0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas65 páginas

Rivera Garza - Dolerse

Cargado por

GeorginaLastiri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
1K vistas65 páginas

Rivera Garza - Dolerse

Cargado por

GeorginaLastiri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

sur+

Dolerse
Textos desde un país herido

© Cristina Rivera Garza, 2011

Primera edición 2011


Segunda edición 2015

Editor: Saúl Hernández


Cuidado de la edición: Patricia Salinas
Galeras: Isaura Leonardo
Portada: Charles Glaubitz
Diseño editorial: Gabriela Díaz

© Surplus Ediciones S de RL de CV
Shakespeare 201
Col. Anzures, 11590
México, DF

ISBN: 978-607-8147-28-1

Hecho e impreso en México

www.surplusediciones.org

Reconocimiento – NoComercial – CompartirIgual (by-nc-sa): No


se permite un uso comercial de la obra original ni de las posibles obras
derivadas, la distribución de las cuales se debe hacer con una licencia
igual a la que regula la obra original.
DOLERSE
Textos desde un país herido

CRISTINA RIVERA GARZA

Segunda edición

surplus ediciones
Índice

Introducción 9
Como quien se guarece: Horror, Estado y dolor en el
México de inicios del siglo xxi

Prólogo a la segunda edición 19


Con/Dolerse: Textos desde un país herido

Los sufrientes
I. La reclamante 29
II. Agencia trágica (30 de marzo de 2010) 33
III. Diario del dolor de María Luisa Puga (6 de agosto de 2004) 37
IV. La violencia y el dolor (6 de noviembre de 2007) 41
V. 2501 migrantes de Alejandro Santiago (2007) 45

¿Qué país es éste, Agripina?


VI. La guerra y la imaginación (31 de marzo de 2009) 59
VII. El Estado sin entrañas (4 de enero de 2011) 69
VIII. Radiografías violentas (4 de mayo de 2009) 79
IX. Lo que une la sangre (abril de 2010) 83
X. ¿Qué país es éste, Agripina? (23 de marzo de 2010) 89
XI. Non-Fiction (abril de 2012) 93
XII. La mejor parte del mejor trato (10 de Julio de 2012) 97
XIII. Cacaluta (5 de febrero de 2013) 101
XIV. Las sirenas disecadas (11 de junio de 2013) 105
Bajo el cielo del narco
XV. Horrorismo 111
XVI. La guerra que perdimos (13 de abril de 2010) 115
XVII. Las neo-Camelias (11 de agosto de 2009) 125
XVIII. El domingo más largo (agosto de 2014) 129
XIX. Una red de agujeros (31 de agosto de 2010) 141
XX. Bajo la resolana con Guillermo Fernández (3 de abril 145
de 2012)
XXI. Bajo el cielo del Narco (4 de agosto de 2009) 149

Escrituras dolientes
XXII. Duelo (5 de abril de 2011) 155
XXIII. La escritura doliente (9 de febrero de 2010) 159
XXIV. Escribir contra la guerra (5 de julio de 2011) 165
XXV. Enargeia (25 de septiembre de 2012) 169
XXVI. Seguir escribiendo (junio de 2011) 173

Bibliografía 179
introducción
COMO QUIEN SE GUARECE:
HORROR, ESTADO Y DOLOR EN EL MÉXICO DEL
SIGLO XXI

El 14 de septiembre del 2011, despertamos de nueva cuen-


ta con la imagen de dos cuerpos colgando de un puente.
Un hombre; una mujer. Él, atado de las manos. Ella, de
muñecas y tobillos. Justo como en otras tantas ocasio-
nes, y como también lo notaron con cierto pudor en las
notas del periódico, los cuerpos mostraban huellas de
tortura. Del abdomen de la mujer, abierto en tres puntos
distintos, brotaban las entrañas.
Es difícil, por supuesto, escribir de estas cosas. Es más,
acciones como la descrita anteriormente son llevadas a
cabo, de hecho, para que no se pueda hablar de ellas. Su
fin último es causar la parálisis básica del horror —esa
ofensa que se ejerce no sólo contra la vida humana sino
también, acaso sobre todo, contra la condición humana.
En Horrorismo: Nombrando la violencia contemporá-
nea —un libro indispensable para pensar, si entender
fuera imposible—, Adriana Cavarero nos recuerda que
el terror surge cuando el cuerpo tiembla y huye para
conservar su vida. El aterrorizado teme y, por encon-
trarse dentro de la esfera del miedo, busca una salida. El
horror, cuyas raíces latinas nos remiten al verbo horreo,
está más allá del miedo que con tanta frecuencia alerta

9
contra el peligro o conmina por lo mismo a trascenderlo.
Frente a la cabeza de Medusa que es todo cuerpo des-
pedazado hasta más allá del reconocimiento humano, el
que se horroriza separa los labios e, incapaz de pronun-
ciar palabra alguna, incapaz de articular lingüísticamen-
te la desarticulación que llena la mirada, muerde, así, el
aire. El horror vive de y en la repugnancia, asegura Cava-
rero. Arrebatados de su agencia a través del estupor y la
inmovilidad, engarrotados en un juego de las estatuas de
marfil perpetuo, los horrorizados miran y, aun mirando
fijamente o precisamente por mirar fijamente, no pue-
den hacer nada. Más que vulnerables —una condición
que compartimos todos— desarmados. Más que frági-
les, inermes. Por eso el horror es, sobre todo, un espec-
táculo —el espectáculo más extremo del poder.
Lo que los mexicanos de inicios del siglo xxi hemos
sido obligados a ver —ya en las calles, en los puentes
peatonales, en la televisión o en los periódicos— es, sin
duda, uno de los espectáculos más escalofriantes del ho-
rrorismo contemporáneo. Los cuerpos abiertos en ca-
nal, vueltos pedazos irreconocibles sobre las calles. Los
cuerpos extraídos en estado de putrefacción de cientos
y cientos de fosas. Los cuerpos arrojados desde camio-
netas de redilas sobre avenidas transitadas. Los cuerpos
chamuscados en piras enormes. Los cuerpos sin manos
o sin orejas o sin narices. Los cuerpos invisibles, incapa-
ces ya de reclamar sus maletas en las estaciones de au-
tobuses a donde sí llegan sus pertenencias. Los cuerpos
perseguidos; los cuerpos ya sin aire; los cuerpos sin voz.
Esto es el horror, en efecto. Esto es la versión actual de

10
un tipo de horror moderno que igual ha enseñado su
cara más atroz en Armenia, en Auschwitz, en Kosovo.
En el caso de México de fines del xx e inicios del xxi, el
horror va íntimamente ligado al retroceso del Estado en
materia de bienestar y protección social y, consecuente-
mente, al surgimiento de un feroz grupo de empresarios
del capitalismo global a los que se les denomina de ma-
nera genérica como el Narco. Se trata, pues, del horror
de un Estado que, en pleno retroceso ante los intereses
económicos de la globalización, no ha hecho más que
repetir una y otra vez aquel famoso gesto de un traidor:
lavarse las manos. Así es, desde la época de las reformas
salinistas de 1989, y siempre violentando acuerdos cen-
trales que la sociedad mexicana había alcanzado luego
de más de una década de lucha en la así llamada era de
la Revolución mexicana, el Estado neoliberal mexicano
le ha dado la espalda a sus compromisos y a sus respon-
sabilidades, rindiéndose ante la lógica implacable, la ló-
gica, literalmente letal, de la ganancia. A ese Estado que
rescinde su relación con el cuidado del cuerpo de sus
constituyentes le he llamado en estos ensayos el Estado
sin entrañas.
El Estado es, sin embargo, un verbo y no un sustanti-
vo; el Estado, como el capital, es una relación. Cuando de
manera unilateral el Estado mexicano, administrado por
una enérgica generación de tecnócratas convencida de la
primacía de la ganancia sobre la vida, se sustrajo de la re-
lación de protección y cuidado para y con los cuerpos de
sus ciudadanos, entonces se produjo la intemperie. Justo
ahí, en el escenario de esa intemperie atroz, es que los

11
cuerpos de sus ciudadanos además de vulnerables —que
es parte de una condición humana—, se volvieron iner-
mes —que es una circunstancia generada artificialmente
por las formas de violencia unilateral producida por la
tortura. En su indiferencia y descuido, en su noción ins-
trumental de lo político e incluso de lo público, el Estado
sin entrañas produjo así el cuerpo desentrañado: esos
pedazos de torsos, esas piernas y esos pies, ese interior
que se vuelve exterior, colgando.
En un lúcido ensayo sobre lo que está mal en el mun-
do de hoy, el humanista Tony Judt equiparó el nivel de
agresión y descuido que sufren los ciudadanos en socie-
dades donde el Estado es totalitario con las sociedades
donde la carencia de Estado invita a la impunidad y a la
violencia. Este último es, sin duda, el caso de México. El
día que el representante del Ejecutivo emitió, en un tono
cínico que aun ahora ocasiona escalofrío, la frase “¿y a
mí qué?”, cuando se le pedía su intervención en materias
de bienestar social, ese día se sentaron las bases cultu-
rales y políticas, sintácticas y contextuales, de nuestra
peculiar forma de horrorismo.
A un Estado Pilatos que ha asumido como propia
la lógica de la ganancia, se le unió, con frecuencia de
manera orgánica cuando no filial, ese grupo de feroces
empresarios de la primera globalización posmoderna (si
tomamos en cuenta que, como argumentaba Eduardo
Grüner en El fin de las pequeñas historias, la gran glo-
balización moderna dio inicio en 1492). Producto en
algunos casos de las desigualdades y jerarquías de una
sociedad con un Estado en franco retroceso, el Narco

12
llevó a cabo por decenios enteros una estratégica y exi-
tosa labor que lo validó como una entidad necesaria.
Tanto la corrupción estatal como las atroces ejecucio-
nes que se han convertido en su sello identitario han ido
demostrando lo que no era tan difícil ocultar desde el
inicio: los narcotraficantes son empresarios dispuestos a
llegar hasta las últimas consecuencias —consecuencias
que con frecuencia se encuentran en la intemperie don-
de termina la condición humana— con tal de asegurar,
y sobre todo aumentar, su ganancia.
Mientras los narcotraficantes consiguen a través de la
violencia unilateral y espectacular de la tortura lo que
las maquilas y otras cadenas de trasnacionales intenta-
ron a lo largo del último tercio del siglo xx, esto es, re-
ducir al cuerpo a su estado más básico como productor
de plusvalía, los mexicanos nos hemos vistos forzados a
ser testigos de los hechos. Boquiabiertos, con los vellos
erizados sobre la piel de gallina, fríos como estatuas, pa-
ralizados realmente, muchos no hemos hecho más que
lo que se hace frente al horror: abrir la boca y morder
el aire. Como bien lo recuerda Cavarero, ya Primo Levi
aseguraba que los testigos integrales, aquellos que han
regresado vivos de su contacto con el horror, son usual-
mente incapaces de articular su experiencia de los he-
chos. Insisto: eso y no otra cosa es el horror. Para eso
existe. Ésa es su raíz. Del otro lado, sin embargo, justo en
su otro extremo, está el dolor —las múltiples maneras
en que el dolor nos permite articular una experiencia
inenarrable como una crítica intrínseca contra las con-
diciones que lo hicieron posible en primera instancia.

