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Caudillos y poder en Argentina (1835)

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Cap.

13-15
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Capítulo 13: ¡¡¡Barranca – Yaco!!!


Después de que Facundo triunfa en Ciudadela, en el país quedan pocos defensores del
sistema unitario. El espíritu de ciudad, de libertad e independencia deja de existir. Solo
queda el nombre del caudillo para llenar el “vacío de las leyes. Quiroga lleva a cabo la
“fusión unitaria más completa”, la que Rivadavia quiso dar a la República, aunque sigue
promoviendo la causa de la federación en el interior, proponiendo al Dr. Ortiz para la
presidencia (p.185).
Rosas vence a Lavalle y es solicitado en el gobierno de Buenos Aires, función para la
cual exige ser investido de facultades extraordinarias. Su primer gobierno transcurre de
1829 a 1832. Después deja la gobernación para realizar, al año siguiente, una
expedición conocida como la Campaña del desierto, cuyo fin es ganar terreno a los
indígenas. Para Sarmiento, se trata de una “pomposa expedición” que deja la frontera
indefensa, igual a como estaba antes (p.188). En esta campaña, Rosas enarbola por
primera vez su bandera colorada, dándose el título de Héroe del Desierto, que suma al
obtenido previamente de Ilustre Restaurador de las Leyes.
A Quiroga se le encarga mandar sus fuerzas del interior, a las que envía sin su
presencia. Una de sus divisiones intenta una revolución en Córdoba para quitar del
Gobierno a los Reinafé. Nada dicen los diarios de la época de que esto se hace por
determinación de Facundo. Aunque pocos lo saben, Rosas y Quiroga se disputan el
poder durante cinco años. Hacia 1832, la República Argentina se divide en dos
regiones: la de los Andes, unida bajo la influencia de Facundo, y la del pacto de la Liga
Litoral, federación encabezada por Ferré, López y Rosas. Más adelante, Ferré se
opondrá a la centralización del poder en el gobernador de Buenos Aires.
Terminada la expedición, Facundo se dirige a Buenos Aires y, cuando entra en la
ciudad, no le anuncia a nadie su llegada. Allí se establece, se rodea de hombres
notables y habla con desprecio de Rosas. Incluso habla de la Constitución y se declara
unitario entre los de este partido. Sus hijos van a los mejores colegios y se visten de
frac y levita. De esta forma, Quiroga conspira para presentarse como el centro de una

Cap. 13-15 1
nueva organización del país. Pero su pereza de pastor y su falta de hábito de trabajo lo
dejan expectante, hecho que lo perjudica frente a su rival.
La desobediencia de la campaña preocupa a la ciudad porteña, que le pide a Rosas
que vuelva para controlar la desorganización social. La insurgencia del interior termina
ingresando en la ciudad, entre un grupo de hombres “que recorren las calles
[distribuyendo] latigazos a los pasantes” (p.193). Rosas al principio se rehúsa a
gobernar, hasta que exige que se cambie el período de gobierno de tres a cinco años, y
que se le entregue la suma del poder público. Ambas cosas se le conceden y Rosas
comienza su segundo mandato en 1835.
Llegan noticias a Buenos Aires de un conflicto entre las provincias del norte. Rosas
convoca a Facundo para que interponga su influencia y calme los ánimos de los
gobernadores. El caudillo vacila, pero al final se decide y el 18 de diciembre de 1835
emprende viaje.
De vuelta en el campo aparecen de nuevo en Quiroga la brutalidad y el terror. En Santa
Fe, Facundo se inquieta mientras espera reponer sus caballos para continuar la
marcha. Luego, en Córdoba, uno de los Reinafé lo invita a hospedarse en la ciudad,
pero Quiroga se queda en la galera solicitando caballos. Facundo parte, pero un joven
que venía con él se queda en la ciudad, y oye rumores de que se planea el asesinato
del caudillo riojano. Toda Córdoba está enterada del complot.
Facundo llega a su destino, arregla las diferencias entre los gobernadores y se dispone
a volver por donde vino. Los gobernadores le ofrecen custodia y le sugieren que tome
de regreso el camino de Cuyo. Quiroga ya sabe el peligro que le espera, y de pasar por
La Rioja podría desenterrar sus depósitos de armas y organizar las ocho provincias que
están bajo su influencia. Pero en vez de esto, sigue su rumbo a Córdoba, en dirección
a su propia muerte.
En el camino, le llega la advertencia de que en Barranca-Yaco lo espera una partida,
liderada por Santos Pérez, con órdenes de matarlo a él y a sus acompañantes. Quiroga
responde que todavía no existe el hombre que ha de matarlo, y que a un solo grito suyo
tal partida se pondrá a sus órdenes. El doctor Ortiz, que viaja junto a él, no se anima a
contradecir la determinación de su amigo por miedo a despertar su enojo, y se prepara
para morir.
Cuando llegan al punto fatal, dos descargas traspasan la galera sin herir a nadie.
Luego, unos soldados con sables se echan encima, inutilizan los caballos y
descuartizan al postillón, al asistente y a dos correos que acompañan el carro. Quiroga

