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Allen Louise - El Secreto de Una Dama

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El secreto de una dama

por
Louise Allen
Capítulo I
Junio de 1816

El colchón estaba desigual, la habitación olía a polvo y tenía frío. Las posadas del norte son tan
malas como Flora se lo temía. Caro cambió de posición, inquieta, se puso de lado para intentar
acurrucarse y encontrar calidez, y se despertó de un tirón cuando un dolor le atravesó el cuello
hasta el hombro.

Un aleteo se oyó en medio del silencio. ¿Un aleteo? Caro abrió los ojos cuando un gorrión voló
por el polvoriento espacio que había sobre ella, atravesando los rayos de sol que se colaban a
través de las maderas desvencijadas de lo que definitivamente no era su habitación en Oldham,
ni en ninguna de las posadas que había entre allí y Londres, sino un granero.

Miró fijamente las vigas cubiertas de telarañas, dejando que los recuerdos la asaltasen y, con
ellos, una sensación de desconcierto. ¿Se encontraba en un granero? No recordaba haber
llegado a este lugar. La mayor parte de la noche anterior se mostraba con demasiada claridad,
junto con todas las decisiones equivocadas que había tomado en el transcurso de la misma.
Pero, ¿por qué le dolían la cabeza y el cuello y cómo había llegado a este lugar? A menos que
hubiera caído del lomo de Willow, perdido el conocimiento y, de algún modo, hallado refugio
aquí, aturdida…

Sin duda, no era el momento de dejarse llevar por el pánico ni de sucumbir a un repentino
ataque de náuseas. Respira. Debía existir una respuesta perfectamente razonable para todo
aquello, y, al menos, sabía quién era, lo cual era un buen comienzo.

La señorita Caroline Sinclair, de veinticuatro años, solterona de esta parroquia. No, solterona de
St. James, Londres.

Le dolía la cabeza; debió de habérsela golpeado, lo cual explicaría esa ligera pérdida de
memoria. No sentía dolor en ninguna otra parte, así que no había motivo para no emprender el
camino hasta encontrar una granja, una aldea o una señal que indicase la ruta hacia Oldham.
¿Acaso no habría, incluso en estos páramos desolados, señales que indicasen el camino?

Algo se movió a su izquierda, unos grandes pies rozaron la paja. Alzó la vista del tejado hacia la
mirada torva y castaña del caballo más feo que había visto jamás. Sus flancos, grises como el
hierro, estaban manchados de barro, y la pata trasera izquierda se torcía como si estuviera
encorvado. Ella le sostuvo la mirada hasta que el equino perdió el interés en su presencia, bajó
la cabeza y resopló con fuerza sobre la pila de heno que tenía a sus patas.

Extrañamente desconcertada, Caro se pasó los dedos por los rizos que caían sobre sus ojos y se
los apartó de la frente. ¡Ay! Con cautela, palpó el bulto en forma de huevo que tenía a un lado
de la cabeza. Eso explicaba el dolor de cabeza, la tortícolis y los vacíos en su memoria. Pero,
¿dónde estaba y de dónde había salido aquel caballo?

Ahora que estaba completamente despierta, el granero ya no le parecía estar en silencio


absoluto. Los rincones crujían y más gorriones parloteaban en lo alto. El heno sobre el que
estaba tumbada le raspaba y le hacía cosquillas en los hombros, y una araña le rozó por el
tobillo descubierto.

¿Descubierto? ¿Dónde estaba su ropa? Caro se incorporó como un rayo en el catre


improvisado, miró hacia abajo y descubrió que sólo llevaba puesta la bata y una gruesa capa
negra que la cubría de cintura para abajo.

Algo grande se movió en la paja junto a ella. Se giró para mirar.

Por favor, que no sea un cerdo… Sintió que se quedaba boquiabierta. Era un hombre, un
hombre inconsciente. Un completo extraño. No es que estuviera acostumbrada a encontrar
hombres en su lecho, fueran conocidos o no, pero…

Contrólate, Caroline Sinclair, y sal de aquí.

Observó con recelo a su compañero de lecho. Tenía el cabello castaño caoba despeinado, el
rostro delgado y bronceado, marcado por la suciedad y el sudor, y la boca y la barbilla cubiertas
de una barba rojiza. Parecía tener entre veinticinco y treinta y cinco años y, alabado sea el cielo,
se hallaba profundamente dormido o inconsciente.

Aquello debía significar que era posible deslizarse de la cama y marcharse sigilosamente; por lo
tanto, era una completa falta de lógica, y francamente peligroso, seguir sentada observándole.
No había nada de vulnerable o desprotegido en aquel rostro dormido. La capa que los cubría
parcialmente a ambos se había deslizado, dejando al descubierto unos hombros musculosos,
más pálidos que su rostro, y un brazo, cuyo bíceps estaba envuelto en un vendaje manchado y
atado con torpeza.

El hombre estaba herido, y ayer por la tarde ella se había encontrado en las afueras de una
revuelta. Bien podía ser un alborotador, un ludita y, por definición, poco propenso a tener
buena disposición hacia las hermanas de los propietarios de molinos.

Caro se incorporó, recostándose contra las ásperas tablas del pesebre que tenía detrás, y se
preparó para marcharse. La respiración del hombre se mantuvo firme y profunda mientras ella
se movía, pero a su lado algo se movió, y la cabeza de un gran sabueso peludo se alzó de donde
yacía, a lo largo del flanco de su amo.

Por su tamaño, debía ser parte perro lobo, parte pesadilla. Caro se apartó hacia un lado,
levantando el borde de la capa, y se quedó inmóvil cuando la criatura emitió un gruñido bajo y
estremecedor, dejando entrever los dientes caninos más grandes que hubiese visto en la vida.

—Qué buen… perro —susurró. El resultado no fue alentador. El gruñido se transformó en un


profundo estruendo y el animal se sentó sobre sus ancas, con las orejas aguzadas y los ojos
fijos, al parecer, en su yugular.

—Silencio, Percy. —El hombre habló sin siquiera abrir los ojos, como si estuviera ya habituado a
que le despertase una bestia gruñendo. En respuesta, el sabueso le plantó las dos enormes
patas delanteras sobre el pecho y comenzó a lamerle el rostro con gusto.

—Abajo, criatura detestable. —El hombre empujó el cuerpo peludo con ambas manos y luego
maldijo con saña mientras flexionaba el brazo vendado.

Caro retrocedió bruscamente y tanto el perro como el amo se volvieron al unísono para mirarla.

—Maldición, había olvidado que estabas aquí —dijo el hombre amablemente. Sus ojos oscuros
se posaron, con lo que parecía ser aprobación, en la piel que quedaba al descubierto por
encima de su escote antes de subir hasta su rostro.

—¡Le pido que no me mire de esa forma! —exclamó Caro, a quien nunca habían contemplado
con una admiración tan franca, ni siquiera los peores bandidos de Londres, si bien nunca había
exhibido tanto escote para que la mirasen.

Intentó atraer el borde de la capa hacia sí, pero los pesados pliegues se enredaban entre las
piernas del hombre y desafiaban sus intentos de cubrirse con decoro. Cruzó los brazos sobre el
escote, sintió el calor de un creciente rubor y lo miró fijamente.

La sonrisa del hombre se ensanchó ante su indignación, revelando unos dientes blancos y
uniformes. La sonrisa no la tranquilizó, como tampoco lo hizo el brillo desvergonzado de sus
ojos oscuros.

—¿Por qué te sonrojas, cariño? No es necesario que juegues conmigo; tus encantos son dignos
de exhibición, como bien sabes.

Antes de que pudiera responder, el hombre la atrajo contra su pecho desnudo sirviéndose del
brazo izquierdo y la besó. La besó con labios atrevidos y sensuales mientras su barba áspera le
rozaba la mejilla y, en el punto donde su piel desnuda se encontraba con la de él, se produjo el
estremecedor choque de músculos suaves y fuertes contra curvas que cedían. Tan bruscamente
como la había tomado, la soltó.

—¿Cómo se atreve? ¡Yo… yo…!

Caro se esforzó por encontrar una respuesta satisfactoria y dijo lo primero que se le ocurrió.

—No nos han presentado. Ni siquiera sé cómo se llama. —En el momento en que las palabras
salieron de sus labios, se dio cuenta de que posiblemente era la cosa más tonta que podría
haber dicho, salvo, quizás, lo que realmente deseaba decir: hazlo otra vez.

Debía de tener la mente confundida por el golpe en la cabeza, pues era la única explicación que
encontraba para semejante insensatez. En cuanto a querer que aquel abrazo continuase, no era
una insensatez en absoluto, sino algo gratuito, perverso e inmodesto, pero perfectamente
razonable. El hombre era sumamente atractivo. Y si ella podía darse cuenta de eso bajo esas
circunstancias, entonces debía ser lo que siempre había temido: una de las Sinclair pecadoras.

El hombre echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada desinhibida que sobresaltó incluso al
caballo. Pasaron unos instantes antes de que se recompusiera y se pasara una mano sucia y
magullada por la cara, como si quisiera enderezarla. Le hizo una media reverencia burlona
desde su posición reclinada.

—Señorita, le ruego me disculpe. Es evidente que he juzgado mal su… posición. Permítame
presentarme. Soy el capitán Jervais Barnard, del undécimo regimiento de Dragones Ligeros, a
su humilde servicio. —Él levantó su mano derecha y la sostuvo a un pelo de sus labios—. ¿Y
puedo saber a quién tengo el honor de dirigirme?

La sonrisa burlona de sus ojos era únicamente eso: burlona. Ella intuía que era coqueto, pero
no lo consideraba peligroso. Salvo para su ferviente imaginación. El hombre era un oficial y, por
definición, un caballero. Solo tenía que decirle que no.

El susurro de su aliento en sus nudillos fue como una caricia, y la réplica de la presión de sus
labios sobre los suyos la hizo estremecerse como las ondas que se forman después de arrojar
una piedra a un estanque. Aún podía saborearlo.

Caro sintió que el color volvía a subirle a las mejillas de la vergüenza. ¿No era esto lo que
siempre había sospechado? ¿Qué, al primer indicio de tentación real, se mostraría tan libertina
como cualquiera de sus antepasados?

—Soy…

No, sería una locura decirle su nombre. ¿Qué podría decir? Le soltó la mano al hombre y se
pasó los dedos por el cabello, olvidándose del bulto hasta que la hizo chillar de dolor. Por
supuesto que seguía ahí…

—Ay, cómo duele.

—¿No te acuerdas? —inquirió el hombre, poniéndose serio de inmediato—. Si te has dado un


golpe en la cabeza, tus recuerdos estarán dispersos por un tiempo.

Caro cerró los ojos e intentó pensar. El hombre formaba parte del regimiento de los dragones,
que había salido anoche a hostigar a los aldeanos que se habían reunido para proteger a los
alborotadores luditas cuando huyeron tras el ataque al molino.

No sabía a qué bando pertenecía. La destrucción y la violencia en torno a los edificios del
molino en llamas eran espantosas, pero, según lo que Caro había leído y oído, los trabajadores
estaban sufriendo terriblemente. Las acciones de la milicia habían sido brutales, mientras que
la visión de los dragones, aterradora.

La lógica era sencilla: ese hombre era parte de los dragones y, por tanto, estaba
automáticamente del lado de las autoridades. Caro no se atrevía a arriesgarse a confiar en él,
no con tan pocos indicios de lo que había estado haciendo allí la noche anterior.

Debía tener en cuenta su reputación, así como la de su hermano. Harry bien podía haber
heredado molinos, pero el motivo por el que estaban allí era esclarecer los hechos, no para
alinearse con tropas impulsivas que no dudarían en tirar del gatillo o empleadores
explotadores. Por otra parte, si quería conservar los molinos, un escándalo que implicara a su
hermana no le haría ningún favor en la sociedad local.

—No puedo recordar… —Le bastó un poco de teatro para que la voz adoptase un aire
tembloroso. Se sentía magullada, confusa y, después de lo que había presenciado anoche,
horrorizada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Si no fuera por el perro, huiría…

El capitán Barnard se incorporó del todo, le echó la capa sobre los hombros y la estrechó contra
él. Caro se aferró a él, sintiendo las cosquillas del cabello despeinado en su frente, y
percibiendo el humo y el sudor de su piel. Debería resultarle repugnante, pero, de algún modo,
solo lo hacía parecer más fuerte, más masculino, más excitante. El deseo de huir se desvaneció
hasta que se dio una sacudida mental. Debía hacerle creer al capitán que era una nulidad
inofensiva; así sería más fácil escapar de él antes de que descubriera algo sobre ella. Era
demasiado protector, demasiado…

Caro, basta.

Cuando el capitán Barnard habló, las palabras retumbaron bajo su oído, trémulas, profundas y
pensativas.

—He visto casos como este antes, después de un golpe en la cabeza o de la conmoción de una
batalla. Recobrarás la memoria con el tiempo, no debes forzarla. Sin embargo, podemos
deducir algo.
Apoyó a Caro de espaldas contra el establo y le levantó la mano derecha.

—Tu nombre, por ejemplo. —Le tocó el anillo del dedo corazón, la banda de piedras de colores,
y señaló cada una—. Coral, ámbar, rubí y ópalo: CARO. ¿Te resulta conocido? ¿Podrías ser que
te llames Caroline?

—Puede ser —vaciló ella—. O quizá fue un pariente con ese nombre quien me lo dejó. —Ambas
cosas eran ciertas; había sido el anillo de su abuela—. No sé qué decir…

Cuantas menos mentiras, mejor, pensó. Y márchate de aquí, lejos de él.

—¿No lo sabes? No importa, servirá por ahora, y debo llamarte de algún modo.

—Muy bien —dijo, y logró esbozar una sonrisa de alguna parte—. Es extrañamente
reconfortante tener un nombre.

El capitán Barnard la miró a la cara y frunció el ceño.

—Te sienta bien. ¿Qué más podemos deducir? No veo ningún anillo de boda, por supuesto.
—¿Por supuesto? Le dio la vuelta a la mano para que descansara sobre su palma grande y
curtida. Tenía manos de jinete—. Tus manos son blancas y suaves, y tu rostro, bajo la pintura…

¿Pintura? Nunca se había puesto ni una pizca de negro de humo en las pestañas ni había
manchado sus labios con pétalos de geranio machacados. Con su tez oscura, no necesitaba
artificios.

—Capitán, usted…

—Te ruego que me llames Jervais, Caro. —Sonrió él, mientras le pasaba un dedo por la
mejilla—. Tersa y sin arrugas. Bajo esa pintura hay una joven encantadora de poco más de
veinte años.

Veinticuatro, pensó Caro con sombría resignación. A punto de quedarse soltera, y complicada.
Neciamente testaruda. Llena de anhelos sensuales mal reprimidos. Levantó los ojos para
encontrarse con los del capitán y sintió un cierto agrado y confianza. Y también algo que, con
creciente inquietud, reconoció como lujuria.

—En cuanto a cómo llegaste aquí —prosiguió Jervais—, la historia no es más que una cuestión
sencilla. Volvía a caballo de los molinos, donde habían ocurrido todos los disturbios. Serían
cerca de las dos de la madrugada cuando te encontré en el camino, tendida en un surco
inundado. Sospecho que te caíste de un carro, y es un milagro que estuvieras fuera de la ruta
principal; de lo contrario, podrías haber sido aplastada sin que nadie viera donde yacías. A la luz
de la luna no advertí señales de huesos rotos o heridas de gravedad, y no podía dejarte allí.
César estaba fatigado y yo estaba perdiendo sangre. Me pareció sensato buscar refugio hasta el
alba.

Caro se frotó la frente, tratando de recuperar parte de la memoria perdida. Debía decir algo o
él se daría cuenta de que sabía más de lo que estaba confesando.

—¿Hubo una batalla? ¿Es por eso que estás herido? Recuerdo disparos y gritos. Incendios.
Estaba buscando…

—Supongo que se podría llamar batalla —respondió Jervais con sequedad—. Los luditas, los
destructores de máquinas, los trabajadores del molino y los aldeanos que intentaban
protegerlos cuando se llamó a la milicia. Todo estaba fuera de control, y los alborotadores
tenían la ventaja hasta que llegaron los dragones. Se desplegaron aquí hace solo un día para
mantener el orden, y si hubiesen llegado un día más tarde, habría sido una masacre.

—¿Quién ganó? —inquirió Caro. Si es que alguien podía reclamar una verdadera victoria en tal
contienda. ¿Y dónde estaba Harry en medio de aquel hervidero de fuego y violencia? Su
hermano había salido completamente desarmado.

—Las fuerzas de la ley y el orden, por supuesto —respondió Jervais con una mueca—. Los
magistrados locales leyeron la ley de amotinamiento, aunque nadie pudo oírla. Los propietarios
de las fábricas habrían preferido que las tropas abrieran fuego y acribillasen a todos,
alborotadores, mujeres, niños… La milicia también lo habría hecho, de no ser porque las tropas
regulares impusieron cierta disciplina. Aun así, hay demasiados heridos en ambos bandos. Se
avecina un verdadero infierno.

Caro se estremeció.

—Esa pobre gente. Está mal amotinarse y destruir cosas, pero deben de estar desesperados.

—¿Lo comprendes? Imagino que, dada tu posición, estarías del lado de los magistrados y los
propietarios de los molinos. —Su voz había perdido algo de su calidez.

—¿Dada mi posición? —¿Cómo había adivinado que era la hermana del dueño de un molino?

—¿Acaso no es evidente? Tienes las manos de una mujer mimada, el rostro pintado y la
vestimenta de una mantenida. Supongo que tu protector es un miembro de la alta burguesía de
la comarca.

¿Así que pensaba que era la querida de alguien? ¿Una mujer mantenida? Caro reprimió su
instintivo grito de indignación.

—¿Mi vestimenta? No creo que un atuendo sea suficiente para hacer tal juicio sobre mí.

Jervais apartó al sabueso sin contemplaciones y recogió del suelo una prenda arrugada, sobre la
cual el perro se había acomodado para dormir. Extendió la seda carmín sobre el heno y la
observó con una ceja alzada.

El corpiño era poco más que una brizna de tela, diseñada expresamente para revelar y realzar.
Las faldas estaban cortadas para ceñirse al cuerpo con cada movimiento.

—No veo enaguas —comentó con sorna—. Debo admitir que siento una profunda admiración
por el gusto de tu protector. Esta parece ser una de esas prendas en las que, cuanto menos hay
de tela, mayor es el coste. Con esos rizos negros y esos ojos azules estoy seguro de que te
queda… encantador.

Caro jamás había llevado un color tan flagrante y provocador, ni se había imaginado qué
aspecto tendría con una prenda semejante, pero por la mirada ardiente de Jervais Barnard, se
formó una imagen muy clara en su mente. Apartó sus pensamientos del hombre que tenía a su
lado para centrarse en el misterio de dónde demonios había salido aquel vestido.

—Debo volver —empezó Jervais.

—También yo. —La conmoción de Caro al encontrarse en aquel lugar, el alarmante impacto del
beso y su propia reacción al hombre estaban desvaneciéndose. Ahora empezaba a sentir
verdadera ansiedad. Además, Flora y Harry debían estar fuera de sí de preocupación.

—Pero no sabes adónde —intervino él en su lugar, como si hubiera visto la trampa abierta a sus
pies—. Yo regreso a Rochdale; será mejor que vuelvas conmigo.

Rochdale estaba a casi diez millas de donde debería estar. Pero ¿cómo podía protestar? ¿Cómo
explicarle al capitán Barnard que no era la amante de algún hombre acomodado, sino la
hermana de un baronet con una merecida reputación que proteger?

—Muy bien, te lo agradezco —comenzó ella, ya urdiendo en su mente un plan para zafarse de
él en el momento y el lugar oportunos. Solo Dios sabía cómo conseguiría ropa decente y algún
medio de transporte para regresar a Oldham.

Me ocuparé de ello cuando llegue el momento, pensó mientras Jervais cambiaba de posición.
Primero debo deshacerme del capitán.

Empezó a levantarse, gruñó y cayó de rodillas sobre el heno.

—¡Maldita sea mi suerte! —Caro vio el sudor que perlaba su frente y su mueca de dolor. El gran
sabueso le empujó con el hocico, gimoteando quedamente.

—¡Quítate, Percy! Maldita sea esta pierna, debe de haber sido un tajo más profundo de lo que
pensaba. —Se sentó y se giró para mirarse el muslo, con el rostro sombrío—. Demonios.

—Permíteme ver. —Caro se arrodilló a su lado y apartó la tela desgarrada de su pantalón gris
para descubrir un vendaje improvisado empapado en sangre. Desató los extremos y lo
desenvolvió, revelando una herida abierta y dentada—. ¿Qué diantres ha causado una herida
así? —Tragó saliva para no dejarse llevar por las náuseas.

—Es de un corquete, creo. Tenían todo tipo de armas improvisadas.

Caro se estremeció. Había visto armas aún peores que corquetes —un anciano había blandido
una guadaña—, pero el cortasetos, mitad hacha, mitad gancho, podría haberle arrancado la
pierna a Jervais.

—No te muevas —le regañó bruscamente cuando el capitán intentó incorporarse—. Volverá a
sangrar. —Al menos estaba familiarizada con la enfermería, con el proceso de atender a un
hombre—. ¿Qué le ocurre al brazo?

—No es más que un rasguño, una bala de mosquete perdida.

Caro se levantó, tratando de ignorar el hecho de que estaba exponiendo sus extremidades
descubiertas y el escote revelador del corpiño, y se puso el vestido carmesí. Las frágiles
zapatillas de raso yacían junto a la pila de heno, y las deslizó sobre sus pies. Aunque poco más
que una mejora, la vestimenta ofrecía cierta comodidad, por más indecente que fuera.

Parecía que no era tan libertina como había temido si la casi desnudez la turbaba tanto. Se
removió incómoda en su corpiño y enderezó la espalda. No tenía ni idea de cómo iba a salir de
aquel apuro con un hombre herido bajo su cuidado, sin sufrir más daño que un dolor de cabeza
y una dosis de vergüenza, pero debía intentarlo.
Capítulo II
Es hora de ser prácticos, se dijo Caro.

—Puede que haya un pozo en las cercanías. Necesitamos agua. Buscaré un cubo.

—Ten cuidado, solo Dios sabe quién puede estar afuera. —Jervais trató de levantarse, pero
entonces cayó, profiriendo una maldición—. ¡Percy, a la guardia!

El perro trotó obedientemente al lado de Caro y la siguió hacia el exterior, apoyando su gran
cabeza en su muslo. Abrió la puerta con cierta cautela y se asomó, pero la zona delante del
granero estaba desierta bajo el cálido sol y las alondras llenaban el cielo de cantos. Después del
caos de la noche anterior, aquel paisaje parecía casi una ilusión.

Había un pozo y un abrevadero, y encontró el cubo a su borde. Caro lo sumergió en el agua y lo


llenó hasta la mitad, que era todo lo que podía cargar. Olfateó el agua con desconfianza, pero
era clara y tenía un aroma puro, y, cuando tomó un sorbo, tenía la frescura fría del agua de
manantial.

Llevó el cubo al granero y lo colocó junto a Jervais.

—Es agua limpia. Bebe antes de que te dé fiebre. ¿Tienes alguna alforja?

El capitán señaló con la cabeza al gran caballo, que seguía pacientemente entre las sombras.
—Junto a la silla —respondió.

El corcel militar se movió obedientemente cuando ella le dio una palmada en el lomo y
agradeció en silencio su familiaridad con los caballos. Este era más grande que todos los que
había visto y lo bastante feo como para causar un ataque histérico a una mujer nerviosa.

En la alforja del capitán encontró un par de pañuelos limpios, una navaja y, justo en el fondo,
un frasco de plata.

—Excelente —dijo Caro, con más entusiasmo del que sentía mientras se los llevaba a su
paciente—. Será mejor que corte la tela desgarrada alrededor de la herida, pues no creo que
podamos retirar los pantalones y volver a ponértelos sobre las vendas.

Jervais se recostó sobre los codos para ver trabajar a Caro. Era enérgica, eficiente y
encantadoramente seria. Al menos no parecía aprensiva. Aunque no esperaba timidez de ella
dada su profesión, le manipuló la pierna con el aire de una enfermera experimentada. Fue una
experiencia inquietantemente excitante, pero le dolió el grado justo como para mantener a
raya su cuerpo rebelde.

—Sabes bien lo que haces —comentó el capitán.

—Así es. —Caro melló uno de los paños del cuello con el cuchillo y luego lo rasgó limpiamente
en dos—. Estoy habituada a cuidar de otros. —Una sombra se dibujó en su rostro y se mordió el
labio inferior.

El cuerpo del hombre se estremeció al ver la herida dentada en la carne blanda, decidiendo
que, después de todo, podía sobreponerse al dolor.
—Estoy… me parece que estoy acostumbrada a cuidar de un hombre mayor —dijo Caro,
mientras sus dedos se detenían en los músculos tensos de su muslo.

Jervais se esforzó por relajarse.

—¡Por todos los demonios!, no me digas que eres la amante de algún viejo concejal con gota o
de un general retirado y malhumorado.

—No sabría decirlo con certeza —murmuró ella, inclinándose sobre el vendaje.

Él entrecerró los ojos, observándola con renovada atención. Aquella mujer era un enigma.
Vestía como una cortesana y llevaba carmín en el rostro; sin embargo, su voz, su porte, su aire
en general desprendían distinción. Quizá fuese la hija huérfana de un caballero caído en
desgracia, o de algún oficial asesinado durante las recientes guerras, dejándola sin un céntimo a
su nombre. Quizá había recurrido a la protección de un hombre antes que morir de hambre.
Una situación lamentable, aunque no infrecuente, en los tiempos que corrían tras años de
guerra.

Era una belleza provocadora, a pesar del vestido escandaloso, y aquella apariencia de inocencia
que tenía resultaba aún más intrigante tratándose de una mujer adulta. Sus rubores y
vacilaciones cuando la había besado parecían genuinos, pero seguramente eran un acto bien
calculado. Quizá a su protector le complaciera esa fachada de candidez infantil.

—Ya está. —Se sentó sobre sus talones, mirándole con seriedad—. Sería preferible una camisa
limpia, pero me temo que esto deberá bastar. —Sacudió los restos de la prenda que él llevaba y
se inclinó hacia él, ayudándole a ponérsela sobre el brazo vendado con esmero.

Olía dulce, a algo inesperadamente fresco y floral. Jervais olvidó su pierna palpitante y su brazo
rígido, la atrajo hacia sí y la besó con genuina pasión. Los labios de ella se entreabrieron bajo los
suyos, mientras los dedos del hombre trazaban la endeble línea de seda, delineando las suaves
curvas que ocultaba.

Si esa era la recompensa por verse involucrado en una peligrosa contienda contra un enemigo
hacia el cual sentía una considerable simpatía, no podía sino aprovecharla con agradecimiento.
Su cuerpo se tensó y su pulso se aceleró cuando la mujer que tenía debajo se arqueó en su
abrazo. Fuese un concejal o general retirado, el anciano protector iba a compartir su dulce
Caro, le gustara o no.

La habían besado antes, claro que sí. Pero aquellos besos habían sido castos o arrebatados,
risueños, llenos de intentos de coquetería; y ella había hecho cuanto estuvo en su poder, por
muy fuerte que fuera la tentación, para que nunca transcendieran más allá de ciertos límites.

La temida sangre Sinclair fluía ardiente y traicionera por sus venas. Hacía tiempo que lo
sospechaba y que sentía vergüenza al respecto, y ahora tenía que aceptar que era tan salvaje
como temía.

El beso de Jervais desmoronó toda su resolución de resistir aquella herencia, de comportarse


como una de las Sinclair decentes, no como los demás rastreros que habían deshonrado el
nombre de la familia generación tras generación, tal como había hecho su padre también.

Su cuerpo se agitó, invadido por los anhelos y las necesidades a medias que creía poder
dominar. Su boca sobre la suya era intensa, oscura, poderosamente seductora y, sin embargo,
se sentía segura. ¿Segura? La parte de su mente que aún no sucumbía ante el impacto del
cuerpo de Jervais luchaba contra esa idea tan improbable. Pero sí, sus instintos le decían que él
era su refugio, su protector.

Jervais respondía a su voluntad, inclinándola sobre su brazo bueno y arqueándola contra su


pecho, donde los latidos de su corazón competían con los de ella. Emitió un sonido bajo y ronco
mientras sus labios se posaban en su sien, acariciaban el vello sensible, rozaban el lóbulo de su
oreja y descendían entre la nube de su cabello suelto hasta el nivel de sus hombros desnudos.

Era animal, primitivo, tan delicioso como sus sueños habían insinuado. Caro cerró los ojos,
dejándose arrastrar por la marea de sensaciones. Esto no podía estar bien, y cualquier
impresión de seguridad no era más que una ilusión. Su mente lo sabía; comprendía que él la
creía una cortesana y que la trataría como tal.

Sus dedos se aferraron a la tela rasgada de su camisa. Esto no era real, no podía serlo. Ella, la
señorita Caroline Sinclair, respetable virgen con una voluntad de hierro, no podía estar
semidesnuda en un granero con un hombre al que apenas conocía. Esto era un sueño.

El heno le pinchó los hombros y se dio cuenta de que ahora estaba de espaldas mientras Jervais
desplazaba su peso sobre ella. El deseo manifiesto y una confianza inexplicable chocaban con la
prudencia, el pudor y la virtud, y ella se dio cuenta vagamente de que no tenía ni idea de qué
bando iba a prevalecer.

—Jervais…

Él jadeó y cayó de espaldas contra el heno, devolviéndola a la fría realidad. Al incorporarse, vio
que se sostenía la pierna.

—Lo siento, cariño, pero no creo que pueda absolverme con ninguna distinción esta mañana.
Debo de haber perdido más sangre de la que imaginaba.

De hecho, su aspecto era horrible: a pesar de la ligereza de su tono, su piel estaba pálida y
marcada alrededor de la boca, con líneas de dolor grabadas en la frente.

¿En qué había estado pensando? En ese pecho musculoso y desnudo, en eso pensaba, se
reprendió a sí misma. La fuerza de voluntad puede superar lo que viene por la herencia, estoy
convencida de ello.

—Nunca debí haberme comportado de esa forma —murmuró Caro.

Jervais abrió un ojo y sonrió.

—Desde luego que no, piensa en cómo eso enfadaría a tu concejal.

—No existe ningún… —Se detuvo justo a tiempo. Era preferible que la considerara una
cortesana a que descubriera que la respetable señorita Sinclair había pasado la noche entre sus
brazos. Les había tomado seis largos años volver a ganarse un lugar en la sociedad tras la
muerte de su padre, lograr que aceptaran que Harry no seguía los pasos de su progenitor y que
Caro contaba con la más respetable de las acompañantes: su tía. Un solo rumor sobre esto, y
todo habría sido en vano. Flora sería despreciada y Harry perdería toda posibilidad de un buen
matrimonio.

Jervais se incorporó, haciendo un gesto de dolor.

—Vamos, querida. Es mejor que nos pongamos en marcha antes de que algún campesino nos
encuentre y seamos un espectáculo digno de comentar.

Entre los dos consiguieron ensillar a César. Jervais le dio una palmada afectuosa en el flanco
polvoriento.

—Buen muchacho. Un último esfuerzo, y tendrás un establo y avena para ti solo.

Cojeando, volvió hacia el lecho improvisado y encontró su chaqueta, que se puso con una
mueca.

—Otro uniforme que se va al demonio —dijo con resignación mientras miraba la tela azul
manchada y el encaje plateado desgarrado—. He regresado de Waterloo sin una mísera prenda
decente.

Alisó las solapas color ante y se abrochó los botones, luego comenzó a ajustarse el cinturón de
la espada, tirando del sabretache para que colgara junto a la vaina curva del sable.

—Son los gajes del oficio para un soldado, he de suponer —dijo Caro.

Harry había pasado una temporada en la que anhelaba un casaca escarlata y un sombrero de lo
más elegante. Ahora, sin embargo, sus inclinaciones habían virado hacia la política. Ella se había
alegrado, hasta que su interés se enfocó en causas radicales. La herencia de la finca de su
padrino en el norte le había brindado la oportunidad perfecta para sumergirse en cuestiones
relacionadas con las condiciones de las fábricas, el derecho de voto y la educación de los
pobres. Causas loables, sí, siempre y cuando no arrastrasen a su joven hermano al centro de
disturbios sangrientos.

—Ciertamente. —Le sobresaltó la voz masculina, interrumpiendo sus pensamientos—. Al


menos no he tenido que entrar en batalla con el uniforme de gala, pantalones y zapatillas de
noche, como algunos de los oficiales que asistieron al baile de la duquesa de Richmond antes
de Quatre Bras —dijo Jervais con una sonrisa. Parecía haberse recuperado del momento de
debilidad, aunque seguía cojeando gravemente y su rostro aún tenía aquella palidez anormal.

—Vamos, coge esto. —Sacudió la pesada capa negra que les había servido de abrigo—. Ese
vestido que llevas no es en absoluto adecuado para montar.

Caro no pudo más que darle la razón mientras salían cautelosamente al patio. La luz del sol, tan
intensa, hacía que la endeble seda de su vestido pareciese casi transparente. Se envolvió en la
capa, repentinamente cohibida.

Aunque no tienes razón alguna para sentir vergüenza, pues te has comportado como una
cualquiera entre sus brazos, se recriminó a sí misma en silencio.

Jervais, visiblemente dolorido, se encaramó al gran caballo y lo condujo hasta un escalón de


monta para que ella pudiera subir detrás de él. Caro se deslizó con facilidad sobre el amplio
lomo de César, acomodándose de lado, y sujetó con cuidado el cinturón de Jervais para
mantener el equilibrio.

Caro se sentía segura a lomos del caballo, aunque se percató —y entonces hizo una mueca— de
que le dolía el trasero por la caída que había sufrido el día anterior a manos de Willow. Solo
podía esperar que su yegua hubiera vuelto sana y salva al establo.

Ambos cabalgaron en silencio por el camino lleno de surcos, se alejaron del granero y cruzaron
los ásperos pastizales hasta alcanzar la carretera de peaje, con Percy trotando al frente, su cola
plumosa ondeando con elegancia.

Si tan solo Jervais decidiera girar a la derecha hacia Oldham, Caro podría hallar alguna excusa
para desmontar antes de que llegaran al pueblo —quizá una apremiante necesidad natural— y
entonces tendría la oportunidad de escabullirse de vuelta a la casa. Por supuesto, esto
implicaría robarle la capa, pero tal vez podría devolvérsela de forma anónima.

Sin vacilar, Jervais dobló a la izquierda en dirección a Rochdale, tal como había manifestado que
lo haría. Caro murmuró entre dientes una de las maldiciones más coloridas de Harry.
Difícilmente podría solicitar que la llevasen a otro lugar, dado que se suponía que había perdido
la memoria.

—¿Acaso has dicho algo? —preguntó Jervais, volviéndose en la silla.

—No, nada de importancia. Oh, observa, alguien viene.

Se trataba de un joven oficial que vestía el mismo uniforme que Jervais, y cuyo rostro se
iluminó con una amplia sonrisa al alcanzar su lado.

—¡Barnard, mi querido amigo! Creí que habías encontrado la muerte cuando no logramos
encontrarte anoche.

Caro se asomó por detrás de Jervais para contemplar la figura robusta de un hombre de rostro
afable y sencillo.

—Seguí a un pequeño grupo que vi encendiendo antorchas en las dependencias; me


condujeron a un largo paseo por los campos y, al final, me encontré con un hacha de podar
cuando los acorralé —dijo Jervais—. Resulta infinitamente más sencillo enfrentarse a los
franceses; simplemente disparas y se acaba, pero había mujeres y jóvenes mezclados en la
partida.

—¡Capitán Harding! ¡Regrese a su deber, señor, y cese de charlar como una señorita de
escuela!

El bramido de un jinete que se acercaba hizo que el capitán diera media vuelta a su caballo,
encontrándose con la mirada de Caro.

—¡Por Dios, Barnard! No me extraña que no volvieras anoche, hombre afortunado. ¡Qué
criatura tan dulce!

Caro levantó los pliegues de la capa para ocultar su rostro lo mejor que pudo mientras Jervais,
con una súbita ferocidad que la alarmó y sorprendió visiblemente al otro hombre, respondió:

—Maldición, cuida lo que dices.

—No tenía intención de ofender, viejo amigo mío. Cuídate. —Harding se alejó al galope, dando
un amplio margen al oficial que se acercaba.

—Es un placer volver a verlo, Barnard —dijo el hombre al alcanzar su lado y frenar su caballo—.
Veo que ha resultado herido. Es lamentable que mis propios hombres sufran daños, pero, dado
que usted solo estaba de visita, por así decirlo, no deseaba tener que enfrentarme con un
cadáver.

—Es solamente un corte, mayor. Necesita puntos, pero eso es todo. Agradezco su cortesía al
permitirme unirme a su pequeña contienda. —Había un matiz en su voz que el mayor pareció
captar.

El hombre asintió con seriedad y ajustó las riendas.

—Al menos la calidad de los recuerdos que trae del campo de batalla parece estar mejorando.

Antes de que Jervais pudiera responder, el mayor se había alejado por el camino.

—¿De qué estaba hablando? —demandó saber Caro.

—De ti. He adquirido la reputación de coleccionar objetos peculiares de los campos de batalla.
A César lo he obtenido de Salamanca, y a Percy de un enfrentamiento menor en las afueras de
Lisboa. Pero ninguno de ellos, como bien debes convenir, presenta un espectáculo muy
placentero a los ojos.

Por un instante, Caro sintió un ligero destello de satisfacción ante el cumplido, aunque fuese
algo indirecto. Sin embargo, esa sensación pronto se transformó en indignación. ¿Acaso ella era
meramente un recuerdo de la contienda, digna de ser comparada con un viejo caballo de
guerra y un mestizo desaliñado?

Con irritación, le propinó un suave codazo en el costado.

—No te quedes ahí sentado. Tu pierna ha comenzado a sangrar otra vez y no seré capaz de
levantarte si te caes.

Cuanto antes llegaran a su destino y ella pudiera escaparse, mejor.

Jervais espoleó a César con los talones, y el caballo reanudó su andar.

—Tengo la firme intención de llevarnos a los dos de regreso a Rochdale y a la cama.

Caro sintió que la incomodidad la invadía ante el tono burlón de su voz. Estaba muy seguro de
poseerla.

—Sin duda regresará a la cama, capitán Bernard. No tiene fuerzas para hacer nada más, según
recuerdo.

—Touché —murmuró él, y guardó silencio mientras alcanzaban las afueras de Rochdale. No
había posada en los alrededores donde Caro pudiera solicitar que la dejaran bajar para usar el
retrete.

Conque así terminó mi brillante idea, pensó con resignación, mientras se subía el cuello de la
capa y deseaba que tuviera capucha.

Las calles estaban animadas y el ambiente era tenso tras los disturbios de la noche anterior. Se
podían ver milicianos en puestos destacados, y también pequeños grupos de mujeres reunidas
en las esquinas que los miraban despectivamente mientras los hombres se apresuraban a
realizar sus tareas con la cabeza gacha, sin querer llamar la atención.

Caro había estado en este lugar en varias ocasiones desde su llegada a Lancashire, pues el
mercado era bastante bueno, pero no conocía bien la zona. Por otro lado, era poco probable
que alguien la reconociera, aunque seguía sin comprender cómo iba a llegar a casa vestida
como una mujer de mala fama y sin un penique en el bolsillo.
Suspirando, se sentó con paciencia mientras César atravesaba las callejuelas, cruzaba una
pequeña plaza y se dirigía a una calle de casas modestas pero respetables.

Al detenerse ante una de ellas, la puerta se abrió de par en par y un joven delgado salió
corriendo.

—¡Mamá, mamá, es el capitán Barnard!

Jervais desmontó con dificultad y ayudó a Caro a deslizarse hacia los adoquines.

—Aquí tienes, Johnny —dijo, tendiéndole las riendas al muchacho—. Lleva a César y a Percy,
asegúrate de que ambos estén alimentados y cómodos, y revisa que se encuentren bien.

Johnny asintió con entusiasmo y se llevó el caballo, con Percy trotando tras él.

—Capitán, está herido —exclamó una mujer de aspecto fatigado que bajaba apresuradamente
los escalones, limpiándose las manos en su delantal arrugado. Su expresión de preocupación se
congeló al ver a Caro, quien intentaba envolverse con la capa para ocultar el vestido escarlata.

—Permítame presentar a la señorita Caro, quien se vio envuelta en los desórdenes de anoche.
Ha sufrido un golpe en la cabeza y ha perdido la memoria, señora Tomkins. Fue ella quien
atendió mis heridas, así que confío en que usted pueda ayudarla —añadió Jervais mientras la
mujer se erguía con evidente desaprobación—. Estoy seguro de que su bondad será de gran
utilidad.

—Caro, esta es la señora Tomkins, viuda de uno de los más respetados sargentos que jamás
sirvieron bajo mi mando.

—Bueno, le agradezco que haya traído las pertenencias de John a casa conmigo, y que haya
compartido con el joven Johnny los recuerdos de la última batalla de su padre, dándole algo
bueno con lo que pueda recordarle… —La mujer se interrumpió y parpadeó con dificultad—.
Me encargaré de cuidar a la muchacha, si se comporta. Esta es una casa decente, se lo advierto
—añadió mirando a Caro.

—Sí, señora Tomkins —respondió Caro, esforzándose por demostrar sumisión. Ya era lo
bastante humillante haber sido objeto de las miradas de los soldados que se encontraron en el
camino, pero ser menospreciada por amas de casa respetables resultaba aún más irritante.

Siguió a la señora Tomkins y a Jervais al interior de la casa, y tuvo que asirse a su brazo cuando
sus rodillas flaquearon. Parecía que, ahora que habían llegado a su destino, la fuerza de
voluntad que había logrado reunir se desvanecía.

—Está sangrando —dijo la señora Tomkins con un suspiro ahogado—. Iré a buscar a Johnny y lo
enviaré por el médico. Intenta llevarlo al dormitorio.

Ella tomó un chal de un perchero junto a la puerta y salió corriendo, dejando a Caro frente a un
tramo de escaleras y a un hombre que se desplomaba.

De alguna manera lograron llegar hasta el rellano.

—Entra allí —indicó Jervais, tambaleándose hacia la puerta, donde se dejó caer sobre una cama
que ocupaba casi por completo la pequeña alcoba—. La señora Tomkins recibe inquilinos
—murmuró entre dientes—. Haré lo posible por no manchar su colcha con mi sangre.
Si él había decidido restarle importancia a la situación, ella haría lo mismo.

—Sí, eso sería muy descortés de tu parte —convino Caro, lanzando la capa sobre una silla.
Deslizó una toalla del lavabo bajo su muslo, luego cogió otra y empezó a aplicar presión sobre el
vendaje saturado. Jervais maldijo en voz baja, pero no hizo intento alguno de detenerla.

Ella sabía que, al pie de la escalera, la puerta estaba abierta. Posiblemente había una túnica que
pudiera usar sobre su escandaloso vestido de seda rojo pero…

No puedo dejarlo ahora.


Capítulo III
Pareció una eternidad, aunque seguramente no pasaron más que unos minutos, antes de que la
señora Tomkins regresara.

—El doctor no debería demorarse —dijo, dirigiéndole a Caro una mirada crítica que abarcaba el
vestido, las zapatillas y, presumiblemente, los restos del maquillaje que Jervais había
mencionado—. Déjeme esto a mí y váyase a mi habitación. —Señaló con la cabeza hacia la
puerta, al otro lado del rellano—. Puede lavarse y ponerse mi vestido de algodón de repuesto
que cuelga detrás de la puerta; luego, cuando esté presentable, sería mejor que bajara a la
cocina y pusiera a calentar agua.

Caro se apresuró a refugiarse en la impecable habitación, se lavó y se vistió tan rápido como le
fue posible. El sencillo vestido de la señora Tomkins le quedaba bien, aunque lucía ridículo
combinado con las zapatillas escarlata. Se pasó los dedos por el cabello, mirándose en el
pequeño espejo sobre el lavabo, y luego bajó en busca de la cocina.

El doctor llegó, mandaron por agua caliente y Caro permaneció donde estaba hasta que Johnny
regresó y sugirió que prepararan té con pan y mermelada. Entonces se dio cuenta de lo
hambrienta que estaba.

Por fin, cuando empezaba a inquietarse, la señora Tomkins bajó.

—El capitán está durmiendo —dijo, con poca amabilidad—. La herida de la pierna es profunda y
ha afectado el músculo, pero el doctor Fox dice que se pondrá bien si descansa. Es joven y
fuerte.

—Puedo ayudar a cuidarlo —empezó a decir Caro, poniéndose en pie.

—No hará tal cosa, señorita —replicó la viuda intercambiando miradas con su hijo, quien, ajeno
a la conversación, untaba mermelada de ciruelas en un trozo de pan—. Le agradecería que se
quede aquí abajo. Puede dormir en el camastro de mi habitación, pero tengo que pensar en mis
inquilinos. Hombres respetables, que pronto estarán de vuelta para la cena.

¿Hombres respetables a los que podría corromper?

—Sí, señora —respondió Caro, sintiéndose rechazada, mientras se dirigía a una silla junto a la
ventana que daba al patio trasero.

Las sombras comenzaban a alargarse sobre los adoquines, y Percy yacía en el reflejo de un rayo
de sol, con su enorme cabeza peluda apoyada en las patas, observando con un ojo entreabierto
al gato del patio que se paseaba con insolencia fuera de su alcance.

—Y le agradecería que no se quede ahí sentada, señorita —añadió la señora Tomkins—. Hay
patatas que pelar, y pronto habrá seis hombres hambrientos a los que deberemos alimentar,
demás usted y el capitán.

—Por supuesto. —Caro se acercó al fregadero de piedra, donde Johnny bombeaba agua fría en
un barreño, junto a una pila de patatas aún cubiertas de tierra y un cuchillo peligrosamente
afilado. Nunca había pelado una patata en su vida, pero ¿qué tan difícil podría ser?
Resultó más complicado de lo que había imaginado, pero una vez que le cogió el truco, Caro
descubrió que podía fregar, pelar y pensar al mismo tiempo.

Jervais estaba en buenas manos, pero ella se encontraba atrapada. Supuso que podría
escabullirse, intentar recorrer a pie las diez millas que separan Rochdale de Oldham,
atravesando los páramos, pero sus zapatillas no resistirían ni unos minutos y, en cualquier caso,
los caminos no eran lugar adecuado para una dama sola en aquellos momentos.

Podría explicarle todo a la señora Tomkins, pero no confiaba en que se abstuviera de divulgar la
historia completa a Jervais, por quien sentía lealtad, en lugar de guardar los secretos de una
joven desconocida. Y, ¿cómo podría confiar en su discreción?

Seguramente Jervais dispondría de algo de dinero. Quizá podría cogerlo prestado, dejar una
nota y hacer que lo devolvieran anónimamente junto con la ropa de la señora Tomkins.

Supuso que debía haber una caballeriza, pero ir hacia allá solo resultaría si la encontraba antes
de la señora Tomkins pudiera alcanzarla. Además ¿acaso le alquilarían un caballo y un carro a
una joven desconocida?

Mejor dejar todo para mañana, decidió. Para entonces ya habría evaluado el carácter de la
señora Tomkins y sus posibles reacciones, y tendría la oportunidad de preguntarle a Johnny
sobre las caballerizas. Además, con suerte, su cabeza ya no le dolería tanto.

Al regreso de los inquilinos, se vio obligada a comer sola en la cocina. Podía escucharlos
subiendo las escaleras hasta las habitaciones que compartían en el desván y bajando de nuevo
al salón delantero para devorar el estofado de cordero, patatas, col y el budín de ciruelas, todo
ello acompañado de abundantes cantidades de té.

Estaba claro que Caro tendría que fregar la loza para ganarse la hospitalidad. Puso a hervir las
teteras, se enfrentó a la grasa de cordero que había quedado pegada a las ollas con toda su
energía, mientras pensaba con remordimiento en el personal de cocina de su casa. Nunca le
había ocurrido cuán arduo era el trabajo que implicaba cocinar.

—Váyase a la cama, señorita, mientras los hombres están ocupados en el salón o en el pueblo
—dijo la señora Tomkins mientras apilaban los últimos platos—. Encontrará la cama bajo la mía
y sábanas para que la prepare. Buenas noches.

—Buenas noches, señora.

No era agradable sentirse desaprobada por alguien, pero tenía demasiadas preocupaciones y
estaba demasiado cansada para darle más vueltas al asunto, al menos por esta noche. Caro
cogió el candelabro que le ofrecía la señora Tomkins con un murmullo de agradecimiento y
subió las escaleras. Al llegar al rellano, vaciló. Podía colarse en la habitación de Jervais solo para
asegurarse de que estuviese bien. Podría estar durmiendo, así que debía tener cuidado de no
molestarle. Recogiéndose los faldones del vestido, abrió la puerta y entró conteniendo la
respiración.

No había necesidad de preocuparse; Jervais dormía profundamente. La habitación estaba


cerrada y permanecía a oscuras, salvo por la luz que proyectaba su vela. Caro se acercó en
silencio a la cabecera de la cama y se quedó mirándolo.

Jervais estaba quieto y pálido, los fuertes contornos de su rostro resaltaban por las sombras
que proyectaba la luz de las velas. Su barba incipiente había crecido casi lo suficiente como para
ser considerada una auténtica barba.

Caro extendió los dedos tentativamente y le tocó la frente. Su piel estaba cálida y seca al tacto,
lo que le hizo sentir un nudo de preocupación en el estómago. ¿Tendría fiebre? Miró a su
alrededor en busca de una jarra de agua para refrescarle la cara, y entonces la voz de la señora
Tomkins resonó con claridad desde el vestíbulo.

—Sube y duerme en la habitación del capitán, Johnny. Llámame si se muestra inquieto durante
la noche, sé buen muchacho.

Caro cruzó rápidamente el rellano, entró en la habitación de la señora Tomkins y comenzó a


sacudir una sábana para cubrir el camastro, cuando escuchó los pasos del muchacho en el
pasillo. Sintiéndose tranquila al saber que Jervais no estaría solo, se deslizó entre las sábanas
ásperas y limpias, y golpeó la almohada, que era algo rígida.

No esperaba dormirse, pues había demasiadas preocupaciones en su mente, pero a medida


que se acomodaba en la cama, bostezando, la oscuridad la envolvió por completo.

Padre estaba borracho otra vez, se dio cuenta Caro con disgusto mientras miraba hacia abajo
desde lo alto de la amplia escalera. Su rostro encendido, surcado de arrugas y con las mejillas
caídas, se alzaba hacia ella mientras sus débiles ojos azules se esforzaban por enfocarse.

Movida por una compasión exasperada, bajó corriendo a ayudar a Philpott, su criado, que
sostenía a su amo y le instaba a subir las escaleras. Caro pasó el brazo de su padre sobre sus
propios hombros, mientras ella le rodeaba la cintura. Afortunadamente no era un hombre
corpulento, pero el alcohol lo volvía torpe y entre los dos apenas lograban sostenerlo.

Caro se revolvía en la cama, inquieta, y la escena se desdibujaba y cambiaba.

Ahora yacía despatarrado en la gran cama con dosel mientras Philpott le quitaba las botas y
ella lo vestía con la camisa de noche.

—Querida Caro… mi querida niña —balbuceaba su padre, embriagado—. ¿Qué haría yo sin ti?
Eres una buena muchacha por aguantar a este viejo… he bebido de más… te lo compensaré… un
bonito collar, ¿eh?

Las incoherentes divagaciones se desvanecieron cuando ella movió la cabeza sobre la abultada
almohada, y luego se sumergió de nuevo en las profundidades del sueño, la siguiente escena
tan vívida y, con la curiosa lógica de los sueños, vinculada a la visión anterior.

—¿Joyas? Pero ¿y el amor? —Su propia voz resonó distorsionada.

—¿Amor? —La otra mujer soltó una carcajada seca—. No, no amamos, eso no forma parte del
trato. Nos vendemos por protección y seguridad, aunque no duren. Las mujeres de nuestro
oficio atesoramos nuestros corazones y nuestras joyas. —Los labios carmín se torcieron en una
amarga sonrisa que, de algún modo, insinuaba un dolor que había sido enterrado desde hace
mucho tiempo—. Si te enamoras, lo lamentarás para siempre, porque ellos nunca te
corresponderán.

Caro despertó de un sobresalto al darse cuenta de que tenía las mejillas húmedas y que la
señora Tomkins roncaba en la otra cama.

Papá y aquella mujer de mala fama…


Su padre había tenido queridas; llevaba a casa mujeres de dudosa reputación en grupos de tres
o cuatro para sus salvajes fiestas de juego. Caro incluso había hablado una vez con la mujer de
su sueño. Pero ¿por qué estaba teniendo ese sueño ahora?

La señora Tomkins dejó de roncar bruscamente, con un leve jadeo y una tos. Se incorporó en la
cama, y Caro, al oírla, cerró los ojos y simuló dormir, mientras la casera se lavaba y vestía, antes
de salir de la habitación.

Abajo, en el patio, había movimiento, y Caro se levantó de la cama para mirar por la ventana la
escena que se desarrollaba.

Johnny caminaba por el patio arrastrando un cubo de agua con ambas manos, y Percy salió del
cobertizo, estirando cada pata con gran concentración, para luego trotar decidido hacia la
puerta de la cocina.

Caro se lavó con el agua fría que quedaba en la palangana y, con algo de prisa, se puso el
vestido prestado. Su cabello estaba enredado y revuelto por la inquieta noche que había
pasado, y le tomó varios minutos frente al espejo para domarlo hasta darle alguna apariencia
decente.

Era la primera vez que veía su reflejo en un espejo desde que había salido de casa hacía casi dos
días. El color verde botella no le favorecía en nada a su cabello negro y sus ojos azules. Y, ¿es
que su piel siempre había sido de ese tono ceniciento?

Los jirones del vestido escarlata tirados sobre una silla la tentaban, pero no, ya había tenido
suficientes problemas como para arriesgarse a que la echaran del único refugio que había
encontrado, solo por intentar provocar de nuevo esa chispa de deseo en los ojos de Jervais.

Se vio en el espejo mientras sus mejillas se teñían de un leve rubor ante aquel pensamiento.
¿Qué estaba ocurriéndole para tener esos pensamientos insidiosos y poco decorosos sobre
Jervais? Quizá no era más que la impresión y la necesidad de que alguien la ayudara a salir de la
situación en la que se encontraba.

No, era mejor mantenerse en buenos términos con la señora Tomkins y, desde luego, evitar
ceder al impulso de comportarse como una de las pecadoras de su familia. Caro recogió su
cabello en un moño que le daba un aspecto serio y de plena modestia, y salió en busca de la
casera. Si lograba lucir lo suficientemente recatada, tal vez le permitirían moverse libremente
por la casa.

Abajo había mucha actividad. En el comedor, los inquilinos devoraban un sustancioso desayuno
de obreros, mientras Johnny iba y venía con el pan y las teteras. En la cocina, la señora Tomkins
removía una olla de gachas y una delgada sirvienta hacía girar tiras de tocino en la plancha.

A Caro se le hizo la boca agua.

—Buenos días —se aventuró a decir.

La señora Tomkins señaló con la cabeza hacia la única esquina despejada de la mesa de la
cocina.

—Mejor que desayune allí. —Recorrió a Caro con la mirada y asintió con la cabeza—. Luce más
decente esta mañana. Jenny, sírvele un plato a la señorita… ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Caroline, señora.
Sé sumisa, decente…

—Sírvele el desayuno a la señorita Caroline, niña.

Caro comió y se sintió mejor, luego recogió su plato y su taza sucios. En el peor de los casos, si
no tenía la oportunidad de regresar a casa, podría conseguir un puesto como fregona, pensó,
tratando de hallar algo de humor en su situación.

—Jenny, llévale el desayuno al capitán. —La señora Tomkins sirvió gachas en un tazón, vertió té
y colocó una servilleta sobre una bandeja.

—Este tocino ya está casi listo, señora T. —La sirvienta parecía agobiada—. ¿Debo terminarlo,
llevar la bandeja o...?

—Lo llevaré yo. —Caro cogió la bandeja y salió de la cocina antes de que alguien pudiera
objetar. En el rellano, utilizó el codo para abrir el pestillo de la habitación de Jervais y miró
dentro.

Jervais yacía acostado contra las almohadas, con la barba oscura y la piel pálida, pero lucía más
fuerte que la noche anterior y en su rostro se dibujó una sonrisa cuando vio quién llevaba la
bandeja. La sonrisa se desvaneció cuando se percató de su ropa.

—Caro, ¿de dónde demonios has sacado esa vestimenta?

—La señora Tomkins me lo ha prestado, fue muy amable de su parte. —Dejó la bandeja sobre
la mesilla y sacudió la servilleta—. ¿No te agrada?

—Si quisiera emplear a una institutriz, sin duda me parecería adecuado.

Caro le empujó la taza de té en las manos.

—Gracias —dijo él y esbozó una sonrisa, sin duda divertido por su molestia. Qué hombre tan
irritante.

—¿Cómo está tu pierna?

—Mucho mejor tras haber pasado la noche recuperándome de las delicadas atenciones del
médico local.

—¿Fue muy malo? —Caro se ocupó de las contraventanas, sin mirarle a los ojos. Lo que le había
parecido natural la jornada anterior en la forzada intimidad del granero se sentía diferente hoy.
Estar sola en la habitación de un hombre, sola con un hombre que, a todos los efectos, era un
extraño, resultaba decididamente incómodo, sobre todo después de aquel abrazo que estuvo
tan cerca de convertirse en… lo que ella había querido que se convirtiera.

—Bueno —dijo Jervais—, luego de que decidiera que no había necesidad de amputarme la
pierna, las cosas mejoraron. No me mires así, estoy bromeando. Me cosió bien la pierna y
pronto estará bien. Perdí demasiada sangre, eso es todo. Solo necesito día holgazaneando en la
cama y estaré perfectamente reestablecido.

—Come tu desayuno, eso te ayudará —dijo Caro, apartándose de la ventana.

—¿Qué es? —Él miró la bandeja cubierta con interés—. Tengo hambre.

—Gachas —respondió, pasándole el cuenco.


—Esto no me ayudará a recuperarme. —Hizo una mueca, pinchando el grumoso contenido con
la cuchara—. Lo que necesito es una buena carne roja y una botella de clarete.

—Trata de comértelo —insistió Caro—. Veré qué puedo hacer respecto al almuerzo, pero el
vino tinto y la carne roja solo inflamará la herida.

