Como si siempre fuese Navidad
Primera edición: noviembre 2024
© Yanira García, 2024
© Diseño de portada: Mireya Murillo Menéndez @wristofink
© Maquetación: Yanira García
© Corrección: Raquel Antúnez
© Imágenes del interior diseñadas por Freepik.
Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización escrita de los titulares del copyright ,
en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por la ley.
Prólogo
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
EPÍLOGO
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
ENCUENTRA MIS OTRAS NOVELAS
Para todas las que os habéis perdido alguna vez
y sentís que estáis rotas.
Siempre hay alguien que os ve.
Siempre.
Prólogo
Nathan
Los Ángeles, 5 de septiembre de 2023.
Bum.
Bum.
Bum.
Como una flecha en el centro del pecho.
CAPÍTULO 1
Hacia Belén va una burra
Los Ángeles, 22 de diciembre de 2023.
Reviso por segunda vez, o quizá sea ya la tercera, la lista de tareas
pendientes que descansa sobre el escritorio de mi habitación. Me temo que
es de las pocas veces que esa mesa tiene espacio suficiente para albergar un
papel más o, al menos, uno que se distinga entre el montón de carpetas,
informes y libros de economía que habitualmente reposan sobre ella.
—Ropa de abrigo: lista. Portátil: en su lugar. IPad: cargado al cien por
cien y con los informes que tengo que repasar en las horas de vuelo
preparados y en orden cronológico dentro de la carpeta que he denominado:
«Papá me matará si no lo tengo listo para cuando llegue a Londres». Por
desgracia, es un título demasiado extenso y los puntos suspensivos que se
muestran no ejercen bastante presión, aunque la palabra «papá» ya debería
ser más que suficiente para que me quite el apetito. Móvil: cargado, pese a
que no me sirva de nada porque en el vuelo no podré utilizarlo.
Temo la cantidad de llamadas, correos electrónicos y mensajes que
tendré al bajarme de ese avión en Nueva York. Poco más de cinco horas de
vuelo dan para mucho y, aunque Susan está al tanto de este viaje navideño
—puestos a contaros, Susan está al tanto de casi cualquier cosa que hago en
mi meticulosa, estructurada y ordenada vida—, eso no quiere decir que
vaya a poder tomarme un descanso. Dios, ni siquiera recuerdo la última vez
que pude disfrutar de unos días lejos del ordenador, de las interminables
conferencias o de las estadísticas que auguran un año lleno de éxito
profesional. Y ese éxito es el que mantiene la empresa como una de las
pioneras en tecnología.
«Todo se consigue en esta vida a base de sangre, sudor y lágrimas, Pixie,
que no se te olvide». Imposible hacerlo, papá. Imposible hacerlo.
Termino de tachar algunas de las líneas que decoran la lista que he
escrito y que Susan ha comprobado, porque sí, Susan tiene que darle el
visto bueno a esto también antes de coger la chaqueta. Susan es mi
secretaria y mi jueza. Evalúa todas y cada una de mis acciones. A veces
sospecho que es una espía, que mi padre la ha seleccionado a ella y que le
cuenta cada cosa que hago. Muecas incluidas.
Como podéis comprobar, mi vida es la mar de divertida.
El renglón que especifica que tengo que comprar los regalos navideños,
en el que he escrito entre paréntesis que solo quedan dos días para Navidad,
sigue ahí, como tarea pendiente. Apenas tengo tiempo para ir al lavabo
como para poder tomarme una tarde o una mañana libre y dedicarla a
recorrer tiendas o puestos en busca del paquete perfecto.
Suspiro. ¿En qué se ha convertido mi vida en estos últimos años?
Mi móvil suena, y agradezco que ese sonido me abstraiga del peso que
sigue dentro de mi pecho, de ese que me aprieta y asfixia cada día un poco
más. Me pongo en tensión al instante hasta que compruebo que en la
pantalla aparece el nombre de mi hermana Stella y no el de Susan o papá.
Me acerco a la ventana y descuelgo antes de que se corte la llamada, y
Stella vuelva a insistir. Es cabezota, como mi padre, como mi madre, como
mis abuelos y como yo misma, claro. Va en los genes Beaumont.
—Stella, ¿cómo va todo?
Un silencio sordo se instala al otro lado. Me pongo en alerta. ¿Habrá
sucedido algo? Separo el auricular, ninguna notificación pendiente, incluso
doy unos pasos en dirección a la maleta que he terminado de hacer hace
unos escasos minutos y que sigue perfectamente alineada con la ropa que
voy a ponerme antes de que llegue el taxi que me llevará al Aeropuerto
Internacional de Los Ángeles, casi —casi— rozo el portátil cuando mi
hermana toma la palabra.
—¿Cómo va todo? Si quisiera hablar con Pixie la ejecutiva, lo habría
hecho. —Se toma otro segundo antes de proseguir—. No, en realidad, no lo
habría hecho. Esa Pixie es insoportable y siempre tiene un palo metido por
el culo.
Suelto un quejido. Tiene razón. En lo del palo y en mi actitud al
contestar. Imagino que es la costumbre.
—Lo siento —me disculpo.
—Esta Pixie tampoco me gusta. Echo de menos a la chica espontánea
que siempre decía lo que pensaba y que actuaba por impulsos. —De esa
Pixie ya no queda nada. Algún recuerdo lejano, por supuesto. Stella
interpreta mi silencio como una derrota y cambia el tema. No sé si es
consciente de ello, pero se lo agradezco—. ¿Tienes todo preparado para el
regreso al hogar dulce hogar?
No lo sabéis, sin embargo, el retintín con el que lo suelta dice mucho de
ese supuesto hogar. Que de dulce últimamente tiene poco.
—Eso creo. He revisado la lista las suficientes veces como para que
Susan esté orgullosa de mí.
Stella chasquea la lengua y sé lo que viene a continuación. Evito que
pronuncie palabra alguna, por lo que hablo antes que ella.
—¿Y tú? ¿Ya estás preparada para regresar y enfrentarte a la cantidad de
comentarios hirientes que papá hará sobre tu estilo de vida desenfadado? —
Sí, ese es nuestro «dulce hogar».
Ahh, y con «estilo de vida desenfadado» quiero decir que es la más
valiente de las dos y la que decidió seguir a su corazón y dedicarse
profesionalmente a tocar el piano dejando a un lado lo que pensasen de ella
o lo que dijesen a sus espaldas. O en su propia cara. En fin…
—Estoy preparada para que me tachen de todas esas cosas que suelen
tacharme. Como, por ejemplo, mala hija.
Porque no sería la primera vez que mi padre saca a la palestra ese tema
de conversación y en el que me pone de ejemplo. Porque yo sí que decidí
«continuar» la tradición familiar, estudiar Economía y guardar en el cajón
de los sueños mi futuro como violinista. No por voluntad propia, no, pero
eso ya lo hablaremos en otro momento.
Nada, absolutamente nada, me gustaba más que tocar el violín. Entiendo
que mi hermana sea feliz al perseguir su sueño y envidio que haya tenido el
coraje de enfrentarse a todo y a todos y luchar por ella, por lo que quería,
por lo que anhelaba, a sabiendas de que, en ocasiones, sería difícil, tal vez
más de lo que esperaba, sin embargo, ahí sigue, en pie, aferrándose con
uñas y dientes a esa profesión, celebrando cada triunfo y luchando por
poder vivir de ello sin depender de nadie más.
Está a un paso de conseguir esa audición por la que tanto ha luchado y
estoy segura de que lo logrará. Porque es constante, porque tiene talento y
porque nadie se lo merece más que ella.
—Yo estaré a tu lado, tranquila, es probable que, si no acabo todos los
informes que tengo en el iPad —me explica, no le menciono el nombre de
dicha carpeta, aunque estoy convencida de que se hace a la idea, porque no
es la primera ni la última vez que me motivan los títulos de la misma—,
papá me riña a mí.
—Papá siempre te riñe a ti, aunque seas la hija perfecta que hace todo
según lo estipulado y que no tiene un pelo fuera de su lugar.
Me giro para comprobar que eso que mi hermana argumenta carece de
peso. Imposible llevarle la contraria, porque tiene razón. Todo está donde
tiene que estar. Mi abuela debe de estar revolviéndose en su tumba por ver
en la clase de mujer en la que me he convertido cuando le prometí que sería
feliz.
No lo soy.
De ninguna manera lo soy.
—Lo sé.
Escucho el largo y profundo suspiro al otro lado.
—¿Traerás tu violín? —me pregunta con recelo. Sabe la respuesta antes
incluso de que yo se la proporcione.
—No, ¿para qué? Hace mucho que no toco, mis dedos… —Me da miedo
siquiera pensar en si seré capaz de afinarlo.
—Pixie, la música corre por tus venas. Por las mías. Por las de la abuela.
Eso jamás se olvida. —A pesar de que no me siento segura, asiento. Un
gesto más destinado a mí misma y a mi poca confianza que a ella, porque
no me va a ver al otro lado.
»Por favor —me pide. La súplica danza a mi alrededor y no hay nada
que pueda negarle a mi hermana—. Por favor, Pixie. Será increíble, como
hace años. Yo al piano y tú con el violín. Por la abuela, por mí. Por ti
misma. Porque necesitas recordarte quién eres bajo esa ropa, ese maquillaje
y ese pelo perfecto.
Alzo la vista y encuentro mi violín al fondo de la habitación, sobre la
almohadilla que era de mi abuela. No lo toco hace muchísimo tiempo, sin
embargo, soy incapaz de guardarlo en su estuche.
—Está bien. —Stella aplaude al otro lado mientras me asomo a la
ventana. Ha empezado a llover y el tráfico será mucho más denso de lo
esperado. Debo darme prisa—. Tengo que dejarte —me despido—. Nos
vemos pronto.
—Nos vemos pronto, Pixie.
Cuelgo el teléfono y lo tiro sobre la cama, me debato entre volver a
conectarlo al cargador porque ha bajado un par de puntos en la batería y…
No lo hago. Un estúpido acto de rebeldía contra la Pixie en la que me he
convertido. ¡Ja! Chúpate esa.
Sigo avanzando y un par de pasos más me llevan hasta mi violín. Repaso
el contorno con los dedos, como si él pudiese recordarme. Como si tuviese
memoria táctil.
—Hola, precioso.
Me incorporo, abro el estuche con sumo cuidado y lo guardo dentro. No
sé qué pensará mi padre de esto, tal vez lo vea como una sublevación o
quizá culpe a Stella de meterme pajaritos en la cabeza. De darme las alas
que él me quitó, y yo permití que lo hiciera.
Por ella. Lo hice por ella.
Renuncié a mi vida como violinista por dirigir su compañía en Los
Ángeles y el peso de todo eso me consume un poco más cada día.
No es el momento de pensar en ello, no lo es. Puede que nunca lo sea.
Coloco mi violín al lado de la maleta, guardo el móvil en el bolso, al lado
del iPad y de los cargadores. Y comienzo a desvestirme sin perder de vista
la imagen de mí misma que me devuelve el espejo de cuerpo entero.
—Feliz Navidad —me digo—. Feliz Navidad.
CAPÍTULO 2
Campana sobre campana
He llegado con menos tiempo del esperado al aeropuerto. Repaso la nueva
lista que tengo escondida en el bolso y me cercioro de que todos los puntos
a tachar, una vez pisase el aeropuerto, han sido llevados a cabo con éxito.
Facturación lista. Chaqueta en su lugar. Bolso con iPad, cargadores y móvil
en perfecto estado y según lo previsto. ¿Regalos de Navidad? Sigue como
tarea pendiente.
Decido invertir los minutos que me quedan en la tienda de regalos. Ya sé
lo que estáis pensando: es bastante lamentable terminar comprando los
detalles que colocarás bajo el árbol navideño en una tienda dentro de un
aeropuerto. Pagando el doble, eligiendo lo primero que pillas y sin
molestarte en reflexionar si le hará ilusión o no a la persona que lo reciba.
Doy pena. Me doy pena a mí misma.
Exhalo con fuerza justo antes de girar por uno de los pasillos sin
recrearme en esos pensamientos y volviendo a enterrar esa sensación en lo
más profundo de mi pecho, cuando siento el golpe en el brazo.
—Disculpa, ¿te he hecho daño? —Me doy la vuelta con la intención de
restarle importancia al asunto cuando me quedo boquiabierta ante unos
preciosos ojos verdes que me observan con cautela.
»¿Hola? —Un pequeño alzamiento en la comisura de sus labios y
regreso de inmediato a la vida real.
—Oh, no pasa nada —susurro aturdida y no precisamente por el golpe—.
No estaba atendiendo, en parte, también ha sido culpa mía.
Ese alzamiento en su comisura se convierte en una sonrisa preciosa.
—No deberías ser tan gentil, sobre todo, cuando he chocado contra ti
aposta. —Abro los ojos, frunzo el ceño. ¿Qué ha querido decir
exactamente? Antes de poder siquiera preguntar, toma de nuevo la palabra
—. Llevo un rato observándote deambular por la tienda y…, bueno —
continúa y se acaricia el cabello desenfadado y rebelde, tan rebelde como
me resulta él y su comportamiento—, ya ves —añade—, ligar no es lo mío
—sentencia—. Las tres veces que he repasado este triste y patético plan en
mi cabeza se veía mejor de lo que ha resultado ser —se sincera.
Y no detecto ni un ápice de ironía o de sarcasmo en su comentario.
Me quedo tan perpleja que ni siquiera parpadeo. Espera, espera, espera,
recapitulemos, ¿está diciendo lo que creo que está diciendo?
—¿Estabas intentando…? —Señalo con el dedo índice mi brazo, el que
ha recibido el golpe.
—¿Acercarme a ti? ¿No hacer un ridículo estrepitoso ante una chica
preciosa? ¿Mejorar mis dotes de ligue sin éxito alguno?
Se gira un instante dejándome completamente desconcertada —un poco
más de lo que ya lo estoy, sí— y aprovecho el impás para colocar de nuevo
en su lugar el perfume que tenía entre mis dedos y que sé de sobra que a
mamá no le gustaría en absoluto, solo que a mí me salvaría la vida.
—Una flor para otra flor. —Me tiende una pequeña rosa de papel que ha
sacado de… No sé de dónde la ha sacado—. Sé hacer trucos mejores, lo
prometo. —Me sonríe con reserva ante mi cara de confusión absoluta.
Sigo sin ser capaz de articular una palabra y no solo porque sea un chico
guapo, sino por su descaro. Estoy segura de que Stella ya le habría pedido
el teléfono o le habría invitado a un café. Yo ni siquiera sé cómo reaccionar
porque las citas —y los hombres en general— no suelen estar contempladas
en mi ajetreada agenda supervisada por Susan. Si ni siquiera se ha
molestado en incluir un hueco en ella para mis compras navideñas,
imaginaos lo demás.
—Gracias —musito sujetando la flor entre mis dedos.
Me la llevo a la nariz por pura inercia y me sonrojo al darme cuenta de
que es una flor de papel.
Típico de Pixie.
—Qué monada —musita acercándose un poco más—. Además de
preciosa, eres una dulzura.
¿Es un cumplido? ¿Un cumplido de los de verdad? ¿Un cumplido de un
desconocido? ¿Cómo se supone que debo responder a eso? ¿Y por qué me
gusta siquiera que me haya dado una flor de origami? ¿Debería contemplar
la posibilidad de huir despavorida?
—Gracias —musito en cambio, bajando la vista y guardando la flor en
mi bolso atestado de cosas.
—En fin. —Suspira y da un paso atrás, y me fijo en más detalles. Su
cazadora de cuero marrón; su bufanda gris, que reposa sobre las tiras de la
mochila que lleva a su espalda; sus vaqueros desgastados, y unas botas altas
de montaña. Sus pecas; sus pestañas densas, que le dan un toque más
profundo a su mirada verde bosque, y esa sonrisa perenne, que seguro que
destroza corazones—. No sé si al final lo he hecho bien o si te apetece que
este mago desconocido te invite a un café. Y, para ser menos desconocido
aún, te diré mi nombre. —Aguardo expectante a que lo haga—. Nathan. Me
llamo Nathan Graham. ¿Y tú eres…? Además de preciosa y una dulzura —
añade con desenfado.
Me guardo el cumplido y lo acepto, aunque sé que no debería hacerlo por
las razones que ya todas sabemos, sin embargo, no volveré a verlo. ¿Por qué
no?
Me imagino a mi hermana al otro lado diciéndome que lo haga, que
acepte, que en mi cuadriculada vida debe haber lugar para un café con un
desconocido guapo en un aeropuerto.
—Pixie. —Alza una ceja esperando a que añada mi apellido—. Pixie
Beaumont.
Rezo para que mi reputación no me preceda. Quiero ser yo, al menos con
él, la chica normal que no tiene compromisos, que no mide sus palabras y
que es capaz de tener citas con desconocidos.
Que es capaz de tener una cita. Una sola.
—Vaya.
—¿Qué? —pregunto sin entender bien su escueta respuesta. ¿Se ha
arrepentido del café?
—Tienes cara de Elizabeth o… —Parece meditar unos segundos—.
Lizzy, Fleur o Heather —finaliza. O eso creo.
Esbozo una sonrisilla. Heather es el nombre de mi abuela. Me habría
encantado llamarme como ella.
—¿Se puede saber por qué piensas eso?
—Son nombres dulces —sentencia acompañando esa afirmación con un
guiño insolente en sus ojos.
—Si te sirve de consuelo, tú tampoco tienes aspecto de llamarte Nathan.
—Ah, ¿no? —Da un par de pasos hacia atrás y se hace el ofendido
llevándose la mano al pecho—. ¿Y qué nombre crees que tendría?
—Joe, Harry o… quizá Stephen. —Los primeros que se me han pasado
por la cabeza.
Cavila mi respuesta durante unos segundos que se me hacen eternos.
—Uno de mis hermanos se llama Harry, lo siento, se me adelantó y me lo
quitó. Otro motivo para tirarle de las orejas cuando lo vea. —Me guiña un
ojo explicándome con ese gesto que era una broma.
—¿Uno de tus hermanos? —Asiente.
—Te lo contaré todo si aceptas mi invitación.
—¿Un café?
Observo mi reloj y me percato de que queda poco más de media hora
para que anuncien el embarque. Y no me viene mal ese café, de hecho, me
viene mejor de lo que pensaba porque necesito estar despierta para invertir
esas cinco horas de vuelo que separan Los Ángeles de Nueva York en
adelantar todo el trabajo posible.
Los regalos tendrán que esperar un poco más.
—Un café. —Alza la mano y se la lleva al pecho, solemne—. Palabra de
Nathan Graham.
—Acepto ese café, Nathan Graham.
No guarda ni un segundo de silencio mientras caminamos en dirección a
la cafetería más cercana. Me cuenta que le encanta leer novelas de
suspense, de hecho, señala la mochila de la que cuelga su bufanda y me
explica que trae varias de ellas, algunas para releer en estos días de Navidad
y otras para regalarle a su padre, que es tan aficionado como él al thriller.
Trago con fuerza porque siento verdadera envidia de lo que me explica y de
la naturalidad con la que habla de ellos. También me cuenta que las
Navidades para su familia son muy importantes, porque se reúnen todos, y
cuando dice todos quiere decir todos. «Las generaciones que siguen vivas
de los Graham en una sola casa». Y, ojo, que cito textualmente sus palabras.
—Tengo cinco hermanos…
—Vaya, tus padres no perdieron el tiempo —murmuro.
Y me parece un comentario de lo más desafortunado. Nathan, por el
contrario, se carcajea cuando lo suelto sin pensar. Eso me tranquiliza.
—Tienes sentido del humor, menos mal —ironiza.
Ese comentario me hiere, aunque intento que no se me note.
«Porque necesitas recordarte quién eres bajo esa ropa, ese maquillaje y
ese pelo perfecto».
Nathan parece reparar en que me he puesto tensa y guarda silencio unos
segundos por si decido añadir algo o, tal vez, por si tomo la vía fácil: salir
huyendo despavorida.
—Así que cinco hermanos —retomo el tema, es más, me gusta que sea él
el que lleve las riendas de la conversación porque yo no tengo mucho que
contar sobre mi triste vida.
—Cinco hermanos. Harry, felizmente casado con Sanny desde hace
cuatro años. Están esperando su tercer hijo. —Mis ojos se abren como
platos.
—Os va la marcha —pronuncio y una leve sonrisilla se escapa de mis
labios.
—Ohhh, vaya, veo que sabes sonreír —apunta con osadía.
—Eso parece. —Aunque ya no recuerde cuándo fue la última vez que lo
hice de forma tan genuina.
Aprovecho para darle un largo sorbo a mi café con leche y percibo la
espuma del mismo en mi labio superior.
—Qué dulce eres —insiste él, tendiéndome una servilleta.
En esta ocasión, no le devuelvo la sonrisa, en cambio, él dibuja una
enorme por los dos.
—Entonces tienes dos sobrinos y otro en camino —apunto.
Niega con la cabeza.
—Tengo seis sobrinos.
Abro la boca y parpadeo en un par de ocasiones.
—¿De veras?
—Cuando te decía que nos reuníamos todos, y que somos una familia
enorme, no era un farol. Digamos que nos gustan los linajes extensos. ¿Y
tú? ¿Qué hay de ti? —Niego y bajo la vista—. ¿Hermanos?
—Una hermana, menor que yo. Se llama Stella y no tiene hijos —suelto
casi de carrerilla.
Nos adentramos en terreno pantanoso, desde que murió mi abuela, la
familia ya no es lo que era. Mi hermana y yo permanecemos unidas, e
incluso el abuelo pone de su parte para que las pocas reuniones familiares
que se dan sean como antes. Nunca lo son. Papá se encarga de estropearlas
todas.
«Los pasajeros del vuelo con destino a Nueva York pueden pasar por la
puerta de embarque asignada».
Alzo la cabeza al escuchar que es mi vuelo el que se anuncia por los
altavoces y me levanto con la intención de irme. Nathan baja la vista hacia
donde se encuentra el estuche de mi violín como si fuese la primera vez que
repara en él y no hace comentario alguno al respecto, cosa que agradezco.
Abro mi bolso, y él estudia con detenimiento cada uno de mis
movimientos sin inmutarse. Parece sereno y tranquilo, al contrario que yo,
que me siento inquieta y nerviosa.
Saco un billete de veinte dólares y lo dejo sobre la mesa.
—Invito yo —le indico. Él niega en repetidas ocasiones.
Empuja el billete en mi dirección y me sonríe de nuevo. Una sonrisa
nada forzada, natural y sumamente irresistible.
¿Y ahora qué? ¿Le tiendo la mano? ¿Le doy dos castos besos en la
mejilla? ¿Chocamos los puños?
—Me lo he pasado bien, Nathan Graham. Gracias por empujarme en la
tienda y por ser un descarado de campeonato. —Uso la vía fácil. Una
despedida cortés y educada.
Se lleva la mano a la frente y se quita un sombrero que no lleva. Es un
gesto muy mono.
—Gracias por ayudarme a mejorar mi técnica de ligue y por no llamar a
la policía por comportarme como un acosador.
Me carcajeo de forma espontánea y me pilla de sorpresa el gesto.
¿Cuánto tiempo hace que no me río de esa forma? ¿Cuánto?
—Gracias —insisto. Me coloco el bolso en el hombro izquierdo y mi
violín en el derecho—. Feliz Navidad, Nathan Graham.
—Feliz Navidad, Pixie Beaumont. Hasta pronto.
CAPÍTULO 3
Jingle Bells
Acelero el paso hasta colocarme en la fila de pasajeros ya formada. Saco
del bolso la documentación que la azafata me pedirá cuando llegue mi turno
y aguardo a que avancen y comiencen a entrar. Un par de familias con niños
encabezan la cola, y sonrío al recordar lo que me acaba de contar Nathan
sobre él.
Me giro en su busca, como si estuviese cerca y pudiese seguir
contándome historias de su familia o de esos cinco hermanos y seis
sobrinos que tiene. No os hacéis a la idea de lo bien que me he sentido en
ese corto espacio de tiempo, donde he dejado de pensar en trabajo y
responsabilidades, y sencillamente he disfrutado de un café con un
desconocido en un aeropuerto.
Saco el teléfono y le envío un mensaje a Stella.
No te vas a creer lo que acaba de pasarme.
Le hago un breve resumen y aparecen abajo un par de puntos
suspensivos, lo que me indica que está escribiendo.
Una serie de emoticonos indecentes y románticos acompañan el mensaje.
Espero que le hayas pedido su número de teléfono para cuando vuelvas a Los Ángeles.
No lo he hecho… Ni siquiera me he acordado de eso.
Parece que sí que has estado distraída.
No respondo, aunque, si lo hubiese hecho, la respuesta habría sido
afirmativa sin lugar a dudas. Es mi turno para entrar al avión y, tras desearle
a la azafata unas felices fiestas, busco mi sitio.
Pasillo. No me gusta la ventana. Nunca lo ha hecho.
Busco a una azafata y le pregunto de qué forma puedo guardar mi violín
sin que nadie pueda colocar su equipaje de mano encima. Me sonríe de
forma cálida y me facilita dos opciones. La primera es guardarlo ella con
sus cosas y la segunda es que lo coloque entre mis piernas. Con un gesto de
agradecimiento infinito se lo entrego, puesto que con la diversión que tengo
planeada para este vuelo —nótese la ironía— me va a ser imposible llevar
yo misma mi violín. Extraigo el iPad y lo dejo sobre el asiento. Le envío un
último mensaje a mi hermana que ha seguido escribiendo en el chat y le
resto importancia al asunto.
No volveremos a vernos, Stella. Y, aunque así fuese, no tengo tiempo para citas.
No responde de inmediato, pero sí que lee lo que le he escrito. La
imagino poniendo los ojos en blanco y resoplando. O apretando los puños
con ganas de tirarme de las orejas. La abuela siempre hacía eso cuando se
enfadaba con nosotras o cuando la liábamos mucho. Yo solía tener la culpa,
llevaba a Stella por el mal camino. Como veis, las cosas han cambiado
mucho en estos años.
Sobre todo, en este último año.
Le envío un último beso a modo de despedida y le escribo un escueto
mensaje a Susan para confirmarle que ya estoy en el avión y que sale en
hora. Me contesta con un dedo alzado. Parece que hubiese estado
aguardando mi reporte. No me cabe la menor duda de que informará a mi
padre de ello.
Apago el teléfono, lo guardo en el bolso y lo coloco en la parte superior.
Me acomodo en mi asiento y cierro los ojos mientras terminan de embarcar.
Escucho un leve carraspeo a mi lado y abro los ojos por si es el ocupante
del asiento vacío que hay a mi lado que pretende tomar asiento.
Contengo la respiración cuando me encuentro la mirada penetrante del
chico del que me he despedido hace quince minutos. O quizá sean veinte.
—El mundo es un pañuelo, ¿no crees, Pixie?
Ladea la cabeza evaluando mi lenguaje no verbal. Sorpresa. Lo que
encuentras es sorpresa, Nathan.
—Voy a empezar a sospechar de veras que eres un acosador y que soy tu
siguiente víctima.
Ríe. Una vez más de forma natural y para nada premeditada. No como
nuestro choque.
—Juro que ha sido una fortuita y extraordinaria casualidad.
—Ya, claro, apuesto a que lo sabías desde antes de terminar el café. —
Niega en repetidas ocasiones antes de extraer un libro de la mochila y
tendérmelo. Es viejo y tiene los bordes desgastados, como si lo hubiesen
leído en infinidad de ocasiones. Tras eso, alza la mochila para guardarla en
el espacio reservado para el equipaje de mano y la camisa que lleva bajo la
chaqueta se alza lo suficiente como para dejar a la vista un abdomen plano
y trabajado. Cuando extiende la mano para pedirme la novela, y nuestras
miradas se encuentran, sé que se ha dado cuenta de dónde tenía puestos mis
ojos. Esquivo los suyos por pura inercia—. O tal vez lo sabías antes de eso,
cuando chocaste de forma intencionada contra mí.
Alza una ceja y su mirada me parece más verde que antes. Mueve
levemente la cabeza para indicarme que quiere pasar, y abro la boca para
disculparme de forma silenciosa. Aprovecha el movimiento para pegarse
más a mí y percibo el calor de su cuerpo contra el mío mientras me apresuro
a dar un paso a un lado para dejarlo entrar. Y para evitar querer más de su
cercanía.
—Un mago nunca desvela sus trucos —me explica antes de tomar
asiento. Antes de que mis piernas me fallen.
Me encantaría enviarle un mensaje a Stella y contarle esto también.
Ocupo de nuevo mi lugar y me pongo el cinturón de seguridad bajo la
atenta mirada de mi acompañante.
—¿Y bien? ¿Cuál es tu destino? —pregunta acercándose un poco más de
lo necesario.
Titubeo. ¿Debo decírselo? ¿Por qué no? Él me ha contado que tiene seis
sobrinos y cinco hermanos.
—¿Para perseguirme y secuestrarme allá donde vaya? —¿Estoy
bromeando? ¿Pixie Beaumont sabe hacer chascarrillos?
—Tal vez.
—Mmmm, no me transmites confianza —aseguro.
—Está bien. —Se separa de nuevo y medita sobre algo—. Yo voy a
Boston. Mis padres tienen una casa en Medfield, una pequeña ciudad en
Nortfolk. Nacido y criado allí, antes de que preguntes. Aunque mis pasos
me han llevado a instalarme en Los Ángeles.
—¿Por qué? —formulo la pregunta con ganas de saber más.
Alza los hombros, despreocupado.
—¿Y por qué no?
—¿Buscabas más? —indago.
La azafata se sitúa a mi lado y comienza a explicar el proceso de
colocación del chaleco salvavidas.
—¿Eres de las que necesita entender todo?
Asiento confirmando sus palabras, aun así, lo verbalizo.
—Algo así.
—Consideraré esto una segunda cita. Dos citas con una misma chica
preciosa en un día, dime si la suerte no está de mi lado. —Me guiña un ojo
con descaro y entonces apoya su codo en el reposabrazos que hay entre los
dos, acercándose un poco más a mí. A esta distancia, su piel resulta menos
bronceada de lo que me pareció en un principio y sus pestañas todavía más
espesas—. Era muy feliz en Medfield, pero el amor me llevó a Los
Ángeles.
Guardo silencio. Ahora es cuando me explica que él también está casado,
que tiene varios hijos y que esas cosas que he pensado de él, o que he
querido no pensar de él, tienen que almacenarse en el mismo cajón que mi
sueño de ser violinista.
—Esa relación se acabó y me quedé allí. Empecé a estudiar, hice amigos,
me gustó la vida, el ajetreo, las calles llenas de personas y el pasar
desapercibido entre ellas. Empecé a hacer trucos de magia en una de esas
calles del distrito financiero para ganarme la vida y, al final, decidí
quedarme allí, al menos un tiempo.
—¿Trucos de magia? —Asiente confirmando mis palabras y
evaluándome.
Comienzo a notar el movimiento del avión, que poco a poco toma
velocidad. Como mi corazón cuando escucha sus historias.
—Mago. Eso es lo que hago. Al menos una parte de mi tiempo, la otra
parte, la dedico a trabajar con esto. —Y me enseña sus dedos—. Soy
fisioterapeuta.
—Mago. —Paladeo las palabras y las saboreo. La fisioterapia está bien,
solo que no me resulta tan increíble.
Si mi abuela conociese a Nathan, se sentiría fascinada por él.
—Y tú, Pixie, ¿crees en la magia?
CAPÍTULO 4
Rodolfo el reno
La pregunta me pilla desprevenida. ¿Creo en la magia?
La parte racional que hay en mí, la que ha estado tomando el control de
todo este último año, tendría clara la respuesta. No, por supuesto que no.
Creo en hechos empíricos, en cosas que se demuestran. Datos y estadísticas
que corroboran hipótesis. Ahora bien, la Pixie olvidada, la que está
encerrada en lo más profundo de mi ser y que ansía salir a ver el mundo una
vez más, cree en todo. En la magia, en la música, en Papá Noel y en los
renos que llevan su trineo.
Incluso creería en ella misma.
—Supongo que no —finaliza Nathan por mí al entender mi silencio.
Perspicaz. Es de lo más perspicaz o intuitivo, como prefiráis llamarlo.
