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Relatos de origen

HISTORIAS QUE CUENTAN DE DÓNDE VENIMOS

Índice

Selección de mitos latinoamericanos, versión de Franco


Vaccarini:
La luna contra los gigantes
El día que nació la noche
La vara de oro y los hijos del sol
Un regalo del cielo
Los pájaros del viento
Creación de la vida

Selección de mitos griegos, versión de Ana María Shua


Así comenzó el universo
Los hijos de Cronos
La guerra de los inmortales
Tifón, el horror
Prometeo enfrenta a Zeus
La caja de Pandora
Deucalión y Pirra

¿Cómo ocurrió?, de Isaac Asimov

Selección de textos literarios para ser utilizados en clases de Prácticas del


lenguaje.
EES Nº 1 Manuel Belgrano

1
(Onas: Argentina)
La Luna contra los gigantes1

En la Isla Grande de Tierra del Fuego, uno de los lugares más


hermosos del mundo, vivía el pueblo de los onas. Los inviernos eran
duros. Siempre caía algo del cielo: nieve, aguanieve, lluvia o granizo.
Los onas se alimentaban con la carne de guanaco y con su piel se
abrigaban y hacían sus campamentos. De día y de noche, mantenían
encendidas enormes fogatas.
Hubo un tiempo anterior, al principio de todo, en que el mundo era
helado y oscuro. Así fue que Kaux, el dios creador, tuvo una idea
brillante. Brillante y tibia como un sol. El Sol, entonces, apareció en
el cielo. Y cada día se iba a descansar y volvía al día siguiente.
Cuando el Sol no estaba en el cielo, la noche volvía a reinar y liberaba
a los malos espí­ritus, unos gigantes hechos de sombras que salían de
sus cuevas para hacer cosas horribles. Repartían desgracias,
accidentes y enfermedades.
Apagaban las hogueras.
Los pájaros perdían de vista sus nidos y volaban de acá para allá, sin
rumbo.
Los tiernos brotes de las plantas se helaban y morían.
Estas desdichas entretenían a los gigantes. Sus risas eran como
truenos que resonaban en las montañas:
—¡Ho-jó! ¡Ho-jó! Ho-jo-jó!
Y el eco las multiplicaba:
—¡Jóóó! ¡Jóóóó! ¡Jóóó!
Rajaban las rocas a propósito.
—¡Ay! ¡Esta grieta no estaba ayer aquí! —decía el cazador, después de
torcerse un pie. —¡Ajajá! ¡Ho-jó! ¡Ho-jó-jó!

1
Selección de mitos de América El día que nació la noche. Versiones
de Franco Vaccarini

2
Se morían de risa los gigantes. Porque desde sus cuevas, ellos podían
escucharlo todo.
Los onas le rogaban al dios para que pusiera fin a estas maldades. Le
ofrecían regalos y sacrificios.
Kaux los escuchó.
Se dio cuenta de que no bastaba con el Sol y creó la Luna, para que
con su brillo ahuyentara a los gigantes y a todos los espíritus
malignos que no soportaban los rayos de la luz. Y así fue.
Los onas pudieron dormir tranquilos. Los pájaros encontraban sus
nidos. Los cazado­res tenían muchas presas, y sus flechas no fallaban.
Las nubes no tardaron en decirle al Sol:
—Sol, ya no eres el único que alumbra el cielo.
—Ah, ¿sí?
—Ah, sí. Kaux ha creado la Luna. Es blanca. Es redonda. Es... tan
hermosa.
Intrigado, el Sol quiso conocerla. Por eso, una mañana se despertó
antes de lo acos­tumbrado, para poder mirar a la Luna, de lejos. ¡Ah,
era de verdad muy hermosa! Pero él era demasiado luminoso. A la
Luna no le gustó que apareciera, porque así la noche dejaba de ser su
noche.
—Me gustaría que a veces estemos juntos —dijo el Sol.
—A mí también me gustaría. Aunque es mejor que yo te visite,
porque a pesar de mi presencia, el día seguirá siendo día. En cambio
si tú me visitas, haces que la noche se termine.
El Sol entendió las razones de la Luna.
Se hicieron grandes amigos y es por eso que a veces, en pleno día, se
ve a la Luna en el cielo, visitando al Sol.

3
(Tupíes: Brasil)
El día que nació la noche
Hace mucho tiempo, al principio del principio, el mundo era un día
interminable. La noche dormía en el fondo del río, encerrada dentro
de una nuez de coco. Nadie podía llegar hasta allí, salvo la Gran
Serpiente, que había creado las cosas.
No había animales en el mundo, había algunos hombres y mujeres. Y
cosas. Las cosas, fueran piedras o madera seca, podían hablar entre
ellas.
La Gran Serpiente tenía una hija muy hermosa que se había casado
con un joven va­liente y apuesto, que tenía tres asistentes muy fieles
que lo seguían a todas partes. Como el joven esposo estaba siempre
rodeado de sus ayudantes, la mujer no se acercaba.
Un día, el marido se dio cuenta y les pidió a los tres que se alejaran.
Y apenas estuvieron solos, ella le dijo, con dulzura:
—Querido esposo, hace mucho tiempo espero que se vaya el día.
Quiero que llegue la noche.
—No hay noche, querida, lo sabes bien. No existe.
—Estás equivocado, mi padre ya inventó la noche y la tiene guardada
en una nuez de coco, en el fondo del Río Sagrado. Envía a tus
ayudantes a pedírsela.
El obediente marido habló con los ayudantes, que, también
obedientes, fueron a la casa de la Gran Serpiente.
Con mucho respeto y bastante miedo, le pidieron la noche, de parte
de su propia hija. La Gran Serpiente respondió:
—Sabía que este momento llegaría. Así que les daré la nuez de coco
con la noche, pero ustedes no deben abrirla. La entregarán a mi hija y
ella sabrá qué hacer. Si ustedes la abren, todas las cosas se perderán.
Los tres ayudantes, satisfechos por el éxito de su misión, iniciaron la
vuelta en canoa por el río. Les daba mucha curiosidad que desde
adentro de la nuez salieran sonidos. Eran los grillos y los pájaros que
cantan por la noche, pero ellos no conocían ningún animal. En el
mundo había cosas, pero no había animales.

