TEMA 9.
LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO
XX. EL “BOOM” DE LA NARRATIVA: BORGES, CORTÁZAR, GARCÍA MÁRQUEZ,
VARGAS LLOSA
1. La narrativa hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX: características
generales.
2. Los grandes nombres del boom:
2.1. Jorge Luis Borges.
2.2. Julio Cortázar.
2.3. Gabriel García Márquez.
2.4. Mario Vargas Llosa.
1. La narrativa hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX: características
generales.-
Hacia mediados del siglo XX la narrativa hispanoamericana inicia una profunda renovación. Para
valorar los cambios en su justa medida, no se puede olvidar que en el ecuador de la pasada centuria
confluyen en la prosa latinoamericana elementos de diversa procedencia: desde el Modernismo de
Horacio Quiroga y sus seguidores al Realismo representado por la novela de la tierra (Doña Bárbara
del venezolano Rómulo Gallegos, Don Segundo Sombra del argentino Ricardo Güiraldes), la novela
indigenista, (Huasipungo del ecuatoriano Jorge Icaza) o todo el ciclo novelístico sobre la revolución
mexicana (Los de abajo, por ejemplo, de Mariano Azuela). Frente a ellos, la renovación que
apuntábamos se nutre de un hartazgo de las fórmulas realistas y de los atrevidos experimentos
llevados a cabo desde comienzos de siglo por significados novelistas europeos y norteamericanos; a
ambos factores se deben añadir las audacias estéticas de las vanguardias, particularmente del
Surrealismo. Así, las dos o tres generaciones de narradores que protagonizan a partir del año 1940 este
movimiento comparten en mayor o menor medida las siguientes características:
a) Dejan a un lado el regionalismo y el predominio de lo rural en las novelas de las dos primeras
décadas del siglo y muestran un interés creciente por el mundo urbano. Además dan cabida a
problemas humanos o existenciales sin olvidar los sociales, muy presentes ya en la etapa
anterior.
b) Junto a la preocupación por lo que ocurre en su entorno inmediato, sus historias se enriquecen
reivindicando la imaginación y lo fantástico. La novela hispanoamericana de la segunda mitad
del siglo XX descubre las posibilidades que se le ofrecen por esta vía de expresar su singularidad,
aquellos elementos diferenciales de la cultura que representa, mediante la fusión de una trama
verosímil con elementos míticos, legendarios, mágicos o fantásticos. Según explicaba el
novelista cubano Alejo Carpentier, la realidad de América es muy diferente de la europea, tanto
por su naturaleza frondosa y desmesurada, como por la forma de vida y las costumbres de los
pueblos indígenas o de los de origen africano que fueron esclavizados y trasplantados allí para
ayudar al desarrollo de la economía colonial. En un ambiente tan peculiar ha ido configurándose
una cultura mestiza donde caben elementos difícilmente aceptables para una mentalidad
racionalista: toda medida parece desproporcionada y un cúmulo de conductas presentadas como
normales dentro del universo relatado resulta inconcebible y fantasioso si se enfrenta a patrones
científicos y filosóficos de origen occidental. Jorge Luis Borges se había adelantado hablando en
1
los años treinta de realismo fantástico, pero pronto tendrán gran acogida para designar esta
corriente las etiquetas realismo mágico1 o lo real maravilloso2. Ambas denominaciones han
pasado a usarse de modo indistinto con el paso del tiempo y designan uno de los aportes más
interesantes de la narrativa hispanoamericana contemporánea a las letras universales.
c) En lo que concierne a la forma, se advierte un mayor cuidado en la construcción de los relatos,
en su estructura y en el estilo. La influencia de novelistas europeos y estadounidenses como
Kafka, Joyce o Faulkner fue determinante en este sentido, al igual que lo fue la asimilación de
elementos oníricos e irracionales de filiación surrealista, que ayudaban a expresar de manera
eficaz lo mágico y lo maravilloso.
Añadamos por último en este apartado introductorio que, desde 1940 -cuando se inicia esta corriente
renovadora- hasta final de siglo, cabe diferenciar en la narrativa de Hispanoamérica dos etapas cuya
frontera suele ponerse en los primeros sesenta; esa sería la fecha de inicio del llamado boom de la
literatura latinoamericana, aunque conviene adelantar que algunos de los nombres más significados de
este último comenzaron su andadura artística en años anteriores. En líneas generales, cabría caracterizar
cada una de dichas etapas de la siguiente manera:
• Entre 1940 y 1960 conviven varias tendencias:
1) La NARRATIVA METAFÍSICA, preocupada por problemas trascendentes de calado muchas
veces filosófico, cuenta entre sus más insignes representantes con el argentino Jorge Luis
Borges, de quien hablaremos enseguida, y el cubano José Lezama Lima (Paradiso, 1966).
