APUNTES FILOSOFÍA TEMA 3 Por Mi
APUNTES FILOSOFÍA TEMA 3 Por Mi
¿Qué es conocer? Entendemos por “conocer” una actividad que tiene como objetivo
aprehender un objeto o un estado de cosas de tal forma que lo podamos expresar y compartir con
los demás.
En dicha actividad podemos distinguir dos polos: el sujeto, protagonista de la acción de
conocer; y el objeto, aquello sobre lo cual recae dicha acción, aquello que resulta aprehendido o
conocido.
También podemos diferenciar entre la actividad de conocer y el resultado de tal actividad,
que solemos denominar “conocimiento”. La actividad de conocer está ligada a la búsqueda de la
verdad y, tanto si se alcanza como si no, tiene como pretensión conseguir resultados verdaderos.
Si queremos conocer, pretendemos descubrir conocimientos verdaderos: lo que son las cosas, lo
que ha pasado de verdad, lo que sentimos de verdad por alguien, lo que somos de verdad
nosotros mismos, etc. Nuestro afán de conocimiento es muy amplio y no termina de satisfacerse
nunca.
Durante toda la Historia ha habido muchas dudas sobre la veracidad de lo que conocemos.
Hoy en día lo vemos constantemente gracias a las Fake News. La filosofía es aquel saber que
busca lo verdadero.
Además, desde Parménides de Elea hasta Platón o el propio Aristóteles diferenciaron dos
tipos de saberes, uno superior y otro inferior. El superior es la Episteme y el inferior la Doxa u
opinión.
A diferencia de la Episteme, la Doxa no ofrece ningún tipo de certeza y a menudo nos hace
confundir la apariencia con la verdad.
Kant diferencia tres tipos de conocimientos:
“La opinión es un tener por verdad con conciencia de que (este tipo de conocimiento) es
insuficiente tanto subjetiva como objetivamente. Si sólo es subjetivamente suficiente, se llama
creencia. Finalmente, cuando el tener por verdad es suficiente tanto subjetiva como
objetivamente, recibe el nombre de saber. La suficiencia subjetiva se denomina convicción (para
mí mismo): la objetiva, certeza (para todos)”.
Kant. Crítica de la razón pura.
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3.1.1. Saber y conocer
Muchos filósofos distinguen entre saber y conocer, dando preponderancia al primero sobre
el segundo. La razón de ello es que se considera que la capacidad de conocer hace referencia a
la ‘relación que se establece entre un sujeto, el que conoce, y un objeto, lo conocido.’ De este
modo, el conocimiento suele serlo de cosas de las que tenemos experiencias (una persona sorda
no puede conocer los sonidos).
Saber, por el contrario, es una capacidad exclusiva del ser humano que trabaja con un
lenguaje simbólico, con ideas y con conceptos abstracto. Se supone que es un tipo de
conocimiento más elaborado.
Pero no es tan sencillo porque se puede saber todo sobre algo y no conocer ese algo de lo
que estamos hablando hasta tener experiencia (colores).
Antes de entrar en esta cuestión del conocimiento humano, vamos a plantearnos una
pregunta básica: ¿Eso que conocemos es la auténtica realidad? De otro modo, ¿lo que
conocemos existe realmente fuera de nuestro conocimiento? A lo largo de la historia del
pensamiento, la respuesta a esta pregunta se ha articulado en torno a dos grandes posturas:
posturas realistas y posturas idealistas.
· Posturas realistas. Las cosas son reales independientemente de que las conozcamos o
no. No obstante, a día de hoy, pocos filósofos o científicos continuarían defendiendo un realismo
ingenuo como el que afirma que la realidad está ahí fuera esperando que nosotros la
conozcamos tal cual es mediante el uso de nuestros sentidos y de nuestra razón. El realismo
crítico actual postularía que la realidad es, en buena parte, una construcción de nuestra mente
que sólo nos permite percibir y conocer las cosas de una manera determinada, aunque dichas
cosas continúan existiendo, independientemente de nosotros, a pesar de que nunca podamos
conocer cómo son realmente.
