El MITO ARTÚRICO
1. Presentación de la leyenda.
La leyenda artúrica, como todas las leyendas antiguas y medievales, es el resultado de
un largo proceso de elaboración, que bebe de fuentes históricas, mitológicas y
literarias por igual.
De hecho, la memoria colectiva de la humanidad se construye a partir de la asociación,
o el solapamiento de varias fuentes. Quizás el ejemplo más evidente que se puede
poner hoy en día para entender esta cuestión es la existencia de diversas versiones de
una misma historia. Por ejemplo, dos variantes de un mismo héroe de ficción —hemos
asistido, en poco tiempo, a la existencia de diversas sagas distintas y con actores
diferentes— o incluso los personajes de los cuentos de hadas: en los últimos tiempos
se están realizando películas de «acción real» sobre personajes que todos conocimos
en nuestra niñez, en dibujos animados a cargo de Walt Disney. Los ejemplos se están
acumulando: Caperucita Roja, Blancanieves o la Bella Durmiente, la bruja Maléfica, etc.
A continuación haremos un pequeño recorrido por el origen, formación y evolución de
la leyenda artúrica.
1.1. El origen literario de la leyenda artúrica
Como toda historia de origen épico, la del rey Arturo se basa por supuesto en las
tradiciones galesas y bretonas de la alta Edad Media, y en algunos hechos históricos
acaecidos entre los siglos V-VI d.C. En los siglos posteriores, irán apareciendo obras
que constituirán el génesis de lo que se conoce como la Materia de Bretaña, conjunto
de escritos que narran el ciclo artúrico.
Las principales características de las obras del ciclo Artúrico se explican por ser un
género literario nacido en las cortes medievales para un público cortesano:
Los personajes son planos y fijos: el rey, los caballeros y las damas. El rey prototipo es
Arturo, caracterizado como generoso, valiente y cortés. Está por encima de todos y su
corte es un marco que envuelve las aventuras de los caballeros. El caballero se mueve
por afán de gloria personal y para conquistar el amor de su dama. Está idealizado: es
valeroso, magnánimo, leal.
El tiempo y el espacio son irreales, pasados: se sitúan en una lejana edad dorada, en un
paisaje celta o imaginario. Además, aparecen elementos maravillosos: magia,
personajes y objetos mitológicos o sagrados. Por ejemplo: el mago Merlín o la espada
Excálibur, así como la famosa búsqueda del santo Grial.
1.2. El personaje histórico de Arturo
Poco se sabe de él, excepto que las crónicas lo llaman dux, no rey, título que se solía
aplicar a los jefes militares, de forma similar al imperator romano. Según éstas, Arturo
comandó el ejercito que se enfrentó a los sajones en la batalla del Monte Badon, entre
los años 516 y 518 d.C., saliendo victorioso. El resto de datos de la leyenda pertenecen
de una manera u otra al folklore popular galaico-britano, como por ejemplo la
asimilación de la antigua diosa irlandesa Mórrígan con Morgana, entre otros.
1.3. Tramas del ciclo artúrico
Existen diversas versiones de la leyenda artúrica. No obstante, hay ciertos elementos
que tienden a repetirse. Una visión resumida del mito podría seguir la siguiente:
Arturo es el hijo el rey Uther Pendragón (convertido en Gorlois por el mago Merlín) e
Igrayne. Cuando nace es tomado por Merlín, quien se lo entrega a sir Ector para que lo
críe como si se tratara de su propio hijo.
Cuando el rey Uther muere y Arturo cumple 16 años, Merlín le revela su verdadera
paternidad después de que el joven logre sacar una espada clavada en un yunque que
nadie podría sacar, excepto el “el verdadero rey de toda Inglaterra”
A partir de ahí, Arturo consigue unificar el Reino de Bretaña ayudado por los consejos
del sabio Merlín, a quien la magia no resulta ajena. Merlín proporciona una serie de
ayudas a Arturo y le hace las veces de tutor. Tras la boda del rey con la reina Ginebra y
la institución de la orden de la Tabla Redonda, y a pesar de las amenazas interiores y
exteriores (conspiraciones diversas, presión de las tribus del norte…), Bretaña se
convierte en el marco ideal de toda suerte de andanzas caballerescas.
