ESTUDIO PRELIMINAR
MARY SHELLEY:
SU VIDA, SU OBRA, SUS MONSTRUOS
Antonio José Navarro
Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio,
de lo que ha soñado tu filosofía.
(W ILLIAM SHAKESPEARE, Hamlet, acto I escena V)
Si el mundo es un teatro, y yo no soy más que una actriz,
mi papel fue extraño, y, ¡ay de mí!, trágico.
(MARY SHELLEY, Mathilda)
La mañana del 20 de marzo de 1831, en los albores de la primavera
londinense, Mary Shelley se hallaba sumida en sus pensamientos, arropada por
la tibia luz de la mañana que se filtraba por los ventanales de su biblioteca. Días
atrás, Henry Colburn y su socio, Richard Bentley, propietarios de Standard Novel
Series —popular colección de ficción a precios populares, de amplia difusión y
prestigio—, le habían propuesto una reedición de Frankenstein, o el moderno
Prometeo, «revisada y corregida, con una nueva introducción de su autora», en
un lujoso volumen de tapa dura, ilustrado con grabados del francés Chevalier.
La oferta sorprendía a Mary Shelley transcurridos trece años desde la primera
edición de la novela, en 1818, a cargo de Lackington, Hughes, Harding, Mavor &
Jones, quienes publicaron quinientos ejemplares de manera anónima y en tres
volúmenes de barato papel apergaminado. En aquella ocasión, con las
consabidas excepciones, Frankenstein, o el moderno Prometeo tuvo escasa
repercusión entre críticos y eruditos, si bien a nivel popular funcionó
razonablemente bien, confundiéndose entre los numerosos relatos góticos que
constituían la especialidad de la editorial. Por ello, no es extraño que para lograr
una segunda edición de su novela, Mary Shelley tuviera que esperar a que el
popular actor del English Opera House (también conocido como The Lyceum),
Thomas Potter Cooke, estrenara el lunes 28 de julio de 1823 la obra
teatral Presumption, or The Fate of Frankenstein. «Escuchad la noticia. Me
encuentro con que soy famosa.Frankenstein ha tenido un éxito arrollador como
drama y ha sido representado por vigésima tercera vez consecutiva en el Opera
House», escribió Mary a su amiga Marianne Hunt mientras se hallaba en París
tras un breve viaje por Italia. A su regreso a Londres, el viernes 29 de agosto,
acompañada de su hermanastra Claire Clairmont y su padre William Godwin,
Mary fue a ver la obra. «El libreto me ha divertido —confesó en otra de sus cartas
a Marianne—, especialmente por la ingeniosa ocurrencia de presentar a la
Criatura, en la lista dedramatis personae, con una señal: “——”, por Mr. T.
Cooke. Su idea de privar de nombre a lo innombrable me pareció muy buena».
La innata rapacidad de Godwin le impulsó a ponerse en contacto con Lackington
y sus socios para capitalizar el éxito teatral con una segunda edición de la novela.
Tras obtener una negativa como respuesta, el padre de la creadora
de Frankenstein negoció con G & WB. Whittaker una reedición en dos tomos del
original de 1818, que saldría a la venta hacia finales de 1823.
Mary Shelley
La posibilidad en 1831 de insuflar una segunda vida artística y comercial
a Frankenstein, o el moderno Prometeoera muy seductora para Mary Shelley por
dos motivos. Por un lado, las posibles ganancias que obtendría con la operación
le ayudarían a sobrellevar su precaria situación económica. Y, por otra parte, la
reedición de su obra más importante hasta entonces quizá serviría para
consolidar el incipiente prestigio literario que poco a poco se estaba labrando. Al
fin y al cabo, ella era una escritora profesional que vivía de su trabajo. Publicaba
regularmente relatos fantásticos como “El sueño” (“The Dream”), o los
frankensteinianos “El mortal inmortal” “(The Mortal Inmortal: A Tale”), “Roger
Dodsworth, el inglés reanimado” (“Roger Dodsworthz The Reanimated
Englishman”), "Valerio, el romano reanimado” (“Valerius: The Reanimated
Roman”) y “La transformación” (“The Transformation”), en la revista The
Keepsake. No olvidemos tampoco sus novelas: Valperga: or,The Life and
Adventures of Castruccio, Prince of Lucca [Valperga, o la vida y aventuras de
Castruccio, príncipe de Lucca] (1823), The Last Man [El último hombre]
(1826), The Fortunes of Perkin Warbeck, A Romance [La suerte de Perkin
Warbeck: una novela] (1830), e incluso se atrevía con alguna pieza dramática
comoProserpine: A Mythological Drama, in Two Acts [Proserpina, un drama
mitológico en dos actos] en The Winters Wreath ofMDCCCXXXI, la cual estaba
a punto de publicarse. Pero, sin duda, la gran obsesión que domina la vida de
Mary Shelley es la recopilación y divulgación de la obra de su marido, el gran
poeta Percy Bysshe Shelley, tarea iniciada con Posthumous Poems of Percy
Bysshe Shelley [Poemas póstumos de Percy Bysshe Shelley] (1824).
Pero probablemente existía otra razón muy íntima para revisar las páginas
de Frankenstein, o el moderno Prometeo. Mientras el cálido sol de primavera se
enseñoreaba de la pequeña biblioteca, Mary Shelley se sumía en la nostalgia y
el desaliento. Era viuda, con tendencia a la melancolía, y apenas efectuaba vida
social, si exceptuamos a un reducido y muy selecto grupo de amigos; vivía en un
austero apartamento en Somerset Street junto a su criada suiza Millie y su hijo
Percy Florence, y se consideraba víctima de un destino fatal, trágico. «El
conjunto de toda mi vida ha sido la desgracia y lo seguirá siendo porque estoy
marcada. Nunca podré ser feliz, y mi única esperanza está en no ver, y por eso
mismo continuaré siendo herida cruelmente, desamparada en este abismo sin
fondo que es mi vida. Cuando estoy sola, apenas puedo soportar el peso de la
aflicción, pero en compañía de otros es casi peor», escribió en su diario. En cierto
modo, se consideraba la última superviviente de toda una estirpe de hombres y
mujeres mimados por los dioses Apasionados y turbulentos, honestos y
contradictorios, fascinantes y siniestros, adoradores de la belleza y del amor,
Percy, Lord Byron, John William Polidori, la madre a la que admiró sobrecogida
por la frialdad del cementerio de Old St. Pancras Church, Mary Wollstonecraft,
su hierático padre William Godwin, su hermanastra Claire, y los amigos fallecidos
o casi perdidos en la distancia, como Leigh y Marianne Hunt, Matthew Gregory
Lewis, la condesa Potocka, Edward Trelawny o Thomas Jefferson Hogg y su
esposa Jane Williams, todos ellos, sin excepción, forman parte de los capítulos
que componen la vida de Mary Shelley. Y cada uno de ellos, entre la imaginación
y la realidad, encierran una historia más romántica que cualquier posible relato.
Así pues, deambular una vez más a través de la senda literaria y vital trazada
porFrankenstein, o el moderno Prometeo suponía para Mary Shelley enfrentarse
a sus particulares monstruos, reviviendo, en suma, pasados tiempos felices que
transformaban su actual existencia en algo más doloroso aún. No en vano, el
prefacio que empezaba a redactar con pulso firme y seguro concluía de la
siguiente manera: «Y ahora, una vez más, invito a mi espantosa progenie a que
avance y prospere. Siento afecto por ella, porque fue el producto de días felices,
cuando la muerte y la aflicción eran tan sólo palabras que no encontraban
auténtico eco en mi corazón. Sus páginas hablan de paseos, de viajes y de
conversaciones de cuando no estaba sola; y mi compañero era alguien que no
volveré a ver en este mundo. Pero esto es sólo para mí; mis lectores no tienen
nada que ver con estos recuerdos».
¿La hija de la fortuna?
Mary Wollstonecraft Shelley nació en Londres el 30 de agosto de 1797,
apenas cinco meses después de que sus padres, William Godwin y Mary
Wollstonecraft, decidieran casarse, en contra de sus principios, en Old St.
Pancras Church. Ambos se conocieron en el círculo de políticos, artistas y
escritores radicales que se agruparon en Londres alrededor del editor Joseph
Johnson[3], frecuentado, entre otros, por Thomas Christie, Anna Barbauld,
Joseph Prietsley, Thomas Paine, William Cowper, Mary Hays, John Cartwright,
William Blake, William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y Heinrich Füssli.
Desde el principio, el embarazo de Mary Wollstonecraft no revistió ningún
problema, y la pareja de pensadores creyó que «el animal» —tal y como
llamaban a su futuro vástago— sería un niño al que llamarían William. Sin
embargo, el alumbramiento, inesperadamente, fue largo y penoso. Empezó a las
cinco de la mañana, y algo más de dieciocho horas más tarde, a las once y veinte
de la noche, William Godwin escuchó el primer llanto de su hija. Él tenía entonces
cuarenta y un años de edad, y su esposa, que solamente había conocido algo
de felicidad a su lado, tenía treinta y ocho.
El difícil parto fue, desgraciadamente, el preámbulo de un desastre mucho
mayor. El bebé estaba en perfecto estado de salud, pero su madre tenía
dificultades para expulsar la placenta. Esto, unido a las precarias condiciones
higiénicas que en aquella época caracterizaban a los nacimientos, motivó que
Mary Wollstonecraft contrajera una grave infección, la llamada «fiebre
puerperal», que la sumió en una agonía que duró once días, devorada por
horribles dolores. Mary Wollstonecraft murió bendiciendo el nombre de su
marido. «Sufrió una muerte —escribió el clérigo R. Polwhele— que marcó
profundamente la diferencia de sexos, evidenciando la suerte de las mujeres y
las enfermedades a las que son particularmente susceptibles». Y él, cuyo
elaborado estilo literario había sido siempre meditado, sereno, casi apacible,
garabateó en su diario esta silenciosa anotación alrededor del fallecimiento de
su esposa: «Domingo 10 de septiembre. 20 minutos antes de las ocho…»
Mary Wollstonecraft (1759-1797) nació en una humilde familia de
hacendados rurales y tejedores venida a menos. Su padre, Edward John, era un
granjero irascible, bebedor y mujeriego, acosado por las deudas. Su madre,
Elisabeth, sometida al yugo patriarcal, aguantó con estoicismo los excesos y
palizas de su esposo. Debido a todo ello, Mary se marchó del hogar familiar a
los diecinueve años para trabajar como institutriz, dama de compañía o
gobernanta, y a los veintiocho inició su carrera como escritora profesional,
abordando todos los géneros: ensayos, narrativa, poesía y crítica. En 1788
conoció al pintor de origen suizo Johann Heinrich Füssli (17411825), cuyo
notable talento cautiva a Mary Wollstonecraft hasta el punto de que se enamora
perdidamente de él. Füssli, quien afirmaba que «una de las regiones más
inexploradas del arte es el mundo de los sueños», y autor de magistrales lienzos
como La pesadilla(1781) —del cual llegó a pintar seis versiones, todas ellas muy
similares—, ocultaba su bisexualidad —uno de sus amantes fue el suizo Johann
Kaspar Lavater, famoso por su invención de una forma temprana de frenología
conocida entonces como «estudios fisionómicos»— bajo un respetable
matrimonio. Tras cuatro años de tempestuosa relación con Mary Wollstonecraft,
Füssli se hartó de su compañía y la rechazó. Desesperada, Mary se presentó
ante la mujer de Füssli, Sophia, para proponerle vivir los tres juntos compartiendo
a su marido de manera platónica. Evidentemente, fue rechazada y acusada de
loca peligrosa; acusación agravada por el notable escándalo ocasionado por su
ensayo político Vindicación de los derechos de la mujer (A Vindication of Rights
of Woman).
Publicada en 1792, Vindicación de los derechos de la mujer es, sin duda, la
obra más importante de Mary Wollstonecraft. Se dice que la escribió en tres
meses, y ni tan sólo su tempestuoso romance con Heinrich Füssli la distrajo de
su elaboración. Trabajaba día y noche, se cambiaba de ropa muy de vez en
cuando y apenas se lavaba. Comía en su escritorio y bebía café sin parar para
no sucumbir a la fatiga. En Vindicación de los derechos de la mujer sentenciaba:
«Espero que las personas de mi mismo sexo me perdonen por tratarlas como a
criaturas racionales en lugar de alabar susgracias fascinadoras y contemplarlas
como si estuvieran en un estado de infancia perpetua, incapaces de sostenerse
por sí mismas (…) En todas partes oigo exclamaciones contra las mujeres
masculinas, pero ¿dónde se encuentran? Si con este apelativo los hombres
pretenden condenar su afición a la caza, a las armas y el juego, cordialmente
uniré mi voz a la de ellos; pero si claman contra la imitación de las virtudes del
hombre 0, mejor dicho, contra la obtención de dotes y virtudes cuya práctica
ennoblece el carácter humano y eleva las féminas en la escala de la vida animal
considerada género humano, pienso que quienes las contemplan con mirada
filosófica desearán conmigo que sean cada día más y más masculinas El primer
objetivo de una laudable ambición es el de obtener carácter como ser humano,
sin distinción de sexo». Frente a un material tan incendiario para la época, la
respuesta de la sociedad más reaccionaria no se hizo esperar.