—Eres el primer mago que conozco, pensaba que eso era…
—¿Poco importante? —cuestiona. Esa respuesta me pilla desprevenida
—. Por suerte, para mí no lo es.
—No quería decir eso —admito. Ni siquiera se me había pasado por la
cabeza esa forma de referirme a él, a ello, a todo.
—Tenías cara de escéptica. Solo te lo he puesto fácil. Tampoco me
molesta que pienses así y no eres la primera persona que reacciona de esa
manera. —Teniendo en cuenta sus palabras, estoy segura de que está más
que acostumbrado a que lo miren como si fuese un bicho raro. De hecho, es
probable que ese sea el modo en el que lo he observado yo, solo que, por
caballerosidad o compasión, me ha tildado de escéptica y no de maleducada
—. No te lo tendré en cuenta. Lo juro. —Se abre un ligero e incómodo
silencio entre nosotros en el que solo pienso en la mejor forma de
disculparme—. ¿Entonces?
Alzo la vista.
—¿Qué? Entonces, ¿qué?
—¿Cuál es tu destino final? Yo te he dicho el mío y lo he aderezado con
algo más de información —claudica—. Para que confíes en mí —agrega
con fingida inocencia.
—Londres. Hago escala en Nueva York y de allí un vuelo internacional a
Londres.
El avión comienza a ascender y me aferro al reposabrazos con fuerza.
Siento la presión que ejerzo en ellos, incluso hasta percibo los nudillos
blancos. Ni la ventanilla ni el despegue. No me gustan. Soy un tópico
andante.
—Dame la mano —me sugiere mi compañero de viaje. Bajo la vista
hasta la palma que se encuentra extendida hacia mí—. No hay truco —
murmura con una sonrisa perturbadora. No estoy del todo convencida de
creerlo—. No voy a robarte ni me he untado la palma con ningún tipo de
estupefaciente que haga que te duermas durante muchas horas y me
aproveche de ti. —Suspira y la comisura de sus labios tiembla—. Aunque
no me cabe la menor duda de que me gustaría aprovecharme de ti, solo que
no soy partidario de la necrofilia, no me ponen nada las moribundas. Te
aportaré otro dato… —Su mano todavía más cerca, su respiración más
envolvente y su calor, o quizá el mío, haciéndose eco de todo—. Me gustan
que estén conscientes y sean participativas.
Acompaña la frase con un alzamiento de cejas, y se me escapa una risilla
nerviosa.
Me muero de vergüenza.
—Eres un insolente y un desvergonzado.
—Ajá, ¿y qué más? —me provoca.
Su mano sigue ahí, entre los dos, como un puente, como un filo al que
agarrarse. Al fin claudico y se la tomo. Intento parecer contrariada, aunque,
por supuesto, no lo estoy.
No me divertía tanto desde hace mucho tiempo.
«Porque necesitas recordarte quién eres bajo esa ropa, ese maquillaje y
ese pelo perfecto».
—Y un acosador pésimo. Tienes que saber que si has hablado conmigo
es porque yo te he dejado hacerlo.
—Mmmm, vale.
—Y que no tienes pinta de mago.
—Ohhh, eso sí que me ha roto el corazón. ¿Qué pintas suelen tener los
magos? ¿Apuestos? ¿Sexis? ¿Insolentes? ¿Desvergonzados? ¿Seductores
natos?
Alza de nuevo las cejas en un par de ocasiones y sé lo que está haciendo.
—Si encuentras uno con esas características, por favor, me gustaría que
me lo presentaras.
Suelta mi mano de inmediato, se coloca la chaqueta bien, se gira hacia
mí todo lo que le permite su cinturón de seguridad y me mira atentamente.
Sin apartar la vista de mis ojos, o quizá la aparta lo suficiente como para
mirar mis labios. Varias veces. Más de las necesarias.
—Nathan Graham, mago y acosador en potencia. Sexi, descarado y
estudiante de Cómo ligar con una desconocida y que el destino y la magia
hagan el resto.
Me tiende de nuevo la mano y la observo perpleja.
—Eso ha sido… —Me río entre divertida y asombrada.
—¿Fantástico? ¿Sorprendente? ¿He logrado encandilarte con mi ingenio
y mi perseverancia? Porque tengo para rato —finaliza.
No me cabe la menor duda.
Escucho un leve bip y alzo la vista para encontrarme con que se ha
encendido la luz del cinturón. Giro la cabeza y la sonrisilla de Nathan está
ahí, sigue ahí. ¿Se habrá ido alguna vez? ¿Le dolerán las mejillas de tener
siempre ese gesto en su semblante?
—¿Este era tu plan desde un principio? ¿Distraerme?
—Oh, no, te garantizo que mi plan desde el principio era otro —me
responde con una seguridad aplastante, y mucho me temo que me muero de
curiosidad por preguntar. Las alarmas saltan en mi cabeza y me impiden
hacerlo. No lo conoces de nada, es un extraño. Un desconocido divertido.
Las alarmas, Pixie, recuerda las alarmas—. Estabas nerviosa, y soy experto
en distraerte. Por cierto, de nada.
Pongo los ojos en blanco, y él solo me guiña un ojo antes de repasarme
con la mirada.
—Pues, ¿gracias?
Le estrecho la mano, porque las alarmas parece que funcionan a ratos, y
aguardo a que esa corriente eléctrica de la que se habla me sacuda las
entrañas, sin embargo, sucede algo mucho mejor, más natural. Percibo el
tacto suave de su palma, la calidez de la misma, la forma tan distendida en
la que la aprieta y lo cómoda que me siento con algo tan sencillo como ese
gesto.
Bajo la vista y me deleito en ese momento en sí. Cuando vuelvo a
alzarla, Nathan no solo me sonríe con los labios, también lo hace con los
ojos.
Un último apretón y entonces nos separamos. No, no echo de menos el
contacto, porque sigue estando a mi lado, aquí, cerca, y eso me reconforta
de alguna forma.
Coloco mi iPad en posición de trabajo y observo de soslayo que Nathan
abre el libro por una página y extrae un trozo de periódico viejo y
desgastado. Amarillento. Lo usa de marcador. Curioso.
Se centra en la lectura, y la verdad es que me gustaría seguir hablando y
que me contase más cosas, sobre sus otros hermanos o esas reuniones
familiares, tal vez cuánto tiempo se va a quedar en Medfield y si va a volver
pronto a Los Ángeles. No obstante, tengo que aprovechar las cinco horas de
vuelo, ya menos si tenemos en cuenta el rato que llevo distraída, para
trabajar. Esos archivos no se van a leer solos. Y cuando lleguemos a Nueva
York, sé que Susan habrá enviado varios correos electrónicos con nuevas
cosas con las que entretenerme.
O hundirme.
Susan es un robot. Una espía robotizada a la que nunca se le agota la
batería. Me pregunto si tendrá familia. ¿Los robots tienen descendencia?
No, claro que no.
Me concentro en la carpeta que se abre ante mí y, antes de empezar, ya
tengo ganas de cerrarla. Tener sentido de la responsabilidad no es nada
agradable, que conste, porque, si no fuese una chica con deberes y con
empleados que dependen de lo que haces, tal vez en este instante estuviese
aprovechando el viaje para dormir o, ¿quién sabe?, le hubiese pedido
prestada una de esas novelas a mi compañero de vuelo y me hubiese
adentrado en las aventuras y desventuras del inspector de policía de turno.
Resoplo por pura frustración, saco mi libreta de notas y un bolígrafo
mordido y me adentro en el fascinante mundo de la economía ligada a la
tecnología. Qué divertido. Me lo estoy pasando en grande. Nótese la
ironía…
—¿Tienes una carpeta llamada «Papá me matará si no lo tengo listo para
cuando llegue a Londres»?
Doy un bote en mi asiento y giro la cabeza de golpe y porrazo. Tengo a
Nathan tan cerca que su nariz prácticamente roza la mía. De hecho, aunque
sea un cotilla de campeonato y no esté para nada bien lo que hace, no me
importaría en absoluto que nuestras narices se rozasen.
Y debería importarme, porque Pixie Beaumont no se comporta como una
desvergonzada. Al menos, no en estos dos últimos años en los que, os
recuerdo, llevo un palo metido por el culo.
—¿Estás fisgoneando? Veamos —enumero—, acosador, cotilla, insolente
y desvergonzado. Tienes un enorme catálogo de cualidades a tener en
cuenta. Si te presentases como esa clase de ligón, estoy seguro de que
tendrías lista de espera y te faltarían días para la cantidad de citas que te
pedirían.
Una sonrisa lobuna se dibuja en su cara y no nos olvidemos de que se
encuentra tan tan cerca que puedo distinguir cualquier cosa.
Cualquier. Cosa.
—Y en esa larga y enorme lista de chicas, tal vez, quizá, podría ser o por
casualidad, ¿habría una chica llamada Pixie en ella? ¿Encabezándola?
Porque te has olvidado de algunas de mis mejores cualidades.
—La de la necrofilia —rememoro, aunque en esta ocasión lo hago con
descaro. Por favor, si yo jamás he sido osada.
Las alarmas, han dejado de sonar las alarmas.
Todavía no me doy por vencida, tal vez funcionen.
Nathan chasquea la lengua con desaprobación. No, no se refería a esa en
concreto. ¿Qué esperaba?, ¿que le regalase el oído? Veamos, soy algo
inocente, pero no tanto.
—Apuesto, sexi, seductor… —Es su turno para detallar todos y cada uno
de los adjetivos que me mencionó hace escasos minutos.
—Lo he pillado —zanjo con resolución—. Y deja de espiarme —le
recrimino.
—Solo me fijo en los detalles. Facilitan información, y tengo cinco horas
para conocerte. A fondo. —¿Podría sonar más sexi de lo que lo ha hecho?
¿Cuánto llevo sin una cita? ¿De veras no se habrá untado algo en esa
mano cuando me la tendió y es por eso por lo que me siento obnubilada por
él?
Intento que no se me note el efecto que sus palabras han causado en mí.
Por varios motivos, el principal y el que más peso tiene es que esto es una
auténtica locura. No podemos obviar que es un chico al que acabo de
conocer y que, aunque bromee con el tema, podría perfectamente ser un
asesino en serie que se nutre de esas novelas que lee para luego llevar a
cabo las técnicas o, peor aún, perfeccionarlas con mujeres que caen
rendidas ante sus encantos como yo.
Encantos que, por supuesto, son más que visibles.
Y, segundo, es una auténtica locura porque, ¿qué puede salir de todo
esto? No tengo tiempo para tonterías ni para idealizar cosas como las que
me han sucedido en las últimas dos horas.
—Te escucho pensar desde aquí —me cuenta mientras me obliga a
sacarme de la boca el bolígrafo que estaba mordiendo y no me había dado
cuenta siquiera de ello.
Giro la cabeza de nuevo e intercalo la vista entre el bolígrafo y él.
Lo ignoro. A conciencia. Es lo mejor.
Vuelvo a mis informes y finjo que estoy leyéndolos. Finjo, porque lo
único en lo que pienso es en que sigue ahí, observándome con atención, y
que quizá podría fiarme de él y no ser tan cuadriculada por una vez en la
vida.
No está bien quejarte de algo, de la carencia de algo, y luego, cuando se
te presenta la oportunidad de hacer lo contrario, rechazarlo sin más.
Stella, sal de mi cabeza. Esto es culpa tuya y de tu frasecita de las
narices.
Las alarmas funcionan.
Aún.
CAPÍTULO 5
Arre, burro, arre
Cumplo mi palabra y me centro en mi trabajo el resto del vuelo. No os voy
a engañar, la verdad es que esperaba que Nathan me molestase de esa forma
en la que lo hace y que no me resulta para nada incómoda.
Mi gozo en un pozo. Termino de revisar las carpetas justo cuando nos
avisan de que debemos cerrar los dispositivos electrónicos y prepararnos
para el aterrizaje. Tal vez esto sea cosa de Susan y lo tenía todo planeado en
su robótica cabeza.
Nathan tiene pinta de haberse dormido mientras leía. Apenas quiero
moverme por si lo despierto, parece tan… tan relajado. Me tomo un par de
segundos para observarlo a mi antojo. Sus dedos entrelazados sobre el libro.
El reloj que reposa en su muñeca izquierda y que lleva una correa de cuero.
Las rodillas flexionadas y que difícilmente le caben en el espacio que tiene
y rozan el asiento delantero. El mentón cuadrado, las pecas en las que ya
había reparado y su pelo de color chocolate.
Negaré haber dicho nada de esto, sin embargo, es un chico guapísimo.
«Como si no lo hubiese mencionado en un par de ocasiones ya…».
Suspiro con fuerza y aparto la mirada, porque las malditas alarmas han
dejado de funcionar de nuevo. Soy débil. Muy débil.
—¿Pixie?
Un sobresalto por mi parte.
—¿Ajá? —Intento sonar indiferente, incluso un tanto apática.
—Me gusta que me comas con los ojos. Si te soy sincero, yo lo hice
contigo también en la tienda de regalos mientras hacías cola para entrar en
el avión y hasta en algún que otro momento en el que estabas tan sumergida
en esa carpeta que da la sensación de ser el mayor ladrillo que hubiese leído
cualquiera que ni siquiera te diste cuenta de que lo hacía. Tal y como
pensabas que me sucedía a mí. Solo que yo sí que me he percatado de ello.
Abro la boca y casi tartamudeo. O lo haría si me saliesen las palabras.
Por supuesto, no lo hacen. Mis sentidos se han bloqueado ante semejante
desfachatez por su parte.
—¿Siempre eres así de directo?
Sus ojos refulgen con mucha más intensidad y el verde me resulta tan
sumamente oscuro que temo haberme confundido de color cuando los
observé por primera vez.
—¿Para qué andarme con rodeos? ¿Qué gano con eso? Según lo veo yo,
solo perdemos el tiempo. Si lo tengo claro, voy a por ello.
La comisura de sus labios se alza y una frase pugna por salir de su boca.
No lo hace y doy gracias al cielo por ello, porque estoy convencida de que
eso sí que haría saltar todas mis alarmas.
Si es que queda alguna viva.
La azafata se acerca a nosotros con mi violín en la mano y nos pide que
comencemos el desembarque de forma ordenada.
Susurro un leve «gracias», no solo por sus consejos, sino por haber
cuidado de mi chico. Nathan repara en el estuche y guarda silencio. Cosa
rara en él.
Descendemos del avión, yo me adelanto un par de zancadas, pero siento
las pisadas de mi acompañante bastante cerca.
—Oye, da la sensación de que huyes de mí.
Me doy la vuelta y aprovecho la coyuntura para bromear.
—¿Solo te lo parece? —ironizo.
—Me gusta la Pixie gamberrilla —sentencia colocándose a mi lado—.
No vas a deshacerte de mí con tanta facilidad.
—Cojo un vuelo en cuestión de una hora.
—Vale. Puede que te puedas deshacer de mí en breve. —No tiene pinta
de agradarle en absoluto—. Antes de lo que me gustaría, por cierto. —
Touché.
Me giro y considero que ya va siendo hora de que nos despidamos.
—Oye, Nathan, la verdad…
—¿Vas a ser sincera?
—Siempre soy sincera. —Asiente y dirige la vista hacia mi violín de
nuevo—. Me ha hecho gracia conocerte, de veras, me lo he pasado bien a
pesar de que el modo de ligar me resultase un tanto sórdido.
—¿Sórdido y eficiente? —Alza las cejas en mi dirección.
Pongo los ojos en blanco.
—No te pases. —Sonrío—. El caso es que… es hora de despedirnos, ¿no
crees?
—No —sentencia lleno de convicción.
—Bueno, pues lo es —finalizo por él—. Tengo que hacer un par de
llamadas antes de que mi vuelo salga, y tú…, tú deberías buscar a otra
víctima a la que acosar —intento bromear.
No sé si lo consigo porque Nathan no sonríe y él siempre lo hace.
Extraigo mi teléfono del bolso y se lo muestro. Todavía apagado. Tengo
miedo a encenderlo.
Me hago caca encima solo de pensarlo.
—Lo he entendido. Tú por tu lado, y yo por el mío. —Asiento.
Aprovecho para encender el móvil.
—Pues… eso. —Le tiendo la mano a modo de despedida.
Stella no estaría para nada orgullosa de mí, seguro que me recordaría lo
perfectamente que tengo el palo metido por el culo. Estoy usando el modo
empresaria que tanto odia. Y que tanto odio yo también.
Siento aversión por mí misma en este momento.
Estoy a punto de pedir perdón y ceder cuando Nathan retrocede un par de
pasos.
—Lo he entendido —finaliza.
Mi teléfono comienza a emitir pitidos y se me eriza el vello de la nuca.
Cuando muevo el móvil frente a él, solo frunce el ceño.
Accedo a las notificaciones y comienzo a contestar mensajes. Los de
Stella para el final.
Un pequeño papel amarillo aparece frente a mis ojos, aparto la vista de
ese tedioso correo electrónico que estaba leyendo, y Nathan sigue
moviéndolo sin cesar.
—Por si decides que quieres que te enseñe algún truco de magia o solo…
O solo por si quieres llamarme o escribirme y contarme que ha sido la
mejor forma en la que han ligado contigo. O, tal vez, por si quieres tener
una cita, de las de verdad. —Casi me lanzo a sus brazos. Casi—. O porque
sí, Pixie. Porque sí, porque no siempre todo en esta vida tiene que tener un
motivo.
Se gira y comienza a caminar en dirección opuesta. Me siento tan mal
que no contesto a ninguno de los correos de trabajo, tampoco a la llamada
de Susan.
Llamo a Stella y le cuento todo lo que ha sucedido.
Y lo que sucede en los siguientes veinte minutos también.
Por supuesto, me guardo ese papel amarillo, ¿con qué intención? No
sabría decirlo.
CAPÍTULO 6
Adeste fideles
—¿Me está diciendo que no podré salir de Nueva York en las próximas
veinticuatro horas? —Debo de haber entendido mal. De veras.
—Por lo pronto, el aviso recibido del Servicio Nacional de Meteorología
nos informa de que en las próximas veinticuatro horas llegará a Nueva York
una tormenta. Y parece que debe de ser una muy fuerte si han cancelado
todos los vuelos previstos, sin excepción alguna. —Frunzo el ceño porque
su actitud distendida no me consuela en absoluto—. Ah; pero no se
preocupe, señorita, hemos dispuesto el traslado de los pasajeros afectados a
varios hoteles de la ciudad. Y la compañía se hace responsable de ello sin
coste alguno para el cliente.
»Mañana recibirá un correo electrónico para informarle de la hora a la
que saldrá el avión que se le haya designado, así como la puerta de
embarque del mismo.
Insisto: no me consuela en absoluto.
Permanezco en silencio, uno tan largo y pesado que la chica me pregunta
si me encuentro bien.
Pues no lo sé, la verdad.
—Dígame el hotel en cuestión y me dirigiré allí.
Lo hace solícita. Esta es de la misma escuela que Susan, a la que, por
cierto, debo llamar para notificarle los cambios, así como a mi padre que,
conociéndolo, me culpará de la tormenta y, ya puestos, del cambio
climático.
Tras recoger la documentación, y antes de enfrentarme a Susan y a mi
padre, llamo de nuevo a Stella.
—Dime, por favor, que te has arrepentido, que no vienes a casa y que vas
a llamar por teléfono a ese chico que has conocido y que quiero llamar
cuñado. Cu. Ña. Do —remarca las sílabas, por si no lo habéis notado.
—Casi.
—¿De veras? ¿Te quedas con él? ¿Me lo presentarás? ¿Puedes hacer una
videollamada y confirmar que efectivamente es tan guapo como me has
dicho? Son datos y, como buena economista, hay que confirmarlos.
—Suenas tan inocente que casi te creo. Solo que te olvidas de algo.
—¿De qué?
—Te conozco, eres mi hermana y todas esas fechorías que haces las has
aprendido de mí.
Suspira al otro lado.
—Me gustaba mi hermana la villana. La santurrona no tanto.
Chasqueo la lengua y aguanto el comentario con estoicidad, a pesar de
que me ha dolido más de lo que me gustaría.
Y, ya sabes, si molesta o hiere es por algo. Cuando te sientes bien, y en
paz contigo misma, las críticas te resbalan sin más.
—Tengo que quedarme en Nueva York hasta mañana, parece que se
avecina una tormenta y no es seguro volar hasta que pase. De hecho… —
Extiendo la mano y varios copos de nieve caen sobre la palma de la mía—.
Ha comenzado a nevar con fuerza hace unos diez minutos
aproximadamente.
Y tengo que pillar un taxi antes de que la cosa se ponga peor y me quede
encerrada en el aeropuerto. Aquí no hay calefacción ni servicio de
habitaciones.
—No me odies por lo que te voy a decir, Pixie.
—No podría odiarte por nada de lo que sueltes por esa boquita que
tienes, Stella.
Ríe al otro lado, complacida.
—Tal vez hasta sea mucho mejor si te quedas ahí, aquí no hay nada… Ya
no queda mucho de nada.
Trago con fuerza, ese comentario hiere también, solo que de una manera
diferente porque el poder de los recuerdos es abrumador. Cuando pierdes a
alguien y sientes su ausencia cada minuto, cuando te das cuenta de lo
esencial que era esa persona en tu vida y de cómo cambia todo cuando no
está, ahí, en ese instante es cuando te das cuenta de que el mundo se ha ido
a la mierda y que tal vez quede poco o nada de todo eso que fuiste.
De lo que fue mi familia una vez.
De lo que yo fui un día.
—Quiero pasar tiempo contigo.
—No me malinterpretes, Pixie, yo también quiero pasar tiempo contigo
—remarca—, solo que no con ellos. O no con esa versión de ti que
muestras con ellos.
Trago. Aguanto. Soporto. Mastico. Digiero.
Me lo merezco.
—Tengo que dejarte.
—Pixie…
Corto la comunicación antes de que mi hermana se disculpe por algo en
lo que tiene razón. No soy esa chica de hace un año, de hace dos. Ni
siquiera recuerdo lo que se siente siéndolo.
O tal vez Nathan me mostró, en cuestión de unas horas, que sigue ahí y
que solo tengo que esforzarme por dejar que vuelva a su sitio.
Alzo la mano y un taxi para justo frente a mí. Al menos en eso tengo
suerte. Le facilito la dirección y me sumerjo en el tráfico y en el bullicio de
la ciudad. Atestada de viandantes ajenos a la supuesta tormenta que en
horas hará que todo colapse.
Ultimando compras, paseando en familia o tomando algo caliente de
camino a casa. Es una estampa navideña preciosa.
Me alegra que el taxista no busque rellenar el silencio con una
conversación que nadie ha pedido. Solo Nueva York y yo. Nueva York y
mis recuerdos, de cuando yo también era una de esas personas que
caminaban por cualquier calle con los ojos rebosantes de ilusión por las
fechas en las que estábamos.
Cuando me deja en el hotel, nos despedimos con cordialidad y me
aseguro de colocar mi violín en el hombro derecho. Pago, accedo al hall y
parece que están informados de lo acontecido. Son displicentes, eficaces y
rápidos. Me asignan una habitación en la planta seis y, aunque las vistas no
son nada del otro mundo, disfruto de la calma y de la tranquilidad. También
de la nieve, que comienza a caer con muchísima más fuerza que antes y ya
todo está cubierto de un precioso manto blanco.
Pues sí que van a tener razón.
Suena mi teléfono dentro del bolso y lo saco. La flor que me regaló
Nathan cae al suelo y la recojo, manteniéndola un par de segundos entre
mis dedos. Es una soberana tontería, pero me hace sonreír porque me
sorprendió su truco.
Mago. Vaya, ¿quién lo diría?
—Hola. —Doy vueltas a la flor mientras atiendo la llamada de Susan.
—Ya he informado a su padre del cambio de planes. Le he enviado
varios correos electrónicos con nuevos informes que debe revisar. Es
importante tenerlos mañana a primera hora. —Lo que quiere decir… —Lo
que quiere decir que debería ponerse a ello de inmediato, señorita
Beaumont.
Impersonal como ella sola. ¿A que cobra vida la hipótesis del robot o de
un chip? Puede que tenga un chip por cerebro y…, en fin, nada.
—Lo haré —respondo, igual de monótona que ella.
—Perfecto. —Me pregunto qué respondería si algún día le llevase la
contraria y le explicase que no puedo. Que tengo vida aparte de la empresa.
Supongo que no me creería en absoluto porque ella parece tener el control
de todo. Incluida yo.
Cuelgo sin despedirme. Tampoco esperaba que ella lo hiciese. Al menos
podría haber tenido la suerte de contar con una secretaria divertida, que me
animase cuando más hundida en la mierda estuviese y que me dijese que
todo se arregla con una copa.
¿Eso no es lo que sucede en las películas?
Pues, en la vida real, ya veis, no es de esa manera.
Con la flor todavía entre los dedos, decido pedir algo en el servicio de
habitaciones. Una ensalada. Unas tostadas. Algo ligero. Para no perder la
costumbre…
Marco el número, y me aseguran que lo tendré listo en veinte minutos.
Tiempo más que suficiente para darme una ducha con agua ardiendo y
ponerme algo cómodo.
Me demoro más de lo que me gustaría y me enfundo en un albornoz,
envuelvo mi melena en una toalla y me dispongo a salir. Abro la puerta con
decisión y encuentro a un chico joven con una bandeja entre sus manos.
—Su cena —me indica.
Asiento y lo dejo pasar para que la coloque sobre la mesa, todavía vacía
y que en un rato compartirá una velada increíble con mi iPad. Uhhh, qué
pasada, nada igual.
Sí, ironía otra vez.
Saco la cartera para darle algo de propina al chico, que me sonríe con
afabilidad al entender mi gesto. Lo acompaño a la salida y, justo cuando
comienza a caminar en dirección al pasillo, la puerta de enfrente se abre
y… ¿a que no sabéis qué?
—Pues vaya, vas a tener que empezar a creer en la magia, Pixie.
Sí, es Nathan Graham.
CAPÍTULO 7
El burrito sabanero
Cierro la puerta como si se me hubiese aparecido el mismísimo fantasma de
la Navidad futura para contarme que el mundo va a acabarse esta noche y
que solo tengo unas horas que exprimir.
No tengo ni idea de en qué las invertiría, la verdad.
Permanezco apoyada en la madera y percibo el latir acelerado de mi
corazón. Escucho un par de golpes y los mismos se acompasan con el latido
que retumba en el mismísimo centro de mi pecho. Toc toc. Bum bum. A la
par…
«Vamos, Pixie, tú no eres así. Tú no quieres ser así».
Exhalo todo el aire y lleno mis pulmones con algo de determinación.
Algo, tampoco os vayáis a pensar que están a tope.
—¿Cómo has sabido dónde estaba? —suelto nada más abrir la puerta, sin
pararme a pensar en mi atuendo o en la cena, tampoco en saludar.
Nathan, con las manos en los bolsillos y cara de no haber roto un plato
en su vida —ya, claro—, se cuela en mi habitación sin haber sido invitado.
Con un sencillo gesto, hace el espacio suyo.
Maldito hombre fortachón de metro noventa.
Estoy a punto de llamarlo maleducado y algo más; pero en última
instancia me contengo porque…, ¿de veras me molesta que lo haga?, ¿que
se cuele en la habitación? Si hasta hace nada me estaba lamentando de lo
patética que me siento y de lo estúpida que soy, arrepintiéndome por no
haberme disculpado por las formas en las que me despedí de él en el
aeropuerto, esa manera fría y cortante que tengo de comportarme cuando
soy esa chica en la que me he convertido a base de encerrar a la que un día
fui en lo más profundo de mí. A lo mejor es una oportunidad para ponerle
solución a eso, mi propia redención para la Pixie borde y maleducada.
Cuadriculada.
«¿Qué más da, Pixie? Son solo veinticuatro horas. Menos, si tenemos en
cuenta que debo trabajar y dormir. Tal vez nada de dormir. Definitivamente
nada de dormir».
—Me temo que la compañía nos ha enviado a todos al mismo hotel,
Pixie. Es más, hasta hace nada estaba hablando con Robert y Rose, unos
ancianos encantadores que se dirigen a Miami para conocer a su primer
bisnieto y que se hospedan en la habitación al lado de la mía. Son datos y
debo darlos para exculparme.
Porque sí, sabe que lo he juzgado antes incluso de permitirle hablar.
Aprovecha para hacer un barrido por la estancia. Ordenada y pulcra. Eso
no es un rasgo nuevo adquirido en estos últimos años, el desorden nunca ha
sido lo mío.
Parece localizar mi violín apoyado al lado de la mesa donde está mi cena
y se acerca. Intercala un par de miradas entre la comida y el violín. Se
decanta por lo primero.
—¿Piensas cenar esto? —Se gira y me señala lo que hay sobre mi plato.
—¿Qué tiene de malo? Una ensalada de rúcula, tomate y parmesano.
Deliciosa. —Defiendo la ensalada como si me fuese la vida en ello.
Me dirige una mirada en la que parece que lo más apetecible que haya
visto sea yo. Cierro con fuerza el albornoz o, al menos, lo intento.
—No hay nada de malo en eso. —Y lo señala de nuevo—. Tampoco en
eso. —Y señala mi vestimenta con insolencia—. Pero te recomendaría que
te pusieras algo mucho más caliente. —Sus ojos emiten un destello que sí
que podría calentar el mismísimo polo y derretir los glaciares—. Y que me
acompañases. Se me ocurre algo mejor. —¿Algo mejor que me caliente?
Abro la boca con la intención de negarme. Porque las alarmas funcionan
un pelín y algo muy superficial me dice que tengo responsabilidades,
informes y que Susan me acaba de pedir que lo entregue todo mañana y he
confirmado que lo haría.
Y hay otra parte de mí, una que rasga desde dentro y que pide ser
escuchada, que me impide que tome el control y que casi me exige —casi—
que me lance al abismo y me vaya con Nathan a donde me quiera llevar,
que se abre paso.
—No te conozco —murmuro.
No he aceptado y tampoco lo he rechazado. Es un paso.
Y, joder, no me vengáis con esas, sabéis que tengo razón. Hemos
compartido un vuelo, me he sentido cómoda, sí, sin embargo…, ¿quién sabe
lo que podría pasar? Tal vez muchas cosas malas.
«O quizá muchas buenas y te las pierdas como te has estado perdiendo
todo en estos últimos años».
Mueve los dedos frente a mí con gracia y estilo. Me quedo embobada
observando un gesto tan sencillo y nimio como ese e identificando lo que
busca.
—¿Qué?
—Tu teléfono.
Sé perfectamente dónde lo he dejado.
Hago lo peor que podría hacer o lo más imprudente que he hecho en
mucho tiempo.
Lo busco y se lo tiendo. Intenta trastear con él hasta que se percata de
que está bloqueado. Me lo devuelve, acercándose tanto que siento su aliento
cerca de mi mejilla.
Mi cuerpo se tensa y reacciona por sí solo.
«Es la soledad de estos años. Solo eso», me repito mentalmente.
O puede que sea esa magia a la que él se refiere. Y la ejerza sobre mí.
Desbloqueo el aparato, me lo quita, y él navega por el mismo, me
permite observar todos sus movimientos. Sigue teniendo una gracia natural
que me embelesa.
Sí, esa es la palabra, Nathan Graham es capaz de obnubilarme.
—Stella Beaumont —susurra.
Y me percato más tarde que pronto de que le ha dado a llamar. Ella es mi
primer contacto en la lista, es la persona con la que deben comunicarse si
algo me sucede.
—¿Pixie? Oye, Pixie, siento haberte dicho antes que no quiero pasar
tiempo con esa versión de ti que muestras cuando llegas a casa, cuando
estás con papá, mamá y en ocasiones con el abuelo, solo que… no eres tú,
Pixie, desde hace mucho que no eres tú. Y no te juzgo por ello, todos hemos
cambiado desde...
Nathan alza la vista mientras escucha el discurso que está soltando mi
hermana de carrerilla y, cuando me vuelvo consciente de ello y la vergüenza
invade cada poro de mi piel, me lanzo contra él como si fuese yo la
acosadora, y él, mi víctima en potencia.
Choco contra un escudo de músculos. Joder, ¿los magos suelen estar
cachas?
—Stella —es Nathan el que pronuncia su nombre. Yo sigo batallando
para arrancarle el teléfono, la oreja o las dos cosas. Lo que suceda antes.