13
Cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los
hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e in-
cluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto,
abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del
dolor.
De ahí la importancia de dolerse. De la necesidad po-
lítica de decir “tú me dueles” y de recorrer mi historia
contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única,
aunque generalizada, de los que nos dolemos. De ahí la
urgencia estética de decir, en el más básico y también
en el más desencajado de los lenguajes, esto me duele.
Porque Edmond Jabès tenía razón cuando criticaba el
dictum de Adorno: no se trata de que después del ho-
rror no debamos o no podamos hacer poesía. Se trata de
que, mientras somos testigos integrales del horror, ha-
gamos poesía de otra manera. Se trata de que, mientras
otros tantos con nosotros demandemos la restitución
de un Estado con entrañas —el mismo objetivo tenían,
por cierto, Madres de Plaza de Mayo ante las atrocida-
des de la Junta Militar en Argentina, y el movimiento de
las Arpilleras en Chile cuando trataban de contradecir
el horror de Pinochet, entre otros tantos movimientos
generados por grupos alternativos de la sociedad—
podamos articular la desarticulación muda con que nos
atosiga el estado espeluznante de las cosas a través de
estrategias escriturales que, en lugar de promover la pre-
servación del poder, activen más bien el potencial críti-
co y utópico del lenguaje. Dolerse como quien se guare-
ce de la intemperie. Dolerse, que siempre es escribir de
otra manera.

14
Además de dolerme, no sé qué hacer. Todavía no sé
con quién unirme, dónde verme, sobre qué hombro llo-
rar. Sé que el dolor encuentra con frecuencia sus propios
aliados —y una larga tradición religiosa, alejada de las
instituciones más rancias del catolicismo conservador,
atestigua en nuestra historia algunos de los usos más po-
líticamente efectivos del sufrimiento social. Recuérdese,
entre otros casos, el de nuestro movimiento indepen-
dentista, al menos el primero, el que todavía fue capaz
de aglutinar el apoyo popular. Recuérdese, entre tantos
otros ejemplos, el de Tomochic y la Santa Niña de Ca-
bora. Recuérdense, en fin, tantas cosas. Lo único cierto
es que, luego de la parálisis de mi primer contacto con
el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho, doler-
me. Quiero pensar con el dolor, y con el dolor abrazarlo
muy dentro, regresarlo al corazón palpitante con el que
todavía tiembla este país. Frente a la cabeza de Medusa,
justo ahí porque es ahí donde el riesgo de convertirse en
piedra es más verdadero, justo ahí decir: aquí, tú, noso-
tros, nos dolemos.
Si la política, como argumentaba Jacques Rancière en
El espectador emancipado, “consiste ante todo en cam-
biar los lugares y la cuenta de los cuerpos”, si la política
“es la práctica que rompe con ese orden de la policía que
anticipa las relaciones de poder en la evidencia misma
de los datos sensibles”, entonces estos textos doloridos,
estos textos dolientes, son más que un mero intento de
empatía con las víctimas. Son, si son algo, un ejercicio
de disenso a través del cual tendría que ser posible po-
ner en juego una vez más, y de otra manera, “lo que es

15
percibido, pensable y factible”. Estos textos, quiero decir,
son política. No piden conmiseración; no están sujetos
al mercado de la lástima. No tratan ni de tomar la voz ni
de dar voz a las múltiples voces que existen, de hecho,
por sí mismas. Al contrario. Más bien, en su afán de ope-
rar en disenso de un discurso bélico que antepone a la
violencia de los empresarios globalizadores la violencia
del Estado, estos textos implican al dolor, especialmente
al dolor del cuerpo desentrañado, para participar de la
reconfiguración de “lo visible, lo decible, lo pensable; y,
por eso mismo, un paisaje nuevo de lo posible”.

Un día, una tarde nublada de marzo para ser más exac-


tos, yo estaba en un salón de clase rodeado de ventanas.
A través de una de ellas, de manera por demás sorpresi-
va, entró alguien. Era un muchacho. Dijo que venía de
Oaxaca y que quería saludarme. Creo recordar que ese
muchacho se quedó a la sesión en que discutíamos algu-
nos asuntos relacionados con los métodos de la poesía
documental, esa práctica de la escritura que incorpora y
subvierte, que abraza y testerea el lenguaje público de los
desposeídos y los sufrientes. Los que formamos parte de
aquel taller terminamos produciendo un blog con textos
a su vez configurados a partir de las palabras enuncia-
das en diversos medios por los padres y madres de los
49 niños masacrados por el fuego en la Guardería ABC,
localizada en Hermosillo, Sonora. Tiempo después, ese
mismo muchacho que atravesó una ventana como si
fuera una puerta, me pidió algo imposible —que es lo
único que vale la pena pedir. Saúl Hernández, ése es su

16
nombre, me pidió que articulara en un libro mis ideas
sobre la situación del México actual. No quería a la his-
toriadora; tampoco a la escritora. Saúl quería a la ciuda-
dana que es a la vez, que no puede dejar de ser, ni una
historiadora, ni una escritora, ni una madre, ni una hija,
ni una mujer de luto. Me tomó sólo un par de minutos
entender que ése y no otro sería mi siguiente libro. Lo
imposible es a veces así. Retomé cosas que había escrito
y publicado, así como textos que se quedaron sin ver la
luz del día. Incluí poemas y crónicas y ensayos persona-
les. No respeté un orden cronológico, pero puse bastante
atención en su orden de aparición. Su diálogo interno.
Su derivación. Todavía convencida de que el libro debe
ser una experiencia táctil, como lo quería Mark Rothko
de toda práctica plástica, quise que aquí entrara el aire.
El aire del presente. En efecto, esto no se acaba sino has-
ta que se acaba. Y sí, algo huele mal en Dinamarca. Aquí.
Frente a Medusa, que también es una cabeza separa-
da de su cuerpo; frente a Medusa que también es una
mujer decapitada, evado el espejo, que es otra manera
de evadir a la piedra, y acepto las consecuencias, todas
humanas y todas últimas, de las palabras. Éstas son mis
oraciones.

17
prólogo a la segunda edición
CON/DOLERSE: TEXTOS DESDE UN PAÍS HERIDO

Me gustaría que este libro no existiera.


Y qué extraño, y qué justo, iniciar un libro deseando
su desaparición.
Es en serio: me gustaría que no hubiera razones para
la existencia de este libro. Me gustaría que no fuera
necesario volver a insistir sobre este libro. Dolerse. Me
gustaría que no fuera éste el país herido desde donde
parten estos textos también heridos. Me gustaría que no
tuviéramos que dolernos, que no tuviéramos que hacer
propio el dolor ajeno y volver ajeno el dolor propio para
seguir adelante incluso en medio del horror. Pero es pre-
ciso. Condolerse es preciso. Las razones están aquí, des-
bordándose en el día a día de una nación que se sacude
ante sus propias contradicciones, su propias limitacio-
nes, sus propias masacres. Condolerse, que no es el dis-
curso de la victimización ni mucho menos de la resigna-
ción, sino una práctica de la comunalidad generada en
la experiencia crítica con y contra las fuentes mismas del
dolor social que nos aqueja, que nos agobia, que acaso
también nos prepare para alterar nuestra percepción de
lo posible y lo factible.
Me gustaría que este libro no existiera, pero existe. Se
trata, como la primera vez, de un libro sobre el dolor.

19
Alrededor de él. En su centro. Se trata de palabras sueltas
y palabras tomadas, de oraciones gramaticales y espiri-
tuales y estéticas, de párrafos concatenados que intentan,
a su vez, concatenarse a otros fuera de la página, en la
calle de nuestros días, en las voces que van a parar, tu-
multuosas, en los pabellones de nuestras orejas. Se trata
de un libro que es, a su vez, una conversación, una visita,
una insistencia. Un sampleo. Un loop y un remix. Y una
alterada alteración. Somos más ahora: Yásnaya Elena
Aguilar Gil, Marina Azahua, Amaranta Caballero Pra-
do, Elda Cantú, Roberto Cruz Arzabal, Irmgard Emme-
lhainz, Verónica Gerber Bicecci, Mónica Nepote, Diego
Enrique Osorno, Javier Raya, Ignacio Sánchez Prado,
Alexandra Saum-Pascual, Ingrid Solana, Eugenio Tisse-
lli y Sara Uribe; autores de México y España y Estados
Unidos han contribuido con sus propias reflexiones y
procesos para acrecentar la capacidad de nuestra escu-
cha. Por desgracia, somos más; por fortuna.
Y, como todo libro es un libro vivo, hemos trastocado
el original —quitando o añadiendo textos, reconsideran-
do el orden de las cosas— para conectarnos de manera
más pronta, más íntima, con todo lo que nos compete.
La primera curaduría de este libro se llevó a cabo duran-
te los momentos más álgidos de la guerra calderonista.
Aunque la gravedad de nuestras circunstancias no ha
disminuido, el paso del tiempo y, sobre todo, las discu-
siones desatadas debido al aumento de la movilización
de la sociedad mexicana, abrieron el campo de visión
y de escucha. A medida que el trabajo del pensamiento
se volvía más y más colectivo, los pronombres en plural

20
demandaron su justo sitio. Y otros frentes de crítica se
asomaron con insistencia: la defensa del medio ambien-
te, por ejemplo. Por desgracia, las escrituras dolientes se
extendieron para cruzar la frontera con el trabajo artís-
tico de Alejandro Santiago, o para ponernos de luto por
el homicidio del poeta y amigo Guillermo Fernández.

Lo sabíamos desde antes, pero lo sabemos ya sin lugar


a dudas ahora, especialmente después de las tragedias
del 2014. La mortífera tarea que se propuso el neolibe-
ralismo desde 1988 —reducir al Estado a sus funciones
meramente administrativas— se ha llevado a cabo con
todo éxito. Se trata de un éxito macabro y horrísono, en
efecto. Pero el neoliberalismo nunca prometió otra cosa;
nunca, en todo caso, para las mayorías de este país.
Estamos, ciertamente, frente a un régimen que poco a
poco pero sin descanso alguno se ha encargado de des-
mantelar las bases mismas de esa relación social que es el
Estado. Enrique Peña Nieto no ha dejado ningún proyec-
to cardenista en pie. Ha atacado por igual la protección
ecológica del Nevado de Toluca (un logro del gobierno
de Lázaro Cárdenas que otorgó el status de parque na-
cional a unas 53 mil hectáreas del volcán Xinantécatl
en las afueras de Toluca en 1938), así como las escuelas
normalistas rurales, dentro de las cuales se cuenta ahora,
con sumo dolor, la de Ayotzinapa. Ha atacado la educa-
ción pública y, tras admitir la explotación de recursos