Cap. 13-15 2
se asoma para preguntar: “¿Qué significa esto?”, a lo que le responden con un balazo
en el ojo que lo deja muerto (p.198). Luego Santos Pérez apuñala varias veces el
cuerpo de Quiroga y ordena tirar al bosque la galera y los cadáveres. Queda vivo un
niño, que es sobrino del sargento de la partida, quien responde por él. Santos Pérez
asesina al sargento y degüella al niño a pesar de sus gemidos, hecho que luego lo
martirizará.

Santos Pérez es “el gaucho malo de la campaña de Córdoba”, conocido por sus
numerosas muertes y su carácter osado y aventurero (p.198). Por un largo tiempo es
perseguido por la justicia, hasta que una noche, después de pegarle a una mujer con la
que dormía, esta se levanta mientras él duerme, le quita las armas y lo denuncia a la
policía. Santos Pérez es llevado a Buenos Aires, donde una muchedumbre presencia
su ejecución.

Capítulo 14: Gobierno unitario


Para Sarmiento, la muerte de Quiroga no es un hecho aislado, sino que se explica por
antecedentes sociales y es el resultado de un desenlace político concreto. El asesinato
es una “medida de Estado”, concretado por el gobierno de Córdoba y planeado con
otros gobernadores. Por eso, es necesario ver qué consecuencias tiene en el “drama
sangriento” que, cuando se publica el Facundo, todavía no ha terminado (p.203).
Facundo muere el 18 de febrero de 1835, y el 5 de abril se elige gobernador de Buenos
Aires a Juan Manuel de Rosas, que adquiere la suma del poder público por medio de
una votación casi unánime. Pasados los cinco años, Rosas, después de sufrir la muerte
de su esposa y de su padre, decide retirarse de la vida pública. Pero la Sala de Buenos
Aires le pide que se quede y Rosas continúa por seis meses más. Después, “se
abandona la farsa de la elección” y Rosas se queda en el poder, que conserva todavía
en 1845 (p.205).

Aquel 5 de abril, el gobernador electo se retira de la Sala de Representantes dentro de


un coche colorado, acompañado por la Sociedad Popular, que carga puñal, chaleco y
cinta colorada, en la que se lee “Mueran los unitarios”. Allí se ve la “manifestación de
adhesión sin límites, a la persona del Restaurador” (p.206). Al día siguiente, sale una
proclama con una lista de proscriptos que da a entender que quien no está con Rosas
es su enemigo.

Pasado el primer año, lleno de celebraciones y festejos, el color colorado pasa a ser la
insignia de adhesión a la causa federal, como también lo es el retrato de Rosas.

