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Eros Electrónico: Cultura y Tecnología

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El eros

electrónico
Rom án C ubero (Barcelona. 1934¡ ha
traband o como investigador e n e lM a s-
sachusctts Instituto o í T echn ology y
ha sid o profesor en la University o í
Southern (a lilo m la n o s Angelesi y en
ol Californio Instituto o f Tocbnology
(Pasadena), director del Instiluto Cer-
v d iib n vil F o n a y pnniiU vii.v ü irL A v u
c dctOn Cspdrvjid d e n h to riaco re * del
Cine. Es actualm ente catedrático de
Comunicación Audiovisual en la Facul­
tad de Ciencias do la Comunicación de
la Universidad Autónom a d o Barccta
na. Es m iem bro de la Am erican Asso-
c a tío n 1or ihe Advancement o í Science,
do la Noiv York Acadamv o f Sciancps.tíe
Im A<üd«mM d« 8 »II* k A m *» d u S^ n Fae­
nando y del comité da honor do la Inter
nationol A ssuüatiur for Visual Mrmio-
dcs. Entre sus libros figuran: Historio det
c»ne H 969). M ensajes b o n ic o s en la
culturo de mesas 119?4¡, £t cinc español
en e le g ió 11976), Elsmiio iatormotí/ado
I Premio Fundasen. 19S7), La arroda
opulenta, imploración de la icones faro
tornerr,poróreo 11987;. La im a g e n
pnrñOQraiira y t>t*ac f>*ru*r<iane<
Opticos 11989). Espeje <fc fentosmos. fíe
John Trcvowa o Indiana Jóne> 119931.fíef
O itu n C v ú tu / i• u /V u J v irS u ü t 11 9 9 0 ; y

Proyectar de luna, ¿ a O ene radon ael ¿ /


y e lc /n e (1 9 9 9 .
Román G ubern

E l eros electrónico

TAURUS

PENSAM IENTO
O 2000. RunuLn (Ailx-fn
O Dr e»u rd*km:
Gfupo SuniillHiui ik* £d*ck*>cs. S. A.. 2000
Torrrtagur**, (SO. 28043 Madrid
Trlrfimn 91 744 90 60
iclrfkx 9 ! 744 92 24

• Aguilar, Altea. Taurvn. AH^kimu . S. A.


IV-vIry. 5860. I4S7 Bueoi» A im
• Aguilar Akr*. I ¿unit. Aliaguara. S. A d c C. V
A*rl*. Unr»rttkiad, 767. <jol. del Valle.
Mexico. D F C P . 05100
• DiilnlxitdoiA \ Editor* AguiUr. Aiira. Txunii. AJfoguara, S A
CaiJc 80. n.° 10-23
Telefouo: tefi 12 00
SanUfe lie H«>xot*. Colombia

D u e n o de cubirrtj* Prj> C*rrw> y Som a S in c h c /


Uu5treodn tie cuhirtt*: C SonyairiVAropace/l 7ptigh< Co. lid, 2000
1SHN 8 4 -3 0 6 0 3 7 1 9
l)rp tergal M. 9336-2900
Printed m Spain *lrnpiru> en Ejpurw

P n m e n ediobn: n w ro de 2000
Scgunda edit khk m arfo dc 2000

fodm V» Hrrerko« rr wrxxri»:«.


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rrprodiKtila. »* en *<•*.• rti en ;unr
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un ASlrmj Hr rrruprri/vio
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elrxtiivipnco. por toaoropt«.
u <Uiicyx>er Ot/O. «n rl premia prrxin
pm fKnlfi Hr li cifcltirnl.
I n d ic e

I. DE l A CAVERNAALA ELECTRÓNICA ........................... 7


La herencia del cazador ......................................... 7
Ncofiliay neofobia en la com unicación............... 10
la génesis del ocio electrón ico.............................. l r>

II. La CULTURADEL ESPKCTTÁCUIjO .................................. 21


El televisor: epicentro audiovisual ........................ 21
El escaparate de los d eseo s..................................... 22
El público y la programación.................................. 25
El nuevo ecosistema cultural.................................. SO
¿Opulencia audiovisual?......................................... SS
Ensueños electrónicos............................................. SO
I¿ls lógicas de la seducción...................................... 42
Estructura del star-sysUm......................................... 51
Espectáculo, información y a r te ............................ 54

III. El nuevo paisaje audiovisual.................................... 59


El eje de poder I .os Angclcs-Tokio........................ 59
¿Aldea global? .......................................................... 62
Utopías tecnológicas autosuficientes..................... 68
I a cultura intersticial............................................... 75

IV. De LAINTE! J<¿ENCIAA LAFMOCIÓN


YELDESEOARTIFICIALES........................................... 79
Cálculo y pensamiento sim bólico.......................... 79
FJ proyecto de Inteligencia Artificial..................... 82
I -as insuficiencias de la máquina............................ 92
Emociones y d e s e o s .................................................. 100
Robots, humanoidesy cyborgs ................................ 109
Mientras ta n to ............................................................ 118

V. L \ re d tMoaoNAi........................................................ 121
Un sistema de comunicación p r o te ic o ................... 121
la rebeldía hackrr...................................................... 126
Sociodinámica de la red ........................................... 134
Funciones eróticas y afectivas
interpersonales en la red ....................................... 139
La pornografía d ig ita l............................................... 150

VI. I A HtXiARÓTlCA Y LAS ESTRATEGIAS OFI. > Kí)TtSMO . . . 155


El ideal claustroíllico y sus servidumbres............... 155
Las estrategias del erotism o..................................... 166
La mirada pornográfica ........................................... 173

Vil. LOS PARAÍSOS IOÓNIOOS ............................................... 187


Epifanía de la imagen d igital................................... 187
Deseos digitales.......................................................... 194
La zambullida d ig ita l................................................. 199
Realidad virtual y espectáculo.................................. 206
El oros cib ern ético.................................................... 209
Razón y em oción........................................................ 218

Bibliografía........................................................................... 221
I
D ì: LA CAVERNA A LA ELECTRÓNICA

LA HERENCIA DEL CAZADOR

A lo largo drl 99 por ciento de su existencia« el ser huma­


no ha m id o una prolongada etapa de cazador, de la que em­
pezó a salir hace menos de diez, mil años, para entrar en la
del pastoreo y la agricultura del Neolítico. F.n aquella pro­
longadísima lase de existencia de nuestra especie, el hombre
virio muy precariamente, enfrentado a bestias temibles y pa­
deciendo una inseguridad angustiosa. La profunda huella
emocional generada en aquel dilatado periodo ha pervivido
filogenèticamente hasta el actual ciudadano de la era postin­
dustrial, convirtiéndole en presa fácil de angustias y zozobras
psíquicas. Así, los niños pequeños tienen miedo a la oscuri­
dad, aun sin haber padecido ninguna experiencia punitiva
asociada a ella, como herencia filogenetica de la inseguridad
y desprotección del hombre primitivo en la noche y en un
entorno de alto riesgo.
Por otra parte, los etólogos han dem ostrado convincente­
mente que, en la vida social, al igual que en la naturaleza, asis­
timos muchas veces a relaciones parecidas a las que los depre­
dadores mantienen con sus presas, mediante simulaciones,
tretas y agresiones, aunque en la vida social se produzcan en
un marco de norm as que Lis reglamentan y, por tanto, legiti­
man. a la vez que liman sus aristas más brutales y explícitas.
Esta herencia filogenètica explica que seamos sujetos pasivos
Fj uto» tUxmt(x*HX)

de emociones arcaicas, disparadas desde el hipoiákimo y el


sistema límbico de nuestro cerebro, en forma de sensaciones
de miedo, amor, odio, júbilo, depresión, inquietud, esperan­
za, inseguridad, placer o nostalgia, que no hemos consegui­
do controlar suficientemente, como saben todos los gabine­
tes psiquiátricos del mundo. Hoy surcamos el espacio con
potentes astronaves, pero nuestra vida emocional no es muy
distinta de la de un cazador de hace cien mil años.
Pero el hom bre m oderno se distingue físicamente de su
antepasado en algunas rasgos importantes. El hom bre mo­
derno es el de más taja estatura y con el cerebro más pequeño
til toda la historia de su especie. Esta disminución de tamaño
es el resultado de mecanismos evolutivos que han favoreci­
do los cuerpos más pequeños, en una estructura social que
se basa más en la organización y en la eficiencia que en el es­
fuerzo físico para conseguir la dicta que necesita un gran ce-
rebro. Pero, a pesar de su menor tamaño cerebral, su relación
cerebro-masa corporal, el denom inado "cociente de encefa-
lización”, es mayor que el de todos sus antepasados, t a expli­
cación es simple. Nuestros ancestros tenían que desplegar
un gran esfuerzo físico para conseguir lo que necesitaban
para vivir, por lo que la evolución favoreció a los cuei jxjs más
corpulentos. Pero ahora los alimentos y Les mercancías lle­
gan hasta nosotros sin que apenas tengamos que movernos.
Y también llega así la información, que alim enta nuestro re­
lativamente gran cerebro, nuestro procesador suprem o en el
seno de la sociedad posiindustrial, llamada también “socie­
dad del conocimiento'*.
Las m odernas tecnologías de comunicación e informa­
ción están modificando nuestras sidas, afectándolas en el
plano físico (en su biosedentarismo, por ejemplo), en el in­
telectual y en el emocional. Sus efectos físicos e intelectuales
nos son m ucho mejor concx idos que sus efectos em ociona­
les y por eso les dedicaremos especial atención a lo largo de
estas páginas, que querrían presentar preferentem ente al ac­
tual homo informáticas a la luz de las enseñanzas de la antropo­
logía. Pero antes es m enester aclarar algunas cuestiones bási-
K<_*m k O í usjlx

cas acerca fiel marco histórico y los objetivos de su evolución


cultural.
l a evolución cultural es una estrategia inventada por el
hombre para adaptarse mejor al medio ambiente que le ha to­
cado vivir, por lo que no puede ser la misma en la selva, en la
sabana, en una zona lacustre o en el desierto. Puesto que estas
estrategias son dirigidas pot el hombre, las culturas humanas
han conocido una gran diversificación, aunque se puedan re­
conocer en todas ellas algunos sustratos comunes, en relación
con episodios tan fundamentales como el nacimiento, el ma­
trimonio, la muerte, la guerra, etc. En todas las scriedad es hu­
manas existen unas predisposiciones biológicas que se elevan
al rango de normas y a las que se superponen otras normas,
emanadas de la inteligencia hum ana y no de la biología: cons­
tituyen códigos de conducta que reglamentan su convivencia
y que en las sociedades más desarrolladas se plasman en leyes y
reglamentos escritos. Pero está claro que las normas adopta­
das no pueden ir en contra de las tendencias biológicas por­
que si así fuera causarían la desaparición de la especie.
Iras este obligado y remoto preám bulo antropológico,
saltemos hasta la cima de la m odernidad occidental preinduv
trial, hasta el siglo XVII!, cuando la Ilustración formuló colecti­
vamente su proyecto de progreso racional, que hoy percibi­
mos como lineal, limitado c insuficiente para la complejidad
del m undo de su época y. sobre todo, para la del m undo futu­
ro. Pero podemos concordar con Haber mas que sus insufi­
ciencias no constituyen una razón para rechazar la idea de
progreso racional y retroceder con ello a las etapas preilus-
tradas. es decir, de imperio de la oscuridad. En todo caso,
aquel proyecto debe enriquecerse con nuevos datos acerca
de la creciente complejidad social —y las herram ientas infor­
máticas resultan muy pertinentes para coadyuvar en esta ta­
rea—, para elaborar a partir de las nuevas realidades nuevas
estrategias culturales. Porque lo que la historia m oderna nos
ha enseñado es que el desfase entre el desarrollo material y
económico y el desarrollo político, social y moral suele resul­
tar a la postre catastrófico.

9
Ei. I MOK »1JJT*6M CU

NEOFILIA Y NEOFOBIA EN LA OOMtrNKACIÓN

Una dt* las muchas aproximaciones posibles al conjunto


de fenóm enos asociados a las nuevas tecnologías de com uni­
cación es la derivada de la perspectiva etològica, consideran­
do al hom bre como animal cultural (animal simbólico, le llamó
(Cassirer), como producto sinergico de la interacción entre
biología y cultura, entre naturaleza y artificio. Yasí salta pron­
to a la rista que tal vez la razón más determ inante del proceso
evolutivo de la hominización radicó en su decidida tendencia
ncofílica, tendencia hacia la exploración y la novedad opuesta
al conservadurismo neofóbico de tantas especies animales. En
realidad, ci hom bre comparte con ios restantes primates su
inquietud y curiosidad exploratoria, pero el hom ínido que
nos precedió en la evolución superó a sus congéneres en pa­
sión ncofílica y mi abandono de la protección arboricola en
la selva y su consecutivo adentram iento en la sabana, plagada
de peligros y que posiblemente contribuyó a favorecer su es­
tación vertical para escrutar el espacio horizontal, corrol>ora
tal superioridad. Se ha afirmado que la curiosidad instintiva
del hom bre primitivo pudo superar a la de los restantes pri­
mates porque la lápida evolución de su inteligencia» que le
alejó de la animalidad, le permitió disponer de un “excedente
de instinto”, que el ser hum ano canalizó hada diversos cam­
pos de la experiencia, potenciando señaladam ente su “ins­
tinto de exploración“.
Fa cierto que toda actitud neofílica com pona riesgos y pue­
de convertir a la audacia en temeridad. Sin duda muchos de
aquellos remotos antepasados sucumbieron por ello, pagan­
do así un precio individual elevado por sus arriesgados tan­
teos. en favor del desarrollo y progreso de la colectividad a la
que pertenecían. De manera que nuestros ancestros fueron
aprendiendo a atemperar su curiosidad neofílica con una for­
ma de inteligencia previsora que, a falta de mejor denom ina­
ción, llamamos prudencia, un vestigio neofóbico sustentado

10
RnftlAX

en la racionalidad anticipalor ia de los peligros potenciales. Y


avanzando por esta senda el hom bre se convirtió en el único
mamífero capaz de fundar una civilización, en la que los me­
dios de comunicación adquirirían además progresiva impor­
tancia.
Valga esta introducción etològica para rccordai que cada
novedad tecnológica en el ámbito de la comunicación susci­
tó temores y resistencias neofobie as, a veces exageradas y a
veces perfectam ente razonables. Platón, en Fedro, puso en
boca de Sócrates la conocida objeción contra la escritura, seña­
lando que fiándose de ella los hombres no usarían su memoria
y no recordarían por ellos mismos. No seria malo repensar el
viejo temor de Sócrates en nuestra era de enciclopedismo in­
formático, cuando tanto confiamos en la memoria de los or­
denadores. 1.a aparición de la im prenta de tipos móviles de
Cutcnberg fue también recibida con hostilidad en algunos
sectores, con argumentos no muy distintos a los esgrimidos
cinco siglos después contra la televisión, a saber, que la lectu­
ra individual aislaría y segregaría a los ciudadanos de su co­
munidad y que este apartam iento podría ser peligroso para
el los y para su cohesión social. En realidad, estos temores no
se equivocaban, pues tal vez la consecuencia más famosa y
evidente de la lectura aislada iuc la libre interpretación de
los textos bíblicos, que se plasmó en el traumático cisma pro­
testante, el más grave quebranto que ha padecido el cristia­
nismo en su larga historia.
Cuando apareció la fotografía en 1839, algunas sectas
protestantes fundamcntalistas condenaron en Alemania el
nuevo invento, esgrimiendo la prohibición del Éxodo 20:4
(“No te fabricarás escultura ni imagen alguna de lo que
existe en la tierra../') y juzgando com o osadía herética la
duplicación mecánica y fidelísima del m undo creado j>or
Dios. Este fue un ataque teológico, pero la descalificación
estética provino de alguien tan culto e ilustrado como Char­
les Baudelaire, quien en 1859 reprochó a la fotografía su
servilismo reproductor mecánico, opuesto a la creación y la
invención artística.
Ll. FJi t'IÜí'iM í.U

Cuando el fonógrafo de Edison, inventado en 1877, cono­


ció su difusión y asentamiento social en el siglo siguiente, se
alzaron muchas voces—yo todavía recuerdo esta argum enta­
ción en mi adolescencia— que sentenciaron que la música
mecánica acabaría definitivamente con la música viva de las
orquestas. Esto no ha sucedido, pero la industria discográfica
se ha convertido en una industria cultural puntera, que en
España creció un 350 por ciento entre 1991 y 1997.
Al difundirse unos años después la comunicación telefó
nica, inventada por Alexander Graham Bell en Estados Uni­
dos, conoció prim ero en Francia un uso singular y restringi­
do. bautizado como tcatrófono, que transmitía música hasta
los hogares. Fue la presión social y empresarial la que obligó
a ampliar este uso primitivo tan limitado a la comunicación
oral bidireccional que hoy conocemos.
El caso de la radio fue muy interesante. De hecho, la pri­
mera utilización generalizada y masiva de la radiotelegrafía
se produjo durante la I Guerra Mundial, para atender a las co­
municaciones militares. Cuando llegó la paz en noviembre
de 1918 se abrió un debate para dilucidar qué destino se le
daba a la comunicación inalámbrica, que en casi todas partes
el podei militar quería seguir detentando a su servicio. Final­
mente. los intereses económicos de las compañías eléctricas
pudieron más que los militares y así nació en los años veinte
la radiofonía comercial, para la información y el entreteni­
miento general, que ha pervivido hasta hoy.
I-a difusión del espectáculo cineinatográiico suscitó m u­
chas resistencias desde finales del siglo pasado, alguna muy
justificarla, jx;r la alta inflamabilidad de la película de nitrato
de celulosa, que provocó algunos desastrosos incendios, con
numerosas víctimas. Otras objeciones eran de tipo moral, ya
que algunos veían con desconfianza la mezcla de hom bres y
mujeres reunidos en una sala oscura, ante un cs|>cctáculo de
gran capacidad de sugestión. Un director general de .Seguri­
dad madrileño, Millán de Priego, llegó a ordenar en noviem­
bre de 1920 la separación de sexos en las salas, concediendo
a las parejas casadas la parte trasera, pero iluminadas con luz

12
C V M iN

roja. ÍJá tem prana adaptación a la pantalla de episodios de la


Pasión de Cristo ha de atribuirse, en parte, a los esfuerzos de
la industria del cine primitivo para adquirir respetabilidad
social y moral.
Y así llegamos a la televisión, que ha sido llamada "caja
tonta" (del inglés, idiot box) y que ha generado un vocabula­
rio específico cargado siempre de connotaciones negativas,
como trlebasura, contmfnogtamoción, culebrón, teletonto, tciepa
dente, teleadicto, etc. Aunque en este ámbito impera, como en
tamos otros, una estridente doble moral. Así, el Umbcrto Eco
que ante la actual pnxiigalidad televisiva afirmó que “hoy es
un signo de distinción no salir en televisión", no vacila en
aparecer en la caja tonta cuando ha de promocionar una nue­
va novela suya. La televisión es hoy la gran colonizadora del
tiempo de ocio social —con tres horas y media de contem ­
plación diaria por habitante en nuestro paiV -, pues sola o
combinada con el vídeo domestico actúa en buena parte como
un medio sustitulivo de otras actividades culturales, tales
como la lectura, la asistencia al teatro o a muscos, las tertulias
y las excursiones. Hay que referirse sin ambages, por tanto, a
un neto protagonismo del consumo audiovisual doméstico
(es decir, sedentario y clausüofilico) en el mapa de los hábi­
tos culturales occidentales. Aunque tal colonización cultura)
debe matizarse con la distinción entre telespectadores incon­
dicionales (preferentem ente amas de casa, jubilados, deso­
cupados y enfermos) y telespectadores selectivos.
La» telespectadores incondicionales lo son, sobre todo,
por la pobreza de su vida d r relación social, su bajo nivel cul­
tural o la limitación de sus recursos económicos. Para ellos,
la televisión es el recurso más fácil y barato, pero también el
que más pronto se abandona cuando surge una alternativa
más estimulante, como la llamada de un amigo para salir a
pasear. De modo que el televisor pasa a ocupar el hyttom-line
de sus preferencias, aunque sus circunstancias personales lo
convierten en la más usual, pero también en la más vulnera­
ble a su fidelidad. 1.a telcadicción constituye una patología
social no infrecuente eti las sociedades industrializadas y sin

13
FJ ntfKO)Jl11l(<N)ÜO

duda debía ser un teleadicto aquel ciudadano italiano que


de un acontecimiento confesaba cándidamente que no estaba
seguro de si lo había vivido o lo había visto en televisión, reve­
lando así ia emergencia social de un nuevo tipo de param ne­
sia mediática, fruto de la nueva “soledad electrónica". Diver­
so es, obviamente, el caso de los telespectadores selectivos y
la creciente difusión de canales monográficos por cable o sa­
télite tenderá a increm entar la fidelidad de las audiencias, de
acuerdo con sus intereses específicos.
Para un historiador de la com unicación, lo más llamativo
de la televisión reside en que, tras medio siglo de im planta­
ción social, sigue ocupando un lugar central en la panoplia
de las nuevas tecnologías, no sólo por su dependencia ac­
tual de las nuevas redes de fibra óptica o de los satélites, sino
por su eventual fusión con la pantalla del ordenador, para
convertirse en e) ya llamdo THepuUr (de //¿¿visor + compuUr),
un terminal audiovisual hogareño, polifuncional e interacti­
vo. tanto para nuestro ocio como para nuestro trabajo (tele-
trabajo) , como para la escolan zar ión de nuestros hijos. En el
umbral del nuevo siglo el televisor está dejando de ser un ter­
minal audiovisual que recibe pasivamente unos pocos mensa­
jes monodircccionalcs para adquirir un estatuto de artefacto
poliuiiüzable, que primará la autoprogram ación y la inte cac­
tivi dad de su operador. Cuando este uso se consolide, el tele­
visor ya no será sólo el sucedáneo de la chim enea que reúne
a toda la familia, como opinaba McLuhan, sino una singular
y novedosa chimenea-pupitre convertible.
Esta perspectiva tiende a apuntar hacia el triunfo definitivo
de la culnira clausiroiTlica, como explicaremos más adelante,
opuesta a la tradicional cultura agorafílica* y a dualizar moral-
mente con ello dos territorios contrapuestos: la confortable
seguridad del hogar y el peligro callejero, territorio de dev
clasados y maleantes. La opción claustrofílica que supone el
telelrabajo casero ha sido defendida por sus ventajas mate­
riales y económicas —reducción del tráfico rodado, ahorro
de combustibles, descenso de la contaminación, descentrali­
zación de los territorios laborales, etc.—, pero también ha

14
R o v a *. C e lt io

sido encausada por sus desventajas por los sindicatos que ven
en el teletrabajo doméstico la destrucción del loáis laborandi
donde tiene lugar la comunicación interpersonal de los tra­
bajadores y su cohesión grupal y. en general, por el aisla­
miento sensorial, psicológico y social con que penaliza a los
individuos. No por azar los trabajadores de muchas empresas
de nuevas tecnologías en Silicon Valley esgrimen el eslogan
compensatorio ffigh brh high touch
Todos los medios enum erados en este apartado, a los que
habría que sumar los derivados de la informática, constitu­
yen el entram ado de las industrias culturales contem porá­
neas. unas industrias que —según un estudio de la Sociedad
General de Autores y Editores de España en 1999— aportan
un f> por ciento al conjunto de la econom ía española, situán­
dose con ello como el cuarto sector productivo en im portan­
cia y en el que trabajan 758.000 personas.

La GfcNLMS D tl OCK) H K CIRÓ N K X )

El desarrollo de las industrias culturales desde el final de


la II Guerra Mundial ha estado asociado a la dism inución
de la jornada laboral, que incrementa el tiempo de ocio, y a
la mejora de la capacidad adquisitiva de las clases populares.
Las extenuantes jornadas laborales de doce horas que esta­
ban en vigor en Europa hace ciento cincuenta años se han
convertido en meras referencias históricas para medir el pro­
greso recorrido desde el salvaje capitalismo manchesteriano
a la sociedad del bienestar y del consumo de nuestros días.
No hemos llegado todavía a la utopía diseñada por Paul La-
fargue, el yerno de Marx autor de El ilrrrxhn a la prrrza, quien
en 1880 proponía ya la jorn ad a laboral de tres horas. En el
actual horizonte europeo la semana laboral de 35 horas está
a la vuelta de la esquina, beneficiada además por las políticas
de horarios y calendarios flexibles. I>e m om ento, y según
una encuesta de Invymark de 1998, un 42.8 por ciento de los
españoles estaría dispuesto a sacrificar el 10 por ciento de su

ir>
El m u » tneiftOtoix»

salario para ganar un 10 por firm o más de tiempo de ocio,


revelando una interesante escala de prioridades. Aunque es
obligado recordar aquí que en la sociedad postindustrial ja­
ponesa, sujeta a la rigorista moral con lucían a, la adicción al
trabajo —clasificada clínicamente como “conducta adirtiva
no química”— sigue produciendo muertes por estrés laboral.
No es éste el caso europeo, en el que la sociedad postin-
dustríal ha desplegado un nuevo paisaje hedonista, al que se
le denom ina “sociedad del ocio“, en la cual el creciente tiem­
po libre debería cumplir esencialmente tres funciones: 1) el
relajamiento o descanso de la fatiga acumulada; 2) la diver­
sión o entretenim iento; 3) el desarrollo de la personalidad.
Existe abundante literatura acerca de los usos que los ciudada­
nos hacen del tiempo de oc io, incluyendo los usos embrutece-
dores o degradantes, ligados al alcoholismo, a la drogad icctón,
al vandalismo o a los espectáculos alienantes, y buena pai te
de la delincuencia del fin de semana en nuestras ciudades
está asociada a estas patologías conriuctualcs. Se ha dicho re­
petidam ente que la meta de las políticas del ocio persigue
que éste sea un espacio destinado a la realización positiva de
la personalidad hum ana y a su enriquecim iento sensorial o
intelectual, en el sentido en que los antiguos hablaban del
oitum cum diffniUUe, pues para los griegos el ocio era el perio­
do fecundo de reflexión c incubación que precede a la crea­
ción. Pero por mucho que se esfuercen las políticas del ocio,
no les será fácil erradicar las borracheras colectivas o las pan­
dillas de jóvenes enzarzadas en peleas, carreras de coches o
actos de vandalismo en las noches tic los sábados, que en su
brutalidad expresan de un m odo elemental una insatisfac­
ción existencia! o social básica.
L,a extensión del tiempo de ocio ha constituido un estí­
mulo formidable para las hoy 1Lunadas “industrias del ocio”,
que suministran bienes y servicios para ser utilizados en ese
segm ento privilegiado de la vida, en el que no se padecen
obligaciones laborales ni servidumbres sociales. Las indus­
trias del ocio, que eran industrias simplemente marginales ti
ornam entales en el siglo xix, son hoy grandes protagonislas

1(5
X.MVU.N (k URN

de la dinámica niacroeconómica occidental, como ya hemos


señalado.
Muchas de las tecnologías de comunicación que hemos
enum erado someramente en el apartado anterior han cono­
cido después de la li (hierra Mundal prolongaciones y desa­
rrollos antes inimaginables. Tal ha sucedido con la radiofo­
nía, que, gracias a los transistores (inventados en 1947 por
B ardrrn. Brattain y Shocklev), han convertido a los recepto­
res en artefactos miniaturizados, compactos, autónom os y
ubicuos, que tienen un piovechoso m ercado parásito en el
expansivo parque automovilístico. En la ciudad de Los Ange­
les, debido a su extensión y particular estructura viaria y urba­
na, puede hablarse, por ejemplo, de una verdadera cultura
autorradiofónica, en la que la movilidad ciudadana es física y
acústica a la ve/, pues en la prolongada soledad en el interior
del automóvil que atraviesa sus autopistas, el conductor apa­
rece unido con el exterior m ediante el invisible hilo hert/ia-
no que le conecta a un amplio espectro de posibilidades: emi­
soras solamente informativas, o especializadas en música de
rock, o de ópera, etc. No podemos conducir un coche o es­
cribir viendo a la vez la televisión o leyendo un libro, pero po­
demos hacerlo escuchando la música de fondo de un altavoz
radiofónico. Está claro que esta gran virtud puede degene­
rarse en la contrapartida de su trivialización, como mero “rui­
do de fondo doméstico”. Ls lamosa, en este aspecto, la res­
puesta reiterada que muchas amas de casa norteamericanas
ofrecieron en una encuesta acerca de las razones |>ara su fide­
lidad radiofónica. “Es una voz en el hogar”, dijeron en mu­
chos casos, revelando así involuntariamente el síndrome con­
tem poráneo del miedo a la soledad, manifestado como un
neurótico minio ni ulmcio.
1ü llamativa transformación de la industria radiofónica
desde 1950 estuvo también asociada a la em ergencia de las
emisoras de frecuencia modulada, a la alta fidelidad y a la esto
rofonía, progresos que cristalizaron también en la erupción
de Ucs discotecas como epicentro de la cultura adolescente y
juvenil. la s discotecas, nacidas a la sombra de la implanta-

17
Ki. ittin k ij c t ic im i o

cion do los discos de microsurco (de 45 y 33 1/ 3 revoluciones


por m inuto), liquidaron de un plumazo las antiguas salas de
baile con orquesta e introdujeron una verdadera resolución
en las costumbres juveniles, inseparables de la cultura del
rock y de la música pop. con nom bres tan rutilantes y fetichi-
zados como El vis Prcslcy, los Beatles, los Rolling Sioncs, Prin-
ce, Michacl Jackson o Madonna. Una nueva constelación de
mitos nació catapultada por las discotecas, los tocadiscos ba­
ratos, las radios de los automóviles y los walkmen, en un fenó­
m eno de sinergisino mediático acelerado.
El impacto de las nuevas estrellas musicales no fue sólo
sonoro, sino también visual, inevitable en la nueva civiliza­
ción de la imagen. A Elvis se le conoció popularm ente como
The Pelvis, por sus expresivos movimientos, y los Beatles se
identificaron por sus melenas, Prinre y Madonna por su des­
carado porte sexual (la segunda revaiori/.ó la ropa interior
en los escenarios) y Michacl Jackson por la anóm ala blancu­
ra de su piel.
Por otra parte, la estética y el capital simbólico de las dis­
cotecas —nuevos territorios urbanos de placer ritual— se
apoyó en otras aportaciones mitológicas de la cultura de ma­
sas, en especial en las procedentes de la ciencia-ficción de las
tiras dibujadas y de las películas cinematográficas. Así, los ra­
yos luminosos que cruzan y bai ron las pistas do baile evocan
la iconografía de las batallas intergalácticas con rayos láser,
mientras que nada se parece más a un cuadro de mandos de
un disc jockey, con sus controles y guiños luminosos, que el
cuadro de mandos de una astronave de ficción. Este mimetis­
mo era explicable, pues los destinatarios de ambas propuestas
culturales eran los misinos, reclutados en los sectores adoles-
ccntcs-juvcniles, a los que el cine se- dirigía con un lenguaje
estético que les era familiar. Habría que añadir que la fun­
ción esencial del capital semiótico aportado por esta parafer-
nalia desde las pantallas era la de conseguir una eficaz cm-
briaguez psicodélica y sensorial de la audiencia« a la vez que
sus recurrentes signos de poder —astronaves faliforines y su*
pcrvetoccs, armas devastadoras, ordenadores superpotcn-

18
R im e s Ü U U ltN

tes— suministraban una seguri dad ilusoria a su audiencia en


la lase de su inseguridad existencia^ alentaba una consola­
ción megalómana para sus frustraciones personales y perm i­
tía la proyección de sus pulsiones agresivas.
La discoteca, convertida asi en nuevo templo d r la cultura
prcadolcsccnte, adolescente y juvenil, arrebató m uchos cv
pcctadorcs a las salas de cine v I lollvwood tuvo que reaccionar
Con la película Fitbre <M uiUulo rw<hf (Saturday Xighl /vtvt,
1977), de John Badham, para atraer con las proezas coreográ­
ficas y eróticas de John Travolta, sublimando sus frustracio­
nes en una pista de baile, a los jóvenes que habían desertado
de las salas oscuras, hablándoles precisamente de sus nuevos
gustos y estilos de vida e inaugurando ¿tsí el género cinem ato­
gráfico del disco-film.
I-is discotecas triunfaron, también, por la funcionalidad
erótica de su ritual, en el <x aso de la puritana década de los
años cincuenta. la música de baile, al imponer un ritmo co­
mún y compartido a los bailarines, refuerza su vinculo emocio­
nal, con una sincronía que les convierte en cómplices gozosos
de un mismo rito, al igual que ocurre en las danzas de las tri­
bus primitivas. Además de tal complicidad emocional, sus
evoluciones y contorsiones, a los ritmos agitados de la música
m oderna, hace que sus movimientos incluyan expresivos
movimientos pélvicos, de obvio significado erótico, mientras
que el sudor axilar fresco de los danzantes ejerce una atrac­
ción específica, ¡x>r su transirnisión de feromonas, para el bai*
larín del sexo opuesto. Se nata, en resumidas cuencas, de un
ritual coreográfico fuertem ente desinhibidor y muy propicio
para las aproximaciones sexuales. La discoteca nació, en una
palabra, para propiciar colectivamente y con medios técni­
cos sofisticados el triunfo de oros.
De manera que las industrias del sonido electrónico se bi­
furcaron. como un árbol del bien y del mal. para promover
por una parte el aislamiento radiofónico ríe millones de indi­
viduos, en el interior de sus automóviles o de sus hogares, v
por la otra para incentivar mi cálida socialización en el inte­
rior de penumbrosas discotecas. Esta bifurcación funcional
t i. OUUB m iTR Ó N G O

constituía una prueba aplastante de la plasticidad de las tec­


nologías electrónicas de comunicación para generar pautas
de conducta diversificadas.
Pero es m enester recordar que el sistema sensorial hum a­
no está program ado para primar la información audiovisual,
a diferencia de la mayoría de especies animales, que depen­
den básicamente drl olfato y del gusto, ts ta primacía se refle­
ja en el vocabulario hum ano, pues de dos tercios a tres cuar­
tas partes de todas las palabras que describen impresiones
sensoriales se refieren a la visión y al oído. Por ello no ha de
extrañar que, tras la em ergencia drl tocadiscos y de la radio,
la industria electrónica que resultaría más potente e influ­
yente, y que constituyó de hecho un desarrollo o perfeccio­
nam iento de la radiofonía, sería la televisión.

20
II
La cu ltu ra d el espectá cu lo

F.t l>I KVISOR; EPICFNi RO AUDIOVISUAL

"Sin imágenes no hay compasión y m ucho menos reac­


ción política urgente", afirm ó e) Alto Com isionado de la
ONU para los Refugiados, refiriéndose a las tragedias colecti­
vas que periódicamente estallan en el Africa subsahariana (El
País, 2 de noviembre de 1996). En efecto, en nuestra sociedad
mediática las imágenes certifican la realidad y, si no hay imá­
genes, nada lia sucedido y nadie se inmuta. Kn el otro extre­
mo de la urgencia política, el sociólogo Fierre Bourdicu ha
afirmado tajantemente, en las primeras páginas de su libro
Sur Ui ttlwiúon, que la televisión es una amenaza para la de­
mocracia. Estas dos opiniones tan extremas dibujan un arco
critico tendido entre quienes piden más imágenes y quienes
desconfían profundam ente de las imágenes que recibimos.
Sin pretenderlo, ambas opiniones, tan distintas, no hacen
m asque certificar el papel clave que la televisión desempeña
en la dinámica sociocultural contem poránea, sea por defec­
to o sea por exceso.
Los antropólogos de la vida cotidiana han observado con
razón que el televisor ha pasado a sustituir, en la estructura
del espacio hogareño, el lugar y la función de la antigua chi­
menea. Antaño la familia se congregaba en torno a ella y fo­
calizaba su mirada en sus llamas. Ya su vera la abuela contaba
cuentos a sus nietos, que eran plenam ente interactivos, por-

21
E l. L»06 Clim üÓ KICO

que los niños podían preguntarle qué hizo después la bruja o


dónde se escondió la princesa. 1.a aparición de la radio no
modificó este m odelo de distribución espacial, porque la ra­
dio no implicaba al sentido de la vista. Pero la pantalla del te­
levisor, con su luz fría, ha pasado a reemplazar el foco ígneo
de ia chim enea en el corazón de la familia y a imponei le sus
temas de conversación despersonalizados. Ir>s datos cuanti­
tativos son apabullantes acerca del protagonismo social de
este nuevo foco de luz, como veremos más adelante.

h l. ESCAPARATE DE I OS DESEOS

FJ televisor doméstico es un aparato que se interpone —de


modo interesado y nada inocente— entre la mirada humana
y la sociedad. Y le es enteram ente aplicable el diagnóstico
que hace arios formuló André IVa/in sobre el cine, a saber, que
con su intermediación el hom bre sustituye con la mirada su
prosaico m undo cotidiano por un m undo que se acom oda a
sus deseos. Convertido en una especie de altar laico y pagano
que ocupa un lugar privilegiado en la vivienda, el televisor se
ha constituido en una ventana o escaparate permanente»
m ente abierto en el interior del hogar, para disfrute del miro-
nismo vicioso de sus moradores. Ante su usuario encandila­
do surge el recuerdo de Jam es Stewart, el protagonista de Im
xtentana indiscreta (Rcnr Windaw, 1954) que fisgoneaba com­
pulsivamente la vida privada de sus vecinos con su teleobjeti­
vo, hasta el punto de descuidar su relación ron su agraciada
novia (Cirace Kelly). 1.a hipertrofia de su mirada inquisitiva
le había sorbido hasta tal punto sus intereses personales,
que le había producido un desinterés por su vínculo sexual
con el m undo real, en una obvia alegoría masturbatoria.
Mucho tiene el televisor de "Ventana indiscreta”, en el senti­
do hitchcockiano del término, aunque constituye un curioso
nodo de tensión entre los contenidos sensualistas y hedonistas
que la pantalla suele proponer al público y la desensualiza-
ción de la imagen, mera representación vicarial plana, priva*

22
RúVi*.N Gt K»KN

da de tactilidad y de olor —dos ingredientes cruciales en la


relación erótica— . despojada de la sensualidad del m undo
real. Para compensar tales carencias, la imagen debe exacer­
bar su carga de sensualidad o de erotismo, según los casos,
delatando la artificialidad de su propuesta. Es un tema sobre
el que habremos de volver en otro capitulo, al analizar los
orígenes de la pornografía mediática.
A diferencia de la lectura, la televisión se dirige antes a la
esfera emocional del sujeto que a su esfera intelectual. Ypor
eso fue muy pertinente el eslogan acuñado por Ecllini para
combatir las fastidiosas pausas de la publicidad comercial:
“No se intei rum pe una em oción”. Y'a diferencia de la radio,
su antecesor mediático, la televisión muestra cuerpos y, por
añadidura, con la segmentación d r sus encuadres, los parce­
la de un m odo funcional para la eficacia de la comunicación
audiovisual. Pero esta característica perm ite que el lenguaje
no verbal de los cuerpos presentados contradiga a veces abier­
tamente los contenidos verbales transmitidos por tales cuer­
pos. IJn sonrojo o un tironcito nervioso a la falda demasiado
corta pueden decir mucho más que un centenar de explica­
ciones. pues el cuerpo es más rebelde a la domesticación que
la palabra.
En nuestra cultura, por tanto, la televisión es prevalcnte-
mcnic una máquina productora de relatos audiovisuales es-
pectacularijados —en diversos géneros y formatos—, porta­
dores de universos simbólicos, diseñados y difundidos para
satisfacer las apetencias emocionales de su audiencia. No es
raro que en su economía productiva, y tras mi titubeante etapa
pionera, la televisión en directo haya sido ampliamente supe­
rada por la programación diferida o pregrabada, i-a progra­
mación en diferido —muy mayorilaria hoy en los canales—
permite un control censor sobre el material emitido (censura
política, sexual, religiosa, etc.) que resulta imposible, o muy
difícil, en la televisión en directo. Por consiguiente, los mensa­
jes eróticos emitidos j*>r la televisión diferida son mensajes
institucionalmcnte regulados, calibrados para atender al deli­
cado equilibrio entre atractivo comercial y respetabilidad s o

23
E l m oa tuurínótaoo

cial, entre permisividad y prudencia moral, y atendiendo a


factores contextúales tales como el horario de emisión.
Hemos mencionado al erotismo porque constituye bajo
formas y propuestas muy diversas, directas o indirectas, el se­
ñuelo supremo para la m irada Y no sólo para los eróticamen­
te insatisfechos, pues incluso los eróticamente satisfechos
pueden aspirar legítimamente a una mayor cuota de placer o
a nuevos proyectos para el futuro. Freud sabía lo que se decía
cuando hizo de la libido el motor prim ario de nuestra con­
ducta, que actúa de modo abierto o solapado en nuestra pro­
ducción imaginaria. Incluso las imágenes aparentem ente más
neutras acaban por revelar con frecuencia sus resortes ocul­
tos. Por ejemplo, en las emisiones deportivas, con el desplie­
gue de cuerpos jóvenes en entrenam ientos, en los vestuarios,
fundidos en abrazos, besos y caricias tras un gol..., hasta el
punto de desvelar lo que Fierre Sorlin ha llamado la uhomo-
socialización" deportiva (L& fiís dt Nadar Le “fiée/e" dr l ’imagr
analvgiqus). Y la repetida exhibición en 1992 de las imágenes
documentales de unajoven somalí que había intimado con un
soldado francés y que poi ello fue desnudada violentamente
en público por sus compatriotas hacia dudar legi ti mámente de
si se trataba de una denuncia o de una com placiente exhibí-
ción sexual de coloración sádica.
lodo lo dicho hasta aquí resulta c lam orosam ente eviden­
te en el caso de los anuncios publicitarios, cuya única fun­
ción consiste, precisamente, en la excitación de los deseos de
su audiencia. Sobre todo desde la segunda mitad de los años
sesenta, en Europa la publicidad haespectacularizado el cuer­
po femenino pasivo (es decir, ofrecido sumisivamente), como
contrapunto de una virilización activa del cuerpo masculino,
aunque desde finales de la década se abrió paso también el
esteroiipo sexual del hombre-objeto. Pero, en líneas genera­
les — toda generalización absoluta es inexacta— , la publici­
dad lia reificado agresivamente la sexualidad femenina, pre­
sentándola con lina mirada masculina.
No sólo esto. La publicidad ha contribuido enérgicam en­
te a excitar los deseos (objelualcs) riel público a través de dc-

24
K( AMN <A. H I V

seos (eróticos) interpuestos, suscitados por modelos atracti­


vas/os y escenografías hedonistas. En un universo en el que
la imperfección física está excluida por definición y en el
que las microhistorias exhibidas están condenadas a un gra-
tificador final feliz, los objetos de consumo han sido también
convenientem ente crotizados por el diseño, la iluminación y
la cámara. No hay que desempolvar los viejos tratados de Emst
Dichter para reconocer símbolos fálicos en botellas de per­
fume, en llaves de contacto de automóvil, en helados que se
lamen y hasta en tacos de billar (en una publicidad de Lucky
Slrikfi).
Una función central de la televisión comercial ha sido la de
reducir a los ciudadanos a la condición de consumidores, has­
ta el pum o de qur ha podido afirmarse que la función primor­
dial de la televisión comercial ha sido la de dihindir publici­
dad rellenada de programas de entretenim iento. El erotismo
desempeña una función central en este hedonismo consumis-
ta. como ha señalado la profesora de Publicidad Guadalupe
Aguado (de la Universidad Antonio de Ncbrija), al explicar
que el erotismo en la publicidad se utiliza con 'la intención de
propiciar una publicidad persuasiva y sugestiva, donde el men­
saje publicitario cum pla una función de reclamo. Persuasiva
|x>r cuanto con ello se busca provocar atención, interés, deseo
y acción. Sugestiva por ser el instrumento más habitualm rnte
utilizado en la publicidad subliminaf*.
En cuanto a la publicidad nocturna de servicios eróticos,
desde telefónicos hasta servicios de contacto |>ersonal y de
masajes, poi su obviedad nada hay que añadir sobre ella.

E l.K 'R I too V IA PROGRAMACIÓN

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas


de 1998, en España cada vivienda cuenta, com o prom edio,
con 2,02 televisores, superando largamente en núm ero a las
lavadoras y tocadiscos. Y la audiencia diaria de televisión por
habitante es de 211 minutos (unas tres horas y media), colo

25
F.I fR 0 *R J X 4 T IF IC O

cándoseen el ronAtngcuropco sólo detrás de Turquía (219'),


Reino Unido (216 ) e ludia (215'). Pero las amas de casa es­
pañolas consumen un 25 por ciento más televisión que el
conjunto de la población, con una media diaria de cuatro
horas y 49 minutos. Yun inform e de la Uneseo añade que los
niños de la Unión Europea ven la televisión un tercio del
tiempo que están despiertos. Aunque el Centro de Investiga­
ciones Sociológicas tal vez nos consuela al añadir que en el
33 por ciento de los hogares españoles la televisión se utiliza
como ruido de fondo mientras se charla y se hacen otras ta­
reas. sin que nadie la mire. Es decir, vendría a desem peñar
un rol parecido al de un animal de compañía.
Las funciones teóricas de los canales d r televisión son,
como es notorio, las de informar, form ar y divertir. Pero esta
oferut está condicionada por la psicología del espectador te­
levisivo, que es muy diferente de la del espectador de cine,
del medio audiovisual que le precedió históricamente y so­
bre el que modeló sus recursos expresivos. F.I público cinc-
matográíico está form ado }K)r espectadores selectivos, que
eligen un programa concreto, se movilizan para desplazarse
hasta una sala pública y pagan un precio por su entrada. Es.
por tanto, un público altam ente motivado. El público de la
televisión, en cambio, es mi público indiferenciado, caracte­
rizado jx>r su gran heterogeneidad social y cultural. Yes sabi­
do que cuanto más extenso e indiferendado sea un público,
más m ediocre y convencional es su gusto. Si a esto añadim os
el hecho de que el televisor, doméstico y gratuito, se ¡x>nr
en funcionam iento preferentem ente al final de la jornada
laboral, cuando los usuarios llegan cansados a sus casas bus­
cando el reposo físico y mental, se entenderá que de las tres
funciones antes expuestas la de “divertir" sea considerada
con frecuencia la prioritaria y se program e preferentem en­
te en los canales general istas un “chicle para los ojos", en
form a de golosinas audiovisuales que constituyen fast food
para el espíritu, con sus estímulos primarios regidos por la
ley del Mínimo Esfuerzo Psicológico e Intelectual del públi­
co. Esta norm a no hace más que aplicar dócilm ente cuanto

26
R m m v < C u «»jo »

los otólogos han descubierto acerca de la “mirada preferen-


cialHdo los animales: cuanto más excitante os un estimulo vi­
sual básico para una especio —estímulo sexual, nutritivo,
antagónico, etc.— . más probabilidades tiene do atraer la mi­
rada del animal.
Esto no supone una maldad intrínseca de las cadenas, ni
una conspira* ión perversa para corrom per el gusto de la po­
blación, sino una estrategia relativamente racional para satis­
facer las expectativas del público mayoritario, aunque agra­
vada por su perm anente tentación a “com petir por abajoH
con las cadenas rivales. Por eso inc luso las televisiones públi­
cas tratan de evitar convertirse en un gueto minoritario high-
brow, que les aísle del gran público, y por eso U m berto Eco
pudo afirmar hace años que no es la televisión la que hace
daño al público, sino que es paradójicamente el público el
que hace daño a la televisión. Dicho en términos más técni­
cos, podemos afirm ar genéricam ente que los valores tranv
mitidos preferentem ente por la televisión hertziana son los
del hedonismo, la ludofilia, el escapismo, el consumismo y la
mcritocracia. E, invocando la autoridad de J. K. Galbraith,
podemos afirmar que si esta programación busca fundam en­
talmente el asentimiento de las personas “socialmente satis­
fechas”, no es menos cierto que ofrece también ensueños de­
seables para las personas pobres y m arginadas, para los
“socialmente insatisfechos”. Al fin y al cabo, el derecho a soñai
no cuesta dinero. Un programa de la cadena italiana RAI-8 se
titula precisamente Ttiesogni (Telesueños).
Esta situación obedece a una rigurosa lógica histórica.
Cuando las masas eran demasiado pobres para ser consumis­
las, los criterios oficiales de gusto en la sociedad los marcaban
prevalen temen te las clases ilustradas, social m ente restringi­
das, pero ahora son las masas consumidoras las que facilitan al
mercado sus gustos trivialistas, a los que la televisión no hace
más que servir con complacencia*
La diversión también tiende, inevitablemente, a desem­
bocar en la información-espectáculo y el sensacionalismo,
que para muchas c^dcirjs es la panacea para conquistar c u o

27
hi. r K * n rcm C w oco

tas de mercado y sobrevivir en la lucha por la competencia«


Según la citada estrategia de "competir por abajo". El stnui-
cumaHxmn —la efímera sensación que cosquillea los senti­
dos— tiende a imponerse, empujado por las urgencias com­
petitivas, sobre el pmtptuatismo, concibiendo a la percepción
como forma de conocimiento de la realidad, superior a la
sensación. F.n muchos telediarios norteamericanos, por ejem­
plo. los sucesos pimentadas de la crónica negra ya ocupan la
tercera parte de sus noticias, en detrimento de otros intere­
ses informativos —políticos, económicos o sociales— de más
calado. Se alimenta asi la que ha sido llamada ya “bulinua de
sensaciones* de la audiencia televisiva.
El ejemplo de los reahty show, cuya emoción pasional au­
tentificada ha desbancado en parte para las audiencias la tradi­
cional emoción pasional fingida de las tclcnovelas —califica­
das a veces como ''pornografía femenina"— , perm ite obviar
cualquier com entario acerca de la prioridad sen racionalista.
La crueldad selectiva del zapping anima las políticas de pro­
gramación sensadonalista y trata de evitar las caídas de la
tensión emocional. El sensac ionalismo también ha afectado
a la programación erótica, aunque la pornografía dura (hará-
rwr) suele reservarse todavía, en casi todas partes, para los ca­
nales codificados o de cable. Y desde que en 1992, debido a
una iniciativa macabra de Tdc-M ontetarlo, se inició la polé­
mica sobre la transmisión de ejecuciones de pena capital, al­
gunos canales están tanteando con escaramuzas con los re­
glam entos y con la tolerancia social las nuevas eotas de
permisividad que se pueden autorizar progresivamente para
subir el techo de sus audiencias. A unque han invocado la
coartada de que durante siglos las ejecuciones se han llevado
a cabo en público, su estrategia de tauteo se basa en realidad
en la certeza de que las imágenes prohibidas, a largo plazo,
acaban por ser autorizadas. Así. a la pornografía del sexo su­
cederá la pornografía de la muerte.
Pero este panoram a ha de ser matizado en virtud del nue­
vo mapa televisivo, que está añadiendo a la televisión genera-
lista por via hertziana las televisiones monográficas o tcmáii-


R o m a * C l u u i*

chs, por cablr o codif icadas. Al tradicional IftiXidcaslingle han


añadido el narrourrasting de* pago, de carácter selectivo, que
no solamente ha em ergido en los países de econom ía opu­
lenta, ya que la cahlcvisión está am pliam ente difundida en
muchos países de América la tin a (aunque a veces el cable se
utilice sólo para mejorar técnicamente la difusión de las se­
ñales, como se hace para sortear las masas de los rascacielos
de Nueva York). 1.a culminación de eMe proceso de selectivi­
dad creciente culminará con la fórmula de "televisión a la
carta", pregonada por Niel tolas Negropontc desde el Massa-
chusetts Institute o f Technology y sobre la que habremos de
volver.
Esta evolución de la industria televisiva confirm a «pie el
publico no es sólo una masa indiferenciada, sino que es seg-
mcntablc en franjas culturales con intereses definidos, como
lo había descubierto mucho antes la industria editorial y pe­
riodística y, más tarde, la industria di.seográíica. cuando estu­
vo claro que había un público para ( Ihaikovrski y otro para las
canciones del verano. En el cam po del cine es, desde hace
años, un hecho evidente que. además de la oferta hegemóni-
ca y planetaria de los espectáculos producidos por las em pre­
sas multinacionales de Hollywood, existe una oferta intersti­
cial de cinc de autor, disidente o alternativo en relación con
aquellos grandes espectáculos, y que tiene su lanzamiento
publicitario cu los festivales de cine y luego conoce su difu­
sión planetaria en pequeñas salas, orientada hacia la in m en ­
sa minoría internacional", siempre, claro está, que consiga
encontrar los canales de distribución adecuados. Al lado de
los megapúhliros que convoca Spiellx*rg existe una élite cul­
tural internacional para acoger con interés los films de Víc­
tor Erice o Manoel de Oliveira. Al fin y al cabo, también las
minorías constituyen un mercado interesante y la televisión
se ha comenzado a dar cuenta de ello hace poco, como tam­
bién lo han detectado algunas empresas distribuidoras de vi­
deogramas a los videoclubs.
F.i >am u KTTtôKOC»

El. NCKVO FCOSISTEMA CULTURAl

Pero la irrupción de la televisión ha com portado también


una drástica reestructuración del ecosistema cultural con­
tem poráneo. I a televisión no ha sustituido a los otros medios
(como el cine sonoro sustituyó al m udo), pero su im portante
absorción del tiempo de ocio de lo$ciudadanos afecta decisi­
vamente al consumo de las restantes industrias culturales. En
un país en que la mitad de los españoles que sabe leer no lee
libros (encuesta Los españoles y los libros para la Confederación
Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, 1998), la
televisión ha robado ciertam ente tiempo a la lectura en m u­
chos casos, pero también ha absorbido publicidad a la p ren ­
sa escrita y, sobre todo, espectadores de teatro y de cinc. Pero
esta reordenación del ecosistema cultural, con el declive de
frecuentación a espectáculos públicos, ha de ponerse en pers­
pectiva en relación con la diversificación general de los usos
del tiempo de ocio en los últimos treinta años, con las discote­
cas convertidas en epicentro de la cultura adolescente y juve­
nil, con la generalización del uxek-*nd motorizado en las clases
medias, con la futbolmanía, etc. La televisión, do hecho, no es
la única responsable del declive de la frecuentación a espec­
táculos públicos, pero ha desem peñado un papel protagonis­
ta en este fenómeno.
Aclarada la complejidad del entram ado de las industrias
del ocio en la actualidad, es bueno reiterar que la entroniza­
ción del televisor en el centro del ecosistema cultural ha afec­
tado profundam ente a la industria de producción audiovisual,
que antaño se limitaba a suministrar película* que se exhibían
en salas públicas. Al aparecer la televisión, el espectáculo« i-
nematográfico se había asentado, a lo largo d<* medio siglo,
como un rito colectivo en grandes salas, concelebrado por
un público expectante y subyugado ante una gran pantalla
de alta definición, cuya imagen cubría roda su área rctinal pro­
vocando su inmersión óptica en el espectáculo; un público
cohesionado por una reverente y silenciosa com unión colec­
tiva en el seno de una envolvente oscuridad total. Antes, las
R o m á n O uw jln

películas se veían sólo de esta manera, pero hoy sólo una mi­
noría las ve ya en esta liturgia social, ya que la mayoría de sus
espectadores las ven aislados en sus salas domésticas ilumina­
das y en una pequeña pantalla electrónica de baja definición.
Kn la historia de los medios de comunicación ha sido fre­
cuente que los más modernos sustituyeran a los más antiguos,
pero no ha sido siempre así. El arcaico libro guienbergiano si­
gue vivo cinco siglos después de su invento y la televisión no
ha aniquilado a la radio, aunque ha m ordido al público de
uno y de otra. Pero el cine sonoro ha matado al cine m udo y
el cine en color ha eclipsado al cine en blanco y negro, 1.a lev
de la sustitución mediática está gobernada por el principio de
sus usos y gratificaciones, lo que significa que los medios con
usos similares pero con gratificaciones más intensas destru­
yen a los medios menos gratiíicadores. 1.a radio y la televisión
ofrecen usos distintos, perro no asi el cine m udo y el sonoro,
que sustituyó al anterior. Y el cine sonoro, a su vez, golpeó
duram ente al teatro, al robarle las imágenes y las voces de sus
mejores actores, pero el teatro sigue ofreciendo la pr esencia
viva de sus oficiantes, que ningún medio de reproducción
puede alcanzar, en tanto las biotecnologías no consigan acto­
res clónicos.
Luego la televisión golpeó a las salas de cine, al ofrecer un
uso similar pero con una gratificación superior para muchos
espectadores, a pesar de la pequenez de su pantalla, la baja
definición de su imagen y los cortes de la publicidad com er­
cial. Pero se veía en el interior del hogar y este factor demos­
tró tener un peso muy considerable en las opciones de las au­
diencias, pues lo apreciaron más que la asistencia a las salas
públicas, lejanas, caras y menos confortables. Con ello, claro
está, se quebró lo que de rito comunitario tenía el cine, here­
darlo del viejo estadio, del circo y del teatro, con sus importantes
secuelas psicológicas de interacción personal y socialización,
que hace que los/ Jas ado leseen tes vayan al cine por razones ex­
traen le filas (pandillas, noviazgos), provocando, por cierto, la
invasión del m ercado por los llamados “géneros addescen
tes" (terror, aventuras, etc.), l a fruición com unitaria es muy

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Vi v a h a v i F c r u W r i 'i

importante en algunos géneros: las comedias deben verse en


m uchedum bre para que la risa actúe, como decía Bcrgson, a
modo de eco social. Por eso a las comedias televisivas se les aña­
den unas bandas sonoras con risas.
La industria cinematográfica se había desarrollado histó­
ricamente, por otra parte, como una factoría en la que cada
film era un prototipo singular y diferenciado, aunque la es­
tandarización productiva do los grandes estudios so basara
en la política de géneros y de fórmulas comprobadas. Por
muy esterotipados que lucran los productos de género (uvs-
cinc policiaco, etc.), cada film era un prototipo diferen­
ciado y aislado. La televisión, en cambio, en razón de sti vo­
raz programación continua, se ha basado en la señalización
de sus productos audiovisuales, a partir de la redundancia de
lo que ya es familiar y que constituye “lo mismo, pero cada
vez distinto* (modelo en el cual “lo misino" es lo confortable­
m ente familiar y querido y *1o distinto" es lo sorprendente y
nuevo en aquel ámbito familiar). En este sentido, el riesgo y la
originalidad de los productos cinematográficos era muy su­
perior a la requerida por los productos televisivos señaliza­
dos, que tienden a la cloni/ación formal, en razón de las téc­
nicas fordistas que rigen su producción. Lo más próximo al
taylorismo y al fordismo audiovisual son las tclcscrics, teleno-
vclasy comedias de situación noi team etican as» con tina pro­
ducción muy homogénea, rápida y barata, que moviliza a
equipos de guionistas y de directores, que i uedan o graban
varias escenas o episodios a la vez, pero que no pueden con­
tar todavía con actores clónicos que actúen en varias escenas
o episodios simultáneamente, por lo que constituyen su capi­
tal más preciado y mimado. Estas teleseries, telenovelas y co­
medias taylorizadas están regidas por la redundancia argu­
mentad que el público conoce y aprecia y, com o ya se di jo, en
ellas el imperio de lo familiar y conocido sólo cede ante la
sorpresa de lo imprevisto que apuntale mejor lo familiar.
A pesar de estas limitaciones creativas, la televisión ha aca­
bado poi ganar la batalla económica al cine, y no sólo la bata­
lla del público o del mercado. No sólo los estilos, los ritmos y
R o m A s Ca

la planificación televisiva han contam inado a muchos films


para la pantalla grande, como fue visible en Li celebrada Kramn
contra Kramrr(Kramrri«. Kramrr, 1979), de Robert Benton.que
no era más que una soap opera televisiva para gran pantalla.
Los han contaminado, muchas veces, |x>rque sus producto»
res son conscientes de que el grueso de su carrera comercial,
tras su estreno, se hará en las pantallas pequeñas, Yhasta han
acabado por adoptar la perezosa y conservadora forma de se­
ñalización llamada secuet/u (sequéis), como ocurre con las series
de Raiman, IndianaJones, etc., para asegurarse la fidelidad del
público después de su éxito com probado, copiando un pa­
trón televisivo.