4
Después de mucho navegar, no aguantaron más, hicieron un fuego y
con eso derritie­ron la resina que mantenía cerrada la nuez.
Entonces, la noche voló hacia todas partes, y el mundo fue cubierto
por la oscuridad. Los tres ayudantes, aterrados, se arrepintieron,
pero ya era tarde. Las cosas de la selva cambiaron de aspecto y se
transformaron en animales. Así nacieron los peces y los patos. Y los
jaguares, osos, lombrices, gusanos, moscas, víboras y arañas. Todo se
llenó de vida y de noche.
La hija de la Gran Serpiente, igual, estaba feliz.
—Yo me encargaré ahora de separar al día de la noche, para que se
repartan las horas, y crearé nuevas aves.
Y tomó un hilo, hizo un rollo con él y dijo:
—Tú serás el gallo que cantará cuando empiece a salir el sol.
Tomó otro hilo y arrojó sobre él un puñado de cenizas.
—Tú serás la perdiz que cantará por las noches hasta la mañana.
Y así fue haciendo muchos pájaros, y cada uno cantaba a su hora;
pero al amanecer, cantarían todos juntos, celebrando la luz de un
nuevo día.
Cuando los tres ayudantes se presentaron ante el joven marido y su
esposa, éste les dijo:
—Ya sabemos que no obedecieron y abrieron la nuez de coco,
entonces las cosas se perdieron. Ustedes también están perdidos.
Y los tres ayudantes curiosos se transformaron en monos, que
salieron corriendo a treparse por los cocoteros... ¡a comer cocos!

5
(Incas: Perú)
La vara de oro y los hijos del Sol

Hace mucho tiempo, Inti, el dios Sol, observó que los hombres de la
Tierra vivían como bestias, se peleaban entre ellos, andaban
desnudos, no tenían leyes, no sabían construir casas, comían crudo lo
que encontraban.
Inti llamó a sus hijos: Ayar Manco, el varón, y Mama Ocllo, la mujer.
—Quiero confiarles una gran misión, hijos queridos —les dijo.
—Lo que tú quieras, padre —respondió Mama Ocllo.
—Muy bien. Lo que quiero es que vayan a la Tierra para que enseñen
a los hombres a vivir en sociedad y no como bestias. Ustedes los
guiarán, les enseñarán a trabajar la tierra, a hilar, a respetar leyes.
—Escucho y obedezco —dijo Ayar Manco.
—Y yo también —dijo Mama Ocllo.
Inti, satisfecho, tomó una vara de oro y se las ofreció.
—Gracias, queridos hijos. Ahora quiero decirles algo más. Los
hombres los verán salir del Lago Sagrado y así sabrán que son dioses.
Luego partirán hacia el Norte. Cada vez que se detengan para comer
o dormir, apoyarán la vara en el suelo. Cuando se hunda sin esfuerzo
será porque habrán llegado al ombligo de la Tierra. Allí fundarán una
ciudad, que será la capital de un gran imperio.
Así es como los hijos emergieron de las aguas del lago Titicaca. Los
hombres que los vieron quedaron muy impresionados. ¿Quiénes
serían esos extraños con hermosos vestidos y joyas que salían del
agua como si nada? Y sólo encontraron una respuesta: eran dioses.
Poco a poco, Ayar Manco y Mama Ocllo se hicieron entender para
que aquellas cria­turas confiaran en ellos. Y les enseñaron las
primeras reglas de convivencia y el culto al dios Sol, el padre común.
Después, los dioses iniciaron el camino hacia el Norte.
Sin perder del todo el temor, los hombres siguieron a los dioses por
muchas jornadas. Cada vez que paraban para descansar y comer,
Mama Ocllo o Ayar Manco apoyaban la vara contra el suelo, pero no
se hundía.

6
Una mañana, llegaron a un valle lleno de verdor y de flores. Las
nubes daban un aire de majestad a las cumbres de las montañas.
—¡Paremos aquí! —dijo Mama Ocllo—. ¡Qué lugar tan hermoso!
La vara de oro se hundió en el suelo, sin ninguna resistencia.
—¡Aquí nos quedamos y fundaremos la ciudad! —anunció Ayar
Manco.
Los seguidores celebraron con alegría, porque estaban agotados de
tanta marcha. Pero enseguida los dioses los pusieron a trabajar.
Ayar Manco enseñó a los hombres a construir casas de piedra, a
cultivar el maíz, a cavar los muy necesarios canales de riego para los
cultivos. Y a fabricar flechas y armas para poder cazar.
Mama Ocllo enseñó a las mujeres a hilar y tejer con la lana de las
llamas para que todos pudieran estar vestidos.
Así nació Cusco, la capital del Imperio del Sol.
Ayar Manco pasó a llamarse Manco Capac, que significa ‘rico señor
de vasallos’ y ocupó el trono, junto a Mama Ocllo. Fueron los
primeros gobernadores del Imperio inca o Imperio del Sol.