Cap. 13-15 3
Aparece la Mazorca, el cuerpo de policía federal que, con sus azotes, lavativas de ají y
aguarrás y degollamientos, es “un instrumento poderoso de conciliación y de paz”. Se
ordena dos años de luto por la muerte de Encarnación Ezcurra, la esposa de Rosas,
obligando a toda la población a ir uniformada con un ridículo ribete colorado en el
sombrero. Cantos de “¡Viva el Restaurador!” y “¡Mueran los salvajes unitarios!” se oyen
constantemente. Así, Rosas consigue crear “la idea de la personalidad del jefe del
Gobierno” (p.208).
Sarmiento argumenta que estas ideas de gobierno pueden verse en la vida anterior del
tirano, que proviene de una familia de viejas costumbres señoriales, cuya severidad
Rosas debe soportar hasta que su padre lo envía a una estancia. Allí, Rosas se
convierte en “el potro salvaje de la Pampa” (p.210), un hombre desenfrenado que sufre
arrebatos causados por su exceso de vida. En sus estancias introduce una
administración severa y una disciplina de hierro; sus peones tienen prohibido cargar
con un puñal, y cuando él se lo deja puesto una vez por equivocación, ordena que se le
den doscientos azotes. Este es el sistema que después ensaya en la ciudad, para que
la población se acostumbre a la agresión física, a los degüellos y a los gritos de
“¡Mueran los salvajes unitarios!”, hasta que ya no produzcan réplica o escándalo.
A pesar de llamarse Confederación Argentina, la República marcha a la unidad que
proviene del terror que ejerce Rosas. El gobernador de Buenos Aires acusa a los
unitarios de asesinar a Quiroga y propone castigar a los culpables. Como juez de la
causa, depone a los Reinafé y mete preso a los que tuvieron parte en el atentado. Este
acto, que lo autoriza a condenar a otro gobernador, instaura “en las consciencias de los
demás la idea de la autoridad suprema de que está investido”. De esta manera, Rosas
se convierte en el jefe del Gobierno unitario absoluto, haciendo de los demás
gobernadores sus “simples bajáes” (p.214).

Rosas elimina los correos y establece chasques de gobierno, que despachan solo
órdenes suyas, medida que sirve para unificar en desinformación al interior. En la
ciudad, el gobernador consigue que la población afrodescendiente le sirva para espiar
dentro de las familias de la elite criolla, así como para robustecer su ejército. Con miras
a extender su poder por fuera del país, Rosas toma parte en la guerra que tiene Chile
con Santa Cruz; en la República Oriental consigue que el gobierno de Oribe expulse a
unitarios exiliados, como Rivadavia y Varela, y, cuando el doctor Francia muere, Rosas
niega reconocer la independencia del Paraguay. Su propósito, dice Sarmiento, es
reconstruir el “antiguo virreinato de Buenos Aires” (p.218).

Cap. 13-15 4
Para demostrar el poder de su gobierno americano, Rosas busca un antagonista
europeo y lo encuentra en Francia, que en 1838 le impone un bloqueo comercial a la
Confederación Argentina. Rosas utiliza el bloqueo francés para propagar el sentimiento
de americanismo que, para Sarmiento, constituye “todo lo que de bárbaros tenemos”
(p.220). Con el periódico La Gaceta, Rosas agita este americanismo instaurando el
odio a los europeos, a sus trajes y a sus ideas. Luego quita a los catedráticos de las
universidades y a los maestros de las escuelas, mientras la ciudad trata de salvarse,
“de no ser convertida en pampa”, y por eso los profesores siguen enseñando gratis y la
Sociedad de Beneficiencia busca secretamente suscriptores (p.221). Estas son las
consecuencias morales que ha traído la lucha entre la campaña y la ciudad para el
porvenir de la República.

Capítulo 15: Presente y porvenir


En 1840, mientras continúa el bloqueo francés, se dice en América que “Rosas ha
probado […] que la Europa es demasiado débil para conquistar un Estado americano
que quiere sostener sus derechos” (p.225). Sarmiento considera que Rosas demostró
que Europa no sabe cómo hacer prosperar sus propios intereses y los de los
americanos, sin menoscabar la independencia del continente.
El sistema de Rosas hizo que la parte de la población porteña más interesada en tener
un gobierno racional se refugie en Montevideo. Allí se encuentran los antiguos
unitarios, los federales de la ciudad que estaban en contra de Rosas, los que se
arrepintieron de apoyarlo y un “cuarto elemento que no [es] ni unitario, ni federal, ni ex
rosista”: es la “nueva generación”, la juventud que aprendió de la era rivadaviana a
mirar el sistema de ideas europeos, como el romanticismo y el socialismo (p.226). En
Buenos Aires, esta juventud continúa sus estudios a escondidas mientras se reúnen en
secreto, conformando un movimiento en el Salón Literario.