¿OPUI-ENOA audiovisual?

Com plem entando los efectos devastadores que la televi­


sión ha tenido sobre la exhibición cinematográfica en salas
públicas, el análisis de la programación televisiva dem uestra
que los espacios más apreciados son aquellos en los que se di­
funden precisamente películas cinematográficas, que con
frecuencia se programan en el privilegiado prime time. Los ex­
pertos se han referido a la "bulimia televisiva de films", para
designar la voraz apetencia cinematográfica del medio, y un
estudio de marzo de 1999 acerca de las suscripciones a cana­
les por .satélite en España corroboró que un 33 por ciento es­
taban motivadas por los programas cinematográficos, segui­
das en un 27,5 por ciento pot los partidos de fútbol (aunque
se divulga menos que la programación pornográfica de los
canales de pago figura entre las más visitadas).
Pero las películas cinematográficas, como antes se apun­
tó» constituyen unidades diversificadas c independientes en­
tre sí, hedías para pantalla grande generalm ente con más
medios y ambición que las producciones específicamente te
levisivas. y que en el nuevo medio a veces se program an agru­
pándolas en ciclos (de géneros, estrellas o directores) para
reforzar la fidelidad de la audiencia, en concordancia con
Ñ. rto* nx<TBi‘isn r)

las estrategias señalizadoras de la televisión. Esta program a­


ción privilegiada, que supone un reconocim iento implícito
de lajcrarquía artística de la producción cinematográfica en
relación con la televisiva, más modesta y apresurada, pone
de relieve la contradicción entre la producción señalizada
que apela a la fidelidad del público y la» unidades disconti­
nuas y heterogéneas propias de la industria cinematográfica
tradicional, una industria reconvertida ahora en buena par­
te para suministrar productos específicamente televisivos a
las cadenas.
Por consiguiente, ames hablábamos de cine y ahora hay
que hablar genéricam ente, ante la mescolanza de productos
y canales de difusión, de audiovinuú, como la provincia cen­
tral y hegemónica de la cultura de masas contem poránea. En
rigor, habría que hablar de audiovisual incluso cuando se
evoca al viejo cine mudo, porque se exhibía habitualm enle
con acompañamiento musical de un pianista o de una orques­
ta en la sala. De modo que la ( Galaxia laim icrc. que nació a fi­
nales del siglo XIX como derivación del invento de la instantá­
nea fotográfica puesta al servicio del principio de la Linterna
Mágica, se ha convertido cien años después en una densa
constelación electrónica, fecundada por la Galaxia Marconi,
en la que figuran la televisión, el video y la imagen sintética
producida por ordenador. ¿Tienen m ucho en común? Todas
ellas son imágenes móviles que vemos en una pantalla, que
es su soporte espectacular. Constituyen, por tanto, un mismo
lenguaje, pero hablan diferentes dialectos.
El protagonismo de la televisión en el ámbito audiovisual
tuvo el efecto, com o acabam os de apuntar, de generar una
interacción con la industria de producción cinematográfica.
En Estados Unidos, antes que en ningún otro país, se produ­
jo un desplazamiento y una osmosis de profesionales entre
cine y televisión. No sólo actores famosos fueron contratados
por la pequeña pantalla para potenciar su poder de atracción,
sino que poco después guionistas y realizadores eficientes de
la televisión irrum pieron, trabajando con los medios escasos
y la rapidez que impone el medio, en los estudios rinemato-
Romáx C í

gráficos (Delbert Mann y su guionista Paddy Chayefsky con


Marty en 1955, por ejemplo). Algo después, en Europa, las
televisiones estatales iniciaron la producción de películas o de
series de directores cinematográficos para el nuevo medio y
para pantalla grande, como lo hizo pronto la RAI (ftadiotelc-
visionc Italiana) con obras de Roberto Rossellini (pionero en
esta iniciativa), Fellini, Latluada, los hermanosTaviani, etc. Y
el Channel Four británico se ha convertido en los últimos
años en un potente m otor del cine de su país. El fenóm eno
se ha generalizado en el continente y han aparecido aquí y
allá productos audiovisuales de diseño multimedia, comer*
cializables en formatos distintos, desde el largometraje para
salas que se convierte a la vez en miniscric para la pantalla
pequeña hasta la serie televisiva que luego se transforma en
película para salas. Pero esta estrategia plantea serios proble­
mas estéticos de estructura narrativa, ritmo, etc., poique no
es fácil servir a la vez a dos amos con exigencias distintas. Pero
Ingmar Bergman ofreció un ejemplo modélico de versatili­
dad con sus .Secretos de un matrimonio (Scmer ur rtt aktenskaf?.
1973), que fue primero una serie televisiva, de la que derivó
luego un largometraje para las salas. Aunque su éxito artísti­
co se debió en buena parte a que su historia no tenia propia­
mente una trama o intriga, sino que consistía en una acum u­
lación de escenas independientes de una vida conyugal, tal
como su título indica.
El horizonte que contemplan los comunicólogos con op­
timismo es el del desarrollo creciente de la cultura audiovi­
sual. en todas sus formas, a través de la llamada sociedaddélos
quíntenlos canales que harían realidad la profecía de Abraham
Moles acerca de la “opulencia comúnicactonaT. l^a evolución
no es sólo cuantitativa, sino que también pretende ser cualita­
tiva y se ha pasado del obligado “menú televisivo", impuesto a
toda la audiencia por igual, a la oferta diversificada de canales
temáticos. Así, el auge actual de los canales de pago de narmub
castingesiÁ segmentando las audiencias y cam biando el paisa­
je televisivo, como antes señalamos, en su tránsito de los mass
media a los fpvup media. La meta es la sustitución del “menú
ÉL » » i 11 U 1C 1*Ó N K X >

televisivo” por la “televisión a la caria”, caracterizada por la


pluralidad y variedad de la oferta, acrecentada con la existen­
cia de videotecas, servicios de teletexto y vidrotexto y de ban­
cos de imágenes. Pero también este ámbito está amenazado
por el espectro de la sobreoferta y por la capacidad del merca­
do. como veremos en otro capítulo. En Estados Unidos, país
consumista por antonomasia, tras la explosión de la oferta, en
los últimos diez años se ha producido un patón en el creci­
miento de los canales de pago y se piensa que si hay crecimien­
to de la dem anda, éste será nuiy lento.
La realidad nos recuerda de vez rn cuando brutalm ente
que vivimos, a pesar de las apariencias, en la sociedad de la
escasez. Aunque la escasez sea mayor en unos sitios que en
otros.

E n su eñ o s e l e c t r ó n ic o s

Antes dijimos que los valores que transmite prevalcmc-


m ente el sistema televisivo son los del hedonismo, la ludofi-
lia, el escapismo, el consumismo y la mcritocracia, para satis­
facer las necesidades de la econom ía del deseo. Es cierto que
existen géneros más propicios que otros para vehicular tales
valores y las ficciones señalizadas figuran entre sus trampoli-
nes más funcionales. Tales ficciones son herederas del melo­
dram a y de la novela de folletín decimonónica, géneros que
han sido bien estudiados en el m undo académico. Sabemos
que las autoridades zaristas, por ejemplo, promovieron la di­
fusión de los melodramas teatrales en la Rusia preindusuial
para distraer con ellos a las agobiadas clases populares de sus
acuciantes problemas materiales. Sus fantasías cum plían, in­
directam ente, la función que el psicoanalista Félix (m altari
ha considerado las propias de un “diván del pobre”. En la
más confortable sociedad postindustrial siguen desem peñan­
do una parecida función balsámica para muchas amas de casa
y por eso han sido etiquetadas a veces como “pornografía fe­
m enina”.
Kó m ñ n G t m u s

Las famosas telenovelas fundacionales de finales de los


años setenta, que desarrollaron pulposas y dilatadas sagas fa­
miliares ambientadas en la jet-set estadounidense (Dallas, Im
Cotby, Dinastía), ejemplificaron modélicamente los dramas
de personajes guapos y ricos, pero no felices, predicando a
las audiencias con sus historias que los dos pilares que sostie­
nen al m undo son el dinero y el sexo. Pero la mayor parte de
sus personajes, sobre todo los más ricos, no eran felices, y ahí
radicaba un im portante quid de la cuestión, un yiudque una
telenovela mexicana enunció con más brutalidad al elegir
como título Los neos también lloran. Kn el seno de estas sagas
se formalizaron los dos grandes arquetipos femeninos que
configuran su bipolaridad mítica, y ambos tenían su origen en
dos arquetipos extraídos de la Biblia. Era se convertía en la
Gran Tentadora y, tal como narra el Genes», después del mor­
disco de Adán se transformaba en la ( Uilpable. En el OUTO polo,
como contraste, se alzó la descendiente de la Gasta Susana,
cuya virtud seria al final recompensada. Pero caria uno de es­
tos dos arquetipos antagónicos conoció variantes que se hallan
también en los textos de la Biblia, como Beisabé (la adúltera
por cálculo) o María Magdalena (la pecadora arrepentida).
En Brasil y en otras parles una telenovcla no empieza a gra­
barse o rodarse hasta que se ha escrito la tercera parte de sus
guiones. A veces las respuestas del mercado van orientando
azarosamente la evolución de la acción y las conductas de los
personajes. La empaña de la audiencia con estas dilatadas fic­
ciones es bien conoc ida y vale la pona analizar las razones de
tan intensa adhesión colectiva.
l a primera deriva de la existencia del personaje como pre­
sencia hogareña, como un familiar más, en virtud de su carác­
ter habitual en el espacio doméstico. A diferencia de lo que
ocurre ante la distante pantalla del cinematógrafo, el televi­
sor impone una distancia corta y coloca al personaje en la ic o
noslcra intima del telespectador, en el interior de su propio
hábitat.
l*a segunda está asociada a las necesidades de la estereoti­
p ad o n caracterológica del personaje, como un arquetipo cv

37
E l r feOrt »1 »rTC i'iM t'11

lable y reconocible fácilmente por el público, m ediante si­


tuaciones y efectos recurrentes, como los que eran usuales
en el viejo teatro de m elodrama y en la novela de folletín.
La tercera deriva de que los protagonistas de estas dilata­
das ficciones señalizadas se caracterizan por un flujo biográ­
fico continuo, como el de los seres vivos, como el de sus pro­
pios espectadores. Es sabido que la estructuración de este
flujo novelesco, en el que los personajes evolucionan y se
transforman, fue una conquista laboriosa del cine, que suele
datarse con la aparición de Avaricia (Creed, 1923) de Erich vori
Strohcim. basada en una extensa novela naturalista de Frank
Norris, cuya versión original duraba por ello más de ocho h o ­
ras, la extensión de una modesta telcnovcla actual. Los pro­
ductores mutilaron aquella duración necesaria para la lógica
narrativa evolutiva de Strohcim, que para el era perfectamen­
te funcional. Esta estructura impone, como es sabido, graves
servidumbres a los guionistas, que se encuentran ante flujos
vitales imprevisibles, a veces detei minados por las respuestas
del mercado. En ocasiones hay que matar a un personaje an­
tes de tiempo, porque al público le aburr e o porque el actor
se ha m uerto (como en Dallas, cuando el intérprete de Jack
falleció inesperadam ente) e, incluso, resucitar con extraños
artificios a un personaje m uerto (que en realidad se marchó
de viaje sin avisar), pues su presencia es reclamada imperati­
vamente por las protestas del público.
1a suma de estas tres características permite una eficaz
identificación-proyección por pai le de la audiencia, que vive
por procuración, de un m odo vicarial, grandes pasiones y
grandes dramas, que le hacen sentirse superior, en una ope­
ración de autoennoblecim iento o aunm iblim ación. En rea­
lidad, este fenóm eno es bastante complejo, com o nos han
explicado los psicólogos. El espectador vive en realidad un
desdoblam iento proyectivo, de m odo que se siente solidario
y se identifica con el personaje positivo, en quien ve a su seme­
jante, digno de su simpatía, mientras que libera sus frustracio­
nes y sus ansias destructivas a través del personaje malvado,
del transgresor moral. Al fin y al cabo, en todo telespectador
Romas Ca IO N

coexiste un doctor Jekyll y un Mr. Hydc, esas plasmac iones


del superego y del ello que Stevenson ideó en el plano narra­
tivo y fantástico antes que Sigmund Freud. Y una buena fic­
ción es aquella que es capaz de satisfacer simultáneamente a
las dos necesidades psicológicas opuestas del individuo, la
del am or y la del odio.
1.a influencia de algunas telenovelas ha sido a veces enor­
me, como documentan algunos episodios pintorescos. Asi. en
1995, las seguidoras de la tcícnovcla británica Hrooksuk (con
cinco millones de audiencia a lo largo de diez anos) se rebe­
laron airadamente contra su desenlace, en el que un juez de
ficción condenó a penas de cárcel a sus dos protagonistas,
manifestándose m ultitudinariam ente las agraviadas ante el
edificio de Meresy Televisión, su productora de Iiverpool.
Pretendían, claro está, cambiar el destino de aquellos perso­
najes inventados, con cuyas cuitas se habían identifiaedo a lo
largo de años. l>os psicólogos conocen este fenóm eno con el
nom bre de “disonancia cognitiva" y se produce cuando sur­
ge una discrepancia desagradable entre las expectativas de
un su jeto y un mensaje recibido. Y en julio de 1999 la joven
scncgalrsa Khady Sene, jan de la telenovela mexicana Mari
mar. murió de un infarto a causa de la emoción que le produ­
jo una escena en que su protagonista fem enina era amenaza­
da por su rival con un arm a (ElPaü, 14 de julio de 1999).
Visto el desarrollo exuberante que con posterioridad ha
conocido el llamado “periodismo del corazón* —que ha inun­
dado todas las pantallas, dañando la venta de sus rivales impre­
sas—, surge la duda de si aquellas ficciones de ricos y famosos
se inspiraron en los estereotipos canónicos do tal periodismo,
o bien los lamosos de la realidad están imitando a aquellas fi­
guras de ficción, según la famosa paradoja de Oscar Wildc.
la s fronteras son borrosas y nunca sabemos si, como en l/i
rosapúrfntra de El Cairo, algún personaje ha saltado de la pan­
talla y se pasca ahora jx>r las fiestas m undanas de nuestra co-
tidianeidad.
La prensa del corazón y la prensa amarilla, que han encon­
trado un buen acomodo en el tubo electrónico, satisfacen los
Fjl l* o 5 rxjrTBócvooo

apetitos em ocionales de grandes audiencias porque presen­


tan a ios seres hum anos com o sujetos de grandes pasiones,
sean amores, celos, codicia o depravación, com o en los esce­
narios grandilocuentes del viejo teatro de melodram a. Yde
este m odo se infiere que Ja gran Historia —con hache ma­
yúscula— es un escenario de pasiones volcánicas y que su teji­
do se construye, o se destruye, a golpe de grandes pasiones.
Pero si la prensa del corazón se originó históricamente de un
acuerdo tácito entre el exhibicionismo narcisista de los sujetos
públicos y el voyeurismo de su audiencia, a veces los sujetos pú­
blicos no pueden controlar la voracidad de los medios y aquel
pacto se rompe. Si los su jetos famosos existen para ser celebra­
dos mediáticamente, a veces los sujetos narcisos se encuen­
tran con disgustos o resultados no deseados, porque no habían
medido bien la voracidad voytur de los medios o creían que
podrían controlar mis apetitos, ofreciéndoles dosis pautadas y
medidas de su carne y de su alma. Pero ya se sabe que, dándo­
le carne a la fiera, ésta no se conviene en vegetariana, sino ai
reves. Yesto ocurre cuando se íracnira el pacto de complicidad
entre el famoso y los medios destinados a celebrar su imagen.
Kjemplo: Diana de Gales sacrificada en el altar mediático.
K1 panteón de los ricos y famosos que aparecen en la panta­
lla —tanto los reales como los de ficción— genera modelos
de com portam iento en la audiencia, sobre todo en aquellos
segmentos más vulnerables intclcctualm cntc o emocional-
mcntc. Este mimetismo tiene una liase biológica perfectamen­
te com probada. Cuando un jugador de tenis gana un parti­
do, aum enta claramente su nivel de testosierona en la sangre
y se siente eufórico, exactamente igual que los primates que
se convierten en los machos dominantes de su grupo. Para de­
cirlo más lapidariamente: la biología premia el éxito a través
de descargas químicas, t i éxito social eleva el nivel de andró-
genos en el varón y el enam oram iento pnxlucc la amina ce­
rebral fcnilctilamina. que estimula eufóricam ente el sistema
nervioso.
La voluntad de mimetizar la conducta de los ricos y famo­
sos que aparecen en la pantalla está, por lo dicho, peí fetta-

40
R*»H\ s Gt HfJü*

m ente motivada rn el plano bioquímico. Yesta aspiración sue­


le desembocar en frustración. En 1994, un estudio de la Uni­
versidad de Chicago y de la State University de Nueva York
concluía que la vida interesante y eróticam ente muy activa
de los personajes que aparecen en la pantalla producía frus­
traciones en el público que comparaba su propia sida, gris y
m onótona, con la de aquellos afortunados héroes y heroí­
nas. Debra Hcffner, directora del Consejo de Información y
Educación Sexual de Estados Unidos, declaró a este respec­
to: *Los medios de comunicación nos presentan una imagen
de la sociedad según la cual todo el m undo lo hace; todo el
inundo practica más sexo que tú y de forma más satisfacto­
ria". Esto empuja, a quienes pueden hacerlo, a comprar rela­
ciones y aventuras, eróticas o no. incluyendo los “compañeros
de alquiler“ para señoras. Son fantasías que empujan hacia el
coleccionismo erótico en la vida real, hacia la satiriasis masculi­
na y la ninfomanía femenina, que la psiquiatría suele explicar
por la necesidad de afirmar la permanencia y rigor del propio
atractivo, en lucha contra la usiird física por el paso del tiempo
(ninfómanas maduras). Quienes no pueden aspirar a tanto
se consuelan simplemente dando rienda suelta a la pulsión
neuróticadel con.sumismo en los grandes almacenes.
No todas las fantasías televisivas son del orden Lan simple
como el expuesto. El programa estrella de la televisión brasi­
leña en 1999 fue el protagonizado por la exuberante modelo
Tiazinha, una escultural m uchacha de veinte años, quien,
poetando un antifaz y una escueta lencería negra, castigaba
con una fusta a los adolescentes que se equivocaban en un
programa de concursos. Su espacio, que explotaba tanto fan­
tasías de culpa corno de relación materno-filial de los partici­
pantes, habrá sido probablem ente un vivero eficaz para futu­
ras conductas sadomasoquistas.
Pero la fragilidad o el carácter insatisfactorio de la red de
relaciones sociales conduce a los individuos, especialmente a
adolescentes y jóvenes, a formas peligrosas de margi nación,
sea en tribus urbanas violentas y asociales, o en sectas scudorrc-
ligiosas. Para los primeros, su patria es su tribu, sus señas de

41
F.i. tm n Kuror&Osico

identidad se hallan en la ropa, el cabello, el tatuaje o el pm áng


(marcadores ¡denótanos) y su vínculo emocional brota de sus
actividades agresivas compartidas. En las sectas, la sumisión
ciega a un líder, en el que se vacía toda la responsabilidad per­
sonal. la conciencia de pertenecer a un colectivo cohesionado
y con un desuno común y la presunta gratificación espiritual
en vida o tras la muerte operan como un potente aglutinador
del grupo. Por eso es posible afirmar que, si es cierto que la te­
levisión socializa con sus mensajes a glandes masas gracias a un
imaginario imegrador compartido, desodaltza también a quie­
nes acaban por situarse en la periferia de estas masas.

Va s i / xacas i>k i a sm unuóN

La cultura eclesiástica medieval puso en circulación el


aforismo que aseguraba que pictura est laicorum literatura, una
sentencia que ha estado en el origen de la sospecha que Oc­
cidente ha manifestado hacia la cultura de la imagen, perci­
bida como secundaria, frágil, incompleta y subordinada a la
cultura del verbo. Es cierto que en el curso de la evolución
hum ana el homo loqueas precedió al homo pictor, pues el len­
guaje verbal fue el primer gran fruto intelectual de su capaci­
dad para el pensamiento abstracto y la conccptuahzación.
También las imágenes rupestres eran plasmaciones categoría
les del bisonte, del mamut, del cazador, etc., pues la imagen
de un sujeto singularizado —lo que hoy llamamos retrato—
tardó m ucho en aparecer. Todavía en el neolítico, las tribus
que habitaron hace nueve mil años el valle del Eufrates prac­
ticando la agricultura adoptaron una costumbre que. de al­
guna m anera, prefiguraba la función retratista. Cuando un
familiar moría, lo enterraban dentro de sus casas, pero cor­
tándole la cabeza para conservar su cráneo, como nosotros
hacemos con las fotografías de los fallecidos, para acordarse
de ellos.
Estas observaciones constituyen una buena introducción
al tema de la imagen personal como elem ento de atracción y

42
R om án O c s ía n

hasta de seducción en la puesta en escena del espectáculo te­


levisivo. Pero la seducción de una imagen personal es. en rea­
lidad, un asumo muy anterior al invento de la televisión. Nun­
ca se ha explicado de un modo enteram ente satisfactorio,
por ejemplo, por qué las desnudos pintados por Van Eyck
son muy distintos de los que se exhiben en el Crazy Horse. de
París, y a su vez muy diferentes de los desnudos ofrecidos por
R ubcnsoel de la Venus de Milo. Es seguro que los hábitos ali­
menticios, el ejercicio físico y las pautas de la vida cotidiana
en la Brujas del siglo XV modelaron proporciones y dim en­
siones atropóm e tricas diversas de las que luce una muchacha
neoyorquina bien alimentada que hoy frecuenta el gimnasio
y la sauna. A veces, no obstante, se producen raros fenóme­
nos de concorrlancia del gusto. Así, la citada Venus de Milo se
vio enu oni/ada como modelo supremo de belleza y de perfec­
ción corporal femenina, porque sus proporciones de matrona
coincidieron con las que eran admiradas en 1828, cuando se
descubrió su estatua. Pero hoy nadie seguiría m anteniendo
que su anatomía representa la máxima excelsitud estética de
la mujer.
Ya Huizinga, en Homo hidms* observó que desde mediados
del siglo XVIU la exaltación del goce estético tendió a reem­
plazar a la conciencia religiosa progresivamente debilitada.
Pero en nuestra época el goce estético ha descendido para la
mayoría hacia el goce mitogénico, una amalgama hcdónico
ficcional que ha encontrado potentes altavoces mediáticos
en nuestra cultura de masas.
Desde los grandes mitos homéricos, babilonios e hindúes
sabemos que todas las sociedades han creado arquetipos hu­
manos ejemplares y fantasiosos para identificarse con ellos o
para proyectar sobre ellos mls deseos, angustias o fi ustracio-
nes. En este sistema mitológico, los héroes y heroínas eran
indefectiblemente personajes atractivos, porque su belleza fí­
sica reflejaba mctonímicarnentc sus virtudes morales. Pero el
episodio relatado de la Venus de Milo ilustra perfectam ente
el hecho de que cada época y cada cultura ha elegido sus
modelos canónicos de belleza. En concordancia con esta op-

43
Ex n o i aiXTTHOrooo

ción, en la producción plástica de cada cultura sus artistas


han representado usualmente con insistencia el modelo es­
tético privilegiado en su contexto y en sus gustos, evacuando
las representaciones desviantes de aquella norm a.
Pero ¿cuál es la relación entre el arquetipo estadísticamente
dom inante y el ideal estético de cada época? ¿Fue el ejemplar
hum ano más frecuente entronizado como el más perfecto o
condenado como el más vulgar? Uno puede reformularse es­
tas preguntas acerca del hueso y la gallina de la belleza anató­
mica contem plando su entorno cotidiano en playas y pisci­
nas y las representaciones selectivas que del cuerpo ofrecen
hoy los medios de comunicación de masas. Pero una refle­
xión acerca de las pautas del erotismo latino y del erotismo
protestante desvela que el contraste resulta especialm ente
excitante, percibido como “exotismo”, y si Antonio Banderas
puede ser un ídolo para Las mujeres anglosajonas, Nicole Kid-
inan lo será en cambio para los espectadores latinos. Esto lo
sabía ya Dickens, como anglosajón consecuente, cuando des­
cribía a sus frágiles y virginales heroínas rubias y les oponía
las apasionadas y descocadas morenas, de connotaciones me­
ridionales y latinas. Pero por debajo de las modas culturales,
y con mucha más perm anencia, estas opciones estético-eró-
ticas no hacen más que prim ar las ventajas biológicas de la
exogamia sobre la endogam ia, com o veremos en el séptimo
capítulo. El mito erótico popular del negro fálico en las so­
ciedades occidentales constituye así una expresiva caricatura
de la pulsión exógaina universal.
Todos los antropólogos conocen los conflictos que pue­
den surgir en u c las pautas de socialización, que se difunden
desde las escuelas y los medios de comunicación, y la natura­
leza del ser hum ano, cincelada en un largo pioceso filogenè­
tico. I-as opciones humanas son muy variadas y flexibles y
basta una incitación mediática para que se imponga determ i­
nado modelo de diseño corporal, aunque carezca de una fun­
cionalidad biológica. l a irrupción en las pantallas de actores
hi pe ¡musculados, como Arnold Schwarzencgger y Sylvester
Stallone, y de tcleseries tan exitosas como Los vigilantes fie la
ROMAM O lT lJR S

playa (BayunUch), ha inducido en muchos jovenes prácticas in­


tensivas de bvdybuilding reñidas con la salud y hasta con el
atractivo erótico. El culturismo es una de las muchas herejías
del narcisismo griego, acaso la más burda de todas. Constitu­
ye» verdaderamente, la fuga del yo desde la sida interior ha­
cia su periferia, convertida en un escaparate viviente. Escábi­
do que los primates, cuando van a entrar en combate, erizan
el pelo de sus hombros y espalda para aum entar su tamaño
físico y am edrentar asi al enem igo. De este signo de poder
primate han derivado las hombreras y adornos de los unifor­
mes militares que los hombres se ponen para aum entar arti­
ficialmente el tamaño de sus espaldas. Pero el movimiento
reflejo de los primates es perfectam ente funcional y se consi­
gue con muy poco esfuerzo, mientras que su mimetización
cukurista se convierte en una laboriosa conquista para los
gimnastas que construyen su musculatura ante el espejo, tra­
tando casi siempre de ocultar su vacío interior con su envol­
torio hipertrófico. Vale la pena recordar que, en griego, Nar­
ciso aportó la raíz de riarkosis.
I a opción culturista pasa por alto algunos hallazgos signi­
ficativos de antropólogos y psicólogos en los últimos años, a
saber, que las mujeres suelen encontrar más atractivos no a los
hombres hercúleos sino a aquellos que tienen rasgos femeni­
nos, estirpe en la que el star-systrm ha ofrecido nom bres tan
ilustres como James Dean, David Bowie, Brad Pitt o leonar-
do di Caprio. F,$ cierto que en épocas remotas las hembras
podían preferir a los machos de mayor tamaño (para ser pro­
tegidas junto a sus crías) y que dom inaban un mayor territo­
rio (para disponer de más comida). Pero ya en el capítulo an­
terior explicamos que la reducción funcional de la masa
corporal masculina en los últimos milenios se ha debido a que
sus necesidades han cambiado radicalmente, por lo que aque­
lla ventaja biológica ha dejado de serlo para dar paso a otras
prioridades. La preferencia actual de las mujeres hacia los ros­
tros feminizados no es, desde luego, biológicamente capri­
chosa. Tal predilección se* explica porque en la especie hu­
mana la capacidad de tener descendencia fértil depende en

45
f> h m :i h <x m k x >

gran parte del cuidado que se presta a los hijos pequeños, es


decir, de características tales como la ternura y la coopera­
ción. definidoras del rol del buen padre y auguradas por un
rostro masculino con rasgos femini/ados. Esta preferencia
es, por tamo, fruto de cientos de miles de años de evolución
y está ahora inscrita en los genes femeninos. Estos estudios in­
dican que el rostro masculini/ado (mentón más prominente,
cojas más pronunciadas y la cara más larga respecto a la distan­
cia entre los ojos) se asocia a un carácter Irlo, poco amable,
dom inante y egoísta, en contraste con los rostros femeninos
(cara más redonda y labios más gruesos), que se relacionan
con uno más cálido, cooperativo, emotivo y honesto.
De modo que la estética del body-buUding supondría una
discrepancia de tipo cultural con la funcionalidad biológica
de la seducción física. Pero, com o hem os dicho, los líderes
mediáticos establecen y difunden modelos jerárquicos de
comportamiento, patrones de conducta, porte y vestimenta,
que generan en el publico lo que los antropólogos denomi­
na») “mimetismo de rango"*, aunque es bien sabido que cuan­
do tales modelos se popularizan y banal izan son abandonados
por las élites. El acatamiento a un modelo jerárquico implica
una admisión de la ejcmplarídad de quienes lo difunden. Y las
gentes se peinan, se visten y hablan como sus ídolos, para sen­
tirse copartícipes vicarialcs de su élite privilegiada. No sólo las
gentes de carne y hueso. Cuando los dibujantes de la factoría
Walt Disney diseñaron la figura del protagonista de su largo­
metraje Aladino imitaron tas cejas del actor Tom Gruise (las ce­
jas son elementos esenciales en la expresividad de un rostro,
como descubrió I>e B» un), pues Tom Gruise era entonces el
más preciado s¿x symbol de 1Iollywood. Y cuando se diseñó,
años más tarde, el rostro de la protagonista de Prxahonlas se
combinaron los rasgos de Demi Moore y Naomi Campbell.
Esto es así. a pesar de la heterogeneidad cultural, no sólo
del planeta, sino de nuestras grandes ciudades, en las que
conviven colores de piel, rostros, costumbres y tradiciones
muy dispares. Se ha estimado que en I ondres, por ejemplo,
las minorías étnicas constituirán casi el tercio de su pobla-

4 ti
R U M i N O 'M f c N

ción en diez anos. Y, a pesar de su variedad, las industrias cul­


turales. con la televisión a la cabeza, siguen difundiendo sus
modelos estéticos curocéntricos. Por eso, en algunos países
desarrollados de Aria, hacen furor los remedios y la cirugía
estética para que las muchachas consigan el ideal de belleza
occidental, operándose los párpados, liñéndose el pelo de ru­
bio o de castaño y blanqueando su piel. Ynada sorprende más
al turista que ver los anuncios de belleza y de moda femenina
en las calles y en el metro de Tokio, que exhiben indefecti­
blemente típicas modelos anglosajonas o escandinavas.
A pesar de ello, es obligado admitir que hoy vivimos en
una é|>oca definida por las normativas estéticas laxas. Vivimos
en una sociedad caracterizada, más que nunca en la historia,
por el eclecticismo y por una sensibilidad plural y poliédrica
en materia de señas de identidad y de signos externos en la
esfera del vestido, del peinado, etc. Hoy coexisten sin esc án­
dalo la alta costura con el punky los blut-jtúns.
Antes, las diferencias aparienciales venían determ inadas
muy fundam entalm ente por la extracción social, y un aristó­
crata no se parecía a un plebeyo, ni un campesino a un bur­
gués. Ahora las fronteras aparecen confundidas y borrosas
por obra de la democratización vestimencaria, de la permisi­
vidad de las modas, del relajamiento de los ritos sociales, de
la confusión de los roles, del prét-á-pc/rUr y de otros factores
varios. Pero a pesar de la confusión dom inante, definida es­
cuetam ente por el wUr como quifraj, es posible reconocer
ciertas tendencias dom inantes en m ateria de imagen corpo­
ral y ciertos vectores privilegiados acerca del diseño de la au-
toprrsencia cu sociedad y de la puesta en escena del propio
cuerpo. Por eso podemos todavía distinguir, en una playa nu­
dista, al punAiedcl ejecutivo. Aunque, como ya dijimos, cuan­
do una norma estética es adoptada masivamente, suele provo­
ca! la emergencia de una nueva alternativa de distinción (pie
se opone a aquella corriente trivial izada por la masticación.
Gombrich obser vó con perspicacia que Bottkelli, tan ad­
mirado por su pintura del nacimiento de Venus, conocía
muy mal la anatomía femenina, su estructura y proporcio-

47
E l ijio r i i sn n b fcie n

nes, y por eso su imagen del cuerpo femenino estuvo regida


j)or su autoconciencia masculina. Es cierto que en aquella
cp*>ca las mujeres se destapaban menos en ptíblico que hoy y
el cuerpo hum ano se conocía m ucho peor en la Florencia del
siglo xv que en la Atenas de Pendes. Con su ignorancia anató­
mica, Botticclli ofreció una reinterpretación o estilización fan­
tasiosa del cuerpo femenino, haciendo que la idea suplantase
al objeto. Ésta es una operación transfigurado™ muy común
en la creación artística.
Ahora está ocurriendo algo parecido, pero no por igno­
rancia del diseñador, como le ocurrió a Botticclli. sino por
exceso de sabiduría, es decir, por conocim iento de los com­
portamientos del m ercado y de las expectativas, frustracio­
nes y fantasías eróticas colectivas. Como denunció Stuart
Ewen en su lihro Alt consumingimagn, si en los postulados de
la Bauhaus la forma seguía a la función, en la actualidad la
forma sigue los dictados del mercado. Así, la cultura de ma­
sas se guía hoy por la efebofilia, en una sociedad progresiva­
mente envejecida, porque la juventud se ha revelado, a dife­
rencia de otras épocas pasadas, como el segmento social más
consumista. 1.a juventud representa, además, la fertilidad y el
futuro. Porque aunque en muchas culturas, especialmente
en las del Factremo Oriente, se venere a los ancianos, la efebo-
filia se halla en el corazón de la tradición judeocrístiana, como
revela el episodio bíblico en el que al anciano rey David le pu­
sieron a la joven Abisag en su lecho para que le transmitiese
con su cuerpo su calor y energía vital, según el principio de la
lógica contam inante. Esta filosofía no ha cambiado en el fon­
do demasiado en la actualidad y losjóvenes son vistos y repre­
sentados por las industrias culturales como encarnaciones
de la energía vital y de la descabilidad.
De ahí derivan lodos los fármacos y las terapias que la pu­
blicidad prom ete para perpetuar artificialmente un cuerpo
hermoso, propio tic la condición juvenil. Un caso típico lo
constituye la lucha contra la obesidad, que en nuestra socie­
dad rica eri calorías afecta ya a uno de cada seis europeos y al
33 por ciento de los españoles. En el m om ento de escribir cs-

48
Rí ivo.%U lflk N

las lincas la farmacopea promete combatirla eficazmente


con píldoras, como el Xcnical y el Reducid. Forman parte de
las nuevas “pildoras de la felicidad*, que se iniciaron con los
antidepresivos Prozac y Scrotax, siguieron con la Viagra con­
tra la disfunción ercctil, la Ccllulase contra la celulitis y ahora
prometen rem ediar la calvicie. En el extrem o opuesto de la
obesidad se encuentra la patología de la anorexia. Un estu­
dio de la Escuclade Medicina de Harvard de 1999 indica que
el 69 por ciento de las adolescentes anorcxicas consultadas
reconocen que las imágenes mediáticas de modelos delgadas
han rebultado determ inantes para crear su ideal del cuerpo
perfecto. 1-a actual epidemia de anorexia (180.000 casos regis­
trados en España) se basa en una percepción patológica ne­
gativa del propio cuerpo, en c uyo estado la sexualidad es re­
chazada por falta de inversión erógena en el mismo. Estas
patologías forman parte de la familia de dismorfostesias, o
formas de preocupación morbosa y obsesiva acerca de la apa­
riencia corporal, a las que resultan especialmente vulnera­
bles los adolescentes, en la etapa de su transformac ión física.
La anorexia, en sus formas más agudas, entra en la categoría
de la dixmorfofobia. descrita por ve/, primera por E. Morselii
en 1886, como una fobia cuasi delirante, por la que el sujeto
que la padece está persuadido de su fealdad y de tener un
cuerpo anormal o deforme, percepción negativa que obsta­
culiza su vida normal y sus relaciones socioafectivas.
En estas conductas, como explicamos antes en el caso del
bodvJruilding, las presiones mediáticas no siempre son <e n ­
cordantes con los requerim ientos de la biología. Aunque a
muchas jóvenes Ies incomode un pecho pleno, este atributo
ha desarrollado filogcnrticam rnte un intenso atractivo para
él sexo masculino, por estar estrecham ente relacionado con
la capacidad de reproducción de la mujer, pues sugiere abun­
dante comida para las crias. Pero es cierto que un vientre fe­
m enino abultado no resulta atractivo para el hom bre, pues
sugiere atrofia del útero, es decir, infertilidad, aunque en al­
gunas etapas de la pintura europea ha sido exaltado como
seña de maternidad.

49
FI FJIfrt 72 icnbOKKX)

Paradójicamente, los arquetipos mediáticos femeninos


han oscilado bipolarm entr entre la opulencia rústica y nutri­
tiva (como las maggiorale del cinc italiano de posguerra) y la
estilizada delgadez» tenida por signo de elegancia, porque se
ha asociado a los arquetipos físicos idealizados de la industria
de la moda vestimentaria, de la que la modelo Dominiquc
Abel se ha quejado de que “las mujeres están sometidas al
dogma estético que marcan los diseñadores homosexuales.
A las modelos les hace falta la visión sexual de los hombres.
[...] En lugar de modelos de carne buscan maniquíes de plás­
tico, es una visión muy fría, muy dura, muy irreal” (ABC, 15
de junio de 1999).
Todas las patologías dismor fofóbicas, inducidas por los
medios audiovisuales, derivan de una preocupación acerca
de la propia im agen, preocupación que no es rara que se­
llara desarrollado en nuestra sociedad exhibicionista, presio­
nada por los modelos mediáticos de perfección estética cor­
poral. No se renuncia fácilmente al exhibicionismo vanidoso
y lo prueba la apetencia compulsiva y generalizada de apare­
cer en la pantalla del televisor, a la que he denom inado hace
años síndrome ds Emirato. Eróstrato fue un efesio que, para
inmortalizar su nom bre, prendió fuego al templo de Artemi
sa en F.feso la misma noche en que nació Alejandro Magno.
Los efesios lo ejecutaron y prohibieron, bajo pena de m uer­
te, que el nom bre maldito del incendiario fuese pronuncia­
do. Pero la precaución severa de los efesios no podría impe­
dir que a la larga el nom bre de Eróstrato pasara a todas las
enciclopedias, ni que Jcan-Paul S artrr diese su nom bre infa­
me a uno de sus relatos contenidos en El muro. El vanidoso
exhibicionismo de Eróstrato ha encontrado su eco, cierta­
m ente menos devastador, en la actual aspiración a aparecer
en la pantalla televisiva a toda costa, aunque sea aireando in­
timidades de alcoba, para conquistar aquellos quince m inu­
tos de efímera lama de los que hablaba Andy Warhol. Una
encuesta realizada entre las muchachas italianas candidatos
al concurso Miss Italia de 1998 reveló que la mayoría de ellas
percibía a Monica Lewinsky com o un ejemplo positivo, ya

5 0
R om an Ch/ « ».s

que había conseguido ser tan viví ble mediáticamente como


el presidente de F.stados Unidas.

E s t r u c t u r a d e i . s t a r -s ìt t e m

El UOT'system televisivo contem poráneo, al que Jean Caze­


neuve ha llamado vedeUmaio* está compuesto por tres grandes
familias, a saber: la aristocracia o élite por nacimiento, cuya
notoriedad viene dada por la sangre y la herencia (y que cons­
tituye el objeto predilecto de la ya citada fnm ui dd amtzón); la
mcritocracia o élite del mérito, nutrida por los profesionales
más relevait tes y distinguidos, entre ellos los profesionales de
la política y rio las finanzas; y. por fin, los integrantes del mun­
do del espectáculo, los nìtrrUùnrrs, formado por cantantes, es­
trellas de cinc, deportistas, modelos, etc.
Las estrellas del espectáculo que habían nacido como ta­
les al calor del público burgués del siglo XIX, en el m undo del
teatro y de la ópera, adquirieron singular protagonismo en el
cine desde la I Guerra Mundial gracias a la difusión masiva y
popular de las películas. A su asentamiento contribuyó deci­
sivamente la técnica del primer plano, que fue inventado por
Griffith y otros pioneros para ampliar detalles demasiado pe­
queños de la acción o del decorado, que en un plano general
pasarían inadvertidos por el espectador. Cuando esta am plia­
ción óptica se aplicó funcionalmente al rostro hum ano, con
la finalidad, por ejemplo, de hacer risibles las lágrimas de la
protagonista, que pasarían desapercibidas en un plano gene­
ral. ve desveló la capacidad dramática y carismàtica de este
encuadre privilegiado. F.l prim er plano facial, al magnificar
la presencia icònica de los intérpretes, perm itió al público
reconocer y familiarizarse con los actores y actrices más foto­
génicos y atractivos y no tardó en aparecer un fenóm eno de
identificación emocional con ellos y mi consiguiente culto co­
lectivo, con su secuela de imitaciones ves ti mentali as. conduc-
tualcs, etc. En la televisión, debido al pequeño tamaño de su
pantalla, el prim er plano se convirtió en el encuadre más ha-
Ex o o in n T T U M t c o

bilual de sus producios, lo que devaluó su valor dramático, a


expensas de la legibilidad de los rostros y de su fácil identifi­
cación.
I>a mitologi ¿ación estelar fue el fruto de una coproduc­
ción tácita en tre las productoras de cine, que ofrecían sus
imágenes en la pantalla, y sus públicos, pues eran los especta­
dores quienes sancionaban definitivamente el valor estelar
del actor o actriz, si satisfacía funcionalm cntc (aunque fuera
ilusoriamente, en el plano de la fantasía) ciertas expectativas
latentes, carencias afectivas o frustraciones íntimas. Si tal
acuerdo o sintonía no se producía —medida cuantitativa­
m ente en forma de ingr esos en taquilla— , el intérprete pro­
puesto no llegaba a constituirse en sujeto carismàtico de la
cultura d r masas, dando a la palabra cansina un significado
muy próximo al que Max Wcbcr utilizó para referirse a los lí­
deres políticos.
La televisión heredó del cine este capital semiotico y mito-
genico y atrajo muy tem pranam ente a populares estrellas de
la pantalla grande, como Bob Hope o Lucillo Rail. En este
proceso de mitologización mediática, a veces la vida privada
de los profesionales de la ficción llegó a confundirse con la de
sus personajes interpretados. Lucilie Ball, por ejemplo, pro­
tagonizó la areh¿famosa serie I Love Lucy, iniciada en 1953,
que tuvo su hito rnás célebre con motivo de un embarazo de
la actriz, que se hizo coincidir con un em barazo y un parto
en la ficción televisada, acontecimiento seguido por un 68 por
ciento de los telespectadores norteamericanos.
También la televisión potenció con su trampolín difusor y
sus encuadres próximos al star-system discogràfico y deporti­
vo. cuyas figuras se convirtieron en sus aliados naturales en el
mercado mediático. Pero, además de ellos, como polos de
fama que habían atraído a las cámaras, surgió pronto un nue­
vo sktr-media-syUem segregado por el propio m edio y formado
por sus propios comúnicadores específicos. De este modo,
em ergieron los líderes electrónicos que aparecen en la fx-queña
pantalla y com ponen, más allá de su peisonal pulsión exhibí-
cionista-narcisista, un verdadero sistema de teUcracia, de jx>
R o m á n CU iu j l n

der telecrático. A este respecto, es evidente que la televisión


establece entre los hechos y las personas una jerarquía meri-
tocrática que no depende de la sustancia de tales hechos o
personas, sino de la frecuencia e intensidad de sus aparicio­
nes. Más apariciones equivalen a más valor, independiente­
m ente de la valia intrínseca del sujeto, y esta presión mediática
es responsable de la inducción de la iconofilia o iconom anía
en las audiencias, im pregnada frecuentem ente de com po­
nentes libidinales, pivotada en la admiración y celebración
del sujeto comúnicador. De esc principio bien conocido de­
riva el corolario de la iamorrona, es decir, que aquello que se
ve existe y cuánto más se ve más existe y más im portante es. Y
de las exigencias de la iconocraria deriva la lógica del Estado-
espectáculo, con sus liturgias y sus ritos públicos, destinados
a m antenerlo perpetuam ente focalizado por parte de los me­
dios de comunicación.
Acostumbrados a las paraiei nalias del Estado-espectácu­
lo en la era de la televisión, casi nos asombran las protestas
morales de Adlai Stevenson con motivo de su campaña presi­
dencial de 1956, que fue en Estados Unidos la prim era que
se valió de la propaganda televisiva: “La idea de que se pue­
dan vender candidatos para las altas investiduras como si luc­
ran cereales para el desayuno... es la última indignidad del
proceso democrático”. El ingenuo candidato Adlai Stevenson,
pnxlucto intelectual de la cultura gm enbergiana, no sabía
que en la nueva cultura mediática de la era de la imagen es
m ucho más im portante parecer que ser, lo k«Jc<\ue loU% pues el
pueblo (sujeto politice» activo) se ha convertido simplemente
en públieo (sujeto mediático pasivo). Ypoi esta razón Ronald
Reagan pudo saltar con facilidad desde el estréllalo de Holly­
wood al estrcllato del Estado^spectáculo.
Pero la celebridad mediática tiene también sus contra par­
tidas. 1.a contrapartida negativa de su loa gratiiicadora reside
en que el poder (el poder político, financiero, profesional,
etc.) es perm anentem ente objeto de sospecha. Como un só­
lido reflejo de uno de los principios basilares de la acracia,
puede afirmarse que el ptxlrr vive jicrpciuam cm e hajo un

53
K.i f r o s . ( i x n x A N V o

estado de sospecha natural, de sospecha legitimada, que hace


que se le vigilen atentam ente sus posibles traspiés, sus incon­
gruencias y sus escándalos. El desvelamiento mediático de
los escarceos eróticos privados del presidente Bill Clinton
con una becaria lo dem ostraron palmariamente.

Espfxtáculo, información yarte

l a linea divisoria entre información y esjíeciáculo no


siempre ha sido nítida y lo es menos que nunca en la era de la
televisión, que ha procedido a una enérgica hibridización de
los géneros tradicionales. De uno de los mejores docum enta­
les de propaganda política de la historia del cine, El triunfo d/
la voluntad (Triumph dts Wiüsns), de I>eni Rjcfcnstahl, hoy sa-
beniOS que el Congreso del Partido Nazi en Ntiremberg de
19S4 se organizó como una gigantesca puesta en escena co­
ral para ser filmada por el nutrido equi|x> de cámaras de la
directora y dar lugar a una película que pudiese circular por
toda Alemania y ante todos los alemanes en la era pretclcvisi-
vii. A quienes se escandalizaron ante esta estrategia debe re­
cordárseles que los mítines electorales que organizan los par­
tidos políticos de nuestras democracias, y que am e iodo son
vistosos espectáculos corales, tienen hoy como función prin­
cipal ser difundidos por los medios audiovisuales a toda la so­
ciedad. Es decir, son escenificaciones espectaculares puestas
en escena para ser registradas por las cámaras. Tras la crisis
de las grandes ideologías, su lugar en las telepamallas ha sido
ocupado por las pequeñas historias personales y por los gran­
des espectáculos colectivos.
O tro ejemplo de hibridización o contam inación de gé­
neros. en este caso entre la publicidad y el espectáculo, lo
suministra el género televisivo del videoclip musical. Los vi­
deoclips musicales se inventaron como spoU o anuncios pu­
blicitarios al servicio de la industria discográfica. Cuando
sallaron a la palestra, la publicidad audiovisual, potenciada
por la televisión, ya había dem ostrado largam ente el virtuo-
Rom as G lv m n

sismo y la sofisticación técnica con que explayaba sus mi­


cro historiáis, hasta el punto de que no pocos críticos argüían
que la frontera experim ental más libre y estimulante de la
cultura audiovisual contem poránea se hallaba en la publici­
dad, opinión que Jean-Luc Godard vino a corroborar cuan­
do afirmó apesadum bradam ente que la tradición revolucio­
naria del montaje-choque de Eiscnstcin había encontrado
su destino final en el anuncio banal de productos dom ésti­
cos para amas de casa.
Lx)s videoclips musicales depredaron y se apropiaron de
los estile mas del cine de vanguardia clásico, de los experi­
m entos soviéticos de m ontaje, de las transgresiones de los
raccords de espacio y de tiempo, etc., por la buena razón de
que no estaban sometidos a las rígidas reglas del relato nove­
lesco y se limitaban a ilustrar una canción, que con frecuen­
cia no relataba propiamente una historia, sino que exponía
unas sensaciones, más cercanas del impresionismo estético
que de la prosa narrativa. Este descargo de obligaciones na­
rrativas, liberado de los imperativos del cronologismo y de la
causalidad, permitió al videoclip musical adentrarse por las
divagaciones experimentalistas de carácter virtuoso.
Pero la gran diferencia entre el lenguaje del videoclip m u­
sical y el de las vanguardias clásicas radicó en que éstas perse­
guían un efecto de extrañamimto, de provocación, de dcsau-
tomalibación de la percepción y hasta de agresión sensorial
al espectador (como en el dadaísmo y el surrealismo, bien
ejemplificado |>or el ojo cortado de Un perro andaluz). Mien­
tras que, por el contrario, los videoclips musicales depreda­
ron los estilemos de aquellas vanguardias para conseguir el
efecto opuesto, el efecto de la fascinación y de la seducción
hipnótica« destinada a desembocar en el acto consumista de
la compra del producto publicitado. Era. exactamente, lo con­
trario de lo que pretendían las provocaciones de aquellas
vanguardias históricas.
Se ha sugerido, incluso, una afinidad estructural y funcio­
nal entre los videoclips musicales y el cinc de porno duro,
pues ambos géneros audiovisuales se basan en la creación de
R l. fcftO t M K .I I i H i l i n

una ansiedad expectante y compulsiva en el espectador, que


no llega a saciarse en el ritual de la fruición de las imágenes.
Kn el caso del videoclip se saciará, finalmente, con el acto de
compra del soporte musical publicitado en la pantalla. Pero
la actitud de los adolescentes ante la excitación del videoclip
musical recuerda mucho, en efecto, a la del mirón del cine
pom o, con sus sentidos sorbidos neuróticam ente por la pan­
talla, en un género en el que tan im portante es además el
movimiento rítmico de los cuerpos, un ritmo iterativo y fisio­
lógicamente compulsivo que prefigura, por otra parte, los
com ponentes coreográficos más sofisticados tic la puesta en
escena del videoclip. Por eso decíamos que su función hip­
nótica es diam etralm ente opuesta al extrañam iento agresivo
provocado por las propuestas genuinas de las vanguardias.
El fenóm eno de la hibridización o contaminación de gé­
neros tiene que ver con la propuesta de "desorden cultural"
originada por la crisis de identidad del arte contem poráneo
o, mejor, del concepto de arte en la actualidad. Hasta hace
pocos años, el arte podía encontrar su razón de ser y su legiti­
midad en el placer producido por su percepción, según un
arco justificador que se extendía desde los epicúreos griegos
hasta Frcud. O bien podía ser concebido com o medio de co­
nocimiento, según la tradición racionalista-marxista. Pero,
en el cambio de siglo, ya es posible afirmar que es arte cual­
quier cosa que decida designarse con este nombre. Este nomi­
nalismo radical tiene sus antecedentes en las teorías subjetivis»
tas del arle, como en la postulada por David Hume cuando
afif ruaba que la belleza no está en el objeto sino en la mirada
de su observador, propuesta retomada por Duchamp cuan­
do afirmaba que es quien mira quien hace el cuadro. Su san
Sontag llevó el subjetivismo hasta la mirada irónica dandi
capaz de redim ir estéticam ente al camp y este subjetivismo
radical, en el que la arüsticidad es función do una mirada
personal, ha desembocado en la transgresión redentora del
dirty chic de nuestros días. Si antes del siglo xx la anom ia era
excepcional en la producción artística, ahora se ha converti­
do en el canon de arüsticidad más vigoroso.
K om Cn GUfBJtx

En el actual neoliberal isino estético, el mercado aparece


como legitimador yjuez supremo. Pero desde hace muchos
años se sabe que en un mercado cultural libre no se impone
lo mejor, sino lo más comercial. Vesto ha conducido a que el
arte, ante su crisis de identidad, tienda a refugiarse en la se­
ducción espectacular, que atrae muchas miradas. Este asunto
fue muy debatido en Estados Unidos cuando en agosto de
1998 el Musco Guggenheim de Nueva York presentó una ex­
posición de motocicletas que convocó hasta cinco mil visitan­
tes diarios. Las relucientes motos, con sus connotaciones rio
jxKier, violencia y erotismo, evacuaron por unas semanas a
Mondrian y a Magritte de sus paredes, para sancionar la pri­
m ada del espectáculo sobre el arte en los museos norteam e­
ricanos. Este hipcrcomcrcialismo fue com entado asi por el
New York limes. ~Ix)s directores [de museos) empiezan a pa­
recer desesperados. Pasan el tiempo cortejando a personajes
de la alta sociedad y viudas ricas, esperando a la ve/ una bo­
nanza de donaciones financieras como la que se produjo en
los años ochenta".
Esta situación ha llevado a algunos teóricos a reivindicar
el “desorden culturar como meta fructífera. F.n el campo te­
levisivo, sometido a mayores exigencias espectaculares y co­
merciales todavía, esta confusión cultural tiende a acentuar­
se, aunque, sometida su programación al riguroso cóm puto
de sus audiencias, cualquier iniciativa de desorden cultural
tiende pronto a se.i domesticada por la rentabilidad, como
ocurrió con los rM¡ity shows. que convirtieron a las tragedias
cotidianas de la vida, autentificadas pasionalmente jxji la san­
gre, las lagrimas y el semen, en espectáculos de masa». Hu­
bieran podido ser escenificaciones criticas de las frustracio­
nes de la vida cotidiana, pero se tninsm utaion en vertederos
de las peores pulsiones del ser hum ano.
En todas las pantallas riel inundo prevalece hoy una mo­
nocultura homogcncizadora, de origen multinacional y de
carácter centrípeto. Esta monocultura espectacular tiene su
plaza fuerte en Hollywood, pero a ella hay que sumar todas
las imitaciones, ricas o pobres, que en todos los países se lie-
FJ K**H CUCIR<>4K.O

van a cabo a partir de sus modelos canónicos. Si se compara


este modelo de comunicación indiferenciado con lo que ocu­
rre en la naturaleza descubriremos rápidamente una nueva
discrepancia, pues la evolución biológica crea continuam en­
te nuevas variantes, que enriquecen al sistema y a las que de­
signamos com o biodiversidad. A la televisión, en cambio,
tiende a repugnarle la diversidad y le resultaría muy saluda­
ble una inyección de verdadero desorden cultural.
III
El n u e v o p a is a je a u d i o v i s u a l

E l. EJE I)K PODER LOS ÁNGELES-TORIO

En los años setenta se produjo una gran explosión indus­


trial y empresarial con la integración tic la microelectrónica
y la informática. Transcurrida una decada, podía constatarse
que el sesenta por ciento del mercado mundial de la electró­
nica de consumo correspondía al sector audiovisual, movili­
zando un negocio de 80.000 millones de dólares, hasta colo­
carse este sector en Estados Unidos al térm ino de la guerra
fría como el prim er negocio y máximo exportador nacional,
tras haber deshancado del liderazgo a la industria aereoespa*
cial, muy ligada a las necesidades de la defensa.
En los años que precedieron a] derrum be del bloque so­
viético se produjeron importantes mutaciones en este paisaje
industrial. Una de ella* fue la fusión de las empresas Lime
Inc. y Warner Communications en 1989, para generar el gi­
gante 1ime-Warner. una megacompuñía de 18.000 millones
de dólares favorecida por el sinergismo do los medios impre­
sos y los audiovisuales. Precisamente, la expresión m^acom-
pama dr omumeadón se acuñó a raíz de esta fusión, que por
cierto se ampliaría en 1996 con la nueva incorporación de la
cadena televisiva CNN de Ted Tur ner. C uando so produjo
aquella fusión, alguno* analistas calcularon que a principio*
del próximo siglo el m undo de las comunicaciones globales
estaría dom inado por un par de mcgacompañías en Estado*
L l m o ) L ix c n t ó e o c o

Unidos, otras dos en Europa y otra en Japón. Sus prediccio­


nes se revelarían pronto miopes.
La fractura de aquel pronóstico procedió del frente asiáti­
co, que se expandió hasta penetrar insospechadamente en
Estados Unidos, dando un nuevo sesgo al sentido de la tras­
nacionalidad. En efecto, las com pañías japonesas, líderes
m undiales en el hardware de la electrónica de consumo, vi­
vían con frustración la penalización racista de su oferta cul­
tural de software audiovisual, salvo en el renglón de los dibujos
animados, computerizados y baratos, cuyos muñecos lucen
ojos impecablemente redondos y un aspec to físico caucásico.
Para quebrar este bloqueo cultural de signo racista y apunta­
lar su lanzamiento de la televisión de alta definición de 1.125
líneas que había patentado, la Sony com pró en septiembre
de 1989 la productora y distribuidora de I lollywood Colum-
bia Pictures, por 3.400 millones de dólares, adquiriendo sus
copiosos archivos, en los que lucían las populares comedias
de Frank C^apra y las películas de Rita Hayworth. No era la
prim era iniciativa de Sony en esta dirección, pues a finales de
1987 había comprado ya la mayor com pañía discográiica del
m undo, la CBS Records norteam ericana, com o base de lan­
zamiento de su sistema de cinta de audio digital DAT (Digital
Audio Tafx).
Esta obsesiva com pra de archivos norteamericanos de soft­
ware por la Sony tenía, además, otra explicación. Sony había
perdido su batalla del video doméstico en el mercado, al ser
derrotado su sistema Bctamax j>or el técnicamente inferior
sistema YUS de la JVC (Japan Víctor Company), precisamen­
te por su inferioridad en la oferta de software en su formato.
Esta deficiencia comercial anuló su indiscutible superioriad
técnica y por eso. al embarcarse en dos nuevas tecnologías
avanzadas y caras —el audio digital y la televisión de alta defi­
nición—, Sony quiso dotarse antes de archivos de softuxirede
probado atractivo comercial, que asegurase el éxiio de su lan­
zamiento.
Pero su raso no fue aislado. En agosto de 1989 la JVC. in­
virtió más de cien millones de dólares para lanzar en Califor-
K o u in C t m k n

nia la productora l.argo Entertainm ent, dirigida por L-iw-


rcncc Gordon, prestigioso ex presidente de la 20lh O n tu ry
Fox. En el mismo año, el grupo nipón Yamaichi Se curi desi
invirtió seiscientos millones de dólares en el entonces bastan-
te apagado grupo de Walt Disney. Y el ciclo culminó cuando
en noviembre de 1990 la Matsushita Electric lndastnal Co.,
de la que dependían las firmas Panasonic, Tcchnic y Quasar
y que poseía el 50 por ciento de las acciones de laJVC, compró
por 6.600 millones de dólares el grupo MCA. Este conglome­
rado poseía, además de otras compañías menores, la compa­
ñía discogràfica MCA Records y los famosos estudios Univer­
sal, en donde nació —con Borb Karloff y Bela Lugo»— la
gran escuela de cine de terror norteam ericano en los años
treinta.
El asalto de las compañías electrónicas japonesas a las
factorías audiovisuales norteam ericanas provocó una con­
moción en el show business y en la opinión pública norteame­
ricana, pues fue percibido com o una expropiación, por par­
te de un país que habían derrotado en la II Guerra Mundial,
de sus industrias culturales más emblemáticas, forjadoras de
un entrañable imaginario colectivo nacional, compartido cáli­
damente por millones de norteamericanos. Pero esta expro­
piación no estaba motivada por e! deseo de los compradores
japoneses de producir en California películas de geishas y de
samurais, prom oción ando asi su cultura nacional, sino pro­
ducciones estéticamente e ideológicamente anglosajonas,
con nnobc/ys, vampiresas y gángster*. No trataron de im poner
su cultura, sino que pusieron sus potentes recursos financie­
ros al servicio de la cultura de los vencedores judeocristianos
de la 11 Guerra Mundial, pues si bien adquirieron sus pro­
piedades, les confiaron la gerencia local de sus negocios, tu­
telada desde Tokio. De este modo so configuró un nuevo eje
de poder audiovisual, el eje I/>s Angeles Tokio, cuyo esperan­
to audiovisual, potenciado desde las dos riberas del Pacifico,
se asentaba sinergicamente en el poder del hardu>oreelee iróni­
co japonés y en el atractivo comercial del softvxirr audiovisual
norteamericano.
E l l a a i L L fx :rx O ro r.o

F.l arranque de esta combinación de poderes fue laborío


so y sus primeros resultados no fueron muy alentadores. La
metáfora del cowboy y del samurai, que acuñó el experto fran­
cés Fhilippe Del mas en su informe al Ministerio de .Asuntos
Exteriores sobre la rivalidad entre Japón y Estados Unidos en
las industrias de alta tecnología, resultó pertinente para defi­
nir la nueva situación. 1.a cultura del samurai era una cultura
rígida yjerarquizada, que porlía ser eficaz para la producción
seriada y barata de fuirdumr audiovisual, pero resultaba un
inconveniente al plantear con creatividad políticas de sojíwa-
rt que, aunque sus productos resultaran estandarizados, re­
querían dosis de inventiva para diferenciar a cada unidad y
no podían escapar al artosanato de los objetos individualiza­
dos. El individualismo, la informalidad y la inventiva del con*
boy se revelaban más funcionales en este campo que el reve-
rencialismo jerárquico del samurai. Lo que Definas llamó en
su informe “desorden creativo*’ de la tradición cultural nor­
teamericana resultaba m ucho más operativo y funcional
para diseñar los sueños audiovisuales para las masas.

