Edad Media
Edad Media
No obstante, recientes descubrimientos has aportado una elemental poesía lírica, escritas en
formas muy primitivas de nuestro romance, que hacen retroceder en muchos años los
comienzos aceptados de la historia literaria española. Por lo que habría que renunciar a la
precisa delimitación cronológica que suponía el comenzar con una obra de la importancia y
significación del Mio Cid.
Caracteres:
La expresión “cultura occidental” define, en sentido estricto, una concepción del mundo y
de la vida que se expresa en infinidad de formas y que tuvo su origen localizado en cierto
ámbito territorial y por obra de determinados grupos sociales. Por algún tiempo solo allí se
desarrolló y por obra de esos grupos; su tendencia fue más bien a acentuar las diferencias
culturales vecinas y a circunscribir el ámbito de su desenvolvimiento. Pero a partir de cierto
momento, la cultura occidental se torna expansiva y sus portadores comienzan a difundirla
más allá de las fronteras en las que se había originado. Sus formas, sus creencias y sus
técnicas industriales se difundieron por todo el mundo y se habían convertido en el
patrimonio de todos. Este proceso –a partir del mundo romana, que constituye su primera
etapa- es el que hay que tener en cuenta para comprender las peripecias contemporáneas de
la cultura occidental.
El Imperio Romano
A fines de la Edad Media, este designio se vio constreñido por el avance de los turcos en el
mediterráneo oriental, pero se desvió hacia el Oeste y se dirigió hacia América, primer
territorio occidentalizado metódicamente, comenzó entonces una nueva etapa. Más que en
el Imperio Turco, heredero de Bizancio y continuador de la tradición musulmana, el
Oriente se encarnó en los territorios de China, la India, y más tarde Japón. Esa empresa
continuó sin interrupción hasta nuestros días, pero se intensificó en el curso del siglo XIX,
en el que se difundió la certidumbre de que la empresa de civilizar el mundo, de imponerle
las formas y los supuestos de la vida accidental, constituía “la carga del hombre blanco”.
Esta concepción aparece en el siglo XX. A través de movimientos y tendencias de carácter
religioso y nacionalista, se insinúa el comienzo de rebelión de los países orientales
sometidos a la influencia occidental. En cuanto a la creación del espíritu humano, la
cultura occidental no está indisolublemente unida a las comarcas que le dieron origen. Esta
surge con los primero siglos medievales y como resultado de la confluencia de grandes
tradiciones, la romana, la hebreocristiana y la germánica, que constituyen los legados que la
cultura occidental recibió y con los que constituyó su patrimonio.
Los legados
Los tres legados de la cultura occidental tienen distintos caracteres y produjeron distintas
influencias en el complejo que constituyeron al combinarse. No eran análogos, el legado
romano y germánico estaban representados al mismo tiempo por trancos raciales y
corrientes espirituales, legado hebreocristiano consistía solamente en una opinión acerca de
los problemas últimos que condicionaban un modo de vida. Por estas circunstancias, las
combinaciones fueron múltiples y las primeras etapas de la cultura occidental se
caracterizaron por un aspecto informe y caótico.
El legado romano constituía una sólida realidad. El proceso de fusión que dio por resultado
la cultura occidental se desarrolló sobre suelo romano, y la romanidad debía aportarle sus
estructuras fundamentales.
La intensidad del legado romano fue mucho más intensa en el Oeste de Europa que en el
Este. El imperio romano de occidente no contaba, con tradiciones indígenas de gran
alcurnia. Nada había allí que pudiera compararse al patrimonio de los viejos pueblos
orientales o de Grecia. Iberos, celtas, italiotas y otros grupos menores cubrían las tierras
que los romanos conquistaron durante la época republicana y ninguno de ellos resistió a la
capacidad de catequesis de Roma. Al cabo de muy poco tiempo, las tradiciones locales
habían quedado sumergidas bajo el peso del orden impuesto.
Pero tras este formalismo se ocultaba un realismo muy vigoroso que descubría las
relaciones concretas del hombre y la naturaleza y de los hombres entre sí. Ese realismo
operaba eficazmente sobre la vida práctica confiriéndole a la experiencia un alto valor muy
por encima de la pura especulación. Esta actitud frente a la naturaleza y la sociedad, la
legaría la romanidad a la cultura occidental informando un activismo radical, y a partir de
cierta época, un individualismo acentuado.
Se entreteje entonces, una cosmovisión que constituyó en el mundo romano, con escasos
aportes del pensamiento teórico y con limitada asimilación de los esquemas heredados su
vez de Grecia, a la que la romanidad le debía muchas ideas. Los últimos tiempos de la
República y los dos primeros siglos del Imperio, constituyen la época de florecimiento y
predominio de esa cosmovisión. Con el mismo imperio, esa cosmovisión comienza a sufrir
una crisis intensa, a partir del siglo III. Las influencias de las religiones orientales, la
impotencia militar del imperio frente a sus peligrosos vecinos de allende el Rin y el
Danubio, el resquebrajamiento de la moral ciudadana y el orden político, todo ello alcanzó
a la parte accidental del imperio; declinaron las convicciones, se modificó la composición
ética por la inclusión de crecidos contingentes germánicos, se alteró el régimen económico
y social en todos los órdenes, se notó una rápida transformación que caracterizó los siglos
del Bajo Imperio. Algo subsistía, sin duda el viejo espíritu pero la fisonomía cambiaba
sensible e incesantemente. La gran propiedad y el régimen político destruían la antigua
noción de la dignidad del ciudadano y acostumbraba a la vigencia de los privilegios. La
vida pública había dejado de ser la expresión de los intereses de la comunidad y el ejercicio
de los cargos públicos habíase tornado una carga pesada y obligatoria. El estado, que antes
representaba, junto a la triada capitolina, la majestad del pueblo romano, era ahora la
expresión de un grupo privilegiado que se inclinaba vorazmente sobre la riqueza. El estado
era un am; cuando se aproximaron los conquistadores germánicos fueron muchos los que
pensaron que solo cambiaban un amo por otro.
Entre las causas de la crisis del Bajo Imperio hay una a la que se le atribuye a la influencia
del cristianismo. Este era una religión oriental, una entre varias que se difundieron por el
territorio imperial; no logró durante los primeros siglos del Imperio ser considerada sino
como una superstición, cuyos creyentes se caracterizaban por su intolerancia. Esa actitud
hizo que se lo persiguiera repetidas veces. Los cristianos fueron perseguidos por la
comisión de dos delitos previstos por las leyes: una sobre religiones no autorizadas y otra
sobre acciones ilícitas. El procedimiento judicial fue facilitado por la confesión espontánea
y decidida de los cristianos, que generalmente no ocultaban su condición.
El legado cristiano fue el más simple. Los conquistadores traían consigo una idea de vida
menos elaborada, más espontánea y más libre. Creían en lo que hay de naturaleza en el
hombre, y exaltaban sobre todo el valor, la destreza, el goce primario de los sentidos y la
satisfacción de los apetitos. El ideal heroico constituía su suprema aspiración y lo
impusieron cuando constituyeron las aristocracias de los reinos que fundaron por la
conquista. Bien pronto sintieron el impacto d las tradiciones romanas y hebreocristianas,
más elaboradas y sutiles, que comenzaron a moldear los impulsos que animaban a esos
nuevas aristocracias. Y finalmente las sometieron, mediante su sumisión a ciertos ideales
que supieron superponerle: el Estado, la Iglesia, Dios. El legado germánico se mantuvo a
través de una concepción aristocrática de vida y a través de ciertos sistemas de normas para
la convivencia.
Obrando de diversa manera y con distinta intensidad, los tres legados confluyeron en las
nuevas sociedades que se constituyeron a raíz de la conquista germánica del Imperio
Romano de Occidente. La cultura occidental comenzó a elaborarse como un sistema de
vida heterogéneo, que buscó a la largo de los siglos los supuestos radicales que le daban
unidad interior.
La Primera Edad
La primera etapa de confluencia de los tres legados cubre los siglos de los que se llama
habitualmente “Edad Media”, periodo entre los siglos V y XV. El nombre se atribuye a
Cristofredo Cellarius, un erudito del siglo XVII. La Edad Media continuaba a la
Antigüedad helenoromana sin otra diferencia sustancial que la calidad. Era como un
abismo, del que volvió a salir con el Renacimiento, que inicia la modernidad, el tercer
momento del sistema en el que la Edad Media ocupaba el segundo. Pero, si negamos esa
continuidad y afirmamos que el periodo a que nos referimos constituye una novedad en
cuanto conjuga de manera singular aquellos tres legados, configurando un estilo cultural
que persistirá por muchos siglos en el Occidente. Por esto, ese lapso, según Gustavo Cohen,
se denomina Primera Edad.
Esa opinión importaba la de que el origen de la llamada Edad Media se situaba de manera
precisa en el siglo V. Pero quienes niegan la existencia de una ruptura categórica y
descubren una lenta progresión desde la típica romanidad hacia la cultura occidental a
través de las influencias graduales del cristianismo y germanismo, antes y después de las
invasiones, prefieren fijar una etapa de transición que comprenden dos momentos
sucesivos: la baja romanidad y la temprana Edad Media hasta la disolución del Imperio
Carolingio aproximadamente; en el primero que corresponde a los últimos tiempos del
Imperio, se manifiestan caracteres que aparecerán en el segundo, la temprana Edad Media
presencia el vigoroso choque entre la tradición romano-cristiana y las tradiciones
germánicas.
Gustavo Cohen caracteriza a la Edad Media como la época de génesis. Sus primeros cinco
siglos es la que se llama Temprana Edad Media, o sea, el periodo de los reinos romano-
germánicos y del imperio Carolingio. Que se considera el momento más dramático de
nuestra cultura. Por el choque de diversos grupos étnicos manifestando en episodios de
lucha por el predominio, y por la toma de contacto entre distintas tradiciones que
confrontan sus usos y costumbres, sus regímenes económicos, sus normas morales, sus
concepciones de la vida individual y colectiva y sus imágenes del trasmundo. Visigodos,
francos, burgundios, anglos, sajone, ostrodos, suevos, vándalos, conquistaron el territorio
en el que se hallaron viejos pueblos romanocristianos con los que comenzaron a vivir, en
parte constriñéndolos de acuerdo con sus tradicionales normas germánicas en virtud del
derecho del más fuerte, pero en parte también adecuándose a las estructuras del orden
establecido en merito a la fuerza de hecho que poseía.
El origen del feudalismo resultó de un severo ajuste de las instituciones a las condiciones
de la realidad. Fue fruto de una serie de pasos dados para resolver situaciones concretas,
organizados poco a poco como un conjunto, provisto luego de una teoría general. Los
principios e instituciones que los caracterizan constituyen respuestas eficaces a situaciones
de hecho, en relación con el problema de la tierra, en cuanto a fuente de riqueza y en
relación con el problema del poder político. El hecho sustancial es la evidencia general de
la ineficiencia del poder central, de la monarquía extendida sobre vastos estados
territoriales a los que no podían proporcionar seguridad frente a las innumerables amenazas
locales. Por un proceso muy complejo, los propietarios o simples usufructuarios de la tierra
adquirieron la responsabilidad que justificó la autoridad de que fueron investidos o de la
que se invistieron por propia decisión. La aristocracia terrateniente adquirió, además de la
riqueza, la autoridad política y militar y cada uno de sus miembros la ejercitó en pequeñas
circunscripciones relativamente reducidas, en las que, con los medios técnicos con que
contaba, podían alcanzar un alto grado de eficacia.
Se sostuvo que la sociedad constituía un organismo y que cada una de sus partes tenía una
función específica, a la que correspondía necesariamente ciertas obligaciones y ciertos
derechos. La sociedad se componía de oradores, defensores y labradores; oradores eran
todos los que se dedicaban su existencia a la oración, al servicio de Dios, defensores los que
servían de espada y coraza de la comunidad, defendiéndola y gobernándola y los labradores
los que realizaban todos los trabajos necesarios para subvenir a las necesidades prácticas de
la colectividad. De estas tres clases, los labradores eran los últimos; pero fue motivo de una
constante tensión entre las dos primeras el problema de la jerarquía recíproca. La iglesia,
había logrado imponer a la aristocracia la idea de que sus ideales heroicos solo adquirían
sentido si se los ponían al servicio de una idea trascendental: la defensa y propagación de la
fe cristiana, lo que debía conducir indefectiblemente hacia una teocracia. Pero la
aristocracia encabezada por la monarquía, aunque transigió en aquella primera parte,
defendió su jurisdicción secular y afirmó que el ejercicio del poder en la tierra constituía su
incuestionable derecho. Esta tensión es característica de este periodo y por no resolverse,
entró en crisis el orden cristiano-feudal a partir del siglo XIII.
Los episodios reveladores de esta tensión son los que pusieron frente a frente a reyes y
emperadores por una parte y al papado en otra. La querella de las investiduras y el conflicto
entre Felipe el Hermoso de Francia y el papa Bonifacio VIII revelaron el punto crítico en la
vasta construcción intelectual que servía de andamiaje al orden de la realidad, resultado de
situaciones de facto y en consecuencia constituido por toda suerte de compromisos. Esa
construcción intelectual resultó del progresivo desarrollo de las teorías de la Iglesia, en
parte apoyadas en la tradición política romana y en parte dependiente del sistema de ideas
contenidas en las Escrituras. La jerarquía celeste se prolongaba en la jerarquía terrestre;
pero si era evidente que el orden social debía ser jerárquico, no lo era el de la situación de
los diversos poderes en esa jerarquía. Se planteaba el problema de si el poder de Dios se
delegaba por igual en el emperador y en el Papa -esto es, en los representantes del poder
temporal y del poder espiritual o si por el contrario el vicario de Dios recibía la totalidad
del poder y delegaba el poder temporal en el emperador. Esta última fue la tesis del papado
y fue apoyada, como la otra, por juristas y teólogos -aunque en ocasiones disentían en
cuanto a este problema- coincidían en la teoría del orden cristiano-feudal como un orden
jerárquico de raíz metafísica. Este orden no era sino una parte del orden universal de la
creación, y los teólogos lo expresaron en las grandes Sumas, verdaderas enciclopedias del
saber humano que ofrecían una imagen racional del mundo. Las universidades -una de las
grandes creaciones de este período difundieron esa imagen y contribuyeron no sólo a fijar
su carácter dogmático sino también a fijarla en los espíritus con marcado vigor. El siglo
XIII constituye el momento culminante de este período. Es el gran siglo de las catedrales
góticas, inspiradas en la misma idea de orden; es también el gran siglo de las universidades
y de las Sumas, es el siglo del rey San Luis y de Santo Tomás de Aquino.
Todo podía hacer creer que la cultura occidental había encontrado su cauce y establecido el
equilibrio entre los tres legados que confluían en su torrente. Empero, algo flaqueaba en su
seno, y el ajuste logrado entró en una crisis que, sumariamente, podríamos definir como
una insurrección del legado romano. Esta crisis abarca los siglos XIV y XV y abre la vía
de la transformación que la cultura occidental sufre con la llamada modernidad.
Esos grupos constituyeron, poco a poco, lo que se llamó burguesía, muy importante sobre
todo en las ciudades italianas y flamencas, pero de cierta gravitación en toda Europa. Ajena
a los intereses feudales, y enemiga de ellos, esta clase buscó y obtuvo el auxilio de la
monarquía, que se lo ofreció para apoyarse en ella contra la aristocracia feudal que limitaba
su poder. Este proceso -muy complejo y variable se produjo con matices en todas partes. La
monarquía trató de apoyar su tendencia a la autocracia en el derecho romano que los
legistas comenzaron a aprender y enseñar en las universidades, y buscó su apoyo efectivo
en estas clases que podían ofrecer considerables aportes de dinero para el tesoro real bajo la
forma de impuestos, y de hombres para el ejército real, armas ambas que le permitieron
independizarse de la tutela feudal. En el siglo XIII, cuando el orden cristiano-feudal alcanza
su mayor esplendor y aparecen las más acabadas teorizaciones acerca de su perfección, las
fuerzas que habrían de disgregarlo están ya desencadenadas. Dante Alighieri las percibe y
la Divina Comedia expresa su angustia por el cataclismo del orden tradicional y su juicio
sobre los responsables: el papado, el imperio mismo, las aristocracias, y sobre todo la
burguesía en ascenso que consuma por su sola acción la destrucción del orden vigente.
A medida que transcurre el siglo XV se advierte cada vez más que el orden cristiano-feudal
está en quiebra. Unos pocos se aferran a su recuerdo con profunda nostalgia y procuran
preservar las formas de vida que correspondían a la época de su vigencia, organizando
torneos, banquetes y cortes de amor. Pero la estructura radical de la sociedad ha cambiado
tanto que todo eso no pasa de ser un juego amable de pequeñas minorías que se resistían
ceder el paso He aquí el triunfo del legado romano, en los albores de la Segunda Edad.
La imagen de la Edad Media
Esta actitud se mantuvo aún durante los siglos XVII y XVIII. A pesar de los eruditos que
buceaban el remoto pasado de las naciones europeas y de los que procuraban esclarecer el
pasado heroico de los mártires cristianos, la época en que se desarrollaban esos hechos
seguía despertando una extraña sensación de oprobio. Fue entonces cuando se dijo de la
Edad Media que era "la noche de los tiempos", cuando se acuñó la expresión "Edad
oscura", fórmulas que, por cierto, aún circulan sin que sea posible defenderlas, y que sólo
provienen de la falsa imagen de la Edad Media erigida como estandarte por una opinión
sectaria que se empeña no en defender a la Edad Media sino en defenderse a sí misma,
atribuyendo a esa época caracteres que ni son exclusivos de ella ni los únicos que
conforman su fisonomía ni acaso siempre los más importantes. Pero esta falsa imagen fue
defendida -entonces y ahora, con vigor y casi con encono, y suscitó, naturalmente, una
reacción igualmente enérgica que se refleja en aquellas fórmulas, cuyo procedimiento duró
plenamente hasta el siglo XIX. Por entonces, la visión de la Edad Media comenzó a
modificarse poco a poco. El Romanticismo fue, en cierto modo, una especie de
renacimiento medieval, como el llamado Renacimiento lo fue de la cultura clásica. En su
exaltación de la creación popular redescubrió la épica caballeresca; en su exaltación del
espíritu nacional redescubrió la grandeza de la oscura época de los orígenes; y en su
exaltación antirracionalista y cristiana redescubrió la época de los mártires y de la fe
triunfante y triunfadora. Un mero acento pareció advertirse en la remota tradición medieval
a través de los ecos recogidos por el ossianismo, por Chateaubriand, por Thierry, por
Michelet. Y ese nuevo acento constituyó un estímulo suficiente para que nuevos
investigadores se lanzaran ahora sobre el tema redescubierto para indagar su secreto y
construir una imagen más aproximada a la realidad, menos deformada por la polémica.
Desde entonces en adelante, los estudios medievales han hecho extraordinarios avances
cuantitativos y cualitativos. No sólo es mucho más lo que se sabe, sino que se sabe mejor,
con criterio más objetivo, sobre esquemas y planteos más exactos y completos. Así ha
podido llegarse a una nueva imagen de la Edad Media que no supone sólo elementos
negativos sino múltiples y numerosísimos elementos positivos, y en la que,
independientemente del juicio de valor que suscite en cada uno, aparecen los rasgos de un
desarrollo coherente que llega hasta nuestro tiempo y que resulta incomprensible sin el
conocimiento de esa época. Acaso el rasgo prominente de esa diversa imagen sea el
descubrimiento y la afirmación de la constitutiva diversidad de la Edad Media, por sobre
cierto vago telón de fondo unitario y simple. Esa unidad apenas existe fuera del plano de
los ideales, y hasta reconociendo el inmenso valor que eso tiene, es imprescindible
reconocer que hay en el plano de las formas de la realidad una notable y radical variedad
que proviene de diversas circunstancias y se manifiesta en varios y significativos
fenómenos. Ante todo proviene de la diversidad de los elementos culturales que constituyen
el complejo de la cultura occidental. En principio, el fondo está constituido por la tradición
romanocristiana que proviene del Imperio y que subsiste en la mayor parte del conjunto
social de la Edad Media. Pero esta tradición no era todavía compacta cuando se produjo la
invasión germánica, portadora a su vez de un nuevo bagaje cultural, de modo que la
profunda conmoción con que se inicia - el ciclo de la cultura occidental -a partir del siglo V
disgrega el complejo romano-cristiano y pone en presencia tres tradiciones culturales, tres
actitudes ante el mundo y la vida: una que arrastra la tradición clásica, otra que representa
el cristianismo y otra que imponen los grupos dominadores germánicos.