Los primeros intereses de este grupo son literarios, no políticos; incluso hubo quienes
creyeron que Rosas encarnaba una verdadera civilización americana, con sus formas
originales. Los ensayos de este movimiento son al principio inexpertos, pero de allí se
desprende un grupo de personas inteligentes que se asocia secretamente para
conformar “las bases de una reacción civilizada contra el Gobierno bárbaro que había
triunfado” (p.227).

En el acta de esta organización, que Sarmiento tiene en su poder, los integrantes juran
llevar a cabo sus principios de igualdad, libertad y fraternidad a través de la asociación

Cap. 13-15 5
de ideas e intereses que antes han dividido a los unitarios y los federales, con los que
esta nueva generación puede armonizar por su deseo de unión.

“¡Fuimos nosotros!”, dice Sarmiento, y no los viejos unitarios, los que buscaron apoyo
de Francia para salvar a la civilización, con el fin de derrocar al tirano. Antes había
demasiada preocupación por una idea de nacionalidad americana que trajo consigo la
“pasión brutal”, la América “bárbara como el Asia, despótica y sanguinaria como la
Turquía” (p.229). Los viejos unitarios, sin aprender de sus errores, entorpecieron los
planes de derrocamiento al considerar inútil apoderarse de Buenos Aires y temiendo
todavía a los gauchos, si bien tomaban de ellos sus tácticas de guerra y sus trajes para
el ejército.
Mientras tanto, en la República, los hombres que escaparon del horror de Buenos Aires
yendo a la campaña empiezan a fomentar entre los gauchos el odio a Rosas, creando
“una fusión radical entre los hombres del campo y los de la ciudad”. La campaña deja
de pertenecer a Rosas, que ahora solo cuenta con “una horda de asesinos
disciplinados” y un ejército que utiliza las armas de los unitarios: la infantería y el cañón
(p.230).

Empiezan entonces los complots para vencer al gobernador de Buenos Aires. El


coronel Maza, un jefe militar del rosismo, planea una conspiración que se demora
mucho y es descubierta, lo que termina en la muerte del coronel. Luego estalla una
sublevación en el campo liderada por el coronel Cramer, Castelli y hacendados; este
intento también fracasa. En Buenos Aires muchos quieren la revolución, pero no tienen
las suficientes fuerzas para enfrentar a Rosas y a la Mazorca.
El gobierno francés quiere ayudar firmando un tratado que deja a Lavalle a cargo de
vencer a Rosas, plan que, para Sarmiento, produce un desencantamiento con Francia,
a la que siempre se admiró por su civilización. El autor cuestiona también a Inglaterra,
que durante 20 años abandona a la República Argentina a su suerte, más por
ignorancia que por determinación, “coadyuvando en secreto, a la aniquilación de todo
principio civilizador en las orillas del Plata” (p.232). No obstante, solo del viejo
continente se adquirirá ese gusto por la navegación que tanto se necesita para
movilizar la industria en el país.

La patria está destinada a progresar, y Rosas es también instrumento de esta


Providencia, a pesar suyo. Él logra la unión que le faltaba a la República y que tanto
deseaban los unitarios. Vencido Rosas, un buen gobierno hallará las condiciones
necesarias para la unidad de la nación. Ya no existe la división entre la ciudad y las

Cap. 13-15 6
campañas, porque ahora los guachos han simpatizado con la causa de los citadinos.
Los extranjeros, los únicos que gozan en el país de derechos y garantías, ocupan cada
vez más espacios, haciendo de sirvientes, lecheros, panaderos, peones; así, va
desapareciendo la población argentina. Y aunque Rosas no quiere que se naveguen
los ríos, existe una guerra interior y exterior que busca fomentar su tránsito libre.
Incluso el intento de Rosas de ahogar las voces opositoras a su gobierno ha producido
más gritos que resuenan por toda Europa y América.

