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LA LUZ 1.

La naturaleza de la luz El estudio de la luz ha ocupado a la comunidad científica


desde hace muchos siglos. A lo largo del tiempo, sólo dos teorías han sido
refutadas, una en contra de la otra. Una de estas teorías indica que la luz está
compuesta por partículas que viajan en línea recta, mientras la otra defiende el
hecho que la luz presenta un comportamiento ondulatorio. Pero, en el intento
por elaborar una interpretación acerca de la naturaleza de la luz, se han
presentado distintas visiones a lo largo de historia. A continuación haremos
mención de estas teorías. Las primeras participaciones pertenecen a los
griegos, entre ellos Leucipo (450 a.C.), quien consideraba que todo cuerpo
desprendía una imagen que era captada por los ojos e interpretada por el
alma. Posteriormente, Euclides (300 a.C.) introdujo la idea que de que la luz era
un rayo emitido por el ojo y que se propagaba en línea recta hasta alcanzar el
objeto.

Aproximadamente en el siglo IV a.C. los seguidores de Demócrito favorecían la


teoría que enunciaba que los cuerpos visibles emitían un flujo de partículas
llamado luz. Mientras la corriente aristotélica explicaba que la luz era un pulso
emitido por los cuerpos visibles.

El médico árabe Alhazén (956-1039), fue el encargado de determinar que la luz


procedía del Sol, siendo los ojos receptores y no emisores; y que en ausencia
de la luz los objetos que no tenían luz propia no pueden reflejar nada y, por lo
tanto, no se pueden ver.

Durante la segunda mitad del siglo XVII, el estudio de la naturaleza de la luz


cobró gran importancia entre los científicos de la época. En este contexto,
Isaac Newton consideró que la luz estaba compuesta por pequeñas partículas
denominadas corpúsculos; los corpúsculos se mueven en línea recta y a gran
velocidad. Bajo este postulado, Newton construyó la teoría corpuscular, con la
cual logró explicar los fenómenos de la reflexión y de la refracción de la luz,
aunque para este último supuso que la velocidad de la luz aumenta al pasar de
un medio menos denso a uno más denso. Como en aquella época no era
posible medir la velocidad de la luz, sólo hasta 1850 el físico Jean Bernard
Foucalt demostró, vía experimental, la falsedad de este hecho. n Paralelamente
a la teoría corpuscular de Newton, en 1678, surgió la teoría ondulatoria de la
propagación de la luz, divulgada por Christian Huygens y Robert Hooke. En ella
se consideraba la existencia de un material denominado éter, que cubría todo
el universo y por el cual se propagaba la luz. De esta manera, Huygens explicó
con bastante sencillez las leyes de la reflexión y de la refracción de luz, así
como la doble refracción que exhiben algunos minerales y la lentitud con la
que se propaga la luz en los medios más densos, contrario a lo expuesto por
Newton. Aunque la teoría ondulatoria de Huygens explicaba algunos
fenómenos observados por Newton, en particular los colores que se formaban
en películas delgadas, casi toda la comunidad científica decidió respaldar los
fundamentos de Newton, quien para aquella época era considerado como una
gran celebridad. Por tanto, la teoría corpuscular se consideró correcta durante
todo el siglo XVIII.

Al comienzo del siglo XIX, surgió nuevamente la polémica entre la teoría


corpuscular de Newton y la teoría ondulatoria de Huygens. El inglés Thomas
Young (1773-1829), quien realizó una serie de experimentos sobre la
interferencia y la difracción inclinó la balanza de manera definitiva del lado de
la naturaleza ondulatoria de la luz, solucionando así la controversia sobre la
dualidad onda-corpúsculo con relación a la naturaleza de la luz.

Dichas conclusiones fueron reforzadas por los trabajos realizados por el francés
Augustin-Jean Fresnel (1788-1827), quien además del desarrollo de las bases
matemáticas de la teoría ondulatoria, demostró que la propagación rectilínea
de la luz, era consecuencia del valor extremadamente pequeño de la longitud
de onda de las ondas luminosas.

El respaldo final a la naturaleza ondulatoria de la luz se produjo a mediados del


siglo XIX. En primer lugar gracias a la medición de la velocidad de la luz
realizada por Foucalt y posteriormente, a la predicción de la existencia de las
ondas electromagnéticas realizada por James Clerk Maxwell (1831-1879), el
cual sugirió que la luz representaba una pequeña porción del espectro de
ondas electromagnéticas, aquella cuyo intervalo de longitudes de onda era
capaz de impresionar el ojo humano. n La explicación de Maxwell fue
confirmada por Heinrich Rudolf Hertz (1857- 1894), quien generó ondas
electromagnéticas a partir de circuitos eléctricos (radioondas), las cuales
presentaban los mismos fenómenos de reflexión, refracción, polarización y
difracción de la luz.