Mary Wollstonecraft
Horace Walpole, autor de El castillo de Otranto, la llamó «hiena con
enaguas». Hannah Moore, intelectual muy conocida en aquel tiempo, afirmó que
la idea del derecho de la mujer a la ciudadanía, al voto o al acceso a cargos
públicos le parecía tan absurda que ella no se preocuparía en leer Vindicación…
En 1793, hallándose en París, Mary Wollstonecraft fue testigo de excepción
de la Revolución Francesa, y se enamoró del capitán Gilbert Imlay, aventurero
americano de quien tuvo una hija, Fanny. Posteriormente Imlay las abandonó sin
contemplaciones. «Salvaje, le decía yo, mi noble salvaje —escribió a su hermana
Eliza—. Siempre estábamos juntos. Era natural. Él se sentía fascinado por mi
mente. Creo que nuestra relación estaba hecha de palabras. Yo tenía que
ganarme sus caricias. Es el precio de ser una mujer inteligente. De haber sido
hermosa, le hubiera bastado con mirarme, y quizá se hubiera quedado más
tiempo a mi lado, porque qué son las palabras. Uno siempre puede leer un libro».
De regreso a Londres, la desesperación la llevó a un frustrado intento de suicidio
en el Putney Bridge. Su aprecio por la vida, por la literatura y las ideas, las
recuperó amparándose en el rudo cariño de William Godwin, filósofo convencido
de que «nuestra verdadera felicidad consiste en el cultivo de nuestras facultades
intelectuales, el conocimiento de la verdad y la práctica de la virtud».
A su vez, William Godwin (1756-1836) nació en el seno de una familia
calvinista de Cambridgeshire, Inglaterra. Educado para emular los pasos de su
padre, ministro de Dios, Godwin sustituyó la fe presbiteriana en la luz que se
deriva de Dios por la creencia en la fuerza del intelecto. Intentó labrarse una
carrera como novelista a través de trabajos más o menos alimenticios escritos
con tremenda rapidez, los cuales, según su opinión, «estaban tocados por el
torpedo de la mediocridad»: Damon and Delia [Damon y Delia] la escribió en diez
días; Indian Letters [Cartas indias], en tres semanas;Imogen, A Pastoral
Romance [Imogen, una novela pastoral], en cuatro meses. Pero en 1793
publica Investigación acerca de la justicia Política (A Enquiry Concerning Political
Justice and its Influence on General Virtue and Happiness), feroz defensa de la
bondad innata del ser humano y de su ilimitado poder de realización espiritual
mediante el continuo ejercicio de la Razón, hasta el extremo de afirmar que en
una sociedad ideal es posible vivir sin leyes ni instituciones, reclamando incluso
la abolición del matrimonio.
De manera inmediata, Investigación acerca de la Justicia Política se convirtió
en una obra famosa y polémica, en una Inglaterra moralmente desconcertada
por las implicaciones y consecuencias de la Revolución Francesa. La obra lo
consagró como uno de los teóricos del Romanticismo, ejerciendo gran influencia
en diversos poetas ligados a dicho movimiento, como Percy Bysshe Shelley,
Robert Southey, William Wordsworth o Samuel T. Coleridge. Además de
numerosos artículos periodísticos, William Godwin escribió tragedias, ensayos
—Un ensayo sobre los sepulcros (Assay about the Graves, 1808)—, novelas
góticas como St. Leon. A Tale of the Sixteenth Century [St. Leon. Una historia
del siglo XVI] (1799), y se dedicó a resarcir la maltrecha memoria de su esposa
Mary Wollstonecraft publicando toda su obra póstuma en cuatro volúmenes,
incluyendo una novela inacabada y sus cartas de amor.
No obstante, Godwin llegó más lejos con el libro Memoirs of the Author of a
Vindication of the Rights of Woman[Memorias de la autora de “Vindicación de los
derechos de la mujer” ], publicado por el amigo de la pareja, el editor Joseph
Johnson. En Memoirs of the Author of a Vindication of the Rights of Woman,
Godwin intentó reflejar, bajo su estricto punto de vista, la controvertida existencia
de su esposa, y especialmente, su talento como escritora, hasta el extremo de
idealizarla. «Una de las pasiones que han guiado mi mente ha sido un ansioso
deseo de no ser defraudado —escribió Godwin—, y por lo que puedo recordar,
lo fui cuando traté de hacer balance de mis valores intelectuales, al descubrir
que no poseía, en el grado de otros hombres, una percepción intuitiva de la
belleza intelectual (…) Lo que yo deseaba en ese sentido, Mary lo poseía en
grado superior a cualquier otra persona que yo hubiera conocido. Su fuerza
mental —prosigue el filósofo— descansaba en la intuición. A menudo llevaba
razón, sirviéndose sólo de ese medio, en cuestiones de pura especulación (…)
Pero si esta cualidad le era útil en temas que constituyen al parecer el campo
propiamente dicho de la razón, lo era mucho más en las cuestiones directamente
relacionadas con el buen gusto intelectual. En un juicio tan sólido y firme como
este, hay algo de brujería». Todo ello causó la sistemática marginación de dicha
biografía durante años. La prensa conservadora de la época calificó a Godwin
de proxeneta y a Wollstonecraft de prostituta. Pero, sin duda, fue la simiente que
hizo florecer un progresivo interés intelectual por la obra de Mary Wollstonecraft.
En las décadas subsiguientes, Vindicación de los derechos de la mujer fue
objeto de seis reediciones en Inglaterra y cuatro en la América anglosajona.
Hay quien dice que la futura autora de Frankenstein, o el moderno
Prometeo recibió de sus padres un legado de vergüenza y gloria. Pero tal vez lo
único cierto es que la presencia invisible de su madre muerta, y el escaso afecto
que su padre vivo le tenía, marcaron su vida. Mary Shelley se debatió entre
grandes tensiones emocionales, convirtiéndose en una mujer de notables
contradicciones o, si se prefiere, de acusados contrastes. En su adolescencia
Mary solía visitar la tumba de su madre en Old St. Pancras Church, y allí, en una
actitud típica de heroína romántica, leía sus obras. Mary idealizaba la
independencia y coraje de su progenitora lo suficiente para seguir hasta cierto
punto sus pasos. «Mi madre era bella, ingeniosa y brillante, y sentía debilidad
por los hombres guapos», le explicó en cierta ocasión a Percy Bysshe Shelley,
con quien, meses después, huiría al continente a pesar de estar casado. Sin
embargo, los últimos veintinueve años de su vida construyó a su alrededor un
intachable halo de respetabilidad a fin de borrar sus excesos de juventud, e
incluso el recuerdo de una madre que, a juicio de burgueses y moralistas, fue
una dañina corruptora de jóvenes, pues «durante los años posteriores a 1798
hubo pocos embarazos no deseados en Inglaterra por los que Mary
Wollstonecraft no fuese parcialmente considerada responsable».
En cuanto a su padre, Mary lamentaba su frialdad, su hosquedad hacia ella,
pues Godwin juzgaba el carácter de su hija como «singularmente rebelde e
imperioso». Pero, en realidad, la presencia de Mary le recordaba aquel aciago
10 de septiembre de 1797, aquellos once días espantosos de sufrimiento que le
arrebataron a su esposa. Incluso en su edad adulta, Mary se sentía herida por el
escaso afecto de su progenitor. «La idea de su silenciosa y fría desaprobación
sigue haciéndome llorar como cuando era niña», le escribió a Percy. Y para
complicarlo todo, Godwin se casó en segundas nupcias con una viuda llamada
Mary Jane Clairmont, mujer extremadamente modesta, buena cocinera y de
nítida caligrafía, la cual trajo consigo otros dos hijos de su primer matrimonio,
Charles y Jane (luego llamada Claire). Las relaciones de Mary con su madrastra
fueron siempre difíciles, y ello no sirvió más que para aumentar la distancia entre
padre e hija, pues este se plegó sin problemas a los designios de su nueva
cónyuge. En otra carta a Shelley, Mary exclamaba: «Odio a Mrs. Godwin, ella
fue quien me arrancó del corazón de mi padre, aunque ya no importa. ¿Por qué
no olvidará Godwin sus compromisos a la hora del afecto, reconciliándose con
nosotros, sin que le importe el qué dirán? Pero no le odies, te lo prohíbo. Confío
en que con el tiempo todo se solucione, aunque ahora ya no podamos hacer
más. Mañana curaré mis heridas en tus labios, y tú me abrazarás, apretándome
contra tu corazón, porque quizá tu Mary volverá a tener un padre…»
William Godwin
Pese a excusar la actitud de Godwin echándole la culpa a su madrastra, lo
cierto es que la soledad de Mary Shelley, en los primeros años de su vida, fue
real. Aprendió a leer con una niñera en las Ten Lessons que su madre ideó para
educar a su hija Fanny. Gracias a esto, los libros se convirtieron en los únicos
amigos de la muchacha. Uno de los más gratos recuerdos infantiles de Mary
Shelley era la amplia biblioteca de su padre, dentro de la cual se escondía para
poder leer sin sufrir ninguna reprimenda. En su novela Mathilda aludía de
manera explícita a esos días felices, ensombrecidos por la angustiosa falta de
amor paterno, por la ausencia física de una madre, por su voluntario destierro
hacia mundos de fantasía: «La ausencia de cariño me preparó durante mi
temprana infancia para la sensibilidad más extrema. No puedo decir con qué
pasión amaba cada cosa, incluso los objetos inanimados que me rodeaban. Me
parece que sentía predilección por cada uno de los árboles de nuestro jardín, y
que cada animalito me reconocía con afecto. La muerte de cualquiera de ellos
llenaba mi corazón infantil de una inexpresable angustia. No podría contar el
número de pajaritos que salve durante los largos y fríos inviernos… Y cuando
crecí los viejos libros de la biblioteca suplieron en parte el intercambio humano
Shakespeare, Milton, Pope y Cowper (…), y entre los autores de prosa mis
favoritos eran una traducción de Tito Livio y una historia antigua de Rollin. No
obstante, a medida que iba saliendo de la infancia, empecé a encontrar
interesantes otros que, antes, había descuidado por considerarlos aburridos (…)
Fui un ser solitario, y desde mi niñez fui una soñadora. Unas veces me perdía en
las quimeras de los demás, otras veces establecía relaciones de amistad e
intimidad con las creaciones etéreas de mi propio cerebro (…) Pero permanecía
ligada al recuerdo de mis padres: a mi madre no la vería nunca: estaba muerta;
pero la imagen de mi desafortunado padre errante era el ídolo de mi imaginación.
Había canalizado todos mis afectos hacia él. Descubrí una miniatura suya que
contemplaba sin cesar. Había copiado su última carta para leerla una y otra vez.
Mi imaginación se fijaba en la escena de reconocimiento que tendría lugar
gracias a la miniatura que llevaba siempre expuesta en el pecho. Algunas veces,
ocurría en un desierto, o en una ciudad populosa, en un baile (…) ¡Cuántos
momentos de éxtasis habré tenido con estos sueños!».
El loco Shelley
Pero en la lánguida adolescencia de la futura autora de Frankenstein, o el
moderno Prometeo, marcada por sus carencias y sus miedos, surgió, como una
tabla de salvación en medio de la más furiosa tempestad, el hombre de su vida,
su amante, su compañero, su héroe, su tormento: Percy Bysshe Shelley. Jamás
olvidaría su primer encuentro con él, a principios de junio de 1814, a punto de
cumplir los diecisiete años, cuando Shelley empezó a frecuentar las tertulias de
William Godwin en la casa de Skinner Street. Mary entró en la biblioteca de su
padre silenciosamente, para no distraer a los contertulios, ataviada con un
vestido de muselina blanco —su color favorito—, quedando fascinada por el
poeta. «Su conversación destacaba por su alegre caudal y por el hermoso
lenguaje con que vestía sus ideas poéticas y nociones filosóficas», apuntó Mary
en su diario. Y Shelley el loco, tal como lo llamaban compañeros de universidad
en Oxford a causa de sus peligrosos experimentos químicos, no fue inmune a
los encantos de aquella muchacha sobria y nada coqueta. Así se lo relató a su
amigo Thomas Jefferson Hogg en una carta: «En junio vine a Londres para
resolver algunos asuntos con Godwin, que me llevaron algún tiempo. Por
diversas circunstancias he tenido que residir casi de continuo en su casa. Aquí
es donde he conocido a su hija Mary. Con sólo escuchar la modulación de los
tonos de su voz pude darme cuenta de la originalidad y dulzura de su carácter.
