PROLOGO
El mensaje del Evangelio de Juan es simple. El apóstol escribe con
claridad directa y en palabras que hacen la verdad accesible para cada
lector. Tal hecho es clave, pues este es el Evangelio de la salvación,
escrito para los incrédulos. Juan lo dijo de este modo:
Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus
discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero
éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el
Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre
(Juan. 20:30-31).
INTRODUCCION
Juan es único entre los Evangelios. Los tres primeros—Mateo, Marcos y
Lucas—se conocen como los sinópticos (de la palabra griega cuyo
significado es “ver en conjunto”) por causa de las semejanzas entre ellos.
Aunque cada uno tiene sus propios énfasis y temas distintivos, los
sinópticos tienen mucho en común. Siguen el mismo esquema general de
la vida de Cristo y son similares en contenido, estructura y perspectiva.
Pero incluso una lectura superficial de Juan revela fuertes diferencias
con los tres primeros. Los cuatro contienen una mezcla de historia
narrativa y discursos de Jesús. Sin embargo, en comparación, el
Evangelio de Juan contiene una proporción más alta de discursos que de
narrativa.
Por otra parte, Juan incluye una gran cantidad de material que no se
encuentra en los sinópticos (más del noventa por ciento del evangelio): el
prólogo, en el cual se describe la preexistencia y la encarnación de Cristo
(1:1-18), el ministerio temprano en Judea y Samaria (caps. 2—3), su
primer milagro (2:1-11), su diálogo con Nicodemo (3:1-21), su encuentro
con la mujer samaritana (4:5-42), la curación de un cojo y un ciego en
Jerusalén (5:1-15; 9:1-41), su discurso del pan de vida (6:22-71), su
afirmación de ser el agua viva (7:37-38), su apropiación del nombre de
Dios (véase la explicación de 8:24 en el capítulo 29 de este volumen), su
discurso cuando se presenta como el buen pastor y las consecuencias
(10:1-39), la resurrección de Lázaro (11:1-46), el lavado de los pies de los
discípulos (13:1-15), el discurso en el aposento alto (caps. 13—16), la
oración sacerdotal de Jesús (cap. 17), la pesca milagrosa (21:1-6) y la
restauración de Pedro y predicción de su martirio (21:15-19). Juan
también contiene más enseñanzas sobre el Espíritu Santo que la
encontrada en los sinópticos.
Hay que tener en cuenta dos cosas relativas a las diferencias entre
Juan y los Evangelios sinópticos. Primera, las diferencias no son
contradicciones; no hay nada en Juan que contradiga los sinópticos y
viceversa. Segunda, no se deben exagerar tales diferencias. Tanto Juan
como los sinópticos presentan a Jesucristo como el Hijo del Hombre, el
Mesías de Israel (Mr. 2:10; Jn. 1:51) y el Hijo de Dios: Dios en carne
humana (Mr. 1:1; Jn. 1:34). Los cuatro Evangelios lo describen como el
Salvador que vino a salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21;
Jn. 3:16), murió en la cruz en sacrificio expiatorio y se levantó de los
muertos.
El Espíritu Santo diseñó Juan y los sinópticos para complementarse
entre sí. Representan “una tradición entrelazada, es decir… entre ellos se
refuerzan o explican mutuamente” Por ejemplo, en el juicio de Jesús (Mr.
14:58) y cuando Él estaba en la cruz (Mr.15:29), sus enemigos lo acusaron de
haber afirmado que destruiría el templo. Los sinópticos no registran la base
para alegar tal falsedad pero Juan sí lo hace (Jn 2:19). Los sinópticos no
explican por qué los judíos debían llevar a Jesús ante Pilato; Juan explica que
los romanos les habían quitado el derecho a aplicar la pena capital (Jn18:31).
Los sinópticos ubican a Pedro en el patio del sumo sacerdote (Mt. 26:58;
Mr.14:54; Lc. 22:54-55), Juan explica cómo logró entrar (Jn. 18:15-16). El
llamamiento de Pedro, Andrés, Jacobo y Juan (Mt. 4:18-22) se hace más
inteligible a la luz de Juan 1:35-42, pues allí se revela que ellos ya habían
departido con Jesús. Los sinópticos registran que inmediatamente después de
haber alimentado a los cinco mil, Jesús despidió a la multitud (Mt. 14:22; Mr.