A pesar de que se ponía fin a la polémica sobre la naturaleza de la luz, aún


faltaba revisar el antiguo concepto del éter. Albert Michelson (1852-1931) y
Edward Morley (1875-1955) realizaron un experimento cuyo objetivo era
calcular la velocidad de la Tierra con respecto al éter. Debido a que el
experimento realizado no mostraba que la Tierra tuviera una determinada
velocidad con respecto al éter, se supuso que la Tierra, en su movimiento,
arrastraba la capa de éter que la rodeaba. Sin embargo, este experimento no
presentó las propiedades del éter, sino que puso en evidencia que su
existencia era altamente improbable.
Por otro lado, Albert Einstein (1879-1955) proponía la teoría de los cuantos de
luz (actualmente denominados fotones), en la que explicaba que los sistemas
físicos podían tener tanto propiedades ondulatorias como corpusculares. Este
concepto lo utilizó para explicar el efecto fotoeléctrico descrito por Hertz. De
esta manera, se cierra el círculo de la naturaleza de la luz que se podría
resumir en la siguiente conclusión fundamental:

La luz se comporta como una onda electromagnética en todo lo referente a su


propagación, sin embargo se comporta como un haz de partículas (fotones)
cuando interacciona con la materia.

1.2 La velocidad de la luz

Las primeras estimaciones sobre la velocidad de la luz fueron realizadas por los
antiguos griegos, para quienes la luz se propagaba de manera instantánea, es
decir, que el tiempo empleado en desplazarse desde la fuente hasta el
observador es tan corto que se podría considerar su velocidad infinita. Al
comienzo del siglo XVII gran parte de la comunidad científica de la época no
estaba muy a favor de la existencia de la velocidad finita de la luz, ellos
pensaban que esta podía recorrer cualquier distancia en forma instantánea. Sin
embargo, Galileo no estaba de acuerdo con estas ideas y considerando que la
luz empleaba cierto tiempo en su propagación, trató de medir su velocidad.
Para ello, se ubicó a cierta distancia de uno de sus ayudantes, de tal forma que
uno de los dos dirigía un haz de luz hacia el lugar donde se encontraba el otro,
quien luego de cierto tiempo debería ver el resplandor; cada uno registraba el
tiempo y su diferencia sería el tiempo empleado por la luz en recorrer dicha
distancia. Como no hubo diferencia entre los tiempos, Galileo concluyó que si la
luz no se propagaba instantáneamente, entonces su velocidad era
extremadamente rápida.

La primera medida cuantitativa de la velocidad de la luz fue realizada por el


astrónomo danés Olaüs Römer, en 1675, mientras trabajaba con Giovanni
Cassini. Esta primera medida consistía en observar las variaciones sistemáticas
de los tiempos empleados por una de las lunas de Júpiter en realizar dos
eclipses sucesivos, como se representa en la siguiente figura

Mientras analizaba los datos del período del satélite, Römer observó que este
período cambiaba a lo largo del año, más concretamente, que crecía cuando la
Tierra se alejaba de Júpiter y disminuía cuando se acercaba. Con los datos
registrados durante seis meses de alejamiento de la Tierra, encontró un valor
de 22 minutos, por lo que determinó que la velocidad de la luz debía ser el
cociente entre el diámetro de la órbita terrestre y el tiempo anterior, es decir

En 1729, el astrónomo británico James Bradley calculó la velocidad de la luz a


partir de la diferencia entre la posición observada de una estrella y su posición
real, debido a la combinación de la velocidad del observador y la velocidad
finita de la luz. Este fenómeno denominado aberración de la luz, le permitió
obtener un valor de c 5 3,04 3 108 m/s. La primera medición no astronómica
de la velocidad de la luz fue realizada por el físico francés Armand Fizeau en
1849. En lo alto de las colinas de Suresnes y de Montmartre, distantes entre sí
8,63 km, Fizeau ubicó un sistema de lentes de tal forma que la luz reflejada en
un espejo semitransparente se enfocaba entre los huecos de una rueda
dentada. La rueda, que giraba con una velocidad angular variable, a baja
velocidad obstruía el paso de la luz reflejada por su diente; pero cuando la
velocidad era lo suficientemente grande, admitía que la luz reflejada pasara a
través del siguiente hueco de la ranura. De esta manera, la luz llega al espejo
semitransparente, lo atraviesa y es percibido por el observador, tal como se
muestra en la siguiente figura.

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