Nathan me sonríe cuando empieza a señalar mi pecho. ¡Mi pecho! Empiezo
a ponerme colorada al entender a lo que se refiere. Os doy un consejo:
jamás intentéis luchar contra un chico más fuerte que vosotras en albornoz
salvo que queráis enseñarle vuestras tetas—. Puedes seguir —eso me lo
dice a mí, obvio—. No tengo problema en absoluto.
Doy un par de pasos hacia atrás y me coloco de nuevo la ropa sobre lo
que le he enseñado, que vete tú a saber qué ha sido.
—¿Quién coño eres tú? —grita mi hermana al otro lado—. Te voy a
matar, psicópata de mierda. —Esclarecedor.
—Soy Nathan Graham, vivo en Wildshire Blvd y almuerzo o ceno varias
veces a la semana en Meyers Manx Café, no has probado unos tacos
mejores que esos en tu vida, Stella. —Escucho cómo le recita su número de
teléfono, ese que me apuntó en un papel amarillo y que me tendió antes de
creer que nos íbamos a separar en el aeropuerto, cuando me dio distintas
razones para llamarlo, y yo solo encontré una para guardar ese número en el
bolso, junto con la lista de regalos pendientes de comprar o con la otra lista
con las tareas que sí he completado—. Y ahora estoy intentando convencer
a tu hermana para que se quite ese albornoz y me deje llevarla a cenar a
algún sitio en el que no sirvan ensaladas de rúcula, tomate y parmesano,
porque la vida es muy aburrida como para comer eso justo cuando llega una
tormenta que nos mantiene alejados de nuestros planes. Porque, si pasan
este tipo de cosas, no sé lo que tú piensas, Stella, pero yo creo que hay que
aprovechar las oportunidades y explorar nuevos terrenos. —Me cruzo de
brazos porque me siento más desnuda que nunca ante él, y me sonríe, para
variar, ese es el gesto que me regala. Mentiría si os dijese que no me
satisface.
»Ha sido un placer hablar contigo. Si no recibes noticias de tu hermana
en unas horas, puedes llamar a la policía. —Una pausa en la conversación
en la que rezo para que mi hermana lo esté poniendo fino a insultos—. Ajá.
Por supuesto que puedes llamarme cuando quieras. De hecho, yo haré lo
mismo, si no te importa. —Otra pausa—. Un placer, Stella.
Me tiende el teléfono y escucho la voz almibarada de mi hermana al otro
lado. No tiene pinta de que lo haya puesto fino a nada.
—Tienes mi bendición, Pixie. Me gusta mi cuñado.
Cuelgo de inmediato, igual que hice antes, solo que, en esta ocasión, por
un motivo bien distinto, porque si yo he podido escuchar la conversación
entre ellos… Estoy segura de que Nathan ha podido oír cómo ya lo incluye
en la familia.
—¿Y bien? —pregunta Nathan. Al menos tiene la decencia de disimular.
Observo el iPad, mi ensalada y suspiro. Tendré que hacer otra lista de
cómo salir de esta si no entrego todo en el horario acordado. Una lista de
lugares a los que huir, por ejemplo.
—Estaré preparada en diez minutos.
Señalo la puerta, la puerta de la salida, quiero decir.
—Bien, pues te esperaré aquí. Solo por si acaso.
Me guiña un ojo antes de tomar asiento de forma despreocupada en la
butaca de color beige que hay colocada justo frente a la ventana e ignora mi
invitación a largarse. Extrae su teléfono y se centra en él. No sé el motivo,
pero permanezco observándolo unos segundos de más.
—Sigue comiéndome con los ojos, Pixie, y tal vez esta noche te cene a ti.
Corro en dirección al baño y cierro la puerta, todavía apoyada en la
madera de la misma, sonrío.
—Relájate, Pixie, es solo un chico y son solo veinticuatro horas.
Solo veinticuatro horas, ¿qué diría de esto el fantasma de las Navidades
presentes?
CAPÍTULO 8
Los peces en el río
Nathan repasa mi vestimenta como si tuviese que darle el visto bueno. Por
el brillo de sus ojos, y la sonrisa perenne que realza sus facciones, tengo la
ligera sospecha de que está más que complacido con la misma. Supongo
que verme en vaqueros y sudadera de corazones dista mucho del conjunto
de chaqueta y falda que traía de Los Ángeles.
—Ciertamente, el albornoz te sentaba mucho mejor.
O no, no está tan satisfecho como yo pensaba.
—Ciertamente, no me importa tu opinión.
¿A quién pretendo engañar? Un poco sí que me importa, aunque sé jugar
a esquivar los juicios de valor, solo tengo que seguir comportándome como
siempre lo hago, como me han enseñado a hacerlo en este último lapso de
tiempo.
Observo el iPad, y la culpabilidad está ahí, rasgando de nuevo,
intentando abrirse paso solo que no dejo que haga mella en mí. Unas horas,
me voy a conceder unas horas. No es nada malo. Se rumorea que las
personas, en ocasiones, necesitan tiempo para sí mismas, ¿no?
—Una cena y regresamos, tengo trabajo pendiente.
Nathan asiente y aprieta los labios hasta dejar entrever una fina línea con
los mismos. Sin lugar a dudas, el disgusto por mis palabras se palpa en el
ambiente.
Caminamos en dirección a la salida y percibo la mano de Nathan
apoyada al final de mi espalda. Casi tropiezo.
Un tropiezo por un gesto tan sencillo como ese, que quizá ni siquiera
esconde segundas intenciones y que yo ya interpreto como algo más íntimo,
personal.
—Cuidado, Pixie, no te vayas a caer en mis brazos —me susurra cerca
del oído—. Y, si ese ha sido tu plan desde el principio —rumia con descaro
—, no tengo reparos en llevarlo a cabo. Al contrario, estaré más que
encantado de ayudarte a cumplir tus objetivos.
Otro tropiezo le da las pistas que necesita para saber hasta qué punto me
afecta su cercanía y su desfachatez. Si él supiese que su mera presencia ya
consigue ese efecto en mí, ¿qué sería capaz de hacer?
Algo indecoroso y que me hiciese sonrojar. Sonrojar más, quiero decir.
Salimos a la calle y me percato de que la nieve cae sin cesar. Abro la
boca para retractarme y pedirle a Nathan que regresemos y nos tomemos no
una, sino dos ensaladas, pero él niega con la cabeza adivinando lo que estoy
pensando y anticipándose a mi negativa.
—Correremos el riesgo, Pixie. ¿Cuánto hace que no te lanzas a la
aventura sin más?
Si tenía algún tipo de duda sobre si Nathan entendió o no lo que soltó mi
hermana por teléfono, ha quedado resuelta en este instante.
Estoy a punto de responder con alguna insolencia del tipo: «No entiendo
por qué debería interesarte eso» o, mucho mejor, «También podrías meterte
en tus asuntos», cuando Nathan cambia de tema.
—Tu hermana me cae bien —murmura.
Su mano busca la mía y la encuentra con rapidez. Entrelazamos los
dedos. No, no se conforma con que nuestras palmas se unan, busca más, y
yo se lo permito.
Nathan tiene mucho peligro. Un peligro de esos que hace que te olvides
de todo y solo quieras más. Más de su compañía. Más de su cercanía. Más
de su magia.
—Stella es la sociable de la familia. Siempre lo ha sido, sería capaz de
convencer a un vegetariano para que se volviese carnívoro. —Mi
comentario le arranca una sonora carcajada y hace que varias personas se
giren y le muestren sus sonrisas también a él.
Es arrebatador. Y encantador. Tiene algo, me he dado cuenta de que
Nathan tiene algo, algo que hace que no quieras alejarte o que no seas capaz
de apartarte de él. O de olvidarte que te espera una pila de trabajo en el
hotel a la vuelta.
—¿Y tú, Pixie? ¿Qué eres tú?
Alzo los hombros. A mi cabeza acuden muchas formas de definirme y
ninguna de ellas me gusta en absoluto. Tal vez debería hacer una lista de
eso, una lista de los adjetivos que debería utilizar cuando un extraño te
pregunte en medio de Nueva York quién eres.
Quién eres y no quién fuiste. Porque en mi caso no es en absoluto lo
mismo.
—¿Por qué te conoces tan bien esta ciudad?
Con nuestros dedos entrelazados, me guía sin cesar y no parece
importarle mi cambio de tema. Esquivando viandantes, cruzando calles sin
necesidad de un mapa o de las nuevas tecnologías y sin buscar indicaciones
de cualquiera que se cruce con nosotros y tenga una diadema de renos o un
gorro de Papá Noel.
—Mi hermana Lindsey vive aquí con su marido y con mi sobrino Bryan.
Vale, están Harry y Lindsey. Me faltan tres más.
—¿La visitas con mucha asiduidad?
—Tu hermana Stella al lado de mi hermana Lindsey es una aprendiz de
poca monta. —Stella lo mataría por esas palabras—. Es la reina de las
reuniones familiares. Siempre busca cualquier motivo para juntarnos a
todos o para que le hagamos una visita. O ir ella a hacerla. Mis hermanos y
yo bromeamos con ella o, más que bromear —añade y una chispa de
insolencia estalla en sus ojos—, nos metemos con ella. ¿Sabes? —prosigue,
percibo el cariño con el que habla de su familia al instante. Lo hizo mientras
nos tomábamos ese café y lo vuelve a hacer ahora—. Lindsey es la niña
mimada, todos la protegemos y antes éramos mucho peores. Ni confirmo ni
desmiento que Harry y yo le hicimos una visita para nada amistosa a su
primer novio.
Abro los ojos como platos.
—Eres un psicópata y estás chalado, lo sabes, ¿verdad?
—Nathan Graham, apuesto, sexi, seductor, desvergonzado y psicópata, a
su servicio. —Una vez más, lleva a cabo ese gesto de quitarse el sombrero,
muy caballeroso por su parte si no supiese el peligro que tiene este chico—.
En mi defensa diré que Harry es mucho peor y que el chico ese se merecía
mucho más que una visita y una advertencia.
Permíteme que dude de ello.
—¿Y eso? —indago.
—Los novios no se fijan en las amigas, no sé si me explico.
Se explica. Se explica.
—Es decir, que el chico ese jugaba a dos bandas.
—A dos, a tres… Digamos que su coche estaba más visitado que las
concurridas playas de Santa Mónica.
Me carcajeo, y Nathan solo me aprieta la mano con más fuerza.
—Se merecía mucho más que una cordial visita por vuestra parte. —Le
doy la razón.
Nathan frena sus pasos, y me choco contra su cuerpo. Apenas percibo la
dureza del mismo, al menos, no de la misma forma ni con las mismas
consecuencias que en mi habitación de hotel.
—Hemos llegado.
Un tugurio. Me ha traído a un tugurio de mala muerte con pinta de haber
sido decorado allá en los años cincuenta.
—¿Es aquí?
Si pilla mi aversión, le resbala como al que más.
—Tienen las mejores hamburguesas de la ciudad. Una vez pruebes esto,
querrás que esas ensaladas que comes sean pasto de las ovejas de una
granja.
—Pobre de mí.
Tira de mi mano, haciendo caso omiso de mi escepticismo, y yo lo sigo,
por varios motivos, el principal, no sabría volver al hotel sin perderme. O
sin acabar metida bajo capas y capas de nieve.
El local, a pesar de haber visto mejores tiempos, está lleno de luces
navideñas. Cientos de ellas centellean en el techo y los cuadros, todos
tienen guirnaldas de distintos colores. No hay combinación alguna en él y, a
pesar de ello, me gusta la calidez que desprende.
—Por si no te has percatado de ello —me explica y tira de mí hasta que
choco de nuevo contra él, esta vez, con su costado—, hay muérdago allí, en
aquella puerta. —Y la señala con su mano y la mía todavía unidas—. No
seré yo el que me niegue a cumplir una tradición navideña o un objetivo.
—¿Un objetivo?
—El de besar a un chico apuesto.
Lo empujo con todas mis fuerzas, que es bastante poca, porque apenas da
un paso y nos soltamos. Me dedico a observar de nuevo la decoración con
la firme intención de que ese cosquilleo que siento ante su descaro total no
me afecte o, al menos, lo haga de una manera que se pueda disimular.
Debo admitir que, cuanto más observo todo lo que me rodea, más me
gusta.
Una de las columnas está cubierta de espejos y llena de figuritas
navideñas creadas con nieve de bote. Entre estrellas, renos y Papás Noel,
me veo la nariz roja por culpa de las temperaturas que hay ahí fuera ahora
mismo. Dudo que estemos por encima de cero grados y, con todo, no he
notado el frío en ningún momento.
—Pixie —me llama Nathan desde no muy lejos.
Me giro y me acerco con cautela. El muérdago me llama a gritos. Os lo
prometo. Y me siento como una hipócrita, porque una parte de mí quiere
hacer todo eso que en otra ocasión habría hecho sin dudar, y la otra parte de
mí me pide que sea responsable y que piense en el qué dirán.
Decido que mañana reflexionaré sobre todo ello de otra forma y que son
solo veinticuatro horas. Menos, si somos precisos.
Cuando tomo asiento, me tiende una carta, y la ojeo por encima. Sé que
está esperando una disculpa por haber puesto en duda su recomendación. Y
eso que no dije lo que pensaba en voz alta.
—Creo que me gusta todo —apunto alzando la vista y observando a mi
acompañante. Ya me disculparé cuando pruebe mi cena, por si acaso.
—Gracias. Yo opino igual.
Y no, Nathan no se refiere a las hamburguesas precisamente.
CAPÍTULO 9
El tamborilero
—Mmmmm. —Me retracto de todo lo que he dicho. ¿Tugurio? Por favor,
¿quién soy yo para tildar de esa forma a este local? Es el paraíso de las
hamburguesas.
—¿Y bien?
—¿No te he dado pistas suficientes?
—Tu gemido ha resultado una monada. Y sumamente erótico —añade
con ese tono tan suyo que hace temblar los cimientos de cualquiera.
Incluida yo.
No le hago caso en absoluto a la provocación y me centro en comerme la
hamburguesa bajo la atenta mirada de Nathan.
—Tenías razón, ¿vale? ¿Eso es lo que querías escuchar? —Un trozo de
queso derretido resbala por el hueco que hay entre mi dedo índice y mi
pulgar y, como una auténtica cochina, llevo mi boca hasta él y me lo zampo
—. ¿Qué?
—No es lo que quería escuchar, pero está bien que me des la razón.
Sobre todo, si la tengo.
—Creo que estás acostumbrado a salirte con la tuya.
Nathan niega en repetidas ocasiones.
—No te olvides de que tengo cinco hermanos. Salirme con la mía no
solía suceder en muchas ocasiones. Pura ley de supervivencia. Lindsey, ella
sí que lo conseguía. Supongo que es la ventaja de ser la única chica y de
aprender más pronto que tarde que poner morritos y lloriquear tenía sus
ventajas. Lo intenté una vez —bromea—, Harry me empujó y me caí del
muro del jardín. Dentro de una enredadera llena de pinchos.
—Auuu —me lo imagino y me duele.
—Sí, auuu, justamente. Moverte y clavarte espinas cada vez que intentas
escapar no es nada agradable. De hecho, todavía tengo marcas. —Alza una
de las mangas de su cazadora de cuero y de la sudadera y camisa de manga
baja que lleva debajo y me enseña una cicatriz que le cruza el antebrazo.
—Vaya, heridas de guerra. Yo también tengo alguna.
—¿Tú? —Se desplaza hacia atrás.
—A ver quién es el escéptico ahora.
Hace un par de movimientos de cabeza esperando a que le cuente una de
mis batallitas. Mientras medito sobre alguna que valga la pena, sigo
saboreando la hamburguesa sin contemplaciones, sin pensar en que me
estoy manchando la barbilla de kétchup y de mostaza agria o de que el
muérdago sigue en el mismo lugar que antes.
Porque no se me ha olvidado, no.
—Cuanto tenía trece años, mi abuela Heather nos llevó a mi hermana y a
mí a un parque de atracciones. Me encantaban, era lo que más me gustaba
del mundo. Podría pasarme horas y horas deambulando por ellas y
olvidarme del resto del mundo. Por estas fechas, ponían carpas enormes
llenas de atracciones, puestos de almendras dulces y manzanas de caramelo.
Era adicta a todo eso.
»A Stella había que convencerla, a veces le hacía chantaje con algo que
le gustase mucho o le ofrecía mi paga, porque ella no quería ir, y mi abuela
era de las que pensaba que si iba una debía llevar a la otra. Aseguraba que
lo mejor de tener hermanos es el vínculo inquebrantable que se establece
entre ellos. —Nathan le da un sorbo a su bebida y pincha un par de patatas
fritas. La hamburguesa casi sigue entera en su plato.
»El tiovivo —suelto sin más—. Amaba subirme al tiovivo con todo mi
ser. Cerraba los ojos, abría los brazos y, mientras ese caballo subía y bajaba,
yo sentía que volaba. —Nathan me sonríe como si supiese a lo que me
refiero, como si él también lo hubiese sentido en algún momento—. Stella
me miraba imperturbable, quieta, sin subirse, porque tenía miedo a caerse.
»Hasta que un día intenté ponerme en pie sobre el caballo.
—¿En serio? —pregunta y me evalúa.
—¿Te resulta extraño?
—Para una chica que calcula los riesgos de cualquier cosa, hasta de la
comida, sí, me resulta extraño.
Parece que Nathan ha cumplido su palabra.
«Solo me fijo en los detalles. Facilitan información y tengo cinco horas
para conocerte. A fondo».
Esas fueron sus palabras. Ahora tenemos más de cinco horas. Algunas
más.
—Antes no era así —juro. Y no le quiero dar más información, porque
no me gusta recordar lo que fui. Agradezco que Nathan lo deje pasar—. El
caso es que me puse en pie, convencida de que no sucedería nada. Y fue de
esa forma durante unos segundos. Hasta que mi zapato de charol resbaló del
lomo del caballo y caí de cabeza al suelo.
Le muestro la cicatriz que todavía sigue presente en mi sien izquierda.
—Seis puntos. Casi mato a mi abuela de un disgusto. No quiso volver a
llevarme a un tiovivo jamás.
—Tenías trece años.
—Jamás —repito.
Nathan chasquea la lengua justo antes de partir un trozo de hamburguesa
y metérsela en la boca sin dudar.
—Yo se la devolví a Harry. Le lancé una pelota de béisbol a la nariz. Se
la rompí.
Abro la boca y ahogo un gemido.
—¿Que hiciste qué?
—En mi defensa diré que, en realidad, no quería hacerle daño. Quería
golpearle en la barriga. Soy un pésimo lanzador.
—Recuérdame que nunca juegue contigo al béisbol —ironizo.
—Te lo recordaré, por supuesto. —Me guiña un ojo y ese punto de
descaro ha regresado—. Estuve castigado semanas. Todavía en las
reuniones navideñas lo recuerdan, y mi hermano me odia por ello. Su nariz
también. No ha sido la misma desde entonces —bromea.
—Me pregunto si tu hermano también se lo toma a cachondeo. —Le sigo
el juego dejando lo que queda de hamburguesa en mi plato.
—Hoy en día sí. En aquel momento te puedo garantizar que no. ¿No
tienes más hambre? —pregunta haciendo un leve asentimiento en dirección
a mi plato.
—Si como algo más, prometo que reviento.
—No queremos que eso suceda.
Observo su comida y veo que tampoco la ha devorado.
—¿Y tú? ¿No comes?
Él se limita a negar sin más.
—No tengo mucha hambre.
—¿Por qué? —pregunto.
Nathan se cruza de brazos, todavía apoyado en el respaldo de su sillón.
—Puede que haya cenado antes de venir. —Abro la boca para protestar o
para reprenderlo. ¿Qué? Es decir, ¿qué?
—¿Me has traído hasta aquí solo para que yo cenase?
—Puede.
Es mi turno de cruzarme de brazos. Indignación, eso es lo que siento.
—Me parece…
—Pixie… Te ibas a comer una triste ensalada —me corta antes de que yo
siga soltándole un discurso—. ¿Por qué iba a dejarte comer eso pudiendo
disfrutar de una de las mejores hamburguesas de Nueva York y de mi
compañía? O yo de la tuya, según prefieras verlo.
—Eres… Eres…
Separa sus brazos y se acerca. Sus rodillas y las mías prácticamente
chocan y me sonríe con suficiencia, como si supiese de antemano que ha
ganado la batalla. La batalla, que no la guerra.
—Ya, ya… Lo sé, Pixie, lo sé —sentencia y no parece una disculpa para
nada.
—Al menos, me dejarás invitarte.
—De eso nada, ricura.
Se incorpora en todo su esplendor y se encamina hacia la barra. Cruza un
par de palabras con el chico que hay tras ella y señala en dirección a nuestra
mesa. Yo no le pierdo de vista, y él parece darse cuenta de ello porque alza
las cejas y señala el muérdago, supongo que por si me animo. Cuando niego
con la cabeza, él solo balbucea un «¡qué pena!» y sé que lo dice en serio.
Yo también lo pienso, de veras, es una auténtica lástima que me funcionen
las alarmas y la decencia.
Más allá de eso, no puedo obviar lo que ha hecho y el gesto en sí. Es…
es bonito. Y halagador.
Había cenado y ha decidido acompañarme a este lugar solo para que yo
disfrutase de una cena en condiciones.
Si le contase esto a Stella, es probable que ya estuviese comprando el
tocado de la boda. O enviando las invitaciones. Tal vez algo mucho peor.
Nathan se acerca y me tiende la mano. En esta ocasión no dudo, solo la
sujeto y siento de nuevo la calidez de la misma.
—Gracias por invitarme. —Y por todo lo demás.
—Te dije que sabía hacer trucos mejores —sentencia él.
—No me cabe la menor duda.
Porque, aunque él no lo sepa y vosotras no lo creáis, esto que está
haciendo conmigo puede que sea algo de magia.
CAPÍTULO 10
A Belén pastores
A pesar de toda la desfachatez que ha exhibido Nathan esta noche, de la
provocación en mi habitación o del coqueteo que mostró al mencionar el
muérdago y dejar entrever las cosas que podríamos hacer si yo aceptaba, se
despide en la puerta de mi habitación con un simple «buenas noches»
seguido de un beso en el dorso de mi mano.
Me percato más pronto que tarde de que ha depositado un corazón rojo
hecho de papiroflexia en ella, y dentro de él hay otro corazón y otro y otro,
hasta que no cabe ninguno más. Me fascina ese detalle, debo decirlo, y abro
y abro capas y capas esperando encontrar el siguiente y saber cuál será su
color.
Puede que Nathan se limite a ser un aprendiz de mago, y que sus trucos
no sean nada del otro mundo; pero estoy empezando a entender que la
magia reside en las pequeñas cosas y que lo importante no es el truco en sí,
sino lo que despierta mientras lo descubres: la ilusión, la sonrisa pura y
genuina y la calma que se instala en el centro de tu pecho.
Paso toda la noche trabajando sin descanso. A veces aparto la vista de
esos informes y de las notas que he tomado para pedir un café. Tres, ese es
el total de bebidas calientes que he solicitado a lo largo de la noche y, aun
así, me cuesta mantener los ojos abiertos. De vez en cuando alzo la cabeza
y observo la fila de corazones de colores que tengo repartidos frente a mí y
analizo cómo podría haberlo hecho él.
Tengo que confesar que ha valido la pena, que esta noche, el haberme
apartado de las obligaciones por un rato y haber compartido esa cena con
ese chico que apenas hace horas que conozco, ha valido la pena.
Le doy a enviar al correo electrónico que le he preparado a Susan y rezo
para que respete que hoy es día veinticuatro de diciembre y que en breve
cogeré otro vuelo, largo y pesado vuelo, en dirección a Londres y que
necesito esas horas para descansar.
Se me eriza el vello de la nuca cuando el bip tan característico de que
algo me espera en mi bandeja de entrada resuena como si fuese un maldito
tambor en medio de una batucada.
Al menos no es Susan. Por ahora no es ella.
Estimada Señorita Beaumont, lamentamos comunicarle que el Servicio
Nacional de Meteorología ha emitido un nuevo aviso. Durante los próximos
cuatro días no habrá vuelos operativos…
Dejo de leer en ese instante y no me importa en absoluto la infinidad de
disculpas, tampoco el ofrecimiento a devolverme el dinero o a hacerse
cargo de los gastos de hotel si deseo esperar a que se reanude el servicio,
dejo de leer todo y me limito a acercarme a la ventana, abrir la boca y los
ojos y quedarme patidifusa ante la estampa.
Ha nevado durante la noche, mucho muchísimo, y yo no me he percatado
de nada. Y no solo eso, los copos caen sin cesar en este mismo instante.
Nieve densa y espesa que se acumula en casi cualquier lugar que mire.
Ventanas, puertas, calles, coches… Todo está cubierto de ese manto blanco.
Escucho sonidos en el pasillo y me acerco cautelosa, abro la puerta y me
encuentro a la pareja de ancianos de la que me habló Nathan allí, por fuera,
con un par de maletas listas.
Espera, a ver, ¿ellos pueden volar y yo no?
Me acerco presurosa, en pijama, calcetines y con una coleta que
probablemente haya visto momentos mejores para obtener información al
respecto.
—Buenos días —me saludan ellos a la par llenos de afabilidad.
—Buenos días. —Bajo la vista hacia la maleta en cuestión—. ¿Vuestra
compañía os permite viajar? Porque yo… —Reparo en que me estoy
comportando como una neurótica maleducada cuando ni siquiera me he
presentado. Mi abuela me daría una colleja si pudiese—. Lo siento mucho
—me disculpo y no solo por mis pintas—. Soy Pixie, Pixie Beaumont —
aclaro— y mi compañía me acaba de enviar un correo electrónico para
decirme que no podré volar en cuatro días porque la tormenta…
—A nosotros nos ha llegado la misma información, señorita —responde
el señor, Robert, por lo que contó Nathan anoche.
Intuyo que mi cara de desconcierto le facilita algo de información porque
Rose es la que toma la palabra.
—Hemos pedido que nos cambien de habitación, el váter no funciona
bien y el agua caliente va y viene, y con este frío y estos cuerpos. —Se
señala sonriendo con amplitud—. Lo siento, no estamos dispuestos a
soportar ese tipo de cosas. —Se acerca y se pone una de las manos frente a
la boca antes de proseguir—. Mucho menos si es la compañía la que se hace
cargo de esto. Esos tienen dinero, que paguen.
Robert cabecea afirmando, dándole la razón a su esposa. Y yo escondo
una sonrisilla porque Stella diría lo mismo, me apuesto cualquier dedo de la
mano por ello.
—Eso digo yo, que paguen, que paguen.
Me giro bruscamente cuando la voz de Nathan se cuela entre nosotros,
los temidos cotillas del pasillo.
—Ay, me preguntaba dónde estabas, he ido a tocar en tu puerta y no me
ha respondido nadie.
No sé por qué debería sorprenderme que Nathan haga amigos allá por
donde pasa.
Alza sus manos y nos enseña una enorme caja de… ¿dónuts?
—He tenido que pelear con un oso polar, con un zorro ártico, incluso
huir de un pingüino bailongo, solo por ir en busca de este desayuno digno
de los dioses. —Haciendo alarde de esa complicidad que ya existe entre
ellos, Nathan también coloca su mano frente a la boca y baja el tono de su
voz—. Sospecho que esta señorita de aquí lleva toda la noche trabajando sin
cesar. —Me observa de arriba abajo y me pongo colorada—. Y no es cosa
de magia, es un hecho constatado.
Seis pares de ojos se clavan en mí esperando una respuesta. Solo
confirmo cabeceando. Mentir no serviría de nada teniendo en cuenta que
me delata mi aspecto.
—No hay trabajo en esta vida que haga que valga la pena pasar una
noche en vela, jovencita, y se lo dice alguien que tiene muchos años encima
y que ha pasado por muchos trabajos —declara Robert.
Y me encantaría replicar y darle miles de motivos, motivos de peso,
quiero decir, pero solo se me ocurre como argumento que tengo una
secretaria espía que es un robot y que mi padre no estaría muy de acuerdo
con esa filosofía de vida.
«Todo se consigue en esta vida a base de sangre, sudor y lágrimas, Pixie,
que no se te olvide».
—Yo que tú lo escucharía —apunta Nathan, lo hace con fingido
desinterés, y todos sabemos que él de eso tiene bastante poco, básicamente,
porque tiene mucho morro—. Te lleva años de ventaja.
—Ya, claro… —Sueno recelosa, porque es justamente como me siento.
Me meto en la habitación porque de pronto me noto más avergonzada
que nunca de ser quien soy. De ser esa persona en la que me he convertido y
entonces reparo en que me he marchado sin más, ojo, no por Nathan, sino
por Robert y su sabiduría y Rose y su frescura. Por supuesto, salgo de
nuevo, aunque en esta ocasión solo abro la puerta lo justo y necesario para
sacar la cabeza y parte de mi hombro.
—Encantada de conoceros.
—¡Igualmente, Pixie!
Cierro y me dirijo hacia el baño, abro la ducha y dejo que el agua tome la
temperatura perfecta, algo así como fuego infernal sale por la mariposa de
la misma y me cuelo bajo ella. Gimo de placer cuando el agua comienza a
correr por mi cuerpo.
Salivo solo de pensar en una ducha caliente, unas sábanas de algodón, la
calefacción y unas horas de sueño. Ya lidiaré más tarde con el enfado de mi
padre por no estar presente en la cena de esta noche y con la ausencia de los
regalos navideños, aunque, si lo pienso bien, ya no me harán falta, ¿no?
No. No me gusta ese pensamiento. Mi abuela me miraría con mala cara
si me escuchase porque ella amaba la Navidad con todo su ser. Tal vez por
eso me gustan tanto las historias que me cuenta Nathan sobre su familia,
porque son justamente las historias que vivíamos cuando mi abuela era
quien organizaba todo. Ella se encargaba de que nos reuniésemos, de que
disfrutásemos de una cena en familia y, por aquel entonces, mi padre
todavía no se había convertido en un cabrón sin corazón al que solo le
importa el trabajo y la reputación.
Compraré esos regalos, aunque tenga que entregarlos el dos de enero. O
el treinta de diciembre. Me es indiferente.
Envuelta en el albornoz, y con una toalla alrededor del cabello, salgo
descalza y me acerco hasta la ventana con la firme intención de comprobar
que la nieve todavía no me ha enterrado y de que la cortina se cierra lo
suficiente como para dormir a placer.
—¿Prefieres los de chocolate o los de azúcar?
Emito un pequeño sonido a camino entre un grito y un quejido hasta que
reparo en que la figura que se encuentra en el salón, justo en la mesa donde
hasta hace unas horas estaba esa ensalada que nadie se comió, se encuentra
Nathan.
El acosador nato.
—Empiezo a preocuparme de veras. ¿Cómo has conseguido entrar? Y no
me vengas con eso de que es un truco y que un mago nunca desvela sus
secretos porque te asfixiaré con mis propias manos. Y veremos si ese truco
también te lo sabes. —Sonrío con suficiencia.
No está para nada acojonado y ese era el efecto que esperaba provocar en
él.
—Un mago nunca desvela sus secretos —repite mi frase—. Y, a pesar de
que me encantaría que tus manos rodeasen mi cuello y ni confirmo ni
desmiento que tus piernas, mi cintura —añade. Otra provocación y ese
cosquilleo de nuevo azotando mi cuerpo y mi mente—, no iba a permitir
que te quedases sin desayunar.
Bate ante mis ojos la caja repleta de dónuts y tengo que confirmar que
todos tienen una pinta exquisita.
—Me he tomado la molestia de pedir leche caliente con miel porque me
juego lo que sea a que has tomado tanto café durante la noche que por tus
venas ya no corre sangre.
Mi primer impulso es quejarme, echarlo o pedirle que se meta en sus
asuntos. Sin embargo, me retracto de inmediato porque…, porque es bonito
que alguien se preocupe por ti, porque es bonito sentirse así, cuidada, y
porque Nathan me cae bien. Mejor que bien.
—Azúcar. Mis favoritos son los de azúcar.
Una sonrisa triunfal se revela en su rostro, dejándome anonadada.
Las ganas de acercarme y acariciar sus mejillas comienzan a convertirse
en un serio problema.
