La Voragine
La Voragine
JOSÉ
EUSTASIO
RIVERA
Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
la vorágine
José
Eustasio Rivera
Mariana Garcés Córdoba
ministra de cultura
índice
viceministra de cultura
Primera parte17
Segunda parte131
Tercera parte233
Felipe Cammaert Taller de Edición Rocca
coordinador editorial servicios editoriales Epílogo343
§§
Javier Beltrán Hipertexto Vocabulario345
§§
asistente editorial conversión digital
L
a gran novela de España es sin duda el Quijote: caben parece escrita en verso. Y a ratos también alcanza cimas de
en ella más cosas que en la propia España. Se discute cursilería. Un ejemplo: «Aquellos celajes de oro y múrice con
sobre si existe una «gran novela norteamericana», y si que se viste el ángel de los ponientes, ¿por qué no tiemblan en
es Moby Dick de Melville o Huckleberry Finn de Mark Twain, o tu dombo?» [El dombo verde de la selva]. La prosa de antro-
una que quiso escribir Norman Mailer y no pudo. Para Fran- pólogo: al describir la preparación del cazabe por los indios
cia la duda está entre la interminable Comedia humana de Balzac escribe Rivera: «Echan la mezcla acuosa en el sebucán, ancho
y la casi igual de larga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. cilindro de hojas de palma retejidas cuyo extremo se retuerce
En México, el escueto Pedro Páramo de Rulfo se lleva por delante con un tremojo para exprimir el almidonoso jugo de la rallada».
las docenas de novelas de Mariano Azuela o de Carlos Fuen- Se alternan diálogos naturales, realistas, que corren como
tes. En Alemania…, etcétera. agua, con otros impostados y teatrales: «Mi porte es la triste
La gran novela de Colombia es La vorágine, de José Eusta- máscara de mi espíritu, pero por mi pecho pasan todas las
sio Rivera. sendas del amor».
No es un capricho atribuirle nacionalidad a las novelas, ni «—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado!
un mero juego de salón. Los países son su trasfondo necesario. —¡Nunca se equivoca mi corazón!».
Los Karamazov es un libro inimaginable, inimaginado, por fuera La trama de la historia avanza enrevesada y sinuosa, con
de Rusia. El Satiricón no existe sin la Roma de los Césares. El meandros de río amazónico, y hasta el autor se pierde y olvida
hombre sin atributos necesita al imperio austro-húngaro. Para no por dónde o para dónde va. Y de golpe, como en un raudal
hacer exhaustiva la enumeración, vuelvo a La vorágine, que es, inesperado, todo se resuelve en un estallido de violencia: «A tal
ya digo, la gran novela de Colombia. punto cundía la matazón, que hasta los asesinos se asesinaron».
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Presentación Presentación
«… Jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la Violencia». como belduque, que es un cuchillo pequeño, o fotuto que es una
Con mayúscula. Con esa frase, que todo colombiano conoce corneta rústica. A veces, por el puro placer del ruido, suelta el
de memoria y que muchos suelen declamar cuando se embo- autor retahílas de nombres de caños y de ríos que ningún lector
rrachan, se abre la novela. Y esa Violencia con mayúscula la recordará, pues nunca se repiten: el Vaupés y el río Negro sí;
impregna toda, como impregna toda la historia y la literatura pero, ¿el caño Yurubaxí, el correntón de Yavaraté, el río Purús,
de Colombia: desde los Varones ilustres, la epopeya en verso de el Yaguanarí, el Guaracú, el Isana y el Kerarí, el Cababurí, el
Juan de Castellanos, hasta los sicarios de la mafia que hoy pue- Maturacá? ¿El Curicuriarí?
blan las telenovelas. La frivolidad de la violencia: «Yo ardía por Y pasan cosas y cosas en desorden, como en la vida: es
conocer detalles de esa crónica pavorosa», dice un personaje una novela realista. Pasan las hormigas tambochas, «un tem-
hablando del infierno de las caucherías. La violencia, acom- blor continuo que agitaba el suelo». Matan a alguien de una
pañada siempre por «la dominante obsesión de la riqueza» a cuchillada, y un perro se lo lleva arrastrándolo por una tripa.
cualquier precio: el robo, el asesinato, la esclavitud, el genoci- A alguien se lo comen las pirañas «entre un temblor de aletas
dio, la traición. Violencia y riqueza, con la miseria y la sucie- y centelleos». Se roban a dos mujeres. Cae un súbito nublado
dad y la presencia abrumadora de la naturaleza —inmensidad sobre el llano, doblando hasta el suelo las palmeras. Alguien se
de los llanos, cerrazón claustrofóbica de la selva—, constituyen vuelve loco por el embrujo misterioso de la selva.
el ámbito de la novela, en donde confluye toda Colombia. El El final se precipita: se nota que también el autor quiere
propio Arturo Cova, que quiere ser poeta y también, cuando salir de ese embrujo. No aparecen las mujeres robadas, se olvida
vuelva, Presidente de la República, presuntuoso, quejumbroso el caucho, unos personajes se van por un río, otros por otro, se
y violento; su amante cachaca, la desvaída Alicia; un filipichín pierden; y la novela se acaba, sin desenlace que respete las nor-
bogotano refugiado en la selva de sus maromas financieras; lla- mas académicas. «¡Los devoró la selva!», es la frase con que se
neros domadores de caballos y coleadores de reses; caucheros cierra el breve epílogo a los papeles dejados por Arturo Cova
ricos; caucheros miserables; un juez corrupto: «Con la justi- escrito por el cónsul en Manaos. También es frase sabida de
cia no nos metamos, porque nos coge sin plata». Un gober- memoria por todos los colombianos.
nador contrabandista; un coronel asesino; una turca lasciva La vorágine es una novela de 1924. Noventa años después, la
que invoca a Alá; colonos, cuatreros, ladrones, putas. Y, siem- Colombia que pinta sigue siendo igual. Sólo ha cambiado la selva
pre, la agobiadora naturaleza: «Las aguas corrían al revés y devoradora, que hoy es urbana porque hemos talado la otra.
bandadas de patos volteaban en las alturas». Y el ruido de las Ya entonces un cauchero decía: «Es el hombre civilizado el
palabras: artificiosamente poéticas, como albicante, que quiere paladín de la destrucción. […] Y sus huellas son semejantes
decir «notable por su blancura», o altamente especializadas, a los aludes. Los caucheros que hay en Colombia destruyen
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Presentación
Antonio Caballero
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§§ Prólogo
Señor Ministro:
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… Los que un tiempo creyeron que mi inteligencia irradiaría extraordinariamente, cual una
aureola de mi juventud; los que se olvidaron de mí apenas mi planta descendió al infortunio; los
que al recordarme alguna vez piensen en mi fracaso y se pregunten por qué no fui lo que pude
haber sido, sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó
a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin
dejar más que ruido y desolación.
***
A
ntes que me hubiera apasionado por mujer alguna, Aquella noche, la primera de Casanare, tuve por confidente
jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. al insomnio.
Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la con- Al través de la gasa del mosquitero, en los cielos ilímites,
fidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. veía parpadear las estrellas. Los follajes de las palmeras que nos
Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios daban abrigo enmudecían sobre nosotros. Un silencio infinito
no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino flotaba en el ámbito, azulando la transparencia del aire. Al lado
del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que de mi chinchorro, en su angosto catrecillo de viaje, Alicia dor-
mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño mía con agitada respiración.
que la alimenta. Mi ánima atribulada tuvo entonces reflexiones agobiado-
Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había ras: ¿qué has hecho de tu propio destino? ¿Qué de esta joven-
renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano cita que inmolas a tus pasiones? ¿Y tus sueños de gloria, y tus
mis brazos —tediosos de libertad— se tendieron ante muchas ansias de triunfo, y tus primicias de celebridad? ¡Insensato! El
mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba lazo que a las mujeres te une, lo anuda el hastío. Por orgullo
mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón. pueril te engañaste a sabiendas, atribuyéndole a esta criatura
Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin vacilaciones, lo que en ninguna otra descubriste jamás, y ya sabías que el
esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó ideal no se busca; lo lleva uno consigo mismo. Saciado el antojo,
casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fragua- ¿qué mérito tiene el cuerpo que a tan caro precio adquiriste?
ron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura Porque el alma de Alicia no te ha pertenecido nunca, y aunque
y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los ahora recibas el calor de su sangre y sientas su respiro cerca de
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tu hombro, te hallas, espiritualmente, tan lejos de ella como de hacia la vega del río, entre cañaverales ruidosos que nuestros
la constelación taciturna que ya se inclina sobre el horizonte. jamelgos descogollaban al pasar, nos guarecimos en una enra-
En aquel momento me sentí pusilánime. No era que mi mada donde funcionaba un trapiche. Desde lejos lo sentimos
energía desmayara ante la responsabilidad de mis actos, sino gemir, y por el resplandor de la hornilla donde se cocía la miel
que empezaba a invadirme el fastidio de la manceba. Poco cruzaban intermitentes las sombras de los bueyes que movían
empeño hubiera sido el poseerla, aun a trueque de las mayo- el mayal y del chicuelo que los aguijaba. Unas mujeres adere-
res locuras; pero ¿después de las locuras y de la posesión…? zaron la cena y le dieron a Alicia un cocimiento de yerbas para
Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas. calmarle la fiebre.
El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de Allí permanecimos una semana.
que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez,
en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados ***
peligros. Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos
fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de El peón que envié a Bogotá a caza de noticias, me las trajo inquie-
Bogotá en circunstancias aflictivas; no sabía montar a caballo, tantes. El escándalo ardía, avivado por las murmuraciones de
el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería mis malquerientes; comentábase nuestra fuga y los periódicos
caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando usufructuaban el enredo. La carta del amigo a quien me dirigí
las cabalgaduras. pidiéndole su intervención, tenía este remate: «¡Los prenderán!
Nunca di pruebas de mansedumbre semejante. Yendo fugi- No te queda más refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un
tivos, avanzábamos lentamente, incapaces de torcer la vía para hombre como tú busque el desierto?».
esquivar el encuentro con los transeúntes, campesinos en su Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por
mayor parte, que se detenían a nuestro paso interrogándome huéspedes sospechosos. La dueña de casa le había preguntado
conmovidos: «Patrón, ¿por qué va llorando la niña?». si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y la
Era preciso pasar de noche por Cáqueza, en previsión de instó con zalemas a que le mostrara algunas de las monedas que
que nos detuvieran las autoridades. Varias veces intenté rom- hacíamos, caso de que las fabricáramos, «en lo que no había
per el alambre del telégrafo, enlazándolo con la soga de mi nada de malo, dada la tirantez de la situación». Al siguiente
caballo; pero desistí de tal empresa por el deseo íntimo de que día partimos antes del amanecer.
alguien me capturara y, librándome de Alicia, me devolviera esa —¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma
libertad del espíritu que nunca se pierde en la reclusión. Por las cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor
afueras del pueblo pasamos a prima noche, y desviando luego regresar?
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—¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te que la demora obedecía a quebrantos de mi salud. Si esto es
canso! ¿Para qué me trajiste? Porque la idea partió de ti. ¡Vete, ahora, ¿qué no será después? ¡Déjame! ¡A Casanare, jamás, y
déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena! contigo, ni al cielo!
Y de nuevo se echó a llorar. Este reproche contra mi infidelidad me ruborizó. No sabía
El pensamiento de que la infeliz se creyera desamparada me qué decir. Hubiera deseado abrazar a Alicia, agradeciéndole
movió a tristeza, porque ya me había revelado el origen de su sus celos con un abrazo de despedida. Si quería que la aban-
fracaso. Querían casarla con un viejo terrateniente en los días donara, ¿tenía yo la culpa?
que me conoció. Ella se había enamorado, cuando impúber, Y cuando me desmontaba a improvisar una explicación,
de un primo suyo, paliducho y enclenque, con quien estaba en vimos descender por la pendiente un hombre que galopaba en
secreto comprometida; luego aparecí yo, y alarmado el vejete dirección a nosotros. Alicia, conturbada, se agarró de mi brazo.
por el riesgo de que le birlara la prenda, multiplicó las cuan- El sujeto, apeándose a corta distancia, avanzó con el hongo
tiosas dádivas y estrechó el asedio, ayudado por la parentela en la mano.
entusiástica. Entonces Alicia, buscando la liberación, se lanzó —Caballero, permítame una palabra.
a mis brazos. —¿Yo? —repuse con voz enérgica.
Mas no había pasado el peligro: el viejo, a pesar de todo, —Sí, sumercé —y terciándose la ruana me alargó un papel
quería casarse con ella. enrollado—. Es que lo manda notificar mi padrino.
—¡Déjame! —repitió, arrojándose del caballo—. ¡De ti —¿Quién es su padrino?
no quiero nada! ¡Me voy a pie, a buscar por estos caminos un —Mi padrino el alcalde.
alma caritativa! ¡Infame! Nada quiero de ti. —Esto no es para mí —dije, devolviendo el papel, sin
Yo que he vivido lo suficiente para saber que no es cuerdo haberlo leído.
replicarle a una mujer airada, permanecí mudo, agresivamente —¿No son, pues, susmercedes los que estuvieron en el
mudo, en tanto que ella, sentada en el césped, con mano con- trapiche?
vulsa arrancaba puñados de yerba… —Absolutamente. Voy de intendente a Villavicencio, y esta
—Alicia, esto me prueba que no me has querido nunca. señora es mi esposa.
—¡Nunca! Al escuchar tales afirmaciones, permaneció indeciso.
Y volvió los ojos a otra parte. —Yo creí —balbuceó— que eran susmercedes los acuña-
Quejóse luego del descaro con que la engañaba: dores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón
—¿Crees que no advertí tus persecuciones a la muchacha al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino
de allá abajo? ¡Y tanto disimulo para seducirla! Y alegarme estaba en su hacienda, pues sólo abre la Alcaldía los días de
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mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora —Sí, sumercé, y conozco el Llano y las caucherías del
soy comisario único… Amazonas. Mucho tigre y mucha culebra he matado con la
Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara ayuda de Dios.
el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el A la sazón encontrábamos arrieros que conducían sus
rostro con la gasa del sombrero. El importuno nos veía partir recuas. El Pipa les suplicaba:
sin pronunciar palabra. Mas, de repente, montó en su yegua, —Háganme el bien y me prestan un lápiz para una firmita.
y acomodándose en la enjalma que le servía de montura, nos —No “cargamos” eso.
flanqueó sonriendo. —Cuidado con hablarme de Casanare en presencia de
—Sumercé, firme la notificación para que mi padrino vea la señora —le dije en voz baja—. Siga usted conmigo, y en la
que cumplí. Firme como intendente. primera oportunidad me da a solas los informes que puedan
—¿Tiene usted una pluma? ser útiles al intendente.
—No, pero adelante la conseguimos. Es que, de lo contra- El dichoso Pepe habló cuanto pudo, derrochando hipér-
rio, el alcalde me archiva. boles. Pernoctó con nosotros en las cercanías de Villavicencio,
—¿Cómo así? —respondíle sin detenerme. convertido en paje de Alicia, a quien distraía con su verba. Y
—Ojalá sumercé me ayude, si es cierto que va de empleado. esa noche se picureó, robándose mi caballo ensillado.
Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una
novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo ***
por cárcel; y luego, a falta de comisario, me hizo el honor a
mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me Mientras mi memoria se empañaba con estos recuerdos, una
dicen Pipa. claridad rojiza se encendió de súbito. Era la fogata de insomne
El cuatrero, locuaz, caminaba a mi diestra relatando sus reflejo, colocada a pocos metros de los chinchorros para con-
padecimientos. Pidióme la maleta de la ropa y la atravesó en jurar el acecho del tigre y otros riesgos nocturnos. Arrodillado
la enjalma, sobre sus muslos, cuidando de que no se cayera. ante ella como ante una divinidad, don Rafo la soplaba con
—No tengo —dijo— con qué comprar una ruana decente, su resuello.
y la situación me ha reducido a vivir descalzo. Aquí donde sus- Entretanto continuaba el silencio en las melancólicas sole-
mercedes me ven, este sombrero tiene más de dos años, y lo dades, y en mi espíritu penetraba una sensación de infinito que
saqué de Casanare. fluía de las constelaciones cercanas.
Alicia, al oír esto, volvió hacia el hombre los ojos asustadizos. Y otra vez volví a recordar. Con la hora desvanecida se
—¿Ha vivido usted en Casanare? —le preguntó. había hundido irremediablemente la mitad de mi ser, y ya debía
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iniciar una nueva vida, distinta de la anterior, comprometiendo —Le temo por ti.
el resto de mi juventud y hasta la razón de mis ilusiones, porque —¡La adversidad es una sola, y nosotros seremos dos!
cuando reflorecieran ya no habría quizás a quién ofrendarlas Tal fue el diálogo que sostuvimos en la casucha de Villavi-
o dioses desconocidos ocuparían el altar a que se destinaron. cencio la noche que esperábamos al Jefe de la Gendarmería.
Alicia pensaría lo mismo, y de esta suerte, al par que me ser- Era este un quídam semicano y rechoncho, vestido de caqui,
vía de remordimiento, era el lenitivo de mi congoja, la compa- de bigotes ariscos y aguardentosa catadura.
ñera de mi pesar, porque ella iba también, como la semilla en el —Salud, señor —le dije en tono despectivo cuando apoyó
viento, sin saber a dónde y miedosa de la tierra que la esperaba. su sable en el umbral.
Indudablemente, era de carácter apasionado: de su timidez —¡Oh, poeta! Esta chica es digna hermana de las nueve
triunfaba a ratos la decisión que imponen las cosas irreparables. musas. ¡No sea egoísta con los amigos!
Dolíase otras veces de no haberse tomado un veneno. «Aun- Y me echó su tufo de anetol en la cara.
que no te ame como quieres», decía, «¿dejarás de ser para mí Frotándose contra el cuerpo de Alicia al acomodarse en el
el hombre que me sacó de la inexperiencia para entregarme a banco, resopló, asiéndola de las muñecas:
la desgracia? ¿Cómo podré olvidar el papel que has desempe- —¡Qué pimpollo! ¿Ya no te acuerdas de mí? ¡Soy Gámez
ñado en mi vida? ¿Cómo podrás pagarme lo que me debes? y Roca, el general Gámez y Roca! Cuando eras pequeña solía
No será enamorando a las campesinas de las posadas ni hacién- sentarte en mis rodillas.
dome ansiar tu apoyo para abandonarme después. Pero si esto Y probó a sentarla de nuevo.
es lo que piensas, no te alejes de Bogotá, porque ya me cono- Alicia, inmutada, estalló:
ces. ¡Tú responderás!». —¡Atrevido, atrevido! —y lo empujó lejos.
—¿Y sabes que soy ridículamente pobre? —¿Qué quiere usted? —gruñí cerrando las puertas. Y lo
—Demasiado me lo repitieron cuando me visitabas. El degradé con un salivazo.
amparo que ahora te pido no es el de tu dinero, sino el de tu —Poeta, ¿qué es esto? ¿Corresponde así a la hidalguía de
corazón. quien no quiere echarlo a prisión? ¡Déjeme la muchacha, por-
—¿Por qué me imploras lo que me apresuré a ofrecerte de que soy amigo de sus papás y en Casanare se le muere! Yo le
manera espontánea? Por ti dejé todo, y me lancé a la aventura, guardaré la reserva. ¡El cuerpo del delito para mí, para mí!
cualesquiera que fuesen los resultados. ¿Pero tendrás valor de ¡Déjemela para mí!
sufrir y confiar? Antes que terminara, con esguince colérico le zafé a Ali-
—¿No hice por ti todos los sacrificios? cia uno de sus zapatos y lanzando al hombre contra el tabi-
—Pero le temes a Casanare. que, lo acometí a golpes de tacón en el rostro y en la cabeza.
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El borracho, tartamudeante, se desplomó sobre los sacos de solo: son nuestros hermanos el sol, el viento y la tempestad. Ni
arroz que ocupaban el ángulo de la sala. se les teme ni se les maldice.
Allí roncaba media hora después, cuando Alicia, don Rafo Al decir esto, me preguntó don Rafo si era tan buen jinete
y yo huimos en busca de las llanuras intérminas. como mi padre, y tan valeroso en los peligros.
—Lo que se hereda no se hurta —respondí jactancioso,
* ** en tanto que Alicia, con el rostro iluminado por el fulgor de la
hoguera, sonreía confiada.
—Aquí está el café —dijo don Rafo, parándose delante del Don Rafo era mayor de sesenta años y había sido compa-
mosquitero—. Despabílense, niños, que estamos en Casanare. ñero de mi padre en alguna campaña. Todavía conservaba ese
Alicia nos saludó con tono cordial y ánimo limpio: aspecto de dignidad que denuncia a ciertas personas venidas a
—¿Ya quiere salir el sol? menos. La barba canosa, los ojos tranquilos, la calva luciente,
—Tarda todavía: el carrito de estrellas apenas va llegando convenían a su estatura mediana, contagiosa de simpatía y
a la loma —y nos señaló don Rafo la cordillera diciendo—. de benevolencia. Cuando oyó mi nombre en Villavicencio
Despidámonos de ella, porque no la volveremos a ver. Sólo y supo que sería detenido, fue a buscarme con la buena nueva
quedan llanos, llanos y llanos. de que Gámez y Roca le había jurado interesarse por mí. Desde
Mientras apurábamos el café, nos llegaba el vaho de la madru- nuestra llegada hizo compras para nosotros, atendiendo los
gada, un olor a pajonal fresco, a surco removido, a leños recién encargos de Alicia. Ofreciónos ser nuestro baquiano de ida y
cortados, y se insinuaban leves susurros en los abanicos de los de regreso, y que a su vuelta de Arauca llegaría a buscarnos
moriches. A veces, bajo la transparencia estelar, cabeceaba al hato de un cliente suyo, donde permaneceríamos alojados
alguna palmera humillándose hacia el oriente. Un regocijo unos meses.
inesperado nos henchía las venas, a tiempo que nuestros espí- Casualmente hallábase en Villavicencio de salida para Casa-
ritus, dilatados como la pampa, ascendían agradecidos de la nare. Después de su ruina, viudo y pobre, le cogió apego a los
vida y de la creación. Llanos, y con dinero de su yerno los recorría anualmente, como
—Es encantador Casanare —repetía Alicia—. No sé por ganadero y mercader ambulante al por menor. Nunca había
qué milagro, al pisar la llanura, aminoró la zozobra que me comprado más de cincuenta reses, y entonces arreaba unos
inspiraba. caballejos hacia las fundaciones del bajo Meta y dos mulas
—Es que —dijo don Rafo— esta tierra lo alienta a uno para cargadas de baratijas.
gozarla y para sufrirla. Aquí hasta el moribundo ansía besar el —¿Se reafirma usted en la confianza de que estamos ya
suelo en que va a podrirse. Es el desierto, pero nadie se siente libres de las pesquisas del general?
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—Sin duda alguna. hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como
—¡Qué susto me dio ese canalla! —comentó Alicia—. copos flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo, las
Piensen ustedes que yo temblaba como azogue. ¡Y aparecerse guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del
a la medianoche! ¡Y decir que me conocía! Pero se llevó su me- espacio, del estero y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que
recido. era vida, era acento, claridad y palpitación. Mientras tanto, en
Don Rafo tributó a mi osadía un aplauso feliz; ¡era yo el el arrebol que abría su palio inconmensurable, dardeó el primer
hombre para Casanare! destello solar y, lentamente, el astro, inmenso como una cúpula,
Mientras hablaba, iba desmaneando las bestias y ponién- ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enro-
doles los cabezales. Ayudábale yo en la faena, y pronto estu- jeciéndose antes de ascender al azul.
vimos listos para seguir la marcha. Alicia, que nos alumbraba Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta
con una linterna, suplicó que esperásemos la salida del sol. plegaria:
—¿Conque el mentado Pipa es un zorro llanero? —pre- —¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!
gunté a don Rafo. Luego, nosotros, prosiguiendo la marcha, nos hundimos
—El más astuto de los salteadores: varias veces prófugo, tras en la inmensidad.
curar sus fiebres en los presidios, vuelve con mayores arrestos
a ejercer la piratería. Ha sido capitán de indios salvajes, sabe ***
idiomas de varias tribus y es boga y vaquero.
—Y tan disimulado y tan hipócrita y tan servil —apun- Poco a poco el regocijo de nuestras lenguas fue cediendo al can-
taba Alicia. sancio. Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo
—Tuvieron ustedes la fortuna de que les robara una sola atendía con autoridad de conocedor. Ya sabíamos lo que era
bestia. Por aquí andará… una mata, un caño, un zural y por fin Alicia conoció los vena-
Alicia me miraba nerviosa, pero calmó sus preocupaciones dos. Pastaban en un estero hasta media docena y al ventearnos
con las anécdotas de don Rafo. enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas.
Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos —No gaste usted los tiros del revólver —ordenó don Rafo—.
el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un Aunque vea los bichos cerca, están a más de quinientos metros.
vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera Fenómenos de la región.
muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de Dificultábase la charla porque don Rafo iba de puntero,
ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una llevando de diestro una bestia, en pos de la cual trotaban las
pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba otras en los pajonales retostados. El aire caliente fulgía como
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lámina de metal, y bajo el espejeo de la atmósfera, en el ámbito abrevábanse las caballerías que iba yo maneando en la som-
desolado, insinuábase a lo lejos la masa negruzca de un monte. bra. Limpió don Rafo con el machete las malezas cercanas a
Por momentos se oía la vibración de la luz. un árbol enorme, agobiado por festones amarillentos, de donde
Con frecuencia me desmontaba para refrescar las sienes llovían, con espanto de Alicia, gusanos inofensivos y verdosos.
de Alicia, frotándolas con un limón verde. A guisa de quita- Puesto el chinchorro, lo cubrimos con el amplio mosquitero
sol llevaba sobre el sombrero una chalina blanca, cuyos extre- para defenderla de las abejas que se le enredaban en los rizos,
mos empapaba en llanto cada vez que la afligía el recuerdo del ávidas de chuparle el sudor. Humeó luego la hoguera consola-
hogar. Aunque yo fingía no reparar en sus lágrimas, inquietá- dora y nos devolvió la tranquilidad.
bame el tinte de sus arreboladas mejillas, miedoso de la con- Metía yo al fuego la leña que me aventaba don Rafo, mien-
gestión. Mas imposible sestear bajo la intemperie asoleada: ni tras Alicia me ofrecía su ayuda.
un árbol, ni una gruta, ni una palmera. —Esos oficios no te corresponden a ti.
—¿Quieres descansar? —le proponía preocupado; y son- —¡No me impacientes, ya ordené que descanses, y debes
riendo me respondía: obedecer!
—¡Cuando lleguemos a la sombra! ¡Pero cúbrete el rostro, Resentida por mi actitud, empezó a mecerse, al impulso
que la resolana te tuesta! que su pie le imprimía al chinchorro. Mas cuando fuimos a
Hacia la tarde, parecían surgir en el horizonte ciudades fan- buscar agua, me rogó que no la dejara sola.
tásticas. Las ponentinas matas de monte provocaban el espe- —Ven, si quieres —le dije—. Y siguió tras de nosotros por
jismo, perfilando en el cielo penachos de palmares, por sobre una trocha enmalezada.
cúpulas de ceibas y copeyes, cuyas floraciones de bermellón La laguneta de aguas amarillosas estaba cubierta de hojaras-
evocaban manchas de tejados. cas. Por entre ellas nadaban unas tortuguitas llamadas galápa-
Los caballos que iban sueltos, orientándose en la llanura, gos, asomando la cabeza rojiza; y aquí y allí los caimanejos
empezaron a galopar a considerable distancia de nosotros. nombrados cachirres exhibían sobre la nata del pozo los ojos
—Ya ventearon el bebedero —observó don Rafo—. No sin párpados. Garzas meditabundas, sostenidas en un pie, con
llegaremos a la mata antes de media hora; pero allí calentare- picotazo repentino arrugaban la charca tristísima, cuyas eva-
mos el bastimento. poraciones maléficas flotaban bajo los árboles como velo mor-
Rodeaban el monte pantanos inmundos, de flotante lama, tuorio. Partiendo una rama, me incliné para barrer con ella
cuya superficie recorrían avecillas acuáticas que chillaban las vegetaciones acuátiles, pero don Rafo me detuvo, rápido
balanceando la cola. Después de gran rodeo, y casi por opuesto como el grito de Alicia. Había emergido, bostezando para atra-
lado, penetramos en la espesura, costeando el tremedal, donde parme, una serpiente güío, corpulenta como una viga, que a
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mis tiros de revólver se hundió removiendo el pantano y reba- verdad que preveía el escándalo de mis parientes si me echaba
sándolo en las orillas. a cuestas a Alicia o la conducía al altar. Mas no había que mirar
Y regresamos con los calderos vacíos. tan lejos, porque los temores van más allá de las posibilidades.
Presa del pánico, Alicia se reclinó temblorosa bajo el mos- Nadie me aseguraba que había nacido para casado, y aunque
quitero. Tuvo vahídos, pero la cerveza le aplacó las náuseas. así fuera, ¿quién podría darme una esposa distinta de la seña-
Con espanto no menor, comprendí lo que le pasaba, y, sin saber lada por mi suerte? Y Alicia, ¿en qué desmerecía? ¿No era inte-
cómo, abrazando a la futura madre, lloré todas mis desventuras. ligente, bien educada, sencilla y de origen honesto? ¿En qué
código, en qué escritura, en qué ciencia había aprendido yo que
* ** los prejuicios priman sobre las realidades? ¿Por qué era mejor
que otros, sino por mis obras? El hombre de talento debe ser
Al verla dormida, me aparté con don Rafael, y sentándonos como la muerte, que no reconoce categorías. ¿Por qué ciertas
sobre una raíz del árbol, escuché sus consejos inolvidables: doncellas me parecían más encumbradas? ¿Acaso por irreflexivo
No convenía, durante el viaje, advertirla del estado en que consentimiento del público que me contagiaba su estulticia;
estaba, pero debía rodearla de todos los cuidados posibles. acaso por el lustre de la riqueza? Pero esta, que suele nacer
Haríamos jornadas cortas y regresaríamos a Bogotá antes de de fuentes oscuras, ¿no era también relativa? ¿No resultaban
tres meses. Allí las cosas cambiarían de aspecto. misérrimos nuestros potentados en parangón con los de fuera?
Por lo demás, los hijos, legítimos o naturales, tenían igual ¿No llegaría yo a la dorada medianía, a ser relativamente rico?
procedencia y se querían lo mismo. Cuestión del medio. En En este caso, ¿qué me importarían los demás, cuando vinie-
Casanare así acontecía. ran a buscarme con el incienso? Usted sólo tiene un problema
Él ambicionó en un tiempo hacer un matrimonio brillante, sumo, a cuyo lado huelgan todos los otros: adquirir dinero
pero el destino le marcó ruta imprevista: la joven con quien vivía para sustentar la modestia decorosamente. El resto viene por
en aquel entonces llegó a superar a la esposa soñada, pues, juz- añadidura.
gándose inferior, se adornaba con la modestia y siempre se creyó Callado, escarmenaba mentalmente las razones que oía,
deudora de un exceso de bien. De esta suerte, él fue más feliz en separando la verdad de la exageración.
el hogar que su hermano, cuya compañera, esclava de los per- —Don Rafo —le dije—, yo miro las cosas por otro aspecto,
gaminos y de las mentiras sociales, le inspiró el horror a las altas pues las conclusiones de usted, aunque fundadas, no me preo-
familias, hasta que regresó a la sencillez favorecido por el divorcio. cupan ahora: están en mi horizonte, pero están lejos. Respecto
No había que retroceder en la vida ante ningún conflicto, de Alicia, el más grave problema lo llevo yo, que sin estar ena-
pues sólo afrontándolos de cerca se ve si tienen remedio. Era morado vivo como si lo estuviera, supliendo mi hidalguía lo
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que no puede dar mi ternura, con la convicción íntima de que extremo: a muchas leguas en contorno, sólo en ella encontra-
mi idiosincrasia caballeresca me empujará hasta el sacrificio, ban agua los animales y de noche acudían las fieras. Salimos
por una dama que no es la mía, por un amor que no conozco. de allí, paso a paso, cuando la tarde empezó a suspirar, y bajo
«Fama de rendido galán gané en el ánimo de muchas muje- los últimos arreboles nos preparamos para la queda. Mientras
res, gracias a la costumbre de fingir, para que mi alma se sienta don Rafo encendía fuego, me retiré por los pajonales a ama-
menos sola. Por todas partes fui buscando en qué distraer mi rrar los caballos. La brisa del anochecer refrescaba el desierto,
inconformidad, e iba de buena fe, anheloso de renovar mi vida y de repente, en intervalos desiguales, llegó a mis oídos algo
y de rescatarme a la perversión; pero dondequiera que puse mi como un lamento de mujer. Instintivamente pensé en Alicia,
esperanza hallé lamentable vacío, embellecido por la fantasía y que acercándose me preguntaba:
repudiado por el desencanto. Y así, engañándome con mi pro- —¿Qué tienes? ¿Qué tienes?
pia verdad, logré conocer todas las pasiones y sufro su hastío, Reunidos después, sentíamos la sollozante quejumbre, vuel-
y prosigo desorientado, caricatureando el ideal para sugestio- tos hacia el lado de donde venía, sin que acertáramos a desci-
narme con el pensamiento de que estoy cercano a la redención. frar el misterio; una palmera de macanilla, fina como un pincel,
La quimera que persigo es humana, y bien sé que de ella parten obedeciendo a la brisa, hacía llorar sus flecos en el crepúsculo.
los caminos para el triunfo, para el bienestar y para el amor. Mas
han pasado los días y se va marchitando mi juventud sin que mi ***
ilusión reconozca su derrotero; y viviendo entre mujeres sencillas,
no he encontrado la sencillez, ni entre las enamoradas el amor, ni Ocho días después divisamos la fundación de La Maporita. La
la fe entre las creyentes. Mi corazón es como una roca cubierta de laguna próxima a los corrales se doraba al sol. Unos mastines
musgo, donde nunca falta una lágrima. ¡Hoy me ha visto usted enormes vinieron a nuestro encuentro, con ladridos desafo-
llorar, no por flaqueza de ánimo, que bastante rencor le tengo a rados, y nos dispersaron las bestias. Frente al tranquero de la
la vida; lloré por mis aspiraciones engañadas, por mis ensueños entrada, donde se asoleaba un bayetón rojo, exclamó don Rafo,
desvanecidos, por lo que no fui, por lo que ya no seré jamás!». empinándose en los estribos:
Paulatinamente iba levantando la voz y comprendí que —¡Alabado sea Dios!
Alicia estaba despierta. Me acerqué cauteloso y la sorprendí —… Y su madre santísima —respondió una voz de mujer.
en actitud de escuchar. —¿No hay quién venga a espantar estos perros?
—¿Qué quieres? —le dije. Y su silencio me desconcertó. —Ya va.
Fue preciso continuar la marcha hasta el morichal vecino, —¿La niña Griselda?
según decisión de don Rafo, porque la mata era peligrosa en —En el caño.
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Complacidos observábamos el aseo del patio, lleno de —¿Ya les trajeron café?
caracuchos, siemprevivas, habanos, amapolas y otras plantas —Se pone usted en molestias…
del trópico. Alrededor de la huerta daban fresco los platanales, —Tiana, Bastiana, ¿qué hubo?
de hojas susurrantes y rotas, dentro de la cerca de guadua que Y sentándose en el chinchorro al lado de Alicia, pregun-
protegía la vivienda, en cuyo caballete lucía sus resplandores tábale si los diamantes de sus zarcillos eran “legales” y si traía
un pavo real. otros para vender.
Por fin, una mulata decrépita asomó a la puerta de la cocina, —Señora, si le gustan…
enjugándose las manos con el ruedo de las enaguas. —Se los cambio por esa máquina.
—¡Chite, uise! —gritó tirando una cáscara a las gallinas —Siempre avispada para el negocio —galanteó don Rafo.
que escarbaban la era—. Prosigan, que la niña Griselda se ta —¡Naa! Es que nos estamos recogiendo pa dejá la tierra.
bañando. ¡Los perros no muerden, ya mordieron! Y con el acento cálido refirió que Barrera había venido a
Y volvió a sus quehaceres. llevar gente para las caucherías del Vichada.
Sin testigos, ocupamos el cuarto que servía de sala, en donde —Es la ocasión de mejorá: dan alimentación y cinco pesos
no había otro menaje que dos chinchorros, una barbacoa, dos por día. Así se lo he dicho a Franco.
banquetas, tres baúles y una máquina Singer. Alicia, sofocada, —¿Y qué Barrera es el enganchador? —preguntó don Rafo.
se mecía ponderando el cansancio, cuando entró la niña Gri- —Narciso Barrera, que ha treido mercancías y morroco-
selda, descalza, con el chingue al brazo, el peine en la crencha tas pa da y convidá.
y los jabones en una totuma. —¿Se creen ustedes de esa ficha?
—Perdone usted —le dijimos. —Cáyese, don Rafa. ¡Cuidao con desanimá a Fidel! ¡Si le
—Tienen a sus órdenes el rancho y la persona. ¡Ah!, ¿tam- ta ofreciendo plata anticipáa y no se resuelve a dejá este peju-
bién vino don Rafael? ¿Qué hace en la ramaa? gal! ¡Quere ma a las vacas que a la mujé! Y eso que nos cris-
Y saliendo al patio, le decía familiarmente: tianamos en Pore, porque sólo éramos casaos militarmente.
—Trascordao, ¿se le volvió a olvidá el cuaerno? Estoy enti- Alicia, mirándome de soslayo, se sonrió.
grecía contra usté. No me salga con esas, porque peleamos. —Niña Griselda, ese viaje puede resultar un percance.
Era una hembra morena y fornida, ni alta ni pequeña, de —Don Rafo, el que no arriesga no pasa el ma. Ora dígame
cara regordeta y ojos simpáticos. Se reía enseñando los dientes ustees si valdrá la pena un enganche que los ha entusiasmao
anchos y albísimos, mientras que con mano hacendosa expri- a toos. Porque ayí en el hato no va a queá gente. Ha tenío
mía los cabellos goteantes sobre el corpiño desabrochado. Vol- que bregales el viejo pa que le ayuden a terminá los trabajos
viéndose a nosotros, interrogó: de ganao. ¡Nadie quere hacer naa! ¡Y de noche tienen unos
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joropos…! Pero supóngase: tando ahí la Clarita… Yo le prohibí las regaló Barrera el día que vino a vernos. A Tiana también
a Fidel que se quede ayá, y no me hace caso. Dende el lunes se le dio. ¿Ónde ta la tuya?
jue. Mañana lo espero. —Colgá en la percha. Ora la treigo.
—¿Dice usted que Barrera trajo mucha mercancía? ¿Y la Y salió.
da barata? La niña Griselda, entusiasmada porque Alicia le ofrecía ser
—Sí, don Rafo. No vale la pena que usté abra sus peta- su maestra de corte, se zafó de la pretina las llaves y, abriendo
quitas. Ya todo el mundo ha comprao. ¿A que no me trajo los el baúl, nos enseñó unas telas de colores vivos.
cuaernos de las moas cuando ma lo menesto? Tengo que yevá —¡Esas son etaminas comunes!
ropa de primera. —Puros cortes de sea, don Rafo. Barrera es rasgaísimo. Y
—Por ahí le traigo uno. miren las vistas del fábrico en el Vichada, a onde quere yevar-
—¡Dios se lo pague! nos. Digan imparcialmente si no son una preciosidá esos edi-
La vieja Sebastiana, arrugada como un higo seco, de cabeza ficios y si estas fotografías no son primorosas. Barrera las ha
y brazos temblones, nos alargó sendos pocillos de café amargo repartío por toas partes. Miren cuántas tengo pegaas en el baúl.
que ni Alicia ni yo podíamos tomar y que don Rafo saboreaba Eran unas postales en colores. Se veían en ellas, a la ori-
vertiéndolo en el platillo. La niña Griselda se apresuró a traer lla montuosa de un río, casas de dos pisos, en cuyos baranda-
una miel oscura, que sacaba de un garrafón, para que endul- les se agrupaba la gente. Lanchas de vapor humeaban en el
záramos la bebida. puertecito.
—Muchas gracias, señora. —Aquí viven ma de mil hombres y toos ganan una libra
—¿Y esta buena moza es su mujé? ¿Usté es el yerno de diaria. Ayá voy a poné asistencia pa las peonaas. ¡Supóngase
don Rafo? cuánta plata cogeré con el solo amasijo! ¿Y lo que gane Fidel?…
—Como si lo fuera. Miren, estos montes son los cauchales. Bien dice Barrera que
—¿Y ustees también son tolimas? otra oportunidá como esta no se presentará.
—Yo soy de ese departamento; Alicia, bogotana. —Lo que yo siento es tar tan cascaa; si no, me iba también
—Parece que usté juera pa algún joropo, según ta de cachaca. tras de mi zambo —dijo la vieja, acurrucándose de nuevo en el
¡Qué bonito traje y qué buenos botines! ¿Ese vestío lo cortó usté? quicio—. Aquí ta la tela —añadió, desdoblando una zaraza roja.
—No, señora, pero entiendo algo de modistería. Estuve —Con ese traje parecerás un tizón encendido.
tres años en el colegio asistiendo a la clase. —Blanco —me replicó—: pior es no parecer naa.
—¿Me enseña? ¿No es verdá que me enseña? Pa eso com- —Andá —ordenó la niña Griselda—, buscale a don Rafo
pré máquina. Y miren qué lujo de telas las que tengo aquí. Me unos topochos mauros pa los cabayos. Pero primero decile al
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Así compraron bagatelas por dos o tres pesos. El hombre de la —Es Fidel, es Fidel —decía la niña Griselda, tropezando
carabina, desanudando la punta del pañuelo, alargó una morrocota: en nuestros chinchorros. Y salió al patio en camisola, envuelta
—Páguese de too, es de veinte dólares. desde la cabeza en un pañolón oscuro, seguida de don Rafael.
Y la hizo retiñir contra el acero del arma. Alicia, asustada en las tinieblas, empezó a llamarme desde
—¡A ve los trueques! su cuarto:
—¿Por qué no compran el restico? —Arturo, ¿sentiste? ¡Ha llegado gente!
—A esos precios no se alcanza ni con la carabina. Vaya —¡Sí, no te afanes, no vengas! Es el dueño de casa.
usté al hato pa que vea cosas regalaas. Cuando en franela y sin sombrero salí al aire libre, iba
—¡Adió, pue! un grupo bajo los platanales llevando un hachón encendido.
Y montaron. La cadena de la curiara sonó al atracar y desembarcaron dos
—Hola, socio —voceó regresando el de peor estampa—, hombres armados.
nos mandó Barrera a quitate la mercancía, y es mejó que te —¿Qué ha pasado por aquí? —dijo uno, abrazando seca-
largués con eya. Quedás notificao: ¡lejos con eya! ¡Si no te la mente a la niña Griselda.
quitamos ahora, es por lo poquita y lo cara! —¡Naa, naa! ¿Por qué te aparecés a semejante hora?
—¿Y quitarla por qué? —indagó don Rafo. —¿Qué huéspedes han llegado?
—¡Por la competencia! —Don Rafael y dos compañeros, hombre y mujé.
—¿Crees tú, infeliz, que este anciano está solo? —prorrumpí, Franco y don Rafo, después de un apretón amistoso, regre-
empuñando un cuchillo, entre los aspavientos de las mujeres. saron con los del grupo hacia la cocina.
—Mirá —repuso el hombre—, por sobre yo, mi sombrero. —Me vine alarmadísimo porque esta noche al yegar al hato
Por grande que sea la tierra, me quea bajo los pies. Con vos no con la torada supe que Barrera había mandado una comisión.
me toy metiendo. Pero si querés, ¡pa vos también hay! No querían prestarme cabayo, pero apenas comenzó la juerga,
Espoleando el potro, me tiró a la cara los objetos compra- me traje la curiara de ayá. ¿A qué vinieron esos forajidos?
dos y galopó con sus compañeros, a lo largo de la llanura. —A quitarme el chucho —repuso humildemente don Rafo.
—¿Y qué pasó, Griselda?
* ** —¡Naa! Si ma, hay camorra, porque el guatecito se les
encaró, cachiblanco en mano. ¡Un horror! ¡Nos hizo chiyá!
Esa noche, como a las diez, llegó Fidel Franco a la casa. Aun- —Seguí pa dentro —agregó de repente la patrona, lívida,
que la embarcación se deslizaba sin ruido sobre el agua pro- trémula—, y mientras les dan el trago de café, guindá tu chin-
funda, los gozques la sintieron y al instante cundió la alarma. chorro en el correor, porque toy en el cuarto con la doña.
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—De ningún modo: Alicia y yo nos alojaremos en la enra- caldero o la marma. Al tibio parpadear de la lumbre nos sen-
mada —dije avanzando hacia el corrillo. tamos en círculo, sobre raíces de guadua o sobre calaveras de
—Usté no manda aquí —replicó la niña Griselda, esforzán- caimán, que servían de banquetas. El mocetón que llegó con
dose por sonreír—. Venga, conozca a este yanero, que es el mío. Franco me miraba con simpatía, sosteniendo entre las rodillas
—Servidor de usted —repuse devolviendo el abrazo. desnudas una escopeta de dos cañones. Como sus ropas esta-
—¡Cuente conmigo! Basta que usted sea compañero de ban húmedas, desarremangóse los calzoncillos y los oreaba
don Rafael. sobre las pantorrillas de nudosos músculos. Llamábase Anto-
—¡Y si vieras con qué trozo de mujé se ha enyugao! ¡Colo- nio Correa y era hijo de Sebastiana, tan cuadrado de espaldas
raíta que ni un merey! ¡Y las manos que tiene pa cortá la sea, y tan fornido de pecho, que parecía un ídolo indígena.
y lo modosa pa enseñá! —Mama —dijo rascándose la cabeza—: ¿cuál jue el entro-
—Pues manden a sus nuevos criados —repetía Franco. metío que yevó al hato el chisme de la mercancía?
Era cenceño y pálido, de mediana estatura, y acaso mayor —Eso no tie naa de malo: avisando se vende.
que yo. Cuadrábale el apellido al carácter, y su fisonomía y sus —Sí, ¿pero qué jue a hacé ayá la tarde que yegaron estos
palabras eran menos elocuentes que su corazón. Las facciones blancos?
proporcionadas, el acento y el modo de dar la mano advertían —¡Yo qué sé! Lo mandaría la niña Griselda.
que era hombre de buen origen, no salido de las pampas, sino En esta vez fue Franco quien hizo el mohín. Después de
venido a ellas. corto silencio, indagó:
—¿Usted es oriundo de Antioquia? —Mulata, ¿cuántas veces ha venido Barrera?
—Sí, señor. Hice algunos estudios en Bogotá, ingresé luego —Yo no he reparao. Yo vivo ocupaa aquí en mi cocina.
en el ejército, me destinaron a la guarnición de Arauca y de allí Saboreando el café y referido por don Rafo algún incidente
deserté por un disgusto con mi capitán. Desde entonces vine de nuestro viaje, repreguntó Franco, obedeciendo a su obsti-
con Griselda a calentar este rancho, que no dejaré por nada nada preocupación:
en la vida —y recalcó—: ¡por nada en la vida! —¿Y el Miguel y el Jesús qué han estado haciendo? ¿Bus-
La niña Griselda, con mohín amargo, permanecía muda. caron los marranos en la sabana? ¿Compusieron el tranquero
Como advirtió que estaba en traje de alcoba, se fue con pretexto de de los corrales? ¿Cuántas vacas ordeñan?
vestirse, llevando dentro de la mano ahuecada la luz de una vela. —Sólo dos de ternero grande. Las otras las hizo soltá la
Y no volvió más. niña Griselda porque ya empieza a habé plaga y los zancúos
Mientras tanto, la vieja Tiana hacía llamear el fogón de matan las crías.
tres piedras, sobre las cuales pendía un alambre para colgar el —¿Y dónde están esos flojos?
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—Miguel con calentura. No se quié hacé el remedio: son cinco dinero a los dados, a que Clarita le diera aguardiente con
hojitas de borraja, pero arrancás de pa arriba, porque de pa abajo, la boca, a que la peonada del enganchador sacrificara hasta
proúcen vómito. Ahí le tengo el cocimiento, pero no lo traga. Y cinco reses por día, desechando, al desollarlas, las que no
eso que ta enviajao pa las caucherías. ¡Se la pasa jugando naipes parecieran gordas.
con el Jesús, y ese sí que ta perdío por irse! Y para colmo, los indios guahibos de las costas del Guana-
—Pues que se larguen desde ahora, en la curiara del hato, y palo, que flechaban reses por centenares, asaltaron la fundación
no vuelvan más. No tolero en mi posada ni chismosos ni espías. del Hatico, llevándose a las mujeres y matando a los hombres.
Mulata, asómate al caney y diles que desocupen: ¡que ni me Gracias a que el río detuvo el incendio, pero hasta no sé qué
deben, ni les debo! noche, se veía el lejano resplandor de la candelada.
Cuando salió Sebastiana, preguntó don Rafael por la —¿Y qué piensa usted hacer con su fundación? —pregunté.
situación del hato: «¿Era verdad que todo andaba manga por —¡Defenderla! Con diez jinetes de vergüenza, bien enca-
hombro?». rabinados, no dejaremos indio con vida.
—Ni sombra de lo que usted conoció. Barrera lo ha trastor- En ese instante volvió Sebastiana:
nado todo. Ayá no se puede vivir. Mejor que le prendieran candela. —Ya se jueron.
Luego refirió que los trabajos se habían suspendido porque —Mama, cuidao se yevan mi tiple.
los vaqueros se emborrachaban y se dividían en grupos para —Que si no manda razón alguna.
toparse en determinados sitios de la llanada, donde, a ocultas, —Sí: al viejo Zubieta que no me espere. Que le sigo diri-
les vendían licor los áulicos de Barrera. Unas veces dejaban giendo la vaquería cuando me dé mejores yaneros.
matar los caballos, entregándolos estúpidamente a los toros; En pos de la mulata salimos al patio. La noche estaba oscura
otras, se dejaban coger de la soga, o al colear sufrían golpes y comenzaba a lloviznar. Franco nos siguió a la sala y se tendió
mortales; muchos se volvían a juerguear con Clarita; estos en la barbacoa. Afuera los que se marchaban cantaron a dúo:
derrengaban los rangos apostando carreras, y nadie corre-
gía el desorden ni normalizaba la situación, porque ante el Corazón, no seás caballo:
señuelo del próximo viaje a las caucherías ninguno pensaba aprendé a tener vergüenza;
en trabajar cuando estaba en vísperas de ser rico. De esta al que te quiera, querelo,
suerte, ya no quedaban caballos mansos sino potrones, ni y al que no, no le hagás fuerza.
había vaqueros sino enfiestados; y el viejo Zubieta, el dueño
del hato, borracho y gotoso, ignorante de lo que pasaba, espa- Y la pala del remo en la onda y el repentino rebotar de la
rrancábase en el chinchorro a dejar que Barrera le ganara lluvia apagaron el eco de la tonada.
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Pero el hombre es atravesao y la mujé le tiee mieo dende lo Cuando Sebastiana colocó sobre la barbacoa los pocillos
acontecío en Arauca. Le soplaron que el capitán andaba tras y el hombre se inclinó a colmarlos, observé que este llevaba al
de eya y le madrugó: ¡con dos puñaladas tuvo! cinto niquelado revólver y que la botella no estaba llena.
En ese momento, interrumpiéndonos el palique, avanza- Alicia, mirándome, se resistía a tomar.
ban en animado trío Alicia, la niña Griselda y un hombre ele- —Otra copita, señora. Ya se convenció usted de que es
gante, de botas altas, vestido blanco y fieltro gris. licor suave.
—Ahí ta don Barrera. ¿No lo quería conocé? —¡Cómo! —dije ceñudo—. ¿Tú también has bebido?
—Insistió tanto el señor Barrera… Y me ha regalado este
* ** frasco de perfume —musitó, sacándolo del cestillo donde lo
tenía oculto.
—Caballero —exclamó inclinándose—: doble fortuna es —Un obsequio insignificante. Perdone usted, lo traía
la mía que, impensadamente, me pone a los pies de un marido especialmente…
tan digno de su linda esposa. —Pero no para mi mujer. ¡Quizá para la niña Griselda!
Y sin esperar otra razón, besó en mi presencia la mano de ¿Acaso ya los tres se conocían?
Alicia. Estrechando luego la mía, añadió zalamero: —Absolutamente, señor Cova: la dicha me había sido
—Alabada sea la diestra que ha esculpido tan bellas estro- adversa.
fas. Regalo de mi espíritu fueron en el Brasil, y me producían Alicia y la niña Griselda enrojecieron.
suspirante nostalgia, porque es privilegio de los poetas encade- —Supe —aclaró el hombre— que ustedes estaban aquí, por
nar al corazón de la patria los hijos dispersos y crearle súbdi- noticias de unos mozuelos que anoche llegaron al hato. Inmenso
tos en tierras extrañas. Fui exigente con la fortuna, pero nunca pesar me causó la nueva de que seis jinetes, ladrones sin duda,
aspiré al honor de declararle a usted, personalmente, mi admi- habían pretendido expropiar en mi nombre una mercancía; y
ración sincera. tan pronto como amaneció, me encaminé a presentar mis res-
Aunque estaba prevenido contra ese hombre, confieso que petuosas protestas contra el atentado incalificable. Y ese whisky
fui sensible a la adulación, y que sus palabras templaron el dis- y ese perfume, ofrendas humildes de quien no tiene, fuera de su
gusto que me produjo su cortesanía con mi garbosa daifa. corazón, más que ofrecer, estaban destinados a corroborar la
Pidiónos perdón por entrar en la sala con botas de campo; y ferviente adhesión que les profeso a los dueños de casa.
después de averiguar por la salud del dueño de casa, me suplicó —¿Oyes, Alicia? Dale ese frasco a la niña Griselda.
que le aceptara una copa de whisky. Ya había advertido yo que —¿Y luego no son también ustees dueños de este rancho?
la niña Griselda traía la botella en la mano. —apuntó la patrona, con voz resentida.
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—Como tales los considero yo, porque dondequiera que lle- se despidió, encareciéndonos una y otra vez que saludáramos
guen, son, por derecho de simpatía, amos de cuanto los rodea. a los caballeros ausentes y les transmitiéramos su protesta con-
A pesar de mi semblante agresivo, el hombre no se descon- tra el abuso de los salteadores. Sin embargo, él pensaba volver
certó; mas diole al discurso giro diverso: sucedían tantas cosas en otro día a presentarla personalmente.
Casanare, que daba grima pensar en lo que llegaría a convertirse La niña Griselda lo acompañó hasta el caño, y allí se detuvo
esa privilegiada tierra, fuerte cuna de la hospitalidad, la honradez más tiempo del que requiere una despedida.
y el trabajo. Pero con los asilados de Venezuela, que la infestaban —¿De dónde salió este sujeto? —dije en tono brusco, enca-
como dañina langosta, no se podía vivir. ¡Cuánto había sufrido rándome con Alicia, apenas quedamos solos.
él con los voluntarios que le pedían enganche! ¡Tantos se le pre- —Llegó a caballo por aquella costa, y la niña Griselda lo
sentaban explotando la condición de los desterrados políticos, y pasó en la curiara.
eran vulgares delincuentes, prófugos de penitenciarías! Mas era —¿Tú lo conocías?
peligroso rechazarlos de plano, en previsión de algún desmán. —No.
Indudablemente, a esta clase pertenecían los que pretendieron —¿Te parece interesante?
desvalijar a don Rafael. ¡Jamás podría indemnizarlo la empresa —No.
del Vichada de tantos disgustos! Era verdad, y sería ingratitud —¿Resuelves aceptar el perfume?
no reconocerlo y proclamarlo, que le había hecho distinciones —No.
honrosas. Primero lo envió al Brasil, residencia de los principales —¡Muy bien! ¡Muy bien!
accionistas, con un gran cargamento de caucho, y ellos le roga- Y rapándole el frasco del bolsillo del delantal, lo estrellé con
ron que aceptara la gerencia de la explotación; mas la rehusó por furia en el patio, casi a los pies de la niña Griselda que regresaba.
carecer de aptitudes. ¡Ah! ¡Si entonces hubiera adivinado que yo —¡Cristiano, usté ta loco, usté ta loco!
quería habitar el desierto! Si yo pudiese indicarle un candidato,
con cuánto orgullo propondría su nombre; y si ese candidato ***
quisiera irse con él, en la seguridad de que sería nombrado…
—Señor Barrera —interrumpí—: jamás tuve noticia de Alicia, entre humillada y sorprendida, abrió la máquina y empezó
que en el Vichada hubiera empresas de la magnitud de la suya. a coser. Hubo momentos en que sólo se oía el ruido de los peda-
—¡Mía, no; mía, no! Soy un modesto empleado a quien les y el charloteo del loro en la estaca.
sólo le pagan dos mil libras anuales, fuera de gastos. La niña Griselda, comprendiendo que no debía abando-
Audazmente fijó en mí los ojos sobornadores, pasóse por narnos, dijo, sonreída y astuta:
el rostro un pañuelo de seda, acarició el nudo de la corbata y —Esos caprichos de este Barrera sí que me hacen gracia.
Ora se le ha encajao la idea de conseguí unas esmeraldas y
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les ha puesto el ojo a las de mis candongas. ¡De las orejas me ver la confusión de ancas lucientes, crines huracanadas, cascos
las robaría! sonoros. «¡Aquel para mí! ¡Este es el más lindo! ¡Miren el otro
—No sea que se las lleve con su cabeza —repliqué, real- cómo patea!». ¡Y de los ijares convulsos, del polvo pisoteado
zando la sátira con una carcajada eficaz. y de los relinchos rebeldes, ascendía un hálito de alegría, de
Y me fui a los corrales, sin escuchar las alarmadas disculpas. fuerza y brutalidad!
—¡Bien hace en no discutí conmigo, porque se la yevo ganaa! Correa estaba feliz.