2) La NARRATIVA EXISTENCIAL se hace eco de algunas de las cuestiones más recurrentes en
la literatura de Occidente, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial: el sentido de
la vida, el paso del tiempo, la muerte, la angustia del ser humano consciente de su
desvalimiento en un mundo caótico y absurdo. Entre los nombres más reconocidos de esta
tendencia están el uruguayo Juan Carlos Onetti (El astillero, 1961) y el argentino Ernesto
Sábato (El túnel (1949), Sobre héroes y tumbas (1961).
3) El REALISMO MÁGICO, lo REAL MARAVILLOSO, el REALISMO FANTÁSTICO (según se ha
dicho las dos primeras expresiones se usan de modo indistinto y la frontera entre ambas y la
tercera es muy escurridiza) constituye el elemento básico de caracterización de un buen
número de relatos y de la técnica utilizada por algunos de los prosistas más importantes de
este tiempo, aunque sus frutos más notables se producen un poco más tarde. Por la vía del
realismo mágico la literatura hispanoamericana marca distancias respecto a la del viejo
continente: las narraciones ofrecen un marco básico fiel al principio de verosimilitud, pero
donde lo insólito y los mitos se integran con naturalidad pues un pueblo que cree en ellos
avala su presencia en la vida cotidiana Hay que dejar claro, no obstante, que el realismo
mágico adquiere tintes particulares en cada autor y debemos analizar caso por caso para
interpretar correctamente los textos. Se consideran representativos de esta tendencia Miguel
Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos y Juan Rulfo:
1
Atribuida por algunos al escritor italiano Massimo Bontempelli mientras que otros se la adjudican a algún crítico alemán
de arte.
2
Esta última del propio Alejo Carpentier.
2
• Miguel Ángel Asturias (Ciudad de Guatemala, 1899-Madrid, 1974) combina en sus obras la crítica
social, elementos vanguardistas y mágicos. Entre las más conocidas figuran: Leyendas de
Guatemala, conjunto de cuentos con un acusado componente mítico y legendario; El Señor
Presidente, ejemplo de novela de dictador, un género narrativo muy exitoso y reflejo de la realidad
política latinoamericana; y El Papa Verde, denuncia del neocolonialismo empresarial
estadounidense.
• Alejo Carpentier (cubano, pese a los datos de su nacimiento y muerte: Lausana, 1904- París, 1980)
muestra en Ecué-Yamba-Ó un prodigioso dominio de la lengua castellana; en el prólogo de El reino
de este mundo teoriza sobre “lo real maravilloso”; pero, quizás, su obra más significativa sea El
siglo de las luces (1962), centrada en el impacto de la Revolución Francesa en las Antillas.
• Augusto Roa Bastos (Asunción (Paraguay), 1917-2005) traza en Yo el Supremo la biografía
novelada del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó Paraguay a su antojo entre
1814 y 1840.
• Juan Rulfo (Apulco (México), 1917- Ciudad de México, 1986) es autor de un libro de relatos, El
llano en llamas, y una novela corta, Pedro Páramo (1955). Con una obra tan breve como
sorprendente, Rulfo culmina la llamada novela de la revolución mexicana. Su intensidad narrativa,
su depuración estilística y su capacidad de penetración en lo humano mediante recursos técnicos
muy novedosos (monólogo interior, perspectivismo, saltos en el tiempo…) lo convierten en una
de las cimas de la literatura occidental contemporánea.
• A partir de 1960 se desencadena el denominado boom de la narrativa hispanoamericana:
Con este término la crítica ha venido señalando el período de mayor impacto internacional
de una novela que ya se había renovado profundamente en las décadas anteriores asimilando los
hallazgos producidos en otras literaturas desde comienzos del siglo XX y que impulsará
notablemente la renovación que a partir de esos años se produce en la novelística peninsular. En
este contexto aparecen nuevos autores publicando títulos fundamentales y escriben algunas de
sus obras más significativas otros que ya se habían consagrado por estas fechas: La ciudad y los
perros (Mario Vargas Llosa, 1962), El siglo de las luces (Alejo Carpentier, 1962), La muerte
de Artemio Cruz (Carlos Fuentes, 1962), Rayuela (Julio Cortázar, 1963), Paradiso (José Lezama
Lima, 1966), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez, 1967).