· Posturas idealistas. Los idealistas, adoptando un punto de vista más radical, más
alejado del sentido común, defienden que en ningún caso podemos afirmar la existencia de
realidades ajenas a las ideas de nuestra mente, que serían, en definitiva, lo único real. El máximo
representante de este idealismo, llevado a sus últimos extremos, sería el filósofo británico George
Berkeley (1685-1753), para el cual nunca llegamos a conocer directamente el mundo exterior,
sino únicamente las ideas que tenemos de él. Por lo tanto, decir que estas ideas son una copia o
una representación de una supuesta realidad exterior es tan estúpido como decir que un retrato
se parece a alguien a quien nunca hemos visto. Lo único que existe, o que podemos afirmar que
existe, son las ideas en nuestra mente, ideas que según Berkeley han sido puestas ahí por Dios.
Por eso, la pregunta no debería ser “¿por qué creer en Dios?” sino “¿Por qué creer en el mundo
exterior?”
3.1.3. ¿Cómo conocemos?
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El ser humano puede alcanzar el conocimiento a través de varias vías:
· A través de la razón. Cuando hablamos de conocimiento solemos pensar en el
conocimiento racional o saber. Se trata de un tipo de conocimiento que trabaja principalmente
mediante la formación de conceptos universales a través de un proceso de abstracción, pero
también estableciendo relaciones puramente formales entre conceptos, como ocurre con el
conocimiento matemático. Los filósofos racionalistas conceden a la razón un papel preferente en
el proceso de conocimiento y consideran que éste funciona, principalmente realizando
deducciones a partir de ciertas verdades elementales e indudables.
En cuanto al proceso de abstracción, consiste en extraer lo que tienen en común distintos
objetos parecidos para formar un concepto universal que los incluye a todos. Por ejemplo,
formamos el concepto de gato teniendo en cuenta únicamente lo que tienen en común ciertos
individuos semejantes a los que, en adelante, englobaremos bajo el mismo nombre. Los
conceptos universales son imprescindibles para construir un conocimiento elaborado y complejo
de la realidad. Sin ellos sería imposible el desarrollo de la ciencia, ni siquiera sería posible la
comunicación entre los seres humanos. Pero no olvidemos que:
(1) Todo proceso de abstracción supone un cierto falseamiento de la realidad, pues
ignoramos las diferencias existentes entre los individuos a los que hemos dado un mismo nombre
común, y aquéllas en muchos casos, pueden ser mayores que las semejanzas. Así, llamamos
peces tanto a los tiburones como a un caballito de mar, cuando las diferencias entre ellos son
más que evidentes; y
(2) Para poder formar un concepto abstracto debemos partir de la observación previa de
casos particulares. Por lo tanto, el conocimiento racional ni es el único ni siquiera el primero al
que accede el ser humano.
· A través de los sentidos. Sin duda alguna, el primer contacto que establecemos con la
realidad es a través de los sentidos, y no podríamos concebir la existencia de ningún otro tipo de
conocimiento más elaborado sin la existencia previa de un conocimiento sensorial. Ésta es,
básicamente, la postura defendida por los filósofos empiristas.
Ahora bien, este tipo de conocimiento ha sido desprestigiado por la filosofía a través de
toda la historia del pensamiento, negándosele incluso su categoría de auténtico conocimiento.
Las razones para ello son variadas:
- La escasa fiabilidad de los sentidos que, a menudo, nos engañan sobre la veracidad de
los datos que nos están transmitiendo. Pensemos, por ejemplo, en las ilusiones ópticas.
- Sus propios límites, que sólo nos permiten captar una parte de lo real, impidiéndonos
percibir otros aspectos que quedan fuera de nuestro alcance. Más allá de estos umbrales o
límites de la percepción no podemos captar ciertos sonidos o distinguir ciertos colores (por
ejemplo, el ultravioleta) que, sin embargo, son tan ‘reales’ como el rojo o el amarillo.