6:45); Juan revela por qué lo hizo: pretendían hacerlo rey (Jn. 6:15). El
Evangelio de Juan evidencia que cuando el sanedrín se reunió el miércoles
de la semana de la pasión para maquinar el arresto de Jesús (Mr. 14:1-2),
simplemente estaban implementando una decisión tomada con
anterioridad, después de la resurrección de Lázaro (Jn. 11:47-53)
La información de fondo no solo hace más inteligibles los pasajes de
los sinópticos; lo opuesto también es cierto. Como Juan escribió décadas
después de los demás, suponía que sus lectores conocían los
acontecimientos registrados en los otros Evangelios.
AUTORÍA DEL EVANGELIO DE JUAN
Al igual que los otros tres Evangelios, el de Juan no nombra a su autor.
Pero, de acuerdo con el testimonio de la iglesia primitiva, fue el apóstol
Juan quien lo escribió. Ireneo (ca. 130-200 d.C.) fue la primera persona
en mencionar explícitamente a Juan como el autor. En su obra Contra las
herejías, escrita en el último cuarto del segundo siglo, Ireneo testificó:
“Por fin [después de que se escribieron los Evangelios sinópticos] Juan, el
discípulo del Señor ‘que se había recostado sobre su pecho’ (Jn 21:20;
13:23), redactó el Evangelio cuando residía en [Éfeso]
Su testimonio es especialmente valioso porque Ireneo fue discípulo de
Policarpo (Eusebio, Historia eclesiástica, 5.20), quien fue discípulo del
apóstol Juan (Ireneo, Contra las herejías, 3.3.4). De modo que había una
línea directa de Ireneo a Juan, con solo un eslabón intermedio.
Después de Ireneo, los padres de la iglesia afirmaron de manera consecuente
que el apóstol Juan era el autor de este Evangelio. Así lo citan el Canon
muratorio (una lista de libros neotestamentarios del siglo II), Tertuliano,
Clemente de Alejandría, Orígenes, Dionisio de Alejandría y Eusebio.
Aunque los primeros escritores no nombran al apóstol Juan como su
autor, muestran conocimiento del cuarto Evangelio. Justino Mártir (ca.
100-165 d.C.), citó Juan 3:5 (Primera apología, 61). Que Taciano,
estudiante de Justino, incluyera a Juan en el Diatesarón (la más temprana
armonización conocida de los Evangelios) sirve de mayor evidencia para
mostrar que su maestro sí lo conocía. Incluso fuentes externas a la Iglesia
(p. ej., gnósticos como Heracleón, Ptolomeo, Basílides; el evangelio
apócrifo de Tomás; Marción, quien rechazó todos los Evangelios excepto
Lucas; y Celso el oponente pagano del cristianismo) reconocieron que el
cuarto Evangelio fue escrito por Juan, aunque rechazaban o tergiversaban
su verdad.
El título (Según san Juan o Evangelio según san Juan) no es parte
del texto original inspirado, pero se añadió después en manuscritos
posteriores. No obstante, nunca se ha encontrado ningún manuscrito que
atribuya el Evangelio de Juan a un autor diferente a él. Daniel B. Wallace
indica:
La secuencia continua sugiere reconocimiento (o al menos
aceptación) de la autoría juanina desde tiempos tan tempranos
como el primer cuarto del siglo II. De hecho, el Evangelio de
Juan es único entre los evangelistas pues dos papiros antiguos
(p66 y p75, datados cerca del 200) atestiguan la autoría juanina.
Como estos dos manuscritos no tenían relación cercana el uno
con el otro, esta tradición común [de su autoría], debe
precederlos en al menos tres o cuatro generaciones de copiado.
