La Odisea
Homero
Adaptación
Rafael Mammos
Prólogo
Carles Miralles
Ilustraciones
Pep Montserrat
5
El libro tiene 197 Para Mentor,
páginas. Mide 21 cm. bajo la forma y figura de Andrés.
R. M.
Con Llucià Navarro en el recuerdo.
Gran dibujante y profesor insuperable,
su aula fue una isla fundamental en mi viaje.
Pep Montserrat
© 2008, Pep Montserrat para las ilustraciones
© 2008, Combel Editorial, S.A.
© 2008, Rafael Mammos para la adaptación
Casp, 79 – 08013 Barcelona
Tel.: 902 107 007
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Diseño gráfico: Pepa Estrada
Primera edición: octubre de 2008
ISBN: 978-84-9825-335-1
Depósito legal: B-27379-2010
Printed in Spain
Impreso en Índice, S.L.
Fluvià, 81-87 – 08019 Barcelona
No está permitida la reproducción total o parcial de este
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Í ndice
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Las aventuras de Ulises, contadas de nuevo 9
La guerra de Troya 15
I. Los cicones 23
II. El cíclope 26
III. Eolo y los lestrigones 35
IV. El palacio de Circe 39
V. La consulta de los muertos 45
VI. Los consejos de Circe 54
VII. El canto de las Sirenas 58
VIII. Escila y Caribdis 63
IX. Los rebaños del Sol 65
X. Calipso 70
XI. La diosa de los náufragos 76
XII. Nausica 80
XIII. El palacio de Alcínoo 89
XIV. El festín de los pretendientes 95
X V. La asamblea de los aqueos 101
XVI. El viaje de Telémaco 106
XVII. Néstor, rey de Pilos 108
XVIII. Menelao, rey de Esparta 112
XIX. Ulises abandona el país de los feacios 118
XX. La llegada de Ulises a Ítaca 126
XXI. La casa del porquerizo 131
XXII. El retorno de Telémaco 138
XXIII. Ulises reconocido por Telémaco 143
XXIV. El mendigo entre los pretendientes 151
XXV. La riña entre mendigos 157
XXVI. Ulises y Euriclea 161
XXVII. El último festín de los pretendientes 168
XXVIII. La prueba del arco 173
XXIX. La matanza de los pretendientes 180
XXX. Ulises reconocido por Penélope 185
XXXI. Las paces 190
Prólogo
Las aventuras de Ulises, contadas de nuevo
En algunas fiestas señaladas, periódicamente, los griegos se reunían ante un rapsoda
que les cantaba la Odisea, atentos –como ellos decían– al ritmo de las palabras y las
frases, a la música de lo que contaba. Era este un largo poema de gestas, sufrimientos
y maravillas que, junto con otro no tan imaginativo, pero sí muy intenso y más o
menos de la misma extensión, la Ilíada, atribuían a un poeta antiguo al que la
tradición y los rapsodas llamaban Homero.
La Ilíada narraba un episodio de la guerra de Troya, el heroísmo de Aquiles, el
mejor de los griegos que en otro tiempo habían asaltado la ciudad de Troya, en Asia
Menor (Troya es Ilión, en griego, de donde proviene Ilíada).
Estos griegos cuyo mejor hombre era Aquiles, el más valiente de todos ellos, al
final destruyeron Troya, y otros poemas que no nos han llegado (pero que conoció
directa o indirectamente Virgilio, el poeta romano que relató la destrucción de la ciu-
dad de los troyanos en su Eneida) contaban cómo había sucedido. La toma y destruc-
ción de Troya habrían tenido lugar una vez muerto Aquiles, gracias a otro valiente
pero, sobre todo, astuto e ingenioso guerrero cuyo nombre era Ulises.
Otros poemas que tampoco nos han llegado narraban las vicisitudes del regreso de
los héroes griegos a sus respectivos países tras la destrucción de Troya. Uno de estos
«regresos» (así los llamaban: nostoi), el más célebre, era el de Ulises, rey de Ítaca.
