Revista de filosofía
ISSN: 0185-3481
ISSN: 2954-4602
Universidad Iberoamericana, Departamento de filosofía
Ávalos Soto, Carlos Paúl; Romero Laguado, Elurbin
Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
Revista de filosofía, vol. 56, núm. 156, 2024, Enero-Junio, pp. 156-200
Universidad Iberoamericana, Departamento de filosofía
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INVESTIGACIÓN
Arqueoescritura:
pensar de otro modo la
escritura de las teorías
de la historia
Arch-writing:
Thinking Otherwise the
Writing of the Theories of
History
Carlos Paúl Ávalos Soto*
Maestro en historia por la universidad autónoma de sinaloa
[email protected]
orcid: 0009-0003-2790-2020
Elurbin Romero Laguado**
Doctor en historia por la universidad iberoamericana
[email protected] orcid: 0000-0002- 8494-8418
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-
ShareAlike 4.0 International License.
Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
Resumen
Cuando ahora las formas de hacer historia materializan una multiplicidad de
grafías, y el giro reflexivo y el giro historiográfico nos permiten idear las historias
de las teorías de la historia en una posibilidad más, en este ensayo se presenta
un deseo, una promesa cuya llave de acceso precisa saber lo que pretende la
locución arqueoescritura. Esbozos y trazas de la teoría de la historia en cuestión:
¿qué cabe esperar en las escrituras diferidas de la arqueoescritura? Escrituras
equívocas en clave derridiana de la teoría de la historia como historiografía.
Una posibilidad imposible aplazada. Escrituras para examinar la metafísica de la
presencia en la historiografía, conscientes de que no podrán formular una teoría
de la historia en la única firma derridiana, porque lo real se resiste a ser domado
e incorporado al impar filosófico derridiano.
Palabras clave: deconstrucción, giro historiográfico, iterabilidad, reflexividad,
historiografía.
Abstract
In this article, when there are now new perspectives in the Writing of History and
the “reflexive turn” and the “historiographic turn” allow the “Theory of history
as Historiography” to be forged one more possibility, a desire, a promise whose
access key is. It is necessary to know what you want, to do with the notion of
Archaeo-writing. Historicize the temporal plurality of the Theory of History from
the question: What can we expect in the deferred writings of Archaeo-writing?
Expect equivocal writings in Derridean key of the Theory of History as Histo-
riography. An impossible possibility yesterday. Writings created to examine the
metaphysics of presence in historiography, knowing that they will not be able to for-
mulate a “Theory of History” with the sole Derridean signature because “the real”
resists being domesticated and incorporated into a single theoretical thought.
Keywords: Deconstruction, “Historiographic turn”, Iterability, Reflexivity, His-
toriography.
Recepción 29-8-2023 / Aceptación 13-9-2023
doi: 10.48102/rdf.v56i156.207
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Carlos Paúl Ávalos Soto / Elurbin Romero Laguado
* Licenciado en Filosofía (uabcs) y estudios de maestría (uas); miembro docente y profe-
sor del Instituto Tecnológico de México (tecnm), sede Los Cabos; ha hecho estancias de
Investigación en el “Seminario Teoría de la historia e investigación historiográfica con-
temporánea” (unam) y en “Línea de investigación de teoría y epistemología de la histo-
ria” (Universidad Nacional de Colombia, Bogotá); entre otros estudios e investigaciones
académicas. Actualmente es alumno del programa de Doctorado en Historia de la Univer-
sidad Iberoamericana, sede Ciudad de México (ibero-cdmx).
**Doctor en Historia por la Universidad Iberoamericana de México. Ha sido docente de
Teoría de la Historia y América Latina en la Universidad Industrial de Santander, y Met-
odología de la Investigación en las Unidades Tecnológicas de Santander. Entre sus líneas de
investigación están: Teoría de la historia, Independencia y culturas políticas en Iberoaméri-
ca; entre sus publicaciones se destacan: “Representar para regenerar, el hacer político de los
conservadores en tiempos de la Regeneración”, Cap. del libro El Hecho religioso: historia
en perspectiva regional, Bucaramanga, uis, 2013; Pensamientos y voces. Ejes culturales para
unas políticas de lectura y bibliotecas en el departamento del Cesar, Valledupar, Corporación
Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez, 2010; Oscar Blanco y Elurbin Romero, “Trayectorias
del catolicismo político en Colombia” –Contribución a la obra colectiva dirigida por el Dr.
Francisco Colom y Ángel Rivero (eds.), El altar y el trono, Barcelona, Anthropos, 2007. Y
Entre herencia y porvenir (en prensa).
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
Las historias se proyectan
en el plano que hemos elegido.
Paul Veyne, Cómo se escribe la historia
Introducción
En la contraportada de la traducción al español de Repensar la historia de
Jenkins, el editor escribe: “Los cambios que se han operado desde la se-
gunda mitad del siglo xx han provocado y están provocando transforma-
ciones en nuestras formas de entender y de aprehender el pasado”.1 Estas
innovaciones están acompañadas de un incremento de complejidad, por
lo que mantener el debate crítico de “la historia como cosa” y “la historia
como construcción de la imaginación histórica” o, por qué no, una “ope-
ración historiográfica”, cada vez resulta más industrioso. Al leer parte
de la historiografía —de conformidad con Roger Chartier— podemos
entenderla como una entre varias comunicaciones sobre el pasado,2 en el
tiempo en que la historia conceptual de lo político “toma como objetos
privilegiados lo inacabado, las fracturas, las extensiones, los límites y las
negaciones de la democracia”.3 La historiografía ya no consiste en recons-
truir “lo real” ni textos liberados del yo, de la subjetividad y del equívoco
del lenguaje; observamos a la historia, “que intenta hacer revivir [por lo
menos en la propuesta de Rosanvallon] la sucesión de presentes tomán-
dolos como otras experiencias que informan sobre la nuestra”.4
Ahora bien, hay un deseo, con lo escrito aquí y con el giro historiográ-
fico, mal que bien, por historizar la historia fabricada por historiadores.
La historia actual se define porque no ve el pasado como “cosa”, traza
1
Keith Jenkins, Repensar la historia (Madrid: Siglo xxi Editores, 2009).
2
Roger Chartier, Presencias del pasado. Libros, lectores, editores (Valencia: puv, 2021), 51.
3
Pierre Rosanvallon, Por una historia conceptual de lo político: Lección inaugural en el Collége de France
(Buenos Aires: fce, 2003), 49.
4
Rosanvallon, Por una historia conceptual de lo político, 25-26.
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explicaciones en una sucesión de eventos causales y, aunque menos co-
mún en la escena de fundir la teoría de la historia a sistemas conceptuales
únicos, no podríamos ni deberíamos pasar por alto que lo proyectado
(historias de las teorías de la historia) tendrá que someterse a la jerarquía
“historia/ciencia” (producto de un trabajo exhaustivo de archivo y de su
crítica documental, en adelante las “historias empíricas”) por un lado de
la distinción, y por el otro, las historias abstractas o filosóficas, conceptua-
les, semánticas de los tiempos históricos, al estilo de Reinhart Koselleck
en Europa o de los lenguajes políticos en clave de Elías José Palti en Sud-
américa. Sus escrituras de una historia intelectual, aunque diferentes a las
convencionales “historias empíricas”, no pierden sus pretensiones de ser
historias, no pasan por filosofías en la clasificación de libros, categoriza-
ción adversa pero cada vez menos sensible entre historiadores. Los signos
de esa alergia divisoria se siguen presentando de este lado del Atlántico en
general y América del Sur en particular.
Lo que buscamos trazar es que la teoría de la historia, en sus dos
acepciones: teoría de la historia y teoría de la historiografía, puede ser
recogida como sistema(s) e historia(s), en deferencia de la historiografía
actual como una de sus temáticas, en la pluralidad de sus nuevos objetos,
anclajes históricos y cuyas producciones (venideras) —al ser teorías de la
historia— pasarían por auténticos ejercicios de historiografía.
El plan está fraguado en clave derridiana, a modo de un punto de
acceso para contar en el porvenir con historias de las teorías de la histo-
ria, en las cuales el historiador vuelva su reflexividad a la relación habla/
escritura, como “táctica de lectura y escritura” de la metafísica de la pre-
sencia, de lo latente, en la relación historia/ciencia que problematiza la
teoría en: ¿cómo conozco el pasado y cómo es que hablo del pasado?5
5
Ambas cuestiones son usadas por Alfonso Mendiola para referirse al paso de los problemas de la
historia, suscitados por la Metahistoria de Hayden White de 1973.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
Asumimos cinco criterios para entender la maniobra de la historiografía
como una “comunicación”, que remueve espacios atemporales e inmó-
viles de la escritura de la teoría de la historiografía, a fin de obtener lo
múltiple y la diferencia de la escritura diferida, sin archivar una teoría
aislada: 1) Admitir una historia como historiografía que toma en cuenta
el anclaje discursivo. 2) El sentido habita en diferir (Derrida) y en la
supervivencia selectiva del pasado (forma-distinción), a la espera de lo
dicho y de lo escrito. 3) La escritura de la historia como “los agentes
sociales se temporalizan con la práctica por medio de la práctica”.6 4) El
interés histórico y lo que hace que la historicidad sea una experiencia del
análisis existencial (autorreflexivo) del historiador, para suspender en los
trazos de otras marcas impresas las “estructuraciones factuales (históricas)
de nuestra existencia”;7 es decir, “formas de vida” de las propiedades in-
trínsecas de las distintas formas de la comunicación. 5) Al pensar la his-
toriografía como comunicación, al proyectar lo dicho (la pluralidad de
temporalidades e historicidades) y lo escrito (historias) en la escritura
de la historia (historiografía), suponemos “que nada sea seguro y, que sin
embargo, todo sea posible”.8
La historiografía (escritura de la historia o la historia de los historia-
dores) establece una comunicación de comunicaciones sin límite en la am-
pliación (móvil) de su lado de observación, y restringida a las diferencia-
ciones de textos de cultura. Por más “historia empírica” que se diga, ajena
a la reflexividad, la investigación y producción del texto de historia es
reflexivo y la diferencia, archivada. La exigencia de reflexividad es objeti-
var afirmaciones del observador al desmontar legados, abrir su historici-
dad a la finitud y enviar nuevas relaciones con el pasado, la investigación
6
Pierre Bourdieu, Meditaciones pascalianas (Barcelona: Anagrama, 1999), 283.
