grandes
escritores de teatro. Los últimos fueron seguidores
Pedro Salinas me enseñó que hay una poesía de de Brecht.
meditación, como hay una poesía descriptiva o hay
una de canto. Eso es La voz a ti debida. No es Volviendo a la historia de la literatura peruana,
filosofía; es meditación poética. La otra es una es- ¿cuáles son para usted los hitos en la poesía del
pecie de fenomenología poética del amor; caben siglo XX?
todos los casos. Eguren y Vallejo, sin duda, son los dos primeros.
¿Qué otros poetas se leían por entonces? Luego otro que me encanta: Oquendo de Amat. Me
parece un poeta extraordinario. De una gran frescu-
Jacques Prevert se leía mucho; también se leía a ra y lirismo, hace una poesía parecida, pero menor
Eluard, ya separado del surrealismo, con su famo- –escribió menos–, a la del chileno Vicente Huidobro.
so poema «Libertad». Por entonces, recuerdo, lle- Luego, hay una especie de vacío en la poesía pe-
gó una traducción de un poeta turco que tuvo mucha ruana, hasta los poetas cholistas. De todos éstos,
fama, Nazim Hikmet.
me gusta Mario Florián. Después viene la genera-
¿Y Vallejo? ción del 50, y luego la del 60, que tiene buenos
poetas, como Hinostroza, Marco Martos, Cisneros,
omienza a leerse con esta generación. Curiosamen- Watanabe, que es posterior. Pero Vallejo y Eguren
te, las influencias de poetas en el Perú son así: del son los primeros y fueron realmente notables.
30 al 40, el poeta que más influye es García Lorca, Valdelomar tiene también buena poesía, pero poca.
que se puede encontrar en la poesía cholista, en Es otro poeta que inagura caminos, porque, en cier-
Luis Nieto, en Mario Florián; y un poco también in- to modo, la poesía de Vallejo es una continuación
fluye Alberti. Después, a partir del 35 ó 36, y hasta el de la de Valdelomar. Por lo menos las “Canciones
50, Neruda. Vallejo empezaría después del 50. Yo del hogar” son continuaciones de “Tristitia” y “El
leía a Vallejo antes del 50, en la Biblioteca Nacional. hermano ausente”, que son tal vez los dos mejores
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C o n v e r s a c i ó n c o n W á s h i n g t o n D e l g a d o
poemas de Valdelomar, que tiene otros buenos poe- fluencia, la anglosajona, con Pablo Guevara, que
R o d r í g u e z
mas simbolistas, como “Evocación de las grana- toma la poesía de Eliot y Pound, que será la que, a
das”, “Blanca la novia”. Él inauguró una línea, pero su vez, tome la generación del 60; es decir, abre
no la continuó, porque murió muy joven. Por supues- caminos, nuevos derroteros y da lugar a una poesía
to, fue superado por Vallejo. Así como Oquendo su- comprometida, pero no propagandística, sino a una
pera lo que hacía Eguren. Oquendo es egureniano, búsqueda de poesía comprometida que sea poe-
sin duda. Fue considerado un poeta difícil en su sía.
tiempo, como Eguren y Vallejo. No los entendían.
¿Qué direcciones advierte en la poesía peruana
Cuando Amauta le hace un homenaje a Eguren,
de los últimos 20 años?
Oquendo manda dos poemas, uno de ellos está
dedicado a Eguren y dice: “A José María Eguren, En los últimos veinte años, lo mejor es el movimiento
J e s s i c a
claro y sencillo”. Voz de ángelrosa recién cortada/ de poetas mujeres. Luego de los poetas del 60, del
crece el brazo de una rosa por eso una estrella mía 70 y de Hora Zero, lo mejor fueron las poetas que
llora/ la golondrina mirando el mar. Eso es surgen poco después del 70 y del 80: Rossella Di
egureniano, pero sin nexos lógicos. Es un Eguren Paolo, Giovanna Pollarolo, Doris Moromisato,
llevado al extremo. Es un Eguren superado. Mariella Dreyfus, Patricia Alba, que conforman todo
un movimiento femenino interesante. En el siglo pa-
¿Y en la prosa?
sado hubo, más bien, un movimiento de mujeres
Ricardo Palma es el primero, aunque poco antes novelistas. Éste es un movimiento casi orgánico de
están los cuadros de costumbres de Felipe Pardo. mujeres que escribe con temas semejantes, pero
El segundo es Valdelomar. “El caballero Carmelo” mejor que la poesía de los varones en ese momen-
es un cuento fundamental. Valdelomar también es- to. Entre los del 70, sí, claro, hay buenos: José
cribió teatro, pero lamentablemente su gran obra, Watanabe, Abelardo Sánchez León, pero son un
Verdologa, se perdió. Lo que se conserva de ella poco anteriores. Entre los últimos no veo nada no-
demuestra una habilidad teatral increíble. Escribe table. Hay varios, pero sin dirección clara. Aunque,
un teatro simbolista, a lo Maeterlinck, a lo François lo confieso, los he leído poco.