Trepado en la talanquera daba desahogo a mi acritud, al —¡Cogimos el resabiao! ¡Es aquel padrote negro, crinúo,
rayo del sol, cuando vi flotar a lo lejos, por encima de los mori- patiblanco! ¡Se le yegó su día, y más vale que no hubiera nacío!
chales, una nube de polvo, ondulosa y espesa. A poco, por el ¡No he visto zambo que no le tenga mieo, pero ya dirán ustees
lado opuesto, divisé la silueta de un jinete que, desalado, cru- si tumba al hijo e mi mama!
zaba a saltos las ondas pajizas de la llanura, volteando la soga y —Mulato condenao, ¿qué vas a hacé? —gruñó la vieja—.
revolviéndose presuroso. Un gran tropel hacía vibrar la pampa, ¿Pensás que ese cabayo te ha parío?
y otros vaqueros atravesaron el banco antes que la yeguada apa- Estimulado por nuestra presencia, le dijo a Alicia:
reciera a mi vista, de cuyo grupo desbandábase a veces alguna —Le voy a dedicá la faena. ¡Apenas almuercen, me monto!
potranca cerril, loca de juventud, quebrándose en juguetones Y como percibiera el olor de la esencia derramada en el
corcovos. Oía ya claramente los gritos de los jinetes que orde- patio, dilató las ventanillas de la nariz repitiendo:
naban abrir el tranquero; y apenas tuve tiempo de obedecer- —¡Ah…! ¡Güele a mujé, güele a mujé!
les cuando se precipitó en el corral el atajo, nervioso, bravío, No quiso almorzar. Echóse a la boca un puñado de plá-
resoplador. tano frito, deshilachó un trozo de carne y remojó la lengua con
Franco, don Rafael y el mulato Correa se apearon de sus café cerrero. Mientras tanto, entre el refunfuño de Sebastiana,
trotones jadeantes, que, sudando espuma, refregaban contra montura al hombro, salió a esperarnos en el corral.
la cerca las cabezas estremecidas. También fuimos parcos en el comer, por la exaltación de
—Egoístas, ¿por qué no me convidaron? ánimo, agravada con la novedad del espectáculo próximo. Ali-
—El que primero madruga, comulga dos veces. Ya lo vere- cia, en breve rezo mental, encomendaba el mulato a Dios.
mos enlazar en otra ocasión. —¡Hombres! —plañía Bastiana—: no vayan a dejá que esa
En tanto que aseguraban las puertas de los reductos lián- bestia me mate al motoso.
doles gruesos travesaños, acudieron las mujeres a contemplar Sacamos las sogas, de cuero peludo, y unas maneas cortas,
por entre los claros del palo a pique la yeguada pujante, que llamadas sueltas, de medio metro de longitud, en cuyos extre-
se revolvía en círculo, ganosa de atropellar el encierro. Alicia, mos se abotonaban gruesos anillos de fique trenzado.
que traía en la mano su tela de labor, chillaba de entusiasmo al
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Como el potro esquivaba los lazos, agachándose entre el circo apenas le clavan las banderillas, ni el manatí que sien-
el tumulto, ordenó Franco dividir la yeguada, para lo cual se te el arpón, gastan violencia igual a la de aquel potro cuando
abrió el tranquero de la corraleja contigua. Cuando el caballo recibió el primer latigazo. Sacudióse con berrido iracundo,
quedó solo, atrevió las manos contra la cerca, a tiempo que el coceando la tierra y el aire en desaforada carrera, ante nues-
mulato lo arropó con la soga. Grandes saltos dio el animal, aga- tros ojos despavoridos, en tanto que los amadrinadores lo
chando la maculada cerviz en torno de la horqueta del botalón perseguían, sacudiendo las ruanas. Describió grandes pistas a
donde humeaba la cuerda vibrante; y al extremo de ella se colgó brincos tremendos, y tal como pudiera corcovear un centauro,
colérico, ahorcándose en hipo angustioso, hasta caer en tierra, subía en el viento, pegada a la silla, la figura del hombre, como
desfallecido, pataleador. torbellino del pajonal, hasta que sólo se miró a lo lejos la nota
Franco sentósele en el ijar, y agarrándolo por las orejas le dobló blanca de la camisa.
sobre el dorso el gallardo cuello, mientras el mulato lo enjaqui- Al caer la tarde regresaron. Las palmeras los saludaban
maba después de ajustarle las sueltas y de amarrarle un rejo en con tremulantes cabeceos.
la cola. De esta manera lo sometían, y en vez de cabestrearlo por la Llegó el potro quebrantado, sudoroso, molido, sordo a la
cabeza, lo tiraban del rabo, hasta que el infeliz, debatiéndose contra fusta y a la espuela. Ya sin taparlo, le quitaron la silla, maneáronlo
el suelo, quedó fuera de los corrales. Allí lo vendamos con la tes- a golpes y quedó inmóvil y solo a la vera del llano.
tera y la montura le oprimió por primera vez los lomos indómitos. Gozosos abrazamos a Correa.
En medio del vociferante trajín saltaron las yeguas, que se —¿Qué opinan de mi patojo? —repetía Sebastiana orgullosa.
adueñaron de la llanura; y el semental, puesto de frente a la —A él se le debe todo —apuntó Franco—. Tuvo la idea
planicie, temblaba receloso, enfurecido. de ofrecerles la mejor fiesta de Casanare. Por casualidad ence-
Al tiempo de zafarle las maneas, exclamó el jinete: rramos las yeguas del hato y cogimos ese potro, que es mío y
—¡Mama, a ve el escapulario! de ustedes. Ya vieron lo que pasó.
Franco y don Rafael requirieron las cabalgaduras, mas el Al venir la noche, aquel rey de la pampa, humillado y mal-
domador impidió que le sujetaran el potro: trecho, despidióse de sus dominios, bajo la luna llena, con un
—Quédense atrá, y si quiere voltearse, échenle rejo pa evitá relincho desolado.
que me coja debajo.
Luego, entre los gritos de Sebastiana, se suspendió del cue- ***
llo la reliquia, santiguóse, y con gesto rápido destapó al animal.
Ni la mula cimarrona que manotea espantada si el tigre se Confieso, arrepentido, que en aquella semana cometí un desagui-
le monta en la nuca, ni el toro salvaje que brama recorriendo sado. Di en enamorar a la niña Griselda, con éxito escandaloso.
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En los días que Alicia tuvo fiebres le prodigué las más despectiva, porque la desgracia le había contagiado el espíritu
delicadas atenciones; mas ahora, consultando mi conciencia, de una reserva dolorosa. En sus labios discretos apaciguábase la
comprendo que el regocijo de barajarme con la patrona en los voz con un dejo de arrullo, con acentuación elocuente, a tiempo
cuidados de la enfermería, me importaba tanto como la enferma. que sus grandes pestañas se tendían sobre los ojos de almendra
La niña Griselda pasó una vez cerca de mi chinchorro y oscura, con un guiño confirmador. El sol le había dado a su cutis
con mano insinuante la cogí del cuadril. Cerrando el puño, un tinte levemente moreno, y, aunque era carnosa, me parecía
hizo ademán de abofetearme, miró hacia donde Alicia dormía más alta, y los lunares de sus mejillas más pálidos.
y me sacudió con un cosquilleo: Cuando la conocí, me dio la impresión de la niña apasio-
—Pocapena, ya sabía que eras alebrestao. nada y ligera. Después llevaba el nimbo de su pesadumbre digna
Al inclinarse sobre mi pecho, sus zarcillos, columpiados y sombríamente, por la certeza de la futura maternidad. Un día
hacia adelante, le golpeaban los pómulos. provoqué la suprema revelación, y casi con enojo repuso:
—¿Estas son las esmeraldas que ambiciona Barrera? —¿No te da pudor?
—Sí, pero dejalas pa vos. Trajeada de olanes claros, era más fresca con el sencillo
—¿Cómo podría quitarlas? descote y con el peinado negligente, en cuyos rizos parecía
—Así —dijo, mordiéndome bruscamente la oreja. Y, aho- aletear la cinta de seda azul, anudada en forma de mariposa.
gada en risa, me dejó solo. Luego, con el dedo en la boca, Cuando se sentaba a coser, tendíame en el chinchorro frontero,
regresó para suplicarme: aparentando no reparar en ella, pero mirándola a hurtadillas;
—¡Que no lo vaya a sabé mi hombre! ¡Ni tu mujé! y llenábame de impaciencia la frialdad de su trato, a tal punto
Sin embargo, la lealtad me dominó la sangre, y con desdén que repetidas veces la interrogué colérico:
hidalgo puse en fuga la tentación. Yo, que venía de regreso de —¿Pero no estoy hablando contigo?
todas las voluptuosidades, ¿iba a injuriar el honor de un amigo, Ávido de conocer la causa de su retraimiento, llegué a pen-
seduciendo a su esposa, que para mí no era más que una hem- sar que estuviera celosa e intenté hacer leve alusión a la niña
bra, y una hembra vulgar? Mas en el fondo de mi determina- Griselda, con quien se mantenía en roce constante y solía llorar.
ción corría una idea mentora: Alicia me trataba ya no sólo con —¿Qué te dice de mí la patrona?
indiferencia, sino con mal disimulado desdén. Desde entonces —Que eres inferior a Barrera.
comencé a apasionarme por ella y hasta me dio por idealizarla. —¡Cómo! ¿En qué sentido?
Creí haber sido miope ante la distinción de mi compañera. —No sé.
En verdad no es linda, mas por donde pasa los hombres sonríen. Esta revelación salvó definitivamente el honor de Franco, por-
Placíame sobre todo otro encanto, el de su mirada tristona, casi que desde ese momento la niña Griselda me pareció detestable.
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—¿Inferior porque no la persigo? Franco, de cuyos servicios necesita siempre, y más ahora que
—No sé. la ganadería está paralizada por el desorden de los vaqueros.
—¿Y si la persiguiera? —Tengo aún treinta libras en el bolsillo. ¡Aquí están, aquí
—Que responda tu corazón. están! Sólo restaré algo para ciertos gastos de Alicia y para
—Alicia, ¿has visto algo? pagar nuestra permanencia en esta casa.
—¡Qué ingenuo eres! ¿Todas se enamoran de ti? —¡Muy bien! Marcharé dentro de tres días, y aquí me ten-
Me provocó en ese instante, herido en mi orgullo, desnu- drán a mediados del mes entrante, antes de las grandes lluvias,
darme los brazos y gritarle una y otra vez: «¡Imbécil, pregunta porque ya el invierno se acerca. A fines de junio llegaremos a
quién me dio estos mordiscos!». Villavicencio con el ganado. ¡Luego, a Bogotá, a Bogotá!
Don Rafo apareció en el umbral. Cuando Alicia y don Rafael salieron al patio, abrió mi fan-
tasía las alas.
* ** Me vi de nuevo entre mis condiscípulos, contándoles mis
aventuras de Casanare, exagerándoles mi repentina riqueza,
Venía del hato, adonde fue esa mañana a ofrecer los caballos. viéndolos felicitarme, entre sorprendidos y envidiosos. Los invi-
Franco y la niña Griselda, que lo acompañaron, regresarían taría a comer a mi casa, porque ya para entonces tendría una,
por la tarde. Él se vino pronto, aprovechando la curiara, para propia, de jardín cercano a mi cuarto de estudio. Allí los con-
consultarme un negocio y requerir mi consentimiento. El viejo gregaría para leerles mis últimos versos. Con frecuencia, Alicia
Zubieta daba al fiado mil o más toros, a bajo precio, a condi- nos dejaría solos, urgida por el llanto del pequeñuelo, llamado
ción de que los cogiéramos, pero exigía seguridades y Franco Rafael, en memoria de nuestro compañero de viaje.
arriesgaba su fundación con ese fin. Era la oportunidad de aso- Mi familia, realizando un antiguo proyecto, se radicaría en
ciarnos: la ganancia sería cuantiosa. Bogotá; y aunque la severidad de mis padres los indujera a recha-
Gozoso le dije a don Rafo: zarme, les mandaría a la nodriza con el pequeño los días de fiesta.
—¡Haré lo que ustedes quieran! Al principio se negarían a recibirlo, mas luego, mis hermanas,
Y agregué estrechando a Alicia en mis brazos: curiosas, alzándolo en los brazos, exclamarían: «¡Es el mismo
—¡Ese dinero será para ti! retrato de Arturo!». Y mi mamá, bañada en llanto, lo mimaría
—Yo daré mis caballos como aporte y volaré a Arauca a gozosa, llamando a mi padre para que lo conociera; mas el anciano,
exigir la cancelación de algunas deudas. Podré reunir hasta mil inexorable, se retiraría a sus aposentos, trémulo de emoción.
pesos, y con esa suma se harán, en parte, los gastos de saca. Poco a poco, mis buenos éxitos literarios irían conquis-
Además, empeñada la fundación, el viejo cerrará el negocio con tando el indulto. Según mi madre, debía tenérseme lástima.
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Después de mi grado en la Facultad se olvidaba todo. Hasta mis a Arauca, bajar el Orinoco y salir a Europa. ¡Pero Alicia está
amigas, intrigadas por mi conducta, disimularían mi pasado tan maltratada, que no sé qué hacer! Además, el negocio no
con esta frase: «¡Esas cosas de Arturo…!». me disuena. Haremos algo.
—Venga usted acá, soñador —exclamó don Rafo—, a sabo- —Pena me da que esta pechugona de Griselda quiera con-
rear el último brandy de mis alforjas. Brindemos los tres por la vertir en modista a la señora de usted.
fortuna y el amor. —Despreocúpese. Alicia encuentra distracción en practi-
¡Ilusos! ¡Debimos brindar por el dolor y la muerte! car lo que le enseñaron en el colegio. En casa divide el tiempo
entre la pintura, el piano, los bordados, los encajes…
* ** —Sáqueme de una duda. ¿Los cabayos de don Rafo se los
dio usted?
El pensamiento de la riqueza se convirtió en esos días en mi —¡Ya se sabe cuánto lo estimo! Me robaron el mejor, ensi-
dominante obsesión, y llegó a sugestionarme con tal poder, llado, y todo el equipaje.
que ya me creía ricacho fastuoso, venido a los llanos para dar —Sí, me contó don Rafo… Pero quedan algunos buenos.
impulso a la actividad financiera. Hasta en el acento de Alicia —Regulares; los de nuestras monturas.
encontraba la despreocupación de quien cuenta con el futuro, —Al viejo Zubieta le gustarán. ¡Qué casualidad esta del nego-
sostenido por la abundancia del presente. Verdad que ella seguía cio, con un hombre tan desconfiado! Probablemente nos hizo
enclaustrada en su misterio, mas yo me agasajaba con esta segu- el ofrecimiento en previsión de que Barrera “se le atravesara”.
ridad: son extravagancias de mujer rica. Nunca había vendido semejante cosecha. Les respondía a los com-
Cuando Fidel me avisó que el contrato se había perfeccio- pradores: «¡Si ya no tengo qué vender! ¡Sólo me quedan cuatro
nado, no tuve la menor sorpresa. Parecióme que el adminis- bichitos!». Y para estimularlo a la venta, se le debían depositar,
trador de mis bienes estaba rindiéndome un informe sobre el con pretexto de que las guardara, las libras destinadas al trato,
modo acertado como había cumplido mi voluntad. en la seguridad de que el oro se quedaría allí. Una vez tuvo esa
—¡Franco, esto saldrá a pedir de boca! ¡Y si el negocio falla- táctica un saquero de Sogamoso, hombre corrido y negociante
re, tengo mucho con qué responder! avisado, quien, para ganarse la voluntad del abuelo, duró borra-
Entonces Fidel, por vez primera, me averiguó el objeto de mi cho con él varios días. Mas cuando fueron a separar la torada,
viaje a las pampas. Lúcidamente, ante la posibilidad de que mi com- extendió Zubieta su bayetón fuera de los corrales y desanudó
pañero hubiera cometido alguna indiscreción, respondí: la mochila del cliente advirtiéndole: «A cada torito que salga,
—¿No habló usted con don Rafael? —y añadí, después écheme aquí una morrocotica, porque yo no entiendo de núme-
de la negativa—: ¡caprichos, caprichos! Se me antojó conocer ros». Agotado el depósito, insinuó el reinoso: «¡Me faltó dinero!
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¡Fíeme los animalitos restantes!». Zubieta sonrió: «¡Camaraa, a La dejé llorando y me fui al caney. La vieja Tiana prendía
usté no le falta dinero; es que a mí me sobra ganao!». remiendos en la camisa del mulato, que, semidesnudo, con las
Y recogiendo el bayetón regresó irreductible. manos bajo la cabeza, esperaba la obra tendido en un cuero.
Satisfecho de mi fortuna, escuchaba la anécdota. —Blanco, refrésquese en ese chinchorro. ¡Ta haciendo un
—Franco —le dije golpeándole el hombro—: ¡no se sor- caló de agua!
prenda usted de nada! El viejo sabe lo que hace. ¡Habrá oído En vano pretendí conciliar el sueño. Me importunaba el
mi nombre…! cacareo de una gallina que escarbaba en el zarzo, mientras sus
compañeras, con los picos abiertos, acezaban a la sombra, indi-
* ** ferentes al requiebro del gallo que venía a arrastrarles el ala.
—¡Estas condenaas no dejan ni dormí!
—¡Veleta, veleta, cómo tas de cambiao! —Mulata —le dije—: ¿cuál es tu tierra?
—Hola, niña Griselda, ¿qué es ese tuteo? —Esta onde me hayo.
—¿Tas entonao por el negocio? Pa morrocotas, el Vichada. —¿Eres colombiana de nacimiento?
Yévame. ¡Quero irme con vos! —Yo soy únicamente yanera, del lao de Manare. Dicen que
Se echó a abrazarme, pero la aparté con el codo. Ella vaciló soy craveña, pero no soy del Cravo; que pauteña, pero no soy
sorprendida: del Pauto. ¡Yo soy de todas estas yanuras! ¡Pa qué·más patria,
—¡Ya sé, ya sé! ¡Le tenés terrorena a mi marío! si son tan beyas y tan dilataas! Bien dice el dicho: «¿Ónde ta
—¡Le tengo aversión a usted! tu Dios? ¡Onde te salga el sol!».
—¡Desagraecío! La niña Alicia no sabe naa. Sólo me encargó —¿Y quién es tu padre? —le pregunté a Antonio.
que no te creyera. —Mi mama sabrá.
—¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? —¡Hijo, lo importante es que hayás nacío!
—Que el yanero es el sincero; que al serrano, ni la mano. Con doliente sonrisa, indagué.
Pálido de cólera, entré en la sala. —Mulato, ¿te vas al Vichada?
—Alicia, no me agrada tu compañerismo con la niña Griselda. —Tuve cautivao unos días, pero lo supo el hombre y me
¡Puede contagiarte su vulgaridad! ¡No conviene que sigas dur- empajó. Y como dicen que son montes y más montes, onde
miendo en su cuarto! no se puee andá a cabayo, ¡eso pa qué! A mí me pasa lo que al
—¿Quieres que te la deje sola? ¿No respetarás ni al dueño ganao: sólo quero los pajonales y la libertá.
de casa? —Los montes, pa los indios —agregó la vieja.
—¡Escandalosa! ¿Vuelven ya tus celos ridículos? —A los pelaos también les gusta la sabana: que lo diga el
daño que hacen. ¡En qué no se ve pa enlazá un toro! Necesita
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hayarse bien remontao y que el potro empuje. ¡Y eyos los co- —Encargos de la patrona. ¡Es la cascarita de un palo que
gen de a pie, a carrera limpia, y los desjarretan uno tras otro, sirve pa enamorá!
que da gusto! Hasta cuarenta reses por día, y se tragan una, y
las demá pa los zamuros y los caricaris. Y con los cristianos tam- ***
bién son atrevíos: ¡al dijunto Jaspe le salieron del matorral, casi
debajo del cabayo, y lo cogieron de estampía y lo envainaron! Y Mi sensibilidad nerviosa ha pasado por grandes crisis, en que
no valió gritarles. ¡Aposta, andábamos desarmaos, y eyos eran la razón trata de divorciarse del cerebro. A pesar de mi exube-
como veinte y echaban flecha pa toas partes! rancia física, mi mal de pensar, que ha sido crónico, logra debi-
La vieja, apretándose el pañuelo que llevaba en las sienes, litarme de continuo, pues ni durante el sueño quedo libre de la
terció en esta forma: visión imaginativa. Frecuentemente las impresiones logran su
—Era que el Jaspe los perseguía con los vaqueros y con el máximum de potencia en mi excitabilidad, pero una impresión
perraje. Onde mataba uno, prendía candela y hacía como que suele degenerar en la contraria a los pocos minutos de recibida.
se lo taba comiendo asao, pa que lo vieran los fugitivos o los Así, con la música, recorro la gama del entusiasmo para des-
vigías que atalayaban sobre los moriches. cender luego a las más refinadas melancolías; de la cólera paso
—Mama, jue que los indios le mataron a él la jamilia, y a la transigente mansedumbre, de la prudencia a los arrebatos
como puaquí no hay autoridá, tie uno que desenrearse solo. Ya de la insensatez. En el fondo de mi ánimo acontece lo que en
ven lo que pasó en el Hatico: macetearon a toos los racionales las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.
y toavía humean los tizones. Blanco, ¡hay que apandiyarnos Mi organismo repudia los excitantes alcohólicos, aunque saben
pa echarles una buscaa! llevar el marasmo a las penas. Las pocas veces que me embria-
—¡No, no! ¿Cazarlos como a fieras? ¡Eso es inhumano! gué lo hice por ociosidad o por curiosidad: para matar el tedio o
—Pues lo que usté no haga contra eyos, eyos lo hacen con- para conocer la sensación tiránica que bestializa a los bebedores.
tra usté. El día que don Rafo se separó de nosotros sentí vago pesar,
—¡No contradigás, zambo alegatista! El blanco es más leído augurio de males próximos, certidumbre de ausencia eterna.
que vos. Preguntale más bien si masca tabaco y dale una mascaa. Yo participaba, al ver que se iba, del entusiasmo de la empresa,
—No, gracias, viejita. Eso no es conmigo. cuyo programa empezaba a cumplirse con las gestiones enco-
—Ahí tan remendaos tus chiros —díjole al mulato, aven- mendadas a él. Pero a la manera que la bruma asciende a las
tándole la camisa—. Ora rompélos en el monte. ¿Ya trujiste la cimas, sentía subir en mi espíritu el vaho de la congoja hume-
vengavenga? ¿Cuánto hace que te la han solicitao? deciéndome los ojos. Y bebí con ahínco las copas que prece-
—Si me da café, la treigo. dieron a la despedida.
—¿Y qué es eso de vengavenga?
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Así, por un momento, reconquisté la animación veleidosa; —¡Sí, amor mío! ¡Lo que tú quieras! ¡Lo que tú quieras!
pero mi mente seguía deprimiéndose con el eco tenaz de los Indudablemente, fue entonces cuando salió con la bote-
sollozos de Alicia, cuando le dijo a don Rafael en un abrazo lla hacia la cocina y le puso vengavenga. Pero yo, a los pies de
desesperado: Alicia, me quedé profundamente dormido.
—¡Desde hoy quedaré en el desierto! Y esa tarde no bebí más.
Yo entendí que ese desierto tenía algo que ver con mi corazón.
Recuerdo que Fidel y Correa debían acompañar al via- ***
jero hasta el propio Tame, en previsión de que los secuaces de
Barrera lo asaltaran. Allí contratarían vaqueros remontados Desperté con el alma ensombrecida por la tristeza, huraño y
para nuestra cogienda y no podían tardar más de una semana nervioso. Miguel había llegado del hato en un potro cosco-
en volver a La Maporita. jero, de falsa rienda, y mantenía conversación en el caney con
«En sus manos queda mi casa», había dicho Franco, y yo Sebastiana.
acepté la comisión con disgusto. ¿Por qué no me llevaban a las —Vengo a yevá mi gayo y a ve si Antonio me presta su tiple.
faenas? ¿Imaginarían que era menos hombre que ellos? Quizás me —Aquí el que manda ahora es el blanco. Pedile permiso pa
aventajaban en destreza, pero nunca en audacia y en fogosidad. cogé tu poyo. El requinto no lo pueo prestá no tando su dueño.
Ese día les cobré repentino resentimiento, y, loco de alco- El hombre, desmontándose, acercóseme tímidamente:
hol, estuve a punto de gritar: «¡El que cuida a dos mujeres con —Ese gayito es mío, y lo quero poné en cuerda pa las riñas
ambas se acuesta!». que vienen. Si me lo deja yevá, espero que escurezca pa cogelo
Cuando partieron, entré en la alcoba a consolar a Alicia. en el palo.
Estaba de bruces sobre su catre, oculto el rostro en los brazos, El recién venido me pareció sospechoso.
hipante y llorosa. Me incliné por acariciarla, y apenas hizo un —¿No mandó razón ninguna el señor Barrera?
movimiento para alargarse el traje sobre las pantorrillas. Luego —Pa usté, no.
me rechazó con brusquedad: —¿Para quién?
—¡Quita! ¡Sólo me faltaba verte borracho! —Pa naide.
Entonces, en su presencia, le di un abrazo a la patrona. —¿Quién te vendió esa montura? —dije, reconociendo la
—¿No es verdad que tú sí me quieres? ¿Que sólo he tomado mía, la misma que me robaron en Villavicencio.
dos copitas? —Se la mercó el señor Barrera a un guate que vino del
—Y si las bebieras con cáscara de quinina, no te darían interió, hace dos semanas. Dijo que se la vendía porque una
calenturas. culebra le había matao el cabayo.
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—¿Y cómo se llama el que la vendió? Cuando salió, pretendí, en vano, descubrir en los ojos de Alicia
—Yo no lo vi. Apenas escuché el cuento. alguna complicidad. Estaba fatigada, quería recogerse temprano.
—¿Y tú acostumbras usar la silla de Barrera? —rugí, aco- —¿No apetece ver la salía de la luna? —propuso Sebastiana.
gotándolo—. ¡Si no me confiesas dónde está él, dónde quedó —No —dije—. La llamaré cuando sea tiempo.
escondido, te trituro a palos! Pero si eres leal a mi pregunta, te Y con disimulo cogí la botella bajo la ruana. Serenamente,
daré el gallo, el tiple y dos libras. sin que en mi rostro se delatara el propósito trágico, le advertí
—Suélteme, pa que no malicén que le confieso. a la niña Griselda apenas regresó:
Lo llevé hacia la corraleja, y me dijo: —Sebastiana puede quedarse aquí, en la sala. Yo guindaré
—Quedó agazapao en la otra oriya del monte, porque no mi chinchorro en el corredor del caney. Necesito aire fresco.
vido la señal convenía, es decir, el bayetón extendío en el tran- —Eso sí es bien pensao. Con estos calores no se puee dormir
quero, por el lao rojo. Por eso me mandó con la recomienda de —observó la mulata.
que si no había peligro desensiyara el rango y lo esperara. Él —Si querés —propúsole la patrona—, dejá la puerta de par
vendrá con la noche, y yo, como aviso, debo tocá tiple, pero no en par.
he poído hablá con la mujé. Al oír esto, sentí maligna satisfacción. Di las buenas noches
—¡No le digas nada! acentuando estas frases:
Y lo obligué a desensillar. —Miguel me ofreció cantar un corrido. No tardaré en
Ya había oscurecido, y sólo en el límite de la pampa diluía acostarme.
el crepúsculo su huella sangrienta. La vieja Tiana salió de la Al breve rato apagaron la luz.
cocina, llevando encendido el mechero de querosén. Las otras
mujeres rezaban el rosario con murmullo lúgubre. Dejé al hom- ***
bre en espera y me fui al cuartucho de Antonio por el requinto.
A oscuras lo descolgué de la percha y saqué la escopeta de dos Mi primer cuidado fue mirar si en el patio estaban los perros.
cañones. Los llamé en voz baja, anduve por todas partes con extraordi-
Acabado el rezo, me presenté con las manos vacías ante naria cautela. ¡Nada! Afortunadamente habrían seguido a los
la niña Griselda: viajeros.
—Un hombre la espera en el patio. Llegué al caney, orientado por el tabaco que fumaba el
—¡Ah! ¡Miguelito! ¿Vino a buscá el tiple? hombre.
—Sí. Es bueno prestárselo. Lléveselo usted. En ese rin- —Miguelito, ¿quieres un trago?
cón está. Devolvióme la botella escupiendo:
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Le vi alejarse en la embarcación, sobre el agua enlutada —¿Comprendes lo que está pasando por ti? ¡Vístete! ¡Vámo-
donde los árboles tendían sus sombras inmóviles. Entró luego nos! ¡Aprisa! ¡Aprisa!
en la zona oscura del charco, y sólo percibí el cabrilleo del cana- —¡Arturo, por Dios!…
lete, rútilo como cimitarra anchurosa. —¡Me voy a matar a Barrera en presencia tuya!
Esperé hasta la madrugada. Nadie volvió. —¡Cómo vas a cometer ese crimen!
¡Dios sabe lo que hubiera pasado! —¡No llores! ¿Te dueles ya del muerto?
—¡Dios mío!… ¡Socorro!
* ** —¡Matarlo! ¡Matarlo! ¡Y después a ti, y a mí y a todos! ¡No estoy
loco! ¡Ni tampoco digan que estoy borracho! ¿Loco? ¡No! ¡Mien-
Al rayar el día, ensillé el caballo de Miguel y puse la escopeta en tes! ¡Loco, no! ¡Quítame ese ardor que me quema el cerebro!
el zarzo. La niña Griselda, que andaba con un cubo rociando ¿Dónde estás? ¡Tiéntame! ¿Dónde estás?
las matas, me observaba inquieta. Sebastiana y la niña Griselda se esforzaban por sujetarme.
—¿Qué tas haciendo? —¡Calma, calma, por lo más querío! Soy yo. ¿No me conocés?
—Aguardo a Barrera, que amaneció por aquí. Me echaron en un chinchorro, y pretendieron coserlo por
—¡Exagerao! ¡Exagerao! fuera; mas con pataleo brutal rompí las cabuyas, y, agarrando
—Oiga, niña Griselda: ¿cuánto le debemos? a la niña Griselda del moño, la arrastré hasta el patio.
—¡Cristiano! ¿Qué me decís? —¡Alcahueta! ¡Alcahueta! —y de un puñetazo en el ros-
—Lo que oye. La casa de usted no es para gentes honra- tro, la bañé en sangre.
das. Ni a usted le conviene echarse en el pajonal teniendo su Luego, en el delirio vesánico, me senté a reír. Divertíame
barbacoa. el zumbido de la casa, que giraba en rápido círculo, refrescán-
—¡Ponele freno a tu lengua! Tas bebío. dome la cabeza. «¡Así, así! ¡Que no se detenga porque estoy
—Pero no con el licor que le trajo Barrera. loco!». Convencido de que era un águila, agitaba los brazos y
—¿Acaso fue pa mí? me sentía flotar en el viento, por encima de las palmeras y de
—¿Quiere usted decir que fue para Alicia? las llanuras. Quería descender para levantar en las garras a
—Vos no la podés obligá ni a que te quera ni a que te siga, Alicia, y llevarla sobre una nube, lejos de Barrera y de la mal-
porque el cariño es como el viento: sopla pa cualquier lao. dad. Y subía tan alto, que contra el cielo aleteaba, el sol me
Al oír esto, con alterna premura, chupé la botella y bajé el ardía el cabello y yo aspiraba el ígneo resplandor.
arma. La niña Griselda salió corriendo. Empujé la puerta. Ali- Cuando la convulsión hizo crisis, intenté caminar, pero sentía
cia, a medio vestir, estaba sentada en el catre. correr el suelo bajo mis plantas en sentido contrario. Apoyándome
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en la pared, entré en la sala vacía. ¡Habían huido! Tenía sed y —¡Guá, chico! ¿Qué quieres tú?
de nuevo apuré la botella. Recogí el arma y para enfriarme las Tal dijo una mujercilla halconera, de rostro envilecido por
mejillas las oprimía contra los cañones. Triste porque Alicia me el colorete, cabello oxigenado y brazos flacuchos, puestos en
desamparaba, empecé a llorar. Luego declamé a gritos: jarras sobre el cinturón del traje vistoso.
—¡No le hace que me dejes solo! ¡Para eso soy hombre rico! —¡Quiero jugar a los dados! ¡Nada más que jugar! ¡En este
¡Nada quiero de ti, ni de tu muchacho ni de nadie! ¡Ojalá que bolsillo están las libras!
ese bastardo te nazca muerto! ¡Ni será hijo mío! ¡Lárgate con el Y tiré unas a lo alto, y se regaron en el suelo.
que se te antoje! Tú no eres más que una querida cualquiera. Entonces oí la voz carrasposa del viejo Zubieta, que orde-
Después hice disparos. naba desde el cuarto contiguo:
—¿Dónde está Franco, que no sale a defender a su hembra? —Clarita, al cabayero, que siga.
¡Aquí me tiene! ¡Yo vengaré la muerte del capitán! ¡Al que se Acaballado en el chinchorro y tendido de espaldas, en
presente, lo mato! ¡A Barrera no, a Barrera no, para que Ali- camiseta y calzoncillos, estaba el hacendado, de barriga protu-
cia se vaya con él! ¡Se la cambio por brandy, por una botella berante, ojos de lince, cara pecosa y pelo rojizo. Alargándome
no más! sus manos, que además de ser escabrosas parecían hinchadas,
Y recogiendo la que tenía, monté en el potro, me tercié la hizo rechinar entre los bigotes una risa:
escopeta y partí a escape por el llano impasible, dando a los —¡Cabayero, dispense que no me pueo enderezá!
aires este pregón enronquecido y diabólico: —¡Yo soy el socio de Franco, el cliente de los mil toros, y,
—¡Barrera, Barrera! ¡Alcohol, alcohol! si quiere, se los pagaré de contado!
—¡Asina sí; asina sí! Pero usté debe cogelos porque el zam-
* ** baje que tengo ta de a pie, y no sirve pa naa.
—Yo conseguiré vaqueros bien montados, y no dejaré que
Media hora después, los del hato me vieron pasar. Del otro lado me los sonsaquen para el Vichada.
del caño me gritaban y me hacían señas. Por el vado que me —Me gusta usté, ¡eso ta bien hablao!
indicaron hostigué al potro y salí al patio, dispersando la gente Salí a meter mis aperos y vi a Clarita, cuchicheando con
a pechadas, entre una algarabía de protestas. mi enemigo, mientras que con una totuma le echaba agua en
—¡A ver! ¿Quién manda aquí? ¿Por qué se esconde Barrera? las manos. Al verme, se escondieron detrás de la casa.
¡Que salga! —¿Qué ladrón recogió el oro que tiré aquí?
Y colgando la escopeta en la montura, salté desarmado. —Vení, quitámelo —replicó un hombre, en quien reco-
Todos esperaban perplejos. Algunos sonrieron mirándose. nocí al del wínchester, que pretendió decomisarle la mercancía
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a don Rafael—. ¡Ora sí podemos arreglá lo del otro día! ¡Sin- Barrera, para no beber, salió al corredor, y a poco, vino
vergüenza ora sí me topás! alargándome un puñado de oro.
Adelantóse amenazante, mirando hacia el punto donde su —Estas monedas son de usted.
patrón estaba escondido, como en espera de una orden. ¡Sin —¡Miente! Desde ahora son de Clarita.
darle tiempo, lo aplasté de una sola trompada! Ella las recibió sonriendo y me dio las gracias con este
Barrera acudió exclamando: cumplido:
—¿Señor Cova, qué pasa? Venga usted acá. ¡No haga caso —¡Aprendan! ¡Es una dicha encontrar cabayeros!
de los peones! Un caballero como usted… Zubieta se quedó pensativo. De pronto mandó que acer-
El ofendido fue a sentarse contra el pretil, y, sin apartar de caran la mesa, y, cuando vaciamos otras copas, señaló un
mí los ojos, se enjugaba la sangre de las narices. morralito suspendido de un cuerno en la pared fronteriza:
Barrera lo reprendió con dictados crueles: «¡Malcriado, atre- —Clarita, danos “las muelas de Santa Polonia”. Clarita
vido! ¡El señor Cova merece respeto!». Mas a tiempo que me invi- puso los dados sobre la mesa.
taba a penetrar en el corredor, prometiendo que el oro me sería
devuelto religiosamente, el hombre desensilló mi caballo, ***
guardóse la escopeta y yo me olvidé del arma. La gente hacía
comentarios en la cocina. Indudablemente, mi nueva amiga me favoreció aquella noche
En el cuarto, Clarita estaría refiriéndole al viejo lo que en ese juego plebeyo, desconocido para mí. Tiraba yo los dados
pasaba, porque enmudecieron al verme. con nerviosidad y a veces caían debajo del chinchorro. Enton-
—¿El cabayero se regresa hoy? ces el viejo, entre carcajadas y toses, preguntaba: «¿Me ganó?
—No, amigo Zubieta. ¡No se me antoja! ¡Vine a beber y a ¿Me ganó?». Y ella, entre una humareda de tabaco, ladeando
jugar, a bailar y a cantar! la farola, respondía: «Echó cenas. Es un chico de suerte».
—Es un honor que no merecemos —afirmó Barrera—. El Barrera, simulando confianza en las palabras de la mujer,
señor Cova es una de las glorias de nuestro país. confirmaba tales decisiones; pero vivía celoso de que no esca-
—¿Y gloria, por qué? —interrogó el viejo—. ¿Sabe montá? seara el licor. Clarita, ebria, me apretaba la mano al descuido;
¿Sabe enlazá? ¿Sabe toreá? el viejo, ebrio, tarareaba una canción obscena; mi rival, por
—¡Sí, sí! —grité—. ¡Lo que usted quiera! encima de la luz temblorosa, me sonreía irónico; yo, semiin-
—¡Asina me gusta, asina me gusta! —y se agachó hacia el consciente, repetía las paradas. En la puerta del acalorado cuar-
cuero de tigre que tenía bajo el chinchorro—. Clarita, danos tucho los peones seguían el juego, con interés.
unos brándises —dijo, indicándole el garrafón. Cuando quedé dueño de casi todo el montón de frisoles que
representaban un valor convenido, Barrera me propuso jugarlos
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en paro vaciando las morrocotas del chaleco. «Tire por mitad, —¡Alumbren, que escupo sangre!
cien toros», exclamó el vejete, dando fuertes golpes en la mesa. Cuando me ayudaron a echar el cerrojo, sentí humedecida
Entonces noté que los zapatos de mi adversario pisaban los de una de mis muñecas. Tenía una puñalada en el brazo izquierdo.
Clarita, y tuve el presentimiento de que llegaba el fraude. Con nosotros quedó encerrada una persona que me puso
Con frase feliz decidí a la mujer: en las manos un wínchester. Al sentir que me buscaba, intenté
—Juguemos esto en compañía. cogerla, por lo cual, susurrando, me repetía:
Ella extendió al instante sobre el montoncillo de granos —¡Cuidado con yo! ¡Soy el tuerto Mauco, amigo de too
las manos avaras. El rubí de su anillo se encendió en sangre. el mundo!
Zubieta maldijo su suerte cuando lo venció mi jugada. Afuera empujaban la puerta, y yo, sin permanecer en un solo
—Ahora con usted —le dije a Barrera, sonando los dados. punto, perforaba las tablas a tiros, iluminando la estancia con el
Recogiólos sin inmutarse, y, mientras los agitaba, cambián- relampagueo de los fogonazos. Al fin terminó la agresión. Que-
dolos, pretendió distraernos con un chiste de baja ley. Pero al damos sumidos en el más pavoroso silencio y mi oído acechante
lanzarlos sobre la mesa, los atrapé de un golpe: dominaba la oscuridad. Por los huecos que abrieron mis balas
—¡Canalla, estos dados son falsos! observé con sigilosa pupila. Hacía luna y el patio estaba desierto.
Trabóse de súbito una reyerta y la lámpara rodó por el Mas por instantes recogía el rumor de voces y risotadas que
suelo. Gritos, amenazas, imprecaciones. El viejo cayó del chin- venían quién sabe de dónde. El dolor de la herida empezó a ren-
chorro, pidiendo auxilio. Yo, a oscuras, esgrimía lo puños a dirme y el vértigo del alcohol me echó a tierra. Allí me desan-
diestro y siniestro, hacia cualquier sitio donde oyera una voz de gré hasta que Dios quiso, entre el pánico de mis compañeros,
hombre. Alguien hizo un disparo, ladraron los perros, rechi- que en algún rincón se decían: «Parece que está agonizando».
naba la puerta con el afán del ahuyentado tumulto, y la ajusté —¡Agua, agua! ¡Estoy herido! ¡Me muero de sed!
de un empellón, sin saber quién quedaba adentro.
Barrera exclamó en el patio: ***
—¡Ese bandido vino a matarme y a robar al señor Zubieta!
¡Anoche me estuvo puesteando! ¡Gracias a Miguel, que se opuso Al amanecer, abrieron el cuarto y me dejaron solo. Desperté
al crimen y me denunció la acechanza! ¡Prendan a ese misera- con desmayada dolencia a los gritos que daba el dueño del
ble! ¡Asesino, asesino! hato, reprendiendo a la peonada por indolente, pues no quiso
Yo, desde adentro, le lanzaba atrevidos insultos, y Clarita, salvarlo de la batahola.
conteniéndome, suplicaba: —¡Gracias al guate —repetía—, gracias al guate, estoy
—¡No salgas, no salgas, porque te acribiyan! contando el cuento! Él tenía razón, los daos eran falsos y con
El viejo gimoteaba espantado:
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eyos me había estafao mi plata ese tramposo del Barrera. ¡Aquí de magia, masculló una retahíla que se llamaba «la oración del
topé uno bajo la mesa! Convénzanse. Tiene azogue por dentro. justo juez».
—No podíamos arrimá por los tiros. Satisfecho de su ministerio, recogió el sombrero y el palo,
—¿Y quién hirió a Cova? y dijo inclinándose sobre el cuero de toro donde me hallaba
—¿Quién sabrá? tendido:
—Vayan a decirle al Barrera que no lo quero aquí; que pa —No se deje acochiná del doló. Yo lo curo presto: con otra
eso tiene sus toldos, que se quede ayá. ¡Que si no sabe pa qué rezaa tiene.
son los caminos; que el guate ta aquí con la carabina! Miré con asombro a Clarita, como para indagar la certi-
Clarita y el tuerto Mauco vinieron en mi socorro trayendo dumbre de cuanto estaba pasando. Era convencida creyente, que
un caldero de agua caliente. Descosieron la manga de la camisa manifestaba respeto fanático. Para ahuyentar mis dudas, expuso:
para quitármela sin lastimar el brazo túmido, y luego, hume- —¡Guá, chico!, Mauco sabe de medicina. Es el que mata
deciendo los bordes de la tela pegada, descubrieron la herida, las gusaneras, rezándolas. Cura personas y animales.
pequeña pero profunda, abierta sobre el músculo cercano al —No sólo eso —añadió el mamarracho—. Sé muchas ora-
hombro. La lavaron con aguardiente, y, antes de extenderle la ciones pa too. Pa topá las reses perdías, pa sacá entierros, pa
cataplasma tibia, el tuerto, con unción ritual, exclamó: hacerme invisible a los enemigos. Cuando el reclutamiento de
—Pongan fe, porque la voy a rezá. la guerra grande me vinieron a cogé, y me les convertí en mata
Admirado yo, observaba al hombruco, de color terroso, de plátano. Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y me
mejillas fofas y amoratados labios. Puso en el suelo, con soli- encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hor-
citud minuciosa, el bordón en que se apoyaba, y encima el miga y me picurié. Si no hubiera sío por yo, quén sabe qué nos
sombrero grasiento de roídas alas, que tenía como cinta un hubiera acontecío en la gresca de anoche. Yo tuve listo pa eva-
mazo de cabuyas a medio torcer. Por entre los harapos se le porarme cuando entraran, y taparlos a toos con mi neblina.
veían las carnes hidrópicas, principalmente el abdomen, escu- Apenas supe que usté taba herío, le recé la oración del «sana
rrido en rollo sobre el empeine. Volvió, parpadeando, hacia que sana» y la hemorragia se contuvo.
la puerta el ojillo tuerto, para regañar a los muchachos que Lentamente fui cayendo en una quietud sonámbula, en un
se asomaban: vago deseo de dormir. Las voces iban alejándose de mis oídos y
—¡Esto no es cosa de juego! ¡Si no han de poné fe, lár- los ojos se me llenaron de sombra. Tuve la impresión de que me
guense, porque se pierde la virtú! hundía en un hoyo profundo, a cuyo fondo no llegaba jamás.
Los gandules permanecieron fervorosos, como en un tem-
plo, y el viejo Mauco, después de hacer en el aire algunos signos ***
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Un sentimiento de rencor me hacía odioso el recuerdo de Ali- A veces sentía la tos impaciente de Zubieta en el corredor:
cia, la responsable de cuanto pasaba. Si alguna culpa podía —Mujé, quitate de ahí que acalorás al enfermo. ¡Ni tu
corresponderme en el trance calamitoso, era la de no haber marío que juera!
sido severo con ella, la de no haberle impuesto a toda costa Clarita se alzaba de hombros.
mi autoridad y mi cariño. Así, con la sinrazón de este razona- ¿Y por qué aquella mujer no me desamparaba, siendo una
miento, envenenaba mi ánima y enconaba mi corazón. escoria de lupanar, una sobra del bajo placer, una loba ambu-
¿Verdaderamente me habría sido infiel? ¿Hasta qué punto lante y famélica? ¿Qué misterio redimía su alma cuando me
le había mareado el espíritu la seducción de Barrera? ¿Habría consentía con avergonzada ternura, como cualquier mujer de
existido esa seducción? ¿A qué hora pudo llegarle la influen- bien, como Alicia, como todas las que me amaron?
cia del otro? Las palabras reveladoras de la niña Griselda, Alguna vez me preguntó cuántas libras me quedaban en el
¿no serían mensajes de astucia para decidirme en su favor, bolsillo. Eran pocas, y las guardó en el seno; mas en un momento
calumniando a mi compañera? Tal vez había sido yo injusto que nos dejaron solos, me leyó un papel al oído: «Zubieta
y violento; pero ella debía perdonarme, aunque no le pidiera te debe doscientos cincuenta toros; Barrera cien libras, y yo te
perdón, porque le pertenecía con mis cualidades y defectos, tengo guardadas veintiocho».
sin que le fuera dable hacer distingos en mí. Agregábase en —Clarita, tú me has dicho que mi ganancia en el juego
descargo mío que la vengavenga me llevó a la locura. ¿Cuándo estuvo exenta de dolo. Todo eso es para ti, que has sido tan
en sano juicio le di motivos de queja? Entonces, ¿por qué no buena conmigo.
venía a buscarme? —Chico, ¿qué estás diciendo? No creas que te sirvo por
Parecíame a ratos verla llegar, bajo el sombrero de lán- interés. Sólo quiero volver a mi tierra, a pedirles perdón a mis
guidas plumas, tendiéndome los brazos entre sollozos: «¿Qué padres, a envejecer y morir con eyos. Barrera quedó de cos-
desalmado te hirió por causa mía? ¿Por qué estás tendido en tearme el viaje a Venezuela, y, en compensación, abusa de mí,
el suelo? ¿Cómo no te dan una cama?». Y anegándome el ros- sin más medida que su deseo. Zubieta dice que se quiere casar
tro en lágrimas, sentábase a mi cabecera, dándome por almo- conmigo y yevarme a Ciudad Bolívar, al lado de mis viejecitos.
hada sus muslos trémulos, peinando hacia atrás mis cabellos, Confiada en esta promesa, he vivido borracha casi dos meses,
con mano enternecida y amorosa. porque él me amonesta con su norma invariable: «¿Cuál será
Alucinado por la obsesión, me reclinaba sobre Clarita, mi mujé? La que me acompañe a bebé».
apartándome al reconocerla. «En estas fundaciones me dejó botada el coronel Infante,
—Chico, ¿por qué no descansas en mis rodillas? ¿Quieres guerriyero venezolano que tomó a Caicara. Ayí me rifaron al
más limonada para la fiebre? ¿Te cambio el vendaje? tresiyo, como simple cosa, y fui ganada por un tal Puentes, pero
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Infante me descontó al liquidar el juego. Después lo derrota- ninguna, apenas tenía habitable el tramo que ocupaba yo. La
ron, tuvo que asilarse en Colombia y me abandonó por aquí. cocina, de paredones cubiertos de hollín, defendía su entrada con
«Antier, cuando yegaste a cabayo, con la escopeta al arzón, un barrizal, formado por las aguas que derramaban las cocineras,
atropeyando la gente, caída la gorra sobre la nuca, te me pare- sucias, sudorosas y desarrapadas. En el patio, desigual y fragoso, se
ciste a mi hombre. Luego simpaticé contigo desde que supe secaban al sol, bajo el zumbido de los moscones, cueros de reses
que eres poeta». sacrificadas, y de ellos desprendía un zamuro sanguinolentas tiras.
En el caney de los vaqueros vigilaban, amarrados sobre perchas,
* ** los gallos de riña, y en el suelo refocilábanse perros y lechones.
Sin ser visto, me acerqué al tranquero. En los corrales,
Mauco entraba a rezarme la herida y tuve el tino de aparentar de gruesos troncos clavados, la torada prisionera se trasijaba de
que creía en la eficacia de sus oraciones. Sentábase en el chin- sed. Detrás de la casa dormían unos gañanes sobre un bayetón
chorro a mascar tabaco, royéndolo de una rosca que parecía extendido encima de las basuras. A poco trecho, en la costa
tasajo reseco, e inundaba el piso de salivazos sonoros. Después del caño, divisábanse los toldos de mi rival, y en el horizonte,
me daba informes sobre Barrera: hacia la fundación de La Maporita, perdíase la curva de los
—Se la pasa metío en el toldo, afiebrao. Sólo me pregunta morichales… ¡Alicia estaría pensando en mí!
que hasta cuándo va a quearse usté aquí. ¡Quién sabe pa qué Clarita, al verme, acudió con la sombrilla de muaré blanco:
cosa le tará haciendo usté “mal tercio”! —Chico, el sol puede irritarte la herida. Vente a la sombra.
—¿Por qué no ha venido Zubieta a ocupar su chinchorro? ¡No vuelvas a cometer despropósitos semejantes!
—Porque es alertao y teme otra chirinola. Duerme en la Y sonreía exhibiendo los dientes llenos de oro.
cocina y se tranca por dentro. Como intencionalmente me hablaba en voz alta, el viejo,
—¿Y Barrera ha vuelto a La Maporita? al oírla, se incorporó:
—Las calenturas no lo dejan pará. —¡Asina me gusta! ¡Los jóvenes no deben vivir encamaos!
Esta afirmación me aquietaba el espíritu, pues vivía celoso Sentéme sobre la viga que servía de pretil y evoqué el medi-
de Alicia y hasta de la niña Griselda. ¿Qué estarían haciendo? tado interrogatorio:
¿Cómo calificarían mi conducta? ¿Cuándo vendrían por mí? —¿A cómo piensa darnos las resecitas?
El primer día que tuve fuerzas para levantarme, suspendí el —¿Cuáles serán?
brazo de un pañuelo, a manera de cabestrillo, y salí al corredor. —Las de nuestro negocio con Franco.
Clarita barajaba los naipes junto al chinchorro donde el viejo dor- —Con él, propiamente, no quedamos en naa. La funda-
mía la siesta. La casa, pajiza y a medio construir, desaseada como ción que da en prenda vale muy poco. Pero como usté las paga
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de relance, será bueno cogelas, si tiene cabayos, y después les como no tengo derecho ni de ofrecerle esa satisfacción, heme
ponemos precio. aquí, cohibido y enfermo, maldiciendo los pasados ultrajes,
Clarita interrumpiónos: que, por fortuna, no alcanzaron a salpicarle siquiera la mere-
—¿Y cuándo le das a Cova las doscientas cincuenta que cida fama de que goza.
te ganó? Como estoy envilecido por mis desaciertos, mientras usted
—¡Cómo! ¿Qué doscientas cincuenta? no me dignifique con su benevolencia, no ha de parecerle
Enderezándose me argüía: extraña la condición lamentable en que a usted llego, conver-
—¿Y si usté hubiera perdío, con qué había pagao? Ensé- tido en mercachifle común, que trata de introducir en los domi-
ñeme las libritas que trujo. nios de la poesía la propuesta de un negocio burgués. Es el caso
—¿Qué es eso? —replicó la mujer—. ¿Acaso el único rico —y perdone usted el atrevimiento— que nuestro buen amigo
eres tú? ¡El que pierde paga! el señor Zubieta me debía sumas de consideración, por dinero
El viejo hundía los dedos entre las mallas del chinchorro. prestado y por mercancías, y me las pagó con unos toros que
De repente propuso: se hallan en el corral, y que yo recibí entonces en la expecta-
—Mañana es domingo, y me da el desquite en las riñas tiva de que usted pudiera necesitarlos. Véalos, pues, y si algún
de gayos. precio se digna ponerles, sepa que mi mayor ganancia será la
—¡Muy bien! de haberle sido útil en algo.
Besa sus pies, fervorosamente, su desgraciado admirador,
* **
Barrera».
«Mi admirado señor Cova:
¿Qué poder maléfico tiene el alcohol, que humilla la razón Delante de Clarita me fue entregada esta carta. El chicuelo
humana abajándola a la torpeza y al crimen? ¿Cómo pudo que la trajo me veía palidecer de cólera y se iba retirando, cau-
comprometer la condición mansa de mi temperamento en un telosamente, ante la tardanza de la respuesta.
altercado que me enloqueció la lengua, hasta ofender de pala- —¡Diga usted a ese desvergonzado que cuando se encuen-
bra la dignidad de usted, cuando sus merecimientos me impo- tre a solas conmigo sabrá en qué para su adulación!
nen vasallaje enaltecedor que me llena de orgullo? Mientras tanto, Clarita releía el papelucho.
Si pudiera, públicamente, echarme a sus pies para que —Chico, nada te dice de lo que te debe, ni de la puñalada, ni
me pisoteara antes de perdonarme las reprobables ofensas, del disparo; porque él fue quien te hirió. Aquel día, al verte yegar,
créame usted que no tardaría en implorarle esa gracia; mas preparó el revólver y engrasó el estilete. “Ojo de garza” con el
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Miyán, el hombre a quien le pegaste en el patio: ese tiene órdenes —Absolutamente. Los pocos hombres y mujeres que no se
terminantes. ¿Y sabes tú que Zubieta nada le debe al cauchero han enganchado, se van a los toldos a jugar naipes, tan pronto
por sumas prestadas? Este le dio a guardar unas morrocotas, en la como el viejo se encocina. Yo también iré, para alejar falsos testi-
confianza de que yo se las robaría; pero el viejo las enterró. Des- monios; y cuando calcules que vuelvo, me esperas en el corredor
pués lo estafó con los dados que conoces. Cada mañana me pre- con la piel de tigre que Zubieta tiene en la sala, bajo el chincho-
gunta: «¿Ya le sacaste las amariyas? De ayí te daré para el viaje. rro abandonado. La yevamos por la platanera y la sacudimos
Bien se conoce que no deseas volver a tu extraordinario país». en el corral.
Ese hombre tiene planes siniestros. Si no hubieras estado aquí… —Después, el que pudiera vernos pensaría: «Esos se levan-
—Dame la carta para mostrársela al viejo. taron al fragor del tropel».
—No le digas nada, que él es muy sabido. Comprende que
Barrera es peligroso, y, para distraerlo, le entregó la torada que está ***
en el corral; mas porque no pueda sacarla, mandó a esconder
los cabayos. Apenas le dejó los peores en alquiler, después de Sepulté en mi ánimo el ardid vengativo, como puede guardarse
enviar emisarios a todas partes con la noticia de que este año un alacrán en el seno: a cada instante se despertaba para cla-
no le vendería ganados a nadie. Como Barrera se enteró de varme el aguijón.
eyo, el viejo, para desmentirlo, hizo un simulacro de negocio Ya cuando la tarde se reclinó en las praderas, regresaron los
con Fidel Franco, sin advertirle que era una simple treta contra vaqueros con la torada numerosa. Habíanla llevado al pastoreo
el molesto huésped. vespertino, de gramales profusos y charcas inmóviles, donde, al
—¿De suerte que no nos venderá ganado ninguno? abrevarse, borraban con sus belfos la imagen de alguna estrella
—Parece que ha congeniado contigo. crepuscular. Venía adelante el rapaz que servía de puntero, acom-
—¿Cómo haré para ganarme su voluntad? pasando al trotecito de su yegua la tonada pueril que amansa
—Es muy senciyo. Soltar el ganado que le dio a Barrera. los ganados salvajes. Seguíanlo en grupos los toros de venerable
Con sólo asustarlo romperá los corrales. testa y enormes cuernos, solemnes en la cautividad, hilando una
—¿Me ayudarás esta noche en la empresa? espuma en la trompa, adormilados los ojos, que enrojece, con
—Cuando te dé la gana. Bastará que yo, con este vestido repentino fuego, la furia. Detrás, al paso de sus rocines y entre
blanco, me asome al tranquero para que la torada barajuste. Lo el dejo de silbidos monótonos, avanzaban las filas de peones, a
importante es que no mueran atropeyados los peones que velan en los flancos del rodeo formidable y letárgico.
contorno de los encierros. Afortunadamente, se retiran temprano. Lo encerraron de nuevo, con maña paciente, cuidadosos
—¿Y podrán descubrirnos? de la dispersión. Oíase apenas el melancólico sonsonete del
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guía, más eficaz que el toque de cuerno en las majadas de mi acudiendo con los caballos, y la torada se contuvo; mas pronto
tierra. Corrieron las trancas y las liaron con rejos indóciles. Y volvió a remecerse en aborrascadas ondas, crujió el tranquero,
cuando oscureció, encendieron alrededor del corral fogatas de hubo berridos, empujones, cornadas. Y así como el derrumbe
boñiga seca, para aquerenciar al rebaño, que absorto miraba descuaja montes y rebota por el desfiladero satánico, rompió el
las candelas y el humo, con rumiar apacible, al amparo de las grupo mugiente los troncos de la prisión y se derramó sobre la
constelaciones. llanura, bajo la noche pávida, con un estruendo de cataclismo,
Mientras tanto, yo meditaba en nuestro plan de la media- con una convulsión de embravecido mar.
noche, en pugna con el temor que me enfriaba las sienes y me La peonada y el mujerío acudieron con lámparas, pidiendo
fruncía las cejas. Mas la certidumbre de la venganza, la posibi- socorro. Hasta Zubieta, siempre encerrado, averiguaba a gritos
lidad de causarle a mi enemigo algún mal, ponía viveza en mis qué ocurría. Los perros persiguieron el barajuste, cloquearon
ojos, ingenio en mis palabras, ardentía en mi decisión. las gallinas medrosas y los zamuros de la ceiba vecina hendie-
A eso de las ocho, el tuerto Mauco protestó contra las ron la sombra con vuelos entorpecidos.
hogueras porque le trasnochaban los gallos de riña. Como En los portillos de la corraleja quedaron aplastadas diez
nadie quiso apagarlas, los llevó a mi cuarto. reses, y más lejos, cuatro caballos. Clarita vino con estos por-
—Démeles posaíta, que los poyos son güenos. ¡Pero si se menores a encarecerme la reserva de nuestra complicidad.
desvelan, se vuelven naa! Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre, todavía
Más tarde, el hato quedó en silencio. Sobre los pajonales retumbaba el desierto.
vecinos tendían su raya luminosa las lámparas de los toldos.
Clarita volvió casi ebria. ***
—¡Ánimo, chico, y sígueme!
Llegamos a la barda de los corrales por entre el platanal. Al siguiente día me levanté después de los comentarios al suceso
Un vasto reposo adormecía a la manada. Afuera estornuda- nocturno y de las bravatas del viejo, que disimulaba con blas-
ban los caballos de los veladores. Entonces Clarita, trepada en femias su regocijo interior:
mi rodilla, sacudió la aurimanchada piel. —¡Maldita sea! Yo no tengo la culpa de que el ganao bara-
Súbito, el ganado empezó a remolinear, entre espan- justara. Díganle al Barrera que vaya a cogelo, si tiene bagajes
tado choque de cornamentas, apretándose contra la valla del pa remontá la gente. ¡Pero que me pague primero los cabayos
encierro, como vertiginosa marejada, con ímpetu arrollador. que se malograron! ¡Maldita sea!
