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Metafísica: Razón y Crítica

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Prólogo

2La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino


particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son
propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco
puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana.
En esta perplejidad cae la razón sin su culpa. Comienza con principios,
cuyo uso en el curso de la experiencia es inevitable y que al mismo tiempo se
halla suficientemente garantizado por ésta. Con ello elévase (como lo lleva
consigo su naturaleza) siempre más arriba, a condiciones más remotas. Pero
pronto advierte que de ese modo su tarea ha de permanecer siempre
inacabada porque las cuestiones nunca cesan; se ve pues obligada a
refugiarse en principios que exceden todo posible uso de la experiencia y que,
sin embargo, parecen tan libres de toda sospecha, que incluso la razón
humana ordinaria está de acuerdo con ellos. Pero así se precipita en
obscuridades y contradicciones; de donde puede colegir que en alguna parte
se ocultan recónditos errores, sin poder empero descubrirlos, porque los
principios de que usa, como se salen de los límites de toda experiencia, no
reconocen ya piedra de toque alguna en la experiencia. El teatro de estas
disputas sin término llámase Metafísica.
Hubo un tiempo en que esta ciencia era llamada la reina de todas las
ciencias y, si se toma el deseo por la realidad, ciertamente merecía tan
honroso nombre, por la importancia preferente de su objeto. La moda es
ahora mostrarle el mayor desprecio y la matrona gime, abandonada y
maltrecha, como Hecuba: modo maxima rerum, tot generis natisque potens - nunc
trahor exul, inops. (Ovidio, Metamorfosis).
Su dominio empezó siendo despótico, bajo la administración de los
dogmáticos. Pero como la legislación llevaba aún en sí la traza de la antigua
barbarie, deshízose poco a poco, por guerra interior, en completa anarquía, y
los escépticos, especie de nómadas que repugnan a toda construcción
duradera, despedazaron cada vez más la ciudadana unión. Mas eran pocos,
por fortuna, y no pudieron impedir que aquellos dogmáticos trataran de
reconstruirla de nuevo, aunque sin concordar en plan alguno. En los tiempos
modernos pareció como si todas esas disputas fueran a acabarse; creyóse que
la legitimidad de aquellas pretensiones iba a ser decidida por medio de cierta
Fisiología del entendimiento (del célebre Locke). El origen de aquella supuesta
reina fue hallado en la plebe de la experiencia ordinaria; su arrogancia
hubiera debido por lo tanto, ser sospechosa, con razón. Pero como resultó sin

2 De la primera edición, en el año 1781. (N. del T.)


5
embargo que esa genealogía, en realidad, había sido imaginada falsamente,
siguió la metafísica afirmando sus pretensiones, por lo que vino todo de
nuevo a caer en el dogmatismo anticuado y carcomido y, por ende, en el
desprestigio de donde se había querido sacar a la ciencia. Ahora, después de
haber ensayado en vano todos los caminos (según se cree), reina el hastío y
un completo indiferentísimo, madre del Caos y de la Noche en las ciencias,
pero también al mismo tiempo origen, o por lo menos preludio de una
próxima transformación e iluminación, si las ciencias se han tornado confusas
e inútiles por un celo mal aplicado.
Es inútil en efecto querer fingir indiferencia ante semejantes investigaciones,
cuyo objeto no puede ser indiferente a la naturaleza humana. Esos supuestos
indiferentistas, en cuanto piensan algo, caen de nuevo inevitablemente en
aquellas afirmaciones metafísicas, por las cuales ostentaban tanto desprecio,
aun cuando piensen ocultarlas trocando el lenguaje de la escuela por el habla
popular. Esa indiferencia empero, que se produce en medio de la prosperidad
de todas las ciencias y que ataca precisamente aquella, a cuyos conocimientos
-si pudiéramos adquirirlos- renunciaríamos menos fácilmente que a ningunos
otros, es un fenómeno que merece atención y reflexión. Es evidentemente el
efecto no de la ligereza, sino del Juicio 3 maduro de la época, que no se deja
seducir por un saber aparente; es una intimación a la razón, para que
emprenda de nuevo la más difícil de sus tareas, la del propio conocimiento, y
establezca un tribunal que la asegure en sus pretensiones legitimas y que en
cambio acabe con todas las arrogancias infundadas, y no por medio de
afirmaciones arbitrarias, sino según sus eternas e inmutables leyes. Este
tribunal no es otro que la Crítica de la razón pura misma.
Por tal no entiendo una crítica de los libros y de los sistemas, sino de la
facultad de la razón en general, respecto de todos los conocimientos a que
esta puede aspirar independientemente de toda experiencia; por lo tanto, la crítica
resuelve la posibilidad o imposibilidad de una metafísica en general, y

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