—¿Sabes? Cuanto más te conozco, más me gustas, Pixie. —Se acerca—.
Más y más y más me gustas.
No es necesario que yo le acaricie a él, porque es él quien me toca a mí la
mejilla.
Y cierro los ojos. Y sueño.
CAPÍTULO 11
Blanca Navidad
—En realidad, tienes que saber que ha sido tu hermana la que me ha
ayudado a colarme en tu habitación —confiesa Nathan, todavía con restos
de azúcar en la comisura de sus labios.
Parece no reparar en ello o es tan malvado que lo que pretende es
ponerme en tensión y que me estremezca solo de pensar en quitarle ese
azúcar. Con la lengua.
Le doy otra mordida a mi dónut antes de preguntar siquiera o de
lanzarme. Lo que sea que ocurra antes.
—Si buscabas causar impacto, no lo ha hecho. Stella es así —me
recompongo.
—Se ha despedido de mí con un «No hagas nada que yo no haría,
cuñado».
Me atraganto con un trozo de dulce y casi —casi— tiro de una patada la
mesilla de centro en la que están apoyadas nuestras bebidas calientes.
—¿Qué? —No me lo puedo creer.
—Ahhh, eso sí que te ha sorprendido, ¿verdad?
Lo ha hecho, sin lugar a dudas.
—No le hagas caso. —Le resto importancia. Aunque la tiene, vaya que
sí.
—Stella es así —finaliza él por mí. Sonríe como si pensase que tiene que
darme la razón, pero sabiendo que la tiene él—. Insisto, me cae bien tu
hermana. He tenido que llamarla, porque tocaba y tocaba en la puerta, y
nadie respondía. Era una emergencia nacional, ya sabes, si estuvieses en
algún apuro, tendría que rescatarte.
—Rescatarme en la ducha —suelto con sarcasmo.
—Precisamente en la ducha —contrataca él con toda la desfachatez que
le cabe en el cuerpo. Teniendo en cuenta su altura, debe de ser mucha,
obvio.
—Así que memorizaste el número de mi hermana cuando me pediste el
teléfono.
Alza la vista y me observa con atención. Sus ojos verdes son tan bonitos
que parece que viviesen en una Navidad continua, tienen el mismo color
que un abeto navideño.
—Ya sabes que un mago nunca desvela sus trucos.
Y hablando de magia.
—Quiero que me digas cómo lo hiciste.
Se apoya contra el respaldo con resolución y comienza a chupar todos y
cada uno de sus dedos sin apartar la vista de mí.
Parece que me grita desde la distancia: «Oye, Pixie, no sabes lo que te
estás perdiendo» y empiezo a pensar que tiene razón.
—Le expliqué lo sucedido, ella llamó a recepción, el chico subió y abrió
y le prometí que éramos amigos. Porque es lo que somos…, por ahora.
Omito la intencionalidad de sus palabras y me concentro en todo esto.
Primero debo intentar persuadirlo para que me enseñe; segundo, matar a
Stella por ser su cómplice y no oponer resistencia alguna.
—Hablaba de los corazones de papiroflexia, pero me alegra saber que mi
hermana estaría dispuesta a ayudarte siempre que lo necesites.
—Cuñado —repite—, no te olvides de que me ha hecho miembro de la
familia y casi sin conocerme.
—¡Cómo olvidarlo! —Ruedo los ojos.
Nathan se incorpora y ojea mi mesa de trabajo. O esa mesa que hace las
veces de ella.
—¿Puedo?
Me acerco, porque no sé bien qué busca y tengo todo ordenado de tal
manera que, si Susan me llama para solicitar algún dato, pueda encontrarlo
sin problema y sin demorarme. Sobre todo, sin demorarme.
Mueve alguno de mis papeles sin descolocar nada y encuentra un trozo
cuadrado en el que he escrito una de mis listas. Esta no es muy importante,
son solo cosas que tengo que revisar cuando llegue a Los Ángeles.
Nombres de archivos, citas telefónicas y alguna que otra carpeta que
tenemos que buscar para contrastar información. Aburrida y sórdida hasta
decir basta.
—Esta misma me valdrá —sentencia ojeando por un lado y por el otro
—. Me he fijado en que tienes muchas listas como esta. ¿Eres una maniática
del control o es solo para pasar el tiempo?
Ruedo los ojos una vez más.
—¿En serio quieres que responda a esa pregunta? Porque tal vez tenga
que matarte después de ello.
—Tal vez sí —bromea.
—Me gusta apuntar todo y dejar que me invada esa satisfacción cuando
las voy tachando porque las he llevado a cabo. Es raro, lo sé, yo lo soy… —
titubeo—. Es que… completar tareas… —¿Cómo explicarlo?—. Soy una
controladora nata. ¡Ya está! ¡Ya lo he dicho! —finalizo.
Me siento un tanto avergonzada por estar contándole esto. Le estoy
permitiendo ver mis taras, mis manías, mis tocs.
Gira la cabeza en busca de mi violín, que sigue apoyado en el mismo
sitio que la noche anterior. No me he atrevido a sacarlo de ahí.
De pronto, me siento incómoda, porque es como si Nathan estuviese
intentando averiguar dónde encaja esa parte, ese instrumento, en mi
cuadriculada vida.
—Eres una controladora preciosa —sentencia.
Una vez más, mi corazón se acelera. Y puede que tenga también un poco
que ver la distancia que nos separa, siendo mínima. El calor, su energía, su
arrojo y el brillo imperturbable de sus ojos. No es necesario formular
siquiera la pregunta para saber que es feliz y no le importa en absoluto lo
que los demás opinen de él.
Por eso cuando me contó que era mago no dudó en formular algunos
adjetivos negativos sobre ello, y ahora me doy cuenta de que es probable
que ese tipo de calificativos se los habrán dicho en más de una ocasión. Y
pensó que yo haría lo mismo que todos ellos, juzgarlo. Mucho peor, hacerlo
sin conocerlo siquiera.
Sacudo la cabeza y dejo que el cumplido me caliente el pecho. Me
concentro en sus siguientes movimientos.
—Espero estar a la altura, señorita.
Nathan comienza a agitar el papel, a doblar y a moverlo para hacer
marcas y que esas marcas luego se conviertan en eso que él me regaló a mí
anoche.
Me atrevería a afirmar que parece sencillo o, al menos, esa es la
impresión que da cuando veo a Nathan hacerlo sin pestañear. Movimientos
sincronizados que dan como resultado algo fascinante.
—Y voilà. —Me tiende el corazón y no dudo en cogerlo.
Tiene mis letras por varios lados y sonrío al pensar en que mi lista de
trabajo está ahí, formando algo que nada tiene que ver con eso que han
usado para crearlo.
—¿Esto se enseña en la escuela de magia o algo así?
—O algo así —repite él sin perder la sonrisa.
—No, venga, en serio… —le pido dándole un pequeño golpe en el
pecho.
Llevo mi mirada hacia el lugar y me percato del gesto. Intento apartar la
mano con rapidez, sin embargo, Nathan es mucho más rápido que yo y la
sujeta, colocando la suya sobre la mía. Atrapándola.
Su corazón late acelerado bajo ella, bajo esas capas de ropa que lleva,
bajo la sudadera de punto beige con rombos, círculos y líneas de colores
azules y magentas. Y me pregunto si será capaz de notar que el mío va tan
rápido como el suyo, si mi brazo le sirve de canal para escucharlo latir.
Bum. Bum. Bum.
—Mi abuelo es un artista del origami. Desde siempre, desde que tengo
uso de razón, hacía figuras con papel. Afirma que le relajan, que le distraen
de todo. Cuando era pequeño, me gustaba observarlo mientras las hacía, ver
cómo le daba vueltas y vueltas a un papel plano que luego convertía en algo
a lo que le daba vida solo con sus dedos y su imaginación. Cuando entré en
la adolescencia y me convertí en un gilipollas de campeonato al que solo le
interesaba estar fuera de casa con los amigos, beber y fumar… —Abro los
ojos ante la absoluta sinceridad con la que me cuenta esa época de la que
estoy segura de que se avergüenza—. En ese entonces las pisaba, porque me
molestaba encontrar esas cosas por todas partes.
»Hasta que, un día, mi abuelo sufrió un infarto. Mi abuela no soltó ni una
sola lágrima porque estaba convencida de que sobreviviría, decía que un
amor como el que ellos habían vivido no podía romperse tan pronto. Que
todavía les quedaba mucho por delante.
—¿Cuántos años hace de eso? —pregunto con cautela.
Ha hablado de su familia, solo que… No sé… No sé si su abuelo y mi
abuela están en el mismo lugar, si ya no están con nosotros.
—Hace diez años.
—¿Y…?
—Ohh, mi abuelo está vivito y coleando. —Y no sé por qué, pero eso me
hace respirar de otra forma—. En aquel momento me juré que dejaría de ser
tan imbécil y valoraría a mi familia. Supongo que has escuchado el dicho:
«No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes».
—No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes —repito yo a su vez, y casi
coincidimos al verbalizarlo en alto.
Cruzamos una mirada cómplice y os prometo que tengo la sensación de
que me va a besar. De que lo va a hacer. Y yo, desde luego, no lo impediría.
Nathan da un paso hacia atrás y me evalúa.
—Aprendí a hacer origami con él. Creo que es el culpable de que me
guste la magia. De que me guste la vida. De que haya aprendido a vivir, a
exprimir cada segundo, a aprovechar las desavenencias y convertirlas en
oportunidades. Porque de todo, de absolutamente todo, puede salir algo
bueno, ¿no crees?
Entonces… Entonces reparo en algo y es que a veces la magia no es
cuestión de trucos ni de esconder un as bajo la manga, utilizar un imán o
jugar con los sentidos de los demás, en ocasiones, la magia la creamos
nosotros por el simple hecho de elegir cómo enfrentarnos a la vida, de
tomar las cartas que nos han repartido y ganar, ganar, aunque se pierda.
—Empiezo a creer, Nathan Graham. Tú haces que empiece a creer.
CAPÍTULO 12
A Belén, pastorcitos
Nathan se marcha a su habitación poco más de una hora después, me ha
asegurado que tiene cosas que hacer, sin embargo, lo que sospecho es que
sabía que necesitaba dormir, aunque fuese un rato, para poder recuperar las
horas de sueño invertidas en el trabajo. Eso y que era más que evidente que
comenzaba a dar cabezadas sobre mi propio pecho, en fin...
Y eso es exactamente lo que hago cuando nos despedimos, me meto en la
cama, llevo la mirada hacia la ventana que he dejado abierta por el simple
hecho de querer disfrutar de la nieve cayendo sin cesar y, sin apenas darme
cuenta, cierro los ojos y me sumo en un sueño profundo en el que Nathan es
el protagonista.
Os prometo que sonrío sin cesar mientras él se encarga de llevarme a la
hamburguesería una vez más, de traerme dónuts de azúcar o de tomar el
mismo vuelo que yo, en esta ocasión, con destino a Londres. Y cambia de
plan en última instancia para marcharse conmigo.
Para cuando abro los ojos, ya comienza a anochecer, lo que quería decir
que he dormido más horas de las que tenía previstas y… me incorporo
como un resorte solo de pensar en la cantidad de correos electrónicos que
debo de haber recibido y las llamadas constantes de Susan por no responder
a los mismos en treinta segundos. Y sin contar con que todavía no he
llamado a mi padre, al que estoy convencida de que han informado del
cambio de planes solo que no he sido yo la que lo ha hecho. Y me lo
reprochará, estoy convencida de ello.
Antes siquiera de pasar por el lavabo, cojo el teléfono solo para
confirmar mis sospechas. Tengo cuatro llamadas perdidas de Susan, una de
mi hermana y, la peor de todas, la de mi padre.
Todavía no estoy del todo preparada para enfrentarme a eso. A él y a su
actitud déspota. Para que me eche a los lobos por haber hecho algo de lo
que yo misma ni siquiera me he percatado o por haberme quedado
encerrada en Nueva York y no amenazar a la compañía con denunciar hasta
al último empleado si no ponían un vuelo a mi disposición.
Está más que claro que he cambiado en estos últimos tiempos, aun así,
no soy esa persona y rezo para no serla jamás.
Decido que enfrentarme a las cosas de una en una es la mejor de las
decisiones así que, mientras voy a lavabo, marco el número de mi hermana,
que me contesta prácticamente al instante.
—¿Y bien? —Esas son sus primeras palabras.
—Voy a matarte. —Las mías no son mucho mejores.
Una sonora carcajada envuelve toda la habitación. No hay nada que me
guste más que escuchar a mi hermana reír y hacerlo con franqueza.
—Solo fue una ayudita, Pixie. Si te hubiese sucedido algo no me lo
habría perdonado, necesitaba tener mi conciencia bien tranquila. Nathan
necesitaba ayuda y yo se la presté de forma desinteresada.
Ya, claro, sí, conociendo a Stella, seguro que no hay ninguna
intencionalidad oculta tras su gesto.
—¿Desinteresada?
—Total y absolutamente —sentencia.
—Te creo.
—¿Me crees?
—Era un farol, por supuesto que no lo hago. Le dijiste y cito
textualmente: «No hagas nada que yo no haría, cuñado».
Eso parece haberle quitado el habla a mi hermana y no es por nada, pero
dejarla sin palabras es un suceso de lo más extraño. Digno de estudio.
—Vale. Me cae bien. —Y a él le cae bien ella, ¿os acordáis?—. Y me
gusta que estéis ahí, juntos, que pases las fiestas con alguien, con alguien
que no seamos nosotros y nuestras caras mustias. Mamá ahoga las penas en
alcohol, aunque cree que nadie se percata de ello. El abuelo solo ve la tele
porque las conversaciones son una auténtica basura, y papá está todo el día
gritando al teléfono.
Gritando.
—¿Y tú? —La imagino alzando los hombros y restándole importancia a
mi pregunta.
—Yo soy la hija detestable que ha decidido no hacerse cargo del negocio
familiar y tocar el piano a su antojo. ¡Por cierto! —grita cayendo en la
cuenta de algo—. ¿Sabes que mañana me dirán si puedo participar en la
audición? ¿Me imaginas a mí? ¿Y el día de Navidad? ¿Acaso hay mejor
regalo que ese? ¿Te imaginas? —insiste. Por supuesto que lo hago—. Yo
delante de cientos de personas, poniendo la banda sonora a ese musical,
tocando el piano y emocionando, erizando el vello de la nuca, de los
brazos… ¿Lo oyes, Pixie? ¡Me están ovacionando! ¡A mí! ¡A la inigualable
Stella Beaumont! Tendrás que venir a verme —sigue parloteando sin perder
la carrerilla, y me encanta escuchar la emoción que transmite porque…,
porque me contagia de ella—. O puede que vaya yo a verte porque seré una
artista internacional. Y tú… —Baja la voz unas décimas—. Tú podrías
hacerlo también, podrías volver a tocar, perseguir tu sueño, nunca es tarde
para ello, Pixie. No lo es. La abuela te lo diría. Lo haría.
Mi hermana sabe lo que viene tras esa frase: una evasiva en toda regla
porque suele ser mi respuesta cada vez que intenta hablar conmigo de ese
asunto. Colgar el teléfono, inventarme otra llamada o cambiar de tema de
forma radical. Todo es válido para no enfrentarme a ello en absoluto.
—Siempre has tenido razón, Stella, y nunca te he hecho caso. Debería
haber luchado por lo que quiero. —Mi hermana pequeña es valiente, la más
valiente de las dos.
Un silencio sordo se abre entre ambas. Mi hermana boquea, la escucho,
busca las palabras sin saber lo que decirme.
—¿Hablas en serio?
—Hablo en serio. El violín me daba vida. Me hacía sentir viva.
Stella suspira, entiende a lo que me refiero porque le sucede lo mismo
con su piano. Tenemos una conexión con nuestros instrumentos difícil de
explicar, es como si fuesen una extensión de lo que somos nosotras mismas.
—Yo… Puede que no sea mucho —titubea—, no obstante, yo siempre te
apoyaré decidas lo que decidas, hagas lo que hagas y elijas lo que elijas.
Solo…, solo piensa en quién eres y quién quieres ser. Solo piensa en eso.
Solo —insiste.
Lo he pensado muchas veces, os lo he contado a vosotras y he imaginado
dónde quiero verme en unos años. Desde luego, no con traje y chaqueta, no
dirigiendo una empresa, lo que sucede es que me he metido en un bucle del
que ya no sé salir. Escapar. Huir.
—He asumido que este es mi destino, Stella.
—El destino no está escrito, lo escribimos nosotros con nuestras
decisiones y nuestras acciones. Lo que hagas hoy te llevará al lugar en el
que quieras estar mañana. No te olvides de ello. No lo hagas.
Y sé que tiene razón, solo que ella es la valiente y yo he decidido
resignarme.
—Te quiero mucho, Stella.
Mi hermana sabe que ha llegado el momento de parar, de no seguir
tirando del hilo, de no tensar la cuerda.
—Yo sí que te quiero a ti —susurra ella al otro lado—. Y me alegra que
no estés en Londres, en casa. Me alegra que estés ahí, con él. Contigo
misma. Conmigo en la distancia.
Me trago ese nudo enorme que se forma en mi garganta y asiento porque
no sé qué más hacer. Porque, si abro la boca, con toda seguridad rodarán
lágrimas por mis mejillas. Y no quiero hacerlo.
—Hablamos mañana.
—Por supuesto, para que abras tu regalo de Navidad. ¿Has comprado el
mío? —me pregunta. Otro largo silencio—. Lo suponía —susurra—.
Abriremos el tuyo, aunque sea en la distancia, y ya tendrás tiempo de
comprarme algo. Algo chulo, algo como… ¡Un adosado en Santa Mónica!
Para ver a todos esos machos fornidos correr por la playa en plan Los
vigilantes de la playa. Con esas bermudas rojas y esos pectorales de infarto.
Dios, qué calor me ha entrado de pronto.
Me carcajeo ante su desparpajo.
Yo… Bueno, puede que yo me esté imaginando a un chico en concreto
corriendo por la playa. No me importaría fingir una picadura de medusa o
un ahogamiento si me hiciese el boca a boca.
—Te has quedado callada. ¿Estás pensando en alguna obscenidad? ¿En
alguna obscenidad con un chico llamado Nathan? ¿Con el que será mi
futuro cuñado?
—No te pases, Stella.
Aplaude al otro lado y eso provoca que se le caiga el teléfono al suelo. El
estruendo es enorme.
—Tienes que contármelo todo. Todo todo.
—No hay nada que contar —me apresuro a negar, porque mi hermana se
monta unas películas que ni Pixar.
—No hay nada que contar, por ahora —matiza ella y utiliza ese tono,
justo ese, en el que sé que se imagina hasta el último detalle.
Vestido, invitaciones, convite, ella ya lo tiene todo programado en su
mente, os lo garantizo. La conozco desde hace muchos años. Sé de qué pie
cojea mi hermana.
—Stellaaaaa… —la reprendo con ese tono tan mío y que sé que odia.
Porque yo también lo hago.
—Tengo que dejarte, tu querido padre me reclama —bufa—.
Probablemente para echarme en cara que esté encerrada en una habitación y
no haciendo canapés para sus invitados de esta noche. Te juro, Pixie, que
pagaría por estar ahí contigo. Solo que no tengo dónde caerme muerta. Y
fin de la historia.
Me carcajeo, y ella también lo hace.
—Nos vemos pronto.
—Ojalá que no… —Y sé por qué lo dice—. Al menos, no a esa Pixie, a
esta, a esta sí que quiero verla.
Cabeceo afirmando y digiero sus palabras.
Tal vez, tal vez sea hora de pensar en esto. De pensar en las
oportunidades, en esa baraja que me ha explicado Nathan o en que quizá
esta tormenta no solo sea cuestión de la meteorología, que hay tormentas
que están dentro. Dentro de ti.
Y tienen que salir.
CAPÍTULO 13
We wish you a Merry Christmas
Apenas cuelgo el teléfono y la puerta de mi habitación suena.
Me acerco rápidamente a abrir esperando que sea Nathan el que se
encuentre al otro lado. Y no es otro que él. Él… con una diadema con dos
cuernos de reno llenos de luces que parpadean sin cesar. Parece que tiene
una discoteca en su cabeza y que no le importa en absoluto.
De hecho, estoy casi convencida de que no le importa en absoluto.
Abro la boca para soltar algún comentario mordaz, y él se anticipa,
colocando su dedo índice sobre mis labios.
—Antes de que me expliques lo celosa que estás por mi atuendo, debo
decirte que… —Se separa unos centímetros de la puerta y una sonrisa
inmensa reluce en su cara justo cuando saca la mano que tenía tras su
espalda y me enseña otra diadema—. ¡Tachán! —Una diadema con un
gorro de Papá Noel de tamaño minúsculo. El pompón tiene luces y brilla
también—. Espera, espera. —Se acerca, y permanezco en mi sitio. Cuando
me lo coloca en la cabeza me estremezco ante su contacto. Si lo nota o no lo
hace… no lo sabré jamás—. Tengo un truco final —añade.
Mueve la cabeza buscando algo, hasta que me doy cuenta de lo que es.
En uno de los laterales parece encontrar un botón y lo presiona. Mi diadema
comienza a sonar. Creo que la discoteca andante soy yo.
We wish you a Merry Christmas
We wish you a Merry Christmas
We wish you a Merry Christmas
And a happy New Year.
Mi primera reacción es…, ¡no sé siquiera cuál es mi primera reacción
porque me he quedado perpleja!
—¿Dónde has conseguido esto? —La señalo.
Quiero lanzarme a sus brazos; pero no solo por los motivos que os
pensáis: porque es guapo e increíblemente sexi. Sino porque es atento,
cuida los detalles y está pendiente de mí.
—Mientras la bella durmiente recuperaba sus fuerzas, he tenido que
hacer de ayudante de Santa. He recorrido unas cuantas tiendas hasta que he
dado con una que tenía muchas cosas navideñas. No me he podido resistir
—finaliza colocando la diadema y soltando mechones de mi pelo a su paso.
—¿Estamos encerrados en Nueva York por una tormenta de nieve y las
tiendas abren?
—Toda una ventaja que sea de esa forma, ¿no crees? Pasaremos la
Navidad juntos. Yo solo veo oportunidades en todo esto. Aunque mi abuela
está enfadada porque quería verme y seguro que tirarme de las orejas. —Se
las señala—. Sé que te has dado cuenta de que son enormes —bromea—, y
debo disculpar a la genética porque no ha influido en absoluto. Es cosa de
mi abuela.
Me río. Me río mucho y muy fuerte y entonces, sin más, lo hago.
Me lanzo a su pecho, coloco los brazos alrededor de su abdomen y lo
envuelvo con ellos. Apoyo la mejilla en su pecho y percibo la suavidad de
su sudadera contra el lado derecho de mi cara. No hay rastro alguno de su
chaqueta de cuero, aunque sus vaqueros desgastados siguen ahí. Y sus botas
también.
Sus manos permanecen quietas a ambos lados de su cuerpo, aunque el
pecho le sube y baja con fuerza. Y lo noto, ¿sabéis? Noto lo apresurado que
le late el corazón y estoy convencida de que, a pesar de que soy bastante
más baja que él, es capaz de sentir que el mío va igual de acelerado. Que se
suma a la carrera por saber cuál de los dos está más nervioso o quizá…,
quizá cuál de los dos tenía más ganas de esto. De este gesto. De este abrazo
que encierra secretos que no nos contamos.
Y que hace que mis alarmas se desconecten. ¿Durante cuánto tiempo?
No lo sé… Solo que dejan de funcionar para permitirme un impás, sentir,
dejarme llevar, disfrutar de lo que sea que está sucediendo entre nosotros.
De lo que me sucede a mí.
Cuando estoy a punto de separarme, Nathan me aprieta con fuerza, como
si no quisiese que esto acabase nunca, como si hubiese entendido que este
gesto encierra complicidad y amistad. Gratitud y tal vez, con suerte, algún
destello de romanticismo.
—Si llego a saber que una simple diadema de Papá Noel con música y
luces haría que te lanzases a mis brazos, la habría comprado en el
aeropuerto antes de salir de Los Ángeles.
No me molesto en separarme y, tal y cómo siguen sus brazos alrededor
de mi espalda, me atrevo a decir que él tampoco quiere que eso suceda.
—No es la diadema, Nathan Graham. —Me gusta cómo suena su nombre
en mis labios.
Un corto silencio nos envuelve.
—¿Y entonces? ¿Qué es entonces? —No es cautela lo que percibo en su
tono es… Es anhelo, esperanza… Ganas.
Nos separamos, poco, muy poco, apenas unos centímetros. Mis manos
siguen apoyadas en su cintura y las de él ascienden por mis brazos hasta
llegar a mis mejillas, donde ambos pulgares juegan con mi piel, con mis
pequeñas arrugas, con mi sonrojo. Con las emociones que no se muestran y
se esconden, pero que están ahí.
Cuando alzo la mirada y nuestros ojos se encuentran sé que estoy lista,
lista para ese beso, para que nuestros labios colisionen. Para saber si será
dulce y delicado o, por el contrario, será fiero y rudo. Si su lengua será
juguetona o con ansia de conquistar. Si encajaremos o tendremos que
aprender a conocernos, profundizar en lo que nos gusta. Si gemimos al
unísono o si nuestros jadeos irán unos al encuentro de los del otro y tal
vez…, tal vez no solo sea un beso más. Tal vez sea como encontrar tu hogar
en la boca de la otra persona. Encontrarte a ti misma en el sabor de él.
Tal vez no exista la magia como tal, y seamos nosotros y nuestros besos
los que marquemos el inicio de la misma.
—Eres tú, Nathan, tú y esa maldita magia que haces cada vez que estás
cerca.
El chico que está frente a mí me observa con atención, evaluándome una
vez más, porque, como bien dijo, hay información de la otra persona en
cada pequeño detalle.
Cierro los ojos aguardando el contacto, esperando su beso, esa caricia
íntima que reconforta y enciende, que tranquiliza y calcina, que abrasa y
apacigua, solo que no llega.
—Eres una dulzura —musita acercándose y depositándome un beso
delicado y firme en la frente, apretándome de nuevo contra su torso tras él.
¿Y sabéis qué?
Que no era lo que deseaba, para nada era eso, sin embargo…, ha sido
mejor.
Cuando Nathan da un par de pasos atrás, sé que el momento ha acabado.
Repasa mi cuerpo y asiente, parece satisfecho con lo que encuentra. Aunque
no esté en albornoz, sino en sudadera, vaqueros y calcetines. Ah, y diadema
que, por cierto, sigue sonando.
—¿Estás lista?
Me aparto un poco yo también.
—¿Para qué?
Nathan chasquea la lengua y hasta ese sonido me resulta reconfortante de
alguna forma. Sus ojos cada vez más verdes, más intensos. Su sonrisa más
seductora y pecaminosa.
—Para pasar esta noche conmigo. Con nosotros. Hemos preparado un
banquete digno de los dioses —sentencia.
Oportunidades. Cientos y cientos de ellas.
—¿Hemos?
—Cuestión de semántica. En realidad, ha sido el hotel. Es Nochebuena,
no pensarías que ibas a pasarla aquí, sola, con esa montaña de papeles —
explica mientras señala tras de mí—, esa tablet —añade y sigue señalando
— y haciendo alguna lista nueva sobre qué tareas tienes pendientes o
cuántas llamadas de teléfono debes hacer antes de que acabe el año.
Es mi turno de chasquear la lengua y protestar.
—No pensaba hacer nada de eso. —Es justo lo que tenía pensado,
además de pedir una ensalada de tomate, rúcula y parmesano. Porque ya he
comido lo suficiente mal por varios días, gracias a él, claro.
Alza una ceja, no se cree nada de lo que estoy soltando por esta boquita.
Y hace bien.
—¿Segura?
Niego.
—Para nada. Iba a trabajar hasta desfallecer. —Su mirada se suaviza y en
cierto modo me calma—. Ya sé que soy un bicho raro —apunto bajando la
vista.
No tenía que haber sido tan honesta, quizá era mejor tener ciertas
reservas y no dejar ver todo lo que eres. Todo lo malo que tienes.
Se acerca de nuevo y coloca la palma de su mano sobre mi mejilla.
—Pues es una suerte que me gusten tanto los bichos raros, Pixie. Una
suerte muy grande.
Me da un beso en la nariz antes de tirar de mí y llevarme hasta el pasillo.
La puerta de mi habitación se cierra y me giro, asustada.
—No tengo llave.
—No la necesitas.
Freno mis pasos y me percato de que voy en calcetines.
—No tengo zapatos. Y todas mis cosas están ahí dentro. —Señalo la
estancia.
Nathan saca del bolsillo trasero de su pantalón dos tarjetas.
Abre la puerta de su habitación, se quita una bota, la lanza. Hace lo
mismo con la siguiente y un par de calcetines de guirnaldas navideñas
decoran sus pies.
—¿Mejor?
—¿Bolas navideñas?
—¿Sabes que me encanta la Navidad?
Solo permito un leve alzamiento en la comisura de mis labios.
—¿Por qué será que no me sorprende? Estoy segura de que ahí dentro
tienes de todo, ¿a que sí?
—Pixie, Pixie, Pixie…, ¿nadie te ha enseñado que un mago nunca
desvela sus trucos?
Y corremos por el pasillo, en calcetines, hasta un salón enorme, decorado
con luces, guirnaldas y muchos muchísimos muérdagos.
Abro la boca, y Nathan me la cierra.
—Esta noche. Esta noche no puedes decirme que no.
Y empiezo a pensar que no solo seré incapaz de negarme hoy.
No hay ni rastro de las alarmas. ¿Quién las necesita?
CAPÍTULO 14
Noche de Paz
Robert y Rose están sentados en una de las mesas en las que hay dos sillas
libres. Rose comienza a mover las manos antes incluso de que yo repare en
ellos. Sigo observando cada detalle, cada objeto que decora la estancia,
cada persona que ayuda o que sirve, que sonríe o que abraza, y me pregunto
cuántos de ellos se conocerán o habrán compartido un par de ocasiones sin
más y, fruto de este pequeño encierro, se convertirán en cómplices,
confidentes o amigos. ¿Quién sabe?
No me paro a pensar en el atuendo que llevo puesto, en la escasez de
maquillaje, en que no tengo llave de la habitación o en que he dejado el
teléfono dentro de ella y eso no sucede desde hace mucho tiempo. Más del
que me gustaría.
Solo me centro en disfrutar de este instante, efímero y eterno a su vez,
porque pasa tan rápido como una estrella fugaz, solo que permanece dentro
de ti mientras lo atesores con cariño, y eso es justo lo que pienso hacer.
—¡Aquí están mis chicos! —grita Rose, como si nos conociese de toda la
vida o ella fuese nuestra abuela—. Pensaba que os habíais entretenido por el
camino —suelta con ironía.
Bajo la vista, avergonzada, y estoy convencida de que mis mejillas se
han teñido de un rojo escarlata nada disimulable.
—He tenido que convencerla para venir, estaba loca por encerrarme en la
habitación y hacerme cosas indecentes, Rose. ¿Te lo puedes creer?
Abro los ojos como platos y me dispongo a negar esas palabras que han
salido por su boca. ¿Quién se cree?
Sin embargo, Rose y Robert se carcajean y niegan en repetidas ocasiones
con la cabeza.
—No sé por qué, pero apuesto a que ha sido más bien al revés. —Rose
me guiña un ojo con complicidad, y yo solo me limito a sonreír todavía
cohibida por el descaro de mi acompañante. No sé si algún día me
acostumbraré a él.
—¿Tú la has visto bien? Por favor, sería un necio si no aprovechase la
coyuntura —sentencia.
Os prometo que la entonación es distendida y jovial, no obstante, las
palabras rasgan, a pesar de no haber sido pronunciadas en ese tono, como si
encerrasen una verdad absoluta. Un axioma en sí.
—Estoy de acuerdo. —Aplaude Robert—. Rose no me lo puso nada
fácil, ¿sabes? —me explica mientras tomo asiento frente a ellos. A ambos
lados hay un par de parejas, también mayores, que no dejan de hablar y
gesticular y, por lo que veo, no somos los únicos en llevar estas diademas
—. Era malvada —sigue contándome—. Incluso me hizo creer que estaba
enamorada de otro hombre. Se propuso conseguir que me arrastrase.
