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FILOSOFÍA II

INTRODUCCIÓN
Este material es una herramienta más que esperemos sea un recurso
valioso para tu educación. Te invitamos a que lo aproveches al máximo.
Los contenidos fueron seleccionados cuidadosamente y los presentamos
de manera que sean útiles para tu vida cotidiana y escolar. Te
ayudarán, además, a a conocer el desarrollo de los distintos medios de
comunicación y a tener una visión más profunda y analítica de la
información que te presentan en ellos.
No olvides que tienes un compromiso ante la sociedad y que lo que
aprendas será de mayor utilidad si lo pones al servicio de tu comunidad.
Esperamos sinceramente que este último semestre sea provechoso para
ti y que el conocimiento y habilidades que adquieras te permitan
alcanzar tus metas. Estamos seguros de que el sendero que elijas, con los
conocimientos que has adquirido, significará un mejor futuro para ti.
La Filosofía helenística
Los nuevos filósofos (hoy conocidos como “de la época helenística”)
renunciaron a los grandes sistemas de Platón y Aristóteles y se
concentraron en proponer modelos éticos que permitieran al ser humano
ser feliz y estar tranquilo, a pesar de no poder influir en política ni
controlar los eventos de ese nuevo mundo “globalizado”. Las escuelas
helenísticas de Filosofía desarrollaron la Lógica y la Física, pero siempre
con un propósito ético, y en concreto con la meta de ofrecer al individuo,
que se sentía aislado y desconcertado, una especie de “terapia” para los
males de su vida y para garantizar su felicidad al margen de lo que
estuviera pasando afuera. Fue con esto en mente que surgieron las
siguientes escuelas:
• Escepticismo. Fundada por Pirrón de Ellis, esta escuela enseñaba
a sus adeptos que la vida es como un sueño; es decir, lo que
experimentamos en ella no es real, no es posible conocer la verdad
(pues los sentidos nos engañan, hay opiniones distintas de
cualquier cosa, todo podría ser una ilusión…) y al renunciar a
buscar esa verdad alcanzamos una ataraxia, es decir, una
imperturbabilidad o tranquilidad que nos hace felices, pues lo que
ocurra en el mundo ya no nos angustia.
• Epicureísmo. La escuela de Epicuro (o escuela “del jardín”, pues
ahí se reunían a filosofar) proponía que la felicidad se alcanza con
un cálculo inteligente del placer. Ellos decían que, dado que todos
buscamos el placer como un bien, debíamos aprender a gozar de
los placeres que no causan dolor (por ejemplo, sería preferible el
placer de platicar con un amigo que el de comer grandes
manjares, porque esto último causa indigestión, engorda,
etcétera. O sería preferible el placer de una vida sencilla que el de
una de grandes lujos, porque eso genera preocupación,
ambición…).
• Cinismo. La escuela de Antístenes y del famoso Diógenes de Sínope
es llamada así porque en griego, kyon significa “perro”, y estos
filósofos, se decía, vivían como tales. Ellos proponían que hay que
seguir a la naturaleza y no las costumbres o prejuicios humanos,
por lo que vivían con lo mínimo, andaban desnudos, dormían en
la calle… Ello les ofrecía, según esta teoría, una felicidad libre de
preocupaciones.
• Neoplatonismo. Esta corriente de pensamiento, cuyo principal
representante fue Plotino, recogió la filosofía de Platón y la unió
con una propuesta mística, cercana a lo religioso, en la que a
partir de lo “Uno” divino se emanan distintos niveles de la realidad
(como si un vaso lleno de agua se desbordara y empapara lo que
está alrededor) hasta llegar a lo más bajo, que es este mundo
material. La felicidad del hombre consistiría entonces en una
identificación espiritual con lo Uno.

Inicios del pensamiento medieval


Cuando Pablo de Tarso (San Pablo para los cristianos, un apóstol
fundamental en la expansión inicial de esta religión) llegó a Atenas,
impartió un importante discurso en el Aerópago (la “colina de Ares”,
plaza donde se reunía el Consejo de la ciudad). Ahí propuso a los griegos
(entre los cuales había varios filósofos helenistas, de los que hablamos
antes) la visión cristiana de Dios. Ése fue el primer encuentro entre el
cristianismo y la Filosofía. Se trató de una relación tensa y difícil en
muchas épocas y en muchos aspectos, pero que también supuso una
síntesis y un enriquecimiento mutuo en muchas cosas
Así como algunos filósofos rechazaron el cristianismo (por ejemplo,
Plotino), otros lo aceptaron y empezaron a filosofar desde él.
Igualmente, en la fe cristiana, hubo quienes rechazarían la filosofía y la
razón y se abrazarían a una fe ciega (Tertuliano), o quienes
confundirían la fe con la razón sin hacer distinciones y tratarían de
convertir al cristianismo en a una filosofía racional (el gnosticismo, el
maniqueísmo). Sin embargo, nos concentraremos en aquellos que,
siendo cristianos, intentaron una síntesis entre su fe religiosa y el
pensamiento filosófico. Ésta fue la posición que se impuso en la Iglesia
católica y que sería más influyente en los mil años que duró el
pensamiento medieval.
Uno de los primeros que intentó una armonización entre fe y razón fue
(San) Justino (100-165 aproximadamente). Justino se dio cuenta de que,
para defender al Cristianismo de las críticas que le hacían algunos
filósofos paganos, había que saber Filosofía. Esta defensa intelectual del
Cristianismo es lo que se conoce como apologética. Justino también se
dio cuenta de que la Filosofía era un buen instrumento para tratar de
acercar a la fe a los que no la tenían. Así como los judíos –pensaba él–
tuvieron el Antiguo Testamento para prepararse para el Evangelio de
Cristo, los griegos tuvieron a filósofos como Platón, que sin haber sido,
por supuesto, cristianos, tuvieron algunas ideas cercanas al Cristianismo
y por eso pudieron ser aprovechados. En la misma dirección pensó
después (San) Gregorio de Nisa (335-395).
Pero la primera gran síntesis la hizo (San) Agustín (354 d.C. – 430 d.C.).
Nacido en Tagaste (África), se le conoce como Agustín de Hipona porque
sería después obispo de dicha ciudad. Hijo de padre pagano y de madre
cristiana, Agustín destacó por su inteligencia desde muy joven y se
dedicó al estudio de la Retórica, en ciudades como Cartago, Roma y
Milán. Una juventud desordenada y algunas ideas filosóficas le
apartaron del cristianismo en el que le había educado su madre, incluso
se unió a la secta de los maniqueos por un tiempo; pero después de
algunas experiencias fuertes (que él narra en su libro Confesiones) y la
influencia de (San) Ambrosio en Milán, lo regresaron a la fe, para
convertirse en uno de los más importantes padres de la Iglesia católica
Agustín escribió, además de las Confesiones (donde no sólo cuenta su
vida, sino que además explica la relación de un Dios personal con el ser
humano y enfrenta grandes problemas filosóficos como el del tiempo, la
memoria, la eternidad, las verdades matemáticas, el bien y el mal…),
muchas otras obras de gran relevancia, como el De Trinitate, donde
explica –echando mano de la filosofía neoplatónica– cómo no es
absurdo que Dios sea uno y trino (un sólo Dios, tres personas: el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo), un dogma fundamental y básico para la fe
cristiana. También escribió La ciudad de Dios, donde defiende al
cristianismo, que había sido acusado de causar la decadencia del
Imperio romano, y muestra cómo a Roma le afectaron sus propios vicios.
Otras obras menores de San Agustín (como una carta suya a un amigo,
titulada “De la utilidad de creer”), son muy claras en cuánto al método
que propone este filósofo para armonizar fe y razón. Él insiste en que no
es posible vivir sin querer “creer nada”. Dice, por ejemplo, que si no
creyéramos en nada ni en nadie no podríamos tener amigos, pues para
gozar de la amistad hay que ser capaz de confiar:
“¿Cómo puedo afirmar que no se debe
creer nada sin conocerlo directamente, si en
caso de no creer algo que no puede ser
demostrado con seguridad por la razón, no
existiría la amistad (…) Pues si creer
alguna cosa es inmoral, o actúa mal quien
cree a un amigo, o si no, no veo cómo
rehusando creer a un amigo, puede recibir
o darse a sí mismo el título de amigo». (S.
Agustín, De utilitate credendi, 3, 10, 23-24)

