La Aventura de Lia en el Bosque Mágico
Una mañana de primavera, Lia se despertó con un suave rayo de sol que se colaba por la
ventana de su habitación. A sus pies, su fiel gato, Miko, la miraba con sus ojos verdes llenos
de curiosidad. Algo especial flotaba en el aire, como si el mundo estuviera a punto de
cambiar.
—Hoy es el día —dijo Lia, acariciando a Miko—. Vamos a explorar el bosque mágico.
El bosque mágico era un lugar del que todos en el pueblo hablaban, pero pocos se atrevían
a visitar. Decían que estaba lleno de maravillas y peligros: árboles que susurraban secretos,
ríos que cantaban y criaturas tan antiguas como el tiempo. Lia había soñado con este lugar
desde que tenía memoria.
Con su mochila llena de provisiones y un mapa dibujado a mano que había encontrado en
el desván de su abuela, Lia y Miko partieron hacia el bosque. Al cruzar el límite de los altos
robles que marcaban la entrada, un aire fresco y vibrante los envolvió. Los pájaros cantaban
melodías desconocidas, y el suelo estaba cubierto de musgo suave como una alfombra.
A medida que avanzaban, Lia notó que el mapa empezaba a brillar tenuemente. Las marcas
en el papel cambiaban, guiándola hacia un camino que no había visto antes. Con cada
paso, el bosque se volvió más misterioso: flores que cambiaban de color al tocarlas, hongos
que emitían una luz azulada, y árboles cuyas ramas formaban arcos sobre el sendero.
De repente, Miko saltó de los brazos de Lia y corrió hacia un claro. Lia lo siguió
apresuradamente y se detuvo en seco al ver lo que había allí: un majestuoso árbol con un
tronco tan ancho que diez personas no podrían rodearlo. Sus ramas parecían alcanzar el
cielo, y en su base, una puerta tallada con intrincados patrones brillaba con una luz dorada.
Con un poco de nerviosismo, Lia empujó la puerta. Al abrirse, un mundo completamente
nuevo se reveló ante ella. Era un reino lleno de criaturas extraordinarias: unicornios
pastando junto a lagos cristalinos, hadas danzando entre rayos de sol y un dragón anciano
que dormitaba bajo una cascada. Pero lo que más sorprendió a Lia fue una figura alta y
elegante que se acercó a ella: un elfo con ojos dorados y una sonrisa serena.
—Bienvenida, Lia —dijo el elfo—. Hemos estado esperando por ti.
Lia parpadeó, confundida.
—¿Esperándome? ¿Por qué?
—Eres la elegida para proteger este reino —respondió el elfo—. Tu valentía y corazón puro
te han guiado hasta aquí. Pero antes, deberás superar tres pruebas.
Miko maulló en apoyo, frotándose contra la pierna de Lia. Con determinación, ella asintió.
Las pruebas llevaron a Lia a confrontar sus miedos más profundos, a confiar en su intuición
y a descubrir un poder oculto dentro de ella misma. Al completar la última prueba, una luz
cálida la envolvió, y el reino celebró su victoria.
Desde ese día, Lia y Miko se convirtieron en los guardianes del bosque mágico,
asegurándose de que su belleza y secretos permanecieran a salvo para las generaciones
futuras.
Y aunque Lia regresó a su pueblo, nunca dejó de visitar el bosque, donde siempre la
esperaban nuevas aventuras.