Alguna res quebróse el pecho contra la puerta, y murió al ins- —El señó Barrera quié vení pa acá a discutí con usté lo
tante, pisoteada por el tumulto. Los vigías empezaron a cantar, de anoche.
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—Aquí no puee acercarse, porque el guate anda armao y de plumajes vistosos y cuellos congestionados. Por fin, Zubieta
no quero más disgustos en mis propiedaes. tomó un carbón y trazó en el piso del caney un círculo irregular.
—Se me pone —observaba uno— que jue la ánima del Colocóse en su asiento, recostándolo a una columna, frecuentó
dijunto Julián Hurtao la que se presentó en el corral, y por eso la botella, y con áspera risotada propuso:
barajustó la toraa. Alguno de los velaores vio una figura blanca —¡Voy cien toretes al requemao contra el canaguay!
sobre la cerca, del lao onde dicen que dejó el entierro. Clarita, detrás del grupo, movió la cabeza para indicarme que
—Puee ser verdá. no apostara. Pero yo, con insolvente arrogancia, avancé diciendo:
—Sí, porque ya otra noche se nos apareció, con una lin- —¡Escojo el pollo y voy las doscientas cincuenta reses que
ternita en la mano, por la oriya de la sabana, caminando sin le gané a los dados!
pisar el suelo. El viejo se corrió.
—¿Y por qué no le preguntaron, de parte de Dios, qué quería? Entonces le dijo un sujeto, apretando el puño:
—Porque apagó la lucecita y casi quedamos privaos. —Eche diez toros contra las libras que hay aquí o contra
—¡Bandíos! —rugió Zubieta—. Ustedes jueron entonces los el resto que guardo en mi faja.
que tuvieron cavando entre las raíces del algarrobo. ¡Ojalá los tope Zubieta tampoco aceptó. Pero el hombre replicaba porfiado:
yo en esas vagabunderías pa echarles bala! —¡Mire, patrón, son “aguilitas” y “reinitas” pa su entierro
Cuando salí al patio, había mucha gente reunida, pero de la topochera!
Barrera no estaba allí. Dándolas de inocente, me asomé al corral, —¡Mentís! Pero si el oro es legítimo, te lo cambio por
donde varios hombres descuartizaban los toros destripados. monea papel.
—No valió —decía uno— que yo me le pusiera adelante al —No le jalo.
ganao, corriendo de estampía y cantándole en la oscuridá pa —Préstame una libra pa reconocerla.
ver si lo apaciguaba. Fui hasta muy lejos, y, gracias a mi potro, Observóla el viejo por todas partes, con hambrientos ojos,
no morí atropeyao. palpó el grabado, hízola sonar y luego la llevó a los dientes.
Momentos después, al regresar a la casa, vi que Clarita les Satisfecho, gritó:
vendía ron, en un coquillo labrado, a los de la junta. Había —¡Pago! ¡Ta ida la pelea contra el canaguay!
hombres desconocidos y debajo de los bayetones les cantaban —Pero con la condición de que el tuerto Mauco se largue,
los gallos. Quienes discurrían cazando apuestas “a la tapada”, porque puee rezarme el poyo.
o les afilaban las espuelas a los campeones, o con buches de —¡Yo qué rezo ni qué naa!
aguardiente les rociaban el costado, alzándoles el ala. Patiama- No obstante, lo hicieron salir del grupo, refunfuñando, y
rrados con cordeles, escarbando el suelo, desafiábanse los rivales lo encerraron en la cocina.
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Los careadores levantaron los gallos, y chupándoles los —Y ustees, camaraas, ¿pa ónde bueno caminan?
espolones, se los frotaron luego con limón, a contentamiento —Para aquí no más —dijo Franco apeándose.
del público. Presto, a la voz del juez de pelea, los enfrentaron Y me abrazó con efusión.
dentro del círculo. —De mi rancho, ¿qué noticias me tienes? ¿Qué te pasó
El gallero gritaba, agachado sobre el palenque: en el brazo?
—¡Hurra, poyito! ¡Al ojo, que es rojo; a la pierna, que es tierna; —¡Nada! ¿Acaso no vienes de La Maporita?
al ala, que es rala; al pico, que es rico; al pescuezo, que es tieso; al —Salimos directamente de Tame; pero desde ayer le ordené
codo, que es godo; a la muerte, que esa es mi suerte! al mulato Correa que extraviara hacia mi casa y se viniera con-
Miráronse los contendores con ira, picoteando la arena, tigo, trayendo los cabayos. Este abrazo te lo manda don Rafael.
esponjando sobre el dorso rasurado y sanguíneo la gorguera de Siguió su viaje sin complicaciones, gracias a Dios. ¿.Dónde
plumas tornasoladas y temblorosas. Con simultáneo revuelo, podemos desensiyar?
en azul resplandor, lancearon el vacío, por encima de sus cabe- —Aquí, en el caney —rezongó Zubieta. Y les gritó a los juga-
zas, esquivas a la punzada y al aletazo. Rabiosos, entre el voce- dores—: ¡váyanse lejos con su vagabundería, porque menesto
río de los espectadores que ofrecían gabelas, se acometieron la ramaa!
una y otra vez, se cosían a puñaladas, se prendían jadeantes; Ellos, recogiendo sus gallos, salieron en dirección a los tol-
y donde agarraba el pico, entraba la espuela, con tesón homi- dos, con jaleo de tiples y maracas. Y los vaqueros desensillaron.
cida, entre el centelleo de los plumajes, entre el salpique de la —¿Verdad que anoche hubo barajuste?
sangre ardorosa, entre el ruido de las monedas en el estadio, —¿Por qué lo decís?
entre la ovación palmoteada que hizo la gente cuando vio rodar —Desde esta mañana vimos partidas de ganado que corrían
al canaguay con el cráneo abierto, sacudiéndose bajo la pata solas. Y pensamos: ¡o barajuste, o los indios! Pero ahora que
del vencedor, que erguido sobre el moribundo saludó a la vic- pasamos por los corrales…
toria con un clarineo triunfal. —¡Sí! Barrera me dejó ir el rodeo. No sé cómo remediará,
En este momento palidecí: Franco pasó el tranquero, seguido sin cabayos…
de varios jinetes. —Nosotros nos comprometemos a cogerle las reses que
quiera, según lo que él nos pague —repuso Franco.
* ** —Yo no permito más correteos en mis sabanas, porque los
bichos se mañosean.
Zubieta no se impresionó menos al ver a los recién llegados. —Quería decir que como desde mañana empezaremos la
Arrastrando el paso les salió al encuentro: cogienda de los toros que negociamos…
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—¡Yo no he firmao documento con naide, ni recuerdo de El intruso, que presumía de leguleyo, sentenció:
trato ninguno! —¡La legalidá es pa toos! Páguele también al señor Barrera,
Al repetir esto se golpeaba la pierna. y quedamos en paz. Él ta de salía pal Vichada, y usted es res-
Cuando el viejo ocupó la hamaca, vino el gallero perdi- ponsable de la demora y los perjuicios.
doso y nos dijo: Con energúmena reprimenda estalló el anciano, colocán-
—Dispensen que los interrumpa. dose entre Fidel y yo:
—Échame pa acá las libras que te gané. —¡Juyero, juyero! ¿No sabés quiénes tan aquí? ¿Querés que
—De eso quería tratarle: al canaguay lo volvieron loco, al te saquemos a palo? ¿Por qué te mezclás con estos cabayeros,
canaguay le dieron quinina, porque desde ayer el tuerto Mauco que son mis clientes y amigos queríos? ¡Decile a tu Barrera que
mercó las píldoras en los toldos, y usted mismo las revolvió con no me sobe, porque estos me hacen respetá!
granos de maíz. El señor Barrera quiso que yo apostara con- Y, apoyándose en nuestros hombros, le asestó un puntapié.
tra usté, a pesar de lo sucedío, pa probarle que tampoco hace
juego legal y que no debe seguir desacreditándolo delante del ***
señor Cova.
—Eso lo arreglarán después —interrumpió Franco, sacu- Cuando Franco me vio la herida y le conté lo sucedido, cogió
diendo al amostazado vejete—. ¡Lo importante es que me aclare el wínchester para desafiar a Barrera y salió corriendo. Clarita
ahora mismo lo del negocio, porque usted se equivoca si piensa lo contuvo en el patio.
que puede jugar conmigo! —¿Qué vas a hacer? Nosotros tomamos ya venganza —y
—Franquito, ¿venís a matarme? le refirió lo del barajuste.
—Vengo a coger el ganado que me vendió, y para eso traje Al ver la decisión de aquel hombre leal que arriesgaba la
vaqueros. ¡Lo cogeré, cueste lo que cueste! ¡Y si no, que nos vida por mí, sobrecogíme de remordimiento y quise confesarle
yeve el judas! lo sucedido en La Maporita, para que me matara.
Los vaqueros, ganosos de nuevo espectáculo, se agruparon —Franco —le dije—: yo no soy digno de tu amistad. ¡Yo
alrededor del chinchorro. Al verlos, exclamó Zubieta: le pegué a la niña Griselda!
—Señores, sírvanme de testigos que me taba chanceando. Desconcertado, se ahogó en estas voces:
Y cadavérico, porque Franco tenía revólver, se volvió hacia —¿Alguna falta que te cometió? ¿A tu señora? ¿A ti?
mí con párpados húmedos: —¡No, no! Me emborraché y las ofendí a ambas, sin motivo
—¡Guate, por Dios! ¡Yo te pago tus resecitas! ¡Franquito, alguno. Hace ya siete días que las dejé solas. ¡Dispara contra
no me hablés de ese modo, que me asustás! mí esa carabina!
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Tirándola al suelo, se echó en mis brazos: que otrora nos sonrieron, cuando teníamos la ilusión de que
—Tú debes tener razón, y si no la tienes, te la concedo. nos amábamos, de que nuestro amor era inmortal.
Y nos separamos sin decir una palabra más. Hasta tuve deseos de confinarme para siempre en esas lla-
Entonces Clarita me estrechó la mano: nuras fascinadoras, viviendo con Alicia en una casa risueña,
—¿Por qué no me habías dicho que tienes señora? que levantaría con mis propias manos a la orilla de un caño de
—Porque de ella no debemos hablar los dos. aguas opacas, o en cualquiera de aquellas colinas minúsculas
Quedóse pensativa, con la vista baja, volteando entre los y verdes donde hay un pozo glauco al lado de una palmera.
dedos el cordón de una llave. Después me la ofreció diciendo: Allí de tarde se congregarían los ganados, y yo, fumando en
—¡Ahí te queda tu oro! el umbral, como un patriarca primitivo de pecho suavizado
—Yo te lo regalé, y si no lo aceptas como obsequio, déjalo por la melancolía de los paisajes, vería las puestas de sol en el
en pago de tus solicitudes durante mi enfermedad. horizonte remoto donde nace la noche; y libre ya de las vanas
—¡Ojalá que te hubieras muerto! aspiraciones, del engaño de los triunfos efímeros, limitaría mis
La vi alejarse hacia la cocina, donde los músicos bebían anhelos a cuidar de la zona que abarcaran mis ojos, al goce de
guarapo. Desde allí, para que yo la oyera, acentuó: las faenas campesinas, a mi consonancia con la soledad.
—¡Díganle a Barrera que siempre me voy con él! ¿Para qué las ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en
Y, despechada, empezó a bailotear un bunde, alzándose el el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el
traje más arriba de las rodillas, entre cuchufletas y palmoteos. idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice al peñón
Mi corazón, liberado del peso de la inquietud, comenzó a la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la estrella a las
latir ágilmente. Ya no me quedaba otra congoja que la de haber inmensidades que guardan el silencio de Dios. Allí en esos cam-
ofendido a Alicia, pero cuán dulce era el pensamiento de la pos soñé quedarme con Alicia, a envejecer entre la juventud de
reconciliación, que se anunciaba como aroma de sementera, nuestros hijos, a declinar ante los soles nacientes, a sentir fati-
como lontananza del amanecer. De todo nuestro pretérito sólo gados nuestros corazones entre la savia vigorosa de los vegeta-
quedaría perdurable la huella de los pesares, porque el alma es les centenarios, hasta que un día llorara yo sobre su cadáver o
como el tronco del árbol, que no guarda memoria de las flo- ella sobre el mío.
raciones pasadas sino de las heridas que le abrieron en la cor-
teza. Pero, cuitados o dichosos, debíamos serlo en grado sumo, ***
para que más tarde, si la fatalidad nos apartaba por diversos
caminos, nos aproximara el recuerdo, al hallar abrojos seme- Franco dispuso que yo no fuera a las sabanas porque podía gan-
jantes a los que un día nos sangraron, o perspectivas como las grenarse mi brazo si se enconaba la cicatriz. Además, los potros
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escaseaban y era mejor destinarlos a los vaqueros reconocidos. —¿Y te preguntaron por mí?
Este razonamiento me llenó de amargura. —Mi mama me dijo que usté le iba a yená al hombre la
Salieron del hato quince jinetes a las dos de la madrugada, cabeza de cuentos.
después de apurar el sorbo de café tinto tradicional. Al lado de —¿Y sabían lo de mi brazo?
las monturas, sobre el ijar derecho de las caballerías, colgaban —¿Qué le pasó? ¿Lo tumbó alguna bestia?
en rollo las sogas llaneras, cuyo extremo se anudaba a la cola —Una heridita, pero ya estoy bien.
de cada trotón. Lucían los vaqueros sendos bayetones, exten- —¿Y ónde me tiene mi morocha?
didos sobre los muslos, para defenderse del toro en los lances —¿Tu escopeta? Debe estar con mi montura en los toldos.
frecuentes, y al cinto portaban el dentado cuchillo para des- Vete a reclamarlas.
cornar. Franco me dio el revólver, pero colgó su wínchester del Al quedar solo, una duda lancinante me conmovió: ¿Barrera
borrén de la silla. habría vuelto a La Maporita? Yo lo hacía vigilar por Mauco a
Volvió luego a rendirme el sueño. ¡Ah, si hubiera sentido lo mañana y noche; ¿pero el tuerto me diría la verdad? Y pensé:
que entonces debió de pasar! puesto que Barrera se acicala, ha sabido ya que Alicia llega.
A poco de salir el sol, llegó el mulato Correa trayendo rea- Tal vez sí, tal vez no.
tados los caballos de don Rafael. Le salí al encuentro, por Pero Alicia sabría conducirse. Además, aquel hombre me
delante de los toldos, y vi que Barrera estaba afeitándose. tenía miedo. ¿Por qué no lo apartaba de mi pensamiento para
Clarita, sentada sobre un baúl, le sostenía el espejo con las hundirme en el augurio de la visita feliz? Si Alicia me buscaba,
manos. Sin contestarles el saludo, me puse al estribo del mulato era obedeciendo al amor, y vendría a reconquistarme, a hacerme
y entramos en la corraleja. suyo para siempre, entre azorada y puntillosa. Con agravado
—¿Viste a Alicia, qué recado me traes? acento, con tono de reconvención, me reprocharía mis faltas; y
—Con eya no pude verme porque taba yorando ence- para hacérmelas mayores, se ayudaría de aquel gesto inolvida-
rraa. La niña Griselda les mandó esta maleta de ropa, será ble y habitual con que sellaba su boca, contrayendo los labios
pa que se le presenten mudaos. A too momento se asoma, a para llenar de gracia los hoyuelos de las mejillas. Y queriendo
ve si ustedes yegan. Taba arreglando petacas y dijo que hoy se perdonar, me repetiría que era imposible el perdón, aunque la
venían pa acá. enmienda superara al propósito y a la súplica.
Esta noticia me tornó jovial. ¡Por fin mi compañera ven- Por mi parte, pondría también en juego mi habilidad para
dría a buscarme! retardarle el instante del beso gemebundo y conciliador. Desde
—¿Y llegarán en la curiara? la orilla del caño le alargaría la mano ceremoniosa para que
—La patrona hizo dejá tres cabayos. saliera de la curiara, cuidando de que advirtiera el cabestrillo
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—Llévennos ahora mismo —ordenó con acento declama- orillen luego la mata de monte, crucen el caño, “déjense ir” por
dor, revolviendo el mulengue— al hato infernal donde un tal el esterón y desde allí divisarán la casa antes de media hora.
Cova comete crímenes cotidianos; donde mi amigo, el poten- —¿Oyes? —regañó el juez—. ¡Lo que yo te decía! Tú me
tado Barrera, corre serios peligros en vida y hacienda; donde el hiciste asolear por aquí, por rutas desacostumbradas, por pajo-
prófugo Franco abusa de mi criterio tolerante, que sólo le exige nales trágicos, defraudando tus obligaciones de conocedor. ¡Te
conducta correcta y nada más. ¡Pónganse ustedes, incondicio- impongo una multa de cinco pesos!
nalmente, al servicio de la justicia y cámbiennos estas bestias Y después de reducirnos la nuestra al suministro de taba-
por otras mejores! cos y fósforos, entraron en el horizonte, con rumbo contrario.
—Se equivoca usted, señor, tanto en sus conceptos como
en el camino que busca. Ni el hato queda por aquí, ni las per- ***
sonas que nombra son todas como usted piensa, ni mis caba-
llos, bienes mostrencos. Correa me aclaró algunos detalles relativos al embrollo de
—Sepa usted, irrespetuoso joven —replicóme airado—, Franco en Arauca. Un joven llamado Helí Mesa, que «actual-
que por celo plausible nos aventuramos solos en estas pampas. mente vivía como colono en el caño Caracarate», vino una vez
El mensajero que me envió Zubieta clamando auxilio contra a La Maporita, y mientras desyerbaban el conuco, le relató
Barrera, fue seguido por otro de este, para exigir caución al los sucesos como testigo presencial. Franco era teniente de
facineroso Cova. Venimos a dispensar garantías, y ustedes se la guarnición y estableció su casa lejos del cuartel, a la orilla
favorecen también con ellas, porque la justicia es como el cielo, del río. El capitán dio en perseguir a la niña Griselda, y, para
que nos cubre a todos. Y si es verdad que el empíreo nos cobija cortejarla a su antojo, dejaba en servicio al subalterno. Este,
de balde, no es menos cierto que las relaciones de los humanos enterado ya de los propósitos del jefe, abandonó el puesto una
hacen necesario el sostenimiento unánime del bien común. Toda noche y corrió a su habitación. Nadie ha sabido qué pasaría
contribución es legal y pertenece al derecho público. Si no quie- a puerta cerrada. El capitán apareció con dos puñaladas en
ren ustedes servir de guías, entréguenme una cuota equivalente el pecho, y, debilitado por el desangre, murió de fiebres en la
a lo que un baquiano de buena voluntad pidiera por su servicio. misma semana, después de hacerle declaraciones a la justicia,
—¿Nos decreta usted una multa? favorables al acusado.
—¡Irrevocable, sin apelación! —confirmó el secretario—. Ni el hombre ni su mujer fueron perseguidos jamás, aunque
Considere que ahora no nos pagan los sueldos. desaparecieron la misma noche de la desgracia. Sólo el juez
—Pues miren ustedes —repuse maleante—, el hato está cerca de Orocué les expedía de motu proprio boletas de comparendo,
y nosotros vamos para Corozal. Descabecen aquella sabana, equivalentes a letras de cambio, pues el oro corría a hablar por
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ellos, con tan descarada costumbre, que ya las órdenes judicia- erguía como la bandera del viento y zumbaba al chispear cual
les se limitaban a decir: «Manden lo de este mes». una yesca bajo el relámpago que la encendía; y era bello y ate-
En tanto que departíamos por la estepa, un cefirillo repen- rrador el espectáculo de aquella palmera heroica, que agitaba
tino y creciente empezó a alborotar las crines de los caballos y alrededor del hendido tronco las fibras del penacho flamante
a retozar con nuestros sombreros. A poco, unas nubes endemo- y moría en su sitio, sin humillarse ni enmudecer.
niadas se levantaron hacia el sol, devorando la luz, y un caño- Cuando pasó la tromba, advertimos que la brigada había
neo subterráneo estremecía la tierra. Correa me advirtió que desaparecido y cabalgamos para perseguirla. Calados, entre
se avecinaba el chubasco, y abreviamos las planicies a galope la ventolera procelosa, anduvimos leguas y leguas sin poder
tendido, arreando la brigada, suelta, para que se defendiera encontrarla, y caminando tras la nube que corría como negro
con libertad. Buscábamos el abrigo de los montes lontanos, y muro, dimos con los peñones del desbordado Meta. Desde allí
salimos a una llanada donde gemían las palmeras, zarandea- mirábamos hervir las revolucionadas ondas, en cuyos cres-
das por el brisote con tan poderosa insolencia, que las hacía tones mojábanse los rayos en culebreo implacable, mientras
desaparecer del espacio, agachándolas sobre el suelo, para que que los barrancos ribereños se desprendían con sus colonias
barrieran el polvo de los pastizales crispados. En las rampas, de monte virgen, levantando altísimas columnas de agua. Y
con disciplinada premura, congregábanse los rebaños, presidi- el estruendo de la caída era seguido por el traqueteo de los
dos por toros mugientes, de desviadas colas, que se imponían bejucos, hasta que al fin giraba el bosque en el oleaje, como
al vendaval agrupando a las hembras cobardes, y abriendo en la balsa del espanto.
contorno una brecha categórica y defensiva. Las aguas corrían Después, entre yerbales llovidos donde las palmeras iban
al revés y las bandadas de patos volteaban en las alturas, cual enderezándose con miedo, proseguimos la busca de la bes-
hojas dispersas. Súbito, cerrando las lejanías entre cielo y tie- tiada, y, ambulando siempre, cayó sobre nosotros la noche.
rra, descolgó sus telones el nublado terrible, rasgado por cen- Mohíno, trotaba en pos de Correa, al parpadeo de los postre-
tellas, aturdido por truenos, convulsionado por borrascas que ros relámpagos, metiéndonos hasta la cincha en los inunda-
venían empujando a la oscuridad. dos bajíos, cuando desde el comienzo de un ajarafe divisamos
El huracán fue tan furibundo que casi nos desgajaba de las lejanas hogueras que parecían alegrar el monte. «¡Allí viva-
monturas, y nuestros caballos detuviéronse, dando las grupas quean nuestros compañeros, allí están!». Y alborozado, prin-
a la tormenta. Rápidamente nos desmontamos, y, requiriendo cipié a gritarlos.
los bayetones bajo el chaparrón, nos tendimos de pecho entre —¡Por Dios, por Dios, cierre la boca que son los indios!
el pajonal. Oscurecióse el ámbito que nos separaba de las pal- Y otra vez nos alejamos por el desierto oscuro, donde comen-
meras, y sólo veíamos una, de grueso tallo y luengas alas, que se zaban a himplar las panteras, sin resolvernos a descansar, sin
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abrigo, sin rumbo, hasta que la aurora tardía abrió su alcázar la carrera. Toos enlazamos sin provecho, menos aquel zambito
de oro a nuestra desfalleciente esperanza. del interió, que dejó esnucá el cabayo corriendo en la oscuridá.
Por eso viene a pie, con la montura en las costiyas.
* ** —Mano Tista —gritó Correa—: venga, móntese en este
potro, que yo deseo desentumirme.
Apenas aclaró el día, vimos unos vaqueros que traían por delante Porque no se creyera que me acoquinaban las fatigas, invo-
la madrina de bueyes amaestrados, indispensable en toda faena, qué el recuerdo de Alicia para avivarme, y dije:
pues sirve para aquietar a los toros recién cogidos. Había salido —Mano Sidoro, ¿cuántas reses cogieron ayer a lazo?
el sol, y, sobre los grandes reflejos que extendía en la llanura, —Como cincuenta. Pero por la tarde burriaron los pesco-
avanzaban las reses descopando la grama. zones y casi hay vaina entre Miyán y Fidel.
Entre los jinetes que nos saludaron no estaba Fidel, pero —¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
Correa los llamó por sus nombres, atropellándose en los deta- —Que Miyán se apareció con una gente a decí que menes-
lles del repentino chubasco, de la desaparición de las bestias, taba los corrales de Matanegra, pa meté los toro del barajuste,
del encuentro con los indígenas. porque venían a cogerlos de nuevo. Franco no quiso respon-
—Mano Ugenio, es la primera vez que me embejuco de derle ni jota, pero cuando vio que habían treido perraje, le
noche en estas sabanas, y pa colmo, con este blanco tan resig- “mentó la mama”. Mientras tanto, los otros, que andan por
nao, que ni siquiera tiene los brazos güenos. Ya pensará que cierto mal montaos, se asomaron a la madrina y dijeron que
soy un zambo indecente. los orejanos que taban cogíos eran los mesmos que se le jueron
—Eso nos pasa a toos, mano Antuco: yanero no bebe caldo a don Barrera, y querían quitarlos por la juerza. Entonces nos
ni pregunta por camino; pero con agua, trueno y relámpago, prendimos a muecos unos con otros, y Franco le tendió la cara-
no se pue garantizá. bina a Miyán.
—¿Y ustees andaban de ojeo? ¿Cómo les jue? —¿Y dónde echa soga la gente de Barrera?
—Cochinamente. Nos alegramos de que yoviera y nos —Unos, se volvieron. Otros, andan por ahí, enmachetaos.
vinimos por la tardecita. Toa la noche velamos sin ver ninguna Esto se pone feo. Y pa pior, ustees dejaron ir los cabayos.
punta porque el ganao se asustó con la tronamenta y no quiso —Lo malo no es eso —exclamó uno a quien nombraban
dejá el monte. A la madrugaa salió una manchita de reses, pero mano Jabián—, lo grave es que el juez ta en el hato, según dije-
no jue posible ojearla, aunque la madrina se portó rebién, con- ron. Como que lo toparon embarbascao, y Miyán hizo que un
vidándola con mugíos. Entonces resolvimos echarle los rangos vaquero lo encaminara hasta la vivienda. Y con la justicia no nos
encima, pa ve qué cogíamos: era puro vacaje viejo y se perdió metemos, porque nos coge sin plata. Nosotros queremos irnos.
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—¡Compañeros —repuse—, yo les responderé de que el coleo. Ya les notifiqué personalmente que si el perraje me
nada pasa! alborotaba la vaquería se encomendaran al diablo y le llevaran
—¿Y quién responde por usté, que es al que busca la autoridá? saludes nuestras, porque los mandaríamos al infierno.
Entre tanto, los de la madrina encaminábanla llanura
* ** abajo, y la dejaron en un estero, pastoreada por varios rapa-
ces. Al límite opuesto de un morichal veíanse puntas de toros,
Fidel no se amilanó por el contratiempo, ni le hizo reprensiones pastando al descuido. Avanzamos abiertos en arco para caerles
al mulato; hasta se alegró de ver que mi brazo herido podía regir como turbión, cuando oyéramos el grito de los caporales; pero
las riendas. Era de opinión que la brigada se había vuelto a los las reses nos ventearon y corrieron hacia los montes, quedando
comederos acostumbrados y que en La Maporita la hallaríamos. sólo algún macho desafiador que empinaba la cornamenta para
Lo noté reacio a referirme el altercado con Millán. «Esa amedrentar a la cabalgata.
discusión no vale un comino. Además, en esta sabana caben Entonces lanzáronse los caballos sobre el desbande, por
muchísimas sepulturas; el cuidao está en conseguir que otros encima de jarales y comejeneras, con vertiginosa celeridad, y
hagan de muertos y nosotros de enterradores». Así dijo son- los fugitivos se fatigaron bajo el zumbido de las lazadas, que
riente; pero recibió sobresaltado la noticia de que los vaqueros abiertas cruzaban el viento, para caerles a los cachos. Y cada
querían dejarnos solos. «De seguro se irán, porque todos tienen vaquero enlazó su toro, desviándose a la izquierda, para que
cuentas con la justicia, porque todos roban ganado». saltara lejos de la montura el resto de la soga enrollada y el
—¿Y a qué hora seguirá la cogienda? —averigüéle, devo- potro resistiera el tirón en la cola, sin enredarse ni flaquear.
rando el almuerzo de carne tostada, que cortaba yo mismo de Brincaba en los matorrales la fiera indómita, al sentirse
la costilla chirriante al rescoldo. cogida, y se aguijaba tras del jinete ladeando su medialuna de
—Sólo esperábamos la madrina. Fue un error yevarla al puñales. Con frecuencia le empitonaba el rocín, que se enloquecía
Guanapalo, sabiendo que por ahí ganadean los indios y que los corcoveando para derribar al cabalgador sobre las astas enemi-
rodeos se enmontan por eyo. Pero en este banco hay dos mil gas. Entonces el bayetón prestaba ayuda: o caía extendido para
cachones a cual mejor. Los cabayos resisten todavía dos carre- que el toro lo corneara mientras el potro se contenía, o en manos
ras, o sean treinta toros cogidos, porque el jinete que pierde lazo del desmontado vaquero coloreaba como un capote, en suertes
paga multa. desconcertantes, sin espectadores ni aplausos, hasta que la res,
—Y los enviados de Barrera, ¿dónde se hallan? coleada, cayera. Diestramente la maneaba, le hendía la nariz
—Míralos: en aqueyos mogotes amanecieron. Esa gente no con el cuchillo y por allí pasaba la soga, anudando las puntas a
es del oficio, a excepción del Miyán, que es “una lanza” para la crin trasera del potrajón, para que el vacuno quedara sujeto
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La vorágine José Eustasio Rivera
por la ternilla en el vibrante seno de la cuerda doble. Así era Gritamos auxilio y nadie venía; corrí a todas partes con la
conducido a la madrina, y cuando en ella se incorporaba, vol- noticia y a nadie encontraba. Al fin topé unos vaqueros que tenían
víase el jinete sobre la grupa, soltaba un cabo del rejo brutal y unidos caballo y toro a los extremos de cada soga. Al verme,
lo hacía salir a tirones por la nariz atormentada y sangrante. las cortaron con sus cuchillos para acudir a mi llamamiento.
Montaba yo, alegremente, un caballito coral, apasionado Y corrimos más pálidos que el cadáver.
por las distancias, que al ver a sus compañeros abalanzarse
sobre la grey, disparóse a rienda tendida tras de ellos, con tan ***
ágil violencia, que en un instante le pasó la llanura bajo los cas-
cos. Adiestrado por la costumbre, diose a perseguir a un toro Cuando llegamos al sitio de la tragedia, llevaban hacia el monte
barcino, y era de verse con qué pujanza le hacía sonar el freno los despojos del victimado, en la hamaquilla de un bayetón soste-
sobre los lomos. Tiraba yo el lazo una y otra vez, con mano nido por las cuatro puntas. Franco tenía la camisa llena de san-
inexperta; mas, de repente, el bicho, revolviéndose contra mí, gre y desfogaba a voces su agitación entre el grupo de peones
le hundió a la cabalgadura ambos cuernos en la verija. El jaco, silenciosos. El muerto yacía de espaldas sobre un moriche caído,
desfondado, me descargó con rabioso golpe y huyó enredán- y lo tenían cubierto con su propia ruana, en espera de la rigidez.
dose en las entrañas, hasta que el cornúpeto embravecido lo Entonces fuimos a buscar los restos de la cabeza entre las
ultimó a pitonazos contra la tierra. matujas atropelladas, y en parte ninguna los hallamos. Los
Advertidos del trance en que me veía, desbocáronse dos perros, alrededor del toro yacente, le lamían la cornamenta.
jinetes en mi demanda. Fugóse el animal por los terronales, A pleno sol regresamos al montezuelo. Correa, con una
Correa me dio su potro, y, al salir desalado tras de Franco, vi rama, le espantaba al muerto las moscas. Franco, en un este-
que Millán, con emulador aceleramiento, tendía su caballo rito próximo, se limpiaba los cuajarones. Los compañeros de
sobre la res; mas esta, al inclinarse el hombre para colearla, Millán hacían proyectos para bailar el velorio.
lo enganchó con un cuerno por el oído, de parte a parte, desga- —Lo que es yo —rezongaba uno— tuviera agradecío si
jólo de la montura, y llevándolo en alto como a un pelele, abría dende ayer se hubieran descogotao en nuestra presencia. Pero
con los muslos del infeliz una trocha profunda en el pajonal. esto de decir que lo mató el toro, cuando oímos claramente los
Sorda la bestia a nuestro clamor, trotaba con el muerto de ras- tiros, poco me suena. No había pa qué arrastrarlo y descabe-
tra, pero en horrible instante, pisándolo, le arrancó la cabeza zarlo. Esa crueldá sí ofende a Dios.
de un golpe, y, aventándola lejos, empezó a defender el mútilo —¿No sabe usted cómo fue la desgracia?
tronco a pezuña y a cuerno, hasta que el wínchester de Fidel, —Sí, señó. El asesino, el toro; el muerto, Miyán; los cómpli-
con doble balazo, le perforó la homicida testa. ces, nosotros, y los inocentes, ustees. ¡Por eso me voy adelante
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La vorágine José Eustasio Rivera
con el aviso, pa que abran el hoyo y alisten música y trago, y allí, y solamente el maxilar inferior reía ladeado, como burlán-
corten la mortaja pa quen la merece! dose de nosotros. Y esa risa sin rostro y sin alma, sin labios que
Así dijo, y mascullando amenazas, alejóse a escape. la corrigieran, sin ojos que la humanizaran, me pareció ven-
Yo no quería ver al difunto. Sentía repugnancia al ima- gativa, torturadora, y aun al través de los días que corren, me
ginar aquel cuerpo reventado, incompleto, lívido, que fue repite su mueca desde ultratumba y me estremece de pavor.
albergue de un alma enemiga y que mi mano castigó. Me
perseguía el recuerdo de aquellos ojos colorados y rencorosos ***
que me asaltaron por doquiera, calculando si en mi cintura
iba el revólver. Aquellos ojos, ¿dónde cayeron? ¿Colgarían de Más tarde, cuando la comitiva empezó a fumar y la charla se
alguna breña, adheridos al frontal roto, vaciados, repulsivos, hizo ruidosa, propuso Franco:
goteantes? ¿Qué sería de aquella cabeza obtusa, centro de la —Pues que será preciso suspender la cogienda, mientras
malicia, filtro de la venganza, cubil de la maldad y del odio? se normaliza la situación; conviene regresar en busca de las
Yo la sentí crujir al choque del cuerno curvo, que le asomó cabayerías. Los vaqueros mejor montados, vengan acá; los
por la sien opuesta, mientras el sombrero embarboquejado otros, yeven la madrina tras del muerto. Por ayá les caeremos
saltaba en el aire; la vi cuando el toro, desgarrándola de la al anochecer.
cerviz, la proyectó hacia arriba, cual greñudo balón. ¿Y qué se Sólo siete peones obedecieron. Antes de abandonar a los
hizo? ¿Dónde sangraba? ¿La enterraría la fiera con sus pezu- remisos, le rogué a un muchacho adelantarse con noticias nues-
ñas cuando, defendiendo el cadáver, trilló el barzal? tras, para prevenir el ánimo de Alicia cuando divisara el cor-
Lentamente, el desfile mortuorio pasó ante mí: un hombre tejo, que en aquel minuto entraba en el morichal de la lejanía,
de a pie cabestreaba el caballo fúnebre, y los taciturnos jinetes como entre las columnatas de una basílica descubierta. Los
venían detrás. Aunque el asco me fruncía la piel, rendí mis pupi- bueyes del madrineo alargaban la procesión.
las sobre el despojo. Atravesado en la montura, con el vientre Aunque el mulato me señalaba las sabanetas donde anoche-
al sol, iba el cuerpo decapitado, entreabriendo las yerbas con cimos la víspera, fueme imposible reconocerlas, por su seme-
los dedos rígidos, como para agarrarlas por última vez. Tin- janza con las demás; pero advertía el rastro del ventarrón en el
tineando en los calcañales desnudos pendían las espuelas que desgreño de los ramajes, en los fulminados troncos de algunas
nadie se acordó de quitar, y del lado opuesto, entre el parén- palmeras, en el desgonce de los pastos vencidos. En tanto, el
tesis de los brazos, destilaba aguasangre el muñón del cuello, recuerdo del mutilado me acompañaba; y con angustia jamás
rico de nervios amarillosos, como raicillas recién arrancadas. padecida quise huir del llano bravío, donde se respira un calor
La bóveda del cráneo y las mandíbulas que la siguen faltaban guerrero y la muerte cabalga a la grupa de los cuartagos. Aquel
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La vorágine José Eustasio Rivera
ambiente de pesadilla me enflaquecía el corazón, y era pre- —¡Perdón, perdón! ¡Ahora le refiero lo del caballo!
ciso volver a las tierras civilizadas, al remanso de la molicie, al Creyendo que el cuitado me maltrataba, acudieron los hom-
ensueño y a la quietud. bres en mi socorro, y Correa lo tiró al suelo de un culatazo;
Destemplado por la zozobra, me atrasé de mis camaradas pero más se tardó en caer que en encaramarse de nuevo,
cuando nos alcanzaron los perros. De repente, la aulladora jau- exclamando:
ría, con la nariz en alto, circundó el perímetro de una laguna —¡Nosotros somos amigos! ¡Yo soy el paje de la señora!
disimulada por elevados juncos. Mientras los jinetes corrían —Miren a ese come-ganao, capitán de la guajibera, sal-
haciendo fuego, vi que una tropa de indios se dispersaba entre teador de las fundaciones, a quien tantas veces hemos corrío.
la maleza, fugándose en cuatro pies, con tan acelerada vaquía, ¡Ora me las pagás de contao!
que apenas se adivinaba su derrotero por el temblor de los pajo- —¡Caballero, no se equivoque, no se precipite, no me con-
nales. Sin gritos ni lamentos, las mujeres se dejaban asesinar, funda; fue que los indios me aprehendieron, me empelotaron
y el varón que pretendiera vibrar el arco, caía bajo las balas, y el señor intendente me libertó! ¡Él me conoce mucho y su
apedazado por los molosos. Mas con repentina resolución sur- señora me necesita!
gieron indígenas de todas partes y cerraron con los potros para Como todos le achacaban los incendios en el Hatico, fingía
desjarretarlos a macana y vencer cuerpo a cuerpo a los jine- llorar a mares, consternado por la calumnia. Luego, aferrán-
tes. Diezmados en las primeras acometidas, desbandáronse a dose a mis cuadriles, alzó sus piernas sobre las mías para que los
la carrera, en larga competencia con los caballos, hasta refu- perros no lo mordieran, simulando vergüenza de verse desnudo.
giarse en intrincados montes. Y yo, que pasé de la sorpresa a la caridad, lo conduje en ancas,
—¡Aquí, Dólar; aquí, Martel! —gritaba yo de estampía, con rumbo al hato, entre la protesta de mis compañeros, que
defendiendo a un indio veloz que desconcertaba con sus cor- lo amenazaban con la castración en represalia de sus fechorías.
vetas a dos perros feroces. Siguiéndolo siempre, paralelo a las
curvas que describía, lo vi desandar la misma huella, gateando ***
mañosamente, sin abandonar su sarta de pescados. Al toparme,
se enmatorró, y yo, receloso de sus arrestos, paré las riendas. Apenas recobró la confianza, inició el cautivo su mendoso dis-
Mas de rodillas abrió los brazos: curso, que interrumpía para pedirme que les ordenara a los
—¡Señor intendente, señor intendente! ¡Yo soy el Pipa! vaqueros adelantarse:
¡Piedad de mí! —No lo hago por mí —decía—, sino por usted: ¡se les
Y sin esperar que le respondiera, miedoso de la perrada, puede salir un tiro y nos atraviesan las espaldas!
saltó a la grupa de mi alazán, abrazándome compungido: Luego, en el tono del amante que convence al oído, agregó:
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La vorágine José Eustasio Rivera
—¿Cómo iba a ser posible que el señor intendente llegara Ellos pronunciaron esta gran frase:
a su capital sin que le hicieran digno recibimiento? Estas minu- —«Nosotros preferimos la libertá».
cias me desvelaban aquella noche, y monté en su caballo para —¿Pa qué lao cogieron los camaraas?
llevar la noticia al pueblo, tan decidido a regresar pronto, que —Pa la costa del Guachiría.
le dejé a usted mi yegua enjalmada. Pero al saber las tropelías —¡Adió, pue!
que iban a cometerle, por la traída de la señora, eché cabeza Y galoparon ante la noche.
de este modo: si lo encarcelan, nadie me libra de mi padrino; Los cuatro restantes caminamos a toda prisa en busca del
si le registran el equipaje, se quedan con todo; el caballo vale hato semiborroso, donde hacía guiños una candela. Aunque
más que la potrancona, pero ambos a dos se los quitarán, y el Pipa clamaba amparo, lo forcé a que se apeara. Y zaguero,
es preferible que yo dé mi trotadita por Casanare y regrese al como oscuro fantasma, nos perseguía en la sobretarde.
fin del verano a devolver todo, rango y montura. Mas al bajar
por estas sabanas, me atajaron los vaqueros de un tal Barrera ***
diciendo que yo andaba tras del ganado, y querían llevarme
preso para el Hatico, y me robaron hasta el sombrero, y, por Raro temor me escalofriaba cuando nos acercamos a los corra-
quedar a pie, me cautivaron los guahibos. Pero olvidaba pre- les. Desde allí percibimos que la ramada estaba en silencio y
guntarle por la señora. ¿Cómo la tiene? que un gran fogón esclarecía el patio. Miré hacia los toldos
En cualquier otra situación me habría divertido la pinto- y ya no los vi. Con súbita carrera llegué al tranquero, y el potro,
resca trama de sus disculpas; pero entonces, casi al anochecer, encandilado, se resistía a invadir la estancia. Mauco y unas
sólo quería alcanzar al muerto para impedir que Alicia lo viera. mujeres acudieron:
Por las llanuras, a media luz, iban dos jinetes, a paso lento. —¡Por Dios! ¡Váyanse presto, que los cogen!
Cuando los alcanzamos, sus caras no se distinguían, pero —¿Qué pasa? ¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está Alicia?
Franco los reconoció: —El viejo Zubieta duerme enterrao y tamos consolándo-
—¿Por dónde siguen los del cadáver? nos con la candela.
—Los caporales resolvieron tirarlo al caño, porque no se —¿Qué ha sucedido? ¡Dilo pronto!
aguantaba la jedentina. Después se jueron a sus tierras, pues —Que esa volaa les salió mal.
no querían trabajar ma. Hubo que amenazarlo para que informara: se había come-
—Nosotros tampoco lo acompañamos —advirtieron unos. tido un crimen la víspera. Viendo que Zubieta no se levantaba,
—A mí no me gustan los sinvergüenzas, y prefiero quedar desquiciaron la puerta de la cocina. Colgado por las muñecas
solo. El que quiera sus jornales, véngase conmigo. en el lazo del chinchorro, balanceábase el vejete, vivo todavía,
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La vorágine José Eustasio Rivera
sin quejarse ni articular, porque en la raíz de la lengua le ama- insensible a todo. Miré con cara aflictiva a mis compañeros,
rraron un cáñamo. Barrera no quiso verlo; mas, cuando el juez sin sentir pudor de mis lágrimas, y los veía consolarme, como
llegó al hato, hizo contra nosotros imputaciones tremendas. en un sueño. Allí me rodeaban todos: el Pipa se había apro-
Juró que en días anteriores habíamos amenazado al abuelo para piado uno de mis vestidos, las mujeres asaban carne y Franco
que revelara el escondrijo de sus tesoros; que esa noche, ape- me exigía que me acostara. Mas al decirme que Alicia y Gri-
nas la gente se fue a los toldos a embriagarse, penetramos por selda eran dos vagabundas y que con otras mejores las reem-
la cumbrera y cometimos la atrocidad, distribuidos en grupos, plazaríamos, estalló mi despecho como un volcán, y, saltando
para cavar simultáneamente en la topochera, en el cuartucho, al potro, partí enloquecido para darles alcance y muerte. Y en
en los corrales. El juez hizo firmar a todos la consabida decla- el vértigo del escape me parecía ver a Barrera, descabezado
ración y regresó esa misma tarde, custodiado por Barrera y su como Millán, prendido por los talones a la cola de mi corcel,
personal; y el occiso fue sepultado en una de aquellas excava- dispersando miembros en las malezas, hasta que, atomizado,
ciones, bajo el mango grande, quizás encima de las tinajas de se extinguía entre el polvo de los desiertos.
morrocotas, sin ponerle alpargatas nuevas, sin que le ajustaran Tan cegado iba por la iracundia, que sólo tarde advertí que
las quijadas con un pañuelo, ni le rezaran el Santo Dios, ni le galopaba tras de Franco y que íbamos llegando a La Maporita.
bailaran las nueve noches. Y para mayor desgracia, tenían que ¡Era verdad que Alicia no estaba allí! En la hamaca de mi rival
cuidar ellos de que los marranos no revolcaran la sepultura, se tendería libidinosa, mientras yo, desesperado, desvelaba a
pues ya una vez habían desenterrado un brazo del muerto y gritos la inmensidad.
se lo tragaron entre horribles gruñidos. Entonces fue cuando Franco le prendió fuego a su propia
Tan aturdido estaba yo con tal historia, que no había repa- casa.
rado en que una de las mujeres era Bastiana. Al verla le grité
con pávido acento: ***
—¿Dónde está Alicia? ¿Dónde está mi Alicia?
—¡Se jueron! ¡Se jueron y nos dejaron! La lengua del fósforo hizo vibrar los flecos de la palmicha,
—¿Alicia? ¿Alicia? ¿Qué estás diciendo? abriéndose en ola sonante que llenó la comarca de resplan-
—¡Se la yevó la niña Griselda! dores cárdenos. Al momento, el platanal, chamuscado, aflojó
Apoyando en el tranquero los codos, comencé a llorar las hojas y las chispas multiplicaron el estrago en la cocina y el
con llanto fácil, sin sollozos ni contorsiones; era que la fuente caney. A la manera de la víbora mapanare, que vuelve los col-
de la desgracia, vertiéndose de mis ojos, me aliviaba el cora- millos contra la cola, la llamarada se retorcía sobre sí misma,
zón de tan desconocida manera, que permanecí un momento ahumando la limpidez de la noche, y empezó a disparar bombas
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La vorágine José Eustasio Rivera
en la llanura, donde el viento —aliado luciferino— le prestó océano purpúreo que me arrojaba contra la selva aislándome
sus alas a la candela. del mundo que conocí, por el incendio que extendía su ceniza
Nuestros caballos, espantados, retrocedieron hacia el caño sobre mis pasos!
de aguas bermejas, y desde allí vi desplomarse la morada que ¿Qué restaba de mis esfuerzos, de mi ideal y mi ambición?
brindó abrigo a mis sueños de riqueza y paternidad. Entre los ¿Qué había logrado mi perseverancia contra la suerte? ¡Dios
muros de la alcoba que fue de Alicia se columpiaba el fuego me desamparaba y el amor huía!…
como una cuna. ¡En medio de las llamas empecé a reír como Satanás!
Idiotizado contemplaba el piélago asolador sin darme cata
del peligro; mas cuando vi que Franco se alejaba de aquellos
lares maldiciendo la vida, clamé que nos arrojáramos a las
llamas. Alarmado por mi demencia, recordóme que era pre-
ciso perseguir a las fugitivas hasta vengar la ofensa increíble.
Y corriendo, corriendo entre claridades desmesuradas, obser-
vamos que la casa del hato ardía también y que la gente daba
alaridos en los montes.
La calurosa devastación campeaba en los pajonales de
ambas orillas, culebreando en los bejuqueros, trepándose a los
moriches y reventándolos con retumbos de pirotecnia. Saltaban
cohetes llameantes a grandes trechos, hurtándole combustible
a la línea de retaguardia, que tendía hacia atrás sus melenas
de humo, ávida de abarcar los límites de la tierra y batir sus
confalones flamígeros en las nubes. La devoradora falange iba
dejando fogatas en los llanos ennegrecidos, sobre cuerpos de
animales achicharrados, y en toda la curva del horizonte los
troncos de las palmeras ardían como cirios enormes.
El traquido de los arbustos, el ululante coro de las sierpes
y de las fieras, el tropel de los ganados pavóricos, el amargo
olor a carnes quemadas, agasajáronme la soberbia; ¡y sentí
deleite por todo lo que moría a la zaga de mi ilusión, por ese
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Segunda parte
José Eustasio Rivera
¡O
ran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica
h, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de y encarnas un misterio de la creación. No obstante, mi espíritu
la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero sólo se aviene con lo inestable, desde que soporta el peso de
en tu cárcel verde? Los pabellones de tus ramajes, tu perpetuidad, y, más que a la encina de fornido gajo, apren-
como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mi dió a amar a la orquídea lánguida, porque es efímera como el
aspiración y el cielo claro, que sólo entreveo cuando tus copas hombre y marchitable como su ilusión.
estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus crepúsculos angus- ¡Déjame huir, oh, selva, de tus enfermizas penumbras, for-
tiosos. ¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las madas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono
lomas? Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme
de los ponientes, ¿por qué no tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde
veces suspiró mi alma adivinando al través de tus laberintos el el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud,
reflejo del astro que empurpuraba las lejanías, hacia el lado de donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en
mi país, donde hay llanuras inolvidables y cumbres de corona la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las
blanca, desde cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras! canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar
¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y
me robaste el ensueño del horizonte y sólo tienes para mis ojos sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una
la monotonía de tu cénit, por donde pasa el plácido albor, que mujer me arrastré por montes y desiertos, en busca de la Ven-
jamás alumbra las hojarascas de tus senos húmedos! ganza, diosa implacable que sólo sonríe sobre las tumbas!
Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desco-
nocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, ***
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La vorágine José Eustasio Rivera
Olvidada sea la época miserable en que vagamos por el desierto desventura nos había unido y no teníamos otro futuro que el
en cuadrilla prófuga, como salteadores. Sindicados de un cri- fracaso en cualquier país.
men ajeno, desafiamos a la injusticia y erguimos la enseña de la Y nos decidimos por el Vichada.
rebelión. ¿Quién osó desafiar el rencor bárbaro de mi pecho?
¿Quién habría podido amansarnos? Las sendas múltiples de la ***
pampa quedaron chafadas en aquellos días al galope de nues-
tros potros, y no hubo noche que no prendiéramos en distinto El Pipa nos condujo a los platanares silvestres de Macucuana,
paraje la fugitiva llamarada del vivac. sobre la margen del túrbido Meta, después de la desemboca-
Después, bajo moriches inextricables, improvisamos un refu- dura del Guanapalo. Moraba en esos montes una tribu guahiba,
gio. Allí amontonábanse los enseres que Mauco y Tiana salva- semidomada, que convino en acogernos, a condición de que
ron de la ignición, y que pusieron en nuestras manos antes de admitiéramos el guayuco, respetáramos a las pollonas y les
irse a Orocué, en misión de espionaje. Mas no sabíamos qué ordenáramos a los wínchesters «no echar truenos».
suerte hubieran corrido. Fidel y el mulato, el Pipa y yo nos tur- Aparecióse una tarde el Pipa con cinco indígenas, que se resis-
nábamos cada día en atalayar sobre una palmera la presencia tían a acercarse mientras no amarráramos los dogos. Acurruca-
de alguna gente en el horizonte o el triángulo de humo, con- dos en la maleza, erguíanse para observarnos, listos a fugarse al
venido como señal. menor desliz, por lo cual el ladino intérprete fue conduciéndo-
¡Nadie nos buscaba ni perseguía! ¡Nos habían olvidado los de la mano hasta nuestro grupo, donde recibían el advertido
todos! abrazo de paz con esta frase protocolaria: «Cuñao, yo querién-
Yo no era más que un residuo humano de fiebres y pesa- dote mucho, perro no haciendo nada, corazón contento».
res. De noche, el hambre nos desvelaba como un vampiro, y Todos eran fornidos y jóvenes, de achocolatada cutis y
porque ya venían las lluvias, concertamos la dispersión para hercúleas espaldas, cuya membratura se estremecía temerosa de
asilarnos luego en Venezuela. Pensé entonces que don Rafo los fusiles. Arcos y aljabas habíanlos dejado entre la canoa, que
vendría de regreso a La Maporita, y que con él podríamos iba a mecernos sobre las aguas desconocidas de un río salvaje,
volver a Bogotá. Muchos días lo esperamos en las llanuras ale- hacia refugios recónditos y temibles, adonde un fátum impla-
dañas a Tame. Mas apenas declaró Franco que continuaría su cable nos expatriaba, sin otro delito que el de ser rebeldes, sin
vida nómade, no por recelo de la justicia ordinaria, sino por el otra mengua que la de ser infortunados.
peligro de que algún Consejo de Guerra lo castigara como a Había llegado el momento de licenciar nuestros caballos, que
desertor, desistí de la idea del viaje, para mancomunarnos en nos dieron apoyo en la adversidad. Ellos recobraban la pampa
el destierro y afrontar vicisitudes iguales, ya que una misma virgen y nosotros perdíamos lo que gozosos recuperaban, la zona
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La vorágine José Eustasio Rivera
donde sufrimos y batallamos inútilmente, comprometiendo la sobre las playas. Los más ligeros ruidos repercutieron en mi
esperanza y la juventud. Cuando mi alazán sudoroso se sacu- ser, consustanciado a tal punto con el ambiente, que era mi
dió, libre de la montura, y galopó con relinchos trémulos en propia alma la que gemía, y mi tristeza la que, a semejanza de
busca del bebedero lejano, me sentí indefenso y solo, y copié un lente opaco, apenumbraba todas las cosas. Sobre el pano-
en mis ojos tristes el confín, con la amargura del condenado a rama crepuscular fuese ampliando mi desconsuelo, como la
muerte que se resigna al sacrificio y ve sobre los paisajes de su noche, y lentamente una misma sombra borró los perfiles del
niñez arrebolarse el último sol. bosque estático, la línea del agua inmóvil, las siluetas de los
Al descender el barranco que nos separaba de la curiara, remeros…
torné la cabeza hacia el límite de los llanos, perdidos en una Desembarcamos al comienzo de una barranca, suavizada
nébula dulce, donde las palmeras me despedían. Aquellas por escalones que descendían al puerto, en cuyo remanso se
inmensidades me hirieron, y, no obstante, quería abrazarlas. agrupaban unas canoas. Por un sendero lleno de barro que
Ellas fueron decisivas en mi existencia y se injertaron en mi ser. se perdía entre el gramalote, salimos a una plazuela de árboles
Comprendo que en el instante de mi agonía se borrarán de mis derribados, donde nos aguardaba el rancho pajizo, tan solita-
pupilas vidriosas las imágenes más leales; pero en la atmósfera rio en aquel momento, que vacilábamos en ocuparlo, sospe-
sempiterna por donde ascienda mi espíritu aleteando, estarán chosos de alguna emboscada. El Pipa alegaba con los nativos
presentes las medias tintas de esos crepúsculos cariñosos, que, que a semejante vivienda nos condujeron, y nos transmitía la
con sus pinceladas de ópalo y rosa, me indicaron ya sobre el cielo traducción de la jerigonza, según la cual los de la ramada se
amigo la senda que sigue el alma hacia la suprema constelación. dispersaron al ver los mastines. Los bogas me pedían permiso
para dormir entre las curiaras.
* ** Y cuando se fueron, Fidel le ordenó a Correa que se acos-
tara con el Pipa en la barbacoa, por si intentaba traicionarnos
La curiara, como un ataúd flotante, siguió agua abajo, a la hora esa noche; les quitó los collares a los perros, y, a oscuras, les
en que la tarde alarga las sombras. Desde el dorso de la corriente mudó el sitio a nuestras hamacas.
columbrábanse las márgenes paralelas, de sombría vegetación y Ofreciéndole mi costado a la carabina, me entregué al sueño.
de plagas hostiles. Aquel río, sin ondulaciones, sin espumas, era
mudo, tétricamente mudo como el presagio, y daba la impresión ***
de un camino oscuro que se moviera hacia el vórtice de la nada.
Mientras proseguíamos silenciosos principió a lamentarse El Pipa solía hacerme protestas de adhesión incondicional, y
la tierra por el hundimiento del sol, cuya vislumbre palidecía acabó por relatarme la pavorosa serie de sus andanzas. Su mano
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sabía disparar la barbada flecha, en cuya punta iba ardiendo la vociferar, masticando, porque no se repetía presto la calderada.
pelota de peramán, que cruzaba el aire como un cometa, con Como el coquis no se afanó por obedecerle, lo agarró de una
el aullido de la consternación y del incendio. oreja y le bañó la cara en caldo caliente. El muchacho, enfure-
Muchas veces, para librarse del enemigo, se aplanó en el cido, le rasgó el buche de un solo tajo, y la asadura del comi-
fondo de las lagunas como un caimán, y emergía sigiloso entre lón se regó humeando en la barbacoa, por entre las viandas.
los juncales por renovar la respiración; y si los perros le nada- El dueño del hato apresó al chicuelo, liándole garganta y
ban sobre la cabeza, buscándolo, los destripaba y consumía, brazos con un mecate, y mandó dos hombres a que lo mataran
sin que los vaqueros pudieran ver otra cosa que el chapoteo de ese mismo día, abajo de las resacas del Yaguarapo. Por fortuna,
algunos juncos en el apartado centro de los charcones. pescaban allí unos indios, que destrizaron a los verdugos y le
Adolescente apenas, vino a los Llanos cuando estaba en dieron al sentenciado la libertad, pero llevándoselo consigo.
su auge el hato de San Emigdio y allí sirvió de coquis varios Errante y desnudo vivió en las selvas más de veinte años,
meses. Trabajaba todo el día con los llaneros, y por la noche como instructor militar de las grandes tribus, en el Capanaparo
agregábase a sus fatigas la de acopiar la leña y el agua, pren- y en el Vichada; y como cauchero, en el Inírida y en el Vaupés,
der el fuego y asar carne. De madrugada lo despertaban los en el Orinoco y en el Guaviare, con los piapocos y los guahibos,
caporales a puntapiés para que recociera el café cerrero; y tras con los banivas y los barés, con los cuivas, los carijonas y los hui-
de tomarlo, se iban sin ayudarle a ensillar la mañosa bestia ni totos. Pero su mayor influencia la ejercía sobre los guahibos, a
decirle hacia qué banco se dirigían. Y él, llevando de cabes- quienes había perfeccionado en el arte de las guerrillas. Con ellos
tro la mula de los calderos y los víveres, trotaba por las este- asaltó siempre las rancherías de los sálivas y las fundaciones que
pas oscurecidas, poniendo oído a las voces de los jinetes, hasta baña el Pauto. Cayó prisionero en distintas épocas, cuando una
orientarse y seguir con ellos. raya le lanceó el pie, o cuando las fiebres le consumían; pero, con
Para colmo, la cocinera de la ramada le exigía cooperar riesgosa suerte, se hizo pasar por vaquero cautivo de los hatos
en sus menesteres, y él, tiznado y humilde como un guiñapo, de Venezuela, y conoció diferentes cárceles, donde observaba
se resignaba a su situación. Mas una vez, al vaciar el cocido en intachable conducta, para volver pronto a la inclemencia de los
la barbacoa, sobre las hojas frescas que servían de manteles, desiertos y al usufructo de las revoltosas capitanías.
atropáronse los peones con la presteza de buitres hambrientos, —Yo —decía— seré su lucero en estos confines, si pone a
y él tendió, como todos, las desaseadas manos a la carne para mi cuidado la expedición: conozco trochas, vaguadas, caminos,
trinchar algún trozo con su belduque. El arrimado de la mari- y en algunos caños tengo amistades. Buscaremos a los cauche-
tornes, un abuelote de empaque torvo, que lo celaba estúpida- ros por dondequiera, hasta el fin del mundo; pero no vuelva
mente y que ya lo había vapuleado con el cinturón, comenzó a a permitir que el mulato Correa duerma conmigo, ni que me
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satirice con tanta roña. Eso no es corriente entre cristianos y un poquillo convencional. Desconoció la ciencia del beso y sus
desanima a cualquier hombre de sentimiento. ¡Algún día lo manos fueron incapaces de inventar la menor caricia. Jamás
rasguño, y quedamos en paz! escogió un perfume que la distinguiera; su juventud olía como
la de todas.