Creer es necesario, por lo tanto. Pero esto no significa (contra Tertuliano


o los llamados “fideístas” que pensaban que bastaba con la fe) renunciar
a la razón. Al contrario, para creer se necesita pensar bien, y para eso
ayuda la Filosofía.

Dios está muy lejos de odiar en nosotros esa


facultad por la que nos creó superiores al resto de
los animales. Él nos librea de pensar que nuestra
fe nos incita a no aceptar ni buscar la razón, pues
no podríamos ni aun creer si no tuviéramos
almas racionales.“ (S. Agustín, Epístolae, 120,3).

Por eso lo que hay que hacer es creer para entender mejor (por ejemplo,
si le crees a tu profesor, entenderás mejor los temas de la clase), pero
también entender para creer mejor (pues si entiendes las palabras, los
conceptos, si eres más inteligente, sabrás mejor a quién creerle y a quién
no y qué significa cada cosa). Esto lo resume Agustín con una fórmula
que será muy importante para todo el pensamiento medieval: “Cree
para entender y entiende para creer” (S. Agustín, Sermo, 43, 9).
Con ello, Agustín delineó la postura católica respecto de las relaciones
entre la fe y la razón –y sería importante también para el luteranismo,
como veremos más adelante en este mismo bloque–. Su importancia es
indiscutible. Para hacerlo, echó mano de muchos elementos de la
filosofía de Platón y los neoplatónicos, lo cual sería frecuente entre los
primeros teólogos medievales. El pensamiento platónico tenía cercanías
con el cristiano: ya Platón defendía la inmortalidad del alma, la
existencia de una trascendencia o mundo suprasensible, proponía la
virtud y la justicia… Por supuesto, también había diferencias: Platón
creía en un ciclo de reencarnaciones (vidas sucesivas en distintos cuerpos,
incluso de animales), mientras los cristianos creen en una resurrección
definitiva al final de los tiempos, en el propio cuerpo. Platón dividía
tajantemente entre alma y cuerpo, mientras los cristianos tendían a
verlos como una unidad creada directamente por Dios. Éstas son sólo un
par de diferencias relevantes, que los teólogos de los primeros siglos del
cristianismo tenían que sortear.