7
(Diaguitas: Argentina)
Un regalo del cielo

Inti, el dios Sol notaba con placer que los hombres trabajaban,
cumplían las leyes que había dispuesto para ellos y que vivían en
armonía con la naturaleza. Los dominios del Imperio inca se habían
extendido por enormes regiones de Sudamérica. Y allí, en los Valles
Calchaquíes, en un paisaje de ensueño, los diaguitas sacaban frutos a
la tierra con esfuerzo. Al dios Sol lo conmovía ver tanto empeño y
sintió un deseo:
—Quiero hacerles un regalo. ¿Pero cuál? En esa tierra ya no cabe más
belleza. Entonces, vio un cóndor planeando sobre las cumbres. Con
sus alas desplegadas, sin mover una pluma, el gigantesco pájaro le
dio, sin querer, la idea para el regalo. Con su voz de fuego, el Sol dijo:
—Es cierto. No cabe más belleza en esos valles, pero sí podría crear
algo nuevo en el cielo. Y un día, después de una lluvia que mojó los
cardones y el polvo de los caminos, los hombres vieron con
reverencia el primer arco iris, estampado en el cielo de horizonte a
horizonte.
Se preguntaban si aquello era un signo bueno o malo, pero pronto
perdieron todo temor... ¡no podía ser malo algo tan bello!
Un anciano entendió el mensaje del Sol y tranquilizó a su pueblo:
—Esto es un regalo. El dios Sol nos ha premiado.
Eran siete colores: violeta, índigo, azil, verde, amarillo, rojo
anaranjado.
Eran siete regalos del cielo para alegrar a hombres y mujeres después
de la lluvia.

8
(Chibchas: Colombia)
Los pájaros del viento

Cuando todo era noche, antes de que existiera el tiempo, y no había


ayer, ni hoy ni mañana, había luz. Pero la luz estaba encerrada, nadie
podía verla. Y nadie había para verla. La luz estaba dentro de algo
enorme que no tenía forma ni cara, ni hablaba, pero tenía un
nombre: Chimigagua. La Chimigagua guardaba todita la luz, pero la
luz no se aguantaba ahí adentro, quería salir, se revolvía, daba
vueltas, empujaba, hacía fuerza, iba y venía, de arriba para abajo y a
los costados.
Tanto se movió y removió la luz que un día abrió una pequeña
hendija en el enorme vientre de la Chimigagua y un rayo de luz
escapó por ahí.
Pero la luz por sí sola no podía quitar la masa de nieblas que cubría
todo el espacio. Chimigagua quería crear mundo, quería crear vida. Y
la luz fue lo primero. Para quitar la niebla tomó un poco de
oscuridad, y de esa oscuridad hizo que brotaran pájaros, miles y
miles de pájaros negros. Y les dio un don: podían soplar como si
dentro de ellos viviera el viento. Y el soplo de los pájaros juntó toda la
niebla en un punto diminuto y lejano. Ahora era visible la tierra. Y
era una tierra helada.
Se había ido la niebla y la noche, pero Chimigagua comprendió que
necesitaba calor. Allá en lo alto del cielo, dejó que el Sol se quedara
para siempre encima de la tierra. Sus rayos cálidos produjeron el
nacimiento de los árboles y las hermosas praderas. Pero el friego
permanente del Sol terminaba siendo tan perjudicial como el frío: los
árboles morían achicharrados.
Y Chimigagua le ordenó al Sol que se ocultara detrás de las montañas
y se hizo la noche. Y la noche fue buena. Y para que fuera mejor, creó
la Luna. La Luna y el Sol aseguraron así los días y el principio de un
ciclo interminable de vida y campos fértiles.

9
(Guajiros: Colombia y Venezuela)
Creación de la vida

En la península de La Guajira, en el mar Caribe, allí mismo nacieron


y viven los guajiros. Hace miles de años, en el cielo había un dios
llamado Maleiwa. Y no muy lejos de él estaban el Sol, la Luna y la
Lluvia. Y abajo, la Tierra. Muy sola y vacía.
El Sol tenía una hija. Su nombre era Claridad.
La Luna tenía dos hijas. Se llamaban Oscuridad y Estrellas.
Hubo un día en que Lluvia se fiue a pasear y, caminando, llegó hasta
donde estaba Tierra. Dicen que Lluvia se puso tan contenta por
conocerla, que le dedicó una canción, y esa canción fue un rayo.
El rayo cayó sobre Tierra y en ese lugar nació el primer caballo
blanco. Ya Tierra no estaba tan sola y le gustó esa vida que surgió de
ella. Entonces Lluvia envió más rayos y nacieron las plantas, los
arbustos, las flores, los frutos. A Tierra le gustó mucho, pero ella
quería criaturas que se movieran. Las plantas estaban quietas.
—Quiero que mis hijos caminen como el caballo blanco. —se quejó,
con tristeza. Maleiwa no quería esa pena en Tierra y se propuso
alegrarla. Por eso bajó a la región de la alta Guajira, para hacer
hombres en toda la tierra, los primeros guajiros. Y les dijo que se
moverían, y les dio el don de la palabra.
Después, hizo a los animales. A ellos no los dejó hablar.
A cambio, los creó muy distintos entre sí. A algunos les dijo que
podrían volar, a otros que andarían en cuatro patas. Los había tan
pequeños que casi no se veían, y también enormes. El cielo, las
selvas, los ríos, el mar, todo se llenó de vida.
Entonces, les comentó a los hombres que había animales que podrían
domesticar, y otros que serían feroces y andarían por las selvas, sin
amos. También les dio herramientas para trabajar y les explicó que
deberían cuidar a su familia y cómo debían comportarse en sociedad.
Y les aseguró que la lluvia era buena para Tierra, pero si llovía
demasiado, todo se inundaría. Por eso creó el Arco Iris, que hizo

10
brotar de la gran boca de un caimán. Cuando aparece el Arco Iris es
para decirle a Lluvia que debe retirarse.
Así la inmensa Tierra se pobló de criaturas alegres, que se movían,
corrían, volaban, nadaban. Y de hombres, los guajiros, respetuosos
del Dios que los había creado.