Tardó en regresar, de Troya a su tierra de Ítaca, tantos años como había durado la
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guerra de Troya, es decir, diez (de modo que puede decirse que cuando llegó llevaba
veinte años fuera). El nombre de Ulises, que en nuestra cultura se ha hecho popular
en su forma habitual en latín, en griego era Odiseo, y Odisea, pues, el título que los
griegos pusieron al poema que narraba su regreso.
Se tardaban tres días en recitarlo entero. Por ello era preciso hacerlo en días de
fiesta, para que la gente que se congregaba en torno al rapsoda pudiera disfrutar del
poema. Naturalmente los griegos no tenían cine ni televisión; por no tener, la mayoría
no sabía leer y carecía de libros, y aquellos que sabían leer y escribir tampoco aplicaban
estos conocimientos a la literatura. En cambio, sí había poesía, y unos profesionales
que la conservaban y la sabían recitar. Oírlos gustaba mucho a todo el mundo, y la
gente, que se reunía en algunas fiestas señaladas para escucharlos, no sólo se sabía
fragmentos de memoria, aunque sin recordar las palabras exactas del poema, sino el
argumento y los personajes de muchos episodios. Como su cultura era básicamente
oral, quienes acostumbraban a oír estos poemas llegaron a desarrollar una magnífica
memoria, la del recuerdo de las palabras, versos y hechos de cada relato. Y aplicaban
esta memoria a los versos de los rapsodas porque en ella encontraban sabiduría,
experiencia de las cosas humanas y una forma cautivadora, deslumbrante, de contar
unos hechos maravillosos, extraordinarios, apasionantes, siempre sorprendentes
aunque ya los conocieran.
Después de la Odisea, desde los períodos romano y medieval hasta hoy mismo, las
vicisitudes del regreso de Ulises no han dejado de ser contadas, una y otra vez, en las
distintas lenguas de los hombres. Unas veces traducidas del griego, otras contadas de
nuevo. Sobre ella se han hecho películas, cómics, obras de teatro con y sin música, y
se han escrito todo tipo de relatos.
Las lenguas evolucionan y tienen distintos niveles, públicos lectores de muchas
clases. El gusto por estas aventuras, el placer de oírlas contar bien contadas, no ha
dejado de existir, y tampoco es verosímil que, pese a tantos avances, desaparezca un
día. Lo que ya no es tan fácil es encontrar a quien sepa contarlas bien contadas. Y
esa es la gracia de este libro, que pretende contar esas viejas aventuras de la Odisea
homérica: manteniendo un ritmo, un tono seguido, articulado, que confiere fluidez y
otra fuerza narrativa al relato, buscando maneras de expresar con una lengua literaria,
bella pero en modo alguno extraña, algunas características de la antigua manera de
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contar de los rapsodas (que, por ejemplo, comparan muchas de las cosas que cuentan
con otras más próximas a la experiencia del público).
Este volumen recupera la habilidad y el gusto de narrar: de ir desovillando historias,
con riqueza y exactitud de palabras y voces, y con ganas de hacerse entender, de
entusiasmar a los lectores, de pescarlos. De pescarlos para la razón y la imaginación
de las palabras, para la cultura mediante la literatura.
Para que sean leídas y entendidas ahora, se cuentan estas viejas historias que,
desde la Odisea, nunca han dejado de gustar, de seducir a toda suerte de lectores,
en todas las épocas. Y así como se han buscado las palabras más adecuadas para dar
a entender hoy en día los estados de ánimo del héroe, la crueldad de un personaje,
la belleza de un lugar, lo que los antiguos oían en el vuelo de los pájaros, la razón
de la rapidez al narrar según qué cosas y la oportunidad de ralentizar las palabras
al contar según qué otras, asimismo también se ha intentado relatar los hechos más
ordenadamente que en el antiguo poema homérico.
La Odisea es un relato construido artificiosamente para crear determinados efectos.