Sin Rosas, finalmente, no se habría llegado a formar un nuevo movimiento


generacional que supere la inexperiencia y la falta de ideas prácticas de los unitarios.
“¡Nuestra educación política está consumada!”, dice Sarmiento, porque la sangre
derramada ha dado suficiente experiencia (p.238). El nuevo gobierno, cada día más
próximo, restablecerá los correos y asegurará los límites del territorio, distribuirá a la
población en territorios fértiles para levantar ciudades en el medio del desierto,
fomentará la navegación fluvial, organizará la educación pública y extenderá el
beneficio de la prensa en todo el país. También cuidará a todos los hombres por igual y
restablecerá las formas representativas del gobierno asegurando los derechos de todas
las personas, permitiendo la libertad de culto y las opiniones diversas. Por último, el
nuevo gobierno establecerá las redes internacionales necesarias para la paz en el
exterior y el interior.
La inmigración europea es el principal elemento de orden y moralización con el que
cuenta la República Argentina, que de tener un gobierno capaz de dirigir su
movimiento, podría sanar en poco tiempo “todas las heridas que han hecho a la patria
los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la han dominado”. El nuevo gobierno
distribuirá a los inmigrantes por las provincias para que la República doble su población
con “vecinos activos, morales e industriosos” (pp.242-243).
Pero el remedio no vendrá solo del exterior; es necesario que el vencedor de la
Tablada, de Oncativo y de Caaguazú, “el manco Paz”, continúe su destino de “vengar la
República, la Humanidad y la Justicia” (p.244). En él deposita Sarmiento sus
esperanzas en el final del Facundo, solicitando a Dios que proteja sus armas para que
los pueblos se asocien a su causa.

Análisis
El capítulo 13, que trata sobre el final de la vida de Quiroga y de cómo fue asesinado,
es el último que aparece en la sección de folletín de El Progreso. Es un final más

Cap. 13-15 7
poético que el de la versión libro del Facundo, en la que se suman dos capítulos de
reflexión política. Este cierre, en cambio, tiene el impacto de terminar en un
espectáculo: la ejecución pública de Santos Pérez frente a una muchedumbre
enfurecida, que quiere ver morir al asesino de Facundo Quiroga.
El título “¡¡¡Barranca-Yaco!!!”, con sus signos de exclamación, indica el tono apasionado
con que debe leerse el capítulo. Estamos en un momento de clímax que anticipa el
desenlace final, con la República ya invadida por esa fuerza federal que ha eliminado el
espíritu de civilización. En esta parte, el tema del campo vs. la ciudad da por ganador a
la campaña. Pero todavía falta lo peor: el comienzo de la era de Rosas, que cuando se
publica el Facundo sigue vigente.
Sarmiento quiere poner en evidencia que Rosas y Quiroga, aunque pertenezcan al
mismo partido federal, se disputan secretamente el poder. Se torna evidente que para
que Rosas se consagre vencedor, la influencia de Facundo en el interior debe
desaparecer. El escritor se pregunta cuál es el motivo secreto que conduce a Quiroga a
Buenos Aires, y su respuesta es que el caudillo tiene intenciones de consolidarse como
opositor a Rosas, abrazando por conveniencia las ideas unitarias. Facundo ya había
manifestado esta resolución cuando intentó sacar del gobierno cordobés a los Reinafé,
aliados de Rosas, a quienes se acusa de haber orquestado el asesinato del Tigre de
los Llanos.