21
naturales a través del fracking, también ha puesto en
riesgo a nuestro medio ambiente. Nuestro entorno. Las
reformas energéticas y económicas son mucho más vis-
tosas y más imperiales en su afán de ceñirse a la máxima
de la ganancia a toda costa, pero éstas se llevan a cabo y
se materializan a través de una dilapidación milimétri-
ca, de un desmantelamiento casi quirúrgico del Estado
mexicano.
Cada que se menciona al Estado recuerdo el famoso
“Tratado de nomadología” que Deleuze y Guattari in-
cluyeron en sus Mil mesetas. El capítulo es complejísi-
mo, pero entre otras cosas anteponen ahí el objetivo de
producción y permanencia de los órganos de poder del
Estado contra la velocidad y la naturaleza nómada de las
máquinas de guerra que lo cuestionan. No sé si ahora
mismo, con todas las heridas que sufre el país a causa de
la violencia desatada por la guerra calderonista y ahora
peñanietista, el término guerra sea el más afortunado,
pero sí creo que lo que hemos presenciado estos meses
entre el fin de 2014 y el inicio de 2015 —esas caudalosas
marchas de tribus enteras que avanzaron por las calles
de varias ciudades del mundo en apoyo a Ayotzinapa—
tenían toda la pinta de ser máquinas nómadas listas para
cuestionar las bases mismas de un Estado que gusta de
presentarse a sí mismo como todopoderoso, omnipre-
sente y, sí, eterno. Ya lo decía Claudio Lomnitz en un
artículo reciente: “Lo cierto es que en México la fantasía
del Estado omnipotente le ha servido durante demasiado
tiempo a demasiada gente. El Estado mexicano siempre
ha tenido serios límites de poder, pero esos límites han

22
sido siempre cuidadosamente ocultados y negados”.1 Y,
desde una óptica más teórica, lo decía también Michael
Taussig en un libro fabuloso que se llama The Nervous
System: la ficción en el centro del corazón del Estado
bien podría ser su realidad más esencial.
Una gran diversidad de documentos históricos de
inicios de siglo xx dan cuenta de algo que resulta asom-
broso en nuestros días: la conciencia plena de los gober-
nantes de épocas pasadas —no sólo los de la así llamada
izquierda, como Lázaro Cárdenas, sino incluso de presi-
dentes francamente asociados con fuerzas más conser-
vadoras como el general Plutarco Elías Calles— acerca
de su tarea como partícipes de esa relación social a la
que denominamos como Estado. En efecto, ellos tenían
todavía muy frescos en la memoria, no sólo mental sino
también corporal, esos muchos años de batallas libradas
en distintas regiones del país, y tampoco olvidaban el
millón de mexicanos (son datos de estadística oficial)
que perdió la vida en esa década de movilizaciones, vio-
lencia, hambre. Los gobernantes actuales han olvidado
todo eso; y lo han hecho con toda intención y con una
disciplina a prueba de balas. Cuando el neoliberalismo
optó por la ganancia a toda costa, aliándose a ese con-
junto de capitalistas salvajes que son los grupos antes
conocidos como narcos, los gobernantes le dieron la es-
palda a los acuerdos con los que iniciamos una nación,
según consta en la Constitución de 1917. Ese olvido es

1 Claudio Lomnitz, “La unidad se tendrá que construir (por un servicio


civil universal obligatorio)”, La Jornada, 12 de noviembre, 2014.

23
imperdonable. Es un olvido donde queda la respon-
sabilidad del Estado por el bienestar de la ciudadanía:
una ética de co-responsabilidad y de cuidado. Valdría la
pena preguntarles a esos intelectuales liberales que tanto
abogaron por la reducción del Estado (ellos decían que
en nombre de la libertad, pero ahora sabemos que era en
nombre de la mayor ganancia para los muy pocos) qué
harán o qué hacen ahora que su reducción del Estado
ha mostrado su cara más cruel: la cara desollada de los
estudiantes más pobres.
Es de suyo significativo que la serie de movilizaciones
con que terminamos el 2014 e iniciamos el 2015 deman-
den la aparición, la participación y la responsabilidad
del Estado. Justo como las madres de la Plaza de Mayo
en Argentina antes, o las arpilleras en Chile a fines del
siglo pasado, al exigir que el Estado cumpla con sus fun-
ciones, que responda por la protección de la ciudadanía,
ciñéndose a una ética del cuidado civil, se demanda en
realidad otra relación política. Acaso, incluso, otro en-
tendimiento de lo político en cuanto tal.

En efecto, iniciamos el 2015 con una serie de moviliza-


ciones sociales que, entre otras cosas, indica que la pa-
rálisis en la que nos sumió el horrorismo de la guerra
neoliberal también ha llegado a su fin. Las familias y los
jóvenes y los trabajadores y los estudiantes y los profesio-
nistas y los artistas y las amas de casa y las adolescentes

24
y los niños y todos los que han colocado su cuerpo junto
a otros cuerpos en el foro público de ciudades y pueblos
nos dicen, con toda claridad, que el momento de ima-
ginar otro régimen ha empezado ya. Imaginar, en este
caso, es conversar y es dirimir y estar de acuerdo en que
no estaremos de acuerdo. Es el momento, sin duda, de
la micropolítica —el momento de recordar otra vez las
bases mismas de esa comunalidad que ha dado vida y
resistencia a tantos pueblos indígenas (y no) a lo largo
y ancho del país.
Lo decía Jaime Martínez Luna, un antropólogo origi-
nario de Guelatao de Juárez (Oaxaca): la comunalidad es
lo opuesto a la individualidad, somos territorio comunal
no propiedad privada.2 Lo recordaba Tajëëw Díaz Robles
(@TajeewDR), politóloga procedente de Tlahuitoltepec,
una comunidad en la sierra mixe de Oaxaca que se ha
regido por su propio sistema normativo y sin la inter-
vención de partidos políticos desde al menos 1936:
donde hay asamblea hay comunalidad. 1. Reunámonos
en barrios, colonias, cuadras, trabajo o comunidades en
asamblea. 2. Definamos la comunidad que deseamos
construir. 3. Definamos las problemáticas. 4. Definamos
cómo resolverlas. 5. Manos a la obra. Lo decía Eugenio
Tisselli (@sautiyawakulima), poeta y activista urbano y
rural: 1. Comunalidad. 2. Renta básica. 3. Protección del
trabajo y producción local. 4. Justicia ambiental. 5. Des-
monetarización del trabajo semiótico.

2 Ver, por ejemplo: Jaime Martínez Luna, “Comunalidad y autonomía”.


Recuperado de http://eramx.org/Estudios_y_proyectos/RecupBosq/
Comunalidad_y_Autonoma.pdf

25
México cuenta con una de las historias de resistencia
social más dinámicas del globo terráqueo. No por nada
hemos logrado sobrevivir a una de las vecindades más
desiguales y crueles del siglo xx. Y, para llevarlo a cabo,
una gran diversidad de comunidades han echado mano
de un gran abanico de estrategias tanto económicas, so-
ciales y culturales que les ha permitido estar sobre esta
tierra con dignidad. Conocer todas y cada una de esas
estrategias nos hará bien para los tiempos venideros. Ya
sea para leer libros o para producir otras relaciones de
lectura, ya sea para producir otros tipos de existencia,
esas vidas más justas y más plenas que son nuestro de-
recho, tenemos que aprender de los que saben. Tenemos
que oír; aprender a oír. El momento de la micropolítica
es, también, el gran momento de la escucha social.

26
Bajo el cielo del narco
XV. HORRORISMO

Cfr. Entre Medea y Medusa el gesto de la víctima. Las


esquirlas.

No quiero volver a leer las palabras: “Mi hijo murió en


mis brazos”.

“Mi hijo murió en mis brazos”, relató Cinthia Salazar


Castillo.

No quiero volver a leer las palabras: “La bala era para mí


pero mató a mi hijo”.

“La bala era para mí pero mató a mi hijo”, agregó.

No quiero volver a leer las palabras: “Fueron soldados,


todos uniformados”.

“Fueron soldados, todos uniformados”, denunció la ma-


dre de familia.

¿Y la resurrección?

“Fueron minutos de terror, de miedo, de coraje”, repitió


una y otra vez.

111
“Fueron minutos de terror, de miedo, de coraje”, repitió
una y otra vez.
“Fueron minutos de terror, de miedo, de coraje”, repitió
una y otra vez.
“Fueron minutos de terror, de miedo, de coraje”, repitió
una y otra vez.

El saldo: dos niños muertos. Armas de grueso calibre.


Domingo de Pascua.

La palabra: esquirla. Las palabras.

Empezaron a tirar, tirar y tirar.

Mientras la violencia invade y adquiere formas inaudi-


tas, la lengua contemporánea tiene una dificultad para
darle nombres plausibles: Martín y Bryan Almanza:
Nuevo Laredo-Reynosa-Matamoros.

Una ontología de la vulnerabilidad: lo que nos expone


a la dependencia del otro: tanto a su cuidado como a su
ultraje.

Alguien se desangra en el monte. Alguien respira, ame-


drentado. Alguien teme.

La palabra: esquirla. Las palabras.

Empezaron a tirar, tirar y tirar.

112
No quiero volver a leer las palabras “Empezaron a tirar,
tirar, y tirar”. No quiero la palabra inerme.

“A uno de ellos, que me apuntaba con su arma, le dije


que me matara, total que dos de mis cinco hijos ya esta-
ban muertos”, refiere la madre.

No quiero volver a leer las palabras: “Nos seguían aven-


tando granadas”.

“Nos seguían aventando granadas”, recuerda.

La madre de familia aún presenta las huellas de las es-


quirlas en la cara, pecho y brazos.

La palabra inerme. El gesto de la víctima.

Dos féretros, en color blanco, que contienen los restos


de Bryan y Martín, son velados en la humilde vivienda
número 1135 de la calle Esfinge, de la populosa colonia
Los Colorines.

Una ontología de la vulnerabilidad, condición humana


que nos expone a la dependencia del otro: tanto a su cui-
dado como a su ultraje.

113
XVI. LA GUERRA QUE PERDIMOS

Como con cierta frecuencia en una taquería semiambu-


lante que se llama El Chapo —sus tacos de cazón a la
plancha no tienen rival alguno alrededor. Entre uno y
otro punto de la ciudad en la que paso más o menos dos
de las cuatro semanas del mes suelo encontrarme con
un par de retenes militares y todavía más de esos apre-
surados convoyes que nos obligan a orillarnos a la orilla
(adónde más, puesn). Lo de las sirenas policiacas (bueno
sería que fueran de las otras) es cosa de diario. Cuando
se callan, que no es muy seguido, es que logro escuchar
el sonido del mar: hosco, constante, ruido sucio. Algu-
nos integrantes de mi familia reportan hechos todavía
más alarmantes desde la otra esquina del país: toques de
queda, cancelación de recreos, restaurantes vacíos, calles
por las que no se atreve a transitar nadie. Todo esto, des-
de siempre. Un siempre definido, claro está, como desde
hace una media decena de años. Un poco más. Un poco
menos.
Hemos compartido el mismo cielo ya por mucho
tiempo, quiero decir. Nosotros sabemos de ellos y ellos
de nosotros. Entre más pasa el tiempo nosotros somos
menos. La permeabilidad tiene su precio. Pero pocas ve-
ces como en esta semana se me han apersonado tan de
frente: en las portadas de las revistas que leo, en el área
de comentarios de los periódicos que desmenuzo, en la