Consolidación de la filosofía cristiana


medieval
Para Agustín de Hipona, la mejor prueba de la existencia de Dios era su
reflejo en el alma humana. Así como el alma humana es a la vez una,
pero se desdobla en inteligencia, voluntad y memoria, así Dios es uno y
a la vez tres personas. La filosofía cristiana posterior intentó un
argumento más preciso para demostrar la existencia de Dios, incluso
una prueba irrefutable. En este terreno, es célebre y muy influyente el
argumento que ofreció (San) Anselmo de Canterbury (1033 d.C. – 1109).
Este importante teólogo escribió obras como el Proslogio y en varias de
ellas ofrece una demostración de la existencia de Dios que, desde
entonces, se ha discutido y se sigue discutiendo mucho, y que en la
Modernidad generó mucha reflexión.
El argumento (que siglos después Kant bautizaría como “argumento
ontológico”) procede como sigue. Tanto el que cree en Dios como el ateo,
aceptan que la palabra “Dios” significa “un ser con todas las
perfecciones, del cual no se puede pensar nada más perfecto”. La
diferencia es que el creyente afirma que dicho ser existe, mientras el
ateo lo niega.
La definición, pues, que expresa la esencia de Dios, no está en disputa.
Ahora, si analizamos la definición –propone San Anselmo– podemos ir
más allá para zanjar la controversia.
¿Qué es más perfecto: un helado que sólo te imaginas, pero no existe, o
un helado que existe realmente? Anselmo piensa que el helado
existente, real, porque la existencia misma es una perfección. Ahora, si
esto es cierto, únelo con la premisa que poníamos en el párrafo anterior:
• Premisa 1: Dios es por definición (es su esencia) un ser que tiene
todas las perfecciones, del cual no se puede pensar nada más
perfecto.
• Premisa 2: La existencia es una perfección.
• Conclusión: Dios existe.
¿Ves la estrategia de Anselmo? Así como nadie discutiría que un
triángulo es una figura de tres lados, nadie discutiría que el concepto de
Dios alude a un ser perfectísimo. Si existir mismo es una perfección, Dios
debe tenerla, por lo que tendría que existir necesariamente.
El argumento ha sido muy discutido, tanto por autores creyentes como
por no creyentes. Como veremos más adelante, el propio (Santo) Tomás
de Aquino rechazó el argumento ontológico, obviamente no porque no
creyera en Dios; solamente no pensaba que ésa fuera la manera de
demostrar su existencia. Sin embargo, es un intento clave en la historia
del pensamiento.
Santo Tomás de Aquino y la filosofía
escolástica
Ya que lo hemos mencionado, es momento de ocuparnos de Tomás de
Aquino, quizá el mayor teólogo de la Edad Media, doctor de la Iglesia
católica y cumbre del pensamiento escolástico. Tomás (1221 d.C. – 1274
d.C.) fue un monje dominico, profesor de la Universidad de París, que
dio un gran giro a la filosofía cristiana. Como dijimos antes, el
pensamiento cristiano había echado mano sobre todo de la filosofía de
Platón para articular racionalmente sus creencias religiosas. La filosofía
de Aristóteles, en cambio, era parcialmente desconocida y mal vista,
pues la habían recogido y comentado autores árabes y musulmanes,
como Averroes. Sin embargo, ya el maestro de Tomás, (San) Alberto
Magno, había tenido la audacia de estudiar la filosofía aristotélica y de
aprovecharse de los comentarios árabes, para sintetizarla con el
pensamiento cristiano. Tomás de Aquino siguió en esa línea, que,
aunque fue cuestionada y en algún momento hasta prescrita, terminó
por imponerse en la teología cristiana latina. Sto. Tomás de Aquino se
mostró como un pensador brillante, que supo integrar de modo maduro
y creativo distintas tradiciones (el aristotelismo griego, los comentarios
árabes, el pensamiento agustiniano), todo ello en función de una
articulación racional, completa y sólida, de la teología cristiana.
Aquino escribió comentarios a muchas obras aristotélicas y también
textos propios importantes como las Quaestiones disputatae de veritate,
Quaestiones disputatae de potentia, De substantiis separatis, De
aeternitate mundi, De unitate intellectus contra averroístas, y otros
más. Quizá sus obras más conocidas son los compendios Suma Teológica
y Suma contra los gentiles.
Abordaremos sólo un par de temas en los que la posición de Aquino es
clave y su asimilación crítica de Aristóteles es notoria.
Uno de ellos es el que ya vimos en Anselmo: el tema de cómo demostrar
que Dios existe. Tomás rechaza el argumento ontológico señalando que
nosotros, como seres finitos, no conocemos la esencia de Dios. Es decir, no
niega que la existencia sea parte de la esencia de Dios, pero nosotros no
conocemos esta última. Si queremos llegar, con los puros medios de la
razón, a la existencia de Dios, no podemos – propone Aquino– empezar
por su definición, sino por observar el mundo que nos rodea y encontrar
a Dios como su creador y explicación última. Es en este sentido que
Tomás de Aquino expone sus famosas “cinco vías” para el conocimiento
de Dios.
Las vías (que están en la Suma Teológica, parte 1, cuestión 2, artículo 3)
son argumentos que parten siempre de la experiencia humana. Por
ejemplo (primera vía): vemos que en el mundo las cosas se mueven. Y
sabemos que todo lo que se mueve es movido por otro. Si seguimos la
cadena al infinito, se daría la situación paradójica de que no habría un
motor primero, y sólo motores “secundarios”, pero esto –para Aquino–
es imposible. Si no hubiera un motor primero, nada se movería. Así que
hay un primer motor, y ése es Dios.
¿Ves la diferencia respecto del argumento de Anselmo? Esta primera vía
parte de la experiencia, del mundo, y no de una definición, e intenta
mostrar la necesidad de la existencia de Dios al menos en alguno de sus
aspectos. Lo mismo hacen el resto de las vías: la segunda muestra que
todo efecto tiene una causa, por lo que debe haber una causa primera
que es Dios.
La tercera argumenta que los seres del mundo son contingentes (es decir,
podrían no ser, podrían no haber existido) y entonces no existiría nada
si no hubiera al menos un ser necesario, que es Dios. La cuarta vía
arguye que, dado que en el mundo hay grados o niveles de perfección,
debe haber algo sumamente perfecto, que es Dios. Y la quinta destaca
que el mundo está ordenado (incluso aquellas cosas, como el mar o los
fenómenos meteorológicos, que no son inteligentes ni vivos y, por lo
tanto, no se ordenan por sí mismos), y por lo tanto, debe existir un
ordenador, que es Dios.
En estos cinco argumentos o pruebas se nota, además, la influencia
aristotélica, sobre todo en la primera. De hecho, la primera vía, que
muestra a Dios como primer motor, está tomada tal cual de la
argumentación de Aristóteles en el libro XII de su Metafísica.
Otro punto en el que el Tomás de Aquino supo aprovechar lo aprendido
del filósofo griego fue en el problema de los universales. Esta
controversia ocupó buena parte del pensamiento filosófico medieval.
Consistía en lo siguiente: como sabes, la ciencia se ocupa de universales,
no de particulares. Es decir, la ciencia trata sobre el ser humano, no
sobre Juan, Pedro, María, etcétera. Ahora, ¿“el ser humano” existe por
sí mismo? Es decir, ¿los universales tienen alguna existencia aparte de
los seres particulares?
Como ya estudiamos, Platón pensaba que sí. Autores como Agustín y
Anselmo en esto eran platónicos; pensaban que las ideas universales
existían en la mente de Dios. Es decir, eran “realistas” respecto de los
universales.
En su contra, estuvieron autores como Roscelino o Pedro Abelardo, que
defendieron una postura que podría llamarse “conceptualismo”: los
universales no existen en sí mismos, sólo en nuestras mentes. Más
adelante, un autor radical llamado Guillermo de Ockham (1280-1349)
llevaría esta postura hasta el extremo, diciendo que los universales son
sólo nombres sin realidad alguna (nominalismo)
Tomás de Aquino ofreció una salida intermedia a este asunto
(“realismo moderado”). Los universales existen en potencia en los
particulares y en acto en nuestras mentes. No son ideas platónicas
separadas de la mente de Dios, pero tampoco ideas o palabras
nuestras vacías de toda realidad. De nuevo vemos cómo el Aquinate
aprovechó el instrumental filosófico de Aristóteles y lo usa en su nuevo
contexto cristiano.
Dos de los grandes filósofos de la Edad Media fueron Tomás de Aquino
y Agustín de Hipona. Ellos coinciden en algunos puntos y se distinguen
en otros. Elabora una tabla comparativa en la que establezcas las
principales coincidencias y divergencias que hay entre ambos filósofos.
Revolución científica y orígenes del
pensamiento político moderno