Bien es cierto que narra el regreso de Ulises y las aventuras que éste conllevará, desde
Troya hasta Ítaca y, una vez en Ítaca, la muerte de los pretendientes y cómo se instala la
paz entre los itaqueses. Pero todo esto lo cuenta, tal como señalaba Horacio, empezando
por el medio. De entrada nos sitúa en Ítaca, nos muestra cómo están las cosas en la
casa de Ulises; y a continuación nos narra detalladamente el viaje de Telémaco, el
hijo de Ulises, en busca de noticias de su padre. No llegamos hasta Ulises, retenido
por Calipso, hasta muchos versos después, y la acción de sus hechos no obedece al
orden cronológico en el que acontecieron éstos: algunos los cuenta el poeta, otros el
propio Ulises, convertido en el país de los feacios en rapsoda de sus aventuras. Esto
es lo que significa que la Odisea es un relato construido artificiosamente.
La forma de narrar de este libro no va por ahí. Se exponen los hechos por orden, de
los primeros a los últimos. Se ordena el discurso empezando por el principio. De este
modo el relato pierde artificio, pero gana en comprensión y se hace más accesible.
Con ese nuevo orden al que están sometidos los hechos, se consigue que la historia
de Ulises se desarrolle con un ritmo más discursivo y lineal, rasgo característico del
cuento o la novela modernos. La gracia, sin embargo, es que la relación con el origen,
con la forma homérica de narrar, se conserva en cierto modo. Así, por ejemplo, el
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lenguaje homérico personifica la primera luz del alba, la Aurora, otorgándole dedos
de rosa, de color rosa; y se escribe: «Cuando, con dedos de rosa, la aurora brilló en
los cielos...».
Servirse de este libro como una puerta de acceso al periplo de Ulises, como una
iniciación a sus aventuras y al gusto de narrarlas hoy, a partir de la forma en que las
narraba la Odisea, será un acierto para quien lo haga. Ayudará a mantener y a fomentar
entre nosotros, ahora que sí tenemos de todo, toda suerte de objetos y productos
técnicos, el gusto por la palabra y por las historias que cuentan las palabras, el gusto
de decir, contar y charlar unos con otros; el gusto de leer, de viajar con la mente, de
soñar, aprender y comprender.
Carles Miralles
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La guerra de Troya
Era Troya una ciudad rica y poderosa de la costa del Asia Menor. La
gobernaba el rey Príamo, un hombre sabio y justo, querido por sus súbditos.
Tenía muchos hijos, entre ellos Héctor, un guerrero bueno y valiente, y Paris,
un joven risueño y atractivo que finalmente fue la ruina de su patria. Los
oráculos, que predecían los sucesos futuros, ya lo advirtieron cuando Paris
nació: aquel niño sería como una antorcha que incendiaría la ciudad. Por
eso, Príamo prefirió la muerte de uno solo de sus hijos a la perdición de todo
el reino, y abandonó al recién nacido en el desierto, para que muriera de
hambre. Pero nada se puede hacer contra el destino, que ya había predicho la
suerte de Paris y de Troya entera. Así sucedió que unos pastores encontraron
al niño abandonado y decidieron criarlo como a un hijo. A partir de ese día,
Paris creció entre los pastores sin saber que por sus venas corría sangre de
reyes.
Pero al cabo de muchos años, cuando Paris era ya un hombre joven, sus
padres adoptivos le revelaron la verdad sobre su origen. Paris, al saber de
quién era hijo, se fue a Troya a ver al rey Príamo, su verdadero padre, para
que lo reconociera como hijo legítimo. Y el viejo Príamo no tuvo más remedio
que aceptar a Paris. Sin embargo, el rey recordaba todavía la predicción de los
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oráculos, según la cual el joven traería la ruina a su ciudad. Por eso, decidió
enviarlo a Grecia, con la idea de tenerlo lo más alejado posible de Troya.
Por aquel tiempo, Grecia era un conjunto de ciudades independientes y
cada una tenía su propio rey. Paris, viajando por aquellos lugares, fue a parar a
la ciudad de Esparta, a la corte del rey Menelao. Se decía que la esposa de este
rey, la reina Helena, era la mujer más hermosa del mundo, y que su belleza
era comparable a la belleza de las diosas. Cuando Paris llegó, pues, a Esparta,
fue amablemente acogido por Menelao, como le corresponde a un rey que
recibe a un extranjero. Pero el joven mal le pagó su favor: Paris se enamoró
ciegamente de Helena, y se olvidó del respeto que debía a su anfitrión. De
manera que un día la secuestró y se la llevó de Esparta, aprovechando la
ausencia del rey Menelao. Los amantes corrieron a refugiarse a Troya, para
desesperación del viejo Príamo, que veía cómo empezaba a cumplirse la
predicción.