Coppée. En cuanto a su poesía, lo mejor de ella
Si pudiera dividir su propia trayectoria poética,
está dentro de un simbolismo final. Luego, Enrique
¿cuántos períodos señalaría?
López Albújar, que era mayor que Valdelomar pero
tuvo mucha influencia con sus Cuentos andinos. El Bueno, uno primero, de poesía muy subjetiva, que
otro que es muy valdelomariano en el lenguaje no está separada de la Vanguardia. Es el de For-
modernista es José Diez Canseco. Maneja bien el mas de la ausencia y, un poco, de Días del corazón.
lenguaje coloquial, el lenguaje popular, el diálogo. Un escritor que por esa época influye en mí es
Después empieza la novela, con Alegría y Arguedas. Bertold Brecht. No lo conocíamos aquí, aunque ya
Allí viene el gran impulso de la narrativa peruana. tenía mucha fama en otros países de América y se
Ésos son los grandes, que hacen una literatura muy estaba editando su teatro. Cuando estuve de paso
emotiva, personal, entrañable, rica, muy densa en por Buenos Aires, compré todo lo que había de
motivos, en observaciones, en ideología. Lo que no Brecht. Mal traducido, pero, aun así, era impresio-
ocurre con los que vendrán después. Incluso nante. Era otra visión de la poesía y el teatro, una
Ribeyro, cuyos cuentos vienen a ser inferiores, ha- visión crítica.
biendo él escrito más. Ribeyro escribe muy brillan-
temente, pero no tiene la riqueza y profundidad de A propósito, al releer los poemas de Artidoro, me
Arguedas. Bueno, eso creo. parece distinguir, además de la huella de Brecht,
la de Unamuno.
¿Y cómo valora el aporte de su generación al pro-
ceso de la literatura peruana? Yo leí mucho a Unamuno, sus novelas, su teatro,
pero Brecht me impresionó porque en él la medita-
n la prosa, hubo una renovación con Zavaleta, ción pura pasa a ser otro tipo de meditación, una
Ribeyro, Vargas Vicuña y Vargas Llosa. Se produjo meditación crítica, donde el objeto es descubrir algo
el cambio por influencia de la novela norteamerica- debajo de las apariencias. Una mayor realidad de-
na y europea, influencia que no existía en la genera- bajo de lo que aparentemente es la sociedad. Brecht
ción anterior. También con mi generación apareció me sorprendió como un poeta muy poderoso, que
la novela urbana. domina muchas técnicas. Yo no llego a eso, pero sí
a la actitud crítica, que adopto en Para vivir mañana,
En poesía, en primer lugar, se dio una revaloriza-
que señala otra etapa. Aunque quizá el más
ción de la vanguardia, se hizo una poesía irracional
brechtiano de mis poemas sea muy posterior: está
que a veces es notable en Bendezú, en Sologuren,
en Historia de Artidoro y es «Un caballo en la casa».
en Belli. También una poesía comprometida, nota-
ble en Juan Gonzalo Rose, en Romualdo y, en par- Y después de Para vivir mañana llega el remanso
te, en Scorza. Y luego, otra apertura hacia otra in- de Parque...
Sí, una especie de remanso.