—Eres toda una enfermera —se mofó él—. Hablas como si conocieras a fondo las enfermerías.

—Lo tengo, es decir, creo que debo tenerlo. —Estuvo a punto de cometer un error. Tenía que
recordar que se suponía que había perdido completamente la memoria.

—¿No recuerdas nada más? Debí preguntarte cómo está tu cabeza esta mañana —dijo,
llenando la cuchara con gachas y comenzando a comer de mala gana.

—Me duele, pero el dolor ha mejorado. —Ella se mordió el labio, todavía preocupada por la
herida en la pierna del hombre—. ¿No debería venir a evaluarte un cirujano militar? ¿Debería
llevar un mensaje a tu cuartel general, quizá?

—No, ya no es mío. Estoy dejando el regimiento. He sido asignado a la Oficina de Guerra desde
que regresé de Waterloo y estoy a punto de retirarme. Solo vine aquí para despedirme de mis
viejos camaradas, y luego me encontré invitado a participar en una última escaramuza.

—Oh. —Caro se movió inquieta por la habitación, enderezando cosas, moviendo las cortinas,
tratando de pensar en una manera de pedirle algo de dinero. Necesitaría al menos una guinea,
pensó, debido a que necesitaba un pony y un carruaje ligero, y sería completamente
desconocida en las caballerizas. Quizás necesitaría dos como depósito…

— Maldita sea, me siento como como un erizo. —Jervais había terminado las gachas y se
frotaba la barbilla con la palma de la mano, haciendo una mueca ante el roce—. No recuerdo
cuándo fue la última vez que me afeité.

—Puedo hacerlo por ti. —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.

—¿De verdad? —preguntó él, levantando las cejas—. Le tengo mucho cariño a mis orejas y me
gustaría conservarlas.

—Sí, mi… —Caro casi dijo «padre»—. No me acuerdo muy bien, solo sé que puedo hacerlo. Iré a
buscar agua caliente.

Ya se estaba arrepintiendo de su oferta irreflexiva por la intimidad forzada que implicaría, pero
cambiar de opinión ahora le parecía un error.

Cuando Caro regresó con la palangana de agua humeante, Jervais señaló el tocador. A pesar del
dolor en su pierna, se encontraba sorprendentemente excitado por la situación.

—Mis utensilios de afeitar están allí. —Observó a Caro mientras abría el rollo de tela y sacaba
una de las dos navajas con mango de marfil—. Ten cuidado con el filo.

Mientras él le advertía, ella probaba el filo de la hoja con el pulgar.

—Bien, está muy afilada. Nunca he podido afilarlas bien, es todo un arte.

Ella iba de un lado para otro y él se preguntó si estaría nerviosa por estar a solas con él. Le
parecía improbable, teniendo en cuenta su profesión. Tal vez se debía a aquel horrible vestido y
el peinado de aspecto serio, los que la hacían parecer más respetable de lo que realmente era.
Luego de haber sacudido la espuma y le hubo colocado una toalla sobre el pecho, se sentó al
borde de la cama, con la curva de su cadera presionada contra su costado. Jervais observó el
delicado color de sus mejillas, la forma en que atrapaba su labio inferior entre los dientes
mientras estudiaba su mandíbula. Entonces, con un gesto decidido, mojó la brocha de pelo de
tejón en el jabón y empezó a enjabonarle la cara.

Él se quedó muy quieto disfrutando de la firme frescura de las yemas de los dedos de ella,
mientras le estiraba la piel del pómulo y empezaba a pasar la navaja por la barba. A lo largo de
su vida adulta, que había incluido algunos episodios muy eróticos, no podía pensar en nada tan
provocador como la forma en que ella manejaba esa navaja y la sensación de su cuerpo contra
el suyo.

Caro lo estudió un momento, limpió la navaja en la toalla y empezó a afeitarle la barbilla. Él la


observaba tan de cerca que vio el instante exacto en que ella se dio cuenta de la dificultad que
tendría para afeitarle el lado izquierdo de la cara. La cama era demasiado ancha y alta para que
ella pudiera alcanzarlo desde el otro lado.

Ella se retorció, se inclinó, se sentó de nuevo con un suspiro de exasperación, luego se subió a
la cama, colocándose a horcajadas sobre las caderas de él y siguió afeitándolo.

Jervais se quedó helado. En esta posición, ella seguramente se daría cuenta de lo excitado que
estaba. Claro que se daría cuenta: era su oficio saber esas cosas, así como saber cómo provocar
a un hombre.

Tenía que reconocerlo; si su intención era llevarlo a un frenesí sexual mientras aparentaba que
la mantequilla no se derretiría en su boca, estaba haciendo un trabajo excepcional. Con una
hoja letalmente afilada en la garganta, lo único que podía hacer era respirar
entrecortadamente y quedarse quieto.

Ella trabajaba con constancia, en silencio, y los únicos sonidos de la habitación eran el del roce
de la hoja, la respiración de él y el crujido ocasional cuando Caro ajustaba su equilibrio sobre el
colchón

—Está listo —dijo por fin. Dejó la navaja y se sentó sobre sus talones, acomodándose
cómodamente sobre la fuente de su malestar. Incluso a través de las mantas podía sentir su
calor íntimo.

—Solo falta un poco de jabón aquí… —Ella se inclinó hacia delante, balanceándose de una
manera aparentemente desarticulada que lo hizo aferrarse a las sábanas en un esfuerzo por no
entregarse como un joven al borde del placer.

Caro le frotó la mandíbula con el borde de la toalla. Luego, levantó la vista para mirarle a los
ojos y la toalla se le cayó de la mano.
Capítulo IV
Maldita sea, qué buena es interpretando el papel de virgen asustada. Jervais mantuvo la mirada
fija en sus ojos grandes e inocentes mientras alzaba la mano para acariciar la suavidad de la
mejilla de Caro. Sus dedos se deslizaron para atraerla hacia él, y ella no opuso resistencia hasta
quedar atrapada contra su pecho, con el rostro alzado y confiado hacia el suyo.

Jervais descubrió que no le importaba que todo aquello fuera un artificio. Puede que no
estuviera en condiciones de hacerle el amor con la habilidad y la resistencia que deseaba, pero
ahora que ya no estaba en un endiablado pajar iba a hacer todo lo posible. Liberó su boca y
murmuró en la suavidad de su garganta:

—Quítate el vestido para mí. Maldito sea este brazo…, no puedo hacerlo yo.

—Tus heridas… —Ella se mordió el labio—. No deberíamos…

—Dudo que pueda hacer algo —admitió Jervais con pesar—. Pero déjame verte, tenerte entre
mis brazos y darte placer, Caro.

Caro sintió que sus dedos iban hacia los broches de su vestido como si estuviera hipnotizada.

¿Qué estoy haciendo? Lo deseo tanto, pero... Pero no, una pequeña y fría voz dentro de su
cabeza dijo con claridad. No.

Ella se acurrucó contra él, detuvo las manos en las cintas y broches, y él se sonrió, sus labios
prometían una ternura sensual y deleite en un idioma del que ella era ignorante. Un idioma que
no debía aprender o estaría realmente arruinada. Unos minutos de placer y su vida, tal como la
conocía, habría terminado.

Todo lo perdería por un hombre al que apenas conocía, un hombre que no la vería más que
como un capricho pasajero.

—Jervais. No.

Ella se levantó de la cama y corrió hacia el dormitorio de la señora Tomkins, cerrando la puerta
de un portazo y recostándose contra los paneles de madera, con el corazón latiéndole con
fuerza y una sensación de pérdida que le revolvía el estómago.

Finalmente, se obligó a alejarse de la puerta para sentarse en el borde de la cama. Era ridículo
sentirse tan perseguida, como si Jervais pudiera salir de la cama para ir a buscarla. Como si
fuese a hacerlo, además. Él pensaba que ella era una mujer de mala fama con dolor de cabeza,
creía que podía esperar y que ella volvería a él.

Pero ella tenía que salir de aquí ya, con dinero o sin él. Deseaba demasiado a Jervais y cuanto
más se acercaba a él, cuanto más lo veía, más peligrosa se volvía su situación. Caro miró a su
alrededor, tratando de pensar, pero la habitación no le inspiraba nada y la sombría impresión
de Daniel conversando con varios leones de aspecto enfadado no era ningún aliciente.

Se oyeron voces en el patio trasero, ella ladeó la cabeza y escuchó. La señora Tomkins estaba
sermoneando a Johnny sobre algo, lo que significaba que la puerta principal estaba despejada.
Justo en su línea de visión había un par de botas robustas. Si le quedaban… Caro metió los pies
en ellas y se las calzó con facilidad, una señal que interpretó como un indicio de que debía irse
ahora, en ese instante. Si tenía que caminar hasta Oldham, entonces lo haría.

Nadie entró en el vestíbulo cuando bajó las escaleras de puntillas y nadie pareció oír la puerta
principal cuando la cerró tras de sí. Intentó recordar la ruta que Jervais había tomado la noche
anterior y se dispuso a salir rápidamente para no atraer más atención de la que podría tener
una joven de aspecto respetable, en la calle sin más que una cofia en la cabeza.

En pocos minutos llegó a la plaza principal del mercado, que se hallaba repleta de puestos,
atestada de gente, corrales de animales, cajas de pollos, carretillas y sirvientes cargados con
mercancías. Al menos ahora tenía una idea clara de dónde estaba, y con el tráfico en el
mercado, tal vez encontrara algún carro que la llevara hasta Oldham.

—¡Caroline!

Se volvió sobre sus talones. Flora.

—¡Oh, querida mía! —Su tía se abrió paso entre la fila del puesto de mantequilla, cruzó la calle
con los brazos extendidos y la envolvió en un abrazo que le aplastó las costillas—. ¡Hemos
estado desesperados desde que Willow regresó a casa sin ti! Harry está recorriendo los
páramos, y yo he venido a ver si las autoridades tenían alguna noticia de ti. Ven, el carruaje está
por aquí.

La tía guio a Caro a través de la calle hasta donde estaba el carruaje familiar y la subió dentro.

—A casa, George, y fíjate si ves al señor Harry mientras estamos en el camino.

Flora se sentó frente a Caro y le cogió las manos.

—Oh, ¡cómo me gustaría regañarte si no estuviera tan aliviada! Ya era bastante angustiante
que Harry se fuera tras los disturbios, ¡pero que tú fueras corriendo detrás de él…! Ambos
podrían haber muerto. Ha habido… ya sabes.

Caro intentó recuperar el aliento.Estaba a salvo.

—Flora, lamento mucho haberte preocupado. Sabes que estaba preocupada por Harry —dijo
Caro—. Ha estado tan decidido en investigar las condiciones en las fábricas ahora que ha
heredado las propiedades de su padrino que temía que pudiera acercarse demasiado a los
alborotadores, incluso intentar hablar con algunos de ellos. Pensé que podría encontrarlo
fácilmente y convencerlo de que me acompañara de regreso. Nunca pensé que sería algo
complicado.

—Pero ¿qué ocurrió? Has estado fuera dos noches y ahora estás a diez millas de casa. —Su tía
se desató las cintas de la cofia y dejó el sombrero en el asiento de al lado, para poder mirar
mejor a Caro—. Al principio me sentí tan aliviada que no reparé en el vestido. ¿Dónde están tus
prendas y qué diantres llevas puesto?

No un vestido escarlata de ramera, gracias a Dios.

Puede que Flora fuera tan joven que pareciera más una hermana mayor que una tía, para sus
sobrinos huérfanos, pero eso no significaba que no fuera una chaperona diligente para Caro.

—Willow se desbocó. No sé qué me pasó después, pero debí de recorrer varias millas antes de
caer, acabar en un charco y golpearme la cabeza. —Caro seleccionó cuidadosamente la verdad,
ampliando el tiempo a medida que relataba—. Me acogió una respetable dueña de casa
llamada señora Tomkins, este es su vestido. Pero fingí haber perdido toda mi memoria,
pensando que era mejor que no supiera quién era yo. El problema fue que no tenía dinero y no
podía pedirle que me lo prestara, considerando que no podía decirle mi nombre ni adónde me
dirigía, así que decidí emprender el camino de vuelta por mi cuenta.

Todo eso era relativamente cierto. Recordaba haber salido en busca de Harry, también podía
recordar perfectamente el alboroto, el miedo, los incendios y haber caído de Willow cuando la
yegua se asustó violentamente ante un carro que salía de un camino. Pero eso fue en las
afueras de un pueblo industrial, a solo cuatro millas de Oldham.

Lo que aún no recordaba era cómo había llegado a estar inconsciente en el camino embarrado
donde Jervais la había encontrado, vestida con un vestido de mujer de mala fama y la cara
pintada.

Y nada, ni siquiera el alivio de estar reunida con Flora y saber que Harry estaba a salvo, era
suficiente para borrar de su memoria cómo se había comportado en los brazos de Jervais.

—¡Querida, te has puesto tan pálida! —murmuró Flora, apenada—. En cuanto lleguemos,
mandaré llamar al médico. Si te has dado un golpe en la cabeza, puede que tengas fiebre
cerebral.

—No, por favor. Solo tengo un ligero dolor de cabeza. Simplemente me parece angustiante el
no poder recordar todo lo que sucedió.

Era exactamente lo contrario de la verdad: en aquel momento Caroline sintió que daría casi
cualquier cosa por ignorar que se había despertado en un granero con un hombre a su lado, o
lo que había sucedido cuando, tan imprudentemente, se había ofrecido a afeitarlo.

Flora parecía dudosa, pero volvió a ponerse la cofia, mojó un pañuelo con agua de lavanda y se
lo pasó a Caro.

—Cierra los ojos y descansa, querida.

Estar sola en la oscuridad, con solo sus pensamientos como compañía, hacía que el viaje por la
áspera carretera de los páramos pareciera interminable, pero abrir los ojos era invitar a
preguntas y especulaciones que no podía afrontar.

—Hemos vuelto —dijo Flora con evidente alivio en la voz—. Entra. Te daremos un baño y luego
deberás descansar en la cama hasta que sea hora de cenar.

Hizo pasar a Caro a la casa que Harry había heredado de su padrino, junto con tres fábricas de
algodón y considerables acciones de la compañía local del canal. Había sido su hogar temporal
durante apenas tres semanas, mientras Harry intentaba decidir si vender o quedarse con su
inesperada herencia.

Cuando por fin Caro salió del baño y se metió en la cama, Flora seguía moviéndose inquieta por
la habitación con semblante serio y extrañamente avergonzada.

—Flora, haces que me duela la cabeza más que nunca. ¿No quieres sentarte?

Flora se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de Caro entre las suyas.

—Caroline, querida. —Se sonrojó al pasar el pulgar por los nudillos de su sobrina—. Casi no sé
cómo decirte esto por miedo a ofenderte… pero si no puedes recordar todo lo que ocurrió…
¿Sucedió algo…? Quiero decir, ¿estás… estás intacta?

—Aún me duele la cabeza —dijo Caro, frotándose la herida. Entonces comprendió el significado
de las palabras de Flora y comenzó a sonrojarse tanto como lo estaba su tía. De todas las
imaginaciones que le habían rondado por la cabeza, nunca se le había ocurrido la idea de que
pudieran haberla agredido. Lo cual era una tontería en extremo, teniendo en cuenta lo que una
mirada suya le había hecho creer a Jervais.

—¡Estoy completamente intacta! No hay nada de qué preocuparse. Estoy segura de que si me
hubiera ocurrido algo yo lo sabría… —Por supuesto que sabría si la hubieran agredido, pero ¿y
si la persona desconocida que la había vestido con aquel vestido se hubiera tomado otras
libertades? Caro se estremeció.

—Perdóname, querida. Entiendes por qué tenía que preguntar. —Flora, visiblemente
avergonzada, empezó a poner la ropa de cama—. No volveremos a hablar de ello. Estoy segura
de que todo lo que ocurrió fue que caíste de la yegua, quedaste aturdida por un momento y
luego fuiste rescatada por esa respetable posadera, tal como recuerdas.

Lo cual estaba muy bien, pero no explicaba cómo se había quedado inconsciente en primer
lugar y cuánto tiempo había permanecido en el páramo antes de que Jervais la encontrara.
¿Cómo podría siquiera comenzar a explicarle a Flora que había abandonado todos los principios
de comportamiento modesto, que se había sentido tan deseosa de un hombre, un total
desconocido, y que había arriesgado su virtud y su reputación? Era algo que ni siquiera podía
explicárselo a sí misma.

—Ahora bien, haré que cepillen el vestido que te prestaron y lo empaqueten. Luego le
pediremos a George que lo deje en la puerta y toque antes de marcharse. ¿Recuerdas la
dirección?

Flora se apresuró a salir de la habitación, murmurando en voz alta sobre lo preocupado que
estaría el pobre Harry y la ansiedad que sentiría por su hermana.

Caro se recostó e intentó relajarse. Estaba en casa y no había dejado ninguna pista sobre su
identidad, Harry estaba a salvo y ella nunca volvería a ver al capitán Barnard. Alisó el chal de
encaje que Flora le había puesto sobre los hombros y, con el contacto de sus dedos sobre la piel
desnuda, un súbito temblor de conciencia la paralizó. Sentía los labios de Jervais en su
garganta, acariciando y rozando la sensible suavidad. Su reacción instantánea ante él.

Ella se sentía diferente. Y, sin embargo, seguía siendo ella misma, sin cambio alguno. Era
Caroline Sinclair, respetablemente soltera y probablemente iba a seguir así. El ejemplo de la
unión desparejada de sus padres y su propia notoria discriminación, que algunos elegían
caracterizar como excesiva particularidad, la habían mantenido alejada de aceptar las
numerosas propuestas halagadoras que habían llegado a ella en cuatro temporadas.

Sabía que la consideraban atractiva, también sabía que estaba bien provista económicamente y
que su reputación era impecable. Esos tres factores mantenían a la sociedad alejada de
etiquetarla como una flor marchita que merecía compasión o como una coqueta peligrosa que
debía ser desaprobada. No, la señorita Sinclair era una mujer única en su clase y las
especulaciones sobre cuándo concedería finalmente su mano, y a quién, mantenían contentas a
las malas lenguas.
Pero eso se debía enteramente a la determinación de Flora de que su sobrino y su sobrina no se
vieran manchados con la reputación de su padre y de que nadie tuviera motivos para mirarlos y
recordar la historia de los Sinclair santos y los pecadores.

Se decía que la familia solo producía dos tipos de descendencia: pecadores malvados,
licenciosos y depravados, tanto hombres como mujeres, o santos rectos, prudentes y
respetables.

Sir Thomas Sinclair, sin duda, había sido uno de los pecadores. Pero gracias a Flora, ninguno de
los pretendientes de Caro, por ardientes que fueran, había cometido el error de suponer que
ella una mujer de vida ligera. Estaban completamente en lo cierto, porque nunca había sentido
la más mínima inclinación a permitir besos robados o interludios más peligrosos en arbustos o
en terrazas oscuras.

Pero ahora… Si el más mínimo susurro llegaba a oídos de la sociedad de que había pasado la
noche en un granero con un hombre, entonces estaría su reputación estaría arruinada sin
redención alguna.

Y lo terrible era que, al parecer, bajo el exterior bien educado y el comportamiento perfecto,
Caro era tan pecadora como cualquiera de sus escandalosos antepasados, solo que nunca había
estado expuesta a la tentación adecuada.

Volvió a recorrer su cuello con sus dedos, tratando de buscando recapturar el toque de Jervais.
El único consuelo era que seguiría siendo para siempre su secreto, que él no sabía quién era
ella y nunca lo sabría.

Cuando Caro bajó a cenar, vestida con su propio traje de noche, el pelo recogido con elegancia,
unas cuantas joyas cuidadosamente elegidas en el cuello y las orejas, se preguntó si realmente
había sido aquella criatura lasciva en la cama de Jervais o si todo había sido un sueño.

Encontró a Flora sentada en el salón, con una carta en la mano y una expresión distante en el
rostro. Caro adivinó de quién era la carta, así que se detuvo, sin ser vista, en el umbral, reacia a
perturbar la feliz introspección de Flora.

La hermana viuda de su padre era apenas ocho años mayor que ella y se parecía más a una
hermana mayor que a una tía. Cuando su anciano marido lord Grey había muerto, dos años
después de la boda, Flora había presionado mucho a su sobrina para que fuera a vivir con ella.

Pero Caro no se atrevía a abandonar a su padre. Su comportamiento, siempre libertino, había


sido cada vez más disoluto desde la muerte de su esposa, la única fuerza que lo contenía. Caro
había estado al borde de la desesperación, y Flora estaba ansiosa por alejarla de su influencia,
lo sabía, pero también sentía que su deber estaba con su padre y con su joven hermano.

Flora levantó la vista con una sonrisa soñadora cuando Caro entró en la habitación.

—Qué buen aspecto tienes, querida. ¿Has dormido? Harry ha vuelto a casa y se siente muy
aliviado de saber que estás a salvo.

—He dormido muy bien. ¿Es una carta del mayor Gresham? Espero que esté bien. —Caro se
sentó en el sillón de enfrente.

Flora se puso colorada, el rubor le hizo parecer casi de dieciocho años otra vez.

—Se encuentra muy bien y te manda recuerdos. Ah, oigo venir a Harry.
Su hermano irrumpió en la habitación, arrastró a Caro sin ceremonias fuera del sillón y la tomó
en sus brazos.

—¿Dónde has estado? No he comprendido en absoluto las explicaciones de Flora. ¿Estás bien?
—La cogió por los brazos y la examinó de pies a cabeza—. Tienes buen aspecto.

—Estoy perfectamente bien, Harry. —Caro le besó la mejilla, arrepentida por haberle
preocupado tanto—. Acabo de tener una pequeña aventura y he pasado una noche muy
educativa en un respetable alojamiento de Rochdale, habiendo sido tan torpe como para caer
de Willow. Ella está ilesa, ¿verdad? Debería haber preguntado antes.

—Tu yegua está en perfectas condiciones. Llegó a casa la noche que desapareciste y supusimos
que habías tenido una caída. Dios mío, Caro, estábamos desesperados. Afuera era como un
campo de batalla. Pensar que tales cosas suceden en suelo británico… hombres trabajadores y
respetables amotinándose, nuestras propias tropas disparando, mujeres y niños gritando
improperios y azuzando a los hombres…

—¿Te ha ayudado esta experiencia a decidir sobre qué hacer con el legado de tu padrino?
—preguntó Caro.

—La cena está servida, milady. —El mayordomo abrió la puerta de par en par.

—Lo conservaré. —Harry le ofreció el brazo a Flora—. Encontraré un hombre de negocios de


confianza, porque sé que yo no tengo experiencia. Insistiré en tener buenos gerentes y
condiciones de trabajo adecuadas. Tengo una responsabilidad, no puedo venderlo todo y
marcharme a Londres.

—¿Te quedarás aquí?

Su hermano pequeño estaba creciendo a pasos agigantados, pensó Caro con alivio y un deje de
tristeza. No había en él nada de la indulgencia egoísta de su padre, ni tampoco de la arrogancia.
Ya era un hombre joven y pronto no la necesitaría para nada.

—No, no puedo abandonar Longford y dejarte a ti todo el trabajo de sacarlo adelante, así que
venderé esta casa. Además… —agregó, con los ojos azules entrecerrados por la diversión—. No
puedo parecer demasiado involucrado en el comercio, eso no beneficiará en nada mis
perspectivas matrimoniales.

—No, desde luego. —Se burló ella—. No si vas a encontrar a la bella hija de un duque para
casarte.

Era una suerte que su propio dinero hubiera sido protegido por fideicomisos y honestos
fiduciarios, y que todas las tierras anexas a Longford estuvieran vinculadas, o su padre habría
consumido la herencia de sus hijos como había hecho con la suya. Pero había habido una grave
negligencia y no había reservas de dinero para mejoras, por lo que Caro tuvo que pasar mucho
tiempo en el campo ayudando a Harry.

Ahora, con la herencia de su padrino, parecía que el futuro de Harry estaba asegurado. Siempre
y cuando encuentre una novia que lo haga feliz, pensó ella, sonriéndole.

—Así que, dime. ¿Cómo luce una casa de huéspedes respetable?

—Limpia, ordenada y muy funcional. Ah, y los cuadros en las paredes eran las más sombrías
escenas del Antiguo Testamento que puedas imaginar.
Harry hizo una mueca y Flora añadió, riendo:

—Y la casera también tenía un gusto opresivo para la vestimenta. Tendrías que haber visto el
vestido con el que Caro volvió a casa.

—Fue muy amable de su parte el prestármelo.

—Lo único que puedo decir es que era muy apropiado para una institutriz —replicó Flora.

Si quisiera emplear a una institutriz, sin duda lo consideraría adecuado. La voz profunda y
sardónica de Jervais resonó en su cabeza.

—¿Caro?

Ella se dio cuenta de que su hermano le había estado hablando. Debía cuidar sus pensamientos,
y ciertamente su lengua, cada minuto hasta que lograra recuperar la compostura sobre los
acontecimientos de los dos últimos días o se traicionaría a sí misma. Era difícil ser deshonesta
con las dos personas que más le importaban en el mundo.

—Lo siento —se disculpó—. Cuéntame más sobre las fábricas.

Hablaron hasta bien entrada la noche, apenas dándose cuenta de que los sirvientes entraban
para encender las velas y avivar el fuego.

Aunque estaba fatigada, Caro se resistía a irse a la cama. Estaba nuevamente con su familia,
Harry estaba a salvo y decidido en su futuro camino, pronto volverían a Londres y ella podría
olvidar Lancashire, los disturbios y a aquel hombre grande, fuerte y gentil.

—Jervais —murmuró contra la almohada cuando por fin cerró los ojos. Y se durmió.
Capítulo V
Octubre de 1816. Londres

Había sido uno de esos días inesperadamente cálidos que Inglaterra suele experimentar a
principios de octubre, pero ahora el sol se hundía y una brisa feroz azotaba las esquinas de las
calles.

Desde su asiento en la ventana del salón de la casa en Brook Street, Caro observaba al segundo
criado luchar por recoger las hojas caídas que acababa de barrer de los escalones de la entrada.

—¿Hay alguna señal de él? —Flora miró hacia arriba desde su aro de bordado junto al fuego—.
No podemos esperar mucho más a Harry para el té.

—¿Te refieres a si hay alguna señal de ellos? —bromeó Caro, fingiendo no darse cuenta del
rubor que subía por las mejillas de su tía. El mayor Gresham había visitado con frecuencia la
residencia londinense de la viuda desde que regresó a Inglaterra para disfrutar de un mes de
permiso.

Podría haber estado llevando a cabo un cortejo discreto, pero Anthony Gresham había
encontrado tiempo para ser amable con Harry, introduciendo al joven baronet en su club y
llevándole por la ciudad.

Flora insistía en que se trataba de la amabilidad de un hombre mayor hacia un joven


prometedor que se abría camino en la sociedad.

—Simplemente lo ha tomado bajo su protección —protestó ante las burlas de Caro.

—Creo que tiene más que ver con el hecho de que Harry esté bajo tu techo —había respondido
Caro.

Aunque Harry y ella se burlaban a menudo de Flora por su pretendiente, ambos estaban muy
felices de que, después de años de viudez, finalmente estuviera encontrando la felicidad. Se
había casado obedientemente con su anciano esposo a los veinte años y, aunque nunca se le
había escapado una sola queja, Caro suponía que no había sido un matrimonio del todo feliz.

—Parece que ha pasado una eternidad desde que estuvimos en Lancashire —comentó Flora
mientras sostenía un enredo de sedas verdes a la luz y comenzaba a clasificarlas por tonos—. A
pesar de ese horrible disturbio y de tu aventura, me alegra que hayamos ido. A Harry le ha
sentado muy bien tener un nuevo propósito en la vida. Desearía que hubiera más cosas para
entretenerte, sin embargo. Londres parece muy tranquilo en este momento, con tantos grupos
de caza fuera en los condados.

—Te aseguro, Flora, que unas semanas de tranquilidad no son ninguna carga —dijo Caro.

Ella y Harry se habían mudado con Flora hace cuatro años, después de que la muerte de Sir
Thomas Sinclair finalmente liberara a Caro de su deber de cuidarlo. Su tía había manejado su
presentación en sociedad y, a pesar de que habían pasado varios años, Caro seguía
encontrando al orden y la tranquila comodidad de su hogar como un milagro después de las
turbulencias y alborotos de la vida junto el difunto baronet.
—No vivimos al límite, pero nos las arreglamos para pasarlo muy bien —agregó.

—En efecto —respondió Flora—. Y mereces cada oportunidad de disfrutar. Haber llevado la
carga desde los quince años de los excesos de tu desafortunado padre, tener que acompañarlo
a su alcoba noche tras noche cuando estaba ebrio y pasar la noche en vela escuchando ruidosas
partidas de cartas en el salón de abajo... es insoportable. —Se estremeció delicadamente.

Caro torció los labios ante el irónico recuerdo. Las partidas de cartas eran lo menos
problemático. En una ocasión, una amante descontenta y rechazada había forzado su entrada;
sin embrago, no tenía intención de relatarle a Flora aquel suceso, ni siquiera después de tantos
años.

Caro se había mostrado más intrigada que escandalizada por su escandalosa visitante —otra
señal, en retrospectiva, de que tenía tendencias hacia los pecadores de su familia— y le había
ofrecido té después de explicarle que su padre se había ido a Newmarket para las carreras y
estaría ausente por días.

El rostro pintado de la mujer y su manera de ser estridente desmentían su edad, y Caro había
sentido una extraña simpatía por ella. Hablaron largo tiempo hasta que se hizo de noche, y ella
incluso le preguntó acerca de los hombres que acogían a las cortesanas bajo su protección.

—¿No los amas? —le había preguntado ingenuamente. La cortesana rio y le explicó su práctica
filosofía de vida. Cuando finalmente se marchó, llevándose algunas de las guineas de Caro
tintineando en su retículo, dejó atrás a una joven muy pensativa.

La vida con sir Thomas y las revelaciones de su amante solo habían servido para confirmar a
Caro en su convicción de que el matrimonio era un estado que debía tomarse con extrema
cautela. Incluso hombres tan decentes como parecía ser Jervais Barnard no encontraban nada
malo en asociarse con mujeres de mala reputación.

Y yo me he comportado como una.

Como si escuchara sus pensamientos, Flora comentó:

—No puedo evitar sentir que he fracasado en mi deber desde que estás a mi cuidado. Si tan
solo pudiera encontrarte un partido adecuado, me sentiría mucho más feliz.

—No es tu culpa, Flora. He tenido temporadas enteras para encontrar un esposo con el que
pudiera sentirme a gusto. Probablemente estoy a punto de resignarme a ser una feliz solterona.
Debo adquirir un perro de compañía y al menos un gato.

—No es un asunto para tomar a la ligera —reprendió Flora—. Desespero por verte
debidamente casada, sobre todo después de que rechazaras la propuesta de un conde.
—Volvió a su bordado con un resoplido de frustración.

—Llamaré en un minuto —dijo Caro, reacia a empezar a diseccionar sus razones para rechazar a
una sucesión de pretendientes—. Los hombres no pueden tardar mucho más en un día tan frío.

Volvió a la vista de la calle.

—Por fin han llegado.

Las dos figuras, una de uniforme y la otra con un elegante gabán con capa y un sombrero de
castor de ala rizada, caminaban a paso ligero en dirección a Grosvenor Square. Una sonrisa se
formó en sus labios. Harry empezaba a presentarse como caballero en la ciudad y eso incluía ir
a ver a un elegante sastre.

Flora tiró del cordón de la campana y luego se apresuró al espejo para arreglarse los rizos de
manera más favorecedora.

Caro se apartó a medias de la ventana para reunirse con ella junto al cristal cuando vio que la
pareja se detenía y saludaba a alguien que se les acercaba. Curiosa, miró hacia el otro lado de la
ventana. Un gran caballo gris, de huesos marcados, avanzaba por Brook Street en dirección a
New Bond Street, seguido por un perro desaliñado que trotaba a sus pies. Desde su posición
elevada, el jinete, envuelto en una larga capa negra, era irreconocible.

Pero los animales le resultaron familiares al instante. César y Percy. ¿Aquí? Imposible.

Caro se agarró de las cortinas de muselina en busca de apoyo mientras se esforzaba por ver
mejor. El jinete de César levantó la mano en saludo al llegar a la puerta principal, luego detuvo
al caballo gris, sujetándolo con mano firme mientras se agitaba con el fuerte viento.

Desde arriba, Caro vio el cabello castaño claro cuando él levantó el sombrero, las grandes
manos capaces en las riendas y los anchos hombros bajo la tela negra.

—Jervais —susurró cuando el hombre que había estado rondando sus sueños desmontó y
estrechó la mano del comandante Gresham.

—¿Qué les retiene? —preguntó Flora, todavía acicalándose.

—Se han encontrado con alguien que conocen. —Caro no tenía idea de cómo había conseguido
pronunciar las palabras en un tono normal. El corazón le latía tan fuerte que comenzaba a
sentirse enferma. Soltó la cortina y vio que la había dejado hecha un lío de pliegues.

—¿Otro militar?

—Sí.

Flora se acercó a la ventana.

—Pero, querida, ¿cómo puedes saberlo? No lleva uniforme. Qué caballo tan horrible.

—Oh, solo lo supuse… por su porte, quiero decir… Y el caballo parece tener una montura de
caballería, o algo por el estilo.

Afortunadamente, Flora sonreía a su comandante y no pareció darse cuenta de que Caro


farfullaba.

Ambas observaron a Harry, que instaba claramente a Jervais a entrar en la casa, mientras el
mayor Gresham añadía sus propias súplicas.

Jervais, tras un momento de cortés vacilación, se dejó persuadir y le entregó las riendas al
criado que lo esperaba, quien se alejó rápidamente, llevando a Pompey hacia los establos.

—Oh, cielos —susurró Caro en voz baja mientras se apartaba de la ventana. ¿Cómo podría
encontrarse con este hombre? Su último encuentro con él había sido en su dormitorio,
prácticamente en su cama, a un paso de entregarse a él.

Tenía que escapar antes de que él entrara. Seguramente, por muy bueno que fuera su
autocontrol y discreción, no podría disimular su reacción al encontrar a una mujer que creía ser
parte de la compañía de muselina en un salón de moda en Mayfair.

—Flora. —Caro se llevó la mano a la frente y se miró en el espejo. Estaba muy pálida—. Siento
que me duele la cabeza. Por favor, presenta mis excusas al mayor Gresham.

—Por supuesto. Ve a acostarte, querida, pronto enviaré a tu criada. —Flora la empujó hacia la
puerta—. ¿Debo enviar a Peters a que busque al doctor Shepherd?

— No, por favor, no es necesario. Solamente necesito descansar un rato, estoy segura de que
no me ocurre nada grave, simplemente no me siento en condiciones de recibir visitas.

Caro salió por la puerta y huyó escaleras arriba justo cuando unos pies enfundados en botas
resonaban en el suelo de mármol del vestíbulo de abajo.

A salvo en el rellano, se arrodilló para mirar hacia abajo a través de las hojas de acanto que se
enrollaban en la barandilla mientras los tres hombres subían las escaleras. Deseaba ver a
Jervais con tanta intensidad, saber si sus heridas habían cicatrizado. Sin embargo, se estremecía
ante la idea de lo que él podría pensar si descubría que la mujer libertina que había conocido en
Lancashire era en realidad una dama respetable.

Mientras ella apoyaba la cara contra la estructura metálica para verle mejor, los hombres se
detuvieron ante la puerta del salón. Jervais levantó la vista de repente, como si sintiera el peso
de su mirada sobre él.

Caro se retiró a las sombras del rellano sin luz, pero sus ojos oscuros parecían seguirla. Luego,
Harry abrió la puerta y los tres hombres desaparecieron de su vista.

En la seguridad de su propia habitación caminó de un lado a otro, y luego se dio cuenta de que
se estaba retorciendo las manos.

Contrólate, Caro. El melodrama no va a ayudarte.

Se sentó en el taburete del tocador, con la espalda recta y las manos juntas en el regazo. Tirarse
en la cama y dejarse llevar por sus sentimientos tampoco iba a servir de nada.

Miriam, su criada, se asomó por la puerta, pero Caro la despidió con una palabra de
agradecimiento.

Piensa. Lo más sensato sería quedarse donde estaba hasta que Jervais se hubiera ido. No había
razón para que volviera a verlo; después de todo, no era uno de los amigos de Harry, estaba
más cerca en edad del mayor Gresham.

Sintiéndose más tranquila, se volvió hacia el espejo, alisándose el pelo y echándose un poco de
agua de lavanda en las sienes antes de que un pensamiento desagradable la asaltara. Él era
amigo del mayor Gresham y el mayor estaba claramente a punto de hacerle una declaración a
Flora. Una vez casados, sus amigos serían visitantes regulares y Caro, siendo soltera, seguiría
siendo parte del hogar. No podía alegar dolor de cabeza cada vez que el capitán Barnard
llegaba a la puerta.

Caro decidió que lo sensato sería ir a Longford. Harry rara vez utilizaba la residencia de campo
que había heredado, pues prefería la vida londinense a la mansión con los infaustos recuerdos
de su padre.
Podría usar eso como excusa, decir que las obras de renovación de la casa estaban siendo
descuidadas y que debía ver qué supervisión necesitaban los sirvientes.

No, eso tampoco funcionaría. Difícilmente podría quedarse en el campo para siempre. Flora
sospecharía y, además, a ella le gustaba Londres, no tenía ningún deseo de encerrarse en el
campo porque no podía enfrentarse a un solo hombre.

No había elección; debía enfrentarse a este león ahora, mientras estaba preparada y el shock
de ver a Jervais había perdido su fuerza.

Estudió su reflejo en el cristal con atención crítica y se preguntó si él la reconocería.


Ciertamente lucía muy diferente de la ramera pintada y desaliñada del granero o al de la joven
mal vestida en la casa de huéspedes.

Caro se quitó del dedo el anillo que decía CARO y lo sustituyó por una sola perla. Vestía esa
tarde un sencillo vestido de muselina de líneas modestas pero elegantes. Había sido
confeccionado por una modista francesa, cuyo toque era evidente en los pequeños pliegues
bajo el busto y las mangas abullonadas.

Su cabello era brillante, recién cortado y peinado a la última moda, con rizos discretos
escapando provocativamente de una cinta de gasa para enmarcar un rostro que no debía nada
al arte y sí todo a la naturaleza.

No había duda de que Jervais no la reconocería. Nunca esperaría verla en el entorno de una
elegante casa de ciudad, con una chaperona de impecable respetabilidad a su lado.

Además, aunque el encuentro había sido tan impactante y estremecedoramente íntimo para
ella, para él probablemente había caído en el olvido casi de inmediato, siendo ella una joven
más entre las muchas que compartían su lecho.

Debía arriesgarse o reducirse a escabullirse como una cobarde. Caro corrió escaleras abajo y
abrió la puerta del salón antes de que pudiera perder los nervios. Flora estaba inclinada sobre
la bandeja del té, el mayor Gresham atento a su lado. Harry estaba de espaldas a la puerta
mientras conversaba con el capitán Barnard, que ocupaba el sofá, asintiendo a algo que
acababa de decir su anfitrión.

Todos se volvieron al oír que la puerta se puerta y los hombres se pusieron en pie. Solo Caro fue
consciente de la sorpresa en el rostro de Jervais cuando Harry se acercó para cogerle la mano.

—¿Te sientes mejor ahora, Caro?

Ella esbozó su mejor sonrisa social y asintió con tranquilidad a Harry. No se fiaba de sí misma
para hablar. No había duda de que el capitán Barnard la había reconocido. Ahora, al obligarse a
mirarlo de nuevo, pudo ver que él había logrado controlar su expresión.

—Caroline, este es lord Barnard, que ha venido recientemente a la ciudad. Lord Barnard, le
presento a mi hermana, la señorita Sinclair.

Jervais se acercó al lado de Harry, sonriendo, luego inclinó sobre su mano y murmuró un saludo
convencional.

¿Lord Barnard?

Caro se obligó a levantar la mirada. Su rostro estaba educadamente compuesto, como debía
ser, al conocer a una joven por primera vez. Pero sus ojos reflejaban sus pensamientos y ella
leyó en ellos un mensaje de tranquilidad. Lo enfrentó con una expresión de total
incomprensión, sin un signo de reconocimiento.

Él frunció las cejas, luego su expresión se aclaró y se volvió neutral. Sin embargo, consciente de
sus gestos como lo estaba, Caro reconoció un destello de algo más en aquellos ojos castaños.
Tal vez desconcierto, lo cual podía comprender, pero también un atisbo de ira, lo cual la
confundía.

Tenía que aprovechar su ventaja mientras la tenía. Si solo pudiera establecer sin lugar a duda
que no recordaba nada de su encuentro anterior, entonces, como caballero, él tendría que
aceptar eso y también aceptar que su pérdida de memoria había empeorado, no mejorado.

Decir algo de su aventura lancasteriana sería humillarla y avergonzarla delante de sus amigos y
él tendría que suponer que ella lo negaría todo airadamente si su amnesia era auténtica.

Eso era lo que él haría si ella le había leído correctamente. Ella oró fervientemente para que así
fuera y que él fuera lo suficientemente buen actor como para no traicionar su conocimiento.

Si Flora o Harry descubrieran lo que realmente había sucedido durante aquellas noches
perdidas, ella y Jervais serían forzados a casarse de inmediato. Podría intentar negarse, pero
ningún caballero honorable dudaría en hacer lo correcto, habiéndola comprometido tan
profundamente.

Fue un amargo giro del destino que encontrara a un hombre por el que se sentía atraída y que
le resultaba tan intrigante, sólo para que resultara ser el último con el que podría considerar
casarse de manera honorable.

Ella se sentó junto a él en el sofá, aceptando una taza de té del mayor Gresham con unas
palabras de agradecimiento. Si podía seguir fingiendo, a Jervais le resultaría imposible abordar
el tema de su aventura y ambos estarían a salvo.

—¿Conocía al mayor Gresham del ejército, milord?

—Sí, señorita Sinclair. Vendí todo hace tres meses y ahora soy un hombre de ocio. —Hablaba
con ligereza, pero Caro casi podía oír su mente trabajando en el problema que le estaba
planteando.

—No haga caso, señorita Sinclair —dijo el mayor bromeando—. Apenas se podría considerar la
gestión de una propiedad del tamaño de Dunharrow una sinecura, Barnard. No es un secreto
que su difunto primo dejó el lugar en ruinas y deterioro.

Caro se recompuso. Había estado tan agitada que no se había dado cuenta de la importancia de
que Jervais fuera presentado como lord Barnard.

—¿Entonces ha heredado recientemente el título? No creo haber conocido a su difunto primo:


¿eran cercanos?

—Murió hace dos meses, y no, no éramos cercanos. De hecho, el primo Humphrey se
describiría mejor como un viejo recluso gruñón. —Su boca se crispó ante un recuerdo
repentino—. Solía hacerle visitas de cortesía, después de todo, yo era el heredero. Sin embargo,
no recibía bien mis opiniones sobre el estado de la tierra. La última vez me amenazó con soltar
a los perros sobre mí.
—Qué triste que estuvieran distanciados —comentó Caro, algo sorprendida de que él pareciera
tan impasible ante la falta de afecto de su pariente cercano—. Entonces, ¿heredar el título le
llevó a vender todo?

Jervais miró la puntera pulida de su bota de montar.

—Llevaba muchos años en el ejército, ya era hora de sentar la cabeza. Y con Napoleón
derrotado, el ejército será un lugar muy diferente ahora.

—¿Ha luchado en Waterloo, milord? —Cualquier cosa menos discutir los disturbios ingleses.

Jervais asintió, aparentemente poco dispuesto a hablar de la batalla.

—Y fue honorablemente herido —dijo el mayor—. Fue en tu hombro, ¿no, Bernard? Aunque
me pareció ver que te dolía la pierna cuando subimos las escaleras.

—Ese es resultado de mi última locura. Fui al norte para despedirme de amigos en el


regimiento que están en Lancashire y me vi envuelto en un disturbio en uno de los pueblos de
las fábricas. Recibí una cuchillada en la pierna por las molestias.

—¿No es una herida grave, espero? —preguntó Caro sin pensar, y luego se mordió el labio. Esto
era demasiado delicado para su comodidad. Miró a Flora, pero ella estaba ocupada con la
tetera y parecía no haberse dado cuenta de la referencia a Lancashire.

—No fue agradable en aquel momento —dijo Jervais con la mirada fija en su rostro—. De
hecho, todo lo que siguió a la escaramuza fue una experiencia extrañamente confusa.

Caro dejó su taza con un ruido. ¿Qué demonio la había llevado a mostrar el más mínimo
interés? ¿Y ahora cómo iba librarse de esta situación?

—¿Otra taza de té, capitán Barnard? —Recogió su taza y la de él y buscó refugio junto a Flora.

Ella lo observó por debajo de las pestañas mientras esperaba a que sirvieran el té, viéndolo
hablar despreocupadamente con su hermano. Aquel era el hombre con el que había soñado
febrilmente noche tras noche. Todavía era capaz de sentir su piel bajo sus dedos cuando estuvo
entre sus brazos, y el contacto de sus labios con los suyos.

Se daba cuenta de que él era tan consciente de ella como ella de él, a pesar de que su rostro
era una máscara inescrutable. Caro se retorcía por dentro de vergüenza. Él nunca, nunca, debía
saber que ella recordaba lo que había ocurrido entre ellos. Debía cuidar su lengua y esperar que
ésta fuera la última vez que viera a lord Barnard.

Él se puso en pie cuando ella volvió con las tazas y la ayudó a colocarlas en la mesa auxiliar. Se
movía con agilidad, pero, ahora que lo pensaba, podía notar que estaba teniendo cuidado de
no apoyar todo su peso en su pierna herida.

—¿Y dónde está su finca? —inquirió ella cortésmente.

—En Hampshire. —Él levantó la vista al oír un alboroto al otro lado de la puerta.

Al cabo de un momento la puerta se abrió y apareció el rostro sonrojado del segundo criado.

—Lo siento mucho, señora, pero no puedo hacer nada con este perro.

Como si quisiera probar el punto, casi fue lanzado por los aires cuando Percy se abalanzó sobre
él en busca de su amo. Saltó hacia adelante, agitando la cola peligrosamente cerca de una mesa
de borde de tarta cubierta de cajas esmaltadas, y se postró a los pies de Jervais.

—Siéntate. —Jervais fulminó a la bestia con la mirada, logrando que lo obedeciera de forma
instantánea—. Le pido disculpas, lady Grey, lo he dejado atado en el pasillo.

La gran cabeza peluda se volvió para mirar a su amo con reproche y luego vio a Caro. Con un
suave bufido de reconocimiento, Percy aplanó las orejas y apoyó el hocico en su rodilla.
Capítulo VI
—Hola, Per... Perrito. —Se detuvo justo a tiempo, y nadie pareció darse cuenta del desliz.

O tal vez no.

—Cualquiera diría que te conoce —comentó Jervais mientras arrastraba al gran perro por el
collar—. Suele ser muy receloso con los extraños.

—Me gustan los perros. Creo que pueden darse cuenta, ¿no estás de acuerdo? —estaba
decidida a no mostrarle lo nerviosa que se sentía. El saludo de Percy no le había revelado nada
que él no supiera ya; no debía dejarse llevar por el pánico y traicionarse a sí misma.

La fiesta se disolvió poco después. El mayor Gresham anunció que llegaría tarde a una reunión
con el regimiento de los House Guards y Jervais se levantó para acompañarle.

—Espero que vuelva a visitarnos, lord Barnard —invitó Flora cordialmente—. Cualquier amigo
del mayor Gresham es bienvenido en esta casa. Solemos estar en casa los miércoles y viernes
por la tarde.

—Sería un honor —Jervais se inclinó sobre su mano—. ¿Quizás pueda persuadirlas a usted y a
la señorita Sinclair para que den un paseo conmigo por el parque algún día?

—Pero ¿está usted seguro de que volverá a Dunharrow? —preguntó Caro, con excesiva
brusquedad para el tono cortés que pretendía—. Debe tener una infinidad de cosas que revisar
si la propiedad ha sido tan descuidada.

Flora le lanzó una mirada represiva y anticuada, y luego se volvió, sonriendo, hacia lord
Barnard.

—Lo disfrutaríamos muchísimo, ¿verdad, querida?

—Sí, claro. —Caro intentó parecer entusiasmada—. Qué amable de su parte.

Tan pronto como la puerta se cerró tras los caballeros, Flora se volvió hacia su sobrina con un
torbellino de faldas.

—¡Por Dios, Caroline, eso casi ha rozado la grosería! A veces haces que me desespere. Aquí está
el hombre más elegible que hemos conocido en meses, y muy apuesto, además, y tú lo tratas
como si fuera un aburrido joven subalterno.

Caro reconoció que esta era una de las raras ocasiones en que su tía se enfadaba con ella.

—Podría no ser elegible —protestó ella—. Por lo que sabemos, podría tener mujer y diez hijos.

En respuesta, su tía sacó de la estantería un grueso libro encuadernado en rojo y pasó el dedo
rápidamente por una página.

—Baldock, no, Ballard… aquí estamos, Barnard. Bueno, no se casó el año pasado y como ha
estado en el ejército habrá tenido pocas oportunidades de formar un vínculo.

—No busco marido —insistió Caro con obstinación.


Flora cerró bruscamente el libro, haciéndolas saltar a ambas.

—Entonces deberías comenzar a hacerlo. No sé qué hacer para incentivarte.

—Lo siento —dijo Caro lo más dócilmente que pudo.

Lo siento, pero a pesar de tu cuidado y excelente ejemplo, parece que en el fondo soy una
Sinclair pecadora. Lamento no haber podido comportarme modestamente en todas las
circunstancias. Lamento encontrar a Jervais Barnard excesivamente atractivo.

—Para empezar, debemos salir mañana a primera hora y comprar ese bonito bonete que vimos
esta mañana en la tienda de la señorita Millington —anunció Flora.

Caro parpadeó, confusa, y luego se dio cuenta de que todo estaba relacionado.

—Pero ambas estuvimos de acuerdo en que era demasiado costoso.

—Tonterías. Será justo lo que necesitas para resaltar tu nuevo traje de paseo. Después de todo,
querrás lucir lo mejor posible.

—¿Por qué? —preguntó Caro con rebeldía, sabiendo muy bien la respuesta.

—Por tu paseo con lord Barnard, por supuesto —dijo Flora, sin posibilidad de réplica.

—Son todos muy guapos. ¿Tienes alguna preferencia, Caroline? Por mi parte, no puedo elegir
entre ellos. —Flora se dio la vuelta desde la vitrina—. Entraremos para que puedas probártelos
todos.

—No me interesa ninguno —declaró rotundamente Caro.

—¡Pero admirabas tanto ése en verde el otro día! —protestó Flora.

—No puedo imaginar qué estaba pensando. Es positivamente anticuado.

—¿Anticuado? ¿Estás segura? Quizás podríamos pedirle a la señorita Millington que cambie la
cinta de grosgrain por algunas plumas rizadas en un verde más oscuro. Eso le daría un toque
fuera de lo común y quedaría muy bien con tu nuevo vestido de paseo y tu pelisse.

—Muy bien —concedió Caro, saludando con la cabeza a la joven que les abrió la puerta. A decir
verdad, no era reacia a comprar un sombrero nuevo y elegante, pero que la vistieran para
hacerla desfilar delante del único hombre de Londres al que quería evitar le resultaba irritante.
Aunque no tanto como saber que en otras circunstancias no habría necesitado persuasión
alguna.

La señorita Millington salió corriendo de detrás de las cortinas de terciopelo con borlas que
ocultaban su santuario interior y un taller lleno de aprendices.

—Lady Grey, señorita Sinclair, qué honor. ¡Drusilla!

La señorita Millington revoloteaba como el pajarillo al que se asemejaba mientras su ayudante,


una joven esbelta, colocaba sillas doradas y una pequeña mesa para la comodidad de las dos
damas.

—¿Está buscando un sombrero para una ocasión en particular o le gustaría ver nuestras últimas
creaciones? —preguntó la sombrerera una vez que se acomodaron con copas de ratafía y
pastas de almendra.

—Muéstrenos los últimos modelos, por favor —respondió Caro con firmeza—. Ambas nos los
probaremos.

—Pero, querida Caroline —susurró Flora—. Sabes cual es la razón por la que estamos aquí.
Venimos por un sombrero para tu paseo por el parque.

—Sin embargo, también podríamos ver los nuevos diseños —replicó Caro.

Ahora que se hallaba allí, deseaba encontrar algo con un ala lo suficientemente grande como
para ocultar su rostro a Jervais Barnard. Además, Flora sin duda merecía darse un capricho de
vez en cuando.

—Contemplen este, que les sentará admirablemente. —Y, efectivamente, el bonete rosa de
estilo campestre, con sus cintas de un rosa más intenso, resaltaría la belleza morena de Flora a
la perfección.

—No preciso de ningún bonete nuevo —respondió Flora con un deje de nostalgia.

—El mayor Gresham lo admiraría mucho.

Predeciblemente, Flora se sonrojó y bajó sus largas pestañas sobre sus ojos oscuros en
confusión. A menudo, la gente que las contemplaba pensaba que tía y sobrina eran hermanas,
aunque aquellos que las conocían bien podían ver la semejanza de Flora con su hermano, el
padre de Caro, en sus años más jóvenes, mientras que Caro había heredado los ojos azul oscuro
de su madre y una figura más alta y esbelta.

—Ya veremos —fue todo lo que Flora diría mientras Drusilla traía más estantes exhibiendo las
nuevas y llamativas modas.

Tras una hora de agónico debate, las damas se decidieron por dos bonetes cada una, incluido el
bonete campestre rosa para Flora.

La señora Millington las despidió con la promesa de entregarles rápidamente tres de los
sombreros, mientras un paje llevaba el sombrero verde de ala ancha hasta el carruaje que las
esperaba.

Flora y Caro volvieron a acomodarse bajo la cómoda alfombra del carruaje, Flora, al menos,
reconfortada por el éxito de su jornada de compras.

—¿Pasamos por Hatchard? —sugirió Caro, mientras giraban hacia Piccadilly.

—¿Quieres más libros, querida? Si no tienes cuidado, te considerarán una estudiosa. —Y nunca
encontrarás marido, fue la advertencia tácita en las palabras de Flora.

—El otro día te encontré suspirando por el romance más frívolo —replicó Caro—. Y quiero ver
cuáles de las últimas novelas están disponibles.

Flora no protestó más y bajó con entusiasmo cuando su cochero se detuvo frente a la
concurrida librería. A pesar de la hora relativamente temprana de su visita, el banco fuera de la
tienda con fachada curva ya estaba ocupado por varios criados uniformados que esperaban a
sus empleadores, quienes hojeaban y charlaban en el interior.

Flora y Caro regresaron finalmente a Brook Street no solo con un libro cada una y la caja del
sombrero, sino con una multitud de paquetes que contenían medias de seda, cintas, algo de
hilo de bordar para el último proyecto de Flora y dos pares de guantes de piel que encontraron
a un precio de ganga.

—Llévalos directamente a mi habitación, William —dijo Flora.

—Han venido varios visitantes, mi lady. —El criado presentó una bandeja de plata con un
montón de tarjetas.

—Hemos recibido varias visitas mientras estábamos fuera, Caro —comentó Flora, pasando un
dedo enguantado por encima de los rectángulos—. La señora Rivington y su hijo
malhumorado… La tía Boyd… vaya, tendremos que hacerle una visita de rigor, no hay forma de
evitarlo ahora que ha vuelto a la ciudad. Es muy censurable por mi parte decirlo, pero esperaba
que se encontrara bien en Bath con la señora Chatto como compañera. ¿Quién más? Caroline,
mira, lord Barnard ha dejado su tarjeta con una nota. Suplica el honor de llevarnos a dar un
paseo por el parque esta tarde.

Se volvió hacia Caro, con los ojos brillantes.

—Sabía que tenía razón. Y es tan considerado de su parte el pedirme que vaya yo también.
Muchos jóvenes se fijarían en el objeto de su interés e ignorarían a cualquier otra dama. No es
que vaya a ir, por supuesto.

Ya estaba subiendo las escaleras, quitándose los guantes.

—Qué providencial que hayamos traído el sombrero verde con nosotras. Haré que Jackson
planche tu nuevo vestido de paseo y pelisse de inmediato.

—Pero todavía no he decidido si quiero ir —protestó Caro—. Estoy segura de que va a llover y
quiero leer este libro nuevo.

—Caroline, ¿podrías acompañarme en el salón? —dijo Flora, lanzándole una mirada severa a su
sobrina. Cerró la puerta con firmeza detrás de ellas—. ¿Qué razón tienes para actuar de esta
manera? No hay ni una sola nube en el cielo, tampoco señales de lluvia y puedes leer tu libro en
cualquier momento.

Caro jugueteaba con unas cajitas que estaban sobre la mesa auxiliar. Flora la cogió de la mano y
ella se obligó a mirar a su tía con una sonrisa.

—Comprendo que quieras ser prudente al elegir marido —dijo Flora—. Después de todo,
ambas sabemos lo que tu pobre madre tuvo que soportar.

—Y lo que tuviste que soportar tú —le recordó Caro con suavidad.

—Lord Grey puede haber sido un poco mayor que yo… —comenzó a decir Flora en tono
vacilante.

—Casi treinta años mayor —dijo Caro, sin poder evitar que la indignación se reflejara en su
voz—. Sé que era muy indulgente, pero no puedes negar que era un hombre difícil cuando
tenía gota.

—No estamos hablando de lord Grey —replicó Flora con cierta dignidad—. Y no se puede
comparar a un hombre de unos cincuenta años con lord Barnard, quien es guapo, inteligente,
bien educado y evidentemente está muy enamorado de ti. ¿Qué más se puede pedir?
» Te advierto, Caroline, que si persistes en esta actitud con tus pretendientes, acabarás
ganándote una mala reputación que hará que nadie te quiera. Ningún hombre disfruta ser
humillado. Ya fue bastante complicado intentar superar la terrible reputación de los Sinclair con
un comportamiento ejemplar; ahora no puedes permitirte adquirir la contraria, esa de ser
arrogante y exigente.

—Encuentro todo lo relacionado con el mercado matrimonial como algo humillante —replicó
Caro—. Es de lo único de lo que se habla: quién está comprometido con quién y cuáles son las
dotes. Quién ha rechazado la propuesta de quién, qué hombres no han estado a la altura. Te
aseguro, Flora, que estoy completamente harta de ello. Y también cansada de tener que
comportarme el doble de bien que cualquier otra dama soltera, simplemente por culpa de los
miserables Sinclair.