7
Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer (Ciudad de México: Universidad
Iberoamericana, 2010), 16.
8
Bourdieu, Meditaciones, 284.
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histórica de “hechos” está en discusión al suspender su contingencia en
el lance de la obra histórica, ahora que “toda historia es historiografía”.9
En un momento en que la historiografía es teoría a manera de historias,
como evidencia la producción historiográfica de François Hartog, para que
se multipliquen espacios de alteridad jovial entre las historias empíricas y
las historias reflexivas, la teoría y la historiografía precisan de hospitalidad
historiográfica, en el solaz de las declinaciones admitidas con la profesio-
nalización de la disciplina histórica moderna, entre fáctico/abstracto, em-
pírico/reflexivo, filosófico/histórico, fantasía/realidad.10 Necesitamos un
campo historiográfico en el cual la historiografía no sea una cosa, sino una
comunicación,11 un intento de entenderse en referencia al pasado.
Alcanzar una producción como la que se tiene hoy (para tramar una his-
toria) opta por 1) separar las capas del tiempo o 2) colegir relaciones y mo-
vimientos semánticos.12 Con la historiografía de la teoría aguardaríamos
que esa degradación persistente entre la división empirismo/pensamiento
fuese aminorada, no para hacer equivalente lo fáctico al pensamiento o a
la razón —la razón occidental y su logocentrismo es lo que da origen a la
metafísica de la presencia—, sino para contrarrestar la degradación entre
texto y significado, que afecta el anclaje sociológico de la producción his-
toriográfica en ciernes.
Valdría la pena la pregunta: ¿podemos historiar un proceso histórico de
la teoría de la historia cuando la teoría parece no poseer anclaje ni praxis
sociológica? ¡Claro que sí! Podemos hacer historias intelectuales de su escri-
9
Alfonso Mendiola y Guillermo Zermeño Padilla, “De la historia a la historiografía. Las transforma-
ciones de una semántica”, Historia y Grafía, núm. 4 (1995): 260-261.
10
Para las declinaciones en la ciencia de la historia moderna, veáse Stephen Davies, Empiricism and
History (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2003), 10-24.
11
Mendiola y Zermeño, “De la historia a la historiografía”, 246.
12
Para las experiencias del tiempo, veáse François Hartog, “La Temporalización del tiempo: un largo
recorrido”, en Los relatos del tiempo, dir. Jacques André (Buenos Aires: Nueva Visión, 2011), 31-32;
para lo segundo, veáse Mendiola y Zermeño, “De la historia a la historiografía”, 246-260.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
tura, producción y metafísica de la presencia. Alfonso Mendiola piensa que
la epistemología de la historia ha variado porque la sociedad es diferente;
en la escritura de la historia reciente es frecuente la acogida de una historia
elaborada bajo la premisa de observar observaciones del pasado, que admite
el reto de que la sociedad mira a través de comunicaciones al reintroducir al
observador en la explicación del pasado del historiador.13 Al adaptar la histo-
riografía a este reto, se reconoce lo reflexivo de su labor historiográfica; en la
investigación histórica la autobservación (operación) o autodescripción (es-
critura) comprende encuentros de intensidad distintos al archivo, las prácti-
cas y el campo social por el capital, el cuestionario, las epistemologías y más;
no obstante, el archivo sigue siendo parte de la operación historiográfica.
El presente reciente ha variado la intensidad con lo referencial y el
lugar de su archivación, en donde un contexto como el del giro reflexi-
vo y el giro historiográfico entrevé una inflexión: “la historia describe a
la historia”.14 En la travesía abierta del giro historiográfico de historizar
al historiador podemos historizar la teoría al trazar la apariencia de esa
historización de la teoría de la historia, la cual no sería a la postre un
retorno al problema del historicismo que, por implicación y paradoja,
desembocaría en la imposibilidad de la historización misma. Desde la
presencia de una teoría de la historicidad abordamos la incorporación del
observador, principalmente, en lo dicho y lo escrito de una obra que no
se ha producido aún en la letra y no tiene morada, el sentido en lo dicho
y en lo escrito es diferir, suspender, para habitarse él mismo;15 aguardar,
a destiempo y con esencia contemplativa historiza la historiografía en la
distinción de observación de observaciones del pasado.
13
Alfonso Mendiola, “El giro historiográfico: la observación de observaciones del pasado”, Historia y
Grafía, núm. 15 (2000): 183.
14
Mendiola, “El giro historiográfico”, 191.
15
Jacques Derrida, Cómo no hablar y otros textos (Barcelona: Proyecto A Ediciones, 1997), 7.
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Con la publicación de Historia conceptual en el Atlántico ibérico, For-
mas de hacer la historia y La historia: conceptos y escrituras tenemos tres
fórmulas de conceptualización historiográfica;16 epistemología e histo-
riografía trazadas en los vínculos entre teoría e historia en una misma
obra. Para lograrlo en las historias de la teoría tendríamos que periodizar
por lo menos las rupturas, realizar un arqueo de las tipificaciones de la
historia, sedimentar la pluralidad de las temporalidades de archivar su
escritura y, ¿por qué no?, “lo que se esconde detrás de sus grafías”.17
Al haberse suprimido el contraste entre historia (ciencia de los hechos en
sí mismos) e historiografía (literatura de los libros de historia)18 queda despe-
jado el camino para inspirar la suspensión material (escribir) de las historias de
las teorías de la historia; asimismo, la intervención reflexiva, la incorporación
del observador, al deshacer la división historia/historiografía, quiebra la vi-
sión de un pasado como sustancia, pleno, secuencial y absoluto. Unos histo-
riadores-epistemólogos de la disciplina histórica son historiadores antes que
filósofos de la historia o teóricos de la misma, pues no se limitan a teorizar la
Historia sino que, además, acaban haciendo histórica la Teoría.19
En esa misma estela, Burke preguntaba acerca de la relación entre cul-
tura y sociedad, razón por la que se cuestiona si hay un más allá del giro
cultural, a lo que asevera: “tanto si describimos la situación diciendo que
la historia social está engullendo la historia cultural como a la inversa,
estamos asistiendo a la emergencia de un género híbrido”.20
16
Javier Fernández Sebastián, Historia conceptual en el Atlántico ibérico. Lenguajes, tiempos, revoluciones
(Madrid: fce, 2021); Norma Durán, Formas de hacer la historia. Historiografía grecolatina y medieval
(Ciudad de México: Ediciones Navarra, 2016); François Dosse, La historia. Conceptos y escrituras
(Buenos Aires: Nueva Visión, 2003).
17
Jürgen Habermas, La reconstrucción del materialismo histórico (Madrid: Taurus, 1983), 227-228.
18
Durán, Formas de hacer la historia, 14.
19
Simon Gunn, Historia y teoría cultural (Valencia: puv, 2011).
20
Peter Burke, ¿Qué es la historia cultural? (Barcelona: Paidós, 2006), 140.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
En resumen, la historiografía traga a la historia y de paso suple la
atribución crítica del filósofo por la reflexividad del historiador; historia
es historiografía y las condiciones de posibilidad de la razón son respon-
sabilidad reflexiva en la historiografía del historiador.
No disponer de una literatura de teoría de la historia definida es mo-
tivo para cuestionar su continuidad como locución-clasificación de un
género, así como atribución para hacer de ellas ceniza, escritura, lectura,
en las historias de las teorías de la historia.
Las historiografías de las teorías de la historia se darían en un género
híbrido entre filosofía de la historia, Historik (teoría de la historiografía)
e historia. El reto radica en historizar lo que yace en forma de sistemas
(conceptos, discursos, ideas) atemporales de una conciencia aislada, que
piensa sobre las condiciones de posibilidad del conocimiento histórico, la
validez de la ciencia de la historia (teoría), las formas de su contenido y el
contenido de su forma, para iluminar su tiempo. La arqueoescritura, en su
rareza, sería una historiografía forastera de lo que hacen los historiadores
y propia de su Historik. Por tratarse de historiografía, lo sistemático de la
reflexión teórica-conceptual se desdibuja y se gana en otros aspectos: la his-
toricidad de la existencia humana. El historiador debe resolver el peso de
la conceptualización que deja hablar en lo dicho y en lo escrito de su ope-
ración historiográfica, aplazando la archiescritura derridiana por su racio-
nalidad historiográfica. Esto se realiza por ahora sin controvertir o dialogar
con las principales propuestas de la filosofía narrativa de la historiografía,21
la producción de historias o los presupuestos científicos de la disciplina;22
21
En este conjunto disponemos de los trabajos de Jouni-Matti Kuukkanen, Filosofía posnarrativista de
la historiografía (Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2019); y Frank Ankersmit, Meaning,
Truth, and Reference in Historical Representation (Ithaca: Cornell University Press, 2012).
22
En esta línea, contamos con los libros de Raphael Lutz, La ciencia histórica en la era de los extremos. Teorías,
métodos y tendencias desde 1900 hasta la actualidad (Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2012); y
Philippe Poirrier, Introduction à l’historiographie (París: Éditions Belin, 2009).
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la estructuración específica de la escritura y de la historia espectral “que sale
de la deconstrucción y propone una hauntología de los pasados como vía
crítica del realismo ontológico campante en el espacio historiográfico esta-
dounidense” —la American Historical Association—.23 El texto transita por
lo que vendrá, de manera propedéutica, al hacer de la huella en combustión
cenizas de las teorías de la historia, una apuesta por la sustitución, el uso de
la locución teoría de la historia. La arqueo-escritura es la forma conceptual
abreviada que preferimos para referirnos a la historicidad, lectura y escritura
en clave derridiana a observar en la traza venidera de esas historias; lo que se
pretende. En el primer apartado de este texto mostraremos cómo proceder
en su apertura al futuro; en el segundo, una comprensión de la distancia y
cercanía del giro historiográfico en la constitución de la arqueo-escritura;
en el tercero, hilaremos un examen previo del posible desacuerdo con lo
que vendrá; para seguir, intentaremos dar cuenta del envío derridiano y
del momento historiográfico en que nos encontramos al escribir sobre la
arqueo-escritura. Finalmente, vincularemos demora, iterabilidad y decons-
trucción de la escritura en general y de la historiografía en particular, hacia
otro modo de pensar la teoría como algo historiable e historizable y esta
aserción por la conjetura principal del escrito.