El irresistible encanto y la nobleza de sus emociones se transparentan en sus
gestos y en sus miradas. ¡Qué persuasiva y qué patética es su sonrisa! Es
adorable, tierna, insensible a la indignación o al odio Su inteligencia es
prodigiosa. Tiene la capacidad de penetrar en la verdad de las cosas. Sus
sentimientos son puros, y han sido milagrosamente preservados de la corrupción
de la vulgaridad o de la superstición (…) Se ha encendido en mí la pasión de
poseer aquel tesoro inestimable». El 26 de junio Shelley se le declaró a Mary,
junto a la tumba de su madre, en el cementerio de St. Old Pancras Church, el
mismo lugar donde los padres de la muchacha se casaron. Shelley le regaló un
ejemplar de su poema Queen Mab [La reina Mab], y ella anotó días después en
su diario: «Este libro es sagrado para mí, y nadie en el mundo verá lo que he
escrito en él mientras lo leía, ni podría leer asimismo lo que he de escribir: que
amo al autor de este libro con todas las fuerzas de mi corazón, y que soy parte
de él, como del único amor, porque el amor que nos hemos prometido, si no
llegase a ser suya, jamas sería de otra persona».
Percy Bysshe Shelley (1792-1822), aristócrata como Byron, era hijo de una
familia noble de Field Place, Sussex. Sus compañeros de la Universidad de
Oxford le llamaban «el loco Shelley» a causa de sus temerarios experimentos
con la electricidad. Thomas Jefferson Hogg, uno de sus más fieles amigos,
explicaba: «Procedió a enseñarme diferentes instrumentos, en especial un
aparato eléctrico, haciendo girar una manivela con rapidez, de manera que las
chispas saltaban por todas partes. Y, permaneciendo en un escabel con patas
de cristal, me pidió que hiciera funcionar la máquina hasta que el fluido pasara a
su cuerpo, hasta el punto en que los mechones de su pelo se pusieron de punta».
Destacado agitador político y antirreligioso del campus, en 1811 fue expulsado
de Oxford por haber publicado un manifiesto radical titulado The Necessity of
Atheism [La necesidad del ateísmo]. Era un lector voraz que, según Hogg,
dedicaba cada día seis horas a la lectura, abarcando todos los temas: los valores
estéticos de la antigua Grecia, las virtudes de la república romana, el humanismo
renacentista, el libertarismo e igualistarismo de El Contrato Social de Jean-
Jacques Rousseau (1712-1778). Su inquietud por la situación del hombre en el
Universo y sus doctrinas libertarias le llevaron a cartearse desde 1812 con
William Godwin, a quien tenía por un ejemplo a seguir. Al principio, Godwin lo
acogió en su casa entusiasmado, feliz porque sus libros, sus teorías, en un
momento de clara decadencia personal, aún calaban en el pensamiento de los
jóvenes románticos. Pero, además, Godwin, cuya situación económica en esa
época no era muy holgada, vio en su joven discípulo una insospechada fuente
de ingresos, ya que Shelley facilitaba a su «maestro» con innegable generosidad
préstamos a fondo perdido, pues consideraba nefasta la propiedad individual.
Pero cuando Godwin descubrió el romance entre el poeta y su hija, su enojo fue
mayúsculo. El librepensador, el radical, el profeta del amor libre sin
remordimientos religiosos, sin compromisos legales, baqueteado por la sociedad
de su tiempo y doblegado ante la influencia de su vulgar esposa, se había
transformado en un moralista. Godwin se sintió traicionado y, apelando a su
sentido del honor, recordó a Shelley que era un hombre casado con hijos.
En efecto, Harriet Westbrook Shelley, hija de un altivo burgués de Bath, era,
según Hogg; «… adorable, brillante, resplandeciente, radiante de juventud, salud
y belleza». Se casó con el poeta inmediatamente después de su expulsión de
Oxford, y tuvieron dos hijos, Elisabeth Ianthe, nacida en 1813, y Charles Bysshe,
nacido en 1814. Harriet intentó por todos los medios ser una digna esposa, pero
la constante presencia en el hogar de Shelley de su cuñada Eliza y de sus
amigas, sumado a la convencional vida burguesa que Harriet le ofrecía,
provocaron la huida del poeta tras el nacimiento de su primer hijo. «Me siento
como si estuviese unido a un cuerpo sin vida, en la más horrible y degradante
comunión. Si no me es posible renunciar a mí mismo, creo que es preferible no
continuar defraudando a mi esposa», escribió Shelley en su diario. Semanas
después, para argumentar su abandono del hogar, Shelley le remitió a Harriet
una triste carta donde podía leerse: «… ya que el fundamento de nuestra relación
ha sido la amistad y no la pasión, y sobre aquella se ha fortalecido y estrechado,
nadie puede reprocharte que no hayas conseguido llenar mi corazón por
completo, y porque tú desconoces lo que significa el apasionamiento, y este
sentimiento tal vez sólo puede despertarlo alguien mejor que yo. Entonces
encontrarás un amante apasionado y entregado, como tienes en mí a un amigo
sincero y afectuoso». Harriet, al recibir esta carta, presionó a Godwin para que
prohibiera a Shelley visitar a Mary. Mary, ante las exigencias de su padre, fue a
ver a Harriet acompañada de su hermanastra Claire para afirmar que «no sabía
que Shelley estuviese enamorado de mí».
Sin duda, Shelley estaba fascinado por la serena belleza «helénica» de Mary.
Pero también existía un claro factor intelectual, o si se prefiere, de afinidades
personales y artísticas. Leigh Hunt (1784-1859), poeta, periodista y esposo de
Marianne, una de las grandes amigas de Mary, dijo de ella que «poseía una
inteligencia digna de un hombre». Edward John Trelawny (1792-1881), escritor
y aventurero, gran amigo de Percy B. Shelley y Lord Byron, describió con estas
palabras la etérea apariencia física de Mary: «El rasgo más sobresaliente de su
rostro eran sus serenos ojos grises. De estatura inferior a la media de las mujeres
inglesas; tenía el pelo muy claro, era ingeniosa, sociable y alegre en compañía
de amigos, aunque triste en solitario. Al igual que Shelley, aunque en menor
medida, se expresaba con una riqueza verbal y una precisión nacidas de su
conocimiento de las obras de los grandes escritores. Este dominio de la lengua
resultaba aún más asombroso cuando se comparaba con el limitado vocabulario
que empleaban las damas en sociedad…». No en vano, en una de sus reuniones
con Godwin en Skinner Street, Shelley, para sacar de su prudente mutismo a
Mary, le preguntó cuáles eran sus escritores predilectos. La muchacha, que
desde hacía tiempo anotaba cuidadosamente en su diario cada libro leído, dejó
constancia de sus muy diversas y ricas lecturas para asombro del poeta. Voltaire,
Rousseau, Harlowe, Mme. de Genlis, los cuentos moralizantes de Marmontel, El
paraíso perdido de John Milton, simultaneados con Plutarco, Plinio, Quinto
Curcio, fueron sus lecturas más apasionantes.
No obstante, la presión de Harriet Westbrook y William Godwin sobre los
jóvenes amantes obró el efecto contrario al pretendido. Intensificó su
complicidad, su pasión, sus ansias de libertad lejos del cerco que los asfixiaba.
Así, Percy y Mary, acompañados de Claire Clairmont, se marcharon de Inglaterra
hacia el Continente el 28 de julio de 1814, ante la consternación del filósofo
venido a menos y la rabia de la esposa despechada. Tal y como destaca Radu
Florescu, «su huida tuvo todo el suspense de una novela de las hermanas
Brontë». La noche del 27 de julio Shelley no pudo dormir, quedándose a mirar
las estrellas desde la ventana esperando las primeras luces del alba. Mary se
retrasó un cuarto de hora, instantes que sumieron al poeta en una angustia
insoportable. «Creí que mi vida y mis esperanzas estaban a punto de extinguirse
—le contó a Hogg, meses después— cuando, apenas unos minutos más tarde,
ella estaba en mis brazos, todos a salvo, en nuestro coche camino a Dover».
Llegados a Dover con sus escasas pertenencias —Mary llevó consigo varios
libros, entre ellos, la biografía que Godwin hizo de su madre, Mary
Wollstonecraft, y la obra de esta Letters Written during a Short Residence in
Sweden, Norway and Denmark[Cartas escritas durante una breve estancia en
Suecia, Noruega y Dinamarca ] (1796)—, embarcaron tras negociar el pasaje
con la tripulación del bajel que les llevaría a Calais. No obstante, la mañana trajo
consigo el furor de la tormenta: «Mary no era consciente del peligro que
corríamos —había escrito Shelley—. Permaneció toda la noche sentada en mis
rodillas, casi incapaces de sostenerla. No hablaba, ni me miraba. Pero todo el
tiempo la sentí junto a mí. Tuve entonces horas para reflexionar sobre la muerte,
con desasosiego e insatisfacción en lugar de hacerlo con horror. Nunca nos
separaríamos, incluso en la muerte no podríamos experimentar una unión como
la de aquellos momentos».
El viaje de Percy, Mary y Claire duró seis semanas, que los dos primeros
plasmaron en un libro titulado History of a Six Weeks Tour Through a Part of
France, Switzerland, Germany and Holland [Historias de un viaje de seis
semanas a través de parte de Francia, Suiza, Alemania y Holanda ], claramente
inspirado en la obra de Mary Wollstonecraft, y que publicaron en 1817. Tal y
como relacionan en dicho texto, recorrieron 800 millas —unos 1.200 kilómetros
aproximadamente— a pie, mula, caballo, carruaje, canoa y botes en un total de
48 días —desde el 28 de julio hasta el 23 de septiembre—, recorriendo diferentes
países y regiones: Francia, Suiza, Baden, Hesse, Prusia y Holanda; visitando
famosas ciudades: París, Lucerna, Basel, Estrasburgo, Mannheim, Mainz,
Colonia, Rotterdam; y todo, según ellos, con unas treinta libras en el bolsillo. Fue
un viaje peligroso, que los jóvenes aventureros hicieron con discreción, evitando
riesgos, ya que en la Europa continental, devastada por las guerras
napoleónicas, abundaban los bandidos, los cuales se dedicaban a robar, matar
y violar a cuantos incautos caían en sus manos, y tres viajeros ingleses de porte
aristocrático, dos de ellos mujeres jóvenes, eran un suculento reclamo para
cualquier desalmado. Las dificultades económicas también fueron grandes, pues
en París Shelley tuvo que recurrir a un préstamo del banquero Tavernier —unas
sesenta libras— para salir «de aquella cárcel» en que se transformó su estancia
en la ciudad.
De regreso a Inglaterra, los ánimos de Godwin y Harriet Westbrook se habían
calmado, pero la pobreza hizo mella en Percy y Mary. Shelley contemplaba cómo
su esposa dilapidaba su patrimonio mientras que él y Mary debían mudarse
continuamente de alojamiento para evitar los acreedores. Encima, Shelley
empezó a sentirse atraído por Claire, insensible a la desesperación de Mary. Tal
vez por ello, Shelley incitó a su íntimo amigo Thomas Jefferson Hogg a que
cortejara a Mary, o quizá debido al dinero que Hogg facilitaba a su amigo para
sacarlo de apuros. Molesta por la conducta de Shelley, quien le reprochaba su
incapacidad por llevar a la práctica sus teorías sobre el amor libre, y con la
intención de ganarse a Shelley, Mary simuló que intentaba amar a Hogg,
efectuando maniobras dilatorias amparadas en el embarazo del primer hijo de
Shelley. De la siguiente manera respondió a Hogg cuando éste le pidió un
mechón de su cabello: «aunque no es exactamente del modo en que tú
desearías, mi afecto por ti crece cada día, y es posible que llegue al punto en
que puedas sumarte a nuestra felicidad. Pero todo necesita su tiempo por
razones físicas, a las que, como puedes suponer, Shelley está también
condicionado. Por esto, querido Hogg, dame tiempo para que el amor brote…».
Era el otoño de 1814; dos años después, en 1816, Thomas Jefferson Hogg le
causaba tal repugnancia a Mary que no soportaba su presencia. Casado
posteriormente con Jane Williams, amiga de Mary, la joven nunca fue feliz, y en
una carta a la autora de Frankenstein, o el moderno Prometeo, le confesó: «Hogg
es orgulloso, egoísta y sólo se preocupa de sí; su cinismo es tan brillante como
sus chistes».
Percy B. Shelley
Pero la fatalidad se añadió a este torbellino de violentas situaciones, de
emociones en lucha. El 22 de febrero de 1815 nació la primera hija de Mary y
Shelley, llamada Mary Jane, que falleció el 6 de marzo. La angustia se apoderó
de ambos; Mary, en su diario, anotó con fecha del 13 de marzo: «He soñado que
mi pequeña niñita volvía a la vida; que solamente se había quedado fría, y
cuando la hemos acunado junto al fuego, revivía. Pero me he despertado y ya
no estaba mi bebé. Todo el día he estado pensando en ella. Me siento deprimida.
Y Shelley no está bien». Estuvo a punto de ceder a los galanteos de Hogg, pero
de nuevo, en abril, estaba encinta de su hijo William, que nació el 26 de enero
de 1816, meses antes de su viaje a Ginebra. De toda esa época Mary siempre
guardó un recuerdo ingrato, lleno de vergüenza, que le llevó a borrar las páginas
de su diario referidas a tales hechos. Una época en la que, irónicamente, Shelley
se dedicaba a componer un poema llamado Alastor (1815), himno al amor
sublime, el único que puede colmar el deseo del artista, el mismo que le
profesaba su futura esposa y al cual prestaba poca atención.