- La duda de que incluso ese fragmento de la realidad que podemos captar se corresponda
con lo que realmente pueda existir fuera de nosotros. ¿Hasta qué punto nuestros sentidos
modifican y transforman lo existente?
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· A través de la intuición. Se entiende por intuición un tipo de conocimiento directo e
inmediato que, sin necesidad de razonamiento alguno, nos hace darnos cuenta de que una cierta
verdad es evidente e indudable. En muchas ocasiones opera de un modo puramente
inconsciente. No sabemos explicar cómo ni por qué hemos llegado a esa conclusión, pero
estamos seguros de su verdad. Descartes fue defensor de una intuición racional como una de las
operaciones básicas mediante las que funciona la razón y es la que nos da acceso a las verdades
fundamentales (por ejemplo, ‘pienso, luego existo’) a partir de las cuales deduciremos las
restantes.
Cabe distinguirla de otro sentido en el que se utiliza la palabra. Por ejemplo, cuando se
dice ‘tengo la intuición de que hoy voy a tener un buen día’. En este caso se trata de corazonadas
o presentimientos que nada tienen que ver con un conocimiento fiable. Tampoco se refiere a una
revelación religiosa, que para los creyentes es una vía válida de conocimiento. Ésta es una
intuición no racional, una especie de iluminación que, supuestamente, capta los mensajes de la
divinidad, “verdades” que no son accesibles por ningún otro medio. Sólo es aceptada por los
adeptos a esas ideologías y religiones, siendo imposible lograr un consenso objetivo sobre los
conocimientos alcanzados.
· A través de la imaginación. La imaginación es aquella capacidad de la mente humana
que nos permite representar en nuestra mente imágenes de cosas percibidas con anterioridad,
pero también concebir ideas originales, crear proyectos novedosos o combinar de un modo
original ideas ya existentes. La imaginación no es sólo una de las formas más importantes de
conocer, sino que, además, está en la base de toda actividad creativa que permite el
descubrimiento de nuevas verdades.
Aunque en la recepción e información a través de los sentidos el sujeto no actúa de un
modo totalmente pasivo, como hemos visto, en el caso de la imaginación es imprescindible la
colaboración activa del individuo, que combina las imágenes mentales de su cabeza, llegando así
a resultados novedosos y sorprendentes.
La imaginación puede, sin duda, colaborar con la razón, pero en muchas otras ocasiones
va mucho más allá. La utilizan científicos, filósofos, escritores, pintores y artistas en general. Pero,
además, también lo hacen de un modo frecuente muchas personas para resolver problemas de
su vida diaria.
En el punto anterior hemos visto que hay distintos modos de acceder al conocimiento. Otra
cuestión distinta es de dónde procede., cuál sería su punto de arranque. Aquí también las
posturas varían, resumiéndose básicamente en dos opciones: la de aquellos que defienden que
todo nuestro conocimiento procede de la experiencia sensible y la de quienes defienden la
capacidad de la razón para alcanzar conocimientos por sí misma. Los llamaremos,
respectivamente, empiristas y racionalistas, pero veremos también otras dos posturas.
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3.2.1. Posturas empiristas.
A lo largo de la historia del pensamiento diferentes filósofos, como por ejemplo David
Hume y John Locke, se han mostrado cercanos a este punto de vista, según el cual cuando
nacemos, nuestra mente es una tabula rasa (Locke), es decir, una hoja en blanco. Nacemos
vacíos de conocimiento y tenemos que ir escribiendo nosotros mismos esa hoja. ¿Cómo? Pues a
partir de las experiencias que vamos adquiriendo a través de los datos de los sentidos. Sólo a
partir de esos datos sensibles nuestra razón podrá, posteriormente, ir elaborando pensamientos
cada vez más complejos, por ejemplo, mediante procesos de abstracción, como los explicados
más arriba. De esta manera, el empirismo se halla relacionado con las posturas realistas que
vimos en el punto anterior, en concreto, con un realismo crítico y no ingenuo.