¿A ld ea (;t o b a i >

Pocas expresiones han tenido tanta fortuna popular des­


de el final de la II G uerra Mundial com o la famosa aldea gUy
bal, que inventó McLuhan en los optimistas años sesenta.
Pero esta fórmula brillante estaba basada en una falacia. En
las aldeas, los flujos de comunicación son multídircccionalcs
y tienden a ser de$jcrarqu izados, pues todo el m undo habla
con torio el mundo. En la aldea global configurada por las re­
des mediáticas actuales la comunicación tiende a ser monodi-
reccional, desde el norte hacia el sur y el este, <reando efectos
de dependencia económica y cultural, porque la informa­
ción es mercancía c ideología a la vez. Y hoy es todavía más
monodircccional que hace diez, años, por la desaparición del
bloque soviético y de sus áreas de influencia. Esta dependen­
cia. que empieza en las agencias de noticias, tiene muchas

62
StOMA* G i mus

consecuencias, además de las económicas y las lingüísticas


(el hegemonismo del inglés) y van desde la construcción de
un imaginario planetario común (que incluye desde la homo-
geneizarión del vestido, del faM fc*xi o de la música popular)
hasta el famoso pensamiento único, que convierte a las leyes del
mercado en legitimadoras políticas y sociales supremas, uni­
versales c inapelables.
La base de esta asimetría y dependencia del norte deriva
de factores económicos y tecnológicos. Según fuentes de la
ONU. en la actualidad, una cuarta parte de la hum anidad
(1.600 millones de personas) vive peor que hace quince años.
De ellas, en diciembre de 1998 la FAO señaló que 828 millo­
nes están desnutridas, produciéndose el aporre más bajo de
kilocalorias por persona en Africa y Asia occidental, con So­
malia a la cabeza (1.580 kilocalorias), seguida por Eritrca
(1.640), Burundi (1.710), Afganistán (1.710), Mozambique
(1.720), Etiopía (1.780), Yemen (2.030) c Irak (2.260). Estos
l>arias del m undo, que carecen de lo más esencial, no tienen
voz pública y, en el mejor de los casos, sólo pueden ser desti­
natarios de los mensajes mediáticos que les llegan gratuita­
mente desde el norte.
La dependencia audiovisual planetaria del norte tiene
muchos efectos, como ya se ha dicho, desde los económicos
(balanza comercial) hasta los industriales (iníradesarrollo
de! sector mediático propio) y los culturales. Entre estos últi­
mos figura la dependencia de los intereses, gustos y modas
de la potencia dom inante, y no sólo en el nivel frivolo de los
estilos de vestido o peinado, que antes hemos citado. La gen­
te, en efecto, habla, se interesa y discute de aquello que ve en
la televisión, pero no suele hablar m ucho de aquello que la
televisión no dice, porque no le interesa o no le conviene. Esta
ceguera selectiva constituyo un verdadero "escotoma mediá­
tico**. pues el cscotoma es la zona ciega de la retina, en la que
no se activa el estímulo visual. De igual modo, los medios do­
minantes prestan atención a aquello que, con sus criterios e
intereses nacionales, juzgan relevante y fijan así en buena
medida, por su proyección planetaria, la agenda \fiting del

63
F l ' »< * U X ' I N I I M M >

imaginario universal, aunque este temario seleccionado no


se ajuste a los intereses reales y concretos de las circunstan­
cias de cada una de las audiencias.
Í jos efectos perversos de esta dominación mediática son
de amplio espectro. No hay más que ir al Africa subsahariana
y ver cómo en los miseros extrarradios urbanos los habitan­
tes sernidesnudos siguen las teleseries norteamericanas p r o
tagonizadas por petroleros de Texas o elegantes modelos de
Los A ngeles Y, peor todavía, cuando la imagen e interpreta-
rion de sus complejos conflictos intestinos tribales y poseo-
lonialcs (en Somalia, 1iberia, Zambia, Ruanda, Eritrea) las
reciben a través de las versiones manufacturadas por los ca­
marógrafos y los apresurados periodistas occidentales que les
han rendido fugaz risita. Es decir, el sur contem pla e inter­
preta sus propios dramas colectivos a través de las vrrsiones
que ha construido y difundido el norte. Así el sur se ve a sí
mismo con los ojos del norte.
L na prueba de estc hegemonismo ciclópeo lo suministró
la revuelta estudiantil en la plaza T iananm cn de Pekín en
1989, cuando bastantes corresponsales occidentales, que se
bailaban en la capital china, prefirieron seguir los dram áti­
cos eventos desde sus hoteles y ante el televisor, atendiendo a
la cobertura que les ofrecía la CNN, pues cada corresponsal
tenía sólo dos ojos, mientras que la CNN tenía una docena de
ojos simultáneamente abiertos y ofrecía una información ya
estructurada, interpretada y valorada de lo que ocurría a dos­
cientos metros, que los corresponsales se limitaban a copiar.
Existe, claro está, un norte y un sur en el planeta, pero exis­
te también un ñor te y un sur en todos los países del m undo, y
algunos, como Italia, lo han institucionalizado con el famoso
mrzzogiorno. Y existe también un norte y un sur en cada gran
ciudad. Los opulentos Estados Unidos de America no escapan
a esta dualización. Era este país en 1998, por cierto, el país in­
dustrializado con mayor núm ero de niños pobres, con un 20,5
por ciento, lo que significa 14.5 millones de niños. Y la bre­
cha entre t icos y pobres crece sin pausa en aquel país desde
19b8: el 20 por ciento de familias más ricas del país ganan
K0HV< U W kN

casi el 50 por ciento del total nacional (k* ingresos, mientras que
el 20 por ciento de familias más pobres están en torno al 5 por
ciento de tal renta. Y si se mide con parámetros tecno-comu-
nicacionales, en el próspero continente europeo nos halla­
mos con Rusia, en la que sólo el 40 por ciento de los hogares
tienen teléfono, mientras que en la Universidad de Solía hay
sólo un ordenador por cada cien estudiantes.
Esta dualización económica debe completarse hoy con la
correspondiente dualización bipolar en términos de conoci­
miento y de capacidad de acceso a la información, que divide
a la sociedad en inforricos c infopobres. l ómese el plano de
cualquier ciudad occidental y verifiqúese la densidad de or­
denadores personales o de conexiones a In tern et en cada
distrito. El mapa resultante será elocuente y perm itirá com ­
probar que la dualización riqueza-pobreza se solapa ahora
con la dualización que separa a los inforricos de los infopo
bres, quienes no tienen la inform ación requerida para ser
profesionalm cntc com petentes en una sociedad postindus*
tria!* ni acceso a sus fuentes, ni criterios para buscarla. Es de­
cir, son penalizados en términos de competencia profesional
y de oportunidades laborales. Antes hemos citado datos de la
pobreza en Estados Unidos y añadamos ahora que mientras
el 73 poi ciento de los estudiantes blancos de aquel país tiene
ordenador personal en su casa, este porcentaje se reduce ai 33
por ciento en el caso de los estudiantes negros. En términos
generales, el 44 por ciento de los bogares blancos tienen allí
ordenadores frente a sólo el 29 por ciento de los negros.
Esta dualización divide al planeta y a cada una de sus na­
ciones y ciudades en insiders y ouisidrrs. Esta estructura bipo­
lar dualiza también el desarrollo científico, pues produce una
concentración de conocimiento en muy pocos y por ello con­
suma la fractura del m undo en dos tipos de civilización, la
que genera conocimientos y es capaz de trasladarlos a la tec­
nología v la que sólo se limita a importarla, si tiene recursos
para ello.
Esta asimetría acaparadora se está extendiendo, incluso, a
las fot mas más tradicionales de información. Valga el ejemplo

65
K i. n e o * r u r m i V f l r n

d e la em presa Corbis C orporation, fundada en 1989 por el


magnate de la informática Bill Gates, que se dedica a comprar
derechos de imágenes, desde fotografías periodísticas hasta
reproducciones de cuadros célebres, convenicntemente digi­
talizadas, para dom inar el mercado editorial basado en las
ilustraciones. Su iconoteca, que en el momento de escribir es­
tas lincas rebasa ya los 23 millones de imágenes, aspira a con­
vertirse, según sus propias palabras, en una “Alejandría digi­
tal", en referencia a la famosa biblioteca de Alejandría.
Esta dualización de la información 4v del conocimiento
constituye una forma de darwinismo cultural, en la que el más
poderoso se impone ai más débil, en consonancia con las le­
yes del capitalismo. En la naturaleza, el darwinismo explica,
en efecto, la supervivencia de los individuos más aptos, pero en
la sociedad humana no existen las ventajas diferenciales apor­
tadas por cada espccialrzación del vasto m undo animal, que
hace que unos puedan solar, otros cambiar el color de su piel
para protegerse mejor, o enterrarse en la arena, o ver en la os*
curídad. En el m undo animal todas las especies está equipadas
pitra sobrevivir y, si no lo están, desaparecen. En la sociedad
hum ana son las oportunidades pedagógicas, económicas y
profesionales las que determ inan en cambio la capacidad de
Supervivencia de los individuos en la sociedad actual.
La cruda realidad indica que listados Unidos controla un
75 |x>r ciento del mercado audiovisual internacional y, cuanto
mavor sea el núm ero de canales y de pantallas fuera de aquel
país, mayor será su dependencia, conviniendo su opulencia
en colonización complaciente. Por eso la gUfbalixAáór) mediáti­
ca es hoy, prácticamente, sinónimo de amrricamiaricm, y este
dominio explica en parte ciertas reacciones culturales de radi-
calización identitaria nacionalista o fundamentalista, como la
que se observa en algunos países musulmanes, que se niegan
a perder su identidad. También la Unión Europea, a pesar de
poseer una producción audiovisual significativa y prestigiosa,
padece este problema, aunque unos países en mayor grado
que otros. El 70 por ciento del mercado audiovisual europeo
está controlado por Estados Unidos y en diez años —de 1988
R oman C« tu »>

a 1998—f el déficit del intercambio audiovisual de Europa


ron aquel país ha pasado de 2.000 millones de dólares a 6.500.
Parte de este problema deriva de las actitudes de los pro-
píos países europeos, pues la circulación audiovisual intraeu-
ropea es muy imperfecta y deficiente. En España práctica­
mente no se ven producciones audiovisuales alemanas, ni en
Alemania se ven producciones españolas, y asi consecutiva­
mente. Por una parte está la fragmentación lingüística, que
el gran mercado Estados Unido^-Canariá no padece. Por otra
parte, se han señalado las paradojas culturales que entorpe­
cen la aceptación de una producción audiovisual europea en
otro país continental. En efecto, consideraciones de estricto
marketing tradicional, de reparto de costes económicos y de
volúmenes de audiencias condujeron en los años ochenta a
la experiencia desafortunada de unas coproducciones mera­
m ente aditivas, pero culturalmente descafein ariasy apatridas,
que pronto fueron descalificadas con el apelativo de eunyfnid-
(Ungí. Se hizo evidente que un proyecto cultural europeo de
varios países no podía nacer al servicio de un guión que se
consideraba “equidistante“ de todos ellos, o que incluía in­
gredientes de localismo o de tipismo obvio de cad a uno, pues­
tos en escena por un director francés, con un operador ho­
landés, un músico alemán e intérpretes españoles, italianos y
belgas. Esta estrategia acumulativa y culturalm ente esperan­
tista fracasó como algo artificial y despersonali/ado, dando la
razón al Rossellini que había sentenciado años atrás que >1
mejor film internacional es un buen film nacional*. la s co­
producciones financieras darían mejores resillados que los
eitropnddings de compromiso uanscultural.
Por otra parte, se lia esgrim ido tam bién un argum ento
opuesto, señalando que los productos andiovisítales europeos
son demasiado parecidos, en el sentido de que son obras eli­
tistas de autor, para resultar atractivos por su exotismo, pero a
la vez demasiado diferentes para resultar confortablemente fa­
miliares a cada público nacional. No han conseguido, en una
palabra, el estatuto de esperanto audiovisual familiar a todos
los públicos, como lo ha conseguido I lollywood, haciendo que
Pjl m m K ucnrtfO G O

Arizona nos sea más familiar que la llanura danesa. De mane­


ra que la cultura audiovisual europa se ve comcrcialmcntc
penalizada por su gran fragmentación lingüística y por sus
tradiciones artísticas diferenciadas. Estos datos, que en reali­
dad constituyen un tesoro cultural que debería ser preserva­
do celosamente, se vuelven en contra suya cuando se valoran
a la luz de las exigencias de difusión y rentabilidad de la in­
dustria audiovisual m oderna. Un curofilm como el danés El
festín de Babette (Babette GaesteinuL, 1986), de (¿abrid Axel (ga­
lardonado con un Oscar de Hollywood) fue percibido por la
mayoría de espectadores de Barcelona o de Atenas corno m u­
cho más exótico y ajeno a sus valores culturales que un film de
acción rodado en la lejana y extracomunitaria Nevada. La cer­
canía europea se ha transmutado en lejanía cultural.

U ix >Ft AS TT í :NC >! jÓGIGAS A U T O S U n C tE N T E S

El diseño de las políticas de comunicación en el m undo


m oderno está en manos empresariales, en las que convergen
los intereses o las estrategias de los economistas y de los inge­
nieros. Unos y otros tienen en com ún que su lógica predom i­
nante es la lógica de la cantidad (en núm ero de canales, de
horas de programación, de cobertura y tamaño de la audien­
cia, y sobre todo de facturación y de beneficios). Yesca lógica
cuantitativa no sólo puede no ser coincidence con las lógicas
cualitativas de los comunkrólogos o de ciertos proyectos polí­
ticos. sino que a veces puede ser claramente opuesta.
Desde que Abraham Moles entronizó el entogan de la
“opulencia comunicacional" en los años sesenta, las lógicas
cuantitativas han dom inado claramente en cl sector audiovi­
sual sobre las lógicas cualitativas. Una consecuencia de esta
perspectiva es el proclamado ideal rio la sociedad de fo* quinien­
tos canales, un rnito/m eta —algunos lo están subiendo ahora
a los mil canales— que se coloca como horizonte de plenitud
y de felicidad mediática. Se coloca, sobre todo, de acuerdo con
la lógica cuantitativa de los ingenieros y de los economistas.
R o m a s Ct bun

Es mucho menos frecuente que los gestores de este siste­


ma com unicacional se pregunten criticam ente qué van a
transportar tantos canales. 1.a respuesta lógica es que m u­
chos de estos canales van a increm entar nuestra dependen
cia de las despensas norteamericanas, cuando 1a program a­
ción de ficción narrativa de Hollywood en nuestras pantallas
grandes y pequeñas, en Europa, ya rebasa el 70 por ciento.
lz>s gestores del audiovisual europeo, en un continente que
consume más horas de ficción que las que es capaz de produ­
cir, saben que sale más barato y es menos arriesgado com prar
programas enlatados norteamericanos que producirlos. De
modo que mayor núm ero de canales o de horas de emisión
significa, en principio, una mayor dependencia de I lollywood,
tanto en el plano económico como en el cultural (estético,
estilos de vida, valores ideológicos, etc.).
lo s catálogos norteamericanos ofrecen hoy aproximada­
mente unos 40.(MX) títulos de largoinctiajes cinematográfi­
cos propios, lo que incluso signif ica una cifra exigua en la pers­
pectiva desarrolhsta, ya que condena a las estaciones a la
repetición periódica de títulos. En la época gloriosa del cine,
los departam entos de guionistas y los estudios de rodaje nor­
teamericanos podían suministrar varios centenares de largo­
metrajes al año. Pero ahora, ante la bulimia televisiva de films,
ya no se requieren centenales, sino millares.
El crecimiento del núm ero de canales, que parece ser la
panacea de los ingenieros y economistas en la sociedad de
la información, no sólo plantea un desequilibrio agudo en­
tre el hardware t misor (que se puede produc ir en serie y se
caracteriza por su gran voracidad program adm e) y el volu­
men limitado del ioftvxir* audiovisual disponible (cuya con­
fección es en cambio artesana, diferenciada y sujeta a ciertas
leyes de la creatividad), sino que crea además otros proble­
mas. Contribuye, en efecto, a desinform ar y a fragmentar a la
audiencia, que puede disminuir para muchos canales hasta
niveles críticos, reduciendo así los ingresos publicitarios o las
cuotas de abono. Esta disminución de los ingresos puede te­
ner dos consecuencias en la programación de las estaciones
Fj M K * H*X:V»ÓNKX>

afectadas, a cual p e o r conducir a un deterioro de su produc­


ción y /o capacidad adquisitiva, em pujándola hacia una pro­
gramación conservadora, poco ambiciosa y que evite riesgos,
insistiendo en lo ya com probado y en la redifusión de títulos
y de programas ya emitidos, e increm entando su dependen­
cia de los centros de producción baratos; o bien puede condu­
cir a una ofensiva sensacionalista y a prácticas demagógicas,
para atraer a la audiencia, deslizándose así hacia la telebasura.
i a hipcrinÜarión informativa, el exceso de oferta audiovi­
sual. ademas de desinformar al público, favorece su banaliza-
d ó n y estimula la estrategia empresarial del grito sensacionalis­
ta para hacerse oír en este frondoso mercado. El exceso de
información conduce a la degradación m trópica de las ideas,
es decir, a la desinformación cualitativa, pues las ideas se simpli­
fican y se convierten en eslogans, píldoras o clichés. Pero ade­
más de conducir a la desinformación de la audiencia, la sobreo-
feria puede desembocar en lo que H erbert Schiller denominó
“gran variedad de lo mismo”. Es decir, en una falsa diversidad.
Pero es cierto que el sistema de cablcvisión o de» televisión
codificada de pago se basa en el principio de la diversifica­
ción de la oferta —con criterios temáticos o territoriales— v/
de segmentación cualitativa de las audiencias, según intere­
ses grupa! es. Este diseño admite un respiro cultura], pero sólo
hasta cierto punto, porque los impe*cativos demográficos y de
rentabilidad j>oncn techos al sistema. i-a segmentación de las
audiencias converge con el ideal democrático de la autopro-
gramación de los usuarios, que tanto se exaltó después de
mayo de 1968. Esta autoprogramación ya existía, de modo re­
lativamente satisfactorio, en el mercado editorial, discográfico
y, en m enor medida, en el vi demográfico, debido a la hegem o­
nía de las multinacionales norteamericanas en este sector.
Pero estos precedentes dem uestran que la autoprogram a­
ción del usuario soberano, que culmina en la fórm ula de la
“televisión a la carta", tiene el efecto perverso de consoliden* y
perpetuar la estratificación de la pirámide cultural y del gus­
to, pues las gentes se autoprograinan según sus niveles edu­
cacionales y sus preferencias —desdo la tríenm ela mexicana

7 0
KomAx C.I M U S

a la ópera— , corroborando cl principio de la dualización


cultural en nuestra sociedad. Kl ideal democrático de la auto-
programación también tiene sus techos y exige el requisito
previo do una política educativa universal y de calidad, so pena
de ahondar la brecha ya existente entre éliics y masas, entre
m sidm y outsidersác la sociedad del conocimiento.
Hemos pasado, pues, del broadruUznggeneralista al narrow> ■
rzisán# selectivo, de los mass media a los group medita y ahora es­
tamos por fin ante la fase ultrasclccbva de la programación
del propio terminal audiovisual con nuestro software, para re­
cibir información a la carta, a gusto del consumidor. El video-
casete y el videodisco doméstico han acabado por ban al izar es­
tas opciones (¿Visconti o pornografía?)» pero el ordenador
inserto en el sistema de telecomunicaciones nos ofrece ahora
la promesa de lo que Stewart Brand califica con entusiasmo
corno broadratch, es decir, una autoprogramación informativa
especializada, de modo que el equipo informático de cada
usuario solo retendrá de los flujos informativos que le llegan
aquellos programados de acuerdo con sus intereses profesio­
nales o Indicos: noticias financieras, deportivas, etc. Esta cap­
tura selectiva de información especializada permitirá que al­
gunos ciudadanos puedan vivir sin enterarse, por ejemplo, de
que ha estallado una guerra entre China y Estados Unidos.
Nadie discute que la especialtzación es una necesidad para
vivir en la actual jungla informativa, pero el fetichismo de la
autoprogramación ultracspccializada puede convertir a aquel
“sabio ignorante" que anatematizó Ortega, sabio en su parcela
e ignorante en todas las demás, en un sabio ignorante y ade­
más descontextualizado. El hom bre es el único ser de la na­
turaleza cuya especialidad es la no especiali/ación, de donde
deriva su portentosa adaptabilidad y la labilidad de su con­
ducta y sus respuestas. ix>% biólogos saben que existe una
contradicción esencial entre la cspccialización que es propia
de todas las especies animales y que se transmite genética­
mente y su capacidad de adaptación al medio. Un pingüino
no puede sobrevivir en el trópico ni una jirafa entre los hie­
los. pero el hombre puede hacerlo en ambos lugares. Espe-

71
Et atcrwVcino

rialización equivale a adaptación determ inista a un medio


específico, fuera del cual se produce la muerte. Por eso, en la
sociedad hum ana, la ultracspocialización excluyeme nos apa­
rece como una condición inhumana.
Un ejemplo m eridiano de tecnología diseñada con gran
optimismo por los ingenieros y alentada por los economistas,
desde principios de los años ochenta, y que ha acabado por
fracasar en su implantación práctica, es la Televisión de Alta
Definición (TVAD, en ingles 11DTV). En efecto, en 1981, la
compañía Sony, con el proyecto de renovar el parque excesi­
vamente saturado de televisores en color en los países desa­
rrollados. presentó el prim er prototipo de TVAD de 1.125 li­
ncas (cifra ecléctica entre el doble de la definición europea y
norteamericana), con una gran pantalla apaisada de propor
dones lf>/9, sistema no compatible con los receptores vigen­
tes, y que fue adoptado con carácter experimental por la televi­
sión pública nipona NHK. Precisamente, una de las razones
que impulsaron a la Sony a interesarse por la com pra de p r o
ductoras-distribuidoras de Hollywood, que ames hemos men­
cionado, fue la de apoyar el lanzamiento de su nuevo sistema
con películas comerciales atractivas para el mercado.
Después de esta iniciativa* y para responder al reto tecno­
lógico japonés, un consorcio pancuropco de empresas elec­
trónicas (la holandesa Philips, la francesa Thom pson y la ale­
mana Bosch) puso a pum o su sistema compatible de 1.250
líneas, también con una pantalla 16/9 y sonido digital (defi­
nición que. no obstante, seguía siendo inferior a la de la pelí­
cula tradicional de cine de 35 mm). Durante el proceso de
su puesta a punto, en 1987, la RAI produjo el largometraje
fantástico Julia y Julia (Gtulia e GiuUn), de Peter del Monte,
con el sistema japonés, y provocó por ello un severo rapa­
polvo europeo contra su insolidaridad técnica. La industria
privada norteamericana, en cambio, estuvo dudando duran­
te años acerca de esta mejora técnica, hasta que las necesida­
des del espionaje militar del Departam ento de Defensa, en el
m om ento álgido de la guerra fría, y consideraciones estraté­
gicas del Departam ento de Comercio se combinaron para

72
Rovu.s Guu «n

conseguir que el CCongreso concediese fondos públicos al


sector privado para impulsar la investigación en este campo,
m ediante la creación de un Advanced Televisión Systems
Committee.
K1 escepticismo de la indiLstria privada norteamericana, a
la que no movía el prestigio nacional sino la expectativa de
beneficios contables, estaba justificado con creces. En pri­
mer lugar, frenaba su optimismo el alto coste que suponía, en
una fase inicial, la adquisición de los nuevas receptores (con
precios superiores al millón de pesetas), sin contar el elevadí-
simo coste que com portaba la renovación total do las estacio­
nes, desde las telecámaras y magnetoscopios hasta los equi­
pos emisores de radiofrecuencia. Pero adem ás había otras
razones.
Diversas experiencias anteriores habían dem ostrado am­
pliamente que, a diferencia de lo que sucedió con el paso de
la televisión en blanco y negro a la de color, la alta definición
tenía un glamf/ury un poder de atracción muy bajo para el
mercado. Todo el m undo recordaba que la propuesta de la
Paramount en 1954 de altísima definición con su sistema ci­
nematográfico Vistavisión, que utilizaba un negativo doble
del normal, murió sin pena ni glona poco después. Se recor­
daba también que Francia había rebajado, sin quejas esjx*-
ciales ni escándalo en aquel país, su definición inicial de 819
líneas a 625, para homologarse con el estándar europeo. V
era todavía más reciente el fracaso y la desaparición del m er­
cado de los sistemas de video doméstico de más alta defini­
ción (Betamax, V-2000 y Super-VHS) en favor del modesto
VMS, por la mayor oferta de películas disponibles en este sis­
tema. Conclusiones análogas se extrajeron de la decepcio­
nante experiencia llevada a cabo por Sony durante losjuegos
Olímpicos de Seúl en 19t88, pues las vitrinas con receptores
de IVAD no atrajeron más audiencia que el que congrega-
han los aparatos tradicionales, ya que el público quería co­
nocer los resultados de las competiciones y lo que realmente
le interesaba eran los contenidos y no la sofisticada calidad
de la imagen.
Kl i a t K m c r a ó t o c j o

Aún había otras razones para el pesimismo y todavía más


preocupantes. l a TVAD declaraba autom áticam ente obsole­
tos para el nuevo .sistema los ingentes archivos de material
audiovisual de baja definición, os decir, todo el material re­
gistrado en video tradicional o rodado rn soporte de 16 mtn.
Únicamente el caro material filmado en 35 mm. era apto
para el nuevo sistema. Y. además, una gran parto do aquel ma­
terial (el cine rodado en los años treinta, cuarenta y parte do
los cincuenta) no se ajustaba al form ato de pantalla 16/9. Y.
para acabar de redondear los inconvenientes, la gran panta­
lla de la TVAD (consecuencia técnica y publicitaria lógica de
la mejor definición) no parecía muy apta para el diseño de los
pequeños apartam entos populares, teniendo en cuenta la
distancia canónica que debe mantenerse entre la pantalla y el
punto de observación. Mientras, para los productores y dis­
tribuidores de vídeos electrónicos de alta definición el nuevo
sistema continuaba sin resolver el grave problema de la vul­
nerabilidad de estos productos magnéticos para su conserva­
ción duradera, en contraste con lo que sucede con la imagen
fotoquím ica sobre acetato de celulosa a la que aspiraban a
reemplazar. Resumiendo, la TVAD, que tenía que haberse im­
plantado en la Unión Kuropea en 1995, lia seguido el triste
camino de la quadraionia, que a pesar de su indudable per­
fección acústica hoy sólo puede admirarse bajo el polvo de
las vitrinas de los muscos de la técnica.
Y para complicar todavía más el panorama, el sistema
TVAD norteam ericano más tardío, y precisamente por ser
más tardío, se orientó hacia la imagen digital, dejando de gol­
pe obsoletos a los primitivos sistemas analógicos japones y
europeo. De los tres sistemas, el único que funciona pública­
m ente en la actualidad es el japonés, de m odo restringido y
con una aceptación muy Iría, mientras que la red europea se
está reorientando hacia el modesto Pal Plus, de pantalla apai­
sada 16/9. Esto ha arrinconado a la imagen electrónica de
alta definición en los usos científicos y profesionales, entre los
que figuran la producción de efectos visuales especiales para
películas cinematográficas, com o han hecho Coppola, Wim

74
Ko m .Cn Ot.'M W

Wenders, Kurosawa, Pctcr Greenaway o (¿eorge Lucas, de­


mostrando nurvos puntos de tangencia entre el cine tradi­
cional y la nueva tecnología electrónica.
En resumidas cuentas, el error de teóricos tan distintos
como M cloihan o Abraham Moles radicó en que sobredi-
mensionaron el valor culturalm ente redentor de la tecnolo­
gía. haciendo abstracción de los factores sociales en que las
tecnologías se insertan. Su optimismo fue el mismo que alen­
tó a los ingenieros y a los economistas a buscar sus éxitos en
el campo de la comunicación de masas por la vía cuantitati­
va. Ix>s fracasos tecnológicos que hemos enum erado —des­
de la quadrafonía a la 'ÍVAD— radicaron en todos los casos en
que, siendo tecnologías muy sofisticadas, por una o varias ra­
zones no se adecuaban a las necesidades sociales especificas
de sus propios contextos. Por eso deben ser calificados como
utopías tecnológicas autosuficientes.

I .\ c u i i t r a in t e r s t i c i a l

En los años sesenta, la reacción ante los oligopolios me­


diáticos y la tiranía de los intereses m ercantiles—que difun­
dían aquella "gran variedad de lo mismo" denunciada por
Schiller— entronizó a la ccnUraculium rom o respuesta dem o­
crática y popular y condujo a la hipóstasis de la marginación
O automarginación. idealizando con ello la cultura marginal
producida fuera del sistema mediático institucional y dom i­
nante, utilizando para ello multicopistas, lotocopiadoras o
form atos cinem atográficos subestándar (de 16. 8 o s u p e r 8
mm.). Asi floreció la cultura undnground y lo hizo precisa­
mente en las áreas capitalistas más prósperas, en las zonas
universitarias de las costas occidental y oriental de Estados
Unidos. La nueva contracultura exaltó el am or libre y la des-
inhibición de todexs los sentidos, y la revolución social y de
costumbres que implantaría a Eros com o guía suprem o en
una nueva cultura del placer, entre el aroma de la m arihuana
y del incienso oriental, derrotando con su impulso la cultura

75
Lj yaca u i n i m i i tj

mediática del consumismo, del arribismo social y de la alie­


nación. El libro de H crbcrt Mare use Evos y civilización (un an­
tiguo texto de 1955), se convirtió en la Biblia de las nuevas ge­
neraciones nacidas con el hongo atómico de Hiroshima.
El abaratam iento y la simplicidad funcional de las tecno­
logías prcclcctrónicas que acabamos de enum erar y el alto
nivel de vida y capacidad adquisitiva en dichas zonas universi­
tarias permitió que los hijos de la opulencia se .sublevaran
contra la sociedad opulenta que les había amamantado, crean­
do sus propias redes y circuitos de distribución cultural alter­
nativa, para proponer su disidencia ideológica, su insurrec­
ción moral, su permisividad sexual y sus nuevos estilos de vida.
Algunos de estos medios acabaron por ser, a pesar de su voca­
ción marginal, muy influyentes, como las resistas The Village
Voioeo RoilingSumes, las películas de la factoría de Andy War-
ho!, los cómics de Roben Crum b o las grabaciones d e jim i
1lendrix. No se puede subestimar la influencia que esta con-
tracultura underground acabó por tener, por lenta penetra­
ción capilar, en los gustos, costum bres y estilos de vida del
m undo urbano occidental. Aunque, si bien la m arihuana
ascendió hasta los pariies de Park Avenue y la promiscuidad
sexual em pezó a verse como M iren algunas zonas de la bur­
guesía, lo cierto es que el complejo militar-industrial no des­
apareció. Wall Street no se desmoronó y el sistema capitalista,
engordando ahora su negocio con las nuevas modas cultura­
les, siguió gozando de excelente salud.
Pero el ideal de la autom arginación orgullosa del siste­
ma fuer barrido en la década siguiente poi el ascenso de la éti­
ca y la estética yuppie (Young Utban F*rofessiotials) y hoy apare­
ce com o claram ente irrecuperable. Vivimos en un m undo
distinto y nadie quiere autoexcluirse de la sociedad, por m u­
cho que se critiquen su organización, sus disfunciones y sus
injusticias. Se aspira a com petir y a trepar en ella y quienes
no aspiran a tanto se limitan a luchar por su supervivencia en
su seno. Y además, en el frente cultural, se ha im puesto la
nueva y decisiva herram ienta informática, de la que habla­
remos más adelante.
R o m á n C* a u n

En la actualidad, el viejo concepto de auloexclusión o


marginación arrogante del sistema cultural debería ser re­
emplazado por otro nuevo y actualizado: por el de cultura in­
tersticial. Entiendo por cultura intersticial aquella que ocupa
los espacios que no atiende y deja al descubierto la oferta de los
aparatos culturales dominantes, que suele ser de origen multi­
nacional o imitación local de los modelos hegemónicos mul­
tinacionales. Se* trata de espacios desatendidos |>or los dise­
ñadores del entretenim iento para economías de escala y que
hoy pueden beneficiarse, precisam ente, de la tan controver­
tida globalización, debido a que esta globalización que ha
uniformizado nuestros gustos y errado los públicos globales
perm ite consolidar también el tejido de las inmensas m ino­
rías internacionales. l*as películas de Hico Angclopoulos o
de Jim Jarmush se estrenan en París, Buenos Aires, Tokio y
Copenhague grac ias a las élites c inéfilas del mercado glol>al
y esta globalidad perm ite la amortización de su costo.
Por eso es urgente consolidar las redes de distribución de
la cultura intersticial, capaces de alcanzar a esa inmensa mi­
noría internacional, que constituye el contrapunto positivo
del consumo global uniformizado!' y centrípeto del fasl food
cultural que hoy domina nuestros mercados mediáticos. El
carácter asistemático y desjerarqui/ado de la comunicación
horizontal, democrática y global de Internet —de la que ha­
blaremos en otro capítulo— perm ite convertir a la red en un
instrum ento potente para la cultura intersticial. Los usuarios
de Internet pueden beneficiarse de un principio fundam en­
tal de la teoría del caos, a sabor, que pequeñas causas—como
el aleteo de una marij>osa— pueden generar grandes efec­
tos, según la fórmula de la bola de nieve o, si se prefiere, del
efecto de multieco (repetición multiplicador* do los usua­
rios). De esto modo, en esta agora informática abierta, una
"modesta proposición” (Jonalhan Swift dixU) puede conver­
tirse* en una verdadera i evolución mediática inducida desde
el cibcrcspacio, haciendo realidad el principio de la diversifi­
ca* ión cultural dom<H rática.

77
IV
D e la in t e l ig e n c ia a la e m o c ió n
Y EL DESEO ARTIFICIALES

CAIXXLO YPENSAMIKNTO SIMÌVOUCO

Desde haré muchos siglos, el hom bre ha intentado a u to


matizar su pensamiento, o algunas de sus funciones m enta­
les, utilizando para ello medios artificiales, prim ero de natu­
raleza mecánica* como el àbaco, que fue usado para efectuar
cálculos por griegos, romanos, indios, chinos y aztecas. F.n el
siglo XIII el mallorquín Ramón Unii ensayó, en cambio, una
“máquina lógica** con partes móviles, programada por me­
dio de símbolos con intención filosófico-roligiosa apologèti­
c i, para intentar demostrar científicamente las verdades de
la fe cristiana y convertir con ella a los infieles. Su aportación
fue capital, pues saltó del campo num érico y calculista al sim­
bolico, cuyos valores V(crdadcro) y K(also) preludiaron el
sistema binario, que formalizaría más tai ile Ixibniz con el 0 y
el 1. y que se constituiría luego como lenguaje de las computa­
doras actuales. Pero las necesidades comerciales favorecieron
en mayor medida las máquinas de calcular, como la diseñada
por Pascal y, ya en el siglo xix, las complejas m áquinas ana­
líticas de Charles Babbage, que podían resolver ecuaciones
de un m odo automatizado, aunque no llegó a com pletar su
construcción. Babbage m urió en 1871. cuando las tecno­
logías prein forni áticas y protoinformáticas estaban recibien­
do un gran impulso al servicio de los intereses financieros,
comerciales y burocráticos del capitalismo: la primera má-
ti iik » v iirn u V k trn

quina d c escribir comercializada apareció en 1874 y la caja


sumadora-registradora fue patentada en 1879.
Pero los ordenadores, como tecnología electrónica, no so
desarrollaron hasta la II G uerra Mundial, para atender a las
necesidades militares. El voluminoso Harvard Mark 1, del
matemático Howard 11. Aikcn, fue construido en 1913 por y
para la Marina de G uerra de Estados Unidos, con la finalidad
de calcular las trajee lorias balísticas. El invento do los transisto­
res y del microprocesador en pastilla de silicio (chip) redujeron
su tam año y abarataron considerablem ente su producción.
Los microprocesadores, con su bajo coste y su otnniprcscn-
ria, perm itieron desde 1980 una cncefalización electrónica
masiva de la vida cotidiana y de sus gadgets, desde ol reloj digi­
tal hasta la lavadora programable. A todo ello hubo que aña­
dir la introducción de las pantallas —un elem ento familiar y
querido del público televisivo— para potenciar la difusión
popular y masiva de estos artefactos.
De manera que si en 1951 McLuhan pudo definir al auto­
móvil como la "novia mecánica" del ciudadano de la era in ­
dustrial, treinta años después habría que sustituirlo por el or­
denador como novio/a electrónico/a de los ciudadanos de
la era postindustrial. Esta mutación no tuvo sólo un valor me­
tafórico, pues también en el campo de los negocios el sector
de informálica-tclecomimicacioncs so convirtió en los años
noventa en el m otor del desarrollo económico. En 1999 este
sector creció en Alemania un 7,8 por ciento, con una cifra de
negocios de 105.330 millones de euros, sustituyendo con ello
al sector automovilístico como prim era industria nacional. V
esc mismo año Alan Greenspan, presidente de la Reserva Fe­
deral norteamericana, atribuyó la sostenida prosperidad de
su país a la revolución informática.
1.a im parable inform atizar ¡ó n de la sociedad no pudo
acallar algunas críticas, sospechas o advertencias neofóbicas
acerca de su implantación. Algunos pedagogos advirtieron
sobre la devaluación de la memoria en los niños escolar'iza­
dos por efec to de esta prótesis electrónica. Lajs psicólogos mos­
traron su preocupación por una ciudadanía que pasaba ocho

8 0
ROXAS ÜLU1X.N

horas ante la pantalla del ordenador de sus despachos, para


consumir luego otras cuatro o cinco en su casa ante la pantalla
del televisor. Algunos médicos desaprobaron la exposición
continuada a las radiaciones de la pan talla, su agresión visual,
su persistente zumbido subliminal y la rigidez postura! de sus
operadores. Muchos usuarios se lam entaron del exceso de
prestaciones de las máquinas, más allá de las verdaderamen­
te requeridas, y sus consiguientes complicaciones funciona­
les. Algunas esposas se lamentaron del excesivo tiempo que
consumían sus maridos ante el ordenador doméstico, provo­
cando su desatención los primeros “divorcios informáticos"
de la historia. Muchos políticos se inquietaron por la voraci­
dad acumulativa del sector público hacia datos privados de los
ciudadanos (de salud, ingresos, religión, opción sexual, afilia­
ción sindical, etc.), que, susceptibles de ser cruzados entre va­
rias bases, destruirían su intimidad y alumbrarían vulnerables
“ciudadanos de cristal", transparentes para los poderes de un
inquisitivo Estado orwelliano. Y el cmsh de la Bolsa de Nueva
York del 19 de octubre de 1987, y su devastadora irradiación a
todas las economías mundiales, fue atribuido a la excesiva ra­
pidez de los ordenadores utilizados en las bolsas.
Pese a todas estas resistencias neofóbicas. algunas de ellas
perfectamente razonables, esta nueva tecnología se expan­
dió umversalmente y diversificó con presteza sus usos y apli­
caciones. El gran salto cualitativo en su evolución se produjo
en los años cincuenta, cuando las com putadoras pasaron de
emplearse sólo para el cálculo num érico a utilizarse para el
tratam iento de símbolos, como hace la inteligencia humana.
F.n el verano de 1956, en una conferencia de expertos celebra­
da en Dartmouth Collcgc, John MacCarthy acuñó la expre­
sión Inteligencia Artificial y, para hacerla realidad, introdujo
poco después el tratamiento simbólico de la información en los
ordenadores. l)e este modo se pudo pasar de los aspectos
cuantitativos a los aspectos cualitativos, del cálculo a la simu­
lación del razonamiento.
Para entonces la imbricación de la nueva tecnología con
los intereses militares estaba bien consolidada, en el seno de
Fi » w x > t i n ; j | i i M u i

lo que el presidente Eisenhower bautizó rom o complejo mi­


litar-industrial, y de su interacción nacería la infografía, In­
ternet y las técnicas de realidad virtual. Y lo seguiría estando
incluso después del desplome del bloque soviético y del final
de la guerra fría. Baste recordar que el general James A. Abra-
hamson, que dirigió hasta 1989 el proyecto de “guerra de las
galaxias“ puesto en pie por Ronald Reagan, pasó a presidir al
acabar su mandato una importante empresa informática, la
Oracle. Lx>s ejemplos podrían multiplicarse.

E l PROVECTO t)K. INTKIJCKNOA ARTIFICIAL

Cuando el potente ordenador Deep Bluc derrotó en le­


brero de 1996 al campeón de ajedrez Gary Rasparov, muchos
periódicos airearon la conclusión sensacionalista de que por
fin la inteligencia de una máquina había derrotado a la inte­
ligencia hum ana. Nada más falso. la victoria de Deep Bluc
constituyó, de hecho, una victoria de la inteligencia humana
que lo había diseñado y construido, pues consiguió que pu­
diera prever todas las combinaciones en el tablero con una
antelación de siete u ocho morí miemos, mientras que Raspa­
rov sólo podía anticipar tres y medio. Y en esta anticipación
radicó la clave de su éxito.
En realidad. La reflexión m oderna acerca de la supuesta
inteligencia de ciertas máquinas comenzó en 1930. cuando
el británico /Vían Turing publicó en la revista M tnd su artícu­
lo “Computer Machinery and Intclligence”, en el que planteó
por vez primera el dilerna de sí las máquinas pueden pensar y
concluyó que era inteligente aquello que se com portaba do
un m odo inteligente. Se trataba de una conclusión muy co­
herente con la corriente conductiva que dom inaba enton­
ces los estudios de psicología y que contem plaba a los orga­
nismos corno cajas negras que eran juzgadas únicam ente por
sus respuestas observables a la acción de un estímulo. Turing
propuso que cuando las respuestas de una máquina a un in­
terlocutor hum ano que no la ríese no le permitiesen discer-

82
KflUIN o *WKN

nir si se trataba de una máquina o rio un sor hum ano, su inte­


ligencia seria de Jacio como la humana. Asi, la llamada “prue­
ba de Turing’, de obediencia conductista. atribuía un antro­
pomorfismo mentalista potencial a la com putadora, medido
por la inteligencia ríe sus respuestas.
1.a investigación ulterior estaría obligada a concentrarse,
inevitablemente, en indagar los procesos del funcionamien­
to mental, buceando en las interioridades de la caja negra
conductista, para copiar sus procesos y producir modelos de
Inteligencia Artificial. De modo que resultaría una paradoja
que los supuestos simplificadorcs del estimulo-respuesta con-
ducrista condujeran, necesariamente, a hurgar luego en las
interioridades de su misteriosa caja negra, para copiarlas, y
acabaran por destronar con ello la frialdad mccanicista del
modelo conductista y potenciaran en cambio el desarrollo
de su enfoque científico antagonista, la psicología cogniriva,
que hoy reina como disciplina prioritaria en la comunidad
académica.
En las décadas siguientes al artículo de Turing la Inteli­
gencia Artificial se convirtió en una meta equivalente a lo
que la piedra filosofal significó para los alquimistas medieva­
les. Los investigadores aspiraban a una tecnologización del
psiquismo humano, mecanizando el pensam iento con una
inteligencia extracorporal, en la tradición d r la lejana “m á­
quina lógica” de Ramón Llull. El proyecto nacía denso de im­
plicaciones filosóficas. En efecto, la atribución do una inteli­
gencia viva en la máquina evocaba literalmente la dicotomía
cueqxxalma que atormentó el pensamiento de Descartes, per­
plejo acerca de la causalidad del segundo sobre el comporta­
miento del primero, ya que el alma podía existir independien­
temente del cuerpo. Sólo que Descartes acabó atribuyendo la
localización del alma, que movilizaba al cuerpo de modo in­
teligente, en la glándula pineal del cerebro. Ix>$ nuevos inge­
nieros tuvieron que renunciar al espíritu pineal cartesiano
para produr ir sus mismos efectos, pero con ello no siempre
disiparon la vieja dualidad materia-psiquismo y sus modos de
interacción.