Se trata, pues, de novelistas de edades diversas que viven en Europa (muchos en España)
durante esos años -casi siempre como consecuencia de las vicisitudes políticas de sus respectivos
países- y entran en contacto con el mundo editorial de nuestro continente. El apoyo a la
revolución cubana, símbolo de la lucha antiimperialista, es un factor que los agrupa hasta 1972,
cuando se abre una brecha entre quienes continúan defendiéndola y quienes se apartan de ella
denunciando la falta de libertades del régimen castrista.
El boom no fue, por tanto, una generación ni una estética -aunque se identificase, a
veces de forma abusiva, con el realismo mágico- o, todavía menos, fruto de un eficaz lanzamiento
comercial; fue realmente la conjunción de múltiples factores que reunieron en torno a una
serie de editoriales -es bien conocido el papel determinante que jugó en este sentido la catalana
Seix Barral- a un grupo numeroso de escritores con gran talento y a una masa amplísima
de lectores entusiasmados con sus propuestas. Lo que sí constituye una evidencia es que desde
ese momento quedan inauguradas en nuestra literatura vías hasta entonces inéditas no solo de
3
expresión, sino también de difusión textual. Podrían apuntarse, en definitiva, como elementos
característicos de esta etapa:
a) La internacionalización con carácter universal de las obras, reconocidas en muchos
casos con premios literarios de gran prestigio, gracias a la labor de editores capaces de
ver su valía y dispuestos a empeñar todos sus recursos empresariales en el logro de ese
objetivo.
b) La incidencia en temas como la soledad del ser humano y su incomunicación, el amor,
la sexualidad, la muerte y el compromiso político-social, en especial con la denuncia
de las dictaduras que asolaban el continente.
c) El empleo de recursos formales y estructurales muy novedosos: la ruptura de la
linealidad temporal, el uso frecuente del monólogo interior y otras fórmulas para
explorar la conciencia de los personajes, el perspectivismo múltiple, el uso de la segunda
persona narrativa, la experimentación lingüística y los ingredientes habituales del
realismo mágico en las narraciones que se suman a esa tendencia.
d) Es también un rasgo característico de los autores del boom su contribución al desarrollo
del cuento como género narrativo. En realidad este interés por el relato breve venía de
atrás, pero es ahora cuando se consolida y recibe un mayor respaldo por parte del público.
2. Los grandes nombres del boom.-
Como acabamos de decir, el boom engloba un número muy abultado de autores pertenecientes a
varias generaciones y no resulta fácil ni limitar en el tiempo su importancia ni establecer una nómina
definitiva de personalidades relacionadas con dicho fenómeno. Por un lado están quienes habían
conocido el éxito en años anteriores aunque contribuyen a esta eclosión con libros muy importantes. Por
otro, los que inauguran su carrera literaria a partir de este momento o animados por el impacto del gran
número de títulos que adquieren casi simultáneamente un reconocimiento sin precedentes. No obstante,
el programa de nuestra asignatura pide que nos detengamos en cuatro nombres incontestados dentro de
ese variopinto panorama: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas
Llosa. Además del interés que cada una de sus carreras merece en sí misma considerada, todas ellas
continúan ejerciendo una influencia decisiva en la narrativa escrita en español a día de hoy.
2.1. Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899- Ginebra, 1986):
El lector que se acerque por primera vez a la obra de Borges ha de tener en cuenta su carácter de
autor culto que escribe para lectores que disfrutan del ejercicio intelectual como él lo hace. Su
literatura viene de la inteligencia y de un fondo de referencias literarias, filosóficas, históricas
que se entremezclan con su prodigiosa capacidad de fabulación y su dominio de la lengua. Crea
así un mundo propio, cerrado y autónomo que en ocasiones puede resultar hermético. Para
acercarse a Borges conviene partir de una serie de principios vertebradores de su pensamiento: el
agnosticismo que le permite abordar con cierta ironía el problema de Dios, la concepción del
hombre como un ser misterioso e incapaz de comprender el mundo y la visión de la realidad
como un puzle, como un enigma que contiene en su interior la clave para descifrarlo, aunque la
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mente humana no siempre es capaz de hacerlo. El argentino acepta que el absurdo forma parte de
nuestra condición y se sirve del humor y de la ambigüedad3 para expresarlo.