Uno y otro tenían elementos comunes con la cultura occidental, en mayor o menor escala, y
ambos poseían la posibilidad de comunicación con ella. A veces fue el comercio, a veces
fue la guerra, a veces el intercambio cultural; pero puede afirmarse que por cualquiera de
esas vías, y con la sola excepción de algunos períodos de su desarrollo, la cultura occidental
ha estado en contacto por entonces con esos dos ámbitos y ha obtenido de ese contacto
frutos importantísimos cuya presencia se ha advertido muy pronto en su propio seno. Ni en
todos los lugares, ni en todas las épocas, ni en todas las capas sociales, ni respecto a todos
los problemas, ha sido igual la influencia que esas otras culturas han ejercido sobre la
occidental, de modo que las variadas ecuaciones logradas por los distintos elementos
originarios se versifican aún más en estas nuevas circunstancias.
La Edad Media es la primera edad de la cultura occidental, la edad del Génesis, como se ha
dicho también. En ese largo periodo que transcurre entre la invasión del Imperio por los
pueblos germanos y el siglo XV, un inestable complejo social trabaja activamente con el
vasto conjunto de elementos culturales que tiene a su alcance y realiza innumerables
experiencias creadoras.
Periodos de la Edad Media: Con caracteres sensiblemente uniformes y diferentes entre sí:
Quienes comenzaron a llamar Edad Media al periodo comprendido entre los siglos X y XV,
respondieron a una visión de la historia universal que resulta hoy insostenible. Daban por
admitida la existencia de una línea coherente y continua de desarrollo desde la Antigüedad
hasta los tiempos modernos y caracterizando con presión las dos épocas de los extremos –
la moderna y la antigua- considerando el tiempo que quedaba entre ellas, como una mera
transición, un oscuro valle entre dos cimas iluminadas, una Edad Media, que no poseía
ninguno de los valores positivos de las otras dos.
Está concepción carece hoy de validez, y por eso se justifica la expresión de Primera Edad
de la cultual occidental para definir a la llamada Edad Media, expresión que suscita un
punto de vista fértil para apreciar con equidad la vasta y originalísima creación medieval.
La Antigüedad es un ciclo cultural diferente, es innegable que constituye el antecedente
directo, una de las fuentes donde la cultura occidental abreva.
La cultura occidental surge y se desenvuelve sobre una parte del territorio del Imperio
romano, en el seno de un conjunto social en el que predominan las estructuras de la
tradición romana. No hubo una mutación brusca, pues las invasiones germánicas no
produjeron una verdadera catástrofe, y se mantuvo durante mucho tiempo la sensación de
que nada importante había ocurrido en un imperio que se suponía que seguía subsistiendo.
Pero, el proceso de transformación comenzó aceleradamente por entonces para preparar un
nuevo estilo cultural que pronto manifestaría su inequívoca y original fisonomía.
Las postrimerías del siglo IV y los primeros tiempos del V, cristianismo y romanidad
habrán operado una primera síntesis, de la que son testigos San Jerónimo y San Agustín,
Casiodoro y Boecio. Con una característica precisa: la romanidad ingresa en ella como
forma de la realidad, pero desprovista de prestigio; a loa concepción naturalista debía
suceder una concepción teísta del mundo que ganaba terreno a pasos agigantados.
Empero, esa primera síntesis no dejó muchos frutos. Cuando hubiera podido ofrecerlos, se
produjeron las invasiones germánicas y el proceso se detuvo. El aporte naturalístico de los
invasores reavivó la vieja tradición pagana. La superstición, la concepción mágica de la
naturaleza y la fresca vitalidad de los germanos seminómades que desde entonces
constituyeron la aristocracia dominante en el territorio del antiguo Imperio romano, se
oponían a una concepción de la vida que significaba condenación de cuanto constituía su
propia peculiaridad: el valor, la audacia, el goce de los sentidos, en una palabra la
exaltación de la vida desarrollada en el marco de la naturaleza. El cristianismo perdió buena
parte de las posesiones conquistadas. Aunque poco a poco logró la conversión formal de los
reyes y aristócratas. El cristianismo trabajó esforzadamente por reconquistar lo que había
perdido. Los misioneros, los monjes, los obispos que se insinuaban cerca de las cortés
bárbaras y los pontífices que desafiaban a los reyes o se confiaban a ellos, lograron poco a
poco conducir tanto a las masas como a las minorías hacia su propia concepción de la vida.
La primera síntesis se logra durante el Bajo Imperio entre elementos culturales romanos y
cristianos, combinados de tal manera que los elementos cristianos evidenciaban su mayor
prestigio y su mayor vitalidad. Durante la temprana Edad Media, se constituye la segunda
síntesis que reúne los tres elementos fundantes de la cultura occidental: romanos, cristianos
y germánicos. Entre estos, el cristianismo vuelve a ser predominante en cuanto a las
grandes líneas directrices; pero en la primera el elemento romano representaba el enemigo,
ahora el enemigo es el germánico. El cristianismo se vuelve hacia el elemento romano
como un aliado y lo reivindica como símbolo de la cultural, en tanto, el germánico parece
representar simplemente, la forma de la realidad.
La Creación Medieval
La Edad Media constituye una era de impetuoso creación. Un genio vigoroso y desbordante
en busca de su propia expresión. De un caos surge un cosmos pletórico de variedades, pero
acentuado por la reminiscencia de un principio profundo que le proporciona una remota
unidad, o al menos la quimera de una unidad.
Porque la creación medieval no es una creación hecha de la nada. Antes de que el mundo
medieval profiriera la palabra creadora, múltiples creaciones erigían a su espalda los
testimonios de un pasado imborrable. En compañía de las otras herencias, la del
cristianismo, del germanismo y la del celtismo. De todos ellas, correspondió al cristianismo
imponer su sello y con él la impronta de cierta concepción oriental de la visa que debía
fundirse con el resabio romano formando una muy peculiar amalgama pero estas herencias
no constituyen la totalidad de los elementos culturales con que la llamada Edad Media se
encuentra. También contribuye a diversificar ese caos los elementos provenientes de la
versión bizantina de la Antigüedad que llega desde la imperial Constantinopla y los nuevos
elementos orientales y clásicos que acarrean los pueblos convertidos al islamismo. Sobre
todo ese conjunto multiforme y heterogéneo se erguía poco a poco una cultura de definido
estilo, de prodigiosa riqueza, de probado vigor, dentro de cuyas formas habría de proseguir
su ruta la cultura del occidente.
Los rasgos peculiares de la creación medieval suscitan en el observador todos los demás,
porque hay entre ellos una profunda y radical coherencia. Y parejamente, un ligero
panorama de las manifestaciones en que ese espíritu se encarna. El rasgo decisivo de la
creación medieval es la presencia del trasmundo en constante y variado juego con la
imagen del mundo sensorial. Ese trasmundo multiforme y diverso, se impone a través de la
experiencia mítica, a través de la poética adivinación de los misteriosos que anida en el
celta. El paraíso cristiano vale como la misteriosa Avalón donde aguarda y reposa el rey
Arturo, o como el umbrío territorio que pueblan los endriagos, los genios y las hadas. Antes
de toda precisión, antes de todo dogma, el trasmundo vibra en el espíritu medieval como el
resultado de una experiencia poética, metafísica o cognoscitiva. La realidad y la irrealidad
se confunden y se entrecruzan constantemente y el prodigio parece revelar lo ignoto y
escondido tras la superficie del mundo sensible, de este modo la verdadera realidad es la
suma de la realidad sensible y de la realidad intuida. De esta curiosa interpenetración de
mundo y trasmundo surge la peculiaridad de tantas ideas medievales, secretos a su vez de
otras tantas manifestaciones de la cultura.
Se coloca en el siglo V el comienzo de la Edad Media, y resulta arbitrario y falso fijarlo con
excesiva precisión en el tiempo. Hay una reconsideración del proceso que lleva desde el
bajo Imperio hasta la temprana Edad Media, etapas en las que parecen hallarse las fases
sucesivas de la transformación que luego se ofrecería con precisos caracteres. De modo que
parece justificado el criterio de entrar en la Edad Media no por la puerta falsa de la supuesta
catástrofe producida por las invasiones, sino por los múltiples senderos que conducen a ella
desde el bajo Imperio.
El bajo imperio corresponde a la época que sigue a la larga y profunda crisis del, siglo ni,
en la que tanto la estructura como las tradiciones esenciales de la romanidad sufren una
aguda y decisiva convulsión. Si el siglo II había marcado el punto más alto del esplendor
romano, con los Antonmos, el gobierno de Cómodo (180-192) precipitó el
desencadenamiento de todas las fuerzas que socavaban el edificio imperial. Tras él se inició
la dinastía de los Severos, cuyos representantes trajeron a Roma el resentimiento de las
provincias antaño sometidas y con él la voluntad de quebrar el predominio de sus
tradiciones para suplantarlas por las del África o la Siria.
Desde entonces, y más que nunca, la fuerza militar fue el apoyo suficiente y necesario del
poder, político, que los ejércitos regionales empezaron a otorgar con absoluta
irresponsabilidad a sus jefes. Roma perdió gradualmente su autoridad como cabeza del
imperio, y en cambio, las provincias que triunfaban elevando al trono a uno de los suyos
adquirían una preeminencia incontestable.
Después, comenzó el oscuro periodo que suele llamarse de la "anarquía militar". Los
distintos ejércitos regionales impulsaron a sus jefes hacia el poder y se suscitaron reiterados
conflictos entre ellos quede y se suscitaron reiterados conflictos entre ellos que debilitaron
el imperio en sumo grado. Al mismo tiempo gobernaban en diversos lugares varios jefes
militares, que se decían legalmente investidos con el poder imperial y cuya mayor
preocupación era eliminar a sus rivales. Algunos de ellos se desentendieron de esa
aspiración y se limitaron a establecer la autonomía de su área de gobierno, como Postumo
en Galia y Odenato en Palmira. Y entretanto, las primeras olas de invasores germánicos se
lanzaban a través de las fronteras y ocupaban vastas provincias saqueándolas sin encontrar
oposición eficaz.
Sin embargo, el mismo instrumento militar que había desencadenado en buena parte la
catástrofe podía todavía servir para contenerla si alguien conseguía ajustar su
funcionamiento. Era necesario suprimir los últimos vestigios del orden republicano,
celosamente custodiados por los Antoninos, y ceder a las crecientes influencias orientales
que apuntaban hacia una autocracia cada vez más enérgica. Cuando Claudio II y Aureliano
comenzaron a restablecer el orden, expulsando .a los invasores y sometiendo a una sola
autoridad todo el territorio del imperio, estaban echando al mismo tiempo las bases de un
nuevo orden político -el dominatus- que perfeccionaría poco después Diocleciano. La
diadema y el manto de púrpura, que Aureliano adoptó, la genuflexión que Diocleciano
impuso a sus súbditos a modo de saludo, no eran sino signos exteriores de una realidad
profunda: el imperio imitaba a la autocracia persa y procuraba organizarse bajo la celosa y
omnímoda voluntad de un amo y señor que, apoyado en una vigorosa fuerza militar,
pudiera imponer el orden aun costa de la renuncia a todas las garantías que, en otros
tiempos, ofrecía el derecho tradicional.
Entre las medidas con las que Diocleciano quiso restaurar la unidad del imperio se cuenta
una terrible persecución contra los cristianos en beneficio de los tradicionales cultos del
estado romano; pero el cristianismo -una religión oriental que, como otras, habíase
infiltrado en el imperio- tenía ya una fuerza inmensa y la acrecentó aún más en los años de
la persecución. Diocleciano fracasó, pues, en su intento, pero poco después Constantino,
que perseveró en los ideales autocráticos que aquél representaba, decidió ceder a la fuerza
de la corriente y luchó por lograr la unidad mediante una sabia y prudente tolerancia. Peto
poco después el emperador Teodosio había de volver a la política religiosa de Diocleciano
invirtiendo sus términos y estableció el cristianismo como religión única iniciando la
persecución de los que empezaron por entonces a llamarse "paganos".
No fue éste el único esfuerzo de Teodosio en favor de la agonizante unidad del imperio.
Había llegado al poder cuando se cernía la amenaza de graves y terribles acontecimientos,
pues los hunos, un pueblo mongólico de las estepas, se habían lanzado hacia las fronteras
romanas y habían obligado a los visigodos a refugiarse dentro de los límites del imperio.
Pacíficos al principio, los visigodos se mostraron luego violentos y fue necesaria una sabia
combinación de prudencia y de vigor para contemporizar con ellos. Teodosio triunfó en su
empresa, y mientras duró su gobierno (379-395) mantuvo a los invasores en las tierras que
les habían sido adjudicadas, en virtud de un tratado que tenía algo de personal; y,
efectivamente; a su muerte los visigodos se consideraron en libertad y comenzaron de
nuevo sus correrías. La crisis del siglo ni abrió en la vida del Imperio romano una nueva era
que puede caracterizarse como la época de disgregación de esa formidable unidad política y
cultural constituida con tanto esfuerzo en los siglos inmediatamente anteriores. Pero esa
época de disgregación comienza con un vigoroso y desatentado intento de salvación,
realizado por los emperadores que instauran la autocracia, y de los cuales las dos más
grandes figuras son Diocleciano y Constantino. Su esfuerzo estuvo destinado a contener la
crisis que amenazaba todos los aspectos de la vida romana; y esa crisis, así como los
remedios. Que se intentaron para resolverla, caracteriza tanto esta época del bajo Imperio
como la que le siguió inmediatamente y se prolonga hacia la temprana Edad Media.
La crisis acusaba una marcada intensidad en el campo deja vida economicosocial. Acaso el
fenómeno más significativo de la economía fuera, en el periodo inmediatamente anterior, la
progresiva disminución numérica de la clase servil, sobre la que reposaba todo el edificio
de la vida económica. Esa circunstancia acrecentó el número de los colonos libres y
transformó en alguna medida el régimen de la explotación; pero influyó sobre todo por sus
derivaciones, porque provocó poco a poco un éxodo rural de incalculables consecuencias.
Se produjo así una acentuada concentración urbana, de la que es signo, por ejemplo, la
fundación de Constantinopla en 326 y su rápido crecimiento.
El abandono de los campos era la respuesta debida al crecimiento del latifundio, y ambos
fenómenos debían traer aparejada una notable disminución de la producción; y esto no sólo
con respecto al trabajo rural, sino también respecto al trabajo del artesanado, conmovido
por la convulsión económica y social que aquéllos habían desencadenado. Estos hechos
amenazaron la existencia misma del imperio y acompañaban y provocaban -en un ritmo
alternado- la crisis política.
Como en otros aspectos, también en éstos pareció que la solución estaba en acentuar la
intervención del estado, y Diocleciano comenzó una severa política de control de la
producción y los precios. Sin reparar en las consecuencias, dispuso atar a los individuos a
sus tradicionales ocupaciones y prohibió que se abandonaran, de modo que el colono debía
seguir trabajando la tierra y los artesanos y soldados debían permanecer en sus oficios aun
contra sus intereses y deseos. Ello dio lugar a la aparición de las clases profesionales -que
perduraron hasta la Edad Media- y restringió la libertad de las clases no terratenientes.
Porque éstas, naturalmente, escaparon a esas medidas y se beneficiaron con ellas, al menos
transitoriamente, robusteciendo su posición social y económica. Del mismo modo "decretó
la baratura", como se ha dicho, estableciendo por edicto precios máximos que en verdad,
sólo sirvieron para retirar del mercado muchos productos y establecer un comercio ilegal
sobre la base de precios aún más altos que antes.
Pero el intervencionismo estatal en materia económica parecía ser la única solución al
grave problema, y surgía de espíritus orientados ya definidamente hacia una centralización
política cada vez más absoluta. La consecuencia fue, como de costumbre, una polarización
de las clases económicas, pues los latifundistas -que constituían también la clase de los
altos funcionarios de la burocracia imperial- se hicieron cada vez más ricos mientras crecía
el pauperismo de las clases trabajadoras. Este fenómeno caracterizó la fisonomía social del
bajo Imperio y se trasmitió a los estados occidentales de la temprana Edad Media con
semejantes características.
Pero la crisis económica, social y política correspondía, naturalmente, a una profunda crisis
espiritual. Como el orden político tradicional, también parecía sometido a profunda revisión
el sistema de los ideales de la romanidad tal como había sido conducido hasta su más alto
esplendor por los Antoninos. Quien recorra la literatura latina posterior al siglo III
reconocerá la distancia que la separa de Cicerón, de Virgilio y de Horacio, y no sólo en
cuanto a calidad, sino también en cuanto a los supuestos profundos que la nutren. Nuevas
inquietudes y nuevas aspiraciones anidan en ella, visibles también en otras manifestaciones
de la vida espiritual.
Entre todas las influencias, las de las religiones orientales, y en particular el cristianismo,
fueron sin duda las más extensas y decisivas. La vieja religión del estado romano era
impotente para canalizar las inquietudes de una humanidad convulsionada y que había
perdido la confianza en sus ideales tradicionales. De ese modo, el antiguo caudal de las
religiones de salvación se enriqueció hasta desbordar y arrasó con todos los formalismos
que se le oponían hasta alcanzar a muy diversas capas del conglomerado social. Las
religiones de Mitra y del Sol, y sobre todo el cristianismo, empezaron a recibir la adhesión
de grupos cada vez más numerosos, y muy pronto la vieja fe romana, reducida a meras
supersticiones y creencias de escaso contenido, se vio relegada algunas regiones rurales -
pagi- , de las que sacaron su nombre sus últimos devotos, los paganos de que hablaban los
propagadores y defensores del cristianismo. Sin duda hubo todavía, y por algún tiempo,
altos espíritus que pensaban en la identidad de los antiguos dioses y del estado imperial,
considerando, en consecuencia, que el abandono de aquéllos traería consigo la quiebra del
orden político y social. No estaban equivocados en cierto sentido, en cuanto a la educación.
Pero la causa era más honda, y la defensa que intentaron no alcanzó repercusión profunda.
Y hasta el estado se adhirió finalmente a la fe cristiana, tolerándola primero y oficiándola
luego para tratar de aprovechar la creciente influencia de la Iglesia. De ese modo la Iglesia
cristiana comenzó a modelarse según los esquemas del estado romano, y a influir cada vez
más intensamente en la elaboración de una nueva concepción de la vida que, si entrañaba
algunos elementos de la romanidad, aportaba otros de innegable raíz oriental. Pues el tras
mundo adquirió en los espíritus una significación cada vez más alta, y la gloria terrenal -la
de los magistrados y los legionarios- comenzó a parecer pálida en comparación con la que
ofrecía la bienaventuranza eterna.
El emperador Teodosio murió en 395 y legó el imperio que él había conseguido reunir en
sus manos a sus dos hijos. Honorio fue desde entonces emperador del Occidente y Arcadio
del Oriente, cada uno de ellos bajo la tutela y dirección de un antiguo privado del
emperador. En principio, los dos Augustos debían recordar la inviolable unidad del
imperio, pero en los hechos la política de sus consejeros y las circunstancias los obligaron a
conducirse como dos soberanos enemigos.
La muerte de Teodosio significó para los visigodos la ruptura del pacto de amistad con el
imperio, y su jefe, Aladeo, comenzó una campaña de depredaciones en la península
balcánica. Arcadio recurrió entonces a un ardid y, pretextando una disputa por la Iliria,
lanzó a los visigodos sobre el Imperio occidental, en el que los visigodos se instalaron
definitivamente. Poco después, en 406, otras tribus germánicas invadían el territorio
cruzando la desguarnecida frontera del Rin, y en poco tiempo el Imperio occidental se vio
cubierto por las olas germánicas que buscaban dónde instalarse y que, entretanto,
humillaban el trono imperial hasta reducirlo a una total impotencia.
Desde 423, Valentiniano III sucedió en el trono a Honorio y trató de canalizar a los
invasores asimilándolos a las tropas mercenarias que desde antiguo poseía el imperio a su
servicio; pero cada vez era más ficticio el control imperial. Los jefes bárbaros mandaban en
los hechos, y desde 455, en que murió Valentiniano, dispusieron del trono para otorgarlo a
sus protegidos. El imperio no era ya sino una sombra,' y en, 476 fue depuesto Rómulo
Augústulo sin que nadie pensara en designar un sucesor.
El hecho decisivo es la ocupación del territorio por numerosos pueblos germánicos que se
establecen en distintas regiones y empiezan a operar una disgregación política de la antigua
unidad imperial. El cruce de la frontera del Rin por los pueblos bárbaros que ocupaban la
orilla opuesta del río, en 406, inaugura una nueva época, y poco después verdaderos reinos
se erigen en las comarcas conquistadas.