11
Así comenzó el Universo2
ANTES que todas las cosas, en el comienzo de todos los comienzos,
solo existía el Caos infinito: la confusión y el desorden de lo que no
tiene nombre.
Y del Caos surgió Gea, la Madre Tierra, enorme, hermosa y temible.
Como Gea se sentía muy sola, quiso tener un marido a su medida.
Pero ¿quién podía ser tan inmenso como para abrazar a la Tierra
entera? Ella misma creó, entonces, el Cielo Estrellado, que es tan
grande como la Tierra y todas las noches la cubre, extendiéndose
sobre ella. Y lo llamó Urano.
Gea y Urano, es decir, la Tierra y el Cielo, tuvieron muchos hijos.
Primero nacieron doce Titanes, varones y mujeres. Después nacieron
tres Cíclopes, gigantes con un solo ojo en medio de la frente. Los
Cíclopes fueron los dueños del Rayo, el Relámpago y el Trueno. Y
finalmente nacieron los tres Hecatónquiros, monstruos violentos de
cincuenta cabezas y cien brazos.
Urano desconfiaba de sus hijos: temía que uno de ellos lo despojara
de su poder sobre el Universo. Y por eso no les permitía ver la luz.
Los mantenía encerrados en las oscuras profundidades de la Tierra,
es decir, en el vientre de su propia madre. Ese lugar oscuro y terrible
se llamaba el Tártaro. Gea, inmensa, pesada, no soportaba ya la
tremenda carga de tantos hijos aprisionados dentro de su cuerpo y
sufría también por ellos y por su triste destino.
—Solo ustedes pueden ayudarme, hijos míos —les rogó—. Con esta
hoz mágica que yo misma fabriqué, deben enfrentarse a Urano. ¡Ya
es hora de que pague por sus maldades!
Pero los hijos, aunque eran enormes y poderosos, se sentían
pequeños frente a su padre, el inmenso Cielo Estrellado, y no se
atrevían a asomarse fuera de la Madre Tierra. Solo el joven Cronos, el
menor de los Titanes, un malvado de mente retorcida, estuvo
dispuesto a ayudarla. Pero no fue solo por amor a su madre, sino

2
Del libro de Ana María Shua Dioses y héroes de la mitología griega
12
porque, tal como lo temía Urano, planeaba quedarse con todo el
poder.
Una noche, cuando Urano, el Cielo Estrellado, llegó trayendo consigo
a la oscuridad, y cayó sobre la Tierra, envolviéndola en su abrazo, su
hijo Cronos le cortó los genitales con la hoz que su madre le había
entregado y los arrojó al mar. En ese lugar, rodeada de espuma, nació
la más hermosa de las deidades, Afrodita[1], la diosa de la belleza y el
amor.
—¡Maldito seas! —gritó Urano, enloquecido de dolor—. ¡Yo te
condeno a que uno de tus propios hijos te destruya, como hiciste
conmigo!
Entretanto, Cronos le había prometido a su madre liberar a todos sus
hermanos de las profundidades del Tártaro, donde estaban
encadenados. Pero cuando vio a los Cíclopes y a los Hecatónquiros,
de aspecto tan aterrador, decidió que era mejor volver a encadenar a
esos monstruos. Solo los Titanes, los más parecidos a él, quedaron
libres y lo ayudaron a gobernar.
Urano no murió, pero ya no tenía el poder. Ahora era Cronos, el
joven Titán de mente retorcida, el que reinaba sobre el Universo.

13
Los hijos de Cronos
DESPUÉS de destronar a su padre, el joven titán Cronos se casó con
la titánida Rea, la de hermosos cabellos. Tuvieron seis hijos.
Pero Cronos no olvidaba la maldición de su padre Urano. Con su
mente malvada y retorcida, decidió que ninguno de sus pequeños
crecería lo suficiente como para enfrentarse con él. Simplemente, se
los comería vivos.
Y así fue. Primero nació la pequeña Hestia[2]. Su madre apenas
había comenzado a envolverla en pañales cuando Cronos la tomó con
sus enormes manos y la devoró en un instante. Rea, la de hermosos
cabellos, no podía creer lo que había pasado. Su corazón sangraba de
dolor.
Uno por uno Cronos fue devorando a sus hijos. Deméter, Hera,
Hades, Poseidón… apenas alcanzaba la madre, desesperada, a
ponerles nombre, cuando ya se habían convertido en monstruoso
alimento para su padre.
Rea estaba en su sexto embarazo cuando pidió ayuda a su madre,
Gea, para salvar a ese bebé. ¡Aunque fuera uno solo de sus hijos tenía
que escapar a ese horrendo destino! Siguiendo los consejos de su
madre, Rea le dijo a su marido que debía hacer un viaje a la isla de
Creta. Allí, en medio de un bosque espeso había una profunda
caverna, donde se ocultó la titánida para parir a Zeus[3], el menor de
sus hijos. Gea, la Madre Tierra, se hizo cargo del pequeño. Una cabra
le daba su leche y las abejas del monte destilaban para él la miel más
exquisita.
Entretanto, Rea volvió con su marido, quejándose como si estuviera
sufriendo en ese momento los dolores del parto. Poco después le
entregó a Cronos lo que parecía un bebé, su sexto hijo. Cronos se lo
tragó sin dudar un segundo. Solo le pareció que este hijo resultaba
más pesado que los anteriores: lo que le había dado su esposa era una
enorme piedra envuelta en pañales.
Zeus creció rápidamente y en solo un año se había convertido en un
dios adulto y poderoso. Su abuela Gea tenía preparado un plan para
librarse del malvado Cronos. Pero antes era necesario que Zeus