Rose asiente sin mostrarse culpable por las palabras que ha pronunciado
su marido y se acerca al borde de la silla, recortando la distancia. Nathan
hace lo mismo, interesándose por el cotilleo.
—Se lo merecía, ¿sabes? Porque iba de sobrado con esa camisa de lino y
esos pantalones de vestir sumamente planchados, intentando
impresionarme. ¡A mí!
—Por supuesto que pretendía impresionarla. ¿Acaso no es eso lo que
tenemos que hacer los hombres para conquistar a una mujer?
Rose y yo nos limitamos a negar en repetidas ocasiones. Este asunto
parece interesar mucho a Nathan, que apoya la mano bajo la barbilla y me
examina sin pudor alguno.
—Las mujeres siempre han sido difíciles de leer —insiste Robert
ganándose una colleja de Rose.
—Eso no es cierto —niego yo.
Rose me da la razón.
—Es muy sencillo —conviene ella, y yo dejo que continúe y que
explique su teoría—. Lo que pasa es que vosotros pensáis que lo que
necesitamos son piropos, halagos y que nos regalen el oído, cuando lo que
realmente nos enamora es que nos hagan reír.
—¿La risa? ¿Todo se basa en la risa? —pregunta Nathan sin entender
nada.
Apuesto a que está barajando las opciones de dedicarse a la comedia a
partir de este instante.
—No seas mentecato. —Estoy convencida de que Rose le daría una
colleja si lo tuviese cerca, y su abuela…, ya entiendo que le tire de las
orejas, a veces es de lo más impertinente.
Y adorable.
—¿Entonces?
—Nos gusta que nos hagan sentir especiales. Queridas, atendidas. Que
nos hagan reír cuando nosotras no encontremos las ganas. Que nos abracen
cuando estemos a punto de venirnos abajo. Que nos sonrían con adoración
cuando solo queremos llorar y que nos escuchen cuando nuestra cabeza no
deja de pensar y pensar. Que sean nuestro pilar cuando nos convertimos en
nuestras propias enemigas y que confíen en nosotras más que nosotras
mismas.
Todos guardan silencio tras mi confesión y alzo la vista para encontrarme
la cara perpleja de Robert, la sonrisa cómplice de Rose y la mirada
penetrante de Nathan.
Solo quiero que se abra el suelo bajo mis pies y que me trague el abismo.
Por bocazas.
—Y nunca jamás mires a otra delante de ellas. Te echarán a los leones —
dictamina Robert.
No sé si abalanzarme y comérmelo a besos por destensar el ambiente.
—¿Nunca nunca? —le sigue la broma Nathan—. ¿Ni un poquito así? —
Muestra un mínimo de espacio entre su dedo índice y el pulgar.
Rose suspira.
—Nunca —zanja la misma.
Y diría que está a punto de comenzar con los tirones de orejas también.
O algo mucho peor: los pellizcos.
—Voy a buscar algo de beber —me apresuro a añadir.
Me levanto, dejo a los tres allí sentados y me encamino hacia una mesa
en la que hay dispuestos, de forma muy ordenada y meticulosa, un montón
de vasos desechables y bebidas de todo tipo y colores. Algunas que ni
siquiera sé qué son.
Bajo la vista hacia mis pies y me atrevo a decir que soy la única que no
tiene zapatillas. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me importa en
absoluto desentonar. Nada de nada.
Me río con el vaso en la boca y bebo un sorbo para disimular el gesto.
—Sé lo que has hecho.
Su voz a mi espalda me sobresalta.
—¿Qué? —pregunto.
—Sé lo que has hecho. Has huido porque has mostrado esa parte de ti
que no quieres que nadie vea y que te hace sentir vulnerable, Pixie.
Me asombra que se haya dado cuenta de lo que acaba de suceder. De eso.
De todo.
—Puede.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué? —intento ganar unos minutos con preguntas ridículas
de las cuales ya sé la respuesta.
—¿Por qué te escondes dentro de ti? ¿Por qué lo haces? ¿Por qué mides
tus palabras? ¿Mides tus gestos e incluso tus reacciones? ¿Por qué no
simplemente dejas que esa Pixie que está ahí dentro —añade al mismo
tiempo que señala mi pecho y casi casi lo toca con la yema de su dedo
índice— salga y vea lo bonita que es la vida cuando quieres vivirla con
intensidad, como si siempre fuese Navidad?
Doy un par de pasos atrás y clavo la vista en sus calcetines, llenos de
guirnaldas de distintos colores, que giran y giran alrededor de sus pies,
como giran y giran las palabras en mi cabeza, las emociones dentro de mi
pecho, las contradicciones dentro de mi mente.
—Porque he estado tanto tiempo intentando encerrar a esa Pixie bajo
llave que ya no sé qué hacer para dejarla ver el mundo —finalizo.
Lo he dicho. Lo he hecho. He abierto mi corazón en canal ante un
desconocido. ¿Un desconocido? Y, si es de esa forma, ¿por qué parece que
Nathan me conozca mejor que mi propia familia? ¿Por qué no lo siento
como tal? ¿Por qué siento que lleva en mi vida mucho tiempo? Más del que
se pueda cuantificar.
Se aproxima cauteloso, sujeta mi vaso y lo deja sobre la mesa con
extrema lentitud y, con esa misma calma de la que os hablo, se acerca. Un
paso. Luego otro. Hasta que nuestros pies se tocan. Calcetín contra calcetín.
Cierro los ojos antes de que suceda. De que sea yo la que me lance en busca
de su contacto, de su resguardo. De su magia.
Él no lo sabe, es probable que jamás se entere de ello; pero esto, lo que
he hecho…, es un gran paso para mí.
Tira de nuevo de mi mano, y lo sigo sin siquiera preguntar hacia dónde
me lleva.
Entonces, me doy cuenta de que estamos en un espacio abierto, de que
hay muchas personas a nuestro alrededor bailando y, a pesar de ello, solo
siento que estamos él y yo. Nadie más.
—Feliz Navidad, Pixie.
Lleva mis manos hasta sus hombros y los rodeo siguiendo su gesto.
Él, por el contrario, coloca las manos en mi cintura, un poco más abajo
que en mi habitación, unas manos dispuestas no solo a abrazar, sino a
conquistar. A envolver, a cobijar.
—Feliz Navidad, Nathan.
Y nos mecemos, girando, sin apartar la vista el uno del otro. Como si
solo fuésemos él y yo.
Como si siempre fuese Navidad.
CAPÍTULO 15
Feliz Navidad
Durante la noche no esquivamos los muérdagos, solo que decidimos que no
necesitamos nada más que lo que tenemos: la complicidad, las risas, las
burlas y las provocaciones.
Los calcetines están sucios tras esta noche en la que no dejamos de
comer, bailar y reír. Una noche absolutamente perfecta.
Al llegar a mi habitación, me abre la puerta con la segunda llave que
tiene en el bolsillo trasero de su pantalón, esa que pidió para entrar a
rescatarme y que no ha devuelto porque es un descarado e insolente, y se
despide con un beso en la mano y otra figura de origami. En esta ocasión,
una mariposa de color azul, con sus alas. Parece… Parece que tiene vida
propia.
La coloco al lado de la rosa, de los corazones y de su número de
teléfono. Todo a la vista, como ese trabajo que se acumula sobre la mesa o
esa llamada que no he devuelto.
Por la mañana, abro los ojos y me desperezo en la cama, estirando mi
cuerpo, que se contorsiona bajo las sábanas, y me siento con la intención de
ir al lavabo. Sí, esa debe ser mi primera parada si tenemos en cuenta lo que
bebí anoche.
—¡Feliz Navidad, Pixie!
Ahogo un grito cuando me encuentro con Nathan frente a mi cama, con
un jersey verde con un reno enorme y una nariz que sobresale de la
sudadera. Es como un pompón gigantesco.
—Puedes tocarla —me suelta cuando se percata de dónde he puesto mi
atención—. Venga, no seas tímida —susurra y me anima a ello.
Me acerco, olvidándome de que está aquí, en mi habitación, y de que
debería reprenderlo por colarse en ella e invadir mi intimidad sin ser
invitado y aprieto la nariz de Rodolfo que emite un sonido monocorde
típico de un pito.
Y me saca una risilla. De pronto siento que he retrocedido varios años y
todavía soy esa niña pequeña que vivía las Navidades con muchísima
ilusión.
—Eres sumamente pesado —sentencio y me gano por su parte un gesto
de desaprobación.
—Eso ha roto mi corazón.
—Ah, vaya, ¿tienes de eso?
—Enorme. Uno gigante —me explica mientras me dirijo al lavabo, y él
me sigue convirtiéndose en mi sombra.
Le cierro la puerta en las narices. Me giro y me doy la vuelta antes de
ponerme con mis necesidades básicas.
Abro y lo encuentro al otro lado, anticipándose y esperando que hiciese
justo eso.
—Tienes que dejar de comportarte de esa manera, dejar de colarte en mi
habitación e invadir mi espacio personal o tendré que denunciarte por acoso
—todo eso se lo explico con mi dedo índice alzado a modo de advertencia.
Me regala un puchero de lo más mono. Así es como consigue salirse con
la suya, seguro. Si no con su sonrisa y sus ojos verdes, a juego con esa
sudadera, es probable que lo logre con esos morritos, porque me tiene a
punto de pedirle perdón.
Y no se lo merece.
Cierro de nuevo y me miro en el espejo.
Dios, estoy horrible. Aunque se han desvanecido un poco esas manchas
negras bajo los ojos que siempre me preocupo en cubrir con cantidades
ingentes de maquillaje para parecer fresca como una lechuga.
Me resigno a salir así, porque ya me ha visto de esta guisa, y lo
encuentro sirviendo un par de tostadas y unos cafés.
De pronto, estoy famélica.
Me acerco y llevo la mano hasta la bebida en cuestión y me interrumpen
un par de carraspeos.
—Te he traído algo. —Suena… ¿nervioso?
Doy un paso atrás y observo cómo se acerca hasta la silla donde ha
dejado un paquete envuelto y lo coloca frente a mis ojos.
Me siento fatal y lo nota en mi cara. Lee a la perfección mis emociones.
Cuestión de magia o no, siempre lo hace.
—No es que me colase en tu habitación, Pixie, de hecho, aunque me
encantaría hacerlo siempre…, es que quería darte esto. Sorprenderte,
porque hoy es Navidad y te he comprado algo.
La culpa asciende desde los pies hasta enroscarse en mi estómago.
¿Le acabo de echar un rapapolvo, y él me ha traído un regalo? ¿En qué
lugar me deja eso? Os lo confirmo: en uno no muy bueno.
—Nathan, no tenías que haber… —Casi no me salen las palabras. Se me
atascan en la garganta.
—Es solo para que te sientas culpable por haberme ladrado —ironiza.
—Sé lo que estás haciendo. —Esta vez soy yo la que utiliza esa frase—.
Intentas destensar el ambiente y que no me sienta fatal por comportarme
como una mujer sin corazón.
Sonríe con suficiencia.
—Entonces somos dos personas sin corazón, ¿no?
Niego. Imposible.
—Tú nunca podrías dejar de tenerlo. Es más, apuesto a que es gigante.
Una sonrisa socarrona baila en sus labios.
—Oh, sí, vaya, te digo ya que es gigante. Aunque ya no sé si hablamos
del corazón o de otras partes —se burla con todo su descaro, ese que ya
sabemos que no le cabe en el cuerpo.
—Cerdo.
Se quita el sombrero y me hace una reverencia.
—Para servirla, dulzura.
Me tiende el regalo y yo lo sujeto temblorosa.
—Yo… no te he comprado nada.
Él niega.
—Según yo lo veo, es una ventaja, porque ahora me debes un regalo y
tendremos que vernos para que me lo devuelvas.
—Así que este era tu plan desde el principio, ¿verdad? —Comienzo a
desenvolver con cuidado, separando la cinta adhesiva para no romper el
papel—. Regalarme para que yo te deba algo a ti.
Me sonríe con suficiencia y lleva sus manos hasta las mías, frenando mi
acción.
—Primero, los paquetes no se abren así, de forma tan delicada. Se
rompen, el papel se lanza en todas las direcciones y se disfruta de la
emoción de saber lo que hay escondido dentro. —Asiento, me gusta su
forma de pensar. Ya me gustaba antes, sí—. Y, segundo, un mago nunca
desvela sus trucos, Pixie.
Ruedo los ojos y abro el paquete tal y como él me ha dicho que lo haga,
porque quiero sentir esa emoción de la que habla.
Y en él me encuentro una sudadera exactamente igual a la suya, solo que
la mía es de color rojo. Con el mismo reno, con la misma nariz que suena y
con el espíritu de la Navidad envolviéndonos.
—Feliz Navidad, Pixie. Veo que te has portado bien porque Santa te ha
traído un regalo. Oh, mira, ¡qué sorpresa! —Tira de sarcasmo—. Si son
iguales. Pruébatela. Pruébatela, Pixie —me anima.
Y eso es justo lo que hago, me la pongo sobre el pijama de algodón y
disfruto de su tacto.
—Gracias, Nathan. Me encanta.
No lo digo por quedar bien, me gusta de veras. Y me gusta más el hecho
de que se haya acordado de mí.
—Lo vi ayer, cuando fui a comprar nuestras fabulosas diademas, y no
pude dejar de imaginarnos con ellos puestos. Podemos instaurar la tradición
navideña de comprarnos una sudadera a juego.
Planes. Está haciendo planes. Futuro.
—Podríamos, sí —titubeo.
Yo también puedo hacer eso. Fingir que después de estos días
volveremos a vernos. Y fingir también que no lo voy a echar de menos.
—He planeado un día increíble. Primero tendrás que ducharte porque…
—Le doy un golpe en el pecho, y Nathan solo me agarra la mano y coloca
la suya sobre la mía, como hizo ayer—. Vaaaaale, si te pones así —rectifica
—. Primero desayunaremos y después haremos maratón de películas
navideñas. Si te portas bien, podemos ver alguna romanticona. Solo para
que te des cuenta de que esos de las películas no tienen nada que hacer ante
un romántico empedernido como yo.
—Vaya, sí que lo tienes todo. A esa lista de adjetivos que no pienso
volver a nombrar; pero que ya sabemos cuáles son, hay que añadir el
romanticismo. ¿Sabes? —ironizo—. No entiendo cómo no has conseguido
varias proposiciones de matrimonio.
Y entre broma y broma, risa y risa, la verdad de mis pensamientos sale a
la luz.
Él se limita a alzar los hombros y hace sonar la nariz de Rodolfo.
—Creo que estaba esperando.
—¿A qué?
—A que llegases tú.
CAPÍTULO 16
Angels we have heard on high
El teléfono suena sobre la mesilla de centro y me pongo nerviosa al
instante. Me acerco con cautela porque todavía no le he devuelto la llamada
a mi padre y, siendo completamente honesta, no me apetece en absoluto
hablar con él.
En la pantalla veo reflejado el nombre de mi hermana y no es una
llamada normal, es una videollamada. Me tenso bajo la atenta mirada de
Nathan, y él solo me sonríe con suficiencia, como si supiese que estoy en
un aprieto y quisiese ver qué hago para salir de él, porque Stella es experta
en liarla, y Nathan, un peligro de ojos verdes.
Es malvado, no os dejéis engañar por su actitud encantadora, por su
personalidad arrolladora y por esos ojos verdes que cautivan a todo aquel
que se queda embelesado con ellos.
Contesto, porque Stella no va a dejar de llamar y de insistir.
—¡Pixieeeeeeee! —grita al otro lado.
Veo su imagen un tanto borrosa porque no deja de moverse, más que
moverse, parece que estuviese sometida a la velocidad supersónica.
Atisbo un manchón de pelo rubio y sus rasgos faciales pixelados, y me
imagino a mi hermana corriendo una maratón mientras sostiene el teléfono.
Descarto la idea de inmediato por culpa de sus gritos. Y mi nombre. Y de
más gritos.
Cruzo una mirada con Nathan, que parece estar tan desconcertado como
lo estoy yo.
—¡Pixieeeee! —grita de nuevo.
—Stella, por favor, ¿podrías parar un momento y explicarme qué
sucede?
—Explicarnos —agrega Nathan, que parece tener la misma curiosidad
que tengo yo colocándose de tal forma que su cara encuadra dentro del
teléfono.
—Espera, espera, ¿no estás sola? —Se frena de golpe y enfoca su cara. O
lo que es su cara porque apenas le veo algo que no sea un ojo y parte de su
nariz. Tan igual a la mía y, a su vez, tan diferente—. ¿Habéis pasado la
noche juntos? —Alza una ceja aguardando una respuesta.
Niego.
Nathan niega.
—Porque ella no quiere, que conste.
Resoplo.
Mi hermana susurra un «¡Qué pena!», ante lo que Nathan cabecea
afirmando.
—Pixie, futuro cuñado. —La mato, os lo juro—. Saludad a la nueva
pianista de la compañía musical Stars Music.
Y comienza a gritar de nuevo, emocionada, es como si estuviese
saltando. No, como si estuviese no, eso es justo lo que hace, subida a la
cama, salta y salta sin cesar, y me imagino a las dos ahí haciendo justo eso:
compartiendo el logro de mi hermana y sintiéndome mucho más orgullosa
de lo que ya lo estoy.
—¡Stella! —grito yo.
—No me lo puedo creer, Pixie, ¿sabes lo mucho que he trabajado para
que llegase este momento? ¿La ilusión? Cuando me llamaron hace unos
minutos solo podía pensar en llamarte y contártelo. La abuela, ha sido la
abuela. Ha estado conmigo, lo sé, ella me ha acompañado, me ha
ayudado… Pixie, soy tan feliz. Es la oportunidad que tanto he esperado.
Un par de lágrimas resbalan por mis mejillas y al instante percibo la
cercanía de Nathan, me quita el teléfono y lo coloca en la mesilla de centro,
de tal forma que nos enfoca a los dos y me invita a sentarme a su lado.
—Enhorabuena, Stella. Me alegro muchísimo por ti.
Giro la cabeza y encuentro su mirada clavada en mi violín, que reposa en
la misma esquina en la que lo coloqué cuando llegué al hotel, hace dos días.
Lo sabe y, si no, lo intuye.
Me limpio las mejillas y me centro en mi hermana.
—Nathan, es increíble, es un sueño cumplido, estoy…, estoy feliz. —
Stella cruza una mirada conmigo y la complicidad que siempre hemos
tenido se alza como una pared, confirmando que no se ha ido nunca, que, a
pesar de haber estado separadas, sigue intacta, que seguimos siendo una.
Como cuando éramos pequeñas y corríamos por los jardines de la casa de
nuestra abuela en busca de un lugar en el que sentarnos y contarnos lo que
seríamos de mayores, con quién nos casaríamos o cuántos hijos tendríamos.
Y los viajes que haríamos, juntas.
Y en todas esas fantasías, en esos sueños, siempre estaba presente
nuestra música. Su piano y mi violín. Quizá para tocar juntas en algún
lugar, formar parte de una ópera francesa y recorrer el mundo poniéndole
sonido a todo a nuestro alrededor. Emocionando.
—Estoy tan orgullosa de ti —musito tragando con fuerza ese nudo que
siento desde hace años, que me oprime y que, en ocasiones, me ahoga y me
asfixia.
—Lo sé —murmura mi hermana.
No hay vanidad o arrogancia en sus palabras, solo un sentimiento puro y
sano, porque sabe que me alegro de veras, que la admiro y que vivo este
logro como si fuese el mío propio.
—Tienes que venir a verme, Nathan, tienes que hacerlo. Tienes que ver
cómo toco el piano y deberías ver cómo mi hermana toca su violín. —Lo
mira—. Tienes que hacerlo. —En esta ocasión se dirige a mí—. Deja que él
te escuche y que tiemble ante tu música, Pixie.
Bajo la vista, aturdida, porque esta conversación…, porque esto implica
dar un paso más. No hablo de cómo dejé de tocar el violín, de por qué lo
hice, de cómo sentí que perdía la magia de mis dedos, de que ese fue el
pistoletazo para dejar a un lado mis sueños y convertirme en el títere de mi
padre. No supe decir que no, no se lo supe decir a él y sí que me lo dije a mí
misma. Hasta que me dolió el pecho, hasta que enterré en lo más profundo a
esa versión de mí que tan dichosa me hacía.
No solo me arrebataron mi sueño, no solo permití que eso sucediese, sino
que dejé de ser…, de ser feliz.
—Eso me gustaría, me gustaría mucho —susurra Nathan y mira a Stella
mientras responde, pero sé que esas palabras van dirigidas a mí—.
Demasiado, quizá —añade con un tono que me calma, que me apacigua y
que me muestra que sigo ahí dentro. Que todavía puedo tener magia en mis
dedos.
—Y ahora vamos a abrir tu regalo. —Toma la palabra mi hermana.
Entendiendo que necesito tiempo. Que necesito espacio. Pensar.
Y dejar de masticar y tragar sin más.
—¡Qué nervios! —aplaude Nathan, y me río porque parece que él fuese
el protagonista, que todo esto fuese con él. No bromeaba cuando me explicó
que le encanta la Navidad.
Observo su jersey, a juego con el mío, y mientras mi hermana deambula
por la habitación en busca de lo que sea que me haya comprado, me giro y
me quedo frente a él.
Alzo la mano y la llevo hasta su mejilla, repaso el contorno y me
maravillo con las líneas de su mandíbula, con esa barba incipiente que me
hace cosquillas en los dedos. Con esos ojos verdes que emiten un brillo
especial, como cuando el sol incide en un copo de nieve y el destello te
quita el aliento. Con su olor a hogar, a Navidad, a algo que reconforta.
Con sus labios.
Y me acerco a él y lo beso suave, delicado. No es uno de esos besos
pasionales que se dan en las películas o, como os comenté hace días,
cuando nos dimos la mano en ese avión porque estaba nerviosa y esa chispa
no estaba, no existía, solo había algo mucho más puro y delicado. Más sano.
Más real y a la vez mucho más letal que cualquier otra cosa.
Percibo el calor de sus labios, la suavidad de los mismos, lo placentero
que me resulta, y me separo antes de profundizar mucho más en él y
explorarnos como me gustaría que lo hiciésemos.
—Gracias.
Nathan se acerca con la intención de repetir ese gesto, de hacer ese beso
suyo.
Mi hermana carraspea en ese instante, y nos separamos, clavando la vista
de nuevo en el aparato.
—Lo he visto todo. Sois tan monos… Parece mentira que os hayáis
tenido que encontrar de esta forma.
Cruza una mirada con Nathan y asiente, como si ella también le estuviese
agradeciendo todo lo que hace, que esté a mi lado y que me sostenga, que
me acompañe.
—Ha sido la Navidad —explica Nathan, que no ha soltado mi mano.
—Ha sido una tormenta de nieve —rectifico yo, porque alguien tiene que
ser cabal cuando los demás no lo son.
—Cuestión de semántica —repite él, tal y como hizo anoche.
—¡Bien! —interrumpe mi hermana nuestro juego dialéctico, imagino
que ya ha tenido suficiente del almibarado romanticismo que nos traemos
—. Como ya sé que no me has comprado un regalo, Pixie. —Carraspea de
nuevo, esta vez ofendida, claro—. Y yo sí que lo he hecho, abriré tu regalo
y te dejaré que medites sobre lo mucho que me gusta la ropa en general y
los zapatos en particular —ironiza ella. Sí, ya sabemos y entendemos a
dónde quiere llegar—. Y tal vez, ahora que estás en Nueva York, puedas, no
sé, darte un paseo por alguna tienda chulísima y recordar que calzo un
treinta y ocho, y que puedes hacer envíos internacionales, o que yo iré a
verte pronto porque ¡soy pianista! —Me carcajeo por su descaro, y Nathan
también parece divertirse con las ocurrencias de mi hermana—. En fin,
¿estás lista?
—¿No? —respondo con una pregunta porque a ver qué se le ha ocurrido
a mi hermana.
—¡Bah! Claro que lo estás. —Me ignora aposta.
Comienza a romper un papel de color marrón lleno de bastones de
caramelo y galletas de jengibre. El papel vuela de un lado a otro de la
habitación, y Nathan me aprieta la mano atrayendo mi atención.
—¿Ves? —pregunta—. Así es cómo se abre un regalo.
—Lo apuntaré aquí. —Señalo mi cabeza—. Para la próxima.
Me sonríe complacido, entendiendo que estoy haciendo planes. Que yo
también los hago.
—¡Y aquí está! —grita Stella una vez más.
No hace falta que me acerque para distinguir lo que es.
Una preciosa funda de violín llena de formas geométricas de distintos
colores aparece ante mis ojos y no puedo evitar llevar mi mirada hasta la
sobria y aburrida funda de color marrón que guarda mi violín.
—¿Te gusta? —Stella duda ante mi silencio.
Yo…, yo ni siquiera sé qué responder. Porque no solo me gusta, me
maravilla. Y también me asusta. Es una contradicción de lo más absurda, lo
admito.
Tonos lilas, morados, violetas, amarillos y rosas. En perfecta armonía, tal
y como a mí me gusta. Tal y como mi vestido, ese que fue mi favorito hasta
que se rompió de tanto usarlo.
—Es una pasada —contesta Nathan por mí.
Y sé que lo hace para que mi hermana no sienta que va a explotar de los
nervios si no abro la boca.
—No. —Me adelanto hasta que casi estoy sentada al borde del pequeño
sofá—. No es una pasada, es una maravilla. Es… perfecta —finalizo.
Mi hermana respira, fuerte, profundo, y de inmediato sé que le he
quitado un peso de encima.
—La encargué hace unos meses. —Pasa los dedos con parsimonia sobre
ella. Recordando o tal vez imaginando—. Pensé que sería genial que fuese
como ese vestido que te gustaba ponerte cuando no éramos más que unas
renacuajas y corríamos por la casa de la abuela. O cuando le pedíamos que
nos tocase otra canción y luego otra y otra más. Tengo muchos recuerdos
buenos de ti llevando ese vestido y, espero que cuando la tengas en tus
manos, recuerdes eso que fuiste y no olvides lo que te hacía sentir.
Un mensaje claro: no te conformes, no dejes que los demás elijan por ti
y, pase lo que pase, yo estaré ahí contigo.
—Gracias, Stella —murmuro casi casi rota.
Ella me sonríe con cariño, apenas perceptible.
—Nada de gracias, hermanita, un treinta y ocho —repite—. Y ahora
enseñadme esos jerséis, que no soy estúpida y me he dado cuenta de que
vais a juego.
Nathan se acerca también y comienzan a hablar mientras yo…, yo no
dejo de observar mi violín pensando que tal vez haya llegado el momento
de volver a tocarlo.
CAPÍTULO 17
A las doce de la noche
Tras la llamada de mi hermana, que duró más de lo previsto, nos tiramos en
la cama, y Nathan puso Solo en casa, todo un clásico, sí. Al menos, esas
fueron sus palabras.
Casi dos horas después, apartamos la vista de la pantalla y nos
observamos sin saber qué decir. Me gusta eso, ¿sabéis? Que nuestros
silencios, en ocasiones, digan más que las palabras que salen por nuestros
labios.
No me ha preguntado por el violín, tampoco por las palabras de mi
hermana o por mi arrebato en el que le robé un beso. Y los nervios por
saber qué pensó o qué sintió cuando actué como lo hice están ahí, para
variar, arañando un poco.
—¿Qué estás pensando, Pixie? —me pregunta mientras busca otra
película.
Parece que va a ser el turno de Last Christmas y me reiría porque ha
llegado el momento del romanticismo, me reiría si no estuviese tan
nerviosa. Y tensa. Y excitada. Y expectante. Y todo junto y de golpe.
—Pensaba… —Alzo la vista y de pronto me siento como una imbécil
por no ser capaz de expresar abiertamente lo que se me pasa por la cabeza
como sí que hace él—. Pensaba en si antes te había molestado mi —titubeo
—, bueno, ya sabes, mi beso.
Bajo la vista, porque me da un poco de pánico lo que pueda encontrar en
sus ojos cuando lo mire. Tan verdes, tan sinceros, tan honestos.
Nathan simplemente coloca la mano bajo mi barbilla y la alza hasta que
conectamos. Hasta que no solo nuestras miradas lo hacen, sino nosotros
dos, como personas, amigos o lo que quiera que seamos. ¿Desconocidos
que se conocen? Tal vez eso, sí. Como punto de partida no está nada mal.
—Si piensas eso de mí, es que no te he enviado las señales correctas,
Pixie.
Titubeo ante mis pensamientos, pero termino por darles voz.
—¿Y cuáles son esas señales?
—Bueno, un chico que tropieza de forma para nada accidental con una
chica en un aeropuerto porque quiere conocerla, un chico que exprime cada
segundo de ese tiempo para poder abrirse paso y que esa chica quiera saber
más de él, un chico que no deja de pensar en esa chica en todo el día y un
chico que quiere que el techo esté cubierto de muérdago en este mismo
instante para poder comérmela a besos. Esas son las señales.
Más que señales parecen carteles fluorescentes.
—Yo… ¡Vaya!
Nathan suspira.
—Debo de haberlo hecho bastante mal si no te has percatado de que me
gustas. De que me gustas mucho, Pixie.
Permanezco quieta en mi sitio intentando asimilar sus palabras porque no
entiendo por qué él siente eso por mí cuando apenas nos conocemos. Y
peor, mucho peor, cómo es posible que todo eso que él explica sea
correspondido cuando el tiempo ha pasado para él de la misma manera que
ha pasado para mí. Y yo…, yo también quiero más.
Oportunidades. Planes. Futuro. Intenciones. Magia.
Clavo de nuevo la vista en la pantalla y la muevo un par de metros hasta
que encuentro mi violín al otro lado.
Exhalo.
—¿Quieres contármelo? ¿Quieres que hablemos de ello?
No más alarmas. No más de esa Pixie que se guarda todo para ella. No
con Nathan, que me ha entregado todo lo que tiene sin pedir nada a cambio.
—Tocar el violín me hace feliz. Feliz de una manera que es difícil de
explicar, y ya sé que puede que no sea…
—¿Importante? ¿Vas a decir eso? ¿Vas a decirme eso a mí? —pregunta,
y esas palabras, esas cuestiones, me llevan días atrás, cuando me contaba
que era mago, y él interpretaba mi respuesta y la sorteaba con elegancia y
gracia.
—Sí, es decir…
—Por suerte, para mí no lo es. —Se adelanta y responde con sus mismas
palabras, las de hace unos días también—. Y mucha más suerte es que para
ti tampoco lo sea y que Stella esté de acuerdo. Porque lo está y no se lo he
preguntado. Lo está —sentencia con una resolución tal en sus palabras que
no dudo. En absoluto lo hago.
Suspiro, cierro los ojos e inhalo, buscando agallas, tirando del valor que
una vez tuve.
—Para mi abuela tampoco lo era. Ella… Ella es la culpable de que la
música corra por nuestras venas. Desde pequeña, tocaba su violín frente a
nosotras. Con mi vestido de figuras geométricas —rememoro—, sentadas
sobre una de las alfombras de pelo blanco mullida que había en el salón de
su casa y en silencio, horas y horas dejando que la música nos envolviese,
que le diese sentido a todo. Es como si la música hiciese que…
—Como si hiciese que encontrases tu lugar en el mundo —finaliza
Nathan por mí.
Es asombroso la forma en la que es capaz de entenderme. De leerme.
—Exacto —asiento—. No sé si hubo algún momento en el que descubrí
que quería tocar el violín o sencillamente sucedió sin más. Si es genético o
es algo que vives y sientes, que se te mete tan adentro que eres incapaz de
pensar. Fue amor a primer sonido —dispongo llena de vehemencia y no me
ruborizo en absoluto cuando me encuentro con los ojos de Nathan,
expectantes, y sé que él también lo entiende, sabe a lo que me refiero.
»Durante años, me volqué en mi pasión. Aprendí, estudié, mejoré,
compartí y trabajé duro, porque, en realidad, cuando haces algo con pasión
no es trabajo. Deja de serlo. Y luego todo se fue al traste.
—¿Por qué? —pregunta.
—Porque crecí. Porque las obligaciones y las responsabilidades
acudieron a mí. Porque mi abuela murió y me sentí perdida, desprotegida.
