El cristiano y la política
TEXTO: Mateo 5:13-16, “ Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la
sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada? No sirve ya para
nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un
monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara para
ponerla debajo de un almud, sino sobre el candelero, para que
alumbre a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz
delante de los hombres, de tal modo que vean vuestras buenas
obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
INTRODUCCIÓN:
Pregunta: ¿Puede un creyente participar en política? ¿Cuál debe ser la reacción de la iglesia
frente al involucramiento del cristiano en el ruedo político?
A través de los años, y aun hoy en día, la iglesia ha reaccionado de diversas formas,
principalmente con estas tres posiciones: el activismo social, el fundamentalismo
recalcitrante y la perspectiva bíblica balanceada.
La iglesia activista social es aquella que tiene como propósito los cambios sociales que
mejoren la vida de la población. Fue esta visión que llevó a muchas iglesias a abrazar la
Teología de la Liberación y seguir a teólogos católicos como el brasileño Leonardo Boff, el
sacerdote peruano Gustavo Gutierrez y el sacerdote y guerrillero colombiano Camilo
Torres Restrepo. Muchas iglesias al ver las víctimas de la pobreza, la marginación, la falta
de oportunidades, la injusticia, etc., abrazaron el activismo social y sus diferentes
manifestaciones como método de lucha.
El activismo social y su manifestación a través de la Teología de la Liberación no es una
alternativa teológica que encuentre apoyo en las Escrituras, aunque se usen algunos textos
fuera de contexto.
La Teología de la Liberación pierde de vista la naturaleza y propósito de la iglesia. Si bien
es cierto que los males de la sociedad nos afectan, la manera que tiene la iglesia de
combatirlo es por medio de la predicación del evangelio, y no por medio de la lucha
armada. El mensaje del evangelio busca transformar al ser humano por medio de la gracia
de Cristo y no por medio de la superación de los males sociales. La Biblia promueve el
progreso, el trabajo, la dignidad y la redención integral del ser humano, pero a través de la
obra redentora de Cristo en nosotros.
La iglesia fundamentalista recalcitrante en repudio al activismo social se desconectó de
sus responsabilidades civiles y de todo lo que tuviera que ver con su participación en la
búsqueda de soluciones a los males que aquejan la sociedad. John Stott[1] da su versión
sobre el abandono de la iglesia a su misión integral y señala que los principales elementos
que han influido son el surgimiento del fundamentalismo, la reacción al evangelio social
(1910-1915) de Walter Raushenbuschs, la desesperanza en el período de las dos grandes
guerras, entre otros.
La perspectiva bíblica balanceada nos da el estándar de lo que debe ser el creyente y sus
responsabilidades civiles incluyendo la política. Las Escrituras nos enseñan que nuestra
manera de actuar no se separa de lo que somos delante de Dios y de lo que debemos ser
delante de los hombres.
¿Puede un creyente participar de la política partidista organizada?
Ante esta pregunta, mi respuesta podría ser arriesgada para algunos. Es un absoluto ¡sí!,
pero bajo ciertas condiciones. Un creyente puede participar en política bajo los estándares
que la palabra de Dios establece de lo que debe ser el comportamiento ético de un discípulo
de Cristo.
En el Sermón del Monte, Cristo le dice a sus discípulos que ellos son sal y luz de la tierra.
Ellos saben muy bien qué significan estas metáforas, al conocer las grandes salinas del Mar
Muerto. Entendieron que al igual que la sal debían influenciar al mundo, dándole sabor y
preservando el evangelio. Había corrupción en las cortes herodianas (Mateo 14:1-12);
transigencias de poder por los saduceos; esfuerzo moral serio pero equivocado de algunos
fariseos; visiones revolucionarias de los rebeldes zelotes y los experimentos de la llamada
pureza moral de los separatistas de Qumrán y los esenios[2]. Es en ese contexto que el
Señor les dice a sus discípulos que son la sal de la tierra.
La luz en este pasaje tiene dos imágenes particulares:
Una ciudad asentada sobre un monte (Mateo 5:14).
En ambos casos Jesús enseña que la luz penetra la oscuridad y no puede ni debe
esconderse. De otra manera la luz pierde su propósito. El creyente, en el cumplimiento de
sus responsabilidades civiles incluyendo la política, no debe olvidar que primero él es un
representante de Cristo y después es todo lo demás. Somos compromisarios del reino de
Dios: por lo tanto, todos los roles que asumamos están subordinados a nuestros roles como
servidores de la causa de Cristo.