* ** ¿Cuál era la razón de sufrir por ella? Había que olvidar,
había que reír, había que empezar de nuevo. Mi destino así lo
Por ese tiempo me invadió la misantropía, ensombreciéndome exigía, así lo deseaban, tácitos, mis camaradas. El Pipa, disfra-
las ideas y descoyuntándome la decisión. En el sonambulismo zando la intención con el disimulo, cantó cierta vez un llorao
de la congoja devoraba mis propias hieles, inepto, adormilado, genial, a los compases de las maracas, para infundirme la iro-
como la serpiente que muda escama. nía confortadora:
Nadie había vuelto a nombrar a Alicia, por desterrarla de
mi pensamiento; mas esa misma delicadeza sublevaba en mi El domingo la vi en misa,
corazón todos los odios reconcentrados, al comprender que me el lunes la enamoré,
compadecían como a un vencido. Entonces las blasfemias solla- el martes ya le propuse,
maban mis labios y un velo de sangre se reteñía sobre mis ojos. el miércoles me casé;
¿Y a Fidel lo atormentaba el tenaz recuerdo? Sólo me parecía el jueves me dejó solo,
triste en sus confidencias, quizás por acoplarse con mi quebranto. el viernes la suspiré;
Todo lo había perdido en hora impensada, y sin embargo daba el sábado el desengaño…
a entender que desde ese instante se sintió más libre y poderoso, y el domingo a buscar otra
cual si el infortunio fuera simple sangría para su espíritu. porque solo no me amaño.
¿Y yo por qué me lamentaba como un eunuco? ¿Qué per-
día en Alicia que no lo topara en otras hembras? Ella había Mientras tanto, se iniciaba en mi voluntad una reacción
sido un mero incidente en mi vida loca y tuvo el fin que debía casi dolorosa, en que colaboraron el rencor y el escepticismo, la
tener. ¡Barrera merecía mi gratitud! impenitencia y los propósitos de venganza. Me burlé del amor
Además, la que fue mi querida tenía sus defectos: era igno- y de la virtud, de las noches bellas y de los días hermosos. No
rante, caprichosa y colérica. Su personalidad carecía de relieve: obstante, alguna ráfaga del pasado volvía a refrescar mi ardido
vista sin el lente de la pasión amorosa, aparecía la mujer común, pecho, nostálgico de ilusiones, de ternura y serenidad.
la de encantos atribuidos por los admiradores que la persiguen.
Sus cejas eran mezquinas, su cuello corto, la armonía de su perfil ***
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Los aborígenes del bohío eran mansos, astutos, pusilánimes, y los hombres enmudecían en los chinchorros con el letargo de
se parecían como las frutas de un mismo árbol. Llegaron des- la desidia. Nosotros callábamos también en el tramo opuesto,
nudos, con sus dádivas de cambures y mañoco, acondicionadas viendo caer el agua en la extensión de la umbrosa vega, que
en cestas de palmarito, y las descargaron sobre el barbecho, en oprimía el espíritu con sus neblinas y cerrazones.
lugar visible. Dos de los indios que manejaron la canoa traían —Es imperioso —prorrumpió Franco— decidir esta situación
pescados cocidos al humo. poniendo en práctica algún propósito. En la semana entrante
Cuidadosos de que los perros no gruñeran, fuimos al encuen- dejaremos esta guarida.
tro del arisco grupo, y después de una libre plática en gerundios —Ya las indias vinieron a prepararnos el bastimento
y monosílabos castellanos, resolvieron los visitantes ocupar un —repuso el Pipa—. Remontaremos el río, cruzándolo frente
extremo de la vivienda, el inmediato a los montes y a la barranca. a Caviona, un poco más arriba de las lagunas. Por allí va una
Con indiscreta curiosidad les pregunté dónde habían dejado senda terrestre para el Vichada y en recorrerla se gastan siete
a las mujeres, pues ninguna venía con ellos. Apresuróse a expli- días. Hay que llevar a cuestas el equipo, mas ninguno de estos
carme el Pipa que era imprudencia hacer tan desusadas inda- cuñaos quiere ir de carguero. Yo estoy trabajando para decidir-
gaciones, so riesgo de que se alarmaran los celosos indios, a los. Pero es urgente la compra de algunos corotos en Orocué.
cuyas petrivas les fue negado, por tradicional experiencia, mos- —¿Y con qué dinero los adquirimos? —advertí alarmado.
trar incautamente su desnudez a forasteros blancos, siempre —Eso corre de mi cuenta. Sólo pido que crean en mí y que
lujuriosos y abusivos. Agregó que no tardarían en acercarse las sigan siendo afables con la tribu. Necesitamos sal, anzuelos,
indias viejas, para ir aquilatando nuestra conducta, hasta con- guarales, tabacos, pólvora, fósforos, herramientas y mosquite-
vencerse de que éramos varones morigerados y recomendables. ros. Todo para ustedes, porque a mí nada me es indispensable.
Dos días después apareciéronse las matronas, en traje de Y como nadie sabe qué nos espera en esas lejanías…
paraíso, seniles, repugnantes, batiendo al caminar los flácidos —¿Será preciso vender las sillas y los aperos?
senos, que les pendían como estropajos. Traían sobre la greña —¿Y quién los compra? ¿Y quién los vende sin que lo apa-
sendas taparas de chicha mordicante, cuyos rezumos pegajo- ñen? Ya podemos irlos botando. De aquí en adelante no ten-
sos les goteaban por las arrugas de las mejillas, con apariencia dremos otro caballo que la canoa.
de sudor ácido. Ofreciéronnos la bebida a pico de calabaza, —¿Y en qué lugar escondes el oro para tus planes?
imponiendo su hierático gesto, y luego rezongaron malhumo- —En el garcero de Las Hermosas. ¡Cuatro libras de pluma
radas al ver que sólo el Pipa pudo saborear el cáustico brebaje. fina, si mal nos va! Cada semana cambiaremos un manojito
Más tarde, cuando principió a resonar la lluvia, acurru- por mercancías. Cuando les provoque, yo soy baquiano, pero
cáronse junto al fogón, como gorilas momificadas, mientras es muy lejos.
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—¡Eso no importa! ¡Mañana mismo! algarabías y picotazos, desnivelaban con su peso las ramazones.
Nadaba pues dondequiera la innúmera banda de caribes, de
* ** vientre rojizo y escamas plúmbeas, que se devoran unos a otros
y descarnan en un segundo a todo ser que cruce las ondas de
¡Bendita sea la difícil landa que nos condujo a la región de los su dominio, por lo cual hombres y cuadrúpedos se resisten a
revuelos y la albura! El inundado bosque del garcero, millona- echarse a nado, y mucho más al sentirse heridos, que la sangre
rio de garzas reales, parecía algodonal de nutridos copos; y excita instantáneamente la voracidad del terrible pez. Veíase la
en la turquesa del cielo ondeaba, perennemente, un desfile de traidora raya, de aletas gelatinosas y arpón venino, que descansa
remos cándidos, sobre los cimborios de los moriches, donde en el fango como un escudo; la anguila eléctrica, que inmovi-
bullía la empeluzada muchedumbre de polluelos. A nuestro liza con sus descargas a quien la toca; la palometa de nácar y
paso se encumbraba en espiras la nívea flota, y, tras de girar oro, semejante al disco lunar, que desciende al fondo y enturbia
con insólito vocerío, se desbandaba por unidades que descen- el agua para escaparse a las dentelladas de la tonina. Y todo el
dían al estero, entrecerrando las alas lentas, como un velamen inmenso acuario se extendía hacia el horizonte, como un lago
de seda albicante. de peltre donde flotan las plumas ambicionadas.
Pensativo, junto a las linfas, demoraba el “garzón soldado”, Bogando en balsitas inverosímiles, nos distribuimos aquí y
de rojo quepis, heroica altura y marcial talante, cuyo ancho allí para recoger el caro tesoro. Los indios invadían a trechos las
pico es prolongado como una espada; y a su redor revoloteaba espesuras, hurgando en las tinieblas con las palancas, por miedo
el mundo babélico de zancudas y palmípedas, desde la coro- a güíos y caimanes, hasta completar su manojo blanco, que
cora lacre, que humillaría al ibis egipcio, hasta la azul cerceta a veces cuesta la vida de muchos hombres, antes de ser llevado a
de dorado moño y el pato ilusionante de color de rosa, que en las lejanas ciudades a exaltar la belleza de mujeres desconocidas.
el rosicler del alba llanera tiñe sus plumas. Y por encima de
ese alado tumulto volvía a girar la corona eucarística de gar- ***
zas, se despetalaba sobre la ciénaga, y mi espíritu sentíase des-
lumbrado, como en los días de su candor, al evocar las hostias Aquella tarde rendí mi ánimo a la tristeza y una emoción
divinas, los coros angelicales, los cirios inmaculados. romántica me sorprendió con vagas caricias. ¿Por qué viviría
Parecía imposible que pudiéramos arrimar al sitio de los nidos siempre solo en el arte y en el amor? Y pensaba con dolorida
y las plumas. El transparente charco nos dejó ver un sumergido inconformidad: ¡si tuviera ahora a quién ofrecerle este armi-
ejército de caimanes, en contorno de las palmeras, ocupado en ñado ramillete de plumajes, que parecen espigas blancas! ¡Si
recoger pichones y huevos, que caían cuando las garzas, entre alguien quisiera abanicarse con este alón de “codúa” marina,
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donde va prisionero el iris! ¡Si hubiera hallado con quién con- de cabeza vendada con hojas, se quejaba desde el chinchorro
templar el garcero nítido, primavera de aves y colores! y pedía cocos de chicha para aliviar sus padecimientos.
Con humillada pena advertí luego que en el velo de mi Las indias que habían huido eran las pollonas, y cada uno
ilusión se embozaba Alicia, y procuré manchar con realismo de nosotros podía coger la que le placiera, cuando el jefe, un
crudo el pensamiento donde la intrusa resurgía. cacique matusalénico, recompensara de esa suerte nuestra adhe-
Afortunadamente, tras penoso viaje por cenagosas llanuras sión. Mas sería candidez pensar que con requiebros y sonrisi-
y hondos caños, dimos con el lugar donde habían quedado las tas aceptarían nuestro agasajo. Era preciso atisbarlas como a
canoas, y a palanca comenzamos a remontar los sinuosos ríos, hasta gacelas y correr en los bosques hasta rendirlas, pues la superio-
que entramos, a boca de noche, en el atracadero de la ramada. ridad del macho debe imponérseles por la fuerza, en cambio
Desde lejos nos llevó la brisa el llanto de un niño, y, cuando de sumisión y de ternura.
llegamos a la huta, salieron corriendo unas indias jóvenes, sin Yo me sentía incapaz de toda ilusión.
atender al Pipa, que en idioma terrígeno alcanzó a gritarles que
éramos gente amiga. En soleras y horcones había chinchorros ***
numerosísimos, y en el fogón, a medio rescoldo, gorgoreaba la
olla de las infusiones. El jefe de la familia me manifestaba cierta frialdad, que se traducía
Lentamente, apenas la candela irguió su lumbre, se nos fue- en un silencio despectivo. Procuraba yo halagarlo en distintas
ron presentando los indios nuevos, acompañados de sus muje- formas, por el deseo de que me instruyera en sus tradiciones,
res, que les ponían la mano derecha en el hombro izquierdo en sus cantos guerreros, en sus leyendas; inútiles fueron mis
para advertirnos que eran casadas. Una que llegó sola, nos cortesías, porque aquellas tribus rudimentarias y nómades no
señalaba el chinchorro de su marido y se exprimía el lechoso tienen dioses, ni héroes, ni patria, ni pretérito, ni futuro.
seno, dando a entender que había dado a luz ese día. El Pipa, Aconteció que traje del garcero dos patos grises, pequeños
ante ella, comenzó a instruirnos en las costumbres que rigen como palomas, ocultos en una mochila. Hallé uno muerto al
la maternidad en dicha tribu: al presentir el alumbramiento, la día siguiente, y lo desplumé junto al fogón para que mis perros
parturienta toma el monte y vuelve, ya lavada, a buscar a su se lo comieran. Mas, al verme, el cacique tomó sus flechas y me
hombre para entregarle la criatura. El padre, al punto, se encama amenazó con la macana, dando alaridos y trenos, hasta que
a guardar dieta, mientras la mujer le prepara cocimientos con- las mujeres, pavoridas, recogieron las plumas y las soplaron en
tra las náuseas y los cefálicos. el aire de la mañana.
Como si entendiera estas explicaciones, hacía la moza sig- Rodeáronme mis compañeros y me arrebataron la carabina
nos de aprobación a cuanto el Pipa refería; y el cónyuge follón, porque no amenazara al abuelo audaz. Este arrojóse al suelo,
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cubriéndose la cara con las manos, se retorcía en epilépticas con- mezcla acuosa en el sebucán, ancho cilindro de hojas de palma
vulsiones, empezó a dar sollozos de despedida, besaba la tierra retejidas, cuyo extremo inferior se retuerce con un tramojo
y la manchaba con espumarajos. Luego quedóse rígido, entre para exprimir el almidonoso jugo de la rallada. Otras, desnu-
el espanto del desnudo harén, pero el Pipa le echó rescoldo en das en contorno de la candela, recalentaban el budare, tiesto
las orejas para que la muerte no le comunicara su fatal secreto. redondo y plano, sobre cuya superficie iban extendiendo la
Entonces me advirtió nuestro intérprete que las almas de aquellos masa inmunda y la alisaban con los dedos ensalivados hasta
bárbaros residen en distintos animales, y que la del cacique se que la torta endureciera. Quiénes torcían sobre los muslos
asemejaba a un pato gris. Probablemente moriría de sugestión las fibras sacadas del cogollo de los moriches, para tejer un
por haber contemplado el ave sin vida, y la tribu se vengaría chinchorro nuevo, digno de mi estatura y mi persona, mien-
de mi “homicidio”. Apresuréme a sacar el otro pato y lo dejé tras el cacique, gesticulando, me hacía entender que celebra-
revolotear entre la ramada; al verlo, el indio quedóse en éxta- ría con baile pomposo el vasallaje debido a mi fortaleza y a
sis ante el milagro y siguió los zigzags del vuelo sobre la pleni- mi autoridad.
tud del inmediato río. Mi espíritu pregustaba el acre sabor de las próximas aventuras.
El pueril incidente bastó para acreditarme como ser sobre-
natural, dueño de almas y destinos. Ningún aborigen se atre- ***
vía a mirarme, pero yo estaba presente en sus pensamientos,
ejerciendo influencias desconocidas sobre sus esperanzas y Los indios encargados de procurarnos la mercancía fueron esta-
sus pesadumbres. A mis pies cayeron dos muchachones, y se fados por los tenderos de Orocué. En cambio de los artículos
brindaron a completar nuestra expedición, sin que sus muje- que llevaron: seje, chinchorros, pendare y plumas, recibieron
res se resintieran. Nunca he podido recordar sus nombres ver- baratijas que valían mil veces menos. Aunque el Pipa les enseñó
náculos, y apenas sé que traducidos a buen romance querían cuidadosamente los precios razonables, sucumbieron a su igno-
decir, casi literalmente, “Pajarito del Monte” y “Cerrito de la rancia y la avilantez de los explotadores volvió a enriquecerse
Sabana”. Abracélos en señal de que aceptaba su ofrecimiento, con el engaño. Unos paquetes de sal porosa, unos pañuelos azu-
por lo cual descolgaron del techo las palancas y les remudaron les y rojos y algunos cuchillos, fueron írrito pago de la remesa,
el fique de las horquetas, para que soportaran el impulso de y los emisarios tornaban felices de que, como otras veces, no
la canoa al hincarse en los carameros de los charcos, o en los los hubieran obligado a barrer las tiendas, cargar agua, des-
arrecifes costaneros. yerbar la calle, empacar cueros.
A su vez, las indias viejas rallaban yuca para la preparación Fallida la esperanza de acrecentar los equipajes, nos con-
del cazabe que debía alimentarnos en el desierto. Echaban la solamos con la certeza de que el viaje sería menos complicado.
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Y, por fin, una noche de plenilunio, quedó lista la gran curiara, a repisar una sola huella, con la vista al suelo, gobernados por
que, con blando meneo, ofrecía conducirnos a Caviona. el quejido de la chirimía y el grave paloteo de los tamboriles.
Afluyeron al baile más de cincuenta indios, de todo sexo y Ya no se oía más que el son de la música y el cálido resollar de
edad, pintarrajeados y silenciosos, y fueron amojonándose en los danzantes, tristes como la luna, mudos como el río que los
la abierta playa, con las calabazas de hervidora chicha. Desde consentía sobre sus playas. De pronto, las mujeres, que perma-
por la tarde habían hecho acopio de mojojoyes, gruesos gusa- necían silenciosas dentro del círculo, abrazaron las cinturas de
nos de anillos peludos, que viven enroscados en los troncos sus amantes y trenzaban el mismo paso, inclinadas y entorpeci-
podridos. Descabezábanlos con los dientes, como el fumador das, hasta que con súbito desahogo corearon todos los pechos
que despunta el cigarro, y sorbían el contenido mantequilloso, ascendente alarido, que estremecía selvas y espacios como una
refregándose luego la vacía funda del animal en las cabelleras, campanada lúgubre: «¡Aaaaay!… ¡Ohé!…».
para lustrarlas. Las de las pollonas, de altivos senos, resplande- Tendido de codos sobre el arenal, aurirrojizo por las lumi-
cían como el charol, bajo el nimbo de plumas de guacamayo y narias, miraba yo la singular fiesta, complacido de que mis
sobre los collares de corozos y cornalinas. compañeros giraran ebrios en la danza. Así olvidarían sus
El cacique se había embijado el rostro con achiote y miel, y pesadumbres y le sonreirían a la vida otra vez siquiera. Mas,
aspiraba el polvo del yopo, introduciéndose en las narices sendos a poco, advertí que gritaban como la tribu, y que su lamento
canutillos. Cual si lo hubiera atacado el delirium tremens, bambo- acusaba la misma pena recóndita, cual si a todos les devorara
leábase embrutecido entre las muchachas, y las apretaba y per- el alma un solo dolor. Su queja tenía la desesperación de las
seguía, semejante a un cabrío rijoso, pero impotente. A veces, razas vencidas, y era semejante a mi sollozo, ese sollozo de mis
a media lengua, venía a felicitarme porque, según el Pipa, era aflicciones que suele repercutir en mi corazón aunque lo disi-
yo, como él, enemigo de los vaqueros y les había quemado las mulen los labios: «¡Aaaaay!… ¡Ohé!…».
fundaciones, cosas que me hacían digno de una macana fina
y de un arco nuevo. ***
En medio de la orgiástica baraúnda prodigábase la chi-
cha de fermento atroz, y las mujeres y los chicuelos irritaban Cuando me retiré a mi chinchorro, en la más completa deso-
con su vocerío la bacanal. Luego empezaron a girar sobre las lación, siguieron mis pasos unas indias y se acurrucaron cerca
arenas en moroso círculo, al compás de los fotutos y las cañas, de mí. Al principio conversaban a medio tono, pero más tarde
sacudiendo el pie izquierdo a cada tres pasos, como lo manda atrevióse una a levantar la punta de mi mosquitero. Las otras,
el rigor del baile nativo. Parecía más bien la danza un tardo por sobre el hombro de su compañera, me atisbaban y son-
desfile de prisioneros, alrededor de inmensa argolla, obligados reían. Cerrando los ojos, rechacé la provocación amorosa, con
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profundo deseo de libertarme de la lascivia y pedirle a la cas- los ojos, se quería coger los pies. Entre el lelo corro de espec-
tidad su refugio tranquilo y vigorizante. tadores le sostuve la frente con mis manos.
Al amanecer regresaron a la ramada los juerguistas. Tendi- —Pipa, Pipa, ¿qué ves? ¿Qué ves?
dos en el piso, como cadáveres, disolvían en el sueño la pesadi- Con angustioso pujo principió a quejarse y saboreaba su
lla de la embriaguez. Ninguno de mis camaradas había vuelto, lengua como un confite. Los indios afirmaron que sólo habla-
y sonreí al notar que faltaban algunas pollonas. Mas cuando ría cuando despertara.
bajé al río para observar el estado de la curiara, vi al Pipa, boca Con descreída curiosidad nuevamente dije:
abajo en la arena, exánime y desnudo al rayo del sol. —¿Qué ves? ¿Qué ves?
Cogiéndolo por los brazos lo arrastré hacia la sombra, dis- —Un… ri… o. Hom… bres…, dos… hombres…
gustado por su prurito de desnudarse. Aquel hombre, vanidoso —¿Qué más? ¿Qué más?
de sus tatuajes y cicatrices, prefería el guayuco a la vestimenta, —Un… n… a… ca… no… a…
a pesar de mis reprensiones y amenazas. Dejélo que dormitara —¿Gente desconocida?
la borrachera, y allí permaneció hasta la noche. Rayó el día —Uuuh… Uuuuuuh… Uuuuuuh…
siguiente y ni despertaba ni se movía. —¿Pipa, te sientes mal? ¿Qué quieres? ¿Qué quieres?
Entonces, descolgando la carabina, cogí al cacique por la —Dor… mir… dor… mir… dor… mir… dor…
melena y lo hinqué en la grava, mientras que Franco hacía ade- Las visiones del soñador fueron estrafalarias: procesiones
mán de soltar los perros. Abrazóme el anciano las pantorrillas de caimanes y de tortugas, pantanos llenos de gente, flores que
trabajando una explicación: daban gritos. Dijo que los árboles de la selva eran gigantes para-
—¡Nada! ¡Nada! Tomando yagé, tomando yagé… lizados y que de noche platicaban y se hacían señas. Tenían
Ya conocía las virtudes de aquella planta, que un sabio de deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba
mi país llamó “telepatina”. Su jugo hace ver en sueños lo que por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad. Quejá-
está pasando en otros lugares. Recordé que el Pipa me habló banse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba,
de ella, agradecido de que sirviera para saber con seguridad a siempre condenados a retoñar, a florecer, a gemir, a perpetuar,
qué sabanas van los vaqueros y en cuáles sitios abunda la caza. sin fecundarse, su especie formidable, incomprendida. El Pipa
Habíale ofrecido a Franco ingerirla para adivinar el punto pre- les entendió sus airadas voces, según las cuales debían ocupar
ciso donde estuviera el raptor de nuestras mujeres. barbechos, llanuras y ciudades, hasta borrar de la tierra el ras-
El visionario fue conducido en peso y recostado contra tro del hombre y mecer un solo ramaje en urdimbre cerrada,
un estantillo. Su cara singular y barbilampiña había tomado un cual en los milenios del Génesis, cuando Dios flotaba todavía
color violáceo. A veces babeaba su propio vientre, y, sin abrir sobre el espacio como una nebulosa de lágrimas.
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¡Selva profética, selva enemiga! ¿Cuándo habrá de cum- a sus hembras a acompañarlo hacia otros parajes en busca de
plirse tu predicción? alguna charca, y mugía arreando a sus compañeras en medio
del banco centelleante y pajonaloso.
* ** Empero, una novilla recién parida, que se destapó las pezu-
ñas cavando el secadal, regresó a buscar a su ternerillo por
Llegamos a las márgenes del río Vichada derrotados por los ofrecerle la ubre cuarteada. Echóse para lamerlo, y allí murió.
zancudos. Durante la travesía los azuzó la muerte tras de noso- Levanté la cría y expiró en mis brazos.
tros y nos persiguieron día y noche, flotando en halo fatídico y Mas luego, al caer de unas cuantas lluvias, invertía el terri-
quejumbroso, trémulos como una cuerda a medio vibrar. Éra- torio su hostilidad: por doquiera, encaramados sobre troncos,
nos imposible mezquinar nuestra sangre asténica, porque nos veíanse lapas, zorros y conejos, sobreaguando en la inunda-
succionaban al través de sombrero y ropa, inoculándonos el ción; y aunque las vacas pastaban en los esteros, con el agua
virus de la fiebre y la pesadilla. sobre los lomos, perdían sus tetas en los dientes de los caribes.
Las que enantes fueron sabanas úberes se habían conver- Por aquellas intemperies atravesamos a pie desnudo, cual
tido en desoladas ciénagas; y con el agua a la cintura seguía- lo hicieron los legendarios hombres de la conquista. Cuando al
mos el derrotero de los baquianos, bañada en sudor la frente y octavo día me señalaron el monte del Vichada, sobrecogióme
húmedas las maletas que portábamos a la espalda, famélicos, intenso temblor y me adelanté con el arma al brazo, esperando
macilentos, pernoctando en altiplanos de breña inhóspita, sin encontrar a Alicia y a Barrera en sensual coloquio, para caer-
hoguera, sin lecho, sin protección. les de sorpresa, como el halcón sobre la nidada. Y jadeante y
Aquellas latitudes son inmisericordes en la sequía y en el entigrecido me agazapé sobre los barrancos de la orilla.
invierno. Cierta vez en La Maporita, cuando Alicia me amaba ¡Nadie! ¡Nadie! El silencio, la inmensidad…
aún, salí al desierto a coger para ella un venadillo recental.
Calcinaba el verano la estepa tórrida, y las reses, en el fogaje ***
del calor, trotaban por todas partes buscando agua. En los
meandros de árido cauce escarbaban la tierra del bebedero ¿A quién podíamos preguntarle por los caucheros? ¿Para qué
unas vaquillonas, al lado de un caballejo que agonizaba con seguir caminando río arriba sobre la costa desapacible? Era
el hocico puesto sobre el barrizal. Una bandada de caricaris mejor renunciar a todo, tendernos en cualquier sitio y pedirle
cogía culebras, ranas, lagartijas, que palpitaban locas de sed a la fiebre que nos rematara.
entre carroñas de cachicamos y chigüires. El toro que presi- El fantasma impávido del suicidio, que sigue esbozándose
día la grey repartía topes con protectora solicitud, por obligar en mi voluntad, me tendió sus brazos esa noche; y permanecí
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entre el chinchorro, con la mandíbula puesta sobre el cañón —Yo los reconciliaré para siempre.
de la carabina. ¿Cómo iría a quedar mi rostro? ¿Repetiría el —Es que Correa le teme por la amenaza de que va a cau-
espectáculo de Millán? Y este solo pensamiento me acobardaba. sarle maleficio. Ha dado en entristecerse cuando escucha can-
Lenta y oscuramente insistía en adueñarse de mi concien- tar cierto pájaro.
cia un demonio trágico. Pocas semanas antes, yo no era así. Recordando los filtros de Sebastiana, repuse dudoso:
Pero pronto los conceptos de crimen y los de bondad se com- —¡Ignorancia, superstición!
pensaban en mis ideas, y concebí el morboso intento de ase- —Ayer sacó el tiple para reponerle la clavija rota. Pero al
sinar a mis compañeros, movido por la compasión. ¿Para qué tocarlo se puso a yorar.
la tortura inútil, cuando la muerte era inevitable y el hambre —Dime, ¿no habrá moronas de cazabe en tu maletera?
andaría más lenta que mi fusil? Quise libertarlos rápidamente Párate, acércate.
y morir luego. Con la siniestra mano entre el bolsillo, princi- —¿Para qué? ¡Todo se acabó! ¡Cómo me duele que tengas
pié a contar las cápsulas que tenía, escogiendo para mí la más hambre!
puntiaguda. ¿Y a cuál debía matar primero? Franco estaba —¿Las pepas de este árbol serán venenosas?
cerca de mí. En la noche lluviosa extendí el brazo y le tenté la —Probablemente. Pero los indios están pescando. Aguar-
cabeza febricitante. demos hasta mañana.
—¿Qué quieres? —dijo—. ¿Por qué le movías el manubrio Y con los ojos llenos de lágrimas, balbucí, desviando el calibre:
al wínchester? La fiebre me vuelve loco. —¡Bueno, bueno! Hasta mañana…
Y pulsándome la muñeca, repetía:
—¡Pobre!… La tuya tiene más de cuarenta grados. Abrí- ***
gate con mi ruana hasta que sudes.
—¡Esta noche será interminable! Los perros comenzaron a manotear en mi mosquitero para
—Pronto saldrá el lucero de la madrugada. ¿Sabes —agre- que abandonáramos el playón. Evidentemente, seguía cre-
gó— que el mulatico puede rasgarse? ¿No has sentido cómo se ciendo el río.
queja? Ha delirado con Sebastiana y con los rodeos. Dice que Cuando nos guarecimos en una laja del promontorio,
tiene el hígado endurecido como piedra. había estrellas sobre los montes. Los perros ladraban desde
—Tuya es la culpa. No quisiste que se quedara. Ardías por los barrancos.
verlo morir en el desamparo. —Pipa, llama a esos cachorros, que aúllan como viendo al
—Creí que su ansia de regreso obedecía a la aversión que diablo. Y los silbé lúgubremente.
siente por el Pipa. Franco me aclaró que el Pipa andaba con los indígenas.
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Entonces advertimos un reflejo como de linterna, que, muy Miré estupefacto a mis camaradas, sintiendo un vértigo
abajo, parecía surcar el agua. Con intermitencia alumbraba y más horripilante que el de la fiebre. Callábamos cogitabun-
se perdía, y al amanecer no lo vimos más. dos, estremecidos. Mesa nos observaba con inquietud. Franco
Pajarito del Monte y Cerrito de la Sabana llegaron fatigo- rompió el silencio.
sos con esta noticia: —Dime, ¿con los caucheros va la Griselda?
—Falca subiendo río. Compañero siguiéndola por la ori- —Sí, mi teniente.
lla. Falca picureándose. —¿Y una muchacha llamada Alicia? —le pregunté con
El Pipa nos trajo nuevos informes: era una canoa ligera, voz convulsa.
con techo de palma entretejida. Al notar que en la sombra —¡También, también!…
andaban indios, apagó el candil y sesgó rumbo. Debíamos ace-
charla, hacerle fuego. ***
Como a las once del día, remontó a palanca, sigilosamente,
escondiéndose en los rebalses, bajo los densos guamos. Se empe- Junto al fogón que fulgía en la arena, nos envolvíamos en el
ñaba en forzar un chorro, y, por escaparse al remolino, tocó la humo, para esquivar la plaga. Ya sería la medianoche cuando
costa para que un hombre la remolcara al extremo de la cadena. Helí Mesa resumió su brutal relato, que escuchaba yo, sentado
Enderezamos hacia el boga la puntería, mientras que Franco en el suelo, hundida la cabeza entre las rodillas.
le salió al encuentro con el machete en alto. Al instante, el que —Si ustedes hubieran visto el caño Muco el día del
timoneaba la embarcación exclamó de pie: embarco, habrían pensado que aquella fiesta no tenía fin.
—¡Teniente!, ¡mi teniente!, ¡yo soy Helí Mesa! Barrera prodigaba abrazos, sonrisas, enhorabuenas, satisfe-
Y saltando a la orilla, se apretaron enternecidos. cho de la mesnada que iba a seguirlo. Los tiples y las mara-
Después, al ofrecernos la yucuta hecha de mañoco, el cas no descansaron, y, a falta de cohetes, disparábamos los
cual parecía salvado grueso, expuso Mesa, repitiéndonos la revólveres. Hubo cantos, botellas, almuerzo a rodo. Luego, al
ración: sacar nuevas damajuanas de aguardiente, pronunció Barrera
—¿Qué proyectos ocultan ustedes, que me preguntan por un falaz discurso, empalagoso de promesas y cariño, y nos
los caucheros? El tal Barrera se robó esa gente y se la lleva suplicó que llevásemos nuestras armas a un solo bongo, no
para el Brasil, a venderla en el río Guainía. A mí también me fuera que tanto júbilo provocara alguna desgracia. Todos le
enganchó hace ya dos meses, pero me le fugué a la entrada del obedecimos sin protesta.
Orinoco, después de matarle un capataz. Estos dos indios que «Aunque muy bebido, me siguió la corazonada de que por
me acompañan son de Maipures. aquí no hay monte apropiado para organizar caucherías, y
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estuve a punto de volverme a buscar mi rancho, a rejuntarme «En el bongo de las mujeres van los chicuelos, a pleno sol,
con la indiecita que dejé. Pero como hasta la niña Griselda hacía mojándose las cabecitas para no morir carbonizados. Parten el
la burla a mis recelos, resolví gritar como todos al embarcarme: alma con sus vagidos, tanto como las súplicas de las madres, que
“¡Viva el progresista señor Barrera! ¡Viva nuestro empresario! piden ramas para taparlos. El día que salimos al Orinoco, un
¡Viva la expedición!”. niño de pechos lloraba de hambre. El Matacano, al verlo lleno
«Ya les referí lo que aconteció después de una marcha de de llagas por las picaduras de los zancudos, dijo que se trataba de
horas, apenas caímos al Vichada. El Palomo y el Matacano esta- la viruela, y, tomándolo de los pies, volteólo en el aire y lo echó a
ban acampados con quince hombres en un playón, y cuando las ondas. Al punto, un caimán lo atravesó en la jeta, y, ponién-
arribábamos, nos intimaron requisa a todos, diciendo que dose a flote, buscó la ribera para tragárselo. La enloquecida
habíamos invadido territorios venezolanos. Barrera, director madre se lanzó al agua y tuvo igual suerte que la criaturilla.
de la jugada, nos ordenó: “Compatriotas queridos, hijos ama- Mientras los centinelas aplaudían la diversión, logré zafarme
dos, no os resistáis. Dejad que estos señores esculquen bongo las ligaduras, y, rapándole el gras al que estaba cerca, le hundí
por bongo, para que se convenzan de que somos gente de paz”. al Matacano la bayoneta entre los riñones, lo dejé clavado con-
«Aquellos hombres entraron pero no salieron: se que- tra la borda, y, en presencia de todos, salté al río.
daron en popa y en proa como centinelas. Seguros de «Los cocodrilos se entretuvieron con la mujer. Ningún dis-
que íbamos desarmados, nos mandaron permanecer en un paro hizo blanco en mí. Dios premió mi venganza y aquí estoy».
solo sitio, o dispararían sobre nosotros. Y descalabraron a
los cinco que se movieron. ***
«Entonces clamó Barrera que él seguiría adelante, hacia
San Fernando del Atabapo, a protestar contra el abuso y a Las manos de Helí Mesa me reconfortaron. Estrechélas ansioso,
reclamar del coronel Funes una crecida indemnización. Iba en y me transmitían en sus pulsaciones la contracción con que le
el mejor bongo, con las mujeres aludidas y con las armas y las hincaron al capataz el temerario acero en su carne odiosa. Aque-
provisiones. Y se fue, se fue, sordo a los llantos y a los reproches. llas manos, que sabían amansar la selva, también desbravaban
«Aprovechando la borrachera que nos vencía, nos filiaba los ríos con el canalete o con la palanca, y estaban cubiertas de
el Palomo y nos amarraba de dos en dos. Desde ese día fuimos dorado vello como las mejillas del indomable joven.
esclavos y en ninguna parte nos dejaban desembarcar. Tirá- —No me felicite usted —decía—: ¡yo debí matarlos a todos!
bannos el mañoco en unas coyabras, y, arrodillados, lo comía- —¿Entonces para qué mi viaje? —le repliqué.
mos por parejas, como perros en yunta, metiendo la cara en —Tiene usted razón. A mí no me han robado mujer nin-
las vasijas, porque nuestras manos iban atadas. guna, pero un simple sentimiento de humanidad me enfurece
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el brazo. Bien sabe, mi teniente, que seguiré siendo subalterno Insensiblemente, reaccioné de modo perverso. Barrera la
suyo, como en Arauca. Vamos, pues, a buscar a los forajidos, habría reservado para su lecho y para su negocio, porque
a libertar a los enganchados. Estarán en el río Guainía, en aquel miserable era capaz de tener concubina y vivir de ella.
el siringal de Yaguanarí. Dejando el Orinoco, pasarían por el ¡Qué salaces depravaciones, qué voluptuosos refinamientos le
Casiquiare, y quién sabe qué dueño tengan ahora, porque allá habría enseñado! ¡Y de haberla vendido, bien, muy bien! ¡Diez
dizque abundan los compradores de hombres y mujeres. El quintales de caucho la repagaban! ¡Ella se entregaría por una
Palomo y el Matacano eran socios de Barrera en este comercio. sola libra!
—¿Y tú crees que Alicia y Griselda vivan esclavas? Quizás no estaba de peona en los siringales, sino de reina
—Lo que sí garantizo es que valen algo, y que cualquier en la entablada casa de algún empresario, vistiendo sedas cos-
pudiente dará por una de ellas hasta diez quintales de goma. tosas y finos encajes, humillando a sus siervas como Cleopatra,
En eso las avaluaban los centinelas. riéndose de la pobreza en que la tuve, sin poder procurarle otro
Me retiré por el arenal a mi chinchorro, sombrío de pesar goce que el de su cuerpo. Desde su mecedora de mimbres, en
y satisfacción. ¡Qué dicha que las fugitivas conocieran la escla- el corredor de olorosa sombra, suelta la cabellera, amplio el
vitud! ¡Qué vengador el latigazo que las hiriera! Andarían por corpiño, vería desfilar a los cargadores con los bultos de cau-
los montes sórdidos, desgreñadas, enflaquecidas, portando en cho hacia las balandras, sudorosos y desgarrados, mientras que
la cabeza los calderos llenos de goma, o el tercio de leña verde ella, ociosa y rica, entre los abanicos de las iracas, apagaría sus
o los peroles de fumigar. La venenosa lengua del sobrestante ojos en el bochorno, al son de una victrola de sedantes voces,
las aguijaría con indecencias y no les daría respiro ni para satisfecha de ser hermosa, de ser deseada, de ser impura.
gemir. De noche dormirían en el tambo oscuro con los peones, ¡Pero yo era la muerte y estaba en marcha!…
en hedionda promiscuidad, defendiéndose de pellizcos y de
manoseos, sin saber quiénes las forzaban y poseían, en tanto ***
que la guardia pasaría número como indicando el turno a la
hombrada lúbrica: ¡uno!… ¡dos!… ¡tres!… En la ranchería autóctona de Ucuné nos regaló un cacique
De repente, con el augurio de tales visiones, el corazón tortas de cazabe y discutió con el Pipa el derrotero que debía-
empezó a crecerme dentro del pecho hasta postrarme en sofo- mos seguir: cruzar la estepa que va del Vichada al caño del
cadora impotencia. ¿Alicia llevaría en sus entrañas martiriza- Vúa, descender a las vegas del Guaviare, subir por el Inírida
das a mi hijo? ¿Qué tormento más inhumano que mi tormento hasta el Papunagua, atravesar un istmo selvoso en busca del
podía inventarse contra varón alguno? Y caí en un colapso sibi- Isana bramador, y pedirles a sus corrientes que nos arrojaran
lador y mi cabeza desangrábase bajo mis uñas. al Guainía, de negras ondas.
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Este trayecto, que implica una marcha de meses, resulta A veces llevábamos en guando la canoa, por las costas de
más corto que la ruta de los caucheros por el Orinoco y el Casi- los raudales, o la cargábamos en hombros, como si fuera la
quiare. Carenamos la embarcación con peramán, y nos dimos caja vacía de algún muerto incógnito a quien íbamos a buscar
a navegar sobre las enlagunadas sabanetas, arrodillados en la en remotas tierras.
canoa, en martirizadora incomodidad, con perros y víveres, —Esta curiara parece un féretro —dijo Fidel. Y el mulato
sacando, por turnos, en una concha, el agua impertinente de sibilino respondió:
las lluvias. —Bien puee ser pa nosotros mesmos.
El mulato Correa seguía con fiebres, ovillado entre la curiara, Aunque ignorados ríos nos ofrecían pródiga pesca, la falta de
bajo el bayetón llanero que otros días le sirvió para defenderse sal nos mermó el aliento y a los zancudos se sumaron los vam-
de los toros perseguidores. Cuando le oí decir que inclinaba la piros. Todas las noches agobiaban los mosquiteros, rechinando,
cabeza sobre el pecho para escuchar un tenaz gorgojo que le y era indispensable tapar los perros. Alrededor de la hoguera el
iba carcomiendo el corazón, lo abracé con lástima: tigre rugía, y hubo momentos en que los tiros de nuestros fusiles
—¡Ánimo, ánimo! ¡No pareces el hombre que conocí! alarmaron las selvas, siempre interminables y agresivas.
—Blanco, esa es la verdá. El que yo era quedó en los yanos. Una tarde, casi al oscurecer, en las playas del río Guaviare
Quejóseme de que el Pipa le quería “apretar la matu- advertí una huella humana. Alguien había estampado sobre la
rranga”, porque se resistió a prestarle el tiple. Llamé al marru- greda el contorno de un pie, enérgico y diminuto, sin que su
llero y lo sacudí. vestigio reapareciera por ninguna parte. El Pipa, que cazaba
—Si vuelves a asustar a este pobre muchacho con tantas peces con las flechas, acudió a mi llamamiento, y en breve todos
mentiras, te amarraré desnudo en un hormiguero. mis camaradas le hicieron círculo a la señal, procurando inda-
—No me crea usted de tan pésima índole. Cierto que les gar el rumbo que hubiera seguido. Pero Helí Mesa interrum-
apreté la maturranga a los fugitivos, pero a este socio se le ha pió la cavilación con esta noticia:
encajao que el maleficio es para él. Convénzase de lo que oye —¡He aquí el rastro de la indiecita Mapiripana!
—sacó de su mochila un manojo de paja, liada con alambre Y esa noche, mientras volteaba una tortuga en el asador,
por la mitad, como si fuera escoba inútil, y la desenrolló expo- remató sus polémicas con el Pipa:
niendo—: todas las noches la retorcía, pensando en el Barrera, —No sigas argumentándome que ha sido el Poira el que
para que sienta el estrangulamiento en la cintura y vaya trozán- anduvo anoche por estas playas. El Poira tiene pies torcidos, y
dose hasta dividirse. ¡Ah, si yo le pudiera clavar las uñas! Conste, como carga en la cabeza un brasero ardiente que no se le apaga
pues, que se salva por los miedos de este mulatico ignorante —y ni al sumergirse en los remansos, se ve dondequiera el hilo de
en diciendo esto, arrojó lejos la hechicería. ceniza indicadora. Tracemos en este arenal una mariposa, con
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el dedo del corazón, como exvoto propicio a la muerte y a los tal vez en esa arena donde ustedes están sentados, veíala robarse
genios del bosque, pues voy a contar la historia de la indiecita los huevos del terecay, y advirtió al fulgor de la luna llena que
Mapiripana. tenía un vestido de telarañas y apariencias de viudita joven. Con
A excepción de los maipureños, todos obedecimos. lujurioso afán empezó a seguirla, mas se le escapaba en las tinie-
blas; llamábala con premura, y el eco engañoso respondía. Así
* ** lo fue internando en las soledades hasta dar con una caverna
donde lo tuvo preso muchos años.
—La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silen- «Para castigarle el pecado de la lujuria, chupábale los labios
cios, la celadora de manantiales y lagunas. Vive en el riñón de hasta rendirlo, y el infeliz, perdiendo su sangre, cerraba los ojos
las selvas, exprimiendo las nubecillas, encauzando las filtracio- para no verle el rostro, peludo como el de un mono orangután.
nes, buscando perlas de agua en la felpa de los barrancos, para Ella, a los pocos meses, quedó encinta y tuvo dos mellizos abo-
formar nuevas vertientes que den su tesoro claro a los grandes rrecibles: un vampiro y una lechuza. Desesperado el misionero
ríos. Gracias a ella, tienen tributarios el Orinoco y el Amazonas. porque engendraba tales seres, se fugó de la cueva, pero sus
«Los indios de estas comarcas le temen, y ella les tolera la propios hijos lo persiguieron, y de noche, cuando se escondía,
cacería, a condición de no hacer ruido. Los que la contrarían lo sangraba el vampiro, y la lucífuga lo reflejaba, encendiendo
no cazan nada; y basta fijarse en la arcilla húmeda para com- sus ojos parpadeantes, como lamparillas de vidrio verde.
prender que pasó asustando los animales y marcando la huella «Al amanecer proseguía la marcha, dando al flácido estó-
de un solo pie, con el talón hacia adelante, como si caminara mago alguna ración de frutas y palmito. Y desde la que hoy se
retrocediendo. Siempre lleva en las manos una parásita y fue conoce con el nombre de Laguna Mapiripana, anduvo por tie-
quien usó primero los abanicos de palmera. De noche se la rra, salió al Guaviare, por aquí arriba, y, desorientado, remon-
siente gritar en las espesuras, y en los plenilunios costea las pla- tólo en una canoa que halló clavada en un varadero; pero le fue
yas, navegando sobre una concha de tortuga, tirada por bufeos, imposible vencer el chorrerón de Mapiripán, donde la indiecita
que mueven las aletas mientras ella canta. había enfurecido el agua, metiendo en la corriente enormes pie-
«En otros tiempos vino a estas latitudes un misionero, que dras. Descendió luego a la hoya del Orinoco y fue atajado por
se emborrachaba con jugo de palmas y dormía en el arenal los raudales de Maipures, obra endemoniada de su enemiga,
con indias impúberes. Como era enviado del cielo a derrotar la que hizo también los saltos del Isana, del Inírida y del Vau-
superstición, esperó a que la indiecita bajara cierta noche de los pés. Viendo perdida toda esperanza de salvación, regresó a la
remansos del Chupave, para enlazarla con el cordón del hábito y cueva, guiado por los foquillos de la lechuza, y al llegar vio que
quemarla viva, como a las brujas. En un recodo de estos playones, la indiecita le sonreía en su columpio de enredaderas florecidas.
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Postróse para pedirle que lo defendiera de su progenie, y cayó arrojara al agua al escuchar las voces de las corrientes: «¿Y para
sin sentido al escuchar esta cruel amonestación: “¿Quién puede nosotras no hay compasión? Cógenos en tus manos, para olvi-
librar al hombre de sus propios remordimientos?”. dar este movimiento, ya que la arena impía no nos detiene y le
«Desde entonces se entregó a la oración y a la penitencia tenemos horror al mar».
y murió envejecido y demacrado. Antes de la agonía, en su Apenas toqué las ondas se fugó la demencia, y comencé a
lecho mísero de hojas y líquenes, lo halló la indiecita tendido sufrir la tortura de que mi propio ser me causara recelo.
de espaldas, agitando las manos en el delirio, como para coger A veces, por distraer la preocupación, empuñaba el remo
en el aire a su propia alma; y al fenecer, quedó revolando entre hasta quedar exhausto, procurando indagar en las miradas de
la caverna una mariposa de alas azules, inmensa y luminosa mis amigos el estado de mi salud. Con frecuencia los sorpren-
como un arcángel, que es la visión final de los que mueren de día haciéndose guiños de desconsuelo, pero me estimulaban así:
fiebres en estas zonas». «No te fatigues mucho: hay que saber lo que son las fiebres».
Sin embargo, yo comprendía que se trataba de algo más
* ** grave y hacía esfuerzos poderosos de sugestión para conven-
cerme de mi normalidad. Enriquecía mis discursos con amenos
Nunca he conocido pavura igual a la del día que sorprendí a temas, resucitaba en la memoria antiguos versos, complacido de
la alucinación entre mi cerebro. Por más de una semana viví la viveza de mi razón, y me hundía luego en lasitudes letárgi-
orgulloso de la lucidez de mi comprensión, de la sutileza de mis cas, que terminaban de esta manera: «Franco, dime, por Dios,
sentidos, de la finura de mis ideas; me sentía tan dueño de la si me has oído algún disparate».
vida y del destino, hallaba tan fáciles soluciones a sus proble- Poco a poco mis nervios se restauraron. Una mañana des-
mas, que me creí predestinado a lo extraordinario. La noción perté alegre y me di a silbar un aire de amor. Más tarde me tendí
del misterio surgió en mi ser. Gozábame en adiestrar la fanta- sobre las raíces de una caoba, y, de cara a los grumos, me burlé de
sía y me desvelaba noches enteras, queriendo saber qué cosa la enfermedad, achacando a la neurastenia mis aprensiones pre-
es el sueño y si está en la atmósfera o en las retinas. téritas. Mas de pronto empecé a sentir que estaba muriéndome
Por primera vez mi desvío mental se hizo patente en el de catalepsia. En el vahído de la agonía me convencí de que no
fosco Inírida, cuando oí a las arenas suplicarme: «No pises tan soñaba. ¡Era lo fatal, lo irremediable! Quería quejarme, quería
recio, que nos lastimas. Apiádate de nosotras y lánzanos a los moverme, quería gritar, pero la rigidez me tenía cogido y sólo mis
vientos, que estamos cansadas de ser inmóviles». cabellos se alborotaban, con la premura de las banderas durante el
Las agité con braceo febril, hasta provocar una tolvanera, naufragio. El hielo me penetró por las uñas de los pies, y ascendía
y Franco tuvo que sujetarme por el vestido porque que no me progresivamente, como el agua que invade un terrón de azúcar;
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mis nervios se iban cristalizando, retumbaba mi corazón en su muerto. Era lo mejor que podía sucederle». Y sentí con angus-
caja vítrea y el globo de mi pupila relampagueó al endurecerse. tia desesperada los golpes de la pica en el arenal.
Aterrado, aturdido, comprendí que mis clamores no herían Entonces, en un esfuerzo superhumano, pensé al morir:
el aire; eran ecos mentales que se apagaban entre mi cerebro, «¡Maldita sea mi estrella aciaga, que ni en vida ni en muerte
sin emitirse, como si estuviera reflexionando. Mientras tanto, se dieron cuenta de que yo tenía corazón!».
proseguía la lucha tremenda de mi voluntad con el cuerpo inmo- Moví los ojos. Resucité. Franco me sacudía:
ble. A mi lado empuñaba una sombra la guadaña y principió —No vuelvas a dormir sobre el lado izquierdo, que das
a esgrimirla en el viento, sobre mi cabeza. Despavorido espe- alaridos pavorosos.
raba el golpe, mas la muerte se mantenía irresoluta, hasta que, ¡Pero yo no estaba dormido! ¡No estaba dormido!
levantando un poco el astil, lo descargó a plomo en mi cráneo.
La bóveda parietal, a semejanza de un vidrio ligero, tintineó al ***
resquebrajarse y sus fragmentos resonaron en lo interior, como
las monedas entre la alcancía. Los maipureños que vinieron del Vichada con Helí Mesa pare-
Entonces la caoba meció sus ramas y escuché en sus rumo- cían mudos. Adivinar su edad era empresa tan aleatoria como
res estos anatemas: calcularles los años a los careyes. Ni el hambre, ni la fatiga, ni
«Picadlo, picadlo con vuestro hierro, para que experi- las contrariedades alteraron el pasivo ceño de su indolencia. A
mente lo que es el hacha en la carne viva. ¡Picadlo aunque esté semejanza de los ánades pescadores, que exhiben en la playa
indefenso, pues él también destruyó los árboles y es justo que su pareja gris, acordes en el vuelo y en el descanso, siempre
conozca nuestro martirio!». juntos, señeros y tristes, convivían aquellos indígenas, enten-
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta diéndose a medias voces y apartándose de nosotros en las que-
meditación: «¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aún!». dadas, para acomodarse en mellizo grupo a sorber el pocillo de
Y una charca podrida me replicó: «¿Y mis vapores? ¿Acaso yucuta, después de encender las fogatas, de recoger las puyas
están ociosos?». de pescar, y de fornir anzuelos y guarales.
Pasos indiferentes avanzaron en la hojarasca. Franco acer- Nunca los vi mezclarse con los guahibos de Macucuana
cóse sonriendo y con la yema de su dedo índice me tentó la ni celebrarle al Pipa sus anécdotas y carantoñas. Ni pedían ni
pupila extática. «¡Estoy vivo, estoy vivo! —le gritaba dentro de daban nada. El catire Mesa era su intermediario y con él sos-
mí—. Pon el oído sobre mi pecho y escucharás las pulsaciones». tenían lacónicos diálogos, exigiendo la entrega de la curiara
Extraño a mis súplicas mudas, llamó a mis compañeros, —que era su única hacienda—, pues ansiaban tornar a su río.
para decirles, sin una lágrima: «Abrid la sepultura, que está —Ustedes deben acompañarnos hasta el Isana.
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y hacía vacilar el iris ingrávido, con un bamboleo de arcada nos devorara sin verter sangre, sin dar a los cadáveres livores
móvil entre la niebla de los hervideros. repulsivos. ¡Bello morir el de aquellos hombres, cuya existencia
A lo largo de ambas orillas erguía sus fragmentos el basalto apagóse de pronto, como una brasa entre las espumas, al tra-
roto por el río —tormentoso torrente en estrecha gorja—, y a vés de las cuales subió el espíritu haciéndolas hervir de júbilo!
la derecha, como un brazo que el cerro les tendía a los vórtices, Mientras corríamos por el peñasco a tirar el cable de sal-
sobreaguaba la hilera de rocas máximas con su serie de cascadas vamento, en el ímpetu de una ayuda tardía, pensaba yo que
fulgentes. Era preciso forzar el paso de la izquierda porque los cualquier maniobra que acometiéramos aplebeyaría la impo-
cantiles no permitían sacar en vilo la curiara. Acostumbrados nente catástrofe; y, fijos los ojos en la escollera, sentía el dañino
a vencer en estas maniobras, la sirgábamos por la cornisa de temor de que los náufragos sobreaguaran, hinchados, a mez-
un voladero, pero al dar con el triángulo de los arrecifes, resis- clarse en la danza de los sombreros. Mas ya el borbotón espu-
tióse a bandazos y cabezadas en el torbellino ensordecedor, falta mante había borrado con oleadas definitivas las huellas últimas
de lastre y de timonel. Helí Mesa, que dirigía el trajín titánico, de la desgracia.
montó el revólver al ordenarles a los maipureños que descen- Impaciente por la insistencia de mis compañeros, que ron-
dieran por una laja y ganaran de un salto la embarcación para daban de piedra en piedra, grité:
palanquearla de popa y de prora. Los briosos nativos obede- —¡Franco, tú eres un necio! ¿Cómo pretendes salvar a quie-
cieron, y dentro del leño resbaladizo, que zigzagueaba sobre nes perecieron súbitamente? ¿Qué beneficio les brindarías si
las espumas, forcejearon por impelerlo hacia la chorrera; mas resucitaran? ¡Déjalos ahí, y envidiemos su muerte!
de repente, al reventarse las amarras, la canoa retrocedió sobre Franco, que recogía desde la margen tablones rotos de la
el tumbo rugiente, y antes que pudiéramos lanzar un grito, el embarcación, se armó de uno de ellos para golpearme.
embudo trágico los sorbió a todos. —¿Nada te importan tus amigos? ¿Así nos pagas? ¡Jamás
Los sombreros de los dos náufragos quedaron girando en te creí tan inhumano, tan detestable!
el remolino, bajo el iris que abría sus pétalos como la mariposa Yo, en el estallido de su cólera, permanecía perplejo. Tuve
de la indiecita Mapiripana. vagas nociones del deber y busqué con la mirada mi carabina.
Por sobre el eco de los torrentes me herían las palabras de la
* ** agresión, que Franco seguía emitiendo a gritos, a la par que
manoteaba ante mi rostro. Jamás había conocido yo una ira-
La visión frenética del naufragio me sacudió con una ráfaga de cundia tan elocuente y tumultuosa. Habló de su vida sacrifi-
belleza. El espectáculo fue magnífico. La muerte había escogido cada por mi capricho, habló de mi ingratitud, de mi carácter
una forma nueva contra sus víctimas, y era de agradecerle que voluntarioso, de mi rencor. Ni siquiera había sido leal con él
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La vorágine José Eustasio Rivera
cuando pretendí disfrazarle mi condición en La Maporita: heroica: «Este apagó la vela para venírseme por las malas, y
decirle que era hombre rico, cuando la penuria me denunciaba aquí lo tienes». ¡Estaba revolcándose en su propia sangre!
como un herrete; decirle que era casado, cuando Alicia reve- «La Griselda, por culpable que resultara, se había redi-
laba en sus actitudes la indecisión de la concubina. ¡Y celarla mido con su bravura. Le quité el puñal y me di preso, decla-
como a una virgen después de haberla encanallado y perver- rando ser autor de todo. Pero el capitán evitó el escándalo. ¡No
tido! ¡Y desgañitarme porque otro se la llevaba, cuando yo, al acusó a nadie!
raptarla, la había iniciado en la perfidia! ¡Y seguirla buscando «Digan estos que me oyen, cómo me expoliaba el juez de
por el desierto, cuando en las ciudades vivían aburridas de su Orocué. Quiso sumariar mi amancebamiento, pero vaciló ante
virtud solícitas mujeres de índole dócil y de hermosa estampa! la idea de que pudiéramos ser casados. Por eso la Griselda, que
¡Y arrastrarlos a ellos en la aventura de un viaje mortífero, para es mujer vivaz, no perdía ocasión de predicar nuestro matri-
alegrarme de que perecieran trágicamente! ¡Todo por ser yo monio. En esa mentira se apoyaba nuestra conveniencia. ¡Juro
un desequilibrado tan impulsivo como teatral! que he dicho la verdad!».
Esta última frase me cayó como un martillazo. ¡Yo desequi- Tanta sorpresa me causaron aquellos hechos, que sen-
librado! ¿Por qué? ¿Por qué? Apresuréme a devolver el golpe, tía un mareo de confusión e incertidumbre. Fidel seguía des-
y fue feliz mi acometida. nudando su corazón y descubriendo dramas íntimos, penas
—¡So estúpido! ¿En dónde está mi desequilibrio? ¡Lo que de hogar, hastíos de convivencia con la homicida, proyectos de
voy haciendo por Alicia lo hiciste ya por la Griselda! ¿Crees anhelada separación. Todos los días cultivó el deseo de que la
que no lo sabía? ¡Por ella asesinaste a tu capitán! mujer lo abandonara, ahorrándole así la vergüenza de repu-
Y para ofenderlo con mayor ahínco, agregué, parodiando diarla sin motivo justificable. Mas ella, por desgracia, no le había
un concepto célebre: sido infiel, y de tal manera se dio a considerarlo y atenderlo,
—¡No está lo malo en tener querida, sino en casarse con ella! que lo ligó indestructiblemente con una lástima cariñosa, supe-
Mientras lo hería con risotadas de sarcasmo, apoyóse en la rior al más grave desvío. Para ella había organizado, a fuerza
roca enhiesta. Hubo un instante en que creía que fuera a caer. de sudores, la fundación de La Maporita. Quería dejarle un
Mi voz lo había traspasado como una lanza. Entonces escuché pasar mediano, mientras prescribía la deserción, para después
revelaciones abrumantes: volverse a Antioquia. Mas cuando se dio cuenta de que Barrera
—Yo no le di muerte a mi capitán. Lo apuñaló la Griselda la anhelaba, se encendió en celos. Tal vez sin mi ejemplo per-
misma. Aquí está el catire Mesa, que fue a darme el aviso. Es nicioso, se hubiera resignado a dejarla libre; pero yo le conta-
verdad que en la sala oscura hice tiros, sin saber cómo. La mujer gié mi furor nefario y ahora seguía mis pasos hacia el desastre.
me quitó el revólver y encendió luz, advirtiéndome con frase Y ya era imposible la reflexión.