83
Fi i»«* n jm / W a m

Una versión conservadora y provisional de este fenómeno


podría afirmar que la máquina, en realidad, no es inteligente,
pero que su programa, su modas operandi, representa vicanal­
mente la inteligencia ausente de quien lo diseñó, al copiar al­
gunos elem entos de su funcionam iento mental. Y. si no qui­
siera desviarse de la iilosoiia escolástica en la que Descartes
se educó como buen cristiano, añadiría que si las tres poten­
cias del alma son la memoria, el entendim iento y la voluntad,
la máquina simularía la prim era de m odo aceptable, intenta­
ría reproducir (de m odo conduc lista) losefectosde la segun­
da, |>cro carecería de un equivalente de la tercera.
El verdadero padre de la Inteligencia Artificial fue Marvin
Minsky, del Massachusetts Instituir o f Technology, quien en­
tendió que una com putadora podía com portarse de modo
inteligente gradas a su capacidad para m anipular símbolos
discretos, como hace la mente hum ana. En 1%1 Minsky ela­
boró un elenco de las funciones que debería cumplir una ma­
china sapiens, tales como el reconocimiento de patrones, el
planeam iento, la capacidad para la inducción y la inferencia,
etc. Y tuvo muy claro que la Inteligencia Artificial dependía
tanto de la ingeniería como de la psicología, de las neuro-
ciencias y de la lingüística. En realidad, jerarquizó las dife­
rentes funciones de la máquina inteligente, en la que pue­
den distinguirse los procesos cognitivos superiores (como la
adquisición del saber) de los procesos cognitivos inferiores
(como las percepciones y los procesos motores). Q uedaron
aparcados, por supuesto, los procesos em ocionales y los de­
seos, que tanta im portancia tienen en la toma de decisiones
humanas, pero que entonces se consideraban ierra ignota a
efectos ingeníenles.
Algunas estrategias computacionales resultaron bastante
obvias, como el hipcrtrxco, que no es más que un sistema de
conexiones lógicas basado en el proceso de asociación de ideas
en el cerebro hum ano, fundam entado con frecuencia en las
relaciones semánticas. De tal m anera que a partir de un con­
cepto clave se pueden derivar conexiones basadas en la sc-
cuencialidad, la jerarquía, la afinidad, etc. La aplicación más

84
R o m á n 0« tira*

pronta, simple y productiva de la Inteligencia Artificial la


constituyeron los llamados -sistemas expertos”, que no son
más que buscadores de alta velocidad en bases de datos espe­
cializadas (en medicina, abogacía, etc.) y que responden a
consultas del ti|x> “si entonces*..*.
En su etapa más eufórica Minsky afirmó que “el cerebro
es sólo una máquina de carne” y caracterizó a esta peculiar
máquina orgánica como una “red de redes“, cada una de ellas
con su especialización funcional específica. Pero existen algu­
nas diferencias im portantes entre el cerebro y las máquinas
de producción humana. Comencemos por las más obvias y
aparentes. A diferencia del hardware producido por los inge­
nieros, el cerebro constituye una m áquina neurofisiológica
ereada por la naturaleza, un wetware orgánico (wet: húm edo,
en inglés) y su productividad “húmeda", que regula el fun­
cionamiento de la vida física y psíquica, es inuy distinta de la
productividad “seca” de la máquina. Vello por muy buenas
razones físicas y funcionales. En el cerebro hum ano no existe
la clásica distinción ingenieril entre hardware y ioftuxire, aun­
que puede decirse, por analogía metafórica, que su hardware
está form ado por su materia orgánica, mientras que su soft­
ware es propiam ente el conjunto de funciones inscritas en
aquella estructura orgánica. Ysi llamamos "mente" a la activi­
dad psíquica consciente producida por el procesamiento
electroquímico de información en el cerebro, tal “mcntc"sc-
ría un producto del funcionamiento de su wetware, de acuer­
do ron sus funciones que le son propias. Pero esta distinción
debería huir de cualquier tentación dualista, pues la mente
sería una producción inseparable e integrada de las estructu­
ras ncurofisiológkasdel wetwareque la ha producido.
El cerebro hum ano constituye una densa red neurona!
formada por unos cien mil millones de neuronas diferencia­
das e interconectadas, que transmiten y reciben de modo no
lineal señales electroquímicas muy especializadas. Este prodi­
gioso superordenador orgánico, en el que millones de neuro­
nas operan en funcionamiento paralelo, puede almacenar
un millón de rnegabits de información, superando cualquier

85
L l i » o * 11 x c n f r o m

sistema artificial de almacenamiento de la información. No


sólo esto. La estructura de la inteligencia, como puede infe­
rirse, es de una gran complejidad funcional. Veamos un
ejemplo simple, que evidencia su capacidad generadora de
motivaciones y de decisiones en cascada. Un hom bre quiere
fugarse con su am ante a Brasil, pero no tiene d in ero para
com prar los dos pasajes de avión. Por eso toma una segunda
decisión: com eter una estafa o un atraco para conseguir di­
nero. Sopesa las dificultades de ambas iniciativas y acaba o p ­
tando por el atraco. Para hacerlo tiene que conseguir un
arm a y además decide disfrazarse y se compra una peluca; a
continuación tiene que elegir c! establecimiento al que quie­
re robar y diseñar cóm o lo hará. etc.
En este ejemplo tan poco aleccionador m oralm ente se re­
vela la secuencia concatenada de decisiones que el amante
debe adoptar (los llamados ’’deseos derivativos"), que van
creando sucesivas “submetas *\ dependientes de las anterio­
res “submetas" satisfechas o insatisfechas. Pero no hace falla
invocar un ejem plo tan rocam boiesco com o el de nuestro
am ante fugitivo. En el ser hum ano, cualquier pequeña infor­
mación puede movilizar un gran núm ero de conocimientos
Vde decisiones. Así, cuando un condtu lor observa que un se­
máforo ha encendido su luz verde entiende que está autori­
zado a arrancar su vehículo, que debe levantar el pie del pe­
dal de freno, que debe verificar que nada se interpone ante
el vehículo, que debe pisar el pedal del acelerador, etc. Una
compleja cascada de decisiones, que muchas veces adopta­
mos de un modo automático, es desencadenada por una pe­
queña información. Vio mismo ocurre con toda la cadena de
inferencias y de actos, inmediatos o diferidos, que pueden se­
guir al guiño de com plicad de un amigo. En las máquinas las
cosas no ocurren exactamente así.
lo s insuficientes conocimientos actuales sobre la anato­
mía y la bioquímica de las neuronas cerebrales no perm iten
todavía modelizar específicamente su actividad que, por otra
parte, es heterogénea y ampliamente diversificada, por lo
que estarnos muy lejos todavía de poder construir un neocór-

8f>
Ro m o » (.1 m u s

tcx órbito-frontal electrónico. Y lo que sabemos sobre el ce­


rebro hum ano más bien produce desaliento entre los inge­
nieros. David Marr y Tomaso Poggio, del Massachusetts Insci-
Mite of Technology» calcularon en 1976 la enorm e diferencia
de densidad del "cableado" en una com putadora y en un ce­
rebro: en una com putadora digital la relación entre las cone­
xiones y los com ponentes es de tres, mientras que en la corte­
za de los mamíferos está entre 10 y 10.000. Jacob T. Schwarz,
de la Universidad de Nueva York, ha calculado que el ritmo de
computación que se necesita para em ularci funcionamiento
del cerebro hum ano, sobre la base de neurona por neurona,
puede ser tan alto com o un millón de billones de operacio­
nes aritméticas por segundo, lo que está muy fuera del al­
cance de la tecnología actual. Y David L. Walty, profesor de
com putación de la Universidad Brandéis, ha calculado que
las mayores com putadoras actuales no tienen más que un
cuatrimillonésimo de la capacidad de m em oria del cerebro
humano.
Pero, a posar de tales diferencias y dificultades, los inge­
nieros han copiado con cierto éxito algunas estrategias del
cerebro hum ano. Tal ha ocurrido con las llamadas redes
neuronales. inspiradas en la realidad neurològica y basadas
en el conexión ismo, y que han dem ostrado cierta capacidad
para el aprendizaje. Su pionero fue Frank Roscnblatt, cuyo
Herceptrón (1958). todavía muy rudim entario, utilizaba una
red de neurislorrs, circuitos eléctricos destinados a modelizar
neuronas. F.l problema técnico central radica en que el cere­
bro hum ano no es en realidad una com putadora, sino m u­
chas computadoras a la vez, que trabajan coordinadas con
funciones (o programas) distintos y complementarios. Nada
más lejos de su complejidad que las com putadoras tradicio­
nales, según el modelo de Von Ncum ann, con una arquitec­
tura de procesamiento en serie de la información. EJ cerebro
es un procesador paralelo masivo, como se dijo, y es justo re­
conocer que las arquitecturas de procesam iento paralelo de
la información de las nuevas com putadoras han mejorado
mucho su velocidad operativa, aunque sus señales no pue-

>*
87
ti. «o * tircrwovico

den desplazarse obviamente más rápidas que la velocidad de


la luz, lo que señala un límite rígido en su per formativi dad
futura.
Pero todavía hay que añadir más. El cerebro hum ano —al
que Douwe Draaisma ha llamado pertinentem ente "la joya
de la corona de la evolución"'— no lia tenido un programa­
dor externo, como lo tienen las máquinas, sino que ha sido
“programado", si se admite la metáfora, por la prolongada
evolución de la especie a lo largo de millones de años, a la
que se han sumado luego las experiencias singulares y el apren­
dizaje de cada individuo. De m anera que el cerebro hum ano,
al nacer, no es una tabula rasa, sino que dispone de una he­
rencia genética y de unas competencias, entre las que desco­
lla su com petencia lingüística innata, estudiada por (Ihom.v
ky. Su inteligencia y sus capacidades psíquicas se han foijado
a lo largo de millones de años, en un sistema progresivo d r
aprendizaje basado en la prueba y el error, de carácter adap-
lativo, para asegurar su supervivencia y funcionalidad. En
este proceso ha adquirido sus capacidades mentales, como
las de generalización, las de asociación y de inferencia y las de
previsión racional, necesarias para sobrevivir.
De m anera que en el cerebro hum ano, y a diferencia de la
máquina, el "cableado" es el producto final de mil millones
de años de adaptaciones evolutivas ante los retos de am bien­
tes cambiantes, y ha sido transm itido genéticam ente de ge­
neración en generación. Por eso cada inteligencia hum ana
es el frìtto de una herencia genética y de una biografia indivi­
dualizada y personal que se le superpone. Es. sobre todo, un
fruto biológico en cuyo proceso adaptativo la moral aparece
ausente. Así. Richard Dawkins, el autor de El gen egoista, ha
desarrollado la teoría de que el cerebro hum ano es un órga­
no que ha evolucionado para servir a los intereses de sus ge­
nes. De tal numera que un acto altruista no sería en realidad,
en aparente paradoja, más que una respuesta destinada a sa­
tisfacer el egoísmo de los genes. Es fácil observar, a partir de
todo lo expuesto, la abismal diferencia que separa al cerebro
orgánico del cerebro mecánico. Este posee sólo las compe-

8 8
R o n Ak tU ara s

tencias de las que los ingenieros le han dotado, pero carece


de herencia genética y adapta tiva.
Se entiende por inteligencia la capacidad propia de ciertos
organismos para adaptarse a situaciones nuevas utilizando a
tal efecto el conocimiento adquirido en el curso de anteriores
procesos de adaptación. Pero no todos los organismos pue­
den aprender lodo, pues el grado de especi alizar ión aum en­
ta en la escala biológica cuanto más simple y primitivo es un
organismo. El gusano es mucho más especializado y su con­
ducta es por ello más determinista que la de un chimpancé,
por ejemplo, y cuanto menos especializado sea un organis­
mo, mayor labilidad podrá tener su conducta. En la cúspide
de la evolución, el ser humano es el único animal cuya espe­
cialidad es precisamente la no especializarión, de lo que deri­
va su gran adaptabilidad a diferentes medios, la enorm e plas­
ticidad de su conducta y su gran capacidad para modificar su
entorno, según su conveniencia.
l a inteligencia hum ana comienza con la percepción se­
lectiva e intencional del m undo que rodea a los sujetos. Aten­
ción y percepción son. pues, los umbrales de la inteligencia
biológica. Luego vienen el razonamiento —en el que suele
intervenir la memoria, para com parar la situación presente
con otras pasadas, y la capacidad de generalización— y, como
consecuencia, se produce la acción física derivada del razo­
namiento, para interactuar con aquel m undo envolvente que
lia impresionado los sentidos del sujeto, para adecuáis«* a él
o para modificarlo. ¡-a inteligencia tiene, pot tanto, un mar­
co sensorio-motriz. Y la experiencia sensorio-motriz acumu­
lada deja su huella en la memoria del sujeto, pasando a for­
mar parte de su patrim onio intelectivo y modificando tal vez
con ello su conducta futura.
Pero al ser la conducta hum ana más libre y mucho menos
determinista que la de los animales, esta libertad hace que
los sujetos sean más propensos que otras especies a cometer
errores en la evaluación de probabilidades y so equivocan
por ello con frecuencia en las predicciones y percepción de
riesgos. Ijü leona calcula perfectam ente la distancia y la velo-

89
t i utos ui<T »ris»co

ciclad de la gacela cuando va a cazaría, porque esta precisión


forma parte del capiial genético de su instinto. En el hom ­
bre, la educación constituye, en cambio, un caudal de cono­
cimientos adquiridos que aplica en su vida práctica. Pero sus
prejuicios —también de origen cultural— hacen que a me­
nudo ignore información relevante en favor de otra menos
relevante, discriminación que no cometen en cambio los ani­
males programados filogenéticamente para su superviven­
cia. Yel hom bre, claro está, puede trasladar sus errores, y has­
ta amplificarlos, al alimentar los sistemas informáticos.
Esta cuestión nos lleva directam ente al tema de la m em o­
ria. Como ha escrito Draaisma en lxxs metáforas (ir la memoria..
la metáfora de la memoria del ordenador como prótesis de la
memoria hum ana ha servido para dar un carácter más técni­
co a la m em oria y un carácter más psicológico al ordenador.
Es sabido que sin memoria no se puede pensar, porque no
puede atarse lo anterior con lo posterior. Y la memoria cons­
tituye además la esencia de nuestra conciencia histórica y
de nuestra identidad personal, pues yo sé que soy el mismo de
ayer y de hace cinco anos, a pesar de todos los cambios que
he padecido. Como quedó dicho, el hombre posee dos me­
morias, la genética —(pie es la propia de su especie y está ins­
crita en sus instintos y predisposiciones— y la adquirida, de
naturaleza cultural o am biental. Pero desde Frcud sabemos
que existe una memoria consciente o intencional —que cons-
tituye algo así como nuestra memoria formal y legítim a"— y
otra inconsciente, más insidiosa y de mayor impregnación
emocional. Para Jung, por lo menos una parte de nuestra me­
moria genética se halla en osla esfera inconsciente, en form a
de arquetipos y símbolos universales, compartidos por toda
la humanidad.
La memoria se ha definido a veces, con lenguaje poético,
como un depósito o cisterna en la que se almacenan informa­
ciones. Ésta es la imagen tradicional y popular de la memoria
del sabio, un especialista en la acumulación de saberes. Se ha
dicho que Descartes fue el último hom bre que pudo |>osecr
todos los saberes científicos de su tiempo, desde las matcmá-
ROMAN Gl MJ>*

ticas a la botánica. Luego» la explosión del conocimiento ha


obligado a la parcelación de los saberes y ha entronizado con
demasiada frecuencia, por razones de productividad y de
rentabilidad, lo que O nega llamó el sabio-ignorante, sabio en
su parcela c ignorante en todas las demás. O, lo que es lo mis­
mo, ha desencam ado el conocimiento de su tejido vital.
La memoria, como fenómeno, ha conocido muchos ava­
lares históricos y culturales. Como reacción natural contra el
aprendizaje puram ente mcmorístico que ha afligido a tantas
generaciones de estudiantes españoles, abrum ados por listas
de reyes godos o de batallas, se ha impuesto enfáticamente
ahora la errónea teoría de que la memoria no es im portante
en la enseñanza. Se ha olvidado la evidencia de que apren­
der es com prender y retener, dando con este olvido la razón
al anatema de Platón contra la escritura, cuando afirmaba que,
fiándose de ella, los hombres no recordarían por ellos mis­
mos. También la informática, con su vocac ión enciclopedis­
ta, puede contribuir a esta perversión desmem orí adora. La
base del aprendizaje de algo tan básico para el niño como el
lengua je es la memoria, corroborando que aprender es com­
prender y retener, y sigue siéndolo incluso en la era de la in­
formática.
A diferencia del ser humano, la computadora tiene una
memoria implantada desde el exterior, no formada por expe­
riencias vividas jk>i el sujeto, ya que no hay propiamente suje­
to. Con esta característica jugueteó la película faniacien tífica
Desafio louü (Total Ret/iü, 1990), en la que id protagonista le im­
plantaban con un chipen el cerebro falsos recuerdos, recuer­
dos de algo que no había vivido nunca. 1.a memoria del orde­
nador es rígida y esto es, en ciertas circunstancias, una ventaja,
pues acata disciplinadamente las órdenes que recibe. Mientras
que la memoria hum ana tiene intereses autónomos, ligados a
su mundo emocional, que le hacen distorsionar los hechos,
ocultarlos o mentir. Por eso es hum ana. Pero esta labilidad
constituye una gran desventaja en las tarcas científicas. En este
sentido la máquina no tiene prejuicios (sexuales, raciales,
etc.), salvo los que el ser hum ano le haya podido implantar.

91
Fj í t í i t »uriK<.«NK.o

por ignorancia, error o maldad. En pocas palabras, la memo­


ria de la computadora es mucho núes estable y mucho menos
traicionera y manipuladora que la humana.
Pero la memoria mecánica carece de libertad. 1.a máqui­
na no puede "pensat" en aquello que quiera, sino en aquello
que le ordena su operador o las instrucciones de su progra­
ma. Ija falta de libertad es un rasgo fundam ental de la máqui­
na, que puede engañar incluso a su usuario. Así, a veces la es­
tructura del hipertexto produce en su operador una ilusión
de libertad de elección, pero en realidad el usuario sólo puede
elegir entre las opciones previamente decididas por el pro­
gramador.
Y, por último, las memorias de las máquinas son emocional­
mente indiferentes a sus propios contenidos. l a del hombre
no k> es, ya que los sucesos teñidos emocionalmcnte ocupan
un lugar especial en sus recuerdos. Los recuerdos humanos
son. en definitiva, recuerdos excitantes, divertidos, angustio­
sos. intolerables y hasta reprimidos a la esfera subconsciente.
Mientras que los recuerdos de la m áquina son indiferentes.
El contraste entre ambos es verdaderam ente dramático y de­
fine perfectam ente su muy diversa especificidad.

I-S.S INSUFICf£M 3 AS l)F LA MAQUINA

La prim era gran deficiencia de las máquinas consideradas


inteligentes afecta a sus limitaciones en relación con la com u­
nicación hum ana. Paul Watzlawick ha estimado que en la co­
municación humana, una quinta parte de la información in­
tercambiada entre dos sujetos os información sustantiva o
denotativa de interés objetivo, que pertenece al ám bito se­
mántico, mientras que el resto (cuatro quintas partes) pro-
|>orciona una definición de las relaciones interpersonales y se
refiere, por tanto, al contexto en que se enmarca el intercam­
bio y a los elementos subjetivos de la comunicación. Es obvio
que la máquina mutila drásticamente estas cuatro quintas par­
les, tan vitales, de la comunicación interpersonal.
Román (.a :u .k.n

Iax>programas informáticos “inteligentes", en efecto, son


insensibles a los contextos y clan respuestas muy incorrectas a
preguntas que se desvían ligeramente de los dominios de su
programación. Si yo le pido que rne informe acerca de la ciu­
dad de Barccionna me responderá que tal ciudad no existe,
mientras que un niño de die/. años entendería inmediatamen­
te el sentido de la pregunta. La comunicación humana, como
es sabido, es muy elíptica, hecha con írases inacabadas, pala­
bras que sugieren una situación compleja, gestos que llenan
un vacío verbal, etc., de modo que el receptor de la informa­
ción completa los huecos y comtr uve el sentido de la comuni­
cación a pesar de los indicios incompletos y de las vaguedades.
Nada de esto puede hacerse con una máquina.
Una máquina, por ejemplo, no puede discriminar si una
frase escrita o hablada por alguien pertenece al lenguaje fi­
gurado o literal. Si pertenece al prim ero —com o el enun­
ciado "el rubí ardiente de tu boca”— inducirá sin duda un
resultado caótico en su procesam iento por el sistema. Pues
sin interpretación correcta sólo puede seguirse una respues­
ta o acción incorrecta. En el ejem plo expuesto la máquina
no supo discriminar el código retórico de la frase, entre otras
razones, por su ceguera al contexto en que fue emitida, pro­
bablem ente en una comunicación galante o extraída de un
texto poético. La com prensión de una proposición está aso­
ciada, en efecto, a su contexto específico: la palabra "vino"
puede referirse al verbo venir o a una bebida alcohólica, y
sólo el contexto de la frase perm ite anclar su sentido correc­
to; mientras que “carne" puede referirse a la alimentación o a
la lujuria. Yen el plano de las acciones visualizablcs, una bofe­
tada tiene distinta significación y funciones cuando la propi­
na una f>ersona airada, o un obispo que celebra la ceremonia
de la confirmación, o un am ante sadomasoquista. Volvien­
do al lenguaje verbal, la frase “El vodka es bueno pero la car­
ne está podrida" fue traducida una vez por un sistema auto­
matizado com o "El espíritu es fuerte pero la carne es débiP.
Es un ejemplo clásico que figura en lodos los libros sobre
Inteligencia Artificial.
fci rae** oj&cnwVNWX)

Existe más de una manera de ser racionales o» más precisa­


mente* la razón hum ana es muy versátil en la elección de sus
diferentes estrategias operativas, para acomodarse a sus obje­
tivos. l a forma en que la m ente razona» en efecto* está influi­
da por el contenido de lo que está decidiendo y por los cono­
cimientos de que dispone. Este carácter flexible y adaptativo
del pensam iento h u m an o —a diferencia del funcionamiento
de la máquina— le permite acomodarse funcionalm ente al
asunto que se piensa. No se piensa igual un problema de geo­
metría, que la conveniencia de viajar en vacaciones al (.aribe
o a Bcnidorm, que la oportunidad de una inversión financie­
ra. /P or qué la mente hum ana elige estrategias diferentes,
que se acomodan funcionalm rnte a cada ti|x> de reto, activi­
dad o pregunta? Pues porque la inteligencia “m undana” —a
diferencia de la de la máquina— , que lidia cotidianam ente
con los hechos de la vida real (acelerar el paso cuando va a
cambiar la señal de un semáforo, saludar a un amigo por la
calle, subir al ascensor de una rasa en la que no se ha estado
antes, etc.), se ha formado, no en el laboratorio, sino en inte­
racciones prácticas con el m undo real y ha creado sus propias
reglas flexibles de pensamiento, sus sistemas de asociación,
de inferencia y hasta sus propios atajos.
I as interacciones de la vida práctica han perm itido así al
ser hum ano acopiar unos repertorios prácticamente ilimita­
dos de praxemax para com portarse funcionalm ente ante un
semáforo, un amigo que se cruza en la calle, un ascensor des­
conocido, etc. Estos praxemas nacen de un impulso inten­
cional de carácter nervioso y se plasman en un conjunto de
movimientos musculares complejos, que tienen una función
simbólica o performativa. Saludar a un amigo, movilizando
para ello decenas do músculos del hom bro, brazo, antebrazo
y mano, constituye un acto de función simbólica; pero ope­
rar un ascensor puede tener elem entos simbólicos (dejar en ­
trar cuites a una anciana) ju n to a praxemas puram ente per-
formativos (apretar los I»otoñes y m anejar las puertas). Esta
amplísima versatilidad excede ampliamente las capacidades
de una máquina.

ÍM
Ro m á n C i ' m k n

Desde F rancb Bacon, el m étodo inductivo se ha erigido


como la vía real para el progreso de las ciencias de la natura­
leza. Y el método inductivo ha sido también el privilegiado
por los sistemas de Inteligencia Artificial para establecer gene­
ralizaciones. Pero resulta fácil comprobar, en la práctica, que
el método inductivo es sumamente vulnerable a las excepcio­
nes. Tomando un ejemplo propuesto por David L. Walt/, ad­
mitamos que una com putadora puede aprender fácilmente
que las aves vuelan, pero luego debe aprender que algunas
aves (como los pingüinos y avestruces) no lo hacen. Y luego
habrá que enseñarle que un ave no puede volar si está m uer­
ta, o si le han cortado las alas, o si le han atado las palas al sue­
lo, o si han sido impregnadas de cemento, o si está dormida, o
si ha sido condicionada cotí descargas eléctricas cada vez que
trata de volar, etc. Ln pocas palabras, en la compleja realidad
práctica las excepciones a las reglas abstractas son variadas y
numerosísimas. Los niños aprenden con suma facilidad la
mayor parte de las excepciones (un ave no puede volar si está
muerta), a partir de tuncas generalizaciones (un animal m uer­
to no puede moverse), pero a la máquina hay que enseñarle
cada excepción expresamente.
No sólo esto, l^a mente hum ana posee una gran labilidad
para establecer conexiones causa-efecto, mientras que en la
máquina sólo se* pueden program ar con rigidez. Las máqui­
nas están gobernadas, en definitiva, por el determinismo de
su programa, aunque tal program a le autorice a elegir entre
A y B. Y este determinismo es lo contrario del libre albedrío
humano. Por otra parte, no podemos ser muy optimistas acer­
ca de la sagacidad de las máquinas en su establecimiento de
relaciones causa-efecto y en sus capacidades pretlictivas tvasa-
das en la causalidad, cuando vemos lo frecuentes que son los
fracasos humanos en este campo. Sabemos cuán poco fiables
son los pronósticos humanos ante la conducta de los sistemas
complejas. A los expertos les gusta diseñar cierto núm ero de
escenarios previsibles ante un fenóm eno complejo, pe ro con
frecuencia el que se produce en realidad es uno distinto y que
no habían previsto. Véase, como ejemplo dramático, el ata-
Fj rtTK n«nrBú(s ico

que de la OTAN a .Serbia en 1999, que desencadenó una de­


portación masiva de albano-kosovarcs, que ningún experto
de las grandes potencias, a pesar de la asesoría de sus ser vi­
cios de inteligencia, había vaticinado.
Estos fracasos predictivos y estas incertidum bres se dan en
la vida real y se dan, consecuentemente, en el com portam ien­
to de las máquinas. Y ha sido precisam ente gracias a esta ac­
tuación de las máquinas que ha podido formalizarse una
ciencia paradójica, la llamada Fuzzy h)gic (lógica borrosa), que
edifica su teoría sobre enunciados que no acaban de decan­
tarse a verdaderos o falsos y que se definen como “conjuntos
borrosos". Estos y su “álgebra de conjuntos borrosos” tienen
im portantes aplicaciones en el procesamiento de la llamada
“información imprecisa”, que prim a lo cualitativo sobre lo
cuantitativo.
Después de la euforia inicial de los padres de la Inteligen­
cia Artificial, desde la segunda mitad de los años exhenta,
tras el fracaso de los cacareados ordenadores de quinta gene­
ración construidos por los japoneses, la prudencia tamizada
de pesimismo se ha instalado en este cam po. Como señaló
sagazmente Karl Poppcr, “los ordenadores podrán solucio­
nar problemas, pero nunca descubrir problemas, que es una
de las condiciones y grandezas del ser hum ano” (¡si Vanguar-
dio, SO de octubre de 1991).
Y el propio Marvin Minsky, en diversas declaraciones a lo
largo de los años noventa, ha ido manifestando sus contrarie­
dades en este campo: “Construimos aparatos que sustituyen
a expertos cualificados, pero no podemos imitar a un niño,
que silbe que puedes tirar de una cuerda pero no empujarla.
Este es mi trabajo y el reto cultural en este campo: introducir
el sentido com ún en la Inteligencia Artificial. Es paradójico,
pero es así: la Inteligencia Artificial avanza hacia atrás, del ex­
perto al niño. El futuro está en que la máquina aprenda mu­
chas cosas simples y aprenda por sí sola" (ElPaís, 4 de diciem-
bre de 1991). Cinco años después señaló que las máquinas
carecían del sentido com ún que perm itía “esas aproximada­
m ente 20 millones de cosas que los niños aprenden ensegui-
RnuÁs fá-toftx

da, como que una cuerda sirve para tirar pero no para em pu­
ja r “; y para adquirirlo “hay que hacer que las computadoras
aprendan de m uchas formas distintas, com o el cerebro, y
además hay que crear un administrador para decirle cuál de
estas estrategias es la mejor en cada ocasión. Hasta ahora, el
gran error ha sido pensar que se aprende sólo según la lógi­
ca, y no es así. El cerebro tiene hasta diez maneras de calcular
a que distancia esta un cierto objeto" (El País, 9 de julio de
1996). Y dos años después relató la frustrante exploración
de las alternativas en un secuestro de una nina con un siste­
ma de Inteligencia Artificial, hasta que después de varías ho­
ras el sistema preguntó: “¿Por que alguien iba a pagar dinero
para recuperar a su hija?" (ElPaís, 17 de agosto de 1998).
Este último y llamativo ejem plo, que planteaba una pre­
gunta previa necesaria y perfectam ente lógica para un ente
desprovisto de sistema emocional, nos obliga a recordar que
una inteligencia poco desarrollada, en la escala hum ana, se
corresponde con la de un idiota o la de un oligofrénico. Pero
los ingenieros no aplican este criterio a sus sistemas cibernéti­
cos y la inteligencia oligofrénica les parece, a muchos, muy
excitante y prornctcdora. Pero un fracaso com o el citado
por Minsky obliga a recordar que, en la evolución hum ana,
lo cultural nunca ha podido sustituir, de m odo integral, a lo
biológico.
Roger Penrosc. el brillante profesor de matemáticas de la
Universidad de Oxford, ha sostenido en su libro La nuein
mente- del emperador que la complejidad de la vida mental no
puede reducirse a fórmulas matemáticas y que las matemáti­
cas nunca podrán dolar de conciencia a una máquina, aunque
se manifiesta optimista respecto a los futuros ordenadores
cuánticos, basados en la física cuántica, pues según Peinóse
la conciencia sería el resultado de un com portam iento cuán­
tico a gran escala producido en el cerebro. Es algo que po­
dremos discutir, tal vez, dentro de cincuenta años.
Pero, hoy por hoy, los ordenadores carecen de conciencia
y de autorrcflcxividad. Éste es un asunto im portante, sobre
el que habremos de volver cuando examinemos los mitos
El H M T w 'íM c n

lan tac ien tíficos de la literatura y del riño. I,a computadora,


corno los animales, sabe, pero no sabe que sabe, mientras que
el hom bre tiene conciencia do su saber. Yla tiene desde fecha
bastante temprana. t*n niño de cinco años dice “no lo sé" y
sabe lo que quiere decir cuando afirma “no lo sé". Y los niños
do once o doce años pasan de efectuar irten tal mente opera­
ciones sobre objetos a poder reflexionar ya sobre estas ope­
raciones independientem ente de los objetos, mediante una
abstracción que les perm ite alcanzar un pensamiento simbó­
lico muy sofisticado: el pensar sobre el propio pensar y sus
operaciones.
El ordenador carece de auloconciencia, es decir, de con­
ciencia de una identidad diferenciada, de un cuerpo indivi­
dual y singular, distinto de ios otros yos, ubicado en el espa­
cio tridimensional y que persiste a través del tiempo, lo que
le crea, paraf raseando a Hcidcggcr, la conciencia existencia!
de tinitud, de ser-para-la-muerte. Y la autorreflcxividad es
una característica propia de la conciencia personal, a la que
se accede m ediante la introspección, para pensar sobre nues­
tra identidad, nuestro destino, etc. Aunque, como ha obser­
vado atinadam ente el biólogo Edward O. Wilson, la intros­
pección, que ha sido el gran instrum ento de trabajo de los
filósofos durante siglos, tiene sus limites, pues el cerebro es
una m áquina ensamblada no para com prenderse a $f misma,
sino para sobrevivir, por lo que su comprensión sólo puede
venir desde el cam po de las ncurocicncias y con sus sofistica­
das técnicas de análisis propias. No liará falta añadir que las
únicas máquinas doladas de conciencia y de capacidad para
la introspección y la autorreflexión son las que aparecen en
los relatos de ciencia-ficción, como veremos pronto.
Y, finalmente, las máquinas no tienen subconsciente, pro­
ducto de los avatares conflictivos de una biografía individua­
lizada. Ycomo no tienen subconsciente, también carecen de
intuiciones» de esos contenidos del subconsciente que em er­
gen a veces luminosamente a la esfera pre-conscicnte para
guiar nuestra conducta. Como ha escrito Jeremy (Campbell
en La máquina inrrnbk. “las formas complejas del pensamien-

9 8
KOMCN Ü I U L \

lo se dan por debajo del nivel de la conciencia, de modo que


la deliberación consciente sólo puede ser una parte dim inu­
ta de la inteligencia, y quizá la menos interesante".
Es evidente que los ingenieros que tratan de copiar mecá­
nicamente las reglas del pensamiento hum ano para implan­
tarlas en la Inteligencia Artificial no pueden copiar nada
equivalente a las interferencias insidiosas —y a veces alta­
mente creativas— que proceden del subconsciente humano.
Creativas en el campo de las ai tes, pero también en el campo
de las ciencias. Por ejemplo, cuando las ecuaciones matemá­
ticas desembocan en dos alternativas que se revelan cquipro-
bablrs, el sistema se paraliza y el científico que las ha resuelto
se ve estrictamente bloqueado para tomar una decisión ra­
cional, si su única referencia es aquel cálculo. El ser hum ano,
en cambio, ame dos alternativas de conducta equiprobables,
acaba eligiendo una, impulsado por la intuición o por algu­
na secreta afinidad cuya motivación es, naturalm ente, prc-
conscicntc.
El subconsciente humano, como depósito de energía psí­
quica reprimida, ha sido comparado a veces con un volcán y
otras veces cotí un océano interior, poblado por plañías extra­
ñas y monstruos marinos. Del potencial energético de este
océano extrajeron El Bosco, Goya, Van Gogh y Bacon sus po­
tentes imágenes, Edgar Poe y Hoffniann sus cuentos y Dos-
toicvski y Kafka sus universos novelescos rarefactos. En el cinr
de Buñuel y de Fellitii los monstruos del subconsciente están
siempre al acecho y emergen a veces de modo materializado
en la pantalla, en imágenes deslumbrantes. Pero también los
científicos que en la tenue frontera de la duermevela perciben
la chispa del hallazgo genial son deudores de la actividad in­
cansable del subconsciente, que nunca descansa, aunque el
cuerpo repose tranquilamente. Los momentos más brillantes
de la creatividad humana, en el campo de las artes y de las
ciencias, deben algo a la prrxiuctividad misteriosa del subcons­
ciente, que ensambla piezas dispersas de nuestro psiquismo
que no acertaron a encontrar un encaje lógico en la vida cons­
ciente. Porque, en ciertos ámbitos, el subconsciente resulía

9 9
F.l fJNfeCJ«Cf«rtKKO

más lúcido y productivo que la actividad consciente reglada,


ordenada y previsible. Lo consciente no produce sorpresas
pero lo subconsciente —motor de emociones y de deseos—
constituye, por definición, una inagotable caja de sorpresas y
de insospechada creatividad para las empresas humanas.
Y esto nos conduce a las hipotéticas relaciones de las má­
quinas con las emociones y los deseos.

Emociones y deseos

emociones desem peñan una función decisiva en la


atención selectiva, la percepción, la cognición, la motivación,
el aprendizaje y la creatividad del ser hum ano. Y, por supues­
to, resultan fundamentales en la toma de decisiones hum a­
nas, por mucho que se presenten como asépticamente lógi­
cas y racionales. Puede afirmarse sin asomo de duda que una
m ente no influida por las emociones €8 la m ente do un enfer­
mo y, por supuesto, un pésimo modelo para los proyectos de
Inteligencia Artificial.
Corno antes señalamos, en la comunicación verbal, lo que
se dice, el contenido semántico del mensaje, supone sólo una
quinta parte del proceso comunicativo, pues el resto atañe al
¿rimóse dice, que no es sólo una cuestión de proscxlia y de en­
tonación de la voz, sino también de lenguaje no verbal (mira­
das, gestos, etc.), de alto valor emocional. Yen el hom bre com-
f/rnidrr es también sentir y los uunificados que maneja en sus
operaciones comunicativas trascienden su dimensión semán­
tica, pues poseen también para él una coloración emocional,
como han dem ostrado numerosísimos tests acerca de la im­
pregnación emocional de las palabras de uso más común.
Y, por supuesto, toda la esfera de lo molivacional está im­
pregnada de elementos emocionales. Esta característica tie­
ne una muy coherente fundam entación biológica, pues halla
su base última en el principio adaptativo para la superviven­
cia, cuando la opción positiva de nuestros ancestros (rom o
ingerir una planta nutritiva) se asociaba en el sistema límbi-

1 0 0
RüMlM O lttX N

co del cerebro a una sensación placentera» mientras que la


opción negativa (la planta venenosa) se asociaba a una sensa­
ción repulsiva. Los mecanismos de la motivación no pueden
desligarse, por tanto» de las gratificaciones y sufrimientos del
sujeto en su calidad de incitadores psicológicos, es decir, no
pueden separarse de la dinámica del placer y del displacer. El
placer es un bien escaso —y por ello es muy preciado— . por
lo que debe administrarse con sensatez, consumiéndolo con
parquedad y ahorrándolo para poder gastarlo. Aunque a ve­
ces, porque el psiquismo hum ano es muy complejo, se busca
la gratificación del placer a través de alguna form a de castigo
o de privación, como hacen los penitentes, los estoicos, los
ascéticos y los masoqui&tas.
1.a importancia que desem peñan las emociones en los
procesos intelectuales está actualmente tan admitida, que en
1985 Marvin Minskv pudo escribir en 77w? SoáHy ofMitui: M No
se trata de si las máquinas inteligentes pueden tener emocio­
nes, sino de si las máquinas pueden ser inteligentes sin ellas**.
Y, en efecto, querer convertir a los ordenadores actuales en
ordenadores emocionales, como ahora está intentando hacer
Rosalind W. Picard, profesora del Limoso Media Laboratory
del Massachusetts Instame ofTechnology» supone admitir im­
plícitamente que son artefactos actualmente insatisfactorios
en el plano psicológico c intelectual.
No hace falta ser un experto psicólogo para saber que mu­
chas veces la gente no dice lo que piensa, pero, sin embargo,
suele hacer lo que siente, revelando que la esfera afectiva es
más determ inante en la conducta que la esfera lógico-verbal.
Por eso se afirma a veces que somos lo que hacemosy no lo que
decimos. El tema de las relaciones entre inteligencia y emotivi­
dad no es nuevo, aunque en los últimos años ha recibido re­
novada atención por parte de filósofos y do psicólogos. Hace
sesenta años el filósofo donostiarra Javier Zubiri ya acuñó el
original concepto de "inteligencia semiente", con lo que que­
ría expresar que la inteligencia no es independiente del sen­
tir. Según Zubiri, el puro sentir presenta a las cosas como estí­
mulos, pero hay un m odo de sentir que las presenta como

101
Ya. j i m nncTR O ooo

realidades: éste sería un m odo de sentir intelectivo por el


cual la sensibilidad se hace intelectiva, lo que significa que la
inteligencia se hace “semiente", de m anera que, según su
propuesta, aunque el sentir y el intelegir sean operaciones
distintas, aparecen unidas en la estructura "inteligencia sen-
tiente*.
Siguiendo una lógica no demasiado distinta de la de /u b i-
rí podríamos referirnos también aquí al “deseo pensante-,
pues el deseo es siempre deseo de algo que se conoce o se in­
tuye y, a diferencia de lo que ocurre con la conducta animal,
en el hom bre lo deseado supone una representación mental
intelectiva, asociada a una estrategia intencional c inteligen­
te que le moviliza para satisfacer aquel deseo.
Muy recientem ente, algunos psicólogos, sobre todo en el
área anglosajona, se han ocupado de un m odo muy pragmá­
tico y utilitario de otra relación entre inteligencia y emotivi­
dad, sobre todo a raíz del éxito del Ixxt-sciUr de Dan Golcman
Initügrnáa rmoáurud, expresión que se ha utilizado para desig­
nar la capacidad para com prender las emociones y sentimien­
tos de los otros y de uno mismo y para utilizar racionalmente
este conocimiento como guía para un com portam iento pro­
pio positivo.
Pero este énfasis en la racionalización de las emociones en
la vida práctica no debe hacer olvidar que la irracionalidad
(emocional) es un ingrediente importante del pensamiento
artístico, desde la poesía a la música y la danza. Lo era desde
m ucho antes de que André Bretón utilizase de modo cons­
ciente r interesado el potencial creativo del subconsciente en
las estrategias del surrealismo. Bretón reconoció en la heren­
cia del arte primitivo y mágico y del romanticismo europeo
una cantera emocional de prim era calidad estética y trató de
sistematizar la productividad de sus impulsos. Aunque él (tan­
to como Artaud, Buñucl, Dalí, Roben Desnos, Man Ray, Rene
Magrittc. Dclvaux, etc.) se valiese muchas veces de elementos
subconscientes e irracionales convenientem ente “pulidos",
controlados y remodelados jx>r la inteligencia racional para
conseguir sus propios fines estéticos.

1 0 2
Ri'ivU n OirwrfcN

Podría decirse que la cmocionalidad está siempre presen­


te, de un modo o de otro, en las actividades humanas. Inclu­
yendo entre tales actividades, por supuesto, las relaciones en­
tre el hom bre y el ordenador, en las que este últim o suele
aparecer de modo antropomorfizado, a pesar de que el orde­
nador fue inventado com o una m áquina cUspenonnUtada
para efectuar cálculos complejos, almacenar información o
procesar textos. Para algunos usuarios el ordenador aparece
como una máquina hostil, fría, inhum ana y poderosa, dota­
da de una monolítica personalidad prefreudiana, ya que tie­
ne una excelente memoria sin tener subconsciente y no pa­
dece complejo de Edipo, ni es vulnerable sexual mente, ni
teme a la muerte. En este caso, la comunicación con la m á­
quina es claramente tccnofóbica y carece de empatia, un re­
quisito necesario para la buena comunicación emocional.
Es interesante considerar que el acusado antropom orfis­
mo proyectado por muchos usuarios sobre sus ordenadores
peisonales no se había producido antes con sus aparatos de
radio, sus tocadiscos o sus lavadoras. La capacidad mcmon'v
tica de la máquina y su especial performatividad. fruto de
unas operaciones de interacción muy intensas, parecen do­
tarle de arumus y le convierten en un objeto animista, en un
ai tefacto Vivo" con el que se dialoga y sobre el que se descar­
gan los estallidos de mal humor. En algunas casos puede ser
l>ordbida como una mascota inorgánica, algo equivalente a
los populares tainago¿chisque hoy cuidan con esmero los ni­
ños de la generación informática.
En las sociedades postindustrialcs, mucha gente pasa más
tiempo relacionándose con pantallas y teclados de ordena­
dores que cem personas, lo que, ¡ km ( ¡crio, implica un pési­
mo aprendizaje de la "inteligencia emocional**. Para los adic­
tos a la informática, su relación con la máquina no sólo es
amistosa, sino que puede llegar a ser erótica, en un tránsito
del animismo objetual al fetichismo libidinal. De hecho, al­
gunos usuarios no únicamente otorgan un nom bre y una
peisonalidad a su ordenador y le enganchan pegatinas orna­
mentales. sino que le atribuyen un sexo masculino o femeni-

103
El. M O * ftLll'f JCGMUU

no, pues puede ser rf ordenador o la com putadora. Y, natu­


ralmente, también puede ser homosexual o herm afrodita, a
conveniencia dol usuario, pues iodo depende de sus proyec­
ciones emocionales.
Es muy frecuente que los operadores hablen con sus or­
denadores y hasta que les acaricien. Y hasta se les increpa, in­
sulta e incluso golpea cuando se borra un texto o sufren al­
gún contratiem po con él, pues entonces es percibido como
una máquina indócil, indisciplinada y rebelde. El productor
musical gallego (darlos Jcan, de veinticinco años y figura pro­
m inente en el sector de la música electrónica, declaró a la
piensa: “May que ser duro con el ordenador, insultarle, des­
preciarle, decirle: ‘Te jodes y aquí te qucdas‘- (Cibapaü, 20
de mayo de 1999).
I>a antro pomor fizado n del ordenador va en realidad más
lejos. El interior de un ordenador puede ser percibido como
un oscuro misterio, como el interior del amante del otro sexo,
que desconocem os y nos fascina. Su interior puede ser m e­
táfora de una cavidad vaginal y su eficaz performatividad con­
vertirse en metáfora de su potencia fálica. Esta antropomorfi-
zación ha llegado hasta nuestro lenguaje. A veces se dice
que el ordenador está “frió*, “caliente" o "cansado”. Y deci­
m os que el "virus” inform ático es responsable de que la má­
quina ‘‘e n fe rm e ”, com o un ser orgánico. l a m etáfora viral
revela claram ente lo que pensam os y sentim os acerca del
ordenador, percibido como un humanoide. Y Deborah Lup-
con ha sugerido una analogía entre la infección vírica del
PC y la infección del sida, debido a la "prom iscuidad” de la
máquina, en la que se lian introducido disquetes de muy va­
riada procedencia.
Una fuente de problemas “emocionales" en el manejo de
un ordenador radica en que su usuario es más versátil y adap­
table que la máquina y padece una evidente asimetría en rela­
ción con el funcionamiento rígido y determinista del aparato,
que a veces parece tozudam ente poco colaborador c inamis­
toso. A la luz de ese tipo de problemas Rosal ind Picard ha
fundado la especialidad denom inada "informática afectiva"

10*4
R<wAN Cu j »tíj

(affective comptdtng), tributaria de la neurología, la psicología


y la ingeniería informática. El ambicioso proyecto de Pfcard
contempla en realidad varias cuestiones, progresivamente
complejas y difíciles, 1.a primera, y la más fácil, es el diseño
de ordenadores que reconozcan las emociones humanas; la
segunda, la consecución de ordenadores que expresen em o­
ciones; la tercera, mucho más problemática, la construcción
de ordenadores que tengan emociones, para Hogar a la cuar­
ta meta final de obtener ordenadores que posean inteligen­
cia emocional.
IJcgados a este punto, es menester decir dos palabras so­
bre las emociones, un estado piscofisiológico que ha hecho
correr mucha tinta a los psicólogos y neurólogos, pero tam­
bién a los poetas. Las emociones tienen un com ponente men­
tal o cognitivo y otro fisiológico o visceral. Es obvio que el se­
gundo jamás podrá darse en la máquina, pues, digámoslo
crudam ente, no se sonrojará, su presión arterial no subirá, ni
tendrá erecciones ni emisión de flujo vaginal.
La huella dejada por las emociones en la m em oria hum a­
na es tanto mayor cuanto mayor sea su intensidad, lo que es
perfectamente adaptativo, pues recordar peligros ayuda a la
supervivencia. En el m undo académico se han desarrollado
numerosas clasificaciones y tipologías de las emociones bási­
cas. no siem pre concordantes, y suelen citarse tradicional-
mente el miedo, la ira, la angustia, la alegría, la pena, el disgus­
to, la sorpresa, el interés, la vergüenza y la aceptación. Pero
cada una de estas emociones tiene sus matices diferenciales:
hay sorpresas agradables y desagradables. Yla alegría intelec­
tual es diversa de la alegría erótica. Estas emociones, como
dijimos, se delatan por alteraciones fisiológicas o viscerales
que pueden ser detectadas y medidas mediante sensores em o­
cionales, tales corno los sensores de señales del ritmo cardia­
co, de la presión arterial, de la sudoración o de la conductivi­
dad eléctrica de la piel.
Mediante sensores específicos (incluyendo un eventual
traje-sensor, un (hita tuii), una cámara de video y un micrófo­
no, la profesora Picard propone en su libro Affective compu-
t i rix n njDtm iftvx:»

tingdetectar las siguientes respuestas emocionales del opera­


dor de una computadora: códigos de expresión facial, inclu­
yendo el sonrojo, la palidez y la dilatación de las pupilas; la
entonación vocal; las respuestas fisiológicas (presión arterial,
ritm o cardíaco y respiratorio, sudoración, medición elec-
trodérm ica del potencial galvánico en la piel); y pauta del
tecleo (fuerza de pulsación, errores, etc.). El ordenador mo-
nitori/a y analiza constan teniente las respuestas del opera­
dor, a partir de un umbral mínimo prefijado, llamado “punto
de activación", que puede ser distinto para cada individuo.
Ycuando las reacciones emocionales descienden en intensi­
dad, este um bral se convierte en “punto de desactivaciónM .
De este modo el ordenador puede detectar desde el grado
de concentración o inseguridad del operador hasta su frus­
tración, debida tal vez a las disfunciones del sojtuvrrt'que está
utilizando, l a máquina puede reaccionar entonces emitiendo
respuestas “balsámicas“, como una música relajante, o dando
instrucciones pertinentes al usuario, o obligándole a talemi*
z.ar su ritmo de trabajo, etc.
Picard explica las muchas ventajas que pueden despren­
derse de esta interacción emocional entre la m áquina y su
usuario y pone como ejemplos de utilidad el entrenam iento
del usuario para una entrevista de solicitud de empleo, o una
declaración amorosa. Es decir, actividades que en la vida real
pueden veise j>erturbadas por una fuerte tensión emocional.
Pero el proyecto de Picard ha abierto también muchas d u ­
das. Es cierto que un ordenador emocional puede ayudar a su
operador, pero también puede hacerle más vulnerable a un
control ajeno e invadir m i privacidad de modo ilegítimo. Y si
es cierto que tal ordenador puede delectar si su usuario está
enfadado, deprim ido o ansioso, desde luego no sabrá por
qué razón lo está, de m odo que malamente podrá ayudarle.
En el fondo, la propuesta de Picard hace retroceder la infor­
mática a la vieja escuela conductista y a su caja negra, progra­
m ando patrones rígidos de estímulo-respuesta.
Jaron I-anicr, pionero de la realidad virtual, en su devasta­
dora crítica a Affectii# computing publicada en la revista Thr
Ko m á k ( a ns i s

ScLnum (mayo-junio de 1999) reprocha a su autora que pre­


suponga que el conocimiento del cerebro y la “ciencia de las
emociones** están perfectam ente dominadas por la comuni­
dad científica, lo que está lejos de ser cierto, y le critica espe­
cíficamente que ignore en sil estrategia el sentido del olfato,
que es el sentido más arcaico y más estrecham ente asociado a
los proceso5 emocionales. F.n electo, el olfato es el sentido
crucial en las relaciones eróticas entre rodos los mamíferos,
tema sobre el que habremos de volver en otro capítulo. En
todo caso, si la máquina puede “percibir** emociones a través
de sus sensores, no puede conseguir la “percepción integra­
d a” que proporciona la coordinación holística de los cinco
sentidos humanos, como la que se da, precisamente, cuando
se m antiene una relación sexual. Estarnos todavía muy lejos
de poder sexuali/ar el interfaz hombre-máquina, para hacer
que el cros nos conduzca al Logos.
La meta de los ordenadores que tengan emociones se re­
vela, lógicamente, todavía m ucho más ardua y problemática,
pero Picard ha expuesto sus eventuales fundam entos progra­
máticos. Se propone, por ejemplo, que para mejorar la efica­
cia de las máquinas se les debería dotar de sensores que les
suministrasen “sensaciones sintéticas**, aunque desde luego
serían distintas de las humanas y difíciles de imaginar por n o ­
sotros. Y'a dijimos que el placer y el dolor son potentes moti-
vadores de la conducta, muchas veces más acá o más allá de
la inteligencia estriña, y ahora se trataría de producir su
equivalente informático. Así, para mejorar la eficacia de las
máquinas se les debería dotar de una sensibilidad análoga a
la frustración cuando no resuelven un problema, o al placer
osando alcanzan un objetivo. Con este sistema de gratifica­
ciones y puniciones emocionales se estimularía su autoper-
feccionamiento.
Picard distingue entre los ordenadores que expresan em o­
ciones y los que tienen emociones. En la prim era categoría
estarían las máquinas que expresan sufrimiento si se calientan
o se enfrían demasiado, si padecen una caída de la tensión
eléctrica, si su m em oria está sobrecargada, si se les pide ta-

107
h l. EJC05 C 11G 1Ú N IC O

reas que no pueden realizar, si padecen un virus, etc. Ln este


ámbito entrarían también los ordenadores emocionales an-
tccilados, que expresan emociones para ayudar, euforizar o
relajar a su usuario, con un saludo cordial, con música, con
el suministro de instrucciones, etc.
De hecho, desde hace años se habían iniciado experim en­
tos en este sentido y se habían producido ya unas tortugas
mecánicas que, cuando sus baterías eléctricas estaban bajas,
iban a conectarse a la fuente de energía para recargarlas. «{Sig­
nifica esta program ación que las tortugas estaban “ham ­
brientas”, "sedientas" o que tenían "apetito*? F.n modo algu­
no estas expresiones humanas les resultan aplicables. la s
tortugas roboti/adas no podían ser sujetos pasivos de hipo-
glucemia, como los seres hum anos, con su corolario de sen­
saciones físicas y psíquicas desagradables. Simplemente, un
voltímetro en su interior ponía en marcha, sin sufrimiento
alguno, una función previamente program ada de la máqui­
na y hacía que se encaminase hacia su objetivo: recargar sus
baterías. La misma función cumple el termostato de las neve­
ras, que activa o detiene el m otor refrigerador según sea la
temperatura: cuando la tem peratura sube activa el m otor y
cuando desciende demasiado lo detiene. Y no por eso deci­
mos que la nevera padezca calor o frió.
l a categoría de los ordenadores que timen em ociones
aparece com o la más fantacientíftca y lejana, por no escribir
utópica. Im plantando en un robot explorador, por ejem ­
plo, respuestas necesarias para su supervivencia, como el sen­
timiento del miedo ante una amenaza de agresión, se podrían
activar sus respuestas defensivas o hacer que se retirase ante
un grase riesgo. Pero en este caso, como en tantos oux>s, exis­
tiría programación, pero no vivencia subjetiva, y se trataría
sólo de un simulacro. Por mucho que nos empeñemos, los or­
denadores no pueden sentir lo que nosotros sentimos. Ni
pueden competir con la curiosidad humana, esa curicxsiad neo-
fílica que em pujó a nuestros rem otos ancestros al proceso
de hominización. Ni tampoco pueden generar libremente
imágenes mentales, que constituyen un fenóm eno biológico.

108
Ro h Ax Cit tUMS

y con ello carecen de imaginación. Señaladamente ele imagi­


nación erótica, un potente motívador en la especie humana.
Llegados a este punto, debe concluirse que es más fácil pro­
ducir una máquina “pensante *, por muy elemental que ésta
sea y sujeta a un número limitado de reglas lógicas, que una
máquina 'deseante’'. Si los deseos generan los fines de las
conductas y las matixfan, movilizando a la inteligencia para al­
canzarlos, una máquina no puede ser jamás un “sujeto desean*
te". No puede serio, por mucho que su programador implante
en ella un simulacro de deseos, que en realidad son finalida­
des programadas, como la de las tortugas robo tizadas que se
movían para conectarse a la fuente eléctrica. Y, desde luego,
estas máquinas negadas para el deseo tampoco pueden ena­
morarse, porque carecen de las horm onas sexuales activado-
ras de la fisiología del deseo, por mucho que se este experi­
m entando con horm onas sintéticas para ordenadores, según
leemos con escepticismo.
Debemos concluir reiterando que simular sistemas lisíeos
no es lo mismo que tener sensaciones, que son vivencias subje­
tivas personalizadas. Las emociones y los deseos constituyen la
frontera final entre el hombre y la máquina. En el horizonte
fantacicntífico, la formulación final de los ordenadores em o­
cionales serían los robots antropom orfos crotizados de los
relatos de la ciencia-ficción.

Robots, humanoides ycyborgs

Pilar Pedra/a, en su perspicaz libro Máquina* de amar, hace


remontar el mito del robot .sexuado a la leyenda griega de
Pigmalión y Calatea, pues el prim ero hizo que su escultura
de marfil cobrase sida por obra de su deseo. Este caso de ico-
nofilia mágica, en el que la materia inorgánica erotizada pot
el deseo masculino cumplía el destino de saciarlo, tendría
una densa constelación de secuelas — "novias inorgánicas"
las llama Pcdraza—, incluso en el ámbito de los relatos infan­
tiles. Piénsese en el cuento La IxUn durmiente, en el que el beso

IO<í
t i n o s im r o o to o o

a la doncella inanimada (inorgánica) le da la vida, para que


el príncipe sacie y consuma su deseo sexual con ella.
En las turbulencias de la imaginación romántica alemana.
E. T. A. HofTmann abordó en dos relatos el tenia de los autó­
matas, que hoy llamamos robots, en una época en que m enu­
deaban en las cortes europeas los artefactos que se movían,
simulando seres vivos, gracias a delicados mecanismos de re­
lojería en su interior. En 1m autómatas (1814) 1loffimann pre­
sentó a un autómata con aspecto de turco, que se exhibía en
Las ferias y que emitía profecías, a veces inquietantes. Es un
relato que sugiere el impacto y asombro, no siempre exento
de desazón, que provocaban en la época aquellos curiosos ar-
tilugios. En El hombre de arma (1815) un joven, Nataniel, se
enam oraba de una autómata femenina, Olimpia, crearla por
el profesor Spalanzani, ignorando que era un muñeco; pero
al final, su cuerpo desm em brado en piezas arrojadas al suelo
le producía la locura y se suicidaba. Freud se ocupó de este
relato c interpretó a la muñeca como un espejo narcisista de
su enam orado.
En 1886 apareció la novela I/i Eva futura, del francés V¡-
lliers de l isie Adam, en la que rindió tributo al genio inven­
tor de Edison, pues el protagonista del libro. l>ord F.wald, se
lamenta ante el inventor de que su bella amante, AJicc Clary,
posee una personalidad mediocre. Entonces Edison constru­
ye un ser artificial, una andreida llamada Hada))', con el mis­
mo aspecto físico que Altee ('.lary, pero con otra personali­
dad. Aunque el autor explica prolijamente los com ponentes
mecánicos y eléctricos de su “and roes fin ge" (así la llama) v
su m odo de funcionam iento, no tiene más rem edio que re­
currir a una médium para que le infunda la energía psíqui­
ca. Es decir, para no incurrir en blasfemia o porque otra al­
ternativa le parecía rigurosamente inverosímil, el novelista
hace que su personalidad no proceda de la ciencia positiva,
sitio de la parapsicología. De vivir actualmente, Villiers de
l isie Adam figuraría, por tanto, entre los pensadores carte­
sianos y críticos acerca de una Inteligencia Artificial materia­
lista y plenam ente humanizada.

