Caso 1 Juan y Juana llevan diez años de casados.
Han intentado tener un bebé pero no han
podido hasta ahora. Al principio, ella hizo algunos tratamientos de fertilidad, pero con el
paso del tiempo los médicos comenzaron a ofrecerle la posibilidad de la fecundación
artificial. Ellos desean mucho tener su hijo propio, y están a punto de aceptar la propuesta
de los médicos. No obstante, han oído que la fecundación artificial tiene algunas objeciones
éticas. Además, por problemas de salud de Juan, deberían recurrir a un banco de esperma.
¿Qué consejos debería darse a esta pareja desde una perspectiva bioética?
Se considera que reconocer dignidad de ser humano al cigoto es difícil desde la biología, la
filosofía, la sociología, el derecho o la teología. En todo caso aparece como un convencionalismo
que ha de llenar de prudencia la conducta médica como un beneficio más del concepto de respeto
a la vida, pero para hablar con una adecuada orientación de este tema es necesario asentar
criterios para intentar dar una respuesta a la cuestión de fondo.
Los embriones que se van a transferir, ¿se pueden manipular para mejorar su dotación genética?
Teniendo en cuenta que toda intervención sobre el embrión debe ir encaminada a su bienestar sólo
se permiten las manipulaciones diagnósticas y terapéuticas.
En el apartado de bioética correspondiente al embrión se debe considerar el diagnóstico
preimplantatorio que se lleva a cabo en una o dos blastómeras biopsiadas de embriones de 6-8
células y sirve para seleccionar aquellos cuya dotación genética es normal. Realmente el
procedimiento en la actualidad solamente es útil para unas pocas enfermedades pues la técnica de
ampliación génica con la reacción en cadena con polimerasa, que es la que se utiliza, no dispone
de cebadores para utilizarse en todos los casos en que se sospeche patología genética. Las
anomalías cromosómicas se diagnostican con la hibridación in situ fluorescente , y también sólo
algunas de ellas son posibles de diagnosticar
El diagnóstico preimplantacional provoca una reflexión futurista, cuando la identificación del
genoma permita conocer, antes de cualquier opción de emparejamiento, el riesgo de generar
malformaciones de algunos individuos.
Las condiciones para ser donante de semen están muy bien establecidas y normalizadas por la Ley
de Reproducción. Los donantes de semen tendrán que estar libres de enfermedad y sin
antecedentes que tengan riesgo de producir malformaciones. La edad debe estar comprendida
entre los 18 a los 50 años. Algunas cuestiones quedan sin resolución aceptable, como el número
de embarazos que se considera límite para no seguir empleando el semen de un donante en
prevención de la consanguinidad en una población.
Una apreciación bioética debe tener en cuenta en estas situaciones muchos factores. La valoración
individual no aseguraría el acierto, pero una conclusión generalizante lleva a soluciones que exige
la expresión de ese acuerdo para la utilización del semen de forma escrita, que como es natural
debe plantearse y formalizarse con una anticipación algo lúgubre y extravagante para esperar que
se cumpla como un requisito habitual.
Caso 2 Pedro es un paciente terminal. Es una persona mayor, en su larga vida siente que no
todo lo que hizo fue justo y recto. Aunque tiene algunas dificultades para expresarse, está
plenamente consciente. También siente grandes dolores. Los médicos aconsejan aumentar
la dosis de analgésicos, aun cuando con esto perderá la conciencia y posiblemente se
acelere su muerte. ¿Cuál es el modo correcto de proceder en este caso?
Hay que advertir que morir y la enfermedad son parte de la vida humana y, por ello, la muerte
tiene que acontecer de forma natural. En concreto, aceptar esta última supone que deberíamos
prepararnos para la de otras personas, pero también, para la nuestra. Además, hablando con
exactitud, la muerte no existe, existe el proceso de morir. Y este proceso puede ser acompañado y
atendido, no intentar acortar o alargar la vida como si la muerte no ocurriese.
Es más, si se quisiera “evitar” la muerte como un hecho natural, se dejaría de ser persona; y en
la eutanasia, lamentablemente, subyace esta concepción. Esta opción es una comprensión errónea
de la naturaleza y la dignidad humanas al final de la vida.
La muerte nos sitúa en la realidad de lo que constitutivamente somos: seres limitados, finitos,
débiles y frágiles. La enfermedad y la muerte son signos evidentes de esta vulnerabilidad. En este
sentido, se advierte que para todo ser vivo es tan natural nacer como morir.
Así también, el dolor (expresión fisiológica de un mal que tiene una repercusión psico-somática,
vital, relacional-social y espiritual) y el sufrimiento (sufrimiento moral, no solo psicológico, sino
también espiritual; al físico lo llamamos dolor) forman parte de la vida humana. Al ser humano le
gustaría vivir sin sufrimiento y dolor. Pero, el sufrimiento es un elemento consustancial a la vida
humana. Existe una trampa peligrosa: pensar que somos capaces de erradicarlo: eso es imposible,
porque tampoco podemos erradicar o desprendernos de nuestra limitación. Como otro error sería
dar únicamente una solución técnica a aquella realidad que tiene otros muchos factores. El ser
humano es mucho más que el aspecto puramente físico.
Se dice que legalizar la eutanasia tiene como objetivo impedir alargar el dolor y el sufrimiento;
pero la eutanasia ¿es el único medio para evitarlos? Ciertamente, con la eutanasia desaparece el
sufrimiento, pero al precio de eliminar también al que sufre. Debemos eliminar el dolor y el
sufrimiento, pero no a la persona que los padece, y este es uno de los objetivos de los cuidados
paliativos.
El dolor, en abstracto, no existe. Existen los dolientes. Y estos piden no tener dolor, ser
valorados, consolados, escuchados, estar acompañados, tener seguridad ante la incertidumbre de
la muerte, ser tratados y cuidados profesionalmente.
Un buen acompañamiento del enfermo, que evita que se sienta abandonado, como un estorbo o
como un ser molesto, y un correcto discernimiento de las diferentes situaciones son elementos
indispensables para evitar el riesgo del ensañamiento “terapéutico” y de la eutanasia.
Por esta razón, vale la pena pensar sobre la conveniencia de una educación para que el proceso
de morir tenga en cuenta los factores culturales, espirituales y emocionales con los que muchas
personas afrontan la vida y la muerte; para que la muerte deje de ser un tabú social, y para que los
enfermos terminales dejen de ser los grandes olvidados de la medicina.