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¡No podía volver atrás! ¡Ni viva ni muerta admitiría a la —¿Qué es esto, Alicia? ¿A tal punto has perdido la timidez?
desertora, pero tampoco iba a causarle daño! ¡En verdad, no Sin responderme, encogióse de hombros, pero su compa-
sabía qué hacer! ñera dictaminó sonriendo:
No guardo otra memoria de su discurso: aunque lo oía, no —¡Es que las mujeres debemos saber de too! Ya no hay
lo escuchaba. El velo del pasado se descorrió a mis ojos. Olvi- garantía ni con los maríos.
dados detalles se esclarecieron y me di cuenta de inadvertidas Helí Mesa vino a interrumpir mi meditación con esta súplica:
circunstancias. ¡Con razón la niña Griselda quería emigrar! —¡Una amistad como la de ustedes resiste choques! Este
¡Por algo elevó sus alaridos de consternada el día que empuñé altercado no tiene importancia. Las manos del teniente no se
mi cuchillo contra Millán para impedir que arrebatara la mer- han manchado. Puede estrecharlas.
cancía de don Rafael! El relampagueo del arma lúcida le repre- Mientras oprimía las de Fidel, le ordené al Catire:
sentaría la escena terrible, cuando sobre la sangre del seductor —¡Dame también las tuyas, que por justicieras se mancharon!
encendió la vela, señalándolo: «Quiso venírseme por las malas, El Pipa y los guahibos se fugaron aquella noche.
y aquí lo tienes». Recordé asimismo sus sentencias contra los
hombres y hasta el estribillo con que morigeraba mis atrevi- ***
mientos: «¡Si no has de yevarme, no seas indino! ¿Qué tas pen-
sando? ¡Con vos he sido mujer chancera, pero con otros… me —Amigos míos, faltaría a mi conciencia y a mi lealtad si
hice valé!». Y, estremecida, descargaba el puño sobre mi pecho no declarara en este momento, como anoche, que sois libres de
como para clavarme el hierro vengador. seguir vuestra propia estrella, sin que mi suerte os detenga el
Y de esa mujer sonriente salvaje había hecho Alicia su ase- paso. Más que en mi vida pensad en la vuestra. Dejadme solo,
sora, su confidente. En su alma reconcentrada e inexperta iba que mi destino desarrollará su trayectoria. Aún es tiempo de
desarrollándose un carácter nuevo, bajo la influencia peligrosa regresar a donde queráis. El que siga mi ruta, va con la muerte.
de la amiga. Pensando tal vez que yo la repudiaría en cualquier «Si insistís en acompañarme, que sea corriendo el mundo
momento, puso su esperanza en el amparo de la patrona, a por cuenta propia. Seremos solidarios por la amistad y el pro-
quien imitaba hasta en sus defectos, sin admitir mis reconven- vecho común; pero cada cual afrontará por separado su des-
ciones, para darme a entender que no estaba sola y que podía tino. De otra manera no aceptaré vuestra compañía.
yo abandonarla cuando quisiera. «Decís que desde la boca de esta corriente en el Guaviare
Cierta vez la niña Griselda, ausente yo, le daba clases de sólo se gasta media jornada en bajar al pueblo de San Fernando.
tiro al blanco. Sorprendílas con el revólver humeante, y per- Si no teméis que el coronel Funes pueda prenderos como sos-
manecieron impasibles, como si estuvieran con la costura. pechosos, desandad las orillas de estos rápidos, haceos una
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balsa de platanillos y dejadla rodar hacia el Atabapo. Vuestra —Y dale que dale con la fregancia de que veía humos en
despensa está en los montes: leche de seje, tallos de manaca. los riscos. Y no admitía que eran vapores de otras cascaas.
«Por mi parte, sólo os demando que me ayudéis a ganar la —Pero es innegable que ha andado gente por aquí —obser-
opuesta margen. Aseveraban los maipureños que el Papunagua vó Mesa—. Miren la povata del remanso: espinas de pescado,
abre su delta a pocos kilómetros de este salto y que allí moran fogones, cáscaras.
los indios puinaves. Con ellos quiero atreverme hasta el Guainía. —Algo más raro aún —agregó Franco—. Latas de sal-
Y ya sabéis lo que pretendo, aunque parezcan cosas de loco». món, botellas vacías. No se trata de indios solamente. Estos
Así amonesté a mis compañeros la mañana que amaneci- son gomeros recién entrados.
mos en el Inírida abandonados sobre unas rocas. Al escuchar tales palabras pensé en Barrera, mas afirmó el
El catire Mesa respondió por todos: Catire, cual si adivinara mis cavilaciones:
—Los cuatro formaremos un solo hombre. No hemos nacido —Tengo plena evidencia de que nuestra gente está en el
para reliquias. ¡A lo hecho, pecho! Guainía. Por lo demás, los rastros son pocos. No han pisoteado
Y me precedió por la orilla abrupta, buscando el punto el arenal veinte personas, y todas las huellas son de pies grandes.
mejor para aventurarnos en la travesía, sin llevar otro equipo Estos han sido venezolanos. Conviene tirarnos a la otra orilla
que los chinchorros y las armas. para buscar más señas. En la línea oscura de aquellos montes
Claramente, desde aquel día tuve el presentimiento de lo fatal. se ve un claro. Tal vez el estuario del río Papunagua.
Todas las desgracias que han sucedido se me anunciaron en ese Y aquella tarde, tendidos de pecho en una balsa y bra-
momento. Sin embargo, avancé indomable por la playa arriba, ceando en la espuma por falta de remos, pasamos a la opuesta
mirando a veces, con íntimo afán, la contraria costa, seguro de riba, sobre la onda apacible que ensangrentaba el sol.
que mis plantas no volverían a hollar nunca el suelo que invadían.
Cuando mis ojos encontraban los de Fidel, sonreíamos silenciosos. ***
—Mejor que el Pipa se picuriara —exclamó Correa—. Ese
bandío endemoniao y repelente era peligroso. ¡Cómo fregó con Mi dureza contra el vigía fue bestial. Lo hubiera matado al
la cantaleta de que saliéramos al Guainía por el arrastraero del menor intento de resistencia. Cuando bajaba con trémulos pies
caño Neuquén! ¡Toos estos montes le metían mieos! Pero más los escalones del palo oblicuo que servía de escalera al zarzo,
el coronel Funes. lo empujé para que cayera; y al mirarlo de bruces, inofensivo,
—Dice bien —le repuse—. Siempre temía que en cualquier atolondrado, lo agarré por el pelo para verle la cara. Era un
raudal saliera a atacarnos la indiada prófuga que se guarece anciano de elevada estatura, que me miraba con tímidos ojos
en este desierto, donde son sus defensas chorros y espesuras. y erguía los brazos sobre la cabeza por impedir que lo mache-
teara. Sus labios se estremecían con suplicantes balbuceos:
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—¡Por Dios! ¡No me mate usted, no me mate usted! como el Cayeno tiene correos, le llegó el aviso al día siguiente.
Al escuchar tal imploración, percibiendo la semejanza que Trajo desde el Isana veinticinco hombres y asaltó a los navegantes.
la ancianidad venerable da a los hombres, me acordé de mi —Esa embarcación —repuso el Catire— fue la de la hue-
anciano padre, y, con alma angustiada, abracé al cautivo para llas en los playones. Esos eran los humos que observaba el Pipa.
levantarlo del suelo en que yacía. En mi propio sombrero le —Díganos usted qué gente era esa.
ofrecí agua. —Unos secuaces del coronel, que venían de San Femando
—Perdóneme —le dije—, no me había dado cuenta de a robar caucho y cazar indios. Todos murieron. Y es costum-
su vejez. bre colgarlos para escarmiento de los demás.
Mientras tanto, mis compañeros, que sitiaban el barracón —¿Y el Cayeno dónde se halla?
para garantizar mi acometida, saquearon el zarzo, antes que —Hace lo que los otros venían a hacer.
pudiera contenerlos. Persona alguna hallábase en él. Bajaron El viejo agregó después de una pausa:
con la carabina del prisionero. —Y la tropa de ustedes, ¿dónde está? ¿Por dónde vino sin
—¿De quién es este máuser? —le gritó Franco. que la vieran?
—Mío, señor —dijo el aludido con voz agitada. —Una parte esculca los montes; otra, ya remonta el Papu-
—¿Y qué hace usted aquí armado de máuser? nagua. El Cayeno asesinó nuestra descubierta mientras forzá-
—Me dejaron enfermo hace días… bamos los raudales.
—¡Usted es centinela de los raudales! ¡Y si lo niega, lo —Señor, dígale a su gente que si da con tambos desiertos no
fusilamos! utilice el mañoco que en ellos encuentre. Ese mañoco tiene veneno.
El hombre, vuelto hacia Franco, quería postrarse: —¿También los mapires que están aquí?
—¡Por Dios, no me mate! ¡Piedad de mí! —También. El mañoco que sirve lo tenemos oculto.
—¿Dónde están —pregunté— las personas que lo dejaron? —Tráigalo, y coma usted en nuestra presencia.
—Se fueron antier para el alto Inírida. Cuando el anciano se movió para obedecerme, le miré las
—¿Qué cadáveres han guindado sobre los peñascos cime- canillas llenas de úlceras. Diose cuenta de mis miradas y con
ros del río? acento humilde encareció:
—¿Cadáveres? —Abran ustedes mismos el mapire. Verdaderamente, pro-
—¡Sí, señor; sí, señor! Los encontramos esta mañana por- voco asco.
que los zamuros los denunciaron. Cuelgan de unas palmeras, Y al recibir la afrechosa harina que le ofreció el mulato en
desnudos, amarrados con alambres por las mandíbulas. una totuma, empezó a ingerirla, sin velar sus lágrimas.
—Es que el coronel Funes vive en guerra con el Cayeno. Hace Por reanimarlo, le dije solícito:
una semana que los vigías vieron remontar una embarcación. Y
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—No se aflija usted si la vida es dura. Déjenos saborear rencores y caprichos, antes que cejar en mis propósitos. ¿Por
sus provisiones. ¡Usted es alguien! Ya seremos buenos amigos. qué don Clemente Silva no me descerrajó un tiro, si con esa ilu-
sión lo asalté? ¿Por qué se retardaba el Cayeno con las cadenas
* ** y los suplicios? ¡Ojalá me guindara de un árbol, donde el sol
pudriera mis carnes y el viento me agitara como un péndulo!
Aquella noche incendiaban la sombra los relámpagos y la selva —¿Dónde está don Clemente Silva? —le pregunté al catire
crujía con rumores tétricos. Hasta cuando el viento lluvioso Mesa cuando amaneció.
apagó la hoguera, estuve escuchando la conversación de mis —Lavándose la cara en la zanjita.
camaradas con el inválido; pero me vencía pesado sueño y perdí —¿Y por qué lo dejaron solo? Si se fugara…
la ilación de la conferencia. El viejo se llamaba Clemente Silva —No hay ningún temor: Franco anda con él. Toda la
y decía ser pastuso. Dieciséis años había vagado por los mon- madrugada estuvo quejándose de la pierna.
tes, trabajando como cauchero, y no tenía ni un solo centavo. —¿Y tú qué opinas de ese pobre viejo?
En un momento que desperté, exponía en el tono explícito —Es nuestro paisano y no lo sabe. Creo que se le debe con-
de quien hace constar un favor: fesar todo y pedirle ayuda.
—Yo vi las avanzadas de ustedes. Tres nadadores cruza- Cuando bajé a la fuente, me enternecí al ver que Fidel le
ban el río. Temeroso de que el Cayeno regresara, callé. Y hoy, lavaba las llagas al afligido. Este, al sentir mis pasos, avergon-
cuando había resuelto coger la trocha… zóse de su miseria y alargó hasta el tobillo el pantalón. Con
—Hola —interrumpí, enderezándome en el chinchorro—. turbado acento me contestó los buenos días.
¿Cuántas personas vio usted? ¿Y cuándo? —¿Esas lacraduras de qué provienen?
—Tengo seguridad de lo que digo: tres nadadores, hace dos —Ay, señor, parece increíble. Son picaduras de sanguijue-
días. Serían las siete de la mañana. Por más señas, traían sus las. Por vivir en las ciénagas picando goma, esa maldita plaga
ropas amarradas en la cabeza. Ha sido milagro que el Cayeno nos atosiga, y mientras el cauchero sangra los árboles, las san-
no los capturara. Pasan tantas cosas en este infierno… guijuelas lo sangran a él. La selva se defiende de sus verdugos,
—Buenas noches. Sé quiénes son. No conversemos más. y al fin el hombre resulta vencido.
Así dije para evitar posibles indiscreciones de mis com- —A juzgar por usted, el duelo es a muerte.
pañeros. Pero ya no pude dormir, pensando en el Pipa y los —Eso sin contar los zancudos y las hormigas. Está la veinti-
indígenas. Ante los peligros que nos rodeaban me sentía ner- cuatro, está la tambocha, venenosas como escorpiones. Algo peor
vioso, alicaído; mas formé la resolución de acabar con aquella todavía: la selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos
vida de sobresaltos, sucumbiendo de cualquier modo, con mis más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado
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espino, y la codicia quema como fiebre. El ansia de riquezas con- —Ay, señor, la desgracia lo anula a uno.
valece al cuerpo ya desfallecido, y el olor del caucho produce la —¿Y por qué no se vuelve a su tierra? ¿Qué podemos hacer
locura de los millones. El peón sufre y trabaja con deseo de ser para libertarlo?
empresario que pueda salir un día a las capitales a derrochar la —Gracias, señor.
goma que lleva, a gozar de mujeres blancas y a emborracharse —Por ahora, es preciso curar sus llagas. Permítame que le
meses enteros, sostenido por la evidencia de que en los montes haga remedios.
hay mil esclavos que dan sus vidas por procurarle esos placeres, Y aunque el viejo, asombrado, se resistía, remanguéle hasta
como él lo hizo para su amo anteriormente. Sólo que la realidad la corva el pantalón, y me arrodillé para examinarlo.
anda más despacio que la ambición y el beriberi es mal amigo. —Fidel, ¿estás ciego? ¡En estas úlceras hay gusanos!
En el desamparo de vegas y estradas, muchos sucumben de calen- —¡Gusanos! ¡Gusanos!
tura, abrazados al árbol que mana leche, pegando a la corteza —Sí, hay que buscar otoba para matárselos.
sus ávidas bocas, para calmar, a falta de agua, la sed de la fie- El viejo comentaba quejándose:
bre con caucho líquido; y allí se pudren como las hojas, roídos —¿Será posible? ¡Qué humillación! ¡Gusanos, gusanos! ¡Y fue
por ratas y hormigas, únicos millones que les llegaron, al morir. que un día me quedé dormido y me sorprendieron los moscones!
«El destino de otros es menos precario: a fuerza de ser crue- Cuando lo condujimos a la barraca repetía:
les ascienden a capataces, y esperan cada noche, con libreta —¡Engusanado, engusanado y estando vivo!
en mano, a que entreguen los trabajadores la goma extraída
para asentar su precio en la cuenta. Nunca quedan contentos ***
con el trabajo y el rebenque mide su disgusto. Al que trajo diez
litros le abonan sólo la mitad, y con el resto enriquecen ellos —Sepa usted —le dije esa tarde— que soy por idiosin-
su contrabando, que venden en reserva al empresario de otra crasia el amigo de los débiles y de los tristes. Aunque supiera
región, o que entierran para cambiarlo por licores y mercan- que usted iba a traicionarnos mañana mismo, sería respetada
cías al primer chuchero que visite los siringales. Por su parte, su invalidez de hoy. No sé si tengan crédito mis palabras, pero
algunos peones hacen lo propio. La selva los arma para des- piense que podríamos ultimarlo, sólo por ser cómplice de un
truirlos, y se roban y se asesinan, a favor del secreto y la impu- bandido como el Cayeno. Me ruega usted que le diga a dónde
nidad, pues no hay noticia de que los árboles hablen de las queremos conducirlo preso y si le permito lavar sus trapos para
tragedias que provocan». morir con ropa limpia; pues bien, ni lo mataremos ni lo apre-
—¿Y usted por qué soporta tantas desdichas? —repliqué samos. Antes, le pido que se encargue de nuestra suerte, por-
indignado. que somos paisanos suyos y venimos solos.
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El anciano púsose en pie para convencerse de que no soñaba. dos mil soles; la pagó con mercaderías, me llevó a Manaos y
Sus ojos incrédulos nos medían con insistencia, y tendiendo los a Iquitos, sin reconocerme jornal ninguno, y luego me vendió
brazos hacia nosotros, exclamó: por seis contos de reis a su compatriota Miguel Pezil, para los
—¡Sois colombianos! ¡Sois colombianos! gomales de Naranjal y Yaguanarí.
—Como lo oye, y amigos suyos. —Hola, ¿qué dice usted? ¿Conoce el siringal de Yaguanarí?
Paternalmente nos fue estrechando contra su pecho, sacu- Franco, el Catire y el Mulato prorrumpieron:
dido por la emoción. Después quiso hacernos preguntas promis- —¡Yaguanarí…! ¡Yaguanarí! ¡Para allá vamos!
cuas, acerca de la patria, de nuestro viaje, de nuestros nombres. —¡Sí, señores! Y, según decía la madona, llegaron hace
Mas yo le interrumpí de esta manera: un mes a dicho lugar veinte colombianos y varias mujeres a
—Ante todo, jure usted que contaremos con su lealtad. picar goma.
—¡Lo juro por Dios y por su justicia! —¡Veinte! ¡Tan sólo veinte! ¡Si eran setenta y dos!
—Muy bien. ¿Pero qué piensa hacer con nosotros? ¿Cree Hubo un grave silencio de indecisión. Nos mirábamos unos
usted que el Cayeno nos matará? ¿Será necesario matarlo a él? a otros, fríos y pálidos. Y repetíamos inconscientes:
Y agregué para ayudarlo en su desconcierto: —¡Yaguanarí! ¡Yaguanarí!
—O mejor: ¿el Cayeno puede volver aquí?
—No lo creo. Se fue para Caño Grande a robar caucho ***
y cazar indios. No tiene interés ninguno en regresar pronto a
sus barracones del Guaracú, donde está la madona, que ha —Como ya les dije —agregó don Clemente Silva, después
venido a cobrarle. de que le relatamos nuestra odisea—, no puedo suministrar
—¿Quién es esa madona de que habla? otros informes. Conozco a Barrera de oídas, pero sé que tiene
—Es la turca Zoraida Ayram, que anda por estos ríos nego- negocios con Pezil y con el Cayeno y que tratan de liquidar la
ciando corotos con los siringueros y tiene en Manaos una pul- compañía porque la madona reclama el pago de un dinero y
pería de renombre. se niega a conceder más prórrogas. Entiendo que Barrera se
—Oiga usted. Es indispensable que nos conduzca al Gua- había obligado a sacar de Colombia un personal de doscientos
racú, para hablar con la señora Zoraida Ayram, antes que hombres; mas se apareció con número exiguo, pues ha venido
regrese el Cayeno. abonando a sus acreedores deudas viejas con caucheros de los
—La conozco mucho y fui su sirviente. Ella me trajo al Río que trae. Por lo demás, los colombianos no tenemos precio
Negro desde el Putumayo. Me trataban allí tan mal, que me en estas comarcas: dicen que somos insurrectos y volvedores.
eché a sus pies rogándole que me comprara. Mi deuda valía Comprendo perfectamente el deseo de ponerse al habla con
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la madona; pero es preciso tener paciencia. Mi turno de vigía —Mulato —sentencié—: no tengas miedo. ¡Venimos a
sólo se vence el sábado próximo. jugar la vida!
—Y si su relevo nos sorprendiera, ¿qué diría? —En cuanto a eso, no sabría qué aconsejarles. El Cayeno
—No hay cuidado. Él bajará por el Papunagua y nosotros es cauteloso y cruel como un cazador. Cierto que ustedes nada
regresaremos por la pica nueva, dejándole un fogón prendido le deben y que van de paso hacia el Brasil. Pero si se le antoja
para que vea que estuve aquí. Desde este zarzo se domina el decir que se picurearon de otras barracas…
río y se divisan los navegantes. No comprendo cómo me cap- —Explique, don Clemente. Poco sabemos de estas costumbres.
turaron ustedes. —Cada empresario de caucherías tiene caneyes, que sir-
—Veníamos perdidos por esta ribera. Y como los perros ven de viviendas y bodegas. Ya conocerán los del Guaracú.
encontraron huellas humanas… Mas ese detalle poco importa. Esos depósitos o barracas jamás están solos, porque en ellos se
¿Conque será preciso esperar? guarda el caucho con las mercancías y las provisiones y moran
—Y aparecer en las barracas a la hora que el Váquiro esté allí los capataces y sus barraganas.
ausente, inspeccionando en las estradas a los caucheros. Ese «El personal de trabajadores está compuesto, en su mayor
capataz es muy malgeniado. Cuando yo les señale los caneyes, parte, de indígenas y enganchados, quienes, según las leyes de
se presentan ustedes, solos, a quejarse de que traían, para ven- la región, no pueden cambiar de dueño antes de dos años. Cada
der, mañoco fresco y unos gendarmes se lo arrebataron. Allá individuo tiene una cuenta en la que se le cargan las baratijas
se sabe ya que esos gendarmes eran de Funes y que el Cayeno que le avanzan, las herramientas, los alimentos, y se le abona
los acuchilló. Agreguen que les trambucaron en los raudales el caucho a un precio irrisorio que el amo señala. Jamás cau-
la curiara, y tuvieron ustedes que venirse por las orillas y los chero alguno sabe cuánto le cuesta lo que recibe ni cuánto le
montes, hasta que yo les puse la mano. Adviértanle que, como abonan por lo que entrega, pues la mira del empresario está
venían a pedir auxilio, los llevé a la trocha del Guaracú, y que en guardar el modo de ser siempre acreedor. Esta nueva espe-
ustedes llegan, acatando mis instrucciones, a implorar garan- cie de esclavitud vence la vida de los hombres y es transmisi-
tías. Ese discurso agradará, porque aumenta el crédito de la ble a sus herederos.
empresa y desmiente a sus detractores. «Por su lado, los capataces inventan diversas formas de
—Cuente usted con que la novela tendrá más éxito que expoliación: les roban el caucho a los siringueros, arrebátanles
la historia. hijas y esposas, los mandan a trabajar a caños pobrísimos, donde
—Yo llegaré luego para hacer resaltar la circunstancia de no pueden sacar la goma exigida, y esto da motivo a insultos y
que ustedes se fueron solos y no desconfiaron. a latigazos, cuando no a balas de wínchester. Y con decir que
—¿Y si nos ponen a trabajá? —observó Correa. fulano se picureó o que murió de fiebre, se arregla el cuento.
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«Mas no es justo olvidar la traición y el dolo. No todos los vergüenza. El mío es una mácula de familia: ¡mi hija María
peones son palomas blancas: algunos solicitan enganche sólo Gertrudis “dio su brazo a torcer”!
para robarse lo que reciben, o salir a la selva por matar a algún Había tal dolor en las palabras de don Clemente, que noso-
enemigo o sonsacar a sus compañeros para venderlos en otras tros aparentábamos no comprender. Franco se cortaba las uñas
barracas. con la navaja, Helí Mesa escarbaba el suelo con un palillo, yo
«Esto dio pie a un convenio riguroso, por el cual se com- hacía coronas con el humo del cigarro. Tan sólo el mulato pare-
prometen los empresarios a prender a todo individuo que no cía envaído en la punzante narración.
justifique su procedencia o que presente el pasaporte sin la —Sí, amigos míos —continuó el anciano—. El miserable
constancia de que pagó lo que debía y fue dado libre por su que la engañaba con promesa de matrimonio la sedujo en
patrón. A su vez, las guarniciones de cada río cuidan de que mi ausencia. Mi pequeño Luciano abandonó la escuela y fue
tal requisito se cumpla inexorablemente. a buscarme al pueblo vecino, donde yo ejercía un modesto
«Mas esta medida es fuente inexhausta de abusos y secues- empleo, para contarme que los novios hablaban de noche
tros. ¿Si el amo se niega a expedir el salvoconducto? ¿Si el cap- por el solar y que su madre lo había reñido cuando le dio
turador despoja de él a quien lo presenta? Réstame aún advertir noticia de ello. Al oír su relato perdí el aplomo, regañélo por
a ustedes que es frecuentísimo el último caso. El cautivo pasa a calumniador, exalté la virtud de María Gertrudis y le pro-
poder de quien lo cogió, y este lo encentra en sus siringales a hibí que siguiera oponiéndose con celos y malquerencias al
trabajar como preso prófugo, mientras se averigua “lo conve- matrimonio de los jóvenes, que ya habían cambiado argollas.
niente”. Y corren años y años, y la esclavitud nunca termina. Desesperado, el pequeñuelo empezó a llorar y me declaró
¡Esto es lo que me pasa con el Cayeno! que estaba resuelto a perder la tierra antes que la deshonra
«¡Y he trabajado dieciséis años! ¡Dieciséis años de mise- de la familia lo hiciera sonrojarse ante sus compañeros de
ria! ¡Mas poseo un tesoro que vale un mundo, que no pueden escuela primaria.
robarme, que llevaré a mi tierra si llego a ser libre: un cajon- «Montado en una borrica, se lo envié a mi esposa con
cito lleno de huesos! un peón, que llevaba cartas para esta y María Gertrudis, lle-
nas de admoniciones y consejos. ¡Ya María Gertrudis no
* ** era hija mía!
«Calculen ustedes cuál sería mi pena en presencia de mi
«Para poder contarles mi historia —nos dijo esa tarde—, ten- deshonor. Medio loco olvidé el hogar por perseguir a la fugi-
dría que perder el pudor de mis desventuras. En el fondo tiva. Acudí a las autoridades, imploré el apoyo de mis amigos,
de cada alma hay algún episodio íntimo que constituye su la protección de los influyentes; todos me hacían tragar las
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La vorágine José Eustasio Rivera
lágrimas obligándome a referir detalles pérfidos y, al final, con —Don Clemente: no resucite esos recuerdos que hacen
gesto de lástima, me recriminaban así: “La responsabilidad es daño. Procure omitir en su narración todo lo sagrado y lo sen-
de los padres. Hay que saber educar a los hijos”. timental. Háblenos de sus éxodos en la selva.
«Cuando humillado por la tortura volví a casa, me espe- Por un momento estrechó mi mano, murmurando:
raba un nuevo dolor: la pizarra de Lucianito pendía del muro, —Es cierto. Hay que ser avaro con el dolor.
cerca al pupitre donde la brisa agitaba las páginas de un libro «Pues bien: seguí las huellas de Lucianito hacia el Putumayo.
descuadernado; en el cajón vi los premios y los juguetes: la Fue en Sibundoy donde me dijeron que había bajado con unos
cachucha que le bordó la hermana, el reloj que le regalé, hombres un muchachito pálido, de calzón corto, que no repre-
la medallita de la mamá. Reteñidas en la pizarra, bajo una sentaba más de doce años, sin otro equipaje que un pañuelo
cruz, leí estas palabras: ¡Adiós, adiós! con ropa. Negóse a decir quién era, ni de dónde venía, pero
«Más que la parálisis, mató la pena a mi pobre esposa. sus compañeros predicaban con regocijo que iban buscando
Sentado a la orilla del lecho, la veía empapar en llanto la las caucherías de Larrañaga, ese pastuso sin corazón, socio de
almohada, procurando infundirle el consuelo que no he cono- Arana y otros peruanos que en la hoya amazónica han escla-
cido jamás. A veces me agarraba del brazo y lanzaba su grito vizado más de treinta mil indios.
demente: “¡Dame mis hijos! ¡Dame mis hijos!”. Por aliviarla «En Mocoa sentí la primera vacilación: los viajeros habían
acudí al engaño: inventéle que había logrado hacer casar a pasado, pero nadie pudo decirme qué senda del cuadrivio
María Gertrudis y que Lucianito estaba interno en el instituto. siguieron. Era posible que hubieran ido por tierra al caño
Saboreando su pesadumbre la encontró la muerte. Guineo, para salir al Putumayo, un poco arriba del puerto
«Un día, viendo que nadie, ni parientes ni amigos, me acom- de San José, y bajar el río hasta encontrar el Igaraparaná;
pañaban, llamé por el cercado a mi vecina para que viniera tampoco era improbable que hubieran tomado la trocha de
a cuidar a la enferma, mientras me ausentaba en busca del Mocoa a Puerto Limón, sobre el Caquetá, para descender
médico. Cuando regresé, vi que mi esposa tenía en las manos por esa arteria al Amazonas y remontar este y el Putumayo
la pizarra de Lucianito y que la remiraba, convencida de que en busca de los cauchales de La Chorrera. Yo me decidí por
era el retrato del pequeñuelo. ¡Así acabó! Al colocarla en el la última vía.
ataúd sollocé esta frase: “¡Juro por Dios y por su justicia que «Por fortuna, en Mocoa me ofreció curiara y protección un
traeré a Luciano, vivo o muerto, a que acompañe tu sepul- colombiano de amables prendas, el señor Custodio Morales,
tura!”. Le besé la frente y puse sobre el pecho de la infeliz la que era colono del río Cuimañí. Indicóme el peligro de aco-
pizarra yerta, para que llevara a la eternidad la cruz que su meter los rápidos de Araracuara, y me dejó en Puerto Pizarro
propio hijo había estampado». para que siguiera, al través de los grandes bosques, por el rumbo
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La vorágine José Eustasio Rivera
que va al puerto de La Florida, en el Caraparaná, donde los de Colombia, Venezuela, Perú y Brasil, negros de las Antillas,
peruanos tenían barracas. vociferaban pidiendo alcohol, pidiendo mujeres y chucherías.
«Solo y enfermo emprendí ese viaje. Al llegar solicité engan- Entonces, desde una trastienda, aventábanles triquitraques,
che y abrí una cuenta. Ya me habían dicho que a mi pequeño botones, potes de atún, cajas de galletas, tabaco de mascar,
no se le conocía en la región; pero quise convencerme y salí a alpargatas, franelas, cigarros. Los que no podían recoger nada,
trabajar goma. empujaban, por diversión, a sus compañeros sobre el objeto que
«Era verdad que en mi cuadrilla no estaba el niño, pero caía, y encima de él arracimábase el tumulto, entre risotadas y
podía hallarse en otras. Ningún cauchero oyó jamás su nombre. pataleos. Del otro lado, junto a las lámparas humeantes, había
A veces se alegraba mi reflexión al considerar que Lucianito no grupos nostálgicos, escuchando a los cantadores que entonaban
había palpado la bruta inmoralidad de esas costumbres; mas aires de sus tierras: el bambuco, el joropo, la cumbia-cumbia.
¡cuán poco me duraba el consuelo! Era seguro que se encon- De repente, un capataz velludo y bilioso se encaramó sobre una
traba en remotos cauchales, bajo otros amos, educándose en la tarima y disparó al viento su wínchester. Expectante silencio.
crueldad y la villanía, enloquecido de humillación y de miseria. Todas las caras se volvieron al orador. “Caucheros —exclamó
Mi capataz principió a quejarse de mi trabajo. Un día me cruzó este—, ya conocéis la munificencia del nuevo propietario. El
la cara de un latigazo y me envió preso al barracón. Toda la señor Arana ha formado una compañía que es dueña de los
noche estuve en el cepo, y, en la siguiente, me mandaron para cauchales de La Chorrera y los de El Encanto. ¡Hay que tra-
El Encanto. Había logrado lo que pretendía: buscar a Lucia- bajar, hay que ser sumisos, hay que obedecer! Ya nada queda
nito en otros gomales». en la pulpería para regalaros. Los que no hayan podido reco-
Don Clemente Silva enmudeció. Tocábase la frente con las ger ropa, tengan paciencia. Los que están pidiendo mujeres,
manos estremecidas, como si aún sintiera en su rostro el cule- sepan que en las próximas lanchas vendrán cuarenta, oídlo
breo del látigo infame. Y agregó después: bien, cuarenta, para repartirlas de tiempo en tiempo entre los
—Amigos, esta pausa abarca dos años. De allí me picurié trabajadores que se distingan. Además saldrá pronto una expe-
para La Chorrera. dición a someter las tribus andoques y lleva encargo de recoger
guarichas donde las haya. Ahora, prestadme todos atención:
* ** cualquier indio que tenga mujer o hija debe presentarla en este
establecimiento para saber qué se hace con ella”.
«Recuerdo que la noche de mi llegada celebraban el carna- «Inmediatamente otros capataces tradujeron el discurso a
val. Frente a los barandales del corredor discurría borracha la lengua de cada tribu, y la fiesta siguió como antes, coreada
una muchedumbre clamorosa. Indios de varias tribus, blancos por exclamaciones y aplausos.
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La vorágine José Eustasio Rivera
«Yo me escurría por entre la gente, temeroso de hallar a sus cuadrillas a culatazos y las empujaron a cada barraca, en
mi hijo. Fue la primera vez que no quise verlo. Sin embargo, medio de un bullicio atormentador.
miraba a todas partes y resolví preguntar por él: “Señor, ¿usted «Yo alcancé a gritar con toda la fuerza de mis pulmones:
conoce a Luciano Silva? Dígame, ¿entre esa gente habrá algún “¡Luciano! ¡Lucianito, aquí está tu padre!”.
pastuso? ¿Sabe usted, por casualidad, si Larrañaga o Juan-
chito Vega viven aquí?”. ***
«Como mis preguntas producían hilaridad, me atreví a
penetrar en el corredor. Los centinelas me rechazaron. Un «Al día siguiente, mi paciencia se puso a prueba. Eran casi las
hombre vino a advertirme que el aguardiente lo repartían dos y los empresarios continuaban durmiendo. Por la mañana,
en las barracas. Y era verdad: por allí desfilaba la multitud cuando las cuadrillas salieron a los trabajos, se me presentó
presentando jarros y totumas al vigilante que hacía la distri- un negrote de Martinica, afilando en la vaina de su machete
bución. Un cuadrillero venático quería chancearse: vertió la hoja terrible. “¡Hola —me dijo—, ¿vos por qué te quedás
petróleo en una ponchera y lo ofreció a unos indios. Como aquí?!”.
ninguno aceptó el engaño, les tiró encima la vasija llena. No —Porque soy rumbero y voy a salir a exploración.
sé quién rastrilló sus fósforos; pero al momento una llama- —Vos parecés picure. Vos estabas en El Encanto.
rada crepitante achicharró a los indígenas, que se abalanza- —Y aunque así fuera, ¿no son de un solo dueño ambas
ron sobre el tumulto, con alarida loca, coronados de fuego regiones?
lívido, abriéndose paso hacia las corrientes, donde se sumer- —Vos eras el sinvergüenza que escribía letreros en los árbo-
gieron agonizando. les. Agradecé que te perdonaban.
«Los empresarios de La Chorrera asomaron a la baranda, «Púsele fin al riesgoso diálogo porque vi al tenedor de libros
con los naipes de póker en las manos. “¿Qué es esto? ¿Qué es abriendo la puerta de la oficina. Ni siquiera volvió a mirarme
esto?”, repetían. El judío Barchilón tomó la palabra: “¡Hola, cuando le di el saludo, pero avancé hasta el mostrador.
muchachos, no sean patanes! ¡Van a quemarnos el ensoropado —Señor Loaiza —le dije con miedosa lengua—, quiero
de los caneyes!”. Larrañaga calcó la orden de Juancho Vega: saber, si fuere posible, cuánto vale la cuenta de un hijo mío.
“¡No más diversión! ¡No más diversión!”. —¿Un hijo tuyo? ¿Querés comprarlo? ¿Te dijeron ya que
«Y al sentir el hedor de la grasa humana, escupieron sobre lo vendían?
la gente y se encerraron impasibles. —Para hacer mis cálculos… Se llama Luciano Silva.
«Así como el caballo entra en los corrales y a coces y mor- «El hombre plegó un gran libro y tomando su lápiz hizo
discos aparta las hembras de su rodeo, integraron los capataces números. Las rodillas me temblaban por la emoción: ¡al fin
encontraba el paradero de Lucianito!
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—Dos mil doscientos soles —afirmó Loaiza—. ¿Qué recargo gordote y abotagado, pechudo como una hembra, amarillento
le piden sobre esa suma? como la envidia. Antes que hablara, apresuróse el contabilista
—¿Recargo?… ¿Recargo? a informarle lo sucedido.
—Naturalmente. No estamos para vender el personal. Por —¡Señor Arana, voy a morir de pena! ¡Perdone usted! Este
el contrario: la empresa busca gente. hombre que está presente vino a pedirme un extracto de lo que
—¿Podría decirme usted dónde está ahora?… está debiéndole a la compañía; mas apenas le enuncié el saldo,
—¿Tu muchacho? Fijate con quién tratás. Eso se les pre- se lanzó a romper el libro, lo trató a usted de ladrón y me ame-
gunta a los cuadrilleros. nazó con apuñalarnos.
«Por desgracia mía, el negrote entró en ese instante. «El negro hizo señas de asentimiento; permanecí aturrullado
—Señor Loaiza —exclamó—, no pierda palabras con este de indignación; Arana enmudecía más. Pero con mirada des-
viejo. Es un picure de El Encanto y de La Florida, flojo y des- mentidora consternó a los dos infames, y me preguntó ponién-
tornillado, que en vez de picar los árboles, grababa letreros en dome sus manos en los hombros:
las cortezas con la punta del cuchillo. Vaya usted a los siringa- —¿Cuántos años tiene Luciano Silva, el hijo de usted?
les y se convencerá. Por todas las estradas la misma cosa: “Aquí —No ha cumplido los quince.
estuvo Clemente Silva en busca de su querido hijo Luciano”. —¿Usted está dispuesto a comprarme la cuenta suya y la
¿Ha visto usted vagabundería? de su hijo? ¿Cuánto debe usted? ¿Qué abonos le han hecho
«Yo, como un acusado, bajé los ojos. por su trabajo?
—¡Hombres —prorrumpí—, bien se conoce que ustedes —Lo ignoro, señor.
nunca han sido padres! —¿Quiere darme por las dos cuentas cinco mil soles?
—¿Qué opinan de este viejo tan descocado? ¡Cómo habrá —Sí, sí, pero aquí no tengo dinero. Si usted quisiera la
sido de mujeriego cuando hace gala de reproductor! casita que poseo en Pasto… Larrañaga y Vega son paisa-
«Así me respondieron, desenfrenando carcajadas; pero nos míos. Ellos podrían darle informes, ellos fueron mis con-
yo me erguí como un mástil y mi mano debilitada abofeteó discípulos.
al contabilista. El negro, de un puntapié, me tiró boca abajo —No le aconsejo ni saludarlos. Ahora no quieren amigos
contra la puerta. ¡Al levantarme, lloré de orgullo y satisfacción! pobres. Dígame —agregó sacándome al patio—, ¿usted no
tiene goma con qué pagar?
* ** —No, señor.
—¿Ni sabe cuáles son los caucheros que me la roban? Si
«En la pieza vecina se alzó una voz trasnochada y amenazante. me denuncia algún escondite, nos dividiremos la que allí haya.
No tardó en asomar, abotonándose la piyama, un hombre
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meses: tuve que comer yuca silvestre, a falta de mañoco. ¡Qué —Pero —prosiguió mi interlocutor— también se rumora
tan grande sería mi extenuación, cuando decidí descansar un que ese personal no se ha picureado. Piensan que usted lo llevó
tiempo, en el abandono y la soledad! consigo a no sé qué punto.
«En el Tamboriaco encontré peones de la cuadrilla que —¡Si ni siquiera he visto el río Napo!
residía en un lugar llamado El Pensamiento. El capataz me —Eso es lo curioso. Usted sabe muy bien que una cua-
invitó a remontar el caño, so pretexto de que visitara el barra- drilla cela a la otra y que hay obligación de contarle al dueño
cón, donde me daría víveres y curiara. Esa noche, apenas que- común lo bueno y lo malo. Envié posta al Encanto con este
damos solos, me preguntó: aviso: “Muñeiro no parece”. Me contestaron que averiguara si
—¿Y qué dicen los empresarios contra Muñeiro? ¿Lo usted se lo había llevado con su gente para el Caquetá y que,
perseguirán? en todo caso, por precaución, remitiera preso a Luciano Silva.
—Acaso Muñeiro… A usted lo esperan hace tiempo y varias comisiones lo andan
—Se fugó con peones y caucho, hace cinco meses. ¡Noventa buscando. Yo le aconsejaría que se volviera a poner en claro
quintales y trece hombres! estas cosas. Dígales allá que no tengo víveres y que mi perso-
—¡Cómo! ¡Cómo! ¿Pero es posible? nal está muriéndose de calenturas.
—Trabajaron últimamente cerca de la laguna de Cuya- «Quince días más tarde regresé al Encanto, a darme preso.
beno, volvieron a Capalurco, se escurrieron por el Napo, sal- Ocho meses antes había salido a la exploración. Aunque ase-
drían al Amazonas y estarán en el extranjero. Muñeiro me veré haber descubierto caños de mucha goma y ser inocente
había propuesto que tiráramos esa parada; pero yo tuve mi de la fuga de Juan Muñeiro y su grupo, me decretaron una
recelillo, porque está de moda entre los sagaces picurearse con novena de veinte azotes por día y sobre las heridas y desgarro-
los caucheros, prometiéndoles realizar la goma que llevan, pro- nes me rociaban sal. A la quinta flagelación no podía levan-
rratearles el valor y dejarlos libres. Con esta ilusión se los car- tarme; pero me arrastraban en una estera sobre un hormiguero
gan para otros ríos y se los venden a nuevos patrones. ¡Y ese de congas, y tenía que salir corriendo. Esto divirtió de lo lindo
Muñeiro es tan faramallero! Y como hay un resguardo en la a mis victimarios.
boca del río Mazán… «De nuevo volví a ser el cauchero Clemente Silva, decré-
«Al oír esta declaración me descoyunté. El resto de mi pito y lamentable.
vida estaba de sobra. Un consuelo triste me reconfortó: con «Sobre mis esperanzas pasaron los tiempos.
tal que mi hijo residiera en país extraño, yo, para los días que «Lucianito debía tener diecinueve años.
me quedaban, arrastraría gustoso la esclavitud en mi propia
patria. ***
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«Por esa época hubo para mi vida un suceso trascendental: «Hasta entonces parecía no haberse enterado de la condi-
un señor francés, a quien llamábamos el “mosiú”, llegó a las ción esclava de los caucheros. ¿Cómo pensar que nos apalea-
caucherías como explorador y naturalista. Al principio se susu- ran, nos persiguieran, nos mutilaran aquellos señores de servil
rró en los barracones que venía por cuenta de un gran museo ceño y melosa charla que salieron a recibirlo en La Chorrera y
y de no sé qué sociedad geográfica; luego se dijo que los amos en El Encanto? Mas cierto día que vagábamos en una vega del
de los gomales le costeaban la expedición. Yacuruma, por donde pasa un viejo camino que une barraco-
«Y así sería, porque Larrañaga le entregó víveres y peones. nes abandonados en la soledad de esas montañas, se detuvo el
Como yo era el rumbero de mayor pericia, me retiraron de la francés a mirar un árbol. Acerquéme por alistarle, según cos-
tropa trabajadora en el río Cahuinarí para que lo guiara por tumbre, la cámara fotográfica y esperar órdenes. El árbol, cas-
donde él quisiera. trado antiguamente por los gomeros, era un siringo enorme,
«Al través de las espesuras iba mi machete abriendo la tro- cuya corteza quedó llena de cicatrices, gruesas, protuberantes,
cha, y detrás de mí desfilaba el sabio con sus cargueros, obser- tumefactas, como lobanillos apretujados.
vando plantas, insectos, resinas. De noche, en playones solemnes, —¿El señor desea tomar alguna fotografía? —le pregunté.
apuntaba a los cielos su teodolito y se ponía a coger estrellas, —Sí. Estoy observando unos jeroglíficos.
mientras que yo, cerca del aparato, le iluminaba el lente con —¿Serán amenazas puestas por los caucheros?
un foco eléctrico. En lengua enrevesada solía decirme: —Evidentemente: aquí hay algo como una cruz.
—Mañana te orientarás en la dirección de aquellos luce- «Me acerqué congojoso, reconociendo mi obra de antaño,
ros. Fíjate bien de qué lado brillan y recuerda que el sol sale desfigurada por los repliegues de la corteza: “Aquí estuvo
por aquí. Clemente Silva”. Del otro lado, las palabras de Lucianito:
«Y yo le respondía regocijado: “Adiós, adiós…”.
—Desde ayer hice el cálculo de ese rumbo, por puro instinto. —¡Ay, mosiú —murmuré—, esto lo hice yo!
«El francés, aunque reservado, era bondadoso. Es cierto «Y apoyado en el tronco me puse a llorar.
que el idioma le oponía complicaciones; pero conmigo se mos-
tró siempre afable y cordial. Admirábase de verme pisar el ***
monte con pies descalzos, y me dio botas; dolíase de que las
plagas me persiguieran, de que las fiebres me achajuanaran, «Desde aquel instante tuve, por primera vez, un amigo y un pro-
y me puso inyecciones de varias clases, sin olvidarse nunca de tector. Compadecióse el sabio de mis desgracias y ofreció liber-
dejarme en su vaso un sorbo de vino y consolar mis noches tarme de mis patrones, comprando mi cuenta y la de mi hijo,
con algún cigarro. si aún era esclavo. Le referí la vida horrible de los caucheros, le
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enumeré los tormentos que soportábamos, y, porque no dudara, —Lo ignoro, señor. Casi no habla con nadie y cuando lo
lo convencí objetivamente: hace, poco se le entiende…
—Señor, diga si mi espalda ha sufrido menos que ese árbol. —¿Y por qué nos propone que te vendamos?
«Y, levantándome la camisa, le enseñé mis carnes laceradas. —Cosas de él…
«Momentos después, el árbol y yo perpetuamos en la Kodak «El furioso judío salió a la puerta y examinaba contra la
nuestras heridas, que vertieron para igual amo distintos jugos: luz algunas postales de la Kodak.
siringa y sangre. —¡Miserable! ¿Este espinazo no es el tuyo?
«De allí en adelante, el lente fotográfico se dio a funcionar —¡No, señor; no, señor!
entre las peonadas, reproduciendo fases de la tortura, sin tregua —¡Pélate medio cuerpo, inmediatamente!
ni disimulo, abochornando a los capataces, aunque mis adverten- «Y me arrancó a tirones blusa y franela. Tal temblor me
cias no cesaban de predicarle al naturalista el grave peligro de que agitaba, que, por fortuna, la confrontación resultó imposible. El
mis amos lo supieran. El sabio seguía impertérrito, fotografiando hombre requirió la pluma de su escritorio; y, tirándomela de lejos,
mutilaciones y cicatrices. “Estos crímenes, que avergüenzan a la me la clavó en el omoplato. Todo el cuadril se me tiñó de rojo.
especie humana —solía decirme—, deben ser conocidos en todo —Puerco, quita de aquí, que me ensangrientas el entablado.
el mundo para que los gobiernos se apresuren a remediarlos”. «Me precipitó contra la baranda y tocó un silbato. Un
Envió notas a Londres, París y Lima, acompañando vistas de sus capataz, a quien le decíamos el Culebrón, acudió solícito. Me
denuncios, y pasaron tiempos sin que se notara ningún remedio. preguntaron sobre mil cosas y las contesté equívocamente. El
Entonces decidió quejarse a los empresarios, adujo documentos amo ordenó al entrar:
y me envió con cartas a La Chorrera. —Ajústale las botas con un par de grillos, porque, de seguro,
«Sólo Barchilón se encontraba allí. Apenas leyó el abultado le quedan grandes.
pliego, hizo que me llevaran a su oficina. «Así se hizo.
—¿Dónde conseguiste botas de soche? —gruñó al mirarme. «El Culebrón se puso en marcha con cuatro hombres, a
—El mosiú me las dio con este vestido. llevar la respuesta, según se decía.
—¿Y dónde ha quedado ese vagabundo? «¡El infeliz francés no salió jamás!
—Entre el caño Campuya y Lagarto-cocha —afirmé min-
tiendo—. Poco más o menos a treinta días. ***
—¿Por qué pretende ese aventurero ponerle pauta a nuestro
negocio? ¿Quién le otorgó permiso para darlas de retratista? «El año siguiente fue para los caucheros muy fecundo en expec-
¿Por qué diablos vive alzaprimándome los peones? tativas. No sé cómo, empezó a circular subrepticiamente en
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gomales y barracones un ejemplar del diario La Felpa, que diri- «El público estaba pálido. El Visitador me acercaba sus espe-
gía en Iquitos el periodista Saldaña Roca. Sus columnas cla- juelos. Sin preguntarme nada, repitió:
maban contra los crímenes que se cometían en el Putumayo —¡Puede marcharse mañana mismo!
y pedían justicia para nosotros. Recuerdo que la hoja estaba «Y mis amos dijeron sumisamente:
maltrecha, a fuerza de ser leída, y que en el siringal del caño —¡Señor Visitador, mande Su Señoría!
Algodón la remendamos con caucho tibio, para que pudiera «Uno de ellos, con el desparpajo de quien recita un dis-
viajar de estrada en estrada, oculta entre un cilindro de bambú, curso aprendido, agregó ante el funcionario:
que parecía cabo de hachuela. —¿Curiosas cicatrices las de este hombre, verdad? ¡Tiene
«A pesar de nuestro recato, un gomero del Ecuador, a quien tantos secretos la botánica, particularmente en estas regiones!
llamábamos el Presbítero, le sopló al vigilante lo que ocurría, y No sé si Su Señoría habrá oído hablar de un árbol maligno,
sorprendieron cierta mañana, entre unos palmares de chiqui- llamado mariquita por los gomeros. El sabio francés, a petición
chiqui, a un lector descuidado y a sus oyentes, tan distraídos nuestra, se interesó por estudiarlo. Dicho árbol, a semejanza
en la lectura que no se dieron cuenta del nuevo público que de las mujeres de mal vivir, brinda una sombra perfumada;
tenían. Al lector le cosieron los párpados con fibras de cumare mas ¡ay! del que no resista a la tentación; su cuerpo sale de allí
y a los demás les echaron en los oídos cera caliente. veteado de rojo, con una comezón desesperante, y van apare-
«El capataz decidió regresar al Encanto para mostrar la ciendo lamparones que se supuran y luego cicatrizan arrugando
hoja; y como no tenía curiara, me ordenó que lo condujera por la piel. Como este pobre viejo que está presente, muchos sirin-
entre el monte. Una nueva sorpresa me esperaba: había lle- gueros han sucumbido a la inexperiencia.
gado un Visitador y en la propia casa recibía declaraciones. —Señor… —iba a insinuar; pero el hombre siguió tan cínico:
«Al darle mi nombre, comenzó a filiarme y en presencia —¿Y quién creerá que este insignificante detalle le origina
de todos me preguntó: complicaciones a la empresa? Tiene tantas rémoras este nego-
—¿Usted quiere seguir trabajando aquí? cio, exige tal patriotismo y perseverancia, que si el gobierno
«Aunque he tenido la desgracia de ser tímido, alarmé a la nos desatiende quedarán sin soberanía estos grandes bosques,
gente con mi respuesta: dentro del propio límite de la patria. Pues bien: ya Su Seño-
—¡No, señor; no, señor! ría nos hizo el honor de averiguar en cada cuadrilla cuáles
«El letrado acentuó con voz enérgica: son las violencias, los azotes, los suplicios a que sometemos
—Puede marcharse cuando le plazca, por orden mía. ¿Cuá- las peonadas, según el decir de nuestros vecinos, envidiosos y
les son sus señales particulares? despechados, que buscan mil maneras de impedir que nuestra
—Estas —afirmé desnudando mi espalda. nación recupere sus territorios y que haya peruanos en estas
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lindes, para cuyo intento no faltan nunca ciertos escritorcillos «Un abuelo, Balbino Jácome, nativo de Garzón, a quien se le
asalariados. secó la pierna derecha por la mordedura de una tarántula, fue
“Ahora retrocedo al tema inicial: la empresa abre sus bra- a visitarme al anochecer; y recostando sus muletas bajo el alero
zos a quien necesite de recursos y quiera enaltecerse mediante de la barraca donde mi chinchorro pendía, dijo quedo:
el esfuerzo. Aquí hay trabajadores de muchos lugares, buenos, —Paisano, cuando pise tierra cristiana pague una misa
malos, díscolos, perezosos. Disparidad de caracteres y de cos- por mi intención.
tumbres, indisciplina, amoralidad, todo eso ha encontrado en —¿En premio de que confirma las desvergüenzas de los
la mariquita un cómplice cómodo; porque algunos —principal- empresarios?
mente los colombianos— cuando riñen y se golpean o padecen —No. En memoria de la esperanza que hemos perdido.
“el mal del árbol”, se vengan de la empresa que los corrige, —Sepa y entienda —le repuse— que usted no debe valerse
desacreditando a los vigilantes, a quienes achacan toda lesión, de mi persona. Usted ha sido el más abyecto de los lambones, el
toda cicatriz, desde las picaduras de los mosquitos hasta la más favorito de Juancho Vega, a quien superó en renegar de nues-
parva rasguñadura. tro país y en desacreditar a los colombianos.
«Así dijo, y volviéndose a los del grupo, les preguntó: —Sin embargo —replicó—, mis compatriotas algo me
—¿Es verdad que en estas regiones abunda la mariquita? deben. Pues que usted se va, puedo hablarle claro: he tenido
¿Es cierto que produce pústulas y nacidos? la diplomacia de enamorar a los enemigos, aparentando esgri-
«Y todos respondieron con grito unánime: mir el rebenque para que hubiera un verdugo menos. He
—¡Sí, señor; sí, señor! desempeñado el puesto de espía porque no pusieran a otros,
—Afortunadamente —agregó el bellaco—, el Perú atenderá de verdaderas capacidades. No hice más que amoldarme al
nuestra iniciativa patriótica: le hemos pedido a la autoridad que medio y jugar al tute escogiendo las cartas. ¿Que era nece-
nos militarice las cuadrillas, mediante la dirección de oficiales y sario atajar un chisme? Yo lo sabía y lo tergiversaba. ¿Que
sargentos, a quienes pagaremos con mano pródiga su perma- a un tal lo maltrataron en la cuadrilla? Aplaudía el maltra-
nencia en estos confines, con tal que sirvan a un mismo tiempo tamiento ya inevitable, y luego me vengaba del esbirro. ¿Por
de fiscales para la empresa y de vigilantes en las estradas. De esta qué los vigilantes me miman tanto? Porque soy el hombre de
suerte el gobierno tendrá soldados, los trabajadores garantías las influencias y de la confianza. “Oye”, le digo a uno: “los
innegables y los empresarios estímulo, protección y paz. amos han sabido cierta cosita…”. Y este se me postra, pro-
«El Visitador hizo un signo de complacencia. rrumpiendo en explicaciones. Entonces consigo lo que nadie
obtendría: “¡No me les pegues a mis paisanos; si aprietas allá,
* ** te remacho aquí!”.
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“De esta manera practico el bien, sin escrúpulos, sin glo- —¡Hola, paisano, explíqueme eso!
ria y con sacrificios que nadie agradece. Siendo una escoria —No, porque nos oyen en la cocina. Si quiere, más tarde-
andante, hago lo que puedo como buen patriota, disfrazado cito nos vamos en la curiara, con el pretexto de pescar.
de mercenario. Usted mismo se irá muy pronto, odiándome, «Así lo hicimos.
maldiciéndome, y al pisar su valle, fértil como el mío, sentirá
alegría de que yo sufra en tierra de salvajes la expiación de ***
pecados que son virtudes.
Confiéselo, paisano: cuando su viaje al Caquetá, ¿no le «En el puerto había diversas embarcaciones. Mi compañero
rogué que se picureara? ¿No le pinté, para decidirlo, el caso de se detuvo a hablar con un boga que dormía a bordo de una
Julio Sánchez, que en una canoa se fugó con la esposa encinta, gran lancha. Ya me impacientaba la demora cuando oí que
por toda la vena del Putumayo, sin sal ni fuego, perseguido por se despidieron. El marinero prendió el motor y encendióse la
lanchas y guarniciones, guareciéndose en los rebalses, remon- luz eléctrica. Sobre la bombilla de mayor volumen comenzó a
tando tan sólo en noches oscuras, y en tan largo tiempo, que zumbar el ventilador.
al salir a Mocoa la mujer penetró en la iglesia llevando de la «Entonces, por un tablón que servía de puente, pasaron a
mano a su muchachito, nacido en la curiara? la barca varias personas de vestidos almidonados, y entre ellas
“Mas usted despreció muchas facilidades. ¡Si yo las hubiera una dama llena de joyas y arandelas, que se reía con risa de rico.
tenido, si no me maneara esta invalidez! Cuantos se fugan, Mi compañero se me acercó:
por consejos míos, me prometieron venir por mí y llevarme en —Mire —dijo en voz baja—, los señores amos están de té.
hombros; pero se largan sin avisarme, y si los prenden, cargo la Esa hermosura a quien le da la mano Su Señoría es la madona
culpa, y vienen a decir que fui su cómplice, por lo cual tengo Zoraida Ayram.
que exigir que les echen palo, para recuperar así mi influencia «Nos metimos en la curiara, y, a poco bogar, la amarramos
mermada. ¿Quién le rogó al francés que pidiera de rumbero en un remanso, desde donde veíamos luces de focos refleja-
a Clemente Silva? ¿Qué mejor coyuntura para un picure? ¡Y das en la corriente. Balbino Jácome dio principio a su exposición:
usted, lejos de agradecer mis sugestiones, me trató mal! Y en —Según me contaba Juanchito Vega, las cartas que el sabio
vez de impedir que el sabio se metiera en tantos peligros, lo mandó al exterior produjeron alarmas muy graves. A esto se agrega
dejó solo, y tuvo la ocurrencia de venir con esas cartas donde el que el francés desapareció, como desaparecen aquí los hombres.
patrón, para que sucediera lo que ha sucedido. ¡Y ahora quiere Pero Arana vive en Iquitos y su dinero está en todas partes. Hace
que me ponga a contradecir lo que dicen los amos, cuando nos como seis meses empezó a mandar los periódicos enemigos para
ha perdido el Visitador!”. que la empresa los conociera y tomara con tiempo precauciones.