Flora parpadeó, sorprendida por la vehemencia de Caro, pero luego se repuso.

—Bueno, lo más sensato es encontrar a un hombre al que se pueda respetar y admirar y


aceptar su propuesta, no veo que es lo que tiene lord Barnard que no merezca respeto y
admiración. —Se dejó caer en un sillón, sonrojada y alterada.

—Lo siento, Flora. —Caro se acurrucó a sus pies, apoyando la cabeza en la rodilla de su tía, su
lugar favorito para confidencias cuando era mucho más joven.

Y aquí abajo no puede verte el rostro, se reprendió a sí misma.

—No es mi intención ni deseo el provocarte, ni parecer desagradecida por tu preocupación.


Pero no conozco a lord Barnard en absoluto. Apenas hemos intercambiado media docena de
palabras y ya nos consideras casados.

Fue una misericordia que Flora no pudiera ver su expresión. Caro había intercambiado algo más
que palabras con Jervais Barnard y sabía mucho más de lo que era prudente o cómodo sobre él.
Sabía cómo se sentía su piel bajo las yemas de sus dedos, lo suave que era el pelo de su nuca.
Sabía lo musculosos que eran sus brazos y cómo aquel tentador vello oscuro descendía hasta la
cintura de sus pantalones. Conocía su sabor en la lengua.

Hubo una larga pausa y Flora acarició la cabeza de Caro.

—No se me había ocurrido antes, pero la razón por la que creo que ambos harían una buena
pareja es porque me dieron la impresión de que se conocían. Una conexión así, sin duda, debe
significar algo.

Caro contuvo la respiración. Resultaba serio si Flora, que no era dada a la introspección, había
sentido una familiaridad entre ella y Jervais. Se obligó a permanecer quieta y a ocultar su
agitación.

Supuso que, si lo hubiera conocido ayer por primera vez, podría haber surgido algo entre ellos.
Si miraba más allá de su pánico, sabía que lo encontraba atractivo en muchos aspectos, no
todos ellos, gracias a Dios, físicos.

Pero ahora estaba totalmente confundida. ¿Pedía verla por lo que había ocurrido en Lancashire
o porque realmente tenía la intención de pretenderla? Pero, cualesquiera que fueran sus
motivos, él era su rescatador y, como dama, era su deber asegurarse de que las cosas no fueran
más allá y no comprometerlo al revelar lo que había pasado entre ellos.
Y sin revelar que aparentemente tengo los instintos de la mujer fácil que él pensó que era.

El deber nunca le había parecido tan sombrío ni tan peligroso, pero no podía rechazar su
invitación sin hacer gala de una terrible mala educación. Con una resolución que estaba lejos de
sentir, Caro se puso en pie y se alisó el vestido.

—Muy bien, iré. Tiene razón. Sería de mala educación negarme. Ahora, ambas necesitamos un
pequeño almuerzo y luego me ayudarás a cambiarme y a asegurarme de que mi nuevo
sombrero luzca lo mejor posible.

Se abrazó a Flora y bajó al comedor; su tía, al menos, había recuperado su alegría habitual.

Jervais estaba de pie en el escalón de la casa de Brook Street a las dos y media e intentaba, por
centésima vez desde que había visto a Caroline Sinclair, entender exactamente en qué creía,
qué pensaba. Lo que sentía.

No creyó ni por un momento estar equivocado y que la señorita Sinclair simplemente se


pareciera notablemente a la misteriosa Caro. El nombre, la reacción de Percy ante ella —y la de
ella ante él—, incluso el olor de su piel cuando se acercó…, todo le decía que eran la misma
mujer.

Pero ¿por qué fingía que nunca lo había visto? ¿Y qué demonios había estado haciendo con ese
vestido y comportándose como lo hizo en sus brazos? La criatura apasionada que lo había
dejado con un deseo intenso estaba tan lejos de ser una dama de sociedad como él podía
imaginar. Lo cual no hacía nada para ayudarlo a resolver la pregunta fundamental de cuál era la
cosa honorable que debía hacer respecto al encuentro en Lancashire.

Cuando el mayordomo le hizo pasar al salón, la señorita Sinclair bajó un delgado volumen que
tenía entre sus manos, con educada calma y esperó mientras lady Grey se acercaba para
estrecharle la mano.

—Lord Barnard, qué placer verle. ¿Tomará una copa de jerez?

—No, gracias —Jervais observó con interés el atuendo de lady Grey. Llevaba un bonito vestido
de tarde y no parecía estar vestida para salir de la casa de Brook Street aquella tarde. La
señorita Sinclair, en cambio, iba elegantemente ataviada con un vestido de paseo verde oscuro,
y bajo el dobladillo asomaban un zapatos de paseo de piel con botones.

Él se acercó a saludarla, observando cómo la riqueza del vestido resaltaba los tonos brillantes
de su cabello oscuro. El color le favorecía mucho más que el escarlata del vestido de seda. Ella
desvió la mirada ante de que él pudiera descifrar la expresión que contenían sus ojos.

—¿No quiere sentarse, lord Barnard? —Lady Grey se hundió en el sofá y la señorita Sinclair se
sentó a su lado, dejando la silla que había estado usando para Jervais.

Él se sentó recogiendo el volumen descartado mientras lo hacía.

—¿Admira a Byron? —Pasó el pulgar por las páginas sin cortar—. Tal vez no, ya que no parece
que merezca la pena pasar de la primera página.

—Lo he comprado esta mañana —respondió Caroline, sonando casi a la defensiva. Jervais no se
engañaba a sí mismo pensando que debía sentirse halagado por ello—. Y quizá ha sido una
elección tonta. En general, su obra me parece sobrevalorada —dijo recuperándose—. Es
imposiblemente romántica.
—¿No cree usted en las aventuras románticas? —preguntó él sonriendo.

—Desde luego que no. —La señorita Sinclair se mostraba enérgica, aunque se le había subido el
color a las mejillas—. El tipo de aventuras que tienen las heroínas en las novelas siempre
suenan sucias, peligrosas y completamente desagradables, y no puedo concebir cómo se meten
en semejante aprieto en primer lugar.

Pudo captar una mirada aguda entre tía y sobrina y se preguntó si lady Grey sabía sobre la
ausencia de dos noches de la señorita Sinclair. Sería un milagro si una chaperona que parecía
tan concienzuda no lo supiera.

—Si no puedo interesarlas en la aventura, tal vez pueda ofrecerles un paseo por el parque en
mi faetón. ¿Qué opina, lady Grey?

—Me temo que no. Debo visitar a mi tía que ha venido inesperadamente a la ciudad desde
Bath. Por favor, perdóneme, lord Barnard.

—¿Puedo llevarlas a casa de su pariente?

—Muy amable, milord —respondió lady Grey con una pequeña reverencia de
agradecimiento—. Pero no soñaría con arruinar su tarde llevándolo tan lejos de su camino
como a Cavendish Square. No, no altere sus planes; ya he ordenado que me envíen el carruaje
más tarde. Caroline, querida, ve a buscar tu pelisse y tu bonete.

Interceptó la mirada que la señorita Sinclair le lanzó a su tía, que era en parte resentida, en
parte sorprendida y ligeramente divertida por la táctica, si es que esa era la excusa.

Cuando la señorita Sinclair se reunió con él en el vestíbulo, Jervais la felicitó por su prontitud.

—Hace frío —respondió con calma, con casi tanta frescura en su voz como había en el aire—.
No quisiera que mantuviera a sus caballos parados.

El faetón estaba esperando, con el mozo al frente del par de caballos castaños que había
comprado al dejar el ejército.

—¿Usted no conduce un carruaje de alta percha? —preguntó la señorita Sinclair mientras él la


ayudaba a subir y ajustaba la manta sobre sus rodillas.

—No me pareció adecuado para dos damas, pero lo traeré la próxima vez si lo desea.

Así que va a haber una próxima vez, ¿no? preguntaron sus cejas levantadas.

Jervais no respondió mientras se acomodaba a su lado, reprimiendo un impulso


completamente inapropiado de excitación por el roce de su codo y el calor de su muslo, tan
cerca que casi tocaba el suyo.

Podía sentir su tensión y sabía que era miedo, no una excitación recíproca. Ella se escondía
detrás del ala de su bonete como si hubiera erigido una pantalla entre ellos. Seguramente ya se
había dado cuenta de que él no iba a revelar su secreto. Pero sacar el tema cuando ella no
había hecho ninguna referencia a ello no era un comportamiento caballeroso, aunque tampoco
lo era ignorar toda la situación.

Si le hubiera hecho el amor plenamente, no habría duda de lo que dictaba el honor: el


matrimonio. Sin embargo, estaba confundido. ¿De dónde había salido ese maldito vestido, y el
maquillaje, y por qué aquella elegante jovencita —con énfasis en lo de jovencita—, se había
derretido en su abrazo sin un murmullo de protesta cuando debería haberle abofeteado la
cara?

Debía algo al título que había heredado y casarse con una dama de carácter dudoso no era lo
que tenía en mente, por muy encantadora que fuera. Al diablo con sus instintos de caballero,
iba a averiguar la verdad, tanto si Caroline Sinclair lo deseaba como si no.

—¿Conduce usted, señorita Sinclair? —le preguntó cuando ella permaneció en silencio.

—Le ruego me disculpe, milord, no he entendido lo que acaba de decir…

—Le preguntaba que si usted conducía. Parece tener conocimiento sobre los carruajes y me
gustaría que me llamara Jervais.
Capítulo VII
—¿Llamarle por su nombre de pila? Pero, milord, eso sería de lo más indecoroso considerando
el poco tiempo que llevamos de conocernos. —La señorita Sinclair sonaba tan tranquila al
decirlo, sin el menor atisbo de alarma o ironía. ¿Se había ruborizado? Él la miró de reojo, sólo
para verse derrotado por aquel maldito sombrero.

—Conduje un pequeño carruaje en Longford —dijo—. Pero solo con mi viejo pony entre las
varas, y es tan lento que la palabra «babosa» es una descripción demasiado activa para él. Me
habría gustado aprender mejor, pero no había nada adecuado en los establos —añadió con
nostalgia.

—Entonces le enseñaré con gusto, si lady Grey lo permite.

El tráfico era denso y la señorita Sinclair se mantuvo en silencio a su lado, mientras el carruaje
atravesaba las abarrotadas calles entre Brook Street y Tyburn Lane.

Sospechaba que ella no sabía qué decir, que aceptar cualquier cosa que la mantuviera en su
compañía era peligroso, pero que tenía muchas ganas de aprender.

La brillante y fresca tarde había atraído a muchas comitivas a aprovechar los parques antes del
verdadero inicio del otoño, y era un día perfecto para tentarla. Y, si tenía una excusa para estar
cerca de ella, tarde o temprano iba a llegar al fondo del misterio de Lancashire.

—Green Park o Hyde Park, señorita Sinclair —preguntó al llegar a la esquina de Hyde Park.

—No tengo ninguna preferencia en particular —respondió ella—. Y gracias por la propuesta,
me gustaría mucho aprender a conducir, pero… no creo que mi tía lo permita. Le ponen muy
nerviosa los coches abiertos.

Jervais negoció el giro hacia Hyde Park sin responder. Si eso era cierto, entonces él era el
Príncipe Regente.

—En efecto, lord Barnard —afirmó ella con firmeza, adquiriendo confianza en su mentira,
pensó él—. Me sentiría reacia incluso a plantear el asunto con mi tía; ella es tan nerviosa al
respecto.

—Debió haber tenido experiencia muy alarmante en el pasado —dijo Jervais con simpatía—. Lo
comprendo perfectamente.

Y tú eres una muy mala mentirosa, querida.

Caro echó un vistazo de reojo a las manos enguantadas de Jervais, que dirigía a los caballos.
Casi podía sentirlas cerrándose sobre las suyas, los dedos fuertes guiándola y enseñándole. La
idea de lo que podrían enseñarle parpadeó en sus terminaciones nerviosas y tuvo que alejarla
rápidamente. Era demasiado inquietante como para seguir pensando en ello.

Al menos se había creído su historia sobre los nervios de Flora, así que ese era un peligro
menos, pensó Caro, ahogando su arrepentimiento por las lecciones perdidas. Por algún milagro,
él no la había reconocido de Lancashire, aunque eso debía significar que era alguien muy poco
observador. O bien ella había causado mucho menos impacto del que había esperado… o más
bien temido.

—Qué rápido están cambiando las hojas —observó alegremente—. Y que hermosas se ven bajo
la luz que cae sobre ellas.

—Sí, es un placer volver a ver un otoño inglés. He pasado tanto tiempo en el extranjero estos
últimos seis años que casi me siento en un país extranjero.

—Seguro que el otoño en el continente no es tan diferente al nuestro. Oh, mire allí, ¿alguien
está saludándonos?

—Creo que la saluda a usted —observó Jervais, refrenando los caballos para permitir que el
otro faetón se acercara—. No estoy familiarizado con ninguna matrona de aspecto tan
formidable, me alegra decirlo.

—¡Caroline!

—Oh, no. Esa es la tía Lloyd, y quien conduce es el primo Frederick.

—Y aquella es lady Grey, quien parece estar superando su terror a los carruajes abiertos de la
manera más valiente, según puedo observar. Aunque debo decir —añadió Jervais en voz baja,
mientras los dos carruajes se alineaban uno al lado del otro—. Que ella se habría sentido más
segura con nosotros que con ese joven de manos torpes.

—Caroline, querida. Qué bonete tan espantoso. ¿Y quién es este, permíteme preguntar?
Preséntanos, muchacha. —La tía abuela de Caro nunca había sentido la obligación de decir otra
cosa que lo que realmente pensaba sobre cualquier asunto y continuó sin inmutarse, ignorando
la evidente vergüenza de Caro—. Bueno, joven, ¿qué sucede? ¿Te ha comido la lengua el gato?

—Jervais Barnard, señora.

Caro se dio cuenta de que encontraba divertida la situación, y no le incomodaba lo más mínimo
la maleducada anciana.

Flora se apresuró a intervenir

—Tía, permíteme presentarte a lord Barnard—. Milord, esta es lady Lloyd, mi tía. Y permítame
presentarle a su nieto, el señor Frederick Lloyd.

Frederick hizo una reverencia rígida en señal de reconocimiento. Su abuela había dejado muy
claro su intención de que él se casara con su prima Caroline, y Caro sabía que no deseaba
perder el favor de la anciana —y su generoso subsidio— al ser desplazado por un rival.

El hecho de que ella nunca le hubiera brindado la mínima motivación no le había disuadido, era
demasiado insensible para temer que alguna dama pudiera rechazarlo. Pero sospechaba que
tampoco era tan estúpido como para no reconocer a primera vista la amenaza que
representaba un apuesto barón.

De alguna manera, Caro logró pasar los siguientes cinco minutos antes de que su tía abuela
anunciara que hacía demasiado frío para estar sentadas charlando y que ella estaba demasiado
ocupada para hacerlo.

—Pido disculpas—dijo Caro en cuanto salieron de su alcance—. Ella es muy franca. Pero le
aseguro que mi tía no hizo ninguna excepción en su caso. Siempre es así de directa, incluso con
sus amigos más íntimos

—No se preocupe, todos tenemos parientes de los que nos sonrojamos. Tenga en cuenta a mi
difunto y no lamentado —dijo Jervais mientras daba la orden a sus caballos para que
trotaran—. Llevaba una peluca pelirroja y era prácticamente ajeno al agua y al jabón

Caro se rio de la imagen que había pintado.

—¿Es ese el primo del que heredó su título y propiedad?

—El mismo. Afortunadamente, fue enterrado con la peluca y no me vi obligado por los
términos de la herencia a usarla yo mismo.

Caro estaba tan preocupada por reprimir un ataque de risa indecorosa que la pilló
completamente desprevenida cuando él dijo:

—Estoy lleno de admiración por su tía Flora. Qué aplomo al ocultar su miedo a los carruajes
abiertos para cumplir con su deber para con su pariente.

Hubo un largo silencio, interrumpido por el sonido de los cascos sobre la superficie marrón.
Caro tragó saliva, repasando varias excusas inverosímiles y decidió que la franqueza era la única
respuesta.

—Lord Barnard, he disimulado. De hecho, he sido menos que honesta con usted.

—Bueno, ya lo sospechaba. —Ella lo miró bruscamente desde debajo del ala de su sombrero y
descubrió que él le sonreía de una manera muy desconcertante.

—Oh querido, ¿cómo puedo decir esto? Debes creerme cuando digo que no soy de las que
suelen recurrir a las falsedades.

Jervais detuvo a los caballos.

—Me preguntaba cuándo ibas a decírmelo —dijo. No fue hasta que colocó una mano sobre la
suya para calmar su inquietud cuando ella se dio cuenta de que había arrugado la falda de su
vestido entre sus dedos nerviosos.

—¿Acaso fui tan obvia? —Caro se obligó a encontrar su mirada, pero dejó su mano bajo la de
él. Su expresión era curiosamente suave; sin duda, su comportamiento era más íntimo de lo
que parecía justificado por la confesión de su pequeña mentira.

—En absoluto. De hecho, comenzaba a cuestionarme el estar imaginando cosas —confesó él en


voz baja.

—Lo que dije sobre que Flora es demasiado nerviosa para permitirme aprender a conducir… Me
temo que no es cierto. A ella no le gusta conducir, pero no le importa que yo lo haga, y nunca
me impediría aprender si creyera que estoy en buenas manos.

—Ah. —La expresión de Jervais era ahora ilegible, pero Caro tuvo la extraña sensación de que le
había decepcionado. Él le soltó la mano—. Entonces, ¿por qué no quiere que le enseñe a
conducir?

—Temía sonar como si estuviera tratando de hacer que usted se ofreciera a enseñarme
—improvisó débilmente Caro.
—En absoluto. —Le aseguró Jervais mientras volvía a poner a los caballos en marcha—. No me
dio esa impresión, y estoy encantado de haber encontrado algo que puedo hacer para darte
placer.

Déjame darte placer... Las aparentemente inocuas palabras la transportaron de inmediato a


aquel embriagador momento que pasó entre sus brazos en la habitación de Rochdale. Pero no
tuvo otra respuesta a la oferta de Jervais, perfectamente inofensiva, que aceptarla con
elegancia. Caro apartó su rostro traicionero mientras luchaba por recuperar la compostura, una
tarea que se hacía más difícil al saber que se sonrojaba, no por vergüenza, sino porque deseaba
revivir aquellas sensaciones cuando él la había invitado a su cama.

—¿Su nueva casa se encuentra en una buena zona de caza? —alcanzó a preguntar antes de que
el silencio se volviera opresivo.

—Es moderadamente buena, aunque mi primo no estaba ni remotamente interesado en la caza


así que los bosques han sido descuidados. Si cazo este otoño, tengo la intención de unirme a
unos amigos en una casa de caza alquilada en Leicestershire.

«Si». ¿Por qué no podía ser más claro sobre sus planes? Así, al menos, ella tendría el consuelo
de saber que pronto estaría a salvo lejos de él. Sus recuerdos de Lancashire parecían oníricos e
irreales con el hombre de carne y hueso sentado a su lado hablando de caza, de conducir y del
tiempo. Pero aquel era un estado mental engañoso y peligroso, y ella podía cometer un desliz
traicionero en cualquier momento. Saber cuál era la cosa correcta a hacer, la forma segura de
comportarse, era mucho más difícil de lo que había imaginado.

—No hay duda de que usted es como mi hermano y no eres muy aficionado a los bailes y las
fiestas —comentó Caro, tratando de mantener la conversación por un camino seguro mientras
comprobaba hasta qué punto era probable que él permaneciera en Londres—. ¿Quizás le
veremos en Almack? —La idea de ver a Jervais en pantalones cortos, sometiéndose
sumisamente al escrutinio de las estrictas patronas, era poco probable. Tampoco podía
imaginarlo realizando una cuadrilla o un baile country.

—Es una posibilidad. Me gusta bailar y he tenido pocas oportunidades de hacerlo en los últimos
meses. —La diversión volvió a sus ojos como si sintiera su sorpresa—. El baile de la duquesa de
Richmond fue la última ocasión.

—¿Estuvo usted allí? —preguntó Caroline.

—De hecho, sí.

Deseaba atreverse a preguntar sobre la batalla, pero supuso que él sería como el mayor
Gresham y se mostraría reticente a describir a una dama cualquier parte de aquella infernal
campaña.

—¿Fue allí donde conoció al mayor Gresham?

—Lo conocí antes, en la Península. Lo cual fue muy afortunado, ya que significó que nos
presentaran. Y siempre es importante ser presentado de la manera adecuada —añadió Jervais
con suavidad—. ¿Tiene frío? Está usted temblando.

Él era demasiado perspicaz, demasiado consciente de ella para su comodidad.

—El aire está un poco frío, tal vez deberíamos volver.


Caro se dijo a sí misma que estaba interpretando lo que él decía de forma inexacta porque
tenía remordimientos de conciencia. No me reconoce, así que no puede saberlo. Se preguntó
febrilmente si se estaba engañando a sí misma.

Jervais hizo que los caballos salieran del parque y se adentraran en el ajetreado tráfico de
Oxford Street. Caro sintió que su atención se apartaba de ella como un alivio casi físico
mientras se concentraba en sortear la multitud de carruajes y peatones que regresaban a casa
al caer la tarde. Sintió que sus hombros caían mientras se relajaba.

—La he tenido fuera demasiado tiempo, señorita Sinclair —comentó, con los ojos aún fijos en el
camino.

Así que él estaba tan consciente de ella como ella de él.

—En absoluto —protestó ella—. ¿Por qué piensas eso?

—Acaba de suspirar. Si no está cansada, ¿significa que le ocurre algo? Tal vez yo pueda
ayudarle.

Jervais sonaba cálido y preocupado, y la tentación de admitir que recordaba todo lo que había
pasado entre ellos en junio y poner fin a esta tensa farsa era casi abrumadora. Quería ser su
amiga, y tal vez cuando se conocieran mejor, quería algo más que eso.

No, ella se recompuso con firmeza; él era un caballero. Si supiera que ella recordaba, entonces
sentiría que tenía que hacerle una propuesta y ella nunca sabría si era su libre elección o no. Lo
último que quería era encontrarse atada a un hombre que sólo cumplía con su deber y que,
seguramente, acabaría resintiéndola.

—No, no ocurre nada malo —respondió Caro con rigidez—. Y espero nunca atreverme a
molestar a un simple conocido con mis preocupaciones.

Habían llegado a la casa en Brook Street mientras ella hablaba. Jervais detuvo a los caballos y se
quedó mirándola desde arriba.

—Sin embargo, espero llegar a ser algo más que un simple conocido antes de que pase mucho
tiempo

No parecía que fuera a ser rechazado. Caro estaba acostumbrada a suprimir la pretensión con
algunas palabras frías, pero lord Barnard era demasiado seguro de sí mismo para dejarse
engatusar como un joven inexperto.

Jervais cogió su mano enguantada y la sostuvo durante tanto tiempo que ella levantó la vista
para verlo, confundida. Al hacerlo, él llevó sus dedos a sus labios y los rozó suavemente.

Caro sintió que sus propios dedos se apretaban en los de él y se recordó a sí misma
apresuradamente. Comparado con lo que había pasado entre ellos en Lancashire, esto era
insignificante; sin embargo, su corazón latía con fuerza y apenas podía formular unas pocas
palabras educadas de agradecimiento por el paseo.

Un lacayo bajó corriendo los escalones para ayudarla y Jervais le soltó la mano.

—¿Cuándo puedo volver a llamarla? —preguntó mientras ella alcanzaba las losas de forma
segura y lo miraba.
—No lo sé. No puedo decir cuáles son nuestros planes ahora que mi tía abuela está en la
ciudad. Pero si no estamos en casa cuando llames, nos encontremos en Almack.

—Entonces le deseo un buen día, señorita Sinclair. —Se tocó el sombrero con el látigo y se
marchó.

—¿Señorita Sinclair? Hace un viento frío, señorita…

Caro se dio cuenta de que seguía con la mirada a Jervais mientras éste doblaba hábilmente la
esquina de la calle David. Realmente, debía de estar perdiendo el juicio. Se dio una enérgica
sacudida mental y cruzó la puerta principal con una palabra de agradecimiento al lacayo que
pacientemente sostenía la puerta abierta. ¿Y si alguien la viera de pie como una tonta
embelesada en una calle pública?

—¿Está lady Grey en casa, William? —preguntó mientras le entregaba su sombrero y sus
guantes.

—Todavía no, señorita Sinclair. Envió a decir que probablemente llegaría tarde a casa de lady
Lloyd y que no la esperara para cenar.

Era un alivio. No tendría que enfrentar las preguntas de Flora hasta que hubiera reducido el
paseo a un incidente común del cual pudiera hablar con comodidad. Sin embargo, sintió una
punzada de culpabilidad al pensar que la pobre Flora tendría que soportar sola los
interrogatorios de la tía Lloyd.

Caro se sentó en el sofá con el libro de poesía y un cortapapeles para cortar las páginas. Media
hora más tarde, cuando trajeron la bandeja del té, se dio cuenta con un sobresalto de que
seguían sin cortar y sus pensamientos estaban en otra parte.

Lord Barnard pasó por Brook Street en tres ocasiones durante los quince días siguientes y en
dos de ellas no encontró a las damas en casa, mientras que en la tercera estaban tomando el té
animadamente.

Caro, que lo había buscado en vano en las varias ocasiones en que bailó en Almack, descubrió
que el enfado por su comportamiento perfectamente correcto se mezclaba incómodamente
con el alivio por su ausencia.

Ya no sufría los sueños febriles que había tenido todas las noches en los meses siguientes a su
regreso de Oldham. Pero ahora que el hombre de verdad estaba cerca, llenaba sus
pensamientos de vigilia y perturbaba su equilibrio de un modo que le resultaba difícil
contrarrestar. El persistente misterio de cómo había despertado a su lado en ese granero,
vestida como estaba, seguía presente, pero Caro estaba aprendiendo, para su propia paz
mental, a no pensar en ello.

Cuando Jervais las encontró por fin en casa, diez días después del paseo en carruaje por el
parque, ella estaba en el acto de pasar una taza de té a la señorita Babbage, una debutante de
mente seria con cierta reputación de intelectual.—Lord Barnard, milady — anunció Dorking, el
mayordomo, haciendo que Caro derramara el té en el plato mientras Flora le lanzaba una
mirada significativa.—Lord Barnard, qué placer verle. —Flora era todo sonrisas mientras se
levantaba para estrecharle la mano—. Espero que nos acompañe a tomar el té. ¿A quién puedo
presentarle?Mientras su tía realizaba las presentaciones, Caro notó que, a su lado, la señorita
Babbage, intelectual o no, no era inmune a la llegada de un hombre apuesto. Había un ligero
rubor en su rostro mientras se alisaba los rizos, y su expresión se apagó un poco cuando, tras
completar las presentaciones, lord Barnard tomó su taza de té y se unió al mayor Gresham en la
ventana.

Caro observó discretamente a Jervais mientras le entregaba un plato de macarrones de


almendra. Lamentaba un poco que, al no ser ya un oficial en servicio, no pudiera llevar el
uniforme del undécimo regimiento de Dragones Ligeros que le quedaba tan bien. Pero no había
duda de que el abrigo de tela superfina azul oscuro realzaba sus anchos hombros con
admiración y sus largas y bien musculadas piernas soportaban la moda de los pantalones
ajustados mejor que muchos caballeros.

Caro se giró en su silla para dejar el plato vacío en una mesa auxiliar y tuvo que contener un
sobresalto de sorpresa cuando Jervais le habló al oído.

—Ha regalado todos los macarrones —dijo en voz baja—. Y los macarrones de almendra son
mis favoritos.

—¿Cómo lo supo? —dijo ella sin pensar—. Cuando ni siquiera estaba mirando.

—Pero ¿cómo podía ignorar la presencia en la habitación de mi… manjar favorito? —preguntó
con gravedad. Parecía no notar la implicación de que ella lo había estado observando en
secreto.

—Me está tomando el pelo, lord Barnard —replicó Caro—. No creo que, a ustedes, caballeros,
realmente les interesen esos dulces, pero para probarle, mandaré a que traigan más… y
esperaré que coma varios.

La señorita Babbage se unió a Flora para admirar unos grabados nuevos, dejando libre la silla
junto a Caro.

—¿Puedo? —Jervais apenas esperó su murmullo de aprobación antes de dejarse caer en ella.

Siguió un largo silencio, lo suficiente para incitar a Caro a hablar.

—Está usted muy callado, mi señor.

—Le ruego me disculpe, señorita Sinclair, no sabía que deseaba conversar y estaba preocupado
por los macarrones. Notará que me he dado cuenta de que no ha pedido más como prometió.

—¿Por qué viene a sentarse al lado mío si no tiene deseos de conversar? —demandó ella,
tirando del cordón de la campana, demasiado alterada para ser educada—.Y no diga que es por
las galletas.

—Lo hago por el placer que me produce su compañía, señorita Sinclair, ¿por qué si no?
—Sonrió, con la risa en sus ojos burlándose de ella.

—¿Aun así no tiene deseos de hablar conmigo?

—Estar cerca de usted es suficiente —respondió Jervais con indiferencia.

¿Qué clase de juego estaba jugando con ella? Quizás solo estaba decidido a burlarse.
Controlando su temperamento, que aumentaba peligrosamente, Caro esbozó una dulce sonrisa
y preguntó:—¿Por casualidad está coqueteando conmigo, milord?
Capítulo VIII—Yo nunca coqueteo, señorita Sinclair. Apenas sabría cómo. Me parece que
usted ve en mí a soldado fanfarrón, poco acostumbrado a la compañía femeninaJervais logró
tal expresión de inocencia dolida que Caro casi se atraganta con su té. ¡No estaba
acostumbrado a la compañía femenina, de hecho! Nunca había encontrado a nadie que
pareciera más cómodo en presencia de ella, ya fuera en la cama o en el salón. Reprimió un
resoplido de indignación.—Señorita Sinclair, me temo que se está riendo de mí —le reprochó
Jervais.—De hecho, lo estoy —replicó ella—. Nunca he oído semejante tontería. Estoy segura
de que usted ha asediado los corazones de jóvenes damas a lo largo y ancho de Europa.

—Pero nunca uno como tú, Caroline.

Había bajado la voz para que no pudieran oírlo y el timbre de sinceridad en sus palabras le
produjo un escalofrío.Ella se dio cuenta de que ni siquiera podía reprocharle que usara su
nombre.

—Lord Barnard...

—Llámame Jervais, por favor.

—De verdad, mi señor, nunca podría dirigirme a usted de esa manera.

—¿Nunca? Está bien, como desees, pero te llamaré Caroline cuando estemos paseando. No
puedo gritarte si tengo que dirigirme a ti como señorita Sinclair en cada oración.

—¿Gritarme? ¿Y por qué, si se puede saber, me gritaría usted?

—No tendré ningún remordimiento si le das un golpe en la boca a mis caballos o me quitas el
sombrero con el látigo.

—Entonces no conduciré con usted. Le pediré al primo Frederick que sea mi tutor.—Sin desear
de ninguna manera ser irrespetuoso con un pariente tuyo, debo decirte que es torpe hasta
cierto punto.Por más que lo intentaba, Caro no podía ordenarle a su boca a que se torciera en
la expresión de severidad que aquel comentario frívolo merecía.—Y también está el hecho de
que no creo que estés dispuesta a quedarte a solas con tu primo —añadió.—¿Y piensa que yo
no tendría ningún remordimiento con usted, mi señor? —Caro levantó la barbilla
desafiante.—No has mostrado ninguno en nuestra relación hasta ahora. —Él cogió un macarrón
sin dejar de mirarla a la cara.Ella sintió que el calor le inundaba las mejillas cuando
dijo:—¿Cómo te atreves…? —antes de que recuperara el control. Casi se había traicionado
fatalmente. Sin duda, él no podía haber pretendido hacer una referencia tan descarada a lo que
había ocurrido entre ellos en Lancashire.—No creo que un paseo a solas por el parque pueda
ser tomado como una indicación de mi disposición a estar a solas con usted, lord
Barnard.—Como desees. Estos macarrones son realmente excelentes. ¿Me considerarías
totalmente carente de autocontrol si pidiera otro? —Estaba segura de que él se estaba riendo
de ella, aunque su rostro no traicionaba nada más allá de una consulta cortés.—Estoy segura de
que su autocontrol es irreprochable, milord —dijo Caro con picardía—. Ahora, si me disculpa,
debo atender a nuestros otros invitados.El grupo empezó a dispersarse poco después, y las
jóvenes lanzaron miradas recatadas a lord Barnard mientras se marchaban. Caro, que las
observaba con una irritación bien disimulada, comentó en voz baja a Flora:

—Sin duda, todas van a decirle a sus madres que añadan un nuevo nombre a sus listas de
invitados.

Flora arqueó las cejas.—Mi querida Caro, podría asegurar que estás celosa.

Antes de que Caro pudiera responder, el mayor Gresham y lord Barnard vinieron a despedirse.

—Tengo que pedirle un favor, lady Grey —dijo Jervais.

—¿De verdad, mi señor? —Flora, según le pareció a Caro, estaba medio dispuesta a coquetear
con él, incluso teniendo a su propio pretendiente a su lado.—Esperaba contar con su permiso
para enseñarle a la señorita Sinclair a conducir. Creo que ella desea aprender y me imagino que
su hermano tiene poco tiempo libre en este momento.—Qué excelente plan. —Flora estaba
sonriendo de manera tan radiante, pensó Caro con amargura. Lo siguiente que estaría
pensando en hacer es elegirle el vestido de novia—. Si está usted seguro de que no sería una
imposición, milord.Jervais se inclinó ligeramente.—Será un placer, señora.—No veo objeción.
Pero usará solo un caballo tranquilo y no un faetón de alto respaldo, ¿verdad?—Puede estar
tranquila. La señorita Sinclair me ha dicho lo nerviosa que le ponen los carruajes abiertos. No
haría nada que la alarmara o que pusiera a la señorita Sinclair en peligroCaro le lanzó una
mirada sombría que él ignoró. Flora, ajena a que se suponía que debía estar nerviosa en los
carruajes, simplemente parecía algo confundida ante esta preocupación por sus nervios.

—Qué tal si decimos mañana a las diez, señorita Sinclair? Si el tiempo es agradable, podemos ir
a Richmond Park, donde será más tranquilo para usted.

—Eso será encantador, mi señor. —Caro reconoció que había sido vencida.

La mañana siguiente amaneció soleada, desvaneciendo la tímida esperanza de Caro de que el


mal tiempo pospusiera su primera lección. Sin embargo, a pesar de sus inquietudes por estar a
solas con Jervais, no pudo reprimir un escalofrío de emoción al recordar sus manos sobre las
suyas la última vez que condujeron juntos. ¿Era seguro que estaba a salvo? Él no había
mencionado nada sobre Lancashire y el comentario extraño y desconcertante probablemente
no era más que coqueteo.

Llevaba nuevamente el traje verde oscuro, esta vez con un sombrero de ala corta recién
entregado de la tienda de Miss Millington. Era de un atractivo color dorado profundo, sin pluma
que se enredara en su látigo y con un velo grueso para proteger su rostro del viento.

Flora se detuvo en el de camino a inspeccionar el armario de la ropa y rodeó a su sobrina,


alisando pliegues invisibles del suave tejido.

—Ya está —anunció, justo cuando Caro estaba llegando al límite de su paciencia—. Te ves
encantadora. Ahora, ¿Tienes los guantes nuevos? ¿Te abrigarán lo suficiente? Sería una pena
estropear este conjunto por tener que llevar un manto

—¡Flora, por favor! Simplemente voy a dar un paseo, no a ser presentada en la Corte. —Caro
contuvo su mal temperamento y esbozó una sonrisa conciliadora. No era su tía la responsable
de esta irritación en sus nervios y no merecía ser reprendida—. Estaré lo suficientemente
abrigada y el viento ha disminuido desde ayer.

Al sonido del aldabón, Caro recogió su falda y estuvo a punto de salir por la puerta antes de
decir:

—¡Adiós, Flora!Lo último que deseaba era que Jervais entrara y Flora lo involucrara en una
conversación que podría resultar embarazosa. Se detuvo en el escalón para recuperar el aliento
y le vio levantarse a medias de su asiento.—Por favor, no se baje, milord —replicó, asintiendo
en agradecimiento al mozo que la ayudó a subir al carruaje.—Gracias, Cooper, esta mañana no
hay recados — dijo Jervais, despidiendo al hombre, que se tocó el sombrero con un dedo y se
alejó por Brook Street—. Una vez más, es usted muy puntual, señorita Sinclair, y, si puedo
decirlo, está encantadora.No era una exageración. Detrás del velo, que no hacía nada por
ocultar el ligero rubor que teñía sus mejillas, él vio cómo le lanzaba una rápida mirada, mitad
halagada, mitad suspicaz.—Si soy puntual, mi señor, es porque espero con ansia mi lección y no
deseo mantener a sus caballos parados.Supuso que ella había decidido ignorar su descarado
halago ignorándolo.—Esta es una pareja de caballos castaños muy fina —comentó ella—. ¿Los
has tenido mucho tiempo?—Eran una de las pocas posesiones de mi difunto primo que
mostraban algún signo de gusto o discriminación —Jervais entrecerró los ojos mientras se
concentraba en una esquina parcialmente obstruida por un carro de carbón que se acercaba—.
Son bastante más dóciles de lo que yo habría elegido para mí, pero eso los hace ideales para
nuestro propósito de hoy.Como si quisiera desmentir sus palabras, el caballo del lado cercano
se asustó violentamente cuando el carbonero volcó su saco en un pozo de carbón en la acera
con un estruendo y una nube de polvo.—Tranquilo. —Jervais refrenó al nervioso animal—.
Quizás estén más frescos de lo que había imaginado. Pero el paseo hasta Richmond les quitará
los nervios, no hay necesidad de estar nerviosa.Caro no se movió en su asiento ni se agarró al
lateral del carruaje, sino que se limitó a responder con serenidad:—No estoy nerviosa en lo
absoluto, milord.Él le lanzó una mirada de reojo, frustrado por su incapacidad para romper la
pretensión de que nunca lo había conocido antes de Londres, de que nunca había respondido
con pasión entre sus brazos. Maldita sea, si tenía que presionar más, lo haría.—Creo que haría
falta mucho para ponerte nerviosa, Caro.—Nadie más que mi hermano me llama Caro, milord
—dijo ella con frialdad, pero él captó su fugaz mirada hacia sus manos. Vio que se había
quitado los anillos antes de ponerse los guantes ajustados para no estirar el cuero, pero fue una
reacción traicionera.—¿Y fue tu hermano quien te dio el anillo? —preguntó
despreocupadamente, con los ojos fijos en la carretera a medida que se acercaban al cruce del
río.—¿Mi anillo?Sonaba tan culpable como el infierno, pensó él sombríamente.—El que llevas
en el dedo corazón con las piedras que dicen CARO —inquirió él.

—No pensé que lo hubiera llevado recientemente. Qué observador es usted, milord.

—Me doy cuenta de todo lo que tiene que ver contigo, Caroline.

Esa afirmación era irrefutable. Hubo un largo silencio mientras Caro luchaba por encontrar
algún tipo de equilibrio. Él era como un gato jugando con un ratón, burlándose de ella «no,
atormentándola» con insinuaciones de que recordaba, de que sabía que ella y la mujer del
vestido de seda roja eran la misma persona. Sin embargo, no hacía ninguna acusación
clara.Cuando llegaron a la entrada del parque y Jervais se detuvo para mostrar el ticket de
entrada al portero, los caballos trotaban tranquilamente sin el menor atisbo de nerviosismo y
ella tenía el pulso acelerado.Años de cuidadosa educación en conversación cortés y charlas
sociales le ayudaron. Caro miró a su alrededor, contemplando la hierba ondulante, aún verde
bajo los árboles otoñales, e hizo que su voz sonara ligera y alegre.—Richmond Park siempre me
recuerda a la campiña que rodea nuestra casa en Longford. Nunca me canso de venir aquí.Un
grupo de paseantes se detenía a admirar una pequeña manada de ciervos comunes bajo el
árbol más cercano, y más allá, otro faetón avanzaba por uno de los numerosos caminos que
cruzaban el parque, pero, por lo demás, parecían estar solos.

Cuando se adentraron totalmente en el parque, alejándose de la entrada, Jervais detuvo los


caballos.
—¿Has conducido alguna vez un par? —Se movió en el asiento para mirarla, con gesto serio
ahora que había empezado a enseñarle.

—No, solamente a un pony en un carro de perro por la finca. Ya le he hablado de eso.

—Te llevará un poco de tiempo acostumbrarte a la sensación de dos juegos de riendas. Aquí,
sostenlas así. —Le pasó las riendas, ajustándolas hasta que ella pudo sentir la suave tensión
desde las bocas de los caballos hasta su mano—. Y la fusta en la otra mano, excelente.

Caro esperaba ser muy consciente del tacto de los dedos de Jervais sobre los suyos, pero tenía
que concentrarse tanto en sus instrucciones y en los caballos, que no resultaba más molesto
que si su hermano fuera su tutor.

Siguiendo sus indicaciones, dejó que la pareja avanzara a paso suave mientras ella se
concentraba en las señales que recibía de los animales. Se sentía muy extraña controlando a
dos caballos después del querido y viejo Rollo, quien caminaba obedientemente por los
senderos de Longford, que conocía mejor que ella, y le tomó un tiempo averiguar qué rienda
correspondía a cada caballo.

Durante media hora, Caro condujo a los caballos por el parque, totalmente absorta en lo que
hacía, apenas consciente del hombre a su lado, salvo como una presencia tranquilizadora.

Tan concentrada estaba que cuando él habló, dio un ligero salto y el caballo del lado cercano se
asustó.

—Te ves bastante feroz, Caroline. —Jervais sonaba divertido.

—Lo sé —admitió con pesar—. Es un muy mal hábito. Harry me dice que frunzo el ceño
horriblemente cuando me concentro y Flora me advierte que tendré horribles arrugas para
cuando tenga veinticinco años.

—Una perspectiva poco probable —murmuró Jervais, mirándola sin vergüenza a la cara—.
Aquí, dame las riendas un momento. Verás que estás más cansada de lo que imaginas. Has
estado mordiendo tu labio inferior y murmurando instrucciones para tus adentros en voz baja.

Qué vergüenza.

—De hecho, estoy bastante rígida. —Caro relajó los hombros con alivio y flexionó los dedos
mientras él retomaba el control de los caballos—. No tenía ni idea de que sería tan agotador.

—Debes aprender a relajar las dos manos, es más, todo el cuerpo, o te cansarás mucho.

Ella era tan consciente de la proximidad de su cuerpo al suyo que reaccionó con rapidez.

—Esa es una observación muy impropia para dirigirme, milord.

—O te enseño a conducir como enseñaría a un hombre, Caroline, o no te enseñaré en absoluto.


—Su voz era cortante—. Creía que eras una mujer inteligente.

—Lo soy —protestó ella.

—Entonces debes entender que sería inseguro modificar mi enseñanza para compensar tu
sexo. A menos, por supuesto, que no fuera en serio tu deseo de conducir un par. O quizás no te
consideres capaz de hacerlo.
Caro se tragó una réplica furiosa. Tenía toda la razón y si no la hiciera sentir tan dolorosamente
tensa con la anticipación, no se vería tan afectada.

—Mi señor...

—¿No puedo convencerte de que me llames Jervais, al menos mientras estemos solos? —Su
tono seguía sonando irritado con ella, lo que perversamente hacía que su solicitud pareciera
inocente. Al menos ahora no estaba coqueteando.

—Está bien, Jervais —capituló ella—. Pero sólo mientras estoy tomando mis lecciones.

—Por supuesto —dijo él con suavidad—. Ahora, ¿estás fatigada o te gustaría intentar trotar?

El aumento del ritmo fue vigorizante y parecía bastante seguro en la suave y recta pista, con
Jervais a su lado, quien solo intervenía ocasionalmente para corregir su manejo de las riendas.

Al recordarlo, Caro se dio cuenta de que se había vuelto demasiado confiada y de que la
novedad de la experiencia le había impedido concentrarse.

—Se aproxima una curva —advirtió Jervais—. Equilíbralos ahora como te mostré.

Pero Caro apenas le oyó. El equipo estaba firme bajo sus manos y la curva parecía lo bastante
inocua como para tomarla sin apenas detenerse. Estaba a punto de decirlo cuando un ciervo
salió disparado de un matorral de espinos en la cima de la curva y cruzó la carretera justo
cuando Jervais exclamó con brusquedad—¡He dicho quietos!Los caballos se asustaron
violentamente y comenzaron a galopar, haciendo que el faetón se balanceara peligrosamente
alrededor de la curva. Jervais agarró las riendas pero, al intentar soltarlas, Caro las soltó y
cayeron al suelo del carruaje en un montón enredado.Sin ningún control, el par salió disparado.
Caro golpeó violentamente el hombro de Jervais mientras él extendía un brazo para
mantenerla en su asiento. Con su mano libre, recogió las riendas, luchando por ordenarlas y
controlar a los asustados caballos.El episodio completo no pudo haber ocupado más de treinta
segundos antes de que él detuviera el carruaje, con los caballos moviéndose y sudando entre
los ejes.Caro se encontró tendida sobre el regazo de Jervais, con ambas manos aferradas al
pasamanos del carruaje a su lado. No parecía poder aflojar los dedos.—Puedes soltar ahora
—dijo él. Sonaba ligeramente sin aliento y un tanto divertido.—Oh. —Gradualmente dio cuenta
de que sus pechos estaban aplastados contra el músculo inflexible de sus muslos. Caro forzó
sus dedos a abrirse y se sentó.Jervais bajó de un salto, enganchó las riendas en la rama de un
árbol cercano y regresó para quedarse de pie y mirarla.—¿Te gustaría bajar ahora? —Su voz era
medio burlona, pero Caro podía ver la preocupación en sus ojos.—Eso es más fácil dicho que
hecho —dijo ella, vacilante, y esbozó una sonrisa ante su propia necedad.Jervais extendió los
brazos para levantarla.—Camina un poco, so te ayudará a calmar los nervios. Vamos, Caroline,
te conozco lo suficiente como para creer que no dejarás que esto te altere —La tomó
firmemente por la cintura y Caro se dejó llevar hacia abajo.Al tocar el suelo con los pies, las
rodillas de Caro cedieron y se hundió ligeramente en sus brazos.

—No son mis nervios los que necesitan estabilizarse, sino mis piernas —El tono ligero no fue del
todo acertado. Él estaba demasiado cerca, era demasiado grande, demasiado… Jervais.

Jervais la sostuvo cerca, ya no solo apoyándola. Era un abrazo. Se volvió muy consciente del
calor de su cuerpo y sus manos, que ya estaban apoyadas en los hombros de él, se apretaron
por sí solas mientras subía la mirada para encontrarse con los ojos de él. Estar en sus brazos se
sentía natural, correcto. Su cuerpo le resultaba familiar entre sus manos y el aroma de él, a
jabón común, una colonia cítrica, un toque de sudor fresco de sus recientes esfuerzos, hizo que
el calor inundara su ser.

Él inclinó la cabeza lentamente, como si le diera tiempo para reaccionar, para rechazarlo.
Incluso cuando sus labios encontraron los de ella, fueron suaves, casi titubeantes, como si
esperara que ella retrocediera. En cambio, su boca se ablandó, cediendo a la familiaridad de sus
labios, dando la bienvenida al beso con el que había soñado durante meses.

Jervais se separó y la miró interrogante. Caro le devolvió la sonrisa, reconfortada por la ternura
que veía en su expresión. Sabía que debía apartarse, que debía fingir indignación, reprenderle
por aprovecharse de ella, pero en lugar de eso le cogió la mano y se la llevó a la mejilla.

Él no necesitó más invitaciones, atrayéndola con fuerza hacia él, aplastó sus labios bajo los
suyos en un beso intransigente que despojó a su cuerpo de cualquier resistencia restante.

Todos los pensamientos de propriedad, comportamiento prudente o las probables


consecuencias de sus acciones se desvanecieron. Caro le devolvió el beso con un ardor nacido
de todas aquellas noches de desasosiego en las que había creído que no volvería a verle, incluso
mientras su rostro y el recuerdo de sus labios habían atormentado su sueño.
Capítulo IX
No sabía cuánto tiempo habrían permanecido allí abrazados, tal vez hasta el anochecer, de no
ser por una voz que comentó al otro lado de los arbustos.

—Observarán, caballeros, este bello ejemplar de Lycoperdon giganteum, como lo bautizó


Linneaus.

Jervais la soltó y dio un paso atrás. Caro, enderezando frenéticamente su velo, vio la expresión
de su rostro y se encontró reprimiendo desesperadamente una carcajada histérica.

—Este es un espécimen bastante pequeño. Veo su sorpresa, caballeros, pero el globo puede
alcanzar el tamaño de la cabeza de un hombre.

El hablante emergió del lado opuesto del matorral, revelándose como un anciano clérigo, que
llevaba una cesta de juncos y dirigía un pequeño grupo de jóvenes sobriamente vestidos,
evidentemente estudiantes universitarios.

—¡Señor, señora! ¡Buenos días! Y qué hermoso día es también. —Sin dejarse amedrentar por la
fría cortesía del saludo de Jervais, se volvió hacia su grupo—. Sin duda estamos en presencia de
entusiastas compañeros. Vean, esta dama y este caballero están admirando un espécimen de
hongo de repisa que, como saben, se encuentra comúnmente en el haya.

—De hecho, sí —respondió Caro con calidez, con la voz tensa por el esfuerzo de no reírse—.
Justamente estaba diciendo que rara vez he visto uno más hermoso en esta época del año,
aunque soy solo una simple aficionada.

El clérigo, evidentemente encantado de encontrar a un coleccionista afín, intentaba mostrar a


Caro el contenido de su cesta con el botín de la expedición cuando Jervais la cogió firmemente
del brazo.

—Mis disculpas, señor, pero tenemos un compromiso de almuerzo muy urgente. Que tenga un
buen día.

Tan pronto como estuvieron fuera de la vista de la expedición de hongos, Jervais detuvo los
caballos y soltó una gran carcajada. Caro dejó de intentar contener sus sentimientos y se
desplomó riendo contra él, con las lágrimas corriéndole por la cara. Pasaron unos momentos
antes de que ambos recuperaran la compostura.

El silencio que siguió fue incómodo. Jervais dejó que los caballos caminaran un poco antes de
hablar.

—Rara vez una joven puede haber tenido chaperones más eficaces que un clérigo y tres
eruditos.

—No deberían haber sido necesarios —Se secó los ojos con el pañuelo—. No puedo creer que
permitiera… que pudiéramos…

Aún se sentía conmovida por la intensidad de la emoción que su toque había evocado. Los
recuerdos. No podía expresar el verdadero temor que la sacudía: que él supusiera que aquello
no era más que una continuación de lo que había ocurrido entre ellos en Lancashire y lo tomara
como una oportunidad para hablar de ello.

El instinto le decía que mientras no admitiera lo ocurrido, Jervais quedaría atrapado por sus
propios estándares de honor: tampoco podría mencionarlo.

Lo único que podía hacer era expresar lo que cualquier joven bien educada haría en esas
circunstancias, así que dijo con rigidez.

—No puedo justificar mi reciente comportamiento, milord, más que para decir que debí haber
estado más afectada por el incidente con los caballos de lo que suponía, pero debo decirle que
tal conducta es muy ajena a mi naturaleza.

Y lo es, ruego que lo sea y que yo no sea una de las pecadoras. ¿Y por qué debería ser yo la única
que se sienta tan culpable? Él me besó primero, pensó Caro con un estallido de indignación.

—Y en cuanto a sus acciones, mi señor…

Hubo una breve pausa y luego Jervais dijo:

—Totalmente inexcusable, señorita Sinclair. Sólo puedo atribuirlo a mi alivio al descubrir que
estaba ilesa.

Caro podía sentir que solo su buena educación lo contenía de desafiarla con el conocimiento de
lo que había pasado entre ellos en Lancashire. . Estaba convencida de que él sabía que ella
podía recordar, pero cuanto más íntima se volvía su relación, perversamente más difícil y
peligroso era admitirlo.

—No diremos nada más al respecto —declaró Caro con firmeza, desviando la conversación
hacia el paisaje que estaban atravesando.

Para su alivio, Jervais siguió su ejemplo, pero sus intercambios seguían siendo restringidos e
impersonales cuando regresaron a Brook Street, y ella apenas podía pensar en otra cosa que no
fuera aquel beso. Tenía el pulso acelerado y no se atrevía a mirar a Jervais a los ojos. No era
simplemente miedo a la confrontación, se admitió a sí misma. Era deseo.

El criado abrió la puerta y Flora salió unos instantes después.

—Querida, ¿has tenido una buena lección? Gracias, lord Barnard, por cuidar tan bien de
Caroline. No puedo permitir que nos deje sin aceptar un refrigerio, ¿no gusta de
acompañarnos? Hay un almuerzo ligero en el comedor.

Para asombro de Caro, Jervais aceptó sin vacilar.

—Gracias, señora, será un placer. Si su criado me dirige a los establos, me reuniré con ustedes
en un momento.

Al entregarle la mano para que la ayudara a bajar del carruaje, ella frunció el ceño, apenas
pudiendo creer que deseara comer con ellos después de lo ocurrido. Para su vergüenza, Jervais
no solo no tomó la indirecta, sino que la desafió directamente.

—Caroline, si no deseas volver a verme después de lo que acaba de pasar entre nosotros, no
debes más que decirlo y se acabó. Sin embargo, eso causará especulaciones, aunque solo sea
por parte de tu tía.

Furiosa, ella susurró:


—Si fueras un caballero…

—Si no fuera un caballero, Caroline, tomaría lo que se me ofrece, como bien sabes. —Su voz
era áspera, sus ojos furiosos, aunque sus palabras estaban tan bajas que no alcanzaron los
oídos de Flora, quien esperaba en la puerta principal.

—No tengo ni idea de lo que quiere decir, milord, y no deseo averiguarlo. —Caro giró sobre sus
talones y entró en la casa.

Flora la cogió de la mano cuando se dirigía a las escaleras.

—Caro, ¿te has peleado con lord Barnard? Dime rápidamente antes de que regrese de los
establos.

—Sí, he discutido con él. El hombre es insufrible. —Caro se quitó los guantes y los arrojó sobre
la mesa del vestíbulo. El hecho de saber que estaba tan equivocada como Jervais no contribuyó
a calmar su ira, y la idea de almorzar con él le resultaba casi insoportable.

—¿Qué ocurrió? —Flora la giró para poder mirar su rostro—. Te ruego que me lo digas,
Caroline. Estabas tan contenta cuando saliste por la mañana.

—Él… —Apenas podía decir que la había besado, y que a ella le había gustado, que había
respondido—. Me gritó. —Sabía que sonaba petulante, pero al menos podría desviar cualquier
sospecha que Flora pudiera tener.

—Oh, querida, ¿qué hiciste mal? Los caballeros se preocupan mucho por sus caballos. Recuerdo
que lord Grey se ponía positivamente apoplético si alguien pinchaba la boca de su caballo
favorito. —Flora le acarició la mano—. Todos los hombres son difíciles por algo, Caroline. Lo
comprobarás cuando te cases y descubras que incluso el más perfecto de los hombres tiene
algo que una debe tolerar. Si tú y lord Barnard llegaran a ser... es decir… —Se enredó
irremediablemente en su propia explicación y se interrumpió, ligeramente ruborizada.

—Debería haber sabido que estarías de su lado, Flora —Fue inexcusablemente cortante, pero
Caro se sentía culpable, condescendida, confundida y temerosa al mismo tiempo, y no era una
mezcla agradable—. Voy a mi habitación a lavarme las manos y retocarme el peinado.

Cuando entró en el comedor, Jervais estaba sentado charlando con Flora, mostrando una
aparente tranquilidad.

—Le estaba contando a lady Grey nuestro inquietante incidente de esta mañana — dijo
suavemente mientras se levantaba.

¿Cómo?

—Siéntate, Caro —reprendió Flora—. No mantengas a lord Barnard de pie.

—¿Qué te ha estado contando lord Barnard? —Logró preguntarle finalmente entre labios
tensos cuando se sentó a la mesa.

—Naturalmente, le he contado a lady Grey lo del ciervo y la huida de los caballos —dijo Jervais
con indiferencia—. No quisiera ocultarle nada, ya que me ha confiado la seguridad de usted.
Después de todo, puede que no desee que le lleve a pasear de nuevo.

Desgraciado, me está provocando...


Flora evitó que Caro respondiera.

—Mi querido lord Barnard, no se me había pasado por la cabeza. Un incidente así podría
haberle ocurrido a cualquiera. El hecho de que Caroline esté a salvo en casa demuestra que
usted es la persona indicada para cuidarla y enseñarle a conducir. —Miró con reproche a su
sobrina—. Caroline, por favor, pasa el pollo frío a lord Barnard.

La comida transcurrió de forma bastante agradable. Caro recurrió a todas sus reservas de
educación social y cortesía para entablar conversación y, al cabo de un rato, se relajó. Jervais
era un invitado amable e ingenioso cuando no le lanzaba pequeñas insinuaciones y, con Flora
presente, Caro se sentía a salvo de las corrientes subterráneas que hacían que la conversación
fuera tan peligrosa cuando estaban solos.

Jervais fue escrupuloso en su atención hacia ambas damas, pero Caro sintió que solo le hablaba
a ella, que admiraba su conversación y opiniones tanto como su apariencia. Cuando por fin se
levantó para marcharse, ella se sintió halagada y reconfortada, completamente desprevenida,
incluso cuando Flora le pidió que lo acompañara a la puerta mientras ella permanecía en el
salón.

El criado, normalmente omnipresente, estaba ausente del vestíbulo. Caro chasqueó la lengua,
molesta, y se volvió hacia el timbre, pero Jervais le cogió la mano.

—No, espera. Necesito hablar contigo.

Ella le miró sin preocupación, todavía adormecida por el ambiente de la comida.

—De hecho, no hemos fijado otro momento para una lección, si es que está usted dispuesto a
arriesgar a sus caballos una vez más.

Él presionó sus dedos con los de ella, atrayendo su atención.

—No te preocupes por las lecciones, Caroline, hay cosas más importantes que tenemos que
discutir.

—No le entiendo, mi señor.