El empirismo es sin duda, la postura filosófica cercana a lo que podríamos llamar “el
sentido común”, pero en su contra podríamos señalar los siguientes datos:
- Como ya sabemos, nuestros sentidos sólo nos muestran un aspecto parcial y falseado de
lo real, por lo que, de ser cierta la tesis empirista, estaríamos condenados a no poder acceder en
ningún caso a un conocimiento puramente objetivo y universal. Así, por ejemplo, si dependiera
exclusivamente de los sentidos, seguiríamos pensando que es el Sol el que gira alrededor de la
Tierra.
- Existen conocimientos abstractos que no se pueden explicar desde un punto de vista
puramente empirista, como ocurre con el conocimiento matemático.
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Imaginemos que queremos cocinar una tarta casera. Para ello necesitamos una serie de
ingredientes: harina, azúcar, huevos, etc., pero también necesitamos un molde donde verter todos
esos ingredientes y poder introducirlos en el horno. Ambas cosas son imprescindibles: si tenemos
un molde pero no tenemos con qué rellenarlo nunca tendremos una tarta; pero si tenemos los
ingredientes y no hay molde tampoco tendremos la tarta
Algo parecido ocurre con el conocimiento según Kant (1724-1804), filósofo alemán que
intenta sintetizar las posturas empirista y racionalista. En efecto, Kant señala que, para poder
explicar adecuadamente el conocimiento, son imprescindibles ambos elementos, tanto unos datos
sensoriales procedentes del mundo exterior (ingredientes) como una serie de estructuras
mentales y conceptos independientes de la experiencia -lo que él acuñó como intuiciones puras y
categorías- que son los que dan sentido a los datos sensibles (molde). Un ejemplo: una de las
estructuras sería el tiempo. Lo que nosotros percibimos a través de los sentidos es un conjunto de
datos: cómo cambia el aspecto de un árbol cada vez que lo observamos, cómo crece y se
transforma un ser vivo, la luz diferente existente en el ambiente cada vez que miramos… Pero
¿dónde vemos el “tiempo”? Éste es una estructura de nuestra mente para clasificar y ordenar en
una línea cronológica todos esos cambios que, de ese modo, adquieren un sentido.
Sin esas estructuras y conceptos a priori, los datos sensibles no pasarían de ser un cúmulo
caótico de impresiones sin sentido; pero sin datos sensibles las estructuras y conceptos a priori
no tendrían a qué aplicarse. Kant lo expresó mediante la siguiente idea: “sin los contenidos de la
experiencia, la razón es vacía; y sin la razón, la experiencia es ciega”.
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¿Podemos llegar a conocerlo todo mediante la razón o los sentidos? ¿O, por el contrario,
existen límites a lo que puede ser conocido? A través de la historia del pensamiento se han
defendido posturas muy diferentes al respecto:
a) Dogmatismo. Aunque esta palabra la utilizamos a menudo como sinónimo de
intolerancia, haciendo referencia a un dogmatismo acrítico, también hay otro sentido filosófico y
crítico que es el que ahora nos interesa. El dogmatismo filosófico es la postura según la cual la
razón es capaz de acceder a verdades absolutas y objetivas válidas sin ningún tipo de duda. Por
ejemplo, Descartes pensaba que el famoso “pienso, luego existo” era una verdad de este tipo,
pues, para intentar dudar de que pienso, ya tengo que pensar, lo que demostraría la
irrefutabilidad de esta verdad.
Este último tipo de dogmatismo estaría vinculado con las posturas que anteriormente
etiquetamos como idealistas y también con los racionalistas.
c) Relativismo. Los relativistas afirman que todas las verdades son válidas para aquellos
que las defienden y que, por consiguiente, no existe una verdad que sea más aceptable que otra.
El relativismo llevado a su extremo conduce al subjetivismo y no debe confundirse con el
escepticismo. Este afirma la imposibilidad de alcanzar conocimientos ciertos. Relativistas y
subjetivistas, por el contrario, afirman que sí existen verdades, pero sólo son válidas para cada
individuo o para cada cultura o época.
d) Criticismo. Postura defendida por Kant, que afirma que no podemos conocer nunca la
auténtica realidad; pero, al menos, la realidad que puede ser conocida por nosotros puede ser
objetiva y universal, pues todos los seres humanos compartimos las mismas estructuras
mentales.