115
pantalla de mi computadora. El narco. El Jefe de Jefes.
La plaza. Los siento, como pocas veces, aquí cerquita.
Podría tratarse de un mero efecto ecfrástico, puesto que
estas imágenes ya pasaron de la indiferencia a la espe-
ranza y luego al miedo, pero el número de muertos es
demasiado real. Las mujeres. Los estudiantes. Los ni-
ños, ahora. En el libro Horrorismo: Nombrando la vio-
lencia contemporánea que toma partido por la visión y
la experiencia de la víctima inerme, Adriana Cavarero
decide dejar de lado el glamour y la mitificación que
usualmente acompaña a las acciones del guerrero. A eso
no pocos le llaman narrativa épica. Compartiendo como
comparto esa postura (pocas cosas más tediosas que la
mente de un asesino serial, si me lo preguntan), no pue-
do dejar de poner atención a la súbita cercanía mediáti-
ca del Narco. Recuerdo el lema de mi espejo retrovisor:
los objetos están más cerca de lo que parecen.
Siempre he sido reacia a creer en héroes de cualquier
tipo, especialmente si vienen con las señas y modos de
la virilidad más aparatosa (supongo que por eso no caí
en el encanto de los super héroes de cómics, en los que
el único poder de las mujeres, todo me lo decía enton-
ces, consiste en volverse invisibles o en crear campos de
protección). Por eso cuando empecé a escuchar los pri-
meros corridos o a revisar las primeras novelas con nar-
cos como motivo mantuve una distancia que me gustaba
describir como crítica. Las declaraciones que Zambada
le propinó al periodista Julio Scherer y los mensajes anó-
nimos que aparecieron en la sección de comentarios de
una noticia acerca de un toque de queda ocurrido en

116
Tampico, Tamaulipas, me obligan, ahora, a volver la vis-
ta. ¿Qué país es éste, Agripina?
En lo que ha sido una estrategia mediática bien orga-
nizada, Zambada, un hombre poderoso, que explícita-
mente se dedica a un negocio ilícito, tuvo el buen tino
de convocar a un periodista respetado para hacer un
par de declaraciones importantes. Eligió bien. Se saltó a
los otros periodistas, ésos a los que, aunque reacciona-
ron con alarma y desdén ante la celebración del croni-
cado encuentro, les sacaron sus recibitos salinistas al sol
en la prensa nacional. Eligió al periodista que ya le había
dedicado horas de atención a Sandra Ávila, la mujer que
atravesará la historia, en parte gracias a su libro, como
La Reina del Pacífico. Eligió, y se lo hizo saber en pose
de anfitrión, en pose de dueño de la plaza, porque lo ha-
bía leído. En un país donde el promedio de lectura al
año alcanza apenas la escandalosa cifra de un libro, esta
declaración no deja de tener su evocadora relevancia.
Los mensajes explícitos fueron, en efecto, explícitos:
no atentó contra Calderón, el Ejército comete atrocida-
des, la corrupción social es lo que mantiene vivo al nar-
cotráfico, la guerra contra el Narco está, luego entonces,
perdida. La realidad, para colmo de males, le dio la ra-
zón casi de inmediato: el Ejército asesinó a dos niños en
la carretera Matamoros-Reynosa-Nuevo Laredo justo el
domingo de Pascua, apenas un día antes de que se pu-
blicaran sus declaraciones. Pero no es lo que declaró lo
más importante de esa historia, sino lo que dijo. Porque
si de lo que se trata es de no mitificar ni mucho menos
engrandecer al Narco —un peligro cierto en un país en

117
que ante una legalidad percibida como ilegítima suele
anteponerse una poderosa ilegalidad— entonces habría
que devolver su discurso al terrizo terreno de la tierra.
Veamos. Antes de hacer sus declaraciones, Zambada
se contextualizó. Dijo: primero platiquemos. No es ne-
cesario ser un especialista en hermenéutica ni un lec-
tor profesional del entrelineado para resaltar lo que el
mismo Zambada resaltó: un discurso patriarcal donde
las fronteras de género además de bien definidas quedan
desniveladas. Zambada insistió en presentarse como un
hombre de familia, un patriarca al tanto de y preocupa-
do por la suerte de su mujer, sus cinco hijos, a uno de los
cuales, el primogénito por más señas, admitió “llorar”.
También se expresó, aunque brevemente, de sus otras
cinco mujeres, 15 nietos y un bisnieto, todos según ase-
guró, “gente del monte”, como él mismo. No habló, por
supuesto, de las poderosas Reinas del Sur, las damas que,
como Sandra Ávila, nacen dentro de sus filas y gozan,
por lo mismo, de cierta permisividad y autonomía. Tam-
poco se refirió a las carismáticas buchonas que, como se
sabe, suelen ser flores de ciudad. No habló de las que han
aparecido —al menos una, en Tijuana, no hace mucho—
decapitadas en la vía pública después de algún desagui-
sado, digamos, romántico. Una primera tentativa para
desmitificar al Narco tendría que pasar por fuerza por
una crítica general a las nociones de masculinidad que
éste reclama y alienta. Si Zambada, de manera astuta,
quiso resumir su idea de lo que es un hombre de fiar
en frases como “tiene mi palabra”, “mi esposa, 5 muje-
res, 15 nietos”, “mijo”, “agricultura y ganadería”, “todos

118
mienten”, habría que recordar que el clima de violencia
de género que se respira no sólo en la plaza de Ciudad
Juárez, sino en lugares donde las estadísticas son incluso
más alarmantes, como en el Estado de México, está en
gran parte relacionado con las agresivas respuestas con
que se reciben los reacomodos del núcleo familiar y las
cambiantes conductas de género en el México contem-
poráneo. Carlos Carrera, con guión de Sabina Berman,
supo poner muy bien esto en su cinta Backyard.
Otra manera de desmitificar la autoagrandada ima-
gen que el narco tiene de sí mismo es cuestionar su
alianza, tanto material como cultural, con las clases más
desposeídas de nuestro país. Su buscada adhesión a las
clases populares se confirmó de inmediato al perfilarse
como una especie ingrata de campesino contemporá-
neo: Zambada no sólo declaró ser un “hijo del monte”,
sino que también habló, cual le corresponde, de la tierra
y del cielo, con agradecimiento respecto a la primera, y
desconfianza al segundo. De hecho, hacia el final de la
entrevista aceptó que se dedicaba a “la agricultura y
la ganadería”. Pero ni Zambada ni Calderón mencionan
lo obvio: que estos negocios agrícolas son grandes em-
porios globalizados y que, a pesar de designarla como
mera “tontería”, la fortuna de El Chapo sí está en las lis-
tas de Forbes. Lejos están de “la gente del monte” tanto
los Jefes de Jefes como los otros miles de empresarios
que ocultan sus nombres y las fortunas que han ido
amasando en sus conexiones con el narcotráfico. Gen-
te del post-monte en todo caso y, a juzgar por el golpe
mediático, aguzados lectores de las formas populares de

119
la comunicación contemporánea: el Narco. Neocam-
piranos. Aspirantes a dueños de la aldea, ciertamente,
global. Es evidente que mientras no se despenalice el
consumo de drogas, es decir, mientras haya Jefe de Jefes
y Empresarios Oscuros que acumulen dinero, y mucho,
con ellas, este negocio no desaparecerá.
Cuando Zambada explicó que había escapado del
Ejército en algunas ocasiones gracias a su conocimien-
to del terreno también hizo alianzas, metafóricas y no,
con tradiciones guerrilleras campesinas que están en el
corazón mismo de la historia de México, y más allá. Su
crítica a las atrocidades que comete el ejército mexicano
(justo cuando el mismo ejército parece estar saliendo de
Ciudad Juárez), sin duda intentaba crear una empatía
con los dolientes contemporáneos. Evitó mencionar, por
supuesto, las atrocidades propias del Narco, las cuales
han marcado escenarios urbanos y rurales por igual en
los últimos años. Y pudo evitar mencionarlo porque,
por lo que se deduce de las pocas palabras que le dijo
a Scherer, Zambada sigue pensando que, a diferencia
del Ejército, el Narco sólo ejerce la revancha o en todo
caso la violencia con sus pares. Y nosotros, los que ya
somos cada vez menos Nosotros, así, autoprotegidos en
un pronombre con muros, sabemos bien que eso no es
cierto. Las masacres contra estudiantes en Ciudad Juá-
rez y en Monterrey son un alarmante recordatorio, en-
tre tantos otros que se pierden en las páginas interiores
de la prensa local o que no abandonan el sonido debajo
del rumor, que la honorabilidad del Narco, si la hubo,
es cosa del pasado. No habrá que olvidar tampoco las

120
continuas masacres dentro de los penales más diversos.
Todos ellos, en las escuelas o en las prisiones, son parte
de ese 23% de ejecutados que tienen menos de 23 años.
Frente a sus sicarios de hoy todos somos vulnerables.
Todos somos víctimas potenciales.
Como los anónimos mensajeros que dejaron, en ma-
yúsculas, un texto en la sección de comentarios de Mi-
lenio de Tampico, la definición de pueblo en el discurso
de Zambada va acompañada, explícita o implícitamen-
te, de la palabra subordinación. Y en esto, como en su
manera de aliarse cultural y materialmente con las muy
diversas clases desposeídas, Zambada emula los mejores
tiempos del pri. Recuérdese que la incorporación de tra-
bajadores y campesinos al aparato del Estado fue, desde
el inicio, altamente selectiva: se dejó entrar a los que capi-
tulaban, como los sindicatos que luego formaron la ctm,
pero se descartó a los independientes y a los anarquistas.
Pueblo y subordinación constituyen un pleonasmo en
ese léxico. En el mayúsculo texto (lo digo por el uso de
las mismas así como también por su extensión), los anó-
nimos anunciaban, por ejemplo, un toque de queda y, al
mismo tiempo, prometían la protección consabida para
el pueblo, y no así para la “gente que no”. ¿Cuál “gente que
no”? La definición se sigue casi con naturalidad. Es una
frase de uso popular, al final de la oración cortada: la gen-
te que no está con ellos. “Somos Tamaulipas”, escribieron
varias veces. Insistiendo. Lo cierto fue que la gente no
salió de sus casas. Lo cierto es que la gente que no puede
ser más numerosa que la gente que sí. Lo cierto es que
existe una posibilidad de que ellos no sean Tamaulipas.

121
Si a todo esto se le agrega la figura imponente, jovial
incluso, que colocó el brazo derecho sobre el hombro
cansado del viejo periodista mientras retaba, y esto no
sin orgullo, a la cámara, es entendible que nosotros, to-
dos nosotros, los nosotros en plena minúscula, hayamos
perdido la guerra que nunca quisimos. La ecuación es
fácil: frente a gente como Zambada, atento a los discur-
sos públicos y el sentir popular, manipulador de nocio-
nes de masculinidad que parecen empatar a la perfec-
ción con machismos seculares, se encuentra gente como
Calderón, incapaz de crear lazos, siquiera retóricos, con
las mayorías dolientes. Encerrado en una torre de marfil
de la que sólo sale, y eso a veces, para regañar la mala
conducta del respetable, autista de la política (esto va
con disculpa incluida para todos los autistas y los fami-
liares de los autistas, por favor), a Calderón le ha impor-
tado más su legitimidad abstracta que su trabajo. ¿Cómo
comparar a un hombre que retóricamente al menos ha-
bla de llorar a un hijo frente a otro que fue incapaz de
escuchar, ya no digamos conmoverse, frente al dolor
de una madre que acababa de perder a dos de los suyos
debido a la violencia desatada por ese otro que se dice
llorar por el propio? No olvidemos, por favor, a doña
Luz María Dávila, de Villas de Salvárcar, en Ciudad Juá-
rez, Chihuahua, madre de Marcos y José Luis Piña Dávi-
la de 19 y 17 años de edad. Incapaces de abrazar, y digo
esto en el más amplio sentido de la palabra, tanto Calde-
rón como su esposa defraudan y, con razón, encolerizan.
Incapaces ambos de moverse de sus asientos y de salirse
de protocolo. Si ya tuvieron la desfachatez de iniciar una

122
guerra que no pedimos ni apoyamos, no estaría de más
tener el valor de asumir las consecuencias de sus actos
y, al menos, parpadear. Porque el Narco, al menos a ni-
vel popular, no sólo va ganando por dinero (los sueldos
de los aprendices de sicarios no son tan altos como uno
pudiera imaginarse); también va ganando porque, como
dijo la periodista Gabriela Warkentin, en un muy buen
artículo publicado en El País, en la foto que se tomaron
Scherer y Zambada, todos, pero todos de verdad, nos vi-
mos ahí. Desconcertados, cariacontecidos, tomados por
sorpresa, afirmados o negados, pero todos ahí.