77o
R|.»VIV* C i ION

l a andreida de E\>afutura era un robot ero tizado, muy


atractivo, cuya función esencial era la de satisfacer el deseo
de un varón, de Lord Ewald, para quien había sido creado
precisamente. Su figura parece haber inspirado al robot fe­
m enino de Metrópolis (1926), el m onum ental film famacicn-
tífico de Fritz Lang basado en un guión de su esposa, Thca
von Harbou. Metrópolis ha sido analizado hasta la saciedad,
por lo que aquí diremos sólo dos palabras sobre la protago­
nista. María (interpretada por Brigiue Hclm ), que aparece
rom o una apóstol crística consoladora de los obreros oprimi­
dos, pero que es raptada por el malvado sabio Rotwang, para
construir en su laboratorio un doble físico de ella, pero de
alma rebelde y perversa. De m anera que su personaje es obli­
gado a reproducir, por obra de un científico tortuoso, el es­
quema mítico dejekyll y Hytle, aunque la segunda María nace
absorbiendo la energía vital de la primera, l a María auténti­
ca csjckyll y su robot isomórfíco es Hyde. I-a prim era es pre­
sentada por Fritz Lang como una mujer asexuada, mientras
que la segunda es hipersexuada y lasciva.
I-a primera aparición de la María roboltzada es lo sufi­
cientemente espectacular como para definir su nueva per­
sonalidad. En Yoshiwara, la casa del placer liiturísta de Me*
trópohs, la María robotizada emerge de un cofre hum eante
sostenido por unos atlantes negros sobre sus hombros. Yante
los ojos ávidos de los hombres que la devoran con la mirada,
baila una danza lasciva, que les encandila. Pilar Pedraza cali­
fica el cofre del que emerge el personaje como “polvera**. Es
una percepción interesante, porque la asocia al ritual de la
belleza femenina. Pero el cofre le da, en realidad, un carác­
ter objeta!, com o si de una joya inorgánica se tratase, pues
esta María es efectivamente inorgánica, una copia de la gc-
nuina María, a la que ha suplantado.
En 1926, cuando se estrenó Metrópolis, la palabra robot
acababa de incorporarse al léxico de la sociedad industrial.
Esta palabra se puso en circulación en 1921, en la pieza teatral
R. U. ft, del escritor checo Karei Capck. Los robots que apa­
recen en su dram a no son artefactos mecánicos, sino que es-
t i o to s n x c t ik ><k X>

tán hechos artificialm ente con m ateria viva, com o el m ons­


truo del doctor Franketm ein. En esta obra futurista se supo­
nía que en 1932 el fisiólogo Rossum descubría la producción
de una materia viva sintética y que su sobrino, ingeniero y es­
tudioso de anatomía, conseguía fabricar con ella sus robots,
nietos del hum anoidede Nfary Shcllcy.
En R U. R. (que significa Robots Universales Rossum) están
claras las ventajas económicas e industriales que motivan la
fabricación d e los robots. Un eslogan publicitario de la fábri­
ca R. U. R. pregona: m¿Quiere usted abaratar su producción ?MEn
un cierto m om ento de la pieza, el ingeniero Fabry, en un
parlam ento de resonancias tayloristas y productivistas, pro­
clama las ventajas laborales de los robots: “Un robot reempla­
za a dos trabajadores y medio. La m áquina hum ana era tre­
m endam ente imperfecta. Más tarde o rnás tem prano había
de ser reemplazada. [...] La naturaleza es incapaz de adaptar­
se al ritmo del trabajo m oderno. Desde un punto de vista téc­
nico, toda la infancia es una soberbia estupidez. Una canti­
dad de tiempo perdido".
Sin embargo, el panoram a optimista previsto por los tec-
nócratas no se cumple en la obra de Capck, que es un drama
filosófico con moraleja. Los seres humanos, sin trabajo, se
hacen su|x-fiuos, decae su fertilidad y la hum anidad se va ex­
tinguiendo. Pero la fábrica R. IJ. R. se niega a suspender la fa­
bricación de robots, por la interesada presión de los accionis­
tas. Para complicar la situación, los robots son utilizados
com o soldados por parte de los gobiernos y protagonizan su­
blevaciones contra los hombres, sus creadores (como Prome­
teo y el hum anoidede Frankenstcin). Los robots manifiestan
cada ve/ con más frecuencia una anomalía, u n a especie de
protesta de la máquina similar a la epilepsia, a la que se le de­
nom ina calambre del robot. Cuando se manifiesta esta anom a­
lía (anticipo de las com putadoras psicóticas) se les envía a la
trituradora. Lo que ha ocurrido, en realidad, es que el doctor
Cali (encarnación de la ciencia) ha aum entado su nivel de
irritabilidad. lo s robots, insurrectos contra los hombres, cer­
can la fábrica. Su director confiesa su soberbia de hom bre de
Román G i w us

negocios: M Qiicria convertir a coda la hum anidad en La aristo­


cracia del mundo. Una aristocracia alimentada por millones
de esclavos mecánicos".
le* robots acaban por asaltar la fábrica y asesinan a todos
los hombres, salvo a Alquist, el jefe de talleres, quien se con­
vierte así en el único ser hum ano de la Tierra. Los robots se
van extinguiendo e imploran a Alquist que fabrique nuevos
congéneres, a lo que se niega. Pero en un final optimista, en
el cuarto acto, aparece inesperadam ente un robot femenino,
producto de un experimento del doctor Gall, quien manifes­
tará sus sentimientos amorosos hacia el robot Primus. .Alquist
les enviará a procrearse como unos nuevos Adán y Eva.
1.a ingenua moraleja de R. U. / i . en la que resuenan las
preocupaciones de la sociedad industrial en los albores de su
automatización, presenta al robot como un doble sin alma ni
sexualidad y. en consecuencia, monstruoso. Al margen de
sus preocupaciones económico-laborales, nos interesa fijar­
nos en el proceso que convierte a los robots en sujetos em o­
cionales, anticipando, por cierto, la parábola futura de Blade
Runnrr. Al aum entar artificialmente el nivel de excitabilidad
o ir ritabilidad del robot, éste pasa a ser sujeto de sensaciones.
Veste nuevo nivel de sensibilidad de sus respuestas le faculta
para las emociones (de odio prometeico hada su creador),
pero estas últimas abren tam bién la p u erta de los senti­
mientos (de alecto y de aversión), convertidas en motivacio­
nes. Así el final puede desembocar en una relación de amor
heterosexual, que anuncia la procreación de una nueva es­
pecie. Eros redime en el último instante el cataclismo produ­
cido por la codicia humana y anuncia el inicio feliz de un
nuevo ciclo vital.
La obra de Capek y el film de Fritz I ang se desarrollaron
en unos años en que el futurismo, el dadaísmo y el surrealis­
mo habían mostrado predilección por una estética objetua-
lista, en la que los maniquí* desnudos y los autómatas ocupa­
ban un lugar privilegiado. Probablemente pueda detectarse
un vestigio an imista en esta fascinación fetichista» que hun­
día sus raíces en tradiciones culturales muy antiguas. Una le-
L i o to * Uix.*THÚNXX>

yenda clásica, por ejemplo, asegura que Pasifae, reina de Cre­


ía, estaba enam orada de un herm oso toro e hizo construir
una vaca de madera de tamaño natural, cubierta con piel de
este animal pero vacía por dentro, en la que se introducía
para engañar al toro y recibir, en su interior, la embestida
erótica del macho ainado. Y de esta unión nacería el Mino­
tauro. Es una leyenda que nos dice mucho acerca del poder
erótico de los simulacros. Pasifae anticipo la estrategia de las
muñecas eróticas inflablrs (que Berlanga recreó en 1973,
con tintes amargos, en su Tamaño natural/! ¿fe sixe). Pero los
simulacros eróticos han conocido muchas modalidades y tal
vez la más simple y austera se halle en algunos locales jap o n e­
ses para hombres, en unas paredes blancas que ofrecen un
orificio a la altura del pene y la fotografía de un rostro feme­
nino atractivo a la altura de la cara. No puede pedirse un estí­
mulo erótico más minimalista.
Seguramente, el ordenador emocional más lamoso de la
historia del cine sea el 1fAL-9000 que Arthur C. Clarke y Stan­
ley Kubrick imaginaron para su espléndida 2001: Una odisea
dei espado (2001: A Spore Odpsey, 1968), que tiene m iedo por­
que posee más información que los cosmonautas acerca del
destino de su misión, que tiene una voluntad autónom a (y
rebelde) que le empuja a asesinar a los tripulantes del Disco-
veryy que, finalmente, percibe con angustia su desconexión
como su m uerte fisica y musita ‘T engo miedo... tengo mie­
do". El ejemplo de HAL-9(XX) revela que un ordenador con
emociones necesitaría también un código ético, como las fa­
mosas tres leves de la Robòtica que Isaac Aslmov enunció en
1950 para proteger a los seres hum anos de sus agresiones.
HAL-90O0 fue un ordenador emocional asexuado, mien­
tras que el Protcus IV del film Engendro mecánuo (Demon Seed,
1977), de Donald Cammei!, era un sofisticadismo sistema in­
formático que gobernaba el funcionam iento de la casa de un
ingeniero, se enam oraba de su esposa (Julic Christie), la es­
piaba cuando so duchaba, la secuestraba en la herm ética
m ansión y acababa por violarla y dejarla embarazada. l a últi­
ma escena mostraba al m onstruo nacido de su unión sexual.
RfiUCtf (V'fjrKX

I.as relaciones sexuales entre los robots y los hum anos suden
ser presentadas con violencia catastrófica, como consecuen­
cia de su carácter antinatural. En la novela La máquina d* fo­
llar. de Charles Bukowski, el autómata femenino fornicador,
Tanya, acababa arrancando los genitales de un hom bre y era
linchada. Pero en la vida real, aunque los robots de nuestro
m undo no tienen sexo ni impulso libidinal, poseen, en cam­
bio, capacidad reproductora, pues son ya bastantes las fabri­
cas en las que los robots son fabricados por otros robots a los
que. en vez de hijos, se les llama replicantes.
La hipótesis del robot capaz de reproducirse por medios
fisiológicos nos conduce naturalm ente al tema de los cfborgs
(tybemttk organismo), neologismo acuñado en 19W) por Man-
frod K. Cisnes y Nathan S. Klinc para describir "sistemas hom ­
bre-máquina autor regulados*. El cyborg es en realidad un
tccm x u crp o , en el que se combina la materia viva con los
dispositivos cibernéticos. Es un ente menos fantástico de lo
que suele creerse, si pensamos en las prótesis e implantes téc­
nicos que ya se utilizan corrientem ente en cirugía, desde el
marcapasos electrónico hasta los penes artificiales, con erec­
ción mantenida con implantes de silicona o inyecciones de
agua destilada. Las bases técnicas del cyborg futurista ya han
sido exploradas desde hace algún tiempo. Desde 1991 se
han realizado con éxito cultivos de células que crecen sobre
superficies conectadas eléctricamente para form ar circuitos
neuronales. Yen la fase actual la biocibcmética ensaya el aco­
plamiento de neuronas animales (como las de la salamandra,
por su relativamente gran tamaño) a un circuito electróni­
co. para que funcionen como transistores.
En los relatos y películas de ciencia-ficción el cyborg suele
representarse como un endoesqueleto electrónico, formado
¡M>r cables y rVu/n, recubierto de carne humana. Tal es el mo­
delo ofrecido en películas tan populares com o AUen (Ridley
Scott, 1979), lemúnator (James (lam erón, 1984) y ttobocop
(Paul Verhocven, 1987). Estos entes futuristas abren, natural­
mente, un campo para la especulación filosófica, planteando
en prim er lugar la pregunta de si son máquinas o seres hu-
fci U tM K liavÓ K Icn

manos modificados. Si fueran solamente máquinas carcccrian


de conciencia y de autorreflexividad, com o antes señalamos.
Pero en películas como Terminatvr y Robocop esto no es así. En
Roboixrp, concretamente, el cyborg es humanizado hasta el
punto de poseer subconsciente y sensibilidad para el dolor fí­
sico y psíquico. Según algunas feministas, por otra pane, la
creación de un ser vivo sin madre (en la estirpe del mítico
m onstruo de Frankenstein) expresaría la “envidia del parto",
contrapartida positiva para los científicos masculinos a la
"envidia del pene" postulada por Freud para las mujeres.
Abunda también en la mitología fantacientifica popular
de nuestros días el tema del operador que es ‘absorbido" por
un sistema informático y recorre, desencarnado, sus circui­
tos, como una forma de inteligencia o de espíritu puro, que se
ha desprendido de la “impura" materia corporal. Este mito
anticipa de algún m odo la profecía de Ray Kurzweil (en su li­
bro The Age ojSpiriiuat Machines), quien sostiene que a finales
del siglo XXI el hom bre podrá transferir su inteligencia a la
máquina, con implantes ncuronales, de m odo que .sobrevivi­
rá a su desintegración física.
Todos los grandes problemas filosóficos y morales que
plantea la producción de cyborgs han sido compendiados en
la brillante fantasía de Blade Runner (1982), la celebrada adap­
tación a la pantalla, por Ridlcy ScoU, de la novela de Philip A.
Dick ¿Sueñan los, andnr>des con ovejas eléctricas*En una contami­
nada ciudad de I>os Angeles en el año 2019, el protagonista
(Ilarríson Ford) debe identificar y liquidar a cuatro "replican­
tes" rebeldes, unos cyborgs utilizados como esclavos labora­
les, de factura tan perfecta que sólo se diferencian de los hu­
manos en que no tienen recuerdos personales ni emociones.
Precisamente, la técnica para localizar a estos replicantes
consiste en descubrir su carencia de vida emocional m edian­
te astutos interrogatorios. Blade Runner dcspliega una amplia
gama de propuestas para la reflexión. Así. cuando el ingenie­
ro Sebastián entra en su casa dos robots enanos salen a .su en ­
cuentro y le saludan. “Son mis amigos. Yo los hice“, comenta,
sugiriendo la posibilidad de que en el futuro podrán l’abri-
Román C c****

canse ¿unidos y amanees artificiales a medida de los gustos y


caprichos de cada cual. Pero el meollo de la cuestión se halla
en la inhum anidad de los replicantes, no nacidos do tina gev
ración fisiológica. Aunque a lo largo de la acción se descubre
que si se les proporciona a los replicantes la memoria de un
pasado (es decir, una memoria personalizada) se les suminis­
tra un cojín sobre el que pueden erigir su m undo emocional.
Con esta acotación freudiana se desemboca en replicantes
que pueden ser psicológicamente idénticos a los seres hum a­
nos. Y hasta uno puede enam orarse de uno de ellos, como le
ocurre al protagonista de la película. Aunque, cuando las co­
pias son tan perfectas, uno puede acabar preguntándose con
inquietud si es un original o es una copia.
Aunque los replicantes de Btade Runntr aparecen muy le­
janos en el horizonte científico actual, de hecho se está traba­
jando en esta dirección, no solo con finalidades laborales, sino
también lúdicas. Por ejemplo, en la exposición titulada Th> Ro­
bots. celebrada en la ciudad japonesa de Nagoya en 1992. se
presentó un robot emocional llamado l lu Cukivorc, de forma
cúbica y obra de John Bar ron y Alain Dun, que estaba rccu-
biorto de un peluchc que invitaba al tacto. Si se le acaricia­
ban ciertas zonas intentaba seguir al acariciador y (rotarse
contra el. como un animal cariñoso. Pero si se le acariciaban
otras partes huía. Tales movimientos iban acompañados de
sonidos expresivos de afecto o aversión, Era. para decirlo en
pocas palabras, una especie de “robot de compañía", como
un afectivo animal doméstico.
Sobre similares principios, convenientem ente adaptados
al inundo lúdico infantil, se diseñó en 1998 en Estados Uni­
dos el m uñeco Furby, un artefacto de Tiger Electronics que
estuvo más cerca de la robótica emocional que de la juguete­
ría. pues tal m uñeco de peluchc, de extraña form a animal y
grandes ojos, estaba diseñado sobre principios interactivos.
Furby, dotado de cinco sensores, podía hablar unas mil frases,
cantar, jugar, responder a sonidos y al tacto, eructar, comuni­
carse con otros Furbys, reírse cuando se le hacían cosquillas y
dormirse al apagarse* la luz, pues una célula fotoeléctrica de-
Fl »»«/> u j i :JloóstfX)

ceceaba la oscuridad. Por su espectacular contraste con los


tradicionales juguetes pasivos y su eficaz simulacro emocio­
nal, las venias de t'urbyi se dispararon en flecha y a finales de
1999 se habían vendido 35 millones de ejemplares.
En el ámbito de la copia de las facultades hum anas la mi­
tología futurista, desde épocas remotas —anteriores incluso
al mito prefrankensteiniano de Prometeo— se ha movido
entre el optimismo científico y el pesimismo humanista, entre
la Utopía y el Apocalipsis. Ambas actitudes persisten en la ac­
tualidad cuando se abordan asuntos tan sensibles com o la
imitación de la inteligencia y de las emociones humanas, dos
rasgos sobre los que se edifica nuestra identidad. En las acti­
tudes apocalípticas han tenido tradirionaJm cnte bastante
peso las convicciones religiosas. No son cosas del pasado. To­
davía en noviembre de 1998 seis rabinos del Tribunal de Jus­
ticia de una de las ramas de la ortodoxia judía en Jcrusalén
prohibieron a sus fieles el uso de ordenadores tanto en el ho­
gar como en el trabajo, por considerar su manejo una activi­
dad blasfema. Las posturas neofóbicas siguen gozando, en
csie terreno, de buena salud.

Mientras tanto

Estamos muy lejos todavía de podrí producif tobots an­


tropom orfos emocionales, com o los propuestos por la litera­
tura y el cinc, pero es indudable que su presencia está muy
arraigada en el imaginario popular de la sociedad postindus­
trial. Su implantación definitiva en el imaginario popular ha
sido obra del ilustrador japonés Hajima Sorayama, diseña­
d o r de seductores robots fem eninos relucientem ente cro­
mados, brillantes, estilizados y supcrcrotizados, que han ob ­
tenido gran fortuna en el negocio publicitario nipón para
prom ucionar artículos comerciales. Esta buena fortuna m er­
cantil expresa, mejor que cualquier discurso teórico, una vo­
luntad de codificación del cuerpo fem enino y una per viven­
cia, actualizada y m odernizada, de las tradiciones arcaicas
R l> K < N Ca 'ta to s

que ven en la mujer uil sujeto inmisivo al servicio de los deseos


c in tereses masculinos.
Como hemos dicho, las especulaciones ofrecidas en las úh
timas páginas pertenecen al ámbito de la ciencia-ficción. En­
tretanto, y a una escala muchísimo más modesta y prosaica,
los ingenieros electrónicos están trabajando en artefactos o
gadgrts baratos que ayuden a satisfacer las necesidades de la
vida emocional de los ciudadanos. Asi, en febrero de 1998
apareció en Japón una máquina para ligar llamada expresi­
vamente fsn.'egrty (del ingles Lave y (o get: conseguir), un de­
tector cróuco de pequeño tamaño, que se puede llevar en el
lx>lso o en el bolsillo y que suena cuando se presenta la oca­
sión propicia. Su funcionamiento es simple, pues el l/nyegríy
emite una frecuencia de radio que sólo puede ser recibida
por un aparato correspondiente al sexo opuesto. Si un hom­
bre con su I/nvgrt) activado pasa a una distancia m enor de
cuatro metros y medio de una mujer provista del mismo apa­
rato funcionando, los dos parpadean y emiten una señal
acústica. A partir de allí se rom pe el hielo y se puede iniciar
una conversación, el primer paso, que constituye la fase más
ardua de la conquista. Aunque las opciones dei aparato son
más amplias, pues pueden programarse tres niveles: convma-
aón, karaokey gei (para los más decididos).
Tres meses después de salir 3l m ercado se habían vendido
ya 300.000 ejemplares de esta Celestina electrónic a. Su fabri­
cante, Takeya Takafuji, señaló en declaraciones a la prensa
que. puesto que los hombres japoneses son muy tímidas com­
parados con los occidentales, su aparato tenía un gran futu­
ro. Pero no tardaron en evidenciarse los problem as prácticos
que se interferían en la productividad erótica del invento,
pues se vendieron un 60 jx»r ciento más de Ijovegetys a consu­
midores masculinos, creando una pronunciada asimetría en
el mercado. Vías grandes aglomeraciones de las calles de To­
kio. o de sus discotecas, com plicaron el poder averiguar a
quien pertenecía el aparato que acababa de sonar. Este grui-
gri fue relanzado al ano siguiente por el pintor David Eiliot
para servir a las necesidades d r las com unidades homosexua-
Fi m;rt lUCTNÓeouu

les de Occidente con un nuevo nombre, (kiydar, para idéntica


función que c! sistema heterosexual japonés. Es fácil imagi­
nar la algarabía de pitidos que producirían estos artefactos
en un local de alterne gay.
Y en julio de 1999 Kursty Grovcs, una estudiante británica
de ingeniería, diseñó un sistema de alarma electrónico que.
oculto en el sujetador, medía las impulsos cardíacos de la por­
tadora y activaba así una alarma que podía ser captada por un
satélite y permitía localizar a la presunta victima de una agre­
sión sexual. Pero este invento antiviolar iones ofrecía también
inconvenientes, pues el ritmo cardíaco no sólo se acelera en
los momentos de acoso sexual, sino en otras ocasiones, entre
ellas en la de un grato encuentro sexual, introduciendo un
importante elem ento de confusión en el sistema.
Por ridículos que parezcan todos estos mecanismos de de­
tección emocional, que empiezan a aproximar a los ciudada­
nos al estatuto de los cyborgs, es evidente que configuran
una linca de trabajo de los ingenieros y acusan unas expecta­
tivas latentes en el mercado, que hablan a las claras acerca de
la miseria sexual que padece la arrogante civilización postin­
dustrial.

1 2 0
V
La r e d e m o c io n a l

U n SISTEMA DE C O M U N IC A C IÓ N PR O TE IC O

Internet, la red d r redes, fue creado en 1969 por el Pentá­


gono con el nom bre de Arpanet (Advanced Research l lroj/cls
Agmcy + Ata), durante la fase más critica de la guerra de Viel-
nam, como una red de comunicación multidircccional entre
ordenadores, para proteger el sistema científico-militar de
un eventual sabotaje o de un ataque nuclear, conectando los
ordenadores del Pentágono a los de laboratorios y universi­
dades que trabajaban en proyectos de interés castrense.
Como no podía ser de otro modo, al haber surgido del ima­
ginario militar, el diseño de Internet ha sido tributario de
una ideología de la invasión y de la ocupación total del espa­
cio comunicativo poi canales capilares (sistema "global ita­
ñ o ", le ha llamado Paul Virilio, com binando globalización y
totalitario). Ycon su estructura dio vida a la categoría telemá­
tica que los anglosajones abrevian CMC (('xtmpuUr Mediatod
(lommujucation), que desbordó su matriz militar y científica
inicial para incorporar pronto nuevos usos empresariales, fi­
nancieros, profesionales, comerciales, prosel ilistas, recreati­
vos y de todo ti|>o.
El modelo ríe red en que está estructurado (o desestructu­
rado, según como se mire) el sistema comunicativo de Inter­
net no tiene centro, sino que se extiende a lo largo de una se­
rie de nodos, de tamaños y funciones distintas, que pueden

121
El rJLO'.

enlazarse con relaciones asimétricas, com plem entarias o


discrepantes. De m odo que la inform ación en Internet no
se difunde de m odo arborescente, desde un tronco o centro
irradiante, como ocurriría en una factoría centralizada y je­
rarquizada, sino de modo rizomático y descentrado. Umbcrto
Eco, Tomás MakJonado y otros estudiosos lian invocado la es­
tructura botánica del rizoma para referirse a Internet, pues
un rizoma es un tallo subterráneo de una planta, de múltiples
raíces finas, que están todas interconectadas entre si.
Intei nei no es, pues, un medio centrípeto yjerarquizado,
sino un medio centrifugo, horizontal y ramificado capilar-
mente, según el principio de la ubicuidad de los Ilujos de in­
formación y de la equiprobabtlidad de las conexiones, que
ha transformado la ilusión audiovisual —del cine y la televi­
sión— d e viajar con la mirada en la realidad de viajar con el
pensamiento. Ycuando se piensa que la ubicuidad, la instan­
taneidad y la inmediatez son tres atributos que han definido
tradicionalmentc a la divinidad se entenderá que. a ojos de
algunos, Internet sea visto como un megamedio con atribu­
tos míticos y casi divinos, que lia hecho del cil>ercspacio un
nuevo continente virtual en el que se concentra energía psí­
quica procedente de todos los países y |>oscc por ello propie­
dades cuasi místicas, que enlazan con las propuestas visiona­
rias de Timothy Leary.
Pero también Internet ha puesto de moda la palabra “rcd H,
que procede del vocabulario arcaico de los pescadores, y que
s<' ha expandido en los últimos años a múltiples designacio­
nes tecnológicas, filosóficas y políticas. Así, el sociólogo Ma­
nuel (lastells, en su im portante obra La na de la tnformación,
ha acuñado las expresiones metafóricas socicdad-red y Esta-
do-red, entendiendo jxir este último un Estado caracterizado
por compartir la autoridad (es decir, capaz de im poner la vio­
lencia legitimada) a lo largo de una red.
En los últimos siglos el poder político y militar estaba cen­
tralizado y concentrado en edificios emblemáticos, como los
castillos, palacios, monasterios, cuarteles y fortalezas, ubica­
dos de modo estable en un punto del espacio y, por tanto,

122
R o m a s G» ***>»

blanco eventual de ataque físico de sus enemigos. Para acacar


aquellos centros de poder había que recorrer caminos o ca­
rreteras, o surcar mares o ríos, desplazando físicamente a los
atacantes y a su armamento. Con el paso de los años, aquel
m undo lerritoríalm entc extenso de viajes v de. transportes se
perfeccionó con las vias férreas. las autopistas y las rutas aé­
reas. infraestructuras basilares en la era de los transportes.
Pero cuando apareció Internet, que culminó el perfecciona­
miento de los sistemas de telecomunicación electrónica, la
concepción tradicional del espac io, de las distancias y del po­
der fue literalmente dinamitada. A los centros de poder físi­
co —castillos, fortalezas— sucedió la deslocali/arión y el no­
madismo de los centros de decisión e influencia De modo
que* las redes informáticas, sistema nervioso de la sociedad
de la comunicación, se convinieron en el instrum ento privi­
legiado al servicio de unas élites de poder nómada e inasible
—por encim a de las fronteras nacionales— . para o rdenar
transferencias de capitales, pedidos comerciales, cerrar alian­
zas oligopólicas. fijar precios, etc. Esta disipación del espacio
físico tuvo su mejor metáfora lúdica en la ubicuidad virtual
de los espacios sintéticos planetarios de algunos parques te­
máticos, en los que sólo diez pasos separan un templo budis­
ta del Tíbet del Kmpire State Building.
F.l otro rostro político, supuestamente ventajoso, de la so­
ciedad cableada es el que representa el arraigado mito de la
democracia informática directa y participativa en tiempo
real, mediante referen dos y votaciones cableadas de los tclc-
ciudadanosantc cuestiones de interés público. Pero la llama­
da “república electrónica" o democracia directa plebiscitaria
de flujo continuo ha sitio también criticada con frecuencia
por eludir la mediación racional de un debate reflexivo y por
prestarse a manipulaciones incontroladas, que marginan las
reglas garantes del juego democrático.
En cualquier caso, la gran agora informática, que algunos
teóricos exaltan como la culminación del sueño político li­
bertario de la expresión y comunicación universal sin trabas,
como la plasmación gozosa de la “anarquía autogobernada",

123
E l IR O S 11*1*1 H I M I U

tiene sus limites y sus controles, com o iremos viendo a lo lar­


go de estas páginas. Para empezar, el FBI ha errado ya hace
años su cibcrpolicía, la National (xmpuUrr Cnms Squad, que
patrulla por las autopistas de la información —y no es la úni­
ca—, como la policía de tráfico lo hace por las carrereras. Y
en la medida en que Internet se ha convertido en el pum o
de encuentro del utopismo libertario y de los intereses del
neolibentlismo ha dado entrada arrolladora a los intereses
económicos en los que este último se sustenta, para convertir
a Internet en lo que Bill Gates ha llamado, con su utopismo
social interesado, “la calle comercial más larga del mundo".
De manera que hemos pasado de un sistema de comunica­
ciones científicas a un 7oco en el que ahora prevalecen en
cambio las actividades mercantiles. O para decirlo más cru­
dam ente todavía, se ha transitado velozmente del modelo
académico y lilx-rtario al hrgcm onisino comercial, del agora
social al mercado público.
El tránsito ha sido, en efecto, muy veloz. Un estudio de la
Universidad de Vandcrbilt ha señalado que m ientras la ra­
dio necesitó treinta años para alcanzar en Estados Unidos
una audiencia de 50 millones de personas, la televisión ne­
cesitó trece años c Internet sólo cuatro. Ln abril de 1998 se
estimó, en efecto, que las incorporaciones a In tern et se du ­
plicaron en Estados Unidos cada cien días. En España, la in-
formatización de los hogares, más tardía, se ha acelerado en
los últimos cinco anos y en otoño de 1998 se estimaba que
había 1.300.000 usuarios de Internet en el país. Un estudio
del Centro de Investigaciones Sociológicas publicado en ju­
lio de 1998 indicó que casi la mitad de los usuarios de orde­
nador en su casa (43,2 por ciento) le dedica más tiempo que
a la televisión, especialmente en los días festivos. Esta activi­
dad supera a la lectura de libros (49,2 por ciento) y de prensa
(46,f> por ciento). Pero un 62,4 por ciento de los españoles
no tienen ordenador en su casa. Y en Estados Unidos, mien­
tras el 73 por ciento de los estudiantes blancos tienen un or­
denador en su hogar, sólo el 33 por ciento de los negros lo
tienen. Un artículo de la revista Scitnee (17 de abril de 1998)

124
Román C t biJts

indicó que, proporcionalm ente a su extensión demográfica,


más del doble d r blancos que de negros habían usado Inter­
net en la semana anterior. Nos encontram os de nuevo con
un norte v# un sur en el interior de las fronteras nacionales.
Como era de esperar, la ubicuidad de los flujos de Inter­
net tiende a maquillar, con una aparente igualación dem o­
crática, los desequilibrios territoriales, seccionados entre el
centro opulento y la periferia deprimida. Para decirio con toda
crudeza, el 80 por ciento de la población mundial no tiene ac­
ceso a Internet y, por eso, la frontera entre países desarrolla­
dos y países subdesariollados designa en realidad la distin­
ción entre países informatizados y países preinformáticos.
t i año 1998 fue decisivo en La catapulta de Internet como
megamedio universal de gran ccntralidad en la vida política.
El fenómeno empezó el 17 de enero, cuando una nota del
periodista Matt Drudge en Internet —en su modesta publi­
cación electrónica Drudgt Rrfnnk— difundió la relación se­
xual entre el presidente Bill Clinton y Monica Lewinsky. Al­
gunos medios impresos de gran tirada e influencia —como
el New York Times y el Washington Post— habían tenido tam­
bién conocimiento del affairt, pero habían decidido no pu­
blicarlo, por razones de buen gusto o por considerar lo políti­
camente poco relevante. Pero en el m om ento en que otro
medio lo hizo público, ya no pudieron ignorarlo y se vieron
arrastrados a ocuparse del caso, que creció como una bola de
nieve mediática.
Este caso tan poco ejemplar políticamente ilustra a la per­
fección el “efecto mariposa*’ en la ecología de los medios, al
que nos referimos al final del tercer capítulo, al m encionar a
Internet como un medio con una gran capacidad intersticial
para producir efectos de multieco. Un m edio inform ático
modesto y periférico a la gran prensa consiguió insertar un
asunto en el primer plano de la agenda setting mediática na­
cional. Y la culminación del asunto también tuvo su escena­
rio privilegiado en Internet. El 11 de septiembre de aquel
año se hizo público el informe del fiscal especial Krnnelh
Starr, conteniendo las confesiones detalladas de Monica l e-
F.l IfcOfc MfCIUOMCn

winsky sobre el caso y este docum ento desclasificado convir­


tió a Internet en el medio más consultado simultáneamente
en el m undo, con 340.000 visitas por minuto. Internet se ha­
bía colocado de la noche a la m añana a la cabeza de los me-
gamedios universales de comunicación. No casualmente, el
aliento de cros estaba presente en cada una de las líneas de
su texto.

1A BELDÍA H A C X F Jl

El prim er giito de alarma llegó en el verano de 1983 —el


mismo año en que Hollywood lanzó la fantasía bclico-infor-
mática Juegos guerra (War Carnes, 1983), de John Badham— ,
cuando empezó a detectarse con casos concretos la vulnera­
bilidad de la red informática a las intrusiones de aficionados,
con el ánim o de saquear datos (espionaje industrial), de ro­
bar dinero a la cuentas corrientes de los bancos, de sustraer
secrctcxs militares a los servicios de defensa, de alterar las m a­
las notas en los registros tic los colegios o, simplemente, por
el placer suprem o de incordiar y. con ello, satisfacer la vani­
dad de un ego caracterizado por su excepcional habilidad en
la manipulación informática.
Pero el prim er gran escándalo llegó en agosto de 1988.
cuando la red de miles de ordenadores que unía ;il Pentágono
con los laboratorios que trabajaban en el programa de la “gue­
rra de las galaxias", erigido por Ronald Reagan, y con las prin­
cipales universidades de Estados Unidos, fue saboteada me­
diante la introducción de un virus por un pirata electrónico. El
episodio puso de relieve la vulnerabilidad del sistema infor­
mático gubernamental. “El gran tenia es que un programa de
softuxnr relativamente benigno ha sido capaz de poner de ro­
dillas a la comunidad electrónica”, declaró un experto de los
laboratorios Livrrmorc. de California, asociado al programa
de investigación de la -guerra de las galaxia*-. Sólo en Livcr­
morc hubo que desconectar ochoc ie ntos o rd e n a d o ra hasta
conseguir desinfectarlos del virus introducido en su red.

1 2 6
R í ■ *» .* ( w ..M K S

Una voz anónima, que dijo hablar en nom bre del sabotea­
dor, llamó a The Nao York Times pitra explicar que su experi­
mento, cuyo objetivo era introducir un virus en la red Arpanet,
se le fue de las manos por un pequeño problema de programa­
ción que hizo que el virus se multiplicara a través d r la red in­
formática cientos de veces más rápidam ente de lo previsto.
El virus consistía, como es usual, en una serie de instruccio­
nes manipuladoras o destructivas introducidas clandestina­
mente, a través de la línea telefónica, en los programas de
otros ordenadores. Ello hace que su reproducción siga la ley
del "contagio" que es común en los virus biológicos. En este
caso, el virus llegó a infectar a los ordenadores de la NASA« del
Massachusetts Institute o f Icchnology, de las Universidades
de Harvard, Princctnn y Columbra, del Mando Aéreo Estra­
tégico (SAC) y de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA).
Pero como esté virus no estaba diseñado para borrar la infor­
mación almacenada, y sólo ralentizó el trabajo de los ordena­
dores, sus efectos pudieron ser controlados.
Dos meses después, en octubre de 1988. el prim er miniv
u o belga, VVilfried Martcns, se enteró una m añana por la
prensa de que un anónim o fanático de la informática, con
sólo un ordenador personal y un teléfono, había podido pe­
netrar en el sistema de comunicación de su gobierno. El pi­
rata pudo así conocer con antelación los órdenes del día de los
consejos de ministros, la correspondencia electrónica entre el
primer ministro y su* colega* de gabinete y otrexs documentos
oficiales reservados. Esta intromisión, en un momento en que
el Código Penal belga no contenía ninguna disposición con­
tra el delito informático, levantó muchas especulaciones en­
tre políticos, psicólogos, sociólogos y juristas. Según muchos
analistas, el objetivo de los piratas electrónicos era. simple­
mente, demostrar que los sistemas informáticos son vulnera­
bles y presumir a su vez de su habilidad técnica, a veces con
medios rudimentarios. Pero ju n to a estos intrusos por placer
estaba comenzando a expandirse ya en aquella época una
pléyade de ladrones informáticos que lograban lucrarse con
transferencias bancadas, o de chantajistas que introducían

127
y.i IBCrt II |i 7TfcAf*WU

rn los ordenadores órdenes de destrucción de los programas


que utilizaban. En 1988 tan sólo Canadá. Francia y Dinamar­
ca habían adoptado disposiciones legales contra estos nue­
vos delitos.
En marzo de 1989. el servicio de contraespionaje de la Re­
pública Federal de Alemania desarticuló una red de espías
que se dedicaba a robar la información secr eta de los bancos
de datos occidentales, para vendérsela luego a la KGB soviéti­
ca. Ix>s detenidos eran expertos "rompeclaves^, denom ina­
ción que se refería a aquellos aficionados a la informática
que descifraban los códigos secretos de acceso a los grandes
bancos de ciatos y uno de cuyos precedentes en Alemania ha­
bía sido el Chaos Com puter Club, de Hamburgo. que tam­
bién había llegado a acceder a los ordenadores de la NASA.
Se reveló entonces que el servicio alemán de espionaje se­
guía la pista de esta red desde hacía un año y que había in­
tentado varias veces cazar a los “rompcclavcs" introduciendo
en los bancos de dalos información falsa, pero ésta nunca
fue recogida por los espías. Y, para congoja de la com unidad
informática mundial, se desveló que para rom per las más se­
veras medidas de seguridad y protección de datos de centros
militares, científicos c industriales, los "rom pee laves" no usa­
ron más que herram ientas de escaso valor: ordenadores de
precio medio-bajo, acopladores acústicos y la línea telefónica
de uso general. Ixxs piratas habían comenzado a cooperar
con agentes del KGB en Hannover en 1985, gratis en un pri­
m era fase, y luego a cambio de cientos de miles de dólares y
drogas para uno de ellos, que era drogadicto.
Con estos antecedentes, en agosto de 1989 doscientos pi­
ratas informáticos procedentes de Europa y de Estados Uni­
dos celebraron su prim er congreso mundial en Amsterdam.
una de las ciudades más permisivas del m undo y en un país
que no penalizaba la piratería informática. Los hacbrs—pues
ésta era su denom inación en la jerga informática, del verbo
to hade cortar, acuchillar— se dedicaron en su congreso a in­
tercambiar informaciones sobre los últimos avances de su
técnica y adoptaron una Declaración Universal de los Ha-
Roma* C l

ckers, en laque decían no ser delincuentes y afirmaban, por el


contrarío, que contribuían a la implantación de un sistema
internacional de comunicación, demostrando los fallos y esca­
sa protección de los sistemas y luchando contra la “centraliza­
ción informática”. Y su organizador. Jan Dietvorst, declaró
que “tenemos que hacer frente a una peligrosa centraliza­
ción de las informaciones. Y estamos dem ostrando que con
un equipo barato [un m icroordenador] es posible entrar en
comunicación con cualquier lugar del m undo”. Sin querer­
lo. sus palabras constituyeron una lúcida profecía de la red
mundial Internet.
Después de esta fecha, las intrusiones en las redes infor­
máticas de alta seguridad a través de la línea telefónica se
han convertido casi en una rutina y no hay semana en que no
se destape algún caso clamoroso. Por ejemplo, el de un jo­
ven israelí de dieciocho años que fue arrestado en septiem­
bre de 1991 en Jerusalén, acusado de haber accedido a infor­
maciones secretas sobre la G uerra del Golfo y sobre Israel. A
raíz de éste y otros episodios que enfrentaban a unos guerri­
lleros informáticos en la sombra con cl sistema comunica-
cional de la sociedad postindustrial. deseosos de subvertir tal
sistema en nom bre de principios libertarios o para halagar
su propio ego. cl gobierno noi teamericano creó cl Com pu­
ter Emcrgency Responso Team, un centro federal destinado
a vigilar la seguridad de las comunicaciones electrónicas.
Pero, en el otro bando, el núm ero de guerrilleros informad
eos no cesaba de incrementarse. En agosto de 1994 se cele­
bró en Nueva York un nuevo congreso de piratas informáti­
cos que reunió a 1.200 hacken de Estados Unidos y algunos
colegas de Canadá y Alemania. Durante este congreso, y con
música de nvA and rcMcomo fondo, se proyectó en una gran
pantalla una película con instrucciones acerca de cómo usar
la línea telefónica sin pagar, al mismo tiem po que los cyber-
fmnks se entretenían cotí cuarenta ordenadores de la sala prin­
cipal hablando en cyfrrsptnk, cl idioma del movimiento clan­
destino de la inform ática. Aclaremos que el movimiento
cybcrpunk tiene como meta la fusión de la alta tecnología y

129
E l f K 0 8 IX JC T lS Ó hC íO

la con trac ul tura, para hacer de la prim era un instrum ento al


servicio de la segunda.
lo s reportajes acerca de esta curiosa reunión neoyorqui­
na describían a los piratas inform áticos com o parientes tar­
díos de los hippUs, pero inmersos en la alia tecnología, y de
aspecto desharrapado. Aseguraban que u n a sed insaciable
de saber y de entrar en lo desconocido era lo que les llevaba a
cambiar el m undo real por el virtual. A la pregunta de por
que entraban en archivos secretos, la respuesta más común
era: “Porque sé hacerlo y lo consigo’*. Uno de los entrevista­
dos hizo una distinción im portante: "Una cosa es entrar en el
sistema informático del gobierno y otra com portarse como
un criminal dentro*', añadiendo con orgullo: “Si eres bueno,
no dejas ninguna huella**. Com o la mayoría de sus colegas,
insistió en que su motivación era la firme creencia de que M la
inform ación pertenece a todos“. Se trataba de una especie
de com unism o revolucionario y libertario de la era inform á­
tica, con el que ni Marx ni Bakunin, que escribieron su obra
a la luz de un quinqué y con plumas de oca, pudieron siquie­
ra soñar.
El manifiesto de los hackrrs del grupo llamado Blacknet
expresó muy bien los ideales de su gremio al considerar que
"las naciones-Estado, las leyes de exportación, las considera­
ciones en torno a la seguridad nacional y similares son reli­
quias de la era del pre-ciberespacio”.
I>a actividad de los hathrrs ha continuado siendo persisten­
te y, en el momento de escribir estas líneas, sus úldmas proe­
zas han sido el asalto masivo por dos adolescentes a los orde­
n ad o res del Pentágono —una presa sin chula golosa— en
febrero de 1998 y un ataque masivo, en mayo de 1999, a las
u^ñidel FBI y del senado de Estados Unidos, que obligó a can­
celarlas temporalmente. Estos episodios revelan el eventual
deslizamiento de la rebeldía A/j/A/t desde la travesura hacia el
cibcrterrorismo. La cibcrgucrrilla o terrorismo informático,
menos cruento pero a veces más devastador que el terroris­
mo tradicional, puede tener como objetivo la destrucción de
información, como en los ejemplos recién citados. Y nunca

130
K<-<mak Gl v u n

toma como rehenes personas o bienes, como hace el terro­


rismo clásico, porque su objetivo son la información o los da­
tos. Un ejemplo también reciente de ello ese! pirateo en ju ­
nio de 1999 de la recién estrenada primera entrega de la saga
galáctica d r G ro rg r Lucas Star Wats, Isi amenaza fantasma,
para difundirla por Internet. Constituyó un episodio que can­
celó ruidosamente el idilio que había existido hasta entonces
entre la industria de Hollywood y el sector informático, que
aparecía como su gran aliado para obtener efectos visuales
especiales mediante imágenes digitales. I-a conclusión obvia
de estos episodios es que una eventual ciberguerra (un ata­
que masivo contra redes informáticas) resultaría m ilitarm en­
te la forma más decisoria y rápida para dirim ir un conflicto
bélico futuro. Y la moraleja es que quien posee un nivel de
desarrollo informático más elevado, más vulnerable resulta
para su ciberenemigo.
Tras el impacto traumático de la guerra de Kosovo se ce­
lebró en Milán, en junio de 1999, una cum bre europea de
hachen. En esta reunión se m anifestaron en contra de la in-
foguerra, en contra de la destrucción de la comunicación y
sus infraestructuras y en favor de la infopaz. Aprovecharon
la ocasión para pedir que todos los docum entos anteriores a
1995 fuesen puestos al alcance de los cibem autas y fundaron
la Agencia por el Derecho a la Información en el III Milenio.
Y haciendo publicidad a una multinacional de Hollywood,
propusieron el haektivismo para que el futuro no se llamara
Aíatrix. De este modo aludían a la popularísima película d r
I arry y Andy Wachowski estrenada poco antes, que presenta­
ba la lucha guerrillera de unos hachencontra un poder jx>líii-
co totalitario y om ním odo que dom inaba el ciberespacio. Al
final de la cinta su mesiánico protagonista, Keanu Reeses,
proclamaba su aspiración a crear un m undo (ciberm undo)
“sin reglas ni controles“. Era una consigna que Bill Gates sus­
cribiría con gusto, para preservar la hegem onía de su impe­
rio informático.
Con motivo de los congresos de hachen y de las detencio­
nes de algunosde ellos ha podido trazarse su perfil, que en lí-

131
Fu. UL03 tJJtVI XÚNXX>

neas generales resulta muy poco atractivo para las convencio­


nes niás com unes de nuestra cultura, a pesar de ser siempre
jóvenes »olleros. Suelen llevar gafas, por su gran dependen­
cia de la pantalla; son pálidos, por la falta de sol motivada por
su reclusión, y obesos, por su asidua ingestión de fasi food y
falta de ejercicio físico. Y, sobre todo, es un sujeto asexuado,
porque ha sublimado toda su energía iibidinal en su único
interes, pues su tínico placer radica en el hacking.
Con esta caracterización se constata que, en su condición
de nueva especie de ciudadano, los hackers se han adaptado
biológicamente a su nicho informático. En su calidad (le tcc-
no-anarquislas, los hachen han sido idealizados a veces como
héroes contraculturales en el inundo de la alta tecnología,
como prolongadores del impulso contracultural y libertario
hippie<\c\ post-b8 en las décadas de final de siglo, pero con su
protesta despojada de sus ingredientes eróticos, en concor­
dancia con la alarma generada por la plaga del sida. Pero
esta extrapolación de la contracultura de los anos setenta no
puede admitirse sin cautelas y es obligado recordar que Theo-
dore Ros/ak, el teórico fundacional de la con trac ul tura, la
caracterizó precisamente corno una protesta y una réplica
colectiva contrae! totalitarismo tecnocrálico.
Si se analizan detenidam ente las motivaciones de la rebel­
día hacker se pueden identificar tres m otores de su conducta:
el primero, de carácter em inentem ente narcisista, se halla en
la constatación gratificadora de su propia habilidad técnica y
de su poder. El segundo, de carácter más ideológico, en la de­
fensa del principio del libre acceso a la información, de ma­
nera que consideran que su actividad, aunque ilegal, es ética,
y por ello legitiman la clcptocracia, el orgullo meritocrálico
de la com petencia y eficacia en la sustracción de información
ajena. Yol tercero, complementario del anterior, en el placer
de interferir o destruir un sistema que representa el orden
institucional social. Aquí se localizaría propiam ente el cros
libertario de su protesta, producto de la inversión de su ener­
gía Iibidinal en el placer de la transgresión social. Y un psico­
analista ortodoxo interpretaría seguram ente la transgresión

132
RO*Mn Ci *> •*

del hacJur como un intento para liberarse del opresivo con­


trol paterno, representado por el orden social.
Este tema nos lleva al asunto de la adicción patológica al
ordenador, a la que en Estados Unidos se le llama cxmpute-
rism. Hoy se sabe bastante sobre la adicción a la pantalla, que
ha sido bien estudiada por Mark Uriffiths, psicólogo de la
Universidad de Nottingham. Se sabe que el foco luminoso de
la pantalla posee cierta capacidad hipnótica y que la mayor
adicción a Internet se produce en los hatkers, pero también
entre personas desocupadas y mujeres de mediana edad, lo
que sugiere que aporta una compensación emocional en una
vida poco estimulante y con pocos contactos sociales.
Las investigaciones neurológicas más recientes sobre los
procesos adjetivos se han realizado con la técnica del escáner
denom inada tomografia por emisión de positrones (PET)
para observar la actividad metabòlica de ciertas áreas del ce­
rebro de pacientes durante tratamientos contra la adicción a
la cocaína. Los informes indican que cuando los adictos sien­
ten la ansiedad de buscar la droga se observa un alto nivel de
actividad en una franja de áreas cerebrales que va desde la
amígdala y el á n g u lo anterior hasta los lóbulos temporales.
Pero el mismo sistema mesolímbico parece funcionar nor­
malmente para proporcionar al individuo una sensación de
placer ante cualquier cosa que suponga una recom pensa,
como relaciones sexuales, chocolate, alcohol, nicotina o el
placer de un trabajo bien hecho. Y, por supuesto, ante el pla-
cer derivado de la pantalla, que genera también una adicción
no química. En 1995 la Facultad de Medicina de Harvard ya
se refirió específicamente a la adicción a Internet, comparán­
dola con el alcoholismo. Para entonces ya existían en la red
páginas tituladas elocuentemente Nethaolics Anonrmous, In-
tcrnctcrs Anonymous y Wchaholics, para ayudar a los adictos.
El ano 1998 trajo descubrimientos reveladores en este
apartado. Una encuesta llevada a cabo en abril de aquel año
reveló que un 16 por ciento de los norteam ericanos con ac­
ceso a Internet (unos 80 millones de personas) habían aban­
donado totalmente o en parte la lectura de diarios en favor

133
Ei r « ä Ki j E t m i f a H x t

de las noticias electrónicas. Pero el lado oscuro de esta ex­


pansión lo dio en agosto un estudio de la Carnegie Mellon
University de Estados Unidos, al señalar que el uso habitual
de Internet en el hogar favorece la depresión y el aislamien­
to: por cada hora de conexión, según su informe, aum enta el
uno por ciento el riesgo de la depresión y se reduce el círculo
de amigos y conocidos en 2,7 personas. Y el 3 de marzo de
aquel año toda la prensa mundial relató el caso de un italia­
no que pasó Ues días navegando sin interrupción por Inter­
net y que tuvo que ser hospitalizado con confusión mental,
alucinaciones y delirios, con el diagnóstico de “intoxicación
aguda de In tern et“.

SOCtODINÁMÍCA UK IA REI*

No hace mucho, U m berto Eco definió perspicazmente a


Internet como •‘una gran librería desordenada“. Con este
diagnóstico Ero convergía con la preocupación ya manifesta­
da por la prestigiosa revista Sam er, alertando acerca de un
peligro de bakammáem del conocim iento científico — de su
fragmentación, dispersión y ocultación—. debido a la estruc­
tura amorfa, expansiva, asistemática y aleatoria de la red de
redes. En su masa desordenada de datos sólo puede obtener­
se, obviamente, aquello que está en oferta, y es prácticam en­
te imposible saber de antem ano lo que está realm ente en
oferta. Volviendo a los símiles biológicos, hay que recordar
que todos los sistemas naturales tienden a optimizar su ren­
dimiento, ¡x'ro existe un punto de inflexión a partir del cual
lo bueno se convierte en un exceso dañino. Esto es cierto
para la alimentación, cuando la nutrición se plasma en obesi­
dad patológica, o en el cultivo intensivo que conduce a la de-
scrtización del territorio. Análogamente, en el ser hum ano
el exceso de información dificulta las funciones básicas de la
memoria y puede entorpecer los procesos cognitivos. de
m odo que el crecimiento desordenado y desequilibrado de la
red puede parangonarse a un proceso celular canceroso, pero
Ki )W*.N C ;. m k \

en el plano de la comunicación social. En tal caso, puede afir*


ruarse que se genera mucha información, pero poco conoci­
miento.
Una gran librería desordenada resulta escasamente útil
en la sociedad del conocimiento, en la que es fundamental
disponer en cada m omento de la información pertinente re­
querida y, para ello, dom inar sus criterios previos de selec­
ción. I xj que diferencia precisamente en la sociedad dual de
la información, a la que nos hemos referido en el tercer capí­
tulo, a los im idm de los oulsiden reside precisamente en su
posibilidad de acceso a la información pertinente y requeri­
da en cada mometo: ijyou a re nat in, you are crui, reza el axio­
ma dualista.
Hay que recordar que ensenar es. antes que nada, ense­
ñar criterios de discriminación, de búsqueda y de selección
de la información. No hacen otra cosa todos los primates en
sus ejercicios de aprendizaje y autoaprendizaje, como en la
distinción entre lo comestible y lo incomestible. Y, llegados a
ciertos niveles de complejidad intelectual, esta selección no
puede hacerla ninguna máquina, sino sólo la intcligenca in­
tencional del hombre.
I-a "librería desordenada” de la que Eco se lamentaba exi­
ge criterios de pertinencia y de búsqueda de la información
por p¿ute del usuario, de modo que pronto habrá que afir­
mar que ser sabio consiste, sobre todo, en saber buscar, ele­
gir o seleccionar hmcionalmente aquello que nuestro inte­
lecto requiere en cada momento. Y cuando hoy se constata
que 13 dualización social que ha dividido a los ciudadanos en
ricos y pobres se ha agravado con la división añadida de ricos
y pobres en conocimiento (infor ricos e infopobres), habría
que precisar que en esta nueva categoría el elem ento prin­
cipal de distinción es su capacidad de acceso y selección per­
tinente de las fuentes de conocim iento y de los datos reque­
ridos. Porque la sobreoferta no sistematizada de información
equivale a desinformación. como ya se explicó.
Pero la red cumple otras funciones además de la enciclo­
pédica y de consulta de bases de datos y extiende su estruem-
E i f*Ofc l u m n A x i c n

ra a la comunicación bilateral y multilateral. Krvin Kelly ha


definido a Internet como un "exosisicrna colectivo"*, que es­
taría en la base de una nueva ^inteligencia colectiva" (la ex­
presión es de Fierre Lévy). Ésta constituye, naturalm ente, la
visión optimista de la red, pues la versión pesimista, a la vista
del desequilibrio que el sistema alberga entre conocimiento
y ruido, la califica a veces de m ero vertedero intelectual, po­
blado por cibcrgolosinas y que multiplica la tontería de los
tontos que lo utilizan. Como advirtió Steven Nliller, “en vez
de una aldea global, las nuevas autopistas podrán convertir-
nos en un fumadero de opio de quinientas pipas“.
El ciberespacio constituye un territorio libre que a veces
se ha com parado con las praderas del Far West. En tanto que
espacio público de comunicación, la red perm ite que las pro­
puestas de los ciudadanos anónim os irrum pan en él, perfec-
cion and o una tradición dem ocrática que ames se plasmaba
sólo en las cartas a los directores de los periódicos, en llama­
das a las emisoras de radio o inserciones en medios margina­
les. Pero también el ya hipcrpoblado cibciespacio, cu su cali­
dad de espacio público, ha ido adquiriendo con el tiempo el
rostro de un espacio peligroso e inseguro, poblado por esta­
fadores. paidófilos y asesinos, que consiguen am enazar ron
su cibcrdclincuencia a los ciudadanos pacíficos, como vere­
mos mas adelante.
lo s autopistas de la comunicación han creado la infraes­
tructura de lo que Alvin Tofflcr llamó hace anos la “sociedad
de la de sm orificación", con los com unicadores reunidos vir­
tualm ente con sus interlocutores lejanos en el interior de sus
viviendas. Pero, a la vez. está rcm odclando el tipo de relacio­
nes creadas por la sociedad televisiva, que era la sociedad del
aislamiento, sometida a la tiranía de los flujos m onodireccio
nales de información emitidos por las pantallas. No obstan­
te, es menester no hipostasiar la comunicación por la red,
pues la biología nos ha enseñado que organismos que viven
en un mismo medio no viven en realidad en el mismo m un­
do. Una flor, por ejemplo, es adorno para una muchacha,
instrum ento de libación para una abeja y alimento para una
R o u A s Q m is

vaca. Sus mundos son distintos, tanto como los de los inter­
nautas que se comunican desde distinios intereses persona­
les y desde distintas subjetividades.
Comparada con Internet, la llamada telefónica es dem a­
siado intrusiva y puede sor tem poralm ente inoportuna (esta­
mos tal ve/, en la ducha o enfrascados en una larca absorben­
te). El mensaje de la red queda depositado en cambio en el
correo electrónico del destinatario, para .ser consultado a su
conveniencia. Porque la com unicación en la red puede ser
sincrónica o asincrónica. F.n la prim era los participantes es­
tán simultáneamente on-tiney se responden in media lamen te
unos a otros. Su efecto de telepresencia es más intenso y
emocional que en el segundo caso. Cuando la comunicación
es sistemáticamente asincrónica puede traslucir una volun­
tad de ocultación de sentimientos, de esquivar una confron­
tación mas directa o de crear cierto misterio.
Se ha dicho que Internet es el medio propio de la Genera­
ción X, pues la creciente movilidad geográfica por razones
laborales favorece las relaciones a través de la red, que son
más estables. L)c manera que las relaciones y amistades no se
forjan por la proximidad física, sino por la com unidad de sus
intereses, y su vinculo virtual sustituye a su vínculo personal, o
por lo menos lo modifica profundam ente. Con su ubicuidad
enunciativa. Internet dinamita así la geografía, pero las per­
sonas siguen estando en sus lugares, pues el mito fantarientí-
fico de la teleportación sigue aguardando. El multimillona­
rio 1lovvard Hughes, que dio varias veces la vuelta al m undo y
acabó su vida encerrado en mi búnker de Las Vegas, en com­
pañía de sus depresiones, ilustró de modo patológico, antes
de la explosión de la red, la improductividad de la ubicuidad
que pretende justificarse a sí misma.
1.a materia prima de la comunicación a través de la red es
la escritura, un sistema gráfico que Frcud calificó lúcidamen­
te como “la palabra del ausente'*. Pero sus textos son palabras
despojadas de su contexto subjetivo de enunciación, a dife­
rencia de la entonación y la gestuaJidad que acom pañan la
comunicación cara a cara, y a diferencia también de las car-

137
F l W U » JJ4 JTTUÓM3ÜO

las man use ritas, en las que la caligrafía, rl papel perfum ado
o los pétalos de flor pueden añadir un im portante plus em o­
cional ai mensaje. Para "caldcar" el texto escrito con cierta
tem peratura emocional se han insentado los aTioíicvns (de
emotums + teems), que son figuras ideográficas alfanuméricas
formadas con signos de puntuación del teclado, para expre­
sar estados de ánim o y otras características de los interlocuto­
res, como :— ) [sonrisa], :— ( [infelicidad], 8— ) [personaje
que lleva gafas],:—& (personaje con los labios sellados], etc.
El repertorio scmiótico que configuran los emoticons ilustra
acerca de la expresión dialectal formalizada en los chais anglo­
sajones, en los que al lenguaje airado, insultante o provocativo
se le llama flanúng (llameante), a los novatos se les califica de
newbics (de neto y el sufijo de fxihm) y que ha creado todo un sis­
tema propio de neiiquciic (nriioork ♦ eiiqueiU)t que debe ser res­
petado por los partic ipautes. lid sistema de comunicación
plantea dudas acerca de cómo deben designarse sus partici­
pantes. La palabra "operador“ es demasiado fría c imperso­
nal, “interlocutor** debiera reservarse más bien para quienes
intercambian comunicaciones orales o locuciones, |>or lo que
"corresponsal* parece la más ajustada, aunque apenas se use.
Internet constituye un gigantesco árbol de .subculturas
muy diversificada», formadas por las llamadas "comunidades
virtuales", unas com unidades <m4ine que constituyen foros
de debate o grupos de discusión, monográficos o no, que
pueden ser abiertos o cerrados (endógam os), y que se co­
rresponden en nuestra tradición cultural con la función de
las tertulias y los clubs de discusión, y hasta de las peñas y las
pandillas (la denom inación inglesa chai [charla] se corres­
ponde bien con la acepción española). Sus panegiristas han
querido relacionarlas con la tradición utopista de las com u­
nidades libertarias del siglo xix, pero su concepción es más
cercana al modelo del agora y del ateneo, dos instituciones
que se rem ontan a la Grecia clásica, aunque ahora hayan sido
despojadas de sus formalidades y ritos.
Una com unidad (a escala telemática) es un subgrupo so­
cial que com parte intereses temáticos com unes y que está c o

1 3 «
Ri >mAs Ci m ax

hesionacio por la m utua empatia de sus miembros, creando


entre ellos una proximidad virtual. Tales miembros pueden
no llegar a conocerse personalmente ni verse nunca, por lo
que puede afirmarse que son, de hecho, comunidades invisi­
bles, incluso para sus participantes, unidos solam ente por la
comunicación escritura!. Por eso el espacio o territorio de
ht comunidad virtual es más conceptual que perceptual. Yen
unos momentos en que las sociedades occidentales están vi­
viendo una acelerada segmentación calificada de “mullicul-
turar, las comunidades virtuales contribuyen a la tribaüza-
d ó n de la sociedad postindustrial, parcelándola en tribus
electrónicas diferenciadas por sus gustos y aficiones y basa­
das en el refuerzo mutuo de una identidad específica. No po­
cas veces tales tribus conocen un ajerarq u irad ó n acentuada,
con sus gurús, hechiceros o caudillos.
Debido a la frecuente dispersión física de sus miembros,
estas comunidades tienden a erosionar el sentimiento de leaf
tad territorial, cediendo la adhesión a su localismo o patrio­
tismo en favor de los vínculos afectivas interpersonales, de
carácter transregional o transnational. Ya dijimos que Inter­
net hahia dinam itado el espacio geográfico y había rédeseu-
bierto los ideales de la asociación libertaria desterritorializa-
da. pero no es menos derto que una com unidad virtual
puede consumirse en la suma estéril de monólogos paralelos
de personas con afinidades culturales.