14
recuperara a sus hermanos. Con ayuda de Rea, hicieron tragar a
Cronos una poción mágica que lo obligó a devolver a la vida a todos
los hijos que había devorado. Así, convertidos ya en adultos, en toda
su fuerza y majestad, se desprendieron de la carne de Cronos los
hermanos de Zeus. De este modo, volvieron a la vida Hestia,
Deméter, Hera, Hades y Poseidón[4], y se fueron a vivir junto a Zeus,
en lo alto del monte Olimpo. Debían prepararse para la guerra que se
avecinaba. ¡Cronos pagaría por su maldad!

15
La Guerra de los Inmortales
LAS profecías aseguraban que Zeus sería el rey de los dioses y el
dueño del Universo. Pero, por el momento, no parecía tan sencillo.
Antes era necesario destronar a su padre, el malvado Cronos, quien
contaba con el apoyo sus hermanos, los Titanes.
El Universo entero temblaba: había comenzado la Guerra de los
Inmortales.
Durante diez años, desde las alturas del Olimpo, lucharon los nuevos
dioses contra los Titanes y la suerte de la guerra seguía indecisa. El
propio Zeus comenzaba a temer que la profecía no llegara a
cumplirse. Fue entonces cuando decidió consultar a su anciana y
sabia abuela, Gea, la Madre Tierra.
—Cronos tiene enemigos poderosos —le dijo Gea—. ¡También ellos
son mis hijos, aunque sean deformes! Si liberas de sus cadenas a los
Cíclopes y a los Hecatónquiros, atrapados en el Tártaro, ellos te
ayudarán a vencer a tu malvado padre.
Entonces Zeus bajó a las oscuras profundidades del Tártaro y
desencadenó a los Cíclopes, gigantes con un solo ojo en medio de la
frente, y también a los Hecatónquiros, los monstruos de cincuenta
cabezas y cien brazos. Los dioses olímpicos los invitaron a su morada
cerca de las nubes, y compartieron con ellos sus exquisitos alimentos,
el néctar y la ambrosía. Así los convirtieron para siempre en sus
aliados.
Agradecidos por su liberación, los Cíclopes le regalaron a Zeus tres
armas invencibles: el Trueno, el Rayo y el Relámpago. Le entregaron
a Hades un casco que lo hacía invisible. Y le dieron a Poseidón un
tridente tan poderoso que con un solo golpe podía hacer temblar la
tierra y el mar.
La batalla final fue atroz. Luchaban entre sí seres gigantescos, que
podían causarse terribles heridas, podían triunfar o ser derrotados,
pero no podían matarse unos a otros, porque todos eran inmortales.
Mujeres y varones luchaban sin descanso, sin piedad. Cada uno de
los Hecatónquiros levantaba enormes rocas con sus cien manos.
Después avanzaban los tres juntos hacia adelante, arrojando

16
trescientas rocas al mismo tiempo sobre los Titanes. Zeus lanzaba sus
terribles rayos, Poseidón provocaba terremotos y Hades, invisible,
parecía estar en todas partes al mismo tiempo. El mar resonaba,
vibraba el monte Olimpo desde su pie hasta la cumbre, el Cielo gemía
estremecido y las violentas pisadas retumbaban en lo más hondo de
la Tierra. Los bosques se incendiaban y hervían los océanos.
Cegados por la violenta luz de los rayos y la humareda que se
levantaba de los incendios, semienterrados por la lluvia de enormes
piedras, los Titanes fueron vencidos por fin. Zeus los condenó a ser
encadenados en el Tártaro, donde los Hecatónquiros se convirtieron
en sus guardianes.
(Si un yunque de bronce bajara desde la superficie de la Tierra
durante nueve noches con sus días, al décimo día llegaría al Tártaro,
tan profundo es ese abismo, horrendo incluso para los dioses
inmortales).
Victoriosos, los dioses decidieron repartirse el poder. Para evitar más
luchas, hicieron un sorteo. A Zeus le tocó el cielo, Poseidón obtuvo
dominio sobre el mar y Hades se adueñó del mundo subterráneo.
Pero Zeus, el rey de los dioses, gobernó además sobre todos los
mortales y los inmortales.
Y sin embargo, el Universo no estaba en paz. Gea, la Tierra, se
revolvía, furiosa.
¿Cómo se había atrevido su nieto, el soberbio Zeus, a encerrar a sus
propios tíos en el Tártaro? Como madre de los Titanes, Gea no podía
permitir que los nuevos dioses gobernaran el Universo. Por el
momento, los Olímpicos habían triunfado. Pero Gea meditaba su
venganza.