20
1
Hasta Destierro por vida predomina en su poesía minación en esdrújulas con distintas vocales. Es-
un yo lírico, digamos, tradicional. A partir de cribe un poema que se llama «Fauno en el siglo
Artidoro, los temas centrales el amor, la soledad, XX», que está totalmente desfasado, no en versos
D
la muerte, me da la impresión de que se encaran rimados, pero sí endecasílabos, y luego escribe un E
de modo más dramático, descarnado. ¿Tiene ello poema que es un pastiche del Quijote, que se lla-
que ver con la construcción de ese alter ego que ma «La verdadera historia del ingenioso hidalgo A
R
es Artidoro? ¿Le ha dado él objetividad y distan- don Alonso Quijandría», que vive por Chincha y que T
cia? también se enamora de una Aldonsa Lorenzo, pero E
que nunca tiene aventuras. Lo más que hace es S
í, me permitió ser más dramático. Pero ahora voy
inventar. Tiene una tertulia con un barbero, donde
un poco más allá. He publicado dos cosas en Y
llega también un bachiller y hay un ajedrecista sol-
Harawi. Ya no me refiero a un solo personaje, como L
terón. En un ambiente medio español, con lengua-
en Artidoro. No creo que sea una cosa notable, pero E
je castizo, pero con elementos peruanos. Cuando
es experimental: crear un grupo de poetas. No como T
monta a caballo, por ejemplo, usa poncho. Todo R
Juan de Mairena, el personaje de Antonio Machado,
con un tono humorístico. A
o los heterónimos de Pezoa. Los míos son, más S
bien, unos poetas un poco trasnochados. Me ima- Debo de tener unos 70 poemas sobre estos poe-
ginaba hacer una novela. Pero, claro, no voy a llegar tas, que se pueden reducir, de repente, juntando NO
a la novela porque es mucho trabajo. dos o tres en uno solo. Están los temas de la me-
lancolía, de la ausencia, de la muerte. Todas son 9
Mira, los años 35-36, cuando San Marcos se re-
propuestas un poco desfasadas. Creo que, en el
abre, es quizá, intelectualmente, la peor época del
fondo, es lo que me pasa a mí. Yo siempre me he W
Perú. La década anterior había sido brillante, a pe-
sentido desfasado. Por eso mi tema «El extranje- À
sar del gobierno, en cierto modo totalitario, de S
ro». Y es que, en realidad, yo vine muy chico del
Leguía. Surgieron la vanguardia, el indigenismo y H
Cuzco, prácticamente no tengo familia, nunca me I
una revista criolla notable, que es Amauta. Circula-
junté con mi familia. No tengo un sentido del terru- G
ban revistas de Cuba, Argentina; se traducían libros. T
ño, ni siquiera del barrio, porque me he mudado
Eso se corta con la dictadura de Sánchez Cerro. O
muchas veces. Un poco todo eso representan es- N
Los escritores ligados al aprismo y al comunismo
tos poetas que están fuera de foco.
son desterrados o presos. La universidad se cerró D
por tres años. ¿Qué está leyendo ahora? E
L
Es en ese momento de decadencia que sitúo a dos Ahora leo más por entretenerme. Leo a Saramago, G
A
poetas ligados a un modernismo final, por ejem- que es muy bueno. Ahora me encontré una traduc-
D
plo, a la poesía de Alberto Ureta y José Gálvez. Esos ción de Julián Marías de Tristam Shandy, novela in- O
poetas no conocen la poesía de vanguardia, vienen glesa del S. XVIII, que es divertidísima. A veces leo a
de familias burguesas y luego del choque tremen- alguno que otro poeta nuevo, aunque, en verdad,
do de la caída de Leguía se han vuelto apolíticos. ahora lo que más hago es releer.
He publicado a dos poetas inspirados en ellos.
¿Y a nivel de los estudios críticos, tiene algo pen-
Poesía de verso breve, con rima en un caso, y en el
diente?
otro sin rima. Otro de mis poetas ya tiene noticias
de Neruda, de Veinte poemas de amor. Otra ha leí- No, yo nunca fui un escolar como Alberto Escobar o
do a Amauta y quiere hacer cosas de Vanguardia, Antonio Cornejo. Lo que yo tengo es cierta agudeza
pero no domina la teoría. Eran como ocho, entre en la visión, por lo menos eso creo. Lo que sí siento
ellos una mujer, mayor que los otros y más es no haber hecho mi tesis sobre Ricardo Palma.
desfasada, pero que vuelve a matricularse en San Pero yo nunca enseñé literatura peruana. Tonto. Debí
Marcos. haber buscado esos cursos para ver las ideas, la
sociedad, los tipos y clases en Palma. Palma es
Luego Paco Carrillo me dijo que por qué no incluía
una figura interesante, un liberal un poco anticlerical,
un poeta indigenista o del cholismo. Era muy difícil
masón y buen escritor. Se podría hacer un estudio
meter a un Florián. Así que recurrí a Blanca del Pra-
conjunto y ver su visión de las clases, de las razas
do, que escribió unos poemas en prosa en
de la sociedad peruana, porque es variado, tiene
Arequipa, para evitar el problema de seguir a Nieto
muchas aristas. Es un escritor bastante denso. Ah,
o a Florián. Por último, todos ellos sacan una revis-
también quizás me anime a escribir teatro. Por ejem-
ta que se llama Invención. Al final, aparece otro: un
plo, me gustaría hacer una versión brechtiana del
estudiante de medicina, amigo de uno de ellos, que
Ollantay.
quiere hacer otro tipo de poesía, más bien satírica,
y que terminará peleando con el editor de la revista,
Osores, porque a éste los poemas le parecen pro-
caces. Escribe sonetos en los que la rima es la
repetición de la palabra, como en Borges, y con ter-
1
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DESIERTOS DEL DESTIERRO
E l q u i B u r g o s
écada del 60, años de utopía en la que los hay un nacer y un morir, siempre diferente y
jóvenes se hacían matar en las montañas. siempre el mismo.