En Buenos Aires, Facundo parece sufrir una transformación. La primera vez que va a la
ciudad, como se describe en el capítulo 11, Quiroga desencaja con su traje gaucho
frente a los hombres que visten frac y levita. Ahora, parece que “el espectáculo de la
civilización [ha] dominado, al fin, su rudeza selvática” (p.191), y si bien conserva el
poncho y la barba larga –la fisonomía que despierta el terror–, Quiroga se acerca a los
ciudadanos más notables, y sus hijos adoptan las costumbres de la ciudad y se educan
en los mejores colegios. Aquí, Sarmiento sugiere que los actos bárbaros de Quiroga,
que hacen a su vida pasada, se explican por la necesidad de vencer y de conservarse
en el ámbito de la campaña; en la ciudad, su conducta civilizada responde a las
mismas necesidades. Por eso, cuando vuelve al campo, Facundo retoma sus
costumbres salvajes.
Sarmiento advierte que Rosas decide no continuar su primer mandato en el gobierno
de Buenos Aires por una estrategia política: “si salía del Gobierno, era solo para poder
tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones constitucionales, sin trabas ni
responsabilidad” (p.187). Lo que quiere Rosas, sostiene el escritor, es tener un poder

Cap. 13-15 8
ilimitado y tiránico. Por eso primero consigue facultades extraordinarias –es decir, que
como gobernante pueda actuar más allá de lo que permite la Constitución–, y luego la
suma del poder público, o sea, retiene los tres poderes del Estado: el ejecutivo, el
legislativo y el judicial. Esto, además de la oportunidad de extender su gobierno a cinco
años, es prueba suficiente para Sarmiento de las pretensiones déspotas de su
enemigo.
El segundo gobierno de Rosas, que empieza en 1835 y finalizará después de publicado
el Facundo con su derrocamiento en 1852, es comparado con el impacto de la caída de
un cometa: “Me imagino lo que sucedería en la Tierra, si un poderoso cometa se
acercase a ella: al principio, el malestar general; después, rumores sordos, vagos; en
seguida, las oscilaciones del globo atraído fuera de su órbita, hasta que, al fin, los
sacudimientos convulsivos, el desplome de las montañas, el cataclismo, traerían el
caos que precede a cada una de las creaciones sucesivas de que nuestro globo ha
sido testigo” (p.192). Con esta metáfora, el escritor concibe a Rosas como una
catástrofe sin precedentes, que destruyó el mundo tal cual lo conocemos.

Sarmiento narra los hechos que suceden a la muerte de Facundo como si pudieran
haber sido evitados, dadas todas las advertencias que recibió el caudillo en su camino.
Sin embargo, es la condición bárbara de Quiroga, que no puede controlar su carácter,
lo que sella su destino fatal: “el orgullo y el terrorismo, los dos grandes móviles de su
elevación, lo llevan, maniatado, a la sangrienta catástrofe que debe terminar su vida”
(p.196). Facundo cree que el poder de su nombre es suficiente para frenar la cuchilla
de sus adversarios, y por esta razón no piensa estratégicamente y rechaza los
consejos de seguir otro camino o de armarse para la batalla. Su pregunta ante el
ataque –“¿Qué significa esto?” (p.198)– manifiesta el desconcierto de no haber podido
frenar el atentado mediante el terror casi sobrenatural que ejerce sobre el pueblo.

En el capítulo 14, Sarmiento pretende revelar el rédito político que le da a Rosas la


muerte de Quiroga, gracias a la cual consigue dominar el interior del país, instaurando
aquel sistema de gobierno unitario que emana de su despotismo. Arguye que los otros
gobernadores son los bajáes de Rosas, es decir, los funcionarios dentro de su imperio
musulmán, recurriendo nuevamente a la analogía orientalista para denunciar el
autoritarismo de quien ostenta títulos de tirano, como “Restaurador de las Leyes” o
“Héroe del desierto”. Eliminando a Facundo, a quien Rosas pretende vengar –aunque
Sarmiento da a entender que fue él quien ordenó su muerte– el gobernador de Buenos
Aires puede construir, sin un rival que le dispute el poder, el sistema de adhesión
personalista con el que consigue consenso popular.