Tres grupos invasores -los suevos, los vándalos y los alanos- se dirigieron hacia la
península ibérica y se instalaron en ella; los suevos se fijaron en Galicia, los alanos en
Portugal y los vándalos en la región meridional de España, que de ellos tomó el nombre de
Andalucía. Al mismo tiempo, los anglos, los jutos y los sajones cruzaron el Mar del Norte y
ocuparon la Bretaña, estableciendo numerosos reinos independientes. Y por su parte, los
burgundios, tras una etapa temporal en el valle del Rin, se dirigieron hacia la Provenza,
donde fundaron un reino.
Entretanto, el imperio conservaba la Galia del norte, pues al sur del Loira fueron
establecidos, con autorización de Roma, los visigodos, a quienes después encomendó el
emperador que limpiaran de invasores a España; esta medida no debía tener otra
consecuencia que la formación de un reino visigodo en España y el sur de Francia, pues los
jefes visigodos lograron poco a poco expulsar o someter a quienes les habían precedido en
la ocupación de la península. De ese modo sólo la parte septentrional de la Galia
permanecía en manos del imperio, además de Italia.
Pero la situación en esta última era cada vez más difícil para los emperadores, que eran
prácticamente instrumentos de los reyes bárbaros a causa del ascendiente que éstos poseían.
Por fin, cuando el trono imperial pareció incomodar, uno de ellos, Odoacro, no vaciló en
dejarlo vacante y quedarse como señor de Italia. Pero Odoacro no pudo aprovecharse por
largo tiempo de su audacia. El emperador de Oriente decidió recuperar lapenínsula y
encomendó al rey de los ostrogodos, Teodorico, que se encaminara hacia ella desde las
tierras que ocupaba al norte del Danubio con el objeto de ponerla nuevamente bajo la
autoridad imperial. Teodorico asumía así el papel de representante del poder imperial, y en
tal carácter derrotó a Odoacro en 493; pero en los hechos instauró un reino ostrogodo
independiente en Italia. Pocos años antes, Clovis, rey de los francos, había cruzado el Rin
con su pueblo y se había establecido en la Galia septentrional. Nada quedaba, pues, al
finalizar el siglo V, del antiguo Imperio de Occidente, sino un conjunto de reinos
autónomos, generalmente hostiles entre sí y empeñados en asegurar su hegemonía.
Fundado por Teodorico en 493, después de su victoria sobre Odoacro, el reino ostrogodo se
organizó durante el largo periodo en que lo rigió su fundador, cuya muerte acaeció en 526.
Por su fuerza militar, por su habilidad política y por h sabia prudencia con que interpretó la
situación de los conquistadores en las tierras del viejo imperio, Teodorico alcanzó una
especie de indiscutida hegemonía sobre los demás reyes bárbaros, la que contribuía además
eficazmente el prestigio que conservaba Italia. Teodorico aspiraba a legitimar su poder, que
en realidad había usurpado prevaliéndose de la autoridad que le había sido conferida por el
emperador de Bizancio; para ello trató de mantener siempre las mejores relaciones con el
imperio y ajustar su conducta a ciertas normas que no suscitaran resistencia en
Constantinopla. Eligió como colaboradores a nobles e ilustres romanos -entre ellos
Casiodoro y Boecio, el filósofo-, y legisló prudentemente para asegurar los derechos civiles
de los sometidos sin menoscabo, sin embargo, de la autoridad militar y política de los
conquistadores. En este sentido, su política fue imitada en mayor o menor medida por los
otros reinos romanogermánicos y sentó los principios que caracterizaron la época.
Sólo en los últimos tiempos de su vida chocó con el gobierno de Constantinopla, pues
abrigó la sospecha de que en la corte imperial se intrigaba contra él para despojarlo de su
reino. La represión fue dura y cayeron en desgracia los romanos que consideraba cómplices
de Bizancio, a quienes sucedieron en los más altos cargos los nobles ostrogodos. Pero las
líneas generales de su política no se alteraron fundamentalmente, y perduraron a través del
gobierno de sus sucesores. Empero, la simiente de la discordia con el imperio fructificó. La
hostilidad contra la población romana creció poco a poco, y el imperio bizantino, que había
adquirido un renovado esplendor con Justiniano, emprendió una larga campaña contra el
reino ostrogodo que terminó, al cabo de casi veinte años, con su caída. La Italia se
transformó entonces en una provincia bizantina y el reino ostrogodo no dejó sino la huella
de una sabia política de asimilación de los sometidos, que trataron de imitar en diversa
medida los reyes de los otros estados romano germánicos.
También fue efímero el reino burgundio, que se manifestó desde el primer momento como
el más afín con el imperio. También allí los reyes trataron de armonizar los dos grupos
sociales en contacto –conquistados y conquistadores- y la legislación reflejó ese anhelo.
Pero, e! reino burgundio, limitado a la Provenza, era demasiado débil para resistir el
embate del vigoroso pueblo franco que, instalado primeramente en la Galia septentrional,
aspiró luego a reunir toda la región bajo su autoridad. Así, uno de los hijos de Clodoveo
consiguió apoderarse de él en 534, anexándolo a sus dominios.
En cambio, el reino visigodo duró más tiempo. Extendido al principio sobre la Galia y
España, se vio circunscrito a esta última región debido a la derrota que,en 507, sufrió frente
a los francos en Vouglé. Su capital fue desde entonces Toledo, y los reyes visigodos
sufrieron durante algún tiempo la tutela del ostrogodo Teodorico, quien les impuso su
política, prudente frente a los romanos sometidos, - pero reticente frente a Constantinopla.
Los visigodos sufrieron la invasión de los bizantinos, pero sin perder por ella sino escasos
territorios; y al cabo de algún tiempo lograron expulsarlos, aun cuando habían sufrido
fuertemente su influencia. Quizá a ella se debió en parte la adopción definitiva del
catolicismo ortodoxo, que decretó Recaredo en 587. El reino subsistió hasta principios del
siglo VIII en que sucumbió a causa de la invasión de los musulmanes, victoriosos en la
batalla de Guadalete, tras de la cual ocuparon el territorio visigodo, excepto algunos valles
del. Cantábrico (713).
Con ligeras modificaciones, puede decirse que subsisten aún los reinos bretones y el reino
franco. Los anglos, los jutos y los sajones fundaron en un principio numerosos estados
autónomos, pero muy pronto se agruparon en tres núcleos bien definidos: Northumbria,
Mercia y Wessex, que se sucedieron en la hegemonía hasta el siglo IX. Alrededor de éstos,
otros estados menores -como Kent, Essex, Surrey, etc- hicieron el papel de satélites. Si en
ellos los pueblos germánicos conservaron sus características fue a causa del éxodo de las
poblaciones romanizadas -que no lo estaban mucho, por otra parte.
En cuanto al reino franco, fundado por Clovis, se repartió entre sus descendientes a su
muerte (521), y surgieron de él varios estados que lucharon frecuentemente entre sí y
fueron a su vez disgregándose en señoríos cuyos jefes adquirieron más y más autonomía.
La dinastía de Clovis -conocida con el nombre de dinastía merovingia- mantuvo el poder,
pero vio decrecer su autoridad debido a su ineficacia. Poco a poco, desde fines del siglo vn,
adquirieron en cambio mayor poder los condes de Austrasia, uno de los cuales, Carlos
Martel, adquirió gloria singular al detener a los musulmanes en la batalla de Poitiers (732).
Su hijo, Pipino el Breve, depuso finalmente al último rey merovingio y se hizo coronar
como rey, inaugurando la dinastía carolingia, en la que brillaría muy pronto su hijo
Carlomagno, a quien se debió la restauración del Imperio de Occidente, con algunas
limitaciones.
El periodo que transcurre entre los últimos tiempos del bajo Imperio y la constitución del
nuevo Imperio carolingio (hacia 800), se caracteriza, pues, por la presencia de los reinos
romanogermánicos, todos los cuales tienen algunos caracteres semejantes, que reflejan la
fisonomía general del periodo. En general, todos ellos tuvieron que afrontar los mismos
problemas, derivados de la ocupación de un país de antigua civilización -que los
conquistadores admiraban, por cierto-, en el que debían coexistir vencidos y vencedores
dentro de un régimen que permitiera a los últimos el goce de su victoria y a los primeros su
lenta incorporación al nuevo orden. El resultado de la política puesta en práctica por los
conquistadores fue beneficioso, y de ella derivaron los estados medievales, raíz de los
estados modernos de la Europa occidental.
Políticamente, se constituyeron monarquías en las que la tradición estatal romana
desempeñó un papel decisivo. El absolutismo del bajo Imperio y las tradiciones jurídicas y
administrativas que lo acompañaban triunfaron poco a poco sobre las tradiciones
germánicas que, por el momento, empalidecieron, aunque volverían a resurgir en la época
feudal. Económicamente, la crisis típica del bajo Imperio se acentuó y continuaron de
cayendo las ciudades y el comercio, en tanto que se evolucionaba hacia una economía
predominantemente rural.
Desde el punto de vista religioso, la Iglesia romana hizo lentos, pero firmes progresos.
Heredera de la tradición romana, se organizó a su imagen y semejanza y constituyó el
reducto en que se conservó la tradición ecuménica del imperio. Por la conversión de los
distintos pueblos a su fe, llegó a adquirir extraordinaria importancia, visible en el campo de
la política, pero también, y sobre todo, en el de la cultura. A ella pertenecieron las grandes
figuras de la época: Isidoro de Sevilla, Gregorio de Tours y otros muchos. Ella fue también
la que defendió y conservó la lengua latina, de la cual habrían de salir los nuevos idiomas
nacionales, en cuya base estaba el signo de la perpetuación de la influencia romana.
El Imperio Bizantino
Consumada la división del imperio en 395, el Oriente quedó en manos de los emperadores
de Constantinopla, cuya primera actitud fue afirmar teóricamente sus derechos sobre el
Occidente, pero preocuparse sobre todo de defender su propio territorio. Ésta fue la
orientación de los emperadores del siglo v, debido a la cual se manifestó una acentuada
tendencia a la afirmación de los elementos griegos y orientales con detrimento de la
tradición romana propiamente dicha. Esa tendencia estaba alimentada en parte por la misma
Constantinopla, pero más aún por las provincias orientales Tras el reinado de Arcadio (395-
408), subió al trono Teodosio JI, que rigió el imperio hasta 450. Durante ese largo periodo,
las dificultades internas y externas fueron graves y numerosas, pues el peligro de las
invasiones se cernía constantemente sobre el imperio y, entretanto, los conflictos internos
arreciaban. Para precaverse contra los enemigos internos, Teodosio II ordenó la
construcción de una gran muralla que protegía, la frontera septentrional; pero las
dificultades interiores no podían solucionarse tan fácilmente, pues provenían de la
hostilidad entre los distintos grupos cortesanos y, sobre todo, de las controversias religiosas
que se suscitaron a raíz de la posición teológica adoptada por Nestorio. La larga polémica
doctrinaria y las pasiones desatadas por ella, así como también las rivalidades que se
manifestaban entre el patriarcado de Alejandría y el de Constantinopla, pusieron en peligro
la estabilidad del imperio. Sin embargo, Teodosio pudo llevar a cabo dos obras que han
salvado su nombre: la ordenación del código que por él se llama teodosiano, y la fundación
de la universidad de Constantinopla.
A su muerte, nuevas dificultades surgieron debido a la lucha por el poder. Tras el breve
reinado de Marciano subió al trono León I (457-474), cuyo poder fue sostenido por las
tropas mercenarias de origen isaurio que trajo a Constantinopla para contrarrestar las tropas
germánicas que hasta entonces predominaban y le eran hostiles. La rivalidad entre los
grupos armados prestaba mayor peligrosidad a las querellas palaciegas que distraían la
atención de la capital imperial, y a la larga los isaurios lograron imponerse hasta el punto de
consagrar como emperador, a la muerte de León I, a uno de entre ellos, Zenón, que ocupó
el trono hasta 491.
A Zenón se debió el intento de reconquistar Italia, para lo cual envió a Teodorico Amalo,
rey de los ostrogodos, para que sometiera a Odoacro. Este intento revela que
Constantinopla no creía llegado el momento de abandonar definitivamente la parte
occidental del imperio, aun cuando comprendía la imposibilidad de llevar una política
enérgica por sus propios medios. El fracaso, debido a la autonomía alcanzada en los hechos
por Teodorico, condujo al sucesor de Zenón, Anastasio (491-518), a modificar sus líneas
políticas, sosteniendo que los intereses del imperio estaban principalmente en el Oriente. Y
no se equivocaba, pues tuvo que soportar no sólo repetidas olas de invasores eslavos y
búlgaros, sino también el desencadenamiento de la guerra por los persas, que desde 502
hasta 505 tuvieron en jaque al imperio. Pero el definitivo abandono del Occidente no cabía
todavía en la tríente de los herederos de la tradición romana, y la dinastía justiniana, que
empezó tras la muerte de Anastasio, retomó el programa de la reconquista de la perdida
mitad del imperio.
Justino I, emperador desde 518 hasta 527, era un campesino ilírico que no carecía de
habilidad, y a quien ayudó en el delineamiento de una nueva política su sobrino Justiniano,
destinado a sucederle en el trono. El eje de esa política era la reanudación de las relaciones
con el Occidente, y por eso procuró Justiniano reconciliarse con el papado, después de los
conflictos que se habían producido entre ambos poderes a causa de las querellas religiosas.
Esa reconciliación le atrajo las simpatías de la población romana de Italia, que,
inversamente, se manifestó cada vez más hostil a los reyes ostrogodos. Quedaba así abierta
la puerta para un intento militar, que debía llevar a cabo Justiniano, en el trono a partir de
527 y hasta 565. Justiniano, en cuyo gobierno ejerció particular influencia su esposa
Teodora, tuvo que afrontar una situación interior delicadísima que, finalmente, desembocó
en una conspiración que sólo pudo vencer con grandes esfuerzos.
Pero desde entonces su poder sé hizo cada vez más firme, y concibió grandes proyectos,
tanto desde el punto de vista de la organización interna del estado como en cuanto se refería
a la política exterior. Los persas y los pueblos eslavos y magiares que estaban al acecho tras
las fronteras septentrionales obligaron a Justiniano a consagrar una constante atención al
problema de la seguridad del imperio, y no solamente perfeccionó el sistema de
fortificaciones, sino que también procuró acrecentar, los recursos del fisco, mediante una
importante reforma financiera y administrativa, con el objeto de disponer de los medios
necesarios para mantener un ejército numeroso y eficaz.
Su concepción general de los intereses del imperio le aconsejó llegar a una paz con los
persas para poder dedicar su atención al Occidente. Una vez lograda, volcó sobre el
Mediterráneo sus poderosas fuerzas, que, al mando de Belisario, dieron fin primeramente al
reino vándalo del norte de África (533). Poco después comenzaban las operaciones contra
los ostrogodos de Italia; pero aquí las cosas no tuvieron un curso tan favorable, pues la
resistencia de los germanos y las intrigas de la corte -que obligaron a alternar en el mando
del ejército a Belisario y a Narsés-, dilataron la resolución de la campaña hasta 553/ Ese
año, en efecto, Italia quedó definitivamente libre de ostrogodos, y Constantinopla pudo
organizaría como provincia romana. Entretanto, Justiniano llevaba a cabo otras empresas
no menos importantes. Fuera de la reorganización interior, que echó las bases del estado
bizantino propiamente dicho, se preocupó por los conflictos religiosos para asegurarse una
autoridad indiscutida frente a la Iglesia. Como ortodoxo, suprimió la universidad de
Constantinopla, que se consideraba como un reducto de la tradición clásica, y en cuanto
administrador, se preocupó por establecer un sistema jurídico ordenado mediante las
sucesivas compilaciones de derecho que mandó hacer. Sí se recuerda la elección de la
catedral de Santa Sofía, se tendrá, finalmente, un cuadro de los principales aspectos de su
labor. Al morir Justiniano, parecía a los devotos de la tradición romana que la pesadilla de
las invasiones comenzaba a desvanecerse. Pero no era sino una ilusión pasajera, y peco
después la obra del gran emperador se vería amenazada por nuevos y más poderosos
enemigos.
La época que siguió a la muerte de Justiniano fue oscura y difícil. Ninguno de los
emperadores que gobernaron por entonces reunió el conjunto de cualidades que se requería
para hacer frente a los disturbios interiores, a las rivalidades de los partidos -verdes y
azules, según sus preferencias en el hipódromo-, a las querellas religiosas y, sobre todo, a
las amenazas exteriores. Era necesario mantener un ejército poderoso, que consumía buena
parte de los recursos imperiales, y con él se mantenía dentro de las fronteras un poder que
se sobreponía con frecuencia al emperador.
Pero el ejército era cada vez más imprescindible. Los lombardos se lanzaron sobre Italia y
se apoderaron de buena parte de ella; los avaros entraron a través del Danubio, y fue
necesario apelar a toda suerte de recursos para contenerlos; y, finalmente, los partos
desencadenaron en 572 una guerra contra, el imperio que debía durar hasta 591, poco antes
de que recomenzara la ofensiva de avaros y eslavos en la frontera septentrional.
En esta ocasión, el ejército se sublevó y llevó al trono a Focas, cuyas crueldades y torpezas
condujeron a una situación grave. Sólo pudo salvarla, oponiéndose al mismo tiempo al
avance de nuevos enemigos, una figura vigorosa que hizo por entonces su entrada en el
escenario de Constantinopla: el exarca de Cartago, Heraclio, que gobernó desde 610 hasta
641, en una de las épocas más características del Imperio bizantino.
Nunca como entonces, en efecto, estuvo en mayor peligro, y nunca como entonces pudo
realizar un esfuerzo tan vasto y eficaz. No sólo la situación interior era grave por las
discordias y rivalidades de los diversos grupos y las querellas religiosas, sino que también
era dificilísima la situación exterior. Mientras los eslavos y los avaros amenazaban la
frontera septentrional, los persas se preparaban para el más vigoroso ataque que hasta
entonces llevaran contra el imperio. En 612 -dos años después de la llegada de Heraclio al
poder-, los persas lanzaron la invasión contra Capadocia, y desde ese momento progresaron
aceleradamente dentro del territorio imperial. Desde 612 hasta 619 hicieron notables
progresos y se apoderaron sucesivamente de Siria, Palestina, el Asia Menor y el Egipto, sin
que los desesperados esfuerzos de Heraclio pudieran contenerlos. Más aún, el emperador
empezó a desalentarse y fueron necesarias las invocaciones del patriarca Sergio y el dinero
de la Iglesia para que Heraclio se decidiera a reorganizar una fuerza suficientemente
poderosa como para repeler el ataque. Desde 619 hasta 622, y a pesar de que los eslavos y
los avaros habían llegado entonces para golpear enérgicamente las fronteras, Heraclio
preparó un poderoso ejército con el que se lanzó contra los invasores persas después de
haber pactado con los avaros.
Desde 622 hasta 626 las operaciones marcharon con cierta lentitud. En este último año, los
persas y los avaros unidos pudieron poner sitio a Constantinopla, que estuvo a punto de
sucumbir y se salvó difícilmente. Pero a partir de 626 Heraclio consiguió sobreponerse a
los persas y tres años después había conseguido arrebatarles sus conquistas. Pero el
esfuerzo había sido demasiado grande y los dos ejércitos estaban exhaustos, de modo que
ambos imperios quedaron a merced de una nueva potencia militar y conquistadora que
empezaba a levantarse en el Oriente: los árabes.
En efecto, en 634 se lanzaron los árabes contra la Siria, de la que se apoderaron al cabo de
dos años, pese a los esfuerzos del imperio, y poco después iniciaron una campaña victoriosa
que les proporcionó el dominio de Persia. Justamente al morir Heraclio se dirigieron contra
el Egipto, cuya conquista concluyeron en 642, y los sucesores del emperador durante el
siglo VII vieron la progresiva expansión de los árabes que, a fines del mismo, se
apoderaron del norte de África.
La crisis interior fue, entretanto, agudizándose. Los distintos grupos que aspiraban al poder
y las encontradas direcciones religiosas que, en general, respondían a actitudes favorables u
hostiles al papado romano, condujeron al imperio a una situación desesperada que hizo
crisis hacia 695, en que comenzó una era de anarquía que se prolongó hasta 717, y que se
inicia precisamente cuando concluye una era similar en el mundo musulmán, durante cuyo
transcurso habíase paralizado su expansión. La consecuencia fue que los árabes
recomenzaron el asedio del imperio y le arrebataron nuevas provincias en el Asia Menor.