—Hago una breve pausa y cojo fuerza una vez más—. ¿Sabes? Creo que
ella se encargaba de mantenernos a Stella y a mí lejos del yugo familiar.
Supongo que esperaba vivir lo suficiente como para evitarme este destino
lleno de papeles, de reuniones, de llamadas telefónicas y de una secretaria
que tiene mucho más de robot que de humana —ironizo. A él parece no
hacerle gracia el comentario. En realidad, no la tiene.
»Mi padre siempre ha sido el dueño de esta empresa. Tecnologías,
robótica… Y todo lo relacionado con ese mundo denso del que apuesto lo
que sea a que no quieres que te hable de él.
—Apuesto lo que sea a que eres tú la que no quieres hablar de él. —
Lanzándome un cabo, dejándome elegir, eso es lo que hace.
Niego.
—Tuve que ocupar el lugar en Los Ángeles. No quería negarme porque
sabía que, si lo hacía, Stella sería la encargada de ocupar ese sitio. Una de
las dos tendría que ser feliz, ¿no?
—Podrías haberte negado. Todavía puedes hacerlo.
«Puedo hacerlo, sí».
—Asumí que este era mi destino sin más, me resigné y dejé de luchar. Y
ahora…, ahora no sé si seré capaz de volver a tocar.
—Por supuesto que lo eres. La música fluye por tus venas, Pixie
Beaumont.
—Hace mucho que no… —Dejo la frase en el aire y clavo la vista en el
violín.
Guardo muchos «hace mucho que no» dentro.
Nathan se incorpora y se acerca hasta él. Lo sujeta y en sus manos parece
mucho más pequeño, incluso más frágil, como yo, como si los dos
compartiésemos ese estado en este instante.
—¿Te apetece tocar algo? —Parpadeo aturdida, y él lo entiende, asimila
mi cambio—. Puedo irme —agrega—, no tienes por qué hacerlo delante de
mí, no tienes que demostrarme nada, ni siquiera quiero que te sientas
incómoda en mi presencia. Solo tienes que tocar para ti, para recordar. Para
recordarte a ti misma con él.
Quiero. No solo quiero, me muero de ganas. Lo echo de menos. Mucho
más de lo que pensaba. No me he permitido pensar en eso, en él, hasta
ahora.
—No estoy preparada —añado.
No encuentro desprecio, dolor, pesar o desdén en su mirada, tampoco
compasión, solo hay comprensión y confianza. Porque Nathan confía en mí.
Confía en mí más que yo misma. Y eso…, eso también es una forma de
hacer magia.
—Yo estaré ahí o aquí o al otro lado, en ese papel amarillo que te di en el
aeropuerto para cuando estés preparada. —A golpe de llamada, eso es lo
que quiere decir, lo que tengo que interpretar.
Y sé que lo dice de veras, que no es una promesa vacía, formulada por un
momento de flaqueo o de aflicción.
Me incorporo, me acerco y lo beso.
Y este tampoco es un gesto provocado por la fragilidad o la tristeza. Es
un beso que encierra gratitud y romanticismo. Que encierra deseo y anhelo.
Ganas y ansia.
Porque Nathan se ha colado dentro. Al lado de la música, empujando a
esa Pixie que un día fue hacia arriba, arriba, arriba. Hacia la superficie.
Y esa Pixie coge aire y respira. Por primera vez en dos años lo hace.
CAPÍTULO 18
Al mundo paz
—Se me ha ocurrido una idea.
A mí se me ocurre alguna otra y en ella solo necesitamos nuestros labios.
Tal vez alguna otra parte más del cuerpo, pero centrémonos en los labios
para empezar.
—Ilumíname con tu sabiduría —disimulo.
Un pellizco. Un pellizco en una nalga, esa es su respuesta no verbal.
—Descarada.
—Insolente.
Toco la nariz de su reno, y él hace lo propio con la del mío.
—Deberías hacer una lista —retoma la conversación—, una de esas que
tanto te gustan y guardarla para el próximo año. La leeremos juntos y
veremos lo que hemos cumplido y lo que no. Nuestros propósitos —matiza.
—Entonces… —Hago una pausa y nos señalo—. Ambos tendremos que
hacer una lista, ¿no crees?
Nathan se acerca y apoya su mano en mi mejilla. Sus labios, sus labios
me atraen poderosamente.
—El caso es que quería saber lo que se siente haciendo una yo,
convirtiéndome en Pixie por un día, y ayer, mientras dormías y me asolaba
el aburrimiento, antes de ir a por nuestros jerséis y de ayudar a preparar la
cena, hice una. «La lista de Nathan Graham» la he llamado.
—Madre mía, sí que eres ingenioso.
Otro pellizco, aunque, en esta ocasión, se lo devuelvo.
—Eres una desvergonzada, Pixie Beaumont.
—He aprendido del mejor, Nathan Graham.
Lleva a cabo otra de sus famosas reverencias y espera mi respuesta.
—Hecho. No puedo negarme a una lista, jamás podría porque…
—Porque te gusta el control, ¿a que sí? —me interrumpe.
—Además de mago, lees la buenaventura.
—Además de mago, y fisioterapeuta, sé leer a Pixie —matiza, y asiento
porque tiene razón y lo ha demostrado con creces en estos días.
Me acerco hasta la mesa en la que hay trabajo acumulado y no permito
sentirme culpable por ello. Extraigo una pequeña libreta del fondo de una
pila de documentos y la abro por una página cualquiera. Me estoy saltando
uno de mis mandamientos porque no hay nada que me guste más que
escribir en orden correlativo. Tal vez me gusta más que todo esté colocado
al milímetro, pero podemos obviar eso en este momento.
Nathan se apoya en la pared que hay al lado del lavabo, cruza las piernas
y mete las manos en sus bolsillos, expectante. Me parece más grande, más
guapo y más sexi en esa posición. Bah, chorradas, lo está en cualquiera.
—Bien. Allá voy.
Antes de bajar la vista y concentrarme, Nathan me lanza un beso. Eso no
ayuda mucho en la concentración, no.
No sé bien por dónde empezar, así que solo dejo que mis dedos le den
vida a lo que llevo dentro, a lo que me apetece vivir, a lo que quiero que se
cumpla, a lo que deseo y anhelo.
Escribo. Escribo y escribo sin cesar.
Cuando acabo, me incorporo y doblo el papel en cuatro trozos y lo
guardo en mi bolso, junto con otro papel, uno de color amarillo que ya
sabemos lo que contiene.
—¿Satisfecha?
—Plenamente. ¿Has guardado el tuyo?
—Lo tengo a buen recaudo. —Se palmea el bolsillo trasero del pantalón,
y alzo la ceja, inquisitiva.
—Ese no parece un lugar seguro —murmuro con desconfianza.
Nathan solo me sonríe con suficiencia.
—No hay un lugar más seguro que ese. Además, te garantizo que no
olvidaré lo que he escrito en esos papeles.
—¿Esos papeles? ¿En plural? ¿Has escrito tantas cosas que no te caben
en uno? Pues sí que tienes sueños por cumplir.
Alza los hombros.
—Soy de lo más ambicioso.
Se tumba en la cama y sus calcetines de muñecos de jengibre me hacen
sonreír. Me tumbo a su lado sin dudar.
—¿Preparado para la comedia romántica navideña?
Me mira…, me mira como si su película navideña favorita fuese yo.
—Preparado.
Nathan le da al play, y se me eriza el vello de la nuca cuando comienza.
Hace años que no veo esta película, pero sigue siendo una de mis favoritas.
Escucho el sonido del teléfono y me incorporo sonriendo, imaginando
que mi hermana me llamará para contarme alguna cosa sin importancia o
quizá algún dato más sobre su nuevo trabajo. Es muy fuerte. Muy muy
fuerte.
Me pongo rígida cuando el número que aparece en pantalla no es otro
que el de mi padre. Nathan se percata de mi cambio de actitud porque se
acerca con cautela. Ya no suena de fondo la película y, si lo hace, he dejado
de escucharla.
Observa la pantalla.
«Papá».
No es necesario que añada nada más.
—No tienes por qué contestar —me explica—. Podemos ver la película y
olvidarnos de eso. Ya tendremos tiempo de lidiar con ello.
Olvidarnos. Tendremos. Todo en plural. Sé lo que significa: puedo contar
con él. Va a estar ahí.
Y, aunque suena de lo más apetecible, sé que no se puede huir
eternamente de los problemas. Incluso creo que empiezo a estar cansada de
hacerlo. Tal vez es esa Pixie que parece coger algo de aire en la superficie la
que toma la decisión antes que nadie y descuelga.
—Te he estado llamando. Te he llamado, y no has respondido. —Su tono
firme y autoritario, el mismo de siempre, solo que esta vez más rígido e
inflexible.
Debe de estar sumamente enfadado por el trabajo de Stella. Y por mi
ausencia.
—He estado ocupada.
Doy un par de pasos, marcando distancia entre Nathan y yo, sorteando de
alguna forma que él sepa en quién me convierto cuando hablo con mi padre.
Evitando que él forme parte de esto, manteniéndolo alejado, alejado de esa
Pixie.
«Esa Pixie es insoportable y siempre tiene un palo metido por el culo».
—Trabajando, supongo. Susan me ha llamado. No sabe nada de ti desde
ayer por la mañana.
La nieve cae sin cesar. Sin parar. Cubriendo las calles, las entradas a los
portales. Los alféizares de las ventanas.
—Papá —resoplo—, es Navidad.
—Estás encerrada en Nueva York, no puedes hacer otra cosa. No debes
hacer otra cosa —sentencia al otro lado.
«Porque he estado tanto tiempo intentando encerrar a esa Pixie bajo llave
que ya no sé qué hacer para dejarla ver el mundo».
—Es Navidad —insisto. Ruego. Lo hago.
Mi padre gruñe al otro lado, y me pregunto cómo de mal se tomaría que
cumpliese uno de esos objetivos que he planeado en mi lista. Que por fin
decidiese tomar las riendas de mi vida y dejar de vivirla de la forma en la
que se espera para solo vivirla libre.
—¿Vendrás a Londres?
Asiento, a pesar de que no me vea.
—En tres días. Salvo que cancelen el vuelo, saldré en tres días —reitero.
Resopla una vez más. Nada le agrada, nada le convence, nada lo satisface
y no es algo reciente. Lleva siendo de esa forma mucho mucho tiempo.
—Le diré a Susan que te haga llegar todo el trabajo para que puedas
organizarte desde ahí.
—No —lo interrumpo. Es la primera vez que le digo que no a mi padre
desde hace mucho—. Yo hablaré con ella. —Algo es algo.
—Está bien —cede.
Y simplemente corta la comunicación. Sin despedirse, sin desearme unas
felices fiestas y sin preguntar qué tal estoy.
Los brazos de Nathan me rodean y me ancla al presente, consuelo y
abrigo, eso es lo que me proporcionan.
Dejo escapar un leve jadeo. Porque a veces tienes que romperte en mil
pedazos para reconstruirte de nuevo.
Eso es lo que hago. Eso es lo que él hace. Unir pedazos de mí.
CAPÍTULO 19
Alegría alegría
Vimos Last Christmas, El diario de Bridget Jones, The Holiday y Tienes un
e-mail. Haceos una idea. No fue solo una película romántica, fueron varias.
Y comimos hasta que pensé que explotaría y no precisamente ensaladas…
En algún momento entre Tienes un e-mail y la siguiente película —que
ni siquiera recuerdo—, cerré los ojos y sucumbí al sueño. Dormí y
descansé, porque a veces esas dos cosas no van unidas de la mano.
Me desperezo cuando la luz del día comienza a entrar a raudales por la
ventana que tengo a mi derecha. Debe de haber estado nevando toda la
noche, para sorpresa de nadie, porque varios centímetros de hielo se han
acumulado en los huecos que tiene la ventana. Me giro y me coloco boca
arriba y… sonrío.
He hecho una lista por placer, una lista de propósitos, y las próximas
Navidades intentaré haber cumplido todas y cada una de las líneas que la
conforman.
—Buenos días.
Muevo la cabeza hacia la derecha, y un Nathan, con los ojos cerrados, el
pelo revuelto y una sombra de barba mucho más oscura que la que ayer
cubría su mentón, me da los buenos días. No solo con palabras, con su
propio gesto.
—¿Has…?
—Es evidente, ¿no crees?
Estiro el brazo y le propino un ligero golpe que impacta en la cadera. Por
no dejarme acabar la frase y por ser tan listillo.
—Eres un poco insoportable cuando te levantas, ¿cierto?
Abre un ojo, lo justo y necesario para dejar entrever a través de él ese
verde en su mirada que tanto me cautiva.
Reparo en su vestimenta, no hay rastro de su jersey navideño, ahora lleva
uno de esos pijamas de franela que me parecen horripilantes, solo que los
tonos son tan llamativos que podría ejercer de controlador en pista y dirigir
el tráfico en cualquier autovía.
Me carcajeo solo de imaginarlo.
—¿Qué te resulta tan gracioso? —Abre el otro ojo.
—Tú. Y tu pijama, y las cosas que se me han pasado por la cabeza.
Nathan se retuerce, abre sus brazos y se estira en la cama. Ocupa casi
todo el espacio libre que hay a mi derecha y se toma su tiempo en hacerlo.
Se recrea en sus movimientos, y yo lo hago también. Me pregunto si se
tomará el mismo tiempo en otras cosas.
—¿Sabes? A mí también se me pasan muchas muchísimas cosas por la
cabeza.
Vuelve a colocarse de lado y su mano se pasea con suavidad por mi
sudadera. Yo sigo llevando la misma ropa que ayer, y no sé si me siento
satisfecha por ello o hubiese preferido vivir una de esas escenas en las que
te despiertas y alguien te ha desnudado y te ha puesto una camiseta blanca
que apenas oculta tu desnudez.
Trago con fuerza cuando esa misma mano comienza a moverse en
círculos alrededor de mi ombligo. Siento el peso de su palma sobre mí y el
efecto podría ser el mismo que si no llevase nada de ropa. Que si fuese piel
con piel.
Contengo la respiración cuando se acerca un poco más a mí y me invita a
ponerme de lado.
Lo hago, porque quiero, porque estoy sumida en una especie de burbuja
psicotrópica en la que Nathan podría hacer conmigo lo que quisiera.
Lo. Que. Quisiera.
Percibo el calor de su cuerpo en la espalda y cómo cubre casi todo el
mío. La misma mano vuelve al lugar en el que estaba, solo que, en esta
ocasión, bajo la tela.
El contacto es electrizante. Me estremezco y sé que lo percibe, es
imposible que no lo haya hecho.
Se pasea por mi abdomen con cadencia, tomándose su tiempo. Podría ser
perfectamente una de esas caricias que buscan el efecto tranquilizante,
relajar, uno de esos masajes con la yema de los dedos que tanto gusto nos
provocan y que quizá él utilice con alguno de sus clientes, sin embargo, en
mí tiene el efecto contrario. Puede que sea por el tiempo que hace que no
disfruto de este tipo de cercanía, de este tipo de caricias, de este contacto
tan íntimo y cercano o es algo mucho más sencillo y es el efecto que Nathan
produce en mí.
Ahogo un jadeo cuando la yema de sus dedos roza el nacimiento de mi
pecho derecho, se pasea como si no fuese terreno desconocido, como si
supiese que ha estado ahí para siempre, que ha sido suyo por mucho tiempo.
Desciende con extrema lentitud hasta que llega al borde de mi pantalón
de deporte. Introduce uno de sus dedos y lo mueve de la misma forma.
Tanteando, evaluando, sondeando mis reacciones. Sopesando hasta qué
punto puede llegar o qué barrera le permito cruzar y en cuál alzo la bandera
roja de advertencia.
No hay barreras. No hay alarmas. Quiero todo lo que pueda darme.
Su mano se cuela bajo la tela, sobre mis bragas de algodón blanco, y ni
siquiera me planteo lo ridículo que puede resultar que la primera vez que un
chico como él te toca de forma íntima lleves una combinación nada sexi o
memorable.
Cuando roza con delicadeza mi clítoris sobre la tela, gimo.
Entierro la cabeza en mi almohada, y él rueda mi braga por un lateral y la
sensación es embriagadora. Piel con piel. Su mano sobre mi sexo,
explorando…
—Pídeme que pare y lo haré, Pixie. Lo haré, aunque me muera de ganas
de continuar.
Elegir. Me permite hacerlo y comienzo a entender que él siempre me
permitirá que sea yo la que marque el ritmo, la que decida lo que quiero
recibir y lo que estoy dispuesta a entregar.
No lo hago. No pronuncio palabra alguna cuando me giro y lo miro a los
ojos. No hay rastro de somnolencia en ellos, hay brillo, hay ansia, hay
pasión y deseo. Un deseo violento e indomable, un frenesí arrollador, el de
dos personas que han jugado al juego de besarse y que saben que están
listos para dar un paso más, para subir un escalón, para tocarse a su antojo,
para descubrir lo que les gusta, lo que quieren y necesitan. Lo que les
arranca sollozos y jadeos. Lo que los enciende y los hace explotar.
—No voy a hacer eso, Nathan —pronuncio.
Apenas reconozco mi tono de voz al hacerlo.
La sonrisa que me regala quita el aliento.
Y, entonces, me coloca boca arriba y con una destreza increíble, baja mis
pantalones y mis braguitas hasta las rodillas. Lo ayudo ansiosa y las deslizo
hasta que se arremolinan en torno a mis tobillos y ahí se quedan. Nathan me
abre las piernas, semiflexionadas, una a cada lado, y giro unos segundos la
cabeza, muerta de vergüenza, porque sé lo que va a hacer. Intuyo lo que va
a hacer.
—Eres preciosa, Pixie. Y no hablo solo de lo guapa que eres o lo mucho
que me gusta tu cuerpo. —Un toque sobre mi clítoris. Un gimoteo por mi
parte—. Hablo de ti, de lo que encierras en el centro de tu pecho.
Me contraigo cuando mete un dedo dentro de mí y comienza a moverlo
con suavidad. Lo desliza dentro y fuera. Dentro y fuera. Dentro y fuera.
Saboreando su juego, permitiéndome que yo lo haga también. Que
paladee las sensaciones, entendiendo el placer que me provoca y cómo me
gusta que me lo hagan. Otro dedo más.
—No cierres los ojos —me pide. Me ruega. Me exige—. Quiero verte,
quiero que me veas, quiero que sepas en todo momento que soy yo el que te
está proporcionando este placer.
»Que, en otras circunstancias, cuando lo hagas tú sola, en la intimidad de
tu habitación, en el lavabo o en el lugar que elijas, recuerdes mis dedos
dentro de ti, mis manos sobre tu cuerpo, mi tacto sobre tu piel húmeda.
No cierro los ojos, pero quiero hacerlo. Porque quiero dejarme llevar.
Dentro y fuera. Dentro y fuera. Dentro y fuera.
Me deleito en cada caricia, cada toque. Cómo introduce dos dedos dentro
de mí para sacarlos y llevarlos a mi clítoris, inflamado.
Balanceo las caderas buscando más. Más de todo eso que me hace.
—Necesito…
—Shhh. —Me chista—. Lo sé. Lo sé… —repite con la voz rasgada.
Y me lo da. Solo lo hace, como si hubiese entendido que eso que me
entrega no es suficiente y que mi cuerpo lo reclama todo.
Ya no es delicado, cuidadoso o suave. Sus dedos entran y salen con
firmeza, llegando a lo más profundo. Su pulgar se mueve sobre mi clítoris
sin cesar y lo miro a los ojos justo antes de correrme, con su nombre en mis
labios, con sus ojos en los míos, con sus manos en mi centro.
Me coloca de lado una vez más, con él de nuevo a mi espalda, con su
mano sobre mi abdomen y su calor envolviéndome.
—Y esta es una, solo una, de las muchas cosas que quiero hacerte, Pixie.
Pero iremos paso a paso. No tenemos prisa, porque lo más que tenemos es
tiempo.
Sí, tiempo. El tiempo que él y yo queramos.
CAPÍTULO 20
White Christmas
Nathan se marcha a su habitación y grito bajito. Sí, se puede gritar de esa
forma en la que descargas adrenalina —más de la que acabo de descargar,
of course— y te quedas tan pancha. Lo siguiente que hago es llamar a Stella
para contárselo todo.
Solo un par de tonos y contesta a la vez que escucho cómo cierra la
puerta de la habitación.
—¿Estás sola? —pregunto—. ¿Sentada? —insisto—. ¿Preparada? —
añado.
Tiene que notar que floto sobre una nube llamada postorgasmo.
—Sí. No. Sí.
Concisa.
—Nathan y yo dormimos juntos.
—Vale. —Señorita recelosa será su nuevo nombre.
—Y hemos tenido un momento.
—Vale. —No sé si reírme o llorar.
Stella se dedica a mirarse las uñas con atención hasta que… ¡Hasta que
reacciona por fin!
—¿Un momento? ¿Un momento cachondo y guarro en el que su
polla…? —Me tapo la cara, ciertamente avergonzada.
—No —la freno—. No, no me refiero a eso precisamente. —O no del
todo—. Ha sido algo más manual… —¿Qué? Siento pudor de contar mis
intimidades, la descarada es mi hermana, no yo.
—Manual… —Sí, usa ese tono de «vaya mierda me estás contando»—.
Manual —repite—. Vamos, que te ha hecho un dedo, y tú le has hecho una
paja.
Dios, no debería haberla llamado. Cuando me dijo que se lo contase
todo, tendría que haber hecho caso omiso y haberme olvidado de ella.
Porque esto… En fin.
—Solo lo primero.
Las uñas ya no le resultan tan interesantes, no.
—¿Lo has dejado sin postre, Pixie?
—Es que… Qué mala persona soy. —Caigo en la cuenta de lo que he
hecho o de lo que no he hecho y lo peor es que ni siquiera me había parado
a pensar en ello.
—Recapitulemos… No es que seas mala persona. —Vale, eso me
tranquiliza un pelín—. Es que, Pixie, llevas tanto tiempo sin darle mambo al
cuerpo que, cuando sucede, pierdes la conciencia y tus neuronas se
desmayan. Dejas de razonar. —Coloca dos dedos en la sien y simula un
disparo. Cae sobre la cama y coloca el teléfono de tal manera que la veo
desde arriba—. Tienes que devolverle el favor si quieres que te haga más
cosas sucias y pervertidas. Porque espero que lo haya hecho bien y quieras
que te haga más cosas sucias y pervertidas —reitera. Permanezco en
silencio—. Pixie, por favor, es una pregunta no pregunta.
—¿Una pregunta no pregunta?
—No está formulada como tal, pero lo es. Tienes que responder.
—Quiero. Quiero que me haga de todo.
Mi hermana deja el teléfono a un lado y escucho aplausos y ovaciones.
Es ella misma, aunque parezca que haya decenas de personas allí
escuchando cómo me humillo porque no he pensado en devolverle el favor
a Nathan.
—Vale. Pues ahora date una ducha, ponte guapa, vete a su habitación y
tírate encima de él hasta que no le quede nada de sangre en el cuerpo
porque la tenga toda en la polla.
Sabéis lo que hago, ¿verdad?
Cuelgo el teléfono antes de que alguien pueda escuchar cómo mi
hermana, mi hermana pequeña, me da consejos sobre sexualidad. Estoy
acabada, he tocado fondo, pensaba que ya lo había hecho, no obstante…,
siempre puede ir a peor.
Sin embargo… Sin embargo… Una vocecilla dentro de mí me dice que
ese plan tal vez no sea tan malo, ¿no?
Comienzo por la ducha. Porque la necesito. Lo que es es. Me cepillo los
dientes, me abraso la piel con agua caliente y me visto cómoda, pero bien.
Nada de esos trajes que me hacen parecer seria y estirada. Es más, tenéis
que saber que odio esos trajes. Que odio todo lo que tenga relación con mi
vida laboral, aunque imagino que, llegados a este punto, eso ya lo tenías
más que claro.
Yo, por si acaso, os lo recuerdo y porque no está de más recordármelo a
mí misma.
Cuando estoy vestida, y preparada, me acerco a la lista que he guardado
en el bolso y la saco. A su lado están las figuras de origami y también el
teléfono de Nathan.
¿Lo habría llamado? Si no nos hubiésemos quedado encerrados por una
tormenta de nieve, ¿lo habría hecho? Es probable que no.
Lo guardo todo en su lugar y me recuerdo quién soy. Me recuerdo más
bien quién quiero ser a partir de ahora.
Justo cuando voy a salir por la puerta me percato de algo. Mi violín sigue
en el mismo lugar en el que lo dejé, así que… me acerco y lo coloco sobre
la cama. Lo extraigo, lo acaricio, le sonrío y le susurro que lo he echado de
menos. Saco el arco también y, para sorpresa de nadie, lo sitúo de forma
simétrica, completamente recto y a esa distancia en la que mi abuela
Heather lo colocaba y que yo aprendí de ella.
—Hola, precioso —susurro.
—Hola, ricura.
Doy un bote y me giro para encontrarme a Nathan a un par de pasos de
mí, en calcetines, esta vez llenos de caras regordetas de Papá Noel.
—¿Acaso no se te agotan nunca?
—Esto, junto con los tirones de oreja, son cosa de mi abuela. Y me
gustan. Los tirones no tanto. Puedo comprarte algunos si tienes envidia
insana.
Creo que, con él aquí, mi plan de seducirlo se ha ido un poco al traste,
¿no?
No.
Retiro mi melena y la dejo caer hacia atrás, Nathan alza la ceja, y
comienzo a caminar con seguridad —poca seguridad, ¿a quién pretendo
engañar?—. Cuando me acerco, coloco las manos en sus hombros, y él, las
suyas en mis caderas.
—Si vas a soltarme uno de esos discursos sobre por qué no debo colarme
en tu habitación y el acoso…
—No —niego con rapidez.
Llevo mis labios hasta los suyos y lo beso. Ávida, necesitada, ansiosa.
Su lengua se cuela en mi boca y el estómago se me contrae de
anticipación. Enredo las manos en su nuca, y él pasea las suyas hasta
colocarlas sobre mi culo y apretarme contra él.
Está excitado y es culpa mía. Culpa de la buena, quiero decir, por esto no
me tengo que sentir mal, al contrario, cierta satisfacción me recorre las
entrañas.
Me aparta con suavidad, y yo me arrebujo en su pecho, buscando su
contacto.
—No tienes que hacer esto, lo sabes, Pixie, ¿cierto?
—¿Hacer qué?
Separo la mejilla de su torso y lo observo con atención.
—No me debes nada. El sexo no funciona de esa forma, al menos, para
mí no. Si te toqué antes, si te di placer, no era porque esperase que tú lo
hicieses conmigo. —Frunzo el ceño y me aparto. ¿Por qué? ¿Acaso no le
gusto?—. Joder, no me mires así, no hay nada que quisiese más que tus
manos sobre mí, que tu boca sobre mi cuerpo o mi polla en tu interior. —
Vaya… Dios, ¿notáis el calor? Fuera nieva, pero aquí arde todo—. No es
eso lo que esperaba que hicieras, solo quería hacerte disfrutar, porque me
apetecía, porque me moría de ganas de tocarte desde que te vi en ese
aeropuerto, incluso antes de ese día. Sin esperar nada a cambio.
—Pero… No me di cuenta, no quiero parecer una egoísta.
Nathan recorta la distancia y me envuelve entre sus brazos.
—Nunca jamás podría pensar eso de ti, Pixie. ¿Cómo podría hacerlo? Si
has dejado tu pasión por la música solo para que tu hermana sí pudiese
conseguir cumplir su sueño. ¿Es eso propio de una persona egoísta?
No contesto. Trago saliva. Empiezo a temblar entre sus brazos.
—Te lo diré yo, ¿vale? No, no es propio de una persona egoísta, eso solo
podría hacerlo alguien maravilloso, alguien que quiere de verdad, que se
entrega, que ama. Alguien como tú.
Me estrecha entre sus brazos sin esperar que yo lo haga también, solo
porque quiere, porque le nace. Porque Nathan es así, de los que entregan y
entregan. De los que dan y dan.
Y quizá es pronto para poder verbalizarlo, para poder ponerle nombre, no
obstante, está ahí, ese sentimiento empieza a florecer. Solo que tal vez haya
que esperar un poco a que tenga el valor de empujarlo hacia la superficie y
dejar que también respire.
CAPÍTULO 21
Arre burro arre
—Ponte unas zapatillas y coge abrigo. Tenemos mucho que hacer.
Parpadeo sin entender a lo que se refiere. ¿Mucho que hacer? Porque
hasta hace nada yo tenía otros planes en mente y la ropa sobraba en esa
ecuación.
—¿Vamos a salir? —Que sí, que sí, pregunta tonta allá donde las haya,
pero tenía que hacerla. Solo por confirmar.
—Vamos a salir porque somos dos almas intrépidas, porque no has
comprado tus regalos de Navidad y porque tengo algo que quiero enseñarte.
—Alza una ceja—. Y no es eso en lo que estás pensando. —¿Será capaz de
darse cuenta de eso también? Ropa. Sobra. Los dos. Habitación… Vale,
vale, ya paro.
Me da un par de golpecitos en la nariz, y yo me sonrojo, no solo por mis
pensamientos pecaminosos, sino por su insolencia.
—Descarado.
—Para servirle. —Nathan se marcha en dirección a su habitación. Deja
la puerta de la mía abierta de par en par.
»Pixie, no tenemos todo el día —grita por el pasillo como si se diese
cuenta de que me he quedado patidifusa. El sonido rebota por todos lados
—. Ahh, y coge tu violín. —Vuelve a alzar la voz.
¿Mi violín? ¿Por qué?
Me pongo en marcha y hago lo que Nathan me ha pedido. Mentiría si os
dijese que no me hace ilusión ir a comprar los regalos juntos y enterarme de
qué es eso que quiere que vea y entender en qué punto de todo eso encaja
mi violín.
Las hamburguesas, los dónuts de azúcar, el maratón de películas, la cena
de Nochebuena, comprarme una sudadera navideña y a juego con la suya…
¿Cómo es posible que haya hecho tanto por mí en tan poco tiempo?
Estoy casi casi a punto de cerrar la puerta e ir en su busca cuando mi
teléfono comienza a sonar y a vibrar sobre la mesa. Me acerco por si fuese
Stella y quisiese una segunda charla —para nada incómoda— sobre sexo,
solo que no es su nombre el que figura en la pantalla, sino el de Susan.
Sujeto el aparato en mi mano y mis dedos están a punto de deslizar la
barra en la que reza «contestar». Supongo que esta llamada es fruto de la
que tuvimos mi padre y yo anoche, esa en la que, por cierto, le comenté que
sería yo la que la llamase y no lo hice.
Le echo un último vistazo antes de depositarlo sobre la mesa, donde
estaba, en el mismo lugar y todavía sonando. ¿Y sabéis qué? Que no me
siento para nada culpable de ello.
Me aprieto la chaqueta contra el pecho y me giro para ir en dirección a la
salida.
Me encuentro con Nathan apoyado en el marco de la puerta, con una
sonrisa triunfal en la boca y su ya más que habitual actitud despreocupada.
—Estaba dispuesto a esperar a que contestases y no me habría
importado. Pero ¿sabes qué? Que eso que has hecho me parece sumamente
valiente.
Y quizá debería anotarme un tanto por ello, por haber tomado esa
decisión y no haber sucumbido al impulso de responder y acatar órdenes, tal
y como he hecho en estos últimos dos años, sin embargo, no me apetecía y
ya va siendo hora de hacer cosas que sí que lo hagan.
—Hoy me he levantado rebelde.
Se acerca con paso firme, ávido, incluso codicioso.
—Me gustas de cualquier forma, Pixie, ahora bien, la rebelde y la
valiente me gusta más que ninguna.
Recuerdo sus palabras: «Debo de haberlo hecho bastante mal si no te has
percatado de que me gustas. De que me gustas mucho, Pixie».
Y tomo la decisión al instante, gustarme a mí misma por encima de todo.
No gustarle a él, a Susan o a mi padre. Tampoco a Stella, gustarle a Pixie
Beaumont.
—¿Lista? —me pregunta depositándome un beso en la frente y cogiendo
el estuche en el que está mi violín.
—Yo nací lista —respondo con un punto de insolencia.