Cap. 13-15 9
Dicho sistema es el que Sarmiento analiza en este capítulo, el primero del Facundo que
se dedica exclusivamente a su oculto protagonista, Juan Manuel de Rosas. Podemos
destacar, en primer lugar, que Rosas encarna la suma del poder público, incluyendo
“tradiciones, costumbres, formas, garantías, leyes, culto, ideas, conciencia, vidas,
haciendas, preocupaciones; […] todo lo que tiene poder sobre la sociedad” (p.204).
Con esto, Rosas está habilitado para instaurar una dictadura temporal que pasa a
convertirse en una dictadura permanente, lo que se manifiesta en el hecho de que
Rosas sigue en el poder diez años después de su elección.
En segundo lugar, está el uso de símbolos visuales, como la divisa punzó, el retrato del
Restaurador o el luto impuesto por la muerte de su esposa, elementos con los que
Rosas busca fanatizar a sus aliados y humillar a sus enemigos, al forzarlos a vestir
insignias que mancillan su civilización. De la cinta colorada dice Sarmiento que es “una
materialización del terror que os acompaña a todas partes, en la calle, en el seno de la
familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las ideas se nos graban
siempre por asociación” (pp.207-208). Con el mismo fin de afianzar hasta el hartazgo el
partidismo político, el rosismo emplea un lenguaje de odio dirigido a sus oponentes
unitarios, a quienes se los llama "impíos", "inmundos" y "salvajes". Para Sarmiento, en
el vocabulario rosista “el epíteto unitario deja de ser el distintivo de un partido, y pasa a
expresar todo lo que es execrado” (p.215).
El terror que expresa simbólicamente la divisa punzó tiene su paralelo en el que
impone la Mazorca con sus azotes, sus lavamientos de ají y aguarrás y los
degollamientos con los que atemorizan a la ciudad. Para describir su influencia,
Sarmiento compara a la Mazorca con una serie de ejemplos históricos, como la
Inquisición y los Cabochiens de la Edad Media en Francia, grupo que también estaba
compuesto por carniceros y desolladores, según cuenta el escritor. Aquí aparece la
analogía medieval, para enfatizar que la barbarie americana solo imita de Europa
modelos caducos de un período que, en el siglo XIX, se asocia con prácticas bárbaras
y déspotas. Sarmiento señala también la asistencia de la raza africana, a la que
describe como “guerrera, llena de imaginación y de fuego, y aunque feroces cuando
están excitados, dóciles, fieles y adictos al amo o al que los ocupa” (p.217). De esta
manera, el autor pone en evidencia los prejuicios raciales de su época, que juzgan a
este grupo étnico como intrínsecamente fuerte y servil que, para Sarmiento, le da al
poder de Rosas “una base indestructible” (p.218).
Aunque en el inicio del Facundo Sarmiento asegura que no escribirá, en sus páginas, la
biografía de Rosas, en un fragmento del capítulo 14 se dedica brevemente a los

Cap. 13-15 10
antecedentes personales de su enemigo que explican sus ideas de gobierno. En el
modo en que lo describe, Rosas es la conjunción perfecta entre civilización y barbarie:
por un lado, lo caracteriza como un potro salvaje, que tiene arrebatos pasionales como
los que sufrían otros grandes hombres, como Napoleón y Lord Byron. Pero, por otro
lado, de su familia de ascendencia hispánica aprende la disciplina severa que aplica en
la campaña y que después traslada a la gobernación de Buenos Aires.

Es esta horrenda conjunción de civilización y barbarie lo que explica lo eficaz de su


sistema, que Rosas pretende llevar por fuera de los límites de la República hasta
restaurar el virreinato del Río de la Plata, arrasando con todo lo que se consiguió desde
la Independencia. Según Sarmiento, Rosas quiere que el suyo sea un ejemplo de
gobierno original americano, que genere una adhesión continental que rechace de suyo
a toda Europa. La lucha entre la civilización y la barbarie toma una dimensión más
grande que la del enfrentamiento entre ciudad y campo: es América vs. Europa,
oposición que Sarmiento quiere resolver para torcer el curso bárbaro que la política de
Rosas ha establecido para el futuro del país.
En el capítulo 15, Sarmiento recupera los ideales de su generación. Para ellos, es
interesante destacar que el autor enunciará desde un nosotros en vez de un yo. Se
trata de un final programático, en el que propone un plan específico para civilizar el
territorio. Su tono en este capítulo es combativo y asertivo, porque explica cuáles son
las condiciones necesarias para que advenga un nuevo gobierno que le dé a la
República el futuro próspero que se merece. Dichas condiciones las ha dispuesto el
propio Rosas, porque sin él no habría unidad en la República, ni se hubiera dado el
contexto propicio para que surja aquel “cuarto elemento” que supere las diferencias
entre unitarios y federales. El escritor habla aquí indirectamente de la Asociación de
Mayo, una agrupación clandestina liderada por Esteban Echeverría que se propuso
derrocar a Rosas para que se concreten en el país los principios humanitarios que
consideran esenciales.