Coda: este 5 de junio esperamos una decisión de la Cor-


te sobre los culpables de la injustificada y atroz muer-
te de 49 niños sonorenses. Si Calderón tuviera a bien
preocuparse más por su trabajo y menos por su abstrac-
ta legitimidad podría, por una vez, salirse de su torre de
marfil y aceptar que estos mexicanos, estos otros en mi-
núsculas, estamos ahí, dolientes. La justicia es, a veces,
la forma del abrazo.

123
XVII. LAS NEO-CAMELIAS

“Antes, por lo menos, respetábamos a los niños y las


mujeres”, le dice don Epifanio Vargas —un narco vuelto
político— a Teresa Mendoza, la futura Reina del Sur en
la famosa novela de Pérez-Reverte. Recordarán los que
leyeron este libro a inicios de 2008 que Teresa Mendo-
za no era todavía la empresaria que logró establecer un
imperio ilegal en la boca del mediterráneo, sino sólo la
novia —que no buchona— del Güero Dávila, un pilo-
to al que por intentar pasarse de listo se lo tronaron en
plena pista de aterrizaje. Don Epifanio, fiel a su palabra,
le proporciona a Teresa los contactos que la ayudarán a
evadir la venganza del Narco, aunque ya para entonces
ha pasado por la violación de rigor, la persecución a sal-
to de mata y el clásico encañonamiento en la sien. De ahí
que el antes que pronuncia don Epifanio Vargas cuando
medita sobre la posibilidad de ayudarla salga de su boca
con un pesado dejo de nostalgia. Antes, eso parece estar
diciendo, la cosa era entre machos. Antes se respetaba,
parece colegirse como resultado lógico, luego entonces,
a las mujeres y niños. Algo, pues, debió haber cambiado
mientas tanto.
Es de presumirse entonces que sólo en ese mítico an-
tes pudo haber existido un personaje como Camelia “La
Texana”, aquella mujer que inmortalizaron Los Tigres del
Norte en el corrido “Contrabando y traición”, de 1971.

125
A la luz de noticias que incluyen la decapitación de una
edecán tijuanense, quien presuntamente tenía lazos sen-
timentales con hombres del Narco, resulta difícil creer
e incluso seguir la historia del romance entre Camelia y
Emilio Varela. Como se recordará, Emilio y Camelia se
hicieron amantes mientras lograban cruzar una carga
de “yerba mala” a través de la frontera entre México y
Estados Unidos. Una vez conseguida la misión, y sin
miramiento alguno, Varela le da su parte del negocio a
Camelia, aconsejándole que rehaga su vida mientras él
se prepara para regresar a su casa, con su mujer, “el ver-
dadero amor”. Unos 30 años después, es difícil imaginar
siquiera una despedida tan civilizada entre integrantes
del narcotráfico. Ahí está, por ejemplo, Emilio Varela in-
vitando a Camelia a continuar en otro sitio, y sobre todo
con otros, la vida que merece tener. Y ahí está, sobre
todo, Camelia que en lugar de conformarse con las con-
decoraciones femeninas del Narco (joyas, coches, viajes)
tiene a bien vengarse a sí misma (“sonaron siete balazos”,
dice la canción) y, además, quedarse con la totalidad de la
carga que había ayudado a pasar. Las Camelias de ahora
no suelen ser así. Todo parece indicar que el amor en los
tiempos del narcotráfico tiene nuevas reglas.
Una década después del apogeo del corrido de Came-
lia, aunque todavía en ese antes mítico que pronunciaba
don Epifanio Vargas, existió también Sara Cosío Vidau-
rry, la novia (supuestamente secuestrada) en compañía
de quien capturaron a Rafael Caro Quintero, uno de
los capos más poderosos del Narco durante la década
de los ochenta. Descrita por su padre como una joven

126
“de carácter muy fuerte”, la hija de una familia bien de
Jalisco sólo tenía 17 años y estudiaba el bachillerato en
el momento de la captura en 1985. Que Sara Cosío haya
sobrevivido al romance con el capo que fue a dar a la
cárcel y contra el cual ella declaró, es sólo otra prueba
de que las reglas de antes, en efecto, pudieron haber sido
distintas.
De antes, aunque también de ahora, son las así lla-
madas buchonas, esas mujeres bellas y de poca educa-
ción que acompañan a los hombres del Narco en coches
último modelo, portando joyas ostentosas y luciendo
su físico. Una especie de esposa trofeo, aunque sin el
estatus civil incluido. Una especie de paloma que “os-
tenta un volumen de pecho exagerado”. El ejemplo más
contemporáneo es la tristemente célebre Miss Sinaloa
2008, Laura Elena Zúñiga Guisar, la joven que andaba
en compañía de Ángel Orlando García Urquiza, presun-
to operador del cártel de Juárez, cuando lo capturaron
con armas y miles de dólares en su haber. Tal vez antes
ella no habría terminado en la cárcel, pero ahora así fue.
Habiéndose desempeñado como modelo de una agen-
cia, Laura Zúñiga había hecho notar con anterioridad
la poca remuneración del oficio (lo más que llegó a ob-
tener por un trabajo hecho para Pepsi fue un salario de
40 mil pesos, cuando el promedio era de 2 mil pesos por
pasarela), además de la marcada discriminación en fa-
vor de extranjeras en el medio. Quejas similares contra
la falta de empleo y los bajos salarios fueron asociados
a la profesora de literatura de la Universidad Autónoma
de Baja California, Alejandra González Licea, cuando

127
fue capturada mientras recaudaba dinero del Narco en
Tijuana. De buchonas a profesoras de literatura, es claro
que las neo-Camelias se han diversificado.
De ahora, y definitivamente no de antes, fue la noti-
cia del asesinato brutal de Adriana Ruiz Muñiz, la mo-
delo y edecán del equipo de futbol de primera división
A, Xoloitzcuintles, propiedad de la familia Hank, quien
se presume sostenía alguna relación de tipo sentimen-
tal (así se dice) con gente del Teo, o incluso con el Teo
mismo, el capo que pelea la plaza de Tijuana. Ejecutada
por encargo, torturada y decapitada cuando aún estaba
viva, el cadáver de Adriana Ruiz es tal vez la prueba más
obvia de los cambios ocurridos en las relaciones que se
establecen entre los hombres del Narco, por un lado, y
las mujeres y los niños, por otro. ¡Qué lejos estuvo esta
neo-Camelia bajacaliforniana de imprecar a su Emilio
Varela! Menos como Teresa Mendoza y más como las
anónimas mujeres asesinadas tanto en Ciudad Juárez
como en otras ciudades de un país en guerra, las neo-
Camelias, como Adriana Ruiz, confirman que en el paso
de la mariguana a la cocaína, y luego a la heroína, con
guerra presidencial de por medio, en el Narco las jerar-
quías de género son cada vez más mortíferas.

128
XVIII. EL DOMINGO MÁS LARGO

Recuerdo las dunas, sobre todo. El cielo tremendamente


azul y las nubes, abundantes y abigarradas, blanquísimas,
sobre el horizonte de arena. Recuerdo las huellas que deja-
ba tras de sí el escarabajo que se arrastraba tan lentamente
por sobre los médanos de Samalayuca. Un hálito de silen-
cio, eso recuerdo. Las miradas que se clavan en los objetos
del mundo por largo tiempo, sin entender. O entendién-
dolo, por el contrario, todo de súbito, en su magnífica bru-
talidad. ¿Así que esto era Ciudad Juárez? A lo lejos, apenas
resguardados por la sombra de una pick up, un grupo de
hombres tomaba cerveza. Sus cuerpos en semicírculo. La
única mujer, una jovencita de cabellos largos y pantalones
apretados, iba y venía con algunos de ellos desde la base
hasta la punta de la duna. ¿Es que no sabe?, me pregunta-
ba. ¿Es que no teme?, insistía en silencio, mientras la veía
sonreír a la distancia. La arena entre los dedos de la mano,
cayendo. La arena, bajo el peso del cuerpo. Y sus cabellos
volando junto con el viento hacia algún otro lado.

Recuerdo sus palabras; nunca olvidaré sus palabras. Re-


cuerdo las palabras de Luz María Dávila. Apenas unos

129
días antes, en lo que todavía se denominaba como
“equivocación”, un comando armado había asesinado a
17 jóvenes que participaban de un convivio en Villas de
Salvárcar, una colonia en el suroeste del centro urbano
más peligroso de México, si no es que del mundo ente-
ro: Ciudad Juárez. Dos de esos jóvenes eran sus hijos:
Marcos y José Luis Piña Dávila, de 19 y 17 años de edad
respectivamente. Sus únicos hijos. Los piñitas; así les de-
cían. La noticia de la masacre, una más en una escalada
de violencia que no había dejado de aumentar desde que
el presidente Felipe Calderón impusiera una guerra del
todo fallida sobre el país, dejó impávidos a muy pocos.
Luz María Dávila, una trabajadora de una maquilado-
ra de bocinas, había pronunciado palabras que, siendo
como eran, poderosas y trémulas, también eran básicas
y certeras. Usted no es bienvenido, Señor Presidente. Yo
no le doy mi mano. Luz María Dávila, una mujer bajita
de suéter azul —así la había descrito la periodista San-
dra Rodríguez Nieto en su nota para El diario— había
dicho esas palabras en un foro público, a un lado de un
presidente que ni siquiera pudo parpadear.

Recuerdo la ansiedad anterior al viaje. La guerra calde-


ronista había cobrado ya para entonces entre 50 y 60 mil
víctimas, fragmentando familias y descomponiendo el
tejido social con iguales dosis de violencia e impunidad.
Un aire sombrío soplaba sobre regiones enteras del país

130
pero, junto con las acumuladas noticias de feminicidios,
Ciudad Juárez continuaba ocupando un lugar triste-
mente privilegiado en las geografías del horror contem-
poráneo. ¿Por qué ir allá? Recuerdo las amplias aveni-
das vacías de gente y la hilera de casas abandonadas que
bordeaban el camino del aeropuerto al hotel. Un hoyo
negro en el corazón mismo de la ciudad. Una impávi-
da inmovilidad. Esa manera de volver la cabeza una y
otra vez sobre los hombros como quien espera lo peor,
cierto de que vendrá. Recuerdo los huizaches a través
de las ventanillas, ese verde venido a menos. Los sote-
rrados murmullos de los restaurantes, las advertencias
constantes, las prohibiciones señeras, eso recuerdo. Las
noticias ofrecidas en clave de rumor: ¿supiste que? ¿te
enteraste de que? ¿también a ti? Recuerdo que eso era
vivir en plena guerra.