El suicidio de la hermanastra de Mary, Fanny Imlay, fruto de la breve relación
de la madre de ambas con el impetuoso militar norteamericano en tiempos de la
Revolución Francesa, turbó aún más si cabe la vida de la joven. Hallaron el
cuerpo sin vida de Fanny en una posada de Mackorther Arms, en Bristol, donde
había alquilado una habitación la noche anterior, con una botella de láudano en
la mano. Y en la mesilla de noche, una carta suplicando el olvido de una vida
que sólo sirvió para traer pesar a los demás. Godwin, insensible a la tragedia,
intentó silenciar el asunto para evitar cualquier escándalo que le perjudicara a él
y a su familia, llegando incluso a culpabilizar a Mary del trágico suceso. «Desde
el fatídico día de la fuga de Mary —explicó Godwin a su amigo Thomas Baxter—
, Fanny perdió la cabeza. Tenía que permanecer con nosotros, porque era su
deber, pero sus sentimientos estaban con ellos». Por contra, Mary fue la única
persona en la casa de Skinner Street que no consideró jamás a Fanny como una
intrusa, tal y como dejó constancia la misma Fanny en una carta que guardó
Mary hasta el fin de sus días: «No puedo sino agradecerte tus muestras de
compasión. Sin embargo, la compasión no sirve de nada, aunque provenga de
los mejores sentimientos».
Pero las desgracias nunca vienen solas, como dice un antiguo proverbio, y
para dar fe de su veracidad, Shelley, quien intentaba consolar a su afligida
compañera, sufrió en sus propias carnes el trauma de una muerte ajena. Thomas
Hookham, abogado del poeta, le envió una carta el 13 de diciembre de 1815
comunicándole el suicido de Harriet. Se enteró por una crónica del periódico The
Sun, que narraba el hallazgo de una mujer embarazada ahogada en el
Serpentine River. ¿Cuál fue el motivo que impulsó a la mujer a quitarse la vida,
asesinando de paso a su propio hijo?, se preguntaba Mary. Sórdidos rumores
decían que Harriet, expulsada del hogar paterno por causas desconocidas, se
había visto en la necesidad de vivir de la prostitución. La mujer había alquilado
un modesto apartamento en un barrio poco recomendable de Londres,
recibiendo las frecuentes visitas de un conocido militar y, al verse abandonada
por él, decidió quitarse la vida. Jamás se aclaró el misterio, a pesar de que
Shelley, en cierta ocasión, insinuó que todo era una conspiración de la hermana
de Harriet, Eliza. Los remordimientos se apoderaron del alma de Shelley: ¿cómo
los Westbrook fueron tan mezquinos de no reclamar su cuerpo, hasta el punto
de que la corporación municipal tuvo que correr con los gastos del sepelio? Se
obsesionó en reconstruir los últimos instantes de la vida de Harriet, para poder
descargarse de cualquier culpa, todo ello agravado por la batalla legal por la
custodia de sus hijos con Harriet. Esto le provocó graves crisis nerviosas, tal y
como relata Thorton Hunt, hijo mayor de los amigos de Mary, el matrimonio Hunt:
«De pronto, arrojó el libro y cayó de espaldas, volcando su silla sobre él,
comenzando a gritar muy fuerte, y pataleando desesperado contra el suelo (…)
Respiraba ansiosamente y se llevaba las manos a la garganta, como si alguien
estuviese apretándole». Ante tales sucesos, Mary decidió que un nuevo viaje al
Continente alejaría de sus vidas el amargo sabor que esas semanas funestas,
apestadas por el olor de la muerte, habían dejado en sus corazones. Y sin duda
Suiza, paraíso mítico en los sueños adolescentes de Mary, era un buen destino.
Diodati
A finales de la primavera de 1816, Percy y Mary, acompañados de su
pequeño hijo William —nacido el 26 enero de ese mismo año y fallecido tres
años después en Roma— y de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont,
cruzaban la frontera entre Francia y Suiza. La belleza de las impresionantes
cumbres del Jura, cerca del Ródano, arropadas por frondosos bosques y tupidas
nubes, compensaron las incomodidades del viaje. «El natural silencio de los
parajes deshabitados —escribió Mary en su diario— contrastaba extrañamente
con el vocerío de nuestros guías que, en animada conversación, tono y gesto,
se increpan uno al otro en patois, un dialecto franco-italiano, interrumpiendo la
calma majestuosa de un lugar donde, de no ser por ellos, nada podría
escucharse».
Villa Diodati y la luna reflejándose en el lago Geneve
Luego se desplazaron hasta Ginebra, cerca del lago Leman en las faldas
alpinas del Mont Blanc, alquilando un pequeño cotagge en un lugar llamado
Chapagne Chapui. El motivo que les había llevado allí era el obsesivo deseo de
Claire por reunirse con Lord Byron, de quien estaba embarazada a consecuencia
del brevísimo romance que ambos vivieron en Londres. La idea de Claire era
simple: pretendía retomar su relación con Byron y, de paso, reclamar los
derechos de su futura hija, Allegra. Sin embargo, para Percy y Mary fueron
instantes de gran felicidad. Bajo el sol matutino paseaban por el jardín de la casa,
leían en latín e italiano por las tardes y paseaban en barca por el lago de noche.
En una carta a su amiga Marianne Hunt, Mary proclamó así su dicha: «Hemos
escapado de la tristeza del invierno en Londres. Y en este lugar delicioso me
siento tan feliz como un pajarillo recién nacido, que apenas ha comenzado a
volar, e intenta descubrir por sí mismo sus nuevas alas. Si fuese más
experimentado tendría dificultad para elegir su placer, pero en el estado actual
de mi espíritu, el aroma de las flores, la hierba fresca de la primavera, y todas
las criaturas felices que me rodean, me llena de felicidad y placer, incluso cuando
las nubes nos cubren la visión del Mont Blanc».
Pero tan fascinante como la ciclópea presencia del Mont Blanc fue el
encuentro con Lord Byron, llamado por la timorata sociedad inglesa de la época
«su satánica majestad». George Gordon, sexto Lord de Byron (1788-1824), fue,
de todos los poetas románticos de su tiempo, el único de fama universal incluso
entre aquellos que no sabían leer inglés: Pushkin es tremendamente byroniano
en su novela en verso Evgeni Onegin (1831); Espronceda inspirará su célebre
poema La canción del pirata en El corsario [The Corsair] y El estudiante de
Salamanca (1837) extraerá aleatoriamente elementos de Don Juan (1819-1823)
yManfred (1817). Su figura, con su apostura, su cojera —una contracción del
talón de Aquiles en el pie derecho—, su cuello de camisa bajo y la corbata mal
anudada, sus escándalos amorosos, su exilio y su muerte en los llanos de
Missologhi, luchando por la libertad del pueblo griego, crearon la imagen
arquetípica del poeta romántico. Huérfano de padre desde muy niño, con una
madre neurótica, a los diez años se convirtió por herencia en miembro de la
Cámara de los Lotes. Allí dio rienda suelta a sus contradictorias ideas políticas:
ateo convencido y admirador irredento de Napoleón Bonaparte, de sus doctrinas
de justicia, libertad y fraternidad, en su breve labor parlamentaria defendió a los
católicos ingleses en su inferioridad legal y pidió la pena de muerte para los
trabajadores textiles que destruían las máquinas culpables de su desempleo…
Para vencer los complejos a causa de su pie deforme, se transformó en un gran
deportista. Practicaba el boxeo, la esgrima y la equitación, era capaz de apagar
una vela de un disparo a treinta pasos de distancia, y en Grecia atravesó a nado
—con regreso y todo— el estrecho de los Dardanelos —o en términos clásicos,
el Helesponto, rememorando así la hazaña de Leandro en sus visitas amorosas
a Hero—. Su primer volumen de versos Hours of Idleness [Horas de ocio] (1807)
no tuvo éxito. Empero, en 1812, de regreso a Inglaterra de un largo viaje por
Italia, Grecia y España, publicó los dos primeros cantos de Childe Harold, de los
cuales vendió 14.000 copias en un solo día, haciéndole rico y famoso de
inmediato.
Lord Byron
Byron había llegado a Ginebra el 26 de mayo de 1816, acompañado de su
médico y secretario personal, John William Polidori (1795-1828). Su padre,
Gaetano Polidori, también había sido secretario de otro célebre poeta, Vittorio
Alfieri. Padre e hijo padecieron idéntico infortunio, pues los hombres geniales no
suelen admitir la menor muestra de talento en sus servidores. Según uno de los
mejores amigos de Lord Byron, el escritor inglés John Cam Hobhouse (1786-
1869), «desde luego, no cuadra con esa definición que da Mme. de Staël del
hombre feliz, aquel cuyas capacidades están en armonía con sus inclinaciones.
Polidori no es más que un hombre amable, de una ambición desmesurada, y de
una extraordinaria vanidad: los auténticos ingredientes de la desgracia». Polidori,
quien obtuvo brillantemente su diploma médico en 1815 gracias a su
trabajo The Psychosomatic Effects of Sleepwalking andlor Nightmares [Los
efectos psicosomáticos del sonambulismo y las pesadillas], tenía vanas
pretensiones literarias y era constantemente humillado por Byron, quien le
llamaba «Polly-Dolly» (muñequita Polly). Poco a poco, en la torturada alma del
desdichado galeno creció un enconado odio hacia su patrón, lo cual se tradujo
en una singular vendettaartística: Lord Ruthwen, el pérfido no-muerto
protagonista de su obra más célebre, El vampiro, con su pálida y delgada figura,
marcado por una extraña melancolía, era una clara trasposición literaria de
Byron, quien era descrito por alguno de sus contemporáneos como «un vampiro
(…), adoptando el papel de un ser caído o exiliado que vive bajo el peso de una
maldición, predestinado para algo y que está decidido a cumplir». Paralelamente,
a lo largo de su fugaz existencia, Polidori desarrolló una notable psicosis
paranoide, acentuada por su adicción al juego y su reprimida homosexualidad.
Al final, con tan sólo veintiséis años de edad, John William Polidori puso fin a sus
días tomando una generosa cantidad de ácido prúsico.
Lord Byron alquiló una casa en Cologny por veinticinco luises al mes,
popularmente llamada Villa Diodati, o también Villa Belle Rive, «la casa más
bonita en todos los alrededores, con los Alpes a sus espaldas y las montañas
del jura y el lago enfrente». La pequeña mansión había pertenecido al profesor
de teología Giovanni Diodati (1576-1649), y gozaba de gran fama entre
escritores y poetas porque se decía que John Milton (1608-1674) había pasado
una temporada allí en 1639 invitado por Diodati. Además sería visitada por
Honoré de Balzac (1799-1850) en diciembre de 1833, primero siguiendo los
pasos de sus admirados Byron y Shelley, y luego, a mediados de 1837, durante
un viaje de negocios a Italia. Una vez instalado, Byron y Polidori empezaron a
recibir de manera muy asidua las visitas de Percy, Mary y Claire. Si leemos los
diarios de Polidori, untos desarrollaron una convencional vida social, sin grandes
excesos: «27 de mayo / Lord Byron se encuentra con Mary Wollstonecraft
Godwin, su hermana y Percy Bysshe Shelley (…). 28 de mayo / El señor Percy
Shelley vino para invitarnos a cenar; declinamos la invitación y nos citamos para
mañana. Caminamos con él, montamos en su bote (…). 30 de mayo / Nos
levantamos tarde. Vamos a ver al señor y la señora Shelley; desayunamos con
ellos. Vamos juntos en barca a ver una casa (…) La señora Shelley, la señorita
Godwin y yo nos quedamos en el lago hasta las nueve. Tomamos el té y nos
vamos a las once, después de mucho rato de palique (…). 1 de junio / Desayuno
con Shelley. Paseo en calesa (…). 2 de junio / Desayuno con Shelley. Lectura
de Tasso con la señora Shelley. Llevamos al niño a vacunar (…) Cenamos con
Shelley; vamos al lago con ellos y con Lord Byron. Visitamos su casa; muy
bonita. De regreso, la puesta de sol, las montañas a un lado, siluetas oscuras al
otro, árboles Llegamos a las diez y tomamos un té (…). 4 de junio / Recorremos
Villa Diodati. Después vamos a ver a Shelley, que ha venido a casa con la señora
Shelley (…) De regreso a casa, voy al lago con Shelley y Lord Byron (…)».