Del momento historiográfico a una obra por venir:
coordenadas
En la introducción nos propusimos trazar el rasgo de la historia como
historiografía, una morada del pensar.24 Dos postulados asilan aquel des-
23
Para la fantología o espectrología habría que partir de la obra de Ethan Kleinberg, Haunting History.
For a Deconstructive Approach to the Past (Stanford: Stanford University Press, 2017).
24
Para un ejemplo de la historia como pensar, veáse Fabio Wasserman, ed., Tiempos críticos: Historia,
revolución y temporalidad en el mundo iberoamericano (siglos xviii y xix) (Buenos Aires: Prometeo, 2020).
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
linde: 1) Que la historiografía actual rodea una comunicación de comu-
nicaciones del pasado. 2) Que lo que el teórico e historiador Alfonso
Mendiola dice del giro historiográfico traza el contexto de la arqueo-es-
critura, al posponer el aspecto de la historiografía como sistema en el giro
historiográfico, para colocar el énfasis no en la autopoiesis de la ciencia de
la historia sino en la subjetividad activa y personal del sujeto historiador;
pensar la escritura y su estado social (lo que cerca al observador) sin re-
nunciar a la premisa fundamental: “a la Historia —con mayúscula— no
se llega sino por la historiografía”.25
En la sorpresa del pensar nos viene el lenguaje, ¿cómo habrían de ser
esas historias de las teorías de la historia como historiografía? Para am-
pliar lo recibido, ¿qué estrategias de lectura seguir: una táctica de lectura
deconstructiva? “A través de la deconstrucción, lo que se cuestiona son las
certezas de nuestros saberes, los modos de racionalidad que los desplie-
gan y el sistema binario que los compone”,26 la arqueo-escritura debería
apuntar desde los márgenes del lugar historiográfico y de lo que rodea al
observador y demás observadores coetáneos en su observación hacia ello.
Podría localizar un lado de la distinción en quienes, bajo los criterios de
la discontinuidad, la heterarquía y la diferencia, apuestan por historias del
quizá, de lo iterable y del otro; mientras el otro lado se localiza en quienes
se han radicalizado en la tradición historia/ciencia y, como puede haber
algo más, en las odiseas ignoradas.27 Tal distinción podría modificarse.
25
Mendiola y Zermeño, “De la historia a la historiografía”, 252.
26
Ricardo Nava Murcia, Deconstruir el archivo: la historia, la huella, la ceniza (Ciudad de México:
Universidad Iberoamericana, 2015), 33.
27
Para una aproximación historiográfica a la distinción o invitación de hacer historia de la historia, ver
François Dosse, La historia en migajas (Ciudad de México: Universidad Iberoamericana, 2012); las
historias del quizá son provocadas por las reflexiones de Nava, Deconstruir el archivo, y la aventura
de una historiografía del otro, por: Michel de Certeau, La escritura de la historia (Ciudad de Méxi-
co: Universidad Iberoamericana, 2010), 203-269. Para una defensa de la tradición renovadora del
inglés, veáse Richard J. Evans, In Defense of History (Nueva York: W.W. Norton & Company, 1999).
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Carlos Paúl Ávalos Soto / Elurbin Romero Laguado
Aquí la cuestión es, ¿cómo caracterizar una de las posibles historias de
lo que viaja en la lejanía de lo que aún no llega (la historiografía de las
teorías de la historia)?, ¿cómo pensar la historiografía mientras se sigue
en la historicidad? Persistir, todo es histórico —decía Paul Veyne— pero
no todo puede ser historiable; diferir una distinción y diseminar sentido,
aunque lo latente sigue tras la operación; contener lo dicho que acaso no
llegue jamás.
Nuestro envite a lo equívoco de las escrituras no es por lo incorrecto
sino por lo incompleto, no por lo acabado de un sentido, sino por diferir
del sentido. Con la estrategia de lectura derridiana invitamos a desmontar
la degradación de cadenas de oposición presencia/ausencia de la escritura
de la teoría de la historia moderna y contemporánea. A que se persiga
hasta en la historiografía fabricada por los historiadores en diferentes te-
mas de la historia. Esas historias de la teoría, al especificar la naturaleza de
la historiografía, podrían buscar la travesía histórica de la historia como
relato, ciencia, oficio, práctica, interpretación, representación o —lo más
reciente— hauntología, fantología o espectrología y comunicación; obser-
var la relación que guarda con la metafísica de la presencia. Es decir, la
degradación jerárquica voz/escritura, presencia/ausencia, real/ficticio, que
hemos de archivar en un texto histórico “heterogéneo” que explore en su
análisis de fuentes y abarque en el escrito de arqueo-escritura la Historik,
filosofía de la historia, teoría e historiografía.
La puesta múltiple de historias inquiere, en la teoría de la historicidad
derridiana, seguir varios orígenes (sin origen pleno) de un contexto de
sentido en lo dicho y en lo escrito de las teorías de la historia; en el pensar
teórico, la pluralidad de su temporalidad aplaza el tiempo de la práctica,
investigar y reflexionar son simultáneos a lo recibido por el pensamiento
y universalizado en el hacer historiográfico.
De ahí la necesidad de integrar al observador, para reintroducir la “ob-
servación del observador” en la arqueo-escritura de primer orden (histo-
rias) de las observaciones de segundo orden (teoría de la historia). Sobre
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
esto se añade una observación de tercer orden (historiografía de primer
orden de las observaciones de segundo orden de la teoría de la historia).
Lo que queremos decir —con Derrida— es que en realidad hay dos, no
dos sino tres, a veces más, en fin… bifurcaciones, en el acontecer y en la
verdad, pero también no existe un final pleno y consumado de los itine-
rarios temporales de la existencia humana (inclusive en la teoría). Suge-
rimos renunciar a una teoría impar y, en el escarceo de su historicidad, a
disponer de un concepto auténtico de teoría de la historia.
Lo anterior lo relacionamos en un decir de otro modo, para nosotros
en el mundo histórico está sellado nada más y nada menos el más allá. Lo
latente, lo universal, lo absoluto, lo inmóvil, lo eterno, la unicidad-homo-
geneidad son prolongaciones de un pensar observando el lugar sin lugar,
más allá del ser, cuando la raíz comienza de nuevo en otro lugar al del ob-
servador de la observación de observaciones. La arqueo-escritura promete,
así como la racionalidad reflexiva, iluminar lo latente, producir distincio-
nes esparcidas “hasta el infinito” (sin glosar); la observación del observador
yace en las observaciones extendidas aplazadas del texto de cultura.
La historicidad se traduce en lo incoherente, inacabado y múltiple,
mientras la historiografía se organiza en un orden argumental completo,
gramaticalmente correcto y con crítica exhaustiva de las fuentes. Para
diferir del sentido en el pensar histórico, el historiador ha de efectuar un
posible imposible, la “ahistoricidad”; empero, Dios es quien puede acceder
a ambos mundos “sin presente pasado”.28 Sin más, podríamos decir: “la
historia es paradójica”,29 la arqueo-escritura lo hereda.
La deconstrucción no es la única táctica para la promesa de la ar-
queo-escritura;30 ni su finalidad borra la intersección de la diferencia o
28
Derrida, Cómo no hablar, 32-33.
29
Burke, ¿Qué es la historia cultural?, 149.
30
En el enfoque hauntológico de Kleinberg detectamos un criterio de evaluación análogo sobre el legado e
impacto de la deconstrucción en la historiografía estadounidense, que se repite con la escasa utilización
de la deconstrucción en la historiografía de América del Sur, veáse Kleinberg, Haunting History, 13-53.
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la alteridad. En Metahistoria de Hayden White, filosofía e historia se aú-
nan, incluso ficción e historia.31 En el influjo de la discusión, la balanza
se movió del lado de la filosofía de la historia. La teoría narrativa de la
historiografía es su timonel. La visión idealista y marxista de la historia
remite a la producción clásica, así como la filosofía crítica de la razón y de
la explicación histórica a los nombres de Croce, Collingwood y Danto, la
lista es demasiado amplia, por ahora aportamos estas referencias.
El momento historiográfico en que vivimos quizá torne deseable e ima-
ginable la arqueo-escritura. El aumento de complejidad historiográfica ha
logrado asociar explicación con interpretación, descripción con análisis,
narratividad con hermenéutica y, sobre todo, experiencia con teoría.32
Dos cuestiones circulan en tarjeta postal: ¿Por qué prorrogar la es-
pera y desistir el festejo de la llegada de las teorías de la historia como
historiografía? ¿Cómo leer y escribir en lo venidero esas historias? Si la
teoría se pregunta ¿qué es la historia?, la arqueo-escritura interroga por la
genealogía de respuestas (escrito y escritura) a esa pregunta y a otras más.
¿Cómo proceder a su estudio? Anticipamos una respuesta y un bosquejo
de esa historia. Una forma sería trazar el camino disperso en un acontecer:
el momento historiográfico de la reconstrucción a la construcción y de
ésta a la reconstrucción. Del paso de narrador a observador, o de ambos al
autor; de explicar a narrar en la puesta en texto o método, de la idea cogniti-
va de una conciencia individual a la imaginación narrativa de una poética
de la historiografía, de la imaginación a la interpretación, de interpretar
31
Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo xix (México: fce,
1992).
32
Para algunos ejemplos, veáse Joan Wallach Scott, Género e historia (México: fce/uacm, 2008); Eric
Van Young, La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, 1810-1821 (México: fce,
2006); Roger Chartier, Culture écrite et société. L’ordre des livres (XIVe -XVIIIe siècle) (París: Albin
Michel, 1996).