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La vorágine José Eustasio Rivera
“Al principio, ni siquiera me los mostraban; después me —Pero sin malicia ni observación. Es como un toro ciego
preguntaron si podían contar conmigo y me gratificaron con que sólo le embiste al que le haga ruido. ¡Y aquí nadie se atreve
la administración de la pulpería. a hablar! Aquí ya estaba todo muy bien arreglado y las cuadri-
“Cierta vez que los empresarios se trasladaron a La Cho- llas reorganizadas: a los peones descontentos o resentidos los
rrera, unos cuadrilleros pidieron quinina y pólvora. Como encentraron quién sabe en dónde, y los indios que no entienden
bien conozco qué capataces no deletrean, hice paquetes en el español ocuparon los caños próximos. Las visitas del funcio-
esos periódicos y los despaché a los barracones y a los siringa- nario se limitaron a reconocer algunas cuadrillas, de las ciento
les, por si algún día, al quedar por ahí volteando, daban con y tantas que trabajan en estos ríos y en muchos otros inexplo-
un lector que los aprovechara”. rados, de suerte que en recorrerlas e interrogarlas nadie gasta-
—Paisano —exclamé—, ahora sí le creo. Entre nosotros ría menos de cinco meses. Aún no hace una semana que llegó
circuló uno. ¡Por causa de él vine a dar aquí, a encontrar sal- el Visitador y ya está de vuelta.
vación! ¡Gracias a usted! ¡Gracias a usted! “Su Señoría se contentará con decir que estuvo en la calum-
—No se alegre, paisano: ¡estamos perdidos! niada selva del crimen, les habló de habeas corpus a los gomeros,
—¿Por qué? ¿Por qué? oyó sus quejas, impuso su autoridad y los dejó en condiciones
—¡Por la venida de este maldito Visitador! ¡Por este Visi- inmejorables, facultados para el regreso al hogar lejano. Y de
tador que al fin no hizo nada! Mire usted: quitaron el cepo, el aquí en adelante nadie prestará crédito a las torturas y a las
día que llegó, y pusiéronselo de puente al desembarcar, sin que expoliaciones, y sucumbiremos irredentos, porque el informe que
se le ocurriera reparar en los agujeros que tiene, o en las man- presente Su Señoría será respuesta obligada a todo reclamo, si
chas de sangre que lo vetean; fuimos al patio, al lugar donde quedan personas cándidas que se atrevan a insistir sobre asun-
estuvo puesta esa máquina de tormento, y no advirtió los tri- tos ya desmentidos oficialmente.
llados que dejaron los prisioneros al debatirse, pidiendo agua, “Paisano, no se sorprenda al escucharme estos razonamientos,
pidiendo sombra. Por burlarse de él, olvidaron en la baranda en los cuales no tengo parte. Es que se los he oído a los empre-
un rebenque de seis puntas, y preguntó el muy simple si estaba sarios. Ellos temblaron ante la idea de salir de aquí con la soga
hecho de verga de toro. Y Macedo, con gran descaro, le dijo al cuello; y hoy se ríen del temor pretérito porque aseguraron el
riéndose: “Su Señoría es hombre sagaz. Quiere saber si come- porvenir. Cuando el Visitador se movía para tal caño, en ejercicio
mos carne vacuna. Evidentemente, aunque el ganado cuesta de sus funciones, quedábamos en casa sin más distracción que
carísimo, en aquel botalón apegamos las ‘resecitas’”. la de apostar a que no pasarían de tres los gomeros que se atre-
—Me consta —le argüí— que el Visitador es hombre vieran a dar denuncios, y a que Su Señoría tendría para todos
enérgico. idéntica frase: ‘Usted puede irse cuando le plazca’”.
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La vorágine José Eustasio Rivera
—Paisano, ¡si estamos libres! ¡Si nos han dado libertad! gentes felices y agradecidas, que nunca oyeron decir de asesi-
—No, compañero, ni se lo sueñe. Quizás algunos podrían natos ni de vejámenes.
marcharse, pero pagando, y no tienen medios. No saben el “Mas el crimen perpetuo no está en las selvas sino en dos
por dónde, el cómo, ni el cuándo. “Mañana mismo”. ¡Ese es libros: en el Diario y en el Mayor. Si Su Señoría los conociera,
un adverbio que suena bien! ¿Y el saldo y la embarcación y el encontraría más lectura en el debe que en el haber, ya que a
camino y las guarniciones? Salir de aquí por quedar allá, no es muchos hombres se les lleva la cuenta por simple cálculo, según
negocio que pague los gastos, muy menos hoy que los intereses lo que informan los capataces. Con todo, hallaría datos inicuos:
sólo se abonan a látigo y sangre. peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y reciben
—¡Yo me olvidaba de esa verdad! ¡Me voy a hablarle al franelas a veinte pesos; indios que trabajan hace seis años, y
Visitador! aparecen debiendo aún el mañoco del primer mes; niños que
—¡Cómo! ¿A interrumpir sus coloquios con la madona? heredan deudas enormes, procedentes del padre que les mata-
—¡A pedirle que me lleve de cualquier modo! ron, de la madre que les forzaron, hasta de las hermanas que
—No se afane, que mañana será otro día. El boga con quien les violaron, y que no cubrirán en toda su vida porque cuando
hablé al venir aquí, dañará el motor de la lancha esta misma conozcan la pubertad, los solos gastos de su niñez les darán
noche y durará el daño hasta que yo quiera. Para eso está en medio siglo de esclavitud”.
mis manos la pulpería. Ya ve que los lambones de algo servimos. «Mi compañero hizo una pausa, mientras me ofrecía su
—¡Perdóneme, perdóneme! ¿Qué debo hacer? tabaquera. Yo, aunque consternado por tanta ignominia, quise
—Lo que manda Dios: confiar y esperar. ¡Y lo que yo defender al Visitador:
mando: seguir oyendo! —Probablemente Su Señoría no tendrá orden judicial para
«Sin hacer caso de mi angustia, Balbino Jácome prosiguió: ver esos libros.
—Su Señoría no se lleva ni un solo preso, aunque se le —Aunque la tuviera. Están bien guardados.
hubieran dado algunitos, por peligrosos; no a los que matan —¿Y será posible que Su Señoría no lleve pruebas de tantos
o a los que hieren, sino a los que roban. Pero el Visitador no atropellos que fueron públicos? ¿Se estará haciendo el disimulado?
pudo hacer más. Antes que llegara, fueron espías a las barra- —Aunque así fuera. ¿Qué ganaríamos con la evidencia de
cas a secretear el chisme de que la empresa quería cerciorarse que fulano mató a zutano, robó a mengano, hirió a perencejo?
de cuáles eran los servidores de mala índole, para ahorcarlos a Eso, como dice Juanchito Vega, pasa en Iquitos y en donde
todos, con cuyo fin les tomaría declaraciones cierto socio extran- quiera que existan hombres: cuanto más aquí en una selva sin
jero, que se haría pasar por juez de instrucción. Esta medida policía ni autoridades. Líbrenos Dios de que se compruebe cri-
tuvo un éxito completísimo: Su Señoría halló por doquiera men alguno, porque los patrones lograrían realizar su mayor
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La vorágine José Eustasio Rivera
deseo: la creación de alcaldías y de panópticos, o mejor, la ini- ni que los obligaba a enterrar la goma, sólo por esperar que
quidad dirigida por ellos mismos. Recuerde usted que aspiran llegara el amo y descubrirle ocasionalmente los escondites, con
a militarizar a los trabajadores, a tiempo que en Colombia lo cual sostenía su fama de adivino honrado y vivaz; hable de
pasan cosillas reveladoras de algo muy grave, de subterránea sus uñazas, afiladas como lancetas, que podían matar al indio
complicidad, según frase de Larrañaga. Los colonos colombia- más fuerte con imperceptible rasguñadura, no por ser mági-
nos, ¿no están vendiendo a esta empresa sus fundaciones, for- cas ni enconosas, sino por el veneno de curare que las teñía”.
zados por la falta de garantías? Ahí están Calderón, Hipólito —¡Paisano —exclamé—: usted me habla de Lima y de
Pérez y muchos otros, que reciben lo que les dan, creyéndose Bogotá como si estuviera seguro de que puedo salir de aquí!
bien pagados con no perderlo todo y poder escurrir el bulto. Y —Sí, señor. Tengo quien lo compre y quien se lo lleve: ¡la
Arana, que es el despojador, ¿no sigue siendo, prácticamente, madona Zoraida Ayram!
Cónsul nuestro en Iquitos? ¿Y el presidente de la República no —¿De veras? ¿De veras?
dizque envió al general Velasco a licenciar tropas y resguardos —Como ser de noche. Esta mañana, cuando Su Señoría
en el Putumayo y en el Caquetá, como respuesta muda a la lo mandó llamar para interrogarlo, la madona lo veía desde la
demanda de protección que los colonizadores de nuestros ríos baranda, con el binóculo: y cuando usted declaró en alta voz
le hacían a diario? ¡Paisano, paisanito, estamos perdidos! ¡Y el que no quería trabajar más, ella pareció muy complacida por
Putumayo y el Caquetá se pierden también! tal insolencia. “¿Quién es, me preguntó, ese viejo tan arries-
“Óigame este consejo: ¡no diga nada! Dicen que el que gado?”. Y yo respondí: “Nada menos que el hombre que le con-
habla yerra, pero el que hable de estos secretos errará más. viene: es el rumbero llamado el Brújulo, a quien le recomiendo
Vaya, predíquelos en Lima o en Bogotá, si quiere que lo ten- como letrado, ducho en números y facturas, perito en tratos
gan por mendaz y calumniador. Si le preguntan por el francés, de goma, conocedor de barracas y de siringales, avispado en
diga que la empresa lo envió a explorar lo desconocido; si le lances de contrabando, buen mercader, buen boga, buen pen-
averiguan la especie aquella de que el Culebrón mostró cierto dolista, a quien su hermosura puede adquirir por muy poca
día el reloj del sabio, adviértales que eso fue con ocasión de una cosa. Si lo hubiera tenido cuando el asunto de Juan Muñeiro,
borrachera, y que por siempre está durmiéndola. Al que lo inte- no me contaría complicaciones”.
rrogue por el Chispita, respóndale que era un capataz bastante —¿Asunto de Juan Muñeiro? ¿Complicaciones?
ilustrado en lenguas nativas: yeral, carijona, huitoto, muinane; —Sí, descuidillos que pasaron ya. La madona les com-
y si usted, por adobar la conversación, tiene que referir algún pró el caucho a los picures de Capalurco y en Iquitos querían
episodio, no cuente que esa paloma les robaba los guayucos a decomisárselo. Pero ella triunfó. ¡Para eso es hermosa! Les
los indígenas para tener pretexto de castigarlos por inmorales, habían prohibido a las guarniciones que la dejaran subir estos
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La vorágine José Eustasio Rivera
ríos, y ya ve usted que el Visitador le compuso todo, y hasta y hasta calumnias contra su decoro de mujer virgen, pues hubo
de balde. Sin embargo: la mujer cuando da, pide; y el hombre deslenguados que se atrevieron a inventar un drama de amor.
pide cuando da. —¡No olvides, viejo —gritóme un día—, tu vil condición
—¡Compañero, la madona tendrá noticias de Lucianito! de criado mendigo! No tolero que me interrogues familiar-
¡Voy a hablar con ella! ¡Aunque no me compre! mente sobre puntos que apenas serían pasables en conversacio-
«Veinte días después estaba en Iquitos. nes de camaradas. Basta de preguntarme si Lucianito es mozo
apuesto, si tiene bozo, buena salud y modales nobles. ¿Qué me
* ** importan a mí semejantes cosas? ¿Ando tras los hombres para
inventariarles sus lindas caras? ¿Está mi negocio en preferir los
«La lancha de la madona remolcaba un bongo de cien quin- clientes gallardos? ¡Sigue, pues, de atrevido y necio, y venderé
tales, en cuya popa gobernaba yo la espadilla, sufriendo sol. tu cuenta a quien me la compre!
Frecuentemente atracábamos en bohíos del Amazonas, para —¡Madona, no me trate así, que ya no estamos en los
realizar la corotería aunque fuera permutándola por produc- siringales! ¡Harto estoy de sufrir por hijos ingratos! ¡Ocho años
tos de la región, jebe, castañas, pirarucú, ya que hasta enton- llevo de buscar al que se me vino, y él, quizás, mientras yo lo
ces la agricultura no había conocido adictos en tan dilatados anhelo, nunca habrá pensado en hallarme a mí! ¡El dolor de
territorios. Doña Zoraida misma pactaba las permutas con los esta idea es suficiente para abreviar mi pesadumbre, porque
colonos, y era tal su labia de mercachifle que siempre al reem- soy capaz, en cualquier instante, de soltar el timón del bongo
barcarse tuvo el placer de verme inscribir en el Diario las cica- y lanzarme al agua! ¡Sólo quiero saber si Luciano ignora que
teras utilidades obtenidas. lo busco; si topaba mis señas en los troncos y en los caminos;
«No tardé en convencerme de que mi ama era de carác- si se acordaba de su mamá!
ter insoportable, tan atrabiliaria como un canónigo. Negóse a —¡Ay, arrojarte al agua! ¡Arrojarte al agua! ¿Será posible?
creerme que era el padre de Lucianito, habló despectivamente ¿Y mis dos mil soles? ¿Mis dos mil soles? ¿Quién me paga mis
de Muñeiro, y a fuerza de humillaciones pude saber que los dos mil soles?
prófugos, tras de engañarla con un siringa, que “era robado —¿Ya no tengo derecho ni de morir?
y de ínfima clase”, burlaron las guarniciones del Amazonas y —¡Eso sería un fraude!
remontaron el Caquetá hasta la confluencia del Apoporis, por —¿Pero cree usted que mi cuenta es justa? ¿Quién no cubre
donde subieron en busca del río Taraira, que tiene una trocha en ocho años de labor continua lo que se come? ¿Estos hara-
para el Vaupés, a cuyas márgenes fue a buscarlos para que la pos que envilecen mi cuerpo no están gritando la miseria en
indemnizaran de los perjuicios, sin lograr más que decepciones que viví siempre?
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La vorágine José Eustasio Rivera
—Y el robo de tu hijo… tierra, uno de ellos me ofreció cigarrillos, mientras que el otro
—¡Mi hijo no roba! ¡Aunque haya crecido entre bandole- me alargaba la yesca de su eslabón, sombrero en mano.
ros! No lo confunda con los demás. ¡Él no le ha vendido cau- —¡Señor Silva, usted nos ha vengado de muchas afrentas!
cho ninguno! Usted hizo el trato con Juan Muñeiro, recibió la «La mestiza de Parintins, camarera de la madona, pidió
goma y se la debe en parte. ¡He revisado ya los libros! a los hombres, desde la lancha, que descorrieran las cortinas
—¡Ay, este hombre es espía! ¡Me engañaron los de El de a bordo.
Encanto! ¡Traición del viejo Balbino Jácome! ¡Pero de mí no —Pronto, que la señora tiene cefálicos. Ya se ha tomado
te burlarás! ¡Cuando desembarquemos, te haré prender! dos aspirinas. ¡Es urgente guindarle la hamaca!
—¡Sí, que me entreguen al juez Valcárcel, para quien llevo «Mientras los marineros obedecían, medité mis planes: ir
graves revelaciones! al Consulado de mi país, exigirle al Cónsul que me asesorara
—¡Ajá! ¿Piensas meterme en nuevos embrollos? en la Prefectura o en el Juzgado, denunciar los crímenes de la
—¡Pierda cuidado! No seré delator cuando he sido víctima. selva, referir cuanto me constaba sobre la expedición del sabio
—Yo arreglo eso. ¡Me echarás encima el odio de Arana! francés, solicitar mi repatriación, la libertad de los caucheros
—No mentaré lo de Juan Muñeiro. esclavizados, la revisión de libros y cuentas en La Chorrera y en
—¡Vas a crearte enemigos muy poderosos! ¡En Manaos te El Encanto, la redención de miles de indígenas, el amparo de los
dejaré libre! ¡Irás al Vaupés y abrazarás a Luciano Silva, a tu colonos, el libre comercio en caños y ríos. Todo, después de
hijo querido, quien de seguro anda buscándote! haber conseguido la orden de amparo a mi autoridad de padre
—No desistiré de hablar con mi Cónsul. ¡Colombia nece- legítimo, sobre mi hijo menor de edad, para llevármelo, aun
sita de mis secretos! ¡Aunque muriera inmediatamente! ¡Ahí le por la fuerza, de cualquier cuadrilla, barraca o monte.
queda mi hijo para luchar! «La camarera se me acercó:
«Horas después, desembarcamos. —Señor Silva, nuestra señora ruega a usted que ordene
sacar del bongo lo que allí venga, y que haga en la Aduana las
* ** gestiones indispensables, como cosa propia, por ser usted el
hombre de confianza.
«El altercado con la madona me enalteció. A las últimas fra- —Dígale que me voy para el Consulado.
ses, me troqué en amo, temido por mi dueña, mirado con res- —¡Pobrecita, cómo ha llorado al pensar en “Lú”!
peto por la servidumbre de lancha y de bongo. El motorista —¿Quién es ese Lú?
y el timonel, que en días anteriores me obligaban a lavar sus —Lucianito. Así le decía cuando anduvieron juntos en el
ropas, no sabían qué hacer con el “señor Silva”. Al saltar a Vaupés.
—¡Juntos!
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La vorágine José Eustasio Rivera
—Sí, señor, como beso y boca. Era muy generoso, le con- «Pasada la primera nerviosidad, me sentí tan acobardado, que
seguía lotes de caucho. La que tiene detalles ciertos es mi her- eché de menos la salvajez de los siringales. Siquiera allá tenía
mana mayor, que actualmente está en el Río Negro, como “conocidos” y para mi chinchorro no faltaba un lugar; mis cos-
querida de un capataz del turco Pezil, y fue primero que yo tumbres estaban hechas, sabía desde por la noche la tarea del
camarera de la madona. día siguiente y hasta los sufrimientos me venían reglamenta-
«Al escuchar esta confidencia temblé de amargura y resen- dos. Pero en la ciudad advertí que me faltaba el hábito de las
timiento. Volví el rostro hacia la ciudad, disimulando mi indig- risas, del albedrío, del bienestar. Vagaba por las aceras con el
nación. Ignoro en qué momento me puse en marcha. Atravesé temor de ser importuno, con la melancolía de ser extranjero.
corrillos de marineros, filas de cargadores, grupos del resguardo. Me parecía que alguien iba a preguntarme por qué andaba
Un hombre me detuvo para que le mostrara el pasaporte. ocioso, por qué no seguía fumigando goma, por qué había
Otro me preguntó de dónde venía, y si en mi canoa quedaban desertado de mi barraca. Donde hablaran recio, mis espaldas
legumbres para vender. No sé cómo recorrí las calles, subur- se estremecían; donde hallaba luces, encandilábanse mis ojos,
bios, atracaderos. En una plaza me detuve frente a un portón habituados a la penumbra. La libertad me desconocía, por-
que tenía un escudo. Llamé. que no era libre: tenía un amo, el acreedor; tenía un grillo, la
—¿El Cónsul de Colombia se encuentra aquí? deuda, y me faltaban la ocupación, el techo y el pan.
—¿Qué Cónsul es ese? —preguntó una dama. «Varias veces había recorrido el pueblo, sin comprender
—El de Colombia. que no era grande. Al fin me di cata de que los edificios se repe-
—¡Ja, ja! tían. En uno de ellos desocupábanse los vehículos. Adentro,
«En una esquina vi sobre el balcón el asta de una bandera. aplausos y músicas. La madona bajó de un coche, en compa-
Entré. ñía de un caballero gordo, cuyos bigotes eran gruesos y retor-
—Perdone, señor: ¿el Consulado de la República de Co- cidos como cables. Quise volver al puerto y vi en una tienda al
lombia? motorista y al timonel.
—Este no es. —Señor Silva, estamos aquí porque no hay cuidado en la
«Y seguí caminando de ceca en meca, hasta la noche. embarcación. Ya entregamos todo. Mañana, a las doce en
—Caballero —le dije a un nadie—: ¿dónde reside el Cón- punto, sale el vapor de línea que entra en el Río Negro. La
sul de Francia? madona compró pasaje. Pero los tres viajaremos en nuestra
Inmediatamente me dio las señas. La oficina estaba cerrada. lancha. Saldremos cuando usted lo ordene. Le aconsejaríamos
En la placa de cobre leí: Horas de despacho, de nueve a once. dejar sus secretos para Manaos. Aquí no le oyen. ¿Qué espe-
ranzas le dio su Cónsul?
* **
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La vorágine José Eustasio Rivera
—Ni siquiera sé dónde vive. —Vengo del Putumayo, y esto lo compruebo con la mise-
—¿Podrían decirme —les preguntó el timonel a los parro- ria de mis chanchiras, con las cicatrices de los azotes, con la
quianos— si el Consulado de Colombia tiene oficina? amarillez de mi rostro enfermo. Lléveme al Juzgado a denun-
—No sabemos. ciar crímenes.
—Creo que donde Arana, Vega y Compañía —insinuó el —Ni soy abogado ni sé de leyes. Si no puede pagar a un
motorista—. Yo conocí de Cónsul a don Juancho Vega. procurador…
«La ventera, que lavaba las copas en un caldero, advirtió —Tengo revelaciones sobre la exploración del sabio francés.
a sus clientes: —Pues que las oiga el Cónsul de Francia.
—El latonero de la vecindad me ha contado que a su —A un hijo mío, menor de edad, me lo secuestraron en
patrón lo llaman el Cónsul. Pueden indagar si alguno de ellos esos ríos.
es colombiano. —Eso se debe tratar en Lima. ¿Cómo se llama el hijo de usted?
«Yo, por honor del nombre, rechacé la burla: —¡Luciano Silva, Luciano Silva!
—¡Ustedes no sospechan por quién les pregunto! —¡Oh, oh, oh! Le aconsejo callar. El Cónsul de Francia
«Sin embargo, al amanecer tuve el pensamiento de visitar tiene noticias. Ese apellido no le será grato. Un tal Silva fue a
la latonería y pasé varias veces por la acera opuesta, con actitu- La Chorrera, después que el sabio desapareció, usando los ves-
des de observador, mientras llegaba la hora de presentarme al tidos de este. La orden de captura no tardará. ¿Conoce usted al
Cónsul de Francia. La gente del barrio era madrugadora. No rumbero apodado el Brújulo? ¿Cuáles van a ser sus revelaciones?
tardó en abrirse la indicada puerta. Un hombre, que tenía delan- —Versarán sobre cosas que me refirieron.
tal azul, soplaba fuera del quicio, con grandes fuelles, un bra- —Las sabrá de seguro el señor Arana, quien se interesa
sero metálico. Cuando llegué, comenzó a soldar el cuello de un por ese asunto; pero cuénteselas usted y pídale trabajo, de mi
alambique. En los estantes se alineaba una profusa cacharrería. parte. Él es hombre muy bueno y le ayudará.
—Señor, ¿Colombia tiene Cónsul en este pueblo? «Porque no percibiera mi agitación, me despedí sin darle
—Aquí vive, y ahora saldrá. la mano. Cuando salí a la calle no acertaba a encontrar el
«Y salió en mangas de camisa, sorbiendo su pocillo de cho- puerto. El motorista y el timonel estaban a bordo de la lancha
colate. El tal no era un ogro, ni mucho menos. Al verlo, aven- con unos peones.
turé mi campechanada: —Vámonos —les rogué.
—¡Paisano, paisano! ¡Vengo a pedir mi repatriación! —Venga, conozca tres compañeros del personal del señor
—Yo no soy de Colombia ni me pagan sueldo. Su país no Pezil, el caballero grueso que anoche estuvo en el cine con la
repatria a nadie. El pasaporte vale cincuenta soles.
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La vorágine
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Tercera parte
José Eustasio Rivera
¡Y
¡Quise hacerle descuentos a la ilusión, pero incógnita fuerza
o he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fan- disparóme más allá de la realidad! ¡Pasé por encima de la ven-
gosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi tura, como flecha que marra su blanco, sin poder corregir el
cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza fatal impulso y sin otro destino que caer! ¡Y a esto lo llamaban
de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses. mi “porvenir”!
A mil leguas del hogar donde nací, maldije los recuerdos ¡Sueños irrealizados, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantas-
porque todos son tristes: ¡el de los padres, que envejecieron en mas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar? ¡Ved en
la pobreza, esperando apoyo del hijo ausente; el de las herma- lo que ha parado este soñador: en herir al árbol inerme para
nas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones, sin que enriquecer a los que no sueñan; en soportar desprecios y veja-
la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve el oro ciones en cambio de un mendrugo al anochecer!
restaurador! Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu
¡A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí prisión: ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como
deseos de descargarla contra mi propia mano, que tocó las la selva, cuyas bóvedas verdes tienen por fosos ríos inmensos.
monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce, ¡No sabéis del suplicio de las penumbras, viendo al sol que ilu-
que no roba, que no redime, y ha vacilado en libertarme de mina la playa opuesta, adonde nunca lograremos ir! ¡La cadena
la vida! ¡Y pensar que tantas gentes en esta selva están sopor- que muerde vuestros tobillos es más piadosa que las sanguijue-
tando igual dolor! las de estos pantanos; el carcelero que os atormenta no es tan
¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!
alma incolmable? ¿Para qué nos dieron alas en el vacío? ¡Nues- Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizar-
tra madrastra fue la pobreza; nuestro tirano, la aspiración! Por los gasto nueve días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia
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La vorágine José Eustasio Rivera
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La vorágine José Eustasio Rivera
—Los huesos de mi hijo son mi cadena. Vivo forzado a Helí Mesa, entonces, acercóse al tambo, a prenderle fuego.
portarme bien para que me permitan asolearlos. Ya les dije Don Clemente lo miraba sin protestar.
a ustedes que ni siquiera los poseo todos: el día que los exhumé, —¡No, no! —ordené—: se quemarían los mapires envene-
tuve que dejarle a la sepultura algunas falanges que aún esta- nados. ¡Los cazadores de indios pueden volver, y ojalá que se
ban frescas. Los cargaba envueltos en mi cobija, y cuando el envenenen todos!
Cayeno me capturó, a mi regreso del Vaupés, en la trocha que
enlaza al Isana y al Kerarí, pretendía botármelos por la fuerza. ***
Ahora los conservo, limpios, blancos, entre una caja de kero-
sén, bajo la barbacoa de mi patrón. Hubiera deseado que mis amigos marcharan menos silencio-
—Don Clemente, tiene usted evidencia de que esos restos… sos: me hacían daño mis pensamientos y una especie de pánico
—¡Sí! ¡Esos son! La calavera es inconfundible: en la encía me invadía al meditar en mi situación. ¿Cuáles eran mis pla-
superior un diente encaramado sobre los otros. Tal vez con la pica nes? ¿En qué se apoyaba mi altanería? ¿Qué debían impor-
alcancé a perforar el cráneo, pues tiene un agujero en el frontal. tarme las desventuras ajenas, si con las propias iba de rastra?
Hubo una pausa. No sé si en aquel instante se había agrie- ¿Por qué hacerle promesas a don Clemente, si Barrera y Alicia
tado la decisión de mis compañeros, que callaban en corro me tenían comprometido? El concepto de Franco empezó a
meditabundo. El mulato dijo, aproximándose a don Clemente: angustiarme: «Era yo un desequilibrado impulsivo y teatral».
—Camaraa, siempre es mejorcito que nos volvamos. Mi Paulatinamente llegué a dudar de mi espíritu: ¿estaría lo-
mama se quedó sola, y mi ganao se mañosea. Tengo cuatro co? ¡Imposible! La fiebre me había olvidado unas semanas.
cachonas de primer parto, y de seguro que ya tan parías. Déjese ¿Loco por qué? Mi cerebro era fuerte y mis ideas limpias. No
de güesos, que son guiñosos. Es malo meterse en cosas de dijun- sólo comprendía que era apremiante ocultar mis vacilaciones,
tos. Por eso dice la letanía: «Aquí te entierro y aquí te tapo; el sino que me daba cuenta hasta de los detalles minuciosos. La
diablo me yeve si un día te saco». Ruéguele a estos señores que prueba estaba en lo que iba viendo: el bosque en aquella parte
reclamen la güesamenta y la sepulten bajo una cruz, y verá usté no era muy alto, no había camino, y don Clemente abría la
que se le compone la suerte. ¡Resuelva ligero, que ya es tarde! marcha, partiendo ramitas en el rastrojo para dejar señales del
—¡Cómo! ¿Arriesgarnos a que nos prenda Funes? Usted rumbo, como se acostumbra entre cazadores; Fidel llevaba la
no sabe en qué tierra está. Los secuaces del coronel merodean carabina atravesada sobre el pecho, engarzando con el calibre,
por aquí. por encima de las clavículas, los cabestros de la talega, rica en
—¡Y no es tiempo de indecisiones! —exclamé colérico—. mañoco, que fingía sobre su espalda inmensa joroba; portaba
¡Mulato, adelante! ¡Ya te pasó la hora! el mulato el hatillo de las hamacas, un caldero y dos canaletes;
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Mesa, en aquel momento, bajo sus bártulos, saboreaba un libertad, exclamarían mis compañeros: «¡El implacable Cova
cuesco maduro y mecía en el aire el tizón humeante, que car- nos vengó a todos y se internó por este desierto!».
gaba en la diestra, a falta de fósforos. Mientras discurría de esta manera, principié a notar que mis
¿Loco yo? ¡Qué absurdo más grande! Ya se me había ocu- pantorrillas se hundían en las hojarascas y que los árboles iban
rrido un proyecto lógico: entregarme como rehén en las barra- creciendo a cada segundo, con una apariencia de hombres acu-
cas del Guaracú, mientras el viejo Silva se marchaba a Manaos, clillados, que se empinaban desperezándose hasta elevar los bra-
llevando secretamente un pliego de acusaciones dirigido al Cón- zos verdosos por encima de la cabeza. En varios instantes creía
sul de mi país, con el ruego de que viniera inmediatamente a advertir que el cráneo me pesaba como una torre y que mis pasos
libertarme y a redimir a mis compatriotas. ¿Quién que fuera iban de lado. Efectivamente, la cara se me volvió sobre el hom-
anormal razonaría con mayor acierto? bro izquierdo y tuve la impresión de que un espíritu me repetía:
El Cayeno debía aceptar mi ventajosa propuesta: en cam- «¡Vas bien así, vas bien así! ¿Para qué marchar como los demás?».
bio de un viejo inútil adquiría un cauchero joven, o dos o más, Aunque mis compañeros caminaban cerca, no los veía,
porque Franco y Helí no me abandonaban. Para halagarlo, no los sentía. Parecióme que mi cerebro iba a entrar en ebu-
procuraría hablarle en francés: «Señor, este anciano es pariente llición. Tuve miedo de hallarme solo, y, repentinamente, eché
mío; y como no puede pagarle la cuenta, déjelo libre y denos a correr hacia cualquier parte, ululando empavorecido, lejos
trabajo hasta cancelarla». Y el antiguo prófugo de Cayena de los perros, que me perseguían. No supe más. De entre una
accedería sin vacilar. malla de trepadoras mis camaradas me desenredaron.
Cosa fácil habría de serme adquirir la confianza del empre- —¡Por Dios! ¿Qué te pasa? ¿No nos conoces? ¡Somos
sario, obrando con paciencia y disimulo. No emplearía contra nosotros!
él la fuerza sino la astucia. ¿Cuánto iban a durar nuestros sufri- —¿Qué les he hecho? ¿Por qué me amenazan? ¿Por qué
mientos? Dos o tres meses. Acaso nos enviaría a siringuear a me tenían amarrado?
Yaguanarí, pues Barrera y Pezil eran sus asociados. Y aunque —Don Clemente —prorrumpió Franco—, desandemos
no lo fuesen, le expondríamos la conveniencia de sonsacar para este camino: Arturo está enfermo.
sus gomales a los colombianos de aquella zona. En todo caso, —¡No, no! Ya me tranquilicé. Creo que quise coger una
al oponerse a nuestros deseos, nos fugaríamos por el Isana, y, ardilla blanca. Las caras de ustedes me aterraron. ¡Tan horri-
cualquier día, enfrentándome a mi enemigo, le daría muerte, bles muecas…!
en presencia de Alicia y de los enganchados. Después, cuando Así dije, y aunque todos estaban pálidos, porque no dudaran
nuestro Cónsul desembarcara en Yaguanarí, en vía para el de mi salud me puse de guía por entre el bosque. Un momento
Guaracú, con una guarnición de gendarmes, a devolvemos la después se sonrió don Clemente:
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—Paisano, usted ha sentido el embrujamiento de la montaña. Por doquiera el bejuco de matapalo —rastrero pulpo de las
—¡Cómo! ¿Por qué? florestas— pega sus tentáculos a los troncos, acogotándolos y
—Porque pisa con desconfianza y a cada momento mira retorciéndolos, para injertárselos y trasfundírselos en metempsico-
atrás. Pero no se afane ni tenga miedo. Es que algunos árbo- sis dolorosas. Vomitan los bachaqueros sus trillones de hormigas
les son burlones. devastadoras, que recortan el manto de la montaña y por anchas
—En verdad no entiendo… veredas regresan al túnel, como abanderadas del exterminio, con
—Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos tras- sus gallardetes de hojas y de flores. El comején enferma los árbo-
torna cuando vagamos en la selva. Sin embargo, creo acertar les cual galopante sífilis, que solapa su lepra supliciatoria mientras
en la explicación: cualquiera de estos árboles se amansaría, tor- va carcomiéndoles los tejidos y pulverizándoles la corteza, hasta
nándose amistoso y hasta risueño, en un parque, en un camino, derrocarlos, súbitamente, con su pesadumbre de ramazones vivas.
en una llanura, donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera; mas Entretanto, la tierra cumple las sucesivas renovaciones: al pie
aquí todos son perversos, o agresivos, o hipnotizantes. En estos del coloso que se derrumba, el germen que brota; en medio de los
silencios, bajo estas sombras, tienen su manera de combatir- miasmas, el polen que vuela; y por todas partes el hálito del
nos: algo nos asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene fermento, los vapores calientes de la penumbra, el sopor de la
el marco de las espesuras, y queremos huir y nos extraviamos, muerte, el marasmo de la procreación.
y por esta razón miles de caucheros no volvieron a salir nunca. ¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mari-
Yo también he sentido la mala influencia en distintos casos, posas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el
especialmente en Yaguanarí. arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que sólo conocen
las soledades domesticadas!
* ** ¡Nada de ruiseñores enamorados, nada de jardín versallesco,
nada de panoramas sentimentales! Aquí, los responsos de sapos
Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva hidrópicos, las malezas de cerros misántropos, los rebalses de
inhumana. Árboles deformes sufren el cautiverio de las enre- caños podridos. Aquí, la parásita afrodisiaca que llena el suelo
daderas advenedizas, que a grandes trechos los ayuntan con de abejas muertas; la diversidad de flores inmundas que se con-
las palmeras y se descuelgan en curva elástica, semejantes a traen con sexuales palpitaciones y su olor pegajoso emborracha
redes mal extendidas, que a fuerza de almacenar en años ente- como una droga; la liana maligna cuya pelusa enceguece los
ros hojarascas, chamizas, frutas, se desfondan como un saco de animales; la pringamoza que inflama la piel, la pepa del curujú
podredumbre, vaciando en la yerba reptiles ciegos, salaman- que parece irisado globo y sólo contiene ceniza cáustica, la uva
dras mohosas, arañas peludas. purgante, el corozo amargo.
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Aquí, de noche, voces desconocidas, luces fantasmagóri- de las intemperies, siempre famélicos y hasta desnudos porque
cas, silencios fúnebres. Es la muerte, que pasa dando la vida. las ropas se les podrían sobre la carne.
Óyese el golpe de la fruta, que al abatirse hace la promesa de su Por fin, un día, en la peña de cualquier río, alzan una choza
semilla; el caer de la hoja, que llena el monte con vago suspiro, y se llaman “amos de empresa”. Teniendo a la selva por ene-
ofreciéndose como abono para las raíces del árbol paterno; el migo, no saben a quién combatir, y se arremeten unos a otros
chasquido de la mandíbula, que devora con temor de ser devo- y se matan y se sojuzgan en los intervalos de su denuedo contra
rada; el silbido de alerta, los ayes agónicos, el rumor del regüeldo. el bosque. Y es de verse en algunos lugares cómo sus huellas
Y cuando el alba riega sobre los montes su gloria trágica, se ini- son semejantes a los aludes: los caucheros que hay en Colom-
cia el clamoreo sobreviviente: el zumbido de la pava chillona, bia destruyen anualmente millones de árboles. En los territo-
los retumbos del puerco salvaje, las risas del mono ridículo. rios de Venezuela el balatá desapareció. De esta suerte ejercen
¡Todo por el júbilo breve de vivir unas horas más! el fraude contra las generaciones del porvenir.
Esta selva sádica y virgen procura al ánimo la alucinación Uno de aquellos hombres se escapó de Cayena, presidio
del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicolo- célebre, que tiene por foso el océano. Aunque sabía que los
gía desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, sólo carceleros ceban los tiburones para que ronden la muralla, sin
entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los ner- zafarse los grillos se arrojó al mar. Vino a las vegas del Papu-
vios del hombre se convierten en haz de cuerdas, distendidas nagua, asaltó los tambos ajenos, sometió a los caucheros pró-
hacia el asalto, hacia la traición, hacia la acechanza. Los senti- fugos, y, monopolizando la explotación de goma, vivía con sus
dos humanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda parciales y sus esclavos en las barracas del Guaracú, cuyas luces
ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: lejanas, al través de las espesuras, palpitaban ante nosotros la
«¡Huyamos, huyamos!». noche que retardamos la llegada.
No obstante, es el hombre civilizado el paladín de la des- ¡Quién nos hubiera dicho en ese momento que nuestros
trucción. Hay un valor magnífico en la epopeya de estos piratas destinos describirían la misma trayectoria de crueldad!
que esclavizan a sus peones, explotan al indio y se debaten con-
tra la selva. Atropellados por la desdicha, desde el anonimato ***
de las ciudades, se lanzaron a los desiertos buscándole un fin
cualquiera a su vida estéril. Delirantes de paludismo, se despo- Durante los días empleados en el recorrido de la trocha hice una
jaron de la conciencia, y, connaturalizados con cada riesgo, sin comprobación humillante: mi fortaleza física era aparente, y mi
otras armas que el wínchester y el machete, sufrieron las más musculatura —que desgastaron fiebres pretéritas— se aflojaba
atroces necesidades, anhelando goces y abundancia, al rigor con el cansancio. Sólo mis compañeros parecían inmunes a la
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fatiga, y hasta el viejo Clemente, a pesar de sus años y lacradu- mi jactancia. ¿O habrían tomado una dirección que no fuera
ras, resultaba más vigoroso en las marchas. A cada momento la del Guaracú?
se detenían a esperarme; y aunque me aligeraron de todo peso, —Óigame, viejo Silva —grité deteniéndolo—. ¡Si no me
del morral y la carabina, seguía necesitando que el cerebro me lleva al Isana, le pego un tiro!
mantuviera en tensión el orgullo para no echarme a tierra y El anciano sabía que no lo amenazaba por broma. Ni sin-
confesarles mi decaimiento. tió sorpresa ante mi amenaza. Comprendió que el desierto me
Iba descalzo, en pernetas, malhumorado, esguazando tem- poseía. ¡Matar a un hombre! ¿Y qué? ¿Por qué no? Era un fenó-
bladeros y lagunas, por en medio de un bosque altísimo cuyas meno natural. ¿Y la costumbre de defenderme? ¿Y la manera
raigambres han olvidado la luz del sol. La mano de Fidel me de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de solucionar
prestaba ayuda al pisar los troncos que utilizábamos como puen- los diarios conflictos?
tes, mientras los perros aullaban en vano porque los soltara en Y por este proceso —¡oh, selva!— hemos pasado todos los
aquel paraíso de cazadores, que, ni por serlo, me entusiasmaba. que caemos en tu vorágine.
Esta situación de inferioridad me tornó desconfiado, irri-
table, díscolo. Nuestro jefe en tales emergencias era, sin duda, ***
el anciano Silva, y principié a sentir contra él una secreta
rivalidad. Sospeché que aposta buscó ese rumbo, descoso de Agachados entre la fronda, con las manos en las carabinas, atis-
hacerme experimentar mi falta de condiciones para medirme bábamos las luces de las barracas, miedosos de que alguien nos
con el Cayeno. No perdía don Clemente oportunidades de pon- descubriera. En aquel escondite debíamos pernoctar sin encen-
derarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la con- der fuego. Sollozando en la oscuridad pasaba una corriente
tingencia de cualquier fuga, sueño perenne de los caucheros, desconocida. Era el Isana.
que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la —Don Clemente —dije abrazándolo—: ¡en esto de rum-
muerte cierra todas las salidas de la montaña. bos es usted la más alta sabiduría!
Estas prédicas tenían eco en mis camaradas y se multiplica- —Sin embargo, le cogí miedo a la profesión: anduve per-
ron los consejeros. Yo no les oía. Me contentaba con replicar: dido más de dos meses en el siringal de Yaguanarí.
—Aunque vosotros andáis conmigo, sé que voy solo. ¿Estáis —Tengo presentes los pormenores. Cuando su fuga para
fatigados? Podéis ir caminando en pos de mí. el Vaupés…
Entonces, silenciosos, me tomaban la delantera y al espe- —Éramos siete caucheros prófugos.
rarme cuchicheaban mirándome de soslayo. Esto me indignaba. —Y quisieron matarlo…
Sentía contra ellos odio súbito. Probablemente se burlaban de —Creían que los extraviaba intencionalmente.
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la leche extraída. La respuesta no cambió nunca: «Cardoso sabe machete en cualquier lugar, los instaba días después a que lo
que no hay rumbero capaz de enfrentársele a estas montañas». acompañaran a recogerlo, partiendo del sitio que quisieran.
De noche, los caucheros dictaminaban sobre tal hipó- Una mañana, al salir el sol, vino una catástrofe impresentida.
tesis, tan sugestionadora como imposible, por tener de qué Los hombres que en el caney curaban su hígado, oyeron gritos
conversar: desaforados y se agruparon en la roca. Nadando en medio del
—Es claro que la fuga sería irrealizable por el Río Negro; río, como si fueran patos descomunales, bajaban los bolones
las lanchas del amo parecen perros de cacería. de goma, y el cauchero que los arreaba venía detrás, en canoa
—Mas logrando remontar el Cababurí es fácil descender minúscula, apresurando con la palanca a los que se demora-
al Maturacá y salir al río Casiquiare. ban en los remansos. Frente al barracón, mientras pugnaba
—Conforme. Pero el Río Negro tiene una anchura de por encerrar su rebaño negro en la ensenada del puertecito,
cuatro kilómetros. Hay que descartar los afluentes de su banda elevó estas voces, de más gravedad que un pregón de guerra:
izquierda. Más bien, aguas arriba por este caño Yurubaxí, a —¡Tambochas, tambochas! ¡Y los caucheros están aislados!
los sesenta y tantos días de curiara, dizque se encuentra un iga- ¡Tambochas! Esto equivalía a suspender trabajos, dejar
rapé que desemboca en el Caquetá. la vivienda, poner caminos de fuego, buscar otro refugio en
—¿Y para el río Vaupés no hay rumbo directo? alguna parte. Tratábase de la invasión de hormigas carnívo-
—¿A quién se le ocurre esa estupidez? ras, que nacen quién sabe dónde y al venir el invierno emigran
El barracón estaba situado sobre un arrecife que no se para morir, barriendo el monte en leguas y leguas, con ruidos
inunda, único refugio en aquel desierto. Mensualmente llegaba lejanos, como de incendio. Avispas sin alas, de cabeza roja y
la lancha del Naranjal a recoger la goma y a dejar víveres. Los cuerpo cetrino, se imponen por el terror que inspiran su veneno
trabajadores eran escasos y el beriberi mermaba el número, y su multitud. Toda guarida, toda grieta, todo agujero; árboles,
sin contar los que perecían en las lagunas, lanzados por la fie- hojarascas, nidos, colmenas, sufren la filtración de aquel oleaje
bre desde el andamio donde se trepaban a herir los árboles. espeso y hediondo, que devora pichones, ratas, reptiles y pone
Pese a todo, muchos pasaban meses enteros sin verle la en fuga pueblos enteros de hombres y de bestias.
cara al capataz, guareciéndose en chozas mínimas, y volvían Esta noticia derramó la consternación. Los peones del tambo
al tambo con la goma ya fumigada, convertida en bolones, que recogían sus herramientas y macundales con revoltosa rapidez.
entregaban a la corriente en vez de conducirlos en las curiaras. —¿Y por qué lado viene la ronda? —preguntaba Manuel
Acostumbrados a no alejarse de las orillas, carecían del instinto Cardoso.
de orientación, y esta circunstancia ayudó al prestigio de don —Parece que ha cogido ambas orillas. ¡Las dantas y los
Clemente, cuando se aventuraba por la floresta y clavando el cafuches atraviesan el río desde esta margen, pero en la otra
están alborotadas las abejas!
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—¿Y cuáles caucheros quedan aislados? Y allá van por entre la selva, con la ilusión de la libertad,
—¡Los cinco de la ciénaga de El Silencio, que ni siquiera llenos de risas y proyectos, adulando al guía y prometiéndole su
tienen canoa! amistad, su recuerdo, su gratitud. Lauro Coutinho ha cortado
—¿Qué remedio? ¡Que se defiendan! ¡No se les puede lle- una hoja de palma y la conduce en alto, como un pendón; Souza
var socorro! ¿Quién se arriesga a extraviarse en estos pantanos? Machado no quiere abandonar su bolón de goma, que pesa más
—Yo —dijo el anciano Clemente Silva. de dieciocho kilos, con cuyo producto piensa adquirir durante
Y un joven brasileño, que se llamaba Lauro Coutinho: dos noches las caricias de una mujer, que sea blanca y rubia y
—Iré también. ¡Allá está mi hermano! que trascienda a brandy y a rosas; el italiano Peggi habla de salir
a cualquier ciudad para emplearse de cocinero en algún hotel
* ** donde abunden las sobras y las propinas; Coutinho, el mayor,
quiere casarse con una moza que tenga rentas; el indio Venan-
Recogiendo los víveres que pudieron y provistos de armas y cio anhela dedicarse a labrar curiaras; Pedro Fajardo aspira a
de fósforos, aventuráronse los dos amigos por una trocha que, comprar un techo para hospedar a su madre ciega; don Cle-
partiendo de la barraca, profundiza las espesuras en la direc- mente Silva sueña en hallar una sepultura. ¡Es la procesión de
ción del caño Marié. los infelices, cuyo camino parte de la miseria y llega a la muerte!
Marchaban presurosos por entre el barro de las malezas, ¿Y cuál era el rumbo que perseguían? El del río Curícuriarí.
con oído atento y ojo sagaz. De pronto, cuando el anciano, Por allí entrarían al Río Negro, setenta leguas arriba del Naran-
abriéndose de la senda, empezó a orientarse hacia la ciénaga jal, y pasarían a Umarituba, a pedir amparo. El señor Castan-
de El Silencio, lo detuvo Lauro Coutinho. heira Fontes era muy bueno. En aquel sitio el horizonte se les
—¡Ha llegado el momento de picurearnos! ampliaba. En caso de captura, era incuestionable la explica-
Don Clemente ya pensaba en ello, mas supo disimular ción: salían del monte derrotados por las tambochas. Que le
su satisfacción. preguntaran al capataz.
—Habría que consultarlo con los caucheros. Al cuarto día de montaña principió la crisis: las provisio-
—¡Respondo de que convienen, sin vacilar! nes escasearon y los fangales eran intérminos. Se detuvieron a
Y así fue, porque al día siguiente los hallaron en un bohío, descansar, y, despojándose de las blusas, las hacían jirones para
jugando a los dados sobre un pañuelo y emborrachándose con envolverse las pantorrillas, atormentadas por las sanguijuelas.
vino de palmachonta, que se ofrecían en un calabazo. Souza Machado, generoso por la fatiga, a golpes de cuchillo
—¿Hormigas? ¡Qué hormigas! ¡Nos reímos de las tambo- dividió su bolón de goma en varios pedazos para obsequiar a
chas! ¡A picurearnos, a picurearnos! ¡Un rumbero como usted sus compañeros. Fajardo se negó a recibir su parte: no tenía
es capaz de sacarnos de los infiernos!
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alientos para cargarla. Souza la recogió. Era caucho, “oro Estaban nerviosos, tenían el presentimiento de la catás-
negro”, y no se debía desperdiciar. trofe. La menor palabra les haría estallar el pánico, la locura,
Hubo un indiscreto que preguntaba: la cólera. Todos se esforzaban por resistir. ¡Adelante!
—¿Hacia dónde vamos ahora? Como Lauro Coutinho pretendía mostrarse alegre, le soltó
Todos replicaron reconviniéndolo: una pulla a Souza Machado, que se había detenido a botar el
—¡Hacia adelante! caucho. Esto forzó los ánimos a resignarse a la hilaridad. Habla-
Mientras tanto, el rumbero había perdido la orientación. ron un trecho. No sé quién le hizo preguntas a don Clemente.
Avanzaba a tientas, sin detenerse ni decir palabra, para no difun- —¡Silencio! —gruñó el italiano—. ¡Recuerden que a los
dir el miedo. Por tres veces en una hora volvió a salir a un mismo pilotos y a los rumberos no se les debe hablar!
pantano, sin que sus camaradas reconocieran el recorrido. Con- Pero el anciano Silva, deteniéndose de repente, levantó los
centrando en la memoria todo su ser, mirando hacia su cerebro, brazos, como el hombre que se da preso, y, encarándose con
recordaba el mapa que tantas veces había estudiado en la casa sus amigos, sollozó:
del Naranjal, y veía las líneas sinuosas, que parecían una red —¡Andamos perdidos!
de venas sobre la mancha de un verde pálido en que resalta- Al instante, el grupo desventurado, con los ojos hacia las
ban nombres inolvidables: Teiya, Marié, Curí-curiarí. ¡Cuánta ramas y aullando como perros, elevó su coro de blasfemias y
diferencia entre una región y la carta que la reduce! ¡Quién le plegarias:
hubiera dicho que aquel papel, donde apenas cabían sus manos —¡Dios inhumano! ¡Sálvanos, mi Dios! ¡Andamos perdidos!
abiertas, encerraba espacios tan infinitos, selvas tan lóbregas, cié-
nagas tan letales! Y él, rumbero curtido, que tan fácilmente solía ***
pasar la uña del índice de una línea a otra línea, abarcando ríos,
paralelos y meridianos, ¿cómo pudo creer que sus plantas eran «Andamos perdidos». Estas dos palabras, tan sencillas y tan
capaces de moverse como su dedo? comunes, hacen estallar, cuando se pronuncian entre los montes,
Mentalmente empezó a rezar. Si Dios quisiera prestarle el un pavor que no es comparable ni al «sálvese quien pueda» de
sol… ¡Nada! La penumbra era fría, la fronda transpiraba un las derrotas. Por la mente de quien las escucha pasa la visión
vapor azul. ¡Adelante! ¡El sol no sale para los tristes! de un abismo antropófago, la selva misma, abierta ante el alma
Uno de los gomeros declaró con certeza súbita que le pare- como una boca que se engulle los hombres a quienes el hambre
cía escuchar silbidos. Todos se detuvieron. Eran los oídos que y el desaliento le van colocando entre las mandíbulas.
les zumbaban. Souza Machado quería meterse entre los demás: Ni los juramentos, ni las advertencias, ni las lágrimas del
juraba que los árboles le hacían gestos. rumbero, que prometía corregir la ruta, lograban aplacar a los
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extraviados. Mesábanse la greña, retorcíanse las falanges, se qué se pusieron a pensar en el extravío? ¿No los había instruido
mordían los labios, llenos de una espumilla sanguinolenta que una y otra vez en la urgencia de desechar esa tentación, que la
envenenaba las inculpaciones: espesura infunde en el hombre para trastornarlo? Él les acon-
—¡Este viejo es el responsable! ¡Perdió el rumbo por que- sejó no mirar los árboles, porque hacen señas, ni escuchar los
rer largarse para el Vaupés! murmurios, porque dicen cosas, ni pronunciar palabra, porque
—¡Viejo remalo, viejo bandido, nos llevabas con engañifas los ramajes remedan la voz. Lejos de acatar esas instrucciones,
para vendernos quién sabe dónde! entraron en chanzas con la floresta y les vino el embrujamiento,
—¡Sí, sí, criminal! ¡Dios se opuso a tus planes! que se trasmite como por contagio; y él también, aunque iba
Viendo que aquellos locos podían matarlo, el anciano delante, comenzó a sentir el influjo de los malos espíritus, por-
Silva se dio a correr, pero un árbol cómplice lo enlazó por las que la selva principió a movérsele, los árboles le bailaban ante
piernas con un bejuco y lo tiró al suelo. Allí lo amarraron, allí los ojos, los bejuqueros no le dejaban abrir la trocha, las ramas
Peggi los exhortaba a volverlo trizas. Entonces fue cuando don se le escondían bajo el cuchillo y repetidas veces quisieron qui-
Clemente pronunció aquella frase de tanto efecto: társelo. ¿Quién tenía la culpa?
—¿Queréis matarme? ¿Cómo podríais andar sin mí? ¡Yo Y luego, ¿por qué diablos se ponían a gritar? ¿Qué lograban
soy la esperanza! con hacer tiros? ¿Quién sino el tigre correría a buscarlos? ¿Acaso
Los agresores, maquinalmente, se contuvieron. les provocaba su visita? ¡Bien podían esperarla al oscurecer!
—¡Sí, sí, es preciso que viva para que nos salve! Esto los aterró y guardaron silencio. Mas tampoco hubieran
—¡Pero sin soltarlo, porque se nos va! podido hacerse entender a más de dos yardas: a fuerza de dar
Y aunque no le quitaron las ligaduras, postráronse de rodillas alaridos la garganta se les cerró, y, dolorosamente, hablaban a
a implorarle la salvación y le limpiaban los pies con besos y llantos. la sordina, con un jadeo gutural y torpe, como el de los gansos.
—¡No nos desampare! Antes de la hora en que el sol sanguíneo empenacha las
—¡Regresemos a la barraca! lejanías, fueles imperioso encender la hoguera, porque entre los
—¡Si usted nos abandona, moriremos de hambre! bosques la tarde se enluta. Cortaron ramas, y, esparciéndolas
Mientras unos plañían de este jaez, otros halábanlo de la sobre el barro, se amontonaron alrededor del anciano Silva a
cuerda, suplicando el regreso. Las explicaciones de don Clemente esperar el suplicio de las tinieblas. ¡Oh, la tortura de pasar la
parecían reconciliarlos con la cordura. Tratábase de un per- noche con hambre, entre el pensar y el bostezar, a sabiendas
cance muy conocido de rumberos y de cazadores y no era razo- de que el bostezo ha de intensificarse al día siguiente! ¡Oh, la
nable perder el ánimo a la primera dificultad, cuando había pesadumbre de sentir sollozos entre la sombra cuando los con-
tantos modos de solucionarla. ¿Para qué lo asustaron? ¿Para suelos saben a muerte!
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¡Perdidos! ¡Perdidos! El insomnio les echó encima su tropel Estúpidos de gozo, repitieron la misma frase: «¡Salvados!
de alucinaciones. Sintieron la angustia del indefenso cuando ¡Salvados!». Y, postrándose en tierra, apretaban el lodo con las
sospecha que alguien lo espía en lo oscuro. Vinieron los ruidos, rodillas, porque el dolor los dejó contritos, y entonaron un gran
las voces nocturnas, los pasos medrosos, los silencios impresio- ronquido de acción de gracias, sin preguntar en qué consistía
nantes como un agujero en la eternidad. la salvación. Bastó que otro hombre la prometiera para que
Don Clemente, con las manos en la cabeza, estrujaba su todos la proclamaran y bendijeran al salvador.
pensamiento para que brotara alguna idea lúcida. Sólo el cielo Don Clemente recibió abrazos, súplicas de perdón, pala-
podía indicarle la orientación. ¡Que le dijera de qué lado nace la bras de enmienda. Algunos querían atribuirse el exclusivo
luz! Eso le bastaría para calcular otro derrotero. Por un claro de mérito del milagro:
la techumbre, semejante a una claraboya, columbró un retazo —¡Las oraciones de mi madrecita!
de éter azul, sobre el cual inscribía su varillaje una rama seca. —¡Las misas que ofrecí!
Esta visión le recordó el mapa. ¡Ver el sol, ver el sol! Allí estaba —¡El escapulario que llevo puesto!
la clave de su destino. ¡Si hablaran aquellas copas enaltecidas Mientras tanto, la Muerte debió reírse en la oscuridad.
que todas las mañanas lo ven pasar! ¿Por qué los árboles silen-
ciosos han de negarse a decirle al hombre lo que debe hacer ***
para no morir? ¡Y, pensando en Dios, comenzó a rezarle a la
selva una plegaria de desagravio! Amaneció.
Treparse por cualquiera de aquellos gigantes era casi La ansiedad que los sostenía les acentuó en el rostro la
imposible: los troncos tan gruesos, las ramas tan altas y el vér- mueca trágica. Magros, febricitantes, con los ojos enrojecidos
tigo de la altura acechando en las frondas. Si se atreviera Lau- y los pulsos trémulos, se dieron a esperar que saliera el sol. La
ro Coutinho, que nervioso dormía abrazándolo por los pies… actitud de aquellos dementes bajo los árboles infundía miedo.
Quiso llamarlo, pero se contuvo: un ruidillo raro, como de rato- Olvidaron el sonreír, y, cuando pensaban en la sonrisa, les ple-
nes en madera fina, rasguñó la noche: ¡eran los dientes de sus gaba la boca un rictus fanático.
compañeros que roían pepas de tagua! Recelaron del cielo, que no se divisaba por ninguna parte.
Don Clemente sintió por ellos tal compasión, que resolvió Lentamente empezó a llover. Nadie dijo nada, pero se miraron
darles el alivio de la mentira. y se comprendieron.
—¿Qué hay? —le susurraron a media voz, acercándole las Decididos a regresar, moviéronse sobre el rastro del día
caras oscuras. Y palpaban los nudos de la soga que le ciñeron. anterior, por la orilla de una laguna donde las señales desa-
—¡Estamos salvados! parecían. Sus huellas en el barro eran pequeños pozos que se
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inundaban. Sin embargo, el rumbero cogió la pista, gozando que se alejaba la última ronda, pretendieron salir a tierra, pero
del más absoluto silencio como hasta las nueve de la mañana, sus miembros estaban paralizados, sin fuerzas para despegarse
cuando entraron a unos chuscales de plebeya vegetación donde del barrizal donde se habían enterrado vivos.
ocurría un fenómeno singular: tropas de conejos y guatines, Mas no debían morir allí. Era preciso hacer un esfuerzo.
dóciles o atontados, se les metían por entre las piernas bus- El indio Venancio logró cogerse de algunas matas y comenzó a
cando refugio. Momentos después, un grave rumor como de luchar. Agarróse luego de unos bejucos. Varias tambochas des-
linfas precipitadas se sentía venir por la inmensidad. garitadas le royeron las manos. Poco a poco sintió ensancharse
—¡Santo Dios! ¡Las tambochas! el molde de fango que lo ceñía. Sus piernas al desligarse de lo
Entonces sólo pensaron en huir. Prefirieron las sanguijuelas profundo produjeron chasquidos sordos. «¡Upa! ¡Otra vez y no
y se guarecieron en un rebalse, con el agua sobre los hombros. desmayar! ¡Ánimo! ¡Ánimo!».