Nathan me pellizca el culo cuando paso por su lado en dirección a la
salida, y yo protesto, aunque, en realidad, no me ha molestado en absoluto
su gesto, al contrario, me ha hecho sonreír.
—¿Sabes si Robert y Rose se han ido ya? —curioseo mientras me pongo
la bufanda y termino de abrocharme la chaqueta.
—Se van mañana. De hecho, hace una hora aproximadamente me
enviaron un mensaje de la compañía para informarme de que mi vuelo
también sale mañana. Tenemos veinticuatro horas para hacer lo que nos
plazca.
—¿Mañana? —¿Veinticuatro horas? ¿Solo?
—Pareces realmente decepcionada. Y yo que pensaba que estabas más
que cansada del…, espera, ¿cómo me llamaste?
—Acosador en potencia —resuelvo yo.
No han pasado tantos días y, sin embargo, es como si nos hubiésemos
metido en una burbuja, en una cápsula del tiempo en la que solo estamos él
y yo, en la que hemos tenido tiempo para conocernos, para descifrarnos y
para gustarnos.
Salimos a la calle y el frío impacta contra mi cara. Es horrible y precioso
a la vez, una contradicción de lo más siniestra.
—Exacto. —Nathan me sujeta de la mano y, tal y como hizo la noche en
la que nos comimos aquellas memorables hamburguesas, me guía por las
calles de Nueva York. Con mi violín colgando de su brazo derecho—.
Mago y acosador en potencia. Así que, sí… Mañana vuelvo a casa. Lindsey,
Harry, George, Eduard y Andrew estarán deseando abrir sus regalos. Porque
son mis hermanos, pero su mayor regalo no soy yo… Ohhh —ironiza él—,
les encanta abrir paquetes. De hecho, sabrás que, de pequeños,
rebuscábamos por toda la casa hasta que dábamos con el lugar en el que
mamá los escondía.
—¡No me lo puedo creer!
Nathan solo asiente y gira en una transversal enorme.
—Luego nos arrepentíamos, porque nos fastidiábamos la sorpresa y el
día de Navidad teníamos que fingir que nada había pasado. Lindsey se lo
contó a mamá unas Navidades, fue terrible. Cuando nos levantamos, no
había regalos para ninguno de nosotros, excepto para Lindsey, ella tenía un
montón.
—Me da algo.
—Lloré muchísimo. Harry también. Eduard se enfurruñó, y George y
Andrew rompieron el árbol de Navidad. Mi padre los castigó sin paga
durante mucho tiempo, el suficiente para que con sus ahorros pudiesen
comprar otro. No quiero ni acordarme.
—Entonces, ¿os quedasteis sin regalos? —¡Madre mía!
Nathan niega.
—No, no. Y menos mal, porque hubiese sido catastrófico. Mis abuelos
llegaron un rato después, el suficiente para que ya no me quedasen
lágrimas. Traían nuestros regalos. Mamá nos contó que era nuestra culpa y
que esa había sido una advertencia. Si el próximo año rebuscábamos de
nuevo, no habría nada bajo el árbol, y ella se encargaría de que Papá Noel
no pasase por casa.
»Nos lo tomamos muy en serio.
—Yo también lo habría hecho —apunto—. Tu madre es de armas tomar.
—¡Qué va! Para nada, es un trozo de pan. Estoy segura de que te
encantará, y a ella le encantarás tú. —«Le encantarás», otra promesa. De
nuevo planes, futuro—. Lo que sucede es que lidiar con seis hijos es
complicado.
Otro giro y más calles llenas de nieve. No sé cómo es capaz de orientarse
tan bien cuando a mí todo me parece lo mismo.
—Imagino. Mi abuela solo tuvo a mi padre. Y mi madre, a Stella y a mí.
Nuestras Navidades eran divertidas, hasta que la abuela falleció. Mi madre
se alejó de todo, incluso de nosotras. Mi padre se convirtió en el hombre
que es hoy, y mi abuelo, simplemente, está ausente. Mi abuela siempre fue
el pegamento de nuestra familia, la que nos unía a todos. La echo mucho de
menos.
Nathan frena sus pasos y se planta frente a mí. Busca mi mano izquierda
con su derecha, esa que estaba guardada dentro de mi chaqueta
resguardándose del frío, y la sujeta entre las suyas.
—Pixie, tu abuela no se ha ido. La muerte es solo una despedida
temporal, las personas que queremos nunca se van, siempre se quedan aquí.
—Coloca la mano sobre mi pecho, me reconforta, una vez más lo hace—.
No se van si no las olvidamos, serán eternas para nosotros, en nuestros
recuerdos.
Y tal vez a mí me encante su madre, tal vez yo le guste a ella, sin
embargo, de lo que estoy sumamente convencida es de que mi abuela
adoraría a Nathan, porque tiene magia. Magia de verdad.
Asiento sin más y trago la bola de emociones que se forma dentro de mi
garganta antes de que salga en medio de una calle de Nueva York.
Continuamos caminando, intentando asimilar sus palabras y mis
pensamientos. Lo bonito que lo convierte todo solo con su presencia. Como
si de veras, de verdad, con él siempre fuese Navidad.
—Así que Eduard, Andrew y George, ehhh.
—Son unas sabandijas. —Se carcajea—. Por favor. —Se frena, nos frena
—. Jamás les cuentes que he dicho eso o me la devolverán de alguna forma
pérfida que solo podría ocurrírsele a ellos.
—Me lo pensaré, si te portas bien, quizá lo haga. —Le sonrío.
—Son unos trastos. Siempre están peleando entre ellos y buscando la
forma de llevar una travesura al siguiente nivel. Todavía, a día de hoy,
cuando se juntan se lía muy gorda. Me extraña que mi madre no me haya
llamado para decirme que han prendido fuego a la casa. Porque el año
pasado casi lo hacen. No intencionadamente —añade, supongo que ha leído
mi cara de pánico—, pero no es nada bueno añadir gasolina a la barbacoa.
—¡¿Qué?! —pregunto gritando—. ¿No puedes hablar en serio?
—Y tan en serio. —Se carcajea—. No sé si a Eduard le han salido ya
todos los pelillos de las cejas. Los de la nariz seguro que no —bromea, y a
mí me da un ataque de risa. Un ataque de los de verdad al imaginar la
escena. Me llevo la mano a la barriga porque me duele. Me quejo un
poquito.
»Eres adorable, Pixie Beaumont. Absolutamente adorable.
Y le creo. Sin poner en duda nada, sin cuestiones, sin dejar que una parte
de mí lo niegue. Le creo porque sé que Nathan Graham jamás me mentiría.
Jamás.
CAPÍTULO 22
El reno Rodolfo
Hemos recorrido muchas muchísimas tiendas y hemos comprado regalos
para todos. A mi hermana le he comprado zapatos, calcetines navideños —
la idea ha sido cortesía de Nathan, ¡cómo no!— y un bolso con forma de
piano. No pude resistirme cuando lo vi en el escaparate de esa tienda
vintage, el nombre de Stella estaba grabado en él y estaba casi convencida
de que lo habían diseñado exclusivamente para ella. Metafóricamente
hablando, claro.
Y Nathan… No sabría deciros cuántas librerías hemos visitado y cuántos
libros ha terminado comprando. «Solo por si acaso», me explica, y a mí me
suena a excusa y finjo creerlo, por supuesto.
Cargados de bolsas, porque no he sido la única que se ha dejado su
sueldo en regalos, entramos a una cafetería preciosa. Tomamos asiento en
una mesa que tiene vistas a la calle y nos deshacemos de la chaqueta.
—Bendita calefacción —susurro llevando los dedos a mi nariz. Roja, por
supuesto, si es que no se me ha muerto ya por culpa de las bajas
temperaturas.
Nathan lleva su mano al mismo lugar y la aprieta.
—Rodolfa la rena —se mofa.
Le enseño la lengua y entonces hago un barrido por el local. Me gusta,
¿sabéis? Hacía tiempo que no recordaba lo mucho que me emocionaban
estas fechas, lo mucho que disfrutaba de la decoración navideña, de las
luces centelleantes, blancas o llenas de colores, con formas circulares o de
estrellas. El espumillón que termina por romperse y caerse al suelo o la
purpurina de las bolas que está ahí durante meses y parece no querer irse
nunca, ni siquiera cuando llega el verano.
—¿Qué es lo que más te gusta de estas fechas? —le pregunto a Nathan,
que ya ha levantado la mano para saber si las bebidas tenemos que pedirlas
en la barra o es la camarera la que se acerca a nosotros.
—Regalar. Sin duda. Me encanta ver la cara de mis sobrinos cuando
abren los regalos que he elegido para ellos. Esa inocencia característica de
los niños, que todavía creen en la magia de Santa Claus, en la magia de la
época en sí.
—Nathan y la magia, ¿no? —pregunto.
—Sí, ¿hay algo más bonito que eso? —Me sonríe con amabilidad—. ¿Y
a ti? ¿Qué es lo que más te gusta a ti?
Tiro de recuerdos.
—Me encantaba meterme en la cocina con mi abuela. Días antes,
hacíamos una lista de las cosas que teníamos que comprar para elaborar la
cena. Los canapés, la carne o el pescado, la verdura que usaríamos de
guarnición, las peras para su famosa tarta y los ingredientes para el
hojaldre, que amasábamos a mano, de la forma más tradicional posible.
Stella se sentaba en una butaca con cara de aburrimiento y nos observaba
trabajar mientras hablaba sin cesar de lo que haría cuando consiguiese su
primera audición, cuando por fin pudiese tocar el piano y convertir esa
afición en su profesión.
»Mi abuela y yo estábamos tan embelesadas escuchando su historia que
estábamos convencidas de que se haría realidad y de que algún día Stella lo
conseguiría. —Nathan me sonríe, aunque no es una sonrisa amplia y limpia
como las de siempre, está empañada por algo de tristeza y pena. Como la
mía, a juego con la mía.
»Mi abuela murió de repente. Nadie se lo esperaba, no estaba enferma,
no había indicios de que eso fuese a suceder. Su corazón dejó de latir sin
más y se fue. No nos despedimos, no pude decirle lo mucho que la quería o
lo mucho que la echaría de menos. Entonces todo cambió. Mi madre
empezó a alejarse, a beber de vez en cuando para aislarse de toda la mierda
que nos iba enterrando poco a poco. Mi padre, a su manera, también lo
hizo, refugiándose en el trabajo, y mi abuelo se convirtió en un ser
omnipresente. Está, pero como si no fuese de esa forma.
»Stella y yo, que ya estábamos unidas, lo hicimos mucho más. De un día
para otro, mi padre decidió que era el momento de crecer, de cruzar el
océano y abrir una delegación en Los Ángeles. No quise que Stella
sacrificase su sueño, ese que nos contaba cada Navidad, que perfeccionaba
año tras año añadiendo detalles, y que fuese infeliz. Era lo mínimo que
podía hacer por mi abuela, por ella y por mí.
—Y te sacrificaste tú —sentencia Nathan sin más.
No es un reproche, es más bien una afirmación cargada de melancolía.
Alzo los hombros. ¿No es lo que habría hecho ella por mí? ¿Lo que haría
cualquiera por su hermana? ¿Por alguien a quien quiere?
—Yo mejor que ella, ¿no crees?
—Apuesto a que Stella no está de acuerdo con eso.
—Stella ni siquiera sabe que lo hice por salvarla, ella solo cree que
acepté mi destino y que me convertí en una estirada que tiene un palo
metido por el culo. —Alza una ceja sin entender bien a qué me refiero y
casi que lo agradezco—. Palabras textuales de mi hermana —añado para
que comprenda.
Si la conoce algo, un mínimo, sabe que es capaz de soltar eso por su
boquita.
—Tal vez podríais haber intentado ser felices las dos, elegir vuestro
camino. Tu padre tendría que haberlo aceptado.
—Quizá sí. —Suspiro—. No lo pensé. —Oteo la calle, la gente con botas
de agua altas, sorteando el hielo para no caerse y con paraguas para que
esos copos no terminen empapando sus vestimentas—. Simplemente decidí
que era lo mejor para todos.
—Para todos excepto para ti.
Clavo mis ojos en él. Mi lista, esa que el próximo año compararemos, ahí
está mi propósito.
—Puede que algún día todo eso cambie.
Nathan se acerca, apoya los antebrazos sobre la mesa y me observa como
si solo estuviésemos él y yo, no en una cafetería cualquiera en medio de
Nueva York o como si todavía siguiésemos en la habitación del hotel o en
cualquier lugar, el que sea, pero nosotros dos solos.
—Estoy convencido de que eso es lo que va a suceder. Porque yo creo en
ti y Stella también.
Asiento sin más, agradeciendo en silencio esas palabras que reconfortan
y alimentan, que sanan un poco y que unen esas piezas que se rompen, solo
que no lo hacen de la misma forma en la que estaban, sino de una nueva,
perfeccionada, una en la que sabes que es imposible que se cuele ni una
pizca de aire por ellas que haga que estallen en mil pedazos en cualquier
momento.
Terminamos de tomar nuestras bebidas mientras Nathan sigue
contándome cosas de sus sobrinos. Seis, ni más ni menos. Y volvemos a
salir a la calle. Al frío de Nueva York.
—Cada año, cada Navidad, Andrew y yo tenemos que soportar el mismo
discurso. Todos menos nosotros dos tienen familia, ya sabes —matiza—,
mujer, marido e hijos —enumera—. En cierto modo, debería estar
agradecido. —Se ríe mientras vuelve a callejear, guiándome por avenidas,
encontrándonos con personas que intentan limpiar las puertas de sus
negocios y otras que ya lo han hecho. O que permanecen cerrados hasta
nuevo aviso. El aviso que termina esta noche y que hará que mañana esta
burbuja que nos ha mantenido encerrados y aislados se abra y la normalidad
nos azote a todos una vez más.
—¿Agradecido por qué?
—Porque Andrew este año tampoco va solo. Ha conocido a Lucy. Una
chica maravillosa, que no conozco porque viven en Boston, pero hemos
hablado por videollamada. Mi hermano Andrew era de esos que aseguran
que no están hechos para el amor. Un alma libre, así es como se definía a sí
mismo.
—Oh. —Me río—. Esos son los peores, los que, cuando caen, lo hacen
con todo el arsenal. Stella también es así.
—Así que, sí, este año todos esos comentarios del tipo «Se te va a pasar
el arroz» o, peor aún, «Si sigues soltero a los treinta es porque tienes algo
raro», irán solo dirigidos hacia mi persona.
—¿Algo raro? —me jacto—. Ah, bueno, sí. —Me río una vez más,
frenando un poco nuestros pasos—. Tal vez es que eres pésimo pidiendo
citas o acosando a las chicas. Deberías reformular un poco la técnica.
Nathan me guiña el ojo.
—¿Para qué? ¿No te has dado cuenta de que justo he conseguido lo que
quería? Estoy donde quiero y con quien quiero estar.
Me tiembla el pulso, se me acelera el corazón y floto en una nube
esponjosa, de esas que te saben a gloria bendita, que te hacen aletear el
centro del pecho y tu estómago se llena de mariposas, de origami o no.
—Nathan…
—¡Ya hemos llegado! —grita cortando cualquier opción por mi parte de
decirle que quiero volver a verlo. Que me gustaría que esto no quedase así.
Que no fuese solo por una nevada o un encuentro casual. O doblemente
casual.
Me giro hasta encontrar frente a mí un parque, un parque con algunas
atracciones que no están funcionando en este instante. Muy pocas y todas
con pinta de haber vivido mejores momentos.
Como… Como ese parque al que mi abuela arrastraba a Stella porque
ella no lo disfrutaba como yo, ese parque en el que me hice la cicatriz.
Repaso el contorno de la misma en mi sien izquierda. Cobra vida bajo mis
dedos. Igual que mis recuerdos. Es como si de veras mi abuela estuviese a
mi lado, pidiéndome que tenga cuidado, que no cometa ninguna
imprudencia y que disfrute del viaje.
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Cómo supiste…? ¿Cómo hiciste que…? —Todo
preguntas incompletas porque me he quedado sin palabras.
Porque me he dado cuenta de que Nathan es capaz de dejarme sin ellas.
—Me contaste que amabas subirte al tiovivo con todo tu ser. Que sentías
que volabas cuando lo hacías, cuando cerrabas los ojos y abrías tus brazos.
Y aquí tienes uno. Para que cierres los ojos y vueles, Pixie. —Se aproxima
a mí, nuestros pechos casi se rozan, nuestros labios también, y siento más
pronto que tarde cómo su mano se desliza por mi mejilla—. Para que
recuerdes que puedes ser libre siempre y cuando quieras serlo.
Sus suaves y cálidos labios se colocan sobre los míos sin darme tiempo a
responder. Aunque, ciertamente, no sabría qué decirle. Nada que pueda salir
de mi boca estará a la altura de lo que siento.
A ver cómo me recupero yo de esto. De Nathan.
¿Acaso quiero hacerlo?
CAPÍTULO 23
Una pandereta suena
Permanezco frente al tiovivo, que sigue apagado y sin vida, mientras
Nathan, con mi violín colgado todavía de su hombro izquierdo, se marcha.
Solo me pide que no me mueva del sitio.
Como si pudiese hacerlo.
Me encantaría que mi abuela estuviese aquí, que Stella también formase
parte de esto, más de lo que ya lo forma, y que se diese cuenta de que, en
realidad, estos días me han hecho mucho más feliz que cualquiera de los
vividos estos dos últimos años.
La música se activa, las luces se encienden y entonces el tiovivo que hay
frente a mí cobra vida. Ni siquiera escucho las pisadas de Nathan
acercándose antes de que me envuelva entre sus brazos, y yo apoye la
cabeza sobre su pecho.
—¿Lista? —me pregunta mientras me gira para quedar frente a frente.
—¿Has tenido que sobornar al dueño para que lo encienda?
—Puede. —Le brillan los ojos, como el niño que ha hecho la mayor
trastada de su vida o el hombre que ha cumplido el sueño de su chica.
Supongo que ya me entendéis—. Venga —me apremia—. No tenemos
mucho tiempo, empieza a nevar con fuerza otra vez y tenemos una parada
más que hacer antes de que anochezca y cenemos. Juntos. Cenemos juntos
—aclara por si hay alguna duda al respecto.
Veinticuatro horas. ¡Y qué veinticuatro horas me está regalando!
Doy un paso adelante y luego otro y otro y otro más hasta que me subo
sobre la base de acero del tiovivo. Echo un vistazo sobre mi hombro y me
lo encuentro quieto, expectante, esperando mi siguiente movimiento. Y sé
sin verbalizarlo que se muere de ganas de saber cuál será.
—¿No subes conmigo?
Guarda silencio unos segundos.
—¿Eso quieres? —pregunta extrañado. He logrado sorprenderlo.
—Claro. Por supuesto que quiero.
Nathan se acerca, dejando en la base las bolsas con nuestros regalos y sus
libros, para que no se mojen y se estropeen, y se aproxima hasta uno de los
caballos que hay en la parte de fuera. Justo detrás del que yo he elegido. El
suyo es un caballo blanco, con la cola y la crin de color marrón, con la
manta de montar de tonos azules marinos, rojos y verdes. Y las patas
estiradas, parece que lo hubiesen pillado dando un salto enorme. En
cambio, el mío es completamente marrón, un marrón ocre, desvencijado,
con una manta del mismo color que su pelaje, es diferente al suyo, y me da
la sensación de que este caballo lleva aquí desde hace mucho mucho
tiempo.
Nathan es el primero en subirse y me carcajeo cuando suelta un
«yeeehaaaa» imitando a uno de esos curtidos forasteros del lejano oeste. Yo
me subo con cautela, saboreando el momento, rememorando viejos
tiempos, y a pesar de que ha pasado muchos años desde la última vez no
siento que fuese de esa forma. Ni tampoco percibo la ausencia de mi abuela.
Porque está aquí también. Lo está, sé que está.
—Venga, Pixie —me anima—. Vamos a disfrutar de esto como si fuese
nuestro último día en la tierra.
Yo ya lo estoy haciendo.
El tiovivo coge algo más de velocidad, y tengo la ligera sospecha de que
el señor ha estado esperando para hacerlo hasta que estos dos tontos muy
tontos se subiesen a estos caballos a unas temperaturas poco habituales,
bajo una copiosa nevada, y seguro que no entiende por qué no hemos hecho
esto cuando las condiciones meteorológicas fuesen favorables.
No entendería, aunque se lo explicase, que ningún momento podría ser
mejor que este. Sea como fuere, nada le llegaría a la suela del zapato.
Mi caballo asciende el primero y grito. No me acordaba del vértigo, de la
euforia, de la sensación de ascenso antes de saber que va a descender en
breve, de cómo se mueve en círculos y compagina cada movimiento a la
perfección, me giro y me encuentro a Nathan subiendo en esta ocasión. Él
arriba y yo abajo.
—Cierra los ojos y abre tus brazos —me pide.
Asiento sonriendo y sé que lo estoy haciendo con tanta intensidad que
mañana me dolerán las mejillas. Será un recordatorio increíble de lo que he
vivido hoy. Del enorme obsequio que me ha hecho este chico.
De lo que me ha regalado desde que tropezó conmigo en esa tienda del
aeropuerto o me tendió la mano en ese avión sin yo saber que esa mano
sería el comienzo de un viaje increíble. Una mano que no se ve, pero se
siente de forma constante. Que empuja y consuela. Que cobija y ampara.
No sé cuánto tiempo permanezco así, cuánto nos permiten subir y bajar,
movernos en círculos. Solo sé que, cuando sus manos se colocan en torno a
mi cintura y me mueve para quedar uno frente al otro, sigo sintiendo que
floto.
Tal vez esta sensación permanezca siempre ahí. Floreciendo en mí cada
día. Como los recuerdos de los que me habló.
—¿Cómo te has sentido? —Alargo los brazos y lo envuelvo con ellos, lo
estrecho con tanta fuerza que temo dejarlo sin respiración—. Creo que eso
quiere decir que muy bien —ironiza.
—Mejor que bien, Nathan. Mucho mejor que bien —finalizo.
Él solo me sonríe y me acaricia de nuevo la mejilla con cariño y
devoción.
—Sigues siendo una dulzura, Pixie.
Ladeo la cabeza y nuestras bocas van al encuentro la una de la otra. Un
beso que tiene un significado, una promesa. Una oportunidad.
Un par de carraspeos y nos separamos como dos jovencitos que han sido
pillados cometiendo una fechoría.
—Tengo que cerrar. —Señala el cielo.
—Oh, por supuesto. —Nathan siempre tan cordial y educado.
—Mil gracias —les digo a ambos.
El caballero no le da importancia y solo se marcha. Nathan, por el
contrario, sí que lo hace, sí que me sujeta fuerte de la mano y la aprieta.
—Ahora vamos a un lugar especial —sentencia—. Uno muy muy
especial. Único, diría yo.
Callejeamos una vez más. La noche cae sobre nosotros y el frío se
intensifica un poco más, solo que he dejado de sentirlo, al menos, de esa
manera que hiela, que cala.
Entramos en otra cafetería, mucho más lujosa que la anterior. Decorada
con tonos blancos y oro. Nathan saca el teléfono y lee algo en él. Yo sigo
observando cualquier detalle que me rodea, como siempre hago.
—Vale. Dame unos minutos. Si quieres, puedes tomar asiento y pedir
algo. Yo invito.
Como si me hubiese dejado pagar algo de lo que hemos comido. Nada.
Absolutamente nada.
Se encamina hacia la barra y le tiende la mano a la chica que lo observa
con fijeza. No me extraña que Nathan levante pasiones allá por donde pasa.
Es guapo y sexi, pero lo mejor es lo que no se ve con los ojos.
Me señala, y ella asiente, tengo la sensación de que sabe algo. Algo que
yo evidentemente no.
Coloco las bolsas en una de esas mesas que tiene un banco de madera
cubierto de piel negra y me pido un chocolate. Total, ¿qué más da uno más
que uno menos? Ni una ensalada en estos días. Ni una.
Lo escucho antes de sentir ninguna otra cosa. Un piano. El sonido que
envuelve y eriza, que colma y llena todo, que transporta sin moverte del
lugar.
—Pixie… —Nathan me tiende una mano. La misma que en el avión. La
misma que en la calle. La misma que en Nochebuena.
La observo y la tomo sin dudar. Sin alarmas. Sin ganas de huir. Sin ganas
de salir corriendo.
Nos acercamos, mis pies se mueven por inercia en dirección a la música,
como si la estuviese siguiendo porque me llama. De alguna forma lo hace.
Mi violín reposa sobre una pequeña mesa, abierto, observándome.
Esperándome.
—Solo por si quieres recordar lo que se siente haciendo magia —me
susurra.
Se coloca a mi lado. Dejándome elegir.
«No estoy preparada».
Esas fueron mis palabras, solo que…, ¿cuándo lo estaré? Quizá no hay
que esperar a estarlo, no hay que ponerse un tiempo, una fecha, tal vez sea
más sencillo que todo eso y solo haya que intentarlo. Sin más. Intentarlo por
el placer de hacerlo. De llegar a donde se pueda.
—¿Cómo…? —Otra pregunta inacabada.
—Tu hermana. —Una breve pausa—. Stella me dijo que había hablado
con alguien, y ese alguien había hablado con este sitio, y podíamos venir.
Solo a mirar, si queríamos; a tocar, si te apetecía; a escuchar, si era lo único
que necesitabas.
Stella, ¿cómo no? Cómplice y verdugo. Ambas cosas.
—Parece ser que ahora tenemos nuestros números —añade. Entendiendo
que él y yo no los tenemos, al menos él.
Me juego lo que sea a que mi hermana se despide de él como «cuñado».
Es mi turno para acariciar su mejilla, su mandíbula, para sentir el tacto de
la barba incipiente. De su piel bajo ella.
—Gracias…
Doy un par de pasos atrás, sin apartar los ojos de él ni él los suyos de los
míos y cuando creo que ha entendido que esa gratitud está ahí, flotando
entre ambos, sujeto el violín, lo acaricio.
—Te he echado de menos, pequeño —le susurro una vez más.
Cierro los ojos y el vértigo que siento es distinto al del tiovivo, pero me
sacude las entrañas.
—River flows in you —susurra Nathan. No a mi lado, no detrás. Delante,
al chico que hay sentado al piano—. ¿Podrías tocar River flows in you? —
pregunta con dulzura, apacible, suave.
El chico solo asiente, y los acordes de la canción que tanto me gusta
tocar, mi favorita desde que mi abuela me la enseñó, lo envuelven todo. A
mí, mi violín, y no tengo que preguntar nada para saber, para entender, que
esto también ha sido cosa de Stella.
Notas y notas. Suaves y sutiles flotando en el ambiente.
Exhalo y tomo aire de nuevo. Repito ese procedimiento en un par de
ocasiones.
Y entonces…, entonces mi mano vuela por mi violín, el arco se desliza
entre mis dedos, por las cuerdas, como si siempre lo hubiese hecho, como si
fuese una extensión de mí. Como si nunca hubiese dejado de hacerlo.
Y hago magia.
Hacemos magia juntos.
CAPÍTULO 24
La marimorena
En algún momento entre esa canción y otra y otra, Nathan me grabó en
vídeo y se lo envió a mi hermana.
Lloramos al teléfono, las dos, supongo que teníamos que sacar afuera
todo eso que un día fuimos y de pronto olvidamos ser.
—No te duermas —me pide cuando estamos en el pasillo, justo frente a
nuestras habitaciones. Yo con mis bolsas y mis regalos, y él con las suyas y
sus libros.
—No me dormiré —le prometo.
Me regala una de sus mejores sonrisas, de esas que te roban el aliento, y
se mete dentro de su habitación.
—¡Sé que estás ahí, Pixie! —me grita tras la madera.
—Acosador —le respondo yo a su vez.
Abre la puerta y me lanza un calcetín de esos que tanto le gusta llevar.
—¡Qué asco! —protesto, pero lo recojo y se lo robo. Solo rezo para que
no esté sucio.
Una vez en mi habitación, coloco el violín al lado de mi cama. No
escondido, ni apartado, donde se pueda ver, y me miro los dedos. Los
muevo frente a los ojos y vuelvo a gritar sin emitir sonido alguno.
—He sido capaz.
He sido capaz de hacerlo. Prácticamente danzo por la habitación y saco
de la maleta un pijama. Observo el teléfono, justo donde lo dejé esta
mañana, y el primer impulso es ir a buscarlo porque una parte de mí, la
responsable, sabe que no debería estar haciendo lo que hago.
Debo tomar decisiones, por supuesto. Debo enfrentarme a ese bucle en el
que yo misma he permitido que me metan y actuar para no volver a ese
punto de partida que tan infeliz me hace. Solo que… no tiene por qué ser
hoy.
De cualquier forma, me acerco y lo apago, sin bajar la barra de
notificaciones, sin leer los correos o mensajes ni observar las llamadas
perdidas. Sé que, si Stella quiere ponerse en contacto conmigo, puede
hacerlo a través de Nathan.
Me doy una ducha larga, me tomo mi tiempo en lavarme el pelo,
mientras recuerdo lo maravilloso que ha sido el día. Cuando salgo del baño,
y para sorpresa de nadie, Nathan está aquí, con otro de esos pantalones de
franela horripilantes, unos calcetines que no pegan en absoluto con nada y
una camisa blanca de algodón.
Ahh, y la diadema de renos.
—No podré darle uso una vez llegue a Medfield. Si no me la roban mis
sobrinos, es probable que lo haga Lindsey —me cuenta.
Busco la mía. La dejé al lado del bolso. Me quito la toalla que llevo
enrollada en el pelo y, con él todavía mojado, me la pongo.
—Puedes llevar esta también. Y dársela de mi parte a alguno de ellos.
Nathan niega, nada convencido.
—No puedo llevar dos diademas porque se armaría una guerra y no
queremos eso.
—No, no queremos eso.
—Igualmente, prefiero que la tengas tú. La compré para ti, no te olvides.
¿Cómo hacerlo? Me va a ser imposible olvidar cualquier cosa de las que
han sucedido en estos días.
Lo veo deambular por la estancia y descuelga el teléfono del servicio de
habitaciones.
—¿Qué pido?
—¿Ensalada?
—Vale —responde.
Retiro la humedad de mi pelo mientras él llama y pide nuestra cena.
—Sí, dos hamburguesas con extra de carne, patatas fritas y dos tartas de
queso. —Pongo los ojos en blanco, ¿para qué pregunta si luego hace lo que
le da la gana?—. Ah, sí, me parece genial. El que prefieran. —Cuando
cuelga, frunzo el ceño.
»No tenías pinta de querer ensalada.
—Quería ensalada —miento.
Se acerca y me escruta con la mirada.
—Ahora di la verdad. —Un golpecito en la nariz.
—Prefería hamburguesa y patatas fritas. Y tarta de queso.
—Y vino —añade. Eso debe de ser lo otro que ha pedido.
—Y vino —recito obnubilada.
—Perfecto. He acertado entonces.
Me pongo de puntillas y lo beso. Nathan lleva la mano hasta mi nuca y la
mete bajo el pelo, presionando su torso contra el mío. Me acerco mucho
más, tanto que casi me encaramo a su cintura. De hecho, no hay nada que
me parezca mejor que eso. Caer sobre él o él sobre mí y sentir su peso sobre
mi cuerpo. La calidez del mismo.
Y, por su respiración acelerada y cómo sus manos se pasean por mi
figura con premura, me atrevo a afirmar que él está completamente de
acuerdo conmigo.
Antes siquiera de poder sucumbir ante mis pensamientos pecaminosos,
se aparta de mi cuerpo y me besa en la frente.
—No me voy a romper —le indico, y sabemos a qué me refiero.
—Prefiero dejarte con las ganas, ¿no crees?
—¿Esa es otra de tus técnicas de ligue? Porque no me gustan en
absoluto.
—Puede. Aunque ya sabes que siempre se pueden perfeccionar. De
hecho, puedes ayudarme a ello.
Le sonrío y me devuelve el gesto cargado de descaro.
—Anda, ha sido un día lleno de emociones, veamos esa peli, comámonos
esa hamburguesa, bebamos ese vino y descansemos.
Descansemos, porque él mañana se marcha, y yo…, yo me quedo un día
más sin saber qué hacer o cómo actuar después de todo.