Una ofensa tan grande a un rey tan poderoso no podía quedar sin castigo.
Menelao tenía un hermano, Agamenón, el hombre más influyente y rico de
Grecia: los dos juraron recuperar a Helena y destruir la ciudad de Troya, que
había acogido a los amantes furtivos. Con su autoridad, Menelao y Agamenón
convocaron a los reyes y príncipes de otras ciudades para unirse en una gran
alianza y formar una expedición militar contra Troya. Así, tras reunir un
gran ejército, las naves de Grecia partieron y se dirigieron hacia las playas
de Troya. Junto a Menelao y su hermano Agamenón viajaban también los
mejores guerreros del país, como Aquiles, el mejor luchador griego, hombre
casi invulnerable, hijo de una diosa; estaba también Áyax, un soldado lleno
de furor, de corazón implacable; el sabio Néstor, cuyos consejos salvaron más
de una vez a los suyos; y Ulises, un hombre valiente y, sobre todo, astuto, a
quien nadie superaba en ingenio.
Ulises, rey de la isla de Ítaca y de otras pequeñas islas de los alrededores,
era respetado en su tierra y muy querido en su casa. Su esposa era la bella
Penélope; poco antes de partir hacia Troya, ambos tuvieron un hijo, de nombre
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Telémaco. Aunque Ulises intentó librarse de acudir a la guerra sirviéndose de
diversas tretas, al final no tuvo más remedio que acompañar al resto de los
griegos en la expedición. Con gran pesar, se vio obligado a dejar a su esposa
en la flor de la edad y a su hijo, que era un niño de cuna. Durante todo el
tiempo que Ulises estuvo combatiendo lejos de su hogar, jamás se olvidó de
su familia ni de su hogar, la tierra de Ítaca, a la que estaba decidido a regresar
algún día. Con todo, fue precisamente gracias a él que Troya fue destruida.
Durante los diez años que duró la guerra ante las murallas de Troya,
los combates se sucedían uno tras otro sin que hubiera un claro vencedor:
troyanos y griegos ganaban y perdían según Zeus alternaba las suertes de la
batalla. De ambos lados se perdieron muchos buenos guerreros. En el bando
troyano, Héctor, el más valiente defensor de la ciudad, murió a manos del
implacable Aquiles; más tarde, el mismo Aquiles cayó por un disparo de
Paris, que le clavó una flecha en el talón, su único punto débil; y Paris a
su vez fue muerto por otros combatientes griegos. Al final, todos aquellos
grandes guerreros mordieron el polvo en plena batalla.
Era el décimo año de la guerra, y ningún ejército podía superar al otro.
Sin embargo, los griegos entendieron que, con la mera fuerza de las armas,
nunca lograrían vencer a los troyanos y entrar en la ciudad. Entonces fue
cuando Ulises, el rey de Ítaca, tuvo la idea que puso fin al conflicto y otorgó la
victoria a su bando. Siguiendo sus instrucciones, los griegos construyeron un
caballo de madera gigantesco y lo dejaron abandonado en la playa, a la vista
de los habitantes de Troya. Luego, fingieron rendirse y embarcaron como si
se retirasen de la lucha y volvieran a su país, cansados de luchar. Pero en
realidad era todo teatro: en lugar de surcar el mar, se habían escondido en
unos islotes que había muy cerca de la ciudad, esperando el momento justo
para atacar.
Los troyanos observaron con gran alegría cómo las barcas griegas se
alejaban mar adentro: pensaban que la guerra por fin había acabado. Al ver
el gran caballo de madera en mitad de la playa, creyeron que se trataba de
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una ofrenda a Poseidón, rey de las aguas, ofrecida por los griegos para que el
dios les fuera favorable en el viaje de regreso. Decidieron arrastrar el caballo
dentro de sus murallas, sin sospechar que en su vientre hueco se escondían
Ulises, Menelao y otros guerreros troyanos, quietos y en silencio, preparando
la emboscada.