Desde allí miraron pasar la primera ronda. A semejanza Ya salió. En el hoyo vacío burbujeó el agua.
de las cenizas que a lo lejos lanzan las quemas, caían sobre la Jadeando, boca arriba, oyó desesperarse a sus compa-
charca fugitivas tribus de cucarachas y coleópteros, mientras ñeros, que imploraban ayuda. «¡Déjenme descansar!». Una
que las márgenes se poblaban de arácnidos y reptiles, obli- hora después, valiéndose de palos y maromas, consiguió sacar-
gando a los hombres a sacudir las aguas mefíticas para que no los a todos.
avanzaran en ellas. Un temblor continuo agitaba el suelo, cual Esta fue la postrera vez que sufrieron juntos. ¿Hacia qué
si las hojarascas hirvieran solas. Por debajo de troncos y raíces lado quedó la pista? Sentían la cabeza en llamas y el cuerpo
avanzaba el tumulto de la invasión, a tiempo que los árboles se rígido. Pedro Fajardo empezó a toser convulsivamente y cayó
cubrían de una mancha negra, como cáscara movediza, que bañándose en sangre por un vómito de hemoptisis.
iba ascendiendo implacablemente a afligir las ramas, a saquear Mas no tuvieron lástima del cadáver. Coutinho, el mayor,
los nidos, a colarse en los agujeros. Alguna comadreja desor- les aconsejaba no perder tiempo. «Quitarle el cuchillo de la
bitada, algún lagarto moroso, alguna rata recién parida, eran cintura y dejarlo ahí. ¿Quién lo convidó? ¿Para qué se vino si
ansiadas presas de aquel ejército, que las descarnaba, entre estaba enfermo? No los debía perjudicar». Y en diciendo esto,
chillidos, con una presteza de ácidos disolventes. obligó a su hermano a subir por una copaiba para observar el
¿Cuánto tiempo duró el martirio de aquellos hombres, rumbo del sol.
sepultados en cieno líquido hasta el mentón, que observaban El desdichado joven, con pedazos de su camisa, hizo
con ojos pávidos el desfile de un enemigo que pasaba, pasaba y una manea para los tobillos. En vano pretendió adherirse al
volvía a pasar? ¡Horas horripilantes en que saborearon a sorbo tronco. Lo montaron sobre las espaldas para que se prendiera
y sorbo las alquitaradas hieles de la tortura! Cuando calcularon de más arriba, y repitió el forcejeo titánico, pero la corteza se
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despegaba y lo hacía deslizarse y recomenzar. Los de abajo lo remordimiento, mas se sinceraba ante su conciencia con sólo
sostenían, apuntalándolo con horquetas, y, alucinados por el pensar en su propia suerte. A pesar de todo, regresó a buscar-
deseo, como que triplicaban sus estaturas para ayudarlo. Al fin los. Halló las calaveras y algunos fémures.
ganó la primera rama. Vientre, brazos, pecho, rodillas le ver- Sin fuego ni fusil, vagó dos meses entre los montes, hecho
tían sangre. «¿Ves algo? ¿Ves algo?», le preguntaban. ¡Y con un idiota, ausente de sus sentidos, animalizado por la floresta,
la cabeza decía que no! despreciado hasta por la muerte, masticando tallos, cáscaras,
Ya ni se acordaban de hacer silencio para no provocar la hongos, como bestia herbívora, con la diferencia de que obser-
selva. Una violencia absurda les pervertía los corazones y les vaba qué clase de pepas comían los micos, para imitarlos.
requintaba un furor de náufrago, que no reconoce deudos ni No obstante, alguna mañana tuvo repentina revelación.
amigos cuando, a puñal, mezquina su bote. Manoteaban hacia Paróse ante una palmera de cananguche, que, según la leyenda,
la altura al interrogar a Lauro Coutinho. describe la trayectoria del astro diurno, a la manera del gira-
«¿No ves nada? ¡Hay que subir más y fijarse bien!». sol. Nunca había pensado en aquel misterio. Ansiosos minu-
Lauro sobre la rama, pegado al tronco, acezaba sin res- tos estuvo en éxtasis, constatándolo, y creyó observar que el
ponderles. A tamaña altitud, tenía la apariencia de un mono alto follaje iba moviéndose pausadamente, con el ritmo de una
herido, que anhelaba ocultarse del cazador. «¡Cobarde, hay cabeza que gastara doce horas justas en inclinarse desde el
que subir más!». Y locos de furia lo amenazaban. hombro derecho hasta el contrario. La secreta voz de las cosas
Mas, de pronto, el muchacho intentó bajarse. Un gruñido le llenó su alma. ¿Sería cierto que esa palmera, encumbrada
de odio resonó debajo. Lauro, despavorido, les contestaba: en aquel destierro como un índice hacia el azul, estaba indi-
«¡Vienen más tambochas! ¡Vienen más tambo…!». cándole la orientación? Verdad o mentira, él lo oyó decir. ¡Y
La última sílaba le quedó magullada entre la garganta, por- creyó! Lo que necesitaba era una creencia definitiva. Y por el
que el otro Coutinho, con un tiro de carabina que le sacó el derrotero del vegetal comenzó a perseguir el propio.
alma por el costado, lo hizo descender como una pelota. Fue así como al poco tiempo encontró la vaguada del río
El fratricida se quedó viéndolo. «¡Ay, Dios mío, maté a mi Tiquié. Aquel caño de estrechas curvas parecióle rebalse de
hermano, maté a mi hermano!». Y, arrojando el arma, se echó estancada ciénaga, y se puso a tirarle hojitas para ver si el agua
a correr. Cada cual corrió sin saber a dónde. Y para siempre corría. En esa tarea lo encontraron los Albuquerques, y, casi de
se dispersaron. rastra, lo condujeron al barracón.
Noches después los sintió gritar don Clemente Silva, pero —¿Quién es ese espantajo que han conseguido en la cace-
temió que lo asesinaran. También había perdido la compa- ría? —les preguntaban los siringueros.
sión, también el desierto lo poseía. A veces lo hacía llorar el —Un picure que sólo sabe decir: «¡Coutinho!… ¡Peggi!
¡Souza Machado…!».
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De allí, al terminar el año, se les fugaba en una canoa para Y partí solo, con el día ya entrado, hacia la vivienda del
el Vaupés. capataz.
Ahora está aquí sentado, en mi compañía, esperando que Mientras que marchaba con paso azaroso, empezó a tomar
raye el alba para que lleguemos a las barracas del Guaracú. cuerpo mi decisión y recordé el proyecto del catire Mesa: asal-
Quizás piensa en Yaguanarí, en Yavaraté, en los compañeros tar la barraca, apoderarnos del “tesoro” de don Clemente,
extraviados. «No vaya usted a Yaguanarí», me aconseja siem- coger los víveres que halláramos y huir con el rumbero por entre
pre. Yo, recordando a Alicia y a mi enemigo, exclamé colérico: los bosques, en busca de las cercanas fuentes del río Guainía,
—¡Iré, iré, iré! apercibidos para descenderlo, sin correr contingencias con el
Isana, su tributario.
* ** ¿No sería mejor invadir los tambos a plomo y cuchillo?
¿Por qué llegar como pordiosero a pedir amparo? Me detuve
Al amanecer suscitóse una discusión en que, por fortuna, no indeciso y miré atrás. Mis camaradas, sacando la cabeza por
perdí el aplomo. Tratábase de la forma como debíamos deman- entre las frondas, esperaban alguna orden. En otra situación,
dar la hospitalidad. les hubiera gritado con ásperas voces: «¡Mentecatos! ¡Para qué
Era indudable que la presencia inesperada de cuatro hombres dejan venir los perros!».
desconocidos provocaría en los tambos serias alarmas. Uno de Porque Martel y Dólar corrían presurosos sobre mi rastro;
nosotros debía arriesgarse a explorar el ánimo del empresario, y en breve instante, desesperándome de inquietud, llevaban por
para que los demás, que quedarían en expectativa, con la selva las barracas el anuncio de mi presencia. ¡Imposible retroceder!
libre, no se expusieran a sufrir irreparable servidumbre. Al fin, Avancé. No creía lo que estaba viendo. ¿Esas pobres rama-
se convino en que aquella misión me correspondía; pero mis das de estilo indígena eran los tan mentados barracones del
compañeros se negaban resueltamente a dejarme ir armado. Guaracú? ¿Esas viles casuchas, amenazadas por el rastrojo,
Con esta precaución ofendían mi cordura, y, sin embargo, podían ser la sede de un sátrapa, que tenía esclavos y concu-
la acepté de manera tácita. Evidentemente, ciertos actos como binas, señor de los montes y amo de los ríos? Cierto que los
que se anticipan a mis ideas: cuando el cerebro manda, ya caucheros sólo construyen habitaciones ocasionales y mudan
mis nervios están en acción. Era bueno privarme de cualquier su residencia de un caño a otro, conforme a la abundancia
medio que pudiera encender mi agresividad; y todo hombre del siringal; cierto que el Cayeno, establecido años antes cerca
armado está siempre a dos pasos de la tragedia. a los raudales del Guaracú, fue moviéndose Isana arriba,
Entregándoles el revólver que tenía al cinto, les repetí mis sin cambiarle el nombre a la empresa, hasta situarse en el
advertencias: «Esperadme aquí; si algo grave sucede, escaparé istmo de Papunagua para ejercer dominio sobre el Inírida, en
esta misma noche y nos reuniremos para…».
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contra de Funes. Pero estas razones no aliviaban mi desencanto —¡Váquiro, Váquiro! ¡Aquí hay un hombre!
ante el mal aspecto de la cauchería. No hallé qué decir. Me acerqué a la puerta inmediata. La
Uno de los tambos, a paciencia de sus moradores, estaba madona tenía en la mano un revólver, pequeñito como un
casi enmallado por andariego bejuco de hojas lanudas y cala- juguete. Mis camaradas estarían observando mis movimien-
bacitas amarillentas. En el suelo, espinas de pescado, conchas tos. El entrar sin sombrero en el barracón era la señal de que
de armadillo, vasijas de latas carcomidas por el orín. En sucios el capataz estaba presente. Más tardé yo en pensarlo que él en
chinchorros, tendidos sobre un humazo de tizones que ahuyen- salir de la pieza próxima, encapsulando la carabina.
taba zancudos, se aburrían unas mujeres de fístulas hediondas —¿Qué quiere busté?
a yodoformo y pañuelos amarrados en la cabeza. No me sin- —Señor, soy Arturo Cova. Gente de paz.
tieron, no se movieron. Parecíame haber llegado a un bosque La madona, como burlándose de sus nervios, dijo con pin-
de leyenda donde dormitaba la Desolación. toresca pronunciación, reparando en mí, mientras que guar-
Fueron mis cachorros los que disiparon el marasmo: en el daba el revólver entre el corpiño:
caney próximo hicieron chillar a un mico, que, amarrado por la —¡Oh, Alá! ¡Lleven a ese mugroso a la cocina!
cintura, colgábase de un palo al extremo de la correa. La dueña El Váquiro repuso extendiéndome su cuadrada mano:
salió. Gentes enfermas aparecieron. Por todas partes, chicuelos —¡Soy Aquiles Vácares, veterano de Venezuela, guapo pal
desnudos y mujeres grávidas. plomo y pa cualquier hombre!
—¿Usted trajo mañoco para vender? Por lo cual murmuré, descubriéndome reverente:
—Sí. ¿El amo está en casa? —¡Salud, general!
—En aquel caney. Dígale que compre. ¡Estamos con hambre!
—¡Mañoco, ay, mañoco! ¡De cualquier modo se lo pagamos! ***
Y con anticipada salivación saboreaban su propio deseo.
El caney del amo no tenía paredes: tabiques de palma divi- El Váquiro ocupó su chinchorro del corredor, con la carabina
dían los departamentos. Propiamente carecía de puertas, pero en las piernas. Ordenóme que me sentara en el banco próximo.
sus huecos se tapaban con planchas de chusque. Yo no supe en Quedéme perplejo, pero expliqué mi indecisión con estas razones:
aquel momento adónde llamar. Por encima de la palmicha que —General, ¿podrá ser posible que yo tome asiento al lado
le servía de muro a una alcoba, miré hacia adentro, con sutil de un jefe? Sus fueros militares me lo prohíben.
sospecha. En una hamaca de floreados flecos fumaba una mujer —Eso sí es verdá.
vestida de encajes. Era la madona Zoraida Ayram. ¡Y me vio El Váquiro era borracho, bizco, gangoso. Sus bigotes, ene-
fisgándola! migos del beso y la caricia, se le alborotaban, inexpugnables,
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sobre la boca, en cuyo interior la caja de dientes se movía de convicción. Yo mismo me admiraba de mi inventiva, riendo,
desajustada. En su mestizo rostro pedía justicia la cicatriz de por dentro, de mi propia solemnidad.
algún machetazo, desde la oreja hasta la nariz. Por el escote Éramos barraqueros del río Vaupés y residíamos en una
de su franela irrumpía del pecho un reprimido bosque de vello zona equidistante de Calamar y de la confluencia de Itilla y el
hirsuto, tan ingrato de emanaciones como abundante en sudor Unilla. Trabajábamos en mañoco, siringa y tagua. Teníamos
termal. Su cinturón de cuero curtido se daba pretensiones de en Manaos un cliente espléndido, la casa Rosas, en cuyo poder
muestrario bélico: cuchillo, puñal, cápsulas, revólver. Vestía me quedaba un ahorro de unas mil libras, que representaba
pantalones de caqui sucio y calzaba cotizas sueltas, que, al mi trabajo de penosos meses como productor y comisionista.
moverse, le palmoteaban bajo los talones. Al decir esto, noté que la madona ponía cuidado a mi
—¿Cómo hizo busté para adivinar los grados que tengo? relato, porque dejó de sonar la hamaca en el cuarto próximo.
—Un veterano tan eminente debe haber recorrido el Este detalle me produjo cierta zozobra y viré de rumbo en mis
escalafón. fantasías.
—¿El qué? —Señor general, por desgracia, el Vaupés nos opone rau-
—El escalafón. dales pérfidos; y perdimos en un trambuque, en el correntón
—Dígame: ¿y en Colombia suena mi nombre? de Yavaraté, nuestra cosecha de ahora tres años.
—¿Quién no ha oído nombrar al “valiente Aquiles”? Y repetí intencionalmente: «En el propio raudal de Yava-
—Eso sí es verdá. raté, contra las raíces de un jacarandá».
—¡Paladín homérida! La madona asomó a la puerta, llenando con su figura qui-
—Le advierto que no soy de Mérida sino de Coro. cio y dintel. Era una hembra adiposa y agigantada, redonda
En ese momento, en grupo acezante, aparecieron mis de pechos y de caderas. Ojos claros, piel láctea, gesto vulgar.
camaradas, desarmados, en la extremidad del corredor. El Con sus vestidos blancos y sus encajes tenía la apariencia de
Váquiro, sospechoso, se mantuvo en pie. Hice una modesta una cascada. Luengo collar de cuentas azules se descolgaba
presentación: desde su seno, cual una madreselva sobre una cima. Sus bra-
—Señor general, estos son compañeros míos. zos, resonantes por las pulseras y desnudos desde los hombros,
Los tres, sin acercarse, murmuraron confusos: eran pulposos y satinados como dos cojincillos para el placer,
—¡Señor general!… ¡Señor general! y en la enjoyada mano tenía un tatuaje que representaba dos
Comprendí que era tiempo de improvisar un discurso lírico corazones atravesados por un puñal.
para que el Váquiro se calmara. Tergiversé las instrucciones de ¡Entretanto que la miraba, absolví mentalmente tu inex-
don Clemente. Pronto adquirió mi lengua un tono irresistible periencia, desventurado Luciano Silva, y adiviné el desenlace
de tu pasión!
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—¿Cuáles son los muchachos que conocen el río Vaupés? descendiéramos al Inírida, hacia San Fernando del Atabapo,
—preguntó, regando en la atmósfera el cálido perfume de su donde podíamos consignarle al gobernador los productos que
abanico. consiguiéramos, pues era agente suyo y tenía el encargo de
—Los cuatro, señora. remitírselos, por el Orinoco, a la isla de Trinidad.
—¿Y el afiliado a la casa Rosas? ¿El comisionista? —¡Chicos! ¿Y no sabían que a Pulido lo asesinaron?
—Su admirador. —General, vivimos en el limbo de los desiertos…
—¿A cómo le ordenaron pagar el caucho? —Pues lo descuartizaron, por robarle lo que tenía y por
—El de primera, a un conto de reis. Poco más o menos a coger la Gobernación.
trescientos pesos. —¡El coronel Funes!
—¿No te lo dije, Váquiro, que no se puede pagar a más? —¡Qué coronel! ¡Está degradao! ¡Escupa ese nombre! ¡Cui-
—¡Mire: no le permito apodarme así! Dígame por mi nom- dao con volverlo a mentar aquí!
bre: ¡general Vácares! ¡Aprenda del joven Cova, que sí sabe Y por darme ejemplo, dejó caer ancha saliva y la refregó
tratar a los jefes! con los calcañales.
—Nada tengo que ver con nombres y títulos. Devuélvanme —Señor general, yo fui precavido: le hice saber a la casa
mi plata o páguenmela en caucho, a razón de trescientos pesos, Rosas que en ningún caso respondería por los accidentes que
menos el flete, porque yo no viajo de balde. ¡Lo demás, me la nueva ruta ocasionara; y, aprobada esta base, dejamos nues-
importa un comino! tras barracas hace ya dos meses, cargados de mañoco, sarrapia
—¡No sea grosera! y goma. ¡Pero el Inírida es tan envidioso como el Vaupés, y, al
—¡Pues entonces no sea tramposo, no sea canalla, ni tal por cual! llegar a la boca del Papunagua perdimos todo!
Sepa que a las damas se les atiende con guante blanco. Aprenda ¡Hemos venido por entre el monte, en el colmo de la mise-
también de este caballero, que me ha dicho “su admirador”. ria, a pedir amparo!
—Calma, mi señora; calma, general. —¿Y qué será lo que busté quiere?
El sofocado jefe ordenóme con gesto heroico: —Que me tripulen una canoa para enviar un correo a Manaos,
—¡Vámonos pa juera, onde no nos vengan a interrumpir! a llevar el aviso de la catástrofe y a traer dinero, sea de la caja
Al despedirme de la madona hice una profunda reverencia. de nuestro cliente, sea de mi cuenta; y que nos den posada a
los cuatro náufragos hasta que regrese tal expedición.
* ** —¡No tenemos marina…, estamos escasísimos de mañoco…!
—Deme usted un boga conocedor y el mulato Correa se irá con
—…Y como le decía, la casa Rosas me ordenó que en él. Pagaremos lo que se nos pida. Los jefes no conocen dificultades.
lo sucesivo esquiváramos el Vaupés y por el Caño Grande
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—¡Eso sí es verdá! —Joven, poco me gusta jurar en cruz, porque soy ateo. ¡Mi
La madona, que oía este diálogo, me llamó aparte: religión es la de la espada!
—Caballero, yo le podría vender un boga que es mío. Y llevando la diestra al cinto, como garantía de su jura-
—¡No interrumpa busté! ¡Déjenos conversar! mento, murmuró solemne:
—¿Es que acaso no es mío el rumbero Silva? ¿No les probé —¡Dios y Federación!
que era picure del personal de Yaguanarí? ¿No saben que Pezil
no me lo pagó? ***
—Señora, si usted desea… Si el general no me lo prohíbe…
—¡Qué general! ¡Este no es el que manda, sino el Cayeno! Al atardecer la madona reapareció. Por frente a la ramada que
Este es un pobre diablo que fanfarronea de administrador. nos destinó el Váquiro, me hizo el honor de pasear su tedio,
—¡No sea deslenguada! ¡Le voy a probar que sí tengo cubierta con un velo de gasa nívea que la defendía de los jejenes.
mando: joven, puede contar con la embarcación! Junto al fogón ocioso bostezábamos en silencio, esperando
—¡Gracias! ¡Gracias! En cuanto al boga, si la señora me a los pescadores que fueron al río a conseguir la cena. Franco
vende el picure, si me acepta un giro sobre Manaos… vació mañoco del bolsillo y lo comíamos a puñados, cuando
—¿Y qué me da en prenda mientras lo pagan? reparamos en la mujer. Al verla, volví la cara a otro lugar, con
—Nuestras personas. el sombrero sobre la frente, avergonzado de la miseria en que
—¡Oh, no! ¡Eso no! ¡Alá! me hallaba.
—No me sorprende la desconfianza. Es verdad que nues- —¿Me está mirando?
tras figuras nos contradicen la solvencia: descalzos, astrosos, —Mucho, pero aparenta disimular.
necesitados. Sólo aspiro a poner en manos de ustedes cuanto —¿Se fue?
poseemos. Escojan el personal que ha de realizar la comisión. —Les está haciendo cariños a los dos perros.
Lo indispensable es que salga pronto con nuestras cartas y —Déjate de observarla porque se acerca.
tenga cuidado con los valores y mercancías que solicitamos —¡Ya viene! ¡Ya viene!
y que ustedes mismos recibirán: drogas, vituallas y, especial- Levanté el rostro para afrontarla, y la vi venir hollando las
mente, algunos licores, porque conviene alegrar la vida en yerbas, blanca, entre la penumbra semilunar. Pasó junto a mí,
este desierto. saludándome con la mano, y envolvió este reproche en una
—Eso sí es verdá. sonrisa:
Cuando la madona, pensativa, nos dejó solos, le rogué al jefe: —¡Caramba! Estamos esquivos. ¡No hay como tener saldo
—¡Júreme, general, que contaremos con su valía! en la casa Rosas!
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Mudo, la vi alejarse hacia su caney, cuando Franco me de sus esfuerzos, ansiosa de llorar, huérfana de amparo y pro-
sacudió: tección! Tras el día sofocante, cuyo sol retuesta la piel y enro-
—¿Oíste? Ya está intrigada por el dinero. ¡Hay que con- jece los ojos con doble llama al quebrarse en la onda fluvial,
quistarla inmediatamente! la sospecha nocturna de que los bogas van a disgusto y han
—¡Sí! A ver si vuelve a decirme “mugroso”. ¡Caerá! ¡Caerá! concebido algún plan siniestro; tras el suplicio de los mosqui-
¡El desprecio de una mujer no tiene perdón! ¡Mugroso! Esta tos, el tormento de los zancudos, la cena mezquina, el rezongo
noche lavaremos nuestros vestidos y los secaremos a la can- del temporal, la borrasca encendida y vertiginosa. ¡Y aparen-
dela. Mañana… tar confianza en los marineros que quieren robarse la embar-
La turca extendió en el patio su silla portátil y se reclinó bajo cación, y relevarlos en la guardia, y aguantarles refunfuñas y
los luceros a respirar fragancias del monte. Aquella actitud no malos modos, para que al alba continúe el viaje, hacia el raudal
tenía más fin que el de fascinarme, aquellos ojos dirigidos a las que prohíbe el paso, hacia las lagunas donde el gomero prome-
alturas querían que los contemplara, aquel pensamiento que tió entregar un kilo de goma, hacia los ranchos de los deudo-
fingía vagar en la noche estaba conspirando contra mi reposo. res que nunca pagan y que se ocultan al divisar la nave tardía!
¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra bestial y calcula- Así, continuando el éxodo repetido, al monótono chapoteo
dora, sedienta de provechos, me vendía su tentación! de los canaletes, debió de medir la inmensa distancia que hay
Observándola de reojo, comencé a sentir la agresividad entre la miseria y el oro espléndido. Sentada sobre los fardos,
que precede a los desafíos. ¡Mujer singular, mujer ambiciosa, en la proa del batelón, al abrigo de su paraguas, repasaría en
mujer varonil! Por los ríos más solitarios, por las correntadas más la mente sus cuentas, confrontando deudas e ingresos, viendo
peligrosas, atrevía su batelón en busca de los caucheros, para impaciente cómo pasaba un año tras otro sin dejarle en las
cambiarles por baratijas la goma robada, exponiéndose a las manos valiosa dádiva, igual a esos ríos que donde confluyen
violencias de toda suerte, a la traición de sus propios bogas, al sólo arrojan espuma en el arenal. Quejosa de la suerte, agra-
fusil de los salteadores, deseosa de acumular centavo a centavo varía su decepción al pensar en tantas mujeres nacidas en la
la fortuna con que soñaba, ayudándose con su cuerpo cuando abundancia, en el lujo, en la ociosidad, que juegan con su vir-
el buen éxito del negocio lo requería. Por hechizar a los hom- tud por tener en qué distraerse, y que aunque la pierdan siguen
bres selváticos ataviábase con grande esmero, y al desembar- con honra, porque el dinero es otra virtud. Y ella, uncida al
car en los barracones, limpia, olorosa, confiaba la defensa de yugo de la pobreza, luchando a brazo partido para comprar el
sus haberes a su prometedora sensualidad. descanso de la vejez y volver a su tierra, que le negó todos los
¡Cuántas noches como esta, en desiertos desconocidos, placeres, menos el de quererla, el de recordarla. Quizás ten-
armaría su catre sobre las arenas todavía calientes, desilusionada dría madre a quien mantener, hermanos que educar, deudas
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sagradas que redimir. Y por eso la forzaría la necesidad a Aquella música de secreto y de intimidad daba motivo a
pulir su rostro, ataviar su cuerpo, refinar su labia, para que los evocaciones y saudades. Cada cual comenzó a sentir en su cora-
artículos adquirieran categoría; los cobros, provecho; las ofer- zón que lo interrogaba una voz conocida. Varias mujeres con
tas, solicitud. sus chicuelos vinieron a acurrucarse junto a la tañedora. Paz,
Esto pensaba yo con juicio romántico, desposeído de encono, misterio, melancolía. Elevado en pos del arpegio, el espíritu se
viéndola ingeniarse por adquirir imperio sobre mi ser. ¿Ambi- desligaba de la materia y emprendía fabulosos viajes, mientras
cionaba mi oro o mi juventud? Bien podía escoger lo que le el cuerpo se quedaba inmóvil, como los vegetales circunvecinos.
placiera. En aquel momento sentía por ella la solidaridad de Mi psiquis de poeta, que traduce el idioma de los sonidos,
los desgraciados. Su alma, endurecida por el comercio, debía entendió lo que aquella música les iba diciendo a los circuns-
pagar tributo a la pesadumbre y a la ilusión, aunque sus ambi- tantes. Hizo a los caucheros una promesa de redención, rea-
ciones fueran siempre vulgares. Quizás, como yo, del amor lizable desde la fecha en que alguna mano (ojalá que fuera la
humano sólo conocería la pasión sexual, que no deja lágri- mía) esbozara el cuadro de sus miserias y dirigiera la compa-
mas, sino tedio. ¿Alguien habría rendido su corazón? Pareció sión de los pueblos hacia las florestas aterradoras; consoló a las
no acordarse de Lucianito cuando, al mencionar a Yavaraté, mujeres esclavizadas, recordándoles que sus hijos han de ver
hice veladamente la evocación de la sepultura. Acaso otros la aurora de la libertad que ellas nunca miraron, e individual-
pesares constituirían el patrimonio de su dolor, pero era seguro mente nos trajo a todos el don de encariñarnos con nuestras
que su maciza femineidad no vivía insensible a las sugestio- penas por medio del suspiro y de la ensoñación.
nes espirituales: sus grandes ojos denuncian a ratos una con- En breves minutos volví a vivir mis años pretéritos, como
goja sentimental, que parece contagiada por la tristeza de los espectador de mi propia vida. ¡Cuántos antecedentes indica-
ríos que ha recorrido, por el recuerdo de los paisajes que no dores de mi futuro! ¡Mis riñas de niño, mi pubertad agreste y
ha vuelto a ver. voluntariosa, mi juventud sin halagos ni amor! ¿Y quién me
Lentamente, dentro del perímetro de los ranchos, empezó conmovía en aquel momento hasta ablandarme a la manse-
a flotar una melodía semirreligiosa, leve como el humo de los dumbre y desear tenderles los brazos, en un ímpetu de per-
turíbulos. Tuve la impresión de que una flauta estaba dialo- dón, a mis enemigos? ¡Tal milagro lo realizaba una melodía
gando con las estrellas. Luego me pareció que la noche era más casi pueril! ¡Indudablemente, la madona Zoraida Ayram era
azul y que un coro de monjas cantaba en el seno de las mon- extraordinaria! Intenté quererla, como a todas, por sugestión.
tañas, con acento adelgazado por los follajes, desde inconcebi- ¡La bendije, la idealicé! Y recordando las circunstancias que
bles lejanías. Era que la madona Zoraida Ayram tocaba sobre me rodeaban, lloré por ser pobre, por andar mal vestido, por
sus muslos un acordeón. el sino de tragedia que me persigue.
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—Te besé la cabeza y no sentiste. el afrecho precioso, pese a lo cual, los más listos recogieron del
—¡Para qué! suelo varios puñados y lleváronlos a la boca, con tierra y todo.
—¡Cual si hubiera besado tu inteligencia! El “espanto” de aquellos párvulos era el rumbero Clemente
—¡Oh, sí! Silva, que, habiendo ido a pescar, regresaba con las redes inefi-
Durante un momento quedóse inmóvil, menos pudorosa que caces. Grave recelo sienten ante el anciano, con quien los asus-
alarmada, sin mirarme ni protestar. De repente, se puso en pie. tan desde que salen de la lactancia, enseñándoles que, cuando
—¡Caballero, no me pellizque! ¡Está equivocado! crezcan, va a extraviarlos en el centro de los rebalses, bajo sirin-
—¡Nunca se equivoca mi corazón! gales oscurecidos, donde la selva habrá de tragárselos.
Y diciendo esto, le mordí la mejilla, una sola vez, porque en La arisca timidez de los indiecitos crece al influjo de gro-
mis dientes quedó un saborcillo de vaselina y polvos de arroz. tescas supersticiones. Para ellos el amo es un ser sobrenatural,
La madona, estrechándome contra el seno, prorrumpió llorosa: amigo del máguare, es decir, del diablo, y por eso los mon-
—¡Ángel mío, prefiérame en el negocio! ¡Prefiérame! tes le prestan ayuda y los ríos le guardan los secretos de sus
Lo demás fue de cuenta mía. violencias. Ahí está la isla del Purgatorio, en donde han visto
perecer, por mandato del capataz, a los caucheros desobe-
* ** dientes, a las indias ladronas, a los niños díscolos, amarrados
a la intemperie, en total desnudez, para que los zancudos y
Hasta diez chiquillos panzudos me cercaron con sus totumas, los murciélagos los ajusticien. Semejante castigo amedrenta a
gimoteando un ruego enseñado por sus mamás, quienes en los pequeñuelos, y, antes de cumplir cinco años de edad, salen
corrillo famélico los instigaban desde otro caney, ayudándoles a los cauchales en la cuadrilla de las mujeres, con miedo al
con los ojos en la súplica mendicante: «¡Mañoco, ay, mañoco!». patrón, que los obliga a picar los troncos, y con miedo a la
Entonces la madona Zoraida Ayram, con su mano usu- selva, que debe odiarlos por su crueldad. Siempre anda con
rera y blanca, que aún tenía la agitación de las últimas sensa- ellos algún hachero que les derriba determinado número de
ciones, quiso demostrar su munificencia y obtener mi aplauso: árboles, y es de verse entonces cómo, en el suelo, torturan al
ejerciendo derechos de ama de casa, franqueó la despensa a los vegetal, hiriéndole ramas y raíces con clavos y puyas, hasta
pedigüeños y les ordenó colmar sus vasijas hasta saciarse. Aba- extraerle la postrera gota de jugo.
lanzáronse los muchachos sobre el mapire, como chisgas sobre el —¿Qué opina usted, don Clemente, de estos rapaces?
trigal, cuando, de súbito, una vieja envidiosa los alarmó con estas —Que en mí le tienen miedo a su porvenir.
palabras: «¡Uiii! ¡Güipas! ¡El viejo!». Y la turba despavorida des- —Pero usted es hombre de buen agüero. Compare nuestros
bandóse con tal precipitación, que algunos cayeron derramando temores de hace dos días con la tranquilidad de que gozamos.
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Así dije; y pensando en nuestra pronta separación, nos crecen entecas, taciturnas, ¡hasta que un día sufren el espanto
arrepentimos íntimamente de haber hablado, y enmudecimos, de sentirse madres, sin comprender la maternidad!
procurando que nuestros ojos no se encontraran. Mientras íbamos caminando, estremecidos de indignación,
—¿Hoy ha conferenciado con mis compañeros? observé un semitecho de mirití, sostenido por dos horcones, de
—Como amanecimos pescando, estarán durmiendo la siesta. los cuales pendía chinchorro misérrimo, donde descansaba un
—¡Vamos a verlos! sujeto joven, de cutis ceroso y aspecto extático. Sus ojos debían
Y cuando pasamos ante un caney, cercano al río, vi un tener alguna lesión, porque los velaba con dos trapillos ama-
grupo de niñas, de ocho a trece años, sentadas en el suelo, en rrados sobre la frente.
círculo triste. Vestían todas chingues mugrientos, terciados —¿Cómo se llama aquel individuo que se tapó la cara con
en forma de banda y suspendidos por sobre el hombro con un la cobija, como disgustado por mi presencia?
cordón, de suerte que les quedaban pecho y brazos desnudos. —Un paisano nuestro. Es el solitario Esteban Ramírez,
Una espulgaba a su compañera, que se le había dormido sobre que tiene la vista a medio perder.
las rodillas; otras preparaban un cigarrillo en una corteza de Entonces acercándome al chinchorro y descubriéndole la
tabarí, fina como papel; esta, de cuando en cuando, mordía cabeza, le dije con voz tenue y emocionada:
con displicencia un caimito lechoso; aquella, de ojos estúpidos —¡Hola, Ramiro Estévanez! ¿Crees que no te conozco?
y greñas alborotadas, distraía el hambre de una criatura que
le pataleaba en las piernas, metiéndole el meñique entre la ***
boquita, a falta del pezón ya exhausto. ¡Nunca veré otro grupo
de más infinita desolación! Un singular afecto me ligó siempre a Ramiro Estévanez. Hubiera
—Don Clemente, ¿qué se quedan haciendo estas indieci- querido ser su hermano menor. Ningún otro amigo logró ins-
tas mientras tornan sus padres a la barraca? pirarme aquella confianza que, manteniéndose dignamente
—Estas son las queridas de nuestros amos. Se las cambia- sobre la esfera de lo trivial, tiene elevado imperio en el cora-
ron a sus parientes por sal, por telas y cachivaches o las arran- zón y en la inteligencia.
caron de sus bohíos como impuesto de esclavitud. Ellas casi Siempre nos veíamos, nunca nos tuteábamos. Él era mag-
no han conocido la serena inocencia que la infancia respira, nánimo; impulsivo yo. Él, optimista; yo, desolado. Él, virtuoso
ni tuvieron otro juguete que el pesado tarro de cargar agua o y platónico; yo, mundano y sensual. No obstante, nos acercó
el hermanito sobre el cuadril. ¡Cuán impuro fue el holocausto la desemejanza, y, sin desviar las innatas inclinaciones, nos
de su trágica doncellez! Antes de los diez años, son compelidas completábamos en el espíritu, poniendo yo la imaginación, él
al lecho, como un suplicio; y, descaderadas por sus patrones, la filosofía. También, aunque distanciados por las costumbres,
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nos influimos por el contraste. Pretendía mantenerse incólume pensado en ello. ¿Pero qué hacer? ¡En esa doncella se detuvo
ante la seducción de mis aventuras, pero al censurármelas lo mi aspiración!».
inundaba cierta curiosidad, una especie de regocijo pecami- Al poco tiempo de su fracaso sentimental no lo volví a ver.
noso por los desvíos de que lo hizo incapaz su temperamento, Supe que había emigrado a no sé dónde, y que la fortuna le fue
sin dejar de reconocerles vital atractivo a las tentaciones. Creo risueña, según lo predicaban, tácitamente, las relativas comodi-
que, por encima de sus consejos, más de una vez hubiera cam- dades de su familia. Y ahora lo encontraba en las barraca del
biado su temperancia por mis locuras. De tal suerte llegué a Guaracú, hambreado, inútil, usando otro nombre y con una
habituarme a comparar nuestros pareceres, que ya en todos venda sobre los párpados.
mis actos me preocupaba una reflexión: ¿qué pensará de esto Gran desconcierto me produjo su pesadumbre, y, por com-
mi amigo mental? pasiva delicadeza, no me atrevía a inquirir detalle ninguno de
Amaba de la vida cuanto era noble: el hogar, la patria, la su suerte. En vano esperé a que iniciara la confidencia. El tal
fe, el trabajo, todo lo digno y lo laudable. Arca de sus parien- Ramiro estaba cambiado: ni un apretón, ni una palabra cor-
tes, vivía circunscrito a su obligación, reservándose para sí los dial, ni un gesto de regocijo por nuestro encuentro, por todo
serenos goces espirituales y conquistando de la pobreza el lujo ese pasado que en mí renacía y en el cual poseíamos partes
real de ser generoso. Viajó, se instruyó, comparó civilizaciones, iguales. En represalia, adopté un mutismo glacial. Después,
comprendió a hombres y a mujeres, y por todo aquello adquirió por mortificarlo, le dije secamente:
después una sonrisilla sardónica, que tomaba relieve cuando —¡Se casó! ¿Sí sabías que se casó?
ponía en sus juicios la pimienta del análisis y en sus charlas la Al influjo de esta noticia resucitó para mi amistad un Ramiro
coquetería de la paradoja. Estévanez desconocido, porque en vez del suave filósofo apare-
Antaño, apenas supe que galanteaba a cierta beldad de ció un hombre mordaz y amargo, que veía la vida tal como es
categoría, quise preguntarle si era posible que un joven pobre por ciertos aspectos. Asiéndome de la mano, interrogó:
pensara compartir con otra persona el pan escaso que conseguía —¿Y será verdadera esposa, o sólo concubina de su marido?
para sus padres. Nada le traté a fondo porque me interrum- —¿Quién lo podrá decir?
pió con frase justa: «¿No me queda derecho ni a la ilusión?». —Claro que ella posee virtudes para ser la esposa ideal
Y la loca ilusión lo llevó al desastre. Tornóse melancólico, de que nos habla el Evangelio; pero unida a un hombre que
reservado, y acabó por negarme su intimidad. Con todo, algún no la pervirtiera y “encanallara”. Entiendo que el suyo es
día le dije por indagarlo: «Quiera el destino reservarle mi cora- uno de tantos como conozco, viudos de mancebía, momen-
zón a cualquier mujer cuya parentela no se crea superior, por táneos desertores de los burdeles, que se casan por vani-
ningún motivo, a mi gente». Y me replicó: «Yo también he dad o por interés, hasta por adquirir hembra de alcurnia a
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beneplácito de la sociedad. Pero pronto la depravan y la rele- Porque Ramiro no advirtiera que su talento provocaba
gan, o en el santuario del hogar la convierten en meretriz, mi admiración, aparenté displicencia ante sus palabras. Quise
pues su ardor marital ya no prospera sino reviviendo prácticas tratarlo como a pupilo, desconociéndolo como a mentor, para
de prostíbulo. demostrarle que los trabajos y decepciones me dieron más cien-
—¿Y eso qué importa? Con tal de llevar apellido ilustre cia que los preceptores de filosofismo, y que las asperezas de mi
que se cotice en el gran mundo… carácter eran más a propósito para la lucha que la prudencia
—¡Bendito sea Dios, porque aún existe la candidez! débil, la mansedumbre utópica y la bondad inane. Ahí estaban
Esta frase me hizo la impresión de un alfilerazo en mi epi- los resultados de tan grande axioma: entre él y yo, el vencido
dermis de hombre corrido. Y me di a acechar el momento de era él. Retrasado de las pasiones, fracasado de su ideal, senti-
probarle a Estévanez que yo también entendía de mordacidad; ría el deseo de ser combativo, para vengarse, para imponerse,
pero la ocasión no se presentaba y él expuso: para redimirse, para ser hombre contra los hombres y rebelde
—A propósito de apellidos, recuerdo cierta anécdota de un contra su destino. Viéndolo inerme, inepto, desventurado, le
ministro, de quien fui escribiente. ¡Qué ministro tan popular! esbocé con cierta insolencia mi situación para deslumbrarlo
¡Qué despacho tan visitado! Pronto me di cuenta de un fenó- con mi audacia:
meno paradójico: los aspirantes salían sin gangas, pero rebo- —Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por
saban de orgullo prócer. Una vez penetraron en la oficina dos estas selvas?
caballeros de punta en blanco, elegantes de oficio, profesores de —La energía sobrante, la búsqueda del Dorado, el atavismo
simpatía en garitos y salones. El ministro, al tenderles la mano, de algún abuelo conquistador…
puso atención a sus apellidos: —¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar
—Yo soy Zárraga —dijo uno. al que la tenga!
—Yo soy Cómbita —murmuró el otro. —Mal te cuadra el penacho rojo de Lucifer.
—¡Ah, sí! ¡Ah, sí! ¡Cuánto honor, cuánto gusto! ¡Ustedes —¿Pero no crees acaso en mi decisión?
son descendientes de los Zárragas y de los Cómbitas! —¿Y la tal mujer merece la pena? Si es como la madona
Y cuando salieron, le pregunté a mi augusto jefe: Zoraida Ayram…
—¿Quiénes son los antepasados de estos señorones, cuya —¿Sabes algo?
prosapia arrancó a usted un elogio tan espontáneo? —Me pareció que entrabas en su caney.
—¿Elogio? ¡Qué sé yo! Mi pleitesía fue de simple lógica: si —¿De modo que tus ojos no están perdidos?
el uno es Cómbita y el otro es Zárraga, sus respectivos padres —Todavía no. Fue una incuria mía, mientras fumigaba
llevarán esos apellidos. ¡Nada más! un bolón de goma. Prendí fuego, y, al taparlo con el embudo
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que se habilita de chimenea, una rama rebelde que chirriaba forzándolos con el foete a trabajos agobiadores, para demos-
quemándose, me lanzó al rostro un chorro de humo. trar la pujanza física de los cuitados y exigir por ellos un óptimo
—¡Qué horror! ¡Como si se tratara de una venganza con- precio. Gerenciaba también el zarzo de las mujeres, premiando
tra tus ojos! con sus cuerpos avejentados la abyección de ciertos peones, y a
—¡En castigo de lo que vieron! fuerza de mala índole ganóse el ánimo del Cayeno, hasta pos-
poner al Váquiro mismo, que lo odiaba y reñía.
* ** En el preciso instante que relataba Ramiro Estévanez tan
torpes abusos, principió a llegar a los tambos la desolada fila de
Esta frase fue para mí una revelación: Ramiro era el hombre caucheros, con los tarros de goma líquida y las ramas verdes del
que, según don Clemente Silva, presenció las tragedias de San árbol massaranduba, que prefieren para fumigar, porque pro-
Fernando del Atabapo y solía relatar que Funes enterraba la ducen humo denso. Mientras unos guindaban sus chinchorros
gente viva. Él había visto cosas extraordinarias en el pillaje y la para tenderse a sudar la fiebre o a lamentarse del beriberi que
crueldad, y yo ardía por conocer detalles de esa crónica pavorosa. los hinchaba, otros prendían fuego, y las mujeres amamanta-
Hasta por ese aspecto Ramiro Estévanez resultaba intere- ban a sus criaturas, que no les daban tiempo para quitarse de
santísimo; y como, al parecer, reaccionaba contra el divorcio la cabeza las tinajas rebosantes de jugo.
de nuestra fraterna intimidad, fuese amenguando en mi cora- Llegó con ellos y con el Váquiro un individuo que usaba
zón el resentimiento y empezamos a hacer el canje de nuestras abrigo impermeable y esgrimía en los dedos un latiguillo de
desdichas, refiriéndolas a grandes rasgos. Aquel día no cambia- balatá. Hizo limpiar una gran vasija y se puso a medir con una
mos palabra sobre la tiranía del coronel Funes, porque Ramiro totuma la leche que cada gomero presentaba, atortolándo-
no cesaba de hacerme el inventario de sus cuitas, como urgido los con insultos, con amenazas y reclamos, y mermándoles el
de protección. Lo que más me dolió de cuanto contaba fueron mañoco a que tenían derecho para cenar.
las inauditas humillaciones a que dio en someterlo un capataz —Mira —exclamó temblando Ramiro—: ¡mi hombre es
a quien llamaban el Argentino, por decirse oriundo de aquel aquel sujeto del impermeable!
país. Este hombre, odioso, intrigante y adulador, les impuso a —¡Cómo! ¿Ese que me observa por bajo el ala del som-
los siringueros el tormento del hambre, estableciendo la práctica brero? No hay tal argentino. ¡Ese es el famoso Petardo Lesmes,
insostenible de pagar con mañoco la leche de caucho, a razón popularísimo en Bogotá!
de puñado por litro. Había llegado a las barracas del Guaracú Al sentirse objeto de mi atención, multiplicaba las repren-
con unos prófugos del río Ventuario, y, queriendo vendérselos siones y trajinaba de aquí y de allí, como para que yo quedara
al Cayeno, convirtióse en explotador de sus propios amigos, lelo ante sus portentosas actividades de hombre de empresa
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y me diera cata de lo difícil que me sería contentar al futuro sueldo adecuado a su categoría de novio elegante, en lo cual
patrón. Dándolas de afanoso y ocupadísimo, marchó hacia mí, procedió muy bien, pues no es justo ni humano trajinar con
fingiendo escribir en una libreta, mientras caminaba, para tener talegas y mazos de billetones, padeciendo necesidades, con el
pretexto de atropellarme. suplicio de Tántalo día por día, y ser como el asno que mar-
—Amigo, ¿el nombre de usted? ¿Los informes de su cuadrilla? cha hambriento llevando la cebada sobre su lomo. Vine por
Picado por la insolencia del fantoche, volví la cara hacia aquí mientras olvidan el desfalco; tornaré presto, diciendo
los caucheros y respondí por soflamarlo: que andaba por Nueva York, y llegaré vestido a la moda, con
—Soy de la cuadrilla de los “pepitos”. Los envidiosos que abrigo de pieles y zapatos de caña blanca, a frecuentar mis
me conocieron en Bogotá me apodaron el Petardo Lesmes, relaciones, mis amistades, y a obtener otro empleo fructuoso.
aunque hace tiempo que no les pido nada, pese a los desem- ¡Estos son los informes de mi cuadrilla!
bolsos que ocasiona la sociedad. Prefería empeñar mi argo- Así terminé, remirando a Estévanez y feliz de haber encon-
lla de compromiso en cubículos y trastiendas, aun a riesgo de trado ocasión de exhibir mi mordacidad. El Petardo Lesmes,
que lo supiera mi prometida, con tal de ser munífico, cual lo sin inmutarse me argumentó:
requiere mi posición social. Ocupé mis ratos de estudio en —¡Mis tías y mis hermanas pagarán todo!
dirigir anónimos a mis primas contra sus pretendientes que —¿Con qué, con qué? Ustedes son pobres, hijos de ricos.
no eran ricos o que no eran chic. Alegré corrillos de esqui- Dividida la herencia, nos igualamos.
nas, señalando con dedo cínico a las mujeres que desfila- —¿Arturo Cova igualarse a mí? ¿Cómo, de qué manera?
ban, calumniándolas en mil formas, para acreditar mi cartel —¡De esta! —y rapándole el látigo, le crucé el rostro.
de perdonavírgenes. Fui cajero de la Junta de Crédito Dis- El Petardo salió corriendo, entre el ruido del impermea-
trital, por llamamiento unánime de sus miembros. Los cien ble, gritando que le prestaran una carabina. ¡Y no me mató!
mil dólares del alcance no salieron todos en mi maleta: me El Váquiro, la madona y mis compañeros acudieron a
dieron únicamente el quince por ciento. Acepté la designa- contenerme. Entonces un cauchero corpulentísimo sonrió
ción con previo acuerdo de firmar recibo por un caudal que cuadrándose:
ya no existía. Palabra dada, palabra sagrada. Al principio —Eso sí no sería con yo. ¡Si usté me hubiera tocao la cara,
tuve vagos escrúpulos de inexperto, pero la Junta me decidió. uno de los dos estaría en el suelo!
Recordóme el ejemplo de tanto pisco que saquea con impu- Varios del corrillo que nos rodeaban le replicaron:
nidad habilitaciones, bancos, pagadurías, sin menoscabar su —¡No se meta de guapetón, acuérdese del Chispita, que
buena reputación. Fulano de tal falsificó cheques; zutano adul- en el Putumayo le echaba rejo!
teró cuentas y depósitos; perencejo se puso por la derecha un —¡Sí, pero onde lo vea le corto las manos!
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más desgraciados que el infeliz de Luciano Silva, pues no habrá —Le estoy diciendo a la casa Rosas que tienes un caucho
quien repatrie nuestros despojos! maravilloso.
Y aunque el Váquiro ebrio y la madona concupiscente me Ramiro, indignado, se retiró.
esperaban para yantar, me encerré en la oficina del patrón, y, en —Amor, no le digas eso, porque me pedirá que se lo dé
compañía de Ramiro Estévanez, redacté para nuestro Cónsul en pago.
el pliego que debía llevar don Clemente Silva, una tremenda —¿Acaso le debes?
requisitoria, de estilo borbollante y apresurado como el agua —¡La deuda no es mía, pero… quisiera que me ayudaras!…
de los torrentes. —¿Te obligaste como fiadora?
—Sí.
* ** —Pero el deudor te daba lotes de caucho.
—Eran para mí, no para la deuda.
Esa noche, el Váquiro, deteniéndose en el umbral, interrumpía —¡Y lo mató un árbol! ¿No es verdad que lo mató un árbol,
nuestra labor con impertinencias: el de la ciencia del bien y del mal?
—¡Pida cachaza, pida tabaco y tiros de wínchester! —¡Oh! ¿Tú sabes? ¿Tú sabes?
A su vez, el catire Mesa, provisto de una antorcha, se pre- —¡Recuerda que he vivido en el Vaupés!
sentaba a repetir: La madona, desconcertada, retrocedía, pero yo, sujetán-
—La canoa está lista, pero no hay quien entregue el quin- dola por los brazos, la obligué a hablar:
tal de caucho que deben llevar como dinero para cubrir los —¡No te afanes, no te desesperes! ¿Es tuya la culpa de que
costos del viaje. el muchacho se matara? ¡No me niegues que se suicidó!
Y la madona, con fastidiosa desfachatez, entraba en el cuar- —¡Sí, se mató! ¡Pero no lo cuentes a tus amigos! ¡Tenía tantas
tucho mal iluminado, me interrogaba familiarmente, me ser- deudas! ¡Quería que me quedara en los siringales viviendo con
vía pocillos de café tinto, que ella misma endulzaba a sorbos, él! ¡Imposible! ¡O que nos casáramos en Manaos! Un absurdo.
dándome por servilleta la punta de su delantal. ¡Y en el último viaje, cuando pernoctamos en el raudal, lo des-
En presencia del casto Ramiro, apoyó la mejilla en mi hom- engañé, le exigí que me dejara, que se volviera! Empezó a llorar.
bro, viendo correr la pluma sobre las páginas, a la resinosa luz ¡Él sabía que yo cargaba el revólver entre el corpiño! Inclinóse
del candil, admirada de mi destreza en trazar signos que ella sobre mi hamaca, como oliéndome, como palpándome. ¡De
no entendía, tan diferentes del alfabeto árabe. pronto, un disparo! ¡Y me bañó los senos en sangre!
—¡Quién supiera escribir tu idioma! Ángel mío, ¿qué po- La madona, sacudida por el relato, fue ganando la puerta,
nes ahí? con las manos sobre la blusa, como si quisiera tapar la mancha
caliente. ¡Y me quedé solo!
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Entonces sentí ascender palabras de llanto, juramentos, Erraría quien imaginara que mi lápiz se mueve con deseos
imprecaciones, que salían del caney próximo. Don Clemente de notoriedad, al correr presuroso en el papel tras de las pala-
Silva y mis camaradas me rodearon enfurecidos: bras para irlas fijando sobre las líneas. No ambiciono otro fin
—¡Me los botaron! ¡Ah, miserables! ¡Me los botaron! que el de emocionar a Ramiro Estévanez con el breviario de mis
—¡Cómo! ¡Será posible! aventuras, confesándole por escrito el curso de mis pasiones y
—¡Los huesos de mi hijo, de mi hijo desventurado, los tira- defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó
ron al río, porque la madona, esa perra cínica, les tenía escrú- el destino, y logra estimularse para la acción, pues siempre ha
pulo! ¡Ahora sí, cuchillo con estas fieras! ¡Mátelos a todos! sido provechosísima disciplina para el pusilánime hacer con-
Momentos después, sobre la canoa desatracada, vi erguirse frontaciones con el arriscado.
en la sombra el perfil colérico del anciano. Entré en el agua para Todo nos lo hemos dicho y ya no tenemos de qué conver-
abrazarlo una y otra vez, y escuché sus postreras admoniciones: sar. Su vida de comerciante en Ciudad Bolívar, de minero en
—¡Mátelos, que yo vuelvo! ¡Pero perdone a la pobre Alicia! no sé qué afluente del Caroní, de curandero en San Fernando
¡Hágalo por mí! ¡Como si fuera María Gertrudis! del Atabapo, carece de relieve y de fascinación; ni un episodio
Y se fue la canoa, y comprendíamos que los viajeros agita- característico, ni un gesto personal, ni un hecho descollante
ban los brazos hacia nosotros en la lobreguez del cauce sinies- sobre lo común. En cambio, yo sí puedo enseñarle mis huellas
tro. Llorando, repetimos las palabras de Lucianito: «¡Adiós, en el camino, porque si son efímeras, al menos no se confun-
adiós!». den con las demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas,
Arriba, el cielo sin límites, la constelada noche del trópico. con jactancia o con amargura, según la reacción que produ-
¡Y las estrellas infundían miedo! cen en mis recuerdos, ahora que las evoco bajo las barracas
del Guaracú.
* ** Si el Váquiro deletreara las apreciaciones que me suscita, se
vengaría soltándome, libre de ropas, en la isla del Purgatorio,
Va para seis semanas que, por insinuación de Ramiro Esté- para que las plagas dieran remate a las sátiras y al satírico. Pero
vanez, distraigo la ociosidad escribiendo las notas de mi odi- el general es más ignorante que la madona. Apenas aprendió
sea, en el libro de Caja que el Cayeno tenía sobre su escritorio a dibujar su firma, sin distinguir las letras que la componen, y
como adorno inútil y polvoriento. Peripecias extravagantes, está convencido de que la rúbrica es elevado emblema de sus
detalles pueriles, páginas truculentas forman la red precaria títulos militares.
de mi narración, y la voy exponiendo con pesadumbre, al ver A ratos escucho el taloneo de sus cotizas y penetra en el
que mi vida no conquistó lo trascendental y en ella todo resulta escritorio a charlar conmigo.
insignificante y perecedero.
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—Calculo que la curiara va más abajo del raudal del a los indios no se les lleva número. Dígale a su paisano que le
Yuruparí. cuente las matazones.
—¿Y no habrán tenido dificultades?… El Petardo Lesmes… —Ya me las contó. Ya las anoté.
—¡Pierda cuidao! Anda por el Inírida, y en esta semana
debe regresar. ***
—Señor general, ¿él cumple ciertas órdenes de usted?
—Lo mandé a perseguir a los indios del caño Pendare, pa «En el pueblecito de San Fernando, que cuenta apenas sesenta
aumentar los trabajadores. Y busté, joven Cova, ¿qué es lo que casas, se dan cita tres grandes ríos que lo enriquecen: a la
escribe tanto? izquierda, el Atabapo de aguas rojizas y arenas blancas; al frente,
—Ejercito la letra, mi general. En vez de aburrirme matando el Guaviare, flavo; a la derecha, el Orinoco, de onda imperial.
zancudos… ¡Alrededor, la selva, la selva!
—Eso ta bien hecho. Por no haber practicao, se me olvidó lo «Todos aquellos ríos presenciaron la muerte de los gome-
poco que sé. Afortunadamente, tengo un hermano que es un belitre ros que mató Funes el 8 de mayo de 1913.
en cosas de pluma. Dicen que era de malas pa la ortografía, pero «Fue el siringa terrible —el ídolo negro— quien provocó
cuando me vine lo vi jalarse hasta medio pliego sin diccionario. la feroz matanza. Sólo se trata de una trifulca entre empresa-
—¿Su hermano también estuvo en San Fernando del rios de caucherías. Hasta el gobernador negociaba en caucho.
Atabapo? «Y no pienses que al decir “Funes” he nombrado a per-
—¡No, no! Ni pa qué. sona única. Funes es un sistema, un estado de alma, es la sed
—¿Mi paisano Esteban Ramírez era amigo suyo? de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve
—¡Cuántas veces le he repetido que sí y que sí! Juntos nos uno solo el nombre fatídico.
le fugamos al indio Funes, porque sabrá busté que el Tomás «La costumbre de perseguir riquezas ilusas a costa de los
es indio. Si nos coge, nos despescueza. Y como yo conocía al indios y de los árboles; el acopio paralizado de chucherías para
Cayeno, resolvimos venir a buscarlo. Remontamos el río Guainía, peones destinadas a producir hasta mil por ciento; la compe-
desde Maroa, y por el arrastradero de los caños Mica y Rayao tencia del almacén del gobernador, quien no pagaba derecho
pasamos al Inírida. Y aquí nos ve, establecidos en el Isana. alguno, y al vender con mano oficial recogía con ambas manos;
—General, mi paisano agradece tanto… la influencia de la selva, que pervierte como el alcohol, llegaron
—A él le consta que si me vine no fue de miedo, sino por a crear en algunos hombres de San Fernando un impulso y una
no “empuercarme” matando al Funes. Busté sabe que ese ban- conciencia que los movió a valerse de un asesino para que ini-
dido debe más de seiscientas muertes. Puros racionales, porque ciara lo que todos querían hacer y que le ayudaron a realizar.
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«Ni creas que delinquía el gobernador al pegar la boca a la Ciudad Bolívar. ¿Quién tenía dinero listo? Los guardadosos. Mas
fuente de los impuestos, con un pie en su despacho y el otro en estos no lo ahorraban para prestarlo: compraban goma barata
la tienda. Tan contraria actitud se la imponían las circunstan- a quien tuviera necesidad de pagar tarifas de exportación. Al
cias, porque aquel territorio es como una heredad cuyos gastos principio, los mismos conspiradores entraron en competencia
paga el favorito que la disfruta, inclusive su propio sueldo. El en este negocio; luego sacaron de allí el pretexto para estallar:
gobernador de esa comarca es un empresario cuyos subalter- decir que Pulido dictó su decreto, aprovechando la carencia
nos viven de él; siendo sus empleados particulares, tienen una de numerario, para hacerse vender la goma a precio irrisorio,
función constitucional. Uno se llama juez, otro jefe civil, otro por intermedio de compinches confabulados. ¡Y lo mataron,
registrador. Les imparte órdenes promiscuas, les fija salarios y lo saquearon y lo arrastraron, y en una sola noche desapare-
los remueve a voluntad. Los tiempos del pretor, que impartía cieron setenta hombres!
justicia en las plazas públicas, reviven en San Fernando bajo
otra forma: un funcionario plenipotente legisla, gobierna y ***
juzga por conducto de parciales asalariados.