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
a la tropología, de narrar a observar, de la práctica a la comunicación, sin
obviar el momento memoria en que vivimos y la experiencia del tiempo en
los regímenes de historicidad sugeridos por Hartog, producción de histo-
rias o semánticas del tiempo de Koselleck, en lo cognitivo.
El desmontaje de la teoría de la historia, de su escritura y localización
en la trama de la metafísica de la presencia, serviría para trazar disolucio-
nes y herencias de la razón occidental en la historiografía actual. Para ello
debemos estar al tanto de lo que hace la teoría de la historia enmarcada
en el momento historiográfico. En la búsqueda de la génesis a la defi-
nición: ¿qué es?, ¿quién fue su creador y cuál es la datación del suceso
teórico singular? La filosofía de la historia es más tajante, “fue acuñada
en el siglo xviii por Voltaire, quien quiso significar con ella la historia
crítica o científica”.33 Un siglo después, Droysen se refiere a la teoría de
la historiografía como Historik; más tarde, Aróstegui como “precepti-
va historiográfica”, “estudio de reflexión sobre la ciencia y profesión de
historiador”.34 Para Aróstegui fue Droysen quien puso en circulación la
teoría de la historiografía, al establecer un conjunto de conocimientos y
prescripciones ordenadas sobre la forma de escribir la historia. Las bases
de su conocimiento y su validez fueron puestas en crisis por la crítica a
la conciencia histórica moderna (pérdida de unidad, restitución tanto
del individuo como del observador y renuncia a la totalidad). Hoy las
praderas de la historiografía son amplias como poroso el lenguaje, la fi-
losofía de la conciencia recibe el giro lingüístico y la historiografía el giro
reflexivo. Frente a las voces que afirman que la historia carece de teoría
en el entorno filosófico crítico y en la historiografía conceptual, cultural
posestructuralista, en la academia se sigue ahondando: ¿en qué consiste
la teoría de la historia? (pregunta por la naturaleza de su labor y objeto de
33
Robin G. Collingwood, La idea de la historia (México: fce, 1968), 11.
34
Julio Aróstegui, La investigación histórica: teoría y método (Barcelona: Crítica, 2001), 82 (nota 10).
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estudio), ¿para qué sirve la historiografía y su teoría? (lo que cabe esperar
de los historiadores en general y de la sociedad en particular), ¿qué fabri-
ca? (la cuestión de su industria y validez); y una que recién comienza a ser
afección entre nosotros, ¿cuáles son sus historias? (historia de las historias
que producen los historiadores).
Pronto la incertidumbre y la pérdida de certezas dejaron la impresión
de que “no existe más una idea clara sobre cómo investigar la Historia
y cómo escribirla”.35 Esto expresa una irresolución en los exámenes de
los futuros historiadores y de la industria historiográfica: se confieren o
se niegan diplomas sin estructuración normativa universal sobre cómo
investigar y cómo escribir historia.
Lo que aceptamos o rechazamos es dado por el lugar de la operación
historiográfica, de las relaciones de poder, del capital y de la subjetividad
de los tribunales de examinación académica. El desacuerdo es moneda
corriente, mientras en la producción teórica las viejas preguntas: ¿qué es
lo histórico?, ¿cuál es su verdad (o validez) y cómo se escribe la historia?,
más reciente, ¿cómo se definió el concepto moderno de historia?,36 ¿qué
fabrica el historiador cuando hace la historia?,37 ¿en qué piensa?,38 ¿de
qué hay recuerdo y de quién es la memoria?,39 no terminan en respuestas;
muchas no llegan a acuerdos concluyentes.
El panorama occidental de emergencia, dispersión y crisis de la histo-
riografía como oficio profesional alienta pensar en la historiografía como
comunicación en su relación historia/ciencia y aquello que puede haber
de distorsión del lenguaje (ideología) en quien fabrica el texto histórico y
35
Heraclio Bonilla, La construcción del conocimiento histórico. Errata y bricolaje de la Historia (Lima:
iep, 2017), 102.
36
Reinhart Koselleck, historia/Historia (Madrid: Trotta, 2010).
37
De Certeau, La escritura de la historia.
38
Nikolay Koposov, De l’imagination historique (París: ehess, 2009).
39
Paul Ricoeur, La mémoire, l’histoire, l’oubli (París: Seuil, 2000).
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
quien piensa en su hacer. De ahí la importancia de desmontar los a priori
de la producción histórica en el marco de la escritura de la ciencia histó-
rica moderna. Pensar de otro modo, a nuestro parecer, consiste en dejar
la alteridad a la espera de un pensar distinto, y aguardar otro instante
consumado en su posibilidad imposible por-venir.
Para Droysen la finalidad del conocer historiográfico era “comprender
investigando”; para la arqueo-escritura es comprensible sostener la re-
flexividad mientras se investiga, da sentido, ya que “el historiador se inte-
resa desde siempre por las novedades, por el cambio y las modificaciones,
en la medida en que se pregunta cómo se ha llegado a la situación actual
que se contrapone a la anterior”.40 En la historiografía, el historiador al
acercar su experiencia del pensar acopla observador y texto al escrito, y
encierra además teoría e historia en la escritura de la historia.
En una archiescritura de la teoría de la historia, el historiógrafo dife-
rencia al tipificar la historia como progreso, idea, conocimiento, prác-
tica, interpretación, campo de fuerza, representación o, más reciente-
mente, artefacto, escritura y comunicación.41 Las rupturas o saltos de
la autorreflexión filosófica e historiográfica de la ciencia de la historia
moderna y contemporánea observarían las capas de organización de la
imaginación histórica. Por mencionar: a) espíritu pensante (progreso,
idea, conocimiento, conciencia, imaginación), b) oficio-taller (discipli-
na, práctica, campo de fuerza) y c) operación (interpretación, represen-
tación, observación, análisis, crítica, comunicación). Esta última forma
estriba al considerar: 1) la aparición del concepto moderno de historia,
2) la demarcación del mundo histórico, 3) el oficio y sus fundamentos,
4) los giros mencionados, y, lo que podría venir, 5) historiografías de las
teorías de la historia que apuestan a distinciones apartadas de las con-
40
Reinhart Koselleck, Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia (Barcelona: Paidós, 2001), 97.
41
Para más aspectos de la archiescritura en la obra de Derrida, veáse Jürgen Habermas, El discurso
filosófico de la modernidad (Buenos Aires: Katz, 2008), 197-203.
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vencionales y, antes bien, surcan sus bifurcaciones como en sus figuras
distintivas.
Ensayemos. En el mundo contemporáneo, la historia como disciplina
pierde ambiciones en una teoría singular; en el “momento memoria” la
historiografía abre sus ventanas al giro reflexivo y al giro historiográfico,42
precisa introducir al observador para historizar observación de observa-
ciones, la distinción para diferenciar el lado de la observación en su tras-
lado y comienzo. Antes del giro, justamente en el problema del conocer
histórico, Collingwood sugiere como procedimiento la reconstrucción de
pruebas, la coherencia de la imagen y la reinstauración del pensamiento
pretérito en la mente del historiador, la conciencia individual es el soporte
del pasado en su historicidad. Foucault sugiere la unidad de las formas de
enunciación, la coherencia de la obra y la significación de una formación
discursiva particular y un problema específico, con el fin de establecer su
arqueología o genealogía de la relación poder/saber. Al lenguaje le corres-
ponde abrir y truncar el universal de la razón occidental. Aron, Marrou
y Veyne, en cambio, se suscribieron a la discusión crítica del uso correcto
de la razón histórica.
Entre el siglo xix e inicios del xx, la única teoría de la historia recono-
cida fue la de Marx, recogida en el epígrafe: “materialismo histórico”.43
Nada es imperativo, algo más profundo y de mayor arraigo se da a la vez;
la teoría se muestra sin par, el único modelo en el discurso histórico po-
sitivista era la teoría organizada bajo el paradigma de la historia-ciencia.44
Actualmente no lo puede seguir siendo más. La pérdida de certidumbres
ha representado una escalada sin precedentes del presentismo sobre el
42
En cuanto a los “usos de la memoria”, veáse François Hartog y Jacques Revel, Les usages politiques
du passé (París: ehess, 2001), 13-24.
43
Karl Marx, Escritos sobre materialismo histórico (Madrid: Alianza, 2012).
44
José Carlos Bermejo Barrera, El final de la historia. Ensayos de historia teórica (Madrid: Akal, 1987),
7-114.
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futuro, de la metáfora sobre los sistemas conceptuales; “lo real” se da
como fragmentación, forma y multiplicidad, incluso para la teoría de
la historia. La arqueo-escritura está consignada en el desmontaje de los
universales dentro del escrito de la teoría de la historia, en su paso de la
razón dialéctica a la razón hermenéutica, de la dialéctica a la diferencia,
en fin, de la razón dialéctica atemporal estructuralista a la razón crítica e
histórica posestructuralista.45
El historiador posestructuralista, observador del giro historiográfico,
abandona la precomprensión de lo real como sustancia, lo atemporal
de la razón crítica; debilita conservar un sentido estable y completo del
pasado; vive con la pérdida, historiza culturas epistémicas en lo dicho y
en lo escrito de la teoría, para usar las palabras de Habermas, se asila en
la “promesa testamentaria de entender” la escritura, en el sentido que le
da Derrida. Para nosotros, más allá de la gramatología derridiana, son es-
crituras de la historia.46 Resta ofrecer una que otra glosa en lo que procede
con la arqueo-escritura: ¿cómo escribir y cómo leer sus trazos?
45
Para el estructuralismo, el posestructuralismo y la aventura de pensar después de Nietzsche, veáse
Ernst Breisach, Sobre el futuro de la historia. El desafío posmodernista y sus consecuencias (Valencia:
puv, 2009); y Gianni Vattimo, Las aventuras de la diferencia. Pensar después de Nietzsche y Heidegger
(Barcelona: Ediciones Península, 1986).