Tal y como refleja éste y otros documentos como, por ejemplo, los diarios de
Mary Shelley, la vida a caballo entre Villa Diodati y Chapagne Chapui era una
simple rutina. Percy y Mary se dedicaban a pasear, leer, a jugar con el pequeño
William y lanzar globos, uno de los hobbies preferidos de Percy debido a su
fascinación por la física de los gases; Claire, a medida que avanzaba su
embarazo, guardaba reposo y daba cortos paseos por los alrededores. Tanto
ellos como Lord Byron apenas se movían de sus casas, siendo Polidori el único
que viajaba a Ginebra para ir a misa, hacer compras y relacionarse con diversos
médicos, italianos exiliados y prohombres de la ciudad; en sus diarios se citan
nombres como el Dr. Rossi, el Dr. Hentsch, el Dr. Slaney, Madame Odier, o el
concejal de Ginebra Jean-Marc Jules Pictet de Sergy. Y mientras Byron y Shelley
navegaban por el lago, se enzarzaban en apasionados debates literarios,
políticos y éticos, o simplemente se dedicaban a su quehacer poético —dice la
leyenda que Lord Byron compuso el tercer canto deChilde Harold y The Prisioner
of Chillon [El prisionero de Chillon] en la terraza de la casa con vistas al lago
Leman, así como uno de sus poemas más hermosos e inquietantes, Las
Tinieblas (The Darkness), al tiempo que Shelley inicio la escritura de su
célebre Prometeo desencadenado (Prometheus Unbound), el cual luego
terminaría sobre las ruinas de las termas de Caracalla en 1820, e Himno a la
belleza intelectual(Hymn to Intellectual Beauty)…—, Polidori y Mary pasaban
gran parte del tiempo juntos: el joven médico le daba clases de italiano a la
muchacha leyendo a Dante y Tasso, charlaban de múltiples temas y Polidori
ejerció de nurse y pediatra del pequeño William con gran alegría para Mary. La
amistad de ambos se estrechó hasta el punto de que ella le llamaba «su
hermano», mientras que él la encontraba fascinante, ya que, después de todo,
era la hija de la famosa Mary Wollstonecraft y del «inmortal» filósofo William
Godwin.
Pero ¿fue todo tan plácido, tan convencional y, si se nos permite la expresión,
tan aburrido, entre los miembros de aquella reunión excepcional, casi mítica? Sin
duda no, aunque los propios interesados se esforzaron en ocultarlo, en destruir
todas las pruebas. Tal y como lo explica el especialista británico David Pirie «…
hasta fecha muy reciente, los relatos de lo que sucedió en Villa Diodati han
sufrido la trivialización propia del siglo XIX (…) La imagen más extendida es la
de una alegre vacación veraniega donde los invitados, en vista de que llovía,
decidieron llevar a cabo un concurso de historias de fantasmas. Incluso el
impresionante prólogo de La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein,
James Whale, 1935) insiste en perpetuar el mito de que Diodati era un rincón
delicioso, (…) donde Mary acostumbraba a sorprender y divertir a sus invitados
(…) En realidad, Diodati era un torbellino de emociones de tal complejidad que
ni el mejor biógrafo de Shelley, Richard Holmes (un apellido muy apropiado), ha
conseguido desentrañar por completo. Algunas cosas son seguras: Shelley se
encontraba en un estado de desesperación económica y psicológica, habiendo
huido de Inglaterra con dos mujeres, las hermanastras Mary Wollstonecraft y
Claire Clairmont; su relación con ambas era muy intensa, aunque los detalles no
están nada claros. Además de esto, Claire inició unas turbulentas relaciones
sexuales con Lord Byron, y entre ella y Mary se fue desarrollando una
considerable enemistad; Byron, por su parte, tenía un acompañante
violentamente posesivo, el médico John William Polidori. Es difícil concebir un
grupo con más potencial explosivo, especialmente si tenemos en cuenta la
inmediata atracción que surgió entre Byron y Shelley, que se encontraban por
primera vez.
Tal y como afirma Radu Florescu, se sabe poco de las complejas relaciones
de amor y odio que Percy, Mary, Claire, Byron y Polidori entablaron,
disparándose así la más calenturienta imaginación de eruditos y biógrafos. La
esposa de Lord Byron, Anne Isabelle Milbanke, destruyó buena parte de las
cartas y notas autobiográficas de su marido; las páginas del diario de Percy B.
Shelley comprendidas entre mayo y septiembre de 1816 fueron arrancadas, a su
vez, por Mary. Pero, en esencia, tan singular drama estaba monopolizado por
dos semidioses del arte, l’éclat du grands, Byron y Shelley, y un trío de pobres
mortales cuyo único deber era callar, escuchar, y rendir pleitesía a los genios.
No obstante, a Byron le gustaba jugar con las emociones de quienes incluso
estaban a su altura. Una noche, con hiriente malignidad, recitó en voz alta el
poema Christabel de Coleridge, provocando un ataque de pánico en Shelley que
Polidori, en su diario, lo describe así: «Lord Byron recita los versos del
poemaChristabel de Coleridge, que describen el pecho de una bruja. Se hace el
silencio y, de repente, Shelley se pone a chillar, se lleva las manos a la cabeza
y sale corriendo de la habitación con una vela. Le echamos agua en la cara y le
damos a respirar éter. Parece que estaba mirando a la señora Shelley cuando le
vino a la mente la imagen de una mujer, de la que había oído hablar, que tenía
ojos en vez de pezones; sin saber cómo, esa visión se apoderó de su mente y le
sobrecogió». Christabeltiene como protagonista a una muchacha cuya madre
«murió al darle a luz», y se centra en las terribles relaciones de la huérfana con
la bruja Geraldine, encarnación diabólica de la difunta madre. Aunque, en
realidad, el poema aludía de manera sutil al supuesto vínculo sobrenatural
existente entre Mary y su madre, y en el cual siempre creyó Shelley. ¿Tal vez
revivió sus escarceos amorosos con Mary en el lúgubre cementerio de Old St.
Pancras Church, bajo la luz amenazadora de la luna y con la tumba de Mary
Wollstonecraft como mudo testigo de su pasión? ¿Imaginó que Mary era una
fantasmagórica reencarnación de su insigne progenitora?.
De cualquier forma, el espíritu de Shelley debía andar bastante revuelto,
sobre todo en lo concerniente al extrañoménage à trois en el que,
involuntariamente, estaba involucrado. Nunca se ha podido probar que el poeta
mantuviera relaciones sexuales con las dos hermanastras al mismo tiempo, pero
sus teorías sobre el amor libre heredadas, curiosamente, de William Godwin,
indican que muy probablemente la idea se le pasó por la cabeza; es más, existen
insinuaciones que casi lo confirman. En cierta ocasión, Claire le confesó al
escritor William Graham que «he amado a Shelley con todo mi corazón y toda
mi alma», y según relatan algunos cronistas, Claire murió con un chal de Shelley
entre sus manos. Años después, Byron anunció que, cuando creciera, Allegra se
convertiría en su amante, y ante el asombro de los presentes contestó tajante:
«no es mi hija, sino de Mr. Shelley». Los supuestos escarceos sexuales entre
Shelley y Claire se prolongaron incluso en Londres, ya de regreso de su viaje por
el Continente hacia finales de 1816, provocando la desesperación de Mary. Tal
y como refleja una carta fechada el 5 de diciembre de ese mismo año: «desearía
una casa con hierba, un río, o un lago —nobles árboles y divinas montañas que
serían nuestro pequeño refugio para escondernos—. Dame un jardín
y absentia Claire, y yo le agradeceré a mi amor todos los favores».
Y luego, obviamente, estaban las tensas relaciones entre Lord Byron y John
W. Polidori, exhibidas sin pudor en presencia de sus invitados y amigos. Por
ejemplo, Byron alentó a su médico y secretario que escribiera un drama teatral
llamado Cajetan, el cual fue leído en voz alta por el poeta ante la hilaridad del
Percy y Mary. Para no estallar en carcajadas, Byron, de vez en cuando, alababa
el talento de ciertos pasajes y, ante la mofa general, Polidori se retiró a sus
habitaciones para llorar amargamente. Una vez, después de un fuerte chubasco,
Mary Shelley fue a visitarlos a Villa Diodati. Mientras Mary avanzaba con
dificultad por el suelo embarrado, Byron y Polidori la observaban desde el balcón,
y el Lord dijo con ironía: «Si usted fuera galante, saltaría esta pequeña altura
para ofrecerle su brazo a la dama». Sin pensarlo dos veces, Polidori saltó, con
tan mala fortuna que se torció un tobillo. Byron le ayudó a entrar en la casa y fue
a buscar un cojín para acomodarlo mejor en el sofá; al regresar, Polidori le dijo
con desprecio: «Nunca pensé que pudiera ser usted tan amable». Pero la
situación más desagradable, al menos de las que se tiene constancia, tuvo lugar
mientras Percy, Byron y Polidori navegaban por el lago Leman. El médico golpeó
con el remo la rodilla de su patrón, ante lo cual exclamó: «Tenga la amabilidad,
Polidori, de ser más cuidadoso, pues me ha hecho daño». Polidori replicó: «Me
alegra comprobar que podéis sentir dolor». Byron, airado, dijo: «Le aconsejo que,
en otra ocasión, cuando dañe a alguien, no exprese tan abiertamente su
satisfacción. A la gente no le gusta escuchar de quienes le hacen daño que se
alegran de ello; y no siempre pueden controlar su ira. Yo he contenido con gran
dificultad la mía, y mi primer impulso ha sido arrojarle al agua y, de no ser por la
presencia del señor Shelley, lo habría hecho». En otra ocasión, habiendo perdido
una carrera de veleros con Shelley, Polidori lo desafió a un duelo, cosa a la que
el poeta se negó, pues era un pacifista declarado. Byron salió al quite de la
discusión aduciendo que él tomaría el lugar de su amigo para así poder meterle
una bala en el cuerpo a Polidori. En suma, el ambiente propicio para leer historias
de fantasmas y de vampiros, de espectros y de almas encadenadas a una
maldición.
Nace una leyenda
La noche del 17 de junio de 1816, una lluvia fina e incesante impidió que Mary
y su hermana Claire, Percy B. Shelley, Lord Byron y John William Polidori
pudieran pasear por los exteriores de Villa Diodati, 0 navegar por el lago. En
aquella sombría velada estaban acompañados por la condesa Potocka (1776-
1867) —dama de la alta nobleza polaca, sobrina nieta del rey Estanislao II de
Polonia, quien, según la rumorología galante de la época, había sido amante de
Napoleón Bonaparte—, y por un gran amigo de Byron, Matthew Gregory Lewis.
Juntos empezaron a leer los relatos de fantasmas contenidos en el
libroPhantasmagoriana, ou Recueil d’Histoires d’Apparitions, de Spectres,
Revenants, Fantômes, etc; traduit de l’allemand, par un
amateur [Phantasmagoriana, o una recopilación de historias de apariciones,
espectros, revenidos, fantasmas, etc.; traducidos del alemán por un “amateur”],
una selección de relatos alemanes traducidos al francés por Jean-Baptiste-
Benoit Eyries que había sido publicada en 1812 —cuyo original
era Gespensterbuch (1811), editado por Friedrich Schulze y Johann Apel—,
comprado por Polidori en una de sus escapadas a Ginebra.
Lo que sucedió a partir de ese instante se ha convertido en una de las
leyendas más populares de la historia de la literatura fantástica de todos los
tiempos. Tal y como se explicó en la carta de presentación de El vampiro en la
revista donde se publicó por primera vez, The New Monthly Magazine: «Parece
ser que una noche, Lord Byron, el señor P.B. Shelley, las dos damas, el médico
y el caballero al que antes aludimos, tras haber leído una obra alemana que se
titulaba Phantasmagoriana, empezaron a relatar cuentos de fantasmas; fue
cuando Su Señoría empezó a recitar el comienzo de Christabel, entonces sin
publicar, que afectó a la mente del señor Shelley que salió corriendo de la
habitación (…) Tras el suceso, se propuso que cada uno de los presentes
escribiera un relato de tema sobrenatural, tarea que fue emprendida por Lord
Byron, el médico y la señora Mary W. Godwin». A su vez, Mary Shelley, en el
prólogo que redactó para la edición de Frankenstein, o el moderno Prometeo,
explica su propia versión de los hechos: «… resultó ser un verano húmedo y
desagradable, la lluvia incesante nos confinaba frecuentemente en la casa. Unos
volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés, cayeron
en nuestras manos. Allí estaba la Historia del amante inconstante, el cual,
cuando intentaba abrazar a la novia a quien había jurado su amor, se encontraba
a sí mismo en los brazos del pálido fantasma de aquélla a quien había
abandonado. Estaba allí también el cuento del patriarca pecador cuyo miserable
destino era dar el beso de la muerte a todos sus hijos de su estirpe maldita justo
en el momento en que alcanzaban la juventud. No he vuelto a leer aquellas
historias desde entonces, pero sus incidentes están frescos en mi mente como
si las hubiese leído ayer (…) “Cada uno de nosotros escribirá una historia de
fantasmas”, dijo Lord Byron, y su propuesta fue aceptada. Éramos cuatro. El
noble autor comenzó un relato, un fragmento del cual ha sido publicado al final
de su poema Mazzepa. Shelley, más apto para encarnar ideas y sentimientos en
el brillo de las imágenes y en la música de los versos más melodiosos que
adornan nuestra lengua que para inventar el mecanismo de una historia,
comenzó una sobre las experiencias de su primera vida. El pobre Polidori tuvo
una especie de idea horrible sobre una mujer con cabeza de calavera que había
sido castigada por espiar a través de un agujero —el qué no me acuerdo: algo
muy espantoso y malo, por supuesto—, pero cuando quedó reducida a una
condición peor que la del famoso Tom de Coventry ya no supo qué hacer con
ella Incluso los dos ilustres poetas, aburridos de la vulgaridad de la prosa,
abandonaron muy pronto la que para ellos era una tarea poco agradable». Y
mucho más sobrio y enigmático, John William Polidori relata los acontecimientos
en su diario de la siguiente forma: «17 de junio / Voy a la ciudad, cenamos con
Shelley, etc., aquí. Después estamos invitados a un baile en casa de la señora
Odier. Me presentan a la princesa no se qué más y a la condesa Potocka, ambas
polacas, y charlo un rato con ellas. Intento bailar con ellas pero me duele tanto
el pie que tengo que desistir. Todos empiezan a escribir su relato de fantasmas,
menos yo».