De esta manera, Kant se aleja tanto del dogmatismo, pues acepta que no podemos
conocer la auténtica realidad, como del escepticismo, pues sí es posible llegar a alcanzar
verdades válidas para todos los seres humanos, e incluso del relativismo, pues esas verdades no
dependen de las costumbres culturales de cada pueblo, sino que pueden ser perfectamente
compartidas por todo el mundo.
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e) Irracionalismo. Es la postura de aquellos autores que, como Nietzsche, señalan que la
razón está sobrevalorada y que los seres humanos nos dejamos llevar más por sentimientos y
emociones a la hora de tomar decisiones. Además, consideran que la racionalidad ha llevado a
un falseamiento de la realidad al alejarse de lo único que de verdad existe: los seres individuales.
Sus diferencias y particularidades han sido sepultadas bajo conceptos generales que sólo
recogen sus pequeñas semejanzas, obviando sus múltiples diferencias. Por ello, la razón se
convierte en su propio límite al crear un mundo ficticio e intentar hacernos creer que es el real. No
existe “el árbol”, sino múltiples formas de vida vegetal a las que les damos el mismo nombre y a
las que la razón jamás podrá conocer en su singularidad.
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El problema es cómo asegurarnos de que algo es evidente, sin posibilidad de duda.
Descartes señala que las verdades evidentes las conocemos como tales por intuición, un tipo de
conocimiento que también hemos visto en apartados anteriores. Lo problemático de esta postura
es que, al final, acaba poniendo el fundamento del conocimiento racional en algo tan poco
racional como la intuición.
4) Verdad como coherencia. Si alguien me dice que “se va a casar con la hermana de su
viuda” podría decirle que está hablando de un modo totalmente incoherente ya que, si tiene una
viuda, es que está muerto. Los defensores de la coherencia como criterio de verdad afirman que
un conocimiento sólo será verdadero cuando no entre en contradicción con el conjunto de los
restantes conocimientos ya admitidos como válidos. Por eso, la frase anterior sería inadmisible.
El problema de este criterio de verdad es que, aplicado al pie de la letra, imposibilita el
desarrollo del conocimiento científico: cuando surja un dato en contra de una teoría vigente,
deberíamos descartarlo por incoherente. En realidad, el descubrimiento de una incoherencia en
una teoría científica no la invalida totalmente. Lo que hacemos es intentar “parchearla” con
posibles explicaciones suplementarias, siempre que esas incoherencias no se acumulen y se
hagan insoportables, en cuyo caso sí sería necesario un cambio de teoría científica explicativa.
Por esta razón, el criterio de coherencia sólo se admite hoy en día como válido para
ciencias formales como la lógica y las matemáticas, en las que la coherencia sí se convierte en
una condición necesaria. Por ejemplo, en lógica existe el principio de no contradicción Ꞁ (A ᴧ ꞀA),
que afirma que es imposible que una cosa pueda estar a la vez afirmada y negada.
5) El perspectivismo. Esta postura fue defendida, entre otros, por el filósofo español
Ortega y Gasset: la verdad absoluta no existe, es una cuestión de perspectiva. Esto no significa,
en absoluto, una postura relativista. Lo que nos dice Ortega no es únicamente que la verdad
depende de la perspectiva de cada individuo que conoce, sino también que la propia realidad nos
ofrece múltiples perspectivas. La realidad es un poliedro con muchas caras, cada una de las
cuales será verdadera para aquel a quien se le muestre. En el caso de que se pudiera hablar de
una verdad absoluta, esta sería el resultado de unir todas esas innumerables perspectivas. Pero
ésta es una tarea imposible.