Recuerdo el auto en el que el fotógrafo Julio Aguilar me


llevó hasta Salvárcar a través de largas avenidas solitarias
bajo el sol de domingo. Los asientos ajados, las ventani-
llas rotas, los dudosos frenos. Recuerdo su voz, la voz de
él, su voz en el camino: yo escribo con la luz. Un tatuaje
con grandes letras griegas en la cara interior del brazo
izquierdo. Recuerdo la velocidad. Villas de Salvárcar
no está en el fin del mundo pero sí en Ciudad Juárez.
No se trata de un barrio marginal lleno de casas hechi-
zas o sin servicios urbanos, sino de la colonia de calles

131
pavimentadas y construcciones de cemento a la que la
familia de Luz María Dávila había elegido mudarse nue-
ve años atrás, buscando un mejor futuro para sus dos
hijos, Marcos y José Luis. Los condominios de colores.
La Unión de Villa S. Te Invita a su 3ra. Gran Kermes este
2 de octubre a las 5:00 pm, en beneficio del Dispensario
Médico. Las vigas apuntando al cielo. Curso de confir-
maciones. Las bardas de concreto gris. En memoria de
Wicho. Con el sueldo de su marido, un guardia de se-
guridad también de una maquiladora, y el salario que
ella misma ganó como trabajadora de “fábrica”, fueron
remodelando la casa poco a poco. Abarrotes Martínez.
Gracias por su preferencia. Instalaron, por ejemplo, una
cocina integral de estilo americano y convirtieron lo
que era una recámara, en la sala de la casa. Números
de emergencia: 629 33 07/629 33 80. Construyeron más.
Recuerdo, entre los muchos imanes que resaltaban en la
puerta del refrigerador, las frutas de colores, las abejas
sonrientes, las plantas con piernas y bocas, y esa foto de
Los Tigres del Norte, vestidos todos de azul cielo, anun-
ciando “La Reina del Sur”.

Recuerdo la voz de Luz María Dávila; recuerdo su voz


asombrosamente suave. Su figura, tal como la descri-
biera la periodista Sandra Rodríguez Nieto, es menuda.
He visto las fotografías que Julio Aguilar le tomó en ese
entonces pero, aún así, me cuesta trabajo reconocerla

132
cuando abre la puerta de su casa. Es una mujer bajita,
en efecto. El cabello rizado y corto. El asomo apenas de
las canas. Recuerdo eso; recuerdo su manera de mover-
se entre los muebles y de tomar, como si fueran objetos
de un cristal muy añejo y muy frágil, las cucharas. Y si
uno no supiera que sus únicos dos hijos fueron acri-
billados en una de esas “equivocaciones” mortales que
abundan en las ciudades bajo la ley del narco, sería di-
fícil asociar la delicadeza de sus movimientos durante
la bienvenida, la calma con que emergen las palabras de
sus labios, toda su contención emocional, con el duelo
de una madre.

Yo quiero a los culpables. Mientras no haya culpables es


como si se estuvieran llevando a mis muchachos todos
los días. Eso le diría al Señor Presidente hoy, siete meses
después. Le diría que yo confío. Que quiero confiar. No
he sido irrespetuosa o grosera. Le volvería a decir que, si
hubieran sido sus hijos, si sus hijos estuvieran ahora en
un cementerio, habría buscado hasta por debajo de las
piedras. Necesitamos poner a trabajar a los tres niveles
de gobierno. Es su deber acabar con la impunidad.

Recuerdo que su voz se quebraba, a veces, al hablar sobre


ellos, sobre sus hijos. Recuerdo que no tardaba nada en
recomponerse. Una lágrima o dos. Nada que no pudiera
limpiar con una servilleta o un rato de silencio. Los ojos,

133
hacia abajo. La inmovilidad. Luego, en el momento me-
nos pensado, otra vez en el centro de todo, su mirada.
Esta cosa abierta. Esta forma de palpitar.

Eran buenos muchachos, mis muchachos. Quien diga lo


contrario, miente. Vea la casa donde murieron. A media
cuadra de aquí. Ahí los reuníamos para que no salieran
a otros lados peligrosos. Los cuidábamos desde aquí. Sa-
lía a media calle de cuando en cuando para asegurarme,
como todas, que estaban bien. No estaban solos. No es-
taban fuera de nuestro alcance.

Recuerdo la pregunta que bajo la lengua llevé guardada


hasta llegar a Salvárcar. Algunos argumentan que repetir
la historia de la violencia es ahondar en la violencia. Algu-
nos dicen, en su nombre, en nombre de todas las víctimas,
que ya es necesario empezar a hablar de las cosas bue-
nas de Ciudad Juárez. Cuando se lo pregunto también le
digo que, en mi opinión, su dignidad y su valentía son
parte de esas cosas buenas de las que hay que empezar
a hablar.

Hay que hablar de lo que está mal porque está mal. Porque
si no lo hacemos nunca nadie va a agarrar a los culpables
de tantas muertes. Las cosas no están bien aquí. No han
estado bien aquí por muchos años. Ahora aquí andan en
la colonia construyendo una biblioteca, un dispensario,

134
un parque. Y eso está bien. Pero todo lo demás sigue
igual. No es nada más para ahondar la herida contar todo
esto. Es para cambiar las cosas que es necesario cambiar.
Hay que trabajar con los tres niveles de gobierno. Es la
responsabilidad del presidente acabar con la impunidad.

Yo sí hablaría con la esposa del Señor Presidente. Gen-


te suya ha tratado de comunicarse conmigo, pero en la
mañana, cuando estoy en el trabajo. Pero yo sí hablaría
con ella, así, de mujer a mujer. De madre a madre. Ella
debe comprender. Ella podría, tal vez, abrirle el corazón
al Presidente. Hacerlo entender que no podemos conti-
nuar así. Que es su responsabilidad terminar con la im-
punidad. Con esto. Para eso es el Presidente. Yo confío.
Yo quiero confiar.

Recuerdo las luces de los autos en las avenidas noctur-


nas de Ciudad Juárez. Recuerdo, en ese momento, an-
tes, allá, la manera en que Sandra Rodríguez metía los
cambios en su coche. Alguien nos persigue, recuerdo
que dijo en algún momento, mirando por el espejo re-
trovisor. Acelerar es una acción brutal. ¿Ves ese lote va-
cío? Ahí hubo antes un edificio. ¿Ves ese boquete en la
pared? Eso fue hace apenas un mes. ¿Ves esa esquina?

135
Ahí mataron a un amigo. La ciudad como una estela de
cruces. La ciudad como eso que hay que atravesar para
llegar a uno de los pocos bares que todavía permanecen
abiertos en su zona céntrica. Recuerdo la frase apurar
una cerveza mientras apurábamos, en efecto, un par de
cervezas y poníamos canciones de Lucha Reyes o Bob
Dylan en una vieja rocola. Recuerdo su conclusión, tan
básica y brutal como las palabras de Luz María Dávila:
la impunidad como el origen del mal. Ya son al menos
dos generaciones de muchachos creciendo en un am-
biente donde es “natural” presenciar la muerte masiva
de mujeres, de hombres jóvenes, de todos. Son ya dos
o tres generaciones de hijos que desconocen el lazo con
la madre que sale temprano a trabajar y regresa, si es
que regresa, muy noche. El lazo del cuidado. El lazo del
reconocimiento. El lazo con lo femenino. Mientras ellos
sepan que cualquier acción puede permanecer impune,
las cosas no van a cambiar, recuerdo esas palabras de
Sandra Rodríguez Nieto.

10

No soy periodista, recuerdo haberlo dicho desde el ini-


cio de nuestra conversación. Yo lo que quiero es cono-
cerla; hablar con usted. Y ella, que hace apenas unos días
ha recibido entrevistadores de Italia y de España —gen-
te que, según dice, sí puede reportar todo lo que ve y
todo lo que oye porque no se quedarán a vivir aquí— ha
abierto las puertas de su casa disculpándose porque sólo

136
nos puede ofrecer un par de tamales, y agua para nes-
café. Recuerdo los figurines de cera sobre las servilletas
bordadas en punto de cruz. Recuerdo el llavero sobre la
pared de la sala. El paraguas colgando de la manija del
refrigerador, eso recuerdo. No soy periodista, recuerdo
que le repetí a modo de excusa cuando ella sacó las fo-
tografías de sus muchachos y las colocó sobre la mesa
y no pude sino echarme a llorar. Podría ser mi hijo, re-
cuerdo haber pensado. Son los rostros de tantos niños y
adolescentes y jóvenes con los que me topo a diario en
las calles, en los salones de clase. Que el dolor de Luz
María Dávila le alcance todavía para consolarme, ofre-
ciéndome una servilleta y su mirada abierta y su mano,
esa misma mano que no quiso y no pudo ofrecerle al
presidente, me obliga a recomponerme.

Recuerdo mi vergüenza.
Recuerdo cómo volví a respirar.

11

Recuerdo los pasos —pocos, tambaleantes, trémulos—


dentro de la casa de la masacre. Recuerdo las figuras de
sangre sobre las paredes: manos. Son manos de niños.
Manos de muchachos. Manos de humanos. ¿Recuerdo
eso? En el camino de regreso, cuando ya hemos pasado
frente al personal de seguridad que todavía salvaguarda
la casa, frente a las pintas con las que se conmemora a al-
gunos de los caídos, frente a la nueva biblioteca en cuyas

137
paredes han quedado huellas de las manos coloridas de
otros niños, le pregunto a Julio Aguilar cómo le hace.
¿Cómo se hace para sobrevivir en esta ciudad toman-
do fotos de entre 10 y 14 cadáveres al día? Recuerdo su
risa. Julio, en efecto, se ríe. Yo escribo con la luz, dice.
Conforme pasa el día me deformo pero, a veces, cuan-
do algo del paisaje me alcanza a conmover —una nube,
una planta, la lluvia— pienso que todavía soy humano.
Entonces estoy seguro de que sobreviviré. Yo me voy a
morir haciendo esto, ¿sabes? No es por el dinero. Es por-
que yo escribo con la luz. Por eso.

12

Recuerdo que, al avanzar de regreso por las avenidas


anchas y solas de Ciudad Juárez, mientras atravesamos
esos boquetes que la violencia y la impunidad fueron
abriendo en el tejido urbano de la ciudad, me pregunté
por las horas de su domingo. El domingo de Luz Ma-
ría Dávila. Recuerdo la palabra zozobra. Recuerdo que
la leí, por primera vez, en una novela rusa y la busqué,
porque no la conocía, en un diccionario entonces, años
atrás: Del lat. sub, debajo, y supra, encima. 4. Intr. Estar
inquieto y desazonado por la inseguridad respecto de
algo o por la incertidumbre sobre lo que conviene hacer.
Recuerdo que imaginé sus flores, todas las flores de pa-
pel que ahora elabora, con las que ahora pasa el tiempo
que ya no disfruta con sus hijos. La palabra zozobra es
un sustantivo femenino. Significa la inquietud, aflicción

138
y congoja del ánimo que no deja sosegar, o por el riesgo
que amenaza, o por el mal que ya se padece. Recuerdo
haberla imaginado repitiendo en silencio las palabras
que me dijo en voz alta: yo confío. Yo quiero confiar.
Señor Presidente, es su responsabilidad.

13

Recuerdo el apabullante cielo azul. El cielo que era un


cielo en demasía. Recuerdo las dunas y, sobre las dunas,
las flores de un papel muy colorido y, alrededor de las
flores, las manos de un domingo largo, muy largo, y alre-
dedor del domingo ese escarabajo lento que sigue arras-
trándose sobre la arenisca de Ciudad Juárez.