La salvación del imperio estaba reservada a un jefe militar de origen isáurico, León III, que
fue impuesto por las tropas como emperador en 717. Con mano firme reorganizó el
régimen interior y logró contener a los musulmanes en 739, fijando definitivamente el
límite de su expansión septentrional en los montes Taurus, con lo cual el Asia Menor
permanecía dentro ' de los límites de Bizancio. Pero León III optó decididamente por uno
de los grupos religiosos que mayor fuerza tenían en su país de origen, el Asia Menor, y que
se conoce con el nombre de "iconoclastas" porque sostenían la necesidad de abolir el culto
de las imágenes. El triunfo de los iconoclastas condujo a una ruptura con Roma y el mundo
occidental, precisamente en la época en que el Occidente iba a unirse bajo la corona
imperial de Carlomagno, cuyo lema debía ser la defensa de la fe romana.
El Mundo Musulmán
A partir de los primeros tiempos del siglo VII la historia de la cuenca del Mediterráneo se
encuentra convulsionada por la aparición de un pueblo conquistador que trastrueca todo el
orden tradicional: los árabes, que bien pronto se pondrán a la cabeza de un vasto imperio
internacional unificado por una fe religiosa.
Hasta entonces, los árabes no constituían sino un pueblo preferentemente nómade, dividido
en infinidad de pequeñas tribus dispersas por el desierto de Arabia e incapaces de cualquier
acción que sobrepasara sus fronteras. Adoradores de ídolos, su politeísmo era extremado y
no tenía otra limitación que el culto de la Piedra Negra que se veneraba en la Kaaba, un
santuario situado en La Meca al que concurrían los árabes en peregrinación anual. Su
organización política y económica correspondía a la de los pueblos nómades del desierto, y
nada podía hacer sospechar al Imperio bizantino o a los persas que en ellos se escondía la
fuerza necesaria para la formidable conquista que emprendieron más tarde.
La galvanización del pueblo árabe fue obra de un profeta, Mahoma, que lo convirtió a un
monoteísmo militante, de raíz judeocristiana, pero teñido con caracteres propios y
originados en la propia naturaleza.
Mahoma pertenecía a la familia de los coreichitas; a la que estaba confiada la custodia de la
Kaaba, y se dedicó durante algún tiempo al comercio. Los viajes le proporcionaron el
conocimiento de otras costumbres y otras ideas distintas a las de su pueblo, y especialmente
del monoteísmo que practicaban las comunidades judías y cristianas de la Siria y el norte de
la Arabia. Cuando un cambio de fortuna, derivado de su matrimonio con Cadija, le
proporcionó el ocio necesario para dedicarse a la meditación, comenzó a elaborar un
pensamiento místico que, sin poseer gran originalidad, estaba movido por una fe ardiente y
una inmensa capacidad de difusión.
Así nació la fe islámica, alrededor de la creencia en un dios único, Alá. Mahoma hizo
algunos progresos en la catequesis, hasta que se le consideró peligroso y se vio obligado a
huir de La Meca en 622. La huida o "hégira" constituye el punto de partida de la era
musulmana, y desde entonces Mahoma se radicó en Yatreb, que por él se llamó más tarde
Medinat-an-Nabí, esto es, "la ciudad del profeta", o Medina. Allí continuó Mahoma su
catequesis, con más éxito que en La Meca, pues la proximidad de las comunidades judías y
cristianas hacía en aquellas comarcas menos extraño el monoteísmo.
La Meca cayó en poder de Mahoma en 630 y el triunfo de Alá comenzó a ser admitido por
todos. Las diversas tribus árabes reconocieron poco a poco a Mahoma como profeta del
verdadero y único Dios, unas por la fuerza y otras por la razón. Y cuando murió, en el año
décimo de la Hégira -632 de la era cristiana-, su misión parecía cumplida, luego de haber
dado a su pueblo una unidad de que carecía y un ideal para la lucha.
La doctrina del profeta quedó consignada en el Corán, parte del cual fue escrito por sus
discípulos en tanto que muchos fragmentos sólo fueron conservados en la memoria hasta
algún tiempo después. Sólo en 653 se ordenó definitivamente el texto por orden del califa
Otmán, dividiéndolo en 114 capítulos. Como en la Biblia, hay allí fragmentos históricos,
enseñanzas, consejos, ideas religiosas y morales, un conjunto de elementos, en fin, sobre
los cuales los musulmanes podrían no sólo ordenar sus creencias, sino también su vida
civil. Los puntos fundamentales del dogma son la creencia en un dios único, Alá; en los
ángeles y en los profetas, el último de los cuales, Mahoma, ha traído a los hombres el
mensaje definitivo de Dios; en el Corán y sus prescripciones; en la resurrección y el juicio,
y, finalmente, en la predestinación de los hombres según la insondable voluntad de Alá.
Cada uno de estos puntos fue objeto de una considerable exégesis por parte de los
comentaristas, pues era necesario aclarar su sentido, ya que se advertían contradicciones
significativas provenientes de las distintas etapas de formación de la doctrina,
especialmente la que se suscita entre la idea del juicio final y la idea de la predestinación.
Esta última idea -coincidente con cierta tendencia natural del beduino- caracterizó a la
doctrina. El Islam es la sumisión a Dios y quienes creían en ella fueron los islamitas o
musulmanes. Sus deberes principales desde el punto de vista religioso eran la declaración
de la fe en Alá y en Mahoma, su profeta, la plegaria, el ayuno, la limosna, el peregrinaje y
la guerra santa, esta última destinada a conseguir la conversión de los infieles a la nueva fe.
Proveniente del judaísmo y del cristianismo en sus aspectos doctrinarios, la religión
musulmana alcanzó cierta originalidad por la concepción militante de la fe que logró
imponer y que tan extraordinarias consecuencias debía significar para el mundo. Una
especie de teocracia surgió entonces en el mundo árabe y en las vastas regiones que los
musulmanes conquistaron, en la que el califa o sucesor del profeta reunía una autoridad
política omnímoda y una autoridad religiosa indiscutible.
Sobre esa base, el vasto ámbito de la cultura musulmana se desarrolló de una manera
singular. De todas las regiones que los musulmanes conquistaron supieron recoger el mejor
legado que les ofrecían las poblaciones sometidas, y con ese vasto conjunto de aportes
supieron ordenar un sistema relativamente coherente, del que predominaba, sin embargo, en
cada comarca la influencia que allí había tenido su origen: la griega, la siria, la persa, la
romana. Acaso la más importante contribución de los musulmanes -fuera de su propio
desarrollo como cultura autónoma- haya sido la constitución de un vasto ámbito económico
que se extendía desde la China hasta el estrecho de Gibraltar, por el que circulaban con
bastante libertad no sólo los productos y las personas, sino también las ideas y las
conquistas de la cultura y la civilización.
Durante este periodo, los musulmanes realizaron vastas conquistas. Abú Béker debió
restablecer en un principio la unidad de la Arabia, disgregada otra vez a la muerte del
profeta; pero, una vez lograda, se dedicó a extender su dominación y pudo apoderarse,
mediante dos campañas afortunadas, del Irak y la Palestina. Su sucesor, Osmar, siguió la
política conquistadora de Abú Béker -que él mismo había inspirado-, y sometió la Persia
primero, y luego la Siria y el Egipto, que arrebató al Imperio bizantino. Era el momento en
que aquellos dos grandes imperios se hallaban debilitados tras la contienda que los había
enfrentado, y fue empresa fácil para los musulmanes cumplir sus propósitos. Osmar se
dedicó entonces a organizar los nuevos territorios según los principiéis señalados por el
Corán, pero aprovechando en todos los casos la experiencia política y administrativa de los
estados sometidos, en los que persas y bizantinos habían estudiado y resuelto multitud de
graves problemas económicos y políticos. Más aún, numerosos funcionarios fueron
conservados o elegidos entre los burócratas de Persia o de Bizancio.
La conquista se detuvo luego por algún tiempo. El problema sucesorio no fue tan fácil a
partir de la muerte de Osmar, pues ya eran varios los que podían alegar títulos equivalentes
y cada uno podía hacer pesar las preferencias de ciertos grupos en su favor. Otmán vio
aparecer ante sí numerosos grupos hostiles, especialmente los que sostenían —de acuerdo
con las tradiciones persas— que sólo los descendientes del profeta tenían derecho a heredar
su autoridad. Finalmente, Otmán fue asesinado y sobrevino entonces una guerra civil, de la
que salió vencedor Alí, yerno de Mahoma; pero la paz era ya imposible en el vasto califato.
No sólo los distintos grupos de La Meca y Medina aspiraban a apoderarse del poder, sino
que también comenzaban ya a gravitar las nuevas regiones conquistadas, de 'las cuales
solían sacar unos y otros las tropas mercenarias con que esperaban lograr sus propósitos.
Uno de los rivales de Alí, Moawiya, que ejercía la gobernación de Siria, pudo finalmente
derrotar a Alí en 661, y fundó entonces una dinastía vigorosa en Damasco, la de los
oméyades, que debía regir el imperio hasta mediados del siglo VIII.
Los oméyades se dedicaron primero a organizar el estado árabe, siguiendo sobre todo las
huellas de la administración bizantina. Un vigoroso y bien ajustado aparato estatal y militar
proporcionó a los califas de esa época un control absoluto sobre sus estados, una cuantiosa,
riqueza y una capacidad expansiva que muy pronto habría de ponerse en movimiento. En
efecto, a fines del siglo VII los musulmanes se extendieron por él norte de África y hacia el
Asia Menor, y emprendieron luego, en los primeros años del siglo VIII, la conquista de la
Transoxiana y de España. La culminación de sus esfuerzos fue el sitio de Constantinopla en
717, frente a la que fracasaron.
Empezaron entonces su retirada en esa región por obra del emperador León III Isáurico.
Pero en Europa siguieron avanzando por algún tiempo y luego de ocupar la casi totalidad
de la península ibérica, entraron en Francia, donde no se detuvieron hasta que los derrotó el
mayordomo del palacio del reino franco, Carlos Martel, en la batalla de Poitíers (732). Esta
expansión del califato pareció peligrosa a algunos califas que, como Abd-el-Melik,
quisieron arabizarlo imponiendo el uso de la lengua árabe en toda suextensión y, sobre
todo, afianzando el prestigio de la fe musulmana entre los pueblos conquistados. El mismo
Abd-el-Melik ordenó la construcción del santuario conocido con el nombre de Mezquita de
Ornar, en Jerusalén, así como también otra mezquita en un lugar próximo. Porque si los
oméyades aspiraban a arabizar el califato, necesitaban que la Siria adquiriera una
significación religiosa capaz de competir con la que tradicionalmente se asignaba a Arabia,
pues en aquella región residía el centro de su poder.
A mediados del siglo VIII, los oméyades vieron levantarse frente a ellos otra fuerza
proveniente de otra región del califato: el Irak. Discordias políticas y religiosas armaron el
brazo de Abul Abas, que en 750 puso fin a la vieja dinastía de Damasco.
Muerto Carlomagno en 814, el vasto imperio que había conquistado pasó a manos de su
hijo Ludovico Pío; pero la autoridad del nuevo príncipe distaba mucho de ser tan firme
como la de su padre, y no pudo impedir que los gérmenes de disgregación que se escondían
en el imperio se desarrollaran hasta sus últimas consecuencias. Por una parte, los condes
tendían a adquirir cada vez mayor autonomía y, por otra, los propios hijos del emperador se
mostraban impacientes por entrar en posesión de la herencia que esperaban, de modo que se
sucedieron sin interrupción las guerras intestinas. Al desaparecer Ludovico Pío en 840, la
guerra entre sus hijos se hizo más encarnizada aún. El mayor, Lotario, aspiraba al título
imperial que sus dos hermanos, Luis y Carlos, se obstinaban en negarle porque aspiraban a
no reconocer ninguna autoridad superior a la suya. Después de una batalla decisiva, se llegó
a un entendimiento mediante el tratado de Verdún, firmado en 843, por el cual se
distribuían los territorios imperiales. Lotario era reconocido como emperador, pero en tales
condiciones que su título no pasaba de ser puramente honorífico, y recibía los territorios de
Italia y los valles de los ríos Ródano, Saona, Mosa y Rin. A Luis le correspondía la región
al este del Rin -la Gemianía- y a Carlos la región del oeste del mismo río, que correspondía
aproximadamente a la actual Francia. Así quedaron delinea dos los futuros reinos, de los
cuales el de Lotario se disgregó pronto, en tanto que los de Carlos y Luis perduraron con
propia fisonomía.
En cada una de esas regiones empezaron a hacerse sentir cada vez más intensamente las
fuerzas disgregatorias. Los reyes carolingios perdieron progresivamente su autoridad,
debido en gran parte a su impotencia, y, en cambio, acrecentaban su poder los condes, que
por diversas razones llegaron a tener en la práctica una completa autonomía. De todas esas
razones, la más importante fue la aparición de nuevos invasores que asolaron la Europa
occidental desde el siglo VIII y especialmente desde el IX.
Los nuevos invasores fueron los musulmanes, los normandos, los eslavos y los mongoles.
Los musulmanes poseían el control del mar Mediterráneo y operaban desde los territorios
que poseían en el norte de África y España. Saliendo de los puertos que dominaban en esas
comarcas asolaban las costas meridionales de Italia y Francia e hicieron pie en Sicilia y en
algunas ciudades italianas, al tiempo que saqueaban otras e interrumpían el comercio
marítimo de los pueblos cristianos con sus operaciones de piratería.
Por su parte, los normandos habían llegado a constituir estados vigorosos en la cuenca del
Báltico y desde allí empezaron sus incursiones de saqueo hacia el sur. Eran de origen
germánico y habían permanecido en Dinamarca y Noruega mientras sus hermanos de raza
se dirigían hacia el oeste y el sur; allí habían aprendido la navegación hasta transformarse
en marinos consumados, arte que practicaron combinándolo con sus aptitudes guerreras,
con lo cual se transformaron en el azote de las costas de Inglaterra y Francia. Desde fines
del siglo ix se instalaron en algunas regiones de esos países con carácter definitivo -en la
Normandía, por ejemplo, que conquistó Rolón; otro grupo, encabezado por. Roberto
Guiscardo, llegó en el siglo xi hasta Italia, donde estableció un reino que comprendía el sur
de la península y la isla de Sicilia. Pero fuera de esas conquistas territoriales, la actividad de
los normandos fue durante mucho tiempo la piratería, que practicaban con notable audacia,
y el saqueo de las poblaciones costeras y de las orillas de los ríos.
A su vez, los eslavos provenientes de la llanura rusa asolaron las zonas orientales de la
Germania; algunos se establecieron luego en las cuencas de los ríos Vístula y Oder -los que
se llamarían luego polacos- ; otros se fijaron en Bohemia y Moravia, y otros, finalmente, se
radicaron en las costas del Adriático y se los conoce con el nombre de eslavos del sur o
yugoeslavos. Los mongoles, en fin, desprendieron hacia el oeste una nueva rama de su
tronco, los magiares, que, como antes los hunos y los avaros, llegaron por el Danubio y se
instalaron en su curso medio, la actual Hungría, desde donde amenazaban a la Germania
constantemente con sus expediciones de saqueo.
El feudo se caracterizó, en efecto, por ser una unidad económica, social y política de
marcada tendencia a la autonomía y destinada a ser cada vez más un ámbito cerrado. Había
sido concedido a un noble por el rey —o por otro noble de mayor poder— para que se
beneficiara con sus rentas y, al mismo tiempo, para que lo administrara, gobernara y
defendiera. Ese noble —el señor del feudo— estaba unido al rey —o al noble de quien
recibiera la tierra, o a ambos-— por un doble vínculo: el del "beneficio", que lo obliga a
reconocer la propiedad eminente de quien le había otorgado el feudo, y el "vasallaje" por el
que se comprometía a mantener la fe jurada con su señor, obligándose a combatir a su lado
y a prestarle toda suerte de ayuda.
El beneficio suponía la aceptación de una tierra con la condición de no tener sobre ella sino
el usufructo, en tanto que se reconocía el dominio al señor que la entregaba. Podía ser
hereditario y se revocaba de común acuerdo o cuando una de las partes podía probar que la
otra había violado alguno de los puntos del contrato feudal. Cada señor podía, a su vez,
entregar parte de la tierra recibida a otro señor en las mismas condiciones. El vasallaje
suponía la admisión de una relación de dependencia política, pues el vasallo era
automáticamente enemigo de los enemigos de su señor y amigo de sus amigos, hasta el
punto de que no se invalidaban los compromisos derivados del vínculo vasallático ni
siquiera por los lazos del parentesco: se llegaba a ser enemigo del propio padre si el señor
lo era.
El vínculo feudal se establecía mediante un contrato, que por cierto no solía fijarse por
escrito, pero que se formalizaba en ceremonia pública y ante testigos. Un juramento ligaba
no sólo a las dos partes contratantes sino también a los testigos que se hacían solidarios del
cumplimiento de lo pactado. El contrato feudal tenía dos fases. En la primera se establecía
el vínculo del beneficio, mediante la "investidura" o entrega de un objeto que representaba
simbólicamente la tierra que el beneficiario recibía. En la segunda, se establecía el vasallaje
por el juramento de "homenaje" que hacía el futuro vasallo a su futuro señor, besando su
mano o poniendo las suyas entre las de él.
Como cada señor podía hacerse de vasallos entre otros menos poderosos que él que
aceptaran parte de las tierras que él tenía, llegó a crearse un sistema jerárquico que habría
de ser una de las características de la sociedad de la época. Esa jerarquía se establecía
dentro de la clase señorial, y era a su vez una parte de otra más vasta que la incluía, pues
junto a ella se establecían los grados en que se clasificaba el orden sacerdotal y por debajo
de ella se situaban las clases no privilegiadas. Era, pues, la sociedad feudal una
organización basada en la desigualdad.
Las clases no privilegiadas eran la de los campesinos libres y la de los siervos. Desde cierto
punto de vista, la diferencia entre ambas clases era leve, pues los señores ejercían su
autoridad y su poder con absoluta discrecionalidad sobre ambas, ya que no había frenos
legales que pudieran sobreponerse a su predominio. Sólo los principios morales y religiosos
podían servir de freno, y la época feudal fue un momento de muy paulatino ascenso de esos
principios. Estrictamente considerado, el campesino libre sólo poseía sobre el siervo la
posibilidad de cambiar de amo, pues conservaba la libertad de movimiento. El siervo estaba
en cambio atado a la gleba y formaba parte de ella, hasta el punto de que era transferido de
un señor a otro cuando se transfería la tierra. Pero ni campesinos libres ni siervos podían
hacer nada frente a los abusos de los señores, pues la convicción estaba arraigada de que los
primeros sólo tenían deberes, en tanto que correspondían legítimamente a los últimos todos
los derechos y privilegios.
Por su parte, Inglaterra adquiría poco a poco una fisonomía diferente debido a las sucesivas
invasiones que sufrió. Los reinos anglosajones se vieron acosados por los daneses, que
pusieron pie muchas veces en la isla con distinta fortuna, pero que al fin se apoderaron de
ella por obra del rey Cnut de Dinamarca, que estableció, a principios del siglo xi, un
poderoso imperio anglodanés. Por un momento pareció que Eduardo el Confesor podría
encaminar al reino por una senda independiente y sin influencias extranjeras, pero a su
muerte el trono quedó vacante y fue disputado, conquistándolo al fin el duque Guillermo de
Normandía gracias a su victoria en Hastings (1066). El reino adquirió desde entonces una
peculiar fisonomía. Mientras en Europa ascendía el poder de los señores, la monarquía
inglesa se establecía sobre la base de un vigoroso poder central, creado por la circunstancia
de que Guillermo no debía a nadie su trono, sino que, por el contrario, había podido
recompensar a sus guerreros con tierras que entregó, eso sí, con la condición de que se
respetara fielmente su autoridad. Contra esta organización reaccionarían más tarde los
señores, imponiendo en la primera ocasión favorable serias limitaciones a la autoridad del
rey.
Así crecieron y se organizaron las monarquías occidentales durante los primeros tiempos de
la época feudal, en medio de una constante lucha interna entre los señores que defendían
sus prerrogativas y la realeza que pugnaba por contenerlos. En esta lucha la corona
comenzó a buscarse aliados, y los halló muy pronto en la burguesía, que por entonces
empezaría a constituirse en las ciudades, protegida por los reyes.
Las postrimerías del siglo XIII señalan a un tiempo mismo la culminación de un orden
económico, social, político y espiritual, y los signos de una profunda crisis que debía
romper ese equilibrio. Quizá sea exagerado ver en las cruzadas el motivo único de esa
crisis, que sin duda puede reconocer otras causas; pero sin duda son las grandes
transformaciones que entonces se produjeron en relación con ellas y en todos los órdenes
las que precipitaron los acontecimientos.