«Y no es raro ver en la población a individuos que, llega- «Desde días atrás —me refiere Ramiro Estévanez— advertí los
dos de lueñes tierras, se detienen frente a un ventorro y dicen preparativos del ominoso acontecimiento. Ya se decía, a boca
al ventero con urgida voz: “Señor juez, cuando se desocupe de tapada, que varios sujetos habían logrado infundirle a Funes la
pesar caucho, háganos el favor de abrir la oficina para presentar creencia de que era apto para adueñarse de la región y hasta
nuestras demandas”, y se les responde: “Hoy no los atiendo. En para ser presidente de la República cuando quisiera. No resulta-
esta semana no habrá justicia: el gobernador me tiene atareado ron falsos profetas los de aquel augurio: porque jamás, en ningún
en despachar mañoco para sus barraqueros del Beripamoni”. país, se vio tirano con tanto dominio en vida y fortunas como el
«Esto allí es legal, correcto y humano. Cualquiera tiene que atormenta la inmensurable zona cauchera cuyas dos sali-
derecho de preocuparse por las entradas del patrón: las rentas das están cerradas: en el Orinoco, por los chorros de Atures y
son el termómetro de los sueldos. Bolsillo flojo, pago mezquino. de Maipures; y en el Guainía, por la aduana de Amanadona.
«El gobernador Roberto Pulido, competidor comercial «Un día acudí a la casa del coronel, a tiempo que este ajus-
de sus gobernados, no había establecido impuestos estúpidos; taba la puerta del patio. Aunque intentó cerrarla rápidamente,
sin embargo, fraguábase la conjura para suprimirlo. Su mala alcancé a ver que en el interior había considerable número de
estrella le aconsejó dictar un decreto en el cual disponía que los caucheros, sentados en los pretiles y en los poyos de la cocina,
derechos de exportar caucho se pagaran en San Fernando, con limpiando sus armas. Estos hombres fueron traídos de las barra-
oro o con plata, y no con pagarés girados contra el comercio de cas del Pasimoni, como después se dijo, y llegaron a media noche
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que pronto serían asesinados en el solar. “¡Usted, a la lancha! pues debían fuertes avances, y, dándoles muerte, se aseguraba
¡Usted conmigo!”. En breves minutos colmóse el patio de ros- la ruina de sus empresarios; aquellos cayeron, estrangulando el
tros pavóricos. Tras la puerta del muro que da sobre el río se grito agónico, porque eran del tren gubernamental, empleados,
situó González con el machete. “¡A bordo, muchachos!”. Y el amigos o familiares del aborrecido gobernador. Los demás, por
que iba saliendo, rodaba decapitado, entre los hoyos que dieron celos, inquinas, enemistades.
tierra para levantar la edificación. —¿Cómo es posible que lo encuentre sin carabina? —pre-
«¡Ni un grito, ni una queja! guntóme Funes—. Usted no ha querido ayudarnos en nada.
«¡La noche, el motor, la tempestad! ¡Y eso que ya cubrí su deuda! ¡En este machete se lee el recibo!
«Y enseñaba contra el farol la hoja sanguinolenta y amellada.
* ** —No se exponga —agregó— a que el pueblo lo considere
enemigo de sus derechos y su libertad. Es preciso adquirir cre-
«Asomándome a la ventana del corredor, donde parpadeaba denciales: una cabeza, un brazo, lo que se pueda. ¡Tome ese
una lamparilla, vi arremolinarse en la oscuridad el rebaño de wínchester y “rebúsquese”! ¡Ojalá se topara con Dellepiani o
detenidos, recelosos de desfilar por la hórrida puerta, escalo- con Baldomero!
friados por la intuición del peligro cruento, erizados como los «Y cogiéndome por el hombro, muy amablemente, me
toros que perciben sobre la yerba olor de sangre. puso en la calle.
“¡A bordo, muchachos!”, repetía la voz cavernosa, desde el «Por el lado del puerto, hacia la laja de Maracoa, se agrupa-
otro lado del quicio feral. Nadie salía. Entonces la voz pronun- ron unas linternas y descendieron a lo largo de la orilla, alum-
ciaba nombres. brando las aguas y el arenal. Eran unas mujeres que gimoteaban
«Los de adentro intentaron una tímida resistencia: “¡Salga al través de los pañolones, buscando los cadáveres de sus deudos.
primero!”. “¡Al que llaman es a usted!”. “¿Pero por qué me —¡Ay! ¡Aquí le arrancaron los intestinos! ¡Lo tirarían a la
acosan a mí?”. ¡Y ellos mismos se empujaban hacia la muerte! resaca, pero ha de flotar al amanecer!
«En la pieza donde estaba yo comenzaron a descargar bul- «En tanto, en los solares, tipos enmascarados movían sus
tos y más bultos: caucho, mercancías, baúles, mañoco, el botín velas, con afán de esconder entre los hoyos llenos de basuras los
de los muertos, la causa material de su sacrificio. Unos murieron cuerpos de las víctimas y la responsabilidad de los matadores.
porque la codicia de sus rivales estaba clamando por el despojo; —¡Bótenlos al río! No me los dejen en este patio, que no
otros fueron sacrificados por ser peones en la cuadrilla de algún tardan en ponerse hediondos.
patrón a quien convenía mermarle la gente, para poner coto «Así clamaba una vejezuela, y, al verse desobedecida, amon-
a la competencia; contra estos fue ejecutado el fatal designio, tonó ceniza caliente en las improvisadas sepulturas.
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«A veces ambulaba por las esquinas alguna ronda de hom- rendijas hay ojos y oídos. Nadie puede salir del pueblo, ni ave-
bres protervos, que se atisbaban con desconfianza recíproca, dis- riguar por el deudo desaparecido, ni inquirir por el paradero
frazando sus estaturas y sus movimientos por hacer imposible la del conterráneo, sin exponerse a ser denunciado como traidor
identidad. Algunos se acercaban para tentarse la manga de la y enterrado vivo hasta la tetilla en la excavación que, forzada-
camisa, que debía estar remangada en el brazo izquierdo, pero mente, lo obligan a hacer en un arenal, donde el calor lo vaya
nadie supo de fijo con quién andaba ni a quién perseguía su acom- soasando y los zamuros le piquen los ojos.
pañante, y se separaban sin interrogarse ni reconocerse. Pasó la «Mas no sólo a los aledaños del caserío se circunscriben
lluvia, desaparecieron los cadáveres insepultos y, sin embargo, el estas tropelías: por selvas, ríos y estradas va creciendo la onda
alba indolente se retrasaba en ponerle fin a tan nefanda noche de del sobresalto, de la conquista, del exterminio. Cada cual mata
pesadilla. Cuando el pelotón iba a disgregarse, un hombre inclinó por cuenta propia, mientras que muere, y ampara sus crímenes
la cara sobre el vecino alumbrándolo con la brasa del tabaco. bajo supuestas órdenes del tirano, quien les da su aprobación
—¿Vácares? tácita, para deshacerse de los autores, que deja entregados a
—¡Sí! su mutua ferocidad.
«Y, en oyendo la voz gangosa, le infirió profunda facada «La especie de que Pulido prosperaba adquiriendo cau-
en el ancho pómulo. cho es inicua farsa. Bien saben los gomeros que el oro vegetal
«Hoy me asegura el Váquiro que el mismo Funes fue quien no enriquece a nadie. Los potentados de la floresta no tienen
le anduvo por el carrillo queriendo sajarle la yugular. Sólo que más que créditos en los libros, contra peones que nunca pagan,
en San Fernando no se atrevía a revelar el nombre de su agre- si no es con la vida, contra indígenas que se merman, contra
sor, por miedo a las reincidencias del coronel, ante quien daba bogueros que se roban lo que transportan. La servidumbre en
pábulo a la leyenda de que su herida fue ocasionada en osado estas comarcas se hace vitalicia para esclavo y dueño: uno y otro
duelo, al abatir en la oscuridad a diez contendores apandillados. deben morir aquí. Un sino de fracaso y maldición persigue a
«Y hubieras visto a qué extremos tan deplorables se abaja- cuantos explotan la mina verde. La selva los aniquila, la selva
ron los fernandinos por salvar su débil pellejo, haciéndose gratos los retiene, la selva los llama para tragárselos. Los que esca-
al déspota y a sus áulicos. ¡Qué adhesiones, qué aplausos, qué pan, aunque se refugien en las ciudades, llevan ya el maleficio
intimidades! La delación fue planta parásita que enredaba a en cuerpo y en alma. Mustios, envejecidos, decepcionados, no
vivos y a muertos y el chisme y la calumnia progresaron como tienen más que una aspiración: volver, volver, a sabiendas de
peste. Los que sobrevivieron a la catástrofe perdieron el dere- que si vuelven perecerán. Y los que se quedan, los que desoyen
cho de lamentarse y comentar, so riesgo de que por siempre los el llamamiento de la montaña, siempre declinan en la miseria,
silenciaran. Cada cual tornóse en espía, y tras de cerraduras y víctimas de dolencias desconocidas, siendo carne palúdica de
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La vorágine José Eustasio Rivera
hospital, entregándose a la cuchilla que les recorta el hígado añoro lo que perdí en tantas doncellas ilusionadas, que me
por pedazos, como en pena de algo sacrílego que cometieron miraron con simpatía y que en el secreto de su pudor halaga-
contra los indios, contra los árboles. ron la idea de hacerme feliz.
«¿Cuál podrá ser la suerte de los caucheros de San Fer- La misma Alicia, con todos los caprichos de la inexperien-
nando? Causa pavura considerarla. Pasado el primer acto de cia, jamás traicionó su índole aseñorada y sabía ser digna hasta
la tragedia, palidecieron; pero el caudillo que improvisaron ya en las mayores intimidades. Mi encono irascible, mi rencor
tenía fuerza, ya tenía nombre. Le dieron a probar sangre y aún perenne, el enojo que siento al recordarla, no alcanzan a des-
tiene sed. ¡Venga acá la Gobernación! Él mató como comer- lucir esa honestidad que, por fuerza, debo reconocerle y abo-
ciante, como gomero, sólo por suprimir la competencia; mas narle, aunque hoy la repudie por degradada y pérfida. ¡Cuánta
como le quedan competidores en siringales y en barracas, ha diferencia entre ella y la turca, a quien vence en todo, en gracia
resuelto exterminarlos con igual fin y por eso va asesinando a como en juventud! Porque esta jamona indecorosa alcanza los
sus mismos cómplices». límites de la marchitez y de la obesidad. Así lo noté desde que la
—¡La lógica triunfa! vi. Aunque pasa de los cuarenta, no se le descubre ni una “cana
—¡Que viva la lógica! blanca”, por milagro de sus cosméticos: ¡pero yo se las adivino!
¡Oh, fatiga de la presencia que disgusta! ¡Oh, asco de los
* ** besos que no se piden! Estaba obligado a disimular, en provecho
de nuestros planes, esa repulsión que la madona me produce,
Calamidades físicas y morales se han aliado contra mi exis- y a no tener descanso en mi desabrimiento, pues ninguno de
tencia en el sopor de estos días viciosos. Mi decaimiento y mi mis amigos ha podido sustituirme en el ruin oficio de tenerla
escepticismo tienen por causa el cansancio lúbrico, la astenia propicia. Ella los rechaza porque sabe que el del saldo en la
del vigor físico, succionado por los besos de la madona. Cual casa Rosas sólo soy yo. Ensayé, para libertarme, el gesto can-
se agota una esperma invertida sobre su llama, acabó presto sado, la frase dura, el desprecio que levanta ampolla. Por fin
con mi ardentía esta loba insaciable, que oxida con su aliento rompí con ella violentamente. Y hoy no hallo qué hacer para
mi virilidad. reconquistarla.
Y la odio y la detesto por calurosa, por mercenaria, por Sucede que estas noches los siringueros han invadido el zarzo
incitante, por sus pulpas tiranas, por sus senos trágicos. Hoy, de las mujeres, para gozarlas como premio de su semana, según
como nunca, siento nostalgia de la mujer ideal y pura, cuyos vieja costumbre. Hediondos a humo y a mugre, apenas acaban de
brazos brinden serenidad para la inquietud, frescura para el fumigar, se le presentan al centinela y con gesto lascivo encargan
ardor, olvido para los vicios y las pasiones. Hoy, como nunca, el turno. Los menos rijosos cambian su derecho a los impacientes
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por tabacos, por goma o por píldoras de quinina. Anoche, dos —¡Franco, Franco, por Dios! ¡La madona con los zarcillos
niñas montuvias lloraban a gritos en lo alto de la escalera, por- de tu mujer! ¡Con las esmeraldas de la niña Griselda!
que todos los hombres las preferían y les era imposible resistir
más. El Váquiro, amenazándolas con el foete, las insultó. Una de ***
ellas, desesperada, se tiró al suelo y se astilló un brazo. Acudimos
con luces a recogerla y la guarecí en mi chinchorro. ¿Cómo pintar la impresión penosa que fue ensombreciendo el
—¡Infames, infames! ¡Basta de abusos con estas mujeres des- rostro de Franco al escuchar mis exclamaciones? Sentado en
graciadas! ¡La que no tenga hombre que la defienda, aquí me tiene! la barbacoa, en compañía de Ramiro Estévanez, miraba tejer
¡Silencio! Algunas indígenas se me acercaron. En el otro mapires de palma al catire Mesa, quien les explicaba el modo
caney sonrieron unos jayanes que estimulaban su sensualidad sencillo de urdir la tramazón. Con denuedo instintivo, apenas
con chistes obscenos. Y, mirándome, continuaron su ocupación, pronuncié el nombre de su mujer, apretó los puños como aper-
encendidos en la trémula llamarada de los fogones, sobre cuyo cibiéndose para defenderla; pero luego inclinó la frente, encen-
humo hacían voltear —como un asador— el palo en que se dida por el rubor de la honra agraviada.
cuajaba el bolón de goma, bañándolo en leche a cada instante —¿Qué me importa la suerte de esa señora? —afirmó
con la tigelina o con la cuchara. rabioso. Y, destejiendo la canastilla, aparentaba tranquilidad.
—Oiga —me dijo uno—, si tanto le duele lo sucedido, De repente, dijo con tono brusco, como una cuchillada en
hagamos un cambio: préstenos la madona pa probarla. nuestro silencio:
Y la madona se enfureció porque no castigué al atrevido. —¡Quiero ver los zarcillos, quiero convencerme! ¿Dónde
—¿Te quedas manicruzado ante lo que oíste? ¿Para mí sí está la turca ladrona?
no habrá respeto? ¿Quiere decir que no tengo hombre? ¡Alá! —Cállate, que nos pierdes —le suplicábamos, porque
—¡Los tienes a todos! Zoraida venía hacia nosotros, trayendo en la boca un cigarrillo
—¡Pues entonces me paga lo que me debe! sin encender. Franco, taimado, le brindó los fósforos, y cuando
—¡Nada le debo! la madona se inclinó hacia la llama, lo vi dominar el impulso
Y esta mañana, cuando por consejo de mis amigos fui a de agarrarla por las orejas.
darle satisfacciones y a reconocerme deudor, la encontré ata- —¡Esos son, esos son! —repetía al volver. Y se echó boca
viada, energúmena, lacrimosa. abajo en el chinchorro, sin decir más.
—¡Ingrato, decirme que no cumple sus compromisos! Definitivamente, desde ese momento me abandonó la paz
Cogíle las mejillas, sin saber en dónde besarla, cuando de del espíritu. ¡Matar a un hombre! ¡He aquí mi programa, mi
pronto retrocedí descolorido de emoción, y gané la puerta. obligación!
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Siento en mi rostro el hálito frío, anuncio de las tempestades. Fue Ramiro Estévanez quien primero supo que los indios
A mal tiempo llega la hora tan calculada, tan perseguida. Lo que trasponían la goma de los depósitos, cargándola entre las tinie-
pedí al futuro es presente ya. Mientras avancé sobre la venganza, blas, hacia embarcaderos insospechados. Diole el denuncio
el conflicto final me parecía pequeño, por lo remoto; mas hoy, mi protegida, cierta noche que le vendaba el brazo enfermo;
al ver de cerca el desenlace, hallo desmesurada esta aventura, y, enterados de la ocurrencia, nos apostó la india en un escon-
cuando estoy sin salud y sin energías para engallarme y arremeter. dite para que viéramos sucederse la línea de bultos por entre
Pero no me verán buscarle la curva al peligro. Iré de frente, la maleza encubridora. Diez, quince, veinte nativos de los que
contrariando la reflexión, sordo al oscuro aviso que se eleva sólo entienden la lengua veral pasaban con sus cargas, pisando
desde el fondo de mi conciencia: ¡morir, morir! en el silencio como en una alfombra. Para mayor sorpresa,
Lo que más me agrava el aturdimiento es la opinión uná- cerraba el desfile la madona Zoraida Ayram.
nime de mis amigos sobre el modo de rematar la situación: «¡Cogerla! ¡Secuestrarla! ¡Impedir el viaje!». Así cuchicheá-
—Si Barrera está por aquí, ¿cuál es mi deber? bamos viéndola fundirse en la oscuridad. Sin tiempo de echar
—¡Matarlo, matarlo! mano a las carabinas, ocultas desde nuestra llegada, corrimos
Y tú mismo, Ramiro Estévanez, sostienes el fatal consejo, al tambo de la mujer. La lamparilla de encandilar murciélagos
a tiempo que yo, tal vez por cobardía, esperaba de tu cordura latía como una víscera. El equipaje, intacto. La hamaca, aún
fórmulas piadosas. Seré inexorable, pues lo queréis. ¡Gracias a tibia, estaba repleta de mantas y cojines, para simular bajo el
vosotros, vendrá la tragedia! mosquitero un cuerpo dormido; aquí las chinelas de piel de
¡Que conste! tigre; allá la colilla del último cigarrillo, humeando todavía en
el rincón. Estos detalles nos permitían respirar con sosiego. La
* ** madona no había salido para escaparse. Pero debíamos vigilar.
En la noche siguiente dimos comienzo a nuestros planes:
¡La niña Griselda, la niña Griselda! Franco y Helí, con taparrabos y con fardo al hombro, entra-
Franco y Helí la vieron anoche, sobre el puente de un batelón ron desnudos en la fila de los cargadores, por conocer la ruta
que ha dado en venir al rebalse próximo a embarcar el siringa del incógnito puerto y atisbar las maniobras de los aborígenes.
robado. Alumbraba con una lámpara la faena contrabandista, Mientras tanto, Ramiro entretuvo al Váquiro en su caney y yo
y si no distinguió a mis compañeros, al menos sabe ya que la pasé la noche con Zoraida. Sobrevino una imprevisión adversa
buscamos, porque Martel y Dólar se lanzaron a agasajarla, y o propicia: los perros, viéndose solos, cogieron el rastro de mis
ella, al partir el barco, se llevó los perros. compañeros y encontraron a su antigua dueña, que, mañosa-
mente, se los llevó, sin decir palabra.
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La vorágine José Eustasio Rivera
—A no haber sido por los cachorros —me declaraba Franco que no es colombiano sino para contados sitios del país. Tal vez,
al amanecer—, no la hubiera reconocido. ¡Tan espectral, tan al escuchar la relación de don Clemente, extienda sobre la mesa
anémica, tan consumida! Grave error cometimos al desertar de aquel mapa costoso, aparatoso, mentiroso y deficientísimo que
los indígenas cuando columbramos las luces del barco. Abier- trazó la Oficina de Longitudes de Bogotá, y le responda tras de
tos de la fila, en la oscuridad, observamos a corto trecho lo que prolija indagación: «¡Aquí no figuran ríos de esos nombres! Qui-
pasaba. Pero si hubieran descubierto nuestra presencia, nos zás pertenezcan a Venezuela. Diríjase usted a Ciudad Bolívar».
habrían asesinado. La pobre mujer, alzando una luz, miraba Y, muy campante, seguirá atrincherado en su estupidez,
angustiosa a todas partes; y en breve desatracaron y se fueron. porque a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni
—¡Qué desgracia! ¡Corremos el peligro de que ya no vuelva! siquiera sus geógrafos.
Entonces el Catire afirmó: Ante la madona, mientras tanto, es preciso vivir alerta. Siem-
—Desenterradas nuestras carabinas y en achaques de salir pre odié su idiosincrasia menesterosa, que tiene dos antenas,
a cauchar, rondaremos estas lagunas desde hoy. Fácil cosa es como los cangrejos: torpeza en el amor y astucia en el lucro.
hallar la guarida del bongo. Si la niña Griselda está con los Hoy, más que eso, me desazona su hipocresía, apenas inferior a
perros, bastará silbarlos. mi sagacidad. Pero su habilidoso fingimiento data de pocos días.
¡Hace cinco días que se hallan ausentes, y la incertidum- ¿Acaso, como piensa Ramiro, le llegó algún aviso contra mí?
bre me vuelve loco! ¿Qué será de Barrera, qué del Petardo Lesmes y del Cayeno?
—Zoraida, el que dijera que has cambiado conmigo, ten-
* ** dría razón.
—¡Alá! Como tú prefieres las indias…
La madona está cavilosa. Su disimulo es incompatible con mi —Harto convencida debes estar de lo contrario. Tu desvío
paciencia. A ratos he querido reducirla con amenazas, hablarle tiene por causa el arrebato aquel… ¡Y hasta me reprochaste
de Barrera y de los enganchados, obligarla a revelar todo. Otras que no te pagaba! ¿Qué testimonio puedo aducir como garantía
veces, desligado de la esperanza, intento resignarme a los capri- de mi honradez? Sólo un hombre, con quien tuve negocios en
chos del destino, a la fatalidad de los sucesos sobrevinientes, pasadas épocas y reside en este desierto, podría darte informes
dándoles la espalda, por sentirlos llegar sin palidecer. de mi rectitud. Cuando regrese la curiara que bajó a Manaos,
¿En quién esperar? ¿En el anciano Silva? ¡Sábelo Dios si iré a buscarlo a Yaguanarí porque le debo varios contos. ¡Se
tal curiara habrá perecido! Me juro que si bajan hasta Manaos, llama Ba-rre-ra!
nuestro Cónsul, al leer mi carta, replicará que su valimiento y La madona cambió de postura en el catrecillo y pestañeaba
jurisdicción no alcanzan a estas latitudes, o lo que es lo mismo, abriendo los labios.
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La vorágine José Eustasio Rivera
—¿Narciso? ¿Tu compatriota? —¡Dime! ¡Dime! ¿Cuándo tuve secretos para ti?
—Sí, que tiene negocios con un tal Pezil. Sin conocerme, Entonces aboqué el problema de lleno:
hízome el honor de enviarme dinero al alto Vaupés para que —Zoraida, quiero ser generoso con la mujer que me hizo
le enganchara indios y peones. Más tarde, recibí orden de sus- erótica dádiva de su cuerpo. Pero en ningún caso toleraré que
pender aquella gestión porque él mismo pensaba contratarlos se comprometa, imprudentemente, confiada en mí. Zoraida,
en Casanare. ¡Hombre raro y emprendedor, de audaces ideas! aquí todos saben que de noche transportas el caucho de los
Me ofrecía, a última hora, cederme a bajo precio cuantos sirin- depósitos del Cayeno a tu batelón.
gueros le sobraran. ¡Sin reparar en que ya le debía las sumas —¡Mentira! ¡Mentira de tus amigos, que no me quieren!
que me confió! Iré a verlo, a devolvérselas y a hacer un buen —Y que una mujer llamada Griselda les ha escrito cartas
trato, porque hoy a los caucheros se les gana mucho en el Vau- a mis compañeros.
pés. Si pudiera, no negociaría en goma sino en gomeros. —¡Mentira! ¡Mentira!
Al oír esto, la madona, poniéndome sus palmas en las rodi- —Y que al Cayeno se le avisó lo que está pasando.
llas, hizo la emocionante revelación: —¡Tus amigos! ¡En eso andan! ¡Tú permitiste!
—¡Los peones de Barrera no valen nada! ¡Todos con ham- —Y que algunos gomeros encontraron el escondrijo de tu
bre, todos con peste! A lo largo del río Guainía desembarcaban barco pirata.
en las casas de los caboclos, a robarse cuanto encontraban, a —¡Alá! ¡Qué hago! ¡Me roban todo!
tragarse lo que podían: gallinas, cerdos, fariña cruda, cáscaras Entonces yo, esquivo a la mano que me imploraba, salí del
de banano. ¡Tosiendo como demonios, devorando como lan- tambo, repitiendo con su sardónica displicencia:
gostas! En algunos sitios era indispensable hacerles disparos —¡Mentira! ¡Mentira!
para obligarlos a embarcarse. Pezil subió a encontrarlos hasta
su fundación de San Marcelino. Allí estaban enfermas varias ***
colombianas, y me dio una a precio de costo.
—¿Cómo se llama? Acabo de ver al Váquiro, tendido en su hamaca del caney, donde
—¡No sé! ¿Te importa saberlo? lo consume una fiebre alcohólica. A su redor, denunciando el
—Sí… No… Si hubiera venido, hablaría con ella, primero, soborno de la turca, hay desocupada botillería, cuyos capachos
para pedirle datos de esa gente, y, segundo, para encarecerle despiden aún el olor a brea, peculiar de los barcos recién arri-
absoluta reserva y circunspección. bados. Ramiro Estévanez, quien debe a la condescendencia del
—¿En qué asunto? ¿Por qué? capataz su actual descanso, sospechó las repentinas intimidades
—No daré mi confianza a quien me la quita. de la pareja, que a solas se encerraba en el depósito a cambiar
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La vorágine José Eustasio Rivera
palabras de miel: «¡Mi señora!», «¡Mi general!». Por orden de la protección generosa de quien me hospeda, por compensar
este vino a llamarme, advertido del disgusto con que todos ven con algún esfuerzo el descanso que el general le ha concedido
la desaparición de mis compañeros. El Váquiro, baboso y amo- a Ramiro Estévanez, castíguese en mí la omisión de no haber
dorrado, parecía dormitar con hipo anhelante, sin admitir otro pedido permiso previo a quien lo concede, si alguna vez nece-
remedio que la cachaza. sitó la delicadeza autorización de manifestarse.
—No lo dejes beber —dije a Ramiro—, porque revienta. —Eso sí es verdá.
Y el enfermo, clavando en mí sus ojillos idiotizados, me —Si es porque tú, Zoraida, andas repitiendo que jamás
reprendió: estuve en Manaos, según has colegido de mis respuestas a tus
—¡Nada le importa! ¡Basta de abusos! ¡Basta de abusos! preguntas sobre edificios, plazas, bancos y calles, te enredas en
—Mi general, respetuosamente pido permiso para explicarle… tu desconfianza, porque nunca he dicho que conocí esa capital.
—¡Entréguese preso! ¡O me presenta sus compañeros, o Para ser cliente de la casa Rosas no es indispensable pasar el
queda preso! umbral de sus almacenes; al menos, yo no necesité de tal requi-
Entonces Zoraida le confesó a Estévanez que el Petardo sito. Le debo al Cónsul de mi país el honor de ser afiliado a tan
Lesmes llegaría con el Cayeno en hora imprevista, y que pesa- rica firma. Al Cónsul, ¿oyes?, al Cónsul, quien a la fecha surca
ban contra nosotros no sé qué sospechas. el Río Negro y viene a corregir con su autoridad no sé qué
—¿Como cuál? —respondí con reposo fingido—. ¿Es que desmanes, como me lo anuncia en la última carta que recibí.
me calumnia el Petardo por mi adhesión al general Vácares? La madona y el Váquiro repitieron a dúo:
Pues si así fuere, vengan sobre mí las calamidades, porque —¡El Cónsul! ¡El Cónsul!
tengo el valor de reconocer el mérito ajeno, y seguiré procla- —¡Sí, el amigo mío, que al saber mi viaje a San Fernando del
mando que el hombre de espada está siempre por encima de Atabapo, me recomendó tomar, con sigilo, informes de los abu-
los demás. ¡Aquí y dondequiera! sos y asesinatos que en tierras colombianas ha cometido Funes!
El Váquiro dijo, levantándose del chinchorro: Así dije, y cuando salí haciendo campear mi falso orgullo
—¡Eso sí es verdá! de hombre influyente, el Váquiro y la madona no cesaban de
—Sí es —agregué— porque mis amigos les comunicaron barbotear:
mis ideas a varios peones y estos inducen que conspiro contra —¡El Cónsul! ¡Y son amigos!
el Cayeno, la culpa no está en lo que bien se dice sino en lo
que mal se entiende. Si es porque despaché a mis camaradas ***
a trabajar en la cuadrilla que escogieran, por el pudor de ver-
los ociosos, por el deseo de corresponder en cualquier forma a —¿Podría decirme busté —me rogaba el Váquiro— si en estas
cosas del indio Funes habrá de resultarme complicación alguna?
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La vorágine José Eustasio Rivera
—¿Pero acaso mi general tomó parte activa en la noche cuando la madona Zoraida Ayram colgó su linterna en la puerta
aciaga?… del cuarto que domina el río. Era la señal. Sobre la linfa tré-
—¡Obligao! ¡Obligao! mula del Isana corrían los reflejos, ordenando el arribo del bate-
Y la madona nos interrumpía: lón, en cuya prora se alistarían los tripulantes para la medianoche.
—¿El señor Cónsul podría ayudarme a cobrar mis crédi- Con certeza no puedo decir en qué momento convencí a
tos? Ya ves, el Cayeno niega la deuda y se fue del tambo para la madona de que debíamos fugarnos juntos. Mi cerebro ardía
no pagarme. Descríbeme en tu libro las cuentas. más que la lámpara del dintel, fulgía como el faro que convida
—Acaso el caucho que sacaste de los depósitos… las naves a entrar en el puerto. Una frase, una sola frase zum-
—Es un sernambí de pésima clase. Por fuera, el bolón duro baba frenética en mis oídos, proyectando en mis ojos imáge-
y pulido; por dentro, arenas, trapos y basuras. Perdí el trans- nes lúcidas: «Entre ella y la otra le cortaron la cara al pobre
porte de esa goma, porque no resistió la prueba: al ponerla en Barrera». ¿La otra, la otra, quién podía ser? ¿Y por qué motivo?
el agua se hundía. Si escuchara mis quejas el Cónsul… ¿Por celos, por venganza, por escaparse? ¿Alicia, era Alicia?
—Habría que ir a donde está él. ¿Cuál de las dos se había anticipado con mano débil a marcar
—Y si no ha venido… el trazo mortífero que mi encono másculo debía ensanchar?
—Viene, viene, y ha llegado a Yaguanarí. Esa mujer lla- ¡Y mientras me agobiaba la agitación, bailaba ante mis retinas
mada Griselda dice en sus cartas no sé cuántas cosas. Hay que la mueca de un rostro herido, que no era rostro, ni era mueca,
interrogarla. sino la mandíbula de Millán, partida por el golpe de la cor-
—Le tengo recelo. Es de malos hígados. Entre ella y la nada, que se reía injuriosamente, con risa enigmática y dolo-
“otra” le cortaron la cara al pobre Barrera. rosa como la de Barrera, como la de Barrera!
—¡Al pobre Barrera! ¡Bebí, bebí, bebí y no me embriagué! Mis nervios resistían la
—Por eso no le permito andar conmigo. acción maléfica del alcohol. Le arrebataba la copa al Váquiro,
—Conviene interrogarla inmediatamente. y, al apurarla, veía que el farol le prestaba al vidrio tonalidades
—¿Te atreverías? lívidas de puñal. Impaciente por la tardanza del bongo, iba del
—¡Sí! tambo al río y avizoraba en el cielo claro la hora de la media-
Y la niña Griselda vino. noche, viendo viajar la estrella tardía, calculando su llegada al
cenit. Seguíame por doquiera el Váquiro tambaleante, acosán-
* ** dome con chismes y preguntas:
Le entregó a la madona el caucho de los depósitos por saber
Jamás en la vida volveré a sentir tan asfixiadora expectación que yo respondería de su valor.
como la que embargó mi ánimo aquella tarde, al oscurecer,
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La vorágine José Eustasio Rivera
«¡Muy bien, muy bien!». La noche era azul y los barracones estaban desiertos. Ramiro
¡Ella había instigado al Petardo Lesmes a montar resguardo Estévanez, que no se apartaba de la orilla, vino a avisar que
en el rápido de Santa Bárbara para que detuviera la embarca- por el río bajaban ramas. El batelón debía de hallarse arriba,
ción de Clemente Silva; pero la curiara pasó! en el atracadero desconocido, enviando señales.
«¿Verdad, verdad?». Al oír esta nueva, operóse en mí un fenómeno orgánico: mis
Si el Cayeno notaba las mermas en el caucho del almacén, plantas se enfriaban, mis pulsaciones se moderaron y empecé a
sindicaría a Zoraida como ladrona. sentir un vago reposo que me llenaba de indolencia, a pesar de
«¡Muy bien, muy bien!». la fiebre súbita que prestaba a mi piel ardores de brasa. ¿Emo-
¿Había maliciado yo que la madona intentaba fugarse? cionarme yo porque una aventurera llegara al tambo? ¡Ya no
Pues pondría guarniciones para cerrar el río, a menos que el tenía interés en verla, ni en saber de nadie! ¡Si quería protec-
Cónsul pensara subir hasta el Guaracú y yo garantizara que ción, que me buscara! Y me embocé en un desdén irónico.
él no intentaría… —No me invites al puerto, Zoraida, porque no voy. ¡Si aún
«Pierda cuidado, que sólo viene a recoger informes para insistes en que interrogue a tu sirvienta, ha de ser a solas y en
acogotar al tirano Funes». este caney!
¿Por qué les avisaba el Petardo Lesmes que exhibiría testi- Minutos más tarde, cuando advertí que las dos mujeres
monios de que no éramos gomeros sino bandidos? llegaban, quise moverme a velar la llama del farol. Di algunos
«¡Calumnias, calumnias! ¡Somos amigos del señor Cónsul, pasos, y el pie derecho se me resistía: un leve hormigueo, una
y eso basta!». especie de parálisis cosquillosa me estremeció. Lerdamente
—Zoraida, Zoraida —decíale yo, apartándome del borra- avancé sin sentir el suelo, como si pisara en algodones. ¡La niña
cho—, cuando mis camaradas regresen, abandonaremos este Griselda corrió a abrazarme! Rechazándola con el gesto, le
presidio. dije a secas, ante la madona:
Y ella insistía: —¡Salud!
—¿Pero de veras no los han mandado a indisponerme con
el Cayeno? ¿Me quieres, me quieres? ***
—¡Sí, sí! —y cogiéndola por los brazos, la apretaba ner-
vioso, hasta hacerla gritar, y la miraba con ojos alucinados, Hoy escribo estas páginas en el Río Negro, río sugestivo que los
y la figura de la mujer borrábase de mi presencia, quedando naturales llaman Guainía. Desde ha tres semanas, en el bate-
sólo un paño sangriento sobre el busto lascivo, que la sien de lón de la turca, huimos de las barracas del Guaracú. Sobre la
Luciano Silva empapó de cálida púrpura. cresta de estas ondas retintas que nos van acercando a Yagua-
narí, frente a estas orillas que vieron bajar a mis compatriotas
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La vorágine José Eustasio Rivera
esclavizados, sobre estos remolinos que venció la curiara de dolor, pero mi orgullo se irguió como una esfinge, y enmudecí:
Clemente Silva, hago memoria de los sucesos aterradores que ¿preguntar por Alicia, averiguar por su paradero, demostrar
antevinieron a la fuga, inconforme con mi destino, que me interés por saber de ella? ¡Jamás! Sin embargo, creo que, incons-
obligó a dejar un rastro de sangre. ciente, balbucí alguna pregunta, porque Griselda, sonriendo
Aquí va la niña Griselda, de sabrosa palabra y espíritu enér- entre su llanto, replicó:
gico, cuyo rostro, desgastado por el dolor, aprendió a sonreír —¿A cuál de eyas te referís, a tu Clarita?
entre lágrimas. Cariño y coraje infúndeme al par esta desgra- —¡Sí!
ciada, que no se inmuta ante el peligro y supo desarmar mi —Pues recibime el pésame ma sentío, porque ahora la
cólera estúpida la noche que nos hallábamos, frente a frente, tiene don Funes. Barrera se la dio en pago del permiso pa tran-
solos, en el caney de la madona. sitá por el Orinoco y el Casiquiare. De ver su suerte yoraba la
—¡Salud! —repetí, haciendo ademán de salir del cuarto. pobre, y nosotras también yorábamos, pero, metía entre una
—Esperate, desconocío. ¡Aquí me han treido a garlar con vos! canoa, sin entregarle ni la ropita ni el baulito, se la yevaron pa
—¿Conmigo? ¿De qué? ¿Viene usted a contarme cómo le San Fernando del Atabapo, con una carta y algunos presentes.
ha ido? —¿Y la otra, la otra, cuál fue la de la cortada?
—¡Lo mismo que a vos! ¡Fregaíta, pero contenta! —¡Ah, descarriao! ¡Conque al fin preguntás por eya! Con-
—¿Y su negocio? ¿Cómo va la asistencia de las peonadas? fesame primero que la Clarita fue concubina tuya cuando tabas
¿A cómo tiene amasijo fresco? en Hato-Grande. ¡Si nosotras supimos too!
—Pa vos no tengo, porque no fío. Pero como te veo la nece- —¡Nunca! Pero dime, aquel miserable…
sidá, vení y arreglamos. —Personalmente nos yevó ese cuento, y toas las noches
Conmovido, al verla taparse el rostro con el pañuelo, le mandaba a Mauco a afligí a la niña Alicia; ¡que te la pasabas
pregunté: enchinchorrao con la tal mujé, que te la yevabas pa Venezuela
—¿Te enseñó a llorar el “niño” Barrera? y no sé qué ma! Decí, pue, si la otra tuvo razón en desespe-
—¿Yorar? ¿Y por qué? Es que desde el día que me pega- rarse. ¡Por eso se vino! ¡Por eso me la traje, porque yo tam-
ron un pescozón quedé resabiaa a tarme limpiando. bién queaba en el viento! ¡Fidel quería desenyugarse! ¡Me
Reprochándome de esta suerte la brutal escena de La trataba mal…!
Maporita, intentó reír, pero, de repente, convulsionada por los —Te advierto que no me importan esas fábulas. ¡Cada cual
sollozos, cayó a mis pies: merece su sino! ¡Lo que no acepto es que compliques a Barrera
—¡Déjate de burla, mirá que somos tan desgraciaos! en esa intriga, queriendo dártelas de inocente! ¿Y los paseítos en
Casi maquinalmente inclinéme para levantarla, con secreta la curiara? ¿Y las entrevistas a la medianoche?
satisfacción de verla rendida. Sentíame anonadado ante aquel
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La vorágine José Eustasio Rivera
—¡Pero no eran pa naa malo! ¡Tenés razón en juzgarme ayuarme, hablando con él, pa conseguir que me rebajara
así, por haberme chanceado con vos! ¡Ese fue mi pecao, pero siquiera el saldo. ¡En esas, me pegaste y querías matarnos,
ha sío ma grave la penitencia! ¡Yo necesitaba de alguna ayúa, y te fuiste pa onde Clarita, y Barrera me fue a advertir que no
y como la niña Alicia quería volverse pa su casa de Bogotá con esperara a Franco, porque vos le ibas a meté no sé cuántos chis-
don Rafael, me sobrevino la tentación! ¡Pero harto me pesa! mes y me podía molé a palos! ¡Y huyendo, eya de vos y yo
¡Jamás de los jamases le falté a Franco! de Fidel, nos vinimos solas ponde pudimos: ¡a buscá la vida
—¡Ah, si hablara el espectro del capitán…! en el Vichada!
—¡No me lo recordés! ¡La pagó caro por atrevío! ¡Pregún- —El cariño y el viento soplan de cualquier lado.
tale a Fidel, si querés detayes, pero no me lo recordés! ¡He sufrío —Hice mal en decirte eso. Como vos me gustabas y la niña
tanto! ¡Imaginá lo que fue pa mí tenderlo boqueando al pie de Alicia quería regresá… Pero ya ves qué viento tan inhumano,
mi honra! ¡Y dejé que Fidel se lo echara encima pa salvarme, tan espantoso: cayó sobre toos y nos ha dispersao que ni basu-
pa defenderme! Y luego, el suplicio de ve a mi hombre, triste, ras, lejos de nuestra tierra y de nuestro cariño.
desamorao, arrepentío, dejándome sola en La Maporita días La infeliz mujer principió a llorar y una ternura desbor-
y semanas, pa no mirarme, pa no tené que darme la mano, dante inundó mi pecho:
repitiéndome que deseaba largarse lejos, a otros países, onde —¡Griselda, Griselda! ¿Dónde está Alicia?
nadie supiera lo suceído y no tuviera que tar de peón jugán- —Tras la camorra con el Barrera, me separaron de eya y
dose la vida con las toraas. ¡En esas el tal Barrera se presentó, me vendieron. ¡Debe tar en Yaguanarí! Afortunadamente, la
y Franco me daba rienda pal entusiasmo, como queriendo salir enseñé a amarrarse las naguas, a sabé portarse. No la desam-
de mí, diciéndome, unas veces, que nos veníamos, otras, que paraba en too el camino: si salíamos del bongo, salíamos juntas,
él se queaba; hasta que Barrera, pa obligarme a cogé camino, si dormíamos en la playa, una contra otra, bien tapaas con la
me cobró los regalos que me había hecho, y yo no tenía con cobija. El Barrera taba chocao, pero sin atreverse a ser abusivo.
qué pagá, y me amenazaba con demandá al pobre Fidel! ¡Esas Una noche, entre el bongo, destapó boteya por emborracharnos.
eran las entrevistas! ¡Eso es lo que vos suponés de malo! ¡Como naa le recibíamos, les mandó a los bogas sacarme a
—¿Y quisiste saldar esa cuenta entregando a la “niña” Alicia? empeyones, y se lanzó a forzá a la niña Alicia; pero esta defondó
—¡Ponéle conciencia a lo que decís! ¡Cómo me vas a hacé la boteya contra la borda, y le hizo al beyaco, de un golpe, ocho
ese cargo! ¡Yo le di al Barrera cuanto era mío, sortijas, zarci- sajaduras en plena cara!
yos, y hasta quise vendé mi máquina pa pagale! Después de Cuando la mujer acabó de hablar, había partido yo mis
too, volvió a decirme que vos era rico, que te pidiera plata uñas contra la mesa, creyendo que mis dedos eran puñales. Fue
prestaa. La niña Alicia, que me sentía yorá de noche, ofreció entonces cuando noté que mi mano derecha estaba insensible.
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La vorágine José Eustasio Rivera
¡Ocho sajaduras! ¡Ocho sajaduras! ¡Y con llameantes ojos bus- —¡Eso! ¡Eso!
caba al infame en la habitación para ultimarlo, para morderlo, Y la niña Griselda se lo llevó.
para mascarlo! —Dime, ¿alcanzaste a poner en claro la cuenta que te
La niña Griselda me suplicaba: pedí? ¿La detallaste bien para mostrársela al señor Cónsul? Ya
—¡Cálmate, cálmate! Vámonos por eya a Yaguanarí. ¡Esa ves que Barrera todavía me debe, pues me engañó dándome
es una mujé honraa! ¡Te juro que no la han comprao, porque joyas ordinarias. Entrégame las sumas que le tienes. ¡Podías
ahora no sirve pa los trabajos, porque ta encinta! firmarme una obligación! ¿Qué te dijo la mujerzuela? ¡Vámo-
Al oír esto, ya no supe de mí. Como eco lejano llegaba a nos, tengo miedo!
mis oídos la voz de la patrona, que decía: Y Ramiro advirtió haciendo una seña:
—¡Vamonós, vamonós! ¡Fidel y el Catire me toparon esta —¡El Váquiro está despierto, en el corredor!
mañana y tan en el bongo! ¡Toos reconciliaos! No acierto a describir lo que fui sintiendo en esos instan-
tes: me parecía que estaba muerto y que estaba vivo. Evidente-
* ** mente, sólo la zona del corazón y gran parte del lado izquierdo
daban señales de perfecta vitalidad; lo demás no era mío, ni
Indudablemente, di alarmantes quejidos porque aparecieron la pierna, ni el brazo, ni la muñeca; era algo postizo, horrible,
en el umbral Ramiro Estévanez y la madona. estorboso, a la par ausente y presente, que me producía un fas-
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? tidio único, como el que puede sentir el árbol que ve pegada en
Y la niña Griselda, viéndome afónico, les repetía: su parte viva una rama seca. Sin embargo, el cerebro cumplía
—¡Nos vamos! ¡Nos vamos! ¡Dijeron los bogas que el admirablemente sus facultades. Reflexioné. ¿Era alguna aluci-
Cayeno puee yegá! nación? ¡Imposible! ¿Los síntomas de otro sueño de catalepsia?
Afanosa, Zoraida empezó a arreglar los bártulos, abrumando Tampoco. Hablaba, hablaba, me oía la voz y era oído, pero me
a su sierva con órdenes perentorias de ama gruñona. Ramiro, sentía sembrado en el suelo, y, por mi pierna, hinchada, fofa y
desconcertado, se acercó a tomarme el pulso. Las mujeres tra- deforme como las raíces de ciertas palmeras, ascendía una savia
jinaban haciendo envoltorios, y en breve, la madona, bajo su caliente, petrificante. Quise moverme y la tierra no me soltaba.
gran sombrero, me preguntó: ¡Un grito de espanto! ¡Vacilé! ¡Caí!
—¿Tienes alguna cosa que llevar? Ramiro exclamó, inclinándose presuroso:
Señalando difícilmente el libro desplegado en la mesa, el —¡Déjate sangrar!
libro de esta historia fútil y montaraz, sobre cuyos folios tiem- —¡Hemiplejia! ¡Hemiplejia! —le repetía desesperado.
bla mi mano, acerté a decir: —¡No! ¡El primer ataque de beriberi!
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este propósito, este anhelo, esta decisión! No tomes a mal que Intenté levantarme y resistirle, pero la pierna hinchada
sea mi querida; hoy es sólo una madre en espera de su pro- me lo impidió. Entonces el hombre, a patada y foete, me cayó
pio milagro. ¡Tantos en el mundo se resignan a convivir con encima, llamándome ladrón, llamándome aliado del indio
una mujer que no es la soñada, y, sin embargo, es la consen- Funes, hasta dejarme exánime en el suelo.
tida, porque la maternidad la santificó! ¡Piensa que Alicia no Cuando me enderecé, cubierto de sangre, sentí que el
ha delinquido, y que yo, despechado, la denigré! ¡Ven, sobre Cayeno andaba en los depósitos. A la sazón, la antigua peo-
el cadáver de mi rival habrás de vernos reconciliados! Vamos nada invadió el patio, donde había una patrulla de indios pri-
a buscarla a Yaguanarí. Nadie la compra porque está encinta. sioneros, con los puños engusanados bajo las sogas. Por entre
¡Desde el vientre materno mi hijo la ampara! ellos zanganeaba el Petardo Lesmes, apresurando a los capata-
De repente, Ramiro, desencajado, exclamó alejándose: ces, que examinaban el rebaño recién cogido para distribuirlo
—¡El Cayeno! ¡El Cayeno! entre sus cuadrillas. Sorda algarada llenaba el ámbito cuando
vi sacar del montón de hombres, con las manos atadas, al Pipa,
* ** al Pipa, que venía a identificarme, de acuerdo con instruccio-
nes del Petardo. Acercóse a mí, y afirmando sobre mi pecho
Aún me estremezco ante la visión de aquel hombre rechoncho su pie inmundo gritó:
y rubio, de rubicunda calva y bigotes lacios, que apercollando —¡Este es el espía de San Fernando!
al general Vácares, lo trincó sobre el polvo, urgiendo que lo —¡Y vos, animal —replicóle el cauchero corpulentísimo
colgaran de los pies y le pusieran humo bajo la cara. que lo seguía—, sos el Chispita de La Chorrera, el que, rasgu-
—¡Rediablos! —repetía mascando las erres—. ¡Rediablos! ñándolos, mataba los indios a su sabor, el que tantas veces me
¿No mandé que montaras guarniciones en el raudal? ¿Quién echaba rejo! ¡Prestame las uñas pa examinártelas!
despachó canoa para el Brasil? Y tirándolo de la coyunda lo llevaba de rastra, entre las
Y mientras los verdugos ejecutaban el suplicio, rugió rapán- rechiflas de los gomeros, hasta que, furibundo, le cercenó los
dole a la madona su fresco sombrero: brazos con el machete, de un solo mandoble, y boleó en el aire,
—¡Cocota! ¿No te descubres? ¿Qué haces aquí? ¿No te probé cual racimo lívido y sanguinoso, el par de manos amoratadas.
que nada te debo? ¿Dónde tienes el caucho que me robaste? El Pipa, atolondrado, levantóse del polvo como buscándolas, y
Y como la madona me señalaba, el gabacho alevoso mar- agitaba a la altura de la cabeza los muñones, que llovían sangre
chó contra mí: sobre el rastrojo, como surtidorcillos de algún jardín bárbaro.
—¡Bandido! ¿Sigues alebrestándome los gomeros? ¡Ponte Apenas el Cayeno reapareció, quedaron en silencio los
de pie! ¿Dónde se hallan tus dos amigos? barracones del Guaracú.
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—¡Colombiano! ¡A decirme dónde está el bongo! ¡A devol- explicaciones, para impedirle reparar en los fardos de mercan-
verme el caucho escondido! ¡A entregarme tus compañeros! cía. Allí estaban ocultos mis compañeros, mal tapados con un
Y cuando me metieron en la canoa y cruzábamos el río costal, bajo cuyo extremo les salían los pies. Por mi cara corría
hacia el batelón, vi por última vez a Ramiro Estévanez y a la un sudor de muerte. El Cayeno los vio, y, montando el revól-
madona Zoraida Ayram, sobre la barranca del puertecito, llo- ver, bajó hacia ellos.
rosos, trémulos, espantados. —Señor —balbucí—. ¡Son dos muchachos que están con
fiebres!
* ** El déspota inclinóse para descubrirlos, y, súbito, Fidel le
agarró el arma con ambas manos, mientras el Catire lo suje-
La niña Griselda, al verme contuso, adivinó lo que había pasado taba por la cintura. Salté como pude para arracimármeles,
y salió a recibirnos en la borda. El Cayeno, apagando la pipa con- pero el expresidiario, liso como un pez, se nos zafó repenti-
tra la suela del zapato, pareció vacilar ante repentina sospecha, namente, lanzándose al río. La niña Griselda le alcanzó a dar
porque ordenó a los bogas de la curiara que costearan el bongo. en la cabeza un canaletazo. Sobre las burbujas que el fugitivo
Los perros, iracundos, defendían el puente a grandes ladridos. provocó en el agua cayeron los perros. El Cayeno se sumer-
—Mujer —prorrumpí—, encadena a tus animales, que el gió. Listas, en las bandas, acechaban las carabinas. «¡Aquí
señor viene a requisar esa embarcación. está, aquí está, prendido al timón!». ¡Uno, dos, diez disparos!
—Explicale al amo que aquí no tenemos ma que la mer- El hombre se puso a flote, haciéndose el muerto, mientras se
cancía. Toa la goma queó tapaa en los rebalses. ¡Si el amo alejaba de los fusiles, y después los cachorros no podían alcan-
quiere, vamos ayá! zarlo. «¡Allí, allí! ¡No lo dejen tomar respiro». Bogábamos en
El Cayeno, de un salto, se instaló en proa y mandó que el bongo furiosamente, y la cabeza desaparecía, rápida como
desatracaran, apenas logré subir yo. pato zambullidor, para emerger en punto impensado, y Martel
—¿Cuánta gente tienen aquí? ¿Dónde están los otros y Dólar seguían la ruta en la onda carmínea, aullando presu-
bribones? rosos en pos de la presa, hasta que presenciamos sobre la costa
—Mi amo, yo toy solita con los tres indios: dos palos cana- el cuadro crispante: ¡uno de los perros cabestreaba el cadáver
letes y el del timón. por el remanso, al extremo del intestino, que se desenrollaba
El tirano gritó a los marineros de la canoa: como una cinta, larga, siniestra!
—¡Upa! ¡Vuélvanse a las barracas a traer cargueros! ¡Así murió aquel extranjero, aquel invasor, que en los
Mientras tanto, el bongo seguía agua abajo y la niña Gri- lindes patrios taló las selvas, mató los indios, esclavizó a mis
selda vino a colocarse ante el Cayeno, barbullando contritas compatriotas!
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Esto lo escribo aquí, en el barracón de Manuel Cardoso, donde la celeridad de pollada hambrienta que le quita granos a una
vendrá a buscarnos don Clemente Silva. Ya libré a mi patria del mazorca. Burbujeaba la onda en hervor dantesco, sanguinosa,
hijo infame. Ya no existe el enganchador. ¡Lo maté! ¡Lo maté! túrbida, trágica; y, cual se ve sobre el negativo la armazón del
Aún me veo saltando de la curiara sobre el escueto patio cuerpo radiografiado, fue emergiendo en la móvil lámina el
que precede al caney de Yaguanarí. Circundados por hogue- esqueleto mondo, blancuzco, semihundido por un extremo al
ras medicinales, tosían los apestados entre el humo, sin darme peso del cráneo, y temblaba contra los juncos de la ribera como
razón de mi enemigo, por quien yo preguntaba anheloso, antes en un estertor de misericordia!
que me viera. En tal momento me había olvidado de buscar Allí quedó, allí estaba cuando corrí a buscar a Alicia, y,
a Alicia. La niña Griselda la tenía abrazada al cuello y yo me alzándola en mis brazos, se lo mostré.
detuve sin saludarla: ¡sólo quería mirarle el vientre! Lívida, exánime, la acostamos en el fondo de la curiara, con
No sé quién me dijo que Barrera estaba en el baño, y corrí los síntomas del aborto.
inerme entre el gramalote hacia el río Yurubaxí. Hallábase des-
nudo sobre una tabla, junto a la margen, desprendiéndose los ***
vendajes de las heridas, ante un espejo. Al verme, abalanzóse
sobre la ropa, a coger el arma. Yo me interpuse. Y empezó Antenoche, entre la miseria, la oscuridad y el desamparo, nació
entre los dos la lucha tremenda, muda, titánica. el pequeñuelo sietemesino. Su primer queja, su primer grito,
Aquel hombre era fuerte, y, aunque mi estatura lo aventa- su primer llanto fueron para las selvas inhumanas ¡Vivirá! ¡Me
jaba, me derribó. Pataleando, convulsos, arábamos la maleza lo llevaré en una canoa por estos ríos, en pos de mi tierra, lejos
y el arenal en nudo apretado, trocándonos el aliento de boca del dolor y la esclavitud, como el cauchero del Putumayo, como
a boca, él debajo unas veces, otras, encima. Trenzábamos Julio Sánchez!
los cueros como sierpes, nuestros pies chapoteaban la orilla,
y volvíamos sobre la ropa, y rodábamos otra vez, hasta que ***
yo, casi desmayado, en supremo ímpetu, le agrandé con mis
dientes las sajaduras, lo ensangrenté, y, rabiosamente, lo sumergí Ayer aconteció lo que preveíamos: la lancha del Naranjal vino
bajo las linfas para asfixiarlo como a un pichón. a tirotearnos, a someternos. Pero le opusimos fuerza a la fuerza.
¡Entonces, descoyuntado por la fatiga, presencié el espec- Mañana volverá. ¡Si viniera también la del Cónsul!
táculo más terrible, más pavoroso, más detestable: millones de Franco y Helí vigilan sobre la peña, para impedir que
caribes acudieron sobre el herido, entre un temblor de aletas y encosten las montarías de los apestados. Allá escucho toser la
centelleos, y aunque él manoteaba y se defendía, lo descarna- flotilla mendiga, que me clama ayuda, pretendiendo alojarse
ron en un segundo, arrancando la pulpa a cada mordisco, con
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aquí. ¡Imposible! En otra circunstancia me sacrificaría por ali- en la barbacoa, le dejo este libro, para que en él se entere de
viar a mis conterráneos. ¡Hoy no! ¡Peligraría la salud de Alicia! nuestra ruta por medio del croquis, imaginado, que dibujé.
¡Pueden contagiar a mi hijo! Cuide mucho esos manuscritos y póngalos en manos del Cón-
sul. Son la historia nuestra, la desolada historia de los cauche-
* ** ros. ¡Cuánta página en blanco, cuánta cosa que no se dijo!
* **
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§§ Epílogo
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Falca, gran canoa techada. Jedentina, hediondez. Morichal, sitio poblado de moriches. Perraje, jauría.
Fábrico, fábrica. Jején, mosquito minúsculo. Moriche, especie de palmera. Petaca, cierto baúl de cuero.
Fotuto, corneta rústica. Joropo, baile llanero. Morocha, escopeta de dos cañones. Petriva, mujer, en lengua guahiba.
Fregancia, molestia. Juerga, jolgorio. Morrocota, moneda de oro de Piapoco, tucán.
Juerguear, jaranear. veinte dólares. Pica, trocha.
Gabela, ventaja en la apuesta. Motoso, peligrifo. Picure, prófugo.
Guadua, especie de bambú grueso. Kerosén, petróleo refinado. Mueco, pescozón. Picurearse, fugarse.
Guahibos, tribu indígena. Mucharejo, muchacho. Piracurú, cierto pez.
Guajibera, grupo de guahibos. Lambón, chismoso. Mulengue, mula despreciable. Pisco, individuo.
Guando, parihuela. Lapa, paca, roedor. Platanal o platanera, sembrado
Guapo, valiente. Llorado, canción llanera. Orejano, que no tiene señaladas de bananos.
Guaral, cuerda del anzuelo, cordel. las orejas. Plátano, banano.
Guarapo, jugo extraído de la caña, Macana, garrote. Otoba, cierto árbol medicinal. Pollona, india jovencita.
no fermentado aún. Macetear, golpear con un cuchi- Puestear, acechar.
Guaricha, mujerzuela. llo de palo. Pajonal, vegetación de paja brava. Punta, grupo de animales.
Guate, hombre del interior. Macundales, trastos. Palmicha, palma para techar y para Puntero, el que abre el desfile.
Guayuco, taparrabo. Madrina, ganado manso que guía tejer sombreros.
Guinchar, colgar. al bravío. Palmito, cierta palma comestible. Ramada, cobertizo.
Guindar, colgar. Manaca, palmito. Palo a pique, cerca de troncos Rancho, casucha, choza.
Guiña, maleficio. Mañosear, resabiar. clavados. Rango, rocín,
Güío, enorme serpiente acuática. Mapire, cesto de palma. Parada, apuesta. Rasgarse, morirse.
Maraca, calabacín lleno de Paro (en), de una vez. Rasgado, generoso.
Hatajo, conjunto de animales. piedrecitas. Patojo, piernicorto. Rastrillar, encender el fósforo.
Marma, marmita. Pechugona, indelicada. Raya, cierto pez.
Iguarapé, riachuelo. Mata, islote de bosque en la llanura. Pelado, desnudo. Rebuscarse, tratar de hacer algo.
Iraca, palmicha. Mecate, cuerda de fibra. Pendare, cierta pasta resinosa. Reinoso, hombre del interior.
Menestar, necesitar. Pepito, gomoso. Rejo, soga de cuero torcido, látigo.
Jagüey, hoyo lleno de agua. Mirití, especie de palma. Peramán, especie de resina. Relance (de), al contado.
Jebe, caucho. Montaría, piragua. Percha, trapecio para colgar cosas. Requemado, de color rojo oscuro.
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La vorágine
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