Aquella noche, en Troya, fue toda de celebraciones y fiestas. Todos los
ciudadanos salieron a las calles a festejar el fin de la guerra, sin saber que el
destino de su ciudad estaba por cumplirse. Cuando ya el último habitante de
Troya dormía, rendido por el cansancio y el vino, los héroes griegos salieron
silenciosamente del vientre del caballo. Sin que nadie se diera cuenta,
abrieron las puertas de la ciudad para que penetrara el resto del ejército,
que ya había vuelto de su escondite en las islas y estaba preparado para el
ataque. De esta forma, se precipitaron todos los guerreros griegos a través de
la muralla, dispuestos a sembrar la destrucción de sus enemigos.
Aquello fue la ruina de Troya. Los griegos atacaron sin piedad y no dejaron
a ningún hombre vivo en la ciudad; se llevaron a las mujeres jóvenes como
esclavas, saquearon todas las riquezas, vaciando casas y palacios. Finalmente,
incendiaron la ciudad, que poco a poco se hundió en cenizas bajo aquella
noche sin estrellas, llena de fuego. Menelao recuperó por fin a su mujer
Helena, que había sido el motivo de toda la guerra, y se la llevó de vuelta a
Esparta, de donde la había secuestrado el traidor Paris.
Para los guerreros griegos que todavía vivían era el momento del retorno
a sus casas paternas, tras diez años de ausencia. Con las riquezas que habían
obtenido del saqueo de Troya, partieron cada uno a su tierra, sabiendo que
su gloria, desde entonces, sería casi infinita; la guerra era ya solamente un
recuerdo que los poetas futuros convertirían en música y canto.
Pero en este retorno tan deseado, la suerte de unos y otros fue desigual.
Agamenón, el poderoso comandante del ejército griego, llegó rápidamente a
su hogar, pero encontró solo desgracia y muerte; Menelao, su hermano, tardó
años en llegar, retenido en costas extranjeras contra su voluntad. Pero quien
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más penas sufrió fue Ulises, el rey de Ítaca. Protegido por Atenea, odiado por
Poseidón, él nunca se olvidó de regresar a su patria, donde lo esperaba su hijo
Telémaco, convertido en hombre, y su esposa Penélope, que pasaba los días
tejiendo y destejiendo en el telar. Todavía tardó nuestro héroe diez años más
en volver, diez años llenos de mar, de monstruos y de cielos revueltos; pero
jamás lo abandonaron la constancia y el deseo de volver a su hogar.
Y esta historia que empieza es la odisea del héroe Ulises, rico en
ingenios.
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ODISSEA coberta CAT-ESP v8_Maquetación 1 15/01/13 17:46 Página 1
La Odisea, atribuida, igual que La Ilíada, al poeta Homero, es uno de
La Odisea
HOMERO
los grandes poemas épicos de la literatura clásica griega. Narra las aven-
turas y peripecias de Ulises, el rey de Ítaca, una vez acabada la guerra
de Troya, en la que había participado activamente, de vuelta a su patria.
Fue una larga aventura (y de aquí la palabra odisea, que se utiliza hoy
en día con ese sentido en el lenguaje común), durante la que el héroe
sufrió todo tipo de penalidades y desventuras, naufragando una y otra
vez, y perdiendo, además, a todos sus compañeros de viaje. Solamente
Homero
él, después de diez años, pudo llegar a su tierra, la isla de Ítaca, donde
todavía le esperaba su fiel esposa Penélope. Hoy incorporamos a nues-
tra colección de lecturas clásicas de todos los tiempos, con unas mag-
LA ODISEA
níficas ilustraciones de Pep Montserrat, una versión reducida de esta
gran obra literaria. Nuestra adaptación pretende, con un lenguaje ade-
cuado, mantener la nobleza y el tono de la narración original, para así
poner al alcance de los jóvenes lectores una de las obras principales de
la literatura universal.
TIEMPO DE CLÁSICOS
Adaptación
Rafael Mammos
Ilustraciones
Pep Montserrat
9 788498 253351