46
Derrida pudo franquear la historia de la escritura de Occidente en el problema de la metafísica de
la presencia, al deconstruir la degradación voz/escritura y presencia/ausencia en Platón, Husserl,
Freud. Ricardo Nava Murcia, “Historia, escritura, acontecimiento”, Historia y Grafía, núm. 46
(2016): 21-40; mientras que Barthes siguió la historia de las relaciones que establece el escritor
con la sociedad. Roland Barthes, “El grado cero de la escritura”, seguido de “Nuevos ensayos” críticos
(Ciudad de México: Siglo xxi Editores, 1973), 32.
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Adeudos y mociones
En la propuesta de la historiografía como observación de observaciones
de Alfonso Mendiola son muchas las afirmaciones prescriptivas e históri-
cas. Frente a la sugerencia de cuestionar al observador como presupuesto
de la práctica histórica y de la teoría histórica hemos seleccionado unas
premisas en sintonía, otras en discordancia, con la arqueo-escritura: 1)
la necesidad de observar al observador, 2) la teoría sólo tiene sentido si
reflexiona sobre la práctica, 3) nos hicimos conscientes de que el histo-
riador también era histórico, 4) debe seguir existiendo la diferencia entre
las dos (teoría e historiografía). Los postulados 2 y 3 ayudan a justificar
los términos contextuales de diferir la necesidad de reflexionar sobre la
teoría y la razón en su dimensión histórica. Lo expresado en 1 y 4 con-
trasta con la propuesta, realizar la arqueo-escritura es mirar la estructu-
ración que trae a la escritura el historiador-historiógrafo, quien se fija en
deshacer, reflexionar, fisurar e interpretar la huella imborrable, es decir,
la presencia plena, la sustancia inmóvil e incorruptible del observador y
de su racionalidad. Para Derrida una huella imborrable es una presencia
plena, una sustancia inmóvil e incorruptible.47
Al contextualizar desde nuestra propia experiencia lo mencionado
arriba, cuando nos profesionalizamos en esa labor (historiografía), la
edificamos sobre precompresiones sociales, no son de fondo epistémi-
cas, sino recibidas por el funcionamiento de mecanismos involuntarios;
sobre todo, se filtra la visión: el pasado como cosa, más en la práctica, la
escritura de la historia fijada, duradera, conservadora de lo dicho y de lo
escrito en el texto histórico, y el sentido como un detrás del texto leído.
Pues bien, “la cuestión central es cómo se escribe acerca del pasado en la
47
Derrida, Cómo no hablar, 7.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
modernidad” y en la teoría de la historia, y “cómo ha llegado el otro a su
opinión”.48 El pasado habita como contingencia, instante y fragmento la
escritura de las historias de la teoría, el observador crea una ruptura al en-
hebrar su presencia en la práctica, y posibilita tener una presencia que va
y viene de su interés de estudio. Para Mendiola, el observador accede al
pasado a través de comunicaciones, “la sociedad mira a través de comu-
nicaciones”, y la historiografía, al ser sociedad, elabora una observación
de observaciones creada para comunicar informaciones. En el punto 4
sugiere reanudar la diferencia entre teoría e historiografía al revelar sus
demarcaciones: la teoría se historiza y atiende a las formas de validación,
mientras la historiografía se concentra en nuevas formas de hacer his-
toria.49 La arqueo-escritura espera que la demarcación sea borrada. Lo
retomado de cada una de ellas se puede simplificar así: en la teoría, “el
trabajo que puede leerse en un pasado” sería el de la historia (escritura);50
en la filosofía, “el modo más radical de autorreflexión”, dejar espacio para
la súbita ruptura; la argumentación suspendida que imposibilita expresar
un sentido completo, endosa un ajuste mínimo de la comunicación cien-
tífica a la escritura equívoca, en tanto realice el sentido. Más reciente-
mente, la historia como transmisión de mensajes y su historicidad como
eventualidades sedimentadas en temporalidades infrecuentes y plurales.
En lo historiográfico aspira a dar cuenta de que no existe una razón teóri-
ca ahistórica, la teoría varía en su escenificación, función y sentido acerca
del pasado; está condicionada a las formas que asumen la escritura del
escrito histórico como “acontecimiento” y el “arqueo” espera comunicar
el contexto particular desde donde el historiador se encuentra.
48
Hans-Georg Gadamer, Verdad y método I. (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1993), 233.
49
Alfonso Mendiola Mejía, coord., La historiografía: una observación de observaciones (Ciudad de Mé-
xico: Ediciones Navarra, 2019), 10.
50
De Certeau, La escritura de la historia, 59.
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La razón de sugerir ese híbrido entre filosofía de la historia, historio-
grafía, Historik es zanjar lo que ya existe, el problema para cercar una
literatura propia de la teoría de la historia y la teoría de la historiografía;
deshacer o disminuir esa confusión, para la arqueo-escritura significaría
que la teoría de la historia se considera una fase histórica.
En el movimiento de estructuración involuntaria enviado, ¿dónde
queda el quién de la escritura y de los modelos teóricos de la historia? La
necesidad de observar al observador no es lo que la arqueo-escritura pre-
tende, persiste en dos aspiraciones (de responsabilidad historiográfica).
Una: “la investigación no busca únicamente comprensiones que salgan
bien. Regresa a los objetos que no comprendemos”.51 ¿Cómo afecta esta
táctica en la eficacia y aceptación de los exámenes académicos de los
futuros historiadores?, esta cuestión queda abierta. Dos: traer la huidiza
multiplicidad de lo que carece de historia (la teoría) para historizar sus
unidades teóricas, fijarse en la estructuración que se desliza en la escritura
como metafísica de la presencia, lo “que hay atrás de lo que se dice, esto
implica lo latente de lo dicho”.52
La diferencia entre la reflexividad del historiador y la crítica del filósofo
se resuelve en el arqueo (objetivar-localizando), al establecer objetivaciones
del pasado, en el caso de la primera, y de cuestionar las condiciones de
posibilidad de la razón histórica en su capacidad de mover la discusión
entre historiadores, se activa el desacuerdo, se delibera acerca del pensar.
En ambos casos, debería converger esa distinción-diferencia en una especie
de “vigilancia crítica” desde los márgenes de su misma práctica.
La arqueo-escritura se interesa en que algo signifique por medio de
lo escrito y de lo dicho, haciendo relucir talantes de un mundo social,
el cual subyace en la construcción y conceptualización de la escritura
(tanto de la teoría como de la historiografía). En otras palabras, “las de-
51
De Certeau, La escritura de la historia, 55.
52
Durán, Formas de hacer la historia, 28-29.
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terminaciones no percibidas que, en cada momento histórico, imponen
el orden de las cosas y el de las palabras”,53 es también el de la Historik.
La investigación histórica no debería ignorarlas más.
El filósofo y el historiógrafo han de observar la escritura para desmon-
tar o revelar la metafísica de la presencia de la ciencia histórica y de la
tradición filosófica occidental. El filósofo e historiador Wilhelm Dilthey
inquiría: “¿cómo se eleva la experiencia del individuo y su conocimiento
a experiencia histórica?”;54 para la arqueo-escritura la cuestión es diferen-
te: ¿cómo desmontar las invariantes universales, eternas e inmóviles del
pensar histórico recibidas del mundo social y del fondo cultural, y mirar
los hechos como “formas” y no como “cosas”? La escritura alude a la
temporalidad y ésta a nuestra historicidad, contingencia o finitud.55 Las
afirmaciones históricas deberían ser irreductibles a criterios como: “exac-
titud, precisión, amplitud, coherencia, originalidad, fecundidad, trans-
parencia”.56 ¿Cómo lograrlo? Al traer escrituras ajenas, diferidas, equívo-
cas, para que el juicio historiográfico quite resistencia a lo “imprevisible”
que, a la vez, es lo equívoco; abrirse al imprevisto, “que lo otro advino
como otro”. Reconocernos y preguntar: ¿cómo pasó esto? ¿Por qué estas
cosas y no otras? En lo fragmentario e inacabado de la historiografía, la
otredad inasible, en su permanencia absoluta, “con la diseminación se
abre otra posibilidad de pensar históricamente”: la restitución del ausen-
te. Lo equívoco no está dirigido a dañar al otro ni a falsear lo forjado.57
53
Roger Chartier, La mano del autor y el espíritu del impresor. Siglos xvi-xviii (Buenos Aires: Katz,
2016), 8.
54
Gadamer, Verdad y método, 282.
55
Ricardo Nava Murcia, Improntas de ausencias. Historicidad, escritura y archivo en Jacques Derrida
(México: Universidad Iberoamericana, 2021).
56
Paul Herman, La llamada del pasado. Claves de la teoría de la historia (Zaragoza: Institución Fernan-
do el Católico, 2016), 190-191.
57
Un saber controlado y sometido a la prueba, como piensa Chartier; dejar venir lo otro imprevisible
como sugiere Ricardo Nava. Chartier, Presencias del pasado, 183; Nava, Deconstruir el archivo, 90.
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La arqueo-escritura se registra en la pluralidad temporal, pero no es
una sucesión de épocas (en el sentido que sostuvo el historicismo de
Ranke), su grafía tampoco lo es. Porque el observador entra en la obra
histórica. Y no se dan teorías de la historia como se producen acciones a
diario, su historia no se genera en la acción sino en operaciones intelec-
tuales, alcanzadas en la fecundidad y originalidad de un reducido grupo
de pensadores, historiadores y filósofos, quienes se preguntan por la es-
tructuración, ocurrencia y validez de lo histórico.
Base autorreflexiva para una posible objeción
El análisis autorreflexivo a continuación se fundamenta en afirmaciones
teóricas del sociólogo Norbert Elias y del historiador Heraclio Bonilla;
hemos sacado algunos fragmentos de su contexto de discusión para reo-
rientarlos hacia el desacuerdo y el arrastre, con el propósito de reorien-
tar hacia la acción de fortalecer la propuesta; asimismo abreviamos una
serie de afirmaciones que posibilitan distinguir una pregunta solicitada:
¿cómo se entiende la historiografía como una comunicación?