Parece ser que la película que pusimos ayer, y que no terminé de ver, no
era otra que Pesadilla antes de Navidad. Lo siento, ¿vale? No soy
imparcial, esta película es «la película». La amo profundamente y la he
visto tantas veces que podría garantizar que me sé algunos diálogos.
Nos tumbamos en la cama, y no pasa mucho tiempo antes de que suene
la puerta de mi habitación y el servicio de habitaciones nos haya traído la
cena.
La devoramos, no en silencio, por supuesto, hablando de todo un poco.
De Stella, anécdotas de mi infancia o de la suya. Y no creo que sea cosa del
vino, pero está más que demostrado que el silencio entre nosotros es tarea
complicada.
—¿Tienes todo preparado? —le pregunto todavía con una copa a medio
vaciar en la mano, justo mientras vamos de camino a la cama—. La maleta,
quiero decir.
Nathan cabecea.
—Me falta por guardar un par de cosas. Nada importante.
Asiento y ese pequeño nudo se forma en mi estómago porque sé que esto
es una despedida. Al menos, por un tiempo indeterminado. Él vuelve junto
a su familia, yo viajo a Londres… Ni siquiera hemos hablado sobre el
tiempo que estará cada uno en casa. Hemos intentado obviar eso, la
separación en sí, y centrarnos en el presente.
En medio de la película, giro la cabeza para preguntarle.
«¿Y ahora qué? ¿Qué habrá después de mañana? ¿Qué haremos? ¿Qué
seremos? ¿Qué somos? ¿Qué hemos sido?».
Sin embargo, solo me arrebujo contra su cuerpo porque Nathan ya se ha
dormido. Y parece tan feliz que solo pienso en serlo yo también. A su lado.
CAPÍTULO 25
All I want for Christmas is Nathan Graham
Abro los ojos y temo que Nathan se haya marchado, que lo haya hecho sin
despedirse, que me haya dejado una triste nota sobre la almohada o ni
siquiera eso. Todavía no ha salido el sol y me giro en su busca antes de
fijarme en si ha dejado de nevar, si las calles ya están limpias o si es una
hora adecuada para molestar a alguien que terminó bebiéndose media
botella de vino antes de dormirse.
Respiro con algo de calma cuando me percato de que Nathan está aquí, a
mi lado, tumbado boca arriba, con la cabeza girada hacia mí, el pelo
despeinado y con ese manto de pestañas que a veces envidio.
—Buenos días —murmura sintiendo mi mirada puesta sobre él.
—Buenos días —respondo a su vez.
Me coloco de lado y paso el brazo por encima de su abdomen, lo
estrecho mucho más contra mi cuerpo.
Nathan gira su cabeza, dejando el cuerpo en la misma posición en la que
se encuentra y tomo la decisión antes siquiera de arrepentirme de ella.
Retiro la sábana y me coloco a horcajadas sobre su cuerpo. Llevo la
mano hasta la parte baja de la camiseta de mi pijama y tiro de él,
deshaciéndome de la prenda. El sujetador deportivo que llevo sigue los
pasos.
Los ojos de Nathan centellean de deseo. Me observa con fijeza,
deleitándose en cada línea de mi cuerpo que he dejado a la vista. La curva
de mi cuello, la redondez de mis pechos y mi abdomen. Mis brazos, que
caen lánguidos a ambos lados de mi figura porque, de pronto, me asolan las
dudas sobre si estaré actuando como debo, aunque…, aunque es lo que
quiero hacer. Aquí es justo donde quiero estar. Con él.
Quiero esto. Nunca he deseado tanto a alguien como a Nathan.
—¿Estás nerviosa, Pixie? —me pregunta indolente. Con esa media
sonrisa que cada vez que la esboza me quita años de vida.
—No —miento y no lo hago. Porque lo estoy, pero a su vez es esto lo
que quiero hacer. Veinticuatro horas. Aprovechémoslas pues.
Sus brazos, grandes y firmes, envuelven mi cintura y me gira hasta que el
mullido colchón toca mi espalda. Y es él quien se encuentra encima de mí,
a horcajadas, con sus piernas a ambos lados de mis caderas. Sus dedos,
firmes y seguros, se colocan en la cinturilla de mi pantalón y sé que
pretende hacer.
Antes de permitirle que me desnude, me incorporo lo suficiente como
para quitarle la camisa de algodón. Me ayuda, por supuesto. Se deja hacer y
colabora. Desea esto tanto como lo hago yo.
—Descarada —murmura cuando paseo los dedos por sus pectorales, por
su firme abdomen, por sus costados, por sus brazos. Estudiando cada parte
de su cuerpo y memorizándola por si esta fuese la última vez. Por si este
sexo fuese uno de despedida.
Nuestra forma de decirnos adiós.
Nathan toma el control y se desliza para quitarme el pantalón. Me quedo
desnuda frente a él. Me observa desde la distancia, se ha incorporado y se
ha quedado de pie.
En un ataque de valentía, abro las piernas como hizo él ayer en esta
misma cama, todavía mientras las sábanas cubrían mi desnudez, solo
dejando que su tacto me conociese. En este instante, también le permito que
lo hagan sus ojos.
Más lento que antes, más ardiente todavía. Su mirada se pasea por mí. La
percibo en cada curva, en cada trozo expuesto, en cada parte, y me sonrojo
porque la forma en la que lo hace es abrasadora.
—No tengo preservativo —murmura antes de que le pida que me penetre
—. Sin embargo, hay otras cosas que sí que podemos hacer —me promete.
Su rodilla derecha se apoya sobre el colchón, hundiéndose bajo su peso.
Siento el movimiento, cómo poco a poco se acerca hasta mi centro, cómo se
ubica entre mis piernas, cómo me observa cuando va dejando besos
indolentes por la piel de mi muslo. Subiendo. Subiendo. Subiendo. Hasta
que esa boca pecaminosa se posa sobre mi clítoris y lo besa, lo chupa, lo
muerde, sopla, chupa y saborea. Y comienza de nuevo.
Mi cabeza cae sobe la almohada y mi espalda se despega del colchón. El
placer es arrollador. El placer es extenuante. Me deja sin aliento y me
consume por completo.
Nathan sabe lo que hace. Sabe exactamente el ritmo al que tiene que
mover su lengua, de arriba a abajo. Ejerciendo la presión exacta, con
lametazos precisos que me catapultan cada vez más y más arriba. Hacia el
cielo.
—Joder, Pixie, estaba deseando probarte, saborearte. Estaba deseando
hacer esto desde que te conocí. Incluso antes de ese día.
Incluso antes de ese día… Es la segunda vez que me lo dice. ¿Será cosa
del destino? ¿O de la magia?
No me paro a pensar en nada de eso porque no podría. Su lengua no me
lo permite y sus dedos, esos con los que me folla, tampoco.
—¿Vas a correrte? —me pregunta insolente—. ¿Vas a correrte en mi
lengua? —Ni siquiera me molesto en responder porque tampoco podría
hacerlo.
Su lengua se pasea por cada resquicio de mi centro, llevándome cada vez
más arriba o más abajo, acercándome al orgasmo para robármelo cuando
estoy a punto de saborearlo, llevándome al límite.
—Por favor —suplico. Resoplo. Gimo—. Por favor, Nathan, quiero…
—Correrte. Quieres correrte, ¿es eso, Pixie? —Asiento—. No te escucho.
—Quiero correrme.
—Qué boca tan sucia tienes. —Parece la mayor contradicción del mundo
que sea yo la que tiene la boca sucia cuando es él el que me está llevando al
orgasmo con la suya—. Te daré lo que quieras, Pixie —murmura.
Y todo se convierte en un no parar. Su lengua incide con más intensidad,
chupa con más avidez. Sus dedos se introducen dentro de mí, hasta lo más
profundo, arrancándome jadeos. Y me corro. Con fuerza e intensidad, con
su lengua todavía paseándose por mi clítoris, llevándose hasta la última
gota de mi orgasmo, bebiéndose cada gemido, cada suspiro de placer.
Abro los ojos e intento observar cómo me besa con suavidad la cara
interna del muslo, cómo desciende de la misma forma en la que ascendió
antes de devorarme. Cuando su mirada se clava en la mía, y me sonríe con
suficiencia, sé que esta vez no va a quedarse así.
Me incorporo, obviando mi desnudez, y un atisbo de sorpresa se refleja
en su mirada cuando me incorporo tambaleándome todavía por el orgasmo.
Nathan coloca sus manos en mi cintura anclándome al suelo. Se lo
agradecería si no tuviese mejores cosas que hacer.
Bajo su pantalón de franela y me agacho conforme la tela resbala por sus
piernas hasta arremolinarse en sus tobillos.
No me paro a pensar en lo enorme que es su miembro, solo lo introduzco
en mi boca y lo observo desde abajo.
—Joder, Pixie, no me mires así. No hagas eso. Eres mi maldita perdición.
«Incluso antes de eso».
Lamo la punta y la saboreo con descaro. La mirada oscura de Nathan
sigue clavada en mí. Su mano se coloca en mi cabeza y acaricia mi pelo.
Desciende por mi cara hasta colocarse en mi mejilla, sintiendo cómo su
polla está dentro de mi boca. Me la trago al completo y gime fuerte. Casi
solloza.
Envalentonada por su reacción, muevo la cabeza y su miembro comienza
a salir y a entrar. Toca mi garganta y sale prácticamente al completo. Ahora
son sus dos manos las que me sujetan la cabeza, invitándome a impulsarme,
acompasando esos movimientos, haciéndolo suyo. Aprendiendo la forma en
la que le gusta que se lo hagan.
Duro, fuerte, rápido e intenso.
Le doy lo que busca, lo que quiere, e intento seguir siendo yo la que lleve
la batuta y guíe los movimientos.
—No me mires así, Pixie —repite—. Joder, no lo hagas —insiste.
Me gusta. Me gusta que pierda el control y que lo haga por mi culpa. Ser
yo la que lo tenga a su merced, a pesar de que estoy arrodillada frente a él.
—¿Vas a correrte? —Formulo la misma pregunta con el mismo descaro
que él lo hizo antes.
Le sorprende y le agrada. Le excita, lo noto, lo siento en la potencia de
sus embestidas.
—¿Eso es lo que quieres que haga? —Otro juego, de esos que me gustan.
—Eso es lo que quiero que hagas.
Sus manos se aferran con más fuerza a mi cabeza y las embestidas son
más rápidas y profundas.
—¿Puedo…?
Sé lo que quiere preguntar, sé que quiere correrse en mi boca y que me lo
trague. No respondo, solo actúo.
Mi nombre sale de su boca con un rugido potente y atronador mientras
descarga en mi garganta.
Trago mientras lo observo, sin perderme de vista nada. Es… fascinante.
Y excitante. Y sumamente sexi y arrebatador.
Cuando me pongo en pie, sé que estoy dispuesta a darle más. A que me
dé más.
Nathan solo me abraza, me conduce a la cama y me estrecha contra su
cuerpo.
—Ha sido una pasada, Pixie. Eres una pasada.
—Bueno, veamos, tú tampoco has estado tan mal.
Resopla ante mi pulla y me pellizca la nalga, me revuelvo entre sus
brazos y me percato de que esto es una despedida y, a pesar de ello, estoy
justo donde quiero estar.
Y, lo mejor de todo, con quien quiero estar.
EPÍLOGO
Esa misma mañana…
¿Quién iba a decirme que el tío acosador —además de cotilla, insolente,
desvergonzado y un pelín sexi— que conocí hace cinco días en extrañas —
y maravillosas circunstancias— iba a hacerme sentir tanto en tan poco
tiempo?
Te fuiste, tuviste que hacerlo porque ambos sabíamos que tu vuelo
saldría esa misma mañana. No nos despedimos al uso, cuando tuvimos ese
segundo round sexual, sabíamos que el tiempo se nos echaba encima y que
todo lo que no habíamos dicho con palabras nuestros cuerpos se habían
encargado de expresarlo.
Me dejaste una novela, la misma que leías en ese vuelo que compartimos
y, dentro de ella, otro corazón de origami, que abrí y contenía un mensaje.
Por si perdiste el papel amarillo del aeropuerto. Por si quieres pedirme
una cita tú a mí, porque ambos sabemos que soy pésimo para estas cosas, o
por si quieres contarme lo mucho que me echas de menos.
Tenía tu número de teléfono escrito y varios copos de nieve que habías
dibujado a su alrededor. Como mago eres exquisito, sin embargo, como
pintor… Mejor dejémoslo ahí.
Ahora mismo estarás volando a Boston…
Solo quería que supieras que me ha encantado conocerte
y también darte las gracias por demostrarme que mi hermana tenía razón
(ya sé que es un poco triste que tenga que citar a mi hermana
cuando escribo esto, pero es la realidad). Así que: ¡gracias!
A lo mejor sí que podríamos quedar y tachar lo que hemos cumplido
y lo que queda en «asuntos pendientes» de esa lista que hemos elaborado juntos.
Y tal vez (solo tal vez, no hay que pasarse tampoco)
besarnos un poco más (no te me vengas arriba, que a ti con poco te basta).
¿Solo un pelín sexi? Pixie, por favor, que ya nos conocemos
(sí, hemos llegado a ese nivel (guiño guiño)
y sabes que te resulto mucho más sexi que solo un pelín.
No me hagas recordarte los gemiditos que emitías esta misma mañana.
Se supone que no tenías que contestar a estos mensajes.
Y también se supone que no ibas a seguir siendo tan descarado.
No te prometí nada.
En esa lista que hicimos juntos, y que no leíste,
mi carácter arrollador y sumamente atractivo, seguía ahí, patente.
Respóndeme, ¿por qué estás leyendo esto
y logrando que me sienta patética por ello?
Han cancelado el vuelo.
Otra vez.
¿De veras?
Retomemos el tema en cuestión, ¿un pelín sexi, Pixie?
Y sumamente imbécil, Nathan.
Tal vez (y solo tal vez) te haya encantado conocer a este imbécil, ¿a qué sí?
Sigo esperando una respuesta. Una respuesta afirmativa, Pixie, que todo hay que decírtelo.
Me olvidaba de lo directo que eras.
¿Para qué andarme con rodeos? ¿Y bien?
Valeeee. Sí. Algo más que un pelín sexi. Solo algo más, no fantasees.
Perfecto. Ahora que hemos aclarado ese punto…
Debo decirte que no se ha cancelado el vuelo. No he subido. Aposta.
¿Por qué?
Porque en mi lista escribí una última cosa.
¿A mis espaldas? Muy mal, Nathan Graham, muy, pero que muy mal.
Todo lo escribí a tus espaldas, Pixie.
Vale. Tienes razón.
Así me gusta.
Esa última cosa era pasar, además de la Navidad contigo,
también Fin de Año juntos. Y besarnos, con muérdago o sin él.
Me da igual, la cosa es volver a besarte, Pixie.
De hecho, me muero de ganas de volver a hacerlo.
¿Y tú, Pixie? ¿Tienes tantas ganas como yo?
Mmmm. Déjame pensar.
Supongamos que, en un universo paralelo,
decido aceptar tu oferta, pasar el Fin de Año juntos y besarnos.
En un universo paralelo.
Sí, si existe la magia, también existen los universos paralelos, Nathan.
Déjame soñar.
Por supuesto, sueña siempre (y conmigo también).
En ese universo paralelo, cometemos todas esas locuras.
Añadiendo locuras a las que ya hemos cometido, Pixie.
Y las locuras que nos quedan por cometer…
Pixie.
¿Sí?
¿Me abres la puerta ya, por favor?
¿Qué?
¿Me abres la puerta ya, por favor?
Ya no tengo llave. No puedo colarme en tu habitación.
Abro, joder, claro que abro.
Y entonces me encuentro a Nathan Graham ahí. El chico que ha
trastocado toda mi vida en tan solo cinco días, con el móvil en la mano,
escribiendo. Me llega un último mensaje.
¿Vas a besarme ya? ¿O tengo que hacerlo yo?
Sonrío como una tonta.
Alzo la vista y entonces me lanzo a sus brazos.
Y lo beso, por supuesto que lo beso.
Ahhh, y no solo eso.
EPÍLOGO
Nathan
Navidades 2024.
Llevo toda la mañana buscando la sudadera perfecta, la de Rodolfo del
año pasado dejó el listón muy muy alto. Tienda tras tienda, nada me
convence, hasta que Lindsey tira de mí y entramos en un establecimiento
que pasaba desapercibido a ojos de cualquiera que no fuese mi hermana.
Sin decoración, sin luces centelleantes y sin nada que la haga
excesivamente especial.
Sonrío, porque todo eso que transmite por fuera va en contra de lo que te
encuentras dentro.
Bolas navideñas; cajas de árboles; abetos de distintos tonos y colores,
algunos con luces incluidas, y otros de color blanco o violeta. ¡Violeta!
¿Puede haber algo más original que eso?
—Te dije que debías hacerme caso, siempre igual, eres un cabezota —me
grita Lindsey, que me ha acompañado a comprar el jersey, porque yo tengo
buen gusto, pero ella mucho más.
Y porque a ver quién es el guapo que se niega a llevar a su hermana
cuando sabes que con un solo puchero que haga ya te tiene ganado.
Pixie y Stella se han quedado en casa cuidando de mi sobrino Bryan,
aunque sé que el resto se sumará a la locura de las nuevas tías. Porque ellas
se han hecho un hueco en la familia, uno enorme, sin prácticamente hacer
nada especial, porque han sido ellas mismas. Sabía yo que mi madre la iba a
adorar y que mi abuelo…, mi abuelo la ha acogido, las ha acogido, como si
siempre hubiesen estado aquí, con nosotros.
—Sigo sin entender por qué no le regalas algo más especial, Nathan. Un
colgante, un bolso, un anillo que ponga: «Cásate conmigo porque me muero
por ti desde que te conocí».
Sonrío ante la frase de mi hermana, porque ella no lo sabe, de hecho,
solo se lo he contado a mi abuelo, sin embargo, estoy casi seguro de que me
enamoré de Pixie antes de conocerla siquiera, cuando la vi pasear por las
calles, día tras día, semana tras semana, meses tras meses. Lo de ese
aeropuerto fue una casualidad. La magia de la Navidad, supongo. O es que
hay alguien ahí arriba que quería que ambos nos conociésemos, que por fin
lo hiciésemos.
Mi abuelo asegura que fue cosa de la abuela de Pixie, que nos echó un
cable. Yo ni confirmo ni desmiento, porque no tengo ni idea de si eso es real
o no, lo que sí sé es que, cuando la vi en el aeropuerto ese día, supe que
había llegado el momento de dar un paso más. Ese que no me atrevía a dar,
a pesar de observarla cada semana desde la acera de enfrente mientras hacía
trucos de magia para todo aquel que quisiese pararse a mirarlos.
Ya había tardado mucho en hacerlo y debía aprovechar la oportunidad
que me brindaba la vida. Y bueno… Aquí estamos. Juntos.
Pasamos la Nochebuena y la Navidad pasada los dos. Pasamos el día
treinta y uno de diciembre y despedimos el año dándonos ese beso bajo el
muérdago que esquivamos durante días anteriores. Porque quería que ella
entendiese que tenía siempre las mejores cartas y que, pasase lo que pasase,
podía elegir cómo jugarlas.
Estaba dispuesto a irme. A subirme a ese avión, vaya que sí. Sin dudar,
es más, debo contaros que facturé la maleta y que viajó junto con mis
regalos navideños y gran parte de mis novelas a Boston.
Tuve que llamar a mi padre para que fuera al aeropuerto a recoger el
equipaje y explicarle que me quedaba en Nueva York con una chica
preciosa que les presentaría en breve. Y que esa chica era la mujer de mi
vida. Que era el destino o la magia de la Navidad, lo que fuese, pero que no
me iba a separar de ella. Nunca.
No pude cumplirlo al cien por cien, ya sabéis. Pixie viajó a Londres y
regresó triste, enfadada, cabizbaja.
Lloró mucho durante días y no me pareció mal que lo hiciera, porque
tenía que sacar todo eso que llevaba dentro, purgar el dolor acumulado.
Porque, durante dos años, la veía salir de ese edificio, cada día más triste,
menos ella, más apagada.
Al principio, fue extraño. Como una conexión instantánea. Me
encontraba haciendo uno de esos trucos de magia que tanto me gustan, con
cartas, intentando que alguno de esos niños que a veces se arremolinaban
frente a mí en la calle sonriesen. Nada me gustaba más que eso, tal vez por
algo tan sencillo como una sonrisa, me dedicaba varias tardes a la semana a
colocar una mesa frente a su edificio y jugar. Disfrutar, divertirme.
«¿Cómo la haces?», me preguntaban, y yo solo respondía que un mago
nunca desvela sus trucos. Las mismas palabras que le dije a Pixie la
Navidad pasada, sin que entendiese que la magia la hacía ella cada vez que
me miraba como lo hacía. Como si quisiese que me quedase con ella.
No tenía ni que pedirlo, maldita sea.
No tenía ni que pedirlo.
La primera vez que la vi, iba ataviada con un traje y chaqueta de color
azul marino. Oscuro, como su semblante. Llevaba colgado de su brazo
derecho un bolso que pesaba más que ella misma. Trabajo, supuse por aquel
entonces. Ni siquiera sabía cuánta razón tenía.
Ella no apartó la vista del teléfono ni una sola vez. Ni una.
La segunda vez fue más de lo mismo, a la semana siguiente. Otro vestido
oscuro, a juego con su estado de ánimo. Y así, de vez en cuando, me
cruzaba con ella.
Hasta que un día, ella sí que me miró. No frenó sus pasos. Yo sí que
contuve la respiración. Ya sabía que era preciosa; pero que ella me mirase,
que clavase sus ojos en mí, fue como un impacto en el centro del pecho.
Bum.
Bum.
Bum.
Como una flecha en el centro del pecho.
Pensé que el día que nos cruzamos en aquel aeropuerto, cuando me
acerqué a ella tan nervioso que la empujé, la empujé de verdad, no porque
quisiera que se fijase en mí, lo hice porque estaba histérico, porque no tenía
ni idea de qué decirle o qué hacer para llamar su atención y, al final, resultó
que una metedura de pata lo desencadenó todo.
En fin, que imaginé que, aquel día que nos cruzamos en el aeropuerto,
me iba a reconocer.
No lo hizo.
Me percaté de que tenía la oportunidad de empezar de cero, de intentar
hacerme ver, de que lo hiciese de verdad.
Os juro que pensé que la estaba cagando por completo, que Pixie seguiría
su camino y solo me tildaría de capullo por comportarme como tal. Bendita
mi suerte porque no fuese de esa forma y no solo eso, sino que nos
quedamos encerrados en Nueva York unos días. Eso me daría la
oportunidad no solo de conocerla, sino de que volviese a sonreír.
Porque Pixie es luz y en aquel momento solo era oscuridad.
Debo contaros que la relación con sus padres no pasa por su mejor época.
Su padre no entiende que ella quiera tocar el violín, de hecho, le dijo frente
a mí que se dedicase a trabajar de verdad y dejase esa mierda que no la
llevaría a ninguna parte.
La cogí de la mano y salimos de esa casa. No le impediría a ella que los
visitase, jamás lo haría, pero sabía que yo no pondría un pie más allí. Y
desde entonces, mi familia se ha convertido en la suya.
Hace esa misma lista de ingredientes y la misma tarta de pera que
cocinaba con su abuela Heather en mi casa. Las he visto hacerla en los
últimos días. Mi abuela y mi madre encantadas. Porque ella es de la familia,
lo fue desde el mismo segundo en el que puso un pie en Medfield, y no
puedo negaros que me hace inmensamente feliz que así sea.
—¿Y bien? —Mi hermana está plantada frente a mí, con los brazos
cruzados y una de sus perfectas cejas arqueadas—. ¿Ya estabas pensando en
ella otra vez? Por favor, Nathan, cásate con esa mujer de una maldita vez
para que podamos respirar en paz.
Sonríe con suficiencia.
—Lo haré. Tal vez no hoy o mañana, pero lo haré en algún momento.
No me olvido de esas líneas que garabateé en la lista que no pensaba
enseñarle a Pixie en la vida, al menos, hasta que sepa que no saldrá
corriendo por lo seguro que estaba de que ella y yo íbamos a compartir toda
la vida.
Yo, al menos, haré todo lo que pueda cada jodido día para que así sea.
Elijo dos jerséis llenos de galletas de jengibre, no es muy original, pero
ese es el calcetín que ella se quedó las Navidades pasadas y que se niega a
devolverme. Mi abuela le ha comprado muchos pares de calcetines
navideños y ahora se pasea por casa con ellos, aunque sea primavera.
Es tan dulce. Sigue siéndolo. Y la amo. La amo profundamente.
Llegamos a casa y entramos dejando las botas por fuera para no llenar
todo de nieve.
Huele a hojaldre y a peras, y sonrío, porque sé dónde encontrarla.
Coloco mi regalo bajo el árbol, los dos que he elegido. Un jersey
navideño y una pequeña caja que contiene un anillo que me ayudó a elegir
su hermana Stella. Mi cómplice. La misma que se pasea por el salón
corriendo tras mis sobrinos. Contándoles cuál será su próximo destino, y
ellos preguntándole cómo supo que quería tocar el piano.
Siempre responde lo mismo: «Lo supe sin más», y prometo que la
entiendo, porque, cuando yo me crucé con Pixie por primera vez, también
lo supe sin más.
Cruzo el salón, el pasillo y me apoyo en el marco de la puerta. Las tres
mujeres de mi vida tienen una diadema navideña, cortesía mía, por
supuesto, y unos delantales de lo más navideños que van a juego. Porque,
en esta casa, la Navidad no solo se vive, también se saborea, se paladea, se
huele y se siente. Está dentro de ti.
Carraspeo intentando llamar su atención. Ninguna me hace caso.
Me acerco con cautela y me coloco tras mi chica. Sí, joder, es mi chica.
—Ni se te ocurra, Nathan Graham, las manos quietecitas —me advierte.
Lo que confirma mis sospechas de que sabía perfectamente que era yo y
de cuáles son mis intenciones.
—¿Las manos quietecitas? Eso no es lo que dices cuando…
Se gira y coloca toda la mano en mi boca impidiendo que suelte eso que
se me pasa por la cabeza.
—No seas descarado e insolente —murmura poniéndose colorada.
No hay nada que me guste más que sonrojarla. Sin público todavía más.
Ya me entendéis.
Pixie se quita el delantal y lo coloca en un lateral, doblado en perfecta
armonía.
—Ahora vuelvo —les explica a mi madre y a mi abuela, que no dejan de
sonreír ante la estampa.
—Machácalo —la anima mi abuela.
Ese carácter endemoniado que tiene me fascina.
—Por supuesto —le sigue la corriente Pixie.
Me guía por la casa hasta llevarme a la habitación que compartimos. En
esa que la hago sonrojar, sí. Y, cuando cierra la puerta, saca un papel
doblado del bolsillo trasero de su pantalón.
—Resulta que he encontrado tu lista.
Alzo una ceja, escéptico.
—¿Mi lista? ¿Has estado rebuscando entre mis cosas? —Por Dios,
menos mal que me llevé el anillo.
—A ver si te vas a pensar que eres el único que sabe hacer trastadas.
Me acerco y la comisura de mi labio se alza con osadía.
—Veo que aprendes rápido.
—Muy rápido. El caso es que se titula «La lista no oficial (y que nada
tiene que ver con un acosador) de Nathan Graham».
Mierda.
—Yo…
—Así que… veo que has hecho dos listas. Una oficial y una no oficial.
Eres un pillín. —Me da un par de golpecitos en la nariz—. La he leído,
¿sabes? He tenido que hacerlo porque soy muy curiosa. Culpa tuya —me
indica. Me ha dejado sin palabras.
»¿Quieres que las repasemos? ¿Tú lista y la mía?
—¿Qué quieres tú? —Siempre me ha gustado dejarla decidir, que
entienda que puede hacerlo, que debe hacerlo.
Observo sus pisadas, sus caderas moviéndose al compás y, un poco más
arriba, su sonrisa, esa que siempre me hace contener el aliento porque tras
haberla visto siempre tan triste sé que, cuando te la regala, es sincera y
honesta. Le sale de lo más profundo del alma.
—Nathan Graham, solo te quiero a ti. —Tira la lista hacia atrás y
guardamos silencio mientras el papel cae al suelo y sus piernas se enredan
en mi cintura—. Solo te quiero a ti.
No repasamos la lista en ese momento, tampoco en la hora siguiente,
pero debéis saber que hemos cumplido nuestros propósitos, fueran cuales
fuesen, porque, al final, no sabemos si es cuestión de actitud o cosa de
magia, solo tenemos que proponérnoslo.
Y ser felices.
Y vivir.
Como si siempre fuese Navidad.
—Yo también te quiero, Pixie.
AGRADECIMIENTOS
Si me conocéis, sabéis que esto de los agradecimientos nunca ha sido mi
fuerte. Diría que es lo que más me cuesta escribir de la historia, así que
intentaré ser breve y perdonadme si me dejo a alguien atrás.
Primero que nada, quiero agradecer a mi familia el apoyo que me dan
cada día, cómo me acompañan sin ellos siquiera darse cuenta y la
preocupación genuina que muestran cada vez que me vengo abajo. Y sí, me
vengo abajo más veces de las que creéis porque el síndrome del impostor es
un puñetero de narices.
A todas mis lectoras. No sé si os sorprenderá que me haya puesto
romanticona, ya sabéis que lo mío son las comedias —muy comedias—
románticas y, aunque en esta novela hay alguna que otra risa, lo que de
verdad habéis encontrado entre estas páginas es a una chica rota que
necesitaba ese abrazo cálido que le proporciona un desconocido. Si hubiese
sido yo, me habría casado con él en la primera página… Y no es coña.
Gracias a Bea, mi Bea. Siempre al otro lado de forma incondicional, ¿se
puede querer a una persona que no se conoce? Os digo ya que sí. Siempre al
otro lado, escuchándome cuando me vengo abajo, cuando se me ocurre una
idea más loca que la anterior, y ella solo se parte de risa, la reina de los
musos y la que escucha mis audios, aunque sean de quince minutos. Tengo
que ir a verte y entonces tendrás que soportarme en persona.
Gracias a Tamara, porque ya lo sabéis, somos mucho más que
compañeras de profesión. Es genial cuando tienes un día de mierda, un día
de bajón en el que dudas hasta de los calcetines que llevas puestos, y ella
está ahí para soltarte un discurso motivacional la hostia de bueno y sacarte
una sonrisa con los tacos que suelta. Agradezco ese día en el que
empezamos a hablar por Instagram y que al final nos convirtiésemos en
hermanas en la distancia. T'estimo.
Mireya, la diseñadora que todos queremos en nuestra vida, a la que le
lanzo una idea que yo visualizo en mi cabeza, y ella lo hace real, ¡y no solo
eso! Lo mejora hasta tal punto que es imposible no emocionarse. Estoy muy
orgullosa del equipo que hemos formado y de lo profesional que eres.
Gracias por aguantar a la tóxica de Yanira.
Miri, la chica de las ideas gamberras, la que se sube al carro con cada
novela, la que me manda audios riéndose con sus propias ocurrencias y
consigue que yo termine riendo también. Gracias por formar parte de todo,
no solo de los proyectos, sino de mi vida.
A mi amante de las causas perdidas, que siempre es capaz de salir a flote
cuando una mierda mayor que la anterior la espachurra. Eres mi apoyo en la
distancia y lo sabes. Gracias por todo.
Para todos los bookstagramers y booktokers que se toman la molestia de
leerme y reseñarme, de hacer vídeos, post chulísimos y que nos dan
visibilidad no solo a mí, sino a todas mis compañeras. Es genial sentirse tan
arropada en el mundo virtual también. Sé lo mucho que trabajáis y el
tiempo que le dedicáis para que todo quede perfecto, así que mil gracias por
vuestro tiempo. ¡Sois increíbles!
No puedo terminar estas breves líneas sin mencionar a Sheila. Lectora,
amiga, madres al borde de un ataque de pánico y muchas cosas más que
compartimos. Que nadie te quite ese buen humor que siempre tienes y que
nadie borre tu sonrisa. Eres la caña de España, ¿qué digo España? La caña
del mundo entero y punto.
Y como siempre os digo… ¡Nos leemos!
ENCUENTRA MIS OTRAS NOVELAS