139
XIX. UNA RED DE AGUJEROS

Salieron de Ciudad Victoria a las cuatro de la mañana


con tal de llegar a Zacatecas a eso del mediodía. Quería-
mos aprovechar mi participación en un festival, el mí-
tico punto medio que a veces sorprende a la geografía,
y el gusto compartido por la ciudad colonial para llevar
a cabo una cita ya muchas veces postergada. Hay que
aceptarlo: suele llegar el momento en la vida en que ni
el facebook ni el twitter ni el messenger bastan para col-
mar las ganas de verse, como se dice, en vivo. Esa vieja
costumbre. Me dio gusto verlos llegar, desvelados pero
furibundos. Me dio gusto abrazarlos e iniciar, alrededor
de una mesa, la conversación que nos ata desde que nos
encontramos por primera vez, años atrás, allá en la tie-
rra de origen que compartimos: Tamaulipas. Pasó muy
poco tiempo para que Claudia Sorais Castañeda lo reco-
nociera: venía muerta de miedo. Tanto Marco Antonio
Huerta como Sara Uribe, poetas que residen en el puerto
de Tampico, lo admitieron de inmediato: ellos también.
Ninguno había tenido el ánimo de admitirlo en el coche
que manejaba Claudia bajo el cielo norteño, pero cada
kilómetro que avanzaban los obligaba a estar despiertos
y a guardar silencio. La plática ligera. La sonrisa forza-
da. La alarma en todo lo demás. Por esos mismos ca-
minos, aunque un poco más al norte, el Ejército había
masacrado no hacía mucho a los niños Martín y Bryan

141
Almanza Salazar, en una acción que permanece impune
hasta el día de hoy. Por ejemplo. Por esos mismos cami-
nos asesinaron no hace mucho también a un candidato
a gobernador. Por esos mismos caminos, aunque más al
este, fueron encontrados hace apenas un par de días los
cuerpos de los 72 migrantes masacrados por el Narco.
La plática zacatecana no podía evadir los hechos. ¿Es-
tán las cosas tan mal como dicen los diarios?, pregunté,
refiriéndome al ámbito íntimo del barrio o la familia.
Cuando volvieron la cabeza y bajaron la voz para empe-
zar a responder supe que las cosas eran todavía peores.
Los caminos sin ley es el título de un libro de Graham
Greene. Se refiere, desde entonces, a México.
Pero éstos fueron, esos mismos caminos de Tamauli-
pas, los caminos de mi infancia. Y los quiero de vuelta.
Por ahí avanzábamos de madrugada o en plena luz, desde
Matamoros hasta Tampico, pasando ineludiblemente por
San Fernando, para visitar a amigos o parientes. ¿Cuán-
tas veces no salimos tempranito de Matamoros para ir a
Reynosa y por ahí cruzar a McAllen? Por las carreteras y,
luego, por las brechas ejidales, por ahí manejábamos tam-
bién para llegar hasta el minúsculo cementerio de Santa
Catarina, donde descansan los huesos de los más viejos de
nuestros viejos. Íbamos de Tampico a Mante para visitar a
una tía en pleno verano: si eso no es el infierno, entonces
¿qué es? Recuerdo la tarde en que viajábamos en la caja
de una pick up —el viento en la cara, la primeriza luz de
algunas estrellas— justo antes de llegar a San Fernando
para cargar gasolina. El cruce en chalán, por ejemplo, de
Tuxpan a Tampico. Las colas de coches o de personas en

142
el puente que une Matamoros con Brownsville. No son
los caminos sin ley de Greene; son los caminos de mi fa-
milia y de familias como mi familia. Son míos. Son nues-
tros. Y lo dicho: los quiero de vuelta.
Acabo de retuitear a Elda Cantú, residente fronteriza
entre Nuevo León y Tamaulipas: En veinte años conta-
remos sobre el 2010: Por la noche había tiros y de día
íbamos a trabajar. En el camino, bloqueos. Será un mal
recuerdo.
No pude contestar un mensaje que escribió Claudia
Sorais desde Ciudad Victoria, Tamaulipas: Abrazos vir-
tuales desde este norte que duele.
He leído ya “¿Es esto una fiesta?”, el artículo con el que
Sara Uribe cuestiona, desde Tamaulipas, la conmemora-
ción del Bicentenario.
En esto seguimos: una guerra fatalmente fallida con-
tra el Narco. En esto estamos: una respuesta caracterís-
ticamente blanda del presidente ante la masacre de los
72 migrantes.
Por esto y más estuve tentada a unirme a la iniciativa
de luto activo lanzada entre la comunidad de facebook.
La acción ha sido sencilla pero imponente: se ha trata-
do de reemplazar la imagen del avatar personal con un
recuadro negro. El resultado a primera vista: dramático.
A medida que aumentaba el número de participantes,
la pantalla se fue convirtiendo en una colección de ho-
yos negros. Frente a ellos no pude dejar de preguntarme,
con las palabras que utilizaran los vencidos frente a una
Ciudad de México ya tomada por el enemigo: ¿y será
nuestra herencia una red de agujeros?

143
Otra manera de hacer la misma pregunta es: ¿y me
quitaron ya para siempre los caminos de la infancia
como a otros los caminos de su porvenir?
Respeto y comparto la indignación que anima la ini-
ciativa del luto activo en internet. A diferencia de los
cínicos o los nihilistas, todavía creo que este tipo de
acciones producen lo que más necesitamos hoy en día:
un sentido y una práctica de comunidad. Un recono-
cimiento en otros. Me resistí, sin embargo, a cubrir el
rostro con el color negro porque creo que eso, borrar el
rostro bajo el manto de la oscuridad, es precisamente lo
que hace la violencia. El asesino mata antes de apretar
las sogas o de dar el tiro de gracia; el asesino mata cuan-
do cubre el rostro del otro con la sábana del silencio o la
indiferencia. Contra el pusilánime que nunca da la cara
o el corrupto que evita encarar las consecuencias de sus
actos, yo prefiero exponer el rostro. Porque, tal como de-
cía Levinas, la cara requiere. La cara clama. La cara, por
el mero hecho de existir, precisa de una respuesta: ésta:
la presencia. Ya lo decía también Peter Sloterdijk en el
primer tomo de Esferas: “fue por la apertura del rostro
—más que por la cerebralización o la formación de la
mano— que el hombre se convirtió en animal abierto al
mundo o, lo que importa más aquí, abierto al prójimo”.
Así las cosas: mejor dar la cara y obligar a los culpables
a encarar los hechos. Mejor abrirnos al rostro del otro,
reconociendo su humanidad. Honrándola. El rostro es
una puerta. El rostro conecta, sin remedio. Un hacia-
afuera: el rostro. Un hacia-ti. Mírame, nos dices.

144
XX. BAJO LA RESOLANA CON GUILLERMO
FERNÁNDEZ

De acuerdo con las estadísticas nacionales, durante mar-


zo de 2012 se registró el número más alto de asesinatos
en 10 meses. Según el recuento de Milenio, “el total de
ejecuciones en lo que va del sexenio asciende a 50 mil 93,
de los cuales 3 mil 138 corresponden al primer trimes-
tre de 2012”. En lo que fue calificado como un “repunte
significativo de la violencia”, hubo un promedio de 36.8
muertos al día durante el mes de marzo. Uno de ellos,
acaecido el último día del mes, fue Guillermo Fernán-
dez, el poeta y traductor tapatío que radicaba en Toluca,
la ciudad más alta de la República Mexicana, desde ha-
cía una veintena de años. Aunque las condiciones de
su deceso todavía no se esclarecen del todo, las escue-
tas notas periodísticas al respecto hacen hincapié en la
violencia del crimen perpetrado de noche, dentro de su
propia casa. El sustantivo y el adjetivo: cinta canela. El
verbo: maniatado. El punto final: un golpe en la cabe-
za. ¿Cuántas veces no hemos leído ya descripciones así?
Detesto escribir notas sobre amigos o maestros recién
fallecidos, sobre todo porque escribir sobre uno tendría
que comprometerme a escribir sobre todos, pero en esta
ocasión lo hago para unir mi voz a la de tantos escrito-
res y amigos que, ya desde el Estado de México como
desde otros estados de la República, han demandado el

145
esclarecimiento puntual de los hechos y la impartición
de justicia. Yo tampoco deseo que este crimen, este otro
crimen, quede impune. Yo tampoco deseo que Guiller-
mo Fernández, ni nadie más, se convierta en otra cifra
horrorífica en este país que se nos cae a pedazos; ¿no es
cierto, Agripina? Yo también pido justicia.

Qué difícil es escribir esto.

No fui, ni con mucho, una amiga cercana de Guiller-


mo Fernández, pero sí tuve el privilegio, como residen-
te esporádica de esa ciudad en las tierras más altas, de
convivir ocasionalmente con él. Como bastantes más en
la capital de un estado que poca atención le ha puesto
a su vida cultural, asistí en algunas ocasiones a los ta-
lleres tanto de poesía como de traducción que impartía
en la Casa de la Cultura como quien encuentra algo de
oxígeno en una zona de aire muy enrarecido. Los que
saben lo cruenta que suele ser la vida en ciertas ciudades
industriales de la provincia mexicana, deben imaginarse
con cierta facilidad el aura de último refugio y el tono
de festejo que adquirían esas reuniones. Conservando
siempre y a pesar de los años su posición como recién
llegado, Guillermo Fernández contribuyó así a mante-
ner y expandir un medio cultural muchas veces mania-
tado ya por falta de recursos o ya por rencillas internas.
Su ironía, su continuo desmarcarse y, sobre todo, su tra-
bajo constante, propiciaron la aproximación de los más
rebeldes hacia los vericuetos de la poesía.

146
Guillermo Fernández fue, en efecto, un apasionado
y devoto traductor del italiano. Como cualquiera que
haya leído a Italo Calvino o a Eros Alessi en español,
yo también le debo mucho a su labor infatigable, dis-
ciplinada, cuidadosa, mal pagada. Pero le debo más.
Mi amor por el Xinantécatl, ese Nevado de Toluca que
desde hace tiempo insisto en visitar al menos una vez
al año, es algo que aprendí en las largas travesías que
organizaba Guillermo para oír, en una de las cimas del
mundo, su música favorita. Gracias a él también adquirí
la bendita costumbre de añadir cardamomo a los granos
de café. Fue bastante la música que descubrí o redes-
cubrí gracias a sus sugerencias, pero de entre todas re-
cuerdo horas deliciosas discutiendo en detalle la voz de
Lucha Reyes, especialmente su manera de enunciar los
versos de “La mensa” —esa canción en que una mujer se
vuelve lacia, lacia, lacia. Alguna vez en una charla sobre
política llegó a la definición exacta del poder: poder es
no poder salir a la calle. Recuerdo que de inmediato tui-
teé esa máxima. Nos sacábamos de nuestras casillas con
facilidad él y yo pero, para qué más que la verdad, nunca
dejamos de hablar en esos encuentros en las tierras altas.
Alguna vez llegó a mi casa de Metepec sin invitación,
cosa que él rara vez hacía, y se sentó a la mesa (en una
esquina de la mesa) y se puso a platicar de su vida. Más
que en ninguna otra ocasión, Guillermo fue ahí no el
hombre de 80 (o casi) sino esos míticos cuatro jóvenes
de 20. Nunca supe qué era verdad y qué no en ese relato
que ahora se me confunde con la resolana de la tarde: el
niño que se escapa de su casa a los 9 años, el joven que

147
conoce en persona a Eugenio Montale, el hombre mayor
que continuamente descubre que, ante todo, prefiere la
soledad y la poesía. Entre una cosa y otra saqué la botella
de tequila —hasta donde sé, su bebida favorita. Y lo es-
cuché. Debió haber sido sábado o domingo. Nunca supe
por qué hizo aquello; qué lo conminó a tocar a la puerta
y, luego, a quedarse. Esa tarde maravillosa y clara, esa
tarde que seguramente fue de un sábado de primavera,
está toda entera ahora, aquí.
Dentro de esa tarde, bajo su resolana que no cesa,
pido como tantos otros que se esclarezcan los hechos y
que se haga justicia.
Aquí había unos versitos, maestrín.