Además de su obra como poeta o ensayista, Jorge Luis Borges es un excelente narrador, pero
renunció a probar fortuna en el género de la novela y su prosa de ficción está integrada por un
amplio conjunto de relatos breves que fue reuniendo en sucesivos volúmenes: Historia universal
de la infamia (1935) (con cuentos inspirados en personajes reales y entre los que destaca “Hombre
de la esquina rosada”) , Ficciones (1944), El Aleph (1949) (con diecisiete cuentos entre los que
destacan, además del que da título al conjunto, “El inmortal”, “Emma Zunz” o “La casa de Asterion”,
por ejemplo), El informe de Brodie (1970), El libro de arena (1975).
Leer la mayor parte de los cuentos contenidos en esas antologías es un reto; no obstante, si se
acepta ese reto, salta a la vista la capacidad inventiva del autor y el inteligente montaje de todas las
piezas que lo constituyen. Salvo excepciones, nos ponen en contacto con lo extraordinario, lo insólito,
pero eso no es suficiente para considerar a Borges un autor convencional de cuentos fantásticos
puesto que también nos plantea problemas metafísicos muy densos. Los personajes se
subordinan a la trama y casi siempre se ven obligados a recorrer un camino y enfrentar su destino,
un destino con frecuencia trágico. A veces encarnan virtudes como el coraje, el valor, la libertad…,
carecen de atributos individualizados y funcionan como tipos de quienes el narrador sabe poco,
aunque eso no impide que pueda llegar a identificarse con alguno o formar parte de su historia.
Los relatos del argentino presentan, además, otras coincidencias:
a) La idea suele arrancar de una fuente culta (Teología, Filosofía, Metafísica, clásicos griegos,
libros sagrados y mitologías orientales, que le proporcionan un abundante banco de parábolas,
metáforas y símbolos), de un motivo tratado en otras literaturas (inglesa, norteamericana,
escandinava…) o del mundo de los gauchos y del arrabal bonaerense. La borgeana es una
obra en constante diálogo con los grandes referentes de la literatura y del pensamiento
mundial, no solo occidental.
b) Los temas son variaciones sobre sus preocupaciones más recurrentes:
• La identidad humana, la personalidad del hombre, sus extraños desdoblamientos y
la auténtica naturaleza de cada individuo.
• El destino, la libertad, la posibilidad de que vivamos interpretando sin cesar un papel
escrito de antemano para cada uno de nosotros.
• El eterno retorno es un asunto central: no hay sucesión, sino repetición de instantes
ya vividos; el tiempo no fluye, se reitera una y otra vez, es circular, cíclico.
• La eternidad y el infinito son el reverso de las ideas anteriores. Suprimir la
dimensión temporal puede ser salvación o condena y la idea del infinito un consuelo
o una pesadilla que produce angustia.
• El mundo es un laberinto, el laberinto de no saber qué es real y qué ilusorio, de no
saber escoger ante senderos que se bifurcan en el espacio y el tiempo. Esta imagen se
convierte en símbolo de lo caótico del cosmos, produce desasosiego y sufrimiento.
• La muerte que aguarda al final unifica todos los destinos. Es castigo, alivio o
simple apariencia que nos permite repetir nuestra historia o vivir otras, vivir toda la
historia.
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Utiliza con frecuencia expresiones o crear situaciones que pueden interpretarse de varios modos.
5
• El universo como caos inexplicable e incomprensible. El azar, el desorden, la
pesadilla, la irracionalidad gobiernan el mundo. Esto ahonda la distancia entre Dios
y el hombre que no puede entender sus designios.
c) Si la complejidad de esta temática es infrecuente en escritores de su entorno, no lo es menos la
estructura narrativa de los relatos de Jorge Luis Borges. Cada uno puede considerarse una obra
perfecta, donde todos los elementos encajan y se encadenan a un ritmo lento inconfundible.
Los enigmas que se encierran en ellos van haciéndose poco a poco más inquietantes y acaban por
envolvernos. A veces el hilo que lleva al desenlace se va desgranando como guiado por una mano
que no puede evitar ese movimiento. Otras, la historia se ramifica o se desdobla en partes
contrapuestas. Además, el desenlace suele sorprendernos casi siempre de manera repentina
en el último párrafo.
d) Por último, cabría añadir que el argentino se esforzó a lo largo de toda su trayectoria por
encontrar un estilo cada vez más sencillo, de tal modo que en sus obras finales la prosa puede
resultar desnuda, fría, pero con una gran capacidad de sugerir. La ironía, la andadura lenta, el
gusto por las paradojas y el uso de fórmulas lapidarias como sentencias filosóficas son rasgos
muy característicos de esa manera de escribir que lo ha convertido en un auténtico maestro del
arte de contar y un ejemplo admirable de ajuste entre el tono y el contenido de sus textos.