El creyente en su rol de político
John Stott[3] traza una diferencia entre política y político. Esta diferencia es a partir de la
etimología del término:
Sentido amplio
En el sentido amplio, política es un sustantivo, que viene del griego polis (ciudad). Y quiere
significar la vida de la ciudad. En ese sentido amplio tenemos el adjetivo político que viene
del griego polités (ciudadano) que denota las responsabilidades de este con la (polis)
ciudad.
En el sentido restringido política es el arte de gobernar. Este término está relacionado con la
elaboración y la adopción de medidas específicas con vistas a que se perpetúen en el marco
de la ley.
Trazadas esas diferencias que Stott establece debemos preguntarnos si Jesús participó en
política. La respuesta, es que en el sentido amplio sí; pero en el sentido restringido es
evidente que no:
No participó en ningunas de las opciones de poder político de su época.
No fundó ningún partido político.
No dirigió una protesta política.
No dio ningún paso para influir en las políticas del César, de Pilato, ni de Herodes.
Sin embargo, su mensaje afectó la vida política y social de su época, llegando hasta el día
de hoy. Trajo un nuevo paradigma de justicia y libertad a partir del servicio, la justicia y el
amor. Los cristianos que participan o quieren participar en la política en su sentido
restringido deben tomar en cuenta los siguientes elementos:
1. Prioridad. Aunque la iglesia somos los creyentes, y algunos creyentes están en el campo
político, el mensaje central de la iglesia debe ser el evangelio y sigue siendo la cruz de
Cristo como esperanza integral del ser humano.
2. Llamado confirmado. El cristiano que participa en política debe tener un llamado
especial de Dios que debe ser confirmado por hombres de Dios sabios, preparados y
experimentados. José, Daniel, David fueron servidores de Dios en las diferentes
plataformas del poder político de su tiempo. Su éxito fue congruente con el llamado que
Dios lo hiciera.
3. Preparación adecuada. Los creyentes que participan en la política no deben ser
improvisados ni aficionados. Deben ser profesionales de la política. Personas que hayan
recibido instrucción formal o informal sostenida del quehacer político.
4. Perspectiva correcta. Debemos evitar lo que Chuck Colson llamó la “ilusión política”[4].
El cristiano que hace política debe estar consciente de la depravación del ser humano y que
un mundo de total justicia no puede ser posible.
5. Pureza de la iglesia. El creyente llamado por Dios al quehacer político debe combatir la
politización de la iglesia.
6. Honestidad. Que las gestiones del creyente en cargos públicos sean como consecuencias
de su honestidad y capacidad técnica, y no de su sagacidad partidista.
7. La verdad de Dios. Dios y Su Palabra es su norma de fe y conducta, y no las
circunstancias del momento.
5 principios a tomar en cuenta a la hora de votar, hacer política o afiliarnos a un partido o
candidato.
1. Evaluar el compromiso del partido político con la libertad de expresión del pensamiento,
sea religioso, político o filosófico.
2. La protección de la vida como sagrada.
4. La preservación de la familia tradicional según los valores bíblicos.
5. Gobernar con excelencia inspirado en un Dios que así lo espera(Deut. 17:14–20).
Los evangélicos en el mundo de la política, principalmente en el siglo XX van desde la
ultra derecha recalcitrante de algunos sectores del “Bible Belt” del Sur norteamericano, los
escándalos de corrupción, misticismo y crueldad en África y Asia, el liberalismo europeo,
hasta la suma de todo lo anterior en Latinoamérica, lo cual deja un balance no muy
positivo. Sin embargo, por todo esto no debemos dejar de dar respuestas a los males de la
cultura desde una cosmovisión cristiana. Wilberforce y the Claphman Sect en Inglaterra, o
Abraham Kuyper en Holanda son buenos precedentes de lo que podemos hacer como
evangélicos y tener buenos resultados. Debemos apoyar a creyentes piadosos, preparados y
llamados por Dios al ruedo político para glorificar Su nombre en estas delicadas funciones
y salir bien en esa arena movediza de la política, tal como lo hicieron José, Daniel o Ester.