Otra de las revoluciones de la época fue, por supuesto, la científica. Es


el tiempo en que Galileo Galilei (1564-1642) perfecciona el telescopio y,
con él, hace algunos descubrimientos que terminaron con el modo de ver
el Universo que había sido predominante desde Aristóteles y a lo largo
de toda la Edad Media. Galileo no sólo sostuvo la conocida polémica
sobre el heliocentrismo (el hecho de que la Tierra gira alrededor del Sol
y no al revés, como se creía), sino que demostró también que la Luna
está hecha de la misma materia que la Tierra (observando sus cráteres,
montañas y, mesetas, con el telescopio) y con esto rompió con principios
de la Física aristotélica; aportó también en la comprensión del
movimiento y es considerado el padre de la Física moderna. En el debate
con los teólogos sobre el heliocentrismo, su postura aunque tenía algunos
problemas argumentativos fue clave para la defensa de lo que ya
Copérnico había propuesto y para complementar el modelo
matemático del Sistema Solar que desarrolló Kepler.
La revolución científica que vino con el perfeccionamiento del telescopio
y el destape de la astronomía, provocó una revolución teológica muy
importante, pues cambió el modo en que los hombres se imaginaron el
Universo y el modo en que plantearon su relación con la divinidad.
Con esto en mente, elabora una línea del tiempo en la que puedas
distinguir cómo fue la relación de los hombres con lo divino desde la
época prehispánica o desde la perspectiva de la antigua China hasta los
días en que vivieron Copérnico o Kepler.
Descartes, el racionalismo y el
empirismo
La filosofía moderna, propiamente dicha, empieza con René Descartes
(1596-1650). Descartes fue un gran filósofo, matemático, geómetra,
fisiólogo, entre otras cosas. Ante el desconcierto de su época (generado,
tanto por las revoluciones científicas y espirituales del Renacimiento,
como por cierta confusión filosófica que hizo revivir el escepticismo),
Descartes se propuso fundar de nuevo, de cero, el conocimiento
filosófico. Él pensaba que si lograba basar los argumentos filosóficos en
principios claros e indudables, como se hace en los sistemas matemáticos
con los axiomas, podría poner fin a las discusiones filosóficas
interminables. Lo difícil era encontrar dichos principios.
La idea genial de Descartes fue usar la propia estrategia de los
escépticos en su contra: fue así como propuso la duda metódica. Pensó
que si podía dudar de todo lo que ya dudaban los escépticos (de lo que
nos han enseñado, que podría ser todo falso; de si nuestros sentidos son
fiables, si no será todo el mundo más que un sueño…) e incluso exagerar
aún más la duda (por eso le llama duda hiperbólica, es decir,
exagerada), podría topar finalmente con algo indudable por completo.
Si hallaba ese algo indudable, he ahí el principio, la piedra de toque,
sobre el cual construir el sistema del conocimiento.
¿Pero qué podría ser ese algo que resiste a toda duda? Descartes creyó
encontrarlo de esta manera: si dudo, es que pienso, y si pienso, luego
existo (cogito, ergo sum). Esto no puede negarse. Pongamos un ejemplo,
la frase “la pared es blanca” puede ser falsa (quizá soy daltónico, quizá
estoy alucinando y no existe la pared…). En cambio, si “pienso que la
pared es blanca”, la pared podrá no existir, pero es un hecho que pienso,
pues incluso para estar equivocado hay que pensar. Ahora, si pienso,
existo como una cosa que piensa. Eso, sostiene Descartes, es indudable.
He ahí el principio de su propuesta y de toda la filosofía moderna.
Elabora un diagrama de flujo en el que quede expresado el método
cartesiano.