Sin embargo, no todo es ideal. Uno de los mejores caballeros de Arturo es Lanzarote
del Lago. Este se enamora de la reina Ginebra, sentimiento que es correspondido, lo
que con el tiempo desembocará en el fin del reino. Esta relación introduce un motivo
clásico de la literatura medieval: el del amor cortés.
Otro motivo que se repite es la búsqueda del santo Grial, el cáliz que recogió la sangre
de Jesucristo en la cruz. Una búsqueda espiritual que tan solo los caballeros más puros
podrán coronar con éxito.
1.4. Personajes más relevantes del ciclo artúrico:
a) Uther: Padre de Arturo.
b) Igraine: Madre de Arturo y de Morgana.
c) Merlin: Druida que profetiza la llegada del rey que engrandecerá Britania y es
garante de algunas de sus acciones.
d) Arturo: Rey de los Bretones y responsable de la creación de un reino dominado
por las leyes de la caballería y la cortesía.
e) Ginebra: Esposa de Arturo y amante de Lanzarote.
f) Lanzarote: Es el mejor caballero del reino y representa la esencia de la
caballería cortés. Sus acciones aúnan hazañas épicas junto a alardes amorosos.
g) Galaaz: caballero de la Mesa Redonda, hijo de Lanzarote, y uno de los tres que
alcanzaron el Grial en las leyendas artúricas.
1.5. El ciclo artúrico en nuestros días
Además de conocer muchas adaptaciones cinematográficas, las leyendas artúricas
estimularon la imaginación de muchos pueblos y escritores europeos. Galicia guarda
una estrecha relación con esta saga, ya que una leyenda afirmaba que los caballeros de
Camelot habían venido a la búsqueda del Santo Grial, que hoy en día aparece en el
escudo gallego. Autores como Álvaro Cunqueiro (Merlín e familia) o Méndez Ferrín
(Percival e outras s historias) recurrieron en diversas ocasiones a estas narraciones. Lo
mismo puede decirse de autores británicos, como Roger Lancelyn Green (El rey Arturo)
Entre las adaptaciones cinematográficas destaca por encima de todas Excalibur (1981).
Sobresale por ambientar de manera magistral aquel impresionante mundo medieval, y
por ser la más fiel adaptación hasta la fecha del mundo artúrico. Cabe también
destacar otros títulos, como la delirante Los caballeros de la mesa cuadrada (1975) de
los británicos Monty Phyton, una divertida adaptación paródica del mito.
Fragmento de El rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, de Roger L. Gren
El rey Uter Pendragón solo disfrutó de un breve periodo de felicidad junto a la bella Igraine,
pues los sajones pronto volvieron a mover guerra contra él.
Después se sucedieron los días más funestos y aciagos que hubieran conocido esas tierras. Los
caballeros del rey Uter lucharon entre sí por el derecho a ceñir la corona; y los sajones, al
percatarse de la falta de un caudillo que uniera a los britanos, avanzaron más y más en su
conquista de Bretaña.
Siguieron años de miseria y desasosiego, hasta que llegó la hora señalada. Entonces Merlín, el
buen encantador, emergió de los valles profundos y misteriosos del norte de Gales, y recorrió
el camino que le separaba de Londres. Y tan grande era su fama que ni sajones ni britanos se
atrevieron a estorbarle la marcha.
Merlín llegó a Londres y habló con el arzobispo, y de mutuo acuerdo convocaron una gran
reunión de caballeros para el día de Navidad. Tantos fueron los congregados que no había sitio
para todos ellos en la iglesia de la abadía, de forma que muchos tuvieron que seguir los oficios
desde el patio de la iglesia.