—¿Por qué no confías en mí, Caroline? —insistió.

—Pero claro que confío en usted, Jervais. —De alguna manera tenía que desarmar esta
intensidad antes de que dijera cosas que sacaran a la luz todo aquel lamentable embrollo—. Si
está hablando sobre lo que ocurrió esta mañana, yo tengo tanta culpa como usted y pretendo
olvidarlo. Sólo he dicho que me gustaría volver a conducir contigo.

—No me refiero a eso y lo sabes. Ya es hora de que hablemos abiertamente de lo que hay entre
nosotros.

Caro liberó su mano de forma abrupta y dio un paso atrás, consciente del abismo que se abría a
sus pies. Se refería a Lancashire, por supuesto, y debía de estar a punto de hacerle una
declaración por, y sólo por, lo que había ocurrido allí.

Ella no quería que le propusiera matrimonio por eso, simplemente porque la había
comprometido y ahora debía cumplir con su deber. No, era su amor lo que ella deseaba.

Estoy medio enamorado de Jervais Barnard. Más de la mitad.


De alguna manera, debía convencerlo de que no recordaba haberlo conocido antes de que el
mayor Gresham lo llevara a la casa en Brook Street. Si el creía eso, entonces ella podría estar
segura de que la cortejaba por amor y no por deber.

—No tengo ni idea de a qué se refiere, Jervais. —Se obligó a mirarle a los ojos y a hablar con
ligereza—. Opino que está siendo muy gótico con sus misteriosas insinuaciones.

Jervais la observó entrecerrando los ojos. Luego su expresión se relajó de la sospecha a la


simple confusión y sacudió ligeramente la cabeza.

—Como desees. —Cuando volvió a hablar, lo hizo casi para sí mismo—. Tal vez me estaba
imaginando cosas.

—Es usted muy misterioso, mi señor —dijo Caro con ligereza.

Sí, estaba confundido, como bien podría estarlo, pero esperanzadamente se estaba
convenciendo de que ella no recordaba nada. Seguramente creería que cualquier joven en su
posición aprovecharía la oportunidad de asegurar su reputación mediante el matrimonio
después de semejante aventura.

Jervais le cogió la mano.

—Hasta mañana a la misma hora entonces. ¿Digamos Green Park para tu próxima lección? Allí
estaremos a salvo tanto de ciervos como de clérigos.

El mayor Gresham fue a buscar a Flora para llevarla a una exposición en la Royal Academy, pero
ni siquiera la promesa de una nueva obra del señor Constable fue suficiente para tentar a Caro
a acompañarlos. Alegando cansancio después de su lección, tomó el nuevo volumen de poesía
de lord Byron y se dirigió al pequeño salón, decidida a leerlo realmente esta vez.

Se podría suponer que para una joven descubrir que estaba enamorada de un hombre
eminentemente elegible, quien a su vez le estaba prestando las más marcadas atenciones, sería
el pináculo de su felicidad, pensó con desánimo.

Pero la mayoría de las jóvenes no intentaban ocultar un secreto al hombre en cuestión, ni


convencerse a sí mismas de que no eran tan libertinas y naturalmente escandalosas como
muchas de sus antepasadas. Probablemente estaba siendo totalmente hipócrita, pero a Jervais
le repugnaría descubrir lo que temía que fuera su verdadera naturaleza.

—Esto no puede ser. —Caro se reprendió en voz alta, después de que había pasado media hora
sin haber leído un poema ni haber pasado una página.

¿Qué bien puede hacer quedarme aquí deprimida? No sirve de nada desear que Jervais y yo
nunca nos hubiéramos encontrado en ese granero: lo hicimos y eso es todo.

No le sorprendía mucho que tales pensamientos de ánimo no fueran de ninguna ayuda.


Seguramente Jervais tenía algunos sentimientos tiernos hacia ella, pues la miraba con tanta
calidez en sus ojos, le tomaba las manos y la besaba con una pasión que incluso ahora le hacía
girar la cabeza.

Pero luego recordó los otros abrazos, los besos igualmente apasionados que él le había dado, y
las circunstancias en las que habían tenido lugar.

En Lancashire no se había hablado de amor ni de sentimientos tiernos cuando él la había


considerado una mujer de mala fama y estaba completamente preparado para aprovecharse de
ello. Jervais era un hombre de mundo, de fuertes pasiones, que había arriesgado su vida a
través de Europa. Desde luego, no había vivido como un monje y era poco probable que ahora
se comportara como tal.

Quizás en su inocencia estaba refinando demasiado la pasión de su beso en Richmond Park. No


podía preguntarle a Flora cómo se comportaba un caballero cuando estaba a solas con la mujer
a la que cortejaba; su tía se sentiría profundamente escandalizada al descubrir que había tenido
lugar la más mínima intimidad, aunque no ocultaba el hecho de que aprobaba a Jervais como
pretendiente.

Esto no me lleva a ninguna parte, Caroline se reprendió a sí misma.

Tenía que considerar todas las posibilidades. En el peor de los casos, Jervais no podía ser más
que un granuja despiadado empeñado en completar la seducción que había iniciado en
Rochdale; en el mejor, se estaba enamorado de ella y lo que había ocurrido entre ellos en aquel
granero y después no influía en sus actos actuales.

Pero lo que parecía más probable era la solución intermedia. Jervais sabía perfectamente que
ella era la mujer del vestido rojo y la encontraba lo suficientemente atractiva, ni más ni menos,
y solo su sentido del deber como caballero lo estaba impulsando a cortejarla. Teniendo en
cuenta lo mucho que ella estaba enamorada de Jervais Barnard, este era un pensamiento muy
melancólico.

Para cuando Flora y su comandante regresaron, discutiendo amistosamente sobre los


diferentes méritos de los cuadros que habían visto en Somerset House, Caroline se había
puesto de mejor humor. Quedarse en casa no resolvería el enigma de los verdaderos
sentimientos de Jervais, así que estaba decidida a dejar atrás todas sus dudas y disfrutar de su
compañía. Seguramente, a medida que lo conociera mejor, aprendería a leer su corazón.

—¿Vamos a Almack esta tarde, Flora? —preguntó cuando su tía llamó al mayordomo para que
trajera la bandeja del té.

—Sí, aunque preferiría tener un caballero que nos acompañe y sabes que Harry lo encuentra
muy aburrido.

—¿Puedo ofrecer mis servicios? —ofreció el mayor Gresham.

—Vaya, Anthony, pensé que estabas de servicio esta noche. —Flora estaba casi coqueta.

—No. ¿No te lo dije? Después del desfile de hoy estaré libre una semana entera. Siete días en
los que tengo la intención de dedicar exclusivamente al entretenimiento de ambas damas.

Pero a pesar de sus palabras, era obvio que el disfrute de Flora era su principal preocupación. A
su tía parecía agradarle la idea, puesto que tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.

Caro se sintió repentinamente impaciente con este cortejo tan serio. ¿Por qué no le hacía una
declaración a Flora y acababa de una vez? Era obvio que estaban profundamente enamorados y
ninguno de los dos tenía motivos para retrasar el matrimonio.

El grupo de Flora llegó temprano a Almack. Los salones estaban desiertos solo se veía a una de
las patronas, la formidable señora Drummond Burrell.

Harry había prometido a regañadientes que se reuniría con ellos más tarde.
—No olvides que las puertas se cierran a las once. —Le recordó Caro—. Y esos pantalones no
servirán. Pantalones a la rodilla y traje de noche completo o se te negará la entrada.

—Muy bien —suspiró Harry—. Pero ya sabes que el entretenimiento me parece insípido y que
las apuestas en las mesas son tan insignificantes.

—Estoy de acuerdo —le compadeció ella—. Pero piensa en todas las encantadoras jovencitas
que conocerás, Harry.

Su burla fue respondida con una mirada sombría.

—Y todas sus encantadoras madres también, sin duda.

Mientras el mayor ayudaba a las damas a subir al carruaje que las llevaría la corta distancia
hasta King Street, Caro comentó:

—Desearía que Harry encontrara una buena muchacha. No muestra la más mínima inclinación
a establecerse.

—Yo no me preocuparía todavía —respondió el mayor con tolerancia—. Está disfrutando de


encontrar su lugar en el mundo; hay tiempo suficiente para el matrimonio y formar una familia.

Caro observó a las jóvenes conversando y desplegando sus abanicos a medida que las salas se
iban llenando gradualmente, y reflexionó que no podía pensar en nadie que fuera ideal para su
hermano.

Ahora estaba en su cuarta temporada, ya no era una debutante, por lo que se le permitía más
libertad que a las muchachas de ojos deslumbrantes, quienes estaban abrumadas por
encontrarse en el corazón de la alta sociedad. A pesar de toda la tolerancia de la que era capaz,
seguían pareciéndole un grupo insípido.

Tan sumida estaba en sus pensamientos que, cuando un hombre habló en voz baja detrás de
ella, creyó que era el mayor Gresham.

—¿Por qué tan pensativa, señorita Sinclair?

—Supongo que no debería preocuparme por Harry, pero ninguna de esas muchachas sería una
esposa adecuada para él, ¿sabes?

—¿Por qué está tan interesada en los matrimonios?

Era lord Barnard quien estaba a su lado, no el mayor.


Capítulo X
Jervais notó que la había sorprendido. Observó cómo el color subía y bajaba bajo su piel clara, y
cómo sus ojos azules se agrandaban al reconocerle.

—Pensé que era el mayor Gresham —dijo ella, algo sofocada.

Él vio el esfuerzo que hacía por recobrar la compostura, cómo forzaba la sonrisa social de rigor
en sus labios. Caroline Sinclair no era una buena actriz, eso él ya lo sabía.

—Todas las hermanas buscan hacer buenos matrimonios para sus hermanos, mi señor —dijo,
adoptando un tono más ligero—. ¿No lo hacen tus hermanas por usted?

—Desgraciadamente no tengo ninguna.

—¿Ni hermanos? —Caroline se giró completamente, su curiosidad superando su cautela.

—No, tampoco hermanos.

—Entonces está usted completamente solo. Qué triste. No podría imaginar mi vida sin la calidez
de Flora y Harry.

Jervais la miró con cierta diversión por la intensidad que fruncía levemente sus cejas oscuras.

—No frunza el ceño por mí, señorita Sinclair, se lo ruego. Recuerde las advertencias de su tía
sobre las arrugas. —Aunque bromeaba, le resultaba difícil imaginar que algo pudiera afectar su
belleza.

—¡Vaya, mi señor, no es nada galante mencionar arrugas! Me recuerda que ya estoy en mi


cuarta temporada y a punto de perder toda esperanza.

Una sonrisa se dibujó en sus labios y él no podía creer que ella no fuera consciente de que
aquella noche estaba más guapa que nunca, con su esbelta figura realzada por un vestido de tul
crema sobre seda de un amarillo junquillo.

—En efecto, no tenía ni idea de que estuviera tan entrada en años, señorita Sinclair. Me
sorprende que no se haya unido a las carabinas. ¿Y por qué no lleva ya una cofia? Seguramente
una dama de tan avanzada edad no se mostraría sin una.

—¡Qué insolente se ha vuelto!

Jervais sonrió ante su fingida indignación.

—Protesto, solo me ajusto a la edad que tan insistentemente menciona.

La orquesta tocó un vals y Jervais extendió las manos.

—¿Bailamos, Caroline?

Ella se unió a él en la pista de baile de buena gana, pero él podía sentir el esfuerzo que le costó
relajarse entre sus brazos y parecía que le resultaba imposible levantar los ojos por encima del
nivel de la parte delantera de su camisa.
—¿Te he ofendido de alguna manera? —preguntó cuando su silencio se prolongó.

—No. —Caroline levantó la vista, visiblemente sorprendida.

Sus ojos se encontraron, y esta vez, ella no desvió la vista. Jervais quedó cautivado por la
profundidad que vio en ellos, como si guardasen secretos insondables. Ojalá este vals no
terminase nunca, pensó, deseando mantenerla en ese pequeño mundo que su brazo creaba,
alejándola de todo lo demás, mientras el brillo en sus ojos le transmitía una calidez inesperada.

—No… claro que no —añadió.

—No podría atribuir tu silencio a la preocupación por tus pasos, porque bailas muy bien el vals.
¿Puedo confiar en que me concederás otro baile esta noche?

—Sí, por supuesto.

—¿Ni siquiera harás el intento de consultar tu tarjeta de baile? —le preguntó.

—No.

Era como intentar atrapar una sombra. En un momento se quedaba sin aliento de pasión entre
sus brazos, y al siguiente era una jovencita correcta e inocente. Era una mentirosa sin remedio
y, sin embargo, aparentemente capaz de engañar y comportarse de una forma que la hacía
luchar contra un vergonzoso nivel de excitación solo de recordarlo.

La deseaba, la necesitaba. Y si existía alguna explicación inocente —aunque no lograba imaginar


cuál— para haberla encontrado disfrazada en medio de esa revuelta, entonces cumpliría con su
deber y la desposaría con mucho gusto.

Pero primero debía admitirlo todo, y tendría que haber una buena razón. Porque, caballero o
no, tenía un deber hacia su nombre, su título y sus futuros hijos. Y debía poder confiar en su
esposa.

Esto es ridículo. Caro dejó que Jervais la paseara por la pista de baile en total silencio mientras
ella cerraba los ojos e imaginaba que no había secretos entre ellos, que él la amaba, que él era
suyo y ella era de él. ¡Basta ya! Debía encontrar algo que decir, se estaba comportando como
una muchacha inexperta de diecisiete años, sobrecogida por su primer vals con un hombre
apuesto.

Al parecer, Jervais parecía contento de dejarla en su mutismo. Cuando la música llegó a su fin y
él la llevó a uno de los sillones dorados que cubrían la pared, Caro consultó su tarjeta y, con una
calma fingida, declaró:

—Tenía razón, después de la cena tengo libre un baile campestre.

—Ah, pero un baile campestre no es lo que deseo —replicó él en tono bajo.

Caro se obligó a sostener su mirada.

—No me conformaré con nada menos que otro vals.

—Entonces, mi lord, temo que sufrirá una decepción —repuso Caro, recuperando su
compostura—. No puedo anular compromisos que ya he hecho. —Se giró aliviada para saludar
a su próximo compañero para el cotillón que se estaba formando.
Al finalizar el baile, el joven la acompañó hasta donde Flora y el Mayor se encontraban
sentados. Cuando se acercaron, Anthony Gresham se apresuró a cederle su asiento. Caro hizo
una reverencia a su compañero, quien le agradeció antes de retirarse a buscar a la siguiente
dama de su tarjeta, y luego se sentó junto a Flora con un pequeño suspiro.

—No había bailado tanto en un mes.

Flora le acarició la mano.

—Te veías tan bien bailando con lord Barnard.

—Es, sin duda, un muy buen bailarín —aceptó Caro con cautela.

—No me refería a eso. ¿No te ha dicho nada?

—Oh, sí, ha dicho muchas cosas, la mayoría de ellas sin sentido esta noche. —Caro optó por no
entender.

—Lady Brancaster comentaba sobre la atención que te presta —prosiguió Flora con
insistencia—. No es la única que espera que haga una declaración en pocos días.

—Estoy segura de que no he dado motivo alguno para que alguien piense que espero, o aliento,
tal cosa —replicó Caro con desagrado ante la idea de que ambos fueran objeto de
habladurías—. Lord Barnard no me presta ninguna atención fuera de lo común, me
sorprendería mucho que volviera a dirigirme la palabra en lo que queda de velada.

—Entonces me temo que estás a punto de llevarte una sorpresa —dijo Flora con una sonrisa
maliciosa—. Porque lord Barnard se acerca en este mismo momento.

—¿Puedo tener el honor de acompañarla a cenar, señorita Sinclair? —preguntó él, inclinándose
sobre su mano—. Veo que el mayor Gresham tiene intención de acompañar a lady Grey.

Por encima de su hombro, Caro pudo ver a la viuda lady Brancaster mirándolos a través de su
lorgnette. La educada negativa que tenía preparada se desvaneció en sus labios. Las viejas
comadres podían decir lo que quisieran, pero ella aceptaría acompañarle.

—Sería un placer, milord —dijo con la debida modestia, posando su mano en la de él.

—Un placer es más de lo que puede decirse de la comida que se ofrece en este establecimiento
—observó Jervais ácidamente, examinando la sencilla comida de pasteles, pan y mantequilla
que tenían ante ellos en el comedor.

—Siempre me aseguro de cenar bien antes de venir a Almack —dijo Caro, aceptando un vaso
de limonada y una rebanada de tarta de aspecto seco—. Lamento que no haya macarones de
almendra —añadió.

—¿Acaso no me va a permitir olvidar mi avaricia? Sospecho, señorita Sinclair, que es usted de


naturaleza implacable.

Caro dejó la taza con un ligero temblor, sintiendo que algo en su comentario, aparentemente
inofensivo, le había tocado una fibra sensible. ¿Podría estar refiriéndose a Lancashire de forma
oblicua, sugiriendo que ella recordaba y albergaba resentimiento por el trato que le había
dado?

Se sacudió un poco, tratando de convencerse de que sólo estaba bromeando.


—Señorita Sinclair —dijo Jervais, quien le cogió la mano y se la llevó a los labios por un
momento, ignorando las miradas sorprendidas de varias viudas—. Perdóneme si la he turbado;
hay una sombra donde antes brillaba la luz en sus ojos.

—Mi lord, cada vez que nos vemos consigue sacarme de mis casillas —dijo Caro mientras le
soltaba la mano—. Ya debería estar acostumbrada.

—Tengo la esperanza de que llegue a acostumbrarse aún más a mí —empezó, con voz suave, y
luego se interrumpió cuando Harry apareció a su lado.

—¡Harry! —Caro estaba encantada y asombrada—. Te había dado por perdido. Seguro que el
reloj ya ha dado las once.

—En efecto, así es, y llegué cuando faltaba un minuto para la hora. Aunque no sé por qué me
he molestado en llegar a tiempo. Buenas noches, Barnard. —Harry hizo una reverencia al
hombre mayor y luego echó una mirada despectiva a los refrescos.

Hizo una mueca de dolor cuando una notoria madre cazamaridos lo interceptó mirándole a los
ojos.

—Caro, confío en que me protejas. Si lady Hilton me arrastra de nuevo a bailar con esa hija suya
tan insulsa, juro que me retiro al campo inmediatamente.

—Tómese una taza de té, Sinclair —sugirió Jervais con un toque de ironía—. Creo que estará a
salvo de un secuestro mientras la bebe.

Harry se estremeció y, después de examinar las otras opciones, decidió que el té era el menor
de los males que se le ofrecían.

—No esperaba verlo aquí, Barnard.

—Seguro que su hermana le ha hablado de mi adicción al baile —dijo Jervais con indiferencia.

Harry miró a Caro y luego a lord Barnard.

—En mi opinión, todo eso es una tontería —observo con escepticismo—. No me lo creeré hasta
que lo vea de pie en un baile campestre.

—¿Duda de mi palabra, señor? —replicó Jervais con ligereza.

Harry sonrió.

—Sí. Sospecho que está aquí, igual que yo, arrastrado por las damas. Oh, Dios mío, aquí viene
lady Hilton. Disculpen, estoy seguro de que acabo de ver a George Tomlinson, tengo que hablar
con él sobre un caballo. —Escapó con mucha agilidad, dejando a Caro para saludar a lady
Hilton.

—Oh, cielos, parece que he perdido de vista a su hermano, señorita Sinclair. —Su señoría era
una mujer delgada, de aspecto anodino y tez pálida, que ocultaba una voluntad implacable. Era
bien sabido que no se detendría ante nada para asegurar maridos elegibles para sus tres hijas.

—Lo siento mucho, lady Hilton, él no le ha visto a usted. ¿Puedo presentarle a lord Barnard?
—Observó con furtiva diversión la mirada calculadora que apareció en los ojos de su señoría
mientras estrechaba la mano de Jervais. Es casi como si le estuviera tomando las medidas para
su traje de boda, pensó.
—Creo que no habíamos tenido antes el placer de contar con su compañía aquí en Almack,
milord —dijo lady Hilton, jugando con su abanico.

—Es la primera vez que vengo desde hace varios años, señora.

—Lord Barnard ha estado con el ejército de Wellington —dijo Caro con recato, disfrutando de
los esfuerzos de Jervais por desviar la atención de la dama—. Y fue herido. Sus amigos se
alegran de verle de nuevo por ahí, pero le estaba diciendo que no debe esforzarse demasiado
bailando después de semejante herida. Nunca se sabe… —añadió en tono sombrío.

—Oh, cielos. —La simpatía de Lady Hilton fue superficial y pronto se despidió.

Jervais observó su retirada con cierta perplejidad.

—¿He dicho algo que la haya molestado?

—No, ha sido mi referencia a tus heridas, me parece. Ella tiene la intención, según tengo
entendido, de asegurar sólo los maridos más robustos para sus hijas—.

—Santo cielo. —Jervais levantó las cejas—. Quizá debería ir tras ella y asegurarle que, a pesar
de tus insinuaciones tan poco decorosas, mis heridas están curadas y no impedirán en modo
alguno mis deberes como marido.

Caro soltó una carcajada reprimida.

—¡Señor! —Fue lo único que consiguió decir.

—Señorita Sinclair, me has malinterpretado. Solo me refiero a la probabilidad de que llegue a


una buena edad. ¿Qué pude haber dicho para desanimarla tanto?

Caro cerró la boca con fuerza, consciente de que se ruborizaba como una peonía. En su mente
se agolpaban los recuerdos de estar en su habitación, inmóvil y cerrada, de su voz ronca
suplicándole que se metiera en su cama, que le permitiera darle placer.

—Caroline, estás muy sonrojada. Has estado bailando demasiado. —Era Flora, quien estaba del
brazo del mayor Gresham, con Harry a su lado—. Toma, coge mi abanico.

—He estado intentando convencer a la señorita Sinclair de que se tomara otro vaso de
limonada —comentó Jervais, cogiendo el abanico de Flora y desplegándolo para refrescar las
ardientes mejillas de Caro.

—Qué amable, lord Barnard. —Flora les sonrió con benevolencia frente a todo el mundo, pensó
Caro con resentimiento, como si fueran una pareja de novios.

—¿Nos sentamos? —Jervais señaló una alcoba cercana.

Cuando todos se hubieron acomodado en torno a la mesa circular y se sirvieron bebidas y


pasteles, Jervais dijo:

—Me alegra tener la oportunidad de hablar con todos juntos, porque tengo una propuesta que
espero les resulte aceptable. A mediados de diciembre espero que el ala oeste de Dunharrow
esté habitable y me sentiría honrado si todos ustedes pasaran las Navidades conmigo. Tengo la
intención de invitar a dos de mis hermanos oficiales que deberían haber regresado a Inglaterra
para entonces, y mi prima Serena actuará como mi anfitriona.
—En nombre de Caroline y el mío propio, acepto encantada —dijo Flora inmediatamente—.
Estar en el campo en esa época parece encantador y nunca he estado en Hampshire.

Se volvió hacia su sobrino.

—Podrás venir, Harry, ¿verdad? No has dicho nada de ningún compromiso para esta
temporada.

—Nada en absoluto. Asumí que iríamos a Longford, pero esto parece un plan impecable.

—¿Gresham?

—Me encantaría, Barnard. Además del placer de asistir a una fiesta agradable, me interesaría
mucho ver las mejoras que está emprendiendo. —Se volvió hacia Flora—. ¿Recuerda que le he
comentado que Barnard tenía planes para mejorar sus tierras agrícolas?

—Excelente. —Jervais parecía no haberse dado cuenta del silencio de Caro—. Pero les advierto
que esperaré que trabajen por su cena. Gresham, valoraría su opinión sobre la mejor gestión de
la finca. Señoras, el interior de la casa ha sido tristemente descuidado por mi difunto primo, y
su gusto natural será de gran ayuda para sugerir mejoras.

—¿Y cuál será mi tarea? —preguntó Harry con una sonrisa.

—Estoy seguro de que usted y mi guardabosque tendrán muchas conversaciones interesantes.


Debe ver si queda al menos un faisán en mis descuidados cotos.

—¿Y su prima Serena? No creo haberla conocido —dijo Flora inquisitivamente, mientras Caro
permanecía muda, con las mejillas aún calientes y sin poder decidir si le alegraba o no la idea de
pasar tanto tiempo cerca de Jervais Barnard.

—Dudo mucho que la conozca usted. Es lady Shannon, su marido tiene propiedades en Irlanda
y rara vez vienen a Londres. Sin embargo, Serena tiene la esperanza de presentar en sociedad a
su hija mayor, Julia, el próximo año, y tiene la intención de venir directamente a Dunharrow
con Julia para Navidad para que la niña pueda asistir a algunas fiestas privadas antes de su
debut.

—¿Y su marido?

—El conde no es amante de la sociedad. Se quedará muy feliz en casa con sus caballos de
carreras.

La orquesta tocó un cotillón y Harry pidió a su tía que bailaran.

—Un sobrino muy devoto, sin duda —comentó Jervais, mientras se giraban para ver cómo
Harry le enseñaba a Flora los pasos del baile.

—Nada de eso —replicó Caro—. Si está bailando con Flora, es porque así evita hacerlo con una
debutante, lo cual le conviene. Es muy astuto, y he perdido toda esperanza con él.

El mayor Gresham se rio.

—Ese miedo al compromiso es sólo una fase por la que pasan los jóvenes. Son todas esas
madres casamenteras quienes lo han alarmado. No se preocupe, le aseguro que se asentará y
formará su familia.
Lanzó una rápida mirada a Barnard y Caro.

—Ahora, si me disculpan, le he prometido a Bellamy una partida de whist.

—Eso ha sido muy hábil —comentó Jervais.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Caro bruscamente, sintiéndose abandonada.

—Gresham ha mostrado más tacto del que uno hubiera esperado. Con su partida estamos
solos.

—Difícilmente, mi lord. Hay por lo menos dos docenas de personas en esta habitación.

—En efecto, y estamos monopolizando esta mesa. Vayámonos de aquí y dejemos que se siente
ese grupo. —Se levantó y le tendió la silla a una agradecida dama.

Guio a Caro fuera de la habitación, pero en lugar de volver a entrar en el salón de baile, Jervais
giró a la izquierda y entró en el invernadero. La sala estaba bastante desierta, los grupos de
helechos altos y las palmeras en macetas creaban una sensación de intimidad entre sus
sombras.

—Mi lord… —comenzó Caro.

—Creí haber dejado claro que no quiero que te dirijas a mí de esa forma cuando estemos solos
—murmuró Jervais, con voz roncamente íntima.

Nerviosa, se alejó por el suelo de baldosas y empezó a examinar una hermosa vasija china que
formaba el centro de la habitación.

—¿No le inspira admiración el estilo chino?

—No, y te ruego que no cambies de tema.

—¿Había un tema? —Se volvió hacia él, con la barbilla levantada, repentinamente decidida a
mantenerse firme.

—Te pedía que usaras mi nombre. —Jervais dio dos zancadas rápidas hacia ella a través de las
baldosas y Caro se alejó de él dando vueltas alrededor de la olla china.

—Pero ahora no vamos en coche, milord. —Su corazón palpitaba y se sentía mareada en
aquella atmósfera caldeada y perfumada. En los ojos oscuros de Jervais había un brillo que ya
había visto antes y que la alarmó y excitó a la vez.

—Me estás volviendo loco —le dijo en voz tan baja que pensó que tal vez se había imaginado
las palabras. Casi llegó a su lado antes de que ella se alejara de nuevo hacia un conjunto de
orquídeas, expuestas en una estantería a un lado.

—No creo que sean plantas de verdad. Mira las flores, son como pequeñas criaturas extrañas.
—Como intento de distraerle fue un fracaso singular. Jervais ignoró las flores exóticas y
extendió una mano para coger la suya.

Una vez más, Caro se escabulló detrás de un banco de palmeras. Solo se oía el tintineo de una
fuente mural y el sonido lejano de la orquesta.

¿Dónde está? El pulso le retumbaba con fuerza en los oídos mientras giraba y giraba,
intentando verle en la penumbra perfumada.

Sin embargo, Jervais no hizo ningún ruido. Tal vez le había molestado lo suficiente con sus
evasivas como para llevarle de vuelta al salón de baile. Oh, susurró, decepcionada, al salir de
detrás de las plantas.

Sí, la habitación estaba vacía, salvo por las hojas de palmera en la maceta china, que se
balanceaban donde él las había rozado.

—¿Jervais?

—¿Sí? —Su voz estaba justo en su oído y mientras hablaba sus brazos rodearon su cintura por
detrás, atrayéndola hacia él.
Capítulo XI
Caro se puso rígida y empezó a retorcerse en su agarre, pero Jervais la atrajo con fuerza contra
su cuerpo hasta que ella pudo sentir su calor a lo largo de su espalda, su aliento erizando el
vello de su nuca.

—Dime que me vaya.

—No —dijo Caro, sorprendiéndose a sí misma.

Sin dejar de abrazarla con fuerza, empezó a acariciarle el cuello a lo largo de la línea del cabello
y a besarla por detrás de la oreja, hasta que ella se estremeció de placer ante aquella sensación.
Todo pensamiento de evasión había desaparecido, toda la realidad se centraba en el círculo de
sus brazos, el latido de su corazón contra el hombro de ella, su repentina respiración
entrecortada cuando Caro se agitaba contra él.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, sus labios abandonaron su piel y se quedó abrazado a
ella, inmóvil salvo por la respiración regular, sin decir nada.

—Jervais… —Su voz sonó muy débil en la penumbra mientras se retorcía en sus brazos para
mirarle. Levantó la vista, intentando leer su rostro. Estaba más segura que nunca de que lo
amaba, pero seguía sin saber si lo que él sentía por ella era mero deseo.

—Eres una tentación muy seria, Caro. Tengo que recordarme constantemente que eres una
joven respetable.

—¿Y esto es tratarme como a una joven respetable, Jervais? —preguntó a la ligera, aunque le
tembló la voz. Estaba tan cerca que pudo ver un nervio saltar en su mejilla.

—No, no lo es, como bien sabes. —Abrió los brazos, liberándola, y retrocedió deliberadamente,
poniendo distancia entre ellos—. Caro, hay algo que debo preguntarte.

—¿Sí, Jervais? —Caro soltó los dedos de la frágil tela de su falda.

Por primera vez desde que lo conoció, vio que la duda cruzaba su rostro.

—Yo… no. No, todavía no. Me gustaría, Caro, que te atrevieras a confiar en mí.

—Pero confío en ti —dijo, preguntándose si era verdad. ¿Se atrevería a confiarle su corazón?

—¿Es así? Me lo cuestiono, Caro. A veces me pregunto si te conozco. —Se dio la vuelta y
caminó hacia las orquídeas, mirándolas durante un largo rato. Cuando se volvió hacia ella,
volvía a ser el mismo de siempre—. Mañana voy a Leicestershire a cazar con mis amigos. Estaré
fuera seis semanas.

—¿Tanto tiempo? —Por más que lo intentó, Caro no pudo evitar que la consternación se
reflejara en su voz y sus ojos se entrecerraron.

—Iré directamente a Dunharrow desde Leicestershire. Volveré a Londres a mediados de


diciembre y podremos viajar todos juntos.

—Ah, sería estupendo —dijo neciamente.


Costaba creer que hacía un momento estuviera en brazos de aquel hombre, que él la besara en
el cuello y la estrechara contra su excitado cuerpo. ¿No podía comportarse ahora como si nada
hubiera ocurrido? Parecía que sí.

Cuando Jervais preguntó: ¿Vamos al salón de baile, señorita Sinclair?, ella sólo pudo asentir.

Flora jadeó al verla.

—Caroline, ¿qué le has hecho a tu vestido? La parte delantera está aplastada.

Caro miró los pliegues que había hecho en la gasa al retorcer las manos.

—No lo sé. Flora, ¿podemos irnos a casa? Me duele mucho la cabeza.

—Está a punto de hacerte una declaración. Lo sé, lo siento en mis entrañas. —Flora agitó las
hojas de papel prensado en caliente hacia Caro al otro lado de la mesa del desayuno.

—¿A quién te refieres? —Caro se concentró en amontonar las migas del plato.

—¡Caroline! —Flora chasqueó la lengua con tono burlón—. Hablo de lord Barnard, por
supuesto. Me escribe para decirme que ya está en casa, en Dunharrow, y para sugerirme los
preparativos del viaje para nuestra visita navideña.

Volvió a hojear las hojas cubiertas con la audaz letra negra de Jervais.

—Se disculpa por el hecho de que estaremos todos en una sola ala, pero no creo que podamos
quejarnos de ello, ya que las habitaciones que ocuparemos están recién reformadas.

Caro apenas oía el parloteo de Flora, que agitaba las páginas mientras las leía. Sólo podía
pensar en el rostro de Jervais, en el tono de su voz, en sus brazos mientras la abrazaba en el
oscuro invernadero. Se estremeció, deseándolo.

Flora frunció el ceño.

—Querida, no estarás enferma por haber cogido frío, ¿verdad? Sabía que nunca debería
haberte permitido salir a conducir con Harry con ese viento tan frío ayer. Y tienes la nariz tan
roja cuando estás resfriada.

—No lo estoy. —Caro se indignó—. Gracias por preocuparte más por mi aspecto que por mi
salud.

—Debemos ser prácticos en estas cosas. —Flora no se avergonzaba—. Un escalofrío se supera


fácilmente; sin embargo, los efectos duraderos en tus perspectivas matrimoniales de que no te
vean en tu mejor momento son más graves.

—Flora, si de verdad me ama, que no es el caso, se ofrecerá por mí, con nariz roja o sin ella. ¿Y
qué mujer de espíritu aceptaría a un hombre que cambiara de opinión tan fácilmente? No es
que vaya a hacerme una declaración.

—De verdad, Caroline, me parece que protestas demasiado. —Flora dobló la carta y la pasó por
encima de la mesa—. ¿Por qué iba Lord Barnard a tomarse tantas molestias en arreglar
Dunharrow para Navidad cuando podría tener fácilmente una agradable fiesta con sus amigos
del ejército a los que no les importaría lo más mínimo el estado de la casa?

—Tiene que acometer las reparaciones en algún momento, ya le has oído hablar sobre lo
mucho que se había descuidado la finca.

Caro unta un trozo de pan con mantequilla y duda entre las distintas conservas, hasta que
finalmente se decide por la miel. Si no puedo decidirme entre la mermelada de fresa y el
requesón de limón, ¿qué esperanza hay de que me decida por un hombre?

—Pero no es la época adecuada para hacer obras. En primavera habría sido mucho más sensato
—observó Flora sin responder.

—Realmente no sabría decirlo. —Caro estaba secretamente convencida de que Flora tenía
razón y de que Jervais estaba a punto de hacer una declaración. Cuanto más lo pensaba, más
segura estaba de que había estado a punto de hacerlo aquella tarde en el invernadero.

Su reticencia a llegar a este punto seguramente se debía a que solo lo consideraba por sentido
del deber.

Sin embargo, por inexperta que fuera, era innegable que Jervais la deseaba y que, cuando la
estrechaba entre sus brazos y la besaba, su mirada no era la de un hombre que cumple con su
deber.

Había tenido más de un mes para resolver el enigma de si él la amaba y, en caso contrario, si
estaba dispuesta a aceptarlo si, de todas formas, le hacía una propuesta.

Todas sus reflexiones habían sido inútiles. Las mismas dudas cansinas daban vueltas como un
perro en la rueda de un molino, girando sin rumbo y con mucho menos efecto.

—…¿No lo crees así?

—Lo siento, Flora. ¿Qué has dicho?

Flora suspiró y repitió:

—Considero que solo deberíamos llevar a mi modista, y Harry puede compartir el ayudante de
Anthony en lugar de un criado. Creo que no deberíamos sobrecargar la casa con demasiados
sirvientes mientras las obras estén en marcha. Harry propone ir en su coche con Anthony, tú y
yo podemos ir en el carruaje. Plumb puede viajar con nosotras, y el ayudante con el equipaje
irán en el otro carruaje.

Caro asintió, echando un vistazo a la carta de Jervais.

—Veo que se propone venir a Londres simplemente para volver enseguida con nosotros a
Dunharrow. ¿Acaso es necesario? Contaremos con Harry y con el Mayor como escolta.

—Creo que demuestra un grado de sensatez que resulta muy placentero —replicó Flora con
suficiencia, evidentemente satisfecha de poder señalar otra virtud en el haber de lord
Barnard—. Y sabes muy bien que tu hermano no querrá ralentizarse al ritmo nuestro.

—Y estoy segura de que lord Barnard tampoco querrá estar encerrado en un carruaje con
nosotras durante todo un día.

—Sin duda optará por ir a caballo, los caballeros suelen preferirlo así —dijo Flora—. Ya está
decidido. Escribe que espera que lleguemos a Dunharrow el veinte de diciembre, así que sólo
nos quedan nueve días para prepararnos. ¿Necesitas hacer más compras, Caroline?

Caro necesitó muy poca persuasión para embarcarse en otra expedición de compras. Desde
que Jervais se había marchado a Leicestershire, Flora había expresado su asombro ante la
disposición de su sobrina a probarse vestidos y bonetes nuevos, y pasar horas comprando
baratijas de moda.

Este comportamiento era tan poco característico que sólo podía atribuirlo a que Caro deseaba
lucir lo mejor posible para lord Barnard. Caro, por su parte, simplemente era consciente de la
necesidad de llenar de actividad cada momento de vigilia y trató de ignorar las insinuaciones
sobre Jervais.

—Grafton House, Forster —indicó Caro al cochero mientras ocupaban sus asientos en el
carruaje cerrado. Las damas se acomodaron la manta de piel sobre las rodillas y contemplaron
las calles húmedas y brumosas mientras recorrían la corta distancia.

Una vez a cubierto, descubrieron que muchas otras damas habían decidido pasar del mismo
modo la fría mañana de diciembre. Compraron algunos artículos de primera necesidad, polvos
de dientes, agua de Hungría y agua de colonia, y luego se dedicaron a la frivolidad. Dos horas
más tarde, mientras tomaban una taza de chocolate en Gunter’s, compararon sus
adquisiciones.

—Mira este abanico, Flora, qué decoración tan novedosa. —Caro lo desplegó, agitando
experimentalmente el frágil arco—. Me gustan esas medias, ¿cuánto cuestan? Quizá debería
comprarme unas…

Por fin se levantaron para marcharse.

—¿Podrías soportar que fuéramos ahora a Bond Street, Flora? —preguntó Caro, metiendo las
manos en su manopla de piel—. Todavía tengo que encontrar un regalo para lord Barnard. Ya
he hecho el resto de mis compras de Navidad, o estoy confeccionando regalos, pero no sé qué
regalarle.

—Es difícil —se compadeció Flora, dando indicaciones a Forster—. Hay tan pocas cosas que uno
pueda, con propiedad, regalar a un caballero con quien no se tiene conexión, y sin embargo
sería muy descortés presentarse sin nada ante tu anfitrión. He dejado en manos de Anthony la
elección de algo en mi nombre, pero ¿no tienes idea de qué regalar a lord Barnard?

—Había pensado en un libro. Después de todo, no habrá tenido muchas oportunidades de


comprar muchos volúmenes mientras estaba en el servicio militar y creo que ha mencionado
que la biblioteca de su primo estaba muy deteriorada, apta solo para la hoguera. Pero, más allá
del hecho de que desprecia a lord Byron, no tengo ni la más mínima idea de sus gustos.

Hojeando las estanterías de la librería favorita de Caroline en Bond Street, las damas
encontraron tres volúmenes para ellas, pero nada para el esquivo regalo de Navidad. Caro
estuvo a punto de desesperarse cuando su mirada se posó en la Historia Natural y
Antigüedades de Selborne, de Gilbert White, que yacía abierta sobre una mesa.

—¡Pues esto es lo que necesita! Selborne está en Hampshire y estoy segura de que le
interesará, está muy bien escrito y observado.

Los ocho días siguientes parecieron pasar volando, a pesar de todo lo que había que hacer.
Había que terminar de envolver los regalos, hacer una última selección de vestuario y empacar
los baúles. Las habitaciones de las señoras pronto se convirtieron en un caos de papel de plata y
lazos, y Harry empezó a quejarse de que no encontraba su ropa porque, o bien la estaban
lavando, o bien ya la habían empaquetado.
La señora Plumb, la muy superior modista de lady Grey, se sentía en su elemento, ordenando a
los criados que bajaran de los desvanes pesadas maletas entalladas e irritando al mayordomo al
enviar a su personal a hacer recados urgentes a los joyeros con objetos que había que limpiar.

Una mañana, Caro dejó el bolígrafo con exasperación al oír una discusión en voz baja al otro
lado de la puerta.

—No soy de quejarme, señora Plumb, como usted sabe, pero ¿cómo se supone que debo
manejar este hogar, con la puerta que hay que atender, los baúles que hay que mover y todos
los recados de su señoría, cuando si llamo a William o a Peter me encuentro con que los ha
vuelto a enviar a Gieves y Hawkes? —El mayordomo, normalmente sereno, parecía estar al
borde de la desesperación.

—Bueno, me alegra oír que no desea quejarse, señor Dorking. —Caro reconoció la agria réplica
de la señora Plumb—. ¿Qué podría ser más importante que su señoría presentara su mejor
aspecto en una fiesta como ésta?

—Dadas las circunstancias —Dorking bajó la voz—, diría que es más importante que cierta otra
parte luzca lo mejor posible, si me entiende, señora Plumb.

—¿Hay algún problema? —preguntó Caro, abriendo de golpe la puerta y haciendo que ambos
se retiraran nerviosos.

Cuando Jervais llamó a la puerta a las siete de la tarde del día diecinueve, fue recibido por una
sonrisa francamente benévola del mayordomo.

—Buenas noches, milord. —dijo Dorking, haciendo una reverencia mientras Jervais entraba en
el vestíbulo y cerraba la puerta tras de sí, ahuyentando la niebla que se arremolinaba a sus
pies—. Es un placer volver a ver a su señoría, si me permite el atrevimiento. Lamento informar
que su señoría acaba de irse a cenar y asistir a la ópera. Creo que no esperaba verle hasta
mañana por la mañana, milord.

—Siento no haber llegado a tiempo para ver a lady Grey. ¿Está la señorita Sinclair en casa?

Dorking vaciló y luego pareció tomar una decisión.

—La señorita está en casa, milord; creo que está leyendo en el salón pequeño. ¿Desea que le
anuncie?

—No, gracias, Dorking. —Jervais ya se estaba despojando de su abrigo de múltiples capas en los
brazos de un criado que lo esperaba—. Subiré yo mismo.

Encontró a Caroline de espaldas a la puerta, a punto de tirar del cordón de la campana.

—Ah, ahí estás, Dorking —dijo sin volverse—. Estaba a punto de pedir la cena. Es un poco
temprano, lo sé…

—Caro.

Ella se giró de golpe, soltó la mano del cordón y sus mejillas palidecieron.

¿Sorpresa o conmoción? ¿Placer o culpa?

—¡Jervais… Lord Barnard! —Se recompuso rápidamente y avanzó, con la mano extendida para
estrechar la suya—. No esperábamos verle hasta mañana por la mañana. ¿No creía que
seguiríamos sus instrucciones al pie de la letra? Le aseguro que hemos hecho el equipaje y
estamos listos para partir a las ocho, después de desayunar temprano.

Jervais le cogió la mano, pero en vez de estrechársela, se la sostuvo, estudiando su rostro.


Caroline farfullaba, observó él con mucho entretenimiento. La había desconcertado y eso era…
interesante. Y no poco excitante.

—Flora acaba de salir hace muy poco. La invitaron de manera inesperada a la ópera por el
mayor…

—Lo sé. —Siguió cogiéndole la mano, con toda su atención centrada en su rostro.

—¿Lo sabes? ¿Cómo es posible? —Entonces jadeó—. ¿Por qué? Lo has alentado. ¿Qué te llevó
a hacer algo semejante?

—Bueno —dijo él—, no podría hacer esto con lady Grey presente. —Tomó a Caroline
firmemente en sus brazos y la besó con una minuciosidad diseñada para robarle el aliento. Se
dio cuenta, con la única parte de su cerebro que aún mantenía el control de la situación, de que
causaba el mismo efecto en su propia respiración.

Cuando por fin la soltó, se quedó dónde estaba, con los ojos muy abiertos y azules y los labios
ligeramente entreabiertos. Parecía sensual, inocente y salvajemente provocativa al mismo
tiempo.

—¡Jervais! ¿Qué pretendes al besarme de esa forma?

—Si no lo sabes, Caro, será mejor que lo haga otra vez.

Esta vez fue demasiado rápida para él y se escabulló detrás de una mesa de tambor, jadeando
ligeramente. ¿A quién tenía miedo? ¿A él o a sus propios deseos?

—Tomemos asiento. Mira, yo me sentaré aquí, a una distancia prudencial. —Jervais se dejó
caer en un sillón bergère, cruzó las piernas y la miró mientras ella se sentaba con cautela, lo
más lejos posible.

—Te he echado de menos, Caro. ¿No me has echado de menos? Esperaba que sí.

—Bueno, naturalmente, de vez en cuando… pero hemos tenido mucho que hacer. —La vio
respirar hondo y enderezar los hombros—. Esto es de lo más impropio. No sé por qué Dorking
te ha permitido subir así cuando sabía que mi tía estaba fuera.

—Sospecho que adivina por qué he venido. —Jervais se puso en pie y caminó hasta sentarse a
su lado. Caro se deslizó por el sofá, lejos de él, con expresión cautelosa—. ¿Sabes por qué estoy
aquí?

—Yo… mi lord…

La puerta se abrió y apareció Peter con una bandeja con jarras.

—El señor Dorking pensó que estaría deseoso de una bebida, milord.

Dejó la pesada bandeja en el suelo y se retiró haciendo una impresionante reverencia, en


opinión de Jervais, para no quedarse mirando el sorprendente espectáculo de la joven señorita,
sin compañía alguna, sentada en un sofá con un hombre.
—¿Un vaso de jerez, Caroline? —preguntó él, cruzando la habitación para servirse un brandy.
Luego trajo ambos, el brandy y el jerez.

Mala táctica, se dio cuenta. La interrupción le había dado un momento para recomponerse.

—Da usted mucho por sentado, milord —dijo ella con frialdad cuando él le entregó el vaso.

—Lamento haberlo supuesto. ¿Hubiera preferido Madeira?

—No me refiero a eso, como bien sabe.

Jervais la observó, sintiendo su habitual placer al contemplarla, incluso cuando, como ahora, su
belleza se veía realzada por el rubor de fastidio —¿o era culpa?— en sus mejillas. Esperaba que
también fuera deseo.

Aunque era evidente que Caroline había planeado pasar una velada a solas, iba vestida con
sencilla elegancia con un vestido de seda de un intenso color azul aciano que hacía eco del azul
de sus ojos. Cuando levantó la vista para encontrarse con su escrutinio, uno de los rizos oscuros
que enmarcaban su rostro se enredó en su pendiente de perla y ella soltó una exclamación de
fastidio.

Jervais alargó un dedo y desenganchó suavemente el fino mechón. Caroline se quedó helada
cuando la punta de su dedo rozó fugazmente su piel.

—Caro, debes saber por qué estoy aquí.


Capítulo XII
Caro negó con la cabeza, sintiendo una extraña dificultad para hablar. Jervais estaba a punto de
hablarle de Lancashire, pero ¿por qué ahora?

—¡Maldita sea! No tenía ni idea de que esto sería tan difícil. —Se puso de pie y caminó hacia la
chimenea. Parecía que era tan difícil para él como para ella. Jervais enderezó los hombros y se
giró, y ella tuvo una visión repentina de cómo debía de ser al entrar en combate.

Ella enderezó la espalda, preparada para recibir la acusación, y luego jadeó cuando él,
abruptamente formal, se arrodilló a su lado y le cogió la mano.

—Señorita Sinclair. Caroline… Tengo el honor de preguntarle si quiere ser mi esposa.

—Sí... Oh sí, Jervais. —Habló sin pararse a pensarlo, por puro instinto. Lo deseaba tanto.

La felicidad duró solo un instante antes de darse cuenta de lo que había hecho. Todos los
secretos, clamaba una vocecilla en el fondo de su mente. ¿Qué pasa con ellos? ¿Qué hay de la
forma en que te has comportado con él, qué hay de tus miedos? ¿Qué sabe él?

Jervais la estrechó entre sus brazos incluso cuando ella abrió los labios para retractarse de su
aceptación, para matizarla de algún modo. Esta vez su beso fue largo, sensual y suave. Caro
sintió que la reclamaban, que la poseían, y el latido de su sangre y el calor de su boca ahogaron
las voces.

Al final la levantó, la alzó por encima de sus rodillas y la estrechó contra su pecho. Caro, muy
consciente de la inclinación de su cuerpo contra el suyo, acurrucó la cabeza bajo su barbilla y
escuchó los latidos de su corazón bajo la oreja.

—Esto es muy impropio, ¿lo sabes? —murmuró al cabo de un rato—. ¿Has solicitado permiso a
Harry para pedir mi mano?

Por supuesto, ésa era la forma correcta de hacer las cosas, que Jervais se lo pidiera al cabeza de
familia, aunque Harry probablemente se moriría de vergüenza. Pero le daría unas horas de
gracia para pensárselo con calma y sensatez. En aquel momento dudaba de poder sumar dos
más tres, y mucho menos pensar desapasionadamente en una propuesta de matrimonio de
aquel hombre.

—Dadas las circunstancias, he pensado que lo mejor era hablar primero contigo —murmuró
Jervais, con los labios acariciándole suavemente el pelo.

—¿Circunstancias? —Caro se zafó de su abrazo y se sentó sobre sus rodillas—. ¿Qué


circunstancias?

No, no lo digas, por favor, suplicó para sus adentros, aunque sabía que era mejor decirlo, mejor
al aire libre.

—Oh, ¿te refieres a que Harry es mucho más joven que tú? Entiendo que te parezca ridículo
pedirle permiso.

—No —dijo lentamente y, al parecer, con cierta reticencia—. Me refiero a las circunstancias de
nuestro primer encuentro.
Hubo un extraño zumbido en la cabeza. Así que era verdad. Él lo sabía y únicamente había
hecho la propuesta porque la había comprometido en Lancashire. El pánico la llevó a seguir
evadiendo.

—¿Qué circunstancias hubo en tu primera visita a Brook Street?

Jervais la cogió por los hombros y le dio un ligero sacudón.

—¡Caroline, detén este teatro! Ya no es necesario, de hecho, nunca lo fue. Sabes tan bien como
yo que te recogí del camino en los páramos, que pasamos la noche juntos antes de llevarte a mi
alojamiento en Rochdale, y que te escapaste de mí.

—¿Sabías que había recuperado la memoria? —inquirió, muy despacio. Su estómago parecía
haberse hundido en algún pozo profundo y sus pensamientos se habían quedado quietos y
fríos. ¿Cómo pude pensar que me saldría con la mía?—. Sabías desde el principio que lo
recordaba todo, ¿verdad?

—Cuando entré en esta casa y te vi, me sorprendí tanto que fui incapaz de pensarlo
racionalmente. Te reconocí enseguida, pero era evidente que no querías reconocer que ya nos
conocíamos. Parecías tan inconsciente de cualquier incomodidad que llegué a la conclusión de
que la fiebre cerebral, o la conmoción, o lo que fuera que te había causado la primera pérdida
de memoria, también te había robado tus recuerdos sobre mí; que, confundida, habías salido
de la casa y te había encontrado alguien que te conocía.

Caro se puso en pie y se alejó de él para dirigirse a la chimenea. Había tal contención en la
forma en que hablaba, tal reserva, que ella supo que estaba controlando alguna emoción con
dificultad.

Jervais también se levantó, pero no intentó acercarse a ella.

De pronto sintió mucho frío y tembló mientras acercaba las manos al fuego.

—Entonces, ¿qué me traicionó? ¿Cuándo empezaste a sospechar que te conocía?

—Conocías mi rango militar, aunque me habían presentado como lord Barnard, y conocías a
Percy. Después de eso, te traicionaste de tantas maneras sutiles, aunque nadie más lo habría
adivinado.

—Gracias a Dios por eso —respondió ella, temblorosa—. Estaba aterrorizada de que Harry o
Flora pudieran darse cuenta de que algo iba mal. Habían aceptado mi explicación de que me
había caído del caballo y de que me había alojado en casa de una respetable posadera de
Rochdale. Apenas podría haberles contado la verdad.

—Caro —preguntó Jervais con paciencia—, ¿por qué no confiaste en mí y me dijiste que te
acordabas? Te pedí que confiaras en mí, ¿no lo recuerdas?

—¿Cómo podía haber confiado en ti en tan poco tiempo? Cuando piensas en las circunstancias
bajo las cuales estuvimos juntos… —Volvió a estremecerse.

La mirada de paciencia desapareció de su rostro para ser reemplazada por algo cercano a la ira.

—¿Así que no confiabas en mi discreción? Cuando te vi aquí, nunca dude de que fueras
exactamente quien decías ser: una dama. ¿Tan poco me estimas que temes que dañe tu
reputación en la sociedad por descuido o rencor?
—Su delicadeza te hace honor, milord —le espetó Caro, acuciada por el reproche de su voz y
por su propia conciencia culpable—. Lástima que no fuera tan evidente cuando intentabas
llevarme a tu cama.

—Creí que eras una de aquellas mujeres, ya lo sabes.

—No sabía lo que había pasado. Saltaste a la conclusión precipitada de que yo era una mujer de
mala fama basándote en las pruebas más endebles, y fue pura casualidad que no quedara
arruinada como consecuencia. ¿Y luego me pides que confíe en ti después de haberte
aprovechado de mí de esa manera tan atroz?

Apenas te resististe a él, le reprendía la conciencia.

—¿Salté a la conclusión precipitada? —Jervais se pasó los dedos por el pelo—. ¿Qué diablos voy
a concluir cuando te encuentro con un vestido que solo una cortesana usaría y con pintura en la
cara?

—Podrías haberme dado el beneficio de la duda. —Incluso cuando lo dijo, sonó débil e
improbable. Todas las pruebas habían ido en contra de su respetabilidad, sobre todo su propia
comprensión de lo que él había sugerido.

—¿Qué duda? Y para colmo, demostraste un conocimiento de cosas que ninguna joven
inocente debería haber sospechado.

Caro se incorporó y dijo con frialdad:

—Por su conducta, milord, imagino que su relación con jovencitas inocentes es algo limitada.

No tenía intención de contarle a Jervais lo de su padre y su serie de amantes, ni el hecho de que


había deseado que le hiciera el amor, que aún lo deseaba.

—Aún no me has explicado qué hacías con ese vestido —insistió.

—No es que le deba ninguna explicación, lord Barnard, pero la verdad es que no lo recuerdo.

—¿La verdad? Empiezo a dudar de que tengas alguna noción del significado de la palabra. Tu
pérdida de memoria es extrañamente parcial y muy conveniente, me parece a mí.

Caro, más allá de la prudencia, dio dos pasos bruscos hacia Jervais, con la mano en alto.

Él la cogió entre las suyas y la atrajo contra él.

—¿Quieres abofetearme por decir la verdad?

—Y cuando Harry se entere de esto, te retará a un duelo —jadeó ella, demasiado furiosa para
pensar en lo que decía.

—¿Así que has confiado todos los pormenores de tu pequeña aventura a tu hermano? No
pensé que él fuera tan complaciente.

—¡No! Te aseguro que no recuerdo nada.

—Oh, sí lo recuerdas, pero no te atreves a admitirlo. ¿Qué ocurrió? ¿Fue un desafío entre tú y
alguna de tus amigas frívolas que salió desastrosamente mal? Considérate afortunada, Caroline,
de que fui yo quien te recogió y no un soldado común y corriente. En tal caso, no habría de qué
hablar sobre respetabilidad.

Caro lo miró, atónita, ante su rostro severo.

—¿Tú crees… que me vestiría con una prenda tan impropia por un simple juego? ¿Que
arriesgaría mi reputación en un momento así? ¿En medio de toda nuestra preocupación por
Harry y el hecho de que se estaba desatando un motín, cuando las familias temían por su
sustento y los hombres perdían la vida?

—¿Qué más quieres que crea si insistes en mentirme? —Su expresión era sombría—. ¿Cuánto
tiempo estuviste fuera de casa?

—Desde la tarde en que estalló el motín. Harry había salido antes y, cuando no regresó, nos
preocupamos. Fui a buscarlo.

—Y yo te encontré a la tarde siguiente. Hay una noche y casi un día entero que hay que
justificar. ¿No puedes pensar en una explicación convincente?

—Mi caballo se asustó y me llevó lejos del pueblo. Me caí y me golpeé la cabeza.

—¿Saliste a montar a caballo con el vestido que te encontré? ¿Con pintura en la cara? —Él no
ocultaba su desdén por su historia.

—No, por supuesto que no. Llevaba un hábito de montar.

—Entonces, ¿con quién pasaste esas horas perdidas? —exigió saber él.

—Nadie. O, al menos, debe de haber habido alguien, pero no lo recuerdo… —su voz se
desvaneció ante la incredulidad reflejada en el rostro de Jervais, aunque pronto se repuso—.
No soy una mentirosa. ¿Por qué me has propuesto matrimonio si piensas esas cosas tan
terribles de mí?

Caro tiró de su muñeca hasta que él la dejó libre.

—No me casaría contigo, Jervais Barnard, aunque fueras el último hombre sobre la faz de la
Tierra.

—Una declaración poco original, pero me alegra oírlo. Te ofrecí matrimonio porque te había
puesto en una posición comprometedora y porque asumí que podrías dar alguna explicación
inocente. Y créelo o no, Caroline, al proponerte matrimonio, habría sentido que era mi deber
honrar mi palabra, sin importar la justificación. Ahora veo que he tenido una afortunada
escapatoria.

—¡No es usted ningún caballero, mi lord! —le respondió ella con desdén.

—Si no soy un caballero, pregúntate qué dama aceptaría tan fácilmente la propuesta de un
hombre del que desconfía tanto como tú desconfías de mí.

Comenzó a caminar de forma iracunda por la habitación sin detenerse.

—Quizá tuviste otros motivos. ¿Has indagado sobre la magnitud de mi herencia? Como bien
sabes, es una cuantía considerable. ¿O, tras tu pequeña aventura, pensaste que era mejor
aceptar la primera propuesta que te hicieran por miedo al escándalo?

—¡Vete! —fue lo único que pudo decir, dándole la espalda al rostro amargo de él.
—Con mucho gusto, señora —respondió Jervais en un susurro—. Con mucho gusto.