Aparte del testimonio externo, la evidencia interna también apunta a
que Juan es el autor. B. F. Westcott, comentarista y erudito textual del
siglo XIX, resume dicha evidencia en una serie de círculos concéntricos
que estrechan gradualmente el enfoque hasta llegar al apóstol Juan
1. El autor era judío. Conocía las opiniones contemporáneas judías
sobre una amplia gama de asuntos: el Mesías (p. ej., 1:21, 25; 6:14-15;
7:26-27, 31, 40-42; 12:34); la importancia de la educación religiosa formal
(7:15); la relación del sufrimiento con el pecado personal (9:2) y la actitud
de los judíos hacia los samaritanos (4:9), las mujeres (4:27) y los judíos
helénicos de la diáspora (7:35). Conocía las costumbres judías; por
ejemplo, la necesidad de evitar la inmundicia ceremonial derivada del
contacto con los gentiles (18:28), la necesidad de purificación antes de
celebrar la pascua (11:55), las costumbres matrimoniales (2:1-10) y las
funerales (11:17-44; 11:55). Conocía las grandes fiestas judías de la
pascua (2:13; 6:4; 11:55), los tabernáculos (enramadas, 7:2) y la
dedicación (Hanukkah; 10:22).
2. El autor era judío palestino. Tenía conocimiento detallado de los
lugares, disponible solo para quien realmente haya vivido en Palestina.
Distinguía la Betania de más allá del Jordán (1:28) de la Betania a las
afueras de Jerusalén (11:1) y conocía la distancia precisa entre estas dos
últimas ciudades (11:18). Conocía Jerusalén, describió al menos tres
lugares que no se mencionan en los sinópticos (el estanque de Betesda
[5:2], el estanque de Siloé [9:7; aunque Lucas menciona una torre cerca al
estanque en Lucas 13:4] y el torrente de Cedrón [18:1]). También
conocía detalladamente el templo (2:14, 20; 8:20; 10:23).
3. El autor fue testigo ocular. Dio detalles específicos, aunque no
fueran esenciales para el relato. Muchos de esos detalles no podrían haber
venido de los sinópticos, donde no aparecen registrados. Estos incluyen el
nombre del padre de Judas Iscariote (6:71; 13:2, 26), cuánto tiempo
estuvo Lázaro en la tumba (11:17, 39), cuánto tiempo estuvo Jesús en
Sicar (4:40, 43), el tiempo preciso en el cual ocurrieron ciertos
acontecimientos (1:39; 4:6, 52; 19:14; cp. 13:30) y cifras exactas (1:35;
2:6; 6:9, 19; 19:23; 21:8, 11). Él fue el único en decir que, en la
alimentación de los cinco mil, los panes del niño estaban hechos de
cebada (6:9); que cuando María ungió los pies de Jesús con perfume, la
casa se llenó con su fragancia (12:3); que, durante la entrada triunfal, las
ramas que el pueblo le tendió junto al camino eran de palma (12:13); que
había soldados romanos en el grupo que acompañó a Judas en Getsemaní
(18:3, 12), que la túnica de Jesús no tenía costuras (19:23) y que su
sudario estaba separado de los lienzos (20:7).
4. El autor era un apóstol. Estaba íntimamente al tanto de lo que
pensaban y sentían los doce (p. ej., 2:11, 17, 22; 4:27; 6:19; 12:16; 13:22,
28; 20:9; 21:12).
5. El autor era el apóstol Juan. Es notorio que el apóstol Juan,
mencionado alrededor de veinte veces en los Evangelios sinópticos, no se
menciona ni una vez en su Evangelio. “No es fácil pensar en una razón
por la cual alguno de los primeros cristianos debería haber omitido toda
mención a tan prominente apóstol” (Morris, Juan, p. 11 del original en
inglés). Más aún, solo una persona prominente, cuya autoridad no se
cuestionara, habría podido escribir un Evangelio tan marcadamente
diferente de los otros tres (véase la explicación más arriba) y haber tenido
la aceptación universal de la Iglesia.