F u n c io n e s e r ó t ic a s y a f e c t iv a s

INTERFERSONAI.ES EN LA RED

Como se señaló en el capítulo anterior, la comunicación in-


terpersonal cara a cara —la que los intcmautas califican como
^•D (en tres dimensiones)— es la que transmite la máxima in­
formación emocional, porque añade a la comunicación ser­
bal (con su entonación, inflexiones de voz, sus pausas y su pro­
sodia) el inmenso campo de estímulos de la comunicación no
verbal: expresiones faciales, miradas, gestos, olores, etc. Las

139
El r:*m LLXcnrtfooo

mediaciones técnicas de la comunicación reducen siempre tal


riqueza de mensajes y de matices. l a videoconferencia trans­
mite menos información que la relación cara a cara. El teléfo­
no menos v el correo electrónico menos todavía.
4

El teléfono entronizó a la voz como principal medio de


comunicación humana, en detrimento de la imagen» de la tac­
tilidad o del olor. Los manuales de urbanidad enseñan a to­
dos los niños que cuando se habla con u n a persona hay que
mirarla a los ojos. La mirada perm ite descubrir, en un parpa­
deo o en un sonrojo, que un interlocutor m iente o que no
dice toda la verdad. Esta función esencial de la vista en la
conversación fue suprimida y todo el peso de la comunica­
ción —de la semántica y de la psicológica— iría a recaer en la
palabra desprovista <Je imagen, en su entonación, sus matices,
sus titubeos, sus redundancias y sus pausas. I-a sociedad tele­
fónica ha sido, pues, una sociedad vococéntrica —centrada
en la vo/—, que recorría el tejido social velozmente, densa­
m ente y en todas las direcciones.
En esta sociedad lelepolifónica la voz reemplazaba a la pre­
sencia visual, a la apariencia física y a los modales gestuales
en la vida social. Para compensar la mutilación sensorial y la
frialdad de este único canal comunicativo, los diseñadores se
esmeraron en sofisticar la form a y aspecto de los aparatos te­
lefónicos, dotándolos de mayor personalidad, elegancia y co­
lores más cálidos. El arcaico aparato negro, uniform e e im­
personal fue sustituido con ventaja por seductores gadgtís,
estilizados, elegantes, barrocos, golosos y hasta eróticos. El
tim bre ya no era un timbre, sino un suave "bip-bip". Y el apa­
rato un com pañero cálido que com pensaba la ausencia física
del ser hum ano con el que se hablaba, pero al que no se p o ­
día ver ni tocar. Una cosa iba por la otra. No es extraño que
muchas actrices de ¿trifhUas*quisieran desarrollar desde ha­
cía años núm eros en los que simulaban maslurbarsc con el
auricular telefónico, como si desearan que la voz del amado
penetrara por su vagina.
Pero la carencia visual del teléfono hizo que desde los años
treinta empezara a ensayarse el videoteléfono, que contó con
R iiutN C e t r r s

algunas estaciones experimentales públicas en la Alemania


nazi. La videoconfcrcncia parece, a primera vista, un medio
que casi reproduce todas las ventajas de la comunicación cara
a cara, pero en realidad aporta varios inconvenientes impor­
tantes. En primer lugar, puede resultar muy indiscreta e intru­
siva, pues puede asaltar nuestra intimidad en un momento in­
deseado. Y si bien es cierto que el destinatario de la llamada
puede desconectar el circuito de vídeo, tal gesto puede supo­
ner el envió de un mensaje descortés, inamistoso u hostil al
com unicante. Y, en cambio, cuando la com unicación está
anim ada por un sentim iento amoroso, ver al ser am ado, sin
poder tocarlo, resulta más ansiógeno que la comunicación
telefónica. Como escribió Ernst Dichtcn “El vidrio, que nos
permite ver, pero no tocar, es el perfecto símbolo de la fi us-
traciónH.
Con su comunicación escrita, las relaciones interpersona­
le* en la red retroceden al coqueteo a través de la palabra es­
crita que era propio del epistolario galante de las clases altas
del siglo XV11I, pero sin su expresiva calidez grafològica ni su
papel perfumado. Por supuesto, se le pueden añadir rmotúons
al texto, pero son siempre figuras estereotipadas, como las
de los jeroglíficos egipcios, muy distintas de las metáforas
poéticas o caligráficas que salían antaño de Las plumas ena­
moradas. En la comunicación cara a cara, la expresividad no
verbal —que emite importantísimas subtextos emocionales,
como se dijo— es simuUárun al mensaje verbal, mientras que
la lectura «le los nnoticons es sueniva a las palabras escritas, lo
que les resta eficacia. A diferencia del famoso "amor a prim e­
ra vista" en la realidad $-1). que empieza por lo visual (como
La propia expresión indica), en la red empieza por lo concep­
tual o escritural, cuya contundencia sensorial es muy infe­
rior. Pero también es cierto que los textos escritos se pueden
leer, releer, degustar, interpretar y re interpretar, a diferencia
de las palabras oídas, que se lleva el viento. Y, existe, por su­
puesto, una larga tradición de amistades por corresponden­
cia que han desembocado a veces en bodas, en 5-0 o por po­
deres. F.n la red el proceso no es muy distinto.

141
Fj tu,<nni>NK o

Según los estudios llevados a rabo en este campo, lo nor­


mal es que entre la pareja de corresponsales se produzca una
intimidad progresiva. So suele empezar escribiendo sobre
ideas generales y gustos personales. l)e ahí se pasa a informa­
ciones más personalizadas sobre uno mismo. Ydcspués a ha­
blar de sentimientos. Yal igual que en la correspondencia en
$WD, se puede esc anear un retrato fotográfico para que el co­
rresponsal lo vea en su correo electrónico. Será, sin duda, una
fotografía favorecedora, tal veo retocada» tal vez antigua, cuan­
do el corresponsal era más joven, o incluso modificada favo­
rablemente por la cirugía estética digital. Y en todos los ca­
sos, el paso del mensaje sentim ental al sexual es sum am ente
delicado. Hay que sabor en qué m om ento se puede dar el
paso sin tropezary ello requiere intuición y sinceridad, o tal
vez astucia, según los casos. ¿Aceptará e l/la corresponsal este
paso hacia adelante en la relación?
1.a red ofrece ciertas ventajas para la comunicación senti­
mental. Resulta ideal para los tímidos y los solitarios forzosos,
como las personas que efectúan tareas nocturnas o viven en
zonas despobladas. F.l anonim ato estimula, además, ladesin-
hibición social y la red perm ite asi las relaciones entre extra­
ños con más facilidad que las discotecas y los bares, en donde
la mirada o la voz pueden flaquear, hs ideal para los tímidos e
inseguros y, además, cancela, por el anonim ato de la com uni­
cación, los efectos negativos del racismo étnico y de los racis­
mos sociales de la fealdad, de la edad y de la enferm edad.
Muchos psicólogos han escrito acerca de la atracción de
los contrarios, que perm ite liberar energías eróticas reprim i­
das por los códigos sociales o morales. K1 ejecutivo ordenado
se enam ora muchas veces de la m uchacha libre y bohemia, o
viceversa, y el ingeniero de la pintora. I-a comunicación es­
crita perm ite entorn es limar las aristas más chocantes o peli­
grosas de sus discrepancias y facilita idealizar al otro y allanar
el camino para la relación en 3-D.
He aquí un pum o verdaderam ente im portante. Cuando
se tiene poca información sobre un corresponsal es fácil pro­
yectar sus deseos o fantasías sobre él, de m odo que a un indi-

142
R o m <n G h h »

viriuo sin rostro se le puede idealizar colocándole el más atrac­


tivo o deseado. Aunque el operador que construye una pro­
yección imaginaria idealizada del corresponsal que no ve se
arriesga a que su eventual encuentro pueda ser devastador y
destruir definitivamente su relación. Análogamente, cuando
uno se describe a sí mismo con palabras, para un interlocutor
ausente, difícilmente se com porta de un modo objetivo. Me­
jor dicho, no puede ser objetivo, 'fiende a favorecerse y a pro­
yectar una imagen atractiva de si mismo. Pero si es una perso­
na depresiva o que padece trastornos de personalidad puede
proyectar en cambio una imagen decididam ente negativa a
través de sus palabras.
Parece ser frecuente entre los internautas que tratan de
establecer relaciones afectivas el temor a la frustración en 3-D.
El temor a la decepción puede paralizar el encuentro físico
con un(a) interlocutor(a) que se ha idealizado a través de la
comunicación escrita. Se desea conocer al corresponsal, pero
a la vez se tem e que el encuentro pueda def raudar y a veces
este temor conduce a perpetuar una relación que jamás de­
semboca, por inseguridad o timidez, en £-1). Del misino modo,
el tem or a estar por debajo de las expectativas creadas por
una comunicación exitosa puede paralizarlo. En este segun­
do taso, esta reacción puede constituir un síntoma de fobia
social.
Para resumir la situación, digamos que en la comunica­
ción interpersonal en la red la invisibilidad física de los co­
municantes aporta una ventaja y un inconveniente a la vez:
1) protege a los corresponsales con un anonim ato de Jacio y
ello les perm ite o una mayor franqueza comunicativa o, por
el contrario, una ocultación de defectos propios, o una simu­
lación ventajosa; 2) peto esta invisibilidad hace también que
la comunicación sea menos completa (y a veces menos grati-
ficadora) que si fuera caía a cara. Pero en este juego no todo
el mundo aspira a culminar la relación cilxi náutica en el mun­
do de 5-D, como pronto veremos.
La pantalla del ordenador conectado a la red actúa pata
su usuario como metáfora de un gran pozo, de un agujero

143
Lt »sea xirroxVJXJO

negro maravilloso» que esconde infinita* posibilidades y secre­


tos en su fondo, agazapados tras su superficie translúcida. Cx>n
su sola existencia, la pantalla se convierte en generadora de de­
seos, con su posibilidad de encontrar y conocer a través de ella
a personas de los cinco continentes, con las que uno jamás po­
dría haber entrado antes en contacto, y que tal vez com par­
ten los mismos deseos, fantasías y parafilias. La red constituye
un eden para las que el doctor 1ars UHetSiam bautizó como
"miñonas eróticas", con sus gustos especializados y su dere­
cho a satisfacerlos. Receptáculo de fantasías eróticas sin cuen­
to, el promiscuo cil>erc.spario prueba que el sexo no está en­
tre las piernas, sino dentro de las cabezas. Ciertam ente, el
dbcrespacio es promiscuo y no es raro que Internet se haya
convertido en el principal medio de transmisión de virus in­
formáticos, corolario de su promiscuidad, como anunció la
prensa especializada con gran alarma en m ajo de 1999. En el
80 por ciento de los casos, según tales informaciones, los vi­
rus llegan a través del correo electrónico, camuflados en ar­
chivos, rom o un conjunto de instrucciones integradas en el
documento. Algunos virus son relativamente inofensivos y se
limitan a cambiar palabras o colores. Otros son muy peligro­
sos, pues form atean el disco duro, roban o infectan archivos
o saturan los servidores autoenviándose por correo. Uno de
los virus, llamado Lhernobyl (pues ve activa el 26 de abril, ani­
versario de la catástrofe nuclear), es tan devastador que pue­
de afectar incluso al hardware. Resulta casi inevitable que sur­
jan parangones de estos virus en un ciberespacio ero tizado
con las infecciones que se propagan por prom iscuidad se­
xual, como la gonorrea, la sífilis y el sida.
Ames hemos explicado que la red alienta el fantaseo acer­
ca de la identidad y el aspecto del interlocutor invisible, y
esto perm ite que se pueda intim ar con el hasta grados que
no serían posibles por teléfono, pues la voz es más personali­
zada e inhibidora que la escritura. Internet plantea en térm i­
nos brutales, como veremos, la cuestión filosófica de la “otre-
dad". En la red predom inan los usuarios ma* ulinos, lo que
genera una asimetría sexual en las comunicaciones persona-
K u v iv -' U n r . v

les, teniendo además en cuenta que el código de identifica­


ción más fuerte, en la comunicación grupal, es el sexo, un
seña de identidad fuerte (hardtoded), pues determ ina actitu­
des y expectativas básicas del corresponsal.
Iodo lo dicho resulta especialmente llamativo en los po­
pulares juegos de rol en la red (llamados genéricamente en
inglés MUI): Muiti-User4)ungeons)t en los que la relación en*
tic los participantes simuladores es generalm ente menos in­
tensa que la que tiene lugar dentro de la propia personali­
dad de cada uno de los simuladores, al punto de constituir
un verdadero laboratorio emocional. El anonim ato en la red
es equiparable al anonim ato tranagresor de los carnavales,
que propicia todos los libertinajes. Permite suplantar a otras
personas, para crear situaciones dignas de un divertido vode-
vil, ejerciendo, por ejemplo, la poligamia o la poliandria vir­
tuales en el ciberespacio; pero puede utilizarse también para
perjudicar gravemente la reputación de otros personajes rea­
les. Y, como en algunas novelas policiacas, dos o tres perso­
nas pueden asociarse para presentarse externam ente como
si fueran una y la misma.
l a red permite (y hasta estimula) un cambio de identidad
sexual (gendtr swapping) del operador, para experimentar con
la transexualidad virtual, pues cada sujeto puede jugar al cam­
bio de sexo y de personalidad para explorar, sin riesgo, una
alieridad sexual que le resultaría muy com plicada y arries­
gada en la interacción cara a cara. En un juego de rol un horri­
ble puede jugar a ser un personaje fem enino que simula ser
un hombre, con lo que efectúa un verdadero juego de acro­
bacia psicológica. Pero se ha com probado que. fuera de los
juegos de rol, descubrir que el interlocutor ha falseado su
sexo provoca un gran malestar en los otros ínter nautas. Espe­
cialmente irritante resulta si se trata de un hom bre que ha
asumido una personalidad femenina, y por dos razones: la
primera, porque se asume que tal tram pa era para aprove­
charse de las ventajas y el favoritismo que generalm ente la
urbanidad o la galantería prescriben en el trato de los hom­
bres con las mujeres; y, en segundo lugar, por la confusión e
Fi saca u imaóMCO

inseguridad que produce el tratar con alguien cuya identi­


dad sexual no es clara.
Estas maniobras revelan que estos juegos pueden escon­
der turbias intenciones» como, por ejemplo, el acoso sexual,
lo s disfraces informáticos perm iten también la manipula­
ción de conciencias, como cuando un pederasta se hace pa­
sar en la red por sacerdote o por medico. Y es bien sabido
que el anonim ato, o mejor el disfraz, ha resultado un arma
de gran utilidad cuando algunos criminales sexuales han con­
seguido atraer una víctima a una cita supuestam ente galante,
con fines devastadores. Ejemplos de ello no faltan en la histo­
ria reciente de Internet.
En la red operan tam bién, desde luego, personalidades
proteicas y mitómanas, com o aquel protagonista acomodati­
cio y genial de Zelig (1983), de Woody Alien. Un operador
puede usar varios nombres y personalidades falsas, en efecto,
para satisfacer las distintas necesidades de su ego, pero a ve­
ces la falsa identidad es vivida com o si fuera una verdadera
identidad y puede transitarse entonces la débil línea que
conduce a la personalidad psicòtica. Sévérine, la protagonis­
ta de Belle de jour (1968), de I aiís Buñurl, y que interpretó
Catherine Deneuve en la pantalla, ilustra muy bien la labili­
dad de las personalidades fronterizas, en este caso entre la
burguesa elegante y fría y la prostituta eficiente. Se trataba
en la novela de Joseph Resaci y en la película de Buñucl, des­
de luego, de un caso ficticio, pero en los anales de la crimina­
lidad internacional abundan los ejemplos desconcertantes
de doble rida, de burgueses aparentem ente respetables que
escondían una segunda existencia siniestra como criminales
múltiples, como Landru o el doctor Pctiot.
l-a patología de la personalidad múltiple, o de disociación
de la personalidad (MultiplePerumaUty Diirrrrlrr, en inglés), es
una patología infrecuente, que pertenece a los desórdenes
disociamos en el cuadro de las neurosis histéricas, y que fue
descrita por vez prim era en 1816. Afecta sobre todo, aparen­
tem ente, a mujeres con personalidad ansioso-depresiva. l a
psiquiatría m oderna clasifica este conjunto de fenómenos

146
K«:*ian C w «n

rom o “disociaciones histéricas", entre las que se encuentran


el sonambulismo, los trances, las sugestiones posthipnóticas,
las fugas (en las que el individuo vaga errante, sin saber quién
es ni dónde está), la pérdida de memoria (amnesia histérica),
en la cual la persona tiene una laguna en su memoria duran­
te un periodo de tiempo finito y reciente, y la personalidad
dividida, dual o múltiple, en la que el sujeto parece cambiar
de una personalidad a otra. Naturalm ente, estos casos pato­
lógicos deben ser netamente distinguidos de los simuladores,
que son mucho más peligrosos, y que navegan por la red a ve­
ces con finalidades aviesas.
I -a red, como se ha dicho, es fuente y vehículo inagotable
de fantasías y conversaciones sexuales, que tienen su lugar
privilegiado en las fox cfous (literalmente, charlas calientes) y
de las que, a veces, acaban por derivarse la formación de pa­
rejas en M ). Tan cierto es esto, que una psiquiatra norteam e­
ricana. Esthcr Cwinnell, ha escrito un libro titulado O ntivc
Seductivas sobre este tema y se ha especializado profesional-
m ente como consejera en este cam po sentim ental. Según
ella, la mayor parte de relaciones sentim entales por coi reo
electrónico duran unos tres meses, pero confiesa que no
hay estadísticas al respecto. Pero su libro es una fuente rica
de ejemplos y de casos concretos, tanto de uniones felices a
través de la red como de fracasos dolorosos.
Está claro que la soledad de la pantalla y de la silla puede
excitar las fantasías de liberación libidinal en personas con
una vida sexual insatisfactoria en 3-D. En los casos de incapa­
cidad para m antener relaciones eróticas en 3-D, a causa de
hipertimidez, de una fobia social o de otra patología, toda la
vida de relación emocional se* canaliza a través de la pantalla,
de m odo que esta vida imaginaria resulta más gratiiieadora y
satisfactoria que la vida en !VD. No es cosa de discutir si esta
reclusión y renuncia —que es la d r muchos sacerdotes y m on­
jas, por ejemplo— es verdaderam ente patológica, pero está
claro que la supresión de la relación con otros cuerpos tien­
de a hipertrofiar las fantasías sexuales y a potenciar el feti­
chismo sustitutorio. Al fin y al cabo, el cibcrespacio es adicti-

147
Ei oxh a x rn k X tc o

vo, com o antes se explicó, y a diferencia del sexo en 3-D su


práctica virtual no padece limitaciones físicas, ni produce
agotamiento, ni embarazos indeseados, ni contagios. Antes
a) contrario, tiende a avivar el deseo. Pero también se han se­
ñalado sus inconvenientes. Un tratadista del tema ha hecho
observar que es difícil teclear lo suficientemente rápido y
ron una sola mano. YKatir Argyle y bob Shields han confesa­
do que las hot chati producen “todas las emociones y la excita­
ción física de un acto sexual, pero cuando term ina, mi senti­
m iento de soledad ha aum entado” (Is thrre a body in ths Nftt).
De lo que llevamos expuesto puede colegirse que no es
raro idealizar al corresponsal que no se ha visto, y fantasear
sexualmente con el o ella, eludiendo el encuentro en 3-D para
m antener perpetuam ente viva aquella idealización. En defi­
nitiva, se am a a la persona imaginada, no a la persona real,
desm intiendo el popular refrán que asegura que "ojos que
no ven, corazón que no siente”. La relación amorosa a través
de la pantalla no puede decepcionar, pues los corresponsales
sólo ofrecen su rostro favorable y se elimina todo lo que pu­
diera ser negativo, desde el mal aliento, el sudor y la m env
truación. hasta el reparto conflictivo de las tarcas domesticas.
No sólo esto. A veces, la idea de contar una fantasía extra­
vagante a la pareja formal puede inhibir al fantasioso, quien
se sentiría ridículo, por lo que le resulta m ucho más fácil
contarla a un extraño al que no se ve. En pocas palabras, la
relación sentimental a través de la red no im pone práctica­
mente obligaciones y alimenta gozosamente los ensueños*
Esto explica que haya surgido la curiosa figura del “amante
virtual ”, masculino y femenino. Esthcr Cwinncll escribe en su
libro que algunas parejas pueden pasar entre seis y diez horas
al día escribiendo, hablando y leyendo mensajes de correo
electrónico de su amante virtual. I a relación con la cibcrparc-
ja puede llegar a ser más estimulante que la rutina monótona
que se mantiene con el marido o la esposa, de modo que ya
se han producido en Estados Unidos varios divorcios susten­
tados en la acusación de adulterio virtual. Por no mencionar,
porque es inás comprensible, el caso de parejas que han roto

i 48
Ho h Ks C uan*

porque uno ele los cónyuges se ha enam orado de alguien a


través de la red y ha ido a su encuentro en S-D. Pero para aca­
bar con las cibcrfantasias, es menester recordar que en los
juegos de rol las riberbodas no constituyen ninguna rareza,
teleofiriadas por otro participante en el juego en funciones
de ministro de culto (o de capitán de barco, si se celebra la
ceremonia a bordo de un transatlántico virtual) y con otros
testigos e insitados participando virtual mente en el acto. Pero
parece que los casos de noches de bodas virtuales son menos
frecuentes.
La elim inación de la com unicación cara a cara en la red
permite la seducción, pero obstruye las relaciones sexuales
tradicionales, que involucran esencialmente la tactilidad.
Pues lo relaciona!, en los seres humanos, no se limita al cam­
po del dtár%sino que se extiende sobre todo al del haca; que
define nuestra identidad en relación con los otros, sobre
todo si tal relación ha adquirido un nivel elevado de intimi­
dad. Como los personajes de las películas, no somos lo que
decimos, sino lo que hacemos. Madonna expresó esto con
franca brutalidad cuando declaró a la prensa: “El am or es
una emoción y el sexo es acción”. La red puede proporcio­
nar el estímulo y la excitación sexual, pero no su satisfacción
relacional plena, si por ella entendem os el encuentro hápti-
co en 34). I jos defensores a ultranza de la plenitud de la red
pueden argüir que, si bien por ella no circulan las feromonas
—el más potente estimulo oloroso y erótico intraespecíñco
de todos los mamíferos—. tampoco existen en ella malos olo­
res corporales. Pero esto argum ento no destrona el poder de
las feromonas como excitante sexual, que sólo pueden perci­
birse en el encuentro en 3-D.
De manera que en muchas ocasiones dos corresponsales
deciden retirarse de un chai para pasar a comunicarse priva­
dam ente por correo electrónico, para construir una relación
de mayor intimidad afectiva entre ambos. Esto significa que
el uso de la red es en bastantes casos instrumental y transito­
rio, utilizado para conocer a otras personas a las que se desea
encontrar personalmente fuera de la red, en 3-D. Es decir, la

149
L l kjx» tuscmOMioo

iclccscritura constituye el preám bulo y la vía vicarial condu­


cente a la comunicación integral, que empieza por lo episto­
lar y puede acabar en lo táctil.
Pero el inicio de esta relación en 5-1) no siempre es fácil y
muchos pueden preguntarse, antes de dar el paso decisivo, si
su am or sobrevivirá a las imperfecciones personales y al en­
cuentro físico. ¿No es más segura y confortable una relación
virtual cariñosa que el riesgo del encuentro insatisfactorio en
3-D? En este punto, la pugna entre el principio neurótico de
la ensoñación y el principio pragmático do la realidad pueden
librar una ardua batalla, de resultados inciertos. Al parecer, no
es infrecuente que la timidez, la fobta social, la agorafobia o la
inseguridad acaben por frustrar muchos encuentros en 3-D.
Y también se entiende que para cónyuges sumidos en la
rutina de una relación aburrida y sin sorpresas, la red se abta
como una vía real hacia la excitación del adulterio. Peto, en
uno y otro caso, el encuentro será posible si la distancia geo­
gráfica que separa a los amantes virtuales no es excesiva. Aun­
que Esther Gwinncll narra en su libro varios casos de am an­
tes virtuales intercontinentales que cruzaron océanos para
consumar su relación en 3-D. A veces con éxito y a veces sin él.
¿Vivimos en una sociedad de la hipererotiaación o de la
dcscrotización? El biosedentarismo favorecido por la televi­
sión, el tele trabajo y las nuevas tecnologías, la ceguera y con-
ceptualidad cscritural promovida por la red y el ascenso d r la
Inteligencia Artificial y de la robótica parecen converger en
una devaluación del cuerpo hum ano y en una amputación de
nuestros campos sensoriales. Ahí reside seguramente una de las
claves para explicar la exuberante em ergencia de la porno­
grafía en la red.

L \ VO RNOGRAFlA DIGITAL

Aunque en el próximo capitulo profundizaremos acerca


del sentido del fenóm eno pornográfico y de sus diversas es­
trategias expresivas, es inevitable decir algo sobre el en un ra-

150
It o a t t N O . u r.s

píiulodedicado a Internet, en razón de la extensión c impor­


tancia que ha adquirido en el ciberespacio. En efecto, en el
meticuloso estudio Marketing Pomogmphy on the Information
SufMrhighway, publicado en 1995 como fruto de una investi­
gación de un equipo de la Cam egie Mellon Unkvensity. de
Pittsburgh, se concluyó lo siguiente: la pornografía constitu­
ye la aplicación recreativa más extendida en las redes; el 89.9
por ciento de sus usuarios es del sexo masculino; debido a la
amplia difusión de pornografía en otros medios tradiciona­
les, las redes privilegian variantes alternativas especializadas,
como la paidofilia, la hebefília y parafílias diversas (como el
sadomasoquismo, el ondinismo, la coprofagia y la zoofilia).
Un buen ejemplo de esta voluntad de dive radicación y origi­
nalidad lo ofreció Roben Thovnas, de California, al distribuir
en la red imágenes de actos sexuales, pero señalando que sus
participantes eran miembros de una misma familia y, aunque
no había pruebas de que se tratase realm ente de relaciones
incestuosas, se convirtieron gracias a esta información en best
sellen en el sector, fin la misma línea, Catherine McKmnon,
activista antiporno y profesora de Derecho de la Universidad
de Michigan, se lamentó de que cuando en la red se anuncia­
ban escenas de sexo oral con a tragan lam iente, el núm ero de
risitas se duplicaba (Time, 3 de julio de 1995).
Aunque la rápida y profusa extensión de la pornografía
en la red pudo sorprender a algunos expei tos, en realidad el
fenóm eno no era nuevo y tenía un claro antecedente con lo
ocurrido antes con el sistema francés Minitel, red telemática
pública nacida en 1981 como sistema de videotexto hogare­
ño, implantada por el Estado y que permitía el acceso por vía
telefónica a diversas fuentes de infoi mación de interés públi­
co. Aunque Minitel había sido diseñado com o un sistema uti­
litario al servicio de la racionalidad de los ciudadanos, la
práctica dem ostró inesperadam ente que sus necesidades no
eran las previstas por los bienintencionados diseñadores y
expertas. En 1986, en efecto, se iniciaron las llamadas message-
riss roses con tal fuerza, que el gobierno conservador gravó fiv
calmente sus mensajes con un 36 por ciento de su coste y el

151
Fi ibo * j u r a t i k i r n

ministro Charles Pasqua amenazó con prohibir los de conte­


nido homosexual. Las messagmes mies llegaron a convertirse
en la aplicación más utilizada de Minitcl —con títulos como
SexUly X'Ttly Desiropolic, Aphrodite, etc.— . revelando una capa
subyacente de deseos en la población que no afloraba en las
encuestas. Y los rum ores de prohibición de los usos dionisia-
cosde Nlinitel tropezaron decididam ente con la voluntad de
la población, pues una encuesta de lo u is H arris en 1991
mostró que el 89 por ciento de los consultados se oponía a
ello.
De m anera que Minitcl prim ero e In tern et después de­
mostraron que en las sociedades m odernas existen deseos
confesablcs y deseos inconfesables y que el volumen de estos
últimos desborda las previsiones de los sociólogos y de los po ­
líticos.
Es interesante observar cómo algunos progresos técnicos
en el campo de la comunicación social han creado alarma en
los moralistas que se* consideraban custodios de la etica se­
xual tradicional. En realidad, el concepto m oderno de por­
nografía fue inventado en el siglo xix por hombres conserra­
dores de clase alta, preocupados por alejar los contenidos
eróticos de las mujeres y de las clases inferiores. Cuando se
introdujo el teléfono en la sociedad a principios riel -vigío xx,
estos mismos moralistas lo consideraron tan escandaloso
como la pornografía, porque perm itió que las jóvenes bur­
guesas —sus hijas— fuesen cortejadas sin control ni censura
por pretendientes que se infiltraban descaradam ente con su
voz en el interior del hogar. Y cuando se inventó el cine, la
mezcla de sexos en salas oscuras y ante unas imágenes de gran
poder sugestivo hizo que fuese contem plado por aquellos
moralistas como un espec táculo nefando.
La alarm a moral por el flujo de contenidos pornográficos
en la red no tardó en llegar hasta ciertos políticos y juristas,
que decidieron movilizarse para combatirlos. Se planteaba,
en prim er lugar, un problema semántico, a saber, la defini­
ción de la pornografía. En realidad, los contenidos porno­
gráficos estaban doblem ente acotados y definidos pragmáli-
Komxn GLstr.'i

cam cntc por dos grupos humanos opuestos: por la dem anda
de sus usuarios y por el celo de sus censores. Entre ambos
grupos moralmente antagonistas se dibujaba la provincia do
lo pornográfico, aunque con la cautela del relativismo geográ­
fico y legal, pues lo que se consideraba pornografía en Ara­
bia Saudí podía no serlo en Suecia.
La primera iniciativa gubernativa contra la pornografía
en la red se produjo cuando el 28 de diciembre de 1995 el
gobierno alemán obligó a la empresa servidora CompuServe
a privar a sus abonados de doscientos foros declarados pre­
viamente ilegales en razón de su carácter pornográfico. Al
ario siguiente se aprobó en Estados U nidos la ley titulada
Communicaiion Decency Act, que otorgó poderes al gobier­
no federal paja perseguir y prohibir los contenidos p o rn o ­
gráficos en la red, a pesar de que algunos juristas discutían si
Internet debía ser considerado como un medio impreso, pro­
tegido, por tanto, por la Primera Enm ienda de la Constitu­
ción, o un medio de difusión, como la televisión, controlable
por el gobierno. El debate estaba servido.
Era evidente que sobre la red de redes circulaban muchos
equívocos. Se ha querido enminalizar la circulación por su
red nerviosa de mensajes pornográficos o tei coristas, olvi­
dando que tales mensajes han circulado antes im punem en­
te, durante décadas, a travos del correo postal, del canal tele­
fónico y hasta de quioscos públicos, de modo que la red no
ha hecho más que favorecer su fluidez, capilaridad y alcance.
Pero el debate sigue en pie y el gobierno chino, jx_>r ejemplo,
legisló en diciembre de 1997 sistemas para su control —a tra­
vés de las empresas servidoras y do los propios usuarios— .
mientras que las autoridades de Singapur limitaban su acce­
so a una élite de usuarios autorizados y venturosamente el
Tribunal Suprem o norteam ericano sentenció en ju n io de
1997, en contra de lo dispuesto por la Communicaiion l)r-
cency Act, que la red de redes no podía ser censurada y que
sus mensajes estaban protegidos por la Primera Enmienda.
No obstante, en este tema se navega todavía por un océa­
no de ambigüedades, pues el mismo Tribunal Supremo de
F l U KJB lU C T lC Ó M C O

Estados Unirlos sentenció en abril d r 1999 por unanim idad


que enriar correo electrónico con un lenguaje "obsceno, sen­
sual. lascivo, sucio o indecente" constituía delito, si tenía el
propósito de molestar a su destinatario. De m anera que esta
sentencia matizaba su fallo anterior, que había declarado in­
constitucional la prohibición del material "sexualmente ex­
plícito" en la red, introduciendo el factor de la intencionali­
dad del emisor. Este cambio provocó cierta confusión en la
opinión pública y los profesionales del sector, pues suele sa­
berse dónde empieza la censura, pero nunca dónde acaba.
En cualquier caso, una anécdota revela mejor que nada
los equívocos que encierra lodo este asunto. Cuando se dis­
cutió la le)' contra la pornografía en Estados Unidos, un ser­
vidor de la Casa Blanca bloqueó su texto porque su progra­
ma detectó una palabra que estaba prohibida en el sistema:
pornografía.

154
VI
La h o g a r ó t ic a y i a s e s t r a t e g ia s
DEL- EROTISMO

E l. IDEAL <3 AUSTROFtLIOO YSUS SERVIDUMBRES

El siglo XX ha sido, entro otras cosas, el siglo de las revolu­


ciones urbanas que se seguirán prolongando en el siglo que
lo ha sucedido. Fl Instituto de Recursos Mundiales, de Wa­
shington, pronosticó en 1998 que en el año 2025 dos tercios
de la población del planeta vivirá en ciudades, en cabe/ando
el ranking demográfico Tokio, seguida de Sao Paulo, Nueva
York, México D.F., Bombay y Shanghai. Por otra parte, a la
vez que las grandes ciudades están padeciendo violentos mo­
vimientos centrípetos, como polos de atracción migratoria,
padecen también tendencias centrífugas, con las clases aco­
modadas que buscan instalarse en sus periferias tranquilas y
bien equipadas. Pero los abigarrados pisos-colmena de los
barrios populares suburbiales, que se constituyen en ciuda­
des-dormitorio, revelan flagrantes contradicciones entre la
tendencia elitista y la realidad social.
De manera que la sociedad de la desinasificación de la
burguesía convive crudamente con la sociedad de la masti­
cación y del anonimato. Y. para añadir una nueva contradic­
ción al sistema, el ideal telemático propalado por los profetas
de la revolución tecnológica promete la expansión y disper­
sión territorial, ya que el teletrabajo y sus redes de telecomu­
nicaciones hacen innecesaria la proximidad física. El trabajo
hogareño a distancia supone, curiosamente, una i egresión al

155
Yt m t o h j m / > M c x i

viejo artesanato preindustrial, cuando kxs talleres estaban en


los hogares. Pero en este m odelo postindustrial, la promesa
urbanística reside en la despoblación de las ciudades y en la
pe rifen/.ación de los nuevos hábitats.
En \$M el publicista Krnst Dichter describió metafórica­
mente al hogar como una “cueva aterciopelada", espacio fa­
miliar narcisista en el que el ama do casa detenta el poder he-
gcmónico. aunque auxiliada por aparatos electrodomésticos
que tienen connotaciones masculinas, como sustitutos para
el trabajo físico pesado. Se han estudiado menos de lo que se
debiera las transformaciones del espacio doméstico en el úl­
timo m edio siglo, en la era de expansión de los electrodo­
mésticos. como ingredientes centrales en la llamada “socie­
dad de consumo". Está por estudiar, por ejemplo, el eventual
impacto de la imagen televisiva como protagonista do los sa­
lones burgueses, en relación con la declinante costumbre de
colgar cuadros figurativos en sus paredes. Dos siglos antes, la
emergencia del grabado mecánico en ellas había empezado
a desplazar a las pinturas que antes las ornaban y la imagen
electrónica parece culminar ahora este ciclo iconoclasta. Del
mismo m odo que la distribución de los sillones en el salón se
ha de efectuar ahora de modo que encaren cóm odam ente al
televisor y los muebles se han de distribuir evitando que se in­
terpongan entre la mirada de los m oradores y la pantalla,
algo que no ocurría en la era de la radio.
El entorno se ha convertido en algo tan im portante en
nuestra sociedad de la imagen y de los electrodomésticos,
que habría que introducir el verbo tnUjrmvuxrpara designar la
actividad de los especialistas de la imagen y del diseño, res­
ponsables de esta nueva biosfera artificial que el ciudadano
m oderno ha creado para reemplazar su biosfera natural y stl
vesire. El arte de la entomizadón es una actividad de verdade­
ra ingeniería social, una política para crear actitudes y com­
portamientos, para generar expectativas y respuestas, para
condicionar gustos y formas de vivir y de pensar.
En esta tarca han entrado en tromba arquitectos c inge­
nieros con el ideal postindustrial de los llamados edificios in-
ROMAN (A M»KN

tdigentes, que algunos ya contraponen al hogar ecológico,


sostenible y bioclimático, auncjuc nada autorice a llamarle
una casa “tonta**, por el hecho de estar insonorizada, de ser­
virse de energía solar o eólica, de ventilación para evitar la con­
taminación interior, de practicar el aprovecham iento de resi­
duos y de utilizar materiales reciclables que no sean tóxicos
ni peligrosos.
La casa automatizada, ideal hogarótico que constituye en
realidad una casa cableada y parabolizada de la era informá­
tica, en la que todo funciona con un m ando a distancia, ha
sido blanco de muchas criticas, entre las que la más sintética
alirma que las casas inteligentes están hechas para usuarios
tontos. Paul Virilio, por ejemplo, ha dicho de ella que no está
diseñada a la medida de una persona norm al, sino a la de un
tctrapléjico o disminuido físico que no puede desplazarse
ni gastar energía física. En el seno de esta cueva hogarótica.
ya no aterciopelada, sino electrónica y telernatizada, el ocio
clanstrotilico se desenvuelve en torno a aparatos electrodo­
mésticos de amplia gama, convertidos en nuevos fetiches
tecnológicos en el seno de un hogar-búnker que aspira a la
autosuficiencia, a m odo de burbuja electrónica convertida
en nuevo nicho ecológico.
Asi se ha ido forjando el larocencrismo postindustrial, con
su territorialidad narcisista protegida poi medios electróni­
cos (alarmas, verjas electrificadas, células fotoeléctricas, ra­
yos infrarrojos), pues la sociedad de la privacidad vive bajo la
angustia provocada por la amenaza de la intromisión huma­
na (ladrones, raptores de niños) o tecnológica (micrófonos,
teleobjetivos, etc.). (Ion ello se refuerza la voluntad de erigir
búnkers blindados y autosuficientes, convertidos en células
herméticas de consumo comercial, cultural e ideológico. F.l
contraste de estas viviendas herméticas con las de los nativos
de las islas Tobriand que describió Malinowski resulta llama­
tivo. Sus viviendas estaban construidas de m odo que su inte­
rior pudiera verse desde fuera, con total accesibilidad, para
presumir de sus pertenencias, en una actitud ostentatoria y
partkipativa vinculada al ritual tribal potlach. En los actuales

157
Fj t f o t t u x n n ó N X »

hogares herméticos y aislacionistas, en cambio, se ha bloquea­


do la visión de sus interiores y su opulencia debe inferirse por
el jardín o la fachada.
Un factor económico im portante que ha determ inado la
emergencia de este hogar herm ético y autosufiriente ha sido
la propiedad privada de los instrum entos del hardware y del
software de las industrias de la comunicación y del ocio. Tras
la revolución del teléfono, que perm itió hablar con torio el
m undo sin salir de casa, llegó el receptor de radio privado y
luego el tocadiscos y, con él, la colección de grabaciones dis-
cográficas, que luego fueron reemplazadas por audiocasetes
y por discos compactos en las estanterías. Y tras el televisor
vino el magnetoscopio domestico y, con él, la colección de vi-
deocasetes, laserdiscos y DVD (Digital Vmatile IKsc). Y a re­
molque del ordenador personal llegaron los programas, cha­
quetes y video juegos, antes de la conexión al módem que le
enlaza al cibcrcspacio. Estas tecnologías culturales privatiza-
daseran descendientes del libro, prim er instrumento cultural
de uso individualizado y privado, contrapunto individualista a
la cultura comunitaria y agorafiiiea del teatro, del circo, del
estadio y de las salas de conciertos y de cinc, que reúnen en
un recinto a grandes multitudes para disfrutar simultánea­
m ente de un mismo espectáculo. Naturalmente, las tecnolo­
gías culturales de la privacidad irrum pieron proveyendo un
estatus social distinguido a sus propietarios, aunque luego su
propiedad se fue democratizando paulatinam ente.
Esta irrupción obedecía a una razón económica muy cla­
ra, pues para las industrias de hardware y de software resultaba
más beneficioso y rentable la venta masiva de sus productos a
muchos consumidores individuales que su usufructo colecti­
vo, m ediante alquiler o cesión, como ocurre con la escucha
colectiva de un disco a través de la radio o la contemplación
de una película en una sala pública o en un televisor. 1.a con­
firmación de tal estrategia se produjo cuando Hollywood con­
fesó en los años noventa que sus ingresos por venta de video
casetes superaban ya los derivados de la exhibición pública
de sus películas. En este esquema, ya no hay que salir de casa

158
R ov U n ( a iu k s

para consumir bienes culturales, pues ellos se disfrutan en el


interior del hogar bien equipado de la era electrónica. Y hasta
pueden auto producirse con la videoeáinara y el ordenador.
España lia entrado hace ya años en este ciclo de propie­
dad privada de los insti untem os y programas para la com u­
nicación y el ocio. En 1999 se estimaba que el 99,5 por cien­
to de los hogares estaban equipados con televisión y el 60
por ciento de ellos con dos aparatos o más. Ypara alim entar
sus magnetoscopios domésticos sus usuarios com praron en
1994 12 millones de videocasetes, con un desembolso de
casi 24.(XX) millones de pesetas. Yel 25 por ciento de los bo­
gares poseía ya a finales de siglo un ordenador personal.
Pero esto modelo de vida cotidiana, centrado en la claus-
trofiiia domestica auinsuficiente, con su correlato negativo de
agorafobia pública, puede llegar a ser psicológica y socialmen-
te patológico. En este modelo subyace, en efecto, la dicotomía
selva-fortín, en la que el exterior urbano es percibido como
selva peligrosa, espacio de crimen, de inseguridad« de conta­
minación y hasta de contagio, avalado por el neopuritanismo
inducido por la plaga del .sida. Frente a ella se alza el fortín,
que Tomás Maldonado ha descrito gráficamente como "en el
exterior, monumental fortaleza; en el interior, lujuriosa Dis-
neylandia" (Crítica de la razón informática). El lujoso fortín cons­
tituye una expresión de narcisismo social, pero es por ello mis­
mo un factor de desocialización, en el que no |xxa.s veces la
esposa se queja al marido —o viceversa— de que "nunca sa­
len". Es decir, el comportamiento es el propio de La agorafobia
social, diversa de la agorafobia clínica tradicional, tal como fue
descrita esta patología en 1871 por C. Westphal, y que el psico­
análisis ha asociado usuaimrntc a la angustia de separación de
la madre en época temprana. Esta nueva agorafobia tiene, en
cambio, raíces ideológicas y sociales elitistas, como prolonga­
ción de los comportamientos aristocráticos de la era preindus-
trial y como manifestación de aversión al extraño. A la luz de
esta dicotomía, puede afirmarse que el espado doméstico au-
t«suficiente constituye un espacio centrípeto, de a< uerdo con
la distinción del psicólogo Humphrcy Osmond entre espacios
t i ttin nixrn&Ooco

sociópetos (como el de una discoteca) y espacios sociófugos


(como el de los aeropuertos y estaciones ferroviarias).
Este modelo daustrofílico extrema, por tanto, el bioseden-
tarismo ciudadano, en una época ya castigada por la plaga
del automóvil, que nos perm ite desplazarnos sin movernos.
Nunca viajó tanto el hom bre gracias a su ojos c inmóvil desde
una butaca como con la conjunción del automóvil y del tele­
visor. Este exceso patógeno de scdcnlarismo en la sociedad
actual, caracterizada además por las dietas altas en calorías,
dual iza de nuevo al m undo m oderno con la “plaga del coles*
terol”, que contrasta agudam ente con la plaga del hambre
en amplias regiones del planeta. En nuestras sociedades, m u­
chos ciudadanos deben ocupar en cambio una parte de su ho­
rario de ocio en actividades físicas enérgicas e improductivas
—footing, jogging, gimnasia, golf— para llevar a cabo aquel
ejercicio que en otras épocas se* efectuaba funcionalm cntc al
desem peñar tareas económicas productivas. I Iov. en cambio»
hay que pagar una cuota al gimnasio para hacer trabajar los
músculos del modo en que antaño lo hacían los siervos para
generar riqueza.
En la dicotomía selva-fortín está implícito un presupuesto
ideológico, el que opone a los ciudadanos integrados y a los
excluirlos de la élite del bienestar, aunque con la paradoja
añadida de que los integrados se convierten a su vez en auto-
segregados voluntariamente de la fiesta agorafilira. pues la
aventura excitante y social izad ora. con la posibilidad de nue­
vos encuentros, es más propia de la selva que del fortín, con
su soledad electrónica programada. En esta dicotomía claus­
trofilia-agorafobia se oponen, por consiguiente, los siguien­
tes atributos y valores:

privacidad — comunidad
atomización social — masticación
reclusión hogareña extraversión pública,

que se corresponden filogenèticamente con las oposiciones


propias del estado de naturaleza:

160
Róvo.s (.\:r*7R\

a v r m ii — trrrito rio cinegético


m adriguera — cu/a.

Para explicar el ideal de la claustrofilia doméstica se han


ofrecido razonamientos de todo orden, com enzando por los
biológicos. Se argum enta, por ejemplo, que el imperativo Ir
rritorial—de rem oto origen alimenticio— está inscrito gené­
ticamente en el cerebro reptiliano (cuyo origen se rem onta
a unos 200 millones de años) y que el hom bre todavía con-
sei va en la fot marión reticular mesoencefálica, el mesoen-
céfalo y las formaciones de base del cerebro. En consecuen­
cia, el hom bre, como los restantes vertebrados, es un ser
territorial que asocia la idea de seguridad a un territorio pro­
pio de su fijación o pertenencia. Este fenómeno biosocial con-
duce, a escala macroscópica, a la institución de los territoriav
patria —cuya pertenencia se refuerza em ocionalm cnte con
leyendas, banderas, escudos e himnos— y a las guerras terri­
toriales en su defensa. Va escala microscópica conduce a una
psicología larocéntrica, centrada en el territorio domiciliar.
1.a territorialidad ha sido bien estudiada en nuestros pa­
rientes más próximos, las chimpancés, que se organizan en
grupos ccrradosy dotados de un territorio propio, del que ex­
traen su alimento. En él los machos detentan un papel domi­
nante sobre las hembras y los ejemplares jóvenes y controlan y
defienden los límites de su territorio. (atando en sus recorri­
das de control descubren nidos dormitorios abandonados de
chimpancés extraños los olfatean y destruyen. Y los ejempla­
res intrusos en su territorio son atacados ferozmente, hasta
producirles la muerte, lo s trabajos de campo de Jane C*x>
dall contienen numerosos ejemplos elocuentes acerca del
imperativo territorial de esta especie.
En el hombre, el imperativo territorial se nutre de ele­
mentos simbólicos y es. propiam ente, una creación biocultu-
ral. Para empezar, recordemos que los animales viven arrin­
conados en nichos ecológicos idóneos para cada especie,
mientras que el hom bre se ha distribuido por toda la superfi-
Fj nxv$ nxcroCN KX)

cic del planeta, con excepción de la inhóspita Antártida. FJ


concepto simbólico de territorio se formalizó en el neolítico,
con la emergencia de la agricultura y del poblado estable, de
donde derivarían las primeras ciudades en Oriente Medio. Y
en esta* ciudades se consolidó la distinción entre espacio in­
terior y espacio exterior, entre espacio doméstico y espacio ur­
bano, entre espacio privado y espacio público. Los templos
podían constituir suntuosos espacios públicos, pero las pirá­
mides egipcia* eran im ponentes tumbas privadas para quie­
nes se hallaban en la cúspide del poder político. En éste y en
otros ejemplos del m undo de los vivos se dem uestra que el
territorio privado se convertía en una proyección simbólica
de! individuo fuera de si mismo, lo que justifica q u e el terri­
torio se considere, en el caso del ser hum ano, una creación
biocultural.
En el siglo XX. como se dijo, esta distinción se maximizó a
través de las políticas de la comunicación y del ocio, pues en
la esfera privada y clausli ofílica priman valores como la terri­
torialidad, la protección, la seguridad, el refugio, el recogi­
miento y la introversión, mientrasen la ritualidad neotribal del
ocio agoralílico en el estadio, el circo, el teatro, el cine, la sala
de conciertos, la discoteca, el bar o la playa priman valores ta­
les como la fiesta, la comunidad, la extraversión, la interac­
ción personal, la aventura, las nuevas relaciones, la emulación
y la liturgia coral.
Esta distinción territorial tiene además un eco psicológi­
co natural en la ambivalencia de las relaciones interpersona-
les, pues desde la infancia oscilan perm anentem ente entre la
tendencia al contacto social (extraversión) y la tendencia a
rehuirlo (intraversión), siendo ambas conductas perfecta­
m ente funcionales, com plem entarias y lógicas y sólo cuando
una de estas tendencia* aparece hipertrofiada o exclusivista
puede hablarse de com portam iento patológico, en un arco
que se extiende desde el sujeto m aníaco al amista. Como an ­
tes se explicó, las nuevas tecnologías de la comunicación y
del ocio, que priman su uso privado y doméstico, tienden a
prim ar la segunda tendencia en detrim ento de la prim era

162
Rr»wô< GOM AS

Es la actitud que antes hemos caracterizado com o claustrofí-


licay larocéntrica, que implica por demás un alejamiento del
m undo extenor y un divorcio radical de la naturaleza. Un di­
vorcio del útero de la especie que no es facilmente reparable,
pues el aire fresco y el sol estimulan la circulación sanguínea
y activan los sistemas homeosláticos de regulación térmica,
de un modo que no pueden conseguir los sistemas artificia­
les, como las lámparas de rayos ultravioleta.
Pero, igual que ocurre con el gimnasio» los nuevos estilos
do vida han hecho aparecer otras formas de compensación
psicosomàtica, que tratan ele restablecer cierta reconcilia­
ción con la naturaleza perdida. Así, el werk-md en el campo o
ju n to al mar. así como actividades deportivas tales como la
caza, la pesca o la navegación, retrotraen al hom bre urbano a
los orígenes de la especie, haciendo qne lo que fueron duras
tareas para la supervivencia en un hábitat agreste se convier­
tan ahora en actividades ltidicas y relajantes, en compensa­
ciones naturalistas o en simulacros filogenèticamente nostál­
gicos, que exorcizan con la clorofila o las sales m arinas los
artificios de la sociedad postindustrial.
Ya el doctor Joan Itard, que se ocupó de cuidar y estudiar
al niño asilvestrado Victor (y que François Truffant inm orta­
lizó en su film Elpftfiierio sahxije), observó que cuando se pro­
ducían toi mentas Victor reaccionaba gozosamente y se re­
creaba saltando alegremente bajo la copiosa lluvia que le
empapaba, com o feliz reencuentro con la libre naturaleza de
la que había sido desgajarlo contra su voluntad. Victor había
vivido la mayor parte de su vida en el bosque y, por eso, su
cautividad social era vivida como una penosa imposición, que
le hacia añorar su estado natural. F1 ejemplo de Víctor es un
caso ciertamente extremo, pero el etòlogo alemán Irenáus
F.ibl-F.ibsfeldi ha acuñado la acertada expresión "fiiofilia”
para designar la afición del hom bre urbano a rodearse en sus
casas de piatì tas y flores de adorno, que expresan la nostalgia
del biotopo primigenio perdido. Y hace notar con agudeza
con cuánta frecuencia aparecen imágenes de plantas y flores
estampadas en cortinas, colchas y trajes femeninos. A través

n £ i
FJ m i *% lU X T R ñ N K »

de estos sucedáneos visuales se evoca la nostalgia del “vergel


perdido" de los orígenes de la especie. Y, siguiendo su misma
lógica, podríamos calificar como “talasofilia" a la difundida
afición a los baños de mar, a la inmersión en el líquido nutri­
cio en el que se gestó el origen de la vida.
Pero el ideal claustrofílico plantea además otras implica­
ciones más personalizadas que las derivadas del divorcio ra­
dical de la naturaleza. A veces el hogar ha sido presentado
como un simulacro simbólico del claustro m aterno y como
un refugio emocional para sus habitantes. La comparación
fisiológica es a todas luces exagerada, pues el cálido líquido
am niótko del vientre mater no significa nutrición y calor bio­
lógico para el feto, a la vez que los latidos del corazón m ater­
no aportan su ritm o de acom pañam iento. Pero el refugio
emocional es sin duda cierto para las familias bien cohesio­
nadas. mientras que para las familias que padecen conflictos
intestinos su espacio se convierte en un potente incitador au­
tó g e n o en lugar de un refugio emocional.
Por consiguiente, la función balsámica del espacio hogare­
ño ha de ser puesta en perspectiva critica a la luz de la extendi­
da crisis de la familia occidental y drl auge del individualismo,
corolario de la autonom ía del ego en nuestra cultura. En la
actualidad, aproxim adam ente un tercio de las viviendas de
Nueva York están habitadas por una sola persona, los llama
dos singla. que no pocas veces se rodean de algún animal de
compañía y que han activado un importante mercado de pro­
ductos singla (cafeteras y útiles de cocina unipersonales, por
ejem plo). En Europa, la tendencia singlrestá encabezada por
los paises nórdicos, en razón de sus altas tasas de ocupación
laboral femenina, cercanas al í>0 \x>r ciento: el 24 por ciento
de los suecos son, en efecto, singles. En Cataluña, en cinco
años (entre 1991 y 199b), el núm ero de mujeres y hombres
jóvenes que form aron hogares unipersonales se duplicó (La
Vanguardia. 8 de marzo de 1999).
A la vista de estos datos se verifica que el ideal claustrofíli-
co constituye un obstáculo severo para la socialización y el es­
tablecim iento de relaciones afectivas intcrpcrsonalcs. Una
Rom án O u i i n

comedia norteam ericana de desencuentros. Demse te llama


(Dtmisr Calis Up, 1995). de Hal Salwen. ha satirizado con mu­
cha agudeza la actual escisión de las relaciones interpe rsona­
les en la sociedad postindustrial, mediadas por el teléfono, el
fax y el correo electrónico, hasta el punto de que la protago­
nista que desea tener un hijo debe recurrir a un banco de se­
men. Una función central de la cultura agorafílica tradicional
es precisamente la de proporcionar un territorio de sociali­
zación sexual a los individuos, en discotecas, bares, clubs,
fiestas etc. El ideal claustrofílico atenta contra tal socializa­
ción y, en c! caso de los hogares unipersonales, impone con
frecuencia a su habitante la evidencia y el consiguiente estrés
de su soledad. La disfunción biológica de esta opción, cuan­
do no está atem perada por otras alternativas socializad oras,
es notoria. Monos jóvenes criados experi mental mente con
madres simuladas en tela que sólo les alimentaban evidencia­
ron a las pocas semanas graves carencias físicas y trastornos
psíquicos, En definitiva, el estado robín.sónico no constituye
un ideal para la especie humana.
La comunidad sin proximidad física ni emocional convier­
te a la sociedad en un desierto lleno de gente. Yes evidente
que el nuevo Homo otiosus tiende a sustituir masivamente la co­
municación sensorio-afectiva por la com unicación mera­
m ente informativa, con ocho horas ante la pantalla del orde­
nador y luego tres o cuatro ante la pantalla del televisor
domestico. I>e tal m odo que los signos tienden a suplantar a
las personas y las covas. como la flor de plástico a la flor natu­
ral o los peces estampados en la cortina al medio acuático. El
triunfo de la cultura de los interfaces, mediadores que trans­
portan hasta los ciudadanos representaciones vicarialcs y ex­
periencias mediadas del m undo físico, supone una grave
mutilación sensorio-af ectiva. Ylas estadísticas empiezan a de­
tectar tales carencias: según un estudio del Instituto Nacio­
nal de Estadística francés, desde 1983 a 1997 las conversacio­
nes directas de los ciudadanos ron sus comerciantes vecinos
descendió un 26 por ciento; las charlas con amigos el 17 por
ciento; con los colegas de trabajo el 12 |x>r ciento y con los
ÌLl olmi m x m * 0 <xxj

otros miembros de la familia el 7 poi ciento. Pero este decli­


ve contrastó con un mayor uso del teléfono (El Pcds, 14 de
abril de 1998).

Las rcrKATKtfiAs dei. erotismo

Se ha dicho que la sexualidad ha sido el invento más di­


vertido de la especie hum ana. Y habría que añadir que es
también uno de los más antiguos. Pero las estrategias y tácti­
cas de la sexualidad hum ana han conocido numerosos avata-
res a lo largo de la evolución. El hom ínido que nos precedió
en el proceso evolutivo practicaba la cópula m ontando a la
hem bra por detrás, como hacen sus parientes más próximos,
los monos. El coito frontal constituyó una innovación im por­
tante que data por lo menos de hace 300.000 años, a juzgar
por la pelvis del Hamo Hñdribrrgmsis hallada en Atapuerca en
mayo de 1999. El coito frontal supuso im portantes ventajas
adaptativas, pues perm itió una mayor extensión del contacto
corporal, aportó el estímulo emocional de contem plar el ros^
tro de la pareja durante el coito y perm itió el invento del
beso, otra innovación hum ana que tendría un gran futuro, y
cuyo origen filogenètico hacen rem ontar los ecólogos al pla­
cer del bebé primitivo al recibir de la lengua m aterna su co­
mida p re masti cada.
En la etapa del coito trasero, las nalgas femeninas —m a­
yores y más carnosas que las masculinas— constituían el se­
ñuelo erogeno para el macho, como ocurre con los simios,
en su condición de señalizadoras de la meta fisiológica y cen­
tral de la vulva roja. F.n algunas especies de monos, el trasero
de la hem bra enrojece con intensidad en la época del celo,
para enviar una señal funcional al macho. Pero llegó un mo­
m ento en que los hom ínidos adquirieron la estación vertical.
Según el antropólogo Owcn Lovcjoy. el bipedisrno fue conse­
cuencia de la necesidad de la hem bra prehum ana de soste­
ner y llevar más fácilmente a sus crias. Pero esta carga supuso
también una dificultad para procurarse alimento, de m anera

16 6
Ro m á n C u m a s

que el macho paterno u n o que cooperar para obtener la ali­


mentación requerida.
Pero la marcha vertical tuvo también el efecto erótico ne­
gativo de ocultar la vulva a la mirada frontal y, según Des-
mond Morris, el desarrollo hemisférico de los pechos feme­
ninos —los únicos prominentes de todos los primates—
constituyó una evolución autom im éüca para crear dos simu­
lacros eróticos de las nalgas en la zona frontal del cuerpo,
mientras la abertura del ombligo actuaba como eco visual de
la vagina Y Morris añade que la costumbre fem enina de pin­
tarse los labios, presente en todas la culturas, constituye una
evocación estimulante de la abertura vaginal» mientras que
el colorete aplicado en las mejillas sería un eco de las m en­
cionadas callosidades traseras de muchas hembras simiescas
que se colorean vivamente para atraer al macho, aunque
también se añade el efecto de irrigación sanguínea con el
que La m ujer manifiesta su excitación sexual que precede al
orgasmo.
A lo largo de la historia, los artificios del arte y de la moda
no han ignorado aquellas estimulaciones primigenias y, por
ejemplo, la moda del polisón a finales del siglo xix (el llama­
do cul de ParLs) no hizo más que exagerar desmesuradam ente
el tamaño de los glúteos femeninos, a la vez que cubría la to­
talidad de sus piernas, como eco crótico-filogenético del in­
citador sexual del macho primitivo. Y las famosas ligas verti­
cales para prender las medias femeninas y pendientes de un
liguero horizontal no hacen más que encuadrar y señalizar
sus genitales para realzarlos con protagonismo visual, en
concordancia con las exigencias eróticas surgidas a raíz de la
estación vertical.
I>os homínidos instauraron la familia monógama hace
unos cinco millones de años, a partir de la división del traba­
jo, con el m acho buscando comida y la hem bra cuidando las
crías. Esto explica que la musculatura torácica y de las extre­
midades del macho se desarrollaran más. asi como su capaci­
dad cerebral para procesar información visual, j>ara afrontar
con ellas las tarcas de la caza y del transporte de presas con

167
Ex rao* 11 ijli romoo

mayor eficacia. Pero ¡jara que esta división del trabajo tuviera
éxito hacía falta que los machos tuvieran garantías de que la
comida que traían alimentaba a sus propias crías y no a las de
otros machos; y que las hembras tuvieran la certeza de que
los machos dedicaban sus esfuerzos a alim entar a sus crías /v
no a las de otras hembras. De manera que la especie huma*
na, a diferencia de los monos antropoidea desarrolló la rela­
ción de pareja estable para activar un com portam iento pater­
no cooperativo en el m acho que había participado en la
procreación, en favor de u n a cría de evolución muy lenta
com parada con otros mamíferos y por ello con una infancia
muy prolongada y vulnerable.
Esta relación estable de pareja tenía que fortalecer su
vínculo mediante una gratificación sexual perm anente, que
garantizara la fidelidad y la unión, y no asociada solamente a
la función procreadora en los distantes ciclos de fecundidad
femenina, como ocurre en los monos. Ksta necesidad modi­
ficaría la sexualidad femenina, que ya no podía ser sólo re­
ceptiva en las épocas de celo, como en los restantes primates,
sino que tenía que caracterizarse por su receptividad sexual
continuada. El aparato sexual fem enino se adaptó a tal nece­
sidad y ¡>or eso su clítoris tiene una inervación más rica y den­
sa que el pene, para proporcionarle una mayor gratificación
sexual. Y la nueva relación entre los dos .sexos influiría tam­
bién en sus comportamientos y estrategias de seducción orien­
tadas hacia el varón, para dem ostrarle su perm anente reccp-
tividad sexual.
Pero estas estrategias se inscribían en el marco de una acen­
tuada asimetría de los mecanismos reproductivos en ambos
sexos. I-a mujer tiene una vida reproductiva mucho más bre­
ve que el hom bre y esto hace que un óvulo suyo sea mucho
más valioso que el único espermatozoide que, compitiendo
con millones de ellos, haya conseguido fecundarlo. l a mujer
produce un óvulo una vez al mes y, al quedar embarazada, su
fertilidad queda cancelada durante nueve meses, una frac­
ción sustancial de su vida reproductiva, mientras que el pa­
dre puede fecundar a otras mujeres durante este periodo.