Tres horas después de que la puerta principal se cerrara tras Jervais, Caro oyó los
inconfundibles sonidos de Flora y del Mayor regresando de su visita a la ópera.

Durante esas interminables horas, había pasado del asombro a la desdicha. Al principio, solo
deseaba que Flora regresara para poder desahogarse y contarle toda la historia. Pero luego se
dio cuenta de que no podría hacerlo. Una vez que su tía supiera la verdad sobre lo que
realmente había sucedido en Lancashire, insistiría en contárselo a Harry, y él,
independientemente de cuán violenta hubiera sido la discusión entre la pareja, exigiría que lord
Barnard se casara con su hermana.

Y ella nunca aceptaría eso. Puede que Jervais no lo hubiese dicho explícitamente, pero había
dejado claro que le había propuesto matrimonio solo porque la había puesto en una situación
comprometedora. No había duda de que no se había enamorado de ella, no si no podía aceptar
su palabra acerca de la pérdida de memoria, que todavía no recordaba cómo había llegado a
estar donde él la encontró, vestida de esa manera.

En cuanto a lo que él creía que había estado haciendo… a duras penas Caro podía pensar en tal
tema.

Para cuando Flora regresó, Caro había decidido que lo único que podía hacer era contarle a su
tía que Jervais le había propuesto matrimonio, que ella lo había rechazado y que era demasiado
embarazoso esperar que pasara la Navidad en Dunharrow como su invitada.

Flora estaría extremadamente descontenta con ella y eso significaría la ruptura del grupo en el
último momento, pero por mucho que se devanara los sesos, no se le ocurría ninguna otra
solución.

¿Dónde estaba Flora? Hacía unos quince minutos que había oído el zumbido de la llegada al
vestíbulo. Tal vez había ido directamente a su habitación, pero no se oía ningún ruido en la
escalera.

Caro miró su reflejo en el cristal y dudó, luego decidió que sus ojos hinchados y sus mejillas
pálidas podían atribuirse a la angustia de una doncella por haber rechazado a un pretendiente.
Bajó las escaleras despacio, encontró el vestíbulo vacío y la casa en silencio.

Entonces vio que la puerta del estudio estaba entreabierta y que la luz se reflejaba por el suelo
de mármol ajedrezado. Flora debía de haber decidido llevarse un libro a la cama, o tal vez
estaba escribiendo una nota.

Caro empujó la puerta unos centímetros y se quedó paralizada. En una cruel parodia de lo que
había ocurrido horas antes, vio la nuca del comandante sentado en la chaise longue, con Flora
en brazos.

—Anthony, querido, no sé cuándo podremos casarnos —decía su tía—. Primero debo velar por
que Caroline se establezca. Le juré a su querida madre que no la dejaría hasta que estuviera
casada. Pero te prometo que en cuanto encuentre al hombre adecuado… No creo que tarde
mucho, ¿verdad?

El comandante se rio y bajó la cabeza para besar a Flora. Caro cerró la puerta y subió de
puntillas a su habitación, con el corazón encogido. Por eso no se habían anunciado los
esponsales, cuando todo el mundo sabía que Flora y el comandante se adoraban.
Todo era culpa de Caro y maldijo su falta de perspicacia. Sabía lo obediente y cariñosa que era
Flora, debería haber adivinado que no se plantearía casarse antes de que Caro se estableciera.

De alguna manera había conseguido perder al hombre que amaba y, al hacerlo, privar a Flora
de su propia oportunidad de ser feliz. Conocía demasiado bien a su tía como para creer que
cedería fácilmente a cualquier persuasión que Caro o el Mayor pudieran emplear.

No podía decirle a Flora que no iría a Dunharrow. Arruinar su felicidad ahora sería un golpe
cruel. De algún modo tendría que darle la noticia, pero no todavía, no justo antes de Navidad.

Cuando Jervais llegara mañana a recogerlos —si es que llegaba—, ella tendría que hablar con él
y rogarle que no revelara nada de lo que había pasado entre ellos aquella noche. Entonces todo
lo que tenían que hacer era actuar durante dos interminables semanas; ella como si su corazón
no estuviera roto, él como si no la tuviera en la más profunda sospecha y desprecio.

La hora señalada de las ocho llegó y pasó sin señales de lord Barnard. Toda la casa, totalmente
preparada y sin otra cosa que hacer más que esperar, estaba en un estado de inquietud que
crispaba los nervios de Caro casi hasta el punto de gritar. El carruaje estaba repleto de todo lo
necesario para un largo viaje en un frío día de invierno y el coche con los baúles había salido al
amanecer.

Las húmedas nieblas de la última quincena habían desaparecido de la noche a la mañana para
ser sustituidas por una chispeante y dura escarcha. Dorking tenía ladrillos calientes esperando
en el horno de pan hasta el último momento antes de que las damas, bien envueltas en
alfombras de viaje de piel, subieran al carruaje y él pudiera ponérselos alrededor de los pies.

Harry y el Mayor ya se habían marchado según lo acordado, Harry conduciendo el carruaje


ligero con cautela por los adoquines helados. Flora, al parecer todavía en un secreto y feliz
aturdimiento por el acuerdo de la noche anterior con su Mayor, parecía ciega a la realidad de la
infeliz inquietud de Caro.

—Solo han pasado veinte minutos —dijo Flora plácidamente desde su asiento junto al fuego—.
Seguramente habrá algún pequeño retraso, sobre todo con este tiempo tan gélido.

Jervais no iba a venir. Debía de estar loca si pensaba que lo haría, después de lo que había
pasado entre ellos la noche anterior. No era fácil deshacer tan amargas palabras, y ambos
habían proferido acusaciones que, a la fría luz del día, la horrorizaban.

Mientras el minutero del reloj daba vueltas y Flora seguía sentada esperando tranquilamente,
Caro se armó de valor para contarle a su tía la verdad, toda la verdad. No podía vivir con ese
sentimiento de culpa por haberla engañado, y ahora que Jervais no venía, no podía seguir
fingiendo. Debía convencer a Flora de que la madre de Caro nunca habría querido que su
cuñada sacrificara su propia felicidad interpretando su promesa tan literalmente, no después
de que Caro hubiera arruinado sus propias posibilidades de matrimonio de forma tan
desastrosa.

—Flora…

El sonido de la aldaba les llegó débilmente desde el piso de abajo. Caro se dio la vuelta y se
inclinó para ver a través de la ventana esmerilada. Pero el caballo que estaba junto al bordillo,
con su aliento formando penachos blancos en el aire helado, era un caballo ordinario, no César.
Mientras ella miraba, salió un mozo de cuadra, montó en el caballo y se alejó lentamente por la
traicionera carretera.
Dorking entró en el salón instantes después llevando una bandeja de plata con una nota.

—Saludos de lord Barnard, milady.

Caro se hundió en el asiento de la ventanilla. Tendría que haberle dicho algo antes a Flora, pues
ahora la conmoción al descubrir el comportamiento de su sobrina y las consecuencias para su
propia alianza con el Mayor serían aún mayores.

Mientras Caro la observaba escudriñar la nota, vio que Flora fruncía el ceño y emitía un suave
sonido de angustia.

¿Qué habrá dicho? A Caro se le hizo un nudo en el estómago al imaginar el contenido.

—Oh, vaya, qué angustiante debe ser para lord Barnard —exclamó Flora en tono preocupado.

—¿Angustiante? ¿Así es como lo llamas? Supongo que te lo habrá contado todo… —Caro se
interrumpió al ver la expresión de perplejidad en el rostro de Flora.

—¿De qué estás hablando, Caroline? Por supuesto que lord Barnard me lo ha contado todo.

—¿Todo? ¿En una hoja de papel?

—¿Qué ocurre? —Se levantó de un salto y se acercó a Caro para mirarla a la cara—. Pareces
muy agitada. ¿Tienes fiebre? Oh cielos, debo responder a lord Barnard de inmediato. No
podemos viajar si no estás bien.

—¿Viajar? —Caro recobró la voz de alguna parte—. ¿Todavía vamos a Dunharrow?


Capítulo XIII
—Pero claro que vamos a Dunharrow, esto no es más que un pequeño retraso. —Flora tocó con
dedos fríos la frente de Caro—. No pareces tener fiebre. Sé lo que debe ser, estás demasiado
emocionada y anoche no dormiste bien. Te oí moverte en tu habitación.

Caro se sintió incómoda bajo la atenta mirada de Flora. Adiós al valor de la confesión…

—No sé cómo no lo había notado antes, pero tus ojos están bastante pesados.

—Estoy perfectamente bien. Tienes razón, no dormí mucho, pero es solo el pensamiento del
viaje, que por alguna razón me resulta inquietante. —Caro no pudo contenerse más—. ¿Puedo
ver la nota de lord Barnard? ¿Qué dice sobre el retraso?

Flora le tendió la hoja de papel. Durante un momento no tuvo sentido; era tan distinta de lo
que había esperado, hasta que logró enfocar su mente. César había resbalado en los
empedrados helados del establo y se había torcido un tendón, por lo que habría un retraso
mientras se ensillaba otro caballo. Jervais estaría con ellas pronto.

Caro se apartó para ocultar el alivio que se reflejaba en su rostro de Flora. Él no había
mencionado su secreto, ni había retirado la invitación a Dunharrow. Sabía que debía alegrarse
por su tía, pero solo sentía gratitud porque Jervais no había cortado todo contacto, que lo
volvería a ver, aunque fuera difícil. Parecía que no dejabas de amar a alguien solo porque te
mirara con desconfianza y te considerara una mentirosa.

Estaba doblando la nota con sumo cuidado, como si fuera de extrema importancia que cada
ángulo fuera preciso y los bordes estuvieran alineados perfectamente, cuando Jervais entró en
la habitación, con su pesado abrigo de montar rozando los muebles. Sin observarla, hizo una
reverencia sobre la mano de Flora, fijando la mirada en su rostro.

—¿Por qué tan serio, mi lord? —bromeó Flora—. ¿Ha pensado que iba a recibir una reprimenda
por hacernos esperar? Le aseguro que en esta casa estamos tan acostumbradas a la
impuntualidad de Harry que casi lo esperamos de parte de todos. Pero no debería bromear.
¿Cómo se encuentra su pobre caballo? ¿No estará muy herido, verdad?

—Es usted muy indulgente. Gracias, pero César se recuperará en unos días.

Caro se obligó a cruzar la habitación para acercarse a él.

—Buenos días, milord. —Extendió la mano, y él la aceptó brevemente—. No lo llevará a cazar


por un buen tiempo, imagino.

Se había preparado para mostrar una expresión de fría cortesía y se sintió herida al ver que no
había atisbo de emoción en su rostro.

—Si están listas, ¿partimos? Tenemos un largo viaje por delante y el tiempo no está a nuestro
favor. La única consolación es que hace demasiado frío para que nieve.

Mientras Plumb la ayudaba a enfundarse en su cálido pelisse y le entregaba una manopla de


piel, Caro reflexionó sombríamente que, si esta fría corrección iba a caracterizar su relación en
las próximas semanas, así fuera. Podía ser tan hiriente y gélida como Jervais si fuera necesario.
Una vez que lograron alejarse de los peligrosos y resbaladizos adoquines londinenses, los
caballos pudieron aumentar la velocidad de manera más segura en la carretera pavimentada.
Jervais, montando un caballo negro que Caro no había visto antes, canteaba junto a la carroza,
con una expresión tan sombría como el clima.

Flora charlaba animadamente durante el trayecto, aparentemente indiferente al vaivén de la


bien construida carroza sobre la superficie helada.

Caro respondía con monosílabos.

Plumb, en su lugar, se sentaba celosamente cuidando la caja de tocador de su señora, mirando


el paisaje congelado con el profundo desdén de quien ha crecido en la ciudad.

Caro se decía a sí misma que debería sentirse agradecida de que la actitud correcta de Jervais
no levantara sospechas sobre lo que había pasado entre ellos. Pero su anhelo irracional era que
él la asaltara con reproches, o que la abrazara. Cualquier cosa que mostrara que sentía algo,
que le importaba.

—Lord Barnard debe de estar helado —comentó Flora. Cuando cambiemos de caballo en
Guildford, intenta persuadirle para que entre con nosotros, Caroline.

—Debe de estar suficientemente abrigado —replicó Caro con indiferencia, mirando al jinete
mientras hablaba. Llevaba un chaquetón de muchos picos que colgaba sobre los flancos del
caballo y cubría por completo su abrigo de montar y sus pieles de ante. El abrigo era de corte
militar y le trajo a la memoria el recuerdo de cuando iba de uniforme y se sentaba detrás de él
mientras cabalgaban hacia Rochdale.

Por un instante, volvió al calor de aquel día de junio y recordó cómo él la había cuidado y
protegido a pesar de estar herido. Al recordar su dulzura y su comprensión de sus temores, las
lágrimas se le agolparon en el fondo de los ojos y parpadeó.

Estaba enfadada consigo misma por seguir queriéndole, a pesar de todo. Enfadada con él por
no haber confiado en ella, por la injusticia de la vida.

Ya había anochecido cuando llegaron a Dunharrow y el reloj de la cuadra marcaba las seis
cuando el carruaje se detuvo en la puerta principal. Jervais había seguido cabalgando a pesar de
los esfuerzos de Flora por persuadirles y a las damas hacía tiempo que se les había acabado la
conversación, así que fue un grupo frío y cansado el que finalmente se despojó de sus abrigos
en el vestíbulo.

—¿Están aquí el resto de nuestros invitados, Chawton? —preguntó Jervais, bajando los
hombros con un suspiro de alivio cuando el mayordomo levantó su pesado abrigo, empapado
por el dobladillo.

—El Mayor y sir Harry llegaron hace una hora y están en el salón con sir Richard y el mayor
Routh, milord. Los baúles pesados también están aquí y se han subido.

Chawton se giró cuando entró una mujer hogareña e hizo una reverencia.

—La señora Chawton acompañará a las damas a sus aposentos.

—Qué escalera más bonita —comentó Flora mientras subían—. Esta parte de la casa parece de
construcción reciente.
—De hecho, señora, creo que la construyó el padre de su señoría hace unos cincuenta años.
—El ama de llaves se detuvo cuando llegaron al primer rellano—. Esta es su habitación, milady,
confío en que esté cómoda.

La habitación a la que les hizo pasar era espaciosa y Caro supuso que a la luz del día tendría una
hermosa vista del camino de entrada hacia la portería.

—Y esta habitación es para usted, señorita Sinclair. —La mujer abrió la puerta de la habitación
contigua que, por la disposición de sus ventanas en dos paredes, debía de estar en la esquina
del ala nueva—. Hay una hermosa vista del parque desde este lado.

Examinó con ojo crítico la disposición de la habitación.

—Hay agua caliente en camino y la criada desempaquetará para usted si su modista se lo


indica. ¿Hay algo más que necesite, señorita Sinclair?

Flora entró antes de que Caro pudiera responder. Se desató los cordones del bonete mientras
miraba a su alrededor.

—Qué hermosa es esta habitación, Caroline. Lord Barnard la ha decorado con el gusto más
exquisito.

El delicado revestimiento crema se realzaba con ricas cortinas amarillo junquillo en las ventanas
y sobre la cama con dosel, y las propias cortinas de la cama eran una espuma de fina muselina,
fruncidas y atadas con cintas amarillas a juego.

—¿Sabes? Esta combinación de colores me recuerda a ese vestido tuyo, el que llevaste a
Almack la noche que lord Barnard nos invitó aquí.

La ama de llaves se volvió de estar removiendo un cuenco de flores secas en el mueble alto.

—Al principio iba a ser una habitación verde, mi lady, pero el señor ordenó que se cambiara
casi en el último momento. La pintura apenas se ha secado. Me preocupaba que el olor
persistiera, pero gracias a Dios ya se ha disipado.

Flora lanzó a Caro una mirada significativa.

—¿De verdad? ¿Y todas las habitaciones restauradas son tan bellas como esta, señora
Chawton?

—Bueno, mi lady, todas son muy elegantes y una gran mejora respecto a lo que había antes; el
antiguo señor dejó las cosas en un estado lamentable, como todo el mundo coincidirá. Pero
creo que esta habitación es la más fina.

—Me pregunto si lord Barnard tiene la intención de convertir esto en el dormitorio de la señora
de la casa. En este momento, esa es la habitación trasera, con vistas al Patio de la Fuente, que,
por supuesto, ocupa lady Shannon como anfitriona, pero no la ha decorado tan
maravillosamente como esta. Y esta sería mucho más conveniente… —agregó, con un brillo
travieso en los ojos—, ya que hay una puerta que comunica con su vestidor desde aquí. Está
cerrada en este momento, por supuesto.

—Así lo espero —dijo Flora con firmeza, aunque su tono no podía ocultar la luz triunfante en
sus ojos. Caro casi podía leer sus pensamientos; no podía haber una indicación más flagrante de
las intenciones de Jervais hacia Caroline que instalarla en el dormitorio de la señora de la casa.
Caro se volvió para desabotonarse la pelisse, casi incapaz de soportar la idea de que él hubiese
planeado todo esto para ella, no solo para una breve visita, sino para el resto de su vida como
su esposa.

Aquel pensamiento seguía presente en su mente cuando, vestidos para la velada, entraron en
el salón una hora más tarde para reunirse con el resto de la fiesta antes de la cena. El salón
parecía lleno de gente y Caro sintió alivio al saber que no se vería obligada a estar con Jervais
sin la compañía de los demás.

Esta noche vestía con severa formalidad en traje de noche, su frac azul oscuro contrastaba
fuertemente con los uniformes de gala de los invitados masculinos, todos, a excepción de
Harry, oficiales en activo.

Su expresión al acercarse a las damas parecía anodina y acogedora, pero Caro captó una breve
y traicionera mirada en su dirección que dejaba entrever las profundidades ocultas de sus
pensamientos.

—Lady Grey, le presento a mi prima, lady Shannon, que ha accedido amablemente a ser mi
anfitriona. Serena, lady Grey y su sobrina, la señorita Sinclair.

—Mucho gusto. —Lady Shannon estrechó la mano de ambos. A Caro le gustó su sonrisa franca
y acogedora—. Qué terrible viaje deben haber tenido. Espero que ahora estén bien abrigadas y
descansadas, y que tengan todo lo que necesitan. Permítanme presentarle a mi hija, Julia.

Cuando lady Julia hizo una tímida reverencia, Caro vio cuánto se parecía a su madre. Ambas
eran rubias, de huesos finos y figura corpulenta. Lady Shannon tenía una dignidad de matrona
que Julia adquiriría con el tiempo, pero por el momento era evidente que acababa de salir de la
escuela, y tenía una expresión de inocencia en los ojos que resultaba bastante entrañable.

Lady Shannon se volvió hacia los dos oficiales que estaban junto a la chimenea:

—Y permítanme presentarles al capitán sir Richard Holden… —El joven alto en cuestión se
inclinó cortésmente, con la luz reflejándose en su pelo rojo, que por desgracia desentonaba con
su chaqueta escarlata—. Y el Mayor Simon Routh.

El comandante era mayor que sir Richard, un hombre fornido y moreno con un brillo pícaro en
los ojos cuando los posó en Caro.

—Encantado —dijo.

Flora, que sin duda había observado el brillo, entabló rápidamente conversación con él,
haciendo partícipe a Anthony Gresham de las últimas noticias de Europa.

Caro sonrió a Julia, que estaba de pie a un lado, con los ojos tímidamente bajos.

—Tengo entendido que vives en Irlanda, ¿has estado antes en Inglaterra?

Jervais vio cómo Caroline, con habilidad, lograba que la joven se sintiera a gusto. A su lado, su
primo emitió un murmullo de aprobación.

—Entonces, Jervais, este es el motivo de tu repentina inclinación por las fiestas —comentó en
voz baja—. Debo felicitarte por tu buen juicio; la señorita Sinclair parece ser una joven
encantadora, todo lo que podría haber deseado.
—No tengo la más remota idea de a qué te refieres, Serena —respondió, esperando que su
irritación ante su agudeza no se notara—. Sabes perfectamente que me has arrastrado a
organizar una fiesta en la casa para ayudar a Julia a debutar.

—¡Qué disparate! —exclamó Serena—. Hubiéramos estado más que contentas pasando unas
semanas tranquilas en Londres atendiendo el guardarropa de Julia. Y no intentes hacerme creer
que has redecorado esta ala con tanto derroche en pleno invierno solo por el bien de tus
compañeros oficiales. Mientras la comida y la caza sean buenas, no se darían cuenta si los
alojaran en el granero.

—Puede que esté casada con un noble amante del campo que tiene más aprecio por sus
caballos que por las actividades intelectuales, pero no he estado enterrada en el campo tanto
tiempo que haya perdido el ojo para la sociedad —añadió con firmeza—. Esa joven parece tan
amable como hermosa; observa cómo logra que Julia se sienta a gusto, haciéndola reír. ¿Acaso
no forman una pareja encantadora, la una tan rubia y redondeada, la otra esbelta y de elegante
porte oscuro? Y el gusto de la señorita Sinclair es excelente; debes admirar la sencillez de ese
vestido de un profundo tono rosado. Me pregunto quién será su modista; envidio
verdaderamente ese dobladillo acolchado.

—Permíteme retirarme, Serena —dijo Jervais de forma abrupta—. No tengo idea de vestidos ni
de modistas, y debo hablar con Chawton sobre el vino para la cena.

Maldita sea, pensó mientras salía de la habitación. Serena es demasiado observadora. Si le doy
la más mínima idea, empezará a emparejarme en serio.

Incluso Caro, tan desdichada como se sentía, tuvo que admitir que la cena fue una ocasión
agradable y, poco a poco, se fue relajando. La comida y el vino eran excelentes, los caballeros
eran animados y divertidos conversadores y lady Shannon había distribuido hábilmente a sus
invitados alrededor de la mesa para superar el problema del caballero de más.

Jervais, a la cabeza de la tabla, estaba fuera del campo de visión de Caro, que se encontraba
colocada cerca de su anfitriona, en el otro extremo de la mesa, entre sir Richard y el mayor
Gresham.

Frente a ella, se sorprendió al ver que Harry había entablado una animada conversación con
lady Julia. Parecía haber encontrado el tono justo para hablar con ella, y ella no mostraba nada
de su timidez anterior; por el contrario, charlaba alegremente.

Caro trató de concentrarse en hacer sentir cómodo a sir Richard que, aunque agradable, era
bastante duro como compañero de cena, demasiado serio y pretencioso para su gusto.

Levantó la vista en un momento dado y se encontró con la mirada de admiración del


comandante Routh, situado diagonalmente enfrente. Al conocerlo, tuvo la inmediata impresión
de que era un mujeriego, y la calidez de su mirada se vio acentuada cuando levantó la copa
para brindar por ella.

Inclinó la cabeza en respuesta, algo reprimida. Evidentemente era un granuja, pero, a su juicio,
simpático e inofensivo.

Al final de la comida, lady Shannon se levantó.

—Señoras, supongo que debemos dejar a estos hombres con su vino y lo que nos contarán
después será una seria discusión de asuntos.
El salón, iluminado por las ramas de candelabros, era acogedor con la luz del fuego que
parpadeaba en sus suaves paredes de roble. Flora inmediatamente entabló conversación con
lady Julia, animándola a que compartiera sus planes y esperanzas para la próxima temporada.

Lady Shannon señaló amistosamente el sofá que había a su lado.

—Siéntese a mi lado, señorita Sinclair, y dígame qué opina de Jervais. Admito que he estado un
poco preocupada por su salud desde que regresó del norte. Sus heridas nos dieron motivo de
gran preocupación cuando nos enteramos de ellas. Uno espera oír de lesiones en cualquier
momento cuando estaba en el ejército, ¡pero no en suelo inglés!

—Le escribí inmediatamente para rogarle que se uniera a nosotros en Irlanda, pero no quiso. En
aquel momento no podía imaginar por qué. —La mirada de reojo que dirigió a Caro estaba llena
de significado.

—Lord Barnard tiene la costumbre de visitar sus propiedades con frecuencia, ¿no? —Caro trató
de ignorar la sugerencia implícita en ese último comentario.

—Somos la única familia que le queda ahora, pero incluso cuando su difunto primo estaba vivo,
Jervais acudía más a nosotros que a Dunharrow.

—No quisiera hablar irrespetuosamente del difunto lord Barnard, pero parece haber sido algo…
excéntrico.

—¡Excéntrico! El hombre tenía larvas en la cabeza. ¿Te contó Jervais acerca de su terrible
peluca pelirroja? —Bajó la voz y añadió—: Y no había familia en el pueblo que permitiera a una
de sus hijas trabajar aquí. Sin duda, Jervais y yo tenemos varios parientes en Dunharrow Parva.

Al ver la expresión de la cara de Caro, dijo inmediatamente:

—Perdona que te lo diga tan directamente, querida. Estoy acostumbrada a hablar sin rodeos, y
tú pareces una joven tan equilibrada, que casi olvidé que sigues soltera.

—He estado en sociedad durante varias temporadas.

—¿De veras? ¿Y estoy o no en lo cierto al suponer que no estás comprometida para casarte?

—Mi tía me dice que soy demasiado exigente en mis requisitos respecto a un marido
—contestó Caro, incómoda con el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Julia, querida —llamó lady Shannon, para alivio de Caro—, ¿has traído la música de tu
pianoforte? Sabes que a Jervais le gusta oírte tocar.

Volvió a bajar la voz.

—No tiene más afición por la música amateur que cualquier otro hombre, pero ella necesita
superar su nerviosismo al actuar en compañía.

Mientras Julia abría el instrumento con cierta reticencia, los hombres entraron desde el
comedor. El mayor Routh decía:

—¡Eso suena excelente! Estoy listo para una partida. Holden, Gresham, Sinclair, ¿alguno de
ustedes se unirá a nosotros para probar la nueva mesa de billar de Barnard? Si las damas nos
disculpan…
—Sí, por supuesto —dijo lady Shannon amablemente.

—Me quedaré, si las damas no tienen inconveniente con mi compañía —dijo Harry, ante el
completo asombro de Caro. Cuando vio las mejillas sonrojadas de Julia y su mirada furtiva,
comprendió lo que le había hecho perder el interés por la compañía masculina.

—Lady Julia está a punto de tocar para nosotros, Harry —le informó Caro con picardía, solo
para quedar desconcertada cuando él se puso en pie de un salto.

—¿Puedo pasar las páginas de la música para usted, lady Julia?

—Espero que no se oponga a que mi hermano muestre una preferencia tan marcada por lady
Julia —murmuró Caro mientras sonaban los primeros acordes—. Me sorprende, normalmente
huye de las debutantes.

Lady Shannon mira a la joven pareja con aparente indulgencia.

—Aún es pronto, acaban de conocerse y ella aún no ha debutado todavía. No me gustaría que
fijara su interés mientras sigue tan joven, pero no le hará ningún daño disfrutar de un ligero
coqueteo con un joven tan encantador.

Caro dudaba que Harry tuviera en mente un coqueteo ligero. Normalmente era tan
impermeable a los encantos de las jóvenes que sospechaba que Julia le atraía profundamente.
Pero aún no había necesidad de plantear esa posibilidad.

—¿Me permite un momento, señora? —preguntó Caro, poniéndose en pie—. Me parece que
he dejado mi retículo en el comedor.

Encontró la bolsita debajo de su silla y se detuvo para ordenar su cabello en el cristal sobre la
repisa de la chimenea. La puerta se cerró con un chasquido y vio a Jervais reflejado en el
espejo.
Capítulo XIV
Jervais cruzó la habitación hasta su lado, sin mostrar sorpresa al encontrarla allí. Era evidente
que la había seguido. Durante un doloroso segundo, sus miradas se encontraron en el reflejo
del espejo.

Caro se clavó una horquilla en el cuero cabelludo y, con dolor, se volvió, esperando que su
rostro no revelara lo nerviosa que se sentía.

—Lord Barnard.

—Señorita Sinclair. ¿Pasa algo? —Estaba más cerca de lo que resultaba cómodo, o apropiado,
pero con el fuego a sus espaldas no podía retroceder.

—He olvidado mi retícula.

—No me refería a eso. —Él lucía casi siniestro, con su vestimenta oscura bajo la luz tenue. Su
rostro era inexpresivo, salvo por sus ojos, que mostraban una emoción que ella no podía
interpretar. ¿Ira?

Caro abrió la boca para lanzar una ligera réplica, pero se vio incapaz de seguir fingiendo que no
había pasado nada.

—¿Qué podría estar mal, milord? Aparte, por supuesto, del hecho de que tú y yo estaremos
encerrados juntos en esta casa durante las próximas dos semanas, cuando, después de lo de
anoche, debe desearme en cualquier otro lugar.

—Pareces muy segura de mis sentimientos.

—¿Cómo puedes pretender que podría ser de otra manera después de lo que pasó entre
nosotros? ¿Qué te imaginas que siento al tener que fingir que no pasa nada? Me doy cuenta de
que no podías retirar la invitación a Dunharrow sin motivo, sin tener que explicárselo todo a mi
tía, pero…

Caro sabía que se le había subido el color y notaba cómo apretaba los puños a su lado. Había
temido que esta conversación fuera inevitable, pero lo que no había previsto era cómo se
sentiría. La ira era lo más prominente, pero debajo de esa ira deseaba estar en sus brazos, y la
necesidad la hacía temblar.

—Quizá temía que tu hermano me retara en un duelo si supiera lo que había… pasado entre
nosotros —dijo él con calma.

—Es injusto —protestó ella—. Tú eres injusto.

—Y tú, Caroline, eres una joven muy irritante.

—¡Oh! —El ataque fue tan inesperado que tardó varios segundos en responder—. ¿Irritante?
Nunca nadie me había descrito así. ¿Cómo te atreves?

—Hay muchas cosas que me atrevo a hacer, Caroline —dijo Jervais, su voz de repente ronca, y
antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba a punto de suceder, ya estaba en sus brazos,
siendo besada con fervor.
Durante unos cinco segundos, ella se puso rígida, pero luego sus esfuerzos se limitaron a liberar
los brazos para rodearle el cuello y acercarlo a él.

Embriagada por la intensidad de sus sentimientos, se aferró a él, con la esperanza brotando en
su interior de que las duras y amargas palabras que habían intercambiado quedaran atrás, que
él hubiera llegado a creer en ella y estaba dispuesto a confiarle, después de todo.

Fue Jervais quien rompió el abrazo.

—Esto debe parar. Fui un tonto al quedarme a solas contigo. Ya debería haber aprendido que
eres una tentación a la que me resulta imposible resistirme.

Así que eso era todo lo que ella era para él: una tentación. Sin duda, su primo difunto poco
añorado había encontrado a las sirvientas igual de tentadoras.

—No he observado mucho intento de contención en ti, milord —comenzó a decir ella con
enfado, avergonzada de haberse entregado tan fácilmente a sus brazos.

—Caroline, me haces un agravio. —Ahora había color en su rostro, pero no por deseo, estaba
segura—. Te aseguro que estoy ejerciendo una considerable moderación para evitar cometer
lo que probablemente sería el mayor error de mi vida.

Esa fue la gota que colmó el vaso.

—Si con eso te refieres a que te estás conteniendo de proponerme otra oferta de matrimonio,
¡puedo asegurarte de que nada me gustaría más! Y si crees que te permitiría ponerme un dedo
encima otra vez…

No había duda de que Jervais no ocultaba sus sentimientos ahora. Estaba tan enojado como
ella.

—No tengo ningún problema en asegurarle eso último, por lo gratificante como ha sido
siempre su pronta respuesta a mis caricias desde el momento en que desperté en ese granero.

Las lágrimas de ira le escocían los ojos, de modo que no podía verlo con claridad, incluso
mientras el orgullo estabilizaba su voz y le daba la fuerza para alejarse.

—Déjame pasar. No quiero pasar ni un momento más en tu compañía.

Jervais se hizo a un lado sin decir palabra, sin intentar retenerla mientras salía de la habitación
con la espalda rígida.

Caro dirigió sus pasos temblorosos por el corredor, sorteando varias esquinas antes de
detenerse y secar las lágrimas de ira que había estado decidida a no permitir que Jervais viera.

Al cabo de un rato se dio cuenta de que estaba en un pasillo desierto y poco iluminado de una
parte de la casa en la que no había entrado antes. En su huida del comedor debió de
equivocarse de camino, aunque no podía adivinar cuántos minutos había pasado caminando
furiosamente. No mucho, se dio cuenta, porque aún tenía calor y en el pasadizo de piedra hacía
frío.

Antes de reunirse con los demás, debía calmarse. Con determinación, apartó sus pensamientos
de Jervais y miró a su alrededor.

Debía ser una de las alas más antiguas de la casa, dedujo mientras avanzaba. No parecía ser el
ala de los sirvientes, ya había algunos retratos bellos, aunque sucios, en las paredes. Cuando
giró una esquina, se detuvo en seco al darse cuenta de que la sombra acechante no era más
que una armadura.

El sonido de voces delante de ella la atrajo, aunque con cautela, pues aún no deseaba
encontrarse con nadie. Una puerta estaba entreabierta, derramando luz sobre las losas. Caro
avanzó de puntillas, apretándose las faldas con la mano para evitar que crujieran.

Se oyó un chasquido agudo y una exclamación de:

—¡Un tiro magnífico! —Caro había encontrado, sin querer, la sala de billar.

Incapaz de resistirse a echar un vistazo a este dominio masculino, Caro miró por la rendija del
lado de las bisagras de la puerta y descubrió que tenía una buena vista de la habitación y sus
ocupantes.

Anthony Gresham, sin abrigo, estaba inclinado sobre la mesa, preparando un tiro difícil. sir
Richard, también en chaleco y mangas de camisa, movía el puntero en el marcador, mientras el
mayor Routh se recostaba contra la pared, fumando un cigarrillo y entrecerrando los ojos a
través del humo para observar la disposición de las bolas de billar sobre el paño verde.

—Vamos, Gresham, arriesga el tiro, hombre. Me estoy haciendo viejo mientras tú resuelves tus
ángulos.

—Típica aproximación de artillería —dijo sir Richard—. Menos mal que no tiene que calcular la
elevación también, o de lo contrario estaríamos aquí toda la noche.

Ignorando los intentos de distraerle, Gresham embocó una carambola perfecta y se enderezó
para enyesar el final de su taco.

—Y todos sabemos por qué no quieres estar aquí toda la noche, ¿eh, Routh?

—¿Por qué? —preguntó distraídamente sir Richard mientras rodeaba la mesa para preparar su
propio tiro.

—Porque tiene a una avecilla escondida en el pueblo, ¡por eso!

De inmediato captó toda la atención de Holden, y Caro, que estaba a punto de irse, se acercó
más a la rendija. Qué intrigante.

—Te digo, viejo amigo, eso es un poco excesivo, ¿no te parece? Al fin y al cabo, eres un invitado
de Barnard.

—No le estoy pidiendo que la mantenga ni que le dé alojamiento —respondió Routh con
despreocupación—. Y si dejara a Fanny sola en Londres, no se quedaría aburrida en mi
ausencia.

—Aun así…

—No te pongas tan moralista —bromeó Gresham—. Pareces un clérigo en toda regla.

—Maldita sea, hombre —replicó Routh, apagando su cigarrillo—. Si no tuviera a las damas
alojadas, Barnard no se inmutaría si tuviera a Fanny aquí. De hecho, conociéndolo, querría
saber por qué no he traído también a sus amigas.
—¿De verdad? —preguntó Gresham—. Me sorprendes. No tenía ni idea de que nuestro
anfitrión fuera un mujeriego.

No era una sorpresa para Caro, recordando con demasiada claridad su reacción hacia ella en el
granero, la manera despreocupada en que parecía dispuesto a tomarla bajo su protección.

Reprimió un resoplido de indignación y volvió a poner el ojo en la grieta. Era totalmente


impropio escuchar a escondidas, Flora se pondría furiosa si lo supiera, y escuchar revelaciones
tan escandalosas estaba fuera de lugar. Pero si estaban hablando de Jervais, quería oír cada
detalle, por impactante que fuera.

—Para ser justos, mujeriego no es la palabra que yo usaría para describirlo —dijo Routh,
levantando una ceja mientras sir Richard fallaba su tiro por varios centímetros—. Una mujer a
la vez, ese es su estilo, y las cuida bien. ¿Recuerdas a esa bonita española que lo seguía por
toda la Península, Holden?

—Portuguesa, creo. —Le corrigió Holden con frialdad, pues era evidente que la conversación no
era de su agrado.

—Bueno, lo que sea. —Routh hizo un gesto despectivo con la mano—. El punto es que se
mantuvo a su lado durante toda la campaña y se aseguró de que estuviera bien provista cuando
cruzamos la frontera con Francia.

Un punzón de celos atravesó a Caro, por mucho que intentara decirse a sí misma que no podía
esperar ni más ni menos de un combatiente soltero, a cientos de kilómetros de casa, sin saber
nunca de un día para otro si sobreviviría hasta el anochecer.

—¿Y cómo te propones visitar a tu amante? —preguntó sir Richard—. ¿Bajando por la glicina?

—No necesito nada tan burdo, viejo amigo. Le pasé al mayordomo un par de libras y conseguí
la llave de la puerta trasera. Puedo entrar y salir a mi antojo.

El reloj en la sala de billar dio un cuarto y Caro se dio cuenta con un sobresalto de que había
estado ausente media hora completa. ¿Qué pensaría lady Shannon de ella?

Se alejó de puntillas y echó a correr al doblar la esquina. En poco tiempo se encontró abriendo
una puerta que daba al vestíbulo. Se acomodó el cabello, sacudió un rastro persistente de polvo
de su dobladillo y buscó en su mente una excusa plausible para su ausencia mientras entraba
en el salón.

—Oh, ahí estás, querida —dijo plácidamente lady Shannon—. Jervais me explicó cómo te
habías rasgado el volante. Habría enviado a mi doncella a verte, pero él insistió en que dijiste
que solo necesitabas unas cuantas puntadas para arreglarlo.

Molesta porque su señoría, como de costumbre, controlaba perfectamente la situación, Caro le


lanzó una mirada nada agradecida.

Él estaba sentado junto a Flora, ayudándola a clasificar sedas de colores para su bordado y
logrando parecer completamente domesticado.

Caro trató de imaginárselo, manchado en el polvo español de la batalla, regresando a una


muchacha de ojos oscuros que disiparía todos los horrores del día. La visión resultante era tan
perturbadora que se giró abruptamente hacia lady Shannon.
—¿Va a alquilar una casa en la ciudad durante la temporada? —preguntó. Era una excelente
pregunta; todo lo que tenía que hacer era mantener una expresión de interés brillante mientras
su anfitriona relataba las pruebas y tribulaciones de encontrar un alojamiento adecuado en
alquiler.

—Jervais nos ofreció el uso de su casa en la ciudad, pero tener su hogar lleno de charlatanas
debutantes y jóvenes inexpertos sería pedir demasiado a su buena naturaleza. Después de
todo, si el querido padre de Julia no puede afrontar la idea, no creo que sea justo infligírsela a
Jervais.

Caro rio y ofreció algunas sugerencias sobre agentes inmobiliarios adecuados hasta que Flora
comenzó a guardar sus sedas en la caja.

—Gracias, milord, encuentro esos colores pálidos tan difíciles de combinar en cualquier cosa
que no sea la luz del día. Debe tener una vista excelente. Caroline, querida, creo que
deberíamos retirarnos, ha sido un largo día.

—En efecto, sí —convino lady Shannon—. Debe levantarse temprano al amanecer.

Miró hacia donde estaba sentada su hija, cerca del piano, repasando partituras con Harry, con
las mejillas sonrosadas sonrojadas de animación.

—¡Y tú también, Julia!

Caro fue despertada a la mañana siguiente por el sonido del roce de los anclajes de las cortinas.
Abrió un ojo y vio a la doncella apartando el pesado tejido para llenar la habitación de luz solar.
La luz tenía una claridad fría al reflejarse en la dura escarcha, pero la joven ya había encendido
una vela en la chimenea, y la habitación se sentía cómodamente cálida mientras Caro se
apresuraba a salir de la cama, envolviéndose en una bata que le cubría los hombros.

Las ventanas laterales de su habitación daban al sudeste, captando el sol naciente del invierno.
Caro cogió una taza de chocolate humeante de la bandeja de la mesa de al lado y fue a admirar
las vistas del césped blanqueado por la escarcha que descendía hasta un salto de lobo, más allá
del cual el parque se desplegaba con hermosos grupos de árboles en las laderas y, a lo lejos,
una manada de ciervos de cola blanca pastando.

Apoyó la cabeza en la contraventana y disfrutó de la fría tranquilidad, sorbiendo de vez en


cuando el chocolate, hasta que la quietud se vio interrumpida por dos spaniels, que agitaban las
orejas mientras corrían por la hierba, persiguiéndose mutuamente en su exuberancia. Tras ellos
venía una figura alta vestida con un gran abrigo con capa y un sombrero de ala baja sobre su
cabeza.

Caro se sentó, su ensueño completamente desvanecido. Se arrodilló en el asiento para ver


mejor mientras Jervais silbaba a los perros, inclinándose para tirar de sus orejas mientras ellos
brincaban alrededor de sus tobillos enfundados en botas.

Mientras ella lo observaba, él se volvió de espaldas a la casa, contemplando el paisaje invernal.


Ella supo instintivamente que él estaba saboreando la sensación de propiedad ahora que este
lugar era suyo. Sin haberlo discutido nunca con él, sabía que querría devolver a Dunharrow la
belleza que había tenido antes de que el descuido de su primo lo manchara.

Cayó en un vano ensueño sobre cómo sería ayudarlo en esta tarea, y luego se dio cuenta de
que él se había girado y miraba fijamente hacia su ventana. Al otro lado de la distancia, sus ojos
se encontraron y se cruzaron, hasta que una terrible sensación de pérdida la invadió y tuvo que
volver a la habitación, alejándose de él.

Jervais era el hombre que amaba, el único hombre que jamás amaría, y estaba
irremediablemente perdido para ella a menos que encontrara en su corazón la manera de
confiar en ella sin reservas.

La noche anterior le había dejado perfectamente claro que, por mucho que la deseara, nunca
se uniría a una mujer con un misterio en su pasado que ella no le confesaría. Y Caro sabía que
incluso si tuviera esa pieza faltante de conocimiento sobre cómo había llegado a estar tirada en
el páramo, no se lo diría ahora. Si él podía dudar de ella así, debía aprender a vivir sin él.

Durante el desayuno, lady Shannon sugirió que las damas podrían acompañarla a dar un paseo
al pueblo.

—No es que Harrowbridge sea realmente un pueblo como Dunharrow Parva, que está al oeste,
es más bien una pequeña ciudad. Hay una buena mercería donde quizá pueda encontrar la seda
rosa que tanto desea, lady Grey.

—Eso sería muy agradable —acordó Flora—. En esta época del año nunca se sabe cuándo el
tiempo cambiará a lluvia o nieve, así que hay que aprovechar cada oportunidad para tomar el
aire. ¿Nos acompañas, querida Caroline? Podría darte un poco de color en las mejillas también.

Caro aceptó, contenta por la oportunidad de salir de casa y alejarse de Jervais. Julia también
estaba entusiasmada con la expedición.

sir Richard se ofreció a unirse al grupo.

—Puedo ayudar en caso de que necesiten hacer alguna compra pequeña, señora. A menos que
lleve un criado.

—Oh, nunca he tenido problemas en el campo, sir Richard. Estaremos encantadas de que nos
acompañe.

Harry parecía a punto de convertirse en uno más del grupo cuando Jervais dijo:

—Tengo una camada de cachorros de perro de caza sobre los que me gustaría conocer su
opinión, caballeros. Sospecho que son un poco cortos de hocico, pero puede que me
equivoque.

sir Richard fue, por tanto, el único caballero que acompañó a las damas cuando partieron, bien
abrigadas, hacia Harrowbridge.

—Es menos de una milla si tomamos el camino a través del parque —les aseguró lady
Shannon—. Y el suelo está tan duro que no hay peligro de barro.

Harrowbridge era, en efecto, un pueblo grande con una calle principal desordenada que se
ensanchaba en una plaza con un estanque helado para patos, vigilado por una iglesia, algunas
casas y una posada de aspecto respetable, el Barnard Arms.

Caro se excusó de la visita a la mercería, explicando que le gustaría echar un vistazo a la iglesia.
sir Richard se ofreció inmediatamente a acompañarla.

—Un ejemplo muy interesante del estilo Perpendicular temprano, si no me equivoco —dijo,
haciendo que el corazón de Caro se hundiera ante la perspectiva de una aburrida conferencia.

—No te enfríes —advirtió lady Shannon— Nos encontraremos en Barnard Arms. Pídanle al
posadero que les traiga café al salón privado si llegan antes que nosotras.

El grupo se dividió. Para su sorpresa, Caro se dio cuenta de que, lejos de ser el aburrido que
había esperado, sir Richard era casi entretenido en el tema de la arquitectura de iglesias y
pasaron una agradable media hora observando la iglesia.

Como había supuesto, los demás no estaban en la posada cuando llegaron

—Me temo que es demasiado esperar que tres damas se hayan hecho con sedas y cintas en
media hora, sir Richard.

—No importa —respondió amablemente mientras el posadero los acompañaba a una


habitación privada con un fuego crepitante y una vista imponente del prado—. Esto es de lo
más agradable, y si usted, mi buen amigo, nos trae café y quizás unos macarrones para la
señora, estaremos lo bastante cómodos.

—Gracias por explicarme lo de las pinturas murales —dijo Caro mientras tomaban asiento junto
al fuego—. No sabía que tuvieran tanto simbolismo. A partir de ahora miraré estas cosas con
otros ojos.

—Tengo uno o dos tratados en mi biblioteca que podrían resultarle informativos —comenzó a
decir sir Richard entes de ser interrumpido por una suave exclamación procedente de la puerta.

—Le ruego me disculpe. —La joven que estaba en la entrada hizo una leve reverencia—. No
tenía ni idea de que el salón estuviera ocupado.

Ambos se volvieron y la miraron, sir Richard con una ceja levantada al contemplar el atrevido
corte de su vestido rosa recargado que no disimulaba en absoluto la opulenta figura que vestía.

Caro sintió un temblor de familiaridad al mirar a la intrusa. Al igual que sir Richard, reconocía a
una mujer de mala vida en cuanto la veía —la vida con su padre le había enseñado eso—, pero
a diferencia de él, no sentía un escalofrío de repulsión.

Siempre había pensado que tales mujeres eran tan víctimas como pecadoras, y su reciente
experiencia le había enseñado cuán vulnerable podía ser una joven. Había conocido a esta
mujer antes. Pero ¿dónde?
Capítulo XV
—En efecto —dijo sir Richard con frialdad—. Este salón está ocupado para una reunión privada.

Su tono hostil parecía resbalarle a la joven.

—Entonces me retiraré, señor, pero primero debo encontrar mi labor de costura que dejé aquí
esta mañana. —Se oyó un movimiento de faldas cuando entró en la habitación para recoger la
bolsa de percal del asiento de la ventana—. Ya saben lo que dicen sobre tener mucho tiempo
libre entre manos, ¿verdad? —le guiñó con picardía—. Por eso me aseguro de tener algo más
entre las mías.

Sir Richard enrojeció, pero a Caro le costó reprimir una carcajada. La muchacha —no, mujer,
porque ahora que podía verla de cerca se daba cuenta de que estaba más cerca de los
veintisiete que de los diecisiete— volvió a mirarla y una expresión de sorpresa contenida
rápidamente cruzó sus facciones.

—Muchas gracias, señor, señora —dijo, haciendo una reverencia nuevamente, creando un
movimiento interesante en el escote de su vestido que hizo que sir Richard se sonrojara aún
más, y cerró la puerta del salón tras ella.

—¿Debo llamar al camarero, señorita Sinclair? No puedo imaginar qué estará retrasando al
hombre —dijo sir Richard, tirando del cordón de la campana—. Supongo que uno no debe
esperar mucho de una posada de pueblo, ni siquiera la intimidad de un salón, parece.

—En efecto —respondió Caro vagamente. Desde el momento en que la joven había entrado en
la habitación, había sentido una persistente sensación de reconocimiento que le estaba
ocupando toda la mente.

¿Acaso podría haberla conocido antes? Aunque tuviera veintisiete, seguía siendo demasiado
joven para haber sido una de las favoritas del difunto baronet. Sin embargo, Caro ya la había
visto antes, y no hacía mucho tiempo. La abundante cabellera rubia pálida no era tan inusual,
pero esos ojos verdes, como los de un gato, eran…

—Por fin ha llegado. —Sir Richard fulminó con la mirada al camarero, que forcejeaba con una
bandeja cargada y casi consigue volcar la cafetera y los platos en su prisa.

Caro los ignoró, contemplando el fuego con ojos desenfocados. Sí, había visto esos ojos verdes
antes, pero no dentro. Los recordaba mirándola fijamente. Y ella había estado acostada sobre
algo duro e incómodo que se sacudía.

—¿Señorita Sinclair? —inquirió sir Richard justo a su lado.

—Oh, le pido disculpas, sir Richard. He estado soñando despierta. Sí, así es exactamente como
me gusta mi café. Gracias.

Él dejó la taza sobre una pequeña mesa a su lado y se dirigió a la ventana.

—Veo al resto de nuestro grupo. Creo que debería ir y ofrecer mi brazo a las damas, porque la
calle es realmente traicionera bajo los pies. ¿Se sentirá cómoda aquí sola unos momentos,
señorita Sinclair?
—Perfectamente. Le ruego que no se preocupe por mí —le aseguró—. Sería terrible si lady
Shannon o mi tía cayeran sobre este hielo.

Mientras él salía de la habitación, Caro volvió a hacer un esfuerzo por recordar ese elusivo
recuerdo. Su cabeza dolía… estaba empapada… El barro se deslizaba entre sus dedos cuando
había intentado incorporarse, y las riendas se habían roto, su yegua estaba a medio camino de
Oldham…

—Claro —exclamó Caro en voz alta. Así era como había llegado al páramo. Había estado en una
carreta y, de alguna manera, se había caído.

—¿Se ha ido?

Se dio la vuelta al oír el susurro. Era la joven. ¿Cómo se llamaba? ¿Sarah? No, Sally... no....

—¡Fanny! —exclamó Caro, levantándose de un salto—. No podía recordarlo, pero ahora que te
veo de nuevo, todo me vuelve a la cabeza.

—Sería sorprendente si pudieras recordar tu propio nombre —comentó Fanny al entrar


completamente en la habitación—. Con el golpe en la cabeza que te has dado al caer del
caballo. —Se asomó por la ventana—. No podemos hablar ahora, ese petulante ya está de
regreso, pero no te preocupes, no diré nada de que estabas con nosotras. Pero ¿qué te ha
pasado? He estado muy preocupada.

—Explicártelo ahora tomará demasiado tiempo. —Caro lanzó una mirada ansiosa por la
ventana—. Necesito hablar contigo a solas. ¿Dónde podemos encontrarnos? Estoy
quedándome en Dunharrow.

—¡Qué gracia! ¿En la casa grande? ¿Con Simon Routh?

—¿El mayor Routh? —Caro no se sorprendió—. ¿Le conoces?

Fanny acarició su llamativo collar de esmaltado que descansaba sobre su generoso busto.

—Oh, conozco perfectamente al gallardo mayor. ¿Quién crees que paga mi estancia aquí?
Escucha, ya vienen, y no puedes permitir que te vean con alguien como yo.

—Pero tengo que hablar contigo —protestó Caro—. ¿Puedo verte aquí esta noche? ¿O
encontrarte en algún lugar?

—Hace demasiado frío afuera. Mira, ven a la posada después de la cena. Simon nunca aparece
antes de las dos. Le gusta tenerlo todo y disfrutarlo, ya sabes. No se va a saltar la cena ni el
billar para venir corriendo hacia mí; sabe que le esperaré. — Empezó a escabullirse por la
puerta.

Caro la cogió por el brazo.

—Espera, ¿dónde estarás?

—Aquí. No hay otros huéspedes.

El sonido de los tacones de Fanny en las escaleras apenas se había desvanecido cuando Flora,
lady Shannon y Julia entraron por la puerta, riendo y sacudiendo la escarcha de sus dobladillos.

Sir Richard las siguió, cargando con una caja de sombreros, un paquete atado con papel marrón
y cuerda, y dos paraguas.

—Mi querido capitán, debo disculparme por haberlo cargado con nuestras compras. —Lady
Shannon le quitó la caja de sombreros—. Debería haber traído a un criado, pero no tenía idea
de que encontraríamos tantas tentaciones. Dejemos la caja y el paquete con el posadero, y
enviaré a alguien a recogerlos más tarde.

—¿Has tenido una visita interesante a la iglesia, Caroline? —preguntó Flora—. ¡Oh, maravilloso,
una taza de café! Justo lo que necesitaba. Declaro que tengo los labios azules del frío.

Se quitó los guantes y se sentó mientras Caro servía una taza, añadiendo demasiada azúcar y
viéndose obligada a empezar de nuevo.

Tenía que dejar de especular sobre Fanny o los demás pensarían que estaba distraída.

—Sir Richard hizo que la visita fuese muy interesante, gracias. ¿Encontraste las sedas que
buscabas, Flora?

Le pasó los macarones a lady Shannon y consiguió parecer interesada mientras la otra le
relataba los resultados de su expedición de compras.

Lady Shannon los llevó de regreso a Dunharrow por una ruta diferente, que los hizo subir por el
camino de entrada hacia la casa.

—A menudo pienso que esta es la mejor vista —comentó a Flora—. Personalmente, prefiero el
ala nueva de estilo clásico, aunque hay quienes prefieren las alas antiguas por su gusto por lo
pintoresco.

—Entonces, ¿algunas partes de la casa son mucho más antiguas? —preguntó Caroline mientras
hacían una pausa para admirar la casa, situada en una ligera elevación y rodeada de árboles—.
Debo coincidir contigo en que, con esta luz, la formalidad clásica de esa fachada es bastante
magnífica.

—La parte más antigua que se conserva es el ala isabelina, que está bastante deteriorada. Por
desgracia, allí se encuentran las cocinas. Está conectada a la parte moderna por una sección
poco destacada, construida en 1701 por el barón de la época, quien tenía un plan para
completar los otros tres lados del cuadrado. Afortunadamente, murió en un accidente de caza
antes de poder hacer más.

—¡Madre! —protestó Julia—. No puedes alegrarte de que el pobre hombre muriera.

—Tonterías. Cualquiera con gusto se alegraría de que hubiera tenido un final oportuno. Eso sí,
querida —dijo, volviéndose confidencial hacia Caro—. Nada me induciría a visitar el ala vieja
después del anochecer.

—¿Por qué no? —Caro disfrutaba de la irreverente lady Shannon—. ¿Está embrujada?

—Por un monje decapitado —susurró dramáticamente lady Shannon.

Lady Julia se vio obligada a protestar de nuevo.

—Madre, ¿cómo puede ser un monje si el ala es de la época isabelina?

—Ahí tienes, ¿ves la inconveniencia de educar a las jóvenes? —anunció su cariñosa madre—. Te
lo advierto, Julia, ten cuidado de no contradecir a los caballeros de esa manera, pues no lo
aprecian.

Julia hizo un mohín ante el reproche, pero sir Richard la defendió inesperadamente.

—En esta ocasión, lady Shannon, debo apoyar a lady Julia, pues no puede tratarse de un monje
sin cabeza, a menos, claro está, que sea un espíritu de una casa religiosa despreciada en la
época de la abolición de los monasterios.

El sonido de cascos que se acercaban interrumpió el argumento. El grupo se volvió para ver a
Jervais galopando por el camino detrás de ellos, con un par de perros siguiéndolo de cerca. Al
frenar para saludar a sus invitados, Harry apareció del bosque, montado en un caballo gris
particularmente hermoso que Caro no reconocía.

Los jinetes desmontaron y caminaron junto a los demás. Caro retrocedió un poco para admirar
la montura de su hermano.

—Es un muy buen ejemplar —confidenció él—. Ofrecí comprarlo, pero Jervais no quiere
venderlo, dice que tiene la intención de cazarlo más adelante en la temporada.

Como si oyera su nombre, Jervais se detuvo y esperó a que lo alcanzaran.

—Serena me dice que estás interesada en el ala isabelina, señorita Sinclair.

—¿Está embrujada de verdad? —preguntó Caro con ligereza.

—¿Embrujada? —Él pareció sorprendido—. Ah, Serena ha estado dando rienda suelta a su
gusto por lo gótico, ¿verdad?

—Mamá dice que hay un monje decapitado, pero eso no es cierto, ¿verdad, primo Jervais?
—demandó Julia.

—¡Santo cielo, no! Te he dicho infinitas veces, Serena, que no es un monje sino una monja,
enterrada viva en lo que ahora son las bodegas. Cometió un crimen sin nombre. —Una
expresión pícara asomó en sus ojos oscuros mientras Julia daba un pequeño chillido de
alarma—. Al monje solo se le ve los martes de carnaval…

Habiendo reducido a Julia a una expresión de asombro con los ojos muy abiertos, Jervais volvió
a montar y metió sus pies enfundados en botas en los estribos mientras el caballo se
inquietaba.

—Los caballos se están enfriando. Nos veremos todos en el almuerzo. —Se quitó el sombrero
ante las damas y galopó por la hierba helada hacia el ala de los establos, con Harry justo detrás.

—Bien, mis amigos —anunció lady Shannon, aplaudiendo suavemente las manos para captar la
atención de todos los presentes en el salón tras la cena—. No voy a permitir que se vuelvan
indolentes durante estas largas noches de invierno. Tengo un plan que confío será de su
agrado.

Las cabezas se volvieron, con expresiones que iban desde el interés alerta en el rostro de Flora
hasta la aprensión en el de Harry.

—¿Qué tienes en mente, madre? —preguntó Julia, levantando la vista de un álbum de


estampas que había estado hojeando con Harry—. Mi madre tiene los planes más divertidos
—agregó mientras los hombres interrumpían su discusión sobre los arreglos para la cacería del
día de San Esteban y se acercaban a escuchar a su anfitriona.

—Permíteme adivinar, Serena —dijo Jervais, con un atisbo de risa en su voz—. ¿Estás a punto
de proponer un entretenimiento teatral?

—¿Hay un grupo de actores en el distrito, entonces? —preguntó Flora.

—Temo que, si estoy en lo correcto sobre el plan de Serena, seremos nosotros quien formemos
la compañía —dijo Jervais con sorna.

—Oh, no desanimes a los demás antes de que haya explicado —protestó su prima.