La arqueo-escritura no debería dirigirse hacia una construcción teórica
unitaria de sus problemas; la historiografía imposibilita de por sí impli-
car teoría singular en la arqueo-escritura. Su historicidad estaría poseída o
trazada en la contingencia y extrañeza de cenizas, comunicaciones y hue-
llas intervenidas entre los historiadores, en el conjunto y en la sucesión de
actos “en y desde —según Bourdieu— las instituciones que la producen”;
en palabras de De Certeau: “de la sociedad que especifica una producción
científica”,58 con intención de iluminar la estructuración de la razón oc-
cidental. Para De Certeau, “la historia no es una crítica epistemológica”
58
De Certeau, La escritura de la historia, 64.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
y la finalidad de “un análisis científico debe ser reducir a la unicidad de
un modelo teórico la huidiza multiplicidad de las organizaciones sociales”;
fabricar espacios legibles. Estos espacios obligan a escribir un relato.59 La
conciencia de historicidad (de ser históricos), “impone relativizar nuestros
conocimientos, volverlos contingentes en el sentido de que son evidencias
que mañana podrían no serlo”. Primordialmente, se da porque contamos
con una elucidación teórica de la historicidad.60 Lo “que se quiere conocer
sólo se aprende en simulacros”;61 así también “sólo se accede a lo dicho si
sabemos lo que hay atrás de lo que se dice, esto implica lo latente de lo di-
cho”.62 Para Norma Durán, lo latente implica la necesidad de que haya un
espectador que observe nuestra observación para que nos diga: ¿cuál es el
punto ciego de la misma? Sin observador no habría realidad ni construcción
de ella.63 Aparte, Mendiola piensa que lo real [observado] “sólo existe en las
descripciones que hace cada sociedad de él”.64 La realidad no puede expre-
sarse por sí misma, necesita de la observación del observador, quien podría
desde la perspectiva de Mendiola “preguntar: ¿por qué así, por qué no de
otra manera?”. El observador usa la distinción para diferenciar y designar
algo; la descripción o especificación verbal estaría reducida a la operación
particular de indicar o marcar (elegir) uno de los dos lados de la distin-
ción (primer orden, segundo orden, ad infinitum). El observador tampoco
podría observar la totalidad de la realidad y la realidad observada sería de
nuevo repetible, en tanto se realice la operación específica que la instituyó.65
59
De Certeau, La escritura de la historia, 59, 125 y 273.
60
Durán, Formas de hacer la historia, 11-12.
61
Alfonso Mendiola y Norma Durán, “Michel de Certeau: una epistemología de la ausencia”, en
Epistemología histórica e historiografía, coord. Norma Durán, (México: Universidad Autónoma Me-
tropolitana, 2017), 86.
62
Durán, Formas de hacer la historia, 28-29.
63
Durán, Formas de hacer la historia, 31-33.
64
Mendiola, “El giro historiográfico”, 182.
65
Ver, Mendiola, “El giro historiográfico”.
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En esa misma línea argumentativa, la historiografía en la “historia de
la escritura de la historia” como texto de cultura (documento) “pertenece
a un proceso de comunicación específico”.66 En esta estela de literatura
localizable, la historiografía como observación de observaciones es infor-
mación y queda plasmada en textos, en fin, “en un sistema de interaccio-
nes mediadas simbólicamente” (comunicación).67
El observador de la arqueo-escritura participa en la descripción de lo
observado en las teorías de la historia. A diferencia del giro historiográ-
fico, donde el sistema social de la operación historiográfica observa, la
comunicación de comunicaciones en la arqueo-escritura es la conciencia
crítica/reflexiva individual de los historiadores, determina la degradación
voz/escritura, las evidencias de nuestros saberes y los modos de raciona-
lidad que los despliegan. Al usar tácticas de lectura y escritura como la
deconstrucción (pensar de otro modo), la teoría de la historia, la historia
encuentra en la historia “la teoría para poder ver lo que no vemos”.68
Si para el giro historiográfico es importante reconstruir los contextos
de emisión, para la arqueo-escritura sería estudiar los momentos de las
temporalidades de la teoría de la historia. El giro reintroduce al obser-
vador y su intervención reflexiva, mientras la arqueo-escritura lo hace
con la estructuración histórica de la existencia humana, la conciencia
del investigador individual y la razón occidental. Si para el primero, “al
reintroducir al observador en lo observado, logra historizar la escritura
de la historia”;69 la segunda, al traer contingencia a la escritura de la teo-
ría de la historia, puede describir: ¿en dónde trazaba la razón teórica e
historiográfica moderna y contemporánea la metafísica de la presencia?
¿Quién deconstruye en la teoría de la historia el concepto tradicional de
66
Mendiola y Zermeño, “De la historia a la historiografía”, 259.
67
Mendiola, “El giro historiográfico”, 182-196.
68
Mendiola, “El giro historiográfico”, 206.
69
Mendiola, “El giro historiográfico”, 206.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
escritura? ¿Cómo la teoría de la historia da a ver el acontecimiento que
por sí-misma es? ¿Cómo la escritura de la historia evidencia la teoría de la
historia? ¿Cómo el producto de la teoría de la historia sostiene viva
la metafísica de la presencia (al habitar otro lado de la observación: la
historiografía de la teoría de la historia)? La cuestión no es tan sencilla.
Por ejemplo, “hay numerosísimos cambios en las sociedades que no van
acompañados por transformaciones de su estructura”.70 No se haría justi-
cia a la complejidad de tales cambios porque la estructuración de la razón
occidental (metafísica de la presencia), en la cual se fija la propuesta,
“desconoce” observar “en direcciones opuestas” a la metafísica de la pre-
sencia. Las cuestiones a formular serían: ¿hay cambios de larga duración
que mantienen una única dirección de la metafísica de la presencia a lo
largo de generaciones de teóricos e historiógrafos de la historia? ¿Cuáles
serían las relaciones objetivas de lo que parece ya descubierto por De-
rrida? ¿Faltan pruebas empíricas que demuestren la existencia de estos
cambios sociales estructurales de larga duración de la razón occidental en
un único sentido? La arqueo-escritura tendría que descubrir antes la dis-
tinción usada por la teoría para ver la observación de segundo orden, ello
implicaría a su vez una observación de tercer orden, de la cual sabemos
poco en aquello de que “la historia describe a la historia”.71
La historiografía de la teoría de la historia corre el riesgo de reproducir
lo que pretende desmontar, al subsumir sus potenciales historias en un
único problema y permanecer inmóvil en el mismo asunto, mientras
cercamos sus marcas (escrituras). De ahí, la importancia de la autoob-
servación, “comprender igualmente las estructuras individuales de los
hombres”.72 El historiador no podría quedarse historizando su propia
70
Norbert Elias, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (México: fce,
1994), 10.
71
Mendiola, “El giro historiográfico”, 191.
72
Elias, El proceso de la civilización, 10.
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práctica, habrá de referirse a la razón como a la existencia social. Tampo-
co dará cuenta exclusiva de los criterios de validez al ser historiografía,
deberá situar las teorías de la historia en los distintos lugares específicos de
producción de operación historiográfica, a lo que Chartier ofrece una
salida cultural de lo social: examinar los soportes materiales que le dan
vehículo, atender a las comunidades donde aplican, interpretan y esta-
blecen ciertos elementos en común, así como lo que ofrecen: las teorías
de otros subsistemas de la sociedad distintos a la cultura histórica, es
decir, la escritura.
En cuanto a la duración y las temporalidades, en un libro sobre la
trayectoria compacta del Perú contemporáneo, Heraclio Bonilla alude al
legado colonial de los Andes, lo que sucedió con las movilizaciones y
coyunturas de la independencia y el largo siglo xix, para finalizar su reco-
rrido en el siglo xx, evaluando los resultados en términos de desempeño
de la economía, relacionada a la racionalidad política de sus gobernantes.
Bonilla asegura apartarse de los caminos recorridos, para colocar los de-
talles del presente inmediato dentro de la compleja y enorme trayectoria,
a fin de encontrar en esta articulación las claves para su comprensión.73
El historiador resuelve su trabajo entre dos anversos de la investigación
histórica: la experiencia y la expectativa que prefigura una vida, la del his-
toriador y la observación de su presente inmediato. La primera, en un es-
cogimiento intelectual, “aboga, por el retorno de la razón y la racionalidad
en el análisis; frente a las prácticas dominantes que postulan su abdicación
y su renuncia”; la segunda, una lógica durable emerge del análisis, “todo
ocurre como si las inercias del pasado prevalecieran sobre los cambios
efímeros”.74 Su expectación radica en la esperanza de recibir otra realidad.
73
Heraclio Bonilla, La trayectoria del desencanto. El Perú en la segunda mitad del siglo xx (Lima: Artei-
dea, 2006).
74
Bonilla, La trayectoria del desencanto, 162.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
La manera de concebir la disciplina es inseparable de la travesía del his-
toriador, como los resultados de la trayectoria del Perú lo fueron de las
fuerzas más amplias de su mundo social e historia. En esta afirmación no
hay nada nuevo, sin embargo, se llega a impedir la observación de obser-
vaciones e, incluso, la posibilidad de conocer algo cierto sobre él mismo si
somos nosotros los que le damos sentido.75
De la historiografía, “más como consecuencia de la naturaleza cambian-
te del entorno” y “como algunas señales así lo evidencian”, lo que emerge
en el mundo académico reciente, “donde temas menudos configuran áreas
de interés aisladas”,76 una amplia gama de los contenidos históricos son
formatos audiovisuales en las tecnologías de la comunicación de entrete-
nimiento, producidos no en términos de una operación historiográfica,
que insinúen el mundo en el que vive el historiador. La arqueo-escritura
debería “de incluir espacios y realidades heterogéneas, cultural y temporal-
mente, una perspectiva histórica de largo plazo puede ayudar a entender
mejor tanto la naturaleza de esta heterogeneidad estructural como sus con-
secuencias [en la historia de las teorías de la historia]”.77
Escribir la arqueo-escritura
Entre arqueo e iterabilidad
La archiescritura como espaciamiento y juntura de marcas materiales
de escritura cubre la capacidad de leer fuera de contexto (iterabilidad).
75
Heraclio Bonilla, Errata y el “bricolage” de la historia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia,
2014).
76
Bonilla, Errata y el “bricolage”, 11.