Entre la realidad y la ficción, los testimonios que han llegado hasta nosotros
sobre lo que ocurrió aquella noche omiten y falsean datos según conviene a cada
narrador. Por ejemplo, la providencial intervención de Shelley y Byron como
acicates de la imaginación de Mary no se ajusta a la verdad. Así nos lo narra la
escritora en el prólogo de Frankenstein, o el moderno Prometeo, en su edición
de 1831: «Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Shelley
de las cuales yo era una devota pero casi siempre silenciosa oyente. Durante
una de esas conversaciones fueron discutidas varias doctrinas filosóficas y, entre
otras, las referidas a la naturaleza del principio de la vida y si sería posible que
hubiese alguna probabilidad de que alguna vez fuese descubierto y comunicado.
Hablaron de los experimentos del Dr. Erasmus Darwin (hablo no de lo que el
doctor había hecho realmente, sino de lo que se decía entonces que hizo), el
cual fue capaz de preservar un trozo de vermicelli en una caja de cristal hasta
que, por algún medio extraordinario, este comenzó a moverse por voluntad
propia (…) Quizá un cadáver podría ser reanimado…». Por contra, tal y como
ponen de manifiesto los diarios de Polidori, el verdadero interlocutor que tuvo
Shelley en sus charlas sobre ciencia y filosofía fue el mismo Polidori: «15 de junio
/ … Shelley y yo discutimos acerca de los principios de la vida, de si el hombre
debe ser considerado sólo un mero instrumento». Curiosamente, en ningún
momento se menciona la presencia de Byron, y Mary hace alusión al doctor.
¿Recordaba mal el incidente o prefirió darle el mérito a Byron? —lo cual es lo
más probable—. En cualquier caso, Polidori, por su condición de médico estaba
más capacitado para hablar sobre los mecanismos orgánicos del cuerpo
humano, mientras que Shelley, tras sus experiencias universitarias en física y
química, podía dedicarse a elucubrar un futuro donde el hombre, mediante el
dominio de la energía eléctrica, accedería a los más recónditos secretos de la
naturaleza.
Además, todos ellos se olvidan de algo fundamental: tales acontecimientos
no tuvieron lugar en una sola noche, sino en varias, concretamente del 15 al 17
de junio. Según varios estudiosos del tema, las fuertes lluvias y vientos que ese
verano sacudieron esporádicamente la zona comenzaron el 15 de junio. Lo cual
dio lugar a la intervención de diversos personajes, algunos de ellos conocidos,
como Matthew Gregory Lewis o la condesa Potocka, otros anónimos de los que
hoy ni siquiera sabemos sus nombres, sumidos en las brumas del olvido. Radu
Florescu insiste en que sus investigaciones le llevan a la conclusión de que la
lectura dePhantasmagoriana tuvo lugar el 16 de junio, en frontal contradicción
con lo reseñado por los diarios de Polidori, que indican que fue el 17 de junio.
Probablemente, si admitimos la teoría de James Rieger, lo cierto es que Mary
fue la primera en aceptar la apuesta de Lord Byron y la primera en empezar a
escribir. «Yo me urgía a mí misma a pensar una historia —relata Mary Shelley,
una vez más, en su prólogo para la edición de 1831—, una historia que pudiese
rivalizar con las que nos habían llevado a aquella empresa. Una historia que
hablase de los misteriosos temores de nuestra propia naturaleza y que
despertase el más intenso de los terrores, una historia que hiciese temer al lector
mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón. Si
no conseguía todas esas cosas, mi historia de fantasmas probaría ser indigna
de ese nombre. Pensé y reflexioné en vano. Sentía esa desolada incapacidad
para inventar que es la más grande miseria de los escritores, cuando la sombría
Nada responde a nuestras invocaciones más ansiosas. “¿Has pensado ya una
historia?”, me preguntaban cada mañana y cada mañana me veía forzada a
replicar con una mortificante negativa». La suave presión que Shelley ejercía
sobre su «alma gemela» y la sutil ironía de Byron ante el bloqueo mental de la
joven —a la cual llamaba «admirada amiga»— colocaron a Mary en una situación
emocional muy comprometida. Al mismo tiempo, con discreción, a fin de evitar,
una vez más, las burlas de Lord Byron, John William Polidori redactaba las
primeras líneas de El vampiro, relato que le daría, sin apenas intuirlo y a título
póstumo, la inmortalidad: «Su mirada recorría la alegría general que bullía a su
alrededor con la indiferencia de quien se sabe incapaz de compartirla. Parecía
como si sólo la graciosa sonrisa de la belleza fuese capaz de atraer su atención,
y aun así sólo para ser borrada de los labios encantadores por una mirada que
helaba de pavor un corazón en el que hasta entonces sólo había reinado el
placer». Aquel lúgubre párrafo de El vampiropreludiaba el triunfo de los
segundones, de los pusilánimes, a los cuales la fortuna parecía haberles negado
el don del arte, de la magia, en beneficio de los poetas, señores de la palabra y
el sueño. Y fue el horror el que dio negras alas a los sueños de Polidori y, sobre
todo, a los de Mary: «Cuando apoye la cabeza en la almohada no me dormí —
evocaba Mary en su nuevo prólogo—, aunque tampoco puedo decir que
pensaba. Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba (…) Vi al
horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio
poderoso, manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital.
Debía ser espantoso; pues suprema mente espantoso sería el resultado de todo
esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo».
Frankenstein y su Criatura empezaban a andar.
Frankenstein, ilustración de la edición de 1831 – Theodor von Holst
El fin del verano…
Y el sol se ocultaba, lenta, majestuosamente, bajando de manera indolente
el telón de aquel veinte de marzo de 1831. Finalizada la nueva introducción que,
a modo de poética evocación de aquellos tiempos pasados, había compuesto
para la nueva edición de Frankenstein o el moderno Prometeo, en medio de un
torbellino de recuerdos, Mary Shelley posó su mirada en lo que había escrito y
siguió deambulando por su pasado, como quien camina por un bosque poblado
de fantasmas. «Fui criada y alimentada con el amor por la gloria. Llegar a ser
alguien, grande y bueno, fue el precepto que me dio mi padre y que Shelley
reiteró», subrayó en su diario. Sin duda estaba a punto de lograr aquello para lo
que había nacido, ese destino a cuyo encuentro debía ir alentada por Shelley:
«Mi marido estuvo ansioso desde el principio por que demostrase estar a la altura
de mis padres y escribiese mi nombre en las páginas de la fama». Aunque ¿a
qué precio? Su alma seguía varada en la playa de Viareggio, un día de julio de
1822, cuando rescataron el cuerpo sin vida de Shelley. Y allí mismo fue
incinerado, delante de ella, acompañada de Leigh Hunt, Trelawny y Byron. De
entre las llamas rescató el corazón de Shelley —más grande de lo normal según
un médico allí presente—, y lo conservó siempre, envuelto en un paño de
algodón, entre las páginas de uno de sus libros de poemas.
Shelley’s Funeral – Louis E. Fournier, 1869
También le quedó de Shelley el único hijo de ambos que sobrevivió a una
muerte prematura, Percy Florence. A fin de sacarlo adelante, colaboró en la
elaboración de los cinco volúmenes de la serie Lives of Eminent Men of Italy,
Spain and Portugal [Las vidas de los hombres más eminentes de Italia, España
y Portugal ] (1835-1838) y en los dos tomos deLives of the Most Eminent Men of
France [Las vidas de los nombres más eminentes de Francia] (1859-1840),
publicadas por Lardner’s Cabinet Encyclopedia. Sin olvidar sus novelas
como Lodore (1855) y Falkner (1837), la publicación de sus cuentos en la
revista The Keepsake, o su esfuerzo por preservar la obra de su difunto esposo
mediante las antologíasPoetical Works of Percy Bysshe Shelley [Obras poéticas
de Percy Bysshe Shelley] (1839) y Essays, Letters from Abroad,Traslations and
Fragments, by Percy Bysshe Shelley[Ensayos cartas al extranjero, traducciones
y fragmentos por Percy Bysshe Shelley ] (1840). Porque, en verdad, durante
aquellos años solitarios, el trabajo fue su único contacto con el mundo, con la
vida. Rechazó varias proposiciones matrimoniales de Edward John Trelawny,
Próspero Merimée —a quien consideraba «un petulante»— y J.H. Payne,
aunque quizá, de haberse visto correspondida, el apuesto y excelente
conversador Washington Irving podría haberle hecho dudar de la conveniencia
de seguir rindiendo culto al pasado. «El nombre de mi tumba será Mary Shelley,
y ningún otro. ¿Por qué? No puedo decirlo. Tal vez porque su nombre es tan
hermoso que, pienso, estará vinculado a mí durante años, y nunca podré
arrancar de él mi corazón», le explicó a Trelawny en una carta.
Luego estaban las arduas, terribles negociaciones con Sir Timothy Shelley,
padre de Percy, a favor de la herencia de su hijo. El abuelo del niño, resentido
por la aureola de escándalo que siempre rodeó la relación de Mary con su
malogrado hijo, pese a que ambos se casaron el 30 de diciembre de 1816. Ni
siquiera el matrimonio sirvió de bálsamo para aplacar la ira de ese viejo
amargado y profundamente conservador, que detestaba su vínculo de sangre
con la casta de los Godwin y los Wollstonecraft. Mary soportó los numerosos
desaires de Sir Timothy sin una queja, pues el porvenir de Percy Florence era su
única ambición; no quería nada para ella. A cambio de costear la educación del
niño, su abuelo exigía que Mary renunciara a su educación. «Si fuera necesario
morir por su bien y su salud lo haría sin dificultad. Pero si admitiese que no estoy
capacitada para educar a mi hijo, perdería toda mi dignidad», le escribió a Sir
Timothy. El amor por su hijo era todo lo que tenía en el mundo y no estaba
dispuesta a renunciar a él: «Se dice que soy fría, pero hay sentimientos tan
fuertemente asentados en mi modo de ser que, quien arrancase de mi alma su
raíz, segaría mi vida al mismo tiempo», le explicó a Lord Byron, el cual intentó
ayudarla intercediendo ante el inflexible Sir Timothy. Finalmente, Mary logró para
su hijo una educación en consonancia con su posición y fortuna. Percy Florence
estudió en Harrow y se graduó en 1840 en el Trinity College de Cambridge; en
1844, a la muerte de su abuelo, heredó todos sus títulos y propiedades. Fue
entonces cuando Percy Florence, quien veneraba a su madre, la acompañó en
un largo viaje por el Continente, visitando muchos de los lugares donde ella y su
esposo se habían amado, donde habían sufrido. De este viaje surgió el
libro Ramblesin Germany and Italy in 1840, 1842 and 1843 [Paseos por
Alemania e Italia en 1840, 1842 y 1843], editado con gran éxito ese mismo año,
en 1844.
Paralelamente a su siempre aplazado proyecto de escribir las biografías de
su padre William Godwin y de su marido, Percy B. Shelley, su salud empezó a
quebrarse. Mary Shelley murió el 1 de febrero de 1851 a la edad de 54 años, en
su residencia de Chester Square. Se dice que la causa fue una misteriosa
enfermedad nerviosa, que le producía accesos de parálisis y dolores de cabeza.
A la luz de los síntomas, tal vez se trataba de un tumor cerebral. Los restos de
Mary Shelley hallaron reposo en la iglesia de St. Peter’s, de Bournemouth, entre
las tumbas de sus progenitores, William Godwin y Mary Wollstonecraft, que
fueron trasladados allí desde Londres por expreso deseo de Percy Florence. El
hijo de la inolvidable escritora y del insigne poeta falleció sin descendencia, y su
cuerpo, junto al corazón de su padre, acompaña al de su madre en la misma
tumba. Poco antes de que el brillo de la vida desapareciera de sus ojos grises,
Mary Shelley, la autora deFrankenstein, o el moderno Prometeo, estampó en su
diario la siguiente reflexión: «Mi vida ha estado siempre llena de benévolas
intenciones y con impaciencia había aguardado el instante de ponerlas en
práctica convirtiéndome, de ese modo, en alguien útil a mis semejantes. Pero
ahora todo ha sido aniquilado. Los remordimientos y el sentimiento de culpa han
sustituido a la serena conciencia que me habría permitido contemplar con
satisfacción el pasado, hallando en él el preludio de nuevas esperanzas».
