LA NOVELA DESDE 1975 HASTA NUESTROS DÍAS:
TENDENCIAS, AUTORES Y OBRAS REPRESENTATIVOS
La literatura de posguerra admite una clara división en cuanto a su caracterización: la era
franquista (1939-75) y la transición y asentamiento de la democracia desde 1975 hasta nuestros
días. El tema que nos incumbe ofrece gran complejidad si tenemos en cuenta que las
clasificaciones son múltiples, que muchos de los autores escriben antes y después de la época
franquista, que los medios de comunicación ofrecen entrevistas, programas televisivos… en los
que se incluyen novedades de los distintos autores, así como la presencia cada vez más explícita
de la literatura en Internet. La novela española queda ya en 1978, por fin, libre de
condicionamientos político-sociales, lo que propiciará una gran multiplicidad de orientaciones,
donde el maridaje entre el periodismo y la literatura se hace muy latente.
A) La novela poemática
Esta tendencia estaría constituida por aquella novela que tiende a integrar virtudes del texto
poético: el texto en verso (épico, dramático, lírico, temático), cargado el lenguaje de
ornamentación retórica, espacio íntimo, ritmo interno de la obra, exploración de las fronteras
entre lo perceptible y lo oculto, personajes insondables, narrador omnímodo... A esta línea
responden todas las obras de Juan Benet (Saúl ante Samuel), Ágata ojo de gato, de Caballero
Bonald, La isla de los jacintos cortados, de Torrente Ballester, Los santos inocentes, de M. Delibes,
o El jardín vacío de Juan José Millás.
B) La novela histórica
La nueva novela histórica de finales del siglo XX supone un deseo de superar la anterior
fijación en la Guerra Civil (con ejemplos como Los cipreses creen en Dios, de Gironella) para atraer
la curiosidad del lector a tiempos que guarden una mayor relación y relevancia con la actualidad.
Pero como indica Gonzalo Sobejano, “no se intenta aprovechar la novela para historiar España
(como Galdós hacía), sino citar la historia al terreno de la novela, someter el pasado de las
crónicas al experimento de la transtemporalidad de la ficción: novelar, volar”. Así, encontramos
novelas que distancian sus asuntos no ya solo hacia atrás en nuestro siglo, como La que no tiene
nombre y Los jinetes del alba de Jesús Fernández Santos, o La verdad sobre el caso Savolta, de
Eduardo Mendoza, sino hacia los “siglos de oro” (Las Españas perdidas, de Villar Raso, El Capitán
Alatriste, de Pérez Reverte) e incluso el medievo (Urraca, de Lourdes Ortiz). No obstante, la
opción de la Guerra Civil y el exilio no ha muerto, como lo reflejan algunas obras: Los girasoles
ciegos, de Alberto Méndez, Soldados de salamina, de Javier Cercas, etc.
C) La novela de memorias
En los últimos años, las memorias, que tanto abundaron en torno a la muerte de Franco con
autores como C. Martín Gaite, M. Delibes, Francisco Umbral, o Juan Marsé, empiezan a perder
peso, siendo reseñables obras como Un día volveré, de Juan Marsé, Las estaciones provinciales,
de Luis Mateo Díez, y, ya en el puro género de las «memorias», aunque no sin ingredientes
ficticios, Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, Los años sin excusa de Carlos Barral, y Coto
vedado de Juan Goytisolo.
No podemos cerrar este epígrafe sin hacer mención a la novela policíaca, adaptación de un
producto puramente americano, donde destaca el acierto de Manuel Vázquez Montalbán,
mediante un singular personaje, Pepe Carvalho, Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa), o
Lorenzo Silva (El alquimista impaciente), y la novela intimista, protagonizada por una persona de
mediana edad, habitualmente desconcertada y angustiada, que vive en el espacio urbano actual y
cuyos problemas íntimos se abordan en el relato (amor, soledad, memoria, identidad o
incomunicación), como en Juegos de la edad tardía, de Luis Landero, o Historia de un idiota
contada por él mismo, de Félix de Azúa.