Porque la crisis económico-social entrañaba, naturalmente, una crisis política que se hizo
visible desde el primer momento. Si la monarquía feudal parecía compatible con cierto
orden de cosas, la aparición de nuevos elementos sociales y económicos desató en la corona
la aspiración al centralismo y permitió entrever la posibilidad de alcanzarlo mediante una
transformación de su base de sustentación. Hasta entonces, los reyes no eran, en general,
sino señores feudales con algunas prerrogativas formales y la autoridad de hecho que les
confería su fuerza personal como señores. Tanto para la política interior como para la
exterior, dependían de la buena voluntad de sus vasallos, de su apoyo militar y de su
asentamiento. Si se trataba de la política interior, la defensa mancomunada de sus
privilegios unía a la nobleza contra la corona, de modo que la autoridad real apenas se
ejercía sino a favor del aprovechamiento de rivalidades y querellas sabiamente explotadas;
y si se trataba de política exterior, los vínculos feudales solían constituir un obstáculo
insalvable para realizar acciones decididas. Esa falta de libertad de acción movió a la
monarquía a aceptar el concurso de la naciente burguesía como un instrumento útil en su
duelo con la nobleza.
Así se vieron aparecer las cartas y fueros concedidos a las ciudades, asegurándoles cierta
libertad que permitiría su desarrollo económico, la organización de un régimen de
impuestos pagados a la corona, de los que se nutriría ahora el tesoro real, y la formación de
ejércitos mercenarios, que permitiría a los reyes prescindir del concurso militar de sus
vasallos. Todos los elementos para la organización de un poder centralizado le eran
proporcionados, pues, por esta nueva clase social a los reyes ansiosos por sustraerse a la
dependencia en que se hallaban.
Así se comenzaron a insinuar las monarquías nacionales en los albores de la baja Edad
Media. Como antes los feudos, los reinos aspiraban a ser ámbitos cerrados tanto en lo
económico como en lo político, en los que la soberanía residía de modo incontestable en el
rey. Si la aparición de la naciente burguesía permitía a los reyes someter poco a poco a la
nobleza, la crisis en que se precipitaba la Iglesia habría de permitirles sacudir la autoridad
que, desde fuera, pretendía ejercer el papado. Las numerosas herejías, el descrédito del
clero y un despertar lento y firme de cierta concepción naturalística de la vida
comprometían la vigorosa posición que la Iglesia había obtenido hasta entonces. El
pontificado de Bonifacio VIII (1294-1303) señala al mismo tiempo una culminación y una
crisis. Llegado al punto más alto de sus aspiraciones, inmiscuido en los conflictos políticos
de la época, el pontificado arremetió contra Felipe el Hermoso de Francia, acaso el más
decidido de los reyes, el más consciente de la transformación que se operaba en el orden
político. Bonifacio VIII sucumbió, y con él la política que representaba. Poco después la
Iglesia caía en un profundo y terrible cisma, y desaparecía como potencia superpuesta por
sobre los ámbitos nacionales configurados por las robustecidas monarquías.
Cada uno de estos fenómenos constituyó un aporte decisivo para la estructuración de una
nueva imagen de la realidad.
1. Formación de los estados nacionales que comprenden dos aspectos: en una etapa
comparativamente temprana, la consolidación del sistema feudal; luego una
unificación política de las monarquías respaldadas por la burguesía cuyo
ascendientes se acrecientan a partir del siglo XI, con la expansión del comercio y la
vida urbana.
2. Desde el punto de vista religioso, el pensamiento cristiano alcanza plena hegemonía
y su irradiación doctrinal se extiende desde Roma y Constantinopla, cabeceras del
catolicismo y de la iglesia ortodoxa oriental.
3. Con respecto a las manifestaciones intelectuales y artísticas, su evolución estuvo
íntimamente ligada a las preocupaciones religiosas y a las contiendas teológicas.
Hasta el siglo XII la herencia platónica conserva notorio empuje, más tarde en
especial por la obra de Tomas de Aquino, el aristotelismo logra consolidarse como
orientación dominante.
LA LÍRICA
Como señalo Menéndez Pıdal: los orígenes de las literaturas europeas actuales son muy
anteriores a los textos antiguos hoy conservados, y que creer que la épica castellana o la
lírica se inician abruptamente con el poema del Mio Cid o con los textos liricos de Juan
Ruiz, es negar existencia evidente de un largo proceso anterior de perfeccionamiento
artístico consciente.
Sin embargo, el valor intrínseco del poema del Mio Cid, primera obra épica conservada
excede hasta tal punto a las jarchas liricas que bien merece ser el pórtico de nuestra historia
literaria. Es muy difícil de precisar cuál de los dos géneros poéticos está más arraigado en
los hontanares psicológicos de los pueblos y cual nace primero.
Los juglares
La difusión y casi la existencia de esta épica primitiva están ligadas a la persona del juglar.
La obra épica no se componía para ser transmitida por escrito, sino por vía oral por
mediación de los llamados juglares, cuya estampa humana es inseparable del paisaje
cultural de la Edad Media.
Estos hombres recorrían los pueblos y castillos, recitando relatos de varia índole y cantando
composiciones líricas que acompañaban con instrumentos líricos musicales, recibían su
paga de los mismos oyentes. El oficio de estos es lo que se conoce como mester, que
vendría a significar “ocupación” o “profesión”.
Los relatos épicos que difundí el juglar reciben el nombre de cantares de gesta. Eran
poemas de carácter en general heroico y tenían por objeto la vida de personajes
importantes, sucesos notables o acontecimientos de la vida nacional que merecían ser
divulgados. La gesta se convirtió en sinónimo de “hecho hazañoso”, pero en realidad este
vocablo alude a “cosas hechas o sucedidas”, para señalar la contraposición con la lírica, que
se nutre de cosas imaginadas o sentidas por el autor.
Los cantares de gesta satisfacían dos necesidades del pueblo:
Estas gestas reciben el nombre de cantar porque no estaban destinadas a la lectura, sino al
canto o a la recitación. Se las conoce con el nombre genérico de épica medieval para
distinguirla de la antigua clásica y de la posterior renacentista.
El dictado popular con el que generalmente se la designa se debe a que primero fue dirigida
a todo el pueblo sin discriminación, entendido en su más amplio sentido social, desde el rey
hasta el más humilde lugareño. En segundo lugar porque trata fundamentalmente asuntos
contemporáneos.
Gestas y Juglares
Las obras juglarescas épicas son fruto de un proceso de refundición de hasta varios autores
divididos por diferentes épocas de tiempo, rasgo que contribuye a reforzar lo popular y lo
tradicional a través del anonimato y la autoría comunitaria. Al igual que en la juglaría lírica,
Menéndez Pidal diferencia las siguientes etapas temporales en la poesía épica española:
1era Etapa o Época primitiva (hasta el año 1140): Una de las crónicas más antiguas
portadoras de juglaría épicas en su forma arcaica son las crónicas Seudoisidoriana (s. XI) y
la Crónica Narajanense (s. XII). En estas se desarrollaban temáticas tales como luchas
interiores de las familias señoriales, venganzas, aventuras de traición e infidelidad, etc. y, a
diferencia de las francesas, eran de cortas de extensión, de unos 500 o 600 versos, con
sucesos muy recargados de incidentes y narraciones totalmente épicas.
2da etapa o Época de florecimiento de las gestas. (1140 – 1236): Esta etapa se ve
impulsada por la influencia francesa en la poesía heroica castellana que se desarrolla y
modifica particularmente en Castilla, por un lado, siguiendo la línea indígena, la tendencia
de los poemas breves, y por el otro, la tendencia de los cantares de gesta extensos, del que
partiría el Mío Cid, escrito hacia el 1140. Y si bien la influencia francesa fue de gran peso
con respecto a ciertos aspectos de la técnica, los cantares de gesta españoles se
diferenciaban porque trataban de temáticas actuales y sus aspectos formales eran más
simples, como el uso del verso irregular.
3ra Etapa o Los juglares de gesta consultados por los cronistas oficiales: Lucha de
escuelas literarias (1236 – 1350): Es la época de mayor brillo de los cantares de gesta,
caracterizada por una gran actividad de todo género de poesía narrativa y por la lucha de
tendencias. Con respecto a la poesía religiosa, la lucha entre los cantares de gesta y los
poemas de índole religiosa produjo que estas, en sus comienzos escritos en cuaderna vía y
destinadas a un público culto, fueran mutando a la irregularidad verbal y a su transmisión
popular, por influencia de las gestas. Tal es el caso de la máxima expresión de la clerecía en
Berceo para pasar a su “decadencia” con el Arcipreste de Hita.
Por otro lado, es en esta época donde aparecen las Crónicas Generales en romance, la
primera hacia 1289 y la segunda en 1344, cuyas principales fuentes fueron los cantares de
gesta heroicos, gracias a su carácter nacional. Este fenómeno contribuiría a la caída de los
poemas religiosos, mientras que las obras épicas, ahora más extensas y complejas fruto de
las refundiciones, fueran entonadas en las cortes, tal es el caso de la primera refundición del
Mío Cid. Las literaturas en las que más se manifestó la juglaría épica fueron la castellana,
catalana y aragonesa (influenciado por Italia).
4ta Etapa o Decadencia de los juglares de gesta. Primeros éxitos de los juglares de
romance. (1350 – 1480) De las anteriores tendencias solo perdura la prosificación de la
gesta, es decir, la narrativa. Hasta el siglo XIV los cronistas tomaron como fuente la
narrativa épica, y siguieron las refundiciones de las obras del periodo anterior. No obstante,
estas refundiciones y novedades, tales como la Tercera Crónica General, que contiene
escasas variantes, o la Refundición del Rodrigo, despareja y fanfarrona, entran en una etapa
de decadencia de producción. Así, para mitades del siglo XV, los cronistas renuncian a las
gestas como fuente, a la vez que la narrativa heroica deja de escribirse y cantarse. Aun así,
fragmentos de las extensas gestas vivieron a través de la oralidad del pueblo, y empezaron a
adquirir un carácter tradicional y popular que llevaría a lo que se conoce como “romances”.
Caracterización del Mester de Juglaría
S/ Menéndez Pidal, Menéndez Pelayo, fray Liciano Saez y Faral, se define al juglar como
aquel que en el medievo tenía como ocupación el entretenimiento del pueblo mediante
actuaciones públicas, mediante recursos artísticos de variada índole. Podían limitarse a un
solo género, aunque eran más comunes los juglares que utilizaban varias artes a la vez,
como la música, literatura, mímica, acrobacias, juegos de mano, etc.
La figura del juglar tuvo por mucho tiempo una baja reputación artística y social por
su procedencia popular e iletrada, en su oposición al arte aristocrático culto, no
obstante, muchos poseían ciertos conocimientos letrados y hasta componían
cantares.
Surge de la necesidad de imitación de los pueblos, proveniente de las influencias de
los pueblos bárbaros, como musulmanes y romanos.
Eran muchas veces compositores, pero están caracterizados por la reproducción de
composiciones ajenas y entretenimiento público de tipos muy variado.
Como herederos de las antiguas tradiciones artísticas populares, fueron unos de los
primeros en verse en la dificultad de adaptar el latín en desuso utilizado solo por
clérigos y letrados, a la lengua oral. Por ello se los considera los fundadores de la
única literatura en idioma romántico, llevando los cantos populares regionales como
los mayos, albados, serranillas a formas más organizadas y complejas.
Los juglares acudían a los trovadores para adquirir composiciones que recitar, ya
sea en plazas, palacios, iglesias, a fines de ganarse la vida. El trovador surge como
poeta culto que, no ejecutaba sus composiciones sino que tomaba el servicio de
algún juglar para su interpretación en lugares públicos. El juglar se distingue del
trovador por ser de clase social inferior, aunque luego se entablara una dependencia
entre estas dos figuras.
El juglar que se gana la vida actuando ante el público, tiene que complacerlo. La tensión
que resulta de su relación profesional con sus oyentes sensibiliza su gusto, al tono del de
estos, determinando indirectamente lo que se ha de quitar, lo que se debe añadir lo que es
preciso cambiar.
El modo más común de vida del juglar era viajando de un lugar a otro para buscar un
público variado de quienes recibía dones muy diversos, siendo la comida y estadía un don
muy común a cambio de sus servicios. El juglar transeúnte había de hallar acogida en la
mesa de los prelados, como también en la de los señores, esto se debe a que los juglares
vivían principalmente de asiento en las ciudades, siendo asignados al servicio de una ciudad
o al servicio de grandes señores. Los señor lo utilizaban como órgano de publicidad por su
influencia en la opinión pública y reyes poseían un juglar fijo que le recite elogios a cambio
de recompensas. También existían juglares contratados al servicio de trovadores en los
palacios. Así le juglar ganaba el aprecio de los señores o reyes.
El poema que se conoce con tal título ha llegado hasta nosotros en un único manuscrito: un
misterioso códice del siglo XIV que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, con
aspecto bastante deteriorado por las muchas manipulaciones a las que fue sometido,
tratando de solventar sus principales enigmas. El de su datación y el de su autoría se han
visto rodeados de polémicas desde hace tiempo, y ambos se concentran al final, en el
éxplicit que cierra el texto: Per Abbat le escribió en el mes de mayo /entera de mil
C.C.XL.V años. La firma de ese tal Per Abbat pudiera bien corresponder al de un mero
copista pero también a la de su autor real, como opinan algunos expertos partidarios de la
tesis de que el género es creación individual y única, y no producto de 'refundiciones como
sostuvo la escuela de Pidal.
El Poema de Mio Cid sea, antes que nada, el primer texto español que nos hace reflexionar
sobre el distinto concepto de 'obra literaria' que se tiene en la Edad Media, en la que el
término de 'autoría' queda condicionado siempre por la conciencia, más o menos expresa,
de crear a partir de un patrimonio colectivo. Es dato objetivo que narra sucesos acaecidos
fines del XI, puesto que su protagonista muere en el año 1099, pero es más discutible, en
cambio, que se escribiera o terminara de escribir exactamente en 1207, dando crédito a la
fecha que aparece en el famoso explicit: "en era de mil e doscientos cuarenta y cinco años".
El criterio más aceptado es que debió, de redactarse en torno a finales del siglo XII y
principios del XIII. lo que supone un alejamiento de al menos un siglo de los hechos de
cuenta. Tiene un total de 3730 versos, en métrica típica del cantar de gesta: verso largos de
irregular medida, divididos en dos 'hemistiquios' por una cesura (descanso en la
entonación), y dispuestos en grupos de versos monorrimos, con rima generalmente
asonante, que se reparten según unidades de contenido llamadas 'tiradas épicas'.
Personaje Protagonista
Rodrigo Díaz de Vivár era un personaje político al que llamaron "Mio Cid' los moros a
quienes sirvió y sometió: Çidi k sayyidi, en árabe significa mi señor pues era usual en la
época que cuando un noble o vasallo de un las fechas se dieron como 'era' o 'era de Julio
César' hasta el siglo xiv, rey era desterrado, entrase al servicio de los moros para recaudar
compensaciones. Ése es exactamente el caso del Cid, que se relacionó con el rey moro de
Zaragoza entre 1081 y.1087 en el primero de sus destierros, ordenado por el rey Alfonso
VI, y que es origen del Cantar que hemos conservado, aunque sin sus primeros cincuenta
versos. 'El Cid' lo tenía todo para ser un perfecto héroe medieval, con valores
colectivamente reconocidos: valiente y fuerte, pero al mismo tiempo piadoso, cuerdo, buen
cristiano, y sobre todo leal a pesar del injusto castigo. Frente al típico monarca medieval
inaccesible, teocéntrico, que es Alfonso VI, el Cid representa al vasallo servicial y fiel, de
lo que da repetidas pruebas en todo el poema. Encarna además un tipo de nobleza producto
de hazañas valerosas de guerra, frente la nobleza hereditaria de León, lo que justifica cómo
se trata su enemistad con los Infantes de Carrión en el poema. Un viejo tema literario éste,
el de la preferencia del esfuerzo propio sobre lo heredado por sangre, que, adaptado a su
circunstancia histórica, se convertiría en materia dramática durante todo el Siglo de Oro.
Desde que sirvió de alférez al rey Sancho II de Castilla y éste murió a manos traidoras en el
Cerco de Zamora en el año 1072, el Cid sigue una trayectoria llena de altos y bajos en su
fama dentro del marco de las luchas nobiliarias en Castilla у León.
Tema y Transmisión
Así que el tema épico por antonomasia, "la persecución del honor a través del riesgo",
encontraba un argumento perfecto en los avatares del Cid, que entusiasmaron durante
siglos. Ese tema genérico, tiene dos características principales en el Poema de Mio Cid: que
la restauración del honor político corre paralela la restauración del honor personal, y que
todo eso se plantea en una trayectoria ascendente, progresiva, pues la conquista empieza
por lugares pequeños y acaba en Valencia, y la acumulación de riquezas va también en
aumento. Por eso no debe extrañar que la semántica del texto gire con frecuencia en torno
al concepto de "ganancia", asociada de forma triunfalista a la de "alegría”, por parte del Cid
y los suyos, frente al pesar de sus enemigos. Rasgo que avala junto a otros muchos la tesis
de que era la propaganda política la función primordial de esta poesía.
Cantar del destierro: (Hasta el verso 1085) El cid sale de Vivar, dejando su palacio
desierto y llega a Burgos, donde nadie se atreve a darle asilo por temer a las
represalias del rey. Una niña de nueve años le ruega desde su ventana que no intente
la ayuda a la fuerza para no perjudicar a los moradores. En la ciudad su sobrino le
consigue dinero engañando a los judíos Raquel y Vidas. El cid se dirige luego a San
Pedro de Cardeñas para despedirse de su esposa Doña Jimena y de sus hijas, Elvira
y Sol, las deja confiadas al Abad del monasterio. Llega hasta la frontera de castilla,
atraviesa el Duero y pernocta en Figueruela donde se le aparece el Arcángel Gabriel
que le anime y predice grandes victorias. Entra a tierra de moros, asalta la villa de
Castejón, vence a los moros de Calatayual y recoge un botín del que le envía un
espléndido regalo al monarca por medio de Alvar Fañez. El rey permite entonces
que se alisten nuevas tropas en las filas del cid. Con el ejército reforzado ataca a los
moros en Huesa y aliado con el rey moro de Zaragoza derrota a los moros de Lérida
ayudados por el Conde de Barcelona; hace a este prisionero pero lo libera después.
Cantar de las bodas de las hijas del Cid: (Hasta el verso 2277) el Cid se encamina
hasta Valencia, se apodera de Jérica, Onda, Almenara y Murviedro. Llega a
Valencia, la conquista después derrota a un ejército de socorro enviado por los
moros de Sevilla y Murcia. Envía de nuevo un presente al rey de Castilla y le pide
que deje ir a su lado a su esposa e hijas; el rey accede a la petición, llegan a
Valencia, acompañadas de Alvar Fañez y son recibidas con todo honor. Poco
después Valencia es sitiado por un ejército del rey de Marruecos, el cid los derrota y
envía un tercer presente al rey Alfonso. Los infantes de Carrión solicitan a las hijas
del Cid matrimonio, El rey de Castilla interviene para lograr el consentimiento del
Cid, y lo perdona solemnemente. Con los preparativos de las bodas termina el
cantar.
Los hechos narrados en el poema siempre tienen lugar dentro de la escala de la fuerza
humana y naturales. Los momentos de mayor intensidad no estallan con desmedida
violencia ni le impulsan a tomar venganzas personales, sino que se producen con energía
viril pero siempre equilibrada y serena.
El sentido humano del héroe con sus relaciones familiares se destaca. Como trata a su
esposa e hijas con sobria ternura y emocionada naturalidad de las que son ejemplos las
escenas de la despedida en San Pedro y la llegada de aquellas a Valencia.
Valores que se destacan: Denuedo, valentía, lealtad hacia el rey, carácter sencillo y
cotidiano.
Cada una de las dos partes marca, además, una curva creciente que culmina con un notable
punto brillante y con su propio efecto aparatoso: en la primera, la acción alcanza su ápice
con la batalla contra Yúgef, la cual, más que una demostración de la pericia militar del
Campeador, como las otras, es un espectáculo presentado para demostrar a Jimena “cómo
se gana el pan”; la acción de la segunda culmina en la Corte de Toledo donde, tanto el brío
personal y la elocuencia del Cid y de los suyos, como la adquirida grandeza del rey, ofrecen
un inolvidable espectáculo moral.
Los tres incidentes correspondientes a las masas arquitectónicas señaladas por Menéndez y
Pelayo, tienen, cada uno, distinta categoría. El destierro es un suceso político, la afrenta un
lance familiar, y la Corte de Toledo un espectáculo jurídico. Dentro de esta variedad de las
partes principales, se observa la de los episodios, cuya disposición está calculada para
ensanchar el interés. También hay diferencias en las acciones militares importantes que
corresponden a cada uno de los tres cantares. Con la descripción de la acción de Alcocer
nos da el juglar una exposición casi profesional de la táctica y la estrategia cidianas; la
batalla en la huerta de Valencia es, como ya hemos indicado, una exhibición de brío bélico;
y la batalla contra Búcar tiene como fin principal destacar la cobardía de los infantes.