Ciencia vs. Mito: fuentes de inspiración de Frankenstein, o el moderno
Prometeo
¿Cómo pudo una simple jovencita como aquella pensar y desarrollar una idea
tan horrenda? Ésta es, según su propia confesión, la pregunta a la que debió
responder Mary Shelley en numerosas ocasiones. Casi doscientos años
después, se poseen los suficientes datos históricos, literarios, científicos y
biográficos para poder contestarla. Tan apasionante, compleja y misteriosa como
la historia que narra es la crónica de la inspiración y escritura de Frankenstein, o
el moderno Prometeo. Por encima de los documentos y testimonios que
construyen una supuesta verdad existen, como una corriente subterránea, los
hechos que por diversas y muy oscuras razones Mary Shelley y sus allegados
omitieron. Ya en su celebérrima introducción a la edición de 1831, la autora
explicó la gestación de su obra de manera legendaria, brumosa, fiel al más
genuino espíritu romántico; es decir, la creación artística como resultado de una
fuerza inconsciente procedente del mundo de los sueños y las pesadillas: «Abrí
los míos [los ojos] con terror. La idea se apoderó de tal modo de mi mente que
me recorrió un escalofrío de miedo, y quise cambiar la horrible imagen de mi
fantasía por realidades de mi alrededor. Todavía las veo: la misma habitación, el
parque oscuro, las contraventanas cerradas con la luna filtrándose a través, y la
impresión que yo tenía de que el lago cristalino y los blancos y elevados Alpes
estaban más allá. No pude librarme tan fácilmente de mi espantoso fantasma;
seguía presente en mi imaginación. (…) Veloz y animada como la luz fue la idea
que se me ocurrió. “¡La encontré! Lo que me ha aterrado a mí aterrará a los
demás; sólo necesito describir el espectro que ha visitado mi almohada a
medianoche”. A la mañana siguiente anuncié que había pensado una historia.
Empecé ese día con las palabras: “Una lúgubre noche de noviembre”,
consignando sólo estrictamente los tremendos errores del sueño que me
despertó». Pero nada había sido tan sencillo como la propia interesada se
empeñó en hacer creer a sus lectores. Frankenstein, o el moderno Prometeo no
fue el fruto de un mágico destello de genialidad, sino el resultado de un
extraordinario destilado cultural, servido con suma habilidad por una
personalidad tan compleja como la de Mary Shelley.
Desde su juventud, Mary Shelley exhibió grandes conocimientos
relacionados con los avances científicos de aquellos tiempos. Su notable
curiosidad intelectual, plasmada de manera indeleble en las páginas
de Frankenstein, o el moderno Prometeo, se nutrió primero de la biblioteca de
su padre, William Godwin. Allí accedió a los trabajos del químico inglés Sir
Humphrey Davy (1778-1829), descubridor del sodio y del potasio, altamente
interesado en los efectos de la química en la producción de electricidad, cuyas
conclusiones resumió en el polémico artículo On the Chemical Effects of
Electricity [Sobre los efectos químicos de la electricidad] (1806); más tarde, en
octubre de 1816, Mary dejó constancia en sus diarios de la lectura de otro trabajo
de Davis, Elements of Chemical Philosophy [Elementos de la filosofía química]
(1812). También tuvo ocasión de leerZoonomia, or the Laws of Organic
Life [Zoonomía. O las leyes de la vida orgánica] (1794-1796), obra de Erasmus
Darwin (1731-1802), abuelo del famoso teórico de la evolución Charles Darwin y
asiduo a las tertulias de Godwin en Skinner Street. Darwin publicó diversos
estudios científicos sobre botánica —The Botanic Garden [El jardín botánico]
(1791), The Temple of Nature [El templo de la naturaleza] (1804)—, que Mary
conoció a través de Shelley, ferviente admirador del sabio. Químico, médico,
meteorólogo y botánico, Erasmus Darwin creía en los poderes curativos de la
electricidad y en su directa participación en ciertas funciones orgánicas; por
ejemplo, la transmisión nerviosa. Tampoco se le pasaron por alto a Mary Shelley
los escritos de Henry Cavendish (1731-1810), quien descubrió el dióxido de
carbono y el hidrógeno, o de Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), en
cuyo Traité élémentaire de Chimie [Tratado elemental de química] demostraba
que el oxígeno era el elemento clave para la combustión.
Ya en Villa Diodati sabemos que uno de los temas de conversación
predilectos de Mary Shelley con su marido fue el de los descubrimientos sobre
conductividad eléctrica de Benjamin Franklin (1706-1790), revolucionario y
escritor norteamericano, inventor del pararrayos y, en palabras del filósofo
Inmanuel Kant (1724-1804), «el nuevo Prometeo». Y de ahí derivaron los
experimentos de Luigi Galvani (1737-1798), quien había dotado de movimiento
a las ancas de una rana muerta aplicando unos electrodos en la musculatura de
dichas extremidades, llegando a la conclusión de que los nervios eran
conductores de energía eléctrica. Hipótesis, por cierto, rebatida por el conde
Alessandro Volta (1745-1827), de la Universidad de Pavia, inventor del arco
voltaico y de la primera batería, quien únicamente aceptaba la existencia de la
conductividad eléctrica en los metales. Probablemente, esta polémica fue la que
incitó a Mary Shelley a leer el ensayo del conde de Volney Las Ruinas, o
meditación sobre la Revolución de los Imperios (Les Ruines, ou Meditations sur
les Revolutions des Empires, 1791), obra que la Criatura del doctor Frankenstein,
en el capítulo 5° del segundo volumen de la novela, menciona como parte de su
formación humanística. Volney especulaba, con innegable cautela, que la
electricidad no era el principal poder del universo: «… Lo que los antiguos
consideraban Éter o Espíritu, y que los indios llamaban akache, pienso que
guarda cierta analogía con la electricidad».
Otra de las tesis científicas muy populares a finales del siglo XVIII y principios
del XIX era la posible creación y cultivo de tejidos biológicos. Durante su estancia
en Suiza, Mary consiguió amplia información referente a los trabajos del doctor
alemán George Frank von Frankenau —cuyo apellido guarda un sospechoso
parecido con el héroe imaginado por la escritora—, principal abanderado de la
renovación espontánea de la materia orgánica. El padre de la llamada
Palingenética —o ciencia de los sucesivos renacimientos— ensayaba con las
cenizas de plantas y animales en los que cultivaba ciertos microorganismos. Sus
textos incitaron al inglés John Turberville Needham (1713-1781) a reproducir sus
experimentos, pero utilizando cuerpos en avanzado estado de descomposición.
Mucho más puntillosos fueron los experimentos de René Antoine Réaumur
(1683-1757), quien estudió la regeneración de las partes perdidas en los
crustáceos y reptiles, o de Abraham Trembley (1700-1784), centrado en «la
probada capacidad de la hiedra acuática de desarrollar nuevos y completos
pólipos de pequeñas porciones arrancadas de la planta original».
Los románticos vieron en el progreso científico la posibilidad de un
conocimiento empírico, materialista, del mundo que les rodeaba. La ciencia,
entre probetas y alambiques, entre electrodos y pedazos de carne muerta, se
convirtió en el auténtico fuego que el titán Prometeo entregó a los hombres para
arrancarlos de su oscura ignorancia. Sin embargo, no renunciaron a un
tangencial contacto con las antiguas ciencias del ocultismo, la alquimia o la
necromancia, accediendo así a la «doble alma» de la naturaleza: una promesa
de totalidad, de plenitud, que incita a sumergirse en ella; pero que, al mismo
tiempo, encierra una fascinante promesa de destrucción, de horror. Mary Shelley
conocía bien esta seducción cósmica, terrorífica y sensual, de la naturaleza, a
través de la admiración de su padre por el ocultismo. La biblioteca de William
Godwin estaba llena de libros acerca de Alberto Magno, Paracelso, Cornelius
Agrippa, los Rosacruces, el mito de Fausto y Raymond Lully, los protagonistas
de una de las obras más populares del filósofo radical inglés, Lives of
Neeromancers [Vidas de nigromantes] (1834).
En las páginas de Frankenstein, o el moderno Prometeoaparece, pues, el
nombre de Philipus Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus von
Hohemheim (1493-1541), más conocido simplemente por Paracelso, el cual,
como el propio Victor Frankenstein, nació en Suiza, más concretamente en
Einsiedeln, cerca de un lugar llamado Teufelbücke, que significa, muy
apropiadamente, «El Puente del Diablo». Paracelso adquirió gran reputación al
aplicar la quiromancia, el espiritismo, la alquimia y la astrología a la medicina.
Inexplicablemente, se le atribuye el poder de curar la sífilis, la tuberculosis y la
epilepsia, ganándose así el respeto y la admiración de personalidades tan
dispares como Loenz Fries, el duque arzobispo de Baviera, Ambrosio Paré,
Giordano Bruno y Goethe. Aislado en algún lugar de Transilvania, experimentó
la creación de un arcanun sanguinis hominis, es decir, de homúnculos: hombre
de diminuta estatura, incubado en una vasija de cristal y alimentado por un
preparado especial de sangre humana y otros elementos.
Años después de su muerte, otros ocultistas, como el Barón Riedesel de
Hesse, el Dr. David Christianus, Christian Rosenkreuz o el conde Johann
Ferdinand von Kueffstein desarrollaron sus particulares fórmulas para la creación
de homúnculos: destilando sangre y huesos de seres humanos; metales
preciosos y minerales, esperma y orina, hongos y raíces silvestres. Más allá de
todo ello, hallamos a Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim (1486?-1535),
otro de los puntos de referencia de Victor Frankenstein en la novela, y autor
de De Occulta Philosophia [Filosofía de lo oculto] (1529). Astrólogo y médico, su
fama proviene de un tratado acerca de la creación de un hombre artificial a partir
de la mandrágora, cuyas raíces tienen un extraordinario parecido con la
fisonomía humana. Según Agrippa, la mandrágora producida por el semen de un
inocente ahorcado, y desenterrada un viernes antes del alba por un perro negro,
después de limpiarse con leche y miel, daba como resultado el homúnculo. De
todas estas fuentes esotéricas, las cartas y diarios íntimos de Mary Shelley
demuestran que estaba muy interesada por los Rosacruces”, quienes se
enorgullecían de poseer la piedra filosofal, el arte de transmutar metales y el elixir
de la vida.
No obstante, cabe considerar a Mary Shelley como una absoluta pionera de
lo que podríamos denominar «materialismo gótico». La idea de Mary Shelley no
era sugerir presencias intangibles, horrores provenientes del más allá, sino de
«los misteriosos temores de nuestra propia naturaleza», destruyendo los límites
del mismo intelecto, asomándonos a mundos apenas imaginados. De este modo,
uno de los preceptores del joven Victor Frankenstein, el Dr. Waldman, en el 2°
capítulo del primer volumen de Frankenstein, o el moderno Prometeo, expone:
«Los antiguos profesores de esta ciencia prometieron imposibles y no lograron
nada. Los modernos maestros prometen muy poco; saben que no pueden
transmutarse los metales, y que el elixir de la vida es una quimera. Pero estos
filósofos cuyas manos parecen estar hechas para chapotear en el barro, y sus
ojos para escrutar el microscopio y el crisol, han realizado efectivos milagros.
Penetran en las reconditeces de la naturaleza y muestran cómo actúa esta en lo
más oculto. Ascienden a los cielos; han descubierto la circulación de la sangre,
y la naturaleza del aire que respiramos. Han alcanzado nuevos y casi ilimitados
poderes; son capaces de mandar sobre las tormentas del cielo, imitar el
terremoto y hasta remedar el mundo invisible con sus propios fantasmas (…) Los
esfuerzos de los hombres de genio, aunque erróneamente orientados,
difícilmente dejan de convertirse, en última instancia, en positiva ventaja para la
humanidad». Pero como demostró la revolución industrial, el progreso
tecnológico y científico no se vio acompañado de los adecuados y necesarios
avances humanísticos, sino todo lo contrario. En consecuencia, Frankenstein, o
el moderno Prometeoevidencia que los sueños de la razón producen monstruos,
y escenifica las dos únicas transgresiones concebidas como tales, que subrayan
el carácter profundamente secular de la obra: la profanación de la naturaleza y
la traición a la sociedad y a los afectos familiares.
Acorde con esta enrarecida atmósfera, donde conviven el idealismo
intelectual más desaforado con una lenta degradación del espíritu humano,
irrumpe la figura del hombre artificial. Evocar, no sin cierto estremecimiento, las
conversaciones entre John W. Polidori y Percy B. Shelley en Villa Diodati sobre
«si el hombre debe ser considerado un mero instrumento». Ambos
contemplaban el cuerpo humano desde una perspectiva objetualista, como una
sustancia más, sin distinción ni superioridad frente a otras criaturas del universo.
La creación de un ser humano mecánico, más allá del simple autómata, era una
cuestión de candente actualidad en los círculos científicos del siglo XVIII, e
ilustraba el concepto del materialista ser humano como algo manipulable,
moldeable, que inquietaba a los románticos. Mary Shelley fue la primera que
reflejó tal preocupación, incluso antes de que J.W. Goethe escribiera el famoso
episodio del homúnculo que aparece en Fausto, haciéndose eco de las primeras
inquietudes del romanticismo alemán. La joven escritora conocía los
experimentos del francés Jacques de Vaucanson (17091782), clara premonición
de la figura del androide. Vaucanson conmocionó a media Europa con la
exhibición de sus tres criaturas artificiales: un flautista que interpretaba diferentes
canciones, movía sus dedos, los labios y la lengua en función de la melodía
ejecutada; una muchacha que tocaba el tambor y la mandolina, moviendo la
cabeza al tiempo que su pecho vibraba rítmicamente mientras respiraba; y un
pato que bebía, comía, hacía la digestión —su pecho era transparente para que
pudiera apreciarse dicha función—, y además nadaba. Se dice que el monarca
francés Luis XV le encargó en 1739 la elaboración de un hombre «que imitara
en sus movimientos las operaciones animales, la circulación de la sangre, la
respiración, la digestión, el juego de los músculos, tendones, nervios, etc.»