Evidentemente, de un principio tan abstracto como el de “pienso, luego


existo”, es muy difícil derivar todo el conocimiento de la humanidad.
Descartes tiene que echar mano de otras fuentes de certeza. Es por eso
que demuestra la existencia de Dios (usando un argumento muy
parecido al ontológico de San Anselmo que ya hemos estudiado), y
después, confiando en la bondad de Dios, confía también en algunas
ideas básicas que él llama “claras y distintas”, que además Dios ha
grabado en nuestras almas desde antes de nacer (ideas innatas) y que
le permiten construir, ahora sí, los principios básicos de las ciencias.
Esta propuesta de Descartes es muy distinta a la filosofía anterior. Como
puedes notar, la filosofía griega, por ejemplo, partía en general de la
experiencia. Descartes, y siguiéndole, buena parte del pensamiento
moderno, partirá más bien de este principio del cogito y procederá de
modo deductivo a partir de él. Ello le generará algunos problemas; por
ejemplo, el problema de cómo explicar que el alma y el cuerpo se
comuniquen entre sí, pues partiendo de sus definiciones la primera es
una “cosa que piensa” (res cogitans) y el segundo es sólo algo que ocupa
un lugar en el espacio (res extensa) y no es claro cómo el pensamiento
podría afectar a una cosa extensa y material, o viceversa.
Sin embargo, la Modernidad será cartesiana. En específico, la corriente
filosófica llamada “racionalismo” seguirá los pasos de Descartes. Esta
escuela partirá de algunas ideas innatas básicas –que, como hemos
dicho, no dependen de la experiencia, sino que se tendrían ya como una
especie de contenido “pre-grabado” en el alma humana– para
desarrollar sofisticados modelos explicativos del mundo, la naturaleza y
hasta de la ética y los asuntos humanos. Como Descartes, los
racionalistas tuvieron el problema de explicar cómo el alma y el cuerpo
pueden comunicarse entre sí (mismo que fue llamado “problema de la
comunicación de las sustancias”).
Los racionalistas ofrecieron respuestas diversas. Por ejemplo, el
sacerdote N. Malebranche (1638-1715) propuso que, en realidad, alma y
cuerpo no se relacionan entre sí, sino que ambos son movidos por Dios
de modo sincronizado. Esta teoría fue llamada “ocasionalismo”. El gran
matemático, científico, diplomático y filósofo G. W. Leibniz (1646-1716),
por su parte, afirmó que Dios no necesita estar sincronizando
constantemente al alma y al cuerpo, pues como un buen relojero, puede
“programarlos” desde un inicio para que actúen siempre al unísono. A
esta teoría se le llamó “armonía preestablecida”. La solución más
extrema la propuso el pensador judío Baruch Spinoza (1632-1677), que,
por varios motivos teóricos, sostuvo una postura panteísta (es decir, una
postura en la que el mundo y Dios se identifican plenamente; no hay
diferencia entre la naturaleza y Dios). En Spinoza no hay problema de
la comunicación de la sustancia porque sólo hay una sustancia: Dios
mismo o el mundo, y todos nosotros, almas, cuerpos, vivientes, cosas,
somos sólo modos de esa sustancia infinita que se despliega con sus
atributos espirituales y materiales. Como imaginarás, además de los
problemas y persecuciones religiosas que esto le atrajo a Spinoza, se
trata de una teoría en la que temas como la libertad humana resultan
muy difícil de articular.
También es problemático el punto de partida mismo del racionalismo:
las ideas innatas. ¿En realidad las tenemos? ¿No decía más bien la
escuela aristotélica que todo nuestro conocimiento pasa necesariamente
por los sentidos? Con esta inquietud surgió otra gran corriente de
pensamiento postcartesiano, que creció sobre todo en Gran Bretaña: el
empirismo. La palabra empeiria en griego significa experiencia: y es que
lo común a todos los empiristas es negar la existencia de las ideas innatas
y sostener que todas nuestras ideas se construyen a partir de las
sensaciones. Como ya puedes inferir, la influencia de Ockham y de
Bacon está presente también en este modo de filosofar.
Las principales figuras del empirismo fueron Thomas Hobbes, John
Locke (1632- 1704), George Berkeley (1685-1753) y David Hume (1711-
1776). Entre ellos hay diferencias relevantes. Thomas Hobbes fue un
filósofo inglés que inaugura la filosofía política moderna. Tuvo la mala
suerte de vivir en carne propia la discordia de la sociedad de su tiempo.
Imagínate que dice que el miedo nació con él. Así las cosas, Hobbes
pensó que lo peor que le podía ocurrir a una sociedad era vivir en la
anarquía.

Imagina una sociedad anárquica, sin reglas. ¿Cómo sería? Haz una lista
de sus características y problemas posibles, por ejemplo ¿crees que sería
violenta? O ¿crees que las personas se ayudarían entre sí y se harían el
bien unos a otros? Después escribe un ensayo literario basándote en
estas ideas.

Hobbes se preguntó cómo podían vivir bien los hombres en sociedad, es


decir, cómo podían estar juntos sin discordia, si los hombres eran egoístas
por naturaleza. Siendo semejantes, todos queremos las mismas cosas y
luchamos por ellas auún a costa de los demás, ¿cómo entonces podemos
vivir juntos en paz? Su solución fue pensar en evitar la anarquía y los
conflictos a través de un contrato en el que los miembros de la
comunidad cedieran el poder a una autoridad. Esto es comprensible
porque fue después de toda una década de guerra civil que Hobbes
pensó y repensó las ideas que escribió en el Leviatán (1651). Ideas como
las siguientes:
• El hombre es un ser pasional.
• Los hombres se atacan con tal de lograr un beneficio propio.
• La igualdad entre los hombres produce conflictos (por
competencia, desconfianza y deseos de gloria).
• La guerra de todos contra todos en las que viven las sociedades sin
autoridad generan miedo e inseguridad a los hombres.

Resumiendo, podemos decir que Hobbes imagina el estado “de


naturaleza”, es decir, previo al establecimiento de un contrato, o una
comunidad civil, como un estado de egoísmo y caos. Por eso,
abandonando el discurso clásico de los ideales morales, Hobbes apuesta
por un Estado autoritario, fuerte, que modere el comportamiento
humano y evite que los hombres se involucren en conflictos constantes,
pues él cree que “el hombre es el lobo del hombre”.
Mucho más optimista que Hobbes, es Locke. Conocido como el padre del
liberalismo, Locke considera que las personas no tienen por qué estar en
conflicto todo el tiempo e imagina un estado de naturaleza en el que las
personas se encuentran en paz normalmente, así el Estado debe
intervenir solamente en caso de conflicto para garantizar la existencia
de un árbitro imparcial, pero no es necesario que se convierta en un
Estado absolutista al modo del Estado hobbesiano. Para Locke, no se
vale tener cualquier gobierno, sino sólo aquel legítimo y deseable para
el bien de los gobernados, es decir, se busca un gobierno legítimo para
que la sociedad funcione mejor de lo que podría funcionar sin éste, pero
no como único recurso para que pueda hacerlo.
Kant y los inicios del idealismo