En esos años, pese a que ya corrían otros
vientos poéticos, la llamada poesía social La inmensidad del mundo, la amplitud de la
aún era la palabra del poeta –Napoleón fren- problemática social del país y la compleji-
te a las pirámides- dirigiéndose no a los dad de la existencia se concentran y reúnen
hombres de carne y hueso, sino un diálogo en un punto: la casa. En este lugar, donde
con la Historia. confluyen todos los universos, abierto a los
cuatro puntos cardinales, crece en su centro
Años que desbordaron en los 70 con aguas el árbol familiar, el árbol de la sabiduría, unien-
más hedonistas pero igualmente violentas do el mundo de arriba y el mundo de abajo.
y mortales. Años de mi juventud en los que Ahí, bajo su sombra protectora, el hombre
caminábamos con muchachas bajo el bra- se refugia en su habitación y comprende que
zo y el corazón a flor de labios, risueños y el mundo, el país y su casa sólo es un vasto
transparentes, por las calles de Lima. En desierto, recinto cerrado, refugio interior, mi-
esas aguas revueltas que también fueron rador y atalaya, desde donde vislumbra el
un festín, se vivía, se escribía y se moría con oasis, vana y gaseosa utopía, representa-
mucho amor. ción simbólica del paraíso y sin más reali-
Eran mis años en las aulas sanmarquinas. dad que el de un espejo lejano que refleja
Ahí compartí todo aquello con entusiasmo y una imagen miserable y borrosa de la vida.
muchas dudas en un radiante futuro. Preci- Con lucidez implacable y melancólica, ob-
samente ahí tuve como profesor a serva el comercio de la ciudad y los avatares
Wáshington Delgado, enciclopédico y gene- de la Historia como un círculo vicioso y de-
roso. Y, ahí, alguna vez –justo en el momen- leznable. Consciente de que toda existencia
to en que me buscaba y buscaba mi pala- implica la ilusa persecución de la libertad, la
bra- lo escuché decir que en la vida uno debe belleza o el amor, poblada de bellas
apoyarse en la gran obra de un Hombre, tal dulcineas y rasputinescos políticos y con una
como él lo había hecho con Pedro Salinas. tristísima samaritana que con lástima nos
Recuerdo con exactitud el año 69 en que mira firmar alguna protesta.
Wáshington publicó Destierro por vida y el Había comprendido que la aspiración de la
impacto fenomenal que en mí causó. Por palmera, la palabra y el manantial han sido
primera vez me encontraba con una poesía un trágico sueño más. Y, que eso sería nada
que deseaba comprender el proceso histó- menos que mi destino, mi destierro, en Pa-
rico y el cotidiano desde la perspectiva de tria de extranjeridad.
una persona que lleva una vida absoluta-
mente trivial, como la de cualquier vecino. Años después, Wáshington tendría la sabia
generosidad de ayudarme a partir a tierra de
Instalado en su habitación, comprende el fra- exilio, vete a México, a escribir, sí, sólo a es-
caso de toda revolución en su intento por cribir, con beca, no pierdas esta oportunidad.
hacer más justa la sociedad y la incapaci- Así, en México, pude concluir Cazador de
dad de la religión para ilusionarnos y hacer espejismos, mi primer libro, y publicarlo con
más soportable el derrumbe del mundo sólo un epígrafe tomado de Glober Trotter y que
con fe, esperanza y caridad. Por primera vez ahora más que nunca –por la muerte del
encontraba en la poesía una actitud buen Wáshington- es de una desgarradora
volteriana: sopesar la vida bajo la luz morte- actualidad:
cina, sentimental y tierna de todos los días,
para luego concluir muy pesimistamente que “Toda mi vida he caminado por los desiertos
y ahora estoy triste”.
l e t r a s
y
WASHINGTON DELGADO: PARA VIVIR SIEMPRE
a r t e s
R ó g e r S a n t i v á ñ e z
d e
º 9
Martín N
scribir sobre Wáshington Delgado significa para mí acercarme al meollo de la poesía. Posi-
blemente tendría que remontarme hasta el mes de abril de 1973. Acababa de terminar el
colegio y había ingresado a la Universidad de Piura. El Dr. Augusto Tamayo Vargas fue invitado
por la Universidad para rendir la lección inaugural de aquel año académico y –simultánea-
mente- ofrecer un curso sobre Literatura Peruana durante una semana. Ante mi inocultada
obsesión por la poesía el Dr. Tamayo tuvo la gentileza de obsequiarme una antología de
poetas peruanos contemporáneos que él había compilado para la editorial El Bardo de Bar-
celona. Fue allí donde descubrí a Wáshington Delgado y contemplé su augusta fotografía. Por
esos mismos días me aventuré por la hemeroteca de la Universidad y encontré el tercer y
último número de la revista Literatura que dirigían hacia el último tramo de los años 50 Mario
Vargas Llosa, Luis Loayza y Abelardo Oquendo, con la administración de Javier Heraud. Pues
bien: allí estaba completito el libro Para vivir mañana de Wáshington Delgado. El impacto fue
instantáneo: Pálidas muchedumbres me seducen / La tierra es ancha e infinita cuando los
hombres se juntan.