77
Bonilla, Errata y el “bricolage”, 13.
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Al escribir la arqueo-escritura es factible alterar lo estable, no el sentido
sempiterno detrás de la historia y de los textos porque “el texto no guarda
un sentido escondido”, pero la historia precisa la forma historiografía
para suspender el sentido en lo dicho y en lo escrito. La escritura como
marca es iterable y el sentido está diseminado en el espaciamiento de los
signos leídos. El lector, sin embargo, jamás logra contener un sentido; la
lectura —decía De Certeau— se olvida y lo real se frecuenta en lo otro.
Para Derrida, el sentido es inestable y repetible en ausencia del autor.
Hoy, el pasado como forma y la historiografía como lectura se repiten y
se acogen con más frecuencia. La capacidad de ser otro (alteridad) de las
escrituras variadas de la historiografía actual remoza métodos, temáticas,
problemas; la arqueo-escritura aboga por enviar escrituras diferentes que
deshagan, sin destruir, deconstruir o transformar la teoría de la historia
en historiografía. Asistimos a un momento historiográfico en el que po-
demos historizar hasta un documento como la Constitución de Cádiz
(1812), prácticas de lectura y de lo escrito, y la historia que hacen los
historiadores. Alfonso Mendiola y François Dosse se refieren a la unión
del observador en la historiografía y a la preferencia en la conciencia
histórica que vuelve sobre sí misma (autobservación), con la finalidad de
hacer la historia de los historiadores, usan la expresión giro reflexivo en
el segundo caso, y giro historiográfico en el primero.78 Le Goff se refiere
a lo mismo, en otros términos: “historia de la historiografía”.79
Reinhart Koselleck —considerado un “historiador pensante” por
el teórico de la filosofía hermenéutica Hans-Georg Gadamer—, en su
ensayo en el diccionario Conceptos Históricos Fundamentales surgido en
78
Ver François Dosse, El giro reflexivo de la historia. Recorridos epistemológicos y la atención a las sin-
gularidades (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Finis Terrae, 2012); y Mendiola, “El giro
historiográfico”, 181-208.
79
Jacques Le Goff, Pensar la historia (Barcelona: Altaya, 1995), 132.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
medio del giro lingüístico y del giro medial dado en filosofía, y en el
giro historiográfico donado en la ciencia de la historia en su proyecto de
historia conceptual, habla de otra inflexión: la emergencia del concepto
moderno de historia, en términos de un colectivo singular a finales del
xviii.80 Dos siglos después, la puesta en duda, el giro crítico a la realidad,
añade una pieza más: los sistemas globales de interpretación, el rechazo
de las ideologías y el retorno al sujeto a mediados de la segunda mitad del
siglo xx; como la racionalidad, el relato y la política, signos de radicaliza-
ción febril contra el sujeto trascendental, el horizonte teleológico y lineal
de los procesos históricos. Esto constituye una “crisis de la historia”,81 el
“presentismo” y el “momento memoria” resultan de ese vuelco. Se refleja
en la publicación de obras de teoría de la historia en calidad de historias
de la experiencia temporal, de los lugares de la memoria y, ahora, del
lugar del yo en la historiografía vigente.82
En esa agitación, la visión filosófica derridiana de la historicidad de “un
origen sin origen pleno. Un origen tachado, por tanto, una escritura origi-
naria diferida, originariamente puesta a la deriva”,83 insta a una escritura de
la historia en esos términos. La iterabilidad no sólo en lo escrito, sino tam-
bién en la lectura; en localizar espacialmente la relación capital e industrial
del campo del observador de la observación de observaciones. La historia
moderna es de los consagrados y de las academias, ocupadas por aprendi-
ces e historiadores profesionales. La arqueo-escritura debería describir el
anclaje sociológico, así como desmontar lógicas prácticas de la teoría de la
historia. ¿Por qué no trazar la materialidad de su palabra escrita? A fin de
80
Ver, Koselleck, historia/Historia.
81
Roger Chartier, El mundo como representación. Estudio sobre la historia cultural (Barcelona: Gedisa,
1992), 45.
82
Ver, Hartog y Nora para las dos primeras temáticas. Para la tercera: Enzo Traverso, Pasados singula-
res. El “yo” en la escritura de la historia (Madrid: Alianza, 2022).
83
Nava, Deconstruir el archivo, 117.
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cuentas, “no hay una sino múltiples maneras de hacer ciencia y, en conse-
cuencia, diferentes formas de escribir su historia”.84 Escrituras posestructu-
ralistas, escrituras nietzscheanas, historias abstractas y reflexivas, escrituras
equívocas, de lo paradójico.85
Iterabilidad entre lo real y la escritura, por lo dicho en lo escrito de la
historiografía. Más cuando la escritura sigue siendo la forma por exce-
lencia de la historiografía. Por consiguiente, en ella “ningún lenguaje es
pensable fuera del horizonte de la escritura”;86 la posición de hoy podría
caer en lo venidero, mientras no suceda, la escritura ha estado y seguirá
en lo que afecta y doma el producto del historiador.
En la preocupación del camino trazado para que la escritura hable
de las condiciones de posibilidad del pasado en el texto histórico, las
teorías de la historia establecieron la explicación en el descubrimiento
de leyes generales, que gobiernan el curso de los eventos y cuyo rela-
to corresponde a la historia.87 Unos observaron la forma del contenido
(combinaciones) en que el historiador prefigura el campo histórico,88 y
otros, en las operaciones (científicas y poéticas) que regulan la historio-
grafía, así como las posibilidades y los efectos de la comunicación y de la
publicación electrónicas relativas a la investigación y escritura histórica.89
A medio camino, el envío derridiano interviene en nosotros cuando dice:
“Y no hay categoría más justa para el porvenir que la del quizá”.90
84
Alberto Fragio, “De Davos a Cerisy-La-Salle: La epistemología histórica en el contexto europeo”
(tesis de doctorado, Universidad Autónoma de Madrid, 2007), 167.
85
Un libro que aplica la propuesta deconstructivista al historiar la vida de un artista en el sentido de
las cuestiones insistidas aquí es: Carlos Reyero, Fortuny o el arte como distinción de clase (Madrid:
Cátedra, 2017).
86
Nava, Deconstruir el archivo, 118.
87
Collingwood, La idea de la historia, 11.
88
White, Metahistoria.
89
Roger Chartier, La historia o la lectura del tiempo (Barcelona: Gedisa, 2007).
90
Jacques Derrida, “Políticas de la amistad” seguido de “El oído de Heidegger” (Madrid: Trotta, 1998), 46.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
Para la arqueo-escritura la del por-venir, acaso nunca llegue. A todo
esto, resta una diferencia identificable en clave certaliana: el aconteci-
miento (o la escritura como acontecimiento mejor) separa, mientras en
clave derridiana “retorna” en la demora; al cabo, su alteración deja mar-
cas en las huellas amparadas en el lugar denominado archivo, tornadas a
los múltiples presentes en la lectura y escritura.91
Escribir la deconstrucción de la teoría de la historia
La imposibilidad de lo real y la posibilidad del decir
I. La arqueo-escritura implicaría una deconstrucción. La deconstrucción
permitió a Derrida desmontar la escritura de su metafísica de la presen-
cia y producir los conceptos de archiescritura (escritura sin origen pleno
ni final lleno) y gramatología (ciencia del “grama”).92 La deconstrucción
no constituye la única estrategia a seguir, pero ofrecería una salida para
deshacer la distinción “historia/ciencia” en su visión del pasado como
sustancia, lo único y lo homogéneo.
¿Cómo podríamos relacionar la arqueo-escritura con la deconstrucción
en el enfoque señalado? El sentido puede no ser lo almacenado en un
texto, pues no se configura como un secreto escondido detrás de los
signos,93 pero favorece oír-ver (viceversa) el grama o trazo de una raíz
anterior a la escritura.
91
Paul Ricoeur, Historia y narratividad (Barcelona: Paidós, 2014), 75-76.
92
Jacques Derrida, De la grammatologie (París: Les Éditions de Minuit, 1967).
93
Roberto Ferro, Escritura y deconstrucción. Lectura (h)errada con Jacques Derrida (Buenos Aires: Editorial
Biblos, 1992), 22.
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Una escritura anterior a la escritura (archiescritura) parece algo confuso.
¿Cuál sería esa escritura? ¿Qué hace? ¿Por qué volver sobre las cenizas de
su pensar y la iterabilidad de su decir y escribir? ¿Por qué atañe a la noción
de acontecimiento y de archivo? La escritura es irreductible a la memoria
y arriba al archivo-documento. La historia de la escritura es iterable por-
que es repetible en ausencia.94 Y la historiografía de la teoría de la historia
producirá una diseminación anterior de la teoría y de sus respuestas po-
sibles a qué es la historia, en especial porque va más allá de la fijación del
pasado, de la memoria, de la verdad, del sujeto de la metafísica occidental.
Lo anterior significa el reto de definir la deconstrucción de la teoría de
la historia como un tipo de historiografía, que desmonte el discurso teó-
rico, ya no a partir de una analítica de la presencia, sino al observar estos
conceptos o huellas historizables. Estos conceptos no son los conceptos
históricos de corte gadameriano, es decir, dependientes de una concien-
cia histórica capaz de colmarles de sentido, o en todo caso como especie
de huellas derivadas de una presencia empíricamente determinada.
La deconstrucción y la différance pueden ser llevadas al terreno de la
teoría de la historiografía como “observación” de segundo orden —por
un lado— y como “operación” —por el otro—, pues la teoría de la histo-
ria es un tipo de escritura que trata sobre otro tipo de escritura y no sobre
cosas (metafísica de la presencia).95 Es un discurso que tiene por mirada
los trazos y las huellas del discurso historiográfico.
Una archiescritura de la teoría de la historia, o bien una arqueo-histo-
riografía de la teoría de la historia, estaría definida desde la iterabilidad
misma de la teoría de la historia, sin carácter de fundamentación; por
lo tanto nos trasladaría de una observación clásica a una observación de
94
Notas del Seminario Teoría de la historia, impartido por el doctor Ricardo Nava en el año 2016.