Imaginemos a un grupo de turistas japoneses que viajan de vacaciones a España, cada
uno a un lugar diferente. Al volver a su país, cada turista cuenta su experiencia. El que ha estado
en Almería dirá que España es un país prácticamente desértico; el que ha estado en Barcelona
dirá que España está llena de edificios modernistas; y el que ha estado en Santiago dirá que en
España llueve a todas horas. Cada una de esas perspectivas es correcta para quien la
experimentó, pero, sin duda, es parcial e incompleta.
6) La teoría pragmática de la verdad. Es una postura filosófica surgida en Norteamérica
fuertemente emparentada con la corriente ética llamada utilitarismo. Según los pragmatistas, sólo
admitiremos como válidos aquellos conocimientos que traigan consigo una serie de
consecuencias positivas para nuestra supervivencia como especie y que contribuyan a hacernos
más agradable la vida aportando soluciones a los problemas con lo que nos enfrentamos. Lo
verdadero será, pues, lo que resulte ser útil, aunque parezca contrario a la lógica o al sentido
común. Así, ciertas tesis alejadas de la realidad se convierten en “verdaderas” para ciertas
personas simplemente porque resultan útiles en un contexto concreto.
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7) Verdad como consenso. Este punto de vista se desarrolla a partir de la teoría
pragmática y señala que es posible que no exista la verdad objetiva, lo cual no quiere decir que
toda la verdad tenga que ser subjetiva. Es posible alcanzar verdades intersubjetivas a través del
consenso mediante un diálogo racional entre las diversas partes implicadas.
Este diálogo, como señala Habermas, debe cumplir una serie de condiciones para que sea
legítimo: todas las personas interesadas en participar en el mismo deben hacerlo en igualdad de
condiciones; debe existir una completa libertad de expresión sin rechazar ningún punto de vista
basándose en cualquier tipo de prejuicios. Cada una de las opiniones emitidas debe estar
racionalmente justificada con argumentos sólidos (no vale decir “porque sí” o “porque es mi
opinión”). Cada participante debe cambiar de postura si los argumentos del otro acaban
resultándole convincentes. Ha de existir una intención real de ponerse de acuerdo, y las
conclusiones a las que se lleguen deben ser asumidas y respetadas por todo el mundo.
Debe quedar claro también que las verdades alcanzadas a través de este proceso
dialogante nunca serán eternas ni objetivas y, por lo tanto, podrán ser sustituidas más adelante
por otras si se encuentran argumentos convincentes para hacerlo.
El problema de esta postura es que, quizá, parta de una concepción demasiado optimista
de la naturaleza humana y dé por sentado que podemos llegar a acuerdos pacíficos y racionales
sin necesidad de imponer nuestro punto de vista o de pasar directamente a las manos.
8) La negación de la verdad. Los defensores de esta postura afirman que la verdad
objetiva como tal no existe. La verdad no es más que una creación humana con el objetivo de
hacernos más aceptable y comprensible la vida. La verdad es el resultado de una mentira: la
mentira de hacernos creer que existe la verdad.
¿Y quién está interesado en esa mentira? Según Nietzsche aquellos que, teniéndonos
sujetos a esa “verdad”, pretenden convertirnos en dóciles borregos. Sacerdotes, filósofos,
políticos y científicos serían los creadores y perpetuadores de esa mentira que es la verdad.
La búsqueda del conocimiento y el amor del ser humano por la verdad tienen como
contrapunto la demagogia. Justo cuando hizo su aparición la filosofía también irrumpió con fuerza
la sofística, encargada de adulterar el discurso y adaptarlo a la consecución de fines u objetivos
personales.
En nuestra llamada sociedad del conocimiento, tanto el poder tecnológico como la
inclinación emotivista de los ciudadanos han dado lugar a un nuevo fenómeno denominado
posverdad. Este término se hizo popular en 2016, cuando el Diccionario Oxford lo eligió como
palabra del año.
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El concepto de posverdad hace referencia a unas determinadas circunstancias públicas en
las que los hechos objetivos son menos influyentes que las emociones o las creencias personales
a la hora de conformar la opinión pública.