A partir de allí mi admiración por su poesía iría in crescendo. En julio de ese mismo 1973
decidí viajar a Lima (yo estudiaba en Piura) en busca de más poesía. En la librería de Juan
Mejía Baca me compré un librito titulado Tres poetas, tres obras editado por el Instituto Raúl
Porras Barrenechea de San Marcos, debido a la pluma de Javier Sologuren donde estudiaba
la poética de Sebastián Salazar Bondy, Carlos Germán Belli y Wáshington Delgado. Allí apren-
dí a apreciarlo mucho más.
Hacia 1975 me trasladé a San Marcos. Durante el invierno limensi de aquel año Mito Tumi y
quien redacta esta memoria conformábamos un pequeño grupo en torno a la figura de Luis
Alberto Castillo, por entonces poeta emblemático de la nueva generación. Por esos días Mito
llevaba diariamente consigo Un mundo dividido (la obra poética completa de Wáshington
Delgado hasta entonces, recogida por el INC) y de rato en rato citando un verso de Formas de
la ausencia nos decía: Podría desterrarte a la primera época del llanto provocando un éxtasis
del que sólo salíamos con la sonora carcajada de Castillo mediante la cual ahogábamos la
angustia, abandonando el Patio de Letras hacia el Wony –Centro de Lima- donde nos aguar-
daba un par de cervezas heladas. El producto de esas reuniones fueron los tres números de
Escritura inspirada en cierto modo en Hipócrita Lector editada por Marco Martos e Hildebrando
Pérez, quienes eran nuestros maestros y mentores poéticos, en una línea que –por lo menos
en San Marcos- provenía de Wáshington Delgado. Desde La Pecera (la transparente oficina
de ambos) Marco podia decir de súbito: Los estudiantes pasan con libros o muchachas bajo
el brazo en una alusión simultánea a todo lo que vengo sosteniendo. Y es que Wáshington
era un maestro por donde se le mirase. Con su casaca de blue-jean llegaba a sus clases
premunido de una cajetilla de Winston y entre suculentas bocanadas desfilaban ante noso-
tros los personajes del siglo de oro español. Recuerdo con especial énfasis sus magistrales
Wáshington Delgado: Para vivir siempre
S A N T I B Á Ñ E Z
feliz, porque me di cuenta que Wáshington me había visto como un chiquillo, como un apren-
diz que de pronto ya estaba dejando de serlo. Y yo apenas estaba por publicar mi primer
cuaderno Antes de la muerte que él fue –por supuesto- el primero en catar como manuscrito.
Y al que le dio luz verde un sábado en el crepúsculo con una botella de Lágrima Christi que era
uno de sus vinos preferidos.
sí fue como trabé una gran amistad con él. Las noches más hermosas fueron aquellas en
las que con Francisco Carrillo (su compadre y a quien Wáshington quería mucho) llegába-
mos los viernes –después de la Universidad- premunidos de un Havana Club a su casa llena
de libros de Lince a disfrutar de su sabia palabra, de su certero comentario, de su broma
cordial y aún de su risa grande y arrolladora. La sutileza e incisión de su inteligencia era
demoledora. Finísima su sensibilidad y muy ancha y abierta su verdad. Por eso nos dijo: El
corazón es fuego. Siempre me gusta recordar que por 1975 había un kiosko de revistas al
final de Belén, bajando hacia la Plaza Francia, y no sé porqué designio, el dueño del puesto
había colgado un ejemplar de la revista Idea (dirigida por Manuel Suárez Miraval) en cuya
carátula tabloide podian leerse tres poemas inéditos de Wáshington Delgado entre los cua-
les destacaba Prado de la amargura donde están esos versos que yo repasaba cada vez que
caminaba por allí: Acercarme debiera más bien a la joven / y azorada prostituta que me sonríe
/ con insistentes mieles y fulgores mientras suelta /sus perfumados cigarrillos sobre la verde
hierba / y al aire sus cabellos de esparcida dulzura. Con poesía de esta calidad podia uno
reconciliarse con la vida en medio del tráfago y la violencia de la ciudad.