95
Para Ricardo Nava, “la teoría de la historia es un conjunto de textos sobre las formas en que se
produce el conocimiento histórico y su validez” (notas sin publicar).
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
características deconstructivas. Por ahora, se podrá denominar a esta de-
construcción de la teoría como una historiografía de las teorías de la
historiografía.
La deconstrucción favorece otro modo de pensar la teoría como algo
historiable, concepto sin sistema ni fundador absoluto, accesible a situa-
ciones de lo que el mañana irrumpido abrazó o degradó en la compo-
sición de la teoría de la idea, la obra, la escritura de la historia. Hoy en
día rige historiográficamente en “un presente omnipresente”, pues “la
deconstrucción muestra por qué el pensamiento piensa de un modo y
no de otro”.96
Mientras, para observar la “metafísica” detrás del discurso teórico de la
historiografía, habremos de distinguir, por una parte, el lado de la histo-
ria que da cuenta del acontecer y, por otra, el que da cuenta de la validez
del saber histórico, a través de la oposición y la différance.97
De acuerdo a esa metafísica, la escritura de la historia se encontra-
ría caracterizada por las formas acontecimiento/escritura, historia/his-
toriografía, proceso/representación, explicación/interpretación, realidad
metáfora, las cuales son aquellas que podemos presupuestar a partir de
nuestra primera táctica de lectura: “observar en un discurso su condición
metafísica, poder ubicar la red de oposiciones jerárquicas binarias que lo
gobiernan”.98 Del lado izquierdo de las oposiciones se presentan concep-
tos que buscan traer realidades objetivables de lo acontecido; y el lado
derecho muestra las condiciones de posibilidad de dichas realidades, a
través de fundamentaciones analíticas. Con esto queremos decir que la
historiografía de las teorías de la historiografía, a través de esta oposición,
busca desmontar la validez y la fundamentación de la historia, ambos
lados intentan traer los a priori, las sustancias, la ontología implícita del
96
Nava, Deconstruir el archivo, 33.
97
Nava, Deconstruir el archivo, 73.
98
Nava, Deconstruir el archivo, 73.
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devenir y de la ciencia de la historia. Ahora bien, ¿cuál es la oposición
bajo la cual lograríamos observar una nueva cadena de marcas diferen-
ciables —si por nueva entendemos otra forma histórica—, con la cual
dar cuenta de las huellas de la historiografía de la teoría de la historia y
su iterabilidad? Esta pregunta la dejaremos abierta.
II. En la filosofía de la historia de Hegel: “lo racional es real y lo que
es real es racional”. En la historiografía lo real es imposible, fantasma, en-
vío-asedio. La existencia humana en su historicidad carece de objetivo es-
pecífico, el sentido se da en forma incierta, retrasa en lo contingente del
mundo histórico un más allá del sujeto homogéneo, total, único. La teoría
de la historia aparece de un gesto intelectual reflexivo, personal.
Relacionada a lo venidero en la arqueo-escritura, la deconstrucción li-
teraria viene a ser una forma de decir lo imposible es posible, de ayer a acá.
¿Qué es lo imposible? El sistema de la teoría ha sido fabricado en una atem-
poralidad de conceptualización sellada; lo posible es historizar su escritura;
comienza con un gesto lector que podemos aprender de los estudiosos de
la deconstrucción y de la concepción de la historicidad derridiana.
La táctica de lectura deconstructiva nos pone a prueba en el gesto lector
de observar lo iterable de la escritura, “repetible más allá de la intención
del autor, de lo que éste haya querido decir y más allá de su contexto de
producción, emisión y recepción”.99
El lenguaje jamás cierra el mensaje del texto de cultura; archivado y
en la producción escrita de la teoría de la historia en su obra literaria
de reflexividad historiadora, “un concepto no es algo efímero, sino que
permanece en el tiempo, se puede volver sobre él, su significado se com-
parte, etcétera”;100 dispersa la iterabilidad, comunica y permanece como
99
Nava, “Historia, escritura y acontecimiento”, 19.
100
Román Cuartango, El poder del espíritu. Hegel y el êthos político (Madrid: Abada Editores, 2016), 34.
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Investigación · Arqueoescritura: pensar de otro modo la escritura de las teorías de la historia
“presencias de pasado” en el sentido habitado en lo dicho y en lo escrito.
El significado puede ser leído al borde de la historia (conceptos y es-
crituras) o al margen del autor (intenciones originarias).
En la historiografía el acontecimiento sigue siendo idéntico, mientras
la conceptualización difiere.101 Dupré, al referirse a los significados lite-
rales y su permanente nudo con los significados, plantea que “la realidad
misma se presenta como una Escritura, susceptible de comentarios sin
fin dotada de un sentido inagotable, pasa sin cesar de una significación a
otra”.102 Nosotros asumimos, para que haya un decir a destiempo histo-
riográfico, debe haber demora a modo de un tiempo oportuno (Kairós).
Ahora, el pasado como “cosa” es lo imposible y su decir como “forma”
su posible.
De hecho, cuesta ignorar y no retener lo dicho. ¿Qué nos queda?
A modo de conclusión
La arqueo-escritura podría seguir la senda de desmontar la noción de
escritura como presencia auxiliar de la memoria, representación de la voz
y recuperación parcial del habla —hecha por Derrida en el campo filo-
sófico—. Esto nos regresa a si en la historiografía y la teoría de la historia
opera la relación (de degradación) voz/escritura, o al revés, escritura/voz.
Esto nos permite anticipar una cuestión más: ¿cómo se entiende el tér-
mino voz? Según la deconstrucción derridiana, la voz fisura la escritura
al asumirse “la voz como expresión por excelencia del pensamiento”.103
101
François Dosse, “La historia intelectual después del linguistic turn”, Historia y Grafía, núm. 23
(2004): 24.
102
Louis Dupré, Simbolismo religioso (Barcelona: Herder, 1999), 9.
103
Cristina de Peretti Della Rocca, Jacques Derrida. Texto y deconstrucción (Barcelona: Anthropos,
1989), 33.
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Quizá la teoría y la historiografía en realidad no requieren esa labor de-
constructiva; hay algo que sí, lo que hemos traído a colación con el deseo
de producir arqueo-escritura, “ninguna objetivación es pura, ni en ver-
dad rigurosamente posible, es decir, completa y terminable”.104
Al asumir el plan de Ricardo Nava, valdría que el historiador, para enri-
quecer el uso de archivo, pudiese, en primer lugar: 1) leer fuera de la inten-
ción del autor, 2) leer en los bordes del texto y entre lo habitual, 3) sacar de
contexto los vestigios sin perder el marco del problema, porque “la escritu-
ra no puede nunca ‘expresar’ plenamente un pensamiento ni llevar a cabo
una intención”.105 En segundo lugar, “si la presencia siempre esta diferida,
el sentido nunca podrá ser aprehendido de manera estable y unívoca”;106
en tercer lugar, “si el significado de un significante ya no es un referente
(la ‘cosa misma’) sino otro significante, entonces no puede hablarse de una
preeminencia del habla por sobre la escritura”.107 Lo dicho no permanece
igual para todos los participantes. Por ello, sugerimos ensayar siempre un
gesto lector inusual, aun en la historiografía vigente.
La arqueo-escritura sería una promesa en el consuelo de constituirse
en un escritura-depósito de las teorías de la historia (alteridad, degrada-
ción y variedad). Derrida intentó ubicar la paradoja del soporte técnico
como sitio mnémico de inscripción, de repetición y reproducción. Aquí
lo hacemos bajo la paradoja del olvido, discriminación, amnesia y muer-
te, trasladamos la paradoja freudiana al soporte material,108 para archi-
var lo irreductible (cadenas binarias de oposición), separamos la ciencia
104
Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana (Madrid: Trotta, 1997), 62.
105
Geoffrey Bennington y Jacques Derrida, Jacques Derrida (Madrid: Cátedra, 1994), 76.
106
Nava, Deconstruir el archivo, 114.
107
Dardo Scavino, La filosofía actual. Pensar sin certezas (Barcelona: Paidós, 2000), 33.
108
“... entre el acto de memoria o archivación por una parte y la represión por otra, la contradicción
permanece irreductible. Como si precisamente no se pudiera recordar y archivar lo mismo que se
reprime, archivarlo reprimiéndolo (ya que la represión es una archivación), es decir, archivar de otro
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histórica moderna empírica de la reflexividad, lo real del concepto, la
archivación de la represión, etcétera.
Con la arqueo-escritura esperamos contar con un “depósito” historia-
ble sobre la reflexividad teórica de la historia, sortear desafíos idénticos
a los emanados por la historia-ciencia cuando su escritura permanecía
amoldada en la viabilidad de un origen pleno y un sistema conceptual
cerrado e inmóvil. Abrir alteridad franca en la ciencia de la historia “em-
pírica” a través del reconocimiento historiográfico de escrituras abiertas
a lo inacabado, la finitud temporal, la deriva, la arqueo-escritura trabaja
por tocar la heterarquía, la observación, la paradoja, lo latente y el quizá
en lo que vendrá: “¿por qué el historiador dice lo que dice del pasado o
por qué el otro ve la realidad de otra manera?”.109
En suma: la arqueo-escritura ha de desarrollarse como autoexplicación
historiográfica sobre la historicidad de la escritura y de los observadores de
la teoría de la historia (historia social), condicionada por la metafísica de la
presencia para trocar la clausura espacial del observador de observaciones
del giro historiográfico, e incorporar en un acontecer los “esfuerzos inter-
pretativos persistentes” de los observadores simultáneos y desiguales. Se
puede decir que el mañana está hecho de arqueo-escritura.110
modo, reprimir el archivo archivando la represión; de otro modo, por supuesto, y éste es todo el pro-
blema, distinto de los modos de archivación corriente, consciente, patente; de otro modo, es decir,
según las vías que han apelado al desciframiento psicoanalítico, en verdad, al psicoanálisis mismo”.
Derrida, Mal de archivo, 72.
109
Mendiola, “El giro historiográfico”, 181 y subsiguientes.
110
Cuestión derridiana.
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