148
XXI. BAJO EL CIELO DEL NARCO

Tuve buenos amigos durante la posadolescencia. Eso lo


sabía entonces, en efecto, cuando se trataba de descubrir
el mundo e irse a cualquier extremo (especialmente los
menos pensados), pero lo sé cada vez más ahora, cuan-
do me descubro citando sus palabras a la menor provo-
cación. Uno de esos amigos memorables dijo alguna vez,
por ejemplo, “no es raro que no exista, sino que exista,
¿no crees?”, con la pluma en la mano izquierda y la mi-
rada perdida detrás de una nube gigantesca. Se refería al
amor, por supuesto, fenómeno contra el cual escribía-
mos en ese entonces un largo manifiesto furibundo. La
idea había empezado, como tanto en esa época, a raíz de
un sesudo chiste. Nos molestaba la cursilería amorosa.
La manera en que los nuevos amantes orquestaban los
desplantes de su posesión nos causaba una especie de
alicaída conmoción interna. La doméstica actitud resig-
nada que, hasta hacía poco, emergía de hombres y mu-
jeres independientes y activos, nos dejaba sumidos en
largos trances metafísicos. La repetición cansina de los
gestos y las palabras nos condujo a la parodia y, de ahí,
entre risas, a la redacción del manifiesto aquel, todavía
inédito. La pausa dentro de la cual se produjo la frase
(“lo increíble es que siga existiendo”) fue sin duda uno
de esos raros momentos que con frecuencia tacho de
epifánicos. En efecto, a pesar de que la crítica contra el

149
amor como lo veíamos existir frente a nuestros ojos era
precisa y necesaria y vitriólica, los dos tuvimos la sufi-
ciente cantidad de autocrítica como para inclinar la cer-
viz y aceptar lo inaceptable. Maravillados. La frase vino
a colación no hace mucho, leyendo las noticias sobre las
sangrientas prácticas del Narco en la frontera norte del
país. Un día antes había cruzado la frontera de nueva
cuenta, internándome en los terrenos de esta plaza que,
según los diarios, se sigue peleando el Teo, alias “el Tres
Letras”. Recordé que mis amigos (que siguen siendo, por
cierto, amigos posadolescentes) ya no salen tanto como
antes, prefiriendo las reuniones en domicilios particu-
lares para así evitar, de ser posible, las balaceras. Se me
vinieron a la memoria también las tantas y tantas histo-
rias que involucraban el secuestro del primo, o del nieto,
o del padre. Vi una vez más los ojos preocupados; los
puños enhiestos; los rostros ajados. Bajé la velocidad,
como me era indicado con un ademán de mano, frente
al retén militar que hace cinco años, cuando dejé esta
ciudad fronteriza, todavía no se encontraba en el cami-
no que utilizo para llegar a casa. Volví a bajar la veloci-
dad cuando pasó a mi derecha y a toda prisa el convoy
de cuatro camionetas con logo de la policía: las sirenas
en alto, las luces rojas. ¿Así que esto es vivir en el impe-
rio del Narco?, me dije, más que preguntarme. ¿Así que
así se vive en estado de sitio? ¿Así que esto es la guerra?
Cuando finalmente llegamos a casa, nos aseguramos
de cerrar bien las puertas. En voz sospechosamente baja,
como si temiéramos las represalias de los fantasmas, nos
dimos a la tarea de repetir todos los lugares comunes de

150
la plática norteña: la desaparición del amigo del amigo;
los truculentos detalles que animan las vidas de los se-
cuestradores: su falta de empatía, su crueldad sin lími-
tes, la forma de su trabajo; el miedo que provoca que el
vecino se asome a la ventana para ver, y que lo anima
también a correr la cortina una vez visto lo que alcanzó a
ver; la corrupción de una policía que está, a todas luces,
al servicio del Narco y no del Estado; la corrupción de los
políticos. La muerte que, en efecto, tiene permiso. Fue en
ese momento que aquella frase epifánica provocada por
los modos vulgares del amor vino a la memoria, aunque
algo tergiversada (ahora diríamos: intervenida). Después
de los miles y miles de muertos que ha producido una
guerra iniciada por voluntad presidencial, y sin el permi-
so de la sociedad, desde 2006, lo raro no es que no exista
una sociedad civil organizada y presta a ponerle límites
a una clase gobernante a todas luces inepta y torpe, sino
que es raro que todavía exista. No es para nada extraño
que una buena parte de la sociedad lúcida y pensante
haya decidido anular su voto, sino que otros, los más,
sigan apostándole, a través del mero acto de ir a las ur-
nas, a la democracia. No es inusual que el miedo nos
paralice, sino que también, a veces, provoque las ganas
de hablar, y de hacerlo en el volumen más fuerte. No es
rara la crueldad, aunque en estos lares y con la cifra de
feminicidios creciendo en Ciudad Juárez y otros sitios
de la República alcance límites casi impensables, sino
que, en ocasiones, no exista.
Eso pensaba exactamente ayer cuando, al desayunar
en una pequeña taquería tijuanense (es decir, de Sonora),

151
vi llegar a una pareja de adultos, recién bañados ellos,
tomados de la mano. Eran amantes, eso se les notaba
a la legua, puesto que se miraban de ese modo (y por
amantes quiero decir que era evidente que conocían sus
cuerpos, no que fueran necesariamente adúlteros). Y,
mientras consumían sus alimentos, hablaban en el tono
bajo que remite a la intimidad compartida. Se trataban,
además, con cortesía. Se daban las gracias. Si mi ami-
go posadolescente y yo los hubiéramos visto entonces,
cuando se nos vino a la mente la idea desparpajada del
manifiesto contra el amor, seguramente habríamos es-
crito otra cosa. Lo raro, en todo caso, me dije en ese mo-
mento, no es que bajo el cielo del Narco siga creciendo
la saña y la muerte, la corrupción y la crueldad, sino que
existan estos dos, aquí, recién bañados, prodigándose el
uno al otro con los gestos siempre inéditos, siempre irre-
petibles, siempre transparentes, de algo que, si fuera un
poco más valiente, llamaría ahora sí, con todas las de la
ley, amor.

152

Common questions

Con tecnología de IA

The text portrays Ciudad Juárez as a city deeply affected by socio-economic challenges, characterized by violence and abandonment. It describes a community with streets lined with empty houses, a sense of perpetual anticipation of danger, and a societal fabric marked by impunity and neglect. Despite infrastructural developments like the construction of libraries and parks, these efforts are overshadowed by the ongoing violence and economic disparities that continue to define residents' daily lives. The narrative frames these conditions within the larger context of systemic failures and the impunity perpetuated by state actors .

The narrative employs personal stories to highlight themes of resilience and hope, often framed by despair. Stories like those of Luz María Dávila provide a microcosm of broader societal struggles. Despite overwhelming loss and systemic failure, individuals find ways to assert their humanity and agency. This resilience is expressed through acts of memory, communal support, and continued advocacy for justice, suggesting that hope remains a fundamental part of the human condition and a driving force for potential societal transformation even amidst pervasive adversity .

The experiences of individuals like Luz María Dávila illustrate the intersection of personal and political realms. Her personal tragedy, the loss of her sons to violence, becomes a political act as she seeks accountability from the state, embodying resistance against systemic impunity. Her personal mourning and the courage to confront power symbolize a broader political statement, highlighting the state's failure in protecting its citizens. Her story, amplified by media coverage and personal connections, serves as a conduit for broader societal critiques and demands for systemic change .

Mourning ('dolerse') is necessary as a political and aesthetic expression because it represents a break from the status quo, articulating pain as resistance against the societal conditions that perpetuate horror. It is not just about empathy but is seen as a form of dissent that critiques and challenges the oppressive power structures. Mourning transforms language into a tool for activism, invoking a utopian and critical potential that disrupts power preservation and advocates for justice and change in society .

The text highlights a contradiction where the Mexican state presents itself as all-powerful and omnipresent, yet this perception is a façade. In reality, the state's power has significant limitations that are often hidden and denied. Historically, leaders understood their role within a social contract, but contemporary governance under neoliberal agendas has chosen profit over social responsibility, aligning with capitalists, including narcotraffickers. This shift and the neglect of foundational social agreements have led to grievous consequences that the state continues to obscure, maintaining the illusion of an omnipotent entity despite its failures to uphold its responsibilities .

The text describes language as essential for articulating experiences of horror and pain when all else remains silent. Horror is defined by its overwhelming, indescribable nature, often leaving witnesses unable to articulate their experiences. However, pain serves as the medium through which these inenarrable experiences can be critiqued, providing a way to express a political and intrinsic critique against the conditions that allow such horror. This articulation of pain becomes essential for confronting the conditions of horror and serves as an aesthetic and political act, demanding change and acknowledgment of suffering .

The text argues that international perspectives are crucial in understanding local issues of violence and impunity, as they can offer objectivity and amplify voices beyond the constraints faced by locals. For instance, foreign journalists reporting on Mexican violence are not subject to the same dangers or censorship, enabling them to share unfiltered accounts that may catalyze international pressure for change. This outside perspective is necessary to highlight systemic failures and achieve broader recognition of the issues, offering a significant contrast to the often-silenced local narratives .

The concept of 'nomadology,' as introduced by Deleuze and Guattari, is used to critique the Mexican state's strategies by contrasting the state's desire for control and stability against the dynamic and unpredictable nature of nomadic forces. The text uses this concept to describe recent protests, notably those supporting Ayotzinapa, as 'nomadic machines' that challenge the state's hegemonic and static portrayal of power. These movements embody resistance, questioning and undermining the state's self-presentation as omnipotent and eternal by revealing and exploiting its inherent vulnerabilities and power limits .

The rise of narcotraffickers in Mexico as essential entities was facilitated by the strategic and successful exploitation of societal inequalities and hierarchies, coupled with the corruption and retrenchment of a state that had embraced the logic of profit at the expense of its social responsibilities. The alignment of narcotraffickers with global capitalist tendencies enabled them to operate alongside, and often in conjunction with, corrupt state actors to establish themselves as necessary to the power structure within the country .

Artistic and mnemonic forms are crucial in remembering and documenting societal horror as they provide a means to process and communicate experiences that may otherwise remain unspeakable. Through forms like photography and personal narratives, these artistic expressions serve as acts of resistance and remembrance, preserving collective memory and ensuring that atrocities are neither forgotten nor ignored. They offer a way to engage emotionally and intellectually with the past, fostering empathy and understanding, and ultimately advocating for change by bringing awareness to broader audiences .

También podría gustarte