Hacia 1984 cuando ya había salido de San Marcos continué frecuentando la casa llena de
libros de Lince. Wáshington hablaba de Vallejo. “Nadie lo conocía en el Perú. Mi generación
recién leyó a Vallejo en los años 40 con las ediciones de Losada” me decía, antes de –por
ejemplo- prestarme El ABC de la lectura de Ezra Pound en versión castellana de Ediciones de
24
1
la Flor de Buenos Aires. Así era él, generoso y natural. Jamás ni un asomo de esa afectación, D
E
tan cara a algunos poetas o intelectuales. Su llaneza y horizontalidad para con todo el mundo
A
dejaba ver una personalidad muy especial. Carismático y franco transmitía una solidaridad R
humana –para mí- fuera de [Link] esos días del verano del 84 yo le pedí unos poemas T
E
inéditos para el suplemento El Caballo Rojo (en su fase final) luego de las mil guerras S
habidas en El Diario de Marka . Wáshington me dijo que no tenía sino unos ejercicios de Y
estilo, pero que de todos modos me los iba a dar. A la semana siguiente salieron publicados
L
los poemas. Y años después los recogió bajo el nombre de Baladas viejas y lejanas en la E
T
recopilación Reunión Elegida que hizo Colmillo Blanco en 1988. Wáshington Delgado renun- R
ció públicamente a la poesía, después de Destierro por vida su libro de 1969 donde están los A
S
memorables textos Monólogo del habitante, Pluralidad de los mundos ( “Leo los libros de
Marx y sé / que la historia se repite /y es una farsa / como para llorar”) y principalmente Globe NO
Trotter (“He caminado por los desiertos, toda mi vida / y nunca llegué a ninguna parte”) que era
9
comentado por muchos poetas jóvenes y no tan jóvenes –por 1975-76- como uno de los
grandes poemas de la poesia peruana. Luego de la suma de Un mundo dividido (1970) el
W
poeta entró en el silencio. Recuerdo que cuando llegué a Lima a mediados de la década del À
S
70 todo el mundo comentaba consternado el voluntario mutis de Wáshington. Era muy sinto- H
mático que un poeta de su calidad callara. Ya nada merecía ser cantado. O ya no había nada I
G
qué decir en este mundo (dividido). T
O
Por eso fue una gran alegría cuando Wáshington Delgado dio a conocer los poemas de su N
serie Artidoro. Y sobre todo por la impronta urbana y el hábil conversacionalismo del que D
E
hacían gala, así como cierto insoslayable sabor popular –claro en la inserción de letras de L
valses criollos-. Así mismo las prosas poéticas de El Gran Condé cuando aparecieron en uno G
A
de los primeros números de Hueso Húmero al borde del principio de los años 80. El poeta D
O
estaba –otra vez- entre nosotros. Renovado y rotundo.
a última vez que estuve con Wáshington Delgado fue un atardecer del verano de 1998 en que
lo encontré en el vestíbulo del Auditorio del Hotel Ariosto en Miraflores. Hacía tiempo que no lo
veía y él me recibió con la camaradería de toda la vida. Me sentó a su lado y ya no me dejó
moverme de allí hasta que subió al estrado para presentar un libro de Leopoldo Chariarse
(ese era el motivo de la reunión). Luego hicimos muchos brindis en la recepeción que siguió
al recital. Allí también estaba Mario Pozzi-Escot con quien recordamos el video que le hicimos
a Wáshington en 1989 leyendo los poemas de Parque en el parque Mariscal Castilla de Lince
a unas pocas cuadras de su casa. La difusión de ese video se hace indispensable en estos
momentos. La noche avanzó impertérrita en la terraza del Ariosto y en un indeterminado
instante dejé de ver a Wáshington Delgado entre la aglomeración. Pero yo ya había vuelto a
sentir su calor y su poesía. Ahora que camino solitario a las orillas del río Cooper, pequeño
afluente del Delaware, en el valle del mismo nombre rememoro la ejemplaridad ética y moral
de un auténtico poeta, su democrática visión del mundo siempre con el corazón a la izquierda
y la mesura clásica de sus poemas. Leo en voz alta para que me escuche la gran noche
norteamericana: Mi casa está llena de muertos, / es decir mi familia, mi país,/ mi habitación en
otra tierra,/ el mundo que a escondidas miro. Y entonces comprendo que llegado a este punto
yo también contemplo el mundo a hurtadillas, como él nos enseñó quizá porque esa es la
opción preservadora de la poesía, único estandarte contra la gran ofensa del mundo. Y que
sin embargo él fue capaz de escribir: Yo construyo mi país con palabras. Por eso mismo
construyamos una memoria eterna para Wáshington Delgado. [Róger Santiváñez,
Collingswood, 12 de junio de 2004].