Esta variedad en las acciones se desenvuelve dentro de otra variedad del tono emocional. El
primer Cantar es patético y bélico; el segundo, aparatoso y triunfal; el tercero, violento y
dramático. Por último, hay que notar el contraste entre las dos zonas de interés: la que
Salinas llama la zona íntima, y la que nosotros denominamos la zona política. En aquélla se
desenvuelven las relaciones personales del Cid y de su familia; en ésta, las relaciones
políticas entre el rey y el vasallo.
Los contrastes indicados sirven para efectuar una diferenciación simple y aparente. Más
dinámico y sutil es el contraste que se logra por medio de procesos que se desenvuelven en
dirección contraria los unos a los otros. El principal de éstos es el analizado en la relación
entre el rey y el vasallo. Dámaso Alonso por su parte ha examinado graciosamente el
mismo proceso en las relaciones entre el Cid y sus yernos. Dentro de los grandes contrastes
abundan los menores. Estos se pueden observar al azar hasta entre los hemistiquios de un
verso individual.
Disposición de las acciones: Entre las acciones dispuestas con mayor artificio, llaman la
atención las dobles de tipo consecuente en las cuales la una es ocasión de la otra. Estas
acciones forman un zig-zag a través de la primera mitad del Poema. Después de cada
victoria importante, Alvar Fáñez, acompañado de un séquito cuantioso, emprende una larga
marcha para presentar al rey los regalos del Campeador. A los tres grandes movimientos
del Cid con rumbo general hacia el sureste (el primero a Castejón, el segundo a Alcocer, y
el tercero a Valencia), corresponden tres movimientos de Minaya en dirección contraria,
primero a un lugar indeterminado, después a Carrión, y por último a Valladolid. Mientras
que el Cid sigue siempre adelante, con una sola interrupción, hacia Valencia, Minaya va y
viene. A las tres grandes acciones guerreras corresponden, pues, tres aparatosas embajadas.
Rápida enumeración de los lugares para sugerir movimiento: A veces, los lugares
desfilan ante el lector con rapidez cinematográfica. El Cid y los suyos se tragan las
distancias. Conforme la velocidad de su movimiento cobra ímpetu, crece el número de los
que le siguen. El juglar sugiere este irresistible progreso con admirable parquedad de
medios que se ciñe a enumerar los lugares de la ruta.
Transiciones: Ejemplo sobresaliente de esta clase de salto es el que se produce entre las
tiradas 100 y 101.El rey acaba de recibir la tercera y mayor “presentaba” del Cid:
doscientos caballos. Este regalo desvanece el viejo resentimiento de Alfonso casi por
completo. Cualquiera puede darse cuenta de que la reconciliación entre el desterrado y su
señor no puede demorarse mucho tiempo. La transición es abrupta pero perfectamente
lógica y forzosa. Estas transiciones son sorprendentes dentro de la acción narrada. Pero
interesan y conmueven más vivamente las dramatizadas, es decir, aquellas en que el juglar
desempeña directamente el papel de uno o varios personajes. Entre estas sobresalen las del
último Cantar.
El poema del Mio Cid anticipa la mezcla de los serio y lo cómico, llamada a ser tan
característica de nuestra literatura particularmente en el teatro aúreo. El poema del cid no es
nacional por el patrimonio que en él manifiesto, sino más bien como relato del pueblo
donde se escribió. El poema recoge fielmente el espíritu castellano y a través de él todas
aquellas cualidades que habían se ascender a rasgos de índole nacional y modelar el alma
de España para muchos siglos futuros. En él se reflejan las más grandes y nobles cualidades
del pueblo que le hizo su héroe: el amor a la familia, que anima la ejecución hasta de las
más altas y obsoletas empresas, la fidelidad inquebrantable, la generosidad magnánima y
altanera: aun para con el Rey; la intensidad del sentimiento y la leal sobriedad de la
expresión. Es hondamente nacional el espíritu democrático encarnado en ese buen vasallo
que no tiene un buen señor
El lenguaje en el poema
El lenguaje épico: la distancia que separa la fecha probable de redacción del poema a la de
su única copia llegada hasta nosotros: 200 años de transmisión fluida y no documentada,
durante las cuales cada copista modernizaba el lenguaje, sustituyendo palabras o
construcciones anticuadas por otras vigentes en el momento de la copia.
Se funden modelos arcaicos con audaces innovaciones, que dan al lenguaje de la épica un
carácter muy particular. El lenguaje épico es una cadena cuyo eslabones están forjados en
épocas distintas. Las fórmulas de estas son innumerables y es imposible exponerlos en
detalle. En el uso de los tiempos verbales el lenguaje épico ofrece una variedad muy difícil
de precisar y de enjuiciar. El autor presenta los hechos desde diferentes perspectivas.
Uno de los elementos principales que distinguen al Poema del Mío Cid dentro de la
tradición épica medieval es la caracterización del héroe: el cid no encaja en ninguna de los
modelos habituales: el héroe cruzado de hazañas imposibles (Roland); el vasallo
inútilmente rebelde (Bernardo del Carpio); el héroe victima abatido por sus enemigos
(infante García) el vengador familiar o el venerable monarca (Carlomagno). No obstante, si
se encuentran las virtudes heroicas como valentía, fuerza, voluntad guerrera, estatura
superior, etc. Pero todo esto se da en una escala humana, aunque excepcional y admirable.
La mesura: prudencia y bien sentido con que afrenta las injusticias y los momentos
desgraciados, sin perder su fe ni su lealtad.
Superioridad intelectual del cid: se pone de manifiesto cuando supera a sus
adversarios en su propio terreno: logra estafar a los judíos en su propio negocio.
Figura de héroe donador (S/Pedrosa): no solo cuestiones materiales, sino aspectos
ideológicos y culturales más amplios, en cuanto a proyecciones transhistóricas y
transculturales: Ej, en los episodios finales, el héroe recupera y vuelve a distribuir
dones culturales (espadas), económicos (vuelve a donar la rey) y familiares (hijas
pasan a los infantes de navarra y Aragón), todo lo cual se revierte en fama, honor y
reconocimiento.
Por ser una civilización debía tener su arquetipo de ciudadano. La síntesis de las virtudes
morales que debía poseer la caballerosidad, también le era requerida a los hombres del
gobierno. A la caballería no solo se accede por sangre, sino por las obras. Caballero era
quien por sus méritos personales accedía a la caballería, porque era una institución abierta a
los hombres de extracción plebeya y así siendo plebeyo podía ser armado caballero y
eventualmente llegar a ser rey, el hidalgo o infanzón que no era caballero, no podía jamás
llegar a serlo.
La exigencia de la caballería era una exigencia de excelencia. El mejor debía serlo por sus
aptitudes para la actividad política y también por sus méritos morales.
Amor y temor a Dios (porque ningún hombre sin amor o temor a Dios es digno de
entrar en la orden)
Vida conforme a la moral cristiana
Virtud de la fortaleza, tan alejada de la cobardía como de la temeridad servivio
esforzado de la justicia
Hombre religioso, hombre de fe
Hombre de esperanza, gracias a ella tiene ayuda de Dios
Hombre de caridad
Otras virtudes como la prudencia, justicia, fortaleza, templanza.
Año/Siglo: Según Lina Rodríguez Cacho, podemos situar a la obra de Berceo a fines del
siglo XII.
La figura del Clericus, tuvo mucha importancia dentro de la sociedad medieval europea. A
diferencia de lo que significaba para el pueblo llano (hombre de la Iglesia, sin más), el
clérigo era, en realidad, ese intelectual ligado al Studium, de origen social variado, que por
su preparación cultural podía acceder a puestos de trabajo que exigían el conocimiento de
“letras”, redactar y traducir documentos. Estos tendían a recluirse en el estudio y la
meditación en soledad. Esa reclusión le llevaba a estar más apegado a la tradición, algo
determinante en toda la literatura, marcada por el sello de la escolástica, ámbito donde el
clérigo encontraría verdaderamente todo su protagonismo.
El aislamiento fue una condición indispensable en la vida de los santos, una de las grandes
modas literarias del siglo XIII. Vidas ejemplares, eran aquellas que renunciaban a los
placeres del mundo para retirarse a una vida eremítica y alcanzar así la perfección
espiritual.
El “Locus Eremus” (“lugar yermo”, que se opone al “locus amoenus”, se caracteriza por
ser un ambiente apartado del mundo, sin árboles, colores, flores, no arroyos; símbolo de
una vida ardua y sacrificada) se convirtió así en uno de los escenarios importante en este
género, como lo será en los relatos del ciclo artúrico, como el Perceval.
“Cuaderna Vía”
Entre los poetas del siglo XIII, existió la conciencia de un arte reservado al “oficio del
clérigo” y no al de los simples juglares, por la dificultad que entrañaba su técnica. Lo
demostraría esta famosa estrofa inicial del anónimo “libro de Alexandre “, el primer texto
que dio nombre a esa métrica que será la “cuaderna vía”:
Esta estrofa de cuatro versos con idéntica rima (tetrástica, monorrima, de 14 silabas y
partida por censura, que pasaría a llamarse alejandrinos por el título del texto) va a definir
fundamentalmente el quehacer poético de los clérigos del siglo XIII. La poesía en cuaderna
vía es una poesía culta de carácter esencialmente narrativo, que se basa en la imitación de
fuentes latinas y francesas.
Es una poesía que manifiesta un continuo respeto y es tan regula y fija que no puede quedar
abierta a improvisación, ni modificaciones. Hay además otra importante característica que
afecta especialmente a estos textos: el uso de la Historia a la manera escolástica, que
consiste en intentar aproximar cualquier situación de la Antigüedad a la realidad más
cercana al oyente; porque la historia se pone al servicio siempre de los valores morales y de
lo que se considera la verdad sobre la salvación y el dogma.
Gonzalo de Berceo, primer poeta castellano que firma sus escritos reconociéndose como
tal. Probable escolr del Stadium de Palencia, Berceo ejerció como clérigo seglar. Aunque
firma como diácono en 1221 en el monasterio de San Millán de la Cogolla (territorio
navarro). El autor tiene en cuenta dos géneros para cultivar la cuaderna vía: la hagiografía y
los mirácula. Trata en ambos casos de provocar la admiración del receptor a través de
sucesos que fortalecen la creencia en el poder infinito del milagro. Se desconoce su muerte,
pero se estima que fue antes de 1962 y después de 1952.
Al igual que en los prólogos los autores se ven obligados a indicar el tema sobre el que va a
versar su obra, el poeta riojano alude a diferentes géneros señalando el que elige, los
milagros5, y los que rechaza. Desde el primer momento nos plantea un problema
eminentemente literario, en el que imbrica su propia creación. Si él es capaz de escribir
bajo la guía de la Virgen -«captatio benevolentiae» prologal-, su obra se podrá considerar
como un milagro más de su Intercesora6. Es consciente del género que escoge desplegando
hábilmente sus resortes artísticos para elaborar una Introducción en la que la alegoría
Prado=Paraíso=Virgen le permite indicar la tradición seguida. Realizará las conexiones
mediante unas imágenes no originales en cuanto a su contenido pero sí por sus resultados.
La Virgen resulta el punto convergente de los géneros mencionados y será el nexo de unión
principal entre su Introducción y los milagros.
En el brevísimo prólogo latino los hechos de María se conectan con los de los santos: «Ad
omnipotentis Dei laudem cum sepe recitentur sanctorum miracula, que per eos egit divina
potencia, multo magis sancte Dei genitricis Marie debent referri preconia, que sunt omni
melle dulciora» (50). Frente a esta jerarquización -milagros de santos, milagros de María,
omnipotencia divina-, en el texto romance la Virgen sirve de elemento unificador y de
exaltación glorificadora casi por sí misma. Esta preeminencia resulta singularizadora en
muchos aspectos, pero no afecta a los contenidos. Los milagros de ambos textos son
idénticos, si bien Berceo los conecta con otros hechos de María mientras que el autor latino
los proyecta sobre los de diferentes personas.
Los Relatos
En cada uno de los milagros, Berceo recrea una intriga que apenas varía en lo esencial,
aunque les imprime unos rasgos compositivos mucho más homogéneos que los de la
colección latina. La estructura interna puede diferir de uno a otro, pero en un prototipo
teórico podríamos distinguir: 1. Marco narrativo. 2. Milagro. El marco narrativo
corresponde al prólogo y epílogo en el que un autor ficticio, el propio Berceo, se dirige a
sus lectores-oyentes. El milagro en sí mismo consta de una parte introductoria
correspondiente a la presentación de las circunstancias narrativas previas. Se suele indicar
el espacio, nombre del lugar cuando lo hay, el tiempo, inconcreto y pasado excepto el
milagro XXIV, el nombre del protagonista en muy contadas ocasiones, el estereotipo sobre
el que se proyecta, ladrón, clérigo, pobre, mercader, etc., las cualidades morales y su
relación con María. Posteriormente sobreviene el núcleo generativo, la acción que sirve de
resorte al nudo de la acción. Suele ser la proximidad de la muerte o la muerte misma, la
existencia de un peligro físico o espiritual, la intervención desacertada de unas terceras
personas, una reciprocidad de dones otorgada por la Virgen, etc. En su momento climático
se produce una intervención milagrosa, generalmente a través de un cuadro escénico, que
posibilita la resolución para llegar al desenlace, una afirmación admirativa de lo sucedido,
una conclusión narrativa final y una enseñanza didáctica20. De todos sus componentes, el
elemento indispensable, singular y característico corresponde a la intervención milagrosa.
Lo Maravilloso Cristiano
Según Las Siete Partidas, I, IV, LXVIII, «miraglo tanto quiere dezir como obra de Dios
maravillosa que es sobre la natura usada de cada día». De la definición podemos destacar
dos características: a) su procedencia divina; b) excepcionalidad.
Autenticidad
Sin embargo, ese narrador ficticio no ha presenciado los hechos relatados; recrea un escrito
preocupado por esta autenticidad. En la introducción latina se resalta que «ea qui fideliter
narrari audivimus largiente Domino recitare studeamus» (50). El poeta riojano no incorpora
este texto a su obra, pero aparece igualmente preocupado por la autoría de algunos relatos,
siguiendo, con algunas ampliaciones y modificaciones, las pautas del texto latino. El
milagro VIII lo atribuye a San Hugo, el XVI fue escrito por «un omne bien verdadero»
(353a), el XXII por un «omne cathólico de grand autoridat» (586c), etc. De esta manera, la
tradición escrita viene avalada, en estos casos, por la autoridad de unos autores veraces que
han contado la historia. Los calificativos atribuidos a estos personajes insisten en sus
cualidades morales para que no pueda ponerse en duda lo relatado. Desde esta perspectiva,
las referencias abundantes a lo escrito24 adquieren el mismo significado. La fuente de
autoridad, y por lo tanto la verdad, se encuentra en esos testimonios. Berceo, como notario
escrupuloso y clérigo empapado de «escrituras», los traslada a sus lectores-oyentes. Es
natural que este aspecto se presente en los preliminares y finales del relato como prueba
recordatoria de su certeza.
Internamente sucede algo similar, y puede incluso afectar al narrador25. En los hechos que
transcurren fuera de ámbito humano o que no han sido vistos por nadie, aparte de indicar
algún fenómeno que atestigüe lo sucedido, en muchas ocasiones el propio personaje lo
cuenta a sus compañeros o a unas terceras personas, como sucede en el II, VII, X, XII,
XVI, XVII, XIX, XXI, XXII.
Pese al lugar común que refleja el tópico, no deja de verse cierto apego y confianza en la
escritura, muy acorde con la mentalidad clerical del XIII. Además, cumple otra función. Ha
sido fijado por testigos o bien es recogido por alguien a quien se lo han contado como al
arcediano del milagro XXIII, por lo que se convierte en testimonio de autoridad.
Lógica Narrativa
Cada uno de los relatos representa una exaltación de las cualidades y poderes de María
avalados por sus acciones. Y si lo que arrastra a los espíritus medievales no es lo que puede
observarse y probarse por una ley natural, por un mecanismo regularmente repetido, sino lo
extraordinario, lo excepcional28, los milagros constituyen una prueba práctica de las
cualidades de su realizadora. En uno de los casos más excepcionales, el narrador latino
contaba que San Pedro había apartado con su llave al demonio, dato ausente en Berceo,
para arrebatar el alma de un «canonge» que vuelve de nuevo a la vida.
Dejando aparte la jerarquía de poderes, todo es posible en relación con las cualidades de la
divinidad. Berceo, menos dado a estos largos razonamientos que elimina, los sitúa en un
plano mucho más humano.
La intervención milagrosa se convierte en auténtica y veraz, posible y explicable. Frente a
otros textos literarios con los que pudieran parangonarse como los «lais», lo sobrenatural
queda reducido a una demostración de la omnipotencia de María. Su marca distintiva,
frente a otras series, viene determinada por lo maravilloso cristiano, elemento
imprescindible y sobre el que se configura la totalidad del relato para extraer las
correspondientes consecuencias didácticas y laudatorias.
Por otra parte, los procedimientos narrativos son similares a los del folclore. Lo
extraordinario y lo cotidiano se integran en un mismo relato sin ninguna marca distintiva.
Todo está contado desde una perspectiva humana con su propia lógica interna. Una vez
asumido lo milagroso, Berceo recrea con perspicacia algunos pasajes, sin parangón en el
texto latino, y nos muestra su habilidad para narrar lo más extraordinario en los términos
más cotidianos. Los casos más extremos como los de resurrección nos pueden servir de
ejemplo.. La veracidad del relato se corrobora con una lógica interna: del mundo
sobrenatural quedan unas marcas comprobables por los testigos. La misma función
desempeña la casulla de San Ildefonso.
En otras ocasiones, aporta al original latino aspectos que le confieren una mayor coherencia
narrativa. En el milagro del clérigo borracho (XX), después de la embriaguez, el texto
latino indica que «in suum sensum rediit» (157), lo que contrasta con el hecho de que la
Virgen tenga que ayudarle a acostarse. Una mayor exaltación de la actuación de María
puede llevar a esta contradicción. Berceo, mucho más perspicaz y mejor narrador, lo
resuelve de la siguiente manera:
El autor abrevia y humaniza las explicaciones sobre la posibilidad de los milagros, a la vez
que su lógica es menos mecánica y más matizada que la de su fuente latina. El hecho
milagroso, sobrenatural por excelencia, se cuenta desde una perspectiva humana que
posibilita y acerca su explicación. El arte del riojano aproxima a los lectores-oyentes la
intriga narrativa, convirtiéndola en «verosímil». El milagro ya no es sólo posible por las
explicaciones extranarrativas religiosas, sino por la capacidad artística de su creador.
Unidad
La trama narrativa de los milagros tiene una fuerte cohesión. Presentan una economía de
medios notable en los personajes y en el desarrollo de la intriga. Ésta se organiza desde el
resultado final para cuya resolución resulta necesaria una intervención milagrosa. En
consecuencia, hay un predominio de la trama respecto a los personajes, que son, en la
mayoría de los casos, puras funciones dependientes del desarrollo narrativo. Además,
Berceo evita las digresiones o las simplifica, por lo que confiere a su obra una gran
trabazón de todos sus elementos. Los relatos están supeditados a una demostración
extraliteraria, didáctica, pero nunca se pierde de vista el argumento que lo propicia. Por
ejemplo, en la fuente latina, una vez que el peregrino del milagro XXII cuenta la
intervención de María, el texto se extiende hasta el final en una larga digresión sobre las
virtudes del manto de la Madre de Cristo. Los peregrinos se han salvado -hecho que
interesa destacar-, pero el autor se olvida de los propios personajes. Berceo añade una
conclusión necesaria y lógica desde la trama que había servido para generar el relato.
Brevedad
Didactismo
Se propone también una mayor devoción, imitación de las relaciones entre los protagonistas
y María. Incluso los mayores pecadores obtienen la Gracia de su intervención, en muchos
casos sin ningún otro mérito que su fervor manifiesto en algún acto externo. La generosidad
en el perdón y la eficacia del arrepentimiento33 proporcionan paradigmas de conducta.
Los virtuosos se verán premiados y los pecadores, auxiliados. La imitación de los
personajes, salvo en el caso de los protagonistas enteramente positivos, no radica en sus
actos sino en su «religiosidad».
Las consecuencias didácticas las sacan los testigos presenciales, el narrador del milagro o el
narrador del marco al dirigirse a sus lectores-oyentes. Generalmente, la ejemplaridad sirve
de colofón. El caso más sencillo relaciona directamente lo narrado con el significado
ofrecido, como en el milagro del ladrón devoto.