Estamos, pues, ante una narrativa de alcance metafísico, pero lo que a Borges le interesa
como escritor es la belleza de las teorías, leyendas y creencias en las que no puede tener fe ya
que es radicalmente escéptico. Lo esencial en él es el juego, la ironía, el puro placer de fabular, de
crear algo que contagia al lector que entra en su mundo y participa de sus inquietudes.
2.2. Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984):
A pesar de lo que pueden dar a entender las referencias a sus lugares de nacimiento y muerte,
Julio Cortázar pasa por ser uno de los grandes escritores argentinos contemporáneos y cuya contribución
al desarrollo de la narrativa en español está fuera de toda duda. Los avatares de su biografía lo llevaron
a vivir en Francia de forma continuada a partir de 1951 y esa distancia de la realidad latinoamericana
enriqueció una manera de contar que desde sus inicios se caracteriza por dar cabida al elemento
fantástico o maravilloso. Desde la lejanía, su análisis de la cultura de su tierra ganó en lucidez y consiguió
una gran proyección internacional. De hecho él siempre defendió la universalidad de la escritura, y
criticó literaria y políticamente el nacionalismo estrecho de miras de algunos autores coetáneos. Por ello
entre sus referentes hay grandes figuras de las letras latinoamericanas, pero también europeas4: el
realismo fantástico cortazariano es heredero de las vanguardias, en especial del Surrealismo, y de
la tradición hispanoamericana que su obra vino a engrosar. Se caracteriza por su manera de contar
de forma objetiva lo extraño y lo fantástico logrando que lo insólito y lo imaginario parezcan
verosímiles.
Nuestro autor obtuvo muy pronto el reconocimiento como autor de cuentos que fue reuniendo en
diversos volúmenes: Bestiario (1951), Final de juego (1956), Las armas secretas (1958), Historias de
cronopios y de famas (1962), Todos los fuegos el fuego (1966), Octaedro (1974), Alguien que anda por
ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980)… Se le considera un maestro en el
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Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y los también argentinos Jorge Luis Borges, Roberto Arlt o Macedonio Fernández
suman su influencia a la de escritores europeos: James Joyce, Virginia Woolf, Franz Kafka, Alfred Jarry y Albert Camus.
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arte del relato corto. Para él la literatura fantástica permite cuestionar nuestro sistema social,
basado en una fe inquebrantable en la razón. El absurdo, lo irracional también forma parte de lo
cotidiano y, al igual que en su momento habían defendido los surrealistas, piensa que explorar ese
absurdo sirve para descubrir aspectos nuevos de la realidad y conocerla de una forma más
auténtica de lo que permite un análisis centrado en aquello que se puede percibir por los sentidos.
Para trasladar a sus textos ese planteamiento, el argentino acude a todo tipo de innovaciones
técnicas y formales, que culminan en su novela más famosa: Rayuela (1963), para muchos arranque
definitivo del boom. Rayuela es una especie de collage (combinación de diverso tipo de materiales) que
se puede leer de la manera habitual, página a página, o saltando de un capítulo a otro siguiendo el orden
en apariencia aleatorio de la numeración que los precede (como si se saltase de una casilla a otra de este
juego popular). El juego de la rayuela se convierte en una metáfora literaria del caos profundo que
rige el mundo por más que nos cueste admitirlo. El humor, la ironía, los juegos lingüísticos, la búsqueda
de una expresión novedosa reflejan la insatisfacción del autor con lo establecido y su voluntad de
combatirlo.
La libertad creadora de que hace gala Julio Cortázar es compatible con un inquebrantable
compromiso sociopolítico. Ambos elementos se unen de manera singular en otro de sus títulos de
referencia, El libro de Manuel (1973), donde se acentúa la utilización del collage (además de
fragmentar la historia, inserta en ella recortes de periódicos), y el experimentalismo para lanzar un
durísimo ataque contra la tortura que en aquel momento se ejercía de forma sistemática en muchos
lugares de América Latina y, de forma particularmente cruenta, en la Argentina de las Juntas Militares
que se auparon al poder en los setenta.
En definitiva, la literatura cortazariana supone uno de los hitos fundamentales de la narrativa hispana
del pasado siglo y un referente constante de la comunidad crítica y lectora, que no ha dejado de apreciarla
y disfrutarla hasta el día de hoy.