5
12
l e t r a s
1927 / 2003
y
a r t e s
1927 Nace en Cuzco el 26 de octubre. Hijo de Juan 1961-1963 Es elegido por el Consejo de la Fa-
José Delgado Delgado y de Rosa Alicia Tresierra cultad de Letras de la Universidad Nacional Ma-
Galarreta. yor de San Marcos como Jefe de Prácticas a
1931 Se establece en Lima con sus padres (resi- tiempo completo.
den en el Jr. Leticia, cerca del Parque Universi- 1963-1970 Es promovido a Catedrático de la
tario). Facultad de Letras de la Universidad Nacional
1935 Es matriculado en el Colegio Montessori (Ca- Mayor de San Marcos.
lle Teodoro Cárdenas, Santa Beatriz) donde es- 1965 Publica Parque. Lima, Ediciones de la Rama
tudia con José Bonilla y Julio Ramón Ribeyro Florida.
durante dos años. Aparece Formas de la ausencia II. Trujillo - Perú,
1946-1946 Continúa sus estudios en el Colegio Cuadernos Trimestrales de Poesía.
“Anglo Peruano” (Hoy “San Andrés”). Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de
1948-1949 Viaja a la ciudad de Arequipa, donde Chiclayo.
permanece durante dos años para seguir un 1967 Participa en las II Conferencias Vallejianas
tratamiento de salud. Internacionales (Cordova, Argentina).
1949 Ingresa en la Universidad Católica del Perú 1968 Publica Tierra Extranjera. Lima, Ediciones
para seguir estudios de Letras y Derecho. Perú Joven.
1950-1954 Continúa sus estudios en la espe- Bachiller en Letras (especialidad Literatura) por la
cialidad de Literatura en la Universidad Nacional Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con
Mayor de San Marcos. la tesis “Los Tellos de Meneses: Reyes y
1953 Premio Nacional de poesía “José Santos villanos en el teatro de Lope de Vega”.
Chocano” de Fomento a la Cultura. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional
1953-1954 Profesor Auxiliar del Instituto Peda- Mayor de San Marcos, Lima.
gógico Nacional de Varones de Lima. 1969 Doctor en Letras, especialidad Literatura, por
1955 Publica Formas de la ausencia. Lima, Edi- la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
torial Letras Peruanas. con la tesis “El villano en su rincón”.
Se casa con Rosalía García, con quien tuvo tres Publica Destierro de por vida. Lima, Milla Batres
hijos: Sonia, Lucho y Pablo. Ediciones.
1955-1958 Viaja becado a España para estu- 1970-1973 Profesor Asociado de la Facultad de
diar cursos de Literatura. Letras y Ciencias Humanas de la Universidad
1957 Publica Días del corazón. Lima, Cuadernos Nacional Mayor de San Marcos.
de composición.
1958-1959 Vuelve de España. Concluye sus 1970 Publica toda su producción lírica con el título
estudios en la Universidad Nacional Mayor de de Un mundo dividido (obra completa). Lima,
San Marcos. Casa de la Cultura del Perú.
1958-1960 Profesor Auxiliar de la Escuela Nor- 1973 Entrega a la revista tacneña In Terris (Nº 4-
mal Superior “Enrique Guzmán y Valle” - La 5) un conjunto de poemas asumiendo el
Cantuta, Lima. heterónimo de Ivonne Fernández, “una poetisa
1958-1961 Profesor Auxiliar de la Facultad de olvidada”.
Letras de la Pontificia Universidad Católica del Profesor Visitante de la Universidad Nacional de
Perú. Tacna.
1959 Para vivir mañana. Lima, Edición del autor. 1973-1987 Profesor Principal de la Facultad de
1959-1961 Profesor en la escuela Nacional Su- Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de
perior de Varones. San Marcos.
1959-1965 Ejerce la docencia en la escuela Na- 1976 Publica el ensayo Situación social de la
cional de Bibliotecarios y el Instituto Nacional poesía de Rubén Darío.
Superior de Arte Dramático de Lima.
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D
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1977 “Forma y significado en Galope muer- 1994 Premio “Juan Mejía Baca” a la mejor obra S
to de Pablo Neruda”. literaria publicada en el año.