—A menudo realizamos tales entretenimientos en casa, en Irlanda, y resulta ser una distracción
muy agradable, ¿no es así, querida? —apeló a su hija.

—Me encantan —dijo Julia, volviéndose hacia los demás con los ojos brillantes—. Pero rara vez
tenemos una reunión tan numerosa. ¡Podemos montar una magnífica producción!

Flora parecía un poco dudosa.

—¿Representaciones teatrales, lady Shannon? ¿Considera apropiado que las jóvenes aparezcan
en el escenario?

—No en el circunstancias comunes, pero esto sería algo en extremo privado, querida lady Grey,
meramente para nuestro propio entretenimiento —le aseguró lady Shannon.

—¿Entonces no tendremos público para admirar nuestros esfuerzos? —preguntó el mayor


Routh.

—Tenía la intención de invitar a algunos de nuestros vecinos a una pequeña fiesta para la
Nochevieja —comentó Jervais—. Ellos pueden formar nuestra audiencia. ¿Qué le parece,
señorita Sinclair? ¿Aceptaría formar parte de la compañía?

Caro sintió que se sonrojaba al ser señalada. ¿Por qué persistía en pedirle su opinión sobre cada
tema? No hacía más que alimentar las expectativas de Flora de una pronta declaración. Y, sin
embargo, la actitud de Jervais era tan fría y correcta que la hacía sentir bastante incómoda. Era
como si, habiéndose visto obligado a mantener la invitación a Dunharrow a pesar de todo,
estuviera decidido a tratarla correctamente.

—Suena muy divertido —dijo Caro, dirigiéndose directamente a lady Shannon—. ¿Tenía en
mente alguna obra en particular?

Se desató una discusión general, con Lady Shannon proponiendo escenas de Shakespeare, Julia,
apoyada por Harry, sugiriendo que escribieran su propia obra de un acto, y sir Richard
ofreciendo buscar en la biblioteca algunas obras de teatro adecuadas.

Flora seguía inclinándose por la duda y propuso la idea de lecturas de poesía, una sugerencia
que recibió poco apoyo.

La conversación aún estaba animada cuando el lacayo entró con la bandeja de té. Al salir, Caro
oyó a Jervais llamarlo.

—Richards, ¿puedes pedirle a Chawton que se asegure de que todas las puertas estén
doblemente cerradas y los cerrojos asegurados? Y recuérdale que verifique que los postigos
estén bien asegurados.
Hablaba en voz baja, y Caro se dio cuenta de que no quería alarmar a sus invitados, pero
escuchó un poco de lo que añadió, en voz baja, al mayor:

—Tengo entendido por el portero que anoche entraron en la mansión Pendleton y robaron
algunos platos. No veo motivo alguno de preocupación, pero no hay necesidad de correr
riesgos.

Caro pensó, con una diversión cuidadosamente disimulada, que la seguridad mejorada pondría
en aprietos al mayor Routh, y luego se dio cuenta de que ella también estaría encerrada.
¿Cómo iba a llegar a la posada y hablar con Fanny?
Capítulo XVI
El problema de cómo salir de la casa ocupaba tanto a Caro que apenas participó en la decisión
de que el grupo de la casa representara una obra de teatro de su propia invención, hasta que su
hermano, ofreciéndose voluntario para ayudar a lady Julia a escribirla, la hizo volver a la
conversación.

—¿Estás seguro, Harry? —preguntó—. Nunca te has dignado a poner pluma sobre papel.

—Que injusta eres, Caro. —protestó él. Ella tuvo que sonreír ante su expresión dolida—. No
tienes necesidad de hacer parecer como si apenas pudiera escribir mi propio nombre. —Se
volvió hacia el resto del grupo—. Ahora tenemos que ponernos de acuerdo sobre un tema.

Más tarde, cuando la fiesta se disolvió y Flora y Caro subían las escaleras hacia sus habitaciones,
Flora comentó:

—No sé qué le ha pasado a Harry. Pensaría que es tan probable que se dedique al petit point
como a la escritura de obras de teatro.

—Está embelesado con lady Julia —respondió Caro con aspereza—. Sabes lo que pasará: Julia
escribirá alguna pieza de entretenimiento absurdo y Harry se paseará por la biblioteca
mirándola y afilando sus plumas.

—No pareces muy contenta —Flora se detuvo en el umbral de su habitación y miró a Caro con
el ceño fruncido—. Pensé que estabas impaciente por que él se estableciera con una esposa
adecuada.

—No llamaría «esposa adecuada» a una muchacha que aún no ha sido presentada en sociedad
—replicó Caro mientras besaba a su tía para despedirse.

Sola en su habitación unos momentos después, se preguntó por qué había sido tan mordaz.
¿Por qué no podría Harry ser feliz con Julia? Parecía una joven encantadora, bien educada e
inteligente, justo lo que Harry necesitaba, de hecho. Y tal vez tener una esposa muy joven e
inexperta a quien cuidar le daría un ancla de responsabilidad.

En la mente de Caro siempre rondaba el temor de que su hermano, tan parecido a su padre por
su estatura y sus ojos azules, volviera a las costumbres irresponsables de su progenitor y se
convirtiera en otro Sinclair pecador. Lo cual era ridículo; ella era quien estaba en peligro de
seguir ese camino, no su serio y caballeroso hermano.

No, concluyó, su falta de entusiasmo por el incipiente afecto de Harry provenía más de su
propia infelicidad por Jervais. Pasara lo que pasara, ella y Jervais nunca compartirían ese primer
cortejo tentativo y tímido.

Con un pesado suspiro se sentó en el asiento de la ventana y se concentró en el problema más


inmediato de salir de casa para encontrarse con Fanny.

Cuando las damas se retiraron, los hombres se dirigieron a la sala de billar, y Harry hizo
apuestas bastante alocadas sobre el resultado de una partida que había propuesto con Simon
Routh. Parecía seguro que los caballeros estarían ocupados durante algún tiempo.
Caro recordó las nudosas ramas de hiedra que cubrían el muro de la esquina de la casa. Lady
Shannon había comentado sobre la enredadera cuando subían por el camino de entrada y
había observado que Jervais debía ocuparse de ella o dañaría la mampostería.

Abrió las puertas hacia su balcón, temblando mientras el frío cortante atravesaba su vestido de
seda al inclinarse sobre la barandilla. Los tallos que podía alcanzar eran tan gruesos como el
brazo de un hombre y, al mirar hacia abajo, pudo ver que muchos de ellos crecían
horizontalmente, creando lo que parecía ser una escalera segura.

Si se apresuraba a bajar ahora, antes de que Chawton hiciera su ronda, podría salir por la
puerta principal y volver por aquí sin que nadie se diera cuenta.

Caro se quitó el vestido de noche y se vistió con su prenda más cálida y gruesas medias,
buscando guantes abrigados. Se deslizó escaleras abajo, abrazando las sombras mientras
cruzaba el vestíbulo, cubriendo su rostro con la capucha de su capa forrada de piel. La puerta
estaba cerrada y se abrió con un silencio bien engrasado mientras ella se deslizaba en la noche
helada.

Todo parecía conspirar a su favor en su escape; incluso la luna estaba llena, reflejándose en el
suelo helado con una luz que facilitaba el caminar. Caro se puso en marcha por el camino a un
paso rápido, medio esperando un grito desde la casa al ser vista, pero no hubo ninguno.

Trepó por la verja de la posada, sin atreverse a arriesgarse a que chirriara. No había luz en las
ventanas y pasó sin problemas, pero ahora que estaba en la carretera empezó a sentirse
inquieta.

Los bosques a ambos lados de la carretera estaban llenos de sombras oscuras y ruidos furtivos.
Las ramas crujían, las hojas muertas susurraban y sus propios pasos sonaban fuertes sobre el
camino endurecido por la escarcha. Las bromas de la tarde sobre monjas espectrales volvieron
a atormentarla.

Caro tuvo que hablarse a sí misma con firmeza para calmar sus temores y lo había conseguido
bastante bien cuando la noche se vio desgarrada por un grito sobrenatural. Rompió a correr y
no se detuvo hasta llegar a la primera cabaña en las afueras del pueblo, donde se aferró a un
poste de la cerca, con el corazón golpeando contra sus costillas.

¡Por el amor de Dios! se reprendió a sí misma. ¿Cuántas veces había oído antes el grito de una
bruja antes?

Nadie con sentido común estaría por ahí en una noche como esta, ni siquiera el criminal más
endurecido, y los fantasmas no existían. Dejarse llevar por el pánico y huir precipitadamente
era una completa insensatez.

Estar aquí afuera ya es una locura, pensó, observando cómo su propia respiración formaba
nubes a la luz de la luna. Si su necesidad de hablar con Fanny no hubiera sido tan grande, habría
dado media vuelta y regresado a Dunharrow sin demora. La perspectiva de escalar la escalera
de hiedra ahora parecía extremadamente imprudente, pensó Caro mientras continuaba su
camino.

La posada se veía cálida y acogedora, y el ruido de voces elevadas y risas provenía de la parte
trasera del edificio. Había luz entre las cortinas corridas en la ventana del salón privado, así que
tocó discretamente el cristal, manteniéndose en las sombras. La cortina se corrió tan deprisa
que Fanny debió de estar esperando su señal y, en respuesta a su gesto, Caro se apresuró hacia
la puerta principal.

—¡Debe estar helada, señorita! —declaró Fanny, mientras la instaba a entrar en el salón—.
Siéntese junto al fuego y tome un poco de ponche. Lo he pedido antes, no queremos
arriesgarnos a que nadie la vea aquí conmigo.

Caro sorbió el penetrante licor con gratitud. Un olor desconocido le hizo arrugar la nariz, pero el
calor que se extendía por su cuerpo helado valía la pena el sabor fuerte.

—Quítese la capa y los guantes, señorita, o no notará los beneficios cuando vuelva a salir —la
reprendió Fanny, moviéndose de un lado a otro. Cuando Caro se hubo acomodado, se sentó
frente a ella y la estudió—. Entonces, ¿cuál es la historia, señorita? ¿Por qué está tan
impaciente por saber qué ocurrió?

—¡Cualquiera estaría preocupado! —protestó Caro.

Los ojos verdes la escrutaron, y luego Fanny sacudió la cabeza.

—Es algo más que eso. Hay un hombre involucrado en esto, estoy segura.

—Bueno, sí lo hay, el hombre que me encontró en el páramo —Caro titubeó—. Pero no


hablemos de él ahora; necesito saber qué pasó. Debo saberlo. Mi memoria ha estado
regresando, pero solo en fragmentos; solo puedo recordar partes que no tienen sentido. —Se
rio y se sorprendió de lo temblorosa que sonaba—. No creo que pueda soportar más sorpresas.

—Cuéntame lo que recuerdas —dijo Fanny. Rellenó sus copas y se acomodó en su silla.

—Cabalgaba hacia el pueblo donde había estallado el motín para encontrar a mi hermano. Se
había ausentado por mucho tiempo y mi tía Flora y yo estábamos preocupadas por él. No había
cabalgado en días y mi caballo estaba demasiado brioso —dijo Caro, tomando un sorbo del
ponche caliente mientras trataba de separar los hechos de los recuerdos poco fiables—. Había
tal alboroto en las calles, tanta gente empujándose, clamando, disparos, incendios…, que
apenas podía sujetarla.

En su mente, volvía a estar en medio del caos, entre carretas destrozadas, niños gritando y
madres tirando de ellos a través de la multitud...

—Me sentí completamente perdida y mi yegua seguía galopando; lo único que podía hacer era
aferrarme.

—Es un milagro que hayas logrado aguantar tanto tiempo —dijo Fanny—. Yo nunca pude
aprender a montar bien.

—Bueno, no duró mucho más —respondió Caro—. Salí volando por encima de la cabeza de
Willow y caí en un charco.

—Y ahí es donde te encontramos —dijo Fanny. —¿Te acuerdas de eso?

—Había una carreta, ¿no?

—Así es, llena de las muchachas de madame Madeline que se trasladaban. Cuando Madame se
enteró de que el regimiento había sido destinado allí, dijo que debíamos seguirles porque eran
nuestros mejores clientes. Así que empacamos todo y partimos hacia esa casa elegante que ha
alquilado.
» Cuando nos enteramos de los disturbios, no estábamos tan seguras de que fuera lo correcto.
Aun así —se interrumpió con una sonrisa satisfecha—, a mí no me fue nada mal. Conocí a mi
Simon, así que ahora tengo mi propio protector, justo como una de esas mujeres elegantes de
Londres.

—Pero ¿qué hay de mí? —preguntó Caro.

—Parecía un desastre, sentada así en el barro —se rio Fanny—. Oh, lo siento, señorita; está mal
reírse, pero le diré que estuvimos contentas de tener una distracción. Todas estábamos
preocupadas por los disturbios y los incendios, y luego nos habían metido en esa vieja carreta,
algunas se sentían un poco mal y estábamos cansadas y nostálgicas. Algunas de las mujeres
estaban llorando, así que cuando el conductor la vio, fue como un regalo del cielo para
distraernos de nuestros problemas.

—Ustedes me recogieron… Fueron muy amables conmigo —dijo Caro, recordando.

—Y usted también lo fue —respondió Fanny con firmeza—. Nos trató como si fuéramos damas
de sociedad, no como simples muchachas trabajadoras. Una señorita tan bien educada como
usted debería haberse desmayado al ser recogida por gente como nosotras.

—Una señorita bien educada no reconocería su profesión —respondió Caro con una sonrisa—.
Pero la vida con mi difunto padre me dio un temprano conocimiento de todo tipo de cosas que
no debería saber.

—No sé cuándo me he sentido tan incómoda como en aquel viaje —dijo Fanny con nostalgia—.
Con el estado en que estaba esa carreta y ese viejo conductor idiota con sus quejas
interminables… Y luego nos perdimos y parecíamos estar dando vueltas por ese maldito
páramo todo el día siguiente.

—Y el pobre caballo —recordó Caro—. Le aterrorizaban tanto los disparos lejanos.

—Bueno, a mí también, pero uno pensaría que estaría contento de llegar a su establo en
Rochdale en lugar de clavar las pezuñas al suelo y negarse a moverse.

—No podríamos haber ido más rápido, sin saber exactamente dónde estábamos —dijo Caro—.
Esos páramos se extienden por millas.

—Supongo que tienes razón —concedió Fanny—. Y nos dio la oportunidad de sacarla de esas
ropas empapadas de barro y adecentarla un poco.

—Me temo que he perdido tu vestido, el bonito de seda roja que me prestaste. Y las zapatillas.

—No importa —dijo Fanny con satisfacción—. Simon me ha regalado un guardarropa


completamente nuevo. Si tuviéramos más tiempo, se lo mostraría. —Le guiñó un ojo a Caro—.
El mayor es un caballero muy generoso. Muy considerado.

—Imagino que sí —pensó Caro en la franca calidez en los ojos del mayor Routh cuando las
presentaron. Era un hombre al que evidentemente le gustaban las mujeres, y Fanny era sin
duda su estilo. Sacudió la cabeza con resignación—. Ese vestido causó un terrible
malentendido.

Fanny hizo una mueca.

—Supongo que no fue la mejor de las elecciones, no para una dama de calidad como usted. Y el
maquillaje tampoco debió ayudar. Solo se lo pusimos porque se veía tan pálida, incluso después
de haber comido algo.

—Fue divertido —la tranquilizó Caro—. Era algo que nunca me habría atrevido a hacer y debo
admitir que disfruté viendo lo que un poco de rubor y pintura para los labios podían hacer por
mi apariencia.

Fanny seguía con aire dubitativo, así que añadió:

—Pasó el tiempo hasta que pudimos salir de nuevo, y ninguna de nosotras podría haber
adivinado que no tendría la oportunidad de quitárselo.

—Todas nos sentimos muy mal por eso. Supongo que alguna debería haber estado despierta,
pero estábamos demasiado cansadas para cuando ese conductor tontorrón se dio cuenta de
cuál era el camino correcto y partimos de nuevo. Y en la oscuridad no sabíamos que seguía por
el camino equivocado —Fanny puso los ojos en blanco.

» Estuvo muy lejos de Rochdale la mañana siguiente. Sé que estaba oscuro, pero ¿cómo es
posible perderse en un lugar del tamaño de Rochdale, por el amor de Dios? ¿Pero qué le pasó?
—demandó Fanny—. Un minuto estábamos todas allí y al siguiente, cuando despertamos,
usted ya no estaba.

—Yo también me quedé dormida. Estaba sentada justo al lado de la puerta trasera,
¿recuerdas? Me despertó una terrible sacudida de la carreta y lo siguiente que supe fue que me
había caído. Por segunda vez, estaba sentada en el suelo embarrado.

—¿Por qué no volviste a subir?

—Estaba sin aliento y me había golpeado la cabeza. Estaba oscuro y para cuando me puse de
pie no podía ver nada, ni siquiera un camino. Creo que el conductor ya había perdido
completamente la carretera. Estaba completamente confundida. Hasta donde llegaba mi
memoria, un minuto había estaba montada en mi caballo, con mi hábito de montar, y al
siguiente estaba en medio de la nada con un vestido rojo.

—Pobrecilla —dijo Fanny con toda simpatía—. ¿Qué hizo entonces?

—Tenía frío y estaba mojada, pero sobre todo tenía miedo de encontrarme con tropas o
alborotadores. Avancé a tropezones, sintiéndome cada vez más mareada… y luego nada. Debí
de desmayarme.

—¿Y luego? —Los ojos de Fanny brillaban de emoción.

—Desperté en un granero. Con un perro, un caballo… y un hombre.

—¡Oh! —exclamó Fanny, sorprendida—. ¿Qué tipo de hombre?

—Un caballero de algún tipo —dijo Caro amargamente.

—¡Vaya! ¿Él, eh... quiero decir...?

—Casi. —Caro no hizo ninguna pretensión de malinterpretar la insinuación de la otra mujer—.


Afortunadamente, estaba demasiado herido. Supuso que yo era de tu profesión y, ya que había
perdido todo recuerdo sobre cómo había llegado a estar vestida así, no pude negarlo.

La cara de Fanny mostraba completa comprensión.


—Bueno, lo haría, ¿no? ¿Qué otro tipo de mujeres iría vestida así, con la cara pintada? —La
miró con astucia—. Entonces, ¿este caballero te llevó a casa a salvo? ¿Y nadie se enteró?

—Me ofreció su protección. —Caro guardó silencio, recordando vívidamente cómo se había
sentido esa protección, cuán segura, pero también cuán vulnerable la hacía sentir Jervais—. Mis
amigas piensan que fui acogida por una familia respetable. Nadie más que el hombre, yo misma
y tú sabemos toda la verdad.

—Bueno, no tiene que preocuparse de que se lo cuente a nadie —dijo Fanny con un pequeño
asentimiento decidido—. Las mujeres necesitamos mantenernos unidas. Después de todo, solo
se puede confiar en un hombre mientras dure tu belleza, pero tus amigas siempre estarán
contigo.

—Déjame al menos darte algo por el vestido y los zapatos —ofreció Caro.

—Eso sería muy cortés de su parte, señorita. —Fanny, que no era chantajista, estaba
claramente acostumbrada a aceptar cualquier beneficio que se le presentara.

—Llámame Caroline —insistió Caro, poniendo un billete doblado en la mano de la joven.

—Muchas gracias, Caroline. Ahora, será mejor que sigas tu camino o te encontrarás con Simon
Routh.

—Oh, debería haberte dicho —dijo Caro mientras se ponía de pie. La habitación giró un poco, lo
cual era extraño. Debía estar sofocada; se sentiría mejor en cuanto estuviera al aire libre—.
Quizá no pueda bajar esta noche, las puertas están cerradas con doble llave porque hay
ladrones sueltos.

—Eso es agradable. —Fanny sonrió—. Tendré la cama para mí sola por una noche. Los hombres
están bien, pero roncan, benditos sean, y ocupan tres cuartas partes del colchón. ¿Dónde te
deja eso? ¿Cómo vas a regresar?

—Por la hiedra —dijo Caro con gravedad mientras se ponía los guantes.

—Eres valiente, no se lo puede negar. —Fanny corrió la cortina y asomó la cabeza afuera—.
Mira, ha comenzado a nevar. Toma otro trago antes de irte, para mantenerte caliente. —Puso
la taza en la mano de Caro.

Caro, con la mente en el viaje de regreso a Dunharrow, bebió el ponche sin pensarlo, apretó la
mano de Fanny con gratitud y se apresuró a salir a la noche.

La nieve caía ligera y polvorienta, oscureciendo ya la superficie de la carretera, y el aire estaba


lleno de ella en nubes arremolinadas. Caro tembló y se ajustó la pesada capa alrededor de los
hombros. Sus pies le dolían, su cabeza estaba aturdida por el ponche y el frío le lastimaba la
garganta. El viaje de regreso parecía interminable y, de alguna manera, no parecía tener el
control total de sus pies. De hecho, se sentía aún más inestable que en la posada.

—¡Estoy ebria! —exclamó horrorizada a la oscura noche mientras se deslizaba hacia un arbusto
de acebo.

Aquel ponche debía de ser más fuerte de lo que ella pensaba; desde luego, mucho más que los
suaves ponches de frutas a los que estaba acostumbrada.

Confusamente recordó que Harry había comentado en una ocasión que el frío empeoraba los
efectos del alcohol. Eso debía de ser… Una vez que estuviera en la calidez de su habitación, se
sentiría como ella misma nuevamente.

La casa estaba a oscuras cuando por fin llegó al final del camino de entrada y caminó en
diagonal por el césped blanco hasta el muro bajo los dormitorios. Miró hacia atrás y vio una
estela de huellas que dejaba en la nieve y se rio antes de cubrirse la boca con una mano.

—¡Shh! —se advirtió a sí misma y se rio nuevamente.

¿Dónde estaba la raíz de la hiedra? La nieve se estaba acumulando tanto que afectaba su visión.
Ahora parecía haber dos troncos principales creciendo, uno a cada lado de la esquina.

Todo era muy divertido, incluso más que el rastro de huellas. Caroline se puso de pie y se
balanceó suavemente mientras reflexionaba sobre el problema.

—Tín, marín... Este, creo. —El de la derecha era el más grueso y fuerte.

Realmente, fue sorprendentemente fácil y no se asustó en absoluto. Su pie resbaló y se rio,


pero siguió escalando. El borde de la barandilla presentaba un obstáculo, pero con un
movimiento brusco logró superarlo y estar a salvo en el balcón, aunque sentada en la nieve.

—¡Uy! —Se le escapó otra carcajada—. Acuérdate de Flora —se reprendió a sí misma—.
¡Silencio! —susurró mientras abría las puertas del balcón con cuidado.

Se balanceó hacia el bulto oscuro de la cama, desprendiéndose de la ropa a medida que


avanzaba. Ahora, ¿dónde estaba su camisón? Encender una vela parecía demasiado complicado
y la habitación comenzaba a girar de una manera muy desconcertante. A la luz de las brasas del
fuego, pudo ver algo blanco al pie de la cama. ¡Ah, ahí estaba!

Extendió una mano hacia él, falló y cayó de cabeza sobre la cama. Bueno, ahora que estaba
aquí...

Todo lo que siguió ocurrió muy rápidamente. La cama junto a ella cobró vida. Una gran figura se
levantó, lanzó las cobijas sobre ella y ahogó su grito sorprendido. Mientras ella luchaba por
liberarse de los pliegues, una mano se cerró sobre su garganta, asfixiándola. Las estrellas
danzaban en la penumbra.
Capítulo XVII
—¡Un movimiento en falso y te rompo el maldito cuello! —gruñó una voz.

¿Jervais?

—¡Ay! —logró articular Caro.

La mano aflojó su agarre. Segundos después, la luz de una vela titiló.

—Sal de ahí y no hagas ningún movimiento en falso, amigo mío, tengo una pistola apuntándote.
—Hubo un suave clic al amartillar el arma. No era una amenaza vacía; él pensaba que ella era
una ladrona.

Caro miró con cautela sobre las mantas hacia el único ojo negro de la pistola. Jervais, vestido
solo con una camisa de dormir, estaba junto a la cama, con una rodilla en el borde.

—¿Caroline? ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Luchó por incorporarse en la cama con cierta dificultad mientras las mantas se resistían.
dificultad Los tirantes de su camisón se deslizaron peligrosamente por sus hombros y las ajustó
con gran dignidad. Por alguna razón tuvo que enunciar con mucho cuidado.

—¿Por qué está en mi alcoba, lord Barnard? Y por favor, le ruego que deje de apuntar… esa
cosa… hacia mí.

—¿Su alcoba? Esta es mi habitación, señorita Sinclair.

Dejó la pistola a un lado, estudió su rostro y luego se inclinó hacia ella y olfateó.

—Ron. Creo que estás ebria, Caroline. ¿Cómo es posible? ¿Dónde diablos has estado para
conseguir alcohol? —Parecía más divertido que molesto.

—Meramente un vaso de ponche... o dos. ¡Hic! —Caro, incorregiblemente sincera, se


corrigió—. ¿O quizás tres? ¿Cuatro?

Jervais, de pie con las manos en las caderas y los labios temblando de risa, dijo:

—Pero ¿dónde lo conseguiste? Y, a juzgar por tu estado, me atrevería a decir que cuatro copas
es la estimación más exacta.

—Es un secreto —respondió Caro con dignidad—. Y es un hecho bien conocido que el frío
empeora los efectos de las bebidas fuertes. —Otro hipo se le escapó. Irritada, empujó las
pesadas mantas—. No te quedes ahí. Si ésta es su alcoba, debo irme. Ayúdame.

—Podemos estar de acuerdo en eso. —Jervais apartó las sábanas y tomó sus manos entre las
suyas—. Tiempo de levantarse. —Estaba bromeando con ella, podía darse cuenta—. Es hora de
que estés en tu propia cama, Caro.

Ella no ofreció resistencia. Él la atrajo hacia sus brazos con más fuerza de la que tal vez había
pretendido. Con la camisa y el cabello desordenados, Caro se encontró pecho a pecho con él,
sólo la fina tela de dos prendas separaba su piel desnuda. La diversión tolerante desapareció de
su rostro cuando, a la luz parpadeante de las velas, vio que sus ojos se volvían muy oscuros.
Jervais inclinó la cabeza y la besó con pasión. Caro correspondió al abrazo con fervor. Sus
piernas temblorosas perdieron la poca fuerza que tenían y ella se desequilibró, cayendo de
espaldas sobre la cama, llevándose a Jervais con ella.

Durante un agitado instante, sus cuerpos se entrelazaron sobre la arrugada ropa de cama, y
entonces Jervais exclamó:

—¡Dios mío! —Se levantó sobre los codos y la miró fijamente. —¡Tus pies están helados!
¿Dónde has estado?

—¿Mmm? —murmuró Caro, enroscando sus brazos alrededor de su cuello para atraerlo de
nuevo hacia ella.

—Oh, qué demonios. —Jervais pareció tomar una decisión. Con una mano la acercó a él y con la
otra arrastró las mantas sobre ambos.

La abrazó con fuerza, envolviéndola con su calor, pero no intentó besarla ni acariciarla.

Caro se retorció, confundida y decepcionada por su falta de deseo. El peso desconocido de su


cuerpo contra el suyo, la fuerza de sus brazos y el calor de su cuerpo eran aterradoramente
nuevos y maravillosos.

—Deja de moverte, Caro, estás poniendo a prueba mi fuerza de voluntad al máximo. No


deberías estar aquí, yo no debería estar sosteniéndote así, y tan pronto como estés caliente y
sobria lo suficiente como para no despertar a la casa, volverás directamente a tu propia cama.

—Jervais —suplicó suavemente contra la cálida suavidad de su cuello. Su nariz chocó con su
mandíbula cubierta de barba.

—Caro, detente. —Las palabras salieron entre dientes apretados—. Te sentirás lo


suficientemente mal contigo misma por la mañana, no añadas a eso algo de lo que te
arrepentirás el resto de tu vida.

A través de la bruma del ron y el deseo, Caro sabía que tenía razón. No debería estar haciendo
esto, no debería estar allí con él. Ella, ellos, se estaban comportando escandalosamente, pero el
calor y la fuerza de él eran demasiado para su voluntad. No había otro lugar donde quisiera
estar, jamás, y podía confiar en Jervais. Aunque él no pueda confiar en mí...

Poco a poco, el calor del cuerpo de él se impuso al frío del suyo y el ron la fue adormeciendo.
Los párpados se le cayeron y, con un pequeño suspiro de satisfacción, se entregó al sueño.

La puerta se estrelló contra la pared con un sonido similar al de un cañón, y la habitación se


iluminó con la luz titilante de las velas. Jervais se incorporó, su mano sobre la pistola antes de
que el intruso hablara.

—¡Maldita sea! Lo siento, viejo amigo... Estoy un poco inestable, he estado bebiendo con
Routh. Oye, Barnard, ¿estás dormido? Si lo estás, me iré, pero tenía que decirte... perdí la
apuesta que me hiciste. Me dejaron hecho polvo. La partida que te has perdido ha sido
condenadamente buena. —Un fuerte hipo resonó en la silenciosa habitación y Jervais luchó
contra el impulso de enterrar la cabeza entre las manos y aullar.

—Sinclair. —Para colmo de males.

A su lado, sintió cómo Caro se movía convulsivamente al escuchar la voz de su hermano. Se


levantó a medias de la almohada antes de que Jervais la empujara sin piedad bajo las sábanas.

—¡Por todos los demonios, Sinclair! Pensé que eras una banda de ladrones —dijo, esperando
sonar como un hombre despertado del sueño más profundo y no como alguien que había
estado despierto, apretando los dientes ante una tentación sensual extrema.

Jervais se incorporó y buscó una nota creíble de divertida tolerancia.

—¿Qué hora es? Estás tan borracho como un búho, ve a tu cama, hablaremos de esto por la
mañana.

—No, eres un buen amigo y estoy decidido a explicarte cómo he perdido tus guineas. —Harry
agitó un dedo en el aire mientras se tambaleaba hacia la cama.

—Ve a tu habitación, Harry —dijo Jervais con calma.

El hombre más joven lo miró, pareciéndose mucho al búho con el que lo había comparado, y
volvió a tambalearse.

—¡Cuidado con esas velas, hombre!

—Lo siento… las dejaré aquí —Harry dejó caer el candelabro que llevaba con un golpe sordo
sobre la mesita de noche junto a la cama—. Creo que estoy bastante borracho, viejo amigo.
—Sonaba sorprendido por el descubrimiento—. Qué oportuno tan endemoniadamente bueno,
por cierto. Solo me sentaré aquí mientras te explico sobre el juego.

Antes de que Jervais pudiera apartarlo, se desplomó en una postura torpe sobre la cama. Con
un fuerte «uy» se echó hacia atrás, un codo afilado golpeando el área donde la cabeza de Caro
hacía un bulto en las mantas. A través de las cobijas, debió haber sido un golpe doloroso e
inesperado.

Se oyó un grito ahogado:

—¡Harry!

Siguió un silencio espantoso que ninguno de ellos parecía capaz de romper.

Finalmente, se produjo un retorcimiento y la cabeza de Caroline emergió del nido de mantas.

Jervais se desplomó contra las almohadas, cerró los ojos y luchó contra una mezcla de horror
mezclado con un impulso irreverente de reírse. Cuando abrió los ojos, Harry, con la boca
abierta y los ojos desorbitados, contemplaba atónito el espectáculo de su hermana, apenas
vestida, en la cama de su anfitrión.

Jervais pudo ver con precisión el momento en que la indignación superó al alcohol. Harry saltó
de la cama.

—¡Milord! ¿Cómo se atreve? Nombre a sus amigos, milord, mis acompañantes se encargarán
de ellos mañana. Caroline… —Dirigió una mirada severa a su hermana—. Empaca tus cosas y
despierta a nuestra tía. Abandonaremos esta casa inmediatamente.

—Harry. —Caroline también parecía haber recuperado la sobriedad, aunque su voz sonaba
todo menos normal para los oídos de Jervais. Quien empezó a desear haber bebido media
botella de brandy él mismo—. Esto no es lo que parece, y no puedes luchar contra lord Bernard.
Jervais se recompuso. Esta farsa ya había ido demasiado lejos.

—Caroline, por favor, guarda silencio, déjame esto a mí. —Levantó las piernas de la cama, cogió
su bata brocada y se la puso—. Ven y siéntate, Sinclair. No puedo creer que desees involucrar a
toda la casa en esto. —Guio los pies aún tambaleantes de Harry hacia la chimenea, lo empujó a
una silla y tomó la que estaba frente a él.

—Observe —persistió Harry—. No intente engañarme, milord. No estoy tan borracho como
para olvidar lo que he visto esta noche, ni mi desafío.

Jervais suspiró. Que el cielo lo salve de los jóvenes impetuosos.

—No tengo intención de eludir mis obligaciones con tu hermana, Harry. Sería bastante
inapropiado de mi parte pelearme con mi futuro cuñado, ¿verdad?

—¿Entonces piensas casarte con ella, milord? —demandó Harry. A medida que hablaban, se
volvía cada vez más racional, sus palabras eran más agudas y coherentes.

—Por supuesto que sí. ¿Por qué demonios crees que los invité a todos aquí? Tu tía se dio
cuenta, incluso si tú no lo hiciste. Y deja de llamarme «milord». Suenas como un melodrama de
teatro.

—Pero Flora no permitiría esto más de lo que yo lo haré —afirmó Harry, para apuntar a la
cama, a Caroline y las mantas desordenadas.

—Por supuesto que lady Grey no lo haría —replicó Jervais con brusquedad. Tomó una profunda
respiración y encontró un tono más calmado—. Escúchame, Sinclair. Tengo toda la intención de
casarme con tu hermana; siempre he tenido la intención de hacerlo. Es desafortunado que nos
hayas descubierto así, pero no puedes ser tan ingenuo como para creer que anticipar la
ceremonia no es algo común en la sociedad educada.

Harry lo miró con los ojos entrecerrados por un momento y luego se relajó.

—Bueno, por supuesto que sé que esas cosas suceden; simplemente es un poco impactante
cuando se trata de mi propia hermana. No negaré que eres un buen partido y si tienes la
intención de cumplir con tu deber hacia ella, y, por supuesto, acepto tu palabra como caballero
de que lo harás. Retiro mi desafío. Tienes mi consentimiento para la unión.

Caro escuchó, el último vestigio del sueño y el ron desvaneciéndose, dejándola expuesta a la
vergüenza y la ira. ¿Cómo podían hablar de ella como si fuera una pieza de ganado de la que se
podía disponer a voluntad? Era como si ella no estuviera en la habitación.

—Pero no necesariamente el mío —interrumpió con frialdad.

Ambos hombres se volvieron a mirarla, sus rostros, si hubiera estado inclinada a la diversión,
casi cómicamente similares en sorpresa.

—¿Qué has dicho? —preguntó su hermano.

—He dicho que no tienes mi consentimiento para el matrimonio —repitió mientras luchaba por
levantarse de la cama. Miró a su alrededor en busca de su vestido, se rindió y se cubrió con la
colcha por encima del camisón para mantener la decencia.

Harry estaba claramente indignado.


—¿Te quedas ahí en tu camisón, en la alcoba de un hombre y me dices que no te casarás con
él?

Caro levantó la barbilla. Ser reprendida por su joven hermano como si fuera su abuelo era
insoportable, pero la ira mantenía a raya la terrible vergüenza de ser encontrada por él en esa
situación.

—Estaría bien que me preguntaran.

Harry miró inquisitivamente a Jervais, quien se puso de pie, se acercó a su lado, se arrodilló y
tomó su mano entre las suyas.

—Señorita, tengo el honor de solicitar que seas mi esposa.

Ella miró hacia abajo, observando su cabeza inclinada mientras él besaba su mano. Qué farsa.
No tuvo más remedio que aceptar, al fin y al cabo era lo que quería por encima de todas las
cosas.

—Pero no así —murmuró desesperada.

Jervais debió haberla oído. Levantó la cabeza y la miró a los ojos.

—No tenemos elección —murmuró de vuelta, con una voz tan baja que no pudo haber llegado
a Harry. Luego se puso de pie y la llevó junto a su hermano—. Hablaremos por la mañana.
Regresa a tu habitación, te estás enfriando.

—No le digas nada de esto a Flora —le susurró a Harry.

—Por supuesto que no lo haré, tendría un ataque. Realmente, Caroline, debo decirte que estoy
muy decepcionado con tu comportamiento.

—¡Oh, no seas tan remilgado, Harry! —replicó, repentinamente furiosa con él y con todos los
demás hombres del mundo.

Cerró la puerta en su rostro desaprobador, se apoyó contra los pesados paneles y luchó contra
su estómago revuelto, enferma por la reacción y los efectos del ron. Le dolía la cabeza y sentía
una sed intensa.

Cuando llegó a su habitación, Caro se sirvió un vaso de agua del frasco en la mesita de noche y
cruzó hacia la ventana, arrastrando tras de sí la colcha de Jervais. La nieve yacía espesa ahora,
cubriendo el parque en silencio bajo la luz de la luna. Era tan hermosa, tan tranquila, y ella se
sentía completamente confundida y miserable.

Iba a casarse con Jervais, el hombre al que amaba, pero por todas las razones equivocadas.
Cuando se reencontraron en Londres, había fingido no conocerlo para que él no sintiera la
obligación de proponerle matrimonio.

Cuando él había hecho una declaración, ella había creído que era porque tenía sentimientos
por ella, solo para ver esa creencia desmoronarse cuando él demostró que no confiaba en ella.
Incluso eso era mejor que la perspectiva que enfrentaba ahora: el conocimiento de que, sin
quererlo, había atrapado a Jervais en el matrimonio.

Levantarse de la cama a la mañana siguiente, con el peor dolor de cabeza que había tenido en
su vida, fue un acto de pura voluntad y determinación.
Caro se sentó en el borde del colchón e intentó dominar su estómago rebelde. Era un
verdadero misterio que los hombres estuvieran dispuestos a tolerar las secuelas de las bebidas
fuertes de manera regular.

La sirvienta entró con agua caliente, llena de emocionantes charlas sobre la espesa nieve que
había caído durante la noche.

—Y dicen que el pueblo está bastante aislado, señorita.

Caro agitó una mano flácida

—Oh, por favor, Katy, cállate. Me duele tanto la cabeza que apenas puedo pensar.

—No debería estar fuera de la cama, señorita. —Katy parecía preocupada mientras apartaba las
pesadas cortinas de la ventana.

Caro hizo una mueca y cerró los ojos ante la clara luz blanca que inundaba la habitación.

—Aún es temprano, señorita. ¿por qué no se tumba otra vez y le pido a Cook que le prepare
una infusión calmante? Mírese, está pálida y demacrada y tiene grandes ojeras bajo los ojos.

Muchas gracias, Katy. Eso me hace sentir mil veces peor.

La tentación de quedarse en la cama era casi abrumadora, pero Caro luchó contra ella. No,
debía hablar con Jervais antes de que Harry tuviera la oportunidad de contarle a todos en la
casa la buena noticia de su hermana.

Sentada frente al espejo, sorbiendo la tisana de Cook, reflexionó que al menos Harry también
debía sentirse algo frágil esa mañana y, si la suerte estaba de su lado, se quedaría en su
habitación un rato más.

—Algo muy sencillo, Katy, por favor —suplicó mientras la sirvienta se acercaba con horquillas y
cepillo para arreglarle el cabello—. Déjalo suelto, solo desenreda los nudos.

La comida estaba servida en la sala de desayunos, pero, como Caro esperaba, ninguno de los
invitados había bajado aún. Dudó, preguntándose si se atrevía a ir al dormitorio de Jervais para
hablar con él, cuando escuchó el sonido de la puerta de la biblioteca cerrándose. Nadie más
que el dueño de la casa probablemente estaría allí a esa hora.

Se encontró con Jervais frente a la fría chimenea, con un pie calzado en el guardabarros. Iba
vestido para montar a caballo, pero no parecía tener prisa por salir y miraba pensativo el cristal
sobre la repisa de la chimenea, tamborileando lentamente con los dedos sobre el mármol.

Sus miradas se encontraron en la imagen reflejada; los ojos de él eran oscuros e inexpresivos,
los de ella, sombreados y ansiosos.

—Jervais, esperaba encontrarte a solas —comenzó Caro mientras cruzaba la habitación hacia
él.

Él se volvió, pero no hizo ningún movimiento para acercarse. En cambio, observó su rostro con
atención.

—Tienes un aspecto horrible.

—¡Gracias, milord! —replicó Caro con desdén—. Puedes estar seguro de que así me siento.
—No es de extrañar, considerando el estado en que estabas anoche. Necesitas el pelo del
perro. —Mientras hablaba, ya estaba sirviendo un pequeño trago de brandy del decantador—.
Toma, bebe esto

—Oh, no. —Se echó hacia atrás con repulsión—. Me pondré enferma.

—No, no lo harás —dijo él con gravedad—. Tómalo de un trago.

Difícilmente podía sentirse peor. Caro hizo lo que le decían y cerró los ojos con un
estremecimiento mientras el licor ardía en la parte posterior de su garganta. Durante un
momento aterrador, su estómago se rebeló, luego parpadeó sorprendida.

—¡Oh! Así está mejor. —Dejó el vaso y le sonrió temblorosamente—. No puedo concebir por
qué ustedes los hombres beben por placer si así es como se sienten cada mañana.

—De eso deduzco que mi prometida no tiene la costumbre de beber ponches de ron todas las
noches. —Las palabras fueron dichas con ligereza, pero había poco humor evidente en su
expresión sombría.

—Por supuesto que no, no seas absurdo. Pero no importa eso ahora, debemos ponernos de
acuerdo sobre qué hacer antes de que Harry empiece a difundir la noticia de nuestro
compromiso.

—¿Hacer? ¿Qué hay para que hagamos? —Puso sus manos detrás de la espalda y se balanceó
ligeramente sobre los talones mientras la observaba—. Había supuesto que lady Grey estaría
haciendo listas interminables y que ella y usted comprarían la ropa que usarás en la boda una
vez que regresaran a la ciudad. Por supuesto, si deseas discutir en qué iglesia nos casaremos, o
qué arreglos quieres hacer para el personal doméstico en la casa de la ciudad, estoy a tu
disposición. Pero después de que hayamos comido, ¿seguro que es bastante pronto?

Le ofreció el brazo como si quisiera llevarla a desayunar.

—¡Jervais! —protestó Caro—. Eso no es lo que yo...

—¿Esperabas? —completó él por ella—. Perdóname, Caroline. Debes pensar que soy muy poco
demostrativo, poco romántico. Pero dudo en presionar mis atenciones sobre ti, viéndote tan
frágil como estás. Sin embargo...

Se encogió de hombros, tomó la mano que había metido bajo su codo y la llevó a sus labios,
atrayéndola hacia él mientras lo hacía. Caro le miró a la cara, sorprendida por el silencio. Sintió
que sus labios se entreabrían involuntariamente y respiró entrecortadamente antes de que la
boca de él se posara en la suya.

El beso de Jervais fue duro y exigente en su insistencia de que ella se rindiera a él, y Caro sintió
cómo sus pocas defensas se desmoronaban. El toque de su lengua contra la de ella provocó una
sacudida que recorrió su cuerpo, y se estrechó más contra su cuerpo; toda su determinación de
rechazarlo derritiéndose en el calor de su abrazo.

Jervais se inclinó para acunarla y levantarla en sus brazos, llevándola lánguidamente y sin
protestas hacia el sillón largo. Allí se hundió lentamente, llevándosela consigo para acurrucarla
en su regazo. No despegó sus labios ni una sola vez, y ella estaba tan atrapada en los
sentimientos que él estaba despertando que apenas era consciente de que ya no estaba de pie.

Él inclinó la cabeza para besarle la turgencia de sus pechos, que se elevaban por encima del
encaje del corpiño. Un escalofrío la recorrió, pero cuando él levantó la vista, ella entrelazó sus
dedos en su cabello castaño para impulsarlo a continuar. En lugar de eso, él se rio roncamente,
se sentó más erguido y tiró de ella hacia atrás para que se apoyara en su hombro.

—Basta de esto, mi pequeña libertina. Estoy comenzando a pensar que lo que dije sobre
anticipar la ceremonia de boda tiene algún mérito.
Capítulo XVIII
Ceremonia de boda. Las palabras bastaron para que volviera en sí.

—Pero de eso es de lo que vine a hablar contigo, Jervais.

—¿Anticipar la ceremonia? —preguntó él.

—¡No! Cancelarla, y lo antes posible, antes de que Harry le cuente a alguien. ¿Por qué crees
que estoy aquí tan temprano?

El rostro de él se endureció. Con la misma rapidez con que se había encontrado de rodillas, se
sentó a su lado en el largo sillón.

—¿Entiendo bien, Caroline? Después de lo que acaba de suceder entre nosotros, después de
haber sido descubierta ebria en mi cama por tu propio hermano, ¿me dices que no deseas
casarte conmigo?

—Sí —respondió ella con franqueza, mientras tiraba del corsé hacia arriba sobre su ardiente
pecho.

—¿Y exactamente qué creías que estabas haciendo hace un momento? —Su voz era calmada y
cuestionadora, pero había un peligro subyacente que ella eligió ignorar.

—Bueno, me besaste. Me cogiste por sorpresa. —Caro se puso de pie, alisando las arrugas
traicioneras de su vestido de muselina donde había sido aplastado contra sus muslos.

Jervais también se puso de pie, muy cerca de ella, sin tocarla.

—Empiezo a preguntarme si puedes ser tan inocente del efecto que tus acciones tienen sobre
un hombre como quieres hacerme creer.

—¡Jervais! —Pero su indignación no sonaba del todo convincente. Caro era intensamente
consciente de que Jervais sólo tenía que besarla para incitar su propia necesidad de él—.
Detente, me estás distrayendo. —Ignoró la expresión incrédula que cruzó su rostro y
continuó—. Quiero decir que debemos hablar de esto antes de que se nos unan los demás. No
puedo casarme contigo.

—Parece haber solo una explicación para tu negativa —comentó él—. Si, por supuesto, uno
debe descartar la idea de que pretendes permanecer soltera el resto de tus días. Perdóname,
Caroline, si encuentro eso difícil de creer, a juzgar por cómo reaccionas ante mí.

Caro sintió que se le subía el color a la cara.

—¡No eres un caballero!

—Señora —respondió él con calma—. En mis brazos, no te encuentro como una dama.

Caro apretó los puños en un esfuerzo por no golpear su rostro sardónico, pero él fácilmente
rodeó ambas muñecas con una mano y la apartó de él.

—Dejémonos de rodeos, Caroline. ¿Quién es él?


—¿Quién? —Se retorció ineficazmente en su agarre—. Me estás lastimando.

—No, no lo estoy. —Levantó sus manos unidas para que ella pudiera ver lo suelto que era su
agarre—. Quédate quieta. Me refiero al hombre con el que estuviste anoche, el hombre con el
que tuviste tu encuentro clandestino. ¿Es el mismo hombre con el que estuviste antes de
conocernos? ¿Le gusta cuando te vistes como una ramera?

Caro se quedó sin palabras.

—¿O es alguien más que ha llamado tu atención? —agregó, levantando una ceja.

Ella recuperó la voz, aunque salió como un graznido indignado.

—¿Con cuántos hombres crees que estoy enredada, por el amor de Dios?

Él la soltó y se encogió de hombros con desdén.

—No me gustaría aventurar una conjetura.

Caro se controló con dificultad. Finalmente logró, con una calma que ocultaba su deseo de
gritar como una pescadera:

—Estaba en ese páramo por una razón perfectamente inocente y si no puedes confiar en mí lo
suficiente como para creerlo, entonces no tengo intención de darte una explicación.

—¿Así que ya no mantienes que has perdido la memoria? —Jervais cruzó los brazos sobre el
pecho y se apoyó en la repisa de la chimenea.

—Había perdido la memoria. Cuando me encontraste, no tenía idea de cómo había llegado allí
ni por qué estaba vestida así. Y ahora lo he recordado. Hasta anoche...

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, deseó haberse mordido la lengua, pues él
entrecerró los ojos.

—No había considerado que la aplicación liberal de ron fuera un incentivo para recuperar la
memoria.

—¡Oh, no importa el ron! Y lo que estaba haciendo anoche no es de tu incumbencia. No tienes


autoridad para preguntarme y nunca la tendrás. Jervais, hazme el favor de creer que no deseo
casarme contigo. —Estaba sonrojada y sin aliento por la desesperada necesidad de convencerle
a él, y a sí misma, de que era así.

Jervais miró en sus ojos y dijo suavemente:

—Sí, te creo.

Caro cerró los ojos con un suspiro de alivio. Luego la sensación se esfumó, abrumada por el
arrepentimiento. No podía casarse con Jervais sabiendo que ni la amaba ni confiaba en ella,
pero, oh, cómo dolía hacer lo correcto y liberarlo.

—Caroline, querida. —Era su tía, con un tono de reproche indulgente en su voz al entrar en la
habitación—. ¿Sola y sin acompañante?

—¡Flora! —Caro dio un respingo, sobresaltada, saliendo de una realidad en la que sólo existían
ella y Jervais. Probablemente se veía completamente culpable, se dio cuenta.
—Deberías haber esperado a bajar a desayunar conmigo, Caroline —la reprendió Flora,
lanzándole a Jervais una mirada que implicaba que su protesta era meramente formal, que
confiaba en él implícitamente.

—Sí, Flora, lo siento. —Caro dio un paso hacia ella, pero se detuvo en seco por la mano de
Jervais en su brazo.

—Querida, permíteme contarle a tu tía sobre nuestra felicidad. Lady Grey, ayer le pedí al sir
Harry el honor de dirigirme a la señorita Sinclair, y me complace informarle que ha aceptado mi
propuesta.

El grito ahogado de Caro se perdió en el abrazo y la lluvia de besos de su tía. Era imposible
interrumpirla mientras Flora, desbordante de emoción, daba rienda suelta a sus sentimientos.
Finalmente se quedó sin aliento, le dio a Jervais un sonoro beso en la mejilla que pareció
sorprender a ambos, y salió revoloteando, llamando por encima del hombro:

—Tengo que decírselo a Anthony… Quiero decir, al mayor Gresham...

—¡Jervais! ¿Has perdido la cabeza? —explotó Caro estalló en cuanto perdió de vista a su tía—.
Acabas de liberarme del compromiso.

—Te dije que te creía cuando dijiste que no querías casarte conmigo

—¿Y entonces? —Quería golpearlo, borrar esa expresión de superioridad y conocimiento de sus
facciones.

—Lo que quieres, Caroline, no ocupa el primer lugar en importancia; hay consideraciones más
grandes en juego.

—No logro entender qué otra consideración puede haber más allá de mis... nuestros
sentimientos.

—Nuestros sentimientos no son el tema y no era consciente de que hubiéramos discutido los
míos, en cualquier caso. No, tu reputación, mi honor y las expectativas de tu familia, esas son
de suma importancia.

—Solo quiero hacer lo correcto —explotó ella—. Y todo lo que haces, mojigato santurrón, es
parlotear sobre la reputación y el honor. Si te hubieras callado, ninguno de los dos estaría en
peligro.

Casi a ciegas, tropezó con una silla y se sentó, con el rostro desencajado. No lloraré. Tampoco
quiso admitir cuánto lo amaba, cuánto dolía que su sacrificio le fuera echado en cara.

Hubo silencio. Cuando Caro se atrevió a echar un vistazo furtivo por entre sus pestañas, Jervais
lucía perfectamente calmado. Buscó algún vestigio de emoción, algún signo de sus verdaderos
sentimientos, el menor indicio de que deseaba casarse con ella por ella misma y no por honor o
deber. Abrió la boca, con las palabras «¿Pero me amas?» temblando en sus labios.

Sus miradas se encontraron; él dio un paso hacia ella y las palabras estaban casi a punto de salir
de su boca cuando hubo un susurro de vestidos, un murmullo emocionado y la biblioteca se
llenó de gente.

Lady Shannon besó a Caro, el comandante Gresham estrechó la mano de Jervais, sir Richard y el
comandante Routh se sumaron a las felicitaciones y Harry, con Julia a su lado, tenía la expresión
posesiva de un hombre que acaba de ver a su hermana hacer un matrimonio muy conveniente.

Era casi un alivio. Caro se dio cuenta de que no tenía nada que hacer excepto sonreír y asentir y
aceptar con gracia los buenos deseos que le dedicaban.

Serena Shannon debió haber notado algo en su expresión que incluso Flora no había percibido.

—Estás bastante alterada, querida —dijo con curiosidad—. Dime, ¿cuándo se declaró mi
primo?

Caro lanzó a Jervais una mirada que lo invitaba a responder a esta pertinente pregunta. Harry,
súbitamente abrumado por la confusión, abrió la boca para hablar, pero Jervais intervino.

—Oh, muy temprano esta mañana. —Colocó la mano de Caro firmemente bajo su brazo,
ignorando su mirada sorprendida—. Ambos nos encontramos... —hizo una pausa—. Despiertos
a una hora inusitada. Aproveché el momento y, para mi gran alegría, Caroline aceptó mi
propuesta.

Caro, dividida entre el alivio y el resentimiento por su fácil manipulación de los hechos, miró
hacia arriba y se encontró paralizada y conmovida por la intensidad de su expresión al mirarla.

Podrían haber estado solos. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron por lo que pareció una
eternidad. A ella le pareció ver en los ojos de él un reflejo de sus abrazos anteriores, y entonces
su boca se curvó, evocando el recuerdo de su presión sobre la de ella, el ardor de su respuesta.

Caro inhaló bruscamente. Jervais era un excelente actor, no había duda de eso, pero
igualmente no podía dudar de su deseo por ella. Y el mío por él, pensó aturdida.

El desayuno parecía haber adquirido el aire de una fiesta de compromiso. Caro era consciente
de una procesión de sirvientes que echaban miradas furtivas alrededor del biombo que
protegía la entrada a la despensa del mayordomo y había el doble de personas de las
necesarias sirviendo, teniendo en cuenta que la mesa y el bufé ya estaban dispuestos para que
los invitados se sirvieran ellos mismos. Jervais le ofreció una silla, preguntando con solicitud
qué deseaba comer.

—Oh, nada. Quizás un poco de pan y mantequilla y un poco de té.

Cuando miró el plato que le había puesto delante, lo encontró lleno de jamón, tortilla y
rebanadas de pan caliente.

—No puedo comer todo esto —protestó.

Flora, al escuchar, se inclinó hacia adelante.

—Ahora come, Caroline. Creo que estás muy pálida esta mañana. La emoción, supongo
—agregó con satisfacción a lady Shannon, quien asintió en acuerdo.

Jervais habló en un susurro en su oído, su aliento moviendo su cabello.

— Más bien las secuelas del ron —murmuró.

—Lo juro, nunca volveré a tocar el alcohol —susurró ella de vuelta con un escalofrío—. Y, justo
en este momento, tampoco creo que vuelva a comer nunca más.

En respuesta, Jervais cortó un trozo de tortilla y se lo llevó a los labios.


—Cómetela, confía en mí, aunque sólo sea esto.

Su mirada sorprendida voló hacia su rostro, pero no había nada sardónico allí. Él sonrió con
ternura y ella abrió la boca. La comida estaba caliente, gustosa y sorprendentemente buena.

—¡Oh, esto está mejor!

Caro era consciente del repentino silencio en la sala y miró hacia arriba para encontrar a la
mayoría de los demás observando a la pareja comprometida con expresiones de aprobación
indulgente. Solo el mayor Routh, que no era hombre de descuidar la comida en aras de los
sentimientos, se dedicaba a un gran solomillo.

Avergonzada e irritada, Caro murmuró:

—No tengo ningún problema en confiar en usted en asuntos relacionados con los efectos
secundarios de la bebida fuerte, mi señor.

—Hay muchas cosas en las que tengo más experiencia que tú, Caroline —respondió él con voz
ronca—. Será un placer para mí ser tu tutor.

—Qué hermoso día tan fresco —anunció Flora alegremente—. Pero me temo que la nieve es
demasiado profunda para que nos aventuremos a salir. ¿Qué haremos hoy, lady Shannon?

— Me temo que estaré ocupada todo el día con las tareas domésticas, Lady Grey. Debo revisar
los menús con Cook por si quedamos atrapados por mucho tiempo y no podemos conseguir
provisiones frescas del pueblo. Y debería hablar con la señora Chawton. Si el tiempo mejora lo
suficiente como para que nuestros invitados vengan a nuestra fiesta de Nochevieja, debemos
tener habitaciones preparadas por si no pueden volver esa noche.

Miró inquisitivamente a Flora.

—¿Le gustaría acompañarme? Jervais ha hecho instalar uno de los nuevos hornos de hierro
fundido, puede que eso le sea de interés a usted.

—Por supuesto, sí. —Flora estaba llena de entusiasmo—. He leído sobre ellos y pensé en poner
uno en Brook Street, pero nuestro cocinero es lamentablemente obstinado en sus opiniones y
no cree que sea una mejora.

Harry, al escuchar, se echó a reír.

—Lo que realmente dijo, lady Shannon fue que iba en contra de la naturaleza, que explotaría,
nos quemaría a todos en nuestras camas y que nunca podría hacer un buen flan de huevo de
nuevo.

Todo el grupo se rió de la animada imitación de Harry de los indignados acentos de Cook. Caro,
aliviada de ya no ser el centro de atención, se concentró en terminar su desayuno.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte, madre? —preguntó Lady Julia—. Porque si no…

—Lo sé —dijo su madre con indulgencia—. Deseas continuar con tu obra. Bueno, no veo
objeciones a menos que lady Grey tenga alguna pequeña tarea que desee que realices.

Flora atrapó la mirada de Harry y sonrió.

—No, tú ve y diviértete, querida. Harry, ¿cómo piensas ocupar tu tiempo?


Harry lucía algo cohibido, pero respondió con suficiente facilidad.

—Si lady Julia desea mi ayuda, estaré encantado de acompañarla.

—Oh, por favor, hágalo. —Julia estaba radiante—. Es usted de gran ayuda.

Caro cogió la miel y se detuvo, sorprendida por la improbable visión de su hermano como musa
literaria.

—¿De qué manera ayudas, Harry? —preguntó inocentemente.

Julia respondió por él, llena de entusiasmo juvenil.

—Él afila mis plumas y está a mi lado con el Diccionario del Dr. Johnson por si me falta alguna
palabra. Además, me anima mucho cuando le leo una escena. Siempre se ríe de mis bromas.

Caro consiguió controlar el temblor de sus labios y volvió a su desayuno, sólo para descubrir
que Jervais estaba cortando sus soldados de miel de pan integral.