168
R ó v u n Cu ix tu

De allí deri\a la práctica frecuente de La poligamia en m u­


chas sociedades a lo largo de la historia y la percepción usual
de que la poligamia es más aceptable y biológicamente fun­
cional que la poliandria* que se dio en algunas sociedades ma­
triarcales.
Es en este contexto biológico que hay que en ten d er los
mecanismos del aparcam iento hum ano. En efecto, el deseo
sexual lleva al individuo a buscar una pareja; la atracción se­
xual individualizada le lleva a elegir una persona específica y
a esforzarse por conseguirla. Y el vínculo afectivo perm ite su
unión duradera, para garantizar el buen fin de la procrea­
ción, como antes hemos explicado. Pero en la elección de la
pareja intervienen determinadas consideraciones, como la afi­
nidad que une con intereses com unes y la lejanía que hace
deseable al individuo. Muchas hembras de primates abando­
nan su manada originaría (en un movimiento exógamo),
pero para unirse a un grupo vecino, es decir, no muy alejado
genéticamente (tendencia endógam a). La naturaleza ha de­
sarrollado, como puede verse, mecanismos de prevención
del incesto, para evitar las taras derivadas de la consanguinidad.
En el ser hum ano los individuos, al aparcarse, suelen buscar
un equilibrio entre la seguridad confortable de la endoga-
mia de grupo (por sus afinidades culturales c intereses co­
munes) y el atractivo exótico de la exogamia.
Pero el ascenso del núm ero de divorcios en la sociedad
occidental sugiere intensamente que el ser hum ano tiende a
sucesivas relaciones monógamas, justificadas por la necesi­
dad de dar lugar a una mayor combinación genética con pa­
rejas y descendientes distintos. De m anera que los tópicos
populares del “tedio matrimonial" y de “la comezón del sép­
timo año" tendrían una fundam entación biológica en la ne­
cesidad de nuevas combinaciones genéticas, tras haber con­
solidado una descendencia.
Pero no lodos los individuos procrean, como es bien sabi­
do, e investigaciones llevadas a cabo en Estados Unidos indi­
can que los sujetos más dolados intelectual m ente procrean
mucho menos que los menos dotados. Y este fenóm eno rc-

169
Fj o to * a s m u Y o o o

sulta más nítido entre los negTos que entre los blancos y en­
tre las mujeres que entre los hombres, evidenciando la po­
tencia del com ponente intelectual y previsor en la adminis­
tración de la vida instintiva. Consciente de este problema, el
gobierno chino autorizó en 1999 —en una iniciativa dudosa­
m ente comunista— un banco elitista de semen, donado poi
intelectuales, artistas y hombres de negocios de éxito (Sostus,
16 de julio de 1999). Tampoco suelen procrear los homose­
xuales ni las lesbianas, siendo por lo general los primeros
proclives a relaciones rápidas, furtivas y desprovistas de afec­
to, a diferencia de las segundas, que suelen desear una mayor
afectividad y una relación más estable. Kn resumidas cuentas,
la significación de la sexualidad es muy diferente para ellos y
para ellas.
El ritual no verbal del coqueteo del Homo sapiens es similar
al de muchos mamíferos, con una fase inicial de autoprcscu-
tación ostensiva y favorecedora, para llamar la atención de
m anera positiva de la persona pretendida. A ella contribuyen
eficazmente, en nuestra cultura, las industrias de la moda y
del maquillaje, pero m ucho menos la de los perfumes, como
luego se verá. Son también frecuentes los gestos de sumisión,
comunes con los primates, como las palmas de las manos ha­
cia arriba (signo de sumisión: con este gesto se reza en el is­
lam y, en otro contexto, se indica que no se portan arm as), o
la cabeza ladeada, como hacen ios animales que ofrecen la
yugular al congénere dominante. Estudios empíricos efectua­
dos por antropólogos en bares y en fiestas m undanas occi­
dentales revelan que las mujeres em iten mayor núm ero de
estas señales y esto hace que no necesariamente las más atrac­
tivas sean las que liguen más, por la mayor elocuencia del
lenguaje no verbal de las menos atractivas, para contrarrestar
competitivamente su m enor vistosidad estética.
El lenguaje no verbal es determ inante en el establecimien­
to de la aproximación erótica, pues es habitual que en nues­
tra sociedad del anonim ato tiendan a enmascararse los senti­
mientos como estrategia de autoprotección y para ocultar las
propias debilidades. Pero si el lenguaje verbal sirve para men-

170
R O H t a C i'M IB S

tir, rom o observó Platón, o para esconder los sentimientos,


el lenguaje gestual y corporal es siempre m ucho más sincero,
como demostraron los experimentos filmados por Grcgory
Ba tesón.
Las miradas constituyen un elem ento importantísimo pa­
ra establecer relaciones inierpersonales. A diferencia de los
restantes primates, el sor humano posee una esclerótica blan­
ca, particularidad tal vez desarrollada por la necesidad gru-
pal de em itir señales silenciosas d u ran te la caza. El contras­
te e n tre la esclerótica y el iris coloreado, reforzado por la
función expresiva de los párpados y de las cejas, form an un
con junto de máxima expresividad en el interior del óvalo fa­
cial. lx>s bebés de todas las culturas buscan el contacto visual
con sus madres y sus allegados y su reconocim iento se tradu­
ce en una sonrisa de placer, a la vez que los sujetos mirados
suelen gratificar al bebé que les mira con stis risas y gestos ce*
lebrativos, de m anera que consolidan un verdadero diálogo
de miradas, pues el blanco de la esclerótica perm ite iden­
tificar la dirección de la m irada de los sujetos, una infor­
mación fundam ental en la autodefensa tanto com o en el
coqueteo sexual. No en vano los ojos han sido lhunados po­
pularm ente “ventanas del alma" y la dilatación de sus pupi­
las delata el interés positivo que un estimulo suscita en una
persona.
Esta función esencial de la mirada no ha pasado desaper­
cibida a los burócratas censores de algunas sociedades puri­
tanas. Así, en julio de 1995 el ayuntamiento de? Minncápolis
prohibió a los trabajadores de la construcción que miraran
“de manera insinuante", es decir, durante más de nueve se­
gundos, a los/las peatones, so pena de ser castigados con una
multa disciplinaria e incluso con un eventual despido por
“acoso visual". Con anterioridad, una alumna de la Universi­
dad de Toronto había denunciado al profesor Richard Hum-
mel por “acaso visual", pero éste consiguió ganar la dem anda
judicial, aunque tuso que abandonar su puesto académico
(El Mundo, 25 de julio de 1995). Como puede verse, en la so­
ciedad postindustrial neopuritana las estrategias del conejo

171
Ll ijw» iiix*n/VKTm

erótico han de lidiar con frecuencia duras escaramuzas con


los custodios de lo “políticamente correcto".
A partir de todos los condicionamientos relatados, en el
encuentro erótico el hombre solicita» pero la mujer tiene el {jo­
der de conceder o de rehusar. (>>mo contrapartida, si una
m ujer desea a un homhre, éste no podrá satisfacerla si ella no
activa su deseo y sus respuestas fisiológicas. He lo que se de­
duce algo tan obvio como que para que exista una pareja
erótica debe producirse una cooperación activa y eficaz en­
tre sus dos miembros. Y las emociones gratificado ras repeti­
das, asociadas a su interacción sexual, contribuyen a consoli­
dar sentimientos positivos de afecto entre ambos.
En la aproximación sexual entre todos los mamíferos de­
sempeñan las feromonas una función esencial, pues se diri­
gen al sentido más arcaico, al bulbo olfatorio que se halla en
la base del cerebro, al sentido protopático (es derir, de un sis­
tema de señalización emocional) más antiguo y universal en
el reino animal. Krafft-Ebing ya relató, en su Psyxhopatfua .Sé-
xua/is ( 1894), el caso de un campesino alemán que seducía a
Las muchachas pasando su pañuelo mojado con sudor axilar,
durante el baile, ante sus narices. Pero el uso de jabones, des­
odorantes. colonias y perfum es en nuestra cultura m oderna
ha reprim ido drásticam ente el sistema señalizador de los olo­
res corporales naturales» por lo que han tenido que hipertro­
fiarme otros estímulos, especialmente los visuales. Ya al refe­
rirnos antes a la función cazadora de) macho primitivo
señalamos que mi sentido de la vista fue primado durante la
evolución en comparación con el de la hem bra, que poten­
ció biológicamente en cambio otras habilidades. Y esto nos
conduce al tema de la pornografía visual, com o objeto desti­
nado a una sexualidad visual autárquica.
l a pornografía se dcsai rolló como negocio para estimu­
lar la sexualidad masculina y tal misión es perfectam ente
funcional con la mayor excitabilidad erótica visual del hom ­
bre en relación con la mujer (generalm ente más sensible al
rito, a la verbalidad y a la tactilidad), según una diferencia ¡>er-
fectamente basada en sus roles biológicos ames descritos» ya

172
R o m an G u w * \

que el papel masculino <le ágeme activo en la relación sexual


ha primado su sensibilidad teledetectora y de fijación a distan­
cia de su objeto sexual, como hacen otros mamíferos machos
mediante el olfato. En nuestra sociedad, que ha 9emia tro fiado
la fundón del olfato, la principal actividad teledetectora se­
xual se ejerce mediante e! senudo de la vista, agudam ente
sensibilizada para tal función erótica. Vial hipersensibiüdad
erótica ha hecho del hom bre el destinatario óptimo de los
estímulos pornográficos que hoy difunden profusamente las
industrias de la imagen en la cultura de masas.

I-A MIRADA PORNOGRÁFICA

Es sabido que los dos motivos estadísticamente más recu­


rrentes en la pintura occidental han sido el paisaje y el cuer­
po hum ano, es decir, el paisaje natural yol paisaje antropoló­
gico. Mientras que la civilización industrial se ha encargado
de demoler la iconografía paisajística, en la era massmediati­
ca ha seguido vivo y en pie el culto icònico a la anatomía hu­
mana. Y prueba tal vitalidad, de m odo paradójico, el hecho
de que para algunas culturas puritanas el desnudo siga resul­
tando ofensivo. Así, el rechazo en julio de 1995, por parte del
ayuntamiento de Jcrusalén, de una reproducción del David
de Miguel Ángel que el ayuntamiento de Florencia le había
ofrecido con motivo del tercer milenio de la ciudad, alegan­
do que era un desnudo, no hacia m asque ratificar su contun­
dente eficacia expresiva.
En la cultura de masas mercantilizada, el culto a la anato­
mía hum ana ha contado con el plus añadido de exhibicionis­
mo para unos y de voyeurismo para otros, que el desnudo no
poseía, por ejemplo, en la cultura gì ecolatina o en el Renaci­
miento, a pesar de que Viziano hizo que su Venas desnuda in­
terpelase con su mirada al espectador (recurso copiado más
tarde por Goya con su Maja y por Manet con su (Hympia). En
el exhibicionismo mercan ti fizad o de nuestro panoram a me­
diático los sujetos públicos, y en particular los sujetos p ú b ll

m
E l. f J¡or% rJ4CTU >M CO

eos investidos de prestigio erótico, constituyen puntos foca­


les de interes colectivo, sean actrices, cantantes o gigolós (y
p o r eso la resista InUrinú propone con tanta frecuencia la
sección "Desnudamos a..."). Se trata de un explicable despla­
zamiento m ctoním ico desde el espíritu (las pasiones del su­
jeto) hacia el cuerpo famoso que las ejecuta o las pone en es­
cena y, para ser más precisos, hacia ciertas partes del cuerpo
que desem peñan un papel privilegiado en tal puesta en prác­
tica de la pasión, creando una jerarquía erótica de las partes
del todo, es decir, entronizando la sinécdoque pan pro loto
como expresión suprem a de la escena amorosa. Así se cons­
tata la curiosidad publica hacia ciertos penes célebres de re­
putada longitud y actividad, com o el de H arry Balafontc, o el
del diplomático y dominicano Porfirio Rubirosa, o el del
conde Alessandro Lequio. Porque todos los genitales pare­
cen iguales al observador poco perspicaz, pero en realidad
son distintos y personalizados, com o lo son todos los pies y to­
dos los rostros humanos.
Desde un enfoque muy diverso, Jacqucs 1-acan nos ilustró
hace años acerca de la pulsión escópua del hom bre, de modo
que el voycurismo constituiría un tropismo natural de la mi­
rada ante motivos sexuales, activado por la energía libidinal
que esta en la líase de la reproducción de la especie. Emplean­
do la terminología de la geUall, se diría que la mirada hum a­
na es atraída, en tales casos, por un estím ulo óptico de alta
pregnancia. No obstante, la tradición psiquiátrica (puntaría)
ha clasificado en el renglón de las perversiones al mironismo
sexual, que recibe nom bres clínicos u n abundantes que pa­
recen certificar su extendidísim a presencia cii la sociedad,
lo que negaría estadísticamente su condición de perversión.
F.n la literatura clínica, en efecto, al mironismo se le llama
técnicamente vaysurismji, náxoscopia, acopofilia, escopiofiha, esco-
polangia y gimnomania, designándose con tales térm inos la
práctica de derivar la gratificación erótica de la m irada depo­
sitada sobre un cuerpo desnudo o una escena sexual. Decía­
mos que esta supuesta perversión está tan generalizada, que
un estudio empírico de laboratorio efectuado en Estados Uní-
Ro m a s («i m *.n

dos acerca del com portam iento de la audiencia televisiva con


el telemando reveló que las imágenes que más anclan su aten­
ción son los desnudos erotizados y las escenas de muerte v io
lenta. De lo que se debe concluir que el voyeurismo es una res­
puesta biológica canónica y no una perversión, a menos que
sustituya totalmente la interacción sexual personalizada con
otros sujetos.
Si hace anos Cuy Debord calificó con pertinencia a nues­
tra sociedad como sociedad drl espectáculo, la pulsión escópica
colectiva hace que esta misma sociedad pueda contemplarse
al mismo tiem po como una sociedad mirona, en la que ella
misma, y en especial sus sujetos públicos, se ofrecen como su­
jetos de deseo y objetos de espectáculo a la mirada colectiva.
Esta misma lógica escópica es la que conduciría al nacimien­
to de lo que los politólogos llaman Estado-espectáculo.
Si el voyeurismo es una práctica antigua ya condenada
en el Génesis, en el pasaje en que Noc maldice la estirpe de
su hijo Cam porque éste vio sus genitales m ientras dorm ía,
en la era mediática el voyeurismo se ha potenciado con los
soportes de información —(bioquímicos, electrónicos y di­
gitales— que contienen reproducciones vicarialcs de cuer­
pos desnudos y de actividades sexuales. Esta explosión csco-
pofílica masiva basada en la iconomanía, iconofilia, iamolgnia
e idolomania, está en la base de la expansión comercial y de
la prosperidad de las industrias pornográficas de la imagen,
que se basan en la paradoja de que lo que para unos sujetos
activos ame el objetivo de la cám ara es erotismo y ejercicio
sexual de buena ley. y no pornografía, para quien les mira
es en cambio pornografía y desviación erótica. Y este juicio
moral descaí ificador deriva de que estas apetitosas produc­
ciones irónicas o auriioviuales han hecho del objeto del de­
seo un mero fantasma, unas manchas de colores sobre papel,
o unas sombras móviles sobre una pantalla, en sustitución de
unos cuerpos reales y, sobre iodo, de los placeres de la tacti­
lidad.
Con esta referencia obligada a los medios de comunica­
ción se llega a la analogía de los medios con las ventanas, o

175
L r ta u ro H j x r n r t N kx>

ventanucos, a través de los cuales unos espectadores atisban


el m undo y sus figuras más relevantes. En esta función de los
medios como ventanas o ventanucos sobre el paisaje social
reaparece el mirónismo colectivo, el voyeurismo propio del
ptep-ihow en el que se paga por ver a través de un vidrio, que
inhibe la tactilidad, a una persona desnuda o a una pareja
fornicando a un metro de distancia, para satisfacer un deseo
ajeno.
El cine, que es un espectáculo público de imágenes foto­
gráficas en movimiento, se basa en el voyeurismo congenito y
esencial del público, en su necesidad em ocional profunda,
que en siglos anteriores satisfizo el teatro, de atisbar o espiar
vidas ajenas, sin que los espiados parezcan darse cuenta de
tal observación ajena. Ya en el cine m udo primitivo se form a­
lizó un elocuente género, al que se le denom ina precisamen­
te ftlm-wojeuj; en el que aparecía en la pantalla la silueta de
una cerradura en primer plano y tras ella se veía a una mujer
que se desnudaba, aunque sólo hasta el límite que la purita­
na censura de principios del siglo XX permitía. Pero este gé­
nero resulta muy interesante, porque interpelaba a los espec­
tadores con la proposición de una cámara con punto de vista
subjetivo, o en prim era persona visual, invitándole a m irar
aquello que, a fin de cuentas, al final tam poco se le perm itía
ver. De m odo que el film-i/eyct/r primitivo proponía, en de­
finitiva. un excitante pero a la postre fru stran te aperitivo
erótico, interrum pido cuando mayor era el deseo del espec­
tador.
El cine pornográfico nació en la clandestinidad de los bór­
deles, para excitar funcionalm em e a su clientela masculina.
Su designación popular resultó muy elocuente, pues en in­
glés estos films se llamaban smohm. en una c| x>c:í en que sólo
fumaban los hombres, y en francés ánim a cochoyi, designa­
ción que admitía sin tapujos ni atenuantes su condición de
excitante de las bajas pasiones masculinas. Su nacim iento en
los prostíbulos obedecía a una lógica económica implacable,
pues tenía una función promocional para el cliente, para
que acudiese al local, y, en segundo lugar, la función de cxci-

176
Kom An (¡ i uju >.

tarlc para que contratase los ser sidos sexuales mercantiles


propuestas por la casa. Pero, al margen de los bu róeles, el ge­
nero recibió pronto la atención de las clases altas. Se lia di­
cho que en la Inglaterra victoriana era de buen tono entre
los hombres elegantes consumir pornografía, escrita y visual,
cuando era escasa y cara, pero que se devaluó y perdió ínte­
res cuando el genero se popularizó. Sabemos también que la
aristocracia zarista era consumidora de pornografía, como lo
era el rey Alfonso XIII de España, quien se solazaba con las
peliculitas que confeccionaba para él la empresa Royal Film
de Barcelona. Y al ser derrocado el rey Faruk de F.gipto en
1952 se le encontró en palacio una nutridísima pornotcca con
materiales procedentes de diversos países.
Cuando el cine pornográfico florecía en los burdelcs era,
en rigor, un género tolerado por las autoridades, aunque con
su tolerancia circunscrita a aquellos locales. F.n el film norte­
americano í a noche (U los maridos (The Backtlor Partí), rodado
en 1957 por Delbcrt Mann en una época en que el cine por­
no no podía circular públicamente en Estados Unidos, se ve
en cambio a unos hombres que, en una despedida do solte­
ro, contemplan una película pornográfica. Es decir, se ve a
ios contempladores y sus reacciones, pero no se ve lo con­
templado, del que se certifica indirectam ente que, pese a su
prohibición oficial, tiene existencia social, aunque sea una
existencia periférica o marginal. Mientras que por estas fechas
en la Cuba gobernada por Fulgencio Batista el cine pom o era
proyectado en salas públicas, a veces reutilizando películas
normales de I lollywood, a las que se les añadían insertos por­
nográficos anónimos cuando llegaban las escenas de amor.
La conmoción social y moral libertaria de 1968 resultó de­
cisiva para iniciar la dcspcnali/ación de la pornografía en mu­
chas países occidentales, en un proceso que se desarrolló a
lo largo de los años setenta, coincidiendo, por otra parte, con
la segmentación del mercado audiovisual entre cine y televi­
sión, dividiendo sus funciones culturales, con un público cine­
matográfico más reducido, más joven, menos conservador)*
más especializado y la televisión convertida en refugio de un

177
F.i »*04 H frrvA Kfrn

amplio público indiferenciado c interclasista, en cuyo seno


se albergaba la conservadora “mayoría silenciosa". En esta
nueva situación, los focos de irradiación de la pornografía
despenalizada fueron, desde 1969, San Francisco en Califor­
nia y los países escandinavos en Europa. Y paralelamente id
desarme censor oficial del cine que, para competir comercial-
m ente con la televisión con mayor permisividad» hacia apare­
cer en el mercado películas caracterizadas por su uitraviolen-
cui —como Perros depaja (StrawDogs, 1971) de Saín Peckinpah,
o La naranja mecánica (A Clockuxjrk Orangr, 1971) de Stanley
Knbrick— . bajo la clasificación X em pezaron a difundirse
tam bién, en circuitos específicos, películas de pornografía
dura o hará, como Garganta profunda (D&f) I'hroat)—fantasía
sobre una m uchacha que descubría que tenía su clítoris en la
garganta— , Tras Ui purria \>erde (Bthind the Creen Door) y The
Dnnl in MissJones, que obtuvieron, por su novedad, óptimas
recaudaciones, llegando a batir en las taquillas a los grandes
títulos del cinc comercial de Hollywood.
Si se piensa bien, el cine pornográfico duro nacía de una
lógica rigurosa e implacable, generada por las frustraciones
implícitas en el cine de ficción tradicional. En las películas tra­
dicionales, cuando la pasión encendía los instintos de una
pareja de enamorados, la pantalla mostraba sus dos rostros
unidos en un cálido beso y, a continuación, aparecía un fundi­
do en negro que censuraba la visión de la acción que sucedía
lógicamente a aquel beso apasionado. En otras ocasiones La
frustración era mayor, si cabe, pues la cámara se alejaba púdi­
cam ente de los amantes con un movimiento panorámico,
para encuadrar el fuego chisporroteante en la chim cna o las
olas del mar rom piendo contra las rocas, como socorridos
símbolos figurativos de la pasión erótica. Pues bien, rebelán­
dose contra las censuras ejemplificadas por estas omisiones y
estas metáforas, el cine pornográfico se convirtió en un gé­
nero específico, especializado de m odo m onotem ático en la
exhibición de aquello que sucede después del beso apasiona­
do y del fundido, o en lugar del fuego chisporroteante o de
las olas rom piendo contra las rocas. Si Freud explicó que el
Rom an G m v k x

tabú está en el origen de la metáfora, para designar lo innom­


brable de otro modo distinto, el cine porno nació como suble­
vación contra la censura metafórica. En este sentido, el cinc
porno supuso un acto de liberación contra una forma de cen­
sura social.
Pero, lamentablemente, este origen encasilló al género
en una selectividad monotemáticay redundante, que no tenía
que haberse producido necesariamente. Pero la compartí-
memación del negocio de producción y de distribución cine­
matográfica. las reglas del mercado y las habilidades especia­
lizadas de los actores y actrices contribuyeron a encerrarlo
en un gueto sociocultural. Sin embargo, no cuesta mucho
imaginar una película coi riente en la que. junto a otras inci­
dencias arguméntales diversas, los encuentros de los am an­
tes se escenificaran con plenitud y en detalle, de modo que
no se produjera el actual divorcio cinematográfico entre vida
y sexo. F.n la actualidad, tan sólo muy cxcepcionalm ente en­
contramos películas que repudian esta escisión, como ocurre
en El diablo en ei cuerpo (¡l diavolo in corpa, 1986), de Marco Re-
llocchio, en donde se escenifica una felación no fingida que
practica Marushka Dctmcrs a Federico Pitzalis. El caso de El
imperio de los icntidoi (1976), de Nagiva Oshirna, es bastante
distinto, porque en esta película tan atípica y tan castigada
por las diferentes censuras, el eje del relato es una actividad
erótica obsesiva y, con la excepción del rito sadomasoqubta
del final, que concluye con la m uerte y mutilación del aman­
te. los actos sexuales no están fingidos. Y aunque reciente­
mente la excepción realista ha vuelto a producirse con la pe­
lícula francesa Romance (1999), de Catherine Breillat, esta
amalgama voraz está lejos de ser común. Pero en el cine poí­
no convencional y rutinario, el divorcio entre sexo y vida se
produce, en cambio, porque se retiene sólo el sexo y se ex­
cluye la vida, a) contrario de lo que ocurre en el cinc com er­
cial estándar. Ésta es la servidumbre creada por su selectivi­
dad monotemática y excluyen te.
Esta selectividad o espedalización monotemática del cine
porno hace que sea en rigor, más que un género narrativo,

179
El ijkw tutCíiX»*« *

un genero propiam ente descriptivo, en el que los aderezos


narrativos son secundarios o irrelevantes. Yes un género des­
criptivo porque el cine porno es, ante todo y sobre todo, un
documental fisiológico y atrae a su clientela precisamente
por esta condición. F.l cine porno es. en efecto, un docum en­
tal sobre la erección, la fclación, el cunin¡ingiu\ el coito vagi­
nal, el coito anal y el orgasmo. Y el público paga su entrada,
no para contem plar sus livianos pretextos narrativos (el le­
chero llamando a la puerta de la casa de la señora), sino por
deleitarse con el documental fisiológico, que constituye la
esencia y la razón de ser del género. Tan docum ental es, que
no podemos imaginar a un director en este genero pidiendo
al actor que vuelva a eyacular otra vez, p o rq u e su anterior
eyaculación no le ha parecido satisfactoria. Y tanta es la con­
ciencia entre sus profesionales de que sí* trata de un docu­
menta] fisiológico, que en su jerga se denom ina al primer
plano de los genitales en acción medical shoty es decir, plano
médico. Y las breves escenas de ficción del cine porno no
constituyen más que i¡relevantes escenas de transición, sub­
sidiarias en relación con el conjunto. De hecho, la descalifica­
ción estética más contundente del género poí no se ha basado
en poner de relieve su flagrante contradicción entre su hipe-
rrcalismo fisiológico y m i atio / falsedad psicológica y social,
con personajes que son meros m uñecos de caí lie.
La exhibición del orgasmo masculino constituye así la im­
prescindible au ten ti (i ración docum ental de la acción (y de
su placer), por lo que es éste un m om ento culm inante de es­
tas documentales fisiológicos. Ycomo la eyaculación ha de ser
visible para el espectador, tiene que efectuarse fuera de sus
orificios naturales, en una variada gama de soluciones: eya­
cular sobre el rostro de la actriz, por ejemplo, supone un acto
de dom inio del varón, etc.
F.l orgasmo fem enino, en cambio, puede ser fingido, ex­
presado por la convulsión del cuerpo, del rostro y de la voz,
con una dislocación facial que nadie ha expresado mejor
que Bernini al esculpir el éxtasis místico de sania Teresa. Y
cuando se afirma que el género supone una explotación ini-
K .r - v .o . Cu M tN

rua de la mujer debe recordarse que, por lo menos en un as­


pecto, la actriz resulta más favorecida que los hombres, quie­
nes no pueden fingir su orgasmo, como ella. Traigo aquí a
colación una observación de la actri/. Sharón, que resulta elo­
cuente: "Es muy extraño”, declaró Sharon, “no me di cuenta
de todo lo que implicaba un orgasmo hasta que tuve uno en
un rodaje. Yo raram ente tengo orgasmos cuando ruedo... Y
me dije: ¡Ufl Esto lia sido fuerte. Y me sentí avergonzada,
como vulnerable... Entonces pensé. Mira, estos chicos tienen
que hacerlo todo el rato” (The film Maker's Cuide (o Parrio-
ffraphy, de Sirven Ziplow).
Acabamos de m encionar la expresión dislocada del ro*
tro durante el orgasmo y debemos añadir ahora que el rostro
constituye la superficie más reveladora de las emociones, la
más expresiva, la más desprotegida em odonalm ente del ser
humano. Y, si se examina con atención, se observa que la fo-
calización visual predom inante de la cámara en las películas
pornográficas se orienta reiteradam ente hacia dos centros
de interés protagonista: hacia los rostros y los genitales, rela­
cionados con el vínculo causa-efecto, puesto que estos agen­
tes tísicos —los genitales en acción— son la causa de las ex­
presivas respuestas emocionales de los rostros, como los dos
polos de una misma cadena, el físico y el emocional. De ahí,
también, la penitud erótica de las escenas de felación, que
permiten reunir en un primer plano el miembro viril en erec­
ción y el rostro de la actriz, en una interacción muy intima y
activa. Y, como ya hemos apuntado, eyacular sobre el rostro
constituye un gesto de posesión o de dominio sobre la mujer,
marcando su territorio facial con un signo de señorío; como
lo es también eyacular en su boca, lo que supone una acepta­
ción casi incondicional de su pareja por parte de la mujer.
Esta última observación obliga a recordar que el público
predom inante de la producción porno es masculino y sus
fantasías se conciben y diseñan para satisfacer el imaginario
sexual masculino. También las parejas heterosexuales consu­
men cine porno y la revolución videográfica de final de siglo
ha trastocado radicalmente este mercado en los veinte últi-

1 8 !
E l t i K * f u c jj u ú M c r »

mos años, l^as feministas han estado uradkionalm cntc en


contra de este genero. Pero, a principios de los años ochen­
ta. inquietas por su involuntaria convergencia moral en este
tema con la derecha conservadora y antiabortisia, algunas fe­
ministas norteamericanas se replantearon a fondo oi asunto
de la pornografía, como hizo Ellen Willis en su esclarcccdor
artículo “Sexual Politics" (1982), que preludió el im portante
libro de Linda Williams, liará Con. ftmw. Pltasureand theFnmy
oftheVisMe (1989),
Es cierto que el porno hará ha sido generalmente descalifi­
cado por sus contenidos monotemáticos y redundantes (como
muchos por su esquematismo psicológico (como mu­
chas películas de aventuras) y |X )i su pobre calidad formal. Se
ha insistido, para su descrédito estético, en el brutal contras­
te que ofrecen su crudo hiperrealismo fisiológico y su irreal
esquematismo psicológico y social, que hace que los persona
jes sean puras abstracciones sin personalidad (el negro, la ru ­
bia, el semental, la adolescente, la colegiala, el im potente, el
perro, etc., cntelequias que suelen airear publicitariamente
sus títulos). También se* ha afirmado que este cine, a diferen­
cia de otros géneros, es muy directam ente utilitario (para sa­
tisfacer una necesidad fisiológica) y se ha llegado a observar
que la duración de los cortometrajes y la extensión de las re­
vistas ilustradas del género es funcional para la duración nor­
mal de un acto masturbatorio. Pero este utilitarismo no es
necesariamente negativo y se ha defendido también al cine
pom o como un cine pedagógico para la educación sexual,
para la enseñanza de técnicas y de posiciones y para la libera­
ción de inhibiciones y rutinas. Y los más favorables llegan a
elogiar los valores coreográficos y i íunicos de los cuerpos en
este género.
Actualmente, la posición cultural ante el p o m o suele ser
menos apasionada y más ecléctica, sobre todo desde que se
hizo obvio que existe una pornografía de mala calidad (la ma-
yoriiaria) y otra de buena calidad, como ocurre en todos los
géneros audiovisuales. Por otra parte, pronto pudo descu­
brirse que el cine porno fue más sádico, perverso y degra-

182
R rn ú s G r w n s

dan te cuando fue clandestino y que su despenalización había


contribuido a depurarlo; aunque del porno actual ha deriva­
do la nueva provincia, cruel y clandestina, del snuff cinema.
Las relaciones del feminismo militante con el cine porno
han sido más complejas y tempestuosas, como ya hemos indi­
cado antes. Se ha sostenido durante décadas que el equiva­
lente funcional de la pornografía para la mujer era la novela
rosa, que había sido disfrutada por el publico fem enino du­
rante años como protesta fantastnática contra la rutina de la
vida cotidiana en la pareja monógama, en un m undo e m o
cionalmentc pohre. Incluso se habló en los años ochenta de
la “revolución rom ántica’*aportada por las telenove las, las re­
vistas del corazón y las novelas rosas (la Editorial Harlequín
vende en Estados Unidos 200 millones de ejemplares al año),
como contrapeso de la “revolución pornográfica" en los me­
dio® audiovisuales. Pero en la misma década empezaron a
aparecer en Estados Unidos empresas productoras de pom o
dirigidas por mujeres y con |>cliciilas escritas y realizadas por
ellas (como la compañía Femmc Productions), dando un
vuelco a la cuestión. Se ha obervado que estas películas tie­
nen más ^argumento" y más “psicología" que las produccio­
nes masculinas hechas y pensadas por y para hombres, lo que
constituye un dato revelador, en la m edida en que confirman
que el sexo no está tamo entre las piernas como dentro de la
cabeza. El antes citado film Romance, de Cathcrinc Breillat.
confirma esta tendencia psicologista. Por otra parte, el video
doiiKrstico trastocó el mercado, incluyendo en su público a
parejas heterosexuales y a mujeres solas, e Internet colocó a la
pornografía en la plaza pública: el 68 por ciento del comercio
electrónico actual es de contenido pornográfico. l a cuestión
reside, por tanto, en las diferentes estrategias utilizablcs para
estimular eficazmente la libido masculina y femenina, pues
el imaginario erótico no tiene fronteras.
Pero mientras la pornografía genital se oficializaba en los
mercados públicos, la pornografía d r la crueldad alcanzaba
también nuevas cotas. Frcud ha estudiado el sadomasoquis-
mo como un "placer asociado al displacer" y es raro el es pee-
Ki. *r.m rjK H íW M n

(ador de noticiarios y de telediarios que no haya sentido algu­


na vez la fascinación hipnótica de algún espectáculo cruel. El
sadismo espectatorial ha sido cultivado desde hace muchos
años por la industria del cinc con las películas de terror y has­
ta el famoso ojo cortado de Un peno andaluz (1929), respon­
sable de tantos desmayos, pudo tener su origen en el ojo sal­
tado de una dama durante la violenta carga de la policía
zarista en las escalinatas de Odessa de El atorozado “Potemkin"
(1925), de Eisenstein, que fascinó a los surrealistas. Tras m u­
chos años de sustos cinematográficos de guardarropía, quien
prim ero planteó con lucidez autorrcflexiva el tema del pla­
cer vovcuristico de la m uerte fue el cineasta británico Mi-
chael Powell en su película Elfotógrafo del pánico (Pcrpmg Tom,
1960), en la que un joven cineasta ru ed a los rostros de sus
modelos-víctimas fem eninas en el m om ento de asesinarlas
con una espada acoplada a su cámara. Pero esta nueva fase de
espectacularización sádica en las pantallas se asentaba en
una larga tradición, que en nuestra cultura arranca de los
gladiadores y m ártires inmolados en el Coliseo rom ano y lle­
ga hasta las ejecuciones públicas de nuestra era, pasando por
los combates de boxeo y las peleas de gallos, que han propor­
cionado a las masas lo que Shakespeare definió como violent
(UUghts.
Algunos cineastas se .sintieron pronto atraídos por la muer­
te real, no la muerte fingida de los estudios de cine. Así, el fran­
cés L uden Hayer rodó en 1930, escondido en los lavabos de
una cárcel, una doble ejecución. Pero las guerras proporciona­
rían su gran camera macabra, cuyas imágenes las censuras na­
cionales impedirían con frecuencia que llegaran al público,
para no desmoralizarle o invocando el argumento del buen
gusto. Todavía en fecha reciente, la censura japonesa hizo cor­
tar* los planos documentales ríe las ejecuciones niponas en
Manchuria en 1931, utilizados por Bernardo Rertolucci en El
últinu) emperador (1987). Pero la ejecución intencional de la
muerte ante el objetivo de la cámara, para hacer de ella un es­
pectáculo comcreialoablc, ha sido obra del llamado snuff cine­
ma, un genero del que las primeras noticias arrancan de 1977.

184
< ;< 1 M .N

Como gran paradoja, el cinc snuff inmortaliza la muerte,


al retener su imagen sobre un soporte duradero, perm itien­
do renovar el placer de su contemplación. Su em ergencia ha
corrido paralela con las m uertes reales que nos presentan
con tanta frecuencia los telediarios en nuestros hogares (gue­
rras, atentados, catástrofes y suicidios ante las cámaras, con­
vertidos en un nuevo género narcisista-televisivo). Al llegar a
este punto es pertinente plantearse, a la vista de obras artísti­
cas tan alabadas corno el IsiocoonUo la foto de un miliciano es­
pañol alcanzado por un disparo que nos ofreció Robert Capa,
la pregunta de si existe una estética de la muerte violenta. De la
escultura citada se dirá que es una obra de ficción, y que por
consiguiente no representa una m uerte acontecida realmen­
te. Pero la segunda es una fotografía documental, un testimo­
nio de una muerte auténtica, aunque nadie podrá negar su
belleza trágica. I.as investigaciones sobre audiencias poten­
ciales de cine sn u ff revelan, en efecto, que el m om ento más
excitante de la m uerte para sus mirones reside en el espasmo
corporal, en el calam bre somático, en la sacudida física que
desorganiza la resistencia muscular y se convierte en metáfo­
ra letal del orgasmo.
Al examinar FJfotógrafo del pánico se observa de nuevo que
el rostro hum ano es la parte más desprotegida del cuerpo y
por ello la más susceptible de convertirse en una superficie
obscena, ya que desvela sus más íntimas vivencias, sean de do­
lor o de placer: a nadie le gusta que le miren la cara cuando
llora, pero tampoco cuando tiene un orgasmo, como recor­
daba la actriz Sha ron hace un momento. La obscenidad su­
prema no está en los genitales, como quiere la tradición puri­
tana, sino en el rostro, en su condición de sede expresiva de
las emociones más íntimas, delatadas contra la voluntad del
sujeto.
Avala cuanto llevamos dicho el hecho de que en las pelí­
culas clandestinas del snuff áncjrui, en el m om ento del asesina
to, la cántara no encuadra tanto el arma blanca que penetra el
cuerpo de la victima, en una singular metáfora sexual, sino a
su rostro descompuesto por el dolor: se trata, en realidad, de

185
1 * 0 8 t u t o » 6 NJCíj

una caricatura sarcástica de la expresión del orgasmo. Ircs


películas modélicas, como El/ológrafo del pánico. Hardcore. Un
mundo oculto (Hardcore, 1978), de Paul Schrader,y Tesis (1996),
de Alejandro Amenábar, que han abordado en contextos dis­
tintos el tema del snuff cinema, han dem ostrado cómo la op­
ción del cineasta en el m om ento de la m uerte se dirige hacia
el rostro de su víctima, sedo suprem a de la expresión de las
emociones incontroladas. De ahí su trem enda potencialidad
obscena, que tuvo prim ero su manifestación institucional en
el cine de porno duro (en el dislocado instante del orgasmo)
y desde hace algunos años en el clandestino snuff ánema,
convergencia última del cine de terror (que goza de tanta po­
pularidad social) y el porno duro, del que constituye su fron­
tera final, ya insuperable.
A veces se tiene la falsa impresión de que la cultura del
snuff es una cuestión de delincuencia com ún, de perversión
clandestina y de represión policial. Nada más falso. Desde
abril de 1992, con la ejecución de Robcrt Alton Harris en Ca­
lifornia. transmitida por la televisión en directo, la cultura
del snuff ha entrado en el ámbito de las costumbres públicas
y respetables. Se dirá que una ejecución es una m uerte legal,
sancionada por los tribunales de justicia. Pero la curiosidad o
oí placer morboso de la audiencia televisiva poco tiene que
ver con estas justificaciones formales y la fruición y vivencia
de sus espectadores al contem plarla eran poco distintas de
las que sintieron los espectadores del Coliseo romano. Desde
esta fecha crucial en la historia de la comunicación de masas,
las sucesivas propuestas de transmitir por televisión ejecucio­
nes en directo han abierto polémicas en la prensil, con la se­
suda intervención de juristas, pedagogos, psicólogos y m ora­
listas. Pero no hay que engañarse, no se trata más que de
astutas estrategias ríe la industria y del negocio televisivo para
tantear los techos de permisividad social en cada m om ento y
aum entar así su audiencia y sus beneficios, cosquilleando los
instintos más inconfesables de su público.

1 8 (>
VII
L O S PARAÍSOS IC Ó N IC O S

Epifanía D£ ia imagen digital

Desde hace unos cuantos años, los comunicólogos, y h&v


ta los propios fotógrafos, hablan m ucho de la postfotografía.
Tal como la inventaron Niepcc y Daguerre y la perfecciona­
ron Fox Talbol ▼otros pioneros en la prim era mitad del siglo
XIX, la imagen fotoquímica obtenida por la cámara era una
imagen “indiciar, es decir, un indicio o huella luminosa de
lo que se había situado ante su objetivo en el momento del
disparo (como ta huella del pie en ta arena mojada, gustan
explicar los semiólogos). En este sentido, la fotografía era un
instrum ento de autentiñcación documental, pues constituía
un certificado químico de una existencia pasada, que había
tenido lugar en un momento dado ante el objetivo de la cá­
mara y había impresionado la emulsión fotoquímica. Por eso
la fotografía es utilizada como docum ento autentificad or
por los etnógrafos, antropólogos, periodistas, policías, fisca­
les yjueces de competiciones deportivas. Ypor eso existen fo­
tos indiscretas, mientras que no existen dibujos o pinturas
que puedan ser calificadas propiam ente de indiscretas.
Pero la emergencia de la imagen digital ha trastocado las
tecnologías tradicionales de producción icònica, pues sus for­
mas nacen de una automatización informática de los viejos
procedimientos analíticos y estructurales de producción fi­
gurativa propios de las artesanías de los mosaicos, de los tapi-

187
F.i tJooe eucnuO M co

ccs. de la pintura reliculada y de la pintura puntillóla de Scu-


rat. La imagen digital está formada, en efecto, por un mosai­
co de pixtis (acrónimo de puiurr fírmente), puntos luminosos
definidos cada uno d r ellos por valores numéricos que indi­
can su posición en el espacio de unas coordenadas, su color y
su brillo. El operador puede m anipular cada uno de los pixrte
individualmente, o en grupos, para construir su imagen a vo­
luntad. Por eso el pbuAconstituye una unidad de información,
y no una unidad de significación, pero un grupo orgánico de
f/ixrh puede configurar una unidad semiótica, si aparecen in­
vestidos de valor semántico.
Por consiguiente, si la fotografía es un medio óptico, la
imagen digital es un producto anóptico. Esto significa que, a
diferencia del fotógrafo tradicional, que actuaba coartado
por el determ inism o óptico de su cámara, el artista infográfi-
co puede construir su imagen hiperrealista con toda liber­
tad, liberado de la tiranía de los rayos solares, proyectando y
eligiendo com o un dem iurgo las características de sus figu­
ras. l>c este modo la fantasía ilimitada del pintor converge
con la eficaz performatividad de la máquina, para autom ati­
zar su imaginario y presentarlo sobre un soporte (pantalla,
papel) con los rasgos veridiccionalcs que son propios de la
imagen fotoquímica. De tal modo que su imagen anópiica
puede aparecer disfrazada de imagen óptica e indicia!, ocul­
tando al observador su origen constructivista y arbitrario. Es
decir, puede convertirse en una imagen m entirosa, com o
pronto veremos en detalle.
La imagen iníógráfica realiza, en el m undo laico, algo pa­
recido al argum ento teológico de san Anselmo para probar
la existencia de Dios, a saber, que aquello que es imaginable
adquiere la condición de existente. A unque no debe confun­
dirse la imagen, que es mera forma visual, con su referente en
el m undo real, como hace con frecuencia la magia negra. Po­
drán existir imágenes de sirenas o de centauros, pero no cen­
tauros o sirenas en la realidad, y por e v o los operadores infor­
máticos distinguen netam ente las simulaciones (del m undo
real) de las quimeras. Y en la práctica de los diseñadores in-
Ri IVUN (U

dustrialcs. la imagen es utilizada para construir un referente


material a partir de ella, inviniendo con ello el proceso en
que se basa la práctica de la pintura naturalista y de la foto­
grafía, que forman sus imágenes a partir de referentes reales.
Pero, como decíamos, la imagen digital no constituye una
duplicación clónica del m undo real, sino una form a visual
plana y sujeta a carencias perceptivas. Es im portante insistir
en este punto, poique los artistas infográlicos y los diseñado­
res suelen hablar ele imágenes digitales en &-D —si los obje­
tos representados pueden verse girando o desde distintos
puntos de vista—, cuando debería precisarse en tales casos,
para ser exartos, que se trata de simulaciones visuales de ÍVD
proyectarlas en 2-1). Ysus imágenes son en la actualidad poco
sensuales, por sus colores planos y fríos, lo que las coloca a ve­
ces más cerca ele lo conceptual que de lo pcrrrptual.
Por otra parte, la producción digital perm ite interactuar
con la imagen en tiempo real, como hace el pintor con sus
pinceles, y de un modo que resulta del todo imposible en la
producción de la imagen fotoquímica. En realidad, la labili­
dad de la imagen digital es más fluida y exuberante que la que
puede alcanza! el pintor aplicando capas de pintura o raspan­
do su lienzo, pues puede adquirir la condición de imagen di­
námica o anim ada y resultar tan fluida como las imágenes
mentales de su operador, consiguiendo la diamorfosis (paso
de una forma a otra) sin gran dificultad. U na modalidad es­
pecialmente llamativa de esta metamorfosis la proporciona
el morphmg (videomor ftzac ion), como las impresionantes for­
mas cuasilíquidas que adoptaba el personaje antagonista del
film ímmruitor II (1991), de James Cavneron. Ello es posible
porque la discontinuidad formal de los pixtls garantiza, para­
dójicamente, la continuidad evolutiva de las formas.
( lomo era inevitable, la arrolladora irrupción de la imagen
digital en las industrias de la comunicación contemporáneas
ha generado una nueva videoeultura y ha contribuido a rem o
delar drásticamente la iconosfera tradicional. Uno de los sec­
tores más beneficiados por esta epifanía ha sido el de los video-
juegos digitales, que han alum brado una clientela a la que

73a
L i K IK tfK m iv A N K »

$e le denom ina ya “generación Nintendo*, del nom bre de la


multinacional japonesa que lidera el sector. No por azar esta
revolución ludica ha procedido de la industria informática ni­
pona, fecundada por la cultura ¡cónica de los manga, que se
asienta en realidad sobre cuatro patas: sobre ios cómics en pa­
pel, sobre los dibujos animados videográficos y televisivos, so­
bre los videojuegos informáticos y sobre los juegos de rol. En
realidad, m ingues el nombre genérico que reciben tradicio-
nalmente los cómics dibujados japoneses, que constituyeron
la matriz a partir de la c ual irradiaron sus derivaciones cine­
matográficas e infoi madras. Esta estructura ha perm itido un
enérgico sincrgismo entre las diferentes modalidades media-
deas, que se* retroalimentan entre sí, aunque la espiral de la
competencia ha ido elevando rápidamente los techos permisi­
vos de su violencia exhibida, a veces con componentes racistas
o sexistas, como el controvertido Mortal Kmnlxil Aunque, ju n ­
to a dios, es de justicia recordar que también han comenzado
a aparecer en Europa los videojuegos "de autor" y de mayor
ambición cultural, como ñlgnm, de 1997, con guión de Paulo
Coelho y dibujos de Mocbius (Joan Giroud), que propone
una historia iniciática ambientada en el camino de Santiago.
En Estados Unidos, los videojuegos recaudaron en 1999 la ci­
fra de 6.300 millones de dólares, muy cercana ya de los 6.950
millones que ingresaron las películas de Hollywood en 1998.
l a industria cinematográfica, por su parte, asimiló con
prontitud la nueva técnica digital para crear aparatosos efec­
tos visuales (antes llamados "efectos especiales"), que no tar­
daron en convertirse en las verdaderas estrellas de algunas
películas, eclipsando con su contundente eficacia a los acto­
res humanos. Tal ocurrió, por ejemplo, en 2001: Una odisea
dd espacio, de Kubrick. producción muy cara pero sin estre­
llas de carne y hueso, cuyo personaje más recordado es inevi­
tablem ente la Supercomputadora HAL-9000 y sus escenas
más impactantcs los planos generales del cosmos. F^ta ten­
dencia culm inó con 1m guerra de las galaxias, de (k*orge lai­
cas, en 1977, con los efectos digitales producidos por su em ­
presa Industrial 1jg h t and Magic, aunque sus personajes más

1ÍX)
Rom an U lbuln

celebrados popularm ente fueron sus robots hum anoides R2-


0 2 y C-3PO, a cuyos actores jam as se les veía la cara. Por en­
tonces, las películas de acción espectacular tenían una media
d r cuarenta planos ron efectos digitales. Quince años más
tarde el promedio había subido a los doscientos planos.
En esta escalada desem peñó Partjxit jurásico (¡urassic ftrrk,
1993), de Stcvcn Spielbcrg, un papel estelar, y no sólo por su
im parto en el mercado. En esta película, la laboriosa produc­
ción artificial de los dinosaurios a partir de su ADN fosilizado
resultó una pertinente metáfora de la complicada produc­
ción e integración digital de sus imágenes en la acción foto­
grafiada, con un coste de 25 millones de dólares, un tercio
del presupuesto total. I)c m anera que el prodigio biológico
representado aludía autorrcflcxrvamcntc al prodigio infor­
mático realizado en los estudios. Dos anos más tarde apare­
ció Toy Story, producción de Walt Disney que fue pionera de
los largometrajes de animación realizados íntegram ente por
ordenador, fruto laborioso de su departam ento Imaginee-
ring l ab. Yen 1999 Im amrnaza fantasma, entrega inicial de la
saga I m guerra de las galaxias, utilizó 1.500 efectos digitales, es­
tableciendo un récord en la industria del cine, pues el 95 por
ciento de su metraje tino tratamiento digital. Aunque es bue­
no recordar que, en el m undo del espectáculo, cuando todo
es posible, ya nada asombra.
Los aparatosos efec tos digitales que están hoy tan de moda
en el cine espectacular t í o lian hec ho más que prolongar la
querencia de! melodrama escénico del siglo xix por el efec­
tismo Lrcmendista de los desastres naturales, desde las tor­
mentas a los incendios, que llevaban a cabo los tramoyistas con
medias mecánicos y ópticos artesanales. En aquella época un
relámpago o un trueno en el escenario llenaban de zozobra
a los espectadores y se patentaron aparatos para conseguirlos
con mayor eficacia. Pero los efectos actuales son más sofisti­
cados y muchísimo más caros, tanto que no siempre salen a
cuenta en un cam|>oque todavía tiene m ucho de experim en­
tal. Así, Digital Domain, empresa fundada en 1993 y respon­
sable de los efectos visuales de Entrevista con un vampiro fInter-

191
view uñth a Vampire, 1994) y El quinto clsmsnto (ThrFiflh Elrmmt,
1997), perdió cuatro millones de dólares con la producción
de los efectos visuales de la galardonada iitatúe (1998). Esto
fue debido a que su coste se había presupuestado en cuaren­
ta millones de dólares, pero las complicaciones del rodaje y
los imprevistos hicieron elevar esta cifra. Entre tales percan­
ces figuró, en el rodaje en el caluroso México, la necesidad
de añadir digitalinente el vaho en las bocas de los personajes
que simulaban estar en el helado Atlántico septentrional.
Pero la informática ha creado también un nuevo “entor­
no" comercial que acompaña al lanzamiento de las películas
como parte de su merchandising. El estreno de Im arrumazafan­
tasma estuvo acom pañado, por ejemplo, de la puesta a la ven­
ta de muñecos piulantes con el aspecto de los personajes de
la película, de m odo que los nuevos Darth Vader, Obi-Van
Kenobi y otros podían hablar entre ellos o repetir diálogos
del film gracias a sus chips. Era com o si las imágenes del film
se hubiesen vuelto corpóreas y penetrado en el espacio coti­
diano de sus espectadores, en una nueva vuelta de tuerca del
juego de la simulación.
Un paso tnás allá de la simulación digital, y con objetivos
menos inocentes, conduce a la manipulación ideológica. En
junio de 1994 las portadas de los semanarios norteamerica­
nos rivales Ttnu>y Neu/iuvek reprodujeron la misma fotografía
policial del controvertido O. J. Simpson. Pero la de Tíme fue
retocada con ordenador y aparecía con una piel más osc ura
de lo que era en realidad, con la barba cerrada y el perfil di­
fuso, sólo con los pómulos y la frente iluminados, "como si
fuera un animal *, en palabras de Benjamín Cha vis, director
de la NAACP (Asociación Americana para el Progreso de la
Gente de Color). I jos directivos de l i m e defendieron su dere­
cho a "dramatizar" el retrato, por razones de espectacularidad
informativa, pero lo cierto es que su manipulación digital te­
nía un fondo racista y perseguía fines comerciales falseando
una imagen documental.
Este caso constituyó un polémico asunto con implicacio­
nes netam ente políticas, poro en otros casos la manipulación
R"W».s G i M k s

digital ha obedecido a finalidades estrictamente comercia­


les. En febrero de 1997 la televisión norteam ericana difun­
dió un anuncio publicitario que mostraba a Fred Astairc bai­
lando con una aspiradora. Las imágenes del actor procedían
de dos films suyos — EasUr Parade (1948) y Royal Wedding
(1951)— y la imagen de la aspiradora fue colocada en sus
manos por obra de una manipulación digital. Este montaje
fue autorizado por MI viuda ( p o r rayones financieras) pero
repudiado por su hija, en nom bre de la integridad artística y
del respeto a la imagen de su padre. Resultó una controver­
sia interesante, que demostró que dos imágenes indicíales
auténticas podían combinarse para crear una situación falsa,
que nunca había ocurrido, pero que com parecía ante el pú­
blico con los atributos veridiccionales de la autenticidad.
Con este ejemplo se pone en evidencia la capacidad de la
imagen digital para mentir con todo aplomo y poder de con­
vicción. En este punto se plantea un problema moral y resulta
pertinente recordar al famoso falsificador de cuadros Elmyr
d ’Hory, quien solfa decir que cuando los expertos y el merca­
do trataban a un falso Picasso o a un falso Matisse corno si
fuesen auténticos, de hecho eran auténticos. 1.a imagen digi­
tal vino a corroborar este aserto y se han abado ya voces de
alarma acerca de la posibilidad de fabricar imágenes que
presenten a una persona respetable com etiendo un acto im­
propio o una fechoría, para peijudicar su reputación o apro­
vecharse de él. Un nuevo campo para las extorsiones se abre
asi prometedoram ente ante kxs nuevos delinc uentes digitales.
Un nuevo, controvertido y no menos llamativo ejemplo
de manipulación digital de imágenes se produjo en enero de
1999 en Inglaterra, cuando un publicista cubano al servido
de la Iglesia anglicana utilizó la técnica digital para convertir
el rostro de Che Guevara en el de Jesucristo, elim inando su
boina característica y colocándole en su lugar una corona de
espinas. Este ChenidtriU—como se le llamó— , que pretendía
atraer a los jóvenes con uno de sus iconos populares más ca-
rismáticos, resultó previsiblemente polémico y se alzaron vo­
ces que denunciaron el intento de presentar a Jesucristo
E l. i j k x j J i í i D 'í M r n

como un propagador del comunismo. Pero el reverendo Pe-


ler Owen-Jones adaró: ~lx> que estamos tratando de hacer
no es decir que Jesucristo fue un comunista. Estamos explo­
tando la idea de una revolución, no la imagen del Che Gue­
vara". Pero esta explicación no disipó las voces hostiles, que
vieron en esta iniciativa una senda publicitaria peligrosa,
que perm itiría un día presentar a Marilyn M onroe como la
Virgen María.