Colabora en Perú Externo, 2 tomos. Bar- A propuesta de Julio Ramón Ribeyro, viaja a NO
celona, Ediciones Americanas. México para ofrecer el Discurso de Orden y re-
1978 Publica más poemas con el heterónimo de cibir en su representación el Premio Internacio- 9
Ivonne Fernández en el “Dominical” de El Co- nal “Juan Rulfo”.
mercio (31 de diciembre), añadiendo “Más da- Publica un nuevo poemario: Historia de Artidoro. W
tos sobre la autora”. Lima, Seglusa Editores; Editorial Colmillo Blanco. À
1978-1979 Profesor Principal invitado de la Uni- S
versidad Particular “Ricardo Palma”. 1995 Miembro de Número de la Academia Peruana H
I
1979 Recibe el Primer Premio Nacional en el I Con- de la Lengua.
G
curso Nacional COPE de Cuento. 1996 Recibe el Premio “Juan Mejía Baca” por su T
1980 Publica Historia de la Literatura Repu- labor creativa. O
N
blicana (Nuevo carácter de la literatura en el La revista La Casa de Cartón de OXY le
Perú independiente). Lima, Ediciones Rikchay dedica su edición Nº 9. D
Perú. 1997 Es declarado por el Instituto Nacional de Cul- E
1984-1987 Es elegido Decano de la Facultad de tura, Patrimonio Cultural Vivo de la Cultura Pe- L
G
Letras y Ciencias Humanas de la Universidad ruana.
A
de San Marcos. 1998 Doctor Honoris Causa por la Universidad D
Profesor Principal invitado por la Facultad de Letras Nacional de Huamanga. O
de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 2000 Se le incorpora al Instituto Ricardo Palma de
1985 Publica la segunda edición de su Historia la Universidad del mismo nombre.
de la Literatura republicana (Nuevo carác- Participa en el Encuentro Internacional de
ter de la literatura en el Perú independiente). Poesía en Medellín-Colombia.
1988 Publica Reunión elegida (antología perso- 2002 Publica Literatura Colonial: De Amarilis a
nal). Lima, Seglusa Editores. Concolorcorvo, Editorial San Marcos.
Viaja en representación del Ministerio de Relaciones Participa en el Encuentro Internacional de Escritores
Exteriores a los actos conmemorativos por el “¿Qué hacer con la Literatura?”, organizado por
nacimiento de César Vallejo a Francia, España y la Universidad de Lima.
la URSS, en compañía del Dr. Jorge Puccinelli,
Max Silva y Manuel Moreno. 2003 La revista Hueso Húmero, Nº 42, le publica
poemas recientes. En agosto participa en las
1989 Primer viaje a los Estados Unidos donde dic- ceremonias por los 450 años de la fundación de
ta cursos de Literatura Española en el Dartmouth la Facultad de Letras de San Marcos.
College como profesor visitante.
El 22 de ese mismo mes escribe su último poema
Condecoración de la Municipalidad de Lima “Una sandalia en el mar” dedicado a Carmen Luz
en mérito a su obra literaria. Bejarano.
1992 Preside la Comisión Celebratoria del Cente- Muere en Lima el sábado 06 de septiembre.
nario del nacimiento de César Vallejo.
La editorial que dirige Juan Ramón Ortega en Zarago-
Profesor Visitante distinguido del Departamento de za publica póstumamente el poemario Cuán
Español y Portugués del Dartmouth College, Impunemente se está uno muerto. Edicio-
Hanover, New Hampshire. (setiembre-diciem- nes Poesía, Señor Hidalgo.
bre).
1993 Edita Encuentro con Vallejo (Compilación
de trabajos del Coloquio Internacional en el Cen-
tenario de César Vallejo, 1992).
Recibe el título honorífico de Profesor Emérito de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
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índice
Para el jinete del viento, poema visual 01 JESUS RUIZ DURAND
EDITORIAL 17 JOSÉ ANTONIO CHANG ESCOBEDO
ANTOLOGÍA 18 WÁSHINGTON DELGADO
Wáshington Delgado, poeta y maestro 39 JORGE PUCCINELLI
Valoración de la poesía de Wáshington Delgado 45 MARCO MARTOS
Artidoro, la ciudad, el tiempo 53 JORGE CORNEJO POLAR
Formas del desarraigo en Destierro por vida 59 JORGE ESLAVA
Elegía limeña. La representación de la ciudad 69 LUIS FERNANDO CHUECA
en la poesía de Wáshington Delgado
Para siempre vivir: los envíos a futuro 81 RAÚL BUENO
de la poesía de Wáshington Delgado
Las Bagatelas de Wáshington Delgado y otros asuntos 91 SANDRO CHIRI
8 Estancias con Wáshington Delgado 99 JOSÉ ROSAS RIBEYRO
Un hombre con atributos: Washington Delgado 1 1 1 GORAN TOCILOVAC
Conversación con Wáshington Delgado 1 1 7 JÉSSICA RODRÍGUEZ
Desiertos del destierro 1 2 2 ELQUI BURGOS
Wáshington Delgado: para vivir siempre 1 2 3 RÓGER SANTIVÁÑEZ
Biobibliografía de Wáshington Delgado 126
Índice y créditos 128
índice
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su rep , cedidos s í como de ia Delgado
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