En mitad del servicio se elevó de repente un murmullo de admiración fuera de la abadía, pues
en el patio pudo verse —aunque nadie advirtiera su llegada— una gran losa cuadrada de
mármol y, sobre ella, un yunque de hierro, y clavada en el yunque, con la punta
profundamente hundida en él, una gran espada de resplandeciente acero.
Cuando acabó la liturgia, el arzobispo y los señores y caballeros que estaban en la abadía
salieron a ver aquella espada maravillosa. En torno al yunque, en el mármol, vieron letras
grabadas en oro puro que decían: El que saque esta espada de la piedra y del yunque es el rey
legítimo de toda Bretaña.
Al leer este mensaje, muchos trataron de extraer la espada, pero ni uno consiguió aflojarla ni
siquiera el grosor de un cabello.
—No está el rey entre los aquí reunidos —dijo el arzobispo—, pero no dudéis de que Dios nos
ha de enviar un nuevo monarca. Que se despachen menajeros por todo el país, que se sepa lo
que está escrito en esta piedra. El día de Año Nuevo celebraremos un gran torneo y entonces
sabremos si nuestro rey se encuentra entre los que vienen a las justas. Hasta entonces, es mi
consejo que elijamos diez caballeros para guardar la espada, y que sobre ella erijamos un rico
pabellón que la proteja.
Así se hizo, y el día de Año Nuevo se reunió una gran multitud de caballeros. Pero ninguno fue
capaz de arrancar la espada de la piedra. Entonces se apartaron un poco de allí, y levantaron
tiendas, y celebraron un torneo o batalla fingida en el que midieron sus fuerzas y su habilidad
con la lanza de madera o con la espada ancha.
Y sucedió que entre los que vinieron al torneo estaba el buen caballero sir Héctor y su hijo Kay,
que hacía pocos meses que había sido armado caballero; y con ellos venía Arturo, el hermano
pequeño de sir Kay, un joven mancebo de apenas dieciséis años.
Mientras cabalgaba hacia las justas, sir Kay advirtió de repente que se había dejado la espada
en sus aposentos, y le pidió a su hermano Arturo que se la trajera.
—Enseguida —respondió el joven Arturo, siempre dispuesto a hacer lo que fuera por los
demás, con lo que volvió al galope a la ciudad. Pero la madre de sir Kay había echado la llave a
la puerta para ir ella también al torneo, así que Arturo se vio imposibilitado de entrar en la
casa.
«Mi hermano necesita una espada», pensaba Arturo mientras volvía lentamente, preocupado
sobremanera por su hermano. «Sería una gran vergüenza y motivo de crueldad el que un
caballero tan joven fuera a las justas sin espada. Pero ¿dónde puedo encontrarle una?… ¡Ya lo
tengo! Había una clavada en un yunque en el patio de la iglesia. La cogeré: allí no sirve para
nada».
Así que Arturo espoleó su montura y se presentó en la iglesia. Ató el caballo y corrió a la tienda
que había levantada sobre la piedra. Sin pararse a leer lo que ponía en la piedra, Arturo sacó la
espada sin ningún esfuerzo, corrió hasta su caballo y, en un instante, estuvo junto a sir Kay, a
quien entregó el arma.
Arturo desconocía el significado de ese acero, pero Kay, que poco antes había intentado
arrancarlo del yunque, lo reconoció de una mirada. De inmediato fue hasta su padre, sir
Héctor, y le dijo:
—¡Mirad aquí, señor! ¿No es esta la espada que había que sacar del yunque? ¡Es claro pues
que yo soy el rey legítimo de toda Bretaña!
Pero sir Héctor conocía demasiado bien a su hijo Kay, por lo que en vez de creerle volvió con él
a la iglesia y allí, con la mano sobre la Biblia, le hizo jurar solemnemente decir la verdad sobre
la manera en que se había hecho él con la espada.
—Mi hermano Arturo me la ha dado —respondió Kay con un suspiro resignado.