En lugar de nombrar a Juan como autor, el Evangelio afirma haber
sido escrito por “el discípulo a quien amaba Jesús” (21:20). Un análisis de
los textos que lo mencionan deja claro que el discípulo amado es el apóstol
Juan. La primera pista para identificarlo es que él estaba presente en la última
cena (13:23)
LUGAR Y FECHA DE ESCRITURA
En el Evangelio no hay nada específico que indique cuándo se escribió.
Las fechas dadas por los eruditos conservadores están en el tiempo que
abarca desde la caída de Jerusalén hasta la última década del siglo I
(como se anotó anteriormente, se descarta que la fecha esté en el segundo
siglo por el descubrimiento de los fragmentos de papiro p52 y del Papiro
Egerton 2). Varias consideraciones favorecen una fecha al final de dicho
período de tiempo (ca. 80-90 d.C.). El Evangelio de Juan se escribió
mucho después de la muerte de Pedro (ca. 67-68 d.C.) por el rumor de
que Juan viviría para ver la Segunda Venida (Jn. 21:22-23). El rumor
habría sido más plausible cuando Juan ya fuera anciano. Juan no
menciona la caída de Jerusalén ni la destrucción del templo (70 d.C.). Si
su Evangelio se hubiera escrito al menos una década después de tal
acontecimiento, ya no hubiera sido importado a sus lectores (de cualquier
modo, la destrucción del templo habría sido menos importante para los
gentiles y judíos de la diáspora que para los judíos palestinos).
Finalmente, aunque no depende de los Evangelios sinópticos, Juan es
consciente de ellos. La fecha más tardía da el tiempo para haberlos escrito
y estar circulando entre los lectores de Juan. El testimonio de los padres
de la iglesia confirma aún más que Juan fue el último de los Evangelios en
escribirse (véase Ireneo, Contra las herejías, 3.1.1; Eusebio, Historia
eclesiástica, 3.24, 6.14). De acuerdo con la tradición uniforme de la iglesia
primitiva, Juan escribió su Evangelio mientras vivía en Éfeso.
PROPÓSITO
Juan es el único de los Evangelios que contiene una declaración precisa
sobre el propósito del autor: “Pero éstas se han escrito para que creáis
que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida
en su nombre” (20:31). El objetivo de Juan era doble: apologético (“para
que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios”) y evangelístico (“y
para que creyendo, tengáis vida en su nombre”). En aras de mantener su
propósito evangelístico, Juan usó el verbo creer cerca de cien veces—
más del doble que en los sinópticos—para enfatizar que quienes creen en
Jesús para salvación recibirán la vida eterna (3:15-16, 36; 4:14; 5:24, 39-
40; 6:27, 33, 35, 40, 47-48, 54, 63, 68; 10:10, 28; 12:50; 14:6; 17:2-3;
20:31).
El propósito apologético de Juan, inseparable de su propósito
evangelístico, era convencer a sus lectores de la verdadera identidad de
Jesús. Lo presenta como Dios encarnado (1:1, 14; 8:23, 58; 10:30;
20:28), el Mesías (1:41; 4:25-26) y el Salvador del mundo (4:42). Para tal
fin, Juan enfatizó en repetidas ocasiones las señales milagrosas de Jesús
(p. ej., 3:2; 6:2, 14; 7:31; 9:16; 11:47; 12:18; 20:30) y para ello incluyó
ocho específicas: la conversión del agua en vino (2:1-11), la curación del
hijo de un oficial real (4:46-54), la curación de un cojo en el estanque de
Betesda (5:1-18), la alimentación de los cinco mil (6:1-15), caminar sobre
el Mar de Galilea (6:16-21), la curación de un ciego de nacimiento (9:1-
41), la resurrección de Lázaro (11:1-45) y la provisión de una pesca
milagrosa (21:6-11). Aparte de estas, estaba la señal más convincente de
todas: la resurrección del propio Jesús (20:1-29).
En resumen, Juan presenta a Jesús como el Verbo eterno, el Mesías y
el Hijo de Dios, quien entrega el regalo de la salvación a la humanidad. Y
las personas responden ya sea por aceptación o rechazo de esta salvación
que solo viene por creer en Él.