Para entender el sentido del fenómeno de la posverdad es preciso tener en cuenta que:
· La posverdad opera en el campo de la opinión pública. La posverdad no sustituye a la
verdad en todos los campos. El filósofo estadounidense Harry G. Frankfurt (1929-2023) explica
que hay contextos reales que “ni la más enérgica” subjetividad se atrevería a vulnerar”. Por
ejemplo, no podemos negar verdades matemáticas. La posverdad aparece en el ámbito de la
opinión pública, en aquellos temas más discutibles en los que pesa la opinión personal o la
ideología política.
· La posverdad no se identifica con la mentira ni con el error. La posverdad no es
como la mentira, que consiste en afirmar algo falso con la intención de engañar; tampoco es
como el error, que está relacionado con nuestros desaciertos a la hora de captar la realidad. Hace
referencia, fundamentalmente, a una mala praxis: dar mayor importancia a nuestros prejuicios y
preconcepciones ideológicas que a la realidad.
· La posverdad cobra entidad en la sociedad actual. En concreto, se hace presente al
estudiar fenómenos como el Brexit, el referéndum en el que se debatía la salida o la permanencia
del Reino Unido de la Unión Europea. Para argumentar a favor del abandono, muchos apelaban a
los gastos sanitarios derivados de la apertura de fronteras, cuando los datos demostraban que la
inmigración no resultaba tan costosa para el sistema de salud británico.
Otros ejemplos son las teorías de la conspiración o la idea de que los medios de
comunicación tergiversan una y otra vez los hechos. Poe ello, éstos han perdido influencia en la
conformación del juicio público.
Existen varios factores que han determinado la difusión de esta actitud que supedita la
objetividad a las inclinaciones subjetivas.
· El relativismo. La confusión acerca de la verdad como correspondencia y la idea de que
el criterio de verdad es subjetivo o utilitario han ocasionado que, especialmente en el ámbito
público, se hayan perdido las referencias objetivas. Frente a ellas, es más importante la opinión
personal. Los hechos pierden relevancia y la lógica cede ante lo subjetivo.
La filosofía de Nietzsche es uno de los precedentes más claros del fenómeno. Es famosa
la afirmación del filósofo alemán según la cual no hay hechos, sino interpretaciones. Junto a este
filósofo, la posmodernidad ha sido la corriente intelectual que más ha contribuido a propagar la
posverdad, al sostener que la verdad es una construcción social erigida por el poder.
· El emotivismo epistemológico. Defiende que la adquisición del conocimiento está
condicionada por la efectividad, de modo que, más que el punto de vista imparcial, lo importante
es la resonancia que la realidad tiene en el interior de cada persona. Esto explica muchas
características del debate público contemporáneo, en el que es fácil comprobar que los
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argumentos están ausentes y que predomina la apelación a lo visceral y a lo irracional para lograr
convencer a la ciudadanía.
· La ideologización del discurso público. Cuando la fuerza del discurso depende de las
emociones y no de hechos objetivos, la posverdad se convierte en un arma arrojadiza. La
contraargumentación es sustituida por el ataque a la persona e, incluso, por su expulsión del
ámbito público.
Desde el punto de vista individual, impide formarse una opinión ajustada y objetiva de la
realidad, de modo que obstaculiza el acceso a la verdad.
Desde el punto de vista social, acentúa la polarización ideológica y la conflictividad. La
verdad es el terreno común, el punto de encuentro entre las personas de diversas concepciones
ideológicas. Si se desvaloriza, se dificulta la participación ciudadana y el encuentro entre
personas que hace posible la búsqueda conjunta del bien común.
Se suele vincular la posverdad a las nuevas tecnologías y a otros fenómenos como las
fake news o noticias falsas. En el primer caso, es evidente que internet, una herramienta valiosa
para aumentar nuestro conocimiento, permite la difusión de bulos.
Al mismo tiempo, el potencial tecnológico hace posible “engañar a los usuarios”
manipulando imágenes, vídeos o textos. Si tenemos en cuenta que en la actualidad la mayor
parte de las personas se informan a través de las redes sociales y que es muy difícil diferenciar
las fiables de las que no lo son, se comprenderá la necesidad de extremar el cuidado.