—¿Y tú? ¿Cómo conseguiste tú la espada? —preguntó sir Héctor a su hijo menor.
—Señor, os lo diré —respondió Arturo, temeroso de haber cometido alguna falta—: Kay me
ordenó ir a por su espada, pero, al no poder traérsela, me acordé de esta otra que había visto
clavada sin que a nadie sirviera en un yunque en el patio de la iglesia. Pensé que mi hermano
le daría buen uso, así que se la traje.
—¿Había algún caballero guardando la espada?
—Ni uno —respondió Arturo.
—Bien. Vuelve a meter la hoja en el yunque para que veamos cómo la extraes.
—Como gustéis —respondió Arturo, sorprendido por todo el alboroto que se estaba
montando en torno a una espada; y la volvió a meter en el yunque.
Entonces sir Kay la cogió por la empuñadura y tiró con todas sus fuerzas. Pero, por más que
forcejeó y pugnó por moverla, no la consiguió aflojar ni el grosor de un cabello. También lo
intentó sir Héctor, sin obtener mejores resultados.
—Sácala —le ordenó a Arturo.
Y este, cada vez más desconcertado, cogió la espada por el pomo y la extrajo del yunque sin
dificultades.
—Bien entiendo ahora —dijo sir Héctor, hincándose de rodillas ante Arturo e inclinando la
cabeza en señal de acatamiento— que ningún otro sino vos es el rey legítimo de esta tierra.
—¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué os arrodilláis ante mí, padre mío? —exclamó Arturo.
—Es la voluntad de Dios que aquel que extraiga esta espada de la piedra y del yunque sea el
legítimo rey de Bretaña —dijo sir Héctor—. Además, aunque os amo, no sois hijo mío, pues
Merlín os trajo a mí cuando no erais más que un niño de pecho, y me encomendó que me
ocupara de vos como si fuerais de mi propia sangre.
—Entonces, si es cierto que soy rey —dijo Arturo inclinando la cabeza sobre el puño en forma
de cruz de la espada—, juro solemnemente dedicarme al servicio de Dios y de mi pueblo, a
enmendar agravios, a combatir el mal, a traer la paz y la prosperidad a esta tierra… Buen
señor, desde que tengo memoria habéis sido un padre para mí, permaneced a mi lado con el
amor y los consejos de un padre; y a vos, Kay, mi hermano adoptivo, os pido que seáis
caballero verdadero de mi corte.
Tras lo cual fueron al arzobispo y le contaron todo lo acaecido. Mas los barones y caballeros,
llenos de envidia y rabia, se negaron a aceptar que Arturo fuera su rey legítimo. […] Sin
embargo, aunque muchos reyes y caballeros vinieron a probar sus fuerzas, solo Arturo fue
capaz de sacar la espada del yunque.
Así que finalmente las gentes empezaron a aclamarle: «¡Arturo! ¡Nuestro rey! ¡Dios salve al rey
Arturo!». Y se arrodillaron ante él, nobles y villanos juntos, ricos y pobres, y le pidieron perdón
por haberse demorado tanto en proclamarle. Y Arturo los perdonó de corazón y, poniéndose
de hinojos él mismo, le entregó al arzobispo la espada maravillosa para recibir de este la alta y
sagrada Orden de la Caballería. Y entonces vinieron condes y barones, caballeros y escuderos,
y rindieron vasallaje a Arturo jurando servirle y obedecerle como era su deber.
Entonces el rey Arturo reunió en torno a él a todas las huestes de Bretaña —a la flor de los
caballeros experimentados que había servido a su padre, y a los más jóvenes cuyo mayor
anhelo era probar su lealtad y su valía—, y con ellas se lanzó contra los sajones y contra los
bandidos y ladrones que llevaban tantos años asolando las tierras y cometiendo actos crueles.
Arturo pronto volvió a restablecer la paz y la seguridad en el sur de Gran Bretaña, y tras ello
instaló su capital en Camelot.