17
Tifón, el horror
GEA, la Tierra, estaba enfurecida contra Zeus y los Olímpicos. Para
vengar a sus hijos, los Titanes, cuidaba y alimentaba desde hacía
siglos a Tifón, el horror absoluto. La diosa Hera, esposa de Zeus,
siempre estaba celosa de su marido (con buenas razones). No le costó
mucho a Gea convencerla de que Zeus se había portado mal con ella
una vez más. Loca de celos, Hera fue a ver a Cronos, el Titán de
mente malvada y retorcida, que estaba encadenado en el Tártaro, y le
pidió ayuda. Cronos, que
odiaba a su hijo Zeus, le entregó a Hera dos huevos que debían
enterrarse juntos.
—Una sola criatura nacerá de los dos —dijo con voz torva—. ¡Un
demonio capaz de vengarte!
Así nació Tifón, que no era un ser humano, ni un dios, ni una fiera.
Hera se asustó al verlo, pero Gea se lo llevó con ella para criarlo y
prepararlo para enfrentar a los Olímpicos. Era el monstruo de los
monstruos, tan alto que su cabeza rozaba las estrellas. Cuando abría
los brazos, una mano llegaba hasta el extremo Este, y la otra hasta el
Oeste mismo. En lugar de dedos, tenía cien cabezas de dragón. De la
cintura para abajo, estaba hecho de víboras, que a veces se alzaban
silbando hasta su cabeza humana. Tenía el cuerpo alado y despedía
llamas por los ojos[5].
Y por fin, cuando Tifón alcanzó toda su fuerza y su poder, Gea
decidió que había llegado el momento de lanzarlo contra sus
enemigos. Los propios dioses se aterraron cuando vieron este
monstruo inmenso alzarse hacia el Olimpo. Las víboras silbaban y las
cabezas de dragón rugían todas a la vez con el estruendo de un
ejército de gigantes. Hera estaba arrepentida, pero ya era tarde. Al
ver que atacaba el Olimpo, los dioses huyeron hacia Egipto, donde se
convirtieron en animales para no ser descubiertos. Solo Zeus y su
hija Atenea[6], la diosa de la sabiduría y de la guerra, se atrevieron a
enfrentarlo.
Zeus trató de fulminar a Tifón desde lejos con sus rayos, pero fracasó
y finalmente se vio obligado a luchar cuerpo a cuerpo con su hoz de

18
acero, la misma que había usado su padre Cronos contra Urano.
Consiguió herirlo, pero las fuerzas del monstruo eran casi infinitas.
En un ataque violento y veloz, Tifón enroscó sus víboras en las
piernas de Zeus y lo hizo caer, arrancándole el arma de las manos. Y
con su misma hoz hirió al dios, cortándole los tendones de los brazos
y las piernas.
No era posible matar a Zeus, pero así, inmovilizado, se había vuelto
completamente inofensivo. Tifón se lo cargó a la espalda y lo llevó
hasta una gruta, donde terminó de arrancarle músculos y tendones y
lo dejó enterrado. Envolvió los músculos y tendones del dios en una
bolsa hecha de piel de oso y la puso al cuidado de su hermana, la
dragona Delfina, una horrenda criatura mitad mujer y mitad reptil.
Solo Hermes, el dios de los ladrones[7], podía haber engañado a
Delfina, y así fue.
En secreto, silenciosamente, se acercó con su hijo Pan hasta la
guarida de la dragona. Con su flauta mágica, Pan tocó una canción
adormecedora. La enorme cabeza de Delfina comenzó a balancearse
de sueño y sus ojos se cerraron. Mientras su hijo seguía tocando sin
descanso, Hermes le robó a la dragona la bolsa de piel de oso. Más
tarde, entre los dos, consiguieron devolverle a Zeus las fuerzas,
colocando músculos y tendones en su lugar. Con una poción mágica,
Hermes curó las heridas del gran dios, que pronto estuvo otra vez en
condiciones de volver a la lucha.
Zeus regresó al Olimpo y, montado en un carro con caballos alados,
se lanzó a perseguir al monstruo con sus rayos. Tifón, sorprendido
por un enemigo al que creía haber derrotado, huyó en dirección a un
monte donde le habían dicho que existían frutos mágicos, capaces de
multiplicar la fuerza de cualquiera que los comiese. Cuando Zeus
estaba a punto de alcanzarlo, trató de defenderse arrojándole encima
montañas enteras que arrancaba del suelo. Con sus rayos, Zeus se las
devolvía lanzándolas una vez más por el aire. Las montañas
golpeaban contra el monstruo, haciéndolo sangrar y debilitando sus
fuerzas. Tifón se dio cuenta de que ya no podría derrotar al dios.
Ahora solo pensaba en escapar. Trató de atravesar lo más
rápidamente que pudo el mar de Sicilia, pero cuando estaba llegando

19
a la costa este de la isla, Zeus tomó la montaña más grande de todas,
la arrojó con todas sus fuerzas, y logró aplastar al monstruo debajo
de esa inmensidad rocosa. Y desde entonces Tifón quedó para
siempre apresado allí, debajo del monte Etna: las llamas que despide
el volcán son el fuego de sus ojos.
Y ahora sí, por fin, el Universo estuvo en paz.

