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2023 Todos Los Santos

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Quienes conocieron la santidad fueron los santos… La Santidad de

Dios los tomó. Ellos se dejaron tomar. Lo divino los arrojó tanto al
servicio como a los abismos de la vida sobrenatural.

Un santo es alguien extremo…

Puede que en un momento inicial, no alcancemos a aprehender o


asimilar una vida como la del Apóstol San Pablo, o San Onofre, o San
Francisco de Asís.

Lo que se nos resiste en la comprensión se debe a nuestra falta de


santidad, de comunión de exigencias, de vida extremada en Cristo.

Escuchar a Dios sigue siendo lo primero. El santo sabe de esto, y su


vida es la respuesta.

Puede encandilarnos o escandalizarnos la luz del santo. Puede que


Santa Catalina de Siena o San Juan de la Cruz nos otorguen
fundamentos que inspiren antes de que nos muevan a imitación.

Al dejarnos inspirar hacemos camino. La fe lo abre y sostiene.

Así andamos en la maravilla y en la cruz. Y sabemos marchando que


la alegría nos espera… “El gozo que nadie podrá robarnos”. El
empíreo decían los medievales. El “Paraíso”, oyó en la Cruz el buen
ladrón. La Gloria. El seno del Padre. La Vida eterna, “donde no habrá
más noche”. El hábitat de la Luz. Lo inefable. La alabanza y el Amor
que no acaba. El Infinito participado como himno y esplendor.

Para nosotros todo esto es aún promesa. Así late nuestra esperanza.
Vivir en Cristo despierta una mirada trascendente.

Nuestro caminar es en estado de conversión, de vigilancia, de


confianza. Pero algunos hermanos nuestros ya han llegado a la meta.
Ya alcanzaron la bienaventuranza, la unión definitiva con Cristo, el
banquete y las nupcias con la Felicidad.

Así, los Santos gozan sin pausa. Brillan. Aman alabando el Amor de
Dios. Y, en comunión con nosotros como Iglesia, interceden
alentándonos a no desfallecer, a perseverar en la fe, a responder a la
Gracia de Cristo.

Al venir a la Eucaristía expresamos el amor al Vencedor, al Cordero


Inmaculado de quien procede todo bien. En la fe lo sabemos
presente. Y en la esperanza anhelamos formar parte de esa “enorme
muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las
naciones, familias, pueblos y lenguas”.

Se nos ha sellado en el Espíritu Santo. A su Misericordia acudimos


mientras cruzamos los días de la vida, como ovejas en medio de
lobos, entre peligros espirituales, escuchando la Voz del Buen Pastor
para no perdernos.
En el Cielo no habrá desilusiones, ni cuerpos que purificar. Habrán
quedado atrás el pecado y la muerte.

Celebrando a todos los santos, celebramos a todos los benditos que


ya no penan. Los que se gozan largamente. Los que ríen, y se sacian
en el conocimiento y en el amor de Dios. Los que gustan los sabores
sin término del Espíritu sin medida, los que adoran a Cristo y
agradecen sus llagas, los que aman sin interrupción, los que oyen a
los coros angélicos y a la sinfonía de gloria más sublime, los siempre
mansos, los justos, los que ven el rostro de María, los que se saben
rescatados por Cristo.

Aún, peregrinos, estiramos el corazón hacia la Casa ya alcanzada por


tantos.

¿Pero quién es santo? Sólo Dios es Santo. Pero él ha querido hacernos


participar de su Santidad. Ha querido elevarnos a su condición divina.
Nos ha amado “trasladándonos de las tinieblas al Reino admirable de
su Luz”.

Nuestra impotencia es manifiesta. Sólo Dios es por Sí mismo.


Nosotros somos sus creaturas convertidas en hijos por la Gracia del
Hijo que se anonadó para elevarnos. El Todopoderoso hace su obra.
Él lleva los procesos de maduración. Él recibe cualquier docilidad
nuestra para acrecentar el bien, para modelarnos en Cristo, para
revestirnos de los ropajes de su Gloria en orden a la santificación.

Nos ama Dios y nos modela. Escribe derecho sobre renglones


torcidos. Alienta. Ilumina sembrando. Da su fuerza al débil que
suplica.

Todos comenzamos a ser santificados en el día de nuestro bautismo.


En ese verdadero Nacimiento se inaugura la Vida Nueva, la Vida de la
Gracia, la Vida sobrenatural, y se nos comunican los tesoros del
Reino, y somos enraizados hacia lo alto, en el Misterio de la Santísima
Trinidad, transformados, capacitados para ver a Dios, para amarlo y
conocerlo, para poseerlo un día tal cuál es.

Esa es nuestra santificación… Sin embargo, algunos son propuestos


como modelos ejemplares en la Iglesia. Son aquellos que viven de
acuerdo con ese don recibido el día del bautismo. Y por eso, se
transforman en evangelios vivientes hasta hacer posible una sinfonía
de virtudes, mostrando así, el poder de Dios, gestando el heroísmo.

Estos son los canonizados por la Iglesia. Los propuestos como


arquetipos íntegros del ser cristiano. Los que habiendo muerto con
Cristo, viven para siempre en él. Los crucificados por amor al
Salvador, y por eso mismo los encontrados dignos de estar con él. “Yo
iré a prepararles un lugar”, dijo Jesús. “Ustedes son los que han
permanecido conmigo en medio de mis pruebas”.
Hoy celebramos a todos ellos. A todos los santos. A todos juntos. A
todos aquellos que ya participan de la santidad de Dios para siempre,
los que en cierto sentido han sido divinizados por el Amor.

Y con ellos, también, celebramos a quienes aún sin ser propuestos


como modelos, ya gozan de las delicias del Paraíso, y ven cumplidos
todos sus deseos en nuestro Dios Uno y Trino.

En este banquete de Vida, en cada Eucaristía, Cristo procura


santificarnos. El Cielo goza en cada Misa. El Cielo alaba y adora,
también, con nosotros al Cordero sacrificado, al Santo que nos ganó
tan alta Vida. Él quiere hacernos siempre nuevos y suyos.

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni corazón de hombre pudo soñar lo que
Dios tiene preparado a los que le sirven”, dice San Pablo.

Nos alegramos, porque los santos ya no pueden dejar de serlo.


Porque la Santidad de Dios se les ha participado para siempre.
Celebramos, entonces, el futuro gozoso de la humanidad redimida por
Cristo.

Los que ya llegaron anhelan nuestra llegada. Los que aún


peregrinamos anhelamos el encuentro.

Confesamos que el Señor es admirable en todas sus obras.


Glorificamos su santo Nombre. Alabamos su Misericordia. Y damos
gracias. Amén.

Padre Gustavo Seivane

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