2.3. Gabriel García Márquez (Aracataca (Colombia), 1927- Ciudad de México, 2014):
Gabriel García Márquez hizo incursiones en el mundo del teatro y del cine además de ejercer durante
casi toda su vida el periodismo, pero goza de enorme prestigio gracias a su obra narrativa, tal vez la más
difundida y popular del boom.
La carrera literaria del colombiano despunta en los años cincuenta, cuando escribe una serie de
cuentos y novelas cortas donde se anticipan ya algunos rasgos de su obra posterior: una sorprendente
capacidad para contar historias y la mezcla de lo real con lo imaginario, lo mítico o lo histórico.
Así, aspectos del pasado de su Colombia natal salen a relucir en La hojarasca (1959), relato corto cuya
trama se desarrolla en Macondo, el lugar imaginario al que volverá en otras narraciones: El coronel no
tiene quien le escriba (1961, conmovedora historia de injusticia y violencia), La mala hora (1962) y la
colección de cuentos Los funerales de la Mamá Grande (1962).
El ambiente, los personajes y los temas de esas primeras obras confluyen en la que le dará renombre
internacional: Cien años de soledad (1967). Cien años de soledad es una novela que gira, como su
propio título apunta, en torno a dos temas: el tiempo y la soledad. El primero se aborda, a su vez,
de dos maneras contrapuestas: de una parte, se sugiere que el tiempo es algo cíclico, lo cual explica
la aparente repetición de determinados hechos (eso es lo que pretende el empleo de los mismos
nombres para denominar a diferentes personajes -el cúmulo de José Arcadios y Aurelianos lleva a
confundir sus identidades-); de otra, el relato se sitúa en un tiempo histórico, lineal, a través del cual
se avanza desde el Macondo (nuevamente espacio de referencia) prehistórico, caracterizado por la
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armonía plena entre el hombre y la naturaleza, a los “Macondos” posteriores: el feudal, el de la época
de la colonización, el de la lucha por la independencia, el del poder creciente de los militares, el del
desarrollo industrial y la llegada del ferrocarril, el de la invasión de las multinacionales que desemboca
en la destrucción del pueblo. Este tiempo histórico enmarca la historia particular de los Buendía, cuya
suerte va ligada a la de su comunidad. Por esto la crítica repite la idea de que la novela repasa la
historia de América Latina y hace de Macondo un pequeño microcosmos que simboliza los
avatares políticos y sociales del continente.
El tema de la soledad se trasluce a través de las biografías de los miembros varones de la familia
protagonista. La soledad que los asedia es fruto de la incomunicación, el ensimismamiento y, en
definitiva, la falta de amor. La condena a una existencia solitaria acaba cuando la última pareja del clan
descubre con su amor el valor de la solidaridad, a pesar de que ese hallazgo también precipita el cierre
del ciclo vital de la saga, que, como el pueblo, acaba desapareciendo de la faz de la tierra.
Los temas de la soledad y del tiempo están estrechamente conectados en el libro y su conexión se
advierte en múltiples episodios donde, además, se revela una de las claves de la técnica narrativa
puesta en práctica por Márquez: la conversión de lo común en extraordinario y, al revés, de lo
cotidiano en inverosímil. Cien años de soledad se considera por ello la obra más representativa del
realismo mágico, una obra donde se hiperbolizan de manera reiterada y extrema las propiedades de las
cosas o de los sucesos para describir después de forma objetiva los efectos que esos acontecimientos o
elementos que se nos han presentado de manera tan exagerada producen en la vida cotidiana de los
personajes. Es decir, García Márquez hace convivir con total naturalidad lo mágico con lo real, y
para ello se sirve de un narrador omnisciente que pasa continuamente de un espacio a otro, de un
momento a otro, mezclando los ingredientes que conforman su relato con completa libertad. Los
anacronismos, las anticipaciones, los saltos en el tiempo y el espacio, junto con las enumeraciones, las
repeticiones, las elipsis y el simbolismo que encierran los nombres de los personajes componen un
rompecabezas que alcanza su sentido al final de la novela. En ese momento el tiempo histórico y el
mítico se confunden mientras el último Aureliano descifra los viejos pergaminos que contenían la
historia de su familia, es decir, la novela que en ese instante estamos concluyendo. El descifre le permite
(y permite al lector) conocer cómo habían ocurrido en verdad algunos sucesos luctuosos cuyo relato se
había falseado para ocultar la responsabilidad que habían tenido en ellos sujetos muy poderosos.