20
Prometeo enfrenta a Zeus
PROMETEO era hijo de uno de los Titanes. Gea y Urano fueron sus
abuelos, es decir, era primo de Zeus. A pesar de pertenecer a la
estirpe de los Titanes, decidió luchar del lado del gran dios en su
guerra contra Cronos.
Valiente y astuto, Prometeo tenía una debilidad. Amaba a los seres
humanos, que intentaban sobrevivir, con mucho sufrimiento, sobre
la superficie de la Tierra. Zeus, en cambio, no se interesaba mucho en
ellos y estaba dispuesto a destruirlos. Muchos afirmaban que el
interés de Prometeo en la humanidad se debía a que él mismo había
sido su creador.
Como no tenían poder sobre el fuego, los mortales vivían
miserablemente. En las noches oscuras, solo podían protegerse de las
fieras escondiéndose en la profundidad de las cavernas. No podían
trabajar los metales para fabricar armas o herramientas, y tenían que
contentarse con lo que lograran hacer tallando piedras. Comían sus
alimentos crudos y vivían casi como animales. Poco podía su
inteligencia sin el fuego que Zeus les negaba.
El que trabajaba con fuego todo el día era uno de los hijos de Zeus,
ese dios rengo y malhumorado llamado Hefesto[8], que estaba
casado con la más bella de todas las diosas, la increíble Afrodita. En
su fragua, en las profundidades de la Tierra, debajo de un volcán,
Hefesto fabricaba las armas de los dioses, con ayuda de los Cíclopes.
Prometeo, utilizando su ingenio, se acercó a la fragua de Hefesto para
conversar amablemente con el dios. Y en una distracción, consiguió
robar un poco de fuego, unas cuantas brasas encendidas que
escondió en el interior de una caña hueca. Con ese regalo asombroso,
se presentó ante sus queridos hombres. Y no solo les entregó el
fuego: les enseñó a cuidar que no se apagara, a encenderlo y a
utilizarlo de todas las maneras posibles: les entregó la técnica de
construir viviendas, armas, herramientas. Desde que fueron dueños
del fuego, por primera vez los hombres se sintieron superiores a
todos los demás seres que poblaban la Tierra.

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Zeus estaba furioso. Prometeo había desobedecido sus órdenes y
debía recibir un castigo ejemplar. Con cadenas de acero, lo sujetó a
una roca en el Cáucaso y envió a un águila monstruosa a devorarle el
hígado. Para que el castigo fuera terrible y eterno, todas las noches el
hígado de Prometeo volvía a crecer, y el águila se alimentaba de él
durante el día. Zeus juró por lo más sagrado que jamás desataría a
Prometeo de la roca.
¿Pasaron años, siglos, milenios? Nadie lo sabe. Mucho, mucho
tiempo después, Heracles, un hombre hijo de Zeus, pasó por allí en
su camino al Jardín de las Hespérides. Heracles, mató a flechazos al
águila que lo atormentaba y rompió sus cadenas. Prometeo,
agradecido, lo ayudó con sus consejos.
Zeus quería mucho a su hijo Heracles y a pesar de todo estaba
orgulloso de su hazaña. ¿Pero cómo podía permitir que Prometeo
quedara libre sin romper su juramento? Con una gran idea: hizo que
Hefesto fabricara un anillo con el acero de la cadena, que engarzara
en él un trozo de la roca a la que Prometeo había estado atado, y lo
hizo jurar que jamás se quitaría ese anillo. Así, Prometeo quedó libre
para siempre y, al mismo tiempo, para siempre encadenado a la roca
del Cáucaso.

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La caja de Pandora
LOS hombres tenían el fuego, que Prometeo había robado para ellos.
Ahora vivían libres de todo mal, no sufrían el cansancio ni el dolor ni
las enfermedades. Se habían vuelto altaneros y peligrosos.
Para mantener el orden en el Universo, Zeus debía dejar bien clara la
diferencia entre hombres y dioses.
—¡Les haré un regalo maldito! —rugió Zeus.
Había llegado el momento de crear a la mujer. La llamó Pandora y
todos los dioses participaron en su creación. Con arcilla y agua,
Hefesto modeló un bellísimo cuerpo parecido al de las diosas
inmortales. Atenea, la diosa de la sabiduría, le enseñó las labores
femeninas, sobre todo a hilar y tejer hermosas telas. Afrodita, la
diosa del amor, le otorgó gracia y atractivo. Y Hermes, el dios de los
ladrones y mensajero de los dioses, le enseñó a mentir.
Entonces, Pandora fue entregada por los dioses a Epimeteo. Junto
con la mujer, le regalaron una bonita vasija de cerámica trabajada
con bajorrelieves. Antes de ser encadenado en el Cáucaso, Prometeo
les había advertido a los hombres que jamás aceptaran un regalo de
Zeus, porque el gran dios estaba tramando una cruel venganza contra
ellos. Pero cuando Epimeteo vio a Pandora, simplemente no se pudo
resistir. La amó inmediatamente. No podía ser este el regalo
envenenado de los dioses. En todo caso, lo importante era no abrir
jamás la vasija: allí debía estar el peligro.
Epimeteo le hizo jurar a Pandora que jamás abriría la vasija. Pero
apenas la dejó sola por primera vez, Pandora no pudo resistir la
curiosidad. ¡Un regalo de los dioses debía ser algo maravilloso! No
hacía falta destapar la vasija, no tenía por qué romper su promesa.
Solo levantaría un poquito la tapa para mirar adentro.
Pandora corrió apenas, menos de un dedo, la tapa de la maldita
vasija, y fue suficiente. En un enjambre horrible, oscuro, escaparon
de allí todos los males que torturan a la humanidad. Como
moscardones negros y pesados, echaron a volar el Dolor, la Vejez, el
Cansancio, la Enfermedad y la Muerte. Aterrada, Pandora cerró
inmediatamente la vasija.