Desde diferentes estructuras con sus grados de mayor o menor complejidad se produce un
salto de lo individual, el milagro ofrecido, a lo general, la conclusión deducida. Son
enseñanzas eficaces que proporciona el relato de una historia ejemplar, que también sirve
de «escarmiento en cabeza ajena» en algunos casos.
Este didactismo tiene un carácter pragmático, sin que en ninguna ocasión se ofrezca a
través de la disquisición teórica. Se obtiene mediante una narración instructiva y a su vez
deleitosa), palabras similares a las del Libro de Alexandre35. La forma de presentar la
enseñanza se aparta de la ofrecida en los tratados teóricos. El «docere» se combina con el
«delectare» mediante un relato placentero, al que el autor ha sabido proporcionar unos
intereses estrictamente narrativos.
Anticlímax
Por su parte, el milagro en sí mismo también comienza con una presentación, una situación
inicial36, para finalizar con procedimientos anticlimáticos. Cuando se termina con la
muerte del protagonista, se indica directa o indirectamente la salvación de su alma, o su
castigo físico (XVIII), en este milagro excepcional explicable por su antisemitismo
medieval. En los relatos de personajes cuya vida se prolonga después de la finalización del
milagro, la narración continúa con el fallecimiento del protagonista y la salvación de su
alma. Por ejemplo, en «La boda y la Virgen» (XV) se aventura el posible final, como en la
fuente latina. Más significativo resulta el de la abadesa preñada (XXI). La conclusión
culmina con la vida y muerte del hijo tenido por quien «pisó yerva enconada». Por un
procedimiento u otro, los milagros, como los relatos tradicionales, a excepción del
romancero, comienzan y finalizan con situaciones anticlimáticas, de las que se extraen
conclusiones didácticas, se ensalza a María y se procura mantener la atención de lectores-
oyentes.
Linealidad de la trama
No obstante, Berceo en otros ejemplos altera el orden lineal. En los milagros XIX y XXII
un grupo de personas se salva de un peligro físico, una marea (XIX) o un naufragio (XXII).
Posteriormente, ven aparecer una mujer que ha dado a luz (XIX) o un romero (XXII),
quienes retrospectivamente cuentan el milagro. En el primero, Berceo se aparta del original
latino al poner el relato en boca de la protagonista, posiblemente influido por la estructura
del XXII que utilizaba dicha técnica. La innovación me parece una de las más sagaces
alteraciones. Con ello resuelve dos problemas: da mayor veracidad a lo sucedido y crea una
suspensión del sentido mediante la ruptura de los órdenes. Las personas salvadas quedan
expectantes por saber qué ha ocurrido a un compañero, lo que narrativamente no se
resuelve hasta que puede contarlo. En su resolución técnica se añade un mayor interés,
muestra de la habilidad del poeta riojano. Pero en estos dos casos, como en los relatos
tradicionales, la ruptura de la linealidad se ha producido a través del diálogo.
Como en el caso anterior, la transición no ha podido ser más hábil, puesto que ha utilizado
un nexo de unión entre los dos personajes, el tablero, a la vez que deja inmovilizado al
judío para hablar del mercader. Frente a la complejidad de la técnica en las prosificaciones
artúricas europeas, Berceo se intenta acomodar a los órdenes lineales. Si en algún caso se
produce una ruptura, refleja una gran perspicacia narrativa.
Cuadros escénicos
En la Introducción de los Milagros de Nuestra Señora existe una correspondencia entre los
elementos literales y los alegóricos, que ha sido señalada por la crítica: la romería
remite al viaje y a la vida; el prado y su verdor, a María y su virginidad; los ríos, a los
cuatro Evangelios; los árboles y su sombra, a los milagros de la Virgen y su
intercesión corredentora; las aves, a los apologetas; y las flores, a los nombres de María.
El objetivo del poeta, como hemos indicado, es anunciar el “buen aveniment” (c. 1 c) de
María, sobre la base de su función en la historia de la salvación, es decir la de ser el antitipo
del pecado del primer hombre y la primera mujer. El método tipológico de composición
utilizado por Berceo en la Introducción tiende a presentar la oportunidad que tiene
el género humano, a través de María, de recobrar la gracia perdida, es decir la “posibilidad
de un retorno a Edén”.20 En ese contexto, cobran sentido las imágenes que evocan el
paraíso del Génesis y las profecías del Antiguo Testamento porque ellas permiten al
hombre ‘rechazar’ la existencia histórica y unirse a una realidad absoluta que se opone al
mundo profano.
La higuera es considerado el más fértil de todos los árboles y, por lo tanto, refiere a la
Virgen puesto que ella es más fecunda en virtudes y buenas obras que el resto de los santos
que son los árboles del paraíso y porque, aunque dio a luz un único hijo, en Él se ha
convertido en la madre de toda la progenie humana. También representa la higuera a
Cristo porque al final de su vida temporal fue depositado negro y sin los colores de la
vida –tal como son los frutos de la higuera cuando maduran– en el sepulcro.
De la estrofa 7 a la 15 tiene lugar un desarrollo de los tópicos que ya han sido presentados
para mostrar que en el prado reina una paz y una felicidad que no se puede comparar con
ninguna, empleado como sinónimo de paraíso y que pone de relieve el lazo entre la alegría
cristiana y la belleza de la naturaleza: las imágenes florales y acústicas se confunden para
dar a toda la descripción del prado de la Introducción la profundidad semántica de
una alegoría que ilumina en un presente imaginario la perfección del pasado originario.
Autor
Todo lo que se sabe de la vida del poeta es lo que él ha declarado al comienzo y al final del
libro del Buen Amor:
Vivió a mediados del siglo XIV (1283-1351)
Nombre y cargo: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita: verso 19
Fecha de las ediciones de la obra (1330-1343): versos 1634
Lugar de nacimiento: creen que fue natural de Alcalá de Henares: verso 1510
La obra: el título de la obra: versos 1671-1683
El autor: descripción: verso 1485
Título: refleja la devoción medieval de su autor, pues “buen amor” es en su grado más alto,
amor de Dios, en grado menor es amor cortés: mundano al fin. Aparece en la cobra, tres
veces: copla 608, 423, 937, 699, 1583 a 1217.
Contexto: S. XIV; las circunstancias locales determinan un arte menos común con el resto
de occidente y las centurias anteriores.
Género: Magamat Semíticas, de autor árabe, donde un pícaro que predica la virtud y la
devoción que está lejos de practicar, para pasarlo bien a costa de su prójimo, declama en
reuniones (magamat). Un narrador cuenta sus fechorías en primera persona. Los temas en
verso, sobre moral.
Las fábulas
Instrucciones moralistas que amonestan: no hagan como la cigarra o como el cuervo
Destacar el poder de las dádivas: sátira contra el dinero.
Novela amorosa en forma autobiográfica.
Relatos alegóricos:
La respuesta de Don Amor contiene la preceptiva amorosa que tiene Juan Ruiz
completa con reglas de moral y urbanidad: se retoma al arte de amar de Ovidio
- El enamorado debe servir a la dama asiduamente: 474, 457
- Don Melón acusa al Amor como responsable de los pecados del mundo y el
segundo da consideraciones de cómo ha de ser la mujer y el galán.
Disputa entre Don Carnal y Doña Cuaresma: parodia de los cantares de gesta
Métrica:
Cuarteta monorrima de versos que oscilan entre las 14 y 16 sílabas
Cuaderna vía con espíritu juglaresco v. 1008: tetrástico, monorrimo. Se compone de
cuatro versos alejandrino, es decir, de catorce sílabas, con rima consonante
uniforme (monorrimo), repartidos en dos hemistiquios de siete sílabas, con pausa o
cesura entre ellos.
Fuentes:
El libro de Calila e Dimna: el asno sin corazón y sin orejas. Comparación con “el
león estuvo enfermo, le dolía la cabeza…”
Pamphilus: comedia latina
Ovidio: Ars amandi
El impulso renovador de la poesía del siglo XVI se inaugura hacia 1330 con el poemario
más original y polémico de todos los escritos de la Edad Media española: El libro del buen
amor, libro que compartió una época especialmente llena de convulsiones políticas.
Contribuyó a una crisis social, ya que a los problemas demográficos se sumaron los de la
sucesión del rey. En castilla se sucedieron luchas nobiliarias por el poder en un periodo de
anarquía señorial que presidió la minoría de edad de Alfonso XI. Se ha convertido en
tópico decir que en ese momento empezaron a primar los valores aristocráticos, lo cual
produjo una nueva literatura más realista y satírica en la que predominaron la habilidad, la
astucia y el dinero sobre otro tipo de valores religiosos o caballerescos.
Basta recordar al lector que en literatura nunca son los temas en sí los que marcan
diferencias significativas, sino las formas en que se tratan, de modo que entrar en un
determinado patrón genérico o desviarse de él en algún sentido, puede implicar toda una
filosofía. Y es precisamente lo que ha querido mostrar Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.
Uno de los “misterios” del libro es su doble intencionalidad: didáctica, por un lado, porque
alerta sobre las trampas del loco amor del mundo, y lúdica por otro, porque da pautas para
pecar.
Son un total de 14 historietas que nos introducen en la vida cotidiana de la ciudad a través
de mujeres de distintas clases sociales que protagonizan los fracasos amorosos del narrador
y en las que interviene siempre una figura alcahueta o el mensajero torpe. Tales historias
ciudadanas tendrán además una intencionada contrapartida en las aventuras en la sierra de
Juan Ruiz (coplas 950 a 1022), pues la descripción de los encuentros con las serranas
(contrarias al canon estético de la época que él mismo describe en otros pasajes) es todo un
alarde de imaginación con el fin de parodiar cómicamente el idealismo de las antiguas
pastorellas provenzales.
Consideraciones:
EL SIGLO XIV
Comienza un lento camino a la época moderna, se dan cambios de una época teocéntrica,
controlada por la Iglesia, se pasa a algo más mundano, más individual.
Al ascetismo de los siglos anteriores sucede ahora la aparición de la nostalgia de los goces
vitales, al desprecio de la mujer, su exaltación como fundamento del amor, la pasión, el lujo
y el placer carnal. Al desprecio de los bienes mundanos, su admiración, todavía lastrada de
la conciencia del pecado. Se produce una evidente crisis de los valores e ideales religiosos:
a la concepción de esta vida como un tránsito sin valor para la otra verdadera, la
acongojada nostalgia de su belleza y su fugacidad.
Se muestra la lucha entre lo terrenal y lo divino, tensión entre el humanismo ya naciente del
Renacimiento próximo.
Crisis del siglo XIV es la denominación historiográfica de uno de los períodos que puede
considerarse como de crisis secular o crisis general, al menos para Europa y la cuenca del
Mediterráneo. Temporalmente abarca el tramo final de la Edad Media, hasta la
recuperación de la población, el dinamismo económico y el nuevo vigor cultural que
trajeron el Renacimiento y la Era de los descubrimientos. En las interpretaciones de la
historia de la civilización occidental se la considera un factor determinante para explicar la
transición de la Edad Media a la Edad Moderna.
Causas: La terrible crisis demográfica vinculada a la peste negra o peste bubónica de 1348
y las epidemias que se sucedieron cíclicamente durante los decenios siguientes, que
redujeron la población de Europa en no menos de un tercio.
Los desequilibrios económicos que afectaron a todos los sectores (cambios en el uso de la
tierra -equilibrio entre agricultura y ganadería-, alteración de las rudimentarias estructuras
tradicionales del comercio y el crédito, etc.)
Las convulsiones sociales, políticas e ideológicas que la siguieron:
Las concentraciones de herencias, la confusión en los gremios, el aumento relativo de la
importancia de las ciudades. La desestabilización definitiva de las cadenas de vasallaje;
recrudecimiento de los conflictos militares (Guerra de los Cien Años) frente al clima de
relativa seguridad percibida desde el final de la época de las invasiones de la Alta Edad
Media; aumento del poder de los reyes en Europa Occidental que superan el concepto de
monarquía feudal y avanzan en la conformación de las monarquías autoritarias.
Nostalgia y angustia por lo efímero, la belleza que se termina, los bienes materiales
que se pueden perder, el tiempo que pasa y que es fugaz.
Lo que se mantiene del siglo XIII en el XIV, es el miedo a la muerte y a la
descomposición del cuerpo. Esta cuestión no es tan latente en el XIII, por la
concepción de la vida terrenal como un tránsito.
MARÍA ROSA LIDA DE MALKIEL
Marco histórico de la época: Primera mitad del siglo XIV (baja EM), cuando Juan Ruiz,
Arcipreste de Hita escribe su libro. Lo compuso desde la cárcel, encerrado por orden del
arzobispo de Toledo. En ese entonces España se encontraba dividida en cuatro reinos
independientes: Aragón, Navarra, Castilla y Granada. En el plano político-social, la
sociedad estaba organizada en nobleza, clero y pueblo llano. En este mundo regido por un
sistema feudal (s. XII, XIII, XIV) la tierra constituía el bien mayor, y era pertenencia de los
nobles y clérigos, que tenían a sus órdenes campesinos obligados a trabajar la tierra a
cambio de protección. Sin embargo, esta situación empieza a cambiar poco a poco cuando
los campesinos expresan su disconformidad y comienzan a poner condiciones a los
propietarios de las tierras.
Prólogo
Plegaria a Dios y a la Virgen
Dos poesías líricas a los siete gozos de la Virgen: cuaderna vía.
Comienza una novela autobiográfica, escudada en una cita burlesca de Aristóteles y
una cita grave de San Pablo.
Primera aventura: frustrada por la virtud de la dama y por la intervención de los
parientes, que calumnian al poeta, anuncia varias composiciones líricas, que el
Arcipreste compone para agradar a su amada pero que los manuscritos han
conservado. En cambio, han transmitido varias fábulas con las que la dama apoya
sus réplicas. Primera aventura = defensa de la mujer. Edad Media oscila entre
vituperio y desaprobación y el elogio cortesano de la mujer.
Segunda aventura: tema jocoso tradicional, Juan Ruiz enamorado de una moza
panadera de nombre Cruz, le envía un mensajero el cual se la quita. La segunda
derrota provoca reflexión, el autor cree en el poder de los astros, de ahí la tercera
aventura con una dama perfecta que rechaza presentes y canciones. Fábulas para
ilustrar.
El poeta narra sus encuentros con cuatro vaqueras en la Sierra de Guadarrama,
agregando al final de cada uno la correspondiente versión lírica: pastorela burlesca
(sus vaqueras son interesadas y lascivas).
Devociones en el santuario de Santa María del Vado.
A continuación, se sitúa otro largo episodio de tema tradicional. De pelea entre Don
Carnal y Doña Quaresma. Empieza con una parodia en las cartas que Doña dirige a
los fieles y desafía a Don Carnal.
El poeta retoma su supuesta autobiografía
Epílogo.
Otros escritores de la época: Don Juan Manuel, El canciller d Ayala, Rabí Don Sem Tod,
Alfonso X.
Obra didáctica: es una obra con carácter didáctico ya que tiene propio carácter teórico,
porque responde a concepciones sobre la educación, la sociedad, el sujeto, el saber, la
ciencia. El género didáctico es el género que tiene por finalidad la enseñanza o divulgación
de ideas expresadas de forma artística, con el lenguaje elaborado y recursos de filosofía.
GERARDO RODRÍGUEZ
Zapatero sostiene que a través de las obras literarias se revela la imagen de una sociedad. L
creación intelectual y su difusión se desarrollan durante los siglos XIV y XV. Las
influencias se originan en el ambiente de crisis transformaciones sociales, aumento de
guerras, violencia y epidemias, el desprestigio de la jerarquía eclesiástica y cambios
políticos.
Las lenguas vernácula (propias del lugar) viven una magnifico desarrollo literario desde el
siglo XIV, adquiriendo las nuevas literaturas diversidad temática y de manifestaciones, esta
pluralidad da mayor originalidad a la vida cultural española.
El libro del buen amor ejemplifica las múltiples interrelaciones con el contexto histórico.
Como los refranes de alimentos: carne, vino y pan, los tres alimentos básicos. La carne
animal se entendía como un alimento muy nutritivo. En los pasajes dedicados a los pecados
mortales, la relación de la gula con la carne es directa, destacando la cualidad atribuida a
dicho alimento, el de recuperación de la debilidad física.
Además, es una obra que alterna y presenta cambios de tono de lo grave a lo cómico, de lo
culto a lo coloquial, de lo sagrado a lo profano. Como la parodia entre Carnal y Quaresma,
donde se manifiesta la cultura cómica popular, en tanto las múltiples formas de la risa se
oponían a la cultura oficial religiosa y feudal. A través de la descripción de las relaciones
jerárquicas, privilegios, reglas, tabúes. Las formas carnavalescas con una verdadera burla
del culto religioso.
EL DRAMA
El teatro religioso
Los ciclos: de ahí surgen las primeras obras teatrales del periodo medieval religioso,
agrupadas principalmente en los ciclo de las festividades:
- Ciclo de Navidad: Profecías, Nacimiento, Adoración de los reyes y de los
pastores
- Ciclo de la pasión: Incluyendo todos los episodios de la redención, llanto de
María.
Las dos direcciones del teatro religioso medieval: al avanzar la Edad Media se realizaron
observaciones en el teatro religioso:
Estas dos direcciones hay que tenerlas en cuenta para comprender el origen de dos géneros
literarios importantes en el Siglo de Oros:
Los juegos de escarnio: no todo en la Edad Media, estaba dentro del carácter religioso.
Existían en esta época, juegos de escarnio, farsas, monólogos de carácter profano, satírico y
desvergonzado. La existencia de los juglares, mimos e histriones de rosa índole nos hace
suponer.
El auto de los reyes magos es el más antiguo de los textos del teatro medieval que ha
llegado hasta nosotros del siglo XIII. Sirve para comprender el carácter ingenuo y sencillo
de esta literatura.
CEAL: El único ejemplar del drama litúrgico castellano que se conservó, aunque
incompleto. Es de la segunda mitad del siglo XIII, en el cual se pueden rastrear sus orígenes
franceses.
LA NARRATIVA
Reinado de Alfonso X (1254-1284): progreso de las letras y las ciencias, bajo cuyo amparo
se produjeron las obras de mayor envergadura intelectual de todo el siglo XIII Creación de
uno de los centro de traducción más importantes de la Europa medieval. Fue la traducción
de tratados filosóficos y científicos árabes en lo que España aventajó a otros países.
Proporcionando, hasta el siglo XV incluso, versiones latinas que circularían por toda
Europa. En cuanto a la literatura, dos de las colecciones de cuentos orientales más famosas
fueron vertidas a lengua romance en los primeros años del reinado. El proceso de
traducción se obtuvo mediante la colaboración de cristianos, musulmanes y judíos, por ser
en su mayoría trilingües Empresa alfonsí = impulsora de la prosa literaria en castellano
Alfonso x "el sabio", ha pasado a considerarse como autor de una serie de textos
científicos, jurídicos e historiográficos de los que en realidad fue mero corrector, supervisor
o enmendador cómo el mismo quiso reconocerse.
Datos biográficos: Don Juan Manuel nació en la villa de Escalona, era sobrino de Alfonso
X "el sabio", nieto del rey Fernando e hijo del infante Don Manuel, pertenecía a familia
poderosa y rica de Castilla. Durante los reinados de Fernando IV y Alfonso X intervino
activamente en las luchas nobiliarias. Fue el primer narrador castellano que organizó su
propia colección de cuentos, autor siguió fiel al pensamiento de los dominicos. Dominicas
(doctrina que tenía el propósito de predicar, contemplar y compartir después del siglo XIV
salían a predicar ejemplos morales).
Género: género narrativo, cuentos diversos orígenes encuadrados dentro de una amplia y
fructífera corriente de la literatura didáctica. Género didáctico y narrativo.
Intención del libro: el libro tiene una intención didáctica-moral su didactismo se inspira en
la religión cristiana y en los conceptos tradicionales de la edad media; los entretenidos
ejemplos o cuentos aparecen par que el lector vaya extrayendo las oportunas enseñanzas
morales. Fue escrito con el deseo de que los hombres hagan en este mundo tales obras que
les resulten provechosos para su honra, su hacienda y estado, así como para que encuentren
el camino de la salvación.
Estructura: El Conde Lucanor se compone de dos prólogos y cinco partes, muy diferentes
cada una de ellas. La primer parte, única que se publica en versión modernizada. Esta
primera parte está formada por un conjunto de 51 ejemplos o relatos, que suministran una
unidad formal y una estructura mantenida a lo largo de todo c conjunto. El conde pide un
consejo ante una situación vital y el consejero Patronio relata el cuento ejemplar se formula
una sentencia que queda resumida en los versos finales.