Como viste líneas antes, racionalismo y empirismo fueron filosofías


opuestas. La disputa sobre la existencia o inexistencia de ideas innatas
fue la clave. Hacía falta una postura de síntesis. Ésta se halló en el más
grande filósofo de la Modernidad, el prusiano Immanuel Kant (1724 d.C.
– 1804 d.C.). Nacido en la ciudad de Königsberg, Kant fue uno de los
primeros entre los grandes pensadores que vivió toda su vida como
profesor universitario de Filosofía. Sus obras principales las escribió en
una edad ya madura, y en ellas se reflejan pensamientos que le
acompañaron desde la juventud y que habrían de revolucionar una vez
más el panorama intelectual. Sus libros principales son las tres célebres
“críticas”: la Crítica de la razón pura (con dos ediciones: 1781 y 1787), la
Crítica de la razón práctica (1788) y la Crítica del juicio (1790).
Para Kant, la filosofía puede resumirse en tres preguntas: ¿qué puedo
saber?, ¿qué debo hacer? y, si hago lo que debo hacer, ¿qué me es líicito
esperar? Estas tres preguntas, dice el mismo pensador, se pueden
resumir en una sola: ¿qué es el hombre?
La primera cuestión -–la del conocimiento–- es donde se juega la
disputa entre racionalismo y empirismo, sobre las ideas innatas. Kant
afirmará, al inicio de la Crítica de la razón pura, que “Todo
conocimiento empieza con la experiencia, pero no todo conocimiento
proviene de la experiencia”. Como puede verse, con la primera parte de
la frase rechaza las ideas innatas, en contra de los racionalistas, pero
con la segunda mitad de la frase también se distancia de los empiristas.
¿Cómo puede ser que todo conocimiento empiece con la experiencia,
pero no provenga de ella? Kant explica que, en realidad, la experiencia
ofrece el material del saber, pero no su forma: la forma la pone el sujeto
que conoce. Esta idea es lo que él mismo denominará una “revolución
copernicana”, pues así como antes de Copérnico se pensaba que el sol
giraba alrededor de la Tierra, siendo al revés, antes de Kant se pensaba
que el conocimiento giraba alrededor del objeto conocido; con Kant,
ahora girará en torno del sujeto cognoscente.
¿Cómo pone el sujeto la “forma” al conocimiento? Kant empieza con lo
más básico del conocimiento sensible. Para percibir un objeto, debemos
hacerlo en el tiempo y en el espacio. ¿Eso significa que las cosas son
espacio-temporales? No, dirá Kant, sólo significa que así es nuestro
modo de percibirlas. Como puedes ver, espacio y tiempo son moldes en
los que el sujeto ordena su experiencia, y, por lo tanto, no son parte de
la misma. Kant les llama “formas puras de la intuición”.
Ahora, a nivel intelectual, también es nuestra mente la que pone forma
a los conocimientos; también hay “moldes” a los cuales se ajusta lo que
proviene de la experiencia, estructuras puras que orientan toda la
actividad cognoscitiva del sujeto, a las cuales Kant les llama (usando un
término que proviene de Aristóteles, pero que evidentemente tiene otro
sentido) “categorías del entendimiento”. Así, eso que Hume criticaba
como inexistente o como mera costumbre, Kant lo reubica como
condiciones irrebasables del conocimiento intelectual: la de causalidad
es una categoría, la de sustancia también, etcétera. Las categorías
sintetizan y ordenan lo ofrecido por la experiencia, dándole la
universalidad y la necesidad que requiere la ciencia.
Hay, sin embargo, dos costos claros en la solución kantiana. Uno de ellos
es que, si el sujeto pone la forma del conocimiento, ésta no será nunca la
de la cosa en sí misma. Es decir, no conocemos lo que las cosas son en sí
(lo que Kant llama “noúmeno”), sino lo que son para nosotros, los seres
racionales, dotados de una estructura común y fija de formas de la
sensibilidad y categorías del entendimiento, estructura que es del sujeto
y no de la realidad en sí. A esto que conocemos habiéndolo construido
nosotros mismos con las condiciones de nuestra subjetividad se le llama
“fenómenos”. En Kant, en última instancia, conocemos teóricamente las
cosas sólo como fenómenos, nunca como noúmenos.
Hegel y Marx
En la Fenomenología del Espíritu, que antes hemos mencionado, hay un
pasaje muy famoso donde Hegel explica cómo las relaciones humanas
se plantean como una lucha por el reconocimiento. Es decir, cada ser
humano quiere ser reconocido como tal, como persona, y lo necesita a
tal grado que propiamente no será autoconsciente como persona si otro
ser humano no lo reconoce como una. Ahora, el problema es que ese otro
ser humano también quiere ser reconocido, pero ninguno quiere
reconocer. Por eso se establece una lucha, en la que el ganador será el
“amo” y el derrotado, el “esclavo”. Por eso a este pasaje se le conoce
como la dialéctica del amo y el esclavo.
La “síntesis” o resolución integradora del conflicto es sorpresiva, porque
Hegel dice que el futuro es más propicio al esclavo que al amo. ¿Cómo
es posible esto, si parecía que el amo tenía del todo dominado al esclavo
y que éste no era más que una cosa, un objeto, un instrumento de aquel?
Hegel explica que, a diferencia del amo, el esclavo trabaja, se relaciona
con la naturaleza, aprende de ella, y al mismo tiempo aprende a
reprimir sus deseos y así se va forjando un carácter y se va haciendo
consciente de sus talentos y capacidades, sin olvidar nunca su
vulnerabilidad y los riesgos que enfrenta. En cambio, el amo se olvida
de todo esto; no trabaja, sólo consume, y su relación con la naturaleza
está siempre mediada por el esclavo, hasta el punto de convertirse en
un inútil que además olvida su propia mortalidad…. Es por esto, dice
Hegel, que el futuro de la autoconciencia está en la conciencia del
esclavo.
Ya imaginarás lo importante que es ese pasaje de la dialéctica del amo
y el esclavo para Karl Marx. El nacido en Tréveris fue el gran pensador
filosófico-económico del socialismo. Marx pensaba que, dado que en la
sociedad capitalista existe la propiedad privada, eso separaba a los
seres humanos en dos grandes clases: los dueños de medios de producción
(fábricas, tierras, materias primas, máquinas…) también llamados
burgueses, y los que no tenían más que su propia fuerza de trabajo,
llamados proletarios.
Esta división de clases genera enajenación y explotación, porque los
burgueses nunca pagarán a los proletarios todo lo que éstos producen
(los burgueses precisamente se hacen de capital robando parte de su
trabajo a los proletarios; esa parte es llamada plusvalía).
Ahora, para Marx, los proletarios están como el “esclavo” de la dialéctica
hegeliana, llamados a formarse a sí mismos, a fortalecerse, y finalmente
hacer una revolución socialista que logrará abolir la propiedad privada,
y así, en última instancia, a llevar a la Historia a su culminación, que es
la desaparición de las clases sociales.
¿Ves cómo Marx, sin aludir al espíritu absoluto o a Dios, usa el método
hegeliano en su filosofía, que es materialista y atea? Éste es un ejemplo
de cómo ideas filosóficas que pueden parecer muy abstractas o alejadas
de la realidad inmediata, de hecho influyen en ella. Aunque hoy en día
el pensamiento de la izquierda económica y política ha cambiado
mucho, nadie negaría lo importante que fue el pensamiento de Marx
para la historia del siglo XX. Y todo eso hubiera sido impensable sin el
idealismo absoluto de Hegel.

