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UNIVERSIDAD NACIONAL SAN ANTONIO

ABAD DEL CUSCO DEPARTAMENTO

Facultad de Ingeniería Eléctrica, Electrónica, Mecánica e Informática


Escuela Profesional de San Antonio Abad del Cusco

Texto argumentativo
(corrección)

 DOCENTE:
Luz Marina Tarco Sanchez
 PRESENTADO POR:
Luz Ariana Zuleyka Cruz Vizcarra
 Código:
241957

 SEMESTRE:
2do Semestre 2024-2

CUSCO- PERÚ
UNIVERSIDAD NACIONAL SAN ANTONIO
ABAD DEL CUSCO DEPARTAMENTO

La pena de muerte, es un tema que a lo largo de la historia, ha sido profundamente debatida,


especialmente en situaciones donde el crimen parece ser tan atroz que la sociedad busca una respuesta
que corresponda a la magnitud de la ofensa. En el contexto de Perú, un país que ha enfrentado
crímenes violentos graves como el narcoterrorismo y los asesinatos de ciudadanos inocentes, la
aplicación de la pena de muerte para crímenes especialmente terribles, podría considerarse como un
acto de justicia.

Es fácil dejarse llevar por la rabia y el dolor que provocan ciertos crímenes tan delicados como: el
asesinato o el terrorismo y pensar que lo único justo es que el culpable pague con su vida. Después de
todo, ¿cómo podría haber algo más proporcional a un crimen tan desgarrador que la muerte del que lo
cometió? Pero si nos detenemos un momento a reflexionar, nos damos cuenta de que esta respuesta
tan directa y contundente no es tan sencilla como parece. La vida humana, por muy terrible que haya
sido la acción de una persona, sigue siendo algo invaluable. No importa cuánto nos cueste aceptar que
alguien haya causado tanto sufrimiento, la justicia no debería basarse en el deseo de venganza, sino en
la protección de los valores que definen a una sociedad. En muchos casos, lo que necesitamos no es solo
castigar, sino comprender, rehabilitar y si es posible, hacer que las personas que cometieron errores
puedan encontrar una forma de redimirse. Claro que no todos los crímenes tienen perdón, pero la pena
de muerte no ofrece ningún espacio para la reparación, para el arrepentimiento o para la posibilidad de
un cambio. Además, la pena de muerte es irreversible.

En un sistema judicial, donde a veces las pruebas son erróneas, las investigaciones no siempre son
perfectas y los prejuicios humanos juegan un papel bastante importante, el riesgo de condenar a un
inocente es demasiado grande y ese es el mayor problema de implementar tal caso de que los culpables
de crímenes terribles sean asesinados, ya que distintas personas motivadas por el odio, el dinero o x
factores pueden llevar a alguien completamente inocente a la muerte.
Hay casos documentados de personas que han sido ejecutadas y luego se ha descubierto que no eran
culpables. ¿Qué se puede hacer cuando ya no hay vuelta atrás? La muerte no se puede deshacer y esa
es una carga que como sociedad no podemos permitirnos. Por supuesto, hay quienes defienden la pena
de muerte porque creen que es la única forma de hacer justicia frente a crímenes que parecen tan
horribles que no hay otro castigo adecuado. Pero, a pesar de estos argumentos, la realidad es que la
pena capital no ha demostrado ser una herramienta efectiva para prevenir los crímenes.

Este mal uso de la pena capital reafirma el riesgo y el peso de tomar decisiones tan drásticas y
definitivas en manos de un sistema humano, aunque se aspire a la justicia, está lejos de ser perfecto.
Otro punto crucial que refuerza el argumento en contra de la pena de muerte es su ineficacia como
medida disuasoria. Muchos defensores de la pena capital afirman que su aplicación tiene un efecto
preventivo, es decir, que al saber que el castigo por ciertos crímenes será la muerte, las personas se
abstendrán de cometerlos. Sin embargo, los estudios realizados en diferentes países y contextos han
demostrado que no existe una correlación clara y consistente entre la aplicación de la pena de muerte y
la disminución de los crímenes graves, como el asesinato.

Aunque la pena de muerte no resuelve todos los problemas sociales ni erradica la violencia de raíz su
aplicación podría enviar un mensaje claro de que ciertos crímenes, como los perpetrados por los
narcotraficantes y terroristas, son absolutamente intolerables. En un país donde la lucha contra el
narcotráfico y el terrorismo sigue siendo un desafío constante, la pena de muerte serviría como una
herramienta extrema pero necesaria para disuadir a aquellos que ven el crimen como un medio para
alcanzar a poder y riqueza. La idea no es buscar venganza, sino restablecer el orden y proteger a la
sociedad de individuos cuya acción no solo causa sufrimiento, sino que desestabiliza la paz y la
seguridad de millones.