Las compañías tecnológicas no pasan por alto estos desafíos. Algunas redes sociales, por
ejemplo, cancelan cuentas que difunden información falsa o animan a denunciar perfiles fingidos.
Pero, al mismo tiempo, muchas de ellas se convierten en juezas de lo que puede decirse.
En todo caso, el hecho de sucumbir o no a su poder depende de los hábitos intelectuales y
morales de las personas, que son las consumidoras de la información. Es esencial, por ello,
consultar fuentes fiables, contrastar la información y, sobre todo, vencer los sesgos que nos
inclinan a interpretar la realidad, no desde la razón, sino desde la ideología.
“Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira,
sino garantizar que nadie crea en nada. Un pueblo que ya no distingue entre la verdad y la
mentira no puede distinguir entre el bien y el mal: un pueblo privado del poder de pensar.”
Hanna Arendt.
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3.5. LA HISTORIA DE LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO.
Edad Antigua
Platón (S. V a. C.) sostuvo la existencia de dos grados de conocimiento. Por una parte, el
conocimiento sensible nos muestra un mundo en constante cambio y no nos da a conocer lo que
es la realidad, con lo que este conocimiento es fuente de opinión; por otra parte, el conocimiento
racional nos permite alcanzar el mundo de las ideas y de él obtenemos la ciencia, con lo que
podemos llegar a las ideas sin pasar por la experiencia sensible. Entender es, para Platón, el
despertar del alma a un conocimiento que ya poseía antes de unirse al cuerpo. (Realismo
exagerado)
Aristóteles (S. IV a. C.) sostenía que conocer es poseer el objeto conocido de modo
intencional e inmaterial, por lo que éste remite a una realidad que trasciende al sujeto que
conoce. Distinguió entre el conocimiento sensible y el conocimiento intelectual. Este último es
exclusivo del ser humano, aunque, frente a Platón, sostuvo que necesita partir de los datos de los
sentidos. La inteligencia del ser humano puede alcanzar lo universal y está abierta a la totalidad
de lo real. Las tres operaciones de la inteligencia humana son la simple aprehensión, el juicio y el
razonamiento. La elaboración de juicios y razonamientos hace posible el conocimiento ordenado
y sistemático de la ciencia. (Realismo moderado)
Edad Media
(Santo) Tomás de Aquino (S. XIII), como Aristóteles, consideró que el conocimiento es
inmaterial, intencional e inmanente. También distinguió entre conocimiento sensible e inteligible,
aunque ambos forman una unidad. El primer contacto con la realidad se lleva a cabo a través del
conocimiento sensible, que se divide en dos niveles: los sentidos externos y la sensibilidad
interna. El conocimiento intelectual está compuesto por la simple aprehensión que abstrae el
concepto universal en el conocimiento de los individuos particulares; por el juicio, que atribuye
propiedades a un objeto, y por el raciocinio, que permite pasar de una verdad conocida a otra
forma deductiva. Definió la verdad como la adecuación entre el entendimiento y la cosa. La
noción de verdad añade una característica a la existencia de una cosa: su reconocimiento por
parte de un ser inteligente. (Realismo moderado)
Guillermo de Ockham (S. XIV) decía que las cosas carecen de entidad, no tienen
esencia; simplemente están ahí. En consecuencia, no es posible conocer racionalmente las
causas ni los principios de la realidad. Sólo podemos conocer la realidad singular concreta.
Diferenció entre conocimiento intuitivo y conocimiento abstractivo. El primero percibe una cosa
concreta como existente o no existente de forma directa e inmediata, así como las relaciones
entre las cosas individuales. El segundo pone entre paréntesis (abstrae) la existencia o no de lo
singular. Se trata de un conocimiento confuso, pues al abstraer no podemos saber si las cosas
que pensamos existen fuera de nuestra mente. Los conceptos universales son signos cuya
existencia sólo se da en el entendimiento. (Nominalismo)
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Edad Moderna
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