Schopenhauer y la crítica al idealismo

Un crítico feroz de Hegel fue el genial Arthur Schopenhauer (1788-1860).


Schopenhauer, inspirado por tres grandes influencias (Platón, Kant, y
los libros sagrados de la India conocidos como los Vedas), propuso – a
diferencia de su admirado Kant– que sí podemos conocer la “cosa en sí”.
Pero ello no se logra mediante una reflexión teórica, sino mediante una
intuición que proviene del propio cuerpo. Según Schopenhauer, tenemos
la vivencia de que nuestro propio cuerpo es un “querer algo”, es decir, es
voluntad. Y a partir de eso, podemos descubrir que el núcleo de todas
las cosas del universo es la voluntad misma. Para Schopenhauer, igual
los planetas que se atraen mutuamente con la gravedad, que una
planta cuando busca la luz del sol, que un animal en celo o un ser
humano ambicionando el dinero o el poder, todo eso es voluntad. El
mundo en sí mismo es voluntad, y todo lo demás es sólo una
representación de esa voluntad cósmica, ciega, indeterminada y
omnipresente. Por eso el libro clave de Schopenhauer se titula El mundo
como voluntad y como representación (1819).
¿Puedes ver cómo la filosofía de Schopenhauer es una respuesta a la de
Hegel? Si en Hegel todo era razón y espíritu, en Schopenhauer todo es
en el fondo el efecto de un deseo irracional que, además –a diferencia
del saber absoluto hegeliano– nunca tiene fin, y por eso está siempre
insatisfecho. La vida humana, en el pensamiento de Schopenhauer,es el
peor de los sufrimientos, pues el ser humano es deseo, y cuando se desea
se sufre si no se obtiene lo deseado (la frustración), pero se sufre también
si se obtiene, pues aburre y decepciona muy pronto (el hastío). Así,
nuestra existencia es una oscilación entre la frustración y el hastío, que
son dos formas igualmente terribles del sufrimiento. Por esto a
Schopenhauer se le conoce como el gran pesimista de la historia de la
filosofía.
Sin embargo, Schopenhauer piensa que hay una salida (y aquí se ve la
influencia oriental en su filosofía): el ascetismo, es decir, el “ejercicio
espiritual” por el cual uno se va a acostumbrando poco a poco a no
desear nada, a anular la voluntad (hacer ayunos, sacrificios, voto de
castidad, abrazar libremente la miseria…). Llegará un punto en el que
se alcance el “nirvana”, es decir, la paz perfecta de no desear nada. Con
esto se apaga el sufrimiento. Schopenhauer es –como Marx, y como
después Nietzsche– ateo, y no cree que en ese ejercicio espiritual se
encuentre a Dios. Pero sí se anula la voluntad, y con ella el dolor. Por
eso el ascetismo es la única salida al sufrimiento que propone
Schopenhauer, y es en realidad una salida hacia la nada. Este tema de
la nada como único desenlace de la vida lo desarrollará después
Nietzsche, aunque no estará de acuerdo con Schopenhauer en cuanto al
valor del ascetismo y el sufrimiento.
Nietzsche y el nihilismo
Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900) es muy bien conocido por sus
posiciones radicales y su brutal oposición a la tradición cristiana, al
racionalismo moderno y a los valores predominantes en Occidente. El
joven filólogo de Röcken admiró en un inicio profundamente a
Schopenhauer, pero después se apartó de él. En buena medida, porque
su pensamiento lo llevó a rechazar los valores de la compasión y el
ascetismo que Schopenhauer defendía. Para Nietzsche, esos valores no
eran sino una mentira largamente sostenida: detrás de ésos y todos los
valores morales, pensaba él, no había más que miedo, orgullo y una
cierta mentalidad “de rebaño” que en algún momento de la Historia,
llevó a los débiles y enfermos a confabularse e inventar una “moral” que
hiciera que los fuertes y poderosos se sintieran culpables y así no los
aplastaran. Llamó a este conflicto el de una “moral de señores vs. una
moral de esclavos” (¿encuentras todavía el eco hegeliano?). Por eso
Nietzsche reprocha a Sócrates, a Platón y al Cristianismo la sacralización
de esa moral “de esclavos” que él ahora quiere destruir, dando paso a la
“transvaloración de todos los valores “ (poner los valores morales de
cabeza, jugar con ellos, construir otros nuevos y destruirlos de nuevo) y
a la llegada del “superhombre” (una nueva especie de hombre que
estaría “más allá del bien y del mal”, que sería capaz de decirle que “sí”
a todo, a la destrucción, el genocidio, a inventarse incluso nuevas
jerarquías de valores, sin culpa, sin una idea de Dios por encima de él,
puesto que en esta visión “Dios ha muerto, nosotros lo matamos”).
Para Nietzsche, incluso la razón y la búsqueda de la verdad son una
mentira, pues detrás de Apolo (el dios griego de la racionalidad, la
virtud, la armonía, la claridad, etc.) está Dionisos (el dios de la
embriaguez, la orgía, la pasión); de hecho, Apolo no sería más que una
máscara de Dionisos, uno más de sus juegos de ocultamiento.
Otra de las estrategias nietzscheanas para menoscabar la razón y la
trascendencia es la afirmación de un “eterno retorno”: es decir, la teoría
de que este mundo y esta vida, con cada uno de sus mínimos detalles, se
repetirá una y otra vez, infinitamente. Para NIetzsche, este círculo
endemoniado de la existencia era una manera de convencer a la gente
de dejar de vivir pensando en la trascendencia y que afirmen la vida
“en el instinto y el instante”, pensando que se repetirá para siempre y
sin sentido alguno. Por eso Nietzsche es el pensador paradigmático del
nihilismo, es decir,de la postura filosófica y existencial en el que nada
tiene sentido. Así, sólo queda “inventarse” el sentido, que es lo que haría
el superhombre de la profecía de Nietzsche: jugar con los pedazos.