—No soy una inválida —dijo con brusquedad cuando él le entregó el plato.

—Debes permitirme el placer de cuidar de ti, Caroline —dijo él con suavidad—. Tengo la
intención de empezar como quiero seguir.

Ella dijo en voz baja:

—Ya no hay escapatoria, ¿verdad?

Igualmente, en voz baja, él respondió:

—No, para ninguno de los dos. —No había nada de amoroso en aquellas sombrías palabras
Capítulo XIX
Caro se cuidó de no quedarse a solas con Jervais durante los días siguientes. De hecho, esto
resultó más fácil de lo que temía, ya que la casa estaba en pleno alboroto con los preparativos
de la comida de Navidad.

Todo el trabajo culminó en una magnífica cena en la víspera de Navidad. La mesa se

doblaba bajo los deliciosos acompañamientos del ganso, una noble ave llevada con mucha
ceremonia por Chawton.

Jervais mandó llamar a Cook, que llegó con la cara colorada y resplandeciente en su mejor
delantal para recibir las felicitaciones del grupo

—Por su muy buena salud, señora Burke. Chawton, toma seis de los mejores claretes y
asegúrate de que el personal se siente a su propia cena ahora.

Se volvió hacia Caro, sentada a su derecha.

—Espero que no desapruebes nuestra tradición familiar de servirnos a nosotros mismos en la


mesa de Navidad.

—Por supuesto que no —dijo ella calurosamente mientras él empezaba a trinchar el ganso—.
Siempre me ha parecido injusto que los sirvientes tengan que esperar hasta que regresen de la
iglesia.

Después de la comida, intercambiaron regalos entre risas y exclamaciones, en medio de un mar


de papel plateado y cintas abandonadas. El regalo de Caro, La historia natural de Selborne, fue
un gran éxito y suspiró aliviada cuando Jervais lo pasó alrededor de la mesa para que todos lo
admiraran.

—Debes inscribirlo —insistió él una vez que volvió a tenerlo en sus manos. Al menos había
elegido bien y no algo insultantemente impersonal o demasiado revelador

Había terminado de abrir todos los paquetes frente a ella y había agradecido a sus amigos por
sus regalos, pero no había recibido nada de parte de Jervais. ¿Acaso habría olvidado su regalo
cuando había dado presentes a todos los demás?

Vio que Serena Shannon los miraba a ambos con una sonrisa pícara, que se convirtió en una de
satisfacción cuando Jervais levantó un estuche de cuero azul del aparador.

Colocó el estuche frente a ella y tocó su mano ligeramente.

—Esto era de mi madre, Caroline, me gustaría que lo tuvieras ahora.

Esto era más que un libro o un chal. Vacilante, abrió el pestillo y levantó la tapa, luego jadeó al
verse deslumbrada por una explosión de luz blanca. Sobre un lecho de terciopelo azul yacía un
juego de diamantes, sus innumerables destellos danzando a la luz de las velas.

—¡Oh, pero no puedo llevar esto!

—Magnífico —declaró Flora, levantándose de su asiento para admirar las joyas—. Pero, sí,
puedes llevarlas. Las piedras de colores, por supuesto, no serían elegibles hasta que estuvieras
casada, pero los diamantes, especialmente ahora que estás prometida, son los más adecuados.

Caro miró atónita dentro de la caja, a la tiara, el collar, los pendientes, las pulseras y los
broches. Todos emitían su propio brillo. Nunca había visto nada tan fino, pero no fue el
esplendor ni el valor del regalo lo que la abrumó. Estas eran las joyas de la madre de Jervais, la
señal de que su vida iba a dar un vuelco en pocas semanas. Eran las joyas de lady Barnard, no
de la señorita Sinclair. Su esposa.

—¿Me permitirás, Caroline? —preguntó Jervais, su voz suave en su oído. Antes de que pudiera
responder, había desabrochado el modesto collar de perlas que llevaba en el cuello y había
colocado en su lugar los fríos diamantes.

Sus dedos le acariciaron la nuca mientras desenredaba unos finos cabellos del broche, y ella se
estremeció en respuesta. Cuando colocó sus manos posesivamente sobre sus hombros
descubiertos y se inclinó para besarle la mejilla, Caro giró su rostro hacia él y sus labios se
encontraron.

La caricia solo pudo durar unos breves segundos, pero todos los observaron en silencio hasta
que sir Richard rompió el ambiente, aclarando su garganta ruidosamente.

Flora, cuyas mejillas estaban bastante sonrojadas, se volvió hacia su anfitriona.

—¿No deberíamos ir a buscar nuestros mantos y libros de oraciones? Creo que el reloj acaba de
dar la hora.

En un torbellino de abrigos y bufandas, el grupo se reunió en la escalinata donde estaban los


carruajes que los llevarían a la iglesia parroquial. Jervais, Serena, Julia, Caroline, Flora y Harry se
apiñaron en el gran carruaje mientras sir Richard y el mayor Routh los seguían en un coche de
caballos.

—¿Tienes la intención de reparar la capilla en Dunharrow para tu boda, Jervais? —preguntó


Serena mientras el carruaje avanzaba con cautela por el camino.

—Tomará demasiado tiempo. Juro que cada carcoma y murciélago en Hampshire ha tomado
residencia allí. Además, aún no he discutido con Caroline dónde desea casarse.

—Bueno, me parece apropiado que sea en Longford —dijo Flora con duda cuando Caro no
respondió.

—Señor, no —gimió Harry—. No con ese aburrido y prosaico párroco. Quiero disfrutar de la
boda, no pasar dos horas escuchando un mal sermón.

—Bueno, querido, tu padre lo instaló en la vivienda, así que es de suponer que tú puedes
sustituirlo —comentó Flora—. Debo estar de acuerdo, el hombre un completo aburrido. —Se
volvió hacia Lady Shannon—. Disfruto de un buen sermón, pero el señor Colwell...

Jervais habló en voz baja a Caro en la penumbra.

—Tu familia ha dejado claras sus opiniones, pero ¿qué es lo que tú deseas?

—Sabes lo que quiero —replicó ella con vehemencia—. No quiero que este matrimonio tenga
lugar en absoluto.
—Pero dado que va a suceder, ¿tienes alguna preferencia? —Él cerró su mano enguantada
sobre el fino cuero que cubría la de ella y comenzó a frotar un dedo suavemente por el dorso
de su mano. La respiración de Caro se tensó y apenas pudo hablar, con el collar de diamantes
frío y pesado alrededor del cuello.

—No me importa... —comenzó ella mientras el carruaje se detenía en la puerta de entrada. Era
demasiado tarde para terminar la frase.

Llegaron a la casa poco después de medianoche, con el sonido de las campanas de la iglesia
resonando aún en el valle helado.

—Ese fue un sermón espléndido —observó Flora mientras se dirigían al salón para disfrutar de
un vaso de ponche caliente.

—Y qué iglesia tan atractiva. Mucho más bonita que San Godric en Longford. ¿Por qué no
celebrar la boda aquí, en la iglesia y no en la capilla?

—¿Ya han decidido una fecha? —preguntó Serena.

—Aún no —respondió Caro, viéndose obligada por la pregunta directa—. Pero seguramente no
hay necesidad de apresurarse. Podemos considerarlo después de la temporada navideña.

—No hay necesidad de apresurarse, en efecto —coincidió Flora—. Pero tampoco hay motivo
para retrasarse.

—Así es —observó el mayor Gresham en voz baja, lanzando una mirada significativa a Flora,
quien se sonrojó intensamente.

Caro captó el intercambio. No seas tan egoísta. Flora había sacrificado mucho para
proporcionar un hogar a sus sobrinos huérfanos y cada día que Caro posponía su propia boda
retrasaba también el emparejamiento de Flora con su paciente mayor.

Su mirada se posó en su hermano, sentado hombro con hombro con Lady Julia, pasando las
páginas de un álbum de estampas que ella le había regalado, sus dos cabezas, una oscura y otra
rubia, casi tocándose. Era aún temprano, pero Caro intuyó que podrían hacer una pareja, y su
posición como esposa de Jervais ayudaría a que el cortejo avanzara, quizá lo hiciera más
aceptable para el conde de Shannon.

Lady Shannon se levantó.

—Vamos, Julia, es hora de que ambas nos vayamos a la cama. ¡Mis amigos, las bendiciones de
la temporada para ustedes! Buenas noches.

Caro los siguió escaleras arriba, sumida en sus pensamientos. Si nada más, esa noche había
demostrado la futilidad de intentar escapar de este matrimonio. Demasiadas personas
conocían sobre él y demasiadas tenían un interés en él: Flora y Anthony Gresham, Julia y
Harry… y el propio Jervais, con sus conceptos del honor y el deber.

Su mente daba vueltas y vueltas mientras se desnudaba lentamente. Muy bien, entonces,
mañana, no, hoy, pues el reloj daba la una, le diría a Jervais que hiciera leer los edictos. Hoy era
lunes, así que pasarían casi una semana antes de que se proclamara el primer edicto, lo que
significaría que sería casi a finales de enero antes de que pudiera llevarse a cabo cualquier
ceremonia.
El día de Navidad amaneció fresco y soleado y Jervais llevó a Caro a la misa matutina en su
carruaje. A medida que pasaban entre los setos cargados de nieve, y la calesa les seguía con
más calma, Caro sintió que el aire helado y vigorizante le levantaba el ánimo.

Jervais la miró de reojo.

—¿Tienes suficiente calor? Me alegra ver el color regresar a tus mejillas. Has estado demasiado
pálida últimamente.

Ella contuvo la respuesta que había surgido en sus labios, de que él era la causa de su palidez.
Iba a casarse con aquel hombre, el hombre al que amaba cuando todo estaba dicho y hecho, y
no había nada que ganar con discusiones interminables. Era una hermosa mañana, todos los
demás estaban felices, ella estaba decidida, de repente, a sacar lo mejor de las cosas.

Caro se giró en el asiento para ver mejor a Jervais y sonrió.

—Oh, sí, estoy bastante abrigada, gracias. Después de todo, este es un día tan hermoso tras
toda esa niebla densa. ¿No podemos conducir un poco más después de la iglesia? —Ella vio la
fugaz expresión de sorpresa en su rostro y bajó la mirada—. Hay algo que quiero discutir
contigo.

—Por supuesto, si así lo deseas —acordó Jervais mientras se detenían ante la iglesia. El mozo
que había cabalgado con la calesa bajó de un salto para tomar las cabezas de los caballos y todo
el grupo entró en la iglesia.

Caro se esforzó por mantener sus pensamientos en orden durante el servicio, pero sintió con
culpa que sus devociones navideñas estaban algo distraídas.

Lady Shannon, al enterarse de sus planes, dijo:

—Una buena idea, estamos todos un poco aburridos de tanto tiempo en casa. ¿Qué le parece,
lady Grey? ¿Damos una vuelta por el parque antes de regresar?

Jervais contuvo a su equipo hasta que vio en qué dirección se dirigía el cochero, luego giró hacia
el camino opuesto. Condujeron en silencio durante un rato, hasta que el cochero se detuvo en
lo alto de una ligera elevación desde la que se divisaba un hermoso paisaje. El sol, rojo y bajo en
el cielo, proyectaba un resplandor rosado sobre los campos cubiertos de nieve.

—¿Cazas? —preguntó.

—Siempre, en Longford, por el galope. Me lo he perdido en Londres. Debo admitir que disfruto
de la carrera, pero siempre me alegro cuando el zorro se escapa.

—¿Vendrás a la cacería del Día de San Esteban?

—Lo haría si tuviera a Willow conmigo, pero ella está en Longford —dijo Caro distraídamente,
evaluando con la mirada el hermoso terreno de caza, con sus setos recortados y sus orillas
pulcras.

—Hay un caballo castaño en mis establos que puedes usar.

—Entonces cazaré, con gusto —acordó ella.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos. Jervais parecía contentarse con inspeccionar su terreno,
pero Caro luchaba por encontrar las palabras para introducir el tema de su día de boda.
—Jervais... —comenzó, justo cuando él dijo:

—Había algo que deseabas decirme... —Ambos se interrumpieron, y entonces él la animó—.


Continúa.

—Nuestra fecha de boda: hagamos que se lean los edictos pronto. El próximo domingo, si lo
deseas, entonces podríamos casarnos, digamos, el veinte del próximo mes.

—Caroline, de repente estás siendo sorprendentemente objetiva al respecto —comentó


Jervais—. ¿Por qué?

La franqueza de su pregunta le arrancó la verdad.

—Como tú mismo me señalaste, no hay escape de este matrimonio, así que he decidido
adaptarme lo mejor que pueda. Y me doy cuenta de que estoy siendo egoísta con aquellos a
quienes más amo.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó.

—Escuché a Flora decirle al mayor Gresham que no podía casarse con él hasta que yo estuviera
bien establecida, así que ahora pueden casarse. Y Harry muestra una marcada preferencia por
Lady Julia. Si estoy casada contigo, tal vez el conde mire con buenos ojos su cortejo.

—Qué halagador —dijo Jervais, su voz fría—. No tenía idea de que fueras de tan romántica
disposición. Qué noble de tu parte obligarte a casarte conmigo por su bien. Confío en que
estarán agradecidos por tu sacrificio.

—Oh, bájate de ese pedestal, milord. —La idea de que pudiera sentirse herido por sus palabras
era casi risible—. Sabes que me estás obligando a casarme contigo; ¿quieres que sea tan
hipócrita como para fingir que me caso contigo por otra razón?

Hubo una pausa cargada de significado. Caro lanzó una mirada de reojo a su perfil
imperturbable, preguntándose si esta vez se había pasado un poco.

Pero cuando Jervais finalmente habló, no había rastro del desagrado que ella pensaba haber
detectado.

—Elogio tu honestidad. Entonces, entre nosotros, no finjamos que nos casamos por otra razón
que no sea la necesidad. Pero eso no debería impedirnos comportarnos civilizadamente el uno
con el otro, ¿confío en ello?

—No, por supuesto que no —acordó Caro. Era un gran alivio que ahora estuviera siendo
cooperativo. Apartó el dolor de que él no la amara y se dijo a sí misma que un arreglo civilizado
era lo mejor que podía esperar—. Después de todo, los matrimonios de conveniencia han
existido durante siglos; estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo y aprender a
llevarnos bien juntos.

Los caballos se movieron inquietos, como si sus manos se hubieran apretado en las riendas.

—Tus caballos se inquietan con el frío —observó ella.

Jervais sacudió las riendas y el equipo siguió caminando.

—¿Te gustaría ampliar un poco lo que quieres decir con un acuerdo?


—Seguramente no creerás que estoy consintiendo otra cosa que no sea un matrimonio de
conveniencia —tartamudeó ella—. No hay necesidad de que hagamos eso.

—Déjame asegurarte, Caroline, que no hay duda de que necesito un heredero —declaró él sin
rodeos—. Y para lograrlo, necesitaremos hacer eso.

—Oh. —Sentía como si sus entrañas hubieran caído en un abismo—. Pero eso significa que tú...
Quiero decir, yo debo...

Debo hacer el amor con él cuando sé que no me ama ni confía en mí. No creo que pueda
soportarlo.

—Te habrás dado cuenta de lo que implica. —La irritación de Jervais parecía disolverse en algo
cercano a la diversión.

—Pero solo te casas conmigo porque tienes que hacerlo —protestó ella débilmente. Quizás le
parecía divertida su ingenuidad.

—Y tengo la firme intención de sacar el mejor provecho de ello. Caroline, ¿qué te sucede? Nada
en nuestro pasado me hizo pensar que encontrarías tan repugnante hacer el amor.

Incluso el recuerdo de los encuentros entre ellos la hacía estremecer de pies a cabeza, pero no
podía, ni quería, entregarse a un hombre que no la amaba. Eso se sentiría horriblemente
cercano a la relación entre un hombre y su amante.

Incapaz de responderle, apartó el rostro, mordiendo su labio mientras miraba sin ver a un
faisán macho que se paseaba por el campo cercano.

—¿Tienes miedo? —preguntó Jervais, su voz de repente suave—. No es necesario, sabes, seré
muy delicado. —Al recibir solo un sonido ahogado como respuesta, añadió—. Deberías hablar
con tu tía, ella te tranquilizará.

Sin embargo, ella no podía mirarle, sólo mover la cabeza en silencio. Sintió el cuero suave y frío
de su dedo enguantado recorriendo la línea de su pómulo.

—No diremos más sobre esto ahora, Caroline, pero debes saber que nunca te forzaría. Vamos,
el almuerzo nos espera.
Capítulo XX
El resto del día transcurrió tranquilo. Caro se sentía fría y no lograba entrar en calor, a pesar de
que Flora, al notar que temblaba, insistió en que se sentara junto al fuego antes de marcharse a
reprender a Jervais por mantenerla fuera en el frío.

Cuando llegó la hora de acostarse, Caro seguía sintiéndose muy apagada. Mientras su sirvienta
le recogía el pelo y le desabrochaba el vestido, su mirada no dejaba de desviarse hacia la gran
cama.

Había empujado a un rincón de su mente las consecuencias de aceptar a Jervais como su


esposo. Sabía que bastaba con que él la tocara para que sus sentidos ardieran, pero había
pensado poco más allá de los besos y las caricias desde aquel momento en que había estado a
punto de irse a su cama en Rochdale. Por supuesto, sabía lo que implicaba el matrimonio, en
teoría. Pero la práctica era confusa y no era algo que se le hubiera ocurrido temer, hasta ahora.

Flora entró con una taza de chocolate caliente y, cuando la criada se hubo marchado y Caro
estuvo sentada contra los cojines dándole un sorbo, dijo:

—¿Qué te pasa, querida? Has estado muy apagada desde que regresaste de tu paseo esta
mañana.

Caro sabía que se estaba sonrojando.

—No es nada, Flora. Jervais... Quiero decir, él... —Su voz se desvaneció.

—Ah —dijo Flora, acomodándose en el borde de la cama—. Así que Jervais ha estado
cortejándote y eso te ha alarmado. Debes tener en cuenta el ardor que sienten los caballeros
en estas ocasiones. Estoy segura de que él no se habría excedido.

Era casi una pregunta y Caro murmuró:

—No, no, claro que no.

—Entonces, ¿qué sucede, Caroline? Puedes hablar conmigo, querida.

—Es que no había considerado... —Caro buscó las palabras—. La noche de bodas

—Eso es algo en lo que una joven no necesita pensar —dijo Flora, y luego, cediendo un poco,
añadió—. Estará bien, especialmente después de la primera vez.

Ella misma se sonrojó un poco tras esa declaración y recogió sus faldas apresuradamente antes
de salir.

—Buenas noches, querida. Que duermas bien.

¿Dormir bien? Después de aquella útil intervención, dudaba que pudiera dormir. Mientras se
arropaba con las sábanas, Caro se encontró contemplando con claridad la intimidad que
implicaría el matrimonio.

¿Cómo podría ocultarle a Jervais que lo amaba? Y cuando él lo descubriera, ¿cómo


reaccionaría? ¿Qué sería peor, que la compadeciera o que la despreciara?
Solo Flora se quedó atrás a la mañana siguiente mientras el grupo partía hacia la primera
cacería en la plaza del pueblo de Harrowbridge. Julia y Lady Shannon llevaban sus propios
caballos, magníficos cazadores irlandeses, que destacaban a ambas damas como hábiles
amazonas. Julia estaba especialmente guapa con un hábito verde bronce que se ajustaba a su
esbelta figura y, para diversión oculta de Caro, Harry apenas podía apartar los ojos de ella.

Caro estaba bien satisfecha con el caballo castaño que Jervais había ordenado para ella.
Aunque habían pasado varias semanas desde la última vez que estuvo en la silla, estaba
encantada de poder hacer frente con facilidad a los juguetones trucos del joven animal.

Estaba algo somnolienta tras una noche inquieta, pero, de alguna manera, con la luz del sol de
esta mañana y el aire fresco, sus temores de ayer parecían exagerados.

Miró a Jervais, atrapó su mirada y ambos sonrieron. Caro se sintió encantada al ver que César,
recuperado de su lesión, había sido traído desde Londres por un mozo y estaba saltando de
energía y avena.

Jervais, impecablemente vestido, parecía controlar el gran caballo solo con la presión de sus
muslos, sujetando ligeramente las riendas con una mano mientras el corcel de caballería
sacudía la cabeza y mordía el freno impacientemente. Aquello le trajo todos los recuerdos de
Jervais de uniforme a horcajadas sobre César en el páramo, de ella sentada detrás de él
mientras cabalgaban hacia Rochdale, la sensación de su torso musculoso bajo sus brazos
envolventes.

—¿Un penique por tus pensamientos? —preguntó Jervais, montando cerca de ella.

—Estaba pensando en Lancashire —respondió ella honestamente—. Ver a César me hizo


recordar todo otra vez: los páramos, los disturbios, el regreso a Rochdale.

Hubo una ligera pausa y luego Jervais sonrió.

—Debo decir, Caroline, que estás vestida más apropiadamente para montar que en aquella
ocasión.

Aquel comentario fue demasiado directo. Caro no iba a insistir en lo que había pasado entre
ellos entonces y tampoco tenía intención de permitir que él lo hiciera.

—¿Así que apruebas mi nuevo hábito de montar? —preguntó con ligereza—. Está en la más
alta moda, debo informarte, y ha estirado al máximo mi asignación para el vestido

El tejido de color granate había sido confeccionado en un atrevido corte militar. Un ribete
negro adornaba la chaqueta ceñida, que se extendía desde las muñecas hasta los codos. Las
faldas, en cambio, fluían generosamente desde la ceñida cintura, dejando entrever de vez en
cuando unas botas a juego, y todo el conjunto estaba coronado por un sombrero de velo negro
que se inclinaba sobre un ojo.

—Muy atractivo, Caroline, pero siempre he pensado que el rojo te queda bien. —Las palabras
eran frías, pero la mirada en sus ojos la abrasaba, dejándola sin duda de que sus pensamientos
eran más sobre quitarse el atuendo que sobre admirarlo.

Se salvó de tener que responder cuando llegaron al prado del pueblo, donde el amo, un
terrateniente local llamado Stacpoole, gritaba instrucciones a los criados que estaban soltando
a los sabuesos.
Saludó a Jervais y se acercó para ser presentado al grupo.

—Es bueno ver a un Barnard cazando con nosotros una vez más. ¿Podemos esperar
encontrarnos de nuevo en Dunharrow como mi padre me dijo que hicimos una vez?

—El año que viene —aceptó Jervais, inclinándose para aceptar una copa de estribo de uno de
los camareros que corrían de un lado a otro con bandejas cargadas desde la posada.

Toda la alta burguesía de los alrededores parecía haber acudido a la cita. Caro fue presentada a
granjeros locales, clérigos montados en caballos de tiro, jóvenes damas que exhibían nuevos
hábitos bajo la mirada indulgente de padres aprobadores y un sinfín de personas que Jervais le
dijo que estarían entre los invitados a la fiesta de Año Nuevo.

Los sabuesos entraban y salían de entre los caballos, agitando las colas con emoción mientras
robaban cuantas empanadillas sabrosas dejaban caer los camareros en la aglomeración.

Finalmente, el maestro hizo un gesto a los cazadores, sonaron los cuernos de caza y toda la
cacería se lanzó desde la plaza y por el camino hacia el primer escondite.

El caballo de Caro intentaba ir al galope y ella se vio obligada a frenarlo. La silla de montar era
nueva o estaba muy pulida, y Caro tuvo que emplear toda su habilidad para mantenerse en el
asiento.

—¿Está demasiado fresco para ti? —preguntó Jervais, acercándose a ella y llevando a César
cerca, de manera protectora. Caroline le volvía loco, pero ella era suya y él iba a cuidarla,
quisiera ella o no.

Caroline se rio.

—No, en absoluto. Está muy inquieto, pero tan pronto como entremos en este escondite y
pueda dejarlo que se desahogue, se calmará.

—Sí, tienes razón, la nieve hará que sea difícil avanzar —acordó Jervais.

El grupo se detuvo en el primer escondite y se detuvo en pequeños grupos intercambiando


cotilleos y noticias. Un agricultor arrendatario se detuvo a preguntar la opinión de Jervais sobre
la conveniencia de desviar un pequeño arroyo y él escuchó con media oreja, con los ojos
puestos en Caroline.

Ella llevó al castaño a hablar con el mayor Routh y sir Richard, y Jervais la observó
intensamente. Nunca la había visto tan hermosa y llena de vida, resplandeciente con el hábito
rojo sobre el fondo nevado. Tampoco había encontrado nunca tan desconcertante su
presencia.

Ayer, ella había parecido aprensiva, como si él fuera un extraño para ella, no un hombre que la
había tenido temblando de pasión en sus brazos. Y ella era capaz de una gran pasión, de eso él
no tenía ninguna duda. A pesar de las airadas acusaciones que le había hecho, nunca había
dudado realmente de que ella era virgen; sin embargo, existía ese secreto que no quería
revelar, aunque estuvieran a punto de convertirse en marido y mujer.

Sacudió la cabeza ante el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y el agricultor
arrendatario, malinterpretando el gesto, dijo con tono decepcionado:

—Lamento que te sientas así, mi lord, pero, por supuesto, si no lo desea...


—Perdóneme, Johnson, estaba en mis pensamientos. Suena como un plan excelente. Venga a
mi casa pasado mañana, cuando Hambledon revise los arrendamientos conmigo.

—Muy bien, milord. Los atenderé a usted y a su mayordomo como sugiere. —El hombre se
quitó el sombrero y se apartó mientras los sabuesos ladraban y el grupo se giraba para ver el
destello de un pelaje rojizo cuando el zorro salió del escondite y corrió hacia los bosques
lejanos.

Los cuernos hacían sonar el «ha salido» y los jinetes se alinearon detrás del maestro mientras
comenzaba la cacería. La nieve cubría los campos, dificultando distinguir l rastro de la paja del
arado, y al principio todos los jinetes se mostraron cautelosos.

En la primera cerca, todavía estaban agrupados muy juntos y muchos empujones y forcejeos, ya
que los más confiados saltaban mientras que los más prudentes atravesaban la verja o se
colaban por los huecos entre los espinos.

Jervais se acercó a Caro, pero ella utilizó la puerta, asintiendo en agradecimiento al cura, que la
sostenía abierta con el mango de su fusta. Una vez dentro, dejó que el caballo castaño tomara
su rumbo y pronto se encontró hacia la parte delantera del grupo, ahora extendido a través de
la blanca llanura.

Señor, pero si sabe montar, pensó, y su cuerpo reaccionó al pensar en las largas piernas de Caro
a horcajadas sobre sus caderas. ¿Qué había sido esa tontería sobre un matrimonio de
conveniencia y sin sexo? Ella era una mujer apasionada, incluso si era inocente. Estaba
ocultándole algo, estaba seguro.

Al principio, Caro estaba demasiado preocupada por controlar el extraño caballo como para
notar dónde estaba Jervais. Los ojos le escocían por el frío y el aire le azotaba la cara, sus oídos
escuchaban el tamborileo de los cascos sobre el duro suelo y del resoplido de su montura.

Al cabo de unos minutos, empezó a sentirse más segura. Su caballo se acomodó y respondió a
sus señales, y ella miró a su alrededor para ver dónde estaban los demás. Al frente, el maestro
y los criados de la cacería lideraban el grupo, con la jauría bien a la vista.

Los jóvenes del grupo también estaban delante de ella, gritando «¡a la vista!» con ruidoso
entusiasmo, y vio que el cura estaba con ellos.

Lady Shannon estaba a unos cien metros a su derecha, en su elemento, con el cazador irlandés
de huesos fuertes bien controlado. Julia y Harry debían estar en algún lugar detrás de ella y
justo se preguntaba dónde se había metido Jervais cuando César apareció a su lado.

—¡Pensé que te habías caído! —gritó, sus palabras llevadas por la brisa.

Hubo un destello de dientes blancos cuando Jervais se rió de su comentario.

Caro pensó en lo moreno que seguía siendo su rostro, en contraste con los rostros pálidos de
los otros caballeros, y en el aire rufianesco que le daba. Ella le devolvió la risa, totalmente
tranquila, como si no existiera nada más que la excitación de aquel momento y el placer de
estar juntos.

—No me caí —gritó él—. Pero hiciste bien en tomar la puerta allá atrás. La zanja del otro lado
del seto pilló a varios por sorpresa y creo que César se creyó de vuelta en una carga de
caballería.
Un rebaño de ovejas que había estado refugiándose al abrigo de un seto se dispersó en un
pánico balando ante la aproximación de los caballos. Antes de que ella tuviera tiempo de
pensar, el castaño había saltado el arbusto espinoso, se elevó sobre la densa zarza y cruzó
fácilmente la zanja más allá. La sangre le corría por las venas por la euforia que le producía todo
aquello, la velocidad, el aire punzante, la compenetración con su montura y la presencia de
Jervais a su lado.

—Por aquí —gritó él, dirigiendo a César hacia la derecha, cuesta arriba y hacia un claro de
bosque—. Podemos atravesar por aquí.

Los caballos bajaron a un trote mientras se entrelazaban entre los árboles. Caro se dio cuenta
de que Jervais seguía el contorno a un nivel superior al que habían tomado el zorro y sus
perseguidores. Después de unos momentos, llegaron nuevamente al borde del bosque y se
detuvieron para mirar hacia la pendiente del valle.

—Parece que han perdido el rastro —observó Jervais, gesticulando con su látigo hacia la jauría
que se movía en círculos, buscando el olor. El maestro y los ayudantes estaban gritando
palabras de aliento a los sabuesos y la parte delantera del grupo se había detenido para
permitirles trabajar.

—Mira —señaló Jervais de nuevo, y Caro vio un destello de rojo más allá de un estanque
helado—. Reynard nos ha tomado la delantera esta vez.

El zorro se alejó trotando casi despectivamente, ignorando el tumulto que había tras él.

—Bien por él. Ha engañado al maestro, que no parece muy complacido —observó Caro. Incluso
a la distancia, el rostro rubicundo de Squire Stacpoole brillaba como un faro—. ¿Qué hará
ahora?

—Maldecirá y jurará por un tiempo, luego buscará la guarida del zorro, supongo —respondió
Jervais.

Se dio cuenta de que sus ojos ya no estaban en el propietario ni en los sabuesos. César había
bajado la cabeza y levantado una pezuña en la actitud de un caballo que ha aprendido a
descansar cuando se le ofrece, y el castaño de Caro se acercó al gran gris de manera amistosa.

Rodilla con rodilla con Jervais, Caro era muy consciente de él y de cómo debía lucir ella,
sonrojada y acalorada en el ceñido hábito que hacía que su pecho subiera y bajara, restringido
por el tejido granate ajustado. Su velo se movía hacia adentro y hacia afuera con su respiración,
rozando sus labios.

—Caroline. —Fue todo lo que dijo antes de extender la mano y atraerla hacia él con un brazo.

Los caballos se pararon como estatuas mientras Caro se encontraba apoyada con un pie en el
estribo, el resto de su peso se sostenía fácilmente contra el duro cuerpo de Jervais.

—Jervais —logró articular ella, sabiendo que no podía resistir, incluso cuando sabía que debía,
incluso mientras su boca descendía sobre la suya a través del áspero velo. Dio un pequeño grito
ahogado por la extrañeza de la sensación, y luego se rindió al calor y la urgencia del beso. Soltó
las riendas, rodeó el cuello de Jervais con sus brazos y él con fuerza sobre la silla de montar que
tenía delante de él mientras el castaño resoplaba y se movía a un lado.

Las manos enguantadas de Jervais estaban frías a través de la tela donde tocaban su cuerpo en
la cintura y la garganta, su mejilla contra la de ella también estaba fría, pero sus labios ardían
sobre su piel helada. La sostenía con tal fuerza que su corazón latía contra su pecho, y Caro era
sorprendentemente consciente de que ambos estaban en igualdad de condiciones en su deseo
mutuo.

Este hombre iba a ser su marido muy pronto y todos los temores que había experimentado el
día anterior se habían evaporado al calor de su abrazo. Lo deseaba. Lo quería ahora. Si él la
arrastraba a la tierra helada y la reclamaba como esposa, ella no opondría resistencia, iría hacia
él con impaciencia.

César resultó ser un inesperado acompañante. Aburriéndose del comportamiento inexplicable


de su amo, levantó la cabeza y comenzó a caminar hacia donde el castaño estaba pastando un
parche de hierba desaliñada.

Jervais maldijo en voz baja, cogió las riendas con una sola mano y gruñó:

—¡Detente! —César obedeció de inmediato.

Fue suficiente para sacar a Caro de su sueño sensual.

—Jervais, no deberíamos... no aquí. —A través del latido de su pulso, era consciente de que su
sombrero estaba torcido, su corbata casi bajo una oreja y a solo cien metros de distancia se
había reunido todo el grupo de cacería—. No aquí —repitió, sintiendo cómo el calor inundaba
sus mejillas. Apenas podía creer que hubiera dicho algo tan audaz.

—Tienes toda la razón —dijo Jervais, su voz ronca mientras la dejaba deslizarse al suelo antes
de desmontar él mismo. Tomó las riendas del castaño sobre su brazo y la subió a su propia silla,
con las manos firmes en la cintura.

Se volvió a montar en César y giró el caballo.

—Definitivamente no es el lugar. Regresa conmigo a Dunharrow. Te deseo… ahora.

Caro le miró fijamente, con los labios entreabiertos en señal de protesta, pero no dijo nada.

—Y tú me deseas a mí —afirmó.

Ella recogió las riendas y presionó su talón en el flanco del castaño, instándolo a seguir a César.
Era un atrevimiento, era era impactante y, dada la profundidad de los malentendidos entre
ellos, era imprudente. Pero no le importaba. Lo amaba, quería estar con él, ser parte de él.
Cuando estuviera en su cama, podría por fin demostrarle ese amor y él sabría que podía confiar
en ella.

Tomaron la ruta más directa de regreso a la casa, galopando a través de los campos en silencio,
el clamor de la cacería desvaneciéndose detrás de ellos mientras los sabuesos volvían a captar
el rastro. En las afueras de Harrowbridge se detuvieron y se miraron.

Los labios de Jervais se movieron.

—Creo que deberías hacer algo con tu sombrero y tu corbata, o los observadores creerán que
te has caído del caballo.

—Y tú también —murmuró Caro con una mirada de reojo—. Estás inusualmente desaliñado,
milord.
Él ajustó su corbata y tiró de su abrigo.

—No tan desaliñado como pretendo estar pronto, señora —comentó, dejándola en total
confusión.

Cabalgaron tranquilamente por la calle del pueblo, aparentemente tranquilos. Caro apenas
podía creer que estuviera haciendo algo así, yendo soltera a la cama de un hombre, aunque
fuera su prometido y el hombre al que amaba.

—¡Lord Barnard! Una palabra si puedo. —Era el vicario, avanzando por el camino del
cementerio.

Jervais detuvo su caballo con una mirada a Caro.

—Será mejor que vea lo que quiere. Adelántate y te alcanzaré.

—¿No pensará que soy grosera?

—En absoluto, y estás un poco despeinada, ya sabes. No queremos que se pregunte la causa.

Pues no. Caro saludó al vicario e instó al castaño a seguir por la calle.

Al pasar junto a la posada, una voz la llamó:

—¡Señorita... señorita! —Y Fanny salió, casi tropezando en su prisa mientras se ponía una
capa—. ¿Cómo está? ¿Volvió a casa sana y salva la otra noche? —Se detuvo con una mano en el
cuello del caballo y levanto la vista, con verdadera preocupación en su bello rostro—. Oh, he
estado ansiosa por saber cómo van las cosas, pero no puedo preguntarle a Simon. Al mayor
Routh, debería decir.

—Regresé sana y salva —le aseguró Caro—. ¡Pero qué aventura! Estaba bastante alegre con ese
ponche, ya sabes, y me metí en un buen lío.

Los ojos de Fanny brillaban de alegría.

—¡Oh, vaya! Pero todo está bien ahora, ¿no? —preguntó con un astuto movimiento de cabeza
al ver que Caro se ruborizaba—. Esa es la fiesta de la que tanto se habla, ¿verdad? —pregunto,
moviendo la cabeza hacia Jervais, que seguía siendo retenido por el rector.

—Bueno, sí —admitió Caro—. Lord Barnard y yo nos vamos a casar.

—¡Bueno, si eso no es increíble! —exclamó Fanny encantada—. ¿Una gran boda en Londres?

—No, es decir, aún no está decidido —empezó Caro.

—Señorita Sinclair. —Jervais había llegado mientras ella hablaba, sorprendiéndola.

Caro vio la expresión de su cara cuando miró bien a Fanny, que le devolvió el gesto con un
coqueto movimiento de rizos.

—No creo que lady Grey desee que continúe con esta relación.

—Dios le bendiga, señor. Solo estaba pasando el rato con esta dama. —El tono de Fanny era
alegre, pero su sonrisa se volvió dura y había ira en sus grandes ojos azules—. Señora. —Hizo
una reverencia y se alejó con un movimiento decidido hacia la posada.
—No deberías ser vista hablando con personas de esa clase —dijo Jervais.

—¿De qué clase? —preguntó Caro inocentemente, aunque su corazón latía con fuerza.

—Sabes perfectamente de qué clase, Caroline.

—No, no lo sé —dijo ella obstinadamente.

—Una de las damas de compañía de muselina, si no me equivoco.

—Bueno, tú lo sabrías mejor que yo si ese fuera el caso, milord.

—¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó él peligrosamente.

—Saltaste a esa conclusión muy rápidamente, Jervais —replicó Caro. —¿No hiciste el mismo
juicio sobre mí cuando nos conocimos por primera vez?

Jervais se rio sin humor.

—Es la conclusión normal a la que se llega cuando se enfrenta a una joven en un vestido
indecente y la cara maquillada.

—No hay nada indecente en el vestido de Fanny.

Se hizo un largo silencio.

—¿Así que tienes confianza con esa pequeña avecilla? Dime, ¿cómo es que conoces tan bien a
la ramera del mayor Routh?
Capítulo XXI
Jervais oyó a Caroline inhalar bruscamente.

—¿Cómo te atreves a usar ese lenguaje conmigo? —Le espetó por encima del hombro mientras
se alejaba de él—. Eres ofensivo y no tienes derecho a hablar así de Fanny.

—Tengo todo el derecho de proteger a mi esposa de compañías inadecuadas —Aquello era una
pesadilla. Cada vez que creía comprenderla, cada vez que se convencía a sí mismo de que debía
confiar en el misterio de Caroline, algo sucedía que sacudía su fe en ella.

—No soy tu esposa todavía, y no tienes ningún derecho sobre mí que yo no elija otorgarte.

¿Derechos? Maldita sea, mujer, quiero tener derecho a amarte si tan sólo me dejaras
acercarme, confiarme este secreto que guardas tan celosamente.

Se inclinó y le arrebató la rienda, tirando de ambos caballos hasta detenerlos. El castaño


resopló y movió la cabeza alarmado.

—Ten cuidado, Jervais.

—No, tú ten cuidado, Caroline. Vas a ser mi esposa, quizás más pronto de lo que piensas, y eso
me da todo el derecho que elija reclamar. Insisto en que me digas qué te traes con esa mujer.

—¿O qué? —Caroline lo miró con desdén—. ¿Con qué sanciones me amenazas? ¿Piensas
golpear a tu desobediente esposa? ¿Confinarme en mi habitación, quizás?

Él lanzó una exclamación de impaciencia, pero ella continuó.

—Si no puedes decidirte, quizá debas ceder a lo inevitable. Siempre podemos decir que hemos
decidido que no somos compatibles.

—Te casarás conmigo, Caroline. —Hizo su tono implacable, forzando un tono de hierro por
miedo a que se desmoronara y le suplicara que le dijera la verdad—. No recibirás ayuda de mi
parte en cualquier tontería que elijas contar a tus amigas. Simplemente diré que estás
sufriendo de nervios previos a la boda. Nadie te prestará atención.

Vio la expresión en su rostro mientras usaba la espuela desafilada con el caballo castrado y el
animal asustado galopó por el camino hacia la casa grande. Rabia, pero no miedo. Tampoco
culpabilidad, sólo dolor.

Jervais envió a César a galopar tras ellos.

En los escalones frontales, ella detuvo en seco las riendas y se deslizó del animal que se
precipitaba. Cuando Jervais llegó a su lado, le lanzó las riendas, obligándole a controlar ambos
caballos mientras ella corría hacia la casa.

Jervais maldijo, pidió a gritos un mozo y arrojó las riendas a un lado mientras saltaba al suelo. Al
atravesar la puerta principal, Chawton retrocedió alarmado.

—¡Mi señor! ¿Ocurre algo? No esperaba...

—Nada, Chawton. La señorita Sinclair se alarmó por algo en el campo de caza, eso es todo.
—Jervais controló su respiración y se quitó los guantes—. Solo voy a asegurarme de que esté
bien. —Caminó rápidamente por el vestíbulo hacia las escaleras.

—¿Debo enviar a la criada de la señorita Sinclair arriba? —El hombre se apresuró tras él.

—No gracias, Chawton. No hay necesidad de hacer un alboroto.

Por supuesto que no.

Jervais entró en su alcoba, tiró el sombrero, los guantes y el látigo sobre la cama y se quedó de
pie, con la mano en la puerta de conexión.

Amor. Acabo de decirme que la amo. ¿He perdido la cabeza? ¿Qué posible razón inocente puede
haber para su silencio?

Se dio la vuelta, apoyándose contra los paneles, cerró los ojos y encontró la imagen de su rostro
en el interior de sus párpados. Inteligente, hermosa... ¿traicionera? Y, sin embargo, estaba
obligado por honor a casarse con ella.

Se enderezó y giró la llave. El honor y su corazón decían que debía casarse con ella; su cabeza
se resistía.

Dos contra uno. Simplemente hazlo. Hazla tuya, ocúpate del resto después. Si el vicario no me
hubiera llamado, ahora estaríamos en la cama.

Jervais abrió la puerta. Al otro lado de la habitación, Caroline estaba como él había estado un
momento antes, con los hombros apoyados contra la puerta del pasillo, las manos extendidas
contra la madera a ambos lados, los ojos cerrados.

Empujó la puerta hasta cerrarla con un suave clic y Caroline abrió los ojos.

—¿Cómo abriste eso? La ama de llaves me aseguró que siempre estaba cerrado.

—Ninguna puerta está cerrada para mí en mi propia casa. —Se encontró sonriendo ante su
indignación.

En muchos aspectos, Caroline parecía abierta y sincera. Y sin embargo... Él quería dar zancadas
hacia ella, decirle que la amaba, que no le importaba lo que hubiera sucedido en su pasado.

¿Amor? Dios, la amo y si hago esto nunca lo sabré, nunca sabré si puedo confiar en ella.

—Eres provocadora, rebelde, astuta y difícil, Caro. He decidido que cuanto antes seas mi
esposa, mejor.

—Esto no es la Edad Media. —Su voz tembló, traicionando el esfuerzo que estaba haciendo
para mantener la calma—. No puedes obligarme a casarme y no puedes controlar ni mi
comportamiento ni mis pensamientos.

—Obligar es una palabra desafortunada —dijo Jervais—. Pero tengo todas las cartas en este
juego, es cierto. Tu tía desea fervientemente este matrimonio, no solo por tu bien, sino
también por el suyo. Tu hermano sabe que estás tan comprometida que no tiene otra opción
que insistir en que te cases conmigo. Y, por supuesto, te das cuenta de que, si haces un
escándalo, cualquier oportunidad que tenga de una alianza con Julia está acabada.

Caro lo miró fijamente mientras él se mantenía ante ella con una mirada implacable.
Vamos, admite lo que está pasando, dime la verdad, hazlo fácil.Levantó el mentón y lo miró
desafiante.—Todo lo que me das, Jervais, es un catálogo de razones por las que no puedo
escapar del matrimonio contigo. Y encima me amenazas con controlarme como si fuera un
caballo salvaje. Ahora, dame una razón por la que quiera casarme contigo.Dile que la amas. ¿Y
poner tu corazón, tu felicidad, en sus manos?—Consideraciones de tu honor y el mío.—¡Al
diablo con el honor! —replicó ella, y no había forma de confundir la ira que sacudía su voz
ahora—. El mío no es asunto tuyo, y en cuanto al tuyo, sugiero que estaría mejor si no obligaras
a una mujer reacia a casarse.Temblando de rabia... y de algo más, se dio cuenta Jervais. Podía
sentir su excitación, así como era dolorosamente consciente de la suya propia detrás de la
máscara que se forzaba a llevar.—¿Reacia? —murmuró Jervais suavemente, acercándose a
ella—. Oh, creo que no. Y si me pides una razón para querer casarte conmigo, te daré ésta. —
Extendió una mano y le acarició suavemente la mejilla, la garganta y el pecho.Tan suave, tan
cálido, tan casi mío.Caro dio un pequeño suspiro. Sabía que era demasiado inocente para
ocultar su respuesta a su toque y en algún lugar, en el fondo de sus pensamientos agitados,
sabía que eso debería decirle algo importante. Ella tomó su mano para apartarla, pero en lugar
de eso su cuerpo traicionero presionó con más insistencia contra su palma.—Ahí tienes tu
razón.—No... no es suficiente. —Su susurro apenas era audible—. No puedo entregarme en
matrimonio donde no hay amor.El dolor, la ira, la frustración golpearon con fuerza. Idiota,
sabías que ella no te amaba y aun así te permitiste creer que podría suceder.Afortunadamente,
hubo un golpecito en los paneles antes de que pudiera traicionarse a sí mismo—¿Caroline?
¿Puedo entrar?Era lady Grey.

Jervais cruzó de nuevo la habitación sin decir palabra, cerró suavemente la puerta del vestidor
tras de sí y giró la llave en la cerradura.

Ella no lo amaba, no sería honesta con él… y aun así iba a casarse con ella. Qué necio era.

Caro se quedó mirando la puerta cerrada hasta que Flora volvió a llamar, esta vez con más
insistencia.

—¡Caroline! ¿Te encuentras mal?

Pasó la mano por detrás de ella y giró el picaporte, apartándose para dejar entrar a su tía, y
Flora se apresuró a entrar, mirándola ansiosamente.

—Chawton me informa de que parecías agitada cuando volviste de la cacería, y que volviste
sola. ¿Ocurrió algo? —Sus ojos inspeccionaron el sutil desorden del hábito de Caro—. ¿Has
tenido una caída?

—No puedo casarme con él —exclamó Caro, ignorando las preguntas de Flora. Dio medio
docena de pasos abruptos hasta que estaba hasta que se quedó mirando el parque nevado—.
No puedo, no quiero hacerlo.

—Esto son sólo los nervios previos a la boda. Caroline, no seas tonta. Es natural que sientas
aprensión, pero es una tontería. ¿Por qué no puedes casarte con Lord Barnard?

—Él no me ama.

—Las jóvenes de nuestra clase no esperan casarse por amor —dijo Flora con firmeza—. Hay
consideraciones más importantes: la familia, la propiedad, la alianza de iguales para continuar
la línea familiar.

—Tú te casas con Anthony por amor —dijo Caro sin rodeos.
—Soy viuda. Anthony es mi elección. —Se sonrojó—. Lord Grey fue la elección de mi padre, y la
más adecuada, por supuesto. Naturalmente, él sabía lo que era mejor para mí.

—Oh, ya veo. Debo casarme con Jervais y esperar quedarme viuda para poder encontrar un
segundo esposo que me ame.

Se arrepintió de sus amargas palabras en cuanto vio la conmoción y el dolor en el rostro de su


tía.

—Lo siento, Flora, no era mi intención. Sé que nunca habrías pensado así cuando estabas
casada.

Pero había ido demasiado lejos para la paciencia y la tolerancia de Flora.

—Estás fuera de ti, Caroline —dijo con frialdad—. ¿Qué es lo que quieres? Tienes a un hombre
que es elegible, inteligente y deslumbrantemente guapo. Es indulgente contigo y totalmente
aceptable para tus amigas. Nunca recibirás una oferta comparable. Si fueras mucho más joven,
recién salida, podría entender estos desaires, pero te recuerdo que llevas tiempo fuera. Si no
puedes tener en cuenta tus propios intereses, piensa en los demás, en tu hermano, por
ejemplo.

Al mirar el rostro enfadado de su tía, Caro supo que merecía la reprimenda. La educación y el
deber hacia su familia debían hacer que este matrimonio fuera aceptable para ella. Incluso si le
explicaba a Flora todo lo que había pasado en Lancashire, eso sólo serviría para añadir más
peso a la necesidad de casarse con Jervais. El amor era algo que las mujeres de su clase
encontraban como un feliz accidente, no algo que tuviera derecho o expectativa de encontrar
en el matrimonio.

—Sugiero que te quedes en tu habitación hasta que recuperes la compostura y vuelvas a tus
sentidos —continuó Flora, con un tono helado.

Caro suspiró y volvió a mirar el paisaje helado.

—He recuperado la razón. Me casaré con Lord Barnard: no te preocupes, tía, no habrá más
escenas.

—Sinceramente espero que no —dijo Flora mientras recogía sus faldas y se daba la vuelta—.
Haré que te envíen un almuerzo. Deberías descansar hasta esta tarde, para entonces habrás
recuperado la compostura.

Caro pasó la tarde en intensa reflexión, apenas notando cómo el corto día se sumía
rápidamente en la oscuridad. Sabía que ahora no tenía otra alternativa realista más que casarse
con Jervais.

Así que haré lo mejor que pueda, resolvió. Además, yo lo amo.

Al sopesar las cosas, ese amor pesaba mucho. A eso se sumaba la felicidad de su hermano y su
tía. En el otro lado de la balanza estaba el conocimiento de que Jervais no la amaba, aunque sin
duda la deseaba apasionadamente. Tampoco confiaba en ella. Bueno, debía vivir con eso,
esperar que con el matrimonio la confianza creciera.

Cuando Katy fue a vestirla para la cena, encontró a su ama serena y alegre. Para su propia
sorpresa, Caro se dio cuenta de que ahora que había tomado su decisión se había quitado un
gran peso de encima.
Sabía lo que enfrentaba y lo que tenía que hacer. Debía hacer que Jervais confiara en ella
primero, incondicionalmente; luego sería el momento de las explicaciones. Decirle todo,
despejar sus sospechas, solo serviría hasta la próxima vez que tuvieran un malentendido. No
podían construir el amor sobre cimientos tan inestables.

Caro estaba bajando la escalera para la cena cuando Jervais cruzó el vestíbulo. Al escuchar el
susurro de sus faldas, levantó la vista, luego se detuvo, siguiendo cada uno de sus pasos con la
mirada. Ella se había vestido con esmero para él, con un vaporoso vestido de gasa de araña
plateada sobre seda aguamarina. Katie le había cepillado el pelo hasta dejarlo reluciente y
luego lo había recogido filete plateado. Deliberadamente había colocado su regalo de
diamantes en las orejas, la garganta y el pecho.

—Caroline. —La miró sin sonreír, y ella se preparó para encontrarse con la frialdad—. Estás
deslumbrante, como una princesa de hielo.

Parecía que la había perdonado. Permitió que su alivio se reflejara en la calidez de su sonrisa.

—Preferiría ser baronesa, Jervais.

No había forma de confundir el placer que iluminó su rostro mientras la ayudaba a bajar los
últimos dos escalones.

—Entonces, ¿estás reconciliada con nuestro matrimonio?

—Perfectamente —dijo ella, con modestia, reprimiendo todos sus miedos mientras hablaba.

—Me haces muy feliz —respondió él. La serena formalidad de sus palabras fue desmentida por
el calor de su beso cuando rozó las yemas de los dedos de ella con sus labios—. ¿Nos reunimos
con nuestros invitados?

El buen tiempo desapareció durante la noche y el veintisiete de diciembre amaneció empapado


y húmedo, deprimiendo los ánimos de todos en el desayuno de aquella mañana.

—Bueno, eso pone fin a la cacería de hoy —comentó el mayor Routh al ver el lago fangoso que
había en el que se había convertido el jardín delantero—. El rastro nunca se mantendrá, incluso
si estuviera dispuesto a sacar a mis animales en estas condiciones. Y no lo estoy —añadió,
sentándose a un plato de kedgeree.

—Debemos encontrar otra ocupación —comentó lady Shannon.

—Pero, mamá, ¿qué hay de la obra? —interrumpió Julia—. Solo tenemos cuatro días para
aprender nuestros papeles y ensayar si vamos a representarla en la víspera de Año Nuevo para
los invitados de Jervais.

—¿Has terminado de escribirla, entonces? —preguntó lady Shannon, tomando un poco de pan
y mantequilla. —Debo confesar que pensé que te cansarías de ello antes de completarla.

Julia miró tímidamente a Harry.

—Sir Harry fue de gran ayuda, mamá.

—No me cabe duda —murmuró el comandante Routh entre sorbos de café.

—Creo que es una idea espléndida —animó Caro—. Nos mantendrá ocupadas hasta que
podamos aventurarnos afuera nuevamente. No sé cómo estará el tiempo en Hampshire, pero
en Longford, una vez que llega el deshielo en esta época del año, pasan días antes de que
mejore el tiempo

Flora sonrió alrededor de la mesa, recibiendo asentimientos y miradas de interés del grupo
reunido.

—¿Nos encontramos todos en la biblioteca después del desayuno? Podemos decidir los
papeles. —Miró al mayor Gresham con ojos brillantes—. Debo confesar que al principio no lo
aprobaba del todo, pero ahora me siento bastante entusiasmada.

—En lo personal, considero que hacer teatro, dentro de lo razonable, es un entretenimiento


muy racional —declaró sir Richard.

Caro captó la mirada de Jervais. Él puso los ojos en blanco y ella disimuló su sonrisa con la
servilleta. Jervais, evidentemente, encontraba a sir Richard tan pomposo como ella en
ocasiones.

En la biblioteca encontraron a Julia revolviendo montones de papeles.

—He escrito todos los papeles —explicó—. Ahora debemos decidir quién tomará qué rol.

Caro podía ver que, una vez que Julia dejara atrás sus inseguridades de niña, tendría el
potencial para ser tan decidida como su madre. Justo lo que Harry necesita, pensó.

—Debemos tener una heroína, un héroe, un villano, un padre desalmado, un clérigo, un fiel
sirviente y una doncella —explicó Julia—. Hay un papel para todos excepto, por supuesto,
mamá y lady Grey, quienes dijeron que no deseaban actuar.

—Me encargaré del vestuario —se ofreció Flora.

—Y yo seré la apuntadora —añadió Serena.

—Creo que Julia debería ser la heroína —anunció Harry, con los ojos cálidos sobre su rostro
sonrojado.

—Entonces usted debe ser el héroe, sir Ambrose —respondió ella.

—Creo que no —dijo Serena con firmeza—. Sería más apropiado que Caroline interpretara el
papel de la heroína.

Hubo acuerdo general y Caro se encontró en el papel de Rosalyne, una heredera inocente.

—¿Puedo ser el villano? Realmente es un papel magnífico. —El mayor Routh levantó la vista del
guion. Giró su bigote y leyó, en tono exaltado—. ¡Ya no hay escapatoria, mi orgullosa belleza!

—Yo tomaré el papel del clérigo, si todos están de acuerdo —anunció Sir Richard. Esto pareció
tan apropiado que no hubo discrepancias.

—Eso nos dejaría a ti y a mí con el viejo sirviente fiel o el padre severo —comentó el mayor
Gresham a Jervais—. Creo que puedo hacer mejor de tembloroso que de furioso, así que si
estás de acuerdo, viejo amigo, eso te deja a ti como el papá.

Jervais sonrió.

—Solo tendré que recordar cómo traté con subalternos obstinados y actuar en consecuencia.
Julia, ¿tienes un papel?

—Solo el de Dorcas, la sirvienta —dijo Julia con aire digno, logrando parecer tanto noble como
decepcionada al mismo tiempo.

—Pero tienes un discurso verdaderamente dramático en la segunda escena, cuando te arrojas a


los pies del cruel padre, suplicando por tu ama —la consoló Harry.

Jervais enarcó las cejas.

—¡Santo cielo! ¿Qué he aceptado? Iré a buscar un látigo y empezaré a practicar de inmediato.

Hubo risas generalizadas e incluso Julia sonrió. Serena se inclinó hacia Flora mientras estaban
sentadas juntas en el sofá y Caro la oyó murmurar:

—Realmente no me parece apropiado que Julia y Harry sean vistos desmayándose en los brazos
del otro, ¿verdad, lady Grey? Al menos, no hasta que estén oficialmente comprometidos para
casarse.

—Entonces no tendrías objeción a un compromiso —susurró Flora de vuelta.

—En efecto, no. Es un joven muy elegible, y tan amable y encantador. Sé que su padre estaría
de acuerdo. Pero son aún jóvenes y desearía que Julia tuviera su primera temporada antes de
que se diga algo.

—Estoy de acuerdo contigo.

Flora aplaudió para llamar la atención de los actores.

—Si voy a encargarme del vestuario, debo saber en qué época se desarrolla la obra. Querida
Julia, ¿tiene lugar en esta época o es una obra histórica?

La autora de la obra parecía insegura y estalló un debate general. Sir Richard quería representar
la obra en togas romanas, pero fue rechazado por razones de impropiedad y falta de calidez. El
mayor Routh propuso vestimenta isabelina, sintiendo aparentemente que luciría mejor con un
cuello rizado, pero sir Anthony se opuso a llevar mallas.

Finalmente, Jervais levantó la mano para silenciar el bullicio.

—Creo que hay varios baúles de ropa antigua y cortinas de brocado en los áticos. ¿No podría
hacerse algo de un periodo indeterminado con eso? —Miró a su alrededor en busca de
aprobación—. Bien, entonces ordenaré que los bajen para la aprobación de lady Grey. Debe
convocarnos para las pruebas de vestuario, señora, cuando esté lista.

El reparto cogió sus guiones y se dispersó para recitar sus líneas, cada uno a su manera. El
mayor Routh hizo inhabitable la sala de desayunos paseándose por ella, atusándose el bigote y
declamando en voz alta. Sir Richard se retiró a su habitación, pidiendo que no se le molestara
mientras se metía en su personaje; el mayor Gresham provocó ataques de risa en Flora,
haciendo el tonto en el salón, y, a pesar de las mejores intenciones de lady Shannon, Julia y
Harry se sentaron con las cabezas juntas, ayudándose mutuamente con sus líneas.