Cien años de soledad propicia, pues, en última instancia, una reflexión sobre la vida social,
sobre cuál es la esencia del poder y cómo este se ejerce. El poder se sirve del lenguaje para para construir
discursos oficiales que se presentan como verídicos y, por el contrario, ocultan o disimulan las
perversiones de quienes lo ostentan. García Márquez piensa que la literatura es una forma
privilegiada de conocimiento ya que permite impugnar desde la ficción engaños mediante los
cuales quienes dirigen el mundo pretenden someternos5.
Después de esta novela excepcional (considerada por muchos el “Quijote americano”), Gabriel
García Márquez continuó su exitosa carrera: con El otoño del patriarca (1975) contribuye a la novela
de dictador6; Crónica de una muerte anunciada (1981), mezcla la crónica periodística con materiales
de diversa procedencia en un singular relato perspectivístico; El amor en los tiempos del cólera (1985)
5
Su punto de vista es similar al de Julio Cortázar, defensor también del papel revolucionario que cumplen la imaginación y
la fantasía como instrumentos de un escritor comprometido, que encuentra en ellas la manera de reivindicar sus valores.
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Subgénero de la narrativa latinoamericana que sirve de denuncia de las dictaduras que sufre buena parte de las jóvenes
repúblicas del continente.
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-definida por él en múltiples ocasiones como su mejor novela- recrea con su inconfundible estilo la
historia de amor de sus padres; El general en su laberinto (1990) se basa en la biografía de Simón
Bolívar; Del amor y otros demonios (1994) es una novela de amor que vuelve a combinar lo real y lo
extraordinario; Noticia de un secuestro (1996) ejemplifica la novela-reportaje… La larga ristra de títulos
se cierra en 2004 con la publicación de Memoria de mis putas tristes.
La prosa de Márquez abarca, no obstante, otros géneros: nos dejó numerosas colecciones de
cuentos, como La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972) o
Doce cuentos peregrinos (1992); en 2012 salió a la venta el volumen recopilatorio Todos los cuentos.
Además inició la redacción de sus memorias -tarea que dejó inconclusa- en Vivir para contarla (2002)
y en 2010 salió a la luz Yo no vengo a decir un discurso, donde se recogen algunas de sus numerosas
intervenciones en público.
Su fallecimiento en abril de 2014 causó consternación en el mundo entero por reconocérsele como
extraordinario renovador de la narrativa en castellano, mérito por el cual ya le había sido concedido el
Premio Nobel de Literatura en 1982, cuando contaba tan solo 55 años.
2.4. Mario Vargas Llosa (Arequipa (Perú), 1936):
Mario Vargas Llosa alcanza el éxito literario muy pronto: su primer libro de relatos, Los jefes (1958),
recibe el respaldo de la crítica y su primera novela, La ciudad y los perros (1962), no solo merece varios
premios de prestigio, sino que se convierte en inaugural del boom de los sesenta. Ambientada en un
colegio militar de su Perú natal donde el autor estuvo interno, satiriza el ambiente cerrado y la violencia
de la institución militar. Vargas Llosa demuestra ya ahí sus excepcionales dotes como narrador y su
manejo de recursos técnicos puestos a prueba en primera instancia por los grandes novelistas
estadounidenses y europeos de comienzos de siglo y luego por algunos de sus inmediatos antecesores
latinoamericanos; sin embargo, a diferencia de estos últimos, el peruano se mantiene en el plano de la
realidad común, sin incorporar elementos fantásticos o maravillosos. Siempre en el marco del Perú
contemporáneo, sus siguientes novelas evidencian una gran capacidad de fabulación y su
virtuosismo narrativo, al igual que el uso de sus propias vivencias como fuente de inspiración y un
realismo con inequívoca intención crítica.