Según Lina R. C, utiliza una estructura simple: dos interesantísimos prólogos al principio
donde manifiesta una fuerte concepción jerárquica de la inteligencia humana y
comprensión de textos. Luego diálogo entre un noble y su consejero, pidiendo y dando
consejos prácticos. Por último la aplicación moral.
Prólogo
Cuentos: 51 exiemplos, al final de cada cuento aparece la enseñanza moral.
Temas:
Aspecto espiritual: la salvación del alma (a partir de este tema giran otros como
amistad con Dios, la providencia, etc)
Aspiraciones materiales, políticas y sociales:
Mantenimiento y acrecentamiento de la honra del caballero.
El incremento de bienes y riquezas.
Guerras, paz.
Comportamiento humano (la mentira, engaño, verdadera amistad, soberbia)
Beguinas-hipocresía: orden de mujeres.
Culto mariano
Fuentes:
Doctrina dominica
Procedencia árabe
El escritor utiliza una estructura simple: diálogo entre un noble y su consejero, que son la
voz dividida del alter ego del autor, pidiendo y dando consejos prácticos durante una
sucesión indeterminadas de días. (Tradición oriental), procuró claramente separar
regularmente las narraciones de su aplicación moral, poniendo así de manifiesto su
capacidad para el relato y para reflexión filosófica. Prefiere ilustrar su doctrina con casos
cercanos a él y ejemplos contemporáneos.
Un tema central en sus discursos, que va desde Patronio a otros libros es el narcisismo de
casta, es decir, toda su preocupación por la misión del noble caballero en una vida regida
por la idea de la fama y la honra mundanas.
Este libro fue escrito por don Juan, hijo del muy noble infante don Manuel, con el deseo de
que los hombres hagan en este mundo tales obras que les resulten provechosas para su
honra, su hacienda y estado, así como para que encuentren el camino de la salvación. Con
este fin escribió los cuentos más provechosos que él sabía, para que los hombres puedan
guiarse por medio de ellos, pues sería extraño que a alguien le sucediera alguna cosa que no
se parezca a alguna de las contadas aquí.
Como don Juan ha visto y comprobado que en los libros hay muchos errores de copia, pues
las letras son muy parecidas entre si y los copistas, al confundirlas, cambian el sentido de
muchos pasajes, por lo que luego los lectores le echan la culpa al autor de la obra, pide don
Juan a quienes leyeren cualquier copia de un libro suyo que, si encuentran alguna palabra
mal empleada, no le culpen a él, hasta que consulten el original que salió de sus manos y
que estará corregido, en muchas ocasiones, de su puño y letra.
Estos son los libros que ha escrito hasta el presente: Crónica abreviada, Libro de los sabios,
Libro de la caballería, Libro del infante, Libro del caballero y del escudero, Libro del
conde, Libro de la caza, Libro de las máquinas de guerra, Libro de los cantares. Estas obras,
manuscritas, están en el monasterio de los dominicos de Peñafiel, que fue construido por el
mismo don Juan Manuel. Cuando las hubieren visto, si encuentran en ellas ciertas faltas o
incorrecciones, no las deben achacar a su voluntad sino a su cortedad de entendimiento,
porque se atrevió a tratar temas tan importantes y difíciles.
Aunque sabe Dios que lo hizo para enseñar a quienes no son sabios ni letrados, por lo cual
escribió todos sus libros en castellano, demostrando así que fueron escritos para los más
iletrados, para gente de escasa cultura como lo es él.
Contexto Histórico
El siglo que le tocó vivir a don Juan Manuel fue una época caracterizada por la
inestabilidad política, por la crisis espiritual y económica y por la regresión demográfica.
La inestabilidad política fue muy marcada en el reino de Castilla durante las minorías de
edad de Fernando IV y Alfonso XI, con una nobleza ansiosa de poder que intentaba
dominar a la reina regente, doña María de Molina, apoyada sólo por los concejos de las
ciudades, que veían en ella y en la institución monárquica un factor de equilibrio frente a
los nobles. A pesar de lo que podamos leer en su obra literaria, el llamado impropiamente
«infante» don Juan Manuel no fue ajeno a las apetencias de su clase, participando él
también en esas luchas nobiliarias. Con la mayoría de edad de Alfonso XI (1325), cesan las
luchas pero las ciudades se ven postergadas en aras de una mayor centralización.
Tanto en el terreno religioso como en el campo del pensamiento se vivieron años muy
duros. La Iglesia romana tuvo que pasar por la afrenta de ver al papado sometido al rey de
Francia y por la tremenda prueba del Cisma de Occidente, con dos papas que
simultáneamente reclamaban para sí la obediencia de toda la cristiandad. Este clima
repercutió en los fieles, que abrazaron diversas herejías o formas extremas de religiosidad,
despreciando el lujo de la corte romana y el esplendor de la liturgia católica.
Conviene recordar, sin embargo, algunos avances de la época que impulsaron un cambio en
los hábitos lectores. Hubo una mayor difusión de la lectura y escritura, como consecuencia
de los acuerdos tomados en el Concilio de Letrán (1215), y más facilidad para la
producción de libros, como resultado de la utilización del papel, que empezó a sustituir al
pergamino. Al mismo tiempo, el invento de las lentes de cristales convexos alargó la vida
lectora de quienes podían desentrañar el significado de un ejemplario o de una crónica
histórica. Se puso de moda leer una obra ante un círculo de amigos y oyentes, con la mayor
fidelidad al texto escrito que este método entrañaba.
Biografía
Don Juan Manuel nació en la villa de Escalona y fue amamantado por su propia madre,
detalle que el propio don Juan recordaba con cierto orgullo casi freudiano. Era sobrino de
Alfonso X el Sabio y nieto del rey San Fernando -como hijo que era del Infante don
Manuel-. Pertenecía, pues, a una de las familias más poderosas y ricas de Castilla y siempre
blasonó de su linaje y honra, llegando a decir en el Libro de los Estados que él era uno de
esos hombres a quienes más conviene morir que perder su honra.
La Didáctica Medieval
Buena parte de la obra de don Juan Manuel debe ser encuadrada dentro de un amplia y
fructífera corriente de literatura didáctica, que está a caballo entre los siglos XIII y XIV, y
por ello nos parece conveniente ofrecer algunas muestras destacadas de la tendencia
literaria en que es preciso situar la obra del señor de Peñafiel. Don Juan Manuel siempre
fue escritor didáctico, aunque los elementos puramente narrativos aparezcan con mayor
intensidad en algunas obras, especialmente en el caso de El Conde Lucanor, que puede ser
considerada su mejor obra.
Tanto Alan Deyermond como María Rosa Lida de Malkiel (ver bibliografía) insisten en la
importancia que tuvo para la obra de don Juan Manuel la orden de los frailes predicadores.
Nacidos para educar al pueblo y combatir las herejías, mantuvo el autor de El libro de los
Estados excelentes relaciones con ellos, tanto en el terreno personal como en el ideológico.
Como gran señor que era, les brindó su apoyo y protección, encomendándoles la custodia
de los famosos manuscritos originales. También levantó a sus expensas, en Peñafiel, un
convento para la orden, en cuya iglesia quería ser enterrado. Recibió la amistad agradecida
de importantes dominicos, a quienes dedicó incluso alguna obra suya.
Pero donde más nos interesa centrarnos es en el influjo ideológico que estos frailes
predicadores pudieron ejercer en las ideas morales de don Juan Manuel. Defendían los
dominicos la inexistencia de incompatibilidades entre el mantenimiento de la honra, el
propio enriquecimiento dentro de la clase social y la salvación del alma. Aunque no
llegaron nunca a proponer la supremacía del fin sobre los medios ilícitos para conseguir
aquel, parece que don Juan Manuel sí pudo ver, en algunos sermonarios o en simples
charlas con sus predicadores predilectos, cómo el fin bueno podía justificar la utilización de
medios alevosos. Podría decirse que traicionó -consciente o inconscientemente- la base
moral de una doctrina y trasgredió sus límites en beneficio de su estado y condición.
No obstante, casi al final de sus días, parece que resolvió el dilema entre moral cristiana y
moral utilitaria en favor de la primera, llegando a mostrarse un celoso señor preocupado por
la armonía social de sus vasallos en Peñafiel y arrepentido también ante Dios por sus
muchos «yerros e pecados que yo cometí».
El Conde Lucanor
La obra más justamente famosa es el Libro del Conde Lucanor, formado por un conjunto de
cincuenta y un cuentos de muy diversos orígenes. A las preguntas y dudas que tiene el
Conde Lucanor, Patronio, su consejero, le responde con un relato adecuado a las
circunstancias y del que se extrae una enseñanza que queda resumida en un pareado.
A pesar de este marco fijo, el libro es de una extraordinaria riqueza, tanto por los temas
como por los personajes, así como por la variedad de ambientes y tonos del discurso,
aunque la sintaxis sea poco cambiante y todavía domine la coordinación copulativa. La
fertilidad del libro ha sido puesta de manifiesto repetidas veces, por ser motivo de
inspiración algunos de sus relatos para creaciones posteriores.
Escrito El Conde Lucanor en 1335, trece años antes que el Decamerón de Boccaccio con
cuya fama se le ha comparado muchas veces, hay que decir, sin embargo, que frente al
vitalismo del italiano, cuya obra refleja un claro sentido materialista y pagano, siendo muy
frecuentes los casos de amor carnal, el libro de don Juan Manuel es de un extraordinario
pudor, pues siempre pasa como de puntillas sobre este tema. Ni siquiera en los cuentos
donde los personajes centrales están casados se permitió el autor la más leve licencia para
narrar aspectos eróticos o amorosos. Citemos algunos casos: la noche de bodas del
mancebo que casó con mujer muy brava, la figura de doña Vascuñana, el caso de la esposa
de un vasallo del sultán Saladino, que defiende ingeniosamente su honra, o el de un filósofo
anciano que hubo de adentrarse en la calle donde vivían las malas mujeres.
El Conde Lucanor se compone de dos prólogos y cinco partes, muy diferentes cada una de
ellas. La primera parte, única que aquí publicamos en versión modernizada, está formada
por un conjunto de cincuenta y un ejemplos, que tienen una visión globalizadora ya que
pretenden ofrecer una doctrina válida para todas las circunstancias delicadas en que pueden
hallarse sus lectores.
En la segunda parte, además de un razonamiento dirigido a don Jaime de Jérica, gran amigo
suyo, cambia de estilo: abandona el relato y se centra exclusivamente en la enseñanza
moral, utilizando para ello aforismos o sentencias. Con cierto sentido del humor advierte
don Juan a sus lectores que, si ahora no entienden sus enseñanzas, será por culpa de don
Jaime, que le pidió más oscuridad y concisión, o por falta de entendimiento en quienes lo
leen. Declara su intención de seguir tratando temas que puedan convenir a los hombres para
la salvación de sus almas, el provecho de sus cuerpos y la conservación de sus riquezas y
dignidades.
La parte tercera, muy parecida a la anterior, contiene cincuenta proverbios, que, según
declara don Juan Manuel, son más oscuros y difíciles de entender que los relatos de la
primera parte, así como los casi cien proverbios de la segunda.
En la cuarta parte Patronio previene a su señor de la oscuridad con que seguirá tratando sus
temas, cosa que hace por la mayor dificultad de la materia sobre la que versan, y le insta a
seguirlo con suma atención.
En la quinta y última parte reaparece el moralista medieval preocupado por la salvación del
alma. Estas son las condiciones que adelanta Patronio para lograrlo: presencia de la fe en la
vida del hombre y actuación según su espíritu; no tener dudas sobre los artículos de la fe
católica; la práctica de buenas obras con la intención -20- de hacerse merecedor por ellas
del cielo; no acometer malas acciones, que pueden llevar el alma del hombre al infierno.
A la vista del simple enunciado de los contenidos de cada una de las partes, creemos que no
será necesario insistir en los motivos que nos han llevado desde el principio a publicar sólo
la primera, teniendo en cuenta también al público lector a quien va destinada esta colección.
Estructura y marco de El Conde Lucanor
A pesar de que el Libro del Conde Lucanor carece de unidad temática, presenta una
estructura que llama mucho la atención, aunque no representó novedad alguna en el
panorama literario de su tiempo: los relatos insertados en un marco eran un procedimiento
frecuente en la narrativa oriental, de la que don Juan Manuel no podía menos que ser
deudor.
Los cuentos de esta primera parte tienen un marco con un valor exclusivamente funcional.
Veamos los pasos: localización espacio-temporal («Otra vez hablaba el Conde Lucanor con
Patronio»), que presenta muy pocas variantes; exposición del problema o asunto que
preocupa al Conde («Un hombre se reunió conmigo; uno que parece mi amigo...»), también
con pocas variantes, salvo en el problema que plantea a continuación; permiso solicitado
por Patronio para poder ayudar a su señor a través del relato de una historia adecuada;
narración de la historia, aventura o fábula; complacencia del Conde y agrado de don Juan
Manuel, que manda incluirlo en su libro, con los dos versos finales (moraleja).
Aunque algunos temas del libro han quedado apuntados en nuestro preámbulo, conviene
que volvamos de nuevo sobre esta cuestión.
Fácilmente se comprueba que las preocupaciones de que trata don Juan Manuel en toda su
obra, y en concreto en El Conde Lucanor, están justificadas por su ideología personal y de
clase, así como por el público al que se dirige. Por su visión del mundo y por sus ideas
políticas, don Juan pertenece a una clase social en decadencia enfrentada a la nueva
sociedad que va naciendo en España. En este siglo de crisis, nuestro autor parece querer
superarla volviendo a los valores de la tradición caballeresca.
Don Juan, como cualquier moralista de la época, trata de los temas que podían preocupar
entonces: la salvación del alma, el mantenimiento y acrecentamiento de la honra y el
incremento de los bienes y de la riqueza. En el plano trascendente, el problema de la
salvación está vinculado al propio estado social. Sobre este tema giran otros, como la
predestinación, la amistad con Dios, la providencia, etc. En el plano sociopolítico, los temas
se centran en la honradez del caballero: la fama, la amistad, la prudencia, la codicia, la
adulación, etc. Sin embargo, como ya se vio antes, la posición de don Juan Manuel ante la
vida no siempre se puede decir que se inspira en la moral más estricta: con muchísima
frecuencia recomienda a sus lectores la cautela y el disimulo.
Podríamos concretar aún más estos temas, como hace el profesor Alfonso I. Sotelo. Sería
así: aspiraciones y problemas espirituales (la salvación); aspiraciones materiales, políticas y
sociales (la guerra, la paz, el enriquecimiento); el comportamiento humano (la mentira, el
engaño, la verdadera amistad, la soberbia). Pero conviene también decir que estos últimos
temas son planteados no con una perspectiva satírica sino moral, y desde su peculiar -a
veces- concepto de la moralidad.
La intención didáctica
En toda la obra de don Juan Manuel predomina el elemento didáctico-moral sobre cualquier
otro aspecto. Su didactismo, como ya hemos visto, se inspira en la religión cristiana y en
los conceptos tradicionales de la Edad Media. Don Juan Manuel justifica así el carácter
aparentemente divertido de El Conde Lucanor para corroborar su afán didáctico: «Hice
como los médicos, que cuando quieren curar el hígado, que gusta mucho del azúcar,
preparan medicamentos muy dulces, para que, al atraer para sí el azúcar, reciba también la
medicina que lo sanará». Así pues, los entretenidos ejemplos o cuentos no están al servicio
de sí mismos, ni del solo entretenimiento del lector, sino que aparecen para que este vaya
extrayendo las oportunas enseñanzas morales.
En aquella época, cuando un escritor épico (el juglar) era un ser de muy poco relieve social,
don Juan Manuel se vio obligado a marcar las distancias que lo separaban tanto de clérigos
(mester de clerecía), como de juglares o hacedores de títeres. Por una parte, recuerda su
ascendencia: «No hay hombre en España de más ilustre linaje que vos», dice a su hijo en el
Libro de los castigos; y por otra parte, indica expresamente en el Prólogo que ha hecho el
libro «para que los hombres que lo leyesen saquen de él provechosas lecciones que
redunden en beneficio de su alma y hacienda». Podrá el lector distraerse con los cuentos,
pero sin olvidar nunca su fin moral.
Como sugiere J. L. Alborg, quizás en el fondo no hubo en don Juan Manuel más que el
gusto por la obra bien hecha, esto es, el gusto por la belleza literaria, aunque en su siglo se
viera obligado a hacer concesiones y tuviera que enmascarar todos sus anhelos bajo la
lección moralista. Por eso se vería obligado a darse una explicación a sí mismo, dándosela
también a los demás, para poder escribir sin inspirar ni sentir desdén o desprecio por su
obra, fruto de una actividad tan poco frecuente en su clase social.
Las fuentes de El Conde Lucanor han sido cuidadosamente estudiadas por varios críticos,
sobre todo por Deyermond, M.ª Rosa Lida y Diego Marín.
A este mismo influjo es achacable, según D. Marín, el gusto por el elemento personal y
autobiográfico en el libro. Como cualquier otro autor, don Juan Manuel plantea en el libro
los temas que le preocupan, sin que ello signifique propiciar una lectura que nos haga
pensar en la veracidad de sus afirmaciones. Si con reiteración nos dice: «me ocurrió que»,
«un hombre vino a mí», etc., ello no es más que una identificación psicológica del autor
con sus personajes y, en especial, con el Conde Lucanor.
Conexa con el problema de las fuentes literarias de sus relatos queda la cuestión de su
originalidad. Son muchos los críticos que equiparan a don Juan Manuel con Chaucer en
Inglaterra (Los cuentos de Canterbury) o con el mismo Bocaccio, aunque matizando los
mayores logros del italiano, sobre todo por la continua utilización del estilo directo,
mientras que don Juan Manuel propende más al indirecto, y de ahí sus constantes «dijo
que», «le replicó que...», etc. Donde la originalidad del autor del Libro de los estados es
incuestionable es en el sobrio sentido de la forma estructural y del desarrollo psicológico de
sus personajes, que se van haciendo a medida que avanza el relato. El mancebo que se casó
con una muchacha de muy mal carácter no es un personaje plano, ni las acciones por las
que intenta mandar en su casa aparecen desordenadamente, sino organizando un clímax
cuya cumbre será la muerte y el descuartizamiento de su único caballo. Tras esta
incalculable pérdida, la esposa no tendrá más remedio que obedecer a su marido, y lo hará
con miedo, como puede verse también en la simpática escena que ocurre al día siguiente.
Digamos, para terminar este apartado, que don Juan Manuel transforma los esquemáticos
cuentos de sus ejemplarios en verdaderas novelas cortas, porque sabe variar la
construcción, insistir en los detalles y situaciones que sirven a su propósito, graduar los
elementos de la intriga y actualizar la atmósfera ambiental del relato, introduciendo en ella
observaciones de la realidad contemporánea y humanizando a los personajes (piénsese en la
airada y orgullosa respuesta que dio el rey desnudo a sus esclavos negros y en la crudeza de
estos, que no tuvieron empacho en proclamar la dificultad que ellos tenían para saber quién
podía ser su padre).
Lenguaje y estilo
Recordemos en este punto unas palabras de don Juan Manuel que manifiestan su
preocupación por el estilo, cuestión a la que no podía ser ajeno, como escritor que se sentía
responsable único de su obra. Dice en el Libro del Caballero y del Escudero: «Todas las
razones que en él se contienen están construidas con muy buenas palabras y por las mejores
expresiones que yo nunca pude leer en un libro escrito en romance». Principio estilístico
sobre el que vuelve en El Conde Lucanor: «Hice este libro con las palabras más elegantes
que pude encontrar».
Espíritu de selección que no estará reñido con el deseo de brevedad concisa, como
manifiesta también en el Libro de los estados: «...y escribiendo elegantemente la idea que
quiere desarrollar, la construye con las menos palabras que puede».
Dice Giménez Soler sobre la calidad de la prosa de don Juan Manuel: «La prosa castellana
sale de la pluma de don Juan Manuel remozada y renovada; ya no es la del tiempo de su tío
Alfonso el Sabio, y aunque no llega a ser la del Siglo de Oro, está en el punto medio de las
dos y tal vez más próxima a la segunda que a la primera. La variedad de asuntos que trató le
obligaron a usar un abundantísimo vocabulario [...]. Don Juan [...] aprendió, sin embargo, el
castellano de boca de gentes ignorantes, pero que conocían los nombres de las cosas, que
formaban si era preciso neologismos, que hallaban siempre la frase adecuada, y don Juan
no desdeñó ese hablar y lo usó, pero comunicándole la nobleza de su estilo. Todos sus
libros presentan ese carácter y tienen ese mérito de haber legado a la posteridad el habla de
Castilla tal como era en su tiempo y tal como aún es, en cuanto al vocabulario, en muchas
partes de ese reino y fuera de él...».