En resumen

Con la conquista de las polis (ciudad-Estado) y la formación de un


nuevo Imperio, surgieron nuevas escuelas de Filosofía, llamadas
helenísticas, que se centraron en el estudio de la ética como una terapia
para curar los males del hombre. Las corrientes más importantes fueron:
a) Los escépticos, quienes renunciaron a la búsqueda de la verdad y
anhelaban la imperturbabilidad absoluta del alma.
b) El estoicismo, que puso el énfasis en la libertad como medio para
alcanzar la virtud
c) El epicureísmo, que busca los placeres sencillos que no causan
dolor,
d) Los cínicos, quienes regían su comportamiento por la naturaleza,
y no por las leyes de los hombres
e) El neoplatonismo, que retoma las ideas de Platón y las une con un
misticismo espiritual.
Durante la Edad Media, el cristianismo empezó a tomar mucha fuerza
en Europa, y surgió un interés por acercar los saberes de esta nueva
religión con los de la Filosofía. Empezó así una época del pensamiento,
que tiene entre sus representantes más importantes a San Agustín,
quien retomó las ideas de Platón para explicar algunas cuestiones de la
fe católica; San Anselmo de Canterbury, quien propuso el “argumento
ontológico” para probar la existencia de Dios, y Santo Tomás de Aquino,
que estudió los escritos de Aristóteles, y aprovechó esta tradición para
argumentar a favor del conocimiento de Dios, la existencia de los
universales en acto y en potencia, etcétera.
La época renacentista comenzó a mediados del siglo XV, y vino
acompañada de grandes cambios políticos, sociales y religiosos, como la
Reforma protestante iniciada por Lutero, y la Revolución científica de
Galileo Galilei, Copérnico y Francis Bacon, entre otros. Durante esta
etapa, surgieron las utopías, como la de Tomás Moro o la de Tomasso de
Campanella, que son propuestas acerca de ciudades ideales en las
cuales no existían conflictos. A la par, surgen teorías políticas como la de
Nicolás Maquiavelo, centradas en fortalecer el poder de los Estados que
apenas se estaban formando en Europa.
La Filosofía Moderna es una corriente de pensamiento que nace con
René Descartes, quien utilizó el método de la duda para llegar a una
certeza absoluta: si pienso, entonces yo existo. Descartes consideraba
que el ser humano tenía ideas innatas, y que la mente era una sustancia
completamente distinta al cuerpo.
Descartes inició la corriente “racionalista”, a la cual pertenecieron
Malebranche, Leibniz y Spinoza, y que se opuso al empirismo de David
Hume, que niega las ideas innatas y el concepto de “sustancia”.
Destacan de esta época el pensamiento político de Thomas Hobbes,
quien piensa que los hombres son naturalmente violentos, y sólo pueden
vivir en sociedad gracias a un contrato entre ellos, así como las ideas de
John Locke, quien considera que los individuos más bien tienden a la
paz, y que el gobierno debe involucrarse lo menos posible en la vida de
los ciudadanos y sólo hacerlo para en caso de ser necesario para que
consigan vivir mejor.
El Siglo XVIII es conocido como el Siglo de las Luces o de la Ilustración,
porque durante esta época se creía que la razón humana era una luz
que alumbraría las tinieblas de la ignorancia. Immanuel Kant fue el
filósofo más destacado en estos tiempos; él pensaba que toda la filosofía
se resumía en la pregunta ¿qué es el hombre?, pero también se ocupó
acerca de las condiciones del conocimiento, la libertad, los motivos de
las acciones humanas, y la dignidad del hombre como centro de la ética.
Las ideas de Kant tuvieron tal relevancia, que siguieron siendo
discutidas por muchos otros pensadores, en lo que se conoce como
Idealismo alemán. Hegel, pensador máximo de esta época, propone una
teoría sistemática que analiza la totalidad de la realidad a través de la
razón y del desarrollo del Espíritu Absoluto, el cual se va desenvolviendo
a lo largo de la historia, y avanza por medio de un proceso de constante
afirmación y negación de sí mismo llamado dialéctica.
Hegel influenció a muchísimos pensadores, como Karl Marx quien
retoma la idea de la dialéctica, y la utiliza para explicar los modos de
producción de bienes materiales; Arthur Shopenhauer, quien critica el
pensamiento de Hegel, y pone en lugar de la razón a la voluntad y el
deseo; Friedrich Nietzsche, quien asegura que todos los valores son una
mentira heredada desde Platón mismo, y que el único camino restante
es el del “nihilsmo” o la pérdida de sentido de la vida.

Reflexiona sobre lo aprendido actividad final


Responde lo siguiente o haz lo que se te pide para evaluar tus
conocimientos de este Bloque:

1. Menciona cuáles son y por qué fueron importantes para la filosofía


medieval, las cinco vías para la demostración de la existencia de Dios
que propuso Tomás de Aquino.
2. Explica en qué consistió la reforma luterana
3. ¿Qué es una utopía y en qué consiste la de Tomás Moro?
4. ¿Cuál es la propuesta política de Maquiavelo?
5. Explica la diferencia más importante entre el pensamiento medieval
y el renacentista
6. Explica qué es y por qué es importante la “duda metódica” de René
Descartes
7. ¿En qué se distingue la concepción de ser humano que tienen Hobbes
y Locke?
8. ¿En qué consistió el llamado “giro copernicano” de la filosofía de
Kant?
9. Menciona las tres versiones o formulaciones del imperativo
categórico kantiano
10. ¿Por qué se dice que la filosofía de Scchopenhauer es una reacción a
la de Hegel?
TE GUSTARIA APRENDER MAS SOBRE LOS SILOGISMOS A
CONTINUACION TE DEJAMOS UN VIDEO EN EL CUAL EXPLICA SOBRE
ELLOS:
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

• Heidegger, Martin. (1944) Ser y tiempo. Fondo de Cultura


Económica. México.
• Kant, Immanuel. (1973) Crítica de la razón pura. Porrúa. México.
• Lyotard, Jean F. (1989) La condición postmoderna. Cátedra.
Barcelona.
• Marías, Julián. (1988) Historia de la Filosofía. Alianza Editorial
Mexicana. México.
• Nietzsche, Friedrich. (1990) La genealogía de la moral. Alianza
Editorial. Madrid.
• Woodward, Ashley “Lyotard”. The Internet Encyclopedia of
Philosophy. Fieser & Dowden (eds.) (July 2015 edition.) URL=
http://www.iep.utm.edu/lyotard/http://
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