No resulta fácil encontrar en la actual narrativa en castellano un ejemplo similar al de nuestro autor
si atendemos al número de títulos publicados con el aval de la crítica, de los lectores y, quizás por ambas
cosas, del mundo editorial y mediático. Entre dichos títulos podríamos destacar los siguientes: La casa
verde (1966) -que obtuvo el Premio Rómulo Gallegos- gira en torno a un burdel en el cual se enlazan
con ayuda de los recursos más novedosos empleados por los autores anglosajones de principios del XX
las peripecias de muchos personajes con diferente grado de protagonismo; Los cachorros (1967) es una
narración breve sobre adolescentes limeños acomodados; en Conversación en La Catedral (1969), uno
de sus mayores logros, teje, en cambio, un relato extenso y complejo en el cual se cruzan varias historias
para trazar un fresco del Perú sometido a la dictadura corrupta y violenta del general Odría a mediados
del siglo pasado; Pantaleón y las visitadoras (1973) se convierte en una sátira esperpéntica del envío de
prostitutas a los destacamentos militares de la selva amazónica para satisfacer las necesidades sexuales
de sus miembros; La tía Julia y el escribidor (1977) es una parodia de las novelas rosa; La guerra del
fin del mundo (1981), situada en el Brasil del XIX, mezcla la novela histórica y la de aventuras aunque
se nota un cambio en su perspectiva política: el militante izquierdista de las décadas anteriores
desconfía ahora de las ideologías que guían las extravagancias de algunos personajes. El tono
antirrevolucionario se confirma en relatos posteriores como Historia de Mayta (1984), al cual siguen
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otros muchos éxitos: ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), Lituma en los Andes (1993), Los
cuadernos de don Rigoberto (1997)…. La fiesta del Chivo (2000), una de sus obras de referencia,
está concebida como crónica del asesinato en 1961 del general Trujillo, quien había sometido a un férrea
dictadura la República Dominicana, la planificación previa del atentado y sus posteriores consecuencias
a través, nuevamente, del cruce de diversas historias. El texto constituye un durísimo alegato contra
los gobiernos dictatoriales y la denuncia del impacto político, social y psicológico de sus
actuaciones. Pero Vargas Llosa no ha dejado de publicar novelas desde entonces: El paraíso en la otra
esquina (2003, indaga en las vidas de Flora Tristán y su nieto, el pintor Paul Gauguin), Travesuras de la
niña mala (2006), El sueño del celta (2010), El héroe discreto (2013, donde recupera personajes de
obras anteriores), Cinco esquinas (2016, publicada con motivo de su octogésimo aniversario, recrea el
ambiente del Perú de Alberto Fujimori, a quien disputó en su momento la presidencia de su país)… y a
finales del pasado 2019, Tiempos recios, su última incursión hasta el momento en la historia
contemporánea de un continente lastrado por el intervencionismo en beneficio de intereses de dudosa
moralidad, el autoritarismo y todo tipo de desafueros, tomando como ejemplo la Guatemala de mediados
del pasado siglo.
El peruano es también un notable ensayista, faceta en la que abordó múltiples cuestiones que
responden a la variedad de sus intereses. Merece destacarse aquí su labor como crítico y estudioso de la
Literatura, estrechamente vinculada a su actividad como profesor en instituciones universitarias de
diversos países. De manera asidua continúa publicando artículos de opinión en la prensa periódica donde
deja constancia de sus inquietudes culturales y políticas, abordadas desde la óptica del intelectual liberal
que él mismo manifiesta ser ahora, tras haber realizado un largo viaje desde su juventud revolucionaria
hasta el conservadurismo que sus detractores no dejan de achacarle.
Miembro de la Academia Peruana de la Lengua desde 1975 y de la RAE desde 1994, recibió el
Premio Nobel de Literatura en 2010 y, más allá de la controversia que despiertan algunas de sus
intervenciones en la vida pública, hay práctica unanimidad al reconocer la talla de su figura literaria.
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El boom dejó en años posteriores un terreno muy favorable en editoriales y público para que se
intentasen replicar ad infinitum sus fórmulas más exitosas, pero, a pesar de ello, es innegable que la lista
de obras narrativas y autores destacados de la literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo
XX se hace inacabable (algunos hablan de boom junior para los narradores que se dan a conocer después
de 1970): los argentinos Manuel Mújica Láinez (Bomarzo, 1962) y Manuel Puig (El beso de la mujer
araña, 1976); los uruguayos Mario Benedetti (La tregua, 1960), Eduardo Galeano (Días y noches de
amor y de guerra, 1978) y Cristina Peri Rossi (La nave de los locos, 1984); los mexicanos Fernando del
Paso (Palinuro de México, 1977), Ángeles Mastretta (Mal de amores, 1996) y Laura Esquivel (Como
agua para chocolate, 1989); los chilenos Luis Sepúlveda (Un viejo que leía novelas de amor, 1989),
Antonio Skármeta (Ardiente paciencia, luego editado como El cartero de Neruda, 1985) Isabel Allende
(La casa de los espíritus, 1982) o Roberto Bolaño (Los detectives salvajes, 1998) ; el guatemalteco
Augusto Monterroso (Movimiento perpetuo, 1972); el peruano Alfredo Bryce Echenique (La vida
exagerada de Martín Romaña, 1981)…
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