Hay diversos estudios defendidos por las personas en contra de esta pena y dicen que aquellos estudios
no muestran una clara relación entre la aplicación de la pena de muerte y una disminución de los
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homicidios. Incluso hay países que han abolido la pena de muerte y no han visto un aumento
significativo en sus tasas de criminalidad.
La verdadera cuestión aquí no es si un crimen merece la muerte, sino si debemos como sociedad,
abrazar una respuesta tan final e irreversible.

Se debe tener en cuenta que el uso de una ley tan fuerte como la es el aplicar la pena de muerte
funcionaría en un mundo utópico donde de hecho podría funcionar muy bien e incluso no sería
necesaria esta medida. Pero no es tan fácil como elegir matar a alguien y ya, sino que se deben ver más
factores. El principal de si está siendo bien aplicada esta ley en alguien que sí haya cometido el crimen,
luego que si realmente sirve el matar a dichas personas analizando si sirve o igualmente la tasa de
muertes y este tipo de crímenes disminuye. La justicia no es solo una cuestión de retribución, sino de
humanidad. Debemos ser cuidadosos con el poder que damos a un sistema que puede, en última
instancia, decidir quién vive y quién muere. En lugar de recurrir a la pena de muerte que solo perpetúa
un ciclo de sufrimiento, deberíamos centrarnos en la rehabilitación, en la educación y en la creación de
un sistema judicial que sea realmente justo, imparcial y capaz de proteger a las víctimas sin sacrificar lo
que nos hace humanos. La pena de muerte puede parecer una solución simple, pero en realidad, es una
respuesta compleja que no resuelve los problemas que nos enfrentamos como sociedad. La verdadera
justicia, como comunidad, está en dar la oportunidad de corregir el rumbo y de trabajar para que el
sistema funcione de manera más sabia y compasiva.

Un aspecto fundamental para considerar al hablar de la pena de muerte es el error penal, un factor que
no podemos subestimar. Los sistemas judiciales, por más que busquen ser justos y eficaces, no son
infalibles. La historia está llena de casos en los que personas inocentes han sido condenadas a muerte
por fallos erróneos, pruebas mal interpretadas o investigaciones defectuosas. A menudo, la presión
social o mediática por resolver rápidamente un caso o la influencia de prejuicios en el juicio pueden
llevar a una condena injusta. Y cuando la pena de muerte se aplica, no hay marcha atrás: un error
judicial en este contexto es irreversible. Hemos visto ejemplos desgarradores de personas que pasaron
años en el corredor de la muerte, solo para ser liberadas después de que surgieran nuevas pruebas que
demostraron su inocencia. La justicia no puede basarse en la posibilidad de que al final haya víctimas
adicionales: no solo el culpable sufre las consecuencias de un error, sino que una vida inocente se pierde
de manera irreversible.

Habiendo visto cada factor en contra se debe analizar en cuanto a la situación de cada país, verificando
en sí en funcionamiento de esta pena capital. En nuestro país pienso que se debe tomar en cuenta la
posibilidad y en casos como el terrorismo, violaciones y asesinatos, que son problemas que nos asechan
y no hay solución cien por ciento efectiva, ya que llevar a estas personas a la cárcel es darles una opción
de vivir a costa de las personas honestas y que trabajan allá afuera, sobreviviendo a costa del resto del
pueblo y viviendo una vida especialmente cómoda.

El temor a que el sistema judicial cometa errores y condene a inocentes es un argumento legítimo y
debe ser tomado en cuenta. Sin embargo, en contextos tan específicos como el nuestro y teniendo
problemas como el narcoterrorismo, donde los criminales son responsables de masacres, secuestros y
destrucción masiva, la certeza de la culpabilidad es mucho más fácil de establecer gracias a la gravedad
de las pruebas. En estos casos, la pena de muerte no solo sería una medida de justicia, sino también una
forma de prevenir futuras tragedias, porque el terrorista o el narcotraficante condenado no tendría la
posibilidad de volver a cometer crímenes.

En resumen, en el contexto de nuestro país, la pena de muerte podría ser una herramienta necesaria
para enfrentar ciertos crímenes de extrema gravedad que amenazan el bienestar de la sociedad. No se
trata de una respuesta emocional o vengativa, sino de una medida que busca proteger a los ciudadanos,
garantizar la paz y enviar un mensaje claro de que el país no tolerará ciertos actos de violencia. Si bien la
justicia debe ser cuidadosa y reflexiva, en estos casos particulares, la pena de muerte puede representar
una respuesta proporcionada, justa y necesaria frente a la amenaza que representan algunos crímenes.

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