A tenor de lo reseñado por Mario Praz en un interesante artículo sobre el
tema, las creaciones de Vaucanson no fueron una experiencia aislada.
Paralelamente, en Francia, tres curiosos personajes, el avaricioso físico François
Quesnay, el ministro Jean Baptiste Berlín y el cirujano Calude-Nicolas Le Cat,
perseguían el mismo objetivo. Se sabe que Le Cat habló del proyecto en público
por primera vez en la sesión inaugural de la Academia de Ciencia y Bellas Artes
de Roven el 17 de noviembre de 1844. El título de su discurso era Disertación
sobre un hombre artificial en el cual se verían muchos fenómenos del hombre
vivo. En un informe del secretario de la academia se apunta que la criatura de
Le Cat «tendrá respiración, circulación, casi digestión, secreciones, bilis,
corazón, pulmones, hígado y vesícula, y, Dios nos lo perdone, todo lo que sigue.
¡Pero tendrá fiebre, se le sangrará, se le purgará, y se parecerá demasiado a un
hombre!», para concluir que poseería incluso «la palabra misma, y la articulación
de los sonidos, todo por medio de un número infinito de grandes y pequeños
resortes y de contrapesos».
Mucho más espectaculares resultaron ser los seres mecánicos ideados por
Pierre Jaquet-Droz (1721-1790). Ingeniero, mecánico, artista y músico, Jaquet-
Droz, en compañía de su hijo Henri Louis (1753-1791), ambos, como Victor
Frankenstein, nacidos en Ginebra, construyeron varios autómatas que fueron la
admiración de la aristocracia e intelectualidad europea de 1789, y los cuales
todavía se conservan en el Museo de Historia de Neuchâtel, Suiza. Sus criaturas
imitaban el movimiento humano de forma casi perfecta. Uno de ellos, «El
escribiente», era un joven capaz de redactar con pulso firme cuarenta cartas.
Otro de ellos, llamado «El artista», podía copiar cualquier dibujo original y hasta
mejorarlo; y la denominada «Dama de la música» tocaba un clavicordio
presionando el teclado con los dedos de sus manos.
Sin embargo, la fascinación por los autómatas de Mary Shelley provenía, sin
duda, de la admiración que su padre, William Godwin, profesaba a Alberto
Magno (1206?-1280). También llamado Doctor Unirkrsalis, filósofo y obispo
dominico, maestro de Santo Tomás de Aquino, según subrayó Godwin en
su Lives of the Necromancers, Magnus construyó, pieza a pieza, a lo largo de
treinta años, un hombre de latón que adquirió vida gracias a una conjunción
cabalística de estrellas. Tenía una gran altura y fortaleza, podía responder a
cualquier pregunta y el sabio lo utilizaba como criado. Godwin explicaba también
que Santo Tomás de Aquino, siendo pupilo de Alberto Magno, se enfureció tanto
ante el imparable parloteo del ingenio que lo redujo a piezas golpeándolo con un
martillo. Entonces, según la crónica de Godwin, se descubrió que no estaba
hecho solamente de metal, sino de huesos y carne de otros hombres. Así pues,
no es extraño que en el capítulo primero de Frankenstein, o el moderno
Prometeo, Victor Frankenstein adquiera y lea con fruición las obras de Alberto
Magno, autodefiniéndose luego como discípulo suyo.
Los hechizos de la leyenda
«… La interpretación romántica de la Antigüedad es revolucionaria Al
ahondar en la épica homérica, en la gran lírica desde Arquíloco a Píndaro y,
especialmente, en la tragedia ática, los románticos descubren toda la compleja
tragicidad de aquel espíritu. Junto al orden, a la claridad, a la tranquila grandeza,
el Romanticismo halla en el arte helénico la asimetría, la oscuridad, la
desbordada convulsión (…) La belleza del día y la sublimidad de la noche se
alimentan mutuamente. Apolo y Dionisio luchan y se unifican en el
reconocimiento de que sus poderes son mutuamente indispensables, y de esta
tensión y esta comunión —como constata Nietzsche respecto al origen de la
tragedia— surge el esplendor del arte griego».
Empapados de semejante espíritu, los románticos vieron en la mitología
griega un preludio, una intuición, un espasmo que anunciaba, como un terrible
alarido, las turbulentas exquisiteces del alma romántica. Y fue la leyenda de
Prometeo el mayor símbolo de su conocimiento trágico y, a la par, heroico y
sensitivo, del mundo. Así pues, el doctor Frankenstein y su Criatura se funden
en sacrílega comunión de almas enfrentadas pero complementarias, recogiendo
la esencia del mito prometéico en sus más turbios matices, ya que el joven sabio
se convierte en Demiurgo, al poseer ciencias y habilidades que le equiparan a
los dioses: Frankenstein es capaz también de crear vida. Por contra, el Monstruo
carga con la culpa de su Creador, siendo la principal víctima de su osadía y
crueldad, de su arrogancia e insensatez: la fealdad, la soledad, la desoladora
falta de amistad, de amor, devienen en un suplicio sin fin tan aterrador como el
del voraz buitre que devora las entrañas del Titán encadenado al Cáucaso.
Tormento que, a su vez, es transferido por la Criatura a su Creador, desatando
todos los infortunios imaginables contra su persona y seres queridos. Aunque el
Monstruo, tan orgulloso y temerario como su Hacedor, se erige en juez y verdugo
de una justicia que dista mucho de ser divina.
Esquilo, Hesíodo y Luciano describen al Prometeo heleno,
llamado pyrphoros, como «el creador de la humanidad». Hijo de Jápeto y la ninfa
Clímene, Atenea le enseñó arquitectura, astronomía, matemáticas, navegación,
medicina, metalurgia y otras artes útiles, y Prometeo, a su vez, se las transmitió
a los hombres. No obstante, Zeus, celoso del Titán y de su afecto por los seres
humanos, negó a estos el conocimiento del fuego. Pero Prometeo logró
introducirse en el Olimpo y una vez allí prendió una antorcha en el carro ígneo
del Sol, entregándosela a la humanidad. Por ello, Zeus hizo encadenar desnudo
a Prometeo en la cima del Cáucaso, donde un buitre devoraba su hígado durante
el día, en un tormento sin fin, ya que de noche el hígado volvía a reproducirse. A
su vez, Ovidio (43 a. C - 17 d. C.), en su monumental Metamorfosis (libro I, 85),
alude al Prometeo romano, denominado plasticator, creador de los primeros
hombres mediante unas figurillas de barro que él mismo había modelado. Esta
es, sin duda, la fuente de inspiración de Mary Shelley a la hora de
subtitularFrankenstein, pues las obras de Ovidio fueron objeto de debate por
parte de Lord Byron y Percy B. Shelley. Ambos dedicaron al desdichado Titán
sendos poemas de delicado aliento épico: Byron su breve y
contundente Prometeo (Prometheus, 1816) y Shelley su elaborado Prometeo
desencadenado (Prometheus Unbound, 1820).
Mucho menos poético y más siniestro resulta el mito del Golem —término
hebreo que significa «masa informe»—, el cual, en opinión de algunos
reconocidos estudiosos —Isabel Burdiel, Leonard Wolf…—, guarda escasa
relación con el mito frankensteiniano. Sin embargo, no puede negarse su
influencia en el concepto dramático urdido por Mary Shelley. En los albores de
nuestra era, ciertos rabinos elaboraron la hipótesis de que era posible construir,
mediante artes mágicas, un hombre artificial. Como según la Biblia (Salmos 139,
16), la Palabra fue el aliento divino que creó a la humanidad, estos se dedicaron
a buscar la fórmula fonética adecuada. En el siglo XII, una secta judía determinó
las 221 combinaciones alfabéticas necesarias. Con ellas era posible moldear un
humanoide de arcilla roja e infundirle vida. Posteriormente, la leyenda del Golem,
con sus múltiples variantes, se popularizó en Centroeuropa, en la Bohemia,
Moravia y Eslovaquia del siglo XVI. Según algunas versiones, un rabino
descubrió la manera de animar a una gigantesca figura de barro destinada a
obedecer las órdenes de su amo. Recitó unos salmos secretos y para dar vida a
la Criatura escribió en su frente la palabra «Emeth» («Verdad»); y para destruirla
sólo debía borrar la letra E, de forma que la palabra resultante era «Meth»
(«Muerte»). Otra variante de la leyenda la protagoniza el rabino Judá Loew Ben
Bezalel de Praga, personaje histórico que murió en 1609 y cuya tumba puede
visitarse en el cementerio judío de la ciudad. Angustiado por las miserables
condiciones de vida del gueto, el rabino Loew creó el Golem con fines benéficos
para su gente. La criatura de barro tenía en su boca un pergamino mágico con
la palabra «Schem» (el nombre de Dios), y tras el rezo ritual de unos versos
extraídos del Talmud, donde se describe la creación del hombre —«En la
primera hora, recogió el barro; en la segunda, la forma fue diseñada; en la
tercera, la forma fue construida…; en la sexta, recibió el alma; en la séptima, se
alzó y caminó por su propio pie…»—, la estatua cobró vida. Pero el Golem
enloqueció, y puso en peligro la vida de aquellos a quienes debía ayudar. El
rabino Loew, avisado durante un servicio en la Sinagoga, fue al encuentro del
monstruo, y con riesgo de su vida, le arrancó el pergamino mágico de la boca
convirtiendo al Golem en polvo. No obstante, la versión del mito que ha llegado
hasta nosotros, depurada y estilizada, es la escrita por Gustav Meyrink (1868-
1932), literato austríaco cautivado por los temas esotéricos —
cfr. Walpurgisnatch [La noche de Walpurgis, 1916], An der Schwelle des
Jenseits [En el umbral del más allá, 1923]—, quien publicó en 1915 El
Golem (Der Golem), fruto de su fascinación por el romanticismo alemán.
Sin duda, E.T.A. Hoffmann (1776-1822) fue una de las fuentes de inspiración
de Meyrink, como también lo fue mucho antes, aunque de manera indirecta, de
Mary Shelley. Escritor de espíritu inquieto e inquietante, intrigado por los
misterios del cuerpo, la mente y el alma humanas, Hoffmann los estudió desde
diversas disciplinas: el misticismo y el mesmerismo, la alquimia y la anatomía.
Mezclando saberes antiguos y nueva ciencia, se apasionó por los desórdenes
mentales, el sonambulismo, la telepatía, los sueños, las premoniciones, la magia
y el ocultismo. Su gusto por los muñecos y, sobre todo, los autómatas —
admiraba y conocía los trabajos de Vaucason y Jaquet-Droz— le llevaron a
escribir dos admirables cuentos,Los autómatas (Die Automaten, 1814) y El
hombre de arena(Der Sandman, 1817). En ambos se adentró en la ambigua
naturaleza de los muñecos mecánicos y en el pathos de quienes proyectan
sobre ellos sus ansiedades y temores, franqueando el umbral de la demencia.
En Los autómatas, Olimpia, la hermosa muñeca que cobra vida gracias a la
música y que se alimenta de las neurosis de su amado, es la turbia protagonista
de las morbosas fantasías eróticas de Fernando, el atribulado héroe
hoffmannesco. Más angustiosa resulta El hombre de arena, donde a través de la
mirada enferma del enamorado Nathanaël, vemos cobrar vida, entidad anímica,
a Clara, un exquisito maniquí mecánico.
Ciencia, técnica, magia y mitología fueron los primeros reactivos a disposición
de Mary Shelley para esbozar, en algún turbulento rincón de su alma, su
inolvidable novela. Pieza a pieza, con idéntica determinación y precisión a la de
Victor Frankenstein uniendo los huesos, músculos y vísceras de su Criatura, la
joven escritora comenzaba a entrelazar, en una sola espiral, lo tangible y lo
oscuro, lo real y lo imaginario. La poesía de Frankenstein, o el moderno
Prometeo se enraíza sobre todo en esos difusos límites entre mundos diferentes.
Faltaba simplemente cierto elemento humano y mágico que, al unísono,
expresaran el drama con tal precisión de detalles que fuera imposible perder el
hilo un instante. Y un nombre… «¿Qué es un nombre? Lo sabemos al aplicarlo
a las cosas conocidas; para lo que nos es desconocido, un nombre lo es todo:
en mí tiene un poderoso efecto, y muchas horas de extremo placer han derivado
de la degustación, del recuerdo de un nombre…», escribió Mary Shelley en
su Rambles in Germany and Italy in 1840, 1842 and 1843. Un nombre rico en
terrores secretos y misterios prohibidos, cuya hechizante resonancia emana de
esas tres sílabas, de esos tres fonemas vecinos y ligeramente diferentes, de
cacofonía rotunda pero lúgubre…