La mirada eurocéntrica de Sarmiento se afianza en este capítulo más que en ninguna


otra parte del Facundo. Si antes supo valorar el costado poético de la barbarie
americana, en este final el escritor sostiene que las formas americanas, que tanto los
unitarios de la vieja escuela (que intentaron imitar los trajes y los modos de luchar del
gaucho) como Rosas han querido reivindicar solo llevan al despotismo, que una vez
más compara con las codificaciones europeas de Oriente, diciendo que América es
bárbara como Asia y sanguinaria como Turquía. Sin dejar de criticar el error de los
europeos, que no supieron cómo lidiar con la barbarie americana, Sarmiento sostiene

Cap. 13-15 11
que solo de Europa podremos adquirir los elementos necesarios para el progreso del
país. De Europa, dice, se aprenderá a navegar los ríos, y de allí vendrán los
inmigrantes que tanto necesita la República para progresar.
Si antes Sarmiento aseguraba que la lucha entre el campo y la ciudad persistía aún en
el momento en que escribe el Facundo, en este capítulo anuncia que tal enfrentamiento
se ha terminado, no porque la campaña ha barbarizado a la ciudad, sino porque ahora
la ciudad ha fomentado el deseo de civilización en la campaña. Esto ha sucedido
también gracias a Rosas, que espantó a los hombres más ilustres de Buenos Aires,
quienes fueron a propagar sus ideas civilizadas en el interior. Ahora que el país está
unido por el temor que produce Rosas, “La idea de los unitarios está realizada; solo
está de más el tirano” (p.234). Para Sarmiento, la fórmula para resolver el conflicto es
simple: muerto Rosas, vendrá la civilización.

En una seguidilla de párrafos que empiezan con las palabras “Porque él”, haciendo
referencia a Rosas, Sarmiento vuelve a utilizar el recurso oratorio de la repetición para
enfatizar todas las cosas que ha hecho Rosas y que lo perjudican sin que él lo sepa.
Según el escritor, Rosas ha establecido las bases para su propia aniquilación. En
contraste con lo que ha hecho su terrible enemigo, el escritor utiliza verbos en futuro
que indican lo que hará el Nuevo Gobierno, conducido por su generación, para resolver
el problema de la navegación, de la distribución de la población del país, y otras tantas
medidas que forman parte del proyecto que Sarmiento comparte con sus
contemporáneos antirrosistas.
Sarmiento ve como algo positivo que desaparezca la población argentina, porque para
él es importante que aquella originalidad americana y bárbara se disuelva con la
llegada de inmigrantes europeos que se distribuyan por el territorio, generando
prosperidad donde antes solo había desierto. Finalmente, deposita todas sus
expectativas eurocéntricas en el general Paz, a quien ve como el único héroe que
puede liderar el combate contra Rosas, el que permitirá que lo que se plantea en este
capítulo como promesa a futuro se convierta en una realidad y un presente de la
República.

El último capítulo cierra así el Facundo con un mensaje esperanzador y de fuerte


presencia en el plano de lo político, porque propone una solución concreta para el
problema de la lucha entre la civilización y la barbarie. Aunque Sarmiento y los jóvenes
de la Generación del 37 deberán esperar unos años más, hasta 1852, para ver caer a
Rosas, el Facundo dejó una marca en su época como instrumento de guerra para

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combatir, desde el exilio, a su principal oponente. Pero el autor no solo concibió su libro
como un medio para intervenir en la política, sino también para consagrarse como
escritor. Fue tal el éxito de esta empresa, que el Facundo se considera, hoy en día, uno
de los escritos más importantes de la literatura argentina.

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