Más tarde esa tarde, Caro encontró un rincón tranquilo, lleno de libros, en la biblioteca y trató
de memorizar su primer discurso. Fue una experiencia incómoda, ya que la mayoría de sus
líneas la obligaban a protestar contra un matrimonio de conveniencia.
—¡No, no, padre! —declamó—. ¡Aunque soy una hija obediente, no puedes pedirme esto!
¡Casarme con un hombre en contra de mi corazón...!

Desde detrás de ella, Jervais dijo en voz baja:

—Veo que el papel fue escrito para ti.


Capítulo XXIICaro dio un salto y sintió cómo el calor inundaba sus mejillas. Esto estaba
demasiado cerca de la verdad para su comodidad.

—No te oí entrar. Pensé que estaba sola.

—Lamento haberte asustado. Se me ocurrió que quizás quisieras que alguien leyera tus líneas
contigo, pero puedo irme si lo prefieres. — Jervais giró sobre sus talones.

Caro alargó la mano y le tocó la manga.—No, Jervais, por favor no te vayas. Me gustaría que
alguien... me gustaría que tú me ayudaras a aprender mi papel.Se puso de pie y, con timidez, le
dio un beso en la mejilla.—El tema de la obra es desafortunado, pero espero que podamos
dejarlo a un lado, ahora que tú y yo hemos llegado a un acuerdo.

Miró hacia su rostro inexpresivo y sintió cómo su corazón se contraía de amor por él. Respiró
hondo y se armó de valor. Le diría lo que sentía, por muy imprudente que fuera.

—Jervais, yo...

—Tienes toda la razón —dijo él con amabilidad—. No debemos ser excesivamente sensibles y
arruinar el placer de los demás en el entretenimiento. Ahora, ¿leemos juntos las escenas que
representamos o prefieres leer toda tu parte y yo te escucho?

—Leeré mi parte —Caro consiguió disimular su decepción. Quizás, después de todo, él la había
salvado de hacer una declaración muy imprudente.

Para el veintinueve, el grupo casi dominaba sus papeles. Ignoraban las continuas lluvias, tan
absortos que estaban en el melodrama de Julia. En todas las habitaciones había pequeños
grupos que ensayaban espontáneamente, para disgusto de los criados, que se veían
obstaculizados en sus tareas.

En la planta superior, Jervais y Caro tomaron la galería para ensayar su gran escena. Caro se
acurrucó de rodillas, con las manos levantadas implorando, mientras Jervais adoptaba una
actitud de implacable severidad.

—¡Padre, no me eches de casa, te lo imploro! ¡Está nevando!

—¡Hija ingrata! ¡Ingrata! ¿Me obedecerás entonces?

—¡Nunca! ¡Moriré en la nieve antes que casarme con ese monstruo!

—¡A tu habitación entonces! ¡Tendrás pan y agua hasta que te sometas a mi voluntad! —Jervais
interrumpió con una risa ahogada—. Juro que Julia ha utilizado cada viejo cliché de cada novela
espantosa que ha leído. No estoy seguro de cómo reaccionará el obispo.

—¿Estará entre los invitados, entonces? —Caro se sentó sobre los talones y lo miró. Una vez
que superó el desafortunado tema, había comenzado a disfrutar del juego de actuación. O más
bien, si era honesta consigo misma, estaba disfrutando estar con Jervais cuando él estaba de
tan buen humor.

—Sí, junto con todos mis vecinos. Debí estar loco por aceptar hacer tal exhibición de mismo.
—Le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie—. Vamos, debe ser casi la hora del
almuerzo. Vamos a buscar a los demás.
Le acomodó la mano bajo su brazo y caminaron juntos hacia la biblioteca en un ambiente
amistoso. La puerta bien aceitada se abrió sin hacer ruido y llegaron al umbral sin que Julia y
Harry se dieran cuenta de que estaban allí.

Los jóvenes amantes estaban sentados muy juntos en el asiento de la ventana, mirándose
profundamente a los ojos. Harry sostenía la mano de Julia y estaba a punto de llevársela a los
labios.

Caro tiró de la manga de Jervais y salieron sin ser vistos. Cerrando la puerta con cuidado, dijo:

—Estoy tan agradecida de que Harry haya encontrado a una joven como Julia. Están
profundamente enamorados. Me alegra mucho por él.

Jervais guardó silencio, aunque ella sintió que los músculos de su brazo se tensaban bajo su
mano.

—Temía que lo que encontrara bajo el techo de mi padre lo endureciera y lo volviera cínico
respecto al matrimonio —añadió.

—Nunca hablas de tu padre. ¿Por qué no?

Caro vaciló, y luego dijo con franqueza:

—No debería decir esas cosas de un padre, lo sé, pero después de la muerte de mi madre no
conoció la moderación. Bebía demasiado, tenía varias amantes…

—Dios mío, Caroline, no tenía idea. ¿Y esto sucedió cuando estabas en casa?

—Oh, sí. Papá era uno de los pecadores Sinclair, ya ves. Nos dividimos en santos y pecadores,
según dice la antigua leyenda. Harry, y me alegra decirlo, es un Sinclair santo.

Vio que levantaba una ceja sardónica y se apresuró a continuar antes de que él preguntara en
cual categoría entraba ella.

—No fueron realmente las amantes en Londres las que nos ponían a prueba, aunque, por
supuesto, eran muy caras. No, eran más bien las jóvenes ocasionales que aparecían en nuestra
puerta. Lo que tú llamarías «pedacitos de muselina», sin duda.

—Pero no tendrías nada que ver con ellas, ¿verdad? —Hubo un verdadero shock en el tono de
Jervais.

—Tuve que comprar a una de ellas, una vez. Pobre muchacha, él fue muy desconsiderado y,
después de todo, después de todo, son los hombres como él los que convierten a muchachas
como esas en lo que son. No podía permitir que ella sufriera por su negligencia.

Se hizo un breve silencio y Jervais exclamó:

—Así que así es como llegaste a conocer a la... eh, amiga del mayor Routh.

Caro reconoció el alivio en su voz al haber encontrado una razón aceptable para su escandaloso
conocimiento. Habría sido muy fácil permitirle seguir pensando eso, pero ella no le mentiría.

—No. Hasta donde sé, ella no tuvo tratos con mi padre, aunque es muy de su estilo.Por un
segundo, pensó que Jervais iba a exigirle que le hablara de Fanny, pero el momento pasó,
dejando una sensación de tensión entre ellos. Caro era dolorosamente consciente de que el
ambiente de confianza había desaparecido.La víspera de Año Nuevo fue un domingo, por lo que
las tradicionales festividades se llevarían a cabo el día de Año Nuevo, pero a pesar de la
asistencia a la iglesia, mañana y tarde, el grupo en la casa y los criados se encontraron más
ocupados de lo habitual para un día de descanso.Flora declaró que estaba casi al borde de la
distracción por la incapacidad del mayor Routh de permanecer quieto mientras ella terminaba
su disfraz. Como el villano, el conde Dastardly, lucía siniestro con su abrigo oscuro y sus
pantalones, pero Flora había decidido darle el toque final con una capa negra que había
confeccionado con unas viejas cortinas de terciopelo. Había convencido al Mayor para que se
pusiera en los escalones de la biblioteca mientras ella le sujetaba el dobladillo, pero obligarlo a
dejar de posar estaba muy por encima de sus facultades.Sir Richard la encontró mirando
desesperadamente hacia arriba a Simon Routh, con la boca llena de alfileres, y tomó las
riendas.—¡Párate quieto, hombre! —gritó—. ¿No ves que su señoría está en apuros?Se ganó
una mirada agradecida de Flora y una obediencia sorprendida del Mayor, que contemplaba el
disfraz de su amigo con asombro.

—Por todos los diablos, amigo mío, el atuendo clerical te sienta bien —dijo Routh, algo
astutamente—. No me di cuenta de que llevabas un collar de perro y polainas en tu equipaje.

—Los tomé prestados del rector —respondió sir Richard con altivez—. Afortunadamente, él no
tiene objeciones de conciencia a la actuación y, siendo de mi tamaño, pudo complacerme.

Caro se retiró a practicar el control de sus largas faldas en el pasillo exterior de su habitación.
Flora había encontrado un vestido de seda de la moda de hacía unos cuarenta años y le había
quitado las pesadas enaguas. Ahora fluía y barría alrededor de los pies de Caro, produciendo un
efecto muy romántico, pero ella estaba acostumbrada a las faldas más cortas y ajustadas de la
época y le resultaba difícil manejarlas sin tropezar.

La puerta de Jervais se abrió mientras ella pasaba y él salió, deteniéndose inmediatamente al


verla.

Caro adoptó una actitud, con una mano en la frente y la otra apoyada en el pecho, expuesto
por el escote del vestido.

—¡Oh, papá! —gimió—. ¡No me envíes al convento!

Jervais le cogió las manos y la miró fijamente.

—Cuando te veo así, lo último que siento es paternidad.

—¿Te gusta mi disfraz? —preguntó ella, con la voz no del todo firme.

Él retrocedió para estudiarla, con sus manos aún atrapadas en las suyas.

—Te ves deslumbrante. Sin embargo, hay algo que no está del todo bien... ¡Ya sé! —La soltó y
comenzó a quitarle horquillas para liberar sus rizos de la cinta que los sujetaba.

Caro se estremeció de placer cuando sintió los fríos dedos de Jervais acariciándole el pelo.
Cerró los ojos anticipando el beso que seguramente seguiría cuando Jervais bajo sus manos
hasta cogerla por los hombros en un abrazo.

Una discreta tos interrumpió el momento y Caro retrocedió apresuradamente, acomodándose


el pelo. Jervais se volvió hacia su prima.

—Tu sentido del momento, Serena, es, como siempre, magnífico.


—Así debe ser, primo —replicó lady Shannon con buen humor—. Ustedes dos pueden estar
comprometidos, Jervais, pero Caroline aún necesita de una chaperona.

—Pero no por mucho tiempo —observó Jervais, mirando a Caro.

—Ah, sí, iba a preguntar sobre eso. —Serena tomó el brazo de Caro y la condujo hacia la
escalera—. Bajemos a tomar el té, querida. No, no te preocupes por el vestido, será una buena
práctica para manejar esas faldas. Ahora, Jervais, la boda. Debemos hacer algunos arreglos, se
lo decía a lady Grey esta misma mañana

—Asumí que proclamaríamos los edictos el próximo domingo —dijo Caro—. Luego nos
casaríamos a finales de mes. Eso es lo que acordamos, ¿no es así, Jervais?

—No estaba al tanto de que hubiéramos llegado a un acuerdo al respecto —dijo Jervais
suavemente, extendiendo su mano para estabilizarla mientras ella recogía sus largas faldas—.
No proclamaremos los edictos; prefiero casarme por licencia. Hablaremos con el obispo
mañana.

Estaban entrando en la biblioteca mientras él hablaba. Lady Grey esperó hasta que el lacayo
que acababa de traer la bandeja de té se marchara antes de añadir su aprobación al plan.

—¿Casarse por licencia especial en lugar de por edictos? Estoy completamente de acuerdo;
parece mucho más discreto que tener los asuntos de uno divulgados en público.

—¿Licencia especial? ¿No solo una ordinaria? —Caro comenzaba a sentir que los
acontecimientos la estaban arrastrando —. Pero... ¿cuándo piensas que nos casaremos
entonces, milord?

—El sábado que viene, por supuesto. —Jervais parecía sorprendido por su confusión—. Pedí la
licencia hace días.

—¡El próximo sábado! —Caro estaba atónita. Con todo su corazón y todo su cuerpo anhelaba
ser su esposa, pero su mente aún no se acostumbraba a la idea, a la realidad de atarse a un
hombre del que aún tenía secretos, un hombre que no la amaba ni confiaba completamente en
ella.

—No tenías la intención de invitar a un grupo más grande del que ya está aquí reunido,
¿verdad? —preguntó Lady Shannon con suavidad mientras comenzaba a servir el té—. Tú y
Lady Grey acordaron que no era necesario que para conseguir ropa de novia antes de la
ceremonia. Y debes considerar el clima. Hacer que el grupo se disperse solo para volver a
reunirse a finales de mes sería poco práctico.

Jervais pareció darse cuenta de que Caro estaba lejos de estar de acuerdo con esto. Consiguió
dos tazas de té y la condujo hacia un asiento en la ventana, al fondo de la sala.

Serena y Flora, ya instaladas en una cómoda conversación sobre desayunos de boda y la


dificultad de decorar la iglesia en esta época del año, apenas parecían notar su partida.

—¿Te arrepientes de tu decisión, entonces, Caroline? —preguntó él, con un tono suave.

—Yo... No... no, por supuesto que no. Es solo que... es tan pronto.

—Sí, imagino que la perspectiva y la realidad del matrimonio son cosas algo diferentes —dijo
Jervais secamente, dejándola confundida—. No deseo asustarte, Caroline. Y no creo que tengas
miedo de mí y de lo que el matrimonio implicará. Cuando te tengo en mis brazos respondes a
mis caricias tan cálidamente.

—¡Oh, calla! —suplicó Caro, echando un vistazo hacia el grupo que tomaba el té—. No es que
tenga miedo de ti o de lo que traerá el matrimonio. Es solo que... —Se interrumpió, con las
manos temblándole tanto que tuvo que dejar la taza.

—Entonces, ¿qué es? Caroline, debes decírmelo; no podemos seguir así.

—¡No puedo convencerme de que el matrimonio sin amor sea correcto! —exclamó en un
susurro desesperado.

Antes de que él pudiera responder, se levantó rápidamente y se apresuró hacia Flora para
sentarse junto a ella, quien le ofreció una cálida sonrisa y la incluyó en la discusión sobre los
preparativos de la boda.

Se sentó sonriendo y participando en la planificación, mientras lamentaba su arrebato. Pero


Jervais ya había salido de la habitación y, además, no tenía idea de qué decirle para corregir
esta situación.

A la mañana siguiente, toda la casa era un hervidero de actividad. Criados que Caro no había
visto antes corrían de un lado a otro por las escaleras y entraban y salían de las habitaciones, y
la mayoría de las mujeres del pueblo parecían haber sido reclutadas para trabajar en la cocina y
el lavadero.

Julia estaba muy nerviosa por su obra y llevó a Chawton casi a la distracción al desviar a los
lacayos de sus tareas en la casa, para que reorganizaran el mobiliario de la biblioteca y el
improvisado escenario a intervalos que parecían de una hora.

Incluso lady Shannon expresó su alivio cuando Harry la persuadió para que dejara las cosas
como estaban y lo ayudara a pulir sus líneas en el pequeño salón.

En las ocasiones en que Caro se encontraba con Jervais, él parecía completamente normal y no
hacía referencia a su arrebato del día anterior. Si hubiera podido estar a solas con él, habría
intentado explicárselo, pero nunca había un momento adecuado y, a medida que pasaba el
tiempo, parecía cada vez más difícil decir algo.

Los invitados empezaron a llegar a primera hora de la tarde, mientras aún quedaba algo de luz.
El vestíbulo se volvió bastante frío debido a que las puertas principales se abrían y cerraban
incesantemente, y Caro luchaba por recordar los nombres mientras Jervais la presentaba a un
grupo de vecinos tras otro.

Era obvio que la reapertura del renovado Dunharrow y la oportunidad de conocer a la futura
lady Barnard habían superado cualquier reticencia sobre hacer un viaje en un día tan sombrío
de invierno. La reunión parecía destinada a convertirse en el acontecimiento social de la
temporada local.

El obispo llegó con su esposa y un cura asistente justo cuando la luz del día comenzaba a
desvanecerse. Saludó cordialmente a Jervais y luego se volvió hacia Caro con evidente
aprobación.

—Querida, permíteme unir mis felicitaciones a las de tus amigos en esta ocasión tan feliz.
¡Señora Browning!
Su esposa, una mujer tímida y de nariz afilada, se escabulló obedientemente a su lado.

—Esta es la señorita Sinclair, quien pronto se convertirá en lady Barnard.

Caro hizo una reverencia a la esposa del obispo y agradeció a su señoría sus buenos deseos con
la debida modestia. Él parecía muy impresionado por ella y le preguntó a Jervais quién oficiaría
la ceremonia.

—Nuestro rector, el señor Colwell.

—¿De veras? Disculpa un momento, Barnard. —El obispo, con su púrpura eclesiástico como un
sorprendente toque de color entre los invitados varones más sobrios, cruzó la habitación hacia
donde su cura y sir Richard estaban inmersos en una profunda conversación con el rector.

Cuando regresó, llevaba consigo al rector, que parecía algo desconcertado por este descenso
de autoridad superior.

—Bueno, Barnard, eso está decidido. Yo realizaré personalmente la ceremonia con la hábil
asistencia de Colwell aquí. No, no —desestimó los agradecimientos de Jervais con un gesto de
la mano—. Es lo menos que puedo hacer. Y han pasado muchos años desde que oficié una boda
en una iglesia parroquial.

Caro le guio hacia la fría colación, animándole a rememorar su anterior carrera y los numerosos
matrimonios que había presidido en el pasado.

—¡Milord! —la voz de Lady Shannon resonó sobre el murmullo de conversaciones cuando sonó
la hora—. ¡Damas y caballeros! Los miembros de la fiesta han preparado un ligero
entretenimiento para su diversión. Les ruego su indulgencia si se retiran a prepararse.

—¿Participas en esta misteriosa distracción, querida? —preguntó el obispo a Caro

—En efecto, milord. No es más que una obra corta y muy frívola, pero esperamos que le resulte
divertida.

La esposa del obispo hizo un ruido de desaprobación, pero su esposo se apresuró a disentir con
sus opiniones no expresadas.

—Vamos, vamos, señora Browning. No es el Sabbath, y esta es una fiesta privada. Estoy seguro
de que lady Shannon no permitiría nada indecoroso.

Caro se escabulló mientras él seguía debatiendo el punto. El resto del elenco ya estaba en el
vestíbulo. Las damas debían cambiarse en el salón azul, los caballeros en una antesala con
corrientes de aire.

Sir Richard, luciendo inusualmente pálido, estaba siendo animado por el Mayor Routh.

—¡Declaro que estás nervioso, viejo amigo! Vamos, vamos, conoces tus líneas mejor que todos
nosotros.

—Tengo que confesar que la idea de interpretar a un clérigo delante del obispo me resulta un
tanto desalentadora.

—¡Tonterías! Controla tus nervios, hombre. No es como si tuvieras que oficiar una ceremonia.

La puerta se cerró y el mayor dejó de intentar tranquilizarle.


Caro se sorprendió al descubrir que ella también estaba sufriendo de nervios, pero olvidó sus
propios sentimientos al ver el rostro pálido de Julia.

—No hay nada de qué preocuparse —comenzó mientras sus doncellas las ayudaban a
desvestirse.

—Cuando era sólo para nosotros, era tan divertido —se lamentó Julia, con la voz apagada por
las faldas lisas del traje de sirvienta que le bajaban por la cabeza—. Pero todos estos invitados...
y yo lo escribí. —Su rostro apareció más preocupado que nunca.

—Tonterías —declaró Caro con un tono lo más enérgico que pudo, considerando el apretado
corsé de su vestido—. Solo piensa en lo orgulloso que estará Harry de ti. —Fue interrumpida
por un pequeño sollozo y añadió imprudentemente—: ¿Es esta forma de comportarse propio
de la futura esposa de Harry? Estoy segura de que él admira tu espíritu.

Eso último funcionó. Julia la miró, con los ojos muy abiertos por la esperanza.

—¿No te opondrías? Oh, si tan solo padre y madre estuvieran de acuerdo.

—Estaré encantada de tenerte como hermana y de ver a Harry tan feliz. —Le aseguró Caro
cálidamente—. Y puedes contar con que lady Shannon persuadirá a tu padre, estoy segura de
ello. Ahora, ¡nada de nervios, tú eres la primera en el escenario!
Capítulo XXIII
Una hora más tarde, mientras hacía una reverencia al final de la actuación, Caro no podía creer
lo bien que le había ido ni lo mucho que había disfrutado. Y no cabía duda de que el público
también lo había disfrutado. Se habían reído a carcajadas, habían abucheado al villano e incluso
se había oído un sollozo ahogado al final, cuando padre e hija se reconciliaron.

El elenco salió al vestíbulo rebosante de entusiasmo. Caro se recogió las faldas y subió
corriendo las escaleras hasta su habitación para cambiarse. Cuanto antes se liberara del terrible
apretón de su corsé, mejor. Apenas podía respirar. Al abrir la puerta, su criada pasó corriendo a
su lado, hizo una pequeña reverencia y se marchó.

—¿Katy? ¡Vuelve, te necesito!

—Le he dicho que se fuera. —Una voz profunda habló desde un rincón sombrío.

—¡Jervais! —protestó Caro mientras él cruzaba la habitación para cerrar la puerta con firmeza
tras ella—. Pero la necesito. Mi cabello.

—Me gusta tu cabello tal como está. —Él pasó las yemas de los dedos por él, desordenándolo
aún más—. Ya te he dicho, Caro, que interpretar esas escenas contigo me hace sentir todo
menos paternal. —No esperó respuesta, la abrazó y la besó sin piedad, sin disimular su deseo.

Su boca era cálida y firme, sellándose sobre la de ella, su lengua invadiéndola y reclamándola.
Jervais la abrazó más fuerte, doblándola hacia atrás.

Lo único de lo que era consciente Caro era del apretado corsé y de la total incapacidad para
respirar. Sintió un abrumador pánico al pensar que seguramente se asfixiaría en la intensidad
de su abrazo. Luchó por liberarse, desesperada por aire, y le asestó un fuerte golpe en la oreja
con su mano agitada.

Jervais la soltó al instante, con la cara llena de ira.

—¡No hay necesidad de golpearme! Si mis atenciones te resultan tan repugnantes, solo tienes
que decirlo.

Caro, horrorizada, y con una disculpa a medio formar en los labios, jadeó ante la injusticia.

—¿Cómo te atreves? ¡Te has metido en mi habitación, has despedido a mi doncella, me has
atacado…!

—¿Atacarte? Debo informarte que nunca en mi vida he atacado a una mujer. ¿Me tomas por
un campesino que fuerza sus atenciones sobre una lechera?

Caro se sintió repentinamente tan enojada como él.

—Si el sombrero te queda, entonces úsalo, mi lord. Estoy segura de que las muchas mujeres
con las que has comprado tus «pedacitos de muselina» siempre se han sometido a tu voluntad.
Pero te aviso ahora, no tengo intención de hacer lo mismo.

Jervais sonrió con desdén, la curva de sus labios no disimulaba su ira.


—Apúrate y cámbiate. Nuestros invitados están esperando.

Y se fue.

Caro no sabía cómo había soportado el resto de esa velada. De alguna manera, logró mostrar
una cara agradable a los invitados, interpretando el papel de la radiante prometida. Jervais, a
sus ojos, parecía constreñido, pero nadie más parecía notar nada raro.

Cuando se encontraron brevemente a solas en el vestíbulo en un momento dado, Caro se


obligó a preguntar:

—¿Cuándo piensas anunciar que nuestro compromiso se ha roto?

—¿Roto? —Él levantó una ceja interrogativa—. No he roto el compromiso; nada ha cambiado.
Nos casaremos como estaba previsto en una semana. Ahora, ven a cenar, nuestros invitados
estarán esperando.

Todavía estaba perpleja y enfadada con él cuando Flora entró en su habitación para darle las
buenas noches. Caro se sentó contra las almohadas y palmeó el borde de la cama.

—Flora, ¿puedo preguntarte algo? Tienes más experiencia que yo en cómo funcionan las
mentes de los hombres.

Flora la miró con complicidad y se sentó.

—Lo sospechaba. Jervais y tú han tenido un altercado.

—¿Un altercado? —murmuró Caro—. Es una subestimación. Me besó, con mucha pasión,
mientras llevaba mi disfraz para la obra. Estaba tan apretada que no podía respirar, y cuando
intenté liberarme y le golpeé accidentalmente, se enfadó muchísimo.

—¿Le golpeaste? —Las cejas de Flora se elevaron—. Querida Caroline, qué comportamiento tan
poco femenino.

—¿Qué debería haber hecho? —demandó Caro indignada—. ¿Desmayarme?

—Eso ciertamente habría cumplido su propósito. Ahora escúchame, Caroline, a los hombres no
les gusta sentirse rechazados; hiere su orgullo. Y para un hombre enamorado, sería
particularmente doloroso.

Flora parecía severa. Caro estuvo a punto de soltar la verdad, pero luego se arrepintió. No era
el momento de decirle a su tía que se casaba con un hombre que no la quería.

Siguió un breve silencio y luego Flora, obviamente escogiendo sus palabras con cuidado, dijo:

—El… aspecto físico del matrimonio siempre es un shock. Pero te acostumbrarás y, cuando le
hayas dado un heredero a tu señor, descubrirás que sus atenciones son menos apremiantes.

—Porque las habrá llevado a otro lado, supongo —replicó Caro con agudeza, pensando en
Fanny y en las infidelidades de su padre.

—Una esposa bien educada no piensa en tales cosas, y mucho menos habla de ellas —reprochó
Flora, igualmente cortante —. Creo que estás demasiado cansada, Caroline. Te sentirás mejor
por la mañana, con todos los preparativos que hay que hacer. Buenas noches, querida —añadió
con más suavidad, dejando caer un ligero beso sobre la cabeza de Caro.
Seis días después, el sol salía de entre las nubes grises para recibir a lord y lady Barnard cuando
salían del pórtico de la iglesia. Caro parpadeó con asombro ante la multitud de aldeanos que se
habían reunido para desearles lo mejor. Apenas había pensado en los otros cambios que traería
consigo el matrimonio, pero ahora era la señora de la mansión, la señora de todas aquellas
personas que se habían convertido en su responsabilidad desde el momento en que había dado
el «sí, quiero»

Caro y Jervais caminaron lentamente por el sendero del cementerio, deteniéndose a menudo
para intercambiar algunas palabras con los simpatizantes, y ella se esforzó por recordar
nombres y caras.

Cuando llegaron a la puerta de entrada, una mujer empujó hacia delante a una tímida niña. Su
rostro, emergiendo de un espeso chal de lana, brillaba tras un reciente lavado mientras luchaba
por recordar las palabras que su madre debió haberle enseñado toda la mañana. Sin palabras,
le tendió a Caro un pequeño puñado de campanillas de invierno y enredaderas.

—¿Para mí? —Caro se agachó y acarició la mejilla de la niña con su dedo enguantado—.
Muchas gracias. ¿Las recogiste tú misma?

La niña, ahora totalmente abrumada, escondió su rostro en las faldas de su madre. Caro sonrió
a la mujer y atrapó una mirada de satisfacción en el rostro de Jervais. Al menos parecía
complacido con el comportamiento de su nueva esposa con los inquilinos de Dunharrow.

Caro recogió cuidadosamente sus faldas, aunque el clima seco y el fuerte viento de las últimas
veinticuatro horas habían hecho mucho para secar los caminos y los escalones. El carruaje se
detuvo ante la puerta principal, Caro notó por primera vez lo bellamente engalanados que
estaban los caballos. A decir verdad, en el camino hacia la iglesia con Harry y Flora, había
estado tan nerviosa que no se habría dado cuenta si los hubieran tirado grifos.

Jervais tomó su mano para ayudarla a subir al carruaje y ella sintió su fuerza, incluso a través
del fino cuero de sus guantes. La niebla que había parecido envolver su mente durante la última
semana se estaba despejando, dejándola agudamente consciente del hombre sentado a su
lado. Mi marido.

Un pequeño escalofrío la recorrió, aunque envuelta como estaba en una capa de terciopelo azul
estaba lo bastante abrigada contra los escalofríos exteriores.

—Caroline, tienes frío, aquí, déjame —dijo él, sacando una manta de piel del asiento opuesto y
envolviéndola cuidadosamente a su alrededor—. Debería haber algunos ladrillos calientes
debajo del asiento.

Mientras se inclinaba, Caro le tocó el brazo:

—No, no. Estoy bastante cálida, gracias, Jervais.

—Si tú lo dices. —Él miró con duda la seda marfil de su vestido asomándose por el amplio
cuello de la capa—. Ese vestido es muy hermoso, pero temo que es inapropiado para la
temporada.

Aquel intercambio parecía haber agotado la conversación entre marido y mujer. Tras una
tentativa mirada al tranquilo perfil de Jervais, Caro se volvió hacia la ventana justo a tiempo
para ver a Fanny saludando desde los escalones de la posada.
Afortunadamente, Jervais no había visto a la otra mujer, pero el sobresalto hizo que Caro
empezara a hablar.

—Qué afortunados somos, milord, de que no nevó de nuevo anoche.La debilidad de las
palabras cayó en el silencio y entonces Jervais dijo, casi en tono de conversación:No te
preocupes por el clima, ese sombrero es un maldito estorbo. —Sus dedos ya estaban
trabajando en las cintas bajo su barbilla, segundos más tarde su fino sombrero de terciopelo
fue arrojado descuidadamente a un lado y Jervais la estaba besando con una convicción y
minuciosidad que le hizo comprender con más fuerza que cualquier ceremonia nupcial que
estaban realmente casados.Caro se inclinó más cerca de su abrazo, aferrándose a sus solapas
mientras la carroza giraba entre los postes de entrada de Dunharrow. Le llegaron débilmente a
los oídos los aplausos apagados del personal y de los guardas reunidos alrededor de la cabaña,
pero ella no sintió vergüenza de que los criados los vieran abrazados.A medida que el carruaje
aminoró la marcha, Jervais la soltó, recogió su sombrero y lo colocó suavemente de nuevo
sobre su cabeza. Sus dedos desprovistos de guantes trabajaron hábilmente para volver a atar
las cintas, y justo cuando el carruaje se detuvo por completo, tocó y trazó la delicada curva de
su labio superior con un cálido dedo.—Eres tan hermosa, Caroline —murmuró con voz ronca.Al
bajar a la grava, Caro sintió una oleada de esperanza de que todo iba a salir bien, de que Jervais
había dejado atrás todos sus malentendidos anteriores y las sospechas; ahora que estaban
realmente casados.Pero no había tiempo para más reflexiones, pues Chawton y la señora
Chawton estaban conduciendo a todo el personal doméstico a alinearse en la escalinata, los
criados a un lado con sus mejores galas y las criadas al otro con nuevas cintas en sus cofias.

Cuando los carruajes con los invitados llegaron detrás de ellos, Caro subió lentamente los
escalones mientras Jervais la presentaba formalmente al personal como la nueva señora de
Dunharrow.

Después de un período de confusión, mientras unos cincuenta invitados se despojaban de sus


capas y abrigos, las damas eran conducidas a los dormitorios para arreglarse el cabello y los
caballeros calentaban las colas de sus abrigos frente a las hogueras, Chawton logró sentar a
todos en el comedor.

La larga mesa, aumentada por sus cuatro extensiones, se amplió aún más con dos mesas
auxiliares colocadas en cruz. Caro y Jervais estaban sentados en el centro, presidiendo un
magnífico desayuno de bodas.

Caro tragó un momento de pánico y se dio cuenta de que el obispo, sentado a su derecha, le
estaba hablando.

—... una colación muy suntuosa. Debes recibir felicitaciones, querida lady Barnard, por tal
logro, especialmente considerando las dificultades de la temporada.

—Oh, no puedo atribuirme ningún mérito, milord —objetó Caro—. Mi tía y lady Shannon lo
arreglaron todo.

Mientras los criados comenzaban a servir vino y los caballeros a cortar los diversos platos
dispuestos ante ellos, Caro miró alrededor, buscando los rostros familiares de sus amigos entre
la multitud.

Harry estaba frente a ella, con Julia a su izquierda. Al lado de Julia, sir James Porteous, un
vecino al que apenas conocía, entablaba conversación con Flora, aparentemente con la
desaprobación de su esposa, que era bastante poco agraciada y estaba sentada más abajo en la
mesa.

Serena estaba fuera de vista más allá de la esposa del obispo, a la izquierda de Jervais, pero
Caro podía escuchar su robusta voz discutiendo las dificultades de obtener piñas en enero.

Una pareja más abajo en la mesa llamó la atención de Caro y se inclinó hacia Jervais,
murmurando:

—¿Ves al mayor Routh? Me temo que la estratagema de Serena para separarlo de las invitadas
más atractivas ha fracasado.

Lady Shannon, habiendo evaluado a Simon Routh al principio de su conocimiento, no tenía


intención de darle oportunidad para coquetear y lo había sentado entre una anciana bastante
sorda en sus ochenta y la hija del obispo, una joven con apariencia de ratoncita sosa.

El Mayor, siempre dispuesto a aceptar un desafío, evidentemente se había propuesto fascinar a


la señorita Lavinia, cuyas mejillas amarillentas se estaban sonrojando adecuadamente como
resultado de sus bromas.

Jervais se rio.

—Simon es incorregible —respondió con afabilidad—. Solo esperemos que no le rompa el


corazón.—Ella tiene más sentido que eso, estoy segura. Pero un coqueteo le dará algo de
confianza, quizás incluso suficiente para despedir a su modista.Intercambiaron cálidas e íntimas
miradas de diversión compartida y Caro sintió que el corazón le daba un vuelco. Con un
esfuerzo, se apartó de su marido y empezó a entablar conversación con sus vecinos
inmediatos.Fuera, la luz se iba apagando a medida que avanzaba la tarde y la comida
progresaba. Por fin los criados trajeron los dulces y la fruta, la gente apartaba un poco las sillas
y varios caballeros corpulentos parecían desear poder desabotonar sus chalecos.Con una
mirada a Jervais, Harry se levantó para comenzar los discursos, seguido por el propio novio. Sir
Richard, quien había actuado como apoyo de Jervais en la iglesia, finalmente se levantó para
ofrecer un encantador y sorprendentemente ingenioso discurso de agradecimiento a las damas
de honor y a lady Shannon por la magnificencia del desayuno nupcial.Finalmente, Caro, en su
nuevo papel de señora de la casa, se levantó, captó la atención de las otras damas presentes y
las llevó a los distintos aposentos del piso superior reservados para su comodidad.Ella y lady
Shannon se encontraron en el descansillo después de que todas las invitadas hubieran sido
acomodadas. Serena sonrió cálidamente a su nueva prima.—Bienvenida a la familia, querida.
Estoy tan contenta de que Jervais haya encontrado una novia como tú. No, nada de falsa
modestia —insistió mientras Caro protestaba—. Tienes el estilo y la presencia que Jervais
necesita en una esposa, pero, más importante aún, el espíritu y la inteligencia para mantenerlo
interesado. Hablo con franqueza; espero no ofenderte, pero él establece estándares demasiado
altos, tanto para sí mismo como para los demás. Tú serás más que un desafío para él.Después
de confundir a Caro, Serena se dirigió a su habitación. Abajo, los criados recogieron los restos
del banquete y dispusieron las mesas de cartas en los pequeños salones, mientras Chawton
inspeccionaba el salón de baile y comprobaba que las flores del invernadero estuvieran en su
mejor momento, perfumando el cálido aire.Los músicos llegaron y empezaron a preparar sus
partituras y a afinar sus instrumentos para el baile de la noche, y en todas las alcobas de la casa
los invitados se aflojaron las corbatas, se desabrocharon los chalecos, se quitaron los zapatos y
descansaron hasta que estuvieron listos para empezar de nuevo.

En su habitación, Katy ayudó a Caro a quitarse el vestido de novia y a ponerse un chal suelto,
casi fuera de sí por la emoción del día y la embriagadora comprensión de que ahora, como
doncella de la señora de la casa, había alcanzado una posición en el hogar sólo superada por la
de la señora Chawton.

—¿Le arreglo el pelo ahora, milady?Caro se dijo a sí misma que pronto se acostumbraría a ser
llamada así, aunque cuando miró su rostro sonrojado en el cristal pensó en lo poco que había
cambiado con respecto a la muchacha soltera que fue en la mañana. Quizás se vería diferente
mañana por la mañana... pero las implicaciones de ese pensamiento eran demasiado
perturbadoras como para detenerse en ellas.—No, solo desátalo y péinalo, por favor, Katy.
Esperaré hasta que esté lista para bajar antes de volver a arreglarlo. Puedes irte ahora; creo
que voy a acostarme un rato.Caro se había dado cuenta de que estaba cansada tras el ajetreo
del día, pero no esperaba caer tan rápidamente en un ligero sopor. Se despertó de un
sobresalto al oír un golpe en la puerta del tocador. La habitación estaba a oscuras, todas las
velas menos una se habían apagado y la habitación estaba iluminada por el vacilante fuego.La
puerta se abrió y apareció Jervais en mangas de camisa y pantalones de noche, con la camisa
abierta por el cuello.—¿Te he despertado? ¿Puedo entrar?—Por supuesto que puedes. —Caro
se sentó contra las almohadas y pasó las manos por su cabello desordenado. De algún modo,
no había esperado que se le acercara así antes de la noche y el corazón le latía
desbocado.Jervais cruzó la habitación y se acomodó al pie de la cama. Ella se había
acostumbrado a él, al urbano y bien cuidado lord Barnard, pero a medio vestir, a la vacilante luz
de la chimenea, volvía a ser el peligroso y sombrío extraño del granero.Al ver que ella abría los
ojos, le preguntó en voz baja:—¿En qué estás pensando?—En la primera vez que te conocí... en
despertarme en el granero a tu lado.—Pero ahora has recuperado tu memoria —observó él con
ternura—. Sabes quién eres y quién soy yo. —Caro se sobresaltó, pero no se apartó.—Mi
marido —respondió ella, con los ojos fijos en su rostro, él acariciaba su tobillo con sus
dedos.—No necesitas tener miedo, Caro. No soy el ogro que a veces crees que soy. No, déjame
hablar —insistió mientras ella abría la boca para protestar—. No haré nada que te asuste;
tienes mi palabra como caballero.

Caro quería gritar que nada de lo que él pudiera hacer la alarmaría, que daba la bienvenida a
sus abrazos y a lo que vendría, pero aún no podía ser completamente abierta y confiar en él
mientras él no confiara en ella. Era un hombre en el día de su boda y podía estar dejando de
lado todas las dudas y sospechas que tenía de ella, pero volverían a aflorar cuando aquella
noche terminara.

Para su sorpresa, él se levantó.

—Puedo ver que aún dudas de mí; pero te prometo, Caro, que esta noche me creerás. — Antes
de que ella pudiera replicar, él se había marchado y la puerta se cerraba suavemente tras él.
Capítulo XXIV
Caro bailó toda la velada en un ensueño, incapaz de concentrarse en nada más que en las
palabras de Jervais, en la forma en que la miraba, en el pensamiento de la noche que estaba
por venir. Hizo su mejor esfuerzo por ser una buena anfitriona, desconcertada por las sonrisas
indulgentes de los invitados ante la recién casada.

Cuando el reloj dio las diez, Jervais, que estaba bailando el vals con ella, la sacó limpiamente
por la puerta hasta el vestíbulo.

—Vamos, Caro —dijo, extendiendo su mano para guiarla escaleras arriba.

Caro sintió que sus rodillas flaqueaban hasta temer que apenas pudieran sostenerla mientras el
sonido de la música se desvanecía tras ellos. Era consciente del vaivén de su vestido sobre los
peldaños de madera, de las sombras que proyectaban en las paredes los candelabros a su paso,
de la calidez y seguridad de la mano de Jervais mientras la conducía inexorablemente hacia la
puerta de su alcoba.

También fue consciente de una ligera sensación de sorpresa. No había esperado escabullirse
con él de aquella manera, había supuesto que se retirarían al mismo tiempo que los invitados y
que él iría a su habitación más tarde. Y si ahora se retiraban juntos, ¿por qué no iban a la
habitación principal?

Para su sorpresa, Jervais no se dirigió a su cama, sino a las sillas junto al fuego. La acomodó en
una y tomó la otra, colocándose a una distancia que no intentó acortar. Durante un largo rato
no dijo nada, con expresión seria mientras la miraba. Caro pensó que vio un nervio saltar en su
mejilla, pero quizás solo era la luz del fuego danzando sobre los rasgos de su rostro.

El silencio era casi tangible. Caro sintió cómo el placentero escalofrío de aprensión que la había
llenado desde que Jervais la había apartado de las celebraciones se convertía en un pesado
presagio.

—Caroline, he estado pensando mucho en lo que has dicho sobre el amor en el matrimonio. Sé
que no se espera que personas de nuestro rango y posición tengan necesariamente un
matrimonio por amor, pero ahora entiendo cuánto significa para ti. Lamento no poder darte
eso.

Era como si le hubiera golpeado el corazón, diciéndole claramente que todas sus esperanzas de
que la amara eran inútiles. Caro luchó contra el dolor con todo su orgullo y entrenamiento,
forzándolo detrás de una fachada de fría compostura. Solo sus manos, firmemente
entrelazadas en su regazo, habrían delatado su angustia, pero los ojos de Jervais estaban
implacablemente fijos en su rostro.

—Bajo estas circunstancias —continuó él—, no debes temer que fuerce mis atenciones hacia ti.
—Se puso de pie—. Te dejo ahora, debes estar fatigada. Buenas noches, Caroline.

Durante varios minutos después de que la puerta se cerrara tras él, Caro permaneció
completamente inmóvil, mirando al fuego hasta que las llamas se volvieron borrosas por las
lágrimas que su orgullo no le permitía derramar.

No cabía duda de que Jervais no la amaba. Seguramente, si tuviera algún sentimiento tierno
hacia ella, la habría persuadido, habría cortejado para llevarla a la cama matrimonial. Ella no
era tan inocente como para creer que un hombre necesitaba estar enamorado antes de
acostarse con una mujer, especialmente con su esposa.

Pero aquella fría formalidad sólo podía significar que desconfiaba de ella tan profundamente
que no se atrevía a mentirle. No confiaba en ella y las acusaciones airadas que le había lanzado,
su negativa a creer que podría haber una explicación inocente para su presencia en el páramo,
lo mostraban con claridad.

No tenía idea de cuándo se quedó dormida, pero despertó rígida y fría al amanecer, todavía
acurrucada en la silla frente a las cenizas del fuego apagado.

Katy no debía verla así. Caro se estremeció al pensar en las habladurías que se extenderían
como un reguero de pólvora escaleras abajo si la descubrían todavía en vestido de baile la
mañana siguiente a su noche de bodas.

Luchó por despojarse del vestido y del corsé, de las enaguas y la chemise. Su cabello ya estaba
tan desordenado que solo necesitaba sacar los restantes pasadores para que todo cayera. Se
puso su camisón, dejó desatados los lazos del cuello y se metió en la cama, desordenando las
almohadas y las mantas de ambos lados. Era humillante tener que hacerlo, pero la alternativa,
que todo el mundo supiera que el matrimonio no se había consumado, era mil veces peor.

Terminó justo a tiempo. Apenas se había metido bajo las sábanas, un suave golpecito anunció
la llegada de Katy con su taza matutina de chocolate caliente.

Caro fingió dormir mientras la criada se acercaba cautelosamente a la cama y dejaba la taza en
el suelo.

—¿Mi señora?

—Oh... Katy. Buenos días. —Caro se sentó con una apariencia de reticencia, frotándose los ojos.

—Buenos días, mi señora. Señorita... mi señora, debería decir, todavía lleva sus pendientes.

Caro se llevó las manos a las orejas.

—Qué descuidada he sido. Es un alivio que no se hayan enganchado en el encaje. —Sabía que
se estaba sonrojando, pero se dio cuenta de que, por encima de todo, confirmaba la imagen de
una recién casada.

Cogió el chocolate caliente y empezó a sorberlo mientras Katy recogía la ropa que se había
quitado. Era evidente que la joven estaba entusiasmada, pero Caro no iba a animarla a
parlotear.

Se vistió con cuidado y, cuando la doncella se fue, cruzó hacia el espejo y moldeó su rostro en
una expresión de serena calma, muy alejada de lo que sentía en su interior.

Cuando llegó al pequeño salón, Jervais ya estaba desayunando, solo.—Buenos días, mi lord.
¿Dónde están los otros invitados? — Ella había estado esperando la protección de la
compañía.—Buenos días. Acabas de perder a tu hermano, que ha salido a montar con algunos
de los otros hombres. Creo que a las damas les han mandado bandejas a sus habitaciones.

Caro se sentó en el extremo opuesto de la mesa sintiéndose completamente incómoda.


—¿Puedo servirle café, milord?

—Gracias, tengo un poco. —Jervais hizo una pausa y luego dijo con un toque de impaciencia—.
Pensé que me había expresado claramente anoche; no hay necesidad de que estés tan rígida en
mi compañía, no me forzaré sobre ti. Pero… —añadió con sequedad—. Me temo que tendrás
que acostumbrarte a estar a solas conmigo de vez en cuando.

Caro se animó.

—Lo comprendo. Sin embargo, debes estar de acuerdo en que anoche no se dijo todo lo que
había que decirse.

—Muy bien. Cuando termines tu desayuno, quizás podamos encontrarnos en el estudio.


—Jervais empujó su silla, hizo una ligera reverencia a su esposa y se marchó.

El orgullo le decía que se retrasara. Caro jugueteó con un trozo de pan y mantequilla, luego, al
darse cuenta de que no tenía apetito, se levantó y lo siguió. No podía jugar con su nuevo
marido.

Jervais estaba sentado en su escritorio, pero se levantó en cuanto ella entró en la habitación.
Una vez más la condujo hasta el fuego, pero esta vez permaneció de pie, con un pie sobre el
borde de la chimenea mientras esperaba que ella hablara.

Caro respiró hondo.

—Jervais, ¿por qué te has casado conmigo?

—Porque te había puesto en una situación comprometida, por supuesto. —Sus cejas se
fruncieron mientras la miraba—. Ya hemos hablado de esto antes. No solo sucedió una, sino
dos veces. Podríamos haber escapado de las consecuencias de tu escapada a Lancashire, pero
una vez que tu hermano te descubrió en mi cama, no había otra alternativa.

Ella hizo un gesto abrupto con las manos que él debió interpretar como impaciencia.

—Tú no tienes en cuenta tu reputación, Caro, pero como caballero, yo sí debo hacerlo. —Su voz
era tan dura como ella nunca la había oído.

—Y como caballero, no te impondrás sobre mí —observó ella, igualmente fría. Él asintió con
brusquedad—. Pero ¿no requieres un heredero como parte del trato? Puedo asegurarte de que
el mundo esperará uno.

Jervais retiró su pie del borde de la chimenea y se enfrentó a ella.

—Eres muy franca, Caroline.

—Soy una mujer casada ahora; al menos, lo soy de nombre.

Jervais parecía elegir sus palabras con cuidado.

—En unos meses, cuando nos hayamos acostumbrado el uno al otro, volveremos a hablar de
esto. No hay necesidad de que te preocupes por ello ahora.

Si había pensado que hablando con tanta franqueza atravesaría su armadura y vislumbraría sus
verdaderos sentimientos, se llevó una gran decepción. Esta mañana, la fachada educada de su
esposo parecía impenetrable.
Caro se levantó.

—Muy bien. Debes excusarme ahora. Soy la señora de Dunharrow, con deberes que cumplir y
criados a los que mandar. —Debía tragarse su dolor y su rabia y entregarse a su nuevo papel, se
dijo mientras Jervais abría la puerta para ella. Al menos lo entendía, lo cual era más de lo que
podía decir de su esposo.

Tres noches más tarde, Caro estaba sentada ante el fuego de su habitación, con el estómago
revuelto por los nervios. Después de tres días miserables, y noches aún más miserables y
solitarias, había llegado a la conclusión de que, si algo iba a cambiar, ella debía tomar la
iniciativa.

¿Cuál era el sentido de mantener su orgullo intacto, insistiendo en una relación ideal donde
Jervais confiara en ella implícitamente, cuando su corazón se estaba rompiendo? ¿Qué le
esperaba, además de años de soledad con el ocasional encuentro frío cuando las
consideraciones dinásticas lo exigieran? Quizás podría encontrar consuelo en sus hijos, pero
ahora parecían muy lejanos.

El reloj dio la medianoche y tomó una decisión. Ya no parecía importante poner a prueba su
confianza: necesitaba a Jervais. Si él sabía que su presencia en el páramo y aquellas ropas
indecentes y comprometedoras habían sido un accidente inocente del destino, al menos podría
confiar en ella y quizás mostrarle afecto. Tendría que conformarse con eso. Le quedaría el
consuelo de haber sido completamente sincera con él.

La puerta que comunicaba la habitación de ella con el vestidor de él estaba cerrada con llave
desde la noche de bodas. Caro ni siquiera se molestó en intentar abrirla. Se puso su delgado
abrigo y salió cautelosamente al pasillo exterior de su habitación. Para llegar a la puerta de
Jervais tuvo que arrastrarse por un pasillo y doblar una esquina, sin intención de ser
descubierta. La casa estaba muy silenciosa; todo lo que podía oír era la sangre latiendo en sus
oídos mientras caminaba de puntillas sobre las tablas y abría suavemente su puerta.

Jervais había estado allí; su abrigo y corbata estaban desechados sobre una silla, pero ahora la
habitación estaba vacía, iluminada solo una rama de velas sobre la cómoda. Desconcertada,
Caro miró a su alrededor y vio una mancha roja sobre la cama.

Su mano voló a su garganta. ¿Sangre? Luego se dio cuenta de que no era sangre, sino un tejido
vívido. El vestido color carmín que había visto por última vez en Rochdale yacía sobre las
sábanas, sorprendente e incongruente en esta habitación masculina.

Parecía llamarla, y Caro cruzó la habitación, lo recogió, sintió la ligera seda, recordando cómo se
sentía al llevarlo, recordando el rostro de Jervais mientras la miraba vestida con él. Un pestillo
hizo clic y ella levantó la vista, con el vestido pegado al pecho, mientras Jervais entraba desde
su vestidor.

—Lo has guardado —susurró.

—Por supuesto. Era todo lo que tenía de ti. —Fue tan directo que la sorprendió—. Cuando te
escapaste en Rochdale, tuve que tener algo que me recordara a ti.

¿Por qué importaba? Pero, mirándole a la cara, pensó que lo sabía, si sólo se atrevía a creerlo.

—Pero pensaste que yo era...


—Fui un tonto. Soy un tonto. —Cruzó lentamente la habitación hacia ella—. Me dije a mí
mismo que estaba en lo correcto al casarme contigo porque te había comprometido. Pero
luego me di cuenta de cómo te sentías y que sería incorrecto pedir más cuando no me amabas.
Pero no me importa. Te amo, Caro, y espero que tú puedas amarme algún día.

Las palabras no salían, su garganta estaba apretada por las lágrimas de felicidad, su mirada fija
en el rostro de él hasta que su visión se nubló.

Jervais la cogió por los hombros y la miró a la cara. Ella parpadeó, se enfocó y se encontró
ahogándose en unos ojos oscuros de pasión y ternura.

—Sé que no me amas, Caro, pero también sé que no me eres indiferente. Confía en mí, déjame
demostrarte cuánto te amo, mi querida.

El beso que reclamó fue vertiginoso en su intensidad. Por un momento ella no pudo responder.
Seguramente era un sueño. Luego lo besó a su vez con igual pasión, sus brazos rodeando su
cuerpo, buscando perderse y fundirse en él.

Él la soltó y leyó sorpresa y una esperanza naciente en su expresión.

—Caroline, ¿tú...?

—Sí, te amo, Jervais. —Era una dicha poder decirlo—. Te amé desde el principio, creo, incluso
cuando no sabías quién era yo. Pero no confiabas en mí, y no podía creer que hubiera algún
futuro para nosotros sin confianza.

Volvió a besarla.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

—Mi estúpido orgullo no me dejaba admitir lo que sentía, estaba haciendo de tu confianza una
especie de prueba. Entonces esta noche me di cuenta de que no podía soportarlo más. Era tan
infeliz y tú no parecías mucho más contento. Sabía que tenía que decirte que te amaba,
contarte lo que había sucedido. Aunque nunca sabría si podrías confiar en mí, al menos sabría
que no te ocultaba nada. Pero ¿dónde estabas?

—En el mismo asunto. Tenía que decirte que no me importaba por qué estabas en el páramo
usando esto. —Tocó el vestido—. Tenía que decirte que te amaba y esperar que pudiéramos
tener un nuevo comienzo juntos.

Era un momento perfecto, un momento perfecto y sin aliento, cuando de repente la puerta se
abrió sin llamar y Fanny entró, seguida por un protestón mayor Routh.

—¡Maldita sea, Fanny, no puedes entrar en la alcoba de un hombre en mitad de la noche! —Vio
a Caro y se detuvo en seco, con la cara roja de vergüenza—. ¡Oh, Dios mío! Mis disculpas,
señora. Fan, sal de aquí ahora mismo

—¡No, no lo haré, no hasta que haya dicho lo que tengo que decir! —Fanny se plantó frente a
Jervais, con las manos en las caderas curvilíneas.

Él simplemente la miró, el comienzo de una sonrisa asomando en sus labios.

—Diga lo que quiera, señora.

—Mire, milord, sé que es usted un caballero y yo solo soy una trabajadora, pero soy honesta y
defiendo a mis amigos. Y no voy a permitir que haga infeliz a Caroline solo por un accidente sin
sentido. —Movió un dedo en advertencia hacia Jervais—. No me interrumpa.

Él se apoyó en el poste de la cama, con un brazo alrededor de Caro.

—No se me ocurriría hacerlo, querida señora —dijo solemnemente.

—¡Bien! Solo que Simon dijo que las cosas no estaban bien con este matrimonio.

—¡Fan! —El Mayor Routh se agarraba el cabello, avergonzado—. Barnard, todo lo que le dije a
la tonta fue que parecías un hombre a punto de pelear en un duelo y que lady Barnard tenía
sombras oscuras bajo los ojos,

Fanny puso los ojos en blanco y se volvió hacia Jervais.

—Ahora escúcheme, mi lord. Caroline estaba buscando a su hermano en medio de ese alboroto
y se cayó de su caballo, golpeándose la cabeza. Las muchachas y yo, en nuestra carreta, nos
íbamos a una nueva casa, siguiendo a nuestro regimiento favorito.

Se interrumpió para parpadear con sus improbables pestañas negras hacia el mayor Routh.

—De todos modos, la recogimos y le prestamos un vestido porque el suyo estaba lleno de
barro. Bueno, no podíamos dejarla allí, ¿verdad?, con esos desagradables alborotadores por
ahí, y estaba tan frío y húmedo. Luego el conductor se perdió y estuvimos atrapadas en ese
horrible páramo durante horas.

» No debimos haberle pintado la cara así, pero pasó el tiempo y se veía tan pálida. Luego todas
nos quedamos dormidas y ella debió caerse cuando la carreta pasó por un bache. Fue entonces
cuando se golpeó la cabeza de nuevo y usted la encontró. Y todo lo que puedo decir es que, si
piensa lo peor de una joven tan encantadora solo por un poco de pintura facial y algo de seda
roja, bueno, ¡no es digno de ser su marido!

Fanny se quedó sin aliento e indignación y se detuvo por completo. Simon Routh se había
dejado caer en una silla, con la cabeza entre las manos, gimiendo suavemente.

Caro se soltó de los brazos de Jervais y fue a darle un fuerte abrazo a Fanny.—Está bien, Fanny.
Él confía en mí, me ama y todo va a ser maravilloso. Pero fue tan valiente de tu parte venir a
rescatarme. Gracias.—¿Estás segura? —Fanny lanzó una mirada dudosa a Jervais.—Puede estar
muy segura, señorita… —Jervais extendió su mano.—Masterman —dijo Fanny, batiendo las
pestañas mientras la tomaba—. Bueno, cuida de ella, se lo merece. Vamos, Simon.La cara seria
de Jervais duró hasta que el mayor Routh, que balbuceaba, fue sacado con firmeza por su
señora. Entonces hizo girar la llave en la cerradura y soltó una carcajada.Caro se encontró
atrapada entre sus brazos y giró en redondo. Jervais la depositó sobre la cama, la estrechó
contra su pecho y se inclinó para besarla.—Oh, Jervais, lo siento tanto. ¡Pobre mayor Routh!
Pero ¿no fue magnífica Fanny? Debemos hacer algo por ella... ¿una pequeña tienda,
quizás?—No ahora, Caro. —Jervais comenzó lentamente, y con infinita promesa, a dejar un
rastro de besos por su cuello y a lo largo del contorno de su pecho. Tiró suavemente de los
lazos de su camisón y Caro contuvo el aliento en un pequeño suspiro de
anticipación.—Tenemos cosas más importantes que hacer esta noche. Esperaba que pudieras
mostrarme cómo se comporta de los pecadores Sinclair. —dijo mientras apartaba los lados del
camisón. Sus ojos descansaron sobre su cuerpo con una especie de asombro que le quitó el
aliento—. Porque no me siento en absoluto santo esta noche y odiaría escandalizarte.Era difícil
hablar, pero la risa inestable en su voz le dio valor. Parecía que ya no tenía que preocuparse por
a qué lado de la familia se parecía.—Por favor, Jervais, me gustaría mucho que me
sorprendieras.Y así se sorprendieron y deleitaron mutuamente, durmieron y despertaron,
amándose y riendo hasta que la luz gris del amanecer llenó la habitación.—Esperé demasiado
tiempo para mostrarte que te amo —dijo Jervais mientras se giraba sobre su espalda y la atraía
firmemente contra su lado.—Más vale tarde que nunca. —Caro se acurrucó contra él y le rodeó
el pecho con un brazo—. Ahora me siento como una esposa muy amada. Y tú eres mi muy
amado marido —murmuró.—¿Incluso si tengo una debilidad por las mujeres alegres de cabello
negro y vestidos escarlata? —preguntó.—Siempre y cuando yo sea la única mujer alegre con la
que te involucres durante los próximos ochenta años, mi amor.—Te lo prometo —dijo Jervais
mientras los envolvía en las mantas—. Puedes confiar en mí.FIN
Sobre la autora
Louise Allen vive en la costa de North Norfolk, cerca de Cromer, una ciudad costera del siglo
XVIII. Es una apasionada coleccionista de material efímero y grabados de la época georgiana
tardía y la regencia, y es autora de más de setenta novelas de romance histórico y obras de no
ficción, principalmente ambientadas en dichos períodos. Además, comparte sus conocimientos
sobre la vida georgiana en un su blog: http://janeaustenslondon.com/.

Podrás encontrar todos los detalles sobre sus libros, incluidos extractos, enlaces de compra y
suscripciones al boletín, en www.louiseallenregency.com.

Espero que hayas disfrutado de este libro y me haría muy feliz si pudieras dejar una reseña.
Cada opinión me ayuda a conectar con los lectores y hacer que mis próximos libros sean cada
vez mejor.

Con cariño,

Louise.
Table of Contents
El secreto de una dama

Copyright

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Sobre la autora

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