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Y algo, a pesar de todo, alcanzó a encerrar en su interior. ¿Qué era?
Se percibían golpecitos tan suaves como si los dieran las alas de una
mariposa. Pandora levantó un poquito la tapa para mirar y vio un
maravilloso brillo dorado. Entonces ya no tuvo miedo y, abriendo del
todo, dejó volar a la hermosa, engañosa Esperanza, que nadie sabe si
es un bien o es un mal.
Por culpa de la ciega Esperanza, los seres humanos soportan todo el
mal que los hace sufrir sobre la Tierra. Gracias a ella son felices, a
veces, a pesar de todo.

24
Deucalión y Pirra
los sobrevivientes del Diluvio

LOS Inmortales estaban indignados.


Los hombres, que habían sido creados para servir y honrar a sus
dioses, se habían convertido en una raza impía. Dejaban
abandonados los templos y los altares, ya no hacían sacrificios, y el
delicioso humo de las reses asadas no ascendía hasta el Olimpo. ¿Qué
sentido tenía que existieran sobre la Tierra?, se preguntaban.
Ninguno, decidió Zeus. Había que exterminar de una vez por todas a
esa raza inútil y maldita. La humanidad no servía para nada y debía
ser destruida. Hubiera sido sencillo usar sus rayos para fulminarla,
pero a pesar de que Gea había enviado contra él a Tifón, Zeus no
quería dañar a su abuela Tierra, la Gran Madre de Todas las Cosas.
Entonces se decidió por una solución sencilla: una gigantesca
inundación haría que todos los hombres murieran ahogados.
Pero Prometeo, el Titán, amaba a la humanidad, a la que le había
entregado el fuego y, junto con el fuego, el conocimiento y el dominio
sobre el mundo. Tenía un hijo mortal, Deucalión, el rey de Tesalia,
que estaba casado con Pirra, hija de Epimeteo y de la primera mujer
mortal, la bella y temible Pandora. Entre todos los seres humanos,
Deucalión y Pirra eran los únicos que podían ser llamados realmente
justos, buenos, sabios y, sobre todo, obedientes y temerosos de los
dioses. Visitaban los templos, hacían sacrificios, honraban y
reverenciaban a los Olímpicos de todas las maneras posibles.
Prometeo le rogó a Zeus por la vida de su hijo y su nuera y, a través
de ellos, de toda la humanidad. Y el gran dios de los dioses aceptó
que se les permitiera construir un arca, un gran cofre que flotaría
sobre las aguas y les daría la posibilidad de sobrevivir.
Entonces Zeus desató todo su poder en una tormenta que no tuvo
igual sobre la Tierra. Dejó encerrados a los vientos secos y liberó a
todos los vientos húmedos. Lanzó rayos y relámpagos que
destrozaron las nubes y las convirtieron en un diluvio incesante. La
lluvia era tremenda, aterradora, brutal y parecía eterna. En ayuda de
su hermano, Poseidón convocó a las mareas, para que el agua de los

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océanos se desbordara sobre la Tierra. Los dioses de los ríos los
hicieron crecer y salirse de sus cauces, alimentados por la lluvia.
Habían pasado apenas unas horas cuando el arca de Deucalión y
Pirra flotaba ya sobre las aguas.
Durante nueve días y nueve noches el diluvio azotó la Tierra. Al
principio, algunos hombres habían creído escapar refugiándose en
las colinas, pero pronto fueron cubiertas por las aguas, y también las
montañas.
El arca encalló por fin en la cumbre del monte Parnaso. Y de pronto,
dejó de
llover. Deucalión y Pirra ya no eran los reyes de Tesalia. Todos sus
súbditos habían muerto ahogados. Ahora eran apenas un hombre y
una mujer, solos, mojados y tristes. ¿Qué podían hacer para que la
humanidad volviera a la vida?
Cuando las aguas se retiraron, Hermes, el mensajero del Olimpo,
descendió para ofrecerle a Deucalión un regalo del gran Zeus.
—Hombre, ¿qué deseas? —preguntó Hermes.
—Compañeros —dijo Deucalión.
—Tengo la respuesta de Zeus —dijo Hermes, sin sorpresa—. Deben
tirar por encima de sus hombros los huesos de su madre, y la
humanidad volverá a nacer.
El hombre y la mujer estaban horrorizados.
—¿Cómo vamos a arrojar los huesos de nuestras madres? —preguntó
Pirra—. Sería un sacrilegio todavía más terrible que la maldad de los
hombres que han sido destruidos.
Pero Deucalión, después de mucho pensar y de consultar al oráculo,
finalmente comprendió: se trataba de arrojar piedras, que son los
huesos de la Madre Tierra.
De las piedras que sembró Deucalión, nacieron hombres. De las que
lanzó Pirra, nacieron mujeres. Para bien y para mal, la humanidad
volvería a poblar el mundo.
Comenzaba la Edad de los Héroes.

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¿Cómo ocurrió?
Isaac Asimov

Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace


que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.
-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos
millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...
Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. (Era mejor que no lo
hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado
poner en duda su inspiración. Nadie lo hace tampoco, o de otro modo
las cosas se ponen feas.)-. Pero ¿vas a contar la historia de la
Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de
años?
-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí
dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta
autoridad. Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.
-¿Qué? (Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que
su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del
papiro.)
-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en
cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince
mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que
empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo
bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo.
Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la
voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener
garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y
en esas condiciones ¿cómo vamos a obtener derechos de autor? Mi
hermano pensó durante un rato. Luego dijo: -¿Crees que deberíamos
acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.

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-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo,
horrorizado.
-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el
principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?
-Seis días, Moisés -dije firmemente.

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