DfcSF.OS DIGITALES

Los ejemplos citados protagonizados por Fred Astairc y


por Che Guevara dem uestran, por si cupieran dudas, que la
magia digital es capaz de resucitar a los m uertos con gran efi­
cacia. No sólo su imagen, sino también su voz. Desde mayo
de 1999, la voz digitalizada de Marilyn Monroe acom paña a
los usuarios del m etro londinense, para ofrecerles sus infor­
maciones con su cálida dicción. La grabación fue posible
gracias a un sintetizador digital que reprodujo, con acento
británico, el sensual timbre de la actriz. l a com pañía m etro­
politana efectuó luego una encuesta y todos los pasajeros
preguntados manifestaron preferir su voz a la de un emplea­
do corriente a la hora de recibir amables instrucciones por
los altavoces.
Por estas fechas se supo también que Virtual Celebrity, em ­
presa californiana fundada en 1998. había creado “clones di­
gitales", replicas audiovisuales y tridimensionales do intér­
pretes famosos (de Marlene Dictrich, JamesCagney, Vincent
Pnce, Bob Hope, W. C. Ficlds, C roucho Marx) para uso co­
mercial en publicidad, cine, Internet, etc. La operación se ini­
ciaba com prando sus derechos de imagen a los herederos y
luego digitalizando su imagen y su voz, a partir de sus pelícu­
las. Se creaba así un banco de m em oria del personaje, un de­
pósito de sus formas audiovisuales, dispuestas a la resurrec­
ción, como en el mito romántico de la momia. Es obvio que
la resurrección de estrellas fallecidas para renovar su desca-

194
Romas Gt m i n

bilidad para bus masas supone una operación netam ente ne-
crófila, de culto erótico a los m uertos y sin posibilidad de sa­
tisfacción en un encuentro personal. Constituye, de hecho,
un caso d r iconomanía necrómana.
En el caso de los actores ancianos y ya retirados o scrnirre-
tirados, esta opción resiste para ellos una doble gratificación,
una de tipo narcisista y otra financiera. l a prim era por su po­
sibilidad de revivir como Yibcrcstj ellas" su imagen de juven­
tud, el esplendor de sus capacidades vitales y profesionales
plenas (se ha dicho que Marión Brando estaba interesado en
tal operación), y la segunda por la posibilidad de sustancio­
sos ingresos sin moverse del bu tacón.
Todos los ejemplos citados evidencian la omnipotencia
fantaseadora y delirante de la imagen digital, que era una vir­
tud que solo poseían hasta ahora las artesanías manuales del
dibujo y la pintura, pero que la técnica infográfioa perm ite
presentar actualmente con la misma apariencia autentifica-
dora de la imagen fotoquímica. Yes lógico que esta técnica
se haya puesto ya al servido de los deseos prohibidos. En mar­
zo de 1994 se produjo un gran escándalo cuando se descubrió
que algunas copias de los laserdiseos del film ¿Quién engañó o
Roger Robínl? (WhoFramtd Rogar Rnhbit?, 1988), realizado con
imagen real y dibujos integrados por Robcrt Zemeckis y pro­
ducido por Walt Disney y Steven Spiclbcrg. habían sido ma­
nipulados digitalmente. l a manipulación fue descubierta y
denunciada por la revista Varuiy y era grave, porque aunque
se trataba de inserciones de carácter subí im inal que sólo po­
dían descubrirse exam inando la película fotograma a foto­
grama, el hecho de tratarse de añadidos de carácter sexual y
el interés de la obra para el m ercado infantil multiplicaba
su escándalo. En los insertos digitales, el muñeco dibujado
dcjessica Rabbit ajiarecía sin bragas, em ulando a la Sharon
Stone de Instinto bósuo en el gesto de descruzar sus piernas
para revelarlo al público. En otro lugar aparecía completa­
mente desnuda y en otra escena el pequeño Baby Herm án se
metía jubilosamente debajo de la falda de una señora para
tocarla. I-a empresa distribuidora retiró los laserdiscos que

195
Ki. rjx>%xurrrmóMCD

pudo del mercado, que a la vez se convirtieron inm ediata­


mente en un exótico y carísimo articulo de coleccionista, y
tuvo que renunciar a descubrir al responsable de la m anipu­
lación, pues gran parte de la animación había sido encarga­
da a artistas británicos.
l a imagen digital perm ite otras fantasías acerca de uno
mismo, l a mayor parte de las personas, según las estadísticas,
está descontenta con su aspecto físico y con su propia ima­
gen. I .‘nos se ven a rí mismos demasiado gordos, o demasiado
bajos, o con la nariz excesivamente pequeña, o con los hom ­
bros muy cargadas. El auge de la cirugía estética en Occidente
habla a las claras acerca de esta insatisfacción tan generalizada
y de la que ya dimos cuenta al referirnos a la dismorfofobia
en el segundo capítulo. Una artista francesa llamada Orlan,
procedente del bod>art, se ha sometido en los años noventa a
diez operaciones quirúrgicas para conseguir que su frente
sea corno la de la Mona U ul, s u s labios como los de la Ewropa
de Gusta ve Moreau, su mentón como el de la Venus de Botti-
celli, sus ojos como los de una Diana <\c la escuela de Fontai-
neblcau, etc. Orlan supone un caso radical de artista postmo­
derna, que no duda en afirmar que “el cuerpo es obsoleto.
Lucho contra Dios y contra el ADN", para añadir: “Estoy con­
tra iodo estándar de belleza y em peñada en dirigir mi autorre­
trato Se trata de un caso extrem o de utopismo proyectado
sobre el propio ser. en el que cambiar de cara se homologa al
acto de cambiarse de camisa.
El caso de Orlan es, obviamente, un caso de radicalismo
estético experimental y excepcional, |>ero, también sin que­
rerlo. una caricatura estridente de la tendencia colectiva de
nuestra sociedad del espec táculo hacia la modificación de la
propia apariencia, en una cultura en la que el parecer resulta
más im portante que el ser. Orlan pertenece, claramente, a la
cultura quirúrgica de la era preinformática, pues en la actua­
lidad la tecnología digital perm ite retocar el propio cuerpo
para elim inar sin cirugía sus defectos, y convertirlo —trans­
m utado en cibercucrpo— en objeto de deseo. Este cibcr-
cuerpo narcixisia, que hace realidad el mito del m uíante dios
R ñ *c < CVMcJlN

griego Proteo en la era postmítica, puede emplearse para in­


troducirlo en un videojuego, o para distribuirlo en postales o
en carteles callejeros, o para convertirlo en am ante virtual de
un sujeto ¿cónico deseado.
Análogamente, es posible construir ya la imagen de la pa­
reja perfecta, como intentó hacer laboriosamente Lev Kules­
hov en los años veinte, a través del montaje cinematográfico
de partes anatómicas de diferentes mujeres. Seguramente Ku­
leshov no hizo más que seguir la tradición de algunos pinto­
res, que com binaban atributos de diferentes modelos, para
crear su paradigma de suma perfección estética. En los últimos
años, varios departamentos de ¡^virología han dedicado tiem­
po y esfuerzos para desvelar los modelos óptimos de atractivo
físico. Futre los más persistentes investigadores en este campo
se halla el profesor David Perrett, que lia establecido desde su
cátedra en la Universidad de Fife, en Escocia, un puente de
colaboración con estudiosos japoneses, para tratar de vali­
dar sus hallazgos con carácter universalista, cuyas conclu­
siones publicó en la revista Nnturr en marzo de 1994.
Los trabajos de campo realizados por Ferrete y sus colegas
japoneses perm iten aventurar que la percepción del atracti­
vo físico del rostro de una mujer o de un hom bre se basa en
un instinto que prima su alejamiento relativo de los rasgos
prom edio en su entorno. Es decir, que valora una cierta ori­
ginalidad o aupicidad, lo que sería biológicamente funcional
para favorecer las ventajas de la exogamia sobre la endoga-
mia, con su cnriquecedora mezcla de genes. Esta tendencia
fue confirm ada con el realce experim ental m ediante el or­
denador de la combinación de rasgos más atractiva, pañi exa­
gerar todavía más su diferencia con la combinación media,
haciendo, por ejemplo, más llenos los labios o elevando los
pómulos y separando los ojos. l>os observadores encontra­
ron siempre más atractivos los retratos realizados así. Para
evitar un sesgo étnico a estas percepciones, el experimento se
repitió con sujetos japoneses en su propio país, presentando
tanto modelos de rostros caucásicos como japoneses y tanto
de hombres como de mujeres. Los resultados fueron los mi.v

197
L i. i s o * c ix c r e ò M c o

moK lo "exótico" resultaba más atractivo que lo estadística­


m ente predom inante.
Lx> que significa que en la producción icònica digitaliza­
da de la pareja más deseable debe desem peñar un papel im ­
portante la creatividad o el inconform ism o de su diseñador.
Si los antiguos pintores tenían que ir rehaciendo las formas
de sus desnudos con sus prnilimenú, para acom odarías a sus
deseos, la producción digital de imágenes perm ite ahora cs-
canear el rostro de una persona, las piernas de otra, etc., para
ir com poniendo luego un cuerpo ideal y ligeram ente inar­
mónico, de acuerdo con lo que ahora sabemos sobre el atrac­
tivo físico, e ir ajustando paulatinam ente sus formas y sus
poses, de acuerdo con la curva del deseo y de la excitación
del operador. De este m odo se puede optimizar la dcseabili-
dad de una figura, presentada del m odo más favorecedor
posible.
Aunque, claro está, esto puede conducir a la creación de
una figura muy deseable con la que no se puede fornicar,
pues la ¡nteractividad con ella es muy limitada, siempre m o
nodireccional y privada do tactilidad. El único consuelo que
1c queda al deseo obturado reside en saber que aquella figu­
ra no nos podrá defraudar, ni nuestra relación con ella se
erosionará por efecto de la convivencia y de su rutina.
\ jo que no obsta para que el operador pueda introducir
su propia representación digitalizada en la imagen, para que
por procuración vicariai acompañe, acaricie y hasta posea
icònicamente al sujeto deseado. Es probable que muchos o p ­
tarían en este caso por figuras aureoladas por el carisma de la
popularidad mítica gestada m ediáticam ente, con rostros
como los de Kim Basángcr o Leonardo di Gaprio, para hacer
¡cónicamente el am or c o t í ellos. Pero los operadores más ima­
ginativos construirían sus parejas ¡cónicas a la medida de sus
deseos precisos y meticulosos, como hizo Pigmalión con C a­
latea. 1.a finalidad sería siempre la misma: re presentarse ju n ­
to al ser deseado para estar con él sin estarlo. Ésta es la lógica
interna e ilusoria en la que se fundam enta la iconofilia, fo­
m entada enérgicam ente desde las industrias audiovisuales

198
K<:+<a s G i iw j >

contem poráneas al proponer a la soc iedad sujetos altamente


deseables, pero a la ve/ inalcanzables.
Si las imágenes son presencias ópticas sin vida, no por rilo
escapan a la iconolatría masiva, y su carencia de vida tampo­
co impide que estén asimismo sujetas a un auténtico proceso
de selección darwini.ua, de tal modo que las más llamativas,
escandalosas o sofisticadas tienden a eclipsar o a desplazar a
las más banales o más tradicionales, til principio biológico de
la “mirada preferencia]" (sobre todo hacia el estímulo sexual
y al nutritivo) actúa de modo implacable en este campo. Y. si­
guiendo con el símil biológico, este imperativo que prima a
las imágenes más excitantes sobre las que lo son menos tien­
de a reducir la "hiodivrrsidad" de nuestra iconosfera con­
temporánea.
De manera que la iconosfera contribuye, con sus formas y
colores hedonistas, a scnsualizar nuestro entorno urbano,
aunque también puede llegar a saturarlo, pues el exceso de
imágenes las hace finalmente invisibles, convirtiéndolas en
m ero “ruido óptico'*. Pero esta realidad cultural no debería
hacer olvidar que sustituir a las palabras, que son la base del
pensamiento abstracto, por imágenes, que constituyen plas­
m ad o res de lo concreto, merm a indefectiblemente la capa-
d d a d de reflexión de los sujetos.

La z a m b u l l id a d ig it a l

En 1885, un grupo de artistas alemanes llevados a Atlanta


por el empresario norteamericano William Wehncr inició un
trabajo curioso, que les ocupó durante casi dos años. Wehncr
les había encargado que reconstruyeran, con figuras de ta­
maño natural, la batalla de Atlanta que, el 22 de julio de 1864,
aceleró dramáticamente la derrota militar de la Confedera­
ción. Con suma paciencia, los artesanos alemanes construye­
ron figuras de soldados y oficiales de los dos bandos en liza,
sus banderas, caballos, arm as y cañones, para poner en es­
cena en un gran espacio tridimensional el dram ático episo-

199
fcl IMJM KIUCIMONKX»

dio bélico. Así nació el famoso Ciclorama de Atlanta, cuyo


cam po de batalla los turistas pueden aliora visitar, paseando
apaciblemente entre las figuras guerreras de aspecto am ena­
zador, pero inmovilizadas y congeladas en el tiempo.
Pocos años después de inaugurado este singular Ciclora­
ma, los herm anos Lumidrc inventaron el cinem atógrafo,
que perm itió descongelar aquella inmovilidad figurativa, al
captar y reproducir visual inente la realidad en movimiento.
Luego la industria del cine, em pujada por el deseo de incre­
m entar el iluMonismo naturalista de sus obras, en ar as de m a­
yores beneficios económicos, conquistó la reproducción del
sonido y drl color. Yen esa misma lógica ilusionista se inscri­
bieron los inventos m acroscópicos y m ultisensoi iales del
Cinco rama, del Cinerama, del Cinemascope, del Kinopano-
rama, del Odorama, del Scnsurround, del (lircarama, del so­
nido Dolby Stcrco y del Omnimax de 360’*. Se trataba, en to­
dos los casos, de que el espectáculo se pareciese lo más posible
a la vida.
Lntretanto, mientras prosperaba la sociedad de los simu­
lacros, tan agudam ente diseccionada por Baudríllard, la tele­
visión no cumplía su vieja promesa de ofrecer sus imágenes
con plenitud tridimensional. Ylos usuarias de Internet tenían
que distinguir entre su comunicación mediada y escritura!
por la red y la comunicación plena en 5-D. La cultura electró­
nica acusó, en el último cuarto del siglo xx, un déficit de na­
turalismo« de corporeidad y de sensorialidad, mientras en
ámbitos menores la apetencia por los simulacros vitales se con­
firmaba rotundam ente con juguetes com o los taraagotchis,
verdaderas mascotas virtuales, o con m uñecos anim ados y
parlantes como Fui by.
A esta apetencia sensorial hiperrealisra intentó responder
la realidad virtual (RV) inmersiva, ciñas primeras experien­
cias rem ontan a los ensayos de Ivan Suthcriand en 1968, con
su prim er casco visualizado^ y que se desarrollaron corno
fruto de la convergencia de la informática, de la óptica, de la
robótica, de la psicología cognitiva y de la ingeniería biome­
cánica, en los trabajos de simulación llevados a cabo en el

200
R o m a * G iw j t N

ámbito militar — para entrenar a los pilotos aéreos— y en el


académico. La expresión "realidad virtual“ fue creada por Ja­
ron Ia m e re n 19Hfi, pero la com unidad científica prefiere las
más exactas de "entornos virtuales“ (x/irtual environments),
"entornos reactivos" (responsive nwironmmts), "entornos sin­
téticos" (synthctic tmrironmtnts) y “realidad artificial" (artificial
natity).
La RV inmensiva constituye un sistema informático que
genera entornos sintéticos en tiempo real, que son ilusorios,
pues se trata de una realidad perceptiva envolvente sin so­
porte objetivo. El operador porta un casco visualizado^ con
dos monitores televisivos con pantallas de cristal líquido, una
para cada ojo, que producen el electo estereoscópico deriva­
do de la visión binocular y de la correspondiente disparidad
rctiniana. Pese a este hiperrealismo óptico, el sistema no acti­
va la acomodación del cristalino del ojo a las diferentes dis­
tancias representadas en las pantallas, sino que se acomoda a
la distanda fija a las pantallas planas, muy próximas a los
ojos, lo que .significa una perversión de las leyes fisiológicas
de la visión. Esta anomalía perceptiva evidencia que penetrar
en el cibcrespacio supone, paradójicamente, penetrar en
una imagen plana. Otra característica fisiológica se deriva de
que la experiencia visual de la RV depende de los movimien­
tos de la cabera y del cuerpo, pero no del movimiento de los
ojos explorando las imágenes d r sus dos pantallas.
Esta última característica se vincula a la experiencia cenes-
tésica y cincstésica de la RV. Ccncstcsica, por cuanto permite
id operador la conciencia de la posición y de la actividad de
su cuerpo en el espacio, y anestésica porque perm ite la con­
ciencia de los desplazamientos en tal espacio. Esto es posi­
ble porque la visión estereoscópica generada por las dos
imágenes com puterizadas está coordinada, m ediante senso­
res y programas informáticos com plem entarios, con el mo­
vimiento del cuerpo del operador, para producir la im pre­
sión de integración física y de movilidad del punto de vista
en un espacio de tres dimensiones. No obstante, las altísi­
mas velocidades de cálculo exigidas por estas operaciones

201
E l u u j * tL U f io ó M u »

hacen que, en la actualidad» se active una inercia cinética en


los cambios del punto de vista, que resultan todavía dem a­
siado retardados.
Con sus entornos multiscnsoríales interactivos, la RV ha
desplazado el protagonismo de la información, propio de la
cultura de la era digital, hacia el de las sensaciones, que, como
recordamos en el segundo capítulo, constituyen el fundam en­
to físico del sen nacionalismo. El operador navega con su cuer­
po por el ciberespacio, un territorio ilusorio que fue bautiza­
do así por WiUiam Gibson en su novela Ncuromanar (1984) y
que definió como una “alucinación consensuada". Pero en
realidad deam bula por un paisaje que es mera información
óptica, sin extensión ni soporte territorial, y mientras sus pies
y su cuerpo están en la realidad, su cabeza se halla en un esce­
nario virtual. Por eso Tilomas F u m e » propuso llamar mind-
xtxm?a mi software.
(aiando trabajamos ante la pantalla de un ordenador, la
reconocemos como interfaz de la máquina, j>cro la RV di­
suelve el interfaz o, mejor dicho, hace desaparecer el efecto
interfacial» pues es en el interfaz ojos-pantallas, en el que no
liav percepción de sus encuadres o marcos, donde se inter­
secta el desarrollo de la RV. Desde su invento en la cultura
pictórica del Renacimiento, el m arcocncuadre de la repre­
sentación ha constituido el más eficaz delim itador entre la
representación y su entorno, pues im pone una extcrnalidad.
una distinción y una distancia entre sujeto y objeto, entre el
observador y lo observado. Al abolir este marco de la repre­
sentación, el sujeto se confunde con el objeto, mediante su in­
mersión ilusoria en el cilx*r espacio.
De manera que en esta simbiosis intima entre hom bre y
com putadora, el entorno se percibe como una prolongación
del sistema visual y artificialmente “pegado” a él, com o se evi­
dencia cuando el operador se quita el casco y se halla ante un
universo visual distinto y extenso. Esta situación puede resu­
mirse diciendo que en lugar de desplazarse por un territorio,
el operador mueve una ven urna que lleva ¿tute sus ojos, en la
que está representado visualmente el territorio.

202
R o m á n G < •> « n

Esta cuestión remite ¿ti tema crucial del punto de vista ópti­
co, pues si la RV es una tecnología, para su operador es antes
que nada una experiencia sensorial subjetiva. Habitualmentc,
su punto de vista corresponde a la del paseante que percibe,
en primera persona, un entorno que le circunda. Pero no es
difícil introducir, m ediante una cámara, el efecto de segunda
persona, de modo que el operador se vea a si mismo en sus
pantallas, pero fuera de sí mismo, ron el electo propio del es­
pejo. En su entorno puede aparecer también otra persona
m ediante el efecto de tclcprcscncia, lo que significa que está
en su campo visual, sin estar físicamente en su proximidad.
I a telepresencia, a la que en Japón se le llama con más rotun­
didad teleexistencia, se basa en el principio de las correspon­
dencias homcomórficas (del griego harneo: semejante, y morjo:
form a), es decir, en la correspondencia establecida entre dos
sujetos u objetos, de manera que sus formas (espaciales o
temporales) se reproduzcan con fidelidad en otro lugar dis­
tinto del que se hallan, independientem ente de su sustancia,
escala, etc. I)r m odo que la telepresencia perm ite a una per­
sona actuar a distancia como si estuviese realmente en el lu­
gar de su intervención y los sujetos "telepresentes", tal vez
alejados a miles de kilómetros en la realidad, com parten sen-
sorialmente un espacio virtual común.
La RV se puede enriquecer todavía con la AR (Augmm-
tM ReaUty), una m odalidad en la que las imágenes genera­
das por ordenador se superponen a las del inundo real, uti­
lizando para ello unas gafas (oftalcularcs) similares a las de
la RV.
1.a RV no es sólo un juguete. Los militares comenzaron a
interesante en ella para entrenar a sus pilotos en entornos in­
teractivos y sin riesgo físico para ellos ni para los aviones. Y
por parecidas razones interesó este sistema a la NASA. Entre
sus primeras aplicaciones prácticas figuraron las exploracio­
nes virtuales de territorio» inaccesibles o muy peligrosos,
como fondos submarinos, zonas radiactivas o superficies de
planetas, en lasque un robot reemplaza al ser hum ano, quien
recibí' en cambio desde un lugar seguro la información sen-

2 0 3
F i o to * O ia n ú r a u )

sorial y con sus movimientos físicos activa y teledirige al inge­


nio sustitutivo a distancia.
Entre otras muchas aplicaciones de la RV figuran las psi-
coterapéuticas, de orientación conductísta. En el caso de las
neurosis fóhicas, se pueden presentar agentes fóbicos virtua-
les al paciente, graduando paulatinam ente su intensidad,
para que se acostumbre a ellos. Por ejemplo, al paciente de
acrofobia se le puede elevar progresivamente su distancia vir­
tual del suelo, para que se vaya acostum brando a la altura. Y
al hipertím ido se le pueden proponer estrategias de relación
con sujetos virtuales del otro sexo.
También la RV se ha em pezado a utilizar en cirugía, pues
su máximo valor pedagógico deriva del principio del “apren­
der haciendo”. La simulación quirúrgica aparece como un
campo con gran futuro, para ensayar operaciones difíciles y
ahorrar vidas. Ya en 1993, el cuerpo riejoseph Paul Jcrnigan.
ejecutado en Texas, fue congelado y cortado luego en roda­
jas de un m ilímetro de espesor para ser fotografiadas. Estas
fotografías fueron luego digitalizadas y conservadas en la me­
moria de un ordenador. L)r modo que este prim er cadáver
digital fue hautizado Adán y utilizado para im partir clases de
anatomía.
Las aplicaciones pedagógicas de la RV son incontables.
En mayo de 1996, el parque zoológico de Atlanta inauguró
un hábitat selvático virtual de gorilas y los visitantes, provistos
del casco visualizado^ pueden interactuar con los miem­
bros de la m anada sin riesgo y sin necesidad de efectuar un
costoso viaje a África.
A propósito de la RV se lia hablado de m undo abiótico (sin
vida), de comunicación postsimbólica y de arte postontológi-
co. Estos calificativos sugieren una carencia, un vacío, una
pérdida o una mutilación. También se ha insistido m ucho en
su cngaiio a los sentidos y se han evocado a su propósito las
sombras engañosas de la famosa cueva de Platón y el antece­
dente más próximo de Catalina de Rusia, cuyos funcionarios
construían decorados distantes en los parajes que la em pera­
triz recorría, para hacerle creer que se habían erigido obras

2 0 4
Rí.*y.v» Gt<9£fcN

públicas y que el país progresaba. Aquellos funcionarios co­


rruptas fueron los precursores de la RV en el siglo que prece­
dió a la Revolución Industrial.
Con su consolidación de un espacio subjetivo c ilusorio, la
RV ha hecho realidad el País de Ninguna Parte, que estaba
prefigurado en las com unidades virtuales asentadas en la
red. Es decir, ha dotado a aquella ilusión colectiva de un an­
claje sensorial preciso. Y su emergencia perm ite am pliar la
famosa prueba que Turing ideó para decidir si una máquina
merecía el calificativo de inteligente. Aplicando su razona­
miento a la RV, habría que añadir que, cuando lo percibido
no pueda distinguirse de la realidad, será de hecho realidad.
Ese era también el criterio de F.lmyr d ’H ory sobre las cua­
dros falsificados, como ya vimos.
Yeste es el momento de recordar que los sueños se le apa­
recen al soñador como reales, no como sueños, de manera
que entrar en un sistema convincente de RV es algo equiva­
lente a entrar en un sueño. El cibcrcspacio puede ser contem­
plado como el refugio para una sida virtual, hecha de expe­
riencias vicariales y evanescentes, la meta definitiva pata las
legiones de teleadictos insatisfechos. 1.a RV puede ser, en
efecto, un sustituto falaz de la realidad y un refugio de las
aflicciones de la ingrata cotidianeidad. Puedo convertirse en
el caparazón de todos los aquejados del síndrom e de Peter
Pan, que se niegan a afrontar sus responsabilidades adultas.
Puede ser el dominio ideal para Mr. Hydc, sin culpa ni remor­
dimientos. Peter Weibel ha llamado al ciberespacio "espacio
psicótico"y se ha comparado a los objetos que lo pueblan a los
"objetos fantasmas'1, en el sentido en que la medicina se re­
fiere a “miembros fantasmas" que. aunque amputados ai pa­
ciente, éste los sigue sintiendo a pesar de su inexistencia.
Y, sobre todo, se han comparado sus efectos con los de las
drogas alucinógenas. Al ofrecer el ciberespacio mundos al­
ternativos que se presumen más estimulantes que el m undo
real, Glande Caro/, ha podido calificarlo com o “droga elec­
trónica del tercer milenio"*. No es raro que lim othy Lcary,
apóstol de las drogas alucinógenas, fuese un entusiasta de la

205
ti. »*‘.*5 tUJL'tWONKX»

RV. en cuya irrealidad hiperr realista veía un eficaz LSD elec­


trónico* apto para un estimulante trip. Y, en efecto, la litera­
tura clínica ha comenzado a describir ya casos de adicción
patológica a la RV, en los que el adicto, caído en el pozo de su
ilusión, se niega a regresar a una realidad que percibe como
ingrata u hostil.
C iertam ente, al o tro lado del espejo de Alicia pueden
abrirse abismos incontrolables. Pero no es menos cierto que
las cosas que pueden suceder en la RV son a veces m enos
asombrosas que las que ocurren en el m undo real, con sus
guerras étnicas y religiosas en plena era postindustrial, o con
el enloquecim iento colectivo que se apodera de miles de
adolescentes ante un cantante de moda. Nuestro lado del es­
pejo puede resultar también muy sorprendente e ilógico.

R e a ijd a d v ir t u a l y e s p e c t Ac i t .o

Las imágenes del cine y de la televisión constituyen presen­


cias vil tuales, con las que no podemos interactuar, y nuestro
papel ante ellas se limita al de pasivos Observadores. Pero es
seguro que varias generaciones de espectadores han soñado
con poder entiar en la Odessa insurrecta de El acorazado ”Po
irmkin \ en la Atlanta de ls> que el viento se Ueifó o en la Cúsbah de
Cauiblnnra, para aproximarse a Hum phrey Bogart o a Ingrid
Bcrgman. Hasta que llegó un buen día en que Woody Alien
nos sorprendió haciendo que un actor de La rosa púrpura de
El Cauto, Jcff Daniels, abandonase la pantalla para vivir otra
vida alternativa al margen de su ficción programada, (atan­
do Woody Alien rodó su película, en 1984, la RV estaba en ­
trando en mi vacilante pubertad.
Pero imaginemos que una adm iradora de Bogart consi­
gue finalmente entrar en las imágenes de (kisablanca, el fa­
moso film de Michael Curtiz. ¿Con qué se encontraría en el
paralelepípedo virtual que se abre tras la pantalla? Se encon­
traría, simplemente, con ectoplasmas sometidos a un com por­
tam iento com pletam ente determinista, que no le harían nin-
ROMAN U'.ihí fcs

gún caso y que repetirían una y otra vez los mismos gestos y
diálogos que quedaron estampados en la cinta en el curso de
su rodaje, l a experiencia no habría valido m ucho la pena.
En los ultimes años las industrias del espectáculo, bajo el
influjo subterráneo de la RV, han comenzado a ofrecer al pú­
blico ficciones autor reflexivas acerca de la frágil frontera que
separa a lo real de lo virtual, al docum ento de la ficción y a la
historia de la invención v§ de los desbordam ientos mutuos
que pueden producirse a ambos lados de la frontera. En El
shou> (Ir Trumun (The Truman Slu.no, 1998), de Petcr Weir, el
protagonista vive en un entorno global que es m ero espectá­
culo televisivo y del cual él participa sin salx-rlo, en calidad
de protagonista. Yen PleasanUnlle (1998), de Gary Ross» dos
hermanos consiguen entrar a través de una pantalla en una te-
lescríc. que constituye una auténtica tuntilandia de los años
cincuenta, pero con su presencia consiguen subvertir las cos­
tumbres de aquel m undo ultraconservador, aséptico y super-
puritano. PlmuirMxñUt constituyó una buena alegoría ac erca
de la RV inmersava y de su confusión entre realidad y ficción.
Y finalmente, la fantasía infonáutka de Matnx (1999). de
I arrvy Andv Wachowski. convertida velozmente en film de cul-
4 4 4

to, entonó un him no en favor de los hackrrs y presentó un


conflicto y una violenta acción física que tenía lugar en un ci-
berespacio que era tan real como nuestro espacio cuciidiano
y vital, pues en él las personas podían incluso morir, m om en­
to cumbre que supone la verificación suprem a de la vida. En
este caso podía afir marsae sin la m enor duda que se trataba de
una especulación fantacientífica nacida al calor de las expe­
riencias de la RV.
Yaunque el argum ento de Matrixfuera rigurosamente in­
verosímil, es ser dad que la RV iimiersiva ha replanteado de
arriba abajo la naturaleza y las convenciones del espectáculo
audiovisual tradicional, derivadas de las matrices fundacio­
nales que nacieron en la Atenas clásica. Para empezar, en el
cil>erespacio el territorio es ficticio, pero el tiempo es real, lo
que podría resumirse diciendo que la RV es utópica pero no
ucrónica. Por lo que las elipsis y flasfhóacks que el montaje

207
El neoa.n«TtóKitn

perm ite en las re presen lacion es audiovisuales, llevando la


acción varios años hacia adelante o varias horas hacia atrás,
son rigurosamente imposibles.
Por otra parte, desde el m om ento en que una persona en­
tra en el ciberespaeio con un casco visual i/ador, deja de ser
espectador pasivo para convertirse en un espectador-actor
en el ámbito de los selfmedia. Puede que este operador, ya en
el ciberespaeio, decida entrar por una puerta a su derecha y
avanzar por aquel itinerario. Pero otro operador que llegue
con él o tras él, en uso de su autonom ía hipertextual, posible­
mente optará por la puerta de la izquierda, y ambos tendrán,
en consecuencia, vivencias, y seguram ente sorpresas, muy
distintas. MI imaginario unificado que es propio de los públi­
cos tradicionales que com parten el mismo espectáculo, en el
cine o la televisión, queda así dinam itado por la pluralidad
de acciones y de vivencias.
Existen, además, los problemas derivados de la discrepan­
cia entre espacio virtual y tiempo real. En las jx-lículas cine­
matográficas, sus protagonistas pueden trasladarse en un san­
tiamén. a veres mediante un fundido encadenado, desde
Nueva York a Pekín, desde Aiaska a París. También esto puede
suceder en el seno de la RV, pero el espectador-actor, ancla­
do en el flujo de tiempo continuo, vivirá aquella discontinui­
dad espacial como una violenta incongruencia psicológica,
que no es comparable a la vivencia del lector de una novela o
del es|x-ctador cinematográfico, al seguir la narración de
una peripecia exterior y ajena, fijada sobre un soporte.
Porque, en concordancia con lo que acabamos de explicar,
los operadores no contemplan una narración, sino que son su­
jetos activos de una acción y de una vivencia de las que son pro­
tagonistas. que seria narrativa |>ara los eventuales espectadores
que pudieran contemplarla, pero no para quien la ejecuta.
De spués de cien años de cine y de cincuenta de televisión, que
han privilegiado e hipostasiado el principio de la narra tividad,
la RV se erige en un medio decididamente postilarrativo.
RV eclipsa así los vectores de la narratividad y de la
temporalidad, en favor de los de la actividad espacial autóno-

2 0 8
Ri >*a* C óm ics

ma y la peripecia subjetiva. F.n pocas palabras en la RV desa­


parece la figura y la función del narrador, tanto como desapa­
recen las del público unificado. Y con ello se replantea bru­
talmente una discrepancia enire sensorial idad y narratividad,
entre mimesis y diégesis. entre percepción y estructura. Como
se replantean, no menos agudamente, la función y tareas del
espectador en relac ión con el espí e táculo y con la Pabularión
representada.

El. b ROS CIBERNÉTICO

(ion la irrupción de la RV, las industrias de las representa­


ciones han potenciado considerablemente su vector como
industrias de las emociones. Han hecho realidad, con me­
dios informáticos, lo que BaudcLairc llamó en el siglo rom án­
tico los “paraísos artificiales”, hasta el pum o de que Brenda
Laurel ha podido afirmar, invocando la antigüedad pagana,
que la RV permite la creación de* experiencias d ion estacas. El
cibcrcspacio puede, en efecto, aparecer como un sueño, como
una fantasía onírica, y puesto que existen los programas para
RV com partida (o “en tornos virtuales com partidos“), sus
sueños puede ser sueños acompañados, incluyendo, natural­
mente. los sueños eróticos, que se diferencian de los sueños
fisiológicos en que. en éstos, estamos verdaderam ente solos
aunque creamos no estarlo.
Pero Luis Buñuel. que sabía mucho ele sueños, señaló en
sus memorias que en los sueños eróticos nunca conseguía con­
sumar un coito y que su excitación nunca llegaba finalmente a
satisfacerse. Esta parece ser una experiencia onírica muy co­
mún, que señala una frontera drástica entre fantasía y reali­
dad. y el propio Buñuel realizó en 1972 en Francia una diverti­
da y corrosiva película, E l discreto m atulo de Li burguesía (Le
(Liarme discrti de la bourgeosie), en la que escenificaba reiterada­
mente esta frustración, pues sus personajes nunca conseguían
satisfacer sus apremiantes impulsos nutrimos, ni los sexuales,
pues eran interrumpidos siempre en el momento culminante.

2 0 9
E l. »ftl'A > J ii T < j'iM ili

Pero, como liemos explicado más arriba, en la RV no exis­


ten las elipsis censo ras que, con su discontinuidad, eliminan
en las películas las escenas sexuales que deberían aparecer
lógicamente tras la escena del beso apasionado. En la RV no
existe ni el m ontaje, ni las elipsis, ni los fundidos en negro,
ni las metáforas censoras. En ella existe un territorio virtual,
que constituye la base de las acciones físicas do) operador.
En la naturaleza el espacio es en cambio extenso y real, como
el que recorren los animales agresivos que dom inan un am­
plio territorio, que les da la posibilidad de encontrar y po­
seer una hem bra (o hembras) para aparearse. En el hom bre,
como herencia de su extensa etapa histórica como cazador-
recolector, pervive el deseo de espacios en los que pueda
vivir experiencias gratificantes y pueda satisfacer sus más
secretos apetitos. E ntre ellos, el del en cu en tro de u n a pa­
reja sexual.
Pero al ser el cibcrcspacio una pura simulación, los de­
seos pueden ser lodo lo extravagantes y tranagresores que se
quiera, ya que, puesto que no tienen consecuencias materia­
les, todo está permitido en él. Incluso las llamadas perverxio
nes o parafilias, en su amplia gama de modalidades. Y los de­
sros pueden ser tam bién transferidos a objetos virtuales,
como hacen los usuarios de las grandes muñecas hinchables
para satisfacer los impulsos de su libido y de los que dimos
cuenta en el cuarto capítulo.
En 1974 el informático e inventor del hipertexto Theo-
rior Nclson creó la expresión “dildónica", para describir una
máquina inventada en San Francisco por How Wachspress.
que convertía las vibraciones del sonido en sensaciones tácti­
les. Al aplicar este sistema vibratorio a las zonas crógenas del
cuerpo se derivaba una sensación excitante y placentera, de
carácter sexual. Por eso conviene aclarar que en el an­
gloamericano dildoi:s el nom bre dado, según el diccionario
Webster, al ‘‘pene artificial erecto". Al extender la RV en los
últimos años su ámbito multimodal a la esfera genital, resul­
tó obvio que podían construirse relepenrs blandos y flexibles
que, medíam e sensores y aire comprimido, podían ondurc-

210
Ro m á n ( U o jx n

ccrse de modo vicarial con el envío de estímulos apropiados.


Así nació la "teledildónica’\ que parecía querer sustituir la fa­
mosa envidia del pene freudiana por la envidia del cyborg
copulador Vpor sus potencialidades sobrehumanas en lo to­
cante a su erección ilimitada.
Llegados a este punto, es obligado referirse a la tactilidad
virtual, una función sensorial a la que hasta ahora no nos h e­
mos referido, pero que completa las percepciones cenestósi-
cas y anestésicas y que es posible mediante cibergttantos (data
tfaves) y hasta cibcrtrajcs adheridos a la piel (dala suils). Hoy
día se conocen bastante bien los mecanismos neurofisiológi-
cos del tacto humano, que se basan en receptores neurales
de diverso tipo en la piel y con funciones específicas, para de­
tectar la vibración, la presión firme, el tacto ligero, etc. Hay
que distinguir también la diferencia entre mccanorrccepto-
res (detectores de superficies) y terrnorreceptores (sensibles
a las temperaturas) y, sobre todo, señalar la función del tacto
háptico —fundam ental en la relación sexual—. que es el tac­
to derivado de la exploración activa, sobre todo con los dedos,
diferenciado del pasivo, cuyos m ecanism os son distintos,
pues el prim ero es itinerante y posee por ello una dimensión
temporal, mientras el segundo es estático y simultancísta.
Pero la sensibilidad del tarto tiene sus umbrales y sus limita­
ciones, como los tienen los restantes sentidos, y la discrimina­
ción táctil de dos puntos resulta difícil cuando están separa­
dos por menos de 2.5 milímetros.
La literatura fantacientífica ha fantaseado menos con el
tacto que con los sentidos de la vista y del oído, por las razo­
nes que expusimos al final del primer capítulo, y a pesar de
que el sentido común reconoc e su fundamental importancia
biológica, muy bien manifestada en la expresión “pellizcarse
para ver si se está despierto”. De hecho, resulta más probable
la supervivencia del sujeto privado de la visión que del priva-
tío del tacto, el cual podría arder sin sufrir dolor.
Pero ruando Aldous i luxley escribió en 1931 Un mundofe-
Uzy en los albores del cine sonoro, presentó en una escena un
espectáculo al que llamó “cinc sensible” y cuya publicidad
Ki Heos m *<:t» onilo

anunciaba un *superfilm totalm ente cantado, hablado sin­


téticamente, en colores, estereoscópico y sensible. Con acom­
pañamiento sincronizado de órgano de perfumes". Desde la
actualidad, en que el cine sonoro y en color es una vieja ruti­
na, lo que más llama la atención de su propuesta es la tactili­
dad del espectáculo para los espectadores, gracias a unos
electrodos dispuestos en las butacas y a los que aplicaban sus
dedos. Como no podía ser de otro modo» en el espectáculo
propuesto por Huxlcy el vector erótico resultó fundamental.
Empieza —como tamas películas pornográficas actuales—
con una escena violenta y pasional entre un negro musculo­
so y una esplendida rubia» en la que “los labios estereoscópi­
cos se juntaron y las zonas faciales erógenas de los seis mil es­
pectadores del Alhambra titilaron de un placer galvánico
casi intolerable". Y, más tarde, "algunos escarceos amorosos
fueron ejecutados sobre la famosa piel de oso, cada pelo de
la cual podíase sentir por separado y distintamente".
De m anera que en la previsión de Huxlcy ya existía la tac­
tilidad virtual, que es hoy el ingrediente esencial del ciberse-
xo. Se han ensayado ja muy diversos tipos d r ciberguantes,
con redes de vejigas de aire comprimido, para crear unos fal­
sos “músculos de aire", que generen sensación de resistencia
y solidez al asir o tocar un objeto virtual, El Tclctact de la em ­
presa británica Air Muscle Ltd.» por ejemplo, consta de bolas
neumáticas en la palma de la m ano y en m edio de las falan­
ges, alimentadas por un com presor gobernado por un orde­
nador. Durante el encuentro con la superficie de objetos vir­
tuales, las bolas se inflan y ofrecen la sensación de contacto
táctil.
En principios bastante parecidos se basa la tactilidad de
los cibertrajcs, aunque los intentos de fabricar con sensores
“piel artificial" o “piel inteligente" (smarlshn) no han resulta­
do hasta ahora muy prometedores. El principio general que
gobierna estas experiencias es el de obtener a través de los
taetHs (unidades de tacto artificial equivalentes a los pixtk vi­
suales) una telepresencia táctil interactiva, m ediante senso-
res-efectores y a través de impulsos transmitidos por red de

2 1 2
Roma* ( . i MAS

banda ancha. La m eta es alcanzar la ilusión de un sentido


tactilo-propkxincsicsico que detecte, como el tacto hum a­
no, superficie, resistencia, blandura, forma, protuberancias,
viscosidad, rugosidad, lisura, fluidez líquida, temperatura...
l a tactilidad, no hará falta insistir en ello, resulta funda­
mental en la interacción erótica de dos cuerpos. El camino
para satisfacer a este sentido mediante simulaciones virtuales
es arduo y complicado y, de momento, parecen tener más fu­
turo las cibcrbodas, como la que unió en agosto de 1994 a M o
nica listó n , ejecutiva de una empresa informática, y a Hugh
Jo en San Francisco. Para llevar a cabo la ceremonia, que lúe
muy pubücitadii, el novio y la novia debieron m antenerse se­
parados más de tres metros y medio, para no interferirse. A
esta distancia hubo que recurrir obligadamente al beso y al
anillo virtuales. Al comentar este episodio, el diario Fínanríal
Times (20 de agosto de 1994) manifestó que veía buenas pers­
pectivas para el negocio de las cibcrbodas, ya que con este siste­
ma los novios podían elegir casarse en la basílica de San Pedro
de Roma o en una isla tropical, representada virtualmcntc
en su ciberespacio, sin salir de su ciudad. Pero al mismo tiem­
po el diario económico opinaba con realismo que no se espe­
raba una gran dem anda para lunas de miel virtuales.
Pese a esto, la prensa y las revistas especializadas han se­
guido inform ando de tanto en tanto de experiencias de ci-
bersexo, que generalm ente adquieren el aspecto de ensayo
extravagante y poco satisfactorio. Un repaso a las hem erote­
cas da buena cuenta de los magros resultados obtenidos por
este tipo de experimentos. En enero de 1994 se presentó en
París la prim era experiencia pública de sexo cibernético, a
caigo de dos jóvenes, Carole y Phillipe, utilizando un progra­
ma alemán de sexualidad virtual bautizado Cybersex, para
estimular sus respectivas zonas crógcnas a distancia. Pero al
acabar la experiencia v declararon decepcionados y asegu­
raron a los periodistas que el simulador cibernético dista de
ser un buen amante. El relato periodístico del evento añadía:
"Los amantes virtuales aparecieron en la sala ataviados
con una especie de conjunto sadomasoquista en cuero, del

213
fcL SAOS XLXCTfjOMCO

que colgaban infinidad de aparatos y cables conectados a un


ordenador. Estos aparatos son emisores, vibradores, palpa-
dores sensoriales y emisores de calor que intentan reprodu­
cir. al parecer sin mucho éxito, las sensaciones que producen
las caricias.
"Los gestos de los amantes cibernéticos, transmitidos e in­
terpretados por un ordenador, llegan a su pareja en forma
de impulsos eléctricos, lo s amantes, que se encontraban en
zonas separadas, tenían en las pantallas de sus ordenadores
la representación en tres dimensiones de un cuerpo del sexo
opuesto, pant poder seleccionar así las partes en las que en
cada m om ento deseaban concentrar los estímulos. lo s hilos
eléctricos transmitían descargas de intensidad variable, que
oscilan de 3,5 voltios, es decir, la intensidad de una pila, a un
máximo de 49 voltios.
" la experiencia demostró también que el grado de preci­
sión que puede alcanzar la caricia tradicional es difícil conse­
guirlo con el ratón de un ordenador, ya que sucedió varias ve­
ces que uno de los amantes creía estar estim ulando la pierna
de su pareja, cuando en realidad transmitía los impulsos a su
brazo, por ejemplo, lo s creadores d r (¡ybcrscx, pese a reco­
nocer que hoy por hoy el material carece de la sofisticación
necesaria para conscguii sus eróticos fines, se mostraron muy
convencidos de que en un futuro no muy lejano dos perso­
nas podrán simular un contacto carnal pese a encontrarse a
muchos kilómetros de distancia" (l/i Xhngiiardia, 20 de enero
de 1994).
Unos meses más tarde, en octubre, en el ámbito de la ex­
posición cibernética Virtual City efectuarla en Roma, se reali­
zó otra experiencia similar, que la prensa describió asi: "Son
ocho puntos de contacto sobre el cuerpo, cubierto de vendas
clásticas negras de las que salen cables que van a la com puta­
dora y destinados a entrar en contacto por vía telefónica (vía
módem) con la otra persona alejada. Las zonas erógenas cu­
biertas van desde las cánonicas y usadas por los amantes de
todo el m undo (senos y ‘baricentros’ anteriores y posterio­
res) a otras menos usadas, como brazos y piernas. ‘El f u n d o

214
K íxvan CUttJtN

nam iento', explica H elena Vclena, *cs finalm ente simple:


cuando toco mi brazo provoco la misma sensación en la pa­
reja distante, gracias a sensores que envían desde mi brazo, a
los gemelos instalados en el otro, los mismos estímulos’* (La
Rrpubblua, 25 de octubre de 1994). El artículo concluía ad*
m itiendo que el sistema no era todavía dem asiado eficaz,
pero aseguraba que se perfeccionaría rápidam ente y que re­
sultaría muy útil pitra las personas tímidas, que tenían dificul­
tad para entablar relaciones intcrpcrsonales en distancias
cortas, así como para los amantes condenados a una separa­
ción forzosa.
Las dos experiencias relatadas, que ciertam ente no pare­
cen muy estimulantes, tenían en común su sexualidad ino­
dora y “seca”, sin hum edad ni fluidos coqx>rales, además de
llevarse a cabo en ambientes poco cálidos y acogedores, a me­
dio camino entre el quirófano y el laboratorio electrónico, y
traen inevitablemente a la mente una observación que efec­
tuó el especialista en informática iloward Rhringold hace
anos; “Como con el sexo, la explorac ión de la RV parece re­
querir posiciones del cuerpo que parecen divertidas a los de­
más” (Virtual Reahty). En estos casos relatados de sexualidad
virtual el lenguaje corporal resultó, por ello, doblem ente ri­
dículo.
Los prototipos de cibcrscxo ensayados en París y en Roma
se basaban, a juzgar por las explicaciones que liemos repro­
ducido, en estrategias técnicas distintas, pues el primero
guiaba las caricias a través de imágenes en pantalla del cuer­
po del otro amante, mientras que en el segundo se transmi­
tían las prácticas de autoerotismo de cada am am e al cuerpo
alejado del otro. En realidad, no hay un solo modelo de lo
que Bukowski llamó thsfuckrng nuirfunr, sino varias estrategias
técnicas distintas, aunque parezcan tener una única meta co­
mún, que no es precisamente la de tener una experiencia se­
xual con una máquina, sino ron otra persona alejada, utili­
zando para ello a la máquina como un sistema de mediación
interpersonal. al lelcconcitarse a través de ella mediante cfec-
tores táctiles en el cuerpo, para enviarse m utuam ente sus es-
ti umuinnK)Mm

tímalos. En tal caso, el interfaz se desplaza de la tradicional


mirada a la pantalla a los sensores y efecto res sobre la epider­
mis o en el interior de la vagina.
la s distinciones son im portantes en este terreno todavía
sujeto a experimentalidad, por lo que es bueno aclarar que
el cibersexo admite tres opciones, en lo que respecta a la elec­
ción de la pareja deseada o destinataria de la iniciativa erótica,
a saber:

1. —Cibersexo con un sujeto real, que participa ar tivarnente


e n el acto a diM anria.
2. — Cilx-r.v-xo con un sustituto icònico elei sujeto real d e ­
seado.
3. —Cibcrscxocon un sujeto inventado.

I>os dos ejemplos antes relatados entran en la prim era ca­


tegoría y aparecen en el horizonte social como la opción más
común y sencilla, aunque sea la menos imaginativa. I-a se­
gunda aparece cuando la persona deseada no se presta a co-
laborar con quien la pretenda eróticamente. Esta modali­
dad, que podría tener un gran futuro entre los/las fem sde los
personajes carismàtico« del sUtr sysUm cinematográfico, musi­
cal o deportivo, resulta técnicamente más compleja que la
anterior. Para obtener el doble icònico de la persona desea­
da hay que cscancar y digital izar su imagen. Ya partir de tal
imagen construir un doble del sujeto deseado. No ha de ser
necesariam ente un doble robo tizado o técnicam ente sofisti­
cado. pues su soporte anatóm ico y su movilidad corporal
pueden proceder de otra persona que actúa corno su sopor­
te físico o m arioneta activa, tal com o se* hace en los trucajes
digitales de algunas películas. El personaje vivo que actúa de
"pcrchsT ofrece así. a nuxlo de esqueleto, sus prestaciones fí­
sicas al fantasma digital que representa al sujeto deseado en
esta operación de telesexualidad de encargo.
Y, por último, los fantaseadores más irreductibles pueden
crear su amarne virtual a la medida de sus deseos, como ha­
cen los escultores y los fabricantes de muñecos. l a prim era

2 1fi
R o m a * d »utN

etapa de este proceso se inicia con la creación de la imagen


de la pareja deseada, bien sea digitalmcntc o reproduciendo
por escaneo su imagen analógica original, para convertirla
en sistema digital. Ya partir de esta imagen digitalizada se pro­
cede como en el caso anterior, actuando la imagen como un
dcrmocsquclcto de la persona que lo soporta, en funciones
de am ante virtual.
En una era de decidido auge divorcíala, el ribersexo propo­
ne unas relaciones eróticas con divorcio radical de los cuerpos
y abre numerosos interrogantes acerca del placer, de la comu­
nicación interpersonal y de la altcridad sexual, esbozando una
nueva semiótica de la pareja. Los ejemplos ames relatados de
dbersexo, con su penosa ortopedia, constituyen torpes carica­
turas de algo que puede irse perfeccionando técnicamente,
para disociar la sexualidad imerpensonal del contacto físico,
algo que parece a todas luces aberrante, pues desde el mito
dual que Platón relató en El banquete quedó establecido que el
am or sexual está basado en la fusión física de los cuerpos.
Bien mirado, el cibersexo constituye una barroca y com­
plicada modalidad de “sexo frío”, desarrollada no casual­
mente en la era del sida y que reniega de una tradición bioló­
gica consolidada en el último medio millón de años, cuando
los homínidos inventaron el coito frontal y, con ello, el full
contad corporal. Aunque una mirada laica c irreverente po­
dría ver en él un caricatura sofisticada de la teleconcepción
sin contacto físico que convirtió, según la leyenda, a la Vir­
gen María en madre.
A pesar de sus carencias, todos los tratadistas del tema
han elogiado las múltiples ventajas que aporta, en teoría, el
sexo virtual. Asi, Ray Kurweil sostiene seriam ente que el ci-
bensexo es mejor que el sexo real porque no provoca em ba­
razos indeseados, ni transmite enferm edades venéreas, ni
produce complicaciones psicológicas, ni dependencias afec­
tivas (The Age ofSpiritual Machines). Parecidos argumentos ha
esgrimido Howard Rhcingold en su libro Virtual Reality y se
ha llegado a afirmar que el cibersexo constituye un "preser­
vativo integrar. Yentre otras ventajas se ha añadido que, con

217
ÍLL Utt» UJCTUtiHKX*

este sistema, el m arida que debe efectuar viajes laborales fre­


cuentes puede practicar desde su hotel el sexo con su esposa
que se ha quedado en rasa, utilizando un módem y la línea
telefónica. Yse ha añadido que. al igual que los pilotos aéreos
se entrenan con la RV, los niños y niñas preadolescenccs po­
drán entrenarse provechosam ente ron el tecnosexo en sus
clases de educación sexual en sus colegios.

R a /Ó N YF-MCX3ÓN

Desde que Aristóteles proclamó que el hom bre es un ani­


mal social, los científicos han aprendido m ucho acerca de su
naturaleza, sus necesidades, sus expectativas y sus carencias.
En concordancia con aquel principio biosocial, los filósofos y
los antropólogos han establecido que, a diferencia de los res­
tantes animales, el medio natural del hom bre es el medio
cultural. El Homo sapiens es también Homo jaber y Homo symbo
licus, Pero, precisamente por serlo, debe valorar críticam en­
te el significado y las funciones de los ingenios que inventa,
porque las cosas inventadas raram ente se desinventan, como
han dem ostrado trágicamente la bomba atómica o las bom ­
bas químicas y bacteriológicas.
Es hoy una evidencia que la industria está basada en la tec­
nología, pero es activada por el poder financiero, que a su vez
so moviliza por la expectativa de beneficios económicos, en
razón de que sus productos industriales satisfagan dénseos y
apetencias colectivas, que a veces son generados o acelerados
artificialm ente por tales industrias. De ahí deriva la am ­
bigüedad del concepto de progreso, que ha sido sometido a
implacable crítica en los últimos veinte años, y es menester
concordar con Paul Virilio cuando afirma que sólo se puede
progresar reconociendo la negatividad específica de cada tec­
nología. Y una forma de verificar su jx^sible negatividad es re­
cordando que las costumbres humanas extraen su coheren­
cia de su arcaica y perenne significación biológica. Por eso.
observar el comportamiento de la naturaleza y aprender de

2 1 8
R o u a n GUUUCN

ella, de un modo reflexivo y crítico, aparece rom o un camino


útil en la actual confusión mediático-culturai, en la que el rui­
do prevalece sobre la razón y la cantidad desborda a la calidad,
hasta el punto de que la anual proliferación de imágenes me­
diáticas tiende a devaluar a los sujetos, que muchas veces son
menos llamativos e imponentes que ellas: es el caso de las mo­
delos publicitarias comparadas con las amas de rasa corrien­
tes. Conceptos como biodiversidad, adaptación, exogamia o
mutación adaptad va pueden ser extrapolados con provecho
de la biología ai paisaje tecnocullural contemporáneo, fisto es
lo que hemos intentado hacer en las reflexiones expuestas a lo
largo del presente libro.
Yal llegar a su final, resulta evidente la constatación de que
el m undo tecnológico necesita el com plem ento del m undo
emocional. El hom bre no puede vivir sin emociones ni senti­
mientos. cuyas representaciones constituyen precisamente la
materia prima de la mayor parte de las industrias culturales
que manufacturan y difunden ficciones audiovisuales, entre­
tenimiento y publicidad. Pero el más somero análisis de estos
contenidos revela, sin asomo de duda, que existe un déficit
emocional masivo en la sociedad postindustrial e informati­
zada y que esta carencia intenta paliarse artificialmente con
textos, imágenes y sensaciones ilim itadas que tratan de reem­
plazar la vida por una scudovida consoladora. De nuevo, la
flor natural ha sirio sustituida por la flor de plástico, mientras
la algarabía mediática trata inútilmente de mitigar la soledad
electrónica de los ciudadanos. Pues la mayor parte de las co­
sas pasan dentro de la cabeza de las gentes, en vez de pasar en
el mundo real. Paradójicamente, la era de la comunicación se
ha revelado finalmente como la era de la soledad, mientras
que la tan cacareada modernización se ha traducido para mu­
chas gentes en marginarión.
Por eso hay que afirmar una ve/ más, en el umbral del que
se anuncia como el siglo de la RV. que el destino cardinal del
ser humano es el de interactuar emocionalmentc con el m un­
do viviente que le rodea y no con los fantasmas que habitan
dentro de su cabeza.

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V term inó de im prim ir
rn In i T a lle ro Gfáílct» de H ue rtas S. A.,
Kuenlabrada, Madrid, España,
en el mes de marzo de 2<X)0
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L están g e n e ra n d o efectos e m o c io n a le s en la p o b la c ió n
que, p r e v ls lb le m e n te , se Irá n in c r e m e n t a n d o en el
futuro, a d q u irie n d o n u e v a s características.
DpcHp u n a por cpActivji h in ló g ir ^ y a n tro p o ló g ic a , q u o ve en
el ser h u m a n o un su je to b io c u ltu r a l p r o d u c to d e un la r g o
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irónico la s Im p lic a c io n e s e m o c io n a le s y a fe c tiv a s d e lo s
n u e v o s m e d io s e n la s fo r m a s d e v id a d e la s o c ie d a d p os*
in d u stria l. A n a liz a , con g r a n a g u d e z a , los fe n ó m e n o s q u e se
e stá n o rig in a n d o : la e x p a n s ió n d e la p o rn o g ra fía , lo s a rq u e ­
t ip o s e ró tic o s im p la n t a d o s p o r la in d u s tr ia te le v isiv a , lo s
r o b o t s e m o c io n a le s , lo s u s o s a m o r o s o s d e l c o r r e o e le c­
tró n ico. lo s e n s u e ñ o s e r ó tic o s q u e la im a g e n d ig it a l h a c e
p o sib lo c y o l d b o r¿o x o .
¿ S e e s t i c o n v ir tie n d o la era de la c o m u n ic a c ió n , p a r a d ó ­
jicam e n te, en lo era do la s o le d a d ? ¿ S e está tr a d u c ie n d o lo
m o d e r n iz a c ió n e n m a r g in o c ió n ? Y, si e s asi, ¿ c o m o p o d r á
p a lia r s e el d é fic it e m o c io n a l d e n u e stra s o c ie d a d ?

IS B N : 31-300-0371-9

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